
PARTE 1
CAPÍTULO 1: LA NOCHE EN QUE EL SILENCIO GRITÓ
Eran las tres y treinta y cuatro de la madrugada, esa hora muerta en la que la Ciudad de México deja de rugir y se sumerge en un susurro peligroso. En la Unidad Habitacional “El Rosario”, al norte de la ciudad, el silencio no era paz, sino una bestia agazapada. El aire dentro del departamento 402 olía a humedad estancada, a frijoles viejos y a esa mezcla indescifrable de polvo y desesperanza que se acumula en las paredes de concreto barato.
Artemio abrió los ojos en la oscuridad. No fue un despertar lento, de esos que te permiten aferrarte a los últimos hilos del sueño. Fue un golpe. Un impacto brutal que lo arrancó de la inconsciencia y lo lanzó de bruces contra la realidad de su sofá cama vencido.
El dolor.
Dios mío, el dolor.
Era como si alguien hubiera calentado una aguja de tejer al rojo vivo en la estufa y se la estuviera clavando, lenta y metódicamente, en el centro del oído derecho. Pero no era solo dolor; si fuera solo eso, Artemio, a sus once años, ya habría aprendido a soportarlo. Era un niño curtido en la soledad y los golpes, un niño que sabía que llorar rara vez servía de algo. No, lo que lo hizo morder la almohada percudida para no gritar fue el movimiento.
Algo caminaba dentro de su cabeza.
No era un zumbido, ni el eco de la presión arterial. Era la sensación física, innegable y obscena de unas patas minúsculas escarbando en la tierna carne de su canal auditivo. Sentía cómo se arrastraba, cómo empujaba contra el tímpano, usándolo como un tambor para anunciar su odio.
Artemio se sentó en la orilla del sofá cama, con el corazón golpeándole las costillas como un pájaro enjaulado. El resorte del mueble gimió, un sonido metálico que en el silencio de la madrugada sonó como un disparo. El niño se congeló. Sus ojos, grandes y oscuros, se clavaron en la puerta cerrada al otro lado del pasillo.
La puerta de Lucía.
Su madrastra. O “La Doña”, como le decían los vecinos cuando ella no escuchaba. Si la despertaba… Artemio sintió un frío en el estómago que nada tenía que ver con la temperatura del cuarto. Si la despertaba, los gritos serían peores que el dolor de oído. Lucía trabajaba doble turno en la maquiladora de plásticos y llegaba a casa con las manos hinchadas y el alma envenenada, buscando cualquier excusa para descargar su frustración. Y Artemio era su saco de boxeo favorito.
—Por favor, quédate quieto… —susurró el niño, apretándose la oreja con la palma de la mano, intentando aplastar al intruso con la presión.
Pero la “cosa” respondió con furia. Sintió una mordida. Un pellizco agudo y profundo, seguido de una sensación de líquido caliente que brotaba. El niño no pudo más. La desesperación le ganó al miedo. Comenzó a rascarse. Sus uñas, que Lucía siempre le reclamaba por tener sucias y largas, se convirtieron en garras. Rasguñó el pabellón de la oreja, arrancando costras viejas y abriendo piel nueva. Necesitaba sacarlo. Necesitaba meter los dedos, agarrar esa cosa y arrancarla, aunque se llevara un pedazo de cerebro en el proceso.
—Salte, salte, ¡maldita sea, salte! —gimoteaba en voz baja, con lágrimas calientes mezclándose con el sudor frío de su frente.
Sintió algo escurrir por su cuello, bajando hacia la clavícula, manchando la camiseta de propaganda política que usaba como pijama. Se llevó la mano a la mejilla y la retiró húmeda. La escasa luz naranja del alumbrado público que se filtraba por la ventana sin cortinas le mostró el color.
Negro.
No era rojo brillante como cuando te sale sangre de la nariz por el calor. Era una sustancia espesa, oscura, como chapopote o aceite de coche quemado. Y el olor… Artemio acercó los dedos a su nariz y tuvo una arcada. Olía a dulce y a podrido. Olía a un animal muerto que llevas días encontrando debajo de un mueble.
El pánico se apoderó de él. Se levantó del sofá, sus pies descalzos tocando el linóleo helado que se levantaba en las esquinas. Tenía que verse. Tenía que saber qué le estaba pasando.
Caminó de puntitas, conteniendo la respiración, conociendo de memoria cada tabla floja del pasillo, cada punto donde el piso rechinaba. Llegó al baño y cerró la puerta con una suavidad de ladrón profesional. Giró la perilla de la luz. El foco, un ahorrador viejo y parpadeante, tardó unos segundos en zumbar y llenar el pequeño cuarto de una luz amarillenta y enfermiza.
El reflejo en el espejo lo golpeó más fuerte que el dolor.
Ese no era el rostro de un niño de once años. Era una calavera cubierta de piel pálida, con ojeras moradas tan profundas que parecían moretones. Pero su atención se fue a la derecha. Su oreja era un desastre de carne viva, inflamada y roja, cubierta de esa baba negra que seguía brotando, lenta y constante, como si su cabeza fuera un pozo petrolero desbordado.
Artemio inclinó la cabeza hacia el espejo, abriendo la boca inconscientemente, tratando de ver el fondo del agujero.
Y entonces, el sonido cambió.
Hasta ese momento, solo había sido la sensación de movimiento. Pero ahora, en la quietud del baño, con la puerta cerrada y el mundo detenido, lo escuchó.
Piiiii… Piiiii…
Era un chillido agudo, electrónico casi, pero orgánico al mismo tiempo. Como el lamento de una rata recién nacida, pero amplificado directamente en su hueso temporal.
—¿Qué eres? —preguntó Artemio al espejo, su voz temblando.
De repente, el movimiento dentro de su oído se volvió espasmódico. Sintió cómo algo giraba. No reptaba, giraba. Como si la cosa estuviera buscando una posición más cómoda o, peor aún, tratando de cavar más profundo. El dolor lo dobló en dos. Se agarró del lavabo manchado de sarro para no caer, y un sollozo se le escapó. Fue un sonido ahogado, pero en el silencio de la madrugada, resonó.
¡PUM!
Un golpe seco en la pared que compartía el baño con la recámara principal.
El corazón de Artemio se detuvo.
—¿Quién anda ahí? —la voz de Lucía se escuchó al otro lado, pastosa por el sueño, pero cargada de esa ira latente que siempre llevaba consigo.
Artemio apagó la luz de golpe. Se quedó inmóvil en la oscuridad, rezando a la virgen de Guadalupe, a su mamá muerta, a quien fuera, para que Lucía se volviera a dormir.
Pero escuchó el rechinido de los resortes de la cama matrimonial. Luego, el chancleteo pesado de unos pies arrastrándose por el pasillo.
—No, no, no… —pensó Artemio, haciéndose bolita contra la pared fría del baño, junto a la taza del inodoro.
La puerta del baño se abrió de golpe. La luz del pasillo iluminó la silueta de Lucía. Parecía un espectro vengativo. Su bata rosa, percudida y con quemaduras de cigarro, estaba mal amarrada. Su cabello, teñido de un rubio cenizo barato, estaba hecho una maraña.
—¿Artemio? —Su voz subió de tono al ver la sombra en el rincón—. ¡Mocoso del demonio! ¿Qué haces escondido ahí como una rata? ¿Sabes qué hora es?
Lucía estiró la mano y encendió la luz del baño. Artemio se cubrió la cara con el brazo, esperando el golpe.
—Me… me duele, tía —sollozó él, bajando el brazo para mostrarle la oreja—. Me duele mucho. Mira, me está saliendo sangre.
Lucía parpadeó, ajustando la vista a la luz. Se inclinó y vio la mancha negra en el cuello del niño y la oreja destrozada. Por un segundo, solo un segundo, Artemio vio una chispa de asco en sus ojos, quizás incluso de preocupación. Pero desapareció al instante, reemplazada por la furia de quien ha sido despertado tres horas antes de que suene la alarma para ir a un trabajo miserable.
—¡Eres un idiota! —gritó ella, agarrándolo del brazo sano y levantándolo de un tirón—. ¡Te lo rasguñaste otra vez! ¡Te dije que dejaras de meterte pasadores y lápices en la oreja!
—¡No me metí nada! —se defendió Artemio, llorando abiertamente—. ¡Hay algo adentro! ¡Se mueve, tía, se mueve y me muerde!
Lucía lo soltó con desprecio, como si tocarlo la ensuciara. Se frotó la cara con las manos, exasperada.
—¿Otra vez con tu cuento de los bichos? Artemio, ya estás grande para estas estupideces. Tienes once años, por el amor de Dios. No hay nada en tu oreja más que mugre porque no te lavas bien.
—¡Sí hay! ¡Lo siento! ¡Ahorita chilló!
Lucía soltó una carcajada seca, sin humor.
—¿Chilló? Ah, mira tú. Ahora resulta que tienes un grillo amaestrado en el cerebro. ¿Sabes qué creo? Creo que eres igualito a tu padre. Él también inventaba historias para no afrontar la realidad, y mira cómo terminó.
La mención de su padre fue como una bofetada. Artemio bajó la mirada. Su padre había muerto hace cinco años, en un accidente del que nadie quería hablarle. Desde entonces, Lucía, que había sido la segunda esposa de su papá apenas por un año, se había quedado “atorada” con él. Ella nunca dejaba de recordárselo: él era una carga, una boca más que alimentar, un estorbo en su vida.
—Límpiate esa cochinada —ordenó Lucía, señalando la sangre negra—. Hueles a perro muerto. Y vete a dormir. Mañana tengo que pararme a las cinco y si no descanso, me voy a cortar un dedo en la prensa de la fábrica por tu culpa. ¿Quieres eso? ¿Quieres que me quede manca y nos muramos de hambre?
—No, tía… —murmuró Artemio.
—Entonces cállate la boca. Y deja de hacer teatro. Si mañana amaneces con la oreja hinchada, te llevo al Seguro, pero te juro, Artemio, te lo juro por esta cruz —se besó el pulgar y el índice— que si el doctor me dice que no tienes nada, te voy a dar una tunda que no te vas a poder sentar en una semana.
Lucía dio media vuelta y salió, dejando una estela de olor a tabaco rancio y crema corporal barata.
Artemio se quedó solo en el baño. Abrió la llave del agua y mojó un pedazo de papel higiénico. Al pasarlo por su oreja, el dolor fue eléctrico, cegador. El papel se tiñó de negro al instante. Limpió lo mejor que pudo, aguantando las ganas de vomitar por el olor.
Se miró al espejo una última vez. Sus ojos estaban inyectados de sangre por el llanto y la falta de sueño.
—Yo sé que estás ahí —susurró a su propia oreja.
Y entonces, sucedió.
No fue un chillido. No fue un rasguño. Fue algo que heló la sangre en las venas de Artemio y detuvo su respiración.
Desde el fondo de su canal auditivo, una vibración recorrió los huesecillos de su oído medio, transformándose en una palabra. Una palabra distorsionada, húmeda, como si fuera pronunciada a través de un tubo lleno de lodo, pero inconfundible.
…Mamá…
Artemio retrocedió, chocando contra la pared de azulejos. Se llevó las manos a la boca para ahogar un grito de terror puro. Sus pupilas se dilataron hasta cubrir casi todo el iris.
—¿Mamá? —pensó, incapaz de hablar.
¿Acaso era el espíritu de su madre? ¿Estaba poseído? En el barrio se contaban historias de brujas, de “se le subió el muerto”, de niños a los que los duendes se llevaban. Pero esto era diferente. Esto era carne. Esto era biológico.
El movimiento en su oído cesó de golpe, como si la cosa supiera que había hablado demasiado. Solo quedó un palpitar lento, rítmico, acompasado con el propio corazón de Artemio, como si el intruso estuviera robándose su sangre, su vida, latido a latido.
Regresó a la sala a oscuras. Se acostó en el sofá, pero no se tapó. Se quedó mirando el techo, donde las manchas de humedad formaban mapas de países que no existían. El miedo se transformó en una resignación fría y pesada.
Artemio entendió algo esa noche, mientras escuchaba los ronquidos de Lucía en el cuarto contiguo. Estaba solo. Completamente solo en el universo. Lucía lo odiaba. Su padre estaba muerto. Su madre era un recuerdo borroso. Y ahora, tenía un monstruo viviendo en su cabeza que lo llamaba “mamá” o que pedía a su madre.
Nadie le creería. Si le decía a alguien que la cosa le había hablado, lo encerrarían en el manicomio, en “La Castañeda” o donde metieran a los niños locos hoy en día.
Cerró los ojos, pero no durmió. Pasó las siguientes tres horas en vigilia, sintiendo cómo, de vez en cuando, una patita minúscula acariciaba su tímpano con una suavidad que era mil veces más terrorífica que el dolor. Era una caricia de reconocimiento. Una caricia de propiedad.
Soy tuyo y tú eres mío, parecía decir el silencio.
Cuando la alarma del celular de Lucía sonó a las 5:00 AM con una melodía de cumbia estridente, Artemio ya estaba vestido, sentado en la orilla del sofá, con la mochila escolar abrazada contra el pecho y la mirada perdida en un punto invisible de la pared. Parecía una estatua de cera, pálida y sin vida, excepto por el ligero temblor de su mano derecha, que flotaba cerca de su oreja, queriendo rascar, pero sin atreverse a tocar la guarida de la bestia.
—Arriba, holgazán —gruñó Lucía saliendo de su cuarto, arrastrando los pies y encendiendo un cigarro que llenó la sala de humo azul—. Hoy no vas a la escuela. Pedí permiso para llegar tarde. Vamos al médico. Y más te vale que tengas una buena excusa para todo este drama, porque mi paciencia se acabó anoche.
Artemio asintió lentamente, sin mirarla.
—Sí, tía —dijo con una voz que sonaba hueca, como si viniera de muy lejos.
Salieron del departamento hacia la mañana gris y fría de la Ciudad de México. Mientras bajaban las escaleras de concreto pintadas de amarillo desgastado, Artemio sintió que la cosa en su oído se acomodaba, preparándose para el día. Se preguntó si el médico podría oírlo. Se preguntó si el médico vería los ojos que él sentía mirándolo desde adentro.
Pero en el fondo, Artemio ya sabía la respuesta. En este mundo, los adultos solo ven lo que quieren ver. Y nadie quiere ver a un monstruo.
CAPÍTULO 2: EL PEREGRINAJE DE LOS SORDOS
El amanecer en la Ciudad de México no llegó con el sol, sino con el smog. Una capa gris y pesada descendía sobre los techos de lámina y los edificios de concreto de la periferia, filtrando la luz en un tono sucio y lechoso.
Artemio y Lucía caminaban hacia la parada del pesero. El aire estaba helado, de ese frío húmedo que se mete en los huesos y hace que las articulaciones duelan. Lucía caminaba tres pasos adelante, con su bolso de imitación piel apretado bajo el brazo y el paso furioso de quien siente que el tiempo se le escapa como arena entre los dedos. Artemio la seguía arrastrando los pies, con la cabeza ladeada hacia la derecha, como un perro golpeado.
La “cosa” en su oído se había calmado un poco con el frío de la mañana, o tal vez solo estaba hibernando, digiriendo la sangre que había bebido durante la noche. Pero la sensación de plenitud seguía ahí. Su canal auditivo se sentía lleno, bloqueado, como si tuviera una canica de acero alojada contra el tímpano.
Subieron a un microbús verde con blanco que rugía como una bestia moribunda. Iba atascado. El olor era una mezcla penetrante de gasolina, desodorante barato, café de olla y sudor rancio de decenas de cuerpos apretados.
—Pásale, pásale, todavía hay lugar atrás —gritaba el chofer, mientras la música de banda retumbaba en las bocinas saturadas.
Artemio quedó aplastado entre la espalda de un señor con overol de mecánico y la puerta trasera. El vehículo arrancó de golpe, y la vibración del motor diésel recorrió el cuerpo del niño.
Y entonces, el pasajero despertó.
La vibración del camión pareció excitarlo. Artemio sintió un espasmo violento dentro de su cráneo. No fue un movimiento de patas esta vez; fue como si la cosa se estirara, empujando las paredes de su oído medio. El niño soltó un gemido y se agarró del tubo pasamanos con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Te vas a marear? —le preguntó una señora gorda que iba sentada, abrazando una bolsa de mandado con pollos crudos—. Estás muy pálido, mijo. No me vayas a guacarear encima.
Artemio negó con la cabeza, incapaz de hablar. El dolor era una pulsación rítmica, sincronizada con los bajos de la canción que sonaba: Tunt-tunt-tunt. Cada golpe de la música era un latigazo en su nervio auditivo.
Lucía, que iba más adelante peleando por pagar los pasajes, ni siquiera volteó a verlo. Estaba demasiado ocupada mandando mensajes de voz a su supervisora, inventando una excusa sobre por qué llegaría tarde.
—Sí, jefa, es que el chamaco se puso malo… No, no es COVID, es el oído… Sí, ya sé, le prometo que repongo las horas el sábado.
La humillación ardía tanto como el oído. “El chamaco”. “El estorbo”. Artemio cerró los ojos y deseó desaparecer. Deseó que el microbús chocara, que el mundo se acabara, cualquier cosa con tal de que el ruido dentro de su cabeza parara.
Llegaron al Centro de Salud a las 6:15 de la mañana. Ya había una fila de veinte personas esperando afuera, tiritando de frío bajo sus chamarras. El sistema de salud pública era una prueba de resistencia: solo los más fuertes, o los más desesperados, lograban ser atendidos.
Cuando finalmente abrieron las rejas de metal oxidado, la gente se empujó para entrar. Lucía, experta en estas batallas urbanas, logró conseguir la ficha número 8.
—Siéntate y no te muevas —le ordenó a Artemio, señalando una banca de plástico duro en la sala de espera—. Voy a ver si agilizan esto.
La sala de espera era un purgatorio pintado de color menta descarapelado. Había carteles viejos sobre cómo lavarse las manos y prevenir el dengue, con las esquinas dobladas. Un bebé lloraba en brazos de una adolescente; un anciano tosía con un sonido cavernoso que hacía eco en las paredes desnudas.
Artemio se sentó. A su lado, una niña pequeña lo miraba fijamente mientras se chupaba una paleta de caramelo rojo.
—Tienes sangre —dijo la niña, señalando su oreja.
Artemio se tocó instintivamente. La costra de la noche anterior se había roto con el movimiento, y un hilo de ese líquido negro y viscoso volvía a asomar.
—No es sangre —susurró Artemio, sintiendo que debía advertirle—. Es veneno.
La niña abrió los ojos y corrió hacia su mamá. Artemio volvió a quedarse solo en su isla de dolor.
Pasaron dos horas. Dos horas en las que el scritch-scritch dentro de su oído se volvió el único reloj que importaba. Finalmente, una enfermera con cara de aburrimiento gritó:
—¡Koválev! ¿Quién es Koválev?
Entraron al consultorio 3. La Doctora Martínez era joven, probablemente haciendo su servicio social o recién graduada. Tenía ojeras casi tan profundas como las de Artemio y un escritorio sepultado bajo montañas de expedientes.
—Buenos días. ¿Cuál es el motivo de la consulta? —preguntó sin mirarlos, tecleando furiosamente en una computadora vieja.over
—Le duele el oído —intervino Lucía antes de que Artemio pudiera abrir la boca—. Dice que tiene bichos. Se la pasa rascándose y no me deja dormir. Ya le dije que es suciedad, pero es necio.
La doctora dejó de teclear y suspiró. Se ajustó los lentes y miró a Artemio por primera vez.
—A ver, jovencito. Acércate.
Artemio se sentó en la camilla cubierta con papel desechable que crujió bajo su peso. La doctora tomó un otoscopio de la pared. El aparato se veía viejo, con el cable un poco torcido.
—Gira la cabeza. Eso es. Voy a jalar un poco tu oreja, va a molestar.
Al sentir el plástico frío entrar en su oído, la criatura reaccionó. Artemio sintió una vibración violenta, como el zumbido de un teléfono celular, pero dentro de su carne.
—¡Ahí! —gritó Artemio, saltando en la camilla—. ¡Se está moviendo! ¡Lo está picando, doctora!
La doctora Martínez frunció el ceño y lo sujetó con firmeza.
—Quédate quieto o te voy a lastimar. A ver…
Ella miró a través de la lente iluminada. Artemio contuvo la respiración. Por favor, véalo. Por favor, vea los ojos. Por favor, vea las patas.
La doctora estuvo en silencio durante un minuto eterno, moviendo el otoscopio en diferentes ángulos. Luego, se retiró, apagó la luz del aparato y se quitó los guantes de látex con un chasquido.
—Bueno —dijo, volviéndose hacia Lucía—, tiene una otitis externa bastante fea. El conducto está muy inflamado y hay laceraciones, rasguños.
—Se lo dije —soltó Lucía, cruzándose de brazos—. Se mete los dedos sucios.
—Exacto —confirmó la doctora—. Además, no alcanzo a ver el tímpano porque hay una obstrucción severa. Un tapón de cerumen impactado. Es una bola de cerilla dura y vieja que está tapando todo el canal.
—¿Cerilla? —preguntó Artemio, con la voz temblorosa—. ¿Pero la cerilla se mueve?
La doctora sonrió con condescendencia, esa sonrisa que los adultos usan para descartar los miedos de los niños como tonterías.
—Mijo, cuando tienes un tapón de cerilla pegado al tímpano, cualquier movimiento de tu mandíbula, cuando hablas o masticas, hace que el tapón se mueva. Eso crea fricción y ruidos. Puedes sentir como si algo caminara, pero es solo suciedad seca rozando tu piel sensible.
—Pero me habló… —susurró Artemio, tan bajo que solo él se escuchó.
—Le voy a recetar unas gotas para disolver el tapón y un antibiótico para la infección de los rasguños —dijo la doctora, volviendo a su computadora—. Pónganselas por tres días y luego vengan a ver si se puede hacer un lavado. Y tú, niño, deja de meterte cosas en el oído o te vas a dejar sordo.
Salieron del consultorio con una receta de medicamentos genéricos. Lucía iba furiosa, pero también vindicada.
—¿Lo ves? —le siseó mientras caminaban hacia la farmacia del hospital—. Mugre. Tienes la cabeza llena de mugre. ¡Qué vergüenza! La doctora ha de pensar que no te baño.
Artemio no contestó. Caminaba tocándose la oreja con suavidad. Sabía que la doctora se equivocaba. La cerilla no tenía calor propio. La cerilla no latía. La cerilla no susurraba “mamá” en la oscuridad.
Esa noche fue un infierno.
Lucía compró las gotas. Eran aceitosas y olían a alcohol.
—Acuéstate de lado —ordenó ella en la sala.
Artemio obedeció, poniendo la cabeza sobre el cojín del sofá. Lucía dejó caer tres gotas frías dentro de su oído derecho.
La reacción fue instantánea y aterradora.
No hubo alivio. Hubo furia.
En el momento en que el líquido tocó lo que habitaba en el fondo, Artemio escuchó un sonido que no era humano. Era un chillido de alta frecuencia, como el acople de un micrófono, pero mezclado con el sonido húmedo de algo chapoteando desesperadamente.
¡Sssssssscreeeeee!
La criatura comenzó a agitarse con una violencia demencial. Artemio sintió cómo algo afilado — ¿garras? ¿dientes? — rasgaba las paredes internas de su oído, tratando de escapar del químico que lo quemaba.
—¡Me duele! ¡Sácamelo! —gritó Artemio, rodando por el sofá y cayendo al suelo, pateando la mesa de centro.
—¡Cállate! ¡Tiene que arder para que cure! —gritó Lucía, inmovilizándolo contra el suelo con su rodilla—. ¡Es la infección! ¡Aguántate como los machos!
Artemio lloró hasta que se quedó sin voz. El movimiento dentro de su oído continuó durante horas, una danza de agonía y resistencia. Finalmente, hacia la madrugada, la cosa se cansó. O tal vez se adaptó. El dolor agudo se transformó en un palpitar sordo y maligno.
Durante los siguientes tres días, la rutina se repitió. Gotas, dolor, gritos, silencio.
Pero algo cambió. El líquido negro que salía de su oído aumentó. Ya no eran solo unas gotas; manchaba la almohada cada noche. Y el olor empeoró. El departamento entero empezó a oler a esa dulzura podrida, aunque Lucía rociaba ambientador de lavanda compulsivamente, culpando a las cañerías del edificio.
Al cuarto día, Artemio no podía mantener el equilibrio. Caminaba chocando contra los marcos de las puertas. El mundo giraba a su alrededor.
—Ya no puedo ir a trabajar así —dijo Lucía esa mañana, viéndolo tratar de comer una quesadilla sin atinarle a la boca—. Me van a correr por estar pidiendo permisos, pero no puedo dejarte solo si te vas a matar cayéndote por las escaleras.
—Llévame con otro doctor —suplicó Artemio. Su voz sonaba extraña, distorsionada, porque su propio oído estaba completamente bloqueado. Se escuchaba a sí mismo como si estuviera bajo el agua.
Lucía contó el dinero que tenía guardado en una lata de galletas en la alacena. Eran sus ahorros para unos zapatos nuevos y para pagar la luz.
—Me las vas a pagar, Artemio —dijo con los dientes apretados, guardando los billetes en su monedero—. Te juro que cuando crezcas y trabajes, me vas a pagar cada centavo.
Fueron a una clínica privada, no de las más caras, pero tampoco de las baratas de farmacia. Una clínica de especialidades en una colonia un poco mejor. El letrero decía: “Dr. Fuentes – Otorrinolaringólogo. Cirujano de Cabeza y Cuello”.
La sala de espera tenía aire acondicionado y revistas de hace dos años. Olía a limpio.
El Dr. Fuentes era un hombre de unos sesenta años, calvo, con un bigote gris impecable y un reloj dorado en la muñeca. Emanaba esa autoridad distante de los médicos que han visto a miles de pacientes y ya no recuerdan que son personas.
—Pásenle —dijo con voz de barítono.
El consultorio era impresionante. Tenía una silla que parecía de astronauta, monitores y una pared llena de instrumentos metálicos brillantes.
—Me dicen que el tratamiento previo no funcionó —comentó el doctor, leyendo la nota que Lucía le había extendido—. A ver, siéntate aquí, campeón.
Artemio se sentó. La silla era de cuero frío.
El Dr. Fuentes no usó un otoscopio de mano. Jaló un microscopio enorme montado en un brazo articulado y lo acercó al oído de Artemio.
—Quédate muy quieto. Esto se va a ver en la pantalla.
Lucía y Artemio miraron el monitor. La imagen era borrosa al principio, pero luego se enfocó. Se veía un túnel de carne rosada, brillante por la infección, y al fondo, una masa oscura, amorfa y húmeda.
—Efectivamente —dijo el doctor con tono clínico—. Es un tapón mixto. Cerumen, sangre coagulada y restos de piel muerta. Está totalmente ocluido. Vamos a proceder a una aspiración y lavado.
—Doctor… —dijo Artemio, sintiendo que el corazón se le salía— tenga cuidado. Muerde.
El doctor soltó una risita seca.
—No te preocupes. He sacado frijoles, cuentas de collar, insectos muertos y hasta pilas de reloj de oídos de niños. Nada me asusta.
El doctor tomó un tubo metálico delgado conectado a una máquina que zumbaba.
—Esto va a hacer ruido. Como una aspiradora.
Cuando el tubo entró en su oído, el mundo de Artemio estalló. El ruido de la aspiración se amplificó mil veces dentro de su cabeza, sonando como un motor de avión despegando. Pero lo peor fue la reacción del habitante.
Al sentir el vacío, la criatura se aferró.
Artemio sintió garras clavándose profundamente en la carne sensible cerca del tímpano. No se iba a dejar sacar.
—¡Aaaahhhhh! —gritó el niño, tratando de apartarse.
—¡Sujételo, señora! —ordenó el doctor, sin dejar de aspirar.
Lucía inmovilizó los brazos de Artemio.
—¡Quédate quieto! ¡Deja que el doctor trabaje!
El doctor cambió de herramienta. Dejó la aspiradora y tomó una jeringa gigante de metal, cargada con agua tibia.
—Vamos a sacarlo a presión.
El chorro de agua golpeó el fondo del oído como un tsunami. Artemio sintió que el universo daba vueltas. El vértigo fue instantáneo; las paredes del consultorio giraron y sintió ganas de vomitar.
Dentro de su cabeza, la batalla era campal. El agua entraba, la criatura peleaba, empujando contra la corriente.
De repente, ¡plop!
Una masa oscura salió disparada junto con el agua y cayó en la riñonera metálica que el doctor sostenía bajo la oreja.
El alivio fue momentáneo. La presión desapareció. El agua dejó de entrar.
—Listo —dijo el doctor triunfante—. Salió el monstruo.
Artemio, mareado y llorando, miró la riñonera. Esperaba ver al ser. Esperaba ver un gusano con rostro humano, una araña negra, algo.
Pero en el agua turbia solo flotaba una bola deforme de cera negra, sangre vieja y pelusa. Nada se movía. Nada tenía ojos.
—¿Eso es todo? —preguntó Lucía, decepcionada y aliviada a la vez.
—Eso es todo. Un tapón de cerumen epidérmico. Muy duro. Por eso le dolía tanto.
El doctor secó el oído de Artemio con un algodón.
—Listo, campeón. Oído nuevo. Ya vas a escuchar perfecto.
Artemio se tocó la oreja. Estaba sensible, dolía por el maltrato, pero…
Esperó.
Y ahí estaba.
Más profundo. Más enojado.
Scritch… Scritch…
No había salido. Lo que el doctor había sacado era solo la “puerta”. El tapón que la criatura había usado para esconderse o protegerse. Ahora, sin el tapón, el camino estaba libre.
—Todavía está ahí —dijo Artemio, con los ojos fijos en el monitor, que ahora mostraba un tímpano enrojecido pero “limpio”.
El doctor se quitó los lentes y miró a Lucía con una expresión seria.
—Señora, el oído está limpio. Físicamente limpio. La membrana está íntegra. No hay nada más.
—Pero él dice que se mueve…
El doctor bajó la voz, como para que el niño no escuchara, aunque Artemio escuchaba todo con una claridad dolorosa ahora que no tenía el tapón.
—Mire, señora… a veces, los niños que han sufrido traumas, o que tienen problemas en casa, somatizan. Crean síntomas físicos reales a partir de problemas emocionales. O… a veces escuchan cosas que no están ahí. Alucinaciones auditivas.
Lucía se puso pálida.
—¿Me está diciendo que está loco?
—Le estoy diciendo que necesita una valoración neurológica y psiquiátrica. No es mi campo, pero un oído sano no “camina” por dentro. Si él sigue insistiendo… el problema está en el software, no en el hardware, si me entiende.
La vergüenza cayó sobre Lucía como una losa de concreto. Pagó la consulta con manos temblorosas. Dos mil pesos. Casi todo lo que tenía.
Salieron a la calle. Ya era de tarde. El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de un rojo violento.
Lucía caminó hasta la esquina y se detuvo. Agarró a Artemio por los hombros y lo sacudió con una fuerza que hizo castañear sus dientes.
—¿Escuchaste? —gritó ella, sin importarle la gente que pasaba—. ¿Escuchaste lo que dijo? ¡Estás sano! ¡No tienes nada! ¡Me gasté el dinero de la comida, el dinero de mis zapatos, en sacarte una bola de mugre!
—Tía, te juro…
—¡Cállate! —le dio una bofetada. Fue un golpe seco en la mejilla izquierda—. ¡Ni una palabra más! ¡A partir de hoy, se acabó! No quiero oírte quejarte. No quiero verte rascándote. Si te duele, te aguantas. Si se mueve, te aguantas. ¡Eres un mentiroso o estás loco, y no voy a mantener a un loco!
Lucía empezó a caminar rápido hacia la parada del camión, dejándolo atrás.
Artemio se quedó parado en la banqueta. La mejilla le ardía. La gente pasaba a su lado, esquivándolo, con esa indiferencia brutal de la gran ciudad.
Estaba completamente solo. Los médicos le habían fallado. Su familia lo odiaba. Dios no miraba hacia abajo.
En ese momento de soledad absoluta, el sonido regresó. Pero ya no era un rasguño. Ya no era un chillido.
Ahora que el camino estaba limpio, sin cera que bloqueara el sonido, la voz resonó clara, cristalina, íntima, directamente en su cerebro. Era una voz que no tenía género, una voz antigua y hambrienta.
…Ya no llores, Artemio…
El niño dejó de respirar. El mundo a su alrededor se silenció. Los cláxones, los gritos de los vendedores ambulantes, todo desapareció. Solo quedó esa voz.
…Ellos no nos quieren. Ella te odia…
Artemio sintió una lágrima correr por su mejilla golpeada.
—¿Quién eres? —pensó, proyectando la pregunta hacia adentro.
La respuesta vino acompañada de una sensación de calidez, como si algo lo abrazara por dentro, acariciando sus lóbulos cerebrales.
…Soy tu amigo. El único que te queda. Y tengo mucha hambre…
Artemio miró la espalda de Lucía, que se alejaba entre la multitud. Sintió un odio repentino, negro y espeso, brotar en su pecho. Un odio que no era del todo suyo.
Se secó las lágrimas con la manga sucia de su suéter.
—Está bien —susurró al viento—. Está bien.
Y comenzó a caminar tras ella, mientras dentro de su oído, la cosa ronroneaba, satisfecha. El pacto de silencio se había roto, pero uno nuevo, mucho más oscuro, acababa de comenzar.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: LA VOZ EN EL ABISMO
La semana que siguió a la visita con el otorrinolaringólogo no fue una semana de días, sino de noches eternas. El diagnóstico de “sano” había sido la peor condena posible para Artemio. Si los médicos decían que no había nada, entonces el dolor, la sangre negra y los movimientos eran, oficialmente, locura. Y en el barrio de Artemio, la locura era un pecado peor que la pobreza.
Pero Artemio ya no estaba solo.
La soledad, esa compañera fría que lo había abrazado desde la muerte de su padre, se había disuelto. Ahora, su cabeza estaba llena. Llena de una presencia pesada, tibia y parlanchina.
Era martes por la mañana. Artemio estaba sentado en la orilla de su cama, mirando sus zapatos escolares gastados.
…No te los pongas todavía… susurró la voz.
No era un sonido que entrara por el oído; nacía directamente en el centro de su cerebro, reverberando en el hueso temporal como si estuviera atrapado en una cueva submarina. Era una voz andrógina, sin edad, con una cadencia húmeda y pegajosa.
—Tengo que ir a la escuela —murmuró Artemio en voz alta.
…No quieren que vayas. Se burlan de nosotros. El Jaibo te va a empujar hoy. Lo sé. Lo huelo en el aire…
—Cállate —dijo el niño, apretándose las sienes.
—¿Con quién hablas, loco? —la voz de Lucía atravesó la puerta de madera delgada.
Artemio se sobresaltó.
—Con nadie, tía. Me estoy amarrando las agujetas.
Lucía abrió la puerta de golpe. Ya estaba vestida para el trabajo, con el maquillaje mal aplicado y el ceño fruncido de quien odia su vida desde que abre los ojos.
—Más te vale. Hoy tengo turno extra. Te dejé cincuenta pesos en la mesa para que comas algo en la fonda de Doña Pelos. Y escúchame bien, Artemio: hoy tengo la cita en el Hospital Psiquiátrico Infantil. A las cuatro paso por ti a la salida de la escuela. No te me vayas a escapar.
Artemio sintió un hueco en el estómago.
—¿De verdad me vas a llevar al loquero?
Lucía lo miró con una mezcla de cansancio y desdén.
—El especialista de oídos dijo que tu problema es mental. Pues vamos a arreglarte la mente. Ya no aguanto tus grititos en la noche ni que te estés golpeando la cabeza contra la pared. Si necesitas pastillas para atarantarte y dejarme vivir en paz, te las van a dar.
Cuando Lucía se fue, azotando la reja de la entrada, la voz en su cabeza soltó una risita burbujeante.
…Nos quiere drogar. Quiere dormirnos para que no nos defendamos. Ella es la enemiga, Artemio. Siempre lo ha sido…
Artemio tomó su mochila. El peso de los libros se sentía irrelevante comparado con el peso de su propia cabeza. Al caminar hacia la Secundaria Técnica #45, sentía que cargaba una pecera llena de agua sucia sobre los hombros. El equilibrio le fallaba. Caminaba pegado a las paredes de las casas, rozando el estuco áspero con el hombro para no caerse hacia la derecha, hacia donde el “huésped” hacía contrapeso.
La escuela era un edificio de ladrillo rojo despintado, rodeado de una barda con alambre de púas y grafitis de bandas locales. El patio olía a tortas de jamón y a drenaje. El ruido era ensordecedor: cientos de adolescentes gritando, corriendo y empujándose.
Para Artemio, ese ruido era tortura física. El inquilino de su oído odiaba los sonidos agudos.
…Demasiado ruido. Haz que se callen. ¡Que se callen!…
La entidad se agitó. Artemio sintió un calambre agudo detrás de la oreja y su cabeza se sacudió violentamente hacia la derecha, un tic nervioso que no podía controlar.
—¡Wacha! ¡Ahí va el “Temblorina”! —gritó alguien desde las canchas de básquetbol.
Era “El Jaibo”. Un chico de tercero, repetidor, con el corte de pelo rapado a los lados y una cicatriz en la ceja. Era el rey del patio, y Artemio era su bufón favorito.
Un grupo de cinco chicos rodeó a Artemio antes de que pudiera llegar al salón.
—¿Qué tranza, mi loco? —El Jaibo le dio un empujón en el hombro—. ¿Cómo amanecieron los piojos de tu cerebro?
Las risas estallaron alrededor. Eran risas crueles, hienas oliendo sangre.
—Déjame en paz, Jaibo —susurró Artemio, mirando al suelo.
…Míralo. Es carne blanda. Podríamos lastimarlo. Podríamos morderle la garganta… sugirió la voz, con un tono seductor y violento.
—¡Cállate! —gritó Artemio, cerrando los ojos y tapándose los oídos con ambas manos.
El patio se quedó en silencio por un segundo. Todos lo miraban. Artemio se dio cuenta de su error. Había gritado en voz alta.
—¡Uy, ya se puso agresivo el loquito! —se burló El Jaibo, acercándose más—. ¿A quién callas, eh? ¿A tus amigos imaginarios? A ver, preséntalos.
El Jaibo le dio un zape en la nuca. Un golpe seco con la mano abierta.
La reacción dentro del oído de Artemio fue nuclear. El golpe externo enfureció a la criatura. Artemio sintió cómo unas garras internas se clavaban en su trompa de Eustaquio. El dolor lo cegó. Cayó de rodillas en el concreto caliente del patio, gritando.
—¡¡AAAAHHHH!! ¡ME MUERDE! ¡ME ESTÁ MORDIENDO!
Se revolcó en el suelo, pataleando. No era actuación. Sentía dientes. Sentía cómo algo masticaba su carne por dentro, castigándolo por permitir el golpe, castigándolo por ser débil.
El Jaibo y su pandilla retrocedieron, asustados por la intensidad del ataque.
—No manches, le está dando el ataque —murmuró uno de los chicos.
—¡Hágansela a un lado! —llegó una voz autoritaria.
Era la Maestra Marina, la profesora de Español. Era la única que no lo miraba como si fuera basura. Se abrió paso entre los alumnos curiosos y se arrodilló junto a Artemio.
—¡Artemio! ¡Artemio, mírame! —le sujetó las manos para evitar que se siguiera golpeando la oreja—. ¡Respira!
Artemio abrió los ojos. Estaban inyectados en sangre, las pupilas dilatadas de forma desigual. Por su oreja derecha, un hilo grueso de ese líquido negro y fétido escurrió hasta manchar la blusa blanca de la maestra.
—Maestra… ayúdeme… no se quiere calmar… —gimió el niño.
La Maestra Marina vio el líquido negro. Frunció el ceño. Olía terrible, a infección avanzada, a necrosis.
—¡Llamen a la ambulancia! —gritó ella a los prefectos que apenas llegaban corriendo.
—No, no… —Artemio se aferró al brazo de la maestra—. Mi tía… mi tía viene a las cuatro… me va a llevar al hospital de los locos. No deje que me lleven antes.
El ataque de la criatura cesó tan rápido como había empezado, dejándolo exhausto, temblando como una hoja.
La Maestra Marina lo ayudó a levantarse y lo llevó a la enfermería, alejándolo de las miradas morbosas de toda la escuela. Allí, mientras la enfermera escolar (una señora que solo sabía dar aspirinas y té de manzanilla) le limpiaba la oreja con asco evidente, Marina se sentó frente a él.
—Artemio —dijo suavemente—. Eso que te salió del oído no es normal. Y no parece cerilla. ¿Qué te dijo el médico?
—Dijo que estoy loco —respondió Artemio, con la mirada vacía—. Dijo que me invento cosas porque quiero llamar la atención.
—¿Y tú crees eso?
Artemio levantó la vista. Por primera vez en meses, vio compasión real.
—Maestra… hay alguien viviendo ahí. Me habla. Me dice cosas malas. Y tiene hambre.
Marina sintió un escalofrío recorrer su espalda. No porque creyera en monstruos, sino porque la convicción en la voz del niño era absoluta. Y ese olor… ese olor no era mental.
—Voy a hablar con tu tía cuando venga —prometió Marina—. Esto no puede seguir así.
A las cuatro en punto, Lucía llegó. Pero no estaba de humor para pláticas pedagógicas. Cuando la Maestra Marina intentó explicarle que el niño necesitaba atención médica urgente por una posible infección grave, Lucía la cortó en seco.
—Mire, maestra, con todo respeto, usted enséñele a poner acentos y yo me encargo de su salud. Ya me gasté lo que no tengo en médicos que me dicen que está sano. Hoy va al psiquiatra y punto. Vámonos, Artemio.
Lucía lo arrastró fuera de la escuela, dejando a la maestra con la palabra en la boca y una sensación de terrible presagio en el pecho.
El trayecto al Hospital Psiquiátrico Infantil “Dr. Juan N. Navarro”, al sur de la ciudad, fue un viaje de dos horas en Metro y camión. Artemio iba en silencio, mirando por la ventana del pesero cómo la ciudad se volvía más gris y caótica.
…Nos llevan a la prisión… susurró la voz. Ahora sonaba débil, cansada por el esfuerzo del ataque en la escuela. …Van a intentar matarme con venenos químicos. Tienes que ser fuerte, Artemio. Tienes que mentir. Si les dices la verdad, nos encerrarán para siempre. Tienes que decirles lo que quieren oír…
—¿Qué quieren oír? —pensó Artemio.
…Que estás triste. Que extrañas a tu papá. Que te inventas al monstruo porque te sientes solo. Si les dices eso, nos darán pastillas suaves y nos dejarán ir a casa. Si les dices que te hablo… te abrirán la cabeza con una sierra…
La imagen de la sierra hizo que Artemio se estremeciera.
Llegaron al hospital. Era una estructura imponente de concreto, rodeada de jardines que intentaban ser alegres pero que, bajo el cielo nublado, parecían cementerios.
La sala de espera de psiquiatría era diferente a las otras. No había gente tosiendo o sangrando. Había niños mirando al vacío, adolescentes con cicatrices en las muñecas, y padres con rostros de derrota absoluta. El silencio era denso, interrumpido solo por algún grito ocasional proveniente de las áreas de internamiento.
—Artemio Koválev —llamó una voz amable.
Era la Dra. Ana Solares. Una mujer joven, de unos treinta y cinco años, con el cabello recogido en una coleta y una bata blanca impecable llena de pines de personajes de caricaturas.
—Pasa, por favor.
Entraron al consultorio. Era un espacio cálido, con juguetes en una estantería, dibujos de niños en las paredes y dos sillones cómodos frente a frente.
—Señora, si me permite, me gustaría hablar primero con Artemio a solas —dijo la doctora con una sonrisa firme.
Lucía dudó, pero asintió.
—Nomás no se deje engañar, doctora. Es muy manipulador.
Cuando Lucía salió, la atmósfera en el cuarto cambió. La Dra. Ana se sentó frente a Artemio y no sacó ninguna libreta. Solo lo miró.
—Hola, Artemio. Me llamo Ana. ¿Sabes por qué estás aquí?
Artemio se sentó sobre sus manos para que no vieran cómo le temblaban.
—Porque estoy loco.
—Esa es una palabra muy fea que la gente usa cuando no entiende lo que pasa —dijo Ana suavemente—. Yo prefiero pensar que la mente a veces se enferma, como se enferma la panza o la garganta. Cuéntame, ¿qué pasa con tu oído?
Artemio sintió la presión en su cabeza. El Huésped estaba escuchando, tenso, listo para castigarlo si cometía un error.
…Miente… siseó la voz. …Dile que es mentira…
—Me duele —dijo Artemio—. Y… siento que se mueve.
—¿Cómo se mueve? ¿Como un tic nervioso? ¿O como si hubiera algo vivo?
—Como algo vivo.
La doctora asintió, sin mostrar sorpresa ni burla.
—¿Y ese “algo” tiene voz?
Artemio se congeló. ¿Cómo lo sabía?
—Muchos niños que vienen aquí escuchan voces, Artemio. No eres el único. A veces las voces son buenas, a veces son malas. ¿La tuya qué te dice?
Artemio sintió una punzada de dolor agudo en el tímpano, una advertencia.
—No… no me dice nada —mintió, tragando saliva—. Solo hace ruido. Como… como un grillo.
—Artemio —la doctora se inclinó hacia adelante—. Leí tu expediente. Tu mamá murió cuando naciste. Tu papá murió hace poco. Vives con tu madrastra y la situación en casa es… complicada. A veces, cuando nos sentimos muy solos y tristes, nuestra mente crea compañeros. O crea monstruos para explicar por qué nos sentimos tan mal. Es una forma de protegernos.
—No es un compañero —se le escapó a Artemio—. Es…
…¡Cállate!… gritó la voz interior con tal fuerza que Artemio hizo una mueca de dolor visible.
La doctora notó la mueca.
—¿Te dolió justo ahora?
—Sí.
—¿Se enojó porque estás hablando conmigo?
Artemio miró a la doctora con terror puro. Ella entendía. Ella estaba acercándose demasiado a la verdad, pero desde el ángulo equivocado. Creía que era una alucinación psicótica, una fragmentación de su personalidad.
—Artemio, quiero ayudarte. Pero necesito saber qué tan real es esto para ti. ¿Lo ves? ¿Lo tocas?
—Sale líquido negro —susurró él—. Huele feo.
—He visto el reporte del otorrino —dijo Ana, poniéndose seria—. Dice que tienes otitis crónica por rascado compulsivo. El líquido es sangre coagulada e infección. Pero tú crees que es otra cosa, ¿verdad?
—Es veneno —dijo Artemio, repitiendo lo que le había dicho a la niña en la sala de espera—. Es su orina.
La doctora Ana respiró hondo. Se levantó y fue a su escritorio. Sacó un recetario.
—Artemio, creo que estás pasando por un episodio de psicosis breve, probablemente desencadenado por una depresión severa y estrés postraumático. Tu cerebro está bajo mucha presión y está creando esta realidad para procesar el dolor.
—No me cree —dijo Artemio, bajando la cabeza.
—Te creo que tú lo sientes. Te creo que para ti es real. Y por eso te voy a dar algo para que esa voz se calle y el “bicho” deje de moverse. ¿Te gustaría dormir una noche completa sin sentirlo?
La oferta era tentadora. Dormir. Silencio. Oscuridad sin dolor.
—Sí —dijo Artemio.
…No… gimió el Huésped. …Si duermes, yo tomo el control. No tomes eso…
La doctora hizo pasar a Lucía.
—Señora, Artemio presenta síntomas claros de un trastorno psicótico incipiente. Escucha voces, tiene delirios somáticos (cree que tiene un animal en el cuerpo) y conductas autolesivas. No es un berrinche. Es una enfermedad.
Lucía palideció. La palabra “enfermedad” implicaba gastos, cuidados, problemas.
—¿Y eso se cura?
—Se trata. Le voy a recetar Risperidona y un antidepresivo. Necesita tomarlos diario, a la misma hora. Le van a dar sueño al principio. Y necesito verlo en terapia cada semana.
Lucía tomó las recetas como si fueran una sentencia de cárcel.
—Está bien, doctora. Con tal de que se calle.
Salieron del hospital ya de noche. La ciudad era un monstruo de luces neón y sombras alargadas. Compraron las medicinas en una farmacia de genéricos antes de llegar a casa.
Esa noche, en la cocina, bajo la luz parpadeante del tubo fluorescente, Lucía sacó una pastilla pequeña y blanca.
—Tómatela —ordenó, dándole un vaso de agua de la llave.
Artemio miró la pastilla.
…No lo hagas… suplicó la voz. …Somos amigos. Yo te protejo del Jaibo. Yo te hago especial. Si me matas a mí, te matas a ti…
Pero Artemio estaba cansado. Estaba harto del dolor, del olor a podrido, de las burlas. Se metió la pastilla en la boca y bebió el agua de un trago.
—A la cama —dijo Lucía, apagando la luz.
Artemio se acostó. Esperó.
A los treinta minutos, una pesadez deliciosa comenzó a invadir sus extremidades. Sus párpados pesaban toneladas. El miedo se desdibujaba, volviéndose algo lejano y borroso.
Y dentro de su oído, el Huésped entró en pánico.
…¿Qué hiciste? ¡El aire se vuelve espeso! ¡Me asfixio!…
La voz de la criatura cambió. Ya no era seductora. Era gutural, monstruosa.
Artemio sintió que el movimiento se volvía frenético, pero su cuerpo estaba demasiado drogado para reaccionar. Estaba paralizado por el sedante.
…Si tú me duermes, yo voy a comer… rugió la cosa.
Justo antes de que la negrura química del medicamento apagara la conciencia de Artemio, sintió un dolor nuevo. Un dolor agudo y desgarrador, no en el oído, sino detrás del ojo derecho.
Sintió cómo algo se rompía. Un hueso fino. Un cartílago.
La criatura, desesperada por la amenaza química que inundaba la sangre de Artemio, decidió que el oído ya no era un lugar seguro. Necesitaba migrar. Necesitaba ir más profundo.
Crak.
Artemio quiso gritar, pero su mandíbula estaba floja, dormida.
Sintió cómo el cuerpo húmedo y caliente del parásito se deslizaba, abandonando el canal auditivo, rompiendo la fina barrera ósea y entrando en la cavidad craneal, empujando hacia la órbita del ojo.
“Ayuda”, pensó Artemio mientras caía en el abismo del sueño inducido.
Pero nadie lo escuchó. Solo el silencio de la habitación y el suave goteo de sangre negra que ahora comenzaba a brotar, no de su oído, sino de su lagrimal derecho, cayendo sobre la almohada como lágrimas de petróleo.
Artemio durmió. Pero el Huésped estaba más despierto que nunca, y ahora, tenía acceso a los controles principales.
CAPÍTULO 4: LA MIRADA DE LA BESTIA
El despertar no fue un regreso a la vida, sino un ascenso lento y doloroso desde un pozo de chapopote. La Risperidona había hecho su trabajo, sí, pero no como los médicos prometieron. No había traído paz; había traído una niebla química, densa y gris, que amortiguaba el mundo exterior pero dejaba el interior dolorosamente expuesto.
Artemio abrió el ojo izquierdo. La luz de la mañana entraba por la ventana, hiriente y excesiva. Intentó abrir el derecho, pero estaba pegado. Una costra seca y quebradiza sellaba sus pestañas.
Se sentó en la cama, sintiendo que su cabeza pesaba tres veces más de lo normal. El equilibrio le falló de inmediato y tuvo que apoyar las manos en el colchón para no caerse de lado. El mundo parecía inclinado, como la cubierta de un barco hundiéndose.
Se llevó la mano a la cara. Tocó su ojo derecho. Estaba hinchado, caliente al tacto, palpitando con un ritmo propio, ajeno a su corazón.
—Buenos días… —intentó decir, pero su lengua estaba pastosa, entumecida por el sedante.
No hubo respuesta de la voz.
Por un momento, un destello de esperanza iluminó su miseria. ¿Se había ido? ¿La pastilla lo había matado?
Se levantó arrastrando los pies y fue al baño. El espejo, ese testigo mudo de su degradación, lo esperaba.
Cuando vio su reflejo, la esperanza murió estrangulada.
Su cara estaba deformada. El lado derecho estaba inflamado, la piel tensa y brillante, con un tono violáceo que bajaba desde la sien hasta el pómulo. Pero lo peor era el ojo.
Artemio mojó sus dedos con saliva y comenzó a despegar la costra negra que sellaba sus párpados. Dolía. Era como arrancar cinta adhesiva de una quemadura. Cuando finalmente logró separar las pestañas, el párpado se levantó perezosamente, caído, en una ptosis grotesca que le daba aspecto de estar medio dormido o muerto.
Pero el globo ocular…
La esclerótica, la parte blanca del ojo, ya no era blanca. Era una red de capilares rotos, una mancha roja oscura, casi negra. Y la pupila no reaccionaba a la luz. Estaba dilatada al máximo, un agujero negro que parecía no tener fondo.
Y entonces, sintió el cambio.
No escuchó la voz. La sintió.
Ya no venía del oído. Ya no era un susurro externo. Ahora era un pensamiento. Un pensamiento que no era suyo, insertado directamente en su lóbulo frontal, detrás de ese ojo monstruoso.
(…Ya despertamos, Artemio. Tengo sed…)
El pensamiento llegó acompañado de una imagen mental vívida: un vaso de agua sucia, lodo, sangre.
Artemio retrocedió, chocando contra la pared. La visión de su ojo derecho era… incorrecta. Mientras su ojo izquierdo veía el baño sucio y despintado de siempre, el derecho veía algo más. Veía calor. Veía sombras pulsantes en las paredes. Veía la humedad dentro del concreto como venas azules.
Su visión binocular era un caos de dos realidades superpuestas que le provocaban náuseas instantáneas.
—¿Qué me hiciste? —pensó Artemio, agarrándose la cabeza.
(…Me diste veneno. Tuve que mudarme. Aquí hay más espacio. Aquí veo lo que tú ves…)
La entidad estaba complacida. Había encontrado la sala de control.
—¡Artemio! ¡Se te hace tarde! —gritó Lucía desde la cocina.
El niño se lavó la cara con agua helada, tratando de bajar la hinchazón, pero fue inútil. Se puso unos lentes oscuros que su papá había dejado olvidados en un cajón hace años. Eran grandes, tipo aviador, y le quedaban enormes, pero ocultaban el horror.
Salió a la cocina. Lucía estaba friendo huevos. El olor a aceite quemado le revolvió el estómago a Artemio de una manera violenta.
—¿Y esos lentes? —preguntó Lucía, volteando con la espátula en la mano. Al verlo tambalearse, soltó una risa breve—. Ah, mira nada más. Andas bien “norteado”. La doctora dijo que te iba a dar sueño, pero pareces zombi.
—Me lastima la luz —murmuró Artemio, sentándose a la mesa.
Lucía le puso el plato enfrente. Huevos estrellados nadando en salsa verde.
—Cómetelo todo. Las pastillas no se toman con la panza vacía. Y quítate esos lentes, pareces delincuente.
—No.
Lucía se detuvo. Artemio nunca decía que no.
—¿Cómo dijiste?
—Dije que no. Me duelen los ojos.
Lucía lo miró, evaluando si valía la pena pelear tan temprano. Vio la hinchazón que asomaba por encima del armazón de los lentes.
—Bueno, pues si te preguntan en la escuela, diles que tienes conjuntivitis. O que te picó una araña. No quiero que empiecen a decir que te pego.
Artemio miró el huevo. La yema amarilla le pareció repugnante. A través de su ojo derecho (que veía a través del tinte oscuro de los lentes), la comida brillaba con un aura grisácea, como ceniza.
(…No comas eso. Es basura muerta. Necesitamos algo rojo…) sugirió la presencia en su mente.
Artemio ignoró el impulso y comió mecánicamente. La Risperidona lo hacía sentir lejano, como si estuviera controlando su cuerpo a control remoto desde una habitación contigua.
El camino a la escuela fue una nebulosa. El medicamento amortiguaba el miedo, lo cual era bueno, pero también amortiguaba su voluntad. Caminaba como autómata.
Al llegar a la Secundaria Técnica, el ambiente cambió. El ruido de los adolescentes ya no lo lastimaba tanto en el oído; ahora, lo irritaba visualmente. Cada movimiento brusco de sus compañeros dejaba una estela, un rastro de luz residual en su visión derecha que lo mareaba.
—¡Miren quién llegó! ¡El Top Gun de la Lagunilla! —gritó una voz conocida.
El Jaibo estaba recargado en la reja de entrada, con su séquito habitual. Al ver los lentes oscuros de Artemio, vio una oportunidad de oro para la comedia cruel.
Artemio bajó la cabeza e intentó pasar de largo, abrazando su mochila.
—¿A dónde vas, mi ciego? —El Jaibo le bloqueó el paso, poniéndose frente a él.
Normalmente, el corazón de Artemio se habría acelerado. Habría sudado frío. Habría pedido perdón por existir.
Pero hoy, la Risperidona mantenía su ritmo cardíaco artificialmente bajo. Y el Huésped… el Huésped sentía curiosidad.
(…Está cerca. Huele a sudor agrio. Su cuello… mira su cuello…)
Artemio levantó la vista. A través de los lentes oscuros, su ojo derecho enfocó la garganta de El Jaibo. La piel desapareció por un segundo. Vio la arteria carótida pulsando, gruesa y vibrante, llevando sangre rica y oxigenada al cerebro del bravucón.
Bom-bom. Bom-bom.
Era hipnótico.
—¿Qué me ves, imbécil? —El Jaibo se sintió incómodo ante la fijeza de Artemio—. Quítate esas chingaderas.
El Jaibo extendió la mano y le arrancó los lentes de un manotazo.
El sol golpeó el ojo de Artemio. El niño parpadeó, y el párpado derecho, pesado e hinchado, apenas se movió.
El grupo de chicos soltó una exclamación de asco.
—¡No manches! —gritó uno—. ¡Wacha su ojo! ¡Parece que se le va a salir!
El ojo de Artemio era una bola de sangre negra. La pupila dilatada parecía un abismo.
El Jaibo retrocedió un paso, instintivamente. El asco pudo más que las ganas de molestar.
—¡Guácala! Tienes el ojo podrido, güey. ¡Pínche zombi! ¡No me vayas a pegar tu lepra!
—Devuélveme mis lentes —dijo Artemio. Su voz sonó plana, sin entonación.
—¡Ni madres! Ya los toqué, ya están infectados.
El Jaibo tiró los lentes al suelo y los pisó. El crujido del plástico rompiéndose resonó en el patio.
Artemio miró los fragmentos de los lentes de su padre. Algo dentro de él, muy en el fondo, sintió tristeza. Pero la entidad en su lóbulo frontal sintió otra cosa.
Furia fría. Calculadora.
(…Nos rompió la protección. Ahora la luz nos lastima. Castígalo…)
—¡Órale, lárgate a llorar al baño! —se burló El Jaibo, empujándolo.
Artemio se dio la vuelta y caminó hacia el edificio. No lloró. Sus lagrimales estaban secos, o mejor dicho, bloqueados por algo más denso que las lágrimas.
Las primeras clases pasaron en un borrón. Matemáticas, Historia. Artemio se sentaba al fondo, con la mano cubriendo su ojo derecho, tratando de bloquear la luz. La cabeza le punzaba con un ritmo de martillo neumático.
A la tercera hora, tocaba Biología. El laboratorio olía a formol y polvo. El profesor, el Sr. Galindo, un hombre bajito con caspa en los hombros, hablaba sobre el sistema nervioso.
—El cerebro recibe impulsos eléctricos… —decía, dibujando una neurona mal hecha en el pizarrón.
Artemio estaba en trance. Tenía su cuaderno abierto, pero no tomaba apuntes. Su mano derecha se movía sola, garabateando con una pluma Bic negra.
(…Dibuja la casa. Dibuja cómo me siento…)
La pluma rasgaba el papel. Círculos concéntricos. Espirales. Y en el centro, ojos. Muchos ojos.
De pronto, una gota cayó sobre el papel.
Plop.
Artemio se detuvo. Miró la hoja. Una mancha negra, perfecta y redonda, había caído sobre el dibujo.
Se tocó la mejilla. Estaba húmeda.
Se miró los dedos. Tinta negra. No, no era tinta. Era el fluido.
Estaba llorando sangre negra por el ojo derecho.
—Joven Koválev —la voz del profesor Galindo sonó lejana—. ¿Le parece que mi clase es aburrida? Veo que prefiere dibujar.
Artemio levantó la vista.
El profesor se quedó callado. Vio la línea negra que cruzaba la cara pálida del niño, como una cicatriz de guerra o una pintura tribal.
—Artemio… ¿estás bien? —preguntó el profesor, bajando el gis.
Artemio se puso de pie. La silla rechinó.
(…Sal de aquí. Nos están mirando. No me gusta que me miren…)
—Tengo que ir al baño —dijo Artemio, y salió del salón sin esperar permiso.
Caminó por los pasillos desiertos. El eco de sus pasos se mezclaba con el zumbido en su cabeza. Llegó al baño de hombres del segundo piso, el que casi nadie usaba porque siempre estaba inundado.
Entró. El olor a orina vieja y cigarro era penetrante. Se acercó al lavabo y se echó agua en la cara, tratando de limpiar el rastro negro. Pero no dejaba de salir. Era como si el ojo estuviera purgando algo.
La puerta del baño se abrió.
Por el espejo, Artemio vio entrar a tres figuras. El Jaibo y sus dos tenientes, “El Ranas” y “El Memín”. Se habían escapado de clase para fumar.
—Mira quién está aquí —dijo El Jaibo, sonriendo al ver a su presa acorralada—. El Tuerto.
Cerraron la puerta y le echaron el pasador.
Artemio se secó la cara con la manga del suéter, manchándolo de negro irremediablemente. Se giró lentamente para enfrentarlos.
—Déjenme salir —dijo.
—No, güey. Primero nos vas a dar lo que traigas para el almuerzo. Y luego nos vas a explicar por qué andas llorando chapopote. ¿Eres alien o qué?
El Jaibo sacó una navaja mariposa. Era barata, comprada en el tianguis, pero la hoja brillaba bajo la luz fluorescente. Empezó a jugar con ella, abriéndola y cerrándola. Click-clack, click-clack.
El sonido.
Ese click-clack metálico y rítmico.
Algo se rompió dentro de la mente de Artemio. O tal vez, algo se conectó.
La Risperidona, que hasta ese momento había mantenido a la bestia sedada y contenida detrás del ojo, fue barrida por una inyección masiva de adrenalina y dopamina que la propia entidad generó.
El tiempo se ralentizó.
Artemio vio la navaja moverse en cámara lenta. Su ojo derecho, el ojo maldito, analizó el movimiento. Vio la trayectoria. Vio la tensión en los músculos del antebrazo del Jaibo. Vio el miedo disfrazado de bravuconería en sus ojos.
(…Es un depredador débil. Juega con la comida. Nosotros no jugamos…)
—Dame la mochila —ordenó El Jaibo, acercando la navaja a la cara de Artemio.
—No —dijo Artemio.
Esta vez, no fue su voz. Fue una voz más grave, resonante, que vibró en su pecho.
El Jaibo se desconcertó por un segundo.
—¿Qué te crees muy ver…?
El Jaibo lanzó un viaje, un movimiento rápido para cortar la correa de la mochila.
Artemio no pensó. Su cuerpo reaccionó antes de que su cerebro humano pudiera procesarlo. Su mano izquierda subió con una velocidad inhumana y atrapó la muñeca del Jaibo en el aire.
El impacto sonó como un aplauso seco.
El Jaibo abrió los ojos con sorpresa. Intentó jalar su mano, pero Artemio no lo soltaba. El agarre del niño era de acero. Sus dedos se clavaron en los tendones del bravucón.
—Suéltame, pinche loco —gritó El Jaibo, asustado.
Artemio levantó la vista. El párpado caído de su ojo derecho se abrió por completo. La pupila dilatada pareció expandirse hasta devorar el iris.
(…Rómpele la muñeca. Enséñales…)
Artemio apretó.
Se escuchó un crujido asqueroso. Crrrric.
El Jaibo soltó un alarido que rebotó en los azulejos del baño. La navaja cayó al suelo con un tintineo.
El Ranas y El Memín se quedaron paralizados. No podían creer lo que veían. El flacucho, el llorón, el saco de boxeo, estaba doblando al líder como si fuera un muñeco de trapo.
—¡Suéltalo! —gritó El Ranas, lanzándose contra Artemio.
Artemio ni siquiera volteó. Con un movimiento fluido, casi coreográfico, soltó al Jaibo (quien cayó de rodillas, acunando su mano rota) y giró sobre sus talones.
Vio al Ranas venir. Vio el punto exacto en su garganta.
(…Muerde…)
El impulso fue abrumador. Artemio abrió la boca, listo para desgarrar. Pero la poca humanidad que le quedaba, esa pequeña voz de niño asustado en el fondo de su mente, tiró de las riendas.
¡No!
En lugar de morder, Artemio empujó. Pero no fue un empujón normal. Fue un golpe con la palma abierta en el pecho del Ranas. El chico salió volando hacia atrás, resbaló en el piso mojado y se golpeó la nuca contra el orinal. Cayó inconsciente.
El Memín, viendo a sus dos amigos derrotados en menos de diez segundos, abrió la puerta y salió corriendo, gritando por ayuda.
Artemio se quedó parado en medio del baño, respirando agitadamente. Miró sus manos. Estaban manchadas de negro, pero no era tinta. Se había tocado la cara durante la pelea.
El Jaibo gemía en el suelo, pálido, mocioso y llorando.
—Eres un monstruo… —susurró El Jaibo, mirándolo con terror absoluto—. Eres el diablo.
Artemio lo miró. Su ojo derecho palpitaba con placer. La entidad estaba satisfecha. Se había alimentado del miedo, de la violencia. La sensación de poder era embriagadora, mucho mejor que el miedo constante.
(…Vámonos. Antes de que vengan los adultos…)
Artemio tomó su mochila y salió del baño. No corrió. Caminó con paso firme, ignorando los gritos que empezaban a escucharse en el pasillo. Salió de la escuela, saltándose la barda trasera, algo que nunca en su vida se hubiera atrevido a hacer.
Caminó por las calles del barrio sin rumbo fijo. Se sentía extraño. La mitad de su cuerpo, la izquierda, estaba agotada, temblando por el bajón de adrenalina. La mitad derecha estaba eléctrica, vibrante.
Llegó a un parque abandonado, donde los columpios estaban oxidados y el pasto crecía alto. Se sentó bajo un árbol pirul.
Sacó una botella de agua de su mochila y bebió con desesperación. Luego, usó el resto del agua para lavarse la cara.
El dolor en su ojo derecho regresó, agudo y punzante.
(…Mírame…) dijo la voz. (…Quiero ver cómo nos vemos…)
Artemio sacó un pequeño espejo de bolsillo que Lucía le había obligado a cargar “para que te veas lo puerco que estás antes de entrar a clases”.
Se miró.
El ojo derecho estaba rojo sangre. Pero había algo más.
Artemio acercó el espejo. Su mano temblaba.
En el centro de la pupila dilatada, en esa oscuridad insondable, algo se movía. No era un reflejo. Era algo detrás del lente del ojo.
Artemio contuvo la respiración.
Algo empujó su iris desde adentro. Una pequeña protuberancia. Luego otra. Y otra.
Eran dedos.
Tres dedos diminutos, translúcidos y huesudos, presionaban contra la córnea desde el interior de su globo ocular, como una mano en una ventana empañada. La criatura estaba ahí, asomándose al mundo a través de su ventana biológica.
Y entonces, detrás de la manita, Artemio vio un ojo. Un ojo diminuto, amarillo y reptiliano, que lo miraba a él desde dentro de su propio ojo.
Artemio no gritó. El grito se le congeló en la garganta.
La manita saludó. Un movimiento lento, burlón.
(…Hola, socio…)
Artemio cerró el espejo de golpe y lo lanzó lejos. Se abrazó las rodillas y comenzó a mecerse.
Ya no había duda. Ya no había locura.
Los médicos estaban equivocados. Lucía estaba equivocada. Él tenía razón.
Pero tener razón era mucho peor que estar loco.
El sol comenzó a bajar, tiñendo el cielo de la Ciudad de México de un naranja apocalíptico. Artemio sabía que no podía volver a casa. No después de lo de la escuela. La policía lo buscaría. Lucía lo entregaría.
(…No te preocupes…) susurró la cosa, acariciando su nervio óptico con ternura. (…Ya no necesitamos a nadie. Ahora somos fuertes. Y tenemos hambre…)
Artemio se tocó el estómago. Rugía. Pero no quería una torta. No quería dulces.
Miró a una paloma que picoteaba migajas cerca de sus pies. A través de su ojo derecho, la paloma brillaba en rojo intenso. Carne. Sangre. Vida.
Artemio sintió que se le hacía agua la boca.
Se levantó lentamente, moviéndose con el sigilo de un gato callejero. La bestia en su mente sonrió. La transformación había comenzado, y ya no había vuelta atrás.
CAPÍTULO 5: CARNE CRUDA Y LUCES DE SODIO
La noche cayó sobre la Ciudad de México como una manta sucia y pesada. No hubo estrellas, solo el resplandor anaranjado de las lámparas de vapor de sodio reflejándose en la capa eterna de esmog. Para los millones de habitantes de la capital, era solo otro martes; para Artemio, era la primera noche del resto de su vida como algo que ya no era del todo humano.
El parque estaba desierto, salvo por una pareja de novios besándose en una banca lejana y un vagabundo dormido bajo cartones. Artemio seguía sentado bajo el pirul, abrazando sus rodillas. El frío de octubre comenzaba a calar, atravesando la tela delgada de su suéter escolar, pero su lado derecho ardía. Era una fiebre localizada, un horno biológico que trabajaba a marchas forzadas detrás de su cuenca ocular.
Su celular, un modelo viejo y golpeado que había heredado de su padre, vibró en su bolsillo. El zumbido contra su pierna le pareció un terremoto.
Lo sacó. La pantalla estrellada mostraba una foto borrosa de un gato y un nombre: “Tía Lucía”.
Artemio miró el aparato. Sabía lo que pasaría si contestaba. Gritos. Amenazas. La policía. El manicomio.
(…No contestes…) susurró la voz en su cabeza. Ahora sonaba más clara, menos acuosa. Se estaba secando, solidificando, echando raíces en su corteza cerebral. (…Ella es el pasado. Ella te encerraría en una jaula blanca y dejaría que los hombres de bata nos cortaran en pedazos. Rómpelo…)
Artemio dudó. Era su única conexión con el mundo que conocía. Con su cama, por muy vieja que fuera. Con la poca comida que tenía asegurada.
El teléfono dejó de vibrar. Un segundo después, volvió a sonar. Insistente. Furioso.
Artemio deslizó el dedo y contestó, llevándose el aparato a la oreja izquierda.
—¿Bueno?
—¡Artemio Koválev! —el grito de Lucía casi le perforó el tímpano—. ¡¿Dónde demonios estás?! ¡Me acaban de hablar de la escuela! ¡Dicen que le rompiste la mano a un compañero! ¡Que te volviste loco y te escapaste! ¡La patrulla ya va para la casa, escuincle del demonio!
—Tía, yo… me querían asaltar…
—¡Me vale madres! —chilló ella—. ¡Ya no puedo más! ¡Se acabó! ¡En cuanto aparezcas, te voy a entregar al DIF, a la policía o a quien te quiera, pero en mi casa no vuelves a entrar! ¡Eres un criminal, igualito a tu padre! ¡Ojalá te hubieras muerto tú y no él!
El silencio que siguió a esas palabras fue absoluto. Artemio sintió cómo algo se rompía en su pecho, el último hilo delgado que lo ataba a su humanidad infantil.
Pero el Huésped no sintió tristeza. Sintió libertad.
(…Ya está. Lo dijo. Nos deseó la muerte. Ahora somos libres…)
Artemio no respondió. Bajó el teléfono lentamente. Lucía seguía gritando al otro lado, una voz diminuta y chillona saliendo del auricular.
El niño miró el aparato. Su mano derecha, guiada por un impulso que no era suyo, se cerró.
Apretó.
El plástico crujió. La pantalla de cristal líquido estalló, manchando su pulgar de tinta negra digital. La batería se dobló bajo la presión inhumana de sus dedos. El teléfono se partió por la mitad con un chasquido seco.
Artemio dejó caer los restos del aparato al pasto seco.
—Adiós, tía —susurró.
Se levantó. El hambre lo golpeó de nuevo, pero esta vez fue una punzada tan violenta que lo dobló en dos. No era el “hueco” en el estómago de cuando te saltas el desayuno. Era una demanda celular. Sus músculos, sus huesos, su sangre, todo pedía combustible. La transformación consumía calorías a una velocidad aterradora.
Artemio comenzó a caminar. Salió del parque y se internó en las calles de la colonia. Las casas de autoconstrucción, con sus varillas oxidadas apuntando al cielo como dedos acusadores, se cerraban sobre él.
Su visión derecha era un espectáculo de horror y maravilla. Mientras su ojo izquierdo veía sombras y basura, su ojo derecho veía el mundo en un espectro térmico y eléctrico. Veía el calor residual de los motores de los coches estacionados. Veía las ratas corriendo dentro de las alcantarillas como puntos rojos veloces. Veía los cables de alta tensión zumbando con energía azulada sobre su cabeza.
El mundo era un mapa de peligros y oportunidades.
Pasó frente a un puesto de tacos callejeros. El olor a suadero y tripa frita, que normalmente le habría despertado el apetito, ahora le provocó una náusea incontrolable. El olor a aceite, a cilantro, a salsa… todo le parecía químico, falso, muerto.
Lo que su nariz buscaba estaba debajo de eso.
El olor a sangre.
Caminó durante horas, alejándose de su barrio, adentrándose en zonas que no conocía. Sus piernas se movían con una resistencia mecánica. No se cansaba.
Llegó a una zona de mercado, cerca de la Avenida Central. El mercado ya estaba cerrado, pero la actividad no cesaba. Había camiones descargando mercancía, perros callejeros peleando por huesos, y el olor penetrante a fruta podrida y desperdicios de carnicería.
Artemio se detuvo frente a un contenedor de basura grande, ubicado detrás de una pollería. El olor era insoportable para un humano. Dulzón, metálico, putrefacto.
Pero para el Huésped, era un banquete.
(…Ahí…) indicó la voz, haciendo que la boca de Artemio se llenara de una saliva espesa y ácida. (…Proteína. Necesitamos calcio. Necesitamos hierro…)
Artemio se acercó al contenedor. Un perro sarnoso le gruñó desde la oscuridad, protegiendo su territorio.
El niño giró la cabeza. Su ojo derecho brilló en la oscuridad, captando la luz lejana y reflejándola como el ojo de un gato, pero en un tono rojizo.
El perro dejó de gruñir. Gimió, metió la cola entre las patas y salió corriendo, aterrorizado por lo que había visto en la cara del niño. Un depredador reconoce a otro depredador superior.
Artemio se asomó al contenedor. Había bolsas negras rotas. Vio pescuezos de pollo crudos, pieles, huesos con restos de carne pegada, todo mezclado con aserrín ensangrentado.
Su mente humana gritó: “¡No! ¡Qué asco! ¡Vas a enfermarte!”
Su mente simbiótica respondió: “Comer o morir. El cambio cuesta caro.”
Con una mano temblorosa, Artemio metió la mano en la basura. El limo frío y pegajoso le cubrió los dedos. Sacó un huacal de pollo, esa estructura de huesos y cartílagos que queda después de quitarle la pechuga. Estaba crudo, viscoso.
Artemio lo acercó a su boca. El olor a sangre cruda inundó sus fosas nasales.
Lloró. Las lágrimas salían de su ojo izquierdo, limpias y saladas. De su ojo derecho, no salía nada más que una mirada fija y hambrienta.
—No quiero… —sollozó.
(…Hazlo…) ordenó la voz, tomando el control de su mandíbula.
Artemio mordió.
El crujido de los huesos del pollo sonó obscenamente fuerte en el callejón. El sabor a sangre fría, a médula y a grasa cruda explotó en su boca. No le dio asco. Al contrario. Fue como beber agua en el desierto. Su cuerpo absorbió los nutrientes con una voracidad espantosa.
Masticó los huesos, triturándolos con muelas que parecían haberse endurecido en las últimas horas. Tragó astillas, carne y cartílago.
Comió otro. Y otro. Y un puñado de pieles de pollo crudas.
Se sentía como un animal. Un monstruo de las películas que veía los sábados por la noche. Estaba arrodillado en la basura, con la cara manchada de sangre de pollo y lágrimas, devorando desechos.
—¡Hey! ¡¿Qué haces ahí, pinche mugroso?!
Una luz potente lo cegó.
Artemio se cubrió la cara con el brazo, soltando un hueso a medio roer.
Eran dos guardias de seguridad privada del mercado. Llevaban uniformes azules mal ajustados y macanas en el cinturón. Uno de ellos sostenía una linterna táctica potente.
—¡Órale, lárgate de aquí! —gritó el guardia más gordo—. ¡Pareces rata! ¡Lárgate antes de que te demos una calentadita!
Artemio se puso de pie lentamente. Se limpió la boca con la manga, dejando un rastro rojo y brillante en la tela gris de su suéter.
—Ya me voy —dijo, bajando la cabeza.
—A ver, espérate —dijo el otro guardia, el más flaco y con cara de comadreja—. ¿Qué traes en la mochila? A lo mejor se robó algo de las bodegas.
—No traigo nada. Déjenme ir.
—Ni madres. A ver, vacía la mochila.
Los guardias se acercaron. Artemio sintió el miedo de nuevo, pero esta vez, venía mezclado con algo más. Una irritación profunda. Había sido interrumpido mientras comía. Y el Huésped odiaba que lo interrumpieran.
(…Son carne…) evaluó la voz. (…Grasa y hueso. Lentos. Estúpidos. El de la luz es el peligroso. Quítale la luz…)
—No quiero problemas —dijo Artemio, retrocediendo hasta chocar con la pared de ladrillo.
—El problema ya lo tienes, chavo. A ver, dame esa mochila.
El guardia flaco estiró la mano para agarrar la correa.
La reacción de Artemio fue instintiva. No, no de Artemio. Del Huésped.
Su mano derecha salió disparada hacia la linterna. No agarró la mano del guardia; agarró el tubo metálico de la lámpara.
El guardia se sorprendió. Intentó jalar, pero el niño tenía una fuerza absurda.
—¡Suéltala, cabrón!
Artemio levantó la vista. La luz de la linterna iluminaba su cara desde abajo, creando sombras grotescas. Su ojo derecho estaba totalmente abierto. La pupila no era redonda. Se había alargado verticalmente, como la de una víbora o un gato, rodeada de un iris amarillo sucio.
El guardia flaco vio ese ojo y se congeló.
—¡Madre santa! —susurró—. ¿Qué le pasa a tu ojo?
—Me duele la luz —gruñó Artemio con una voz que sonaba como dos piedras frotándose.
Con un giro de muñeca, Artemio le arrebató la linterna al guardia. Pero no la apagó. La usó como un garrote.
¡CRACK!
Golpeó al guardia flaco en la rodilla con el mango de metal pesado. El hombre cayó gritando, agarrándose la pierna.
El guardia gordo desenfundó su macana.
—¡Hijo de tu perra madre! ¡Ahora sí te cargó!
Se lanzó sobre el niño, levantando la porra de goma negra.
Artemio vio el ataque en cámara lenta. Su cerebro procesaba la trayectoria, la velocidad, el punto de impacto. Podía esquivarlo. Podía moverse más rápido.
Se agachó, dejando que la macana golpeara el aire donde hace una fracción de segundo estaba su cabeza. Se impulsó hacia adelante, embistiendo al guardia en el estómago con el hombro.
El hombre, que pesaba al menos noventa kilos, salió despedido hacia atrás como si lo hubiera atropellado una moto. Cayó sobre unas cajas de madera, rompiéndolas con su peso. Se quedó sin aire, boqueando como un pez fuera del agua.
Artemio se quedó parado en medio de los dos hombres caídos. Su respiración era agitada, pero no por cansancio, sino por excitación. Su corazón bombeaba sangre negra y espesa por sus venas, oxigenando sus nuevos músculos.
Miró al guardia flaco, que lloraba en el suelo.
(…Mátalo…) susurró la voz. (…Es un testigo. Nos vio. Mátalo y cómete su hígado. Tiene muchos nutrientes…)
Artemio miró la garganta expuesta del hombre. Vio la yugular palpitando. El hambre regresó, feroz. Sería tan fácil. Solo tenía que agacharse y morder.
Dio un paso hacia el hombre.
—¡No, por favor! —lloró el guardia, arrastrándose hacia atrás—. ¡Tengo hijos! ¡No me hagas nada!
La mención de los hijos detuvo a Artemio. Recordó su propia orfandad. Recordó a su padre.
—Vete —dijo Artemio, luchando contra sus propios músculos que querían atacar—. ¡Vete antes de que no pueda detenerme!
El guardia, arrastrando la pierna rota, se levantó como pudo y ayudó a su compañero a incorporarse. Ambos salieron corriendo hacia la avenida, sin voltear atrás, dejando sus macanas y su dignidad en el callejón.
Artemio se dejó caer al suelo, exhausto por la batalla interna.
—¿Qué soy? —le preguntó a la oscuridad—. ¿En qué me estás convirtiendo?
(…En algo mejor…) respondió el Huésped. (…En la cima de la cadena alimenticia. En un dios de carne y hueso. Deja de llorar por tu humanidad perdida, Artemio. Tu humanidad solo te dio dolor y soledad. Yo te doy poder…)
Artemio recogió su mochila. Necesitaba esconderse. La policía vendría de verdad esta vez.
Caminó alejándose del mercado, buscando las sombras más profundas. Encontró una obra negra, un edificio de departamentos a medio construir que había sido abandonado por falta de presupuesto. La estructura de concreto gris se alzaba como un esqueleto gigante.
Saltó una valla de lámina y entró. El lugar estaba lleno de escombros, varillas y polvo de cemento. Subió hasta el tercer piso, donde el viento soplaba fuerte, limpiando un poco el olor a podrido que traía impregnado.
Se acomodó en un rincón, sobre unos sacos de cemento vacíos. Hacía frío, pero su cuerpo generaba un calor interno febril.
Se quitó el suéter para usarlo de almohada. Al hacerlo, vio sus brazos a la luz de la luna que por fin lograba atravesar las nubes.
En su antebrazo derecho, las venas se habían vuelto negras y abultadas. Y la piel… la piel estaba cambiando. Había parches de algo duro y áspero cerca del codo. Escamas. Pequeñas escamas translúcidas, como de queratina, que empezaban a brotar de sus poros.
Se tocó la cara. La piel alrededor de su ojo derecho se sentía acorazada, dura como el cuero de una bota vieja.
—Me estoy convirtiendo en un monstruo —susurró.
(…No un monstruo…) corrigió la voz, suavemente, arrullándolo. (…Una crisálida. Estamos evolucionando. Duerme, Artemio. Mañana necesitaremos más comida. Mañana… cazaremos algo más grande…)
El cansancio lo venció. Artemio cerró el ojo izquierdo. El derecho permaneció abierto, vigilante, brillando en la oscuridad de la obra negra, escaneando el entorno en busca de amenazas mientras su anfitrión dormía.
Pero el sueño no fue un descanso. Fue una sesión de aprendizaje.
Mientras su cuerpo descansaba, el Huésped proyectó imágenes en su mente. Recuerdos que no eran suyos.
Vio un laboratorio blanco y estéril. Vio hombres con trajes amarillos. Vio jaulas. Vio a otros niños gritando. Y vio a una mujer joven, hermosa, con ojos tristes, que lo miraba a través de un vidrio blindado.
“Hijo”, decía la mujer, moviendo los labios sin sonido.
Artemio reconoció esa cara de la foto que encontró en el armario de Lucía. Era su madre.
Y entonces vio algo más. Vio a Lucía, más joven, vestida de enfermera, sosteniendo una jeringa llena de un líquido negro y vivo. Vio cómo Lucía se acercaba a una incubadora donde un bebé lloraba.
El bebé era él.
La inyección no fue en el brazo. Fue en el oído.
Artemio despertó gritando, bañado en sudor frío.
Ya era de día. El sol entraba a plomo por los huecos sin ventanas del edificio.
Se sentó, jadeando. El recuerdo era vívido, real. No era un sueño. Era memoria genética compartida.
Lucía sabía. Lucía siempre supo. Ella no lo odiaba solo por ser el hijastro; lo odiaba porque ella lo había creado, o al menos, había ayudado a infectarlo. Ella era la carcelera.
La furia que sintió en ese momento fue diferente a todas las anteriores. No era la furia caliente y animal del Huésped. Era una furia humana, fría, calculadora y vengativa.
Se levantó y caminó hacia el borde del edificio, mirando la ciudad que se extendía abajo, ruidosa y caótica.
Su ojo derecho captó el movimiento de un pájaro volando a cien metros de distancia. Podía ver sus plumas, el color de su pico. Su visión se había agudizado durante la noche.
Se tocó el ojo. Ya no le dolía. La hinchazón había bajado, pero la deformidad persistía. La piel escamosa se había endurecido.
—Lucía —dijo Artemio al viento.
(…¿Qué vamos a hacer?) preguntó el Huésped, sintiendo el cambio en la actitud del niño.
Artemio sonrió. Fue una sonrisa rota, llena de dientes que parecían demasiado afilados para su boca.
—Vamos a hacerle una visita. Quiero que me cuente el resto de la historia.
(…Eso me gusta. ¿Podemos comer?)
—Sí —dijo Artemio, apretando los puños donde las uñas se habían vuelto garras negras y duras—. Si no nos dice la verdad… nos la comemos a ella.
Artemio se dio la vuelta y comenzó a bajar las escaleras de la obra negra. Ya no era un niño huyendo. Era un depredador regresando a su territorio para ajustar cuentas. El miedo se había ido, reemplazado por un propósito terrible.
La ciudad de México, con sus millones de almas, no sabía que un nuevo tipo de habitante caminaba entre sus calles. Uno que escuchaba los secretos en el silencio y veía la muerte en la oscuridad
CAPÍTULO 6: LA SANGRE NO ES AGUA
El sol del mediodía en la Ciudad de México era un enemigo físico. Para el ojo derecho de Artemio, la luz ultravioleta no era solo brillo; era radiación pura, agujas blancas clavándose en su retina mutada.
Artemio caminaba por la Avenida Aquiles Serdán, mezclándose con el flujo de gente que salía del Metro. Había robado una sudadera gris con capucha de un tendedero en la azotea de la obra negra. Le quedaba grande, cubriendo su frente y la mitad de su rostro en una sombra perpetua. Mantenía la cabeza baja, las manos metidas en los bolsillos del pantalón sucio, apretando los puños para esconder las uñas que se habían alargado y oscurecido durante la noche, adquiriendo la dureza del obsidiana.
El mundo olía demasiado.
Era un asalto sensorial constante. Olía el escape de los microbuses, el aceite rancio de las gorditas de chicharrón en la esquina, el perfume barato de una secretaria que pasaba a tres metros, y debajo de todo eso, el olor metálico y salado de la sangre circulando en cientos de cuerpos.
(…Están llenos de vida…) susurró el Huésped, su voz resonando con una mezcla de deseo y desprecio. (…Son bolsas de agua y carne. Tan frágiles. Podrías romperlos a todos. Podrías abrirles el cuello y beber hasta saciarte…)
—Cállate —murmuró Artemio entre dientes.
La gente lo esquivaba instintivamente. Había algo en su postura, en la forma depredadora en que se movía, que activaba las alarmas primitivas en el cerebro reptil de los transeúntes. Ya no caminaba como el niño asustado y encorvado que recibía zapes en la escuela. Caminaba con la fluidez letal de un felino grande, sus músculos tensos y listos para explotar en movimiento.
Llegó a la entrada de la Unidad Habitacional “El Rosario”. Los edificios multifamiliares se alzaban como colmenas de concreto despintado, con ropa secándose en las jaulas de las azoteas y tinacos de asbesto negro.
Artemio se detuvo detrás de un puesto de periódicos. Su ojo derecho, brillando con un fulgor rojizo bajo la sombra de la capucha, escaneó el entorno.
Vio una patrulla de la policía estacionada frente a la entrada de su edificio. Dos oficiales gordos, con chalecos antibalas mal ajustados, platicaban con la Señora Chonita, la vecina chismosa del 401.
El oído de Artemio, ahora libre de cerumen y potenciado por la entidad, captó la conversación a cincuenta metros de distancia como si estuvieran a su lado.
—…pues sí, oficial, el niño siempre fue rarito. Se la pasaba hablando solo. Y la pobre de Lucía, tan trabajadora ella, sufriendo con ese chamaco. Dice que ayer llegó drogado y golpeó a unos niños en la escuela.
—No se preocupe, madre —respondió el policía, masticando un chicle con la boca abierta—. Si aparece por aquí, nos lo llevamos al tutelar. La tía ya levantó el acta por lesiones y abandono de hogar. Dice que es peligroso.
Artemio sintió una punzada de odio frío en el estómago.
(…Ella te vendió…) siseó el Huésped. (…Te convirtió en el monstruo para salvarse ella. Mátalos. Mata a los policías. Tienen armas. Me gustan las armas…)
—No —pensó Artemio—. Si mato a los policías, vendrán más. Necesito llegar a Lucía.
Esperó. La paciencia era una virtud nueva que el Huésped le estaba enseñando. Un depredador no se precipita; un depredador espera el error de la presa.
Pasaron veinte minutos. Los policías, aburridos y acalorados, subieron a su patrulla y se fueron, probablemente a buscar unos tacos o a extorsionar a algún automovilista. La Señora Chonita se metió a su casa.
El camino estaba libre.
Artemio no entró por la puerta principal del edificio. Sabía que las escaleras rechinaban y que cualquier vecino podría verlo. Fue a la parte trasera, donde las paredes daban a un terreno baldío lleno de cascajo.
Miró hacia arriba. El departamento 402 estaba en el cuarto piso. La ventana del baño, esa pequeña ventana de ventilación con vidrio esmerilado, estaba entreabierta.
—¿Podemos subir? —preguntó Artemio mentalmente.
(…Somos ingrávidos. Somos fuerza…)
Artemio saltó y se agarró del borde de la ventana del primer piso. Sus dedos, ahora garras, se clavaron en el concreto poroso. No sintió esfuerzo. Sus brazos lo impulsaron hacia arriba con una potencia sobrenatural. Escaló la fachada del edificio como una araña, moviéndose de ventana en ventana, clavando las puntas de sus pies en las grietas del ladrillo.
Llegó al cuarto piso en menos de diez segundos. Se aferró al marco de la ventana del baño. Escuchó.
Dentro del departamento, había movimiento. Pasos rápidos. El sonido de un cierre de maleta. Papeles rompiéndose.
Lucía se estaba yendo.
Artemio empujó la ventana con cuidado. Entró deslizándose como una sombra, cayendo en el piso de azulejos rotos del baño donde tantas veces había llorado sangre. El olor a cloro y drenaje lo recibió, pero debajo de eso, olió algo más fuerte.
Miedo.
El miedo de Lucía apestaba a sudor agrio y adrenalina rancia.
Salió del baño. El pasillo estaba en penumbras. Caminó hacia la sala.
Ahí estaba ella.
Lucía corría de un lado a otro. Había dos maletas grandes abiertas en el sofá. Estaba metiendo ropa hecha bola, documentos, y la caja de galletas donde guardaba el dinero.
Tenía el teléfono pegado a la oreja, sostenido con el hombro.
—¡Sí, ya sé que es el protocolo! —gritaba, histérica—. ¡Pero ustedes me prometieron que estaría controlado! ¡El sujeto despertó antes de tiempo! ¡Se puso violento en la escuela!… No, no lo he visto, pero sé que va a venir. Lo siento en los huesos… ¡No me pueden dejar sola con esa cosa! ¡Él sabe!
Artemio dio un paso adelante, saliendo de la sombra del pasillo.
—¿Qué es lo que sé, tía? —preguntó con una voz que hizo vibrar los vidrios de la vitrina.
Lucía soltó el teléfono. El aparato cayó al suelo, rebotando en la alfombra vieja. Se giró lentamente, con los ojos desorbitados.
Al ver a Artemio, se llevó las manos a la boca.
El niño que tenía enfrente ya no era el Artemio escuálido y patético que ella conocía. Llevaba una sudadera sucia que le quedaba grande, pero debajo de la tela, se adivinaba una tensión muscular antinatural. Y su cara…
La mitad de su rostro estaba en sombra, pero el ojo derecho brillaba como una brasa en la oscuridad, fijando en ella una mirada de depredación absoluta.
—Artemio… —susurró ella, retrocediendo hasta chocar con la mesa del comedor—. Mi amor… qué bueno que llegaste. Estaba… estaba empacando para irnos. Para huir de la policía. Para protegerte.
Artemio soltó una risa seca, sin humor. El Huésped en su cabeza se carcajeó también, un sonido mental que sonaba como huesos rompiéndose.
—Mientes —dijo Artemio. Dio un paso más. La madera del piso crujió bajo su peso—. Tu corazón está latiendo a ciento veinte por minuto. Tus pupilas están contraídas. Y hueles a mentira. Hueles a traición.
—No… no sé de qué hablas. Estás enfermo, mijo. Necesitas tu medicina. ¿Te tomaste la pastilla?
—La pastilla que me diste —dijo Artemio, tocándose el parche de piel escamosa alrededor del ojo— fue lo que lo despertó. Intentaste dormirlo, pero solo lo hiciste enojar. Y ahora tiene hambre.
Lucía miró hacia la mesa, donde había un cuchillo de cocina con el que había estado cortando cuerda para amarrar las cajas.
Artemio siguió su mirada. Su ojo derecho vio la trayectoria, calculó la distancia.
—Ni lo intentes —advirtió.
Pero el pánico hace que la gente haga cosas estúpidas. Lucía se abalanzó sobre el cuchillo, lo agarró con mano temblorosa y lo apuntó hacia él.
—¡No te me acerques! —gritó, con la voz quebrada por el terror—. ¡Atrás, monstruo! ¡Yo sabía que esto pasaría! ¡Debí haberte ahogado en la bañera cuando me lo entregaron!
La confesión quedó flotando en el aire viciado del departamento.
Artemio se detuvo. Inclinó la cabeza, como un perro curioso.
—¿Cuando te lo entregaron? —repitió suavemente—. ¿No soy hijo de mi papá?
Lucía, viendo que el cuchillo mantenía al niño a raya (o eso creía ella), recuperó un poco de su veneno habitual.
—¿Tu papá? —se burló, con una risa nerviosa—. ¡Ese pobre diablo! Andréi Koválev era un periodista de cuarta que metió las narices donde no debía. Creyó que estaba investigando una red de tráfico de órganos. ¡Pobre imbécil! Lo que encontró fue mucho peor.
—El laboratorio —dijo Artemio. El recuerdo del sueño volvió a él.
—El Proyecto Génesis —corrigió Lucía—. No eres un niño, Artemio. Nunca lo fuiste. Eres una incubadora. Un envase.
La revelación golpeó a Artemio como un puñetazo físico.
(…Incubadora…) repitió el Huésped, ofendido. (…No. Somos simbiosis. Somos el futuro. Ella es el envase vacío…)
—¿Y mi mamá? —preguntó Artemio, dando otro paso. No le importaba el cuchillo.
—Ana… —Lucía escupió el nombre—. Ella era una voluntaria. O eso creía. Pensó que estaba ayudando a curar enfermedades genéticas. Cuando se dio cuenta de lo que te habían puesto dentro, trató de sacarte. Trató de abortar el proyecto. Por eso murió.
—Me dijeron que murió en el parto.
—La “murieron” en el parto —dijo Lucía con crueldad—. No podían arriesgarse a que hablara. Y a tu papá lo callaron un año después cuando intentó publicar la historia. Accidente de coche. Clásico.
Artemio sintió que la temperatura de su cuerpo subía. La furia ya no era fría; era volcánica.
—¿Y tú? —preguntó, con la voz vibrando con un gruñido inhumano—. ¿Tú qué eres?
—Yo soy la Limpiadora —dijo Lucía, levantando la barbilla con un orgullo patético—. Yo trabajaba para la Corporación. Me asignaron para cuidarte, para vigilar que el espécimen madurara correctamente hasta la Fase 2. Me pagaban por aguantarte, por fingir que eras mi familia. Pero se acabó. Me dijeron que si despertabas, el protocolo era contención y extracción.
Lucía miró el reloj en la pared.
—Ya vienen, Artemio. En cinco minutos, van a entrar por esa puerta unos hombres que no son policías. Y te van a llevar a un lugar donde te van a abrir en canal para sacar lo que tienes en la cabeza. Y yo voy a estar en un avión camino a Cancún con mi liquidación.
Artemio miró hacia la puerta. Su oído captó el sonido de un vehículo pesado deteniéndose en la calle, tres pisos abajo. No era una patrulla. Era una camioneta blindada. Escuchó el ruido de botas tácticas golpeando el pavimento.
(…Vienen los cazadores…) alertó el Huésped. (…Tenemos poco tiempo. Come. Necesitamos fuerza para pelear…)
Artemio miró a Lucía. Miró su cuello.
—No vas a ir a Cancún, tía —dijo.
Lucía vio el cambio en el ojo del niño. Vio cómo la pupila se expandía hasta devorar todo rastro de humanidad.
Gritó y lanzó el cuchillo.
Fue un buen tiro, apuntado al pecho. Pero para Artemio, fue ridículamente lento.
Levantó la mano izquierda y desvió la hoja con el dorso. El cuchillo salió volando y se clavó en la pared de yeso, vibrando.
Artemio se lanzó sobre ella.
No fue una carrera humana. Fue un borrón. En un parpadeo, cruzó la distancia de tres metros que los separaba.
Lucía no tuvo tiempo ni de levantar las manos. Artemio la impactó contra la vitrina de los platos. El vidrio estalló en mil pedazos, lloviendo sobre ellos como diamantes afilados.
Artemio la tenía agarrada por el cuello, levantándola del suelo con una sola mano. Sus pies pataleaban inútilmente en el aire.
—¡Suéltame! —gorgoteó ella, arañando la mano de Artemio. Sus uñas rojas se rompieron contra la piel escamosa del brazo del niño.
Artemio la acercó a su cara. Se bajó la capucha.
Lucía vio al monstruo de cerca. Vio las escamas negras que cubrían la mitad derecha de su rostro. Vio el ojo reptiliano girando independientemente, examinando sus signos vitales. Vio la boca de Artemio, que parecía haberse ensanchado, llena de dientes manchados de sangre seca.
—¿Por qué me odiabas tanto? —preguntó Artemio. No era una pregunta retórica. Realmente quería saberlo.
Lucía, asfixiándose, lo miró con puro terror, pero también con asco genuino.
—Porque… eres… una aberración —logró decir—. Nunca fuiste un niño. Siempre fuiste… eso. Cada vez que te abrazaba… sentía cómo se movía dentro de ti. Me dabas asco.
La verdad dolió más que cualquier golpe. Pero también liberó a Artemio de la última cadena moral. Ella nunca lo había querido. No había amor que traicionar, porque nunca existió.
(…Cómela…) ordenó el Huésped. (…Es carne desperdiciada. Tómala…)
Artemio abrió la boca. Sus mandíbulas se dislocaron ligeramente, permitiéndole una apertura antinatural.
Acercó sus dientes a la garganta de Lucía. Podía sentir el pulso frenético de la carótida contra sus labios. La sangre caliente, llena de la adrenalina de la traición.
—¡Están subiendo las escaleras! —chilló Lucía—. ¡Si me matas, no sabrás a dónde te llevan! ¡Yo tengo los códigos!
Artemio se detuvo, sus dientes rozando la piel sudorosa del cuello.
—¿Qué códigos?
—Los archivos… —jadeó ella—. En mi teléfono… en la nube… tengo las ubicaciones de los otros laboratorios. De los otros niños.
Artemio la miró.
—¿Otros niños?
—No eres el único, idiota… —Lucía sonrió, una sonrisa mueca y desesperada—. Hubo doce. Tú eres el Número 7. Si me matas, nunca encontrarás a tus hermanos.
El Huésped se agitó.
(…Hermanos. Otros como nosotros. Una manada…)
La idea cambió la prioridad biológica. Comer era bueno, pero encontrar a la manada era supervivencia a largo plazo.
Artemio aflojó el agarre un poco, permitiendo que Lucía respirara.
—Dame el teléfono. Desbloquéalo.
—Suéltame primero.
Artemio apretó de nuevo, haciendo que los ojos de Lucía se inyectaran de sangre.
—No estás en posición de negociar. Desbloquéalo o te arranco la cabeza y uso tu dedo muerto para desbloquearlo.
Lucía, temblando, señaló el teléfono tirado en la alfombra.
Artemio la bajó, pero no la soltó. La mantuvo agarrada por el pelo mientras se agachaba para recoger el aparato. Se lo puso enfrente de la cara.
El reconocimiento facial funcionó. El teléfono se abrió.
—Entra a la carpeta segura —ordenó Artemio.
Lucía, llorando, tecleó un código con dedos temblorosos. Una carpeta llamada “Seguro de Vida” se abrió. Había PDFs, fotos, ubicaciones GPS.
Artemio, o más bien el Huésped, escaneó la información a una velocidad vertiginosa. Su ojo derecho grababa cada imagen, cada dato, almacenándolo en su memoria eidética recién adquirida.
Ubicación Alfa: Desierto de los Leones.
Ubicación Beta: Zona Industrial Vallejo.
Sujeto 4: Terminado.
Sujeto 7: Activo (Artemio).
Sujeto 9: Activo (Ubicación desconocida).
—Ya lo tienes —dijo Lucía—. Ahora vete. Vete antes de que lleguen. Por favor. Te lo di todo.
Artemio guardó el teléfono en su bolsillo. Miró hacia la puerta. Los pasos pesados ya estaban en el tercer piso. Se escuchaba el ruidito metálico de armas chocando contra chalecos tácticos.
—Tienes razón —dijo Artemio—. Ya vienen.
Soltó a Lucía. Ella cayó al suelo, tosiendo y sobándose el cuello morado.
—Gracias… gracias… —murmuró ella, gateando hacia la cocina, alejándose de él.
Artemio caminó hacia la ventana de la sala que daba a la calle.
—No me des las gracias, tía.
—¿Por qué?
Artemio se giró una última vez. Su sonrisa era terrible.
—Porque ellos no vienen a rescatarte. Vienen a limpiar. Y tú eres un cabo suelto.
—¿Qué?
—Les fallaste. Dejaste que yo “despertara”. Les dijiste que yo era peligroso. Para ellos, tú ya no eres útil. Eres un testigo.
La cara de Lucía se transformó al comprender la realidad de su situación.
PUM, PUM, PUM.
Golpes secos en la puerta.
—¡POLICÍA FEDERAL! —gritó una voz falsa—. ¡ABRAN LA PUERTA!
Artemio miró a Lucía.
—Buena suerte con la liquidación —dijo.
Y saltó.
Artemio atravesó el vidrio de la ventana de la sala, protegiéndose la cara con los brazos cruzados. Cayó cuatro pisos.
El aire silbó en sus oídos.
Aterrizó en el toldo de la camioneta blindada negra estacionada abajo. El metal se abolló bajo su impacto con un estruendo que hizo sonar todas las alarmas de los coches de la cuadra.
Artemio rodó por el cofre y cayó al pavimento, ileso. Sus huesos, reforzados por la simbiosis, absorbieron el impacto como si fuera de goma.
Arriba, en el departamento 402, se escuchó el sonido de la puerta siendo derribada. Luego, gritos de Lucía:
—¡No, esperen! ¡Soy yo! ¡Soy Кравец! ¡Soy…!
TATATATA-TATATA.
El sonido inconfundible de ráfagas de armas automáticas con silenciador cortó los gritos. Luego, silencio.
Artemio se levantó del suelo. Un hombre que estaba en el asiento del conductor de la camioneta lo miró a través del parabrisas, con la boca abierta.
Artemio lo miró de vuelta. Su ojo derecho brilló.
El conductor intentó sacar su arma, pero Artemio ya estaba corriendo. No corría huyendo; corría hacia el norte. Hacia Vallejo. Hacia donde el mapa decía que estaba el laboratorio más cercano.
(…Uno menos…) dijo el Huésped, sintiendo la muerte de Lucía como una vibración lejana. (…Ahora estamos solos, Artemio. De verdad solos. Y tenemos hermanos que encontrar…)
Artemio se ajustó la capucha mientras se internaba en los callejones del Rosario, esquivando a la gente que salía a ver qué había pasado.
—No estamos solos —dijo Artemio en voz baja, sintiendo el poder correr por sus venas—. Somos una legión.
Mientras corría, sintió que su espalda le picaba. Bajo la tela de la sudadera, a lo largo de su columna vertebral, nuevas escamas empezaban a brotar, duras y afiladas. La armadura estaba creciendo.
La guerra por su existencia acababa de ser declarada, y Artemio Koválev, el niño que lloraba por dolor de oído, había muerto en ese departamento junto con su madrastra.
Lo que corría ahora por las calles de México era el Sujeto 7. Y tenía mucha, mucha hambre.
CAPÍTULO 7: LA FÁBRICA DE PESADILLAS
La Ciudad de México no duerme, pero a veces parpadea. Y en ese parpadeo, en las sombras que se alargan entre los puentes vehiculares y las bodegas industriales, las cosas que no deberían existir encuentran su camino.
Artemio corría.
No corría como un niño de once años huyendo de una travesura. Corría con una zancada larga, devorando el pavimento de la Calzada Vallejo. Sus pulmones, modificados por la simbiosis, procesaban el aire contaminado de la zona industrial como si fuera oxígeno puro. El esmog, cargado de partículas de plomo y diésel, no lo asfixiaba; lo alimentaba.
Había dejado atrás el Rosario, dejando un rastro de destrucción y silencio en el departamento de Lucía. Ahora, su objetivo estaba grabado en su retina derecha como un punto rojo pulsante en un mapa digital: Zona Industrial Vallejo. Bodega 7-B. “Logística y Distribución Kronos”.
La transformación física se aceleraba con el esfuerzo.
Bajo la sudadera gris robada, su columna vertebral ardía. Sentía cómo las vértebras se reacomodaban, haciéndose más densas, más anchas, para soportar la nueva musculatura que crecía en su espalda y hombros. La picazón de las escamas brotando era enloquecedora, como si mil hormigas de fuego caminaran bajo su piel, pero el dolor venía acompañado de una sensación embriagadora de poder.
(…Más rápido…) instó el Huésped. Su voz mental ya no era un susurro; era el rugido de un copiloto ansioso. (…Siento sus motores. Nos siguen. Los Limpiadores no se rinden…)
Artemio giró la cabeza sin detenerse. Su ojo derecho, brillando en la oscuridad de la capucha, atravesó la lluvia ligera que empezaba a caer.
A trescientos metros, una camioneta Suburban negra, sin placas, se deslizaba entre el tráfico pesado de tráileres y microbuses. No llevaba sirena. No necesitaba luces. Era un tiburón nadando entre peces.
—¿Cuántos son? —preguntó Artemio, su voz sonando rasposa, metálica.
(…Cuatro ritmos cardíacos. Elevados. Tienen adrenalina sintética en la sangre. Son soldados mejorados, pero no como nosotros. Ellos son tecnología; nosotros somos evolución…)
Artemio vio un puente peatonal adelante. Era una estructura vieja de concreto, cruzando las vías del tren suburbano que dividían la avenida.
—Vamos a ver qué tan mejorados están —gruñó el niño.
En lugar de seguir por la banqueta, Artemio giró bruscamente y saltó la valla de contención que separaba los carriles centrales. Un tráiler de doble remolque venía a toda velocidad, tocando su claxon de aire con un bramido ensordecedor.
Cualquier humano normal habría sido aplastado, convertido en una mancha roja en el asfalto.
Artemio no.
El tiempo se dilató en su cerebro. Vio las llantas gigantes girando, vio la parrilla cromada del camión acercándose. Calculó la velocidad, el viento, la fricción.
Saltó.
Fue un salto imposible. Sus piernas actuaron como pistones hidráulicos. Se elevó tres metros en el aire, pasando justo por encima del cofre del tráiler. Aterrizó en el techo de la cabina con un golpe seco, clavando sus dedos —ahora garras— en la lámina para no salir volando.
El trailero frenó del susto, haciendo rechinar las llantas, pero Artemio ya no estaba ahí. Había usado el impulso para saltar hacia el puente peatonal, aferrándose al barandal oxidado y subiendo de un tirón.
Desde la altura, miró hacia abajo.
La Suburban negra había tenido que frenar detrás del tráiler.
—Los perdimos —dijo Artemio, respirando agitadamente.
(…No. Mira arriba…)
Artemio levantó la vista.
Un zumbido, casi imperceptible para un oído humano, cortaba el aire. Un dron. Negro, pequeño, con forma de insecto. Flotaba a diez metros sobre el puente, con una luz roja fija apuntándole.
—Nos están marcando —dijo Artemio.
(…Rompe el ojo del cielo…)
Artemio buscó en el suelo del puente. Encontró una piedra, un trozo de concreto desprendido. Lo sopesó en su mano.
El dron giró, preparándose para disparar algo. ¿Un dardo tranquilizante? ¿Una bala?
Artemio lanzó la piedra.
No fue un lanzamiento de béisbol. Fue un disparo de cañón. Su brazo se movió tan rápido que el hombro crujió. La piedra voló a una velocidad supersónica.
¡CRACK!
Impacto directo. El dron estalló en una lluvia de plástico y chispas eléctricas, cayendo a la avenida y siendo aplastado por los coches.
(…Buen tiro. Pero saben dónde estamos. Tenemos que movernos bajo tierra…)
Artemio miró hacia las vías del tren que corrían paralelas a la avenida. Había un canal de desagüe, oscuro y maloliente, que pasaba por debajo de las fábricas.
—Al drenaje entonces —dijo Artemio, saltando del puente hacia la oscuridad de las vías.
El hedor era terrible, pero Artemio lo ignoró. Caminaba por la orilla del canal de aguas negras, donde las ratas del tamaño de gatos lo miraban pasar con respeto. La oscuridad era total para su ojo izquierdo, pero para el derecho, el túnel era un pasillo iluminado en tonos verdes y rojos.
Caminó durante una hora, guiado por el GPS mental y el instinto del Huésped.
Finalmente, llegaron.
Artemio se detuvo frente a una rejilla de metal que daba a un sótano. Arriba, podía escuchar el zumbido de maquinaria pesada.
Ubicación: Bodega 7-B.
Estaba debajo de la fábrica.
—¿Cómo entramos? —preguntó.
(…La fuerza bruta es una opción, pero el sigilo nos dará ventaja. Huele… ¿hueles eso?…)
Artemio olfateó. Debajo del olor a aceite y basura, había un olor químico. Ozono. Formaldehído. Y algo más… sangre vieja.
—Huele a hospital —dijo Artemio, sintiendo un escalofrío. El recuerdo de las batas blancas y las agujas lo golpeó.
(…Huele a casa…) corrigió el Huésped con una frialdad terrible.
Artemio agarró los barrotes de la rejilla. El metal estaba oxidado y húmedo. Tiró.
El concreto alrededor de los tornillos cedió antes que el metal. Artemio arrancó la rejilla entera con un gruñido de esfuerzo, dejando un hueco oscuro.
Entró.
Estaba en un sótano de mantenimiento. Había tuberías gigantes que silbaban vapor y cables gruesos como serpientes corriendo por el techo.
Avanzó con cuidado, sus pasos amortiguados por el agua estancada en el suelo.
Llegó a una puerta de acero con un teclado numérico.
—No tengo el código de esta puerta —susurró Artemio.
(…No necesitas código. Escucha…)
Artemio pegó su oído derecho a la puerta. No el oído humano, sino el hueso temporal donde residía la parte auditiva del Huésped.
Podía escuchar la corriente eléctrica fluyendo dentro del mecanismo de la cerradura.
(…Pon tu mano en el teclado. Voy a intentar algo nuevo. Concéntrate en la electricidad de tu propio cuerpo. Mándala a tus dedos…)
Artemio obedeció. Puso su mano garra sobre los números. Cerró los ojos y se concentró en el zumbido constante que sentía en su cabeza. Imaginó que esa energía bajaba por su cuello, por su hombro, por su brazo.
Sintió un cosquilleo doloroso en las yemas de los dedos. Una chispa azul saltó de su índice al teclado.
Bzzzt.
El panel numérico echó humo. Hubo un chasquido. La luz roja de la cerradura parpadeó y se puso verde. El mecanismo magnético se desactivó.
—Wow —susurró Artemio, mirando su mano con asombro.
(…Somos una batería biológica, Artemio. Podemos manipular la energía. Abre…)
Artemio empujó la puerta y entró al verdadero laboratorio.
No se parecía a las películas de ciencia ficción. No era blanco y brillante. Era industrial, sucio, funcional. Parecía más un matadero que un centro de investigación.
El piso era de concreto pulido con canaletas de drenaje en el centro, manchadas de óxido… o sangre seca. Había mesas de metal con correas de sujeción. Y al fondo, hileras de tanques de vidrio grandes, cilíndricos, llenos de un líquido amarillento.
Artemio caminó hacia los tanques, hipnotizado y horrorizado.
El primer tanque estaba roto. Vidrio en el suelo.
El segundo estaba vacío, pero sucio por dentro.
El tercero…
Artemio se detuvo frente al tercer tanque. El líquido turbio le impedía ver con claridad, pero su visión térmica captó una forma orgánica flotando dentro.
Limpió el vidrio con la manga de su sudadera.
Dentro flotaba algo que alguna vez debió ser un perro. Pero era monstruoso. Tenía la mandíbula partida en tres, como una flor de carne. Sus patas delanteras eran humanas, con manos de niño. Tenía tubos conectados a su columna vertebral.
Estaba muerto. Flotando en su propia inmundicia.
—Dios mío… —Artemio sintió ganas de vomitar.
(…Experimentos fallidos. Intentaron poner Huéspedes en animales. Incompatible. El cerebro canino es demasiado simple. Se queman…) explicó la voz con indiferencia científica.
Artemio siguió caminando. Pasó por hileras de horrores. Monos con dos cabezas. Cerdos con piel humana.
Y entonces, llegó a la sección final.
Aquí, los tanques eran más grandes. Más sofisticados. Tenían monitores con signos vitales.
La mayoría estaban apagados.
Sujeto 1: Exitus.
Sujeto 2: Exitus.
Sujeto 3: Exitus.
Llegó al tanque marcado como Sujeto 4.
Estaba iluminado con una luz azul tenue.
Artemio se acercó.
Dentro flotaba un niño. O lo que quedaba de él.
Parecía tener unos doce años. Estaba desnudo, con cables entrando en su pecho y cráneo. Pero su transformación había salido mal. Su cuerpo era una masa tumoral de carne y escamas descontroladas. Un brazo era gigante, el otro atrofiado. Su cara… su cara no existía. Era solo una masa de hueso calcificado sin ojos ni boca.
Pero el monitor pitaba.
Bip… Bip… Bip…
Estaba vivo. Sufriendo.
Artemio puso la mano en el vidrio. Sintió una tristeza infinita.
—¿Es mi hermano? —preguntó.
(…Es un error. El simbionte tomó el control demasiado rápido. El cáncer lo consumió. No hay mente ahí, Artemio. Solo dolor…)
—Tenemos que sacarlo.
(…No puedes salvarlo. Si lo sacas, morirá…)
—Es mejor morir que esto —dijo Artemio con firmeza.
Buscó los controles del tanque. Encontró una palanca de emergencia roja.
—Lo siento, hermano —susurró.
Jaló la palanca.
El líquido comenzó a drenarse con un gorgoteo. Las alarmas del tanque empezaron a sonar. Una luz roja giratoria se encendió en el techo del laboratorio.
—¡Alerta! ¡Falla de contención en Unidad 4! —sonó una voz robótica.
El cuerpo del Sujeto 4 cayó al suelo del tanque cuando el líquido se fue. Se convulsionó una vez. Dos veces. Y luego, quedó quieto. El monitor de signos vitales soltó un pitido largo y continuo.
Piiiii….
Artemio cerró los ojos un momento.
(…Ahora saben que estamos aquí. Prepárate…)
Las puertas del fondo del laboratorio se abrieron de golpe.
Entraron seis hombres. No eran guardias de seguridad gordos. Eran los Limpiadores. Vestían trajes tácticos negros completos, cascos con visores nocturnos y rifles de asalto futuristas.
—¡Objetivo visualizado! —gritó el líder—. ¡Sujeto 7! ¡Fuego de contención! ¡Usen munición eléctrica!
Artemio se agachó detrás de una mesa de metal justo cuando las balas empezaron a volar.
Zap. Zap. Zap.
No eran balas de plomo. Eran dardos electrificados que estallaban al impacto, soltando arcos de voltaje azul.
Uno de los dardos golpeó la mesa, enviando una descarga a través del metal. Artemio sintió el toque eléctrico. Le dolió, pero también… lo cargó.
(…Quieren jugar con electricidad…) rió el Huésped. (…Enséñales quién es el maestro…)
Artemio miró alrededor. Había un tanque de nitrógeno líquido cerca de la puerta donde estaban los soldados.
—Cúbreme los ojos —pidió Artemio a su propia mente.
(…Activando membrana nictitante…)
Una segunda piel, translúcida y dura, bajó sobre sus ojos, protegiéndolos de chispas y esquirlas.
Artemio agarró la mesa de metal. Pesaba al menos doscientos kilos. La levantó como si fuera de cartón y la lanzó con un rugido hacia los soldados.
La mesa voló por el aire, girando. Los soldados se dispersaron para no ser aplastados.
Artemio aprovechó la distracción. Corrió. Pero no hacia la salida. Corrió hacia ellos.
Era una mancha gris en el aire.
Llegó al primer soldado. El hombre intentó apuntar su rifle, pero Artemio le dio un manotazo en el pecho. El chaleco de kevlar se rompió bajo las garras. Las costillas se hicieron polvo. El soldado salió volando cinco metros y chocó contra un tanque de vidrio, rompiéndolo.
—¡Abran fuego letal! —gritó el líder—. ¡A la cabeza!
Las balas reales empezaron a silbar. Una rozó el hombro de Artemio, arrancando un pedazo de sudadera y piel. Sangró negro.
Artemio no se detuvo. Saltó hacia el techo, agarrándose de las tuberías. Se colgó boca abajo, como un murciélago gigante.
Desde arriba, vio al líder del escuadrón.
Se soltó.
Cayó sobre él. El impacto fue brutal. Artemio clavó sus rodillas en los hombros del hombre, tirándolo al suelo.
Los otros cuatro soldados dudaron. No podían disparar sin darle a su comandante.
Artemio miró a los soldados, siseando. Su capucha se había caído. Su rostro, mitad niño, mitad reptil, era una visión del infierno bajo las luces estroboscópicas de la alarma.
—Lárguense —gruñó Artemio.
El comandante, debajo de él, sacó un cuchillo de combate y se lo clavó a Artemio en el muslo.
Artemio aulló de dolor. Pero el dolor ya no lo paralizaba. Lo enfurecía.
Agarró el brazo del comandante y lo rompió como una rama seca. Luego, lo levantó y lo lanzó contra sus compañeros como si fuera un bolo de boliche humano.
Dos soldados cayeron. Quedaban dos de pie.
Dispararon.
Una bala impactó a Artemio en el pecho. Otra en el estómago.
El impacto lo hizo retroceder. Sintió el calor del plomo entrando en su carne.
Artemio cayó de rodillas.
(…Daño crítico. Reparando tejidos… Necesitamos biomasa…)
Los soldados se acercaron, apuntando a su cabeza.
—Se acabó, monstruo —dijo uno.
Pero entonces, algo pasó.
Una de las puertas laterales, una puerta blindada marcada con el símbolo de Bio-Riesgo Nivel 5, estalló hacia afuera.
La puerta de acero voló por el aire y decapitó a uno de los soldados que estaba de pie.
Todos, incluido Artemio, voltearon hacia la oscuridad del hueco que había dejado la puerta.
De la oscuridad salieron dos ojos.
Brillaban con un color violeta intenso.
Una figura caminó hacia la luz. Era pequeña. Delgada.
Era una niña.
Llevaba una bata de hospital blanca, manchada de sangre vieja. Tenía el pelo largo, negro y sucio, flotando alrededor de su cabeza como si estuviera bajo el agua, desafiando la gravedad.
No caminaba. Levitaba a cinco centímetros del suelo.
Levantó una mano hacia el último soldado que quedaba de pie.
El soldado comenzó a gritar. Se agarró la cabeza. Sangre empezó a salir de sus ojos, nariz y oídos.
—¡Fuera de mi cabeza! —chilló el hombre.
Y entonces, su cabeza explotó. No hubo fuego. Solo presión. Su cráneo cedió desde adentro.
El cuerpo cayó al suelo.
La niña bajó la mano y miró a Artemio, que seguía arrodillado, sangrando negro sobre el concreto.
Ella se acercó. Sus ojos violetas no tenían pupila ni iris. Eran pozos de luz pura.
—Tú haces mucho ruido —dijo la niña. Su voz no movió sus labios. Resonó directamente en la mente de Artemio, más clara y potente que la voz del Huésped.
Artemio intentó levantarse, pero estaba débil por las heridas de bala.
—¿Quién… quién eres? —preguntó.
La niña inclinó la cabeza.
—Ellos me dicen Sujeto 9. Pero yo me llamo Elena.
Ella miró las heridas de Artemio. Extendió su mano hacia él.
—Estás roto. Déjame arreglarte.
Artemio sintió una energía extraña, fría y eléctrica, invadir su cuerpo. Las balas en su pecho y estómago comenzaron a salir, expulsadas por su propia carne. Las heridas se cerraron a una velocidad visible, dejando cicatrices plateadas.
El Huésped en la mente de Artemio se encogió, temeroso.
(…Es poderosa. Es una Psiónica. Cuidado, Artemio. Ella es peligrosa…)
Artemio se puso de pie, ya sin dolor. Miró a la niña.
—Gracias.
—No me des las gracias —dijo Elena, mirando los cadáveres de los soldados con indiferencia absoluta—. Te curé porque te necesito.
—¿Para qué?
Elena señaló hacia una compuerta gigante al fondo del laboratorio, una puerta que parecía la de una bóveda de banco, sellada con múltiples cerraduras.
—Ahí abajo está Madre —dijo Elena—. La original. De donde nos sacaron a todos. Y tiene hambre.
—¿Madre? —Artemio no entendía.
—La cosa que cayó del cielo hace veinte años —explicó Elena—. La Corporación la encontró. La encerraron. Y empezaron a inyectarnos su sangre para ver qué pasaba. Tú tienes su fuerza. Yo tengo su mente.
Elena flotó hacia la puerta de la bóveda.
—Voy a abrir la puerta, Siete. Y vamos a matar a todos los científicos que quedan ahí abajo. Y luego… vamos a despertar a Madre.
Artemio sintió un terror nuevo. Despertar a la “Madre” sonaba a fin del mundo.
—¿Y si no quiero?
Elena se giró. Sus ojos violetas brillaron.
—Entonces eres un estorbo. Y yo elimino los estorbos.
Artemio miró su mano garra. Miró a la niña flotante.
(…Dile que sí…) aconsejó el Huésped rápidamente. (…Por ahora, dile que sí. Esa niña puede licuarnos el cerebro con un pensamiento. Vamos a ver qué hay en la bóveda…)
—Está bien, Elena —dijo Artemio, poniéndose la capucha para ocultar su rostro—. Vamos a ver a mamá.
Los dos niños monstruos, el guerrero y la bruja, caminaron juntos hacia la oscuridad de la bóveda, dejando atrás un rastro de cadáveres y el silencio roto de una fábrica de pesadillas.
CAPÍTULO 8: EL DIOS EN EL SÓTANO
El elevador de carga descendía hacia las entrañas de la tierra con un zumbido industrial que hacía vibrar los dientes. No había botones, solo una llave que Elena había girado usando su mente, doblando el metal hasta activar el mecanismo.
El cubo del ascensor olía a grasa vieja y a electricidad estática. Artemio miraba los números digitales en el panel, que descendían en negativo: -5, -6, -7…
—¿Qué tan profundo estamos? —preguntó, su voz retumbando en el espacio confinado.
Elena flotaba a unos centímetros del suelo metálico, con los ojos cerrados, como si estuviera escuchando una canción que nadie más podía oír.
—Estamos debajo del drenaje profundo —respondió ella mentalmente—. Debajo del Metro. Debajo de las ruinas de los aztecas. Estamos en la cicatriz.
Artemio se miró las manos. La sangre negra se había secado, formando una costra dura sobre sus escamas. El Huésped en su cabeza estaba inquieto, moviéndose de un lado a otro del hemisferio cerebral como un animal enjaulado ante la proximidad de una tormenta.
(…Siento su latido…) susurró el Huésped. (…Es inmenso. Es… antiguo. Artemio, tengo miedo…)
—¿Tú tienes miedo? —pensó Artemio con sorpresa—. Creí que eras el depredador alfa.
(…Yo soy un hijo. Ella es la Madre. Un hijo siempre teme a la madre que puede devorarlo…)
La puerta del elevador se abrió en el Nivel -10 con un chasquido neumático.
Lo que vieron los dejó sin aliento.
No era un laboratorio. Era una catedral blasfema dedicada a la ciencia y al horror.
El espacio era una caverna inmensa, reforzada con vigas de titanio y concreto. En el centro, suspendido sobre un abismo sin fondo y rodeado por pasarelas de metal, había una esfera de cristal blindado del tamaño de un edificio de tres pisos.
Dentro de la esfera, flotando en una neblina de gas criogénico y fluidos nutricionales, estaba ELLA.
La Madre.
No tenía una forma definida. Era una masa titánica de carne biológica, un cáncer celestial que pulsaba con luz propia. Tenía tentáculos que se extendían por kilómetros, enrollados sobre sí mismos. Tenía bocas. Miles de bocas que se abrían y cerraban en silencio. Y ojos. Ojos de todos los tamaños y colores, desde el tamaño de una canica hasta el de un coche, mirando en todas direcciones, procesando realidades que la mente humana no podía comprender.
De su cuerpo salían cientos de mangueras y cables gruesos que bombeaban su icor dorado hacia las máquinas de la Corporación, para ser destilado y convertido en las inyecciones que habían creado a Artemio y a los demás.
—Es hermosa… —susurró Elena, sus ojos violetas brillando con fanatismo.
—Es un monstruo —corrigió Artemio, sintiendo una náusea profunda.
(…Es ambas cosas…) dijo el Huésped. (…Es la fuente. De ahí venimos. De esa carne salió la gota que te pusieron en el oído…)
En las pasarelas que rodeaban la esfera, el caos reinaba.
Científicos con batas blancas corrían de un lado a otro, cargando discos duros, quemando papeles en botes de basura, destruyendo evidencia. Soldados de élite, los “Limpiadores”, montaban ametralladoras pesadas apuntando hacia el elevador.
—¡Ahí están! —gritó alguien.
Una sirena aulló, llenando la caverna de ruido rojo.
—¡Fuego a discreción! —ordenó una voz amplificada por altavoces.
Las ametralladoras abrieron fuego. Balas de calibre .50, capaces de atravesar tanques, volaron hacia los dos niños.
Artemio reaccionó por instinto. Saltó delante de Elena, cruzando sus brazos blindados frente a su cara.
CLANG. CLANG. CLANG.
Las balas golpearon sus escamas. El impacto fue brutal. Artemio sintió cómo sus huesos crujían bajo la fuerza cinética. Fue empujado hacia atrás, sus pies dejando surcos en el piso de metal.
—¡Son demasiados! —gruñó Artemio, sintiendo que su armadura empezaba a fracturarse—. ¡Elena, haz algo!
La niña abrió los ojos.
—Silencio —dijo.
No gritó. Simplemente proyectó la idea de “silencio” con una fuerza psíquica devastadora.
La onda expansiva mental golpeó a los soldados.
Fue como si una bomba invisible estallara en sus cerebros. Los hombres cayeron al suelo, agarrándose la cabeza, gritando mientras les sangraban los oídos. Las ametralladoras se detuvieron.
Elena levantó ambas manos.
Los científicos que corrían por las pasarelas se congelaron. Luego, comenzaron a flotar.
—¡No! ¡Por favor! —suplicó un hombre con gafas, pataleando en el aire.
Elena cerró los puños.
CRACK.
Veinte cuellos se rompieron al unísono. Los cuerpos cayeron al abismo que rodeaba a la Madre, desapareciendo en la oscuridad.
Artemio miró a la niña con terror. Ella no era como él. Él mataba para sobrevivir. Ella mataba porque era su naturaleza.
—Vamos —dijo Elena, flotando hacia la pasarela central que conectaba con la esfera de la Madre—. El Director nos espera.
Caminaron (y flotaron) hacia el centro de la estructura. Allí, frente al panel de control principal, un hombre los esperaba.
Era anciano, sentado en una silla de ruedas motorizada. Tenía un traje impecable, aunque manchado de ceniza de los papeles que había estado quemando. Su rostro estaba surcado por arrugas profundas, y tenía una máscara de oxígeno conectada a un tanque portátil.
Era el Doctor Valderrama. El arquitecto del Proyecto Génesis.
A su alrededor, su guardia personal de cuatro Cyborgs (humanos fusionados mecánicamente con tecnología robada a la Madre) formaba un muro.
—Sujeto 7. Sujeto 9 —dijo el anciano, su voz sonando rasposa a través de los altavoces—. Bienvenidos a casa. Lamento el desorden. Estábamos cerrando el negocio.
—Mataste a mis hermanos —dijo Elena, su voz resonando en la mente de todos.
—Fallos —desestimó Valderrama con un gesto de su mano esquelética—. Borradores. Ustedes son la obra maestra. Especialmente tú, Siete.
El anciano miró a Artemio con una codicia científica repugnante.
—El simbionte físico perfecto. Fuerza, regeneración, adaptación. Y tú, Nueve, la mente perfecta. Telequinesis, telepatía. Son los nuevos Adán y Eva de una raza superior.
—No somos tu raza —gruñó Artemio, dando un paso adelante. Los Cyborgs activaron sus armas de energía—. Somos lo que tú creaste para vender. Lucía me lo dijo.
—Lucía era una empleada resentida con poca visión —toció Valderrama—. Yo no quería venderlos. Yo quería… trascendencia.
El anciano señaló la esfera gigante detrás de él.
—Ella cayó en el Popocatépetl en 1999. El gobierno dijo que fue una exhalación volcánica. Mentira. Fue un impacto. La encontramos. Estaba dormida, herida. Su biología reescribe la realidad. Su carne es inmortal. Yo quería darle esa inmortalidad a la humanidad. Pero la carne humana es débil. Rechaza el regalo. Ustedes… ustedes son el puente.
Valderrama presionó un botón en su silla.
—Y ahora, el experimento final.
Dentro de la esfera, algo cambió.
Una descarga eléctrica masiva golpeó la carne de la Madre.
La criatura despertó.
No fue un despertar lento. Fue un cataclismo.
Los miles de ojos de la Madre se abrieron al mismo tiempo, brillando con una luz dorada cegadora. Un grito psíquico emanó de la esfera, una onda de choque que hizo temblar los cimientos de la Ciudad de México kilómetros arriba.
…¡HAMBRE!…
El grito mental derribó a Artemio. Sintió que su propia mente se fragmentaba. El Huésped en su cabeza aulló de dolor, sometido por la voluntad superior de su progenitora.
(…¡Me llama! ¡Quiere que regrese! ¡Me está jalando!…) gritó el Huésped.
Artemio vio cómo sus propios brazos empezaban a licuarse. Su carne perdía cohesión, tratando de volverse líquido para fluir hacia la Madre.
—¡Elena! —gritó Artemio—. ¡¿Qué está pasando?!
Elena también estaba de rodillas, pero ella sonreía.
—Ella nos llama, Siete. Es hora de volver al útero. Vamos a ser uno con ella. Vamos a ser dioses.
—¡No! —Artemio se aferró al barandal de metal, luchando contra su propia biología—. ¡Yo soy yo! ¡Yo existo!
Valderrama reía maníacamente desde su silla.
—¡Sí! ¡Fusión! ¡Absorción! ¡Cuando ella los consuma, obtendrá sus datos genéticos y yo podré cosechar la esencia destilada de la perfección!
Los Cyborgs avanzaron para asegurar a los niños y lanzarlos a la esfera si era necesario.
Artemio miró a los guardias mecánicos. Miró a Elena, perdida en su trance religioso. Miró a la masa palpitante que quería devorarlo.
(…Artemio… déjate ir… duele resistirse…) gimió el Huésped, debilitándose.
Artemio recordó el dolor de oído. Recordó las noches sin dormir. Recordó a Lucía golpeándolo. Recordó el sabor del pollo crudo en la basura.
Todo eso era dolor. Pero era su dolor. Era su vida.
—¡Ni madres! —rugió Artemio.
La furia humana superó al instinto alienígena. Artemio forzó a su cuerpo a solidificarse. Se levantó, rugiendo como un animal herido.
Se lanzó contra el primer Cyborg.
El guardia disparó un rayo de plasma, quemando el hombro de Artemio. Artemio ni se inmutó. Le arrancó la cabeza mecánica al guardia con un solo movimiento, cables y aceite rociando el suelo.
Agarró el cuerpo del Cyborg y lo usó como escudo para cargar contra los otros tres.
Fue una masacre rápida y brutal. Artemio era un torbellino de garras y violencia. Despedazó metal y carne sintética hasta que solo quedó él y el anciano en la silla de ruedas.
Valderrama dejó de reír. Sus ojos se abrieron con terror.
—¡Imposible! ¡El comando de la Madre es absoluto! ¡No puedes desobedecer a tu creadora!
Artemio agarró al anciano por el cuello de su traje caro. Lo levantó, silla y todo.
—Yo no tengo madre —dijo Artemio, su voz distorsionada por las mandíbulas reptilianas—. Soy huérfano.
Artemio lanzó a Valderrama hacia la esfera.
El anciano gritó mientras volaba por el aire. Chocó contra el cristal blindado.
Pero no rebotó.
La Madre, sintiendo la proximidad de biomasa, rompió el cristal desde adentro con un tentáculo. El vidrio, diseñado para resistir bombas nucleares, estalló.
Un tentáculo gigante, viscoso y lleno de dientes, salió disparado y atrapó a Valderrama en el aire.
Lo trituró en un segundo. Lo absorbió.
Pero la Madre no estaba satisfecha con un anciano seco. Quería a sus hijos.
El cristal se rompió por completo. La esfera colapsó.
La Madre se derramó sobre la plataforma. Era una marea de carne, rodando hacia ellos, extendiendo zarcillos para agarrarlos.
—¡Elena! —gritó Artemio, sacudiendo a la niña—. ¡Despierta! ¡Nos va a comer!
Elena parpadeó, saliendo de su trance. Vio la masa de horror que se les venía encima. Vio las miles de bocas babeando icor.
La realidad de “volver al útero” no era espiritual. Era digestiva.
—No… —susurró Elena—. Yo quería… yo quería que me quisiera.
—Ella no quiere a nadie. Solo tiene hambre. ¡Ayúdame a matarla!
La Madre lanzó un zarcillo gigante hacia ellos.
Elena gritó. Levantó sus manos y creó un campo de fuerza psíquico. El tentáculo chocó contra la barrera invisible, haciendo saltar chispas violetas.
—¡Es muy fuerte! —gritó Elena, sangrando por la nariz—. ¡No puedo detenerla mucho tiempo!
Artemio miró alrededor. Buscaba una debilidad. Pero, ¿cómo matas a una montaña de carne inmortal?
Entonces vio los tanques de nitrógeno líquido y las líneas de combustible que alimentaban el generador de la instalación, colgando del techo.
(…Fuego y Hielo…) sugirió el Huésped, recuperando su voluntad al ver que Artemio peleaba por ambos. (…Su biología es adaptable, pero no instantánea. Si la congelamos y luego la quemamos, sus células entrarán en shock…)
—Elena —gritó Artemio—. ¡Sujétala! ¡No la dejes avanzar!
—¿Qué vas a hacer?
—Voy a darle una indigestión.
Artemio corrió hacia las tuberías de la pared. Escaló como una lagartija, evitando los zarcillos menores que trataban de agarrarle los pies.
Llegó a la válvula principal del sistema de enfriamiento criogénico. Era una rueda de hierro gigante.
La giró con toda su fuerza sobrehumana. El metal chirrió.
—¡Ábrete!
La válvula cedió.
Una tubería de medio metro de diámetro estalló sobre la Madre.
Toneladas de nitrógeno líquido a -200 grados centígrados cayeron sobre la entidad.
La carne alienígena siseó y crujió. La Madre aulló, un sonido que no era auditivo sino mental, un grito de agonía que hizo que Artemio sintiera que le estallaban los dientes.
La parte delantera de la criatura se congeló instantáneamente, volviéndose gris y quebradiza. Se detuvo.
—¡Ahora, Elena! —gritó Artemio—. ¡Las líneas de gas! ¡Rómpelas! ¡Haz una chispa!
Elena entendió. Miró las tuberías amarillas en el techo.
Con un movimiento brusco de su cabeza, usó su telequinesis para arrancar las tuberías. El gas natural a alta presión comenzó a llenar la caverna, mezclándose con la niebla del nitrógeno.
—¡Siete! —gritó Elena—. ¡Si hago una chispa, volaremos todo! ¡Moriremos nosotros también!
Artemio saltó desde la pared, aterrizando junto a ella.
La Madre estaba rompiendo el hielo. Se estaba regenerando. Nuevos ojos brotaban de la carne congelada, mirándolos con odio infinito.
Artemio miró hacia el elevador. Estaba lejos, bloqueado por escombros.
Miró hacia arriba. Había un conducto de ventilación gigante, una chimenea industrial que subía hasta la superficie.
—¿Puedes volar? —preguntó Artemio.
—Sí.
—¿Puedes cargarme?
Elena lo miró. Pesaba más de cien kilos con su nueva masa muscular y armadura ósea.
—No sé… estás muy gordo.
Artemio soltó una carcajada nerviosa.
—Inténtalo. ¡Haz la chispa y vuela!
Elena cerró los ojos. Agarró la mano de Artemio.
En el techo, dos cables eléctricos rotos chocaron gracias a su mente.
CHISPA.
El gas se encendió.
La explosión fue como el nacimiento de un sol en el subsuelo.
Una bola de fuego azul y naranja llenó la caverna, consumiendo el oxígeno, incinerando a la Madre, derritiendo el metal.
En el último segundo, Elena se impulsó hacia arriba, arrastrando a Artemio con ella. Entraron en el tubo de ventilación justo cuando la onda expansiva destruía la plataforma donde habían estado parados.
Volaron por el túnel oscuro, montados en la onda de presión. El calor les quemaba los pies. El ruido era ensordecedor.
Abajo, la Madre chillaba mientras ardía. No moriría del todo, Artemio lo sabía. Algo así no muere fácil. Pero quedaría enterrada bajo millones de toneladas de roca y metal fundido. Dormida otra vez.
Salieron disparados por la chimenea de la fábrica en la superficie, como una bala de cañón.
Aterrizaron rodando en el techo de una bodega vecina, bajo la lluvia nocturna de la Ciudad de México.
Artemio se quedó tendido boca arriba, mirando el cielo nublado reflejando el incendio que empezaba a consumir la fábrica de “Kronos” abajo.
Estaba quemado, golpeado, y le faltaba un pedazo de oreja. Pero estaba vivo.
Elena aterrizó suavemente a su lado. Se limpió la sangre de la nariz.
—Lo hicimos —dijo, incrédula.
La fábrica se derrumbó sobre sí misma con un estruendo que sacudió el suelo. Una nube de polvo y humo tóxico se elevó, ocultando los pecados de la Corporación.
Las sirenas de bomberos y policía empezaron a sonar a lo lejos, acercándose.
Artemio se sentó con dificultad. Su ojo derecho brillaba en la oscuridad. El Huésped en su cabeza estaba silencioso, agotado, pero vivo.
—¿Y ahora qué? —preguntó Elena.
Artemio miró la ciudad. Millones de luces. Millones de personas.
Ya no tenía casa. No tenía familia. Era un monstruo buscado por la ley y probablemente por los remanentes de la Corporación que sobrevivirían.
Pero miró sus manos. Sus garras. Sintió la fuerza en su cuerpo.
—Ahora… —dijo Artemio, poniéndose de pie y mirando hacia el horizonte donde el sol empezaba a teñir de gris el cielo—. Ahora somos los dueños de la ciudad.
—¿Vamos a ser héroes? —preguntó Elena, con inocencia infantil.
Artemio sonrió, mostrando sus dientes afilados.
—No, Elena. Los héroes mueren o se venden. Nosotros vamos a ser la pesadilla de los que se creen dueños de este mundo. Vamos a cazar a los monstruos que se esconden con traje y corbata.
—Tengo hambre —dijo Elena.
—Yo también —respondió Artemio—. Vamos por unos tacos.
Saltaron del techo hacia las sombras de los callejones de Vallejo, desapareciendo en la jungla de concreto.
La leyenda del “Nahual de Vallejo” y la “Bruja de la Noche” acababa de comenzar. Y la Ciudad de México nunca volvería a ser la misma.
FIN