¡EL MILLONARIO IBA A DARLE LA SORPRESA DE SU VIDA A SU PROMETIDA ANTES DE LA BODA, PERO LO QUE ENCONTRÓ AL ABRIR LA PUERTA LO DESTROZÓ POR COMPLETO! UNA HISTORIA DE TRAICIÓN, DOLOR Y UN REENCUENTRO INESPERADO QUE CAMBIÓ SU DESTINO PARA SIEMPRE…

El aire acondicionado de la sala de juntas en el piso cuarenta y cinco de la Torre Virreyes zumbaba con una frecuencia tan baja que solo Sergio Íñiguez parecía notarlo. Para los demás, ese sonido era el silencio del éxito, el susurro del dinero moviéndose en cuentas offshore y proyectos inmobiliarios que cambiarían el skyline de la Ciudad de México. Pero para Sergio, ese zumbido era el sonido de su propia vida: constante, frío, artificial y terriblemente monótono.

Sergio tamborileaba los dedos sobre la inmaculada mesa de caoba, observando al joven arquitecto que sudaba profusamente mientras presentaba los renders del nuevo complejo residencial en Interlomas. El muchacho hablaba de “sinergia”, “espacios eco-friendly” y “lujo sustentable”, palabras vacías que Sergio había escuchado mil veces.

—…y por eso creemos que el “Residencial Cumbres del Cielo” será el nuevo ícono de la zona poniente —concluyó el arquitecto, con una sonrisa temblorosa, esperando la aprobación del gran jefe.

La sala quedó en silencio. Doce pares de ojos se volvieron hacia Sergio. Él se ajustó el nudo de su corbata Hermès, se reclinó en su silla de piel italiana y suspiró. Un suspiro que heló la sangre de los presentes.

—¿Terminaste, Rodrigo? —preguntó Sergio con voz suave, casi amable.

—Eh… sí, licenciado Íñiguez. Eso es todo.

—Rodrigo, dime una cosa… ¿tú vivirías ahí? —Sergio señaló la pantalla gigante donde se proyectaba un edificio lleno de cristales y jardines verticales que probablemente se secarían en dos meses.

—¡Por supuesto, señor! Es un proyecto vanguardista…

—No me chorrees, Rodrigo —cortó Sergio, su tono endureciéndose—. Ese edificio parece un envase de shampoo glorificado. Las terrazas dan directo a la autopista, el ruido será infernal, y esos “jardines verticales” son solo una excusa para cobrar mantenimiento extra. Es una basura pretenciosa. Y yo no vendo basura.

El silencio en la sala se volvió sepulcral. Rodrigo se puso pálido como un papel bond.

—Tíralo y empieza de nuevo. Quiero algo que tenga alma, no un monumento a tu ego. Tienen hasta el lunes. Lárguense todos.

En menos de treinta segundos, la sala se vació. Sergio se quedó solo, mirando a través del ventanal que abarcaba de piso a techo. Abajo, el Bosque de Chapultepec se extendía como una mancha verde devorada por el gris del concreto, y más allá, el tráfico del Periférico avanzaba a paso de tortuga, una serpiente de luces rojas y blancas.

“Tengo todo”, pensó Sergio, tomando un sorbo de su agua Perrier. “Y no tengo nada”.

Tenía treinta y nueve años, una fortuna que sus nietos no podrían gastarse, el respeto (o miedo) de la industria, y una prometida de veintitrés años que parecía sacada de un catálogo de Victoria’s Secret. Lisa. Su trofeo. Su validación ante el mundo de que seguía siendo joven, viril y poderoso.

Pero entonces, ¿por qué sentía ese hueco en el estómago cada vez que el sol se ponía?

Su celular vibró sobre la mesa, rompiendo su trance. No era el teléfono de la empresa, sino el personal, ese número que solo tenían su madre, su prometida y un par de viejos conocidos.

Miró la pantalla: “El Chava”.

Una sonrisa genuina, la primera del día, se dibujó en su rostro. Salvador “Chava” Martínez. Su mejor amigo de la preparatoria pública donde Sergio estudió antes de que su padre diera el “pelotazo” con la constructora y los sacara de la colonia Doctores para llevarlos a las Lomas. Chava era el único eslabón que le quedaba con su pasado, con el Sergio que comía tortas de tamal y soñaba con cambiar el mundo, no con llenarlo de edificios de lujo.

Deslizó el dedo para contestar.

—¡Qué hongo, mi Chava! ¿Sigues vivo, cabrón? —saludó Sergio, su acento “fresa” y refinado suavizándose instantáneamente, recuperando un poco del barrio que llevaba en la sangre.

—¡Quihubo, mi Sergio! ¡Milagro que contestas, pinche magnate! —La voz de Chava estalló en el auricular, llena de energía y ruido de fondo. Se escuchaban cláxones y gritos de vendedores ambulantes—. Pensé que ya te habías olvidado de la raza, ahora que te codeas con puro mirrey y político ratero.

Sergio soltó una carcajada.

—Jamás, güey. Sabes que la chamba me trae en chinga. ¿Qué transita por tus venas? ¿Para qué soy bueno? Si me vas a pedir lana para otro de tus negocios de “tacos veganos con chicharrón”, te voy avisando que no traigo suelto.

—¡Qué pasó, qué pasó! No seas así, si el negocio de los tacos iba a pegar, nomás que la gente no está lista para la innovación —se defendió Chava riendo—. Pero nel, no te hablo para pedirte varo. Te hablo porque se armó la gorda.

—¿Qué pasó? ¿Te metiste en broncas otra vez?

—¡No, güey! ¡La reunión de la generación! ¿Te cae que ya pasaron veinte años desde que salimos de la prepa “Mártires de la Revolución”? ¡Veinte años, Sergio! ¡Dos décadas! Ya estamos rucos, mano.

Sergio sintió un golpe de nostalgia. Veinte años. Parecía que fue ayer cuando estaban sentados en las bancas rayadas, planeando cómo se escaparían de la clase de Física para irse a jugar billar.

—No me digas que vas a organizar una peda masiva —dijo Sergio, girando su silla para mirar la ciudad de nuevo.

—Más que eso, carnal. Una cena en forma. Va a ser este sábado. Ya confirmé a casi todos. Van a ir el Tuercas, el Gordo Beto, la Britany… bueno, Ana, que ahora ya es toda una señora de las Lomas, según ella, aunque sigue viviendo en la Narvarte. Tienes que ir, Sergio. No te hagas el difícil nomás porque eres “Don Importante”.

—No sé, Chava… Ya sabes que no me late mucho eso de ver gente que no he visto en años para presumir quién tiene el coche más caro o quién está más calvo.

—¡Ándale, no seas mamón! Va a estar chido recordar viejos tiempos. Además, todos quieren ver al famoso Sergio Íñiguez. Eres la leyenda de la escuela, güey. El que sí la armó en grande. Todos van con sus esposas o maridos. Bueno, Ana va sola, dice que para descansar de sus tres bendiciones y del marido que es un inútil.

—¿Ana tiene tres hijos? —Sergio levantó las cejas—. Si era un palillo en la escuela, parecía que el viento se la iba a llevar.

—Pues ahora el viento necesitaría un huracán categoría cinco para moverla, carnal. Se puso… digamos que “robusta” y de armas tomar. Pero es buena onda. Anda, di que sí.

Sergio dudó. La verdad era que le daba pereza. Esas reuniones solían ser un desfile de egos y frustraciones. Pero la voz de Chava le recordaba una época más simple, donde su mayor preocupación era juntar monedas para una coca-cola.

—¿Y quiénes más faltan? —preguntó por curiosidad.

—Pues la Valentina se fue al gabacho, a Los Ángeles. Acaba de tener chilpayate y dice que no puede viajar. Y… pues falta Katia.

El nombre aterrizó en la conversación como una piedra en un estanque quieto.

Katia.

De repente, la oficina de lujo desapareció. Sergio cerró los ojos y vio un salón de clases con las paredes despintadas. Vio un rayo de sol entrando por la ventana y cayendo sobre un cabello negro, lacio y brillante. Vio unos ojos color miel que lo miraban con una mezcla de inteligencia feroz y ternura infinita.

Katia no era la chica más popular de la escuela. No era la que usaba las faldas más cortas ni la que salía con los chicos de grados superiores. Katia era la “cerebrito”. La que siempre tenía la respuesta correcta, la que le explicaba álgebra en los recesos mientras compartían una torta. La única chica que, Sergio sospechaba, lo había querido por quien era él, y no por el dinero que su familia empezaba a acumular.

—¿Katia? —repitió Sergio, y su voz salió más ronca de lo que pretendía—. ¿Qué… qué fue de ella?

—Nadie sabe, mano. Es un misterio. Desapareció del mapa. Fui a buscarla a su antigua casa, ahí por la Doctores, ¿te acuerdas? Donde vivía con su abuelita. Pero ya no viven ahí, ahora hay una bodega de refacciones chinas. Pregunté a los vecinos y nadie sabe ni qué pex. En la universidad donde entró tampoco tienen datos actuales. Como si se la hubiera tragado la tierra.

—Qué raro… —murmuró Sergio, sintiendo una punzada de algo que no podía identificar. ¿Culpa? ¿Arrepentimiento? ¿Nostalgia?—. Ella era la más brillante de todos nosotros. Juraría que iba a terminar siendo investigadora en la NASA o algo así.

—Pues sí, una lástima. Yo tenía la esperanza de que apareciera. Era a toda madre la Katia. Pero bueno, el punto es: ¿Cuento contigo o te vas a fresear?

Sergio abrió los ojos. La imagen de Katia se desvaneció, reemplazada por el reflejo de su propio rostro cansado en el cristal de la ventana. Necesitaba salir de su burbuja. Necesitaba ver gente real, aunque fuera solo por una noche.

—Órale pues. Cuenta conmigo. Mándame la ubicación y la hora.

—¡Esa es la actitud, chingao! —gritó Chava—. Te mando los datos por WhatsApp. ¡Ahí nos vidrios, carnal!

La llamada terminó. El silencio volvió a la oficina, pero esta vez se sentía diferente. Más pesado.

Sergio se levantó y caminó hacia el pequeño bar que tenía oculto tras un panel de madera. Se sirvió un whisky doble, sin hielo. Mientras el líquido ámbar quemaba su garganta, su mente viajó veinte años atrás.

Recordó la graduación. Recordó cómo Katia lo buscó entre la multitud con la mirada. Él estaba rodeado de su nueva “gente”, los hijos de los socios de su padre, riendo y bebiendo champagne barato. Recordó haberla visto a lo lejos, con su vestido sencillo hecho por su abuela, viéndose hermosa de una manera natural y sin esfuerzo. Ella había levantado la mano para saludarlo, una sonrisa tímida en los labios. Y él… él simplemente asintió con la cabeza y se dio la vuelta para seguir riendo de un chiste estúpido de alguien cuyo nombre ya ni recordaba.

Nunca más volvió a verla. Su padre lo mandó a estudiar a Europa al mes siguiente, y la vida se aceleró a una velocidad vertiginosa.

“Soy un imbécil”, pensó, dando otro trago.

Sacudió la cabeza para alejar los fantasmas. Tenía que concentrarse en el presente. En Lisa. Su hermosa y perfecta Lisa. Quizás estaba siendo injusto con su vida. Quizás solo necesitaba conectar más con ella. Últimamente habían estado distantes. Él trabajaba demasiado, ella pasaba demasiado tiempo en “eventos” y “sesiones de fotos”.

Decidió llamarla. Necesitaba escuchar su voz, anclarse a la realidad de su vida perfecta.

Marcó su número. Un tono. Dos tonos. Tres tonos.

—¿Bueno? —contestó ella finalmente. Se escuchaba música fuerte de fondo y voces—. ¡Hola, mi amor! ¿Qué pasa? No te escucho bien.

—Hola, nena. ¿Dónde estás? Hay mucho ruido —preguntó Sergio, frunciendo el ceño. Eran las dos de la tarde de un martes.

—¡Ay, estoy en el gym! —gritó ella—. Ya sabes, clase de spinning. El instructor está loco hoy, puso la música a todo volumen. ¿Pasa algo urgente? Es que estoy a media rutina.

—No, nada urgente. Solo… quería saludarte. Estaba pensando en ti.

—Ay, qué lindo eres, bebé. Oye, qué bueno que llamas. Fíjate que vi unas bolsas divinas en Palacio de Hierro y pensaba ir al rato, pero creo que mi tarjeta ya está topada. ¿Me podrías depositar algo extra? Es que quiero estar guapísima para la cena con los inversionistas del jueves.

Sergio sintió ese frío familiar en el pecho. Dinero. Siempre era dinero.

—Claro, Lisa. Le digo a Julia que te transfiera.

—¡Eres el mejor! ¡Te amo! Bueno, te dejo que el coach me está gritando que no me haga pato. ¡Besos!

La llamada se cortó.

Sergio miró el teléfono con incredulidad. “¿Te amo, deposítame?”. Esa era la profundidad de su relación. Suspiró con amargura.

“Gimnasio”, pensó. “A las dos de la tarde con música de antro”. Algo no le cuadraba, pero decidió ignorar la pequeña voz de alarma en su cabeza. Lisa era joven, le gustaba la fiesta, el ambiente. No tenía por qué ser algo malo.

Pero la inquietud persistía. Se sentía desconectado, solo en su torre de marfil.

Miró su agenda en la tablet. Tenía una reunión con el sindicato a las cuatro y una cena con un político a las ocho.

—Al diablo —murmuró.

Presionó el botón del intercomunicador.

—¿Julia?

—Dígame, licenciado.

—Cancela todo lo de la tarde.

Hubo un silencio breve al otro lado. Julia, su secretaria desde hacía diez años, una mujer que lo conocía mejor que su propia madre, no solía cuestionarlo, pero esto era inusual.

—¿Todo, señor? ¿Incluso la cena con el diputado?

—Todo. Dile que me dio una intoxicación por mariscos o invéntate algo, tú eres la experta. Me voy.

—Entendido, licenciado. ¿Se siente usted bien?

—Sí, Julia. Solo… necesito aire. Necesito ver a mi mujer.

—Claro que sí. Que tenga buena tarde. Y señor… descanse un poco, se le ve agotado.

Sergio sonrió melancólicamente. Julia era la única en esa oficina que realmente se preocupaba por él como ser humano.

Tomó su saco, guardó su cartera y las llaves de la camioneta. Al salir de su oficina privada y cruzar el área de los cubículos, notó cómo los empleados bajaban la voz y fingían trabajar más duro al verlo pasar. Era el “Big Boss”. El tiburón. Nadie se atrevía a mirarlo a los ojos.

Bajó por el elevador exclusivo hasta el estacionamiento subterráneo, donde su camioneta blindada, una bestia negra de tres toneladas, lo esperaba brillante y pulcra. El chofer, un ex-militar llamado Ramírez, saltó de inmediato al verlo.

—¿A dónde lo llevo, patrón?

—Hoy manejo yo, Ramírez. Tómate la tarde libre. Vete a ver a tus hijos.

Ramírez lo miró sorprendido, pero no discutió.

—Gracias, jefe. Se lo agradezco mucho. Con cuidado, eh, que el tráfico está pesado en Constituyentes.

Sergio subió al vehículo y cerró la puerta sólida como una caja fuerte. El silencio del interior blindado lo envolvió. Arrancó el motor y sintió el poder de la máquina bajo sus manos.

Mientras salía del edificio y se incorporaba a la jungla de asfalto de la Ciudad de México, una idea se formó en su mente. Iba a sorprender a Lisa. Iba a llegar a su departamento sin avisar, quizás con un regalo, quizás la llevaría a comer a algún lugar sencillo, unos tacos en la calle, algo para romper la rutina plástica en la que vivían. Quería ver si, debajo de todas las capas de maquillaje y pretensión, todavía existía la chica dulce de la que se había enamorado… o creído enamorar.

O tal vez, solo tal vez, quería comprobar si esa sensación de vacío podía llenarse con su presencia.

Aceleró, metiéndose entre un camión de carga y un taxi rosa, conduciendo con la agresividad natural de un chilango que tiene prisa por encontrar su destino. No sabía que lo que estaba a punto de encontrar cambiaría su vida para siempre, destruyendo el castillo de naipes que había construido durante veinte años.

El destino ya había tirado los dados. Y la suerte de Sergio estaba a punto de cambiar drásticamente.

CAPÍTULO 2: La Caída de los Dioses de Barro

El tráfico en la Avenida Masaryk era una pesadilla de cláxones, motores sobrecalentados y mentadas de madre silenciosas a través de los vidrios polarizados. A pesar de ser apenas las tres de la tarde, Polanco, el corazón del lujo en la Ciudad de México, latía con un ritmo frenético y desesperante.

Sergio tamborileaba los dedos sobre el volante forrado en piel de su camioneta. El aire acondicionado estaba al máximo, pero él sentía calor. Un calor incómodo que le subía por el cuello, una especie de premonición física que no lograba sacudirse.

—Cálmate, güey. Estás paranoico —se dijo a sí mismo en voz alta, mirando su reflejo en el espejo retrovisor. Se veía ojeroso. Los años de estrés, de levantar un imperio desde los cimientos, le estaban pasando factura.

Decidió hacer una parada rápida antes de llegar al departamento. Se orilló en doble fila frente a una de esas “boutiques florales” donde una rosa costaba lo mismo que un menú ejecutivo en una fonda.

Bajó de la camioneta, ignorando los pitidos de un taxi que intentaba pasar. Entró al local, donde el olor a lilas y conservadores químicos lo golpeó de lleno.

—Buenas tardes, caballero. ¿En qué podemos servirle? —preguntó una empleada con uniforme impecable y una sonrisa ensayada.

—Quiero un ramo. Grande. Rosas rojas —dijo Sergio, sacando su cartera.

—Excelente elección. ¿Para una ocasión especial?

—Para mi prometida. Solo… hágalo impresionante. Que se vea que me costó un huevo —bromeó Sergio, aunque su tono no tenía mucha gracia.

La chica asintió y comenzó a armar un arreglo monstruoso, lleno de follaje importado y rosas de tallo largo que parecían de terciopelo. Sergio pagó con su tarjeta sin siquiera mirar el monto. El dinero, para él, hacía tiempo que había dejado de ser un problema para convertirse en una herramienta. Una herramienta para abrir puertas, para cerrar bocas y, según creía, para comprar felicidad. O al menos, para rentarla a largo plazo.

Salió de la tienda cargando el ramo que casi le tapaba la visión. Se sentía un poco ridículo, como un adolescente enamorado, pero se aferraba a la idea de que este gesto cursi podría romper el hielo que se había formado entre él y Lisa.

“A lo mejor ella tiene razón”, pensó mientras volvía a subir a la camioneta. “A lo mejor soy yo el que se ha vuelto un viejo amargado que solo piensa en trabajo. Ella es joven, necesita atención, necesita chispa”.

Con esa resolución en mente, condujo las últimas cuadras hasta el edificio “Torre Esmeralda”, una fortaleza de cristal y acero donde el metro cuadrado costaba más que la dignidad de muchos políticos.

Al llegar a la caseta de seguridad, bajó el vidrio.

—Buenas tardes, Don Sergio —saludó Rogelio, el jefe de seguridad, un hombre mayor con bigote de morsa que siempre lo trataba con una reverencia casi religiosa.

—¿Qué tal, Rogelio? ¿Cómo está la familia?

—Todo bien, patrón, gracias a Dios. ¿Viene a ver a la señorita Lisa?

—Así es. Es sorpresa, así que no le avises, porfa.

Rogelio titubeó un segundo. Hubo un destello extraño en sus ojos, una sombra de incomodidad que desapareció tan rápido como llegó. Sergio, perceptivo por naturaleza en los negocios, lo notó, pero decidió ignorarlo. Quizás el hombre solo tenía agruras.

—Eh… claro que sí, Don Sergio. Pase usted. El elevador privado está listo.

La barrera se levantó y Sergio entró al estacionamiento subterráneo. El lugar estaba lleno de Ferraris, Porsches y camionetas blindadas como la suya. Un cementerio de juguetes caros que pasaban la mayor parte del tiempo guardados bajo tierra.

Estacionó en su cajón asignado, justo al lado del convertible blanco que le había regalado a Lisa por su cumpleaños número veintitrés. El coche estaba sucio, con manchas de lodo en las llantas, como si lo hubieran metido en terracería. “Qué raro”, pensó. “Lisa odia salir de la ciudad si no es en avión”.

Tomó el ramo de flores, respiró hondo para calmar ese nudo en el estómago que insistía en apretarse, y caminó hacia el elevador.

El ascenso hasta el piso dieciocho fue rápido y silencioso. El tablero digital marcaba los pisos: 10, 12, 15… Cada número aumentaba su ansiedad. ¿Por qué estaba tan nervioso? Era su casa (bueno, él la pagaba). Era su mujer (bueno, casi).

Las puertas de acero inoxidable se abrieron con un susurro.

El recibidor del penthouse era impresionante. Piso de mármol de Carrara, una lámpara de araña que parecía una cascada de diamantes y una vista panorámica de la ciudad que quitaba el aliento. Pero lo primero que notó Sergio no fue el lujo, sino el silencio.

No había música. No se escuchaba la televisión.

—¿Lisa? —llamó, pero su voz se sintió pequeña en el enorme espacio.

Dejó las flores sobre una consola de diseño italiano en la entrada. Fue entonces cuando lo vio.

Allí, en el suelo inmaculado, rompiendo la armonía estética perfecta del lugar, había un par de tenis.

No eran los tenis delicados de yoga de Lisa. Tampoco eran unos tenis de diseñador Balenciaga o Gucci de los que usaban los amigos “fresas” de ella. Eran unos tenis tipo Jordan, piratas, desgastados, de una talla enorme, probablemente del nueve o diez. Tenían la suela llena de tierra seca que ya había manchado el mármol blanco.

Sergio se quedó mirando esos zapatos como si fueran un artefacto alienígena. Su cerebro, entrenado para resolver problemas complejos de ingeniería y finanzas, se negó a procesar la información durante unos segundos.

“Tal vez vino el plomero”, pensó. “O el técnico del cable”.

Pero los técnicos no dejan sus zapatos tirados en la entrada principal junto a unos tacones Louis Vuitton de mil dólares. Los técnicos no entran cuando la señora de la casa está, supuestamente, en el gimnasio.

El “clic” mental fue doloroso. Fue como si le hubieran dado un golpe seco en la nuca. Recordó la llamada. El ruido de fondo. “El instructor está loco… puso la música a todo volumen”. Pero aquí no había música.

El corazón de Sergio comenzó a latir con una violencia que le dolía en las costillas. Pum-pum. Pum-pum.

Caminó por el pasillo. Sus pasos, amortiguados por la alfombra persa, eran los de un fantasma en su propia vida.

Al acercarse a la recámara principal, el silencio se rompió.

Primero fue una risa. La risa de Lisa. No esa risa tonta y aguda que usaba en las fiestas para encantar a los socios de Sergio. Era una risa gutural, sucia, genuina. Una risa que él no había escuchado en meses.

—¡Ay, cabrón, no seas así! —se escuchó su voz, seguida de un sonido de palmada y otro gemido.

Sergio se detuvo en seco frente a la puerta de madera maciza. Estaba entreabierta apenas unos centímetros.

—Te dije que el viejito no iba a venir hoy —dijo una voz masculina. Una voz joven, rasposa, con un acento de barrio pesado que contrastaba violentamente con la elegancia del departamento—. Dijo que tenía juntas hasta la noche. Tenemos tiempo para otro round, mami.

—Eres un insaciable, Kevin —respondió Lisa, y se escuchó el crujido rítmico de los resortes del colchón—. Pero apúrate, que luego me da flojera bañarme.

Sergio sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies. “El viejito”. Así lo llamaban. Él, que le había dado todo. Él, que la había sacado de ser una edecán de medio tiempo para convertirla en la reina de su mundo.

La furia desplazó al dolor en cuestión de microsegundos. Una furia fría, calculadora, letal.

Empujó la puerta. No la pateó. No gritó. Simplemente la empujó con la mano abierta, revelando el escenario de su desgracia.

La habitación olía a sexo, a sudor y a una loción barata y empalagosa que impregnaba el aire acondicionado. La ropa estaba tirada por todos lados como si hubiera explotado una bomba de vestuario. El vestido Chanel que le había regalado la semana pasada estaba hecho bola en un rincón.

Y en la cama…

Lisa estaba a gatas, con la cara hundida en la almohada, mientras un tipo moreno, lleno de tatuajes tribales mal hechos en la espalda, se afanaba sobre ella con la energía de un conejo.

Sergio se quedó parado en el umbral, observando. Era una escena tan grotesca que parecía irreal.

Pasaron tres, cuatro, cinco segundos. El tipo levantó la vista, quizás sintiendo la mirada pesada sobre su espalda. Sus ojos se encontraron con los de Sergio.

El tiempo se congeló.

El muchacho, el tal “Kevin”, se detuvo en seco. Su expresión pasó del placer al terror absoluto en un instante. Se quedó petrificado, literal.

—¿Qué pedo? —murmuró Kevin, sin moverse.

Lisa, notando que la acción se había detenido, giró la cabeza, con el cabello rubio pegado a la frente por el sudor.

—¿Qué pas…?

Al ver a Sergio parado ahí, impecable en su traje gris marengo, con las manos metidas en los bolsillos y una expresión indescifrable en el rostro, Lisa soltó un alarido que debió haberse escuchado hasta el lobby.

—¡¡AAAAHHHH!! ¡SERGIO!

El caos estalló.

Lisa rodó por la cama, jalando la sábana de seda de mil hilos, envolviéndose en ella como un tamal mal amarrado. Kevin, por su parte, saltó de la cama como si el colchón estuviera en llamas, tropezando con sus propios pies y cayendo de nalgas al suelo, desnudo y vulnerable.

—¡No mames, no mames, no mames! —repetía Kevin, buscando desesperadamente sus calzones entre el desorden del piso.

Sergio no se movió. No parpadeó. Solo los miraba con una mezcla de curiosidad científica y asco profundo. Como quien observa a dos cucarachas copulando en la cocina.

—¡Sergio! ¡Mi vida! ¡Escúchame! —Lisa se puso de pie sobre la cama, temblando, con el rímel corrido por las lágrimas instantáneas—. ¡No es lo que parece! ¡Te lo juro por mi madre!

Sergio arqueó una ceja. La frase cliché. La clásica.

—¿No es lo que parece? —su voz sonó tranquila, terroríficamente tranquila—. Porque lo que parece, Lisa, es que te estás cogiendo a un Brayan en mi cama, sobre las sábanas que importé de Egipto, mientras yo estaba comprándote flores como un pendejo.

—¡No! ¡No! —Lisa bajó de la cama y corrió hacia él, intentando agarrarlo, pero Sergio dio un paso atrás, como si ella tuviera una enfermedad contagiosa—. ¡Él se metió! ¡Yo estaba dormida! ¡Me… me forzó! ¡Me violó, Sergio! ¡Tienes que matarlo!

La acusación flotó en el aire, densa y tóxica.

Kevin, que ya había logrado ponerse los boxers y estaba luchando con sus jeans, se detuvo en seco. El miedo en su rostro se transformó en indignación pura.

—¡¿Qué?! ¡Oye, no seas culera! —gritó el muchacho, señalándola con un dedo tembloroso—. ¡Tú me llamaste! ¡Tú me mandaste el Uber! ¡Tengo los mensajes aquí en el cel! ¡No me vengas con tus mamadas de que te forcé!

Kevin se giró hacia Sergio, con las manos en alto en señal de paz.

—Jefe, patrón… la neta, perdón por el desmadre, pero yo no forcé a nadie. Esta morra me trae de su encargo desde hace dos meses. Me dijo que usted era gay y que solo la usaba de tapadera, que ella necesitaba “mantenimiento”. ¡Yo solo vine a hacer la chamba!

Sergio soltó una carcajada. Fue un sonido breve, seco, como un ladrido.

—¿Gay? —miró a Lisa—. ¿Esa es tu historia?

Lisa estaba pálida. Su mentira se desmoronaba más rápido que un edificio mal construido.

—¡Miente! ¡Es un delincuente! ¡Llama a la policía, Sergio! —chilló ella, histérica.

—¡Enséñame el teléfono! —ordenó Sergio al muchacho, ignorando a Lisa.

Kevin, viendo una oportunidad de salvar el pellejo, sacó su celular con la pantalla estrellada y se lo entregó desbloqueado. Sergio tomó el aparato con dos dedos, con asco.

Ahí estaba. El chat de WhatsApp. “Princesa Lisa”.

13:45 – Lisa: El viejito ya se fue a su oficina. Ven rápido, bebé. Estoy caliente.
13:46 – Lisa: Trae condones, que el codo de mi novio cuenta los suyos.
13:50 – Lisa: Te dejé dinero en la mesa de noche para tu taxi y algo extra.

Sergio leyó los mensajes. Cada palabra era una puñalada. No por el sexo. El sexo podía perdonarlo, tal vez. Pero el desprecio… “El viejito”. “El codo”. Y peor aún, estaba pagándole al amante con el dinero que él le daba. Estaba financiando su propia cornamenta.

Le devolvió el celular al muchacho.

—Vístete y lárgate —dijo Sergio en voz baja.

—¿Neta? ¿No me va a hacer nada? —preguntó Kevin, incrédulo.

—Si no desapareces de mi vista en diez segundos, voy a llamar a mis amigos de la procuraduría y te van a sembrar tanta droga que no vas a ver la luz del sol hasta que seas un anciano. Uno, dos…

Kevin no esperó al tres. Agarró su playera y sus tenis sucios del pasillo y salió corriendo del departamento, medio vestido, dejando una estela de miedo a su paso. La puerta principal se azotó.

Quedaron solos. El silencio volvió, pero ahora era pesado, asfixiante.

Lisa se dejó caer al suelo, sollozando dramáticamente, cubriéndose la cara con las manos.

—Sergio… perdóname. Soy una estúpida. No sé qué me pasó. Fue un error. Un desliz. Estaba confundida. Me sentía sola, abandonada… Tú nunca estás.

Sergio caminó hacia la ventana. Miró la ciudad. Se sentía extrañamente lúcido. El dolor estaba ahí, sí, pero estaba encapsulado bajo una capa de hielo.

—Levántate —ordenó sin mirarla.

—Sergio, por favor… te amo. Nos vamos a casar. Piensa en la boda, en los invitados… ¿qué van a decir?

Sergio se giró lentamente.

—¿Qué van a decir? Van a decir que me salvé de casarme con una puta barata. Eso van a decir.

Lisa levantó la cabeza, con los ojos inyectados de furia repentina. La máscara de víctima se cayó.

—¡No me hables así! ¡Yo soy tu prometida! ¡Tengo derechos!

—Tenías —corrigió Sergio—. Tenías un futuro asegurado. Tenías una vida que la mayoría de la gente en este país solo ve en las telenovelas. Tenías mi confianza. Ahora no tienes nada.

Sacó su celular. Entró a la aplicación del banco. Lisa lo miraba con terror.

—¿Qué haces?

—Estoy cancelando las adicionales. La Black, la Platinum, la de Palacio. Todo. —Sergio tecleó con calma—. Ah, y también estoy dando de baja el arrendamiento de este departamento. El contrato está a nombre de la empresa. Legalmente, esto es una oficina corporativa. Y tú no trabajas aquí.

—¡No puedes hacerme esto! —gritó ella, poniéndose de pie, olvidando que estaba desnuda—. ¡¿A dónde voy a ir?! ¡Mis papás me van a matar si saben que se canceló la boda! ¡Ya gastaron en los boletos de avión para París!

—Véndelos. O que te los pague el Kevin. Seguro le alcanza con lo que le pagabas tú.

Sergio caminó hacia la salida. Sentía que se ahogaba en ese lugar. Necesitaba aire puro, aunque el aire de la CDMX fuera puro smog.

—¡Sergio! ¡Si cruzas esa puerta, me mato! —amenazó Lisa, corriendo hacia el balcón—. ¡Me tiro! ¡Te juro que me tiro!

Sergio se detuvo con la mano en el pomo de la puerta. Se giró una última vez. La miró, parada junto al ventanal, desnuda, ridícula, manipuladora hasta el final.

—No lo harás, Lisa. Te quieres demasiado a ti misma. Y si lo haces… procura no caer encima de mi camioneta. Acabo de encerarla.

Abrió la puerta y salió.

Cerró detrás de él, dejando encerrados los gritos, los insultos y las promesas rotas.

Caminó hacia el elevador. Sus piernas temblaban un poco ahora que la adrenalina empezaba a bajar. Se apoyó contra la pared metálica mientras descendía.

Dieciocho pisos hacia abajo.

Al llegar al lobby, Rogelio, el guardia, lo vio salir. Notó que Sergio ya no llevaba las flores. Notó la palidez en su rostro y la mandíbula apretada.

—¿Todo bien, Don Sergio? —preguntó con genuina preocupación.

Sergio se detuvo. Miró al viejo guardia.

—Rogelio, a partir de este momento, la señorita Lisa tiene prohibido el acceso al edificio una vez que salga. Si intenta entrar, llamas a la policía. ¿Entendido?

Rogelio asintió, comprendiendo todo sin necesidad de detalles.

—Entendido, patrón. Lo siento mucho.

Sergio asintió y salió al estacionamiento.

Subió a su camioneta. Se quedó ahí sentado, en la oscuridad y el silencio blindado. De repente, la risa comenzó a burbujear en su pecho. Una risa dolorosa, histérica. Se rio hasta que le dolieron las costillas, hasta que la risa se convirtió en un sollozo seco y ahogado.

Golpeó el volante con el puño. Una, dos, tres veces.

—Pendejo… pendejo… —susurró, recargando la frente en el cuero del volante.

Había perdido dos años. Había estado a punto de cometer el error de su vida. Pero, curiosamente, en medio del dolor, sintió un alivio inmenso. Como si se hubiera quitado un traje que le quedaba chico.

Sacó su teléfono de nuevo. Vio el mensaje de WhatsApp que le había mandado Chava con la ubicación de la reunión de exalumnos.

“Restaurante El Cardenal. Sábado 8:00 PM”.

Faltaban cuatro días.

Pero hoy… hoy necesitaba borrar la memoria. Necesitaba alcohol. Necesitaba ruido. Necesitaba dejar de ser Sergio el CEO y volver a ser solo Sergio, el humano.

Arrancó el motor V8. El rugido de la camioneta resonó en el concreto.

Salió del edificio, dejando atrás su vida perfecta, su mentira perfecta. El sol de la tarde le pegó en la cara, cegador y brutal.

Mientras conducía sin rumbo fijo, pasando frente a restaurantes de lujo y bares de moda, se dio cuenta de que no quería ir a ninguno de esos lugares. No quería ver a gente fingiendo ser feliz.

Vio un letrero luminoso y un tanto decadente a unas cuadras de ahí. Un bar de “mala muerte” que había sobrevivido a la gentrificación de la zona. De esos donde todavía servían las cubas en vaso de plástico y la botana eran cacahuates rancios.

Giró el volante bruscamente.

Estacionó la camioneta de tres millones de pesos frente a la cantina “El Último Trago”. El valet parking, un chico flaco con gorra, abrió los ojos como platos al ver el vehículo.

—¿Se la cuido, jefe?

—Cuídala como si fuera tuya, carnal. Aquí tienes —Sergio le dio un billete de quinientos pesos. El chico casi se desmaya.

Sergio entró al bar. Estaba oscuro, olía a tabaco viejo y a aserrín. En la rocola sonaba una canción de José Alfredo Jiménez. “En el último trago… nos vamos…”.

—Perfecto —murmuró.

Se sentó en la barra, lejos de los pocos parroquianos que había a esa hora.

—¿Qué le sirvo, joven? —preguntó el cantinero, un hombre que parecía haber vivido tres guerras mundiales.

—Tequila. La botella. Y no me traiga copita, traiga el vaso jaibolero.

El cantinero lo miró, evaluó su traje caro, su reloj de oro y su mirada de perro apaleado. Asintió con respeto.

—Enseguida. Parece que tuvo un día de la chingada, ¿verdad?

—No tiene usted idea, amigo. No tiene usted idea.

Sergio se sirvió el primer trago hasta el borde. Levantó el vaso hacia el espejo sucio detrás de la barra, brindando con su propio reflejo distorsionado.

—Salud, Sergio. Bienvenido a tu nueva realidad.

Bebió el tequila de un solo trago, sintiendo cómo el fuego le quemaba la garganta y, por un segundo, anestesiaba el corazón. Lo que no sabía, mientras pedía el segundo, era que el destino aún no había terminado con él. Apenas estaba calentando motores. Y en ese bar, o en el siguiente, o en el restaurante donde planeaba ahogar sus penas, algo más estaba por suceder. Un encuentro que no solo le cambiaría la noche, sino que reescribiría su historia por completo.

Pero por ahora, solo había tequila y olvido.

CAPÍTULO 3: Espejos Rotos y Zapatos Viejos

La noche en la Ciudad de México había caído como un manto pesado, sucio y brillante a la vez. Sergio había abandonado la cantina de mala muerte después de media botella de tequila. No porque quisiera, sino porque su instinto de supervivencia, ese que lo había mantenido vivo en la selva corporativa, le gritó que si seguía bebiendo con el estómago vacío, terminaría en el hospital o en los separos. Y aunque su vida personal fuera un basurero en llamas, su imagen pública seguía valiendo millones de dólares.

Condujo con un cuidado excesivo, casi robótico, hasta un restaurante en la colonia Del Valle. No era uno de esos lugares pretenciosos de Polanco donde los meseros te escanean de arriba abajo para ver si tu reloj es original. Era un lugar de cortes argentinos, familiar, ruidoso, de esos donde la gente va a comer de verdad y no a tomarse fotos para Instagram.

Estacionó la camioneta y le aventó las llaves al valet parking sin mirarlo.

—Que no le pase nada —masculló.

Entró tambaleándose levemente, solo lo suficiente para que un ojo entrenado notara que llevaba “unas copas encima”. Pidió una mesa en la esquina más oscura del lugar, lejos de las familias felices que celebraban cumpleaños y de las parejas que se tomaban de la mano sobre los manteles blancos. Ver felicidad ajena en ese momento le provocaba náuseas físicas.

—¿Qué va a ordenar, caballero? —preguntó un mesero joven, con acné y prisa.

—Tráeme un bife de chorizo, término medio. Y otra botella de Don Julio 70. Y agua mineral. Mucha agua mineral.

El mesero arqueó una ceja al escuchar “botella”, pero al ver el traje de Sergio y el reloj Patek Philippe en su muñeca, asintió y se retiró volando. La regla de oro en el servicio: el cliente borracho y rico es la mejor propina de la noche, siempre y cuando no rompa nada.

Sergio se aflojó la corbata y se recargó en la silla. Cerró los ojos. La imagen de Lisa y el tal Kevin seguía proyectándose en sus párpados como una película de terror en bucle. El sonido de las risas, los tenis sucios en su piso de mármol, la desfachatez de la traición.

“Veinte años construyendo un imperio”, pensó con amargura, sirviéndose el primer tequila en cuanto llegó la botella. “Para terminar cenando solo, engañado por una niña que solo quería mi cartera, y dándome cuenta de que no tengo a nadie a quien llamar”.

Bebió. El líquido helado bajó suave, pero golpeó fuerte.

Miró alrededor. El restaurante estaba a medio llenar. En una mesa cercana, un grupo de “Godínez” festejaba un ascenso, con las corbatas en la cabeza y las camisas desabotonadas. En otra, una pareja discutía en susurros agresivos. La vida seguía, indiferente a su tragedia.

Pasó una hora. El corte de carne llegó y se enfrió en el plato, apenas tocado. Sergio estaba más interesado en el tequila. Su mente empezaba a nublarse, a entrar en esa zona peligrosa donde la tristeza se convierte en ira y luego en una indiferencia anestésica.

Decidió ir al baño. Se levantó, apoyándose en la mesa para estabilizarse, y caminó hacia el fondo del restaurante, pasando por el pasillo que conectaba con la cocina.

Al salir del baño, lavándose las manos y mirando su rostro demacrado en el espejo —las ojeras marcadas, los ojos inyectados en sangre—, escuchó un alboroto en el pasillo de servicio.

Risas. Pero no eran risas de fiesta. Eran risas crueles. De esas que se alimentan de la desgracia ajena.

—¡Fíjate por dónde vas, tullida! —escuchó una voz burlona.

Sergio frunció el ceño. Salió del baño y se asomó al pasillo.

Ahí, cerca de la puerta de la cocina, un grupo de tres meseros jóvenes estaba rodeando a una figura encorvada. Eran “chavitos”, probablemente de la misma edad que el amante de Lisa, con esa arrogancia estúpida de quien cree que por llevar un uniforme y tener dos pesos de propina en la bolsa son los dueños del mundo.

En el suelo, una cubeta de agua jabonosa se había volcado, creando un charco enorme y espumoso.

Y en medio del charco, intentando secar el desastre con un trapeador viejo, estaba una mujer. Llevaba un uniforme de limpieza azul marino que le quedaba dos tallas más grande, el cabello recogido en una red y un delantal percudido.

—¡Ay, no mames! —se burló uno de los meseros, pateando suavemente la cubeta vacía para alejarla de ella—. Ahora vas a tener que limpiar el doble. Si de por sí eres lenta como una tortuga con esa pata chueca, ahora nos vamos a ir hasta la madrugada por tu culpa.

—¡Ya déjenla! —dijo otro, pero riéndose—. No ves que si se apura se le zafa el tornillo de la cadera.

La mujer no decía nada. Solo mantenía la cabeza baja, humillada, exprimiendo el trapeador con manos rojas y agrietadas por el cloro. Intentó dar un paso para alcanzar la cubeta, y ahí fue cuando Sergio lo vio.

Cojificaba.

No era una cojera leve. Era un movimiento doloroso y pronunciado. Su pierna derecha parecía no tener fuerza, arrastrándose con dificultad, obligando a todo su cuerpo a hacer un esfuerzo titánico solo para moverse medio metro. Era como ver a un pájaro con el ala rota intentando despegar.

—¡Híjole, doña! —siguió el primer mesero, el líder de la manada, sacando su celular para grabarla—. A ver, tírese un paso de baile. El “pasito de la coja”. ¡Ándele!

La sangre de Sergio, que hasta hace un momento estaba adormecida por el alcohol, hirvió de golpe. La furia que no había podido descargar contra Lisa y su amante encontró de repente un nuevo objetivo. Odiaba a los abusivos. Odiaba la injusticia. Y ver a tres hombres jóvenes burlándose de una mujer trabajadora y discapacitada detonó algo primitivo en su cerebro.

—¡Oigan, imbéciles! —tronó su voz, retumbando en el pasillo estrecho.

Los tres meseros dieron un brinco y se giraron. Al ver a Sergio, alto, imponente a pesar de la borrachera, y con esa aura de autoridad que solo da el dinero y el poder, se quedaron helados.

—¿Qué chingados les pasa? —Sergio avanzó hacia ellos. No caminaba, marchaba. Sus pasos resonaban en el piso de loseta—. ¿Se sienten muy hombres burlándose de ella?

El mesero que estaba grabando bajó el celular rápidamente, escondiéndolo en su delantal.

—No, jefe… nada más le decíamos que tuviera cuidado, es que tiró el agua y…

—¡Cállate el hocico! —gritó Sergio, acorralándolos contra la pared—. Los vi. Los escuché. Son una vergüenza. ¿Qué? ¿No tienen madre? ¿Les gustaría que trataran así a su abuela o a su hermana?

Los muchachos tragaron saliva, pálidos. Sabían reconocer a un “pez gordo” cuando lo veían. Sabían que una queja de este tipo podía costarles la chamba en un segundo.

—Perdón, señor. Fue una broma nomás… —balbuceó uno.

—¡Lárguense de mi vista antes de que hable con el gerente y haga que los boletinen en toda la ciudad! ¡Muévanse!

Los tres meseros salieron disparados hacia la cocina como ratas huyendo de un incendio, empujándose entre ellos.

Sergio se quedó respirando agitadamente. Se aflojó el nudo de la corbata aún más. Sentía el corazón latiendo en la garganta.

Giró la cabeza hacia la mujer. Ella seguía ahí, inmóvil, mirando el charco de agua jabonosa como si fuera lo más interesante del mundo. Estaba temblando.

Sergio suspiró, su ira transformándose en una compasión pesada.

—Señora, no les haga caso. Son unos pendejos maleducados —dijo Sergio, suavizando la voz. Se agachó, sin importarle arruinar sus pantalones de casimir de veinte mil pesos, y levantó la cubeta—. Déjeme ayudarla.

—No… no se moleste, señor. Yo puedo. Es mi trabajo —susurró ella. Su voz era ronca, quebrada.

Sergio se detuvo. Esa voz. Había algo en ese timbre, algo en la cadencia de las palabras, que le erizó la piel. Era como escuchar una canción olvidada en la radio y saberte la letra sin recordar el título.

—No es molestia. A ver, déjeme…

La mujer levantó la vista por primera vez, quizás sorprendida de que un cliente “fresa” se dignara a tocar su cubeta sucia.

Sus ojos se encontraron.

El tiempo, ese concepto elástico y traicionero, se detuvo por segunda vez en el día para Sergio.

Debajo de la red para el cabello, sin una gota de maquillaje, con ojeras profundas que hablaban de noches sin dormir y de una vida dura, estaban esos ojos. Ojos color miel. Grandes. Expresivos. Inteligentes.

Eran los mismos ojos que lo habían mirado con admiración hace veinte años en una clase de cálculo. Eran los ojos de la única persona que lo había conocido antes de que el dinero lo cambiara todo.

Sergio soltó la cubeta. El plástico golpeó el suelo con un estruendo seco.

—¿Katia? —preguntó, en un susurro incrédulo.

La mujer parpadeó. Se llevó una mano a la boca, manchada de espuma, como si quisiera esconderse. Retrocedió un paso, arrastrando su pierna mala con un gesto doloroso de vergüenza.

—No… se confunde, señor. Con permiso.

Intentó darse la vuelta para huir hacia la cocina, pero su cojera se lo impedía. No podía correr. Estaba atrapada en su propio cuerpo.

Sergio reaccionó. Dio dos zancadas y la tomó suavemente del brazo.

—¡Katia! ¡Espera! Soy yo… Soy Sergio. Sergio Íñiguez. El “Checo”. ¿No te acuerdas de mí?

Ella se detuvo. Bajó la cabeza, derrotada. Sus hombros se sacudieron levemente.

—Claro que me acuerdo, Sergio —dijo ella, sin mirarlo, con la voz ahogada—. Por eso me quería ir. No quería que me vieras así.

Sergio sintió como si alguien le hubiera dado un puñetazo en el estómago. Miró su uniforme sucio, sus manos maltratadas, su postura vencida. Y luego se miró a sí mismo: traje italiano, zapatos brillantes, oliendo a loción cara y tequila. El abismo entre los dos era tan grande que daba vértigo.

—Katia… —Sergio no sabía qué decir. Su mente brillante, la que cerraba tratos millonarios, estaba en blanco—. Pero… ¿qué haces aquí? Chava me dijo que estabas desaparecida, que nadie sabía de ti.

—Pues ya ves. No estaba muerta, andaba de parranda —intentó bromear ella, pero sonó tan triste que a Sergio se le partió el alma. Finalmente, levantó la cara y lo miró. Y ahí estaba. A pesar de los años, del cansancio y del dolor, era ella. Su sonrisa seguía teniendo ese hoyuelo en la mejilla izquierda—. Mírame, Sergio. Soy la señora de la limpieza. La coja del restaurante. Gran historia de éxito, ¿no?

—No digas eso —Sergio apretó los dientes. Miró hacia la sala del restaurante—. Ven. Vamos a sentarnos.

—¿Estás loco? Me van a correr. No puedo sentarme con los clientes.

—Soy Sergio Íñiguez. Si yo digo que te sientas, te sientas. Y si el gerente dice algo, compro este pinche restaurante y lo despido. Ándale.

Katia dudó. Miró hacia la cocina, temerosa. Pero luego miró a Sergio a los ojos y vio algo que no había visto en nadie en mucho tiempo: respeto. Y cariño.

—Está bien. Pero solo un ratito. Si llega el supervisor, me tienes que soltar.

—Trato hecho.

Sergio la guio hacia su mesa. Caminaron despacio. Él notó el esfuerzo que ella hacía en cada paso, cómo mordía su labio inferior para disimular el dolor. Quiso ofrecerle el brazo, cargarla, hacer algo, pero sabía que su orgullo no lo permitiría.

Llegaron a la mesa. Sergio le recorrió la silla como todo un caballero. Los comensales de las mesas cercanas se quedaron mirando la escena con la boca abierta: el empresario millonario atendiendo a la señora de la limpieza como si fuera la reina de Inglaterra.

—¿Qué te van a decir tus amigos si te ven cenando con la chacha? —susurró Katia mientras se sentaba, alisándose el delantal nerviosamente, tratando de esconder sus tenis viejos bajo la mesa.

—Mis amigos no están aquí. Y los que importan, no dirían nada —respondió Sergio, sirviendo una copa de vino tinto de la botella que había en la mesa, ignorando su propio tequila—. Ten. Te va a caer bien.

Katia tomó la copa con manos temblorosas. Le dio un sorbo largo, cerrando los ojos.

—Dios… hace años que no probaba un vino que no viniera en caja de cartón. Está delicioso.

Sergio la observó bajo la luz tenue de la lámpara. Ahora que la tenía cerca, podía ver las líneas de expresión alrededor de sus ojos, la piel un poco seca. Pero seguía siendo hermosa. Tenía una dignidad que ni el uniforme ni la pobreza podían borrar.

—Katia… —comenzó Sergio, inclinándose hacia adelante—. No entiendo nada. Tú eras la número uno de la generación. Ganaste las olimpiadas de matemáticas. Tenías beca para el Tec. Todos pensábamos que a estas alturas serías… no sé, directora de un banco o científica. ¿Qué pasó?

Katia soltó una risa amarga y dejó la copa en la mesa. Empezó a jugar con una servilleta, doblándola y desdoblándola compulsivamente.

—La vida pasó, Checo. La vida real. No esa vida de película que te tocó a ti.

—Cuéntame. Por favor. Tengo toda la noche. Y créeme… —Sergio hizo una mueca, recordando su propia tarde—… necesito escuchar algo que no sea mi propia voz lamentándose.

Katia lo miró fijamente, evaluándolo.

—¿De verdad quieres saber? Es una historia larga, aburrida y triste. De esas que hacen llorar a las señoras en las novelas de las cuatro.

—Me encantan las historias tristes. Hoy es el día perfecto para ellas.

Katia suspiró profundamente. Se quitó la red del cabello, dejando caer una cascada de pelo negro, ahora con algunas canas plateadas que brillaban con la luz. Al soltarse el cabello, su rostro cambió. Se suavizó. Por un momento, Sergio vio a la chica de 17 años sentada frente a él.

—Bueno… tú te fuiste a Europa, ¿no? Yo me quedé aquí. Entré a la universidad, arquitectura, como quería. Iba bien. Iba increíble, de hecho. Primeros lugares, proyectos destacados. Hasta conseguí trabajo antes de graduarme. Hacía renders y planos desde mi compu vieja en la casa. Mi primer proyecto fue un éxito. Me sentía la reina del mundo.

Sergio sonrió.

—Me lo imagino. Siempre fuiste una genio.

—Sí… pero el genio no sirve de nada cuando el cuerpo se rompe, Sergio. —Su sonrisa se desvaneció—. Todo iba bien hasta que tuve que ir a la obra. A supervisar. Los clientes eran una pareja joven, ricos, guapos… como tú. Cuando me vieron llegar… cuando vieron cómo caminaba…

Katia hizo una pausa, tomando otro trago de vino para darse valor.

—¿Cómo caminabas? —preguntó Sergio con suavidad—. ¿Lo de tu pierna… fue un accidente reciente?

—No. Fue progresivo. Empezó poco después de la prepa. Una condición degenerativa en la cadera, mal atendida por un golpe que me di de niña en la bici, ¿te acuerdas cuando me caí en el parque? Bueno, eso y unos doctores del seguro popular que me dijeron que era “dolor de crecimiento” hasta que fue demasiado tarde. El hueso se desgastó. Se deformó.

Sergio sintió un nudo en la garganta. Recordaba esa caída. Él estaba ahí. Él se había reído porque ella tenía las rodillas raspadas. Si hubiera sabido…

—El caso es que llegué a esa obra —continuó Katia, con la mirada perdida en el pasado—. Y la pareja… y el arquitecto jefe… se empezaron a reír. No me lo dijeron a la cara, pero los oía. “¿Cómo va a subir escaleras esa mujer?”, decían. “¿Va a supervisar el colado o va a bailar cumbia?”. Se burlaron de mí, Sergio. Me humillaron frente a los albañiles, frente a todos.

—Hijos de puta —masculló Sergio, apretando el puño.

—Ese fue el primero. Renuncié por vergüenza. Me encerré en mi casa. Intenté trabajar freelance, pero en este mundo, si no tienes presencia, si no te ves “bien”, no vendes. Luego intenté trabajos de oficina. Call centers, recepciones… En uno, el jefe me acosaba. Me decía que como nadie me iba a querer así “chueca”, debería estar agradecida de que él se fijara en mí.

Katia se limpió una lágrima furiosa que rodaba por su mejilla.

—Cuando me negué, me corrió. Inventó que robaba. Y así… fui bajando escalones. De arquitecta a secretaria, de secretaria a vendedora, de vendedora a… esto. Limpiando la mierda de gente que tiene menos cerebro que yo, pero dos piernas buenas.

Sergio se quedó en silencio. Se sentía pequeño, insignificante. Él se quejaba porque su novia modelo le ponía el cuerno, mientras Katia, la brillante Katia, había estado luchando una guerra brutal contra el mundo solo para comer.

—¿Y la operación? —preguntó Sergio—. Hoy en día operan todo. Prótesis de cadera, titanio…

—Claro que operan. Es una cirugía de rutina —Katia soltó una carcajada sarcástica—. Cuesta trecientos mil pesos, más la rehabilitación. ¿Tienes idea de cuánto gano trapeando pisos, Sergio? Gano el mínimo. Apenas me alcanza para la renta de un cuarto en Iztapalapa y para mis medicinas del dolor. Trecientos mil pesos… es como si me dijeras que cuesta trescientos millones. Es imposible.

Sergio miró su reloj Patek Philippe. Valía quinientos mil pesos. Lo traía en la muñeca como si nada. Sintió náuseas de nuevo, pero esta vez eran náuseas morales.

—Katia… ¿por qué no me buscaste? —preguntó, con la voz rota—. Sabías quién era yo. Sabías dónde estaba mi empresa.

Ella lo miró directo a los ojos, y esa mirada lo desarmó por completo.

—¿Buscarte? ¿Para qué? ¿Para llegar a tu oficina de cristal, con mi ropa vieja y mi pierna chueca, a pedirte dinero? —Negó con la cabeza—. Tengo dignidad, Sergio. Prefería morirme de hambre antes que darte lástima. Antes que ver en tus ojos esa mirada que tienen todos: la mirada de “pobrecita”.

—No te tengo lástima, Katia —dijo Sergio, y era verdad. Lo que sentía era admiración. Y una furia incontrolable contra el destino—. Te tengo respeto. Mucho respeto.

En ese momento, un hombre de traje barato y actitud prepotente apareció por el pasillo. Era el gerente del restaurante. Al ver a su empleada de limpieza sentada en una mesa, bebiendo vino con un cliente, se puso rojo de ira.

—¡Catalina! —gritó el gerente, acercándose a pasos agigantados—. ¿Qué demonios haces sentada? ¡Te pago para limpiar, no para ligar con los clientes! ¡Levántate ahora mismo y lárgate a la cocina! ¡Estás despedida!

Katia se encogió en su silla, el miedo volviendo a sus ojos. Intentó levantarse rápido, pero la pierna le falló y casi cae sobre la mesa.

—Yo… perdón, señor… él me invitó…

Sergio se puso de pie. No tambaleó esta vez. Se irguió en toda su estatura de metro ochenta y cinco. Su borrachera se había evaporado, reemplazada por la frialdad del tiburón de negocios.

—¡Hey! —Sergio le ladró al gerente, deteniéndolo en seco con una mano en el pecho.

—Señor, disculpe, esta empleada es una abusiva, ahorita mismo la saco… —empezó a decir el gerente, cambiando el tono a uno servil al ver al cliente.

—Cierra la boca —dijo Sergio, con una voz tan baja y peligrosa que el gerente tragó saliva—. Ella no se va a ninguna parte. Y no está despedida.

—Pero señor, las reglas…

—¿Sabes quién soy? —interrumpió Sergio, sacando una tarjeta de presentación negra con letras doradas de su bolsillo y poniéndosela en la bolsa de la camisa al gerente—. Soy Sergio Íñiguez. Dueño de Grupo Íñiguez. ¿Te suena?

El gerente abrió los ojos como platos.

—Sí… sí, claro, licenciado Íñiguez. Un honor…

—Escúchame bien. Esta mujer es mi invitada. Y es mi amiga. Si vuelves a levantarle la voz, o si me entero de que alguien en este chiquero la ha tratado mal, voy a comprar este edificio, voy a demolerlo y voy a poner un estacionamiento público. Y tú vas a ser el que cobre en la caseta. ¿Me entendiste?

El gerente estaba temblando.

—Sí, señor. Entendido. Una disculpa. Lo que necesiten… la casa invita.

—Lárgate. Y dile a los meseros que traigan otro servicio. Ella va a cenar conmigo.

El gerente desapareció más rápido que los meseros anteriores.

Sergio se volvió hacia Katia. Ella lo miraba con la boca abierta, lágrimas silenciosas rodando por sus mejillas.

—¿Por qué hiciste eso? —susurró.

Sergio se sentó de nuevo y le tomó la mano sobre la mesa. Sus manos suaves de oficinista contra las manos ásperas de ella.

—Porque puedo, Katia. Y porque fui un imbécil por veinte años al olvidarme de la gente que valía la pena. —Apretó su mano—. Ya no estás sola, ¿me oyes? Se acabó. Esa vida de mierda se acabó hoy.

Katia lloró. Lloró todo lo que no había llorado en años, ahí en medio del restaurante, mientras Sergio le servía más vino y sentía, por primera vez en mucho tiempo, que su vida tenía un propósito real.

La noche apenas comenzaba, y la verdadera historia de amor, esa que no sale en las revistas de sociales, estaba a punto de escribirse entre platos fríos y corazones rotos.

CAPÍTULO 4: Ruinas de Oro y Corazones de Escombro

El mesero, un chico distinto a los tres patanes de antes, se acercó a la mesa con una reverencia casi religiosa. Traía una charola de plata con dos cortes de carne humeantes, espárragos a la mantequilla y puré de papa trufado. Lo servía todo con una delicadeza exagerada, como si estuviera desactivando una bomba, temeroso de que el “Licenciado Íñiguez” cumpliera su amenaza de demoler el edificio.

—Buen provecho, señores. Si necesitan algo más, lo que sea, estaré a dos metros —dijo el mesero y se esfumó.

Katia miraba el plato frente a ella como si fuera un espejismo. El aroma de la carne asada le llenó la nariz y, por primera vez en horas, su estómago rugió, traicionando su dignidad.

—Come —dijo Sergio, cortando su propio filete con precisión quirúrgica—. Se va a enfriar. Y créeme, pagar mil pesos por un pedazo de vaca fría es un pecado mortal.

Katia soltó una risita nerviosa, tomó el tenedor y el cuchillo. Sus manos, enrojecidas por el cloro y el trabajo duro, contrastaban violentamente con la platería fina. Dio el primer bocado y cerró los ojos. Un gemido involuntario de placer se le escapó.

—Dios mío… —susurró—. Había olvidado a qué sabe la carne que no es de tacos de cinco por veinte.

Sergio la observaba. No comía. Solo bebía su vino y la miraba. Había algo hipnótico en verla comer con tanta gratitud. Le recordaba lo desconectado que estaba él de la realidad. Para él, esa cena era un martes cualquiera; para ella, era un banquete real.

—Está buenísimo, ¿verdad? —preguntó él, sonriendo de lado.

—Está increíble, Sergio. Gracias. De verdad. —Katia se limpió la comisura de los labios con la servilleta de tela—. Pero sigo sin entender qué hacemos aquí. Tú y yo. El magnate y la señora del aseo. Esto parece un chiste cruel o el inicio de una película mala.

Sergio dejó los cubiertos. Se reclinó en la silla y suspiró, dejando que la máscara de hombre de negocios cayera por completo.

—Te voy a contar por qué estamos aquí, Katia. Porque hoy, hace unas tres horas, mi vida perfecta se fue al carajo.

Katia dejó de masticar.

—¿Qué pasó? ¿La bolsa de valores? ¿Perdiste dinero?

Sergio soltó una carcajada seca, sin humor.

—Ojalá fuera eso. El dinero va y viene. No… llegué a mi departamento de sorpresa. Iba a ver a mi prometida, Lisa. Iba cargando un ramo de rosas que pesaba más que mi conciencia. Y la encontré en la cama con su entrenador. O bueno, con un chavito que parecía sacado de un video de reguetón barato.

Katia abrió los ojos desmesuradamente. Casi se atraganta con el vino.

—¿No mames? —se le salió, olvidando los modales.

—Neta. —Sergio hizo un gesto de dolor fingido, aunque el dolor real seguía ahí, latente—. Y lo peor no fue eso. Lo peor fue ver los tenis sucios del tipo al lado de los zapatos de diseñador de ella. Lo peor fue darme cuenta de que yo pagaba ese departamento, esa cama, y hasta el “sueldo” que ella le daba al amante. Fui el patrocinador oficial de mi propia cornamenta, Katia.

Hubo un silencio en la mesa. Sergio esperaba lástima, o quizás un “lo siento mucho”. Pero Katia empezó a temblar. Se tapó la boca. Sus hombros se sacudieron.

Sergio frunció el ceño.

—¿Te estás riendo?

Katia soltó una carcajada. Una risa sonora, limpia, contagiosa.

—¡Perdón! ¡Perdón, Sergio! Es que… —intentaba hablar entre risas—. Es que es tan… cliché. El millonario engañado por la modelo interesada. Es como… justicia poética, pero al revés. Tú, que siempre fuiste el listo del salón, el que nunca copiaba… ¡y te vieron la cara de turista!

Sergio la miró, atónito por un segundo. Luego, la absurdez de la situación lo golpeó a él también. Empezó a reírse. Se rieron juntos, él con su traje de seda y ella con su uniforme de poliéster, atrayendo las miradas de reprobación de las mesas vecinas. Se rieron del dolor, de la traición y de la ironía de la vida.

—Tienes razón —dijo Sergio, limpiándose una lágrima de risa—. Soy un pendejo. Un pendejo con mucho dinero, pero pendejo al fin.

—Bienvenido al club de los humanos, Checo —dijo Katia, recuperando el aliento. Su mirada se volvió suave, maternal—. Duele, ¿verdad?

—Como el infierno —admitió él, su voz bajando de volumen—. No tanto por ella. Sino por el tiempo perdido. Por sentirme usado.

—Yo sé de eso —Katia tomó un sorbo de vino, su rostro ensombreciéndose—. Cuando te platiqué de mi ex, el que me dejó cuando vio que mi cadera no servía… sentí lo mismo. Sentí que yo era mercancía defectuosa. Que nadie iba a quererme si no estaba “completa”.

Sergio la miró fijamente. Su mirada bajó a la mesa, donde Katia escondía sus manos maltratadas. Luego bajó más, imaginando el dolor que debía sentir en esa pierna cada vez que daba un paso.

—Katia —dijo él, con tono serio—. Hablemos de tu pierna.

Ella se puso rígida de inmediato. Levantó sus muros defensivos.

—No hay nada de qué hablar. Es lo que es.

—No, no es lo que es. Es algo que se puede arreglar. Me dijiste que es operable. Que es cuestión de dinero.

—Mucho dinero, Sergio. Dinero que no tengo y que nunca voy a tener limpiando pisos. Así que cambiemos de tema, por favor. No me gusta hacerme ilusiones.

Sergio se inclinó hacia adelante, invadiendo su espacio personal con intensidad.

—Yo tengo el dinero.

Katia negó con la cabeza vehementemente.

—No. Ni lo pienses. No te conté mi historia para que me avientes billetes a la cara. No soy tu obra de caridad para que te sientas mejor por lo de tu novia.

—¡No es caridad, chingada madre! —Sergio golpeó la mesa suavemente con el puño, haciendo tintinear las copas—. ¡Es lógica! Tengo millones parados en el banco que no me sirven para nada. Me iba a gastar una fortuna en una boda con una mujer que no me quería. ¿Por qué no puedo usar una fracción de eso para ayudar a la única amiga real que he tenido?

—Porque no es correcto, Sergio. Es demasiado. No puedo aceptarlo. ¿Con qué cara te voy a pagar?

—No me vas a pagar con dinero. —Sergio la miró a los ojos, buscando a la chica brillante que conocía—. Me vas a pagar recuperando tu vida. Me vas a pagar volviendo a ser la Katia chingona que eras. Esa arquitecta que se comía el mundo. Eso quiero ver. Quiero ver que el universo no siempre gana cuando se trata de joder a la gente buena.

Katia bajó la mirada, mordiéndose el labio. Una lágrima solitaria cayó sobre su plato.

—Tengo miedo, Sergio —confesó en un susurro—. Tengo miedo de ilusionarme y que luego… te arrepientas. O que la operación no funcione. O que simplemente te olvides de mí mañana cuando se te pase la borrachera.

—No estoy borracho. Bueno, ya no tanto. —Sergio sacó su cartera y tiró un billete de quinientos sobre la mesa para la propina, luego firmó el voucher de la cuenta sin mirar el total—. Vámonos.

—¿A dónde? —Katia se alarmó—. Tengo que terminar mi turno. Si me voy, me corren seguro. El gerente dijo que…

—El gerente no va a decir ni pío. Y si te corren, mejor. Te hago un favor. Vámonos.

Sergio se levantó y caminó hacia ella. Le tendió la mano.

Katia miró esa mano abierta. Era una invitación a saltar al vacío. A confiar en un hombre que no había visto en veinte años. Pero al mirar alrededor, al ver el trapeador y la cubeta que algún otro mesero se había llevado, supo que no tenía nada que perder.

Tomó la mano de Sergio. Él la ayudó a levantarse. Katia hizo una mueca de dolor al apoyar el peso sobre su pierna derecha. Sergio lo notó. Sin pedir permiso, pasó su brazo por la cintura de ella para darle apoyo.

—Apóyate en mí. No te hagas la fuerte.

Salieron del restaurante así, brazo con brazo. El gerente los vio pasar desde la caja y agachó la cabeza, fingiendo revisar unos papeles, aterrorizado.

El aire frío de la noche los recibió en la calle. El valet parking trajo la camioneta blindada de Sergio. Una bestia negra y brillante que parecía una nave espacial al lado de los coches compactos de la calle.

Sergio abrió la puerta del copiloto. Tenía estribos automáticos que bajaban al abrirse, facilitando el acceso.

—Sube.

Katia dudó un segundo antes de subir a ese interior de piel y tecnología. Olía a nuevo, a caro. Se sentó y se sintió pequeña. Sergio rodeó el vehículo y subió al volante.

—¿Dónde vives? —preguntó él, encendiendo el motor.

—En Iztapalapa. Por la calzada Ermita. Pero está lejos, Sergio. Mejor déjame en el metro más cercano, yo llego. Es peligroso que vayas para allá con esta camioneta. Te la van a desvalijar en el primer semáforo.

Sergio la miró, incrédulo.

—¿Crees que te voy a dejar irte en metro a las once de la noche, cojeando, después de lo que me acabas de contar? Estás loca.

—Sergio, es mi realidad. Lo hago todos los días.

—Pues hoy no. —Sergio puso la palanca en “Drive”—. Y ni madres voy a ir a Iztapalapa ahorita. No porque me de miedo, sino porque no voy a dejarte en un cuartucho de lámina.

—¿Entonces? —Katia sintió un pánico repentino. ¿Y si Sergio quería algo más? ¿Y si el precio de la cena era… otra cosa?

Sergio, leyendo su mente, la miró con seriedad.

—No me mires así. No soy ese tipo de hombre. Te voy a llevar a mi casa. Tengo una casa en San Ángel. Es grande, tiene seguridad y hay como cinco recámaras vacías. Te vas a quedar ahí.

—¡Estás loco! No puedo ir a tu casa. ¿Qué va a decir tu… bueno, tu ex no está, pero el servicio? ¿Tus vecinos?

—Me vale madres lo que digan los vecinos. Y el servicio hace lo que yo digo. Katia, escúchame. —Sergio detuvo la camioneta en un semáforo rojo y se giró hacia ella—. Estás enferma. Estás lastimada. Y estás sola. Yo estoy sano, entero, pero estoy más solo que tú. Hazme el paro. No quiero llegar a esa casa enorme y escuchar el eco de mis propios pasos. Quédate hoy. Mañana vemos qué hacemos. Mañana resolvemos el mundo. Pero hoy… solo déjame ayudarte a estar segura.

Katia buscó mentiras en sus ojos, pero solo encontró una súplica honesta. El gran Sergio Íñiguez, el tiburón de los negocios, le estaba pidiendo compañía. No sexo, no servidumbre. Compañía.

—Está bien —susurró ella, recargando la cabeza en el asiento de piel—. Pero solo por hoy. Mañana me voy.

Sergio sonrió levemente y aceleró.

—Lo que tú digas.

El trayecto hacia el sur de la ciudad fue silencioso. Katia miraba por la ventana cómo la ciudad cambiaba. De las luces de neón a las calles empedradas y las casonas coloniales de San Ángel.

Llegaron a un portón de madera inmenso. Sergio presionó un control y las puertas se abrieron, revelando una propiedad que parecía sacada de una revista de arquitectura. Jardines iluminados, una fuente de cantera, y una casa moderna pero con toques mexicanos, elegante y sobria.

Entraron a la cochera. Sergio apagó el motor. El silencio del lugar era absoluto, solo roto por el sonido de los grillos.

Bajaron. Sergio volvió a ofrecerle el brazo y entraron a la casa.

El interior era impresionante. Techos de doble altura, obras de arte originales en las paredes, muebles de diseño. Pero Katia notó algo de inmediato: se sentía frío. No había fotos familiares. No había desorden. Parecía un hotel, no un hogar.

—Bienvenida a mi mausoleo —dijo Sergio, encendiendo las luces de la sala.

—Es… es muy bonita, Sergio. Pero muy grande para una sola persona.

—Demasiado grande. —Sergio se quitó el saco y lo aventó sobre un sofá—. ¿Quieres algo de tomar? ¿Agua, té, más vino?

—Agua está bien.

Fueron a la cocina, que era más grande que todo el departamento donde vivía Katia. Mientras Sergio servía agua de un refrigerador que parecía una nave espacial, Katia se sentó en un banco de la isla de granito.

—Sergio… —dijo ella, mirando sus manos—. ¿Por qué haces esto? De verdad. Podrías haberte ido a tu casa, llorar a tu novia, y mañana seguir con tu vida. ¿Por qué recoger a una vieja compañera de la escuela?

Sergio le pasó el vaso de agua y se apoyó en la encimera frente a ella.

—Porque cuando te vi ahí, trapeando el piso, aguantando las burlas de esos imbéciles… me vi a mí mismo.

—¿Tú? Por favor, Sergio. Tú eres el rey del mundo.

—No. Yo soy un tipo que ha estado trapeando la mierda de otros durante veinte años, solo que yo uso trajes caros. He aguantado a socios corruptos, a políticos ladrones, a una novia que me veía como cajero automático… y me he callado. He perdido mi dignidad poco a poco a cambio de dinero. Tú… tú perdiste todo, pero mantuviste tu dignidad. No te rompiste. Yo sí me rompí, Katia.

Sergio tomó un trago de su propia botella de agua.

—Tú me conociste cuando yo era “El Checo”. Cuando soñaba con construir casas para gente pobre, no edificios para ricos. Cuando quería cambiar México. Esa versión de mí… esa versión te quería mucho, Katia. Y creo que le debo a ese chavito del pasado hacer algo bueno por una vez en mi vida.

Katia sintió un nudo en la garganta. Las lágrimas volvieron a asomar.

—Yo también te quería, Checo —admitió ella en un susurro—. Siempre pensé que eras el único que me entendía. Cuando te fuiste… sentí que me quedaba sola en un planeta de extraños.

Sergio estiró la mano y le acarició la mejilla. Fue un gesto suave, vacilante.

—Pues ya no estamos solos. —Sergio retiró la mano, respetuoso—. Mañana voy a llamar al mejor ortopedista de México. Es amigo mío. Te va a revisar. Y si dice que te puede operar, te vas a operar. Y te vas a quedar aquí durante la recuperación.

—Sergio, es mucho dinero…

—Cállate con lo del dinero. —Sergio sonrió—. Míralo como una inversión. Cuando estés bien, cuando puedas caminar sin dolor… vas a trabajar para mí. Necesito arquitectos que tengan cerebro, no como el idiota que despedí hoy. Vas a desquitar cada centavo trabajando en mis obras. ¿Trato?

Katia lo miró. ¿Trabajar de nuevo? ¿Como arquitecta? El sueño que había enterrado bajo capas de dolor y resignación empezó a latir de nuevo, débilmente, pero vivo.

—¿De verdad crees que sirvo todavía? Llevo años sin tocar un plano.

—El talento no se pierde, Katia. Se empolva, pero no se pierde. Yo te voy a ayudar a sacudirte el polvo.

Katia respiró hondo. Era una locura. Era un sueño. Pero al ver la determinación en los ojos de Sergio, supo que él no aceptaría un no por respuesta. Y, sinceramente, ella ya estaba cansada de luchar sola contra la corriente.

—Está bien, Sergio. Trato hecho. Pero te lo voy a pagar. Con intereses.

—No espero menos de ti. —Sergio se enderezó—. Ven, te llevo a tu cuarto. Debes estar muerta.

La llevó a una habitación de huéspedes en la planta baja para que no tuviera que subir escaleras. Era una suite enorme, con una cama King Size llena de almohadas y un baño privado con tina.

—Aquí hay toallas limpias, batas, cepillos de dientes nuevos en el cajón… Si necesitas algo, mi cuarto está arriba.

Katia se paró en medio de la habitación, abrumada.

—Gracias, Sergio. No sé qué más decir.

—No digas nada. Descansa. Mañana empieza tu nueva vida.

Sergio se dio la vuelta para salir, pero se detuvo en el marco de la puerta.

—Katia…

—¿Sí?

—Me alegra haber ido a ese restaurante de mierda.

Katia sonrió, una sonrisa cansada pero genuina.

—A mí también, Checo. A mí también.

Sergio cerró la puerta suavemente.

Katia se quedó sola en el silencio lujoso de la habitación. Se sentó en el borde de la cama, que era más suave que cualquier cosa que hubiera tocado en su vida. Se quitó los tenis viejos con cuidado, masajeando su pierna dolorida.

Miró el techo alto. Por primera vez en años, no sentía esa opresión constante en el pecho, ese miedo al “qué voy a comer mañana”. Sentía algo extraño, algo peligroso pero dulce. Esperanza.

Mientras tanto, en la planta alta, Sergio entró a su propia habitación. Se quitó la ropa, se metió a la ducha y dejó que el agua caliente se llevara el sudor y el estrés del día.

Al salir, se miró al espejo. Ya no veía al hombre derrotado de la tarde. Veía a alguien con una misión. Lisa, Kevin, el escándalo… todo eso parecía lejano ahora. Tenía un proyecto. Tenía a Katia.

Se acostó en su cama vacía, pero esta vez la soledad no se sintió tan fría. Sabía que abajo, bajo su mismo techo, estaba la única persona que lo conocía de verdad. Y mientras el sueño lo vencía, una idea empezó a formarse en su mente. Una idea loca, descabellada.

La reunión de exalumnos era en tres días. Todos esperaban ver al gran Sergio Íñiguez y a su esposa trofeo. ¿Y si les daba una sorpresa? ¿Y si cambiaba el guion por completo?

Sergio sonrió en la oscuridad antes de quedarse dormido. El juego apenas comenzaba.

CAPÍTULO 5: Cenicienta en el Quirófano y el Renacer del Fénix

La mañana siguiente llegó a la mansión de San Ángel con una luz dorada que se colaba a través de las cortinas de lino. Katia despertó desorientada. Por un segundo, el pánico la invadió al no reconocer el techo alto ni sentir los resortes vencidos de su colchón en Iztapalapa. Pero luego, el olor a café recién hecho y a pan tostado la trajo de vuelta a su nueva, e increíble, realidad.

Se sentó en la cama King Size, estirando los brazos. Su pierna le dolía, como siempre por las mañanas, un recordatorio punzante de su fragilidad. Pero hoy, el dolor parecía menos agudo, amortiguado por la esperanza.

Alguien tocó suavemente a la puerta.

—¿Se puede? —era la voz de Sergio.

—Sí… pasa —respondió ella, alisándose el cabello y cubriéndose con la sábana hasta el cuello, consciente de su pijama vieja y desgastada.

Sergio entró. Ya no llevaba traje. Vestía unos jeans oscuros, una playera polo blanca y tenis. Se veía más joven, más relajado, aunque sus ojos seguían teniendo esa chispa de intensidad que lo caracterizaba. Traía una charola con desayuno: fruta picada, jugo de naranja, café y unos chilaquiles verdes que olían a gloria.

—Buenos días, bella durmiente —dijo él, dejando la charola sobre la mesa de noche—. Pensé que tendrías hambre. En esta casa el servicio empieza tarde, así que me tocó improvisar. No te quejes si los chilaquiles pican mucho, mi mano para la salsa es un poco… agresiva.

Katia sonrió, sintiendo que las mejillas le ardían.

—Gracias, Sergio. No tenías que molestarte.

—No es molestia. Oye, come rápido. Tenemos cita a las once.

—¿Cita? ¿Con quién?

—Con el Dr. Arriaga. Es el mejor ortopedista de Latinoamérica. Le hablé a las siete de la mañana, lo desperté, me mentó la madre, pero me dio un espacio. Nos va a recibir en el Hospital Ángeles.

Katia sintió que el estómago se le hacía un nudo. La realidad la golpeaba de frente.

—Sergio… ¿estás seguro de esto? Apenas amaneció. Todavía puedes arrepentirte. No tienes que gastar tu dinero en mí.

Sergio se sentó en la orilla de la cama, mirándola con seriedad.

—Katia, ya hablamos de esto anoche. No hay marcha atrás. Además, ya le transferí el anticipo al doctor, y ese cabrón no devuelve ni los buenos días. Así que, o vamos, o tiré cincuenta mil pesos a la basura. Tú decides.

Katia suspiró, derrotada por la lógica aplastante (y un tanto manipuladora) de Sergio.

—Está bien. Vamos.

—Perfecto. Ah, y otra cosa… —Sergio señaló hacia un sillón en la esquina de la habitación donde había varias bolsas de tiendas departamentales—. Mandé a Julia, mi asistente, a comprarte algo de ropa temprano. No sabía tu talla exacta, así que trajo de todo un poco. Escoge lo que te guste y tira lo que traías puesto ayer. Quiero que entres a ese hospital sintiéndote como la arquitecta que eres, no como… bueno, ya sabes.

Katia miró las bolsas. Sintió una mezcla de gratitud y vergüenza.

—Sergio, esto es demasiado…

—Cállate y come los chilaquiles. Te espero en la sala en media hora.

Sergio salió de la habitación cerrando la puerta. Katia se quedó sola, con el corazón latiendo a mil por hora. Se levantó con dificultad y fue hacia las bolsas. Había jeans de marca, blusas de seda, vestidos cómodos, ropa interior fina y, lo más importante, unos tenis ortopédicos de diseño moderno que se veían increíbles.

Se vistió frente al espejo de cuerpo entero. Al verse con ropa nueva, limpia y de su talla, algo cambió en su postura. Enderezó la espalda. Se soltó el cabello. La mujer que le devolvía la mirada ya no era la señora de la limpieza. Era una mujer herida, sí, pero digna.

“Vamos a ver si es cierto, Sergio Íñiguez”, pensó. “Vamos a ver si los milagros existen”.


El consultorio del Dr. Arriaga parecía más una galería de arte que un hospital. Todo era blanco, minimalista y olía a dinero. El doctor, un hombre canoso con lentes de montura al aire, examinó las radiografías de Katia en una pantalla gigante de alta definición.

Katia estaba sentada en la camilla, con una bata de papel, temblando de frío y nervios. Sergio estaba de pie junto a ella, con los brazos cruzados, observando al doctor como un halcón.

—Mmm… —murmuró el doctor, haciendo zoom en la imagen de la cadera de Katia—. Ya veo. Es un caso severo de displasia acetabular con artrosis secundaria avanzada. Básicamente, tu articulación está hecha polvo, niña. Es hueso contra hueso. Debes tener un dolor del demonio.

—Sí, doctor. Todo el tiempo —admitió Katia en voz baja.

—Es increíble que puedas caminar, aunque sea cojeando. Tienes un umbral del dolor muy alto. —El doctor se quitó los lentes y miró a Sergio—. Mira, Sergio, la operación es viable. Pero es compleja. Necesitamos hacer un reemplazo total de cadera con una prótesis de cerámica y titanio hecha a medida, y probablemente una reconstrucción del acetábulo.

—¿Puede quedar bien? —preguntó Sergio, directo al grano.

—Puede quedar excelente. Con la prótesis moderna y una rehabilitación agresiva, podría recuperar el 95% de su movilidad. Caminará sin dolor. Tal vez quede una cojera residual mínima, imperceptible con el tiempo, pero su calidad de vida cambiará radicalmente.

Katia sintió que las lágrimas le llenaban los ojos. ¿Caminar sin dolor? ¿Era eso posible?

—¿Cuándo puedes operar? —preguntó Sergio.

—Tengo la agenda llena hasta noviembre… —empezó a decir el doctor.

—Mañana —interrumpió Sergio—. La quiero operada mañana. Cancela lo que tengas que cancelar. Paga lo que tengas que pagar. Si tienes que mover a un político o a un futbolista, muévelos. Yo cubro la diferencia.

El doctor suspiró y sonrió resignado. Conocía a Sergio desde hacía años. Sabía que cuando se le metía algo en la cabeza, era imparable.

—Está bien. Mañana a las siete de la mañana. Pero te va a costar el doble por la urgencia y por el equipo especial que tengo que pedir hoy mismo.

—Pásale la factura a mi asistente.

Sergio se volvió hacia Katia y le tomó la mano.

—¿Escuchaste? Mañana.

Katia asintió, incapaz de hablar. Solo apretó la mano de Sergio con todas sus fuerzas.


Esa tarde fue un torbellino. Sergio instaló a Katia en una suite del hospital que parecía un hotel de cinco estrellas. Había sala de estar, televisión gigante y menú a la carta.

—No te voy a dejar sola —le prometió Sergio—. Me voy a quedar aquí en el sofá cama. Tengo que trabajar un poco desde la laptop, pero aquí estaré.

Katia lo observaba mientras él tecleaba furiosamente en su computadora, atendiendo llamadas, dando órdenes, destruyendo a quien tuviera que destruir para proteger sus negocios. Pero cada vez que levantaba la vista y la miraba, su expresión se suavizaba.

—Sergio… —dijo ella desde la cama, ya con la vía intravenosa puesta—. ¿Qué va a pasar con la reunión de la prepa? Es el sábado. Yo voy a estar recién operada.

Sergio dejó de escribir. Una sonrisa traviesa se dibujó en sus labios.

—De hecho, eso es parte del plan. Tú no vas a ir a la reunión. Estarás en recuperación. Pero yo sí voy a ir.

—¿Vas a ir solo? ¿Después de lo de Lisa?

—No voy a ir solo. Voy a ir a soltar una bomba. —Sergio se levantó y se acercó a la cama—. Voy a ir a decirles que encontré al amor de mi vida. Que me voy a casar.

Katia lo miró confundida.

—¿Qué? ¿Con quién? ¿Vas a inventar una novia?

—No voy a inventar nada. Les voy a decir que me casé contigo.

Katia casi se arranca el suero del susto.

—¡¿Estás loco?! ¡Sergio, no puedes decir eso! ¡Es mentira!

—Es una mentira blanca. Escucha mi plan. —Sergio se sentó a su lado, emocionado como un niño—. Todos esperan ver a Lisa, la modelo tonta. Si llego solo, van a empezar los chismes. “Pobre Sergio, lo dejaron, es un cornudo”. Me van a tener lástima. Y odio que me tengan lástima. Pero si llego y les digo: “Señores, Lisa es historia antigua. Me reencontré con Katia, mi amor de la prepa, y nos dimos cuenta de que estábamos destinados a estar juntos. Nos casamos en secreto y ella no pudo venir porque está… no sé, en un viaje de negocios o enferma”, entonces la narrativa cambia. Ya no soy la víctima. Soy el héroe romántico. Y tú… tú dejas de ser la desaparecida para convertirte en la mujer misteriosa que conquistó al millonario.

—Es una locura, Sergio. Se van a enterar.

—¿Cómo? Nadie sabe dónde vives. Nadie te ha visto. Y para cuando te recuperes y puedas caminar, ya veremos qué hacemos. A lo mejor para entonces… —Sergio se detuvo, mirándola profundamente—. A lo mejor para entonces ya no es mentira.

El silencio que siguió fue eléctrico. Katia sintió un calor subir por su pecho. Sergio no estaba bromeando. O al menos, no del todo.

—Estás jugando con fuego, Checo —susurró ella.

—Me encanta el fuego. Siempre me ha gustado. Además… —Sergio le acarició la mano—. ¿No te gustaría callarle la boca a todos esos que se burlaron de ti? ¿A los que pensaron que habías fracasado? Imagina sus caras cuando sepan que eres la señora Íñiguez.

Katia imaginó la cara de las chicas populares que la ignoraban, de los profesores que no le tenían fe. Y sí, había una satisfacción perversa en esa idea.

—Está bien. Haz lo que quieras. Pero si esto explota, te voy a decir “te lo dije”.

—Trato hecho.


La operación duró cuatro horas. Para Sergio, fueron las cuatro horas más largas de su vida. Caminaba de un lado a otro en la sala de espera privada, ignorando los correos urgentes de su empresa. Por primera vez en años, no le importaba si se caía un contrato. Solo le importaba que Katia saliera bien.

Cuando el Dr. Arriaga salió, quitándose el cubrebocas con cara de cansancio pero satisfacción, Sergio casi corre hacia él.

—¿Cómo salió todo?

—Perfecto. Fue laborioso, su hueso estaba muy dañado, pero la prótesis quedó impecable. Va a estar adolorida unos días, pero te garantizo que va a caminar.

Sergio soltó el aire que había estado conteniendo. Se sentó en una silla y se tapó la cara con las manos. Sintió una humedad en los ojos. Estaba llorando. Él, Sergio Íñiguez, el hombre de hielo, estaba llorando de alivio por una mujer que apenas había reaparecido en su vida hacía 24 horas.

—Gracias, doc. En serio. Pídeme lo que quieras.

—Solo invítame a la boda real cuando suceda, cabrón. Porque se te nota a leguas que estás clavado —rio el doctor, dándole una palmada en la espalda.

Sergio sonrió entre lágrimas.

—Te invitaré.

Cuando Katia despertó de la anestesia, estaba grogui y adolorida, pero lo primero que vio fue a Sergio sentado a su lado, sosteniendo su mano.

—Hola, mujer biónica —le susurró él.

—¿Sigo viva? —preguntó ella con voz pastosa.

—Más viva que nunca. Todo salió bien. Tienes una cadera de titanio. Ahora sí vas a ser una mujer de hierro, literalmente.

Katia intentó sonreír, pero el sueño la venció de nuevo. Sergio se quedó ahí, velando su sueño, sintiendo una paz que no había sentido en su cama vacía de San Ángel.


Los días siguientes pasaron volando. Katia demostró ser una guerrera en la recuperación. A las 48 horas ya estaba intentando dar sus primeros pasos con andadera, apretando los dientes para no gritar, pero avanzando. Sergio no se separó de ella. Trabajaba desde la habitación del hospital, le daba de comer cuando ella estaba muy cansada, y la hacía reír con historias de sus desastres empresariales.

Llegó el sábado. El día de la reunión.

Sergio se vistió en el baño de la habitación del hospital. Se puso su mejor traje, un Tom Ford azul marino hecho a la medida, una camisa blanca impecable y mancuernillas de plata. Se peinó, se puso su mejor loción. Se veía poderoso, guapo, invencible.

Katia lo miraba desde la cama, con admiración.

—Te ves… wow —dijo ella.

—Tengo que verme bien para representar a mi esposa fantasma —bromeó él, ajustándose el nudo de la corbata frente al espejo.

Se acercó a la cama y le dio un beso en la frente.

—Voy a ir, voy a soltar la bomba, voy a cenar rápido y voy a regresar. No te duermas. Quiero contarte todo el chisme.

—Aquí te espero, mi mentiroso favorito. Suerte.

Sergio salió del hospital caminando con un propósito. Se sentía como un actor a punto de salir a escena en la obra más importante de su vida.


El restaurante “El Cardenal” en el Centro Histórico estaba reservado en su salón privado para la generación 2004 de la Preparatoria “Mártires de la Revolución”. El lugar olía a mole, a tortillas recién hechas y a pretensión.

Cuando Sergio entró, el salón se quedó en silencio. Todos se giraron. Ahí estaban. Sus compañeros de hace veinte años. Algunos calvos, otros gordos, otros con cirugías plásticas mal hechas. Todos tratando de aparentar que les había ido mejor de lo que realmente les iba.

—¡No mames! ¡Llegó el Sergio! —gritó Chava, rompiendo el hielo, corriendo a abrazarlo.

El abrazo fue el detonante. Todos se acercaron a saludarlo, a palmearle la espalda, a pedirle tarjetas de presentación.

—¡Sergio! ¡Qué bueno que viniste! —dijo Ana, la chica que ahora tenía tres hijos y que, efectivamente, había ganado bastante peso y autoridad—. Oye, ¿y Lisa? Todos queríamos conocer a la famosa modelo.

El momento había llegado.

Sergio sonrió, una sonrisa encantadora y misteriosa. Levantó una mano para pedir silencio.

—Hola a todos. Me da mucho gusto verlos, de verdad. Chava tenía razón, ya estamos viejos —hubo risas generales—. Sobre Lisa… bueno, tengo que confesarles algo. Lisa y yo terminamos.

Hubo un “ooooh” colectivo de sorpresa y chisme. Las miradas se cruzaron.

—Pero no se preocupen —continuó Sergio rápidamente—. Terminamos porque… bueno, porque el destino es curioso. Hace poco me reencontré con alguien. Alguien que todos ustedes conocen. Alguien que siempre fue especial para mí, aunque fui demasiado estúpido para darme cuenta en la prepa.

El silencio era total. Podías escuchar caer un alfiler.

—Me reencontré con Katia —soltó Sergio.

—¿Katia? ¿Katia la cerebrito? —preguntó alguien del fondo.

—Sí. Katia. Y nos dimos cuenta de que veinte años no son nada. Nos casamos hace unos días. Fue algo íntimo, rápido, una locura de amor.

Las mandíbulas cayeron al suelo. Chava tenía los ojos desorbitados.

—¡No te pases! ¿Te casaste con la Katia? ¿En serio? —preguntó Chava.

—En serio. Ella es mi esposa. Lamentablemente no pudo venir hoy porque… bueno, estamos preparando una mudanza y ella tuvo un pequeño accidente esquiando —mintió Sergio con una naturalidad pasmosa—, nada grave, pero el médico le mandó reposo. Pero les manda muchos saludos a todos.

—¡Wow! ¡Qué historia tan romántica! —suspiró una de las mujeres—. Como de película.

—Sí… es nuestra película —dijo Sergio, y por primera vez en la noche, no sintió que estuviera mintiendo del todo.

La cena transcurrió entre preguntas sobre Katia. Sergio inventó una vida maravillosa para ella: que era una arquitecta exitosa que trabajaba en proyectos internacionales (lo cual iba a ser cierto pronto), que viajaban juntos, que eran inmensamente felices. Mientras hablaba, se dio cuenta de que estaba describiendo la vida que él quería tener con ella. No la vida de apariencias con Lisa, sino una vida de complicidad, de inteligencia, de risas.

Al final de la noche, Sergio se despidió. Se sentía agotado de fingir, pero satisfecho. Había protegido a Katia. Había cambiado la narrativa. Y, lo más importante, había plantado una semilla en su propio corazón.

Salió del restaurante y subió a su camioneta.

—Al hospital, rápido —le dijo al chofer, que había vuelto a trabajar ese día.

Mientras la ciudad pasaba por la ventana, Sergio sacó su celular y miró una foto que se había tomado con Katia en el hospital antes de salir. Ella en la cama, despeinada pero sonriendo, él a su lado, elegante. Se veían bien juntos. Se veían reales.

—Ya voy, esposa mía —susurró, sonriendo.

Pero lo que Sergio no sabía era que el destino tenía una última prueba. Una prueba que pondría en riesgo todo su plan y que vendría de donde menos lo esperaba: del pasado reciente que creía haber enterrado.

Porque Lisa no se iba a quedar tranquila. Y la mentira, por más blanca que fuera, tenía patas cortas.

CAPÍTULO 6: Víboras con Tacones y Planos del Corazón

El regreso al hospital esa noche fue distinto. Sergio no caminaba con la pesadez del empresario agobiado, sino con la ligereza del travieso que acaba de salirse con la suya. Entró a la habitación de Katia aflojándose la corbata, con una sonrisa de oreja a oreja y una bolsa de papel llena de grasa en la mano.

Katia estaba despierta, con la cama reclinada, viendo una película vieja en la televisión sin volumen. Al verlo entrar, sus ojos se iluminaron.

—¿Y bien? —preguntó ella, bajando el control remoto—. ¿Sobreviviste a la jauría? ¿O ya me tengo que preparar para ser la viuda imaginaria?

Sergio soltó una carcajada y dejó la bolsa sobre la mesa auxiliar.

—Sobreviví. Y no solo eso, triunfé. —Se sentó en el borde de la cama—. Señora Íñiguez, tengo el placer de informarle que somos la pareja más envidiada de la generación 2004. Les vendí la historia completa: el romance turbulento, la boda secreta, tu carrera internacional… Hasta creo que dije que teníamos un perro llamado “Bono”.

Katia se tapó la cara con las manos, riendo nerviosamente.

—¡Sergio! ¡Eres un mentiroso patológico! ¿Un perro? ¡Si yo apenas puedo cuidarme a mí misma!

—Detalles, detalles. Lo importante es que se lo tragaron. Nadie preguntó por Lisa. Nadie me miró con lástima. Al contrario, el “Tuercas” me dijo que siempre supo que tú y yo terminaríamos juntos. El muy hipócrita ni siquiera nos hablaba en la prepa.

—¿Y qué traes ahí? —preguntó Katia, señalando la bolsa grasienta que contrastaba con el ambiente estéril del hospital.

—Ah, esto… —Sergio abrió la bolsa con reverencia—. Esto es la cena de celebración. Tacos al pastor. Con todo. Me escapé del restaurante antes del postre porque, honestamente, prefería cenar esto contigo que comer mousse de chocolate con esos presuntuosos.

Katia aspiró el aroma a adobo, piña y cilantro.

—Dios mío, eres el diablo. Sabes que estoy a dieta blanda por los medicamentos.

—Un taquito no mata a nadie. Además, necesitas proteína para soldar ese hueso de titanio. —Sergio sacó un taco y se lo ofreció como si fuera una hostia sagrada.

Comieron entre risas y anécdotas. Sergio le contó cómo Ana presumía a sus hijos genios, cómo Chava intentaba venderle criptomonedas a todo el mundo, y cómo todos se quedaron boquiabiertos al escuchar el nombre de Katia. Por un momento, en esa habitación de hospital, no había clases sociales, ni mentiras, ni dolor. Solo dos viejos amigos reconectando.

Pero cuando las risas se apagaron y Sergio recogió la basura, el silencio se volvió denso. Un silencio cargado de cosas no dichas.

—Sergio… —dijo Katia, mirándolo a los ojos—. ¿Y ahora qué? La mentira ya está dicha. Pero la realidad sigue aquí. Mañana sigo siendo la ex limpiadora coja, y tú sigues siendo el millonario. ¿Hasta cuándo vamos a jugar a la casita?

Sergio se detuvo. Se acercó a ella y le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja. Su toque fue eléctrico.

—No estamos jugando, Katia. Estamos construyendo. Primero, te vas a recuperar. Te vas a venir a mi casa. Vas a tener la rehabilitación que necesitas. Y luego… luego veremos. Pero te prometo una cosa: no voy a dejar que vuelvas a caer. Nunca más.

Katia quiso creerle. Quiso con todas sus fuerzas creer que este cuento de hadas no tenía fecha de caducidad. Pero la vida le había enseñado a golpes que todo lo bueno tiene un precio.


Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, en un motel de paso de la Calzada de Tlalpan que olía a cigarro y desesperación, Lisa miraba la pantalla de su iPhone con los ojos inyectados en sangre.

Había sido expulsada del paraíso. Sergio había cumplido su amenaza: le canceló las tarjetas, le bloqueó el acceso al departamento y la dejó en la calle con tres maletas de ropa de marca y ni un peso en la cuenta. Sus “amigos” de la alta sociedad, al enterarse de que Sergio la había botado (aunque no sabían los detalles exactos), le dieron la espalda. Nadie quería enemistarse con el hombre más poderoso de la construcción.

Lisa estaba sola, furiosa y, sobre todo, “ardida”.

Estaba scrolleando en Instagram desde una cuenta falsa que se había creado para espiar, ya que Sergio la había bloqueado de todos lados. Buscó el hashtag #Generación2004.

Y ahí lo vio.

Una foto subida por Salvador “El Chava”. En la foto aparecía Sergio, sonriendo, brindando con una copa de vino. Pero lo que le heló la sangre fue el pie de foto:

“¡Qué noche! Recordando viejos tiempos con el gran Sergio Íñiguez. ¡Felicidades por tu boda sorpresa con Katia! ¡Que vivan los novios! Lástima que no pudimos conocer a la afortunada hoy, pero ya habrá tiempo. #BodaSecreta #AmorEterno”

—¿Boda? —chilló Lisa, lanzando el teléfono contra la almohada—. ¿¿Boda con Katia??

Se levantó de la cama, caminando de un lado a otro en la pequeña habitación, sus tacones resonando en el piso barato.

—¡Es imposible! —gritó—. ¡Si apenas terminamos hace tres días! ¡No se pudo haber casado!

Su mente, retorcida y calculadora, empezó a trabajar a mil por hora. ¿Quién era esa Katia? ¿Una amante que Sergio tenía escondida? ¿Por eso la había corrido tan rápido? ¿No fue por el cuerno, sino porque él ya tenía el reemplazo listo?

La idea de que Sergio la hubiera engañado a ella (ignorando convenientemente que ella fue la que se acostó con el instructor) la llenó de una rabia venenosa. Su ego no podía procesar que la hubieran cambiado tan rápido.

—Katia… Katia… —murmuró, volviendo a agarrar el teléfono. Empezó a investigar en los perfiles de los amigos etiquetados. Encontró comentarios: “Dicen que es una arquitecta muy picuda”“Dicen que fueron novios en la prepa”.

—Arquitecta… —Lisa frunció el ceño. Ella sabía que a Sergio le gustaban las mujeres inteligentes, algo que siempre le había molestado porque ella sabía que no podía competir en ese terreno.

Necesitaba saber más. Necesitaba encontrar a esa tal Katia y arrancarle los ojos. O mejor aún, necesitaba exponerla. Si demostraba que esa boda era falsa, o que esa mujer era una cualquiera, tal vez podría chantajear a Sergio. Tal vez podría recuperar su vida.

Llamó a Kevin, su amante y ex-entrenador.

—¿Qué quieres, loca? —contestó él, con voz adormilada—. Por tu culpa perdí mi chamba en el gym. El gerente me dijo que Sergio amenazó con demandarlos si yo seguía ahí.

—Cállate, idiota. Necesito un favor. Y si lo haces bien, le sacamos lana al viejito. Mucha lana.

—¿De qué hablas?

—Necesito que averigües quién es Katia. Una tal Katia que iba con Sergio en la prepa “Mártires de la Revolución”. Búscala en Facebook, en LinkedIn, donde sea. Necesito saber dónde está y quién es realmente.

—¿Y yo qué gano?

—La mitad de lo que le saque a Sergio. Y créeme, le voy a sacar hasta los empastes de las muelas.


Pasaron dos semanas.

Katia fue dada de alta del hospital. Sergio la llevó a su casa en San Ángel, que ya había sido adaptada para ella. Había rampas temporales, barras de seguridad en el baño de la planta baja y una enfermera contratada para las mañanas.

La recuperación era dura. El dolor postoperatorio era intenso, y la terapia física era una tortura diaria. Katia tenía que aprender a caminar de nuevo, a confiar en una articulación que ahora era de metal y no de hueso podrido.

Pero no estaba sola.

Sergio llegaba temprano de la oficina todos los días. A veces traía cena, a veces solo se sentaba con ella a ver las noticias. La dinámica entre ellos se había vuelto doméstica, cómoda. No dormían juntos —Sergio seguía siendo un caballero y respetaba su espacio—, pero la intimidad emocional crecía como la hiedra, lenta pero imparable.

Una tarde, Sergio llegó con una caja plana bajo el brazo.

—¿Qué es eso? —preguntó Katia, que estaba en el jardín intentando dar pasos con sus muletas canadienses.

—Tu medicina contra el aburrimiento. —Sergio abrió la caja sobre la mesa del jardín. Era una laptop de última generación, una tableta gráfica y una licencia activa de AutoCAD y Revit, los programas de arquitectura más avanzados.

Katia se acercó, acariciando la carcasa de aluminio de la computadora.

—Sergio… yo no sé usar las versiones nuevas. Me quedé en el AutoCAD 2015.

—Aprenderás. Eres lista. —Sergio sacó un USB—. Y aquí… aquí están los planos del proyecto “Cumbres del Cielo”. El desastre que mi arquitecto anterior intentó venderme.

—¿El edificio shampoo? —rio Katia, recordando la anécdota que Sergio le había contado en el hospital.

—Ese mismo. Quiero que lo veas. Quiero que me digas qué harías tú. Sin compromiso. Solo… juega. Diviértete.

Katia sintió un cosquilleo en las manos. Era esa sensación olvidada de la creatividad pidiendo salir.

Esa noche, Katia no durmió. Se quedó en la sala, con la luz tenue, redescubriendo el software, peleándose con la interfaz, pero poco a poco recuperando la fluidez. Sus manos, que habían pasado años exprimiendo trapeadores, ahora volaban sobre la tableta gráfica, trazando líneas, creando espacios.

Al amanecer, tenía un boceto.

Cuando Sergio bajó a desayunar, la encontró dormida sobre el teclado. En la pantalla había un render preliminar.

Sergio se acercó con su taza de café y miró la pantalla. Se quedó helado.

No era un edificio de cristal genérico. Era una estructura que respiraba. Katia había eliminado las fachadas planas y había creado terrazas escalonadas llenas de vegetación real, con sistemas de recolección de agua pluvial. Había diseñado patios interiores que permitían la ventilación cruzada, eliminando la necesidad de tanto aire acondicionado. Era moderno, sí, pero tenía alma. Tenía calidez. Era… humano.

—Increíble… —susurró Sergio.

Katia se despertó sobresaltada, limpiándose un hilo de baba de la comisura.

—¡Ay! Perdón, me quedé dormida. Seguro es una porquería, estoy oxidada…

—Es lo mejor que he visto en cinco años —dijo Sergio, mirándola con una intensidad que la hizo sonrojar—. Katia, esto es oro. Esto es lo que Grupo Íñiguez debería estar construyendo.

—¿Te gusta? ¿De verdad?

—Me encanta. —Sergio se inclinó y, sin pensarlo, le dio un beso en la mejilla. Fue un beso sonoro, impulsivo—. Estás contratada, arquitecta. Oficialmente.

Katia sonrió, y por primera vez, se sintió completa. No por el trabajo, sino por la mirada de él. Ya no la veía como a la amiga enferma que necesitaba ayuda. La veía como a una igual. Como a una compañera.


Pero la burbuja estaba a punto de reventar.

Ese mismo día, Kevin llamó a Lisa.

—La encontré —dijo el muchacho, con voz triunfal—. No fue fácil, porque la vieja no tiene redes sociales activas. Pero encontré a una excompañera de su trabajo anterior.

—¿Y? ¿Quién es? ¿Es rica? ¿Es famosa? —preguntó Lisa, ansiosa.

—Para nada. Agárrate… La tal Katia trabajaba de limpieza en un restaurante de la Del Valle. Renunció hace dos semanas. Dicen que se fue con un cliente rico que armó un escándalo.

Lisa se quedó muda un segundo. Luego, una sonrisa malévola se dibujó en su rostro recauchutado.

—¿Limpieza? ¿Es una gata? —Soltó una carcajada estridente—. ¡No mames! ¡Sergio me cambió por la sirvienta! ¡Esto es mejor de lo que pensaba!

—Hay más —siguió Kevin—. Fui al vecindario donde vivía antes. En Iztapalapa. Debía tres meses de renta. Los vecinos dicen que era coja, que apenas podía caminar.

—Una gata y coja. —Lisa sentía que le había tocado la lotería—. Ay, Sergio… qué bajo has caído. Te dio el síndrome del salvador, ¿verdad? Te agarraste a la pobrecita para sentirte bueno.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Kevin.

—Voy a destruir su teatrito. Voy a ir a su oficina. No, mejor… voy a ir a su casa. Sé que la tiene ahí escondida. Voy a encararlos. Y si Sergio no me da lo que quiero… todo el mundo se va a enterar de que el gran magnate se casó con la que limpia los baños. A ver qué opinan sus socios de eso.


Dos días después, en la casa de San Ángel.

Era sábado por la tarde. Sergio y Katia estaban en la terraza. Ella le estaba mostrando los avances del proyecto, ya más detallados. Él la escuchaba fascinado, aportando ideas sobre costos y materiales. Había una armonía perfecta entre ellos, una danza intelectual que ninguno de los dos había experimentado antes.

El timbre de la puerta principal sonó insistentemente.

—Qué raro —dijo Sergio—. No espero a nadie. Y el servicio tiene llave.

—¿Será el doctor? —preguntó Katia.

—No creo. Voy a ver.

Sergio se levantó y caminó hacia la entrada. Abrió la puerta de madera maciza.

Y ahí estaba. La pesadilla rubia.

Lisa estaba parada en el umbral, vestida con un vestido rojo ajustadísimo y lentes oscuros, aunque ya estaba atardeciendo. Se veía demacrada, pero peligrosa.

—Hola, mi amor —dijo ella, con una sonrisa venenosa—. ¿Me extrañaste?

Sergio intentó cerrar la puerta de golpe, pero Lisa metió el pie (con un tacón de aguja que podría ser un arma) para bloquearla.

—Ni se te ocurra, Sergio. Si me cierras la puerta, empiezo a gritar. Y sabes que tengo pulmones potentes. Los vecinos van a adorar el espectáculo.

Sergio suspiró, sintiendo cómo se le tensaban los músculos del cuello.

—¿Qué quieres, Lisa? Ya te dije que entre nosotros no hay nada. Tienes prohibido acercarte.

—Solo vine a saludar. Y a conocer a la “esposa”. —Lisa empujó la puerta y entró, esquivando a Sergio.

—¡Lárgate de mi casa! —bramó Sergio, agarrándola del brazo.

—¡Suéltame o te demando por agresión! —chilló ella. Se soltó y caminó hacia la sala, sus tacones repiqueteando en el mármol—. ¡Katia! ¡Katia, sal, rata de alcantarilla! ¡Quiero ver a la nueva señora de la casa!

Katia, que había escuchado los gritos desde la terraza, apareció en el arco que conectaba con el jardín. Se apoyaba en sus muletas, vestida con unos jeans sencillos y una blusa blanca. Se veía pálida, pero se mantuvo firme.

Lisa se detuvo al verla. La escaneó de arriba abajo con desprecio.

—Vaya, vaya… —dijo Lisa, quitándose los lentes de sol—. Así que tú eres la famosa Katia. Pues déjame decirte, Sergio, que tienes gustos muy… peculiares. Cambiar un Ferrari por un Vocho chocado requiere valor.

—Cállate, Lisa —advirtió Sergio, poniéndose entre las dos como un escudo—. No le hables así. Ella vale mil veces más que tú.

—¿Ah, sí? —Lisa soltó una risa burlona—. ¿Vale más porque trapea mejor los pisos? Sí, Katia, ya sé quién eres. Sé que hace dos semanas estabas limpiando mierda en un restaurante. Sé que vivías en un agujero en Iztapalapa. Y sé que eres una tullida que Sergio recogió por lástima.

Katia sintió que las piernas le flaqueaban. El insulto fue directo y brutal. Bajó la mirada, avergonzada. La vieja inseguridad, esa voz que le decía que no valía nada, volvió a gritar en su cabeza.

—Mira nada más —siguió Lisa, oliendo la sangre—. Mírala, Sergio. Ni siquiera se defiende. Es patética. ¿Y les dijiste a todos que te casaste con esto? ¿Qué va a pasar cuando tus socios se enteren? ¿Qué va a pasar cuando salga en la revista “Quién” que el gran Sergio Íñiguez vive con la chacha? Vas a ser el hazmerreír de México.

Sergio apretó los puños. Estaba a punto de perder el control.

—Lisa, te voy a dar tres segundos para salir antes de que…

—Antes de que ¿qué? —lo retó ella—. Escúchame bien, Sergio. Quiero dinero. Quiero cinco millones de pesos. En efectivo. Y quiero que me devuelvas mi departamento. Si me das eso, me callo la boca. Me voy y no vuelvo a molestar. Pero si no… mañana mismo vendo la exclusiva a TVyNovelas. “La verdadera historia de la Cenicienta coja”. Tú decides. Tu reputación o tu dinero.

El silencio en la sala era sepulcral.

Sergio miró a Lisa con un asco profundo. Luego se giró para ver a Katia. Esperaba verla llorando, derrotada.

Pero Katia había levantado la cabeza.

Soltó una de las muletas, que cayó al suelo con un ruido seco. Se apoyó firmemente en la otra y dio un paso adelante, cojeando, pero con la barbilla en alto. Sus ojos color miel brillaban, no con lágrimas, sino con fuego.

—¿Sabes cuál es la diferencia entre un Vocho y un Ferrari, Lisa? —preguntó Katia, con voz tranquila pero firme.

Lisa parpadeó, sorprendida de que la “gata” hablara.

—Que el Ferrari es bonito, pero se rompe con cualquier bache. Es delicado, costoso e inútil en el mundo real. —Katia avanzó otro paso—. El Vocho… el Vocho aguanta todo. Sube cerros, cruza pantanos y nunca te deja tirado. Y sí, limpié pisos. Y sí, viví en Iztapalapa. Y no me da vergüenza. Me da orgullo. Porque todo lo que he comido me lo he ganado con el sudor de mi frente, no abriendo las piernas al mejor postor.

Sergio sintió ganas de aplaudir. Miró a Katia con una admiración que rozaba la devoción.

—¡Eres una igualada! —chilló Lisa, roja de ira.

—Y tú eres una pobre mujer vacía —continuó Katia—. Pides cinco millones por tu silencio. ¿Sabes qué? Yo creo que te sale barato. Porque si Sergio quisiera, podría aplastarte con una llamada. Pero no lo hace porque es un hombre decente. Algo que tú nunca vas a entender.

Katia se giró hacia Sergio.

—Sergio, no le des ni un centavo. Que vaya y le cuente a quien quiera. Que diga que soy la limpiadora. Que diga que soy coja. Me vale madres. Si tus socios te juzgan por con quién estás, entonces no merecen ser tus socios. Y si tú tienes vergüenza de mí… entonces me voy ahorita mismo.

Sergio miró a Katia. En ese momento, la vio. Realmente la vio. Vio su fuerza, su inteligencia, su lealtad. Y se dio cuenta de algo aterrador y maravilloso: ya no era una mentira.

Caminó hacia Katia. Se paró a su lado y le pasó el brazo por la cintura, sosteniéndola.

—¿Vergüenza? —dijo Sergio, mirando a Lisa—. Lisa, te presento a la mujer más chingona que he conocido en mi vida. Y sí, es mi mujer. Y me importa un carajo lo que digan las revistas.

Sergio sacó su celular.

—Rogelio, seguridad. Tengo una intrusa en la casa. Sí, sáquenla a la fuerza si es necesario. Y llamen a la patrulla. Allanamiento de morada e intento de extorsión. Tengo grabada la conversación.

Lisa palideció. Se dio cuenta de que había perdido. Había subestimado no solo a Sergio, sino a la “tullida”.

—¡Te vas a arrepentir, Sergio! ¡Esto no se queda así! —gritó mientras retrocedía hacia la puerta, escuchando las sirenas de la seguridad privada acercarse.

Cuando Lisa salió corriendo, derrotada y humillada, Sergio cerró la puerta de un portazo.

El silencio volvió a la casa.

Sergio y Katia se quedaron parados en la sala. La adrenalina bajaba lentamente.

—Wow —dijo Sergio, exhalando—. “El Vocho y el Ferrari”. Esa estuvo buena.

Katia temblaba ligeramente, ahora que el peligro había pasado.

—Sergio… ¿de verdad no te importa? ¿Si ella habla?

—Que hable hasta que se le caiga la lengua. —Sergio se giró hacia ella, tomándola de los hombros—. Katia, lo que dijiste… tienes razón. He vivido preocupado por el “qué dirán” toda mi vida. Y mira a dónde me llevó: a estar con una mujer como Lisa. Hoy, verte defender tu dignidad… me hizo darme cuenta de que yo quiero eso. Quiero ser como tú.

Se miraron. La distancia entre sus rostros era mínima. Podían sentir la respiración del otro.

—Sergio… —susurró Katia, asustada y emocionada a la vez.

—No me digas que me detenga —murmuró él, bajando la mirada a los labios de ella—. Porque llevo veinte años llegando tarde a este momento.

Y entonces, la besó.

No fue un beso de película. Fue un beso real. Torpe al principio, vacilante, pero luego profundo, lleno de hambre y de promesas. Fue un beso que sabía a tacos al pastor, a vino barato, a dolor superado y a un futuro que, por fin, empezaba a brillar.

Cuando se separaron, Katia estaba sonriendo.

—Bueno… —dijo ella, con voz ronca—. Creo que el Vocho acaba de ganar la carrera.

Sergio rio, pegando su frente a la de ella.

—El Vocho no solo ganó la carrera. El Vocho se robó el corazón del piloto.

Esa noche, la mentira murió para dar paso a la verdad. Ya no fingían. Eran Sergio y Katia contra el mundo. Y el mundo, con todas sus Lisas y sus prejuicios, iba a tener que aguantarse.

Pero la guerra con Lisa no había terminado. Una mujer despechada y ambiciosa es peligrosa, y Lisa aún tenía una carta bajo la manga, una carta que involucraba el pasado médico de Katia y que podría poner en riesgo no su reputación, sino su vida.

CAPÍTULO 7: Tormenta Perfecta y Cimientos de Acero

La casa de San Ángel, que durante semanas había sido un refugio de paz y recuperación, amaneció envuelta en una atmósfera densa. A pesar del beso de la noche anterior —ese beso que había reescrito las reglas del juego entre ellos—, una sombra de inquietud flotaba en el aire.

Katia estaba en la cocina, intentando prepararse un café, pero sus manos temblaban tanto que tiró un poco de azúcar sobre la barra de granito. Su pierna operada le punzaba con un ritmo sordo, un recordatorio físico del estrés que su cuerpo estaba procesando.

—Deja eso, te vas a quemar —dijo Sergio, entrando a la cocina ya vestido para ir a la oficina. Llevaba un traje gris impecable, pero sus ojos delataban que no había dormido mucho.

Le quitó la taza de las manos con suavidad y terminó de preparar el café él mismo.

—No tienes que tratarme como si fuera de cristal, Sergio —protestó Katia, aunque se dejó cuidar.

—No eres de cristal, eres de titanio, ya lo sé. Pero hasta el titanio se fatiga si lo sometes a demasiada presión. —Sergio le pasó la taza y se recargó en la encimera frente a ella—. ¿Cómo te sientes? Y no me mientas.

—Tengo miedo —admitió ella, bajando la mirada—. Lisa no se va a quedar quieta. La vi en sus ojos, Sergio. Esa mujer no tiene límites. Si va a la prensa… si inventa cosas sobre mí… no sé si pueda soportar otra vez ser el hazmerreír. Ya pasé por eso. Ya viví la humillación pública. No quiero volver ahí.

Sergio dejó su propia taza con un golpe seco.

—No va a pasar. Hablé con mis abogados a primera hora. Ya están redactando una orden de restricción. Y si se atreve a publicar una sola palabra difamatoria, la voy a demandar hasta dejarla en la calle. Te lo juro, Katia. Nadie te va a tocar.

—A veces las leyes no son suficientes contra la maldad pura, Checo.

El timbre del interfón sonó, interrumpiendo la conversación. Ambos se tensaron.

Sergio fue al monitor de seguridad. Suspiró aliviado.

—Es mensajería. Un sobre.

Salió a recibirlo y regresó minutos después con un sobre amarillo en la mano. No tenía remitente. Solo decía “Para Sergio Íñiguez – URGENTE”.

Katia sintió un vuelco en el estómago.

—¿Qué es?

Sergio abrió el sobre. Sacó unas fotografías y un documento engargolado. Al ver el contenido, su rostro perdió el color. Se puso pálido como la cera.

—Hija de puta… —susurró.

—¿Qué? ¡Sergio, dime!

Sergio intentó esconder las fotos, pero Katia, movida por una agilidad que no sabía que tenía, se acercó y se las arrebató.

Eran fotos de ella. Pero no fotos recientes. Eran fotos de hace años. Fotos tomadas a escondidas en el hospital público donde se atendía antes. Fotos de ella en bata, indefensa, llorando de dolor en una camilla en el pasillo. Y peor aún… había copias de su expediente médico psiquiátrico.

“Diagnóstico: Depresión severa. Intentos de autolesión. Inestabilidad emocional crónica”.

El documento engargolado era una “nota periodística” redactada, lista para imprimirse. El título era devastador: “LA LOCA DEL MAGNATE: SERGIO ÍÑIGUEZ SE CASA CON UNA PACIENTE PSIQUIÁTRICA PELIGROSA PARA OCULTAR SUS PROPIOS DEMONIOS”.

Katia soltó los papeles como si quemaran. Retrocedió, chocando contra la isla de la cocina. El aire le faltó. El mundo empezó a girar.

—No… no… —balbuceó, hiperventilando—. ¿De dónde sacó esto? Eso es privado… eso fue cuando… cuando perdí a mis papás… yo estaba mal…

Sergio tiró los papeles al suelo y corrió hacia ella, sujetándola antes de que cayera.

—¡Katia! ¡Respira! ¡Mírame!

—Va a publicar que estoy loca… va a decir que soy un peligro… —Katia lloraba, un llanto histérico, roto—. Sergio, mi carrera… mi vida… Si esto sale, nadie me va a contratar nunca. Van a pensar que soy una desquiciada.

—¡Escúchame! —Sergio la sacudió suavemente por los hombros—. Esto es ilegal. Robar expedientes médicos es un delito federal. Lisa acaba de cavar su propia tumba. No va a publicar nada porque si lo hace, va a la cárcel.

—¡A ella no le importa la cárcel! ¡Le importa destruirme! —gritó Katia, zafándose de él—. ¡Todo es tu culpa! ¡Por tu maldito juego de la esposa falsa! ¡Te dije que era mala idea! ¡Te dije que yo no pertenecía a tu mundo!

El dolor físico y emocional fue demasiado. Katia sintió un pinchazo agudo en el pecho, seguido de un mareo fulminante. Sus piernas fallaron. Se desplomó en los brazos de Sergio, inconsciente.

—¡Katia! ¡Katia!

Sergio la cargó en vilo, gritando por ayuda, aunque sabía que estaban solos. Corrió hacia la salida, la subió a la camioneta sin importarle nada y salió quemando llanta hacia el hospital.


En la sala de espera de urgencias del Hospital Ángeles, Sergio caminaba de un lado a otro como un león enjaulado. Había llamado al Dr. Arriaga y a un cardiólogo.

—Es estrés agudo, Sergio —le había dicho el médico de urgencias al recibirla—. Su presión arterial se disparó. Para alguien que acaba de salir de una cirugía mayor y que ha vivido con dolor crónico tanto tiempo, un shock así puede ser muy peligroso. Su corazón está bien, pero su cuerpo dijo “basta”. Necesita reposo absoluto y cero emociones fuertes.

Sergio se sentó en una silla de plástico, con la cabeza entre las manos. Se sentía la peor basura del universo. Katia tenía razón. Era su culpa. Él la había arrastrado a su circo. Él había subestimado a Lisa. Y ahora, la única mujer que le importaba estaba en una cama de hospital por su culpa.

Su celular vibró. Era un número desconocido.

Contestó con una furia fría.

—Si eres tú, Lisa, te juro que te voy a matar.

—Ay, qué agresivo, mi amor —la voz de Lisa sonó al otro lado, chillona y triunfal—. ¿Te gustó el regalito? Me costó una lana sobornar a la enfermera del archivo muerto, pero valió la pena. Esas fotos donde la “loquita” sale llorando son una joya.

—Escúchame bien, imbécil —dijo Sergio, con una voz tan baja y gutural que asustó a una señora que pasaba por ahí—. Katia está en el hospital por tu culpa. Si le pasa algo… si le pasa algo, no te voy a demandar. Voy a ir por ti. Personalmente. Y no va a ser bonito.

Hubo un silencio breve al otro lado. La mención del hospital pareció frenar a Lisa por un segundo, pero su maldad era más fuerte.

—Ay, pobrecita. No aguantó la presión. Pues mira, Sergio, te tengo una propuesta final. Quiero diez millones. Subió la tarifa por “daños y perjuicios”. Tienes hasta las seis de la tarde. Si no veo el depósito en mi cuenta de las Islas Caimán, le mando el paquete completo a Paty Chapoy y a todos los noticieros de la noche. Tic, tac, Sergio.

La llamada se cortó.

Sergio se quedó mirando el teléfono. Diez millones. Podía pagarlos. Era mucho dinero, sí, pero lo tenía. Podía pagar y acabar con esto. Pero sabía que Lisa no se detendría ahí. Una vez que pagas un chantaje, eres esclavo para siempre. Mañana pediría veinte. Pasado mañana, cincuenta.

Necesitaba otra estrategia. Necesitaba dejar de jugar a la defensiva y atacar.

Llamó a Chava.

—¿Qué onda, carnal? ¿Todo bien? —contestó Chava, alegre como siempre.

—Chava, necesito tu ayuda. Y necesito que seas discreto y rápido. Sé que tienes amigos en todos lados, incluyendo en el “bajo mundo” de la tecnología.

—Uy, me suena a hackers. ¿Qué necesitas?

—Necesito que rastreen el teléfono de Lisa. Necesito saber dónde está, con quién habla y, sobre todo, necesito acceso a su nube. Sé que tiene las fotos ahí. Quiero borrarlas. Y quiero encontrar algo sucio de ella. Algo que la destruya antes de que ella nos destruya a nosotros.

—Mmm… eso es delicado, Sergio. Es ilegal.

—Chava, está extorsionando a Katia. La mandó al hospital. Está usando su expediente psiquiátrico para chantajearme.

El tono de Chava cambió de inmediato. Se puso serio.

—¿Se metió con la Katia? Ah, no, eso sí calienta. Nadie se mete con la banda. Cuenta conmigo, güey. Tengo un primo que trabaja en ciberseguridad… bueno, era hacker de Anonymous, pero ahora es legal. Le marco ya. Dame diez minutos.

Sergio colgó. No se iba a quedar de brazos cruzados.

Entró a la habitación de Katia. Ella estaba despierta, pálida, conectada a un monitor cardíaco.

—Sergio… —susurró.

—Shhh. No hables. Descansa.

—¿Pagaste? —preguntó ella, con lágrimas en los ojos—. No le pagues, Sergio. No vale la pena.

—No voy a pagar ni un centavo. Voy a acabar con ella, Katia. Pero necesito que confíes en mí una última vez.

—Siempre confío en ti, Checo. Aunque seas un idiota impulsivo.

Sergio sonrió tristemente y le besó la mano.


Tres horas después.

Sergio estaba en su oficina de la Torre Virreyes, convertida en un centro de comando. Chava estaba ahí, junto con un chico flaco y pálido que tecleaba a la velocidad de la luz en tres laptops al mismo tiempo.

—¡Bingo! —gritó el chico, que se llamaba “El Rata”—. Entré a su iCloud. La contraseña era “SergioApesta123”. Qué original la morra.

—¿Qué encontraste? —preguntó Sergio, asomándose a la pantalla.

—Uff… de todo, jefe. Tiene las fotos de la señora Katia, sí. Pero también tiene… ¡órale! Mira esto.

El Rata abrió una carpeta oculta llamada “Negocios”.

Había capturas de pantalla de conversaciones con un tal “Beto”.

Lisa: Ya te conseguí la información de la licitación de Grupo Íñiguez. Sergio dejó la carpeta en la mesa. Aquí están las fotos de los costos.
Beto: Excelente, nena. Con esto mi constructora va a ganar el concurso del Aeropuerto. Aquí tienes tu comisión.

Sergio sintió que la sangre se le helaba. Lisa no solo le ponía el cuerno. Lisa era una espía industrial. Había estado vendiendo secretos de su empresa a la competencia. Eso explicaba por qué había perdido dos licitaciones importantes el año pasado.

—¡Maldita sea! —Sergio golpeó el escritorio—. ¡Me estaba robando! ¡Espionaje corporativo! Eso es cárcel directa, sin fianza.

—Espera, hay más —dijo El Rata—. Mira este video.

Abrió un archivo de video. Era una grabación de seguridad, de una cámara oculta en el departamento de Lisa (que ella misma debió haber puesto y olvidado borrar). Se veía a Lisa y a Kevin, el amante, pesando y empaquetando polvo blanco en bolsitas.

—¿Coca? —preguntó Chava, con los ojos como platos—. ¡La morra es dealer!

—No es dealer grande, pero distribuye en las fiestas de los fresas —dijo Sergio, conectando los puntos—. Por eso siempre necesitaba “efectivo”. Por eso el instructor estaba metido ahí.

Sergio se enderezó. Tenía el arma nuclear en sus manos.

—Chava, Rata… son unos genios.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Chava.

—Voy a hacer una llamada. Pero no a Lisa.


Faltaban quince minutos para las seis de la tarde. El plazo de Lisa estaba por vencer.

Lisa estaba en el lobby de un hotel de lujo, tomando una margarita, esperando la notificación del depósito millonario en su celular. Se sentía invencible. Tenía al gran Sergio Íñiguez de rodillas.

Su teléfono sonó. Era Sergio.

—Sabía que llamarías —dijo ella, contestando con altivez—. ¿Ya hiciste la transferencia? Se te acaba el tiempo, cariñito.

—No hay transferencia, Lisa —dijo Sergio, con una voz tranquila, casi aburrida—. Pero te tengo una contraoferta.

—No me interesan tus ofertas. Quiero mi dinero.

—Te ofrezco libertad.

—¿De qué hablas?

—Hablo de que tengo en mi poder pruebas de que vendiste secretos industriales de mi empresa a Constructora Velázquez. Y tengo un video muy interesante tuyo y de tu amigo Kevin jugando a ser Pablo Escobar en mi departamento.

Lisa casi tira la copa. Se quedó helada.

—¿Qué? ¡Estás mintiendo!

—Te acabo de mandar los archivos a tu WhatsApp. Échales un ojo.

Lisa bajó el teléfono y miró las notificaciones. Ahí estaban. Las capturas. El video. Sintió que el piso se abría bajo sus pies.

—Si esos archivos llegan a la policía —continuó Sergio—, te vas a ir al reclusorio por lo menos quince años. Espionaje, robo, tráfico de estupefacientes… te van a comer viva ahí dentro, Lisa. Tus cremas de La Mer no te van a servir de nada en Santa Martha Acatitla.

—Sergio… espera… podemos negociar… —la voz de Lisa temblaba, llena de pánico.

—No. Se acabó la negociación. Aquí están mis términos: Uno, borras todo lo que tengas de Katia. Todo. Copias, nubes, físicos. Quiero ver cómo quemas los originales en una videollamada ahorita mismo. Dos, firmas un documento que mis abogados te van a llevar en cinco minutos donde renuncias a cualquier reclamo y aceptas una orden de restricción de 500 metros. Tres, te largas de la ciudad. No te quiero ver en México. Vete a Europa, vete a Asia, me da igual. Pero si te veo respirando el mismo aire que Katia, te meto a la cárcel.

—Pero… no tengo dinero para irme…

—Vende tus bolsas. Vende tus joyas. O pídele a Kevin. No es mi problema. Tienes un minuto para decidir. O cárcel o exilio.

Lisa empezó a llorar, pero esta vez eran lágrimas de derrota real. Sabía que Sergio no estaba blofeando. Sabía que él tenía el poder y los recursos para hundirla.

—Está bien… está bien, acepto. No me hagas nada, por favor.

—Quema las fotos. Ahora. Pon la cámara.

Sergio observó en la pantalla de su celular cómo Lisa, temblando y llorando, prendía fuego a las fotos de Katia y al expediente en un cenicero del hotel. Vio cómo las llamas consumían la amenaza.

—Listo. Ahora lárgate —dijo Sergio y colgó.

Se dejó caer en su silla de cuero. Exhaló un suspiro que pareció durar un siglo.

—Se acabó —dijo Chava, dándole una palmada en el hombro—. Eres un cabrón, Sergio. Me das miedo.

—Me doy miedo a mí mismo a veces, Chava. Pero por ella… por ella soy capaz de quemar el mundo.


Esa noche, Sergio regresó al hospital.

Katia estaba despierta, esperándolo con ansiedad.

—¿Qué pasó? —preguntó apenas lo vio entrar.

Sergio se sentó a su lado y le tomó la mano.

—Se acabó, Katia. Lisa ya no es un problema. Se fue. Y destruyó todo lo que tenía contra ti.

—¿Le pagaste?

—No. Le di una lección de realidad. Digamos que encontramos sus propios trapos sucios y decidimos lavarlos en privado a cambio de su silencio.

Katia lo miró, incrédula y aliviada.

—¿De verdad? ¿Ya no me va a hacer daño?

—Nunca más. Te lo prometo. —Sergio le besó los nudillos—. Estás a salvo.

Katia cerró los ojos y dejó escapar unas lágrimas silenciosas.

—Gracias, Sergio. Me salvaste la vida. Otra vez.

—Tú me salvaste a mí, Katia. De una vida vacía y llena de mentiras.

Sergio se levantó y sacó algo del bolsillo de su saco. Era una cajita de terciopelo.

Katia abrió los ojos.

—Sergio… ¿qué es eso?

—Bueno… ya le dijimos a todo el mundo que estamos casados. Ya vivimos juntos. Ya peleamos guerras juntos. Ya casi me matan del susto hoy. Creo que es hora de dejar de mentir.

Sergio abrió la caja. Había un anillo. No era un diamante ostentoso como el que le había dado a Lisa. Era un zafiro azul profundo, rodeado de pequeños diamantes, montado en oro blanco. Elegante, único, con carácter.

—Este anillo era de mi abuela. Ella siempre dijo que se lo diera a una mujer que tuviera “fuego en el corazón y acero en la columna”. Creo que no hay nadie en el mundo que encaje mejor en esa descripción que tú.

Katia se llevó las manos a la boca.

—Katia… sé que es una locura. Sé que llevamos poco tiempo en este “reencuentro”. Pero te conozco de toda la vida. Y estos días contigo han sido los más felices y reales que he tenido. No quiero seguir fingiendo. Quiero que sea verdad. Quiero casarme contigo. De verdad. Con papeles, con fiesta o sin fiesta, como tú quieras. Pero contigo.

—Sergio… —Katia lloraba abiertamente ahora—. Estoy rota, Sergio. Soy coja. Tengo traumas. No soy la esposa perfecta para un hombre como tú.

—Eres perfecta para mí. Porque tus grietas son por donde entra la luz, Katia. Y yo necesito esa luz.

Sergio sacó el anillo de la caja.

—¿Qué dices, arquitecta? ¿Te animas a construir una vida con este pobre millonario loco?

Katia lo miró. Vio al hombre, no al dinero. Vio al amigo, al protector, al amante.

—Sí —susurró—. Sí, Checo. Sí quiero.

Sergio le puso el anillo. Le quedaba perfecto.

Se besaron, allí en la cama de hospital, con el monitor cardíaco acelerándose, marcando el ritmo de dos corazones que, por fin, latían al unísono.

La tormenta había pasado. Los cimientos habían resistido. Y ahora, solo quedaba construir el rascacielos más alto y hermoso de todos: su futuro.

Pero faltaba un detalle. La “boda” que habían inventado tenía que celebrarse. Y Sergio, siendo Sergio, no iba a hacer algo pequeño. Iba a darle a Katia la boda que se merecía, y de paso, iba a darle una lección final a todos los que alguna vez dudaron de ella.

CAPÍTULO 8: Cimientos de Amor y un Final de Acero

Seis meses después.

La Ciudad de México brillaba bajo un sol de primavera que parecía bendecir el día. En el exclusivo jardín “Hacienda de los Morales”, todo estaba listo. Pero no era una boda cualquiera. No había excesos vulgares, ni estatuas de hielo, ni edecanes disfrazadas de ángeles. Era una celebración de elegancia sobria, diseñada con un gusto exquisito que solo una arquitecta de primer nivel podría haber concebido.

Sergio estaba en una de las habitaciones de la hacienda, ajustándose el moño de su smoking. Se miró al espejo. Las ojeras habían desaparecido. La tensión perpetua en su mandíbula se había esfumado. Se veía más joven, más vivo.

—Te ves decente, para ser un novio nervioso —dijo Chava, entrando a la habitación con dos tequilas en la mano.

—No estoy nervioso, güey. Estoy ansioso. Ya quiero verla —respondió Sergio, tomando el vaso que le ofrecía su amigo y padrino.

—Quién lo diría, ¿eh? —Chava brindó al aire—. Hace medio año estabas a punto de casarte con la Barbie tóxica y eras un miserable. Y hoy… hoy te vas a casar con la Katia, la de la prepa, y te ves feliz de a madres. La vida da unas vueltas muy locas, carnal.

—Las mejores vueltas, Chava. Las mejores. Oye, ¿todo listo afuera?

—Todo al cien. Los invitados ya llegaron. Tus socios, los de la prepa… todos están ahí. Y déjame decirte, se mueren de curiosidad. La mitad sigue creyendo que es una farsa o un capricho tuyo.

Sergio sonrió con esa confianza de tiburón que ahora usaba para proteger a los suyos.

—Pues que se preparen. Se les va a caer la quijada.


En la suite nupcial, al otro lado del jardín, Katia estaba parada frente al espejo de cuerpo entero.

Llevaba un vestido diseñado exclusivamente para ella. No era el típico vestido de princesa ampón que escondía el cuerpo. Era un diseño de seda y encaje, con corte sirena, que abrazaba sus curvas con elegancia. Pero lo más importante era que el vestido tenía una abertura lateral sutil que dejaba entrever su pierna derecha.

No estaba escondiendo su cicatriz. No estaba escondiendo su realidad.

Katia ya no usaba muletas. Gracias a meses de terapia intensiva, natación y la terquedad que la caracterizaba, ahora caminaba con un bastón elegante de madera negra y empuñadura de plata. Su cojera seguía ahí, leve, un ritmo sincopado en su andar, pero ya no era un defecto. Era su firma. Era la prueba de que había sobrevivido.

—Estás espectacular, amiga —dijo Ana, quien había retomado su amistad con Katia y ahora era una de sus damas de honor—. En serio, vas a matar a Sergio de un infarto cuando te vea.

—Gracias, Ana. —Katia se tocó el collar de zafiros que Sergio le había regalado esa mañana—. ¿Sabes? Tengo miedo de despertar. Siento que sigo en ese cuartito de Iztapalapa soñando que soy feliz.

—Pellízcate —dijo Ana, riendo—. Esto es real. Te lo ganaste, Katia. Nadie se lo merece más que tú. Y por cierto, ya me contaste que el proyecto “Cumbres del Cielo” ganó el premio nacional de arquitectura sustentable. ¡Eso es enorme!

—Fue trabajo en equipo. Sergio me dio la oportunidad, pero yo puse el cerebro.

—Y el corazón. No te quites mérito. Ahora, vamos. Tu hombre te espera.


La ceremonia fue en el jardín principal. Cuando empezó a sonar la música —un cuarteto de cuerdas tocando una versión suave de “Contigo Aprendí”—, todos los invitados se pusieron de pie.

Ahí estaban los socios de Sergio, hombres de negocios cínicos que esperaban ver a otra “niña trofeo”. Ahí estaban los ex compañeros de la prepa, con sus propias vidas y fracasos, esperando ver si el chisme era cierto.

Y entonces apareció Katia.

Caminaba del brazo de Chava (ya que su padre no estaba). Caminaba despacio, con dignidad, apoyándose en su bastón como si fuera un cetro real. Su rostro irradiaba una luz que opacaba a cualquier joya. No bajaba la mirada. Miraba al frente, directo a los ojos de Sergio, que la esperaba en el altar con lágrimas corriendo libremente por sus mejillas.

El silencio fue absoluto. Nadie se atrevió a murmurar. La belleza de Katia en ese momento no era la belleza plástica de las revistas; era la belleza de la resiliencia, de la inteligencia, de la victoria.

Cuando llegó al altar, Sergio le tomó las manos.

—Hola, arquitecta —susurró él, para que solo ella lo oyera.

—Hola, jefe —respondió ella, guiñándole un ojo.

La ceremonia fue breve pero emotiva. No hubo votos prefabricados. Sergio tomó el micrófono y miró a los invitados antes de dirigirse a Katia.

—Durante muchos años —comenzó Sergio, con voz firme—, construí edificios vacíos. Construí una vida vacía. Pensé que el éxito se medía en metros cuadrados y en ceros en la cuenta bancaria. Me equivoqué. El éxito es encontrar a alguien que te vea cuando eres invisible. Alguien que te sostenga cuando te derrumbas. Katia… tú me enseñaste que los cimientos más fuertes no son de concreto, son de verdad. Me enseñaste que romperse no es el final, es la oportunidad de reconstruirse mejor. Te amo. Y prometo pasar el resto de mi vida tratando de merecerte.

Katia tomó el micrófono, con las manos temblorosas pero la voz clara.

—Sergio… cuando nos reencontramos, yo pensaba que mi vida ya había terminado. Pensaba que era un escombro. Tú me miraste y no viste ruinas, viste un proyecto. Me diste la mano cuando nadie más lo hizo. No me salvaste, me diste las herramientas para salvarme a mí misma. Te amo, mi Checo. Y prometo que nuestra vida será la mejor obra que jamás hayamos diseñado.

Cuando se besaron, los aplausos estallaron. Fueron aplausos reales, no de compromiso. Incluso los socios más duros se limpiaban discretamente una lágrima.


La fiesta fue legendaria. No hubo poses. Hubo tacos gourmet, hubo tequila del bueno, y hubo baile.

Katia no podía bailar mucho, pero Sergio la sacó a la pista para el primer baile. Se abrazaron y se mecieron suavemente al ritmo de la música. Él la sostenía, siendo su pilar, y ella recargaba la cabeza en su hombro, siendo su paz.

—Oye —dijo Sergio al oído de ella—. ¿Viste quién está en la mesa 5?

Katia miró disimuladamente. Era el gerente del restaurante donde ella trabajaba limpiando. Estaba sentado, incómodo, con un traje barato, mirando todo con asombro.

—¿Lo invitaste? —preguntó Katia, sorprendida.

—Sí. Quería que viera en qué se convirtió la mujer a la que humillaba. Y mira… —Sergio señaló hacia la entrada—. Ahí están los tres meseros idiotas. Los contraté como parte del servicio de meseros de la boda, pero les di instrucciones específicas de que tú eres la dueña de todo esto. Están aterrorizados. Míralos, te sirven el agua como si fueras la Virgen de Guadalupe.

Katia soltó una carcajada.

—Eres vengativo, Sergio Íñiguez.

—Soy justo, mi amor. Soy justo.


Más tarde esa noche, cuando la fiesta estaba en su apogeo, Sergio y Katia se escaparon un momento a un balcón que daba al jardín. La luna llena iluminaba la noche.

—¿En qué piensas? —preguntó Sergio, abrazándola por detrás.

—En Lisa —admitió Katia.

Sergio se tensó.

—¿Por qué piensas en ella? Ya no existe.

—Pienso en que, de una manera extraña, le debo las gracias. Si ella no te hubiera traicionado… si ella no hubiera sido tan cruel… tú nunca hubieras ido a ese restaurante esa noche. Nunca nos hubiéramos encontrado.

Sergio reflexionó un momento.

—Tienes razón. A veces los villanos son necesarios para que los héroes despierten. Pero prefiero no darle crédito. El destino ya tenía esto planeado, Katia. Tarde o temprano, nuestros caminos se iban a cruzar.

—¿Tú crees?

—Estoy seguro. —Sergio la giró para mirarla a los ojos—. Por cierto, tengo una última sorpresa.

—¿Otra? Sergio, ya no puedo con más emociones.

—Esta es de trabajo. —Sergio sacó su celular y le mostró un correo electrónico—. Acaban de confirmar. El gobierno de la ciudad aceptó tu propuesta para rediseñar el parque lineal de Iztapalapa. Tu antiguo barrio. Quieren que tú dirijas el proyecto para regenerar la zona, hacerla segura, verde y digna.

Katia se quedó sin aliento. Volver a Iztapalapa. No como la mujer derrotada que vivía en un cuartucho, sino como la arquitecta que iba a transformar su comunidad.

—¿Es en serio? —susurró, con lágrimas en los ojos.

—Muy en serio. Y el Grupo Íñiguez va a financiar la obra al cien por ciento. Es nuestro regalo de bodas para la ciudad… y para ti.

Katia lo abrazó con fuerza, hundiendo su cara en el pecho de él.

—Gracias, Checo. Gracias por devolverme mis sueños.

—Gracias a ti por darme uno nuevo, Katia.

Se quedaron ahí, abrazados bajo la luna, mientras la música de la fiesta seguía sonando a lo lejos.

Abajo, entre los invitados, la gente comentaba lo felices que se veían. Nadie hablaba ya de la modelo. Nadie hablaba de la cojera. Solo hablaban de la pareja poderosa, los Íñiguez, que estaban a punto de cambiar el rostro de la ciudad.

Y así, la historia del millonario y la limpiadora se convirtió en leyenda. No porque fuera un cuento de hadas, sino porque fue una historia de dos personas rotas que decidieron juntar sus pedazos para construir algo indestructible.

Lisa, dicen las malas lenguas, terminó viviendo en una ciudad pequeña de la costa, casada con un hombre mayor que no la dejaba salir ni tener tarjetas de crédito. Un final gris para una vida de oropel.

Pero Sergio y Katia… ellos apenas estaban empezando. Tenían edificios que levantar, parques que diseñar y una vida entera para amarse.

Y mientras miraban el horizonte de la Ciudad de México, esa ciudad caótica y hermosa que los había unido, supieron que no había nada que no pudieran enfrentar juntos. Porque cuando tienes cimientos de verdad y una estructura de amor, ningún terremoto puede derribarte.

—¿Lista para irnos? —preguntó Sergio—. El avión a Italia sale en tres horas.

—Lista —dijo Katia, tomando su bastón con estilo—. Y prepárate, porque en Roma pienso caminar todo el día. Vas a tener que seguirme el paso, viejito.

Sergio rio y la besó.

—Te seguiré a donde vayas, arquitecta. Siempre.

Salieron del balcón, listos para la siguiente etapa de su viaje, dejando atrás el pasado y caminando, paso a paso, cojera y todo, hacia un futuro brillante.

FIN

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