EL MULTIMILLONARIO CEO QUEDÓ PARALIZADO AL VER QUE LA PEQUEÑA NIÑA EN LA GUARDERÍA TENÍA LA MISMA MARCA DE NACIMIENTO QUE ÉL EN EL CUELLO, PERO CUANDO INVESTIGÓ A LA MADRE Y DESCUBRIÓ QUE ERA LA ABOGADA QUE TRABAJABA EN SU PROPIO EDIFICIO, UN SECRETO DE HACE SEIS AÑOS SALIÓ A LA LUZ, DESTROZANDO SU MUNDO PERFECTO Y OBLIGÁNDOLO A ENFRENTARSE A UNA VERDAD QUE CAMBIARÍA SUS VIDAS PARA SIEMPRE: ¿ERA ESA NIÑA SU SANGRE O SOLO UNA CRUEL COINCIDENCIA DEL DESTINO QUE AMENAZABA CON DESTRUIRLO TODO?

PARTE 1 – CAPÍTULO 1: Ecos en el Piso Cuarenta

Santa Fe, Ciudad de México. 4:15 PM.

El aire acondicionado en la sala de juntas “Ejecutiva A” zumbaba con un siseo casi imperceptible, diseñado para mantener a los ocupantes en un estado de alerta fría y estéril. Sin embargo, para Ethan, sentado a la cabecera de la inmensa mesa de caoba importada, el aire se sentía denso, casi irrespirable, como si estuviera atrapado dentro de un submarino a punto de colapsar por la presión.

Desde su posición, a través de los ventanales de piso a techo que costaban más que la mayoría de las casas en la ciudad, se podía ver el panorama gris y majestuoso de la Ciudad de México. Los rascacielos de Santa Fe brillaban bajo el sol de la tarde, y a lo lejos, la bruma del esmog desdibujaba los volcanes. Era una vista que solía llenarlo de orgullo, una confirmación visual de que estaba en la cima del mundo. Pero hoy, esa vista solo le provocaba náuseas.

Ethan mantuvo su rostro en esa máscara de indiferencia estoica que había perfeccionado durante años de negociaciones hostiles y crisis corporativas. Sus manos estaban entrelazadas sobre la superficie pulida de la mesa, quietas, perfectas. Pero debajo del escritorio, su pierna derecha rebotaba con un ritmo frenético, un espasmo nervioso que no podía controlar.

—Y como pueden ver en la diapositiva siete —decía la voz monótona de Ricardo, el director de Finanzas—, la proyección para el tercer trimestre en el sector de logística muestra un repunte del doce por ciento, siempre y cuando el tipo de cambio se mantenga estable…

Las palabras flotaban en el aire, vacías de significado. Proyección. Trimestre. Logística. Ethan escuchaba los sonidos, pero su cerebro se negaba a procesarlos. Su mente, traicionera y obsesiva, estaba anclada en un momento que había ocurrido hacía apenas tres horas, en el pasillo del piso doce.

Había bajado a supervisar una remodelación menor en el área de Recursos Humanos. Fue un desvío rutinario. Y ahí fue donde la vio.

No era más que una niña. Cinco años, tal vez seis. Llevaba el uniforme de la guardería corporativa que la empresa subsidiaba: una faldita azul marino y una playera blanca tipo polo. Estaba parada junto a la maceta de una planta artificial, intentando atarse un zapato con la torpeza encantadora de la infancia.

Ethan había pasado a su lado, con su séquito de asistentes y gerentes detrás. Pero algo lo hizo detenerse. La niña había levantado la vista.

Y el tiempo se detuvo.

Eran esos ojos. Color miel, profundos, con motas doradas alrededor de la pupila. Unos ojos que él veía cada mañana en el espejo mientras se afeitaba. Pero no fue solo eso. Cuando la niña giró la cabeza para mirar a una maestra que la llamaba, el cuello de su camisa se movió ligeramente.

Ahí estaba.

En el lado derecho del cuello, justo debajo de la línea de la mandíbula. Una marca de nacimiento. No era un simple lunar. Era una mancha irregular, de un tono café con leche, con una forma extrañamente específica que parecía una pequeña isla o una mancha de tinta derramada.

Ethan sintió un escalofrío fantasma recorrer su propio cuello, en el lugar exacto donde él tenía la misma marca. Idéntica. La misma forma, el mismo tamaño, la misma ubicación. Una marca que su abuelo Rolando también tenía en el antebrazo. Una marca que, según la leyenda familiar de los “viejos”, era el sello inconfundible de su sangre.

—Señor Ethan… ¿Señor?

La voz de Ricardo rompió su trance. Ethan parpadeó, volviendo a la realidad fría de la sala de juntas. Doce pares de ojos lo miraban expectantes. Se dio cuenta de que había un silencio incómodo.

—Perdón —dijo Ethan, y su voz sonó extraña en sus propios oídos, rasposa—. Estaba… considerando las implicaciones fiscales de ese crecimiento. Continúa, Ricardo.

Ricardo asintió, visiblemente aliviado, y volvió a señalar la pantalla. A su lado, Luis, su socio y mejor amigo desde la universidad, le dio un suave golpe con la rodilla por debajo de la mesa. Ethan giró la cabeza ligeramente. Luis lo miraba con el ceño fruncido, una pregunta silenciosa en sus ojos: ¿Qué te pasa, güey? Estás en otro planeta.

Ethan negó imperceptiblemente con la cabeza y se ajustó el nudo de la corbata. Sentía que lo estrangulaba.

“¿Podría ser?”, pensó, mientras el director de Marketing tomaba la palabra. “No, es imposible. Es una locura. Las coincidencias existen. Hay millones de personas en esta ciudad. Una mancha es solo una mancha.”

Pero entonces recordó la voz de la niña. Había escuchado a la maestra decir: “Ándale, Mía, tu mamá ya va a venir”. Y la niña había respondido, con esa voz cantarina y segura de sí misma: “Mi mami está trabajando. Es la mejor abogada de todo este edificio, ¿sabías?”.

Abogada. En este edificio.

El corazón de Ethan empezó a latir con tanta fuerza que temió que se viera a través de su camisa de algodón egipcio. Mía. El nombre resonaba en su cabeza como una campana.

La reunión se arrastró durante cuarenta minutos más. Para Ethan, fueron cuarenta años en el purgatorio. Cada diapositiva era una tortura. Cada risa cortés de los socios era un ruido molesto. Cuando finalmente Ricardo cerró su laptop y dijo: “Bueno, eso sería todo por hoy”, Ethan se puso de pie casi de un salto.

—Gracias a todos —dijo, cortando de tajo cualquier intento de “networking” posterior a la junta—. Buen fin de semana.

—Oye, Ethan, ¿no vas a quedarte al brindis por el contrato de Monterrey? —preguntó Luis, alcanzándolo mientras Ethan ya caminaba hacia la puerta con pasos largos y decididos.

—No puedo, Luis. Tengo… tengo un asunto personal urgente.
—¿Todo bien? Te ves pálido, mano. Pareces muerto en vida.
—Estoy bien. Cúbreme, por favor.

Ethan salió al pasillo, ignorando a su asistente que intentaba entregarle una tablet con la agenda de mañana.
—Cancela todo lo que queda de la tarde, Sofía. Todo.
—Pero señor, tiene la cena con los inversionistas japoneses a las ocho…
—¡Que vaya Luis! —bramó, sin detenerse, y la chica se quedó petrificada abrazando la tablet.

Ethan entró en su elevador privado y presionó el botón de la Planta Baja con un dedo que temblaba visiblemente. Mientras los números descendían en el panel digital —40, 39, 38…—, Ethan se aflojó la corbata y respiró hondo, tratando de calmar la taquicardia.

“Solo voy a preguntar. Solo voy a ver si sigue ahí. Si la veo de cerca, sabré que me equivoqué. Veré que la marca es diferente y podré volver a mi vida normal.”

Las puertas se abrieron en el lobby principal con un suave ding. El vestíbulo era una catedral moderna de mármol y vidrio, llena del eco de pasos apresurados y el murmullo de cientos de empleados saliendo hacia el caos del tráfico de la Ciudad de México.

Ethan cruzó el lobby como un espectro, esquivando a un grupo de auditores. Se dirigió directamente a la puerta de cristal esmerilado que decía “Centro de Desarrollo Infantil Corporativo”.

Empujó la puerta. El aire dentro olía a talco, crayones de cera y desinfectante con aroma a lavanda. Era un olor inocente que chocaba violentamente con su estado mental.

La recepcionista, una señora robusta y amable llamada Doña Carmen, estaba guardando sus cosas detrás del mostrador. Al ver entrar al CEO de la compañía, casi se le cae el bolso.

—¡Ay! ¡Señor Ethan! —exclamó, alisándose el uniforme—. Buenas tardes, qué… qué sorpresa. ¿Necesita algo? ¿Una inspección?

Ethan se apoyó en el mostrador, tratando de recuperar el aliento.
—No, Carmen. Solo… buscaba a alguien. ¿La niña… Mía? ¿Sigue aquí?

Doña Carmen lo miró con extrañeza. No era común que el dueño del imperio preguntara por una niña específica.
—¿Mía? ¿La hija de la Licenciada Grace?
—Sí —dijo Ethan, y el nombre de la madre se clavó en su mente. Grace. Un nombre inglés. Común, pero…
—Uy, no, joven. Bueno, señor. Su mamá pasó por ella hace como… ¿qué será? —Carmen miró el reloj de pared con forma de búho—. Hace unos veinte minutos. Salieron volando porque la Licenciada decía que quería ganarle al tráfico de Constituyentes. Ya ve cómo se pone a esta hora, es un estacionamiento.

Ethan sintió una decepción física, un golpe en el estómago que lo dejó vacío.
—Se fueron…
—Sí, señor. ¿Pasó algo? ¿La niña dejó algo olvidado?
—No… no. —Ethan se pasó una mano por el cabello, desordenando su peinado perfecto—. No es nada. Gracias, Carmen.

Se dio la vuelta y salió de la guardería. El lobby parecía ahora más grande, más frío y más solitario. Caminó lentamente hacia la salida, pero se detuvo frente a los inmensos ventanales que daban a la calle. Veía los coches pasar, la gente correr hacia el metrobús, la vida seguir su curso frenético.

Regresó a su oficina en el piso cuarenta como un autómata. Cerró la puerta con seguro, algo que nunca hacía. Se quitó el saco y lo tiró sobre uno de los sillones de diseño.
Caminó hacia el minibar oculto en la pared, se sirvió un whisky doble —Blue Label, sin hielo— y se lo bebió de un trago. El líquido quemó su garganta, pero no calmó el fuego en su pecho.

Se sentó. Se levantó. Caminó hacia la ventana.
Grace.
Seis años atrás. San Miguel de Allende. Un hotel boutique empedrado. Una noche de lluvia torrencial. Él había estado ahí por una convención aburrida. Ella… ella estaba sola en el bar, llorando sobre una margarita de tamarindo.
Él se acercó. Hablaron. No de negocios, no de dinero. Hablaron de sueños rotos, de soledad, de la presión de las expectativas familiares.
Ella le dijo que se llamaba Grace. Él le dijo que se llamaba Ethan. No hubo apellidos. No hubo tarjetas de presentación.
Solo hubo una conexión eléctrica, inmediata, devastadora. Terminaron en su habitación. Fue la noche más honesta de su vida. Y a la mañana siguiente, cuando él despertó con la luz dorada del bajío entrando por la ventana, ella ya no estaba. Solo quedaba el aroma de su perfume en la almohada y un vacío que le duró meses.

Ethan miró su reflejo en el cristal de la ventana.
—¿Eres tú? —susurró al vacío—. ¿Estás aquí?


Mientras tanto, a quince kilómetros de ahí, atrapada en el infierno vehicular conocido como Avenida Constituyentes, Grace Mayorga golpeaba el volante de su sedán compacto, un coche fiable pero que ya empezaba a pedir cambio de amortiguadores.

—¡Avanza, por el amor de Dios! —gruñó Grace, viendo cómo el semáforo cambiaba de verde a rojo sin que la fila de autos se moviera un centímetro.

El estrés de la semana se le acumulaba en los hombros. Ser abogada junior en el departamento legal de uno de los corporativos más grandes de Latinoamérica no era tarea fácil. Ser madre soltera al mismo tiempo era, básicamente, un deporte extremo sin red de seguridad.

—Prometiste helado, mami —dijo una vocecita acusadora desde el asiento trasero.

Grace miró por el retrovisor. Mía estaba sentada en su silla de seguridad, con las piernas cruzadas y los brazos cruzados, una pequeña jueza dictando sentencia.
—Sí, chaparrita, lo sé. Pero mira esto —señaló el tráfico a su alrededor—. Estamos paradas. Si encontramos una forma de volar, te compro dos.

—No necesitamos volar —replicó Mía, con esa lógica aplastante de los cinco años—. Solo necesitamos ir a la nevería de Coyoacán. La que está cerca de la farmacia.

Grace suspiró, rindiéndose.
—Está bien. Vamos a ir. Pero ten paciencia, ¿sí? Mamá está cansada.
—¡Yei! —Mía aplaudió, cambiando de humor en un microsegundo—. Quiero uno de fresa con chispas de chocolate y uno de vainilla con gomitas.

—Una bola, Mía. Solo una. No eres millonaria.
Mía soltó un jadeo dramático, abriendo mucho los ojos.
—¡Ay, mami! ¡Qué coda! —Grace rodó los ojos ante el uso de la jerga mexicana en su hija—. Además… hoy conocí a un hombre rico. Merezco dos bolas.

Grace frunció el ceño, distraída mientras intentaba cambiarse al carril de baja velocidad para escapar del embotellamiento.
—¿Ah sí? ¿A quién conociste? ¿A otro niño con juguetes nuevos?

—No —dijo Mía, mirando por la ventana—. A tu jefe. Al mero mero. El señor Ethan.

Grace frenó de golpe. El coche de atrás le soltó un claxonazo largo y furioso, acompañado de un recordatorio sobre su madre, pero Grace ni lo escuchó. Su corazón se había detenido.
Se giró hacia atrás tan rápido que casi se lastima el cuello.
—¿Qué dijiste?

Mía la miró tranquila.
—Al señor Ethan. El dueño del edificio grandote.

Las manos de Grace empezaron a sudar sobre el volante de plástico.
—Mía… —su voz temblaba—. ¿Cómo… dónde lo viste? Tú no puedes salir de la guardería. ¡Te he dicho mil veces que no te salgas!

—Es que se me escapó mi globo —explicó Mía con inocencia—. El globo rojo que me dio la miss. Se fue volando al pasillo y yo fui por él. Y ahí estaba él. Con muchos señores de traje aburrido detrás.

Grace sintió que la sangre se le helaba.
—¿Y… y qué pasó? ¿Hablaste con él? ¿Te dijo algo?
—No mucho. Me vio. Se quedó así como… como estatua. —Mía imitó una cara de sorpresa congelada—. Y luego me preguntó si estaba bien. Mami, es bien guapo. Huele a coche nuevo. No huele a humedad como el vecino. Huele a rico.

Grace se volvió hacia el frente, con el pulso acelerado.
—¿Qué más, Mía? ¿Qué más pasó?
—Nada. La miss salió por mí y me metió al salón. Pero él se quedó viéndome. Mami… —Mía bajó la voz, como si contara un secreto—. Creo que le caí bien. ¿Podemos invitarlo a comer? Se ve que necesita comer, está muy flaquito.

—¡Mía, por favor! —gritó Grace, más fuerte de lo que pretendía. La niña se calló, sorprendida—. No vuelvas a acercarte a él, ¿me oyes? Es el jefe. Es… es alguien muy importante y no podemos molestarlo.

—Ay, bueno. Pero si fuera mi papá, me compraría la heladería completa —murmuró Mía, cruzándose de brazos otra vez.

Grace sintió una punzada de dolor en el pecho. Si fuera tu papá…
Si Mía supiera. Si Ethan supiera.
Grace miró sus propios ojos en el espejo retrovisor. Eran los mismos ojos que los de Mía. Y sabía, con una certeza aterradora, que si Ethan miraba a Mía lo suficiente, vería algo más que una simple niña. Vería su propia sangre.
Especialmente por la marca. Esa maldita marca en el cuello que Grace siempre trataba de cubrir con el cuello de las blusas de la niña o con su cabello rizado.
“¿La vio? No, no pudo verla. Fue un momento. Él es un hombre ocupado, ni siquiera se fija en la gente normal como nosotras.”

Intentó calmarse. Encendió la radio para llenar el silencio. Una balada de Luis Miguel llenó el auto, pero la letra sobre amores perdidos solo la puso más nerviosa.

Llegaron a la taquería en Coyoacán cuarenta minutos después. Era un lugar sencillo, con mesas de plástico rojo y el aroma inconfundible de carne al pastor girando en el trompo, piña asada, cilantro y cebolla. El ruido de los taqueros picando carne y gritando las órdenes (“¡Dos con todo!”, “¡Sale una gringa!”) solía relajar a Grace. Era su ambiente, su realidad. Lejos de las oficinas de cristal y mármol.

Se sentaron en una mesa al fondo. Mía se comportó como si fuera la dueña del lugar, saludando al mesero de siempre.
—Hola, Pepe. Quiero mis tacos picaditos, por favor. Y mi agua de horchata.

Mientras comían, Grace observaba a su hija. Mía era lista, demasiado lista para su edad. Y tenía esa chispa, ese carisma magnético que definitivamente no había sacado de ella. Grace era reservada, cautelosa. Mía era luz pura. Era igual a él.

—Mami —dijo Mía, con la boca llena de tortilla—. Su traje brillaba.
—Mía, deja de hablar de eso.
—Pero es que… sus zapatos. Me vi en sus zapatos. Brillaban como espejos. Mami, ¿y si él es mi papá?

Grace dejó caer su taco al plato. La salsa roja salpicó el mantel de papel.
—Mía Mayorga, basta.
—Solo digo. Tú no tienes novio. Él no tenía anillo. Le vi las manos, mami, tengo vista de águila. No tenía anillo. Está solito. Como nosotras.

—Nosotras no estamos solas —dijo Grace con firmeza, aunque su voz se quebró un poco—. Nos tenemos a nosotras. Y a la abuela.

—Pero un papá estaría bien —insistió Mía, bebiendo su horchata—. Uno que huela rico y tenga chofer. Chelsea, la de mi escuela, dice que su papá la lleva a Disney. Yo quiero ir a Disney, mami. Si nos casamos con el jefe, ¿vamos a Disney?

Grace sintió ganas de llorar. No por la mención de Disney, sino por la inocencia con la que su hija planeaba una vida que le había sido negada.
—Come, Mía. Se enfría tu cena.

Esa noche, en el pequeño departamento que rentaban en la colonia Narvarte, el drama continuó. Mía, con esa energía inagotable que poseen los niños justo antes de dormir, le robó el celular a Grace.

—¡Abuela! —gritó Mía en cuanto se estableció la videollamada.

En la pantalla apareció la cara redonda y cariñosa de la abuela Rosa, con los tubos puestos en la cabeza y una mascarilla de aguacate en la cara.
—¡Ay, mi vida! ¿Qué pasa? ¿Por qué gritas como si se quemara el arroz?

—Abuela, hoy conocí al futuro esposo de mi mamá.
Grace, que estaba doblando ropa en el sofá, saltó para quitarle el teléfono.
—¡Mía! ¡Dame eso!

Pero la abuela Rosa soltó una carcajada estrepitosa.
—¡A ver, a ver! Cuéntame el chisme completo, chamaca. ¿Quién es el afortunado?
—Es el jefe de mi mami. El señor Ethan. Es millonario, abuela. Y guapo.

Grace recuperó el teléfono, con la cara ardiendo de vergüenza.
—Mamá, no le hagas caso. Está inventando historias. Vio al CEO en el pasillo y ahora se armó una telenovela ella sola.

La abuela Rosa se puso seria, limpiándose un poco de aguacate de la mejilla.
—Hija… ¿Vio al padre?
El silencio en la línea fue pesado. Grace se alejó de Mía, yendo a la cocina.
—Mamá, baja la voz.
—¿Lo vio? ¿Él la vio a ella?
—Sí —susurró Grace, sintiendo que las lágrimas volvían—. Se cruzaron. Pero fue un segundo. No pasó nada.
—Ten cuidado, Grace. La sangre llama. Esa niña es idéntica a ese hombre, aunque tú no quieras verlo. Y si él se da cuenta…

—No se va a dar cuenta. Para él, soy solo una empleada más en un edificio de tres mil personas. Y Mía es solo una niña cualquiera.
—Dios te oiga, hija. Pero recuerda que las mentiras tienen patas cortas. Y ese secreto tuyo ya tiene cinco años caminando.

Grace colgó el teléfono, sintiéndose más agotada que nunca. Miró por la ventana de la cocina hacia la calle oscura. Seis años guardando el secreto. Seis años protegiendo a Mía del mundo complicado y despiadado de los ultra-ricos. Ethan no era un mal hombre, lo sabía por lo que recordaba de aquella noche y por lo que veía en la empresa. Pero su mundo… su familia, su abuelo el magnate, las expectativas… destrozarían a Mía. O se la quitarían.

Grace apagó la luz.
—Que no se entere —rezó en silencio—. Por favor, Diosito, que no se entere.


A kilómetros de distancia, en la mansión de Lomas de Chapultepec, Ethan no rezaba. Investigaba.

Eran las 11:30 PM. La casa estaba en silencio sepulcral, solo interrumpido por el ladrido lejano de algún perro guardián. Ethan estaba sentado en su cama, con la laptop abierta sobre las piernas. La luz azul de la pantalla iluminaba su rostro cansado, marcando las ojeras profundas bajo sus ojos.

Había intentado dormir. Había intentado leer. Había intentado ver las noticias financieras. Nada funcionaba. La imagen de la marca en el cuello de la niña parpadeaba en su mente como un foco neón descompuesto.

Tomó su teléfono. Abrió el chat con su Asistente Personal, Sofía. Sabía que era tarde. Sabía que era inapropiado. Pero era el CEO.
Escribió con dedos rápidos:

“Sofía, lamento la hora. Es una emergencia confidencial. Necesito que contactes a alguien de acceso total en RH ahora mismo. No me importa a quién tengas que despertar.”

Esperó. Tres puntos suspensivos aparecieron casi de inmediato. Sofía vivía pegada al teléfono.
“Sí, señor. Estoy aquí. Dígame.”

Ethan tragó saliva. Una vez que enviara este mensaje, no habría vuelta atrás. Estaría cruzando una línea.
“Necesito los expedientes de todas las empleadas llamadas Grace que trabajen en el corporativo. Todas. Desde limpieza hasta dirección. Quiero sus fotos, sus datos de antigüedad y… sus dependientes económicos registrados. Envíalo a mi correo personal. Tienes 30 minutos.”

“Entendido, señor. Lo gestiono ahora mismo.”

Ethan dejó el teléfono sobre la mesita de noche con un golpe seco. Se levantó y caminó hacia el balcón de su habitación. El aire de la noche era fresco.
Se sentía sucio. Estaba usando su poder para investigar la vida privada de sus empleados. Era poco ético. Era invasivo.
Pero tenía que saber.
Mía.
Si esa niña era suya… significaba que tenía una hija. Una hija que había vivido cinco años sin él. Una hija que no sabía su nombre. Significaba que se había perdido sus primeros pasos, sus primeras palabras, sus navidades.
Y significaba que Grace, la mujer que lo había enamorado en una noche y luego destrozado al irse, le había ocultado la verdad más grande de su vida.

El “bing” de la notificación de correo electrónico sonó en la habitación como un disparo.

Ethan regresó a la cama. Sus manos temblaban tanto que le costó trabajo desbloquear la tablet.
Asunto: CONFIDENCIAL – REPORTE SOLICITADO.
Adjunto: 10 archivos PDF.

Ethan respiró hondo.
—Muy bien —dijo en voz alta, su voz rompiendo la soledad—. Vamos a ver la verdad.

Abrió el primer archivo.

Grace Hernández. Intendencia. 58 años.
Deslizó el dedo. No.

Grace López. Contabilidad. 24 años. Soltera. Sin hijos.
Deslizó. No.

Grace Smith. Consultora externa. Rubia. Americana.
Deslizó. No.

Archivo tras archivo. Rostros desconocidos. Historias ajenas.
Su corazón empezó a desacelerarse. Quizás se había equivocado. Quizás no trabajaba aquí. Quizás la niña había mentido o exagerado. Quizás “Grace” era solo un nombre que escuchó mal.

Llegó al archivo número nueve.
El nombre brilló en la pantalla: Lic. Grace Mayorga.
Departamento: Legal y Cumplimiento Normativo.
Puesto: Abogada Junior.

Ethan bajó la vista hacia la foto de la credencial.
El mundo se detuvo de nuevo.
Era ella.
Tenía el cabello recogido en un chongo profesional y usaba unos lentes que no llevaba aquella noche, pero era ella. Esa boca. Esa nariz ligeramente respingada. Esos ojos tristes y hermosos.
Era la mujer del hotel. La mujer que había buscado en cada rostro durante un año entero después de aquella noche.

Con el pulso desbocado, bajó hacia la sección de “Beneficiarios de Seguro de Gastos Médicos”.

Dependiente 1: Mía Mayorga.
Parentesco: Hija.
Fecha de Nacimiento: 14 de Febrero de 2020.

Ethan hizo el cálculo mental en una fracción de segundo. Febrero de 2020.
Nueve meses antes… Mayo de 2019.
La conferencia en San Miguel de Allende fue en la segunda semana de Mayo de 2019.

Las matemáticas eran exactas. Brutales. Irrefutables.

Ethan soltó la tablet sobre las sábanas blancas. Se llevó las manos a la cara y soltó un gemido que fue mitad grito, mitad sollozo. Las lágrimas brotaron calientes y rápidas, empapando sus palmas.

—Es mi hija —dijo, y la realidad de esas tres palabras lo golpeó con la fuerza de un tren—. Tengo una hija.

Se levantó de la cama, incapaz de quedarse quieto. La furia y la alegría se mezclaban en su sangre como aceite y agua.
Alegría porque una parte de él existía en el mundo. Alegría porque Mía era preciosa, lista, viva.
Furia porque se lo habían robado. Cinco años. Cinco años de ser padre sin saberlo.

Miró la foto de Grace en la pantalla una vez más.
—¿Por qué? —le preguntó a la imagen digital—. ¿Por qué te escondiste? ¿Por qué no me buscaste? Soy Ethan maldito Blackwood. Podría haberles dado el mundo.

Pero entonces recordó lo que le había dicho esa noche en el hotel, entre sábanas revueltas y susurros: “Odio a los hombres ricos que creen que pueden comprarlo todo. Mi padre fue uno de esos y nos destruyó. Yo nunca dejaría que mi vida dependiera de una chequera”.

Ethan apretó los puños.
—Pues ahora no tienes opción, Grace —murmuró, con una determinación oscura nublando sus ojos—. Ahora sé la verdad. Y voy a recuperar el tiempo perdido.

La noche se hizo eterna. Ethan no volvió a cerrar los ojos. Pasó las horas mirando la foto de la niña en su memoria y la foto de la madre en la pantalla, trazando un plan, preparándose para la confrontación que ocurriría en cuanto saliera el sol.

Mañana, el CEO no iría a trabajar para hacer dinero.
Mañana, iría a reclamar su sangre

 CAPÍTULO 2: El Juicio Final

Lomas de Chapultepec, Ciudad de México. 6:45 AM.

El amanecer sobre la Ciudad de México tenía un tono grisáceo, filtrado por la bruma matutina que cubría el Valle. En la mansión de la familia Blackwood, el silencio era casi litúrgico, solo roto por el sonido de la porcelana fina chocando suavemente contra la madera.

Ethan no había dormido. Sus ojos, habitualmente brillantes y agudos, estaban enrojecidos, rodeados de sombras oscuras que ningún corrector de ojeras podría ocultar. Llevaba puesto el mismo pantalón de pijama de seda con el que se había acostado, y una bata azul oscuro. Estaba sentado en la pequeña sala de estar privada de la habitación de su abuelo, en la planta baja.

Frente a él, Don Rolando Blackwood, el patriarca de la familia, terminaba de abotonarse su guayabera de lino blanco. A sus ochenta años, Rolando seguía teniendo la postura de un general retirado y la mirada de un halcón.

—El café está frío, muchacho —dijo Rolando, rompiendo el silencio. Su voz era grave, rasposa por los años y el tabaco—. Y tú pareces un cadáver que se olvidaron de enterrar. ¿Vas a decirme qué demonios te tuvo caminando como alma en pena toda la madrugada sobre mi techo?

Ethan sostuvo la taza de café entre sus manos, buscando el calor que su cuerpo no generaba.
—Abuelo… —su voz se quebró. Carraspeó y lo intentó de nuevo—. Abuelo, tengo que decirte algo. Algo que… algo que va a cambiar todo.

Rolando dejó sus mancuernillas sobre la mesa y se giró lentamente, apoyándose en su bastón de caoba.
—¿Quebró la empresa? ¿Hacienda nos está auditando?
—No. Es personal.
—Entonces es una mujer —sentenció el anciano, sentándose con dificultad en su sillón de lectura—. Siempre es una mujer. Habla.

Ethan dejó la taza en la mesa. Le temblaban las manos.
—¿Recuerdas hace seis años? ¿Esa convención en San Miguel de Allende? ¿Antes de que me fuera a Londres a abrir la sucursal europea?

Rolando entornó los ojos, buscando en su memoria.
—Sí. Regresaste raro de ese viaje. Distraído. Dijiste que habías conocido a alguien, una “musa” o alguna tontería romántica, y que luego desapareció. La que te hizo fantasma, ¿no? La que te aplicó el ghosting.

—No me hizo ghosting, abuelo. Ella no sabía quién era yo. No sabía que yo la buscaría. —Ethan se pasó una mano por el cabello desordenado—. Nunca nos dijimos nuestros apellidos. Fue solo una noche. Una noche perfecta, pero… anónima.

—Ajá. ¿Y eso qué tiene que ver con tus ojeras de mapache hoy?
—La encontré —soltó Ethan. Las palabras salieron disparadas como balas.
Rolando levantó una ceja blanca y poblada.
—¿La encontraste? ¿Dónde? ¿En Tinder?
—Aquí. Trabaja aquí. En el corporativo. Es abogada en el piso doce. Su nombre es Grace. Grace Mayorga.

El abuelo se quedó callado unos segundos, procesando la coincidencia.
—Vaya. El mundo es un pañuelo lleno de mocos, como decía mi madre. Bueno, pues ve y salúdala. Invítala a cenar. Cierra el ciclo. ¿Cuál es el drama?

Ethan se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas. Miró a su abuelo a los ojos, buscando la fuerza para decir lo siguiente.
—No es solo eso, abuelo. Ella… ella tiene una hija.
Rolando se encogió de hombros.
—La gente tiene hijos, Ethan. Han pasado seis años. La vida sigue.
—No, abuelo, no entiendes. —Ethan sacó su celular y buscó la foto que se había enviado a sí mismo desde la tablet. La foto del expediente de RH—. La niña se llama Mía. Tiene cinco años. Nació exactamente nueve meses después de esa noche en San Miguel.

El silencio en la habitación se volvió pesado, denso. Don Rolando dejó de mecer su pie.
—Las fechas pueden ser coincidencias, hijo.
—Tiene la marca —susurró Ethan.

Rolando se congeló.
—¿Qué?
—La marca, abuelo. La mancha de café. La que tienes tú en el brazo. La que tengo yo en el cuello. La vi ayer en la guardería. Es idéntica. Misma forma, mismo color, mismo lado.

Rolando Blackwood, un hombre que había negociado fusiones millonarias sin pestañear, palideció. Se arremangó lentamente la guayabera, revelando la mancha irregular en su antebrazo izquierdo, esa herencia genética que los Blackwood llevaban con orgullo.
—¿Estás seguro? —preguntó el anciano, con voz apenas audible.
—La vi a medio metro de distancia. Y cuando vi el expediente de la madre anoche… Grace Mayorga. Soltera. Padre no registrado.

Ethan se levantó y empezó a caminar por la habitación, desesperado.
—Es mi hija, abuelo. Tengo una hija de cinco años que ha estado viviendo a quince pisos de mi oficina y yo no tenía ni idea. Me perdí todo. Sus primeros pasos, sus primeras palabras… todo.

Rolando se puso de pie, temblando ligeramente, pero no por la edad, sino por la emoción.
—Una bisnieta… —murmuró, con los ojos brillando—. Una Blackwood perdida.
—No sé qué hacer —confesó Ethan, deteniéndose frente a la ventana—. Quiero ir y gritarle a Grace. Quiero demandarla por ocultármela. Pero también… tengo miedo. ¿Qué tal si me odia? ¿Qué tal si la niña no me quiere?

Don Rolando golpeó el suelo con su bastón, un sonido seco y autoritario que hizo reaccionar a Ethan.
—¡Déjate de tonterías, muchacho! —ladró el anciano, recuperando su fuerza—. Nada de miedos. Eres un Blackwood. Y esa niña lleva tu sangre. La sangre llama, Ethan. Siempre llama.

—¿Qué hago?
—Lo que hace un hombre. Vas a buscarla. Enfrentas a la madre. Confirmas la verdad. Y si esa niña es tuya, la traes a casa. Esta casa es demasiado grande para dos viejos amargados como nosotros. Necesita vida.

Ethan asintió, sintiendo cómo la determinación de su abuelo se le contagiaba.
—La voy a traer, abuelo. Te lo prometo.


Corporativo Blackwood, Santa Fe. 8:04 AM.

Ethan entró en su oficina como un huracán de categoría cinco. Iba impecable, afeitado, con un traje gris marengo hecho a medida en Londres, pero su energía era caótica.
Su Asistente Personal, Sofía, ya estaba en su escritorio, con una taza de café en la mano que casi derrama al verlo entrar.

—¡Buenos días, señor Ethan! Le dejé los reportes de…
—Olvida los reportes —la cortó Ethan sin detenerse, abriendo la puerta de su despacho—. Ven a mi oficina. Ahora.

Sofía tomó su libreta y corrió tras él, cerrando la puerta a sus espaldas. Ethan ni siquiera se sentó. Se quedó de pie detrás de su enorme escritorio de vidrio, tamborileando los dedos sobre la superficie.

—Agenda una reunión con la Licenciada Grace Mayorga, del departamento Legal. —Su voz era controlada, pero había un filo peligroso en ella—. Inmediata. Que suba ahora mismo.

Sofía parpadeó, confundida. Los abogados junior nunca subían al piso 40, a menos que fueran a ser despedidos o premiados, y Ethan no tenía cara de querer premiar a nadie.
—¿Ahora mismo, señor? Su agenda está llena hasta las diez con la revisión de…
—¡Cancela todo! —gritó Ethan, y luego, viendo la cara de terror de la chica, bajó el tono—. Por favor, Sofía. Mueve todo. Es prioridad absoluta. Trae a Grace Mayorga aquí.

—Sí, señor. Enseguida.

Sofía salió disparada. Ethan se quedó solo.
Miró su reloj. 8:06 AM.
Caminó hacia la ventana. La ciudad abajo parecía una maqueta.
8:10 AM.
Se sentó. Abrió un archivo al azar en su computadora, pero no leyó nada.
8:15 AM.
El teléfono de su escritorio sonó. Ethan contestó antes del primer timbre completo.
—¿Sí?

La voz de Sofía sonaba nerviosa.
—Señor… hay un problema.
Ethan sintió que la vena de su sien empezaba a latir.
—¿Qué problema? ¿Se niega a subir?
—No, señor. Es que no está.
—¿Cómo que no está? Son las ocho y cuarto. La entrada es a las ocho.

—Hablé con su jefa directa. La Licenciada Mayorga tuvo una audiencia urgente en los Tribunales de lo Familiar en Avenida Juárez. Al parecer un caso pro bono se complicó. No va a regresar hasta después de la comida.

Ethan colgó el teléfono con fuerza, golpeando la base.
—¡Maldita sea! —rugió al aire vacío.

De todos los días posibles. De los trescientos sesenta y cinco días del año, tenía que ser hoy. El día en que él necesitaba respuestas desesperadamente, ella estaba al otro lado de la ciudad, perdida en el laberinto burocrático del sistema judicial mexicano.

Ethan se aflojó la corbata. Empezó a caminar de un lado a otro.
“Calma”, se dijo. “Es una profesional. Está trabajando. Eso es bueno. Significa que es responsable”.
Pero su paciencia, que nunca había sido su virtud, se estaba evaporando.

A las 12:00 PM, volvió a llamar a Sofía.
—¿Ya regresó?
—No, señor. Los juzgados están saturados hoy.

A las 2:00 PM, Ethan ya no podía más. La ansiedad le estaba comiendo las entrañas. Imaginaba a Grace escapando. Imaginaba que de alguna forma ella sabía que él sabía, y que estaba tomando el primer autobús a Tijuana con Mía. Pensamientos irracionales, paranoicos.

Agarró las llaves de su auto deportivo que descansaban sobre el escritorio.
—Me voy —dijo al salir, pasando frente a Sofía como una exhalación.
—¿Señor? ¿A dónde va? ¿Y la junta con los de Tokio?
—¡Voy a los tribunales! —lanzó Ethan sin mirar atrás.

No le importaba el protocolo. No le importaba verse como un loco. Iba a ir a buscarla. Iba a entrar en esa sala de juicio y sacarla de ahí si era necesario.

Pero justo cuando su mano tocaba el botón del elevador, las puertas de servicio se abrieron y apareció un grupo de abogados del equipo interno, riendo y comentando un caso. Y entre ellos, caminando con paso cansado, arrastrando un maletín de cuero desgastado, venía ella.

Grace.

Ethan se quedó paralizado. Ella no lo vio al principio; venía mirando su celular, con el ceño fruncido. Llevaba un traje sastre color crema que se veía un poco arrugado después de horas de estar sentada, y el cabello se le escapaba un poco del chongo.
Se veía agotada. Se veía hermosa. Se veía real.

Sofía apareció corriendo detrás de Ethan.
—¡Señor! ¡Acaba de avisar recepción que la Licenciada Mayorga ya checó entrada!
Ethan no respondió. Solo miró a Grace.
Ella levantó la vista en ese momento. Sus ojos se encontraron.
Por un segundo, Ethan vio el pánico puro en la mirada de ella. Vio cómo su garganta tragaba saliva. Vio cómo apretaba el asa de su maletín hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

Ella sabía. De alguna forma, esa mirada confirmaba todo.

Ethan recuperó su compostura de CEO en un instante. Se giró hacia Sofía.
—Dile que suba a mi oficina en cinco minutos. Que no se le ocurra irse a comer.

Entró en su oficina y cerró la puerta. Su corazón latía tan fuerte que le dolían las costillas.
—Ya te tengo —susurró.


El Pasillo de la Sentencia

Grace sentía que las piernas se le habían convertido en gelatina.
Acababa de sobrevivir a seis horas en los Juzgados de lo Familiar. Había lidiado con dos hermanos gritándose por un terreno intestado en Iztapalapa, con un juez que tenía prisa por irse a comer y con el calor sofocante del centro de la ciudad.
Solo quería llegar a su escritorio, quitarse los tacones y comerse la torta que traía en la bolsa.

Pero entonces, la llamada de la secretaria de Presidencia.
“El CEO quiere verte. Inmediatamente.”

Y luego, verlo ahí, parado junto al elevador. Esa mirada. No era la mirada de un jefe que quiere regañar a un empleado por llegar tarde. Era una mirada intensa, depredadora, llena de fuego. Era la misma mirada que le había dado en el bar del hotel hace seis años, pero ahora estaba cargada de algo más. Enojo. Reconocimiento.

Grace caminó hacia el elevador principal como quien camina hacia el cadalso.
—¿Qué hice? —se preguntaba mentalmente, sintiendo que el sudor frío le bajaba por la espalda—. No he perdido ningún caso importante. Mis reportes están al día.

Entonces, la imagen de Mía le golpeó la mente.
Mía en la guardería. Mía diciendo: “Conocí a tu jefe”.
—Ay, Dios mío —susurró Grace en el elevador vacío, cerrando los ojos—. ¿Qué le dijo esa niña? ¿Le dijo que quería que fuera su papá? ¿Le hizo algún berrinche?

El elevador llegó al piso 40. Las puertas se abrieron a un mundo diferente. Aquí no había ruido, ni papeles tirados, ni olor a comida. Todo era silencio, alfombras gruesas y arte moderno en las paredes.
La asistente la miró con pena.
—Pásale, Licenciada. Te está esperando. Está… intenso.

Grace asintió. Respiró hondo tres veces.
—Eres una abogada —se dijo a sí misma—. Eres una leona en la corte. Puedes con esto.

Tocó la puerta de caoba masiva.
—Adelante.
La voz de Ethan. Grave. Profunda. Una voz que había escuchado en sus sueños durante años.

Grace abrió la puerta y entró.
Ethan estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a ella, mirando la ciudad. La oficina era inmensa, intimidante.
—Buenas tardes, señor Blackwood —dijo Grace, tratando de que su voz sonara firme—. Me dijeron que quería verme.

Ethan se giró lentamente.
Grace sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. De cerca, el impacto fue brutal. Era él. Más maduro, con algunas líneas de expresión nuevas alrededor de los ojos, pero innegablemente él. El hombre que le había hecho sentir más viva en una noche que el resto de los hombres en toda su vida.

Él no dijo nada al principio. Solo la miró. La escaneó de pies a cabeza.
Grace dejó caer su maletín en una silla cercana porque sus manos ya no tenían fuerza para sostenerlo.
—Señor… si es por mi llegada tarde, le explico, la audiencia se retrasó y…

—No me importa la audiencia —dijo Ethan, dando un paso hacia ella.
Su tono era suave, pero cargado de tensión.
—Te hiciste humo esa mañana, Grace.

Grace se quedó helada. Abrió la boca, pero no salió ningún sonido.
—Sin nota. Sin número. Sin apellido. Te despertaste antes que el sol y te fuiste —continuó Ethan, acercándose otro paso. Ahora estaba a solo dos metros de ella—. Te busqué, ¿sabías? Llamé al hotel. Pregunté por una chica con una cicatriz pequeña en la ceja izquierda. —Señaló su propia ceja—. Nadie sabía nada.

Grace bajó la mirada, incapaz de sostener esos ojos azules que parecían verle el alma.
—Yo… yo tuve miedo —susurró—. Éramos de mundos diferentes. Pensé que… que para usted solo fue una noche divertida. No quería ser la chica que llama al día siguiente y es rechazada.

—¿Mundos diferentes? —Ethan soltó una risa amarga—. ¿Y por eso decidiste ocultarme lo más importante?
Grace levantó la vista de golpe. El corazón se le detuvo.
—¿De… de qué habla?

Ethan llegó hasta su escritorio, tomó su tablet y la giró hacia ella. En la pantalla estaba la foto de Mía.
—¿Es mía? —preguntó. Tres palabras. Directas. Sin adornos.

Grace sintió que las paredes se cerraban. Quería correr. Quería negar todo. Quería inventar que el padre era un novio de la universidad que se fue a Canadá.
Pero Ethan no le dio tiempo.
—Vi la marca, Grace —dijo él, bajando la voz, casi a un susurro—. En la guardería. Ayer. Tiene mi marca. Tiene la marca de mi abuelo.

Él se desabotonó el cuello de la camisa y se lo jaló hacia un lado, mostrando la mancha café en su piel.
Grace miró la marca. Luego miró los ojos de Ethan. Estaban llenos de lágrimas contenidas, de dolor y de una esperanza desesperada.
Ya no había salida. La mentira se había acabado.

Grace soltó un sollozo ahogado y asintió.
—Sí —dijo, con un hilo de voz—. Sí… es tuya. Es tu hija.

Ethan cerró los ojos y exhaló largamente, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante cinco años. Se dejó caer en su silla de cuero, abrumado.
—Dios mío… —murmuró—. Una hija.

Hubo un silencio largo. Grace se abrazó a sí misma, esperando los gritos, la furia, las amenazas de abogados.
—Lo siento —dijo ella, llorando—. Lo siento mucho, Ethan. Tenía miedo. Mi padre… mi padre nos abandonó por otra familia rica. Yo no quería eso para ella. No quería que fuera el “secreto sucio” de un millonario. Quería que fuera feliz.

Ethan abrió los ojos y la miró. Ya no había furia. Solo una tristeza infinita.
—¿Crees que yo soy como tu padre?
—No lo sabía. No te conocía.
—Pues ahora me vas a conocer —dijo Ethan con firmeza. Se puso de pie y rodeó el escritorio hasta quedar frente a ella. Grace tuvo que levantar la vista. Él era alto, imponente.
Ethan levantó una mano, dudando, y luego, con una ternura infinita, le limpió una lágrima de la mejilla con el pulgar.
—Quiero conocerla, Grace. Quiero conocer a mi hija. Quiero ser su papá.

Grace tembló ante el contacto.
—Ella… ella quiere conocerte. Ayer me dijo que quería que fueras su papá. Es irónico, ¿no? La sangre llama.
—Necesito verla. Hoy. No puedo esperar más.
—Dame tiempo, por favor —suplicó Grace—. Necesito procesar esto. Necesito explicárselo a ella. Es muy pequeña. No puedo llegar y decirle “Hola, este señor es tu papá”. Se va a asustar.

Ethan apretó la mandíbula, luchando contra su impaciencia, pero asintió.
—Está bien. Pero no me ocultes más. Quiero verla pronto.
—El sábado —dijo Grace rápidamente—. Ven a mi casa el sábado. A comer. Mi abuela… mi abuela cocina rico. Será un terreno neutral.

Ethan la miró fijamente.
—El sábado. Ahí estaré.
Grace asintió, tomó su maletín y salió de la oficina tambaleándose, dejando atrás al hombre que acababa de cambiar su vida por segunda vez.


La Confesión en la Narvarte

Esa noche, el departamento de Grace parecía más pequeño que nunca.
Después de acostar a Mía, que seguía insistiendo en que el “Señor Ethan” debería comprarles una casa con alberca, Grace se sentó en la mesa de la cocina con su abuela Rosa.

La abuela estaba limpiando frijoles sobre la mesa, con esa calma zen que solo tienen las abuelas mexicanas.
—Estás muy callada, hija —dijo Rosa sin levantar la vista—. Y tienes cara de que viste un muerto. O peor, a un abogado de la contraparte.

Grace apoyó la frente sobre la mesa fría.
—Se enteró, abuela.
La mano de Rosa se detuvo en el aire, sosteniendo un puño de frijoles negros.
—¿Quién? ¿El jefe?
—Sí. Ethan. Se enteró de todo. Sabe que Mía es su hija.
—¡Ave María Purísima! —Rosa soltó los frijoles, que repiquetearon en la mesa—. ¿Cómo? ¿Se lo dijiste?
—No… vio la marca. La marca del cuello. Resulta que él tiene la misma. Y su abuelo también. Es genética. —Grace soltó una risa histérica—. ¡Tanto cuidarme, tanto ocultarme, y una mancha nos delató!

La abuela Rosa se persignó rápidamente.
—Te lo dije. La sangre es canija. ¿Y qué va a hacer? ¿Nos va a correr? ¿Nos va a quitar a la niña?
—No… quiere conocerla. Quiere ser su padre. —Grace levantó la cabeza, con los ojos llorosos—. Lo invité a comer el sábado.

La abuela Rosa se quedó boquiabierta unos segundos. Luego, una sonrisa lenta y astuta se dibujó en su rostro arrugado. Se levantó de la silla con una energía renovada.
—¿Viene a comer? ¿El multimillonario? ¿El padre de mi bisnieta?
—Sí, abuela.
—¡Pues entonces hay que limpiar esta casa! —gritó Rosa, aplaudiendo—. ¡Esos vidrios están opacos! ¡Hay que comprar flores! ¡Voy a hacer mi mole especial, el que levanta muertos!

—Abuela, cálmate. Es una comida tensa, no una fiesta.
—¡Ni máiz paloma! —La abuela la señaló con el dedo—. Ese hombre tiene que ver lo que se perdió. Tiene que ver que Mía es una princesa, aunque viva en un departamento de dos recámaras. Y tiene que ver que tú eres una mujer decente, trabajadora y que lo has hecho todo sola.

Rosa se acercó y abrazó a su nieta, que temblaba.
—No tengas miedo, mi niña. Dios escribe derecho en renglones torcidos. Si ese hombre regresó a tu vida, es por algo. Además… —Rosa guiñó un ojo—. Mía tiene razón. Si huele a dinero, igual y nos arregla la gotera del baño.

Grace sonrió entre lágrimas, abrazando a la única madre que había conocido. El sábado llegaría pronto. Y con él, el destino.

PARTE 2

CAPÍTULO 3: Guerra de Pasiones en la Narvarte

Colonia Narvarte, Ciudad de México. Sábado, 9:00 AM.

El departamento olía a peligro. Era una mezcla embriagadora y picante de chiles tatemados, especias molidas en molcajete, cera para pisos y el perfume de lavanda barato que la abuela Rosa usaba para “espantar las malas vibras”.

Grace se despertó no con el sonido de la alarma, sino con el ruido de una aspiradora chocando violentamente contra la puerta de su recámara.

—¡Arriba, holgazanas! —gritó la voz de la abuela Rosa desde el pasillo, con la potencia de un sargento de la Marina—. ¡Hoy viene la realeza y esta casa tiene que brillar más que el Palacio de Buckingham!

Grace se cubrió la cabeza con la almohada, gimiendo. La noche anterior había dormido a intervalos, torturada por pesadillas donde Ethan llegaba, veía su departamento humilde, se reía y se llevaba a Mía en un helicóptero mientras ella corría detrás en cámara lenta.

—¡Mamá! —gritó Mía a su lado, saltando en la cama como un resorte—. ¡Hoy viene mi papá rico! ¡Hoy viene mi papá rico!

Grace apartó la almohada y miró a su hija. Mía tenía el cabello hecho una maraña de rizos y los ojos brillando con una intensidad nuclear.
—Mía, por favor… es temprano.
—¡No es temprano! ¡Ya hay sol! —Mía se bajó de la cama y empezó a correr en círculos—. ¿Qué me pongo? ¿El vestido rosa? ¿El de Elsa? ¿O el que me compraste para la boda de la tía Lucha?
—El de la tía Lucha —murmuró Grace, arrastrando su cuerpo fuera de las sábanas—. Pero báñate primero, chamaca mugrosa.

Cuando Grace salió a la sala, parecía que un tornado llamado Rosa había pasado por ahí. Los cojines del sofá (que normalmente vivían aplastados) estaban esponjados y alineados militarmente. Las plantas habían sido regadas y sus hojas brillaban como si las hubieran pulido con aceite. No había ni un solo rastro de polvo en ninguna superficie.

En la cocina, la abuela Rosa parecía una hechicera en pleno ritual. Llevaba puesto su delantal de “fiesta” (uno bordado con flores de colores) y movía una cuchara de madera gigante dentro de una olla de barro que burbujeaba amenazadoramente.
—Mole poblano —anunció Rosa sin voltear, como si leyera la mente de Grace—. Desde cero. Nada de pasta de frasco. Tosté los chiles, molí el ajonjolí, le puse chocolate abuelita y un toque de canela. Si este hombre no cae rendido con esto, es que no tiene alma o tiene COVID.

Grace se sirvió un café, sintiendo que le temblaban las manos.
—Abuela, te estás pasando. Es solo una comida para hablar de la custodia y las visitas. No es una petición de mano.
—¡Cállate la boca! —Rosa se giró, blandiendo la cuchara llena de salsa oscura—. En esta vida, mijita, la imagen lo es todo. Él viene de su castillo en las Lomas, ¿verdad? Pues aquí no tendremos mármol italiano, pero tenemos sazón y dignidad. Que vea que a esta niña no le falta nada, excepto un padre presente.

Grace suspiró, sabiendo que era inútil discutir. Su abuela, una mujer que había criado sola a tres hijos vendiendo comida, tenía una filosofía simple: si no puedes deslumbrarlos con dinero, desnúcaos con comida.

1:00 PM.

La transformación era total. Grace llevaba un vestido sencillo color azul marino que resaltaba su figura pero mantenía un aire profesional, combinado con unas sandalias cómodas. Se había maquillado lo suficiente para ocultar las ojeras, pero no tanto como para parecer que iba a una gala.
Mía, por su parte, parecía una muñequita de pastel. Llevaba el vestido de flores, calcetas blancas con encaje y el cabello peinado en dos coletas perfectas con moños gigantes. Estaba sentada en el sofá, quieta como una estatua, bajo amenaza de muerte de la abuela si se ensuciaba.

—Si te manchas de mole antes de que lleguen, te desheredo —había dicho Rosa.

El timbre del interfón sonó a la 1:15 PM en punto.
El sonido hizo que Grace diera un salto de medio metro.
—¡Ya llegaron! —chilló Mía, rompiendo su postura de estatua.

Grace corrió al interfón y presionó el botón.
—¿Sí?
—Soy yo. Ethan.
Su voz, distorsionada por el aparato viejo, sonaba nerviosa.
—Sube. Tercer piso. El elevador a veces se atora, mejor usa las escaleras si no quieres arriesgarte.

Grace colgó y miró a su abuela. Rosa ya se había quitado el delantal. Llevaba su mejor conjunto: una falda larga, una blusa bordada de Oaxaca y sus collares de oro que solo sacaba para Navidad. Se había pintado los labios de un rojo carmesí desafiante.
—Estoy lista —dijo Rosa, alisándose el cabello canoso—. Que pase el desgraciado.

El Encuentro

Ethan subía las escaleras del edificio en la Narvarte sintiendo que el corazón se le salía por la boca. El edificio era viejo, de los años setenta, con ese estilo funcionalista y mosaicos desgastados, pero estaba limpio y olía a comida casera.
Detrás de él, subía su abuelo Rolando, quejándose en voz baja.

—Tres pisos, Ethan. Tres pisos. Mis rodillas valen más que todo este edificio y las estás destruyendo.
—Te dije que esperaras en el coche, abuelo —dijo Ethan, ajustándose el saco por décima vez.
—¿Y dejarte solo en la boca del lobo? Ni loco. Necesitas un testigo por si la abuela nos saca la escoba. Además, quiero ver a la niña.

Llegaron a la puerta 302. Ethan se detuvo. Se miró en el reflejo de una ventana del pasillo. Llevaba una guayabera azul cielo de lino (siguiendo el consejo de su abuelo de no ir de traje para no verse “tan estirado”) y pantalones beige. Llevaba una botella de vino caro en una mano y una caja de chocolates suizos en la otra. Rolando llevaba una caja de juguetes envuelta en papel brillante.

Ethan tocó el timbre.
Pasaron tres segundos eternos. Se escucharon pasos apresurados, susurros y un “¡Shhh!” fuerte.
La puerta se abrió.

Grace estaba ahí.
Ethan sintió que el aire regresaba a sus pulmones. Se veía hermosa, sencilla, real. Mucho más hermosa que en la oficina con esos trajes grises.
—Hola —dijo él, sonriendo torpemente.
—Hola, Ethan. —Grace sonrió, nerviosa—. Pasen, bienvenidos a su humilde casa.

Ethan entró, seguido por Rolando. El departamento era pequeño, pero acogedor. Había muchas plantas, fotos en las paredes y una luz cálida que entraba por el balcón.
Y ahí, parada en medio de la sala como una reina esperando a sus súbditos, estaba Mía.
Ethan se quedó helado al verla arreglada así. Era preciosa. Sus ojos se llenaron de lágrimas instantáneas.

Pero antes de que pudiera decir nada, una voz tronó desde la cocina.
—¡Bienvenidos! —gritó la abuela Rosa, saliendo con una jarra de agua de jamaica en la mano y su mejor sonrisa de anfitriona—. ¡Pásenle, pásenle, están en su ca…!

La abuela Rosa se detuvo en seco a mitad de la sala. La jarra de vidrio se le resbaló de las manos.
El tiempo pareció alentarse. Grace se lanzó hacia adelante en un reflejo ninja y logró atrapar la jarra a centímetros del suelo, derramando solo un poco de líquido rojo que parecía sangre en el piso de loseta.

Rosa no miraba la jarra. Miraba al hombre viejo parado detrás de Ethan.
Sus ojos se abrieron como platos. Su boca se abrió y se cerró como la de un pez fuera del agua. El color rojo de sus mejillas desapareció para dar paso a una palidez mortal.

Por su parte, el abuelo Rolando, que estaba ajustándose sus lentes bifocales para ver mejor el lugar, levantó la vista al escuchar el grito.
Sus ojos se encontraron con los de Rosa.
El anciano soltó la caja de juguetes. El crash de los legos golpeando el suelo rompió el silencio.

—¿Rosa? —susurró Rolando, con voz de ultratumba.
—¿Rolando? —respondió ella, con un tono que mezclaba incredulidad y veneno puro.

Grace miró a su abuela, luego a Ethan, luego al abuelo.
—Esperen… ¿se conocen?

La abuela Rosa soltó un bufido que pareció el arranque de una locomotora. Su postura cambió instantáneamente. De anfitriona amable pasó a luchadora de la WWE.
—¿Que si nos conocemos? —gritó Rosa, señalando a Rolando con un dedo acusador que temblaba de furia—. ¡Ese viejo rabo verde es Rolando “El Mentiras” Blackwood! ¡El desgraciado que me juró amor eterno en la Facultad de Contaduría y luego se largó con una tal Patricia, la de las piernas chuecas!

Ethan se giró hacia su abuelo, atónito.
—¿Abuelo? ¿De qué habla?
Rolando, recuperándose del shock inicial, enderezó la espalda y adoptó su postura de patriarca ofendido.
—¡No le creas ni una palabra a esta mujer, Ethan! —bramó Rolando, apuntando su bastón hacia Rosa—. ¡Ella es Rosa “La Drama” Velázquez! ¡La mujer que me rompió el corazón en 1978! ¡La que me dejó plantado en la biblioteca para irse con el guitarrista ese de la estudiantina!

—¡¿Yo te dejé?! —Rosa avanzó dos pasos, ignorando a Grace que intentaba detenerla—. ¡Tú me engañaste! ¡Te vi, Rolando! ¡Te vi con mis propios ojos miopes besuqueándote con Patricia en los pasillos de Economía!

—¡Ella me besó a mí! —se defendió Rolando, rojo como un tomate—. ¡Se me lanzó encima! ¡Yo estaba tratando de quitarme a esa garrapata, pero tú entraste, hiciste tu escena de telenovela barata y te fuiste corriendo sin dejarme explicar! ¡Te busqué por meses, Rosa!

—¡Mentiroso! —gritó Rosa—. ¡Hombres! ¡Todos son iguales! ¡El abuelo mentiroso y el nieto… el nieto embarazador furtivo! ¡Vienen de una estirpe de rompecorazones!

Mía, que había estado observando todo desde el sofá con los ojos muy abiertos, metió la mano en la caja de chocolates que Ethan había dejado en una mesita, sacó uno y se lo metió a la boca.
—Esto está mejor que la Rosa de Guadalupe —dijo la niña con la boca llena.

Grace se frotó las sienes. Esto no estaba pasando. Esto era una pesadilla surrealista.
—¡Basta! —gritó Grace, poniéndose en medio de los dos ancianos que parecían listos para agarrarse a bastonazos y chanclazos—. ¡Silencio los dos!

La sala se quedó callada, excepto por la respiración agitada de Rosa y Rolando.
—Estamos aquí por Mía —dijo Grace con firmeza, mirando a todos—. No para revivir romances jurásicos de la universidad. Abuela, vete a la cocina. Señor Rolando, siéntese en el sofá y no diga ni una palabra o lo saco a la calle. Y tú, Ethan… —Grace miró al padre de su hija, que parecía querer volverse invisible—. Tú ven a saludar a tu hija.

La Conexión

El caos de los gritos se disipó lentamente, dejando una tensión eléctrica en el aire. La abuela Rosa se retiró a la cocina refunfuñando insultos en voz baja (“Viejo cochino”, “Mal gusto”, “Todavía usa esa loción barata”). Rolando se sentó en el sofá, indignado, cruzando los brazos y mirando hacia la pared.

Ethan se quedó de pie en medio de la sala. Sus ojos volvieron a Mía.
La niña ya no comía chocolates. Lo miraba fijamente, balanceando sus piernitas que no tocaban el suelo.

Ethan sintió que las piernas le fallaban. Caminó lentamente hacia ella y se arrodilló para quedar a su altura.
De cerca, el parecido era innegable. Tenía la nariz de su madre, pero la forma de la cara, la barbilla y esos ojos… esos ojos eran Blackwood puro.

—Hola, Mía —dijo Ethan. Su voz era un susurro ronco.
Mía lo estudió con seriedad clínica.
—Hola, señor rico —dijo ella.
Grace, parada detrás de Ethan, soltó una risita nerviosa.
—Mía… no le digas así.
—Pero es rico, ¿no? —Mía señaló el reloj de Ethan—. Eso brilla mucho. Y tu coche de allá abajo ocupa dos lugares.

Ethan sonrió, y una lágrima se escapó de su ojo izquierdo.
—Sí, Mía. Tengo dinero. Pero eso no es lo importante hoy.
—¿Ah no? —Mía ladeó la cabeza—. ¿Entonces qué es importante?
Ethan tragó el nudo que tenía en la garganta. Miró a Grace buscando permiso. Ella asintió levemente, con los ojos húmedos.

Ethan tomó las manitas de Mía. Eran tan pequeñas, tan suaves.
—Mía… tu mamá me dijo que querías saber quién era tu papá.
Los ojos de la niña se agrandaron. Dejó de balancear los pies.
—Sí. Chelsea dice que su papá es astronauta, pero es mentira porque lo vi vendiendo seguros. Yo quiero uno de verdad.

Ethan soltó una carcajada entre lágrimas.
—Bueno… yo no soy astronauta. Pero soy de verdad.
Respiró hondo. Aquí venía. El momento de la verdad.
—Mía… yo soy tu papá.

El silencio en la sala fue absoluto. Incluso el abuelo Rolando dejó de refunfuñar y giró la cabeza para ver. Desde la cocina, la abuela Rosa se asomó por el marco de la puerta, con el cucharón en la mano.

Mía parpadeó. Miró a Ethan. Miró a Grace.
—¿De veritas? —preguntó la niña, con la voz temblorosa—. ¿No es una broma como cuando dijiste que me ibas a regalar un pony y era de plástico?
—No es broma, mi amor —dijo Grace, acercándose para acariciar el pelo de su hija—. Él es tu papá. El verdadero.

Mía volvió a mirar a Ethan. Levantó una mano pequeña y tocó la cara de él, como comprobando que fuera real. Tocó la barba incipiente, tocó la lágrima mojada en su mejilla.
Luego, sus ojos se desviaron al cuello de Ethan.
—Tienes mi mancha —susurró Mía, tocando el cuello de la camisa de él.
Ethan se desabrochó el botón y dejó que ella viera bien la marca.
—Sí. Tenemos la misma marca. Porque eres mi hija.

Mía sonrió. Fue una sonrisa que iluminó todo el departamento, más brillante que cualquier candelabro de cristal de la mansión de Ethan.
Sin previo aviso, se lanzó hacia adelante y abrazó el cuello de Ethan con fuerza.
—¡Tengo papá! —gritó contra su hombro—. ¡Tengo papá!

Ethan la rodeó con sus brazos, cerrando los ojos, y enterró la cara en el hueco del cuello de la niña. Olía a champú de fresa y a inocencia. En ese momento, sintió que algo roto dentro de él, algo que llevaba roto años, se soldaba de golpe.
Lloró. El gran CEO, el tiburón de los negocios, lloró como un niño en la sala de un departamento de interés social, abrazado a la hija que no sabía que tenía.

—No te voy a dejar nunca más, Mía —susurró él—. Te lo prometo. Nunca más.

Desde el sofá, el abuelo Rolando se quitó los lentes y se limpió los ojos disimuladamente con un pañuelo de seda.
Desde la puerta de la cocina, la abuela Rosa sorbió por la nariz ruidosamente.
—Bueno, ya —dijo Rosa con voz gangosa, rompiendo el momento antes de que todos se deshidrataran—. Mucho drama, mucha lágrima, pero el mole se está enfriando. Y en esta casa se llora con la panza llena. ¡A sentarse todos!

El Banquete de la Tregua

La comida fue, por decir lo menos, interesante.
Se sentaron en la pequeña mesa redonda del comedor. Grace y Ethan se sentaron juntos, con Mía en medio. Frente a ellos, como dos generales de ejércitos enemigos forzados a una tregua por la ONU, estaban Rosa y Rolando.

El mole estaba espectacular. Espeso, oscuro, con el equilibrio perfecto entre dulce y picante, servido sobre piezas de pollo tiernas y acompañado de arroz rojo y tortillas hechas a mano (que Rosa había comprado en la tortillería de la esquina pero juraba que las había hecho ella).

—Está bueno el mole —admitió Rolando a regañadientes, limpiando el plato con un pedazo de tortilla—. No tan bueno como el que hacía tu madre, pero pasable.
—¡Ja! —Rosa soltó una risa sarcástica—. Este mole le da tres vueltas al de mi madre. Y agradece que te di de comer, viejo ingrato, porque ganas no me faltaban de ponerle veneno para ratas.

—Abuela, por favor —dijo Grace, sirviendo agua—. Estamos celebrando.
—Estamos celebrando que mi bisnieta tiene padre —corrigió Rosa—. No que el abuelo regresó.
—Yo no regresé por ti, Rosa —contraatacó Rolando, aunque sus ojos brillaban al verla—. Vine por mi familia.

Ethan y Grace intercambiaron miradas de complicidad y exasperación por encima de las cabezas de los ancianos.
—¿Siempre fueron así? —susurró Ethan.
—Por lo que cuenta mi abuela en sus historias de terror nocturnas… sí —respondió Grace—. Eran fuego y gasolina.

Mía, ajena a la tensión sexual geriátrica, estaba en su propio mundo de felicidad.
—Papá —dijo, probando la palabra en su boca como si fuera un dulce nuevo—. Papá, papá, papá. Me gusta. Oye, papá.
—Dime, princesa.
—¿Tienes alberca en tu casa?
Ethan sonrió.
—Sí. Tengo una alberca grande. Y climatizada.
Mía abrió la boca tanto que se le cayó un grano de arroz.
—¡Mami! ¡Tiene alberca caliente! ¿Cuándo vamos?
—Pronto —dijo Grace—. Pero primero tienes que terminar la escuela.

—¿Y tienes ponys? —preguntó Mía.
—No, no tengo ponys. Pero… —Ethan pensó rápido—. Pero podríamos comprar uno. O ir a montar los fines de semana al club hípico.
—¡Quiero un pony blanco! —dictaminó Mía—. Y que se llame Copo de Nieve.

—Mía, no empieces a pedir cosas —la regañó Grace suavemente—. Tu papá no es un cajero automático.
Ethan puso su mano sobre la de Grace. Su piel estaba caliente.
—Déjala, Grace. Quiero darle todo. Me perdí cinco años. Tengo muchos regalos atrasados que compensar.

Grace lo miró a los ojos. Había gratitud en su mirada, pero también miedo. Miedo a que la malcriara, miedo a perder el control, miedo a que su vida sencilla se viera arrollada por la aplanadora del dinero Blackwood.
—Solo… vamos despacio, ¿sí? —pidió ella—. No la conviertas en una niña fresa insoportable en una semana.

Ethan asintió.
—Lo intentaré. Pero no prometo nada con respecto a Disney.
Mía gritó al escuchar la palabra mágica.
—¡Disney! ¡Vamos a ir con Mickey! ¡Abuela, voy a ir con Mickey!
—Que te lleve, mijita —dijo Rosa, masticando una pierna de pollo—. Que pague. Para eso tiene dinero. Que sirva de algo el apellido.

La tarde transcurrió entre risas de Mía, anécdotas del pasado (cuidadosamente editadas) y una guerra fría continua entre los abuelos que, poco a poco, empezaba a parecerse más a un coqueteo agresivo.

Cuando cayó la noche, Mía estaba agotada. Se había pasado horas enseñándole a Ethan sus juguetes, sus dibujos y su colección de piedras “mágicas” que encontraba en el parque. Ethan había escuchado cada historia con una atención devota, sentado en el suelo de la sala con su pantalón de lino arrugado, completamente enamorado de esa pequeña persona.

A las 9:00 PM, Ethan y Rolando se prepararon para irse.
Mía ya estaba en pijama, frotándose los ojos.
—¿Te vas? —preguntó, aferrándose a la pierna de Ethan.
—Tengo que irme a dormir, princesa. Pero volveré mañana. ¿Te parece?
—¿Lo prometes? —Mía levantó el meñique.
Ethan entrelazó su meñique grande con el pequeño de ella.
—Lo prometo. Juramento de meñique. Y los Blackwood nunca rompen un juramento de meñique.

—Más te vale —dijo Grace desde el marco de la puerta, cruzada de brazos pero sonriendo.

Ethan se acercó a Grace. Estaban cerca, invadiendo el espacio personal del otro. El aire entre ellos cambió, se volvió más denso, cargado de recuerdos de hace seis años.
—Gracias —dijo él suavemente—. Gracias por dejarme entrar. Gracias por cuidarla tan bien. Es… es perfecta.
—Lo es —dijo Grace—. Y se parece a ti. Es terca como una mula.
Ethan rió.
—Y hermosa como su madre.

Grace se sonrojó y miró al suelo.
—Buenas noches, Ethan.
—Buenas noches, Grace. Hasta mañana.

Mientras tanto, en la puerta, Rolando y Rosa tenían su propia despedida.
—Bueno, Rosa. El mole estaba… aceptable —dijo Rolando, ajustándose el sombrero.
—Y tu visita fue… tolerable, Rolando —respondió Rosa, apoyada en el marco de la puerta.
—Tal vez… tal vez regrese mañana con el muchacho. Para vigilar que no haga tonterías.
—Tal vez te deje entrar. Si traes postre. Y si admites que tú besaste a Patricia.

Rolando soltó una risita seca.
—Soñar no cuesta nada, mujer. Buenas noches.
—Vete con cuidado, viejo necio.

Cuando el coche negro y lujoso se alejó por la calle oscura de la Narvarte, Grace cerró la puerta y se recargó en ella, exhalando todo el aire que había contenido.
Mía ya estaba dormida en el sofá.
La abuela Rosa estaba recogiendo los platos, tarareando una canción vieja de José José.

—¿Qué fue eso, abuela? —preguntó Grace.
Rosa sonrió, una sonrisa misteriosa y juvenil.
—Eso, mijita, fue el segundo round. Y esta vez, voy a ganar por nocaut.

Grace negó con la cabeza, riendo. Tomó a Mía en brazos para llevarla a la cama.
Su vida, que hasta ayer era una rutina predecible de trabajo y casa, acababa de explotar. Pero por primera vez en mucho tiempo, mientras cargaba a su hija que ahora tenía un padre, Grace sintió que todo iba a estar bien. El miedo se había ido. Ahora, solo quedaba construir el futuro.

CAPÍTULO 4: El Desfile del Triunfo y los Tacos de Canasta

Lunes por la mañana. Corporativo Blackwood, Santa Fe.

El lunes llegó con la sutileza de una aplanadora. Para Grace, entrar al edificio corporativo siempre había sido una rutina de anonimato: pasar el gafete, saludar al guardia con un movimiento de cabeza, subir al piso doce y perderse entre montañas de contratos y demandas mercantiles. Ella era una “Godínez” más en el engranaje de la bestia corporativa.

Pero este lunes era diferente.

Desde que cruzó las puertas giratorias, sintió una vibración extraña. No sabía si era paranoia o realidad, pero sentía que las miradas se pegaban a ella más de lo habitual. ¿Acaso alguien los había visto? ¿Había cámaras ocultas en el departamento de la Narvarte transmitiendo en vivo la visita del CEO?

Grace sacudió la cabeza, regañándose mentalmente. “Nadie sabe nada, Grace. Relájate. Para el mundo sigues siendo la abogada junior del cubículo del fondo.”

Se equivocaba.

A las 11:30 AM, su teléfono de escritorio sonó.
—Licenciada Mayorga —dijo al contestar, adoptando su tono más profesional.
—Grace —la voz de Ethan al otro lado de la línea hizo que se le cayera el bolígrafo de la mano. Sonaba grave, íntima, y definitivamente no sonaba como un jefe llamando a un subordinado.
—¿S… Señor Blackwood? —balbuceó ella, mirando a su alrededor para asegurarse de que su compañera de cubículo, la chismosa de Paty, no estuviera escuchando.
—Ethan —corrigió él—. Por favor, Grace. Después del mole del sábado, creo que podemos dejar el “Señor Blackwood” para las juntas de consejo.

Grace bajó la voz a un susurro conspiratorio.
—Ethan, estoy en mi lugar. Aquí las paredes oyen y los clips tienen micrófonos. ¿Qué pasa?
—Pasa que estoy teniendo una crisis existencial —dijo él. Grace podía imaginarlo en su oficina del piso cuarenta, mirando por la ventana—. Estoy revisando la fusión con la empresa coreana y lo único en lo que puedo pensar es en que le prometí a Mía que iría por ella a la escuela hoy.

Grace sonrió involuntariamente.
—¿Vas a ir por ella? ¿De verdad?
—Se lo prometí. Juramento de meñique. Y tengo entendido que romper eso es delito federal en el mundo de los niños. Pero… estoy nervioso.
—¿El gran tiburón de los negocios está nervioso por enfrentar a un grupo de maestras de preescolar?
—No son las maestras las que me preocupan. Es… la logística. ¿A qué hora es la salida? ¿Tengo que llevar algún pase? ¿Qué pasa si no me la quieren dar porque parezco secuestrador de cuello blanco?

Grace soltó una risita suave.
—Salen a la 1:30 PM. Yo tengo el pase de salida en mi bolsa, pero puedo bajar a dártelo. O… puedo ir contigo.
Hubo una pausa al otro lado de la línea.
—Ven conmigo —dijo Ethan rápidamente—. Por favor. Hagámoslo juntos. Quiero hacerlo bien.
—Está bien. Te veo en el sótano 1 en veinte minutos.

La Operación: Recogida Escolar

El kínder de Mía era una pequeña escuela privada en la colonia Del Valle, un lugar agradable con murales pintados en las paredes y maestras que siempre sonreían demasiado. A la 1:25 PM, la calle frente a la escuela se convertía en una zona de guerra de camionetas SUV, mamás en ropa deportiva (las que iban al gym y luego al café) y abuelas que llegaban caminando.

Cuando el auto de Ethan dio la vuelta en la esquina, el tráfico pareció detenerse por respeto.
No era un coche cualquiera. Era un Aston Martin DBX negro, una bestia elegante que rugía con un ronroneo bajo y poderoso. Contrastaba violentamente con los sedanes familiares y las camionetas llenas de calcomanías de “Bebé a Bordo” de la fila.

Grace, sentada en el asiento del copiloto, se hundió un poco en el asiento de cuero color coñac.
—Ethan, esto es demasiado. Van a pensar que eres narco o político corrupto.
Ethan sonrió, ajustándose las gafas de sol de aviador.
—Solo soy un padre entusiasta. Además, Mía dijo que quería impresionar a una tal Chelsea. Y los Blackwood nos tomamos los retos muy en serio.

Ethan estacionó el auto en doble fila (con la impunidad que solo da un coche de tres millones de pesos) y bajó. Grace bajó tras él.
El murmullo entre las mamás que esperaban en la puerta fue instantáneo.
—¿Ya viste? —susurró una señora con chongo—. ¿Quién es ese?
—¡Ay, Dios mío! ¡Es guapísimo! —contestó otra—. ¿Viene con la mamá de Mía? ¿No que era madre soltera?
—Seguro es su nuevo novio. ¡Mira el coche, comadre! ¡Ese coche vale más que mi casa!

Ethan caminó hacia la reja con seguridad, pero Grace notó cómo le sudaban un poco las manos. Se detuvo junto a ella.
—¿Estoy bien? —preguntó en voz baja—. ¿No estoy muy… formal? (Llevaba traje, pero se había quitado la corbata y arremangado la camisa).
—Estás perfecto —le aseguró Grace, sintiendo un aleteo en el estómago al verlo tan vulnerable—. Solo sé tú mismo.

La campana sonó. La puerta se abrió y una marea de niños con uniformes y mochilas de rueditas salió disparada.
Grace buscó entre las cabezas hasta que vio los rizos inconfundibles de Mía. La niña venía caminando de la mano de su mejor amiga (y rival), una niña rubia llamada Chelsea.

Mía buscó con la mirada entre la multitud de padres. Cuando vio a Grace, sonrió. Pero cuando vio a la figura alta y de traje junto a ella, sus ojos se abrieron como platos. Soltó la mano de Chelsea y corrió.

—¡PAPÁ! —el grito de Mía rompió la barrera del sonido.

Corrió con sus piernitas cortas a toda velocidad y se lanzó contra las piernas de Ethan. Él la atrapó en el aire, levantándola como si no pesara nada, y le dio un beso sonoro en la mejilla.
—Hola, princesa.

Mía se retorció en sus brazos para mirar hacia abajo, donde Chelsea y su mamá observaban la escena con la boca abierta.
—¡Chelsea! —gritó Mía desde las alturas, con la arrogancia de una reina que acaba de conquistar un imperio—. ¡Te dije! ¡Te dije que sí existía! ¡Mira! ¡Es mi papá y es rico!

Grace se cubrió la cara con una mano, roja de vergüenza.
—Mía, por favor, sé humilde…
Pero Ethan se rió, una risa grave y genuina. Se acercó a la reja con Mía en brazos.
—Hola —dijo Ethan, saludando a Chelsea y a su mamá, que lo miraba como si fuera Brad Pitt—. Soy Ethan. El papá de Mía. Mucho gusto.

La mamá de Chelsea parpadeó rápidamente, alisándose la blusa.
—Ah… h-hola. Mucho gusto. Soy… soy Claudia.
—Y ese es mi coche —añadió Mía, señalando el Aston Martin—. No es Uber. Es de verdad. Y tiene asientos que te dan masaje en la espalda.

Ethan bajó a Mía, quien inmediatamente empezó a presumirle su dibujo del día (“Es un perro, pero parece una papa”, explicó ella).
Mientras caminaban hacia el auto, Grace sintió las miradas de envidia y curiosidad clavadas en su espalda. Por primera vez en cinco años, no era “la pobre madre soltera que trabaja todo el día”. Era la protagonista de la película. Y aunque le asustaba, no podía negar que se sentía bien tener a alguien a su lado. Alguien que cargaba la mochila de Mía con naturalidad, como si hubiera nacido para hacerlo.

Helados y Verdades a Medias

Fueron a la nevería de Coyoacán, la misma donde días antes Mía había soñado con este momento.
Esta vez, Ethan pidió tres helados dobles.
—Con todo —le dijo al heladero—. Chispas, galleta, jarabe, gomitas. Si le da diabetes, yo pago el hospital.

Se sentaron en una banca de la plaza, bajo la sombra de los árboles centenarios. Mía tenía bigotes de helado de chocolate y hablaba sin parar sobre la injusticia de que la maestra le hubiera quitado sus estampas de Peppa Pig.
Ethan la escuchaba como si estuviera revelando los secretos del universo, asintiendo y haciendo preguntas serias.
—¿Y por qué te las quitó? ¿Fue un embargo precautorio o una confiscación definitiva?
—No sé qué es eso —dijo Mía—, pero me las quitó porque se las pegué en el pelo a Rodrigo.
—Ah. Bueno, eso explica el embargo. Rodrigo es el demandante.

Grace los observaba, lamiendo su helado de limón. Verlos juntos le provocaba una sensación agridulce en el pecho. Se parecían tanto. La forma en que fruncían el ceño al pensar, la forma en que se reían.
—Oye —le dijo Ethan, sacándola de sus pensamientos. Mía había corrido a perseguir unas palomas cerca de la fuente—. Gracias.
—¿Por qué?
—Por compartirla. Sé que no tenías por qué dejarme entrar así de rápido. Podrías haberme hecho la vida imposible con abogados y visitas supervisadas. Pero me estás dejando ser parte de esto.

Grace suspiró, mirando a su hija correr.
—Ella te necesitaba, Ethan. Y… creo que tú la necesitabas a ella más. Estabas… triste.
Ethan la miró, sorprendido.
—¿Triste? Yo pensaba que proyectaba una imagen de éxito y poder invencible.
—Estabas solo —corrigió Grace suavemente—. En esa oficina enorme, con toda esa gente que te dice “sí, señor” a todo. Tenías los ojos vacíos. Los mismos ojos que tenías esa noche en San Miguel.

Ethan se quedó callado un momento, mirando cómo el helado se derretía en su vaso.
—Tienes razón. Mi vida era perfecta en papel y vacía en la realidad. Mía… Mía es el color que me faltaba. Y tú…
Se detuvo. Se giró hacia ella en la banca. Estaban cerca, hombro con hombro.
—Tú eres la que trajo el color. Grace, yo…

—¡Mami! ¡Papá! —el grito de Mía interrumpió el momento (como siempre). Venía corriendo con una pluma de paloma (probablemente llena de bacterias) en la mano—. ¡Miren! ¡Es una pluma mágica!
El momento romántico se rompió, pero la calidez permaneció. Ethan se levantó para inspeccionar la pluma “mágica” con total seriedad.
—Definitivamente es mágica, Mía. Creo que si la agitas tres veces, aparece más helado.

El Choque de Mundos

El fin de semana siguiente marcó el inicio de la “fase dos”: la visita al territorio Blackwood.
Grace estaba aterrorizada. Ir a la mansión de Lomas de Chapultepec era entrar en la boca del lobo, en el epicentro de la riqueza que tanto temía que corrompiera a su hija.

Cuando el portón eléctrico de la residencia se abrió, revelando un camino de adoquines rodeado de jardines perfectamente podados que parecían Versalles, Grace apretó su bolsa contra su pecho.
—No manches —susurró Mía desde su asiento—. Es un castillo. Mami, ¿aquí vive la Bella Durmiente?
—No, aquí vive tu abuelo el gruñón y tu papá —dijo Grace.

Ethan los esperaba en la puerta principal, vestido con ropa casual (polo y bermudas), lo cual era extraño de ver. Se veía más joven, más relajado.
—Bienvenidas a casa —dijo, abriendo la puerta del copiloto para Grace.

La casa era impresionante. Techos de doble altura, arte original en las paredes, muebles que costaban más que la carrera universitaria de Grace. Pero se sentía fría. Vacía.
Hasta que Mía entró.
—¡ECOOOO! —gritó la niña en el vestíbulo, haciendo que su voz rebotara en el mármol.
—¡ECOOOO! —respondió una voz desde la planta alta.
El abuelo Rolando apareció en la barandilla de la escalera, vestido con una bata de seda roja.
—¡Llegó la dueña del circo! —anunció el abuelo, bajando las escaleras con una agilidad sospechosa para su edad—. ¡Mía! ¡Ven acá, tengo galletas prohibidas que tu madre no te dejaría comer!

Grace rodó los ojos, pero sonrió.
—Hola, Don Rolando.
—Hola, Grace. Y deja el “Don”. Me haces sentir viejo. Dime Rolando. O “El abuelo guapo”, como me dice tu abuela cuando cree que no la escucho.

Pasaron el día en la piscina.
Grace nunca había visto una alberca privada. Se sentó en un camastro, con un pareo cubriendo su traje de baño, sintiéndose un poco fuera de lugar. Un mayordomo (sí, un mayordomo real llamado James) le trajo una limonada con menta.
—Gracias —dijo Grace, incómoda.
—Es un placer, señora —respondió James con una reverencia leve.

En el agua, Ethan y Mía jugaban como niños. Ethan llevaba a Mía en sus hombros, haciendo de “monstruo marino”, mientras Mía gritaba y reía, salpicando agua por todos lados.
Grace los observaba por encima de sus lentes de sol.
Ethan tenía un cuerpo atlético, trabajado en gimnasio, con hombros anchos y una espalda fuerte. Grace se sorprendió a sí misma mirándolo más de la cuenta. Recordó la textura de su piel de aquella noche hace seis años. Se mordió el labio.
“Cálmate, Grace. Es el padre de tu hija. Es tu jefe. Es prohibido.”

Ethan salió del agua, goteando, con Mía aferrada a su espalda como un koala mojado. Caminó hacia Grace.
—El agua está deliciosa —dijo él, sacudiéndose el pelo como un perro mojado, salpicando a Grace a propósito.
—¡Oye! —gritó ella, riendo y cubriéndose—. ¡Respeta a la madre de tu hija!
—La madre de mi hija se ve muy seria ahí sentada con su limonada —dijo Ethan, dejando a Mía en una toalla—. Necesita un poco de diversión.

Antes de que Grace pudiera protestar, Ethan la tomó en brazos, estilo nupcial.
—¡Ethan! ¡No! ¡Ethan, traigo el celular! —mintió ella, pataleando entre risas.
—James tiene toallas secas —fue lo único que dijo él antes de saltar a la alberca con ella en brazos.

El agua los envolvió. Salieron a la superficie tosiendo y riendo. Grace le dio un golpe en el pecho, pero no se apartó.
Estaban muy cerca. El agua los sostenía. Mía aplaudía desde la orilla.
—¡Beso! ¡Beso de sirenita! —gritaba la niña.

Ethan miró a Grace. Sus pestañas estaban mojadas, sus labios brillaban con el agua. La tensión cambió de nuevo. Ya no era juego. Era magnetismo puro.
—Grace… —susurró él, acercándose un milímetro.
Grace sintió que el corazón se le salía. Quería besarlo. Dios, cómo quería besarlo.
Pero el miedo seguía ahí.
—Ethan… Mía está viendo —susurró ella, poniendo una mano en su pecho para detenerlo suavemente.
Ethan se detuvo. Asintió, respetando el límite, aunque sus ojos decían que no quería detenerse.
—Tienes razón. Perdón.

Se separaron, pero la electricidad quedó flotando en el cloro de la piscina.

Interludio: Amor en Tiempos de Colesterol

Mientras tanto, en algún mercado de la Ciudad de México…
La abuela Rosa caminaba entre los puestos de fruta, escogiendo mangos con ojo clínico.
—Estos están verdes, marchante. ¿Me quieres ver la cara? —reclamaba.

Detrás de ella, Rolando Blackwood, vestido con ropa “de civil” (una gorra de béisbol y lentes oscuros para pasar desapercibido), cargaba las bolsas del mandado.
—Rosa, por el amor de Dios. Mis brazos ya no sienten la circulación. ¿Cuántos kilos de mango necesitas?
—Cállate y carga, “Don Importante” —dijo Rosa sin voltear—. Querías vivir la experiencia del pueblo, ¿no? Querías reconquistarme. Pues en mi mundo, el amor se demuestra cargando la bolsa del mandado y aguantando mis regaños.

Rolando resopló, pero acomodó mejor las bolsas.
—Te invité a comer a un restaurante francés, Rosa. Con estrellas Michelin. Y me trajiste a comer tacos de canasta parados en una esquina.
—Porque esos tacos tienen más alma que tus escargots babosos. Y porque quiero ver si tu estómago fino aguanta la salsa verde de verdad.

Se detuvieron en un puesto de tacos de canasta. Rosa pidió cuatro de chicharrón y dos de papa.
—Órale. Cómetelos —desafió ella.
Rolando miró el taco grasoso con desconfianza. Le dio una mordida pequeña. Sus ojos se iluminaron.
—Dios santo… esto es delicioso.
—Te lo dije. La felicidad cuesta cinco pesos, Rolando. No cinco mil.

Rolando la miró. Rosa tenía una mancha de salsa en la comisura del labio. Sin pensarlo, él sacó su pañuelo de seda (que valía más que todo el puesto de tacos) y le limpió la boca con delicadeza.
—Te extrañé, Rosa —dijo él, su voz perdiendo la arrogancia—. Te extrañé cada día de estos cuarenta años. Fui un idiota.

Rosa se quedó quieta. Bajó la guardia por un segundo. Sus ojos se suavizaron.
—Fuiste un idiota, sí. Un gran idiota. Pero… —ella le acomodó la gorra—. Pero eras mi idiota.
—¿Me das otra oportunidad? —preguntó él—. No para ser jóvenes otra vez, eso ya se fue. Sino para ser viejos juntos. Para ver crecer a esa niña. Para comer tacos de canasta hasta que nos dé un infarto.

Rosa sonrió, una sonrisa coqueta que le quitó veinte años de encima.
—Vamos a ver, Blackwood. Si aguantas la diarrea de mañana por estos tacos… tal vez lo considere.
Rolando rió y le dio otra mordida grande al taco.
—Acepto el riesgo.

La Noche de las Confesiones

De vuelta en la mansión, la noche había caído. Mía, agotada por el sol y la piscina, dormía profundamente en una de las habitaciones de huéspedes, abrazada a un peluche gigante que Ethan le había comprado (un oso más grande que ella).

Grace y Ethan estaban en la terraza, con una copa de vino tinto. La ciudad brillaba a sus pies, un mar de luces infinitas.
—Ella es feliz aquí —dijo Grace, rompiendo el silencio—. Tenía miedo de que no encajara. De que se sintiera menos. Pero… se adueñó del lugar.
—Es una Blackwood —dijo Ethan sonriendo—. Llevamos la conquista en el ADN. Pero… tiene tu corazón. Tiene tu bondad. Si fuera solo Blackwood, ya habría despedido al mayordomo por servirle la leche tibia.

Grace rió. Tomó un sorbo de vino.
—Ethan… ¿qué estamos haciendo? —preguntó, volviéndose seria—. Esto… esta familia instantánea. Los fines de semana, las salidas. Se siente tan real. Y tengo miedo de que un día te canses. De que te des cuenta de que extrañas tu vida de soltero codiciado y te vayas. Y si te vas ahora… destrozarías a Mía. Y a mí también.

Ethan dejó su copa en la barandilla de piedra. Se giró hacia ella y le tomó las manos.
—Grace, mírame.
Ella levantó la vista.
—Mi vida de “soltero codiciado” era una farsa. Eran cenas con gente que no me importaba y camas vacías. Cuando te fuiste esa mañana hace seis años… me rompiste. No te lo dije antes por orgullo, pero me rompiste. Pasé un año buscándote en cada mujer que conocía. Y cuando dejé de buscar, me resigné a ser el empresario frío que todos esperaban.

Apretó sus manos con firmeza.
—No me voy a ir. No me voy a cansar. Estoy donde pertenezco. Con mi hija. Y con la mujer que nunca pude olvidar.
—Ethan… somos muy diferentes. Tú eres Lomas, yo soy Narvarte. Tú eres caviar, yo soy tacos al pastor.
—Me encantan los tacos al pastor —dijo él, acercándose—. Y estoy dispuesto a comerlos el resto de mi vida si es contigo.

Grace sintió que sus defensas se derrumbaban, ladrillo a ladrillo.
—¿Y qué pasa si nos peleamos? ¿Si te das cuenta de que ronco? ¿De que soy desordenada?
—Entonces compraremos tapones para los oídos y contrataré a alguien que ordene. Grace, deja de buscar excusas. ¿Sientes esto? —puso la mano de ella sobre su pecho, donde su corazón latía fuerte—. Esto es por ti. Solo por ti.

No hubo público esta vez. No hubo una niña gritando. Solo el viento de la noche y la tensión de seis años resolviéndose.
Ethan se inclinó y la besó.
No fue un beso de película de Hollywood. Fue un beso lento, suave, con sabor a vino y a promesa. Un beso de reencuentro. Grace rodeó su cuello con los brazos y se dejó ir.
En ese beso, entendió que ya no tenía caso huir. El destino, con su extraña forma de operar a través de marcas de nacimiento y globos perdidos, había ganado.

Cuando se separaron, ambos sonreían como adolescentes.
—Entonces… —dijo Grace, con voz ronca—. ¿Esto qué nos hace?
—Creo —dijo Ethan, rozando su nariz con la de ella—, que esto nos hace una familia. Pero hagámoslo bien. Paso a paso.
—Paso a paso —acordó ella—. Pero primero… sírveme más vino. Tu familia me pone nerviosa.

Ethan rió y llenó las copas. Abajo, la ciudad seguía su caos habitual, pero allá arriba, en esa terraza, el mundo por fin tenía sentido.

CAPÍTULO 5: El Arte de Vivir Juntos (y Sobrevivir a la Suegra)

Un Mes Después. Lomas de Chapultepec.

La transición no fue como en las películas, donde hay un montaje musical con una canción pop de fondo y de repente todos viven felices en la mansión. No. La transición fue una serie de negociaciones diplomáticas dignas de la ONU, lideradas por una niña de cinco años y supervisadas por dos abuelos que actuaban como casamenteros retirados.

Grace y Mía seguían viviendo en su departamento de la Narvarte entre semana, pero los fines de semana se habían convertido en una “residencia oficial” en casa de Ethan. Y poco a poco, los cepillos de dientes se multiplicaron en el baño de mármol, la ropa de Mía invadió los armarios de cedro y la presencia de Grace empezó a llenar los vacíos de la casa.

Sábado por la mañana. 8:00 AM.

Ethan se despertó con una sensación extraña: no estaba solo.
Abrió un ojo.
A tres centímetros de su cara, un par de ojos grandes y cafés lo observaban fijamente.
—¡BUENOS DÍAS, PAPÁ! —gritó Mía, con un aliento a leche con chocolate que podría derribar a un elefante.

Ethan saltó del susto, casi cayéndose de la cama king size.
—¡Jesucristo! —exclamó, llevándose una mano al pecho—. Mía, casi me das un infarto. ¿Qué haces aquí? ¿Qué hora es?
—Es hora de ver caricaturas —dijo Mía, saltando sobre el colchón como si fuera un trampolín olímpico—. Y tengo hambre. Quiero hot cakes. De los que tienen forma de Mickey, no los redondos aburridos que hace James.

Ethan se frotó la cara, tratando de despertar. Miró a su lado. El lado de Grace estaba vacío, pero las sábanas seguían tibias y olían a su perfume de vainilla.
—¿Dónde está tu mamá?
—Se está bañando. Dice que tu regadera es como una nave espacial y que necesita media hora para entender los botones.

Ethan sonrió. Se levantó, poniéndose su bata.
—Está bien, monstruo. Vamos a hacer hot cakes. Pero silencio, que el abuelo Rolando duerme como momia y si lo despiertas se pone de malas.

Bajaron a la cocina. La cocina de la mansión era un espacio industrial, diseñado para chefs profesionales, lleno de acero inoxidable y electrodomésticos que Ethan no sabía usar.
—Muy bien —dijo Ethan, mirando la estufa con desconfianza—. ¿Cómo se hace un hot cake con forma de Mickey?
—Es fácil —dijo Mía, subida en un banco—. Haces una bolita grande y dos bolitas chiquitas. ¡Duh!

El intento fue un desastre glorioso. La masa quedó grumosa, la primera tanda se quemó (activando la alarma de humo y haciendo que James, el mayordomo, entrara corriendo con un extintor) y los supuestos Mickeys parecían más bien tumores amorfos.
Pero a Mía no le importó. Se los comió bañados en miel de maple como si fueran manjares de los dioses.
—Eres el mejor cocinero del mundo, papá —dijo con la boca llena.
Ethan, limpiándose harina de la cara, sintió que ganaba una estrella Michelin en su corazón.

Grace entró en la cocina en ese momento, envuelta en una toalla blanca y con el pelo mojado.
—Huele a incendio forestal —dijo, olfateando el aire—. ¿Sobrevivieron?
Ethan se giró. Verla así, fresca, limpia, en su cocina, hizo que se le olvidara el desastre culinario.
—Sobrevivimos. Y Mía dice que soy un genio culinario.
Grace se acercó y le robó un pedazo de hot cake quemado del plato de Mía. Lo probó e hizo una mueca.
—Mía te miente por amor. Esto sabe a carbón dulce.

Ethan la agarró de la cintura y la atrajo hacia él.
—¿Ah sí? Pues el chef acepta quejas solo en forma de besos.
Grace rió y le dio un beso rápido en los labios.
—Buenos días, chef.

El Fantasma de la Suegra (Viva)

Ese mediodía, la dinámica familiar se complicó. La abuela Rosa llegó de visita, cargando tuppers con comida (“porque en esta casa solo comen aire y lechuga”) y con una actitud de inspección sanitaria.

—A ver, a ver —decía Rosa, pasando el dedo por los muebles del recibidor—. Mucho lujo, mucho cuadro caro, pero aquí hay polvo, James. Hay polvo.
James, el mayordomo británico-mexicano que había servido a los Blackwood por treinta años, se enderezó indignado.
—Señora Rosa, le aseguro que mi equipo limpia diariamente.
—Pues limpian por donde pasa la suegra nada más. A ver, enséñame la cocina. Quiero ver si tienen sartenes de verdad o de esos de teflón que dan cáncer.

Rolando bajó las escaleras, vestido impecablemente.
—Ya llegó el huracán Rosa —dijo, bajando los escalones—. James, prepárate un té de tila, lo vas a necesitar. Hola, mi amor.
Se acercó a Rosa y le dio un beso en la mejilla, arriesgando su vida.
Rosa se limpió el beso, pero sonrió.
—Hola, viejo. Te traje chicharrón en salsa verde. Para que se te quite esa cara de amargado.
—¿Chicharrón? —los ojos de Rolando brillaron—. Dios bendiga tus manos santas. Vamos al comedor, que nadie nos vea.

Mientras los abuelos se iban a su romance gastronómico clandestino, Ethan y Grace se sentaron en la terraza.
—Creo que esto va en serio —dijo Grace, mirando hacia el jardín donde Mía jugaba con el perro del vecino que se había colado (un Golden Retriever que Mía había bautizado como “Señor Sol”).
—¿Lo de mis abuelos? Sí. Creo que están recuperando cuarenta años en semanas. Es… intenso.
—No, Ethan. Lo nuestro.
Ethan dejó su café y la miró.
—Claro que va en serio, Grace. Te lo dije. Quiero que vivan aquí. Quiero que dejemos de ser visitantes de fin de semana.

Grace suspiró, jugando con el borde de su taza.
—Me da miedo, Ethan. Mía ya se acostumbró a esto. Ya cree que es normal tener chofer y alberca. ¿Qué pasa si la convertimos en una de esas niñas insoportables de las películas? ¿De esas que gritan “¡¿Sabe usted quién es mi padre?!”.
Ethan rió.
—No pasará. Porque tiene a su madre. Tú eres su ancla, Grace. Tú eres la que le recuerda que los tacos de canasta son mejores que el escargot. Y yo… yo me encargaré de que entienda el valor del trabajo.

—¿Cómo? —preguntó Grace, escéptica.
—Llevándola a la oficina. No como “la hija del dueño”, sino para que vea lo que hacemos. Para que entienda que este dinero no cae de los árboles, sino que se trabaja.
—Me parece bien. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Que siga yendo a su escuela normal. Nada de colegios internacionales bilingües con colegiaturas en euros. Quiero que siga viendo a sus amigos de siempre. Que tenga los pies en la tierra.
Ethan asintió.
—Trato hecho. Kínder normal, vida de lujos moderados y mucha supervisión materna.

Mía la Ejecutiva

El lunes siguiente, Mía tuvo su “día de trabajo”.
Ethan la llevó al corporativo. Le compraron un pequeño traje sastre a su medida (idea de la abuela Rosa, que cosía como los ángeles) y le dieron un gafete que decía: Mía Blackwood – Directora de Sonrisas y Asuntos Varios.

Entrar al edificio de la mano de Ethan fue un evento. Los empleados se detenían a mirar. Ya no eran miradas de chisme malicioso, sino de ternura absoluta. Ver al temido CEO caminando de la mano de una mini-versión suya con coletas ablandaba hasta al auditor más duro.

—Buenos días —saludaba Mía a todos los que se cruzaban, con una seriedad profesional—. ¿Están trabajando duro? Muy bien. Continúen.

En la sala de juntas, durante una reunión con proveedores, Mía se sentó en una silla giratoria al lado de Ethan, dibujando en una libreta corporativa.
—Señor Blackwood —decía el proveedor de tecnología, nervioso—, nuestros servidores tienen una capacidad de…
—Oiga —interrumpió Mía, levantando su pluma.
El proveedor se congeló.
—¿Sí, señorita?
—¿Tienen juegos?
—¿Perdón?
—Sus servidores. ¿Tienen juegos? Porque si no tienen Roblox, no nos interesan. Mi papá necesita Roblox para desestresarse.

La sala entera estalló en risas. Ethan se puso rojo, pero rió.
—Tiene un punto válido —dijo Ethan—. La usabilidad es clave. Tomen nota.

A la hora de la comida, bajaron al piso de Grace.
Mía corrió al cubículo de su madre.
—¡Mami! ¡Estoy trabajando! ¡Ya despedí a dos personas y contraté a un perro! (Nadie había sido despedido, y el perro era imaginario).
Grace besó a su hija.
—Muy bien, jefa. Pero ahora la jefa tiene que comer sus verduras.
—Los jefes no comen verduras —protestó Mía—. Los jefes comen en restaurantes caros.
—Esta jefa come brócoli o renuncia —sentenció Grace.
Mía comió brócoli.

La Tormenta se Acerca

Todo parecía perfecto. Demasiado perfecto. Y como en toda buena historia, la calma precede a la tormenta.

Una tarde de miércoles, Grace estaba sola en el departamento de la Narvarte, empacando algunas cajas. Habían decidido empezar la mudanza oficial poco a poco.
El timbre sonó.
Grace abrió, pensando que era la abuela Rosa.

Pero no era Rosa.
Era una mujer alta, rubia, impecablemente vestida con ropa de diseñador y una mirada gélida.
—¿Tú eres Grace Mayorga? —preguntó la mujer, con un acento que denotaba dinero viejo y desprecio.
—Sí… soy yo. ¿Quién es usted?

La mujer se quitó los lentes de sol lentamente.
—Soy Patricia. La esposa de Rolando Blackwood. Bueno, su esposa legal todavía, aunque vivamos separados hace veinte años.
Grace sintió un escalofrío. Patricia. La mujer por la que Rolando había dejado a Rosa hace cuarenta años. La villana de la historia de su abuela.

—¿Qué quiere? —preguntó Grace, poniéndose a la defensiva.
—Quiero ver a esa niña —dijo Patricia, intentando mirar por encima del hombro de Grace hacia el interior del departamento—. Me han dicho que Rolando ha perdido la cabeza por una supuesta bisnieta bastarda. Y vengo a asegurarme de que no sea una estafa para sacarle dinero a mi familia.

Grace sintió que la sangre le hervía.
—Mía no es ninguna bastarda. Es hija de Ethan. Y usted no tiene nada que hacer aquí.
—¿Ah no? —Patricia sonrió con malicia—. Soy accionista de la empresa, querida. Y tengo abogados que pueden hacerte pedazos a ti y a tu pruebita de ADN en cinco minutos. Si crees que vas a entrar a la familia Blackwood y quedarte con la herencia que le corresponde a mis hijos, estás muy equivocada.

Grace dio un paso adelante, enfrentándola. Ya no era la chica asustada de hace seis años. Era una madre. Era una leona.
—Escúcheme bien, señora. No quiero su dinero. No quiero sus acciones. Solo quiero la felicidad de mi hija. Y si se atreve a acercarse a Mía, o a mi abuela, o a Ethan con sus venenos… va a conocer a la abogada Grace Mayorga. Y le aseguro que en la corte, yo muerdo más fuerte.

Patricia la miró con sorpresa, reevaluando a su oponente.
—Ya veremos, muchacha. Ya veremos.

Patricia dio media vuelta y se fue, taconeando por el pasillo.
Grace cerró la puerta de un golpe. Le temblaban las manos.
Tomó el teléfono y marcó el número de Ethan.
—Ethan… tenemos un problema. Tu “abuela” Patricia acaba de aparecer. Y declaró la guerra.

El Consejo de Guerra

Esa noche, en la biblioteca de la mansión Blackwood, se convocó a un consejo de emergencia.
Rolando estaba pálido.
—Patricia… —murmuró, sirviéndose un whisky doble—. Esa mujer es el diablo con Prada. Pensé que estaba en París gastándose mi dinero.
—Regresó —dijo Grace, sentada en el sofá con los brazos cruzados—. Y amenazó con impugnar la paternidad, con abogados, con todo. Dice que soy una cazafortunas.

Ethan estaba furioso. Caminaba de un lado a otro como un tigre enjaulado.
—Que lo intente. Que se atreva. Mía es mi hija. Tengo la prueba de ADN que nos hicimos la semana pasada solo por protocolo. Es irrefutable.
—No es solo lo legal, Ethan —dijo la abuela Rosa, que había llegado con su rodillo de amasar en la bolsa “por si acaso”—. Esa mujer es víbora. Va a intentar envenenar a la sociedad, a la prensa. Va a decir que Mía es ilegítima, que Grace es una cualquiera.

Rolando golpeó la mesa.
—¡No lo permitiré! —gritó el anciano, con una fuerza que sorprendió a todos—. ¡Dejé que destruyera mi vida una vez! ¡No dejaré que destruya la de mi nieto y mi bisnieta!
Se giró hacia Rosa.
—Rosa… necesito tu ayuda. Tú la conoces. Tú sabes cómo pelear en el lodo. Ella pelea con dinero, pero tú peleas con verdad… y con ese carácter del demonio que tienes.

Rosa sonrió, sacando su rodillo.
—Pensé que nunca me lo pedirías, viejo. Patricia y yo tenemos cuentas pendientes desde 1978. Y esta vez, no voy a salir corriendo de la biblioteca llorando. Esta vez, la voy a sacar a ella.

Ethan tomó la mano de Grace.
—Estamos juntos en esto. Nadie toca a esta familia.
Grace asintió. El miedo se había ido. Ahora solo quedaba la determinación.
—Vamos a darle pelea.

El Contraataque: La Gala de Beneficencia

El plan era simple pero arriesgado: presentar a Mía y a Grace oficialmente ante la sociedad en la Gala Anual de la Fundación Blackwood, que sería el sábado siguiente. Patricia estaría ahí, por supuesto. Era su terreno. Pero iban a ganarle en su propio juego.

La semana fue una locura de preparativos. Grace, acostumbrada a trajes de oficina, se vio sometida a pruebas de vestidos de alta costura.
—Este no —decía Rosa—. Muy simple. Necesitas verte como una reina, no como la secretaria.
—Este —dijo Ethan, señalando un vestido rojo sangre, elegante, atrevido, poderoso—. Ese es. Rojo de guerra.

Llegó la noche de la Gala.
El salón del hotel St. Regis estaba lleno de la élite de México. Políticos, empresarios, socialités. Y en el centro de todo, Patricia, sosteniendo una copa de champaña y susurrando veneno en los oídos de las damas de sociedad.
—Sí, pobrecito de mi nieto… engatusado por una empleada… seguro la niña ni es suya… qué vergüenza…

Entonces, las puertas se abrieron.
La música se detuvo.
Ethan entró. Impecable en su esmoquin.
De su brazo, Grace. Despampanante en el vestido rojo, con la cabeza alta y una sonrisa desafiante.
Y de la otra mano de Ethan, caminando con la seguridad de quien posee el lugar… Mía.
Mía llevaba un vestido blanco de princesa, una tiara pequeña y saludaba con la mano como si fuera Miss Universo.

El silencio fue total.
Caminaron hasta el centro del salón.
Ethan tomó el micrófono.
—Buenas noches a todos. Gracias por venir.
Buscó con la mirada a Patricia, que estaba pálida en una esquina.
—Hoy quiero celebrar algo más que la filantropía. Quiero celebrar a mi familia.
Levantó la mano de Grace y la de Mía.
—Quiero presentarles a mi futura esposa, Grace Mayorga. Y a mi hija, Mía Blackwood. La luz de mi vida y la futura heredera de este legado.

El salón estalló en murmullos.
—¿Hija? —se oía—. ¡Es idéntica a él! ¡Mira la marca en el cuello! (Mía llevaba el pelo recogido a propósito para mostrarla).
Nadie podía negarlo. La sangre gritaba.

Ethan miró a Patricia directamente a los ojos y alzó su copa.
—Por la familia. La verdadera familia.
La gente empezó a aplaudir. Primero tímidamente, luego con entusiasmo. Patricia, derrotada por la evidencia pública y el carisma de los Blackwood unidos, dio media vuelta y salió del salón, escoltada por las miradas de lástima de sus “amigas”.

Mía tiró del saco de Ethan.
—Papá, ¿ya nos podemos ir? Me aprietan los zapatos y quiero tacos.
Ethan rió y la cargó.
—Claro que sí, princesa. Vámonos por tacos.

Salieron del hotel triunfantes, dejando atrás el mundo de las apariencias para ir al mundo real, el mundo donde el amor sabe a salsa verde y los juramentos se hacen con el dedo meñique.
Habían ganado la batalla. La guerra tal vez continuaría, pero esa noche, los Blackwood-Mayorga eran invencibles.

CAPÍTULO 6: De Tacos, Anillos y la Conquista de la Mansión

Madrugada del Domingo. Taquería “El Borrego Viudo”. 2:15 AM.

La escena era digna de una pintura surrealista moderna.

En medio del estacionamiento caótico de una de las taquerías más famosas de la Ciudad de México, un Aston Martin negro brillaba bajo las luces de neón. Dentro del coche, con las ventanas abajo, Ethan Blackwood (todavía con su esmoquin de diseñador desabrochado) y Grace Mayorga (con su vestido rojo de gala y descalza, con los tacones tirados en el tapete) devoraban tacos al pastor como si no hubieran comido en días.

En el asiento trasero, Mía dormía profundamente, abrazada a su oso de peluche, con una mancha de salsa verde en la mejilla que parecía pintura de guerra.

—Esto… —dijo Ethan, limpiándose un poco de grasa de la barbilla con una servilleta de papel corriente—, es mejor que el caviar que sirvieron en el hotel.
—Te lo dije —respondió Grace, mordiendo un taco con maestría—. El caviar está sobrevalorado. Los tacos de pastor a las dos de la mañana curan el alma. Y celebran victorias.

Ethan la miró. La luz amarilla de la taquería iluminaba su perfil. Se veía cansada, despeinada, con el maquillaje un poco corrido, y para él, nunca había estado más hermosa.
—Ganamos, Grace.
—Ganamos —confirmó ella—. Viste la cara de Patricia cuando Mía saludó. Parecía que había chupado un limón podrido.

Ethan soltó una carcajada.
—Creo que mi abuelo Rolando la disfrutó más que nadie. Lo vi guiñarle un ojo a tu abuela cuando salíamos.
—Hablando de eso… —Grace se puso seria un momento—. ¿Qué vamos a hacer con ellos? Son una bomba de tiempo.
—Son una bomba de amor geriátrico —corrigió Ethan—. Déjalos. Se merecen su segunda oportunidad. Igual que nosotros.

Ethan dejó su taco a medio terminar (un pecado capital, pero tenía algo más importante en mente). Se giró en el asiento limitado del deportivo para quedar frente a ella.
—Grace.
—¿Mmm?
—Múdate conmigo. De verdad. Ya no solo los fines de semana. Vente a vivir a la casa. Tú, Mía, la abuela Rosa… traigan todo. Traigan el molcajete, las plantas, los cuadros de la Virgen, todo.
Grace dejó de masticar.
—Ethan… es un paso gigante. Mi abuela es… intensa. Y yo necesito mi espacio.
—La casa tiene dos mil metros cuadrados, Grace. Hay espacio de sobra. Y en cuanto a tu abuela… James necesita a alguien que le enseñe a vivir. Por favor. No quiero despertar un día más sin ver esos rizos locos de Mía o sin robarte un beso antes del café.

Grace miró hacia atrás, donde su hija dormía segura y feliz. Luego miró a Ethan, el hombre que había defendido su honor frente a la élite de México hacía apenas unas horas.
Sonrió, resignada y feliz.
—Está bien. Pero con una condición.
—Lo que sea.
—La cocina es territorio de Rosa. Si James intenta ponerle crema batida a los frijoles otra vez, habrá sangre.
—Trato hecho.

La Invasión de la Narvarte

La mudanza ocurrió dos semanas después y fue, en términos militares, una invasión táctica exitosa.
El camión de mudanzas llegó a las Lomas cargado con muebles que no combinaban en absoluto con la decoración minimalista de la mansión, pero que tenían “historia”.

La abuela Rosa bajó del camión dirigiendo a los cargadores.
—¡Cuidado con esa vitrina! ¡Ahí guardo mis figuras de Lladró y mi colección de tazas de recuerdo de Acapulco! ¡Si se rompe una, la pagan con su alma!

James, el mayordomo, observaba la escena desde la puerta principal con una expresión de horror estoico.
—Señor Ethan —susurró James—, ¿dónde sugiere que coloquemos… ese cuadro del “Sagrado Corazón” con luces neón?
Ethan, que cargaba una caja de juguetes de Mía, sonrió.
—En la sala principal, James. Justo al lado del Picasso. Vamos a darle un toque ecléctico a la casa.

La adaptación fue una comedia de enredos.
La primera semana, Rosa “reorganizó” la despensa. Las latas de paté de ganso importado fueron relegadas al fondo, y el frente fue ocupado por latas de chiles jalapeños, bolsas de frijol negro y especias a granel.
—James —le dijo Rosa al mayordomo una mañana—, esto que tú llamas “salsa”, en mi pueblo se llama agua sucia. Ven acá, te voy a enseñar a tatemar un tomate.

Sorprendentemente, James, que había servido a la realeza británica, encontró en Rosa a una mentora fascinante. A los tres días, se le vio moliendo salsa en molcajete con las mangas arremangadas, sudando y diciendo: “Le falta sal, Doña Rosa, ¿cierto?”.

Mientras tanto, Mía colonizó el jardín. El perro del vecino, el Golden Retriever, ya era residente oficial (Ethan terminó comprándolo al vecino porque el perro se negaba a irse). Mía organizaba “té de princesas” en la pérgola, obligando a su abuelo Rolando y a Ethan a usar coronas de plástico y beber jugo de uva en tazas diminutas.

Ver a Rolando Blackwood, el tiburón financiero, sentado en una sillita rosa, con una tiara chueca y fingiendo beber té, fue la imagen que convenció a Grace de que había tomado la decisión correcta.

Noches de Vino y Dudas

Una noche de viernes, después de que Mía se durmiera (agotada tras un día de escuela y clases de natación en su propia alberca), Grace y Ethan estaban en la sala de estar. Grace estaba revisando unos contratos legales (seguía trabajando, se negaba a ser una “esposa trofeo”), y Ethan leía un libro, o fingía leerlo mientras la miraba.

—¿Eres feliz? —preguntó él de repente.
Grace levantó la vista, quitándose los lentes de lectura.
—¿Mande?
—Que si eres feliz. Aquí. Conmigo. Con este circo.
Grace dejó los papeles en la mesa. Miró a su alrededor. Escuchó las risas de los abuelos que jugaban dominó en la cocina (y apostaban dinero real). Sintió la paz de la casa.
—Soy feliz, Ethan. Más de lo que creí que podría ser. Me da miedo a veces, porque todo es tan bueno que siento que algo va a salir mal.
—Nada va a salir mal —dijo él, levantándose y sentándose junto a ella en el sofá—. Ya pasamos lo peor. Ya vencimos a Patricia. Ya sobrevivimos a la mudanza. Lo único que falta es…

Se detuvo.
—¿Es qué? —preguntó Grace.
Ethan negó con la cabeza, sonriendo misteriosamente.
—Nada. Cosas mías. ¿Quieres más vino?

Ethan tenía un plan. Un plan maestro. Pero necesitaba el momento perfecto. Y el momento perfecto llegó de la manera más imperfecta posible.

El Domingo de la Barbacoa

Ese domingo, Rosa decidió que la mansión necesitaba una “limpia” de energías y una inauguración oficial al estilo mexicano.
—Vamos a hacer barbacoa —anunció—. En el jardín. Voy a hacer un hoyo.
—¿Un hoyo? —preguntó Ethan, alarmado por su césped inglés importado—. Abuela Rosa, tenemos un asador de gas de última generación que costó cinco mil dólares.
—El gas no sabe a nada —sentenció Rosa—. Necesito tierra, pencas de maguey y leña. James, tráeme una pala.

Y así, el inmaculado jardín de los Blackwood fue profanado para cavar un hoyo para barbacoa.
Rolando, lejos de oponerse, estaba fascinado.
—Mi padre hacía esto en el rancho —decía el anciano, supervisando la obra con un sombrero de paja—. Échale más leña, James, que arda.

La comida fue un festín. El olor a carne cocinada lentamente bajo tierra, consomé y tortillas hechas a mano llenó el aire de las Lomas, confundiendo a los vecinos que estaban acostumbrados a olores más sutiles como jazmín o desesperación silenciosa.

Estaban todos sentados en la mesa del jardín. Mía tenía la cara llena de grasa de barbacoa. Rolando y Rosa discutían sobre si la salsa borracha llevaba cerveza o pulque. James servía tequila en jarritos de barro.

Grace miró la escena. Su familia. Su extraña, ruidosa y maravillosa familia, mezclada con la familia de Ethan. Los mundos habían colisionado y, en lugar de destruirse, habían creado algo nuevo.

Ethan se levantó.
Golpeó su jarrito de barro con un tenedor para pedir silencio.
—Atención, por favor —dijo.
Todos callaron. Mía dejó de morder su taco.
Ethan miró a Grace. Sus manos temblaban un poco. No tenía un discurso preparado. Se había dado cuenta, entre el humo de la leña y las risas, de que no necesitaba París ni una cena con violines. Necesitaba esto.

—Hace seis años —empezó Ethan, mirando a Grace a los ojos—, conocí a una mujer en un bar. Llovía. Ella estaba triste. Yo estaba solo. Pasamos una noche que cambió mi vida, aunque yo no lo supe hasta mucho después.
Grace sintió que se le aceleraba el pulso. Rosa le dio un codazo a Rolando y susurró: “¡Cállate, viejo, que va a hablar!”.

—Esa mujer desapareció —continuó Ethan—, y me dejó un regalo. El mejor regalo del mundo. —Miró a Mía y le guiñó un ojo—. Pero el destino, o Dios, o tal vez la terquedad de mi abuelo y la sazón de la abuela Rosa, nos volvieron a juntar.
Ethan metió la mano en el bolsillo de su pantalón de mezclilla.
Grace se llevó las manos a la boca.

Ethan caminó hacia ella y se arrodilló sobre el pasto (manchando sus pantalones de tierra, pero no le importó).
Sacó una cajita de terciopelo azul.
La abrió.
Dentro brillaba un anillo impresionante, pero no vulgar. Era un zafiro azul profundo rodeado de diamantes pequeños. Clásico, elegante, eterno.

—Grace Mayorga —dijo Ethan, con la voz quebrada por la emoción—. Me enseñaste que el dinero no compra la felicidad, pero que los tacos sí ayudan. Me diste una hija maravillosa. Me diste un hogar. No quiero ser solo el padre de tu hija. Quiero ser tu esposo. Quiero ser tu compañero. Quiero despertar contigo cada día y discutir sobre si Mía puede tener un pony o no.
Ethan tomó aire.
—¿Te casarías conmigo? ¿Nos harías, oficialmente, una familia?

El silencio en el jardín era absoluto. Hasta los pájaros parecían haber callado.
Grace lloraba. Las lágrimas corrían libres por su cara, arruinando su maquillaje ligero, pero le daba igual.
Miró a Ethan. Al hombre que había amado en secreto durante años. Al padre que adoraba a su hija.
—Sí —susurró ella. Luego, más fuerte—. ¡Sí! ¡Claro que sí, tonto!

Ethan le puso el anillo. Le quedaba perfecto.
Se levantó y la besó. Fue un beso profundo, apasionado, sellado con sabor a consomé y promesa de eternidad.

—¡SIIIIIIII! —el grito de Mía rompió el encanto.
La niña corrió y se abrazó a las piernas de ambos.
—¡Boda! ¡Vamos a tener boda! —gritaba Mía—. ¡Quiero ser la niña de las flores! ¡Y quiero que el perro lleve los anillos!
—¡Y yo quiero organizar el banquete! —gritó Rosa, levantando su jarrito de tequila—. ¡Nada de comida francesa! ¡Aquí habrá mole y arroz a la tumbada!
—¡Y yo pago! —gritó Rolando, emocionado—. ¡Que tiren la casa por la ventana!

Todos rieron. Ethan cargó a Mía con un brazo y abrazó a Grace con el otro.
—¿Escuchaste eso? —le susurró a Grace al oído—. Mole y arroz.
—Suena perfecto —respondió ella, recargando la cabeza en su hombro.

La Noticia Explosiva

Esa misma noche, después de que la adrenalina de la propuesta bajó y Mía finalmente cayó rendida (después de llamar a Chelsea para presumirle que sus papás se iban a casar y que ella iba a usar un vestido “con diamantes de verdad”), Ethan y Grace estaban en la recámara principal.

Grace estaba frente al espejo, admirando el anillo. Brillaba con la luz tenue de la lámpara.
—Es hermoso, Ethan. De verdad.
—Era de mi madre —dijo Ethan, acercándose por detrás y abrazándola por la cintura—. Ella siempre quiso que se lo diera a alguien que me amara por mí, no por el apellido. Creo que cumplí su deseo.

Grace se giró en sus brazos.
—Ethan… hay algo más.
Ethan la miró, preocupado por el tono serio.
—¿Qué pasa? ¿Te arrepentiste? ¿Es por lo del perro llevando los anillos? Podemos negociarlo.
Grace rió y negó con la cabeza.
—No. No es eso. Es que… bueno, he estado sintiéndome un poco rara estos días.
—¿Rara cómo? ¿Enferma?
—Cansada. Con náuseas matutinas. Y… bueno, mi periodo tiene dos semanas de retraso.

Ethan se quedó inmóvil. Su cerebro de genio financiero tardó unos segundos en procesar la información biológica básica.
—Espera… ¿estás diciendo…?
—No estoy segura —dijo Grace, mordiéndose el labio—. Pero… compramos una prueba de farmacia ayer con la abuela Rosa (porque ella lo notó antes que yo, tiene radar de bruja). Y… me la hice hace rato, antes de subir.

Ethan la soltó suavemente y la miró a los ojos, con una mezcla de terror y esperanza absoluta.
—¿Y?
Grace caminó hacia el baño y regresó con un pequeño palito de plástico.
Se lo entregó.
Ethan lo tomó con manos temblorosas.
Dos rayitas rosas. Claras. Inequívocas.

Levantó la vista. Grace estaba sonriendo, nerviosa.
—Parece que Mía va a tener esa hermanita que tanto pide —susurró ella.

Ethan no dijo nada. Simplemente la levantó en el aire, girando con ella, riendo a carcajadas.
—¡Voy a ser papá! —gritó, olvidando que todos dormían—. ¡Otra vez! ¡Y esta vez voy a estar ahí!
La bajó y empezó a besarle la cara, las manos, el vientre plano aún.
—Voy a estar en cada eco. En cada antojo. En el parto. No me voy a perder ni un segundo, Grace. Te lo juro.

Grace acarició su cabello.
—Lo sé. Por eso acepté casarme contigo. Porque sé que eres el mejor papá del mundo.

Epílogo del Capítulo: La Reacción de Mía

A la mañana siguiente, durante el desayuno (preparado por James, que ya dominaba los huevos rancheros), decidieron darle la noticia a Mía.
—Mía, cariño —dijo Grace, poniendo jugo de naranja en su vaso—. Tenemos otra sorpresa.
Mía, que estaba dibujando su futuro vestido de niña de las flores, levantó la vista.
—¿Más sorpresas? ¿Me compraron el pony?
—No, no es un pony —dijo Ethan, tomando la mano de Grace sobre la mesa—. Es algo mejor.
—Dudoso —murmuró Mía—. Pero a ver, dime.

—Vas a ser hermana mayor —soltó Grace.

Mía soltó el crayón. Sus ojos se abrieron tanto que casi se le salen. Se quedó en silencio un momento, procesando la información. Miró la panza de su mamá. Miró a Ethan. Miró al cielo como pidiendo paciencia.

—¿De verdad? —preguntó.
—De verdad —dijo Ethan—. ¿Estás feliz?

Mía sonrió lentamente, una sonrisa maquiavélica.
—¡SÍ! —gritó—. ¡Quiero una hermanita! ¡Para que sea mi asistente! ¡Le voy a enseñar a caminar y a pedirle cosas al abuelo Rolando!
Ethan y Grace rieron.
—Bueno, al menos tiene vocación de líder —dijo Ethan.
—O de tirana —corrigió Grace—. Dios nos agarre confesados con dos Blackwood en la casa.

La Boda del Siglo (Versión Narvarte-Lomas)

Los meses siguientes pasaron volando. La panza de Grace creció, al igual que la ansiedad de Ethan por tener todo listo.
La boda fue, tal como prometieron, una mezcla perfecta.
Se celebró en el jardín de la mansión.
Grace caminó hacia el altar con un vestido blanco que disimulaba (apenas) su embarazo de cuatro meses, del brazo de su abuela Rosa, quien lloraba a mares con un pañuelo bordado.

En el altar la esperaba Ethan, con los ojos llenos de lágrimas, y a su lado, Mía, vestida de blanco, lanzando pétalos con una actitud de “soy la dueña del evento”.
Rolando estaba sentado en primera fila, sosteniendo la mano de Rosa cuando ella llegó a entregar a la novia.
—Cuídala, muchacho —le dijo Rosa a Ethan—. O te las verás conmigo y mi rodillo.
—Con mi vida, abuela —prometió Ethan.

Los votos fueron simples.
—Te prometo amarte en la riqueza y en la pobreza —dijo Ethan—, en las juntas de consejo y en los puestos de tacos. Prometo ser el padre que nuestras hijas merecen y el esposo que tú necesitas. Te encontré una vez, te perdí, y te volví a encontrar. No te voy a soltar nunca.

—Te prometo —dijo Grace, con voz temblorosa—, enseñarte a tener los pies en la tierra, aunque vivamos en las nubes. Prometo amarte con tus defectos de millonario y tus virtudes de hombre bueno. Y prometo que Mía y el bebé nunca dudarán de cuánto los amamos.

—Puede besar a la novia —dijo el juez.
Y cuando se besaron, Mía gritó:
—¡IUCCC! ¡Qué asco! ¡Pero qué vivan los novios!
Todos rieron. El jardín estalló en aplausos. El mariachi entró tocando “El Son de la Negra”.

Escena Final: La Familia Completa

Seis meses después de la boda.
Sala de estar de la mansión. Noche tranquila.
Grace estaba sentada en el sofá, amamantando a una pequeña bebé de cabello negro y ojos azules: Sofía Blackwood.
A su lado, Mía le leía un cuento (o inventaba la historia viendo los dibujos) a la bebé, que la miraba fascinada.
—Y entonces, la princesa le dijo al dragón: “No me comas, mi papá es el dueño del edificio y te puede demandar” —narraba Mía con dramatismo.

Ethan entró en la sala, trayendo dos tazas de té. Se sentó junto a ellas.
Miró a su esposa. A su hija mayor. A su recién nacida.
Miró hacia el jardín, donde Rolando y Rosa (que ya vivía ahí permanentemente “para ayudar con la bebé”, aunque todos sabían que era para estar con Rolando) discutían alegremente sobre cómo podar las rosas.

Ethan suspiró, lleno de una paz que nunca creyó posible.
—¿En qué piensas? —le preguntó Grace en voz baja, para no despertar a Sofía.
Ethan le besó la frente.
—En que hace un año, yo era el hombre más rico del mundo en el banco, pero el más pobre en la vida. Y ahora… ahora soy rico de verdad.
Grace sonrió y recargó la cabeza en su hombro.
—La sangre llama, Ethan.
—Sí —respondió él, mirando a sus hijas—. La sangre llama. Y el amor responde.

FIN

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