
PARTE 1
CAPÍTULO 1: LA TORMENTA EN LA AVENIDA
La lluvia caía sin piedad esa noche sobre la Ciudad de México, golpeando el pavimento de la Avenida Revolución con una furia que convertía las banquetas rotas en ríos de agua negra y aceite. Las luces de los faroles parpadeaban débilmente, luchando por iluminar los edificios desgastados y los puestos callejeros ya cerrados con lonas azules. Eran pasadas las 11 de la noche y la pequeña cafetería “El Rincón de la Esperanza” debería haber cerrado hace media hora, pero Selena Cárdenas nunca había sido de las que le cierran la puerta a nadie. No cuando sabía lo que era tener el estómago vacío y el alma helada.
Selena limpiaba la barra de formica desgastada, su piel morena brillando por el sudor después de un turno brutal de doce horas. Le dolían los pies, la espalda le gritaba y su cartera estaba casi vacía, con apenas lo suficiente para el pasaje del pesero y tal vez un bolillo para cenar. Su madre necesitaba medicinas y la renta subía cada mes, pero Selena mantenía esa sonrisa que, aunque cansada, era genuina. Fue entonces, mientras exprimía el trapo grisáceo, cuando lo vio.
Una figura pequeña, encorvada en una silla de ruedas vieja y oxidada, justo afuera del ventanal, empapándose bajo la tormenta.
El niño, de no más de diez años, tenía el cabello oscuro pegado a la frente por el agua y un suéter raído que no hacía nada para protegerlo del frío calador de la noche chilanga. Estaba sentado inmóvil, con las manos aferradas a una cobija deshilachada, temblando visiblemente. Estaba justo debajo del letrero despintado de la cafetería, como si esperara que la poca luz neón le diera algo de calor.
Selena frunció el ceño, soltó el trapo y sintió esa punzada familiar en el pecho, esa mezcla de rabia y compasión que siempre la metía en problemas. No lo pensó dos veces. Empujó la puerta de vidrio, estremeciéndose cuando el viento helado y el olor a tierra mojada la golpearon de lleno.
—¡Oye! ¡Oye, mi niño! —gritó suavemente para no asustarlo, corriendo y agachándose a su lado bajo el pequeño techo del toldo—. ¿Qué haces aquí afuera tú solito?
El niño dio un respingo, como si esperara un regaño o que lo corrieran, y levantó la vista. Tenía unos ojos grandes, oscuros y llenos de una incertidumbre que ningún niño debería conocer.
—Estoy esperando a mi papá —murmuró, su voz apenas audible sobre el ruido de los autos pasando a toda velocidad sobre el asfalto mojado y los cláxons lejanos.
Selena miró a ambos lados de la calle. Nada. Solo un perro callejero buscando refugio y el letrero neón de una casa de empeño “Monte de Piedad” parpadeando a lo lejos. La calle estaba desierta y peligrosa.
—¿Y dónde está él, corazón? —insistió, sintiendo que la preocupación se le anudaba en la garganta.
El niño se encogió de hombros y se ajustó la cobija mojada con sus dedos entumecidos.
Selena exhaló, mordiéndose el labio. Había visto demasiadas noches así en esta ciudad. Demasiados niños olvidados mientras los padres trabajaban o, peor aún, nunca volvían.
—Mira, no te puedes quedar aquí, te vas a enfermar con este frío, te va a dar una pulmonía —le dijo con una sonrisa cálida, de esas que te hacen sentir que todo va a estar bien—. Pásale, vente conmigo. Adentro está calientito y te prometo que te preparo algo rico.
El niño dudó un segundo, sus ojos escaneando la cara de Selena buscando alguna señal de peligro, pero solo encontró ternura maternal. Asintió lentamente.
Selena tomó los manubrios de la silla con firmeza y lo empujó hacia el interior de la cafetería. El contraste fue inmediato; el calor las golpeó de lleno, con ese olor reconfortante a café de olla con canela y pan recién horneado. Lo llevó a una mesa de rincón cerca de la cocina, le quitó la cobija mojada y le puso una toalla seca y limpia sobre los hombros, frotando sus brazos para que entrara en calor.
—Soy Selena —dijo, guiñándole un ojo—. ¿Cómo te llamas tú, flaco?
—Daniel —dijo él, olfateando y secándose la nariz con la manga.
—Daniel. Nombre de valientes —dijo ella con aprobación, acomodándole el pelo—. ¿Tienes hambre, Dani?
El niño asintió tímidamente. Selena no necesitó más. Se fue directo a la cocina, encendió la parrilla que acababa de limpiar con tanto esfuerzo y sacó dos rebanadas gruesas de pan de caja y un buen trozo de queso manchego y jamón.
Minutos después, le puso enfrente el mejor sándwich que Daniel había visto en su vida: dorado, crujiente, con la mantequilla brillando y el queso desbordándose por los lados, acompañado de una taza de chocolate caliente humeante, espumoso, como el que hacen las abuelas.
—Este va por mi cuenta, mi rey —dijo ella, acomodándole una servilleta en las piernas—. Cómele, que las penas con pan son menos.
Los ojos de Daniel se iluminaron al dar el primer bocado. El queso se estiró en hilos largos y deliciosos.
—Está buenísimo… es lo más rico que he probado —susurró, con la voz llena de algo parecido a la maravilla.
Selena soltó una risita suave, viéndolo devorar el sándwich.
—La comida rica cura todo, mijo —dijo ella con ligereza, pero por dentro sentía ganas de llorar. Ver a alguien tan pequeño cargando con tanta soledad y gratitud por un simple sándwich le rompía el corazón.
Lo que Selena no sabía, lo que ni siquiera podía imaginar mientras le servía más chocolate, era que al otro lado de la avenida, estacionado en las sombras de un callejón discreto, había un auto negro blindado, un Bentley impecable que valía más que toda la cuadra. Y dentro de ese auto, un hombre poderoso observaba cada uno de sus movimientos a través de los cristales tintados.
CAPÍTULO 2: EL OBSERVADOR SILENCIOSO
Raimundo Huerta, conocido en el mundo empresarial como “El Tiburón de Polanco”, permanecía en silencio dentro de su fortaleza de cuero y acero. Sus ojos grises, fríos y calculadores, no se apartaban de la escena que se desarrollaba tras el cristal empañado de la cafetería de mala muerte.
A sus 46 años, Raimundo había construido un imperio tecnológico en México basado en el control absoluto, la precisión y una crueldad necesaria. “Huerta Dynamics” era el corazón palpitante de la innovación en Santa Fe, una máquina de hacer dinero que funcionaba con eficiencia, no con sentimientos. Raimundo había pasado años asegurándose de que nada—ninguna persona, ninguna emoción, ninguna debilidad—pudiera interferir con su legado.
Sin embargo, ahí estaba. Mirando. Sintiendo algo que creía muerto.
Daniel era su hijo. Su único hijo.
Y esa mujer, esa mesera morena con el delantal sucio en una fonda que se caía a pedazos, estaba alimentando a su hijo gratis.
Raimundo apretó la mandíbula, los músculos de su rostro tensándose. Se había retrasado en una llamada vital con inversionistas japoneses y, en un momento de desesperación y prueba, le había dicho a Daniel que esperara afuera por unos minutos, vigilado por sus guardias a distancia, para ver si el mundo era tan cruel como él le enseñaba. No esperaba esto. No esperaba bondad.
Tomó su teléfono y marcó un número rápido.
—Nora —dijo cuando su asistente contestó al primer tono—. Vente a la cafetería de Avenida Revolución. Sin trajes, sin tacones. Te quiero aquí en 20 minutos, vestida normal, como gente de la calle.
Hubo una pausa al otro lado de la línea.
—¿Señor?
Raimundo apretó el teléfono, sus nudillos poniéndose blancos.
—Averigua todo lo que puedas sobre la mujer que acaba de darle de cenar a mi hijo. Quiero saber quién es, qué deudas tiene, qué le duele. Todo.
Colgó sin esperar respuesta.
Dentro de la cafetería, Daniel se reía por primera vez en toda la noche, balanceando sus piernas que colgaban de la silla. Tenía una mancha de chocolate en la barbilla. Selena se la limpió con una servilleta, negando con la cabeza y sonriendo.
—Eres un desastre comiendo, ¿eh? —le dijo con cariño.
Al otro lado de la calle, Raimundo observaba, su expresión ilegible, pero su mente ya estaba trabajando, calculando. Porque Raimundo Huerta no creía en la amabilidad desinteresada. Él creía en las deudas. Y quisiera o no, Selena Cárdenas acababa de ponerlo en deuda con ella.
Selena se secó las manos en el delantal, mirando hacia la ventana donde la lluvia seguía cayendo, dibujando caminos en el vidrio. Daniel estaba terminando el último trozo de su sándwich, sus dedos ya no temblaban, estaban calientitos. Su cara había perdido esa tensión, esa mirada de alerta que los niños de barrio aprenden demasiado pronto. Selena sintió una pequeña satisfacción. Un momento de paz. Eso era suficiente para ella.
Entonces la puerta se abrió de golpe.
El aire frío entró primero, seguido por una mujer vestida con jeans y una sudadera gris, con el cabello rubio escondido bajo una gorra de los Diablos Rojos. Desentonaba en el lugar, no por su ropa, sino por cómo se movía: con una seguridad afilada, calculada, escaneando todo en un segundo. Selena llevaba trabajando en servicio al cliente lo suficiente para reconocer a alguien que no venía por el café.
La mirada de la mujer aterrizó inmediatamente en Daniel. Su expresión se suavizó, pero fue un cambio demasiado rápido, demasiado actuado. Se agachó junto al niño.
—Hola, campeón. Hora de irnos —dijo con un tono ligero, aunque algo en su voz sonaba falso, ensayado.
Daniel frunció el ceño, limpiándose la boca con la servilleta que Selena le había dado.
—Pero no me he terminado mi chocolate…
La mujer, Nora, ladeó la cabeza con una sonrisa practicada.
—Te lo puedes llevar. Tu transporte está esperando.
El instinto de Selena se encendió como una alarma de incendio. Había visto demasiada gente siendo llevada, demasiadas historias de terror en las noticias. Cruzó los brazos, estudiando a la mujer con desconfianza. Se interpuso ligeramente entre ella y el niño.
—¿Usted lo conoce? —preguntó Selena, su voz perdiendo toda calidez.
La sonrisa de la mujer no vaciló, pero sus hombros se tensaron imperceptiblemente.
—Sí —dijo con suavidad—. Soy su tía.
Selena no parpadeó. Se giró hacia Daniel.
—¿Es cierto eso, mi amor?
Daniel dudó. Fue solo un segundo, pero para Selena fue una eternidad.
Nora apretó la mandíbula. Selena conocía el miedo. Sabía cómo se veía un niño que no quería irse. También sabía que esa mujer no era tía de nadie. Se agachó junto a Daniel, mirándolo a los ojos, ignorando a la mujer rubia.
—¿Estás bien, Dani? —le preguntó suavemente—. ¿Te quieres ir con ella?
Daniel miró a ambas mujeres, sus dedos apretando la servilleta hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
—Ella trabaja para mi papá —murmuró finalmente—. Supongo que tengo que irme.
Selena no se movió. Su instinto le gritaba que exigiera más, que llamara a la policía, que no dejara que se llevaran al niño. Pero también sabía su realidad: una mujer humilde contra gente que se veía que tenía dinero y poder. Si armaba un escándalo, la que terminaría en la cárcel sería ella.
Aun así, no lo iba a dejar irse con las manos vacías.
Caminó hacia el mostrador, tomó una galleta de chispas de chocolate enorme que tenía guardada para su propia cena, la envolvió en una servilleta y la deslizó en la mano de Daniel.
—Para el camino —le dijo.
Los dedos pequeños de Daniel se cerraron alrededor de la galleta y, por primera vez, sonrió de verdad.
—Gracias, Selena. Eres la mejor.
Selena forzó una sonrisa, pero sentía un nudo en el estómago. Vio cómo Nora empujaba la silla de ruedas hacia la puerta, la tensión entre las dos mujeres tan espesa que se podía cortar con un cuchillo.
Justo antes de salir a la lluvia, Nora miró hacia atrás. No dijo nada, solo miró a Selena a los ojos. Y Selena reconoció esa mirada: era una advertencia.
“No te metas”, decía esa mirada.
Al cruzar la calle, las luces del Bentley parpadearon cuando Nora se acercó. La puerta trasera se abrió sola antes de que pudieran tocarla, y Raimundo bajó, su figura imponente recortada contra la luz neón.
En cuanto Daniel estuvo seguro adentro, abrochado en el asiento de piel, Raimundo se volvió hacia Nora bajo la lluvia.
—Y bien.
Nora exhaló, quitándose la capucha.
—Es lista —admitió—. No se creyó lo de la tía. Casi me arma un lío.
La expresión de Raimundo no cambió.
—Pero te dejó ir.
—No tenía opción —dijo Nora puntualmente—. Ya sabes cómo es esto. Una mujer como ella haciendo una escena… ella hubiera salido perdiendo, no yo.
Raimundo sintió una punzada de algo extraño. Respeto, tal vez.
—No es como los demás —dijo él, casi para sí mismo.
Ya lo sabía. Lo había visto en el momento en que ella salió a la lluvia sin dudarlo. La forma en que le habló a Daniel, como si él importara, no como si fuera una molestia o un objeto de lástima. Había visto a gente arrastrarse por su dinero, pero ella ni siquiera sabía quién era él.
Abrió la puerta del copiloto y se deslizó dentro, su voz baja y peligrosa.
—Quiero todo sobre ella. Nombre, dirección, antecedentes, deudas. —Se abrochó el cinturón, mirando al frente—. Lo quiero en mi escritorio mañana a primera hora.
El Bentley arrancó, alejándose de la banqueta y dejando la cafetería atrás, haciéndose pequeña en el espejo retrovisor. Pero Raimundo no pensaba en los negocios ni en los millones que tenía que ganar al día siguiente. Pensaba en Selena Cárdenas. Y en cómo iba a pagar esa deuda.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: LA VISITA EN LA COLONIA DOCTORES
La mañana siguiente amaneció gris sobre la zona de Santa Fe. Desde el piso 45 de la Torre Huerta, la Ciudad de México se veía como un circuito integrado infinito de concreto y smog, una bestia que respiraba humo y escupía gente. La oficina de Raimundo Huerta era un templo al minimalismo agresivo: todo era cristal, acero cromado y madera negra. No había fotos familiares, no había plantas, no había desorden. Solo poder.
Raimundo estaba de pie frente al ventanal, observando el tráfico hormiga de la autopista abajo, cuando la puerta se abrió con un zumbido electrónico.
—Tengo el expediente, señor —anunció Nora, entrando con una tablet en la mano y caminando con el sonido rítmico de sus tacones de aguja sobre el piso de mármol.
Raimundo no se giró de inmediato.
—Léelo. Resúmelo. No quiero paja.
Nora carraspeó, deslizando su dedo por la pantalla.
—Selena Cárdenas, 29 años. Vive en la Colonia Doctores, en una vecindad sobre la calle Doctor Andrade. Zona roja, señor. No es un lugar donde usted quiera meter el Bentley.
Raimundo hizo un gesto con la mano para que continuara.
—Estado civil: Soltera. Sin hijos propios, pero mantiene a su madre, Rosa Cárdenas, de 64 años. La señora Rosa tiene insuficiencia renal crónica en etapa 3. Requiere diálisis dos veces por semana y medicamentos que el Seguro Social no siempre tiene en existencia.
Raimundo se giró lentamente, sus ojos grises clavándose en su asistente.
—¿Situación financiera?
—Crítica —dijo Nora sin rodeos—. Debe tres meses de renta. Tiene un préstamo con intereses predatorios en “Préstamos Al Instante” y una deuda considerable en Coppel por un refrigerador y una lavadora. Según mis cálculos, con su sueldo de mesera y las propinas, le quedan aproximadamente cincuenta pesos libres a la semana para comer después de pagar medicinas y abonos chiquitos. Básicamente, señor, se está ahogando.
Raimundo asintió, su rostro inexpresivo, pero su mente trabajaba a mil por hora. Cincuenta pesos. Eso era lo que él dejaba de propina por un café que ni siquiera se terminaba. La disparidad era obscena, pero para Raimundo, era una herramienta.
—¿Antecedentes penales?
—Limpia. Ni una multa de tránsito. De hecho, los vecinos la describen como… —Nora dudó un segundo, torciendo la boca—… como una santa. Cuida a los hijos de la vecina cuando trabaja de noche, organiza tandas para ayudar a los que se quedan sin chamba. Es… una líder comunitaria, a su nivel.
Raimundo caminó hacia su escritorio, un bloque masivo de obsidiana, y tomó su saco.
—Prepara el coche, Nora.
Nora parpadeó, sorprendida por primera vez en años.
—¿Señor? ¿Quiere que envíe a un mensajero con un cheque? Sería lo estándar. Podemos hacer una donación anónima deducible de impuestos y…
—No —la cortó Raimundo, ajustándose los gemelos de oro—. Voy a ir yo.
—Pero señor, tiene la junta con los inversionistas coreanos a las dos, y esa zona…
—La junta se cancela. Y esa zona es exactamente donde necesito ir. —Raimundo la miró fijamente—. Esa mujer tiene algo que no se compra en la bolsa de valores, Nora. Y voy a averiguar si está a la venta.
Una hora más tarde, el Bentley negro se deslizaba como un tiburón fuera de lugar por las calles estrechas y llenas de baches de la Colonia Doctores. La gente se detenía en las banquetas para mirar el auto. No era admiración lo que había en sus ojos; era sospecha. En esos barrios, un coche así significaba dos cosas: o venía un narco pesado, o venía un político corrupto. Nadie pensaba en un empresario honesto.
El chofer, un ex militar llamado Santos, miraba los espejos nerviosamente.
—Jefe, aquí está caliente. No me gusta cómo nos miran esos chavos de la esquina.
—Estaciona frente al 428, Santos. Y no apagues el motor —ordenó Raimundo, mirando a través del cristal tintado la fachada despintada de la vecindad.
Era un edificio antiguo, de esos que alguna vez fueron bonitos en los años 50 pero que el terremoto del 85 y el abandono habían dejado en los huesos. La pintura amarilla se descascaraba como piel muerta, y había ropa tendida en los balcones oxidados.
Raimundo bajó del auto. El aire olía a garnachas, a drenaje y a gas de escape. Su traje italiano de tres piezas, que costaba más que todo el edificio, brillaba bajo el sol de mediodía como una armadura. Ignoró las miradas de dos tipos tatuados que bebían caguamas en la entrada y cruzó el zaguán.
Adentro, el patio de la vecindad estaba lleno de vida y ruido. Una radio tocaba cumbia a todo volumen, niños corrían pateando una botella de plástico, y el olor a cebolla frita era intenso. Raimundo buscó el número 14.
Subió las escaleras de concreto agrietado hasta el segundo piso. La puerta 14 era de madera vieja, pero estaba pintada de un azul cielo brillante, un intento desafiante de dignidad en medio de la ruina.
Raimundo tocó. Tres golpes secos, autoritarios.
Se escucharon pasos arrastrados adentro, el sonido de varios cerrojos abriéndose, y finalmente la puerta crujió.
Selena apareció en el umbral. Se veía diferente sin el uniforme. Llevaba unos jeans deslavados, una camiseta blanca y el pelo suelto, húmedo, cayéndole sobre los hombros. Tenía ojeras profundas, marcas moradas bajo los ojos que hablaban de noches sin dormir.
Cuando vio a Raimundo, su expresión pasó de la curiosidad al miedo, y luego a la defensiva en un nanosegundo. Sus ojos recorrieron el traje caro, los zapatos lustrados, el reloj que brillaba en su muñeca.
—Si viene de Elektra, ya les dije que el viernes pago —soltó ella rápido, intentando cerrar la puerta—. No tengo nada ahorita, joven.
Raimundo puso una mano enguantada en cuero sobre la puerta, deteniéndola sin esfuerzo.
—No vengo a cobrar nada, Selena.
Ella se detuvo al escuchar su nombre, frunciendo el ceño. Lo miró a los ojos, esos ojos grises y fríos que le resultaban vagamente familiares. Y entonces, hizo la conexión. La mandíbula se le tensó.
—Usted… usted es el del coche —dijo ella, su voz bajando a un susurro peligroso—. El que estaba espiando anoche. El papá de Daniel.
Raimundo asintió levemente.
—Raimundo Huerta. ¿Puedo pasar?
Selena soltó una risa seca, incrédula. Se cruzó de brazos, bloqueando la entrada con su cuerpo menudo pero firme.
—Mire, don Raimundo Huerta. No sé qué costumbres tenga en su mundo, pero aquí uno no se mete a casa ajena nomás porque trae traje caro. ¿Qué quiere? ¿Vino a ver si me robé la cuchara con la que moví el café de su hijo?
—Vengo a hablar de Daniel. Y de usted.
Selena dudó. Escuchó la tos seca de su madre en la recámara del fondo. Sabía que no le convenía tener a un tipo así parado en la puerta, llamando la atención de los vecinos chismosos.
—Cinco minutos —concedió ella, haciéndose a un lado—. Pero no toque nada, que aquí todo se rompe nomás de verlo feo.
Raimundo entró. El departamento era minúsculo. Sala, comedor y cocina eran una sola habitación. El piso era de linóleo gastado, pero estaba inmaculadamente limpio. Había un altar a la Virgen de Guadalupe en una esquina con veladoras encendidas, y fotos familiares en marcos baratos adornaban las paredes. Olía a pobreza, sí, pero a una pobreza luchada, digna.
Raimundo no se sentó, aunque Selena le señaló una silla de plástico. Permaneció de pie en el centro de la sala, pareciendo un gigante en una casa de muñecas.
—Tiene usted una casa… acogedora —dijo él, buscando ser cortés.
—Ahórrese la hipocresía, señor —Selena se recargó en la mesa del comedor, cruzando los tobillos—. Sé que esto le parece un agujero. Para nosotros es un palacio porque tiene techo. Al grano. ¿Qué quiere?
Raimundo metió la mano en el bolsillo interior de su saco y sacó un sobre blanco, grueso, sellado con lacre. Lo puso sobre la mesa, junto a un salero de plástico con forma de pollito.
—Ayer usted alimentó a mi hijo. Lo protegió. Le dio calidez cuando yo… cuando yo lo estaba poniendo a prueba.
—¿Poniendo a prueba? —Selena se enderezó, sus ojos echando chispas—. ¿Usted dejó a un niño en silla de ruedas bajo la lluvia para “probarlo”? ¿Qué clase de enfermo es usted?
—Un padre que sabe que no va a vivir para siempre y necesita que su hijo sea fuerte —respondió Raimundo con frialdad, aunque por dentro, el juicio de esa mujer le picaba—. Pero eso no es el punto. El punto es que usted hizo algo que nadie más hizo. Y yo pago mis deudas.
Señaló el sobre.
—Ahí hay un cheque por cincuenta mil pesos. Es suyo. Considérello un pago por servicios prestados y por la galleta.
El silencio en la habitación fue absoluto. Cincuenta mil pesos. Selena sintió que el aire se le escapaba. Con eso pagaba la renta atrasada, liquidaba a Coppel, compraba las medicinas de su mamá para tres meses… Podía respirar. Podía dormir tranquila por primera vez en años. Su mano tuvo el impulso de tomar el sobre.
Pero entonces miró a Raimundo. Vio la arrogancia en su postura, la certeza de que todo y todos tenían un precio. Recordó la sonrisa de Daniel, pura y honesta. Y sintió que, si tomaba ese dinero, estaría ensuciando lo único bonito que había hecho esa noche. Estaría vendiendo su bondad.
Selena tragó saliva, miró el sobre, y luego miró a Raimundo.
—Lárguese —dijo ella en voz baja.
Raimundo parpadeó, confundido.
—Disculpe, creo que no me escuchó bien. Son cincuenta mil…
—¡Escuché perfectamente! —gritó ella, y su voz hizo vibrar las ventanas—. ¿Cree que porque somos pobres no tenemos dignidad? ¿Cree que le di de comer a su hijo esperando que viniera su papá rico a tirarme migajas? Lo hice porque él tenía hambre y frío, no para que usted viniera a insultarme comprando mi conciencia.
Tomó el sobre y se lo estampó en el pecho a Raimundo.
—Tenga su dinero. Y dígale a Daniel que la próxima vez que tenga hambre, venga, que aquí le invito un taco, pero gratis. Porque el cariño no se vende, señor Huerta.
Raimundo sostuvo el sobre contra su pecho. La miró con una intensidad nueva. No estaba enojado; estaba fascinado. Había encontrado lo que buscaba. Nora tenía razón: los datos financieros decían que estaba desesperada, pero su espíritu decía que era incorruptible.
Guardó el sobre lentamente.
—Tiene razón —dijo Raimundo, cambiando su tono. Ya no era el millonario condescendiente; era el tiburón de negocios—. Fue un error ofrecerle limosna. Me disculpo.
Selena seguía respirando agitadamente, señalando la puerta.
—Pero no me iré sin ofrecerle algo más —continuó él—. Un trabajo.
Selena soltó una carcajada amarga.
—¿Trabajo? ¿De qué? ¿Limpiando sus baños de mármol? Ya tengo trabajo, gracias.
—No de limpieza. Quiero que trabaje conmigo. En Huerta Dynamics.
—Yo apenas terminé la prepa abierta, señor. No sé nada de computadoras ni de negocios.
—No necesito que sepa de computadoras. Tengo a quinientos ingenieros del Tec de Monterrey y del MIT que saben de eso. Lo que no tienen, lo que nadie en mi edificio tiene, es lo que usted acaba de demostrar: agallas. Sentido común. Humanidad. —Raimundo dio un paso adelante—. Mi empresa está perdiendo su alma, Selena. Estamos tan enfocados en la eficiencia que olvidamos a las personas. Necesito a alguien que me diga la verdad, no lo que quiero oír. Alguien que no se deje intimidar por un traje caro.
Selena lo miró con escepticismo.
—¿Y qué haría yo?
—Sería mi Asistente de Enlace Corporativo. Su trabajo sería… básicamente, ser mi consciencia. Revisar proyectos desde una perspectiva humana. Decirme cuando estoy siendo un idiota, como hace cinco minutos.
Selena bajó la mano. La oferta era ridícula. Absurda. Pero él hablaba en serio.
—¿Y cuánto paga esa locura? —preguntó, casi por curiosidad morbosa.
—Ochenta mil pesos mensuales, libres de impuestos. Prestaciones superiores a las de la ley, seguro de gastos médicos mayores para usted y su madre directa —dijo Raimundo sin pestañear, como quien da la hora—. Incluye servicio de comedor y transporte.
El mundo de Selena se detuvo. Ochenta mil. Eso no era dinero; era una vida nueva. Era salvar a su mamá. Era salir de la Doctores. Era el futuro.
—¿Seguro de gastos médicos… para mi mamá? —su voz tembló.
—Los mejores especialistas del Hospital Ángeles. Mañana mismo.
Selena miró hacia la puerta cerrada del cuarto de su madre. Escuchó otro ataque de tos. Su orgullo era grande, pero su amor por su madre era mayor. Tragóse su orgullo, que sabía amargo, y asintió lentamente.
—Si esto es una broma, juro por Dios que lo busco y le rompo la cara.
Raimundo extendió la mano.
—No bromeo con los negocios, señorita Cárdenas. La espero mañana a las 8:00 AM en Santa Fe. No llegue tarde.
Selena estrechó su mano. La mano de él era suave, cuidada; la de ella era áspera. Fue un choque de dos mundos.
—Ahí estaré —dijo ella.
Raimundo asintió, dio media vuelta y salió del departamento, dejando atrás un aroma a colonia cara que tardaría días en irse. Selena se quedó parada en medio de su sala, temblando, sin saber si acababa de firmar un contrato con el diablo o si Dios finalmente había escuchado sus rezos.
CAPÍTULO 4: NADANDO CON TIBURONES
El trayecto a Santa Fe fue un calvario. Selena salió de su casa a las 5:30 de la mañana. Tomó el metro en la estación Doctores, transbordó en Tacubaya en medio de una marea humana que olía a desodorante barato y estrés mañanero, y luego tomó el camión “ecológico” que subía hacia la zona corporativa. Iba apretada contra la ventana, viendo cómo la ciudad cambiaba: de las casas grises y sin terminar, a los edificios de cristal que rascaban el cielo.
Llevaba su mejor ropa: un pantalón negro de vestir que había comprado en rebaja en Suburbia hacía dos años y una blusa blanca planchada con esmero, acompañada de un saco gris que le quedaba un poco grande de los hombros. Se sentía disfrazada. Se sentía pequeña.
Cuando se bajó frente a la Torre Huerta Dynamics, tuvo que echar la cabeza hacia atrás para ver la punta del edificio. Era una aguja de plata clavada en el cielo azul. “No mires abajo, Selena”, se dijo a sí misma, apretando su bolsa de mano desgastada. “Tú puedes. Es por tu mamá”.
Entró al lobby. Era inmenso, con techos de triple altura y un muro llorón de agua que caía sobre piedras negras. Todo brillaba. La gente que caminaba por ahí parecía sacada de una revista de modas: hombres con trajes entallados y barbas perfiladas, mujeres con bolsas de marca y piel perfecta. Nadie la miraba, y si lo hacían, era con esa indiferencia educada que duele más que un insulto.
Se acercó a la recepción, donde dos chicas rubias tecleaban en computadoras Apple.
—Buenos días… vengo a ver al señor Huerta. Soy Selena Cárdenas.
La recepcionista la miró de arriba abajo. Se detuvo un segundo en sus zapatos de suela de goma gastada.
—¿Tiene cita? —preguntó con un tono arrastrado, mascando chicle discretamente.
—Pues… él me dijo que viniera. Voy a trabajar aquí.
La chica soltó una risita burlona y miró a su compañera.
—¿Personal de limpieza? La entrada de proveedores es por el sótano 2, amiga.
Selena sintió el calor subirle a las mejillas. Iba a responderle, iba a decirle un par de verdades de barrio, cuando una voz cortante sonó a sus espaldas.
—La señorita Cárdenas viene a la vicepresidencia. Y tiene pase directo.
Selena se giró. Era Nora. Llevaba un vestido sastre azul marino impecable y sostenía un café de Starbucks. Su mirada era fría, pero eficiente.
La recepcionista palideció.
—¡Ay, perdón, Licenciada Nora! No sabía… es que no está en el sistema y…
—Ahora lo está. Dame su gafete. Provisional de Ejecutivo nivel A.
La chica tecleó frenéticamente y le entregó una tarjeta plástica a Selena. Nora no esperó; hizo un gesto con la cabeza y caminó hacia los elevadores privados. Selena tuvo que trotar para alcanzarla.
En el elevador, el silencio era incómodo.
—No te hagas ilusiones, Cárdenas —dijo Nora sin mirarla, viendo los números subir—. Él tiene estos caprichos de vez en cuando. “Proyectos de caridad”. Pero esto es las grandes ligas. Aquí no servimos chilaquiles. Aquí movemos millones de dólares por segundo. Si cometes un error, no rompes un plato; destruyes vidas.
Selena se enderezó, alisándose el saco.
—No vengo a jugar a la caridad, señorita. Vengo a trabajar. Y aprendo rápido.
—Eso espero —dijo Nora cuando las puertas se abrieron en el piso 45—. Porque hoy te van a echar a los leones.
La oficina era un hormiguero de actividad silenciosa. Raimundo estaba en la sala de juntas principal, una pecera de cristal en el centro del piso. Estaba rodeado de cinco hombres en traje y dos mujeres, todos discutiendo sobre unos planos proyectados en la pared.
Nora abrió la puerta y Selena entró detrás de ella, sintiendo que todas las miradas se clavaban en ella como dardos.
—Llegas tarde —dijo Raimundo sin saludar, mirando su reloj. Eran las 8:02.
—El camión se retrasó en Constituyentes y… —comenzó a explicar Selena.
—No me interesan las excusas. Cómprate un coche o levántate más temprano. Siéntate.
Raimundo señaló una silla vacía al final de la mesa, justo frente a un hombre calvo con cara de bulldog que la miraba con abierta hostilidad. Era el Licenciado Monroy, jefe de Operaciones.
—Señores —anunció Raimundo—, ella es Selena Cárdenas. Nueva consultora externa. Quiero su opinión en el Proyecto Orión.
Un murmullo recorrió la sala. Monroy soltó una risa nasal.
—¿Consultora? Raimundo, por favor. ¿De qué despacho viene? ¿Harvard? ¿ITAM?
—Viene de la Universidad de la Vida Real, Monroy. Algo que a ti te falta —cortó Raimundo—. Continúa.
Monroy, rojo de ira contenida, retomó la presentación.
—Como decía, el Proyecto Orión busca optimizar la planta de ensamblaje en Querétaro. Si automatizamos la línea 3 y 4 con los nuevos robots alemanes, podemos reducir la nómina en un 40%. Eso significa despedir a 450 operarios. El ahorro trimestral sería de 15 millones de pesos. Es un movimiento lógico. Eficiencia pura. Los números son impecables.
Monroy sonrió, satisfecho, mirando a los demás, que asentían como borregos.
—Impecable —dijo otro ejecutivo.
—Brillante —añadió una mujer.
Raimundo se recargó en su silla y giró la cabeza hacia Selena.
—¿Y tú qué opinas, Cárdenas?
Selena estaba congelada. 450 personas. Estaban hablando de 450 familias quedándose sin comer, y lo decían como quien habla de cambiar una llanta. Miró las gráficas, las barras azules y rojas. No entendía los algoritmos, pero entendía el hambre.
Monroy la miró con desdén.
—Vamos, niña. Dinos. ¿Te gustan los colores de la gráfica?
Selena sintió esa chispa otra vez. Esa rabia que la hizo salir a la lluvia por Daniel. Se levantó lentamente.
—No entiendo sus gráficas, Licenciado —dijo ella, su voz temblando al principio pero ganando fuerza—. Pero entiendo lo que está diciendo. Dice que va a correr a 450 personas para ahorrarse dinero.
—Es negocios, querida. No es beneficencia.
—Para usted son números —dijo Selena, apoyando las manos en la mesa de caoba—. Pero yo soy de donde viene esa gente. Si usted corre a 450 obreros en Querétaro, no solo afecta a 450 personas. Afecta a las tienditas donde compran, a los camiones que toman, a las escuelas de sus hijos. Mata un pueblo entero. Y esos obreros… ellos saben quién es Huerta Dynamics. Si los corre así, sin avisar, solo por avaricia… se van a levantar. Van a hacer huelga. Van a bloquear la carretera. Y su “ahorro” de 15 millones se le va a ir en abogados, en prensa negativa y en paros de producción.
Selena tomó aire, mirando a Raimundo a los ojos.
—Usted dijo que quería eficiencia. Correr a la gente que le construyó su empresa no es eficiencia, es traición. Y la traición siempre sale cara, señor Huerta. En el barrio aprendemos eso a la mala. Si usted los cuida, ellos se matan trabajando por usted. Si los trata como basura, le van a quemar el rancho.
El silencio en la sala fue sepulcral. Monroy tenía la boca abierta. Nadie le hablaba así al consejo directivo. Nadie mencionaba la palabra “huelga” en esa torre de marfil.
Monroy golpeó la mesa.
—¡Esto es inaudito! Raimundo, ¿vas a dejar que esta… esta igualada nos dé lecciones de economía moral? ¡Es ridículo!
Raimundo permaneció en silencio unos segundos eternos, tamborileando los dedos sobre la mesa. Su rostro era una máscara de piedra. Selena sintió que el corazón se le salía del pecho. “Ya la regué”, pensó. “Me van a correr el primer día”.
Entonces, Raimundo sonrió. Fue una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero estaba ahí.
—Monroy —dijo Raimundo suavemente—, cállate.
Monroy se quedó helado.
—Ella tiene razón —continuó Raimundo, poniéndose de pie—. Hemos estado tan ciegos mirando las hojas de cálculo que olvidamos el factor de riesgo humano. Una huelga en Querétaro nos costaría 50 millones en una semana. Su “sentido común” acaba de salvarnos de un desastre de relaciones públicas.
Raimundo miró a Selena con aprobación.
—El plan de automatización se suspende. Quiero una propuesta híbrida: robots y reubicación de personal, no despidos. Monroy, hazlo funcionar.
—Pero… —balbuceó Monroy.
—Hazlo funcionar. —Raimundo se dirigió a la puerta—. Cárdenas, ven conmigo a mi oficina. Tenemos trabajo.
Selena tomó su bolsa, sus piernas temblando como gelatina. Pasó junto a Monroy, quien la miró con un odio puro y destilado. Sabía que acababa de ganarse un enemigo mortal. Pero mientras caminaba detrás de Raimundo hacia la oficina principal, con la vista de la ciudad a sus pies, Selena Cárdenas, la mesera de la Doctores, supo que había llegado para quedarse. No sería fácil. Sería una guerra. Pero ella estaba lista para pelear.
PARTE 3
CAPÍTULO 5: DE CÓMO SE DOMA A UN DRAGÓN (Y SE COME TACOS DE CANASTA EN LA OFICINA)
Pasó un mes. Cuatro semanas que se sintieron como cuatro años para Selena Cárdenas.
Su vida se había partido en dos mitades irreconciliables. De noche y los fines de semana, seguía siendo la Selena de la Doctores: la que peleaba con el boiler para que saliera agua caliente, la que le compraba tamales a Doña Pelos en la esquina, la que cuidaba a su mamá mientras la máquina de diálisis zumbaba rítmicamente en la pequeña recámara. Pero de lunes a viernes, de 8 AM a 8 PM, era la “Licenciada Cárdenas”, la misteriosa asesora del gran Raimundo Huerta en la torre de cristal de Santa Fe.
La adaptación no fue fácil. Fue una guerra de guerrillas.
Los empleados de nivel medio la miraban como si fuera un bicho raro. Las secretarias cuchicheaban cuando pasaba, criticando su ropa (que ahora era nueva, gracias al primer cheque, pero seguía siendo de Zara y no de diseñador). Los ejecutivos junior, esos “mirreyes” recién egresados de la Anáhuac con apellidos compuestos, ni siquiera le sostenían la mirada, como si la pobreza fuera contagiosa.
Pero Selena tenía algo que ellos no: el hambre. Y no hambre de comida, sino hambre de demostrar que valía cada centavo que Raimundo le pagaba.
Una tarde de martes, el ambiente en el piso 45 estaba más tenso que cuerda de violín. Raimundo había traído a Daniel a la oficina porque la enfermera de planta se había enfermado. El niño estaba sentado en una esquina de la inmensa oficina de su padre, rodeado de juguetes electrónicos carísimos: un iPad Pro, un dron de última generación, robots programables.
Sin embargo, Daniel miraba por la ventana con una tristeza infinita, ignorando los juguetes. Raimundo, estresado por una fusión con una empresa de software brasileña, apenas lo miraba, tecleando furiosamente en su computadora.
Selena entró con unos expedientes. Vio la escena: el padre poderoso pero desconectado, y el hijo rodeado de riqueza pero muriéndose de soledad.
—Permiso —dijo Selena, dejando los papeles en el escritorio—. Señor Huerta, ya son las dos. ¿Ya comió Daniel?
Raimundo levantó la vista, desorientado.
—¿Qué? Ah… Nora debió pedirle algo del menú ejecutivo del comedor. Salmón a la parrilla, creo.
Selena miró el plato intacto sobre una mesita: un filete de salmón triste y unas verduras al vapor que se veían más aburridas que un domingo sin fútbol.
—Ese niño no va a comer eso, jefe. Está frío y huele a hospital.
—Es nutritivo —replicó Raimundo, volviendo a su pantalla—. Daniel sabe que debe comer bien.
Selena rodó los ojos. Sin pedir permiso, caminó hacia Daniel.
—¿Qué onda, Dani? —le dijo, agachándose a su altura.
El niño se iluminó al verla.
—¡Selena! —exclamó, intentando girar su silla—. Estoy aburrido. Mi papá solo habla por teléfono y grita cosas en inglés. Y tengo hambre, pero no quiero pescado.
Selena sonrió, esa sonrisa de complicidad que usaba con sus sobrinos.
—Aguántame tantito.
Salió de la oficina. Cruzó el pasillo de mármol ante la mirada atónita de Nora y bajó por el elevador de servicio hasta la planta baja. Salió del edificio, ignorando al guardia de seguridad, y caminó dos cuadras hasta donde sabía que se ponía “El Güero”, un señor con una bicicleta y una canasta gigante cubierta con plástico azul y trapos de cocina.
Diez minutos después, Selena estaba de regreso en la oficina del CEO más importante de México.
—¿Qué es ese olor? —preguntó Raimundo, arrugando la nariz. Olía a cebolla, a chile guajillo y a gloria.
Selena puso una bolsa de papel estraza sobre la mesa de centro de cristal italiano.
—Son tacos de canasta, señor. Los de chicharrón prensado son la neta, pero traje de papa y frijol por si Daniel es melindroso. Y una Coca de vidrio, bien fría.
—¿Refresco? —Raimundo parecía horrorizado—. Daniel tiene una dieta estricta baja en azúcares y…
—¡Tacos! —gritó Daniel, con una energía que Raimundo no había visto en meses.
Selena le ayudó a abrir el refresco y le pasó un taco de papa. Daniel lo mordió con ganas, manchándose un poco de salsa verde.
—Papá, están buenísimos. Tienes que probar.
Raimundo miró el taco grasoso con desconfianza. Miró a Selena, quien lo desafiaba con la mirada, mordiendo su propio taco de chicharrón con gusto.
—Pruébelo, jefe. No muerde. O bueno, pica un poquito, pero rico. A veces hace falta ensuciarse las manos para recordar que uno está vivo.
Raimundo suspiró, derrotado por la lógica aplastante de la mujer y la sonrisa de su hijo. Se aflojó la corbata, se levantó y tomó un taco pequeño. Lo mordió con cautela. El sabor explotó en su boca: la masa suave, el adobo, la papa. Le recordó, por un brevísimo segundo, a su propia infancia, antes de los internados en Suiza y los millones de dólares, cuando su abuelo lo llevaba al mercado de Coyoacán.
—No está mal —admitió Raimundo, limpiándose la boca con una servilleta de papel corriente—. Pero no te acostumbres, Daniel. Esto es una excepción.
—Lo que usted diga, jefe —dijo Selena, guiñándole un ojo a Daniel.
En ese momento, la puerta se abrió sin llamar. Entró el Licenciado Monroy. Se detuvo en seco al ver la escena: el hombre más rico del país y su nueva asistente comiendo tacos de canasta grasosos sobre una mesa de diseñador, con el niño riendo.
La cara de Monroy se contorsionó en una mueca de asco apenas disimulado.
—Disculpen… no sabía que estaban en… hora de comida.
—Pásale, Monroy —dijo Raimundo, extrañamente relajado—. ¿Quieres un taco de frijol?
Monroy palideció.
—No, gracias. Mi estómago es… sensible. Vengo por lo de la campaña de publicidad de “Huerta Conecta”. Los creativos mandaron el video final.
Raimundo se limpió las manos y volvió a su modo tiburón.
—Ponlo en la pantalla.
Monroy conectó su tablet. El video comenzó. Era una producción de altísima calidad: música inspiradora de piano, tomas aéreas de la Ciudad de México, gente guapa y de piel clara usando teléfonos de última generación en oficinas de lujo y cafeterías de la Condesa. El eslogan final aparecía en letras doradas: “Huerta Dynamics: Tecnología para los que sueñan en grande”.
Monroy sonrió orgulloso.
—Es perfecto. Apunta al segmento A y B+, aspiracional, elegante. Lo lanzamos el lunes en cadena nacional.
Raimundo asintió, parecía convencido.
—Se ve bien. La fotografía es excelente.
—Es una basura —dijo una voz desde el sofá.
Todos voltearon. Selena se estaba terminando su Coca-Cola.
Monroy se puso rojo púrpura.
—Perdón, ¿qué dijiste?
—Dije que es una basura. O bueno, no una basura, pero es… falso. —Selena se levantó, sacudiéndose las migajas—. “Tecnología para los que sueñan en grande”… y salen puros gueritos en la Condesa tomando matcha latte. ¿Y el resto qué? ¿Los que toman el metro no sueñan? ¿La señora que vende tamales y usa su celular para cobrar con clip no sueña?
Monroy soltó una risita nerviosa.
—Selena, querida, no entiendes de marketing. No le vendemos a la señora de los tamales. Le vendemos a la gente que quiere sentirse exitosa.
—Ahí es donde se equivoca, Licenciado —replicó ella, caminando hacia la pantalla—. Ustedes quieren vender el nuevo plan de datos “Ilimitado Popular”, ¿no? Ese plan cuesta 200 pesos. ¿Quién cree que va a comprar eso? ¿El junior de las Lomas? No. Lo va a comprar el albañil que necesita videollamar a su familia en Oaxaca. Lo va a comprar el estudiante de la UNAM que hace tarea en el pesero. Si saca ese anuncio, la gente real se va a burlar de ustedes. Van a decir “mira a estos fresas creyendo que nos conocen”.
Selena se giró hacia Raimundo.
—Jefe, si quiere conectar con México, enseñe a México. Enseñe al chavo repartiendo comida bajo la lluvia usando su GPS. Enseñe a la enfermera en el turno de noche mandando un mensaje de “te quiero”. Eso es soñar en grande. Eso es chingarle.
Hubo un silencio denso. Raimundo miraba la pantalla congelada con los modelos perfectos. Luego miró a Selena, con su traje barato y su dignidad inquebrantable.
—Monroy —dijo Raimundo—. Tira esa campaña a la basura.
—¡Pero costó dos millones de pesos producirla! —chilló Monroy.
—Me sale más caro perder credibilidad. Quiero lo que dijo ella. Quiero gente real. Quiero sudor, quiero metro, quiero calle. Y quiero que Selena supervise el casting.
Monroy miró a Selena con un odio tan puro que se podía casi tocar. Sus ojos eran dos pozos de veneno.
—Como digas, Raimundo. Tú mandas —dijo Monroy, recogiendo su tablet.
Antes de salir, se detuvo junto a Selena y le susurró, tan bajo que solo ella pudo oírlo:
—Disfruta tus tacos, gata. Porque te vas a atragantar con ellos muy pronto.
Selena sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero no bajó la mirada.
—Provecho, Licenciado —respondió ella.
Cuando la puerta se cerró, Raimundo la miró.
—Hiciste enojar a la víbora equivocada, Cárdenas. Monroy lleva aquí 15 años y ha enterrado a muchos ejecutivos.
—Pues que traiga su pala —dijo Selena, aunque por dentro estaba temblando—. Porque yo no me pienso morir todavía.
Raimundo sonrió, una sonrisa real esta vez.
—Bien dicho. Ahora, pásame otro de chicharrón.
CAPÍTULO 6: LA TRAMPA DE CRISTAL
La invitación llegó una semana después. Era una tarjeta pesada, de color crema con letras doradas en relieve.
“Gala Anual de Beneficencia de la Fundación Huerta. Hotel St. Regis, Salón Diamante. Código de vestimenta: Etiqueta Rigurosa.”
Selena la sostuvo en sus manos como si fuera una bomba de tiempo. Estaba en su escritorio, en el pequeño cubículo que le habían asignado justo afuera de la oficina de Raimundo.
—No voy a ir —murmuró para sí misma.
—Tienes que ir —dijo Nora, apareciendo detrás de ella como un fantasma—. Es obligatorio para todo el staff ejecutivo. Además, Raimundo va a anunciar la nueva iniciativa de becas “Talento de Barrio”, inspirada en… bueno, en ti. Tienes que estar ahí para la foto.
Selena suspiró, dejando caer la cabeza sobre el escritorio.
—Nora, no tengo qué ponerme. Mi vestido más elegante es el que usé para los quince años de mi prima la Yoli, y tiene una mancha de mole que nunca salió. Además, no sé usar tenedores de esos chiquitos para ensalada. Voy a hacer el ridículo.
Nora la observó. Durante ese mes, la relación entre ellas había cambiado. Nora seguía siendo fría y eficiente, pero había desarrollado un respeto reticente por Selena. Había visto cómo trabajaba, cómo se quedaba hasta tarde leyendo manuales que no entendía, cómo trataba a Daniel.
—Levántate —ordenó Nora.
—¿A dónde?
—Vamos de compras. Raimundo autorizó un bono de vestuario. Y no te emociones, no es un regalo, es una inversión corporativa. No puedes salir en la foto de la revista Quién pareciendo que vas al mercado.
Fueron a una boutique en Masaryk. Selena se sentía como una intrusa tocando telas que costaban más que la vida entera de su abuela. Seda, chifón, terciopelo. Nora elegía con ojo clínico.
—Nada de brillos exagerados, eso es de nuevos ricos. Nada de escotes vulgares. Queremos elegancia, poder, sobriedad.
Finalmente, eligieron un vestido color azul medianoche. Era sencillo, de corte recto, con un hombro descubierto y una caída que parecía agua líquida. Cuando Selena se vio en el espejo del probador, se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¿Estás llorando? —preguntó Nora desde afuera—. Si lo manchas lo pagas.
—Es que… nunca me había visto así —susurró Selena. No se veía como la mesera cansada. Se veía como una mujer fuerte, hermosa, capaz de comerse al mundo.
—Te ves bien, Cárdenas —admitió Nora, asomándose—. Ahora límpiate los mocos y vámonos. Tenemos que buscar zapatos.
La noche de la gala, el Hotel St. Regis brillaba como una joya en el Paseo de la Reforma. Había fotógrafos en la entrada, alfombra roja y una fila de coches de lujo dejando a la élite de México: políticos, empresarios, actrices.
Selena bajó de un Uber (no quiso usar el chofer de la empresa para no abusar) y sintió que las piernas le fallaban. Pero recordó a su mamá, a quien le había mostrado el vestido antes de salir. “Pareces una princesa, mi hija. Ve y enséñales quién eres”.
Entró al salón. El candil central era más grande que su departamento. Los meseros pasaban con copas de champaña. Selena tomó una agua mineral, aferrándose a la copa como si fuera un salvavidas.
Raimundo estaba al centro del salón, hablando con el Secretario de Economía. Llevaba un esmoquin negro impecable. Cuando vio a Selena acercarse, se detuvo a mitad de una frase. Sus ojos grises la recorrieron de pies a cabeza, y por un momento, dejó de ser el CEO y fue solo un hombre mirando a una mujer impresionante.
—Selena —dijo, ofreciéndole una leve reverencia—. Te ves… adecuada.
Selena sonrió nerviosa. Sabía que “adecuada” en idioma Raimundo significaba “espectacular”.
—Gracias, jefe. Usted tampoco se ve mal para ser un viejito.
Raimundo soltó una carcajada que hizo voltear a varios invitados.
—Ven, quiero presentarte a unos inversionistas.
La noche parecía ir perfecta. Selena logró sostener conversaciones sin trabarse, sonrió en las fotos, e incluso bailó una pieza lenta con Raimundo, sintiendo la mano firme de él en su cintura y el calor de su cuerpo cerca del suyo. Había una tensión eléctrica entre ellos, algo que no era laboral, algo peligroso.
Pero en las sombras, Monroy observaba. Estaba bebiendo whisky, recargado en una columna, platicando con un hombre delgado y nervioso del departamento de TI.
—¿Está listo? —preguntó Monroy.
—Sí, señor. El acceso se hizo desde su terminal hace diez minutos. Los archivos ya están en el servidor de la competencia. La huella digital es inconfundible.
—Perfecto —Monroy sonrió, mostrando los dientes—. Es hora de bajar a la cenicienta de su nube.
Monroy se acercó a Selena justo cuando Raimundo fue al baño.
—Selena, qué sorpresa —dijo, con una voz melosa que daba náuseas—. Te ves encantadora. Quién diría que debajo del delantal había… esto.
—Ahórrese los halagos, Monroy. Sé que me odia.
—¿Odiarte? Por favor, eres irrelevante. Solo soy un hombre que protege los intereses de la empresa. —Monroy sacó su celular y miró un mensaje fingido—. Oh, por cierto, Raimundo me pidió que le guardaras esto. Es su tablet personal. La dejó en la mesa y tiene miedo de que se pierda con tanta gente. Yo tengo que ir a recibir al Embajador de Francia. ¿Me haces el favor?
Le extendió una tablet negra con el logo de Huerta Dynamics.
Selena dudó.
—¿Por qué no se la da usted?
—Porque soy el COO y tengo protocolo que atender. Tú eres su asistente. Es tu trabajo, ¿no? O ¿ya se te subió tanto el vestido que no puedes cargar una tablet?
Selena apretó la mandíbula y tomó el dispositivo.
—Démela.
Monroy sonrió y se alejó. Selena se quedó con la tablet en la mano, sintiendo un mal presentimiento. Buscó a Raimundo con la mirada, pero no lo veía.
Diez minutos después, el caos estalló.
Los teléfonos de medio salón empezaron a vibrar al mismo tiempo. Un murmullo corrió como pólvora por el salón. “Se filtró”, decían. “¿Ya viste las noticias?”. “Las acciones van a caer mañana”.
Raimundo apareció entre la multitud, su rostro pálido de furia, con Nora a su lado, quien miraba su teléfono con horror.
—¡Paren la música! —gritó Raimundo. Su voz de mando silenció a la orquesta.
Selena se acercó a él.
—Jefe, ¿qué pasa? Aquí tengo su tablet, Monroy me la dio…
Raimundo se giró hacia ella. Su mirada ya no tenía calidez, ni deseo, ni respeto. Era hielo puro. Era la mirada de un hombre traicionado.
—¿Tú la tienes? —preguntó en voz baja, letal.
—Sí, me la dio Monroy para que se la cuidara…
Nora le arrebató la tablet a Selena y tecleó algo rápido.
—Señor… la transferencia de los archivos del Proyecto Kronos se completó hace 15 minutos. El dispositivo de origen es este. Esta tablet. Y… —Nora levantó la vista, mirando a Selena con dolor—… se usó la clave de usuario de Selena Cárdenas para autorizar el envío.
El salón entero miraba. Selena sintió que el piso se abría bajo sus tacones nuevos.
—¿Qué? No… yo no sé ni qué es el Proyecto Kronos. Yo no sé usar esa cosa… —balbuceó Selena, retrocediendo.
Monroy apareció de la nada, con cara de preocupación fingida.
—Raimundo, ¿qué sucede? Me acaban de avisar de seguridad que hubo una fuga de datos masiva hacia nuestros competidores chinos.
—Fue ella —dijo Raimundo, señalando a Selena. Su dedo temblaba de ira.
—¡No! —gritó Selena—. ¡Juro por mi madre que no fui yo! ¡Monroy me dio la tablet hace un momento!
Monroy negó con la cabeza, triste.
—Selena, por favor… no empeores las cosas mintiendo. Yo he estado con el Embajador de Francia los últimos veinte minutos. Hay testigos. Tú has tenido esa tablet toda la noche. Varios meseros te vieron manipulándola en la esquina.
Selena miró alrededor. Las miradas de admiración se habían convertido en asco. “Ladrona”, susurraban. “Claro, sacas a la gente del barrio pero no el barrio de la gente”. “Seguro le pagaron una fortuna”.
—Raimundo… —Selena intentó tocarle el brazo.
Él se apartó como si ella tuviera lepra.
—No me toques. Te di mi confianza. Te di una oportunidad. Te dejé entrar en mi vida y en la de mi hijo. ¿Y así me pagas? ¿Vendiendo mi empresa por unos pesos?
—¡Que no fui yo! —las lágrimas corrían por el maquillaje perfecto de Selena—. ¡Es una trampa! ¡Él me la puso! —señaló a Monroy.
—Seguridad —ladró Raimundo.
Dos gorilas de traje negro aparecieron y tomaron a Selena por los brazos.
—Sáquenla de aquí. Y llamen a la policía. Quiero que la procesen por espionaje industrial y robo calificado.
—¡Raimundo, escúchame! —gritó Selena mientras la arrastraban hacia la salida, forcejeando, perdiendo un zapato en el proceso—. ¡Eres un idiota si le crees! ¡Estás ciego!
La sacaron del hotel y la aventaron a la banqueta fría de Reforma. La noche de Cenicienta había terminado, pero no había carroza, ni hada madrina. Solo la lluvia que empezaba a caer de nuevo, mezclándose con sus lágrimas.
Adentro, Monroy se acercó a Raimundo y le puso una mano en el hombro.
—Lo siento mucho, amigo. Tenías razón en querer ayudarla, pero… esta gente es así. Son malagradecidos por naturaleza. No te culpes.
Raimundo miraba la puerta por donde habían sacado a Selena. Sentía un dolor en el pecho que no sentía desde que murió su esposa. Pero su orgullo era más fuerte.
—Asegúrate de que se refunda en la cárcel, Monroy. Que no vuelva a ver la luz del sol.
Monroy sonrió internamente.
—Consideralo hecho.
Afuera, Selena se levantó, descalza, con el vestido empapado. Se limpió la cara con furia. Le dolía el alma, le dolía el corazón, pero sobre todo, le ardía la injusticia.
—Van a ver —murmuró, mirando hacia las ventanas iluminadas del hotel—. Piensan que me ganaron. Piensan que porque soy pobre soy tonta. Pero se les olvidó una cosa.
Selena Cárdenas era de la Doctores. Y en la Doctores, cuando te tiran al suelo, no te quedas llorando. Te levantas, agarras una piedra, y peleas hasta el final.
Caminó hacia la estación del metro, con la cabeza en alto, planeando su venganza. No necesitaba abogados caros. Necesitaba la verdad. Y sabía exactamente dónde empezar a buscarla.
PARTE 4
CAPÍTULO 7: SANGRE DE BARRIO Y CÓDIGO BINARIO
Selena llegó a la vecindad de la Doctores a las 2 de la mañana. Ya no llovía, pero el frío le calaba hasta los huesos. Caminaba descalza sobre el pavimento sucio, con el vestido de diseñador hecho un trapo mojado y el maquillaje corrido pareciendo una máscara de guerra.
Subió las escaleras en silencio, pero Doña Rosa, su madre, estaba despierta, rezando el rosario con la luz apagada. Al ver entrar a su hija en ese estado, la señora no preguntó. El instinto de madre no hace preguntas estúpidas. Se levantó con dificultad, dejó el rosario en la mesa y fue por una toalla caliente y alcohol.
—Siéntate, mija —dijo Doña Rosa, limpiándole los pies sangrantes con ternura—. ¿Quién te hizo esto?
Selena no había llorado en el camino, pero al sentir las manos ásperas y calientes de su madre, se rompió. Soltó todo: la acusación, la traición de Raimundo, la sonrisa de víbora de Monroy, la humillación pública.
—Me van a meter a la cárcel, amá —sollozó Selena, temblando—. Dicen que robé secretos. Yo ni siquiera sé qué es un secreto industrial. Mañana seguro viene la policía.
Doña Rosa se detuvo. Su rostro, marcado por la enfermedad y los años, se endureció. Le levantó la barbilla a su hija.
—Escúchame bien, Selena Cárdenas. En esta casa no criamos cobardes ni rateras. Tú no hiciste nada.
—Pero ellos tienen pruebas, amá. Tienen mi usuario, mi contraseña…
—Pues tendrán la tecnología, pero no tienen la verdad —Doña Rosa le sirvió un té de canela—. Tú eres de la Doctores. Aquí, cuando nos tiran, nos levantamos y devolvemos el golpe al doble. ¿Te vas a dejar de ese tal Monroy? ¿De ese fifí que cree que porque tiene corbata puede pisotearte?
Selena se sorbió la nariz. Miró el altar de la Virgen, miró sus pies lastimados. Recordó la cara de decepción de Daniel, el hijo de Raimundo. No podía dejar que Daniel creyera que ella era una delincuente.
—No —dijo Selena, y su voz cambió. Ya no era la voz de la víctima—. No me voy a dejar.
—Esa es mi hija. Ahora, piensa. ¿Quién te puso el cuatro?
—Monroy. Pero él no sabe usar ni la cafetera. Tuvo que tener ayuda. —Selena cerró los ojos, rebobinando la película de la fiesta en su mente. Recordó el momento antes del desastre. Monroy hablando en una esquina oscura con alguien. Un tipo flaco, nervioso, con lentes gruesos y cara de ratón asustado—. ¡El de Sistemas!
—¿Quién?
—Un tal Beto. Alberto… Alberto Gómez. Es el gerente de TI. Lo vi temblando mientras hablaba con Monroy. Él tuvo que hacer la transferencia.
Selena se levantó, ignorando el dolor de sus pies.
—Necesito encontrar a ese tipo.
—Son las 3 de la mañana, Selena.
—Mejor. A esta hora la gente suelta la sopa más fácil.
Selena se quitó el vestido arruinado y se puso sus jeans de batalla, sus botas viejas y una chamarra de cuero que había sido de su papá.
—Voy a llamar al primo Chuy —dijo Selena, tomando su celular con pantalla estrellada—. Él trabaja de Uber en la noche, conoce a todos los cadeneros y a medio mundo. Si ese Beto está celebrando su traición, seguro está en algún lugar caro.
Media hora después, el primo Chuy, un tipo enorme con tatuajes hasta en el cuello pero con corazón de pollo, estaba pitando afuera en su Versa.
—¿Qué onda, prima? ¿A quién hay que asustar? —preguntó Chuy, bajándole a la música de banda.
—A nadie… todavía. Necesitamos encontrar a un tal Alberto Gómez. Trabaja en Huerta Dynamics. Vive… —Selena revisó los correos en su celular, que afortunadamente no le habían bloqueado todavía—… vive en la Narvarte. Calle Zempoala.
Llegaron al edificio de departamentos a las 4:00 AM. Era un edificio moderno, de esos con guardia dormido en la entrada. Selena no tenía tiempo para sutilezas.
—Chuy, tú quédate aquí. Si ves patrullas, me avisas.
Selena trepó por la reja del estacionamiento con una agilidad que había aprendido huyendo de perros callejeros en su infancia. Se coló hasta el interfón y marcó el 302 sin parar. Biiip. Biiip. Biiip.
Finalmente, una voz adormilada y pastosa contestó.
—¿Quién chingados es?
—Servicio de paquetería, joven. Traigo un paquete urgente del Licenciado Monroy.
El zumbido de la puerta se abrió. La codicia y el miedo son llaves universales.
Selena subió corriendo. Cuando Beto abrió la puerta, en pijama de Star Wars y con los ojos rojos, no se encontró con un mensajero. Se encontró con Selena Cárdenas, y ella parecía el mismísimo diablo.
Beto intentó cerrar, pero Selena metió la bota y empujó con fuerza. Entró al departamento, que olía a pizza rancia y encierro.
—¡Tú! —gritó Beto, retrocediendo hasta chocar con su sofá—. ¡No puedes estar aquí! ¡Llamaré a seguridad!
—Llama a quien quieras —dijo Selena, cerrando la puerta con calma—. Pero antes de que lleguen, te voy a romper la nariz si no me dices la verdad.
—¡Estás loca! ¡Yo no sé nada!
Selena avanzó. No era violenta, pero sabía proyectar peligro.
—Mira, Beto. A mí ya me arruinaron la vida. Ya me corrieron, ya me boletinaron. No tengo nada que perder. Tú, en cambio, tienes mucho. Tienes este depa bonito, tu trabajo, tu colección de muñequitos…
Agarró una figura de acción de colección de la repisa.
—¡No! ¡Ese es un edición limitada! —chilló Beto.
—Me vale madre tu edición limitada. Monroy me usó de chivo expiatorio. Y tú le ayudaste. Usaste mi clave, ¿verdad?
Beto empezó a sudar frío.
—Me obligó… me dijo que si no lo hacía, iba a inventar que yo estaba robando equipo. Que me iba a meter a la cárcel. Él quiere el puesto de Raimundo. Lleva años planeándolo.
—¿Y tú qué ganabas?
—Me prometió la dirección de Tecnología y un bono de medio millón.
Selena soltó una risa seca.
—¿Y le creíste? Monroy no cumple promesas, Beto. En cuanto él sea CEO, te va a despedir para no dejar cabos sueltos. Eres el único que sabe lo que hizo. Eres un pasivo.
Beto palideció. Sabía que ella tenía razón. Monroy era un tiburón que se comía a sus propios hijos.
—¿Tienes pruebas? —preguntó Selena—. Los de sistemas siempre guardan respaldos. Dime que grabaste la orden. O que guardaste el log real.
Beto dudó un segundo, mirando hacia su computadora gamer llena de luces neón.
—Tengo… tengo una grabación de voz. Él siempre me llama por WhatsApp para no dejar registro en el correo, pero yo grabo todas mis llamadas por seguridad. Y tengo el registro del servidor donde se ve que la IP que mandó los archivos vino de mi laptop, no de la tablet de Raimundo, aunque usé tu usuario clonado.
Selena sonrió. Era jaque mate.
—Dámelo.
—Si te lo doy, Monroy me mata.
—Si no me lo das, te mato yo —dijo Selena, acercándose—. O peor, dejo que Monroy te hunda cuando todo esto explote. Porque va a explotar. Si me ayudas, Raimundo puede ser clemente. Si no, te vas conmigo al hoyo.
Beto tragó saliva. Se sentó en la computadora, sus dedos volando sobre el teclado mecánico.
—Está bien. Pero tienes que protegerme.
—Trato hecho. Pásalo a esta USB. Y prepárate, Beto. Porque hoy vas a ir a trabajar muy temprano.
CAPÍTULO 8: EL JAQUE MATE DE LA REINA
Eran las 9:00 AM en la Torre Huerta. El ambiente era fúnebre. Las acciones de la empresa habían caído un 12% en la apertura de la bolsa debido a la noticia de la filtración.
En la sala de juntas principal, el Consejo de Administración estaba reunido de emergencia. Raimundo Huerta estaba sentado en la cabecera, con ojeras profundas y la mirada perdida. Se veía diez años más viejo que la noche anterior.
Monroy, en cambio, se veía fresco, enérgico, en control. Estaba de pie frente a la pantalla gigante.
—Señores —decía Monroy con voz grave—, la situación es crítica. La confianza en el liderazgo actual se ha roto. Raimundo, amigo, sabes que te aprecio, pero tu juicio se vio nublado. Metiste a una mujer sin escrúpulos, una oportunista de barrio bajo, al corazón de nuestra empresa. Le diste acceso a todo. Y mira lo que pasó.
Los consejeros murmuraban, asintiendo. La narrativa de Monroy era perfecta: el CEO enamorado y descuidado, y la mujer fatal que lo traicionó.
—Propongo —continuó Monroy— una moción de censura para remover a Raimundo Huerta como CEO temporalmente, hasta que se estabilice la crisis. Yo, humildemente, me ofrezco para tomar el timón y limpiar este desastre.
Raimundo no peleó. Estaba demasiado herido. La traición de Selena le dolía más que la pérdida de dinero. Se sentía un estúpido.
—Si el consejo lo decide… —empezó a decir Raimundo con voz ronca.
De repente, se escuchó un alboroto afuera. Gritos de los guardias de seguridad.
—¡No puede pasar! ¡Señorita! ¡Deténganla!
Las puertas dobles de caoba se abrieron de golpe, golpeando la pared con un estruendo.
Todos los cuellos giraron.
Ahí, en el umbral, estaba Selena Cárdenas.
No llevaba su vestido de gala. Llevaba sus jeans, sus botas y su chamarra de cuero. Tenía el pelo suelto y una mirada que podría derretir el acero. Detrás de ella, dos guardias de seguridad intentaban agarrarla, pero se detuvieron en seco al ver quién entraba detrás de ella: Nora.
Nora, la inquebrantable asistente de Raimundo, venía escoltando a un tembloroso Beto Gómez.
—¡Sáquenla de aquí! —gritó Monroy, perdiendo la compostura por primera vez—. ¡Es una delincuente! ¡Llamen a la policía!
—¡La policía ya viene en camino, Monroy! —gritó Selena, avanzando hacia la mesa. Su voz resonó en la sala acústica—. Pero no vienen por mí.
Raimundo se puso de pie lentamente, mirando a Selena. Había algo en ella, una fuerza volcánica, que lo paralizó.
—Selena… —susurró él.
—Cállese y escuche, Raimundo —le espetó ella sin mirarlo—. Usted me juzgó sin dejarme hablar. Ahora se va a aguantar y va a escuchar la verdad.
Selena sacó la memoria USB y la lanzó sobre la mesa de cristal. Se deslizó hasta detenerse frente a Raimundo.
—Nora, pon el audio —ordenó Selena.
Nora, para sorpresa de todos, asintió. Conectó su propia tablet al sistema de audio de la sala. Había estado investigando por su cuenta toda la noche; los números no le cuadraban, y cuando Selena la llamó desde el estacionamiento hace diez minutos con las pruebas, Nora supo de qué lado ponerse.
La voz de Monroy llenó la sala, clara y nítida, aunque un poco distorsionada por la grabación telefónica.
“Escúchame bien, imbécil. Vas a usar el usuario de la gata esa, de Selena. Clónalo. Quiero que envíes los archivos del Proyecto Kronos a la cuenta falsa que creamos. Hazlo a las 10:30 PM, justo cuando yo le quite la tablet a ella. Si fallas, te juro que te fundo en la cárcel. Quiero a Raimundo fuera y a esa mujer destruida. Hazlo.”
El silencio que siguió fue absoluto. Tan denso que se podía escuchar el zumbido del aire acondicionado.
Monroy estaba pálido, con la boca abierta, el sudor perlando su frente calva.
—Eso… eso es Inteligencia Artificial —tartamudeó Monroy, desesperado—. ¡Es un deepfake! ¡Hoy en día se puede hacer cualquier voz!
—¿Y esto también es fake? —preguntó Beto, dando un paso al frente, temblando pero decidido—. Estos son los registros del servidor, señor Huerta. La IP de origen es mi laptop personal, ubicada en mi casa. La hora coincide con la grabación. Monroy me obligó.
Raimundo miró los datos en la pantalla. Miró a Monroy. La tristeza en sus ojos desapareció, reemplazada por una furia fría y terrible. El Tiburón había vuelto.
—Monroy —dijo Raimundo, su voz tranquila pero aterradora—. ¿Tienes algo que decir antes de que te lance por la ventana?
Monroy intentó correr hacia la puerta secundaria, pero los guardias de seguridad, entendiendo rápidamente el cambio de marea, le bloquearon el paso.
—¡Fue por el bien de la empresa! —gritó Monroy mientras lo esposaban—. ¡Tú estabas perdiendo el rumbo, Raimundo! ¡Te estabas ablandando por culpa de esa… de esa sirvienta!
—Esa “sirvienta” —dijo Selena, acercándose a Monroy cara a cara— tiene más honor en una uña que tú en todo tu cuerpo. Y se dice “Licenciada”, imbécil.
Se llevaron a Monroy arrastrando los pies. La sala quedó en silencio otra vez. Los consejeros miraban sus zapatos, avergonzados.
Raimundo se quedó solo frente a Selena. Todos los demás, entendiendo el momento, empezaron a salir discretamente, incluyendo a Nora, que le dio una palmada en el hombro a Selena al pasar.
Raimundo miró a la mujer frente a él. Se veía cansada, despeinada, pero hermosa. Y él se sentía el hombre más pequeño del mundo.
—Selena… —empezó Raimundo, acercándose—. Yo… no sé qué decir. Fui un idiota. Un ciego. Debí haberte creído. Perdóname.
Selena lo miró. Vio el arrepentimiento genuino en sus ojos. Pero el dolor de la noche anterior todavía ardía.
—Sí, fuiste un idiota —dijo ella con franqueza—. Me tiraste a la calle como basura, Raimundo. A mí. Después de todo lo que pasamos. ¿Tan poco valía mi palabra para ti?
—Tuve miedo —confesó él, bajando la guardia—. Miedo de que tuvieran razón. Miedo de que fueras demasiado buena para ser verdad. Llevo toda la vida rodeado de gente que me quiere robar. Se me olvidó cómo confiar.
Raimundo se arrodilló. Ahí, frente a la mesa de consejo, el hombre más poderoso de México puso una rodilla en el suelo frente a la mujer de la Doctores.
—Te ruego que me perdones. No te pido que te quedes si no quieres. Te daré la liquidación que quieras, el triple, lo que sea. Pero por favor, perdóname.
Selena lo miró hacia abajo. Podía irse. Podía tomar el dinero y vivir como reina. Pero luego pensó en Daniel. Pensó en los empleados de la fábrica que había salvado. Pensó en que, a pesar de todo, este hombre testarudo y roto había intentado cambiar por ella.
Suspiró y le tendió la mano.
—Levántate, Huertita. No me gusta ver a los hombres de rodillas, se les arruinan los pantalones.
Raimundo levantó la vista, esperanzado. Tomó su mano y se puso de pie.
—¿Eso significa que te quedas?
—Significa que estás a prueba —dijo Selena, poniéndose seria—. Voy a volver, porque hay mucho trabajo que hacer y porque Daniel me necesita. Pero me vas a tener que ganar otra vez. Y me vas a tener que subir el sueldo. Y quiero vacaciones pagadas para llevar a mi mamá a Acapulco.
Raimundo soltó una carcajada, aliviado, y la atrajo hacia él en un abrazo desesperado. La abrazó como si ella fuera lo único real en su mundo de mentiras.
—Trato hecho, socia. Trato hecho.
EPÍLOGO: DOS AÑOS DESPUÉS
La boda no fue en la Catedral, ni en un jardín exclusivo de Cuernavaca. Fue en el patio de la vecindad de la Doctores, que había sido remodelado y pintado de colores brillantes.
Había mariachis tocando “Hermoso Cariño”. Había mesas largas con manteles blancos y cazuelas de mole poblano, arroz rojo y carnitas.
Raimundo Huerta, sin saco y con la corbata floja, estaba bailando cumbia con Doña Rosa, quien se veía más sana y feliz que nunca gracias al trasplante de riñón exitoso.
En una esquina, Nora (que ahora era la Directora de Operaciones) comía un taco de chicharrón con una mano y sostenía una cerveza con la otra, riéndose con el primo Chuy.
Y en el centro de la pista, Daniel, que había crecido un palmo, estaba de pie. Se apoyaba en unas muletas modernas de fibra de carbono diseñadas por su padre, pero estaba de pie. Estaba dando el brindis.
—Mi papá siempre me dijo que el dinero era poder —dijo Daniel al micrófono, con voz clara—. Pero Selena me enseñó que el verdadero poder es el amor. Y la comida rica.
Todos rieron y aplaudieron.
Selena, vestida con un traje de novia que mezclaba encaje fino con bordados oaxaqueños tradicionales, se acercó a Raimundo.
—¿Te arrepientes, millonario? —le preguntó al oído, sobre el ruido de la música—. Todavía puedes correr a tu torre de marfil.
Raimundo miró a su alrededor. Miró a la gente real, honesta, feliz. Miró a su hijo fuerte. Miró a la mujer que le había salvado la vida en todos los sentidos posibles.
La besó, un beso largo y apasionado que hizo que los vecinos chiflaran y aplaudieran.
—Ni por todo el oro del mundo, mi reina —dijo Raimundo—. Ni por todo el oro del mundo.
Y mientras la lluvia empezaba a caer suavemente sobre la Ciudad de México, ya no era una lluvia fría y triste. Era una lluvia que limpiaba, que nutría. Una lluvia que bendecía a la familia más extraña, poderosa y feliz que la Doctores había visto jamás.
FIN