
CAPÍTULO 1: Ecos en el Rascacielos
La Ciudad de México nunca duerme, pero a las 11:47 de la noche, incluso el monstruo de asfalto y luces de neón parece tomarse un respiro. En la zona de Santa Fe, donde los edificios tocan el cielo y el dinero fluye como el agua, el silencio es un lujo que solo unos pocos pueden comprar.
Ricardo de la Vega conducía su Mercedes-Benz color plata por la Avenida Vasco de Quiroga. El motor ronroneaba suavemente, un contraste brutal con el caos que reinaba en su cabeza. Ricardo era lo que todos llamaban un “tiburón”: CEO de Grupo Inmobiliario Azteca, dueño de la mitad de los edificios inteligentes de la zona poniente y un hombre que, según la revista Expansión, lo tenía todo. Pero esa noche, con el nudo de la corbata de seda italiana asfixiándolo y el sabor amargo de un café frío en la boca, Ricardo se sentía más vacío que los terrenos baldíos donde solía jugar fútbol de niño en Iztapalapa.
Había olvidado los contratos de la fusión con los japoneses en su oficina. “¡Qué pendejo!”, se regañó a sí mismo golpeando el volante. Esos papeles eran la culminación de seis meses de negociaciones, de tequilas falsos con socios hipócritas y de sonrisas ensayadas. No podía dejarlos ahí hasta la mañana siguiente; la seguridad corporativa era estricta, pero su paranoia lo era más.
Entró al estacionamiento subterráneo de la Torre Reforma, su joya de la corona. El guardia nocturno, Don Beto, un hombre mayor con un bigote canoso que recordaba a los charros de las películas de oro, se enderezó de golpe al ver el auto del patrón.
—¡Buenas noches, Licenciado! —saludó Don Beto, llevándose la mano a la gorra—. ¿Qué hace usted aquí a estas horas? Ya es hora de que esté descansando, ¿no cree?
Ricardo bajó la ventanilla y forzó una sonrisa cansada.
—Ya sabe cómo es esto, Don Beto. El que tiene tienda, que la atienda. Se me olvidaron unos papeles importantes.
—Híjole, jefe, pues pásale. El edificio está más solo que un panteón. Nada más tenga cuidado, dicen que en el piso 40 espantan —bromeó el guardia mientras levantaba la pluma.
Ricardo soltó una risa seca. No creía en fantasmas. Los únicos demonios que le preocupaban eran los de la bolsa de valores y los que veía en el espejo cada mañana mientras se rasuraba.
Aparcó en su lugar reservado, justo al lado del elevador privado. Al subir, se miró en el espejo de las puertas metálicas. Tenía cuarenta y dos años, pero las ojeras bajo sus ojos lo hacían parecer de cincuenta. Su traje costaba lo que una familia promedio ganaba en un año, pero no podía comprarle una buena noche de sueño. “¿Para qué tanta lana, Ricardo?”, pensó. “¿Para qué tanto esfuerzo si llegas a una mansión vacía donde solo te espera el eco?”
El elevador subió con un zumbido casi imperceptible. Piso 10, Piso 20, Piso 30… Sus oídos se taparon ligeramente por la presión. Cuando las puertas se abrieron en el piso 42, el Penthouse Corporativo, las luces automáticas se encendieron en secuencia, iluminando un pasillo de mármol blanco que brillaba como una pista de hielo.
Todo estaba impecable. El aire olía a lavanda y a ese aroma particular de “oficina cara”: una mezcla de cuero nuevo, aire acondicionado y ambición. Ricardo caminó hacia su despacho, el sonido de sus zapatos Ferragamo resonando con un toc-toc-toc autoritario. A esa hora, el personal de limpieza de la compañía externa, Limpieza Total S.A., ya debería haber terminado su turno hace horas. El protocolo dictaba que el piso debía quedar vacío a las 9:00 p.m.
Sin embargo, al acercarse a la gran puerta de caoba de su oficina, algo lo detuvo en seco.
No fue un ruido fuerte. Fue algo mucho más inquietante en la soledad de la noche. Era un sonido rítmico, shhh, shhh, shhh, acompañado de un sollozo ahogado. Ricardo frunció el ceño. ¿Un animal? ¿Una fuga de agua? Se acercó con sigilo, el instinto de barrio que nunca había perdido del todo poniéndose en alerta.
—Ya no aguanto, Rosa… Me arden las manos —susurró una voz. Era una voz infantil, fina y quebradiza, como de un pajarito herido.
—Aguántate tantito, Lili, por favor. Ya casi acabamos. Si no terminamos la alfombra del jefe, Don Juárez nos va a reportar y van a correr a mi mamá. ¿Eso quieres? —respondió otra voz, igual de joven, pero intentando sonar firme, aunque el temblor en sus palabras la delataba.
Ricardo sintió un escalofrío recorrerle la espalda. ¿Niñas? ¿En su oficina? ¿A medianoche? La situación era absurda, imposible. Su mente lógica buscó explicaciones: tal vez el guardia trajo a sus nietas, tal vez era una alucinación por el cansancio.
Con el corazón latiéndole en la garganta, Ricardo puso la mano en la manija fría de la puerta. La giró lentamente, sin hacer ruido, y empujó la hoja de madera pesada.
La escena que se desplegó ante sus ojos lo golpeó con la fuerza de un tren.
Su oficina, ese santuario de poder donde había cerrado tratos de millones de dólares, estaba en penumbra, iluminada solo por la luz ámbar de la ciudad que entraba por los ventanales de piso a techo. Y allí, en medio de la inmensa alfombra persa, había dos figuras diminutas.
Eran gemelas. No podían tener más de nueve o diez años. Estaban vestidas con ropa que claramente no era suya: camisetas de propaganda política deslavadas que les llegaban a las rodillas y pantalones de mezclilla remendados. Sus pies calzaban unos tenis de tela desgastados, de esos que se compran en el tianguis y duran apenas unos meses.
Pero lo que hizo que a Ricardo se le cayera el alma a los pies fueron sus manos. Esas manitas pequeñas, que deberían estar sosteniendo muñecas o lápices de colores, estaban enguantadas en guantes de látex amarillo que les quedaban enormes. Una de ellas tallaba con frenesí una mancha invisible en el suelo, mientras la otra, la que había estado llorando, estaba sentada sobre sus talones, secándose las lágrimas con el antebrazo, dejando un rastro de suciedad en su mejilla morena.
—¡Apúrale, Lili! —insistió la que estaba de pie, tallando—. Mi mamá dice que el Señor De la Vega es bien exigente. Si ve una pelusa, se enoja.
Ricardo sintió una punzada de vergüenza ajena. ¿Así lo veían? ¿Como un ogro que se fijaba en las pelusas? Dio un paso adelante, y el piso de madera crujió bajo su peso.
El efecto fue inmediato. Las dos niñas dieron un respingo violento, como gatos callejeros sorprendidos en un callejón. Giraron la cabeza al mismo tiempo y, al ver la silueta alta y oscura de Ricardo en el umbral, soltaron los cepillos y retrocedieron hasta chocar contra el ventanal, con los ojos desorbitados por el terror.
—¡Perdón! ¡Perdónenos, señor! —gritó la que parecía ser la líder, poniéndose delante de su hermana con los brazos extendidos, como un escudo humano—. ¡No estábamos robando nada, se lo juro por Diosito!
Ricardo se quedó paralizado. El maletín se le resbaló de la mano y cayó al suelo con un golpe seco que hizo eco en la habitación. Ver el miedo puro en los ojos de esas niñas mexicanas le revolvió el estómago.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó Ricardo. Su voz salió ronca, más áspera de lo que quería.
La niña que estaba atrás, la que lloraba, empezó a hipar del susto.
—Somos… somos las hijas de Sara —dijo la valiente, temblando de pies a cabeza—. Sara Mendoza. La señora de la limpieza del turno de la noche.
—¿Y dónde está Sara? —Ricardo dio un paso hacia la luz para que vieran su rostro, para que vieran que no era un monstruo, aunque en ese momento se sentía como uno—. ¿Por qué carajos… por qué razón no está ella aquí?
—¡No la corra! —suplicó la niña, juntando las manos en un gesto de rezo—. ¡Por favor, jefecito, no la corra! Ella está enferma. Está muy mala. Tiene una fiebre que quema. Pero nos dijo que hoy venía el supervisor a revisar y que si faltaba una vez más, la iban a poner de patitas en la calle.
La niña tomó aire, hablando atropelladamente, con ese acento cantarín y humilde de los barrios bravos de la ciudad.
—Nosotras le dijimos que se quedara en la cama. Ella no quería, se quería levantar, pero se desmayó cuando intentó pararse. Así que le robamos la tarjeta de entrada y nos vinimos en el pesero. Sabemos limpiar, señor. Mi mamá nos ha enseñado. Mire… —señaló el escritorio de caoba con orgullo desesperado— ya le sacudimos el polvo a sus fotos y le acomodamos sus plumas. Todo está como a usted le gusta.
Ricardo miró su escritorio. Efectivamente, estaba inmaculado. Sus plumas Montblanc estaban alineadas perfectamente. El portarretratos de sus padres fallecidos estaba limpio, sin una mota de polvo.
Se acercó lentamente a ellas. Las niñas se encogieron, esperando un grito o un golpe. Ricardo se arrodilló, algo que no hacía frente a nadie, ni siquiera ante el Presidente. Quedó a la altura de sus ojos. Ahora podía verlas bien. Tenían el cabello negro azabache, un poco enmarañado, y la piel color canela. Eran hermosas, a pesar de la suciedad y el cansancio, con esa belleza mestiza, fuerte y noble que caracteriza a la gente de su tierra.
—¿Cómo se llaman? —preguntó, bajando la voz hasta convertirla en un susurro suave.
—Yo soy Rosa —dijo la mayor, bajando un poco la guardia, aunque seguía con los puños apretados—. Y ella es mi hermana Lili.
—¿Qué edad tienen, Rosa?
—Nueve años, señor.
—¿Y qué hacen aquí a las doce de la noche? ¿No deberían estar dormidas para ir a la escuela mañana?
Lili, que había estado callada, soltó un sollozo que le rompió el corazón a Ricardo.
—Tengo hambre, Rosa… —susurró la pequeña, olvidando por un segundo al gigante de traje frente a ella.
Ricardo miró las manos de Lili. Estaban rojas, irritadas por el cloro y el desengrasante. Se quitó el saco y lo puso sobre una silla cercana.
—A ver, a ver… —Ricardo se levantó y caminó hacia el frigobar que tenía escondido tras un panel de madera. Lo abrió. Estaba lleno de botellas de agua Perrier, jugos importados y, gracias a Dios, unos sándwiches de jamón serrano y queso brie que su asistente había dejado de la junta de la tarde.
Sacó todo lo que pudo cargar.
—Vengan acá. Siéntense en el sofá.
Las niñas dudaron.
—Pero… el señor Juárez va a venir y…
—¡Al diablo con el señor Juárez! —exclamó Ricardo, y al ver que se asustaban de nuevo, corrigió el tono—. Yo soy el dueño de este edificio, chamacas. Yo mando aquí. Y yo digo que se sienten a comer.
Las niñas obedecieron tímidamente, sentándose en el borde del sofá de piel italiano que costaba más que su casa entera. Ricardo les entregó los sándwiches y los jugos. Al principio comieron despacio, por educación, pero el hambre las traicionó y en segundos estaban devorando la comida.
Ricardo las observaba, y una memoria dolorosa lo asaltó. Recordó una noche, hacía treinta años, en Iztapalapa. Su madre había llegado tarde de trabajar lavando ropa ajena. No había comida en casa. Él y su hermana lloraban de hambre. Su madre, con las manos agrietadas por el jabón, había hervido agua con un poco de canela y tortilla dura para engañar al estómago. “Echale ganas, mijo”, le decía ella siempre. “Estudia para que nunca tengas que tronarte los dedos por un taco”.
Él había estudiado. Había trabajado como bestia. Había salido del barrio. Pero al ver a estas niñas, se dio cuenta de que el barrio no había salido de él, y que había olvidado lo más importante: la empatía.
—Dicen que su mamá está muy enferma —dijo Ricardo cuando vio que habían terminado de comer.
—Sí —asintió Rosa, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Tiene mucha tos y le suena el pecho como si tuviera piedritas. Y está hirviendo.
—¿La ha visto un doctor?
—No tenemos dinero para el doctor, señor. Fuimos al Simi, pero las medicinas costaban quinientos pesos y solo teníamos para los pasajes y las tortillas de la semana. Mamá dijo que se curaría con té de gordolobo y aspirinas, pero cada vez está peor.
Ricardo sintió una ira fría, no contra ellas, sino contra el sistema, contra la empresa de limpieza que explotaba a sus trabajadores, y contra sí mismo por permitir que eso pasara bajo su techo.
—¿Cómo llegaron aquí?
—En camión y luego caminando —dijo Lili—. Nos da miedo la calle, pero nos agarramos de la mano y corremos en los pedazos oscuros.
Ricardo miró su reloj. Casi la una de la mañana. Dos niñas de nueve años cruzando la ciudad solas, trabajando de ilegales para salvar a su madre. Era la cosa más valiente y más triste que había escuchado en su vida.
Se puso de pie, tomó su saco y su maletín, y luego agarró las llaves de su Mercedes.
—Vámonos —dijo con determinación.
—¿A dónde? —preguntó Rosa, asustada de nuevo—. ¿Nos va a llevar a la delegación?
—No —dijo Ricardo, apagando las luces de la oficina—. Vamos a ir a ver a su mamá.
—Pero… no hemos acabado los baños…
—Hoy no se limpian baños. Hoy vamos a arreglar esto.
Las guió hacia el elevador. Mientras descendían, Ricardo miró a las dos pequeñas reflejadas en el metal pulido de la cabina. Se veían tan frágiles junto a él.
—Oiga, señor… —dijo Rosa bajito, sin mirarlo.
—Dime, Rosa.
—¿Usted es… usted es millonario?
Ricardo suspiró, sintiendo el peso de su cartera y el vacío de su alma.
—Tengo mucho dinero, Rosa. Sí.
—Ah… —dijo la niña—. Mi mamá dice que el dinero no compra la felicidad, pero compra medicinas. Ojalá yo fuera millonaria para comprarle medicina a mi mamá.
Esas palabras se clavaron en el pecho de Ricardo como un puñal. El elevador llegó al sótano con un ding suave.
—Hoy es tu día de suerte, Rosa —dijo Ricardo abriendo la puerta del auto para ellas—. Porque vamos a conseguir esas medicinas. Y mucho más. Súbanse.
El motor del Mercedes rugió, y mientras salían del estacionamiento hacia la noche fría de la Ciudad de México, Ricardo supo que esa noche no iba a dormir. Pero por primera vez en años, no le importaba. Tenía una misión. Una misión real, no de negocios, sino de vida o muerte. Iba a conocer a Sara Mendoza, la mujer capaz de inspirar tanta lealtad y sacrificio en dos pequeñas guerreras. Y Dios le ayudara al que intentara detenerlo.
CAPÍTULO 2: La Travesía hacia la Realidad
El motor del Mercedes-Benz S-Class cobró vida con un ronroneo suave, casi imperceptible, contrastando violentamente con el estruendo emocional que Ricardo sentía en el pecho. Al salir de la rampa del estacionamiento de la Torre Reforma, la ciudad los recibió con una llovizna fría, de esa que en México llaman “chipi-chipi”, que hacía brillar el asfalto como si fuera piel de serpiente.
—¿Tienen frío? —preguntó Ricardo, mirando por el retrovisor.
Rosa y Lili estaban hundidas en los asientos de cuero traseros, tan amplios que sus pies apenas rozaban el tapete. Parecían dos muñequitas extraviadas en una nave espacial.
—No, señor… digo, don Ricardo —respondió Rosa, acariciando la vestidura de la puerta con reverencia—. Está calientito aquí adentro. Huele a… a coche nuevo.
—Huele a rico, como a la tienda departamental donde mamá nos lleva a ver los adornos de Navidad —añadió Lili, cuyos párpados luchaban por cerrarse.
Ricardo encendió la calefacción de los asientos.
—Díganme por dónde, Rosa. Ustedes son las capitanas de este barco.
—Tiene que agarrar el Periférico hacia el sur, señor —indicó la niña con una seguridad sorprendente para su edad—. Y luego nos vamos a salir por Ermita Iztapalapa. Vivimos en la colonia Santa Martha, por las torres de luz.
Ricardo asintió y giró el volante. El trayecto sería largo. Cruzar la Ciudad de México de noche era como viajar a través de diferentes épocas y estratos sociales en cuestión de minutos. Dejaron atrás los rascacielos de cristal y acero de Reforma, que se alzaban como gigantes indiferentes bajo la lluvia, y se incorporaron a la vía rápida.
El silencio en el auto era denso, pero no incómodo. Ricardo observaba a las niñas por el espejo. Lili ya se había quedado dormida, con la cabeza recargada en el hombro de su hermana. Rosa, sin embargo, mantenía la guardia alta, sus ojos oscuros fijos en la carretera, vigilando el camino como si temiera que en cualquier momento Ricardo cambiara de opinión y las llevara a una estación de policía.
—No voy a secuestrarlas, Rosa —dijo Ricardo suavemente, rompiendo el silencio—. Te doy mi palabra de honor.
La niña se sobresaltó al ser descubierta.
—No creo que sea malo, señor. Es solo que… mamá dice que no hay que confiar en los extraños, y menos en los que tienen dinero. Dice que la gente rica a veces piensa que puede comprarlo todo.
Ricardo sintió el golpe de esas palabras. Tenía razón.
—Tu mamá es una mujer sabia. Pero a veces, Rosa, la gente rica también puede recordar de dónde viene. Yo no siempre tuve este coche, ¿sabes?
Rosa lo miró con curiosidad, frunciendo el ceño.
—¿A poco no?
—No. Cuando tenía tu edad, vivía en una casa con techo de lámina. Cuando llovía así —señaló el parabrisas—, teníamos que poner cubetas en las camas porque se goteaba todo. Mi mamá también trabajaba limpiando casas ajenas.
Los ojos de Rosa se abrieron como platos. Esa confesión creó un puente invisible entre el hombre del traje italiano y la niña de los tenis rotos.
—¿Y cómo le hizo? —preguntó ella—. Para tener todo esto.
—Estudiando mucho, trabajando como burro y… —Ricardo dudó— y teniendo un poco de suerte. Pero a veces, Rosa, cuando ganas mucho de una cosa, pierdes mucho de otra.
—¿Qué perdió usted?
—La capacidad de ver lo que realmente importa —murmuró Ricardo, más para sí mismo que para ella.
El paisaje urbano comenzó a cambiar drásticamente. Las luces blancas y modernas del segundo piso del Periférico dieron paso a las luces amarillentas y parpadeantes de la zona oriente. Los edificios de lujo desaparecieron, reemplazados por mares interminables de casas grises de autoconstrucción, con varillas saliendo de los techos como dedos suplicando al cielo por un piso más que nunca se construyó.
Salieron de la vía rápida y entraron al laberinto de Iztapalapa. El Mercedes, diseñado para las autobahns alemanas, sufría con cada bache y tope de las avenidas mal pavimentadas. Aquí, la ciudad tenía otro ritmo. A pesar de ser casi la una y media de la madrugada, había vida: taquerías con el trompo de pastor girando, perros callejeros buscando refugio de la lluvia, y grupos de jóvenes en las esquinas bajo la luz tenue de las lámparas de mercurio.
Ricardo sintió una tensión familiar en el estómago. Era el barrio. Su barrio, o al menos, uno muy parecido al que lo vio nacer. El olor era inconfundible: una mezcla de tierra mojada, grasa de comida callejera y el humo denso de los camiones de carga.
—Es allá adelante, por la farmacia que tiene la luz roja —señaló Rosa, despertando a Lili con un codazo suave—. Lili, despierta, ya vamos a llegar.
Ricardo giró en una calle estrecha. Las casas aquí se veían más deterioradas. Grafitis cubrían las paredes, y la basura se amontonaba en las esquinas porque el camión recolector no pasaba seguido.
—Aquí es —dijo Rosa.
Ricardo detuvo el auto frente a un edificio de tres pisos pintado de un azul descarapelado que alguna vez debió ser brillante. La fachada estaba triste, pero Ricardo notó detalles que hablaban de dignidad en medio de la carencia: la banqueta estaba barrida, y en las ventanas con rejas oxidadas había macetas hechas de botes de plástico con geranios y nubes que intentaban florecer.
—¿Es seguro dejar el carro aquí? —preguntó Ricardo, evaluando el entorno. Un grupo de hombres bebía cerveza en la banqueta de enfrente y miraban el auto de lujo con una mezcla de hostilidad y codicia.
—Don Chuy, el de la tienda, tiene cámara —dijo Rosa inocentemente—. Y mi mamá dice que a los vecinos se les respeta. Pero mejor ciérrele bien.
Ricardo apagó el motor y respiró hondo. Estaba a punto de entrar en un mundo que había dejado atrás hacía décadas. Se quitó el reloj Rolex y lo guardó en la guantera, no por miedo a que se lo robaran, sino por vergüenza de portar algo que costaba más que todo ese edificio junto.
Bajaron del auto. La lluvia había arreciado. Ricardo se quitó el saco y cubrió a Lili, quien tiritaba de frío.
—Vamos, rápido —instó.
Entraron al edificio. El zaguán olía a humedad, a cloro barato y a frijoles refritos. No había luz en la planta baja, solo la iluminación prestada de la calle. Subieron por las escaleras de concreto pulido por el uso. En el primer piso se escuchaba una cumbia a volumen bajo y el llanto de un bebé. En el segundo piso, una pelea doméstica amortiguada por las paredes delgadas.
—Es en el tercero, el 302 —susurró Rosa, jadeando un poco por el esfuerzo.
Llegaron a la puerta. Era de metal, pintada de café, con un número de latón torcido. Rosa sacó una llave que llevaba colgada al cuello con un estambre rojo. Antes de abrir, miró a Ricardo con terror renovado.
—Señor… mi mamá se va a asustar. Ella es muy orgullosa. No le gusta pedir ayuda. Por favor, no se enoje si le grita. Es que… tiene miedo.
—Déjame hablar a mí, Rosa. Abre.
La niña giró la llave y empujó la puerta.
—¿Mamá? —llamó con voz temblorosa—. ¡Mamá, ya llegamos!
El departamento era minúsculo. Ricardo tuvo que agachar la cabeza instintivamente al pasar el marco de la puerta. Era un solo espacio que funcionaba como sala, comedor y cocina, con dos puertas al fondo que debían ser las recámaras y el baño.
Pero lo que impactó a Ricardo no fue la pobreza, sino la limpieza obsesiva y el amor que impregnaba cada rincón. El piso de cemento estaba tan encerado que brillaba. Los muebles eran viejos, rescatados seguramente de ventas de garaje o de la basura, pero estaban cubiertos con carpetitas tejidas a mano. En las paredes no había pintura cara, sino dibujos infantiles pegados con cinta adhesiva, diplomas escolares enmarcados con cartón y un pequeño altar a la Virgen de Guadalupe con una veladora encendida.
—¿Niñas? —una voz débil, rasposa y llena de pánico salió de la habitación del fondo. Se escuchó el rechinar de unos resortes viejos y unos pasos arrastrados.
Sara Mendoza apareció en el umbral.
Ricardo sintió que el tiempo se detenía. A pesar de la enfermedad que la consumía, Sara era de una belleza impactante. Tenía el cabello negro y largo, pegado a la frente por el sudor de la fiebre. Sus pómulos eran altos y marcados, y sus ojos, grandes y oscuros, brillaban con una intensidad febril. Llevaba una bata de franela desgastada y se sostenía del marco de la puerta para no caerse.
Al ver a un hombre alto y desconocido en medio de su sala, el instinto maternal superó a la debilidad física. Sara se enderezó, tambaleándose, y buscó con la mirada algo con qué defenderse, agarrando un viejo paraguas que estaba recargado en la pared.
—¿Quién es usted? —gruñó, su voz rompiéndose por la tos—. ¡Aléjese de mis hijas! ¡Niñas, vengan acá, rápido!
Rosa y Lili corrieron hacia ella, abrazándola por la cintura. Sara casi pierde el equilibrio por el impacto, pero las envolvió con sus brazos, mirando a Ricardo como una leona herida mira a un cazador.
—¡Mamá, no! —gritó Rosa—. Es el jefe. Es el señor Ricardo.
—¿El jefe? —Sara parpadeó, confundida, la fiebre nublando su juicio—. ¿El señor De la Vega?
Sus ojos recorrieron la figura de Ricardo, desde los zapatos de diseñador manchados de lodo hasta la camisa blanca impecable, ahora mojada por la lluvia. La comprensión la golpeó y su rostro palideció aún más, tornándose de un tono grisáceo.
—Oh, Dios mío… —susurró, soltando el paraguas, que cayó con estrépito—. Se dio cuenta. Fueron a la oficina… Perdóneme. Por favor, señor, perdóneme. No las castigue a ellas. Fue mi culpa. Yo… yo soy la responsable. No llame a la policía, se lo suplico.
Sara comenzó a temblar violentamente y sus piernas cedieron.
—¡Mamá! —gritaron las gemelas al unísono.
Ricardo reaccionó con una velocidad que no sabía que tenía. Cruzó la pequeña sala en dos zancadas y atrapó a Sara antes de que golpeara el suelo. Su cuerpo estaba hirviendo. El calor que emanaba de ella traspasaba la camisa mojada de Ricardo. Era como sostener un carbón encendido.
—Tranquila, Sara. Nadie va a llamar a la policía —dijo Ricardo, sosteniéndola con firmeza. La sentó en el pequeño sofá que crujió bajo el peso de ambos—. Niñas, traigan agua. Y una toalla mojada con agua fría. ¡Rápido!
Las niñas corrieron a la cocina. Ricardo miró a Sara. Ella luchaba por mantener los ojos abiertos, su respiración era un silbido agudo y doloroso. Cada vez que inhalaba, parecía que se le rompían las costillas.
—Tiene neumonía —diagnosticó Ricardo, reconociendo el sonido. Su propia madre había muerto de eso años atrás por falta de atención médica. El pánico lo invadió, pero lo transformó en acción.
Sacó su celular. Tenía señal, gracias a Dios. Marcó un número que sabía de memoria.
—¿Bueno? —contestó una voz adormilada al tercer tono.
—Martínez, soy Ricardo De la Vega. No preguntes, solo escucha. Te necesito. Ahora.
—Ricardo, son las dos de la mañana…
—Me vale madres la hora, Arturo. Es una emergencia de vida o muerte. Te voy a mandar una ubicación por WhatsApp. Trae tu maletín, antibióticos fuertes, todo lo que tengas para tratar una neumonía avanzada y deshidratación severa. Y trae un tanque de oxígeno portátil.
—Ricardo, si es tan grave, llévala a un hospital.
—No. No la voy a mover. Está muy débil y está lloviendo a cántaros. Si la saco al frío se me muere en el camino. Ven tú. Te pago el triple de tu tarifa de urgencia. Y Arturo… si no llegas en treinta minutos, búscate otro paciente millonario porque conmigo te acabaste.
Colgó sin esperar respuesta y envió la ubicación.
Sara lo miraba con los ojos entrecerrados, luchando contra la niebla de la fiebre.
—No… no tengo dinero para pagarle a un doctor privado… —balbuceó, intentando apartar la mano de Ricardo de su frente—. Déjeme, por favor. Solo necesito dormir. Mañana tengo que ir a limpiar el piso siete…
—Usted no va a limpiar nada mañana, Sara —dijo Ricardo, tomando la toalla mojada que Rosa le extendía y colocándola con delicadeza sobre la frente de la mujer—. Y no va a pagar nada. Usted ha estado cuidando mi edificio por dos años. Ahora me toca a mí cuidar de usted.
Sara intentó protestar, su orgullo luchando contra su biología, pero una tos violenta la dobló por la mitad. Escupió flema con sangre en un pañuelo que sacó de su bata. Ricardo vio la mancha roja y sintió un hueco en el estómago. Estaba mucho peor de lo que pensaba.
—Rosa, Lili —dijo Ricardo, tratando de mantener la voz calmada para no aterrorizarlas más—. Necesito que busquen cobijas. Todas las que tengan. Su mamá tiene escalofríos y necesitamos mantenerla caliente pero bajarle la fiebre de la cabeza.
Las niñas obedecieron al instante. Ricardo se quedó solo con Sara por un momento. Miró alrededor del departamento. En una mesita lateral, vio una foto de Sara más joven, graduada de la preparatoria, sonriendo con una luz que ahora parecía apagada. Junto a ella, había recibos de farmacia, avisos de cobro de renta vencida y una carta del banco con letras rojas de “ÚLTIMO AVISO”.
La realidad de la vida de Sara lo golpeó. Esta mujer no solo estaba enferma; se estaba matando trabajando para sostener un castillo de naipes que se derrumbaba. Y aun así, sus hijas estaban bien alimentadas (aunque fuera con lo justo), vestidas y educadas. Sara se quitaba el pan de la boca para dárselo a ellas. Ricardo miró sus propias manos, suaves, cuidadas con manicura, manos que solo firmaban cheques y sostenían copas de cristal. Se sintió pequeño, insignificante al lado de la fuerza titánica de esta madre soltera.iera.
—¿Por qué…? —susurró Sara, abriendo los ojos de nuevo, mirándolo con una mezcla de confusión y gratitud—. ¿Por qué hace esto? Usted es el dueño de la torre. Nosotras somos… nada.
—No diga eso nunca más —dijo Ricardo con una intensidad que lo sorprendió—. Ustedes no son “nada”. Sus hijas… sus hijas son lo más valiente que he visto en mi vida. Entraron a la cueva del lobo para salvarla a usted. Y yo… yo solo soy un hombre con mucha suerte que llegó tarde, pero llegó.
El Dr. Martínez llegó en tiempo récord. Su auto, un BMW discreto, debió haber llamado la atención en el barrio tanto como el de Ricardo. Entró al departamento con su maletín, visiblemente incómodo por el entorno, pero al ver a la paciente, su profesionalismo tomó el control.
Ricardo se apartó para dejarlo trabajar. Se fue a la pequeña cocina donde las gemelas estaban sentadas en el suelo, abrazadas a un oso de peluche al que le faltaba un ojo.
—¿Tienen hambre? —preguntó Ricardo. Ellas asintieron.
Abrió el refrigerador. Estaba dolorosamente vacío: medio cartón de leche, unos huevos, tortillas duras y un frasco de mayonesa. Nada más.
Sintió que la ira volvía a subirle por la garganta. Ira contra el mundo, contra el padre que las abandonó, contra la sociedad que permite esto. Tomó su celular de nuevo y abrió una aplicación de entrega de comida.
—¿Qué les gusta? ¿Pizza? ¿Tacos? ¿Pollo?
—¿Pizza? —preguntó Lili, iluminándosele la cara—. ¿De la que tiene orilla de queso? Solo la hemos comido una vez en mi cumpleaños.
—Pizza con orilla de queso será. Y alitas. Y espagueti. Y postre.
Mientras esperaban la comida y el diagnóstico del doctor, Ricardo se sentó en una silla de madera coja frente a las niñas.
—Cuéntenme de su mamá —pidió—. Necesito saber.
—Mi mamá es una reina —dijo Rosa, sin dudarlo—. Antes quería ser arquitecta. Tiene muchos libros de dibujo. Pero cuando nacimos nosotras y mi papá se fue… tuvo que dejar la escuela.
—¿Su papá se fue?
—Sí. Dijo que dos bebés eran mucho problema y que no tenía dinero para mantenernos —explicó Rosa con una madurez que dolía—. Mamá dice que se fue al norte, al “gabacho”, pero nunca mandó nada.
—Ella trabaja en tres lados —añadió Lili—. En su edificio en la noche, en una cafetería en la mañana y lavando ropa los fines de semana. Dice que quiere juntar dinero para que nosotras vayamos a la universidad y no tengamos que limpiar pisos.
Ricardo tragó saliva. Tres trabajos. Y él se quejaba de sus juntas de consejo de tres horas con aire acondicionado y café gourmet.
El Dr. Martínez salió de la habitación, secándose el sudor de la frente. Ricardo se levantó de un salto.
—¿Cómo está?
—Estable, por ahora —dijo el médico en voz baja—. Le puse una inyección fuerte de antibiótico y un corticoide para desinflamar los pulmones. Está conectada al oxígeno. Necesita reposo absoluto, Ricardo. Al menos dos semanas. Cero esfuerzo. Buena comida. Si se levanta mañana, recaerá y la próxima vez no la cuenta.
Ricardo asintió, su rostro endurecido por la determinación.
—No se va a levantar. Yo me encargo.
—Ricardo… —el doctor miró alrededor, bajando la voz—. No puedes quedarte aquí. Este lugar no es seguro para ti. Y francamente, no sé qué estás jugando a ser el buen samaritano, pero ya hiciste suficiente. Pagaste la consulta, las medicinas. Vámonos.
Ricardo miró al doctor, luego miró a las niñas que devoraban con los ojos la caja de pizza que el repartidor acababa de entregar en la puerta (quien, por cierto, había mirado a Ricardo como si fuera un marciano).
—Tú vete, Arturo. Gracias por venir. Mándame la factura.
—¿Te vas a quedar? ¿Aquí? —el médico estaba incrédulo.
—Alguien tiene que vigilar que no se quite el oxígeno. Y alguien tiene que asegurarse de que estas niñas coman y duerman seguras.
—Es una locura.
—No, Arturo. Locura es que haya gente viviendo así mientras nosotros tiramos comida en nuestras cenas de gala. Vete con cuidado.
El médico se fue, moviendo la cabeza. Ricardo cerró la puerta y pasó el cerrojo. Se quitó la corbata definitivamente y se arremangó la camisa de mil dólares.
—Bueno, niñas —dijo, tomando una rebanada de pizza y sentándose en el suelo con ellas—. A comer. Y luego, me van a enseñar dónde guarda su mamá las cobijas extra, porque voy a dormir en ese sillón de ahí.
Rosa lo miró con los ojos llenos de lágrimas contenidas.
—¿De verdad se va a quedar? ¿No le da asco nuestra casa?
Ricardo sonrió, una sonrisa triste pero genuina.
—Rosa, esta casa tiene más dignidad que mi mansión de tres pisos. No me da asco. Me da honor que me dejen estar aquí.
Mientras la lluvia golpeaba la ventana y la respiración de Sara se volvía más rítmica y tranquila en la habitación contigua, Ricardo De la Vega, el Tiburón de Santa Fe, comió pizza fría sentado en el suelo de un departamento en Iztapalapa. Y por primera vez en su vida adulta, sintió que estaba exactamente donde tenía que estar. No sabía cómo, pero iba a arreglar la vida de estas tres mujeres. Lo juró por la memoria de su propia madre. Y Ricardo De la Vega nunca rompía un contrato, mucho menos uno hecho con el corazón.
CAPÍTULO 3: Amanecer en el Barrio y una Propuesta de Vida
El sonido que despertó a Ricardo no fue la alarma suave y progresiva de su iPhone de última generación, ni el silencio hermético de su mansión en Lomas de Chapultepec. Fue un grito agudo, metálico y repetitivo que se colaba por las ventanas de aluminio delgado:
“¡El gaaas! ¡Gas el Milagrooo! ¡Lleve su gaaas!”
Ricardo abrió un ojo, desorientado. Su espalda protestó de inmediato. El sofá de la señora Sara tenía un resorte asesino que se le había clavado justo entre las costillas durante las escasas tres horas que había logrado dormir. Se incorporó con dificultad, estirando los brazos, y el crujido de sus vértebras sonó como ramas secas rompiéndose.
Miró a su alrededor. La luz de la mañana entraba sin permiso por las cortinas de tela barata, iluminando las partículas de polvo que bailaban en el aire. No estaba soñando. Estaba en un departamento de interés social en Iztapalapa, con el traje arrugado y los pies entumecidos.
Se levantó y caminó de puntitas hacia la habitación de Sara. La puerta estaba entreabierta. Se asomó con cautela. Sara dormía profundamente, su respiración ya no era el silbido agónico de la noche anterior, sino un ritmo más pausado, aunque todavía pesado. El tanque de oxígeno portátil zumbaba suavemente a su lado. A los pies de la cama, sobre un tapete tejido a mano, Rosa y Lili dormían hechas ovillo, abrazadas a unas cobijas de San Marcos con estampado de tigres.
Ricardo sintió una opresión en el pecho, pero esta vez no era angustia, era algo parecido a la ternura, un sentimiento que creía atrofiado por años de calcular riesgos y beneficios financieros.
Salió de la habitación y fue a la cocina. Tenía hambre, y suponía que las “chamacas” despertarían famélicas. Abrió el refrigerador otra vez, esperando milagrosamente que hubiera aparecido comida durante la noche. Nada. Solo la luz pálida iluminando la parrilla vacía.
—Bueno, Ricardo —se dijo a sí mismo en voz baja—. Si puedes cerrar un trato de quinientos millones de dólares con los japoneses, puedes conseguir desayuno en Iztapalapa.
Buscó sus zapatos, se puso el saco arrugado para disimular la camisa desabotonada y salió del departamento, asegurándose de llevar las llaves que Rosa había dejado en la mesa.
El pasillo del edificio olía a Suavitel y a cebolla frita. Al salir a la calle, el barrio lo golpeó con toda su vitalidad caótica. A diferencia de su zona residencial, donde las calles estaban desiertas y silenciosas, aquí la vida bullía a las siete de la mañana. Señoras barriendo la banqueta y echando agua para asentar el polvo, niños con uniformes escolares gris con verde corriendo para alcanzar el microbús, y puestos ambulantes instalándose en las esquinas.
Ricardo caminó hacia la “Miscelánea La Esperanza” que había visto la noche anterior. Su presencia no pasó desapercibida. Un hombre de casi dos metros, güero, con ropa de marca (aunque arrugada) y zapatos Ferragamo caminando entre los baches y los perros callejeros era un espectáculo. Las miradas eran una mezcla de curiosidad y desconfianza.
Entró a la tiendita.
—Buenos días —saludó al encargado, un señor robusto que leía el periódico Metro.
—Días —respondió el tendero sin levantar la vista, hasta que notó los zapatos de Ricardo. Bajó el periódico lentamente—. ¿Qué se le ofrece, jefe? ¿Se le perdió el Uber o qué?
Ricardo sonrió levemente.
—Algo así. Necesito huevos, leche, pan de caja, jamón… ¿tiene fruta?
—Plátanos y unas manzanas que ya están medio pasadonas, pero aguantan.
—Démelas todas. Y también un paquete de café soluble, azúcar y… ¿qué más comen las niñas? Unas galletas de esas de animalitos.
El tendero puso todo en el mostrador.
—Son doscientos cuarenta pesos.
Ricardo sacó su cartera de piel de cocodrilo y extrajo un billete de mil pesos, el más pequeño que tenía.
El tendero se rio, una risa ronca y burlona.
—No manche, patrón. ¿A poco cree que soy banco? No tengo cambio de eso. Apenas voy abriendo la caja.
Ricardo se quedó paralizado. Estaba acostumbrado a pagar todo con su tarjeta Black American Express o con transferencias. No tener cambio era un problema de “gente normal” que él había olvidado.
—Quédese con el cambio —dijo Ricardo, impaciente.
—No, jefe, tampoco. Luego van a decir que se lo robé. Vaya ahí enfrente con Doña Pelos, la de los tamales, a ver si le cambia. Cómprele una guajolota para que no le haga jeta.
Ricardo suspiró, tomó su billete y cruzó la calle. La señora de los tamales, una mujer mayor con un delantal impecable, lo miró con sospecha mientras removía la olla de atole hirviendo.
—Buenos días. ¿Me da un tamal de verde y me cambia uno de mil? —pidió Ricardo con su mejor voz de negociador.
La mujer lo escaneó de arriba abajo.
—Si me compra dos atoles también, sí. Si no, no hay feria.
Cinco minutos después, Ricardo regresaba al departamento cargando bolsas de plástico llenas de mandado, dos atoles de champurrado y tres tortas de tamal, sintiéndose más victorioso que cuando compró su primer yate.
Al entrar, el olor a café y tamales despertó a las niñas.
—¿Señor Ricardo? —Lili apareció en la cocina, tallándose los ojos, con el cabello alborotado—. Pensé que se había ido.
—No me voy a ir a ningún lado, Lili. No hasta que tu mamá esté bien. Vengan a desayunar.
Ricardo, el hombre que tenía chefs privados, se puso a cocinar huevos revueltos. Fue un desastre cómico. No sabía prender la estufa con cerillos (su cocina era de inducción magnética), así que Rosa tuvo que enseñarle, riéndose disimuladamente cuando él saltó asustado por el flamazo del quemador. Quemó un poco el jamón y se le cayó un cascarón en la mezcla, pero cuando sirvió los platos en la mesa de formaica, las niñas lo miraron como si fuera un chef con estrellas Michelin.
—Está rico —dijo Rosa con la boca llena, aunque el huevo le faltaba sal.
—Gracias, chef Rosa —bromeó Ricardo, tomando un sorbo del atole que, honestamente, estaba delicioso.
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió. Sara apareció, apoyándose en la pared. Ya no tenía la fiebre delirante de la noche anterior, pero se veía pálida y frágil como una figura de porcelana a punto de quebrarse. Llevaba su bata vieja bien cerrada, intentando preservar su dignidad ante el extraño que había invadido su hogar.
Ricardo se levantó de inmediato.
—Sara, no debería levantarse. El doctor dijo reposo absoluto.
—Necesitaba ir al baño —dijo ella con voz ronca, pero firme—. Y necesitaba ver que mis hijas estuvieran bien. Y… saber que no fue un sueño que mi jefe estaba durmiendo en mi sofá.
Las niñas corrieron a abrazarla con cuidado.
—¡Mamá! El señor Ricardo hizo huevos. Y compró tamales. Y trajo leche.
Sara miró la mesa llena de comida, luego miró a Ricardo. Sus ojos oscuros se llenaron de lágrimas que se negó a derramar.
—Señor Ricardo, no sé cómo pagarle todo esto. La medicina, el doctor, la comida…
—Siéntese, Sara. Por favor.
La ayudó a sentarse en la cabecera de la mesa. Le sirvió un vaso de leche tibia y le puso un plato con fruta picada.
—No tiene que pagarme nada con dinero —dijo Ricardo, sentándose frente a ella. Su tono de voz cambió. Ya no era el vecino amable, era el empresario. Pero un empresario con corazón—. Sara, tenemos que hablar seriamente. Las niñas, vayan a la recámara a jugar un ratito. Cierren la puerta.
Rosa y Lili, percibiendo la seriedad del momento, tomaron sus galletas y obedecieron.
El silencio en la cocina se hizo pesado, solo roto por el zumbido del refrigerador viejo.
—Voy a ser directo, Sara, porque no tenemos tiempo para rodeos —empezó Ricardo, cruzando las manos sobre la mesa—. Lo que vi anoche… no puede volver a pasar. Nunca.
Sara bajó la mirada, avergonzada.
—Lo sé. Fue desesperación. El señor Juárez me dijo que si faltaba…
—El señor Juárez está despedido —la interrumpió Ricardo secamente—. Llamé a Recursos Humanos a las seis de la mañana. Ese hombre extorsionaba a los empleados y permitía condiciones inseguras. Ya no trabaja para mí. Y la empresa de limpieza externa también va para afuera. Voy a contratar al personal directamente.
Sara abrió los ojos, sorprendida.
—¿Entonces… tengo trabajo?
—No —dijo Ricardo. Sara sintió que el mundo se le caía encima—. No tiene ese trabajo. Usted no va a volver a limpiar pisos en la Torre Reforma. Sus pulmones no aguantan los químicos, y sinceramente, usted está sobrecalificada para eso.
—Señor, por favor… necesito el dinero. Hago lo que sea.
—Lo sé. Por eso le tengo una contraoferta.
Ricardo sacó de su saco una libreta pequeña y una pluma Montblanc.
—Mire mi vida, Sara. Soy un hombre que maneja una empresa de miles de empleados, pero no soy capaz de manejar mi propia casa. Mi mansión es un desastre logístico. Tengo personal que entra y sale, jardineros que no hacen nada, cocineros que compran comida que se echa a perder porque nunca estoy. Nadie supervisa nada. Es un caos costoso y solitario.
Sara lo escuchaba, confundida. ¿A dónde iba con esto?
—Necesito un Gerente de Hogar. No una sirvienta, Sara. Un administrador. Alguien que coordine los horarios del personal, que lleve las cuentas de la casa, que se asegure de que la despensa esté llena y que las sábanas estén limpias. Alguien de confianza absoluta. Alguien que sepa lo que cuesta ganarse un peso y que valore la honestidad.
Ricardo se inclinó hacia adelante.
—Le ofrezco el puesto a usted.
Sara soltó una risa nerviosa, incrédula.
—¿A mí? Señor, yo limpio baños. No tengo experiencia en administrar mansiones.
—Usted administra una casa con tres sueldos miserables, mantiene a dos niñas impecables, educadas y felices, y su casa brilla más que la mía. Usted hace milagros con centavos, Sara. Imagínese lo que podría hacer con un presupuesto real.
Sara negó con la cabeza, su orgullo saliendo a flote.
—Señor Ricardo, agradezco su caridad, de verdad. Pero no puedo aceptar un puesto inventado por lástima. No soy una limosnera.
—No es caridad —replicó Ricardo con firmeza—. Es negocios. Le voy a pagar treinta mil pesos al mes, libres de impuestos. Seguro de gastos médicos mayores para usted y las niñas. Vacaciones pagadas. Y lo más importante: vivienda.
—¿Vivienda?
—En mi propiedad hay una casa de huéspedes. Es pequeña, de dos recámaras, está en el jardín trasero. Está amueblada pero vacía. Sería parte de su contrato vivir ahí para supervisar la propiedad 24/7. Las niñas tendrían su propio espacio. Hay un colegio privado a tres cuadras de mi casa; yo cubriría las colegiaturas como parte de sus prestaciones laborales.
Sara se quedó muda. Treinta mil pesos. Seguro médico. Escuela privada. Era más de lo que jamás había soñado ganar. Era la salida del laberinto de pobreza en el que llevaba años atrapada. Pero sonaba demasiado bueno para ser verdad.
—¿Y qué pide a cambio? —preguntó ella, mirándolo fijamente a los ojos, buscando alguna intención oculta. Había aprendido a la mala que los hombres con dinero rara vez daban algo a cambio de nada—. ¿Qué espera de mí realmente, Ricardo?
Ricardo sostuvo su mirada sin parpadear. Entendió la pregunta implícita. Entendió el miedo de una mujer que ha sido vulnerable.
—Espero profesionalismo, Sara. Espero que mi casa deje de ser un hotel frío y empiece a funcionar como un hogar. Espero honestidad. Y espero que se cure, porque no me sirve una empleada enferma. Eso es todo. No hay letras chiquitas. No hay intenciones ocultas. Respeto a usted y a sus hijas más de lo que respeto a la mayoría de mis socios.
Sara miró hacia la puerta cerrada de la habitación donde estaban sus hijas. Pensó en Lili y su corazón delicado. Pensó en Rosa y su inteligencia que se desperdiciaba en una escuela pública con maestros faltistas. Pensó en el frío que hacía en este departamento en invierno y en el miedo que sentía cada vez que regresaba de noche en el pesero.
Ricardo vio la duda en sus ojos y jugó su última carta.
—Sara, si no lo hace por usted, hágalo por ellas. Rosa me dijo anoche que quería ser millonaria para comprarle medicinas. No deje que crezcan pensando que el dinero es lo único que importa porque no lo tienen. Déles la oportunidad de ser niñas. Solo niñas.
Una lágrima solitaria rodó por la mejilla de Sara. Asintió lentamente.
—Acepto —susurró—. Pero con una condición.
—La que quiera.ule.
—Me va a descontar de mi sueldo lo que gastó en el doctor y en la despensa de hoy. Y voy a trabajar desquitando cada centavo. No quiero regalos.
Ricardo sonrió, una sonrisa amplia y genuina que le quitó diez años de encima.
—Trato hecho, señora gerente.
Las siguientes dos horas fueron un torbellino. Ricardo llamó a un servicio de mudanzas exprés, pero Sara se negó.
—No tenemos tantas cosas. Nos cabe todo en unas maletas y en cajas.
—Pero los muebles…
—Los muebles ya estaban aquí, son de la rentera. Solo tenemos nuestra ropa, los libros de las niñas y… y los recuerdos.
Empacar fue una experiencia agridulce. Sara, aún débil, daba instrucciones desde el sofá mientras Ricardo y las niñas guardaban todo en bolsas negras de basura y en un par de maletas viejas que Ricardo bajó del clóset.
Vio lo poco que tenían. La ropa de las niñas estaba zurcida con cuidado. Los juguetes eran pocos y desgastados. Pero lo que más conmovió a Ricardo fue lo que Rosa guardaba con más celo: una caja de zapatos llena de cartas que ellas mismas se escribían fingiendo que eran de su papá, y los diplomas de “Mejor Promedio”.
Cuando todo estuvo listo, alguien tocó a la puerta. Era una señora mayor, bajita, con el cabello blanco recogido en un chongo y un delantal de cuadros.
—¿Sarita? Escuché ruido… ¿están bien?
—Doña Mari —dijo Sara, intentando levantarse—. Pase, pase.
La señora entró y se quedó boquiabierta al ver las maletas y al hombre alto de traje en la sala.
—Nos vamos, Doña Mari —explicó Sara con voz emocionada—. El señor Ricardo… es mi jefe. Me ofreció un trabajo de planta en su casa. Nos vamos a vivir allá.
La anciana se llevó las manos a la boca.
—¡Ay, bendito sea Dios! ¡Tanto que le he rezado a San Juditas por ti, hija!
Abrazó a Sara y luego a las niñas, llenándolas de besos tronados en las mejillas.
—Se van a portar bien, ¿eh, mis niñas? Y van a estudiar mucho. No se olviden de esta vieja.
—Nunca, Doña Mari. Vendremos a visitarla —prometió Rosa, abrazándola fuerte.
Doña Mari se volvió hacia Ricardo y lo apuntó con un dedo nudoso y tembloroso.
—Oiga, señor. No sé quién sea usted, pero se lleva a lo mejor de este edificio. Sara es una mujer de oro. Si le hace algo malo, le juro que yo misma voy a buscarlo y le doy con la escoba. Y mire que tengo buena puntería.
Ricardo sonrió y le tomó la mano a la anciana con respeto.
—No se preocupe, madre. Las voy a cuidar con mi vida. Se lo prometo.
Bajaron las cosas al auto. Los vecinos se asomaban por las ventanas, el chisme corriendo como pólvora: “La Sara se va con un millonario”, “Dicen que se sacó la lotería”, “No, dicen que la contrató de jefa”.
Al subir al Mercedes, Sara miró por última vez el edificio despintado. Ahí había llorado, había sufrido, pero también había visto crecer a sus hijas. Dejaba atrás el miedo a la renta, el miedo al hambre.
Ricardo arrancó el auto.
—¿Listas para la aventura? —preguntó, mirando por el retrovisor.
—¡Sí, capitán! —gritaron las gemelas, aunque Lili abrazaba su oso de peluche con fuerza.
El viaje de regreso fue diferente. Ya no llovía. El sol de mediodía brillaba sobre la contaminación de la ciudad, dándole un tono dorado extrañamente hermoso. Mientras cruzaban la ciudad de oriente a poniente, subiendo hacia las lomas, el paisaje cambiaba de gris a verde, de concreto a jardines.
Cuando llegaron a la entrada de la residencia de Ricardo en Lomas de Chapultepec, las niñas se quedaron mudas. Un portón de hierro forjado negro se abrió automáticamente. El auto entró por un camino de adoquines flanqueado por árboles enormes que formaban un túnel verde.
Al fondo, la casa principal se alzaba imponente: una estructura moderna de concreto blanco, cristal y madera, rodeada de césped perfectamente cortado.
—¿Aquí vive usted solito? —preguntó Lili, con la boca abierta.
—Sí. Es muy grande para una sola persona, ¿verdad?
—Es más grande que mi escuela —susurró Rosa.
Ricardo condujo rodeando la casa principal hasta llegar a la parte trasera. Allí, separada por un jardín de rosales y una fuente de piedra, había una construcción más pequeña, estilo colonial, con techo de tejas y una pequeña terraza.
—Esa es la casa de huéspedes —señaló Ricardo—. Esa será su casa.
Detuvo el auto. Sara miraba la casita con incredulidad. Tenía enredaderas con flores moradas subiendo por las paredes y se veía acogedora, cálida.
—Es… es hermosa —dijo Sara, y su voz se quebró.
Ricardo bajó y abrió la puerta de Sara. Le ofreció la mano para ayudarla a bajar. Al contacto de sus pieles, ambos sintieron una corriente eléctrica, un reconocimiento mutuo de que esto no era solo un contrato laboral. Era el inicio de algo que ninguno de los dos podía nombrar todavía.
—Bienvenidas a casa —dijo Ricardo.
Las niñas bajaron corriendo y empezaron a dar vueltas en el pasto, riendo, girando hasta marearse. Sara las observó, y por primera vez en años, sus hombros se relajaron completamente. Respiró el aire limpio de las Lomas, que olía a pinos y a tierra mojada, y soltó el aire viciado de la preocupación que había cargado en sus pulmones por tanto tiempo.
Ricardo observaba la escena, recargado en su auto de lujo. Por primera vez, su inmensa propiedad no se sentía vacía. Se sentía llena de posibilidades. Sabía que se avecinaban problemas: chismes, la junta directiva, su socia Margarita que odiaba a los pobres… pero mientras veía a Rosa y Lili perseguir una mariposa amarilla, supo que pelearía con el diablo si fuera necesario para mantener esa risa sonando en su jardín.
—Pase, Sara. Le mostraré dónde está todo. Y luego, usted se va directo a la cama a descansar. Esa es mi primera orden como jefe.
Sara lo miró, y en sus ojos negros brilló una chispa de esperanza y, tal vez, solo tal vez, el inicio de un amor que cambiaría el destino de todos.
—Sí, señor Ricardo. A la orden.
Entraron a la casa de huéspedes, y la puerta se cerró detrás de ellos, dejando fuera el pasado y abriendo de par en par las ventanas al futuro.
CAPÍTULO 4: Chilaquiles, Libros y Nuevas Reglas del Juego
El primer amanecer en la casa de huéspedes fue, para Sara Mendoza, una experiencia casi religiosa.
En su vida anterior —esa que sentía haber dejado atrás hacía apenas 24 horas, pero que parecía pertenecer a otro siglo—, el despertar era un acto violento. Era el sonido del despertador a las 4:30 a.m., el frío calando los huesos en el departamento mal aislado de Iztapalapa, el ruido de los camiones de carga frenando con motor en la avenida y la angustia inmediata de calcular si el dinero del monedero alcanzaría para el pasaje y el desayuno escolar.
Pero aquí, en las Lomas de Chapultepec, el silencio tenía peso y textura.
Sara abrió los ojos y lo primero que vio no fue una mancha de humedad en el techo, sino vigas de madera barnizada y un ventilador de techo que giraba con una cadencia hipnótica y silenciosa. La luz del sol se filtraba a través de unas cortinas de lino color crema, pintando la habitación de un dorado suave. Las sábanas… Dios mío, las sábanas. Eran de un algodón tan suave que sentía que estaba durmiendo sobre una nube.
Se incorporó de golpe, el pánico de la costumbre golpeándola en el pecho. ¡La hora! ¡El trabajo! Buscó el reloj. Eran las 8:15 a.m.
—¡Niñas! —susurró, con la garganta todavía rasposa por la neumonía.
Miró a su lado. En la cama King Size (que era más grande que toda su antigua cocina), Rosa y Lili dormían desparramadas, con la boca abierta y una paz absoluta en sus rostros. No había sirenas de policía, ni gritos de vecinos peleando. Solo se escuchaba el canto de unos pájaros que sonaban sospechosamente felices, como de película de Disney.
Sara se dejó caer de nuevo en la almohada, el corazón latiéndole fuerte. No era un sueño. Estaban a salvo. Estaban en la casa del “Jefe”.
Sin embargo, la paz duró poco. Su ética de trabajo, forjada a base de necesidad y orgullo, se activó. No puedo estar acostada. Me está pagando un sueldo de ejecutiva. Tengo que demostrar que valgo cada centavo.
Se levantó, ignorando el mareo que le provocó el movimiento brusco. Se puso su bata vieja —que ahora desentonaba terriblemente con el entorno— y caminó hacia la pequeña cocina de la casa de huéspedes.
Abrió la puerta principal y se encontró con un espectáculo que la dejó paralizada.
En la pequeña terraza de su casita, sentado en una silla de jardín de hierro forjado, estaba Ricardo De la Vega. No llevaba traje. Llevaba unos pants grises de marca deportiva y una playera blanca sencilla que dejaba ver que, debajo de los trajes italianos, el hombre se cuidaba. Estaba leyendo noticias en una tablet y tomando café.
Al escuchar la puerta, Ricardo levantó la vista y sonrió. No la sonrisa corporativa de las revistas, sino una sonrisa tímida, casi de niño travieso.
—Buenos días, vecina. ¿Cómo amanecieron?
Sara se ajustó la bata, sintiéndose terriblemente expuesta sin maquillaje y despeinada.
—Señor Ricardo… buenos días. ¿Qué hace aquí? ¿Necesita algo? Ya me voy a vestir para empezar a…
—¡Ey, ey! Freno de mano, Sara —Ricardo se levantó y señaló la silla frente a él—. Siéntese.
Sobre la mesa de la terraza había un despliegue de comida que hizo rugir el estómago de Sara: una canasta con pan dulce (conchas, orejas, bigotes), fruta picada, jugo de naranja recién exprimido y una cafetera humeante.
—Señor, no tenía por qué…
—No fui yo, fue Uber Eats y un poco de ayuda de mi cafetera —bromeó él—. Y sobre lo de “empezar a trabajar”, le recuerdo la cláusula 1 de su contrato verbal de ayer: Reposo absoluto. Usted no mueve un dedo hasta que el doctor Martínez diga que esos pulmones están limpios.
—Pero señor, me siento inútil. Me está pagando por administrar su casa y aquí estoy, comiendo su pan.
—Sara —Ricardo se puso serio, inclinándose hacia adelante—. Usted no entiende. Su trabajo ahorita es recuperarse. Si recae, no me sirve. Véalo como una inversión. Necesito que esté al cien para que cuando empiece, ponga en cintura a mi personal, que, entre nos y por lo que vi en mi cocina ayer, es un desastre.
En ese momento, la puerta de la casita se abrió de nuevo y salieron las gemelas, tallándose los ojos y con el cabello alborotado como nidos de pájaros.
—¿Mamá? —preguntó Lili, y luego vio la mesa—. ¡Ay, no manches! ¡Son conchas de chocolate!
Ricardo soltó una carcajada.
—Exactamente, Lili. Y son para ustedes. Ataquen.
El desayuno fue surrealista. Ricardo, el multimillonario solitario, estaba enseñando a Lili a sopear la concha en el chocolate caliente sin que se le rompiera y cayera dentro de la taza (un arte que requiere precisión quirúrgica). Rosa, más seria, lo interrogaba sobre la casa.
—Oiga, don Ricardo… ¿tiene biblioteca?
—Tengo una biblioteca que creo que tiene más polvo que libros leídos, Rosa. Me encantaría que fueras a explorarla y me dijeras qué hay, porque sinceramente, compré los libros por metro para decorar.
Los ojos de Rosa brillaron con una intensidad que a Ricardo le recordó a los analistas financieros cuando veían una gráfica alcista.
—¿Puedo ir?
—Es tu casa, Rosa. Puedes ir a donde quieras. Menos al despacho donde tengo los servidores de la computadora, porque si desconectas algo se cae la bolsa de valores y ahí sí lloramos todos.
La Incursión en la Mansión Principal
Después del desayuno, y tras obligar a Sara a regresar al sofá con una revista y una manta, Ricardo llevó a las niñas a un “tour” por la casa principal.
La mansión era un monumento al minimalismo moderno. Grandes espacios abiertos, obras de arte abstracto que parecían manchas de pintura (y que costaban millones), y muebles que se veían increíbles pero eran incómodos para sentarse.
—Está muy… vacía —opinó Lili con la brutal honestidad de los niños, su voz haciendo eco en el vestíbulo de doble altura.
—Lo sé —admitió Ricardo—. Le falta… vida.
Llegaron a la biblioteca. Era un salón impresionante con estanterías de piso a techo y una escalera corrediza de madera, como en las películas.
Rosa soltó un suspiro audible. Corrió hacia los estantes y pasó sus dedos por los lomos de cuero.
—¡Don Quijote! ¡Cien Años de Soledad! ¡Harry Potter! —gritaba emocionada—. Señor Ricardo, ¿de verdad no los ha leído?
—Leí el resumen de Harry Potter en Wikipedia para entender los memes —confesó Ricardo, ganándose una mirada de desaprobación de la niña de nueve años.
—Eso es un sacrilegio —dictaminó Rosa—. Voy a tener que leerle en voz alta.
—Trato hecho.
Luego fueron a una sala que Ricardo usaba como “cuarto de triques”, pero que tenía una luz natural espectacular gracias a un tragaluz.
—Lili, esto es para ti —dijo Ricardo, señalando una mesa grande en el centro.
Sobre la mesa había cajas. Muchas cajas. Lili se acercó y las abrió. Eran sets profesionales de arte: acuarelas, óleos, pasteles, lienzos en blanco, pinceles de todos los tamaños y cuadernos de dibujo de papel grueso.
—Me dijiste que te gustaba dibujar corazones porque te arreglaron el tuyo —dijo Ricardo, su voz suavizándose—. Quiero que llenes esta casa de corazones, Lili. Y de flores. Y de monstruos. De lo que tú quieras. Las paredes blancas me tienen harto.
Lili no dijo nada. Se acercó a Ricardo y lo abrazó por la cintura, hundiendo su cara en su camisa cara. Ricardo se quedó rígido un segundo, desacostumbrado al contacto físico, pero luego puso su mano torpemente sobre la cabeza de la niña.
—Gracias —sollozó ella—. Nunca había tenido colores de los caros.
Ricardo tragó el nudo en su garganta. Maldito dinero, pensó. Tan fácil que es hacer feliz a alguien y tan pendejo que fui por no hacerlo antes.
El Choque de Dos Mundos: La Cocina
Mientras tanto, en la casa de huéspedes, Sara no podía quedarse quieta. Su mente de “Gerente” (aunque fuera de su propia supervivencia) no dejaba de trabajar. Desde la ventana de la cocina, tenía vista directa a la entrada de servicio de la mansión principal.
Observó cómo llegaba una camioneta de proveedores. Vio al chef, un hombre francés llamado Henri (que en realidad se llamaba Enrique y era de Puebla, pero le gustaba darse importancia), recibir las cajas. Vio cómo Henri tiraba a la basura una caja entera de tomates porque dos de arriba estaban magullados. Vio cómo el jardinero estaba sentado en la sombra viendo TikToks en lugar de podar los rosales que ya invadían el camino.
Sara frunció el ceño. Tomó una libreta y una pluma que Ricardo le había dejado.
Reporte de Observaciones – Día 1
- Desperdicio injustificado de insumos en cocina.
- Personal de jardinería sin supervisión.
- Horarios de entrada del personal doméstico irregulares (la señora de la limpieza llegó 20 minutos tarde).
A la hora de la comida, Ricardo regresó a la casita para ver cómo estaban.
—¿Cómo va la paciente?
—La paciente se va a volver loca si ve cómo tiran su dinero, señor —dijo Sara, mostrándole la libreta.
Ricardo leyó las notas. Levantó una ceja.
—¿Vio todo esto desde la ventana?
—Tengo vista de águila para el desperdicio, señor. En mi casa, un tomate magullado se hace salsa, no se tira. Ese “Chef Henri” acaba de tirar como doscientos pesos en verdura. Si hace eso diario, al mes son seis mil pesos. Al año son setenta y dos mil.
Ricardo silbó, impresionado.
—Henri me dice que los costos subieron por la inflación.
—Henri le está viendo la cara de turista, con todo respeto. Señor, cuando me recupere, voy a necesitar tener una charla muy seria con el tal Henri. Y necesito que usted me respalde, porque no le va a gustar que una ex-limpiadora le diga cómo administrar su alacena.
—Sara, usted tiene carte blanche. Si Henri se pone digno, recuérdele quién firma sus cheques. O mejor, despídalo. Me caen gordas sus espumas de cilantro que saben a jabón. Yo quiero comida de verdad.
—¿Comida de verdad? —los ojos de Sara brillaron—. ¿Le gustan los chilaquiles?
—¿Si me gustan? Sara, vendería mi riñón derecho por unos buenos chilaquiles verdes. Los de los restaurantes de aquí son para “gente bien”, no pican y la tortilla está aguada.
—Deme tres días, señor. En tres días, le hago unos chilaquiles que lo van a hacer llorar.
La Transformación de la Rutina
Pasaron dos semanas. La recuperación de Sara fue milagrosa, ayudada por la buena alimentación, el descanso y la tranquilidad de saber que sus hijas estaban seguras.
La mansión De la Vega comenzó a sufrir una metamorfosis sutil pero profunda.
Empezó por el olfato. Antes, la casa olía a limpiador químico y a vacío. Ahora, a las siete de la mañana, un aroma a café de olla con canela y piloncillo inundaba la planta baja, subía por las escaleras y se colaba en la recámara principal, despertando a Ricardo mejor que cualquier alarma.
Ricardo dejó de tomar sus licuados de proteína insípidos. Ahora bajaba a la cocina, donde Sara, ya completamente recuperada y vestida con ropa sencilla pero elegante que Ricardo le había insistido en comprar (“es el uniforme de gerente”, había mentido él), dirigía la orquesta.
El Chef Henri había intentado rebelarse el primer día que Sara entró a “su” cocina.
—Excusez-moi, señora, pero aquí no se cocina comida callejera —había dicho Henri con desdén al ver a Sara tatemando chiles en el comal.
—Mire, don Enrique —había respondido Sara con una dulzura peligrosa, usando su nombre real que había investigado en la nómina—. El señor Ricardo quiere chilaquiles. Y si usted no sabe hacerlos porque se le “baja el nivel”, yo los hago. Pero le advierto una cosa: revisé las facturas del mercado de abastos. Usted está pagando el kilo de aguacate al triple del precio real. O cambia de proveedor hoy mismo, o voy a pensar que usted se está quedando con la diferencia. ¿Nos entendemos?
Enrique se puso pálido, murmuró un “sí, señora” y desde entonces, la cocina funcionaba como reloj suizo y costaba un 30% menos.
Esa mañana de martes, Ricardo bajó a la cocina ajustándose la corbata.
—¡Buenos días, familia! —saludó, sin darse cuenta del peso de la palabra que acababa de usar.
Rosa y Lili estaban sentadas en la barra de granito, desayunando fruta y molletes. Llevaban sus uniformes nuevos del colegio privado cercano. Se veían felices, con las mejillas sonrosadas y el cabello peinado por manos amorosas.
—¡Hola, Ricardo! —saludó Lili (habían acordado quitar el “don” y el “señor” en la intimidad de la casa, aunque Sara seguía siendo respetuosa).
—Siéntese, Ricardo —dijo Sara, sirviéndole un plato humeante—. Chilaquiles rojos con huevo estrellado, término medio, cebolla morada y su toque de epazote. Como los pedía el cliente.
Ricardo probó el primer bocado. Cerró los ojos. El sabor del chile guajillo, el crujido de la tortilla perfecta, el sabor a hogar…
—Sara —dijo con la boca llena—. Cásate conmigo.
Fue una broma. Una expresión mexicana común ante una buena comida. Pero el silencio que siguió en la cocina fue denso. Sara se sonrojó violentamente y se volvió hacia la estufa. Las niñas intercambiaron miradas cómplices y risitas nerviosas. Ricardo sintió que le ardían las orejas.
—Digo… es un decir. Están buenísimos. Gracias.
—De nada —dijo Sara sin voltear, aunque Ricardo juraría que estaba sonriendo.
Ecos en la Oficina y la Sombra del Conflicto
Ese día en la oficina, Ricardo estaba distraído.
—Ricardo, ¿me estás escuchando? —preguntó Tom, su socio y mejor amigo, golpeando la mesa de juntas.
—¿Eh? Sí, claro. Los rendimientos del trimestre.
—No, güey. Te estaba preguntando por qué estás sonriendo como idiota mientras vemos una gráfica de pérdidas en el sector hotelero. Y por qué traes un tupper en el maletín.
Ricardo miró el tupper que Sara le había preparado con “itacate” (comida para llevar) porque dijo que “en la calle come puras porquerías”.
—Es mi comida. Comida casera.
Tom lo miró como si le hubiera salido un tercer ojo.
—¿Desde cuándo comes comida casera? Tú comes en Pujol o pides sushi de mil pesos. Y te vas temprano todos los días. Ayer te fuiste a las cinco. ¿Tienes una amante?
—No es una amante, Tom.
—Ah, ¡entonces sí hay alguien! —Tom se inclinó, bajando la voz—. ¿Quién es? ¿Una modelo? ¿Una actriz?
—Es… mi ama de llaves.
Tom soltó una carcajada que resonó en la sala de juntas.
—¡Buena esa! El cliché del millonario y la mucama. Ya, en serio.
—Hablo en serio, Tom. Pero no es lo que piensas. Ella administra mi casa. Tiene dos hijas. Y… por primera vez en mi vida, llegar a casa no se siente como entrar a una tumba.
Tom dejó de reír. Conocía a Ricardo desde la universidad. Conocía su soledad crónica, esa que intentaba llenar con trabajo obsesivo.
—Ten cuidado, Rich —advirtió Tom, poniéndose serio—. La gente habla. Y en nuestro círculo, las apariencias importan más que la realidad. Si se corre el rumor de que el CEO de Grupo Azteca está “jugando a la casita” con la empleada doméstica… Margarita te va a comer vivo.
Margarita Whitman. La presidenta del consejo. Una mujer que creía que la pobreza era una enfermedad contagiosa y que el linaje lo era todo.
—Que Margarita se vaya al diablo —dijo Ricardo, cerrando su laptop—. Me voy. Le prometí a Lili que vería su tarea de arte.
La Noche de las Confesiones
Esa noche, después de revisar la tarea de Lili (un dibujo de un león multicolor que Ricardo prometió enmarcar) y de escuchar a Rosa leer un capítulo de Harry Potter con una entonación dramática perfecta, las niñas se fueron a dormir a la casa de huéspedes.
Ricardo y Sara se quedaron en la terraza principal de la mansión, mirando el jardín iluminado. El aire era fresco, pero agradable.
—Las niñas están felices —dijo Sara, rompiendo el silencio—. Rosa sacó diez en matemáticas hoy. Dice que es porque ahora tiene un escritorio propio y silencio para estudiar.
—Es una niña brillante. Y Lili tiene un talento real para el arte. Voy a ver si conseguimos un maestro particular para los sábados.
—Ricardo, ya hace demasiado. La escuela, la casa, la comida…
—Me sobra el dinero, Sara. Lo que me faltaba era… esto.
Se miraron. La luz de la luna iluminaba el rostro de Sara, suavizando las líneas de preocupación que había tenido semanas atrás. Se veía más joven, más viva. Llevaba el cabello suelto y un vestido sencillo de algodón azul que resaltaba sus ojos.
—¿Por qué está solo, Ricardo? —preguntó ella de repente. Era una pregunta atrevida, fuera de los límites empleado-jefe, pero la barrera entre ellos era cada vez más delgada.
—Porque construí muros en lugar de puentes —respondió él, suspirando—. Pensé que si tenía éxito, si tenía dinero, nunca volvería a sentirme vulnerable como cuando era niño. Pero el éxito es celoso, Sara. Te exige todo tu tiempo. Y las mujeres que conocí… les gustaba el Ricardo de la tarjeta negra, no el Ricardo que comía tacos de sal.
—Yo conozco al Ricardo que no sabe prender una estufa —dijo Sara riendo suavemente—. Y al que le tiene miedo a una niña de nueve años cuando lo regaña por no leer.
—Ese es mi Ricardo favorito últimamente.
Ricardo se giró hacia ella. Estaban cerca. Demasiado cerca. Podía oler su perfume, algo sencillo, a vainilla y jabón, pero que para él olía mejor que cualquier fragancia francesa.
—Sara, yo…
—Ricardo, no —ella dio un paso atrás, el miedo cruzando su rostro—. No se confunda. Usted está agradecido porque le llenamos la casa de ruido. Y yo estoy agradecida porque nos salvó la vida. Pero… somos de mundos diferentes. Usted es el dueño del edificio. Yo soy la que limpiaba sus pisos. Esas cosas no se olvidan.
—Yo ya lo olvidé —dijo él con intensidad, dando un paso hacia ella—. Me importa un bledo de dónde venimos. Me importa a dónde vamos.
—Para usted es fácil decirlo. Usted no tiene nada que perder. Yo tengo dos hijas que si esto sale mal, si usted se aburre de jugar a la familia, se quedan en la calle otra vez. No puedo arriesgarme, Ricardo. No puedo.
Sara se dio la vuelta y caminó apresuradamente hacia la casa de huéspedes, huyendo no de él, sino de lo que ella misma estaba empezando a sentir.
Ricardo se quedó solo en la terraza, viendo cómo se alejaba.
—No estoy jugando, Sara —susurró al viento nocturno—. Y te lo voy a demostrar.
Esa noche, Ricardo no durmió pensando en estrategias de negocios. Durmió pensando en cómo conquistar a una mujer que había construido una fortaleza alrededor de su corazón para proteger a sus hijas. Sabía que sería la negociación más difícil de su vida. Pero también sabía que era la única que realmente valía la pena ganar.
CAPÍTULO 5: La Fragilidad de los Fuertes
Noviembre llegó a la Ciudad de México con sus vientos fríos y cielos grises, trayendo consigo el olor a cempasúchil marchito y el anticipo de las fiestas decembrinas. En la mansión de las Lomas, la vida había encontrado un ritmo dulce y seductor. Pero en las oficinas corporativas de Grupo Inmobiliario Azteca, el ambiente era gélido.
El “Radio Pasillo” (el chisme de oficina) estaba a todo lo que daba.
Ricardo lo notaba al entrar al elevador. Las conversaciones se detenían de golpe. Las miradas se desviaban hacia el suelo o hacia los celulares. Los “buenos días” sonaban forzados. Sabía lo que decían. En la cultura corporativa mexicana, elitista y cerrada, que el CEO se relacionara con alguien de “abajo” era un escándalo más jugoso que una telenovela en horario estelar.
—Dicen que le puso casa —escuchó Ricardo susurrar a dos secretarias en el baño ejecutivo mientras él se lavaba las manos en el lavabo contiguo (ellas no sabían que él estaba ahí).
—No, güey, dicen que la sacó de un table dance.
—Ay, no inventes. Yo escuché que era la de la limpieza y que le hizo un amarre. Ya sabes, cosas de brujería de Catemaco.
Ricardo salió del baño secándose las manos con una toalla de papel, azotando la puerta lo suficiente para que las voces callaran de golpe. Caminó hacia su oficina con la mandíbula apretada. “Ignóralos”, se dijo. “Son tiburones aburridos en una pecera pequeña”.
Pero esa tarde, su socio Tom entró a su oficina y cerró la puerta con llave. Mala señal.
—Tenemos que hablar, Rich. Y no del proyecto de la Riviera Maya.
Ricardo suspiró, girando su silla para mirar la vista contaminada de la ciudad.
—Si vienes a traerme chismes de lavadero, ahórratelos.
—No son chismes, Ricardo. Es Margarita.
El nombre de la presidenta del consejo hizo que Ricardo se tensara. Margarita Whitman era una mujer de setenta años, de la vieja guardia, que creía que los apellidos compuestos eran más importantes que el talento.
—¿Qué quiere la Bruja del 71 ahora?
—Está investigando, Ricardo. Mandó pedir los registros de nómina de la empresa de limpieza externa que despediste. Está preguntando por Sara Mendoza. Sabe que vive en tu casa. Sabe que pagas el colegio de sus hijas. Y está armando un expediente de “conducta inapropiada y conflicto de interés”.
Ricardo soltó una risa seca y sin humor.
—¿Conflicto de interés? ¿Por darle una vida digna a una familia?
—Por “malversación de recursos corporativos para beneficio personal y relaciones sexuales con subordinados en propiedad de la empresa”. Así lo va a plantear. Ricardo, si ella convence a la junta, te pueden quitar el puesto de CEO por la cláusula de moralidad.
—Que lo intente —gruñó Ricardo—. Yo construí esta empresa.
—Y ella tiene el 40% de las acciones y a los inversionistas conservadores en la bolsa. Rich, ten cuidado. Si realmente te importa esta mujer… protégela. Porque Margarita va a ir por ella para llegarte a ti.
Ricardo salió de la oficina temprano ese día, con el estómago revuelto. La amenaza a su carrera le importaba, sí, pero la amenaza a Sara le hervía la sangre. Condujo a casa con la música clásica a todo volumen para calmarse, pero la tensión no se iba.
Al llegar a la mansión, el ambiente era extraño. Usualmente, a las seis de la tarde, se escuchaban las risas de las niñas o el sonido de la televisión. Hoy, había un silencio sepulcral.
Caminó rápido hacia la casa de huéspedes. La puerta estaba abierta.
—¿Sara? —llamó.
La encontró en la recámara de las niñas. La luz era tenue. Sara estaba sentada al borde de la cama, con un termómetro en la mano y una expresión de terror puro que Ricardo no había visto desde la noche en Iztapalapa.
—¿Qué pasa? —preguntó Ricardo, entrando sin pedir permiso.
Sara levantó la vista. Tenía los ojos rojos.
—Es Lili.
Ricardo miró a la cama. La pequeña Lili, usualmente un torbellino de energía y dibujos de colores, estaba pálida, sudando frío y respirando con dificultad. Se veía diminuta entre las cobijas.
—Tiene 39.5 de fiebre —dijo Sara, su voz temblando—. Y le duele el pecho. Ricardo… su corazón.
Ricardo sintió un balde de agua helada. Recordó lo que Sara le había contado: la cirugía, el defecto cardíaco. Una fiebre alta para un niño normal es preocupante; para una niña con antecedentes cardíacos, puede ser mortal.
—¿Ya le diste algo?
—Paracetamol, pero no le baja. Y está muy letárgica. No quiere despertar bien. Tengo miedo, Ricardo. La última vez que se puso así… —Sara se tapó la boca para ahogar un sollozo— casi se me va. Y yo no tengo coche para llevarla al Instituto de Cardiología y…
—Sara, mírame —Ricardo la tomó de los hombros con firmeza—. No estás sola. Ya no.
Sacó su celular.
—Dr. Montiel. Cardiólogo pediatra del Hospital ABC. Es el mejor de México. Es amigo mío.
Marcó.
—¿Bueno? ¿Jorge? Soy Ricardo. Emergencia pediátrica en mi domicilio. Antecedentes de cirugía cardíaca congénita, fiebre alta, dificultad respiratoria. Sí. Voy para allá. Espérame en urgencias. Gracias.
Colgó.
—Envuelve a Lili en una cobija. Rosa, agarra tu mochila. Nos vamos al hospital. Ahora.
El trayecto al Hospital ABC de Santa Fe fue una carrera contra el reloj y el tráfico nocturno de la ciudad. Ricardo manejaba con una mano en el volante y la otra alcanzando hacia el asiento trasero, donde Sara abrazaba a Lili y le susurraba oraciones.
—Aguanta, mi amor. Aguanta, mi corazón de melón. Ya casi llegamos.
Rosa, sentada en el asiento del copiloto, estaba en silencio, mordiéndose las uñas hasta casi sangrar. Ricardo la miró de reojo.
—Tu hermana es fuerte, Rosa. Es una guerrera. Va a estar bien.
—¿Y si no? —preguntó la niña con voz pequeña.
—”Y si no” no es una opción hoy.
Llegaron a urgencias. El equipo del Dr. Montiel ya los esperaba. Se llevaron a Lili en una camilla. Sara intentó ir tras ellos, pero una enfermera la detuvo suavemente.
—Señora, déjenos trabajar. El doctor saldrá a informarle. Vaya a la sala de espera.
Las siguientes tres horas fueron las más largas de la vida de Ricardo.
La sala de espera privada del hospital era lujosa, con sillones de piel y café de grano, pero se sentía como una celda de castigo. Sara caminaba de un lado a otro, rezando en voz baja. Rosa se había quedado dormida en un sillón, agotada por el estrés.
Ricardo observaba a Sara. Se veía devastada. La “Gerente de Hogar” eficiente y fuerte se había desmoronado, dejando ver a la madre aterrorizada que llevaba años cargando el peso del mundo sola.
—Siéntate, Sara. Te vas a desgastar.
—No puedo —dijo ella, deteniéndose frente al ventanal que daba a la ciudad iluminada—. Si me siento, siento que me muero. Es mi culpa.
—¿Tu culpa? ¿Por qué carajos sería tu culpa que le dé fiebre?
—Porque la dejé salir al jardín sin suéter ayer. Porque tal vez comió algo frío. Porque soy su madre y mi único trabajo es protegerla y fallé.
—Sara, eso es absurdo. Los niños se enferman.
—¡Mis hijas no se pueden dar el lujo de enfermarse! —gritó ella, girándose hacia él con furia y lágrimas—. ¡Usted no entiende! Cuando eres pobre, una enfermedad es una catástrofe. Si Lili se enferma, yo no trabajo. Si no trabajo, no comemos. Y si se complica… no hay dinero para el hospital. Viví con ese miedo cinco años, Ricardo. Cada vez que estornudaba, yo sentía que se me paraba el corazón.
Se dejó caer en el sillón, cubriéndose la cara con las manos.
—Y ahora… ahora que tenemos todo, que vivimos en una mansión, que comen bien… pasa esto. Es como si la vida me dijera que no importa cuánto corra, la desgracia siempre me alcanza.
Ricardo se sentó junto a ella. No sabía qué hacer. En los negocios, cuando había una crisis, él analizaba, delegaba y ejecutaba. Pero aquí no había nada que negociar.
Lentamente, pasó un brazo por los hombros de Sara. Ella se tensó un momento, y luego, como una presa que se rompe, se derrumbó contra su pecho, llorando con un dolor profundo y gutural.
Ricardo la sostuvo. Acarició su cabello, oliendo su shampoo de vainilla mezclado con el olor aséptico del hospital.
—Ya no estás sola, Sara —susurró contra su pelo—. Ya no tienes que cargar esto sola. Si Lili necesita el mejor hospital del mundo, la llevamos a Houston, a Suiza, a donde sea. Tengo el dinero. Tengo el avión. Y te tengo a ti.
Sara levantó la cara, mojada por el llanto.
—¿Por qué? —preguntó, su voz rota—. ¿Por qué hace tanto por nosotras? No somos su familia. Solo soy su empleada. Mañana podría aburrirse y…
—Cállate, Sara —dijo él suavemente, limpiándole una lágrima con el pulgar—. Deja de decir estupideces.
En ese momento, la puerta se abrió. El Dr. Montiel salió, con el cubrebocas colgando de una oreja y una expresión tranquila.
Sara se puso de pie de un salto.
—¿Doctor?
—Está bien —dijo Montiel, sonriendo—. No fue el corazón, Sara. Fue una infección viral fuerte que se complicó con deshidratación, lo que causó la taquicardia. Su corazón estructuralmente está bien. Ya le bajamos la fiebre y la tenemos con suero. Está dormida.
Sara soltó un suspiro que pareció sacarle el alma del cuerpo y se abrazó a Ricardo de nuevo.
—Gracias, Dios mío. Gracias.
—Se va a quedar en observación esta noche —continuó el médico—. Pero mañana se la pueden llevar a casa.
La Confesión de Madrugada
Ricardo insistió en que Sara entrara a ver a Lili mientras él se quedaba con Rosa. Pero Sara se negó a dejarlo afuera.
—Usted también, Ricardo. Lili preguntó por usted antes de dormirse.
Entraron a la habitación. Lili dormía plácidamente, conectada a un monitor que emitía un bip-bip rítmico y reconfortante.
Sara se sentó en el sillón reclinable junto a la cama. Ricardo se quedó de pie junto a la ventana.
El silencio de la madrugada en el hospital invitaba a las confesiones.
—Ricardo —dijo Sara, sin dejar de mirar a su hija—. Tengo que decirle algo. Algo sobre mi pasado.
—No tienes que…
—Sí, sí tengo. Porque usted cree que soy una mujer fuerte que salió de abajo. Y sí lo soy. Pero no siempre fui así.
Sara tomó aire, como si fuera a sumergirse en agua helada.
—Mi apellido de soltera es Sara Villalobos. Crecí en Interlomas. Mi papá era dueño de una cadena de restaurantes. Fui a los mejores colegios. Tenía chofer, nanas, viajes a Europa. Era una “niña bien”, una fresa, como dicen.
Ricardo se giró, sorprendido. Eso explicaba muchas cosas: su acento educado, sus modales en la mesa, su conocimiento de administración.
—¿Qué pasó?
—Me enamoré. O creí enamorarme. Tony… él no era de mi mundo. Era el encargado de mantenimiento del club deportivo donde yo iba. Mis papás pegaron el grito en el cielo. Dijeron que era un cazafortunas, un “naco”. Me amenazaron con desheredarme si seguía con él.
Sara sonrió con amargura.
—Y yo, como una idiota romántica de 20 años, les dije que se quedaran con su dinero. Me fugué con él. Me casé. Mis papás cumplieron su amenaza. Me cortaron todo. Nunca volvieron a hablarme. Murieron hace tres años en un accidente y ni siquiera me enteré hasta meses después.
—¿Y Tony?
—Al principio fue bueno. Tony quería poner su empresa de construcción. Trabajábamos duro. Pero cuando nacieron las gemelas… la realidad nos golpeó. Él esperaba que mis papás eventualmente cedieran y nos dieran dinero. Cuando vio que no iba a pasar, que realmente éramos pobres… cambió. Empezó a beber. Decía que yo era una inútil, que no sabía hacer nada. Y tenía razón. Yo no sabía ni trapear un piso.
Sara acarició la mano de Lili.
—Cuando diagnosticaron a Lili… Tony vio la cuenta del hospital y dijo: “No puedo con esto”. Hizo una maleta y se fue. Dijo que iba por cigarros, el cliché más estúpido del mundo, y nunca volvió. Me dejó sola, con 24 años, dos bebés, una niña muriéndose y una deuda millonaria.
—Maldito cobarde —sisecó Ricardo, apretando los puños.
—Ahí fue donde murió Sara Villalobos, la niña rica —continuó ella—. Y nació Sara Mendoza, la leona. Aprendí a limpiar. Aprendí a humillarme para pedir prórrogas. Aprendí que el orgullo no llena estómagos. Perdí la casa, el coche, todo. Terminamos en Iztapalapa porque fue el único lugar donde me rentaron sin aval.
Sara levantó la vista y miró a Ricardo a los ojos.
—Le cuento esto porque quiero que sepa quién soy. No soy una víctima. Soy una sobreviviente. Pero también soy una mujer que tiene terror a confiar en un hombre con dinero. Porque la última vez que lo hice… perdí mi familia, mi identidad y casi pierdo a mis hijas.
Ricardo cruzó la habitación y se arrodilló frente a ella, tomando sus manos.
—Sara, escúchame bien. Tony era un imbécil que no sabía lo que tenía. Tus padres eran unos ciegos que valoraban más el estatus que a su propia hija. Pero yo…
Ricardo hizo una pausa, buscando las palabras exactas.
—Yo veo a la mujer más increíble que he conocido. No me importa si fuiste rica o pobre. Me importa que eres la madre que vela el sueño de sus hijas. Me importa que haces los mejores chilaquiles del mundo. Me importa que llenaste mi casa vacía de vida.
—Ricardo, no diga cosas que no…
—Estoy enamorado de ti, Sara —soltó él. Las palabras quedaron flotando en el aire aséptico de la habitación.
Sara abrió los ojos desmesuradamente.
—No. No puede ser.
—Lo estoy. Y me aterra. Me aterra más que perder mi empresa. Porque si te pierdo a ti, vuelvo a estar solo en esa mansión gigante, y no creo poder soportarlo de nuevo.
Sara intentó soltar sus manos, pero él las sostuvo con suavidad.
—No te pido que me correspondas ahora. Sé que tienes miedo. Solo te pido que no huyas. Que me dejes demostrarte que no soy Tony. Que no soy un capricho. Que soy el hombre que quiere cuidar de ustedes tres por el resto de mi vida.
Sara lo miró. Buscó mentiras en sus ojos, buscó la arrogancia del millonario, pero solo encontró vulnerabilidad y una honestidad brutal.
Lentamente, se inclinó hacia él. Sus frentes se tocaron.
—Tengo miedo, Ricardo —susurró ella.
—Hagámoslo con miedo entonces —respondió él.
Y ahí, en una habitación de hospital, con el sonido del monitor cardíaco como banda sonora, Ricardo besó a Sara por primera vez. No fue un beso de película, apasionado y perfecto. Fue un beso suave, salado por las lágrimas, vacilante, pero cargado de una promesa silenciosa de lealtad absoluta.
El Regreso y la Tormenta que se Avecina
A la mañana siguiente, dieron de alta a Lili. El regreso a casa fue una fiesta silenciosa. Rosa no soltaba la mano de Ricardo. Lili iba dormida en brazos de Sara.
Al llegar a la mansión, Ricardo ayudó a instalarlas. Pidió comida, canceló todas sus reuniones y se sentó en la terraza de la casa de huéspedes mientras las niñas veían caricaturas.
Su celular sonó. Era Margarita Whitman.
Ricardo miró la pantalla. Podía sentir la vibra venenosa a través del teléfono.
Contestó.
—¿Margarita?
—Ricardo. Me enteré de que estuviste en el ABC toda la noche. ¿Estás enfermo?
—No. Fue una emergencia familiar.
—¿Familiar? Tú no tienes familia, Ricardo. Tus padres murieron hace quince años.
—Tengo familia ahora, Margarita.
Hubo un silencio gélido al otro lado de la línea.
—Te quiero en mi oficina mañana a las 9:00 a.m. La junta directiva va a sesionar de emergencia. Tienes que elegir, Ricardo. O esa mujer y sus bastardas salen de tu casa hoy mismo, o tú sales de la empresa mañana.
—Prepara los papeles de mi renuncia entonces —dijo Ricardo con una calma que lo sorprendió.
—No seas estúpido. Es tu vida de lo que estamos hablando.
—No, Margarita. Mi vida está en la habitación de al lado comiendo gelatina de limón. La empresa es solo mi trabajo. Nos vemos mañana.
Colgó el teléfono y lo apagó.
Sara salió a la terraza en ese momento. Se veía cansada pero feliz.
—¿Todo bien? —preguntó, notando la tensión en su mandíbula.
Ricardo sonrió y le extendió la mano.
—Todo perfecto, Sara. Solo estaba cerrando un ciclo para empezar uno nuevo. ¿Te sientas conmigo? Quiero ver el atardecer contigo.
Sara tomó su mano y se sentó a su lado. Mientras el sol se ponía sobre las Lomas de Chapultepec, tiñendo el cielo de naranja y violeta, Ricardo supo que la guerra acababa de empezar. Iba a perder su corona de CEO, sí. Pero mirando a la mujer a su lado, supo que ya había ganado el reino.
CAPÍTULO 6: Jaque Mate al Rey
La mañana del viernes amaneció con un cielo azul cristalino sobre la Ciudad de México, de esos raros días donde el viento limpia el smog y se pueden ver los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl al fondo del valle, como guardianes silenciosos. Sin embargo, para Ricardo De la Vega, el aire se sentía denso, cargado de electricidad estática.
Se levantó a las 6:00 a.m., como siempre, pero su ritual fue diferente. No revisó el Bloomberg ni los índices del Nikkei en su celular. En su lugar, se quedó mirando el techo unos minutos, escuchando el silencio de la casa, roto apenas por el sonido lejano de la ducha en la casa de huéspedes. Sara ya estaba despierta.
Ricardo se duchó con agua helada para despabilarse. Al elegir su ropa, dudó. Usualmente, su armadura consistía en trajes Brioni hechos a medida, camisas almidonadas y mancuernillas de oro. Hoy, eligió un traje azul marino, sobrio pero impecable, y una corbata roja. El rojo del poder, sí, pero también el rojo de la pasión y la sangre. Hoy no iba a negociar; iba a la guerra.
Bajó a la cocina. El aroma a café de olla y pan tostado lo recibió como un abrazo.
—Buenos días —saludó Sara. Estaba de espaldas, volteando unos hot cakes en el comal. Llevaba el cabello recogido y se veía hermosa, aunque sus hombros estaban tensos.
—Buenos días, amor —dijo Ricardo, probando la palabra en su boca. Le gustó.
Sara se giró, sorprendida por el apelativo, pero sonrió con tristeza.
—Vi las noticias en el celular, Ricardo. El Financiero dice que hay una junta extraordinaria hoy en Grupo Azteca. Dicen que… dicen que su cabeza está en la guillotina.
Ricardo se acercó y le dio un beso en la frente, ignorando su propia ansiedad.
—No creas todo lo que lees en la prensa, Sara. A veces exageran.
—Ricardo, no me mienta. Margarita Whitman es una mujer poderosa. Y me odia. Bueno, no me odia a mí, odia lo que represento. Odia que una “nadie” esté con el “Rey de Santa Fe”.
En ese momento, las niñas entraron corriendo, con las mochilas al hombro y las calcetas escolares arriba.
—¡Huele a hot cakes! —gritó Lili, quien ya había recuperado el color en las mejillas tras el susto del hospital.
—Siéntense, pirañas —dijo Ricardo, forzando una sonrisa—. Coman rápido que se les hace tarde para el camión escolar.
El desayuno transcurrió en una normalidad fingida. Ricardo observaba a Rosa untar mantequilla y a Lili dibujar una carita feliz con la miel de maple. Memorizó la escena: la luz del sol entrando por el ventanal, las risas, la paz. “Esto es”, pensó. “Esto es lo que voy a defender hoy”.
Cuando las niñas se fueron, Sara detuvo a Ricardo en la puerta antes de que subiera a su auto. Le acomodó la corbata, sus manos temblando ligeramente.
—Ricardo… si esto se pone feo… si le piden que elija… por favor, no sea tonto. No tire su vida por la borda. Nosotras podemos irnos. Podemos volver al departamento. Estaremos bien. No quiero ser la razón por la que pierda su imperio.
Ricardo tomó las manos de Sara y las besó.
—Sara, mi imperio está aquí, parado frente a mí. Lo de allá —señaló hacia los rascacielos visibles a lo lejos— son solo ladrillos y egos inflados. Nos vemos en la tarde. Prepara pozole, porque vamos a tener mucho que celebrar. O mucho que olvidar. Pero lo haremos juntos.
La Boca del Lobo
El trayecto hacia Santa Fe fue lento. El tráfico de Constituyentes estaba a vuelta de rueda, pero Ricardo no sentía la impaciencia habitual. Observaba a la gente en los otros autos: ejecutivos estresados hablando por manos libres, maquillándose en el retrovisor, todos corriendo hacia trabajos que probablemente odiaban para pagar vidas que no disfrutaban. Él había sido uno de ellos hasta hace poco.
Al llegar a la Torre Reforma, la atmósfera cambió. El valet parking lo saludó con nerviosismo, evitando el contacto visual.
—Buenos días, Don Ricardo.
—Buenos días, Checo. Cuídame el coche, por favor. Puede que hoy salga temprano… o que no vuelva a entrar.
Al cruzar el torno de seguridad y entrar al lobby, sintió las miradas. Eran como aguijones. Recepcionistas, guardias, analistas junior que caminaban con sus cafés de Starbucks… todos sabían. El chisme en el mundo corporativo viaja más rápido que la luz. “Ahí va”, parecían decir sus ojos. “El CEO que se enamoró de la sirvienta”.
Subió al elevador ejecutivo. Piso 42.
Las puertas se abrieron y se encontró de frente con Tom, su socio y único amigo real en ese nido de víboras. Tom se veía fatal, como si no hubiera dormido.
—Ricardo, gracias a Dios llegas. Margarita está desatada. Tiene a los abogados de compliance ahí adentro. Trajo a un notario.
—Tranquilo, Tom. Respira.
—¿Que respire? Güey, te quieren destituir por “conducta inmoral” y “daño a la reputación corporativa”. Van a alegar que Sara es una espía industrial o alguna estupidez así para justificar el despido sin indemnización. Tienes que negar todo. Di que es una empleada y punto. Di que la vas a correr. Miente, Ricardo. Por favor.
Ricardo puso una mano en el hombro de su amigo.
—No voy a mentir, Tom. Ya me cansé de mentir.
—Ricardo, piensa en lo que construimos. Quince años de trabajo.
—Lo estoy pensando. Y estoy pensando que quince años de soledad son suficientes.
Ricardo empujó las puertas dobles de la Sala de Juntas “Obsidiana”.
El Juicio
La sala estaba helada. El aire acondicionado estaba al máximo, una táctica vieja de Margarita para incomodar a los adversarios. En la mesa de caoba, larga como una pista de aterrizaje, estaban sentados los doce miembros del Consejo de Administración. Hombres y mujeres de trajes grises, con relojes que costaban más que un auto deportivo, y miradas vacías.
Al fondo, presidiendo la mesa, estaba Margarita Whitman. Con su cabello blanco impecablemente peinado, un traje Chanel rosa pálido y perlas, parecía una abuelita inofensiva. Pero Ricardo sabía que era una barracuda.
—Llegas tarde, Ricardo —dijo ella, consultando su reloj de oro.
—Son las 9:00 en punto, Margarita. Tu reloj está adelantado, como siempre, queriendo ganarle al tiempo.
Ricardo caminó hasta el otro extremo de la mesa, pero no se sentó. Se quedó de pie, dominando la sala con su altura y su presencia.
—Bien. Ahórrenme el teatro. ¿Para qué es esta reunión?
Margarita hizo un gesto sutil y el abogado de la empresa, un tipo calvo y sudoroso llamado Licenciado Pineda, le pasó una carpeta a Ricardo.
—Ricardo De la Vega —empezó Margarita con voz suave pero venenosa—. Este consejo ha recibido informes perturbadores sobre tu conducta personal. Se nos ha informado que mantienes una relación sentimental y de cohabitación con una empleada de nivel inferior, la señora Sara Mendoza, quien hasta hace poco formaba parte del personal de limpieza subcontratado.
—Sara Mendoza es mi Gerente de Hogar. Y sí, es mi pareja. ¿Cuál es el problema? ¿Hay alguna cláusula que me prohíba enamorarme?
—Hay cláusulas que prohíben el conflicto de interés y el daño a la imagen pública de la firma —intervino un consejero, Don Felipe, un hombre obeso que había heredado su fortuna de su padre—. Ricardo, somos una empresa que cotiza en bolsa. Nuestros inversionistas son conservadores. No podemos tener al CEO viviendo en pecado con… con la servidumbre.
Ricardo soltó una carcajada que resonó en las paredes de cristal.
—¿Viviendo en pecado? Felipe, tú tienes tres amantes y dos familias no reconocidas en Guadalajara. No me vengas a hablar de moralidad.
Felipe se puso rojo como un tomate y balbuceó indignado, pero Margarita levantó la mano para callarlo.
—Dejemos las hipocresías de lado, Ricardo. No se trata de moralidad sexual. Se trata de clase. De linaje. De adecuación.
Margarita se puso de pie, pequeña pero intimidante.
—Tú eres la cara de Grupo Azteca. Eres un aspiracional. La gente quiere ser como tú. Quieren el éxito, el dinero, el poder. Si te ven casado con una mujer que… que no sabe usar los cubiertos correctos, que viene de un barrio marginal, que trae hijos de otro hombre… rompes la ilusión. Te vuelves vulgar. Y lo vulgar no vende condominios de lujo.
Ricardo sintió que la ira le subía por el cuello, caliente y pulsante. Apretó los puños sobre la mesa.
—Sara Mendoza tiene más clase en su dedo meñique que todos ustedes juntos —dijo con voz baja y peligrosa—. Sara Mendoza sobrevivió al abandono, a la pobreza, a la enfermedad de una hija, trabajando tres turnos para que a sus niñas no les faltara nada. Eso es clase, Margarita. Eso es dignidad. Lo que ustedes tienen no es clase, es dinero viejo y miedo. Miedo a que alguien les recuerde que, sin sus cuentas bancarias, no son nada.
—Discurso conmovedor —dijo Margarita con sarcasmo—. Pero irrelevante. Aquí está el trato, Ricardo. Tienes dos opciones. Opción A: Terminas esa relación hoy mismo. Le das una liquidación generosa a la mujer, la mandas lejos, y emitimos un comunicado diciendo que todo fue un rumor malintencionado. Te quedas como CEO, te damos un bono de desempeño y todos felices.
—¿Y la Opción B?
—Opción B: El consejo vota por una moción de “pérdida de confianza”. Te destituimos. Sin indemnización. Y nos encargaremos de que tu nombre quede tan manchado en la industria que no podrás conseguir trabajo ni de cajero en un OXXO.
El silencio en la sala era absoluto. Se podía escuchar el zumbido del proyector. Todos los ojos estaban fijos en Ricardo. Tom lo miraba con súplica: Acepta la opción A, por favor.
Ricardo miró por la ventana. Vio la ciudad extendiéndose hasta el horizonte. Vio los edificios que él había ayudado a construir. Vio su “imperio”. Y luego, cerró los ojos y vio la cara de Lili manchada de miel de maple, y los ojos de Sara mirándolo con amor y miedo en la mañana.
Recordó las palabras de Sara en el hospital: “El dinero no compra que te abracen cuando tienes miedo”.
Abrió los ojos. Miró a Margarita y sonrió. Una sonrisa de tiburón, pero esta vez, un tiburón libre.
—Elijo la Opción C.
Margarita parpadeó.
—No hay Opción C.
—Claro que la hay. Siempre la hay si tienes los huevos para tomarla.
Ricardo sacó una pluma de su bolsillo.
—Renuncio.
Un jadeo colectivo recorrió la sala.
—No puedes renunciar así nada más —dijo el abogado Pineda—. Hay protocolos, hay…
—Renuncio —repitió Ricardo con voz de trueno—. Efectivo inmediatamente. Y no solo eso. Margarita, siempre has querido mis acciones, ¿verdad? Siempre has querido el control total. Pues felicidades, te las vendo.
—¿Qué? —Margarita perdió su compostura por primera vez.
—Te vendo mi 30% de participación. Al precio de mercado de hoy. Ni un centavo más, ni un centavo menos. Llámale a tus banqueros. Sé que tienes la liquidez. Cómprame y quédate con tu reino de hielo.
—Ricardo, estás cometiendo un suicidio profesional —dijo Tom, levantándose—. Estás tirando a la basura quince años de trabajo por… por una mujer.
—No, Tom. Estoy tirando a la basura quince años de vacío por una vida. Y no es “una mujer”. Es mi mujer. Es mi familia.
Ricardo tomó la carpeta que le habían dado y la lanzó al centro de la mesa, deslizándose hasta detenerse frente a Margarita.
—Ahí tienes tu empresa, Margarita. Ojalá te caliente por las noches, porque te aseguro que nadie más lo hará.
Se dio la media vuelta y caminó hacia la puerta. Sus pasos resonaban firmes, ligeros.
—¡Te vas a arrepentir, Ricardo! —gritó Margarita a su espalda, su voz aguda y furiosa—. ¡Vas a volver arrastrándote cuando se te acabe el dinero y el romance!
Ricardo se detuvo en el umbral, con la mano en la puerta. Se giró una última vez.
—Margarita, te tengo lástima. Eres la mujer más pobre que conozco. Solo tienes dinero.
Salió de la sala y cerró la puerta. El sonido del cerrojo encajando fue el sonido más dulce que había escuchado en años.
El Peso de la Libertad
Al salir de la sala de juntas, Ricardo se encontró con un pasillo largo y vacío. Se aflojó la corbata. Se quitó el gafete de identificación que colgaba de su cuello —ese pedazo de plástico que había definido quién era durante década y media— y lo dejó caer en un bote de basura metálico.
Caminó hacia su oficina. No iba a llevarse nada de valor corporativo. Solo tomó tres cosas: la foto enmarcada de su madre, su pluma favorita y el dibujo de un león de colores que Lili le había regalado hacía dos días.
Al salir, su secretaria, Betty, una mujer leal que llevaba con él diez años, lo miró con ojos llorosos.
—¿Es verdad, jefe? ¿Se va?
—Me voy, Betty.
—¿Pero qué vamos a hacer sin usted? Margarita es… es difícil.
—Ustedes son buenos en lo que hacen, Betty. Sobrevivirán. Pero si las cosas se ponen feas… llámame. Voy a abrir algo propio. Algo pequeño. Y voy a necesitar a la mejor asistente del mundo.
Betty sonrió entre lágrimas.
—Cuente conmigo, jefe.
Ricardo bajó por el elevador por última vez. Al cruzar el lobby, ya no sintió las miradas como aguijones. Las sentía como lo que eran: irrelevantes. Salió a la calle, al sol de mediodía. Respiró hondo. El aire de la CDMX seguía oliendo a escape de camión y tacos de canasta, pero a él le supo a gloria.
Subió a su auto. Su teléfono empezó a vibrar como loco. Mensajes de inversionistas, llamadas de periodistas, notificaciones de LinkedIn. Apagó el aparato y lo lanzó al asiento del copiloto.
Arrancó el motor. No puso música. Quería escuchar el motor y sus propios pensamientos.
“¿Qué acabo de hacer?”, pensó, y una punzada de pánico lo asaltó. Había quemado sus naves. Ya no era el CEO poderoso. Era un desempleado millonario, sí, pero desempleado. ¿Y si Sara tenía razón? ¿Y si se arrepentía en un mes?
Pero entonces pensó en llegar a casa y no tener que revisar correos hasta las 2 a.m. Pensó en fines de semana sin llamadas de conferencia. Pensó en llevar a las niñas al parque sin estar pegado al celular. Y el pánico se disolvió, reemplazado por una euforia tranquila.
La Noticia
Llegó a la mansión a las dos de la tarde. La casa estaba en silencio, las niñas aún no llegaban del colegio. Caminó hacia la casa de huéspedes.
Encontró a Sara en la cocina, picando verdura con una velocidad nerviosa. La televisión pequeña de la cocina estaba encendida en un canal de noticias financieras. El cintillo rojo decía: “BOMBAZO EN GRUPO AZTECA: RICARDO DE LA VEGA RENUNCIA Y VENDE SUS ACCIONES TRAS ESCÁNDALO INTERNO”.
Sara levantó la vista al verlo entrar. Soltó el cuchillo. Estaba pálida.
—Lo hizo —susurró—. De verdad lo hizo.
Ricardo se recargó en el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos, viéndola.
—Lo hice.
—¿Por qué? —Sara corrió hacia él y lo golpeó suavemente en el pecho con los puños cerrados, llorando—. ¡Le dije que no lo hiciera! ¡Le dije que no tirara todo por nosotras! ¡Es un estúpido! ¡Un estúpido maravilloso, pero un estúpido!
Ricardo la dejó desahogarse. La abrazó fuerte, hundiendo su cara en su cuello.
—Ya está hecho, Sara. Ya no hay vuelta atrás. Margarita me compró las acciones. El dinero se transfiere el lunes. Somos libres.
—Pero su empresa… era su bebé. La construyó desde cero.
—Y ya creció. Ya no me necesita. Pero tú sí. Las niñas sí. Y yo las necesito a ustedes.
Sara se apartó para mirarlo a la cara. Sus ojos oscuros lo escaneaban, buscando arrepentimiento.
—¿Seguro? ¿Seguro que no me va a odiar en un año cuando extrañe el poder?
—Sara, el poder es despertarse y no tener que rendirle cuentas a nadie más que a tu propia conciencia. El poder es poder decirte “te amo” frente a todo el mundo sin que me importe un carajo lo que diga una vieja amargada en una sala de juntas.
Ricardo la tomó de la cara con ambas manos.
—Además, tengo un plan. No me voy a quedar sentado rascándome la panza.
—¿Ah, no? —Sara sonrió entre lágrimas.
—No. Voy a fundar una consultora. Pequeña. Boutique. Solo clientes que me caigan bien. Y voy a trabajar desde casa tres días a la semana. Pero necesito una socia.
—¿Una socia?
—Alguien que sea experta en administración de recursos en crisis, que tenga una ética de trabajo impecable y que no me deje gastar dinero en tonterías. ¿Conoces a alguien?
Sara soltó una carcajada, la primera risa genuina en días.
—Creo que conozco a alguien. Pero es muy exigente. Y cobra caro.
—Estoy dispuesto a negociar. ¿Qué tal si el pago incluye besos ilimitados y domingos de pozole?
—Mmm… tendría que consultarlo con mis hijas. Ellas son mis asesoras financieras.
En ese momento, se escuchó el ruido del transporte escolar llegando.
—¡Ya llegaron! —dijo Sara, limpiándose las lágrimas.
Rosa y Lili entraron corriendo, aventando las mochilas.
—¡Mamá! ¡Ricardo! —gritó Lili—. ¡En la escuela dicen que Ricardo salió en la tele! ¡Dicen que ya no tiene trabajo!
Rosa, más perspicaz, miró a Ricardo con preocupación.
—¿Es cierto? ¿Ya no eres el jefe?
Ricardo se agachó para quedar a su altura.
—Ya no soy el jefe de allá afuera, Rosa. Pero sigo siendo el jefe de… bueno, en realidad aquí la jefa es su mamá, yo solo soy el subgerente.
Las niñas rieron.
—¿Entonces ya no eres rico? —preguntó Lili inocentemente.
—Lili, no seas grosera —la regañó Sara.
—Está bien, Sara —dijo Ricardo—. Lili, el dinero está en el banco. No nos va a faltar nada. Pero soy rico de otra manera ahora.
—¿Cómo?
—Porque ahora tengo tiempo. Tiempo para ir a tus festivales. Tiempo para ayudarte con las matemáticas, Rosa. Tiempo para estar aquí.
Rosa, que siempre había tenido esa mirada de adulta en cuerpo de niña, sonrió y lo abrazó fuerte.
—Eso me gusta más. El dinero no da abrazos.
Ricardo cerró los ojos, sintiendo los bracitos de las niñas alrededor de su cuello y la mano cálida de Sara en su espalda. En ese momento, en la cocina de una casa en las Lomas, Ricardo De la Vega, el ex CEO desempleado, se sintió el hombre más poderoso del universo. Había perdido su corona, pero había encontrado su hogar. Y esa era una transacción que volvería a hacer mil veces sin dudarlo.
—Bueno —dijo Ricardo, poniéndose de pie y aflojándose la corbata definitivamente—. Ya que soy un desempleado, creo que tengo tiempo para cumplir una promesa.
—¿Cuál promesa? —preguntaron las tres.
—Dije que hoy celebrábamos con pozole. ¿Quién me ayuda a picar la lechuga?
La cocina se llenó de gritos y actividad. Y mientras Ricardo cortaba rábanos con la torpeza de un novato pero con la alegría de un niño, supo que la verdadera historia de su vida apenas estaba comenzando.
CAPÍTULO 7: Cimientos Nuevos y Votos Eternos
Seis meses. En el calendario gregoriano, es apenas medio giro alrededor del sol. En el mundo corporativo, son dos trimestres fiscales. Pero en la vida de la familia De la Vega-Mendoza (un apellido compuesto que aún no era oficial en papel, pero sí en el corazón), seis meses habían sido suficientes para reescribir la historia.
La mansión de Lomas de Chapultepec ya no parecía un museo de arte moderno donde estaba prohibido tocar las cosas. Ahora, era un hogar.
Si uno entraba por el vestíbulo principal, lo primero que notaba no era el mármol italiano pulido, sino una colección de tenis de colores (dos pares pequeños, dos pares de adulto) alineados junto a la puerta. En la sala formal, donde antes solo había esculturas abstractas incomprensibles, ahora había un fuerte construido con cojines y sábanas, territorio soberano de la “Reina Lili” y su caballero andante, un Golden Retriever cachorro llamado “Taco” que habían adoptado hacía tres meses.
Ricardo trabajaba en su estudio, pero la puerta estaba abierta de par en par. Ya no usaba corbata dentro de casa. Vestía una camisa de lino arremangada y unos jeans cómodos. Su nueva empresa, Consultora RDLV, operaba con una eficiencia que Grupo Azteca jamás tuvo, principalmente porque Ricardo elegía a sus clientes con pinzas.
—Ricardo, tienes una llamada en la línea dos —dijo Sara, entrando al estudio con una tablet en la mano y una pluma atorada en su chongo desenfadado.
Sara también había cambiado. Ya no tenía esa mirada de venado lampareado, siempre alerta ante el peligro. Ahora caminaba con seguridad, con la cabeza alta. Se había inscrito en la universidad en línea para terminar su licenciatura en Administración de Empresas y, de paso, llevaba las finanzas de la consultora de Ricardo con una precisión que hacía temblar a los contadores externos.
—¿Quién es? —preguntó Ricardo, sin levantar la vista de unos planos arquitectónicos.
—Es Margarita Whitman.
Ricardo se detuvo. Levantó la vista.
—¿Margarita? ¿Otra vez? Es la tercera vez en la semana.
—Dice que es urgente. Que los accionistas están… inquietos.
Ricardo sonrió, esa sonrisa tranquila de quien tiene el sartén por el mango.
—Pásamela. Vamos a ver qué quiere la dama de hierro.
Ricardo tomó el teléfono y puso el altavoz, haciéndole una seña a Sara para que se quedara a escuchar.
—Buenas tardes, Margarita. ¿A qué debo el honor?
—Ricardo —la voz de Margarita sonaba diferente. Ya no tenía ese filo cortante y soberbio. Sonaba… cansada. Vieja—. ¿Cómo estás?
—Muy bien, gracias. Disfrutando de mi desempleo, como tú lo llamaste. Viendo crecer a mis hijas. ¿Y tú? ¿Cómo va el imperio?
Hubo un silencio incómodo al otro lado de la línea.
—El imperio se tambalea, Ricardo. Las acciones han caído un 15% desde tu salida. Los japoneses se retiraron del trato de la Torre Reforma II. Dicen que no confían en la nueva dirección.
—Es una lástima. Ese trato estaba casi cerrado.
—Ricardo, dejémonos de juegos. Te necesitamos. El consejo se reunió ayer. Estamos dispuestos a ofrecerte tu puesto de regreso. Con un aumento del 20% en el paquete de compensación y… —Margarita tragó saliva, su orgullo siendo tragado con dificultad— y una disculpa pública para la señora Mendoza. No nos meteremos en tu vida personal. Cásate con quien quieras. Solo vuelve.
Sara miró a Ricardo. Seis meses atrás, esa llamada hubiera sido la validación suprema, el triunfo del ego. Ricardo miró a Sara, vio la luz del sol iluminando su rostro, escuchó los ladridos de Taco jugando con Lili en el jardín.
—Margarita —dijo Ricardo con voz suave—. Agradezco la oferta. De verdad. Pero la respuesta es no.
—¿No? Ricardo, no seas rencoroso. Es un negocio.
—No es rencor. Es que ya tengo otro trabajo. Uno mucho más importante.
—¿Qué trabajo puede ser más importante que dirigir la inmobiliaria más grande de Latinoamérica?
—Soy chofer de transporte escolar, tutor de matemáticas, crítico de arte amateur y, próximamente, espero ser esposo de tiempo completo. No tengo tiempo para tus crisis, Margarita. Vende la empresa si no puedes manejarla. O contrata a alguien más joven y con más hambre. A mí ya se me quitó el hambre de dinero. Ahora tengo hambre de vida.
Ricardo colgó el teléfono.
Sara lo miró, con los ojos brillantes.
—¿Sabe que acaba de rechazar millones de dólares, verdad?
—Sé que acabo de evitar perderme los próximos veinte años de mi vida.
Se levantó, rodeó el escritorio y la tomó de la cintura.
—Además, tengo un plan mejor para ese dinero.
—¿Ah, sí? ¿Cuál?
—Una boda. Una boda grande. Con mucho mole y mucho tequila. ¿Qué opinas?
La Propuesta: Un Asunto de Estado
Ricardo sabía que no podía pedirle matrimonio a Sara sin antes pedir la “bendición” de las verdaderas jefas de la casa.
Un sábado por la tarde, mientras Sara estaba en su clase de zoom, Ricardo convocó a una “Junta Ejecutiva” en la casa del árbol que había mandado construir en el jardín (con electricidad, Wi-Fi y cojines).
Rosa (ahora de 10 años) y Lili (de 9) estaban sentadas con las piernas cruzadas, muy serias.
—Se abre la sesión —dijo Ricardo, sentándose en el suelo con dificultad debido a sus largas piernas—. El orden del día es un tema de alta confidencialidad.
—¿Nos vas a comprar un poni? —preguntó Lili esperanzada.
—No, Lili. Taco ya se come mis zapatos, un poni se comería los muebles. Es algo más serio.
Ricardo sacó una cajita de terciopelo azul de su bolsillo. Las niñas abrieron los ojos como platos.
—Quiero pedirle a su mamá que se case conmigo. De verdad. Con vestido blanco, fiesta y papeles firmados. Quiero ser su esposo y… —Ricardo sintió un nudo en la garganta— y quiero ser su papá. Oficialmente. Adoptarlas, si ustedes están de acuerdo.
Se hizo un silencio en la casa del árbol, solo roto por el viento moviendo las hojas.
Rosa, la protectora, la que recordaba los tiempos difíciles mejor que nadie, lo miró fijamente.
—¿Para siempre? —preguntó—. ¿No te vas a ir como mi papá Tony? ¿No te vas a cansar cuando Lili se enferme o cuando yo sea adolescente y me ponga rebelde, como dice mi mamá?
—Rosa —Ricardo tomó su mano—. No me voy a ir nunca. Ni cuando se enfermen, ni cuando se porten mal, ni cuando sean viejitas y yo sea un anciano gruñón. Ustedes son mi vida. Ustedes me salvaron.
—¿Nos salvamos? —preguntó Lili—. Tú nos salvaste a nosotras.
—No, chaparra. Yo tenía dinero, pero estaba muerto por dentro. Ustedes me enseñaron a vivir. Eso es salvar a alguien.
Rosa asintió solemnemente, luego sonrió.
—Aprobado por el comité.
—¡Sí! —gritó Lili—. ¡Boda! ¡Vestidos! ¡Pastel!
—Shhh, es un secreto —advirtió Ricardo—. La operación “Anillo” comienza hoy en la noche.
La Noche de las Velas
Esa noche, Ricardo le dijo a Sara que tenía una cena de negocios en casa y que necesitaba que ella y las niñas se vistieran elegantes. Sara, refunfuñando un poco (“es sábado, Ricardo, quería ver mi serie”), se puso un vestido rojo sencillo que le quedaba espectacular.
Al bajar las escaleras, notó que la casa estaba a oscuras.
—¿Ricardo? ¿Se fue la luz?
—Sigue el camino —dijo la voz de Rosa desde la oscuridad.
En el suelo, había un camino de pétalos de rosa y veladoras LED (por seguridad, insistencia de Sara) que atravesaba el vestíbulo, salía al jardín y terminaba en el kiosco de piedra.
Sara caminó, el corazón latiéndole a mil por hora. Al salir al jardín, vio que los árboles estaban iluminados con miles de luces de hadas. En el centro del kiosco estaba Ricardo, de traje, pero sin corbata, con una sonrisa nerviosa.
A su lado estaban Rosa y Lili, sosteniendo letreros hechos a mano con cartulina y diamantina.
El letrero de Lili decía: “¿Te quieres casar con él?”
El letrero de Rosa decía: “Dice que nos va a aguantar para siempre (y que compra pizza los viernes)”.
Sara se llevó las manos a la boca, las lágrimas brotando instantáneamente.
Ricardo se acercó a ella. No había música, solo el sonido de los grillos y la respiración entrecortada de ambos.
—Sara Villalobos… o Sara Mendoza… o como tú elijas llamarte, porque el nombre no hace a la mujer, la mujer hace al nombre. Hace seis meses, encontré a dos ángeles limpiando mi piso a media noche. Y a través de ellas, encontré a la mujer más valiente, terca, hermosa y noble del mundo.
Ricardo se arrodilló. Sacó el anillo. No era una roca ostentosa y vulgar. Era un diamante elegante, rodeado de zafiros (el color favorito de ella) y con tres pequeñas piedras grabadas en el interior de la banda, representando a los tres (él y las niñas) rodeándola a ella.
—Me has enseñado que la riqueza no es lo que tienes en el banco, sino con quién compartes el desayuno. Me has enseñado a ser padre sin tener la sangre, y a ser hombre sin necesitar el aplauso de nadie. Sara, te amo. Te amo con todo lo que soy y con todo lo que tengo. ¿Me harías el honor de ser mi esposa, mi socia y mi brújula por el resto de mis días?
Sara no podía hablar. Asintió frenéticamente, sollozando.
—¡Di que sí, mamá! —gritó Lili, rompiendo el momento solemne.
—¡Sí! —logró decir Sara con voz estrangulada—. ¡Sí, sí, mil veces sí!
Ricardo le puso el anillo. Le quedaba perfecto. Se levantó y la besó, un beso que supo a promesa cumplida, a destino alcanzado. Las niñas corrieron y se unieron al abrazo, creando una bola humana de risas y llanto feliz.
—¡Abrazo grupal! —gritó Ricardo, levantando a Lili en un brazo y abrazando a Rosa y Sara con el otro.
Desde la ventana de la cocina, Doña Helen (la nueva cocinera que Sara había contratado después de despedir al afrancesado Enrique) y el jardinero Don Luis aplaudían emocionados.
El Choque de Dos Mundos: La Boda
Planear la boda fue el primer gran desafío de su nueva vida social. Ricardo quería darle a Sara la boda que nunca tuvo. Sara quería algo sencillo. Llegaron a un acuerdo: “Elegancia Mexicana”.
El problema no era la decoración, sino la lista de invitados.
Ricardo tenía amigos de su “vida anterior”: empresarios, socios, gente de la alta sociedad que, a pesar de su renuncia, seguían respetándolo (o queriendo su dinero).
Sara tenía a su gente: Doña Mari (la vecina de Iztapalapa), sus amigas de la lavandería, las mamás de la escuela pública anterior.
—Va a ser un desastre, Ricardo —decía Sara, revisando la lista de mesas—. ¿Cómo voy a sentar a Tom, el vicepresidente de finanzas, junto a Doña Mari, que le dice “mijo” a todo el mundo y come mole con las manos?
—Los vas a sentar juntos y punto. El tequila es el gran igualador social de México, amor. Tú confía.
El día de la boda llegó. Fue en un jardín histórico en Coyoacán, lleno de buganvilias y arquitectura colonial.
Ricardo esperaba en el altar. Llevaba un traje gris perla. A su lado, Tom, su padrino, se veía nervioso.
—¿Seguro que no quieres salir corriendo? —bromeó Tom—. Todavía tengo el coche encendido.
—Jamás he estado tan seguro de un contrato en mi vida, Tom. Este es el único que importa.
La música empezó. No fue la marcha nupcial tradicional. Fue “Cielito Lindo” tocado por un cuarteto de cuerdas suave.
Primero entraron las niñas. Iban vestidas de color lavanda, tirando pétalos blancos. Se veían radiantes, seguras, dueñas del lugar.
Y luego, entró Sara.
El mundo se detuvo para Ricardo. Llevaba un vestido de encaje mexicano, sencillo pero elegante, que resaltaba su figura. No llevaba joyas ostentosas, solo unos aretes de perlas que Ricardo le había regalado. Se veía como una reina. No, mejor que eso. Se veía como Sara.
Al llegar al altar, Sara le guiñó un ojo.
—Llegas tarde —susurró él.
—Lo bueno se hace esperar, señor De la Vega.
La ceremonia fue emotiva. El juez, un amigo de Ricardo, habló sobre las segundas oportunidades. Pero el momento cumbre fueron los votos.
—Ricardo —dijo Sara, con voz clara, sosteniendo sus manos—. Cuando te conocí, pensé que eras el enemigo. Pensé que eras todo lo que estaba mal en el mundo: arrogancia, dinero, frialdad. Pero me enseñaste que detrás de la armadura había un corazón que solo necesitaba un motivo para latir. Prometo cuidarte, no porque lo necesites, sino porque quiero hacerlo. Prometo hacerte chilaquiles cuando estés triste y recordarte quién eres cuando el mundo intente cambiarte. Te amo.
Ricardo tuvo que respirar hondo para no quebrarse.
—Sara. Tú me salvaste de la pobreza más grande que existe: la soledad. Me diste una familia cuando yo ni siquiera sabía que la quería. Prometo honrar tu pasado, respetar tu fuerza y proteger nuestro futuro. Prometo ser el padre que Rosa y Lili merecen. Y prometo que nunca, nunca, volverás a sentirte sola en una sala de espera de hospital o en una noche fría. Eres mi hogar.
—Los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
El beso fue aplaudido por una mezcla ecléctica de gente. Y tal como Ricardo predijo, en la fiesta, la magia sucedió.
En la mesa 5, Tom estaba fascinado escuchando las historias de Doña Mari sobre cómo sobrevivió al terremoto del 85.
—¡No me diga, Doña Mari! ¿Y sacó al perro de los escombros?
—Sí, mijo. Y mire, pruebe este mole, le falta picante, pero está bueno. Cómale, que está muy flaco.
En la pista de baile, las niñas bailaban “Payaso de Rodeo” con los hijos de los ex-socios de Ricardo, sin importar las marcas de ropa o los códigos postales. Todos eran solo niños riendo y cayéndose al ritmo de la música.
Ricardo y Sara bailaban un bolero lento en el centro de la pista.
—¿Ves? —dijo Ricardo al oído de ella—. Te dije que el tequila une a la gente.
—Tenías razón, sabelotodo.
—¿Eres feliz, Sara?
Sara recargó la cabeza en su hombro, mirando a sus hijas reír a lo lejos.
—Soy más que feliz, Ricardo. Tengo paz. Y tengo amor. No pido nada más.
Epílogo: La Verdadera Riqueza
La noche cayó sobre Coyoacán. Los invitados empezaron a irse. Rosa y Lili se habían quedado dormidas en unas sillas, cubiertas con el saco de Tom.
Ricardo cargó a Lili. Sara despertó suavemente a Rosa.
—Vámonos a casa, familia —dijo Ricardo.
Mientras caminaban hacia el auto, Ricardo miró al cielo estrellado. Pensó en Margarita, sola en su oficina de cristal, contando dinero. Pensó en su yo del pasado, cenando solo en restaurantes de lujo. Y luego sintió el peso de Lili en sus brazos, el calor de la mano de Sara en la suya y la mirada de sueño de Rosa.
Había perdido una fortuna para ganar un tesoro.
Había renunciado a ser un “Tiburón” para convertirse en un ser humano.
Subieron al auto.
—Papá… —murmuró Lili, medio dormida, acomodándose en el asiento trasero.
Era la primera vez que lo llamaba así sin titubear.
Ricardo cruzó la mirada con Sara por el retrovisor. Ella tenía los ojos llenos de lágrimas y una sonrisa que iluminaba la oscuridad.
—Descansa, mi amor. Papá está aquí —respondió Ricardo, y la palabra se sintió correcta, sólida, eterna.
El auto arrancó, alejándose hacia su hogar en las Lomas. No hacia una mansión vacía, sino hacia una casa llena de dibujos, libros, perros y el caos maravilloso de una vida compartida. Y mientras la ciudad de México seguía su ritmo frenético de ambición y ruido, en ese pequeño coche viajaba la fortuna más grande de todas: una familia que se había elegido a sí misma contra todo pronóstico.
Y vivieron, no felices para siempre como en los cuentos, sino felices día a día, con problemas reales, con risas reales y con un amor a prueba de balas. Y eso, al final, era mucho mejor que cualquier cuento de hadas.
FIN