
PARTE 1
CAPÍTULO 1: El Silencio de los Rascacielos y el Ruido del Alma
Eran las 5:45 de la mañana y la Ciudad de México apenas comenzaba a desperezarse bajo una capa de smog grisáceo y frío. En la zona de Santa Fe, donde los edificios tocan el cielo y el dinero nunca duerme, el Corporativo Andrade se alzaba como un gigante de acero y cristal, imponiendo su voluntad sobre el horizonte.
Don Simón Andrade, el hombre detrás del imperio logístico más grande del país, no había dormido. Llevaba horas sentado en el sillón de piel italiana de su despacho en el piso cuarenta, mirando hacia la nada. El café en su taza de porcelana se había enfriado hace mucho, al igual que su paciencia. Su reflejo en el ventanal le devolvía la imagen de un hombre de sesenta años que, a pesar de tenerlo todo, sentía que no tenía nada.
Su teléfono, un aparato de última generación que costaba más que el salario anual de muchos de sus empleados, yacía sobre el escritorio de caoba como una granada a punto de estallar. Estaba esperando la llamada. Otra vez.
—¿En qué fallé? —murmuró para sí mismo, pasándose una mano por el cabello canoso.
La mente de Simón viajó treinta años atrás, cuando él cargaba cajas en la Central de Abastos. Recordó el olor a fruta podrida, el dolor en la espalda baja, el hambre que se quitaba con tacos de canasta y mucha salsa para engañar al estómago. Recordó jurarse a sí mismo que sus hijos nunca pasarían por eso. Y cumplió. Vaya que cumplió. Pero en el proceso, había creado un monstruo.
Igor. Su único hijo varón. El “Junior”.
La puerta del despacho se abrió suavemente, interrumpiendo sus pensamientos oscuros. Simón frunció el ceño. A esa hora, ni siquiera su asistente personal, la eficiente y siempre puntual Maricela, debía estar ahí. El personal de limpieza del turno nocturno solía terminar a las cinco, y el de la mañana entraba a las siete. El edificio debía estar en ese limbo silencioso que tanto le gustaba.
Sin embargo, escuchó algo. No era el ruido de aspiradoras industriales, ni el taconeo de ejecutivos. Era… ¿un tarareo?
Simón se levantó, sintiendo el crujido de sus rodillas, y caminó hacia la puerta entreabierta. El pasillo ejecutivo, usualmente un túnel de eco y frialdad, olía diferente esa mañana. No olía a ese desinfectante químico agresivo que usaban siempre. Olía a lavanda fresca y… ¿tierra mojada?
Avanzó por el pasillo, guiado por la melodía suave. Era una canción vieja, una de esas rancheras de José Alfredo Jiménez que su propio padre solía cantar cuando estaba borracho o muy feliz.
—Si nos dejan, nos vamos a querer toda la vida… —la voz era suave, femenina, pero con una resonancia melancólica que llenaba el espacio.
Al doblar la esquina, hacia el área de recepción VIP, Simón se detuvo en seco.
Allí estaba. Una chica. No podía tener más de veintidós años. Llevaba el uniforme azul genérico de la empresa de limpieza contratista, “Limpieza Total S.A.”, un uniforme que solía hacer invisibles a las personas que lo portaban. Le quedaba un poco grande de los hombros. Su cabello estaba recogido en una trenza larga y negra que bailaba sobre su espalda mientras se movía.
Pero ella no estaba limpiando el piso.
La chica estaba inclinada sobre la enorme Monstera Deliciosa que decoraba la esquina, una planta que la decoradora de interiores había insistido en poner y que, francamente, Simón pensaba que era de plástico hasta ese momento. La chica tenía unas tijeras pequeñas en una mano y un atomizador en la otra. Con una delicadeza quirúrgica, cortaba los bordes marrones de las hojas gigantes.
—Pobrecita, te tienen bien abandonada, ¿verdad? —susurró la chica, hablándole a la planta con total naturalidad—. Es que aquí el aire acondicionado reseca mucho, mi vida. Pero ahorita te echo tu agüita y vas a ver cómo te pones chula. No te dejes morir, eh. Que aquí hace falta vida.
Simón sintió un nudo en la garganta. En ese edificio se cerraban tratos de millones de dólares, se decidía el destino de miles de empleados, se movía la economía del país. Pero nadie, absolutamente nadie en los últimos diez años, le había hablado con tanta ternura a un ser vivo dentro de esas paredes.
Dio un paso al frente y el piso de mármol recién pulido delató su presencia con un chirrido de su zapato.
La chica dio un respingo violento. El atomizador voló de su mano, pero ella, con reflejos felinos, logró atraparlo en el aire antes de que tocara el suelo. Se giró, con los ojos abiertos de par en par, llenos de un terror puro y cristalino. Era el miedo del que vive al día, el miedo de quien sabe que un error significa no comer mañana.
—¡Ay, santísima virgen! —exclamó, llevándose la mano al pecho—. ¡Perdón! ¡Perdóneme, señor! No lo vi. Juro que no estaba perdiendo el tiempo, ya terminé el pasillo B y los baños del gerencial, solo estaba…
Se quedó callada al ver a quién tenía enfrente. Aunque Simón rara vez bajaba a convivir con “la tropa”, su foto estaba en el lobby y en cada boletín interno. Era el Dueño. El Patrón. El Dios de ese Olimpo de concreto.
La chica bajó la mirada inmediatamente, clavando la vista en sus propios zapatos desgastados.
—Buenos días, Don Simón. Disculpe usted. Ya me voy, ya me voy a la bodega.
Simón levantó una mano para detenerla.
—Espera —su voz salió más ronca de lo que esperaba. Se aclaró la garganta—. No te vayas.
La chica se congeló, temblando ligeramente.
—¿Cómo te llamas? —preguntó él.
—Vera, señor. Vera Martínez. Para servirle.
—Vera… —Simón repitió el nombre, saboreándolo. Sonaba a verdad. Sonaba simple—. ¿Qué hora es, Vera?
Ella miró un reloj de plástico barato en su muñeca.
—Las seis menos diez, patrón.
—Tu turno empieza a las siete, ¿no es así? La empresa contratista manda a la gente a las siete.
Vera se mordió el labio inferior. Parecía que estaba confesando un crimen.
—Sí, señor. Es que… bueno, mire, la verdad es que yo entro a la escuela a las once, allá en C.U., en la UNAM. Y vivo en Ecatepec. Entonces, si salgo de mi casa a la hora normal, con el tráfico y el Metro, no llego. Mejor me vengo en la primera combi de las cuatro de la mañana, que viene vacía, y llego aquí antes. El guardia de seguridad, el señor Toño, es buena gente y me deja pasar.
Simón parpadeó.
—¿Vienes de Ecatepec? ¿A las cuatro de la mañana?
—Sí, señor. Es que allá es más barato el camión a esa hora. Y así avanzo. Me gusta que esté todo en silencio. Hago mi chamba rápido y bien, y luego… bueno, luego me queda un ratito para repasar mis apuntes antes de que llegue la licenciada de Recursos Humanos que es medio especial.
Simón caminó lentamente hacia ella. Observó la planta. Efectivamente, las hojas lucían un verde intenso, brillante, libre de polvo.
—Estabas hablando con la planta —dijo Simón, no como acusación, sino con curiosidad genuina.
Vera se sonrojó violentamente. Su piel morena se tiñó de rojo en las mejillas.
—Ay, qué pena… es que… mi abuelita decía que las plantas sienten, señor. Y estas de oficina son las más tristes. Nadie las toca, nadie las mira. Solo existen para adornar. Se deprimen. Y cuando se deprimen, se secan aunque les echen agua. Necesitan que alguien les diga que están bonitas.
Simón sintió que algo se quebraba dentro de su pecho blindado. «Nadie las toca, nadie las mira. Solo existen para adornar». ¿No era eso en lo que se había convertido su propia vida? ¿Y la de su hijo? Igor tenía todo el dinero del mundo, toda la atención mediática, pero estaba seco por dentro. Podrido.
—¿Qué estudias, Vera? —preguntó, apoyándose en el escritorio de la recepción.
—Derecho, señor. Voy en sexto semestre.
—¿Derecho? —Simón arqueó una ceja—. ¿Quieres ser abogada?
—Sí. Quiero ser jueza. O fiscal. Hay mucha injusticia, Don Simón. Mucha gente que no tiene quién la defienda porque no tienen dinero. A mi hermano… bueno, a mi hermano se lo llevaron al “torito” una vez injustamente y nadie nos ayudó. Desde ahí dije: “no más”.
La determinación en sus ojos oscuros era fuego puro. No había arrogancia, como la que veía en los ojos de los recién graduados de universidades privadas que venían a pedirle empleo exigiendo sueldos de directores. Había hambre. Hambre de justicia, de superación.
—¿Y trabajas aquí limpiando pisos y luego vas a estudiar? ¿A qué hora duermes?
—Pues en el transporte, a ratitos. O los domingos, si no me toca doblar turno. Es que… la medicina de mi mamá está cara.
La conversación cambió de tono. Simón notó cómo la postura de Vera se tensaba.
—¿Tu madre está enferma?
—Sí. Tiene un problema en las vértebras. Necesita una cirugía, pero en el seguro social nos dan cita hasta dentro de ocho meses, y el doctor dice que si no la operan pronto, puede dejar de caminar. Así que estoy ahorrando. Peso a peso.
—¿Cuánto cuesta la operación? —preguntó Simón, casi por inercia de hombre de negocios.
—Ochenta mil pesos en una clínica privada barata. Llevo juntados doce mil en dos años.
Doce mil pesos. Simón gastaba eso en una botella de vino cuando salía a cenar con clientes. Igor gastaba el triple de eso en una noche de antro invitando tragos a desconocidos. La disparidad del mundo le golpeó la cara como una bofetada húmeda.
—¿Y tu padre?
—No tenemos. Se fue cuando yo era chiquita. Somos mi mamá, mi hermano Luis y yo. Pero Luis… bueno, Luis anda en malos pasos. Se junta con gente que no debe. Me toca a mí ser el hombre y la mujer de la casa.
Vera miró su reloj de nuevo y su expresión cambió a pánico.
—Híjole, ya van a dar las seis y media. Ya van a empezar a llegar los ejecutivos y si me ven platicando con usted, me corren. Con permiso, Don Simón. Que tenga bonito día. Y… no se enoje, pero le recomiendo que se tome un té de tila. Se le ve la cara muy tensa. El dinero no sirve de nada si le va a dar un infarto antes de gastárselo.
Vera le dedicó una sonrisa tímida, tomó su cubeta y sus trapos, y desapareció por el pasillo de servicio con la rapidez de quien está acostumbrada a ser invisible.
Simón se quedó solo en el pasillo.
«El dinero no sirve de nada si le va a dar un infarto».
Regresó a su oficina y se dejó caer en el sillón. Esa niña, esa limpiadora de Ecatepec, tenía más sabiduría, más agallas y más dignidad en su dedo meñique que toda la junta directiva de su empresa. Y definitivamente, más que su hijo.
Su hijo.
Justo en ese momento, el teléfono en su escritorio vibró y se iluminó con una luz roja intermitente. Era el número privado del Comandante de la Policía de la Ciudad de México. No era una llamada social. Nunca lo era a esa hora.
Simón contestó, sintiendo cómo el estómago se le hacía piedra.
—Dime que no es cierto, Ramírez —dijo Simón antes de que el otro hablara.
—Don Simón… lo lamento mucho. Es Igor.
—¿Qué hizo ahora? ¿Pelea en un bar? ¿Chocó el Porsche?
Hubo un silencio incómodo al otro lado de la línea.
—Es peor, Don Simón. Mucho peor. Anoche, él y los hijos de los socios… bueno, estaban en una fiesta en Polanco. Se les hizo fácil. Había una patrulla estacionada afuera de una taquería, los oficiales estaban cenando. Igor y sus amigos… se robaron la patrulla.
Simón cerró los ojos con fuerza.
—Dime que es una broma.
—No, señor. Se la llevaron. La manejaron por todo Paseo de la Reforma con las sirenas prendidas, borrachos. Y terminaron estampándola contra la base del Ángel de la Independencia. No hay heridos graves, gracias a Dios, solo golpes. Pero… Don Simón, había gente. Había turistas. Grabaron todo.
—¿Videos? —preguntó Simón, sintiendo que la bilis le subía por la garganta.
—Están virales en Twitter y TikTok desde hace dos horas. Y lo peor… cuando los bajamos de la patrulla, Igor… Igor se bajó los pantalones y le enseñó el trasero a la gente que grababa, gritando que él podía comprar a la policía entera.
El silencio en el despacho del piso cuarenta fue sepulcral.
Simón sintió algo que nunca había sentido por su hijo. No era decepción. La decepción implica esperanza, y él ya había perdido la esperanza hacía mucho. Lo que sentía era asco. Y miedo. Miedo de haber criado a un sociópata funcional que creía que el mundo era su juguete.
—¿Dónde está ahora? —preguntó Simón con voz gélida.
—En los separos de la alcaldía Cuauhtémoc. Tengo a la prensa afuera como buitres. El alcalde está furioso, Don Simón. Dice que esta vez no hay fianza que valga, que quiere hacer un ejemplo de él. Quieren procesarlo por robo de vehículo oficial, daño a propiedad de la nación y ultrajes a la autoridad. Podría pasar años en la cárcel.
—Déjalo ahí —dijo Simón.
—¿Perdón?
—Que lo dejes ahí. No voy a ir todavía. Que se le baje la borrachera oliendo a orines y a miedo.
—Pero Don Simón, la prensa… su reputación…
—¡Mi reputación ya está en la basura gracias a él! —gritó Simón, golpeando el escritorio—. Escúchame bien, Ramírez. No le des privilegios. No le pases comida especial. Quiero que sienta el frío de la celda. Yo llegaré en unas horas.
Simón colgó el teléfono con tanta fuerza que temió haber roto la pantalla.
Se levantó y caminó hacia el ventanal. La ciudad allá abajo parecía un hormiguero caótico. Pensó en Igor, borracho, desnudo y arrogante. Y luego pensó en Vera. Vera viajando desde las cuatro de la mañana. Vera limpiando la mierda de otros para salvar la columna de su madre. Vera hablándole a una planta para que no muriera de tristeza.
Dos mundos. Dos jóvenes de la misma edad. Uno tenía todo y no valía nada. La otra no tenía nada y valía oro.
Una idea loca, absurda, casi criminal, comenzó a formarse en la mente de Simón. Era una idea nacida de la desesperación de un padre y la astucia de un tiburón de negocios.
—Si no puedes arreglar algo, refacciona. Y si no puedes refaccionar, reconstruye desde cero —murmuró su propio lema empresarial.
Igor necesitaba ser reconstruido. Pero Simón sabía que él no podía hacerlo. Él le había dado todo lo material, pero había fallado en lo esencial. Necesitaba un maestro. Un sargento. Alguien que no se dejara impresionar por los apellidos ni las tarjetas de crédito.
Necesitaba a Vera.
Simón presionó el botón del intercomunicador.
—Maricela, sé que acabas de llegar. Necesito que busques a la chica de la limpieza del turno de la mañana, se llama Vera Martínez. Que venga a mi oficina inmediatamente. Y llama a mis abogados. A los de lo familiar y a los penalistas. Y… Maricela, consígueme el expediente médico de una tal señora Martínez, madre de la empleada. Quiero saber cuánto cuesta la mejor cirugía de columna en el Hospital Ángeles.
—Sí, Don Simón. ¿Algo más?
—Sí. Cancela todas mis juntas de hoy. Hoy voy a salvar a mi hijo, o voy a terminar de hundirlo.
Mientras esperaba, Simón volvió a mirar por la ventana. El sol finalmente salía sobre la Ciudad de México, iluminando tanto las mansiones de las Lomas como las casas de lámina de los cerros. Era el mismo sol, pero calentaba diferente.
Igor iba a aprender, por las buenas o por las malas, cómo quema el sol cuando no tienes un techo de oro para protegerte. Y Vera… Vera iba a ser la llave de esa lección.
La puerta sonó.
—¿Pase?
Vera entró, esta vez sin cubeta, retorciéndose las manos nerviosamente.
—¿Me mandó llamar, patrón? ¿Hice algo mal? Juro que ya iba a tirar la basura y…
—Siéntate, Vera —dijo Simón, señalando la silla frente a su escritorio. Su voz era suave, pero tenía el peso de una sentencia.
—No, gracias, no quiero ensuciar la silla con mi uniforme…
—¡Siéntate!
Vera obedeció de un salto, sentándose en la orilla de la silla de cuero.
Simón la miró fijamente durante un minuto entero, analizando su carácter, su miedo, su fuerza.
—Vera, hace un momento me dijiste que harías lo que fuera por operar a tu madre. ¿Es cierto?
—Sí, señor. Lo que sea. Es mi mamá.
—¿Venderías tu alma al diablo?
Vera frunció el ceño, confundida.
—Yo soy católica, señor. No hago tratos con el chamuco.
Simón sonrió levemente.
—Bien. Porque no soy el diablo, aunque muchos dicen que me parezco. Pero tengo una propuesta para ti. Una propuesta de negocios.
—Yo no tengo dinero para invertir, Don Simón.
—Tú tienes algo que yo necesito. Tienes valores. Tienes hambre. Y tienes la capacidad de sobrevivir en el mundo real. Yo tengo un hijo, Vera. Un hijo que es un inútil, un parásito y que está a punto de irse a la cárcel por ser un estúpido.
Simón sacó una chequera de su cajón y una pluma Montblanc.
—Voy a pagar la operación de tu madre. Hoy mismo. En el mejor hospital de México. Con el mejor neurocirujano. Pagaré su rehabilitación, sus medicinas y te daré una mensualidad para que no tengas que limpiar pisos mientras ella se recupera.
Los ojos de Vera se llenaron de lágrimas. No podía creer lo que escuchaba. Parecía un milagro.
—¿De verdad? ¿Por qué? ¿Qué tengo que hacer? ¿Quiere que limpie su casa por el resto de mi vida? Lo haré. Le juro que lo haré.
Simón negó con la cabeza y se inclinó hacia adelante, cruzando las manos sobre el escritorio.
—No quiero que limpies mi casa, Vera. Quiero que limpies a mi hijo.
—¿Cómo dice?
—Quiero que te cases con él.
El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar con las tijeras de podar de Vera. Ella lo miró como si le hubieran salido dos cabezas.
—¿Casarme? ¿Con el Joven Igor? —Vera soltó una risita nerviosa—. Don Simón, con todo respeto, usted está borracho o yo estoy soñando. Su hijo sale con modelos, con actrices. Yo… yo soy la que saca la basura. Él ni siquiera sabe que existo. Una vez me tiró su café encima y ni siquiera volteó a verme, solo se quejó de que le manché los zapatos. Es un… un patán.
—Lo sé. Es un patán. Y por eso necesito que te cases con él. No será un matrimonio real, Vera. No tienes que… estar con él como mujer, si me entiendes. Pero ante la ley y ante la sociedad, serán marido y mujer por un año.
—¿Pero para qué?
—Para enseñarle a ser hombre. Mi condición para sacarlo de la cárcel y no desheredarlo será que se case contigo y se vaya a vivir a tu casa. A tu mundo. Sin tarjetas, sin coches, sin lujos. Quiero que viva como vives tú. Quiero que coma lo que tú comes, que viaje en el metro como tú, que trabaje para ganar su comida. Y tú serás su guía. O su carcelera. Lo que prefieras.
Vera se levantó de golpe.
—No, señor. Eso es una locura. Llevar a un “junior” a mi barrio… se lo van a comer vivo. En Ecatepec no duran esos niños bonitos. Lo van a asaltar en la esquina, o lo van a secuestrar, o se va a morir de hambre porque no sabe ni calentar una tortilla. Además, mi casa es humilde, señor. Apenas cabemos.
—Le pagaré protección discreta. Nadie lo tocará. Pero él no lo sabrá.
—Es que no entiende… —Vera estaba temblando—. Es mi dignidad, Don Simón. Su hijo me va a humillar. Me va a tratar como basura en mi propia casa.
—Si lo hace, tienes mi permiso para ponerlo en su lugar. Vera, escúchame. Es un año. Un año de tu vida a cambio de la salud de tu madre y un futuro asegurado. Cuando termine el año, se divorcian. Te daré una casa a tu nombre y una beca completa para que termines tu carrera sin trabajar. Podrás ser la jueza que quieres ser.
Vera cerró los ojos. Imaginó a su madre caminando sin dolor. Imaginó terminar la carrera. Imaginó una vida sin el miedo constante a la pobreza.
Abrió los ojos. El fuego había vuelto.
—Si acepto… hay reglas.
—Las que tú digas.
—Primero: él no duerme en mi cuarto. Duerme en la sala.
—Concedido.
—Segundo: en mi casa todos trabajan. Si no trabaja, no traga. Así de simple. No voy a mantener a un vago.
—Concedido. De hecho, eso es lo que espero que hagas.
—Y tercero… —Vera dudó un segundo—. Si me falta al respeto, si me levanta la mano o me humilla… el trato se rompe y yo me quedo con el dinero.
Simón sonrió. Una sonrisa genuina y depredadora.
—Si te levanta la mano, yo mismo me encargo de que no la vuelva a usar. Trato hecho.
Simón extendió su mano. Vera miró la mano manicurada del millonario, luego miró sus propias manos ásperas por el cloro. Respiró hondo y estrechó la mano de Simón.
—Trato hecho, Don Simón. Pero que Dios nos agarre confesados, porque su hijo va a conocer el infierno… o la realidad, que para él es lo mismo.
Simón asintió y tomó el teléfono.
—Ramírez, voy para allá. Y prepara al juez del registro civil. Hoy hay boda.
CAPÍTULO 2: El Despertar del Príncipe en el Calabozo
El olor fue lo primero que golpeó a Igor Andrade. No era el aroma a sándalo y cuero de su habitación en Lomas de Chapultepec, ni el perfume Tom Ford de trescientos dólares que solía usar para cubrir el hedor del alcohol después de una noche de fiesta. Era un olor agrio, penetrante, una mezcla de orines rancios, sudor viejo, cloro barato y desesperación humana.
Igor abrió un ojo, sintiendo como si un taladro industrial le estuviera perforando la sien izquierda. La “cruda” era monumental. Intentó moverse, pero su cuerpo estaba entumecido. Se dio cuenta de que no estaba en su cama King Size con sábanas de hilo egipcio. Estaba acostado sobre una banca de concreto fría y pegajosa, usando su propio brazo como almohada.
—¿Qué pedo…? —murmuró, con la boca pastosa, saboreando el tequila barato que había bebido al final de la noche, cuando el whisky etiqueta azul se había acabado.
Se sentó con dificultad y el mundo dio vueltas. La luz fluorescente parpadeaba sobre él con un zumbido molesto, iluminando paredes pintadas de un color crema sucio, llenas de rayones y mensajes obscenos raspados con llaves o monedas.
—¡Quihubo, güerito! Ya despertó la bella durmiente —una voz rasposa se burló desde la celda de enfrente.
Igor parpadeó, tratando de enfocar. Frente a él, tras unos barrotes despintados, un tipo con tatuajes en el cuello y una camiseta de tirantes lo miraba con una sonrisa chimuela.
El pánico lo golpeó como una cubeta de agua helada.
—¿Dónde estoy? —preguntó Igor, llevándose la mano al bolsillo en busca de su iPhone. No estaba. Su reloj Patek Philippe, tampoco. Su cartera Louis Vuitton, desaparecida. —¡Me robaron! ¡Guardia! ¡Guardia! ¡Me robaron todo!
El tipo de enfrente soltó una carcajada que resonó en el pasillo de concreto.
—¡Cálmate, mi rey! Nadie te robó. Tus cositas de oro las tiene el oficial en la entrada. Estás en el MP, papá. En los separos. Bienvenido al Hotel Camote.
—¿MP? —Igor procesó la información lentamente. Ministerio Público. La cárcel.
Los recuerdos de la noche anterior comenzaron a filtrarse en su memoria como fragmentos de una película mal editada. La fiesta en el rooftop de Polanco. Los shots de mezcal. Las risas de sus amigos, el “Javi” y el “Pato”. La apuesta estúpida: “A que no tienes huevos de subirte a la patrulla”. La patrulla sola, con el motor encendido mientras los policías compraban tacos. El rugido del motor. Las sirenas. La adrenalina. El golpe seco contra el monumento.
—Mierda —susurró Igor.
Se puso de pie y corrió hacia los barrotes de su celda temporal.
—¡Oigan! ¡Quiero hacer mi llamada! ¡Soy Igor Andrade! ¡Mi papá es Simón Andrade! ¡Sáquenme de aquí o los voy a demandar a todos! ¡Se van a quedar sin trabajo, pinches gatos!
Nadie respondió. Solo el eco de sus propios gritos y la risa burlona del tatuado.
Pasaron lo que parecieron horas. Igor caminaba de un lado a otro como león enjaulado, sintiendo náuseas. Su camisa de seda italiana, que costaba lo que el guardia ganaba en seis meses, estaba rota y manchada de vómito. Sus mocasines de gamuza estaban sucios. Se sentía humillado, pero sobre todo, furioso. ¿Por qué no habían llegado ya? Siempre llegaban. Su mamá siempre llegaba antes de que saliera el sol.
Finalmente, escuchó tacones. Tacones caros golpeando el piso de linóleo barato del pasillo exterior.
—¡Es mi bebé! ¡Déjenme verlo! ¡Son unos salvajes!
—¡Mamá! —gritó Igor, pegando la cara a los barrotes.
Doña Elena apareció en el pasillo, seguida por un abogado de traje gris que sudaba profusamente y un oficial de policía con cara de pocos amigos. Elena era una mujer que desafiaba la edad a golpe de bisturí y botox, vestida impecablemente de Chanel incluso para visitar una cárcel a las ocho de la mañana.
Al ver a su hijo, Elena soltó un grito ahogado y se llevó las manos a la boca.
—¡Ay, mi vida! ¡Mira cómo te tienen! ¡Pareces un criminal! —Elena se volvió hacia el oficial, sacando un fajo de billetes de su bolso discretamente—. Oficial, por favor, esto es un malentendido. Mi hijo es un muchacho bueno, solo estaba jugando. Tenga, para los refrescos, pero ábrale ya.
El oficial miró el dinero, luego miró a Igor con desprecio, y negó con la cabeza.
—Guarde eso, señora, si no quiere que la procese por intento de cohecho. Las órdenes vienen de arriba. Nadie entra y nadie sale hasta que llegue el Licenciado Andrade.
—¡Yo soy la señora Andrade! —chilló Elena.
—El Licenciado Simón, señora. El patrón. Él dio la orden de que el joven se quedara a… reflexionar un rato.
Igor sintió un escalofrío. ¿Su papá había dado la orden? Eso no era normal. Usualmente, Simón mandaba a los abogados a limpiar el desastre y luego le gritaba en casa. Pero nunca lo dejaba en la cárcel.
—Mamá, sácame de aquí, huele a mierda —suplicó Igor, con voz de niño pequeño—. Me duele la cabeza. Necesito un baño.
—Ya voy, mi amor, ya voy. Tu padre debe estar por llegar. Seguro está arreglando todo con el alcalde. Ya sabes cómo es él, le gusta hacer drama para que aprendas la lección, pero ahorita te saca. Tú tranquilo.
El abogado se acercó a los barrotes, secándose la frente con un pañuelo.
—Joven Igor, la situación es… delicada. Hay videos.
—¿Videos? —Igor resopló—. ¿Y qué? Compren los videos y bórrenlos. Para eso les paga mi papá una millonada.
—Están en internet, joven. Son virales. Todo México lo ha visto… eh… enseñando sus partes nobles a la autoridad.
Igor se puso rojo. Vagamente recordaba haberse bajado los pantalones. Le había parecido graciosísimo en ese momento.
—Pinches nacos, no aguantan una broma —masculló.
En ese momento, el ambiente en el pasillo cambió. El aire se volvió más pesado. Los oficiales se enderezaron. El murmullo de las otras celdas se apagó. Se escucharon pasos firmes, lentos, rítmicos.
Simón Andrade apareció por la esquina.
No vestía su traje habitual de tres piezas. Llevaba una camisa blanca arremangada y pantalones de vestir, sin saco ni corbata. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos eran dos carbones encendidos. No miró a su esposa. No miró al abogado. Sus ojos se clavaron directamente en los de su hijo.
—Simón, por Dios, saca al niño de ahí —empezó a decir Elena, agarrándolo del brazo—. Mira cómo está, tiene sed.
—Vete al coche, Elena —dijo Simón, con una voz tan baja y calmada que resultaba aterradora.
—Pero Simón…
—¡Que te vayas al coche! —rugió Simón, haciendo que todos, incluidos los policías, dieran un salto. Elena, que conocía ese tono y sabía que era peligroso desafiarlo, sollozó una vez, miró a Igor con impotencia y salió corriendo, arrastrando sus tacones.
Simón se volvió hacia el abogado.
—Tú también. Lárgate. Y llévate a todos los asistentes. Quiero hablar con mi hijo a solas.
El abogado asintió frenéticamente y desapareció. El oficial de guardia se alejó unos pasos, dándoles una privacidad relativa, aunque mantuvo la mano cerca de su macana.
Igor intentó componer su postura. Se pasó la mano por el cabello revuelto y trató de sonreír, esa sonrisa encantadora que usaba para salirse con la suya.
—Papá… qué bueno que llegas. Estos tipos se están pasando de lanza. O sea, sí, chocamos la patrulla, pero ya les dije que les pago una nueva. Les pago dos si quieren. Pero sácame ya, tengo un brunch a las doce con la hija de Slim y…
—Cállate —lo cortó Simón.
Igor se calló. La sonrisa se le borró.
Simón se acercó a los barrotes. Estaba tan cerca que Igor podía oler la loción de su padre, mezclada con el aroma metálico de la celda.
—Veintiséis años, Igor. Veintiséis años he pasado construyendo un imperio para ti. He trabajado dieciocho horas diarias. Me he perdido tus cumpleaños, tus partidos de fútbol, tus graduaciones… todo para asegurarme de que nunca te faltara nada. Para que fueras alguien.
—Papá, ya vas a empezar con tus discursos de “yo vendía chicles en la calle”… ya me la sé. Perdón, ¿ok? La cagué. No vuelve a pasar.
Simón sacó su teléfono del bolsillo. Tecleó algo y giró la pantalla hacia Igor.
—Míralo.
En la pantalla, un video de TikTok se reproducía en bucle. Se veía a Igor, tambaleándose sobre el cofre de una patrulla destrozada, con una botella de tequila en la mano, gritando: “¡Ustedes trabajan para mí! ¡Mi papá los puede comprar a todos y convertirlos en comida para perro!”. Luego, se daba la vuelta, se bajaba los pantalones y mostraba el trasero a la cámara, riendo como un maníaco. El video tenía 4 millones de vistas y el hashtag #LordJunior estaba en tendencia número uno.
Simón guardó el teléfono.
—¿Eso es lo que eres, Igor? ¿Un payaso? ¿Una vergüenza nacional?
—Estaba pedo, papá. No mames, todos mis amigos hacen cosas peores. El Pato atropelló a un repartidor la otra vez y su papá lo arregló en dos horas. Tú tienes más poder que él. ¿Por qué haces tanto drama?
Simón sintió una punzada de dolor en el pecho. No era solo la acción. Era la falta total de remordimiento. La desconexión absoluta con la realidad. Su hijo veía a las personas como NPCs en un videojuego, obstáculos o herramientas, pero no humanos.
—El “Pato” es un imbécil y su padre es un corrupto —dijo Simón—. Y yo… yo soy el culpable de que tú seas así. Pero eso se acaba hoy.
—¿A qué te refieres? —Igor sintió un nudo en el estómago. La mirada de su padre había cambiado. Ya no había ira. Había una frialdad calculadora que Igor nunca había visto dirigida hacia él. Era la mirada que Simón usaba antes de destruir a una empresa rival.
—Hablé con el juez y con el alcalde. Los cargos son graves, Igor. Robo de vehículo oficial, daño en propiedad ajena, ultrajes a la autoridad, conducción en estado de ebriedad y ataque a las vías de comunicación. Sin mi intervención, te tocan de 3 a 5 años de cárcel. Sin derecho a fianza por los agravantes.
Igor se aferró a los barrotes, sus nudillos blancos.
—Pero… tú vas a intervenir, ¿verdad? Papá, no puedo ir a la cárcel. Me van a matar ahí dentro. ¡Mírame! No duraría ni un día.
—Exacto. No durarías. Por eso te conseguí una alternativa. Una salida.
—¡Lo sabía! —Igor soltó el aire que contenía—. ¡Sabía que no me ibas a dejar morir! ¿Qué tengo que hacer? ¿Servicio comunitario? ¿Ir a una clínica de rehabilitación en Suiza? Jalo. Me voy mañana mismo.
—No —dijo Simón—. No te vas a Suiza. Te vas a casar.
Igor parpadeó, confundido.
—¿Casarme? ¿Qué? ¿Cómo en las novelas? ¿Para limpiar la imagen? —Igor soltó una risita nerviosa—. Ok, ok. ¿Con quién? ¿Con la hija del Secretario de Gobierno? ¿Con alguna influencer para que suba historias diciendo que soy un santo?
Simón hizo una seña al oficial que estaba al fondo del pasillo.
—Que pase —ordenó Simón.
El oficial abrió la puerta de metal que separaba el área de celdas de la recepción.
Vera entró.
Igor la miró. Entrecerró los ojos, tratando de ubicarla. Llevaba jeans, unos tenis Converse viejos pero limpios, y una blusa blanca sencilla. Su cabello negro estaba suelto, cayendo en cascada sobre sus hombros. No llevaba maquillaje, pero su belleza natural era innegable, aunque para los estándares de Igor, era una belleza “invisible”.
Vera caminaba con la cabeza en alto, pero sus manos temblaban ligeramente a los costados. Se detuvo al lado de Simón, evitando mirar a Igor a los ojos.
Igor la escaneó de arriba a abajo con una mueca de disgusto.
—¿Quién es esta? —preguntó Igor, mirando a su padre—. ¿Es la asistente del nuevo abogado? Dile que me traiga un café, me estoy muriendo.
Vera levantó la vista y lo miró. En sus ojos oscuros había una mezcla de miedo y desafío.
—No soy asistente —dijo Vera, con voz firme aunque suave—. Soy Vera.
Igor frunció el ceño. Algo hizo clic en su cerebro nebuloso. La había visto antes. En la oficina. Temprano. Con el uniforme azul feo ese.
—Espera… —Igor soltó una carcajada incrédula—. ¡No mames! ¡Es la gata! ¡La que limpia los baños en el corporativo! —Se volvió hacia Simón, riendo—. Papá, buena broma. Trajiste a la de la limpieza para que vea cómo acaban los criminales, ¿o qué?
Simón no se rió. Vera tampoco.
—Ella es tu prometida, Igor —dijo Simón, con la solemnidad de un juez dictando sentencia.
La risa de Igor se murió en su garganta. Miró a su padre, esperando el remate del chiste. No llegó.
—¿Qué? —su voz salió aguda, quebrada—. Papá, no juegues con esto. Estoy crudo, no entiendo tus chistes.
—No es un chiste. Tienes dos opciones, Igor. Opción A: Te quedas aquí. Yo me voy, retiro a los abogados y dejo que el sistema te trague. Te procesan, te dictan sentencia y pasas los próximos cinco años en el Reclusorio Norte, compartiendo celda con cinco tipos como el de allá enfrente.
Simón señaló al tipo tatuado de la otra celda, quien les mandó un beso tronado y se pasó la lengua por los labios. Igor sintió ganas de vomitar.
—Opción B —continuó Simón—. Te casas con Vera hoy mismo. Renuncias a tus tarjetas, a tu departamento, a tu coche y a tu mesada. Te vas a vivir con ella a su casa, en Ecatepec. Trabajas para mantenerte. Vives bajo sus reglas. Si aguantas un año, un solo año viviendo como una persona normal y decente, te devuelvo tu vida y tu herencia. Si renuncias, si te escapas, o si la tratas mal… te quedas sin nada. Cero. Te desheredo y te dejo en la calle para siempre.
Igor miró a Vera. Ella lo miraba con una expresión indescifrable. No era lástima. Era… evaluación. Como si estuviera viendo un mueble roto que tenía que decidir si valía la pena arreglar.
—Estás loco —susurró Igor—. ¡Estás demente! ¿Casarme con esta? ¡Mírala! Es una… es una naca, papá. Huele a metro. Vive en Ecatepec, ¡ahí matan gente! ¡Me van a secuestrar!
—Nadie te va a secuestrar porque nadie va a saber que eres mi hijo. Para el mundo, te habrás ido a un retiro espiritual en el Tíbet. Para el barrio de Vera, serás solo su marido desempleado.
—¡No voy a hacerlo! —gritó Igor, golpeando los barrotes—. ¡Prefiero la cárcel!
Simón asintió lentamente.
—Muy bien. Es tu decisión. Oficial, proceda con el traslado al Reclusorio. Que le pongan las esposas.
Simón dio media vuelta y empezó a caminar hacia la salida.
—¡Espera! —gritó Igor.
El oficial ya estaba sacando las llaves y las esposas metálicas. El sonido de las llaves tintineando fue el sonido más aterrador que Igor había escuchado en su vida. Miró al tipo de enfrente, que ya se estaba bajando los pantalones riendo. Miró la suciedad. Imaginó cinco años ahí. Sin Instagram. Sin fiestas. Sin protección. Solo.
El terror pudo más que el orgullo.
—¡Papá, espera! —chilló Igor, con lágrimas en los ojos—. ¡Lo hago! ¡Lo hago, chingada madre!
Simón se detuvo. Se giró lentamente.
—¿Qué dijiste?
—Que lo hago —sollozó Igor, deslizándose por los barrotes hasta el suelo—. Me caso con la… con Vera. Pero sácame de aquí, por favor.
Simón miró a Vera. Ella asintió levemente.
—Oficial, ábrale. Se viene con nosotros.
Cuando la reja se abrió, Igor salió trastabillando. Intentó abrazar a su padre, pero Simón dio un paso atrás, esquivándolo.
—No —dijo Simón—. A partir de hoy, no soy tu papá. Soy el Sr. Andrade. Y tú eres el problema de Vera.
—Pero… necesito ir a mi casa. A bañarme. A cambiarme de ropa. A hacer mi maleta —dijo Igor, limpiándose los mocos con la manga de su camisa rota de trescientos dólares.
—No —intervino Vera por primera vez. Su voz era firme, sorprendiendo a Igor—. En mi casa no hay lugar para tus maletas de marca. Y tu ropa de “mirrey” no te va a servir donde vamos. Te vas con lo puesto.
—¿Qué? —Igor la miró con odio—. ¿Quién te crees que eres, gata igualada?
—Soy tu esposa —dijo Vera, sosteniéndole la mirada—. Y soy la única razón por la que no vas a dormir abrazado con “El Tuercas” en esa celda. Así que bájale dos rayitas a tu tono, Igor. O te metes tú solito de regreso.
Igor abrió la boca para insultarla, pero vio la cara de su padre. Simón estaba… ¿sonriendo? No, no era una sonrisa. Era aprobación.
Simón sacó un documento de su portafolio.
—Firma aquí. Es el acta de matrimonio civil. El juez nos espera en la oficina del alcaide para formalizarlo, pero quiero tu firma en el contrato prenupcial primero. Aquí dice que renuncias a todo acceso a mis cuentas bancarias durante 365 días. Y que Vera tiene la custodia legal de tu persona, como si fueras un menor de edad incompetente. Porque, francamente, eso es lo que has demostrado ser.
Igor tomó la pluma con mano temblorosa. Las letras bailaban ante sus ojos. Ecatepec. Pobreza. Trabajo. La chica de la limpieza. Todo parecía una pesadilla de la que despertaría en cualquier momento. Pero el olor a orines seguía ahí, recordándole que era real.
Firmó.
—Perfecto —dijo Simón, guardando el papel—. Dame tu celular.
—¿Qué? No, papá, el celular no. Es mi vida. Tengo mis contactos, mis fotos, mis criptomonedas…
—Dámelo —ordenó Simón, extendiendo la mano.
Igor, derrotado, entregó el iPhone. Simón se lo pasó a Vera.
—Tómalo, Vera. Véndelo o tíralo. Es tuyo.
Vera tomó el teléfono. Lo miró un segundo y luego se lo guardó en el bolsillo trasero del pantalón.
—Servirá para pagar la despensa de este mes —dijo ella con naturalidad—. Comen mucho estos niños ricos.
Simón sacó de su bolsillo un billete de quinientos pesos y se lo tendió a Igor.
—Ten. Tu capital inicial. Haz que dure.
—¿Quinientos pesos? —Igor miró el billete billete azul con la cara de Benito Juárez como si fuera un insecto—. ¡Eso no alcanza ni para un café en Starbucks!
—En el mundo real, eso es lo que gana mucha gente en dos días de trabajo duro —dijo Vera—. Vámonos. Se nos hace tarde y el camino es largo.
—¿A dónde vamos? ¿Trajiste el chofer? —preguntó Igor, mirando hacia la salida con esperanza.
—No hay chofer, Igor —dijo Vera, tomándolo del brazo con una fuerza sorprendente—. Vamos al Metro. La estación Hidalgo está cerca. Y de ahí transbordamos hasta Indios Verdes. Y luego la combi.
—¿Metro? —Igor sintió que las piernas le fallaban—. No… no puedo. Me van a ver. Me van a reconocer.
—Con esa cara de crudo y esa camisa vomitada, solo van a pensar que eres otro borracho más del centro —dijo Vera sin piedad—. Camina.
Simón los vio alejarse por el pasillo. Vio a su hijo, encorvado, derrotado, siendo arrastrado por una chica que medía veinte centímetros menos que él pero que tenía diez veces más fuerza de voluntad.
Cuando salieron por la puerta principal, la luz del sol de mediodía golpeó a Igor en la cara, cegándolo. El ruido de la ciudad, los cláxones, los gritos de los vendedores ambulantes, el calor del asfalto… todo se sintió abrumadoramente hostil.
Un auto negro blindado esperaba a Simón. El chofer abrió la puerta.
—¿A la oficina, Don Simón?
Simón se quedó parado en la banqueta, viendo cómo Igor intentaba parar un taxi y Vera le daba un manotazo para obligarlo a bajar las escaleras hacia el metro subterráneo.
—Sí, Manuel. A la oficina. Tengo que trabajar. Alguien tiene que pagar la operación de la señora Martínez.
—¿Todo bien con el joven Igor?
Simón suspiró, sintiendo un peso enorme en el corazón, pero también una extraña sensación de alivio. Había lanzado los dados. Ahora todo dependía de Vera.
—No lo sé, Manuel —respondió Simón, subiendo al auto—. Pero por primera vez en su vida, está en manos de alguien que no se compra con dinero. Y eso… eso ya es una ganancia.
Mientras el auto de lujo se alejaba deslizándose suavemente sobre el asfalto, Igor Andrade bajaba las escaleras del Metro Hidalgo, sumergiéndose en las entrañas de la bestia de concreto, hacia un mundo donde su apellido no valía ni un boleto de cinco pesos.
El infierno, o la redención, acababa de comenzar.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: El Trato Imposible y el Descenso a los Infiernos
La entrada a la estación del Metro Hidalgo era como la boca de una bestia subterránea que tragaba gente sin parar. Para Igor Andrade, acostumbrado a ver la ciudad a través de los vidrios polarizados y blindados de una camioneta Suburban con aire acondicionado, aquello era territorio alienígena.
—¿Es aquí? —preguntó Igor, deteniéndose en el primer escalón, arrugando la nariz—. Huele a… humedad. Y a garnacha quemada.
—Huele a gente que trabaja, Igor. Acostúmbrate —respondió Vera, sin detenerse—. Y camínale, que estorbas.
La gente pasaba empujando. No era un empujón agresivo, sino el empujón funcional de la Ciudad de México: una masa de cuerpos que fluye como agua turbulenta y que no tiene tiempo para pedir permiso. Igor recibió un golpe en el hombro de una señora que cargaba dos bolsas de mandado gigantescas.
—¡Oiga! —se quejó él—. ¡Fíjese! ¡Esta camisa vale más que su vida!
La señora ni siquiera volteó. Vera, en cambio, lo agarró de la manga rota de su camisa de seda y le dio un jalón brusco.
—Cállate la boca —le siseó al oído—. Primera regla de supervivencia, mirrey: aquí abajo no eres nadie. Si te pones a gritarle a la gente, te van a partir la cara antes de que lleguemos a los torniquetes. Y yo no te voy a defender.
Igor tragó saliva. Miró a su alrededor. Rostros cansados, miradas perdidas en el celular, vendedores ambulantes gritando “¡Lleve el audífono, el cargador, la novedad!”. Se sintió observado, pero no con la admiración a la que estaba acostumbrado en los antros de Polanco, sino con curiosidad morbosa. Parecía un náufrago: ropa carísima pero sucia, despeinado, ojos rojos y temblando de miedo.
Llegaron a los torniquetes. Vera sacó una tarjeta de Movilidad Integrada desgastada.
—Pasa tú primero —dijo ella, pasando la tarjeta por el lector.
Igor se quedó parado frente al torniquete giratorio.
—¿Qué hago? No se abre.
—¡Empújalo con el cuerpo, inútil!
Igor empujó con la cadera, torpemente, y la barra de metal le golpeó el muslo. Soltó un gemido, pero pasó. Vera pasó detrás de él aprovechando el mismo saldo, con una habilidad que solo dan años de práctica.
Bajaron al andén. El calor era sofocante. Era mediodía, y aunque no era la hora pico matutina, la línea 3 del Metro siempre estaba viva. El sonido característico del tren acercándose —un rugido de viento y metal, seguido del clásico tururú— hizo que Igor diera un paso atrás.
—¿Es seguro subirse a esa lata de sardinas? —preguntó, viendo los vagones naranjas frenar.
—Más seguro que manejar borracho una patrulla robada, sí es —replicó Vera, empujándolo hacia adentro en cuanto se abrieron las puertas.
El interior del vagón olía a humanidad concentrada. Igor intentó no tocar nada, manteniendo los brazos pegados al cuerpo como si tuviera miedo de contagiarse de pobreza por ósmosis. Se agarró de un tubo metálico con dos dedos, haciendo una mueca de asco al sentir la superficie grasienta por el sudor de miles de manos.
El tren arrancó con una sacudida que casi lo manda al suelo. Un vendedor entró gritando a todo pulmón: “¡Le vengo ofreciendo, le vengo trayendo, la pomada de marihuana con peyote, para el reuma, para el golpe, para el dolor muscular!”.
Igor cerró los ojos. «Esto es una pesadilla. Voy a despertar en mi cama. Voy a despertar y Maricela me va a traer mi jugo verde y mi papá se va a reír de todo esto». Pero cuando abrió los ojos, seguía ahí. Un niño lo miraba fijamente mientras se comía un moco.
—¿A dónde vamos, Vera? —preguntó, con voz temblorosa—. Ya dime la verdad. ¿Me vas a llevar a un anexo? ¿Me vas a vender órganos?
Vera suspiró, recargándose contra la puerta cerrada (algo que todo chilango sabe que no se debe hacer, pero que ella dominaba con equilibrio).
—Vamos a mi casa, Igor. A Ecatepec.
—¿Ecatepec? —Igor palideció aún más—. No manches, Vera. Eso es Mordor. Allá no entra ni Dios.
—Allá vive Dios, porque solo con su ayuda se sobrevive —dijo ella secamente—. Y ahora tú también vas a vivir ahí. Así que ve haciéndote a la idea. Mira, Igor, vamos a dejar las cosas claras antes de llegar, porque mi mamá no sabe que eres un delincuente en potencia. Ella cree que eres un compañero de trabajo.
—¿Compañero de trabajo? —Igor soltó una risa histérica—. ¿De qué? ¿De trapear pisos?
La mirada de Vera se endureció tanto que Igor sintió frío a pesar del calor del vagón.
—Escúchame bien, niño rico. Mi mamá está muy enferma. Tiene dos vértebras comprimidas y vive con dolor las veinticuatro horas. Tu papá acaba de depositar el dinero para su cirugía en la cuenta del hospital. Esa es la única razón por la que te estoy aguantando. Para mí, tú eres un cheque al portador. Eres la medicina de mi madre. Así que si te atreves a mirarla mal, a hacerle un desplante o a decirle una de tus estupideces de clasista, te juro por lo más sagrado que te vas a arrepentir. ¿Entendiste?
Igor asintió, intimidado. Nunca nadie le había hablado así. Las mujeres en su vida solían buscar complacerlo o sacarle dinero con dulzura. Vera lo miraba como si fuera una cucaracha que tenía que tolerar en su cocina.
—Entendido. No molestar a la momia.
—¡A mi madre se le respeta! —Vera le soltó un zape en la nuca. No fue fuerte, pero fue humillante. El sonido seco de la mano contra el cuello de Igor hizo que varios pasajeros voltearan y sonrieran.
—¡Au! ¡No me toques! —chilló Igor.
—Entonces cierra la boca y escucha el plan. Llegamos, saludas, te callas. Dices que nos casamos porque… porque nos enamoramos.
—¿Enamorarnos? —Igor hizo arcadas—. Guácala. Nadie se va a creer que me enamoré de ti. Mírate y mírame. Soy un diez y tú eres un… bueno, eres un tres sólido en un día bueno.
Vera lo miró con una mezcla de lástima y diversión.
—Eres un diez en la cartera de tu papá, Igor. Sin ella, eres un cero a la izquierda. Y mi mamá me va a creer porque ella cree que tengo buen corazón y que veo lo bueno en la gente. Va a pensar que vi algo bueno en ti. Pobre, no sabe que estás vacío.
El viaje continuó. Transbordaron en la estación Deportivo 18 de Marzo. Caminaron por pasillos interminables. Subieron escaleras. Igor sentía que sus mocasines italianos, diseñados para pisar alfombras y pedales de autos deportivos, se estaban desintegrando contra el concreto áspero.
Finalmente, llegaron a Indios Verdes.
Si el Metro era la boca de la bestia, Indios Verdes era el intestino. Un caos de paraderos de autobuses, puestos de tacos, humo de escape de diésel, gritos de checadores y un mar de gente que iba y venía del Estado de México.
—¡Súbete! —ordenó Vera, señalando una combi blanca con franjas verdes que decía “San Andrés de la Cañada”.
Igor miró el vehículo. Estaba abollado, tenía calcomanías de Piolín y de San Judas Tadeo en el vidrio trasero, y la música retumbaba desde adentro: una cumbia sonidera a todo volumen.
—No quepo ahí —dijo Igor—. Está llena.
—Siempre cabe uno más. ¡Recórranse, por favor! —gritó Vera, empujando a Igor hacia el interior.
Igor terminó sentado en “el banquito”, ese asiento improvisado y traicionero que ponen junto a la puerta corrediza. Iba con las rodillas pegadas al pecho, aplastado entre una señora con una canasta de chicharrones y un señor con botas de obrero lleno de cal.
El chofer arrancó como si estuviera en la Fórmula 1. Igor se agarró del asiento delantero con las uñas.
—¡Bajan en la farmacia! —gritó alguien.
La combi subía y subía. Dejaron atrás la ciudad plana y comenzaron a trepar los cerros. Igor miró por la ventana. El paisaje cambiaba drásticamente. Los edificios de cristal desaparecieron. Ahora todo era gris. Casas de bloque sin pintar, techos de lámina, calles empinadas sin banquetas, cables de luz enmarañados como telarañas gigantes.
—Dios mío —murmuró Igor—. ¿Aquí vive gente?
—Aquí vive la gente que hace que tu ciudad funcione —dijo Vera, que iba parada, doblada a la mitad por el techo bajo de la combi, pero sin perder el equilibrio—. Aquí viven los que te sirven el café, los que limpian tus oficinas, los que construyen tus edificios.
—Parece una favela.
—Es un barrio. Y cuidado con lo que dices, porque aquí la gente escucha todo.
La combi frenó en seco.
—¡Bajada en la Virgen! —gritó el chofer.
—Aquí es —dijo Vera.
Igor bajó, casi cayéndose. Sus piernas temblaban. Estaban en lo alto de un cerro. La vista, tenía que admitirlo, era impresionante. Se veía toda la cuenca del Valle de México, cubierta por una bruma café. Pero el entorno inmediato era deprimente. Perros callejeros flacos ladraban a las llantas de los coches. Había basura en las esquinas. Un mural de la Santa Muerte adornaba la pared de enfrente.
—Camina. Faltan dos cuadras para arriba —dijo Vera.
—¿Para arriba? ¿Más? —Igor sentía que le faltaba el aire. La altura y la falta de condición física (su único ejercicio era el gimnasio con aire acondicionado y entrenador personal) le estaban pasando factura.
Caminaron por una calle de terracería. Los zapatos de Igor, de gamuza fina, quedaron cubiertos de polvo gris en segundos.
Finalmente, se detuvieron frente a una casa de dos pisos. La planta baja estaba en obra negra, con varillas saliendo del techo como dedos esqueléticos esperando un segundo piso que nunca llegaría. La puerta era una lámina de metal pintada de verde menta, despintada por el sol.
—Bienvenido a tu palacio, principito —dijo Vera, sacando las llaves.
Igor miró la fachada. Sintió ganas de llorar.
—Vera, por favor… te doy lo que quieras. Tengo un reloj en casa, un Rolex, vale diez mil dólares. Te lo doy. Véndelo. Pero déjame ir.
Vera metió la llave en la cerradura y lo miró con tristeza.
—Tu papá tiene tu reloj, Igor. Y aunque lo tuviera yo, no me sirve. El dinero se acaba, pero la lección se queda. Entra.
La puerta chirrió al abrirse.
El interior estaba oscuro y fresco. Olía a Fabuloso de lavanda y a frijoles hirviendo. A pesar de la fachada pobre, por dentro todo estaba impecablemente limpio. El piso era de cemento pulido, pero brillaba. Los muebles eran viejos, desparejados, probablemente comprados en segunda mano o recogidos de la basura de gente rica, pero estaban cuidados. Había carpetitas tejidas sobre el respaldo de los sofás. En la pared, un cuadro enorme de la Última Cena y varias fotos familiares en marcos de plástico.
—¡Mamá! ¡Ya llegué! —gritó Vera, dejando las llaves en una mesita de entrada que tenía un teléfono de disco (¿eso todavía existía?, pensó Igor).
—Hija… —una voz débil respondió desde una habitación al fondo.
Vera se transformó. La dureza de su rostro desapareció y una sonrisa dulce iluminó sus facciones. Corrió hacia la habitación, haciendo señas a Igor para que la siguiera.
Igor entró tímidamente a la recámara. Era pequeña, pintada de color rosa pastel. Había una cama matrimonial ocupando casi todo el espacio. En ella, una mujer delgada, con el cabello canoso y la piel pálida, intentaba incorporarse. Se veía el dolor en cada movimiento.
—No te levantes, mami, por favor —Vera corrió a acomodarle las almohadas.
—Es que escuché pasos de hombre, mijita. ¿Vino Luis? —preguntó la señora, con esperanza y temor en la voz.
—No, mamá. No es Luis.
Doña Carmen suspiró, decepcionada, pero luego fijó sus ojos cansados en Igor, que estaba parado en el marco de la puerta como un venado lampareado.
—¿Y este joven tan guapo quién es? —preguntó la señora, entornando los ojos—. Parece actor de telenovela, pero viene muy traqueteado. ¿Te asaltaron, mijo?
Igor abrió la boca para decir: “Sí, me secuestró su hija”, pero la mirada de advertencia de Vera fue letal.
—Mamá… —Vera tomó la mano de su madre—. Te tengo una noticia. Una noticia grande. Siéntate bien.
—Ay, Dios mío. ¿Estás embarazada? —Doña Carmen se llevó la mano al pecho.
—¡No! ¡No, mamá! —Vera se puso roja—. Es que… bueno, recuerdas que te dije que había un muchacho en el trabajo… que nos llevábamos muy bien…
Igor arqueó una ceja. «Mentirosa profesional», pensó.
—¿El que te ayudaba con las cubetas? —preguntó la madre.
—Ese mero. Se llama Igor. Y pues… nos enamoramos, mamá. Y como tú te pusiste mala y necesitábamos el seguro médico y… bueno, nos casamos. Hoy en la mañana. Por el civil.
El silencio en la habitación fue absoluto. Se escuchaba el ladrido de un perro a lo lejos y el zumbido del refrigerador.
Doña Carmen miró a Igor, luego a Vera, y luego a Igor otra vez.
—¿Te casaste? ¿Sin decirme? —los ojos de la señora se llenaron de lágrimas.
—Fue rápido, ma. Fue una locura. Pero… él es bueno. Y gracias a él, ya tenemos el dinero para tu operación. Mañana mismo te internamos en el hospital privado. El patrón de Igor nos prestó el dinero.
Doña Carmen rompió a llorar. Extendió los brazos hacia Igor.
—Acércate, hijo.
Igor dudó. Vera le dio un pellizco discreto en el brazo.
—Ve —susurró.
Igor se acercó a la cama. El olor a medicina y a vejez era fuerte. Doña Carmen le tomó las manos. Las manos de ella eran ásperas, huesudas, pero cálidas.
—Gracias, hijo. Gracias por querer a mi niña. Ella es buena. Es muy trabajadora. Cuídamela mucho. Y perdón por no tener nada que ofrecerte, pero esta es tu casa.
Igor sintió algo extraño en el estómago. Culpa. Vergüenza. Esa mujer le estaba agradeciendo por “querer” a su hija, cuando él solo pensaba en cómo escapar de ahí.
—De… de nada, señora —balbuceó Igor.
—Dime mamá, o Doña Carmen si quieres. Ay, qué manos tan suaves tienes —dijo la señora, acariciando las manos de Igor, que nunca habían tocado nada más duro que un volante de cuero—. Se ve que trabajas en oficina, no en la obra. Eso es bueno. Vera necesita un hombre que use la cabeza, no el lomo.
—Sí… la cabeza —dijo Igor, sintiéndose un fraude.
—Bueno, mami, tienes que descansar. Igor viene muy cansado, tuvo un día… pesado. Vamos a instalarnos.
Vera sacó a Igor de la habitación y cerró la puerta con cuidado. En cuanto la puerta hizo clic, la sonrisa de Vera desapareció.
—Lo hiciste bien. No la mataste de un disgusto. Vas ganando puntos.
—Me siento sucio —dijo Igor—. Le estamos mintiendo.
—Le estamos dando paz mental. Y tú le estás dando la cirugía. Es un intercambio justo. Ahora, ven. Te enseño tu suite presidencial.
Lo llevó a la sala. Señaló el sofá café de tres plazas, que tenía un hundimiento sospechoso en el medio.
—Aquí duermes.
—¿Ahí? —Igor lo tocó. Era duro como una piedra—. Vera, mido un metro ochenta y cinco. No quepo ahí.
—Te haces bolita. O duermes en el piso. Tú eliges.
Vera fue a un armario de plástico y sacó una cobija de San Marcos (la clásica, con un tigre estampado enorme) y una almohada que parecía rellena de calcetines viejos.
—Toma. Tu ajuar.
—¿Y el baño? Necesito bañarme. Urgente. Siento que tengo piojos del metro.
—Al fondo a la derecha. Pero hay un detalle, paps. El boiler se descompuso la semana pasada y no ha habido dinero para arreglarlo. Así que es a jicarazos con agua fría. O calientas agua en la estufa, pero se acabó el gas y apenas mañana viene el camión.
Igor sintió que el mundo se le venía encima.
—¿Agua fría? ¿Sin gas? ¿Dormir en un sofá viejo? Vera, esto es inhumano. ¡Esto viola mis derechos humanos! ¡Voy a llamar a la ONU!
Vera se rio. Fue una risa seca, sin humor.
—Bienvenido a la realidad del 70% de México, Igor. Aquí los derechos humanos salen caros.
—Tengo hambre —dijo Igor, cambiando de táctica—. ¿Qué hay de comer? ¿Pides algo por Uber Eats? Se me antoja un sushi.
—Uber Eats no sube hasta acá arriba después de las seis de la tarde porque asaltan a los repartidores. Y aunque subieran, no tienes celular ni dinero.
—Tengo quinientos pesos —dijo Igor, sacando su billete arrugado con orgullo.
—Esos quinientos pesos tienen que durarte para tus pasajes de la semana si quieres ir a buscar trabajo. Porque esa es la otra noticia: mañana empiezas a buscar chamba.
—¿Yo? ¿Buscar trabajo? —Igor se ofendió—. Soy Licenciado en Administración de Empresas Internacionales por el Tec de Monterrey.
—Pues espero que te hayan enseñado a administrar la miseria, porque es lo único que vas a administrar aquí. Y nadie te va a contratar de licenciado con esa facha y sin referencias. Tu papá bloqueó tu historial laboral, ¿recuerdas? Para el mundo, no tienes experiencia.
Vera fue a la cocina. Igor la siguió. Ella abrió el refrigerador. Estaba medio vacío. Había medio cartón de leche, unos huevos, salsa casera en un frasco de mayonesa reutilizado y una olla.
Sacó la olla y la puso en la estufa. Prendió un cerillo (porque el encendedor eléctrico de la estufa no servía).
—Hay frijoles de la olla. Y tortillas. Y queso panela. Eso es la cena.
—¿Frijoles? —Igor hizo una mueca—. Los frijoles me inflaman.
—Pues más te vale que te acostumbres, porque es la proteína de la casa. O comes eso, o te duermes con hambre.
Igor miró la olla de barro hirviendo. El olor, tenía que admitirlo, no era malo. Tenía epazote y cebolla. Su estómago rugió, traicionando su esnobismo.
—Está bien. Dame un poco. Pero en un plato limpio, por favor.
Se sentaron a la mesa pequeña de la cocina, cubierta con un mantel de plástico con frutas estampadas. Comieron en silencio. Igor probó la primera cucharada de frijoles con desconfianza. Estaban deliciosos. Mucho mejores que las mousses sofisticadas que servían en las bodas de sus amigos. Se comió tres platos.
—Vaya, el principito tenía hambre —comentó Vera, recogiendo los platos.
—No estaban mal —admitió Igor—. Para ser comida de… pobres.
Vera se detuvo en seco. Giró lentamente con los platos en la mano.
—Lava tus platos —dijo.
—¿Qué?
—Que laves tus platos. Aquí no tienes sirvienta. Yo cociné, tú lavas. Es la regla.
—Yo no lavo platos. Se me maltratan las manos.
Vera dejó los platos sobre la mesa con un golpe fuerte.
—Mira, Igor. Tienes dos opciones. Lavas los platos y te ganas el derecho a dormir en el sofá bajo un techo. O no los lavas, te saco a la calle, y a ver cómo te va durmiendo en la banqueta con los perros y los cholos de la esquina. Te aseguro que tus manos se van a maltratar más allá afuera.
Igor miró hacia la puerta oscura. Se escuchaban sirenas a lo lejos (probablemente reales, no de fiesta). Miró el fregadero. Suspiró.
Se levantó, se quitó el saco roto de su traje Armani, se arremangó la camisa y se acercó al fregadero.
—¿Dónde está el lavavajillas?
—Eres tú. El jabón es ese polvo verde y el estropajo es ese pedazo de fibra. Fállale con ganas.
Por primera vez en sus veintiséis años de vida, Igor Andrade tomó una esponja llena de jabón en polvo “Roma” y talló un plato de cerámica despostillada. El agua estaba helada. El jabón le picaba en las pequeñas cortadas que se había hecho en el accidente. Se sintió miserable. Se sintió solo.
Mientras tallaba, una lágrima cayó dentro del agua jabonosa.
—Te odio, papá —susurró—. Te odio.
Vera lo observaba desde el marco de la puerta, con los brazos cruzados. No sentía lástima, pero tampoco sentía el placer de la venganza que pensó que sentiría. Solo sentía cansancio. Iba a ser un año muy largo.
—Cuando acabes, apagas la luz —dijo ella—. Buenas noches, “esposo”.
Vera se fue a su cuarto (el cuartito que solía ser bodega). Igor se quedó solo en la cocina, con el sonido del grifo goteando y el eco de su propia respiración.
Terminó de lavar. Se secó las manos en sus pantalones. Fue a la sala, se quitó los zapatos destrozados y se acostó en el sofá. La cobija de tigre picaba. El resorte del sillón se le clavaba en una costilla.
Miró al techo de concreto desnudo. No había estrellas fosforescentes pegadas, ni lámparas de diseño. Solo una bombilla pelona colgando de un cable.
—Un año —pensó—. 365 días. Faltan 364.
Cerró los ojos, esperando que al abrirlos, todo fuera un sueño. Pero el ladrido de un perro callejero justo afuera de la ventana le recordó que no estaba soñando. Estaba despierto, y por primera vez, estaba vivo en el mundo real. Y dolía.
A lo lejos, en la gran ciudad que brillaba allá abajo como un mar de joyas inalcanzables, Simón Andrade brindaba con una copa de whisky solitario mirando la foto de su hijo.
—Aprende a nadar, hijo —brindó al aire—. O ahógate. Pero no te quedes flotando.
PARTE 2
CAPÍTULO 4: El Príncipe de la Basura y el Despertar del Hambre
La mañana llegó demasiado rápido, y no lo hizo con los rayos dorados del sol filtrándose por cortinas de seda, sino con el estruendo de un gallo que cantaba como si tuviera un megáfono justo en la oreja de Igor.
—¡Maldito animal! —gruñó Igor, tapándose la cabeza con la cobija de tigre, que olía a naftalina.
Eran las 4:30 de la mañana.
—¡Arriba, bella durmiente! —la voz de Vera resonó en la sala, acompañada del sonido metálico de una cuchara golpeando una olla—. El transporte no espera y el hambre tampoco.
Igor se destapó. Tenía el cuerpo entumecido. El sofá le había dejado un dolor en el cuello que ni el mejor quiropráctico de las Lomas podría arreglar en una sesión.
—Vera, por el amor de Dios, son las cuatro de la madrugada. Los gallos apenas están poniendo el despertador. ¿A dónde vamos?
—Tú vas a buscar trabajo. Yo voy a la universidad y luego a limpiar consultorios. Te dejo en el paradero de Indios Verdes, ahí es donde se mueve el mundo. Tienes tus quinientos pesos, adminístralos. Y más te vale que regreses con algo, aunque sea con vergüenza.
Igor se levantó a regañadientes. El baño con agua helada fue una tortura medieval. Gritó cuando el chorro frío le tocó la espalda, un grito agudo que hizo que Vera rodara los ojos desde la cocina. Se puso la misma ropa del día anterior, que ahora olía a humedad y sudor rancio. Intentó alisarse la camisa con las manos, pero las arrugas de seda eran tercas.
—Desayuna —Vera le puso enfrente una taza de café negro (soluble, del más barato) y un pan dulce duro.
—¿No hay jugo de naranja? ¿Unos huevos benedictinos?
—Hay concha de ayer y café. Chapa tu concha y vámonos.
El viaje de bajada del cerro fue peor que el de subida. La combi iba tan llena que Igor tuvo que ir prácticamente sentado en las piernas de una señora que cargaba una caja de pollos vivos. El olor a plumas y excremento de ave se mezcló con su perfume Tom Ford rancio, creando una fragancia que él bautizó mentalmente como Eau de Misère.
Llegaron a Indios Verdes. El monstruo de concreto y asfalto estaba en su apogeo. Ríos de gente corrían hacia el metro.
—Aquí nos separamos —dijo Vera—. Yo me voy al Metro. Tú… bueno, tú busca.
—¿Dónde busco? —Igor miró a su alrededor con pánico. Miles de personas, puestos de tacos, camiones rugiendo. Se sentía como un niño perdido en un mercado gigante.
—Pregunta. Lee los letreros. “Se solicita ayudante”. “Se busca cargador”. “Lavaloza”. No sé, Igor, usa tu imaginación. Nos vemos en la casa a las nueve de la noche. Si no llevas dinero para la cena, no cenas.
Vera le dio una palmada en el hombro (que se sintió más como un empujón hacia el abismo) y desapareció entre la multitud, tragada por la boca del Metro.
Igor se quedó solo. Completamente solo en el lugar más caótico de la Ciudad de México.
Caminó sin rumbo. Vio un puesto de periódicos. Compró un “Segunda Mano” por diez pesos, sintiendo dolor al romper su billete de quinientos. Se sentó en una banqueta sucia a leer los clasificados.
“Se solicita Director de Marketing. Requisitos: Maestría, 5 años de experiencia, inglés 100%”.
—¡Ese soy yo! —pensó Igor, emocionado.
Pero luego recordó. No tenía teléfono. No tenía CV. No tenía ropa limpia. Y su papá había bloqueado sus referencias. Si llamaban al Corporativo Andrade preguntando por Igor, dirían: “No conocemos a nadie con ese nombre”.
Siguió leyendo.
“Se solicita Gerente de Ventas”. “Ejecutivo de Cuenta”.
Todos pedían papeles. Comprobante de domicilio. Cartas de recomendación. INE. Igor se palpó los bolsillos. Tenía su INE, sí, pero su dirección decía “Paseo de la Reforma”. Cualquier reclutador que viera esa dirección y luego lo viera a él con la ropa sucia pensaría que era un documento robado o falso.
El hambre empezó a apretar a las once de la mañana. Se compró unos tacos de canasta (5 por 40 pesos). Le supieron a gloria, aunque la salsa verde estaba tan picosa que casi llora.
Siguió caminando. Salió del paradero y caminó por la Avenida Insurgentes Norte. El sol estaba en su cenit. Sudaba a chorros.
Pasó frente a un taller mecánico. Había un letrero escrito a mano en una cartulina fluorescente: “SE SOLICITA CHALÁN. PAGO SEMANAL. SIN EXPERIENCIA”.
Igor se detuvo. Miró sus manos, manicuradas (aunque ya con uñas negras de mugre). Miró los autos en el taller. Un Tsuru desmantelado, una camioneta vieja. Él sabía de autos. Tenía un Ferrari, un Porsche y un BMW. Sabía que tenían motor y ruedas. ¿Qué tan difícil podía ser?
Entró.
Un hombre gordo, con un overol lleno de grasa negra y un trapo en el hombro, estaba debajo de un taxi.
—Buenas tardes, caballero —dijo Igor, usando su voz de “negocios”.
El hombre salió de abajo del coche en un carrito con ruedas. Se limpió las manos en el trapo. Lo miró de arriba abajo.
—¿Qué vendes, güero? No quiero biblias ni seguros.
—No vendo nada. Vengo por el puesto. El de… chalán.
El mecánico soltó una carcajada que hizo temblar su panza.
—¿Tú? ¿De chalán? Pero si pareces muñequito de pastel. Mira nomás esos zapatitos. ¿A poco sabes agarrar una llave de cruz sin romperte una uña?
—Sé de autos —dijo Igor, ofendido—. Tengo un Porsche 911 Carrera S con motor bóxer de seis cilindros biturbo…
—A mí me vale madres si tienes una nave espacial, carnal. Aquí arreglamos Tsurus y Chevys. ¿Sabes cambiar una bomba de agua? ¿Sabes purgar frenos? ¿Sabes cambiar balatas?
—Eh… teóricamente… entiendo el principio mecánico de la fricción y la hidráulica…
—O sea que no sabes ni madres. Llégele, güero. Aquí se viene a ensuciar las manos, no a dar clases de física.
Igor salió del taller con las orejas rojas.
Caminó más. Llegó a un restaurante de comida corrida. “Se solicita lavaplatos”.
Entró. El dueño, un señor con cara de pocos amigos, le dijo:
—Cien pesos el día y la comida. De 12 a 10.
Igor hizo cuentas. Cien pesos. Eso eran cinco dólares. Cinco dólares por diez horas de trabajo. Cincuenta centavos la hora. Era esclavitud.
—¿No tiene algo de… gerente? —preguntó.
—Tengo algo de “sácate a la chingada si no quieres trabajar”.
Igor salió.
El día pasó. El sol bajó. El hambre volvió. Igor había gastado ochenta pesos en comida y agua. Le quedaban cuatrocientos diez. Y no tenía trabajo.
La desesperación empezó a transformarse en pánico. ¿Qué le iba a decir a Vera? “No encontré nada porque soy demasiado bueno para estos trabajos de mierda”. Ella se reiría. O peor, lo dejaría sin cenar. Y él tenía hambre. Mucha hambre.
Caminando de regreso hacia el Metro Indios Verdes, pasó por la zona de carga y descarga de la Central de Abastos (la pequeña, la que surte al norte de la ciudad). Camiones enormes llenos de frutas y verduras llegaban y salían.
Vio a un grupo de hombres descargando cajas de papas. Eran tipos duros, correosos, cargando costales de 50 kilos en la espalda como si fueran plumas.
Un hombre mayor, con sombrero y un bigote tipo Zapata, gritaba órdenes.
—¡Muévanse, huevones! ¡Que el camión tiene que salir a las seis! ¡Falta descargar media tonelada!
Igor se acercó. No sabía por qué. Quizás porque era el único lugar donde no pedían papeles. Solo pedían fuerza. Y él iba al gimnasio. Levantaba pesas. Hacía crossfit. Estaba fuerte.
—Disculpe —dijo Igor al del sombrero—. ¿Necesitan ayuda?
El hombre lo miró. Escupió al suelo.
—Necesitamos hombres, no catrines. ¿Aguantas un costal, güero?
—Levanto cien kilos en pecho —dijo Igor, inflando el tórax.
—El pecho no sirve pa’ ni madres aquí. Aquí es lomo y pierna. Te pago cinco pesos por costal descargado. Si bajas veinte, te ganas cien varos. Si te rajas, no te pago nada. ¿Jalas o te pandeas?
Cinco pesos por costal. Igor miró el camión. Estaba lleno hasta el tope.
—Jalo —dijo Igor. Se quitó el saco roto y lo puso en una banca. Se arremangó la camisa hasta los hombros.
—¡Órale pues! ¡Échenle uno al güero!
Uno de los cargadores le puso un costal de papas en la espalda.
En el gimnasio, cien kilos son cien kilos equilibrados en una barra ergonómica, con aire acondicionado y música motivadora. En la realidad, cincuenta kilos de papas son un bulto amorfo, sucio, que se clava en el cuello, te raspa la piel y te desequilibra.
Igor sintió que las rodillas se le doblaban. El peso lo aplastó. Dio un paso y casi se va de boca.
—¡Aguanta, güero! ¡No te nos mueras! —se burlaron los otros.
Igor apretó los dientes. Su orgullo estaba en juego. No iba a dejar que estos tipos se rieran de él. Caminó tambaleándose hasta la bodega, unos veinte metros. Sintió que la columna se le comprimía. Llegó y soltó el costal.
—¡Uno! —gritó el capataz—. ¡Faltan diecinueve pa’ que cobres!
Igor regresó por el segundo. Y el tercero.
Al quinto costal, su camisa de seda estaba destrozada, transparente por el sudor. Sus hombros sangraban ligeramente donde la arpillera del costal le había lijado la piel. Sus piernas temblaban incontrolablemente.
Al décimo costal, vomitó en una esquina.
—¡Guácala! ¡El güero ya echó la papa! —rieron los cargadores.
—¡Sigue o te vas sin nada! —gritó el capataz.
Igor se limpió la boca. Pensó en su papá. Pensó en Vera. «Si me rindo ahora, soy un inútil. Soy lo que ellos dicen que soy».
Siguió. Once. Doce. Trece.
El mundo se volvió un túnel de dolor. Solo existía el costal, el camino, la bodega. El costal, el camino, la bodega.
Diecinueve. Veinte.
Igor soltó el costal número veinte y se desplomó sobre él. No podía respirar. Sentía que el corazón le iba a estallar.
El capataz se acercó. Lo miró con una mezcla de sorpresa y respeto renuente.
—Mira nomás. El catrín sí aguantó. Pensé que te ibas a rajar al tercero.
El hombre sacó un billete de cien pesos del bolsillo y se lo tiró a Igor en el pecho.
—Ten. Te los ganaste. Pero mañana no vengas, caminas muy lento y me atrasas la chamba. Necesito gente de verdad, no aficionados.
Igor tomó el billete. Estaba sucio y arrugado. Pero al tocarlo, sintió una descarga eléctrica. No era dinero regalado. No era una transferencia de papá. Eran cien pesos que le habían costado sangre, vómito y sudor.
Se levantó con dificultad. Le dolía hasta el pelo.
—Gracias —dijo, con voz ronca.
Tomó su saco y se fue, caminando como un anciano de ochenta años.
El regreso a casa fue una odisea de dolor. Subir el cerro de Ecatepec después de cargar una tonelada de papas (veinte costales de cincuenta kilos) fue el mayor reto físico de su vida. Cada paso era una agonía.
Llegó a la casa de Vera a las nueve y media. Estaba oscuro.
Vera estaba sentada en la entrada, esperándolo. Tenía cara de preocupación, que borró en cuanto lo vio aparecer.
—Llegas tarde —dijo ella, levantándose—. Pensé que te habías regresado a las Lomas corriendo.
Igor no dijo nada. Entró a la casa cojeando, se dejó caer en el sofá y cerró los ojos.
Vera lo miró. Vio la camisa destrozada. Vio la sangre seca en su cuello. Vio el polvo de papa en su cabello. Vio sus manos temblorosas llenas de tierra.
—¿Te asaltaron? —preguntó ella suavemente.
Igor metió la mano en su bolsillo y sacó el billete de cien pesos. Lo puso sobre la mesa.
—Cargué papas —susurró—. Veinte costales. Cien pesos.
Vera miró el billete. Luego miró a Igor. Sus ojos brillaron. No dijo nada sarcástico esta vez. Fue a la cocina, calentó agua en la estufa (que milagrosamente ya tenía gas) y trajo una cubeta con agua tibia, un trapo limpio y un poco de alcohol.
Se sentó junto a él en el sofá.
—Quítate la camisa —dijo.
Igor obedeció, gimiendo de dolor. Tenía la espalda en carne viva.
Vera empezó a limpiarle las heridas con delicadeza. El alcohol ardía, pero las manos de ella eran frescas.
—Eres un idiota —dijo ella, pero su tono era cariñoso—. No tenías que matarte el primer día. Nadie carga veinte costales de jalón si no tiene callo. Te pudiste lastimar la columna.
—Me dijeron que si no acababa los veinte, no me pagaban —dijo Igor, con los ojos cerrados—. Y necesitaba traer dinero para la cena.
Vera detuvo su mano un segundo. Se le hizo un nudo en la garganta. Ese “junior” arrogante, que dos días antes se burlaba de los pobres, se había destrozado la espalda por cien pesos para “traer dinero a la casa”.
—Ya hay cena —dijo ella en voz baja—. Hice chicharrón en salsa verde. Con lo que me sobró del pasaje.
Terminó de curarlo. Igor estaba casi dormido del cansancio.
—Ten —Vera le puso el billete de cien pesos en la mano—. Guárdalo. Es tu primer sueldo. No lo gastes en comida. Guárdalo de recuerdo. O cómprate una pomada para el dolor mañana.
—No —murmuró Igor—. Es para la casa. Tú dijiste… todos aportan.
Vera sonrió. Una sonrisa real, pequeña pero sincera.
—Está bien. Lo ponemos en el frasco de los ahorros. Descansa, Igor. Mañana será otro día. Y mañana… mañana te presto una playera de mi hermano. Esa camisa ya no sirve ni para trapo.
Vera lo cubrió con la cobija de tigre. Igor se durmió instantáneamente, sin soñar con Ferraris ni fiestas. Soñó con costales de papas que pesaban como el mundo, y con unas manos frescas que le curaban la espalda.
Mientras tanto, en la habitación contigua, Doña Carmen rezaba su rosario.
—Gracias, virgencita, por mandarle un buen hombre a mi hija. Se ve que es trabajador. Llegó bien cansado el pobre. Cuídamelo.
Si Doña Carmen supiera que el “buen hombre” era el hijo del hombre más rico de México, jugando a ser pobre por castigo, quizás no rezaría con tanta fe. O quizás rezaría más fuerte.
La transformación había comenzado. El cascarón del “Mirrey” se había roto un poco, y debajo, muy en el fondo, empezaba a asomar algo parecido a un ser humano. Pero el camino aún era largo, y el barrio de Ecatepec tenía muchas más lecciones preparadas para el Príncipe de la Basura.
PARTE 2
CAPÍTULO 5: El Mecánico y la Abogada
La primera semana fue un borrón de dolor físico y humillación constante. Igor Andrade descubrió músculos en su cuerpo que no sabía que existían, y no por el gimnasio de lujo, sino por el brutal despertar del trabajo físico. Después del fiasco de las papas, sus manos, antes suaves y acostumbradas a sostener copas de cristal, estaban llenas de ampollas reventadas y cortes que ardían con el jabón.
Pero el hambre es un maestro cruel y eficiente.
Al tercer día, Igor se paró frente al espejo del baño (que seguía sin agua caliente) y se miró. Llevaba una playera vieja de fútbol del hermano de Vera, que le quedaba un poco chica de los hombros, y unos jeans gastados que había comprado en el tianguis por cincuenta pesos. Su barba de tres días ya no parecía un estilo “hipster” diseñado, sino la dejadez del desempleo.
—Eres patético, Igor —se dijo a sí mismo—. Pero tienes que comer.
Salió de la casa. Vera ya se había ido. Le había dejado un post-it en la mesa: “Hoy toca pagar la luz. Faltan 200 pesos. No regreses sin ellos”.
Igor caminó bajando el cerro. Ya no miraba con asco a la gente; la miraba con envidia. Envidiaba al señor que vendía tamales porque tenía un negocio propio. Envidiaba al chofer de la combi porque iba sentado.
Sus pasos lo llevaron de vuelta al taller mecánico donde lo habían rechazado el primer día. “Mecánica Automotriz Rigo”. El olor a grasa y gasolina le provocó una extraña nostalgia. Le recordaba a sus autos. A sus juguetes.
El dueño, Don Rigo —el mismo hombre gordo y sudoroso—, estaba discutiendo acaloradamente con una señora frente a un Chevy Monza gris que tosía humo negro.
—¡Ya le dije, señora! ¡Es la cabeza del motor! ¡Hay que rectificar! ¡Le va a salir en cinco mil pesos! —gritaba Rigo, limpiándose la grasa de la frente.
—¡Pero si apenas ayer servía! ¡Usted me quiere robar! —gritaba la señora.
Igor se acercó. Escuchó el motor del Chevy. Un sonido rítmico, metálico. Clac, clac, clac. No sonaba a cabeza de motor. Sonaba a algo más simple.
Sin pensarlo, Igor intervino.
—No es la cabeza —dijo.
Rigo y la señora voltearon.
—¿Otra vez tú, güerito? —bufó Rigo—. ¿Vienes a pedir chamba de gerente otra vez? Lárgate, estoy ocupado.
—No es la cabeza —repitió Igor, acercándose al cofre abierto—. Escuche el tiempo. No hay mezcla de agua en el aceite, ¿verdad? —Igor sacó la bayoneta del aceite con una confianza que sorprendió a todos. El aceite estaba negro, pero limpio de emulsión—. Si fuera la cabeza, el aceite parecería chocolate con leche. Esto es un buzo hidráulico pegado. O tal vez la banda de distribución está floja y está golpeando la tapa.
Rigo se quedó callado. Miró la bayoneta. Miró a Igor. Miró el motor.
—A ver… —murmuró el mecánico. Se inclinó, tomó un desarmador largo y lo usó como estetoscopio pegando la oreja al mango sobre la tapa de punterías—. Mmm.
—¿Verdad que suena arriba? —insistió Igor—. Es un buzo. Un cambio de aceite con un aditivo de limpieza y ajustar la puntería. Quinientos pesos, más el aceite.
La señora miró a Rigo con los brazos cruzados.
—¿Es cierto eso, Don Rigo? ¿O me quería ver la cara?
Rigo se puso rojo hasta las orejas.
—Bueno, pues… es una posibilidad, jefa. A veces se confunde el ruido. Vamos a probar lo que dice el chavo. Si queda, pues se ahorró la lana.
Veinte minutos después, el Chevy ronroneaba suavemente tras un cambio de aceite y un ajuste menor. La señora pagó feliz y le dio una propina de cincuenta pesos a Igor.
—Gracias, joven. Usted sí sabe. No como este atarantado.
Cuando el coche se fue, Rigo se volvió hacia Igor. Ya no había burla en sus ojos, sino cálculo.
—¿Dónde aprendiste eso, güero? Dijiste que no sabías ni madres.
—No sé cambiar balatas rápido —admitió Igor—. Pero sé cómo funcionan los motores. He leído manuales técnicos de Porsche, Ferrari y Mercedes desde que tenía doce años. Un motor es un motor, sea de un Monza o de un 911. La física es la misma.
Rigo escupió al suelo y se acomodó el pantalón.
—Pues mucha teoría y mucha física, pero te faltan callos. Mira, necesito a alguien que diagnostique rápido porque yo ya estoy viejo y no oigo bien, y mis chalanes son buenos pa’ la talacha pero brutos pa’ pensar. Te doy chamba.
El corazón de Igor dio un salto.
—¿De verdad?
—Sí. Pero no te emociones. Vas a ganar mil doscientos a la semana, más las propinas. Entras a las nueve, sales a las siete. Y aquí se viene a jalar parejo. Barres, limpias grasa, vas por los refrescos y arreglas fallas. ¿Jalas o te pandeas?
Mil doscientos a la semana. Antes, Igor gastaba eso en un desayuno. Ahora, le parecía una fortuna. Podría pagar la luz. Podría comprar carne.
—Jalo —dijo Igor, estrechando la mano grasienta de Rigo.
—Órale pues. Ponte el overol, allá hay uno que dejó el “Muñeco” cuando se fue al norte. Te ha de quedar. Y empieza por lavar ese carburador.
Ese día, Igor Andrade dejó de ser el “Junior” y se convirtió en “El Güero”, el chalán nuevo del taller Rigo.
La rutina se estableció con una brutalidad reconfortante.
Igor se levantaba a las seis. Se bañaba a jicarazos (ya no gritaba, solo apretaba los dientes). Desayunaba café y pan con Vera y Doña Carmen. Caminaba al taller. Pasaba diez horas entre aceite quemado, gasolina y chistes de doble sentido de los otros mecánicos, “El Choforo” y “El Greñas”.
Al principio, se burlaban de él. Le escondían las herramientas. Lo mandaban a la tienda por “aceite en polvo” o “bujías para motor diésel”. Igor caía, se enojaba, y ellos reían. Pero poco a poco, empezó a devolverles las bromas. Aprendió el albur. Aprendió a no dejarse. Y sobre todo, demostró que era bueno. Tenía un oído absoluto para los motores. Podía decir qué le fallaba a un coche solo con escucharlo entrar al taller.
Regresaba a casa a las ocho de la noche, negro de grasa. Vera solía llegar a las nueve, con los ojos rojos de cansancio tras sus clases y su turno de limpieza.
La casa de Ecatepec se convirtió en una trinchera compartida. No eran amigos. Apenas se hablaban. Pero eran compañeros de batalla.
Una noche de martes, tres semanas después de la boda, el precario equilibrio se rompió.
Llovió. Una de esas tormentas bíblicas que caen en el Estado de México y convierten las calles en ríos. Igor llegó empapado. Vera llegó media hora después, hecha una sopa, cargando una mochila pesada llena de libros de Derecho Penal.
—¡Maldita sea! —gritó Vera al entrar, tirando la mochila al suelo. Estaba al límite.
—¿Qué pasó? —preguntó Igor, que estaba en la sala intentando quitarse la grasa de las uñas con un cepillo de dientes viejo.
—¡Pasó que se inundó el metro! ¡Pasó que el camión me bajó tres cuadras antes! ¡Y pasó que reprobé el examen de Mercantil porque no tuve tiempo de estudiar por estar doblando turno para pagar tus medicinas del estómago, principito!
Igor se quedó callado. La semana anterior le había dado una infección estomacal por comer tacos callejeros y Vera había gastado los ahorros en antibióticos.
Vera se fue directo al pequeño cuarto de lavado en el patio techado.
—Tengo que lavar mi uniforme para mañana —masculló entre sollozos—. Es el único que tengo seco.
Igor escuchó el ruido de la lavadora vieja, una Easy redonda de aspas que parecía tener más años que él. Chaca-chaca-chaca… ¡CLANK!
El sonido fue seco y definitivo. Luego, el silencio. Y después, el llanto de Vera. Un llanto desgarrador, de esos que salen cuando ya no puedes más con la vida.
Igor se levantó. Caminó hacia el patio.
Vera estaba sentada en el suelo, abrazando sus rodillas, frente a la lavadora muerta. Había agua con jabón derramándose por el piso.
—Se rompió —lloraba Vera—. Se rompió y no tenemos dinero para arreglarla. Y no tengo uniforme. Y estoy cansada, Igor. Estoy tan cansada. Ya no puedo.
Igor la miró. Vio a la mujer de hierro desmoronarse. Vio a la chica que mantenía a su madre, que estudiaba, que trabajaba, que lo aguantaba a él, rendida ante una máquina de metal oxidado.
Sintió algo en el pecho. No era lástima. Era admiración. Y una necesidad furiosa de arreglar algo. Su vida era un desastre, no podía arreglar su relación con su padre, no podía recuperar su dinero, pero maldita sea, podía arreglar una máquina.
—Quítate —dijo Igor.
Vera levantó la cara, con los ojos hinchados y el rímel corrido.
—¿Qué?
—Que te quites. Déjame verla.
—No sabes nada de lavadoras, Igor. Vete a dormir. Déjame llorar en paz.
—Dije que te quites. —Igor la levantó suavemente por los brazos y la movió a un lado.
Se arrodilló en el charco de agua jabonosa. No le importó mojarse los pantalones. Observó la máquina. Metió la mano en el agua turbia y giró las aspas. Estaban trabadas.
—Tráeme un desarmador de cruz y unas pinzas de presión. Están en la caja de herramientas que traje del taller.
—Igor, no tiene caso…
—¡Tráelos! —ordenó, con una voz que le recordó a Vera, por un segundo, al Simón Andrade poderoso que daba órdenes en el corporativo.
Vera obedeció. Trajo las herramientas.
Igor trabajó. Desarmó la tapa trasera. Revisó la banda. Estaba bien. Revisó el motor. Olía a quemado, pero no estaba muerto. Quitó la bomba de agua. Y ahí lo vio.
—Un calcetín —dijo Igor, sacando una bola de tela atorada en el impulsor de la bomba—. Un maldito calcetín se tragó la bomba.
Vera se acercó, sorbiendo los mocos.
—¿Qué?
—La bomba se trabó con esto. El motor se protegió térmicamente y se apagó. No está descompuesta, Vera. Solo estaba atragantada.
Igor volvió a armar todo con movimientos rápidos y precisos. Sus manos, llenas de cicatrices y grasa incrustada, se movían con destreza. Conectó la manguera. Enchufó la máquina.
Giró la perilla.
Chaca-chaca-chaca.
El sonido rítmico de la lavadora volvió a la vida como música celestial.
Vera soltó un suspiro tembloroso y se tapó la boca.
—La arreglaste…
Igor se puso de pie, secándose las manos en sus pantalones mojados. Se sintió… eufórico. Había arreglado un Porsche de tres millones de pesos una vez y no había sentido ni la mitad de la satisfacción que sentía ahora al ver esa chatarra girar.
—Listo —dijo él, tratando de sonar indiferente—. Ya puedes lavar tu uniforme.
Vera lo miró. Realmente lo miró. Por primera vez, no vio al hijo mimado de su jefe. No vio al borracho de la celda. Vio a un hombre empapado, sucio, cansado, que se había arrodillado en el jabón para salvarle la noche.
—Gracias —susurró ella. Y luego, hizo algo inesperado. Lo abrazó.
Fue un abrazo torpe, rápido. Ella olía a lluvia y a cansancio. Él olía a aceite de motor y a sudor. Pero en ese patio frío de Ecatepec, hubo calor.
Igor se quedó rígido un segundo, y luego, tímidamente, le dio dos palmadas en la espalda.
—Ya, ya. No es para tanto. Soy ingeniero frustrado, ¿recuerdas?
Vera se separó, sonriendo levemente.
—Eres un buen mecánico, Igor.
—Soy el mejor chalán de la zona norte, que te quede claro.
Esa noche, cenaron quesadillas. No se dijeron mucho, pero el silencio ya no era incómodo. Era un silencio de compañeros de trinchera que acaban de sobrevivir a un bombardeo.
A partir de esa noche, la dinámica cambió.
Igor empezó a interesarse por lo que hacía Vera. Una noche, la encontró dormida sobre sus libros de Derecho Romano en la mesa de la cocina. Eran las dos de la mañana.
Igor se acercó. Leyó el párrafo que ella estaba subrayando: “La Patria Potestad en el derecho romano era absoluta…”.
Le movió el hombro suavemente.
—Vera. Vera, despierta. Te vas a torcer el cuello.
Ella se despertó sobresaltada.
—¡El examen! ¿Qué hora es?
—Son las dos. Vete a la cama.
—No puedo. Tengo examen final mañana. Si repruebo, pierdo la beca. Y si pierdo la beca, no puedo seguir estudiando.
Se frotó la cara con desesperación.
—No entiendo nada. Es demasiado latín. Mi cerebro ya no da.
Igor se sentó frente a ella. Tomó el libro.
—A ver. Yo tuve clases de Derecho Corporativo en la carrera. Era una materia de relleno, pero algo se me pegó. ¿Qué no entiendes?
—La diferencia entre auctoritas y potestas.
Igor sonrió. Recordaba esa clase. El profesor era un viejo aburrido, pero Igor tenía memoria fotográfica.
—Es fácil. Potestas es el poder legal. Lo tienes porque el cargo te lo da. Como un policía. Auctoritas es el saber socialmente reconocido. La autoridad moral. Como… como tu mamá. Ella no tiene un cargo, pero tú la obedeces porque la respetas. Eso es auctoritas.
Vera lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Cómo sabes eso?
—Te dije que fui a las mejores escuelas, Vera. No aprendí nada de la vida, pero sé datos inútiles que sirven para pasar exámenes. A ver, pregúntame otra.
Estudiaron juntos hasta las cuatro de la mañana. Igor le explicaba conceptos abstractos con ejemplos de mecánica o de negocios sucios de su padre (lo cual hacía reír a Vera), y ella absorbía la información como una esponja.
Al día siguiente, Vera regresó corriendo del trabajo. Igor estaba en la cocina, friendo unos huevos (había aprendido a cocinar cosas básicas para no morir de hambre).
—¡Saqué diez! —gritó ella, entrando como un torbellino—. ¡Diez, Igor! ¡El profesor me felicitó frente a toda la clase!
Corrió y lo abrazó de nuevo, esta vez con más confianza, levantándose de puntitas. Igor sonrió, con la espátula en la mano.
—Felicidades, licenciada. Sabía que podías.
—No, lo hicimos. Gracias a tu ejemplo de la “Auctoritas de Don Rigo”.
Celebraron con una Coca-Cola de vidrio bien fría y unos tacos de huevo.
—Oye, Igor… —dijo Vera, poniéndose seria de repente mientras comían.
—¿Qué?
—Hoy me preguntaron por ti en la universidad. Unas amigas. Vieron… bueno, vieron el video de cuando te arrestaron. Alguien lo volvió a compartir.
Igor se tensó. El pasado siempre volvía.
—¿Y qué dijiste? ¿Que estás casada con #LordJunior? ¿Que vives con el payaso de México?
—Dije que se parecía a ti, pero que no eras tú. Dije que mi esposo es mecánico. Que se llama Igor, pero que es un hombre trabajador que se parte el lomo todos los días y que llega a casa con las manos sucias de aceite, no de robar.
Igor dejó de masticar. Sintió un nudo en la garganta.
—¿Dijiste eso?
—Sí. Y es la verdad. El Igor del video… ese tipo ya no existe, ¿verdad?
Igor miró sus manos. Tenía grasa incrustada en las huellas dactilares que no salía con nada. Tenía una quemadura en el antebrazo por un escape caliente. Le dolía la espalda.
Pensó en sus amigos de antes. El “Pato”, el “Javi”. Ellos seguían en la fiesta. Seguían gastando el dinero de sus papás. Seguían siendo niños eternos.
Él estaba cansado. Pobre. Pero cuando Rigo le decía “Buen trabajo, Güero”, o cuando Vera le sonreía así… se sentía real.
—No —dijo Igor—. Ese tipo ya no existe. Se quedó en la celda.
Vera sonrió y le puso la mano sobre la suya.
—Me cae bien el nuevo Igor. Es medio refunfuñón y le huelen los pies, pero me cae bien.
—Oye, mis pies huelen a rosas —protestó él, riendo.
Esa noche, por primera vez en meses, Igor no pensó en el calendario. No contó los días que faltaban para recuperar sus millones. Simplemente, se fue a dormir pensando en que al día siguiente tenía que arreglar la transmisión de una camioneta Ford, y que tenía que hacerlo bien, porque Vera necesitaba zapatos nuevos y él quería comprárselos con su dinero.
Pero el destino, o el guionista de esta extraña tragicomedia, tenía preparada una prueba más. Una prueba que pondría a temblar esa nueva y frágil felicidad.
Dos días después, un Mercedes Benz último modelo entró al taller de Rigo.
—¡Güero! —gritó Rigo—. ¡Atiende al cliente! ¡Viene a revisar niveles!
Igor salió de la fosa, limpiándose las manos con una estopa. Se acercó a la ventanilla del conductor.
—Buenas tardes, ¿qué le revisamos…?
La ventanilla bajó. Y el tiempo se detuvo.
Al volante estaba “El Pato”. Su mejor amigo. Su cómplice de fiestas. Y en el asiento del copiloto, riendo y mirando su celular, estaba Sofía. La ex novia de Igor. La modelo por la que Igor había llorado semanas antes.
—¡Qué onda, maistro! —dijo Pato sin siquiera mirarlo, sacando un billete de cincuenta pesos—. Checa el aire de las llantas y el agua de los chisgueteros. Y rápido, que tenemos prisa. Huele re feo aquí.
Igor se quedó congelado. Su corazón martillaba contra sus costillas. Estaba a medio metro de su vida anterior. Podía oler el perfume de Sofía. Podía ver el reloj Rolex de Pato.
Pato se quitó los lentes de sol y volteó a verlo, impaciente.
—¿Qué te pasa, güey? ¿Estás sordo o qué? ¡Muévete!
Igor bajó la gorra de béisbol que llevaba puesta, ocultando sus ojos. El pánico lo invadió. Si lo reconocían… si lo veían así, de overol sucio, siendo un chalán… la humillación sería mortal. Sería el hazmerreír de todo México otra vez.
—Sí, patrón. Ahorita queda —dijo Igor, fingiendo una voz ronca y acento de barrio.
Se agachó hacia las llantas. Le temblaban las manos.
—Oye, Pato, ¿ya viste a este tipo? —dijo Sofía, riendo—. Se parece un buen a Igor. Pero en versión naco.
Pato soltó una carcajada.
—¡No mames, sí! ¡Imagínate al Igor aquí! ¡Se muere! Pobre cabrón, ¿dónde estará? Dicen que su papá lo mandó a un monasterio en Europa. Seguro está comiendo quesos finos mientras nosotros estamos en este tráfico de mierda.
—Ay, ya vámonos, huele a grasa —se quejó Sofía.
Igor terminó de revisar las llantas. Se levantó, manteniendo la cabeza baja.
—Listo, jefe.
Pato le tiró el billete de cincuenta pesos al suelo. Ni siquiera se lo dio en la mano.
—Ahí está pa’l chesco. Cómprate un desodorante, carnal.
El Mercedes aceleró, levantando polvo. Igor se quedó parado, mirando las luces traseras alejarse. El billete de cincuenta pesos estaba a sus pies, en el polvo grasiento.
Hace tres meses, Igor hubiera recogido ese billete y se lo hubiera lanzado al coche. Hace tres meses, hubiera gritado.
Pero ahora, Igor se agachó. Recogió el billete. Lo sacudió.
—Cincuenta pesos son dos kilos de tortillas y un cuarto de jamón —murmuró.
Guardó el billete en su bolsillo. No sintió vergüenza. Sintió lástima. Lástima por Pato. Lástima por Sofía. Eran tan pobres que lo único que tenían era dinero.
—¡Güero! —gritó Rigo—. ¿Te vas a quedar ahí mirando las moscas? ¡Tráeme la llave de media!
—¡Voy, jefe! —respondió Igor.
Se dio la vuelta y regresó al trabajo. Esa noche, le contaría a Vera. Y se reirían juntos. Porque ahora tenía a alguien con quien reírse de verdad, no solo con quien compartir la borrachera.
La transformación estaba casi completa. Pero el pasado no se rinde tan fácil, y la verdadera prueba de fuego estaba por llegar. La salud de Doña Carmen estaba mejorando, pero el secreto de su matrimonio falso pendía de un hilo, y el año aún estaba lejos de terminar.
PARTE 2
CAPÍTULO 6: Navidad sin Regalos, pero con Memoria
Diciembre llegó a Ecatepec no con nieve y trineos, sino con un viento helado que cortaba la cara y levantaba polvo en las calles sin pavimentar. Llegó con el olor a tejocote y guayaba hirviendo en ollas de barro gigantes, con el sonido de los cohetes tronando en cada esquina a todas horas, y con las cumbias navideñas retumbando en las bocinas de los vecinos desde las seis de la mañana.
Para Igor Andrade, diciembre solía significar una cosa: Aspen. Esquí en Colorado, cabañas con calefacción por suelo radiante, chocolate caliente suizo y regalos de marcas que ni siquiera ponían el precio en la etiqueta. La Navidad era un trámite de opulencia, una competencia silenciosa de quién regalaba el reloj más caro o el viaje más exótico.
Pero este año, su “Aspen” era una casa de obra negra con ventanas que chiflaban por el viento, y su “chocolate suizo” era un champurrado espeso que Doña Carmen preparaba con devoción, aunque el agua a veces escaseara.
—¡Súbele, Igor! —gritó Doña Carmen desde la cocina—. ¡Es la de Luis Miguel!
Igor, que estaba intentando sellar una grieta en la ventana con periódico y cinta canela (una técnica de aislamiento térmico que había aprendido en YouTube con el celular de Vera), sonrió.
—¡Ya va, Doña Carmen! —Igor corrió a la vieja grabadora y subió el volumen. “Llegó la Navidad…” cantaba el Sol de México.
Habían pasado ocho meses. Ocho meses desde que Igor firmó ese contrato con el diablo (o con su padre). Su cabello rubio teñido ya había desaparecido, reemplazado por su castaño natural, ahora un poco más largo y desordenado. Sus manos eran las de un obrero: callosas, con uñas cortas y siempre con un leve rastro de grasa negra en las cutículas, por más que se tallara. Había bajado de peso, perdiendo la hinchazón del alcohol, y ahora tenía una musculatura fibrosa, real, construida a base de bajar cajas de transmisión y aflojar tuercas oxidadas.
Pero el cambio más grande no era físico. Era interno. El silencio en su cabeza, antes lleno de ansiedad por “pertenecer” y por el “qué dirán”, había sido reemplazado por preocupaciones más inmediatas y reales: ¿Alcanzará el gas? ¿Le pagarán a Vera su aguinaldo? ¿Quedó bien la afinación del Tsuru del taxista?
Esa tarde, Vera llegó temprano. Traía una bolsa de mandado y una cara de preocupación que intentaba ocultar con una sonrisa forzada.
—¡Llegué familia! —anunció, dejando la bolsa en la mesa—. Traje cañas y cacahuates para la posada de la vecina.
Igor la observó. Conocía esa expresión. Era la cara de “hice cuentas y no salen”.
Se acercó a ella mientras Doña Carmen cantaba en la otra habitación.
—¿Qué pasa? —susurró Igor.
—Nada —Vera evitó su mirada, sacando las cañas.
—Vera. Soy tu “esposo”, ¿recuerdas? Conozco esa cara. Es la misma cara que pones cuando repruebas un simulacro de examen o cuando sube el precio del huevo.
Vera suspiró y se dejó caer en una silla.
—Es el dinero, Igor. Mi mamá… quiere hacer cena de Navidad. Quiere romeritos, bacalao, pavo… ya sabes, como cuando vivía mi papá. Dice que es nuestra primera Navidad contigo y quiere que sea especial. Pero… —Vera bajó la voz—. Pagué la inscripción del semestre, la luz subió, y las medicinas post-operatorias se llevaron el resto. Tengo quinientos pesos para toda la cena y los regalos.
Quinientos pesos. Igor sintió un golpe en el estómago. Antes, él dejaba quinientos pesos de propina al valet parking solo por traerle el coche rápido.
—No te preocupes —dijo Igor, poniendo una mano sobre el hombro de ella. Sintió cómo Vera se relajaba ante su tacto—. Yo tengo mis ahorros del taller. El Rigo me dio mi aguinaldo adelantado.
—¿Cuánto tienes? —preguntó Vera con esperanza.
Igor hizo un cálculo mental rápido. Tenía mil ochocientos pesos guardados en una lata de leche Nido vacía, escondida debajo del sofá. Había estado ahorrando para comprarse unos zapatos de seguridad decentes, porque los tenis ya tenían agujeros en la suela.
—Tengo lo suficiente. Tú encárgate de que Doña Carmen esté feliz. Yo pongo la cena.
Vera lo miró con los ojos brillantes.
—¿En serio? Pero Igor, tú querías tus botas…
—Las botas pueden esperar. Mis pies son de acero, ¿qué no ves? —bromeó, flexionando un bíceps—. Además, tengo un antojo de romeritos que no me aguanto.
Vera le apretó la mano. Fue un gesto breve, pero cargado de una electricidad que ambos sentían y que ambos ignoraban por miedo a romper el frágil equilibrio de su mentira.
El 24 de diciembre amaneció con un cielo azul cristalino y un frío de los mil demonios.
Igor salió temprano al mercado de San Felipe. Era un mar de gente. Olores, colores, gritos. “¡Pásele marchanta, el kilo de camarón seco, barato!”. Igor se movía entre la multitud como pez en el agua. Ya sabía regatear.
—¿A cuánto el mole, jefe? —preguntó en un puesto.
—A ochenta el cuarto, güero.
—¡Uy no! En la entrada me lo dan a sesenta y con prueba. Déjemelo a setenta y me llevo medio kilo.
—Órale pues, nomás porque me caes bien.
Regresó a casa cargado de bolsas. Doña Carmen, que ya caminaba con ayuda de un bastón (la operación había sido un éxito total gracias al dinero de Simón), estaba limpiando los romeritos con una paciencia infinita.
—¡Llegó el proveedor! —gritó Igor, entrando con las bolsas.
La casa se llenó de aromas. El mole burbujeando, el ponche con canela y piloncillo, el pavo (que en realidad era un pollo muy grande que Igor consiguió en oferta) en el horno.
Pero había algo que faltaba. Regalos.
En la familia Andrade, el árbol de Navidad siempre estaba rodeado de cajas envueltas en papel dorado y plateado. Cajas de Palacio de Hierro, de Tiffany, de Apple. Abrir regalos era una ceremonia de dos horas.
Aquí, el árbol era una rama seca de pino que Vera había pintado de blanco y decorado con esferas de plástico y luces que parpadeaban frenéticamente. Y debajo del árbol… nada.
Igor se sentó en el patio trasero mientras las mujeres cocinaban. Se sentía mal. Había gastado todo en la cena. No tenía nada para Vera. Ella le había dado todo: un techo, comida, una lección de vida. Y él no podía darle ni siquiera un perfume barato.
Miró a su alrededor. El patio estaba lleno de chatarra que el hermano de Vera, Luis (quien afortunadamente no había aparecido en meses), había dejado acumulada. Fierros viejos, maderas podridas, partes de bicicletas.
Sus ojos se posaron en una vieja máquina de coser Singer, de esas de pedal, con la base de hierro forjado oxidada y la madera carcomida por la polilla. Estaba tirada en una esquina, bajo una lona.
Recordó algo que Vera le había dicho una noche mientras estudiaba en la mesa de la cocina, moviendo los platos de la cena para hacer espacio a sus libros: “Me gustaría tener mi propio escritorio. Un lugar donde solo haya leyes y justicia, y no migajas de pan”.
Igor miró su reloj. Eran las cuatro de la tarde. Tenía seis horas antes de la cena.
—Manos a la obra —murmuró.
Sacó su caja de herramientas. Arrastró la vieja máquina de coser al centro del patio. Desmontó la máquina oxidada (que ya no tenía salvación) y se quedó con la base de hierro. Estaba preciosa, con volutas y detalles victorianos, pero cubierta de óxido naranja.
Tomó un cepillo de alambre y empezó a lijar. Ras, ras, ras. El sonido era áspero, pero hipnótico. El polvo de óxido le cubrió la cara y los brazos. Lijó hasta que el metal negro brilló. Luego, buscó en el cuartito de herramientas de Luis. Encontró una lata de pintura negra en aerosol a medio usar y un poco de barniz. Pintó la base. Quedó como nueva.
Ahora faltaba la superficie. No tenía madera buena. Miró hacia arriba. Había unas tablas de una tarima vieja que usaban para tender la ropa. Eran de pino corriente, astilladas y sucias.
Igor las bajó. Las cortó a la medida con un serrucho oxidado. Las lijó. Lijó hasta que sus dedos sangraron, literalmente. Quería que esa madera quedara suave como la seda. Quería que Vera pudiera apoyar sus codos ahí sin lastimarse mientras estudiaba para ser la mejor jueza de México.
Mientras lijaba, pensó en su padre. Simón nunca le había hecho un regalo con sus manos. Le daba dinero. Le daba tarjetas. Pero nunca su tiempo. Igor estaba poniendo su sudor, su sangre y su tiempo en esas tablas viejas.
—Esto vale más —se dijo, convencido—. Esto vale más que el escritorio de caoba del despacho de mi papá.
Unió las tablas. Las quemó ligeramente con un soplete de plomero para darles un acabado rústico y elegante. Las barnizó. El olor a barniz fresco se mezcló con el olor a mole que salía de la cocina.
Atornilló la madera a la base de hierro.
A las nueve de la noche, Igor contempló su obra. No era un mueble de diseñador italiano. Tenía imperfecciones. Una tabla estaba un milímetro más alta que la otra. Pero era sólido. Era fuerte. Y tenía carácter.
Lo cubrió con una sábana vieja y lo dejó en el patio.
Se metió a bañar (agua fría, para variar, pero ya ni la sentía). Se puso su mejor ropa: unos pantalones de vestir que había rescatado de su vida anterior y una camisa blanca que Vera le había planchado con almidón.
Cuando salió a la sala, se quedó mudo.
Vera estaba preciosa. Llevaba un vestido rojo sencillo, heredado seguramente de alguna tía, que le quedaba un poco suelto, pero ella lo había ajustado con un cinturón. Se había soltado el pelo y se había pintado los labios de rojo.
—Wow —dijo Igor, sin pensar.
Vera se sonrojó.
—Te ves bien, mecánico —dijo ella, sonriendo—. Te ves… limpio.
Doña Carmen salió de su cuarto, con su mejor chalina.
—¡Ay, qué bonita pareja hacen! ¡Parecen de película! —exclamó la señora, aplaudiendo—. ¡Vengan, vamos a arrullar al Niño Dios!
Hicieron la ceremonia. Cantaron. Igor, que siempre se había burlado de la religión, se encontró cantando los villancicos con una sinceridad extraña. Sostuvo la vela de bengala con cuidado, viendo cómo las chispas iluminaban la cara de Vera. Ella se veía feliz. Genuinamente feliz.
Cenaron. Los romeritos estaban espectaculares. El ponche calentaba el alma. Brindaron con sidra Santa Claus.
—Por la familia —dijo Doña Carmen, levantando su copa de plástico—. Por mi hija, que es mi luz. Y por ti, Igor, que llegaste como un ángel caído del cielo (aunque un poco atarantado) para salvarnos. Gracias, hijo. Ya no me duele la espalda. Y eso te lo debo a ti.
Igor sintió un nudo en la garganta tan grande que no pudo tragar la sidra. Si ella supiera que él era la causa indirecta de tantos males en el mundo… si supiera que todo era un trato comercial…
—Salud, Doña Carmen —dijo con voz ronca.
Terminaron de cenar. Llegó el momento incómodo.
—Bueno… —dijo Vera—. No hay muchos regalos este año, ma. Pero hay cariño.
Vera le dio a su mamá una bufanda que había tejido ella misma en los ratos libres en el metro. Doña Carmen lloró y se la puso inmediatamente.
Luego, Vera se volvió hacia Igor. Sacó una cajita pequeña envuelta en papel de periódico.
—Ten. No es mucho. Pero lo necesitas.
Igor abrió el paquete. Era una navaja suiza. No una Victorinox original, sino una marca genérica, pero se veía robusta.
—Vi que siempre andas batallando en el taller para cortar cables o abrir cosas —dijo Vera tímidamente—. Y como perdiste la tuya… bueno, pensé que te serviría.
Igor acarició el metal frío de la navaja. Era perfecta. Era una herramienta. Un símbolo de su nueva vida.
—Gracias, Vera. Es… es lo mejor que me han regalado. En serio.
—Bueno, ahora te toca a ti, ¿no? —dijo Doña Carmen—. ¡Ándale, Igor! ¿Qué le compraste a mi niña?
Igor se puso de pie.
—No le compré nada —dijo.
La cara de Vera cayó un poco, aunque intentó disimularlo con una sonrisa.
—No te preocupes, Igor, ya sé que gastaste todo en la cena…
—No le compré nada —repitió Igor—, porque lo que ella necesita no se vende en las tiendas. Ven.
Le tendió la mano. Vera la tomó, confundida. La llevó al patio trasero, donde el frío era intenso pero el cielo estaba lleno de estrellas (y de humo de cohetes).
Doña Carmen los siguió, apoyada en su bastón.
Igor caminó hacia el bulto cubierto por la sábana.
—Vera, tú me dijiste que querías un lugar para tus leyes. Un lugar donde no hubiera migajas. Bueno… no es caoba, y no es de Liverpool. Es madera de tarima y la base de una máquina vieja que iba a ir a la basura. Pero la lijé yo. Y le puse tres capas de barniz para que no se te atoren las mangas.
Igor tiró de la sábana.
El escritorio apareció bajo la luz de la luna y del foco amarillo del patio. El metal negro brillaba elegante. La madera, con sus vetas quemadas y su color miel, lucía cálida, invitante. Era una pieza única. Una mezcla de pasado industrial y esperanza futura.
Vera se llevó las manos a la boca. No dijo nada. Se acercó lentamente, como si tuviera miedo de que fuera una ilusión óptica y desapareciera al tocarlo.
Pasó sus dedos por la superficie de la madera. Estaba suave. Perfectamente lisa.
—Igor… —susurró.
—Le puse unos niveladores abajo porque el piso del patio está chueco —explicó Igor, nervioso, rascándose la nuca—. Y… bueno, si no te gusta, lo podemos usar para poner las macetas.
Vera se dio la vuelta. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Pero no eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas de asombro absoluto.
—¿Tú hiciste esto? ¿Con tus manos?
—Con mis manos y con el serrucho oxidado de tu hermano, que por cierto, corta horrible.
Vera se lanzó a sus brazos. No fue el abrazo tímido de la lavadora. Fue un abrazo de cuerpo entero, un choque de emociones. Rodeó el cuello de Igor con sus brazos y escondió la cara en su hombro.
—Es hermoso —sollozó ella—. Es lo más hermoso que nadie me ha dado nunca. Estás loco. Te lastimaste las manos.
Igor la abrazó de vuelta, sintiendo el calor de su cuerpo contra el suyo. Olía a vainilla y a ponche. Se sintió… lleno. Completo.
—Vale la pena —susurró él en su oído—. Tú vales la pena, licenciada.
Se quedaron así un momento eterno. Doña Carmen, desde la puerta, se limpiaba una lágrima con la bufanda nueva y, sabiamente, decidió meterse a la cocina a “calentar más ponche”, dejándolos solos.
Vera se separó un poco, pero no soltó a Igor. Lo miró a los ojos. Estaban muy cerca. Igor podía ver las motas doradas en los ojos oscuros de ella. Podía sentir su respiración.
El contrato decía “sin contacto íntimo”. El contrato decía “negocio”. Pero el contrato no decía nada sobre la Nochebuena, el frío y dos personas solitarias que se habían encontrado en medio del caos.
Igor inclinó la cabeza ligeramente. Vera no se alejó. Sus labios estaban a centímetros. El corazón de Igor latía como un motor V8 a punto de arrancar.
—Vera… —empezó a decir.
—¡PIUM! ¡BUM! ¡TRACA-TRACA-TRACA!
Un cohete enorme estalló en la casa del vecino, seguido de una ráfaga de silbidos y música de Los Ángeles Azules a todo volumen: “¡Cómo te voy a olvidaaaar!”.
El momento se rompió. Ambos dieron un salto hacia atrás, asustados y riendo nerviosamente.
—Malditos vecinos —dijo Igor, con una risa temblorosa.
—Sí… malditos —dijo Vera, acomodándose el pelo, con las mejillas encendidas—. Hace frío. Mejor… mejor metemos el escritorio mañana. Vamos adentro.
Entraron a la casa. El momento mágico había pasado, pero algo había cambiado irrevocablemente. La línea entre la farsa y la realidad se había borrado casi por completo.
Esa noche, Igor durmió en su sofá (que seguía siendo incómodo, pero ya tenía la forma de su espalda). No podía dormir. Miraba el techo y sonreía como un idiota.
Tenía una navaja barata en el bolsillo y cero pesos en su lata de ahorros. Pero se sentía el hombre más rico del mundo.
La semana entre Navidad y Año Nuevo pasó volando. El ambiente en la casa era ligero, casi festivo. Igor y Vera bromeaban, cocinaban juntos. Igor incluso ayudó a Doña Carmen a tejer chambritas (aunque lo hacía pésimo y terminaba con los dedos enredados).
Pero el tiempo es un enemigo silencioso.
El 31 de diciembre, por la mañana, Igor fue al taller a recoger unas herramientas que había olvidado.
Rigo estaba cerrando.
—¡Feliz año, Güero! —gritó Rigo—. ¡Nos vemos el día 2! ¡Pórtate mal y cuídate bien!
—Igual, jefe. Gracias por todo.
Cuando Igor salía del taller, vio un auto negro estacionado en la acera de enfrente. Un auto demasiado limpio, demasiado nuevo. Un Audi blindado.
La ventanilla trasera bajó.
Era el Licenciado Morales, el abogado de su padre.
Igor sintió un escalofrío. Se acercó al auto.
—Joven Igor —dijo Morales, sin bajarse—. Su padre le manda saludos.
—¿Qué quiere? —preguntó Igor, a la defensiva.
—Solo un recordatorio amistoso. Hoy se cumplen nueve meses. Faltan tres. El contrato estipula que el 1 de abril, a las 12:00 del día, usted debe presentarse en el corporativo para reclamar su herencia o… renunciar a ella.
Igor miró al abogado. Nueve meses. Solo faltaban tres.
—Dígale a mi padre que sé leer el calendario —escupió Igor.
—Su padre también quería que le entregara esto.
Morales le tendió un sobre blanco.
—¿Qué es? —preguntó Igor.
—Ábralo usted mismo. Feliz año, joven. Disfrute su… experiencia antropológica mientras dure.
El auto arrancó y se perdió en el tráfico de la Avenida Central.
Igor se quedó parado con el sobre en la mano. Le temblaban los dedos. Lo abrió.
Adentro había una fotografía. Era una foto reciente, tomada con un teleobjetivo. Se veía el patio de la casa de Vera. Se veía a Igor lijando el escritorio, lleno de polvo, con la lengua de fuera por la concentración.
Y detrás de la foto, una nota escrita con la letra impecable y angulosa de Simón Andrade:
“El mueble te quedó un poco chueco de la pata izquierda. Pero tiene buena estructura. Vas mejorando. No me decepciones en la recta final. – S.A.”
Igor sintió una mezcla de ira y… ¿orgullo? Su padre lo estaba vigilando. Su padre había visto el escritorio. Y no lo había criticado (bueno, solo la pata chueca).
Pero entonces, la realidad lo golpeó. “Recta final”.
En tres meses, todo esto se acabaría. Tendría que volver a su vida. A sus millones. A su soledad.
¿Y Vera? El contrato decía que al final del año, se divorciaban. Ella recibía una casa y su libertad. Él recibía su dinero. Sus caminos se separarían.
Igor caminó de regreso a casa, subiendo el cerro. El sobre le quemaba en el bolsillo.
Llegó a la casa. Vera estaba en el patio, sentada en su nuevo escritorio, estudiando. El sol de invierno le daba en la espalda. Se veía tan concentrada, tan en paz.
Igor se detuvo en la puerta. El corazón se le estrujó.
No quería que acabara.
Por primera vez, la idea de recuperar sus millones no le provocaba alegría, sino un terror profundo. Porque recuperar su vida significaba perderla a ella.
—¿Igor? —Vera levantó la vista y lo vio parado ahí, pálido—. ¿Estás bien? ¿Viste un fantasma?
Igor forzó una sonrisa y guardó el sobre más al fondo de su bolsillo.
—No. Solo… solo estaba pensando en los propósitos de Año Nuevo.
—¿Ah sí? ¿Y cuál es el tuyo? ¿Comprar un Ferrari?
Igor la miró fijamente.
—No. Mi propósito es que este año no se termine nunca.
Vera frunció el ceño, confundida, pero antes de que pudiera preguntar, Igor entró a la casa, huyendo de la verdad que se le venía encima como un tren sin frenos.
El Año Nuevo llegaría esa noche con sus doce uvas y sus deseos. Pero Igor solo tenía un deseo, y sabía que ni todo el dinero de su padre podía comprárselo: tiempo.
PARTE 2
CAPÍTULO 7: La Caída del Imperio y la Prueba de Fuego
Marzo llegó a Ecatepec con sus vientos de cuaresma, levantando remolinos de tierra que se metían en los ojos y en el alma. Faltaban treinta días. Solo treinta días para que el reloj de arena de Simón Andrade se vaciara y el año de sentencia llegara a su fin.
Para Igor, cada amanecer era una cuenta regresiva agridulce. Por un lado, extrañaba la comodidad. Sus riñones le pedían a gritos un colchón ortopédico y su paladar soñaba con un corte Rib Eye término medio acompañado de un vino tinto Gran Reserva. Pero por otro lado, cada vez que miraba a Vera inclinada sobre el escritorio que él le había construido, mordiendo su pluma mientras estudiaba Derecho Laboral, sentía un terror paralizante ante la idea de perderla.
El “contrato” era claro: al año, divorcio y adiós. Ella se quedaba con la casa (ahora con muebles decentes y tubería arreglada por Igor) y él recuperaba su trono.
—¿En qué piensas tanto, mecánico? —preguntó Vera una noche, mientras cenaban tacos de nopales.
Igor parpadeó, saliendo de su trance.
—En nada. En que la caja de velocidades de la camioneta de Don Chuy está más necia que una mula.
—Mientes —dijo Vera, mirándolo fijamente—. Estás pensando en el 1 de abril.
Igor dejó el taco en el plato. El apetito se le había cerrado.
—Vera, yo…
—No digas nada —lo cortó ella, con una sonrisa triste—. Cumplimos el trato, Igor. Mi mamá ya camina bien. Yo voy a terminar la carrera. Tú… tú recuperas tu vida. Es lo justo. Nadie sale perdiendo.
“Yo salgo perdiendo”, quiso gritar Igor. “Yo pierdo lo único real que he tenido”. Pero se calló. El miedo al rechazo, el miedo a que ella realmente solo lo viera como un “negocio” temporal, le selló los labios.
La rutina en el Taller Rigo se había vuelto su refugio. Allí, entre el ruido de las pistolas neumáticas y las cumbias de la radio, Igor no tenía que pensar en el futuro. Solo existía el presente: tuercas, aceite y pistones.
Era un jueves caluroso, cerca de la quincena. El taller estaba lleno. Igor estaba debajo de un Volkswagen Sedán (un “Vocho”), ajustando el chicote del acelerador.
De pronto, el ambiente en la calle cambió.
No fue algo sutil. Fue el rugido inconfundible de motores de alta gama rompiendo la armonía sonora del barrio. No eran escapes rotos de camiones; eran escapes deportivos de fibra de carbono afinados en Alemania e Italia.
Igor se tensó bajo el coche. Conocía ese sonido. Lo llevaba en la sangre.
—¡A su madre! —exclamó el “Greñas”, uno de los mecánicos—. ¡Wachen esas naves! ¡Parece desfile de narcos o de diputados!
Igor salió de debajo del Vocho, deslizándose en el carrito. Se limpió las manos frenéticamente con la estopa.
Frente al taller, bloqueando la entrada y estorbando el paso de la Avenida, se habían detenido tres autos. Un Lamborghini Urus amarillo fosforescente, un Mercedes G-Wagon negro mate y un BMW M4 azul eléctrico.
Las puertas se abrieron.
Del Lamborghini bajó Patricio “El Pato” Montemayor. Llevaba gafas de sol Versace, una camisa desabotonada hasta el ombligo y una cadena de oro que brillaba obscenamente bajo el sol de Ecatepec.
Del Mercedes bajó Javier “Javi” De la Fuente, sosteniendo una botella de champaña Moët a medio beber, riendo como un hiena.
Y del BMW bajó Sofía. Su ex. Con un vestido blanco impecable y tacones que claramente no estaban diseñados para pisar el pavimento agrietado y lleno de aceite del taller.
El corazón de Igor se detuvo. No era una coincidencia. No estaban de paso.
—¡Buenas, buenas, prole trabajadora! —gritó Pato, haciendo una reverencia burlona—. ¿Aquí es donde arreglan carcachas o es donde las desmantelan?
Rigo salió de la oficina, secándose el sudor con un pañuelo.
—¿Qué se les ofrece, jóvenes? Si no van a reparar nada, muevan sus naves, me tapan la entrada.
—Tranquilo, Pancho Villa —se burló Javi—. Venimos buscando a un amigo. Nos dijeron las malas lenguas… o más bien, los videos de TikTok… que por aquí se esconde una rata de alcurnia.
Sofía se quitó los lentes de sol y escaneó el taller con asco.
—Ay, no. Huele horrible. Pato, vámonos. Seguro fue una broma. Igor no aguantaría ni dos días aquí. Se hubiera suicidado.
Igor, parado junto al Vocho, con el overol manchado de grasa negra, la cara sucia y una gorra vieja, era invisible para ellos. Era parte del paisaje. Un “gato” más.
Podía haberse quedado callado. Podía haberse dado la vuelta, meterse al baño y esperar a que se fueran. Nadie lo había reconocido todavía.
Pero entonces, Pato hizo algo que encendió la mecha.
Un perro callejero, el “Solovino”, la mascota del taller, se acercó a oler las llantas del Lamborghini. Era un perro viejo, sarnoso y noble.
—¡Quítate, pinche perro asqueroso! —gritó Pato, y le soltó una patada brutal en las costillas al animal.
El perro chilló de dolor y salió corriendo, cojeando.
—¡Jajaja! ¡Gol! —rio Javi.
Algo se rompió dentro de Igor. No fue el miedo. Fue la paciencia. Fue la última gota de “Igor el Junior”.
Caminó hacia ellos. Sus pasos eran pesados. Llevaba una llave de cruz de acero sólido en la mano derecha. No la levantó amenazante, simplemente la llevaba como una extensión de su brazo.
—Oye, imbécil —dijo Igor. Su voz no tembló. Era grave, rasposa por el humo de los escapes y el polvo.
Pato se giró, sorprendido de que un “mecánico mugroso” le hablara.
—¿Me hablas a mí, gato? ¿Sabes quién soy? Mi papá es dueño de media…
—Sé quién eres, Patricio —lo interrumpió Igor, quitándose la gorra y levantando la cara—. Eres el mismo idiota que se orinó en los pantalones en la graduación de la prepa porque te dio miedo saltar a la alberca.
El silencio que cayó sobre la calle fue absoluto. Pato se quedó con la boca abierta. Sofía soltó un grito ahogado.
—¿Igor? —susurró Javi, frotándose los ojos—. ¿Eres tú, güey? ¡No mames! ¡Mírate!
Pato reaccionó primero. Soltó una carcajada estrepitosa, cruel.
—¡Es él! ¡Jajajaja! ¡Miren al Príncipe Heredero! —Señaló el overol sucio de Igor—. ¡Pareces pordiosero, cabrón! ¿Qué es eso? ¿Grasa o caca?
—Es trabajo, Pato. Algo que tú no conoces —respondió Igor, sin moverse un centímetro.
—¡Ay, ternurita! Ahora resulta que es obrero. —Sofía se acercó, tapándose la nariz con un pañuelo de seda—. Igor, por favor. Ten un poco de dignidad. Tu papá nos contó que te castigó, pero esto… esto es ridículo. Vente. Súbete al coche. Te llevamos a un spa, te bañamos y hacemos como que esto nunca pasó.
—Sí, güey —añadió Javi—. Ya estuvo suave el chistesito. Vámonos a Acapulco. Hay fiesta en el yate de mi viejo.
Igor miró el BMW. Miró el cuero de los asientos. Miró a sus “amigos”. Hace un año, hubiera dado un brazo por subirse a ese coche y huir.
Ahora, los veía y solo sentía… pereza. Eran vacíos. Eran ruidosos. Eran niños jugando a ser dioses con el dinero de sus papás.
—Lárguense —dijo Igor tranquilo—. Están estorbando. Tengo chamba.
Pato dejó de reír. Se acercó a Igor, invadiendo su espacio personal. Olía a alcohol caro y a soberbia.
—A mí no me corres, ceniciento. ¿Quién te crees? Sigues siendo un don nadie desheredado. Mira tu ropa. Mira tus manos. Das asco. ¿Cuánto te pagan? ¿Cien pesos? Ten, te doy mil para que le laves las llantas a mi Lambo. Y quiero que las lamas hasta que brillen.
Pato sacó un billete de mil pesos y se lo restregó a Igor en el pecho, manchando el overol.
En ese momento, Rigo y los otros mecánicos (el Choforo, el Greñas y el Tuercas) dieron un paso al frente, empuñando llaves y tubos. El barrio respalda al barrio.
—¿Algún problema, Güero? —preguntó Rigo con voz de trueno—. ¿Sacamos la basura?
Igor levantó una mano para detener a sus compañeros.
—No, Rigo. Esto es mío.
Igor tomó el billete de mil pesos del pecho de Pato. Lo miró un segundo. Luego, con una calma aterradora, lo usó para limpiarse la grasa de la nariz, lo hizo bola y lo tiró al suelo, justo en los zapatos Gucci de Pato.
—Tu dinero no vale nada aquí, Pato. Porque tú no vales nada sin él. Lárgate antes de que le diga a Sofía lo que realmente pasó en Cancún con su hermana.
Pato se puso pálido.
—Tú… tú no te atreverías.
—Pruébame. Ya no tengo nada que perder. Ya no soy de su club. Y gracias a Dios por eso.
La tensión era palpable. Pato apretó los puños, pero al ver a los cuatro mecánicos detrás de Igor, y a la gente del mercado que empezaba a acercarse con caras de pocos amigos, supo que estaba en territorio hostil.
—Vámonos —dijo Pato, temblando de rabia—. Este pendejo ya se pudrió el cerebro. Ya es uno de ellos.
—Pobre Igor —dijo Sofía, mirándolo con una mezcla de lástima y horror—. Eras guapo. Ahora eres… vulgar.
Subieron a sus autos. Aceleraron quemando llanta, casi atropellando a un vendedor de bonice, y salieron huyendo hacia la autopista.
El taller estalló en aplausos y chiflidos.
—¡Eso es todo, Güero! —le gritó el Greñas, dándole una palmada en la espalda que casi lo tira—. ¡Los pusiste en su lugar!
Igor sonrió, pero por dentro estaba temblando. La adrenalina bajaba y dejaba un vacío frío. Sabía que esto no se quedaría así. Pato era vengativo. Y las redes sociales eran rápidas.
Esa noche, el video estaba en todos lados. Un vecino había grabado todo.
El título del video viral era: “EL HEREDERO DEL IMPERIO ANDRADE RECHAZA A LOS MIRREYES Y DEFIENDE AL BARRIO”.
En el video se veía claramente a Igor, sucio y digno, tirando el billete y enfrentando al Lamborghini. Los comentarios eran una locura. Miles de personas lo llamaban “Ídolo”, “Héroe”, “El Príncipe del Pueblo”. Pero otros, los del círculo de su padre, comentaban: “Qué vergüenza”, “Cayó muy bajo”, “Está loco”.
Vera vio el video en su celular mientras cenaban.
—Te hiciste famoso otra vez —dijo ella, sin levantar la vista de la pantalla.
—Por las razones correctas esta vez, espero —dijo Igor, mordiendo una tortilla dura.
Vera levantó la vista. Tenía los ojos húmedos.
—¿Por qué no te fuiste con ellos? Te ofrecieron Acapulco. Te ofrecieron salir de aquí.
—Porque aquí tengo mejores tacos —bromeó Igor.
—¡Hablo en serio, Igor! —Vera golpeó la mesa—. ¿Por qué te quedaste? Podrías haberte ido y esperar el mes que falta en un hotel de lujo.
Igor se levantó y se acercó a ella.
—Me quedé porque defendí a un perro. Y porque defendí mi trabajo. Y porque… porque prefiero mil veces estar aquí contigo comiendo frijoles que en un yate con gente que me desprecia.
Vera se levantó y lo abrazó fuerte.
—Eres un tonto.
—Lo sé. Soy tu tonto.
Pero la paz duró poco. A las diez de la noche, sonó el teléfono fijo de la casa (ese viejo aparato de disco que Igor odiaba y amaba a la vez).
Doña Carmen contestó.
—Bueno… Sí… Permítame. —Tapó la bocina y miró a Igor con los ojos muy abiertos—. Es para ti, hijo. Una voz muy… muy de patrón.
Igor sintió un hueco en el estómago. Sabía quién era.
Tomó el auricular.
—¿Sí?
—Mañana a las nueve de la mañana en mi oficina. No faltes.
Era Simón Andrade. Y colgó antes de que Igor pudiera responder.
El viaje a Santa Fe al día siguiente fue surrealista. Igor no tenía traje limpio. Su único traje (el que traía puesto cuando lo arrestaron) lo había tirado hacía meses. Así que se puso unos jeans limpios, una camisa blanca planchada por Vera y sus botas de trabajo boleadas hasta que brillaban.
Vera quiso acompañarlo.
—No —dijo Igor—. Tengo que hacer esto solo. Es entre él y yo.
—Te espero afuera —insistió ella—. No voy a entrar, pero te espero en la banqueta. No vas a enfrentar al dragón tú solo.
Llegaron al corporativo. El guardia de seguridad de la entrada, el Sr. Toño (el mismo que dejaba pasar a Vera a las 4 AM), reconoció a Igor por el video viral.
—Pásele, Joven Igor. Mis respetos por lo del video. Ese tal Pato es un hígado.
Igor asintió, agradecido.
Subió al elevador de cristal. Vio la ciudad alejarse. Vio Ecatepec a lo lejos, perdido en la bruma. Se sintió un extraño. Ya no pertenecía a las alturas, pero tampoco estaba seguro de si su lugar estaba abajo.
El piso 40 estaba igual que siempre. Frío. Silencioso. Oliendo a dinero y miedo.
Maricela, la secretaria, lo miró con sorpresa.
—Joven… digo, Señor Igor. Su padre lo espera.
Igor entró al despacho.
Simón Andrade estaba de pie frente al ventanal, de espaldas. La misma postura que tenía el día que todo empezó.
—Siéntate —dijo Simón, sin voltear.
Igor se sentó. La silla de cuero se sentía extraña. Demasiado suave. Echaba de menos la dureza de su sofá.
Simón se giró. Se veía más viejo. Tenía más canas. Pero sus ojos seguían siendo los de un halcón.
—Vi el video —dijo Simón, yendo directo al grano.
—Me imaginé.
—Humillaste al hijo de Montemayor. Montemayor es uno de mis socios principales. Está furioso. Dice que su hijo está deprimido y que eres un salvaje.
—Su hijo es un patán que patea perros y humilla a la gente trabajadora. Se lo merecía —dijo Igor con voz firme.
Simón se acercó al escritorio y se apoyó en él, mirando a su hijo a los ojos. Hubo un silencio largo. Igor sostuvo la mirada. No bajó los ojos como solía hacer.
—Tienes razón —dijo Simón de repente—. El chico Montemayor es un imbécil. Siempre lo ha sido.
Igor parpadeó, sorprendido.
—¿Entonces? ¿Para qué me llamaste? Faltan dos semanas para el 1 de abril. No he roto el contrato. Sigo viviendo ahí. Sigo trabajando.
—Te llamé porque el juego ha cambiado, Igor.
Simón sacó una carpeta de piel negra y la deslizó sobre el escritorio.
—Ese video te ha convertido en un fenómeno mediático. Las acciones de la empresa subieron un 4% esta mañana. A la gente le gusta la historia de redención. El “Hijo Pródigo” que se volvió pueblo. Los analistas dicen que eres el mejor activo de relaciones públicas que hemos tenido en años.
—¿Y?
—Y que ya no necesito que sigas con la farsa hasta abril. Ya aprendiste la lección. Ya demostraste que puedes sobrevivir. Ya humillaste a los juniors. Ya ganaste.
Simón abrió la carpeta. Había un cheque. Un cheque con muchos ceros. Diez millones de dólares. Y un documento legal.
—Firma esto. Es el divorcio exprés. Y toma el cheque. Puedes volver a casa hoy mismo. Te devuelvo tu departamento, tus coches, tus tarjetas. Y te doy un puesto en la Junta Directiva. Vicepresidente de Operaciones Sustentables. Un sueldo millonario.
Igor miró el cheque. Era su libertad. Era su vida anterior, pero mejorada. Era el respeto de su padre.
—¿Y Vera? —preguntó.
—Vera cumplió su parte. Se le dará lo prometido. La casa en Ecatepec a su nombre y una beca para terminar la maestría. Y un bono extra por… las molestias. Pero el matrimonio se acaba hoy. Ahora.
—¿Por qué ahora?
—Porque una cosa es que juegues al pobre un rato para aprender humildad, y otra muy distinta es que te creas uno de ellos, Igor. Eres un Andrade. Tu lugar está aquí, dirigiendo este imperio, no arreglando Tsurus en un taller de mala muerte. Y ciertamente, no casado con la hija de una señora que limpia casas. Eso… eso ya no sirve para la imagen a largo plazo. La Cenicienta funciona para el cuento, pero no para la realidad corporativa. Necesitas una esposa que sepa comportarse en una cena de gala en Davos.
Las palabras de Simón cayeron como ácido sobre Igor.
Ahí estaba. La verdadera prueba. No era el trabajo físico. No era el hambre. Era esto. La tentación de volver a la cima, pero a cambio de vender su alma. A cambio de traicionar a la mujer que le había enseñado a ser humano.
Igor miró el cheque. Diez millones. Podría comprar lo que quisiera. Podría viajar. Podría olvidar el olor a grasa y el frío de la casa de bloques.
Pero luego pensó en el escritorio. Pensó en la risa de Vera. Pensó en la dignidad de Doña Carmen. Pensó en sus propias manos, que ahora sabían crear y reparar, no solo destruir y gastar.
Si firmaba ese papel, volvería a ser rico. Pero volvería a ser pobre de espíritu. Volvería a ser el Igor que se bajaba los pantalones en una patrulla.
Levantó la vista hacia su padre.
—No —dijo Igor.
Simón frunció el ceño.
—¿Qué dijiste?
—Dije que no. No voy a firmar.
—Igor, no seas estúpido. Faltan dos semanas. Si te esperas, obtendrás lo mismo, pero tendrás que seguir viviendo en la miseria quince días más. ¿Para qué? Firma y ahórrate la incomodidad.
—No es por el tiempo, papá. Es por Vera.
—¿Te enamoraste de ella? —Simón soltó una carcajada seca—. Por favor, Igor. Es síndrome de Estocolmo. Es gratitud. Se te pasará en cuanto te subas a un avión en Primera Clase.
—No es gratitud. Es respeto. Y sí, tal vez amor. Pero sobre todo, es lealtad. Ella no me dejó cuando yo era una basura. No la voy a dejar yo ahora por un cheque.
Igor se puso de pie. Empujó el cheque hacia su padre.
—Voy a terminar el año, papá. Como acordamos. Hasta el último minuto del 1 de abril. Y cuando termine, vendré por mi herencia, porque me la gané. Pero no me voy a divorciar. Si quiero seguir con Vera, será decisión mía y de ella. No tuya. Y si eso significa que no puedo ser Vicepresidente… pues me quedo de mecánico. Rigo dice que tengo talento.
Simón se quedó petrificado. Por primera vez en su vida, su hijo lo estaba desafiando no con berrinches, sino con principios.
—Si sales por esa puerta sin firmar, retiro la oferta de la Vicepresidencia. Y retiro el bono extra para Vera.
—Quédatelo. Vera no quiere limosnas. Y yo tampoco.
Igor dio media vuelta y caminó hacia la salida. Sentía las piernas flojas, pero el corazón ligero.
—¡Igor! —gritó Simón cuando su hijo tomaba la perilla de la puerta.
Igor se detuvo, pero no volteó.
—Dime.
—Te cortaste el pelo tú solo, ¿verdad? Se te ve fatal la nuca.
Igor sonrió levemente.
—Me lo cortó Doña Carmen. Y me gusta.
Salió del despacho.
Bajó corriendo al lobby. Salió a la calle. El sol brillaba.
Vera estaba sentada en la banqueta, mordiéndose las uñas. Cuando lo vio salir, se levantó de un salto.
—¿Qué pasó? ¿Te corrió? ¿Te quedaste? ¿Estás llorando?
Igor se acercó a ella. La tomó de la cintura y la levantó en el aire, girando con ella en medio de la banqueta de Santa Fe, ante la mirada atónita de los ejecutivos que salían a fumar.
—¡Igor! ¡Bájame! ¡Estás loco! —reía ella.
Igor la bajó, pero no la soltó. Quedaron frente a frente, sus narices rozándose.
—No firmé —dijo él.
—¿Qué no firmaste?
—El divorcio exprés. Me ofreció diez millones de dólares por dejarte hoy mismo. Y le dije que se metiera su cheque por donde le cupiera.
Vera dejó de reír. Se puso pálida.
—¿Rechazaste diez millones… por mí?
—Rechacé ser un miserable por ti. Faltan dos semanas, Vera. Y pienso vivirlas contigo. Y después… después veremos. Pero no te vas a librar de mí tan fácil.
Vera lo miró con una intensidad que casi lo quema.
—Eres un idiota, Igor Andrade. Un idiota maravilloso.
Y ahí, en medio de la calle, con el tráfico de la ciudad como banda sonora, Vera lo besó. Fue un beso que sabía a promesa, a desafío y a victoria. No fue un beso de contrato. Fue un beso de verdad.
Pero la historia no terminaba ahí. Igor había ganado la batalla moral, pero la guerra por su futuro aún tenía una última sorpresa guardada. El 1 de abril llegaría, y con él, la revelación final de Simón Andrade, una que cambiaría la perspectiva de todo lo que habían vivido en los últimos doce meses.
Porque en el juego del millonario, siempre había una carta bajo la manga.
PARTE 2
CAPÍTULO 8: El Regreso del Rey y la Herencia Verdadera
El 1 de abril amaneció como cualquier otro día en Ecatepec, con el cielo pintado de un rosa pálido y el sonido lejano de los camiones de basura. Pero en la casa de la familia Martínez-Andrade, el aire vibraba con una electricidad diferente. Era el Día Cero. El final del plazo.
Igor se despertó antes que el gallo. Se quedó mirando el techo de concreto por última vez desde su sofá. Ese sofá, con sus resortes asesinos y su olor a polvo, había sido su cama, su confesionario y su trinchera durante 365 noches.
Se levantó en silencio. Fue a la cocina y preparó café. Mientras el agua hervía, observó la casa. Ya no veía la pobreza; veía los detalles. Veía la pared que él mismo había resanado. Veía la llave del fregadero que había cambiado. Veía el escritorio de Vera, lleno de libros y apuntes, que ahora tenía una pequeña lámpara que él le había comprado con su última quincena.
Esta casa no era un palacio, pero era un hogar. Y la idea de dejarla le provocaba un vacío en el pecho que ningún cheque de diez millones podría llenar.
Vera salió de su cuarto. Llevaba puesta su “ropa de domingo”, aunque era martes: una blusa blanca y una falda negra. Tenía los ojos hinchados. Había llorado.
—Buenos días —dijo ella, con voz quebrada.
—Buenos días —respondió Igor, sirviéndole una taza—. ¿Lista?
—No. —Vera se sentó a la mesa, abrazando la taza caliente con ambas manos—. Igor… si te vas y no vuelves… quiero que sepas que…
—Voy a volver, Vera —la interrumpió él, sentándose frente a ella—. Ya lo hablamos. Voy por mi dinero, arreglo los papeles, compro una casa decente donde quepamos todos, y vengo por ustedes.
—Tu mundo te va a absorber, Igor. Es la gravedad del dinero. Una vez que vuelvas a subirte a tus autos y a cenar con tus socios, esto te va a parecer un sueño feo. O un chiste.
—Esto no es un chiste, Vera. Es lo único real que me ha pasado.
—Prométeme una cosa —dijo ella, mirándolo a los ojos—. Prométeme que no vas a dejar que el dinero te vuelva a convertir en un imbécil.
Igor sonrió, esa sonrisa torcida que ahora tenía más de pícaro que de arrogante.
—Te lo prometo. Y si lo hago, te doy permiso de darme un sape con la escoba.
Doña Carmen salió de su cuarto, apoyada en su bastón, pero caminando firme.
—Bueno, bueno, menos drama y más acción. Se les va a hacer tarde para ir a ver al ogro… digo, a tu papá.
Se despidieron de ella. Doña Carmen abrazó a Igor como si fuera a la guerra.
—Dios te bendiga, hijo. Pase lo que pase, aquí tienes tu casa. Y tus frijoles.
Igor y Vera salieron. Bajaron el cerro. Tomaron la combi. Tomaron el metro. El viaje inverso al que habían hecho un año atrás. Pero ahora, Igor no iba escondiéndose. Iba con la cabeza en alto, saludando al señor de los periódicos, cediendo el asiento a una señora. La gente ya no lo miraba como a un bicho raro; lo miraban como a un hombre.
Llegaron a Santa Fe a las 11:50 AM.
El corporativo brillaba bajo el sol. Igor se detuvo un momento frente a las puertas giratorias de cristal. Vio su reflejo. Llevaba un traje sencillo que había comprado en rebaja, pero le quedaba perfecto porque ahora tenía porte.
—Vamos —dijo, tomando la mano de Vera.
Entraron. El guardia, Sr. Toño, se cuadró.
—¡Bienvenido a casa, Joven Igor!
Subieron al piso 40.
Maricela, la secretaria, tenía los ojos llorosos.
—Pásenle. Los está esperando.
Entraron al despacho.
Simón Andrade no estaba sentado detrás de su escritorio. Estaba de pie en el centro de la habitación, junto a una mesa redonda donde había una botella de champaña Dom Perignon y tres copas.
Al verlos entrar, Simón sonrió. No la sonrisa fría de tiburón. Una sonrisa… ¿paternal?
—Puntuales —dijo Simón—. Eso es nuevo.
—Aprendí que el tiempo es dinero, papá. Y que el tiempo de los demás se respeta —dijo Igor.
Simón asintió lentamente, recorriendo con la mirada a su hijo. Vio las manos curtidas. Vio la postura firme. Vio cómo sostenía la mano de Vera con orgullo y protección.
—Lo lograste —dijo Simón—. Un año. Sin pedir un centavo. Sin usar mis influencias. Sobreviviste.
—Hice más que sobrevivir, papá. Viví.
Simón se volvió hacia Vera.
—Y tú, Vera… lograste lo imposible. Convertiste al plomo en oro. O al menos, en un metal útil.
—Él lo hizo solo, señor —dijo Vera—. Yo solo le presté el martillo.
Simón soltó una carcajada genuina.
—Siéntense. Tenemos negocios que concluir.
Se sentaron. Simón tomó un documento del escritorio.
—El contrato ha terminado. Igor, has cumplido todas las cláusulas. Recuperas acceso total a tus fideicomisos, a tus cuentas bancarias y a tus propiedades. Eres, nuevamente, un hombre muy rico.
Igor no sonrió. Solo asintió.
—Y en cuanto a ti, Vera —continuó Simón—, aquí están las escrituras de la casa de Ecatepec a tu nombre, libre de gravamen. Y un cheque por cinco millones de pesos para tu maestría y lo que quieras. Y el documento de divorcio, listo para firmar.
Simón puso los papeles frente a ellos.
—Felicidades. Son libres.
Hubo un silencio tenso. Igor miró los papeles del divorcio. Vera miró el cheque.
Igor tomó el documento de divorcio. Lo leyó rápidamente. Luego, lo rompió en dos pedazos. Y luego en cuatro.
Simón arqueó una ceja, pero no parecía sorprendido.
—¿Qué haces?
—No me voy a divorciar —dijo Igor—. Vera es mi esposa. Y lo seguirá siendo. A menos que ella quiera dejarme, claro.
Igor miró a Vera. Ella tenía lágrimas en los ojos, pero negó con la cabeza y tomó el cheque de cinco millones.
—Yo tampoco quiero el dinero, Don Simón —dijo ella, devolviendo el cheque—. Acepto la casa, porque es el patrimonio de mi madre. Pero el dinero… no. Me lo voy a ganar yo sola, litigando. No quiero que nadie diga que me vendí.
Simón miró los pedazos de papel y el cheque rechazado. Suspiró y se dejó caer en su silla.
—Sabía que dirían eso. Son tan tercos… los dos.
Simón abrió un cajón de su escritorio y sacó otra carpeta. Una carpeta de cuero viejo, desgastada.
—Igor, acércate.
Igor se acercó.
—¿Qué es esto?
—Esta es la verdadera herencia. No el dinero. El dinero va y viene. Yo he estado en bancarrota dos veces y me levanté. Esto… esto es lo que importa.
Simón abrió la carpeta. Adentro había fotos viejas. Fotos de Simón joven, cargando cajas en la Central de Abastos. Fotos de su primera camioneta destartalada. Fotos de él con la madre de Igor (que había muerto cuando Igor era bebé), comiendo tortas en una banqueta, sonrientes aunque pobres.
—Yo también fui pobre, Igor. Yo también tuve hambre. Y cuando me hice rico, tuve tanto miedo de que tú sufrieras lo que yo sufrí, que te di todo para protegerte. Y al hacerlo, te quité lo más importante: la capacidad de luchar. Te convertí en un inútil porque te amaba demasiado mal.
La voz de Simón se quebró. Igor nunca había visto a su padre llorar. El “Tiburón de Santa Fe” tenía los ojos rojos.
—Este año no fue un castigo para ti, hijo. Fue mi penitencia. Fue mi forma de pedirte perdón y de tratar de arreglar lo que rompí. Vera… —Simón miró a su nuera—. Te escogí a ti no porque fueras pobre, sino porque me recordabas a tu suegra. A mi esposa. Ella tenía esa misma mirada de fuego. Sabía que tú no te dejarías impresionar por él.
Igor miró las fotos. Vio a su padre joven, sucio, cansado, pero feliz. Igual que él se sentía ahora.
—Gracias, papá —dijo Igor, y rodeó el escritorio para abrazar a su padre.
Fue un abrazo torpe al principio, pero luego Simón se aferró a su hijo como si fuera un salvavidas. Lloraron. Los dos hombres Andrade lloraron, rompiendo años de frialdad y silencio.
Vera se limpió las lágrimas discretamente.
Cuando se separaron, Simón se sonó la nariz con un pañuelo de seda y recuperó su compostura.
—Bueno, basta de sentimentalismos. Hay trabajo que hacer. Igor, tu puesto de Vicepresidente te espera. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Vas a empezar desde abajo en la nueva división. Quiero que dirijas el proyecto de “Talleres Sociales”. Vamos a abrir una cadena de escuelas de mecánica y oficios en zonas marginadas. Tú vas a diseñarlo. Tú vas a operarlo. Y quiero que uses lo que aprendiste.
Igor sonrió. Era perfecto.
—Trato hecho. Pero con una condición mía.
—Dime.
—Rigo será mi asesor principal. Y le vamos a pagar muy bien.
—Concedido.
—Y otra cosa —dijo Igor, tomando la mano de Vera—. Vera entra al departamento legal de la empresa. Como pasante pagada, mientras termina la carrera. Nada de regalarle puestos. Se lo va a ganar.
—¡Oye! —protestó Vera—. Yo puedo buscar mi propio trabajo.
—Lo sé. Pero te necesito cerca. Alguien tiene que regañarme si me pongo prepotente.
Simón sonrió y levantó su copa de champaña.
—Por el nuevo comienzo. Y por la familia. ¡Salud!
—¡Salud!
EPÍLOGO: DOS AÑOS DESPUÉS
El salón de eventos del Hotel Camino Real estaba lleno a reventar. Lo mejor de la sociedad mexicana estaba ahí: empresarios, políticos, artistas. Era la gala anual de la Fundación Andrade.
En una mesa del rincón, Pato, Javi y Sofía bebían martinis, murmurando críticas.
—Mira nada más qué ridículo —decía Sofía—. Dicen que ella diseñó su propio vestido. Seguro lo cosió en su maquinita vieja.
—Y él… —decía Pato, que se había quedado calvo prematuramente—. Dicen que se la pasa en los barrios, ensuciándose las manos. Qué desperdicio de dinero.
En ese momento, las luces bajaron y un reflector iluminó el escenario.
—Damas y caballeros, con ustedes, el Director General de Grupo Andrade y su esposa.
Igor salió al escenario. Llevaba un esmoquin impecable, pero en la solapa, en lugar de un pañuelo de seda, llevaba un pequeño pin en forma de llave inglesa de plata. Caminaba con una seguridad magnética.
De su brazo iba Vera. Estaba deslumbrante. Llevaba un vestido azul noche que resaltaba su piel morena, y el cabello recogido en un peinado elegante. Pero lo más impresionante no era su ropa, sino su mirada. Era la mirada de una mujer que sabe quién es y cuánto vale. Ya era abogada titulada y dirigía la fundación legal de la empresa.
El aplauso fue estruendoso.
Igor tomó el micrófono.
—Buenas noches. Hace tres años, yo era un chiste. Un meme. Un niño rico que creía que el mundo le debía todo. Hoy, soy un hombre afortunado. No por el dinero que tengo en el banco, sino por la riqueza que aprendí cuando no tenía nada.
Hizo una pausa, buscando a alguien en la multitud.
—Aprendí que el valor de una persona no se mide por la marca de su reloj, sino por la fuerza de sus manos y la integridad de su palabra. Aprendí que un plato de frijoles compartido con amor sabe mejor que el caviar comido en soledad. Y aprendí que el verdadero poder no es mandar, sino servir.
Igor miró a Vera y le sonrió.
—Esta noche, lanzamos el programa “Segunda Oportunidad”. Becas completas y capital semilla para jóvenes de barrios marginados que, como mi esposa, solo necesitan una oportunidad para cambiar el mundo. Y quiero agradecer a mi padre, Simón Andrade, por tener la valentía de echarme a la calle para que pudiera encontrar mi camino a casa.
Simón, sentado en la mesa principal junto a Doña Carmen (que lucía muy elegante y feliz), se levantó y aplaudió con lágrimas en los ojos.
La ovación fue ensordecedora. Incluso en la mesa de los “Mirreyes”, Sofía aplaudía lentamente, con una punzada de envidia y arrepentimiento en el pecho. Sabía que Igor nunca la miraría a ella como miraba a Vera.
Al terminar el discurso, la música empezó. Igor y Vera bajaron a la pista de baile.
—Lo hiciste muy bien, mecánico —susurró Vera mientras bailaban.
—Tú escribiste la mitad del discurso, abogada —respondió él.
—Detalles. Oye… ¿te acuerdas cuando bailamos en la cocina con el radio viejo?
—Cómo olvidarlo. Olías a fabuloso y yo a gasolina.
—Me gustaba más ese baile.
Igor la acercó más.
—Vámonos.
—¿A dónde? La fiesta apenas empieza.
—A casa. A Ecatepec. Doña Carmen hizo tamales. Y extraño mi escritorio chueco.
Vera rio.
—Pero vivimos en las Lomas ahora, Igor.
—Sí, pero la casa del cerro sigue siendo nuestro refugio de fin de semana. Y prometí ayudar a Rigo mañana temprano con un Mustang clásico que le llegó.
—Está bien. Pero manejas tú. Y nos vamos en el Vocho, no en el Audi.
—Hecho.
Salieron de la fiesta por la puerta trasera, escapando de los fotógrafos y del glamour, corriendo de la mano como dos adolescentes traviesos. Se subieron a un viejo Vocho azul restaurado impecablemente por Igor, que estaba estacionado junto a las limusinas.
El motor arrancó con su característico ronroneo.
Igor miró a Vera. Ella recargó la cabeza en su hombro.
—Te amo, Igor —dijo ella.
—Te amo, Vera —respondió él.
Y mientras el pequeño auto se alejaba hacia la noche, dejando atrás las luces de la ciudad rica para subir hacia las luces del barrio, Igor supo que esa era su verdadera fortuna. No los millones, no el apellido, no la empresa.
Su fortuna era ella. Su fortuna era el camino recorrido. Su fortuna era saber que, si mañana lo perdía todo, tenía dos manos, una mujer valiente y un oficio para volver a empezar.
Y eso… eso nadie se lo podía robar.
FIN