
PARTE 1
CAPÍTULO 1: EL PESO DE LA CORONA DE ESPINAS
El reloj de pared, un antiguo artilugio alemán que desentonaba con la decoración minimalista y pretenciosa de la oficina, marcó las seis de la tarde con un sonido grave y lúgubre, como si fueran las campanas de una iglesia anunciando un funeral. Para Ignacio “Nacho” De la Torre, dueño del imperio gastronómico “El Gran Emperador”, ese sonido marcaba el inicio de su infierno personal diario: la hora pico del servicio y la hora en que su soledad se sentía más pesada que la caja fuerte empotrada en la pared.
Ignacio se aflojó el nudo de la corbata de seda italiana. Sentía que le ahorcaba. Se pasó una mano por el cabello, teñido para ocultar las canas prematuras que el estrés le había regalado a sus cuarenta y cinco años. Se miró en el espejo de cuerpo entero que tenía junto al bar privado de su oficina. El traje le costaba lo que un empleado promedio ganaba en dos años, los zapatos eran de piel de avestruz, y el anillo en su dedo meñique brillaba con un diamante real. Pero la cara… la cara no mentía. Tenía bolsas oscuras bajo los ojos, surcos profundos alrededor de la boca y una mirada opaca, vidriosa, de quien lleva demasiado tiempo persiguiendo algo que nunca alcanza.
El teléfono en su escritorio vibró, bailando sobre la madera de caoba como un insecto molesto. La pantalla iluminada mostraba una foto de Mayra, su esposa, sonriendo con esa perfección plástica que le había costado a Ignacio tres cirugías estéticas y carillas dentales de porcelana.
Dudó en contestar. Sabía exactamente cómo iría la conversación. Pero el miedo a sus represalias era más fuerte que su cansancio. Deslizó el dedo.
—¿Bueno?
—Hasta que te dignas a contestar, Ignacio —la voz de Mayra no era un saludo, era un latigazo. Se escuchaba música lounge de fondo y el tintineo de copas. Probablemente estaba en algún club de playa en Acapulco o en una terraza de la Condesa con sus “amigas”, esas mujeres que competían por ver quién tenía el marido más rico y la vida más vacía—. Llevo marcándote diez minutos. ¿Sabes lo humillante que es que me mande a buzón mi propio esposo?
—Estaba en una junta, Mayra. Se acaba de ir Valerio —Ignacio se sentó pesadamente en su silla de cuero, masajeándose las sienes—. Renunció. Me dejó la carta y se largó. Dice que ya no aguanta la presión. Estoy solo, Mayra. Tengo que revisar los inventarios, la nómina, y mañana vienen los nuevos proveedores para firmar el contrato de exclusividad de las especias importadas. No tengo cabeza para…
—¡Ay, por favor! —lo interrumpió ella con una carcajada seca—. Valerio se fue porque eres insoportable, Ignacio. Todo el mundo lo sabe. Y no me vengas con tus lloriqueos de “pobre hombre rico”. Mañana es la firma, sí, y más te vale que salga bien porque ya aparté la suite presidencial en París para el próximo mes. Y necesito que me deposites lo de la tarjeta adicional, me la bloquearon ayer en Saks Fifth Avenue. ¡Qué vergüenza pasé! La cajera me miró como si fuera una naca cualquiera.
Ignacio sintió una punzada en el estómago, esa gastritis crónica que ni los medicamentos más caros lograban calmar.
—Mayra, no hay liquidez ahorita. La remodelación de la terraza nos dejó cortos y…
—¡Me vale madres la liquidez! —gritó ella, perdiendo la compostura de dama de sociedad—. Tú eres el proveedor, Ignacio. Ese fue el trato. Yo te doy la imagen, te acompaño a tus cenas aburridas con políticos gordos, y tú pagas. Si no puedes mantener el ritmo, avísame. Hay una fila de hombres esperando una oportunidad. Y te aviso: hoy ni te aparezcas en la casa si vas a llegar con esa cara de perro apaleado. Me deprimes. Mejor quédate a dormir en tu precioso restaurante.
La llamada se cortó. El silencio que siguió fue más doloroso que los gritos.
Ignacio se quedó mirando el teléfono negro. Recordó cuando conoció a Mayra, hace diez años, cuando ella era edecán en una expo de autos y él apenas abría su primer local de tacos al carbón. Ambos tenían hambre de mundo. Ahora se habían comido el mundo, pero les había provocado una indigestión mortal.
—Maldita sea —susurró, golpeando el escritorio con el puño.
Necesitaba desquitarse. Necesitaba sentir que todavía tenía el control de algo, ya que su vida personal era un naufragio. Se levantó, se abrochó el saco para ocultar la barriga incipiente y salió de la oficina.
Caminó por el pasillo que daba al balcón interior, desde donde podía observar el piso del restaurante como un dios observando a sus criaturas. Abajo, el personal terminaba de montar las mesas. El tintineo de la plata, el crujir de los manteles almidonados, el olor a cera para pisos mezclado con el aroma profundo y complejo del mole negro que escapaba de la cocina.
Sus ojos de depredador escanearon el lugar en busca de una víctima. Vio a las meseras, Lupita y Verónica, cuchicheando cerca de la estación de servicio. Vio a los garroteros puliendo las copas. Y entonces, la vio a ella.
Catalina.
Estaba saliendo de las puertas abatibles de la cocina cargando una caja de frutas pesada. Era la lavaloza, pero como faltaba personal, la ponían a hacer de todo. Era una mujer extraña. No encajaba. Tenía la piel curtida por el sol, las manos rojas y agrietadas por el cloro y el agua caliente, y siempre llevaba esa pañoleta vieja en la cabeza que ocultaba su cabello. Pero había algo en ella… una rectitud en su espalda, una forma de caminar silenciosa y fluida que contrastaba violentamente con su ropa de trabajo gastada.
Ignacio la odiaba. La odiaba porque no le tenía miedo. Cuando él gritaba, los demás temblaban, bajaban la mirada. Catalina no. Ella lo miraba a los ojos, con una calma que él interpretaba como insolencia. “Maldita gata igualada”, pensó. “Se cree mucho porque tiene los ojos claros”.
—Checo —gritó Ignacio hacia la barra.
Sergio, el bartender, levantó la vista. Era un buen muchacho, joven, con talento para la mixología, pero con esa desesperación en la mirada de quien vive al día. Ignacio sabía que la madre de Checo estaba muy enferma; el muchacho había pedido un adelanto de sueldo la semana pasada, el cual Ignacio le había negado “por políticas de la empresa”.
—¿Sí, Don Ignacio? —Checo corrió hacia la escalera donde estaba su jefe.
—Sube.
Cuando Checo entró en la oficina, Ignacio ya estaba sentado, sirviéndose un whisky de 18 años. No le ofreció al empleado.
—¿Qué pasa, patrón? ¿Hice algo mal? —Checo se frotaba las manos, nervioso.
—No, Checo. Al contrario. Quiero darte una oportunidad de demostrar tu lealtad a esta empresa —Ignacio hizo girar el líquido ámbar en su vaso—. Esa mujer… la lavaloza. Catalina.
—¿La señora Cata? ¿Qué tiene?
—Me estorba. Me enferma verla pasearse por mi restaurante como si fuera la dueña. No me gusta su actitud. Es… altanera.
—Pero si no habla, jefe. Es re tranquila.
—¡Exacto! Es esa maldita pasividad agresiva. No la quiero aquí. Pero no puedo correrla sin justificación o me demanda conciliación y arbitraje. Ya sabes cómo son estos muertos de hambre, se saben todas las leyes.
Ignacio se inclinó hacia adelante, su rostro entrando en el cono de luz de la lámpara de escritorio, acentuando sus rasgos duros.
—Necesito que renuncie. Hoy.
—¿Y cómo voy a hacer eso? —preguntó Checo, confundido.
—Tú eres listo. Y eres el bartender. Tienes autoridad sobre los de limpieza. Quiero que la provoques. Házla quedar mal. Grítale enfrente de los clientes o de los otros empleados. Humíllala. Di que los vasos están sucios, que apesta, lo que sea. Quiébrala, Checo. Quiero verla llorar y tirar el delantal.
Checo retrocedió un paso, horrorizado.
—Don Ignacio, no… yo no soy así. La señora Cata es buena gente. A veces me trae gorditas que ella misma hace. No puedo.
Ignacio suspiró, fingiendo decepción. Dio un sorbo a su whisky y miró al techo.
—Qué lástima, Sergio. De verdad me caías bien. Pensaba considerarte para el puesto de jefe de barra ahora que abramos la sucursal en Santa Fe. Iba a ser un sueldo doble. Imagino que eso le hubiera servido mucho a tu mamá para sus diálisis, ¿no?
El golpe fue bajo y certero. Checo se quedó helado. La mención de su madre enferma fue como una puñalada.
—Pero como no tienes el carácter para tomar decisiones difíciles… —continuó Ignacio, sacando un sobre del cajón—. Aquí tengo preparada tu liquidación. Es más, si te vas ahorita, te la doy en efectivo. Pero si te quedas… necesito un perro de ataque, no un cachorro asustado.
El silencio en la oficina era denso. Se escuchaba el zumbido del aire acondicionado. Checo miraba sus zapatos gastados, luchando contra su conciencia. Veía la cara de su madre, pálida en la cama del hospital público, esperando medicinas que no llegaban.
—¿Sueldo doble? —preguntó Checo con un hilo de voz, odiándose a sí mismo.
—Y un bono de diez mil pesos en efectivo hoy mismo si logras que esa mujer se largue antes de que cierre la cocina —Ignacio sonrió. Era la sonrisa del diablo comprando un alma barata.
Checo cerró los ojos un momento. Una lágrima de impotencia se le atoró en la garganta.
—Está bien, patrón. Lo haré.
—Ese es mi muchacho. Ahora lárgate y monta el espectáculo. Estaré mirando.
CAPÍTULO 2: EL CRISTAL Y EL LODO
El restaurante “El Gran Emperador” comenzaba a vibrar con esa energía eléctrica previa a la tormenta. Los cocineros gritaban comandas, el aceite chisporroteaba en las sartenes, y el aroma a cilantro y cebolla asada inundaba el aire. Sin embargo, en la zona de la barra, el ambiente era gélido.
Sergio “El Checo” estaba detrás de la barra de mármol negro, puliendo copas con un trapo de microfibra. Sus manos temblaban ligeramente. Cada vez que miraba hacia el balcón de la oficina, sentía la mirada pesada de Ignacio clavada en su nuca. “Hazlo ya”, parecía decirle el silencio. “Hazlo o tu madre se queda sin medicinas”.
Vio a Catalina salir de la cocina. Caminaba despacio, empujando un carrito con cristalería recién lavada. Llevaba la cabeza gacha, concentrada en su labor. Sus botas de hule chirriaban suavemente contra el piso de loseta.
Checo sintió náuseas. Catalina le había regalado una vez un té de hierbas cuando lo vio con gripe. Era una mujer solitaria, sí, pero bondadosa. Romperla era un acto de villanía que él no sabía si podría perdonarse. Pero el miedo a la pobreza es un motivador terrible.
—¡Hey! ¡Tú! —gritó Checo. Su voz salió más aguda de lo que pretendía, quebrada por los nervios.
El sonido de los cubiertos cesó. Las dos meseras, Lupita y Vero, se detuvieron en seco. Ellas disfrutaban el drama ajeno porque sus propias vidas eran aburridas. Se miraron con complicidad, esperando el show.
Catalina detuvo el carrito. No se sobresaltó. Simplemente levantó la vista, tranquila, y buscó el origen del grito. Sus ojos, de un color avellana profundo rodeado de pestañas largas y sin rímel, se posaron en Checo.
—¿Me habla a mí, joven Sergio? —preguntó. Su voz era grave, educada, con una dicción perfecta que desentonaba con su aspecto humilde.
—Sí, a ti te hablo —Checo tomó un vaso Old Fashioned del carrito, uno que brillaba bajo la luz tenue de las lámparas colgantes—. Ven acá.
Catalina se acercó a la barra. No caminaba con miedo. Caminaba con paciencia. Se limpió las manos en su delantal gris, esperando.
Checo levantó el vaso a la altura de sus ojos, fingiendo inspeccionarlo contra la luz.
—¿Qué es esta porquería? —lanzó la primera piedra.
—¿Disculpe?
—¡Esto! —Checo agitó el vaso violentamente—. ¿A esto le llamas lavar? ¡Mira nada más! Está lleno de grasa. Tiene marcas de dedos. ¡Es asqueroso!
Las meseras soltaron risitas burlonas.
—Uy, ya le cayó la voladora a la muda —susurró Lupita, lo suficientemente alto para ser escuchada.
Catalina miró el vaso. Estaba impecable. No había ni una mota de polvo. Ella lo sabía. Checo lo sabía. Ignacio, observando desde arriba con una copa en la mano, lo sabía.
—El vaso está limpio, Sergio —dijo ella calmada—. Lo pasé por la máquina y lo pulí a mano con vinagre.
—¡No me contestes! —Checo golpeó la barra con la palma de la mano, asustándose a sí mismo por la violencia del gesto. La adrenalina del momento y la presión de Ignacio lo estaban poseyendo—. ¿Quién te crees que eres para contestarme? Eres una simple lavaplatos. Una gata. Aquí viene gente decente, gente con dinero, políticos, artistas… no tus parientes del pueblo que comen con las manos. Si no puedes dejar un maldito vaso limpio, ¡no sirves para nada!
El insulto “gata” resonó en el salón vacío como un disparo. Era la palabra más cargada de clasismo y odio que se podía usar en México. Significaba “sirvienta”, “inferior”, “nadie”.
Checo vio cómo las pupilas de Catalina se contraían ligeramente. Por un segundo, pensó ver dolor. Pero fue efímero. Lo que siguió fue algo que nadie esperaba.
En lugar de llorar, en lugar de agachar la cabeza y pedir perdón como lo hacían todos ante la ira de los superiores, Catalina sonrió. Fue una sonrisa pequeñísima, casi imperceptible, pero cargada de una ironía devastadora.
Se acercó más a la barra, invadiendo el espacio personal de Checo.
—Préstame el vaso —dijo en voz baja.
Checo, desconcertado, se lo entregó.
Catalina sacó un paño de algodón inmaculado de su bolsillo. Con movimientos lentos, deliberados y casi teatrales, limpió el borde del vaso mientras sostenía la mirada de Checo.
—Tienes razón, Sergio —dijo ella, y su voz resonó clara y firme, llegando hasta los rincones oscuros donde Ignacio se escondía—. Había una mancha. Pero no estaba en el cristal. Estaba en tu conciencia.
Colocó el vaso suavemente sobre la barra. Cling. El sonido fue nítido.
—Ahora está limpio. Procura no ensuciarlo de nuevo con tus manos temblorosas. Se nota que estás nervioso. ¿Te obligaron a hacer esto, verdad?
Checo sintió como si le hubieran dado una bofetada con un guante de hierro. Se quedó mudo, con la boca entreabierta. Las risas de las meseras murieron instantáneamente. Nadie hablaba así. Menos una lavaplatos.
Desde las sombras, el sonido de un aplauso lento rompió el hechizo.
—¡Bravo! ¡Bravo! —Ignacio bajó las escaleras lentamente, con una sonrisa torcida en el rostro—. Vaya, vaya. Resulta que la muda sí tiene lengua. Y una muy larga.
Se acercó a la barra, ignorando a Catalina y clavando sus ojos en Checo.
—Me decepcionas, Checo. Te doy una tarea simple: poner orden con el personal de limpieza, y terminas siendo regañado por una empleada doméstica. Qué patético.
—Patrón, yo… —balbuceó Checo.
—Cállate —lo cortó Ignacio—. No sirves para esto. No tienes los pantalones. Te dije que necesitaba un perro de ataque y resultaste ser un chihuahua asustado.
Ignacio se giró hacia Catalina, esperando ver miedo ahora que “el gran jefe” había intervenido. Pero Catalina lo miraba con una indiferencia que le heló la sangre. Era como si ella estuviera mirando a través de él, como si él fuera transparente.
—Y tú —le dijo Ignacio a ella—, regresa a tu agujero a lavar. Y más te vale que esos platos brillen, o te vas a ir tú también.
Catalina sostuvo la mirada dos segundos más, lo suficiente para incomodarlo, y luego dio media vuelta con una elegancia que ninguna de las clientas ricas de Ignacio poseía, y desapareció en la cocina.
Ignacio, furioso por no haber obtenido la sumisión que deseaba, se volvió hacia Checo.
—Estás despedido.
Checo sintió que las piernas se le doblaban.
—¿Qué? No, Don Ignacio, por favor. Hice lo que me pidió. Le grité. La insulté.
—Pero no la quebraste. Ella te quebró a ti. Y yo no contrato a gente débil. Pasa por tus cosas y lárgate. Y olvídate de tu liquidación y de tu bono. Considéralo el costo por hacerme perder el tiempo.
—¡Pero mi mamá! —gritó Checo, desesperado, agarrando a Ignacio del brazo.
Ignacio se sacudió el toque con asco, como si lo hubiera tocado un leproso.
—Ese no es mi problema. Llama a seguridad si no se va en dos minutos —le ordenó a una de las meseras y se marchó a su oficina.
Diez minutos después, Checo estaba en el callejón trasero del restaurante. Hacía frío. La noche de la Ciudad de México caía pesada, con ese olor a smog y tacos de suadero lejano.
Se sentó sobre una caja de refrescos vacía y escondió la cara entre las manos. Estaba temblando, no de frío, sino de rabia y vergüenza. Había perdido su dignidad, había insultado a una compañera inocente y, al final, había perdido el trabajo. No tenía dinero para las medicinas. No tenía nada.
—¿Tienes fuego?
Checo levantó la cabeza de golpe.
Ahí estaba Catalina.
Ya no traía el delantal ni la pañoleta. Llevaba unos jeans sencillos, unos tenis Converse gastados y una chamarra de mezclilla. Su cabello, ahora libre, caía sobre sus hombros en ondas castañas, aunque se notaba maltratado, como si hubiera pasado mucho tiempo sin cuidados. Pero lo que más impactó a Checo fue su rostro. Sin la luz dura de la cocina, se veía más joven, aunque sus ojos cargaban una tristeza milenaria.
—Cata… —Checo se puso de pie torpemente—. Perdóname. Por favor, perdóname. Soy una basura.
—Si, te portaste como un imbécil —dijo ella con naturalidad, sacando un cigarrillo mentolado—. Pero sé que no eres así. Escuché lo que te dijo el ogro en la oficina. Las paredes son de tablaroca, se oye todo.
—¿Escuchaste?
—Que tu mamá está enferma. Que te chantajeó. Que te ofreció dinero por mi cabeza.
Checo bajó la mirada, avergonzado hasta la médula.
—Necesitaba el dinero. La insulina… está carísima. Y en el seguro no hay.
Catalina suspiró y encendió su cigarrillo. El humo azulado subió hacia la luz parpadeante del farol del callejón.
—El dinero nos hace hacer cosas horribles, Sergio. Nos convierte en esclavos de gente pequeña con carteras grandes, como Ignacio.
Se acercó a él y le tendió una bolsa de papel estraza.
—Toma.
—¿Qué es?
—Unos tamales. Los compré en la mañana y no me los comí. Están fríos, pero llenan. Y tengo esto… —metió la mano en su mochila y sacó un billete de quinientos pesos arrugado—. No es mucho. Es lo que saqué de propinas la semana pasada lavando el coche del valet parking.
Checo retrocedió.
—No, Cata. No puedo. Después de cómo te traté… me dijiste “gata”. Me humillaste frente a esas brujas. No puedo aceptarlo.
Catalina le tomó la mano a la fuerza y le puso el billete en la palma. Su tacto era firme, cálido.
—Es para tu mamá, no para ti. Y sobre lo que dijiste… —ella sonrió de medio lado—. Me han dicho cosas peores personas mejores que tú. No me ofende la ignorancia, Sergio. Me ofende la crueldad. Y tú no fuiste cruel por placer, fuiste cruel por miedo. Eso tiene perdón.
—¿Por qué me ayudas? —preguntó él, con los ojos llenos de lágrimas—. Acabas de ver lo peor de mí.
—Porque mañana va a ser un día muy interesante —dijo ella misteriosamente, mirando hacia la ventana iluminada de la oficina de Ignacio en el segundo piso—. Y porque necesito un aliado. Alguien que conozca los tragos, que conozca el bar… y que odie a Ignacio tanto como yo.
—¿De qué hablas?
—Digamos que mi tiempo lavando platos está por terminar. Mañana vienen los proveedores, ¿verdad?
—Sí, los de las especias. Es un contrato millonario.
—Perfecto —Catalina tiró la colilla al suelo y la apagó con la punta de su tenis—. Vámonos, te invito un café de olla en mi casa. Vivo en la Doctores. No es Polanco, pero es un hogar. Y necesito contarte una historia, Sergio. Una historia sobre quién soy realmente y por qué ese hombre allá arriba —señaló la oficina de Ignacio— está a punto de perderlo todo.
Checo miró el billete en su mano, miró a la mujer que tenía enfrente, y sintió un escalofrío. No era miedo. Era la sensación de estar al borde de un precipicio, a punto de saltar.
—Vamos —dijo él.
Ambos caminaron hacia la avenida, dejando atrás el restaurante que brillaba en la noche como una joya falsa, mientras las sombras de la venganza comenzaban a alargarse.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: EL PALACIO EN LA DOCTORES
La colonia Doctores de noche no es para los débiles de corazón. Es un laberinto de concreto viejo, vecindades que se caen a pedazos y esquinas donde la Santa Muerte tiene más veladoras que la Virgen de Guadalupe. El aire huele a fritanga, a escape de camión y a esa humedad rancia que se impregna en la ropa.
Sergio caminaba medio paso atrás de Catalina, mirando nervioso a todos lados. Un grupo de cholos en la esquina los miró fijamente; uno de ellos le dio un trago a una caguama y chifló. Checo se tensó, listo para correr o para entregar los veinte pesos que le quedaban en la bolsa, pero Catalina ni se inmutó. Levantó la barbilla, miró al líder de la pandilla a los ojos y asintió levemente, un saludo casi imperceptible. El cholo bajó la mirada y se volteó.
—No manches, Cata —susurró Checo, acelerando el paso—. ¿Los conoces?
—Conozco el hambre, Sergio —respondió ella sin detenerse—. Y ellos huelen cuando tienes miedo. Camina derecho. Si te ves como víctima, te van a tratar como víctima. Es la misma regla que aplica en el restaurante de Ignacio, solo que aquí usan navajas en lugar de palabras hirientes.
Llegaron a un edificio antiguo, de esos de la época del Porfiriato que alguna vez fueron bellos pero que ahora estaban cubiertos de grafitis y grietas. La puerta principal era de hierro forjado, pesado y oxidado. Catalina sacó una llave que colgaba de su cuello y abrió. El chirrido del metal resonó en el silencio de la calle como un lamento.
—Bienvenido a mi mansión —dijo ella con ironía.
El interior olía a Fabuloso de lavanda y a frijoles refritos. Subieron tres pisos por una escalera de caracol que parecía quejarse con cada paso. Al llegar al último descanso, Catalina abrió una puerta de madera despintada.
Checo esperaba encontrar un cuchitril. Esperaba un colchón en el suelo, ropa sucia amontonada y esa atmósfera deprimente de la pobreza extrema que él conocía tan bien. Pero cuando Catalina encendió la luz, se quedó con la boca abierta.
El departamento era minúsculo, apenas una estancia y una cocineta, pero era… mágico. No había lujos, pero había alma. Las paredes estaban pintadas de un amarillo ocre cálido. No había cortinas caras, sino rebozos de colores vibrantes colgados con ingenio sobre las ventanas. En lugar de lámparas de techo, había series de luces navideñas blancas metidas en frascos de vidrio que colgaban de vigas de madera, creando una iluminación suave y acogedora.
Los muebles eran rescatados: huacales de madera lijados y barnizados que servían de libreros, un sofá hecho con tarimas y cojines bordados a mano con flores de Tenango. En una esquina, un pequeño altar con flores de cempasúchil de papel, incienso de copal y varias fotografías enmarcadas con cuidado.
—Siéntate donde quepas —dijo Catalina, dejando las llaves en un tazón de barro—. Voy a poner el café.
Checo se quedó parado en medio de la sala, sintiéndose sucio y fuera de lugar con su uniforme de bartender manchado.
—Cata… esto es… guau. ¿Tú hiciste todo esto?
—La pobreza no está peleada con la belleza, Checo. Solo hay que tener imaginación.
Ella desapareció en la pequeña cocina. Checo se acercó al refrigerador, un modelo viejo y ruidoso que zumbaba como abejorro. En la puerta, sujetas con imanes de frutas, había fotos. Muchas fotos. Pero una le llamó la atención. Era una foto profesional, en blanco y negro. Se veía a un hombre joven, increíblemente guapo, con rasgos fuertes y una sonrisa que iluminaba el papel. Estaba cargando a una niña pequeña, de unos tres años, que reía a carcajadas. Detrás de ellos, se adivinaba un paisaje exótico, quizás dunas de arena.
—¿Quiénes son? —preguntó Checo en voz alta, sin poder evitar la curiosidad.
Catalina salió de la cocina con dos tazas de peltre humeantes. El olor a canela, piloncillo y café de olla inundó el espacio, borrando el olor de la calle.
—Ese es Misael. Y esa es mi hija, Sofía.
—¿Tu hija? —Checo volteó a verla y casi tira la taza que ella le extendía.
Catalina se había quitado la chamarra de mezclilla. Y no solo eso. Se había quitado algo más.
Sobre la mesa de centro, descansaba una peluca de cabello castaño, opaco y maltratado.
La mujer que estaba frente a él no era la lavaplatos que conocía. Su cabello real era corto, un corte pixie moderno y atrevido, de un color negro azabache brillante que resaltaba la blancura de su cuello y la delicadeza de sus facciones. Sin el fleco falso y la pañoleta, sus ojos se veían enormes, inteligentes y feroces.
—Dios mío… —murmuró Checo—. ¿Quién eres? Pareces… pareces actriz de cine. O modelo.
Catalina soltó una risa suave, cristalina, muy diferente a la risa apagada que usaba en el trabajo. Se sentó en el sofá de tarimas y cruzó las piernas con una elegancia innata.
—Siéntate, Sergio. El café se enfría. Y tenemos que hablar antes de que amanezca. Mañana va a ser un día largo.
Checo se sentó en un banquito de madera, sin dejar de mirarla.
—¿Por qué el disfraz? ¿Por qué trabajar lavando platos si se nota que… bueno, que no eres de aquí? Digo, no por la zona, sino… hablas diferente. Te mueves diferente. Hasta tu casa es diferente.
Catalina dio un sorbo a su café, cerrando los ojos un momento para disfrutar el sabor.
—Soy de Las Lomas, Sergio. Crecí con chofer, nana y clases de francés los sábados. Mi apellido paterno te sonaría si leyeras las revistas de sociales de hace diez años. Pero esa mujer… esa niña rica, murió hace mucho tiempo.
Se levantó y caminó hacia el altar. Tocó suavemente la foto del hombre.
—Lo perdí todo, Checo. Pero no lo perdí por mala suerte, ni por el destino, ni porque Dios así lo quisiera. Me lo robaron. Me lo arrebataron unos hombres con trajes caros y sonrisas de tiburón. Hombres muy parecidos a los que van a ir mañana a firmar contrato con Ignacio.
Checo sintió un escalofrío. La atmósfera en el pequeño departamento cambió. Ya no era acogedora; se sentía eléctrica, peligrosa.
—¿Los proveedores? —preguntó él—. ¿Los de las especias?
—Especias… —Catalina escupió la palabra con desprecio—. Sí, así le llaman ahora.
Se giró hacia él, y sus ojos brillaban con una mezcla de lágrimas contenidas y una furia fría y calculada.
—¿Quieres saber la verdad, Sergio? ¿Quieres saber por qué dejé que me humillaras hoy? ¿Por qué soporto los gritos de ese patán de Ignacio y las burlas de esas meseras descerebradas?
—Sí —dijo Checo, sintiendo que estaba a punto de escuchar algo que le cambiaría la vida.
—Entonces come pastel. Necesitas azúcar para lo que vas a oír.
Cortó dos rebanadas generosas del pastel de chocolate que habían “rescatado” del restaurante.
—Todo empezó con un baile —dijo ella, mirando al vacío, transportándose al pasado—. Y terminó con sangre en la arena.
CAPÍTULO 4: SANGRE, SUDOR Y ESPECIAS
—Yo no quería ser la esposa trofeo de nadie —comenzó Catalina, su voz tomando un ritmo narrativo, hipnótico—. Mis papás querían que estudiara Administración de Empresas en el ITAM, que me casara con un hijo de algún socio de mi papá y que viviera mi vida organizando desayunos de beneficencia. Pero yo… yo solo quería bailar.
Checo comía el pastel en silencio, fascinado.
—¿Bailarina? ¿Como de ballet?
—Contemporáneo. Es más visceral. Más real. Me escapé de casa a los diecinueve años. Me desheredaron, por supuesto. “Si cruzas esa puerta, olvídate de nosotros”, dijo mi padre. Y crucé. Nunca miré atrás.
Catalina sonrió melancólicamente.
—Llegué a una compañía de danza independiente en Coyoacán. Ahí conocí a Misael. Él era… fuego puro. Venía de Iztapalapa, de una familia de herreros. No tenía técnica clásica, pero tenía una fuerza bruta y una pasión que me dejaba sin aliento. Cuando bailábamos juntos, el mundo desaparecía. No había ricos ni pobres. Solo cuerpos y música.
Se sirvió más café. Sus manos, ahora que Checo las observaba bien, tenían cicatrices viejas, pero se movían con una gracia infinita.
—Nos enamoramos perdidamente. De ese amor que te quema y te construye al mismo tiempo. Tuvimos a Sofía. Vivíamos al día, bailando en teatros pequeños, dando clases a niñas ricas que no tenían ritmo. Éramos felices, Checo. Inmensamente felices. Pero los bailarines tenemos fecha de caducidad. Las rodillas fallan, la espalda se rompe. Sabíamos que necesitábamos un plan B.
—¿El restaurante? —adivinó Checo.
—Exacto. A los dos nos encantaba cocinar. Misael tenía un don para las salsas, para mezclar sabores. Yo tenía el paladar educado de mis viajes de niña. Juntamos todos nuestros ahorros, pedimos préstamos, vendimos el coche… y abrimos “Danza de Fuego”. Era un lugar pequeño en la Roma, antes de que se pusiera tan de moda. Cocina fusión. Mexicana con toques árabes y mediterráneos.
Los ojos de Catalina brillaron al recordar.
—Fue un éxito brutal. En seis meses teníamos filas de espera. Los críticos nos amaban. Decían que nuestra comida tenía “duende”. Y entonces… decidimos ir al origen. Queríamos las mejores especias. Queríamos traer el azafrán, el cardamomo, la cúrcuma directamente de Marruecos. Queríamos hacer algo que nadie más hacía en México.
—Marruecos… —susurró Checo—. Como en la foto.
—Sí. Viajamos allá. Fue el viaje de nuestras vidas. Sofía se quedó con la mamá de Misael. Nosotros nos perdimos en los zocos de Marrakech, en el desierto. Buscábamos proveedores directos, agricultores honestos. Y encontramos a unos tipos… parecían empresarios legítimos. Mexicanos, fíjate. Nos escucharon hablar español y se acercaron.
Catalina apretó la taza de peltre con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
—Se presentaron como “Importadora Del Sol”. Nos ofrecieron el trato del siglo. Especias de primera calidad, logística incluida, a un precio que nos permitía competir con los grandes. Misael estaba eufórico. Firmamos. Invertimos todo el capital operativo del restaurante para el primer gran cargamento. Iba a ser nuestro salto a las ligas mayores.
Hizo una pausa larga. El silencio en el departamento era pesado. Solo se oía el zumbido del refrigerador y la respiración entrecortada de Checo.
—El contenedor llegó a Veracruz dos meses después —continuó, con la voz rota—. Pero no llegó al restaurante. Llegó la policía federal. Catearon nuestro local. Catearon nuestra casa. Encontraron documentos… documentos falsos que nosotros supuestamente habíamos firmado, autorizando el traslado de “mercancía especial”.
—¿Drogas? —preguntó Checo.
—Precursores químicos. Ocultos en los sacos de comino y paprika. Toneladas, Sergio. Estábamos siendo usados como mulas ciegas. Nuestra empresa, nuestra reputación, todo servía de fachada para lavar dinero y mover cochinadas del Cártel.
—¡No manches! —Checo dejó el plato en el suelo—. ¿Y qué pasó?
—Misael… —a Catalina se le quebró la voz, pero se obligó a seguir—. Misael se entregó. Cuando vio que venían por los dos, que nos iban a meter a la cárcel y que Sofía se quedaría sola o, peor, que se la llevaría el DIF… él asumió toda la culpa. Dijo que yo no sabía nada. Que él había orquestado todo a mis espaldas. Mintió para salvarme.
Una lágrima solitaria rodó por la mejilla de Catalina. No se la limpió.
—Se lo llevaron al Reclusorio Norte. Yo me quedé afuera, destruida, con las cuentas congeladas, el restaurante clausurado y mi nombre manchado en todos los periódicos. “Bailarines Narcos”, decían los titulares. Mis padres, por supuesto, fingieron que no me conocían.
—¿Y Misael? ¿Sigue dentro?
Catalina negó con la cabeza lentamente. La expresión de su rostro cambió de tristeza a una frialdad aterradora.
—Misael murió hace seis meses. Una “riña” en el patio, dijeron. Un navajazo en el hígado. Se desangró antes de llegar a la enfermería. Pero yo sé la verdad. Él iba a hablar. Iba a delatar a los verdaderos dueños de la carga para reducir su condena. Y “Importadora Del Sol” no podía permitir eso. Lo mandaron matar, Sergio. Lo silenciaron.
Checo sintió una opresión en el pecho. La historia era demasiado cruel, demasiado real.
—Lo siento mucho, Cata. De verdad. No tenía ni idea.
—Después de enterrarlo, me quise morir. Pero tenía a Sofía. Tuve que mandarla lejos, con una tía de Misael en un pueblo perdido de Michoacán, para que estuviera segura. Yo me quedé aquí, en la ciudad, convirtiéndome en un fantasma. Me corté el pelo, me puse esta peluca horrible, empecé a trabajar en lo que fuera para sobrevivir y para pagar abogados inútiles.
Se puso de pie y comenzó a caminar por la pequeña sala, como una leona enjaulada.
—Pero hace un mes, escuché algo. Estaba lavando platos en una cantina de mala muerte y escuché un nombre. “Los Hermanos Coria”. Los dueños de Importadora Del Sol. Estaban presumiendo de su nuevo negocio. Dijeron que iban a cerrar un trato exclusivo con una cadena de restaurantes fresas en Polanco. Que necesitaban una nueva fachada limpia porque la anterior ya estaba quemada.
—Don Ignacio… —comprendió Checo.
—Exacto. “El Gran Emperador”. Ignacio es un idiota ambicioso, Sergio. Está desesperado por dinero porque su mujer lo está desangrando. No revisa los antecedentes, no hace preguntas. Solo ve los números y la oportunidad de ahorrar costos. Es la víctima perfecta.
Catalina se detuvo frente a Checo y lo miró fijamente a los ojos.
—Mañana, esos hombres, los asesinos de mi esposo, los que destruyeron mi vida y me separaron de mi hija, van a entrar caminando por la puerta principal de tu restaurante. Van a sentarse en la mesa 1, van a beber tu whisky y van a firmar un papel que convertirá a Ignacio en su nuevo cómplice… y eventualmente, en su nuevo chivo expiatorio cuando las cosas salgan mal.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Checo, temblando.
—Voy a destruirlos —dijo ella con una calma absoluta—. Tengo copias de los correos originales que Misael guardó en una nube digital que la policía nunca encontró. Tengo las guías de envío falsificadas. Tengo nombres. Pero necesito un escenario. Necesito que estén todos juntos: Ignacio, su esposa (que tengo la sospecha de que sabe más de lo que aparenta), y los Coria. Y necesito exponerlos públicamente. No ante la policía, que se vende al mejor postor, sino ante la sociedad que tanto les importa. Ante las cámaras, ante los socios.
—¿Por eso te dejaste humillar hoy? —preguntó Checo—. ¿Para que no sospecharan?
—Para ser invisible. Nadie mira a la lavaplatos. Nadie piensa que la mujer que friega los sartenes entiende de contratos internacionales o de lavado de dinero. Soy un mueble para ellos. Y eso es mi mayor ventaja.
Catalina se agachó frente a Checo y le tomó las manos.
—Pero ahora estoy sola en el restaurante, Sergio. Ignacio me tiene en la mira. Necesito ojos y oídos. Necesito a alguien que pueda acercarse a la mesa, que pueda servirles tragos y escuchar lo que dicen. Necesito a alguien que me ayude a cambiar una carpeta de documentos en el momento clave.
—Pero… yo estoy despedido, Cata. Me corrió.
—Ignacio es un borracho y un desesperado. Mañana no va a tener bartender. Si te presentas temprano, con la cabeza baja, pidiendo perdón y ofreciéndote a trabajar gratis “por el error de hoy”, te va a aceptar. Lo conozco. Es demasiado tacaño para contratar a alguien de emergencia o agencia. Le encanta humillar a la gente, y ver que regresas rogando le va a inflar el ego. Te dejará entrar.
Checo dudó. Volver ahí, después de todo… pero luego miró la foto de Misael y la niña. Miró los ojos de fuego de Catalina. Pensó en su propia madre enferma y en cómo el sistema siempre aplastaba a los de abajo.
—Está cañón… —murmuró Checo. Luego, apretó las manos de Catalina—. Pero tienes razón. Ya estuvo suave de que siempre ganen los malos.
Catalina sonrió, y esta vez fue una sonrisa depredadora.
—Entonces, ¿estás conmigo, Checo? No te puedo pagar con dinero. Pero te prometo que, cuando esto acabe, Ignacio va a caer tan duro que tú podrás elegir si te quedas con el bar o si lo quemamos juntos.
Checo sintió una inyección de adrenalina.
—Estoy contigo, jefa. ¿Cuál es el plan?
Catalina se levantó, fue hacia un cajón de su mueble de huacales y sacó un plano del restaurante dibujado a mano con una precisión arquitectónica y una carpeta azul.
—El plan es simple, pero peligroso. Mañana, la “Muda” va a hablar. Y cuando hable, va a tirar el teatro entero. Pero primero, necesito que hagas una llamada.
—¿A quién?
—A la esposa de Ignacio. A Mayra.
—¿Qué? ¿Estás loca? ¿Cómo voy a llamarla yo?
—No tú. —Catalina sacó un teléfono desechable barato—. Vamos a mandarle un mensaje anónimo. Vamos a decirle que su maridito no solo está cerrando un trato de negocios mañana, sino que le está ocultando dinero… y que se va a ver con una “socia” muy guapa.
—Celos… —Checo sonrió—. Vas a usar sus celos.
—Mayra es una bomba de tiempo. Solo necesitamos encender la mecha para que llegue al restaurante hecha una furia justo a la hora de la reunión. El caos es nuestro amigo, Checo. Entre los gritos de Mayra, la confusión de los proveedores y el pánico de Ignacio… yo haré mi movimiento.
—¿Y los Coria? Son peligrosos, Cata. Andan armados.
Catalina sacó de debajo del sofá una caja de zapatos. La abrió. Adentro había un par de zapatillas de ballet viejas, desgastadas por el uso, y debajo de ellas… una pistola pequeña, oxidada pero funcional.
—Yo también bailo al son que me toquen, Sergio —dijo ella cerrando la caja—. Y esta vez, la música la pongo yo.
La noche en la colonia Doctores seguía su curso, con sirenas lejanas y ladridos de perros callejeros. Pero dentro de ese pequeño departamento iluminado con luces de navidad, se acababa de fraguar una alianza. La lavaplatos y el bartender contra el mundo.
—Ahora duerme un poco en el sofá —ordenó Catalina, volviendo a ponerse la peluca y transformándose de nuevo en la mujer gris y sumisa—. Mañana tenemos que madrugar. Y recuerda: pase lo que pase, cuando entres por esa puerta mañana… tú eres un tapete. Deja que te pisen. Deja que te insulten. Porque el que ríe al último, ríe mejor.
Checo se acomodó en el sofá, cubriéndose con una cobija que olía a suavizante barato. Miró a Catalina apagar las luces, dejando solo la veladora del altar encendida. La sombra de la mujer se proyectaba en la pared, grande, imponente.
—Descansa, Checo. Mañana empieza la función.
Y mientras cerraba los ojos, Sergio “El Checo” supo que nunca, en toda su vida, había conocido a alguien tan valiente como esa mujer. Y por primera vez en mucho tiempo, no sintió miedo del futuro. Sintió ansias de que llegara.
CAPÍTULO 5: LA BOCA DEL LOBO Y LA VÍBORA EN EL JARDÍN
El amanecer en la Ciudad de México tiene un color particular, un gris plomizo mezclado con el naranja tóxico del smog que se filtra entre los edificios. Para Catalina, ese amanecer marcaba el inicio del día más importante de su vida. Se levantó antes de que sonara la alarma del celular de prepago. No había dormido, solo había reposado con los ojos abiertos, repasando cada paso, cada palabra, cada posible error del plan.
Miró a Sergio, que dormía hecho un ovillo en el sofá de tarimas, con la boca ligeramente abierta. Parecía más joven así, sin el chaleco de bartender y sin el peso de la humillación que Ignacio le había cargado el día anterior.
—Despierta, Checo —susurró ella, moviéndole el hombro—. Es hora de volver al infierno.
Sergio se despertó de golpe, desorientado. Tardó unos segundos en recordar dónde estaba: el departamento en la Doctores, las luces de navidad en el techo, la mujer que no era una lavaplatos sino una vengadora.
—¿Ya es hora? —preguntó, frotándose la cara.
—Son las seis. El mercado de Jamaica ya abrió. Necesitamos flores frescas para el restaurante, es la excusa perfecta para que entres temprano y pidas perdón.
Media hora después, Catalina se había transformado de nuevo. La peluca áspera y maltratada estaba en su lugar, ocultando su cabello brillante. El maquillaje sutil que realzaba sus facciones había desaparecido bajo una capa de base pálida que la hacía ver enferma y cansada. Se puso el delantal gris, tres tallas más grande, y encorvó la espalda. La “Muda” había regresado.
—Recuerda —le dijo a Sergio mientras bajaban las escaleras del edificio viejo—. Tú no eres Sergio, el aliado. Tú eres Sergio, el perro apaleado. Tienes que creértelo. Ignacio huele la dignidad y la odia. Si ve un gramo de orgullo en tus ojos, no te dejará entrar.
—Entendido —dijo Checo, tragando saliva—. Voy a ser el mejor actor de la historia.
El trayecto hacia Polanco fue silencioso. Viajaron en Metro, apretujados entre la masa de trabajadores que sostenía a la ciudad. Al llegar a la zona del restaurante, el aire cambió. Dejó de oler a garnacha y escape de camión para oler a perfumes caros y concreto lavado.
“El Gran Emperador” se erigía imponente, con su fachada de cristal y madera. Ignacio ya estaba ahí. Su Mercedes negro estaba estacionado en la entrada, ocupando dos lugares, como siempre.
Checo respiró hondo, se despeinó un poco el cabello para parecer más desesperado y tocó la puerta de servicio.
El guardia de seguridad, un hombre mayor llamado Don Beto que siempre le había tenido aprecio, le abrió con cara de pena.
—Híjole, Checo… ¿qué haces aquí? El patrón anda de un humor que ni te cuento. Está crudo y nervioso.
—Necesito hablar con él, Don Beto. Por favor. Dile que vengo a pedirle perdón de rodillas si hace falta.
Minutos después, Ignacio apareció en la puerta trasera. Llevaba las mismas gafas oscuras del día anterior, probablemente ocultando una resaca monumental de whisky etiqueta azul. Sostenía un café hirviendo y miraba a Sergio con un asco teatral.
—¿Qué quieres, basura? —preguntó Ignacio, sin quitarse las gafas—. Pensé que te había quedado claro que no te quería ver ni en pintura.
Sergio se obligó a encorvarse. Recordó a su madre en el hospital, recordó la historia de Catalina, y canalizó todo ese dolor para su actuación.
—Patrón… Don Ignacio, por favor. No tengo a dónde ir. Mi jefa… mi mamá está mal. Necesito la chamba. Ayer fui un estúpido, me ganaron los nervios, pero le juro por la virgencita que no vuelve a pasar. Trabajaré doble. No me pague esta semana si quiere, pero déjeme quedarme.
Ignacio lo observó en silencio, disfrutando el momento. Le encantaba ver a la gente arrastrarse. Le hacía sentir poderoso, como un césar romano decidiendo la vida o la muerte de un gladiador.
—¿Gratis esta semana? —preguntó Ignacio, arqueando una ceja.
—Sí, señor. Y el bono… olvídelo. Solo quiero mi sueldo base para las medicinas. Y le prometo que hoy esa vieja… la Cata, va a saber quién manda.
Ignacio soltó una carcajada seca.
—Mírate, Checo. Das pena. Pero bueno… hoy vienen los socios importantes y no tengo tiempo de estar entrevistando a bartenders nuevos. Entra. Pero una sola estupidez, una copa mal secada, una mala cara, y te saco a patadas yo mismo. ¿Entendido?
—Sí, patrón. Gracias, patrón. Dios se lo pague.
Checo entró, con la cabeza gacha. Pero en cuanto cruzó el umbral y pasó junto a Catalina, que estaba fregando el piso del pasillo, cruzaron una mirada fugaz. Una chispa eléctrica. Estamos dentro.
A las diez de la mañana, el restaurante era un hervidero de actividad tensa. Ignacio gritaba órdenes contradictorias, cambiaba el menú de la degustación cada cinco minutos y regañaba a los garroteros por la alineación de las sillas.
Catalina, desde su estación de lavado, observaba todo. Sabía que el momento de la fase dos había llegado.
Se secó las manos, sacó el teléfono desechable que había comprado en el Oxxo y se metió al baño de servicio. El olor a cloro era penetrante. Se sentó en la tapa del inodoro y marcó el número que se sabía de memoria, no porque fuera amiga de Mayra, sino porque Ignacio, en sus borracheras telefónicas, solía gritarlo a los cuatro vientos.
Escribió el mensaje con cuidado. Tenía que sonar creíble. Tenía que tocar la fibra más sensible de Mayra: su inseguridad y su avaricia.
TEXTO:
“Hola, Mayra. Te lo digo como mujer porque me das lástima. Tu marido no está solo en el restaurante. Hoy firma el contrato, sí, pero con una ‘socia’ nueva. Dicen que se van a ir a París con el adelanto del dinero. Él dice que tú ya estás vieja y que te va a dejar sin un peso. Si yo fuera tú, caería de sorpresa ahorita. No dejes que esa zorra se quede con tu dinero.”
Enviar.
Catalina sonrió al ver el “Enviado”. Sabía dónde estaba Mayra a esa hora: en el salón de belleza de Polanco, probablemente con papel aluminio en la cabeza y una revista de chismes en el regazo. El mensaje sería como una granada de fragmentación en su regazo.
En el exclusivo salón “L’Elegance”, Mayra sintió vibrar su iPhone 15 Pro Max. Lo levantó con desgana, esperando que fuera el banco confirmando algún cargo.
Cuando leyó el mensaje, se le cayó la copa de mimosa que sostenía. El cristal se rompió contra el piso de mármol blanco.
—¡Señora Mayra! —gritó el estilista, horrorizado—. ¡Su vestido!
Mayra no escuchó. Su rostro, generalmente una máscara de aburrimiento y superioridad, se contorsionó en una mueca de furia pura.
—¿Vieja? —susurró, con la voz temblando—. ¿Que estoy vieja? ¿Y que se va a llevar a una zorra a París con MI dinero?
Ignacio siempre había sido un mujeriego, ella lo sabía. Lo toleraba mientras las tarjetas de crédito funcionaran. Pero esto… esto era diferente. Hablaban de abandonarla. Hablaban de dejarla sin nada. Y eso era algo que Mayra “La Leona” de las Lomas no iba a permitir.
Se arrancó la capa de peluquería, sin importarle que todavía tenía tinte en las raíces.
—¡Quítame esto! —le gritó al estilista—. ¡Lávame el pelo rápido! ¡Tengo que ir a matar a un desgraciado!
Mientras tanto, en el restaurante, un auto negro blindado, escoltado por una camioneta Suburban con vidrios polarizados, se estacionó frente a la entrada.
Habían llegado.
Ignacio se alisó el saco, se echó un spray de menta en la boca y salió a recibirlos con su mejor sonrisa de vendedor de autos usados.
De la camioneta bajaron tres hombres.
Los hermanos Coria.
Eran gemelos, idénticos en su calvicie y en la frialdad de sus ojos. Vestían trajes caros que les quedaban un poco apretados en los hombros, delatando cuerpos trabajados no en gimnasios, sino en peleas callejeras. El tercero era su abogado, un tipo flaco con cara de comadreja que cargaba un maletín de piel.
—Don Ignacio —dijo el mayor de los Coria, Roberto, extendiendo una mano llena de anillos de oro—. Un placer conocer por fin al emperador de la cocina.
—El placer es mío, Don Roberto. Bienvenidos a su casa. Pasen, por favor. Tengo preparado el salón privado. Nadie nos molestará.
Ignacio los guio hacia el interior. Al pasar por la barra, Checo estaba ahí, fingiendo limpiar una coctelera. Sintió la mirada de los Coria. Era una mirada que escaneaba, que evaluaba amenazas. Se sintió como un conejo ante una serpiente.
—Un tequila para mis amigos, joven —ordenó Ignacio, chasqueando los dedos—. Del Reserva, rápido. Y llévalo al privado.
—Sí, patrón. Enseguida.
Checo preparó la charola con manos temblorosas. Miró hacia la cocina. Catalina estaba asomada por la ventanilla de los platos sucios. Le hizo un leve asentimiento con la cabeza.
Es la hora.
CAPÍTULO 6: LA TORMENTA PERFECTA Y EL TEATRO DEL ABSURDO
El salón privado de “El Gran Emperador” era una pecera de cristal insonorizada, decorada con maderas oscuras y obras de arte abstracto que Ignacio había comprado por metro, no por gusto. En el centro, una mesa redonda de mármol negro servía de escenario para la transacción que sellaría el destino de todos.
Ignacio se sentía el rey del mundo, aunque el sudor frío que le bajaba por la espalda decía lo contrario. Los hermanos Coria, Roberto y Rogelio, no comían. Solo bebían el tequila a sorbos pequeños, mirándolo fijamente. El abogado, el Licenciado Perea, había desplegado una serie de documentos sobre la mesa.
—Como verá, Don Ignacio —decía Perea con voz nasal—, el contrato es estándar. “Importadora Del Sol” se compromete a suministrar todas las especias, granos y condimentos para sus cinco sucursales actuales y las tres futuras. A cambio, nosotros manejamos la logística exclusiva. Nadie más toca los camiones. Por “seguridad y frescura”, claro.
Ignacio asintió, fingiendo leer las cláusulas. Solo veía los ceros. El descuento que le ofrecían era absurdo, casi del 60% bajo el precio de mercado. Era demasiado bueno para ser verdad, y en el fondo, su instinto de supervivencia le gritaba que corriera. Pero la deuda de las tarjetas de Mayra gritaba más fuerte.
—Me parece excelente —dijo Ignacio—. Solo tengo una duda sobre la cláusula de… responsabilidad de carga. Dice aquí que si algo se encuentra en los camiones, la responsabilidad es del receptor, o sea, mía.
Roberto Coria sonrió. Sus dientes eran demasiado blancos, artificiales.
—Es un formalismo, Ignacio. Trámites de aduana. ¿No confías en nosotros? Venimos recomendados por gente muy seria.
Rogelio, el gemelo silencioso, se inclinó hacia adelante.
—Además, con el ahorro que vas a tener, podrás comprarte otro Mercedes. O callarle la boca a esa esposa tuya que dicen que gasta como si fuera la dueña del Banco de México.
Ignacio se tensó. ¿Cómo sabían de Mayra?
—Es un chiste, amigo —dijo Roberto, dándole una palmada en la espalda que se sintió más como un golpe—. Firma.
En ese momento, la puerta del privado se abrió. Checo entró con la charola de tequilas y unos aperitivos.
—Disculpen, caballeros —dijo Checo, con la voz más sumisa que pudo fingir—. Cortesía de la casa. Escamoles a la mantequilla.
Ignacio lo fulminó con la mirada.
—Nadie te llamó, animal. Deja eso y lárgate.
—Sí, señor. Perdón.
Checo colocó la charola lentamente, ganando tiempo. Sus ojos barrieron la mesa. Vio el contrato. Vio la pluma Montblanc en la mano de Ignacio. Vio el maletín abierto del abogado, donde asomaban otros papeles.
—Lárgate —siseó Ignacio.
Checo salió, pero dejó la puerta entreabierta un milímetro. Apenas salió, corrió a la cocina.
—Ya van a firmar, Cata. Tienen la pluma en la mano.
Catalina estaba junto a la estufa, revolviendo una salsa que no necesitaba revolverse.
—¿Y Mayra?
—No ha llegado.
—Maldita sea —Catalina apretó los labios—. Si firma antes de que ella llegue, será más difícil anularlo públicamente. Necesito ganar tiempo.
De repente, un estruendo sacudió la entrada del restaurante.
No fue un golpe. Fue un huracán llamado Mayra.
Las puertas principales se abrieron de par en par. Mayra entró, no caminando, sino marchando. Llevaba unos lentes de sol gigantes, el pelo todavía ligeramente húmedo pero peinado hacia atrás, y un vestido rojo que parecía una bandera de guerra.
—¡¿Dónde está?! —gritó, con una voz que hizo que los comensales del salón principal (que apenas empezaban a llegar) se atragantaran con el pan.
El capitán de meseros, un hombre bajito llamado Luis, intentó detenerla.
—Señora Mayra, qué gusto verla, pero el señor Ignacio está en una junta muy priv…
—¡Quítate, enano! —Mayra lo empujó con su bolso Louis Vuitton como si fuera un muñeco de trapo—. ¡Ignacio! ¡Sal de tu madriguera, cobarde!
En el salón privado, el ruido se escuchó claramente. Roberto Coria frunció el ceño.
—¿Qué es ese escándalo? Pensé que eras un hombre serio, Ignacio.
Ignacio se puso pálido. Reconocía esa voz. Era la voz del Apocalipsis.
—Es… es mi esposa. Discúlpenme un segundo, debe ser una emergencia doméstica.
Ignacio se levantó para salir, pero no llegó a la puerta. La puerta se abrió de una patada (literalmente, Mayra sabía usar sus tacones de aguja como armas).
Mayra entró al privado como una diosa de la venganza. Sus ojos escanearon la habitación. Vio a los tres hombres. Vio las botellas de tequila. Pero no vio a ninguna “socia” guapa.
Eso la enfureció más. Pensó que la habían escondido.
—¡Ajá! —gritó Mayra, señalando a Roberto Coria—. ¿Y tú quién eres? ¿El proxeneta? ¿Dónde está la vieja?
—¿Perdón? —Roberto Coria, un narco que había desmembrado enemigos, se quedó perplejo ante la furia de esta mujer de sociedad.
—¡No te hagas el tonto! —Mayra se volvió hacia Ignacio—. Me dijeron que te vas a París. Que me vas a dejar. ¡A mí! ¡Que yo te hice, Ignacio! ¡Tú no eras nada sin mí!
Ignacio intentó agarrarla del brazo.
—¡Mayra, cállate! Estás loca. Estos son los señores Coria. Son empresarios. Estamos firmando un contrato.
—¡Un contrato para robarme! —Mayra agarró el contrato de la mesa y lo agitó en el aire—. ¿Esto es? ¿Aquí dice cuánto le vas a pagar a tu amante?
El abogado intentó recuperarlo.
—Señora, eso es un documento legal confidencial, por favor…
—¡Tú cállate, leguleyo de cuarta! —Mayra le lanzó una copa de tequila a la cara. El líquido le entró en los ojos al abogado, que empezó a chillar.
El caos se desató. Roberto y Rogelio se pusieron de pie, sus manos yendo instintivamente a sus cinturas, donde guardaban las armas bajo los sacos.
Ignacio estaba al borde del infarto.
—¡Mayra, nos van a matar! —susurró Ignacio, aterrorizado—. ¡Cálmate!
En ese momento de confusión total, donde los gritos de Mayra se mezclaban con los gemidos del abogado y las amenazas de los Coria, la puerta se abrió de nuevo.
Pero esta vez no fue un portazo. Fue una entrada suave, casi teatral.
Entró Catalina.
Pero ya no era la “Muda”.
Se había quitado el delantal sucio en el pasillo. Se había quitado la pañoleta y la peluca. Su cabello corto y negro brillaba bajo las luces halógenas. Caminaba erguida, con una bandeja de plata en la mano.
En la bandeja no había comida. Había una carpeta azul.
El silencio cayó sobre la habitación como un telón de plomo.
Mayra se calló, sorprendida por la aparición de esta mujer desconocida y bellísima que irradiaba autoridad.
Ignacio la miró, entrecerrando los ojos, tratando de procesar qué hacía su lavaplatos sin el uniforme y por qué se veía tan… familiar.
—Buenas tardes —dijo Catalina. Su voz era clara, potente y educada—. Lamento interrumpir su… reunión familiar. Pero creo que antes de que se firme cualquier cosa, o de que la señora Mayra termine de destruir el mobiliario, deberían ver esto.
Roberto Coria la miró. Sus ojos de tiburón se abrieron ligeramente.
—Tú… —murmuró Roberto. La reconoció. Habían pasado años, pero uno no olvida a la mujer cuyo esposo mandaste matar—. La bailarina.
Catalina sonrió, y fue una sonrisa que heló la sangre de todos en la sala.
—Hola, Roberto. Hola, Rogelio. Veo que siguen usando las mismas corbatas baratas.
Ignacio miraba de uno a otro, confundido.
—¿Se conocen? ¿Quién es esta? ¿Cata? ¿La lavaplatos?
Catalina dejó la bandeja en la mesa, empujando los tequilas a un lado. Abrió la carpeta azul.
—No soy Cata, Ignacio. Y definitivamente no soy lavaplatos. Soy Catalina Mondragón. Dueña legítima del restaurante “Danza de Fuego”. Y viuda de Misael Torres, el hombre al que estos dos “empresarios” —señaló a los Coria— asesinaron para cubrir sus rastros de tráfico de precursores químicos.
Mayra soltó el contrato, boquiabierta.
—¿Asesinos? —susurró Mayra, retrocediendo—. Ignacio… ¿con quién te estás metiendo?
Ignacio estaba temblando.
—Yo… yo no sabía… es mentira. Ella está loca. Es una empleada resentida. ¡Seguridad!
—Nadie va a venir, Ignacio —dijo Catalina con calma—. Sergio cerró la puerta por fuera. Estamos solos.
Checo, que estaba escuchando tras la puerta, había trabado el pomo con una silla, tal como habían acordado. Su corazón latía a mil por hora.
Roberto Coria soltó una risa gutural. Sacó una pistola negra y brillante de su cintura. Ya no había necesidad de fingir ser hombres de negocios.
—Vaya, vaya. La viudita alegre. Debí imaginar que eras tú. Tienes agallas, niña. Pero acabas de cometer un error muy grave. Te metiste a la jaula de los leones. Y aquí no hay testigos.
Apuntó a Catalina a la cabeza.
Ignacio se tiró al suelo, lloriqueando y cubriéndose la cabeza con las manos. Mayra gritó.
Catalina no se movió. Ni un milímetro.
Miró el cañón del arma y luego miró a Roberto a los ojos.
—Te equivocas, Roberto —dijo Catalina, sacando lentamente su mano que tenía escondida detrás de la espalda. Sostenía el arma vieja y oxidada de Misael, pero su dedo estaba firme en el gatillo—. No estoy en la jaula con los leones. Ustedes están en la jaula conmigo. Y yo ya no tengo nada que perder.
El tiempo se detuvo. Tres pistolas (la de Roberto, la de Rogelio que también la había sacado, y la vieja arma de Catalina). Un esposo cobarde en el suelo. Una esposa histérica contra la pared. Y un contrato manchado de tequila en la mesa.
—Afuera —dijo Catalina—, Sergio ya transmitió en vivo desde tu celular, Mayra. Dejaste tu bolso abierto. Todo Facebook Live está viendo esto ahora mismo. Miles de personas están viendo a los “respetables” hermanos Coria apuntando con armas a una mujer desarmada… bueno, casi desarmada.
Roberto palideció. Miró hacia el bolso de Mayra que estaba en una silla. Efectivamente, el teléfono estaba apoyado contra un florero, con la cámara apuntando hacia ellos. Los comentarios y reacciones (“likes” y caritas de enojo) subían por la pantalla como espuma.
—¡Corta eso! —gritó Roberto.
—Dispara y todo México te verá hacerlo en tiempo real —retó Catalina—. Se acabó, señores. El show terminó.
PARTE 4
CAPÍTULO 7: LA DANZA FINAL
El silencio en el salón privado del restaurante “El Gran Emperador” era tan denso que se podía cortar con uno de los cuchillos de carne que Ignacio había importado de Alemania. El único sonido era el zumbido de los comentarios subiendo frenéticamente en la pantalla del celular de Mayra, que seguía transmitiendo en vivo para miles de espectadores.
Roberto Coria, con la pistola todavía apuntando a la cabeza de Catalina, miraba el teléfono con una mezcla de incredulidad y terror puro. Los criminales modernos temen más a la viralidad que a la policía; la policía se compra, pero un video viral te convierte en objetivo de todos: de rivales, de autoridades federales que no pueden hacerse de la vista gorda, y de la opinión pública.
—Baja el arma, Roberto —dijo Catalina. Su voz no temblaba. Su mano, sosteniendo la vieja pistola oxidada de Misael, tampoco—. Ya estás quemado. Si disparas, solo aseguras que nunca saldrás de la cárcel. O que tus propios jefes te eliminen por incompetente.
Rogelio, el hermano gemelo, fue el primero en reaccionar. Bajó su arma lentamente, sudando frío.
—Bájala, Beto —susurró—. Nos están viendo. Ya valió madres. Vámonos.
Ignacio, desde el suelo, asomó la cabeza entre sus brazos, con el maquillaje corrido por el sudor y las lágrimas de pánico.
—¿Se van? —preguntó con un hilo de voz—. ¿Y el contrato?
—¡Cállate, imbécil! —gritó Mayra, que estaba pegada a la pared, pálida como un fantasma—. ¿Todavía piensas en el contrato? ¡Casi nos matan!
Roberto Coria miró a Catalina con un odio que prometía venganza eterna, pero la lógica criminal se impuso. Guardó la pistola en su saco.
—Esto no se queda así, bailarina —gruñó—. Te voy a encontrar. A ti y a tu hija.
—No creo —respondió ella—. Porque mientras hablamos, mi abogado… el de verdad, no esa comadreja que traes tú… acaba de enviar la carpeta azul a la Fiscalía General y a tres periódicos nacionales. Tienen nombres, cuentas, rutas y fechas. Si algo me pasa a mí o a mi hija, se libera la segunda parte de la información: la lista de políticos que les protegen.
Roberto se quedó helado. Jaque mate.
Los hermanos Coria y su abogado cegato salieron del salón privado caminando rápido, cubriéndose las caras con los sacos para evitar ser identificados plenamente por la cámara del celular. Al salir al salón principal, se toparon con un muro de meseros y comensales que grababan con sus propios teléfonos. Checo había hecho bien su trabajo: había corrido la voz de que “había narcos amenazando a mujeres” en el privado.
En cuanto los criminales salieron del restaurante y sus llantas rechinaron sobre el asfalto de Polanco, la tensión en el salón privado se rompió.
Mayra se deslizó por la pared hasta quedar sentada en el suelo, sollozando.
Ignacio se puso de pie, temblando, tratando de recuperar algo de dignidad alisándose el traje arrugado.
—Bueno… —dijo Ignacio, con una risa nerviosa—. Qué situación tan… desagradable. Menos mal que se fueron. Gracias, Cata. De verdad. Fuiste muy valiente. Mañana mismo te doy un aumento. Te hago jefa de lavaloza.
Catalina bajó su arma lentamente y la puso sobre la mesa, junto a la carpeta azul. Miró a Ignacio con una lástima profunda.
—¿Jefa de lavaloza? —preguntó ella suavemente—. Ignacio, no entendiste nada.
Se acercó al teléfono de Mayra y detuvo la transmisión en vivo.
—Se acabó el show para el público. Ahora empieza el nuestro.
Ignacio frunció el ceño.
—¿De qué hablas? Ya se fueron. Todo vuelve a la normalidad. Tú regresas a lavar, yo… yo arreglo esto con Mayra. Mayra, mi amor, todo fue un malentendido…
Mayra levantó la vista, con los ojos rojos de llanto y furia.
—¡No me toques! —gritó—. ¡Ibas a firmar con narcos! ¡Pusiste mi vida en peligro por dinero! ¡Eres una basura, Ignacio!
—Mayra, por favor… necesitaba liquidez…
—Cállate —interrumpió Catalina. Su voz resonó con autoridad.
Ignacio la miró, sorprendido.
—Oye, no me hables así. Sigues siendo mi empleada.
—No, Ignacio. De hecho… tú eres mi empleado ahora.
Ignacio soltó una carcajada incrédula.
—¿Qué? ¿Te volviste loca por el estrés?
Catalina abrió la carpeta azul y sacó un documento que estaba al final. No era una prueba contra los Coria. Era un pagaré. Y un contrato de cesión de derechos.
—Hace tres meses —explicó Catalina—, cuando estabas desesperado por la remodelación de la terraza y el banco te negó el crédito, pediste un préstamo a un fondo de inversión privado llamado “Fénix Capital”, ¿recuerdas?
Ignacio palideció.
—Sí… pero… ¿tú cómo sabes eso?
—Firmaste un pagaré con garantía prendaria sobre el 100% de las acciones de “El Gran Emperador” si no pagabas en 90 días. El plazo venció ayer, Ignacio. Y no pagaste.
—Iba a pagar con el adelanto de los Coria hoy… —balbuceó él.
—Pero no hubo adelanto. Y no hubo pago.
Catalina señaló el documento.
—”Fénix Capital” soy yo, Ignacio. Bueno, es la herencia que mi abuela materna me dejó en un fideicomiso que mis padres no podían tocar. Usé cada centavo para comprar tu deuda.
Ignacio se tambaleó y tuvo que agarrarse de la silla.
—¿Tú? ¿Tú eres Fénix? ¡Pero si lavas platos! ¡Vives en la Doctores!
—Vivo donde quiero y hago lo que es necesario —respondió ella—. Trabajé aquí para vigilar mi inversión. Para ver si valía la pena salvarte. Y descubrí que el restaurante vale la pena… el personal vale la pena… pero tú no.
Ignacio miró a Mayra buscando apoyo, pero ella se estaba quitando el anillo de diamantes.
—Me voy —dijo Mayra, tirando el anillo a los pies de Ignacio—. Me voy a casa de mi mamá. Y te voy a demandar por todo lo que te queda… que al parecer, es nada.
Mayra salió del salón, dejando un rastro de perfume caro y decepción.
Ignacio se quedó solo frente a Catalina. El hombre que se creía emperador, ahora era un súbdito en ruinas.
—¿Me vas a quitar mi restaurante? —preguntó, con lágrimas en los ojos—. Es mi vida, Cata. Es todo lo que soy.
—No es tu vida, Ignacio. Es tu disfraz. Y te queda grande.
Catalina tomó la carpeta.
—Estás despedido, Ignacio. Tienes diez minutos para sacar tus cosas de la oficina. Y si te llevas un solo clip que no sea tuyo, te denuncio por robo corporativo. Ah, y Checo… —dijo ella elevando la voz.
La puerta se abrió y entró Sergio, ya sin la charola, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Dígame, jefa.
—Acompáñalo a la salida. Y asegúrate de que no se robe las toallas del baño.
Ignacio miró a Checo, el bartender al que había humillado y despedido tantas veces. Checo le sostuvo la mirada, erguido, digno.
—Pase usted, Don Ignacio —dijo Checo, señalando la puerta con cortesía exagerada—. Por la sombra, que el sol quema.
Ignacio salió arrastrando los pies, derrotado, sin mirar atrás. El imperio había caído.
CAPÍTULO 8: EL RENACER DEL FÉNIX
Un año después.
El restaurante ya no se llamaba “El Gran Emperador”. El letrero neón en la fachada de Polanco ahora rezaba, en letras elegantes y minimalistas: “Danza de Fuego”.
El interior había cambiado radicalmente. Ya no había mármol negro ni estatuas pretenciosas. Ahora había madera cálida, plantas vivas colgando del techo, y un escenario pequeño en una esquina donde músicos de jazz y son jarocho tocaban en vivo. La cocina era abierta, permitiendo que los aromas de las especias —ahora importadas legalmente y de comercio justo— inundaran el salón.
Era la noche de la reinauguración oficial. El lugar estaba a reventar. No solo había gente de Polanco; había artistas, estudiantes, gente de la colonia Roma y hasta vecinos de la Doctores que habían venido a ver el milagro.
En la barra, Sergio “El Checo” se movía como un maestro de orquesta. Llevaba un chaleco nuevo, hecho a medida, y preparaba cócteles con una destreza hipnótica.
—¡Dos mezcales con maracuyá para la mesa 4! —gritó con alegría.
Junto a él, un joven aprendiz lo miraba con admiración. Checo le guiñó un ojo.
—Tranquilo, chavo. El vaso está limpio. Aquí no humillamos a nadie por aprender.
En la cocina, el caos era organizado y feliz. Los cocineros ya no trabajaban con miedo a los gritos. Trabajaban con pasión. Y ahí, dirigiendo el pase, estaba ella.
Catalina.
Llevaba una filipina blanca inmaculada, con su nombre bordado en hilo dorado: Chef Catalina Mondragón. Su cabello negro estaba recogido en una trenza elegante. Se veía radiante, fuerte, en su elemento.
—¡Oído, chef! —respondieron los cocineros al unísono cuando ella cantó una comanda.
Catalina salió al salón para saludar a los clientes. Se movía entre las mesas no caminando, sino casi flotando, con esa gracia de bailarina que nunca perdió. La gente la saludaba con respeto y admiración. Ya no era la “Muda”. Era la dueña, el alma del lugar.
Se acercó a una mesa especial en la esquina más tranquila. Ahí estaba sentada una mujer mayor, elegante pero sencilla: la madre de Checo, que se veía mucho mejor de salud gracias al seguro médico privado que ahora tenían todos los empleados. Y junto a ella… una niña.
Sofía.
Tenía cinco años y los mismos ojos grandes de su madre. Estaba dibujando en un mantel de papel con crayones de colores.
—¡Mami! —gritó la niña al verla, y corrió a abrazar sus piernas.
Catalina la levantó en brazos, aspirando el olor a champú de fresa de su cabello. Cerró los ojos un momento, sintiendo una paz que no había sentido en años.
—Hola, mi amor. ¿Te gusta el restaurante?
—¡Sí! El tío Checo me dio un jugo de mango con sombrillita.
Checo se acercó a la mesa, secándose las manos.
—Todo bajo control en la barra, jefa. Estamos rompiendo récord de ventas.
Catalina le sonrió.
—Deja de decirme jefa, Checo. Eres mi socio. Tienes el 10% de las acciones, ¿recuerdas?
Checo se sonrojó.
—Todavía no me la creo, Cata. De verdad. Gracias.
—Gracias a ti. Por creer en la lavaplatos loca de la Doctores.
De repente, la puerta del restaurante se abrió. Entró un hombre solo. Llevaba un traje barato y gastado, y se veía más viejo de lo que era.
Era Ignacio.
Nadie lo reconoció al principio. Había perdido peso, perdido pelo y, sobre todo, perdido la arrogancia. Se quedó parado en la entrada, mirando el lugar lleno de vida, luz y éxito.
Checo se tensó y salió de detrás de la barra, listo para echarlo. Pero Catalina le puso una mano en el hombro.
—Déjalo —dijo ella—. Vamos a ver qué quiere.
Catalina se acercó a la entrada, con Sofía todavía en brazos.
Ignacio la vio y bajó la mirada.
—Hola, Cata —dijo él, con voz humilde.
—Hola, Ignacio. ¿Vienes a cenar? Hay lista de espera de dos horas, pero…
—No —la interrumpió él—. No tengo para pagar una cena aquí. Solo… pasaba por aquí. Vi la luz. Escuché la música.
Miró alrededor, con los ojos vidriosos.
—Lo hiciste, Cata. Lo hiciste mejor que yo. Tienes alma. Yo solo tenía avaricia.
—El alma es el ingrediente secreto, Ignacio. Siempre lo fue.
Ignacio asintió. Metió la mano en su bolsillo y sacó un sobre pequeño.
—Toma. Es… es lo único que me llevé de la oficina ese día. No es un clip. Es una foto.
Catalina tomó el sobre. Adentro había una vieja polaroid de la inauguración original de “El Gran Emperador”, hacía quince años. Ignacio se veía joven, esperanzado, abrazando a su primer chef. Antes de que el dinero lo corrompiera.
—Quería que la tuvieras —dijo él—. Para que recuerdes que alguna vez tuve sueños también. Antes de perderme.
—Gracias, Ignacio.
Ignacio dio media vuelta para irse. Se veía patético, solo.
—Espera —dijo Catalina.
Él se detuvo.
—¿Tienes hambre?
Ignacio asintió, avergonzado.
—En la cocina siempre sobra algo. Ve a la puerta trasera. Dile a Luis que te sirva un plato de mole. La casa invita.
Ignacio la miró, sorprendido por la bondad inmerecida.
—Gracias, Cata. De verdad.
—Y Ignacio… —añadió ella—. Están contratando lavaplatos en el turno de la noche. Es trabajo duro, paga el mínimo, pero es honesto. Si te interesa… preséntate mañana a las seis. Y trae tus propios guantes.
Ignacio sonrió, una sonrisa triste pero genuina, quizás la primera en años.
—Lo pensaré. Gracias.
Salió a la noche fría de la ciudad. Catalina vio cómo se alejaba y luego cerró la puerta.
Regresó al centro del restaurante. Checo puso música —un bolero suave— y le extendió la mano.
—¿Me concede esta pieza, socia?
Catalina bajó a Sofía, que se puso a bailar alrededor de ellos, y tomó la mano de Checo.
—Claro que sí, socio.
Bailaron en medio de su restaurante, rodeados de amigos, de risas, de aromas deliciosos. Catalina miró a su alrededor. Vio la foto de Misael colgada discretamente detrás de la caja registradora, como un santo patrono cuidándolos.
“Lo logramos, mi amor”, pensó. “Estamos en casa”.
Y mientras giraba al ritmo de la música, Catalina supo que la venganza es un plato que se sirve frío, pero la justicia… la justicia es un banquete que se sirve caliente, con especias, y se comparte con los que amas.
FIN