
CAPÍTULO 1: EL INFIERNO HELADO EN LA MÉXICO-TOLUCA
El viejo autobús de la línea “Flecha Roja”, ese que ya había visto mejores décadas y cuyos amortiguadores rechinaban como almas en pena, dio una última sacudida violenta antes de rendirse. No fue un paro suave; fue un crack metálico, seco y brutal, seguido de un siseo de vapor que escapó del cofre como el último aliento de una bestia moribunda. Las luces interiores parpadearon dos veces y luego, la oscuridad se tragó el pasillo, dejando solo el resplandor fantasmagórico de los faros de los tráileres que pasaban zumbando por el carril de alta.
Estaban varados. Justo en ese tramo maldito de la carretera México-Toluca, pasando La Marquesa, donde la neblina baja tan espesa que sientes que te estás metiendo en la boca de un lobo y el frío no perdona ni a los santos.
Catalina Flores, sentada en el asiento 24 junto a la ventana empañada, recargó la frente contra el cristal. El vidrio estaba tan helado que le quemó la piel, pero no se movió. No tenía fuerzas. Su cuerpo era un campo de batalla donde una fiebre despiadada estaba ganando terreno minuto a minuto. Sentía que la sangre le hervía por dentro, mientras que por fuera, sus extremidades temblaban sin control, como si estuviera desnuda en medio de la nieve y no con esa chamarra de mezclilla vieja que ya no calentaba ni el alma.
—¡Puta madre! —el grito del chofer rompió el silencio tenso del autobús. Se escuchó el golpe de su puño contra el volante—. ¡Se nos acabó el corrido, señores!
El murmullo de los pasajeros comenzó a subir de volumen, una mezcla de quejas, insultos y el sonido de chamarras sintéticas rozándose mientras la gente se levantaba para ver qué pasaba.
—¿Qué pasó, mi buen? —gritó un señor desde los asientos de atrás, con esa voz rasposa de quien lleva fumando Delicados toda su vida—. ¿Ya valió madres o qué?
—Se tronó la banda de distribución o la bomba, yo qué sé, pero el motor está muerto —respondió el chofer, un tipo gordo con bigote de morsa que ya se estaba bajando con una lámpara sorda—. ¡Nadie se baje, está re feo el clima afuera!
Catalina cerró los ojos. El dolor de cabeza era punzante, un martilleo constante detrás de sus ojos que se sincronizaba con los latidos acelerados de su corazón. “No puede ser, no puede ser”, pensaba, apretando los párpados. “Tengo que llegar. Mañana tengo el examen de Anatomía Patológica a las 7 y si no llego a la pensión hoy, no voy a estudiar nada”. Pero el examen era lo de menos. Lo que realmente la aterraba era quedarse ahí, vulnerable, enferma y prácticamente sin un peso en la bolsa.
Había pasado las últimas 48 horas en el Hospital General de Toluca, sentada en una silla de plástico rígido junto a la cama de su tía Licha. Licha, su única familia, la mujer que la había sacado adelante vendiendo tamales y quesadillas cuando sus padres murieron en aquel accidente en la carretera a Cuernavaca. Ahora, Licha se consumía poco a poco, devorada por un cáncer agresivo que se comía también los pocos ahorros que Catalina lograba juntar trabajando de mesera los fines de semana y limpiando consultorios.
La imagen de su tía, pálida y conectada a sueros, le estrujó el corazón más que el frío. “Mija, vete ya, tienes que estudiar, yo estoy bien”, le había dicho Licha con esa voz débil que intentaba sonar fuerte. Y Catalina se había ido, sintiéndose la peor sobrina del mundo, arrastrando este virus que agarró en la sala de espera llena de gente tosiendo.
—¡Oiga, chofer! —una señora con un bebé llorando se paró en el pasillo—. ¿Y ahora qué? Hace un frío de la chingada aquí adentro. Prenda la calefacción aunque sea.
—¡No prende nada, jefa! —gritó el chofer desde afuera, luchando con el cofre—. El sistema eléctrico también chupó faros. Ya le hablé a la base para que manden otro camión o la grúa, pero me dicen que no hay unidades cerca.
—¿Y cuánto van a tardar? —preguntó un joven vestido de godínez, mirando su reloj con desesperación.
—Pues… con este tráfico y la hora… échenle unas tres horitas, bajita la mano.
¿Tres horas? El pánico golpeó a Catalina en el estómago. Tres horas ahí encerrados, a temperaturas bajo cero, era una sentencia de muerte para alguien en su estado. Ya sentía cómo sus pulmones protestaban cada vez que inhalaba el aire viciado del camión, que empezaba a oler a sudor rancio, tortas de jamón y desesperación.
El frío comenzó a colarse por las rendijas de las ventanas mal selladas. Era ese frío de montaña, húmedo y traicionero, que se te mete en los huesos y no sale con nada. Catalina se abrazó a su mochila desgastada como si fuera un salvavidas. Dentro llevaba sus libros de medicina, unos apuntes arrugados y un tupper vacío que había contenido el arroz que comió ayer.
Su celular vibró. Lo sacó con manos temblorosas. 8% de batería. La pantalla iluminó su rostro pálido, ojeroso, con la nariz roja y los labios partidos por la fiebre. Tenía un mensaje de su casera: “Cata, acuérdate que mañana vence la renta. Sin falta, porfa, que ya me debes el mes pasado”.
Catalina quiso llorar, pero no tenía ni agua en el cuerpo para producir lágrimas. Todo estaba seco: su boca, sus ojos, su futuro. Revisó la app del banco por inercia, aunque ya sabía el saldo de memoria: $34.50 pesos. Ni para un café del Oxxo. Todo se había ido en la farmacia del hospital, comprando las gasas especiales y el medicamento para el dolor que el Seguro Popular no tenía en existencia.
—Chale, esto está de la fregada —dijo el chico del asiento de al lado, un muchacho con audífonos que miraba por la ventana—. Oye, flaca, ¿estás bien? Te ves súper mal.
Catalina intentó asentir, pero el movimiento le provocó un mareo.
—Sí… solo… tengo gripa —su voz salió como un graznido, rasposa y débil.
—Pues tápate, porque aquí nos vamos a congelar. Mi app dice que estamos a menos dos grados y bajando.
Menos dos grados. Y bajando.
El ambiente en el autobús se estaba poniendo pesado. La gente empezaba a sacar sus celulares, iluminando el interior como luciérnagas nerviosas. Algunos llamaban a sus familias, otros insultaban a la línea de autobuses. El bebé no paraba de llorar. El olor a humanidad encerrada empezaba a revolverle el estómago a Catalina.
Necesitaba aire. Sentía que se asfixiaba. La fiebre le jugaba trucos; por momentos sentía que las paredes del autobús se cerraban sobre ella, aplastándola.
—Tengo que bajar… —murmuró para sí misma.
—¿Qué? No te bajes, está bien oscuro —le advirtió el chico de al lado.
—Necesito… aire… voy a vomitar.
Se levantó tambaleándose. Sus piernas parecían hechas de trapo. Se agarró de los respaldos de los asientos para avanzar por el pasillo. Cada paso era un esfuerzo titánico, como caminar bajo el agua.
—Con permiso… con permiso… —susurraba, pero nadie le hacía mucho caso.
Al llegar a la puerta delantera, el chofer estaba subiendo, frotándose las manos y exhalando vapor.
—¿A dónde va, señorita? Mejor espérese aquí.
—Me siento mal… voy a… necesito aire —dijo Catalina, empujándolo levemente para poder bajar los escalones.
El impacto del exterior fue brutal. Fue como recibir una bofetada de hielo puro en la cara. El viento soplaba con furia, bajando desde los pinos altos que bordeaban la carretera, trayendo consigo la humedad de la neblina. Catalina jadeó, y el aire helado le quemó la garganta inflamada como si hubiera tragado vidrios rotos.
Se alejó unos metros del autobús, buscando privacidad, apoyándose en la barrera metálica de contención. El ruido de la carretera era ensordecedor. Los tráileres pasaban a toda velocidad, levantando cortinas de agua sucia y viento que la sacudían violentamente. Eran monstruos de acero rugiendo en la noche, indiferentes a su miseria.
Catalina miró hacia el cielo, pero no había estrellas. Solo una masa gris y negra de nubes bajas que amenazaban con soltar aguanieve en cualquier momento.
Se dobló por la cintura, tosiendo. Fue un ataque violento, seco, que le sacudió el tórax y le hizo ver puntos negros. Tosió hasta que sintió sabor a sangre en la boca.
—Diosito, ayúdame, por favor… ya no puedo más —gimió, con la frente apoyada en el metal helado de la barrera.
Pensó en pedir un Uber. Sacó el celular de nuevo. 5% de batería. Abrió la aplicación con dedos entumecidos que apenas respondían. La ubicación tardó en cargar. Cuando por fin apareció el precio, el corazón se le fue a los pies: UberX a Colonia Doctores: $1,850.00 MXN. Tarifa dinámica por clima y horario.
Se rió. Una risa histérica, corta y triste que se perdió en el viento. Mil ochocientos pesos. Podría ser un millón. Daba igual. No los tenía.
Miró hacia la carretera. Quizás alguien le daría un aventón. Pero, ¿quién? ¿Quién se detendría en la México-Toluca a las 2 de la mañana a recoger a una chica que parecía un cadáver viviente? Y si alguien paraba… ¿sería seguro? Las historias de terror de esa carretera eran leyenda: asaltos, secuestros, desapariciones. Una mujer sola era una presa fácil. Pero quedarse ahí era morir congelada.
La hipotermia empezaba a hacer su trabajo sucio. Catalina dejó de temblar violentamente y empezó a sentir una extraña calma, un sueño pesado y dulce. “Solo voy a cerrar los ojos un ratito”, pensó. “Aquí paradita, descanso cinco minutos y me subo al camión”.
Sus rodillas cedieron. Ya no sentía los pies. Se fue deslizando lentamente por el barandal hasta quedar sentada en el acotamiento, sobre la grava húmeda y fría. La cabeza le daba vueltas. Veía las luces de los coches como estelas largas y brillantes, hermosas, hipnóticas.
—Mamá… —susurró, delirando por la fiebre—. Ya llegué, ma…
Unas luces potentes, blancas y azules, rompieron su delirio. Un vehículo grande disminuyó la velocidad. No pasó de largo como los demás. Se orilló lentamente, aplastando la grava con neumáticos anchos y costosos. Era una camioneta negra, inmensa, una de esas Suburban blindadas que usan los políticos o los empresarios muy picudos.
Catalina la vio a través de la niebla de su mente. “Ya me van a llevar”, pensó, sin miedo, solo con resignación. “¿Serán narcos? ¿Será la policía? Ojalá me maten rápido, ya no quiero tener frío”.
La puerta del conductor se abrió. Un hombre bajó. Incluso en su estado, Catalina notó que no encajaba ahí. Zapatos de piel lustrados pisando el lodo. Un pantalón de vestir impecable. Un abrigo largo de lana negra, de esos que se ven en las películas, con el cuello levantado.
El hombre caminó hacia ella con paso firme, pero cauteloso.
—¡Hey! —gritó él, su voz grave compitiendo con el ruido del viento—. ¡Señorita! ¿Está herida?
Catalina intentó levantar la cabeza, pero pesaba demasiado. El hombre se agachó frente a ella. Olía increíble. Olía a madera, a especias caras y a calor. Contrastaba tanto con el olor a diesel y muerte de la carretera que Catalina quiso llorar.
—No… no me haga nada… no tengo dinero —logró balbucear ella, instintivamente protegiendo su mochila vacía.
—¡No quiero tu dinero! —el hombre parecía enojado, o asustado. Se quitó un guante de piel y le tocó la frente. Su mano estaba caliente, viva—. ¡Virgen santísima! Estás ardiendo. Estás hirviendo, niña.
El hombre, Maximiliano de la Vega, sintió el calor febril de la chica incluso a través del frío de la noche. Su piel quemaba. Alumbró su rostro con la pantalla de su celular y lo que vio le encogió el estómago. No era una drogadicta ni una vagabunda, como temió al principio. Era una chica joven, muy joven, con facciones finas pero demacradas por la enfermedad y el hambre. Sus labios estaban morados por el frío.
—¡Arriba! —ordenó él, pasándole un brazo por la espalda—. No te puedes quedar aquí. Te vas a morir.
—El camión… tengo que esperar el camión… —Catalina opuso una resistencia débil, patética.
—Esa chatarra no se va a mover hoy. Y tú no vas a aguantar ni media hora más. ¡Mírate! No puedes ni sostenerte.
Maximiliano la levantó casi en vilo. Ella pesaba muy poco, demasiado poco para su estatura. Era como cargar a un pájaro herido. Catalina sintió que el mundo giraba violentamente y soltó un gemido de dolor cuando el movimiento sacudió su cabeza afiebrada.
—Tranquila, tranquila. Ya te tengo —la voz de él se suavizó un poco, perdiendo ese tono de mando empresarial y volviéndose algo más humano—. Mi camioneta está aquí. Tiene calefacción.
La llevó hasta la puerta del copiloto. Al abrirla, una ráfaga de aire caliente golpeó a Catalina. Fue la sensación más maravillosa que había sentido en su vida. Era como entrar al cielo. El interior olía a cuero nuevo y a un aromatizante suave de vainilla.
—Sube.
—Voy a… voy a ensuciar su coche… mis tenis tienen lodo —murmuró ella, mirando los tapetes impecables. La vergüenza de la pobreza, esa que te enseñan a tener desde chiquita, pudo más que la enfermedad por un segundo.
—¡Me vale madres el coche! —explotó Maximiliano, empujándola suavemente hacia el asiento—. ¡Sube de una vez!
Catalina se dejó caer en el asiento de piel color crema. Maximiliano le abrochó el cinturón de seguridad con movimientos rápidos y eficientes. Cerró la puerta, silenciando el rugido de la carretera al instante. El silencio dentro de la camioneta blindada era absoluto, sepulcral, solo roto por el suave zumbido del motor V8.
Maximiliano dio la vuelta y subió al asiento del conductor. Se frotó las manos, mirándola de reojo. La chica estaba tiritando violentamente, sus dientes castañeteaban haciendo un ruido rítmico, tac-tac-tac-tac.
—Ten —Maximiliano se quitó su abrigo largo y se lo echó encima como si fuera una manta. Pesaba, era cálido y olía a él.
—Gracias… —susurró ella, cerrando los ojos.
Max arrancó la camioneta, incorporándose al tráfico con la agresividad de quien es dueño del asfalto.
—¿A dónde vas? ¿Tienes familia a quién llamar?
—No… vivo sola… en la Doctores… soy estudiante…
—A la Doctores no llegas —sentenció él, mirando el tablero digital—. Es lejísimos y hay un accidente en Constituyentes, está todo parado. Además, necesitas un médico ya. Te voy a llevar a mi casa. Está en Bosques, salimos en la siguiente desviación.
Catalina abrió los ojos de golpe, el miedo atravesando la neblina de la fiebre.
—No… no, señor. Por favor. Déjeme en una farmacia o en el metro… no voy con extraños.
—Mira, niña —Maximiliano encendió la luz interior un momento para que ella lo viera bien. Sus ojos grises la miraron fijamente a través del espejo retrovisor—. Me llamo Maximiliano de la Vega. Tengo 42 años. Soy dueño de Grupo Vega. Tengo una hermana y una sobrina de seis años esperándome en casa. No soy un secuestrador, ni un tratante, ni un pervertido. Soy un hombre cansado que quiere llegar a su casa, pero que no es tan hijo de puta como para dejarte morir en la cuneta.
Hizo una pausa, suavizando la mirada al ver el terror en los ojos de ella.
—Te lo juro por mi sobrina. Solo quiero que te vea un médico. Tengo uno de cabecera que vive a dos cuadras de mi casa. Te revisa, te da medicina, duermes en un cuarto de huéspedes con llave, y mañana te pago un taxi a donde quieras. ¿Trato?
Catalina lo miró. Su instinto, ese que desarrollas caminando sola por las calles de la Ciudad de México, le buscaba alguna señal de maldad. Pero solo vio cansancio y una preocupación genuina, casi paternal. Y su cuerpo… su cuerpo ya no daba para más. El dolor en el pecho era insoportable.
—Está bien… —susurró, rindiéndose.
—Bien. Descansa. En veinte minutos llegamos.
Catalina se hundió en el asiento, arropada por el abrigo de cachemir de medio millón de pesos de un desconocido. El calor de la calefacción empezó a descongelar sus dedos, y con el calor vino el sueño, pesado y negro.
Lo último que vio antes de perder el conocimiento fue la mano de Maximiliano sobre el volante, una mano fuerte, con un reloj dorado en la muñeca, conduciendo a través de la noche. No sabía que ese hombre, ese salvador accidental, sería su perdición y su salvación. No sabía que el destino acababa de lanzar los dados y que, a la mañana siguiente, cuando la luz del sol revelara su rostro limpio de mugre y cansancio, el mundo de Maximiliano de la Vega se vendría abajo con un solo grito de reconocimiento.
Pero por ahora, solo había oscuridad, el suave movimiento de la suspensión neumática y el calor. Bendito calor.
CAPÍTULO 2: EL DESPERTAR Y EL FANTASMA DEL PASADO
La camioneta blindada se deslizó por las calles de Bosques de las Lomas como un tiburón nadando en aguas profundas. Aquí, el ruido de la ciudad desaparecía, reemplazado por un silencio costoso, custodiado por casetas de seguridad privada y muros de tres metros de altura coronados con cercas electrificadas.
Catalina flotaba en un limbo entre la inconsciencia y el delirio. Sentía el movimiento suave del vehículo, pero su mente estaba en otro lado. Estaba de vuelta en el cuarto de azotea que compartía con la humedad, contando monedas de diez pesos para ver si le alcanzaba para un kilo de tortillas y un blíster de paracetamol. “No te rindas, mi niña”, escuchaba la voz de su tía Licha. “Tú vas a ser doctora, vas a usar bata blanca y nadie te va a humillar nunca más”.
—Ya llegamos. Aguanta un poquito más.
La voz de Maximiliano la trajo de vuelta a la realidad por un segundo. El motor se apagó. Escuchó el zumbido electrónico de un portón abriéndose.
Maximiliano bajó primero. El aire de la zona alta de la ciudad era más limpio, pero igual de helado que en la carretera. Abrió la puerta del copiloto y desabrochó el cinturón de seguridad de la chica. Ella se derrumbó hacia adelante, inerte, como una muñeca de trapo a la que le hubieran cortado los hilos.
Él la cargó sin esfuerzo. Pesaba tan poco que le dio coraje. “¿Qué comen estos muchachos hoy en día?”, pensó con amargura. “Aire y angustia”. Al levantarla, la cabeza de Catalina cayó sobre su hombro, su respiración era un silbido caliente y errático contra su cuello.
Subió los escalones de piedra volcánica de la entrada principal. No tuvo que buscar las llaves; la puerta de caoba masiva se abrió desde adentro antes de que llegara.
—Buenas noches, Don Maximiliano —dijo Hilario, el mayordomo nocturno, un hombre mayor que había servido a la familia De la Vega desde que Max usaba pañales. Su rostro impasible apenas mostró una fracción de segundo de sorpresa al ver el bulto en los brazos de su patrón—. ¿Llamo al doctor Arriaga?
—Ya le marqué desde el camino, Hilario. Que pase directo en cuanto llegue. Prepara la habitación de huéspedes de la planta baja, la azul. Que pongan la calefacción al máximo y traigan cobertores limpios. ¡Rápido!
Hilario asintió y desapareció por el pasillo. Max entró al vestíbulo. Sus pasos resonaron en el mármol italiano, rompiendo la quietud del mausoleo de lujo en el que vivía.
—¿Max?
La voz vino desde la escalera principal. Una voz femenina, afilada, cargada de reproche.
Victoria de la Vega descendía los escalones envuelta en una bata de seda color champán, con una copa de vino tinto en la mano. A sus 38 años, Victoria era una mujer espectacular, pero con una dureza en la mirada que envejecía su expresión.
Se detuvo a medio camino, entornando los ojos al ver la escena.
—¿Qué chingados es esto, Maximiliano? —preguntó, bajando el resto de los escalones con prisa—. Son las tres de la mañana. ¿Qué traes ahí? ¿Atropellaste a alguien?
—Quítate, Victoria —gruñó Max, pasando de largo hacia el pasillo de visitas—. Es una niña. Estaba tirada en la carretera. Tiene hipotermia.
—¿Una niña? —Victoria lo siguió, con los tacones de sus pantuflas resonando agresivamente—. ¿Recogiste a una desconocida en la carretera? ¿Estás loco o te dio el síndrome del buen samaritano otra vez? ¡Nos van a asaltar, Max! ¡Seguro es un gancho de secuestradores! ¡Piensa en Marifer, por el amor de Dios!
Max se detuvo en seco frente a la puerta de la habitación de huéspedes y se giró, con Catalina aún en brazos. Sus ojos grises lanzaron una advertencia letal.
—Dije que te quites. Marifer está dormida y segura. Esta chica se está muriendo. Si no quieres ayudar, vete a terminar tu vino y déjame en paz. Pero no te atrevas a cuestionarme en mi propia casa.
Victoria apretó los labios, ofendida, pero dio un paso atrás. Sabía cuándo no debía presionar a su hermano. Max entró a la habitación, depositó a Catalina con cuidado sobre la cama king size y comenzó a quitarle los tenis llenos de lodo.
Minutos después llegó el doctor Arriaga, un médico de la vieja escuela con maletín de piel y olor a tabaco de pipa. Victoria se quedó en el marco de la puerta, cruzada de brazos, observando con desconfianza cómo el médico auscultaba a la intrusa, le revisaba las pupilas y le conectaba un suero intravenoso que Hilario sostenía como si fuera un candelabro sagrado.
—¿Y bien, doc? —preguntó Max, pasándose una mano por el cabello revuelto.
—La sacaste de milagro, Max —murmuró Arriaga, guardando el estetoscopio—. Tiene una bronquitis severa que está a nada de volverse neumonía. Fiebre de 39.5. Pero lo que más me preocupa es el estado general.
El médico señaló los brazos delgados de Catalina, donde las venas se marcaban azules bajo la piel translúcida.
—Está anémica, deshidratada y tiene signos claros de desnutrición. Esta muchacha no ha comido una comida decente en semanas. Su cuerpo no tiene reservas para pelear contra la infección. Le puse un coctel de antibióticos y vitaminas directo a la vena. Debería bajarle la fiebre en unas horas, pero necesita reposo absoluto y comida. Mucha comida.
Max asintió, sintiendo un peso extraño en el pecho. Culpa. Culpa de clase, quizás. Él tiraba comida todos los días. En sus cenas de negocios se desperdiciaban botellas de vino que costaban lo que esta chica debía gastar en un año de vida.
—Gracias, doc. Yo me encargo.
—¿Tú? —se burló Victoria desde la puerta—. ¿Ahora eres enfermero? Hilario puede quedarse, o llamamos a una agencia.
—Yo la traje, yo la cuido esta noche —sentenció Max—. Váyanse a dormir todos.
Cuando la habitación quedó en silencio, iluminada solo por la lámpara de buró, Max se sentó en el sillón de lectura frente a la cama. Se sirvió un whisky del minibar, pero no le dio ni un trago. Se quedó mirando a la chica.
Ya sin la capucha y un poco más limpia, se veía inofensiva. Tenía el cabello castaño oscuro, lacio, desparramado sobre la almohada blanca. Sus facciones eran finas, mexicanas, con pestañas largas que proyectaban sombras sobre sus pómulos marcados. Dormía con el ceño fruncido, como si incluso en sueños estuviera preocupada por algo.
Max se preguntó qué demonios estaba haciendo. Victoria tenía razón en algo: era una locura meter a una extraña a la casa. Pero cuando la vio ahí, sola contra el monstruo de la noche en la carretera, algo en su fragilidad le recordó a su propia vulnerabilidad. A pesar de los millones, de las empresas, de la seguridad, Max se sentía igual de solo que esa chica. Su divorcio lo había dejado vacío; su casa era un hotel de lujo donde solo se cruzaba con su hermana amargada. Su única luz era Marifer, su sobrina.
—Descansa, niña —murmuró, tomando un sorbo de whisky—. Hoy no te mueres. Hoy no.
El sol de la mañana en Bosques de las Lomas no entra, irrumpe con prepotencia. Los ventanales de piso a techo de la habitación de huéspedes dejaron pasar una luz dorada y clara que cayó directamente sobre los ojos de Catalina.
Ella despertó con un sobresalto. El pánico fue su primer sentimiento, un reflejo condicionado de su vida diaria. “¡La alarma! ¡El examen! ¡El camión!”. Intentó incorporarse de golpe, pero el cuerpo no le respondió. Se sentía pesada, como si estuviera hecha de plomo, aunque el dolor de cabeza y el ardor en la garganta habían disminuido considerablemente a un dolor sordo y manejable.
Parpadeó, confundida. ¿Dónde estaba?
Esto no era la pensión de Doña Chuy con sus paredes descarapeladas y el olor a gato. Esto olía a… limpio. A suavizante caro y madera encerada.
Miró a su alrededor. La habitación era más grande que todo el departamento donde vivía antes. Había una televisión plana enorme, muebles de diseño, cortinas pesadas. Miró su brazo: tenía una pequeña venda donde le habían puesto el suero, que ya había sido retirado.
La memoria le golpeó en ráfagas: El frío. El autobús roto. El hombre del abrigo negro. La camioneta blindada.
—¡Dios mío! —susurró, llevándose las manos a la cara—. Me trajo a su casa. Es verdad.
Se levantó con cuidado. Sus piernas temblaban, pero ya la sostenían. Vio su ropa doblada en una silla: sus jeans desgastados y lavados, su playera de la universidad. Alguien (probablemente una empleada doméstica, supuso con vergüenza) los había limpiado un poco. Se vistió rápido, sintiéndose una intrusa, una mancha de suciedad en ese lienzo perfecto.
Necesitaba irse. Tenía que agradecer e irse antes de que cobraran algo, o antes de que la magia se rompiera y la acusaran de ratera.
Salió al pasillo con cautela. La casa era inmensa, un laberinto de buen gusto y frialdad. Escuchó ruidos de platos y voces provenientes de lo que parecía ser la planta baja. El olor a café recién hecho —café de grano, del bueno— le hizo rugir el estómago con una violencia dolorosa.
Bajó la escalera principal, aferrándose al barandal de hierro forjado. Al llegar al vestíbulo, vio un arco que daba a un comedor y una cocina abierta estilo industrial.
Allí estaba él. Maximiliano.
Llevaba unos pantalones de mezclilla oscuros y un suéter gris de cuello alto. Se veía diferente sin el abrigo y la tensión de la noche. Se veía… humano. Estaba de pie junto a la isla de la cocina, leyendo algo en una tablet y bebiendo café.
Junto a él, sentada en un banco alto, una niña pequeña con rizos alborotados y pijama de unicornios agitaba una cuchara en un tazón de cereal.
—¡Tío Max! —chilló la niña—. ¡Ya se aguadaron mis Zucaritas! ¡Quiero otros!
—Te los comes así, Marifer —dijo Max sin levantar la vista de la tablet—. En esta casa no se desperdicia comida. Y menos azúcar. Tu mamá me va a matar si te ve comiendo eso.
Catalina carraspeó, parada en el umbral. Se sentía pequeña, invisible.
Max levantó la vista. Al verla, dejó la tablet sobre el granito. Su expresión pasó de la concentración de negocios a una cautelosa amabilidad.
—Buenos días —dijo él. Su voz era grave, resonante en la cocina amplia—. Veo que ya te puedes levantar. ¿Cómo te sientes?
—Mejor… mucho mejor, gracias —dijo Catalina. Su voz aún sonaba rasposa—. Señor, yo… no sé cómo agradecerle. De verdad. Me salvó la vida. Pero ya me tengo que ir, no quiero molestar más…
—Siéntate —interrumpió él, señalando un banco vacío—. No vas a ir a ningún lado sin desayunar. El doctor dijo que estás desnutrida. Si te vas así, te desmayas en la esquina y mi esfuerzo de anoche no habrá valido nada.
Catalina dudó, pero el olor a huevos revueltos y tocino que una cocinera estaba sirviendo en ese momento la venció. Se acercó tímidamente y se sentó, dejando un banco de distancia con la niña.
Marifer la miró con esos ojos grandes y curiosos que solo tienen los niños que no conocen la maldad.
—Hola —dijo la niña—. ¿Tú eres la amiga del tío Max?
—Hola… —Catalina sonrió, una sonrisa tímida pero genuina que iluminó su rostro pálido—. No, no soy su amiga. Tu tío me ayudó anoche porque estaba enferma. Soy Catalina.
—Yo soy María Fernanda. Pero me dicen Marifer. ¿Te gustan los unicornios?
—Me encantan.
Maximiliano observaba la escena mientras daba un sorbo a su café. La luz de la mañana entraba por el ventanal del jardín, bañando a Catalina de lleno. Ahora que no tenía el rostro cubierto por la sombra de la capucha ni contraído por el dolor de la fiebre, Max podía verla bien por primera vez.
Había algo en ella. No era solo que fuera bonita de una manera sencilla y natural. Era una sensación punzante en la nuca de Max. Un déjà vu violento.
Se quedó mirándola fijamente mientras ella aceptaba un plato con fruta que le ofrecía la cocinera. Catalina se recogió el cabello detrás de las orejas con un gesto distraído y sonrió de nuevo a Marifer, quien le estaba contando una historia atropellada sobre su escuela.
Esa sonrisa.
Ese perfil.
Esa manera de inclinar la cabeza.
El tiempo se detuvo para Maximiliano. El sonido de la cocina se apagó. De repente, ya no estaba en su mansión en 2024. Estaba en el Parque México, en la Condesa, hacía exactamente un año. Un domingo de mayo. Calor asfixiante.
Recuerdo:
Max estaba distraído contestando un correo urgente. Victoria estaba peleando por teléfono con su exmarido a unos metros. Marifer, entonces de cinco años, corría con un dulce rojo en la boca. De pronto, el silencio. Ese silencio aterrador de un niño que no puede respirar. Marifer se llevaba las manos al cuello, su carita poniéndose azul, los ojos desorbitados por el pánico.
Max corrió hacia ella, pero se congeló. El terror lo paralizó. No sabía qué hacer. Gritaba pidiendo ayuda, pero sus manos eran inútiles. Victoria gritaba histérica.
Y entonces, una mancha azul. Una chica joven, con mochila de estudiante y una sudadera azul marino, saltó la cerca baja de los arbustos. Empujó a Max con una fuerza sorprendente. “¡Hágase a un lado!”, gritó ella.
Tomó a Marifer por la espalda. Puño cerrado bajo el esternón. Compresión. Una, dos, tres veces. Con técnica perfecta, con decisión, sin miedo.
El dulce salió disparado. Marifer aspiró una bocanada de aire enorme y rompió a llorar. La chica, jadeando, se arrodilló, revisó a la niña, le acarició la cara. “Ya pasó, princesa, respira”, le dijo.
Cuando llegaron los paramédicos y el caos se calmó, Max se giró para agradecerle, para darle todo lo que tenía, su cartera, su reloj, su alma. Pero la chica de la sudadera azul ya no estaba. Se había esfumado entre la multitud de mirones.
Fin del recuerdo.
Maximiliano soltó la taza de café.
El ruido de la porcelana estrellándose contra el suelo de mármol fue como un disparo. El líquido caliente salpicó sus botas y las patas del banco, pero él ni se inmutó.
Catalina pegó un brinco, asustada. Marifer gritó: “¡Tío Max!”.
Maximiliano no escuchaba. Tenía los ojos clavados en Catalina, abiertos de par en par, con las pupilas dilatadas por el shock. Su respiración se aceleró. Se aferró al borde de la isla de granito hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Eres tú… —susurró, con la voz estrangulada.
Catalina lo miró con miedo, pensando que estaba enojado por algo, o que estaba teniendo un ataque. Se bajó del banco instintivamente.
—¿Señor? ¿Está bien? Perdón si hice algo mal, yo… yo limpio eso…
—¡No! —Max levantó una mano para detenerla. Dio la vuelta a la isla, caminando hacia ella como si estuviera viendo una aparición—. No toques nada.
Se detuvo a medio metro de ella. La miró con una intensidad que hizo que Catalina quisiera retroceder, pero estaba atrapada entre el banco y él.
—El Parque México… —dijo Max, su voz temblando—. Hace un año. Mayo. Domingo por la tarde.
Catalina frunció el ceño, confundida. La mención del parque activó un recuerdo borroso en su mente. Ella solía cruzar ese parque para ir a su trabajo de medio tiempo en una cafetería de la Condesa.
—¿El parque? —repitió ella.
—Una niña se estaba ahogando. Con un dulce. Un caramelo macizo rojo.
Los ojos de Catalina se abrieron con reconocimiento. Sí, se acordaba. Se acordaba del pánico de la madre, del hombre alto y paralizado por el miedo, de la niña poniéndose cianótica. Se acordaba de haber tirado su mochila y haber aplicado la maniobra de Heimlich que acababa de practicar en su clase de primeros auxilios esa misma semana.
—Sí… —dijo Catalina lentamente, mirando a Marifer y luego a Max—. Sí, me acuerdo. La niña…
Volvió la vista a Marifer, que los miraba con los ojos muy abiertos y un bigote de leche.
—¿Era… era ella?
Maximiliano asintió. Sus ojos se llenaron de lágrimas, algo que no le había pasado en años. La máscara de empresario duro, de millonario intocable, se rompió en mil pedazos frente a esa estudiante pobre y ojerosa.
—Te busqué… —la voz de Max se quebró—. Te busqué por meses, Catalina. Contraté investigadores. Revisé las cámaras del C5. Puse anuncios. Pero nadie te vio. Fuiste un fantasma.
—Yo… solo hice lo que tenía que hacer —balbuceó Catalina, abrumada por la emoción de él—. Tenía prisa, llegaba tarde al trabajo y si faltaba me descontaban el día. Vi que llegó la ambulancia y me fui. No pensé que fuera importante.
—¿Que no era importante? —Maximiliano dio un paso más y, para asombro de Catalina, de la cocinera y de la niña, el gran Maximiliano de la Vega cayó de rodillas al suelo de su propia cocina.
No le importó el café derramado, ni los vidrios rotos. Tomó las manos de Catalina entre las suyas. Estaban ásperas por el trabajo y frías por la anemia, pero él las sostuvo como si fueran el diamante más valioso del mundo.
—Me devolviste la vida de mi sobrina —dijo él, mirándola desde abajo, con la humildad de un pecador frente a un santo—. Ella es todo para mí. Y ayer… ayer casi te dejo en la carretera. Casi paso de largo. Dios mío, casi te mato de indiferencia a ti, que salvaste lo que más amo.
Catalina sentía que el corazón se le salía del pecho. Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas sin que pudiera evitarlas. Nunca nadie la había mirado así. Nunca nadie le había agradecido nada con tanta devoción.
—Levántese, por favor —sollozó ella—. No haga eso. Soy solo una estudiante.
—No —Maximiliano se puso de pie, pero no la soltó—. Ya no eres “solo” nada. Escúchame bien, Catalina Flores. No sé qué dios o qué destino te puso en mi camino anoche, pero no te voy a soltar. Tienes problemas, ¿verdad? Dinero, salud, familia… lo vi en tus ojos anoche.
Catalina bajó la mirada, avergonzada, pero asintió.
—Pues se acabaron —declaró Max con una firmeza que hizo vibrar el aire—. A partir de hoy, tus problemas son mis problemas. Tienes una deuda de vida conmigo, y los De la Vega siempre pagan sus deudas.
En ese momento, el sonido de tacones agudos resonó en el pasillo. Victoria entró en la cocina, impecable, maquillada y con cara de pocos amigos. Se detuvo al ver el desastre en el suelo, las lágrimas de su hermano y a la “pordiosera” tomada de la mano de Max.
—¿Qué escena de telenovela barata es esta? —preguntó Victoria con desdén, cruzándose de brazos—. Max, llegas tarde a la junta de consejo. Y tú… niña… ¿ya te vas?
Maximiliano se giró lentamente hacia su hermana. Su rostro ya no tenía rastro de lágrimas, solo una determinación feroz.
—No, Victoria. Ella no se va —dijo Max—. Y más te vale que la trates con respeto. Porque esta es la chica que salvó a Marifer en el parque.
Victoria palideció. Miró a Catalina, luego a su hija, y luego a su hermano. El miedo brilló en sus ojos por un segundo, seguido inmediatamente por un odio frío y calculador. Sabía que su posición de poder en la casa acababa de ser amenazada por una chica con tenis sucios y jeans baratos.
El juego había cambiado. Y la guerra acababa de empezar.
CAPÍTULO 3: LA VÍBORA EN EL JARDÍN DEL EDÉN
El silencio en la cocina de la mansión De la Vega pesaba más que el mármol de la barra. Era un silencio denso, cargado de electricidad estática, del tipo que precede a una tormenta eléctrica en el Valle de México.
Victoria de la Vega se quedó congelada en el umbral, con una mano perfectamente manicurada aferrada al marco de madera. Su mente, afilada como una navaja y entrenada en los círculos sociales más hipócritas de las Lomas y Polanco, trabajaba a mil por hora.
Ella había visto a su hermano llorar exactamente dos veces en su vida: cuando murió su madre y el día que se divorció de Renata. Verlo ahora, con los ojos rojos y esa expresión de devoción absoluta hacia una “gata” —porque eso era lo que sus ojos clasistas veían: una nadie con tenis sucios—, le provocó un vuelco en el estómago.
Pero Victoria no era estúpida. Era una sobreviviente. Sabía leer el viento, y el viento acababa de cambiar violentamente a favor de la intrusa.
—¿La que salvó a Marifer? —repitió Victoria, suavizando su postura. Su rostro pasó de la repugnancia a una máscara de asombro teatral en cuestión de segundos.
Caminó hacia ellos, el tacón de sus stilettos resonando con autoridad sobre los restos de la taza rota.
—Max… —dijo ella, llevando una mano a su pecho—. ¿Estás seguro? Ha pasado un año. La memoria engaña.
—No es la memoria, Victoria —respondió Max, poniéndose de pie y ayudando a Catalina a levantarse como si fuera de porcelana—. Es ella. Mírala. Es la misma chica. La cicatriz pequeña en la barbilla, la forma de los ojos. Además, ella se acuerda.
Max se giró hacia Catalina, quien seguía temblando, abrumada por la situación.
—Díselo, Catalina. Dile del parque.
Catalina tragó saliva. Se sentía acorralada entre la intensidad de Max y la frialdad calculadora de esa mujer elegante.
—Fue… fue un domingo —susurró Catalina—. La niña traía un vestido amarillo con flores blancas. Se estaba comiendo un dulce rojo, redondo. Usted… —miró a Victoria— usted estaba hablando por teléfono, gritando algo sobre una pensión alimenticia.
El color abandonó el rostro de Victoria. Ese detalle era cierto. Ese maldito día ella estaba peleando con su exmarido, tan distraída en su propia miseria que no vio a su hija asfixiarse hasta que fue casi tarde. La culpa era una herida que Victoria mantenía abierta y oculta bajo capas de arrogancia, y esta chica acababa de meter el dedo en la llaga.
—Dios mío… —Victoria soltó el aire. No tuvo que fingir la conmoción esta vez—. Eres tú.
Se acercó a Catalina. Por un momento, Catalina pensó que la mujer la golpearía o la correría. En cambio, Victoria la abrazó. Fue un abrazo rígido, perfumado con Chanel No. 5 y frialdad. Catalina sintió el cuerpo tenso de la mujer contra el suyo, una advertencia física disfrazada de gratitud.
—Gracias —dijo Victoria al oído de Catalina, lo suficientemente bajo para que Max no captara el tono gélido—. Gracias por salvar a mi hija.
Se separó y le regaló una sonrisa brillante, de esas que no llegan a los ojos.
—Max tiene razón. Tienes una casa aquí. Lo que necesites.
—No, no… —Catalina dio un paso atrás, rompiendo el círculo de intimidad forzada—. Yo agradezco mucho todo, de verdad. Pero me tengo que ir. Tengo un examen hoy, tengo que ir al hospital a ver a mi tía… mi vida es un caos ahorita y no puedo…
—¿Al hospital? —interrumpió Max, recuperando su tono ejecutivo—. Dijiste que tu tía está grave. ¿Dónde está?
—En el General de Toluca —respondió Catalina, bajando la mirada—. Tiene cáncer de páncreas. Está… está muy mal. Y yo aquí perdiendo el tiempo.
—Nadie está perdiendo el tiempo —sentenció Max. Sacó su celular del bolsillo—. Hilario, limpia este desastre, por favor. Victoria, sírvele algo de comer a Catalina y que no se mueva.
—¿A dónde vas? —preguntó Victoria, viendo cómo su hermano caminaba hacia el despacho con el teléfono en la oreja.
—A hacer unas llamadas. Catalina, dame tu nombre completo y el de tu tía. Ahora.
Catalina, aturdida, se los dio. Max asintió y desapareció por el pasillo.
Catalina se quedó sola en la cocina con Victoria y la pequeña Marifer. La niña seguía comiendo cereal, ajena a la tensión nuclear que llenaba la habitación.
Victoria se recargó en la isla, cruzando los brazos sobre su blusa de seda. Su mirada escaneó a Catalina de arriba abajo: los jeans desgastados, la playera de algodón barato, el cabello sin tinte ni corte de salón, las uñas cortas y sin esmalte.
—Así que… estudiante de medicina —dijo Victoria, arrastrando las palabras—. Debe ser difícil.
—Sí, señora. Es pesado.
—Dime Victoria. “Señora” me hace sentir vieja —sonrió con condescendencia—. Y dime, Catalina… ¿cuánto quieres?
Catalina parpadeó. —¿Mande?
—Dinero —aclaró Victoria, bajando la voz—. Mi hermano es muy… emocional. Se siente culpable. Te va a querer dar el cielo y las estrellas. Pero seamos prácticas, querida. Tú necesitas lana. Tienes a la tía enferma, la escuela… ¿Cincuenta mil? ¿Cien mil? Te hago una transferencia ahorita y te pido un Uber. Así te vas a tus asuntos y nos dejas tranquilos. Todos felices.
Catalina sintió que la cara le ardía. La vergüenza se mezcló con una chispa de indignación.
—Yo no quiero su dinero, señora… Victoria. Yo no salvé a su hija para cobrarle nada. Y no me quedé aquí anoche porque quisiera, su hermano me trajo casi desmayada.
—Ay, por favor, no te hagas la digna —soltó una risita seca—. Todos tienen un precio. Solo quiero saber el tuyo antes de que mi hermano empiece con sus locuras de salvador.
Antes de que Catalina pudiera responder, Max regresó. Su energía llenaba el espacio, desplazando la atmósfera venenosa que Victoria había tejido.
—Listo —dijo Max, guardando el celular—. Ya hablé con el director del Hospital Ángeles de Interlomas. Están preparando una suite. La ambulancia de terapia intensiva ya salió hacia Toluca para recoger a tu tía Licha.
—¿Qué? —Catalina sintió que las piernas se le doblaban—. No, no, espere… Don Maximiliano, yo no puedo pagar el Ángeles. Ni vendiendo mis órganos puedo pagar un día ahí. ¡Deténgalos!
—No vas a pagar nada —dijo Max, acercándose a ella y tomándola por los hombros para que lo mirara a los ojos—. Escúchame bien. Grupo Vega tiene convenios médicos. Yo cubro todo. Tu tía va a tener al mejor oncólogo del país, el doctor Salcedo. Va a tener una cama cómoda, medicamentos para el dolor que sí sirvan y tú vas a poder visitarla sin tener que dormir en una silla de plástico.
Catalina rompió a llorar. No fue un llanto bonito de película; fue un llanto feo, gutural, el sonido de alguien que ha cargado un mundo sobre sus hombros y de repente siente que alguien le ayuda a sostenerlo.
—¿Por qué? —sollozó—. ¿Por qué hace esto?
—Porque tú me diste a Marifer —respondió Max, con la voz suave—. Y porque puedo. Déjame ayudarte, Catalina. Por favor.
Victoria observó la escena desde la esquina, apretando la mandíbula tan fuerte que le dolió. Vio cómo Max abrazaba a esa “cualquiera” para consolarla. Vio cómo ella se dejaba abrazar.
“Esto es peligroso”, pensó Victoria. “Esta no es una cazafortunas normal. Esta se está metiendo por el lado sentimental. Y Max… Max está cayendo redondito”.
La semana siguiente fue un torbellino que desdibujó la realidad de Catalina. De la noche a la mañana, pasó de ser una estudiante al borde de la indigencia a ser la “invitada de honor” en la mansión de uno de los empresarios más ricos de México.
Maximiliano cumplió su palabra, y más.
Licha fue trasladada. Catalina recordaba la cara de su tía cuando llegó a la habitación del hospital privado: una suite con sofá cama, televisión por cable, vista a la ciudad y enfermeras que no le gritaban.
—Mijita… ¿qué hiciste? —le preguntó Licha, asustada, agarrando la mano de Catalina con sus dedos huesudos—. ¿En qué lío te metiste? Esto huele a dinero, y el dinero nunca es gratis.
—No hice nada malo, tía. Es… es un milagro. Me encontré a un ángel. O más bien, él me encontró a mí.
Para asegurarse de que Catalina pudiera cuidar a su tía y seguir estudiando sin matarse en el transporte público, Max insistió en que se quedara en la casa de Bosques.
—Es temporal —le dijo él—. Solo hasta que tu tía se estabilice y tú termines el semestre. Tienes un cuarto vacío, comida, internet rápido. Úsalo. No seas terca.
Y Catalina, vencida por la comodidad y la necesidad, aceptó.
Pero vivir en la mansión De la Vega era vivir en una jaula de oro con una serpiente suelta.
Catalina ocupaba la habitación de huéspedes de la planta alta, un cuarto decorado en tonos crema y azul pastel que era más lujoso que cualquier hotel que hubiera visto en revistas. Tenía su propio baño con tina de hidromasaje, un vestidor (que estaba vacío, salvo por su mochila y tres cambios de ropa que Max mandó comprar), y un escritorio frente a la ventana.
Sin embargo, Catalina se sentía una intrusa. Caminaba por los pasillos de puntitas, temerosa de ensuciar las alfombras persas. Comía rápido en la cocina para no molestar, aunque Max siempre insistía en que se sentara a la mesa con ellos.
Esa noche de viernes, Max llegó tarde de la oficina. Victoria había salido a una cena de caridad (o eso dijo), y la casa estaba en una calma aparente.
Catalina estaba en la sala, estudiando Anatomía en la mesa de centro, rodeada de libros prestados de la biblioteca y apuntes en hojas recicladas.
—¿Estudiando en viernes? —la voz de Max la sobresaltó.
Catalina se levantó de golpe. —¡Señor! Buenas noches. Perdón por el desorden, ahorita quito todo…
—Siéntate, por favor. Deja de pedir perdón por respirar —Max sonrió, aflojándose la corbata y dejando su maletín en un sillón—. Y deja de decirme “Señor”. Me haces sentir un anciano. Dime Max.
—No podría… Max.
—Ves, no dolió.
Max fue al bar y se sirvió un vaso de agua mineral. Se veía agotado. Las ojeras bajo sus ojos eran profundas, pero al ver a Catalina, su expresión se suavizó. Se acercó y se sentó en el sofá frente a ella.
—¿Cómo está Licha?
—Mejor. Hoy comió gelatina y no la vomitó. El doctor Salcedo dice que los nuevos medicamentos están ayudando con el dolor. Ya hasta se está quejando de que la comida tiene poca sal, eso es buena señal —Catalina sonrió, y a Max le pareció que la habitación se iluminaba un poco más.
—Me da gusto. ¿Y tú? ¿Cómo vas con… —señaló el libro grueso de tapas duras— el Plexo Braquial?
—Es una pesadilla —confesó ella, relajándose un poco—. Pero ahí voy. Quiero ser pediatra.
—¿Pediatra? —Max alzó una ceja—. ¿Por qué?
—Porque los niños no mienten sobre lo que les duele. Y porque… bueno, usted vio a Marifer. Son frágiles, pero son muy fuertes a la vez. Quiero ayudar a que tengan la oportunidad de crecer. Mis papás no me vieron crecer a mí, así que… quiero que otros papás sí puedan.
Max la miró en silencio durante un largo rato. El hielo en su vaso tintineó.
—Eres una mujer increíble, Catalina.
El cumplido la tomó por sorpresa. Se sonrojó violentamente.
—No, Max. Solo soy terca.
—No. Eres valiente. Esa noche en la carretera… cualquiera se hubiera rendido. Y tú estabas ahí, de pie, peleando. Y hace un año, en el parque… fuiste la única que actuó. Yo me paralicé, ¿sabes? —la voz de Max bajó de tono, volviéndose íntima—. Me sentí el hombre más inútil del mundo. Vi a mi sobrina muriendo y no pude moverme. Tú llegaste y la salvaste. Desde entonces… he tenido pesadillas con ese momento. Pero ahora que estás aquí, siento que… no sé. Siento paz.
La atmósfera en la sala cambió. Ya no eran el millonario y la estudiante becada. Eran un hombre y una mujer compartiendo cicatrices a la luz tenue de las lámparas.
Catalina sintió un calor diferente al de la fiebre subir por su cuello. Miró las manos de Max, manos fuertes, cuidadas, que sostenían el vaso con firmeza. Se preguntó, por un segundo loco y prohibido, cómo se sentirían esas manos en su piel.
—Yo… yo también me siento segura aquí —admitió ella en un susurro—. Gracias a usted… a ti.
Max se inclinó un poco hacia adelante. La distancia entre ellos se acortó. El aire se volvió denso, cargado de una posibilidad que asustaba a ambos.
—Catalina, yo…
El sonido de la puerta principal abriéndose rompió el hechizo como un martillazo a un espejo.
Tacones. Risas forzadas. El perfume de Chanel No. 5 invadiendo el aire limpio.
—¡Llegué! —canturreó Victoria, entrando a la sala con un abrigo de pieles sobre los hombros y los ojos brillando con malicia—. ¡Ups! ¿Interrumpo algo?
Max se echó hacia atrás, recuperando su postura rígida al instante. Catalina comenzó a recoger sus libros con manos torpes, el corazón latiéndole a mil por hora.
—No, nada —dijo Max, poniéndose de pie—. Solo platicábamos de la tía de Catalina.
—Ah, la tía —Victoria se quitó el abrigo y lo dejó caer descuidadamente sobre un sillón, esperando que alguien lo recogiera—. Qué conmovedor. Oye, Max, mañana tengo un brunch aquí con las del patronato. Necesito que la casa esté presentable.
Se giró hacia Catalina, mirándola como quien mira una mancha de grasa en un vestido de seda.
—Cielito, ¿podrías tratar de no estar en las áreas comunes mañana en la mañana? Mis amigas son un poco… especiales. No quiero que se sientan incómodas viendo gente extraña. O mejor aún, ¿por qué no aprovechas para ir a ver a tu tía todo el día? Le dices al chofer que te lleve temprano.
Fue una bofetada con guante blanco. No perteneces aquí. Eres la servidumbre. Escóndete.
—Victoria, basta —advirtió Max.
—¿Qué? Solo digo que se va a aburrir aquí con puras señoras hablando de subastas de arte. Es por su bien.
—Está bien —intervino Catalina, abrazando sus libros contra el pecho como un escudo—. De todos modos pensaba irme temprano. Con permiso. Buenas noches.
Catalina subió las escaleras casi corriendo, sintiendo la mirada de Victoria clavada en su espalda como dagas. Al llegar a su cuarto, cerró la puerta y se recargó en ella, respirando agitadamente.
Se sentía humillada, pero también confundida. Lo que había pasado con Max… esa mirada, esa cercanía… no era imaginación suya. Él sentía algo. Y ella, Dios la perdone, también.
A la mañana siguiente, Catalina salió de la casa antes de que el sol terminara de salir, evitando el “brunch” y a Victoria. Pasó el día en el hospital con Licha, quien estaba de buen humor.
Pero al regresar por la tarde, la casa estaba llena de actividad. Los meseros estaban recogiendo las mesas en el jardín.
Catalina intentó entrar por la puerta de servicio para no molestar, pero se topó de frente con Victoria en la cocina. La hermana de Max estaba supervisando a las empleadas, con una copa de champaña en la mano, ya un poco ebria y con la lengua suelta.
—Ah, volviste —dijo Victoria, arrastrando las palabras—. La Cenicienta regresa al castillo.
Hizo una señal a las empleadas para que salieran. Se quedaron solas.
Victoria se acercó a Catalina, invadiendo su espacio personal. Olía a alcohol caro y a odio rancio.
—Escúchame bien, mosquita muerta —siseó Victoria, perdiendo la compostura—. No sé qué juego te traes con mi hermano, pero no te va a funcionar.
—Yo no me traigo ningún juego…
—¡Cállate! —Victoria golpeó la mesa con la mano plana—. Lo veo. Veo cómo lo miras. Veo cómo te haces la víctima para que él se sienta el gran héroe. “Ay, soy pobre, ay, mi tía se muere, ay, estudio mucho”. Patético.
Catalina alzó la barbilla. Años de defenderse en el barrio y en el transporte público le habían dado una columna vertebral de acero que Victoria desconocía.
—Yo no me hago la víctima. Soy pobre, sí. Mi tía se muere, sí. Pero no le he pedido nada a Max que él no me haya ofrecido. Si tiene un problema con eso, hable con él, no conmigo.
Los ojos de Victoria se entornaron. No esperaba resistencia. Eso la enfureció más.
—Mira, niña estúpida. Max es un hombre roto. Su esposa lo dejó, se siente solo. Tú eres solo un capricho, una obra de caridad para limpiar su conciencia. Te va a coger, se va a aburrir y te va a botar. Y cuando eso pase, yo voy a estar ahí para reírme. Porque esta es MI casa. Este es MI dinero. Y no voy a dejar que una trepadora de la Doctores venga a quitarle la herencia a mi hija.
—¿La herencia a su hija? —Catalina soltó una risa incrédula—. ¿De eso se trata? ¿Tiene miedo de que le quite el dinero? Señora, usted tiene millones. Yo solo quiero que mi tía no tenga dolor. Somos muy diferentes.
—Sí, somos diferentes —Victoria dio un paso más, acorralándola contra la alacena—. Yo pertenezco aquí. Tú eres basura que el viento trajo. Y te voy a sacar, Catalina. Por las buenas o por las malas. Disfruta tu cama suave y tu comida caliente mientras duren. Porque tus días en esta casa están contados.
Victoria se dio la vuelta y salió, dejando una estela de amenaza en el aire.
Catalina se quedó temblando, pero no de miedo, sino de una furia fría. Esa mujer la odiaba por lo que representaba: una amenaza a su estatus.
Pero Catalina también se dio cuenta de algo peligroso: Victoria tenía razón en una cosa. Max estaba solo. Y ella se estaba enamorando de él. Y en ese mundo de tiburones, el amor era la debilidad más grande.
Esa noche, Catalina no pudo dormir. Se quedó mirando el techo, pensando en las palabras de Victoria. “Por las buenas o por las malas”.
No sabía que la “víbora” ya estaba tejiendo la trampa. No sabía que Victoria había pasado la tarde no solo en el brunch, sino haciendo llamadas, consiguiendo un duplicado de la llave de su cuarto y comprando un reloj Rolex de oro idéntico al que usaba Max, pero con la intención de que desapareciera.
El paraíso se estaba convirtiendo en un campo minado, y Catalina estaba a punto de pisar el detonador.
Mientras tanto, en el despacho, Max miraba una foto de Catalina que le había tomado a escondidas en el jardín mientras ella jugaba con Marifer. La niña reía a carcajadas, y Catalina tenía la cabeza echada hacia atrás, el cabello brillando al sol, una imagen de pura vida.
Max acarició la pantalla del celular.
—¿Qué me estás haciendo, Catalina? —susurró—. ¿Qué me estás haciendo?
No sabía que su hermana lo escuchaba detrás de la puerta entreabierta, y que esa confesión de vulnerabilidad era la sentencia final para Catalina. Victoria se alejó por el pasillo oscuro, sonriendo.
—Despídete, querida —murmuró Victoria—. Mañana empieza tu infierno.
CAPÍTULO 4: VALS SOBRE UN CAMPO MINADO
La Ciudad de México tiene una forma muy particular de llover en verano. No avisa. El cielo simplemente se cae a pedazos, transformando el asfalto hirviente en ríos de agua negra y caos vial.
Desde el ventanal de la biblioteca de la mansión De la Vega, Catalina observaba la tormenta azotar el jardín. Los árboles se doblaban bajo el peso del aguacero, y los relámpagos iluminaban intermitentemente su rostro, reflejado en el cristal. Se veía diferente a la chica que había llegado hacía dos meses. El descanso, la buena alimentación y, sobre todo, la tranquilidad de saber que su tía Licha estaba siendo atendida como reina, habían obrado milagros. Sus mejillas tenían color, su cabello brillaba y esa sombra perpetua de angustia había desaparecido de sus ojos.
—¿Te da miedo la tormenta?
Catalina se giró. Max estaba en el umbral, sosteniendo dos tazas de chocolate caliente. Llevaba ropa cómoda, un pants gris y una camiseta blanca que marcaba sus hombros anchos. Se veía más joven, menos como el “Tiburón de las Finanzas” que salía en las portadas de Expansión y más como un hombre normal.
—No, Max. Me gusta —respondió ella, aceptando la taza que él le ofrecía—. En la pensión, cuando llovía así, tenía que correr a poner cubetas porque el techo era una coladera. Aquí… aquí solo es un espectáculo. Se siente seguro.
—Me alegra que te sientas segura —dijo él, recargándose en el escritorio de caoba—. Porque quiero pedirte algo y necesito que digas que sí.
Catalina sintió un aleteo en el estómago. La relación con Max había cambiado sutilmente en las últimas semanas. Ya no era solo gratitud. Había miradas que duraban un segundo más de lo necesario, roces “accidentales” al pasarse la sal en la cena, risas compartidas viendo la televisión con Marifer.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, soplando el vapor del chocolate.
—El sábado es la gala anual de la Fundación Corazones de Vida. Es un evento grande, en el Hotel Camino Real de Polanco. Normalmente voy solo o… bueno, Victoria solía organizar las mesas, pero este año quiero que vayas conmigo.
—¿Yo? —Catalina casi se atraganta—. No, Max. ¿Estás loco? Esa gente… esa gente huele la pobreza. No encajo ahí. No tengo ropa, no sé de qué hablar con ellos. Voy a hacer el ridículo y te voy a dejar mal.
—Vas a ir —dijo Max con esa firmeza que no admitía réplicas—. Y no vas a hacer el ridículo. Eres estudiante de medicina, eres culta, eres inteligente y, lo más importante, eres real. Esa gente está rodeada de plástico y mentiras. Les va a hacer bien ver a alguien auténtico.
—Max… Victoria se va a poner furiosa.
—Victoria no va a ir —la cortó él—. Se fue a Acapulco con unas amigas por el fin de semana. Regresa hasta el domingo en la noche. Vamos a estar solos tú y yo. Y Marifer se queda con la nana.
Solos. La palabra flotó en el aire, cargada de promesas y peligros.
—Además —añadió Max, bajando la voz y dando un paso hacia ella—, no quiero ir con nadie más. Quiero que estés ahí, a mi lado. Quiero presumir a la mujer que salvó a mi familia.
Catalina lo miró a los ojos. Eran de un gris tormentoso, como el cielo allá afuera, pero cálidos. No pudo negarse.
—Está bien. Pero si tiro la copa o me tropiezo con el vestido, tú me levantas.
—Trato hecho.
Lo que Catalina no sabía era que Victoria no se había ido a Acapulco.
La camioneta de Victoria había salido de la casa con maletas, sí, pero solo la había llevado a un departamento de lujo en Santa Fe, prestado por una de sus amigas íntimas, “La Pato” Elizondo, otra divorciada amargada que odiaba a las “trepadoras”.
Desde ese búnker de cristal y acero, Victoria orquestaba su golpe maestro.
Sobre la mesa de centro tenía una laptop abierta, varios teléfonos desechables y una carpeta con documentos falsificados que le había costado una pequeña fortuna conseguir con un hacker en la Plaza de la Tecnología.
—¿Ya quedó el estado de cuenta? —preguntó Victoria al teléfono, con una copa de vino en la mano.
—Ya quedó, jefa —respondió una voz distorsionada al otro lado—. Se ve legítimo. Transferencias hormiga de la cuenta del señor Maximiliano a una cuenta en Banco Azteca a nombre de Catalina Flores. Fechas aleatorias de los últimos dos meses. Sumas pequeñas: cinco mil, tres mil, ocho mil pesos. Para que no salten las alarmas del banco, pero que sumadas den un buen desfalco.
—Perfecto —sonrió Victoria, una sonrisa de depredador—. ¿Y el rastro digital?
—Impecable. Parece que se hicieron desde la IP de la casa, usando la clave del señor. Como si alguien hubiera espiado su contraseña.
Victoria colgó. Miró el reloj. Faltaban dos días para el domingo. Tenía que ser paciente. El sábado en la noche, durante la gala, ella entraría a la casa usando su llave maestra. Los empleados estarían distraídos o dormidos. Entraría al cuarto de la “muerta de hambre” y plantaría la evidencia física.
El reloj Rolex Daytona de oro rosa de Max, ese que él adoraba y que “desapareció” misteriosamente de su cajón hace dos días (y que ahora descansaba en el bolso Hermès de Victoria), aparecería mágicamente en el fondo de la mochila vieja de Catalina.
—Disfruta tu fiesta, Cenicienta —brindó Victoria hacia la ventana, mirando la lluvia—. Porque a las doce, tu carroza se va a convertir en una calabaza podrida y te vas a ir directo a la cárcel.
El sábado llegó con un cielo despejado y azul, lavando la mugre de la ciudad.
Desde temprano, la mansión fue un caos controlado. Max había contratado a un equipo de estilistas para Catalina.
—No quiero nada exagerado —le ordenó Max al maquillista, un tipo extravagante llamado Jean-Paul—. Quiero que se vea como ella, no como un payaso de circo. Resalta sus ojos.
Cuando Catalina se miró al espejo tres horas después, no se reconoció.
El vestido que Max había elegido (sin que ella viera el precio, gracias a Dios) era una obra de arte de seda color verde esmeralda. Tenía un corte sencillo, con tirantes finos y una caída fluida que abrazaba su figura delgada pero femenina, abriéndose en una abertura discreta en la pierna. El color hacía que su piel morena clara brillara y que sus ojos color miel parecieran oro líquido.
Llevaba el cabello recogido en un chongo bajo, con algunos mechones sueltos enmarcando su rostro. El maquillaje era sutil, solo un poco de delineador y un labial color nude.
—Señorita… está usted cañona —dijo Jean-Paul, aplaudiendo—. Con todo respeto.
Catalina se tocó el cuello desnudo. Se sentía expuesta, pero hermosa.
Al bajar las escaleras, Max la estaba esperando en el vestíbulo. Él llevaba un esmoquin negro hecho a la medida, camisa blanca impecable y moño negro. Se veía devastadoramente guapo.
Estaba revisando su reloj, pero al escuchar los tacones de Catalina, alzó la vista.
Y se quedó mudo.
Literalmente.
Maximiliano de la Vega, el hombre que cerraba tratos de millones de dólares sin parpadear, olvidó cómo respirar por tres segundos.
Catalina se detuvo a mitad de la escalera, nerviosa por su silencio.
—¿Está muy feo? —preguntó, mordiéndose el labio—. ¿Me veo muy… disfrazada?
Max sacudió la cabeza, como saliendo de un trance. Caminó hasta el pie de la escalera y le tendió la mano.
—Te ves… —su voz era ronca—. Te ves como la mujer más hermosa que he visto en mi vida. Y he visto muchas.
Catalina tomó su mano. Estaba caliente y firme. Una corriente eléctrica pasó entre ellos, tan fuerte que casi se pudo escuchar un chispazo.
—Vámonos —dijo él, sin soltarla—, antes de que decida cancelar la gala y quedarnos aquí encerrados.
El trayecto al Camino Real fue silencioso, pero cómodo. Max conducía un sedán deportivo esa noche, habiendo dejado al chofer y a la escolta en otro vehículo atrás. Puso música de jazz suave. De vez en cuando, volteaba a verla y sonreía, una sonrisa boba que no le cabía en la cara.
Al llegar, los flashes de los fotógrafos de sociales los cegaron.
—¡Señor De la Vega! ¡Señor De la Vega! ¿Quién es su acompañante?
—¡Una foto aquí, Max!
Max le pasó el brazo por la cintura a Catalina, pegándola a su cuerpo.
—No te separes de mí —le susurró al oído—. Y sonríe. Que vean que estás conmigo.
Entraron al salón de baile. Era un mundo de opulencia descarada. Candelabros de cristal gigantes, mesas con arreglos florales que costaban más que la colegiatura de Catalina, mujeres con joyas que pesaban kilos y hombres con puros y aires de grandeza.
Catalina sintió el pánico subir por su garganta. Todos la miraban. Las miradas de las mujeres eran escáneres, evaluando su vestido, sus zapatos, su cara, buscando la falla, la marca barata, el error.
—Relájate —le dijo Max, apretando su cintura suavemente—. Eres la reina de la noche. Créetelo.
Se sentaron en la mesa principal. Para sorpresa de Catalina, Max la presentó a todos con orgullo.
—Les presento a Catalina Flores. Ella es estudiante de medicina y… una persona muy especial para mí.
La cena transcurrió mejor de lo esperado. Catalina, a pesar de sus miedos, sabía comportarse. Su tía Licha, aunque pobre, siempre fue estricta con los modales en la mesa. “La pobreza no está peleada con la decencia, mija”, le decía. Catalina sabía qué cubierto usar y comía con delicadeza. Además, cuando un cardiólogo famoso en la mesa empezó a hablar sobre un nuevo procedimiento, Catalina pudo seguir la conversación e incluso hacer una pregunta inteligente que dejó al doctor impresionado.
—Vaya, Max —dijo el cardiólogo, alzando su copa—. Tu acompañante no solo es bella, tiene cerebro. Cuídala.
Max miró a Catalina, hinchado de orgullo.
—Lo haré, doctor. Créame que lo haré.
Pero no todo fue miel sobre hojuelas.
Hacia el final de la noche, Catalina fue al baño. Al lavarse las manos, dos mujeres entraron. Eran típicas señoras de las Lomas, rubias de bote, operadas y vestidas de marca. No notaron a Catalina, o la ignoraron.
—¿Viste a la que viene con Max? —dijo una, retocándose el labial—. Dicen que es su maid.
—¡No manches! ¿Neta? —rió la otra—. Con razón el vestido se le ve… prestado. Pobrecito Max, desde que lo dejó Renata anda recogiendo basura. Seguro es buena en la cama, porque de clase… cero.
Catalina se quedó helada, con las manos bajo el chorro de agua. Las lágrimas le picaron los ojos. “No llores. No les des el gusto”, se dijo. Cerró la llave, tomó una toalla de papel y se secó con calma.
Se giró hacia ellas.
—El vestido es mío —dijo Catalina con voz clara y firme—. Y soy estudiante de medicina, futura pediatra. Y sí, Max me recogió, pero no de la basura, sino de una carretera donde casi me muero. Ojalá sus joyas brillaran tanto como su educación, señoras. Pero veo que el dinero no compra la clase.
Salió del baño con la cabeza en alto, dejando a las dos víboras con la boca abierta.
Afuera, Max la esperaba con dos copas de champaña. Vio su cara ligeramente alterada.
—¿Paso algo? —preguntó, tensándose.
—Nada —Catalina sonrió, y esta vez fue una sonrisa de triunfo—. Solo puse la basura en su lugar. ¿Bailamos?
Max sonrió, encantado. La llevó a la pista. La orquesta tocaba un bolero suave.
Max la abrazó. Catalina apoyó la cabeza en su hombro. Se movían despacio, ajenos a las miradas, a los chismes, al mundo.
—Me estoy enamorando de ti, Catalina —susurró Max en su cabello.
Catalina se separó un poco para mirarlo. El corazón le latía tan fuerte que dolía.
—Yo también, Max. Desde hace mucho.
No se besaron ahí. Había demasiada gente. Pero la promesa del beso quedó sellada.
El regreso a casa fue eléctrico. Max conducía rápido, ansioso. Catalina iba con la mano sobre la pierna de él, una intimidad nueva y atrevida.
Al llegar a la mansión, la casa estaba a oscuras y en silencio. La lluvia había parado, dejando un olor a tierra mojada y jazmín.
Entraron riendo, con la adrenalina de la noche todavía en las venas.
—¿Quieres una copa? —preguntó Max, aflojándose el moño.
—No. Ya tomé mucha champaña —dijo Catalina. Se quitó los tacones y los dejó en el vestíbulo, sintiendo el frío delicioso del mármol en sus pies descalzos—. Solo quiero… no quiero que se acabe la noche.
Max se acercó a ella. La luz de la luna entraba por el tragaluz, bañándolos en plata.
—La noche no se acaba hasta que nosotros digamos.
Le acarició la mejilla con el dorso de la mano. Catalina cerró los ojos, inclinándose hacia su tacto.
—Caty… tengo miedo —confesó él en un susurro—. Miedo de que esto sea un sueño. De que mañana despierte y te hayas ido. Tengo miedo de lastimarte. Soy un hombre complicado, con mucho equipaje.
—Yo no tengo miedo —respondió ella, abriendo los ojos. Eran valientes, decididos—. Tú me salvaste, Max. Y no hablo de la carretera. Me salvaste de la soledad. Me hiciste sentir que valgo la pena.
Catalina se puso de puntitas, puso sus manos en el cuello de él y lo atrajo hacia ella.
El beso no fue suave. Fue una colisión.
Fue el choque de dos almas que llevaban demasiado tiempo muertas de frío y acababan de encontrar fuego.
Max gruñó y la abrazó por la cintura, levantándola del suelo. Catalina enredó sus piernas en él. Se besaron con hambre, con desesperación, devorándose los suspiros. Sabían a champaña y a deseo.
Max caminó con ella en brazos hacia la biblioteca, sin dejar de besarla. La recostó sobre el sofá de cuero.
—Te quiero —dijo él entre besos—. Te quiero, te quiero.
—Yo te amo —respondió ella.
Esa noche, en el sofá de la biblioteca, no hubo clases sociales, ni pasados dolorosos, ni hermanas malvadas. Solo hubo amor. Un amor tierno, apasionado y absoluto. Hicieron el amor con la urgencia de quien sabe, en el fondo, que el tiempo se les está acabando.
Después, se quedaron dormidos abrazados, cubiertos con el saco del esmoquin de Max.
Era la imagen de la felicidad perfecta.
Y mientras ellos dormían, una sombra se deslizó por el pasillo del segundo piso.
Victoria había entrado por la puerta de servicio hacía una hora, usando su llave. Había escuchado las risas, el silencio, los susurros. El odio le quemaba las entrañas, pero le daba claridad.
Entró en la habitación de Catalina sigilosamente, como un fantasma.
Abrió el clóset. Sacó la mochila vieja y gastada de Catalina, esa que usaba para la universidad.
Abrió el cierre principal.
De su bolsillo, sacó el Rolex Daytona de oro rosa, pesado y brillante. Lo dejó caer al fondo de la mochila, entre los libros de anatomía y un paquete de chicles.
Luego, sacó un sobre bancario con el logo de Banco Azteca —falsificado, por supuesto— y lo metió en uno de los libros.
Cerró la mochila. La dejó exactamente donde estaba.
Salió de la habitación, cerró la puerta y bajó las escaleras de servicio. Salió de la casa y subió a su auto, estacionado a dos cuadras.
Manejó de regreso a Santa Fe, sonriendo.
—Buenos días, Catalina —murmuró—. Disfruta tu amanecer. Será el último.
CAPÍTULO 5: EL DESPERTAR BRUTAL
El sol de la mañana trajo consigo una resaca de felicidad.
Max despertó primero. Sentía el cuerpo entumecido por dormir en el sofá, pero el peso de Catalina sobre su pecho era la mejor sensación del mundo. La miró dormir, con el cabello desparramado y los labios hinchados por sus besos.
—Voy a casarme con ella —pensó Max. La idea, que hacía dos meses hubiera parecido una locura, ahora era la única certeza que tenía.
La despertó con un beso en la frente.
—Buenos días, doctora.
Catalina sonrió, estirándose como un gato.
—Buenos días, señor millonario.
—Tenemos que movernos antes de que baje Marifer y nos encuentre medio desnudos en la biblioteca. Sería una conversación incómoda.
Rieron. Se vistieron rápido, robándose besos en el proceso.
—Ve a bañarte y cámbiate —dijo Max, dándole una nalgada juguetona—. Te espero para desayunar. Voy a hacer hot cakes.
—¿Tú cocinas?
—Soy experto. Vas a ver.
Catalina subió a su cuarto, flotando. Se sentía invencible. Amada.
Entró a su habitación, tarareando. Se metió a la ducha. El agua caliente lavó los restos de la noche, pero no la felicidad.
Se vistió con unos jeans y una blusa sencilla. Tenía que estudiar un poco para el examen del lunes.
Fue hacia su mochila para sacar sus apuntes.
Al levantarla, notó que pesaba un poco más, o quizás era su imaginación. La abrió.
En ese momento, un grito desgarrador resonó en la planta baja.
—¡NO! ¡MALDITA SEA, NO!
Era la voz de Max. Pero no era una voz de alegría. Era un rugido de furia.
Catalina se congeló. El corazón le dio un vuelco.
—¿Max?
Salió corriendo de la habitación. Bajó las escaleras de dos en dos.
En el vestíbulo estaba Max. Y junto a él, Victoria, que acababa de llegar (o eso aparentaba), con una maleta de fin de semana a sus pies.
Victoria tenía una cara de “preocupación” perfecta.
Max estaba rojo de ira, sosteniendo su tablet.
—¿Qué pasa? —preguntó Catalina, llegando al último escalón—. Max, escuché un grito…
Max levantó la vista. Y Catalina sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
La mirada de amor, esa mirada cálida y tierna de hace veinte minutos, había desaparecido. En su lugar había hielo. Dolor. Y una sospecha oscura que empezaba a nacer.
—Victoria dice que le llegaron notificaciones de movimientos extraños en mis cuentas —dijo Max, con voz temblorosa—. Faltan casi quinientos mil pesos, Catalina. Transferencias hormiga.
—¿Qué? —Catalina negó con la cabeza—. ¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Que todas se hicieron desde esta dirección IP —dijo Victoria suavemente, poniendo una mano en el hombro de su hermano—. Max, yo te lo dije. No quería tener razón, te juro que no. Pero… el reloj.
—¿Qué reloj? —preguntó Catalina, sintiendo que el aire se le escapaba.
—Mi Rolex Daytona. El de oro rosa —dijo Max, mirándola fijamente—. No lo encuentro desde el jueves. Pensé que lo había dejado en la oficina. Pero Victoria dice que…
—Dije que la vi saliendo de tu despacho el jueves cuando tú no estabas —interrumpió Victoria—. Max, por favor. No seas ciego. Revisa sus cosas. Si no tiene nada, te pido perdón de rodillas. Pero por el bien de la familia, revisa.
—Yo no tengo nada —dijo Catalina, pero su voz tembló. De repente, recordó el peso en la mochila. Una náusea fría la invadió—. Pueden revisar lo que quieran. Yo no soy una ladrona.
—Bien —dijo Max. Su voz era la de un extraño—. Vamos a tu cuarto.
Subieron las escaleras en una procesión fúnebre. Catalina iba adelante, sintiendo que caminaba hacia el patíbulo. Max detrás, respirando fuerte. Victoria al final, ocultando una sonrisa triunfal.
Entraron a la habitación. La cama estaba destendida, oliendo todavía a Catalina.
—¿Dónde está tu mochila? —preguntó Victoria.
—Ahí —señaló Catalina al escritorio.
Max se acercó. Dudó un segundo. Miró a Catalina, buscando una señal de inocencia, una súplica. Pero Catalina estaba en shock, pálida, parada como estatua.
Max tomó la mochila. La volteó sobre la cama.
Cayeron libros, plumas, una libreta.
Y con un clunk pesado y metálico, cayó el Rolex de oro rosa.
Brilló obscenamente sobre la colcha blanca.
El silencio fue absoluto. Fue el sonido de un corazón rompiéndose.
Luego, cayeron unos papeles. Max los tomó. Estados de cuenta de Banco Azteca. A nombre de Catalina Flores. Con depósitos resaltados que coincidían con los faltantes.
Max levantó la vista. Tenía lágrimas en los ojos, pero esta vez eran de rabia pura. De traición.
—¿Por qué? —susurró.
—Max… no… —Catalina dio un paso hacia él, con las manos extendidas—. Yo no puse eso ahí. ¡Te lo juro! ¡Alguien lo puso! ¡Yo acabo de abrir la mochila y…!
—¡CÁLLATE! —el grito de Max hizo retumbar las paredes.
Lanzó los papeles al aire.
—¡Te di todo! —rugió, acercándose a ella. Catalina retrocedió hasta chocar con la pared—. ¡Te di mi casa! ¡Salvé a tu tía! ¡Te di mi confianza! ¡Anoche te di mi corazón, maldita sea! ¿Y todo era mentira? ¿Todo era un plan para robarme?
—¡No! —gritó Catalina, llorando—. ¡Es ella! ¡Es Victoria! ¡Ella me odia!
—¡No metas a mi hermana en esto! —Max golpeó la pared junto a la cabeza de Catalina. Ella se encogió, aterrorizada—. Victoria me advirtió. Todos me advirtieron. “Es una muerta de hambre”, me dijeron. “Te va a sacar lo que pueda”. Y yo, imbécil, te defendí. Me enamoré de ti.
Victoria observaba desde la puerta, con una expresión de dolor fingido.
—Max, tranquilo… te va a dar algo. Llama a la policía.
—No —dijo Max, respirando agitadamente. Se alejó de Catalina como si ella tuviera una enfermedad contagiosa—. No voy a llamar a la policía. Por Marifer. Porque le salvaste la vida. Ese es el único pago que vas a recibir por eso: tu libertad.
Se giró hacia ella, con los ojos muertos.
—Lárgate.
—Max, escúchame…
—¡LÁRGATE! —gritó él—. Tienes diez minutos. Agarra tus trapos y vete. Si te veo aquí en once minutos, llamo a seguridad para que te saquen a rastras. Y olvídate del hospital. Olvídate de la beca. Olvídate de que existo.
—Max, por favor… mi tía… —suplicó Catalina, cayendo de rodillas.
—Tu tía no es mi problema. Ya pagué bastante. Vete.
Max salió de la habitación pasando por encima de ella, sin mirarla.
Catalina se quedó en el suelo, llorando, destruida.
Victoria se acercó. Se agachó junto a ella.
—Te lo dije, querida —susurró Victoria, con una sonrisa venenosa—. Por las buenas o por las malas. Gané. Ahora, lárgate de mi casa antes de que decida que la cárcel sí es una buena opción para ti.
Catalina se levantó, temblando. Metió su ropa en la mochila, empujando el reloj y los papeles al suelo con asco.
Salió de la mansión bajo un sol radiante que lastimaba.
No miró atrás.
Caminó hasta la parada del camión, con el alma rota y el vientre revuelto.
No sabía que esa náusea no era solo por el dolor. No sabía que llevaba dentro una semilla. La última burla —o el último milagro— del destino.
Estaba embarazada. Y estaba sola de nuevo en el infierno.
CAPÍTULO 5: CENIZAS EN EL ASFALTO
La bajada del Olimpo no fue elegante. No hubo carruajes convirtiéndose en calabazas, ni hadas madrinas consolando el llanto. Solo hubo el golpe seco de la suela de sus tenis viejos contra el pavimento caliente de Bosques de las Lomas y el portón de hierro cerrándose a sus espaldas con un clank definitivo que sonó a sentencia de muerte.
Catalina caminó. Caminó porque si se detenía, se caía. Caminó bajando las pendientes pronunciadas de la zona residencial, donde no hay banquetas porque nadie camina ahí; ahí la gente se mueve en blindados y choferes. Los guardias de seguridad de las casetas la miraban con sospecha, una chica llorando, cargando una mochila desbordada, con la ropa mal puesta y el alma arrastrándose por el suelo.
Llegó a la parada del camión en Paseo de la Reforma, ese punto donde dos mundos colisionan: los rascacielos de cristal de los corporativos y el humo negro de los microbuses que bajan al “pueblo” hacia el metro Auditorio.
Se subió a un pesero verde, apretada entre un albañil que olía a cal y una señora con bolsas del mandado. El contraste fue brutal. Hacía apenas unas horas, estaba entre sábanas de hilo egipcio, en brazos del hombre que amaba. Ahora, el olor a sudor, gasolina y fritanga la golpeaba como un recordatorio de su realidad.
Su celular vibró en el bolsillo de sus jeans.
Lo sacó con manos temblorosas. Un mensaje del banco.
“Se ha recibido una transferencia SPEI de: Maximiliano de la Vega. Monto: $300,000.00 MXN. Concepto: Pago final por servicios prestados y silencio.”
Catalina leyó el mensaje una, dos, tres veces. Las letras se borroneaban por las lágrimas.
“Pago por servicios prestados”.
No era una ayuda. No era una liquidación. Era un insulto. Era la forma de Max de decirle: “Te trato como lo que creo que eres: una puta que fingió amarme”. Y la parte del “silencio”… era la estocada final. Él pensaba que ella podría extorsionarlo con la historia de Marifer.
Sintió una náusea violenta. Quiso gritar, quiso devolver el dinero ahí mismo, transferirlo de regreso con un mensaje que dijera “Vete al diablo”. Pero su dedo se detuvo sobre la pantalla.
Pensó en su tía Licha.
Max había cortado todo. Eso significaba que el hospital privado, los medicamentos de patente, la suite de lujo… todo se acababa hoy. En cuestión de horas, el hospital la llamaría para pedirle una tarjeta de crédito o echarían a su tía a la calle.
Catalina guardó el teléfono, sintiéndose sucia. Ese dinero quemaba. Era dinero manchado con el odio de Max y la victoria de Victoria. Pero era la vida de su tía.
—Perdóname, dignidad —susurró, recargando la frente en el cristal grasiento del microbús—. Pero hoy no te puedo pagar.
El traslado de Licha fue una pesadilla burocrática.
Cuando Catalina llegó al Hospital Ángeles, ya la estaban esperando en administración con caras largas. La tarjeta corporativa de Grupo Vega había sido declinada hacía una hora.
—Señorita Flores, entendemos la situación, pero sin garantía de pago no podemos mantener el tratamiento —le dijo el administrador, un tipo con corbata barata y mirada de tiburón—. La cuenta hasta el momento está cubierta, pero a partir de este minuto…
—La voy a trasladar —dijo Catalina, con voz muerta—. Pida una ambulancia para el General.
—Caty… —la voz débil de su tía la detuvo cuando entró a la habitación—. ¿Qué pasó? ¿Por qué tienes esa cara? ¿Dónde está Max?
Catalina tuvo que sacar fuerzas de donde no las tenía para armar la mentira más grande de su vida. Se tragó el llanto, se forzó a sonreír y le acarició la mano a la mujer que la había criado.
—No pasa nada, tía. Es solo que… Max y yo terminamos.
—¿Terminaron? —Licha intentó incorporarse, alarmada—. ¿Por qué? Se veían tan enamorados… ¿Te hizo algo?
—No, tía. Fuimos los dos. —Catalina desvió la mirada—. Él… él tiene un mundo muy complicado. Su hermana, los negocios… y yo necesito concentrarme en la escuela. Es mejor así. Pero no te preocupes, tengo ahorros. Vamos a estar bien.
Licha no le creyó. Catalina lo vio en sus ojos cansados. Pero Licha también sabía cuándo callar para no lastimar más.
Esa noche, volvieron a la realidad del hospital público: pasillos abarrotados, olor a cloro y enfermedad, enfermeras sobretrabajadas y camas duras en cuartos compartidos con otros seis pacientes moribundos.
Catalina se sentó en la silla de metal junto a la cama, escuchando los gemidos de dolor de la señora de al lado. Cerró los ojos e intentó no pensar en la biblioteca de Max, en el olor a cuero y libros viejos, en sus besos.
Pero era imposible. El dolor físico de la ausencia era peor que el hambre.
Pasaron tres semanas. Tres semanas de infierno.
Catalina rentó un cuarto en una vecindad en Iztapalapa, cerca del metro Constitución. Era un cajón de cuatro por cuatro con techo de lámina de asbesto, un baño compartido en el patio y vecinos que ponían reguetón a todo volumen hasta las tres de la mañana.
El dinero de Max estaba intocable en la cuenta, salvo por lo indispensable para las medicinas de Licha. Catalina se prometió no gastar un centavo en ella misma. Comía tortas de tamal, quesadillas baratas, a veces solo un pan dulce con café.
Consiguió trabajo de medio tiempo en una farmacia de similares por las tardes y limpiando unas oficinas en la colonia Roma por las noches. Dormía cuatro horas. Estudiaba en los trayectos de metro, aferrada al tubo mientras el vagón se sacudía.
Fue en el turno nocturno de limpieza cuando sucedió.
Estaba trapeando el pasillo del piso seis, con el olor a Fabuloso de lavanda mareándola, cuando el mundo se le fue de lado.
Sintió un calor súbito, un sudor frío en la nuca, y luego, el suelo se precipitó hacia su cara.
Despertó con el guardia de seguridad echándole aire con una revista.
—¡Oiga, güerita! ¿Está bien? Se nos fue gacho.
—Sí… sí, perdón… es que no desayuné bien —murmuró Catalina, sentándose con dificultad.
Pero sabía que no era solo hambre.
Llevaba días con ascos matutinos. Sus pechos le dolían al roce de la blusa. Y su periodo… su periodo tenía un retraso de tres semanas. Con el estrés de la ruptura y la enfermedad de su tía, no le había prestado atención.
Salió de ahí temblando. Pasó a la farmacia donde trabajaba y compró una prueba de embarazo de las baratas.
Llegó a su cuartucho, cerró el pestillo oxidado y se hizo la prueba.
Esperó tres minutos. Los tres minutos más largos de la historia del universo.
Dos rayitas.
Rosa fosforescente.
Catalina se dejó caer en el colchón viejo que olía a humedad.
—No… —gimió, cubriéndose la cara—. Diosito, por favor, no. Ahorita no.
Embarazada. De Max.
La ironía era cruel. Victoria la había acusado de querer atrapar a Max con un embarazo, de ser una vividora. Y ahora, embarazada de verdad, expulsada y odiada, Catalina confirmaba la pesadilla de los De la Vega.
¿Qué hacer?
La primera idea, impulsiva y desesperada, fue buscarlo. “Si le digo, si sabe que va a tener un hijo, tal vez me crea. Tal vez me escuche”.
Sacó el celular. Buscó el número de Max. Su dedo tembló sobre el icono de llamar.
Y entonces recordó su cara. Esa cara llena de odio, gritándole “Lárgate”. Recordó la transferencia: “Pago por servicios… y silencio”.
Si iba ahora, con una prueba de embarazo en la mano, Max no vería un milagro. Vería el chantaje final. Vería la confirmación de todo lo que Victoria le dijo: “Esa gata quiere tu dinero y va a usar cualquier truco”. Le pediría una prueba de ADN, la humillaría, tal vez intentaría quitarle al bebé con sus abogados y su dinero infinito.
—No —dijo Catalina, soltando el celular como si quemara—. Este hijo es mío. Solo mío. Él pagó por mi silencio, ¿verdad? Pues silencio va a tener.
Se tocó el vientre plano. Ahí, en medio de la miseria, crecía una vida. Un pequeño De la Vega que no conocería el lujo, pero que conocería el amor.
—Tú y yo contra el mundo, frijolito —susurró, y por primera vez en semanas, lloró de algo que no era tristeza pura. Era miedo, sí, pero también una extraña determinación feroz.
Mientras tanto, en la mansión de Bosques, el aire era irrespirable.
Maximiliano de la Vega se había convertido en un fantasma en su propia casa. Trabajaba dieciocho horas al día. Llegaba, se encerraba en su despacho, bebía media botella de whisky y se quedaba mirando la pared hasta que el alcohol lo noqueaba.
Victoria intentaba animarlo. Organizaba cenas, invitaba a amigas “de buena familia”, intentaba llenar el vacío que Catalina había dejado.
—Max, tienes que salir —le decía ella, sirviéndole vino—. Mariana está soltera, es guapísima y su papá es dueño de la acerera del norte. Serían la pareja perfecta.
—No me interesa Mariana, ni su papá, ni tu maldita agenda social, Victoria —gruñía Max.
El reloj Rolex de oro rosa había “aparecido” mágicamente en una casa de empeño en el centro, recuperado por un asistente de Victoria (todo parte del montaje, por supuesto). Eso había sellado la culpabilidad de Catalina en la mente de Max. La evidencia era irrefutable. Ella lo había robado. Ella lo había vendido.
Pero el corazón de Max era un traidor.
Porque a pesar de las pruebas, a pesar del robo, a pesar de la lógica… él la extrañaba con una violencia que lo asustaba.
Extrañaba su risa. Extrañaba cómo se mordía el labio cuando estudiaba. Extrañaba su olor a vainilla barata y lluvia.
A veces, manejando por la ciudad, veía a una chica con cabello castaño y coleta en un paradero de autobús, y frenaba de golpe, con el corazón en la garganta, pensando que era ella.
Nunca era ella.
—Maldita sea, Catalina —murmuraba, golpeando el volante—. ¿Por qué tuviste que ser mentira?
El cuarto mes de embarazo trajo la tragedia.
Licha entró en crisis una madrugada de noviembre. El cáncer, agresivo y despiadado, había llegado a su etapa final.
Catalina estuvo a su lado en el hospital, sosteniendo su mano fría.
Licha abrió los ojos por última vez. Estaban nublados, pero serenos.
—Mija… —susurró, con voz de papel—. No tengas miedo.
—No te vayas, tía. No me dejes sola. Por favor.
—Nunca vas a estar sola… —Licha posó su mirada en el vientre de Catalina, que ya empezaba a abultarse bajo la sudadera holgada. Ella lo sabía. Nunca se lo dijo, pero lo sabía—. Cuídalo bien. Que sea un hombre bueno. Que no sea como los que nos lastiman.
—Lo prometo, tía.
—Sé feliz, mi niña. Te quiero mucho.
El monitor cardíaco pitó una línea plana y larga. El sonido de la soledad absoluta.
Catalina no gritó. Solo se inclinó y besó la frente de su madre adoptiva.
Salió al pasillo, se sentó en el suelo frío y se abrazó las rodillas.
Ahora sí. No había nadie. Ni padres, ni tía, ni novio.
Solo ella y el bebé.
El funeral fue sencillo. Catalina usó parte del dinero de Max para pagar un entierro digno en un panteón privado, lejos de las fosas comunes.
“Gracias, Max”, pensó con amargura mientras veía bajar el ataúd. “Al menos tu dinero sucio sirvió para que ella descanse en paz”.
Los meses siguientes fueron una neblina de cansancio y supervivencia.
El embarazo avanzaba y ocultarlo se volvía imposible. En la farmacia la despidieron cuando notaron la panza (“No queremos problemas si se te adelanta aquí, mija”). En la limpieza aguantó hasta el séptimo mes, cuando agacharse para exprimir el trapeador se volvió una tortura china.
Vivía de sus ahorros menguantes y de vender ropa usada en un tianguis los fines de semana. Se despertaba a las 4 de la mañana para ganar un lugar en la calle, extendía una lona en el suelo y vendía blusas a veinte pesos.
El frío de enero le calaba los huesos. Sus pies se hinchaban como tamales mal amarrados. La espalda la mataba.
Pero Arturo —ya había decidido el nombre, Arturo, fuerte y noble— se movía dentro de ella, dándole patadas que se sentían como ánimos.
—Ya casi, mi amor —le hablaba mientras comía un tamal de dulce sentada en un huacal de madera—. Ya casi llegas. Perdón que tu cuna va a ser una caja de cartón, pero te juro que amor no te va a faltar.
Una tarde, mientras recogía su puesto, vio una camioneta negra pasar lento por la avenida. Era una Suburban, idéntica a la de Max.
El corazón se le paró.
La camioneta se detuvo en el semáforo. El vidrio trasero bajó un poco.
Catalina se escondió detrás de un puesto de películas pirata, con el corazón latiéndole en la garganta. Se cubrió la panza con su chamarra enorme.
¿Y si la veía? ¿Y si veía su miseria?
El semáforo cambió a verde. La camioneta arrancó.
Catalina soltó el aire. No era Max. Pero el pánico le duró horas.
“No puede verme así. Nunca”.
El parto llegó una noche de tormenta en febrero, casi un año exacto después de que conociera a Max.
Catalina estaba sola en su cuarto cuando rompió fuente. El agua empapó el colchón viejo.
El dolor la dobló en dos.
No tenía dinero para taxi. Salió a la calle bajo la lluvia, caminando doblada, hasta que una patrulla se apiadó de ella y la llevó al Hospital de la Mujer.
—¡Ya viene coronando! —gritó la enfermera en urgencias.
Todo fue rápido, doloroso y humillante. La pusieron en una camilla en el pasillo porque no había salas de expulsión libres.
—¡Puja, madre, puja! —le gritaba un residente joven y nervioso.
Catalina pujó. Pujó pensando en la soledad, en la traición, en el hambre, en el frío. Pujó con rabia.
—¡AAAAHHHH!
Y entonces, el llanto.
Un llanto fuerte, vigoroso, enojado con el mundo.
—Es un niño —dijo la enfermera, poniéndole al bebé viscoso y caliente sobre el pecho.
Catalina bajó la mirada.
Y el mundo se detuvo.
Ahí estaba.
Tenía la piel un poco morada por el esfuerzo, y estaba cubierto de sangre y unto sebáceo, pero Catalina lo reconoció al instante.
Tenía la forma de los ojos de Max. Tenía esa barbilla terca con un hoyuelo incipiente. Tenía, incluso en su llanto, esa presencia demandante.
—Arturo —lloró ella, besando su cabecita húmeda—. Mi Arturo.
La enfermera se lo llevó para pesarlo y medirlo. Catalina se quedó en la camilla, temblando por la adrenalina, exhausta pero eufórica.
Por primera vez en ocho meses, no sentía frío.
Tenía un motivo. Tenía un motor.
Al día siguiente, la dieron de alta.
—Está muy sano, mamá —le dijo la pediatra—. Tres kilos ochocientos. Un torete.
Catalina salió del hospital con su hijo envuelto en una cobija amarilla que había tejido Licha antes de morir.
Caminó hacia la parada del metro. El aire estaba frío, pero el sol brillaba.
Miró a su hijo. Arturo dormía, ajeno a que su padre era un millonario que vivía en una mansión al otro lado de la ciudad, ajeno a que su madre contaba los pesos para los pañales.
—Vamos a casa, mi amor —le susurró—. Vamos a empezar de cero.
Lejos de ahí, en las Lomas, Max se despertó con una sensación extraña en el pecho. Una opresión. Una angustia sin nombre.
Miró el reloj. 7:00 AM.
Se levantó y fue a la ventana. Miró hacia la ciudad, cubierta por una capa de smog dorado.
—¿Dónde estás? —preguntó al aire.
Victoria entró a su habitación sin tocar, radiante.
—¡Buenos días, tío! —dijo alegremente—. Marifer quiere ir a Disney en primavera. ¿Qué dices?
Max se giró, mirando a su hermana con ojos vacíos.
—Haz lo que quieras, Victoria. Solo déjame en paz.
Victoria sonrió y salió, satisfecha. Max estaba roto, dócil, entregado al trabajo y a la apatía. El plan había funcionado a la perfección. Catalina era un mal recuerdo, una cicatriz que ya casi no sangraba… o eso creía ella.
No sabía que en un cuartucho de Iztapalapa, un bebé con los ojos grises de los De la Vega acababa de dar su primer respiro, y que ese bebé sería la bomba de tiempo que destruiría su castillo de mentiras.
El destino no había terminado con ellos. Apenas estaba barajando las cartas para la mano final.
CAPÍTULO 6: EL PESO DEL MUNDO Y LA SOMBRA DE LA DUDA
La alarma del celular de Catalina no sonaba; vibraba contra el suelo de cemento frío para no despertar al bebé. Eran las 3:45 de la mañana. Una hora inhumana, una hora en la que ni las gallinas se han despertado, pero en Iztapalapa, la vida no espera a que salga el sol.
Catalina abrió los ojos. Sentía arena en los párpados. El cansancio no era algo que se quitara durmiendo; era ya una segunda piel, un traje pesado que se ponía todos los días. Se incorporó con cuidado en el colchón que compartía con Arturo. El bebé, ahora de ocho meses, dormía con los brazos abiertos, ajeno a que su madre tenía que contar las rebanadas de pan para ver si alcanzaba para el desayuno.
Hacía frío. Ese frío húmedo de las vecindades mal aisladas que se te mete por los pies y te sube hasta el alma. Catalina se puso sus calcetines gruesos y una sudadera vieja. Fue a la cocineta —una parrilla eléctrica sobre una mesa de plástico— y calentó agua.
Mientras el agua hervía, miró a su hijo. Arturo era un milagro robusto. A pesar de la pobreza, Catalina se había asegurado de que él no sufriera. Ella comía arroz y frijoles para que su leche fuera buena. Ella usaba zapatos rotos para comprarle vitaminas. Arturo tenía las mejillas redondas y sonrosadas, y cuando despertaba, sonreía con esa mueca desdentada que hacía que todo el dolor valiera la pena.
—Buenos días, mi rey —susurró, aunque él seguía dormido.
A las 4:15, tocaron suavemente la puerta. Era Lena, la vecina de al lado. Una estudiante de sociología que trabajaba en un call center y que, por unos pesos que a Catalina le dolían pero que eran necesarios, cuidaba a Arturo durante las mañanas mientras Catalina iba a la universidad.
—¿Todo bien? —preguntó Lena, entrando con cara de sueño y una taza de café en la mano.
—Sí, todo bien. Le dejé la leche en el refri. Tuvo un poquito de tos anoche, pero ya se le pasó. Si le sube la temperatura, me mandas un WhatsApp luego luego, ¿va?
—Sí, flaca, no te preocupes. Vete o se te pasa el pesero.
Catalina le dio un beso a Arturo en la frente, tomó su mochila —la misma mochila donde Victoria había plantado la trampa, ahora lavada y llena de pañales y libros fotocopiados— y salió a la oscuridad de la calle.
El trayecto era una odisea diaria. Primero, caminar diez cuadras hasta la avenida principal evitando a los perros callejeros y a las pandillas de la esquina. Luego, pelear por un lugar en el microbús que bajaba al metro Constitución de 1917. Después, cuarenta minutos de metro, apretada como sardina, intentando leer sus apuntes de Pediatría mientras el vagón se sacudía y los vendedores ambulantes gritaban “¡Lleve la pomada de marihuana con peyote, diez pesos le vale, diez pesos le cuesta!”.
Llegaba a la facultad con el tiempo justo, sudada y agotada antes de que empezara la primera clase. Pero no se rendía. Se sentaba en primera fila. Anotaba todo. Sus calificaciones eran impecables. No tenía opción. La beca que había conseguido por promedio era lo único que pagaba la inscripción. Si bajaba de 9.5, perdía la escuela. Y si perdía la escuela, perdía el futuro de Arturo.
A veces, cuando el hambre apretaba a media mañana y veía a sus compañeros ir a la cafetería por chilaquiles y jugos caros, Catalina se iba al baño, tomaba agua del grifo y se comía una barra de amaranto que traía en la bolsa.
“Aguanta, Cata”, se decía frente al espejo, viendo sus propias ojeras moradas. “Un día vas a ser la doctora Flores. Un día vas a comprarle a Arturo todos los chilaquiles que quiera”.
Al otro lado de la ciudad, en una torre de cristal en Santa Fe que parecía tocar las nubes, Maximiliano de la Vega miraba por el ventanal de su oficina presidencial.
Eran las 10:00 de la mañana. Él llevaba ahí desde las 6:00.
Su vida se había convertido en una línea recta y gris. Eficiencia pura. Sin Catalina, el color se había drenado del mundo. Sus negocios iban mejor que nunca; el dolor lo había vuelto despiadado. Había absorbido a dos competidores en el último mes, despidiendo directivos y reestructurando empresas con la frialdad de un cirujano amputando miembros gangrenados.
—Señor De la Vega —su asistente entró con miedo—. Tiene la junta con los inversionistas japoneses en diez minutos. Y su hermana, la señora Victoria, está en la línea dos. Dice que es urgente sobre el viaje a Disney.
Max suspiró. Se pasó la mano por la cara. Sentía que envejecía un año por cada día que pasaba.
—Dile a Victoria que no voy a ir a Disney. Que se lleve a Marifer y a la nana. Yo tengo trabajo. Y pásame el expediente de los japoneses.
Colgó el teléfono interno y se sirvió un vaso de agua. Al hacerlo, su manga se alzó y vio su muñeca desnuda. Ya no usaba reloj. Después del incidente del Rolex, dejó de usarlos. Ver su muñeca vacía era su penitencia, su recordatorio constante de que había sido un estúpido por confiar… o un estúpido por perderla. A veces ya no sabía cuál de las dos dolía más.
Ocho meses.
Ocho meses sin saber de ella.
Victoria le aseguraba que Catalina seguramente ya se había gastado el dinero con algún novio vagabundo, o que se había regresado a su pueblo. “Ojos que no ven, corazón que no siente, hermanito”, le decía ella.
Pero Max sentía. Sentía un hueco en el pecho que ninguna cifra en su cuenta bancaria podía llenar. A veces, en la soledad de su mansión, se servía un whisky y releía el informe del detective privado que contrató al principio.
“Sujeto: Catalina Flores. Ubicación: Desconocida después de salir de Bosques. No hay registros de renta a su nombre. No hay actividad en redes sociales.”
Ella se había esfumado. Y esa desaparición tan total, tan digna, le hacía dudar.
Si fuera una ladrona cínica, ¿no estaría presumiendo su botín? ¿No habría intentado volver para sacar más?
Pero el silencio de Catalina era absoluto. Y ese silencio gritaba una inocencia que Max se negaba a escuchar por miedo a volverse loco de culpa.
Por la tarde, la vida de Catalina cambiaba de escenario pero no de intensidad.
Salía de la facultad a las 3:00 PM. Comía una torta en el puesto de la esquina mientras corría al metro. Regresaba a Iztapalapa a las 4:30 PM para relevar a Lena.
—Se portó bien, pero sigue con esa tos seca —le informó Lena ese día, entregándole al bebé—. Y se puso chipil, lloró un buen rato. Creo que le duelen las encías.
Catalina cargó a Arturo. El bebé se calmó al instante al sentir el olor de su madre, hundiendo la cara en su cuello.
—Ya llegué, mi amor. Ya está aquí mamá.
Pasaba las siguientes cuatro horas dedicada a él. Lo bañaba en una tina de plástico, le daba de comer, jugaba con él en el colchón, haciéndole cosquillas para escuchar esa risa que era su gasolina. Lavaba la ropa a mano en el lavadero del patio, con el agua helada entumiéndole los dedos, mientras Arturo la miraba desde su portabebés.
A las 9:00 PM, llegaba la señora Rosa, una vecina mayor que cobraba menos que Lena, para cuidar al niño por la noche.
—Váyase con cuidado, mija. Dicen que andan asaltando en el puente —le advertía doña Rosa.
—Con cuidado me voy, doña Rosa. Si Arturo llora, la mamila está lista. No deje que llore mucho, por favor.
Y entonces, el tercer turno.
Catalina trabajaba como auxiliar de limpieza y camillera en el turno nocturno de un hospital privado en la colonia Roma. Irónicamente, no muy lejos de donde Max tenía una de sus oficinas.
Era un trabajo brutal.
Tenía que limpiar vómitos, sangre y desechos de los quirófanos. Tenía que cargar pacientes pesados para pasarlos de la camilla a la cama. Tenía que aguantar las miradas de desprecio de algunas enfermeras que se sentían superiores, y peor aún, las miradas lascivas de algunos residentes cansados.
—¡Oye, tú, la de limpieza! —le gritó un interno esa noche—. Se cayó un café en la sala de espera tres. ¡Muévete, que se ve horrible!
—Voy enseguida, doctor —respondió Catalina, bajando la cabeza.
Reconocía al interno. Había estudiado con él en primer semestre, antes de que ella tuviera que cambiarse de turno y grupo. Él no la reconoció. Para él, ella era solo un uniforme gris y una jerga.
Mientras trapeaba el café derramado, Catalina vio su reflejo en el cristal de la sala de espera. Estaba pálida, más delgada de lo saludable, con el cabello recogido en una cofia.
“Si me viera Max ahora”, pensó con amargura. “Diría que este es mi lugar. Que la cenicienta volvió a las cenizas”.
A las 4:00 AM, en su descanso de quince minutos, se sentó en la escalera de emergencia y sacó su libro de Farmacología. Sus ojos ardían. Las letras bailaban.
—Solo dos años más —se dijo, mordiendo una manzana—. Arturo va a tener dos años. Ya va a caminar. Y yo voy a ser interna. Solo dos años más de este infierno.
Pero el destino, caprichoso y cruel, no iba a esperar dos años.
El fin de semana, la mansión De la Vega estaba extrañamente tranquila. Victoria había salido a un spa. Max estaba en su despacho, intentando trabajar, pero Marifer, ahora de siete años, entró con su caja de Legos.
—Tío Max, ¿juegas conmigo? —pidió la niña, con esa voz que era la única capaz de romper la armadura de Max.
—Tengo mucho trabajo, princesa.
—Ándale. Mamá nunca juega. Siempre está en el teléfono o comprando cosas. Y tú siempre estás triste.
Max se detuvo. Giró su silla y miró a su sobrina.
—No estoy triste, Marifer. Estoy ocupado.
—Estás triste. Es porque se fue Caty, ¿verdad?
El nombre golpeó a Max como un puñetazo. Hacía meses que nadie lo pronunciaba en esa casa. Estaba prohibido tácitamente.
—Marifer… Catalina se fue porque… porque tenía cosas que hacer.
—Mamá dice que era mala. Que robó cosas.
Max apretó la mandíbula.
—Sí, bueno. A veces las personas hacen cosas malas.
—Yo no creo que fuera mala —dijo la niña, sentándose en la alfombra y empezando a armar una torre—. Ella me salvó. Y me contaba cuentos bonitos. Y…
Marifer se detuvo, dudando. Miró hacia la puerta para asegurarse de que su madre no estuviera cerca.
—¿Y qué? —preguntó Max, intrigado por el cambio de tono de la niña.
—Y el día que se fue… el día que gritaste mucho… —Marifer bajó la voz—. Yo vi algo.
Max se tensó. Se bajó de la silla y se sentó en el suelo junto a ella.
—¿Qué viste, Marifer?
—Vi a mamá.
—¿A tu mamá? ¿Cuándo?
—Antes de que tú despertaras. Yo me levanté a hacer pipí. Y vi a mamá salir del cuarto de Caty.
—¿Del cuarto de Caty? —El corazón de Max empezó a latir con fuerza—. ¿Estás segura?
—Sí. Llevaba su bata roja. Y se reía sola. Caminaba de puntitas, como cuando jugamos a las escondidas. Y luego bajó a la cocina y tiró algo a la basura que sonó como papeles.
Max sintió un frío glacial recorrerle la espalda.
—Marifer, escúchame. ¿Tu mamá entró al cuarto de Caty mientras Caty dormía?
—Sí. Y llevaba algo en la mano que brillaba. Como tu reloj, tío. El que dijiste que se perdió.
El mundo de Maximiliano se detuvo.
Las piezas del rompecabezas, esas que él había forzado para que encajaran en la narrativa de “Catalina es una ladrona”, de repente explotaron y se reacomodaron en una imagen horrorosa.
El reloj perdido. La aparición “mágica” en la mochila. Los estados de cuenta que Victoria le mostró tan oportunamente. La insistencia de Victoria de revisar la mochila.
Y ahora, esto. Su hermana, entrando al cuarto con el reloj en la mano mientras Catalina dormía.
—¿Por qué no me dijiste antes? —preguntó Max, con voz estrangulada.
—Porque mamá dijo que era un secreto —susurró Marifer, asustada por la cara de su tío—. Dijo que era un juego para ver si Caty era lista. Y que si yo decía algo, tú te ibas a enojar y me ibas a mandar a un internado.
Max cerró los ojos. La ira que sintió hacia Catalina hace ocho meses no fue nada comparada con la furia volcánica que empezó a nacer en ese momento contra su propia hermana. Y peor aún, contra sí mismo.
Había sido un títere. Un maldito títere ciego.
Abrazó a Marifer con fuerza.
—Nadie te va a mandar a un internado, mi amor. Gracias por decirme. Fuiste muy valiente.
—¿Vas a traer a Caty de regreso? —preguntó la niña con esperanza.
Max se puso de pie. Caminó hacia la ventana.
¿Traerla de regreso? ¿Después de cómo la echó? ¿Después de humillarla?
No sabía si podría. Pero sabía que tenía que encontrarla. Tenía que saber la verdad, toda la verdad, y pedir perdón de rodillas si era necesario.
Esa misma tarde, Max llamó al detective privado.
—Quiero que la encuentres —dijo Max, con voz de hielo—. No me importa cuánto cueste. No me importa cuánto tardes. Busca en hospitales, en universidades, en registros civiles. Busca “Catalina Flores”. Quiero saber dónde está, qué hace y con quién está. Y quiero que investigues las cuentas de mi hermana Victoria. Todo. Cada centavo que ha gastado en el último año.
Colgó el teléfono.
La guerra había empezado. Pero Max no sabía que el enemigo no era solo Victoria. El enemigo era el tiempo. Porque mientras él iniciaba su cruzada por la verdad, en Iztapalapa, la salud de Arturo comenzaba a colapsar.
La tos de Arturo cambió esa noche.
Ya no era una tos seca y esporádica. Se convirtió en un sonido profundo, húmedo, como si tuviera agua en el pecho. Un estertor que asustaba.
Catalina llegó del trabajo a las 7:00 AM, ojerosa y muerta de cansancio, para encontrar a doña Rosa meciendo al bebé con cara de preocupación.
—Mija, este niño no durmió nada. Está hirviendo.
Catalina soltó la mochila y corrió a tocarlo.
Arturo estaba ardiendo. Su piel, generalmente fresca y suave, quemaba al tacto. Tenía los ojitos vidriosos y respiraba con dificultad, hundiendo las costillas cada vez que jalaba aire.
—Tiene fiebre… —murmuró Catalina, sintiendo que el pánico le cerraba la garganta—. ¿Le dio las gotas?
—Sí, le di el paracetamol a las cuatro, pero no le baja. Y no quiere comer. Vomitó la leche.
Catalina tomó a su hijo en brazos. Lo sintió lánguido, sin fuerza.
—Vamos al doctor. Ahorita mismo.
No fue a la universidad ese día. Ni al siguiente.
Llevó a Arturo al consultorio de la farmacia de la esquina, porque no tenía dinero para un pediatra privado y el Seguro Popular estaba saturado.
El médico, un joven recién egresado que apenas la miró, le recetó antibióticos genéricos y ambroxol.
—Es una bronquiolitis —dijo—. Dele esto cada ocho horas y muchos líquidos. Si se pone morado, al hospital.
Catalina compró los medicamentos contando las monedas.
Durante dos días, no durmió. Se pasaba las noches sentada en el colchón, con Arturo en brazos, intentando mantenerlo incorporado para que pudiera respirar. Le ponía trapos húmedos en la frente. Le cantaba canciones de cuna con la voz quebrada por el miedo.
Pero Arturo no mejoraba. Empeoraba.
La fiebre subía y bajaba, pero la dificultad para respirar aumentaba. El silbido en su pecho se oía desde lejos.
Catalina faltó a sus turnos en el hospital.
—Si faltas otra vez, te corremos, Flores —le advirtió el supervisor por teléfono.
—Mi hijo está enfermo…
—Aquí todos tienen problemas. O vienes hoy o no vengas nunca.
Catalina colgó. Perdió el trabajo. No le importó. Solo le importaba que su hijo respirara.
Revisó su cuenta bancaria. Le quedaban tres mil pesos. El dinero de Max seguía ahí, intacto, los trescientos mil pesos malditos.
—No —se dijo a sí misma—. Todavía no. Puedo sola.
Pero la realidad es un monstruo que no respeta orgullos.
La tercera noche, Arturo empezó a rechazar el pecho. Estaba demasiado débil para succionar. Su llanto se volvió un quejido débil, constante, que partía el alma.
Y entonces, la fiebre se disparó a 39.8.
Catalina lo metió a bañar con agua tibia, llorando junto con él. La fiebre no bajaba.
El bebé empezó a ponerse pálido, con un tinte azulado alrededor de la boca. Cianosis.
Catalina, estudiante de medicina, sabía lo que eso significaba. Hipoxia. Insuficiencia respiratoria.
Su hijo se estaba ahogando.
—¡Arturo! ¡Arturo, mírame! —le gritaba, dándole palmaditas en la cara.
El bebé abrió los ojos un momento. Esos ojos grises, idénticos a los de Max, la miraron con una súplica silenciosa. Y luego se cerraron.
El terror absoluto se apoderó de Catalina.
Envolvió a Arturo en la cobija amarilla. Salió corriendo a la calle bajo la lluvia helada de la madrugada.
No había taxis. No había peseros.
Corrió hasta la avenida principal, gritando, agitando la mano.
Un taxi se detuvo.
—¡Al hospital! ¡Al Infantil! —gritó ella, subiéndose empapada.
—Uy, señorita, eso está lejos y con esta lluvia…
—¡Maneje! ¡Le pago lo que quiera, pero maneje!
El taxi arrancó. Catalina iba atrás, pegada a su hijo, escuchando cada respiración agónica.
—Aguanta, mi amor. Aguanta, Arturo. Papá Dios no me puede hacer esto. No me puede quitar lo único que tengo.
Llegaron al Hospital Infantil de México. La sala de urgencias era un caos. Gente tosiendo, niños llorando, olor a alcohol y desesperación.
Catalina corrió al triage.
—¡Mi hijo no respira bien! ¡Tiene cianosis!
La enfermera la miró, vio el color del bebé y actuó rápido.
—¡Código azul en pediatría! ¡Pasenla a choque!
Le arrancaron al bebé de los brazos. Catalina vio cómo lo ponían en una camilla, cómo le cortaban el mameluco, cómo le ponían una mascarilla de oxígeno que se veía enorme en su carita.
—¡Satura al 70%! —gritó un médico—. ¡Preparen intubación! ¡Necesitamos gases arteriales y placa de tórax!
Una mano firme detuvo a Catalina en la puerta de la sala de choque.
—Madre, tiene que esperar afuera.
—¡Es mi hijo! ¡Soy estudiante de medicina, puedo ayudar!
—¡Afuera! Estorbamos más de lo que ayudamos. Déjenos trabajar.
La puerta se cerró en su cara.
Catalina se quedó en el pasillo, sola, empapada, temblando.
Se deslizó por la pared hasta el suelo.
Y ahí, en el piso sucio de un hospital público, mientras los médicos luchaban por la vida de su hijo, Catalina Flores se rompió por completo.
Sacó su celular.
Le quedaba 10% de batería.
Miró el contacto: “Max”.
El orgullo se desmoronó. La dignidad se hizo polvo.
Ya no importaba si él pensaba que era una ladrona. Ya no importaba si Victoria se burlaba.
Arturo se moría. Y para salvarlo, Catalina estaba dispuesta a venderle su alma al diablo… o a pedirle ayuda al hombre que la había destruido.
Pero no llamó. No todavía.
Sintió una mano en su hombro.
—¿Familiares de Arturo Flores?
Era un médico mayor, con cara grave.
Catalina se levantó de un salto.
—Soy yo. Soy su mamá.
—Señora, su hijo está muy grave. Tiene una neumonía complicada, probablemente por una bacteria resistente. Sus pulmones están llenos de líquido. Lo tenemos con ventilación mecánica, pero…
—¿Pero qué? —Catalina sintió que el mundo se volvía negro.
—Necesitamos un antibiótico específico. Meropenem y Linezolid. Y surfactante pulmonar. El problema es que… —el médico bajó la mirada, avergonzado— el hospital no tiene abasto. Se nos acabó ayer. Y farmacia no surte hasta la próxima semana.
—¿Y qué hago? —gritó Catalina—. ¡Dígame dónde lo compro!
—Puede conseguirlo en farmacias especializadas. Pero es caro. Muy caro. El tratamiento completo puede costar unos ochenta, cien mil pesos. Y lo necesitamos ya. En las próximas dos horas. Si no… sus órganos van a empezar a fallar.
Cien mil pesos.
En dos horas.
Catalina asintió, con la calma terrorífica de quien no tiene opción.
—Lo voy a conseguir.
Salió del hospital. La lluvia había parado, pero el frío era mortal.
Sacó el celular de nuevo.
Abrió la aplicación del banco. Ahí estaban los 300,000 pesos de Max.
Intentó hacer una transferencia a su tarjeta de débito para poder retirar o pagar.
“Error. Su cuenta está bloqueada por movimientos inusuales. Favor de acudir a su sucursal.”
—¡NO! —Catalina gritó en medio de la calle, golpeando el teléfono—. ¡Malditos bancos! ¡Maldita sea!
Tenía el dinero, pero no podía usarlo. Era viernes por la noche. Los bancos abrían hasta el lunes.
Arturo no tenía hasta el lunes. Tenía dos horas.
Catalina miró al cielo oscuro.
Solo había una opción. Una sola persona en el mundo que tenía el poder y el dinero para resolver esto en un chasquido de dedos.
El padre de su hijo.
Marcó el número.
Uno, dos, tres timbres.
—¿Bueno? —la voz de Max sonó al otro lado. Ronca, cansada, pero inconfundible.
Catalina cerró los ojos, dejando que las lágrimas corrieran.
—Max… —su voz fue un susurro roto.
Al otro lado de la línea, en su despacho oscuro, Max se puso de pie de un salto, tirando la silla. Ese susurro. Ese timbre de voz.
—¿Catalina? —preguntó, sintiendo que el corazón se le salía por la boca—. ¿Eres tú? ¿Dónde estás?
—Ayúdame… —sollozó ella—. Por favor, Max. No me odies ahora. Ayúdame. Nuestro hijo se muere.
El silencio que siguió fue absoluto.
—¿Qué dijiste? —preguntó Max, con voz temblorosa—. ¿Nuestro qué?
—Tu hijo. Arturo. Se está muriendo en el Hospital Infantil. Necesito dinero. Necesito medicinas. Max, por favor… si alguna vez sentiste algo por mí, ven. Sálvalo.
Max no preguntó más. No pidió explicaciones. No dudó.
—Voy para allá. Aguanta, Catalina. Voy para allá.
Colgó.
Max salió de su oficina corriendo como un loco, dejando atrás su saco, su maletín, su vida ordenada. Bajó por el elevador, subió a su Suburban y arrancó quemando llanta.
Mientras conducía a 160 kilómetros por hora por el Viaducto, con las sirenas de la policía ignoradas a su paso, Max lloraba.
Tenía un hijo.
Y se estaba muriendo.
Y la mujer que amaba, la mujer que su hermana había destruido y que él había abandonado, estaba sola enfrentando el abismo.
—Voy por ti, hijo —gruñó Max, pisando el acelerador a fondo—. Y te juro por Dios que si sales de esta, voy a quemar el mundo para que nadie te vuelva a tocar. A ti ni a tu madre.
La guerra de los dos mundos estaba a punto de terminar. El choque final estaba aquí.
CAPÍTULO 7: EL DIOS DEL DINERO Y LA MADRE DEL DOLOR
El Hospital Infantil de México Federico Gómez es un lugar donde los milagros y las tragedias se sientan juntos en las bancas de metal frío. A las dos de la mañana, la sala de urgencias olía a una mezcla rancia de cloro, café barato de máquina y sudor frío: el olor inconfundible del miedo de los padres.
Catalina estaba sentada en el suelo, abrazando sus rodillas, recargada contra la pared despintada del pasillo. No le importaba la suciedad. No le importaba que la gente pasara y la mirara con lástima o indiferencia. Solo le importaba el reloj colgado sobre el módulo de enfermeras, cuyo segundero avanzaba con una lentitud tortuosa.
Tic. Tac. Tic. Tac.
Cada segundo era un latido menos de Arturo.
El médico había sido claro: “Dos horas”. Habían pasado cuarenta minutos desde que colgó con Max.
—Señorita… —un guardia de seguridad, un hombre mayor con uniforme desgastado, se le acercó—. No puede estar en el piso. Si pasa el supervisor me regaña. Siéntese en la banca, ande.
—Déjeme en paz —gruñó Catalina sin levantar la cabeza. Su voz era un hilo de alambre de púas—. Mi hijo se está muriendo ahí adentro. Si quiero sentarme en el techo, me siento en el techo.
El guardia suspiró y se alejó, murmurando algo sobre “gente histérica”.
Catalina cerró los ojos y rezó. No sabía a quién. A la Virgen, al Universo, a la energía, a la memoria de su tía Licha.
“Que llegue. Por favor, que llegue. No dejes que mi bebé se vaya sin conocer a su papá. No dejes que se vaya por pobre”.
De repente, el ambiente en la entrada de urgencias cambió. Hubo un revuelo. El sonido de puertas automáticas abriéndose de golpe. Voces alzadas.
—¡Oiga, señor! ¡No puede entrar así! —gritó el guardia de la entrada.
—¡Quítese o lo hago a un lado! —rugió una voz que Catalina conocía mejor que la suya propia.
Catalina levantó la cabeza.
Ahí estaba.
Maximiliano de la Vega irrumpió en el pasillo de urgencias como un huracán categoría cinco.
Se veía fuera de lugar, como un extraterrestre en ese entorno de carencias. Llevaba una camisa blanca de vestir desabotonada en el cuello, arremangada hasta los codos, manchada de lluvia. Su cabello, usualmente peinado con precisión milimétrica, estaba revuelto y mojado.
Pero eran sus ojos los que daban miedo. Estaban desorbitados, inyectados en sangre, escaneando la sala con la desesperación de un animal herido.
—¡Catalina! —gritó, ignorando a la enfermera que intentaba bloquearle el paso.
Catalina se puso de pie, temblando. Las piernas le fallaron por un segundo, pero se sostuvo en la pared.
—Max…
Él la vio.
Vio a la mujer que había amado, a la mujer que había echado de su casa. La vio ojerosa, pálida, vestida con ropa vieja y holgada, mucho más delgada que la última vez. Se veía rota.
Max corrió hacia ella. No le importó quién miraba. La agarró por los hombros con fuerza, casi sacudiéndola, como si quisiera comprobar que era real.
—¿Dónde está? —jadeó él. Su aliento olía a menta y pánico—. ¿Dónde está mi hijo?
—Adentro… —Catalina señaló las puertas batientes de la zona de choque—. Tienen… tienen que intubarlo. Necesitan medicina. No hay medicina, Max. Se acabaron los antibióticos. Dicen que cuesta cien mil pesos y… y no pude sacar el dinero…
Catalina rompió a llorar, un llanto histérico que había estado conteniendo.
—¡Soy una inútil! ¡No pude comprar la medicina!
Max la abrazó. Fue un abrazo feroz, protector.
—Shh. Cállate. No eres inútil. Ya estoy aquí.
Se separó de ella y se giró hacia el módulo de enfermeras. Su postura cambió. El hombre roto desapareció y emergió el CEO, el hombre acostumbrado a que el mundo obedezca sus órdenes.
—¡Quiero hablar con el médico a cargo! ¡Ahora! —gritó, golpeando el mostrador con la palma abierta.
—Señor, tiene que calmarse y llenar el formulario… —empezó la enfermera, asustada.
—¡Me vale madre el formulario! —Max sacó su cartera. Sacó una tarjeta negra de titanio, la Centurion de American Express, y la azotó sobre el mostrador—. ¡Soy Maximiliano de la Vega! ¡Compro este maldito hospital si hace falta! ¡Quiero al médico y quiero la lista de medicamentos YA!
El grito resonó en toda la sala. El silencio se hizo total.
Un médico salió de la zona de choque, con la bata manchada y cara de pocos amigos. Era el mismo que había hablado con Catalina.
—¿Quién está gritando? Esto es un hospital, no un mercado.
—Soy el padre del niño Arturo Flores —dijo Max, caminando hacia él hasta invadir su espacio personal—. Me dicen que mi hijo se muere porque no tienen fármacos. Dígame qué necesita.
El médico, intimidado por la presencia avasalladora de Max, parpadeó.
—Necesitamos Meropenem, Linezolid intravenoso y dos dosis de surfactante pulmonar exógeno. Y un ventilador de alta frecuencia, el nuestro está fallando.
—Bien.
Max sacó su celular. Marcó un número.
—¿Doctor Arriaga? Soy Max. No, no estoy bien. Escúcheme. Estoy en el Infantil de México. Mi hijo… sí, mi hijo, luego le explico. Tiene neumonía grave. Necesito que se mueva. Llame al director del Hospital ABC o del Ángeles. Quiero una ambulancia de terapia intensiva pediátrica aquí en veinte minutos.
Hizo una pausa, escuchando.
—¡No me importa el tráfico! ¡Mande un helicóptero si es necesario! Y traiga los medicamentos. Anote: Meropenem, Linezolid, surfactante. ¡Todo el stock que tengan! ¡Y traiga al mejor neumólogo pediatra que exista en este país, páguele el triple, el cuádruple, me da igual! ¡Muévase!
Colgó. Se giró hacia el médico del hospital público.
—La ayuda viene en camino. Mientras tanto, ¿qué puedo hacer? ¿Qué necesitan de afuera? ¿Gasas? ¿Catéteres? ¿Personal?
—Señor… —el médico suspiró, suavizando su tono—. Estamos haciendo lo posible. Pero el bebé está muy débil. Sus pulmones están colapsados.
—Quiero verlo —dijo Max. No fue una pregunta.
—Está en área restringida…
—Quiero. Ver. A. Mi. Hijo.
El médico vio la determinación en los ojos grises de Max y asintió.
—Solo uno. Y rápido. Póngase la bata.
Max miró a Catalina.
—Ven —le dijo, extendiéndole la mano.
—Dijeron que solo uno… —susurró ella.
—Entramos los dos o tiro esa puerta.
El médico no discutió. Les dio batas desechables y cubrebocas.
Entraron a la sala de choque. El ruido era ensordecedor: pitidos de monitores, alarmas, el siseo de los tanques de oxígeno.
Y ahí, en una cuna térmica en el centro de la sala, rodeado de cables y tubos, estaba Arturo.
Max se detuvo en seco. Sintió como si alguien le hubiera dado un batazo en el estómago.
Era tan pequeño.
Tan frágil.
Su piel estaba pálida, casi translúcida. Tenía un tubo en la boca asegurado con cinta adhesiva. Su pecho se movía espasmódicamente con la ayuda de la máquina.
Pero a pesar de los tubos, a pesar de la enfermedad… Max lo reconoció.
Vio la forma de su propia frente. Vio las pestañas largas de Catalina.
Era suyo. Sin duda alguna, era su sangre.
Max se acercó lentamente, con miedo de romperlo si respiraba muy fuerte.
Extendió una mano temblorosa y tocó el piecito del bebé. Estaba frío.
—Hola… —susurró Max, y la voz se le quebró en mil pedazos—. Hola, campeón. Soy papá.
Las lágrimas empezaron a correr por su cara, mojando el cubrebocas.
—Perdóname… perdóname por no estar aquí. Perdóname por ser un idiota.
Se giró hacia Catalina, que lloraba silenciosamente al otro lado de la cuna.
—¿Cómo se llama? —preguntó, aunque sabía la respuesta.
—Arturo —dijo ella—. Como mi papá.
—Arturo… —Max repitió el nombre como una oración—. Arturo de la Vega. Vas a vivir, hijo. Te lo juro.
En ese momento, el monitor cardíaco empezó a pitar más rápido. Una alarma roja se encendió.
—¡Está desaturando! —gritó una enfermera—. ¡La presión está cayendo!
—¡Salgan! —ordenó el médico, empujándolos hacia la puerta—. ¡Necesitamos espacio! ¡Adrenalina, rápido!
—¡No! ¡No lo dejo! —gritó Catalina, tratando de aferrarse a la cuna.
—¡Sáquenlos! —bramó el médico.
Max agarró a Catalina por la cintura y la arrastró fuera de la sala mientras ella gritaba y pataleaba.
—¡Arturo! ¡No!
Las puertas se cerraron.
Quedaron en el pasillo, viendo a través del pequeño vidrio cómo los médicos se abalanzaban sobre el pequeño cuerpo, inyectando medicamentos, haciendo compresiones torácicas con dos dedos.
Max abrazó a Catalina contra su pecho, impidiendo que viera. Ella hundió la cara en su camisa mojada y gritó, un grito ahogado de dolor puro.
—Si se muere me mato, Max… si se muere me voy con él…
—No se va a morir —decía Max una y otra vez, meciéndola, aunque él mismo estaba aterrorizado—. No se va a morir.
Los siguientes veinte minutos fueron eternos.
Max caminaba de un lado a otro como un león enjaulado. Llamaba a Arriaga cada dos minutos. Amenazaba. Suplicaba.
Catalina estaba sentada en el suelo, en estado de shock, mirando a la nada.
Finalmente, las puertas de la entrada principal se abrieron de golpe.
Un equipo de paramédicos privados, vestidos con uniformes azules impecables, entró corriendo empujando una camilla con equipos de alta tecnología. Detrás de ellos venía el doctor Arriaga, cargando una hielera con medicamentos.
—¡Aquí estamos, Max! —gritó Arriaga.
Max sintió que le volvía el alma al cuerpo.
—¡Adentro! ¡Está en choque!
El equipo médico privado entró a la sala de urgencias. Fue como ver llegar a la caballería. Tomaron el control con eficiencia militar. Conectaron el nuevo ventilador. Administraron el surfactante y los antibióticos potentes que habían traído.
El doctor Arriaga salió quince minutos después, secándose el sudor de la frente.
Max y Catalina se abalanzaron sobre él.
—¿Cómo está? —preguntaron al unísono.
Arriaga suspiró, pero sonrió levemente.
—Estable. Por los pelos, Max, pero estable. El surfactante ayudó a abrir los pulmones. La saturación subió a 92%.
Catalina soltó un sollozo de alivio y se dejó caer en la banca.
—Gracias a Dios…
—Todavía es crítico —advirtió Arriaga—. No podemos moverlo todavía. El traslado en ambulancia es muy riesgoso con esa inestabilidad. Vamos a montar la terapia intensiva aquí mismo, en este cubículo, hasta que aguante el viaje al Ángeles. Me voy a quedar con él toda la noche.
Max asintió, cerrando los ojos.
—Gracias, Arriaga. Pídeme lo que quieras. Lo que quieras.
—Solo déjame hacer mi trabajo. Vayan a tomar un café. Se ven terribles.
Max se quedó mirando la puerta cerrada donde su hijo luchaba por respirar. Luego, se giró lentamente hacia Catalina.
Ella estaba sentada en la banca de metal, con la cabeza entre las manos. Se veía tan pequeña, tan frágil. La sudadera vieja le quedaba grande. Sus tenis tenían agujeros.
La culpa golpeó a Max con la fuerza de un tren de carga.
Recordó la mansión, sus autos de lujo, sus cenas de negocios, mientras ella vivía… así.
Se sentó a su lado, dejando un espacio prudente entre los dos.
—Catalina… —empezó él. Su voz sonaba ronca.
Ella no levantó la cabeza.
—No hables, Max. Ahorita no.
—Tengo que hablar. Tengo que saber. —Max se frotó la cara con frustración—. ¿Por qué no me dijiste? ¿Por qué no me buscaste cuando supiste que estabas embarazada?
Catalina levantó la vista. Sus ojos color miel estaban rojos, hinchados, pero ardían con un fuego frío.
—¿Buscarte? —soltó una risa seca, sin humor—. ¿Para qué? ¿Para que me echaras a tus abogados? ¿Para que me quitaras al niño?
—Yo nunca te hubiera quitado…
—¡Me echaste a la calle como a un perro, Max! —le gritó ella, y un par de personas en la sala de espera voltearon a ver—. Me acusaste de ladrona sin dejarme hablar. Me mandaste dinero con una nota que decía “por servicios prestados”. ¿Tienes idea de lo que sentí? Me trataste como a una prostituta.
Max bajó la mirada, avergonzado.
—Yo… yo pensé que me habías robado. Las pruebas…
—¿Qué pruebas? —escupió ella—. ¿Un reloj que apareció mágicamente en mi mochila? ¿Unos papeles que nunca vi? ¿Esa es tu gran inteligencia empresarial, Max? ¿Tan fácil te engañan?
—Victoria… —murmuró él—. Victoria me mostró…
—Victoria me odia. Siempre me odió. Y tú le creíste a ella antes que a mí. A mí, que salvé a su hija.
Catalina se puso de pie, caminando frente a él, sacando todo el veneno que había guardado por meses.
—Viví en un cuarto de lámina, Max. Comí frijoles y arroz durante todo el embarazo para ahorrar cada peso. Trabajé limpiando vómito en un hospital hasta los ocho meses. Pari sola. En un hospital público, gritando de dolor sin nadie que me diera la mano.
—Dios mío… —Max se cubrió la boca, horrorizado.
—Y tu dinero… —continuó ella implacable—. Esos trescientos mil pesos. No toqué ni un centavo. Ahí están en la cuenta. Prefería morirme de hambre antes que usar tu dinero sucio. Solo hoy… solo hoy intenté usarlo porque Arturo se moría. Y ni siquiera pude porque el banco bloqueó la cuenta.
Max se levantó y trató de tomarle las manos, pero ella se apartó bruscamente.
—No me toques.
—Catalina, perdóname. Sé que no tengo derecho a pedirlo, pero perdóname. Fui un ciego. Fui un estúpido. Marifer… Marifer me dijo la verdad apenas hace unos días.
Catalina se detuvo. —¿Marifer?
—Ella vio a Victoria salir de tu cuarto con el reloj. Ella me lo contó. He estado buscándote como loco toda la semana. Contraté detectives, removí cielo y tierra… pero te habías esfumado.
Catalina lo miró, evaluando sus palabras. Vio el dolor genuino en su rostro. Vio al hombre que había amado, destruido por la culpa.
—La encontraste —dijo ella suavemente—. Pero casi fue demasiado tarde.
—Lo sé. Y voy a pasar el resto de mi vida compensándotelo. A ti y a Arturo.
—No quiero tu dinero, Max.
—No es dinero lo que te ofrezco. Es justicia.
Max se acercó a la ventana que daba a la calle lluviosa. Su expresión se endureció. La tristeza dio paso a una furia fría, calculadora.
—Victoria va a pagar por esto —dijo, con un tono de voz que Catalina nunca le había escuchado. Era el tono de un hombre capaz de destruir imperios—. Me quitó a mi familia. Casi mata a mi hijo. Me hizo vivir una mentira.
Se giró hacia Catalina.
—Te prometo una cosa, Catalina. Cuando Arturo salga de aquí, tú vas a volver a tu lugar. Y Victoria… Victoria va a desear no haber nacido.
—Yo no quiero volver a tu casa, Max —dijo Catalina, cruzándose de brazos—. No después de todo.
—No a mi casa —corrigió él—. A donde tú quieras. Pero nunca más vas a pasar frío. Nunca más vas a tener hambre. Eres la madre de mi hijo. Eres la mujer que amo.
—¿Me amas? —Catalina negó con la cabeza—. El amor no hace lo que tú hiciste. El amor confía.
—Entonces déjame enseñarte que puedo aprender. Déjame ganarme tu confianza otra vez. Empezando por salvar a nuestro hijo.
En ese momento, la puerta de la zona de choque se abrió. El doctor Arriaga salió, se quitó el cubrebocas y sonrió.
—Ya despertó. Está sedado, pero abrió los ojos un momento. Sus signos son estables. Es un luchador, ese niño. Un verdadero De la Vega.
Max soltó el aire que había estado conteniendo. Se acercó a Catalina y, esta vez, ella no se apartó. No lo abrazó de vuelta, pero dejó que él la rodeara con sus brazos, apoyando su frente en el hombro de ella.
—Gracias —susurró él en su cabello sucio y revuelto—. Gracias por cuidarlo. Gracias por ser más fuerte que yo.
Catalina cerró los ojos. Estaba agotada. Quería dormir tres días seguidos. Pero por primera vez en ocho meses, sentía que no estaba cargando el mundo sola.
—Sálvalo, Max. Eso es lo único que importa.
—Lo haré.
El amanecer llegó a la Ciudad de México pintando el cielo de un gris plomizo.
A las 8:00 AM, una ambulancia de alta tecnología del Hospital Ángeles llegó a la entrada de urgencias.
El traslado fue un operativo militar. Max supervisó cada detalle.
Catalina subió a la ambulancia junto a la camilla de Arturo.
Max subió a su camioneta para seguirlos.
Antes de arrancar, Max sacó su celular. Tenía veinte llamadas perdidas de Victoria.
Marcó el número de su abogado y jefe de seguridad, el licenciado Monroy.
—¿Señor De la Vega? Es temprano, ¿pasa algo?
—Pasa todo, Monroy. Quiero que inicies una auditoría forense completa a las cuentas de mi hermana. Quiero que revises cada movimiento de los últimos cinco años. Y quiero que cambies las cerraduras de la casa de Bosques. Y las claves de seguridad. Y cancela sus tarjetas de crédito. Todas.
—Señor… eso es muy drástico. La señora Victoria se va a poner…
—Me importa una mierda cómo se ponga —cortó Max, viendo cómo la ambulancia encendía las sirenas—. Y prepara una denuncia penal.
—¿Denuncia? ¿Contra quién?
—Contra Victoria de la Vega. Por robo, fraude, abuso de confianza y falsificación de documentos. Quiero que la destruyas, Monroy. Quiero que la dejes en la calle.
Colgó.
Arrancó la camioneta siguiendo la estela de luces rojas de la ambulancia.
La noche de la misericordia había terminado.
El día de la venganza acababa de comenzar.
Mientras tanto, en la ambulancia, Catalina sostenía la manita de Arturo.
El bebé dormía plácidamente, con el pecho subiendo y bajando rítmicamente gracias a los medicamentos de mil dólares la dosis.
Catalina miró por la ventana. Vio la ciudad despertar. Vio los puestos de tamales, la gente corriendo al metro, el caos de siempre.
Pero ella ya no era parte de ese caos.
Regresaba al mundo de arriba. Pero esta vez no regresaba como la cenicienta ingenua. Regresaba como una madre leona, con cicatrices de guerra. Y si Victoria pensaba que podía volver a lastimarla, estaba muy equivocada.
Esta vez, Catalina tenía colmillos.
—Agárrate, Victoria —murmuró, acariciando la frente de su hijo—. Porque ahí vamos.
CAPÍTULO 8: EL SOL DESPUÉS DE LA TORMENTA Y LA PROMESA ETERNA
El Hospital Ángeles del Pedregal es un mundo aparte. Aquí no huele a cloro barato ni a desesperación colectiva; huele a flores frescas, a café de Starbucks y a aire acondicionado silencioso.
En la suite presidencial de pediatría, Arturo dormía. Ya sin tubos en la boca, solo con unas puntas nasales de oxígeno y una vía intravenosa por donde pasaban los medicamentos que le estaban salvando la vida. Su color había regresado. Ese tono grisáceo de la muerte había sido reemplazado por el rosa pálido de un bebé en recuperación.
Catalina estaba sentada en un reposet de piel, envuelta en una manta suave que una enfermera le había traído. Max estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia el Periférico, con el teléfono en la mano. Había pasado las últimas seis horas ladrando órdenes, moviendo dinero y asegurando el perímetro.
—Ya está todo listo —dijo Max, guardando el celular y girándose hacia ella. Se veía agotado, pero sus ojos brillaban con una intensidad nueva—. Monroy tiene las pruebas. El banco congeló las cuentas de Victoria hace diez minutos.
Catalina lo miró. Todavía le costaba creer que ese hombre, el mismo que la había echado, ahora estuviera moviendo montañas por ella.
—Max… no tienes que destruir a tu hermana. Es tu sangre.
—Ella casi mata a mi sangre —respondió Max, señalando la cuna de Arturo—. No voy a tener piedad, Catalina. La piedad casi me cuesta a mi hijo. Voy a ir a la casa a terminar con esto. Quédate aquí. Tienes seguridad en la puerta. Nadie entra sin tu permiso.
Se acercó a ella. Dudó un momento, y luego se inclinó para besarle la frente.
—Descansa. Cuando regrese, nuestra vida empieza de nuevo.
EL JUICIO FINAL EN BOSQUES
Maximiliano entró a su mansión como el dueño y señor que era, pero esta vez, traía la guadaña en la mano.
La casa estaba tranquila. Hilario, el mayordomo, lo recibió en la puerta con cara de circunstancias.
—La señora Victoria está en la terraza, señor. Está… desayunando.
Max asintió y caminó hacia el jardín.
Ahí estaba Victoria, sentada bajo una sombrilla, con lentes de sol oscuros, bebiendo una mimosa y revisando catálogos de viajes en su iPad. Se veía tan tranquila, tan impune.
Al escuchar los pasos, levantó la vista y sonrió.
—¡Hermanito! Qué milagro que llegas temprano. Oye, estaba viendo que el hotel en Orlando tiene una suite increíble, pero mi tarjeta no pasó hace rato. Seguro es un error del banco, ¿podrías checarlo?
Max se detuvo frente a ella. Le quitó los lentes de sol de un manotazo.
—¡Oye! ¿Qué te pasa? —chilló Victoria, frotándose la nariz.
—Se acabó, Victoria.
—¿De qué hablas? Estás muy agresivo, Max. Necesitas vacaciones.
—Hablo del reloj —dijo Max con voz sepulcral—. Hablo de Catalina. Hablo de mi hijo.
Victoria se congeló. La copa de mimosa tembló en su mano.
—¿Tu… tu hijo? No sé de qué hablas. Esa gata te llenó la cabeza de mentiras otra vez…
—¡CÁLLATE! —el grito de Max hizo volar una bandada de pájaros de los árboles—. ¡Cállate de una maldita vez! Lo sé todo. Marifer me contó que te vio salir del cuarto de Catalina con el reloj. Sé que falsificaste los estados de cuenta. Sé que sabías que estaba embarazada y la dejaste pudrirse en la miseria.
Victoria se puso de pie, pálida como un fantasma.
—Max, por favor… lo hice por ti. Por nosotros. Esa mujer es una cazafortunas…
—Esa mujer —la interrumpió él, acercándose peligrosamente— acaba de salvarle la vida a mi hijo en un hospital público mientras tú bebías champaña. Esa mujer tiene más dignidad en una uña que tú en todo tu cuerpo operado.
Max sacó un sobre amarillo de su saco y lo tiró sobre la mesa de cristal.
—Ahí está tu notificación de desalojo. Tienes dos horas para sacar tus cosas personales. Ropa y zapatos. Nada de joyas, nada de arte, nada que haya comprado yo.
—¡No puedes echarme! ¡Soy tu hermana! ¡Esta es mi casa!
—Esta casa es mía. Tú solo eras una invitada que abusó de mi confianza. Y agradécele a Dios que Catalina es buena persona, porque si fuera por mí, te metería a la cárcel hoy mismo por fraude y tentativa de homicidio.
Victoria empezó a llorar, pero esta vez no eran lágrimas de manipulación. Eran lágrimas de terror puro. El grifo del dinero se había cerrado. Su mundo de cristal se había roto.
—Max… ¿qué voy a hacer? No tengo a dónde ir. No sé trabajar.
—Pues vas a aprender —dijo Max, dándose la vuelta—. Bienvenida al mundo real, Victoria. Ese mundo al que condenaste a Catalina. A ver si sobrevives como ella.
Max caminó de regreso a la casa.
—¡Hilario! —llamó.
—¿Sí, señor?
—Supervisa que la señora empaque solo su ropa. Y cuando termine, cámbiale la combinación a la alarma y a las cerraduras. Si vuelve a poner un pie aquí sin mi permiso, llamas a la policía.
—Sí, señor.
Max subió a su despacho. Se sentó en su silla de cuero y exhaló largamente.
Se sentía vacío, pero limpio. La infección había sido extirpada.
EL LARGO CAMINO A CASA
Arturo salió del hospital una semana después.
Max quería llevarlos a la mansión, pero Catalina se negó rotundamente.
—No puedo volver ahí, Max. Esa casa tiene demasiados fantasmas. Me recuerda a la noche que me echaste.
Max lo entendió. En lugar de insistir, alquiló un departamento precioso en Polanco, amplio, luminoso y neutral. Lo amuebló en tres días con todo lo necesario para el bebé.
—Es temporal —le dijo—. Hasta que encontremos un lugar nuestro. Un lugar sin pasado.
La convivencia al principio fue extraña, tentativa.
Max iba todos los días. Aprendió a cambiar pañales con una torpeza que a Catalina le causaba risa. Aprendió a preparar mamilas midiendo el agua con precisión de laboratorio. Pasaba horas con Arturo en el pecho, recuperando el tiempo perdido, susurrándole promesas de futuro.
Con Catalina, las cosas iban despacio. Dormían en habitaciones separadas.
Max la cortejaba de nuevo, pero no con joyas ni viajes. La cortejaba con hechos. Le llevaba sus libros de medicina subrayados. Le preparaba té cuando la veía cansada. La escuchaba.
Una noche, mientras cenaban (comida china directo de la cajita, sentados en la alfombra de la sala), Max rompió el silencio.
—Te amo, Catalina. Sé que lo he dicho antes y lo arruiné, pero necesito que lo sepas. No espero que me perdones ya. Solo quiero que sepas que te voy a esperar el tiempo que sea necesario.
Catalina dejó sus palillos. Lo miró. Vio las canas nuevas que le habían salido en estas semanas de estrés. Vio al hombre que había salvado a su hijo.
—No te odio, Max —dijo ella suavemente—. Me doliste mucho. Pero ver cómo amas a Arturo… eso está sanando muchas cosas.
—¿Crees que… algún día…?
—Un día a la vez, Max. Pero vas ganando puntos.
Max sonrió. Era la primera sonrisa genuina en meses.
LA VISITA INESPERADA
Dos semanas después, sonó el timbre del departamento.
Catalina abrió.
Era Victoria.
Pero no era la Victoria de siempre. Llevaba unos jeans sencillos, una blusa blanca sin marca y el cabello recogido en una coleta simple. No traía maquillaje. Se veía diez años mayor, pero también… más real.
Traía un ramo de flores baratas y una caja de regalo pequeña.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Catalina, poniéndose tensa en la puerta.
—Vine a… vine a conocer a mi sobrino. Si me dejas.
Catalina iba a cerrarle la puerta en la cara, pero vio a Max acercarse por el pasillo. Max miró a su hermana con recelo, pero no dijo nada. Dejó que Catalina decidiera.
—Pasa —dijo Catalina, haciéndose a un lado.
Victoria entró. Se veía incómoda, pequeña en la sala.
—Max me dijo que no me acercara, pero… necesitaba hacerlo.
Se giró hacia Catalina. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Perdóname.
Catalina cruzó los brazos. —¿Por qué, Victoria? ¿Por qué me odiabas tanto?
—Por miedo —confesó Victoria, bajando la cabeza—. Porque tú tenías todo lo que yo perdí. Juventud, futuro… y el amor de mi hermano. Me sentí reemplazada. Pensé que si te sacaba de la ecuación, volvería a ser importante. Fui una estúpida y una cruel.
Victoria se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
—He estado viviendo en un departamento estudio en la colonia Del Valle. Estoy trabajando de recepcionista en una clínica dental. Es… es difícil. Tomar el metro, contar los pesos. Ahora entiendo un poco lo que pasaste. Y me muero de vergüenza.
Catalina la miró. Podría haberla humillado. Podría haberle dicho “te lo mereces”. Pero Catalina no era así. Su corazón, aunque cicatrizado, seguía siendo noble.
—El rencor pesa mucho, Victoria. Y yo ya no quiero cargar cosas pesadas.
Catalina fue al cuarto y regresó con Arturo en brazos.
—Mira. Él es Arturo. Tu sobrino.
Victoria se cubrió la boca.
—Es idéntico a Max.
—¿Quieres cargarlo?
Victoria asintió, temerosa. Catalina le pasó al bebé. Victoria lo sostuvo con una delicadeza infinita, y al ver la carita del niño, rompió a llorar abiertamente.
—Perdóname, chiquito. Perdóname por ser tan mala.
Max observaba desde la esquina. Sintió un nudo en la garganta. Catalina no solo había salvado a su hijo; estaba salvando a su familia, incluso a los que no lo merecían.
—Te perdono, Victoria —dijo Catalina—. Pero te lo tienes que ganar. Con hechos.
—Lo haré —prometió Victoria—. Lo juro.
EPÍLOGO: EL JARDÍN DE LAS PROMESAS
Pasaron dos años.
El jardín de la nueva casa de Max y Catalina en Coyoacán estaba adornado con luces y flores blancas. No era una mansión fría como la de Bosques; era una casona antigua, llena de vida, con un jardín donde Arturo, ahora un torbellino de dos años, corría persiguiendo al perro.
Sonaba música de violines.
Catalina caminaba hacia el altar improvisado bajo una jacaranda. No llevaba un vestido de diseñador carísimo; llevaba un vestido blanco sencillo, bohemio, y una corona de flores en el pelo.
Al final del pasillo, Max la esperaba. Llevaba a Arturo en brazos, ambos vestidos con trajes de lino beige.
Max lloraba. Otra vez. Se había vuelto un llorón desde que recuperó a su familia, y no le daba vergüenza admitirlo.
Cuando Catalina llegó a su lado, él le tomó la mano.
—Te ves hermosa, doctora Flores.
—Gracias, señor De la Vega.
Había sido un año increíble. Catalina se había graduado con honores de la Facultad de Medicina dos meses atrás. Max había estado en primera fila, gritando como loco junto con Marifer y Victoria (que ahora era la gerente administrativa de una de las empresas de Max, un trabajo que se tomaba muy en serio).
El juez empezó la ceremonia.
—Maximiliano, ¿aceptas a Catalina…?
—Acepto hoy, mañana y siempre —dijo Max, mirándola a los ojos con una devoción absoluta—. Prometo no soltarte nunca más. Prometo confiar. Y prometo que nunca más pasarás frío.
—Catalina, ¿aceptas a Maximiliano…?
—Acepto —sonrió ella, con lágrimas en los ojos—. Acepto al hombre que me recogió en la carretera y al hombre que aprendió a pedir perdón. Te amo, Max. Con todo mi corazón y mis cicatrices.
Se besaron. Los aplausos estallaron. Arturo aplaudió también, riendo, feliz de ver a sus papás juntos.
Un año después.
El listón rojo cayó al suelo, cortado por unas tijeras doradas.
La fachada del edificio recién pintado brillaba bajo el sol. Un letrero grande decía:
CLÍNICA PEDIÁTRICA “LICHA FLORES” – Fundación De la Vega.
Era el sueño de Catalina hecho realidad. Una clínica de primer nivel en el corazón de una zona popular, dedicada a atender a niños cuyos padres no podían pagar hospitales privados.
—Felicidades, mi amor —dijo Max, abrazándola por la cintura.
Catalina miró el edificio. Veía a las madres formadas con sus hijos, madres que le recordaban a ella misma hace un par de años.
—Gracias, Max. Esto… esto es lo mejor que podías darme.
—Tú me diste una familia. Yo solo te di tabiques.
—¡Mami! ¡Mami!
Arturo corrió hacia ellos, seguido por Marifer.
—¡Mira! ¡Mi hermanita se despertó!
Max y Catalina miraron la carriola donde dormía la nueva integrante de la familia: Lidia, una bebé de tres meses con los ojos color miel de su madre.
La familia estaba completa.
Catalina respiró hondo. El aire olía a esperanza.
Recordó aquella noche en la carretera México-Toluca. El frío, el miedo, la soledad.
Parecía que había sido en otra vida.
Pero no olvidaba. Nunca olvidaría. Porque ese frío fue lo que le enseñó a valorar el calor de este abrazo.
El destino había sido cruel, sí. Había dado vueltas y vueltas. Pero al final, como en las historias que le leía su tía Licha, el amor verdadero, el amor que perdona y lucha, había encontrado su camino a casa.
Max le besó la sien.
—¿En qué piensas?
Catalina recargó la cabeza en su hombro y sonrió, mirando a sus hijos y a su clínica.
—Pienso que valió la pena. Cada lágrima, cada paso, cada noche fría. Todo valió la pena para llegar aquí.
Y así, bajo el sol brillante de México, rodeada de la gente que amaba, la chica que una vez fue una estudiante congelada en la carretera, finalmente encontró su verano eterno.
FIN