
CAPÍTULO 1: LA TORMENTA EN LAS MAGNOLIAS
La lluvia golpeaba los ventanales de la Hacienda Las Magnolias con una furia que parecía presagiar la desgracia. No era una lluvia cualquiera; era una de esas tormentas de verano en la Ciudad de México que transforman el cielo en un manto de plomo y hacen que el tráfico en Periférico se convierta en un estacionamiento infinito. Pero dentro de la casona, ubicada en la zona más exclusiva de Lomas de Chapultepec, el ruido del agua era solo un murmullo distante, ahogado por los muros de piedra volcánica y las pesadas cortinas de terciopelo.
En la sala principal, bajo un candelabro de cristal que había pertenecido a la familia Cantú por tres generaciones, se libraba una batalla silenciosa pero titánica.
—Solo un paso más, Don Samuel. Usted puede, yo sé que usted es un roble —susurró Maya Villegas, con la voz llena de un cariño firme, ese que no admite la derrota.
Maya, una joven de veintiséis años con ojos color almendra y manos curtidas por el trabajo duro, sostenía el peso de un hombre que alguna vez había hecho temblar la Bolsa de Valores de México con una sola llamada telefónica. Samuel Cantú, el patriarca, el “Tiburón del Acero”, ahora era un anciano frágil, atrapado en la prisión de su propio cuerpo tras un derrame cerebral que los médicos de paga, esos que cobran en dólares, habían declarado irreversible.
—No… no puedo, mija… las piernas… las siento de trapo —jadeó Samuel, con el sudor perlando su frente arrugada. Su pijama de seda, empapada, se le pegaba a la espalda.
—¡Claro que puede! —insistió Maya, ajustando su agarre alrededor de la cintura del anciano. No lo hacía con la técnica fría de una enfermera graduada, sino con la intuición de quien ha cuidado a los suyos toda la vida—. ¿Se acuerda de lo que me dijo ayer? Que los Cantú no se rajan. Pues ándele, demuéstremelo. Un pie delante del otro. Como si fuéramos a bailar un danzón en la Plaza de la Ciudadela.
Samuel soltó una risita ronca, un sonido que no se había escuchado en esa casa lúgubre en meses.
—Eres terca… terca como una mula, Maya.
—Y usted es necio, Don Samuel. Hacemos buena pareja. ¡Venga! Uno… dos…
El anciano, temblando, movió el pie derecho. Luego el izquierdo. Eran milímetros, pero para ellos eran kilómetros. Estaban desafiando a la ciencia, al destino y al abandono. Porque esa era la verdad que flotaba en el aire rancio de la mansión: Samuel Cantú había sido abandonado. Su hijo, Dorian, vivía en aviones privados entre Nueva York y Londres, enviando cheques gordos pero ausentándose de la vida.
De repente, la rodilla izquierda de Samuel cedió. Fue un colapso repentino, como un edificio cuyas vigas se vencen.
—¡Don Samuel! —gritó Maya.
No lo pensó. Se lanzó hacia adelante, metiendo su propio cuerpo como cuña para evitar que el anciano se golpeara contra el suelo de mármol italiano. El impacto fue seco. Maya cayó de rodillas, y Samuel se desplomó sobre ella. Quedaron en una posición extraña, íntima por necesidad, con los brazos de Maya rodeando el torso del anciano y la cara de Samuel hundida en el hombro de la muchacha, ambos jadeando por el susto y el esfuerzo.
—¿Está bien? ¿Se lastimó? —preguntó ella, revisándolo con desesperación, sus rostros a escasos centímetros.
Fue en ese preciso instante, ese milisegundo de vulnerabilidad y caos, cuando las puertas dobles de caoba se abrieron de golpe.
El sonido no fue el de una puerta abriéndose, sino el de un juicio cayendo sobre ellos.
Dorian Cantú estaba allí.
Dorian, el heredero. Dorian, el hombre que aparecía en las revistas de sociales como el soltero más codiciado de México. Vestía un traje hecho a la medida en Savile Row que costaba más de lo que Maya ganaría en diez años. Traía el cabello peinado hacia atrás, impecable a pesar de la lluvia, y una maleta de cuero en la mano. Sus ojos, normalmente fríos y calculadores, se abrieron con una mezcla de incredulidad y un asco profundo, visceral.
El tiempo se congeló. El sonido de la lluvia desapareció. Solo quedó la respiración agitada de Samuel y el latido desbocado del corazón de Maya.
—¿Qué chingados está pasando aquí?
La voz de Dorian no fue un grito; fue un rugido bajo, vibrante, cargado de una amenaza letal. Soltó la maleta, que cayó con un golpe sordo, y avanzó hacia ellos. Sus pasos resonaban en la duela como martillazos.
Maya intentó incorporarse, pero el peso de Samuel la mantenía inmovilizada.
—Señor Dorian… no es lo que…
—¡Cállate! —bramó él.
Dorian llegó hasta ellos y, con una fuerza innecesaria, agarró a Maya del brazo y la jaló hacia arriba. El movimiento fue tan brusco que Maya sintió un tirón doloroso en el hombro. Samuel, sin el soporte de ella, se ladeó peligrosamente, pero Dorian ni siquiera lo miró; sus ojos estaban clavados en la empleada doméstica.
—¡Eres una cerda! —escupió Dorian, su rostro a centímetros del de ella, oliendo a whisky caro y colonia de sándalo—. ¿Esto es lo que haces cuando no estoy? ¿Te aprovechas de un viejo senil? ¿No tienes ni un gramo de vergüenza en ese cuerpo de barrio?
—¡Dorian, no! —intentó articular Samuel desde el suelo, extendiendo una mano temblorosa hacia su hijo.
—¡Tú no hables, papá! —Dorian se giró hacia él, pero no con preocupación, sino con una furia ciega—. ¡Mírate! Tirado en el piso, babeando, dejándote manosear por la sirvienta. ¡Qué patético!
Luego, volvió su atención a Maya, quien retrocedía con los ojos llenos de lágrimas, sosteniéndose el brazo lastimado.
—Señor, por favor, escúcheme —suplicó ella, con la voz quebrada—. Él quería caminar. La terapia se canceló hace semanas y él…
—¿Caminar? —Dorian soltó una carcajada cruel, sin humor—. Mi padre no puede ni sostener una cuchara, estúpida. ¿Crees que me voy a tragar ese cuento? Entro a mi casa y te encuentro refregándote contra él. ¿Qué buscabas? ¿Que se excitara? ¿Que te incluyera en el testamento por los “servicios prestados”?
Las palabras eran como bofetadas. Maya sintió el calor subirle a las mejillas. Nunca, en toda su vida de trabajo honrado, nadie la había insultado así.
—¡Eso no es verdad! ¡Tenga respeto! —gritó ella, encontrando una chispa de dignidad en medio del miedo.
—¿Respeto? ¿Tú me pides respeto a mí, gata igualada? —Dorian avanzó, acorralándola contra la mesa de centro—. El respeto se gana, y tú acabas de perder hasta el derecho de respirar el aire de esta casa. Eres una víbora. Una trepadora muerta de hambre que vio una oportunidad y se lanzó.
Dorian la empujó de nuevo. Esta vez, Maya perdió el equilibrio por completo. Cayó de costado, y su codo impactó violentamente contra la pata de madera tallada de la mesa.
CRAACK.
El sonido fue seco, y un dolor agudo, blanco y cegador, recorrió su brazo desde el codo hasta la punta de los dedos. Maya gritó, un sonido desgarrador que resonó en los techos altos de la mansión.
El grito rompió el hechizo de privacidad. En el pasillo, las sombras se movieron. Doña Lupe, la cocinera, se asomó con el rosario en la mano. Rogelio, el chofer, y dos mucamas jóvenes miraban con los ojos desorbitados. Nadie se atrevió a entrar. El patrón estaba furioso, y en México, cuando el patrón se enoja, los empleados bajan la cabeza si quieren conservar la chamba.
—¡Miren nada más! —gritó Dorian, señalando a Maya en el suelo, quien se acunaba el brazo herido—. ¡Sean testigos de lo que pasa cuando se le da confianza a gente sin educación! ¡Abusan! ¡Roban! ¡Se pervierten!
Don Samuel, arrastrándose penosamente hacia su silla de ruedas, lloraba. No de dolor físico, sino de impotencia.
—Hijo… ella… ella es buena… me ayudaba… —balbuceó el anciano.
—Te estaba manipulando, papá. ¿No lo ves? Estás enfermo de la cabeza y ella lo sabe. Te estaba engatusando —Dorian se agachó y levantó a su padre con brusquedad, sentándolo en la silla como si fuera un muñeco de trapo—. Pero eso se acabó. Ahora estoy yo aquí para poner orden.
Dorian se giró hacia Maya, quien intentaba ponerse de pie, mareada por el dolor.
—Tienes diez minutos —dijo él, con una voz gélida, mucho más aterradora que sus gritos anteriores—. Diez minutos para largarte de mi propiedad. Si te veo aquí en el minuto once, llamo a la policía y te acuso de agresión y abuso de confianza. Y créeme, niña, con mis abogados y mi dinero, te vas a podrir en Santa Martha Acatitla sin que nadie mueva un dedo por ti.
—Pero… mis cosas… mi quincena… —balbuceó Maya, en shock.
—Tu quincena úsala para pagar al doctor que te revise el brazo, porque de mí no vas a ver ni un centavo. ¡LÁRGATE!
Maya no esperó más. El miedo a la cárcel, el dolor físico y la humillación aplastante fueron más fuertes que cualquier intento de defensa. Salió corriendo de la sala, pasando junto a los empleados que se apartaron como si ella tuviera lepra. Escuchó los murmullos a su espalda:
—”Qué vergüenza…”
—”Se veía venir, muy mosquita muerta…”
—”Pobre Don Samuel…”
Subió las escaleras de servicio tropezando, con las lágrimas nublándole la vista. Su cuarto, un pequeño cubo en la azotea destinado al servicio, olía a humedad y a soledad. Con una sola mano útil, pues el brazo izquierdo le punzaba horriblemente, comenzó a meter su ropa en una maleta vieja de tela.
No tenía mucho. Un par de uniformes, unos jeans gastados, una virgen de Guadalupe de plástico y la foto de su madre.
—Perdóname, mamá —sollozó Maya, besando la foto—. Te fallé. Nos quedamos sin nada.
Su madre, enferma de diabetes en un pueblo olvidado de la sierra de Oaxaca, dependía totalmente del dinero que Maya enviaba cada semana. Sin este trabajo, sin la carta de recomendación, Maya estaba muerta en vida en una ciudad que devora a los débiles.
Bajó las escaleras diez minutos después. La casa estaba en silencio sepulcral. Dorian debía haber llevado a su padre a la recámara principal. Maya cruzó la cocina. Doña Lupe estaba allí, picando cebolla con una violencia inusual para ocultar que estaba llorando.
—Ten, mija —le susurró la cocinera, deslizando un billete de quinientos pesos y un tamal envuelto en servilleta en la bolsa de Maya—. Vete rápido. El patrón está como loco.
—Gracias, Lupe. Yo no hice nada… te lo juro por la virgencita —susurró Maya.
—Yo te creo, niña. Pero la verdad de los pobres no vale nada contra la mentira de los ricos. Corre.
Maya salió por la puerta trasera. La tormenta no había amainado; al contrario, el cielo parecía haberse roto. El agua fría la empapó en segundos, mezclándose con sus lágrimas. Caminó por la calle empedrada de la exclusiva privada, una figura solitaria y pequeña contra los muros altos de las mansiones que la rodeaban. Le dolía el brazo, le dolía el alma, pero sobre todo, le dolía dejar a Don Samuel. Sabía que sin ella, sin sus terapias clandestinas, sin sus pláticas sobre el campo y la vida, el anciano se dejaría morir.
Mientras tanto, en la biblioteca de la mansión, Dorian Cantú se servía un vaso de whisky doble, sin hielo. Le temblaban las manos.
—Maldita sea —murmuró, bebiendo el licor de un trago.
Se sentía justificado. Se sentía el protector de su legado. Había llegado justo a tiempo para salvar a su padre de una oportunista. Eso se decía a sí mismo.
—Señor —la voz del mayordomo, Alfonso, sonó desde la puerta.
—¿Qué quieres?
—El doctor viene en camino para revisar a Don Samuel. Y… señor… ¿quiere que llame a la agencia para pedir otra enfermera?
Dorian miró por la ventana, viendo la silueta borrosa de Maya alejándose bajo la lluvia. Por un segundo, una duda le picó en la nuca. Algo en la mirada de ella… no había miedo de culpable, había dolor de inocente. Pero Dorian aplastó ese pensamiento rápido. No. Él nunca se equivocaba. Para eso era un Cantú.
—No —dijo Dorian—. Yo me encargaré de mi padre esta noche. Mañana veremos. Y Alfonso…
—¿Sí, señor?
—Quiero que revises las cámaras de seguridad. Quiero tener pruebas guardadas por si esa mujercita intenta demandar por despido injustificado. Quiero ver cada movimiento que hizo.
Alfonso asintió y se retiró. Dorian se quedó solo, mirando el retrato de su padre cuando era joven y fuerte, colgado sobre la chimenea.
—Lo hice por ti, papá —le dijo al cuadro—. No voy a dejar que nadie te vea la cara.
Pero arriba, en su habitación, Don Samuel lloraba en silencio, apretando en su puño cerrado un papel arrugado que Maya le había dado días antes: un dibujo mal hecho de un jardín, con una promesa escrita con letra redonda: “Aquí vamos a plantar esperanzas, Don Samuel. Usted y yo.”
Dorian no sabía que al correr a Maya, no solo había echado a una empleada. Había echado a la única cura que existía para su padre. Y lo que las cámaras de seguridad revelarían más tarde no sería una traición de Maya, sino el espejo de la propia monstruosidad de Dorian.
La noche cayó pesada sobre Las Magnolias. El destino ya había lanzado los dados, y el juego apenas comenzaba.
CAPÍTULO 2: LA VERDAD EN ALTA DEFINICIÓN
El silencio que reinaba en la Hacienda Las Magnolias no era paz; era un vacío. Una ausencia que pesaba toneladas. Después de la tormenta de gritos y la salida precipitada de Maya, la casa había caído en un letargo incómodo, solo roto por el sonido monótono de la lluvia que seguía castigando los cristales y el rechinar de los pasos nerviosos de Dorian sobre la duela de madera antigua.
Eran las ocho de la noche. Dorian Cantú, el hombre que manejaba imperios, se encontraba ahora frente a un reto que su maestría en negocios internacionales no le había preparado para enfrentar: darle de cenar a su propio padre.
En la habitación principal, que olía a medicamentos, lavanda y vejez, Don Samuel yacía en la cama king-size, empequeñecido por las sábanas de hilo egipcio. Tenía la mirada clavada en el techo, perdida en un punto ciego donde el orgullo de su hijo no podía alcanzarlo.
—Papá, tienes que comer algo —insistió Dorian, sosteniendo un tazón de sopa de fideos que Doña Lupe había preparado con manos temblorosas. La cuchara de plata tintineaba contra la porcelana debido al pulso inestable de Dorian—. Es caldo de pollo, tu favorito.
Samuel no movió ni un músculo de la cara. Sus labios estaban sellados, una línea fina y pálida de absoluta resistencia.
—Vamos, no seas infantil —Dorian resopló, su paciencia, siempre corta, empezaba a deshilacharse—. No puedes hacer una huelga de hambre solo porque despedí a una sirvienta ladrona. Lo hice por tu bien. Esa mujer te iba a sacar hasta los ojos.
Al escuchar eso, Samuel giró la cabeza lentamente. Sus ojos, generalmente nublados por la fatiga y la enfermedad, brillaron con una claridad repentina y cortante. Con un movimiento torpe pero decidido de su mano buena, manoteó la cuchara que Dorian le acercaba.
El caldo caliente salpicó el traje de tres piezas de Dorian y manchó las sábanas inmaculadas.
—¡Maldita sea! —exclamó Dorian, retrocediendo y sacudiéndose el líquido—. ¡¿Qué te pasa?!
Samuel abrió la boca, y su voz sonó como hojas secas arrastradas por el viento, pero cada palabra fue un dardo.
—Tú… no… sabes… nada.
—Sé que te estaba manipulando —replicó Dorian, limpiándose con un pañuelo de seda—. Sé lo que vi.
—Viste… lo que… querías ver… —Samuel cerró los ojos, agotado por el esfuerzo—. Lárgate… quiero a Maya.
—Maya no va a volver, papá. Acéptalo. Mañana vendrá una enfermera certificada, alguien de nivel, no una gata de barrio que ni siquiera terminó la prepa.
Samuel no respondió. Se giró hacia la pared, dándole la espalda a su hijo, cerrando la cortina de hierro de su desprecio. Dorian se quedó allí, de pie, con el tazón de sopa enfriándose en sus manos y una mancha de grasa en su camisa de mil dólares, sintiéndose, por primera vez en años, completamente impotente.
Salió de la habitación azotando la puerta, buscando culpar a alguien más por el desastre emocional que sentía en el pecho.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, la realidad era mucho más fría y cruel.
Maya bajó del pesero en una esquina oscura de la Calzada de Tlalpan. La lluvia había amainado a una llovizna molesta y helada que calaba hasta los huesos. Su codo izquierdo palpitaba con un ritmo propio, un tambor de dolor agudo que le enviaba descargas eléctricas hasta el cuello cada vez que daba un paso.
Llevaba su maleta arrastrando, una llanta rota chirriaba contra el pavimento mojado. No tenía a dónde ir. Su cuarto de azotea en la casa de los Cantú había sido su hogar durante casi un año. No tenía parientes en la Ciudad de México; todos estaban en el pueblo, en la sierra, esperando sus giros postales.
Se detuvo frente a una farmacia de esas que tienen un consultorio adyacente por cincuenta pesos. Entró, empapada, dejando un charco de agua sucia en la entrada. El dependiente, un joven aburrido que masticaba chicle, la miró con desdén.
—Necesito algo para el dolor… y unas vendas —pidió Maya, su voz temblorosa.
—¿Tiene receta?
—No, es… me caí. Me golpeé fuerte.
Compró un analgésico genérico y una venda elástica. En el baño de una gasolinera cercana, se quitó la chamarra empapada y se revisó el brazo. Estaba hinchado, morado y deforme. Probablemente una fisura, quizás algo peor. Se tragó dos pastillas sin agua y se vendó como pudo, apretando los dientes para no gritar.
Se sentó en la banqueta, bajo el techo de un puesto de tacos cerrado, y sacó su celular. Tenía 12% de batería. Marcó el número de la única persona que importaba.
—¿Bueno? —la voz de su madre sonó lejana, débil, con esa estática de las líneas rurales.
—Mamá… —Maya tuvo que morderse el labio para que no se le saliera el llanto.
—¿Hija? ¿Mijita, eres tú? ¿Cómo estás? ¿Ya cenaste?
—Sí, ma, sí… todo bien —mintió Maya, mirando la calle oscura y peligrosa—. Solo llamaba para… para decirte que te quiero.
—Ay, mija, qué bueno que hablas. Fíjate que hoy me sentí un poco mareada, necesito comprar la insulina mañana, pero no te preocupes, yo aguanto hasta que deposites el viernes.
El corazón de Maya se rompió en mil pedazos. El viernes. No había dinero para el viernes. No había trabajo. No había nada.
—Sí, mamá… el viernes… no te preocupes. Descansa.
Colgó antes de que el sollozo se le escapara. Se abrazó a sus rodillas, sola en la inmensidad de la ciudad monstruo, sintiéndose más pequeña que nunca. Pero en medio de su miseria, su pensamiento no estaba en su dolor, ni en su hambre, sino en Don Samuel. “¿Quién le va a dar sus medicinas? ¿Quién le va a sobar los pies cuando le den calambres? Ese hijo suyo no sabe ni dónde están las pastillas”, pensó con amargura.
De vuelta en Las Magnolias, el reloj marcaba las once de la noche.
Dorian no podía dormir. El silencio de la casa lo acusaba. Caminó hacia la cocina por un vaso de agua y se encontró con Alfonso, el mayordomo, quien estaba terminando de cerrar todo. Alfonso había servido a la familia por treinta años; había visto a Dorian crecer, había visto sus berrinches de niño y sus excesos de adulto.
—Señor Dorian —dijo Alfonso, con una formalidad rígida.
—Alfonso. ¿Ya dejaste las cintas donde te pedí?
—Sí, señor. La memoria USB está en su escritorio del estudio. Están las grabaciones de las últimas dos semanas de la sala, el comedor y los pasillos.
Dorian asintió, tomando un trago de agua.
—Bien. Mañana mismo se las enviaré a los abogados. Quiero blindarme. Esa mujer tiene cara de que va a buscar alguna ONG o algún abogado de oficio para demandar. Necesito pruebas de su negligencia.
Alfonso se detuvo antes de salir. Dudó un momento. Era un empleado, sí, pero también era un ser humano que había visto la verdad.
—Señor… con todo respeto…
—¿Qué? —Dorian lo miró con impaciencia.
—A veces, las cámaras ven cosas que los ojos humanos pasan por alto cuando están enojados. Le sugiero… le sugiero que las vea usted mismo antes de enviarlas a nadie.
Dorian frunció el ceño.
—¿Me estás diciendo qué hacer, Alfonso?
—No, señor. Solo le digo que la verdad no siempre necesita abogados. Buenas noches.
El mayordomo se retiró, dejando a Dorian con una inquietud clavada en el estómago como una espina.
Impulsado por una mezcla de rabia y curiosidad, Dorian se dirigió a su estudio. Era una habitación imponente, llena de libros que nadie leía y trofeos de polo. Se sentó frente a su computadora de última generación, conectó la memoria USB y abrió la carpeta de archivos.
Miles de archivos de video.
“SALA_PRINCIPAL_CAM1”.
—Vamos a ver tu teatro, Maya —murmuró Dorian, sirviéndose otro whisky. Su mano temblaba ligeramente al hacer clic.
Abrió el video fechado el día de hoy. 14:00 horas.
La imagen apareció en alta definición en la pantalla de 27 pulgadas.
Vio a su padre sentado en la silla de ruedas, mirando la lluvia. Vio entrar a Maya. No entró con arrogancia, ni con pereza. Entró con una sonrisa. Llevaba una toalla en la mano.
Dorian subió el volumen. El audio era nítido.
—¡Ánimo, Don Samuel! Mire que la lluvia riega las flores, no nomás moja —decía Maya en el video.
—Estoy cansado, hija… hoy no tengo fuerzas —respondía Samuel.
—Pues yo le presto de las mías. ¿Qué le parece si intentamos pararnos? Solo pararnos. Si lo logra, le prometo que le hago esos chilaquiles verdes que tanto le gustan, aunque Doña Lupe me regañe.
Dorian sintió un pinchazo extraño en el pecho. El tono de voz de ella… no era servil, ni era manipulador. Era… familiar. Era cálido.
Adelantó el video hasta el momento del incidente. 18:15 horas.
Ahí estaba. El momento de la verdad.
En la pantalla, vio a Maya ayudar a Samuel a levantarse. Vio el esfuerzo titánico en los brazos delgados de la chica. Vio cómo Samuel se ponía de pie, temblando.
—¡Eso es! ¡Mírese, Don Samuel! ¡Está de pie! —celebraba Maya, aplaudiendo suavemente con una mano mientras lo sostenía con la otra.
Y luego, el colapso.
Dorian pausó el video y lo reprodujo cuadro por cuadro.
Las rodillas de Samuel se doblaron. El anciano iba a caer de espaldas, directo contra la esquina de la mesa de centro. Un golpe ahí podría haber sido mortal.
Maya no dudó. Se lanzó.
En cámara lenta, Dorian vio cómo ella se interponía. Vio el impacto de las rodillas de ella contra el suelo para amortiguar la caída de él. Vio cómo ella lo abrazaba antes de tocar el suelo para protegerle la cabeza.
No hubo frotamiento. No hubo insinuación sexual. Hubo un acto heroico de protección física.
Y luego, la entrada de Dorian.
Se vio a sí mismo en la pantalla. Vio su propia cara desfigurada por la ira. Se vio entrar como un animal salvaje. Vio el terror en los ojos de Maya.
—¡Qué demonios crees que estás haciendo…!
Dorian cerró los ojos, incapaz de ver su propia brutalidad. Pero el audio siguió. Escuchó el CRAACK del codo de Maya al ser empujada. Escuchó su gemido.
—Dios… —susurró Dorian en la soledad de su estudio.
Pero Alfonso había dicho que viera más. Que viera las últimas dos semanas.
Con un nudo en la garganta que le impedía tragar, Dorian abrió un archivo al azar de hace tres días. COCINA_CAM2.
La escena era de madrugada. Samuel estaba sentado a la mesa de la cocina, con un vaso de leche. Maya estaba sentada frente a él. No llevaban uniforme ni traje. Parecían abuelo y nieta.
—¿Y tu mamá, Maya? —preguntaba Samuel.
—Ahí va, Don Samuel. La diabetes es canija. Pero con lo que me paga usted, ya le compramos sus medicinas. Usted es un ángel para nosotras.
—No, mija… el ángel eres tú. Mis hijos… bueno, Dorian está muy ocupado. Construyendo el mundo, supongo. Hace meses que no me llama.
—No diga eso, patrón. Seguro lo quiere mucho, nomás que los hombres a veces son medio mensos para demostrarlo.
Samuel se rió en el video. Una risa genuina.
—Medio mensos… tienes razón. Oye, Maya, ¿crees que algún día pueda volver a ver el jardín del este? El que está abandonado.
—Claro que sí. Es más, hagamos un trato. Usted le echa ganas a las piernas, y yo le prometo que limpiamos ese jardín. Y plantamos jitomates. Y girasoles.
—¿De verdad?
—De verdad. Palabra de honor.
Dorian detuvo el video. Se quedó mirando la pantalla congelada, donde su padre sonreía como no lo había hecho en cinco años. Como no lo hacía con él.
Abrió otro video. RECÁMARA_PRINCIPAL. Una semana atrás.
Era una noche de tormenta, similar a esta. Samuel estaba teniendo una pesadilla, agitándose en la cama, gimiendo. La enfermera de turno (la anterior a Maya, la que costaba cinco mil pesos la semana) estaba en su celular, ignorándolo.
Entonces entró Maya. Llevaba una escoba, claramente estaba limpiando el pasillo. Al escuchar a Samuel, entró corriendo. Despertó al anciano con suavidad, le secó el sudor de la frente, le dio agua. Y luego… luego se sentó a su lado y empezó a cantarle.
Una canción de cuna antigua, una canción oaxaqueña en zapoteco, suave y dulce.
Dorian vio a su padre calmarse, vio cómo la tensión abandonaba su cuerpo y volvía a dormir, sosteniendo la mano de la muchacha humilde.
Video tras video, la evidencia se apilaba como ladrillos sobre la conciencia de Dorian.
Vio paciencia donde él había visto interés.
Vio amor donde él había visto manipulación.
Vio dignidad donde él había visto servilismo.
Y lo más doloroso de todo: se vio a sí mismo como el villano de la película. Él, el gran Dorian Cantú, educado en las mejores escuelas de Europa, era un bárbaro comparado con esa mujer que apenas había terminado la secundaria.
A las tres de la mañana, la botella de whisky estaba a la mitad y Dorian estaba destrozado.
El video final que abrió era del día anterior a su llegada.
Estaban en la sala. Samuel estaba intentando sostener un libro.
—Dorian solía leerme este libro cuando era niño —decía Samuel, con voz nostálgica—. “El Principito”.
—Es un libro muy bonito —decía Maya.
—Lo extraño, Maya. Extraño a mi hijo. Me gustaría que viera que estoy tratando de mejorar. Que no soy un mueble viejo.
—Él va a volver, Don Samuel. Y cuando lo vea caminando, se va a caer de espaldas de la impresión. Va a estar muy orgulloso de usted.
Dorian golpeó el escritorio con el puño, tan fuerte que el vaso de whisky saltó y se rompió contra el suelo.
—¡Soy un imbécil! —gritó, su voz rompiéndose en un sollozo seco.
Las lágrimas, calientes y amargas, empezaron a correr por su rostro. No lloraba por tristeza; lloraba de vergüenza. Una vergüenza tóxica que lo quemaba por dentro. Había lastimado a la única persona que realmente amaba a su padre. Había echado a la calle, bajo la lluvia, con un brazo roto, a la mujer que le estaba devolviendo la vida a su familia.
“Va a estar muy orgulloso de usted”, había dicho Maya.
Y él había respondido con insultos, golpes y desprecio.
Dorian se levantó tambaleándose. Necesitaba arreglarlo. Necesitaba encontrarla.
Corrió hacia la cocina, buscando el directorio de empleados. Encontró la carpeta de recursos humanos que Alfonso guardaba meticulosamente. Pasó las páginas frenéticamente hasta llegar a la “V”.
Villegas, Maya.
Dirección: Calle Héroes del 47, Colonia Doctores. (Dirección temporal/Pensión).
Teléfono: 55-12…
Marcó el número.
“El número que usted marcó se encuentra apagado o fuera del área de servicio”.
—¡Maldita sea! —gritó Dorian.
Subió las escaleras de dos en dos y golpeó la puerta del cuarto de servicio de Alfonso. El mayordomo salió en pijama, con los ojos entrecerrados pero alerta.
—¿Señor? ¿Qué pasa? ¿Don Samuel está bien?
Dorian estaba pálido, con los ojos enrojecidos y oliendo a alcohol, pero con una lucidez aterradora.
—Alfonso, necesito el coche. Ahora.
—Señor, está lloviendo a cántaros y usted ha bebido. No puede manejar.
—¡No me importa! Tengo que buscarla. Tengo que traerla de vuelta.
—¿A quién?
—A Maya. Vi los videos, Alfonso. Lo vi todo. Soy un monstruo.
La expresión de Alfonso cambió. La rigidez del empleado desapareció y por un momento, miró a Dorian con una mezcla de lástima y aprobación.
—Señor, si me permite… yo conduzco. Usted no está en condiciones. Y dudo que ella quiera verlo si llega en ese estado, gritando.
—¡Tiene el brazo roto, Alfonso! ¡Yo se lo rompí! —Dorian se pasó las manos por el cabello, desesperado—. ¿Y si no tiene a dónde ir? ¿Y si está en la calle?
—Vamos —dijo Alfonso, tomando las llaves de la camioneta blindada—. Pero señor Dorian… prepárese. A veces el perdón no se compra con dinero, y el daño que hizo hoy… ese no se borra con un “lo siento”.
Salieron a la noche. La lluvia seguía cayendo, implacable, lavando las calles de la ciudad pero incapaz de limpiar la mancha en la conciencia de Dorian. La camioneta negra rugió al salir de la privada, rompiendo la tranquilidad de los ricos para adentrarse en la selva de asfalto.
Mientras Alfonso conducía por el Periférico vacío, Dorian miraba por la ventana, viendo su propio reflejo en el cristal mojado. Ya no veía al empresario exitoso. Veía a un niño asustado que había roto su juguete más valioso y ahora, quizás demasiado tarde, intentaba pegar los pedazos.
En el asiento del copiloto, Dorian apretaba los puños.
—Te voy a encontrar, Maya —susurró—. Y te juro, por la memoria de mi madre, que voy a arreglar esto.
Pero la ciudad de México es un monstruo de mil cabezas, y encontrar a una chica pobre que no quiere ser encontrada es como buscar una lágrima en la lluvia. La noche era larga, y el infierno personal de Dorian Cantú apenas comenzaba.
CAPÍTULO 3: ENTRE LA SOBERBIA Y LA VECINDAD
La camioneta Suburban blindada, una bestia de acero negro diseñada para repeler balas de alto calibre, se deslizaba como un tiburón fuera de lugar por las calles de la Colonia Doctores. Eran las tres de la madrugada. La lluvia había cesado, dejando tras de sí un asfalto brillante y traicionero, lleno de baches que parecían cráteres lunares y charcos que reflejaban las luces neón de los moteles de paso y las farmacias de 24 horas.
Dorian Cantú miraba por la ventana polarizada, sintiendo cómo su estómago se cerraba con cada cuadra que avanzaban hacia el sur. Estaba entrando en un mundo que solo conocía por las noticias amarillistas o por las estadísticas frías de sus empresas de seguridad. Este era el México real, el que no salía en las revistas de socialités donde él solía aparecer sonriendo con una copa de champán.
Aquí, las paredes estaban tatuadas con grafitis territoriales. Aquí, la gente no dormía tranquila; dormía con un ojo abierto.
—Es aquí adelante, señor —dijo Alfonso, rompiendo el silencio tenso. Su voz denotaba nerviosismo; incluso un chofer experimentado sabía que una camioneta de lujo en estas calles a esta hora era un imán para problemas.
—Estaciónate donde puedas —ordenó Dorian, aflojándose la corbata de seda italiana que sentía como una soga alrededor del cuello.
La dirección que tenían los llevó a una vecindad antigua en la calle de Doctor Vértiz. La fachada, alguna vez pintada de un azul vibrante, ahora se descascaraba mostrando el ladrillo desnudo, como una herida que nunca sanó. Un portón de metal oxidado, entreabierto, dejaba ver un pasillo largo y oscuro iluminado apenas por una bombilla parpadeante que zumbaba como un insecto moribundo.
—Señor, no creo que sea seguro que baje usted solo —advirtió Alfonso, mirando por los retrovisores—. Hay unos tipos en la esquina que nos están echando el ojo.
—Tengo que hacerlo, Alfonso. Quédate aquí. Si algo pasa… —Dorian dudó, tocándose el bolsillo donde guardaba su cartera de piel de cocodrilo, un objeto que valía más que todo el edificio frente a él—. Si algo pasa, arranca y vete.
Dorian abrió la puerta. El olor lo golpeó de inmediato: una mezcla de tierra mojada, basura acumulada, aceite de garnachas fritas hace horas y drenaje. Era el olor de la supervivencia. Sus zapatos de suela de cuero resbalaron un poco en el lodo de la banqueta. Se sintió ridículo con su traje de tres piezas en medio de aquella desolación. Un “fresa” perdido en la selva de concreto.
Caminó hacia el portón. Un altar a la Santa Muerte, adornado con flores marchitas y una veladora roja, custodiaba la entrada. Dorian se persignó instintivamente, un reflejo de su infancia católica que ni los millones ni el cinismo habían logrado borrar.
—¿A quién busca, güero?
La voz salió de las sombras. Un hombre sentado en un huacal, fumando un cigarro que olía a hierba barata, lo miraba con ojos inyectados en sangre. Un perro flaco y sarnoso gruñó a sus pies.
Dorian tragó saliva, irguiéndose para intentar proyectar esa autoridad que le funcionaba tan bien en las juntas directivas.
—Busco a Maya. Maya Villegas.
El hombre soltó una risita rasposa y escupió al suelo, muy cerca de los zapatos lustrados de Dorian.
—Aquí hay muchas Mayas, patrón. Y a esta hora no reciben visitas de licenciados perfumados.
—Es una chica joven. Llegó hace unas horas. Trae una maleta negra.
El hombre lo escaneó de arriba abajo, calculando el precio de su reloj.
—Cuarto 14. Al fondo, subiendo la escalera de caracol. Cuidado con el escalón roto, no se vaya a romper la madre antes de llegar.
Dorian asintió, sacó un billete de quinientos pesos y se lo extendió. El hombre lo tomó rápido, como una cobra atacando.
—Gracias —dijo Dorian, adentrándose en el pasillo.
El interior de la vecindad era un laberinto de ropa tendida, triciclos oxidados y puertas cerradas tras las cuales se escuchaban ronquidos, llantos de bebés o la televisión encendida en algún canal de infomerciales. Dorian subió la escalera de metal, que gimió bajo su peso. El “Cuarto 14” era una puerta de madera contrachapada con el número pintado con plumón negro.
Dorian levantó la mano para tocar. Le temblaba. ¿Qué iba a decir? “Perdón por romperte el brazo y humillarte, ¿quieres volver a trabajar para el hombre que te llamó víbora?”. Sonaba absurdo. Sonaba insultante.
Tocó tres veces. Suaves.
Nadie respondió.
Tocó de nuevo, más fuerte.
—¡Ya voy, ya voy! —se escuchó la voz de Maya del otro lado. Sonaba agotada, arrastrando las palabras.
Se escuchó el ruido de un cerrojo, luego otro, y finalmente la puerta se abrió unos centímetros, retenida por una cadena de seguridad. Un solo ojo de Maya, enmarcado por una ojera profunda y morada, lo miró a través de la rendija.
Al reconocerlo, el ojo se abrió con pánico.
—¡No! —gritó ella, e intentó cerrar la puerta de golpe.
Dorian reaccionó rápido, poniendo su bota de diseño entre la puerta y el marco.
—¡Maya, espera! ¡Por favor! ¡No vengo a pelear!
—¡Váyase! ¡Voy a gritar! ¡Aquí los vecinos no se andan con juegos, si grito lo linchan! —La voz de Maya era puro miedo mezclado con rabia.
—¡Solo escúchame un minuto! ¡Por favor! —suplicó Dorian, empujando levemente la puerta, no para agredirla, sino para evitar que se cerrara—. Sé la verdad. Vi los videos.
La resistencia del otro lado de la puerta cesó de golpe.
—¿Qué? —preguntó ella, con un hilo de voz.
—Vi las cámaras de seguridad, Maya. Vi lo que hiciste. Vi que salvaste a mi papá. Vi que yo… que yo fui un animal.
Hubo un silencio largo, pesado. Finalmente, la cadena de seguridad se deslizó. La puerta se abrió.
La imagen que recibió a Dorian fue un golpe directo al hígado. El cuarto era minúsculo, apenas cabía una cama individual con un colchón hundido y una parrilla eléctrica en el suelo. Las paredes tenían manchas de humedad. Pero lo que destrozó a Dorian fue ver a Maya.
Estaba pálida, temblando de frío a pesar de traer puesta toda la ropa que poseía. Su brazo izquierdo estaba pegado al cuerpo, envuelto torpemente en una venda elástica barata que ya estaba manchada de ungüento. El codo estaba hinchado al doble de su tamaño normal, deformando la silueta de su suéter.
—Dios mío… tu brazo —susurró Dorian, dando un paso adelante instintivamente para ayudarla.
Maya retrocedió, chocando contra la pared. Se protegió el brazo herido con la mano sana, mirándolo como se mira a un perro rabioso que promete no volver a morder.
—No se me acerque —dijo ella. Su dignidad era lo único que mantenía su espalda recta en ese cuarto miserable—. ¿A qué vino, señor Dorian? ¿A burlarse de dónde vivo? ¿A ver si me robé alguna cuchara de plata?
—Vine a pedirte perdón —Dorian se sentía gigante y torpe en ese espacio reducido. Sentía que su mera presencia contaminaba el poco aire que había—. Fui un estúpido. Un ciego. Juzgué mal. Creí que… bueno, ya sabes lo que creí. Pero revisé las grabaciones. Vi cómo lo cuidas. Vi cómo le cantas. Vi que te rompiste el brazo por evitar que él se golpeara la cabeza.
Maya bajó la mirada, sus pestañas húmedas proyectaban sombras en sus mejillas.
—Usted me dijo cosas horribles. Me trató como a una delincuente. Delante de todos. Doña Lupe, Alfonso… todos escucharon cómo me llamó “víbora”.
—Lo sé. Y me odio por eso. —Dorian metió la mano en su saco y sacó un cheque que había firmado en el coche, con manos temblorosas, bajo la luz de la guantera. La cifra era obscena. Cincuenta mil pesos. Más de lo que Maya ganaría en dos años—. Toma. Esto es para el médico, para tus gastos, para lo que necesites. Y quiero que vuelvas. Te pagaré el doble. No, el triple.
Maya miró el papel que él le extendía. Luego miró a los ojos de Dorian.
Por un segundo, Dorian esperó ver alivio. Esperó gratitud. Era su lógica de millonario: rompes algo, pagas por ello, problema resuelto.
Pero Maya no tomó el cheque.
Soltó una risa seca, amarga, que le heló la sangre a Dorian.
—¿Cree que esto se arregla con dinero? —preguntó ella, señalando el papel con un gesto de desdén—. ¿Cree que mi dignidad tiene precio de etiqueta, como sus trajes?
—No es eso, es una compensación… es justicia —tartamudeó él.
—Justicia… —Maya negó con la cabeza—. Usted me rompió el hueso, señor. Eso sana. Pero usted me rompió algo más. Me hizo sentir sucia. Me hizo sentir que mi cariño por Don Samuel era un pecado, un crimen. Yo lo quiero como a un abuelo, ¿sabe? Mi propio abuelo murió sin que yo pudiera despedirme, y con Don Samuel… sentí que la vida me daba otra oportunidad de cuidar a alguien. Y usted convirtió eso en basura.
Dorian sintió que las piernas le fallaban. Se dejó caer en la única silla del cuarto, una de plástico blanco que se tambaleó bajo su peso.
—Mi padre no quiere comer —confesó Dorian, su voz rompiéndose. Ya no hablaba el empresario, hablaba el hijo desesperado—. Me corrió de su cuarto. Me dijo que no sé nada. Y tiene razón. No sé qué medicinas toma. No sé cómo acomodarlo para que no le duela la espalda. No sé… no sé cómo ser su hijo.
Maya lo miró. La ira en sus ojos comenzó a mezclarse con algo más: lástima.
—Él lo extraña mucho, señor. Se la pasa hablando de usted. De cuando lo llevaba a pescar. De cuando usted ganó su primer concurso de matemáticas. Él no está enojado porque usted no sepa cuidarlo. Está enojado porque usted no está.
—Estoy aquí ahora —dijo Dorian, levantando la vista, con los ojos rojos—. Pero no puedo hacerlo solo. Te necesito, Maya. No como sirvienta. Como… como la experta. Como la jefa de su cuidado.
—No puedo volver —dijo Maya, abrazándose a sí misma—. No puedo entrar a esa casa y ver las miradas de los demás. No puedo ver la mesa donde me caí y recordar cómo usted me miraba con asco. Tengo orgullo, señor Dorian. Soy pobre, pero tengo orgullo.
—Limpiaré tu nombre —prometió Dorian, levantándose de golpe—. Mañana mismo reuniré a todo el personal. Les diré la verdad. Les diré que yo me equivoqué. Les diré que tú eres la heroína de esta historia.
Maya dudó. Miró su brazo vendado. El dolor era constante, punzante. Necesitaba un médico de verdad, necesitaba radiografías. Y necesitaba el dinero para su madre. Pero más que eso, su corazón se estrujó al pensar en Samuel, solo en esa mansión enorme, mirando la lluvia.
—¿Y si vuelvo a cometer un error? —preguntó ella en un susurro—. ¿Y si se me cae otra vez? ¿Me va a volver a gritar?
Dorian se acercó, pero esta vez con respeto, manteniendo la distancia.
—Si vuelves… la próxima vez que te caigas, yo estaré ahí para levantarte. A los dos. Te doy mi palabra de honor. Palabra de Cantú.
Hubo un silencio tenso. Afuera, en el pasillo de la vecindad, un bebé comenzó a llorar y unos perros ladraron. El mundo real seguía girando, ajeno al drama en el cuarto 14.
—No voy a aceptar su dinero así nomás —dijo Maya finalmente, señalando el cheque que Dorian había dejado sobre la cama—. Eso parece limosna para callarme la boca.
—Entonces tómalo como un adelanto. Como un bono de contratación. —Dorian lo empujó suavemente hacia ella—. Por favor. Déjame llevarte a un hospital privado. Al ABC. Tienen los mejores ortopedistas. No puedes quedarte aquí con ese brazo así. Se puede infectar, puede soldar mal.
Maya miró su brazo. Sabía que tenía razón. El dolor era insoportable.
—Está bien —dijo ella, rendida—. Pero no lo hago por usted. Ni por su dinero. Lo hago por Don Samuel. Porque si yo no voy, sé que ese viejo necio se va a dejar morir de tristeza.
Dorian soltó el aire que había estado conteniendo durante horas.
—Gracias —susurró—. Vamos. Alfonso está abajo.
Maya tomó su pequeña maleta. Dorian intentó quitársela para cargarla él, un gesto de caballerosidad tardía.
—Yo puedo sola —dijo ella, apartando la mano—. Todavía tengo un brazo bueno.
Salieron del cuarto. Al bajar la escalera de caracol, Dorian iba detrás de ella, cuidando cada paso, como si Maya fuera una pieza de cristal que él mismo había estrellado y ahora temía que se terminara de romper.
Cuando llegaron al portón, el hombre que le había cobrado a Dorian ya no estaba, pero el perro sarnoso seguía ahí, vigilando. Alfonso, al verlos salir, bajó de la camioneta y corrió a abrir la puerta trasera. Al ver el brazo de Maya y su cara pálida, el mayordomo, usualmente estoico, hizo una mueca de dolor.
—Niña Maya… —dijo Alfonso con voz suave—. Qué bueno que la encontramos.
Maya solo asintió, subiendo a la camioneta. El interior olía a cuero limpio y aire acondicionado purificado. Era un contraste brutal con el olor a humedad de la vecindad. Se hundió en el asiento de piel, y por primera vez en horas, el cuerpo le permitió relajarse un poco.
Dorian subió al otro lado.
—Alfonso, al Hospital ABC de Observatorio. Urgencias. Y llama al Doctor Arriaga, dile que es una emergencia personal mía. Que lo quiero ahí en veinte minutos.
Mientras la camioneta arrancaba, alejándose de la oscuridad de la Doctores hacia las luces de las avenidas principales, Dorian miró de reojo a Maya. Ella tenía la cabeza recargada en la ventana, mirando la ciudad pasar.
—¿Te duele mucho? —preguntó él.
—Menos que hace rato —respondió ella sin mirarlo—. El cuerpo aguanta mucho, señor. Es el alma la que es delicada.
Dorian se quedó callado, absorbiendo la lección. Esa noche, el “Tiburón de Polanco” había aprendido más de negocios humanos en una vecindad de mala muerte que en todos sus años en Harvard. Había aprendido que el activo más valioso no es el capital, sino la lealtad. Y él había estado a punto de tirar a la basura la lealtad más pura que jamás había entrado en su casa.
Horas después: La Mansión Las Magnolias
El sol comenzaba a despuntar sobre los volcanes, tiñendo el cielo de la Ciudad de México de un rosa pálido y contaminado, cuando la camioneta regresó a la hacienda.
Maya traía un yeso de fibra de vidrio azul en el brazo izquierdo y un cabestrillo nuevo. El diagnóstico había sido una fractura de cúbito, dolorosa pero limpia. Los analgésicos potentes que le habían inyectado la mantenían en un estado de somnolencia flotante.
Dorian ayudó a Maya a bajar. Esta vez, ella no rechazó su mano al bajar el escalón de la camioneta. Estaba demasiado cansada para pelear.
Entraron a la casa por la puerta principal, no por la de servicio. Dorian insistió.
—Entras por aquí. Como invitada. Como parte de la casa.
La casa estaba en silencio. Subieron las escaleras alfombradas. Al llegar al pasillo de las habitaciones, la puerta de Don Samuel estaba entreabierta.
Dorian se asomó. Su padre estaba despierto, sentado en la cama, mirando hacia la puerta como un perro fiel que espera a su dueño. Al ver a Dorian, su expresión se endureció. Pero entonces, detrás de Dorian, apareció la pequeña figura de Maya, con su yeso azul.
Los ojos de Samuel se llenaron de lágrimas al instante.
—¿Maya? —preguntó, con voz temblorosa, como si estuviera viendo una aparición.
Maya entró, sonriendo a pesar del cansancio.
—Aquí estoy, Don Samuel. Ya ve que hierba mala nunca muere. Nomás me fui a poner un accesorio nuevo —dijo, señalando su yeso—. Para combinar con su silla de ruedas. Ahora los dos estamos amolados.
Samuel soltó una carcajada que se transformó en llanto. Extendió sus brazos y Maya se acercó, sentándose en la orilla de la cama. El anciano tomó la mano sana de la muchacha y se la llevó a la mejilla, besándola con devoción.
—Perdóname, hija… perdóname por lo que pasó.
—Shh, ya pasó, patrón. Aquí estamos. Y aquí nos quedamos.
Dorian observaba la escena desde el marco de la puerta. Se sentía un intruso en su propia familia. Ver el amor incondicional entre su padre y esa muchacha le provocó una punzada de celos, pero también de profunda admiración.
—Papá —dijo Dorian, dando un paso adentro.
Samuel levantó la vista. Ya no había odio, solo cansancio y una advertencia silenciosa.
—Ella se queda, Dorian. Y si ella se va, yo me voy con ella. A un asilo, a un puente, a donde sea. Pero no me quedo aquí sin ella.
—Ella se queda —confirmó Dorian, bajando la cabeza—. Y no solo eso. A partir de hoy, Maya es la Directora de Cuidados de esta casa. Ella manda en todo lo que tenga que ver con tu salud. Incluso sobre mí.
Maya volteó a verlo, sorprendida.
—¿Directora? Señor, yo apenas sé…
—Sabes más que todos nosotros juntos —la cortó Dorian—. Tienes instinto. Y tienes corazón. Eso no se aprende en la universidad.
Dorian se acercó a la cama. Miró a su padre, luego a Maya.
—Voy a dejarlos descansar. Ha sido una noche larga.
Se dio la vuelta para salir, pero la voz de Maya lo detuvo.
—Señor Dorian.
Él se giró.
—Gracias —dijo ella. No era un agradecimiento servil. Era un reconocimiento entre iguales. Gracias por arreglar lo que rompiste.
Dorian asintió, incapaz de hablar por el nudo en su garganta, y salió cerrando la puerta suavemente.
Se dirigió a su propia habitación, se quitó el traje manchado de lodo y sopa, y se metió a la ducha. Bajo el agua caliente, Dorian Cantú lloró por segunda vez en veinticuatro horas. Pero estas lágrimas eran diferentes. No eran de vergüenza. Eran de alivio.
Había salvado a su padre. Había recuperado a Maya.
Pero sabía que el trabajo duro apenas comenzaba. Recuperar la confianza es como reconstruir un jarrón roto: puedes pegar las piezas, pero las grietas siempre se ven si miras de cerca. Y él tendría que pasar el resto de sus días asegurándose de que ese jarrón no se volviera a romper.
Mientras el agua corría, Dorian pensó en el jardín trasero. Ese terreno baldío del que hablaban en el video.
“Hagamos un trato… limpiamos ese jardín. Y plantamos jitomates. Y girasoles.”
Dorian cerró la llave del agua. Tenía una idea. Una idea para demostrar, no con dinero, sino con acciones, que él también podía ensuciarse las manos.
Mañana, pensó, no iría a la oficina. Mañana compraría una pala.
CAPÍTULO 4: SEMILLAS ENTRE ESCOMBROS
El amanecer en la Hacienda Las Magnolias trajo consigo un aire distinto. Ya no era el aire viciado del abandono ni la atmósfera eléctrica de la tormenta de la noche anterior. Era un aire limpio, aunque cargado de una incertidumbre frágil, como el de una ciudad después de un temblor, cuando todos revisan si las paredes de su casa siguen en pie.
Maya despertó en su antigua habitación de servicio, pero esta vez, al abrir los ojos, no sintió el miedo habitual de ser despedida. Sintió el peso del yeso en su brazo izquierdo, un recordatorio físico de la batalla ganada. Se levantó con dificultad, maniobrando el cabestrillo, y se miró en el pequeño espejo manchado sobre el lavabo. Tenía ojeras, el cabello revuelto y la piel pálida, pero sus ojos brillaban con una determinación nueva.
—Ya no eres la sirvienta, Maya —se dijo a sí misma en voz alta, probando cómo sonaban las palabras—. Eres la Directora.
Bajó a la cocina a las siete en punto. La rutina es la mejor medicina para el caos. Doña Lupe ya estaba ahí, batiendo huevos para el desayuno, pero se detuvo en seco cuando vio entrar a Maya con el brazo enyesado.
—¡Ay, mi niña santa! —exclamó la cocinera, soltando el tenedor y corriendo a abrazarla, con cuidado de no tocar el lado lastimado—. Alfonso me contó todo. Me dijo que el patrón fue por ti hasta la Doctores. ¡Virgen Santísima! Pensé que no te volvíamos a ver.
—Aquí estoy, Lupe. Mala hierba nunca muere —sonrió Maya, aceptando el abrazo maternal que olía a vainilla y canela.
—Siéntate, ándale. Te voy a hacer un atole de nuez para que agarres fuerzas. Estás re-flaca.
Mientras Maya soplaba el atole caliente, la puerta de servicio se abrió y entró el resto del personal: Rogelio el chofer, las dos mucamas jóvenes (Clara y Sofía) y Don Tomás, el jardinero anciano que ya apenas venía dos veces por semana. Todos se quedaron callados al verla. Había tensión. Vergüenza. Ellos habían murmurado. Ellos habían callado cuando Dorian la insultó.
Entonces, la puerta principal de la cocina se abrió y entró Dorian Cantú.
El silencio se volvió absoluto. Normalmente, el patrón nunca entraba a la cocina; pedía el desayuno en el comedor o en su estudio. Y ciertamente, nunca entraba vestido como lo estaba hoy: jeans de mezclilla (de marca, sí, pero jeans al fin), una playera polo sencilla y unas botas de trabajo Timberland que parecían recién sacadas de la caja.
Dorian se paró en el centro de la cocina. Se veía incómodo, fuera de su elemento, como un león en una jaula de canarios.
—Buenos días —dijo, con voz grave.
—Buenos días, señor —respondieron todos en coro, bajando la cabeza.
Dorian carraspeó, cruzando los brazos sobre el pecho. Buscó la mirada de Maya, quien sostenía su taza de atole con calma, desafiándolo con los ojos a cumplir su promesa.
—Quiero decirles algo —empezó Dorian, girándose para ver a cada uno de sus empleados—. Todos ustedes estuvieron presentes ayer en la sala. Todos escucharon lo que dije y vieron lo que hice.
Nadie respiraba. Doña Lupe apretaba el trapo de cocina con fuerza.
—Cometí un error —dijo Dorian, y la palabra pareció costarle sangre—. Acusé a Maya Villegas de algo que no hizo. La insulté y puse en duda su honorabilidad. Revisé las cámaras de seguridad y lo que encontré no fue una traición, sino una lealtad que no merezco. Maya salvó a mi padre de una caída grave. Ella se lastimó para protegerlo.
Un murmullo de sorpresa recorrió la habitación. Clara se tapó la boca.
—Le he pedido a Maya que regrese, no como empleada doméstica, sino como Directora de Cuidados de mi padre y Administradora de la casa —continuó Dorian, su voz ganando fuerza—. A partir de hoy, ella tiene mi total autoridad. Si ella dice que se cambia la dieta, se cambia. Si ella dice que mi padre sale al jardín, sale. Y quiero que le tengan el mismo respeto que me tienen a mí. ¿Está claro?
—Sí, señor —dijeron todos, pero esta vez miraron a Maya con asombro y, en el caso de Doña Lupe, con orgullo desbordante.
—Y una cosa más —agregó Dorian, mirando al suelo por un segundo antes de levantar la vista—. Lamento haberlos puesto en esa situación incómoda. Un buen líder no grita ni humilla. Ayer no fui un buen líder.
Se hizo un silencio espeso, pero no opresivo. Era el silencio del respeto recuperándose.
—Gracias, señor —dijo Maya, rompiendo el hielo.
Dorian asintió, visiblemente aliviado.
—Bien. Ahora, a trabajar. Maya, cuando termines tu atole, te espero en el patio trasero. Tenemos un jardín que desenterrar.
Dorian salió de la cocina. En cuanto la puerta se cerró, el lugar estalló en susurros y exclamaciones.
—¡No me lo creo! —decía Clara—. ¡El patrón pidiendo perdón!
—¡Y te hizo jefa! —Doña Lupe lloraba de nuevo—. ¡Ay, mija, ahora sí se hizo justicia!
Maya sonrió, pero sabía que las palabras eran fáciles. Lo difícil venía ahora: demostrar que merecía el puesto y, más importante aún, cumplir la promesa que le había hecho a Don Samuel.
El patio trasero de la Hacienda Las Magnolias era un terreno inmenso de casi media hectárea, delimitado por muros altos de piedra cubiertos de hiedra. Hacía diez años, había sido el orgullo de la madre de Dorian: rosales premiados, fuentes de cantera, caminos de grava blanca. Ahora, era una selva triste. La maleza llegaba hasta la cintura, las fuentes estaban llenas de agua podrida y mosquitos, y el antiguo invernadero de cristal al fondo tenía varios paneles rotos, pareciendo una boca chimuela que sonreía con macabra ironía.
Dorian estaba parado en el borde de la terraza, mirando el desastre con las manos en la cintura.
—Esto es peor de lo que recordaba —admitió cuando Maya llegó a su lado.
—Es porque nadie lo mira, señor. Lo que se ignora, se muere o se hace salvaje —respondió ella.
—Bueno, pues manos a la obra. —Dorian señaló una pila de herramientas nuevas que Alfonso había comprado esa misma mañana: palas, rastrillos, guantes de carnaza, carretillas—. ¿Por dónde empezamos?
Maya lo miró, evaluando su ropa impecable y sus botas sin un solo rasguño.
—¿Usted va a trabajar, señor? Digo, con esas manos de pianista.
Dorian soltó una risa corta.
—No toco el piano, Maya. Y sí. Le dije a mi padre que lo haríamos. Además… necesito golpear algo. Y prefiero golpear la tierra que golpear una pared.
—Muy bien. Empecemos por limpiar el camino central para que Don Samuel pueda venir a supervisar con su silla. Hay que arrancar esa hierba mala de raíz. Si nomás la corta por encimita, vuelve a salir. Es como los problemas.
Dorian tomó una pala. Se veía torpe, agarrándola como si fuera un palo de golf. Maya, con su brazo bueno, tomó unas tijeras de podar pequeñas.
—No, así no —le corrigió ella, acercándose—. Si hace palanca solo con los brazos, se va a fregar la espalda en diez minutos. Tiene que usar el pie. Clave la punta, pise fuerte y luego empuje con el cuerpo.
Dorian lo intentó. La pala chocó contra una piedra y vibró, sacudiéndole los huesos.
—¡Mierda! —exclamó.
—Lenguaje, patrón. Que las plantas tienen oídos —se burló Maya.
Trabajaron durante horas bajo el sol implacable del mediodía chilango. Al principio, Dorian resoplaba, maldecía por lo bajo y se detenía cada cinco minutos para secarse el sudor con un pañuelo de tela. Pero poco a poco, encontró un ritmo. La rabia que traía acumulada, la culpa por lo de su padre, la frustración de años de vivir una vida vacía llena de lujos, todo eso lo canalizaba hacia la tierra.
Clavar. Pisar. Arrancar.
Clavar. Pisar. Arrancar.
Para la una de la tarde, el “Tiburón de Polanco” tenía ampollas en las manos que le ardían como fuego, la playera empapada pegada al cuerpo y manchas de lodo en la cara. Pero habían despejado diez metros de camino.
—¡Hey! —una voz débil los llamó desde la terraza.
Ambos voltearon. Alfonso había sacado a Don Samuel en su silla de ruedas. El anciano llevaba un sombrero de paja y lentes oscuros. Sonreía.
—¡Te estás perdiendo un poco a la izquierda, hijo! —gritó Samuel con voz rasposa—. ¡Ese surco está chueco!
Dorian se enderezó, respirando agitadamente, y sonrió. Una sonrisa real, cansada pero genuina.
—¡Baja tú a hacerlo si crees que es tan fácil, viejo! —le contestó.
Era la primera vez en años que bromeaban. Maya los miró y sintió un calor en el pecho que no tenía nada que ver con el sol. Estaba sucediendo. La familia estaba sanando.
Doña Lupe salió con una jarra de agua de jamaica helada y unos tacos de canasta. Se sentaron en los escalones de piedra de la terraza, bajo la sombra de un árbol de jacaranda. Dorian Cantú, comiendo un taco de chicharrón prensado con las manos sucias de tierra, sentado junto a su empleada y a los pies de su padre enfermo.
—¿Sabe, señor? —dijo Maya, mordiendo su taco—. Nunca pensé ver al dueño de Grupo Cantú sudando la gota gorda.
—Yo tampoco —admitió Dorian, mirando sus manos ampolladas—. Duelen.
—Eso es bueno. El dolor le recuerda que está vivo. Y que está construyendo algo. En mi pueblo dicen que la tierra solo te da frutos si le dejas un poco de tu sudor.
—Háblame de tu pueblo, Maya —dijo Samuel, bebiendo agua de un popote—. Nunca nos cuentas nada de ti.
Maya bajó la mirada, tocando la venda de su brazo.
—No hay mucho que contar, Don Samuel. Es un pueblo chico en la sierra de Oaxaca. Mucha neblina, mucho café y mucha pobreza. Nos vinimos cuando mi papá murió. Mi mamá enfermó de azúcar y allá no había medicinas.
—¿Y tienes hermanos? —preguntó Dorian.
Maya se tensó. Era un tema delicado.
—Tenía —corrigió—. Un hermano menor. Beto. Murió hace tres años.
—Lo siento mucho —dijo Dorian, notando el cambio en su tono.
—Era buen muchacho —dijo Maya, con la voz endurecida—. Pero la ciudad se lo comió. Se juntó con quien no debía, tratando de conseguir dinero rápido para las medicinas de mi mamá. Cometió errores. Pagamos por esos errores.
No dijo más. No les dijo que ella había asumido la culpa de un robo para que él no fuera a la correccional, manchando su propio expediente para siempre. Ese era un secreto que guardaba con recelo, su talón de Aquiles.
—La ciudad es dura —dijo Samuel, rompiendo el silencio incómodo—. Pero aquí estás segura, hija. Aquí nadie te va a comer.
Dorian miró a Maya. Por primera vez, no vio a la empleada, ni a la “Directora”. Vio a una mujer que había cargado el mundo sobre sus hombros desde niña, y que a pesar de todo, tenía fuerzas para cargar también a su padre.
—Nadie te va a tocar mientras yo esté aquí —prometió Dorian.
No sabía cuán pronto tendría que poner a prueba esa promesa.
Pasaron dos semanas. La transformación del jardín era lenta pero constante. Dorian empezó a reducir sus horas en la oficina corporativa en Santa Fe. Delegaba juntas, cancelaba viajes. “Estoy atendiendo un proyecto personal prioritario”, le decía a su secretaria. Y no mentía.
El camino principal estaba limpio. Habían empezado a preparar la tierra para los canteros de hortalizas. Don Samuel pasaba las tardes enteras afuera, dictando instrucciones desde su “trono”, recuperando color en las mejillas y fuerza en la voz.
Pero la paz en las telenovelas de la vida real siempre es la calma antes del huracán.
Una tarde de jueves, un auto deportivo plateado, un Mercedes Benz último modelo, se detuvo frente a la reja principal de la Hacienda. El guardia de seguridad llamó por el interfono.
—Señor Dorian, el Licenciado Mauricio Linares está aquí. Dice que viene a saludar a Don Samuel.
Dorian, que estaba en el estudio revisando unos contratos (con las manos llenas de curitas), frunció el ceño.
—¿Linares? ¿Qué quiere ese buitre?
Mauricio Linares era el antítesis de Dorian. Donde Dorian era reservado y serio, Linares era extravagante y falso. Había sido socio minoritario de Samuel años atrás, hasta que Samuel descubrió que Linares estaba inflando costos y aceptando sobornos para permisos de construcción. Lo echaron de la empresa, pero Linares, como las cucarachas, sobrevivió y fundó su propia constructora, famosa por edificar torres de departamentos de lujo en zonas protegidas mediante amparos legales y “mordidas” al gobierno.
—Dile que pase al jardín. No lo quiero dentro de la casa —ordenó Dorian.
Minutos después, Linares apareció caminando por el sendero recién limpiado del jardín. Vestía un traje de lino beige, mocasines sin calcetines y una sonrisa de dientes blanqueados que brillaba más que el sol.
—¡Mi querido Samuel! —exclamó Linares, abriendo los brazos como si viera a un hermano perdido, ignorando por completo el estado físico del anciano—. ¡Tanto tiempo! Me dijeron que estabas en las últimas, pero yo te veo… bueno, te veo tomando el sol. Eso es bueno.
Samuel, que estaba podando una maceta pequeña con ayuda de Maya, lo miró con desprecio.
—Linares. ¿A qué huele? Ah, sí, a azufre. ¿Qué haces aquí?
Linares soltó una carcajada ensayada.
—Siempre con tu sentido del humor tan fino, viejo. Vengo en son de paz. Supe que Dorian regresó al redil y quise venir a presentar mis respetos. Y… —su mirada escaneó el terreno, los muros altos, la ubicación privilegiada en Las Lomas— a ver cómo va todo.
Dorian apareció en ese momento, secándose las manos.
—Mauricio. Qué visita tan… inesperada.
—¡Dorian, campeón! —Linares le estrechó la mano con fuerza excesiva—. Me contaron que te has vuelto un ermitaño. “El Tiburón se volvió jardinero”, dicen en el Club de Industriales. No lo creía hasta que te vi con esas botas.
—Me gusta mantener mis propiedades en orden —dijo Dorian secamente—. ¿A qué vienes, Mauricio? Sé breve. Tengo abono que palear y tú seguramente tienes algún funcionario que sobornar.
Linares no se inmutó. Su piel era gruesa.
—Negocios, Dorian. Siempre negocios. Mira este terreno… es una desperdicio. Media hectárea en el corazón de Las Lomas. ¿Sabes cuánto vale el metro cuadrado aquí? Podríamos tirar esta casa vieja —Samuel hizo una mueca de dolor al oír eso— y levantar dos torres de departamentos ultra-lujo. “Residencial Magnolias”. Tú pones la tierra, yo pongo la construcción y los permisos. Ganancias al cincuenta-cincuenta.
—Esta casa no se toca —gruñó Samuel—. Es el hogar de mi familia.
—Es un mausoleo, Samuel. Hay que modernizarse. El dinero no duerme.
Entonces, la mirada de Linares cayó sobre Maya. Ella estaba de pie junto a la silla de Samuel, callada, con su uniforme limpio y su brazo en cabestrillo. Linares la miró de arriba abajo con una mezcla de lascivia y desdén clasista.
—Y veo que tienes ayuda nueva. —Linares se acercó un paso a Maya, invadiendo su espacio personal—. Qué linda… aunque un poco estropeada con ese yeso. ¿Cómo te llamas, muñeca?
Maya no retrocedió. Mantuvo la barbilla en alto.
—Maya Villegas. Y soy la Directora de Cuidados del señor Samuel. No “muñeca”.
Linares alzó una ceja, sorprendido y divertido por la respuesta.
—¡Uy! Brava la gata. Me gusta. —Se giró hacia Dorian—. Oye, Dorian, si el negocio de los departamentos no te interesa… a lo mejor te interesa venderme la parte trasera del terreno. Para el jardín comunitario ese que dicen que quieren hacer. O mejor aún… véndeme a la asistente. Se ve que tiene carácter.
Dorian dio un paso adelante, su rostro oscureciéndose. La temperatura en el jardín pareció bajar diez grados.
—Lárgate de mi casa, Mauricio. Ahora.
—Tranquilo, tranquilo. Solo era una broma. —Linares levantó las manos en señal de rendición, pero sus ojos eran fríos como el hielo—. Piénsalo, Dorian. Este terreno es una mina de oro sentada sobre un cadáver. Tarde o temprano, tendrás que vender. Los impuestos, el mantenimiento… sé que las finanzas de Grupo Cantú no están tan sanas como presumes.
—Eso no es asunto tuyo. ¡Fuera!
Linares se ajustó el saco.
—Me voy. Pero volveré. Samuel, cuídate ese corazón. Y tú, Maya… cuídate tú también. Esta ciudad es peligrosa para las niñas bonitas que se creen patronas.
Linares dio media vuelta y caminó hacia su auto. Dorian se quedó temblando de rabia. Maya sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. Esa amenaza no había sido una broma. Había sido una promesa.
—Ese hombre es el diablo —murmuró Samuel.
—No te preocupes, papá. Es solo un hablador —dijo Dorian, aunque no se lo creía ni él mismo.
Esa noche, Maya no podía dormir. El dolor en su brazo había vuelto, punzante. Se levantó y bajó a la cocina por un vaso de agua. Al pasar por el estudio de Dorian, vio la luz encendida y la puerta entreabierta.
Dorian estaba al teléfono, de espaldas, mirando por la ventana hacia la oscuridad del jardín.
—…sí, revísalo todo. Quiero saber en qué anda Linares. Sí, auditoría completa. Y quiero seguridad extra en la casa. No, no le digas a mi padre. Sí… y averigua si Linares tiene acceso a expedientes judiciales antiguos.
Maya se congeló. Expedientes judiciales antiguos.
Su corazón se detuvo. Si Linares escarbaba en su pasado… si encontraba el registro de su arresto por el robo de su hermano… todo se acabaría. Dorian la había perdonado por un malentendido presente, pero ¿la perdonaría por un pasado criminal real? ¿La perdonaría si la prensa empezaba a decir que la “Directora de Cuidados” era una ex-convicta?
Dorian colgó el teléfono y se giró, viendo a Maya en el umbral.
—Maya. ¿Qué haces ahí?
—Yo… vine por agua —tartamudeó ella—. ¿Pasa algo malo, señor?
Dorian suspiró y se frotó los ojos.
—Linares no juega limpio. Va a intentar presionarnos para vender el terreno. Va a buscar trapos sucios. De mi padre, míos… de cualquiera en esta casa.
Se acercó a ella, mirándola con intensidad.
—Maya, necesito saberlo. ¿Hay algo… hay algo en tu pasado que él pueda usar? ¿Algo que no me hayas dicho?
Maya sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Tenía dos opciones: confesar ahora y arriesgarse a perderlo todo, o callar y rezar para que Linares no encontrara nada. Miró los ojos cansados de Dorian, esos ojos que la habían mirado con odio hace semanas y ahora la miraban con confianza.
El miedo ganó.
—No, señor —mintió Maya, con la voz apenas audible—. No hay nada. Solo trabajo y pobreza. Eso no es delito.
Dorian la estudió un segundo más, luego asintió y sonrió levemente.
—Tienes razón. Ser pobre no es delito, aunque gente como Linares crea que sí. Vete a descansar, Maya. Mañana plantamos los rosales.
Maya regresó a su cuarto, pero no durmió. Se quedó mirando al techo, escuchando el viento golpear las ventanas. Había mentido. Y sabía, con la certeza fatalista de quien ha sufrido mucho, que esa mentira era una bomba de tiempo. Linares iba a escarbar. Y cuando encontrara la verdad, la explosión no solo destruiría el jardín; destruiría la frágil familia que acababan de construir.
Afuera, en la calle, un auto negro con vidrios polarizados permanecía estacionado en la esquina, con el motor apagado. Dentro, un hombre tomaba fotos de la fachada de la Hacienda Las Magnolias con una cámara de lente largo. En su asiento, una carpeta tenía escrito un nombre en letras rojas: MAYA VILLEGAS – ANTECEDENTES.
La guerra por el jardín había comenzado, y la primera batalla no sería con palas, sino con secretos.
CAPÍTULO 5: CENIZAS Y TITULARES
El éxito en México tiene un precio, y a veces la factura llega antes de lo esperado.
Durante el mes siguiente, el “Jardín Raíces” dejó de ser un simple proyecto de rehabilitación para Don Samuel y se convirtió en un fenómeno local en Lomas de Chapultepec. Lo que había sido un terreno baldío lleno de escombros detrás de la mansión, ahora era un oasis verde que desafiaba la lógica del concreto y el asfalto.
Maya, con el brazo ya libre del yeso y solo usando una venda elástica por precaución, dirigía la orquesta. Habían plantado hileras de jitomate saladet, chiles serranos que brillaban como esmeraldas bajo el sol, calabacitas redondas y hasta una sección de flores comestibles: cempasúchil para la temporada que venía y lavanda para los nervios.
Los vecinos, al principio escépticos, empezaron a acercarse. Primero fue la señora de la tiendita de la esquina, Doña Chole, que trajo semillas de epazote. Luego, un grupo de estudiantes de agronomía de la UNAM que buscaban dónde hacer servicio social. Y finalmente, los niños. Niños ricos que bajaban de sus camionetas blindadas con nanas, y niños del pueblo cercano de Tecamachalco que cruzaban el puente peatonal. Allí, con las manos en la tierra, las diferencias sociales se borraban un poco. La tierra no pregunta cuánto dinero tiene tu papá; solo pregunta si estás dispuesto a cuidarla.
Dorian Cantú, el hombre que antes no sabía distinguir una pala de un pico, ahora pasaba sus mañanas negociando contratos millonarios por Zoom y sus tardes cargando costales de composta. Se había bronceado, había ganado músculo real (no de gimnasio) y, lo más importante, había aprendido a reírse de sí mismo.
—¡Señor Dorian, está plantando las cebollas al revés! —le gritó Maya una tarde, riendo desde el otro lado del surco.
—Es una técnica experimental de vanguardia, Maya. No lo entenderías —respondió él, sacudiéndose la tierra de los jeans y devolviéndole la sonrisa.
Don Samuel, sentado bajo la sombra de la nueva pérgola de madera que habían construido, los miraba con los ojos húmedos. No necesitaba caminar maratones para sentirse vivo; ver a su hijo feliz y a su casa llena de vida era suficiente.
Pero la felicidad en una historia como esta es frágil como el cristal.
El Primer Golpe: La Tinta Venenosa
Era un martes nublado. Alfonso, el mayordomo, entró al jardín con paso apresurado. No traía la bandeja de limonada habitual. Traía una tablet en la mano y una expresión que parecía de funeral.
—Señor Dorian… Doña Maya… tienen que ver esto.
Dorian se limpió las manos en un trapo y tomó el dispositivo. Maya se acercó, sintiendo un nudo en el estómago. En la pantalla brillaba el logotipo de un portal de noticias sensacionalista muy popular en la ciudad, “La Verdad Capitalina”.
El titular era una bofetada:
“¿REHABILITACIÓN O ESTAFA? LA EX-CONVICTA QUE MANEJA LA FORTUNA Y LA SALUD DEL MAGNATE SAMUEL CANTÚ.”
Debajo del texto, había una foto. Una foto granulada, vieja, de una ficha policial. Maya Villegas, con 19 años, llorando, sosteniendo un cartel con un número de expediente.
Dorian sintió que la sangre se le helaba. Maya soltó un gemido ahogado y se cubrió la boca con las manos.
—”Fuentes cercanas revelan que Maya Villegas, actual directora del polémico ‘Jardín Raíces’, tiene antecedentes penales por robo calificado” —leyó Dorian en voz alta, con la voz temblorosa de rabia—. “La mujer, quien pasó de ser empleada doméstica a administradora general en tiempo récord, fue detenida hace siete años…”.
Dorian dejó de leer. Levantó la vista y miró a Maya. Ella estaba pálida, temblando como una hoja al viento.
—Maya… —dijo él suavemente.
—Es verdad —susurró ella. Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas sucias de tierra—. Es verdad, señor.
Dorian recordó la noche en el estudio. “¿Hay algo en tu pasado que él pueda usar?”, le había preguntado. Y ella había dicho que no.
—Me mentiste —dijo Dorian. No hubo gritos esta vez, solo una decepción profunda.
—No fue un robo para mí —explicó Maya, hablando atropelladamente, desesperada—. Mi hermano… Beto… él tenía diecisiete años. Se metió a robar a una farmacia. Quería medicinas para mi mamá, insulina… no teníamos dinero. Lo agarraron. Iban a mandarlo a la correccional de menores, y allá adentro lo iban a matar, señor. Él era débil. Yo… yo dije que fui yo. Yo era mayor de edad. Dije que yo lo obligué. Me llevé la culpa.
Maya cayó de rodillas en el pasto, sollozando.
—Pagué mi condena. Fue libertad condicional. Limpié baños, barrí calles, pagué cada centavo de la multa. Pero el registro… el registro se queda.
Dorian miró la foto en la tablet y luego a la mujer destrozada frente a él. La mujer que le había enseñado a plantar cebollas. La mujer que cantaba en zapoteco para dormir a su padre.
Linares había cumplido su amenaza. Había escarbado hasta encontrar el hueso.
—Levántate —dijo Dorian.
—Me voy a ir —sollozó Maya—. No voy a manchar su nombre. Don Samuel no merece esto. Ya tengo mi maleta lista, siempre la tengo lista…
—He dicho que te levantes —ordenó Dorian, extendiendo su mano.
Maya lo miró, confundida. No vio el asco de la primera vez. Vio una furia fría, pero no dirigida a ella.
—Tú no te vas a ninguna parte.
—Pero señor… soy una criminal para el mundo. Van a decir que soy una ladrona.
—Para el mundo eres lo que diga ese pasquín pagado por Linares. Para mí… para esta casa… eres la mujer que se sacrificó por su hermano. Eso no es vergüenza, Maya. Eso es valor. Y yo no despido a la gente por tener valor.
Don Samuel, que había escuchado todo desde su silla, golpeó el suelo con su bastón.
—¡Malditos buitres! —gritó el anciano, con la cara roja de coraje—. ¡Que vengan a decírmelo a la cara! ¡Yo sé quién eres, hija! ¡Yo sé quién eres!
Dorian ayudó a Maya a ponerse de pie.
—Linares quiere que te vayas. Quiere que te escondas para que el proyecto se caiga y él pueda comprar el terreno barato. Si te vas, él gana. ¿Vas a dejar que gane?
Maya se limpió las lágrimas con el dorso de la mano sucia, dejando un rastro de lodo en su mejilla.
—No —dijo, con voz quebrada pero firme—. No le voy a dar el gusto a ese desgraciado.
—Bien —dijo Dorian—. Entonces prepárate. Porque esto fue solo el aviso. Ahora viene la guerra.
El Segundo Golpe: El Juicio Público
La noticia corrió como pólvora. En las colonias altas, el chisme es el deporte favorito.
Al día siguiente, los voluntarios de la universidad no llegaron.
Doña Chole, la de la tiendita, pasó por la reja, miró hacia adentro y siguió de largo sin saludar.
El teléfono de la casa no dejaba de sonar: periodistas, curiosos, y hasta la presidenta de la Asociación de Colonos de Las Lomas, pidiendo explicaciones sobre “el tipo de gente que meten al vecindario”.
Dorian contrató a una firma de relaciones públicas para contener el daño, pero el veneno ya estaba en el sistema.
En el mercado, cuando Maya fue a comprar víveres acompañada de Alfonso (quien se negó a dejarla ir sola), escuchó los susurros.
—”Ahí va la ladrona.”
—”Dicen que tiene embrujado al viejo Cantú.”
—”Seguro ya le cambió el testamento.”
Maya caminó con la cabeza en alto, pero por dentro se estaba desmoronando. Cada mirada era una puñalada. Quería gritarles que no sabían nada, que ella solo quería cuidar a su mamá y a Don Samuel. Pero el silencio es el único escudo de los pobres cuando los ricos deciden juzgar.
Esa noche, Dorian la encontró sentada en el invernadero, a oscuras.
—No leas los comentarios en internet —le aconsejó, sentándose a su lado en una caja de madera.
—Dicen que soy su amante —dijo Maya, mirando sus manos—. Dicen que estoy esperando a que Don Samuel se muera para quedarme con todo.
—Que digan misa. Nosotros sabemos la verdad.
—La verdad no importa, señor Dorian. Importa lo que la gente cree. Y la gente cree que soy basura.
Dorian tomó una maceta pequeña con un brote verde apenas visible.
—Mira esto. Es un roble. Ahorita parece una hierba cualquiera. Cualquiera podría pisarlo. Pero dale tiempo. Dale agua. Y un día, sus raíces serán tan profundas que ninguna tormenta lo tirará. Nosotros somos el roble, Maya. Linares es solo el perro que orina en el tronco.
Maya soltó una risita triste.
—Tiene una forma muy rara de consolar, patrón.
—Es mi encanto natural. —Dorian suspiró—. Mañana voy a dar una conferencia de prensa. Voy a poner mi cara y mi nombre junto al tuyo. Vamos a desmentir todo.
No sabían que Linares no iba a esperar a mañana.
El Tercer Golpe: Fuego en la Madrugada
Eran las tres de la mañana cuando el olor despertó a Maya.
No era el olor de la lluvia ni de la tierra mojada. Era un olor acre, picante. Plástico quemado y madera seca.
Maya saltó de la cama con el corazón en la garganta. Su cuarto de azotea tenía vista al jardín trasero. Corrió a la ventana y lo que vio le detuvo la respiración.
Un resplandor naranja, maligno y danzante, iluminaba la noche.
El invernadero estaba ardiendo.
—¡FUEGO! —gritó Maya con todas sus fuerzas, saliendo al pasillo en camisón—. ¡ALFONSO! ¡DORIAN! ¡FUEGO!
Bajó las escaleras saltando los escalones de dos en dos, sin importarle su brazo lastimado. Activó la alarma de incendios del pasillo, un chillido agudo que despertó a toda la casa.
Cuando salió al jardín, el calor la golpeó en la cara. Las llamas ya habían devorado la pared lateral de madera del invernadero y lamían los cristales, que estallaban con el calor. ¡Pum! ¡Pum! Como disparos.
Lo peor no era la estructura; eran los cultivos cercanos. El fuego se estaba extendiendo hacia los canteros de madera seca donde crecían los tomates.
—¡La manguera! —gritó Dorian, apareciendo detrás de ella, descalzo y en pijama, con los ojos desorbitados.
Alfonso y Rogelio llegaron corriendo. Entre todos, conectaron las mangueras de riego.
—¡No va a ser suficiente! —gritó Rogelio—. ¡La presión es muy baja!
—¡Cubetas! —ordenó Maya, tomando el mando en medio del caos—. ¡Traigan las cubetas de la lavandería! ¡Rogelio, saca agua de la fuente! ¡Doña Lupe, llame a los bomberos, rápido!
Fue una batalla desigual. El fuego, alimentado por algún acelerante químico (gasolina, sin duda), rugía con hambre. Maya corría con cubetas de agua, sintiendo las brasas quemarle las plantas de los pies descalzos, el humo llenándole los pulmones.
—¡Mis girasoles! —lloraba, echando agua sobre las flores que Don Samuel había plantado con sus propias manos.
Dorian estaba luchando contra las llamas que amenazaban con saltar a la pérgola. Su pijama de seda estaba rota y manchada de hollín.
—¡Maldito seas, Linares! —rugía Dorian, lanzando agua con furia—. ¡Te voy a matar!
En medio del infierno, Maya vio algo. Una silueta oscura saltando el muro trasero, el que daba al callejón.
—¡Allá! —señaló—. ¡Alguien está escapando!
Dorian no lo pensó. Soltó la manguera y corrió hacia el muro.
—¡Dorian, no! —gritó Maya.
Dorian intentó trepar, pero el muro era alto y estaba resbaloso por el agua. Vio cómo la silueta desaparecía en la oscuridad, escuchó el rugido de una motocicleta arrancar y alejarse a toda velocidad.
Golpeó la piedra con el puño, frustrado, gritando de impotencia.
Las sirenas de los bomberos se escucharon a lo lejos, acercándose como una promesa de salvación tardía. Cuando llegaron los camiones, enormes bestias rojas que no cabían por la entrada principal, los bomberos tuvieron que extender mangueras largas desde la calle.
En veinte minutos, el fuego estaba controlado.
En treinta, estaba apagado.
Pero cuando salió el sol, lo que iluminó no fue un jardín, sino un cementerio de cenizas.
El Amanecer de los Escombros
El invernadero era un esqueleto de metal retorcido y cristales rotos. Los canteros de madera eran carbón. Los tomates, los chiles, las flores… todo era una masa negra y humeante que olía a desolación.
Don Samuel salió en su silla de ruedas justo cuando amanecía. Alfonso lo empujaba. El anciano no dijo nada. Solo miró. Sus ojos recorrieron la destrucción, el trabajo de meses reducido a nada en una noche.
Una lágrima solitaria rodó por su mejilla arrugada.
—Mi jardín… —susurró.
Maya estaba sentada en el suelo, cubierta de hollín, con quemaduras leves en los brazos y las piernas. Lloraba en silencio, abrazando sus rodillas. Sentía que era su culpa. Si ella se hubiera ido, si hubiera renunciado cuando salió la noticia, tal vez Linares no habría hecho esto.
Dorian caminaba entre las ruinas, pateando escombros. Su rostro era una máscara de piedra.
Entonces, llegó el golpe final.
Una camioneta blanca con logotipos del gobierno se detuvo en la entrada. Dos hombres con chalecos naranjas y portapapeles bajaron, acompañados por una patrulla de policía.
Caminaron hacia donde estaba el grupo, con esa arrogancia burocrática de quien sabe que tiene el poder.
—¿Quién es el propietario? —preguntó uno de los inspectores, masticando chicle.
—Soy yo —dijo Dorian, dando un paso al frente, intimidante a pesar de estar sucio y quemado—. ¿Qué quieren?
—Protección Civil —dijo el hombre, sin mirarlo a los ojos—. Recibimos un reporte de incendio y manejo inadecuado de materiales peligrosos.
—¿Manejo inadecuado? —Dorian soltó una risa incrédula—. ¡Fue provocado! ¡Alguien tiró gasolina!
—Eso lo determinará el peritaje. Por lo pronto… —El hombre sacó una cinta amarilla y unos sellos enormes que decían CLAUSURADO—. Este predio representa un riesgo para los vecinos. Procedemos a la clausura total del terreno y de la obra. Tienen 24 horas para desalojar cualquier maquinaria. Queda prohibido el acceso.
—¡Esto es una burla! —gritó Maya, levantándose—. ¡Ustedes trabajan para Linares! ¿Cuánto les pagó? ¿Eh? ¿Cuánto vale su conciencia?
—Cuidado con lo que dice, señorita —dijo el policía, poniendo la mano en su macana—. O me la llevo por desacato. Y con sus antecedentes, no creo que quiera volver al bote.
Maya se quedó helada. Sabían todo. Estaba orquestado.
Dorian se interpuso entre el policía y Maya.
—Tócala y te juro que te demando hasta quitarte el uniforme y la pensión. Soy Dorian Cantú. Y ustedes no saben con quién se están metiendo.
El inspector se encogió de hombros, pegó el sello de CLAUSURADO en un poste de la pérgola chamuscada y le entregó un acta a Dorian.
—Tiene cinco días hábiles para presentar su defensa en la delegación. Buenos días.
Se fueron, dejando el silencio y el olor a humo.
Maya miró el sello amarillo. Era como una lápida.
—Se acabó —dijo ella, con voz muerta—. Ganó. Destruyó el jardín y ahora lo clausuró legalmente. No podemos luchar contra esto, señor. Tienen al gobierno, tienen a la prensa, tienen dinero.
Dorian miró el papel en su mano. Lo arrugó hasta convertirlo en una bola compacta.
Miró a su padre, derrotado en la silla. Miró a Maya, sucia y desesperada. Miró las cenizas.
Y entonces, sucedió algo inesperado.
Doña Chole, la de la tiendita, apareció en la reja del jardín que daba a la calle trasera. No venía sola. Detrás de ella estaba el grupo de estudiantes de la UNAM. Y un par de vecinos más.
—¡Oiga, joven! —gritó Doña Chole.
Dorian se giró, esperando más quejas.
—¿Qué pasa? —ladró.
Doña Chole señaló el humo.
—Vimos el fuego. Y vimos a la camioneta del gobierno. Esos desgraciados son unos vendidos.
La mujer abrió la reja (que estaba sin candado por el caos) y entró. Traía una escoba y una bolsa de tamales.
—A mí ese tal Linares me quiso comprar mi tiendita hace dos años a precio de risa. Me dijo que si no vendía, me iba a mandar a salubridad. Son unos mafiosos.
Uno de los estudiantes, un chico con rastas y lentes, se acercó.
—Vimos en internet lo de los antecedentes de Maya. Y la neta… nos vale madres. Nosotros vimos cómo Maya nos enseñó a compostar. Vimos cómo trata al Don. Eso es lo que cuenta.
Maya levantó la cabeza, incrédula.
—¿No… no les importa?
—Todos tenemos cola que nos pisen, mana —dijo Doña Chole—. Lo importante es lo que haces hoy. Y hoy, a esos desgraciados no les vamos a dejar ganar.
Doña Chole le dio la escoba a Maya.
—Ándele. A barrer. Que si está clausurado o no, a mí me viene guango. Yo vengo a limpiar la casa de mi vecino. Y si la policía quiere llevarme, pues que me lleven. A ver quién les vende sus tortas mañana.
Dorian sintió una presión en el pecho, pero esta vez era de emoción.
Miró a Maya. Ella tomó la escoba. Sus manos temblaban, pero sus ojos volvían a tener ese brillo de acero.
—Alfonso —dijo Dorian—. Saca las palas que no se quemaron.
—Sí, señor.
—Lupe, haz café. Mucho café. Va a ser un día largo.
Don Samuel levantó su bastón al aire.
—¡Que se vayan al diablo los sellos! —gritó con su voz de viejo león—. ¡Esta es mi tierra! ¡Y aquí se siembra!
Maya miró a Dorian. Él estaba sucio, despeinado, con una demanda federal en puerta y un jardín destruido. Pero nunca lo había visto tan guapo ni tan fuerte como en ese momento.
—¿Estamos en guerra, patrón? —preguntó ella.
Dorian tomó una pala y la clavó en la tierra negra y humeante.
—Estamos en guerra, Maya. Y acabamos de reclutar al ejército.
Linares había cometido un error fatal. Creyó que quemando el jardín destruiría la esperanza. Olvidó que el fuego, a veces, también sirve para limpiar el terreno y hacer que lo que nace después crezca con más fuerza. Olvidó que las cenizas son el mejor abono.
Y olvidó que no hay enemigo más peligroso que una familia (de sangre o elegida) que no tiene nada más que perder.