
PARTE 1 – EDICIÓN EXTENDIDA
CAPÍTULO 1: El Circo de Santa Fe y el Silencio de las Lomas
El tráfico en el Segundo Piso del Periférico estaba imposible, como siempre a las ocho de la mañana en la Ciudad de México. Una serpiente interminable de luces rojas y cláxons desesperados que se extendía desde el sur hasta las torres de cristal de Santa Fe. Pero dentro de la camioneta blindada Mercedes-Benz Clase G de Ricardo Landa, el caos de la ciudad era solo una película muda que pasaba detrás de los vidrios polarizados.
Ricardo Landa, el “Rey del Data”, el hombre que había salido de una unidad habitacional en Iztapalapa para convertirse en el multimillonario más joven en la portada de la revista Expansión, se ajustó el nudo de su corbata de seda italiana. Se miró en el espejo retrovisor. Ni una arruga. Ni una ojera. Perfecto.
—¿Crees que haya mucha prensa? —preguntó Isa, rompiendo el silencio climatizado de la cabina.
Ricardo giró la cabeza para mirarla. Isa Monroe. Veintiséis años, ex becaria de Relaciones Públicas de su propia empresa, y actualmente, la mujer por la que estaba tirando por la borda quince años de matrimonio. Isa iba vestida con un traje sastre rojo fuego que costaba más de lo que ganaba un empleado promedio en un año. Se estaba retocando el labial mirando la cámara frontal de su iPhone 15 Pro Max.
—Pagué para que la hubiera, mi amor —respondió Ricardo con una sonrisa de suficiencia, tomando su mano—. Quiero que todos vean esto. Quiero que vean cómo se cierra un ciclo y empieza el verdadero imperio.
Isa sonrió, esa sonrisa ensayada que había perfeccionado para sus cincuenta mil seguidores en Instagram.
—Es que… me pone nerviosa ella. Camila. ¿Crees que haga un escándalo? Ya sabes cómo se ponen las ex cuando se dan cuenta de que perdieron.
Ricardo soltó una carcajada seca.
—¿Camila? ¿Hacer un escándalo? —negó con la cabeza—. No conoces a mi esposa… o bueno, a mi ex esposa. Camila es una mosca muerta. No tiene el carácter para pelear. Se va a sentar ahí, va a llorar un poco, va a firmar lo que le ponga enfrente y se va a ir a esconder a casa de sus papás en Coyoacán. Es predecible. Aburrida. Por eso estoy contigo.
La camioneta se detuvo frente a la entrada principal del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México. Como Ricardo había prometido, había un enjambre de fotógrafos y reporteros. No eran paparazzi de la farándula barata, no; eran periodistas financieros y de sociales. Ricardo Landa no era un actor, era una potencia económica. Su divorcio no era chisme, era noticia de mercado.
El chofer abrió la puerta y el flash de las cámaras estalló como una tormenta eléctrica.
—¡Ricardo! ¡Ricardo! ¿Es verdad que pediste la prueba de ADN?
—¡Señor Landa! ¿Qué pasará con las acciones de Lang Tech si se comprueba el adulterio?
—¡Isa! ¡Isa, una foto por aquí!
Ricardo avanzó con paso firme, ignorando las preguntas pero asegurándose de que su mejor perfil quedara registrado. Llevaba a Isa del brazo, exhibiéndola como un trofeo de caza. Entraron al vestíbulo del tribunal, un edificio imponente de mármol y ecos, donde el aire olía a cera para pisos, café barato y desesperación humana.
Subieron al elevador privado que su equipo legal había reservado. Mientras los números de los pisos subían, Ricardo sintió esa vieja adrenalina, la misma que sentía antes de cerrar un trato hostil o de hackear un servidor supuestamente impenetrable en sus días de juventud. Era la sensación de poder absoluto. Iba a destruir a Camila, no porque la odiara, sino porque ella era el último vestigio de su pasado mediocre. Ella recordaba al Ricardo que contaba los pesos para el metro, al Ricardo inseguro. Y para ser el Dios que él creía ser, tenía que borrar cualquier rastro de su humanidad anterior.
Al llegar a la Sala 7C, su equipo de abogados ya estaba allí. Eran los mejores de México: el despacho “Castañeda & Asociados”. Cinco hombres en trajes grises impecables, con maletines de piel y miradas de tiburón.
—Todo está listo, licenciado Landa —dijo Castañeda, el socio principal, un hombre calvo con voz de barítono—. El juez Montiel es estricto, pero le gustan los hechos. Y los hechos que fabricamos… digo, que presentamos, son contundentes. La narrativa de la “esposa inestable” ya está sembrada en los medios.
—Excelente —dijo Ricardo, sentándose en la cabecera de la mesa del demandante. Isa se sentó a su lado, cruzando las piernas y sacando su celular para, discretamente, revisar los comentarios de su última foto.
Fue entonces cuando se abrió la puerta del otro lado.
El ruido de la sala se apagó un poco. Entró Camila.
Ricardo esperaba verla destrozada. Esperaba ver ojeras, ropa desaliñada, quizás ese suéter viejo que usaba cuando estaba deprimida. Esperaba ver a una víctima.
Lo que vio lo hizo parpadear dos veces.
Camila Landa entró caminando con una lentitud deliberada. Llevaba un vestido azul marino, corte recto, sin escote, mangas tres cuartos. Era sencillo, pero la tela caía con una elegancia que el vestido rojo de Isa jamás tendría. Llevaba el cabello recogido en un chongo bajo, pulcro, dejando ver su cuello largo y pálido. No llevaba maquillaje visible, salvo un poco de rímel que resaltaba sus ojos color miel. Esos ojos que, en ese momento, no miraban al suelo. Miraban al frente.
No venía sola, pero tampoco traía un ejército. A su lado caminaba un solo hombre. El Licenciado Horacio Benítez. Ricardo lo reconoció vagamente y tuvo que reprimir una risa. Benítez era un abogado de la vieja escuela, un tipo que tenía su despacho en un edificio viejo del Centro Histórico, arriba de una pastelería. Un abogado de “pleitos de vecindad”, pensó Ricardo. ¿Eso era todo lo que Camila podía pagar con la mensualidad que le había cortado?
Camila se sentó. No miró a Ricardo. No miró a Isa. Sacó una libreta Moleskine negra y una pluma fuente de su bolso. Se sentó con la espalda recta, las manos sobre la mesa, completamente inmóvil.
—Pobrecita —susurró Isa, inclinándose hacia Ricardo—. Mira su abogado. Tiene caspa en el saco.
Ricardo sonrió de lado.
—Esto va a ser más rápido de lo que pensé.
El secretario del tribunal anunció la entrada del juez.
—Todos de pie. Preside el Honorable Juez Arturo Montiel.
El juez Montiel entró con su toga negra, arrastrando los pies con cansancio. Era un hombre que había visto demasiados divorcios, demasiadas mentiras y demasiada gente rica peleando por quién se quedaba con la casa de Valle de Bravo. Se sentó, se puso los lentes y miró los expedientes frente a él como si fueran tarea escolar aburrida.
—Bien, sentados —druzñó el juez—. Expediente 4405/2025. Divorcio incausado y juicio de paternidad. Ricardo Landa contra Camila Landa.
Castañeda, el abogado de Ricardo, se puso de pie inmediatamente, proyectando su voz para que resonara en toda la sala.
—Su Señoría, estamos aquí no solo para disolver un vínculo matrimonial que ha perdido su propósito, sino para corregir un fraude. Mi cliente, el Señor Landa, ha sido víctima de un engaño continuado. Tenemos razones fundadas para creer que los menores, Diego y Sofía Landa, no son hijos biológicos de mi cliente. La señora Camila ha mantenido una conducta… cuestionable durante años. Solicitamos la prueba de ADN inmediata y la suspensión provisional de cualquier pensión alimenticia hasta que se aclare la paternidad.
El aire en la sala se puso denso. Era una acusación brutal. Decirle a una madre que sus hijos eran bastardos en una corte pública era la máxima ofensa.
Ricardo miró a Camila, esperando la reacción. Esperando el llanto, el grito, la indignación. “¡Mientes!”, debería estar gritando ella.
Pero Camila no se movió. Seguía mirando al juez, con esa expresión serena, casi aburrida, como si estuviera escuchando una clase de historia que ya se sabía de memoria.
El juez Montiel miró a Camila.
—Abogado de la defensa, ¿tiene algo que decir ante estas acusaciones?
El Licenciado Benítez se levantó. Era un hombre bajo, con un traje que le quedaba un poco grande y un bigote amarillo por el tabaco. Se ajustó los lentes y carraspeó. No tenía la voz potente de Castañeda. Hablaba bajito, como un abuelo contando un cuento.
—Su Señoría —dijo Benítez, ignorando completamente a Ricardo y a su equipo—. No nos oponemos a la prueba de ADN. De hecho, la señora Landa insiste en ella.
Ricardo arqueó una ceja. ¿Un bluff? ¿Estaba tratando de jugar al póker con él?
—Sin embargo —continuó Benítez, metiendo la mano en su viejo portafolios de cuero gastado—, para ahorrar tiempo valioso a este tribunal y al erario público, mi clienta se tomó la libertad de realizar pruebas certificadas por un laboratorio genético independiente de nivel 4, con cadena de custodia notariada.
Benítez sacó un sobre amarillo. Un sobre manila común y corriente, sellado con cinta roja de seguridad.
—Además —añadió el abogado, y por primera vez, su voz tuvo un filo metálico—, dentro de este sobre hay una segunda prueba de ADN. Una que el Señor Landa no solicitó, pero que es… crucial para entender el contexto de esta demanda.
Ricardo sintió que la sonrisa se le congelaba en la cara. ¿Segunda prueba? ¿De qué estaba hablando? Sus hijos eran Diego y Sofía. No había nadie más…
De repente, la mano de Isa sobre su brazo se tensó. Las uñas postizas de Isa se clavaron en la tela de su saco Zegna. Ricardo giró levemente la cabeza. Isa estaba pálida. El bronceado de Tulum parecía haberse evaporado, dejando una piel cerosa y sudorosa.
—Ricardo… —susurró ella, con un hilo de voz—. Dile que no. Dile que no pueden aceptar pruebas externas.
Ricardo frunció el ceño.
—¿De qué hablas? Es solo una táctica para retrasar.
—Licenciado Castañeda —intervino el juez Montiel, mirando el sobre que Benítez había depositado en su escritorio—. ¿Tiene objeción en que revise esta evidencia preliminar?
Castañeda titubeó. Miró a Ricardo. Ricardo asintió con arrogancia. “Déjalo que haga su show”, pensó. “No tienen nada”.
—Sin objeción, Su Señoría —dijo Castañeda—. Estamos seguros de que cualquier prueba científica validará nuestra postura.
El juez Montiel tomó el sobre. Buscó un abrecartas. El sonido del papel rasgándose fue agudo, violento en el silencio sepulcral de la sala.
Camila, por primera vez en toda la mañana, movió la cabeza. Giró lentamente hacia la izquierda, hacia la mesa de Ricardo. Sus ojos se encontraron. Y entonces, sonrió.
No fue una sonrisa de alegría. No fue la sonrisa dulce de la mujer que le preparaba café por las mañanas. Fue una sonrisa fría, clínica. La sonrisa de un cirujano antes de amputar una extremidad gangrenada.
Ricardo sintió un escalofrío que le bajó por la columna vertebral. En quince años, jamás la había visto así. Esa no era su esposa. Esa era una extraña. Y esa extraña le daba miedo.
El juez sacó los documentos. Había dos sets de papeles engrapados.
Tomó el primero. Leyó en silencio. Asintió levemente.
—Mmm. Ya veo —murmuró el juez.
Luego tomó el segundo set de documentos.
El juez se detuvo. Sus ojos se abrieron un poco más detrás de los cristales gruesos. Frunció el ceño, como si no pudiera creer lo que leía. Levantó la vista y miró directamente a Isa Monroe.
Isa bajó la cabeza, escondiéndose detrás de su cabello rubio.
El juez volvió a mirar el papel. Luego miró a Ricardo. Hubo un cambio en su expresión. La indiferencia burocrática desapareció, reemplazada por una mezcla de incredulidad y desprecio.
—Señor Landa —dijo el juez, con una voz que resonó como un trueno distante.
—Dígame, Su Señoría —respondió Ricardo, aunque su voz salió más aguda de lo que hubiera querido.
—Usted basó toda su demanda de divorcio en la premisa de la “verdad biológica”. Dijo en su declaración jurada que, y cito: “Un hombre no debe criar hijos que no llevan su sangre, ni pagar por los pecados de una mujer deshonesta”. ¿Es correcto?
—Es correcto —dijo Ricardo, sintiendo que el suelo se movía.
—Bien —el juez se quitó los lentes y los dejó sobre los papeles—. Porque la verdad biológica que tengo aquí es ciertamente… iluminadora.
El juez tomó el primer documento.
—Prueba de Paternidad 1 y 2. Sujetos: Diego Landa y Sofía Landa. Presunto padre: Ricardo Landa. Probabilidad de paternidad: 99.999%.
Ricardo soltó el aire. ¡Lo sabía! Bueno, al menos eso estaba claro. Camila no lo había engañado. Pero entonces, ¿por qué el teatro? ¿Por qué la sonrisa?
—Sin embargo —continuó el juez, levantando el segundo documento con dos dedos, como si fuera algo sucio—, aquí tengo la prueba que la defensa ha etiquetado como “Prueba de Prenatal No Invasiva”, realizada a partir de muestras recolectadas del feto que gesta la señorita Isa Monroe.
El corazón de Ricardo se detuvo. Literalmente sintió cómo el músculo cardíaco fallaba un latido.
Isa soltó un sollozo ahogado.
—Muestra comparativa: Señor Ricardo Landa —leyó el juez, implacable—. Resultado de paternidad… 0.0%. Exclusión total.
El silencio que siguió duró tres segundos, pero para Ricardo duró una vida entera.
Cero por ciento.
Exclusión total.
El hijo. El “hijo varón que se parecería a él”. El heredero por el que había destruido su familia.
Ricardo giró la cabeza lentamente hacia Isa. Ella estaba llorando ahora, lágrimas negras de rímel corriendo por sus mejillas perfectas.
—Ric, déjame explicarte… es que… estábamos en un tiempo raro y… mi ex novio apareció y…
—¡Señorita Monroe, silencio! —ordenó el juez golpeando el mazo.
Pero Ricardo no escuchaba al juez. Solo escuchaba un zumbido agudo en sus oídos. Miró a los periodistas al fondo de la sala. Estaban escribiendo frenéticamente en sus celulares. Los flashes empezaron a dispararse de nuevo, pero esta vez no eran de admiración. Eran los destellos de los buitres viendo la carroña.
Y luego miró a Camila.
Ella seguía ahí, inmóvil. Ya no sonreía. Solo lo observaba con esa calma aterradora. Había sabido todo. Todo el tiempo. Había dejado que él hiciera el ridículo, que convocara a la prensa, que insultara a sus hijos, solo para dejarlo caer desde la altura máxima de su propio ego.
Ricardo Landa, el genio, el titán, el hombre que todo lo controlaba, se dio cuenta en ese instante de que no era el jugador de ajedrez.
Era el peón.
Y la reina acababa de hacer jaque mate.
CAPÍTULO 2: La Caída del Titán y la Anatomía de una Mentira
El silencio que siguió a la revelación del juez Montiel no fue un silencio de paz; fue el tipo de silencio que precede a la detonación de una bomba en un espacio cerrado. Fue un vacío físico, una succión de aire que dejó a todos sin aliento, hasta que la realidad golpeó con la fuerza de un tren de carga.
—¡Eso es mentira! —El grito de Isa Monroe rompió la atmósfera. No fue un grito elegante. Fue un alarido agudo, desesperado, de una mujer que ve cómo su boleto de lotería se quema frente a sus ojos.
Isa se puso de pie tan rápido que su silla de diseño ergonómico cayó hacia atrás con un estruendo seco. Se aferró al brazo de Ricardo, clavándole las uñas a través de la tela del traje.
—¡Ricardo, escúchame! ¡Ese papel es falso! ¡Ella lo falsificó! ¡Tú sabes que ella te odia! —Isa señalaba a Camila con un dedo tembloroso, con la manicura francesa perfecta ahora pareciendo garras ridículas—. ¡Es una trampa!
Pero Ricardo Landa no se movió. Estaba catatónico. Su mente, esa mente brillante que podía procesar terabytes de datos de seguridad bancaria en segundos, estaba experimentando un error crítico de sistema.
Cero por ciento.
La cifra parpadeaba en su cerebro como un anuncio de neón en un motel barato de Tlalpan.
Cero por ciento.
Lentamente, como si estuviera despertando de una anestesia general, Ricardo bajó la mirada hacia su brazo, donde Isa estaba aferrada. Vio la mano de ella, esa mano que tantas veces había besado en restaurantes de Polanco mientras le prometía el mundo, y sintió una repulsión física tan violenta que le dieron ganas de vomitar.
Con un movimiento brusco y cruel, Ricardo se sacudió. Empujó a Isa. No fue un empujón suave. Fue un golpe seco con el antebrazo que la hizo trastabillar. Isa, perdiendo el equilibrio en sus tacones de doce centímetros, chocó contra la mesa de los abogados y cayó al suelo, un desastre de tela roja y extremidades bronceadas.
—No me toques —gruñó Ricardo. Su voz sonó gutural, desconocida incluso para él mismo—. No me vuelvas a poner una mano encima.
La sala estalló.
Los periodistas, olvidando cualquier protocolo judicial, se abalanzaron contra la barandilla de madera que separaba al público.
—¡Señor Landa! ¿Va a demandar a la señorita Monroe?
—¡Isa! ¿Quién es el verdadero padre?
—¡Señor Landa! ¿Qué tiene que decir sobre sus hijos legítimos ahora?
El juez Montiel golpeaba su mazo una y otra vez, su rostro rojo de ira.
—¡Orden! ¡Orden en la sala o los mando arrestar a todos! ¡Alguaciles, despejen esa zona!
En medio del caos, del ruido ensordecedor, de Isa llorando en el suelo mientras los abogados de Ricardo intentaban levantarla (más por evitar una demanda que por caballerosidad), había un punto de quietud absoluta.
Camila.
Ella no se había movido. No había celebrado. No había sacado su celular para grabar. Simplemente observaba a Ricardo. Lo veía desmoronarse. Veía cómo el “hombre de hierro”, el visionario de la tecnología, se convertía en un niño berrinchudo y humillado. Y por primera vez en dos años, desde que empezó la pesadilla de la infidelidad, Camila sintió que podía respirar profundamente. El aire llenó sus pulmones, y no pesaba.
—Licenciado Benítez —dijo Camila en voz baja, sin mirar a su abogado—. Creo que ya terminamos aquí.
Benítez, que estaba guardando los documentos con una pequeña sonrisa de satisfacción debajo de su bigote, asintió.
—Todavía no, Señora Landa. El juez tiene que dictar las medidas. Disfrute esto. Se lo ganó.
El juez Montiel finalmente logró que los alguaciles empujaran a la prensa hacia atrás. Respiró hondo, se ajustó la toga y miró a Ricardo, quien seguía de pie, mirando a la nada, con el rostro pálido y sudoroso.
—Siéntese, Señor Landa —ordenó el juez.
Ricardo obedeció mecánicamente. Isa, sollozando, fue ayudada a sentarse en una silla en la esquina, lejos de él. Ricardo ni siquiera la miró. Sus ojos estaban fijos en el sobre amarillo sobre el escritorio del juez.
—Lo que ha ocurrido hoy en esta sala —empezó el juez Montiel, con un tono gélido— es una burla. Señor Landa, usted utilizó el sistema judicial de la Ciudad de México, recursos pagados por los contribuyentes, como un escenario para su venganza personal. Usted difamó la integridad de la madre de sus hijos basándose en… —el juez miró a Isa con desdén—… en las mentiras de una tercera parte y en su propia arrogancia.
Ricardo abrió la boca para hablar, para decir algo, cualquier cosa que salvara su imagen, pero no salió nada.
—En vista de los resultados irrefutables de las pruebas de ADN —continuó el juez—, dicto lo siguiente: Primero, se desestima la solicitud de impugnación de paternidad sobre los menores Diego y Sofía Landa. Usted es el padre, le guste o no, y asumirá todas las responsabilidades legales y económicas. Segundo, debido a la mala fe procesal evidente, condeno al Señor Ricardo Landa a pagar el 100% de los gastos legales de la Señora Camila Landa, así como una multa por desacato y obstrucción de la justicia al presentar pruebas falsas de conducta moral.
El abogado Castañeda se levantó, tratando de salvar los muebles del incendio.
—Su Señoría, mi cliente actuó bajo la creencia errónea de…
—¡Siéntese, abogado! —tronó el juez—. Su cliente actuó por vanidad. Y sobre la cuestión del divorcio… Señora Landa, ¿mantiene su solicitud de disolución del vínculo?
Camila se puso de pie. Su voz fue clara, suave, pero resonó en cada rincón de la sala.
—Sí, Su Señoría. Y solicito la custodia total de mis hijos, con visitas supervisadas para el padre. No quiero que mis hijos estén cerca de ese ambiente tóxico hasta que el Señor Landa demuestre estabilidad psicológica.
Ricardo levantó la cabeza de golpe.
—¿Supervisadas? —escupió—. ¡Son mis hijos! ¡Yo soy Ricardo Landa!
—Usted es un hombre que acaba de intentar negar a sus hijos en público para complacer a una amante que lo engañaba —respondió Camila, mirándolo directamente a los ojos. No había miedo en ella. Solo una verdad aplastante—. Usted no es una figura paterna, Ricardo. Es un riesgo emocional.
El juez asintió.
—Concedido. Custodia temporal completa para la madre. El régimen de visitas se definirá después de una evaluación psicológica del padre. Se levanta la sesión.
El golpe final del mazo sonó como un disparo.
EL RECUERDO: SEIS MESES ANTES
Mientras la sala se disolvía en murmullos y gritos, la mente de Camila viajó atrás en el tiempo. Al momento exacto en que la tristeza se convirtió en estrategia.
Había sido un martes lluvioso en Santa Fe. Ricardo ya casi no dormía en casa. Decía que tenía “auditorías nocturnas”. Camila sabía que la auditoría tenía nombre, apellido y 26 años. Pero esa tarde, Ricardo había pasado por la casa a cambiarse de ropa antes de un evento. Dejó su saco tirado en el sofá de la sala mientras subía a ducharse.
Camila, por costumbre, recogió el saco para llevarlo a la tintorería. Al hacerlo, sintió algo en el bolsillo interior. No era el celular. Era un papel doblado. Un recibo.
La curiosidad, esa vieja amiga dolorosa, la hizo desdoblarlo.
Era un recibo de un laboratorio clínico privado en Polanco. “Gineco-Obstetricia Integral”. Fecha: Tres días atrás. Concepto: “Ultrasonido estructural – 12 semanas”.
Hasta ahí, todo coincidía con la historia que Ricardo le había lanzado a la cara: Isa estaba embarazada. Iba a darle un hijo.
Pero algo en la fecha le hizo ruido a Camila.
“12 semanas”.
Hizo el cálculo mentalmente. Doce semanas atrás, Ricardo había estado en un viaje de negocios en Japón durante tres semanas completas. “El Tour Asiático de Lang Tech”. Había fotos en sus redes sociales: Ricardo en Tokio, en Kioto, cenando con inversionistas. Había estado fuera casi un mes.
Si Isa tenía 12 semanas exactas… la concepción había ocurrido justo en medio del viaje de Ricardo.
A menos que Isa hubiera viajado a Japón con él.
Camila corrió a su despacho. Abrió su laptop. Tenía acceso a los estados de cuenta de la tarjeta American Express Centurion de Ricardo (él nunca cambiaba esa contraseña porque era la fecha de nacimiento de su madre fallecida, un raro gesto sentimental).
Revisó los cargos de esas fechas.
Vuelos: Solo uno. Primera clase. Aeroméxico. CDMX – Narita. A nombre de Ricardo Landa.
Hotel: The Ritz-Carlton Tokyo. Habitación sencilla.
Cargos adicionales: Cenas para seis personas (negocios), servicio a la habitación para uno.
No había rastro de Isa en Japón.
Entonces, buscó en las redes sociales de Isa. Scrolleó hacia abajo hasta encontrar las publicaciones de hacía tres meses.
Ahí estaba.
Isa en una foto en un antro de moda en la Roma Norte. “Noche de chicas… y algo más 😈”.
Otra foto, dos días después: Isa en Valle de Bravo, en un yate. En el reflejo de sus lentes de sol se veía la silueta de un hombre. Un hombre joven, con gorra hacia atrás y tatuajes en el brazo.
Ricardo odiaba Valle de Bravo (“demasiados nuevos ricos”, decía) y odiaba los tatuajes.
El corazón de Camila empezó a latir con fuerza. No por dolor, sino por la revelación.
Isa no había estado con Ricardo cuando concibió a ese bebé.
Camila no confrontó a Ricardo esa noche. No le gritó cuando bajó de la ducha oliendo a su colonia cara. Le sonrió, le entregó su saco y lo dejó irse.
Al día siguiente, contrató a un investigador privado. No uno barato. Contrató a Robles, un ex comandante de la policía federal que cobraba en dólares y garantizaba discreción absoluta.
—Quiero todo sobre Isa Monroe —le dijo Camila en una cafetería oscura de Coyoacán—. Pero específicamente, quiero saber quién es el chico del yate.
Una semana después, Robles le entregó un sobre.
El chico del yate era Javier “El Javi” Méndez. Instructor de CrossFit en el gimnasio donde Isa iba todas las mañanas. Joven, guapo, sin dinero, pero con mucho tiempo libre.
—¿Y el bebé? —preguntó Camila.
—Conseguimos esto —dijo Robles, deslizando una copia de un chat de WhatsApp interceptado (Robles tenía métodos grises).
Era una conversación entre Isa y “Javi Gym”.
Isa: “Güey, estoy embarazada. Creo que es tuyo.”
Javi: “No mames, Isa. Yo no tengo ni para pagar la renta. ¿Qué vas a hacer?”
Isa: “No te preocupes. Le voy a decir a Ricardo que es suyo. Él se muere por un hijo varón. Con esto me asegura la pensión de por vida y el divorcio de la vieja esa. Tú tranqui, bebé.”
Al leer eso, Camila sintió que el hielo cubría su corazón. “La vieja esa”. Así la llamaba.
Pero lo peor no fue el insulto. Fue la certeza de que Ricardo, en su ceguera narcisista, iba a abandonar a sus hijos reales, a Diego y Sofía, por una mentira. Iba a desheredarlos, a humillarlos, por el hijo de un instructor de gimnasio.
En ese momento, Camila decidió que no bastaba con divorciarse. Ricardo tenía que caer. Tenía que caer tan bajo que nunca pudiera volver a levantarse para lastimar a sus hijos.
Y así nació el plan del sobre amarillo.
DE VUELTA AL TRIBUNAL: LA SALIDA
El recuerdo se disipó cuando Camila sintió la mano de su abogado en el hombro.
—Vámonos, Camila. Por la puerta de atrás para evitar a la mayoría, aunque creo que hoy quieres que te vean.
Camila asintió. Se levantó, alisándose el vestido.
Ricardo seguía sentado, con la mirada perdida. Isa seguía llorando en la esquina, pero ahora hablaba por teléfono, probablemente gritándole al tal Javi.
Camila comenzó a caminar hacia la salida. Sus pasos resonaban firmes.
Cuando pasó cerca de la mesa de Ricardo, él pareció despertar. Se levantó de un salto, tirando la silla de nuevo.
—¡Camila! —gritó.
Los alguaciles se tensaron, pero no intervinieron todavía.
Camila se detuvo. No se giró completamente, solo lo suficiente para que él viera su perfil.
Ricardo corrió hacia ella, ignorando a su abogado que le decía “¡No, Ricardo, cállate!”. Llegó hasta ella, jadeando, con los ojos inyectados en sangre y locura.
—Tú lo sabías —siseó Ricardo, bajando la voz para que solo ella lo escuchara—. Tú sabías que ese bastardo no era mío. ¿Cuánto tiempo lo supiste?
Camila giró lentamente. Lo miró con una calma que a él le pareció aterradora.
—Lo sé desde hace cuatro meses, Ricardo. Desde antes de que presentaras la demanda.
Ricardo se puso rojo. Las venas de su cuello se hincharon.
—¿Y no me dijiste? ¡Me dejaste hacer el ridículo! ¡Me dejaste poner mi nombre, mi empresa, mi reputación en juego por una puta mentira! ¿Por qué no me detuviste? ¡Soy tu esposo, maldita sea!
Camila soltó una risa suave, triste.
—¿Mi esposo? Ricardo, tú dejaste de ser mi esposo el día que le dijiste a nuestros hijos que te ibas a vivir a un hotel porque “necesitabas espacio”, cuando en realidad te ibas a vivir con ella. Dejaste de ser mi esposo cuando empezaste a gastar el dinero de su fideicomiso universitario en bolsas Chanel para ella.
—¡Yo puedo reponer ese dinero! —interrumpió él—. ¡Pero esto… esto es traición! ¡Me humillaste frente a todo México!
Camila dio un paso hacia él, invadiendo su espacio personal por primera vez en años.
—No, Ricardo. Yo no te humillé. Yo solo te dejé ser tú mismo. Tú solito pediste la prueba de ADN. Tú solito llamaste a la prensa. Tú solito dijiste que Diego y Sofía no se parecían a ti porque eran “demasiado suaves”.
Sus ojos brillaron con lágrimas no derramadas, pero de furia.
—Querías borrar a mis hijos, Ricardo. Querías negar tu sangre porque te estorbaban para tu nueva vida de soltero millonario. Eso no te lo voy a perdonar nunca. Podías haberme engañado con mil mujeres, podías haberte gastado la fortuna… pero ¿negar a tus hijos? Eso te convierte en algo menos que un hombre.
—Cami, por favor… —La voz de Ricardo se quebró. De repente, la ira desapareció y quedó el pánico. Se dio cuenta de que estaba solo. Isa era un fraude. Sus abogados lo miraban con lástima. Y Camila… Camila se estaba yendo—. Podemos arreglar esto. Podemos hablar en la casa. Voy a correr a Isa. La voy a destruir. Pero no me hagas esto. No me quites a los niños.
Camila negó con la cabeza.
—La casa ya no es tu casa, Ricardo. El juez me dio el uso exclusivo del domicilio conyugal hasta que se liquide la sociedad. Tienes 24 horas para sacar tus cosas. Y te sugiero que mandes a alguien, porque si te veo ahí, llamo a la policía.
Camila se dio la vuelta y siguió caminando.
Ricardo intentó seguirla, pero dos alguaciles se interpusieron en su camino.
—Señor Landa, mantenga su distancia.
Ricardo vio cómo la mujer que había ignorado durante años, la mujer que consideraba un accesorio aburrido, salía por las puertas dobles de caoba.
Y entonces, se dio cuenta de algo peor.
Los periodistas estaban transmitiendo en vivo.
Todo lo que acababa de pasar, cada gesto, cada grito, cada súplica patética… todo estaba ya en Twitter, en TikTok, en Facebook.
Sacó su celular con manos temblorosas. Abrió Twitter (X).
Tendencia número 1 en México: #LordADN.
Tendencia número 2: #CamilaLandaReina.
Tendencia número 3: #ElBebéNoEsSuyo.
Había un video circulando. Un video de Isa en el suelo y él gritando. Los comentarios eran brutales.
“Jajaja, qué bueno que se lo chingaron por ojete.”
“La esposa es una dama, él es un patán.”
“Se le cayó el teatro al emprendedor del año.”
Ricardo Landa se dejó caer en una banca del pasillo. Isa seguía llorando al fondo, pero él ya no la oía. Solo escuchaba el sonido de su imperio resquebrajándose.
EL ESTALLIDO MEDIÁTICO
Camila salió del edificio por una puerta lateral que daba a la calle Niños Héroes. Su abogado había pedido un Uber Black para evitar la camioneta de la prensa, pero algunos periodistas, como tiburones que huelen sangre a kilómetros, ya estaban ahí.
—¡Señora Landa! ¡Señora Landa! —gritó una reportera de un programa matutino famoso, corriendo con el micrófono en la mano—. Solo una pregunta. ¿Qué siente al saber que su esposo… que su ex esposo, cayó en su propia trampa?
Benítez intentó bloquear el paso.
—Sin comentarios, por favor. Dejen pasar.
Pero Camila se detuvo.
El aire de la calle estaba contaminado, pero se sentía libre. Miró a la cámara. Su rostro, sin maquillaje pesado, se veía radiante bajo la luz dura del sol del mediodía.
Pensó en Diego, que tenía 14 años y seguramente vería esto en internet. Pensó en Sofía, de 12, que había llorado tantas noches preguntando por qué papá ya no la quería.
—¿Qué siento? —repitió Camila, mirando directamente al lente de la cámara—. Siento que la verdad siempre es más barata que una mentira. Mi esposo pagó millones para construir una mentira. A mí solo me costó un sobre amarillo demostrar la verdad.
—¿Se arrepiente de algo? —preguntó otro reportero.
Camila sonrió. Esa sonrisa leve, enigmática, que se convertiría en un meme de empoderamiento femenino en las próximas horas.
—Sí. Me arrepiento de haber tardado tanto en darme cuenta de que yo valía más que su dinero.
Se subió al auto y cerró la puerta.
Mientras el auto se alejaba del centro de la ciudad, rumbo a la seguridad de Las Lomas, Camila sacó su celular.
Tenía 150 llamadas perdidas. De su madre, de sus amigas que la habían abandonado cuando Ricardo las “invitó” a dejarle de hablar, de socios de Ricardo.
Apagó el teléfono.
Miró por la ventana. La ciudad pasaba rápido. El Ángel de la Independencia brillaba a lo lejos.
Se sentía extraña. No estaba feliz. No había alegría en destruir al padre de tus hijos. Había dolor, un dolor profundo y sordo. Pero debajo del dolor, había cimientos. Cimientos nuevos sobre los que podía volver a construir.
Había recuperado su nombre. Ya no era “la esposa de Ricardo Landa”. Era Camila.
Y por primera vez en mucho tiempo, el futuro no le daba miedo.
Mientras tanto, en la sala del tribunal, Ricardo Landa seguía sentado en la banca. Su abogado, Castañeda, se le acercó con el rostro serio.
—Licenciado Landa, tenemos un problema.
—¿Más? —murmuró Ricardo.
—Las acciones de Lang Tech han caído un 12% en la última hora. Los inversionistas están convocando a una junta de emergencia. Dicen que su “conducta errática y falta de juicio” compromete la seguridad de la empresa.
Ricardo soltó una risa histérica.
—¿Falta de juicio? Soy un genio.
—Era un genio, señor —dijo Castañeda fríamente, guardando sus cosas—. Ahora es un meme. Y si me disculpa, tengo que ir a redactar mi renuncia. No puedo representar a alguien que me miente sobre pruebas biológicas. Con permiso.
Ricardo se quedó solo en el pasillo vacío del tribunal, bajo la luz fluorescente parpadeante, mientras el eco de los pasos de su esposa alejándose seguía resonando en su cabeza.
PARTE 2: EL DERRUMBE
CAPÍTULO 3: El Juicio de la Opinión Pública y la Junta de los Lobos
La salida del Tribunal Superior de Justicia no fue una retirada; fue una carnicería mediática. Si Ricardo Landa pensó que la seguridad del edificio podría contener a la prensa, subestimó el hambre de escándalo de la Ciudad de México.
Apenas puso un pie en la escalinata exterior, el mundo se le vino encima. No eran solo reporteros; eran tiktokers, youtubers de chismes, y gente común que pasaba por ahí y se detenía al reconocer el caos. Los flashes no cesaban, cegándolo, desorientándolo.
—¡Ricardo! ¿Es cierto que el hijo es del instructor del gimnasio?
—¡Señor Landa! ¿Qué opina de los memes que lo comparan con Soraya Montenegro?
—¡Asesino de familias! —gritó una señora que vendía dulces en la banqueta, agitando una bolsa de papas fritas como si fuera un arma.
Ricardo intentó mantener la compostura. Se ajustó el saco, levantó la barbilla y buscó con la mirada su camioneta blindada. Pero la camioneta estaba bloqueada por un mar de gente. Su chofer, Beto, un ex militar leal, tocaba el claxon desesperadamente, pero nadie se movía.
—¡Muévanse, maldita sea! —gritó Ricardo, perdiendo por un segundo la máscara de frialdad—. ¡Beto, avanza!
—No puedo, jefe. Hay demasiada gente —se escuchó la voz de Beto por el auricular, tensa.
En ese momento, un vaso de café —probablemente un latte frío y pegajoso de alguna tienda de conveniencia— voló desde la multitud y aterrizó directamente en la solapa inmaculada de su traje Zegna de tres mil dólares. El líquido marrón manchó la seda gris y salpicó su camisa blanca.
El “Titán de la Tecnología” se quedó paralizado. Miró la mancha. Luego miró a la multitud. Se estaban riendo. No le temían. No lo admiraban. Se reían de él. En México, el poder te protege de la ley, pero nada te protege de la burla. Ser un corrupto es tolerable; ser un “cornudo” público que trató de humillar a una madre, es imperdonable.
Los guardaespaldas finalmente lograron abrir una brecha a empujones. Ricardo se metió en la camioneta como una rata huyendo de un naufragio. Cerró la puerta y el silencio hermético del vehículo blindado lo envolvió, pero el ruido en su cabeza era ensordecedor.
—A la oficina —ordenó, quitándose el saco manchado con asco y tirándolo al suelo—. Llévame a la torre en Reforma. Ahora.
Isa Monroe no subió a la camioneta. Ricardo ni siquiera se preocupó por ver dónde estaba. En su mente, ella ya no existía. Era un error de cálculo, un activo tóxico que había sido liquidado.
Mientras la camioneta de Ricardo luchaba por cruzar el tráfico de Avenida Juárez, en un ático de Lomas de Chapultepec, Camila entraba a su casa.
La casa estaba en silencio. Era una mansión moderna, de concreto y cristal, diseñada por un arquitecto de renombre que odiaba las cortinas. Siempre le había parecido fría, un museo más que un hogar. Pero hoy, al cerrar la puerta pesada de madera cumarú, sintió que el edificio exhalaba.
—¿Señora? —Era Magda, la ama de llaves, que llevaba con ellos diez años. Magda tenía los ojos rojos. Había estado llorando.
—Hola, Magda —dijo Camila, dejando su bolso en la entrada. Se sentía exhausta, como si hubiera corrido un maratón con tacones—. ¿Están los niños?
—Sí, señora. Llegaron del colegio hace una hora. El joven Diego está en su cuarto encerrado. La niña Sofi está en el jardín, con los perros.
Camila asintió.
—¿Vieron… vieron las noticias?
Magda bajó la mirada y se retorció el delantal.
—Señora, el joven Diego tiene iPad. En el colegio… bueno, usted sabe cómo son los chamacos. Parece que todo el mundo lo vio en el recreo.
El corazón de Camila se encogió. Esa era la parte que más temía. Podía lidiar con Ricardo, podía lidiar con los abogados, pero el dolor de sus hijos era un territorio minado.
—Gracias, Magda. Prepárales algo de comer, por favor. Unas milanesas con puré, lo que les gusta. Yo voy a hablar con ellos.
Camila subió las escaleras flotantes. Pasó por el cuarto principal, la habitación que había compartido con Ricardo. La puerta estaba abierta. Vio la cama king size, las mesas de noche minimalistas. Entró y, con una calma metódica, tomó las almohadas del lado de Ricardo y las tiró al suelo. Luego fue al vestidor. Vio las filas de trajes, los zapatos perfectamente alineados.
Mañana quemaría todo eso. O lo donaría. O simplemente dejaría que los abogados se lo enviaran en cajas. Pero hoy, necesitaba purgar el aire.
Fue primero al cuarto de Diego. Tocó suavemente.
—¿Diego? Soy mamá.
No hubo respuesta. Camila giró la perilla y entró.
La habitación estaba a oscuras, solo iluminada por el resplandor de una pantalla de computadora gamer. Diego, de catorce años, estaba sentado en su silla, con los audífonos puestos alrededor del cuello, mirando la pantalla.
Camila se acercó. En el monitor no había un videojuego. Había Twitter.
El trending topic #ElHijoDelGym estaba en primer lugar. Había memes de Ricardo con cuernos de alce. Había fotos de Diego y Sofía con barras negras en los ojos, pero claramente reconocibles, bajo titulares sensacionalistas: “¿Herederos o Víctimas?”.
—Diego, apaga eso —dijo Camila con suavidad, pero con firmeza.
Diego se giró. Tenía la cara hinchada. La adolescencia ya era difícil de por sí, con las hormonas y la inseguridad, como para sumarle un escándalo nacional.
—¿Es verdad? —preguntó Diego. Su voz se quebró—. ¿Papá dijo que no éramos sus hijos?
Camila sintió que se le rompía el alma. Se sentó en el borde de la cama, junto a él.
—Tu papá… tu papá estaba enojado, mi amor. Y cuando la gente está enojada y tiene miedo, dice cosas estúpidas y crueles.
—No fue “enojado”, mamá —Diego señaló la pantalla—. ¡Pidió una prueba de ADN! ¡Dijo que yo no me parecía a él! ¡Mis amigos me mandaron el video donde el juez lo lee! Dicen que mi papá es un imbécil.
Camila tomó las manos de su hijo. Estaban frías.
—Escúchame bien, Diego. Tu papá cometió un error terrible. Un error que va a tener que pagar el resto de su vida. Pero la prueba salió positiva. Eres su hijo. Tienes su sangre, tienes su inteligencia… pero tienes mi corazón. Y eso es lo que importa. Tú no eres él. Tú eres tú.
—Lo odio —susurró Diego, con una rabia que asustó a Camila—. Ojalá no fuera mi papá. Ojalá fuera el del gimnasio, o quien sea. Me da vergüenza.
—No digas eso —Camila lo abrazó fuerte, dejando que él llorara contra su hombro—. Está bien estar enojado. Tienes derecho a estar furioso. Pero no dejes que la vergüenza de él se convierta en tuya. Él es el que falló. Nosotros no hicimos nada malo. Nosotros ganamos hoy, Diego. La verdad ganó.
Se quedaron así unos minutos, madre e hijo, en la penumbra de una habitación llena de posters de superhéroes, mientras afuera el mundo digital destrozaba a su familia.
Mientras tanto, en el piso 45 de la Torre Reforma, la atmósfera era gélida, a pesar de que el aire acondicionado estaba apagado por un fallo en el sistema inteligente del edificio.
Ricardo entró a la sala de juntas de Lang Tech. Esperaba encontrar a su equipo de crisis: abogados, publicistas, gente a la que él pagaba para limpiar sus desastres.
En su lugar, encontró al Consejo de Administración en pleno.
Sentado en la cabecera, en la silla que solía ocupar Ricardo, estaba Don Eugenio Garza, el inversionista principal, un regiomontano de setenta años con fama de ser tan duro como el acero de sus fundidoras. A su lado estaban los representantes de los fondos de inversión de Nueva York y Londres, conectados vía Zoom en la pantalla gigante de la pared.
—Ricardo —dijo Don Eugenio, sin levantarse. Su voz era grave, seca—. Llegas tarde. Y hueles a café barato.
Ricardo se detuvo en seco.
—Eugenio. ¿Qué hacen todos aquí? No convoqué a junta.
—Nosotros la convocamos —dijo una mujer de traje gris, Laura Méndez, representante del fondo BlackRock en México—. De acuerdo con los estatutos de la empresa, Artículo 45, inciso B: “El Consejo puede sesionar de emergencia si las acciones del CEO comprometen la viabilidad financiera o reputacional de la compañía”.
Ricardo soltó una risa nerviosa y caminó hacia una silla vacía.
—Por favor. ¿Viabilidad reputacional? Es un divorcio, señores. Un asunto personal. Mañana habrá otra noticia y esto se olvidará. Las acciones subirán en cuanto anuncie el nuevo software de ciberseguridad la próxima semana.
—Las acciones han caído un 18% en tres horas, Ricardo —interrumpió Don Eugenio, golpeando la mesa con un bolígrafo de oro—. ¡Dieciocho por ciento! Hemos perdido cuatrocientos millones de dólares de capitalización de mercado mientras tú jugabas a la telenovela en el tribunal.
—¡Es una corrección temporal! —gritó Ricardo, golpeando la mesa también—. ¡Yo soy esta empresa! ¡Yo escribí el código base! ¡Sin mí, Lang Tech no es nada!
Don Eugenio se puso de pie lentamente. Era un hombre alto, imponente.
—Tú escribiste el código hace diez años, Ricardo. Desde entonces, lo único que has hecho es gastar dinero corporativo en viajes, “asesorías de imagen” para tus amantes y escándalos. Hemos revisado los libros, Ricardo.
Esa frase congeló la sangre de Ricardo.
—¿Qué libros?
—Los que tu esposa, o su abogado, nos hicieron llegar hace una hora —dijo Laura Méndez, deslizando una carpeta negra por la mesa hacia él—. Parece que la Señora Camila no solo estaba investigando tu ADN. Estaba rastreando el dinero.
Ricardo abrió la carpeta. Sus manos temblaban tanto que casi se le caen los papeles.
Ahí estaba. Todo.
Las transferencias a las LLC fantasmas en Panamá.
Los pagos mensuales de $150,000 pesos a “Consultora Monroe S.A. de C.V.” por servicios inexistentes.
La compra del departamento en Miami a nombre de una sociedad donde Isa era la beneficiaria.
El desvío de fondos del proyecto “Ciberseguridad Nacional” para pagar sus deudas de juego en Las Vegas (un vicio que nadie conocía, excepto Camila).
—Esto… esto tiene explicación —balbuceó Ricardo.
—Sí, se llama desfalco. Se llama administración fraudulenta —dijo Don Eugenio con asco—. Y en Estados Unidos, donde cotizamos en bolsa, se llama delito federal.
Ricardo sintió que las piernas le fallaban. Se dejó caer en la silla.
—No pueden hacerme esto. Soy el fundador.
—Eras el fundador —corrigió Don Eugenio—. La Junta ha votado hace diez minutos. Hemos decidido activar la cláusula de moralidad de tu contrato. Estás despedido, Ricardo.
—¿Despedido? —Ricardo parpadeó, incapaz de procesar la palabra—. ¡No pueden despedirme! ¡Tengo el 40% de las acciones con voto!
—Teníamos un acuerdo con los accionistas minoritarios —dijo Laura—. Y tu esposa… bueno, tu futura ex esposa, controla una parte significativa de las acciones preferentes a través del fideicomiso familiar. Su abogado nos llamó. Ella votó a favor de tu remoción.
Camila. Otra vez Camila. Ella no solo le había quitado a sus hijos y su dignidad. Le estaba quitando su corona.
—Tienes una hora para sacar tus cosas de la oficina —dijo Don Eugenio, mirando su reloj Rolex—. Y te sugiero que contrates a un buen abogado penalista, Ricardo. Porque la auditoría forense empieza mañana, y si encontramos un peso más fuera de lugar, te vamos a demandar hasta que no tengas ni para el metro.
Ricardo se quedó sentado en la sala de juntas, solo, mientras los miembros del consejo salían uno por uno. Nadie le dio la mano. Nadie lo miró a los ojos. En la pantalla de Zoom, las conexiones se cortaron dejando la pantalla negra.
Miró por el ventanal de piso a techo. La Ciudad de México se extendía a sus pies, gris, inmensa, indiferente. Hace unas horas, él sentía que la ciudad era suya. Ahora, la ciudad parecía un monstruo listo para devorarlo.
Lejos de los rascacielos, en un hotel boutique en la colonia Roma que solía ser “chic” y ahora le parecía una prisión, Isa Monroe intentaba salvar su vida.
Estaba sentada en la cama, con el maquillaje corrido y el vestido rojo arrugado. Su teléfono tenía 3% de batería. Había intentado llamar a Ricardo veinte veces. Todas directo a buzón.
Había intentado usar sus tarjetas de crédito para pedir servicio a la habitación (una botella de vodka, necesitaba olvidar). Rechazada. Rechazada. Rechazada.
Ricardo le había cancelado las extensiones de la American Express antes incluso de salir del tribunal.
—Maldito tacaño —sollozó Isa, tirando el teléfono a la cama.
Su única opción era Javi. El padre del bebé.
Javi no tenía dinero, pero al menos tenía un departamento en la colonia Del Valle. Podía esconderse ahí hasta que pasara la tormenta. Podía vender la exclusiva de su historia a alguna revista barata, decir que fue víctima de Ricardo, y empezar de nuevo.
Conectó el teléfono al cargador y marcó el número de Javi.
Un tono. Dos tonos.
—¿Bueno? —La voz de Javi sonaba lejana, y había ruido de gimnasio de fondo. Música electrónica y pesas golpeando el suelo.
—¡Javi! Soy yo, Isa. Bebé, tienes que ayudarme. Todo salió mal. Ricardo… esa vieja loca tenía pruebas. Saben lo del bebé.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—Ya sé, Isa. Todo el mundo lo sabe. Eres trending topic. Te dicen “Lady Cuernos”.
—No me importa lo que digan esos nacos. Escúchame, necesito ir a tu depa. Ricardo me bloqueó las tarjetas. No tengo a dónde ir. Y… bueno, al final es tu hijo, ¿no? Vamos a ser una familia, como dijimos una vez.
Javi soltó una risa cruel.
—¿Familia? Isa, no mames. Tú me dijiste que te ibas a quedar con el millonario y que yo solo era un “desliz”. Me dijiste que si el bebé nacía güerito, nadie se iba a dar cuenta.
—¡Estaba confundida! Javi, por favor. Estoy sola.
—Pues quédate sola. No vengas a mi casa. Mi novia vio las noticias y si te ve, te mata. Y otra cosa, Isa… —El tono de Javi se volvió serio—. Si intentas pedirme pensión alimenticia, voy a pedir una prueba de ADN yo también. Capaz y tampoco es mío. Con lo “sociable” que eres.
Javi colgó.
Isa miró el teléfono como si fuera un objeto alienígena.
Estaba sola.
Tenía un vestido de diseñador, un bolso Prada y un embarazo de cuatro meses. Y cero pesos en la cuenta.
Entró a Instagram. Su cuenta, su preciada cuenta con 50 mil seguidores, estaba inundada de comentarios de odio. Emojis de serpientes, de payasos, de vómito.
“Destruye hogares”
“Interesada”
“Karma”
Isa sintió un ataque de pánico. No podía respirar. Corrió al baño del hotel y se miró al espejo. La mujer que le devolvía la mirada ya no era la reina de Polanco. Era una niña asustada que había jugado a ser grande y se había quemado con el fuego.
De vuelta en la mansión de Las Lomas, la noche había caído.
Sofía, la hija menor de doce años, estaba sentada en la isla de la cocina, comiendo cereal en silencio. Camila entró, ya con ropa cómoda: unos pants de yoga y una camiseta de algodón.
—¿Está rica la cena? —preguntó Camila, intentando sonar normal.
Sofía asintió, pero no levantó la vista del tazón.
—Mamá…
—Dime, cielo.
—¿Papá va a ir a la cárcel?
Camila se detuvo mientras se servía un vaso de agua. La pregunta fue tan directa, tan inocente, que le dolió físicamente.
—No lo sé, Sofi. Tal vez. Hizo cosas… con el dinero de su trabajo que no debió hacer.
—¿Porque nos compró cosas a nosotros?
—No, mi amor. Porque se compró cosas para él y para… otras personas. —Camila se acercó y le acarició el pelo—. Pero escúchame bien. Pase lo que pase con papá, nosotros vamos a estar bien. Esta casa es nuestra. Tu escuela no va a cambiar. Yo tengo mis ahorros y voy a volver a trabajar en la galería. No nos va a faltar nada.
—Pero él ya no va a vivir aquí nunca más, ¿verdad?
Camila negó con la cabeza.
—No. Ya no.
Sofía dejó la cuchara en el tazón.
—Qué bueno —dijo en voz baja—. Porque ya no me gustaba cómo nos gritaba cuando perdía sus llaves. O cómo te hablaba a ti. Prefiero que estemos solos.
Camila besó la frente de su hija, conteniendo las lágrimas. Había temido que sus hijos estuvieran devastados por la ausencia de Ricardo, pero se daba cuenta de que, en realidad, llevaban años viviendo su ausencia emocional. Su partida física era solo un trámite.
El timbre de la puerta sonó. Eran las diez de la noche.
Camila se tensó. ¿Ricardo? No, los guardias de la caseta no lo dejarían pasar.
Fue a la puerta y miró por la cámara de seguridad.
Era el Licenciado Benítez. Y traía una caja de pizza.
Camila abrió.
—¿Licenciado? ¿A esta hora?
Benítez sonrió, pareciendo más un tío amable que el tiburón legal que había destrozado a Ricardo horas antes.
—Perdone la hora, Camila. Pero pensé que no habrían tenido tiempo de cocinar con todo el alboroto. Y además… —Benítez sacó un folder azul de debajo de la caja de pizza—. Necesitaba que firmara esto antes de medianoche.
—¿Qué es? —preguntó Camila, dejándolo pasar.
Se sentaron en la sala. Benítez abrió el folder.
—Es la solicitud de embargo precautorio de los bienes personales de Ricardo. Casas, autos, colección de arte. Si no lo presentamos hoy, mañana a primera hora sus acreedores se le van a echar encima. El banco, la empresa, Hacienda… todos van a querer un pedazo de él. Si firmamos esto, aseguramos el patrimonio de Diego y Sofía primero. Nos ponemos al frente de la fila.
Camila miró el documento. Era el golpe final. Si firmaba eso, Ricardo se quedaría, literalmente, en la calle. Sin casa, sin autos, sin nada.
Recordó a Ricardo cuando eran novios, comiendo tacos en la calle, llenos de sueños. Recordó al Ricardo que lloró cuando nació Diego.
Y luego recordó al Ricardo que entró al tribunal con Isa, riéndose, dispuesto a declarar bastardos a sus hijos.
—¿Dónde firmo? —preguntó Camila.
Benítez le señaló la línea punteada.
Camila firmó con pulso firme.
—Perfecto —dijo Benítez, cerrando la carpeta—. Con esto, bloqueamos sus cuentas personales mañana a las 9:00 AM. Cuando intente pagar su desayuno, no va a poder.
—Gracias, Horacio. De verdad.
—No me agradezca. Usted hizo el trabajo difícil. Usted aguantó. —Benítez se levantó—. Bueno, me voy. La pizza es de pepperoni, espero que les guste a los niños.
Cuando Benítez se fue, Camila subió las escaleras con la caja de pizza.
Entró al cuarto de Diego. Sofía ya estaba ahí, viendo una película en la tele con su hermano.
—Chicos —dijo Camila—. Pizza nocturna.
Los ojos de Diego se iluminaron por primera vez en el día. Sofía saltó de la cama.
Se sentaron los tres en el suelo, comiendo pizza directamente de la caja, riéndose de una comedia tonta en la televisión.
Afuera, la tormenta rugía. Ricardo estaba solo, Isa estaba arruinada, y el imperio Landa ardía en llamas.
Pero adentro de esa habitación, por primera vez en años, había paz.
Y Camila supo, mientras veía a sus hijos reír con la boca llena de queso, que la verdadera victoria no era el dinero, ni la venganza.
La verdadera victoria era que ellos tres seguían de pie.
CAPÍTULO 3: El Crédito Denegado y el Renacimiento en La Roma
La mañana siguiente al juicio no amaneció; simplemente estalló. Para Ricardo Landa, el despertar fue una experiencia desorientadora. Abrió los ojos y no reconoció el techo. No era el estuco veneciano de su mansión en Las Lomas, ni el acabado industrial de su penthouse de soltero en Santa Fe. Era un techo blanco, genérico, con un detector de humo parpadeando una luz roja molesta.
Se incorporó de golpe, con la cabeza palpitando como si tuviera un taladro dentro. Estaba en una suite del Hotel St. Regis. Recordó vagamente haber llegado ahí la noche anterior, después de ser expulsado de su propia empresa, con una botella de whisky que había robado del minibar de la sala de juntas.
Buscó su teléfono en la mesa de noche. Estaba apagado. Al encenderlo, el dispositivo vibró ininterrumpidamente durante tres minutos completos. Cientos de notificaciones. WhatsApps de socios, correos de abogados, alertas de Google News.
Pero hubo una notificación que sobresalió entre todas. Una alerta de su aplicación bancaria: American Express Centurion: Tarjeta Bloqueada por orden judicial.
Ricardo sintió un frío en el estómago. “Debe ser un error”, pensó. “Benítez no es tan rápido”.
Se levantó, se duchó con agua helada para intentar quitarse el olor a fracaso y se vistió con la misma ropa del día anterior. No tenía equipaje. No tenía nada. Bajó al lobby con la intención de pedir un desayuno abundante antes de ir a gritarle a alguien.
El restaurante del hotel estaba lleno de ejecutivos desayunando. Ricardo notó cómo varias cabezas se giraban al verlo entrar. Ya no lo miraban con respeto o envidia. Lo miraban con esa curiosidad morbosa con la que se mira un accidente de tráfico en la carretera. Escuchó murmullos.
—Es él… el del ADN.
—Dicen que está en bancarrota.
—Qué vergüenza.
Ricardo apretó la mandíbula y se sentó en una mesa apartada. Pidió café negro y huevos benedictinos. Cuando terminó, pidió la cuenta.
—Cárguelo a la habitación 402 —dijo con su voz de mando habitual.
El mesero, un joven amable, regresó dos minutos después con una expresión de incomodidad profunda.
—Disculpe, Señor Landa. El sistema no nos permite cargar a la habitación. Al parecer, la tarjeta que dejó en garantía al hacer el check-in ha sido rechazada esta mañana.
—Imposible —Ricardo soltó una risa nerviosa—. Es una tarjeta sin límite. Inténtelo de nuevo.
—Ya lo intentamos tres veces, señor. Código 05: Denegar. Retener tarjeta.
Ricardo sintió que la sangre se le subía a la cara.
—Tenga —sacó su cartera de piel de cocodrilo y extrajo una Visa Platinum de otro banco—. Use esta.
El mesero se fue y regresó aún más rápido.
—Lo siento mucho, señor. También declinada. “Fondos congelados”.
El silencio en el restaurante se hizo más denso. La gente en las mesas cercanas había dejado de comer para observar el espectáculo. El gran Ricardo Landa, el hombre que salía en las portadas de revistas de negocios, no podía pagar unos huevos de trescientos pesos.
—Esto es ridículo —Ricardo se levantó, tirando la servilleta—. Es un error del banco. Voy a llamar ahora mismo.
—Señor —el gerente del restaurante apareció de la nada, bloqueándole el paso suavemente—. Entendemos que pueda haber un error administrativo, pero las políticas del hotel son estrictas. Necesitamos que liquide la cuenta del desayuno y la estancia de anoche antes de retirarse. Son dieciocho mil pesos.
Ricardo se buscó en los bolsillos. Sacó un billete de quinientos pesos arrugado y unas monedas. Era todo el efectivo que tenía. Siempre vivía a crédito, confiando en el plástico mágico que abría todas las puertas.
—No traigo efectivo. Déjeme ir a mi oficina y le mando un cheque.
El gerente negó con la cabeza, manteniendo la sonrisa profesional pero firme.
—Me temo que no podemos hacer eso. Si no puede pagar, tendremos que llamar a seguridad… y a la policía.
La palabra “policía” golpeó a Ricardo como una bofetada. ¿A él? ¿Arrestarlo por no pagar un desayuno?
Miró a su alrededor, buscando una cara amiga. Vio a Luis, un antiguo socio de Lang Tech, sentado dos mesas atrás.
—¡Luis! —llamó Ricardo—. Luis, hermano. Tengo un problema con las tarjetas. ¿Me puedes cubrir? Te lo transfiero en una hora.
Luis bajó la mirada a su plato de fruta. No respondió. No se movió. Simplemente fingió que Ricardo no existía. Era la muerte social en directo.
Finalmente, Ricardo tuvo que hacer lo impensable. Se quitó el reloj de la muñeca. Un Patek Philippe Nautilus de oro rosa, valorado en más de cien mil dólares.
—Tome —se lo extendió al gerente—. Esto vale más que todo su miserable hotel. Quédese con él como garantía.
El gerente miró el reloj, luego miró a Ricardo con lástima.
—Señor, no somos una casa de empeño. Pero… aceptaré esto como depósito temporal hasta las 2:00 PM. Si no regresa con el dinero, llamaremos a las autoridades.
Ricardo salió del hotel corriendo, sin mirar atrás, sintiendo la muñeca desnuda y ligera. Sin reloj, sin dinero, sin dignidad. Salió a Paseo de la Reforma y el sol le quemó los ojos. Por primera vez en su vida adulta, tuvo que caminar. Caminar entre la gente común, entre los oficinistas que iban a sus trabajos, entre el ruido y el smog.
Se dirigió a su departamento de “soltero” en Polanco, el lugar donde se había refugiado con Isa tantas veces. Ahí tenía una caja fuerte con efectivo. Dólares, euros, centenarios. Su fondo de emergencia.
Llegó al edificio de lujo en la calle Tres Picos. El conserje, Don Beto, que siempre lo saludaba con una reverencia, esta vez se interpuso en la puerta de cristal.
—Buenos días, Don Beto. Ábrame —ordenó Ricardo, jadeando por la caminata.
—Lo siento, Ingeniero Landa. No puedo dejarlo pasar.
—¿De qué hablas? ¡Es mi departamento! ¡Soy el dueño del penthouse!
—Era, ingeniero —Don Beto señaló un papel pegado en el cristal de la puerta. Un sello oficial de la Fiscalía General de Justicia y del SAT—. Vinieron hoy a las seis de la mañana. Embargo precautorio. Cambiaron las cerraduras y pusieron sellos. Dijeron que nadie entra, ni usted. Especialmente usted.
Ricardo leyó el papel. “Aseguramiento de Inmueble. Causa Penal: Fraude Genérico y Administración Fraudulenta. Denunciante: Lang Tech Solutions y Fideicomiso Familiar Landa“.
Camila. Y Eugenio. Se habían aliado. Lo habían cazado como a un animal.
Ricardo golpeó el cristal con el puño.
—¡Mis cosas! ¡Mi ropa! ¡Mi dinero!
—Lo siento, ingeniero. Si sigue gritando, los vecinos se van a quejar y tendré que llamar a la patrulla.
Ricardo retrocedió. Estaba acorralado en la calle más cara de México, sin un peso en la bolsa. Se sentó en la banqueta, junto a una jardinera perfectamente podada. Sacó su teléfono. Tenía que llamar a alguien. A quien fuera.
Marcó el número de Isa. Sabía que era patético, pero tal vez ella tenía algo de efectivo que él le había dado.
—El número que usted marcó no está disponible o se encuentra fuera del área de servicio.
Isa había cambiado de número. Por supuesto. Las ratas son las primeras en abandonar el barco.
Mientras Ricardo vivía su descenso a los infiernos en Polanco, Camila caminaba por una calle arbolada de la colonia Roma Norte, a diez kilómetros de distancia, pero en una realidad completamente diferente.
El aire olía a café tostado y a pan recién horneado. Camila llevaba unos jeans, tenis blancos y una camisa de lino. Se sentía ligera. Había dormido ocho horas seguidas por primera vez en años.
Se detuvo frente a una casona antigua, de estilo afrancesado, con la pintura un poco desgastada pero con una estructura magnífica. Grandes ventanales, techos altos, balcones de herrería.
En la fachada había un letrero pequeño y discreto: “Se Renta”.
Camila sacó unas llaves de su bolso. No las había rentado ese día. Había rentado el lugar hacía tres meses, en secreto, usando el dinero que le había heredado su abuela y que Ricardo nunca pudo tocar porque estaba en una cuenta mancomunada con su madre.
Abrió la puerta de madera pesada y entró.
El espacio estaba vacío, lleno de polvo y luz. El sol entraba a raudales, iluminando las partículas de polvo que bailaban en el aire. Olía a madera vieja y a trementina.
—Hola —dijo Camila a la nada. Su voz resonó en las paredes vacías.
Este iba a ser su refugio. No, no un refugio. Su trinchera.
“Galería Hartwell”. Usaría su apellido de soltera. Camila Hartwell. La experta en arte que había dejado su carrera prometedora para criar a los hijos de un hombre que no la merecía.
Sacó su teléfono y marcó un número.
—¿Javier? Hola, soy Camila… Sí, Camila Hartwell. Estoy lista. Sí, ya tengo el espacio. Quiero empezar la remodelación el lunes. No, nada lujoso. Quiero paredes blancas, luz perfecta y piso de madera pulida. Quiero que el arte hable, no la decoración.
Colgó y caminó por el espacio, imaginando los cuadros. No quería traer a los artistas de moda que Ricardo compraba solo para presumir precios. Quería traer artistas reales. Mujeres olvidadas, jóvenes talentos de Oaxaca, escultores que trabajaban con basura reciclada. Arte con dolor, con historia. Arte como su vida.
Su teléfono sonó de nuevo. Era Benítez.
—Camila, buenos días. ¿Cómo amaneciste?
—Muy bien, Horacio. ¿Novedades?
—Varias. Y muy efectivas —la voz de Benítez sonaba complacida—. El embargo se ejecutó a la perfección. Ricardo intentó pagar su desayuno con el reloj en el St. Regis. Me llamó el gerente para confirmar si el reloj también estaba embargado. Le dije que técnicamente es un bien mueble sujeto a la sociedad conyugal, así que lo retuvieron.
Camila soltó una pequeña risa. No de crueldad, sino de incredulidad.
—¿Está en la calle?
—Técnicamente, sí. Sus cuentas personales están en cero. Las de la empresa están bloqueadas para él. Y tengo noticias de la Fiscalía. La denuncia por administración fraudulenta que interpuso el Consejo de Lang Tech avanza rápido. Parece que Ricardo no era muy listo ocultando sus huellas. Usó la IP de su casa para hacer transferencias a las cuentas de Isa.
—Qué torpe —murmuró Camila.
—La arrogancia vuelve torpe a la gente inteligente, Camila. Creen que nadie se atreverá a revisarlos. En fin, te llamo para decirte que es probable que intenten contactarte. Él, o algún abogado de oficio si es que no consigue uno privado. Mi recomendación: no contestes. Todo a través de mí.
—No te preocupes, Horacio. No tengo nada que decirle.
Colgó. Se quedó un momento mirando el teléfono.
Una parte de ella, la parte que lo había amado durante quince años, sentía una punzada de lástima. Recordaba al Ricardo joven, al que tenía miedo de fracasar. Ahora ese miedo se había hecho realidad.
Pero luego recordó a Bella preguntando si ella seguía siendo la favorita de papá. Recordó a Ricardo entrando al tribunal con Isa, riéndose.
La lástima se evaporó.
Camila salió de la casona y cerró la puerta con doble llave. Caminó hacia una cafetería cercana, se sentó en una mesa al exterior y pidió un capuchino. Sacó su libreta y empezó a dibujar el plano de la galería.
“Exposición Inaugural: Lo que queda después del fuego“.
Sería un éxito. Lo sabía.
Mientras tanto, la situación de Ricardo pasaba de desesperada a humillante.
Después de ser rechazado en su edificio, intentó ir a casa de su madre, en la colonia Del Valle. Su madre, Doña Tere, era una mujer sencilla que nunca había entendido del todo el mundo de su hijo, pero que lo adoraba.
Llegó en taxi (había conseguido que un taxista lo llevara prometiéndole pagarle al llegar, una mentira más). Al llegar a la casa pequeña y acogedora donde creció, vio un auto estacionado afuera.
La camioneta de Camila.
Ricardo se congeló. ¿Qué hacía ella ahí?
Se acercó sigilosamente a la ventana de la sala.
Ahí estaba Camila, sentada en el sofá con Doña Tere. Ambas tomaban café. Doña Tere estaba llorando, y Camila le sostenía la mano con ternura.
Ricardo aguzó el oído.
—…lo siento mucho, Tere. Yo no quería que te enteraras por la televisión —decía Camila.
—Ay, mija —sollozaba su madre—. Yo siempre supe que ese dinero lo estaba cambiando. Se volvió duro. Se olvidó de dónde venía. Pero negar a sus hijos… eso no tiene perdón de Dios. Esos niños son mis nietos.
—Y siempre lo serán, Tere. Usted siempre será su abuela. Ricardo puede dejar de ser mi esposo, pero usted nunca dejará de ser mi familia. Le prometo que no le va a faltar nada. Yo me voy a encargar de sus medicinas y de la casa.
—Gracias, hija. Eres un ángel. No sé qué bicho le picó a mi hijo.
Ricardo sintió una puñalada en el pecho más dolorosa que el embargo. Su madre. Su propia madre estaba del lado de Camila. Ni siquiera lo defendía.
Quiso entrar, quiso gritar, decirles que era un malentendido. Pero se vio reflejado en el vidrio de la ventana.
Vio a un hombre sudoroso, despeinado, con el traje manchado de café, con los ojos desorbitados. Parecía un vagabundo. Parecía su padre cuando llegaba borracho hace treinta años.
El terror lo paralizó. Se había convertido en lo que más odiaba.
No tuvo el valor de tocar el timbre.
Se dio la vuelta y corrió. Corrió hasta que le faltó el aire.
ESCENA FINAL DEL CAPÍTULO: EL ENCUENTRO INESPERADO
La noche cayó sobre la Ciudad de México. Ricardo terminó sentado en una banca de la Alameda Central, en el centro de la ciudad. Era un lugar democrático, donde se mezclaban turistas, enamorados y gente sin hogar. Ricardo encajaba peligrosamente bien en la última categoría.
Tenía hambre. Mucha hambre. No había comido nada desde el desayuno fallido.
Vio un puesto de esquites. El olor a elote, epazote y mayonesa le revolvió el estómago de antojo. Se acercó.
—¿Cuánto cuesta un vaso? —preguntó.
—Treinta pesos, joven —dijo la señora.
Ricardo buscó en sus bolsillos. Tenía veinticinco pesos en monedas.
—Solo tengo veinticinco. ¿Me lo das así?
La señora lo miró. Vio el traje caro pero sucio. Vio la desesperación.
—Ándele pues. Pero sin queso.
Ricardo tomó el vaso caliente. El primer bocado le supo a gloria. Se sentó en la banca de nuevo, comiendo con ansiedad.
De repente, sintió una presencia frente a él. Alguien estaba parado, bloqueándole la vista de la Torre Latinoamericana.
Levantó la vista.
Era Isa.
Pero no era la Isa glamurosa del tribunal. Llevaba unos jeans rotos (no de diseño), una sudadera gris enorme y el cabello recogido en una coleta mal hecha. No llevaba maquillaje y se le veían ojeras profundas.
Se miraron en silencio. Dos náufragos en la misma isla desierta.
—Te ves de la mierda, Ricardo —dijo Isa, con voz ronca.
—Tú tampoco te ves muy bien, Isa —respondió él, limpiándose un grano de elote de la comisura de los labios.
Isa se sentó en el otro extremo de la banca, manteniendo distancia.
—Javi no me dejó entrar a su casa. Me dijo que si el bebé no era suyo, me mataba. Y si era suyo, no tenía con qué mantenerlo. Estoy durmiendo en un hostal de mala muerte aquí cerca.
—Me embargaron todo —dijo Ricardo, mirando su vaso vacío—. No tengo ni para un taxi.
—Lo sé. Lo vi en Twitter. Eres el hazmerreír nacional.
Se quedaron callados unos minutos, viendo pasar a la gente. La ironía era brutal. Hacía 48 horas estaban planeando viajes a Europa y compras en Chanel. Ahora compartían una banca en la Alameda.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo Isa de repente, con lágrimas en los ojos—. Que Camila tenía razón.
Ricardo giró la cabeza.
—¿De qué hablas?
—Ella me lo advirtió una vez. Hace un año, en una fiesta. Me la encontré en el baño. Yo pensé que me iba a gritar. Pero solo me miró y me dijo: “Ten cuidado con lo que deseas, niña. Ricardo es un hombre que ama el brillo, pero cuando el brillo se apaga, no sabe qué hacer con la oscuridad”.
Isa se limpió una lágrima.
—Yo quería tu brillo, Ricardo. Quería tu dinero, tus viajes, tu poder. Pero ahora que estás apagado… eres un hombre muy pequeño. Y yo soy una estúpida por haber creído que eras un premio.
Ricardo sintió la ira subir de nuevo.
—Yo te hice, Isa. Tú no eras nadie antes de mí.
—Y no soy nadie ahora —replicó ella—. Pero al menos yo sé que soy una interesada. Tú… tú te creías un dios. Y mira dónde estás. Comiendo esquites fiados.
Isa se levantó.
—Me voy. Voy a ir a casa de mis papás en Toluca. Voy a decirles la verdad. Que la cagué. Que estoy embarazada de un instructor de gym y que perdí dos años de mi vida con un viejo ridículo. Prefiero su regaño que tu compañía.
—¡Espera! —Ricardo se levantó—. ¿Te vas? ¿Me vas a dejar aquí? ¡Tengo frío! ¡No tengo a dónde ir!
Isa lo miró con una frialdad que le recordó dolorosamente a Camila.
—Pues llama a tu esposa, Ricardo. Ah, no, espera… ella ya no es tu esposa. Suerte con eso.
Isa se dio la media vuelta y caminó hacia la estación del metro Bellas Artes, perdiéndose entre la multitud.
Ricardo se quedó solo de nuevo.
Empezó a llover. Una lluvia fría, típica de la Ciudad de México, que calaba hasta los huesos.
Ricardo Landa se cubrió con su saco manchado de café, se acurrucó en la banca y cerró los ojos, deseando con todas sus fuerzas despertar en su cama de Las Lomas.
Pero sabía que ese despertar nunca llegaría. La pesadilla era real. Y apenas estaba comenzando
CAPÍTULO 4: El Reclusorio Norte y los Fantasmas de la Roma
La lluvia en la Ciudad de México tiene la capacidad de limpiar el smog, pero también de arrastrar toda la basura hacia las alcantarillas. Ricardo Landa, acurrucado en la banca de la Alameda Central, se sentía exactamente como eso: un desecho arrastrado por la corriente, atorado en una rejilla oxidada.
Habían pasado cuatro horas desde que Isa lo dejó. Cuatro horas de tiritar bajo su saco Zegna arruinado, cuatro horas de ver pasar patrullas con el miedo de un criminal novato. Ya no era el CEO. Era un vagabundo con ropa cara.
A las 2:00 AM, una luz cegadora le golpeó la cara.
—¡Oríllese, joven! —una voz distorsionada por un altavoz rompió su letargo.
Ricardo se cubrió los ojos. Una patrulla de la Secretaría de Seguridad Ciudadana se había detenido frente a él. Dos oficiales bajaron. Uno gordo, con el uniforme mal fajado, y otro más joven, con la mano en la macana.
—Aquí no se puede dormir, pareja —dijo el oficial mayor, alumbrándolo con una linterna—. Ándele, circule o nos lo llevamos por falta administrativa.
Ricardo intentó ponerse de pie, pero sus piernas estaban entumecidas.
—Oficial… oficial, soy Ricardo Landa —balbuceó, intentando sacar su cartera vacía para mostrar una identificación—. Soy empresario. Me robaron. Necesito ayuda.
El oficial joven se acercó y olió el aire.
—Huele a alcohol, mi comandante. Y trae el traje todo vomitado. Es un borrachito de oficina.
—¡No estoy borracho! —gritó Ricardo, y la desesperación hizo que su voz sonara agresiva—. ¡Soy Ricardo Landa! ¡Busquen mi nombre en Google, imbéciles!
El oficial mayor frunció el ceño. En la Ciudad de México, insultar a un policía es el camino más rápido al desastre.
—Ah, ¿muy salsa? ¿Nos está insultando a la autoridad? —El oficial lo agarró del brazo con fuerza innecesaria—. Vámonos al Cívico, por alterar el orden y faltas a la moral.
—¡Suélteme! ¡No saben con quién se meten! —Ricardo forcejeó. Fue un error.
En segundos, estaba con la cara contra el pavimento húmedo, con una rodilla en la espalda y las esposas cerrándose en sus muñecas con un clic metálico y doloroso.
—Tiene derecho a guardar silencio —se burló el oficial mientras lo levantaban a empujones—. Y a que se le baje la peda en la jaula.
Lo subieron a la parte trasera de la patrulla. El asiento era de plástico duro y olía a orines y desinfectante barato. Mientras la sirena aullaba y el auto arrancaba, Ricardo vio por la ventanilla enrejada cómo la Torre Latinoamericana se alejaba. La ciudad que él creía poseer ahora lo estaba masticando.
Pero el Juzgado Cívico fue solo la primera parada.
Al llegar a la delegación en Cuauhtémoc, mientras lo fichaban como “N.N.” (porque había perdido su INE en la carrera), el sistema arrojó una alerta roja en la pantalla de la computadora vieja del Ministerio Público.
El secretario, un hombre con cara de pocos amigos que comía una torta de tamal a las tres de la mañana, dejó de masticar.
—Oye, pareja —le dijo a los policías—. ¿Dijeron que este güey se llama Ricardo Landa?
—Eso dice el borracho.
El secretario tecleó algo rápido. Sus ojos se abrieron.
—No mames. Sí es. Hay una orden de aprehensión girada hace seis horas. Delitos financieros graves, fraude equiparado y administración fraudulenta. La Fiscalía de Delitos Financieros lo está buscando por cielo, mar y tierra.
Los policías se miraron entre ellos. Habían pescado un tiburón pensando que era un charal.
—¿Es el del chisme del ADN? —preguntó el joven.
—El mismo. El “Lord Cornudo”.
Ricardo, sentado en una banca de metal, escuchó todo. Sintió que el piso se abría.
—Quiero a mi abogado —dijo, con voz temblorosa—. Tengo derecho a una llamada.
El secretario se rió.
—Tiene derecho a guardar silencio, licenciado. Ahorita vienen los de la Policía de Investigación por usted. Se va directo al Reclusorio Norte. Vaya rezándole a su santo, porque ahí adentro no les caen bien los fresas que roban dinero.
EL RENACIMIENTO: COLONIA ROMA, 9:00 AM
Mientras Ricardo era trasladado en un convoy blindado hacia el norte de la ciudad, Camila Hartwell (ya no Landa) estaba parada en medio de una nube de polvo blanco.
—Señora Camila, la pared de carga está muy húmeda —dijo Don Chuy, el maestro albañil que estaba a cargo de la remodelación de la galería—. Vamos a tener que raspar todo y volver a enyesar. Eso nos va a retrasar dos días.
Camila se ajustó el cubrebocas y miró la pared.
—No importa, Don Chuy. Quiero que quede bien. Si tenemos que retrasar la inauguración, la retrasamos. No quiero parches. Quiero que los cimientos estén sanos.
“No quiero parches”. Esa era su nueva filosofía de vida. Durante años, había puesto parches en su matrimonio, sonriendo en las fotos, ignorando los mensajes, fingiendo que todo estaba bien. Ya no más. Ahora, si algo estaba podrido, se arrancaba de raíz.
Su teléfono sonó. Era Benítez.
Camila se sacudió el polvo de las manos y contestó.
—Dime, Horacio.
—Lo atraparon, Camila.
El mundo se detuvo por un segundo. El ruido de los taladros y los martillazos pareció desvanecerse.
—¿Dónde? —preguntó ella.
—En la Alameda. Dormía en una banca. Lo detuvieron por faltas administrativas, pero saltó la orden de aprehensión por el fraude a la empresa. Ya lo trasladaron al Reclusorio Norte. La audiencia inicial es a las 11:00 AM.
Camila cerró los ojos y exhaló. No sintió alegría. Sintió un peso enorme, como de plomo, cayendo de sus hombros. La amenaza física había desaparecido. Ricardo ya no podía ir a la casa a gritar. Ya no podía intentar llevarse a los niños. Estaba encerrado.
—¿Qué va a pasar ahora?
—El juez de control va a dictar prisión preventiva justificada. No tiene arraigo, no tiene domicilio (gracias al embargo), y tiene los medios (o los tenía) para fugarse. Se va a quedar adentro todo el juicio, Camila. Mínimo un año, tal vez dos, antes de la sentencia.
—¿Los niños tienen que saberlo?
—Se van a enterar, Camila. Ya está en las noticias: “Cae el Titán: Ricardo Landa arrestado como indigente en el centro”. Es mejor que se lo digas tú antes de que lo vean en TikTok.
—Gracias, Horacio. —Camila hizo una pausa—. ¿Él… preguntó por mí?
—Según el reporte del MP, gritó tu nombre cuando lo subían a la camioneta de traslado. Dijo que tú podías explicarlo todo.
Camila sintió una punzada de dolor antiguo, pero la aplastó rápido.
—No hay nada que explicar. Gracias, abogado.
Colgó. Miró la pared húmeda que Don Chuy estaba picando con un cincel.
—Don Chuy —dijo con voz firme—. Tírula. Tire toda la pared. Vamos a hacer un ventanal. Quiero que entre más luz.
LA JAULA DE ORO (QUE AHORA ERA DE HIERRO)
El Reclusorio Preventivo Varonil Norte es un lugar donde la esperanza muere en la entrada, justo donde te quitan las agujetas de los zapatos.
Ricardo Landa, vestido con un uniforme beige desgastado que le quedaba dos tallas grande, caminaba por el pasillo de ingreso. El olor era una mezcla de creolina, sudor rancio y comida podrida. Hacía frío. Mucho frío.
Lo habían puesto en la zona de Ingreso, en una celda de 3×3 metros que compartía con otros cinco hombres. No había camas, solo planchas de cemento. No había baño, solo un agujero en el suelo.
—Miren quién llegó —dijo uno de los compañeros de celda, un hombre tatuado hasta el cuello con la mirada vacía—. El de la tele. El millonario.
Ricardo se pegó a la pared, abrazándose a sí mismo.
—No quiero problemas —susurró.
—Nadie quiere problemas aquí, “ñero” —dijo otro, riéndose—. Pero los problemas llegan solos. Oye, ¿es cierto que tu vieja te chingó con el ADN?
Ricardo no respondió.
—Te estoy hablando, cabrón —el hombre se levantó y le dio un empujón.
—¡Déjame en paz! —gritó Ricardo, intentando mantener un gramo de dignidad—. ¡Mi abogado va a venir y me va a sacar de aquí en unas horas! ¡Y cuando salga, voy a hacer que los trasladen a un penal de máxima seguridad!
Los cinco hombres estallaron en carcajadas.
—Uy, qué miedo. El patrón se enojó. —El tatuado se acercó y le escupió en la cara—. Aquí no eres nadie, güerito. Aquí tu dinero no sirve si no lo tienes en la mano. Y por lo que dicen las noticias, estás más quebrado que nosotros.
Ricardo se limpió el escupitajo, temblando. Se deslizó por la pared hasta quedar sentado en el suelo sucio. Cerró los ojos y trató de imaginar que estaba en su oficina, que el olor era su café espresso y que el ruido eran las impresoras. Pero la realidad era ineludible.
Estaba en el infierno. Y él mismo había comprado el boleto de entrada.
A las 11:00 AM, lo sacaron para la audiencia. Lo llevaron a una sala de juicios orales a través de un túnel subterráneo. Lo pusieron detrás de un cristal blindado.
Del otro lado, vio a la fiscalía: tres abogados jóvenes y agresivos.
Vio a la parte acusadora: el abogado de Lang Tech.
Y vio a su defensor. No era Castañeda. No era ningún abogado famoso. Era un defensor de oficio, un hombre con cara de cansancio que revisaba el expediente cinco minutos antes de empezar.
—¿Dónde está mi equipo legal? —preguntó Ricardo por el micrófono.
El defensor de oficio ni lo miró.
—Renunciaron, señor Landa. Falta de pago. Y conflicto de intereses. Soy el Licenciado Gómez. Voy a llevar su caso. Le recomiendo que no hable a menos que yo se lo diga.
La audiencia fue una masacre.
El juez escuchó los cargos: desvío de 45 millones de pesos, evasión fiscal, falsificación de documentos. La evidencia era abrumadora. Las pruebas que Camila había recopilado (los recibos de las “consultorías” de Isa, los vuelos privados disfrazados de logística) eran irrefutables.
—Su Señoría —dijo Gómez, el defensor, sin mucha convicción—, solicitamos que mi cliente lleve el proceso en libertad. No tiene antecedentes penales.
—Objeción —dijo el fiscal—. El imputado no tiene domicilio fijo, sus cuentas están congeladas, y tiene doble nacionalidad (americana) lo que lo hace un riesgo de fuga inminente. Además, intentó sobornar a los oficiales que lo detuvieron.
El juez asintió.
—Se dicta auto de vinculación a proceso. Medida cautelar: Prisión preventiva justificada. Se otorgan tres meses para el cierre de la investigación complementaria. Llévenselo.
Ricardo golpeó el cristal.
—¡No! ¡No pueden dejarme aquí! ¡Soy inocente! ¡Fue ella! ¡Fue mi esposa! ¡Es una venganza!
Nadie le hizo caso. Los custodios lo arrastraron de vuelta al túnel. De vuelta a la oscuridad.
LA CONVERSACIÓN DIFÍCIL
Esa tarde, Camila recogió a Diego y Sofía del colegio.
El ambiente en el auto era tenso. Diego venía con la cabeza baja.
—Mamá —dijo Sofía—. En el recreo, unas niñas dijeron que mi papá está en la cárcel. ¿Es verdad?
Camila detuvo el auto en una calle tranquila de las Lomas, antes de llegar a la casa. Apagó el motor y se giró para verlos.
No iba a mentirles. Nunca más.
—Sí, amores. Es verdad.
Diego golpeó el asiento delantero con furia.
—¡Maldita sea! ¡Qué vergüenza! ¡Ahora somos los hijos del presidiario!
—Diego, mírame —dijo Camila, con voz autoritaria—. Ustedes no son hijos de un presidiario. Ustedes son hijos de Ricardo y de Camila. Lo que su papá hizo son decisiones de él. Errores de él. No de ustedes.
—¡Pero llevamos su apellido! —gritó Diego, llorando de rabia—. ¡Todos van a pensar que somos iguales!
—El apellido no hace a la persona, Diego. Tus acciones te hacen. —Camila respiró hondo—. Su papá cometió delitos. Tomó dinero que no era suyo. Y la ley es igual para todos, aunque tengas dinero. Él tiene que pagar por lo que hizo.
—¿Lo vamos a ir a ver? —preguntó Sofía, con voz chiquita.
Camila lo pensó un momento.
—No por ahora, Sofi. La cárcel no es un lugar para niños. Y creo que su papá necesita tiempo para pensar en lo que hizo sin público. Pero si él llama, y ustedes quieren hablar, pueden hacerlo. No se los voy a prohibir.
—Yo no quiero hablar con él —dijo Diego, cruzándose de brazos—. Nunca. Para mí está muerto.
—Es tu decisión, hijo. Y la respeto.
Camila volvió a arrancar el auto. Sabía que el camino de sanación de Diego sería largo. El ídolo había caído del pedestal y se había roto en mil pedazos, y esos pedazos cortaban.
VISITA CONYUGAL (SIN CÓNYUGE)
Dos semanas después.
Ricardo había perdido diez kilos. Tenía ojeras moradas y una barba descuidada. Había aprendido rápido las reglas de la cárcel: no mirar a nadie a los ojos, pagar por protección (con el poco dinero que su madre le depositaba) y mantener la boca cerrada.
Era día de visita.
Ricardo estaba sentado en el área común, mirando la puerta. Tenía la esperanza absurda, infantil, de que Camila entrara. Que entrara con su vestido azul, lo regañara, pero luego lo sacara de ahí. Ella siempre arreglaba sus problemas. Ella siempre encontraba las llaves cuando él las perdía.
La puerta se abrió.
Entró el Licenciado Benítez.
Ricardo sintió una decepción tan aguda que le dolió el pecho.
Benítez se sentó frente a él. No traía una sonrisa burlona. Traía una expresión seria, profesional.
—Hola, Ricardo.
—¿Dónde está ella? —preguntó Ricardo, con voz rasposa.
—Ella no va a venir, Ricardo. Ni hoy, ni nunca.
—Tiene que venir. Tenemos que hablar. Dile que lo siento. Dile que… que me equivoqué. Dile que Isa fue un error. Que la extraño.
Benítez sacó una carpeta.
—Ricardo, escúchame bien. Eso ya no importa. El daño está hecho. Y no hablo del daño emocional, que es irreparable. Hablo del daño legal.
Benítez abrió la carpeta.
—Vengo a traerte el convenio final de divorcio.
—No voy a firmar nada —dijo Ricardo—. Si no firmo, seguimos casados. Y ella tiene que ayudarme.
—Si no firmas —dijo Benítez con calma—, el juicio de divorcio incausado sigue su curso y el juez dictará sentencia en un mes de todos modos. Pero si no firmas este acuerdo de liquidación de sociedad conyugal, Camila no retirará los cargos particulares que tiene contra ti por el fraude al fideicomiso de los niños.
Ricardo palideció.
—¿Tiene cargos aparte?
—El fraude a la empresa es federal. Eso ya no está en nuestras manos. Pero el robo de los tres millones de pesos del fondo universitario de Diego y Sofía… eso es una demanda civil y penal privada. Si firmas esto, cediendo la patria potestad completa y renunciando a cualquier reclamo sobre la casa y los bienes remanentes, Camila retirará esa demanda específica. Te ahorras cinco años de cárcel extra.
Ricardo miró los papeles. Era su rendición total. Renunciaba a sus hijos. Renunciaba a su casa. Renunciaba a su vida.
—Ella me odia —susurró Ricardo.
—No, Ricardo —dijo Benítez, guardando su pluma—. Lo peor es que no te odia. Si te odiara, vendría a verte para escupirte. Camila ya no siente nada por ti. Eres indiferente para ella. Eres un extraño con el que comparte recuerdos, nada más. Ella ya te soltó. Ahora te toca a ti soltar.
Ricardo tomó la pluma. Sus manos temblaban.
Miró su firma. Esa firma que había valido millones de dólares en contratos internacionales. Ahora solo valía su libertad condicional (en un futuro lejano).
Firmó.
Lentamente, empujó los papeles hacia Benítez.
—Dile a mis hijos… —Ricardo se detuvo. Se le quebró la voz. Lloró. Lloró por primera vez en años, un llanto feo, ruidoso, sin glamour—. Dile a mis hijos que lo siento. Que papá se perdió.
Benítez asintió, guardando los documentos.
—Se los diré. Pero te sugiero que, cuando salgas de aquí, en unos años, intentes ser un hombre del que ellos no se avergüencen. Empieza de cero, Ricardo. Como cuando vivías en Iztapalapa. Quizás ahí encuentres al hombre que Camila amó alguna vez.
Benítez se levantó y se fue.
Ricardo se quedó solo en la mesa de metal.
Miró hacia el patio. El sol brillaba, pero no calentaba.
“Empezar de cero”.
No tenía dinero. No tenía familia. No tenía nombre.
Pero, curiosamente, al haber firmado ese papel, sintió un alivio minúsculo. Ya no tenía que fingir ser el Titán. El Titán estaba muerto.
Ahora solo era Ricardo, el recluso 4055. Y por primera vez en mucho tiempo, esa era la única verdad que tenía.
EPÍLOGO DEL CAPÍTULO: LA INAUGURACIÓN
Un mes después.
La Galería Hartwell abrió sus puertas.
No hubo prensa de chismes. Hubo críticos de arte, coleccionistas serios y amigos verdaderos.
El espacio era hermoso. Paredes blancas, pisos de madera recuperada, y una luz cálida que abrazaba las obras.
La exposición “Lo que queda después del fuego” presentaba esculturas hechas con madera quemada y metal retorcido, que proyectaban sombras de figuras humanas bailando.
Camila estaba en el centro de la sala, con un vestido color crema, sencillo y elegante. Sostenía una copa de vino, pero no bebía. Estaba hablando con un curador del Museo de Arte Moderno.
—La honestidad de las piezas es brutal —decía el curador—. Se siente el dolor, pero también la reconstrucción.
—El arte es eso —dijo Camila sonriendo—. Es tomar lo que está roto y encontrarle un nuevo propósito.
Diego y Sofía estaban ahí. Diego llevaba una camisa bien planchada y ayudaba a servir canapés, sintiéndose útil, parte de algo. Ya no se escondía detrás de la pantalla. Sofía corría entre los invitados explicándoles los cuadros con la misma pasión que su madre.
Camila los miró. Estaban bien. Estaban sanando.
Se acercó a la ventana que daba a la calle Orizaba. Vio la noche de la Roma, llena de vida, de música, de gente caminando libre.
Pensó en Ricardo. Sabía que hoy era su cumpleaños. 42 años. Probablemente lo celebraría con una cena de frijoles y arroz en una bandeja de plástico.
No sintió rencor. Sintió una paz inmensa.
Levantó su copa hacia la luna, en un brindis silencioso.
“Adiós, Ricardo. Gracias por los hijos. Gracias por la lección. Y gracias por irte”.
Se dio la vuelta y regresó a la fiesta. Su vida, su verdadera vida, apenas estaba comenzando.
(FIN DE LA HISTORIA)