
CAPÍTULO 1: EL SUSURRO DEBAJO DEL LODO
El otoño en el Estado de México tiene una forma muy particular de calarte los huesos. No es solo el frío; es esa humedad gris que se pega a las ventanas y que huele a tierra mojada y a escape de camión. En la Casa Hogar “La Esperanza”, ese olor se mezclaba con el aroma rancio de la sopa de fideos recocida y el limpiador de pisos barato que usaban para tratar de borrar el rastro de cincuenta niños olvidados.
Yo estaba ahí, pero no estaba.
Me llamo Diego. Tenía siete años, pero mis ojos, según decía la Tía Ana, parecían los de un viejo de ochenta que ya había visto demasiados velorios. Mientras los otros chamacos, el “Brayan”, el “Kevin” y los demás, corrían como locos por la sala de juegos gritando y aventándose los cojines rotos frente a la tele vieja, yo estaba pegado al vidrio de la ventana.
Mi frente contra el cristal helado. Mi aliento empañando la vista hacia el terreno baldío.
—¡Diego! ¡Juega con nosotros, no seas amargado! —me gritó uno de los niños más grandes, lanzándome una pieza de Lego que me pegó en el hombro.
Ni siquiera me giré. No podía. El zumbido en mis oídos era demasiado fuerte hoy. No era un zumbido como cuando te pegas en la cabeza. Era… una vibración. Como cuando pasa el metro por debajo de la calle y sientes que el piso tiembla, pero nadie más lo nota. Solo que esto no venía del metro. Venía de la tierra. Del terreno abandonado que estaba cruzando la reja oxidada.
—Déjalo, está loco —escuché que susurraban a mis espaldas—. Mi mamá dice que se quedó así porque estuvo abrazando a su jefa muerta dos días. Dicen que se le metió el chamuco.
Apreté los puños. No se me había metido el chamuco. Lo que tenía adentro era silencio. El silencio que dejó mi mamá cuando se tomó esa última botella de Tonayán y se quedó dormida en el sofá de nuestro cuartito en Ecatepec. Yo tenía seis años entonces. Me acuerdo del olor. Primero a alcohol, luego a algo dulce y feo. Me quedé con ella, tomándole la mano, esperando a que despertara para hacerme de cenar. Pero se fue enfriando. Y mientras se enfriaba, empecé a escuchar cosas. No voces de fantasmas, no. Escuchaba la tierra. Escuchaba lo que estaba callado.
—¿En qué piensas, mi niño?
La voz de la Tía Ana me sacó del trance. Ana Petrovna… bueno, aquí le decíamos Tía Anita. Era la única que no me miraba como si fuera un bicho raro. Tenía unos cuarenta años, el pelo siempre agarrado en una coleta desordenada y olía a vainilla y cansancio. Ella llevaba quince años trabajando en el sistema, viendo pasar niños que terminaban en la calle o, con suerte, adoptados por gringos. Pero conmigo era diferente.
Se sentó a mi lado en el alféizar de la ventana, ignorando que estaba prohibido sentarse ahí.
—Dime, Diego —insistió, acomodándome el cuello de la camisa que ya me quedaba chica—. Estás muy lejos hoy.
La miré. Quería decirle. Quería gritarle que me dolía la cabeza de tanto escucharla respirar a ella. A la señora de abajo.
—Ella se está cansando, Tía —susurré. Mi voz sonó rasposa, como si no la hubiera usado en días—. La tierra pesa mucho cuando llueve. El agua tapa los agujeritos.
Ana suspiró, y vi esa sombra de dolor cruzar su cara. Esa mirada de “pobre niño traumado”. Ella conocía mi expediente. Sabía que mi papá, Víctor, se volvió loco cuando encontró a mi mamá muerta y molió a golpes a dos tipos en la cantina. Ahora él estaba en el Reclusorio Oriente y yo aquí, siendo el “loquito” del orfanato.
—Diego, mi amor… —Ana me acarició la mejilla—. Ya hemos hablado de esto. Tu mami ya no está. Nadie respira bajo la tierra. Eso que sientes es tu propia tristeza.
—¡No es mi mamá! —La corregí, tal vez demasiado fuerte. Un par de niños voltearon a vernos—. Es la otra señora. La de blanco. La que llora por su niña. Dice que se llama Mafer.
Ana se tensó. Lo noté en sus hombros. Pero antes de que pudiera preguntarme más, la puerta de la sala se abrió con un rechinido que todos conocíamos.
Entró la Directora Valentina.
Si la Tía Ana era vainilla y cansancio, la Directora Valentina era cloro y ambición. Una mujer de cincuenta y tantos, con el pelo teñido de un rubio cenizo que no engañaba a nadie y un traje sastre que le apretaba. Para ella, nosotros no éramos niños; éramos números, expedientes y problemas a resolver para mantener el presupuesto estatal.
—¡Ana! —ladró, haciendo que dos niñas pequeñas soltaran sus muñecas del susto—. ¿Qué haces ahí sentada perdiendo el tiempo? El inspector del DIF viene la próxima semana y los expedientes están hechos un desastre. Y tú, Diego… —Su mirada cayó sobre mí como un balde de agua helada—. Bájate de esa ventana. ¿Qué quieres, romper el vidrio? Ya bastantes gastos nos das con tus “ataques”.
Me bajé despacio, sin mirarla a los ojos. Odiaba sus zapatos de tacón que sonaban clac-clac-clac como martillazos.
—Estaba intentando calmarlo, Directora —intercedió Ana, poniéndose de pie—. Está un poco alterado por la tormenta.
—Siempre está alterado —bufó Valentina, cruzándose de brazos—. Por cierto, Ana, ven a mi oficina. Ya llegó la respuesta de Toluca sobre el traslado. En el psiquiátrico infantil tienen cama disponible a partir del lunes.
Sentí que el piso se abría bajo mis pies. El psiquiátrico. El lugar donde encierran a los que gritan. A los que babean. Yo sabía lo que era eso. Los niños grandes contaban historias de terror sobre las inyecciones y las camisas de fuerza.
—Pero Valentina… —empezó Ana, bajando la voz—, el niño no es esquizofrénico. El psicólogo de la escuela dijo que es estrés postraumático severo. Necesita terapia, cariño, no que lo encierren con casos psiquiátricos graves.
—¡Necesita que no espante a los adoptantes! —cortó la Directora, sin importarle que yo estuviera ahí escuchando—. Ayer la pareja de Guadalajara se fue aterrorizada porque este niño les preguntó si no escuchaban los gritos del sótano. ¡No tenemos sótano, Ana! Es un lastre para la institución. Lunes. A primera hora.
Dio media vuelta y salió, dejando su estela de perfume barato y crueldad.
Ana se quedó parada, viéndome con los ojos llenos de lágrimas. Yo no lloré. Ya no me quedaban lágrimas. Solo me quedaba el zumbido. Y la urgencia.
—Tengo que ir al baño —mentí.
Ana asintió, distraída, pensando seguramente en cómo salvarme. Pero yo no necesitaba ir al baño. Necesitaba ir al baldío. Porque si me llevaban el lunes al manicomio, ¿quién iba a ayudar a la señora Elena? Ella no aguantaría hasta el lunes.
Me escabullí por el pasillo. En lugar de entrar a los baños, seguí derecho hacia la puerta de servicio que daba a la cocina. La cocinera, Doña Chuy, estaba ocupada peleándose con una olla de frijoles y escuchando cumbias a todo volumen en su radio.
—…y nadie sabe, nadie supo… —cantaba la radio.
Pasé gateando por debajo de las mesas de metal. El olor a cilantro y cebolla me picó la nariz. Llegué a la puerta trasera, la que daba al patio de los botes de basura. Estaba entreabierta para que saliera el calor.
Salí.
El aire frío me golpeó la cara. La lluvia ya no era llovizna, era una lluvia seria, de esas que prometen durar toda la noche. Me subí el cierre de mi suéter delgado, que no calentaba nada, y corrí hacia la reja del fondo.
El terreno baldío estaba separado del orfanato por una malla ciclónica vieja. Había un hueco en la esquina, detrás de unos arbustos secos, por donde yo cabía si sumía la panza. Me rasqué el brazo con un alambre oxidado al pasar, pero no me importó. La sangre caliente en mi brazo se sentía menos real que el frío que venía del suelo.
El baldío era un cementerio de sueños. Hace años, algún político prometió construir ahí un parque o una ampliación del orfanato. Hicieron los cimientos, cavaron hoyos, trajeron materiales. Y luego, como siempre pasa en México, el dinero desapareció. Se “perdió”. La obra se paró, los albañiles se fueron y solo quedó la tierra removida, varillas oxidadas apuntando al cielo como dedos acusadores y mucha basura.
Caminé entre la hierba alta que me llegaba a la cintura. El lodo se me pegaba a los tenis rotos, haciéndolos pesados, como si la tierra quisiera tragarme a mí también.
Llegué al lugar. No había nada especial ahí. Solo tierra aplanada entre dos árboles de pirul que lloraban gotas de lluvia. Pero para mí, ese lugar brillaba. No con luz, sino con… dolor. Era como un imán.
Me dejé caer de rodillas. El agua helada empapó mis pantalones al instante. Puse las manos en el barro chicloso.
—Ya llegué —susurré—. Perdón por tardarme. La Bruja Valentina no me dejaba salir.
Pegué la oreja al suelo. El lodo se me metió en la oreja, frío y sucio. Cerré los ojos y bloqueé el sonido de la lluvia, el ruido de los camiones en la avenida lejana, el ladrido de los perros callejeros.
Y entonces, la escuché.
No era una voz como la de la gente viva. Era como un pensamiento que no era mío. Una vibración que subía por la tierra, pasaba por mi cráneo y se convertía en palabras dentro de mi cerebro.
…frío… mucho frío… Diosito, por favor… Mafer… mi niña… tengo sed…
Era ella. La Tía Elena. Así la llamaba yo, aunque no la conocía. Sabía que era enfermera porque la veía en mi cabeza: bata blanca, zapatos cómodos, olor a alcohol y medicina.
—Tía Elena —dije contra el lodo—. Tía Elena, respira despacito. Ahorra aire.
…está oscuro… el aire se acaba… Sergio… por qué… yo solo quería llegar a casa…
La imagen me golpeó de nuevo. El hombre. El “Tío Sergio”. Barba cerrada, una cicatriz en la ceja, ojos de loco enamorado. La había esperado saliendo del turno de noche. Un golpe. Oscuridad. Y luego despertar en la caja.
Saqué mi cuaderno de dibujo de abajo de mi suéter. Se estaba mojando, las hojas se curvaban con la humedad. Saqué un crayón negro que guardaba en el bolsillo.
Tenía que dibujarlo. Si lo dibujaba, se hacía real. Si lo dibujaba, a lo mejor Ana entendía.
Dibujé la caja. Un rectángulo de madera tosca. Dibujé los agujeros arriba. Pum. Pum. Sentí su corazón. Iba lento. Muy lento. Como cuando se le acaba la pila a un juguete.
—No te duermas —le rogué al suelo, llorando, mis lágrimas mezclándose con la lluvia—. Si te duermes, ya no te voy a escuchar. ¡Tía Elena! ¡Despierta!
…Mafer… dile a mi mamá que le dé el peluche… el de conejo…
—¡No! —grité, golpeando el lodo con mi puño pequeño—. ¡Tú se lo vas a dar!
De repente, una mano me agarró del hombro y me jaló hacia arriba con fuerza. Di un grito, pensando que era el hombre de la barba, el Tío Sergio, que venía a enterrarme a mí también.
Pero no. Era Ana. Estaba empapada. Su cabello era un desastre pegado a su cara y su suéter de lana estaba pesado de agua. Tenía la cara roja de haber corrido y de miedo.
—¡Diego! ¡Por el amor de Dios! —me sacudió, pero no con enojo, sino con desesperación—. ¡Te he estado buscando por todas partes! ¡Si te ve la Directora te va a matar! ¡Estás helado!
Me trató de levantar, pero yo me hice pesado. Me abracé a sus piernas.
—¡No me voy a ir! ¡No me voy a ir! —chillé histérico—. ¡Está aquí abajo, Tía Ana! ¡Te lo juro! ¡Escúchala!
—Diego, basta. Por favor, basta. Nos van a correr a los dos. Vámonos adentro.
—¡Escúchala! —Le agarré la mano y la jalé hacia el lodo—. ¡Solo pon tu oreja! ¡Por favor! ¡Dice que Sergio le va a tapar los agujeros!
Ana se detuvo. Algo en el nombre la hizo parpadear. —¿Sergio? —preguntó, confundida—. ¿Quién es Sergio?
—El novio malo. El que tiene la cicatriz. El que la quiere obligar a casarse. Tía Ana… —la miré a los ojos, temblando de frío y de terror—. Ella es enfermera. Se llama Elena. Tiene una hija que se llama Mafer. Y se está muriendo ahorita.
Ana se quedó quieta. La lluvia nos golpeaba a los dos. Ella miró el suelo lodoso, donde yo había estado acostado. Miró mi cuaderno tirado, donde el dibujo de la mujer en la caja se empezaba a deshacer por el agua.
Hubo un momento de silencio. Solo se oía el viento entre los pirules. Ana sabía que yo era “raro”. Sabía que adivinaba qué iba a haber de comer. Sabía que a veces le decía cosas de su propia vida que ella nunca me había contado, como el nombre de su gato que murió cuando ella era niña.
—Elena… —susurró Ana, y sus ojos se abrieron con horror—. En la radio… en la mañana dijeron que buscaban a una enfermera desaparecida. Elena Ramírez.
Me miró como si viera un fantasma. —Diego… ¿tú escuchaste la radio?
—No —negué con la cabeza—. Yo la escucho a ella. Está aquí abajo.
Ana se arrodilló. No le importó ensuciar sus pantalones, ni el lodo, ni el frío. Se arrodilló en el lugar exacto que yo le señalé. Se quitó el pelo de la oreja y, dudando, muy despacio, bajó la cabeza hasta tocar la tierra.
Yo contuve la respiración. Esperé. Un segundo. Diez segundos. Un minuto.
Ana se levantó de golpe. Tenía la cara manchada de barro, pero estaba pálida como un papel. Sus manos temblaban violentamente.
—No oigo nada —dijo con voz estrangulada—. Solo oigo… ruido.
Mi corazón se rompió. —Pero…
—Pero sentí algo —me interrumpió. Me miró con una intensidad que me asustó—. Sentí… un frío. Un frío que no es normal. Y huele… —Se olió las manos—. Huele a medicina. Aquí, en medio del lodo.
Se levantó de un salto y me agarró la mano con una fuerza que me dolió.
—Vámonos, Diego.
—¿A dónde? ¿Con la Directora? —pregunté con miedo.
—No —dijo Ana, y vi en sus ojos una chispa de furia que nunca le había visto. Era la mirada de una leona defendiendo a su cría—. Al diablo con la Directora. Vamos a la delegación. Y si no nos creen, voy a gritar hasta que nos crean. Agarra tu cuaderno. Ese dibujo es nuestra única prueba.
Corrimos de regreso hacia el orfanato, pero no para entrar. Corrimos hacia la calle, hacia lo desconocido, dejando atrás la seguridad de las rejas. Yo no sabía qué iba a pasar. Solo sabía que la Tía Elena seguía respirando, y que el reloj de arena de su vida estaba tirando los últimos granos.
La noche caía sobre México, y bajo nuestros pies, el secreto más terrible de la ciudad estaba a punto de salir a la luz.
CAPÍTULO 2: LOS DIBUJOS DE LA MUERTE
Corrimos. Corrimos como si el diablo mismo nos viniera pisando los talones, aunque en realidad, a quien le huíamos era a la burocracia y al olvido. La lluvia en la calle no perdonaba. Era de esa lluvia fría y sucia que cae en el Estado de México, mezclándose con el aceite de los camiones y el polvo de las obras negras.
La Tía Ana me jalaba del brazo con tal fuerza que sentía que me lo iba a dislocar, pero no me quejé. Mis tenis, ya de por sí rotos, chapoteaban en los charcos, llenándose de agua helada.
—¡Apúrate, Diego! —jadeaba ella, volteando hacia atrás con miedo, como si esperara ver la silueta cuadrada de la Directora Valentina persiguiéndonos con una orden de traslado al manicomio en la mano.
Llegamos a la avenida principal. El tráfico era un monstruo de luces rojas y cláxones histéricos. Un pesero verde pasó rugiendo, levantando una cortina de agua puerca que nos bañó de pies a cabeza. Ana le hizo la parada a un taxi destartalado, un Tsuru que parecía que se iba a desarmar en el próximo bache.
—¡Al Ministerio Público del Centro, por favor! ¡Es una emergencia! —gritó Ana al subirse, aventándome primero al asiento trasero que olía a aromatizante de pino y cigarro barato.
El taxista, un señor con bigote de morsa y una gorra del Cruz Azul, nos miró por el retrovisor con desconfianza. Dos empapados, una mujer con cara de loca y un niño con la mirada perdida abrazando un cuaderno mojado contra el pecho.
—Jefa, con este clima y el tráfico, nos vamos a echar como cuarenta minutos… —refunfuñó el chófer.
—¡No me importa! ¡Solo maneje! —le contestó Ana con una voz que no admitía réplicas.
Me encogí en el asiento. El zumbido en mi cabeza había cambiado. Ya no era constante. Ahora venía en oleadas, como cuando se va la señal de la tele. Bzzzt… silencio… bzzzt… silencio.
—Se está durmiendo… —susurré, pegando la frente al vidrio frío de la ventana del taxi.
Ana me agarró la mano. La suya estaba helada, pero temblaba de adrenalina. —No dejes que se duerma, Diego. Háblale. Dile que ya vamos.
Cerré los ojos. Me concentré. Traté de mandar mi pensamiento a través del asfalto, a través del concreto, hasta llegar a esa caja de madera podrida bajo el lodo.
Tía Elena… aguanta. Ya vamos en el coche. No te duermas. Piensa en Mafer. Piensa en el conejo de peluche.
Sentí una punzada en la sien. Un dolor agudo. Ella estaba confundida. El aire se le estaba acabando y el cerebro le empezaba a fallar. Veía luces. Veía a su mamá. Eso era malo. Cuando ves a los que ya se fueron, es porque ya te estás yendo tú también.
El taxi se detuvo frente al edificio del Ministerio Público. Era una construcción gris, fea, con las paredes manchadas de humedad y grafiti. Había patrullas estacionadas en doble fila y gente esperando afuera bajo la lluvia, con caras largas de desgracia. En México, nadie va al Ministerio Público por gusto; vas porque te robaron, porque te golpearon o porque perdiste a alguien. El aire ahí huele a desesperanza y a tortas de jamón rancias.
Ana pagó aventándole los billetes al taxista y me bajó casi cargando. Entramos.
Adentro, la luz blanca de los tubos fluorescentes parpadeaba, dándole a todo un aspecto de película de terror de bajo presupuesto. Había escritorios de metal despintados, montañas de expedientes amarrados con hilo cáñamo y policías platicando y riéndose como si no estuviera pasando nada.
Nos acercamos al mostrador de recepción. Detrás de un vidrio sucio, un oficial con el uniforme desabotonado comía unas galletas mientras llenaba un crucigrama.
—Buenas noches —dijo Ana, tratando de sonar firme aunque le temblaba la voz—. Necesito hablar con alguien urgente. Se trata de un secuestro. De una vida en peligro.
El oficial, cuya placa decía “Sargento Martínez”, ni siquiera levantó la vista del periódico. —Fórmese en la barandilla, señora. Allá le toman la declaración. Hay como tres personas antes.
—¡No tengo tiempo de formarme! —Ana golpeó el vidrio con la palma de la mano—. ¡Se está muriendo! ¡Es la enfermera desaparecida! ¡Elena Ramírez!
Al escuchar el nombre, Martínez levantó la vista. Masticó su galleta con lentitud, evaluándonos. Vio a la mujer histérica y al niño mojado que parecía un espantapájaros. —A ver, bájale dos rayitas a tu escándalo. ¿Usted es familiar? ¿Usted vio algo?
—No… no soy familiar. Soy educadora de la Casa Hogar La Esperanza. Y él… —me señaló—, él sabe dónde está.
El Sargento me miró. Luego soltó una risita burlona que me hizo sentir chiquito. —¿El morro? ¿Qué vio? ¿Fue testigo?
—No… no la vio con los ojos —Ana titubeó, sabiendo lo ridículo que iba a sonar—. Él… la escucha. Sabe dónde está enterrada. Hizo dibujos.
La cara del Sargento pasó de la curiosidad al fastidio en un segundo. —Ah, no bueno… Señora, esto es una delegación seria, no el programa de Lo que la gente cuenta. Llévese al niño a su casa y deje de quitarnos el tiempo. Tenemos chamba de verdad.
—¡No nos vamos a ir! —gritó Ana, sacando mi cuaderno mojado de su bolsa—. ¡Mire los dibujos! ¡Por favor, solo mírelos!
Abrió el cuaderno sobre el mostrador. Las hojas estaban húmedas, pero el crayón de cera resistía. Ahí estaba. La mujer en la caja. El uniforme blanco. La etiqueta que decía “Elena”. Y los agujeros.
El Sargento ni los miró. —Señora, si no se retira, la voy a tener que detener por alterar el orden. Ya le dije que…
—¡TIENE BARBA! —grité yo.
Mi voz salió ronca, extraña, como si no fuera mía. El Sargento se detuvo. Todo el ruido de la oficina pareció bajar de volumen. Me solté de la mano de Ana y me pegué al vidrio, poniéndome de puntitas.
—¿Qué dijiste, escuincle? —preguntó el Sargento, frunciendo el ceño.
—El hombre malo —dije, temblando—. El que la puso ahí. Tiene barba negra. Y tiene una cicatriz aquí.
Me tracé una línea imaginaria sobre la ceja izquierda con el dedo índice. —Se llama Sergio. Y le dijo que si no se casaba con él, ahí se iba a quedar para siempre.
El Sargento Martínez se quedó congelado. Intercambió una mirada con otro policía que estaba cerca. Yo no sabía por qué, pero el ambiente había cambiado. Ya no se reían.
En ese momento, la puerta de una oficina del fondo se abrió y salió un hombre alto, con camisa blanca arremangada, corbata floja y una pistola al cinto. Tenía ojeras profundas y cara de llevar tres días sin dormir. Era el Comandante Miguel. Lo reconocí porque salía a veces en el periódico cuando agarraban a narcos.
—¿Qué es todo este griterío, Martínez? —preguntó el Comandante con voz grave, frotándose los ojos—. Se oye hasta mi oficina.
—Jefe… —Martínez se puso nervioso—. Es esta señora. Trae a un niño del orfanato. Dicen que… dicen que saben dónde está la enfermera Ramírez.
El Comandante suspiró con cansancio. Caminó hacia nosotros, sus pasos resonando en el piso de linóleo sucio. Se veía harto de la vida. —Señora, llevamos una semana buscando a Elena Ramírez. Hemos peinado la ciudad. Si esto es una broma o quieren sus cinco minutos de fama…
—No es fama, Comandante —lo interrumpió Ana, empujando el cuaderno hacia él—. Diego dibujó esto ayer. Antes de que saliera la noticia en la radio. Él sabía que iba a haber chiles rellenos de comer cuando el menú decía otra cosa. Él… él sabe cosas.
El Comandante Miguel bajó la vista hacia el dibujo. Al principio, su expresión era de escepticismo puro. Pero luego, sus ojos se entrecerraron. Se inclinó más. Vio el detalle de la caja de madera. Vio los agujeros de ventilación dibujados con precisión infantil. Y luego, vio el siguiente dibujo: el hombre cargando el cuerpo inerte.
—¿Quién dibujó al hombre? —preguntó el Comandante, su voz de repente muy baja, muy peligrosa.
—Fui yo —respondí.
El Comandante me miró fijamente. Se agachó para quedar a mi altura, ignorando el vidrio que nos separaba. —A ver, hijo. Descríbeme al hombre otra vez.
Cerré los ojos. La imagen vino a mi mente como un flashazo de relámpago. —Es alto. Fuerte. Huele a sudor y a loción barata. Tiene barba negra, muy tupida. Y la cicatriz… —me toqué la ceja otra vez—. Parece un gusano blanco arriba del ojo. Se llama Sergio.
El Comandante se puso pálido. Se enderezó de golpe y miró a Martínez. —Tráeme el expediente de los sospechosos. ¡Muévete, cabrón!
Martínez corrió y regresó con una carpeta amarilla manchada de café. El Comandante la abrió frenéticamente sobre el mostrador, pasando hojas y fotos. Se detuvo en una.
Sacó la fotografía y la puso junto a mi dibujo. Era él. Sergio “El Loco” Mondragón. Un ex paciente psiquiátrico que había estado acosando a las enfermeras del Hospital General hacía seis meses. Tenía barba negra. Y en la foto policial, una vieja cicatriz blanca cruzaba su ceja izquierda.
—¡Madre santa…! —murmuró Martínez.
El Comandante me miró con una mezcla de horror y asombro. —Nadie sabía lo de la cicatriz —dijo Miguel, hablando más para sí mismo que para nosotros—. En la foto de la ficha de búsqueda que dimos a la prensa, Sergio sale rasurado y con gorra. Solo nosotros tenemos esta foto antigua de su ingreso al penal hace tres años.
Se hizo un silencio sepulcral. Ana me apretó el hombro. —Comandante… —dijo Ana suavemente—. Diego dice que está en el terreno baldío detrás de la Casa Hogar. Dice que está enterrada en una caja. Y que está lloviendo mucho.
El Comandante miró hacia la ventana, donde la tormenta golpeaba el cristal. Luego miró mi dibujo de los agujeros tapándose de lodo. —Los agujeros de ventilación… —murmuró—. Si el agua entra…
—Se ahoga —terminé yo—. O se le acaba el aire. Ya casi no se oye su corazón. Pum… pum… muy despacito.
El Comandante Miguel cerró la carpeta de golpe. La energía en la sala cambió instantáneamente. Ya no había cansancio. Había urgencia. Pura y dura adrenalina policial.
—¡Martínez! ¡Código Rojo! —gritó, y su voz retumbó en las paredes—. ¡Quiero a todas las unidades disponibles en el terreno baldío de la Colonia La Esperanza! ¡Avisen a Protección Civil, necesito palas, picos y reflectores! ¡Y una ambulancia medicalizada, YA!
—¿Jefe? ¿Va a movilizar todo por el dibujo de un niño? —preguntó Martínez, incrédulo.
El Comandante lo fulminó con la mirada mientras desenfundaba su radio. —Si este niño tiene razón y no hacemos nada, la muerte de esa mujer va a estar en nuestra conciencia, sargento. ¡MUEVANSE!
El caos estalló. Teléfonos sonando, radios crepitando, policías corriendo por sus impermeables y armas largas. El Comandante salió de la recepción y nos hizo una seña. —Ustedes vienen conmigo. En mi patrulla.
Salimos a la tormenta. El Comandante abrió la puerta trasera de su Dodge Charger. Olía a cuero y a café frío. Me subí, temblando. Ana se subió a mi lado y me abrazó para darme calor.
El Comandante encendió el motor y las sirenas. Las luces rojas y azules iluminaron la lluvia, rebotando en los charcos como sangre y lágrimas. El coche arrancó, quemando llanta, y nos lanzamos a la noche.
—Dime, Diego —dijo el Comandante, mirándome por el espejo retrovisor mientras esquivaba coches a toda velocidad—. ¿Todavía la escuchas?
Cerré los ojos, tratando de encontrar el sonido entre el aullido de la sirena. Estaba muy lejos. Muy débil. Como una vela a punto de apagarse con el viento.
—Poquito —susurré—. Dice que tiene miedo a la oscuridad. Dice… dice que ya vio a su abuelita.
El Comandante apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos y pisó el acelerador a fondo. —Dile que aguante, Diego. Dile que la caballería va en camino. No vamos a dejar que se la lleve la Catrina hoy. No hoy.
La ciudad pasaba borrosa por la ventana. Yo apretaba mi dibujo contra mi pecho, rezando a un Dios que a veces parecía sordo, para que la tierra no se comiera a la Tía Elena antes de que llegáramos. Porque yo sabía, con esa certeza terrible que me daban mis siete años, que si no la sacábamos esta noche, mañana solo encontraríamos un silencio eterno bajo el lodo.
CAPÍTULO 3: LA TUMBA DE LODO
La patrulla Dodge Charger del Comandante Miguel rugía como una bestia herida sobre el asfalto mojado de la Avenida Central. Las llantas patinaban en los charcos profundos, levantando cortinas de agua negra que golpeaban los parabrisas de los coches que rebasábamos. La sirena aullaba, un sonido agudo y desesperante que se mezclaba con los truenos que sacudían el cielo del Estado de México.
Yo iba en el asiento de atrás, hecho bolita contra la puerta. El cuero del asiento estaba frío, pero no tanto como el frío que sentía en el pecho.
—¡Aguanta, Diego! —me gritó Ana, que iba a mi lado, aferrada al asa del techo con los nudillos blancos—. ¡Ya casi llegamos!
Pero yo no la escuchaba a ella. Estaba concentrado en la otra voz. O más bien, en el silencio que empezaba a comerse a la voz.
…mamá… ¿ya prendiste la luz?… está muy oscuro…
La mente de Elena se estaba apagando. Ya no pensaba en escapar. Ya no pensaba en el Tío Sergio. Su cerebro, asfixiado por la falta de oxígeno, la estaba llevando a un lugar seguro: su infancia. Eso era lo peor. Cuando dejan de tener miedo y empiezan a tener paz, es porque la muerte ya se sentó a su lado.
—¡Se está yendo! —grité, golpeando el respaldo del asiento del Comandante—. ¡Jefe Miguel! ¡Se está yendo con su mamá!
El Comandante soltó una maldición en voz baja y pisó el acelerador a fondo. El motor V8 rugió. Nos pasamos un alto, esquivando por milímetros a un camión de carga que nos tocó el claxon como si fuera un barco.
—¡Nadie se va a ir hoy, carajo! —gruñó Miguel, con la mandíbula tensa—. ¡Martínez! —gritó al radio que llevaba en el hombro—. ¿Cuál es tu 20?
—10-4, Jefe. Vamos llegando al perímetro. La unidad 54 y la 32 ya cerraron la calle. Pero aquí no se ve nada, es una boca de lobo.
—¡Iluminen el área! ¡Quiero reflectores hacia el baldío! ¡Voy entrando!
La patrulla derrapó al dar la vuelta en la esquina de la Casa Hogar. Las luces rojas y azules de las torretas rebotaban en las paredes despintadas del orfanato, haciéndolo ver como una escena del crimen antes de tiempo.
El Comandante frenó de golpe frente a la malla ciclónica rota. El lodo saltó hacia todos lados. Bajamos.
La tormenta estaba en su punto más violento. El viento nos golpeaba la cara con gotas que se sentían como piedras. El terreno baldío, ese lugar triste donde yo pasaba mis tardes, se había transformado en un pantano infernal.
Tres patrullas más estaban ahí. Los oficiales, con impermeables amarillos brillantes que parecían fantasmas bajo la lluvia, nos miraron llegar. El Sargento Martínez se acercó corriendo, tapándose la cabeza con una carpeta de plástico.
—Jefe, esto es una locura —gritó para hacerse oír sobre el viento—. El terreno es enorme. Hay lodo hasta los tobillos. ¿Dónde quiere que busquemos? ¿Y con qué? Las palas apenas vienen en camino con Protección Civil.
El Comandante Miguel no le contestó. Se giró hacia mí. Yo estaba temblando, empapado en segundos, con el pelo pegado a la frente y los tenis hundidos en el barro.
—Diego —dijo, agachándose frente a mí y poniéndome las manos en los hombros. Sus manos eran grandes y calientes—. Tú eres el guía. Tú eres el sabueso. Llévame con ella.
Cerré los ojos. El ruido de la lluvia, de las sirenas, de los radios… todo era demasiado. —No puedo… hay mucho ruido… —sollocé.
—¡Silencio! —bramó el Comandante, poniéndose de pie y girándose hacia sus hombres—. ¡APAGUEN LAS SIRENAS! ¡QUIERO SILENCIO TOTAL! ¡AHORA!
Los policías corrieron a apagar los interruptores. El aullido cesó. Solo quedó el repiqueteo furioso de la lluvia contra la tierra y el zumbido lejano de la ciudad.
El silencio me ayudó. Respiré hondo, tragando aire húmedo y frío. Busqué esa vibración. Ese hilo invisible que me ataba a la caja de madera.
Ahí estaba. Era débil. Un hilo de telaraña a punto de romperse. Pero tiraba de mí hacia la izquierda. Hacia los dos pirules viejos que se mecían con el viento como esqueletos bailando.
—Allá… —señalé con un dedo tembloroso—. Entre los árboles. Donde la tierra está más negra.
—¡Ya escucharon! —ordenó Miguel—. ¡Traigan las linternas! ¡Andando!
Caminamos hacia allá. Era difícil. El lodo chupaba los zapatos. La Tía Ana resbaló dos veces, cayendo de rodillas, pero se levantó sin quejarse, llena de barro, siguiéndome como si yo fuera un profeta.
Llegamos al sitio. Era una mancha de tierra entre la maleza. A simple vista, parecía igual que el resto del terreno. Había hojas secas, basura, botellas de plástico aplastadas. Pero yo sabía que era ahí.
Me tiré al suelo. No me importó el agua sucia. Pegué la oreja.
El corazón de Elena ya no hacía pum-pum. Hacía shhh… shhh… Era el sonido de alguien que trata de respirar a través de una popote aplastado.
—Está aquí —susurré, levantando la cara llena de lodo hacia el Comandante—. Pero los agujeros se taparon. Ya no entra aire.
Martínez alumbró el suelo con su linterna táctica. La luz blanca reveló un montículo de tierra ligeramente removida, disimulada con ramas y hojas que la lluvia había empezado a lavar.
—Jefe, con todo respeto… —empezó Martínez, mirando el suelo escéptico—. Aquí no se ve nada. La tierra está pareja. Si cavamos aquí y no hay nada, Asuntos Internos nos va a comer vivos por el despliegue.
—¡Cállate, Martínez! —El Comandante miró alrededor desesperado—. ¿Dónde están las malditas palas?
—¡Vienen a cinco minutos!
—¡No tenemos cinco minutos! —gritó Miguel.
Se quitó el impermeable, se arremangó la camisa blanca que ya estaba gris de lluvia, y se tiró al suelo a mi lado. —¡Con las manos! —ordenó—. ¡Escarben con las manos! ¡Si está aquí, la sacamos como sea!
Los otros policías se miraron entre ellos, dudando. Ver a su jefe, al temido Comandante Miguel, escarbando como un perro en el lodo, fue un shock. Pero el miedo al jefe pudo más que la duda. Tres oficiales se arrodillaron y empezaron a clavar los dedos en la tierra mojada.
Yo también escarbaba. Mis uñas se llenaron de tierra negra. Mis dedos dolían por el frío, pero no paraba. La tierra estaba pesada. Era barro arcilloso, pegajoso. Sacábamos puños de lodo y el agua volvía a llenar el hueco.
—¡Más rápido! —jadeaba Miguel, aventando tierra hacia atrás—. ¡Vamos, carajo!
Llevábamos dos minutos cavando frenéticamente. Habíamos hecho un hoyo de unos treinta centímetros. Nada. Solo tierra y piedras y raíces.
—Jefe… —jadeó uno de los oficiales jóvenes, deteniéndose—. Es pura tierra. No hay nada. El niño se equivocó.
Sentí una oleada de pánico. —¡No me equivoqué! —grité, llorando—. ¡Está aquí! ¡Ella me lo dice! ¡Dice que le duele el pecho!
—¡Sigan cavando! —rugió Miguel, sin detenerse.
De repente, se escuchó el sonido de un motor pesado acercándose. Un camión de bomberos de Protección Civil rompió la cerca podrida y entró al terreno, iluminando todo con reflectores potentes que nos cegaron por un momento. Bajaron cuatro bomberos con palas y picos.
—¡Aquí! —les gritó Ana, haciéndoles señas—. ¡Traigan las palas!
Los bomberos corrieron hacia nosotros. El Comandante se apartó, jadeando, con las manos sangrando por las piedras. —¡Caven con cuidado! —advirtió—. ¡Es una caja de madera! ¡No la vayan a romper!
Los bomberos eran fuertes. Sus palas de acero mordían la tierra con eficacia. Clack, shhh. Clack, shhh. El ritmo era hipnótico. El hoyo se hizo profundo rápidamente. Medio metro. Ochenta centímetros.
Yo estaba parado al borde del agujero, temblando incontrolablemente. Ana me abrazaba por la espalda, dándome calor, rezando el Padre Nuestro en mi oído una y otra vez.
—…danos hoy nuestro pan de cada día…
El bombero principal, un hombre enorme con casco amarillo, se detuvo. Se secó el sudor mezclado con lluvia de la frente. —Jefe… ya bajamos un metro. Aquí no hay nada. La tierra está compacta. Si hubieran enterrado algo recientemente, la tierra estaría más suelta.
El silencio volvió a caer sobre nosotros, más pesado que la lluvia. Martínez negó con la cabeza y escupió al suelo. —Se los dije. Es la fantasía de un niño traumado. Vámonos, Jefe. Estamos haciendo el ridículo.
El Comandante Miguel me miró. Tenía la cara sucia, el pelo empapado y los ojos rojos. En su mirada vi la duda. Vi que estaba a punto de rendirse.
—Diego… —dijo suavemente—. ¿Estás seguro?
Yo miré el hoyo oscuro. Ya no escuchaba nada. El shhh… shhh… se había detenido.
El terror me paralizó. ¿Se había muerto? ¿Llegamos tarde? ¿O me lo había imaginado todo? Tal vez la Directora Valentina tenía razón. Tal vez yo estaba loco. Tal vez solo quería que alguien me hiciera caso.
Di un paso atrás, sintiendo que el mundo se me venía encima. —Yo… yo… —balbuceé.
Y entonces, lo sentí. No fue un sonido. Fue un golpe. Como cuando alguien golpea la pared desde el otro lado. Un golpe débil, desesperado. Un último intento.
¡TOC!
—¡CÁLLENSE! —grité con todas mis fuerzas, desgarrándome la garganta—. ¡ESCUCHEN!
Todos se quedaron inmóviles. Los bomberos con las palas en el aire. Los policías con las manos en los cinturones. Solo se oía la lluvia.
Y luego, desde el fondo del agujero, amortiguado por metro y medio de tierra mojada, se escuchó.
…toc…
Era tan débil que si hubiéramos respirado fuerte, no lo habríamos oído.
La cara de Martínez se transformó. Se le cayó la boca abierta. El bombero principal abrió los ojos como platos. —¡Madre santa! —exclamó.
—¡ESTÁ VIVA! —gritó el Comandante Miguel, saltando dentro del hoyo él mismo—. ¡DENME LA PALA!
La escena se volvió un frenesí. Ya no había dudas. Ya no había cansancio. Había una vida ahí abajo gritando por ayuda. Los bomberos y el Comandante cavaban con una furia animal. La tierra volaba por los aires.
—¡Cuidado! —avisó uno—. ¡Siento algo duro!
La pala del Comandante chocó contra algo sólido. Un sonido hueco. Madera. —¡La tengo! —gritó Miguel, con la voz quebrada por la emoción—. ¡La tengo! ¡Limpien los bordes!
Se arrodillaron y empezaron a quitar la tierra con las manos para no lastimarla. Poco a poco, bajo la luz de los reflectores, apareció. Una tapa de madera. Tablas de pino baratas, clavadas con prisa. Y ahí estaban. Los agujeros. Tal como yo los había dibujado. Pero estaban totalmente tapados por una masa de lodo denso. No entraba ni una molécula de aire.
—¡Barreta! —pidió Miguel, extendiendo la mano sin mirar. Un bombero le puso una barreta de acero en la mano.
Miguel encajó la punta de metal entre las tablas. —¡Elena! —gritó hacia la madera—. ¡Soy la policía! ¡Voy a abrir! ¡Cúbrete la cara!
Hizo palanca. Sus músculos del cuello se tensaron. La madera crujió, resistiéndose. Los clavos chillaron al ser arrancados. —¡Ayúdenme! —gritó. Dos bomberos se unieron a la palanca.
¡CRAAAAACK!
La tapa se rompió por la mitad y se levantó. El olor nos golpeó a todos. No olía a muerto, gracias a Dios. Olía a encierro. A orines. A miedo concentrado. Y a dióxido de carbono.
El Comandante alumbró el interior con su linterna.
Ahí estaba. Elena Ramírez. Estaba hecha un nudo humano. Sus rodillas pegadas al pecho. Su uniforme blanco estaba gris y roto. Tenía las manos arañadas, llenas de astillas de tanto rascar la madera. Sus ojos estaban abiertos, fijos en la luz, dilatados por el terror y la hipoxia. Su piel tenía un tono azulado bajo la mugre.
No se movía.
—¡Paramédicos! —bramó Miguel—. ¡Al hoyo! ¡Rápido!
Ana soltó un grito ahogado y se tapó la boca. Yo me asomé al borde del abismo. —Tía Elena… —susurré.
Un paramédico saltó ágilmente al agujero con su maletín naranja. Le puso dos dedos en el cuello. Segundos eternos. La lluvia seguía cayendo sobre su cara pálida, lavando la suciedad, pero ella no parpadeaba.
El paramédico levantó la vista hacia el Comandante. Negó con la cabeza ligeramente. —El pulso es filiforme. Casi inexistente. Está en paro respiratorio.
—¡Sáquenla! —ordenó Miguel—. ¡No la puedo reanimar aquí abajo!
Entre tres hombres, con una delicadeza que contrastaba con su fuerza bruta, levantaron el cuerpo inerte de Elena. La pasaron hacia arriba, donde otros brazos la recibieron y la depositaron en la camilla rígida sobre el lodo.
Le cortaron la ropa del pecho de un tijeretazo. El paramédico colocó la mascarilla del ambú (el respirador manual) sobre su boca y nariz azules y empezó a bombear aire. Fush… fush… fush…
—¡Vamos, Elena! —gritaba Ana, llorando—. ¡Respira! ¡Tu hija te espera!
Yo me acerqué. Mis piernas me fallaron y caí de rodillas junto a la camilla. Le agarré la mano fría. Estaba helada, como la de mi mamá aquella mañana. —No te vayas… —le dije mentalmente—. Ya no hay tierra. Ya hay aire. Respira el aire.
El monitor cardíaco que le habían conectado empezó a pitar. Un pitido largo y continuo. Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii… Asistolia. Línea plana.
—¡Perdemos ritmo! —gritó el paramédico—. ¡Iniciando RCP! Empezó a comprimir su pecho con fuerza. Uno, dos, tres, cuatro… El cuerpo de Elena se sacudía con cada compresión, pero parecía una muñeca vacía.
El Comandante Miguel se quitó la gorra y se pasó la mano por el pelo mojado, mirando al cielo como pidiendo un milagro o una explicación. Martínez se quitó el sombrero. Los bomberos bajaron la cabeza.
Habíamos llegado. Habíamos cavado. La habíamos sacado. ¿Y para qué? ¿Para verla morir en el lodo en lugar de en la madera?
—No… —dije yo. Me levanté. Sentí una furia caliente en el estómago. No era justo. Yo había escuchado su promesa. Ella le prometió a Mafer que volvería.
Puse mis dos manos sobre las manos del paramédico que estaba comprimiendo su pecho. —¡DÉJELA! —grité.
—Quítate, niño —dijo el paramédico, empujándome—. Estoy trabajando.
—¡DÉJELA! ¡ELLA NO SE QUIERE IR!
No sé qué pasó. Tal vez fue la electricidad de la tormenta. Tal vez fue la adrenalina. O tal vez, solo tal vez, fue eso que la Directora Valentina llamaba “locura” y que la Tía Ana llamaba “don”. Toqué la frente de Elena.
¡REGRESA! grité dentro de mi cabeza. ¡MAFER TE ESPERA! ¡EL CONEJO TE ESPERA! ¡YO TE ESPERO!
Y entonces, sucedió. El cuerpo de Elena se arqueó violentamente, como si hubiera recibido una descarga eléctrica de mil voltios. Sus ojos, que miraban a la nada, de repente enfocaron. Abrió la boca y soltó un sonido gutural, horrible y maravilloso. Una aspiración profunda, desesperada, que sonó como si se tragara todo el aire del mundo de un bocado.
¡HUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUCK!
Empezó a toser. Agua, bilis, lodo. Tosía y tosía, sacudiéndose en la camilla. El monitor empezó a pitar rítmicamente. Pip… pip… pip… pip…
—¡Recuperó pulso! —gritó el paramédico, incrédulo—. ¡Satura al 85% y subiendo! ¡Está ventilando espontáneamente!
Elena giró la cabeza hacia un lado y vomitó. Luego, cayó de espaldas, exhausta, jadeando. Sus ojos recorrieron las caras borrosas sobre ella. Los policías, los bomberos, la lluvia. Y finalmente, se posaron en mí.
Yo estaba lleno de barro, moco y lágrimas. Ella levantó una mano temblorosa, con los dedos llenos de astillas, y me rozó la mejilla.
—El… niño… —susurró con una voz que sonaba a vidrio roto—. El niño… que… escuchaba…
Y se desmayó. Pero esta vez, era un sueño normal. Su pecho subía y bajaba rítmicamente. Estaba viva.
El Comandante Miguel soltó un grito de júbilo que se escuchó más fuerte que los truenos. —¡VÁMONOS! ¡A URGENCIAS! ¡CLAVE UNO! ¡ABRAN PASO!
Cargaron la camilla y corrieron hacia la ambulancia, resbalando en el lodo. Ana me levantó en brazos y me abrazó tan fuerte que casi me asfixia. —Lo hiciste, Diego… Lo hiciste… —lloraba ella en mi cuello.
Yo miré hacia el agujero negro en la tierra. La caja rota parecía una boca abierta, decepcionada de que le hubiéramos robado su cena. El Sargento Martínez se acercó a nosotros. Ya no tenía esa mirada burlona. Estaba pálido, y me miraba con algo que se parecía mucho al miedo o al respeto absoluto. Se quitó su impermeable y me lo puso encima como una capa.
—Perdón, chamaco —murmuró, sin mirarme a los ojos—. Perdón. Tienes… tienes razón. Tienes el oído de Dios.
Me subieron a la patrulla otra vez. Pero ahora no íbamos persiguiendo a la muerte. Ahora íbamos celebrando la vida. Mientras nos alejábamos del baldío, me recosté en el asiento y cerré los ojos. El zumbido en mi cabeza se había ido. Por primera vez en meses, había silencio. Un silencio bonito. Un silencio de paz.
Pero yo sabía que esto no había terminado. Faltaba algo. En mi cabeza, vi la imagen del hombre de la barba. El Tío Sergio. Lo vi empacando una maleta en un cuarto sucio. Lo vi mirando un boleto de autobús hacia el norte.
—Jefe Miguel… —dije, abriendo los ojos mientras la patrulla aceleraba—. El hombre malo se va a ir.
El Comandante me miró por el espejo. —¿Dónde está, Diego?
—En un cuarto verde. Cerca de las vías del tren. Huele a tacos de suadero. Se va a ir en un camión grande a la frontera.
El Comandante tomó su radio con una sonrisa feroz, la sonrisa del cazador que ya tiene a la presa en la mira. —Martínez, avisa a la Federal de Caminos y rodeen la zona de la estación de Buenavista y las vecindades de la Vía Morelos. El niño dice que se está pelando. Y si el niño lo dice… es ley.
La patrulla dio vuelta en U, derrapando, y aceleramos hacia la siguiente cacería. Porque esa noche, en el Estado de México, los milagros existían, y tenían nombre y apellido: Diego, el niño que escuchaba a los enterrados.
CAPÍTULO 4: LA JAULA DEL MONSTRUO Y EL DESPERTAR
El Hospital General de Zona era un hormiguero de dolor a las tres de la mañana. Las luces de neón parpadeaban sobre pasillos abarrotados de gente durmiendo en el suelo sobre cobijas de tigre, esperando noticias de sus familiares. Olía a cloro, a sangre seca y a ese aroma inconfundible de la angustia burocrática del sistema de salud público.
Entramos por Urgencias como una exhalación. Los paramédicos corrían empujando la camilla de Elena, gritando códigos médicos que yo no entendía, pero que sonaban a sentencia de muerte.
—¡Femenina de 32 años! ¡Síndrome de aplastamiento, hipoxia severa, hipotermia y deshidratación crítica! ¡Pasando a Trauma Choque!
Yo iba detrás, agarrado de la mano de la Tía Ana, dejando un rastro de lodo seco y pedazos de hierba en el piso inmaculado del hospital. Las enfermeras nos miraban con horror, preguntándose qué hacía un niño vagabundo y sucio en medio de una emergencia de código rojo.
—¡Ustedes no pueden pasar de aquí! —nos detuvo un guardia de seguridad corpulento en las puertas abatibles del área restringida.
—¡Es el niño que la encontró! —gritó Ana, con los ojos inyectados de sangre y fatiga—. ¡Si ella vive es por él!
—Reglas son reglas, señito. A la sala de espera.
Nos quedamos ahí, viendo cómo las puertas se cerraban, tragándose a la Tía Elena. Me sentí vacío. Como si me hubieran arrancado un cable que me conectaba a la electricidad. El zumbido en mi cabeza se había apagado por completo. Ya no la sentía. Y eso me daba más miedo que escucharla sufrir.
Me senté en una silla de plástico duro. Mis tenis mojados hacían un charco sucio. Temblaba de frío, pero más de la reacción postraumática.
—¿Se va a morir, Tía Ana? —pregunté, con la voz chiquita.
Ana me abrazó, manchando su propia ropa de barro. —No, mi amor. Ya está con los doctores. Los doctores saben qué hacer. Tú hiciste tu parte. Hiciste un milagro.
Pero yo sabía que el milagro no estaba completo. Faltaba el monstruo. Cerré los ojos. Intenté buscar esa otra vibración, la oscura, la del hombre de la barba. Cuarto verde… vías del tren… olor a grasa…
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, la cacería había comenzado.
El Comandante Miguel no había ido al hospital. Él tenía otra misión. Una que requiera plomo y acero, no bisturís. La patrulla Charger se deslizaba sigilosamente por las calles de la colonia Santa María Tulpetlac, una zona brava de Ecatepec pegada a las vías del tren. Las instrucciones del niño habían sido precisas, casi terroríficamente precisas.
—”Cuarto verde. Cerca de las vías. Huele a tacos de suadero”.
Miguel bajó la ventanilla. El aire húmedo de la madrugada traía, efectivamente, el olor a grasa quemada de un puesto de tacos callejero que operaba las 24 horas en la esquina. Y justo detrás del puesto, una vecindad vieja con la fachada pintada de un verde pistache descascarado.
—Aquí es —dijo Miguel por la radio—. Martínez, rodeen el perímetro. Unidades 4 y 5 a la parte trasera. Que no se nos pele por las azoteas.
Los oficiales bajaron desenfundando sus armas largas. Se movían en silencio, sombras azules bajo la lluvia que por fin empezaba a amainar. Miguel se acercó a la puerta de metal oxidado de la vecindad. Estaba entreabierta.
Entraron al patio central, lleno de lavaderos de piedra y tendederos con ropa mojada. Al fondo, en la planta baja, una sola ventana tenía luz. Una luz amarillenta y enfermiza.
Miguel se pegó a la pared. Hizo una seña a sus hombres. Uno. Dos. Tres.
—¡POLICÍA JUDICIAL! —gritó Miguel, y pateó la puerta de madera podrida con tal fuerza que la arrancó de las bisagras.
Entraron apuntando a todas partes. El cuarto era un chiquero. Había cajas de pizza vieja, botellas de refresco y ropa sucia tirada por todos lados. Las paredes estaban tapizadas de algo que hizo que a Miguel se le revolviera el estómago.
Fotos. Cientos de fotos. Todas de Elena. Elena saliendo del hospital. Elena comprando el pan. Elena llevando a su hija al kínder. Fotos tomadas desde lejos, con telefoto, desde arbustos, desde coches. Un santuario de obsesión demencial.
Y en medio del cuarto, con una maleta de deportes a medio llenar, estaba él. Sergio Mondragón. “El Loco”. Tenía la barba negra tupida y la cicatriz blanca en la ceja, tal como la había dibujado el niño. Estaba paralizado, con una playera de Elena en las manos que estaba doblando con cuidado, como si fuera una reliquia sagrada.
—¡MANOS ARRIBA! ¡AL SUELO, CABRÓN! —le gritaron tres oficiales a la vez.
Sergio no parecía asustado. Parecía… ofendido. Confundido. —¿Por qué entran así? —preguntó con voz tranquila, una tranquilidad escalofriante—. Van a despertar a los vecinos.
Miguel se le fue encima. Lo tacleó contra el suelo sucio, poniéndole la bota en el cuello mientras Martínez le ponía las esposas. —¡Sergio Mondragón, quedas detenido por el secuestro e intento de homicidio de Elena Ramírez!
—¡Yo no la quise matar! —chilló Sergio mientras lo levantaban a la fuerza. Sus ojos desorbitados buscaban comprensión en las caras de los policías—. ¡Yo la amo! ¡Ustedes no entienden!
—¿La amas enterrándola viva, infeliz? —le escupió Miguel en la cara.
—¡La estaba protegiendo! —gritó Sergio, debatiéndose—. ¡El mundo es malo! ¡La gente es mala! ¡Ahí abajo nadie le podía hacer daño! ¡Yo le llevaba agua! ¡Le llevaba pan!.
Miguel lo empujó hacia la salida. —Le llevabas la muerte. —¡Ella iba a entender! —seguía gritando Sergio mientras lo arrastraban hacia la patrulla—. ¡Le dije que si se casaba conmigo la sacaba! ¡Solo tenía que decir que sí! ¡Si me amaba, yo le destapaba los agujeros! ¡Era una prueba de amor!.
En la mesa del cuarto, Miguel vio algo más antes de salir. Un diario. Lo abrió rápidamente. Estaba lleno de horarios, rutas y delirios escritos con letra apretada. “Plan de Salvación para Elena”, decía en la primera página.
Miguel cerró el diario con asco. El niño tenía razón. En todo. “Misión cumplida, Diego”, pensó el Comandante. “Ya tenemos al monstruo en la jaula”.
De vuelta en el hospital, el amanecer empezaba a pintar el cielo de un gris menos triste. Yo me había quedado dormido en las sillas de plástico, con la cabeza en el regazo de Ana. Soñé cosas feas. Soñé con tierra. Pero luego soñé con un conejo de peluche.
—Diego… despierta.
Abrí los ojos. El Comandante Miguel estaba ahí. Se veía terrible: ojeras moradas, ropa llena de lodo seco, pero tenía una sonrisa cansada. Traía dos vasos de chocolate caliente de la máquina.
—Ten, campeón. Te lo ganaste.
Tomé el vaso. El calor me reconfortó las manos. —¿Lo atrapaste? —pregunté antes de tomar un sorbo.
Miguel se sentó a mi lado y suspiró. —Sí. Lo atrapamos. Estaba exactamente donde dijiste. En el cuarto verde, empacando para huir. Ya está en los separos, cantando todo. Confesó que la enterró, confesó que la acosaba… confesó hasta lo que no hizo.
Ana soltó el aire que parecía haber estado conteniendo por horas. —¿Y Elena?
La cara de Miguel se ensombreció un poco, pero luego se aclaró. —Es dura. Los doctores dicen que es un milagro. Tenía deshidratación crítica, sus riñones estaban fallando y le faltaba oxígeno… dicen que una hora más, tal vez dos, y ya no la contábamos. Pero está estable. Ya despertó.
—¿Preguntó por Mafer? —quise saber.
—Fue lo primero que dijo —sonrió Miguel—. Apenas le quitaron el tubo de la garganta, susurró “Mafer”. Y luego… preguntó por ti.
Sentí que se me encogía el estómago. —¿Por mí?
—Dijo que quería ver al niño que la escuchó llorar. Pero los doctores no dejan pasar a nadie todavía. Tienen que estabilizarla. Además… —Miguel miró hacia la entrada de Urgencias—. Tenemos otro problema.
Miré hacia allá. Había cámaras. Micrófonos. Reporteros. Parecían buitres esperando carroña, pero ahora buscaban un héroe. Y detrás de ellos, abriéndose paso como si fuera la dueña del lugar, venía la Directora Valentina.
Venía peinada de salón (quién sabe a qué hora abrió la estética), con su mejor traje sastre y una sonrisa tan falsa que daba miedo.
—¡Aquí está! —gritó Valentina a las cámaras, señalándome—. ¡Aquí está nuestro pequeño ángel! ¡El orgullo de la Casa Hogar La Esperanza!
Los flashes me cegaron. —¡Diego! ¡Diego, voltea para acá! —¿Es verdad que eres vidente? —¿Cómo supiste dónde cavar?
Ana se puso frente a mí, tapándome como un escudo humano. —¡Déjenlo en paz! ¡Es un niño! ¡Está traumado y cansado!
Valentina apartó a Ana con un empujón disimulado pero fuerte. Se agachó a mi lado y me abrazó para la foto, apretándome tan fuerte que me dolió el hombro. —En nuestra institución —dijo Valentina a los micrófonos—, siempre fomentamos la intuición y la espiritualidad de nuestros niños. Diego es un ejemplo del excelente cuidado que les damos.
Sentí ganas de vomitar el chocolate. —Usted me quería mandar al manicomio —dije.
Mi voz fue bajita, pero los micrófonos captan todo. Se hizo un silencio incómodo. La sonrisa de Valentina tembló. —Jajaja, qué ocurrencias tienen los niños, ¿verdad? El shock, pobrecito. Delira un poco.
El Comandante Miguel dio un paso al frente, imponiendo su autoridad y su placa. —Señores de la prensa, el menor acaba de colaborar en una operación de alto riesgo. Necesita descanso. Si quieren declaraciones, yo se las doy afuera. Pero dejen al niño en paz. Y señora Directora… —miró a Valentina con ojos de hielo—… tenemos una plática pendiente sobre ese traslado al psiquiátrico.
Valentina tragó saliva y retrocedió, pero no sin antes susurrarle a Ana: —Llévalo a la camioneta. Nos vamos a la Casa Hogar. Esto no se queda así.
—No —dije yo, plantándome firme—. No me voy hasta que la vea.
—Diego, no podemos… —empezó Ana.
Pero en ese momento, salió un doctor de bata verde, buscando con la mirada. —¿Familiares de Elena Ramírez?
—Aquí la autoridad —dijo Miguel—. Y… sus salvadores.
—Ella está pidiendo ver al niño —dijo el doctor—. Se está alterando mucho y eso le sube la presión. Dice que necesita verlo para creer que está viva. Solo cinco minutos.
Valentina intentó avanzar. —Yo lo acompaño, soy su tutora legal. —Solo el niño —cortó el doctor—. Y un acompañante de confianza. El niño elige.
Yo agarré la mano de Ana y la de Miguel. —Ellos vienen conmigo. Usted no.
Entramos a la Unidad de Cuidados Intensivos. El ruido de las máquinas era constante. Pip… pip… pip… Pero este ritmo era de vida, no de muerte. En la cama 4, llena de tubos, sueros y con una mascarilla de oxígeno transparente, estaba ella.
Ya no tenía lodo en la cara. Estaba pálida, sí, y tenía ojeras negras, pero estaba limpia. Su pelo negro estaba lavado. Abrió los ojos cuando nos acercamos. Eran ojos tristes, pero brillantes.
Me acerqué a la barandilla de la cama. Ella sacó una mano de debajo de la sábana. Tenía las uñas rotas y vendas en las muñecas. Me tocó la cara. Su mano estaba tibia. Ya no estaba fría.
—Hola… —susurró con voz rasposa, dolorosa.
—Hola, Tía Elena —dije.
Ella empezó a llorar en silencio. Las lágrimas resbalaban hacia sus orejas. —Tú… tú me escuchaste —dijo, haciendo un esfuerzo enorme para hablar—. Yo gritaba… pero la tierra se comía mi voz. Pensé… pensé que me iba a morir ahí sola.
—No estabas sola —le dije—. Yo te oía. Te oía rezar por Mafer.
Al escuchar el nombre de su hija, Elena sollozó. —Mafer… ¿dónde está mi Mafer?
—Está con tu mamá —intervino el Comandante Miguel suavemente—. Ya mandamos una patrulla por ellas. Vienen en camino. Tu mamá tiene la nota que dejaste… la nota en el pedazo de venda.
Elena asintió débilmente. —Escribí… escribí quién fue. Por si me encontraban muerta. Sergio…
—Sergio está en la cárcel —dijo Miguel—. Y no va a salir nunca. Te lo prometo. Se acabó, Elena. Te encontramos.
Elena volvió a mirarme. Sus ojos me recorrían como si quisiera memorizar cada peca de mi cara. —Gracias, mi niño. Gracias… —Apretó mi mano—. ¿Cómo te llamas?
—Diego.
—Diego… —repitió, saboreando el nombre—. Diego, el que escucha.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Una señora mayor y una niña pequeña entraron corriendo, ignorando a las enfermeras. —¡Mami! ¡Mamá!
Era Mafer. Tenía tres años, rizos negros y traía un conejo de peluche sucio arrastrando. Elena intentó incorporarse, pero no pudo. Extendió los brazos. —¡Mi vida! ¡Mafer!.
La niña trepó a la cama con ayuda de la abuela y se abrazó al cuello de Elena. El llanto de las tres mujeres (Elena, su mamá y Mafer) llenó la habitación. Era un llanto que limpiaba todo el miedo de la semana pasada.
Yo me hice para atrás, sintiéndome un poco intruso en esa felicidad ajena. Sentí una punzada de celos, no de los malos, sino de los tristes. Yo no tenía a quién abrazar así. Mi mamá ya no estaba. Mi papá estaba en la cárcel. Yo solo tenía a la Tía Ana y a mis fantasmas.
Me giré para salir, pero Elena dijo algo entre sollozos. —¡Esperen! ¡No se lleven a Diego!
Me detuve. Ella miró a su mamá y a su hija, y luego a mí. —Mamá… este es Diego. Él me salvó. Él me trajo de vuelta con ustedes.
La abuela de Mafer, una señora bajita con rebozo, se acercó a mí. Me agarró la cara con sus manos arrugadas y me besó la frente, mojándome con sus lágrimas. —Dios te bendiga, hijo. Dios te bendiga siempre. Eres un ángel.
Salimos de la habitación para dejarlas descansar. Afuera, la realidad nos esperaba.
La Directora Valentina estaba hablando por teléfono en el pasillo, manoteando furiosa. —¡Sí, sí! ¡Quiero que preparen el comunicado de prensa! ¡Que digan que el niño es un prodigio de nuestra educación! ¡Y cancela el traslado a Toluca! ¡No podemos deshacernos del “Niño Milagro” ahora que es famoso! ¡Sería un suicidio de relaciones públicas!
Ana me apretó la mano. Escuchó todo. —Viste eso, Diego —susurró—. No te van a mandar al psiquiátrico. Te quedas.
Yo miré a Valentina. —Me quedo… pero para ser su trofeo. Su mono de feria.
Miguel se agachó frente a mí. —Diego, escúchame. Lo que hiciste hoy… va a cambiar cosas. No voy a dejar que esa bruja te use. Voy a escribir el reporte oficial. Voy a poner que tú fuiste la clave. Que sin ti, no la encontrábamos. Y voy a hablar con el juez de lo familiar.
—¿Para qué? —pregunté.
—Para que te protejan. Eres un héroe, Diego. Y los héroes no se quedan solos.
Regresamos a la Casa Hogar cuando el sol ya estaba alto. El patio estaba lleno de lodo y huellas de patrullas. La cinta amarilla de “PROHIBIDO EL PASO” rodeaba el agujero en el baldío. Me asomé por la ventana de mi cuarto, la misma ventana donde había empezado todo.
El agujero se veía negro y feo. Pero ya no daba miedo. Ya estaba vacío. Me acosté en mi cama. Estaba agotado. Ana me tapó con la cobija. —Descansa, mi amor. Ya pasó.
Cerré los ojos. Esperaba el silencio. Pero justo antes de dormirme, escuché algo. No era la tierra. No era un muerto. Era una voz suave, dentro de mi cabeza, pero que sonaba a gratitud. Gracias, Diego. Buenas noches.
Sonreí. No sabía si era Elena pensándolo desde el hospital o si era mi imaginación. Pero por primera vez, no me importó. Dormí sin soñar con tumbas.
A los dos días, el periódico El Gráfico sacó la portada. Una foto mía (pixelada) y la foto de Elena en la camilla. El titular decía:
“EL NIÑO CLARIVIDENTE Y EL RESCATE IMPOSIBLE: Cae ‘El Loco’ Mondragón tras enterrar viva a enfermera”.
En la escuela del orfanato, los niños que antes me aventaban legos ahora me miraban con miedo y respeto. —¿Es cierto que ves muertos? —me preguntó el Kevin en el recreo. —No —le dije, mordiendo mi torta—. Solo escucho a los que nadie quiere oír.
Pero la fama dura poco en México. A la semana, salió otra noticia de un político corrupto y la gente se olvidó del niño del orfanato. La Directora Valentina volvió a ser la misma de siempre, solo que ahora no podía correrme porque los donantes preguntaban por “el niño héroe”. Así que me ignoraba. Me dejaba en mi rincón.
Yo pensaba que mi vida volvería a ser gris. Pensaba que mi premio por salvar a Elena era simplemente que no me encerraran en el manicomio. Pero me equivocaba. El verdadero cambio no venía de las noticias, ni de la directora. Venía en una silla de ruedas, empujada por una enfermera terca que no olvidaba sus promesas.
Una tarde, dos semanas después, me llamaron a la oficina de la dirección. Pensé que me había metido en problemas. Pero cuando entré, ahí estaba ella. Elena. Todavía tenía vendas en los brazos. Estaba flaca y pálida. Pero estaba de pie, apoyada en un bastón. Y junto a ella estaba el Comandante Miguel.
—Hola, Diego —dijo Elena.
La Directora Valentina estaba sentada en su escritorio, con cara de haber chupado un limón. —Diego, la señora Ramírez vino a… agradecerte personalmente. Y el Comandante trae unos papeles.
Elena se acercó a mí cojeando. Se agachó con dificultad para verme a los ojos. —No vine solo a agradecerte, Diego. Vine a hablar contigo.
—¿De qué? —pregunté.
Elena sacó una foto de su bolsa. Era una foto de Mafer jugando en un parque. —Mafer pregunta mucho por su hermano mayor. Dice que el niño que salvó a su mamá debe ser parte de la familia.
Me quedé helado. —¿Qué?
—Diego… —Elena me tomó las manos—. Sé que no tengo mucho. Vivo en un departamento chiquito rentado. Mi sueldo de enfermera apenas alcanza. Pero… tengo mucho espacio en mi corazón. Y tengo una deuda de vida contigo.
Miró a Valentina desafiante y luego volvió a mirarme a mí con una ternura infinita. —No voy a dejar que te quedes aquí, Diego. No voy a dejar que te traten como a un bicho raro. Tú eres especial. Eres un regalo. Y si tú quieres… si tú estás de acuerdo… quiero iniciar los trámites para adoptarte.
El mundo se detuvo. ¿Adoptarme? ¿A mí? ¿Al hijo del borracho? ¿Al niño que habla con la tierra?
—Pero… soy raro —dije, sintiendo que las lágrimas me picaban los ojos—. Escucho cosas. Te voy a asustar.
Elena sonrió, y fue como si saliera el sol en esa oficina gris. —No me vas a asustar, Diego. Me vas a enseñar a escuchar. Tú me salvaste la vida. Ahora déjame intentar darte una a ti.
Miré al Comandante Miguel. Él asintió, guiñándome un ojo. —Yo soy tu referencia, chamaco. Ya le dije al juez que eres un buen muchacho.
Miré a la Tía Ana, que estaba en la puerta llorando de felicidad. Y luego miré a Elena. A mi Tía Elena. A mi… ¿mamá?
—¿Mafer me va a prestar su conejo? —pregunté.
Elena se rió, y se le salieron las lágrimas. —Te va a prestar el conejo, la cama y hasta su postre. ¿Qué dices?
Respiré hondo. El aire olía a limpio. A esperanza. —Digo que sí.
CAPÍTULO 5: LA SOMBRA DE LA LEY Y LA ESPERA INTERMINABLE
La promesa de Elena de adoptarme brillaba como una moneda de oro en el fondo de un pozo oscuro, pero sacarla de ahí no iba a ser fácil. En México, la burocracia es un monstruo más lento y cruel que cualquier villano de cuento. Es un monstruo hecho de papel carbón, sellos oficiales y miradas de desprecio detrás de ventanillas de cristal.
Pasaron dos meses. Dos meses eternos en los que volví a mi cama en la Casa Hogar “La Esperanza”.
La Directora Valentina no me perdonaba. No me pegaba, claro, porque ahora yo era “El Niño Milagro” y los reporteros todavía merodeaban de vez en cuando, pero me castigaba con el silencio. Me aislaba.
—No te hagas ilusiones, Diego —me decía cuando me veía mirando el calendario—. Las adopciones tardan años. Y menos se la van a dar a una madre soltera que gana el mínimo y que acaba de salir de terapia intensiva. Lo más seguro es que te quedes aquí hasta los dieciocho.
Yo apretaba los dientes y me iba a mi rincón. Ya no iba al baldío. El agujero había sido rellenado por la policía, pero yo sentía que el hueco se me había quedado en el estómago.
Mi única luz eran las visitas. Cada domingo, sin falta, llegaba Elena. Al principio venía en silla de ruedas, empujada por su mamá. Luego con muletas. Y al final, con un bastón y caminando despacito, pero firme.
—Ya falta menos, mi amor —me decía, acariciándome el pelo a través de la reja del patio de visitas, porque Valentina no la dejaba entrar a la sala común—. El Comandante Miguel está moviendo cielo, mar y tierra. Ya entregamos el estudio socioeconómico.
—Tengo miedo, Tía Elena —le confesé un domingo de lluvia—. Dicen los niños grandes que el juez no va a querer porque soy “el loquito”.
Elena me agarró la cara con sus manos, que ya no tenían vendas pero sí cicatrices de las astillas de la caja. —Tú no eres loquito. Y el juez va a tener que escucharme. Y si no, le armo un escándalo que va a salir hasta en las noticias de China.
El día del juicio contra Sergio “El Loco” Mondragón llegó antes que la adopción. El Comandante Miguel vino por mí a la Casa Hogar. Iba vestido de traje, no de uniforme, y se veía muy serio.
—Tienes que ser valiente, Diego —me dijo en el coche—. El juez necesita escucharte. Necesita saber cómo lo supiste.
El tribunal estaba en Ecatepec. Un edificio de concreto gris rodeado de gente vendiendo copias y abogados coyotes. Entramos por una puerta lateral para evitar a la prensa.
La sala de juicio era fría. Olía a madera vieja y a miedo. Ahí estaba él. Sergio. Estaba sentado en el banquillo de los acusados, con un uniforme beige de recluso y esposas en las manos. Ya no tenía esa mirada desafiante. Se veía chiquito, encorvado. Pero cuando vio entrar a Elena, sus ojos se encendieron con esa luz enferma que me daba escalofríos.
—¡Elena! —gritó, intentando levantarse, pero los guardias lo sentaron de un jalón—. ¡Elena, mi amor! ¡Diles que yo te cuidaba!
Elena, sentada en primera fila, tembló, pero no bajó la mirada. Me agarró la mano fuerte.
El juicio fue largo. Hablaron los peritos, hablaron los policías. Mostraron las fotos del “cuarto verde”, las fotos que él le tomaba a escondidas saliendo del hospital. Mostraron el diario donde tenía anotados sus horarios y su “Plan de Salvación”.
Luego, me llamaron a mí. —Diego, menor de edad, testigo clave —anunció el secretario.
Me subí a la silla grande. Mis pies no tocaban el suelo. El juez, un hombre con lentes gruesos y cara de abuelo regañón, me miró por encima de sus gafas.
—A ver, hijo. No tengas miedo. Solo dinos la verdad. ¿Tú viste al acusado enterrar a la señora?
—No, señor juez —dije, acercándome al micrófono que chilló un poco.
—Entonces, ¿cómo supiste dónde estaba?
Miré a Sergio. Él me miraba con odio. Sabía que yo le había arruinado su plan maestro. —Lo escuché —dije—. Escuché a la tierra. Y lo vi en mi cabeza. Vi su barba. Vi su cicatriz. Y vi la caja.
El abogado defensor de Sergio se levantó de un salto. —¡Objeción, Su Señoría! ¡Esto es ridículo! ¡Están basando un caso en las fantasías paranormales de un niño institucionalizado! ¡Es sugestión policial!
—No es fantasía —dije, y mi voz resonó en la sala—. Él le dijo que si no se casaba con él, le iba a tapar los agujeros. Le dijo que la amaba tanto que prefería tenerla en una caja que libre. Y le llevó pan y agua dos veces.
Sergio empezó a llorar ruidosamente. —¡Yo la amaba! —sollozó, golpeando la mesa con las esposas—. ¡Yo quería salvarla del mundo malo! ¡Ella iba a ser mi esposa!.
El juez golpeó con su mazo. —¡Silencio en la sala!
La confesión a gritos de Sergio terminó de hundirlo. No necesitaban mi “poder” para condenarlo; su propia locura lo delató. Admitió todo. Admitió que la golpeó, que construyó la caja, que la enterró.
El veredicto llegó dos horas después. El juez se ajustó los lentes y leyó la sentencia con voz monótona pero firme. —Se encuentra al acusado, Sergio Mondragón, CULPABLE de los delitos de privación ilegal de la libertad, tentativa de feminicidio y lesiones calificadas. Se le condena a 15 años de prisión sin derecho a fianza.
La sala estalló en murmullos. Elena soltó el aire y se recargó en el hombro de su mamá. Justicia. Al menos, la justicia de los hombres. Porque la justicia de la memoria, esa iba a tardar más en llegar. Sergio se fue gritando que nos perdonaba, que él era un mártir del amor, mientras se lo llevaban a la oscuridad que él mismo había querido para Elena.
Pero ganar el juicio no significaba ganar la adopción. La batalla contra la Directora Valentina fue más sucia. Ella presentó informes diciendo que yo era “inestable”, que tenía “alucinaciones auditivas” y que Elena no era apta psicológicamente después de su trauma.
—Quieren mandarlo al internado especial —nos dijo el Comandante Miguel una tarde, con cara de preocupación—. Valentina movió sus influencias en el DIF estatal. Dice que Diego es un peligro para otros niños porque los asusta.
Elena, que todavía caminaba cojeando, se puso de pie en la oficina del Comandante. —Pues entonces que me hagan las pruebas que quieran. Y a Diego también.
Contrataron a una psicóloga privada, la Dra. Marina, una mujer joven y amable que no olía a cloro como Valentina. Ella me hizo dibujos, me puso a jugar con muñecos y habló conmigo horas enteras.
—El niño no tiene psicosis —dictaminó la doctora en su informe oficial—. Tiene una sensibilidad alta, empatía profunda y secuelas de trauma, pero es funcional y cognitivamente brillante. Su “don”, sea lo que sea, no es una patología. Es una característica.
Con ese papel en la mano, y con una carta firmada por el mismísimo Comandante Miguel testificando que yo había salvado una vida, Elena se plantó en la oficina de Valentina.
Fue un viernes. Recuerdo que llovía, como el día que todo empezó. —Vengo por mi hijo —dijo Elena.
—El proceso no ha terminado… —empezó Valentina.
—El juez familiar firmó la custodia temporal pre-adoptiva esta mañana —Elena puso el papel sobre el escritorio de caoba falsa—. Si no me entrega a Diego en una hora, el Comandante Miguel viene con una orden de arresto por obstrucción de la justicia y abuso de autoridad.
Valentina se puso morada. Leyó el papel. Miró a Elena, miró a Miguel que estaba en la puerta cruzado de brazos, y finalmente, me miró a mí. —Te vas a arrepentir —le escupió a Elena—. Ese niño está roto. Te va a traer desgracias.
—Ese niño me salvó de la tumba —respondió Elena—. Y ahora yo lo voy a salvar de usted.
Corrí a mi cuarto. No tenía mucho que empacar. Mi cuaderno de dibujos (ahora con dibujos de soles y árboles, ya no de tumbas), mi ropa vieja y un carrito de juguete que me había regalado la Tía Ana.
Me despedí de Ana en la puerta. Ella lloraba a mares. —Pórtate bien, mi cielo. Sé feliz. —Vas a ir a visitarme, ¿verdad, Tía Ana? —Cada domingo, mi amor. Te lo prometo.
Salí de la Casa Hogar “La Esperanza” agarrado de la mano de Elena. No miré atrás. El edificio gris, con sus rejas oxidadas y sus ventanas tristes, se quedó en el espejo retrovisor del taxi. Por primera vez en mi vida, no escuchaba zumbidos, ni lamentos, ni ruidos de tierra. Solo escuchaba la lluvia y la voz de Elena diciéndole al taxista: —Llévenos a casa, por favor.
CAPÍTULO 6: EL CUARTO AZUL Y LOS MONSTRUOS DEL SILENCIO
“Casa”. Esa palabra me sonaba rara en la lengua. La casa de Elena no era una casa, era un departamento en el tercer piso de un edificio de interés social, de esos que hay miles en el Estado de México. Bloques de concreto pintados de colores pastel que ya se estaban despintando. Pero para mí, era un palacio.
—Es chiquito, Diego —se disculpó Elena mientras subíamos las escaleras con mis bolsas—. Tuve que cambiar mi departamento de soltera por este de dos recámaras. Todavía huele a pintura.
Abrió la puerta. Olía a Fabuloso de lavanda y a frijoles refritos. Olía a hogar.
—¡Llegaron! —gritó una vocecita.
Mafer salió corriendo del pasillo. Tenía tres años y la energía de un tornado. Se estrelló contra mis piernas y me abrazó. —¡Hermano! ¡Hermano grande!
Me quedé quieto, sin saber qué hacer. En el orfanato, si alguien te abrazaba así era para taclearte y quitarte tu postre. —Hola, Mafer —dije, dándole palmaditas torpes en la cabeza.
—Ven, te enseño tu cuarto —me jaló de la mano.
Me llevó a una habitación pequeña. Las paredes estaban pintadas de azul cielo. Un azul brillante, limpio. Elena me contó después que eligió ese color porque yo había pasado mucho tiempo mirando cosas oscuras y necesitaba ver el cielo. Había una cama con colcha de superhéroes. Un escritorio pequeño. Y en la ventana, una maceta con violetas que Mafer había plantado.
—¿Es… todo mío? —pregunté.
—Tuyo y de nadie más —dijo Elena, recargada en el marco de la puerta—. Aquí nadie te va a quitar tus cosas. Nadie te va a encerrar.
Esa primera noche, cenamos hot cakes. Yo nunca había cenado hot cakes. En el orfanato la cena era té de canela y un pan duro. Comí hasta que me dolió la panza. Mafer me contaba historias de su conejo de peluche, “Don Bigotes”, y me explicaba muy seria que yo tenía que protegerlo de los monstruos.
—Tú eres mi hermano grande —me dijo, con la boca llena de miel—. Mi mamá dice que los hermanos grandes cuidan a las hermanas chicas.
—Sí —prometí, sintiendo un nudo en la garganta—. Yo te cuido.
Pero la felicidad da miedo cuando no estás acostumbrado a ella. Esa noche, me acosté en mi cama nueva. El colchón era suave. Las sábanas olían a suavizante. Había silencio. Demasiado silencio.
En el orfanato, la noche nunca era callada. Siempre había alguien roncando, alguien llorando, el ruido de las cuidadoras caminando, las sirenas de la calle. Aquí, el silencio era pesado.
Me desperté a las tres de la mañana, sudando frío. El silencio se convirtió en zumbido. Empecé a escuchar… cosas. ¿Era un rasguño en la pared? ¿Era alguien cavando? ¿Era Sergio que se había escapado y venía por nosotros?
Me levanté temblando. Caminé descalzo por el pasillo oscuro. Fui al cuarto de Elena. La puerta estaba entreabierta. Ella dormía con Mafer. Me quedé en el umbral, vigilando. “Si me duermo, algo malo va a pasar”, pensé. “Tengo que escuchar. Tengo que estar alerta”.
Me senté en el suelo, pegado a la puerta, y pegué la oreja al piso de loseta fría. Nada. Nada. Nada. Pero mi mente fabricaba ruidos. Toc… toc… toc…
—Diego…
Alcé la vista. Elena estaba despierta. Me miraba desde la cama. No me regañó. No me dijo “vete a tu cuarto”. Se levantó despacio para no despertar a Mafer, se puso su bata y se sentó en el suelo conmigo.
—¿Qué escuchas? —me preguntó en un susurro.
—Tengo miedo de que regresen —confesé—. Tengo miedo de que sea un sueño y despierte en la caja. O en el orfanato.
Elena me abrazó. Me meció como si fuera un bebé, aunque yo ya me sentía muy grande. —No es un sueño. Y la caja ya no existe. La quemaron.
—Pero el silencio… es muy fuerte.
—Lo sé —dijo ella—. A mí también me asusta el silencio. Cuando estaba… abajo… el silencio era lo peor.
Se quedó pensando un momento. —¿Sabes qué hacía yo para no volverme loca? Cantaba. En mi mente.
—Yo no sé cantar.
—Entonces escucha esto.
Puso mi mano en su pecho, justo sobre su corazón. Pum-pum. Pum-pum. Pum-pum. Era fuerte. Rítmico. Vivo.
—Escucha eso, Diego. Ese es el sonido de la verdad. Mientras escuches mi corazón, o el de Mafer, o el tuyo, todo está bien. Concéntrate en eso. No busques ruidos afuera. Busca el ruido de la vida aquí adentro.
Nos quedamos así un largo rato, sentados en el pasillo a oscuras. Poco a poco, el zumbido en mi cabeza bajó de volumen. El ritmo del corazón de Elena lo reemplazó. Me quedé dormido ahí mismo, en el suelo, pero seguro.
A la mañana siguiente, me despertó el olor a café y el ruido de la televisión. Caricaturas. Fui a la cocina. Mafer estaba viendo Bob Esponja. —¡Diego! ¡Siéntate! ¡Mamá hizo molletes!
Me senté. Elena me sirvió un vaso de leche con chocolate. Miré por la ventana. Se veía el cielo azul, igual que mi cuarto. Se veían los tendederos de los vecinos y se oía al señor del “gas, gas, gaaaas” gritando en la calle.
—Mamá —dije. La palabra salió sola. Elena se dio la vuelta, con el cucharón en la mano. Se le aguaron los ojos. —¿Mande, hijo?
—¿Crees que… crees que ya se me quitó? ¿Lo de escuchar a los muertos?
Elena se sentó frente a mí. —No sé, Diego. A lo mejor no se quita. A lo mejor es parte de ti. Pero no tienes que usarlo todo el tiempo. Es como… como tener mucha fuerza. No andas cargando muebles todo el día, ¿verdad? Solo cuando se necesita.
—O sea, ¿soy como un superhéroe? —pregunté, recordando lo que decía Mafer.
—Algo así. Pero los superhéroes también descansan. Y también van a la escuela.
—¿Escuela?
Elena sonrió con malicia. —Claro. Mañana te inscribo en la primaria “Benito Juárez”. Ya compraste mochila, ¿no?
Suspiré, pero por dentro estaba sonriendo. Escuela. Una escuela normal. Con niños normales. Tal vez, solo tal vez, yo podría aprender a ser uno de ellos.
Los meses pasaron. El otoño se convirtió en invierno y el invierno en primavera. La vida se volvió… deliciosamente aburrida. Tarea. Recreo. Fútbol (resulta que no era tan malo de portero). Ver la tele con Mafer. Ayudar a Elena a lavar los platos.
Pero mi “don” no desapareció del todo. Solo cambió. Ya no escuchaba muertos. Pero sentía a los vivos. En la escuela, sabía quién estaba triste antes de que llorara. Sabía a quién le dolía la panza. La maestra le decía a Elena: —Su hijo tiene una empatía impresionante. Es como un psicólogo chiquito.
Y un día, en el verano, fuimos de vacaciones al pueblo de la abuela de Elena. Una casa vieja con huerta y gallinas. Ahí pasó algo. La vecina, Doña Vale, estaba llorando porque se le perdió su gata, la “Murka”. Llevaba tres días perdida.
Yo estaba jugando con Mafer en el patio. De repente, sentí ese zumbido. Muy leve. Como un cosquilleo detrás de la oreja. Cerré los ojos. Miau… miau… miedo… oscuro… tablas…
Me levanté. Caminé hacia el fondo del terreno de la vecina, hacia un cobertizo viejo lleno de madera podrida. —Diego, ¿a dónde vas? —me gritó Elena.
—Voy por la gata —dije.
Llegué al cobertizo. Moví unas tablas viejas con cuidado. Ahí estaba. La gata Murka. Estaba flaca, deshidratada, atrapada entre dos vigas caídas. Y junto a ella… tres gatitos recién nacidos.
—¡Aquí están! —grité.
Doña Vale vino corriendo. Lloró de alegría al ver a su gata y a los bebés. —¡Ay, niño! ¿Cómo supiste? Yo pasé por aquí mil veces y no oí nada.
Me encogí de hombros. Miré a Elena, que me observaba desde el portón con una sonrisa orgullosa. —Los escuché —dije simplemente—. Tenían miedo. Y cuando alguien tiene miedo y está atrapado… yo lo escucho.
Esa noche, acostado en una hamaca bajo las estrellas del campo, le pregunté a Elena: —Mamá, ¿tú crees que soy raro?
Ella me tapó con una cobija tejida. —Creo que eres un milagro, Diego. Y creo que el mundo necesita más gente “rara” que sepa escuchar el dolor de los demás, en lugar de ignorarlo.
Miré las estrellas. Brillaban mucho, como agujeritos en una caja negra gigante, dejando entrar la luz del cielo. —¿Sabes qué? —le dije, cerrando los ojos.
—¿Qué?
—Ya no tengo miedo de los agujeros. Porque ahora sé que siempre va a haber alguien afuera para ayudarme a salir.
Elena me besó la frente. —Siempre, mi amor. Siempre.
Y me dormí, arrullado por el canto de los grillos, sabiendo que al día siguiente, mi única preocupación sería enseñarle a Mafer a no comerse la tierra de las macetas. La vida era buena.
CAPÍTULO 7: EL PESO DEL MUNDO EN UN BUZÓN DE CORREO
La fama en México es una bestia extraña. Un día eres nadie, un niño invisible en un orfanato de ladrillo gris, y al día siguiente eres “El Niño Santo”, “El Vidente de Ecatepec” o “El Ángel del Subsuelo”.
Sucedió un mes después de que me mudé con Elena. La vida apenas empezaba a sentirse normal —con su rutina de cereal por la mañana y tarea por la tarde— cuando sonó el timbre. No era el cartero, ni la vecina. Era una camioneta con antenas satelitales estacionada en doble fila allá abajo.
—Son los de la tele, mamá —dijo Mafer, asomándose por la ventana con la boca abierta—. ¡Es la muchacha guapa de las noticias!
Elena suspiró y se limpió las manos en el delantal. —Les dije que no queríamos entrevistas.
Pero insistieron. Tocaron y tocaron hasta que los vecinos empezaron a salir al chisme. Al final, Elena me miró. —Diego, es tu decisión. Ellos quieren saber cómo lo hiciste. Si no quieres hablar, no abrimos y punto.
Lo pensé un momento. Recordé a la Tía Ana peleando para que me creyeran. Recordé al Comandante Miguel arriesgando su chamba. —Si les digo… a lo mejor otros adultos le creen a los niños cuando dicen cosas raras —dije.
Abrimos la puerta. La sala se llenó de cables, luces calientes y gente con prisa. La reportera, una mujer con mucho maquillaje y perfume caro, me sentó en el sofá junto a Elena.
—Dinos, Diego —preguntó, poniendo el micrófono frente a mi cara—. ¿Cómo supiste que ella estaba ahí? ¿Viste un fantasma? ¿Te habló Dios?
Me encogí de hombros, sintiéndome chiquito ante la cámara. —No sé —fui honesto—. No vi fantasmas. Solo… sentí que a alguien le dolía el corazón debajo de la tierra. A veces, cuando la gente tiene mucho miedo, gritan sin abrir la boca. Yo solo escuché ese grito.
La entrevista salió en el noticiero de la noche. Al día siguiente, en la escuela, los niños me pedían que adivinara cosas. “¿Voy a pasar el examen?”, “¿Le gusto a Lupita?”. Yo solo me reía y les decía que no era adivino de feria.
Pero lo que vino después no fue de risa. Empezaron a llegar las cartas.
Primero eran unas cuantas en el buzón. Luego, el cartero nos tocaba la puerta para entregarnos fajos amarrados con ligas. Y un día, dejaron un costal de yute en la entrada.
Cartas de todo México. La gente está desesperada, me explicó Elena una noche mientras leíamos algunas en la mesa de la cocina. En este país, hay mucha gente perdida y mucha gente buscando.
“Querido Diego, mi papá se fue al norte y no sabemos nada…” “Diego, se robaron mi camioneta, ¿sabes dónde está?” “Niño vidente, dime los números del Melate, por favor, tenemos deudas…”
Sentí un peso horrible en los hombros. Me dolía la cabeza de solo leerlas. Yo quería ayudar, pero cuando tocaba las cartas, no sentía nada. Solo papel y tinta.
—No puedo, mamá —le dije a Elena, empujando una carta con frustración—. No escucho nada. Soy un fraude.
—No eres un fraude, cielo —Elena me sirvió un vaso de leche tibia—. Eres un niño. Tu don funciona con el amor y la urgencia, no a la carta como si fueras una rockola.
Pero hubo una carta que me rompió. Llegó en un sobre rosa, oliendo a lavanda antigua. Venía de un pueblo en Michoacán. Adentro había una foto de una niña de cinco años, con trenzas y una sonrisa chimuela.
“Estimado Dimos (escribió mal mi nombre), soy una abuela desesperada. Mi nieta Lupita desapareció hace tres meses mientras jugaba afuera de la casa. La policía dice que se la llevaron. Nadie sabe nada. Tú encontraste a la enfermera. Por favor, encuentra a mi niña. Te mando mi último ahorro para que me ayudes. Escúchala, por favor.”
Junto a la foto había un billete de doscientos pesos, viejito y arrugado.
Me quedé mirando la foto de Lupita. Cerré los ojos. Puse mis manos sobre la imagen. Apreté los dientes. Vamos, Diego. Escucha. ¿Dónde está? ¿En un pozo? ¿En una casa?
Silencio. Silencio absoluto.
Traté más fuerte. Me imaginé a la niña. Traté de conectar con su miedo. Nada. Solo el ruido del refrigerador y los coches en la calle.
Empecé a llorar. Lágrimas calientes de impotencia. —¡No oigo nada! —grité, tirando la foto—. ¡Mamá, no oigo nada! ¡A lo mejor ya está muy lejos! ¡A lo mejor está muerta y por eso no la oigo!
Elena corrió a abrazarme. Me apretó fuerte contra su pecho mientras yo sollozaba. —Shhh, tranquilo.
—¡La abuelita cree que la voy a salvar! —lloraba yo—. ¡Me mandó su dinero!
Elena tomó el billete y lo guardó en el sobre con cuidado. —Vamos a regresarle su dinero con una carta bonita. Le vamos a decir que rezaremos por ella.
—Pero no la encontré…
Elena me tomó la cara con sus manos, obligándome a mirarla a los ojos. —Escúchame bien, Diego. Tú no eres Dios. No puedes salvar a todos. Salvaste a una. Me salvaste a mí. Y gracias a eso, Mafer tiene mamá. Eso es suficiente. Si intentas cargar con el dolor de todo el mundo, te vas a romper. Y yo no voy a dejar que te rompas.
Esa noche, guardamos las cartas en una caja y la subimos a lo más alto del clóset. Entendí que mi don no era un superpoder de cómic que funcionaba siempre. Era un milagro caprichoso. Y aprendí la lección más dura: a veces, el silencio es la única respuesta que tenemos.
CAPÍTULO 8: LO ESENCIAL ES INVISIBLE
Pasó un año. Las estaciones dieron la vuelta completa y el otoño regresó, pero esta vez no era gris ni frío. O al menos, no se sentía así desde mi ventana con cortinas de superhéroes.
Ya no era “El Niño Milagro” en las noticias. Había pasado de moda. Ahora era solo Diego, el de cuarto año de primaria, el que siempre traía el uniforme limpio y compartía su torta.
Un domingo por la mañana, Elena estaba tarareando una canción de Juan Gabriel mientras lavaba los trastes del desayuno. Mafer estaba en la sala dibujando. Yo estaba secando los platos.
En la radio, de repente, mencionaron mi nombre.
“…y hoy se cumple un año del rescate milagroso de la enfermera Elena Ramírez. El caso que conmocionó a la ciudad y que llevó a la cárcel al secuestrador Sergio Mondragón. Un caso donde la intuición infantil fue clave…”
Elena cerró la llave del agua. Se quedó quieta un momento, viendo la espuma en sus manos. —Un año —susurró—. Parece que fue en otra vida.
En el periódico local había salido un reportaje especial: “UN AÑO DESPUÉS: ¿CÓMO VIVE EL NIÑO QUE ESCUCHÓ A LA ENTERRADA?”. El artículo hablaba bonito. Decía que ahora tenía familia, que iba a la escuela. Incluso entrevistaron a la Directora Valentina, que ahora, hipócritamente, decía maravillas de mí. “Siempre supe que Diego era especial, en nuestra institución fomentamos esos talentos”, decía la nota. Elena y yo nos reímos al leerlo. La gente cambia de opinión rápido cuando hay éxito de por medio.
Pero mientras secaba un plato, una duda oscura que llevaba guardada mucho tiempo me picó la lengua. Miré a Elena de reojo. Se veía cansada. Trabajaba doble turno a veces para pagarme los uniformes y las medicinas cuando me enfermaba. Adoptar a un niño “traumado” no era fácil. A veces yo gritaba en sueños. A veces me ponía triste sin razón.
—Mamá… —dije bajito.
—¿Mande, hijo?
—¿Tú… tú no te arrepientes?
Elena soltó el estropajo y se giró lentamente. —¿De qué hablas?
—De haberme traído —bajé la mirada al plato—. Soy raro. Te doy gastos. A veces la gente te mira feo porque tu hijo es “el loquito” que salió en la tele. Si hubieras adoptado a un niño normal, a lo mejor sería más fácil.
Elena se secó las manos en el delantal y se agachó para quedar a mi altura. Su mirada se puso seria, pero dulce. —Diego, mírame.
Alcé la vista. —¿Te acuerdas dónde estaba yo hace un año?
—En la caja —susurré.
—Estaba muerta, Diego. Prácticamente muerta. Ya me había rendido. Y tú me sacaste. Me diste esta vida extra. Me diste la oportunidad de ver crecer a Mafer. Y luego… —me acarició la mejilla—… luego llegaste a la casa y la llenaste.
—Pero soy extraño…
—Todos somos extraños, Diego. La gente “normal” es aburrida. Tú tienes un corazón que ve cosas que otros no ven. Un corazón que escucha. ¿Cómo voy a arrepentirme de tener a un hijo que me salvó la vida y luego me salvó el alma?
Me abrazó. Olía a jabón de limón y a cariño. En ese abrazo, sentí que todas las dudas se disolvían. —El amor no ve rarezas, mi cielo —me susurró al oído—. El amor solo ve a la persona.
Esa noche, antes de dormir, Elena nos leyó un cuento. Era su favorito. “El Principito”. Estábamos los dos, Mafer y yo, acurrucados en su cama grande. Elena leyó la parte del zorro.
“He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos.”
Mafer ya estaba dormida, con el dedo en la boca. Yo me quedé pensando en la frase. —Mamá —dije, medio dormido—. ¿Yo soy como el Principito?
Elena cerró el libro y me besó la frente. —Sí, mi amor. Tú ves con el corazón. Por eso escuchaste lo que nadie más oía. Porque tú escuchabas lo esencial.
Me fui a mi cuarto azul. Me asomé a la ventana. El cielo de México estaba un poco nublado, pero se alcanzaban a ver unas cuantas estrellas luchando por brillar entre la contaminación y las luces de la ciudad. Miré hacia allá, hacia el horizonte, donde alguna vez hubo un terreno baldío y una caja de madera.
Ya no había miedo. Sergio estaba en la cárcel, pagando sus culpas. La caja estaba destruida. Y yo… yo estaba en casa.
Pensé en la niña de la foto, la nieta de la señora de Michoacán. No pude encontrarla, y eso siempre me dolería un poquito. Pero entendí que mi misión no era ser un superhéroe que lo arregla todo. Mi misión era estar aquí, ser bueno, cuidar a Mafer, y mantener los oídos abiertos. Porque nunca sabes cuándo el mundo va a susurrar de nuevo. Y si lo hace, si alguien vuelve a llamar desde la oscuridad, yo voy a estar listo. No porque sea mago, ni santo, ni loco. Sino porque soy Diego. Y tengo una mamá que me enseñó que, incluso bajo toneladas de tierra, el amor siempre encuentra una forma de respirar.
Me metí a las sábanas calientitas. Cerré los ojos. Y por fin, después de toda una vida de ruido… disfruté del silencio.
FIN