
CAPÍTULO 1: El Peso de la Ciudad
El sol de la Ciudad de México es un mentiroso. A las seis de la mañana, cuando apenas empieza a despuntar sobre los volcanes, promete calidez, pero en las calles de Lomas de Chapultepec, el aire cala hasta los huesos. Es un frío húmedo, gris, que se mete por los agujeros de la ropa vieja y se asienta en los pulmones.
Clara se ajustó el rebozo delgado que usaba sobre su playera amarilla. La prenda había sido brillante alguna vez, un amarillo canario orgulloso, pero tras cientos de lavadas con jabón Zote y secados al sol en la azotea de su vecindad en Iztapalapa, ahora era de un tono pálido, triste, casi transparente en los hombros. Tenía un agujero justo encima de la cadera derecha, donde el hueso sobresalía un poco por la falta de comida decente en las últimas semanas.
Arrastraba su costal de rafia blanca, ese sonido —shhh, shhh, shhh— era su banda sonora personal. Para la gente que vivía en esas mansiones amuralladas, ese ruido era invisible, o peor aún, molesto. Para Clara, era el sonido de la supervivencia.
Llegó a la caseta de vigilancia de la Privada de los Virreyes. Don Chucho, el guardia del turno nocturno, estaba cabeceando dentro de su pecera de cristal blindado, con una pequeña televisión portátil transmitiendo las noticias matutinas de Televisa a todo volumen.
—Buenos días, Don Chucho —dijo Clara, su voz ronca por el sereno de la madrugada.
El guardia dio un respingo, casi tirando su café del OXXO. Se ajustó la gorra y la miró con los ojos rojos de sueño.
—Ah, eres tú, flaca. Llegaste temprano. Los del camión de la basura pasan a las siete, así que apúrale si quieres ganarles lo bueno.
—Ya sabe que yo soy rápida, Don Chucho. Nomás no me eche a los perros si me tardo cinco minutos más.
—Pásale, pásale. Pero ya sabes las reglas: nada de hacer reguero, nada de tocar los timbres y si sale algún residente, te haces invisible. No quieren ver pobreza antes de su desayuno continental.
Clara asintió, tragándose el comentario mordaz que tenía en la punta de la lengua. “Invisible”. Esa era su especialidad. Cruzó la pluma de acceso y el ambiente cambió de inmediato. El asfalto aquí no tenía baches. Los árboles estaban podados en formas geométricas perfectas. El aire olía a jazmín y a lavanda, ocultando el hedor natural de la ciudad monstruosa que rugía a lo lejos.
Caminar por estas calles era como caminar por otro planeta. Aquí, las casas no eran casas; eran fortalezas. Muros de tres metros, cámaras de seguridad que parpadeaban con luces rojas como ojos de demonios tecnológicos, y coches estacionados en las entradas que costaban más de lo que Clara ganaría en diez vidas.
Se dirigió a su punto habitual, la zona de los contenedores comunitarios al final de la calle principal, donde los empleados domésticos sacaban las bolsas negras la noche anterior.
—Vamos a ver qué nos regalaron hoy los ricos —susurró para sí misma, frotándose las manos para calentarlas.
Abrió la primera bolsa con la destreza de un cirujano. El olor la golpeó: una mezcla de café molido caro, cáscaras de fruta importada y pañales. Pero Clara no se inmutó. Sus ojos escanearon el contenido con visión láser.
—Plástico… plástico duro… —murmuró, separando botellas de agua Fiji y Evian—. Mira nomás, pura agua de manantial francés y yo tomando de la llave hervida.
Aplastó las botellas con el talón de su chancla dispareja —la derecha era una Havaiana negra que encontró en un parque, la izquierda una azul genérica comprada en el metro— y las lanzó a su costal. Cada crujido era una moneda. Un peso más para el fondo de David.
David.
El pensamiento de su hermano le oprimió el pecho más fuerte que el frío. Llevaba tres días en el Hospital General, esperando turno para la máquina de hemodiálisis. Los riñones de David estaban fallando más rápido de lo que los doctores habían predicho. “Necesitamos la cirugía, Clara”, le había dicho el residente con esa cara de lástima que ella odiaba. “Y los insumos. El seguro popular cubre algo, pero no todo”.
Necesitaba cinco mil pesos para el fin de semana. Apenas llevaba trecientos.
—Tengo que apurarme —se dijo, sintiendo la adrenalina del pánico—. Si encuentro latas de aluminio, valen más. Ojalá hayan tenido fiesta anoche.
Se movió al siguiente contenedor. Estaba inmersa en su tarea, con la mitad del cuerpo metido en el gran bote verde, cuando lo escuchó.
No fue un ruido normal. En estas calles, los ruidos eran motores suaves de híbridos o el zumbido de jardineros eléctricos. Esto fue un rugido. Un motor V8 acelerando a fondo, seguido de un rechinido de llantas que sonó como un grito de dolor sobre el pavimento.
¡SCREEEEEECH!
Clara saltó hacia atrás, tirando una botella de vidrio que se hizo añicos. Se pegó a la pared de piedra, con el corazón en la garganta.
Un Mercedes Benz Clase S, color negro obsidiana, acababa de salir de la curva a una velocidad suicida. El coche se coleó, perdió tracción y se fue directo contra la banqueta opuesta, frenando de golpe justo antes de estrellarse contra un poste de luz.
No hubo choque. Solo un frenado brutal.
Y luego, silencio.
El coche quedó ahí, atravesado a mitad de la calle. El motor seguía encendido, un ronroneo bajo y poderoso que sonaba ominoso en la quietud de la mañana.
Clara esperó. Unos segundos. Un minuto.
—¿Qué pedo? —susurró, usando el lenguaje de su barrio—. ¿Vienen borrachos o qué?
Nadie bajó. Nadie gritó.
Entonces, la puerta del conductor se abrió lentamente. Un clic mecánico y luego el peso de la puerta blindada cediendo. Se abrió por completo, oscilando suavemente.
Y nadie salió.
Clara sintió un impulso primario de correr. Su instinto de supervivencia, afilado en las calles peligrosas de Iztapalapa, le gritaba: “¡Vete! ¡Si llega la patrulla y te ven aquí con un coche de lujo parado, te van a culpar! ¡Van a decir que pusiste piedras para asaltarlo!”.
Agarró su costal. Dio un paso hacia la salida.
Pero algo la detuvo. O más bien, la falta de algo. No había movimiento en el coche. Solo una pierna, vestida con un pantalón de traje oscuro, que asomaba ligeramente, inerte.
—Chingada madre —masculló Clara, cerrando los ojos un segundo—. No puedo. No puedo dejarlo ahí.
Dejó el costal escondido detrás de un arbusto de bugambilias y se acercó. Caminó despacio, con las manos en alto, como si esperara que alguien le apuntara con un arma.
—¿Oiga? —llamó—. ¿Joven? ¿Señor?
Al llegar a la puerta abierta, la escena le robó el aliento.
El hombre estaba colapsado sobre el volante. Su cabeza descansaba sobre el cuero beige, girada hacia ella. Era joven, tal vez treinta y tantos. Y era… dolorosamente guapo. Incluso con la cara desencajada, tenía facciones que parecían talladas a mano. Nariz recta, pestañas largas que descansaban sobre pómulos altos, una barba de candado perfectamente delineada.
Pero estaba pálido. No blanco, sino gris. Ceroso. Como los cuerpos que a veces sacaban de las vecindades cuando llegaba el forense.
Un hilo de sangre bajaba desde su sien derecha, donde probablemente se había golpeado contra el marco de la ventana al frenar. Su camisa blanca, desabrochada en el cuello, estaba empapada en sudor, pegada a su pecho.
—¡Virgencita santa! —Clara se llevó las manos a la boca.
Miró a su alrededor. Las mansiones seguían dormidas. Nadie se asomaba. Estaban solos.
Se inclinó hacia él. El interior del coche olía a cuero nuevo, a aire acondicionado y a una colonia cara que se mezclaba con el olor metálico de la sangre.
—Oiga, despierte —Clara le tocó el hombro.
El cuerpo se sintió pesado, flácido bajo su mano. Estaba ardiendo en fiebre.
—¡Señor! —gritó más fuerte, sacudiéndolo.
La cabeza del hombre se deslizó del volante y cayó hacia atrás contra el reposacabezas. Sus ojos estaban cerrados, pero sus labios tenían un tinte azulado.
Clara buscó el pulso en su cuello, tal como había visto en la tele. Sus dedos callosos, acostumbrados a tocar cartón y vidrio, temblaron al tocar la piel suave y caliente de aquel desconocido.
Ahí estaba. Un latido. Pero era débil. Errático. Pum… pum………. pum.
—Se está yendo —pensó Clara, y el terror la invadió.
Si este hombre se moría aquí, con ella al lado, su vida se acababa. Pero más allá del miedo a la cárcel, estaba el miedo de ver morir a alguien cuando podía hacer algo. Recordó a su mamá, muriendo en un taxi porque nadie quiso ayudarlas a bajarla.
—No hoy, carnal. Hoy no te toca —dijo con determinación.
Tenía que sacarlo. El coche seguía encendido y, aunque no sabía de mecánica, le daba miedo que explotara o algo. Además, necesitaba espacio.
Buscó el broche del cinturón de seguridad. Sus dedos torpes lucharon con el mecanismo hasta que hizo clic.
—Pesa usted como un pecado, oiga —gruñó Clara mientras pasaba sus brazos por debajo de las axilas del hombre.
Tiró de él. El hombre era puro músculo muerto. Clara, que apenas medía uno sesenta y pesaba cincuenta kilos mojada, tuvo que usar toda la fuerza que había ganado cargando basura durante años. Apretó los dientes, plantó sus chanclas en el asfalto y jaló.
—¡Una, dos, tres!
El cuerpo se deslizó fuera del asiento. Clara casi se cae por el peso, pero logró amortiguar la caída del hombre, acostándolo sobre el pavimento frío junto al coche.
El hombre no se movía.
Clara se arrodilló a su lado, ignorando el dolor en sus rodillas al golpear el suelo duro.
Acercó su oído a la boca de él.
Nada. No sentía aire. El pecho no subía.
—¡No respira! ¡Ay, Dios, no respira!
El pánico le subió por la garganta como bilis. Se acordó del curso de primeros auxilios que dieron gratis en el centro comunitario hace dos años. “30 compresiones, 2 ventilaciones. Ritmo de Stayin’ Alive de los Bee Gees”.
—Ah, ah, ah, ah, stayin’ alive, stayin’ alive —canturreó Clara con voz temblorosa, histérica, mientras colocaba el talón de su mano en el centro del pecho del hombre, justo sobre el esternón. Entrelazó los dedos y dejó caer su peso.
Uno. Dos. Tres. Cuatro.
Las costillas del hombre eran duras. Tenía que presionar fuerte.
—¡Vamos, principito! ¡No te me mueras! ¡Tienes mucha lana para morirte tan joven!
Veinticinco. Veintiséis. Veintisiete.
El sudor le corría a Clara por la frente, mezclándose con la suciedad de su cara.
Treinta.
Le tapó la nariz con una mano y con la otra le abrió la barbilla. Miró esos labios pálidos.
—Guácala, besar a un desconocido —pensó fugazmente—, pero ni modo.
Selló su boca sobre la de él. Sus labios sabían a sal y a menta. Sopló con fuerza. Vio cómo el pecho del hombre se inflaba un poco. Se separó, tomó aire y sopló otra vez.
Volvió a las compresiones.
—¡Despierta! ¡Órale!
Estaba en la segunda ronda cuando sintió algo bajo sus manos. Un espasmo.
El cuerpo del hombre se arqueó violentamente como si le hubieran dado un toque eléctrico.
—¡AHHHHH! —El hombre soltó un grito ahogado, una inhalación profunda y rasposa que sonó como si se estuviera tragando el mundo entero.
Clara se tiró hacia atrás, cayendo de nalgas sobre el asfalto, con los ojos desorbitados.
—¡Jesús de Veracruz!
El hombre empezó a toser violentamente. Se giró de lado, escupiendo saliva, agarrándose el pecho. Sus ojos se abrieron de golpe. Eran de un color miel intenso, pero estaban inyectados en sangre, salvajes, llenos de terror puro. No sabía dónde estaba.
Clara, temblando de pies a cabeza, se quedó mirándolo.
—¿Está vivo? —preguntó, con voz apenas audible.
El hombre dejó de toser y se quedó jadeando, mirando el asfalto. Luego, lentamente, levantó la vista. Sus ojos desenfocados recorrieron las llantas de su coche, el cielo amaneciendo y finalmente, bajaron hasta encontrarse con Clara.
La vio. Realmente la vio.
Vio sus chanclas rotas. Su falda larga llena de polvo. Su playera con el agujero. Su cabello negro trenzado de mala manera y su cara manchada de hollín.
Y Clara lo vio a él. Vio el miedo y la vulnerabilidad detrás de esa máscara de riqueza.
—¿Quién…? —graznó él. Su voz sonaba como si hubiera tragado vidrio—. ¿Quién eres?
Clara se puso de pie rápidamente, sacudiéndose la falda. La realidad la golpeó de nuevo. Estaba parada junto a un millonario tirado en la calle. Si alguien pasaba ahora, pensaría que ella lo había atacado.
—Soy la que acaba de evitar que se fuera al otro barrio, señor —dijo ella, recuperando su tono defensivo—. Se le olvidó respirar. Casi me da un susto de muerte.
El hombre intentó sentarse, pero se mareó y tuvo que apoyar la mano en el suelo.
—Yo… me sentí mal… mi madre…
Estaba delirando. Clara miró hacia la caseta de vigilancia. A lo lejos, vio que las luces de una patrulla de seguridad privada se acercaban lentamente por la avenida principal.
El tiempo se había acabado.
—Mire, ya está respirando. Ya tiene color. Ya no se va a morir —dijo Clara, retrocediendo hacia donde había dejado su costal—. Quédese ahí sentado un ratito. Respire despacito.
El hombre estiró una mano hacia ella. Su reloj Rolex brilló con los primeros rayos del sol, un destello que casi cegó a Clara.
—Espera… no te vayas… ayúdame…
Clara sintió un tirón en el corazón. Quería ayudarlo. Quería asegurarse de que estuviera bien. Pero también sabía que su mundo y el de él eran agua y aceite. Si la seguridad la encontraba ahí, la interrogarían. Le quitarían su costal. Perdería el día de trabajo. Y David no podía esperar.
—No puedo, joven. Ya viene la patrulla. Ellos le ayudan —dijo ella, con un tono de disculpa—. Usted tiene seguro médico, yo tengo prisa.
Agarró su costal de rafia, echándoselo al hombro con un movimiento fluido y practicado.
—¡Oye! —gritó él, con un poco más de fuerza—. ¡Tu nombre! ¡Dime tu nombre!
Clara se detuvo un segundo. Se giró a medias. La luz del amanecer le daba en la espalda, creando una silueta contra el sol.
—Me llamo “Póngase Sombrita”, porque el sol le va a hacer daño —le gritó de vuelta.
Y echó a correr.
Corrió con sus chanclas golpeando el pavimento, alejándose del Mercedes, del hombre guapo con ojos de miel y de la vida que no le pertenecía. Se metió por un callejón de servicio que los jardineros usaban, desapareciendo de la vista justo cuando la patrulla de seguridad doblaba la esquina.
El hombre, Daniel Olmedo, se quedó solo en el asfalto.
Su pecho todavía dolía donde ella lo había presionado. Sus labios todavía sentían el fantasma de los labios de ella, ásperos y decididos.
Miró hacia donde ella había desaparecido. No había nada. Solo el viento moviendo las hojas de los árboles.
—Un ángel… —susurró, dejándose caer de espaldas contra el asfalto, exhausto—. Un ángel que huele a basura.
Cerró los ojos, y por primera vez en años, en medio del dolor y la confusión, Daniel Olmedo sonrió. No sabía quién era ella, pero estaba seguro de una cosa: le debía la vida. Y Daniel Olmedo siempre pagaba sus deudas.
Mientras tanto, a tres calles de distancia, Clara se detuvo para recuperar el aliento. Se apoyó contra un poste, con el corazón latiendo a mil por hora. Se tocó los labios inconscientemente.
—Qué locura —dijo al aire—. Pinche día raro.
Miró su costal. Estaba medio vacío.
—Chin. Voy a tener que trabajar doble en la tarde.
Se acomodó el rebozo, levantó la barbilla y siguió caminando. La ciudad despertaba, y la basura no se iba a recoger sola.
CAPÍTULO 2: El Peso de una Promesa
El zumbido en los oídos de Daniel Olmedo no desaparecía. Era un sonido agudo, persistente, como el de un monitor cardíaco que se ha quedado en línea plana.
—¡Joven Daniel! ¡Joven Daniel! ¿Me escucha?
La voz le llegaba como si estuviera bajo el agua. Sintió manos fuertes agarrándolo por los hombros, sacudiéndolo con una mezcla de urgencia y pánico profesional. Abrió los ojos y el mundo giró violentamente. El cielo azul pálido de la Ciudad de México se mezcló con el rostro sudoroso de Rogelio, el jefe de seguridad de la privada.
—¡Llamen a una ambulancia! ¡Rápido, pendejos, muévanse! —gritaba Rogelio a su radio, rompiendo el protocolo de discreción que tanto valoraban en Lomas de Chapultepec.
Daniel intentó incorporarse, pero su pecho dolía. Dolía con un ardor físico, justo en el esternón, donde sentía un eco fantasma. Una presión rítmica. Uno, dos, tres. Respira, mi rey.
—No… —graznó Daniel, levantando una mano temblorosa para detener a Rogelio—. No… ambulancia no.
—Pero señor, estaba inconsciente. El coche… mire cómo quedó el coche.
Daniel miró su Mercedes. Estaba intacto, salvo por las llantas delanteras que habían mordido la banqueta. El motor seguía encendido, ronroneando suavemente como una bestia indiferente. Pero lo que Daniel buscaba no era metal ni fibra de carbono. Sus ojos barrieron la calle frenéticamente.
Buscaba el amarillo. Ese amarillo deslavado y triste.
Buscaba las trenzas negras y desordenadas.
Buscaba los ojos oscuros que lo habían mirado con una mezcla de terror y compasión.
—La chica… —murmuró, agarrando la solapa del uniforme de Rogelio con más fuerza de la que creía tener—. ¿Dónde está la chica?
Rogelio intercambió una mirada confundida con el otro guardia que acababa de llegar corriendo.
—¿Cuál chica, patrón? Aquí no había nadie. Solo usted. Lo vimos en las cámaras quedarse parado y corrimos, pero cuando llegamos estaba usted solo en el piso.
—Ella estaba aquí… —Daniel cerró los ojos, sintiendo que la realidad se fracturaba. ¿Lo había soñado? ¿Había sido una alucinación provocada por la falta de oxígeno?
Pero entonces, al bajar la vista hacia su propia camisa de vestir italiana de algodón egipcio, lo vio.
Allí, justo en el centro de su pecho, había una mancha. Una huella de mano perfecta, dibujada en grasa negra y polvo de calle. Los dedos eran delgados, pequeños. Y en su boca… se pasó la lengua por los labios. Sabían a tierra. Sabían a vida.
No había sido un sueño.
—Levántame —ordenó, recuperando ese tono de voz que usaba en la sala de juntas, el tono que no admitía réplicas aunque por dentro se estuviera desmoronando.
—Joven, en serio creo que…
—¡Que me levantes, carajo! Y cancela la ambulancia. Si llega la prensa, si sale una sola foto mía tirado en la banqueta en Reforma o El Universal, te despido a ti y a toda tu descendencia. Llévame al Hospital Ángeles. En mi camioneta. Ahora.
Rogelio asintió, pálido. Sabía que Daniel Olmedo no bromeaba con su imagen pública. En el mundo de las altas finanzas de México, la debilidad era sangre en el agua, y los tiburones siempre tenían hambre.
El trayecto al hospital fue borroso. Daniel iba recostado en el asiento trasero de la Suburban blindada, mirando pasar la ciudad a través de los vidrios polarizados. Los rascacielos de Reforma brillaban con arrogancia, ocultando la miseria que se arrastraba a sus pies.
Daniel se tocó el pecho otra vez, sobre la huella sucia.
¿Quién era ella?
“Póngase sombrita”, le había dicho.
Una pepenadora. Una recolectora de basura.
En su círculo social, esas personas eran invisibles. Eran parte del paisaje, como los semáforos o los baches. Nadie los veía. Nadie los tocaba. Y sin embargo, esa mujer había puesto sus labios sobre los de él y le había devuelto el aire que la vida le estaba quitando.
Su teléfono vibró en su bolsillo. Era Pablo, su asistente personal y mano derecha.
Daniel lo ignoró. No podía hablar de negocios. No hoy. Hoy, la muerte le había susurrado al oído y, peor aún, la muerte estaba esperando en una habitación del piso 8 del hospital al que se dirigían.
Al llegar al Hospital Ángeles del Pedregal, el protocolo fue rápido y discreto. Entrada privada, elevador directo. Nada de salas de espera con gente enferma. El privilegio compraba muchas cosas, pero sobre todo, compraba privacidad.
El Dr. Salgado lo recibió en el pasillo, con el rostro serio.
—Daniel, me avisó tu seguridad. ¿Qué pasó? ¿Te sientes mal?
—Fue un mareo. Estrés. No comí ayer —mintió Daniel. No iba a decirle que su corazón se había detenido por unos segundos, o que había sentido el vacío absoluto—. Estoy bien. Vengo a ver a mi madre.
El doctor suspiró y se quitó los lentes, frotándose el puente de la nariz. Ese gesto lo dijo todo.
—Daniel… ella no ha tenido una buena noche.
El mundo de Daniel se detuvo. El mareo volvió.
—¿Qué quieres decir?
—Los riñones están fallando más rápido de lo previsto. Y el cáncer… bueno, ya sabes que la metástasis es agresiva. Le estamos dando morfina para el dolor, pero…
—¿Cuánto? —preguntó Daniel, su voz fría, cortante. Necesitaba datos. Los datos eran manejables. Las emociones no.
—Semanas. Quizás días si tiene otra crisis. Daniel, tienes que prepararte.
Daniel asintió, rígido como una estatua.
—Voy a entrar.
La habitación 805 no olía a hospital. Olía a nardos frescos, las flores favoritas de Doña Elena Olmedo. Había alfombras persas, sillones de piel para las visitas y una vista panorámica de la ciudad. Pero en el centro, la cama médica rompía la ilusión de hotel de lujo.
Doña Elena parecía pequeña entre tantas sábanas blancas. Siempre había sido una mujer imponente, una matriarca de hierro que había sacado adelante el imperio familiar cuando el padre de Daniel murió en un accidente de helicóptero hace veinte años. Ella había peleado contra socios corruptos, contra sindicatos, contra crisis económicas. Y había ganado.
Pero contra esto no podía ganar.
Su piel era translúcida, fina como el papel de arroz. Sus manos, llenas de anillos de diamantes que ahora le quedaban grandes, descansaban inertes sobre su pecho.
Daniel se acercó con pasos silenciosos, sintiéndose como un intruso en la muerte de su propia madre.
—Mamá —susurró.
Los ojos de Elena se abrieron lentamente. Eran del mismo color miel que los de Daniel, pero ahora estaban velados por la medicina y el cansancio.
—Llegas tarde —dijo ella, con un hilo de voz que intentaba ser severo pero sonaba cariñoso.
—Tuve… un contratiempo con el coche.
—Siempre trabajando. Siempre corriendo. —Ella movió la mano, invitándolo a sentarse—. Siéntate. Deja de hacer sombra.
Daniel se sentó en la silla junto a la cama y tomó la mano de su madre. Estaba fría.
—¿Cómo te sientes?
—Como si un camión me hubiera pasado por encima y luego hubiera echado reversa —bromeó ella, una sonrisa débil curvando sus labios secos—. Me estoy muriendo, Daniel. No me preguntes pendejadas.
Daniel bajó la cabeza.
—No digas eso. Los médicos dicen que hay tratamientos experimentales en Houston, podemos…
—¡Basta! —La voz de ella cobró una fuerza repentina—. Ya hablamos de eso. No voy a morir en un avión, ni conectada a más máquinas en otro país. Voy a morir aquí, en mi tierra, y voy a morir cuando Dios quiera. Pero no puedo irme tranquila. No todavía.
—La empresa está bien, mamá. Las acciones subieron un 12% este trimestre. La fusión con el grupo asiático es un hecho. Todo lo que construiste está a salvo.
Elena soltó un suspiro exasperado y retiró su mano de la de él.
—¡La empresa! ¡Al diablo con la empresa! ¿Crees que eso es lo que me preocupa? ¿Crees que cuando esté frente a San Pedro le voy a enseñar el balance fiscal de Grupo Olmedo?
Daniel se quedó callado, sorprendido por la vehemencia de ella.
—Entonces, ¿qué? ¿Qué quieres? Pídeme lo que sea. Compro el hospital si quieres.
Elena lo miró fijamente, con esa mirada que solía usar para detectar mentiras en los consejos de administración.
—Quiero saber que no te voy a dejar solo.
—No estoy solo. Tengo a Pablo, tengo amigos, tengo…
—Tienes empleados y parásitos —lo cortó ella—. Tienes gente que te lame las botas porque eres Daniel Olmedo, el soltero de oro. Tienes mujeres como esa… ¿cómo se llamaba la última? ¿Soraya?
—Soraya es historia, mamá.
—Gracias a Dios. Esa mujer tenía el alma de plástico, igual que sus tetas. —Elena tosió, una tos seca y dolorosa que hizo que Daniel se levantara para darle agua. Ella bebió un sorbo y continuó—. Daniel, mírame. Tienes 32 años. Tienes todo el dinero del mundo. Pero tus ojos… tus ojos están vacíos, hijo. Estás muerto por dentro. Trabajas para no sentir.
Las palabras de su madre golpearon a Daniel más fuerte que el volante del Mercedes. Era verdad. Llevaba años funcionando en piloto automático. Despertaba, hacía dinero, cenaba solo, dormía. Repetir.
—¿Y qué quieres que haga? —preguntó él, con voz ronca—. El amor no se compra en la bolsa de valores.
—Cásate —dijo ella, simple y directa.
Daniel soltó una risa nerviosa.
—Mamá, por favor. No voy a casarme con cualquiera solo para darte gusto.
—No con cualquiera. Con alguien real.
—¿Real? ¿Qué significa eso?
—Alguien que te ame a ti, Daniel. Alguien que no sepa cuánto vale tu reloj. Alguien que esté dispuesta a ensuciarse las manos por ti. Alguien que te cuide cuando estés enfermo, no que llame a la enfermera.
Daniel sintió un escalofrío. Alguien dispuesta a ensuciarse las manos.
La imagen de Clara volvió a su mente. Sus manos negras de grasa. Su ropa vieja. La forma en que le había gritado a la muerte para que lo soltara. Ella no sabía quién era él. De hecho, lo había tratado con desdén, con esa arrogancia callejera maravillosa. “Es tu basura la que estoy limpiando, no tu conciencia”.
—Eso no existe en nuestro mundo, mamá —dijo Daniel suavemente—. Aquí todos quieren algo.
—Entonces búscalo fuera de nuestro mundo —respondió Elena, cerrando los ojos—. Es mi última voluntad, Daniel. Quiero verte casado. Quiero verte feliz. Prométemelo. Prométeme que no voy a morir dejando a mi único hijo solo en una jaula de oro.
El silencio en la habitación era absoluto. Solo el bip-bip del monitor.
Daniel miró a su madre, la mujer que le había dado todo. Se estaba apagando. Si le decía que no, si le negaba esto, ella moriría con angustia. Y él no podía vivir con eso.
—Te lo prometo —susurró Daniel.
Elena sonrió, sin abrir los ojos.
—Bien. Tráela pronto. No tengo mucho tiempo. Quiero conocerla. Quiero verla vestida de blanco.
—La traeré.
Cuando Daniel salió del hospital dos horas después, el sol ya estaba alto y quemaba.
Pablo estaba esperándolo junto a la camioneta, revisando correos en dos celulares al mismo tiempo. Pablo era un “chilango” de cepa, leal hasta la muerte, eficiente y con esa astucia callejera que a Daniel le faltaba a veces.
—Jefe —dijo Pablo, guardando los teléfonos—. ¿Cómo sigue la patrona?
—Mal —Daniel se aflojó la corbata. Sentía que se asfixiaba—. Pablo, necesito que hagas algo. Y necesito que no hagas preguntas estúpidas.
Pablo arqueó una ceja.
—Usted sabe que mi especialidad es no hacer preguntas, solo resolver broncas. ¿A quién hay que desaparecer?
—A nadie. Hay que encontrar a alguien.
Subieron a la camioneta. El aire acondicionado estaba al máximo, pero Daniel seguía sintiendo el calor de la promesa que acababa de hacer.
—Esta mañana… cuando me pasó lo del coche —empezó Daniel.
—Ya mandé la grúa al taller, jefe. Y borré el reporte de seguridad para que no se filtre.
—Bien. Pero había alguien. Una mujer.
Pablo sacó una libreta pequeña.
—¿Testigo? ¿Quiere que le ofrezcamos dinero por su silencio?
—No, idiota. Ella me ayudó. Creo que… creo que me dio reanimación. Me salvó la vida.
Pablo se detuvo con la pluma en el aire, sorprendido.
—¿En serio? Wow. Bueno, entonces hay que mandarle una canasta de frutas o un cheque. ¿Quién es? ¿Vecina de la privada?
—No. Es una pepenadora.
El silencio en la camioneta fue denso. Pablo giró la cabeza lentamente.
—¿Una qué?
—Una pepenadora. Una recolectora de basura. Estaba revisando los contenedores cuando frené.
—Jefe… —Pablo soltó una risita nerviosa—. ¿Me está diciendo que una indigente le dio respiración de boca a boca? Oiga, hay que llevarlo a que le hagan pruebas, no vaya a ser que le haya pegado una infección o algo.
Daniel le lanzó una mirada que habría congelado el infierno. Pablo borró la sonrisa de inmediato.
—Ella me salvó, Pablo. Mientras mis guardias de seguridad miraban monitores, ella me sacó del coche. Y necesito encontrarla.
—Okay, okay. Entendido. —Pablo anotó en su libreta—. ¿Descripción?
—Joven. Veintitantos. Piel morena. Pelo negro, largo, trenzado. Llevaba una playera amarilla vieja con un agujero aquí —se señaló el costado—. Y un costal de rafia blanco. Ah, y sus chanclas… eran diferentes. Una negra y una azul.
Pablo suspiró, negando con la cabeza.
—Jefe, con todo respeto, eso describe a la mitad de la gente que trabaja en la calle en esta ciudad. ¿Tiene nombre?
—No me lo dijo. Solo me dijo algo de… sombra. “Póngase sombrita”.
—Va a estar cabrón, jefe.
—Revisa las cámaras de seguridad de la privada. Todas. Quiero ver su cara. Quiero saber a dónde fue después. Rastréala.
—¿Y para qué la quiere, si se puede saber? ¿Para darle las gracias?
Daniel miró por la ventana. Recordó la promesa a su madre. Alguien real.
Recordó la sensación de la mano de Clara en su pecho. Recordó que, por primera vez en años, alguien lo había tocado sin querer su dinero. Ella había huido de él como si él fuera la plaga.
Eso era. Eso era exactamente lo que necesitaba. Una mujer que no lo quisiera. Una mujer a la que él pudiera ofrecerle un trato comercial, frío y directo, sin emociones de por medio. Un contrato.
—Me voy a casar con ella —dijo Daniel.
La camioneta dio un volantazo. Pablo casi se sube al camellón de Periférico.
—¡¿QUÉ?!
—¡Fíjate por dónde vas!
—¡Jefe, no chingue! ¿Cómo que se va a casar con la pepenadora? ¡El golpe en la cabeza le afectó más de lo que cree! ¡Vamos de regreso al hospital, esto es daño cerebral!
—Es la solución, Pablo —dijo Daniel con calma, una calma aterradora—. Mi madre quiere verme casado con alguien “real”. Alguien pobre. Alguien humilde. Si le llevo a una modelo o a una hija de socios, sabrá que es mentira y morirá triste. Pero si le llevo a la chica que me salvó la vida… será la historia perfecta.
—Es una locura. Es… es de telenovela barata, señor.
—Es un contrato. Le ofreceré dinero. Mucho dinero. Suficiente para que deje de recoger basura por el resto de su vida. Ella actúa como mi esposa por unos meses, mi madre muere en paz, y luego nos divorciamos discretamente. Ella gana, yo cumplo, mi madre descansa. Todos felices.
Pablo lo miró por el retrovisor, horrorizado.
—Jefe, usted juega con las personas como si fueran piezas de ajedrez. Esa chica… la va a destrozar. Su mundo y el nuestro… no se tocan.
—Ella necesita dinero. Yo necesito una esposa. Es una transacción, Pablo. Encuéntrala. Tienes 24 horas.
A la mañana siguiente, la mansión de Daniel en Lomas era un búnker de actividad.
En la sala de estar, que era del tamaño de un departamento de interés social promedio, Pablo había montado un centro de comando. Tres monitores mostraban grabaciones de CCTV en bucle.
Daniel bajó las escaleras, vestido con un traje gris impecable, pero con ojeras marcadas. No había dormido. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de su madre desvaneciéndose.
—Dime que tienes algo —dijo, sirviéndose un café negro.
Pablo, que parecía no haber dormido tampoco, señaló la pantalla central.
—La tenemos. Mire esto.
En la pantalla, una imagen granulada en blanco y negro mostraba la calle de la privada a las 6:05 AM. Se veía el Mercedes frenando. Se veía a una figura pequeña salir de entre los arbustos. Se veía la lucha para sacar el cuerpo de Daniel.
Y luego, un zoom digital a la cara de la chica cuando se levantó.
Aunque la imagen era borrosa, la determinación en su rostro era clara.
—Hicimos reconocimiento facial —explicó Pablo, tecleando rápido—. No tiene redes sociales, obvio. No tiene licencia de conducir. Pero cruzamos la imagen con bases de datos de servicios sociales y… bingo.
Una ficha apareció en la pantalla.
Nombre: Clara Martínez.
Edad: 23 años.
Domicilio: Callejon del Sapo #45, Iztapalapa. Barrio Santa Martha Acatitla.
Ocupación: Desempleada (oficialmente).
Antecedentes: Ninguno.
Familia: Un hermano, David Martínez (14 años), ingresado en el Hospital General con insuficiencia renal crónica.
Daniel leyó la información. David. Un hermano enfermo.
—Ahí está —murmuró Daniel.
—¿Ahí está qué?
—La palanca. El incentivo.
—Suena muy feo cuando lo dice así, jefe.
—Es la realidad. Necesita dinero para su hermano. Yo tengo dinero. Es perfecto.
Pablo suspiró y sacó una bolsa de plástico transparente de evidencia. Dentro había una botella de plástico aplastada.
—Y encontramos esto donde ella dejó su costal escondido antes de salir corriendo. Es una botella de “Fru-Tsi”, pero rellena de agua. Tiene una etiqueta pegada con diurex que dice: Para David.
Daniel tomó la bolsa. Miró la botella barata, rellena de agua de la llave, etiquetada con amor para un hermano enfermo. Sintió una punzada extraña en el estómago. Culpa, tal vez. O admiración. Esta chica luchaba contra el mundo con un costal y una botella de agua.
—Prepara el coche, Pablo.
—¿A dónde vamos? ¿A Iztapalapa? Jefe, con ese traje lo van a secuestrar en cuanto ponga un pie en Santa Martha.
—No. Vamos a buscarla donde trabaja.
—¿En la basura?
—En la privada. Si tiene un hermano en el hospital y necesita dinero urgente, va a volver. No puede darse el lujo de perder un día de recolección. Debe estar ahí afuera ahora mismo.
Clara estaba cansada. No, estaba exhausta.
Sus brazos ardían. Había caminado el doble hoy para compensar lo que perdió ayer. Su costal estaba lleno, pesaba casi treinta kilos, pero solo le darían unos cincuenta pesos por todo eso en la recicladora.
Estaba agachada detrás de un edificio de departamentos en la calle paralela a donde encontró al “Joven Muerte” ayer. Tenía miedo de volver a esa calle específica, pero no podía evitar la zona; era la que mejor basura tenía.
—Por favor, diosito, que hoy salga el sol para mí —susurró, secándose el sudor con el dorso de la mano.
Escuchó el sonido de llantas sobre la grava. Se tensó.
Dos camionetas negras, enormes, con vidrios oscuros, bloquearon la salida del callejón.
El corazón de Clara se detuvo.
—Ya valió. Ya me encontraron. Seguro piensan que le robé el reloj al tipo ese.
Se levantó, lista para correr o para pelear, agarrando una botella de vidrio vacía por el cuello como si fuera un arma.
—¡No hice nada! —gritó antes de que abrieran la puerta—. ¡Ni lo toqué! Bueno, sí lo toqué, ¡pero fue para salvarlo!
La puerta de la primera camioneta se abrió.
Primero bajó un zapato de piel lustrado que costaba más que la casa de Clara. Luego un pantalón gris perfecto. Y finalmente, él.
El hombre del Mercedes.
Ya no parecía un cadáver. Se veía… imponente. Alto, fuerte, con el cabello peinado hacia atrás y una mirada intensa que la clavó en el sitio.
Clara bajó la botella lentamente.
—Ah… es usted. El Lázaro resucitado.
Daniel dio un paso hacia ella. El olor a basura del callejón era fuerte, pero él no arrugó la nariz. Mantuvo los ojos fijos en ella.
—Hola, Clara —dijo él.
Clara dio un paso atrás, chocando contra su costal.
—¿Cómo sabe mi nombre? ¿Es policía? ¿Narco? Mire, joven, yo no vi nada, yo no sé nada, yo soy ciega, sorda y muda.
Pablo bajó del lado del conductor, mirando alrededor nervioso, con la mano cerca de su celular.
—Tranquila, señorita. Nadie le va a hacer daño.
Daniel levantó una mano para callar a Pablo.
—Te busqué, Clara. Te busqué porque dejaste esto.
Él sacó la botella de Fru-Tsi de la bolsa de evidencia.
Clara jadeó y se llevó las manos al pecho.
—El agua de David…
—Sé quién eres —dijo Daniel, acercándose un paso más, invadiendo su espacio personal, pero sin ser amenazante. Su voz era suave, casi seductora—. Sé que tu hermano necesita una cirugía. Sé que te faltan cuatro mil setecientos pesos para los insumos de esta semana. Sé que estás desesperada.
Clara sintió que las lágrimas picaban en sus ojos. La vergüenza de ser expuesta así, tan desnuda en su pobreza, era peor que el hambre.
—¿Qué quiere? —preguntó con voz temblorosa pero fiera—. ¿Vino a burlarse? ¿Vino a darme cien pesos por salvarle la vida y sentirse bien con su conciencia? Tenga su dinero y lárgese. No somos su zoológico.
Daniel se detuvo. La dignidad de ella lo golpeó de nuevo. Era fuego puro.
—No vine a darte limosna, Clara. Vine a ofrecerte un trabajo.
—Yo ya tengo trabajo.
—Vine a ofrecerte un negocio.
—Yo no hago cosas chuecas.
Daniel sonrió. Una sonrisa triste, rota, que lo hizo parecer humano por un segundo.
—No es chueco. Es… inusual.
Él miró alrededor, al callejón sucio, a las ratas que corrían por las alcantarillas, y luego a los ojos de ella.
—Mi madre está muriendo. Y su último deseo es verme casado.
Clara parpadeó, confundida.
—Pues felicidades. Cásese. ¿Qué tengo que ver yo? ¿Quiere que le recoja las latas de la fiesta?
Daniel negó con la cabeza.
—No, Clara. Quiero que tú seas la novia.
El silencio que siguió fue tan pesado que se podía cortar con un cuchillo. Una bolsa de plástico voló con el viento, rozando los pies de Clara.
Ella soltó una carcajada. Una risa seca, incrédula.
—Está loco. El golpe le afectó el cerebro. Váyase a su casa, joven.
Se agachó para levantar su costal.
—Pagaré la cirugía de David —dijo Daniel.
Clara se congeló.
—Pagaré todo. La cirugía, el tratamiento postoperatorio, los medicamentos de por vida. Lo cambiaré al Hospital Ángeles hoy mismo. Tendrá los mejores nefrólogos del país. Se salvará.
Clara se levantó lentamente. Soltó el costal. Se giró hacia él. Sus ojos ya no tenían burla. Tenían hambre. Hambre de salvar a su hermano.
—¿Qué dijo?
—Cásate conmigo. Un año. Un contrato. Fingimos ser felices frente a mi madre hasta que ella… se vaya. Luego nos divorciamos y tú te quedas con el dinero y con la salud de tu hermano asegurada.
Clara lo miró. Miró ese traje caro, esa cara bonita, ese mundo que le estaba ofreciendo la llave del paraíso a cambio de su libertad.
—¿Por qué yo? —preguntó en un susurro—. Usted puede tener a cualquiera.
—Porque tú no me quieres —respondió Daniel—. Y porque eres la única persona en esta maldita ciudad que me ha tocado el corazón para hacerlo latir, no para robarme la cartera.
Clara miró sus manos sucias. Luego miró al cielo, como pidiendo perdón a Dios por lo que iba a hacer.
Pensó en David. En su cara pálida. En su sonrisa cuando le llevaba un dulce.
—¿Es legal?
—Totalmente. Mi abogado tiene los papeles.
Clara respiró hondo. El aire olía a basura, pero por primera vez en años, también olía a esperanza.
—Con una condición —dijo ella, levantando la barbilla.
—La que quieras.
—No voy a dejar de ser quien soy. No me voy a convertir en una de esas muñecas de plástico de sus amigas. Si entro a su mundo, entro con mis chanclas.
Daniel sonrió, y esta vez, la sonrisa llegó a sus ojos.
—No esperaría menos, Clara.
Él extendió su mano. Una mano manicurada, suave, limpia.
Clara miró su propia mano. Áspera, manchada de tierra, con las uñas rotas.
Dudó un segundo. Luego, con decisión, estrechó la mano del millonario.
El contraste de pieles fue brutal. Pero el apretón fue firme.
—Trato hecho, Cenicienta —pensó Daniel.
—Trato hecho, Diablo —pensó Clara.
Y en ese callejón sucio de la Ciudad de México, bajo la sombra de los rascacielos, se selló un pacto que desafiaba al destino.
CAPÍTULO 3: De la Lámina al Mármol
El trayecto desde la zona de los contenedores en Lomas de Chapultepec hasta Iztapalapa fue un viaje interestelar sin salir del asfalto. Daniel había insistido en que fueran en su camioneta. “Por seguridad”, dijo. Pero Clara sabía que en realidad era porque quería asegurarse de que ella no se echara para atrás en el último minuto.
Iba sentada en el asiento de piel color crema de la Suburban blindada, con su costal de rafia apretado entre las piernas. El contraste era casi obsceno. Sus chanclas sucias descansaban sobre tapetes que probablemente costaban más que todo el mobiliario de su cuarto.
Pablo conducía en silencio, mirando por el retrovisor cada tres segundos, como si esperara que Clara sacara una navaja y secuestrara al jefe. Daniel iba en el asiento del copiloto (había cedido la parte trasera para darle “espacio” a Clara), revisando correos en su iPhone, aunque Clara notó que llevaba cinco minutos mirando la misma pantalla sin mover el dedo.
El tráfico en el Viaducto estaba a reventar. Era la hora pico de la mañana y la Ciudad de México era una serpiente de metal y smog.
—¿No tiene radio esta nave? —preguntó Clara de repente, rompiendo el silencio sepulcral. Su voz sonó demasiado fuerte en la cabina insonorizada.
Pablo dio un respingo.
—Tiene sistema de sonido Bose de 16 bocinas, señorita. Pero al Licenciado le gusta el silencio para pensar.
—Con razón tiene esa cara de estreñido —murmuró Clara.
Daniel soltó una carcajada involuntaria, corta y seca. Pablo casi se estrella contra un Tsuru.
—Pon música, Pablo —ordenó Daniel sin voltear—. Lo que ella quiera.
Pablo conectó el Bluetooth.
—¿Qué le gusta? ¿Mozart? ¿Jazz?
—Ponga a Los Ángeles Azules. “El Listón de tu Pelo”. Y súbale, que me estoy durmiendo con su aire acondicionado tan frío.
Segundos después, la cumbia sonaba a todo volumen en la camioneta de tres millones de pesos. Clara tamborileaba los dedos sobre su costal. Daniel, para sorpresa de Pablo, no mandó a bajar el volumen. Simplemente miraba por la ventana, viendo cómo los edificios de cristal de Santa Fe daban paso al concreto gris y los tinacos de asbesto del oriente de la ciudad.
Cuando entraron a la Calzada Ignacio Zaragoza, el paisaje cambió. Los baches eran cráteres lunares. Los cables de luz colgaban como telarañas negras sobre las calles. Puestos de tacos de canasta, perros callejeros flacos y grafitis coloridos adornaban las paredes.
—Es aquí a la derecha —indicó Clara—. Donde está la Virgen pintada en la barda.
La Suburban apenas cabía en el callejón. La gente se paraba a mirar. Señoras con mandiles, niños jugando fútbol con una botella de plástico, mecánicos llenos de grasa. En el barrio, una camioneta así solo significaba dos cosas: o venía la policía federal, o venían los narcos.
—Se van a quedar aquí —dijo Clara cuando Pablo estacionó frente a una vecindad de fachada azul descarapelada—. Si entran con esos trajes, me los van a linchar o a pedir prestado pa’ la caguama. Espérenme cinco minutos.
—Te acompaño —dijo Daniel, abriendo la puerta.
—No.
—Clara, es parte del trato. Me llevo a tu hermano también. Vamos por sus cosas.
Clara lo miró a los ojos.
—Aquí no es su oficina, Joven Daniel. Aquí mando yo. Si usted baja, Doña Chonita, la de los tamales, va a empezar con el chisme de que ya me metí de amante de un político o algo peor. Déjeme sacar mis trapos.
Daniel dudó, pero asintió.
—Cinco minutos, Clara.
Clara bajó corriendo. El aire olía a aceite quemado y a drenaje, un olor que ella llamaba “hogar”. Entró al patio de la vecindad.
—¡Quiubo, Claris! —le gritó el Brayan desde el segundo piso—. ¿Y esa nave? ¿Te sacaste la lotería o qué?
—¡Es el Uber, güey! —gritó ella de vuelta, sin detenerse.
Su cuarto estaba al fondo. Una sola habitación de cuatro por cuatro metros. Techo de lámina, piso de cemento pulido. Una cama matrimonial que compartía con David cuando él no estaba en el hospital. Una parrilla eléctrica. Un altar con una imagen de San Judas Tadeo llena de veladoras.
Clara sintió un nudo en la garganta. Era pobre, sí. Pero era suyo. Aquí había llorado la muerte de su madre. Aquí había cuidado a David sus fiebres.
Sacó una bolsa de plástico negra —su maleta Samsonite personal— y empezó a echar lo indispensable.
Dos mudas de ropa (no tenía más).
La foto enmarcada de su mamá.
Los papeles del hospital de David.
Su cepillo de dientes.
Y su “guardadito”: una lata de galletas Marias donde tenía escondidos trescientos cincuenta pesos en monedas de diez.
Miró alrededor. Dejó la parrilla. Dejó la cobija vieja.
—Volveremos, Davi —susurró—. Te lo juro que volvemos, pero sanos.
Salió cerrando con un candado oxidado. Al cruzar el patio, Doña Matilde (no la sirvienta rica, sino la vecina chismosa) la interceptó.
—Mija, ¿y ese milagro? ¿Quiénes son esos catrines?
—Son unos doctores, Doña Mati. Se llevan a David a una clínica especial. Me voy con ellos a cuidarlo.
—Ay, bendito sea Dios. ¿Y te vas a ir así? ¿Con esas chanclas?
—Así mero. El hábito no hace al monje, ¿no?
Clara corrió de vuelta a la camioneta. Lanzó la bolsa negra al asiento trasero y se subió.
—Vámonos, antes de que le quiten los tapones a las llantas —dijo, respirando agitada.
Daniel la miró. Vio la bolsa de basura que contenía toda su vida. Vio la mezcla de miedo y determinación en su mandíbula apretada.
—¿Estás lista?
—No. Pero dele, chofer. Que el miedo no anda en burro.
El regreso a Lomas de Chapultepec fue más rápido. O tal vez fue que Clara estaba demasiado aturdida pensando en lo que acababa de hacer. Había dejado su casa. Se estaba subiendo al barco de un desconocido.
Cuando las enormes rejas de hierro forjado de la mansión Olmedo se abrieron, Clara pegó la cara a la ventana.
—No manches… —susurró.
La casa no era una casa. Era un museo. Estilo colonial moderno, con muros de cantera gris, ventanales de piso a techo y un jardín que parecía un campo de golf. Había una fuente en la entrada que escupía agua cristalina.
—¿Aquí vive usted solo? —preguntó Clara bajando de la camioneta.
—Con el personal —respondió Daniel secamente.
La puerta principal se abrió y apareció un ejército. Literalmente.
Una fila de cinco personas uniformadas. Tres mucamas con vestidos negros y delantales blancos almidonados, un jardinero y, al frente, una mujer mayor, de cabello gris recogido en un chongo severo, con cara de haber chupado un limón.
—Bienvenido a casa, Señor Daniel —dijo la mujer, inclinando la cabeza—. El desayuno está servido en la terraza.
Daniel asintió y señaló a Clara, que estaba parada junto a la camioneta con su costal en una mano y su bolsa de basura en la otra, luciendo como un espantapájaros en medio de Versalles.
—Gracias, Amalia. Ella es Clara. Clara, ella es Amalia, la ama de llaves.
Amalia giró la cabeza lentamente. Sus ojos escanearon a Clara de arriba abajo. Se detuvieron en las chanclas disparejas. Subieron por la falda sucia. Llegaron a las trenzas deshilachadas.
La expresión de Amalia no fue de asco. Fue peor. Fue de absoluta incomprensión. Como si estuviera viendo a un perro callejero que se había colado en la sala.
—Señor… —empezó Amalia con voz temblorosa—. ¿Quiere que le indique la entrada de servicio para… la entrega?
—No es una entrega, Amalia —cortó Daniel con voz firme—. Clara es mi invitada. Se va a quedar aquí. Indefinidamente. Prepara la habitación azul.
El silencio fue tan denso que se escuchaba el agua de la fuente. Las mucamas de atrás intercambiaron miradas de pánico.
—¿La habitación azul? —repitió Amalia—. ¿La de visitas principales?
—Sí. Y quiero que la traten con el mismo respeto con el que me tratan a mí. ¿Entendido?
Amalia tragó saliva, visiblemente ofendida, pero asintió rígidamente.
—Como ordene, señor.
Se giró hacia Clara.
—Señorita… ¿puedo tomar su… equipaje?
Estiró la mano hacia la bolsa de basura negra con dos dedos, como si fuera material radioactivo.
Clara estrechó la bolsa contra su pecho.
—No se moleste, seño. Yo cargo mis chivas. No vaya a ser que se le ensucie el guante.
Amalia se puso roja de indignación. Daniel escondió una media sonrisa.
—Vamos al despacho —dijo él—. Tenemos que firmar.
El despacho de Daniel olía a caoba vieja y a dinero. Había libros que parecían no haber sido abiertos nunca. Pablo ya estaba ahí, con una impresora portátil escupiendo hojas.
—El contrato, jefe. Calientito.
Daniel se sentó detrás de su escritorio masivo. Clara se quedó de pie, mirando una escultura abstracta que parecía un alambre retorcido.
—Siéntate, Clara.
Ella se sentó en la orilla de la silla de cuero, como lista para salir corriendo.
—¿Tengo que leer todo eso? —preguntó, mirando el bonche de papeles.
—Deberías —dijo Daniel—. Nunca firmes nada sin leer. Regla número uno de supervivencia.
Clara agarró los papeles. Empezó a leer en voz alta, despacio, tropezando con las palabras legales.
—”Cláusula de confidencialidad… Cláusula de cohabitación… Cláusula de terminación anticipada…” —Levantó la vista—. Oiga, aquí dice “Honorarios por servicios conyugales”. Suena a que me está pagando por… ya sabe.
Daniel se frotó la sien.
—Es el término legal, Clara. Significa fingir ser mi esposa. Nada físico.
—Más le vale. Porque en la cláusula 5 dice que tengo que dormir en la misma casa. Si usted se pasa de listo, le rompo la otra botella de Fru-Tsi en la cabeza.
Pablo soltó una risita nerviosa.
—Está especificado en la Cláusula 6, inciso B: “Cero contacto físico de naturaleza íntima, salvo demostraciones de afecto públicas necesarias para mantener la fachada (tomarse de la mano, abrazos, besos en la mejilla)”.
—¿Y en la boca? —preguntó Clara, entrecerrando los ojos.
Daniel la miró. Recordó el beso de reanimación.
—Solo si es cuestión de vida o muerte —dijo él, sosteniendo su mirada.
Hubo una chispa eléctrica en el aire. Clara fue la primera en desviar la vista.
—¿Y lo de David?
—Anexo A —señaló Pablo—. Transferencia inmediata al Hospital Ángeles. Cobertura total de cirugía de trasplante, diálisis y recuperación. Depósito mensual en un fideicomiso para su educación futura.
Clara leyó esa parte tres veces. Sus manos temblaban. Educación. Salud. Futuro. Palabras que nunca habían estado en su vocabulario.
—¿Dónde firmo?
—Aquí —Daniel le pasó una pluma Montblanc que pesaba más que un martillo.
Clara firmó con su letra redonda y un poco infantil: Clara Martínez.
Daniel firmó debajo con un garabato elegante y agresivo.
—Bienvenida a la empresa —dijo Daniel, guardando los papeles—. Ahora, la segunda parte del trato.
—¿Cuál?
—Tu hermano. La ambulancia privada ya está yendo por él al Hospital General. Vamos a recibirlo.
El traslado de David fue el momento en que Clara supo que había vendido su alma, pero que había valido cada centavo.
Llegaron al Hospital Ángeles antes que la ambulancia. Daniel había reservado una suite (porque ahí no eran habitaciones, eran suites). Tenía sofá cama, televisión de 60 pulgadas y vista al Ajusco.
Cuando los paramédicos entraron con la camilla, David venía despierto, con los ojos como platos. Estaba pálido, hinchado por la retención de líquidos, y se veía terriblemente frágil.
—¡Clara! —gritó débilmente cuando la vio.
Clara corrió y le tomó la mano.
—Aquí estoy, carnal. Aquí estoy.
—¿Qué pasó? —susurró David, mirando a las enfermeras privadas, los aparatos nuevos, el lujo—. ¿Nos morimos? ¿Esto es el cielo?
Clara rió entre lágrimas, besándole la frente sudorosa.
—No, menso. No nos morimos. Nos sacamos la lotería.
David miró a Daniel, que estaba parado en la puerta, con los brazos cruzados, observando la escena con una expresión indescifrable.
—¿Quién es él? —preguntó David con desconfianza—. ¿Es un narco? Clara, dime la verdad, ¿te metiste con la maña?
Daniel dio un paso adelante.
—No soy narco, David. Soy Daniel. Soy… el prometido de tu hermana.
David abrió la boca, la cerró y volvió a abrirla. Miró a Clara.
—¿Prometido? ¿Tú? ¿Con él? —David miró a Daniel de arriba abajo—. Pero si tú te peleas con los del gas por diez pesos. Este güey se ve que ni sabe cuánto cuesta el kilo de tortilla.
Clara le dio un zape suave en la cabeza.
—¡Cállate, respetuoso! El señor Daniel es… buena gente. Me va a ayudar. Nos va a ayudar.
—¿Por qué? —insistió David, que a sus 14 años ya había aprendido que nadie da nada gratis.
Daniel se acercó a la camilla. Se agachó para quedar a la altura de los ojos del niño.
—Porque tu hermana me salvó la vida, David. Literalmente. Y yo pago mis deudas. Vas a estar bien aquí. Te van a operar. Y cuando salgas, vas a ir a la escuela y vas a dejar de preocuparte por el dinero. ¿Trato?
Le extendió la mano. David lo miró con sospecha unos segundos más, luego miró a Clara, que asintió levemente. David estrechó la mano de Daniel.
—Si le haces algo a mi hermana, te juro que te busco y te rayo el coche —dijo el niño.
Pablo, que estaba en la esquina, se atragantó con su propia saliva. Daniel sonrió.
—Me parece justo.
Dejaron a David instalado, con un equipo de tres enfermeras y un iPad nuevo que Daniel “casualmente” tenía en el coche.
Al salir del hospital, ya estaba oscureciendo. Clara se sentía drenada, vacía, pero ligera. La carga monstruosa de la enfermedad de su hermano ya no estaba sobre sus hombros; estaba sobre la tarjeta American Express de Daniel Olmedo.
—Gracias —dijo ella en el elevador. Fue la primera vez que lo dijo sin sarcasmo.
—Es el trato —respondió Daniel, mirando los números del tablero—. No me des las gracias. Haz tu trabajo. Mañana conoces a mi madre.
La cena en la mansión fue un desastre coreografiado.
Daniel insistió en que cenaran en el comedor principal. Una mesa de caoba para doce personas. Daniel en una cabecera. Clara a su derecha.
El silencio era tan incómodo que dolía.
Amalia entró con el primer plato: Crema de alcachofa con crostini de parmesano.
Puso el plato frente a Clara con una delicadeza exagerada, como si esperara que Clara se pusiera a lamer el plato.
Clara miró la mesa. Había tres tenedores, dos cucharas y dos cuchillos.
—Chale —pensó—. ¿Cuál es el del caldo?
Miró a Daniel. Él ya estaba comiendo, usando la cuchara redonda del extremo derecho.
Clara lo imitó torpemente. La cuchara tintineó fuerte contra la porcelana.
Amalia hizo un sonido con la garganta, un “hem-hem” de desaprobación.
Clara soltó la cuchara. Se giró hacia el ama de llaves.
—¿Trae algo atorado, seño? Si quiere le doy una palmada en la espalda.
Amalia se puso tiesa.
—Solo observaba, señorita.
—Pues deje de observar y páseme unas tortillas, que esta sopa está muy rala y no me va a llenar.
Daniel se atragantó con su vino. Se limpió la boca con la servilleta de lino, ocultando una sonrisa.
—Amalia, trae tortillas.
—Señor… no tenemos tortillas. El chef preparó pan baguette.
—Mande a alguien a la tortillería. O al OXXO. Clara quiere tortillas.
Amalia parecía a punto de sufrir un infarto cerebral.
—Sí, señor.
Salió del comedor con el paso de un soldado derrotado.
Cuando estuvieron solos, Daniel dejó su copa.
—Tienes que aprender a usar los cubiertos, Clara. Mi madre se fija en eso.
—Y usted tiene que aprender a relajarse, Don Daniel. Se va a morir de una úlcera antes de que se acabe el año del contrato.
Daniel la miró fijamente. A la luz del candelabro de cristal, Clara se veía fuera de lugar, sí. Con su playera vieja y su cara lavada. Pero también se veía… vibrante. Llenaba el espacio vacío de esa casa inmensa.
—Mañana vendrá una estilista —dijo Daniel—. Y un sastre.
Clara golpeó la mesa.
—¡Dijimos que nada de cambiarme! ¡Cláusula 8!
—No te voy a cambiar, Clara. Te voy a limpiar. No puedes ir a ver a mi madre oliendo a… Iztapalapa. Y necesitas ropa que no tenga agujeros. Ropa sencilla, sí. Pero digna. Es por la credibilidad. Si le digo a mi madre que me enamoré de ti, tiene que creer que al menos te compré un vestido nuevo.
Clara lo pensó. Miró su playera. Tenía razón. El agujero se había hecho más grande.
—Está bien. Pero nada de tacones. Esos son invento del diablo para que las mujeres no podamos correr.
—Trato hecho. Tenis limpios.
Terminaron la cena con tortillas de maíz recalentadas en el microondas (que sabían a gloria) y crema de alcachofa.
Esa noche, Clara se acostó en la cama “King Size” de la habitación azul. El colchón era tan suave que sentía que se hundía. Las sábanas eran de seda fría.
No podía dormir.
El silencio de Lomas de Chapultepec era aterrador. No había ladridos de perros. No había sirenas. No había música del vecino. Solo un silencio pesado, caro.
Se levantó y caminó hacia el ventanal. La ciudad brillaba a lo lejos. Allá, donde las luces eran amarillas y parpadeantes, estaba su casa. Aquí, las luces eran blancas y estáticas.
La puerta de su habitación se abrió levemente. Clara se giró, asustada.
No había nadie.
Salió al pasillo. Vio una luz al final, en el despacho.
Caminó descalza sobre la alfombra persa.
Daniel estaba ahí. Sentado en su sillón, con una copa de whisky en la mano, mirando una foto antigua de una mujer hermosa y altiva: su madre.
Se veía tan solo. Tan inmensamente solo en su castillo de oro.
Clara sintió una punzada de algo que no era lástima. Era empatía. Ella había perdido a su madre. Él estaba a punto de perder a la suya.
Eran dos huérfanos. Uno rico, uno pobre. Pero el dolor pesaba lo mismo en ambos lados de la ciudad.
Se recargó en el marco de la puerta.
—Oiga —susurró.
Daniel levantó la vista, sobresaltado. Sus ojos estaban rojos.
—¿Qué pasa? ¿No te gusta la cama?
—Está muy aguada. Me duele la espalda. Extraño mi petate.
Daniel sonrió levemente.
—Lo siento. Mañana le digo a Amalia que te consiga una tabla.
—Gracias.
Hubo un silencio. Pero esta vez no fue incómodo. Fue compartido.
—Oiga, Daniel…
—¿Sí?
—Gracias por lo de David. En serio. Aunque usted sea un sangrón y un mandón… es usted un buen hombre. Creo.
Daniel bajó la mirada a su vaso.
—No soy un buen hombre, Clara. Estoy comprando una esposa para mentirle a mi madre moribunda. Soy un fraude.
—Pues… —Clara se encogió de hombros—. Mi mamá decía que Dios escribe derecho con renglones chuecos. A lo mejor usted es un fraude, pero hoy salvó a un niño. Eso cuenta. Buenas noches, patrón.
Se dio la vuelta y regresó a su cuarto.
Daniel se quedó mirando el pasillo vacío.
Bebió el último trago de whisky. Quemaba, pero menos que antes.
—Buenas noches, Clara —susurró a la nada.
Se tocó el pecho. El corazón le latía con un ritmo constante, fuerte.
Hacía mucho que no sentía que su casa estuviera habitada.
Mañana empezaba la farsa. Mañana, la pepenadora conocería a la Reina Madre. Y Daniel tenía el presentimiento de que, por primera vez en su vida, no tenía el control de absolutamente nada.
CAPÍTULO 4: La Prueba de Fuego y el Vestido de Manta
La mañana en la mansión Olmedo comenzó no con el canto de los gallos, como estaba acostumbrada Clara, sino con el sonido de un timbre insistente y el taconeo frenético de un ejército invasor.
Eran las ocho de la mañana. Clara estaba sentada en la orilla de la cama King Size, con los pies colgando, mirando sus chanclas viejas como si fueran reliquias de una guerra perdida. Había dormido mal. El silencio de las Lomas era antinatural; le faltaban los ladridos de los perros callejeros y la cumbia del vecino de abajo para conciliar el sueño.
La puerta se abrió sin previo aviso. Amalia, el ama de llaves con cara de general retirado, entró seguida de tres personas vestidas de negro, cargando maletines plateados que parecían contener armas nucleares o secadoras de pelo de última generación.
—Aquí está —anunció Amalia con un tono que sugería: “Aquí está el problema que hay que arreglar”.
El líder del grupo, un hombre delgado con pantalones entubados y una bufanda de seda (a pesar de que hacía calor), se acercó a Clara y le levantó la barbilla con un dedo índice manicurado.
—Mon Dieu —susurró el hombre, inspeccionando los poros de Clara—. Tenemos trabajo, equipo. Mucho trabajo. La piel está deshidratada, las cejas son una selva amazónica y el cabello… bueno, el cabello es un grito de auxilio.
Clara le apartó la mano de un manotazo.
—¡Epa! Con las manos quietas, joven. A mí nadie me toca la cara sin invitarme un café primero.
El estilista, que se presentó como Marcelo (aunque Clara estaba segura de que se llamaba Marcial en su acta de nacimiento), dio un paso atrás, ofendido.
—Niña, soy el mejor estilista de Polanco. Cobró por hora lo que tú no ganarías en diez años recogiendo latas. El Señor Daniel me pagó para convertirte en una dama, no para discutir con una…
—¿Una qué? —Clara se puso de pie. A pesar de medir un metro sesenta, su furia la hacía parecer de dos metros—. Dilo. Una pepenadora. Una mugrosa. Dilo.
Marcelo tragó saliva. La “mugrosa” tenía una mirada que cortaba más que sus tijeras japonesas.
En ese momento, Daniel apareció en el umbral de la puerta. Llevaba ropa deportiva de marca, sudado, acababa de terminar su rutina de gimnasio.
—¿Algún problema? —preguntó, secándose la frente con una toalla blanca.
—Su… proyecto… es difícil, Daniel —se quejó Marcelo—. No coopera.
—No soy un proyecto, soy gente —replicó Clara, cruzándose de brazos—. Y este señor me quiere depilar hasta las ideas. Dice que me va a poner “botox capilar”. Yo no quiero nada que suene a inyección en la cabeza.
Daniel entró a la habitación. La tensión bajó dos grados.
—Marcelo, déjanos un momento.
El equipo de estilistas salió, murmurando cosas sobre “casos perdidos”.
Daniel se acercó a Clara. Ella se mantuvo firme, defensiva, como un gato acorralado.
—Clara, mi madre es una mujer observadora. Si entras al hospital con tierra bajo las uñas y el pelo enredado, no va a creer que eres mi prometida. Va a creer que te recogí de la calle… lo cual es cierto, pero no es la historia que queremos contar.
—Yo no voy a disfrazarme de payaso, Daniel. No me voy a poner plastas de maquillaje. Si su mamá me va a conocer, me va a conocer a mí. Limpia, sí. Bañada, sí. Pero no… no falsa.
Daniel la miró. Vio la piel morena, tostada por el sol inclemente de la ciudad. Vio las pestañas largas y naturales. Vio una belleza cruda que no necesitaba filtros de Instagram.
—Está bien —dijo él—. Nada de maquillaje pesado. Nada de peinados elaborados. Solo… pulir el diamante.
Se giró hacia la puerta.
—¡Marcelo!
El estilista asomó la cabeza.
—Quiero que se vea natural. Jabón neutro, crema hidratante, el pelo suelto y limpio. Nada de bases que le cambien el color de piel. Nada de pestañas postizas. Y el vestido… nada de lentejuelas ni sedas brillantes. Quiero lino. Algodón. Algo mexicano, pero fino.
Marcelo parecía a punto de llorar.
—Pero Daniel, la tendencia de esta temporada es…
—La tendencia soy yo, Marcelo. Hazlo.
Dos horas después, Clara se miró en el espejo de cuerpo entero y no reconoció a la mujer que le devolvía la mirada.
No era una princesa de Disney. No era una modelo de revista.
Era ella, pero en su mejor versión posible.
Llevaba un vestido blanco de lino y manta, de corte sencillo, que le llegaba a los tobillos. Tenía bordados discretos de flores en el escote, hechos a mano en Oaxaca. Era elegante, pero humilde. Fresco.
Su cabello, lavado con productos que olían a coco y vainilla, caía en ondas suaves y negras sobre sus hombros, libre de nudos y tierra.
Su cara estaba lavada, solo con un poco de crema que le daba brillo a sus pómulos y un bálsamo en los labios para quitar lo reseco.
Y en los pies… Daniel había cumplido. No había tacones. Llevaba unas sandalias planas de piel tejida, artesanales, color miel. Cómodas.
—No manches… —susurró Clara, tocándose la mejilla—. ¿Esa soy yo?
—Esa eres tú —dijo Daniel desde la puerta.
Él ya estaba vestido con un traje azul marino, sin corbata. Se quedó mirándola un segundo más de lo necesario. Hubo un silencio extraño. Daniel sintió un golpe seco en el estómago, parecido al que sintió cuando ella le salvó la vida, pero diferente. Era… admiración.
—Te ves… bien —dijo él, aclarándose la garganta, recuperando su frialdad habitual—. Muy bien.
—Me siento rara. Siento que si me muevo se va a romper el vestido. Cuesta más que mi casa, ¿verdad?
—Probablemente. Pero no pienses en el precio. Piensa en el papel. Hoy no eres Clara la pepenadora. Hoy eres Clara, la mujer que robó el corazón de Daniel Olmedo.
Clara soltó una risita nerviosa.
—Ese es el chiste más grande de todos. Usted no tiene corazón, patrón.
—Exacto. Por eso necesitamos que seas muy buena actriz. Vamos. Se hace tarde.
El camino al Hospital Ángeles fue una clase intensiva de mentiras.
—Ok, repasemos —dijo Daniel mientras Pablo conducía—. ¿Cómo nos conocimos?
—En un baile sonidero en Iztapalapa. Usted andaba bien pedo y yo le invité un tamal.
Daniel se masajeó las sienes.
—No, Clara. Por Dios.
—¡Pues invente usted!
—Nos conocimos en… una fundación. Yo fui a donar dinero para un albergue y tú eras voluntaria.
—¡Mentira! Yo nunca he sido voluntaria, yo cobro por mi trabajo. Además, su mamá va a saber que es choro. Usted no tiene cara de ir a albergues.
Daniel suspiró. Tenía razón. Su madre detectaba la falsa filantropía a kilómetros.
—Bien. Digamos la verdad… a medias.
—¿Cómo?
—Nos conocimos en la calle. Hubo un incidente con mi coche. Me sentí mal. Tú me ayudaste. Me diste… auxilio.
—¿Le digo que le di respiración de boca a boca y que le olía la boca a café caro?
—Omite los detalles clínicos. Solo di que me ayudaste. Que viste a la persona, no al millonario. Que nos conectamos en ese momento de vulnerabilidad.
—O sea, que me dio lástima ver a un catrín tirado como perro.
—Sí, Clara. Lástima. Amor. Llámanos como quieras, pero que suene creíble.
Llegaron al hospital. El edificio de cristal se alzaba como una torre de marfil. Clara sintió que el estómago se le hacía pequeño.
—Oiga… —dijo bajito, agarrando el borde de su vestido—. ¿Y si no le caigo bien? ¿Y si se da cuenta de que soy de barrio?
Daniel se giró hacia ella. Le tomó la mano. Sus manos eran grandes, calientes. Las de ella eran pequeñas y ásperas.
—No escondas quién eres, Clara. Eso es lo que le va a gustar. Mi madre odia a las mujeres de plástico. Odia la falsedad. Tú eres… real. Solo sé tú. Pero con menos groserías, por favor.
Clara asintió, respirando hondo.
—Va. Sin groserías. Sin “güey”, sin “no mames”. Entendido.
Subieron al elevador. Piso 8. El pasillo olía a limpio, pero debajo de ese olor, Clara, que conocía bien los aromas de la vida y la muerte, olió el final. Olía a despedida.
Daniel se detuvo frente a la puerta 805. Su mano temblaba ligeramente sobre la manija. Clara lo notó.
Por instinto, ella puso su mano sobre la de él.
—Tranquilo, Daniel. Yo le hago el paro. Usted respire.
Él la miró, sorprendido por el uso de su nombre sin el “señor” o “patrón”. Asintió y abrió la puerta.
Doña Elena estaba despierta, sentada en la cama con el respaldo elevado. Llevaba un turbante de seda en la cabeza para ocultar la pérdida de cabello por la quimio pasada, y unas gafas de lectura puestas. Estaba leyendo el Financial Times.
Incluso muriendo, Elena Olmedo seguía siendo la jefa.
—Llegas tres minutos tarde, Daniel —dijo sin levantar la vista del periódico.
—El tráfico de Periférico, mamá. Ya sabes cómo se pone cuando llueve.
—Excusas.
Elena dobló el periódico lentamente, se quitó las gafas y fijó sus ojos miel, agudos como navajas, en la figura que estaba detrás de su hijo.
—Así que… esta es la razón de tu retraso.
Daniel dio un paso al costado, revelando a Clara.
—Mamá, ella es Clara. Clara, ella es mi madre, Doña Elena.
Clara sintió que las piernas le flaqueaban. La señora en la cama irradiaba una autoridad que ni el presidente tenía. Era una mujer que había destruido empresas y construido imperios. Y ahora la estaba escaneando como si fuera un código de barras defectuoso.
Clara tragó saliva. Recordó el consejo de Daniel: Sé tú.
Dio dos pasos adelante. No hizo una reverencia ridícula. No intentó besarle la mano.
Simplemente se paró derecha, con las manos entrelazadas al frente.
—Buenas tardes, señora Elena. Tiene usted unos ojos muy bonitos, igualitos a los de su hijo, nomás que los de usted se ven más listos.
Daniel cerró los ojos, esperando el desastre.
Pero Elena… sonrió. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible.
—Más listos. Me gusta eso. Acércate, niña. Quiero verte bien.
Clara se acercó a la cama. Elena estiró su mano, delgada y llena de venas azules.
—Dame tu mano.
Clara dudó. Sabía que sus manos eran su delator. El estilista había puesto crema, pero no podía borrar años de cargar basura, de cortar cartón, de pelear contra el mundo. Los callos estaban ahí. Las cicatrices pequeñas de vidrios rotos estaban ahí.
—Dámela —ordenó Elena.
Clara extendió su mano. Elena la tomó. Su piel fría contrastaba con el calor de Clara.
Elena pasó su pulgar por la palma de Clara. Sintió la aspereza. Sintió la dureza de la piel en la base de los dedos.
—Manos de trabajadora —dijo Elena suavemente. Levantó la vista—. No eres de nuestro círculo, ¿verdad? No tocas el piano ni juegas tenis.
Daniel intervino, nervioso.
—Mamá, Clara es…
—¡Cállate, Daniel! Estoy hablando con ella. —Elena volvió a mirar a Clara—. ¿A qué te dedicas, niña? Y no me mientas, porque huelo las mentiras mejor que la morfina.
Clara sintió el sudor frío en la espalda. Podía inventar algo. Podía decir que era artista, escultora… eso explicaría las manos.
Pero miró a la mujer moribunda. Vio el miedo oculto en el fondo de sus pupilas. El miedo de dejar a su hijo con una víbora.
Clara decidió jugársela.
—Soy recolectora, señora.
Elena arqueó una ceja.
—¿De arte?
—De basura.
El silencio en la habitación fue absoluto. La máquina de signos vitales hizo bip… bip… bip.
Daniel dejó de respirar.
—Soy pepenadora —continuó Clara, con la voz firme aunque el corazón le latía a mil—. Trabajo en la calle. Recojo lo que la gente tira, lo limpio y lo vendo para que vuelva a servir. Así mantengo a mi hermano enfermo. No tengo dinero, señora. No tengo apellido. Y la verdad, no tengo ni idea de qué tenedor usar para la sopa.
Elena la miraba fijamente, inescrutable.
—Pero —añadió Clara, dando un paso más cerca—, tengo palabra. Y tengo manos fuertes. Cuando su hijo se estaba muriendo en la banqueta antier, fui yo quien lo sacó. Fui yo quien le dio aire. Sus amigos ricos no estaban. Sus socios no estaban. Estaba yo. Y le juro, por la Virgen de Guadalupe, que mientras yo esté aquí, a él no le va a faltar aire.
Daniel miró a Clara, atónito. No era parte del guion. Era mejor. Era una verdad brutal y hermosa.
Doña Elena mantuvo la mirada de Clara durante diez segundos eternos. Era un duelo de miradas. La matriarca contra la sobreviviente.
Lentamente, los ojos de Elena se llenaron de lágrimas.
Apretó la mano de Clara con una fuerza sorprendente.
—Bien —susurró Elena—. Bien.
Miró a Daniel.
—Es ella, Daniel.
—¿Mamá?
—Es ella. Por fin hiciste algo inteligente en tu vida, muchacho. No me trajiste a una muñeca. Me trajiste a una mujer de hierro. Como yo.
Elena jaló a Clara hacia abajo. Clara se inclinó.
—Cuídalo —susurró Elena al oído de Clara—. Él cree que es fuerte porque tiene dinero, pero es frágil. Es un niño solo. Cuídalo como si fuera tu basura más preciada.
Clara sintió una lágrima de la anciana caer en su mejilla.
—Se lo prometo, señora. Lo voy a pulir hasta que brille.
Elena se dejó caer en las almohadas, agotada pero con una expresión de paz que Daniel no había visto en meses.
—Quiero la boda —dijo Elena, cerrando los ojos—. La quiero ya.
—Mamá, estamos planeando… tal vez en unos meses… —empezó Daniel.
—No tengo meses, imbécil. Tengo días. La quiero mañana. Aquí. O en la casa. Pero quiero verlos casados antes de cerrar los ojos para siempre.
—¿Mañana? —Clara y Daniel dijeron al unísono.
—Mañana. Traigan al notario. Traigan al padre. Y Clara…
—¿Mande, señora?
—Ese vestido es bonito. Pero para la boda, usa mis perlas. Las que están en la caja fuerte. Son las únicas que combinan con esa dignidad que cargas.
Salieron de la habitación como quien sale de un huracán.
En el pasillo, Daniel se aflojó el cuello de la camisa, jadeando.
—Dios mío… eso fue…
—Intenso —completó Clara, recargándose en la pared. Le temblaban las piernas.
—Le dijiste que eras pepenadora —dijo Daniel, mirándola con incredulidad—. Te saliste del guion. Podrías haberlo arruinado todo.
—Pero no lo hice —Clara lo miró—. A la gente como ella no se le miente, Daniel. Ella huele el miedo. Si le hubiera mentido, me habría comido viva. Le dije la verdad… bueno, la parte que importaba.
Daniel se pasó la mano por el pelo.
—Mañana. Quiere que nos casemos mañana.
—Pues ya estamos en el baile, hay que bailar —dijo Clara, aunque por dentro estaba aterrorizada—. ¿Usted aguanta?
Daniel la miró. Por primera vez, no la vio como un medio para un fin. La vio como una compañera de trinchera.
—Contigo… creo que aguanto.
En ese momento, el estómago de Clara rugió. Un sonido fuerte, gutural, que resonó en el pasillo elegante.
Clara se puso roja como un tomate.
—Perdón. Es que con los nervios y el desayuno de pajarito que me dio su cocinera…
Daniel soltó una carcajada. Una risa real, que le liberó la tensión del pecho.
—Vamos, Clara.
—¿A dónde? ¿A la casa?
—No. Vamos a comer tacos.
—¿Tacos? —Clara abrió los ojos—. ¿Usted come tacos?
—No. Pero tú sí. Y te ganaste todos los tacos que te quepan. Conozco un lugar en la Narvarte… dicen que son buenos.
—¿El Borrego Viudo?
—Ese mismo.
—¡Jalo! —gritó Clara, olvidando la regla de las groserías y la etiqueta—. ¡Pero yo pido la salsa, porque usted seguro pide la que no pica!
Caminaron hacia el elevador. Él, el millonario en su traje de diseñador. Ella, la pepenadora convertida en dama de lino. No se tomaron de la mano, pero caminaban hombro con hombro. Y por primera vez, la distancia entre sus dos mundos se hizo un poquito más pequeña, unida por el puente de una mentira que empezaba a sentirse peligrosamente real.
CAPÍTULO 5: Votos de Silencio y una Tormenta en las Lomas
La Ciudad de México amaneció llorando. No era una lluvia torrencial, de esas que inundan los bajo puentes del Viaducto, sino una llovizna gris, persistente y melancólica, conocida por los chilangos como “chipi-chipi”. El cielo estaba encapotado, como si las nubes hubieran bajado a tocar las copas de los árboles en las Lomas de Chapultepec.
Para Clara, el clima era un presagio.
—El cielo sabe que esto es puro teatro —murmuró, mirando por el ventanal de la habitación azul.
Eran las diez de la mañana. En la cama, extendido como un cadáver exquisito, yacía el vestido. No era un vestido de novia tradicional. No había olanes, ni crinolina, ni metros de tul que la hicieran parecer un pastel de quinceañera. Era un vestido de seda cruda, color marfil, con una caída recta y elegante, de mangas largas y espalda descubierta. Sencillo. Brutalmente caro.
Sobre el vestido descansaba una caja de terciopelo azul oscuro. Las perlas de Doña Elena.
Clara se había bañado tres veces. Se sentía limpia, pero no pura. Se sentía como una intrusa en su propia piel.
La puerta se abrió y entró Amalia. Ya no la miraba con asco, sino con una especie de resignación militar.
—El juez del registro civil está abajo, señorita. El padre Tomás llega en quince minutos. Y la ambulancia con la Señora Elena acaba de cruzar la caseta de seguridad.
Clara se giró. Llevaba una bata de baño de toalla blanca que le quedaba dos tallas grande.
—Amalia… ¿usted cree que esto está bien?
El ama de llaves se detuvo en seco. Alisó su delantal invisible.
—No me pagan por tener opiniones morales, señorita. Me pagan por mantener esta casa funcionando. Pero si me permite… —Amalia dudó, sus ojos se suavizaron un milímetro—. El Joven Daniel no ha sonreído en tres años. Ayer, cuando volvió de los tacos… se veía diferente. Si es una mentira, al menos es una mentira que funciona.
Clara asintió, tragando el nudo en su garganta.
—Ayúdeme con el cierre, porfa. No alcanzo y tengo miedo de romperlo con mis manos de lija.
La ceremonia se improvisó en el solarium de la mansión, un espacio con techo de cristal donde las gotas de lluvia golpeaban rítmicamente, creando una música de fondo natural. Habían quitado los muebles de jardín y puesto un altar improvisado con mantel blanco y dos arreglos florales masivos de nardos y casablanca que perfumaban el aire hasta marear.
Daniel estaba de pie junto al juez, con las manos entrelazadas a la espalda. Llevaba un traje negro, camisa blanca, sin corbata. Se veía pálido, tenso, como si estuviera esperando un fusilamiento y no una boda.
Pablo, fungiendo como testigo, padrino y organizador, revisaba su reloj compulsivamente.
Entonces, se escuchó el zumbido de un motor eléctrico.
Dos enfermeros entraron empujando una silla de ruedas de alta tecnología. En ella, envuelta en mantas de cachemira, iba Doña Elena. Llevaba el turbante de seda y, sobre las piernas, una foto enmarcada de su difunto esposo. Estaba conectada a un tanque de oxígeno portátil que siseaba suavemente.
Daniel corrió hacia ella.
—Mamá, no deberías haber salido del hospital. Es peligroso.
Elena le dio un manotazo débil en el brazo.
—Cállate. No me iba a perder esto ni aunque tuviera que arrastrarme. ¿Dónde está ella?
Como si fuera una señal, Clara apareció en el arco de la entrada.
No hubo marcha nupcial. No hubo música de violines. Solo el sonido de la lluvia.
Daniel sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
Clara se veía… etérea. El vestido marfil contrastaba con su piel morena, haciéndola brillar. Su cabello negro caía suelto sobre sus hombros. Y en su cuello, el collar de perlas de tres vueltas de su madre le daba un aire de realeza antigua, de dignidad inquebrantable.
Pero lo que más impactó a Daniel no fue la ropa. Fue su mirada. Clara estaba aterrada, sí, pero caminaba con la cabeza en alto, con esa valentía callejera que la caracterizaba. Caminaba hacia él no como una novia enamorada, sino como una socia que cumple un contrato, dispuesta a saltar al vacío.
Ella llegó a su lado. Olía a jabón neutro y a miedo.
—Te ves… —Daniel empezó, pero la voz le falló.
—No diga nada —susurró ella sin mirarlo—. Si me dice algo bonito me voy a poner a llorar y se me va a correr el rímel que juré no usar.
El juez, un hombre bajito con bigote de morsa que claramente había cobrado una fortuna por venir en domingo y con prisas, se aclaró la garganta.
—Estamos aquí reunidos… bla, bla, bla. Vamos al grano, que la señora madre requiere reposo.
El trámite civil fue rápido. Firmas. Huellas digitales.
—Ahora, la parte importante —dijo Elena, su voz débil pero imperiosa—. Padre Tomás, por favor.
El sacerdote, un hombre anciano amigo de la familia, se acercó. Él no sabía del contrato. Él creía en el milagro del amor repentino.
—Daniel, Clara… ¿vienen aquí libremente?
—Sí —dijo Daniel.
—Simón… digo, sí, padre —corrigió Clara.
—Los anillos.
Pablo sacó una cajita. Daniel tomó el anillo. No era una roca ostentosa. Era una banda de oro blanco con pequeños diamantes incrustados. Elegante, eterna.
Tomó la mano de Clara. Sintió los callos en su palma.
Miró a los ojos de ella. Ojos oscuros, profundos, que guardaban historias de hambre y frío que él nunca entendería.
—Yo, Daniel… —empezó él, y se dio cuenta de que no tenía votos preparados. Improvisó. Y al improvisar, dijo la verdad sin querer—. Yo, Daniel, te tomo a ti, Clara, como mi esposa. Prometo… prometo protegerte. Prometo que nunca más tendrás que cargar el peso del mundo tú sola. Prometo que tu hermano estará bien. Y prometo… prometo aprender a respirar de nuevo contigo.
Elena soltó un sollozo ahogado.
Clara sintió que el corazón se le rompía. Esas palabras eran para la galería, pero se sentían como un juramento de sangre.
Ella tomó el anillo de hombre, una banda simple de platino. Le temblaban los dedos al deslizarlo por el dedo de Daniel.
—Yo, Clara… te tomo a ti, Daniel. —Su voz se quebró, luego se fortaleció—. Prometo no dejarte tirado. Prometo darte aire cuando se te olvide cómo se hace. Prometo que no me va a importar tu dinero, sino tu persona. Y prometo… prometo quedarme, aunque venga la tormenta.
El padre Tomás sonrió.
—Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Puede besar a la novia.
El momento de la verdad. La Cláusula 6. Besos solo si es necesario.
Esto era necesario.
Daniel se inclinó. Clara levantó el rostro.
No fue un beso de película. Fue un beso tentativo. Sus labios se rozaron suavemente. Daniel sintió la calidez de ella. Clara sintió el aliento de él, con un toque de café y menta.
Y entonces, algo pasó. Daniel profundizó el beso, solo un poco. Su mano subió a la mejilla de ella, acariciando su pómulo. No fue actuación. Fue gratitud. Fue desesperación. Fue una conexión entre dos náufragos.
Clara respondió, abriendo ligeramente los labios, dejándose llevar por un segundo, olvidando que había un cheque de por medio.
Cuando se separaron, ambos estaban sonrojados y respiraban un poco más rápido de lo normal.
Elena aplaudió, lento, débil, pero feliz.
—Hermoso… —susurró la anciana—. Ahora puedo irme.
Daniel se arrodilló junto a la silla de ruedas.
—Mamá, quédate a comer.
—No, hijo. Estoy cansada. Mi cuerpo ya no da más. Pero mi alma… mi alma está llena. —Elena tomó la mano de Clara y la de Daniel y las unió—. No la eches a perder, Daniel. Ella es real. No la rompas.
—No lo haré, mamá.
Elena miró a Clara.
—Bienvenida a la familia, hija. Cuida las perlas. Y cuida al idiota de mi hijo.
—Sí, señora. Con mi vida.
Los enfermeros se llevaron a Elena. La ambulancia partió bajo la lluvia.
La casa quedó en silencio.
Daniel y Clara se quedaron parados en el solarium, con los anillos brillando en sus dedos, extraños y pesados.
—¿Y ahora qué? —preguntó Clara, soltando el aire que había contenido.
Daniel se aflojó el cuello de la camisa.
—Ahora… empieza la tormenta.
La “recepción” fue inexistente. No había invitados.
La tarde cayó pesada y oscura. La lluvia se convirtió en tormenta eléctrica. Los truenos retumbaban haciendo vibrar los ventanales de la mansión.
Se fue la luz.
La mansión inteligente, con toda su domótica y sus sistemas de seguridad, se quedó a oscuras. La planta de luz de emergencia tardó en entrar, dejando la casa en penumbras durante unos minutos eternos.
Daniel estaba en la biblioteca, bebiendo tequila directamente de la botella. Don Julio 1942.
Clara entró, iluminándose con la linterna de su celular (un modelo viejo con la pantalla estrellada).
—Oiga… se fue la luz en mi cuarto. Y tengo miedo.
Daniel levantó la vista. A la luz del flash del celular, se veía cansado, con el pelo desordenado.
—Entra la planta en un momento. No tengas miedo. Esta casa es una fortaleza.
—No le tengo miedo a los ladrones, le tengo miedo a los fantasmas. Esta casa es muy grande y cruje mucho. Y con los truenos… se siente como película de terror.
Daniel soltó una risa amarga.
—Si hay fantasmas, son mis antepasados juzgándome por lo que acabo de hacer.
Le ofreció la botella.
—¿Quieres?
Clara se acercó. Llevaba puesto un camisón de algodón que Amalia le había dejado. Era recatado, pero con la luz de fondo se transparentaba su silueta.
Tomó la botella. Le dio un trago largo, sin hacer gestos.
—¡Ahhh! Está fuerte. Raspa, pero sabroso.
Se sentó en el sillón de cuero frente a él.
—¿Se arrepiente? —preguntó ella.
—¿De qué?
—De casarse con la pepenadora. De mentirle a su mamá.
Daniel miró el líquido ámbar en la botella.
—No me arrepiento de casarme contigo. Has jugado tu papel mejor que cualquier actriz de Hollywood. Me arrepiento de haber desperdiciado los últimos diez años de mi vida persiguiendo dinero para impresionar a una mujer que solo quería verme feliz.
Un trueno estalló justo encima de la casa. ¡CRAAACK-BOOM!
Clara dio un salto y se llevó las manos a las orejas.
—¡Ay, nanita!
Daniel la miró. Vio el miedo genuino en sus ojos. Recordó que, a pesar de su fachada dura, ella era joven y había vivido cosas difíciles.
—¿Le tienes miedo a las tormentas?
—Cuando vives en una casa con techo de lámina, las tormentas no son románticas, Daniel. Son peligrosas. El viento se lleva tu techo. El agua se mete a tu cama. Los rayos caen en los postes de luz y queman tus aparatos. La lluvia en mi barrio significa perder cosas.
Daniel sintió una punzada de vergüenza. Para él, la lluvia era solo un inconveniente de tráfico o un ambiente para leer.
—Aquí estás segura —dijo suavemente—. El techo es de concreto. Los vidrios son blindados. Nada te va a pasar.
—Ya sé. Pero el miedo no se quita nomás porque cambias de código postal. El miedo se queda en los huesos.
Daniel se levantó. Caminó hacia ella y se sentó en la mesa de centro, frente a sus rodillas.
—Hablemos de David. ¿Te llamó?
La cara de Clara se iluminó.
—Sí. Hicimos videollamada hace rato. Dice que la comida del hospital sabe a cartón, pero que la tele es gigante. Y que las enfermeras lo tratan como rey. Mañana es la cirugía.
—Estará bien. El Dr. Galván es el mejor.
—Gracias, Daniel. Neta.
—No me des las gracias. Es el trato.
Se quedaron en silencio, escuchando la lluvia golpear contra el mundo exterior.
—Tengo que dormir contigo —dijo Daniel de repente.
Clara casi escupe el tequila.
—¿Qué? ¡Oiga, Cláusula 6! ¡Nada de contacto!
—No, no me refiero a eso. Me refiero a que Amalia y el personal… ellos saben que es nuestra noche de bodas. Si duermes en la habitación azul y yo en la mía… van a sospechar. Amalia reporta todo a mi madre. Si mi madre se entera de que no dormimos juntos, va a saber que es una farsa.
Clara se puso roja.
—¿Quiere que duerma en su cama?
—Es una cama King Size. Caben cuatro personas. Tú te quedas en tu orilla, yo en la mía. Ponemos una barrera de almohadas. Como en las películas.
—¿Y si ronca?
—No ronco.
—Yo sí. Y pateo.
—Correré el riesgo.
La habitación principal era obscena. Tenía el tamaño de la casa entera de Clara. La cama parecía una isla en medio de un océano de alfombra beige.
Daniel le dio una pijama de seda suya.
—Ponte esto. El camisón ese es muy… delgado. Hace frío.
Clara se cambió en el baño. Era de mármol negro. Los grifos eran dorados. Se miró al espejo.
—Cenicienta, a la medianoche te vas a convertir en calabaza si no te pones trucha —se dijo a sí misma.
Cuando salió, Daniel ya estaba en la cama, leyendo en su iPad, con gafas de lectura. Llevaba una camiseta blanca y pantalones de pijama.
Había construido, literalmente, una muralla de almohadas en medio del colchón.
—Tu territorio. Mi territorio —dijo él, señalando.
Clara se trepó a la cama. Era tan alta que casi necesitó escalerita. Se hundió en el edredón de plumas de ganso.
—Oiga, esto es como dormir en una nube.
—Buenas noches, Clara.
—Buenas noches, patrón.
Apagó la luz. La oscuridad los envolvió.
Clara se quedó mirando al techo, escuchando la respiración rítmica de Daniel al otro lado de la muralla.
Pasaron diez minutos. Veinte.
Otro trueno brutal sacudió la casa.
Clara soltó un chillido ahogado y se hizo bolita bajo las sábanas.
Sintió que la barrera de almohadas se movía.
—Clara —la voz de Daniel sonó en la oscuridad.
—Perdón. Ya me callo.
—¿Estás temblando?
—Tengo frío. Es el aire acondicionado.
—El aire está apagado. Tienes miedo.
Hubo una pausa.
—Dame tu mano —dijo él.
—¿Qué?
—Dame tu mano. Solo la mano. Para que sepas que no estás sola. Que el techo no se va a volar.
Clara dudó. Sacó su mano de debajo de la sábana, tanteando en la oscuridad.
Encontró la mano de Daniel. Grande. Seca. Fuerte.
Él entrelazó sus dedos con los de ella. No apretó demasiado. Solo lo suficiente para anclarla.
—David está bien —susurró Daniel—. Tú estás segura. Y mi madre está feliz. Hoy hicimos cosas buenas, Clara. Duerme.
El calor de su mano viajó por el brazo de Clara y se instaló en su pecho, calmando el latido frenético de su corazón.
Fue extraño. Dormir de la mano de un extraño que era su esposo, en una cama que costaba más que su vida, mientras afuera el mundo se caía a pedazos.
—Daniel… —susurró ella, ya medio dormida.
—¿Mmm?
—Gracias por no ser un patán.
Él soltó una risa suave en la oscuridad.
—De nada, Clara. Gracias por salvarme.
Y así, tomados de la mano a través de una muralla de almohadas de plumas, el millonario y la pepenadora se quedaron dormidos, mientras la tormenta limpiaba la ciudad y, quizás, también empezaba a limpiar sus almas.
Pero la calma no duraría mucho. Porque en la pantalla del celular de Daniel, que descansaba en la mesita de noche, brilló una notificación silenciosa. Un mensaje de WhatsApp de un número no guardado, pero dolorosamente familiar.
Texto: “Felicidades por tu boda. Qué pena que no me invitaste. Regresé de París. Tenemos que hablar. Estoy embarazada. – Soraya.”
La pantalla se apagó, dejando el mensaje como una bomba de tiempo esperando a que saliera el sol.
CAPÍTULO 6: Chilaquiles, Mentiras y una Víbora con Tacones
El sol de la mañana entró por los ventanales blindados de la habitación principal, golpeando directamente en la cara de Daniel. Despertó con esa desorientación momentánea de no saber qué día es, pero con una sensación física inusual: calor en la mano derecha.
Miró hacia abajo. Su mano seguía entrelazada con la de Clara.
La “muralla” de almohadas de plumas de ganso había colapsado durante la noche, víctima de alguna patada sonámbula o del movimiento natural de los cuerpos buscando calor. Clara estaba profundamente dormida, con la boca ligeramente abierta, un hilo de baba (muy poco aristocrático) mojando la funda de seda egipcia de 800 hilos. Roncaba suavemente, un sonido rítmico, como un gatito con asma.
Daniel intentó retirar su mano con la delicadeza de un desactivador de bombas.
Clara refunfuñó en sueños y apretó más fuerte.
—No te lleves mi gansito… —murmuró ella.
Daniel sonrió. Por primera vez en meses, su primera emoción del día no fue ansiedad por el mercado de valores, sino diversión. Logró liberar sus dedos y se sentó en la cama. Se sentía… descansado. La tormenta había pasado, tanto afuera como adentro.
Estiró el brazo para tomar su iPhone de la mesita de noche. Tenía que revisar los índices de Tokio y Londres.
La pantalla se iluminó.
Y la sonrisa de Daniel se congeló. Se rompió en mil pedazos como un vaso de vidrio contra el suelo.
Notificación de WhatsApp – Desconocido (pero él sabía quién era):
“Felicidades por tu boda de circo. Qué pena que no me invitaste. Regresé de París. Tenemos que hablar. Estoy embarazada. – Soraya.”
El mundo de Daniel se detuvo. El aire acondicionado de repente se sintió helado.
Soraya. Su ex. La mujer que lo había dejado hace seis meses porque él “trabajaba demasiado y no le dedicaba tiempo a su carrera de influencer”. La mujer que había jurado no volver a verlo.
¿Embarazada?
Hizo cuentas mentales rápidas. Seis meses. Si era suyo, ella tendría que tener una panza considerable. Pero no se habían visto en… ¿cinco meses? ¿Cuatro? Las fechas estaban en el límite.
Miró a Clara, que seguía durmiendo ajena al misil nuclear que acababa de caer en el teléfono.
Clara, la mujer que se había casado con él para salvar a su hermano. Clara, la que le había dado la mano durante los truenos.
Si esto era verdad, el contrato, la paz de su madre, la nueva vida de Clara… todo se iría al diablo.
Daniel borró la notificación de la pantalla de bloqueo, pero no el mensaje. Le temblaban las manos.
—Mierda —susurró.
Clara se estiró, arqueando la espalda, y abrió un ojo.
—¿Qué pasó? —preguntó con voz rasposa de recién levantada—. ¿Ya se cayó la bolsa o por qué tiene cara de que vio al diablo?
Daniel bloqueó el teléfono y lo puso boca abajo.
—Nada. Trabajo. Problemas en la fábrica de Monterrey.
—Ah… —Clara se frotó los ojos—. Pues que los arreglen los regios, que para eso son bien chambeadores. Usted relájese. Hoy es… ¿qué es hoy? ¿Sábado?
—Domingo.
—Domingo de barbacoa. Oiga, tengo un hambre que me da vueltas la cabeza. ¿Aquí qué se desayuna? ¿Caireles de ángel o aire con tenedor?
Daniel la miró. Necesitaba esa normalidad. Necesitaba aferrarse a la realidad simple y brutal de Clara para no entrar en pánico.
—Lo que tú quieras, Clara. Eres la señora de la casa.
—Peligroso que me diga eso, patrón. Muy peligroso.
Una hora después, la cocina industrial de la mansión Olmedo era una zona de guerra. O mejor dicho, una zona de reconquista cultural.
El Chef Pierre, un francés que llevaba diez años sirviendo a la familia y que consideraba que el cilantro era una hierba agresiva, estaba arrinconado contra el refrigerador Sub-Zero, abrazando una batidora como si fuera su única protección.
—¡Pero Madame! —gemía Pierre—. ¡Eso no es para freír! ¡Es aceite de trufa!
—¡Me vale gorro si es de trufa o de su abuela! —gritaba Clara, que llevaba puesto un delantal sobre su pijama de seda—. ¡Necesito aceite que chille! ¡Y páseme los tomates verdes, que estas tortillas no se van a hacer chilaquiles solas!
Amalia estaba parada en la puerta, con la mano en el pecho, hiperventilando.
—Señor Daniel… —dijo Amalia cuando él entró a la cocina—. Haga algo. Está… está profanando las ollas Le Creuset.
Daniel observó la escena. Clara estaba picando cebolla con una velocidad y destreza que ningún chef de estrella Michelin podría igualar. Tenía una olla enorme en la estufa donde algo hervía furiosamente, llenando la cocina de un olor picante, ácido y glorioso. Olor a epazote. Olor a salsa verde. Olor a México.
—Déjala, Amalia —dijo Daniel, recargándose en el marco de la puerta—. Pierre, tómate el día libre.
—¿Monsieur?
—Vete. Es una orden.
Pierre salió corriendo, murmurando insultos en francés, feliz de escapar de la loca del cuchillo.
Clara se giró, con los ojos llorosos por la cebolla.
—¡Ah, ya bajó la Bella Durmiente! Siéntese. En diez minutos le curo el susto que traía en la mañana.
—¿Qué estás haciendo?
—Chilaquiles, Daniel. Chilaquiles de verdad. No esas cosas aguadas que sirven en los hoteles. Y huevos estrellados. Y frijoles refritos con manteca, porque encontré manteca escondida en la alacena, quién sabe para qué la usaba el francés si le tiene miedo a la grasa.
Daniel se sentó en la barra de granito.
—Nunca he comido chilaquiles con manteca.
—Pues por eso está tan flaco y tan pálido. Le falta vitamina T. Tacos, tortas, tamales y todo lo que tape las arterias.
Diez minutos después, Daniel tenía frente a él un plato humeante. La salsa verde brillaba. El queso cotija (que Clara había encontrado milagrosamente) cubría la montaña de tortillas fritas. Un huevo estrellado con la yema perfecta coronaba la obra maestra.
Daniel tomó el tenedor. Dudó.
—Pruébelo —ordenó Clara—. Si no le gusta, le doy permiso de despedirme… ah no, verdad, que estamos casados. Ni modo, se aguanta.
Daniel cortó un pedazo de tortilla con huevo y se lo llevó a la boca.
El sabor estalló en su paladar. Era picante, sí, pero no doloroso. Era ácido, salado, crujiente y suave a la vez. Le recordó… no sabía a qué le recordaba, porque su madre nunca cocinaba y las nanas le daban comida “sana”. Le recordó a algo que nunca tuvo: hogar.
Siguió comiendo. Y comiendo.
Clara lo observaba con una sonrisa de satisfacción, comiendo su propia porción directamente de la sartén (“para no ensuciar más platos”, dijo).
—¿Está bueno?
—Está… increíble —admitió Daniel, limpiándose la comisura de los labios con una servilleta de tela—. Pica, pero no puedo dejar de comer.
—Ese es el secreto, mi rey. El picante es como el amor tóxico: duele, pero uno siempre regresa por más.
Daniel se detuvo. Amor tóxico. Soraya. El mensaje volvió a su mente como un flashazo.
Dejó el tenedor.
—¿Qué pasa? —preguntó Clara, notando el cambio inmediato en su humor—. ¿Le cayó pesado? Le dije que le pusiera menos salsa.
—No. Es solo… tengo muchas cosas en la cabeza.
Clara dejó la sartén. Se bajó del banco alto y caminó hacia él. Le puso una mano en el hombro.
—Daniel. Ya en serio. Desde que despertaste traes una nube negra encima. Ya firmamos el contrato. Mi hermano ya está en el hospital de lujo. Tu mamá está feliz. ¿Cuál es el problema? ¿Te arrepientes de haberme metido aquí?
Daniel la miró. Quería decírselo. Quería decirle: “Hay una loca que dice esperar un hijo mío y que va a venir a destruir este pequeño castillo de naipes que acabamos de construir”.
Pero vio la cara de Clara. Vio lo bien que se veía, lo tranquila que estaba por primera vez desde que la conoció.
No podía arruinarle el domingo. No todavía.
—No me arrepiento, Clara. Es solo… el trabajo. Mañana es lunes y tengo una fusión importante. Estrés corporativo.
—Ah, bueno. Si es eso, tiene solución.
—¿Cuál?
—Hoy es domingo de “echar la hueva”.
—¿De qué?
—De no hacer nada. De apagar el celular. De ver películas en la tele gigante. Usted y yo. Sin trajes, sin correos, sin Amalias regañonas.
Daniel lo pensó. Apagar el celular significaba no recibir más mensajes de Soraya por hoy. Significaba una tregua de 24 horas.
—Me parece un plan ejecutivo excelente —dijo él.
—Pues órale. Vamos a ver Shrek. O Betty la Fea. Usted elige.
Las siguientes dos semanas fueron una extraña luna de miel doméstica.
No hubo viaje a París ni a Bora Bora. La luna de miel fue dentro de los muros de la fortaleza de Lomas de Chapultepec.
Fue un periodo de adaptación mutua, lleno de fricciones cómicas y momentos de inesperada ternura.
Clara aprendió que no se podía echar cloro puro a los pisos de mármol (después de casi arruinar el vestíbulo). Aprendió a usar el iPad para controlar las luces y las persianas, aunque a veces, por diversión, hacía que la casa pareciera discoteca a las tres de la mañana.
Daniel, por su parte, aprendió cosas que ninguna maestría en Harvard le enseñó.
Aprendió que los “esquites” saben mejor si se comen en vaso de unicel (Clara obligó a Pablo a ir a comprarlos a un puesto callejero). Aprendió que se puede reír en la cena sin que sea de mala educación. Y aprendió a escuchar.
Todas las noches, después de cenar (ahora una mezcla negociada entre la cocina gourmet de Pierre y los antojitos de Clara), se sentaban en la sala. Daniel le explicaba cosas de su mundo: cómo funciona la bolsa, qué es un fideicomiso, por qué la gente rica siempre está preocupada por perder lo que tiene.
Clara le explicaba su mundo: cómo saber qué plástico se vende más caro, cuáles son las reglas no escritas del barrio, cómo sobrevivir con 50 pesos a la semana.
—Eres muy inteligente, Clara —le dijo Daniel una noche, mientras ella hacía cuentas mentales de los gastos de la casa más rápido que él con su calculadora—. Si hubieras tenido oportunidades…
—Si mi abuelita tuviera ruedas sería bicicleta —le cortó ella—. No se trata de oportunidades, Daniel. Se trata de dónde te toca nacer. Yo nací en el código postal equivocado. Pero no me quejo. Aprendí a defenderme.
—Te defiendes demasiado. A veces siento que sigues esperando que te ataque.
Clara lo miró. Estaban sentados en el mismo sofá, a medio metro de distancia. La “Cláusula 6” se había vuelto flexible. A veces se rozaban las rodillas. A veces él le acomodaba el pelo.
—Es la costumbre, Daniel. Cuando vives esquivando golpes, se te queda la guardia arriba.
—Aquí puedes bajar la guardia.
—¿Seguro?
—Seguro.
Clara lo miró a los ojos. Esos ojos miel que ya no se veían tan vacíos.
—Me estás cayendo bien, “Ricachón”.
—Tú también me caes bien, “Pepena-dora”.
Se rieron. Fue un momento perfecto.
Y como todos los momentos perfectos, estaba a punto de ser destruido.
El miércoles de la tercera semana, la rutina se rompió.
Daniel estaba en la oficina. Había tenido que volver al corporativo. La fusión con el grupo asiático estaba en su fase final.
Clara se había quedado en la casa. Amalia y ella habían llegado a una tregua armada: Amalia dirigía la limpieza, Clara dirigía el menú.
Eran las cuatro de la tarde. Clara estaba en el jardín, con el jardinero, Don José.
—Mire, Don José, si plantamos chiles serranos aquí entre los rosales, ni se van a notar y vamos a tener salsa fresca todo el año.
—No sé, señora Clara… si el señor Daniel ve chiles en su jardín inglés…
—El señor Daniel no distingue un chile de una petunia. Usted plántelos.
El timbre de la puerta principal sonó. No el timbre de servicio, sino el gong profundo que anunciaba visitas importantes.
Clara se limpió las manos llenas de tierra en su pantalón de mezclilla (marca Levi’s, original, regalo de Daniel).
—¿Quién será? Daniel no llega hasta las ocho.
Caminó hacia la entrada principal.
Amalia ya estaba ahí, abriendo la puerta masiva de madera tallada.
—Buenas tardes, ¿se le ofrece…? —empezó Amalia, pero se quedó callada.
Una mujer empujó la puerta y entró como si fuera dueña del catastro.
Clara se detuvo al pie de la escalera.
La mujer era… espectacular, en el sentido más plástico de la palabra. Rubia (de tinte caro), alta, delgada pero con curvas operadas que desafiaban la gravedad. Llevaba un vestido rojo entallado, tacones de aguja de diez centímetros y una bolsa Louis Vuitton que costaba más que la camioneta de Pablo.
Y lo más importante: tenía una pequeña, pero visible, protuberancia en el vientre.
La mujer se quitó las gafas de sol oscuras y barrió el vestíbulo con la mirada. Vio a Amalia.
—Ay, Amalia, sigues viva. Pensé que Daniel ya te había jubilado. Que te traigan un vaso de agua, que vengo deshidratada.
Luego, sus ojos se posaron en Clara.
La escaneó de arriba abajo. Vio los jeans, la camiseta blanca, las manos con tierra.
Sonrió con desdén.
—Ah, y dile a la nueva muchacha que limpie mis zapatos, pisé lodo en la entrada.
Clara sintió que la sangre le subía a la cabeza en dos segundos. El “barrio” se le salió por los poros.
Bajó el último escalón y caminó hacia la intrusa, parándose frente a ella.
—Buenas tardes —dijo Clara, con una calma peligrosa—. Creo que se equivocó de casa o se le olvidaron los modales en la otra bolsa. Aquí no hay muchachas. Y si quiere agua, la cocina está al fondo.
La mujer parpadeó, sorprendida de que el “servicio” le respondiera.
—¿Perdón? ¿Sabes con quién estás hablando, gata?
—No, y no me importa. Pero usted está en mi casa. Así que o le baja dos rayitas a su tono, o la saco yo misma.
La mujer soltó una carcajada estridente.
—¿Tu casa? Ay, ternurita. Daniel siempre contrata sirvientas con actitud, le divierte. Mira, niña, soy Soraya. La mujer de Daniel. Bueno, su ex, y futura madre de su hijo. Así que ve a buscarlo y dile que llegué.
El mundo de Clara se detuvo.
Futura madre de su hijo.
Miró el vientre de la mujer. Era pequeño, pero ahí estaba.
Sintió un golpe en el estómago, como si le hubieran dado una patada.
Daniel nunca le había dicho nada.
Amalia, pálida como un papel, intervino.
—Señora Soraya… ella no es la muchacha. Ella es la Señora Clara. La esposa del Señor Daniel.
El silencio que siguió fue absoluto. Soraya dejó caer sus gafas de sol. Clac.
Se giró lentamente hacia Clara, mirándola con una mezcla de horror e incredulidad.
—¿Esposa? —susurró—. ¿Daniel se casó? ¿Con… esto?
Clara recuperó la compostura. El dolor estaba ahí, agudo y traicionero, pero el orgullo era más fuerte.
—Sí. Con esto. Y esto es la que decide quién entra y quién sale. Y usted va para afuera.
—¡Tú no me puedes echar! —gritó Soraya, perdiendo la compostura—. ¡Estoy embarazada! ¡Llevo a un Olmedo aquí adentro! ¡Daniel tiene que saberlo!
—Daniel no está —dijo Clara fría como el hielo—. Y si es verdad lo que dice, cosa que dudo porque se ve más falsa que billete de treinta pesos, lo arregla con sus abogados. ¡Amalia! ¡Llame a seguridad!
—¡No me toquen! —Soraya retrocedió—. ¡Esto no se va a quedar así! ¡Voy a destruir tu matrimonio de fantasía, naca igualada! ¡Daniel es mío!
Dos guardias de seguridad entraron corriendo. Escoltaban a Soraya (que gritaba amenazas e insultos) hacia la salida.
Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió al vestíbulo.
Clara se quedó parada en medio del salón, temblando.
No de miedo. De furia. Y de decepción.
Amalia se acercó, tímida.
—Señora Clara… ¿está bien?
Clara se miró las manos sucias de tierra.
—Amalia… ¿usted sabía?
—¿De qué, señora?
—¿De Soraya? ¿De que podía estar embarazada?
Amalia bajó la cabeza.
—La señorita Soraya estuvo aquí hace meses… pero el Señor Daniel nunca… señora, yo solo sé lo que veo. Y lo que veo es que esa mujer es veneno.
Clara asintió. Subió las escaleras lentamente.
—Cuando llegue Daniel… dígale que estoy en mi cuarto. Y que vaya preparando una muy buena explicación, porque si me mintió con esto… el contrato se acaba hoy.
Daniel llegó a las ocho en punto. Traía flores. Nardos. Para Clara.
Había tenido un buen día. La fusión estaba casi lista. Había pensado en Clara todo el día.
Entró silbando.
—¡Amalia! ¡Clara! ¡Ya llegué!
El vestíbulo estaba vacío. Demasiado silencioso.
Pablo, que venía detrás de él con el portafolio, sintió la vibra.
—Jefe… aquí huele a peligro.
Amalia salió de la cocina. No lo miró a los ojos.
—Buenas noches, señor. La señora Clara está arriba. En la habitación azul.
Daniel frunció el ceño.
—¿En la azul? ¿Por qué no en la principal? ¿Pasó algo?
—Vino visita, señor.
—¿Qué visita?
—La señorita Soraya.
Daniel sintió que la sangre se le iba a los pies. Las flores cayeron al suelo.
—¿Soraya estuvo aquí? ¿Habló con Clara?
—Sí, señor. Y… bueno, hubo gritos. Y la señorita Soraya mencionó… su estado.
Daniel no esperó a escuchar más. Subió las escaleras de dos en dos, con el corazón martilleándole en la garganta.
—¡Clara!
Entró a la habitación azul.
Clara estaba sentada en la cama. Ya no tenía la ropa de jardín. Llevaba puestos sus jeans viejos y su playera amarilla con el agujero. Su costal de rafia estaba a sus pies.
Estaba empacando.
—Clara, espera —Daniel se detuvo en la puerta, jadeando.
Clara no volteó. Siguió metiendo sus cosas en el costal.
—No hay nada que esperar, Daniel. El trato era honestidad. “Fingimos con el mundo, pero no entre nosotros”. ¿Te acuerdas?
—Te lo puedo explicar.
—¿Qué vas a explicar? —Clara se giró. Sus ojos estaban rojos, pero secos. No iba a llorar frente a él—. ¿Que tu ex novia vino a gritarme en mi cara que está esperando un hijo tuyo? ¿Que me llamó sirvienta en mi propia casa? ¿Que tú sabías algo y te hiciste pendejo dos semanas?
—Me mandó un mensaje —admitió Daniel, entrando a la habitación—. El domingo. La mañana después de la boda.
—¿Y por qué no me dijiste?
—¡Porque no quería arruinarlo! —gritó él, desesperado—. ¡Estábamos bien! ¡Mi madre estaba feliz! ¡Tú y yo estábamos… conectando! No quería que una mentira de Soraya destruyera eso.
—¿Y si no es mentira?
El silencio cayó como una losa.
—Si ella está embarazada… ese niño es tu sangre, Daniel. Y yo… yo solo soy la pepenadora que contrataste. Yo no pinto en ese cuadro.
—Eso no es cierto.
—Sí es cierto. —Clara cerró su costal—. Mira, Daniel. Yo aguanto el hambre. Aguanto el frío. Aguanto que me miren feo. Pero no aguanto que me vean la cara de estúpida. Me voy.
—No te puedes ir. El contrato…
—¡Al diablo el contrato! —Clara pateó la cama—. ¿Qué vas a hacer? ¿Demandarme? ¡No tengo nada, Daniel! ¡Nada!
—David —dijo Daniel. Fue un golpe bajo, y lo supo en cuanto salió de su boca.
Clara se quedó helada. Lo miró con una mezcla de odio y dolor que Daniel nunca olvidaría.
—¿Me estás amenazando con la salud de mi hermano?
Daniel se arrepintió al instante. Dio un paso hacia ella, con las manos en alto.
—No. No, Clara, perdóname. No quise decir eso. David está seguro. Pase lo que pase, yo pago todo. Te lo juro. No soy un monstruo.
Clara relajó los hombros, pero no soltó el costal.
—Entonces déjame ir. Soraya va a volver. Y va a traer un circo. Yo no sirvo para pelear con mujeres ricas embarazadas. Yo sirvo para sobrevivir, y aquí… aquí me estoy ahogando.
Daniel se interpuso entre ella y la puerta.
—No es verdad. Soraya miente. La conozco. Es un truco.
—¿Y si no lo es?
—Haremos una prueba de ADN. Mañana mismo. Si es mío… me haré cargo del niño, pero no de ella. Mi esposa eres tú.
—Tu esposa de mentiras.
—Clara… —Daniel se acercó, arriesgándose—. Mírame. ¿De verdad crees que todo estas dos semanas ha sido mentira? ¿Los chilaquiles? ¿Las pláticas? ¿La noche de la tormenta?
Clara bajó la mirada. Recordó su mano en la de él.
—No sé qué creer.
—Dame 24 horas. Solo eso. Mañana viene Soraya con sus abogados. Quédate. Enfréntala conmigo. No como la pepenadora. Como la Señora Olmedo. Si después de eso te quieres ir… te llevo yo mismo a donde quieras.
Clara lo pensó. Su orgullo le decía que se fuera. Su corazón (ese traidor) le decía que se quedara. Y su instinto le decía que Soraya era una mentirosa.
Suspiró, soltando el costal.
—24 horas, Daniel. Pero si esa mujer me vuelve a insultar… no respondo. Le voy a enseñar lo que es una pelea de barrio.
Daniel sonrió, aliviado.
—Cuento con eso. De hecho… espero que lo hagas.
Daniel se acercó y, con un gesto suave, le tocó la mejilla.
—Quítate esa ropa vieja, Clara. Esa ya no eres tú. Mañana te pones el vestido rojo que te compró Marcelo. Mañana vamos a la guerra.
CAPÍTULO 7: La Reina del Barrio contra la Princesa de Plástico
El vestido rojo colgaba de la puerta del armario como una bandera de guerra.
No era cualquier rojo. Era un rojo sangre, profundo, vibrante. El tipo de rojo que usan las mujeres que no piden permiso para entrar, sino que derriban la puerta. Daniel (o mejor dicho, el estilista Marcelo) lo había elegido bien. Era de corte sirena, ajustado hasta las rodillas y luego suelto, hecho de una tela pesada que ocultaba cualquier imperfección y realzaba las curvas que Clara había ganado gracias a la buena alimentación de las últimas semanas.
Clara lo miró desde la cama. Eran las nueve de la mañana.
—O me pongo esto y salgo a matar, o me pongo mis garras y me voy por la puerta de atrás —se dijo a sí misma.
Pensó en Soraya. En su risa burlona. En cómo la había mirado como si fuera una mancha de grasa en la alfombra.
Pensó en Daniel. En cómo la había defendido anoche. En su promesa de “vamos a la guerra”.
Y pensó en David, seguro y calientito en el hospital.
Se levantó de un salto.
—Ni madres. Yo no soy cobarde. Si me voy a ir, me voy a ir dejando claro quién es Clara Martínez.
Se metió al baño. Se duchó con agua helada para despertar los nervios. Se puso el vestido. Le quedaba como un guante. Se maquilló ella sola: un poco de rímel, rubor y, lo más importante, un labial rojo que encontró en el tocador, del mismo tono que el vestido.
Se soltó el pelo, dejando que cayera salvaje sobre sus hombros desnudos.
Se miró al espejo.
Ya no veía a la pepenadora. Veía a una mujer que había sobrevivido al hambre, al frío y a la soledad. Soraya podía tener dinero, pero Clara tenía calle. Y en la selva, la calle siempre gana.
—Ámonos recio —susurró a su reflejo.
Bajó las escaleras a las diez en punto.
La sala principal estaba dispuesta como un tribunal. Daniel estaba sentado en uno de los sillones individuales, revisando unos papeles con Pablo. Ambos llevaban trajes oscuros. Parecían enterradores.
Amalia estaba parada cerca de la cocina, con los brazos cruzados y cara de pocos amigos.
Cuando Clara pisó el último escalón, el sonido de sus tacones (sí, hoy llevaba tacones, unos stilettos negros que había encontrado en el fondo del clóset y que, milagrosamente, eran de su talla) hizo que todos voltearan.
Pablo soltó un silbido bajo que cortó de inmediato ante la mirada de Daniel.
Daniel se puso de pie lentamente. Se quedó mudo.
Había visto a Clara sucia. La había visto con el vestido de manta. La había visto con el vestido de novia.
Pero nunca la había visto así.
Se veía poderosa. Peligrosa. Hermosa.
—Buenos días —dijo Clara con voz firme.
Daniel se aclaró la garganta, aflojándose el nudo de la corbata.
—Buenos días, Clara. Te ves… estás…
—Lista —completó ella—. ¿A qué hora llega la víbora?
—En cinco minutos.
El timbre sonó como si hubiera sido programado por el destino.
Amalia fue a abrir.
El aire en la sala se volvió denso, eléctrico.
Entró Soraya.
Hoy no venía sola. Detrás de ella venía un hombre bajito, calvo, con un traje gris brillante que le quedaba grande y un maletín de piel falsa. El típico abogado “coyote” que huele dinero. Y detrás del abogado, venían los padres de Soraya: una señora operada hasta la inexpresividad y un señor con cara de aburrimiento crónico.
Soraya llevaba un vestido blanco (claro, para hacerse la víctima), gafas oscuras (dentro de la casa) y caminaba con una mano en la espalda baja, acentuando su embarazo de pocos meses.
Se quitó las gafas al ver a Daniel.
—Daniel, mi amor. Gracias por recibirnos. Mis papás insistieron en venir. Están muy decepcionados de ti.
Luego, vio a Clara.
La sonrisa de Soraya vaciló. Esperaba ver a la sirvienta. Esperaba ver a la chica derrotada de ayer.
En su lugar, vio a una mujer vestida de rojo fuego, parada junto a la chimenea como si fuera la dueña del edificio entero.
—Ah… veo que la servidumbre se disfraza los domingos —soltó Soraya con veneno.
Clara no se movió. Ni un músculo.
—Pásale, Soraya —dijo Clara con una calma aterradora—. Siéntate. No vaya a ser que se te cansen las mentiras de cargarlas tanto tiempo.
El abogado de Soraya, el Licenciado Gordillo, dio un paso al frente.
—Señora, le exijo respeto para mi clienta. Estamos aquí para discutir términos legales de paternidad y manutención, no para recibir insultos de… terceros.
Daniel intervino, su voz fría como el acero.
—Ese “tercero” es mi esposa, Licenciado. Y esta es su casa. Si no le gusta cómo habla, la puerta está muy ancha. Siéntense.
El grupo de Soraya se sentó en el sofá largo. Daniel y Clara se sentaron en los sillones individuales, frente a frente. Pablo se quedó de pie, como un guardaespaldas, sosteniendo un sobre manila amarillo.
—Vamos al grano —dijo Daniel—. Dices que el hijo es mío.
Soraya soltó un sollozo dramático (sin lágrimas) y miró a sus padres.
—¡Claro que es tuyo! Daniel, por Dios. Sé que terminamos mal, pero… lo que pasó esa noche, antes de que me fuera a París… fue amor. Y ahora, este bebé es el fruto de ese amor.
—¿Cuál noche? —preguntó Daniel—. Porque según recuerdo, la última vez que nos vimos me gritaste que era un “robot sin sentimientos” y te llevaste hasta la cafetera.
—¡Hubo una noche! —insistió Soraya—. Fui a tu departamento. Estabas borracho. Quizás no te acuerdas. Pero pasó. Y ahora estoy embarazada de cuatro meses. Y exijo… exijo mi lugar. No por mí, sino por tu hijo. Y exijo que saques a esta… intrusa de nuestra vida.
La madre de Soraya intervino, abanicándose con la mano.
—Es un escándalo, Daniel. ¡Casarte con una recogedora de basura! ¡Qué dirá la sociedad! ¡Qué dirán en el Club de Golf! Mi hija es una dama de sociedad, ella merece el apellido.
Clara sintió que la furia le calentaba las orejas, pero recordó las palabras de Daniel: Guerra. Y en la guerra, el que se enoja pierde.
Se cruzó de piernas, despacio, elegante.
—Señora —dijo Clara, dirigiéndose a la madre—. Con todo respeto. Usted habla mucho de “sociedad” y de “clase”. Pero en mi barrio, la clase no se demuestra con bolsas de marca ni con apellidos. Se demuestra con educación. Y entrar a una casa ajena a insultar a la esposa del dueño… pues muy de dama no es. Eso es de verdulera. Y perdón a las verduleras, que son más decentes.
Soraya se puso roja.
—¡Cállate, gata! —chilló—. ¡Tú estás aquí por dinero! ¡Eres una interesada! ¡Daniel te compró!
Clara sonrió. Una sonrisa ladeada, peligrosa.
—Puede ser. A lo mejor sí me compró. Pero fíjate la diferencia, Soraya: él me eligió a mí. A ti… a ti te dejó. Y por algo será. A lo mejor porque yo, aunque huela a basura a veces, no huelo a traición.
—¡Basta! —gritó el Licenciado Gordillo, golpeando la mesa de centro—. ¡Señor Olmedo, esto es inaudito! Mi clienta exige una prueba de paternidad, una pensión mensual de 200,000 pesos y la casa de Valle de Bravo para criar al menor. De lo contrario, iremos a los medios. “Billonario abandona a su hijo por pepenadora”. Imagine el titular.
Daniel no se inmutó. Miró a Soraya fijamente.
—¿Estás segura, Soraya? ¿Segura de que quieres ir por este camino?
—Segura —dijo ella, desafiante—. Es tu hijo.
—Bien. Pablo, el sobre.
Pablo dio un paso adelante y dejó caer el sobre manila sobre la mesa de centro. El sonido pap resonó en el silencio.
—¿Qué es esto? —preguntó Soraya, nerviosa.
—Ábrelo —dijo Daniel.
Soraya estiró la mano, con sus uñas postizas de acrílico temblando. Abrió el sobre. Sacó unas hojas.
Eran fotos. Y copias de boletos de avión. Y un reporte médico.
Soraya palideció. Su maquillaje perfecto pareció cuartearse.
—Esto… esto es ilegal. Me espiaste.
—Se llama investigación privada —dijo Daniel, recargándose en su sillón—. Déjame explicarte lo que hay ahí para que tus papás y tu abogado entiendan.
Daniel señaló los papeles.
—Punto uno: Dices que tienes cuatro meses de embarazo. Eso sitúa la concepción en febrero.
—Sí, febrero —dijo Soraya con un hilo de voz.
—En febrero, Soraya… yo estaba en Tokio. Todo el mes. Cerrando el trato con Honda. Aquí están mis boletos de avión, mi pasaporte sellado y los registros del hotel. A menos que tengas el don de la teletransportación o que yo tenga esperma volador… es físicamente imposible que ese niño sea mío.
El Licenciado Gordillo empezó a sudar. Se aflojó el cuello de la camisa.
—Bueno… las fechas médicas pueden variar… una o dos semanas…
—Punto dos —interrumpió Daniel, implacable—. En esas mismas fechas, mientras yo comía sushi en Japón, tú estabas en Tulum. Y no estabas sola.
Daniel señaló una foto granulada pero clara. Soraya en un camastro, besando apasionadamente a un hombre muy musculoso y muy bronceado.
—Ahí estás con Rubén. Tu instructor de CrossFit. El que, curiosamente, acaba de comprarse una moto nueva a pesar de que estaba quebrado hace un mes. ¿Le diste dinero, Soraya? ¿Dinero que sacaste de la tarjeta suplementaria que se te “olvidó” devolverme?
Los padres de Soraya miraron la foto. La madre se llevó la mano a la boca.
—¡Soraya! ¡Me dijiste que Rubén era gay!
Soraya soltó las fotos como si quemaran. Empezó a llorar, pero esta vez era llanto real. Llanto de pánico.
—¡No! ¡Es mentira! ¡Es Photoshop! Daniel, por favor… Rubén no significa nada. Yo te amo a ti.
—No me amas, Soraya —dijo Daniel con cansancio—. Amas mi cartera. Amas la vida que te daba. Pero se acabó.
Clara, que había observado todo en silencio, sintió una mezcla de triunfo y lástima. Ver a alguien caer tan bajo no era placentero, era triste.
Se levantó. El vestido rojo brilló.
Caminó hacia la mesa y tomó la foto de Rubén.
—Guapo el muchacho —dijo Clara, mirando la foto—. Tiene buenos brazos. Lástima que la mamá de su hijo se avergüence de él.
Miró a Soraya a los ojos.
—Ese bebé no tiene la culpa de que su mamá sea una ambiciosa, Soraya. Pero si sigues así, ese niño va a crecer sabiendo que lo usaste como boleto de lotería. Ten un poquito de dignidad. Por él. Y vete.
Soraya levantó la vista. Sus ojos destilaban odio puro.
—Tú… tú me arruinaste todo.
—Tú te arruinaste sola, mi reina —respondió Clara—. Yo solo prendí la luz para que se vieran las cucarachas.
Daniel se puso de pie.
—Licenciado Gordillo, le sugiero que tome a su clienta y se retiren. Si vuelvo a ver a Soraya cerca de mi casa, de mi esposa o de mi familia, publico estas fotos y le meto una demanda por intento de extorsión y fraude que la va a dejar en la cárcel hasta que su hijo vaya a la universidad. ¿Entendido?
El abogado cerró su maletín de golpe.
—Entendido, Señor Olmedo. Vámonos. Esto fue… un malentendido.
—¡No! —chilló Soraya—. ¡Papá, haz algo!
El padre de Soraya se levantó, rojo de vergüenza.
—Cállate, Soraya. Ya hiciste suficiente ridículo. Vámonos.
La salida de Soraya fue patética. Arrastrando los pies, llorando, siendo empujada por sus padres.
Cuando la puerta se cerró detrás de ellos, el sonido fue definitivo. BAM.
La sala quedó en silencio.
Solo se escuchaba el reloj de péndulo en la esquina.
Pablo soltó un suspiro largo.
—Uff. Eso estuvo… intenso. ¿Alguien quiere un tequila? Porque yo necesito uno doble.
Daniel no respondió. Estaba mirando a Clara.
Clara seguía parada en medio de la sala, temblando ligeramente. La adrenalina estaba bajando y las rodillas le empezaban a fallar.
—Se fue —susurró ella.
—Se fue —confirmó Daniel—. Y no va a volver.
Clara se giró hacia él. Sus ojos oscuros brillaban.
—¿Por qué no me dijiste?
—¿Qué?
—Que tenías pruebas. Que estabas en Japón. Me dejaste pasar toda la noche pensando que… que a lo mejor sí era tuyo.
—Quería estar seguro. Y… quería ver algo.
—¿Qué querías ver? ¿Si me quebraba?
—No. Quería ver si te quedabas.
Daniel dio un paso hacia ella.
—Todos se van, Clara. Cuando hay problemas, la gente se va. Soraya se fue cuando dejé de ponerle atención. Mis “amigos” se van cuando no pago la cuenta. Tú… tú tenías todas las razones para irte. Te insultaron, te mintieron, te humillaron. Y te quedaste. Te pusiste ese vestido rojo y te paraste a mi lado.
Clara sintió un nudo en la garganta.
—Es que somos socios, ¿no? En el barrio no se deja morir a la banda.
—No es solo por eso —dijo Daniel, acercándose más. Estaba a centímetros de ella. Podía oler su perfume, una mezcla de flores y determinación—. Clara, cuando ella te insultó… no me dolió mi orgullo. Me dolió verte a ti ser atacada. Sentí… furia. Furia de verdad.
—¿Y eso qué significa? —preguntó ella, con la voz apenas un susurro.
Daniel levantó la mano y le acarició el pelo, quitándole un mechón de la cara.
—Significa que el contrato se está volviendo papel mojado. Significa que ya no estoy fingiendo.
El corazón de Clara dio un vuelco. Ya no estoy fingiendo.
—Daniel… no juegues.
—No juego. Mira, sé que empezamos esto como un negocio. Sé que soy un idiota estirado y tú eres una mujer terca. Pero… —Se detuvo, buscando las palabras—. Me salvaste la vida en la calle. Me salvaste la vida con mi madre. Y hoy… hoy me salvaste de la soledad. No quiero que te vayas a los seis meses. No quiero que te vayas nunca.
Clara lo miró, buscando la mentira, buscando el truco. Pero solo vio honestidad en esos ojos miel.
—Yo soy pepenadora, Daniel. Eso no se quita con vestidos rojos. Mañana voy a querer comer tacos con la mano. Voy a decir groserías cuando me pegue en el dedo chiquito del pie. Voy a escuchar cumbia a todo volumen.
—Y yo voy a aprender a bailar cumbia —dijo él con una sonrisa torcida—. Y voy a comer tacos, aunque me dé gastritis.
Clara soltó una risita nerviosa, con lágrimas en los ojos.
—Estás loco.
—Loco por ti.
Y entonces, sucedió.
No fue un beso tímido como en la boda. No fue un beso de “necesidad”.
Daniel la tomó de la cintura y la atrajo hacia él con fuerza. Clara rodeó su cuello con los brazos, olvidando el contrato, olvidando las clases sociales, olvidando todo.
Se besaron con hambre. Con la furia de dos supervivientes que se acaban de encontrar en medio del naufragio. Fue un beso que sabía a victoria y a promesa.
Pablo, que seguía en la esquina, se aclaró la garganta ruidosamente.
—Ejem. Oigan, sigo aquí. Y me siento como el violinista del Titanic. Me voy a la cocina por ese tequila. Con permiso.
Se besaron hasta que les faltó el aire.
Cuando se separaron, Daniel apoyó su frente contra la de ella.
—¿Estamos bien? —preguntó él.
—Estamos bien —dijo Clara—. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Que le quitemos la foto de Rubén al Pablo y la quememos. Pobre vato, no tiene la culpa de tener malos gustos.
Daniel se rió. Una carcajada sonora que llenó la casa vacía.
—Trato hecho.
Esa tarde, la mansión Olmedo cambió. Ya no se sentía fría.
Clara se quitó los tacones y caminó descalza por la sala. Daniel se quitó el saco y la corbata y se sentó en el suelo con ella.
Pidieron pizza (porque Amalia estaba en huelga de emociones fuertes y se había ido a su cuarto).
Comieron en la caja, bebiendo vino caro en vasos de agua.
—Oye, Daniel —dijo Clara, mordiendo una rebanada de pepperoni.
—Dime.
—¿Y ahora qué sigue? Ya no hay villana. Tu mamá está mejorando (increíblemente). David sale del hospital en una semana. El contrato dice que tenemos que seguir fingiendo seis meses más… pero ya no tenemos por qué fingir.
Daniel la miró.
—Sigue la vida real, Clara. La parte difícil. Conocerse de verdad. Sin dramas. Sin hospitales. Solo tú y yo. Ver si aguantamos el aburrimiento de un martes por la tarde.
—Yo soy muy divertida, así que no te vas a aburrir.
—Lo sé. —Daniel se puso serio un momento—. Pero hay algo más.
—¿Qué?
—Quiero que estudies.
Clara dejó la pizza.
—¿Cómo?
—Eres lista, Clara. Tienes una mente para los números y para la logística que ya quisieran mis gerentes. Sobreviviste con nada. Imagina lo que harías con herramientas. Quiero que termines la prepa. Quiero que estudies una carrera. Administración, finanzas, lo que quieras.
—Daniel… yo apenas acabé la secundaria.
—Pues acabas la prepa abierta. Te pongo tutores. No lo hagas por mí. Hazlo por ti. Para que el día de mañana, si te enojas conmigo y me mandas al diablo, no necesites mi dinero. Para que seas socia de verdad, no solo de nombre.
Clara sintió un calor en el pecho que no tenía nada que ver con el vino.
Nadie, nunca, había creído en su cerebro. Solo en sus manos para trabajar.
—¿Crees que pueda?
—Sé que puedes. Eres la mujer que negoció con los de la basura en Iztapalapa. Negociar con la SEP va a ser pan comido.
Clara sonrió.
—Va. Estudio. Pero tú tienes que hacer algo también.
—¿Qué?
—Tienes que ir conmigo a ver a David. Y tienes que dejar que te enseñe a jugar dominó. Y tienes que ir un día… solo un día… a repartir comida al barrio. Para que no se te olvide que la suerte es una rueda de la fortuna. A veces arriba, a veces abajo.
—Acepto —dijo Daniel, levantando su vaso de plástico—. Salud por eso.
—Salud, mi Ricachón.
Chocaron los vasos.
Y en ese momento, sonó el teléfono de la casa.
Ambos se tensaron.
—¿Quién será ahora? —dijo Daniel—. Si es Soraya, le suelto los perros.
Clara se levantó y contestó.
—¿Bueno? Residencia Olmedo.
Hubo una pausa. La cara de Clara cambió. Se puso pálida.
—¿Qué? ¿Cuándo? Sí… sí, vamos para allá.
Colgó el teléfono despacio.
Daniel se levantó de un salto.
—¿Clara? ¿Qué pasó? ¿Es David?
Clara se giró. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no de tristeza. De shock.
—No es David. Es… el doctor de tu mamá.
—¿Mamá? ¿Qué pasó? ¿Falleció? —Daniel sintió que el mundo se le caía.
—No —dijo Clara, con la voz temblorosa—. Daniel… tu mamá se levantó.
—¿Cómo que se levantó?
—Dice el doctor que pidió una silla, se sentó, pidió un caldo de pollo y está exigiendo vernos. Dice que sus análisis… mejoraron. Que la metástasis se detuvo. Los doctores no entienden qué pasa. Dicen que es un milagro. O un error médico. O… ganas de joder, como diría ella.
Daniel se quedó boquiabierto.
—¿Se está recuperando?
—Parece que sí. Parece que la boda… le dio vida. O el coraje que hizo con Soraya, quién sabe. Pero Doña Elena está de regreso.
Daniel empezó a reír. Una risa nerviosa, histérica.
—No puede ser. Mi madre es inmortal. No se va a morir.
—No —dijo Clara, sonriendo también—. Y ahora sí estamos en problemas, Daniel. Porque si se recupera… va a venir a vivir aquí. Y se va a dar cuenta de que no sé usar los tenedores.
Daniel la abrazó, levantándola del suelo y dándole vueltas.
—Que venga. Que venga todo el mundo. Contigo, Clara… contigo me aviento el tiro.
Afuera, la lluvia había parado por completo. El cielo de la Ciudad de México, usualmente gris, mostraba un atardecer naranja y violeta espectacular.
Era el final de la tormenta. Y el principio de algo mucho más complicado, pero mucho más hermoso: una familia.
CAPÍTULO 8: La Joya más Valiosa (Un Año Después)
El tiempo en la Ciudad de México es relativo. Un minuto en el tráfico de Periférico puede durar una eternidad, pero un año dentro de la mansión Olmedo se había pasado en un parpadeo, como un suspiro de alivio después de una larga carrera.
Clara estaba sentada en la cabecera de la mesa del comedor. No estaba comiendo. Estaba rodeada de libros de texto: Introducción a la Economía, Matemáticas Financieras II y Derecho Mercantil. Mordía la tapa de una pluma BIC azul (la única costumbre barata que Daniel no había logrado quitarle) mientras fruncía el ceño ante una calculadora científica.
—La espalda, Clara. La espalda —sonó una voz imperiosa desde el otro lado de la mesa.
Doña Elena Olmedo, la mujer que había desafiado a la muerte, al cáncer y a la lógica médica, estaba sentada tomando té en una taza de porcelana tan fina que parecía hecha de cáscara de huevo. Se veía increíble. Su cabello había vuelto a crecer, un gris plata elegante y corto. Había ganado peso. Y, lo más importante, había recuperado su energía para criticar todo lo que se movía, aunque ahora sus críticas venían envueltas en un extraño cariño.
—Doña Elena, con todo respeto, si me enderezo más se me van a salir las ideas por las orejas —respondió Clara sin levantar la vista de los números—. Y necesito pasar este examen de la Prepa Abierta o Daniel me va a quitar el Netflix.
Elena sonrió levemente y dejó la taza en el plato.
—Ese muchacho te consiente demasiado. Si fuera por mí, ya estarías dirigiendo la división de logística de la empresa. Tienes más sentido común que todos esos licenciados con maestría que contrato.
—Primero la prepa, luego la universidad, luego el mundo —dijo Clara, cerrando el libro de golpe—. ¡Listo! Ya entendí lo de los intereses compuestos. Es básicamente como cuando le pides prestado al Coppel y te cobran hasta la risa.
En ese momento, la puerta corrediza de cristal que daba al jardín se abrió de golpe.
Un torbellino entró en la sala.
—¡Gol! ¡Fue gol, les juro que fue gol!
David, ahora de 15 años, entró corriendo con un uniforme de fútbol lleno de pasto y tierra. Ya no era el niño pálido y esquelético conectado a una máquina de diálisis. Había crecido diez centímetros, sus mejillas tenían color y sus piernas eran fuertes.
Detrás de él entró Daniel. El gran CEO de Grupo Olmedo venía sin saco, con la camisa blanca remangada, la corbata chueca y una mancha de lodo en el pantalón de vestir.
—¡Fue fuera de lugar, David! —argumentaba Daniel, riendo y jadeando—. ¡El árbitro estaba comprado!
—¡Ni madres! ¡Fue gol legítimo! ¿Verdad, Clara?
Clara miró a los dos hombres de su vida. Uno que había salvado y otro que la había salvado a ella.
—Si David dice que fue gol, fue gol. El cliente siempre tiene la razón.
Daniel se dejó caer en una silla, exhausto pero radiante. Tomó una botella de agua y bebió la mitad de un trago.
—Tu hermano corre como un demonio, Clara. Me va a dar un infarto si sigo jugando con él los sábados.
—No digas “infarto” en esta casa, Daniel —regañó Doña Elena—. Ya tuvimos suficientes sustos médicos para una década. David, ve a bañarte. Hueles a vestidor de estadio. Y tú, Daniel, cámbiate. Los invitados llegan en tres horas.
Daniel miró a Clara. Hubo ese chispazo eléctrico que todavía, un año después, no desaparecía.
—¿Estás lista, señora Olmedo?
Clara sonrió. Una sonrisa tranquila, segura.
—Nací lista, señor Olmedo. Pero sigo pensando que es una exageración. Ya estamos casados.
—Fue una boda falsa —dijo Daniel, acercándose para darle un beso rápido en los labios (ignorado el “¡Ejem!” de su madre)—. Hoy es la de verdad. Sin contratos. Sin mentiras. Y con chilaquiles en el menú de la cena, como exigiste.
La renovación de votos no iba a ser en el solarium. Iba a ser en el jardín principal, bajo la luz del atardecer. Y no iba a ser una ceremonia secreta.
Daniel había invitado a “todos”. Y cuando Clara dijo que quería invitar a su “gente”, Daniel no parpadeó.
A las seis de la tarde, la mansión Olmedo era el experimento sociológico más extraño y maravilloso de la Ciudad de México.
De un lado del jardín, estaban los socios de la empresa, las señoras de las Lomas con sus peinados altos y sus joyas discretas, bebiendo champaña en copas de cristal.
Del otro lado, estaba “la banda”. Doña Chonita (la de los tamales), el Brayan (que se había puesto un traje que le quedaba grande, prestado seguramente), las vecinas de la vecindad de Iztapalapa y hasta Don Chucho, el guardia de seguridad de la privada.
Y en medio, mezclándose como si fuera lo más natural del mundo, estaban Clara y Daniel.
Clara no usaba el vestido rojo de la guerra, ni el vestido de manta de la humildad. Usaba un vestido color oro viejo, diseñado por ella misma y confeccionado por una modista del centro. Era elegante, sí, pero tenía bordados de colores vivos en el ruedo: flores mexicanas, brillantes y orgullosas.
Daniel usaba un traje azul oscuro, pero en la solapa, en lugar de un pañuelo de seda, llevaba una pequeña flor de papel hecha por David.
—Esto es surrealista —dijo Pablo, acercándose a Daniel con dos tequilas—. Acabo de ver al Presidente del Consejo de Administración comiéndose un taco de canasta con salsa verde, platicando con el Brayan sobre motonetas.
Daniel rió, mirando la escena.
—El Brayan sabe mucho de mecánica. Quizás lo contrate para la flotilla de camiones.
—Jefe, usted se ha vuelto un comunista peligroso —bromeó Pablo, chocando su copa—. Felicidades. Se le ve feliz.
—Lo soy, Pablo. Lo soy.
La música empezó. No era Wagner. Era un arreglo de cuerdas suave de “Cómo te voy a olvidar” de Los Ángeles Azules.
Todos tomaron asiento. Las sillas Tiffany se mezclaban con sillas plegables. Nadie se quejó.
Doña Elena, caminando con un bastón de plata más por estilo que por necesidad, se paró al frente. Ella iba a oficiar la ceremonia simbólica.
Se aclaró la garganta ante el micrófono.
El silencio se hizo en el jardín.
—Bienvenidos a todos —dijo Elena con su voz de matriarca—. A los que llegaron en Mercedes y a los que llegaron en Metro. Todos son bienvenidos en la casa de mi hijo y de mi hija.
Clara sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Mi hija.
—Hace un año —continuó Elena—, mi hijo Daniel hizo la única cosa impulsiva y estúpida de su vida: casarse con una desconocida para complacer a una vieja moribunda. —Hubo risas entre los invitados—. Él pensó que estaba comprando una mentira para darme paz. Pero el destino, que tiene un sentido del humor muy retorcido, decidió que en realidad estaba encontrando su verdad.
Elena miró a Clara.
—Clara. Llegaste a esta casa con un costal de basura y unas chanclas rotas. Y en ese costal, traías más dignidad, más fuerza y más amor del que esta familia había visto en generaciones. Nos limpiaste. No la basura, sino el alma. Nos enseñaste que la lealtad no se compra y que el amor se cocina con manteca.
La gente rió y aplaudió. Doña Chonita gritó: “¡Eso, mija!”.
—Daniel —siguió Elena—. Estabas muerto en vida. Eras un reloj suizo: perfecto, puntual y frío. Clara te dio cuerda. Te dio un corazón que late, que siente, que se equivoca. Me devolviste a mi hijo. Y por eso, les doy mi bendición, no como una madre que se muere, sino como una madre que planea vivir lo suficiente para malcriar a sus nietos.
Clara y Daniel se miraron. Daniel tenía los ojos rojos.
—Tus votos, muchacho —dijo Elena.
Daniel tomó las manos de Clara.
—Clara. Hace un año te prometí protegerte por contrato. Hoy te prometo amarte por convicción. Prometo que nunca más te sentirás sola. Prometo admirar tu cerebro tanto como tu belleza. Prometo comer tus chilaquiles aunque me arda el estómago. Y prometo que, pase lo que pase, siempre seré el hombre que tuviste la valentía de rescatar de la banqueta. Eres mi aire, Clara.
Clara se limpió una lágrima rebelde.
—Daniel. Mi Ricachón. Yo no tengo palabras bonitas de escuela. Pero tengo palabra de mujer. Prometo que nunca voy a dejar que se te suba lo fresa. Prometo que siempre tendrás un lugar donde llegar que se sienta como hogar. Prometo cuidar a tu mamá (aunque sea una mandona) y a David como si fueran uno solo. Y prometo amarte con todo lo que soy, desde mis chanclas viejas hasta este vestido de oro. Te amo, cabrón.
El “cabrón” salió tan natural que nadie se ofendió. Al contrario, fue el sello de autenticidad.
—¡Beso! ¡Beso! —empezó a corear David.
Y se besaron.
Un beso largo, profundo, bajo el cielo violeta de la Ciudad de México. Un beso que selló dos mundos que colisionaron para crear uno nuevo.
La fiesta fue legendaria.
Hubo mariachis. Hubo DJ que tocó desde Luis Miguel hasta cumbias sonideras.
Se vio a Doña Elena bailando un danzón con Don Chucho.
Se vio a David enseñándole a los socios japoneses cómo hacer dominadas con el balón de fútbol.
Y se vio a Daniel y Clara, que no se soltaron en toda la noche.
Cerca de la medianoche, Clara se escapó un momento al balcón de su antigua habitación, la “Habitación Azul”. Necesitaba un segundo de silencio para procesar tanta felicidad.
Miró hacia abajo, a la fiesta.
—Quién lo diría —susurró.
Sintió unos brazos rodearla por la cintura. Daniel apoyó la barbilla en su hombro.
—¿En qué piensas?
—En el costal —dijo ella—. El que traje el primer día.
—¿Qué pasó con él?
—Lo guardé. Está en el fondo de mi clóset.
—¿Por qué?
Clara se giró en sus brazos.
—Para no olvidar. Para acordarme siempre de que la vida puede cambiar en un segundo si tienes los ojos abiertos. Yo buscaba botellas de plástico, Daniel. Y me encontré un diamante.
Daniel sonrió y le besó la frente.
—Yo buscaba una salida fácil. Y me encontré la vida entera.
—Oye… —dijo Clara, poniéndose seria de repente.
—¿Qué?
—Tu mamá dijo algo de “nietos”.
Daniel se tensó, pero con una sonrisa traviesa.
—Sí, lo escuché. Ya sabes cómo es. Presionando siempre.
—Pues… —Clara jugó con el botón de la camisa de él—. A lo mejor no tiene que esperar tanto.
Daniel se quedó helado.
—¿Qué?
Clara sacó de su bolsillo (porque su vestido tenía bolsillos, exigencia suya) una pequeña prueba de plástico.
Dos rayitas.
—No es de Soraya —dijo Clara riendo—. Es mía. Y es de verdad. Tengo seis semanas. Fui a la clínica de la colonia ayer para estar segura.
Daniel miró la prueba. Miró a Clara. Miró la luna. Y soltó un grito de júbilo que hizo que la música abajo se detuviera por un segundo.
—¡VOY A SER PAPÁ! —gritó hacia el jardín.
Abajo, Doña Elena alzó su copa de champaña.
—¡Ya era hora! —gritó de vuelta.
Daniel cargó a Clara y la giró en el aire.
—Un bebé. Nuestro. Mitad Lomas, mitad Barrio. Va a ser imparable.
—Va a ser un desmadre —corrigió Clara, feliz—. Pero va a ser un desmadre muy amado.
EPÍLOGO
Tres años después.
Una niña pequeña, con el pelo negro alborotado y un vestido de diseñador manchado de chocolate, corre por el jardín de la mansión.
—¡Abuela! ¡Abuela!
Doña Elena, sentada en su reposera bajo el sol, deja su libro.
—¿Qué pasó, mi cielo?
La niña, que se llama Esperanza (en honor a la madre de Clara), le extiende la mano cerrada.
—¡Mira lo que encontré!
Abre la manita. En su palma sucia de tierra hay una corcholata de refresco oxidada.
Cualquier otra abuela de las Lomas habría gritado “¡Qué asco, tíralo!”.
Doña Elena Olmedo, la gran matriarca, toma la corcholata con reverencia, como si fuera una moneda de oro.
—Es preciosa, mi amor. ¿Dónde la encontraste?
—En la tierra. Estaba escondida.
—Muy bien —dice Elena, limpiándole la cara a la niña—. Tienes el ojo de tu madre. Siempre encuentras tesoros donde los demás solo ven basura.
Desde la terraza, Clara y Daniel observan la escena, tomados de la mano. David, ya un universitario de 18 años, está pateando un balón cerca.
La casa está viva.
El costal de rafia sigue guardado en el clóset, pero ya no hace falta abrirlo. Porque Clara aprendió que su verdadero tesoro no era lo que recogía del suelo, sino lo que fue capaz de construir cuando alguien le dio la mano para levantarse.
Y así, la cenicienta que no perdió la zapatilla, sino que la cambió por una bota de trabajo (y ocasionalmente un tacón de aguja), vivió no un “cuento de hadas”, sino una vida real.
Una vida con ruido, con picante, con problemas y con un amor a prueba de todo.
Una vida, como ella diría, “a todo dar”.
FIN