EL MILLONARIO LA HUMILLÓ EN LA FIESTA, PERO CUANDO ENTRARON LOS SICARIOS, LA “SIRVIENTA” FUE LA ÚNICA QUE NO CORRIÓ.

PARTE 1

CAPÍTULO 1: LA VÍBORA EN EL JARDÍN DE MÁRMOL

El salón de eventos en el corazón de Polanco apestaba a hipocresía. Era una mezcla nauseabunda de perfumes franceses importados, canapés de salmón ahumado que costaban más que mi renta mensual en la colonia Doctores, y el sudor frío de hombres que han hecho fortunas vendiendo su conciencia.

Yo, Maya Velázquez, era invisible. Ese era mi superpoder esa noche. Llevaba el uniforme gris almidonado, el delantal blanco impecable y el cabello recogido en un chongo tan apretado que me dolían las sienes. Para ellos, la élite de la Ciudad de México, yo no era una persona; era parte del mobiliario, una máquina biológica diseñada para rellenar copas de champán y desaparecer antes de que alguien notara mi presencia.

—Oye, tú, niña —me chasqueó los dedos una señora con más botox que expresiones faciales, señalando su copa vacía sin siquiera mirarme a los ojos—. Más burbujas. Rápido.

—En seguida, señora —dije, bajando la cabeza con esa sumisión ensayada que me provocaba agruras.

Mientras servía el líquido dorado, mis ojos no estaban en la copa. Estaban escaneando la habitación. Era un hábito viejo, una cicatriz psicológica que ni tres años de terapia ni el intento de una “vida normal” habían logrado borrar. Mis ojos siempre buscaban las salidas, los puntos ciegos, las amenazas.

Y entonces lo vi.

Entre el mar de trajes italianos y vestidos de diseñador, había una nota discordante. Un hombre. Estaba parado cerca de la columna noreste, fingiendo interés en un cuadro abstracto que probablemente valía millones. Pero su lenguaje corporal gritaba “peligro” en una frecuencia que solo alguien como yo podía escuchar.

Su traje le quedaba mal. No era un corte barato, pero le apretaba de manera extraña en el hombro derecho y en la cintura. No era grasa. Era acero. Llevaba una escuadra, probablemente una 9mm, enfundada bajo el axila, y el peso le hacía compensar su postura inclinándose milimétricamente hacia la izquierda.

Lo observé durante veinte minutos mientras recogía servilletas sucias. El tipo no bebía. Rechazó tres veces a los meseros que pasaban con bandejas de tequila Reserva de la Familia. Sus ojos no miraban a las mujeres hermosas ni a los políticos poderosos; sus ojos trazaban líneas rectas hacia las salidas de emergencia, calculando distancias, tiempos de respuesta. Se tocaba el oído derecho compulsivamente, un tic nervioso de alguien que lleva un audífono de comunicación (un “chícharo”) mal ajustado.

El hombre era un lobo disfrazado de oveja, pero su disfraz era pésimo. Al menos para mí.

El objetivo estaba claro: Camilo Huerta. El anfitrión. El “Niño de Oro” de la tecnología en seguridad privada. Camilo estaba en el centro del salón, riendo con la boca abierta, rodeado de aduladores, completamente ajeno a que la muerte lo estaba mirando desde la esquina con ojos impacientes.

Mi corazón empezó a martillear contra mis costillas. No es tu problema, Maya, me dije a mí misma. Ya no eres esa persona. Enterraste esa vida en la fosa común de Tamaulipas junto con los restos de tu carrera. Ahora eres sirvienta. Limpias mugre, no crimenes.

Pero el cuerpo tiene memoria. Sentí el cosquilleo en las palmas de las manos. La respiración se me hizo lenta y profunda. El ruido de la fiesta —las risas falsas, el choque de cristales, la música de jazz suave— se desvaneció, convirtiéndose en un zumbido lejano. Mi visión se cerró en un túnel.

El hombre se movió.

No fue un movimiento brusco. Fue el deslizamiento de una cobra que ha decidido morder. Se abrochó el botón del saco. Miró su reloj. Dio un paso hacia el centro, rompiendo su patrón de espera. Su mano derecha se deslizó sutilmente hacia la solapa de su saco.

El tiempo se fracturó.

Si yo no hacía nada, Camilo Huerta estaría muerto en diez segundos. Su sangre mancharía ese piso de mármol italiano y yo tendría que limpiarlo después. La ironía casi me hizo reír.

Dejé la charola de plata sobre una mesa con un clac deliberadamente fuerte. Rompí el protocolo. Crucé el salón, mis zapatos de goma negra rechinando suavemente contra el piso pulido. No corrí. Correr llama la atención. Caminé con la determinación de un verdugo.

Me detuve a cinco metros de él.

—Si yo fuera tú, no jalaría ese gatillo —dije.

Mi voz salió rasposa, pero cargada de una autoridad que no coincidía con mi uniforme de servicio doméstico. Fue como si alguien hubiera disparado un cañón de silencio. La conversación a nuestro alrededor se murió de golpe.

El sicario se congeló. Su mano estaba a medio camino dentro de su saco. Giró la cabeza hacia mí, y por primera vez, vi sus ojos. Estaban vacíos, ojos de tiburón, pero ahora tenían una chispa de confusión. No esperaba que el obstáculo fuera la chica de los canapés.

—¿Qué dijiste? —susurró, con una voz que sonaba a grava triturada.

—Dije que no lo hagas —repetí, manteniendo mis manos visibles y relajadas a los costados—. Sé lo que traes ahí. Sé que el seguro está quitado. Y sé que estás parado en el único punto ciego de las cámaras… o al menos, donde estaba el punto ciego antes de que rotaran los lentes hace media hora.

El tipo parpadeó. El sudor le brillaba en la frente.

—Estás loca, pinche gata —masculló, elevando la voz para llamar la atención de los guardias de seguridad del evento, intentando voltear la situación—. ¡Seguridad! ¡Esta mujer me está acosando!

La gente empezó a murmurar. “Qué vergüenza”, “Siempre contratan gente sin educación”, “¿Está borracha?”. Las miradas de desprecio me cayeron encima como plomo hirviendo. Pero yo no aparté la vista de él.

—Entraste por servicio —continué, desmantelando su coartada en voz alta, para que Camilo, que ahora nos miraba con el ceño fruncido, pudiera escuchar—. Tu gafete es falso. La tipografía de “Visitante” está en Arial, la empresa usa Helvética desde el año pasado. Tus zapatos tienen lodo rojo, arcilla de Texcoco, probablemente de donde dejaste el auto de escape. Y hueles a pólvora y a miedo.

El hombre ya no pudo sostener la farsa. La máscara de invitado civilizado se derritió, revelando al asesino brutal que había debajo. Su rostro se contorsionó en una mueca de odio puro.

—¡Cierra el hocico, maldita sirvienta! —gritó, y ya no le importó la discreción.

Sacó el arma. Una Beretta 92FS modificada. El metal negro brilló bajo los candelabros de cristal. Los gritos de terror de los invitados llenaron el aire. Mujeres con vestidos de gala se tiraron al suelo, hombres poderosos se escondieron detrás de las mesas.

—¡Te voy a matar primero a ti, metiche de mierda! —bramó, apuntándome a la cara.

Yo no me moví. Ni un centímetro.

—Inténtalo —le reté, mis músculos tensándose como cuerdas de violín a punto de romperse—. Pero te advierto: hoy no es mi día de descanso.

Me lancé.


CAPÍTULO 2: SANGRE EN EL PISO DE BAILE

El espacio entre nosotros desapareció. Él apretó el gatillo, pero yo ya no estaba donde apuntaba su bala. Me deslicé hacia la izquierda, un movimiento fluido que había practicado mil veces en el dojo de la Academia Nacional de Seguridad Pública.

La bala mordió el aire donde había estado mi cabeza un segundo antes y destrozó un espejo veneciano detrás de mí. El estruendo fue ensordecedor.

Mi hombro impactó contra su pecho, sacándole el aire. Él era grande, pesado, un gorila de gimnasio, pero yo tenía la ventaja de la técnica y la rabia acumulada. Agarré su muñeca derecha, la del arma, y giré mi cadera, usando su propio peso para proyectarlo.

Pero no estaba solo.

—¡Atrás! —gritó una voz a mi espalda.

El instinto me gritó peligro, pero fui lenta. Un golpe seco, brutal, estalló en mi zona lumbar. Sentí como si un camión me hubiera atropellado. El aire se escapó de mis pulmones en un gemido agónico.

Caí de rodillas, el dolor cegándome por un instante. Un segundo atacante. Un “mesero” que había estado sirviendo vino tinto toda la noche. Llevaba una macana táctica extensible en la mano.

—Te dije que te quedaras en la cocina —se burló el falso mesero, levantando la macana para darme el golpe final en la nuca.

Mi visión se nubló. El piso de mármol frío contra mis rodillas. El sabor cobrizo de la sangre en mi boca. Por un segundo, el salón de Polanco desapareció.

Flashback.

Estaba de vuelta en el desierto de Sonora. El sol quemaba. La arena se metía en los ojos. Ramírez estaba a mi lado, sangrando, sosteniendo sus intestinos con las manos. “Vete, Maya. ¡Vete!”, me gritaba. El sonido de las camionetas blindadas del cártel acercándose. El polvo. El fracaso. Yo corriendo, dejándolo atrás. La culpa. Esa maldita culpa que pesaba más que cualquier chaleco antibalas.

Fin del Flashback.

—¡No! —gruñí. No otra vez. No iba a dejar que nadie muriera hoy por mi culpa.

El golpe de la macana bajó, pero rodé sobre mi espalda justo a tiempo. El metal golpeó el piso, astillando la piedra. Desde el suelo, lancé una patada ascendente con toda la fuerza que me quedaba en las piernas. La suela de mi zapato ortopédico de trabajo conectó de lleno con la rodilla del falso mesero.

Se escuchó un crujido repugnante, como madera seca rompiéndose. El hombre aulló y cayó al suelo, agarrándose la pierna destrozada.

Me puse de pie, tambaleándome. Me dolían las costillas, probablemente fisuradas, pero la adrenalina era el mejor analgésico del mundo.

El primer sicario, el del traje mal ajustado, se había recuperado. Había perdido su arma en el forcejeo, pero ahora tenía algo peor. Había agarrado a Camilo Huerta.

Tenía al millonario sujeto por el cuello con un brazo, usándolo como escudo humano. En la otra mano, sostenía un cuchillo de combate que había sacado de su bota. La hoja dentada presionaba contra la yugular de Camilo.

—¡Nadie se mueva o lo degüello aquí mismo! —gritó el sicario. Estaba sudando, los ojos desorbitados. El plan se había ido al diablo y ahora estaba improvisando. Eso lo hacía más peligroso.

El salón quedó en silencio absoluto. Solo se escuchaba la respiración agitada de Camilo y el goteo de una fuente de chocolate cercana.

Camilo me miró. Sus ojos, normalmente arrogantes y seguros, estaban llenos de terror puro. Era la mirada de un niño que se da cuenta de que el dinero no puede detener al monstruo del armario.

Pero entonces, algo cambió. Me vio a mí. Vio mi postura. Mis piernas abiertas a la altura de los hombros, mis manos levantadas en guardia, mi respiración controlada. Vio que no estaba temblando.

—Oye, tú… —balbuceó el sicario, mirándome—. Tú eres la que causó esto. ¡Retrocede!

Di un paso al frente.

—Suéltalo —dije. Mi voz era baja, casi un susurro, pero resonó como un trueno—. No tienes salida. La policía viene en camino. Tus compañeros están neutralizados. Si lo matas, no sales vivo de aquí. Los francotiradores de la SSP te van a volar la tapa de los sesos en cuanto pises la calle.

—¡Me vale madre! —gritó, presionando más el cuchillo. Un hilo de sangre bajó por el cuello de Camilo—. ¡Me lo llevo! ¡Es mi boleto de salida!

Miré a Camilo a los ojos. Confía en mí, le transmití con la mirada. Necesito que te muevas.

Hice un micro-gesto con la barbilla hacia abajo. Camilo, milagrosamente, entendió. O tal vez fue el instinto de supervivencia.

—¡Ahora! —grité.

Me agaché y tomé una botella de champán de una cubeta de hielo cercana. Camilo se dejó caer, peso muerto, jalando al sicario hacia abajo y desequilibrándolo por una fracción de segundo.

Fue todo lo que necesité.

Lancé la botella con una precisión de lanzador de béisbol. El vidrio verde pesado voló por el aire y se estrelló directamente en la frente del sicario. Crack.

El hombre se fue hacia atrás, aturdido, soltando el cuchillo.

Corrí. No, volé. Salté sobre una mesa baja y me lancé sobre él antes de que tocara el suelo. Le inmovilicé el brazo, le apliqué una llave al cuello y apreté hasta que sus ojos se pusieron blancos y su cuerpo se quedó flácido.

—Amenaza neutralizada —susurré, más para mí que para nadie.

Me levanté, jadeando. Me acomodé el delantal, que ahora estaba manchado de sangre ajena y vino tinto. Me pasé la mano por el cabello desordenado.

El silencio volvió. Esta vez, nadie murmuraba. Todos me miraban como si fuera una extraterrestre que acababa de aterrizar.

Camilo estaba en el suelo, tocándose el cuello. Se puso de pie lentamente, con la ayuda de un guardia de seguridad que había aparecido tarde, como siempre.

Camilo se acercó a mí. Olía a miedo y a colonia cara.

—Tú… —dijo, con la voz temblorosa—. Tú trabajas en la cocina. Te vi en la mañana.

—Sí, señor Huerta —respondí, recuperando mi papel de empleada—. Limpio la platería.

—Acabas de desarmar a dos sicarios profesionales con una botella de champán y tus manos desnudas. ¿Quién diablos eres?

Miré a mi alrededor. Las sirenas de las patrullas ya se escuchaban acercándose por Masaryk. Las luces azules y rojas empezaban a bailar en las paredes.

—Nadie, señor —dije, sintiendo el peso del cansancio caer sobre mí—. Solo soy la sirvienta.

Me di la vuelta para irme, para desaparecer por la puerta de servicio y volver a mi vida gris. Pero Camilo me agarró del brazo. Su agarre era firme.

—No —dijo—. Tú no eres nadie. Y no vas a ir a ninguna parte. Acabas de salvar mi vida y mi empresa. Esos hombres no venían a robar, venían a ejecutarme. Alguien los mandó.

Me miró fijamente, con una intensidad nueva.

—Necesito a alguien que no se congele cuando el mundo se va al infierno. Te necesito a ti.

—Yo no hago seguridad privada. Ya no —dije, tratando de soltarme.

—Te pagaré el triple. Diez veces más. Lo que quieras.

—No es por dinero.

—Entonces hazlo porque sabes que volverán —dijo Camilo, dándole al clavo—. Viste sus tatuajes, ¿verdad? El escorpión en el cuello del primero. Son del Sindicato. Si fallaron hoy, mañana enviarán a cuatro más. Y luego a ocho. Y si yo muero, mucha gente inocente va a caer conmigo.

Me detuve. El Sindicato. El mismo grupo que había emboscado a mi unidad en el norte. El grupo que mató a Ramírez.

Sentí el fuego viejo, esa brasa que creí apagada, encenderse en mi estómago. No era esperanza. Era venganza.

Miré a Camilo.

—Mañana a las 8:00 AM en su oficina —dije secamente—. Y quiero café de verdad, no esa agua sucia que sirven en la cocina.

Camilo sonrió, una sonrisa torcida y nerviosa, pero real.

—Trato hecho.

Mientras la policía entraba gritando órdenes, yo me mantuve en mi rincón, en las sombras. Pero esta vez, la sombra tenía dientes.

PARTE 2

CAPÍTULO 3: LA CACERÍA Y LA JAULA DE CRISTAL

A la mañana siguiente, la Ciudad de México amaneció con mi cara tapizando cada puesto de periódicos desde Indios Verdes hasta Tasqueña.

“LA SIRVIENTA HEROÍNA”, gritaba el Metro. “DE LIMPIAR PISOS A LIMPIAR EL CRIMEN”, titulaba El Gráfico.

Estaba sentada en mi pequeño departamento en la colonia Doctores, un cuarto de azotea donde el sol pegaba duro desde las siete de la mañana. La televisión, una vieja pantalla que había rescatado de una venta de garaje, repetía mi imagen una y otra vez. Ahí estaba yo: una foto borrosa tomada con un celular, parada sobre el sicario, con el delantal manchado y la mirada de alguien que acaba de ver al diablo y le ha escupido en la cara.

Apagué la tele. El silencio que siguió fue más pesado que el ruido.

Me miré las manos. Todavía me dolían los nudillos por los golpes de anoche. Había pasado dos años construyendo esta vida invisible. Anónima. Segura. Una vida donde mi mayor preocupación era si alcanzaba para el gas o si el Metro iba a estar atascado. Y en una sola noche, todo eso se había ido al carajo.

Tres golpes en la puerta de metal me hicieron saltar. Mi mano fue instintivamente hacia el cuchillo de cocina que había dejado sobre la mesa.

—¡Maya! Soy yo, Rosa. ¡Ábreme, mujer!.

Solté el aire. Era Doña Rosa, mi vecina del 304. Abrí la puerta y ella entró como un huracán, cargando una bolsa de papel estraza que olía a gloria: pan dulce recién hecho y dos cafés de olla del puesto de la esquina.

—Mija, ¡estás en todos lados! —exclamó, dejando las cosas en la mesa de formica—. La portera dice que hay reporteros abajo. Dicen que eres una especie de ninja. Otros dicen que eres peligrosa. ¿Qué pasó anoche?.

Me senté, agarrando el café caliente con ambas manos para dejar de temblar.

—Sobreviví, Rosa. Eso pasó.

—Dicen que te moviste como soldado. Que no eres una simple muchacha de limpieza —insistió, mirándome con esa mezcla de orgullo y miedo maternal—. No puedes seguir ocultándolo, Maya. Ya lo saben.

—Fui agente federal, Rosa —confesé, voz baja—. Hace mucho tiempo. Antes de que todo se pudriera. Antes de que perdiera a Ramírez.

Rosa me tomó la mano. Sus dedos estaban ásperos por años de trabajo duro.

—El pasado es como la humedad, mija. Aunque pintes encima, siempre vuelve a salir.

Antes de que pudiera responder, mi celular vibró sobre la mesa. Número privado. Lo miré como si fuera una granada sin seguro. Mi instinto me gritó ignóralo, pero sabía que ya no podía esconderme.

Contesté.

—Maya Velázquez —dije, seca.

—Habla el Agente Torres, de la Fiscalía —la voz al otro lado era clínica, profesional, peligrosa—. No cuelgues.

Se me heló la sangre. La Fiscalía.

—Ya no soy agente, Torres. Déjame en paz.

—Tal vez no, pero fuiste una de las nuestras. Y anoche metiste la mano en un nido de víboras más grande de lo que crees. Los hombres que detuviste no son rateros de poca monta. Son del Sindicato. Tienen una red de tráfico de armas que va desde Tepito hasta la frontera con Guatemala.

—Eso no es mi problema.

—Ahora lo es —interrumpió Torres—. Ya vieron tu cara. Saben quién eres. Saben dónde vives. Si crees que esto se acabó porque los arrestaron, eres muy ingenua. Van a ir por ti, Maya. Eres un cabo suelto.

La línea se cortó.

Me quedé mirando el teléfono. Rosa me miraba con los ojos muy abiertos.

—¿Qué te dijeron?

—Que la cacería apenas empieza —murmuré.


Dos horas después, estaba cruzando las puertas de cristal de la Torre Huerta en Santa Fe. El edificio era un monumento al ego: acero, vidrio y aire acondicionado tan frío que calaba los huesos.

Había decidido ir. No por la oferta de trabajo, sino por curiosidad. O quizás por culpa. O porque sabía que si me quedaba en la Doctores, amanecería con una bala en la cabeza antes del fin de semana.

La recepcionista ni siquiera me preguntó mi nombre. Me hicieron pasar directamente al elevador privado. Piso 45.

Camilo Huerta estaba parado frente al ventanal, mirando la inmensidad gris de la Ciudad de México. Se había quitado el saco, tenía la corbata deshecha y se veía diez años más viejo que la noche anterior.

Se giró cuando entré.

—Sabía que vendrías —dijo, con una media sonrisa cansada.

—No debí venir —respondí, quedándome de pie cerca de la puerta. No me gustaba que me acorralaran.

—¿Has visto las noticias? Te llaman “La Vengadora de Polanco”. Algunos dicen que eres una heroína. Otros, que eres una psicópata imprudente.

—Me da igual lo que digan.

—A mí no. Porque anoche salvaste mi vida y la de mi empresa —Camilo se acercó a su escritorio y se apoyó en él—. Te quiero aquí, Maya. No limpiando mis pisos. Te quiero dirigiendo mi seguridad. Tienes instintos que el dinero no puede comprar.

Crucé los brazos.

—Ya te lo dije. Dejé esa vida. Ese mundo mató a mi compañero. Casi me mata a mí. No voy a volver.

Camilo me miró fijamente, escrutándome.

—Entonces dime una cosa. ¿Por qué no te congelaste anoche? ¿Por qué no corriste como todos los demás?.

El silencio se estiró entre nosotros. La verdad era fea, pero era la única que tenía.

—Porque ya he vivido cosas peores —dije en voz baja. La imagen de Ramírez muriendo en la arena volvió a mi mente, nítida como una fotografía.

Camilo asintió, como si esperara esa respuesta.

—Entonces sabes mejor que nadie que el peligro no pide permiso. Te encuentra, estés lista o no.

La puerta de la oficina se abrió de golpe. Entró un hombre joven, con traje caro y actitud de perro guardián. Era Lyall Turner, el asistente ejecutivo de Camilo. Traía una tablet en la mano y cara de pocos amigos.

—Señor, tiene que ver esto —dijo Lyall, ignorándome por completo como si yo fuera un mueble—. Acaba de pasar. Hace una hora.

Camilo tomó la tablet. Su rostro se oscureció.

—¿Dónde?

—En la colonia Roma. Mismo modus operandi. Dos muertos más.

Me acerqué, invadiendo su espacio.

—¿Qué pasó? —pregunté.

Lyall me fulminó con la mirada.

—Esto no le incumbe a la servidumbre.

—Ella salvó a tu jefe anoche, imbécil —le solté, mi paciencia agotada—. Y si es el mismo modus operandi, me incumbe porque soy el siguiente objetivo.

Camilo levantó una mano para callar a Lyall y giró la pantalla hacia mí.

Era un video de seguridad granulado. Una cámara de tráfico. Una camioneta negra se detuvo frente a un edificio de oficinas discreto. Dos hombres bajaron. Llevaban máscaras tácticas y rifles de asalto cortos. Entraron con calma. Dos minutos después, salieron. Caminaban sin prisa. Adentro, dejaron el caos.

—¿Es el mismo equipo? —preguntó Camilo.

Estudié sus movimientos en la pantalla. La forma en que sostenían las armas. La economía de movimientos. No eran pandilleros. Eran profesionales.

—Son del mismo nido —murmuré—. Pero estos son más precisos. Están enviando un mensaje.

—Están limpiando la casa —dijo Camilo, sombrío—. Saben que fallaron anoche con Arturo Blake, mi socio, y ahora están eliminando a cualquiera que pueda conectarlos con el ataque.

—¿Blake sigue vivo? —pregunté.

—Por ahora. Lo tengo escondido. Pero él sabe demasiado. Si no lo silencian, él podría hundir a mucha gente poderosa. Y si Blake cae, vienen por mí.

Sentí esa presión familiar en el pecho. La presión de la misión. La presión de saber que hay monstruos sueltos y tú tienes la espada en lamano.

Miré a Camilo.

—Te ayudaré —dije, y las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas—. Pero no porque trabaje para ti. Lo hago porque necesito saber quién dio la orden. Necesito saber quién está moviendo los hilos.

Camilo sonrió levemente y me tendió la mano.

—Trato hecho. Considera esto una sociedad.

Estreché su mano. Su agarre era firme.

Al salir de la oficina, sabía que mi vida tranquila había terminado oficialmente. La ciudad rugía allá abajo, llena de depredadores. Y yo acababa de volver a entrar a la jaula.


CAPÍTULO 4: EL HOMBRE DE LA SERVILLETA

El sol apenas estaba saliendo sobre Las Lomas de Chapultepec cuando llegamos a la casa de seguridad. Era una de esas mansiones viejas, escondida detrás de muros altos cubiertos de hiedra, diseñada para que la gente rica pudiera pecar en privado.

Camilo conducía. Yo iba de copiloto, revisando la Glock 17 que me habían proporcionado esa mañana. Se sentía pesada y familiar en mi mano. Un viejo amigo tóxico.

—Blake está paranoico —advirtió Camilo mientras los guardias de seguridad privada nos abrían el portón—. Cree que la CIA, el narco y su exesposa lo quieren matar. Probablemente tenga razón en las tres.

Entramos. La casa olía a café rancio, cigarro y miedo. Un olor agrio que conozco bien.

Arturo Blake estaba sentado en una mesa de caoba en el comedor. Llevaba un traje que costaba más que mi vida entera, pero estaba arrugado y manchado de sudor. Sus ojos estaban inyectados en sangre. Temblaba.

Cuando me vio, se puso pálido.

—Tú… —dijo, con voz rasposa—. La sirvienta. La ex-federal.

—Y la única razón por la que sigues respirando —le corté, acercándome a la mesa. Aparté una silla y me senté frente a él—. Me vas a dar un nombre, Blake.

Él soltó una risa amarga, histérica.

—¿Crees que puedes asustarme? La Fiscalía me ha presionado por años. No tienen nada.

—Yo no soy la Fiscalía —dije, bajando la voz hasta convertirla en un susurro letal—. Y no necesito asustarte. Solo necesito que entiendas algo: los hombres que entraron anoche a la fiesta no fallaron porque fueran incompetentes. Fallaron porque yo estaba ahí. La próxima vez, enviarán a un francotirador a tres cuadras de distancia, o pondrán una bomba en tu auto. Y yo no voy a estar ahí para salvarte el trasero.

Blake tragó saliva. Su bravuconería se agrietó.

—No quieren que testifique —susurró, inclinándose hacia adelante—. Si abro la boca, me llevo a medio gobierno entre las patas. Senadores, generales, CEOs. Todos comen del mismo plato sucio.

—¿De qué se trata? —preguntó Camilo, parado detrás de mí.

—Armas —dijo Blake, mirando sus manos temblorosas—. Vendí tecnología de rastreo. Se suponía que era para el ejército. Pero terminaron vendiéndosela a grupos paramilitares en el extranjero. Y al crimen organizado aquí. Gente murió. Soldados mexicanos murieron emboscados con nuestra propia tecnología.

Mi estómago se revolvió. Pensé en Ramírez. Pensé en cómo nuestra ubicación fue filtrada, cómo nos cazaron como conejos en ese desierto. ¿Había sido culpa de este imbécil y su codicia?

—¿Y esperaste hasta ahora para que te creciera una conciencia? —escupí, golpeando la mesa.

Blake saltó.

—¡Era dinero! ¡Era fácil! Pero cuando vi los reportes… los niños soldados… no pude más. Dije que quería salirme. Y en cuanto lo dije, me pusieron una diana en la espalda.

—Dame el nombre —exigí—. ¿Quién está arriba de ti? ¿Quién da las órdenes?

Blake negó con la cabeza violentamente.

—Si digo su nombre, nos matan a todos antes de que caiga el sol.

—Escríbelo —le pasé una servilleta de papel y una pluma—. Escríbelo y te sacamos de aquí. Te llevamos a una casa segura de verdad, fuera del radar.

Blake me miró. Vio en mis ojos que no estaba bromeando. Vio que yo era su única opción entre la cárcel y la tumba.

Tomó la pluma. Su mano temblaba tanto que apenas podía sostenerla. Garabateó algo rápido y deslizó la servilleta hacia mí.

Miré el papel. Un solo nombre. Limpio. Legible.

RICARDO CAÍN.

Sentí un golpe frío en el pecho. Ricardo Caín. No era un narco cualquiera. Era un magnate. Un “filántropo”. Un hombre que salía en las portadas de Forbes y Quién. Un hombre que había sido asesor de estrategia de defensa nacional. Un intocable.

—No puede ser… —murmuró Camilo al leerlo—. Caín es… él es el sistema.

Antes de que pudiera responder, el sonido de cristales rotos cortó el aire.

CRASH.

Una granada de aturdimiento entró por la ventana del comedor.

—¡ABAJO! —grité.

Me lancé sobre Blake, tirándolo al suelo justo cuando el flash blanco estalló, cegándonos y dejando un pitido agudo en los oídos. Segundos después, las balas empezaron a destrozar las cortinas y la madera de las paredes.

Rafagas de armas automáticas. Profesionales.

—¡Están aquí! —gritó Camilo, arrastrándose por el suelo.

—¡Nos vendiste! —lloriqueó Blake, aferrándose a mi pierna.

—¡Cállate y muévete! —le di un jalón para levantarlo.

Los guardias de la entrada ya estaban muertos; no escuché respuesta en el radio. Estábamos solos.

—¡Salida trasera, ahora! —ordené.

Corrimos hacia la cocina. Las balas picaban el yeso a nuestro alrededor, levantando nubes de polvo blanco. Salimos al patio de servicio.

Un SUV negro bloqueaba la salida del callejón. La puerta trasera se abrió y un hombre con pasamontañas asomó un rifle R-15.

—¡Cúbranse! —empujé a Blake detrás de unos botes de basura de metal.

Saqué mi Glock. El mundo se volvió lento otra vez. Respiré. Apunté. Disparé.

Uno, dos, tres tiros.

El primero rompió el parabrisas del SUV. El segundo dio en el hombro del tirador. El tercero hizo que el conductor se asustara y diera un volantazo, chocando contra el muro del vecino.

—¡El coche de Camilo! ¡Vamos! —grité.

Corrimos hacia el auto blindado de Camilo que estaba estacionado en la calle lateral. El chofer, un ex-marine gringo, ya tenía el motor encendido y la puerta abierta.

Nos lanzamos dentro.

—¡Sácanos de aquí! —rugió Camilo.

Las llantas chillaron contra el pavimento mientras acelerábamos por las calles empedradas de Las Lomas, dejando atrás una nube de humo y sirenas lejanas.

Blake estaba en el suelo del auto, hecho bolita, llorando. Camilo estaba pálido, mirando por la ventana trasera.

Yo me quedé mirando la servilleta arrugada que todavía tenía en el puño cerrado.

Ricardo Caín.

El nombre quemaba.

Camilo me miró, recuperando el aliento.

—¿Viste eso? Sabían exactamente dónde estábamos. Sabían el momento exacto.

—Caín tiene ojos en todos lados —dije, guardando la servilleta en mi bolsillo—. En la policía, en el gobierno… tal vez incluso en tu empresa.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Camilo.

—Ahora dejamos de correr —dije, sintiendo cómo el miedo se transformaba en una resolución fría y dura—. Caín cree que somos presas. Cree que nos puede cazar. Pero cometió un error.

—¿Cuál? —preguntó Blake, levantando la cabeza.

—Nos dejó vivos —respondí—. Y ahora sabe que sabemos su nombre.

Miré por la ventana. La Ciudad de México se extendía ante nosotros, infinita y peligrosa. Pero por primera vez en años, no me sentía perdida en ella. Tenía un objetivo. Tenía un nombre. Y tenía una guerra que ganar.

—Vamos por él —dije—. Vamos a quemar su imperio hasta los cimientos.

PARTE 3

CAPÍTULO 5: LA TUMBA DE ACERO

La lluvia en la Ciudad de México no limpia; solo ensucia más. Esa noche, el agua caía como una cortina de plomo sobre la zona industrial de Iztapalapa, convirtiendo el polvo y el aceite de las calles en un lodo negro y resbaladizo.

Estábamos estacionados en una van anónima frente a la bodega de Iron Shield Logistics. Camilo Huerta se ajustaba un chaleco táctico que le había conseguido. Se veía ridículo y valiente al mismo tiempo; un millonario jugando a la guerra porque no tenía otra opción.

—Esto no es una bodega de tractores —murmuró Camilo, mirando a través de los binoculares—. Hay alambres de púas electrificados, reflectores de grado penitenciario y guardias patrullando en pares.

—Es una fortaleza —corregí, revisando por última vez mi inhibidor de señal—. Y lo que hay adentro vale más que tu vida y la mía juntas.

El plan era sencillo, o tan sencillo como puede ser una misión suicida: entrar por un punto ciego en la cerca este, burlar las cámaras con mi jammer, tomar fotos de las armas ilegales para tener la evidencia que hundiría a Caín, y salir antes de que nos convirtieran en coladeras.

Nos movimos bajo la lluvia. Mis botas no hacían ruido; las de Camilo sonaban como tambores, pero la tormenta nos cubría. Corté la cerca. Nos deslizamos hacia el interior. El inhibidor en mi bolsillo zumbaba suavemente, friendo la señal de la cámara más cercana.

Entramos por una bahía de carga mal cerrada. El olor a grasa industrial y madera húmeda nos golpeó. La bodega era una caverna inmensa, llena de sombras y del eco distante de generadores.

—Ahí —señalé las cajas marcadas como “Maquinaria Agrícola”.

Saqué mi palanca y abrí una caja con un crujido seco. Camilo iluminó el interior con su linterna táctica.

No había arados. No había sembradoras.

El brillo frío del acero pavonado nos devolvió la mirada. Rifles de asalto automáticos, lanzagranadas, equipo de visión nocturna. Suficiente potencia de fuego para iniciar una pequeña guerra civil.

—Dios mío… —susurró Camilo, pálido—. Esto es la evidencia. Con esto se acaba todo.

Saqué mi teléfono para tomar las fotos.

—Vaya, vaya —una voz arrastrada y burlona retumbó desde las alturas—. La sirvienta y el millonario. Qué tiernos.

Las luces de inundación se encendieron de golpe, con un estruendo eléctrico que nos cegó. Instintivamente, me puse frente a Camilo, levantando mi arma hacia la pasarela de metal que cruzaba el techo de la bodega.

Ahí estaba él. Un hombre con cara de cicatriz y la arrogancia de quien sabe que tiene todas las cartas. Voss. El “arreglador” de Caín.

Abajo, entre las cajas, surgieron una docena de hombres. Láseres rojos bailaron sobre mi pecho y el de Camilo. Estábamos rodeados.

—Caín sabía que la curiosidad los traería aquí —dijo Voss, apoyándose en la barandilla como si estuviera en un balcón de teatro—. Así que les preparó una fiesta de bienvenida.

—Si quisieras matarnos, ya estaríamos muertos —le grité, mi voz firme a pesar de que mi pulso estaba a mil—. ¿Qué quieres, Voss?.

Voss se rio. Fue un sonido seco.

—Listo. Muy lista. No, Caín no quiere mártires. Quiere villanos. Quiere que la prensa los encuentre aquí, armados, “plantando” evidencia falsa para incriminar a un empresario respetable. Quiere que tú seas la loca ex-agente y él, el millonario corrupto caído en desgracia.

Camilo apretó los dientes detrás de mí.

—Va a convertir esto en un escándalo mediático.

—Exacto —confirmó Voss—. Y ese aparatito que traes en el bolsillo… el inhibidor… no solo bloqueó mis cámaras. También frió tu teléfono. No vas a sacar ni una foto de aquí, muñeca. Te vas con las manos vacías o te vas en una bolsa.

Mi mente trabajó a mil por hora. Sin fotos, no había pruebas. Sin pruebas, éramos cadáveres caminando. Pero si nos quedábamos quietos, éramos cadáveres ahora.

—¡Mátenlos! —ordenó Voss, aburrido del monólogo.

—¡Al suelo! —grité.

Empujé a Camilo detrás de una pila de cajas justo cuando el aire se llenó de plomo. El sonido fue ensordecedor. Astillas de madera volaron como metralla.

Respondí al fuego. Dos disparos controlados. Un guardia cayó gritando. Pero eran demasiados. Nos estaban flanqueando.

—¡Camilo, dispara! —le ordené.

El millonario, temblando, levantó la pistola que había recogido del suelo y disparó a ciegas. No le dio a nada, pero el ruido hizo que uno de los sicarios dudara lo suficiente para que yo le metiera una bala en el hombro.

Miré hacia arriba. Voss seguía en la pasarela, disfrutando el espectáculo. Pero sobre él, suspendida por cadenas gruesas, había una tarima de carga con toneladas de equipo pesado.

—¡Camilo! —grité sobre el estruendo—. ¿Ves la grúa? ¡Dispara a la caja de control de la cadena!.

—¡¿Qué?! ¡No tengo puntería!

—¡No pienses, solo dispara!.

Camilo se asomó y vació el cargador hacia el techo. Las chispas volaron. Una bala, quizás guiada por la suerte o por el miedo puro, impactó el mecanismo de liberación.

La cadena se soltó con un chirrido metálico horrible.

La carga cayó.

La pasarela se dobló como papel de aluminio. Voss gritó mientras el piso desaparecía bajo sus pies, cayendo entre una nube de polvo y escombros.

El caos fue nuestra cobertura.

—¡Corre! —agarré a Camilo del chaleco y lo arrastré hacia la salida.

Corrimos entre las balas, saltamos sobre cuerpos y salimos a la lluvia nocturna. Las sirenas de la policía ya se escuchaban cerca. Demasiado cerca. Otra trampa.

Nos subimos a la van y Camilo pisó el acelerador a fondo, dejando atrás la bodega, las armas y nuestra única oportunidad de probar la verdad.


CAPÍTULO 6: RATAS EN EL MUELLE

Regresamos a la torre de Camilo en silencio. El fracaso tenía un sabor amargo, como a bilis.

En la oficina, Lyall Turner, el asistente de Camilo, nos recibió con cara de funeral y una tablet en la mano.

—Deberían ver esto —dijo, frío.

En la pantalla, un canal de noticias de 24 horas tenía un cintillo rojo de “ÚLTIMA HORA”.

“EX-AGENTE Y MILLONARIO VINCULADOS A CÉLULA TERRORISTA”.

Había fotos. Fotos granulosas de seguridad de nosotros en la bodega. Yo con el arma levantada. Camilo escondiéndose. La narrativa ya estaba escrita: éramos intrusos peligrosos, atrapados intentando plantar armas para extorsionar a un competidor.

—Se movió más rápido de lo que pensé —dije, sintiendo la bilis subir—. Caín controla la narrativa.

—Estamos acabados —susurró Camilo, dejándose caer en un sofá de piel—. La policía, la prensa… todos van a venir por nosotros.

—No si encontramos la prueba real —dije, caminando de un lado a otro como un tigre enjaulado—. Las armas en la bodega eran el cebo. Pero tiene que haber registros. Papeles. Servidores.

Mi teléfono, que milagrosamente había revivido después del inhibidor, vibró. Un mensaje de texto. Número desconocido.

“Voss está vivo. Muelles del Río de los Remedios. Medianoche.”.

Me quedé helada.

—¿Qué es? —preguntó Camilo.

—Una invitación —le mostré el teléfono—. O una trampa.

—Es una trampa, Maya. Obviamente —dijo Camilo—. Voss cayó de una altura de cinco metros. Debería estar muerto o en el hospital.

—O Caín lo está usando de carnada porque sabe que es el único cabo suelto que le queda —dije, recargando mi arma—. Voss sabe dónde están los servidores. Si está vivo, es nuestra única oportunidad.

A medianoche, la niebla cubría los muelles industriales en los límites del Estado de México. El lugar era un cementerio de contenedores oxidados y agua negra que apestaba a muerte.

Caminamos en silencio. Camilo venía detrás de mí, respirando con dificultad. El miedo era palpable.

Llegamos a una bodega abierta al final del muelle. Una sola bombilla colgaba del techo, iluminando una silla solitaria.

Ahí estaba Voss. Atado. Golpeado. Su cara era una máscara de sangre y moretones, pero estaba vivo.

—Vaya… vinieron —croó Voss, escupiendo sangre—. Caín dijo que vendrías. Dijo que tu complejo de héroe te mataría.

Me acerqué con el arma en alto, revisando las sombras.

—¿Por qué te dejó vivo? —pregunté.

—Para darte un mensaje. Y para que veas lo que le pasa a los que le fallan —Voss rio, una risa rota—. Me dejó aquí como basura.

—Dime dónde están los registros —le puse el cañón en la rodilla sana—. Dame una razón para no dejarte aquí.

Voss miró a Camilo, luego a mí. Sus ojos brillaban con odio, no hacia nosotros, sino hacia su patrón que lo había desechado.

—Centro. Reforma. Un despacho de abogados fantasma… Debajo hay una granja de servidores. Puertas rojas. Código 7154 —susurró, casi sin aliento.

—¿Eso es todo?

—Es todo lo que necesitas para quemarlo… si logras salir de aquí.

Clic.

El sonido de docenas de seguros de armas quitándose al mismo tiempo resonó en la oscuridad.

—¡Es una emboscada! —gritó Camilo.

Las luces de patrullas —o lo que parecían patrullas— inundaron el muelle. Hombres con uniformes tácticos negros salieron de entre los contenedores. No decían “Policía”. No decían nada.

—¡Suelten las armas! —bramó una voz amplificada.

Dispararon. No de advertencia. A matar.

—¡Cúbrete! —empujé a Camilo detrás de un contenedor justo cuando las balas repiquetearon contra el metal oxidado.

Voss gritó cuando una bala perdida —o quizás no tan perdida— lo alcanzó en el pecho. Su cabeza cayó. El único testigo estaba muerto.

—¡Maldita sea! —grité, disparando a ciegas.

Estábamos atrapados. El agua a nuestras espaldas, un muro de fuego enfrente. Mis balas se estaban acabando.

—¡Maya, no tenemos salida! —gritó Camilo, con el pánico rompiendo su voz.

Miré el agua negra. Miré a los hombres que avanzaban. Y luego vi una puerta lateral en la bodega, apenas visible.

—¡Corre a la puerta! —ordené.

Hicimos una carrera suicida. Sentí el viento de las balas pasándome cerca. Una me rozó el brazo, quemando como fuego líquido. Entramos a la bodega y salimos por el otro lado, directo a los brazos de… la policía real.

O eso parecía.

Patrullas de la Ciudad de México bloquearon nuestra salida. Luces rojas y azules. Oficiales con armas largas apuntándonos.

—¡Manos arriba! ¡Al suelo! —gritaron.

Camilo levantó las manos. Yo dudé. Si eran policías de Caín, estábamos muertos. Si eran policías honestos, estábamos arrestados.

—Hazlo, Maya —suplicó Camilo—. No podemos ganar esto a tiros.

Dejé caer mi arma. Me pusieron las esposas tan fuerte que sentí crujir mis muñecas. Nos lanzaron a la parte trasera de una patrulla blindada.

—¿A dónde nos llevan? —preguntó Camilo al oficial que conducía.

El oficial nos miró por el retrovisor. Sus ojos eran fríos.

—A un lugar seguro —dijo con una sonrisa que no prometía nada bueno—. Alguien quiere hablar con ustedes.

El auto no tomó la ruta hacia el Ministerio Público. Se desvió hacia Santa Fe, hacia los edificios corporativos de alta seguridad.

Caín no nos había matado en el muelle. Nos quería vivos. Y eso, sospechaba, iba a ser mucho peor que la muerte.

Mientras la ciudad pasaba borrosa por la ventana, miré mi reflejo. Estaba sucia, sangrando y esposada. Pero tenía el código. 7154. Y mientras tuviera eso, la guerra no había terminado.

—No te rompas, Camilo —susurré en la oscuridad de la patrulla—. Esto apenas empieza.

PARTE 4

CAPÍTULO 7: LA JAULA DE ORO Y LA SERPIENTE

El lugar no era una comisaría. Olía demasiado a limpio, a dinero y a ozono. Era un complejo privado en las entrañas de un rascacielos de Santa Fe, una de esas torres de cristal que rascan el cielo de la Ciudad de México mientras ignoran la miseria que tienen a sus pies.

Nos arrastraron por pasillos estériles hasta una sala de contención de alta tecnología. Paredes de vidrio reforzado, cámaras en cada esquina zumbando como insectos mecánicos, y un frío artificial que calaba hasta el tuétano.

Me arrojaron a una celda; a Camilo Huerta, a la de enfrente. Las puertas se sellaron con un siseo hidráulico. Estábamos atrapados en una pecera para humanos.

—Esto es ilegal —gritó Camilo, golpeando el vidrio—. ¡Tengo abogados! ¡Soy ciudadano americano!

—Aquí no eres nadie, Camilo —dije, sentándome en el banco de metal frío—. Aquí solo somos carnada.

Minutos después, los pasos de unos mocasines italianos resonaron en el pasillo. Ricardo Caín apareció. Llevaba un traje impecable, ni una arruga, ni una mancha, como si el caos de los muelles nunca hubiera ocurrido. Nos miró con la indiferencia de un niño que observa hormigas en un frasco.

—Han hecho un desastre —dijo suavemente, su voz amplificada por el sistema de intercomunicación—. Irrumpir en mi propiedad, interferir con mis envíos… y lo peor de todo: avergonzarme en público.

Me levanté y me acerqué al vidrio.

—¿Por qué el teatro, Caín? —pregunté, sosteniendo su mirada—. Si nos querías muertos, el muelle era el lugar. ¿Por qué traernos aquí?.

Caín sonrió, una mueca fina y cruel.

—Porque los cadáveres se olvidan, Maya. Se entierran y se pudren. Pero los “héroes” caídos en desgracia… esos viven para siempre en la memoria pública como una advertencia.

Se paseó frente a nosotros.

—Mañana, la narrativa será simple: el millonario corrupto y su guardaespaldas inestable, atrapados robando tecnología militar para venderla al mejor postor. Yo seré la víctima. Ustedes, los villanos. Y cuando “intenten escapar” y mis guardias se vean obligados a usar fuerza letal… bueno, nadie hará preguntas.

—La gente no es estúpida —escupió Camilo—. Sabrán la verdad.

—La gente cree lo que yo les digo que crean —respondió Caín con frialdad—. Siempre ha sido así. Por eso yo estoy aquí, en la cima, y tu amigo Ramírez está bajo tierra.

El nombre me golpeó como un puñetazo físico. Ramírez.

—No te atrevas a decir su nombre —gruñí, golpeando el vidrio con la palma abierta.

—Esa es tu debilidad, Maya. Los fantasmas. Los cargas como si fueran piedras. Yo no cargo nada. Por eso gano.

Caín se dio la vuelta y salió, dejándonos en el silencio zumbante de las cámaras.

—Disfruten la vista —dijo antes de desaparecer—. No la tendrán por mucho tiempo.

Camilo se derrumbó en su banco, con la cabeza entre las manos.

—Va a enterrarnos, Maya. Tiene razón. Tiene el poder, la prensa, el gobierno.

Yo no respondí. Estaba ocupada. Mis ojos escaneaban la celda. No veía una prisión; veía un rompecabezas. El vidrio era reforzado, sí, pero el marco… el marco tenía costuras. Y todo lo que el hombre construye tiene un punto de falla.

Horas más tarde, el sonido de la puerta principal abriéndose rompió mi concentración. No era Caín. El ritmo de los pasos era diferente. Militar.

El Agente Torres entró, escoltado por dos guardias de seguridad privada de Caín. Camilo se puso de pie de un salto.

—¡Torres! —gritó—. ¡Sácanos de aquí! ¡Eres federal, maldita sea!.

Torres levantó una mano, su rostro una máscara de piedra.

—Tranquilo, Huerta. Estoy aquí por invitación de Caín. Una “inspección” de rutina para asegurar que todo está en orden.

Se acercó a mi celda. Los guardias se quedaron atrás, cerca de la puerta. Torres bajó la voz, apenas moviendo los labios.

—No tengo mucho tiempo. Él los está usando de cebo. El Buró está mirando, pero tengo las manos atadas. Si intervengo directamente, Caín desaparece la evidencia y a ustedes.

—Entonces, ¿para qué viniste? —susurré, furiosa—. ¿Para vernos morir?.

—Para dejar una puerta abierta —murmuró Torres. Sus ojos se desviaron hacia la cámara de seguridad sobre mi cabeza—. Voy a poner el sistema en bucle. Tendrán cinco segundos cada diez minutos. Una ventana ciega. Si logran salir, el código que les dio Voss… 7154… úsenlo. Es la llave del reino.

—¿Por qué nos ayudas? —pregunté.

—Porque llevo años persiguiendo a este bastardo —dijo Torres, con un destello de odio real en los ojos—. Y tú eres la única lo suficientemente loca para atraparlo.

—¡Agente Torres! —la voz de Caín resonó desde el intercomunicador—. ¿Terminó su inspección?.

Torres se enderezó, recuperando su postura oficial.

—Todo en orden, señor Caín —dijo en voz alta—. Procedemos a retirarnos.

Me lanzó una última mirada significativa y salió.

—¿Viste eso? —preguntó Camilo, esperanzado—. Está de nuestro lado.

—Está jugando su propio juego —dije, volviendo a sentarme—. Pero nos dio una oportunidad. Y no la voy a desperdiciar.

Esa noche, la instalación entró en modo nocturno. Las luces bajaron. Empecé a contar.

Uno, dos, tres…

Observé la luz roja de la cámara. Parpadeaba rítmicamente. Y entonces, exactamente a las 03:00 AM, la luz se detuvo. Cinco segundos de estática. Un bucle.

—¡Ahora! —susurré.

Me puse de pie. Flexioné las muñecas contra los precintos de plástico que me habían puesto antes de encerrarme. El dolor fue agudo, cortante, pero necesario. Con un giro brutal y un crujido de hueso, rompí el plástico.

Me acerqué al panel de vidrio. Había notado una micro-fisura en la base del marco, un defecto de instalación.

Respiré hondo. Canalicé toda la fuerza de mis piernas, toda la rabia acumulada por Ramírez, por las mentiras, por la humillación.

Lancé una patada lateral. ¡Crack!

El vidrio crujió.

Segunda patada. La telaraña se expandió.

Tercera patada. El panel entero estalló hacia afuera con un estruendo de cristales rotos.

La alarma comenzó a aullar. Luces rojas giratorias inundaron el pasillo.

Corrí hacia la celda de Camilo y golpeé el botón de liberación manual. La puerta se abrió con un siseo.

—¡Muévete! —le grité, jalándolo del brazo.

Corrimos. Las botas de los guardias resonaban en el piso de arriba. Torres había dicho que dejaría una puerta abierta. Confié en mi memoria del plano de evacuación que había visto de reojo al entrar.

—¡Izquierda! —ordené.

Nos metimos en un pasillo de servicio. Al fondo, una puerta de mantenimiento estaba entreabierta. La empujamos y salimos al aire frío y contaminado de la noche de Santa Fe.

Estábamos libres. Pero la ciudad allá abajo no era un refugio. Era el tablero de juego final.

—¿A dónde vamos? —jadeó Camilo, con el pecho agitado.

Miré hacia el centro de la ciudad, donde las luces de los rascacielos de Reforma brillaban como diamantes falsos.

—A las puertas rojas —dije—. Vamos a terminar lo que empezamos.


CAPÍTULO 8: EL JUICIO DE FUEGO

Reforma a las cuatro de la mañana es un animal extraño. Silencioso pero despierto, vibrante pero vacío. Nos movimos por las sombras, evitando las cámaras de C5 y las patrullas que seguramente ya tenían nuestra descripción.

El edificio que Voss había descrito parecía inofensivo. Un despacho de abogados corporativos entre dos gigantes de cristal. Pero los detalles no mentían: seguridad excesiva en el perímetro, guardias armados disfrazados de conserjes, y en el callejón trasero, las puertas de acero pintadas de rojo carmesí.

—Ahí están —señaló Camilo—. Las puertas rojas.

—Voss no mintió —dije—. Código 7154.

Nos acercamos. Había dos guardias fumando afuera. No eran policías; eran mercenarios, los mismos tatuajes, la misma actitud depredadora.

—Quédate atrás —le ordené a Camilo.

Me deslicé por la oscuridad. No tenía armas, pero tenía el elemento sorpresa. Ataqué al primero con un golpe en la tráquea; cayó sin hacer ruido. El segundo intentó alcanzar su radio, pero le barrí las piernas y lo noqueé con su propia macana contra el pavimento.

Arrastré los cuerpos detrás de un contenedor de basura. Camilo se acercó, pálido pero resuelto.

Llegamos a las puertas rojas. Había un teclado numérico. Mis dedos, manchados de grasa y sangre seca, marcaron los números.

7-1-5-4.

La luz cambió de rojo a verde. Un clic mecánico resonó. La puerta se abrió.

Entramos. El aire adentro estaba superrefrigerado. No olía a oficina; olía a electricidad estática. Pasamos la recepción vacía y bajamos por las escaleras de emergencia hacia el sótano.

Y ahí estaba.

El corazón de la bestia. Una sala inmensa llena de filas y filas de servidores parpadeantes. El zumbido era hipnótico. Aquí estaba todo: los sobornos, los contratos ilegales, las rutas de tráfico, los nombres de los generales traidores.

—Dios mío… —susurró Camilo—. Es el cerebro de todo el sistema.

—Conecta la unidad —le dije, señalando la terminal principal.

Camilo sacó una unidad de estado sólido externa que habíamos robado de la oficina de seguridad arriba. La conectó. Sus dedos volaron sobre el teclado.

—Estoy dentro —dijo—. Descargando.

La barra de progreso apareció en la pantalla. 10%… 20%…

El tiempo se estiró. Cada porcentaje era una agonía.

—¡Se detuvo! —exclamó Camilo—. Alguien bloqueó el acceso remoto.

Las luces de la sala se apagaron de golpe. Solo quedaron los LEDs rojos de los servidores, bañándonos en una luz infernal.

Las puertas principales del fondo se abrieron de par en par.

—Siempre tan predecible, Maya —dijo la voz que odiaba más que a nada en el mundo.

Ricardo Caín entró, aplaudiendo lentamente. Detrás de él, una docena de hombres con rifles de asalto nos apuntaban.

—¿Creíste que sería tan fácil? —preguntó Caín, caminando entre los servidores como un dios en su templo—. ¿Entrar a mi casa, robar mis secretos y salir caminando?.

—Sabía que vendrías —dije, poniéndome delante de Camilo—. Tu ego no te permitiría dejar que tus subordinados hicieran el trabajo.

Caín se rio.

—No es ego, es placer. Quería ver el momento exacto en que te das cuenta de que has perdido. Otra vez. Como con Ramírez.

Camilo seguía tecleando frenéticamente detrás de mí.

—¡Desbloquéalo, Camilo! —susurré.

—¡Estoy tratando! —respondió él.

—Mátenlos —ordenó Caín, aburrido, levantando la mano.

En ese instante, el techo de cristal del atrio, tres pisos arriba, estalló.

Cuerdas descendieron. Hombres de negro con insignias federales se descolgaron con la precisión de arañas. Granadas de humo llenaron la sala.

—¡Federales! ¡Suelten las armas! —la voz de Torres retumbó en el caos.

—¡Traidores! —gritó Caín, sacando una pistola dorada de su saco.

El tiroteo comenzó. Fue ensordecedor. Me cubrí detrás de un rack de servidores. Las balas hacían saltar chispas y plástico.

Vi a Caín intentando escapar por una puerta lateral. No. No esta vez.

Salí de mi cobertura. Corrí entre el fuego cruzado. Caín me vio y disparó. Una bala me rozó el costado, pero no me detuve.

Me lancé sobre él, tacleándolo contra la pared. El arma salió volando.

Caín era fuerte, pero yo peleaba con la fuerza de los muertos. Me golpeó en la cara, partiendo mi labio. Le devolví el golpe con un rodillazo en el estómago y un codazo en la nariz.

Caímos al suelo, rodando. Él intentó asfixiarme, sus manos alrededor de mi cuello, sus ojos inyectados en sangre.

—¡Eres basura! —gritó—. ¡Nunca ganarás! ¡El sistema soy yo!.

Mi visión se llenó de puntos negros. Pero entonces recordé. Recordé el desierto. Recordé la promesa. Recordé que ya no era solo una sirvienta.

—Tú… construiste… esto —jadeé—. Y yo… lo voy a destruir.

Con un grito gutural, rompí su agarre y le di un golpe final en la garganta. Caín se atragantó, cayendo de espaldas, derrotado.

Me puse de pie, tambaleándome, respirando con dificultad. Torres y sus hombres ya tenían la sala asegurada. Camilo sostenía la unidad de disco en alto, como un trofeo.

—¡Lo tenemos! —gritó Camilo—. ¡Está todo aquí!.

Caín, esposado en el suelo, me miró con odio puro.

—Esto no se acaba aquí, Velázquez. Tengo abogados. Tengo jueces.

Me agaché para quedar cara a cara con él.

—Y nosotros tenemos la verdad —le dije—. Y esta vez, la verdad tiene dientes.


El amanecer sobre la Ciudad de México nunca se había visto tan limpio. Estábamos afuera del edificio, rodeados de patrullas, ambulancias y, finalmente, reporteros. Pero esta vez, la historia era diferente.

Torres se acercó a nosotros mientras subían a Caín a una camioneta blindada de la SEIDO.

—Buen trabajo, “sirvienta” —dijo Torres, con una sonrisa cansada—. El Buró te debe una.

—No quiero que me deban nada —dije, limpiándome la sangre de la cara—. Solo quiero que él no vuelva a ver la luz del día.

Camilo se acercó a mí. Su traje estaba arruinado, pero se veía más ligero, como si se hubiera quitado un peso de encima.

—Lo hicimos —dijo, incrédulo.

—Lo hicimos —confirmé.

—Oye… la oferta sigue en pie —dijo Camilo, mirando el horizonte—. Jefe de Seguridad Global. Tú pones tus reglas. Tú eliges a tu equipo. Nada de servir café.

Miré la ciudad. El ruido, el caos, la vida. Ya no me sentía como un fantasma. Sentía que, por primera vez en años, Ramírez podía descansar en paz. La misión estaba cumplida.

Sonreí, y aunque me dolía el labio partido, fue una sonrisa real.

—Acepto —dije—. Pero con una condición.

—¿Cuál?

—Tú limpias el desastre la próxima vez.

Camilo rio.

La guerra había terminado. Pero la guardia de Maya Velázquez apenas comenzaba.

FIN

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