
CAPÍTULO 1: EL DILUVIO EN LA CARRETERA FEDERAL
La lluvia no caía; atacaba. Era una de esas tormentas furiosas y bíblicas que suelen azotar el centro de México en las noches de agosto, donde el cielo parece tener una vendetta personal contra la tierra. En la carretera federal México-Toluca, el asfalto se había convertido en una serpiente negra y traicionera, brillando bajo los relámpagos que estallaban cada pocos segundos, iluminando los pinos fantasmales de La Marquesa como esqueletos gigantes.
Guillermo “Memo” Harrison apretó el volante de su Nissan Sentra 2015 con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos, contrastando con la oscuridad de la cabina. El coche, fiel pero viejo, vibraba con cada ráfaga de viento que bajaba de la sierra. El limpiaparabrisas chillaba en un ritmo frenético y agónico —wuish-wosh, wuish-wosh— luchando inútilmente contra la cortina de agua que amenazaba con dejarlo ciego.
—Maldita sea —murmuró Memo, entrecerrando los ojos para distinguir las líneas blancas de la carretera.
Su aliento empañaba el cristal. Hacía frío, ese frío húmedo y calahuesos típico de la zona boscosa del Estado de México. Pero el frío que Memo sentía no venía solo del clima; venía de adentro, un frío que se había instalado en su pecho hacía dos años y que ninguna calefacción parecía poder disipar.
Acababa de salir de una reunión de padres y maestros en la escuela primaria de su hija, Carlita. Las palabras de la maestra, la “Miss” Sofía, todavía resonaban en su cabeza, más fuertes que los truenos afuera.
“Señor Harrison, Carlita es una niña muy dulce, pero… está apagada. Hoy le pedimos a la clase que dibujara su lugar favorito en el mundo. Todos dibujaron parques, playas, o la casa de sus abuelos. Carlita dibujó un cuarto oscuro con una sola ventana. Me preocupa su aislamiento. Sé que ha sido difícil desde lo de su esposa, pero necesita algo más. Necesita… luz.”
Luz. Memo soltó una risa amarga y seca que murió al instante en su garganta. ¿De dónde iba a sacar luz él, si su propia vida se sentía como un foco fundido? Desde que Sara murió de ese maldito cáncer fulminante, Memo había estado operando en piloto automático. Despertar, hacer el desayuno (quemado la mitad de las veces), llevar a Carlita a la escuela, trabajar como contador freelance peleando con facturas y declaraciones del SAT, recoger a Carlita, cenar, dormir. Repetir. Era una existencia gris, funcional, pero vacía de toda alegría genuina.
El reloj del tablero parpadeaba marcando las 10:45 PM. Iba tarde. Se había quedado en el estacionamiento de la escuela media hora después de la reunión, simplemente recargando la frente en el volante, tratando de no llorar, tratando de reunir la fuerza para volver a casa y ser el papá fuerte que su hija necesitaba.
Un relámpago iluminó la carretera con una luz violeta y cegadora, seguido instantáneamente por un trueno que sacudió los vidrios del coche.
Y entonces la vio.
Al principio, su cerebro se negó a procesar la imagen. Pensó que era un efecto óptico, un fantasma creado por el cansancio y la lluvia. Porque lo que sus ojos le decían que estaba viendo era imposible.
Allí, caminando por el acotamiento lodoso, a escasos centímetros de donde pasaban los camiones de carga levantando estelas de agua sucia, había una figura.
No llevaba un impermeable amarillo. No llevaba paraguas.
Llevaba un vestido.
Un vestido blanco.
Un vestido de novia.
Memo parpadeó, seguro de que estaba alucinando. Pero la figura seguía ahí. Era una mujer, caminando con una lentitud dolorosa, arrastrando una cola de tela inmensa, pesada y empapada que ya no era blanca, sino de un gris rata por el lodo y el aceite del camino.
Su postura era lo que le rompió el corazón a Memo antes incluso de verle la cara. No caminaba como alguien que busca refugio; caminaba como alguien que se ha rendido, como alguien a quien ya no le importa si el siguiente tráiler la embiste o si el frío la mata. Caminaba con la cabeza baja, los brazos caídos a los costados, totalmente entregada a la tormenta. En una mano, colgando lánguidamente de sus dedos, llevaba un par de zapatillas de tacón alto, brillantes, probablemente de cristal o satín. Iba descalza.
Descalza sobre la grava, el vidrio roto y el lodo helado de la carretera federal.
—No puede ser… —susurró Memo.
El instinto de supervivencia chilango, ese radar interno que todo habitante del Valle de México desarrolla para evitar asaltos, secuestros y estafas, se encendió en su cerebro como una alarma roja. No te pares. Es una trampa. Es el clásico gancho. Te detienes a ayudar a la damisela y salen tres tipos de los arbustos con fuscas para bajarte el coche y dejarte encuerado en la cuneta. O peor.
Su pie derecho titubeó sobre el acelerador. Pásala. Llama al 911 y reporta que hay alguien en la carretera. Que venga la patrulla. No es tu problema. Tienes una hija esperándote.
Aceleró un poco, preparándose para rebasarla y dejar esa visión surrealista en el espejo retrovisor.
Pero al pasar junto a ella, redujo la velocidad instintivamente. Los faros de su coche la barrieron por un segundo. Ella levantó la cara.
El tiempo pareció detenerse. A través de la cortina de lluvia y el cristal empañado, sus miradas se cruzaron por una fracción de segundo.
No había malicia en esos ojos. No había la astucia calculadora de un ladrón. Había un vacío absoluto. Unos ojos grandes, oscuros, enmarcados por rímel corrido que bajaba por sus mejillas pálidas como lágrimas negras. Era la mirada de un animal herido que sabe que el cazador está cerca y ya no tiene fuerzas para correr. Era una mirada que Memo conocía íntimamente; la había visto en el espejo del baño todas las mañanas durante el primer mes después del funeral de Sara.
Era la mirada de la desolación.
Memo soltó una maldición en voz alta, golpeó el volante con la palma de la mano y frenó. Las llantas chirriaron sobre el asfalto mojado, el coche patinó ligeramente antes de detenerse unos veinte metros delante de ella.
Miró por el retrovisor. Ella se había detenido. No corrió hacia el coche pidiendo ayuda. Simplemente se quedó parada ahí, bajo el aguacero, como una estatua de mármol abandonada en medio de la nada.
Memo respiró hondo, sintiendo la adrenalina bombear en sus oídos. Si esto es un asalto, Carlita se va a quedar huérfana por mi estupidez, pensó. Quitó el seguro de la puerta, pero mantuvo el coche en “Drive”, listo para pisar el acelerador a fondo si veía cualquier movimiento sospechoso en los árboles.
Bajó la ventana del copiloto. El ruido de la tormenta invadió la cabina, un rugido ensordecedor de viento y agua. El frío entró de golpe, mordiéndole la cara.
—¡Oiga! —gritó Memo, tratando de superar el estruendo—. ¡Señorita!
Ella no se movió. El viento agitaba los mechones de pelo mojado que se habían soltado de lo que alguna vez debió ser un peinado de salón carísimo.
—¡Hey! —insistió Memo, inclinándose sobre el asiento del copiloto—. ¡No puede estar ahí! ¡La van a matar!
La mujer giró la cabeza lentamente hacia el coche. Sus movimientos eran lentos, torpes, hipnóticos. Dio un paso vacilante hacia el vehículo, luego otro. Cuando estuvo lo suficientemente cerca para que la luz interior del coche iluminara su rostro, Memo sintió un nudo en la garganta.
Era hermosa, de esa manera intimidante y pulida que se ve en las revistas de Hola! o en las telenovelas del horario estelar. Pómulos altos, piel de porcelana (ahora azulada por el frío), y una estructura ósea delicada. Pero estaba rota. Temblaba tan violentamente que los dientes le castañeaban visiblemente. El vestido… Dios mío, el vestido. Memo no sabía mucho de moda, pero sabía que esa tela, ese encaje chantilly que ahora estaba hecho jirones, costaba más de lo que él ganaba en dos años. El corpiño estaba bordado con pedrería que brillaba bajo la lluvia como diamantes tristes.
—¿Necesita ayuda? —preguntó Memo, suavizando la voz, aunque tuvo que seguir gritando para ser oído.
Ella lo miró con esos ojos enormes y vacíos.
—Estoy bien —dijo. Su voz era apenas un susurro, pero tenía ese tono inconfundible, esa dicción perfecta y “fresa” de las Lomas de Chapultepec, de quien ha ido a colegios privados toda su vida y nunca ha tenido que gritar para que le traigan un vaso de agua.
—¿Está bien? —Memo la miró incrédulo, sintiendo cómo el agua le mojaba la tapicería—. Señorita, está caminando descalza en la federal a Toluca en medio de un huracán, vestida de novia. Con todo respeto, no se ve “bien”.
Ella miró hacia abajo, a sus pies descalzos y llenos de lodo, como si acabara de darse cuenta de que no traía zapatos. Luego miró la carretera oscura que se extendía interminablemente hacia atrás y hacia adelante. Una sonrisa extraña, torcida y dolorosa, cruzó sus labios.
—Supongo… supongo que tiene razón —murmuró—. Se ve un poco dramático.
—Mire —dijo Memo, tomando una decisión rápida. No había nadie más. No había cómplices en los arbustos. Solo estaba esta mujer que parecía estar a punto de colapsar—. Súbase. Por favor. Se le va a dar una hipotermia si sigue ahí fuera dos minutos más.
Ella dudó. Sus ojos recorrieron el coche de Memo —un sedán modesto, limpio pero desgastado, con un asiento para niños en la parte trasera y calcomanías de la verificación vehicular en el parabrisas—. Luego lo miró a él. Memo trató de poner su cara más inofensiva, esa cara de “papá cansado” que solía tranquilizar a las mamás en el parque.
—No soy un asesino serial, se lo prometo —dijo Memo, levantando las manos para que las viera—. Solo soy un contador que quiere llegar a casa con su hija. Pero no voy a poder dormir si la dejo aquí a su suerte.
La mención de la hija pareció surtir efecto. Algo en la tensión de los hombros de la mujer se relajó, solo una fracción. Asintió, un movimiento corto y seco.
Memo se estiró y empujó la puerta del copiloto para abrirla completamente.
Entrar al coche fue una operación logística compleja. El vestido era inmenso. Capas y capas de tul, seda y organza empapadas pesaban toneladas. Ella tuvo que recoger la falda con ambos brazos, metiéndola a empujones en el espacio reducido del asiento del copiloto.
Cuando finalmente cerró la puerta, el silencio repentino de la cabina (en comparación con el rugido exterior) fue ensordecedor.
El olor llenó el coche de inmediato. Olía a lluvia, a ozono, a lodo, pero debajo de eso había un aroma caro y sofisticado, una mezcla de jazmín y sándalo, un perfume que gritaba “lujo” luchando contra el olor a humedad del asiento de tela de Memo.
Ella se quedó sentada, rígida, mirando hacia el frente, con las manos apretadas sobre su regazo, los nudillos blancos. El agua goteaba de su nariz y de su barbilla, cayendo sobre el vestido arruinado.
Memo puso la calefacción al máximo. El aire caliente empezó a salir por las ventilas con un zumbido reconfortante.
—Soy Memo —dijo él, sin mirarla directamente para no incomodarla, metiendo primera y arrancando el coche suavemente para no patinar en el lodo.
Ella no respondió de inmediato. Estaba temblando tan fuerte que todo el asiento vibraba.
—Hay… hay una toalla atrás —dijo Memo, señalando con la cabeza hacia el asiento trasero—. Es de mi hija, de sus clases de natación. Está limpia. Y creo que hay una cobija.
Ella se giró lentamente, con movimientos mecánicos, y alcanzó el asiento de atrás. Sacó una toalla rosa con princesas de Disney y una cobija de lana vieja, un poco deshilachada, con el estampado del Pato Lucas y Bugs Bunny.
Era una imagen que Memo jamás olvidaría: esa mujer, que parecía haber salido de la portada de Vogue Novias, secándose la cara con una toalla de princesas y envolviéndose los hombros desnudos y aristocráticos con una cobija de caricaturas viejas.
—Gracias —dijo ella. Su voz se quebró en la última sílaba.
—No hay de qué.
Condujeron en silencio durante unos kilómetros. La lluvia golpeaba el techo como si fueran piedras. Memo sentía la curiosidad quemándole la lengua, pero se mordió las ganas de preguntar. ¿Qué pasó? ¿Te dejaron plantada? ¿Te escapaste? ¿Quién es el novio? ¿Por qué estás aquí? Pero sabía que cualquier pregunta podía romper el frágil equilibrio que mantenía a la mujer unida. Parecía hecha de cristal a punto de estallar.
—Victoria —dijo ella de repente, rompiendo el silencio.
Memo la miró de reojo.
—¿Mande?
—Me llamo Victoria —repitió, mirando fijamente las gotas de lluvia que corrían por el vidrio de su lado—. No le había dicho mi nombre. Soy Victoria.
—Mucho gusto, Victoria —dijo Memo con formalidad—. Aunque las circunstancias no sean las mejores.
Ella soltó una risa corta, sin humor, que sonó más como un sollozo ahogado.
—No… definitivamente no son las mejores.
—¿A dónde la llevo, Victoria? —preguntó Memo, llegando a la desviación que llevaba hacia su pueblo, una zona tranquila de clase media, lejos de las grandes haciendas y clubes de golf de la zona rica—. ¿Quiere ir a la policía? ¿A un hospital? ¿A casa de algún familiar?
El pánico cruzó el rostro de Victoria como un relámpago. Se tensó visiblemente, agarrando la cobija de Bugs Bunny como si fuera un escudo.
—No —dijo rápido, demasiado rápido—. A la policía no. Y a mi casa… no puedo ir a mi casa. Mis padres… ellos son los que… —Se detuvo, respirando agitadamente—. No puedo volver ahí. Me van a obligar a regresar.
—¿Regresar a dónde?
—A la iglesia. A la fiesta. A él.
Memo entendió. No la habían dejado plantada. Ella había huido. Era una novia a la fuga.
—Ok, nada de casa de los papás —dijo Memo con calma—. ¿Alguna amiga? ¿Un hotel?
Victoria se buscó los bolsillos, pero el vestido de novia, en su infinita impraticidad, no tenía bolsillos. Y claramente no traía bolsa.
—No tengo dinero —susurró, la vergüenza tiñendo sus mejillas—. Salí corriendo. Dejé todo. Mi bolsa, mi celular, mis tarjetas. Todo se quedó en el cuarto de la novia en la hacienda.
Miró a Memo con ojos suplicantes, y por primera vez, la máscara de frialdad aristocrática cayó por completo, revelando a una mujer aterrorizada.
—No tengo a dónde ir, Memo. No tengo nada. Solo este vestido ridículo que pesa cincuenta kilos.
Memo suspiró. Sabía que se iba a arrepentir. Sabía que esto era una locura. Sabía que meter a una extraña en su casa, donde dormía su hija de ocho años (aunque hoy no estuviera), era romper todas las reglas del manual de paternidad responsable.
Pero miró sus manos. Manos finas, cuidadas, que ahora estaban sucias de lodo y temblando de frío. Recordó la noche que Sara murió, cómo él se había sentido exactamente así: solo, sin rumbo, deseando que alguien, quien fuera, le dijera qué hacer a continuación.
—Mire —dijo Memo, poniendo la direccional hacia la derecha, hacia su colonia—. Vivo a unos diez minutos. Es una casa chica, pero segura. Tengo un cuarto de huéspedes que casi no usamos. Carlita, mi hija, está hoy con su abuela, así que la casa está tranquila.
Victoria lo miró, evaluándolo. En sus ojos había miedo, sí, pero también una chispa de esperanza desesperada.
—No puedo pedirle eso. Es usted un extraño.
—Lo soy —admitió Memo—. Pero soy un extraño con calefacción, un techo seco y probablemente una lata de sopa caliente en la alacena. Y usted es una mujer que se está congelando. Hagamos un trato: le presto el cuarto por esta noche. Mañana por la mañana, con la cabeza fría y ropa seca, decide qué quiere hacer. Si quiere llamar a alguien, le presto mi teléfono. Si quiere irse, la llevo a la estación de autobuses. Sin preguntas, sin compromisos.
Victoria miró hacia la oscuridad de la carretera, donde la tormenta seguía rugiendo, y luego al interior cálido y desgastado del coche.
—¿De verdad haría eso? —preguntó, con voz pequeña.
—Mi abuela decía que donde come uno, comen dos, y donde duermen dos, duermen tres —dijo Memo, tratando de aligerar el ambiente—. Además, si la dejo aquí, mi conciencia no me va a dejar dormir, y mañana tengo que trabajar temprano. Me haría un favor aceptando.
Una lágrima solitaria rodó por la mejilla de Victoria. Asintió levemente.
—Gracias, Memo. Gracias.
Memo condujo los últimos kilómetros en un silencio más cómodo. Entraron a su fraccionamiento, pasando la caseta de vigilancia donde el guardia, Don Chuy, saludó a Memo con la mano, aunque sus ojos se abrieron como platos al ver la masa blanca y brillante en el asiento del copiloto.
Llegaron a la casa. Era una construcción sencilla de dos pisos, pintada de color crema, con un pequeño jardín al frente que Memo intentaba mantener decente, aunque las hierbas ganaban terreno. El columpio del porche rechinaba con el viento.
Memo metió el coche a la cochera techada y apagó el motor. El silencio repentino les zumbó en los oídos.
—Llegamos —dijo.
Victoria se quedó inmóvil un momento más, como si no pudiera creer que el movimiento había cesado. Luego, con la ayuda de Memo, salió del coche. Sus piernas fallaron al tocar el suelo de cemento, entumecidas por el frío y la adrenalina que empezaba a bajar, pero Memo la sostuvo por el codo con firmeza y respeto.
—Cuidado, hay un escalón.
Entraron a la casa. Memo encendió las luces de la sala.
El lugar no era lujoso, pero irradiaba calor de hogar. Muebles cómodos y un poco desgastados, juguetes olvidados en una esquina, y fotos. Muchas fotos. Marcos de madera en las paredes, en las mesas laterales, sobre la televisión.
Victoria se quedó parada en la entrada, goteando sobre el tapete de “Bienvenido”. Sus ojos recorrieron el espacio, absorbiendo los detalles: los dibujos infantiles pegados con imanes en el refrigerador que se veía desde la cocina abierta, la manta doblada en el sofá, los libros apilados.
—Es… es muy acogedor —dijo, abrazándose a sí misma.
—Es un desastre la mayoría del tiempo —corrigió Memo con una sonrisa cansada, cerrando la puerta y dejando la tormenta fuera—. Pero es nuestro desastre.
Victoria dio un paso hacia la sala y sus ojos se posaron en una foto grande sobre la chimenea falsa. Era una foto de boda. Memo, más joven, con más pelo y una sonrisa que le llegaba a las orejas, abrazando a una mujer de cabello castaño y ojos vivaces que reía a carcajadas. Se veían infinitamente felices, con esa felicidad simple y sin pretensiones que no se puede fingir para la cámara.
Victoria sintió una punzada en el pecho. Esa foto tenía más amor genuino en un solo pixel que toda su boda de tres millones de pesos que acababa de abandonar.
—Ella es muy hermosa —dijo Victoria suavemente.
Memo siguió su mirada. Su expresión se suavizó, teñida de esa tristeza dulce que siempre lo acompañaba.
—Lo era —dijo en voz baja—. Se llamaba Sara.
—¿Se llamaba? —Victoria se giró hacia él, detectando el tiempo pasado.
—Falleció hace dos años —dijo Memo, quitándose la chamarra mojada—. Cáncer. Rápido y brutal.
—Oh, Dios… —Victoria se llevó una mano a la boca—. Lo siento mucho, Memo. Yo… no debí preguntar. Llego aquí a invadir tu casa y…
—No te preocupes —la interrumpió él, haciendo un gesto con la mano—. Me gusta hablar de ella. Mantiene su memoria viva para Carlita. Y para mí.
Se hizo un silencio, pero no era incómodo. Era un silencio compartido entre dos personas que conocían, cada una a su manera, lo que significaba perder algo vital.
—Bueno —dijo Memo, frotándose las manos—. Primero lo primero. Necesitas salir de ese vestido antes de que te dé neumonía. No tengo ropa de mujer… bueno, no actual, pero guardé algunas cosas de Sara en cajas. No creo que le moleste que las uses. Eran más o menos de la misma talla… creo.
—Cualquier cosa seca está bien —dijo Victoria agradecida—. Una camiseta, lo que sea.
—Voy a buscar algo. Mientras tanto, el baño está al fondo a la derecha. Hay agua caliente. Tómate tu tiempo. Voy a preparar café de olla. ¿Te gusta el café de olla? Con piloncillo y canela.
Victoria parpadeó. En su mundo, el café era espresso, macchiato o cold brew. El café de olla era algo que solo había probado una vez en una feria de pueblo con su abuela, hacía años.
—Me encantaría —dijo, y por primera vez en toda la noche, su sonrisa llegó un poco a sus ojos.
Mientras Memo subía las escaleras para buscar en las cajas que llevaban dos años cerradas, Victoria se quedó sola en la sala. Se miró en el espejo del recibidor. El rímel corrido la hacía parecer un mapache trágico. El vestido, esa obra maestra de Vera Wang personalizada, estaba arruinado, sucio, pesado como una cadena perpetua.
Empezó a desabrocharse los miles de botoncitos de la espalda, sus dedos temblando por el esfuerzo y el frío. Mientras la tela caía, sintió que se quitaba no solo un vestido, sino una piel que nunca le había quedado bien.
Afuera, la tormenta seguía rugiendo, golpeando las ventanas como si quisiera entrar para llevársela de vuelta. Pero allí adentro, con el olor a canela que empezaba a salir de la cocina y las fotos de una familia feliz mirándola desde las paredes, Victoria Ashford sintió, por primera vez en años, que tal vez, solo tal vez, estaba a salvo.
Pero no sabía que el pasado tiene garras largas, y que Teodoro Blackstone no era un hombre que aceptara un “no” por respuesta, mucho menos cuando ese “no” venía acompañado de un escándalo social y una fusión empresarial fallida. La tormenta afuera era solo el preludio de la que estaba por venir.
CAPÍTULO 2: CONFESIONES DE MEDIANOCHE Y FANTASMAS DEL PASADO
El baño de la planta baja era pequeño, con azulejos color durazno que habían pasado de moda hacía al menos dos décadas y una cortina de ducha con estampado de patitos de hule. Para Victoria Ashford, acostumbrada a baños de mármol italiano con tinas de hidromasaje y pisos con calefacción radiante, aquel cuarto debería haberle parecido claustrofóbico. Sin embargo, mientras cerraba el pestillo oxidado, sintió que era el primer lugar seguro que pisaba en meses.
Se miró en el espejo sobre el lavabo. La luz fluorescente parpadeó un par de veces antes de estabilizarse, iluminando su reflejo con una crudeza impía. El rímel —supuestamente a prueba de agua, pero claramente no a prueba de tormentas bíblicas— le manchaba los pómulos como si le hubieran dado una paliza. Sus labios, usualmente pintados de un nude perfecto de Chanel, estaban morados por el frío.
Pero lo más impactante era el vestido.
Bajo la luz blanca, el daño era innegable. El bajo del vestido, una obra maestra de encaje francés bordado a mano que había requerido tres viajes a Nueva York para las pruebas, estaba destrozado. El lodo negro de la carretera se había impregnado en las fibras, subiendo como una enfermedad por la tela inmaculada. Había rasgaduras donde el tul se había enganchado con las ramas o con la grava.
Victoria comenzó a desvestirse. No fue un acto sensual ni delicado; fue una batalla. Los botones forrados de seda en la espalda se resistían a sus dedos entumecidos. Tuvo que contorsionarse, soltando maldiciones que su madre se habría desmayado al escuchar, hasta que la tela cedió.
Cuando el vestido cayó al suelo, aterrizó con un sonido pesado y húmedo, colapsando como un animal gigante y moribundo sobre los mosaicos fríos. Victoria se quedó en ropa interior —lencería de encaje finísimo que había costado más que la mensualidad de un auto promedio— y pateó el vestido lejos de ella.
—Adiós, señora Blackstone —murmuró con veneno, viendo el montón de tela sucia.
Abrió la llave de la regadera. Las tuberías gimieron y tosieron antes de escupir un chorro de agua caliente. Victoria se metió bajo el agua sin esperar a que la temperatura se regulara, jadeando cuando el calor golpeó su piel helada. Se frotó la piel con el estropajo áspero que colgaba del grifo y usó el jabón en barra “Zote” rosa que había en la jabonera, ignorando la botella de shampoo para niños con olor a fresa. Quería quitarse el olor a lluvia, a carretera, y sobre todo, el olor a su propia cobardía. Lloró bajo el agua, permitiendo que las lágrimas se mezclaran con el vapor, un llanto silencioso y convulsivo que sacudió su cuerpo delgado hasta dejarla exhausta.
Mientras tanto, en la cocina, Memo observaba la olla de barro sobre la estufa. El agua comenzaba a hervir, soltando burbujas perezosas. Con movimientos automáticos, casi rituales, partió una tablilla de chocolate Abuelita y la echó al agua, seguida de una rama de canela y un trozo generoso de piloncillo.
El aroma dulce y especiado empezó a llenar la cocina, combatiendo el olor a humedad que la tormenta intentaba meter por las rendijas de las ventanas.
Memo se recargó en la encimera, frotándose la cara con ambas manos.
¿Qué estás haciendo, Guillermo?, se preguntó a sí mismo. Metiste a una desconocida a tu casa. Una mujer que claramente viene huyendo de problemas grandes. Problemas de gente rica.
Miró hacia el techo, escuchando el sonido de la regadera en el piso de abajo. Había subido al ático, o lo que pasaba por ático en esa casa (un espacio bajo el techo lleno de polvo y arañas), para buscar la caja marcada como “Ropa Sara – Invierno”.
Tener esa caja en sus manos había sido como tocar un cable de alta tensión. No la había abierto desde el mes después del funeral, cuando su hermana vino a ayudarle a “limpiar”. Recordaba el dolor físico de doblar los suéteres de Sara, de oler su perfume atrapado en la lana.
Había sacado un conjunto sencillo: unos pants de algodón gris y una sudadera oversize azul marino que Sara usaba los domingos para ver películas. También encontró unos calcetines gruesos de lana. Dejó la ropa doblada cuidadosamente sobre el banco fuera del baño y tocó suavemente la puerta para avisarle a Victoria.
—Espero no estar cometiendo un error —susurró al aire, como si esperara que Sara le contestara desde algún lugar entre el refrigerador y la alacena.
Carlita. Su mayor preocupación era Carlita. Si esta mujer traía problemas a su puerta… Pero luego recordaba la mirada de Victoria en la carretera. Esa soledad abismal. Memo sabía que si Sara hubiera estado viva y hubiera visto a esa chica, habría hecho exactamente lo mismo. Sara era de las que recogían perros callejeros, pájaros con alas rotas y personas tristes.
—Es lo que tú hubieras querido, flaca —dijo Memo, apagando la estufa cuando el café soltó el primer hervor fuerte.
Cuando Victoria salió del baño, se sentía como una persona diferente. O tal vez, como la versión fantasma de sí misma. La ropa de Sara le quedaba un poco grande; los pants se le arrastraban un poco y las mangas de la sudadera le cubrían hasta los nudillos. Pero era ropa suave, lavada con suavizante barato y impregnada de un olor vago a lavanda y tiempo guardado. Era infinitamente más cómoda que el corsé de varillas de acero que había llevado puesto las últimas doce horas.
Había envuelto su cabello mojado en la toalla de princesas. Caminó descalza, con los calcetines de lana en la mano, hacia la cocina, guiada por el olor al café.
Memo estaba sirviendo el líquido oscuro y humeante en dos tazas de cerámica despostilladas.
—Huele increíble —dijo Victoria desde el umbral.
Memo se giró. Por un segundo, un segundo traicionero y doloroso, su cerebro registró la silueta de su esposa vistiendo esa sudadera azul. El corazón le dio un vuelco violento. Pero luego vio el rostro de Victoria: más afilado, más pálido, con ojos oscuros y aristocráticos que nada tenían que ver con la mirada cálida de Sara.
Memo parpadeó para alejar el fantasma.
—Es café de olla —dijo, forzando una sonrisa—. Receta de mi abuela. Siéntate, por favor.
Se sentaron en la pequeña mesa redonda del antecomedor. La lluvia seguía golpeando la ventana, pero ahora parecía un sonido de fondo, una barrera que los aislaba del mundo exterior.
Victoria tomó la taza con ambas manos, dejando que el calor se filtrara en sus palmas heladas. Dio un sorbo. El sabor era intenso: dulce por el piloncillo, terroso por el barro, con el toque picante de la canela.
—Dios mío —susurró, cerrando los ojos—. Esto sabe a… sabe a hogar.
—Esa es la idea —dijo Memo, sentándose frente a ella—. ¿Mejor?
—Mucho mejor. Gracias, Memo. De verdad. No sé qué habría hecho si no te hubieras detenido. Probablemente seguiría caminando hasta llegar a la Ciudad de México o hasta desmayarme.
—Probablemente te habrían asaltado antes de llegar a La Marquesa —dijo Memo con franqueza—. Esa carretera no perdona de noche.
Se quedaron en silencio un momento. Memo estudió a su invitada. Ahora, sin el maquillaje corrido y sin el vestido, se veía increíblemente joven. Vulnerable.
—Entonces… —empezó Memo con cautela— ¿Victoria Ashford? ¿Ese es tu nombre completo?
Ella se tensó ligeramente, pero asintió.
—Sí. Victoria Eugenia Ashford de la Garz… bueno, solo Ashford. Mi padre es británico, mi madre es de Monterrey. Una combinación letal de frialdad inglesa y orgullo regio.
—Suena intenso.
—No tienes idea. —Victoria soltó una risa amarga—. Mi vida ha sido un guion escrito por ellos desde antes de que yo naciera. Los mejores colegios: el Americano, luego un internado en Suiza, luego la Ibero. Las clases de equitación, de francés, de etiqueta. Todo era una inversión. Yo era una inversión.
Bebió otro sorbo de café, como si necesitara combustible para seguir hablando.
—Y la inversión tenía que rendir frutos hoy. La fusión Ashford-Blackstone. Mi padre tiene las tierras y los permisos de construcción; la familia de Teodoro tiene el capital líquido y las conexiones políticas. El matrimonio era… el broche de oro. Un negocio de quinientos millones de dólares sellado con un beso en el altar de la Catedral Metropolitana.
Memo silbó bajo.
—Quinientos millones. Eso es mucha lana.
—Es obsceno —corrigió Victoria—. Y Teodoro… Theo es el príncipe de ese reino. Guapo, carismático, y completamente vacío. Para él, yo no era una persona. Era el accesorio perfecto. La mujer que se vería bien en las fotos de las revistas de sociales, que organizaría las cenas de beneficencia y que le daría herederos rubios y bien portados.
Victoria dejó la taza en la mesa con un golpe suave.
—Estaba ahí, Memo. En la sacristía. Mi madre me estaba arreglando el velo, diciéndome que no llorara para no arruinar el maquillaje. Y de repente, escuché la música del órgano. Esa marcha nupcial que se supone debe ser el sonido más feliz de tu vida. Y sentí que me faltaba el aire. No eran nervios. Era terror. Terror puro. Vi mi vida entera desplegarse frente a mí como una película de terror en cámara lenta: cenas aburridas, sonrisas falsas, infidelidades discretas que tendría que perdonar “por el bien de la familia”, pastillas para dormir, viajes de compras para llenar el vacío…
Se le quebró la voz.
—Le dije a mi mamá que necesitaba ir al baño. Ella se molestó, dijo que ya íbamos tarde. Le grité. Fue la primera vez en mi vida que le grité. Me miró como si me hubiera salido otra cabeza. Salí corriendo por la puerta de servicio. Me subí al primer coche que vi con las llaves puestas —era el de uno de los proveedores de flores, creo— y conduje. Ni siquiera sabía a dónde iba. Solo quería alejarme. El coche se quedó sin gasolina a unos kilómetros de aquí. Y el resto ya lo sabes.
Memo la escuchó sin interrumpir, asintiendo lentamente. Podía ver la escena: el caos, el pánico, la liberación repentina.
—Hiciste bien —dijo él finalmente.
Victoria levantó la vista, sorprendida.
—¿Tú crees? Dejé plantadas a quinientas personas. Humillé a dos de las familias más poderosas de México. Mi padre probablemente esté teniendo un infarto y Teodoro… Teodoro debe estar buscando debajo de las piedras para matarme.
—Mejor un escándalo de un día que una vida miserable de cincuenta años —dijo Memo con la sabiduría simple de quien ha visto lo frágil que es la vida—. Mira, Victoria, yo no sé nada de millones de dólares ni de fusiones empresariales. Pero sé de la vida. Mi esposa, Sara… ella tenía 34 años cuando murió. Teníamos planes. Queríamos ir a Europa cuando Carlita fuera mayor. Queríamos poner un negocio propio. Y de un día para otro… puf. Se acabó.
Memo apretó su propia taza, sus ojos perdiéndose en el vapor del café.
—Lo que aprendí con su muerte es que el tiempo es lo único que realmente tenemos. Y es muy corto para gastarlo viviendo la vida de alguien más. Si te hubieras casado con ese tipo sintiendo lo que sentías, te habrías muerto en vida. Y eso es peor que estar muerto de verdad.
Victoria sintió que las lágrimas volvían a asomarse, pero esta vez no eran de tristeza, sino de alivio. Alguien la entendía. No la juzgaba por “caprichosa” o “inmadura”. Validaba su terror.
—Gracias, Memo —susurró—. Nadie… nunca nadie me había dicho algo así. En mi mundo, el deber está por encima de la felicidad. Siempre.
—Pues en esta casa no —dijo Memo firme—. En esta casa, lo más importante es estar en paz con uno mismo. Y comer bien. ¿Tienes hambre? Tengo unas quesadillas de ayer que puedo calentar.
Victoria sonrió, una sonrisa genuina que iluminó su rostro cansado.
—Moriría por una quesadilla.
Comieron en la cocina, bajo la luz amarilla y cálida. Victoria devoró tres quesadillas como si no hubiera comido en días (y en realidad, con los nervios de la boda, no había probado bocado en 24 horas). Memo le contó un poco más sobre Carlita, sobre cómo dibujaba, sobre lo difícil que era peinarla por las mañanas.
—Ella se parece mucho a Sara —dijo Memo, mostrando una foto en su celular de una niña con una sonrisa chimuela y coletas chuecas—. Tiene su chispa. Pero últimamente… se ha apagado un poco. Le hace falta su mamá. Y yo… bueno, hago lo que puedo, pero soy un hombre aburrido que trabaja con números. No sé jugar a las muñecas.
—No pareces aburrido —dijo Victoria—. Pareces… sólido. Como un árbol donde uno puede recargarse cuando hay tormenta.
Memo se sonrojó ligeramente y se levantó para recoger los platos.
—Soy solo un papá, Victoria. Eso es todo.
—A veces eso es todo lo que se necesita.
Después de cenar, Memo la guio hacia el piso de arriba. La casa crujía con familiaridad.
—Este es el cuarto —dijo, abriendo una puerta al final del pasillo.
La habitación era pequeña. Había una cama individual con una colcha de patchwork, un escritorio lleno de cajas de cartón y una ventana que daba al patio trasero. Olía a limpio y a encierro.
—Era mi oficina antes, pero cuando Sara enfermó, la convertimos en cuarto de visitas para las enfermeras o familiares que se quedaban. No es el Ritz, pero el colchón es bueno.
Memo entró y encendió una lámpara de buró. La luz suave bañó la habitación.
—Aquí hay toallas extra. Y si necesitas algo en la noche, mi cuarto es el de al otro lado del pasillo. Carlita duerme en el de en medio, pero hoy no está, así que no te preocupes por hacer ruido.
Victoria se quedó en el marco de la puerta, abrazando la sudadera de Sara.
—Memo.
—¿Sí?
—¿Qué voy a hacer mañana? —La pregunta salió pequeña, llena de miedo. La adrenalina de la huida se había disipado, dejando paso a la realidad aplastante de su situación. Sin dinero, sin casa, perseguida por un ex-prometido poderoso.
Memo se recargó en el marco de la puerta, mirándola con seriedad.
—Mañana es domingo. Los domingos en esta casa se desayunan hotcakes. Primero desayunamos. Y luego… luego pensamos. No trates de resolver todo el rompecabezas hoy a medianoche. Solo descansa. Estás a salvo aquí. Nadie sabe dónde estás.
—Teodoro tiene recursos —advirtió ella—. Investigadores privados, contactos en la policía. Me va a buscar.
—Que busque —dijo Memo con una calma que sorprendió a Victoria—. Esta es una colonia de miles de casas idénticas en el Estado de México. Para gente como él, este lugar es invisible. Eres una aguja en un pajar de concreto. Y si viene… bueno, tengo un bate de béisbol detrás de la puerta y un perro muy bravo… bueno, es un Schnauzer, pero ladra fuerte.
Victoria soltó una carcajada breve.
—Gracias, Memo. Buenas noches.
—Buenas noches, Victoria. Que descanses.
Memo cerró la puerta suavemente. Victoria se quedó sola en la habitación extraña. Se acercó a la ventana y miró hacia afuera. La lluvia había amainado un poco, convirtiéndose en una llovizna constante. El jardín de abajo era una mancha oscura, pero podía ver las siluetas de los árboles meciéndose.
Se metió en la cama. Las sábanas estaban frías al principio, pero pronto se calentaron con su cuerpo. Se acurrucó en posición fetal, cerrando los ojos.
Por primera vez en años, no tenía una agenda para el día siguiente. No tenía cita con el estilista, ni brunch con las damas de honor, ni reunión con el organizador de bodas. Su futuro era una página en blanco, aterradora y vertiginosa.
Pero mientras se dejaba llevar por el sueño, arrullada por el sonido de la lluvia y con el estómago lleno de quesadillas y café de olla, Victoria pensó que tal vez, solo tal vez, esa página en blanco era el mejor regalo que se había dado a sí misma.
En el pasillo, Memo se quedó escuchando hasta que la respiración de Victoria se volvió regular. Luego fue a su propia habitación.
Se sentó en el borde de su cama matrimonial, que se sentía demasiado grande para una sola persona desde hacía dos años. Miró la foto de Sara en su buró.
—Buenas noches, flaca —susurró, besando sus propios dedos y tocando el cristal del marco—. Hoy hicimos una locura. Pero creo… creo que estuvo bien.
Se acostó, mirando el techo en la oscuridad. El sonido de la tormenta se alejaba, pero Memo tenía el presentimiento de que otra tormenta, una muy diferente, acababa de entrar en su vida. Y por primera vez en mucho tiempo, no sentía solo tristeza o cansancio. Sentía curiosidad. Sentía un propósito.
Mañana vendría Carlita. Mañana tendría que explicar quién era la mujer bonita que dormía en el cuarto de visitas y vestía la ropa de mamá.
Memo cerró los ojos, y por primera vez en meses, soñó con algo que no era el pasado. Soñó con un jardín floreciendo bajo la lluvia.
CAPÍTULO 3: HOTCAKES QUEMADOS Y PREGUNTAS INCÓMODAS
El sol de la mañana siguiente no pidió permiso para entrar. Se coló por las rendijas de la persiana del cuarto de Memo, golpeándole los párpados con una insistencia dorada que anunciaba que la tormenta de la noche anterior era solo un recuerdo.
Memo abrió un ojo, desorientado. Por un instante, solo un instante cruel y dulce, su cerebro reptiliano le jugó la misma broma de siempre: Es domingo. Sara está abajo haciendo el desayuno. El olor llegaba hasta arriba: una mezcla de harina tostada, mantequilla y… ¿humo?
Sí, definitivamente humo. Y no el humo aromático de leña de una chimenea, sino el olor acre de carbohidratos sufriendo una muerte térmica irreversible.
Memo se sentó de golpe en la cama, el corazón martilleándole en el pecho. La realidad cayó sobre él como un balde de agua fría. Sara no estaba. Sara llevaba dos años en el cementerio Jardines del Recuerdo.
Entonces, ¿quién estaba quemando la cocina?
Victoria.
La memoria de la noche anterior regresó en torrente: la carretera, el vestido de novia, los ojos de animal herido, la cama de visitas ocupada.
Memo se talló la cara con las manos, sintiendo la barba de un día rasparle las palmas. Miró el reloj en la mesita de noche: 8:30 AM. Carlita llegaría en cualquier momento. Su suegra, Doña Carmen, solía dejarla temprano los domingos antes de irse a misa de doce.
—Híjole, Memo, en qué lío te metiste —murmuró para sí mismo, buscando sus pantuflas con los pies.
Se puso una camiseta vieja de los Pumas y bajó las escaleras de dos en dos. A medida que descendía, el sonido se hacía más claro: el chocar metálico de una espátula contra un sartén y un murmullo de frustración que sonaba sospechosamente a francés.
—Merde, merde, merde… ¡Por qué se pegan!
Memo se detuvo en el umbral de la cocina. La escena que tenía delante era digna de una pintura, una mezcla entre tragedia doméstica y comedia romántica.
Victoria estaba frente a la estufa. Llevaba puestos los pants grises de Sara, que le quedaban un poco flojos en la cintura, y la sudadera azul arremangada hasta los codos. Su cabello, que la noche anterior había sido un desastre de nudos mojados, ahora estaba cepillado y recogido en una coleta alta, aunque algunos mechones rebeldes se le escapaban sobre la frente sudorosa.
La cocina, su cocina habitualmente ordenada (dentro de lo que cabe para un viudo), parecía zona de guerra. Había harina esparcida sobre la encimera como si hubiera nevado. Cáscaras de huevo en el suelo. Y en el sartén de teflón —su sartén favorito—, una masa negra y humeante se aferraba a la superficie como si su vida dependiera de ello.
—Creo que el fuego está muy alto —dijo Memo, recargándose en el marco de la puerta, cruzando los brazos para contener una sonrisa.
Victoria dio un brinco y giró sobre sus talones, con la espátula en la mano como si fuera una espada de esgrima. Tenía una mancha blanca de harina en la mejilla izquierda y los ojos muy abiertos por el pánico.
—¡Memo! —exclamó, tratando inútilmente de ocultar el sartén con su cuerpo—. Yo… buenos días. Quería… quería darte una sorpresa. Agradecerte por lo de anoche.
—Pues la alarma de incendios casi se lleva la sorpresa —bromeó él, entrando a la cocina. Se acercó a la estufa y apagó la hornilla. El humo negro ascendió en una última voluta de rendición.
—Lo siento —dijo Victoria, bajando la espátula, derrotada—. Se veía tan fácil en los videos de YouTube. “Mezcla, vierte, voltea”. Mentiras. Todo son mentiras.
Memo miró el desastre y luego a ella.
—¿Alguna vez habías cocinado hotcakes?
Victoria se mordió el labio inferior, avergonzada.
—¿La verdad? Nunca he cocinado nada que no venga en un paquete de microondas o que no sea una ensalada. En casa de mis padres teníamos a Elvira. Ella hacía el desayuno. Yo solo… bajaba y comía.
Lo dijo con tal honestidad, sin presunción, simplemente constatando un hecho de su realidad, que a Memo le costó trabajo juzgarla. Era como culpar a un pez por no saber trepar árboles.
—Bueno —dijo Memo, tomando la espátula de su mano con suavidad—. La intención es lo que cuenta, ¿no? Pero creo que vamos a necesitar un plan B para el desayuno antes de que…
El sonido de la puerta principal abriéndose los interrumpió.
—¡Papá! ¡Ya llegué! ¡Abue dice que no se puede bajar porque dejó los frijoles en la lumbre, pero que le llames luego!
El torbellino entró antes de que Memo pudiera advertir nada. Carlita, con su mochila rosa de Paw Patrol y el cabello enmarañado de recién levantada, irrumpió en la cocina. Se detuvo en seco al ver el panorama.
Sus ojos oscuros, tan parecidos a los de Memo, escanearon la habitación en un segundo: la harina en el suelo, el humo, y finalmente, a la mujer desconocida parada junto a su papá.
El silencio que siguió fue denso, solo roto por el goteo del grifo.
Carlita tenía ocho años, pero la vida la había obligado a madurar en ciertas áreas mucho antes de tiempo. Tenía esa mirada escrutadora de los niños que han perdido algo y siempre están vigilando para no perder nada más. Miró a Victoria de arriba abajo con una intensidad casi judicial.
—Hola —dijo Carlita, secamente.
Victoria, la mujer que había manejado a directores de empresas y socialités caprichosas, pareció encogerse bajo la mirada de la niña de primaria.
—Hola —respondió Victoria, agachándose un poco para no parecer tan alta, tratando de sonreír—. Tú debes ser Carlita.
—¿Quién eres? —preguntó la niña, ignorando el saludo y dirigiéndose directamente a la interrogante. Luego miró a Memo con acusación—. Papá, ¿quién es ella? ¿Es tu novia?
Memo sintió que se atragantaba con su propia saliva.
—¡No! —dijeron Memo y Victoria al unísono, demasiado rápido.
—Carlita, ella es Victoria —explicó Memo, acercándose a su hija para quitarle la mochila—. Es una amiga. Tuvo… tuvo un problema con su coche anoche en la tormenta y se quedó aquí porque era peligroso seguir manejando.
Carlita procesó la información. Miró de nuevo a Victoria, notando la ropa.
—Esa es la sudadera de mi mamá —dijo. No fue un grito, ni un reclamo. Fue una constatación de hechos, plana y directa.
El aire en la cocina se volvió helado. Victoria se enderezó, sintiendo de pronto que la tela suave le quemaba la piel.
—Sí —dijo Victoria con voz suave, sin tratar de mentir ni minimizarlo—. Tu papá fue muy amable al prestármela porque mi ropa estaba empapada y llena de lodo. Es una sudadera muy bonita y calientita. Tu mamá tenía buen gusto.
Carlita sostuvo la mirada de Victoria unos segundos más. Parecía estar buscando alguna señal de burla o falta de respeto. Al no encontrarla, sus hombros se relajaron milimétricamente.
—Sí. Mi mamá tenía el mejor gusto del mundo. Por eso se casó con mi papá, aunque él sea un desastre para peinarme.
Memo soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Oye, más respeto al peluquero —dijo Memo, despeinándola—. Y hablando de desastres… Victoria estaba intentando hacer hotcakes, pero creo que necesitamos al equipo de rescate. ¿Me ayudas?
Carlita miró el sartén quemado y soltó un resoplido que era mitad risa, mitad incredulidad.
—No manches, papá. Huele a llanta quemada.
Se acercó a la estufa, pasando junto a Victoria con la confianza de quien es dueño del territorio.
—Señora, quítese —dijo Carlita, aunque no sonó grosero, sino práctico—. Mi papá no sabe hacer la mezcla bien, le quedan grumos. Yo soy la experta en batir.
Victoria obedeció al instante, dando un paso atrás y levantando las manos en señal de rendición.
—Toda tuya, experta. Yo me retiro a lavar los platos, que creo que es lo único que no puedo arruinar.
Durante los siguientes veinte minutos, la cocina se transformó. Memo y Carlita trabajaban con una sincronía que solo da la rutina compartida de padre soltero e hija. Memo limpió el sartén, puso mantequilla nueva (la cantidad correcta esta vez) y Carlita batió una nueva mezcla con un ímpetu feroz.
Victoria, desde el fregadero, lavaba los trastes sucios en silencio, observándolos. Veía cómo Memo le pasaba los ingredientes a Carlita sin que ella los pidiera. Veía cómo Carlita le daba instrucciones a su papá: “Más leche, papá, está muy espesa”, “Bájale a la flama”.
Era una danza íntima de supervivencia y amor. Victoria sintió una punzada en el pecho. No era envidia exactamente, sino una nostalgia por algo que nunca había tenido. En la mansión de los Ashford, la cocina era territorio prohibido, un lugar de acero inoxidable donde el personal trabajaba en silencio. Ella nunca había cocinado con su padre. Su padre ni siquiera sabía dónde se guardaban los vasos en su propia casa.
—Listos —anunció Carlita, poniendo un plato con tres hotcakes perfectamente dorados y redondos en la mesa.
—A la mesa —ordenó Memo—. Victoria, deja eso. Eres invitada, aunque hayas intentado incendiar la casa. Ven a desayunar.
Se sentaron los tres. Memo sirvió café para los adultos y leche con chocolate para Carlita.
—¿Entonces? —Carlita atacó sus hotcakes con tenedor y cuchillo, pero sus ojos no dejaban a Victoria—. ¿Eres rica?
Memo casi escupe el café.
—¡Carlita! —reprendió—. Eso no se pregunta.
—¿Qué? —Carlita se encogió de hombros—. Habla como la gente de la tele. Y tiene las manos muy lisitas, sin callos. Y no sabe cocinar. Eso significa que es rica.
Victoria sonrió. La franqueza de la niña era refrescante después de años de navegar en un mundo de dobleces, hipocresía y sonrisas falsas.
—Tienes buen ojo, detective —dijo Victoria, untando un poco de mantequilla en su hotcake—. Digamos que… vengo de una familia que tiene dinero, sí. Pero yo, en este momento, no tengo nada. Ni coche, ni casa, ni dinero en la bolsa. Así que creo que ya no soy rica.
—¿Por qué? —preguntó Carlita con la boca llena.
—Porque me escapé —dijo Victoria. Miró a Memo, pidiendo permiso con la mirada para ser honesta. Memo asintió imperceptiblemente—. Me iba a casar ayer. Con un señor muy rico.
—¿Como un príncipe? —los ojos de Carlita se abrieron un poco más.
—Mmm, no. Los príncipes de los cuentos suelen ser valientes y amables. Este era más como… ¿has visto la película de Shrek?
—¡Sí!
—¿Ubicas a Lord Farquaad?
Carlita soltó una carcajada estrepitosa, escupiendo un poco de migaja.
—¡El chaparrito malo!
—Bueno, este era alto, pero igual de malo por dentro. Quería que yo fuera como una muñeca. Que no hablara, que solo me viera bonita y me quedara quieta en un estante. Y a mí no me gusta estar quieta. Así que corrí.
Carlita dejó el tenedor y miró a Victoria con un nuevo respeto.
—Mi mamá decía que nadie puede obligarte a hacer cosas que te duelan en la panza —dijo la niña solemnemente—. Si te dolía la panza de pensar en casarte, hiciste bien en correr.
Victoria sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Esa validación, viniendo de una niña de ocho años mientras comían hotcakes en una cocina modesta, valía más que todas las terapias que nunca tomó.
—Sí me dolía la panza —susurró Victoria—. Mucho. Gracias por entenderlo, Carlita.
—De nada. Pero oye… —Carlita señaló el plato de Victoria—. Te vas a comer eso sin miel? Aquí usamos miel de maple de la buena, no de la falsa. Papá dice que la vida es muy corta para comer jarabe de maíz.
Victoria rió, y el sonido fue genuino, liberador.
—Pásame la miel, por favor.
Después del desayuno, la dinámica de la casa cambió sutilmente. Memo tenía que terminar unos reportes fiscales urgentes (“la chamba no perdona, aunque sea domingo”, había dicho disculpándose), así que se encerró en su pequeña oficina bajo la escalera.
Victoria se quedó en la sala, sintiéndose un poco inútil de nuevo. Carlita había desaparecido escaleras arriba, pero regresó minutos después cargando una caja de plástico llena de colores, plumones y cuadernos.
—Voy a dibujar —anunció Carlita, tirándose al suelo de la sala sobre la alfombra—. ¿Tú sabes dibujar?
Victoria se sentó en el sofá, observándola.
—Solía hacerlo. Cuando tenía tu edad. Me gustaba pintar acuarelas.
—A ver —Carlita le extendió un cuaderno y un lápiz—. Dibuja algo.
Victoria tomó el lápiz. Hacía años que no dibujaba nada que no fueran diagramas de flujo o esquemas de marketing. Su mano titubeó sobre el papel blanco. Sin pensarlo mucho, empezó a trazar. No dibujó un vestido, ni una joya. Dibujó una flor. Una gardenia, como las que tenía su abuela en el jardín.
Carlita se acercó a mirar, gateando sobre la alfombra.
—Te quedó bonita —dictaminó—. Pero le falta color. Las flores tristes no huelen rico.
—¿Flores tristes? —preguntó Victoria.
—Sí. La Miss Sofía dice que mis dibujos son tristes porque uso mucho negro. —Carlita tomó un color negro y empezó a rayar con fuerza en su propio cuaderno—. Pero es que a veces el mundo es negro. Como cuando se va la luz. O cuando cierras los ojos muy fuerte.
Victoria sintió un escalofrío. Miró el dibujo de Carlita. Era una casa, pero estaba rodeada de nubes negras, tupidas, agresivas.
—¿Y qué hay detrás de lo negro? —preguntó Victoria suavemente, sentándose en el suelo junto a ella.
—No sé —dijo Carlita sin dejar de rayar—. Vacío.
—Sabes… en el arte, el negro se usa para que los otros colores brillen más —dijo Victoria. Tomó un color amarillo brillante—. Préstame tu dibujo un segundo.
Carlita dudó, pero soltó el cuaderno.
Victoria no borró el negro. En cambio, empezó a dibujar pequeños puntos amarillos dentro de la nube oscura. Estrellas. O luciérnagas.
—Mira —dijo Victoria—. Si todo fuera blanco, no se verían las estrellas. A veces, la oscuridad sirve para que podamos ver la luz que está escondida.
Carlita observó el dibujo fascinada.
—Parecen luciérnagas —susurró.
—Exacto. Aún en la noche más oscura, siempre hay algo que brilla si sabes dónde buscar. Tu mamá… ella no está en el vacío, Carlita. Ella es la luz que hace que tú brilles.
Carlita levantó la vista. Sus ojos vidriosos se clavaron en los de Victoria.
—La extraño mucho. Me duele aquí —se tocó el pecho.
—Lo sé —Victoria no trató de decirle que “todo estaría bien” o que “ya pasará”. Simplemente validó el dolor—. Y está bien que duela. Significa que la querías mucho. Ese dolor es todo el amor que ya no tienes dónde poner.
Carlita se recargó repentinamente contra el hombro de Victoria. Fue un gesto espontáneo, una búsqueda de calor humano. Victoria se quedó inmóvil un segundo, sorprendida, pero luego, instintivamente, pasó su brazo alrededor de los hombros pequeños de la niña. Olía a shampoo de fresa y a hotcakes.
—¿Me enseñas a dibujar una flor como la tuya? —pidió Carlita después de un rato, con voz mormosa.
—Claro. Agarra el lápiz. Primero haces un círculo…
Desde la puerta entreabierta de su oficina, Memo observaba la escena. Había salido por una taza de café y se había quedado paralizado al verlas.
Ver a su hija, que llevaba meses construyendo muros a su alrededor, recargada en esa mujer extraña que había aparecido como un fantasma en la lluvia. Ver a Victoria, la chica de sociedad que huía de un multimillonario, sentada en su alfombra vieja, enseñándole a sombrear pétalos a una niña huérfana de madre.
Memo sintió algo extraño en el estómago. No era el dolor agudo de la ausencia de Sara. Era algo más suave, más cálido. Era gratitud. Y miedo. Miedo de que Victoria se fuera pronto. Miedo de que Carlita se encariñara. Miedo de que él mismo se acostumbrara a ver esa coleta rubia moviéndose por su casa.
—Guillermo, eres un idiota —se dijo a sí mismo en silencio—. No te hagas ideas. Ella es de otro planeta. En cuanto sus papás la perdonen o se le pase el susto, va a volver a sus lujos. Esto es temporal.
Pero mientras regresaba a su escritorio, no pudo evitar sonreír al escuchar la risa de Carlita mezclada con la voz paciente de Victoria explicando la diferencia entre el verde limón y el verde bosque.
La mañana pasó volando. A la hora de la comida, Memo pidió pizzas (“Para celebrar que no quemamos la casa”, dijo). Comieron en la sala, viendo una película.
Victoria se sorprendió de lo fácil que era. No había que usar tres tenedores diferentes. No había que hablar de política o de inversiones. Solo había que decidir si la pizza hawaiana era una aberración culinaria (Memo decía que sí, Carlita y Victoria defendían la piña a muerte).
—Ganamos dos contra uno —dijo Victoria, chocando la mano con Carlita—. La piña se queda.
—Esto es una dictadura femenina —se quejó Memo, fingiendo indignación—. Me siento oprimido en mi propia casa.
—Acostúmbrate, papá. Las mujeres mandamos —sentenció Carlita con sabiduría prestada de algún lado.
Cuando la tarde empezó a caer, pintando el cielo de tonos naranjas y morados, Victoria se ofreció a ayudar a Carlita con una tarea de manualidades: hacer una maqueta del sistema solar.
—Necesitamos bolas de unicel —dijo Carlita, revisando su lista.
—Y pintura, y pegamento —añadió Victoria—. Memo, ¿tienes material?
—Creo que hay algo en el cuarto de trebejos, pero no estoy seguro si la pintura esté seca —dijo Memo desde el sillón, donde estaba doblando ropa limpia (una montaña de calcetines y camisetas).
—Podemos ir a la papelería —sugirió Carlita—. La de Don Pepe abre los domingos un rato. Está aquí a tres cuadras. ¿Podemos ir, papá? ¡Victoria puede venir!
Memo dudó. Sacar a Victoria a la calle… ¿era seguro?
Victoria captó la duda en sus ojos.
—Tengo una gorra —dijo ella—. Y unos lentes oscuros que encontré en la guantera de tu coche anoche, perdón por tomarlos. Si me recojo el pelo y uso la gorra… nadie va a reconocer a Victoria Ashford en la papelería de una colonia en el Estado de México.
—Además —añadió, mirando a Carlita que saltaba de emoción—, necesito que me dé el aire. Me siento un poco… encerrada.
Memo asintió.
—Está bien. Pero no se tarden. Y Victoria… ponte una chamarra mía, hace frío afuera.
Salieron los tres. Victoria llevaba una chamarra de mezclilla de Memo que le quedaba enorme, una gorra de los Yankees calada hasta las cejas y unos lentes de sol baratos. Parecía una celebridad tratando de pasar desapercibida, o una espía muy mal disfrazada.
Caminaron por las calles del vecindario. Había niños jugando fútbol en la calle, vecinos lavando sus coches con cubetas, música de banda saliendo de alguna ventana abierta. Olores a elotes asados y tierra mojada.
Para Victoria, era como caminar en otro país. Un país ruidoso, vivo, vibrante. Nadie la miraba. Nadie la juzgaba. Era invisible, y esa invisibilidad era embriagadora.
—¿Ves esa casa? —le señaló Carlita una casa azul con muchas plantas—. Ahí vive un perro que se llama “Firulais” pero es bien enojón. Y allá venden los mejores esquites.
—¿Esquites? —preguntó Victoria.
—¿Nunca has comido esquites? —Carlita la miró como si hubiera confesado un crimen.
—Eh… no en la calle.
—Papá, tenemos que comprarle esquites. Es una emergencia.
Memo rió.
—De regreso, si se portan bien en la papelería.
Llegaron a la papelería “La Goma”. Don Pepe, un señor mayor con un chaleco de lana, saludó a Memo con familiaridad.
—¡Quihubo, Memo! ¿Qué te trae por acá en domingo?
—Ya sabes, Don Pepe. Tareas de último minuto. El sistema solar.
Mientras Carlita y Memo discutían sobre el tamaño correcto de Júpiter en relación con la Tierra, Victoria se paseó por los pasillos estrechos, oliendo el aroma inconfundible de papel, goma y lápices nuevos.
Se detuvo frente a un estante de revistas. Su corazón dio un vuelco.
Ahí, en la portada de un periódico sensacionalista local (“El Gráfico” o algo similar), había una foto pequeña en la esquina.
“PLANTÓN DE LUJO: LA NOVIA FUGITIVA DE BLACKSTONE DESAPARECE”
La foto era vieja, de algún evento social. Se veía perfecta, fría, distante.
Victoria sintió que el aire se le iba. Extendió la mano temblorosa y tomó el periódico.
“…se especula que huyó con un amante secreto o que sufrió un colapso nervioso. La familia Blackstone ofrece recompensa por información…”
—Victoria —la voz de Memo sonó justo detrás de su hombro, sobresaltándola.
Él vio el periódico en sus manos. Su expresión se endureció.
—No leas eso —le dijo en voz baja, quitándole el periódico suavemente y volviéndolo a poner en el estante, boca abajo—. Esa mujer de la foto no eres tú. No hoy.
Victoria lo miró a través de los lentes oscuros.
—Ofrecen recompensa, Memo. Dinero. Mucho dinero. Podrías…
Memo la tomó del brazo, un agarre firme pero no agresivo.
—Victoria, mírame. —Se agachó un poco para verla a los ojos—. No me insultes. En esta casa no vendemos gente. Y menos a amigos.
La intensidad en su voz la dejó muda.
—Papá, ¡ya tengo el sol! —gritó Carlita desde el mostrador, agitando una bola de unicel del tamaño de un melón.
Memo soltó el brazo de Victoria y su rostro cambió instantáneamente a una sonrisa paternal.
—¡Voy, bichito!
Victoria se quedó parada un momento en el pasillo de la papelería, rodeada de cuadernos Scribe y monografías escolares, sintiendo que el corazón le latía en la garganta. El miedo seguía ahí, agazapado en las páginas de ese periódico. Pero por primera vez, el miedo no estaba solo. Tenía un contrapeso.
Tenía a un hombre que se ofendía si le sugerían traicionarla. Y tenía a una niña que quería enseñarle a comer esquites.
Victoria se ajustó la gorra, respiró hondo y caminó hacia el mostrador.
—Oye, Carlita —dijo, forzando una voz alegre—. ¿De qué color vamos a pintar Saturno? Porque creo que necesita mucha diamantina.
—¡Sí! —chilló Carlita—. ¡Mucha diamantina!
Al salir de la tienda, el sol ya se había puesto. Las luces de la calle se encendían. Memo caminaba del lado de la calle, Carlita en medio, y Victoria del lado de la pared, protegida.
—Ahora sí —dijo Memo—. ¿Esquites con todo?
—Con todo —dijo Victoria, y por primera vez en su vida, no le importó si el chile piquín le manchaba los dientes o si la mayonesa tenía muchas calorías. Solo quería probar el sabor de esa vida nueva, picante y caótica, que se le estaba ofreciendo en un vaso de unicel.
CAPÍTULO 4: RAÍCES, TIERRA NEGRA Y LA PROMESA DE UNA ROSA
La semana pasó con una rapidez engañosa, estableciendo una rutina que se sentía peligrosamente cómoda. Victoria, ahora vestida con una rotación de ropa vieja de Sara y algunas prendas básicas que Memo le había comprado en el supermercado (“No es Chanel, pero el algodón es algodón”, había dicho él disculpándose), había encontrado un rol en la casa Harrison.
No era la sirvienta, ni la niñera, ni la invitada de honor. Era… una presencia. Una especie de tía divertida y ligeramente despistada que organizaba los cajones por colores, que intentaba (y fallaba) hacer arroz sin que se batiera, y que esperaba a Carlita en la puerta cuando llegaba del transporte escolar.
Pero para el miércoles, Victoria sentía una comezón en las manos. Una inquietud. Había pasado su vida adulta “siendo”, no “haciendo”. Siendo la hija perfecta, siendo la prometida trofeo. En la casa de Memo, donde todo funcionaba con el sudor de la frente y el esfuerzo diario, Victoria sentía la necesidad visceral de contribuir con algo tangible.
Fue así como descubrió el jardín trasero.
O lo que quedaba de él.
Salió por la puerta corrediza de la cocina con una taza de té en la mano. El patio era un rectángulo de tamaño decente, delimitado por bardas altas de ladrillo rematadas con vidrios rotos (la seguridad estándar de cualquier casa mexicana de clase media). Pero el suelo era una tragedia. La hierba mala crecía salvaje, ahogando lo que alguna vez fueron macizos de flores. Había una bugambilia que se había adueñado de una esquina, creciendo caótica y espinosa. Un limonero luchaba por sobrevivir entre la maleza, con sus hojas amarillentas pidiendo auxilio.
—Ay, Dios —susurró Victoria, viendo el cementerio vegetal.
—Es un desastre, lo sé.
Victoria dio un respingo. Memo estaba parado en la puerta, con las manos en los bolsillos de su pantalón de mezclilla y una expresión indescifrable en el rostro.
—No quería decir “desastre” —corrigió Victoria suavemente—. Quería decir… que tiene potencial. Pero está dormido.
Memo caminó hacia el limonero y tocó una de las hojas secas. Se rompió entre sus dedos.
—Era el orgullo de Sara —dijo, y su voz tenía ese peso de grava que siempre aparecía cuando la mencionaba—. Ella pasaba los fines de semana aquí. Le hablaba a las plantas. Decía que si no las saludabas, se ponían tristes. Cuando ella… cuando se fue, yo no pude entrar aquí. Cada vez que intentaba regar, me acordaba de ella con su sombrero de paja y sus guantes llenos de lodo, y simplemente… me dolía demasiado. Así que cerré la cortina y dejé que la naturaleza hiciera lo suyo.
Victoria miró el perfil de Memo. Vio la culpa grabada en las líneas alrededor de sus ojos. La culpa del sobreviviente que siente que ha fallado al no mantener vivo el santuario del que se fue.
—La naturaleza es cruel si no se le guía, Memo —dijo Victoria, acercándose a él—. Pero también es increíblemente indulgente. Perdona rápido.
Se agachó y arrancó un puñado de hierba mala que asfixiaba la base de un rosal seco.
—Mira —señaló un pequeño brote verde, casi invisible, en la base del tronco leñoso del rosal—. Crees que está muerto, pero aquí abajo, en la raíz, todavía hay vida. Solo está esperando a que le quites el peso de encima.
Memo miró el brote verde. Un punto minúsculo de esperanza en medio de la negligencia.
—¿Sabes de jardinería? —preguntó, sorprendido.
Victoria sonrió, sacudiéndose la tierra de las manos.
—Mi abuela materna, la de Cuernavaca. Ella tenía “mano verde”. Mis padres odiaban que me ensuciara, querían que tocara el piano o aprendiera francés. Pero yo me escapaba al jardín con ella. Aprendí a podar, a injertar, a preparar composta. Es… es lo único que sé hacer que no sirve para impresionar a un consejo de administración.
Miró el patio con ojos de estratega.
—Memo, déjame arreglar esto.
Memo se tensó.
—Victoria, no tienes que… es mucho trabajo. Y hay que comprar cosas, y tú no estás aquí para ser jardinera.
—No lo hago por ti —mintió ella, o tal vez no—. Lo hago por mí. Necesito cansarme, Memo. Necesito meter las manos en la tierra y dejar de pensar en mi desastre de vida por unas horas. Y Carlita… Carlita necesita ver colores aquí afuera, no este matorral gris.
La mención de Carlita fue el golpe de gracia. Memo suspiró, pasándose una mano por el cabello.
—Está bien. Pero yo ayudo. No vas a cargar costales de tierra tú sola.
—Trato hecho.
El sábado por la mañana, la expedición al vivero se convirtió en una aventura. Subieron al Nissan Sentra: Memo al volante, Victoria de copiloto (con su disfraz de gorra y lentes, que ya empezaba a sentirse como su segunda piel) y Carlita atrás, armada con una lista de deseos que incluía “flores moradas”, “flores que huelan a chicle” y “una planta carnívora para que se coma a los mosquitos”.
Manejaron hacia la zona de Xochimilco, donde se encuentran los mejores mercados de plantas de la ciudad. El trayecto fue una mezcla de caos vial y risas. En la radio sonaba una estación de baladas en español de los 90s —Luis Miguel, Chayanne, Emmanuel—.
—¡Papá, cámbiale! —se quejaba Carlita—. Pon reguetón.
—En este coche se respeta al Sol de México —sentenció Memo, subiendo el volumen de “La Incondicional”—. A ver, Victoria, ¿tú qué música escuchas? ¿Música clásica? ¿Ópera?
Victoria, que en secreto se sabía todas las canciones de Timbiriche gracias a las fiestas de sus tíos borrachos, sonrió.
—Me gusta de todo. Pero confieso que tengo una debilidad por Juan Gabriel.
Memo casi frena de golpe.
—¿Te gusta Juanga?
—¿A quién no le gusta Juanga? Es patrimonio nacional.
—Ya me caiste bien —dijo Memo, mirándola con una nueva apreciación—. Carlita, olvida el reguetón. Hoy es día del Divo de Juárez.
Llegaron al vivero “El Paraíso”. Era un laberinto de pasillos estrechos bajo lonas verdes que filtraban la luz del sol, creando una atmósfera húmeda y vibrante. Olía a tierra mojada, a fertilizante y a mil perfumes florales mezclados.
Victoria se transformó.
Si en la cocina era torpe e insegura, aquí era la capitana del barco. Caminaba entre las filas de plantas tocando las hojas, revisando el envés en busca de plagas, rechazando ejemplares que a los ojos de Memo se veían perfectos.
—Esta no, Memo. Tiene cochinilla algodonosa, mira esas manchitas blancas. Se le va a pegar a todo el jardín.
—Esta tampoco, las raíces están saliendo por abajo de la maceta, está estresada.
Memo y Carlita la seguían empujando un carrito de supermercado oxidado, obedeciendo sus órdenes como soldados rasos.
—Necesitamos tierra de hoja, pero también tepojal para el drenaje —instruyó Victoria al vendedor, un señor con sombrero de paja que la miraba con respeto—. Y quiero tres costales de humus de lombriz.
—Sabe de lo que habla la güerita —le guiñó el ojo el vendedor a Memo—. Cásese con ella, joven. Mujeres que sepan de tierra ya no hay.
Memo se puso rojo hasta las orejas. Victoria, fingiendo inspeccionar una lavanda, escondió una sonrisa nerviosa.
—Es… es una amiga —balbuceó Memo.
—Lo que usted diga, jefe.
Compraron geranios, una planta de teléfono para la sombra, albahaca, romero, y por insistencia de Carlita, una pequeña Venus Atrapamoscas que la niña bautizó inmediatamente como “Mordelona”.
Pero la compra más importante fue la de los rosales. Victoria encontró una sección de rosas inglesas. Eligió una de color amarillo pálido y otra de un rosa intenso, casi fucsia.
—¿Por qué esas? —preguntó Memo, viendo el precio. No eran baratas.
—El amarillo es alegría y nuevos comienzos —explicó Victoria—. Y el rosa… bueno, el rosa es gratitud.
Cargaron el coche hasta el tope. Carlita tuvo que ir con una maceta de helecho en las piernas. El coche olía a selva tropical.
El trabajo real comenzó al llegar a casa. Y fue brutal.
No hubo nada glamoroso en las siguientes seis horas. Memo y Victoria, armados con palas, rastrillos y guantes de carnaza, atacaron el jardín. Carlita ayudaba llevando cubetas de agua y arrancando hierbas pequeñas.
Victoria sudaba. El sudor le pegaba la camiseta a la espalda, el polvo se le metía en la nariz, y sus uñas (o lo que quedaba de su manicura perfecta) estaban negras de tierra.
Memo, trabajando a su lado, no podía dejar de mirarla de reojo. Había algo increíblemente atractivo en ver a esa mujer, que había llegado como una muñeca de porcelana rota, atacando la tierra con esa ferocidad. No se quejaba. Cuando se rompió una uña al jalar una raíz rebelde de la bugambilia, solo soltó un “carajo” y siguió jalando.
—Estás fuerte —le dijo Memo, deteniéndose para limpiarse el sudor con el antebrazo.
Victoria, con la cara manchada de lodo, le sonrió jadeando.
—El gimnasio sirve de algo, supongo. Aunque el Pilates no te prepara para pelear con una raíz de dos metros.
Hicieron una pausa para comer tortas de jamón sentados en el pasto a medio cortar. Sabían a gloria.
—Papá, mira —dijo Carlita, señalando el espacio donde habían limpiado la maleza y plantado las nuevas flores—. Ya no se ve triste.
Memo miró. Era cierto. El caos había dado paso a un orden incipiente. La tierra removida, negra y rica, contrastaba con el verde brillante de las nuevas plantas. El limonero, ahora podado y libre de parásitos, parecía respirar aliviado.
—No, mi amor —dijo Memo, pasando un brazo por los hombros de su hija—. Ya no se ve triste. Se ve… vivo.
Victoria los observaba desde el otro lado del mantel de picnic improvisado. Sentía un dolor físico en cada músculo del cuerpo, un cansancio profundo y satisfactorio que no había sentido en años. En su vida anterior, el cansancio era mental, emocional, producto del estrés de mantener las apariencias. Este era un cansancio honesto. El cansancio de haber construido algo.
La noche cayó suavemente sobre el Estado de México. Carlita, agotada por la emoción y el trabajo, se había quedado dormida en el sofá viendo una película de Disney a las ocho de la noche. Memo la cargó hasta su cama, como hacía todas las noches, y bajó de nuevo.
Encontró a Victoria en el porche trasero. Se había bañado y puesto unos jeans limpios y un suéter de lana beige que había encontrado en el fondo de su maleta imaginaria (en realidad, otra donación de las cajas de Sara).
Estaba sentada en una de las sillas de jardín, con una copa de vino tinto en la mano. Memo había abierto una botella que tenía guardada para una ocasión especial que nunca llegaba.
—¿Se durmió? —preguntó Victoria cuando Memo salió, cerrando el mosquitero tras de sí.
—Cayó como piedra. Mañana le va a doler todo el cuerpo, pero va a estar feliz.
Memo se sentó en la silla contigua. El aire nocturno era fresco, trayendo el olor de la tierra mojada que habían regado antes de terminar.
—Gracias, Victoria —dijo Memo después de un largo silencio—. De verdad. No tienes idea de lo que hiciste hoy.
Victoria giró la copa, viendo cómo el líquido carmesí atrapaba la luz de la luna.
—Solo plantamos unas flores, Memo. No descubrimos la cura contra el cáncer.
—No, es más que eso. —Memo se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas—. Ese jardín… era mi culpa. Cada vez que lo veía morir un poco más, sentía que estaba dejando morir a Sara otra vez. Pero no tenía la fuerza para tocarlo. Era… paralizante. Tú rompiste la parálisis.
Victoria miró hacia el jardín, ahora una mezcla de sombras y formas nuevas.
—Mi abuela murió cuando yo estaba en la universidad —dijo suavemente—. Tenía el jardín más hermoso de Cuernavaca. Rosales de cuarenta años, orquídeas, árboles frutales. Cuando murió… mis padres vendieron la casa a la semana. Dijeron que era mucho gasto mantenerla. Los nuevos dueños la demolieron para hacer unos departamentos modernos. Pavimentaron todo el jardín. Pusieron una cancha de tenis y un estacionamiento.
Memo vio el dolor en su perfil, la rigidez de su mandíbula.
—Borrarlo fue su manera de lidiar con eso, supongo —continuó ella—. Si borras el rastro, no tienes que sentir la pérdida. Yo… yo he vivido con miedo de que me pase eso. De que mi vida sea pavimentada y convertida en un estacionamiento emocional. Perfecta, funcional, gris.
Se giró hacia Memo. Sus ojos brillaban, húmedos.
—Hoy, cuando metí las manos en la tierra… sentí que la estaba recuperando a ella. A mi abuela. Y a mí misma. Así que no me des las gracias, Memo. Tú me diste la oportunidad de recordar quién soy cuando no estoy tratando de ser la Señora Blackstone.
Memo sintió una urgencia casi dolorosa de tomarle la mano. La distancia entre sus sillas era de apenas medio metro, pero se sentía como un abismo cargado de electricidad.
—No eres la Señora Blackstone —dijo Memo con voz ronca—. Eres Victoria. La que sabe de raíces. La que le pone miel de maple a los hotcakes quemados. La que hace reír a mi hija.
Victoria sostuvo su mirada. El aire entre ellos cambió. Ya no era solo gratitud o camaradería. Había una tensión nueva, vibrante. La atracción que había estado latente desde la noche de la tormenta empezaba a despertar, peligrosa y dulce.
—Memo… —empezó ella, sin saber qué iba a decir.
—Dime.
—Tengo miedo —confesó—. Esto… esto que estamos haciendo. Esta pequeña vida perfecta que estoy robando por unos días. Sé que va a terminar. Sé que Teodoro va a aparecer, o que mis padres van a congelar mis cuentas para siempre, o que simplemente tendré que irme porque no puedo vivir en tu cuarto de huéspedes eternamente. Y tengo miedo de que cuando me vaya, me duela más que haberme quedado en esa iglesia.
Memo estiró la mano. Esta vez no se detuvo. Cubrió la mano fría de Victoria con la suya, grande, callosa y cálida.
—No pienses en el final de la película cuando apenas estamos en el intermedio —dijo él firmemente—. Mira, no sé qué va a pasar. No tengo millones para defenderte de ese tipo. Pero tengo esto. —Apretó su mano—. Y te prometo que mientras estés aquí, nadie te va a lastimar. Y si te tienes que ir… bueno, te irás sabiendo que dejaste algo que va a seguir creciendo. Esos rosales que plantaste hoy van a dar flores en primavera, estés aquí o no. Y Carlita y yo las vamos a cuidar.
Una lágrima rodó por la mejilla de Victoria.
—¿Me lo prometes? ¿Prometes que no dejarás que se mueran?
—Te lo juro.
Se quedaron así un momento largo, mano con mano, bajo el cielo estrellado del Estado de México, escuchando los grillos y el ladrido lejano de los perros.
Fue Victoria quien rompió el contacto, retirando su mano suavemente, como si quemara.
—Deberíamos dormir —dijo, poniéndose de pie con movimientos algo bruscos—. Mañana tengo que buscar trabajo. En serio. No puedo seguir viviendo de tu caridad.
—No es caridad —protestó Memo, levantándose también—. Pero entiendo. Mañana vemos. Descansa, Victoria.
—Descansa, Memo.
Cuando Victoria subió a su habitación, Memo se quedó un rato más en el porche, terminándose el vino. Miró el jardín. Ya no veía fantasmas. Veía trabajo. Veía futuro.
Pero también veía la tormenta que se avecinaba. Teodoro Blackstone no era un hombre que perdiera. Y Victoria… Victoria era un premio que él consideraba de su propiedad.
—Que venga —murmuró Memo a la oscuridad, sintiendo una determinación feroz endurecer su pecho—. Que intente venir por ella.
A la mañana siguiente, domingo, la burbuja de paz sufrió su primera grieta.
Victoria estaba revisando los clasificados en el periódico en la mesa de la cocina (una práctica arcaica, pero no tenía computadora ni celular inteligente, pues el suyo se había quedado en la boda). Memo estaba preparando el desayuno.
—Mira esto —dijo Victoria, señalando un anuncio con el dedo—. “Se solicita asistente administrativa. Inglés indispensable. Buena presentación”. Podría hacer eso. Hablo inglés, francés e italiano.
—Estás sobrecualificada —dijo Memo, volteando unos huevos estrellados—. Te van a aburrir en dos días.
—No busco diversión, busco un sueldo para poder pagar mi parte de la comida.
En ese momento, el teléfono de casa sonó. Era un sonido estridente que rara vez se escuchaba, ya que todos llamaban al celular de Memo.
Memo frunció el ceño y descolgó el auricular de la pared.
—¿Bueno?
Hubo una pausa. Memo se puso rígido. Su espalda se enderezó como si le hubieran dado un latigazo.
—Sí, soy yo… No, no sé de qué me habla… Mire, oficial, creo que tiene el número equivocado… Sí, entiendo. Buenas tardes.
Colgó con fuerza. Se quedó mirando el teléfono un segundo antes de girarse hacia Victoria. Su rostro estaba pálido.
—¿Qué pasó? —preguntó Victoria, sintiendo el frío en el estómago.
—Era un “comandante” de la policía judicial —dijo Memo, haciendo las comillas con los dedos, aunque no había sarcasmo en su voz, solo preocupación—. Preguntando si había visto a una mujer con las características de Victoria Ashford. Dijeron que tienen un reporte de “persona desaparecida con facultades mentales alteradas”.
Victoria se llevó las manos a la boca.
—Facultades mentales alteradas… Dios mío. Theo está armando la narrativa de que me volví loca para poder internarme o controlarme si me encuentran.
—Preguntaron por mi placa —dijo Memo—. Alguien vio mi coche en la carretera esa noche. Las cámaras de seguridad de la caseta, probablemente. Rastrearon la placa hasta mi domicilio.
—Saben dónde estoy —susurró Victoria, poniéndose de pie tan rápido que la silla se cayó hacia atrás—. Tengo que irme. Memo, tengo que irme ya. No puedo meterte en esto. Si viene la policía…
—¡No te vas a ir a ningún lado! —Memo la tomó por los hombros para detenerla—. Escúchame. No tienen una orden. Solo están pescando. Si vienen, no abrimos. O les digo que se larguen.
—No entiendes, Memo. Theo compra a la policía. Si ellos saben que estoy aquí, Theo lo sabrá en una hora. Va a venir. Y va a traer todo su infierno con él.
—Pues que venga —repitió Memo, con la misma determinación de la noche anterior—. No estás sola, Victoria. Ya no.
En ese momento, Carlita entró a la cocina, frotándose los ojos y cargando a su peluche.
—¿Por qué gritan? —preguntó con voz adormilada.
Memo y Victoria se separaron al instante. Memo forzó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Nada, bichito. Solo… estábamos discutiendo sobre quién lava los platos hoy.
Carlita los miró, su radar infantil detectando la mentira en el aire. Pero antes de que pudiera decir nada, se escuchó un ruido afuera.
No era la policía. No eran sirenas.
Era el sonido sordo y potente de motores grandes. Motores caros.
Memo se acercó a la ventana y levantó la cortina ligeramente.
Dos camionetas Suburban negras y un Bentley plateado estaban estacionándose frente a su portón, bloqueando completamente la salida.
—Ya está aquí —dijo Memo.
Victoria se asomó por encima de su hombro. Vio a Teodoro bajando del Bentley, ajustándose el saco de su traje impecable. Se veía tranquilo, dueño de la situación, un depredador entrando en un corral de ovejas.
—Memo, por favor —suplicó Victoria, temblando—. Deja que salga yo. No dejes que entre. Carlita está aquí.
Memo se giró. Tomó la cara de Victoria entre sus manos por un segundo.
—Sube con Carlita a tu cuarto. Ciérrense con seguro. Y no salgan hasta que yo les diga.
—Pero…
—¡Hazlo! —ordenó, con una voz de mando que no admitía réplica. Luego miró a su hija—. Carlita, llévate a Victoria arriba. Jueguen a las escondidillas. Que no las encuentren. ¿Entendido?
Carlita, asustada por el tono de su padre, asintió y tomó la mano de Victoria.
—Vente, Vico.
Mientras ellas subían las escaleras corriendo, Memo respiró hondo. Fue hacia la puerta, agarró el bate de béisbol de aluminio que guardaba detrás del perchero (solo por si acaso) y lo sostuvo un momento. Luego, pensándolo mejor, lo dejó. No iba a ganar esto con violencia física. Teodoro tenía guardaespaldas armados. Esto se iba a ganar con otra cosa.
Abrió la puerta principal y salió al porche, cruzando los brazos sobre el pecho, esperando a que el huracán tocara tierra.
CAPÍTULO 5: EL PRECIO DE LA LIBERTAD Y LA SOBERBIA DE UN REY
El silencio que siguió al apagado de los motores fue antinatural. En la colonia “Los Héroes”, un domingo por la mañana solía ser una sinfonía de ruidos domésticos: perros ladrando, licuadoras moliendo salsa verde, el grito lejano del señor del “gas, gas, gaaas”. Pero la presencia de las dos camionetas Suburban negras y el Bentley Continental plateado había aspirado todo el sonido del aire.
Era una invasión. Una nave espacial de riqueza obscena aterrizando en una calle de baches y casas de interés social.
Memo Harrison estaba parado en su pequeño porche de cemento. Se había cruzado de brazos, una postura defensiva pero relajada, tratando de ocultar que el corazón le latía a mil por hora contra las costillas. Vio cómo los vecinos empezaban a asomarse. La señora Marta, la de enfrente, había salido con su escoba y se había quedado petrificada. Don Chuy, el vigilante, miraba desde la esquina sin saber si llamar a la patrulla o pedir un autógrafo, confundido por el lujo de los vehículos.
La puerta del Bentley se abrió.
Primero salió un zapato. Un mocasín de piel italiana tan lustroso que parecía líquido. Luego, una pierna enfundada en un pantalón de traje azul marino de corte impecable. Y finalmente, Teodoro Blackstone se irguió en toda su estatura.
Era un hombre guapo, de esa manera agresiva y calculada de los espectaculares de publicidad. Cabello negro engominado hacia atrás sin un solo pelo fuera de lugar, mandíbula cuadrada, lentes de sol de aviador que ocultaban sus ojos. Se quitó los lentes con un movimiento lento y teatral, revelando una mirada fría, analítica, que escaneó la fachada de la casa de Memo con una mezcla de diversión y repugnancia.
Detrás de él, de las Suburban, bajaron cuatro hombres. Trajes negros, auriculares en el oído, complexión de refrigeradores industriales. Se colocaron en posición de abanico, bloqueando la calle.
Teodoro caminó hacia la reja de entrada, que Memo había cerrado con el pasador.
—Buenos días —dijo Teodoro. Su voz era suave, educada, pero tenía el filo de una navaja de rasurar. No gritaba; la gente con verdadero poder nunca necesita gritar.
Memo no se movió del porche.
—No vendemos nada, joven —dijo Memo, usando el tono que usaba para despachar a los testigos de Jehová.
Teodoro sonrió, una mueca que no mostraba los dientes.
—Gracioso. Me gustan los graciosos. Soy Teodoro Blackstone. Creo que ya sabes quién soy. Y creo que tienes algo que me pertenece.
Memo bajó el escalón del porche y caminó despacio hacia la reja, acortando la distancia pero manteniendo la barrera de metal entre ellos.
—Yo no tengo nada que le pertenezca, señor Blackstone. En esta casa no guardamos objetos perdidos. Y las personas… bueno, las personas no son propiedad de nadie. La esclavitud se abolió hace un buen rato en este país.
La sonrisa de Teodoro se tensó un milímetro.
—Escúchame bien, amigo —dijo, acercándose a los barrotes. Olía a colonia cara y a tabaco rubio—. No sé qué historia te contó Victoria. Probablemente te dijo que es una víctima, que yo soy el lobo feroz. Victoria es… inestable. Tiene un historial. Está sufriendo un episodio psicótico provocado por el estrés de la boda. Necesita atención médica, no jugar a la casita con un contador de medio pelo en… —Miró alrededor con desprecio—… en este basurero.
—Esta “basura” es mi hogar —dijo Memo, y su voz bajó una octava, volviéndose peligrosa—. Y Victoria está perfectamente cuerda. De hecho, creo que es la primera vez que la veo pensar con claridad en mucho tiempo.
—¿Ah, sí? —Teodoro soltó una risa seca—. ¿Y tú eres el psiquiatra ahora? ¿Cuánto quieres?
Memo parpadeó.
—¿Perdón?
Teodoro sacó una chequera del bolsillo interior de su saco. Sacó una pluma Montblanc dorada.
—Vamos a saltarnos la parte de la moralidad fingida. Sé cómo funciona esto. Viste una oportunidad. “Novia rica fugitiva, vamos a ver qué le sacamos”. ¿Cien mil? ¿Doscientos? Ponle precio a tu hospitalidad y ábreme la puerta. Te aseguro que es más dinero del que vas a ver en diez años de hacer declaraciones de impuestos.
La ofensa golpeó a Memo en el estómago, pero también le dio claridad. Este tipo no entendía nada. Vivía en un mundo transaccional donde todo, absolutamente todo, tenía un código de barras.
—Guarde su chequera antes de que se le moje, que parece que va a llover —dijo Memo con calma—. Victoria no está a la venta. Y mi dignidad tampoco. Le voy a pedir que se retire. Está bloqueando la cochera y a mis vecinos no les gusta el tráfico.
La cara de Teodoro cambió. La máscara de cortesía cayó, revelando una ira pura y dura.
—Abre la maldita puerta —siseó—. O mis hombres la van a tirar. Y luego te van a tirar a ti.
—Inténtelo —dijo Memo, agarrando los barrotes de su propia reja—. Pero le advierto que la señora Marta, la de enfrente, está grabando todo con su celular. Y créame, en Facebook les encanta ver a los “mirreyes” prepotentes siendo arrestados por allanamiento de morada. Se volvería viral antes de que usted pueda decir “amparo”.
Teodoro miró hacia la casa de enfrente. Efectivamente, la señora Marta sostenía su teléfono en alto. Otros vecinos también habían salido. El anonimato que Teodoro esperaba se había esfumado.
—¡Victoria! —gritó Teodoro, mirando hacia las ventanas del piso de arriba—. ¡Sé que estás ahí! ¡Deja de esconderte como una niña y sal a enfrentar la realidad!
Arriba, en la habitación de visitas, Victoria estaba sentada en el suelo, con la espalda contra la pared, abrazando a Carlita. La niña estaba temblando.
—Ese señor grita muy feo —susurró Carlita.
—Es un hombre malo, Carlita.
—¿Por qué mi papá no le pega con el bate?
—Porque tu papá es más inteligente que eso.
Victoria escuchó los gritos. Escuchó cómo Teodoro insultaba la casa, insultaba a Memo. “Muerto de hambre”, “Nadie”, “Mediocre”.
Cada insulto hacia Memo era una puñalada para ella. Memo, que le había dado un techo. Memo, que le había enseñado a plantar rosas. Memo, que se estaba enfrentando a un titán corporativo solo con su ingenio y una reja oxidada.
La vergüenza la inundó. ¿Te vas a quedar aquí escondida mientras él pelea por ti?, se preguntó. ¿Vas a seguir siendo la muñeca frágil que necesita protección?
Miró a Carlita. La niña la miraba con ojos grandes, esperando ver qué hacía el adulto.
—Carlita —dijo Victoria, poniéndose de pie. Sus piernas temblaban, pero su voz no—. Quédate aquí. No salgas del cuarto.
—¿A dónde vas?
—Voy a terminar con esto.
Victoria se alisó el suéter beige de Sara. Se miró en el espejo un segundo. No vio a la socialité. Vio a una mujer con ojeras, sin maquillaje, vestida con ropa prestada, pero con una mirada de fuego que no reconocía.
Bajó las escaleras. Sus pasos resonaron firmes. Abrió la puerta principal y salió al porche, parándose al lado de Memo.
—¡Basta, Theo! —gritó.
Teodoro se detuvo a media amenaza. La vio. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo, registrando la ropa humilde, el cabello en una coleta simple, la falta de joyas. Hizo una mueca de asco genuino.
—Dios mío, Victoria. Mírate. Pareces una sirvienta.
Memo dio un paso adelante, instintivamente poniendo su cuerpo medio metro delante del de ella, como escudo.
—Ten cuidado con lo que dices —advirtió Memo.
—Estoy bien, Memo —dijo Victoria, poniendo una mano en el brazo de él. El contacto le dio fuerza—. Déjame hablar con él.
Caminó hasta la reja. Estaba a medio metro de Teodoro. Podía oler su perfume, ese aroma que antes asociaba con seguridad y ahora le provocaba náuseas.
—Vete, Theo. Se acabó.
—No se ha acabado nada —dijo Teodoro, suavizando la voz, intentando la táctica de la manipulación—. Mi amor, estás confundida. Mira dónde estás. Mira a este tipo. Esto no es vida para ti. Es una aventura sórdida, una reacción al pánico. Está bien, te perdono. Vámonos a casa. Tengo a los mejores médicos esperando en Houston. Unas semanas de descanso, unos sedantes, y todo volverá a la normalidad.
—No estoy enferma —dijo Victoria—. Estoy despierta. Por primera vez en mi vida, estoy despierta. Y no voy a volver. No voy a ser tu adorno. No voy a ser la madre de tus hijos para que los críen las nanas mientras tú viajas con tus amantes.
La mandíbula de Teodoro se tensó.
—¿De qué hablas? Yo te adoro.
—Tú adoras poseerme. Es diferente.
Teodoro se acercó más a los barrotes, bajando la voz para que solo ella lo oyera.
—Victoria, no seas estúpida. Piensa en lo que estás tirando a la basura. Tu estatus. Tu familia. Tus amigos. Sin mí, no eres nadie. Eres una mujer de 32 años sin carrera, sin dinero y sin futuro.
—Prefiero ser un “nadie” aquí, que ser “alguien” contigo —respondió ella.
Teodoro la miró fijamente unos segundos interminables. Vio que no estaba mintiendo. Vio que la mujer que tenía enfrente ya no era la chica dócil que había elegido por catálogo social. Y eso lo enfureció más que cualquier otra cosa. Si no podía tenerla, la destruiría.
—Muy bien —dijo él, enderezándose y abrochándose el botón del saco—. Tú lo quisiste. Hablemos de realidades, Victoria. ¿Sabes que tus tarjetas están canceladas?
—Lo supuse.
—¿Sabes que tu padre te ha desheredado legalmente esta mañana? Firmó los papeles ante notario a las 9 AM. No vas a ver un centavo de la fortuna Ashford.
Victoria sintió un golpe en el pecho, pero se mantuvo firme.
—El dinero va y viene.
—Ah, qué romántico. Pero hay más. —Teodoro sonrió con malicia—. El departamento de Polanco está a mi nombre. Tu coche está a nombre de la empresa. Tu ropa, tus joyas… todo es regalo mío. Técnicamente, si no me lo devuelves, es robo.
—Mándame la factura —dijo Victoria—. Te pagaré cada centavo. Aunque me tarde toda la vida.
—No tendrás una vida para pagarme. Voy a asegurarme de que ninguna empresa decente en este país te contrate. Tengo amigos en todos los consejos de administración, Victoria. Voy a ponerte en la lista negra. Vas a tener que vender tacos en la esquina para sobrevivir.
Memo intervino entonces. Abrió la reja de golpe. El sonido metálico hizo que los guardaespaldas de Teodoro se tensaran, llevando las manos a sus costados.
—Lárguese —dijo Memo, señalando la calle—. Ahora. Antes de que se me olvide que soy un caballero y le rompa la nariz, y me valgan madre sus gorilas.
Teodoro miró a Memo. Vio los puños cerrados, la vena palpitando en el cuello. Evaluó la situación. Un pleito callejero no le convenía. Ya había hecho su punto.
—Me voy —dijo Teodoro, sacudiéndose una mota de polvo invisible de la solapa—. Disfruten su paraíso proletario. Victoria, cuando el hambre entre por la puerta, el amor saldrá por la ventana. Acuérdate de mí cuando estés tallando pisos.
Dio media vuelta y caminó hacia el Bentley.
—¡Ah, y una cosa más! —gritó antes de entrar al coche—. Esa deuda que dices que vas a pagar… mis abogados te contactarán el lunes. Espero que este “héroe” tenga buenos ahorros, porque la demanda por incumplimiento de contrato matrimonial y daños morales va a ser astronómica.
Entró al coche. El Bentley arrancó con un rugido suave. Las camionetas lo siguieron. La caravana de la muerte se alejó, dejando una estela de polvo y gases de escape.
El silencio volvió a la calle, pero ahora pesaba toneladas.
Memo cerró la reja y le puso el candado. Sus manos temblaban ligeramente por la adrenalina. Se giró hacia Victoria.
Ella seguía parada en el porche, mirando el punto donde el coche había desaparecido. Estaba pálida como el papel.
—¿Estás bien? —preguntó Memo, acercándose con cautela.
Victoria soltó el aire que contenía y se desplomó. Sus piernas simplemente dejaron de funcionar. Memo reaccionó rápido, atrapándola antes de que golpeara el cemento.
—¡Victoria!
La cargó en brazos —pesaba menos de lo que parecía— y la llevó adentro, al sofá de la sala.
—Carlita —llamó Memo—. ¡Trae agua! ¡Y alcohol!
Carlita bajó corriendo las escaleras, con los ojos llenos de miedo, pero obedeció al instante.
Victoria estaba temblando violentamente. No estaba desmayada, pero estaba en shock. Las palabras de Teodoro daban vueltas en su cabeza: Desheredada. Lista negra. Demanda astronómica.
—Memo… —susurró, aferrándose a la camisa de él—. Tenía razón. No tengo nada. Soy… soy tóxica. Te va a demandar a ti también. Dijo que iba a venir por ti.
—Shh, tranquila —dijo Memo, sentándose en el borde del sofá y frotándole las manos heladas—. Perro que ladra no muerde. Solo estaba tratando de asustarte.
—No, tú no lo conoces. Él cumple sus amenazas. Memo, tengo que irme. No puedo dejar que te arruine. Tienes a Carlita. No puedes… no puedes perder tu casa por mi culpa.
Intentó levantarse, pero Memo la detuvo suavemente, obligándola a recostarse de nuevo.
—No te vas a ir —dijo él firmemente—. Escúchame, Victoria. ¿Crees que me da miedo un tipo con traje caro? He lidiado con el SAT, con la muerte de mi esposa y con criar a una niña solo. Teodoro Blackstone es un paseo por el parque comparado con eso.
Carlita llegó con un vaso de agua y la botella de alcohol.
—¿Está bien? —preguntó la niña, con la voz temblorosa.
—Sí, mi amor. Solo fue un susto.
Victoria tomó un sorbo de agua. Sus dientes chocaron contra el cristal. Miró a Memo y luego a Carlita.
—¿Por qué? —preguntó, y las lágrimas finalmente empezaron a correr por sus mejillas—. ¿Por qué haces esto? Me acabas de oír. Estoy en la ruina. Soy un blanco para ataques legales. Soy un problema andante. ¿Por qué no me dejaste ir con él?
Memo suspiró. Miró hacia la chimenea, hacia la foto de Sara.
—Porque cuando Sara estaba muriendo… tuvimos una plática. Una de esas pláticas que te cambian la vida. Ella estaba preocupada por mí. Sabía que yo me iba a cerrar, que me iba a volver un ermitaño amargado. Me hizo prometerle algo.
Memo tomó la mano de Victoria.
—Me dijo: “Memo, el amor no es solo lo que sentimos el uno por el otro. El amor es una acción. Si alguna vez encuentras a alguien que necesite ser salvado, sálvalo. Porque al hacerlo, te estarás salvando a ti mismo. No dejes que mi muerte sea el final de tu capacidad de dar”.
Memo se limpió una lágrima propia con el dorso de la mano.
—Durante dos años, he cumplido con mi rutina, pero no he vivido. Hasta que te encontré en esa carretera. Tú trajiste vida a esta casa, Victoria. Carlita volvió a dibujar con colores. El jardín está vivo. Yo… yo me siento vivo. Así que no me importa si Teodoro Blackstone nos demanda o si tenemos que comer frijoles un mes. No te voy a dejar sola. Estamos en esto juntos.
Victoria sollozó abiertamente. Carlita, entendiendo que el peligro había pasado y que el momento era triste pero seguro, se subió al sofá y abrazó a Victoria por el cuello.
—No llores, Vico. Mi papá es muy fuerte. Él espanta a los monstruos. Y yo tengo mi alcancía. Tengo como quinientos pesos. Si ese señor te quitó tu dinero, yo te presto el mío.
La inocencia y generosidad de la oferta rompió a Victoria y la volvió a armar en un segundo. Rió entre lágrimas, abrazando a la niña con fuerza.
—Gracias, Carlita. Quinientos pesos es una fortuna.
—Y podemos vender las plantas del jardín —sugirió Carlita—. Victoria sabe hacer que crezcan rápido. Podemos poner un puesto.
Memo sonrió, una sonrisa genuina y amplia.
—Ahí está. Ya tenemos plan de negocios. Viveros Harrison y Asociados.
Victoria se secó las lágrimas. Miró a estos dos seres humanos maravillosos que el destino le había puesto en el camino. Sintió el peso de la amenaza de Teodoro, sí. Sabía que los tiempos venideros iban a ser increíblemente difíciles. Pero por primera vez, al mirar el futuro, no veía un abismo. Veía una montaña. Y las montañas se pueden escalar.
—Viveros Harrison y Asociados —repitió ella, probando el sonido de las palabras—. Me gusta. Pero yo me encargo del marketing. Sus letreros con cartulina fluorescente son horribles.
Memo soltó una carcajada.
—Trato hecho.
Esa noche, la cena fue silenciosa pero reconfortante. Nadie mencionó a Teodoro. Nadie mencionó el dinero. Pero había una nueva energía en la casa. Una energía de trinchera. Ya no eran un anfitrión y una invitada. Eran un equipo.
Cuando Victoria subió a su cuarto, se detuvo en la ventana. Las camionetas se habían ido, pero sabía que volverían, metafóricamente.
Se sentó en el escritorio, tomó un cuaderno escolar que Carlita le había regalado y una pluma.
En la primera página escribió:
“Plan de Vida de Victoria. Día 1.”
- Conseguir un abogado (uno que no le tenga miedo a Blackstone).
- Buscar trabajo (cualquier trabajo).
- Hacer que el jardín sea el más hermoso de todo el Estado de México.
- No rendirse.
Cerró el cuaderno. Afuera, la luna brillaba sobre el jardín recién plantado. Victoria apagó la luz, y por primera vez, no tuvo pesadillas.
CAPÍTULO 6: PUERTAS CERRADAS Y VENTANAS ABIERTAS AL SOL
El lunes por la mañana llegó con la brutalidad de la vida real. La burbuja del fin de semana, con sus jardines y promesas de lealtad eterna, tuvo que enfrentarse al despertador de las 6:00 AM.
Victoria se levantó antes que nadie. Tenía una misión. Se vistió con la ropa más “profesional” que pudo armar de la caja de Sara: una blusa blanca de botones (planchada meticulosamente la noche anterior) y unos pantalones negros de vestir que le quedaban un poco cortos, pero que con unos zapatos bajos pasaban desapercibidos.
Bajó a la cocina, preparó café y dejó una nota en la mesa:
“Fui a buscar mi futuro. Regreso para la comida. Deséenme suerte. – V”
Salió de la casa respirando el aire frío de la mañana. Caminó hasta la parada del autobús, mezclándose con las filas de trabajadores que se dirigían a la Ciudad de México o a las zonas industriales de Toluca. Se sentía extraña sin su coche, sin su chofer, pero también se sentía extrañamente libre. Era una más. Un píxel en la gran imagen de la fuerza laboral mexicana.
Su primera parada fue una agencia de colocación en el centro de Toluca. Tenía su currículum impreso (gracias a la impresora de Memo) en una carpeta manila.
La recepcionista, una chica joven con uñas acrílicas larguísimas, la miró sin mucho interés.
—¿Nombre?
—Victoria Ashford.
—¿Experiencia?
—Licenciatura en Mercadotecnia por la Ibero, Maestría en Negocios en NYU. Cinco años de experiencia en gestión de marcas de lujo. Hablo inglés, francés e italiano al 100%.
La recepcionista dejó de masticar su chicle y levantó la vista.
—¿Y qué hace aquí, si se puede saber? Con ese CV debería estar dirigiendo Coca-Cola, no pidiendo chamba de asistente en Toluca.
—Digamos que… estoy en un periodo de transición. Busco algo inmediato.
La entrevista con el reclutador fue bien. Demasiado bien. El hombre estaba impresionado. Le ofreció el puesto ahí mismo: Gerente de Marca para una cadena local de mueblerías. El sueldo no era el de sus tiempos de gloria, pero era decente.
—Solo necesito hacer una verificación rápida de referencias —dijo el reclutador, tecleando en su computadora—. Es protocolo.
Victoria sintió un frío en el estómago.
—Claro.
El reclutador hizo una llamada. Luego otra. Su sonrisa se fue desvaneciendo. Frunció el ceño, miró a Victoria, miró la pantalla, y colgó el teléfono con un clic suave pero definitivo.
—Señorita Ashford… —Su tono había cambiado. Ya no era entusiasta, era cauteloso, casi asustado—. Me temo que… la posición ya ha sido cubierta.
—¿Qué? Pero me la acaba de ofrecer hace cinco minutos.
—Sí, bueno, hubo un error en el sistema. —El hombre se puso de pie, cerrando la carpeta de Victoria y empujándola hacia ella—. Lo siento. No podemos ayudarla. Por favor, retírese.
—¿Fue Teodoro, verdad? —preguntó Victoria, poniéndose de pie, sintiendo la humillación quemándole las mejillas—. ¿Aparezco en alguna lista?
—Señorita, no quiero problemas. Por favor, váyase.
Victoria salió de la oficina con la cabeza alta, pero con las piernas temblando.
Le pasó lo mismo en la segunda entrevista. Y en la tercera. En una agencia de publicidad, el director creativo fue más honesto.
—Mira, Victoria, eres brillante. Tu portafolio es increíble. Pero recibimos un correo esta mañana. Un “aviso de riesgo legal” de parte del Grupo Blackstone. Dicen que tienes demandas pendientes por robo de propiedad intelectual y fraude corporativo. Si te contratamos, nos demandan a nosotros como cómplices. Nadie en su sano juicio se va a pelear con Blackstone por una gerente de marketing. Lo siento.
Victoria terminó sentada en una banca del parque Alameda a las 2:00 PM, comiéndose una torta que le supo a ceniza.
Teodoro no había mentido. La había vetado. Era una paria corporativa.
Mientras tanto, en la casa de Memo, el ambiente también estaba tenso.
Memo estaba en su oficina casera, revisando sus correos. Tenía tres clientes principales que le daban el 80% de sus ingresos: una constructora mediana, una cadena de restaurantes y una consultora de logística.
Abrió un correo de la constructora.
“Estimado Memo: Por medio de la presente te informamos que hemos decidido mover nuestra contabilidad a un despacho más grande en Santa Fe. Agradecemos tus servicios estos años. La decisión es efectiva de inmediato.”
Memo parpadeó. ¿Qué? Llevaba cinco años con ellos. Nunca una queja.
Sonó su celular. Era el dueño de los restaurantes.
—¿Bueno? ¿Don Rogelio?
—Memo, hijo… qué pena me da esto. Pero me llamaron del banco. Me dijeron que si sigo trabajando con proveedores “de riesgo”, me van a revisar mis líneas de crédito. Y mencionaron tu nombre. No sé en qué te metiste, Memo, pero no puedo arriesgar mi negocio. Lo siento mucho.
Memo colgó el teléfono lentamente. Se quedó mirando la pantalla negra.
Teodoro no solo iba por Victoria. Iba por él. Estaba cumpliendo su amenaza de asfixiarlos económicamente.
Memo sintió el pánico subir por su garganta. Tenía ahorros, sí, pero no para aguantar meses sin ingresos. Tenía la hipoteca. La colegiatura de Carlita.
Se levantó y caminó hacia la cocina. Necesitaba agua. Necesitaba pensar.
Miró por la ventana hacia el jardín. Las rosas que habían plantado el sábado se veían vivas, vibrantes bajo el sol de la tarde.
—No me vas a ganar, hijo de tu… —murmuró Memo, apretando el puño sobre la encimera.
Victoria regresó a casa a las 5:00 PM. Entró arrastrando los pies. Memo la estaba esperando en la sala, con dos tazas de té.
Se miraron. No hizo falta decir mucho. La derrota estaba escrita en la cara de ambos.
—No conseguí nada —dijo Victoria, dejándose caer en el sofá—. Estoy en la lista negra de todo México. Hasta en una cafetería me miraron feo cuando di mi nombre.
—Perdí a dos de mis tres clientes hoy —confesó Memo, sentándose a su lado—. Blackstone tiene tentáculos muy largos.
Un silencio pesado cayó sobre la sala. Era el sonido del miedo financiero, ese monstruo que quita el sueño a millones de familias.
—Debería irme —dijo Victoria, con la voz rota—. Si me voy, él te dejará en paz. Puedo irme a otro país. De mochilera. Lavar platos en Berlín. Lo que sea.
—No —dijo Memo.
—¡Memo, por Dios! ¡Te está quitando tu sustento! ¡Es por mi culpa!
—No es por tu culpa. Es por culpa de un bully con mucho dinero. Y si te vas, gana él. —Memo tomó la mano de Victoria—. Además… Carlita ya te hizo un dibujo hoy. Si te vas, le rompes el corazón. Y eso sí que no te lo perdono.
Victoria soltó una risa triste.
—Entonces, ¿qué hacemos? Nos morimos de hambre juntos con mucha dignidad?
—No nos vamos a morir de hambre. Tenemos ingenio. Y tenemos… —Memo miró hacia el jardín a través de la ventana—. Tenemos eso.
Victoria siguió su mirada.
—¿El jardín?
—Carlita dijo algo ayer. Una de sus ideas locas. “Vender las plantas”. Al principio me reí. Pero lo estuve pensando hoy. Victoria, tú eres mercadóloga. Yo soy contador. Sabemos de negocios. Nadie nos quiere contratar, ok. Pero nadie nos puede impedir vender algo propio.
—¿Quieres vender flores? —Victoria lo miró escéptica—. Memo, hay mil puestos de flores en el mercado.
—No flores comunes. —Memo se levantó, animándose—. Mira lo que hiciste ahí afuera. Ese jardín estaba muerto y en tres días lo convertiste en un paraíso. Tienes talento para el diseño de paisaje, Victoria. No solo para plantar, sino para diseñar. La gente rica de por aquí —no los Blackstone, sino la clase media alta de los fraccionamientos nuevos— paga dinerales por tener jardines bonitos, pero no saben cómo hacerlos. Compran plantas y se les mueren.
Victoria se enderezó lentamente. Su cerebro de negocios, que había estado apagado por el pánico, empezó a girar.
—Servicio de diseño y recuperación de jardines —murmuró—. “No vendemos plantas, vendemos santuarios”.
—Exacto. Tú diseñas, tú vendes la idea. Yo hago los números, la logística y el trabajo pesado. Carlita… bueno, Carlita es la directora creativa junior.
—Podríamos empezar con los vecinos —dijo Victoria, sus ojos empezando a brillar—. La señora Marta tiene un jardín espantoso. Puras macetas de plástico rotas. Si le ofrecemos arreglarlo solo por el costo de los materiales, como portafolio…
—Y si queda bien, ella lo presume en el grupo de WhatsApp de la colonia. Y ahí empieza el boca a boca.
—Blackstone puede bloquearme en las corporaciones, pero no puede bloquearme de podar el pasto de la señora Marta.
Memo sonrió. Era una sonrisa de complicidad, de resistencia.
—¿Entonces? ¿Socios?
Victoria miró la mano extendida de Memo.
—Socios.
Las siguientes semanas fueron frenéticas.
Victoria atacó el proyecto con la misma intensidad que solía usar para lanzar campañas de perfumes de lujo. Creó volantes en la computadora de Memo (diseños minimalistas, elegantes, muy diferentes a los típicos volantes saturados de colores).
“¿Tu jardín está triste? Nosotros le devolvemos la sonrisa. Viveros Harrison & Ashford. Diseño de paisaje residencial.”
Salieron a repartir volantes, casa por casa. Victoria, con su gorra y lentes, hablaba con las amas de casa. Usaba su encanto natural, su educación refinada. No sonaba como una vendedora ambulante; sonaba como una consultora experta que te estaba haciendo un favor.
—Señora, veo que tiene azaleas. Son hermosas, pero necesitan tierra más ácida. Si me permite, le puedo preparar una mezcla especial y en una semana verán la diferencia.
La señora Marta fue su primer cliente. Aceptó el trato de “solo materiales”. Trabajaron dos días bajo el sol. Victoria diseñó un pequeño rincón zen con piedras de río, helechos y una fuente de bambú que Memo construyó con tubería de PVC pintada.
El resultado fue espectacular. La señora Marta lloró cuando lo vio.
—Nunca pensé que mi patio pudiera verse así. ¡Parece de revista!
Esa misma tarde, la señora Marta subió fotos al grupo de vecinos y a su Facebook.
El teléfono de Memo empezó a sonar.
No eran corporaciones. Eran vecinos.
—Oiga, vi el jardín de Marta. ¿Cuánto cobran por venir a ver el mío?
—Tengo una fiesta de quince años de mi hija en el jardín y el pasto está horrible. ¿Me pueden ayudar?
El negocio, increíblemente, arrancó.
No se hicieron millonarios de la noche a la mañana. Cobraban precios justos, lo suficiente para cubrir los gastos de la casa y ahorrar un poco. Pero trabajaban como burros.
Victoria aprendió a cargar bultos de tierra de 20 kilos. Sus manos se llenaron de callos. Su piel, antes pálida de oficina, tomó un tono bronceado dorado. Se le veía más saludable, más fuerte.
Y Memo… Memo no podía dejar de admirarla.
Un jueves por la tarde, estaban trabajando en el jardín de una casa grande en un fraccionamiento privado cercano. Estaban instalando un sistema de riego.
Victoria estaba arrodillada en el pasto, conectando una manguera, con el pelo revuelto y una mancha de lodo en la nariz. Se reía de algo que Memo había dicho.
Memo se detuvo, con la pala en la mano. La miró y sintió ese golpe en el pecho, ese click que solo había sentido una vez antes en su vida.
Ya no es gratitud, pensó. Ya no es compasión. Estoy enamorado de ella.
Se asustó. Enamorarse de su socia, de su huésped, de la mujer que estaba siendo perseguida por un multimillonario, era la peor idea del mundo. Pero el corazón no sabe de estrategias de riesgo.
—¿Qué me ves? —preguntó Victoria, notando su mirada fija. Se pasó la mano por la cara, embarrándose más lodo—. ¿Tengo algo en la cara?
—Sí —dijo Memo, acercándose—. Tienes… tienes un poco de todo el jardín en la cara.
Se arrodilló frente a ella. Sacó un pañuelo de su bolsillo y, con una delicadeza infinita, le limpió la mejilla.
Victoria dejó de respirar. El contacto de la mano de Memo a través de la tela del pañuelo era eléctrico. Estaban muy cerca. Podía ver las motas doradas en los ojos cafés de Memo. Podía oler su sudor, su colonia barata, y la tierra.
—Memo… —susurró ella.
—Victoria, eres… eres la mujer más valiente que he conocido.
Se quedaron así, suspendidos en el tiempo, a punto de cruzar una línea de la que no habría retorno. Los labios de Memo estaban a centímetros de los de ella. Victoria cerró los ojos, inclinándose ligeramente hacia adelante…
—¡Papá! ¡Victoria! —El grito de Carlita los separó como un disparo.
La niña venía corriendo desde la casa (la dueña la había dejado estar en la cocina viendo la tele mientras ellos trabajaban).
—¡Vengan a ver! ¡Estamos en la tele!
Memo y Victoria se pusieron de pie de un salto, sacudiéndose la tierra y la tensión sexual no resuelta.
—¿Qué?
Entraron corriendo a la cocina de la clienta. En la televisión pequeña de la cocina, estaba el noticiero local de la tarde.
El conductor, con cara seria, mostraba una foto en pantalla.
Era una foto borrosa, tomada con celular, de Victoria y Memo cargando plantas en el vivero de Xochimilco.
“…fuentes cercanas a la familia Blackstone confirman que la heredera desaparecida, Victoria Ashford, ha sido vista en compañía de un sujeto no identificado en la zona sur de la ciudad. Se teme por su seguridad. La familia ha incrementado la recompensa a un millón de pesos por información que lleve a su paradero seguro…”
—Mierda —dijo Memo.
—Un millón de pesos —susurró la dueña de la casa, que había entrado detrás de ellos. Miró a Victoria, luego a la tele, luego a Victoria otra vez. Sus ojos se abrieron con reconocimiento—. Usted… usted es ella.
El silencio en la cocina fue absoluto.
La dueña de la casa, una señora llamada Doña Lety, miró el teléfono fijo que colgaba en la pared. Un millón de pesos era mucho dinero. Pagaba hipotecas, coches, deudas.
Victoria retrocedió, chocando contra Memo.
—Vámonos —dijo Memo, agarrando la mano de Victoria y la de Carlita—. Doña Lety, por favor. No lo haga. Ya le arreglamos su jardín. Quedó precioso. No nos arruine la vida.
Doña Lety miró el teléfono, luego miró a la niña asustada aferrada a la pierna de su padre. Suspiró.
—Váyanse. Tienen cinco minutos antes de que me arrepienta o de que mi marido llegue y él sí llame. ¡Corran!
Salieron disparados. Subieron al coche, dejando las herramientas, las palas, todo tirado en el jardín de la clienta.
Memo arrancó el Nissan quemando llanta.
—¿A dónde vamos? —preguntó Victoria, abrazando a Carlita en el asiento trasero—. Ya no podemos volver a tu casa. Van a estar esperándonos. Esa foto es de hace días, pero el reporte es de hoy.
—Tienes razón. La casa está quemada. —Memo manejaba con los nudillos blancos, mirando los espejos retrovisores compulsivamente—. Tenemos que ir a un lugar donde no nos busquen. Un lugar donde el dinero de Blackstone no llegue tan fácil.
—¿Existe ese lugar?
—Espero que sí. —Memo tomó una salida repentina hacia la carretera federal a Puebla—. Vamos con mi tía Chela. Vive en un pueblo en la sierra de Puebla. No tiene internet, apenas tiene señal de celular, y odia a los ricos más que a nada en el mundo. Si hay un lugar seguro, es allá.
—Papá, ¿y la escuela? —preguntó Carlita, llorando.
—Son vacaciones adelantadas, mi amor. Una aventura.
Victoria miró por la ventana trasera. La ciudad se alejaba. Su vida en el fraccionamiento, el jardín que empezaban a construir, su pequeño negocio… todo se quedaba atrás otra vez.
Pero esta vez no huía sola. Miró a Memo, concentrado en la carretera, protegiéndolas como un león. Miró a Carlita, que se había quedado dormida con la cabeza en su regazo.
Puso su mano sobre el hombro de Memo. Él la cubrió con la suya un segundo, sin dejar de mirar al frente.
—Vamos a estar bien —dijo él, aunque sonaba más a una plegaria que a una certeza.
Mientras el coche se internaba en la oscuridad de la carretera, Victoria supo que la verdadera prueba apenas comenzaba. Teodoro había subido la apuesta. Un millón de pesos convertía a cada persona en la calle en un enemigo potencial.
Pero en ese coche viejo, oliendo a tierra y a miedo, había más amor del que Teodoro Blackstone conocería en cien vidas. Y eso tenía que valer algo.
CAPÍTULO 7: BAJO EL CIELO DE LA SIERRA Y EL FLORECER DE UN AMOR
El Nissan Sentra devoró kilómetros de asfalto durante horas. Dejaron atrás la mancha urbana de la Ciudad de México, cruzaron los valles de Puebla y comenzaron a ascender hacia la Sierra Norte. El paisaje cambió drásticamente: de edificios grises y fábricas a bosques de pinos envueltos en neblina, barrancas profundas y pueblos colgados de las laderas como nacimientos navideños.
Memo manejaba en silencio, con los ojos fijos en las curvas cerradas. Victoria, en el asiento del copiloto (Carlita dormía profundamente atrás), miraba por la ventana. La neblina era tan densa que por momentos parecía que conducían hacia el interior de una nube.
—¿Tu tía sabe que vamos? —preguntó Victoria en un susurro, para no despertar a la niña.
—No —admitió Memo—. No tiene teléfono fijo y la señal de celular allá arriba es un milagro. Llegaremos de sorpresa. Pero la Tía Chela… ella siempre sabe cuando alguien viene. Es medio bruja, en el buen sentido.
Llegaron a Zacatlán de las Manzanas ya entrada la noche, pero no se detuvieron en el pueblo mágico. Siguieron por un camino de terracería que se adentraba en el monte. El coche rebotaba en los baches, las ramas de los árboles arañaban las puertas.
Finalmente, las luces del coche iluminaron una cabaña de madera y adobe, con techo de teja y humo saliendo de una chimenea.
—Llegamos —dijo Memo, apagando el motor.
El silencio de la sierra era absoluto, denso, solo roto por el canto de los grillos y el viento entre los árboles.
La puerta de la cabaña se abrió antes de que Memo pudiera tocar. Una mujer pequeña, de unos setenta años, con trenzas largas y grises y un rebozo color vino, salió al porche con una lámpara de aceite en la mano.
—Ya se habían tardado, muchacho —dijo la Tía Chela, con una voz rasposa pero cálida—. Puse los frijoles hace una hora.
Memo sonrió, bajando del coche y estirando las piernas entumecidas.
—Hola, tía. Perdón por caer así, sin avisar.
—Las malas noticias y la familia nunca avisan —dijo ella, acercándose para abrazarlo. Luego miró hacia el coche, donde Victoria estaba ayudando a bajar a una Carlita adormilada—. ¿Y quién es la güera que traes ahí? ¿Y por qué se ve como si la viniera persiguiendo el diablo?
—Es una historia larga, tía.
—Tengo tiempo. Y mezcal. Pásenle.
La cabaña de la Tía Chela era un refugio fuera del tiempo. No había electricidad (usaban lámparas de gas y velas), pero había un calor humano que se te metía en los huesos. La cocina era el corazón de la casa, con un fogón de leña que nunca se apagaba.
Mientras cenaban frijoles de la olla con epazote y tortillas hechas a mano, Memo le contó todo. No omitió nada: la boda fugada, la tormenta, Teodoro, la demanda, el millón de pesos.
La Tía Chela escuchó en silencio, partiendo trozos de queso fresco. Sus ojos negros, agudos como los de un águila, no se apartaban de Victoria.
Cuando Memo terminó, la anciana se sirvió un caballito de mezcal y se lo tomó de un trago sin hacer gestos.
—Así que te escapaste de una jaula de oro —dijo Chela, mirando a Victoria—. Bien hecho. Los pájaros no nacieron para vivir en jaulas, aunque los barrotes sean de diamantes.
—Tengo miedo de haberles traído problemas —dijo Victoria—. Si nos encuentran aquí…
—Aquí no entra nadie que yo no quiera —dijo Chela con firmeza—. El monte tiene sus propios ojos y oídos. Si alguien extraño sube por el camino, los perros ladran desde dos kilómetros abajo. Y si es ese tal Teodoro… bueno, tengo una escopeta vieja que todavía truena bonito.
—No queremos violencia, tía —dijo Memo.
—Nadie quiere violencia, mijo. Pero a veces la violencia te busca a ti y hay que saber contestar. —Chela se levantó—. Ya es tarde. La niña se está durmiendo en el plato. Hay catres limpios en el cuarto de atrás. Descansen. Mañana veremos qué nos dice el día.
Los días en la sierra pasaron con una lentitud sanadora. Sin televisión, sin internet, sin la presión constante de la huida, el tiempo se estiraba.
Victoria se adaptó a la vida rural con una facilidad que sorprendió a todos, incluso a ella misma. Se levantaba al amanecer para ayudar a Chela a ordeñar a la única vaca que tenía, “La Pinta”. Aprendió a moler maíz en el metate, a recoger leña, a diferenciar los hongos comestibles de los venenosos.
Carlita era feliz. Corría libre por el bosque, perseguía a las gallinas, se ensuciaba de lodo de pies a cabeza. Había recuperado la risa sonora que había perdido con la muerte de su madre.
Y Memo y Victoria…
Vivían en una especie de luna de miel no declarada. Trabajaban juntos reparando el techo de la cabaña, cortando leña, cargando agua del pozo.
Una tarde, una semana después de haber llegado, estalló una tormenta eléctrica típica de la montaña. La lluvia caía a cántaros, golpeando el techo de teja con furia.
Tía Chela se había llevado a Carlita a dormir temprano en el cuarto del fondo, dejándolos solos en la sala principal, frente a la chimenea encendida.
Estaban sentados en un tapete de lana, pelando habas para la comida del día siguiente. El fuego proyectaba sombras danzantes en las paredes de adobe.
—Te ves diferente —dijo Memo de repente, rompiendo el silencio cómodo.
Victoria levantó la vista. Llevaba el pelo suelto, la cara lavada, y una camisa de franela de cuadros que Chela le había prestado.
—¿Diferente mal? ¿Diferente “campesina frustrada”?
—No —Memo sonrió, dejando las habas a un lado—. Diferente… real. Como si te hubieran quitado una capa de pintura brillante y ahora se viera la madera buena de abajo. Te ves hermosa, Victoria. Más hermosa que el día que te vi vestida de novia.
Victoria sintió que el rubor le subía a las mejillas, y no era por el calor del fuego.
—Tú también te ves diferente, Memo. Ya no tienes esa sombra en los ojos. La sombra de Sara.
Memo miró el fuego.
—La extraño. Siempre la voy a extrañar. Pero… ya no me duele recordarla. Gracias a ti. Tú me enseñaste que se puede amar de nuevo sin traicionar el pasado. Que el corazón no es un cuarto con cupo limitado, sino una casa que siempre se puede ampliar.
Victoria dejó de pelar habas. Se limpió las manos en el delantal.
—Memo… tengo miedo de preguntar esto, pero… ¿qué somos? ¿Qué es esto?
Memo se giró hacia ella. La luz del fuego iluminaba la mitad de su rostro, dándole un aire de misterio y fuerza.
—Somos dos náufragos que se encontraron en la misma isla —dijo suavemente—. Pero yo ya no quiero que me rescaten. Quiero quedarme en la isla contigo.
Se acercó a ella. Esta vez no hubo interrupciones. No hubo gritos de Carlita, ni noticias en la televisión. Solo el sonido de la lluvia y el crepitar de la leña.
Memo le acarició la mejilla con el dorso de la mano. Victoria cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia su tacto, suspirando.
—Victoria… te amo.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas y absolutas.
Victoria abrió los ojos. Brillaban con lágrimas contenidas.
—Yo también te amo, Memo. Te amo desde que me diste esa cobija de Bugs Bunny. Te amo porque eres bueno, porque eres real. Y porque me ves. Realmente me ves.
Memo se inclinó y la besó.
Fue un beso suave al principio, tentativo, probando el terreno. Sabía a mezcal y a humo de leña. Pero pronto se profundizó, convirtiéndose en algo urgente, desesperado. Era el beso de dos personas que han estado conteniendo la respiración durante meses y finalmente salen a la superficie.
Memo la rodeó con sus brazos, atrayéndola hacia él. Victoria se aferró a sus hombros, sintiendo la solidez de su cuerpo, la fuerza de sus músculos endurecidos por el trabajo.
Hicieron el amor allí mismo, frente a la chimenea, sobre el tapete de lana y cobijas gruesas. Fue un acto lento, reverente. No hubo la prisa nerviosa de los primeros encuentros adolescentes, ni la frialdad técnica que Victoria había experimentado con Teodoro. Hubo ternura. Hubo risas susurradas cuando chocaron las narices. Hubo lágrimas cuando Memo besó las cicatrices invisibles de su alma.
Afuera, la tormenta rugía, pero dentro de ese círculo de luz de fuego, el mundo era perfecto.
—No te voy a dejar ir —susurró Memo después, mientras yacían abrazados bajo una manta, viendo las brasas morir—. Pase lo que pase con Teodoro, no te voy a dejar ir.
—Y yo no me quiero ir —respondió Victoria, trazando con un dedo la línea de su mandíbula—. Esta es mi vida ahora. Tú, Carlita, este fuego. No necesito nada más.
A la mañana siguiente, el sol brilló con una intensidad renovada sobre la sierra mojada. Todo olía a pino y tierra fresca.
Victoria salió al porche estirándose, sintiéndose renacida. Vio a Memo cortando leña en el patio, sin camisa, sudando bajo el sol frío de la montaña. Se quedó mirándolo un momento, admirando la belleza simple de ese hombre que era suyo.
Tía Chela salió con dos tazas de café. Se paró junto a Victoria y miró a Memo también.
—Se ve feliz el muchacho —dijo la anciana—. Hacía años que no lo veía así. Tienes buena mano para sanar corazones, niña.
—Él sanó el mío primero, tía.
Chela tomó un sorbo de su café y miró hacia el camino que bajaba al pueblo. Su expresión se ensombreció de repente. Entrecerró los ojos, como si viera algo que los demás no podían.
—Disfruta esta paz, mija —dijo con voz grave—. Porque el viento está cambiando. Siento… siento frío que viene de abajo.
—¿Frío? Pero si hay sol.
—No frío de clima. Frío de gente mala. —Chela se giró hacia Victoria y le puso una mano huesuda en el brazo—. Prepárate. Lo que dejaste atrás te está alcanzando.
El estómago de Victoria dio un vuelco.
—¿Crees que saben dónde estamos?
—El dinero tiene olfato de sabueso. Y el odio también.
Esa tarde, Memo bajó al pueblo en el coche para comprar víveres y hacer una llamada rápida desde la única caseta telefónica para tranquilizar a Doña Carmen (la abuela de Carlita) y decirle que estaban bien, sin dar detalles de su ubicación.
Regresó dos horas después. Venía pálido, manejando rápido.
Se bajó del coche y corrió hacia la cabaña.
—¡Tía! ¡Victoria!
Salieron a su encuentro.
—¿Qué pasó? —preguntó Victoria, sintiendo que el pánico regresaba.
—En el pueblo… vi a un tipo preguntando. Enseñaba una foto. No era la foto del noticiero, era una foto nueva. Una foto de la cámara de seguridad de la gasolinera donde paramos anoche antes de subir.
—¿Te vio?
—No, creo que no. Me escondí. Pero están cerca. Están peinando la zona. Teodoro debió contratar a una agencia de seguridad privada de alto nivel. Tienen rastreadores.
—Tenemos que irnos —dijo Victoria—. Subir más a la sierra. Escondernos en el monte.
—No —dijo Chela, saliendo con su escopeta vieja en la mano. La limpiaba con un trapo aceitoso—. Ya no pueden correr más. Si suben más, se quedan sin caminos y los acorralan. Aquí tenemos ventaja. Conozco este terreno. Ellos no.
—Tía, son peligrosos —dijo Memo—. No voy a ponerte en riesgo a ti ni a Carlita.
—Carlita se va a ir con Don Goyo, el vecino de arriba. Él tiene una cueva en su terreno donde guarda el ganado. Ahí estará segura. Pero ustedes… ustedes tienen que decidir si siguen corriendo o si se plantan.
Memo miró a Victoria.
—Ya me cansé de correr, Memo —dijo ella. Su voz temblaba un poco, pero sus ojos estaban fijos—. Ya me cansé de tener miedo. Esta es nuestra vida. Y nadie, ni Teodoro Blackstone ni nadie, tiene derecho a quitárnosla.
—Entonces nos quedamos —dijo Memo—. Y los esperamos.
Prepararon la defensa. No era una defensa militar, era una defensa de ingenio. Memo atravesó el coche en la parte más estrecha del camino de subida para bloquear el paso de vehículos. Chela preparó “sorpresas” en el sendero (tablas con clavos, cuerdas tensadas). Victoria llenó botellas con una mezcla de aceite y chile en polvo (“Gas pimienta casero”, dijo).
Pasaron la noche en vela, haciendo guardias por turnos.
Al amanecer del tercer día, los perros empezaron a ladrar. No el ladrido de “hay una ardilla”, sino el ladrido frenético y profundo de “hay intrusos”.
Memo miró por la ventana con unos binoculares viejos.
—Ahí vienen —dijo—. Dos camionetas. Están paradas en el bloqueo del coche. Están bajando a pie.
Victoria contó las figuras.
—Son seis. Teodoro y cinco gorilas.
Memo tomó un hacha de leñador. Chela cargó su escopeta con cartuchos de sal (“Para que les arda el culo pero no se mueran”, aclaró). Victoria agarró un palo grueso y sus botellas de chile.
—¿Lista? —preguntó Memo, tomándola de la mano un segundo.
—Lista.
—Recuerda: no somos víctimas. Somos los dueños de esta casa.
Salieron al porche. El sol de la mañana iluminaba la escena como un escenario de película del oeste.
Teodoro venía subiendo la cuesta, resoplando por el esfuerzo, con su traje impecable ahora lleno de polvo y abrojos. Se veía furioso, sudado y fuera de lugar. Al verlos parados en el porche, se detuvo y sonrió con esa arrogancia que ni el cansancio podía borrar.
—¡Vaya, vaya! —gritó—. ¡El retiro espiritual se acabó!
—¡Lárgate de mi tierra! —gritó Chela, apuntándole con la escopeta—. ¡Aquí no eres bienvenido, catrín!
Teodoro ignoró a la anciana. Sus ojos se clavaron en Victoria.
—Victoria, mi amor. Qué difícil me lo has puesto. Pero tengo que admitir que la cacería ha sido… estimulante. Ahora, baja de ahí y vámonos. El juego terminó.
—El juego terminó para ti, Theo —dijo Victoria. Dio un paso adelante, saliendo de la sombra del porche hacia la luz—. Mírame. ¿Ves a la mujer que temblaba en la iglesia? Ya no existe. La mataste con tu indiferencia y yo la enterré aquí en la sierra. La mujer que ves ahora no te tiene miedo. Y no va a ir a ningún lado contigo.
—¿Ah, no? —Teodoro hizo una señal a sus hombres—. Muchachos, suban por ella. Al tipo… denle una lección que no olvide, pero no lo maten. No quiero tanto papeleo. A la vieja… quítenle el juguete.
Los cinco hombres de negro empezaron a subir la cuesta, sacando macanas retráctiles.
—¡Ahora! —gritó Memo.
Y el infierno se desató en la sierra poblana.
CAPÍTULO 8: LA COSECHA DE LA VALENTÍA Y UN JARDÍN PARA SIEMPRE
El aire de la Sierra Norte de Puebla, usualmente impregnado de olor a pino y tierra húmeda, se llenó de gritos y caos.
Los cinco hombres de seguridad de Teodoro Blackstone subían la cuesta con la confianza de quienes están acostumbrados a intimidar. Eran profesionales, exmilitares o expolicías, entrenados para someter. Pero cometieron un error táctico fundamental: subestimaron el terreno y subestimaron la desesperación de una familia que defiende su hogar.
—¡Ahora, Tía! —gritó Memo.
La Tía Chela, con una puntería que desmentía sus setenta años y sus cataratas incipientes, disparó la escopeta. El estruendo retumbó en el valle como un trueno seco. La carga de sal de grano impactó en el suelo, justo a los pies de los dos guardias delanteros, levantando una nube de tierra y piedras que les picó las piernas a través de los pantalones tácticos.
—¡Ah, maldita vieja! —gritó uno, saltando hacia atrás.
Ese salto fue su perdición. Su bota aterrizó en una de las trampas de Chela: una tabla enterrada bajo hojas secas que, al pisarse, liberaba una cuerda tensada entre dos árboles. La cuerda se levantó de golpe a la altura de las espinillas.
El guardia tropezó y cayó de boca contra el suelo pedregoso, rodando cuesta abajo un par de metros hasta chocar con un tronco.
—¡Uno menos! —contó Victoria.
Los otros cuatro, más cautelosos ahora, se separaron. Dos intentaron flanquear la cabaña por la izquierda, donde estaba el gallinero, y dos siguieron de frente hacia el porche.
—Yo me encargo de los de la izquierda —dijo Memo, empuñando el hacha de leñador. No planeaba usar el filo, sino el mango y el peso del metal para intimidar. Corrió hacia el costado de la casa, aprovechando su conocimiento del terreno irregular.
Victoria se quedó en el porche con sus botellas de “gas pimienta” casero. Vio a Teodoro, que se había quedado atrás, observando la escena con impaciencia, como un director de cine frustrado con sus actores.
—¡Suban, inútiles! —gritaba Teodoro—. ¡Es una vieja y una mujer! ¡Agárrenlas!
Uno de los guardias llegó al pie de las escaleras del porche. Era enorme, una montaña de músculos con una cicatriz en la ceja. Sonrió al ver a Victoria armada solo con una botella de plástico.
—Quieta, muñeca. No querrás lastimarte esa cara bonita.
Victoria no dudó. Destapó la botella y, con un movimiento rápido de muñeca que había practicado mil veces regando plantas delicadas, arrojó el líquido directo a los ojos del hombre.
La mezcla de aceite de cocina, habanero molido y pimienta de cayena era napalm líquido.
El hombre aulló, llevándose las manos a la cara, ciego y ahogándose por la inhalación del polvo picante. Cayó de rodillas, tosiendo y maldiciendo.
—¡Mis ojos! ¡Me quema!
—Te dije que no te acercaras —dijo Victoria, con la respiración agitada pero firme.
Mientras tanto, en el lado izquierdo, Memo luchaba cuerpo a cuerpo con uno de los guardias. El otro intentaba rodearlo. Memo usó el mango del hacha para bloquear un golpe de macana y respondió con un empujón que mandó al guardia contra la cerca de madera del gallinero. La madera podrida cedió, y el hombre cayó dentro, provocando un escándalo de plumas y cacareos histéricos.
El segundo guardia se abalanzó sobre Memo por la espalda. Memo lo sintió y se agachó, haciendo que el hombre chocara contra el aire. Memo le hizo una zancadilla y el tipo cayó al lodo.
Pero eran demasiados. El guardia que había caído en el gallinero se levantó, furioso y cubierto de excremento de gallina. Sacó una pistola taser.
—¡Ya me cansé! —gritó, disparando los dardos eléctricos.
Memo rodó por el suelo para esquivarlos, pero uno le rozó la pierna. Sintió la descarga, un latigazo de dolor que le entumió el muslo. Cayó al suelo.
—¡Memo! —gritó Victoria desde el porche.
Teodoro vio su oportunidad. Mientras sus hombres distraían a Memo y a Chela (que estaba recargando su escopeta con una lentitud exasperante), él subió corriendo los escalones del porche. Agarró a Victoria por el brazo con una fuerza brutal.
—¡Se acabó el show! —siseó Teodoro, con la cara descompuesta por la ira—. ¡Nos vamos!
—¡Suéltame! —Victoria luchó, clavándole las uñas en la mano, pateándole las espinillas.
—¡Eres mía! —gritó él, arrastrándola hacia las escaleras—. ¡Siempre has sido mía!
En ese momento, se escuchó un sonido que nadie esperaba.
No fue un disparo. No fue un grito.
Fue el sonido de sirenas. Muchas sirenas.
Y no sirenas de policía local. Sirenas graves, potentes. Y el ruido inconfundible de un helicóptero acercándose por el valle.
Todos se congelaron. Los guardias dejaron de pelear. Teodoro miró hacia el cielo.
Un helicóptero blanco y azul con el logotipo de la Guardia Nacional apareció sobre la copa de los árboles, levantando un vendaval que hizo volar el sombrero de Tía Chela.
Por el camino de terracería, detrás de las camionetas de Teodoro, aparecieron tres patrullas de la Policía Estatal y un vehículo sin rotular del que bajaron hombres de traje.
—¿Qué demonios…? —murmuró Teodoro, soltando el brazo de Victoria por la sorpresa.
Del vehículo sin rotular bajó un hombre canoso, con lentes y un portafolio. Detrás de él, bajó alguien que Victoria reconoció al instante, aunque hacía meses que no la veía.
—¡Mamá! —exclamó Victoria.
Su madre, Doña Elena Ashford, venía vestida con un traje sastre impecable (aunque inadecuado para la montaña) y tenis deportivos. Se veía pálida, preocupada y… furiosa.
El hombre del portafolio tomó un megáfono.
—¡Teodoro Blackstone! —su voz amplificada resonó en la montaña—. ¡Soy el Licenciado Méndez, representante legal de la familia Ashford! ¡Tiene una orden de restricción federal en su contra! ¡Aléjese de la señorita Victoria inmediatamente!
Teodoro se quedó paralizado. Miró a Victoria, luego a su “suegra”, luego al helicóptero.
—¿Elena? —gritó Teodoro, tratando de recuperar la compostura—. ¡Vine a rescatarla! ¡Estos salvajes la tienen secuestrada!
Doña Elena subió la cuesta con una energía sorprendente. Pasó junto a los guardias de Teodoro como si fueran basura. Llegó al porche.
Miró a Victoria. Vio la ropa humilde, el pelo revuelto, el miedo en sus ojos… y la valentía.
Luego miró a Teodoro y le soltó una bofetada que resonó más fuerte que el disparo de la escopeta.
—¡Cállate, imbécil! —gritó Doña Elena—. ¡Nadie toca a mi hija!
—Pero… tú me dijiste… —balbuceó Teodoro.
—¡Yo te dije que la trajeras a casa, no que la cazaras como a un animal! —Elena estaba temblando de rabia—. Vi los videos, Teodoro. El detective privado que contraté para vigilarte me mandó todo. Vi cómo amenazaste a su amigo en la ciudad. Vi cómo bloqueaste sus empleos. ¡Eres un monstruo!
Teodoro se tocó la mejilla roja. Su máscara se rompió por completo.
—¡Ella me humilló! —rugió—. ¡Me debe millones!
—¡No te debe nada! —intervino el Licenciado Méndez, subiendo también—. Y le informo, señor Blackstone, que la Unidad de Inteligencia Financiera está muy interesada en sus “negocios” con las empresas fantasma que usó para intentar comprar las acciones de los Ashford a precio de remate aprovechando el escándalo. Tienen órdenes de aprehensión por fraude y lavado de dinero.
La cara de Teodoro pasó del rojo al blanco papel en un segundo.
—Eso es mentira…
Los agentes de la Guardia Nacional subieron y rodearon a Teodoro y a sus hombres.
—Señor Blackstone, acompáñenos —dijo un oficial.
Mientras se llevaban a Teodoro esposado, gritando amenazas legales que ya sonaban vacías, Victoria se quedó parada en el porche, temblando por la descarga de adrenalina.
Sintió unos brazos rodearla por la espalda. Era Memo. Cojeaba un poco, tenía la ropa sucia y un golpe en el pómulo, pero estaba entero.
—¿Estás bien? —preguntó él al oído.
—Sí —susurró ella, recargándose en él—. Estamos bien.
Doña Elena se acercó a ellos. Miró a Memo con desconfianza, escaneándolo de arriba abajo: la ropa de trabajo, el hacha en la mano (que ya había bajado), la sangre en la pierna. Luego miró a su hija, abrazada a ese hombre extraño como si fuera su salvavidas.
—Victoria —dijo Elena, con voz suave, algo raro en ella—. Hija.
Victoria se separó un poco de Memo, pero no le soltó la mano.
—Mamá.
—Te busqué por todas partes. Pensé… pensé que te habías ido del país. Cuando me enteré de que este lunático te tenía acorralada… —Se le quebró la voz—. Perdóname.
Victoria miró a su madre. Vio a una mujer que siempre había puesto el “qué dirán” por encima de todo, pero que al final, cuando las papas quemaban, había venido a la montaña con tenis y la Guardia Nacional.
—Teodoro me dijo que me habías desheredado —dijo Victoria.
—¡Jamás! —exclamó Elena—. Eso fue un invento de él para asustarte y aislarte. Tu padre estaba furioso, sí, pero… eres nuestra única hija. Jamás te dejaríamos en la calle.
—Entonces… ¿puedo volver a casa?
Elena abrió los brazos.
—Por supuesto. El coche está abajo. Vámonos. Olvida esta pesadilla. Te compraremos ropa nueva, descansarás en la casa de campo…
Victoria miró a su madre. Luego miró la cabaña de adobe. Miró a la Tía Chela, que estaba guardando la escopeta. Miró el jardín silvestre donde Carlita (que acababa de salir de su escondite con Don Goyo) corría hacia Memo gritando “¡Papá!”.
Y finalmente, miró a Memo.
Vio el amor en sus ojos. Un amor que no pedía nada, que no exigía que fuera perfecta, que había sangrado por ella.
Victoria apretó la mano de Memo y se giró hacia su madre.
—Gracias, mamá. Gracias por venir y por salvarme de Teodoro. De verdad. Pero… no voy a volver.
Elena se quedó helada.
—¿Qué? Pero Victoria, mira este lugar. No tienes nada aquí.
—Tengo todo aquí —corrigió Victoria—. Tengo un hombre que me ama por quien soy, no por mi apellido. Tengo una niña que me enseña a ver estrellas en la oscuridad. Y tengo… tengo un jardín que plantar.
—Pero… ¿de qué vas a vivir?
Victoria sonrió.
—De mi trabajo. Memo y yo somos socios. Tenemos un negocio de diseño de paisajes. Y somos muy buenos.
Elena miró a su hija como si fuera una extraterrestre. Pero luego, vio la firmeza en su mandíbula. La misma firmeza que tenía su abuela (la del jardín de Cuernavaca).
Suspiró, derrotada pero, extrañamente, orgullosa.
—Eres igual de terca que tu abuela.
—Lo tomo como un cumplido.
—Está bien —dijo Elena, sacando un pañuelo de seda para secarse una lágrima—. Pero por favor… al menos déjame mandarte dinero para que arregles el techo de esta… cabaña. Y ropa decente.
Victoria rió y abrazó a su madre.
—Negociemos eso después. Ahora, ¿te quedas a comer frijoles? Tía Chela hace los mejores del mundo.
EPÍLOGO: DOS AÑOS DESPUÉS
El sol de primavera caía sobre el jardín de la casa de Memo en el Estado de México, pero ya no era el mismo jardín triste de antes.
Era un espectáculo.
Había arcos cubiertos de jazmines y bugambilias que formaban túneles aromáticos. Había un estanque con peces koi (idea de Carlita) rodeado de papiros. Había un huerto orgánico al fondo donde crecían los tomates más rojos del vecindario.
En la entrada de la casa, un letrero de madera tallada a mano y pintado con letras elegantes decía:
“HARRISON & ASHFORD: DISEÑO DE PAISAJE Y VIDA”
Una camioneta pickup blanca, rotulada con el mismo logo, se estacionó frente a la casa. De ella bajó Memo, más bronceado, más fuerte, con una sonrisa fácil. Bajó varias charolas de plantas.
—¡Llegué! —gritó.
La puerta de la casa se abrió. Victoria salió. Llevaba unos overoles de mezclilla manchados de tierra, el pelo recogido en un chongo desordenado y unas botas de trabajo. Se veía radiante.
—¡Justo a tiempo! —dijo ella, acercándose para darle un beso rápido en los labios—. La señora Marta ya me llamó tres veces, quiere que sus hortensias sean azules este año, no rosas.
—Pues habrá que cambiarle el pH a la tierra —dijo Memo, abrazándola por la cintura—. Oye, ¿y el monstruo?
—Adentro, terminando su tarea. Y… adivina qué.
—¿Qué?
—Nos llamaron del Club de Golf “Los Encinos”. Quieren que rediseñemos la entrada principal. Es un contrato enorme, Memo.
Memo soltó un silbido.
—¿Los Encinos? Eso es ligas mayores.
—Lo sé. Y todo gracias a que a la esposa del dueño le encantó el jardín que le hicimos a tu tía Chela el mes pasado.
—Te dije que mi tía tenía buenas conexiones —rió Memo.
En ese momento, Carlita salió corriendo de la casa. Ya tenía diez años. Estaba más alta, le faltaba un diente, y llevaba las manos llenas de pintura.
—¡Papá! ¡Mamá Vico! —gritó.
El término “Mamá Vico” había surgido naturalmente hacía unos seis meses. Al principio Victoria se había asustado, pero Carlita se lo había explicado con su lógica aplastante: “Tengo a mi mamá Sara en el cielo y a mi mamá Vico en la tierra. Tengo suerte, tengo dos.”
—¡Miren! —Carlita les enseñó un dibujo—. Es el logo nuevo para la camioneta. Le puse una abeja, porque las abejas trabajan mucho como ustedes.
—Está increíble, bichito —dijo Memo, despeinándola.
Se sentaron los tres en el porche, en el mismo lugar donde dos años atrás habían visto llegar las camionetas negras del miedo. Ahora solo veían flores, abejas zumbando y vecinos pasando que los saludaban con cariño.
—¿Te arrepientes? —le preguntó Memo a Victoria en un susurro, mientras Carlita corría a perseguir a la perra que habían adoptado (una callejera llamada “Suerte”).
Victoria miró sus manos. Tenía tierra bajo las uñas. Tenía un callo en el dedo índice de usar las tijeras de podar. No tenía el anillo de diamante de cinco quilates de Teodoro. Tenía una alianza sencilla de oro que Memo le había dado el día de su boda civil, hacía un año.
Miró la casa, que seguía siendo pequeña pero ahora estaba llena de luz y vida. Miró a su marido y a su hija.
—¿Arrepentirme? —Victoria sonrió, recargando la cabeza en el hombro de Memo—. Memo, yo era una semilla que estaba guardada en un cajón de terciopelo. Estaba segura, sí, pero estaba seca. Tú me plantaste en la tierra. Me diste agua, sol y tormentas. Y por fin florecí.
Memo le besó la frente.
—Y eres la flor más bonita de todo mi jardín.
—Ay, qué cursi eres —rió ella.
—Así me quieres.
—Así te quiero.
El sol se puso, pintando el cielo de naranja y violeta. Y en esa casa del Estado de México, rodeados de rosas amarillas (alegría) y rosas fucsias (gratitud), Memo, Victoria y Carlita supieron que los cuentos de hadas sí existen. Solo que no terminan en castillos, sino en hogares construidos con esfuerzo, valentía y mucho, mucho amor.
FIN