
CAPÍTULO 1: EL PRECIO DEL ÉXITO Y LA SOLEDAD DEL TIBURÓN
—Sí, ya te escuché. No me des más excusas, Beatriz. No me interesa si la agencia no tiene personal disponible, consíguela. Quiero a la mejor enfermera geriátrica o pediátrica que exista en esta maldita ciudad, y la quiero para ayer. Pago el triple si es necesario, pero resuélvelo. —Andrés colgó la llamada sin esperar despedida y lanzó el iPhone al asiento del copiloto con tanta fuerza que el aparato rebotó en el cuero italiano color crema y cayó al piso de la camioneta.
El silencio que siguió dentro de la cabina blindada de su Mercedes G-Wagon fue asfixiante. Afuera, el caos habitual del Periférico Sur a las seis de la tarde rugía como una bestia herida. Cláxones, motores forzados, vendedores ambulantes toreando coches entre los carriles detenidos, y una lluvia gris, ácida, típica de la Ciudad de México, que empezaba a golpear el parabrisas.
Andrés apoyó la frente contra el volante forrado en piel. Sus manos temblaban ligeramente. No era miedo, nunca era miedo. Era una mezcla tóxica de agotamiento crónico, cafeína y esa impotencia rabiosa que lo consumía cada vez que pensaba en su hijo.
—Maldita sea —susurró, y su voz sonó ronca, ajena—. Maldito dinero. Maldito todo.
Levantó la vista y se miró en el espejo retrovisor. Lo que vio no le gustó. Un hombre de cuarenta y tantos años, con un traje hecho a la medida en Londres que costaba lo que un obrero ganaba en dos años, un reloj Patek Philippe en la muñeca y unas ojeras profundas que ningún tratamiento facial podía borrar. Tenía la mirada dura, fría, esa mirada que hacía que sus empleados bajaran la cabeza y sus competidores dudaran antes de hablar.
Era Andrés “El Tiburón” Montemayor. El rey de la logística. El hombre que había levantado un imperio de transporte desde la nada. El hombre que podía comprar edificios enteros con una firma.
Y sin embargo, se sentía como el ser más miserable del planeta.
Arrancó el motor cuando la fila avanzó tres metros. El suave ronroneo del motor V8 contrastaba con la tormenta que llevaba dentro. Mientras el limpiaparabrisas iba y venía, su mente viajó al pasado. No al pasado reciente de juntas directivas y cenas en Polanco, sino al pasado lejano, al que olía a pobreza y desesperación.
Hace doce años, Andrés no manejaba un Mercedes. Manejaba un Tsuru destartalado que funcionaba de milagro. Vivía en un departamento de interés social en Iztapalapa, donde el agua faltaba tres días a la semana. Pero era feliz. Inmensamente feliz. Porque tenía a Vera.
Vera. Solo pensar su nombre le provocaba un dolor físico en el pecho, como si alguien le estuviera apretando el corazón con un guante de hierro. Vera era luz. Era esa mujer que sonreía aunque solo tuvieran frijoles para cenar, la que le planchaba sus camisas baratas con tanto amor que él se sentía un rey al salir a buscar trabajo.
El recuerdo lo golpeó con la fuerza de un tráiler.
Recordó la noche en que todo se derrumbó. Max tenía dos años. Vera llevaba meses sintiéndose mal, pero “no había dinero para doctores”, decía ella, “se me va a pasar con un té, mi amor, no gastes”. Hasta que una noche se desmayó y no volvió a despertar.
La carrera al Hospital General fue el viaje más largo de su vida. Recordó el olor de la sala de espera: una mezcla de cloro barato, sudor rancio, tortas de tamal y miedo. Mucho miedo. Había gente durmiendo en el suelo, niños llorando, y una burocracia que parecía diseñada por el mismo diablo.
—Necesita una cirugía de emergencia, señor Montemayor —le había dicho un médico residente, con los ojos rojos de no dormir en 36 horas—. Es una válvula cardíaca. Es corregible, pero no tenemos el insumo aquí. Hay que pedirlo a un proveedor externo. Cuesta ochenta mil pesos. Tiene que pagarlos ahora para que lo traigan.
Ochenta mil pesos.
En ese momento, para Andrés, ochenta mil pesos eran como ochenta millones. No los tenía. Ni vendiendo el Tsuru, ni vendiendo su alma.
—Por favor, doctor —suplicó, arrodillándose frente a ese joven en bata blanca, sin importarle que la gente lo viera llorar—. Opérela. Yo le firmo lo que sea. Pagaré cada centavo. Trabajaré toda mi vida, pero sálvela.
—Lo siento, señor. No son reglas mías. Sin el pago del insumo, el proveedor no lo libera. Intente conseguirlo con familiares.
Andrés corrió. Llamó a todos. A sus tíos, que no tenían nada. A un prestamista del barrio que le dijo que no. A su jefe de entonces, un tipo déspota que se rió en su cara y le dijo que no daba adelantos.
Cuando regresó al hospital, seis horas después, con apenas tres mil pesos que había logrado juntar empeñando su anillo de bodas y el televisor, ya era tarde.
Encontró la cama vacía. Una enfermera gorda y con cara de pocos amigos estaba cambiando las sábanas.
—¿Y mi esposa? —preguntó, con un hilo de voz.
—Se la llevaron hace veinte minutos, joven. Lo siento. No aguantó.
Ahí murió Andrés. El Andrés soñador, el Andrés bueno, el Andrés que creía en la bondad de la gente. Ahí, en ese pasillo de hospital público, con el olor a muerte impregnado en la ropa, nació “El Tiburón”.
Juró ante el cuerpo frío de Vera, mientras le besaba la frente por última vez, que nunca, jamás en la vida, volvería a ser pobre. Juró que el dinero sería su dios, su espada y su escudo. Juró que a su hijo Max nunca le faltaría nada. Que si Max quería la luna, él compraría un cohete para bajársela.
—Y mírame ahora, Vera —dijo en voz alta dentro de la camioneta, golpeando el volante de nuevo—. Tengo todo el dinero del mundo. Podría comprar ese maldito hospital y demolerlo. Y aun así… no puedo salvar a nuestro hijo.
Porque el destino tiene un sentido del humor macabro. Diez años después, con las cuentas bancarias rebosando de millones, Max estaba enfermo. Y no era algo simple como una válvula. Era un misterio. Una enfermedad degenerativa que ningún especialista de Houston, ni de Alemania, ni de Suiza había podido identificar. El dinero compraba las consultas, los viajes en jet privado, las mejores habitaciones, pero no compraba la cura.
El tráfico se detuvo por completo. Un vendedor de cargadores de celular se acercó a la ventanilla, pero al ver el blindaje y la cara de pocos amigos de Andrés, se alejó rápidamente.
Andrés respiró hondo, tratando de calmar su ritmo cardíaco. Tenía que llegar a casa. Casa. Esa mansión en Las Lomas de Chapultepec que parecía más un museo de arte moderno que un hogar. Fría, impoluta, llena de ecos.
Y ahí estaba ella. Angelina.
Su segundo gran error. O tal vez, su castigo.
Recordó cómo la conoció. Fue hace tres años, en la inauguración de una plaza comercial en Santa Fe. Andrés odiaba esos eventos. Odiaba a la gente falsa que sonreía con dientes blanqueados y bebía champaña tibia mientras hablaban de sus viajes a Dubái. Pero tenía que ir. Era parte del negocio. Había que dejarse ver.
Estaba en una esquina, con una copa de agua mineral en la mano, revisando correos en su celular, cuando sintió una presencia. No fue un toque, fue como un cambio en la presión atmosférica a su alrededor.
Levantó la vista y la vio.
Angelina era… impactante. No había otra palabra. Llevaba un vestido rojo sangre, ajustado como una segunda piel, que dejaba ver una espalda perfecta y unas piernas que parecían no tener fin. Su cabello negro caía en ondas perfectas sobre sus hombros, y su maquillaje era una obra de arte que resaltaba unos ojos verdes felinos.
Caminaba por el salón como si fuera la dueña del lugar, y en cierto modo, lo era. Los hombres dejaban de hablar para mirarla. Las mujeres la escaneaban con envidia y desprecio. Ella ignoraba a todos.
Hasta que sus ojos se cruzaron con los de Andrés.
Ella sonrió. Fue una sonrisa calculada, depredadora. Caminó directo hacia él, partiendo la multitud como Moisés al Mar Rojo.
—Tú debes ser Andrés Montemayor —dijo ella. Su voz era ronca, sensual, estudiada—. Me han dicho que eres el hombre más peligroso de este salón.
Andrés, que normalmente no tenía paciencia para coqueteos, se sintió intrigado.
—Peligroso es una palabra fuerte. Digamos que soy… eficiente.
—Eficiente… —Ella probó la palabra en su boca—. Me gusta. Soy Angelina. Y creo que tú y yo podríamos ser muy… eficientes juntos.
Andrés no buscaba amor. El amor era para gente débil, para gente que no tenía miedo a perder. Él solo buscaba una socia. Alguien que llenara el vacío en las fotos, alguien que se sentara a la cabecera de la mesa en las cenas de negocios y supiera qué tenedor usar. Alguien que hiciera que los otros hombres lo envidiaran. Era una transacción. Él ponía el estatus y la seguridad financiera; ella ponía la belleza y la clase.
Salieron tres veces. A la cuarta, le propuso matrimonio con un anillo de diamantes que costaba más que la casa donde él creció. Ella dijo que sí antes de que él terminara la frase.
La boda fue el evento del año. Revistas, televisión, políticos, empresarios. Todo fue perfecto. Excepto por un detalle: Max.
Max, que entonces tenía siete años, se negó a llevar los anillos. Se escondió bajo una mesa y lloró hasta que se quedó dormido.
—Es un niño malcriado —había dicho Angelina esa noche, mientras se quitaba el maquillaje frente al espejo del baño de la suite nupcial—. Le falta mano dura, Andrés. Lo tienes muy consentido.
—Es un niño que extraña a su madre —respondió Andrés, sintiendo una punzada de molestia.
—Bueno, ahora me tiene a mí. Yo seré su madre.
Qué gran mentira.
Desde que Angelina cruzó el umbral de la casa en Las Lomas, se desató una guerra fría. Max la odiaba con la pureza instintiva que tienen los niños y los animales para detectar la maldad. Y Angelina… Angelina no se quedaba atrás.
Al principio, era sutil. Comentarios pasivo-agresivos disfrazados de preocupación.
—Ay, Andrés, ¿viste cómo me contestó Max? Yo solo quería peinarlo. Me rompe el corazón que no me acepte.
Luego, cuando Andrés no estaba, las cosas cambiaban. Las empleadas domésticas duraban poco. “La señora es muy exigente”, decían antes de renunciar. Nadie se atrevía a decirle a Andrés lo que realmente pasaba cuando él se iba a la oficina a las siete de la mañana.
Y entonces, llegó la enfermedad.
Hace seis meses, Max empezó a decaer. Primero fue cansancio. El niño, que antes corría y jugaba fútbol en el jardín, empezó a pasar las tardes acostado. Luego vinieron las náuseas, los dolores de cabeza, la pérdida de peso alarmante.
Andrés se volvió loco. Dejó negocios millonarios para volar con el niño a la Clínica Mayo. Nada. “Sus análisis son confusos”, decían los gringos. “Parece un cuadro autoinmune, pero no cuadra con nada conocido”.
Regresaron a México derrotados. Y ahí fue donde Angelina brilló. O eso creía Andrés.
—No te preocupes, mi amor —le dijo ella una noche, mientras él lloraba en silencio en el despacho con un vaso de whisky en la mano—. Yo me encargo. Tengo un contacto, un médico español, el Doctor Luchen. Dicen que es un genio en casos raros.
Y apareció el “medicamento milagroso”. Unas pastillas importadas, carísimas, que llegaban en cajas sin etiquetas comerciales, supuestamente porque eran experimentales y requerían permisos especiales de aduana que Angelina “gestionaba” con sus contactos.
—Yo se las doy, Andrés. Tú tienes que trabajar. La fusión con el Grupo Asiático no se va a firmar sola. Si te quedas aquí cuidando a Max, la empresa se cae. Y si la empresa se cae, no podemos pagar el tratamiento. Déjamelo a mí.
Y él, ciego de dolor y de confianza, se lo dejó a ella. Se refugió en el trabajo para no ver cómo su hijo se apagaba. Se convirtió en un fantasma en su propia casa, saliendo antes del amanecer y regresando cuando todos dormían, solo para entrar al cuarto de Max, besarle la frente sudorosa y pedirle perdón en silencio.
El tráfico en el Periférico empezó a fluir. Andrés salió de sus pensamientos. Ya estaba cerca de la salida a Reforma.
De repente, su celular sonó. Era Angelina. Dudó en contestar. Estaba harto de sus dramas, de sus llamadas para pedir más dinero para la tarjeta de crédito o para quejarse de que el chofer no llegó a tiempo. Pero contestó. Podría ser algo de Max.
—¿Qué pasa?
—Andrés, mi vida —la voz de Angelina sonaba agitada, con música de fondo—. Solo para avisarte, ya salí. Voy al evento de caridad de la Fundación “Corazones Unidos”. Te dije en la mañana, ¿recuerdas?
Andrés no recordaba nada.
—¿Y Max? ¿Con quién se quedó Max?
—Tranquilo, le dejé su cena lista y le di sus medicinas. Está viendo la tele. Además, Rosa está en la cocina por si necesita algo.
—Rosa se fue a las cuatro, Angelina. Hoy es su día de salida temprano.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—Ay, cierto. Bueno, no pasa nada. El niño ya está grande, Andrés. Tiene doce años, no dos. Además, duerme todo el tiempo. No seas dramático. Regreso en un par de horas. Besos.
Y colgó.
La sangre le hirvió a Andrés. Dejó a su hijo enfermo, solo, en una casa de mil metros cuadrados, para irse a beber champán y fingir que le importan los niños pobres.
—Maldita sea —gritó, golpeando el volante con ambas manos.
La furia lo cegó momentáneamente. Dio un volantazo para salir de la vía rápida, cortándole el paso a un taxista que le recordó a su madre con el claxon. A Andrés no le importó. Necesitaba salir de ahí. No quería ir a casa todavía. Si llegaba ahora, con esta rabia, sería capaz de ir a buscar a Angelina al evento y arrastrarla de los pelos.
Necesitaba calmarse. Necesitaba a Vera.
Sin pensarlo conscientemente, giró hacia el Panteón Francés. Era su refugio. El único lugar donde el gran empresario se permitía ser humano.
Llegó a la entrada del cementerio. El guardia de seguridad, un hombre viejo que ya lo conocía de tantas visitas, le abrió la reja sin preguntar. Andrés estacionó la camioneta negra junto a los árboles viejos que goteaban lluvia.
El lugar estaba lúgubre, con esa belleza triste de los cementerios antiguos. Estatuas de ángeles llorando, mausoleos de mármol gris y hojas secas arremolinándose en los caminos.
Bajó del coche. El aire frío le golpeó la cara, mezclado con el olor a tierra mojada y flores podridas. Caminó rápido, esquivando charcos, hacia la tumba de Vera.
Pero algo lo detuvo.
Cerca de la entrada, en una banca de hierro forjado oxidada, había alguien.
No era uno de los habituales borrachos o indigentes que a veces se colaban. Era una figura pequeña.
Una niña.
Estaba sentada muy quieta, con las manos metidas en los bolsillos de una chamarra de mezclilla que le quedaba tres tallas grande. Llevaba unos tenis Converse rotos y sucios de lodo. Su cabello oscuro estaba pegado a la frente por la humedad.
Andrés frunció el ceño. ¿Qué hacía una niña sola ahí, casi de noche, con este clima?
Su instinto protector, ese que tenía hiperdesarrollado con Max, se activó. Pero su cinismo también. “Seguro es una trampa”, pensó. “Seguro hay alguien escondido esperando para asaltarme”.
Llevó la mano discretamente a la cintura, donde a veces portaba un arma (aunque hoy no la traía), y miró a todos lados. No había nadie más. Solo la niña y las tumbas.
La niña levantó la cabeza y lo miró.
Andrés se detuvo en seco. Esos ojos. Eran ojos grandes, negros, profundos. No eran ojos de niña. Eran ojos de alguien que ha visto demasiadas cosas, ojos que han llorado hasta secarse. Le recordaron, dolorosamente, a sus propios ojos cuando se mira al espejo por las mañanas.
Pasó de largo, intentando ignorarla. “No es mi problema”, se dijo. “Tengo suficientes problemas”.
Llegó a la tumba de Vera. Un monumento de mármol blanco italiano, siempre limpio, siempre con flores frescas que él pagaba para que cambiaran cada tercer día. Se sentó en la banca de piedra frente a ella.
—Hola, flaca —susurró.
La lluvia empezó a caer más fuerte, pero no se movió. Dejó que el agua empapara su traje de tres mil dólares.
—Estoy cansado, Vera. Estoy muy cansado. Siento que estoy perdiendo la batalla. Tengo todo el dinero que siempre quisimos, ¿y de qué sirve? Max se me va. Se me escurre entre los dedos y no sé cómo detenerlo. Esa mujer… Angelina… creo que me equivoqué. Creo que cometí un error terrible al traerla a nuestra casa. Pero no sé cómo sacarla sin afectar a Max. Él ya sufre mucho.
Habló solo durante veinte minutos. Le contó sus miedos, su culpa, su soledad. Le confesó que se sentía un fracaso como padre y como hombre.
Cuando se levantó, empapado y con los huesos entumidos, se sintió un poco más ligero. Siempre pasaba. Hablar con Vera, aunque fuera con una lápida, lo centraba.
Caminó de regreso a la salida. Ya estaba casi oscuro. Las farolas del panteón parpadeaban con luz amarilla.
La niña seguía ahí.
No se había movido ni un centímetro, a pesar de la lluvia. Estaba temblando ligeramente, pero mantenía la vista fija en la nada.
Andrés se detuvo. Su corazón, ese músculo que él creía haber convertido en piedra, dio un vuelco. No podía dejarla ahí. Simplemente no podía. Si fuera Max… si Max estuviera perdido en la calle… él querría que alguien se detuviera.
Se acercó lentamente, para no asustarla. Sus zapatos de suela de cuero crujieron en la grava.
—Oye —dijo. Su voz salió autoritaria por costumbre, y la suavizó de inmediato—. Oye, niña.
Ella giró la cabeza despacio. No parecía asustada, solo resignada.
—¿Mande? —respondió. Su voz era suave, educada, con ese tono cantarín de la gente de barrio de la ciudad.
—¿Qué haces aquí? Ya cerraron la puerta principal. Es peligroso.
La niña se encogió de hombros. Un gesto que denotaba que el peligro era el menor de sus problemas.
—No tengo a dónde ir, señor. O bueno, sí tengo, pero prefiero no ir.
—¿Estás esperando a tus papás?
—No. Mi mamá está allá —señaló hacia la oscuridad del cementerio, hacia la zona de las fosas comunes—. Y mi papá… mi papá está en la casa, pero no es mi papá ahorita.
—¿Cómo que no es tu papá ahorita?
—Es que cuando toma esa agua que quema, se convierte en un monstruo. Y hoy tomó mucha. Trajo a sus amigos. Rompieron mis cuadernos. Así que me vine con mi mamá. Aquí nadie me grita.
Andrés sintió un golpe en el estómago. La crudeza con la que la niña narraba su infierno doméstico, sin lágrimas, con esa aceptación brutal de la realidad, lo desarmó.
Miró su reloj. Eran las ocho de la noche. Max estaba solo en casa. Esta niña estaba sola en un cementerio. Dos niños solos. Dos soledades.
Tomó una decisión impulsiva. De esas que solía tomar en los negocios y que siempre le salían bien.
—¿Tienes hambre? —preguntó.
Los ojos de la niña brillaron por un segundo, traicionando su estoicismo.
—Un poco. Desde ayer no como.
—¿Desde ayer? —Andrés sintió rabia. Rabia contra ese padre desconocido, rabia contra el mundo—. Mira, me llamo Andrés. No soy un robachicos, ni un loco. Mi camioneta está ahí. Vivo a veinte minutos. Tengo un hijo de tu edad, más o menos. Está enfermo y está solo en casa. Voy a pedir pizza. Si quieres, vienes, te das un baño, comes, y luego vemos qué hacemos. Te puedo llevar a un albergue o con alguna tía. Pero no te puedes quedar aquí bajo la lluvia.
La niña lo escaneó. Sus ojos recorrieron el traje mojado, los zapatos caros, el reloj. Pero se detuvieron en sus ojos. Pareció buscar algo ahí. Y lo encontró.
—¿Tiene un hijo enfermo?
—Sí. Se llama Max.
—¿Y no le da miedo que yo vaya? Estoy sucia.
—El jabón quita la mugre, pero no lo que traemos dentro. Y tú pareces buena gente. Anda, sube. No muerdo.
La niña se levantó. Era alta para su edad, pero delgada como un fideo.
—Me llamo Marina —dijo, extendiendo una mano mugrienta pero firme.
Andrés la estrechó sin dudar.
—Mucho gusto, Marina. Vámonos. Hace frío.
Subieron a la Mercedes. Marina abrió los ojos como platos al sentir el cuero, al ver las luces del tablero que parecía una nave espacial.
—Huele a rico —dijo ella—. Huele a nuevo.
—Es solo un coche —dijo Andrés, arrancando—. Lo importante es quién va adentro.
Mientras conducía de regreso a las Lomas, Andrés no sabía que acababa de subir a su coche no a una niña de la calle, sino a la salvación de su vida. No sabía que esa pequeña, con su ropa rota y su mirada triste, traía consigo la llave para destruir la mentira en la que vivía.
El destino había movido su ficha. El juego estaba por cambiar.
CAPÍTULO 2: LA MADRASTRA Y LA ENFERMEDAD
El trayecto desde el Panteón Francés hasta la residencia en Las Lomas de Chapultepec fue un viaje entre dos mundos. Afuera, la lluvia había convertido la Ciudad de México en un caos líquido; las calles eran ríos de asfalto negro donde los faros de los coches se reflejaban como ojos de bestias nerviosas. Adentro, en la burbuja climatizada y con olor a cuero nuevo de la camioneta, reinaba un silencio denso, cargado de expectativas.
Marina no se había recargado en el respaldo del asiento. Iba sentada en la orilla, tensa, como un animalito listo para salir corriendo si la situación se volvía peligrosa. Sus manos, pequeñas y llenas de callos por la vida en la calle, acariciaban inconscientemente la textura de la tapicería.
—Nunca había subido a un coche así —dijo ella de repente, rompiendo el silencio. Su voz era baja, pero clara—. Mi papá tenía un Vocho antes de… bueno, antes. Hacía mucho ruido. Este parece que flota.
Andrés la miró de reojo.
—Los coches son solo herramientas, Marina. Unos más caros, otros más baratos. Pero todos te llevan al mismo lugar si sabes manejar.
—O te estrellan si vas borracho —replicó ella con una madurez que helaba la sangre.
Andrés apretó el volante. Esa niña tenía una forma de ver la vida sin filtros, cruda y real, que le recordaba a sí mismo antes de que los millones le nublaran la vista.
Llegaron a la reja de la mansión. Los guardias de seguridad privada, dos exmilitares armados, abrieron el portón eléctrico al reconocer la camioneta del “Patrón”. Marina pegó la cara a la ventanilla.
—¿Aquí vive? —preguntó, con los ojos muy abiertos—. Parece un castillo. O una cárcel bonita.
“Una cárcel bonita”. Andrés sintió un escalofrío. Nunca nadie había descrito su hogar con tanta precisión.
La casa era una mole de concreto blanco, cristal y acero. Minimalista, fría, imponente. Diseñada por un arquitecto de renombre que cobraba por metro cuadrado de ego. No había juguetes en el jardín, ni una bicicleta tirada, ni un balón. Solo pasto recortado con precisión quirúrgica y esculturas abstractas que no significaban nada.
Al entrar al vestíbulo de doble altura, el silencio los golpeó. No era un silencio de paz; era el silencio de un lugar donde la alegría había sido desterrada por decreto.
—Espera aquí un segundo —le dijo Andrés a Marina, señalándole un sillón de diseño italiano que parecía incómodo—. Voy a ver a mi hijo.
Subió las escaleras de mármol flotante sintiendo, como cada noche, un peso en el pecho. Cada escalón lo acercaba a la realidad que no podía controlar: la enfermedad de Max.
Mientras subía, su mente viajó hacia atrás, a los días oscuros donde todo comenzó.
Recordó el día exacto. Hace ocho meses. Max había regresado de la escuela pálido. “Me duele la panza, papá”, había dicho. Andrés, ocupado en una llamada con inversionistas de Tokio, le había dicho que se tomara un té.
Qué idiota había sido.
A la semana, Max ya no quería comer. A las dos semanas, vomitaba todo. Y entonces empezó el desfile de médicos.
Pediatras, gastroenterólogos, neurólogos. Sangre, orina, resonancias. Andrés pagaba y pagaba. Y los resultados siempre eran vagos: “Inamovilidad gástrica idiopática”, “Posible síndrome autoinmune no especificado”. Palabras elegantes para decir “no tenemos ni puta idea”.
Y en medio de ese torbellino de desesperación, Angelina había emergido como la salvadora.
Andrés se detuvo en el descanso de la escalera, recordando una conversación específica con su esposa hace tres meses.
Estaban en la cocina. Andrés estaba destrozado, con la cabeza entre las manos.
—Andrés, mi amor —le había dicho ella, masajeándole los hombros con sus manos de manicura perfecta—. No podemos seguir así. Los médicos de aquí son unos incompetentes. Pero tengo una solución.
Ella le habló del Doctor Luchen. Un supuesto especialista español, una eminencia en “casos raros” que operaba de manera exclusiva.
—Es amigo de mi familia en Europa. Es muy caro, y sus tratamientos son… vanguardistas. Aún no están aprobados por la burocracia de aquí, por eso hay que traerlos con discreción. Pero ha salvado niños, Andrés.
Andrés, desesperado por aferrarse a cualquier clavo ardiendo, aceptó. Le dio a Angelina acceso ilimitado a una cuenta en dólares para “gastos médicos especiales”.
—Yo me encargo de todo —había prometido ella—. Tú no tienes cabeza para lidiar con aduanas y protocolos. Dedícate a la empresa. Yo salvo a nuestro hijo.
“Nuestro hijo”. Qué ironía. Angelina nunca había llamado a Max “hijo” hasta que se enfermó. Antes de eso, era “el niño”, “tu hijo” o “el escuincle”.
Andrés llegó a la puerta de la habitación de Max. Respiró hondo, compuso una sonrisa falsa para no asustar al niño y entró.
La habitación olía a enfermedad. Era un olor dulzón, rancio, mezcla de medicamentos, desinfectante y cuerpo febril. Las cortinas blackout estaban cerradas, dejando el cuarto en penumbra. Solo el brillo de un monitor multiparamétrico iluminaba la estancia.
Max estaba en la cama, sepultado bajo un edredón de plumas.
Dios mío, estaba tan delgado.
A Andrés se le partió el corazón al ver la silueta esquelética de su hijo bajo las sábanas. Hace un año, ese niño era el capitán del equipo de fútbol de su colegio. Ahora, parecía un anciano atrapado en el cuerpo de un niño.
—¿Papá? —la voz de Max fue un susurro rasposo.
—Hola, campeón —Andrés se acercó y se sentó en la orilla de la cama. Le acarició la frente. Estaba fría y húmeda—. ¿Cómo te sientes hoy?
Max abrió los ojos. Tenían ojeras profundas, moradas, que contrastaban con su piel casi translúcida.
—Mal, pa. Me duele todo. Y tengo náuseas otra vez.
—¿Te tomaste la medicina que te dejó Angelina?
Max hizo una mueca de disgusto, casi de terror.
—Sí. Ella me la dio antes de irse. Me obligó a tragármela sin agua porque dice que así hace más efecto. Sabe horrible, papá. Quema cuando baja. Y después… después siento que me muero un poquito más.
Andrés sintió una punzada de alarma, pero la lógica de la “medicina fuerte” se impuso.
—Es un tratamiento fuerte, hijo. Tiene que matar a los bichos malos. Aguanta un poco más, ¿sí? Te prometo que te vas a poner bien.
Max giró la cabeza y miró hacia la puerta.
—¿Oíste eso? —preguntó—. Se oyen pasos. ¿Regresó ella?
El miedo en la voz de su hijo fue inconfundible. No era el miedo a un regaño; era el miedo a un verdugo.
—No, no es ella. Ella salió. Te traje una sorpresa.
—¿Una sorpresa?
—Sí. Una amiga. Bueno, una invitada.
Andrés se levantó y fue a la puerta.
—¡Marina! —llamó en voz baja—. Sube.
Segundos después, Marina apareció en el umbral.
La escena fue un choque de realidades.
Por un lado, Max, el niño rico moribundo, rodeado de tecnología médica de punta y sábanas de hilo egipcio. Por el otro, Marina, la niña de la calle, con sus tenis rotos, su chamarra sucia y esa vitalidad resistente de quien ha tenido que pelear por cada comida.
Marina entró sin timidez. Sus ojos recorrieron la habitación, deteniéndose en los aparatos, los sueros y finalmente en Max.
No hubo lástima en su mirada. Hubo curiosidad.
—Hola —dijo ella.
Max parpadeó, confundido.
—Hola. ¿Quién eres?
—Soy Marina. Tu papá me encontró en el panteón y me dijo que si venía me daba pizza y me dejaba bañar. Y pues, tengo hambre.
Max soltó una risita. Fue un sonido breve, seco, pero genuino.
—¿En el panteón? ¿Eres un fantasma o qué?
—Todavía no —respondió ella, acercándose a la cama—. Pero tú te ves más cerca de ser uno que yo. Estás bien flaco.
Andrés se tensó.
—Marina, sé amable…
—Déjala, papá —interrumpió Max, intentando incorporarse—. Tiene razón. Parezco calaca. Todos me dicen “ay, pobrecito, qué guapo te ves”, pero es mentira. Me veo del nabo.
Marina asintió.
—Sí, te ves del nabo. Pero tienes ojos bonitos. Como los de tu papá, pero sin tanta tristeza.
Max sonrió. Por primera vez en meses, alguien lo trataba como a un niño normal, no como a una pieza de porcelana rota.
—Bueno —intervino Andrés, sintiendo que el ambiente se aligeraba—. Marina necesita un baño y ropa limpia. Max, ¿te importa si le presto el baño de visitas?
—No, que use el mío —dijo Max—. El de visitas está lejos y quiero seguir platicando. Me aburro como ostra aquí todo el día.
Andrés dudó, pero asintió.
—Está bien. Marina, ven conmigo un momento. Necesitamos buscarte ropa.
Salieron al pasillo. Andrés guió a Marina hacia la habitación principal, esa que compartía con Angelina pero que en realidad sentía ajena. Entró al vestidor gigante.
—¿Todo esto es ropa de una sola persona? —preguntó Marina, boquiabierta ante las filas interminables de zapatos y vestidos de Angelina.
—Sí. Pero no te voy a prestar nada de esto.
Andrés se dirigió al fondo del vestidor, a una sección que mantenía cerrada con llave. Abrió un armario de madera de cedro. El olor a lavanda antigua salió de ahí, un olor que lo transportó doce años atrás.
Ahí estaba la ropa de Vera.
Angelina le había exigido mil veces que tirara “esos trapos viejos”, pero Andrés se había negado rotundamente. Era lo único tangible que le quedaba de ella.
Sacó una caja. Adentro había ropa de Vera de cuando eran novios, ropa sencilla, de mercado, pero cuidada. Sacó un vestido de algodón azul cielo y unos leggings negros.
—Toma —dijo, con la voz quebrada—. Eran de mi esposa. De la mamá de Max. Era chiquita, como tú. Quizás te queden un poco grandes, pero estarás cómoda.
Marina recibió la ropa con reverencia. Tocó la tela suave.
—Gracias, señor Andrés. Prometo cuidarla.
Media hora después, Marina salió del baño de Max.
La transformación fue notable. Con la cara lavada, el cabello oscuro y mojado peinado hacia atrás, y el vestido azul de Vera, ya no parecía una niña de la calle. Parecía… parecía familia. Tenía una elegancia natural en sus facciones finas que la mugre había ocultado.
Andrés sintió un vuelco al verla. Por un segundo, un microsegundo irracional, creyó ver a Vera.
—Te ves bien —dijo Max desde la cama. Había logrado sentarse un poco más erguido—. Mucho mejor.
—El agua caliente es mágica —dijo Marina, frotándose el cabello con una toalla—. En mi casa no hay calentador. Nos bañamos a jicarazos con agua fría. Sentir el agua caliente caer… híjole, sentí que se me quitaban hasta los pecados.
Andrés sonrió.
—Llegó la pizza. Voy por ella.
Bajó a la cocina, recogió las cajas y subió unas botellas de agua. Cuando regresó, encontró a los dos niños riendo.
Riendo.
Era un sonido que no se escuchaba en esa casa desde hacía años.
Marina estaba sentada en la alfombra, a los pies de la cama, contándole una historia sobre un perro callejero que ella alimentaba. Max escuchaba fascinado.
—A ver, a comer —anunció Andrés, poniendo la caja de pizza sobre la cama.
El olor a queso derretido y pepperoni llenó el cuarto, compitiendo con el olor a medicina.
Marina atacó su rebanada con ferocidad, aunque intentando mantener los modales. Se notaba que tenía días sin probar bocado real.
Max tomó una rebanada con mano temblorosa. Le dio un mordisco pequeño.
—Está rica —dijo, masticando despacio.
Pero al tragar, su rostro cambió. Se puso verde.
—Hijo, ¿estás bien? —Andrés dejó su rebanada de inmediato.
—No… —Max soltó la pizza—. Me duele. Me arde la panza, papá. Siento como fuego.
Se dobló de dolor, agarrándose el estómago.
—¡Voy por el balde! —gritó Andrés, corriendo al baño.
Max vomitó. Fue un vómito bilioso, amarillo, doloroso. El niño lloraba y temblaba.
—Ya no quiero, papá. Ya no quiero tomar nada. Me duele mucho.
Andrés le limpió la cara con una toalla húmeda, sintiéndose el hombre más inútil del mundo.
—Ya pasó, tranquilo. Es la enfermedad, hijo. Maldita enfermedad.
Marina había dejado de comer. Se había levantado y observaba la escena con una intensidad analítica, casi clínica, que no correspondía a su edad. Sus ojos oscuros no miraban a Max; miraban la mesita de noche.
Ahí, junto a la lámpara, había un arsenal farmacéutico. Varios frascos genéricos y, destacando entre ellos, una caja blanca con letras doradas y rojas. Una caja elegante, extranjera.
Cuando Max se calmó y quedó recostado, jadeando, Andrés se sentó en el borde de la cama, acariciándole el pelo sudado.
—Descansa, hijo. Intenta dormir.
Marina se acercó sigilosamente a la mesita.
—¿Esa es la medicina que le dio su esposa? —preguntó, señalando la caja blanca.
Andrés levantó la vista, agotado.
—Sí. Es la medicina nueva. La importada.
—¿Puedo verla?
Andrés frunció el ceño.
—¿Para qué? No es juguete, Marina.
—No quiero jugar. Quiero leer. Mi mamá… mi mamá era doctora. Pediatra. Yo me pasaba las tardes en su consultorio después de la escuela, antes de que ella… bueno, antes. Me ponía a leer las cajas de las medicinas porque me aburría. Me enseñó qué significan las palabras raras.
La curiosidad venció al cansancio de Andrés.
—Ten, cuidado.
Marina tomó la caja. Pesaba poco. Estaba en español, pero un español de España, con términos técnicos.
Sacó el frasco de vidrio ámbar y, lo más importante, el prospecto. Ese papel fino, doblado en treinta partes, que nadie lee nunca. Ella lo desdobló con cuidado sobre la cama.
El silencio en la habitación se volvió denso. Solo se oía el zumbido del aire acondicionado y la respiración entrecortada de Max.
Marina leía rápido. Sus ojos se movían de izquierda a derecha, bajando por las columnas de texto diminuto.
De repente, se detuvo.
Sus dedos se tensaron sobre el papel.
Leyó la misma línea una, dos, tres veces.
Levantó la vista y miró a Max, luego a Andrés. Su rostro había perdido el poco color que había ganado con el baño. Estaba pálida de terror.
—Señor Andrés… —su voz temblaba.
—¿Qué pasa? ¿Qué dice?
—¿Quién le recetó esto a Max? Dígame la verdad. ¿Fue un doctor de verdad? ¿Usted lo vio?
Andrés se sintió atacado.
—Claro que es un doctor de verdad. Es el Doctor Luchen. Es un especialista europeo. Yo no lo he visto en persona porque Angelina maneja las citas, pero he pagado las facturas. Son miles de dólares. ¿Por qué me preguntas eso?
Marina tragó saliva. Señaló un párrafo resaltado en un recuadro negro en el papel.
—Porque aquí, en las contraindicaciones absolutas, dice esto… Escuche bien, por favor.
Marina comenzó a leer en voz alta, traduciendo mentalmente algunos términos complejos a lenguaje sencillo, pero manteniendo la fatalidad del mensaje:
—“Advertencia de Recuadro Negro: Este medicamento, ‘Ciclofalina Compuesta’, es un potente agente citotóxico e inmunosupresor diseñado exclusivamente para pacientes adultos en etapa terminal de rechazo de trasplante de órganos o enfermedades autoinmunes agresivas. USO ESTRICTAMENTE PROHIBIDO EN PACIENTES PEDIÁTRICOS (MENORES DE 18 AÑOS). El uso en menores causa toxicidad sistémica inmediata.”
Andrés sintió que el mundo se detenía. Un zumbido agudo empezó a sonar en sus oídos.
—¿Qué… qué significa eso? —preguntó, aunque en el fondo ya lo sabía.
Marina siguió leyendo, implacable:
—“Efectos secundarios graves en niños: Fallo hepático fulminante, necrosis tubular renal, ulceración gástrica severa, trastornos neurológicos, convulsiones y paro cardiorrespiratorio. La administración continua provoca un deterioro progresivo que simula una enfermedad degenerativa natural, llevando a la muerte en un periodo de 3 a 6 meses.”
Marina dejó caer el papel sobre las sábanas. Miró a Andrés con ojos llenos de lágrimas.
—Señor… esto no es medicina. Esto es veneno. Los síntomas que tiene Max… las náuseas, el dolor, la debilidad… no son por la enfermedad. Son por esto. ¡Lo están envenenando!
—¡Eso es mentira! —gritó Andrés, poniéndose de pie de un salto, tirando la silla. Su mente se negaba a aceptarlo. Aceptar eso significaba aceptar que la mujer con la que dormía estaba asesinando a su hijo—. ¡Es el mejor medicamento del mundo! ¡Cuesta una fortuna!
Max, desde la cama, soltó un gemido.
—Papá… —dijo el niño, llorando—. Angelina me dijo… me dijo que si te decía que me sentía mal con la pastilla, tú te ibas a enojar conmigo. Me dijo que era nuestro secreto. Me obligaba a tomarlas dobles cuando tú no llegabas a dormir.
La confesión de Max fue la pieza final del rompecabezas.
La venda cayó de los ojos de Andrés. Cayó con violencia, arrancando piel y alma en el proceso.
Todas las piezas encajaron. El aislamiento de Max. La insistencia de Angelina de manejar ella las medicinas. La “enfermedad misteriosa” que ningún doctor local podía diagnosticar (porque no era una enfermedad, era una intoxicación). La frialdad de ella. Los viajes repentinos.
—¡Maldita sea! ¡Maldita hija de perra! —rugió Andrés. El grito fue tan primal, tan lleno de dolor y furia, que Marina retrocedió asustada.
Andrés agarró la caja de medicinas y la apretó hasta deformarla.
Miró a su hijo. Su pequeño, frágil y torturado hijo. Había dejado a un lobo cuidando al cordero. Él, el gran “Tiburón” de los negocios, el hombre que veía venir las traiciones a kilómetros en la sala de juntas, no había visto que el diablo dormía en su cama.
—Nos vamos —dijo Andrés. Su voz ya no era un grito. Era hielo puro. Era la voz de un hombre que acaba de decidir matar o morir.
—¿A dónde, papá? —preguntó Max, asustado.
—Al hospital. Pero no a los de ella. Nos vamos ahora mismo.
Andrés se agachó y cargó a Max en brazos. El niño no pesaba nada. Era puro hueso. Eso le dolió más que cualquier golpe.
—Marina —dijo, mirando a la niña—. Ven con nosotros. Tú descubriste esto. Tú le acabas de salvar la vida. No te voy a dejar sola en esta casa ni un minuto.
Marina asintió, pálida pero decidida.
—Voy.
Andrés salió de la habitación con su hijo en brazos, bajando las escaleras de mármol como una exhalación.
No sabía qué pasaría esa noche. No sabía si Max sobreviviría al daño que ya le habían hecho.
Pero de una cosa estaba seguro: Si su hijo moría, Angelina no viviría para ver el amanecer. Y si su hijo vivía, él se encargaría de que ella deseara estar muerta cada día del resto de su miserable vida.
La tormenta afuera arreciaba, pero la verdadera tormenta acababa de desatarse dentro de Andrés Montemayor.
El Tiburón había despertado. Y tenía sed de sangre.
CAPÍTULO 3: LUCES ROJAS Y LA SALA DE URGENCIAS
La lluvia sobre la Ciudad de México había dejado de ser una molestia para convertirse en una cortina impenetrable, un diluvio bíblico que golpeaba el asfalto con furia. Pero dentro de la camioneta blindada de Andrés Montemayor, la tormenta era otra.
Andrés conducía como un demente. Sus manos apretaban el volante de piel con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos, casi azules. No respetaba carriles, ni semáforos, ni la lógica básica de supervivencia vial. La camioneta Mercedes G-Wagon, una bestia de dos toneladas y media, rugía devorando el pavimento del Periférico en dirección norte, apartando a los coches más pequeños como si fueran juguetes de plástico.
—Aguanta, hijo. Aguanta, por favor —repetía Andrés, como un mantra, con la voz quebrada. Miraba por el espejo retrovisor cada tres segundos.
En el asiento trasero, Marina sostenía la cabeza de Max sobre su regazo. El niño estaba ardiendo en fiebre. Sus ojos se habían cerrado y su respiración era un silbido agónico, como si sus pulmones estuvieran llenos de vidrio molido.
—Está muy caliente, señor Andrés —dijo Marina. Su voz no temblaba, pero tenía una urgencia afilada—. Y está sudando frío. Mi mamá decía que eso es choque. Tiene que ir más rápido.
—¡Voy a fondo, carajo! —gritó Andrés, golpeando el claxon para que un camión de carga se quitara del camino.
Andrés tomó su celular, lo conectó al sistema de manos libres y marcó un número que no marcaba a menudo. El de Roberto, su jefe de seguridad y “fixer” personal, un excomandante de la policía judicial que sabía dónde estaban enterrados todos los cadáveres de la ciudad.
—¿Patrón? —la voz de Roberto sonó tranquila, profesional.
—Roberto, escúchame bien. Código Rojo.
Hubo un segundo de silencio al otro lado.
—Entendido. ¿Amenaza de secuestro? ¿Atentado?
—Intento de homicidio. Contra mi hijo.
—¡¿Qué?! —La calma de Roberto se rompió—. ¿Quién? Voy para allá.
—Estoy llevando a Max al Hospital Infantil Federico Gómez. Al público. No quiero ir a ninguno privado donde esa mujer tenga amigos o pueda comprar silencios. Quiero médicos de verdad, Roberto. Quiero que nadie pueda esconder un papel.
—Entendido, Federico Gómez en la Doctores. Mando avanzada. ¿Quién es el objetivo, patrón?
—Angelina.
Andrés escupió el nombre como si fuera veneno.
—Ella lo envenenó, Roberto. Le dio inmunosupresores para adultos. Lo está matando. Quiero que asegures la casa. Nadie entra, nadie sale. Bloquea las cámaras para que no vea que no estamos, pero graba todo. Quiero saber a qué hora llega esa perra. Y consígueme al mejor penalista, quiero que esto se maneje como crimen, no como divorcio. Quiero verla pudrirse en Santa Martha Acatitla.
—Considérelo hecho. Llego al hospital en quince minutos.
Andrés colgó. El motor rugió al subir el Viaducto. Max soltó un gemido largo, doloroso.
—Papá… me duele…
—Ya casi, mi amor, ya casi.
—Marina… —susurró el niño, buscando la mano de la niña en la oscuridad.
—Aquí estoy, Max —dijo ella, acariciándole el pelo empapado de sudor—. No te duermas, ¿eh? Cuéntame del videojuego ese que te gusta. El de los zombies.
Andrés sintió que las lágrimas le nublaban la vista, pero se las limpió con rabia. No tenía derecho a llorar. El llanto era para las víctimas, y él había dejado de ser una víctima en el momento en que Marina leyó ese maldito papel. Ahora era un padre en guerra.
La culpa lo golpeaba con cada bache. ¿Cómo no lo vio? ¿Cómo pudo ser tan ciego? Se creía el hombre más listo de la habitación, el empresario que olía las estafas a kilómetros. Y, sin embargo, había metido al enemigo en su cama. Había dejado que una sociópata con cara bonita y cuerpo de modelo cuidara a su tesoro más preciado.
“El dinero te apendejó, Andrés”, se dijo a sí mismo. “Te creíste el cuento de la vida perfecta de Las Lomas. Olvidaste de dónde vienes. Olvidaste que la gente es mala por naturaleza”.
Llegaron a la colonia Doctores. Las calles aquí eran diferentes; más oscuras, más sucias, llenas de baches y puestos de tacos cerrados. El Hospital Infantil Federico Gómez se alzaba como una fortaleza de concreto y esperanza en medio del caos urbano.
Andrés frenó en seco frente a la entrada de Urgencias, subiéndose a la banqueta, casi atropellando un bote de basura. Dos guardias de seguridad privada del hospital se acercaron con macanas, listos para pelear.
Andrés bajó de la camioneta como un huracán. No le importó dejar la puerta abierta, ni las llaves puestas, ni que la lluvia le empapara el traje italiano en dos segundos. Abrió la puerta trasera, cargó a Max en brazos y gritó:
—¡Médico! ¡Necesito un médico!
Los guardias, al ver el porte del hombre, la camioneta de lujo y al niño desmayado en sus brazos, cambiaron de actitud.
—¡Una camilla! ¡Rápido!
Marina bajó detrás de él, aferrando la caja de medicinas contra su pecho como si fuera la prueba del delito, que de hecho lo era. Corrió tras Andrés, sus tenis rotos chapoteando en los charcos.
Entraron a la sala de espera. Era el infierno que Andrés recordaba de cuando murió Vera. Olor a cloro, a humanidad, a desesperación. Madres llorando con bebés en brazos, padres con la mirada perdida, el sonido de las toses y los llantos. Pero Andrés no hizo fila.
—¡Mi hijo se muere! —bramó, empujando las puertas batientes del área de choque.
Una enfermera jefa, una mujer robusta con cara de haber visto todo, se le plantó enfrente.
—Señor, no puede pasar así. Tiene que registrarse…
—¡Se está muriendo, carajo! —Andrés la miró con unos ojos tan inyectados de furia y pánico que la mujer retrocedió—. ¡Está envenenado! ¡Necesito toxicología ya!
Un médico joven, con ojeras profundas y bata manchada de café, se acercó corriendo al ver el estado del niño.
—Póngalo aquí —señaló una camilla—. ¿Qué tiene? ¿Qué tomó?
Andrés depositó a Max con una delicadeza infinita. El niño estaba flácido, gris.
—Le han estado dando esto —Andrés se giró hacia Marina—. ¡La caja!
Marina le entregó la caja arrugada al médico.
—Ciclofalina Compuesta —dijo Marina, con voz clara en medio del caos—. Es un inmunosupresor para trasplantes. Contraindicado en niños. Causa fallo renal y hepático. Lleva tomándolo… —miró a Andrés.
—Meses. Meses, doctor.
El médico leyó la caja y su rostro palideció. Miró a Max, luego la caja, luego a Andrés.
—¡Código Azul en toxicología! —gritó el médico, y de repente, el mundo se aceleró—. ¡Necesito lavado gástrico, sonda nasogástrica, perfil hepático y renal completo, y preparen la máquina de diálisis! ¡Este niño está en falla multisistémica!
Varias enfermeras rodearon a Max. Le cortaron la pijama de seda con tijeras, le pusieron electrodos, le buscaron una vena en sus bracitos delgados que ya estaban llenos de moretones.
—Papá… —gimió Max una última vez antes de que sus ojos se pusieran en blanco y su cuerpo se arqueara en una convulsión.
—¡Está convulsionando! —gritó una enfermera—. ¡Diazepam, 5 miligramos!
Andrés intentó acercarse, agarrar la mano de su hijo, pero unos brazos fuertes lo detuvieron.
—Señor, tiene que salir. Déjenos trabajar. Si se queda, nos estorba. ¡Sáquenlo!
Era el protocolo. Andrés lo sabía. Pero sentía que le estaban arrancando el alma.
—¡Sálvelo! ¡Le doy lo que quiera, compro el hospital si quiere, pero sálvelo!
Los guardias lo empujaron suave pero firmemente hacia la sala de espera. La puerta se cerró, ocultando la visión de su hijo conectado a máquinas que pitaban como alarmas de bombardeo.
Andrés se quedó ahí, parado en medio del pasillo de linóleo desgastado, empapado, temblando. La adrenalina se estaba disipando, dejando paso a un terror frío y absoluto.
Se dejó caer en una de las sillas de plástico duro, esas sillas incómodas diseñadas para que la gente no se duerma mientras espera la muerte o la vida. Se tapó la cara con las manos y soltó un sollozo seco, desgarrador.
Sintió una mano pequeña en su hombro.
Levantó la vista. Era Marina.
La niña estaba parada junto a él, todavía abrazada a sí misma por el frío, con el vestido de Vera mojado pegado a su cuerpo flaco. Pero no lloraba. Estaba firme.
—No se caiga ahora, señor Andrés —le dijo—. Max es fuerte. Y usted tiene que ser fuerte para cuando despierte. Si lo ve llorando, se va a asustar.
Andrés la miró, sorprendido por la entereza de esa criatura. Se secó las lágrimas con la manga del saco.
—Tienes razón. Tienes razón, Marina.
En ese momento, las puertas de urgencias se abrieron de golpe y entraron tres hombres vestidos de traje negro, con auriculares en el oído. Eran los hombres de Roberto. Detrás de ellos entró Roberto, un hombre de cincuenta años, calvo, con cicatrices en el cuello y una mirada que escaneaba amenazas en milisegundos.
—Patrón —Roberto se acercó—. Ya aseguramos el perímetro. Tengo dos hombres en la puerta de choque y uno en la entrada. Nadie se acerca al niño sin su autorización.
Andrés se puso de pie. Su postura cambió. El padre destrozado se guardó por un momento, y el “Tiburón” tomó el mando.
—¿Y la casa?
—Mis muchachos ya están ahí. Controlan las cámaras. El servicio doméstico está confinado en sus cuartos, les quitamos los celulares. Nadie ha avisado a la señora. Ella sigue en su fiesta.
—Bien. Que siga bailando. Quiero que se sienta segura.
En ese momento, se acercó un hombre vestido de civil, pero con esa vibra inconfundible de abogado caro. Era licenciado Mendizábal, el mejor penalista de México, a quien Andrés pagaba una iguala mensual obscena solo para tenerlo disponible 24/7.
—Andrés —Mendizábal le estrechó la mano—. Roberto me puso al tanto en el camino. Esto es grave. Si lo que dices de la medicina es cierto, estamos hablando de tentativa de homicidio calificado con premeditación, alevosía y ventaja. Y agravado por razón de parentesco si ella lo adoptó legalmente.
—No lo adoptó —dijo Andrés—. Nunca quiso.
—Mejor. Entonces es crueldad infantil y lesiones que ponen en peligro la vida. Necesitamos el dictamen médico. Esa caja es la prueba reina. ¿Dónde está?
—La tienen los médicos —dijo Andrés.
—Necesito recuperarla en cuanto terminen. Cadena de custodia, Andrés. Si esa caja desaparece, ella puede decir que tú se la diste, que fue un error, que ella no sabía. Necesitamos probar que ella la compró, que ella sabía lo que era.
Andrés miró a Marina.
—Ella sabe leerla. Ella descubrió todo.
El abogado miró a la niña con escepticismo.
—¿La niña? ¿Quién es? ¿Testigo?
—Ella es Marina. Es… es mi invitada. Y sí, es la testigo principal. Ella vio cómo Max reaccionaba, ella tradujo el prospecto.
Pasaron dos horas. Dos horas eternas.
Andrés caminaba de un lado a otro del pasillo como un león enjaulado. Marina se había quedado dormida en la silla de plástico, agotada por las emociones del día. Roberto montaba guardia junto a la máquina de café.
Finalmente, la puerta de urgencias se abrió.
Salió el médico joven, acompañado de un hombre mayor, de cabello blanco y lentes gruesos. Era el Jefe de Toxicología, el Doctor Iván Nicolás (equivalente en la narrativa).
Andrés se abalanzó sobre ellos.
—¿Cómo está?
El Doctor Iván se quitó los lentes y se frotó los ojos. Suspiró.
—Señor Montemayor… su hijo está vivo de milagro.
Andrés soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo.
—Gracias a Dios.
—No cante victoria todavía —advirtió el doctor, su tono era grave, casi acusatorio—. Lo que encontramos en su sangre es aterrador. Niveles de Ciclofalina y Corticosteroides que matarían a un caballo. Sus riñones están funcionando al 20%. El hígado está inflamado. Tuvimos que hacerle hemodiálisis de emergencia para limpiar la sangre. Logramos estabilizar las convulsiones, pero el daño… el daño puede ser permanente.
Andrés sintió que las piernas le fallaban.
—¿Permanente?
—Podría necesitar un trasplante de riñón en el futuro. O diálisis de por vida. Pero lo que no entiendo, señor, y necesito que me lo explique antes de que llame a la policía, es ¿cómo demonios llegó ese medicamento a su casa?
—Fue mi esposa —dijo Andrés, sin titubear.
El doctor frunció el ceño.
—¿Su esposa es médico?
—No. Pero ella conseguía las medicinas. Con un supuesto Doctor Luchen.
El Doctor Iván soltó una risa amarga.
—¿Luchen? ¿Gerardo Luchen?
—Sí. ¿Lo conoce?
—Claro que lo conozco. Y la policía también. No es médico, señor Montemayor. Es un veterinario que perdió su licencia en España hace cinco años por dopar caballos de carreras. Se dedica a vender “curas milagrosas” y medicamentos de mercado negro a gente rica y desesperada. Ese medicamento… es para evitar el rechazo de órganos en adultos, pero también se usa en dosis masivas para sacrificar animales grandes sin dolor, o para suprimir el sistema inmune en experimentos.
La rabia de Andrés alcanzó un nuevo nivel. Un veterinario. Tratando a su hijo como a un caballo que hay que sacrificar.
—Doctor, necesito que ponga todo eso en un informe. Cada palabra.
—Ya lo estoy haciendo. Y ya notifiqué al Ministerio Público. Esto es un delito de oficio. Hay un fiscal en camino.
Andrés miró a Mendizábal, su abogado.
—¿Escuchaste?
—Escuché. Tenemos el arma, tenemos la bala y tenemos el daño. Ahora vamos por la tiradora.
Andrés se acercó al cristal de la unidad de cuidados intensivos. Desde ahí podía ver a Max. Estaba entubado, rodeado de bolsas de suero y máquinas. Se veía tan pequeño en esa cama enorme.
Marina se despertó y se acercó a su lado. Se paró de puntitas para ver a través del vidrio.
—Se ve tranquilo —dijo ella—. Ya no le duele.
—No, ya no le duele —dijo Andrés—. Ahora me toca a mí causarle dolor a quien le hizo esto.
Andrés se giró hacia Roberto.
—¿Qué hora es?
—Las dos de la mañana, patrón. La señora acaba de subir una historia a Instagram. Sigue en el “after” de la gala.
Andrés sacó su teléfono. Vio la foto. Angelina sonriendo, con una copa de champaña en la mano, abrazada a otras mujeres de la alta sociedad. El pie de foto decía: “Dando amor y luz a quienes lo necesitan. #Charity #Blessings”.
Andrés sintió asco. Un asco profundo y visceral.
—Vamos a casa —dijo Andrés.
—¿Se queda Max aquí? —preguntó Roberto.
—Se queda con custodia armada. Cuatro hombres. Nadie entra si no es este doctor —señaló al Doctor Iván—. Marina, tú te quedas aquí con los guardias. Estarás segura.
—No —dijo Marina.
Andrés la miró.
—¿Cómo que no?
—Yo voy con usted.
—Es peligroso, Marina. Voy a enfrentar a una bruja.
—Yo he enfrentado borrachos, drogadictos y ratas de este tamaño —dijo Marina, separando las manos—. Una señora rica con vestido no me da miedo. Además… quiero ver cuando la agarren. Por Max.
Andrés la miró con admiración. Esa niña tenía más valor en el dedo meñique que todos sus socios de negocios juntos.
—Está bien. Vamos. Pero te quedas detrás de mí.
Salieron del hospital. La lluvia había cesado, dejando un ambiente frío y limpio, como si la ciudad se hubiera lavado para lo que iba a ocurrir.
Andrés subió a la camioneta. Ya no manejaba él; manejaba uno de los choferes de seguridad. Él iba atrás, preparando su mente.
Mendizábal iba en el asiento del copiloto, hablando por teléfono con el Fiscal General de la Ciudad de México, a quien Andrés había apoyado en su campaña.
—Sí, Fiscal. Es el hijo de Andrés Montemayor. Sí, intento de homicidio. Tenemos las pruebas. Queremos la detención en flagrancia. Ella va a llegar a la casa en una hora. Sí, necesitamos una patrulla discreta afuera, pero nosotros hacemos la retención ciudadana primero. Gracias.
Colgó.
—Está arreglado, Andrés. La policía va a esperar nuestra señal afuera de la casa. Tú entras, la confrontas, grabamos la confesión si es posible, y luego entran ellos y se la llevan.
La caravana de vehículos negros se deslizó por las calles vacías de la madrugada. Regresaban a Las Lomas. Regresaban a la escena del crimen.
Andrés cerró los ojos y visualizó el momento. No iba a gritar. No iba a golpearla, aunque ganas no le faltaban. Iba a destruirla con la verdad. Iba a ver cómo su máscara se desmoronaba.
Recordó las palabras de Vera en el cementerio, o lo que él imaginó que le decía. “Abre los ojos”.
Ya los tenía abiertos. Y lo que veía era guerra.
—Marina —dijo Andrés en la oscuridad de la camioneta.
—¿Mande?
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por ser valiente. Por entrar a ese cuarto. Por leer ese papel. Si tú no hubieras estado ahí… Max habría muerto esta noche.
Marina se encogió de hombros, un gesto pequeño en la penumbra.
—Los niños nos tenemos que cuidar entre nosotros, porque a veces los adultos están muy ocupados siendo tontos.
Andrés sonrió tristemente. Qué gran verdad. Él había sido el adulto más tonto del mundo. Pero eso se acababa hoy.
La camioneta giró en la calle de su casa. Las luces de los faros iluminaron el portón negro.
La trampa estaba lista. El ratón estaba por llegar, pero esta vez, el gato era un tiburón, y no iba a tener piedad.
CAPÍTULO 4: LA TRAMPA Y LA MÁSCARA ROTA
La residencia Montemayor en Las Lomas dormía bajo una oscuridad sepulcral. A las tres de la mañana, la lluvia había cesado, dejando tras de sí un silencio húmedo y pesado, de esos que presagian desgracias.
La casa estaba a oscuras, pero no vacía. Era un escenario preparado meticulosamente, una ratonera de lujo esperando a su presa.
Andrés estaba sentado en el sillón individual de cuero en la sala principal, una pieza de diseño que costaba más que un coche compacto y que ahora servía como trono de juicio. No había encendido ninguna luz, salvo una pequeña lámpara de lectura en la esquina opuesta, que arrojaba sombras alargadas y fantasmales sobre las paredes de concreto pulido.
No estaba solo. En la penumbra de la cocina abierta, Marina estaba sentada en un banco alto, balanceando sus pies que no tocaban el suelo. Tenía una taza de chocolate caliente entre las manos, pero no bebía. Sus ojos, grandes y alertas, brillaban en la oscuridad como los de un gato callejero.
—¿Tiene miedo, señor Andrés? —susurró la niña, su voz apenas audible.
Andrés no giró la cabeza. Su mirada estaba fija en la puerta principal de madera masiva.
—No, Marina. El miedo se me acabó en el hospital. Lo que tengo ahora es asco. Y paciencia. Mucha paciencia.
Roberto, el jefe de seguridad, emergió de las sombras del pasillo. Llevaba un auricular en el oído y una tablet en la mano.
—Patrón, el vehículo de la señora acaba de pasar la caseta de seguridad de la entrada al fraccionamiento. Viene en el BMW. Viene sola. ETA dos minutos.
—¿El operativo? —preguntó Andrés, sin mover un músculo.
—Listo. La patrulla de la Fiscalía está a dos calles, con las luces apagadas. Mendizábal está en el despacho con la puerta entreabierta, grabando audio y video. Mis hombres tienen cubiertas las salidas traseras y el jardín. No hay por dónde se escape.
—Bien. Desaparece, Roberto. Quiero que piense que está sola conmigo. Quiero que se confíe.
Roberto asintió y se desvaneció en la oscuridad de la casa como un fantasma entrenado.
Andrés respiró hondo. Visualizó a Max entubado en la cama de hospital. Visualizó la piel translúcida de su hijo, las convulsiones, el dolor. Usó esas imágenes como combustible. Necesitaba estar frío. Si perdía el control y la golpeaba, ella ganaba. Ella se haría la víctima, lo demandaría, convertiría el proceso en un circo mediático. No. Tenía que destruirla intelectualmente. Tenía que hacer que ella misma se ahorcara con sus palabras.
El sonido de un motor potente rompió el silencio de la calle. Luces blancas barrieron las ventanas de la sala. El motor se apagó. El portazo de un coche. Tacones resonando en el camino de piedra laja de la entrada.
El sonido de las llaves buscando la cerradura. Un tintineo torpe, frustrado.
—Maldita llave… —se oyó la voz de Angelina al otro lado, pastosa, arrastrada. Estaba borracha.
Finalmente, la cerradura cedió. La puerta se abrió de golpe.
Angelina entró trastabillando. Traía el vestido rojo de diseñador arrugado, el maquillaje corrido y una estola de piel sintética arrastrando por el suelo. Olía a champán caro, a perfume Chanel y a cigarro mentolado.
Entró tarareando una canción de moda, girando sobre sí misma con los brazos abiertos, como si todavía estuviera en la pista de baile.
—¡Ay, qué noche! ¡Qué noche! —exclamó al aire, riendo sola.
Buscó el interruptor de la luz principal, pero sus dedos torpes no lo encontraron de inmediato.
—¿Rosa? —gritó—. ¡Rosa! ¡Tráeme agua mineral con hielo, muero de sed! ¡Y unas aspirinas!
Nadie respondió. La casa le devolvió su propio eco.
—¡Pinche servidumbre! —masculló—. Nunca están cuando uno los necesita. Mañana corro a esa india.
Angelina dio dos pasos hacia la sala y, de repente, se detuvo. Sus instintos, aunque adormecidos por el alcohol, detectaron algo. Una presencia.
Andrés encendió la lámpara que tenía al lado. El clic del interruptor sonó como un disparo en el silencio.
Angelina dio un salto y soltó un grito agudo, llevándose la mano al pecho.
—¡Aaaay! ¡Puta madre, Andrés! —gritó, respirando agitadamente—. ¡Me vas a matar de un susto! ¿Qué haces ahí sentado como un vampiro a oscuras?
Andrés no se movió. La miró con una calma gélida, cruzando las piernas, entrelazando los dedos sobre su regazo.
—Buenas noches, esposa mía. O mejor dicho, buenos días. Son las tres y media.
Angelina soltó una risita nerviosa, tratando de recuperar la compostura. Se alisó el vestido y se pasó una mano por el cabello alborotado.
—Ay, mi amor, no empieces con tus celos de viejito. Se nos hizo tarde. El evento estuvo increíble, no tienes idea. Estaba el gobernador, estaba la esposa del embajador… Recaudamos millones para los niños con cáncer. Deberías estar orgulloso de mí.
Caminó hacia el bar de la sala, dándole la espalda a Andrés, sirviéndose un vaso de agua con manos temblorosas.
—Fue agotador. Ser caritativa cansa, ¿sabes? —dijo, bebiendo con avidez—. ¿Y tú? ¿Qué tal tu aburrida tarde de negocios? ¿Dormiste bien?
—No he dormido —dijo Andrés.
—Pues se te nota, traes una cara de panteón… —Angelina se giró, apoyando la cadera en la barra del bar, sonriendo con esa sonrisa ensayada que solía desarmarlo—. ¿Y el niño? ¿Max? Supongo que está dormido. Le di su medicina antes de irme, así que debe estar frito.
La mención de la medicina fue el detonante. Andrés sintió una descarga eléctrica en la columna, pero mantuvo la voz plana.
—¿Ah, sí? ¿Se la diste tú personalmente?
—Claro, mi vida. Como siempre. Tú sabes que él es mi prioridad —mintió con una naturalidad que daba miedo—. Le di sus pastillas, le di un beso de buenas noches y lo arropé. Estaba tan tranquilo… Pobre angelito.
—¿Y qué medicina le diste hoy, Angelina?
Angelina parpadeó. La pregunta era inusual. Andrés nunca preguntaba detalles.
—Pues… la de siempre. La del tratamiento especial del Doctor Luchen. ¿Por qué tantas preguntas? ¿Te sientes bien?
Andrés se puso de pie lentamente. Se acercó a la mesa de centro de cristal. Ahí, iluminada por el único haz de luz, estaba la caja blanca arrugada. La caja de “Ciclofalina Compuesta”.
—¿Le diste esta? —preguntó Andrés, señalando la caja.
Angelina entrecerró los ojos para enfocar en la penumbra. Cuando reconoció la caja, su sonrisa se congeló por una fracción de segundo. Solo una fracción. Luego, la máscara volvió a su lugar.
—Sí, esa. ¿Qué hace ahí tirada? Debería estar en su cuarto. Max es muy descuidado, seguro la bajó.
—No, Max no la bajó. La bajé yo. Y luego la llevé al Hospital Infantil Federico Gómez.
El silencio que siguió duró cinco segundos. Cinco segundos donde se pudo escuchar el zumbido del refrigerador en la cocina.
La cara de Angelina cambió. El alcohol pareció evaporarse de su sistema de golpe, reemplazado por una alerta animal.
—¿Al hospital? —su voz subió una octava—. ¿Por qué? ¿Qué pasó? ¿Te dije que no lo llevaras a hospitales de aquí! ¡Ellos no entienden el tratamiento! ¡Van a arruinar todo el progreso!
—¿Progreso? —Andrés soltó una risa seca, sin humor—. ¿Llamas progreso a que sus riñones funcionen al veinte por ciento? ¿Llamas progreso a que mi hijo pese treinta kilos a los doce años?
Angelina dejó el vaso en la barra con un golpe fuerte.
—¡Tú no eres médico, Andrés! ¡No sabes nada! ¡El Doctor Luchen dijo que es una etapa normal del tratamiento, es la crisis curativa antes de la mejora! ¡Si interrumpiste el ciclo, tú eres el culpable si algo le pasa!
Era experta en dar vuelta a la tortilla. Atacar para defenderse. Gaslighting de manual.
Andrés caminó hacia ella. Despacio. Depredador.
—El Doctor Luchen… —repitió—. Gerardo Luchen. Interesante personaje. Resulta que esta noche tuve una larga charla con el jefe de toxicología del hospital. Y adivina qué, Angelina. Él conoce a tu doctor.
Angelina retrocedió un paso, chocando contra la estantería de licores.
—No sé de qué hablas.
—Sí sabes. Sabes que Luchen es un veterinario inhabilitado en España por dopaje de caballos. Sabes que esa medicina, la Ciclofalina, es un inmunosupresor para trasplantes en adultos o para animales grandes. Y sabes, porque lo dice la maldita caja en letras negras, que está prohibida en niños porque los mata.
Andrés se detuvo a un metro de ella. Podía oler su miedo ahora, debajo del perfume caro.
—Lo envenenaste, Angelina. Durante seis meses. Le diste veneno a mi hijo cada noche, y luego venías a mi cama y me decías que me amabas.
Angelina miró a los lados, buscando una salida. Sus ojos iban de la puerta a la escalera.
—Estás loco —susurró—. Estás paranoico. Seguro te llenaron la cabeza de ideas esos médicos mediocres de hospital público. Yo solo quería ayudar…
—¡DEJA DE MENTIR! —El grito de Andrés hizo temblar los cristales de la sala.
Fue tan repentino y violento que Angelina se encogió, cubriéndose la cara con las manos.
—¡Se acabó el teatro! ¡Tengo el reporte de toxicología! ¡Tengo la declaración de los médicos! ¡Y tengo un testigo!
—¿Testigo? —Angelina bajó las manos. Sus ojos brillaban con lágrimas de pánico—. ¿Qué testigo? Nadie entra a esa habitación. Solo tú y yo. Max miente, ¡ese niño siempre miente para que te pelees conmigo!
—No fue Max.
Andrés señaló hacia la cocina.
—Sal, Marina.
Marina bajó del banco. Caminó despacio hacia la luz, sosteniendo su taza como un escudo. Se paró junto a Andrés, pequeña pero digna con el vestido azul de Vera.
Angelina la miró con incredulidad y luego con repulsión.
—¿Quién es esa… esa mugrosa? —escupió la palabra—. ¿Metiste a una pordiosera a mi casa? ¿Ese es tu testigo? ¿Una niña de la calle? ¡Por favor, Andrés! ¡Cualquier juez se va a reír de ti! ¡Le pagaste para que dijera mentiras!
—Ella sabe leer, Angelina. Ella leyó el prospecto que tú nunca te molestaste en tirar. Ella salvó a Max mientras tú estabas bebiendo champaña.
Angelina miró a la niña con un odio puro, destilado. Si las miradas mataran, Marina habría caído fulminada ahí mismo.
—Maldita escuincla entrometida… —siseó Angelina.
Y entonces, la máscara se rompió por completo.
Ya no había esposa preocupada. Ya no había socialité encantadora. Solo quedaba la verdad fea y desnuda.
Angelina soltó una carcajada histérica. Se echó el pelo hacia atrás, revelando un rostro contorsionado por la rabia.
—¿Y qué? —gritó—. ¿Y qué si sabía? ¡¿Y QUÉ?!
Andrés sintió un escalofrío, pero no retrocedió.
—¿Por qué? —preguntó simplemente.
—¡Porque estoy harta! —explotó Angelina. Empezó a caminar de un lado a otro, gesticulando violentamente—. ¡Harta de ser la segunda! ¡Harta de vivir a la sombra de tu muerta! “Vera esto, Vera lo otro”. ¡Esa casa es un maldito santuario a una muerta! Y ese niño… ese niño es igual a ella. Tiene sus ojos, su mueca, su maldita forma de mirar.
Se detuvo frente a Andrés, desafiante.
—Cada vez que lo veo, veo a la mujer que amas de verdad. A mí nunca me has mirado así, Andrés. A mí me compraste. Soy tu adorno caro. Pero a ella la adorabas. Y mientras ese niño estuviera aquí, yo nunca iba a ser la dueña de nada. Si tú te morías mañana, todo sería para él. ¿Y yo qué? ¿La viuda joven con una pensión? ¡No! ¡Yo merezco todo! ¡Yo me he aguantado tus caras largas, tus viajes, tu obsesión por el trabajo!
—¿Así que decidiste matarlo? —la voz de Andrés era un susurro mortal—. ¿Matar a un niño de doce años por dinero y celos?
—¡No se iba a morir tan rápido! —se defendió ella, como si eso fuera un atenuante—. El plan era que se enfermara crónico. Que necesitara cuidados siempre. Que tú te desgastaras, que la empresa sufriera, y que yo fuera la heroína que lo cuidaba hasta el final. Y si se moría… pues ni modo. Eran cosas de Dios.
—Cosas de Dios… —repitió Andrés, asqueado—. Eres un monstruo.
—Soy una mujer práctica, Andrés. En tu mundo de negocios haces cosas peores. Destruyes empresas, dejas gente en la calle. No te hagas el santo ahora.
Angelina se acercó al sofá y tomó su bolso Louis Vuitton.
—Me voy. Esto es ridículo. Voy a casa de mi mamá. Hablaremos mañana cuando se te baje la histeria y hablemos de mi divorcio. Quiero la mitad de todo, Andrés. Por daño moral. Y si intentas usar a esa niña mugrosa en mi contra, te juro que…
—No vas a ningún lado, Angelina.
—¿Ah, no? ¿Me vas a secuestrar? Eso sí es delito.
Angelina caminó hacia la puerta con paso firme, taconeando con arrogancia.
—Quítate de mi camino.
Abrió la puerta principal de un tirón.
Y se encontró de frente con un muro de luces azules y rojas que giraban en la oscuridad.
Tres patrullas de la Policía de Investigación bloqueaban la entrada. Cuatro oficiales uniformados y dos agentes de civil con placas al cuello estaban parados en el porche, con las manos en las armas.
Angelina se detuvo en seco. Su bolso cayó al suelo.
—¿Qué…?
El agente al mando, el Comandante Rivas, dio un paso adelante.
—Señora Angelina Dávila, queda usted detenida.
Angelina retrocedió, tropezando con sus propios pies, reentrando a la casa.
—¡No! ¡Andrés! ¿Qué hiciste? —gritó, volviéndose hacia él. Su arrogancia se había esfumado, reemplazada por un terror infantil—. ¡Andrés, diles que es un error! ¡Soy tu esposa! ¡No puedes hacerme esto!
Andrés caminó hacia ella. Se detuvo a un metro. La miró desde arriba, con la frialdad de un iceberg.
—Ya no eres mi esposa, Angelina. Eres el intento de asesina de mi hijo.
—¡Soy una Dávila! ¡Mi familia te va a destruir! —chilló ella, lanzándose hacia él para arañarle la cara.
Pero Roberto salió de las sombras y la interceptó antes de que tocara a Andrés. Le sujetó los brazos a la espalda con una llave profesional.
—Quieta, señora. No complique más su situación.
Los agentes de policía entraron. Una oficial mujer se acercó, sacó unas esposas metálicas y se las colocó a Angelina con un chasquido seco y definitivo.
—Tiene derecho a guardar silencio. Todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra…
—¡Suéltenme! ¡Me lastiman! ¡Andrés, ayúdame! ¡Te amo! ¡Lo hice por nosotros! —Angelina gritaba, lloraba, pataleaba. El rímel negro le corría por la cara como lágrimas de petróleo. Se veía patética. Desquiciada.
Andrés se acercó al abogado Mendizábal, que acababa de salir del despacho con su teléfono en la mano.
—¿Se grabó todo? —preguntó Andrés.
—Todo. Audio y video en 4K. La confesión fue explícita. “El plan era que se enfermara crónico”. “Yo merezco todo”. Con eso y el reporte de toxicología, le van a dar cuarenta años, mínimo. No sale ni con fianza.
Andrés asintió. Se sentía vacío, agotado, pero limpio.
Vio cómo los policías arrastraban a Angelina hacia la salida. Ella seguía gritando insultos ahora, maldiciendo a Andrés, a Max, a Vera, a la niña.
—¡Ojalá se mueran! ¡Ojalá se mueran todos!
Cuando la subieron a la patrulla y cerraron la puerta, el silencio volvió a caer sobre la calle. Pero esta vez era un silencio diferente. Ya no era pesado. Era el silencio de después de la tormenta.
Andrés se quedó parado en el umbral de su puerta, viendo cómo las luces rojas y azules se alejaban en la noche.
Sintió un tirón en su saco.
Bajó la vista.
Marina estaba a su lado. Había salido al porche. Estaba mirando la calle vacía.
—Se la llevaron —dijo la niña.
—Sí. Se la llevaron. Ya no puede hacernos daño.
Marina asintió, satisfecha.
—Mi mamá decía que el diablo a veces se viste bonito, pero siempre se le olvida esconder la cola. Esa señora tenía una cola muy larga.
Andrés soltó una carcajada. Fue una risa breve, ronca, liberadora. Se agachó y abrazó a la niña. La abrazó fuerte, sin importarle que ella estuviera tensa al principio. Luego, sintió cómo los bracitos flacos de Marina lo rodeaban torpemente.
—Gracias, Marina —le susurró al oído—. Gracias por salvarme.
Se separaron.
—Tengo sueño —dijo Marina, frotándose un ojo.
—Vamos —dijo Andrés, cerrando la puerta de la mansión con llave—. Pero no nos quedamos aquí. Esta casa huele a ella. Vamos al hospital. Quiero estar cuando Max despierte.
—¿Puedo dormir en el coche?
—Puedes dormir donde quieras. Ese coche es tuyo si quieres.
Subieron a la camioneta. Andrés arrancó. Mientras conducía de regreso al hospital, vio el amanecer despuntar sobre la ciudad. El cielo gris estaba cambiando a un rosa pálido y naranja. La lluvia se había ido.
El “Tiburón” había ganado muchas batallas en su vida, había cerrado tratos millonarios y destruido competidores. Pero mientras veía el sol salir, supo que esta era la única victoria que realmente importaba.
Había recuperado a su hijo. Y en el proceso, había encontrado algo que creía perdido para siempre: la capacidad de confiar en alguien.
—Oiga, señor Andrés —dijo Marina desde el asiento de atrás, ya con los ojos cerrados.
—Dime.
—Cuando Max se cure… ¿me va a devolver a la calle?
Andrés miró por el retrovisor. Vio a la niña acurrucada en el asiento de piel, vulnerable, pequeña.
Sintió una punzada en el corazón. La idea de dejarla ir, de devolverla a ese infierno de cementerios y padres borrachos, le resultó físicamente insoportable.
—Duérmete, Marina —dijo suavemente—. Luego hablamos de eso. Pero te prometo una cosa: nadie que salve a un Montemayor vuelve a dormir en la calle. Eso te lo firmo ante notario.
Marina sonrió levemente y se quedó dormida.
Andrés aceleró hacia el hospital. Hacia Max. Hacia el futuro. Por primera vez en diez años, Andrés Montemayor no tenía miedo del mañana.
CAPÍTULO 5: EL DESPERTAR Y LOS FANTASMAS DEL PASADO
El amanecer en la sala de espera de Terapia Intensiva del Hospital Infantil Federico Gómez no tenía nada de poético. No había rayos de sol dorados entrando por las ventanas, solo una luz grisácea y lechosa que se filtraba a través de los cristales sucios, revelando con crueldad el cansancio en los rostros de los padres que dormitaban en sillas de plástico.
Andrés Montemayor llevaba treinta y seis horas sin dormir. Su traje italiano de tres piezas, que solía llevar como una armadura impecable, estaba arrugado, manchado de café y sin corbata. La barba de un día le sombreaba la mandíbula, dándole un aspecto peligroso, casi salvaje.
Estaba de pie frente al gran ventanal de cristal que separaba el mundo de los vivos del mundo de los que luchaban por no irse. Al otro lado, conectado a un bosque de tubos transparentes y máquinas que parpadeaban con ritmos hipnóticos, estaba Max.
El proceso de desintoxicación había sido brutal. Durante la madrugada, los riñones de Max habían amenazado con colapsar del todo. Los médicos habían corrido, gritado órdenes y ajustado dosis mientras Andrés miraba impotente desde el pasillo, sintiendo que cada alarma del monitor era un disparo directo a su corazón.
—Ya se estabilizó, patrón —dijo Roberto, apareciendo a su lado con dos vasos de café humeante de la máquina expendedora—. El doctor dice que la diálisis está funcionando. Está orinando. Eso es buena señal.
Andrés tomó el vaso. El café era horrible, agua sucia con azúcar, pero la cafeína era lo único que lo mantenía en pie.
—Gracias, Roberto. ¿Y Marina?
Roberto señaló con la cabeza hacia una fila de sillas en la esquina.
Marina estaba hecha un ovillo, tapada con el saco del traje de Andrés. Dormía con la boca ligeramente abierta, pero incluso en sueños, su ceño estaba fruncido. Una de sus manos colgaba fuera de la silla, y Andrés notó que mantenía el puño cerrado, como si estuviera lista para golpear a quien intentara despertarla.
—Esa niña es de acero —comentó Roberto en voz baja—. Cuando usted estaba firmando los papeles de ingreso, se me acercó y me preguntó si tenía un arma. Le dije que sí y me dijo: “Úsela si ve a la bruja”.
Andrés sonrió tristemente.
—Tiene razón. Deberíamos haberla usado.
—La ley se encargará, patrón. Mendizábal me llamó hace diez minutos. Ya le dictaron la prisión preventiva oficiosa a la señora Angelina. La trasladaron a Santa Martha al amanecer. Dice que gritó todo el camino, amenazando con demandar al Presidente si hacía falta. Pero está refundida. No sale.
Andrés asintió, sintiendo una satisfacción fría. Pero no era suficiente. Verla presa no curaba los riñones de su hijo. Verla presa no borraba los seis meses de tortura.
—Papá…
El susurro fue tan leve que Andrés pensó que lo había imaginado.
Pero al mirar a través del cristal, vio que Max había abierto los ojos. Eran dos rendijas apenas visibles en su cara hinchada por los corticoides, pero estaban ahí.
Andrés dejó el café y entró a la unidad, lavándose las manos con gel antibacterial mecánicamente. Se acercó a la cama.
—Aquí estoy, hijo. Aquí estoy.
Max trató de enfocar la vista. Estaba drogado, confundido.
—¿Dónde… dónde está ella? —preguntó. El miedo en su voz era palpable.
—Se fue, Max. Se fue para siempre. La policía se la llevó. Nunca más te va a tocar. Nunca más te va a obligar a tomar nada. Te lo juro por mi vida.
Una lágrima solitaria resbaló por la mejilla del niño.
—Me dolía mucho, papá. Yo quería decirte… pero tenía miedo que no me creyeras. Ella decía que tú la querías más a ella que a mí.
—Eso nunca, Max. Nunca. Perdóname por ser tan ciego. Perdóname por no ver lo que pasaba. Soy un idiota.
Max intentó sonreír, pero hizo una mueca de dolor.
—Sí… un poquito idiota sí eres.
Andrés soltó una risa ahogada que terminó en sollozo. Le besó la mano a su hijo, esa manita llena de catéteres.
—Descansa. Tienes que ponerte fuerte.
Al salir de la unidad, vio que Marina estaba despierta. Estaba sentada en la silla, frotándose los ojos, con el cabello alborotado. Al ver a Andrés, se puso tensa de inmediato, como un resorte.
—¿Se murió? —preguntó, directa y brutal.
—No. Despertó. Está vivo, Marina. Gracias a ti.
Marina soltó el aire y se dejó caer contra el respaldo.
—Qué bueno. Porque me debe una pizza que no me pude comer.
Andrés se sentó a su lado. El contraste entre el millonario desaliñado y la niña de la calle con ropa prestada era evidente para todos los que pasaban, pero a Andrés ya no le importaban las apariencias.
—Marina… tenemos que hablar.
La niña se puso rígida. La guardia alta de nuevo.
—Ya sé. Ya me va a mandar al DIF, ¿verdad? O a la calle. Ya cumplí, ya salvé al niño, ya estorbo.
—No digas tonterías.
—No son tonterías. Así funciona. Los adultos usan a los niños y luego adiós. Mi papá también prometía cosas antes de… bueno, antes.
Andrés la miró fijamente.
—Yo no soy tu papá. Y yo cumplo mis deudas. Te dije que nadie que salve a un Montemayor vuelve a la calle, y lo cumplo. Pero necesito saber qué quieres hacer. Roberto ya investigó un poco. Sé quién eres.
Marina bajó la mirada. Se puso a jugar con un hilo suelto del saco de Andrés.
—¿Ah, sí? ¿Y qué sabe?
—Sé que te llamas Marina Vallejo. Que tu mamá se llamaba Alejandra y era pediatra en este mismo hospital hace años. Y que tu papá se llama Valerio y era violinista de la Filarmónica.
Al escuchar el nombre de su padre, Marina se encogió.
—Era. Ahora es borracho profesional.
—Sé dónde viven, Marina. En la colonia Doctores, a unas cuadras de aquí. En una vecindad.
—Si se le puede llamar vivir —murmuró ella.
Andrés suspiró.
—Mira, legalmente esto es complicado. No puedo simplemente “quedarme” contigo, sería secuestro. Pero tengo abogados que hacen magia. Puedo pedir tu custodia temporal argumentando que estás en situación de riesgo. Puedo llevarte a casa con nosotros. Tendrías tu cuarto, comida, escuela. Max va a necesitar una amiga que no lo trate como enfermo, y tú eres experta en eso.
Los ojos de Marina brillaron con una mezcla de esperanza y terror.
—¿De verdad? ¿Vivir en la casa del castillo?
—Sí. Pero… —Andrés dudó. Sabía que pisaba terreno peligroso—. ¿Qué pasa con tu papá? ¿Quieres verlo?
La cara de Marina se endureció. Esa máscara de adulta prematura volvió a caer sobre sus facciones.
—No. Él ya no me conoce. Cuando está sobrio llora y pide perdón, pero a las dos horas ya está buscando la botella. Y cuando toma… se pone loco. Rompe las cosas de mamá. Me grita que por mi culpa ella murió, porque ese día íbamos a comprarme zapatos. Mejor que se quede solo.
Andrés sintió una punzada de identificación. Él también había culpado al universo por la muerte de Vera. Él también se había vuelto “loco”, solo que su droga era el trabajo y el dinero. Entendía a Valerio más de lo que le gustaría admitir. El dolor de perder a la mujer amada puede destruir a un hombre de formas muy distintas. A Valerio lo ahogó en alcohol; a Andrés lo ahogó en ambición. Ambos habían abandonado a sus hijos en el proceso.
—Está bien —dijo Andrés—. No tienes que verlo si no quieres. Voy a llamar a Mendizábal para que inicie los trámites de custodia de emergencia. Mientras Max esté aquí, tú te quedas conmigo. Alquilé una suite en el hotel de enfrente para poder bañarnos y dormir por turnos. Roberto te llevará.
Marina asintió, pero Andrés notó que su mirada se quedó perdida en el vacío. Había dolor ahí. Un dolor profundo de quien renuncia a su última raíz, por podrida que esté.
Pasaron tres días.
Max mejoraba lentamente. Sus riñones empezaban a filtrar mejor, aunque los médicos advertían que la recuperación sería de meses. Andrés había convertido la sala de espera privada en su oficina temporal. Desde ahí dirigía su imperio logístico, despedía ejecutivos incompetentes y se aseguraba de que Angelina no tuviera ni un resquicio legal para salir.
Marina se había convertido en la guardiana de la puerta de Max. Se sentaba afuera de la habitación con un libro en las manos (Andrés le había comprado una docena), y fulminaba con la mirada a cualquier enfermera que tardara más de la cuenta.
Pero Andrés tenía una espina clavada.
Esa tarde, dejó a Roberto a cargo de los niños.
—Tengo que salir un par de horas —dijo.
—¿A dónde, patrón? ¿Necesita escolta?
—No. Voy solo. Necesito hacer esto solo.
Andrés subió a su camioneta, pero esta vez no fue a las Lomas. Condujo por las calles estrechas y llenas de baches de la colonia Doctores. El GPS lo llevó a una calle gris, llena de talleres mecánicos y puestos ambulantes.
Se detuvo frente a una vecindad antigua, de fachada descascarada que alguna vez fue azul. Había ropa tendida en los balcones y música de cumbia sonando a todo volumen.
Andrés bajó del coche. Su traje impecable desentonaba violentamente con el entorno. La gente se le quedó viendo. Unos niños que jugaban fútbol con una botella de plástico se detuvieron.
—Cuídenme la nave —les dijo Andrés, sacando un billete de quinientos pesos y dándoselo al más grande—. Si cuando regrese tiene un solo rasguño, se los cobro. Si está entera, les doy otro igual.
Los ojos de los niños se abrieron como platos.
—¡Va, jefe! ¡Aquí nadie la toca!
Andrés entró al pasillo oscuro de la vecindad. El olor a humedad, cebolla frita y drenaje lo golpeó. Buscó el número 14, al fondo, en la planta baja.
La puerta era de madera podrida. Se oía ruido adentro. Vidrios rompiéndose. Un llanto ronco.
Andrés tocó la puerta. Fuerte. Con los nudillos de quien está acostumbrado a que le abran.
Nadie respondió.
Volvió a tocar.
—¡Valerio! —gritó—. ¡Busco a Valerio Vallejo!
La puerta se abrió de golpe.
Un hombre apareció en el umbral. Estaba descalzo, con una camiseta interior manchada de comida y vino barato. Tenía el pelo largo y grasiento, la barba de semanas y unos ojos inyectados en sangre que apenas podían enfocar. Era la viva imagen de la derrota humana.
Pero debajo de la mugre y el alcohol, Andrés vio algo. Vio los rasgos finos de Marina. Vio las manos largas y delgadas de un músico.
—¿Quién chingados eres? —balbuceó Valerio, tambaleándose—. ¿Vienes a cobrar la renta? ¡Dile a la Doña que mañana le pago!
—No vengo por la renta. Vengo por tu hija.
La mención de la niña pareció golpear a Valerio. Parpadeó, confuso.
—¿Marina? ¿Dónde está esa escuincla? Se fue… hace días que no viene. ¡Me dejó solo! ¡Igual que su madre! ¡Todas me dejan!
Valerio intentó cerrar la puerta, pero Andrés puso su zapato italiano de suela dura en el marco y empujó. La puerta se abrió, lanzando a Valerio hacia atrás, quien tropezó con una botella vacía y cayó sentado en un sofá desvencijado.
Andrés entró y cerró la puerta tras de sí.
El departamento era un caos. Había basura por todos lados, partituras musicales arrugadas en el suelo, y en el centro, como un altar macabro, una foto enmarcada de una mujer hermosa abrazando a una bebé. Alejandra y Marina. La foto estaba limpia, impoluta, lo único cuidado en ese chiquero.
Andrés miró la foto y luego a Valerio.
—Estás hecho una mierda, Valerio.
El músico soltó una risa amarga, buscando una botella medio llena en el suelo.
—Gracias por el diagnóstico, doctor. ¿A qué vienes? ¿Eres de servicios sociales? Llévatela. No sirvo para cuidarla. Mírame. No me puedo cuidar ni yo.
—Soy Andrés Montemayor. Tu hija salvó la vida de mi hijo hace tres días.
Valerio detuvo la botella a medio camino de su boca.
—¿Qué?
—Mi hijo estaba siendo envenenado por mi esposa. Marina se dio cuenta. Ella leyó los medicamentos. Ella tuvo el valor que yo no tuve. Esa niña que tienes abandonada en la calle es una heroína.
Valerio bajó la botella. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Ella es… ella es igual a Ale. Inteligente. Valiente. Yo soy el que sobra aquí.
—Sí, eres igual que yo —dijo Andrés, sentándose en una silla de madera que crujió bajo su peso—. Un cobarde que se escondió en su dolor.
Valerio lo miró con furia.
—¡Tú qué sabes! ¡Tú eres un rico de mierda! ¡Tú no sabes lo que es perder a la mujer de tu vida! ¡Tú no sabes lo que es verla salir por la puerta y que te la devuelvan en una caja!
—Mi esposa murió hace diez años —dijo Andrés con voz suave.
El silencio cayó sobre la habitación.
—No teníamos dinero para operarla —continuó Andrés, mirando la foto de Alejandra—. Se murió en un hospital público porque yo no conseguí ochenta mil pesos. Me quedé solo con un niño de dos años.
Valerio lo miró, atónito. La barrera de clase social se desmoronó, dejando solo a dos viudos frente a frente.
—¿Y qué hiciste? —preguntó Valerio.
—Me prometí que nunca más sería pobre. Me dediqué a hacer dinero. Millones. Me olvidé de vivir, me olvidé de mi hijo, me olvidé de todo con tal de llenar ese hueco. Y por mi culpa, por mi ausencia, casi matan a mi hijo. Tú te metiste en la botella; yo me metí en la oficina. Los dos abandonamos a lo único que ellas nos dejaron: a nuestros hijos.
Andrés se inclinó hacia adelante.
—La diferencia, Valerio, es que yo ya desperté. Y tú sigues aquí tirado, dando lástima.
—No puedo… —sollozó Valerio—. Duele mucho. Cada vez que veo a Marina, veo a Ale. Y no lo soporto.
—Pues vas a tener que soportarlo. Porque esa niña te necesita. No necesita al músico famoso, ni al padre perfecto. Necesita a su papá.
Andrés sacó una tarjeta de su bolsillo y un cheque que ya había llenado en el coche.
—Marina se va a quedar conmigo por ahora. Tengo la custodia temporal. Va a vivir en mi casa, va a ir a la escuela y va a estar segura.
Valerio miró el cheque. La cifra era obscena.
—¿Me estás comprando a mi hija? —preguntó con un hilo de voz, ofendido.
—No. Ese dinero es para una clínica. La mejor clínica de rehabilitación de México, en Cuernavaca. “Renacer”. Ya hablé con el director. Te esperan hoy mismo. Tienes una cama reservada por seis meses.
Andrés puso el cheque sobre la mesa, junto a la botella de tequila barato.
—Tienes dos opciones, Valerio. Tomas ese dinero, te largas a beber hasta que el hígado te reviente y te mueres solo en este agujero, y yo me encargo de que Marina nunca sepa dónde quedaste tirado. O tomas ese dinero, te vas a la clínica, te limpias, y en seis meses, cuando seas un ser humano funcional, vas a mi casa y tocas el timbre para conocer a tu hija de nuevo.
Andrés se levantó y se alisó el traje.
—Marina cree que eres un monstruo. Demuéstrale que se equivoca. Hazlo por Alejandra. Ella no querría ver a su marido convertido en esto.
Valerio se quedó mirando el cheque, temblando. Miró la foto de su esposa. Luego miró sus manos sucias.
—¿Por qué hace esto? —preguntó sin levantar la vista.
—Porque tu hija salvó lo que yo más amo. Y yo pago mis deudas.
Andrés caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo.
—El chofer de la clínica viene en una hora por ti. Si no estás listo, se va. Y la oferta expira. Tú decides.
Andrés salió de la vecindad. El aire de la calle le pareció más limpio que el de adentro.
Los niños seguían cuidando la camioneta.
—Está enterita, jefe —dijo el líder.
Andrés le dio el otro billete.
—Gracias, chavos. Cómprense algo bueno.
Subió a la camioneta y arrancó. No sabía si Valerio tomaría la oportunidad. Había visto hombres romperse para siempre y hombres que regresaban del infierno. Dependía de él. Pero al menos, Andrés sabía que había hecho lo correcto. No solo había salvado a Marina de la calle; había intentado salvar su origen.
Regresó al hospital al atardecer.
Entró a la habitación de Max. El niño estaba despierto, viendo caricaturas en una tablet. Marina estaba sentada en la orilla de la cama, comiendo una gelatina que se suponía era para Max.
—Oye, esa es mía —se quejó Max, pero sonriendo.
—Tú no puedes comer azúcar todavía, te hace daño. Me estoy sacrificando por ti —respondió Marina con la boca llena.
Al verlos reír, Andrés sintió que el peso de diez años se le quitaba de encima.
—Hola, familia —dijo desde la puerta.
La palabra “familia” salió sola. Y por primera vez, sonó real.
Marina lo miró.
—¿A dónde fue, señor Andrés? Trae cara de misterio.
—Fui a hacer una inversión —dijo Andrés, guiñándole un ojo—. Una inversión a largo plazo y de alto riesgo. Pero creo que va a valer la pena.
Marina no entendió, pero sonrió.
—Mientras traiga pizza, invierta en lo que quiera.
Andrés se rió y se sentó en el sillón.
Afuera oscurecía, pero en esa habitación, por fin, empezaba a amanecer.
Faltaba mucho camino. El juicio de Angelina, la recuperación física de Max, la adaptación de Marina a una vida de lujos que no conocía. Pero Andrés ya no era “El Tiburón” solitario. Ahora tenía una manada. Y pobre del que intentara tocarlos.
Lejos de ahí, en una vecindad de la Doctores, un hombre tembloroso tomaba una botella de tequila medio llena, la miraba fijamente durante un minuto eterno, y luego, con un grito de rabia y dolor, la estrellaba contra la pared, rompiéndola en mil pedazos. Luego, comenzaba a buscar una maleta vieja debajo de la cama.
CAPÍTULO 6: LA JAULA DE ORO Y LOS PAPELES DEL INFIERNO
Tres semanas después de la detención de Angelina, la Ciudad de México seguía su curso caótico, ajena a los dramas privados de sus habitantes. Pero en el piso 40 de una torre de cristal en Reforma, en el despacho principal de la firma “Mendizábal & Asociados”, el tiempo parecía detenerse.
Andrés Montemayor estaba de pie frente al ventanal, observando el Ángel de la Independencia diminuto allá abajo. Ya no llevaba el traje arrugado del hospital. Había vuelto a su armadura: un traje gris carbón impecable, el cabello peinado hacia atrás y esa aura de poder que intimidaba. Pero algo había cambiado en sus ojos. Ya no tenían el brillo depredador del “Tiburón” que busca dinero; ahora tenían la intensidad fría de un general en guerra.
—Se está declarando inocente, Andrés —dijo el licenciado Mendizábal, dejando caer una carpeta gruesa sobre el escritorio de caoba—. Su abogado defensor es bueno. Un tipo mañoso, de esos que defienden narcos.
Andrés se giró lentamente.
—¿Inocente? —preguntó con una calma peligrosa—. Hay videos. Hay confesión grabada. Hay reportes de toxicología que dicen que mi hijo tenía suficiente veneno en la sangre para matar a un elefante.
—La defensa va a alegar que la confesión fue bajo coacción —explicó Mendizábal, frotándose las sienes—. Dicen que tú la intimidaste, que la encerraste en la casa con guardias armados. Van a decir que ella no sabía lo que contenía el medicamento, que fue engañada por el tal Doctor Luchen, y que tú manipulaste la situación para deshacerte de ella y quedarte con sus bienes en el divorcio. Están jugando a la víctima, Andrés. “La pobre esposa trofeo acosada por el magnate cruel”.
Andrés soltó una risa seca.
—Que jueguen a lo que quieran.
Caminó hacia el escritorio y apoyó las manos sobre la madera.
—Quiero que los destruyas, Javier. No quiero un acuerdo. No quiero que pase cinco años en una prisión VIP y salga por buena conducta. Quiero que se pudra.
—El proceso será largo —advirtió el abogado—. Habrá audiencias, peritajes psicológicos. Van a citar a Max. Van a citar a la niña, a Marina.
Andrés golpeó la mesa.
—A Max no lo tocan. Y a Marina menos.
—Tendrán que declarar, Andrés. Son las víctimas y los testigos. Pero podemos pedir que sea a puerta cerrada, protegidos.
—Hazlo. Y sobre el Doctor Luchen…
—La Interpol ya emitió la ficha roja. Lo ubicaron en Marbella hace dos días. Parece que intentaba vender un lote de ketamina veterinaria a unos promotores de fiestas. La Guardia Civil lo va a detener en cualquier momento. Cuando caiga, cantará. Ese tipo no va a aguantar ni un día en la cárcel sin delatar a quien le pagaba.
Andrés asintió.
—Bien. Gasta lo que tengas que gastar. Compra a los peritos si hace falta, o mejor, contrata peritos extranjeros que no se puedan comprar. Quiero que Angelina entienda que se metió con el animal equivocado.
Salió del despacho sin despedirse. Tenía una misión más importante que la venganza legal: hoy daban de alta a Max.
El regreso a la mansión de Las Lomas fue extraño.
La camioneta blindada entró por el portón de hierro. El jardín estaba igual de perfecto, la fachada blanca igual de imponente. Pero para Andrés, la casa se sentía diferente. Ya no era su refugio; era la escena del crimen.
Max iba en el asiento trasero, pálido y delgado, pero sonriendo. Llevaba una gorra de béisbol que le quedaba un poco grande y sostenía un videojuego portátil. A su lado, Marina miraba por la ventana con una mezcla de fascinación y terror.
Marina llevaba ropa nueva. Andrés había enviado a una personal shopper al hospital para que le comprara un guardarropa completo: jeans de marca, tenis Nike, blusas de colores suaves. Todo le quedaba bien, pero ella se movía con incomodidad, como si la ropa cara le picara.
—Bienvenido a casa, joven Max —dijo Rosa, la empleada doméstica, que esperaba en la puerta con los ojos llorosos. Detrás de ella estaba el resto del personal, alineado como un batallón nervioso.
Max bajó con ayuda de Andrés. Sus piernas todavía estaban débiles por la atrofia muscular de meses en cama.
—Hola, Rosa —dijo el niño—. ¿Hiciste milanesas? En el hospital la comida sabía a cartón mojado.
Rosa soltó una risa entre lágrimas.
—Sí, mi niño. Milanesas y puré de papa, como le gustan.
Entraron.
El recibidor estaba impecable. No quedaba rastro de Angelina. Andrés se había encargado de eso. Días antes, había ordenado a Roberto que sacara todas las cosas de ella. Ropa, cuadros, adornos, incluso los muebles que ella había comprado. Todo había sido enviado a una bodega o donado. La casa se sentía vacía, pero limpia.
—Tu cuarto está listo, hijo —dijo Andrés—. Le pusimos una tele más grande.
Max subió despacio, apoyándose en el barandal. Marina se quedó parada en el vestíbulo, abrazando su mochila vieja, lo único que había conservado de su vida anterior.
—Marina —llamó Andrés—. Ven. Te voy a enseñar tu cuarto.
La niña subió las escaleras con cautela, pisando el mármol como si fuera hielo delgado que pudiera romperse.
Andrés la guio por el pasillo. Pasaron la habitación de Max y llegaron a una puerta al final, que antes era una habitación de huéspedes.
Andrés abrió la puerta.
La habitación era enorme. Tenía un ventanal con vista al jardín, una cama matrimonial con dosel, un escritorio blanco y estanterías vacías esperando ser llenadas.
—Esta es tuya —dijo Andrés.
Marina se quedó en el umbral. No entró.
—¿Mía? —preguntó en voz baja.
—Sí. Mientras vivas aquí, este es tu espacio. Nadie puede entrar sin tu permiso. Ni siquiera yo. Tienes tu propio baño ahí a la derecha.
Marina dio un paso adentro. Tocó la colcha de seda. Miró la alfombra mullida. Y entonces, para sorpresa de Andrés, se echó a llorar.
No fue un llanto ruidoso. Fue un llanto silencioso, apretando los labios, con las lágrimas corriendo por sus mejillas.
Andrés se arrodilló a su altura.
—¿Qué pasa? ¿No te gusta? Podemos cambiar el color, o los muebles…
—No es eso —sollozó ella—. Es que… es demasiado. Yo no merezco esto, señor Andrés. Yo soy de la calle. Esto es para princesas. Yo soy… yo soy basura. Eso decía mi papá cuando se enojaba.
El corazón de Andrés se rompió en mil pedazos. La violencia psicológica que esa niña había sufrido era tan grave como la física.
—Escúchame bien, Marina Vallejo —le dijo, tomándola por los hombros con firmeza pero con suavidad—. Mírame a los ojos.
Ella levantó la vista, sus ojos negros anegados en lágrimas.
—Tú no eres basura. Tú eres la niña más valiente, inteligente y noble que he conocido en mi vida. Tú salvaste a mi hijo. Tú me salvaste a mí. Esta casa es grande y cara, sí, pero no valdría nada si no hubiera gente buena adentro. Y tú eres buena. Te ganaste este lugar. No por caridad, sino por derecho. ¿Entendiste?
Marina asintió, aunque la duda seguía en su mirada.
—¿Y si rompo algo?
Andrés sonrió.
—Si rompes algo, compramos otro. Son cosas, Marina. Las cosas se reponen. Las personas no.
La dejó instalándose. Al salir, Andrés tuvo que recargarse en la pared del pasillo y respirar hondo para no derrumbarse él también. Ser padre de uno era difícil; ser padre de dos, y uno de ellos con el alma rota, era un reto para el que ninguna escuela de negocios lo había preparado.
La primera semana fue un curso intensivo de adaptación cultural.
Marina no sabía usar los cubiertos de la cena formal. La primera noche, agarró el muslo de pollo con la mano. Rosa, la empleada, hizo una mueca de desaprobación, pero Andrés, sin decir una palabra, dejó sus cubiertos de plata y tomó su propio pollo con la mano.
Max, viendo a su papá, hizo lo mismo.
—Así sabe mejor —dijo Andrés, mordiendo el pollo.
Marina sonrió, relajando los hombros. Rosa entendió el mensaje y se retiró a la cocina sin decir nada.
Pero no todo era fácil.
Marina tenía pesadillas. Andrés la escuchaba gritar en la noche. “¡No, papá, la botella no!”.
Y Max también tenía las suyas.
Una noche, cerca de las tres de la mañana, Andrés se despertó al escuchar un ruido en el pasillo. Salió en pijama, con los pies descalzos.
La puerta de Max estaba entreabierta.
Se asomó.
Max estaba sentado en la cama, temblando, empapado en sudor. Había tenido otro ataque de pánico.
Pero no estaba solo.
Marina estaba sentada a su lado, en pijama. Le sostenía un vaso de agua y le hablaba en susurros.
—Respira, Max. Uno, dos, tres. Como me enseñó mi mamá cuando me asustaba el trueno. Inhala por la nariz… exhala por la boca. Eso es.
—Soñé que venía —decía Max, con voz de niño pequeño—. Soñé que traía la caja y me abría la boca a la fuerza.
—No va a venir —decía Marina con una seguridad de hierro—. ¿Sabes por qué? Porque puse una trampa en la puerta.
—¿Una trampa?
—Sí. Puse mis tenis viejos en la entrada. Si entra, se va a desmayar del olor.
Max soltó una risita nerviosa.
—Estás loca, Marina.
—Un poco. Pero funciona. Además, tu papá tiene guardias. Y yo tengo… bueno, tengo mis uñas. Si esa bruja se acerca, le saco los ojos.
Andrés, desde la puerta, sintió un nudo en la garganta. Esa niña, que le tenía miedo a su propia sombra hace unos días, se transformaba en una leona para proteger a Max.
Se retiró en silencio, sin interrumpirlos. Sabían cuidarse solos. Se estaban curando mutuamente.
El siguiente reto fue la educación.
Andrés contrató a una tutora privada, la señorita Elena, una mujer joven y paciente especializada en nivelación académica.
Marina tenía doce años, pero académicamente estaba en un nivel de segundo o tercero de primaria. Sabía leer muy bien (gracias a los libros de medicina de su madre), pero no sabía multiplicar, ni historia, ni geografía.
La primera sesión fue un desastre.
Andrés estaba en su despacho trabajando cuando escuchó un portazo.
Salió y vio a Marina corriendo hacia el jardín, y a la señorita Elena recogiendo libros del suelo en el estudio.
—¿Qué pasó? —preguntó Andrés.
—Se frustró, señor Montemayor —dijo la maestra—. Estábamos viendo las tablas de multiplicar. Se equivocó en la del siete y se bloqueó. Me gritó que era una burra y salió corriendo.
Andrés salió al jardín. Encontró a Marina escondida detrás de unos arbustos, llorando de rabia.
—Vete —le gritó—. ¡No sirvo para esto! ¡Soy tonta! ¡Mejor regrésame a vender chicles!
Andrés se sentó en el pasto, sin importarle manchar el pantalón de casimir.
—Nadie nace sabiendo, Marina.
—¡Max sabe! ¡Max sabe todo! ¡Sabe inglés, sabe francés, sabe multiplicar! ¡Yo soy la tonta de la casa!
—Max sabe porque ha ido a las mejores escuelas desde los tres años. Tú estabas ocupada sobreviviendo. Eso es una educación diferente, Marina. Tú sabes cosas que Max no sabe.
—¿Ah, sí? ¿Cómo qué? ¿Cómo robar pan sin que te vean? ¡Qué gran habilidad!
—Cómo leer a las personas. Cómo saber quién es bueno y quién es malo. Cómo ser valiente cuando todos tienen miedo. Eso no se enseña en la escuela, Marina. Las tablas de multiplicar se aprenden en una semana. Lo que tú tienes… eso tarda una vida.
Marina se limpió la nariz con la manga.
—¿Tú crees que pueda aprender?
—Estoy seguro. Eres hija de una doctora y un músico. Tienes cerebro. Solo está un poco oxidado. Vamos a hacer un trato. Si aprendes la tabla del siete para el viernes, te llevo a Six Flags. A ti y a Max.
Los ojos de Marina se abrieron.
—¿A la montaña rusa?
—A la que quieras.
—Trato hecho. Pero no le digas a Max que soy burra.
—Jamás.
La vida empezaba a tomar un ritmo. Andrés salía temprano a la oficina, pero regresaba religiosamente a las seis de la tarde. Las cenas se habían vuelto sagradas. Ya no había silencios incómodos. Había risas, había historias de la escuela (Max ya había vuelto a clases parciales) y había anécdotas de Marina sobre sus descubrimientos en la casa (“¿Sabían que el baño de abajo tiene toallas que calientan? ¡Es brujería!”).
Pero Andrés guardaba un secreto.
Cada lunes, recibía un reporte por correo electrónico desde Cuernavaca. De la clínica “Renacer”.
El primer reporte había sido desalentador.
“Paciente Valerio Vallejo. Ingreso involuntario/persuadido. Síndrome de abstinencia severo. Agresivo. Intentó escapar dos veces. Sedado bajo supervisión médica.”
Andrés no le dijo nada a Marina. No quería darle falsas esperanzas. Si Valerio fallaba, si se escapaba y volvía a beber, Andrés no quería que Marina sufriera otra decepción.
Pero el reporte de esta semana, la cuarta, era diferente.
“Paciente estable. Ha superado la fase física de desintoxicación. Empieza terapia grupal. Ha pedido su violín, aunque sus manos aún tiemblan demasiado para tocar. Pregunta por su hija todos los días.”
Andrés leyó ese correo en su celular durante la cena.
—¿Buenas noticias del trabajo, papá? —preguntó Max, notando su leve sonrisa.
—Algo así, hijo. Una inversión que empieza a dar rendimientos.
—Oye, papá —dijo Max, poniéndose serio—. Mañana es… ya sabes. El día.
Andrés se tensó. Claro. El 2 de noviembre. Día de Muertos.
Y también, el aniversario de la muerte de Vera.
Durante diez años, ese día había sido de luto absoluto en la casa. Cortinas cerradas, silencio, visita al cementerio con caras largas.
Marina, que estaba devorando un postre de chocolate, levantó la vista.
—¿Día de Muertos? ¡Es mi día favorito! Mi mamá y yo poníamos un altar gigante. Bueno, chiquito, pero con muchas flores. ¿Aquí ponen altar?
Andrés y Max se miraron. Nunca habían puesto un altar. Vera odiaba las despedidas, y Andrés odiaba recordarla muerta.
—No —dijo Andrés—. Nosotros vamos al cementerio y llevamos flores. Nada más.
Marina frunció el ceño.
—¿Cómo que nada más? ¿Y cómo va a venir a visitarlos si no le ponen luz? ¿Y comida? Tienen que ponerle lo que le gustaba. Si no, se va a enojar y les va a jalar las patas.
Max miró a su papá.
—Papá… a mamá le gustaban los tamales de dulce. Y el tequila.
Andrés sintió una punzada de nostalgia. Sí. Vera amaba los tamales rosas y un buen tequila reposado.
—Marina tiene razón —dijo Max—. Deberíamos poner un altar. Uno grande. Para mamá. Y… —miró a Marina—. Y para la mamá de Marina.
Marina sonrió, una sonrisa triste pero dulce.
—Sí. Las dos pueden venir juntas. Seguro se caen bien. Las dos eran mamás buenas.
Andrés miró a esos dos niños, unidos por la tragedia pero decididos a encontrar la luz.
—Está bien —dijo Andrés, tomando una decisión que rompía con una década de oscuridad—. Mañana vamos al mercado de Jamaica. Vamos a comprar flores de cempasúchil, papel picado y calaveritas. Vamos a hacer el altar más grande de Las Lomas.
El día siguiente fue un caos de color naranja.
La camioneta de Andrés regresó del mercado cargada de flores que olían a campo y a muerte dulce.
Pasaron la tarde montando el altar en el vestíbulo principal, justo donde antes había estado una escultura abstracta y fría que a Angelina le encantaba.
Marina dirigía la operación como una generala.
—No, Max, el papel picado va arriba, para que represente el aire. Las flores van abajo para marcar el camino. Señor Andrés, ¿tiene la foto?
Andrés subió a su cuarto y sacó la foto de Vera. La que siempre tenía en su buró. Vera sonriendo en la playa, con el pelo alborotado.
Bajó y la colocó en el centro del altar, rodeada de velas.
Marina sacó de su mochila la foto de su madre, Alejandra. La puso al lado de Vera.
—Miren —dijo Marina—. Parecen hermanas. Las dos tienen ojos bonitos.
Cuando terminaron, encendieron las velas y el copal. El humo aromático llenó la casa, expulsando definitivamente el olor a desinfectante y a tristeza que había reinado por años.
La casa se sentía cálida. Viva.
Se sentaron en el suelo frente al altar. Comieron pan de muerto y tomaron chocolate.
Andrés miró a Max, que se reía porque Marina le pintaba bigotes de azúcar. Miró las fotos de las dos mujeres que ya no estaban, pero que de alguna manera, habían orquestado todo esto.
Su celular vibró. Era un mensaje de Roberto.
“Aviso urgente, patrón. La audiencia de vinculación a proceso de la señora Angelina terminó hace una hora. El juez desestimó los alegatos de la defensa. Se queda adentro. Y algo más… el Doctor Luchen fue detenido en España. Ya está cantando. Dice que tiene correos de ella pidiendo explícitamente algo que ‘pareciera natural pero fuera letal’. Ya ganamos, patrón.”
Andrés apagó la pantalla del celular.
La justicia legal estaba hecha. Angelina pasaría el resto de su vida entre rejas.
Pero la verdadera justicia estaba ahí, en el suelo de su sala.
La justicia divina de ver a su hijo vivo y riendo. De ver a una niña rescatada del abismo.
—Oigan —dijo Andrés—. Mañana es domingo. ¿Qué les parece si cumplimos la promesa de Six Flags?
Los gritos de los niños retumbaron en la mansión.
Pero mientras reían, Marina se quedó callada un momento, mirando la foto de su mamá.
—¿Qué pasa, Marina? —preguntó Andrés.
—Nada. Es que… le pedí a mi mamá que cuidara a mi papá. Donde quiera que esté.
Andrés le puso una mano en el hombro.
—Estoy seguro de que lo está cuidando. A veces, la ayuda llega de formas extrañas.
Andrés sabía que el camino de Valerio sería largo y que tal vez nunca se recuperaría del todo. Pero esa noche, bajo la luz de las velas de cempasúchil, se permitió tener esperanza.
La familia Montemayor, ahora de tres integrantes, estaba lista para empezar de nuevo. El “Tiburón” había aprendido que no se puede nadar siempre solo. Y que a veces, para salvarse, uno tiene que dejar entrar a un naufrago en su bote.
CAPÍTULO 7: EL MAZO DEL JUEZ Y EL BALÓN DE FÚTBOL
El invierno había dado paso a la primavera, y la primavera a un verano caluroso y húmedo en la Ciudad de México. Había pasado casi un año desde aquella noche tormentosa en que una niña de la calle entró en una mansión de Las Lomas para cambiar el destino de todos.
En el Reclusorio Femenil de Santa Martha Acatitla, el tiempo no se medía en estaciones, sino en conteos de rejas y gritos nocturnos. Pero hoy, para Angelina Dávila, el tiempo se había acabado.
Era el día de la sentencia final.
La sala de audiencias del Tribunal Superior de Justicia estaba abarrotada. El caso “Montemayor” se había convertido en la comidilla de la prensa nacional. “La Madrastra Envenenadora”, la llamaban los titulares sensacionalistas. Había cámaras de televisión acampadas afuera desde la madrugada, esperando captar la imagen del magnate Andrés Montemayor llegando a ver caer a su exesposa.
Y Andrés llegó.
Pero no llegó solo.
Bajó de su camioneta blindada con el porte de un rey, pero con la serenidad de un monje. A su derecha caminaba Max, que había estirado diez centímetros en el último año y ya no tenía ese color grisáceo de muerte en la piel, sino un bronceado saludable de quien pasa horas bajo el sol. A su izquierda, vestida con un uniforme escolar impecable de falda escocesa y blazer azul marino, iba Marina.
Caminaban tomados de la mano, formando una falange impenetrable.
—Señor Montemayor, ¿espera la pena máxima? —gritó un reportero, acercando un micrófono como una lanza.
—Espero justicia —dijo Andrés sin detenerse—. La pena la pone la ley; el castigo ya lo tiene en su conciencia.
Entraron a la sala. El aire acondicionado estaba tan frío que calaba los huesos.
Andrés se sentó en la primera fila de la zona de víctimas. Max y Marina se sentaron a su lado. El abogado Mendizábal les guiñó un ojo desde la mesa de la fiscalía.
—Todos de pie —anunció el alguacil.
Angelina entró.
El cambio era devastador. La mujer que había deslumbrado en las galas de caridad, la que gastaba fortunas en cremas francesas y cirujanos plásticos, había desaparecido. En su lugar había una mujer consumida, con el cabello teñido de un rubio que ya mostraba tres centímetros de raíces negras y canosas. Su piel estaba cetrina, apagada por la falta de sol y la mala alimentación del penal. Llevaba el uniforme beige de las internas, que le quedaba grande.
Al ver a Andrés, sus ojos se encendieron con un odio antiguo, pero al ver a Marina, el odio se mezcló con miedo. Esa niña había sido su ruina.
El juez, un hombre mayor con cara de pocos amigos, acomodó sus papeles.
—En la causa penal 458/2025, instruida contra Angelina Dávila por el delito de Homicidio Calificado en grado de Tentativa, con las agravantes de premeditación, alevosía, ventaja y traición, en perjuicio del menor Maximiliano Montemayor…
La sala contuvo el aliento.
Andrés sintió cómo la mano de Max apretaba la suya. Marina, al otro lado, estaba rígida como una estatua, mirando fijamente a la nuca de Angelina.
—…este tribunal la encuentra CULPABLE.
Un murmullo recorrió la sala. Angelina cerró los ojos y bajó la cabeza. Su abogado defensor, que había cobrado una fortuna por perder, se aflojó el nudo de la corbata.
—Señora Dávila —continuó el juez, implacable—. Usted abusó de la confianza depositada en su persona. Usted utilizó sus conocimientos y conexiones para administrar sustancias tóxicas a un menor de edad vulnerable, con el único fin de lucro y beneficio personal. Sus acciones demuestran una falta absoluta de empatía y un peligro para la sociedad.
El juez golpeó el mazo. El sonido fue seco, definitivo, como el cierre de un ataúd.
—Se le condena a una pena privativa de libertad de cuarenta y cinco años de prisión, sin derecho a libertad anticipada. Asimismo, se le condena al pago de la reparación del daño por la cantidad de veinte millones de pesos. Se cierra la sesión.
Angelina soltó un grito ahogado.
—¡No! ¡Es una injusticia! —gritó, poniéndose de pie de un salto, intentando acercarse a la barandilla—. ¡Andrés! ¡Andrés, por favor! ¡No voy a aguantar ahí adentro! ¡Me van a matar!
Los custodios la sujetaron de los brazos.
Angelina miró a Max.
—Max… Max, dile a tu papá… yo te cuidaba… te daba tus sopitas…
Max se puso de pie. Soltó la mano de su padre y caminó dos pasos hacia la barandilla que lo separaba de la mujer que intentó matarlo. La miró a los ojos, ya no como el niño asustado que vomitaba en la cama, sino como un joven que ha vencido a la muerte.
—Tú no me cuidabas, Angelina —dijo Max con voz clara—. Tú me estabas apagando. Pero ya me encendí de nuevo. Que Dios te perdone, porque yo ya no pienso en ti.
Angelina se derrumbó. Llorando histericamente, fue arrastrada fuera de la sala por los policías. Sus gritos se perdieron en el pasillo de seguridad.
Andrés se puso de pie y abrazó a su hijo.
—Estoy orgulloso de ti, Max.
Luego miró a Marina. Ella no lloraba. Tenía una pequeña sonrisa de satisfacción en los labios.
—Se acabó —dijo ella—. La bruja se quemó.
Salieron del tribunal. El sol de la tarde los recibió afuera. El aire sabía diferente. Sabía a libertad.
La vida después del juicio tomó una velocidad vertiginosa.
Con el capítulo de Angelina cerrado, la familia Montemayor se centró en vivir.
Max había regresado al colegio. Su recuperación había sido milagrosa, desafiando todos los pronósticos médicos. Sus riñones, aunque requerían chequeos mensuales y una dieta baja en sodio, funcionaban casi a la perfección. Había vuelto al equipo de fútbol, aunque ahora jugaba de portero porque el médico le había prohibido los choques fuertes por un tiempo.
Pero la verdadera batalla la estaba librando Marina.
Andrés había movido cielo, mar y tierra (y una donación considerable para la construcción de una nueva biblioteca) para que Marina fuera aceptada en el mismo colegio exclusivo que Max: el Instituto Británico de México.
La transición de la calle a la élite no fue sencilla.
Marina era brillante. Su cerebro, hambriento de conocimiento tras años de sequía, absorbía todo como una esponja. En seis meses, con la ayuda de tutores, había alcanzado el nivel académico de su grado. Leía en inglés, resolvía ecuaciones y devoraba libros de historia.
Pero socialmente… socialmente era una guerra.
Un martes por la tarde, Andrés llegó temprano a casa. Encontró a Marina en la cocina, con el uniforme puesto, comiendo una manzana con rabia. Tenía los ojos rojos.
—¿Qué pasó? —preguntó Andrés, dejando su portafolios en la barra.
—Nada.
—Marina…
—¡Nada! —gritó ella, y luego suspiró—. Esas niñas son unas tontas. Regina y su grupito. Se burlan de mí.
—¿Qué te dicen?
—Me dicen “la recogita”. Dicen que huelo a pobre. Dicen que tú me compraste para que fueras mi “sugar daddy” cuando crezca. —Marina escupió las palabras con asco—. Son unas estúpidas. No saben nada.
Andrés sintió que la sangre le hervía. Tenía ganas de ir al colegio y comprarlo solo para expulsar a esas niñas malcriadas.
—¿Y tú qué hiciste? —preguntó, temiendo que hubiera habido golpes. Marina tenía un gancho derecho muy educado por la vida en la calle.
—Nada físico —dijo Marina, mordiendo la manzana—. Me acordé de lo que me dijiste. Que el que se enoja pierde. Así que cuando Regina me dijo que mi mamá seguro era una sirvienta, me reí.
—¿Te reíste?
—Sí. Me reí en su cara. Y le dije: “Mi mamá era doctora y salvaba vidas. Tu mamá se pasa el día en el club bebiendo gin tonic y operándose la nariz para que tu papá no la deje por la secretaria. ¿Quién crees que vale más?”.
Andrés abrió los ojos como platos. Luego soltó una carcajada sonora.
—¡Dios mío, Marina! ¿Le dijiste eso?
—Sí. Se puso roja como un tomate y se fue llorando al baño. Creo que le atiné.
Andrés la abrazó.
—Eres terrible. Me encantas. Pero trata de no ser tan cruel, aunque se lo merezcan. Recuerda que la clase no se demuestra humillando a los demás, sino ignorando su estupidez.
—Lo intentaré. Pero si me vuelve a decir “recogita”, le voy a cobrar la renta por vivir en mi cabeza.
Esa tarde, Max llegó del entrenamiento de fútbol, sucio y sudado, con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Papá! ¡Marina! ¡Adivinen qué!
—¿Qué?
—¡Paré un penal! ¡En el último minuto! ¡Ganamos la liga escolar!
Hubo celebración. Andrés pidió pizzas (la comida oficial de las victorias en esa casa) y se sentaron a ver una película.
Viendo a esos dos adolescentes reírse y pelear por la última rebanada, Andrés se dio cuenta de algo: eran felices. Realmente felices.
Max había recuperado su infancia. Marina estaba construyendo un futuro.
Pero faltaba una pieza. Una pieza que Andrés guardaba celosamente en su teléfono, en una carpeta encriptada de correos electrónicos.
Esa noche, después de que los niños se fueron a dormir, Andrés se sentó en su despacho y abrió el último reporte de la clínica “Renacer”.
“Paciente Valerio Vallejo. Estatus: Alta inminente.
Observaciones: La recuperación del paciente ha sido extraordinaria. Ha cumplido 12 meses de sobriedad absoluta. Ha recuperado la motricidad fina en las manos. Ha estado dando clases de música a los otros internos como parte de su terapia ocupacional. Psicológicamente estable, aunque presenta ansiedad ante la perspectiva de la reinserción social y, específicamente, el reencuentro con su hija.”
Andrés leyó el correo dos veces.
Valerio lo había logrado. Contra todo pronóstico, el hombre roto de la vecindad había pegado sus pedazos.
Andrés marcó el número del director de la clínica.
—Doctor, habla Andrés Montemayor.
—Señor Montemayor, buenas noches. ¿Recibió el reporte?
—Sí. Es impresionante.
—Valerio es un caso de éxito, señor. Rara vez vemos a alguien con tanta motivación. Su hija fue su motor. Cada día se levantaba diciendo: “Hoy no bebo porque Marina me espera”.
Andrés sintió un nudo en la garganta.
—Está listo para salir, ¿verdad?
—Físicamente y mentalmente, sí. Pero necesita un entorno seguro. Trabajo. Estabilidad. Si vuelve a la vecindad, recaerá en una semana.
—No va a volver a la vecindad —dijo Andrés con firmeza—. Ya tengo todo arreglado.
Al día siguiente, Andrés hizo una llamada a su amigo Ricardo, el director del Conservatorio Nacional de Música.
—Ricardo, te voy a pedir un favor. Y no acepto un no por respuesta. Necesito una plaza de profesor. Violín.
—Andrés, tú sabes que las plazas están congeladas…
—Ricardo, te acabo de donar tres pianos de cola Steinway la semana pasada. Descongela una plaza. Es para Valerio Vallejo.
Hubo un silencio al otro lado.
—¿Valerio Vallejo? ¿El solista? Pensé que estaba muerto. O perdido en el alcohol. Era un genio, Andrés, pero…
—Ya no está perdido. Está limpio. Y necesita trabajar. Dale una oportunidad. Yo pago su sueldo el primer año si quieres, pero quiero que esté en nómina oficial.
—Si está limpio… y si puede tocar como antes… carajo, Andrés, sería un honor tenerlo de vuelta. Mándalo el lunes.
Andrés colgó, satisfecho.
Faltaba lo más difícil. Decírselo a Marina.
Marina nunca hablaba de su papá. Había enterrado ese recuerdo bajo capas de resentimiento y dolor. Para ella, Valerio era el monstruo que rompió los recuerdos de su madre. Andrés temía que, si forzaba el reencuentro, Marina se sintiera traicionada. “¿Por qué trajiste al monstruo a nuestro castillo?”, podría preguntar.
Decidió que sería una sorpresa. Pero una sorpresa controlada.
Se acercaba el cumpleaños de Marina. Trece años. Oficialmente una adolescente.
Sería la primera vez que celebraba un cumpleaños de verdad. Según le había contado a Max, en su casa nunca hubo fiestas después de que murió su mamá. “A veces mi papá se acordaba y me traía un pastelito del Oxxo, pero luego se lo comía él cuando le daba el bajón”, había dicho ella.
Esta vez sería diferente.
Andrés organizó todo con la precisión de un operativo militar.
Reservó un salón privado en un restaurante italiano en Polanco, el favorito de Marina. Invitó a Max, a Rosa (que se había convertido en una segunda madre para la niña) y a un par de amigas del colegio que Marina había logrado hacer (las que no eran “tontas”, como ella decía).
Pero el invitado de honor no estaba en la lista oficial.
El sábado por la mañana, Andrés fue a buscar a Marina a su cuarto.
—Arriba, cumpleañera.
Marina estaba enterrada bajo las cobijas.
—Cinco minutos más…
—Nada de cinco minutos. Tenemos un día largo. Desayuno, compras y en la noche tu cena.
Marina se destapó. Tenía una sonrisa soñolienta.
—¿Tengo que ir al colegio?
—Es sábado, genio.
—Ah, cierto. ¡Tengo trece! ¡Ya soy teenager!
—Dios nos ampare —bromeó Andrés—. Ahora vas a querer novio y tatuajes.
—Tatuajes tal vez. Novio no. Los niños de mi edad son unos inmaduros. Max todavía se ríe con los pedos.
—¡Oye! —gritó Max desde el pasillo—. ¡Te escuché!
La mañana pasó volando. Fueron de compras. Marina eligió un vestido para la noche. No era un vestido de princesa cursi; era un vestido negro, elegante, con botines. “Estilo rockero chic”, dijo ella. Andrés pagó sin mirar el precio. Verla probarse ropa y mirarse al espejo con confianza, sin ver a la niña sucia y flaca del pasado, valía cada centavo.
A las seis de la tarde, Andrés se excusó.
—Tengo que ir a recoger una cosa. Los veo en el restaurante a las ocho. Roberto los lleva.
—¿Qué cosa? —preguntó Marina, sospechosa—. ¿Es mi regalo sorpresa?
—Algo así. Es algo delicado.
Andrés subió a su coche deportivo, un capricho que rara vez usaba, y condujo hacia el sur. Hacia un pequeño departamento amueblado en la colonia Del Valle que él mismo había alquilado hace una semana.
Llegó y tocó el timbre.
La puerta se abrió.
Valerio Vallejo estaba ahí.
Llevaba un traje oscuro, sencillo pero limpio. Se había cortado el pelo y afeitado. Ya no tenía la hinchazón alcohólica en la cara. Sus ojos estaban claros, aunque increíblemente nerviosos. Sostenía una funda de violín con tanta fuerza que los nudillos se le veían blancos.
—Andrés —dijo Valerio. Su voz era firme, ya no el balbuceo de un borracho.
—Hola, Valerio. ¿Estás listo?
Valerio tragó saliva.
—No. Estoy aterrorizado. ¿Y si no me quiere ver? ¿Y si me corre?
—Es un riesgo. Pero tienes que correrlo. Ella piensa que la abandonaste. Tienes que demostrarle que volviste por ella.
Valerio asintió.
—Tengo un año ensayando lo que le voy a decir. Y tengo un año ensayando esto —tocó el violín—. Es lo único que tengo para ofrecerle. Mi música y mi sobriedad.
—Es más que suficiente. Vamos. No podemos llegar tarde al cumpleaños de tu hija.
Subieron al coche. El camino hacia Polanco fue silencioso. Valerio miraba por la ventana, viendo una ciudad que se había perdido durante años por estar encerrado en una botella. Andrés manejaba, pensando en que estaba a punto de detonar una bomba emocional. Esperaba, rezaba, para que fuera una explosión de alegría y no de destrucción.
Llegaron al restaurante.
El gerente, cómplice del plan, los hizo entrar por la puerta trasera.
—Están en el salón ‘Toscana’ —susurró el gerente—. Ya están sirviendo el postre. Es el momento.
Andrés llevó a Valerio hasta la puerta del salón privado. Se oían risas adentro. La risa de Max, la risa de Marina.
Valerio se detuvo. Empezó a temblar.
—No puedo, Andrés. Soy un cobarde. No merezco esto. Ella está feliz sin mí. Escúchala.
Andrés lo agarró del hombro con fuerza.
—Escúchame tú a mí, violinista. Esa felicidad que oyes es real, pero está incompleta. Ella tiene una herida abierta que solo tú puedes cerrar. Si te vas ahora, esa herida nunca va a sanar. Entra ahí y sé el padre que Alejandra quería que fueras.
Valerio respiró hondo. Cerró los ojos un segundo, invocando a su esposa muerta. Luego, abrió los ojos, asintió y sacó el violín de su estuche.
Afinó una cuerda con un movimiento rápido.
—Estoy listo.
Andrés abrió la puerta del salón.
La conversación se detuvo. Todos voltearon.
Marina estaba sentada en la cabecera, con una rebanada de pastel frente a ella con una vela encendida.
Al ver a Andrés, sonrió.
—¡Llegaste! Justo para el deseo.
Pero entonces vio que Andrés se hacía a un lado.
Y vio a la figura que estaba detrás de él.
El silencio en la habitación fue absoluto.
Marina se quedó congelada. La sonrisa se le borró, reemplazada por una expresión de shock total. Se puso pálida.
Max, que no sabía nada, miraba confundido de uno a otro.
Valerio dio un paso adelante. No dijo nada.
Levantó el violín, lo acomodó bajo su barbilla con la gracia de quien ha tocado mil conciertos, y pasó el arco por las cuerdas.
La melodía llenó el aire.
No era “Las Mañanitas”. No era una canción popular.
Era una pieza clásica, dulce y melancólica. La Méditation de Thaïs.
Era la canción de cuna que Valerio le tocaba a Marina cuando era bebé. La canción que Alejandra amaba.
Marina se llevó las manos a la boca. Sus ojos se llenaron de lágrimas instantáneamente.
Reconoció la música. Reconoció al hombre. Pero no al hombre que la golpeaba o la ignoraba. Reconoció a su papá. Al de antes. Al que olía a madera y resina, no a tequila y vómito.
Valerio tocaba con los ojos cerrados, vertiendo todo su arrepentimiento, todo su amor y toda su esperanza en cada nota. El violín lloraba y pedía perdón por él.
Cuando terminó la pieza, Valerio bajó el arco.
Abrió los ojos y miró a su hija.
—Feliz cumpleaños, mi cristalito —dijo con la voz quebrada.
Marina se levantó de la silla. Tiró la silla hacia atrás, haciendo un ruido estruendoso.
Se quedó parada ahí, temblando.
—¿Papá? —susurró.
—Soy yo, hija. Estoy aquí. Estoy limpio. Llevo un año limpio. Vine… vine a pedirte perdón. No para llevarte, sé que estás bien aquí. Solo vine para que sepas que papá regresó.
Marina miró a Andrés. Andrés asintió levemente, con una sonrisa alentadora.
Luego miró a Max, que le hizo un gesto de “ve”.
Marina corrió.
No caminó. Corrió y se lanzó a los brazos de su padre.
Valerio soltó el violín (que cayó en un sofá, afortunadamente) y la atrapó en el aire. Se abrazaron con una fuerza desesperada. Los dos lloraban a gritos, sin importarles el restaurante, la gente, el mundo.
—¡Papá! ¡Papá! —sollozaba Marina, enterrando la cara en el cuello de él.
—Perdóname, mi amor. Perdóname por dejarte sola. Nunca más. Te lo juro, nunca más.
Andrés se recargó en el marco de la puerta, sintiendo cómo se le humedecían los ojos.
Max se acercó a él y le pasó un brazo por la cintura.
—Buena inversión, papá —dijo Max.
—La mejor de mi vida, hijo. La mejor de mi vida.
La familia estaba completa. No era una familia tradicional. Eran pedazos rotos de dos tragedias diferentes, unidos por el pegamento del amor y la segunda oportunidad. Pero mientras veía a Marina y a Valerio reconstruirse en ese abrazo, Andrés supo que estaban blindados contra todo.
Habían sobrevivido al veneno, a la soledad y al olvido. Y ahora, solo quedaba la música.
CAPÍTULO 8: EL CONCIERTO DE LA VIDA Y EL ADIÓS AL DOLOR
La euforia del reencuentro en el restaurante italiano fue un estallido, un fuego artificial hermoso y cegador. Pero como todos los fuegos artificiales, se apagó, dejando tras de sí el humo de la realidad. Y la realidad, como Andrés Montemayor sabía mejor que nadie, no se soluciona con un solo abrazo.
Los meses siguientes al cumpleaños de Marina fueron un campo minado de emociones complejas. Valerio no se mudó a la mansión de Las Lomas —eso habría sido extraño e invasivo—, pero alquiló un pequeño departamento cerca del Conservatorio, pagado con su primer sueldo y un “préstamo de honor” de Andrés.
La relación entre Marina y su padre era un cristal roto que intentaban pegar. Había días buenos, donde Marina iba al departamento de Valerio y escuchaban discos de vinilo juntos, riendo de viejos chistes. Pero había días malos. Días en los que Valerio llegaba cinco minutos tarde a recogerla y Marina entraba en pánico, convencida de que estaba bebiendo otra vez. Días en los que Valerio miraba a su hija vestida con ropa cara y sentía que ya no la conocía, que ese mundo de lujo se la había robado.
Andrés observaba todo desde la barrera, interviniendo solo cuando era estrictamente necesario. Se había convertido en el árbitro silencioso de esa reconstrucción familiar.
Una tarde de lluvia, seis meses después del cumpleaños, Andrés encontró a Valerio sentado en la sala de espera de su despacho en la casa. El músico tenía la cabeza entre las manos.
—¿Qué pasa, Valerio? —preguntó Andrés, sirviendo dos tazas de café.
—No puedo, Andrés. Siento que le fallo todo el tiempo. Ayer le grité porque no quería practicar las escalas en el violín. Me miró con esos ojos… los ojos de su madre cuando se enojaba. Y sentí que soy un fraude. Un borracho disfrazado de señor decente.
Andrés se sentó frente a él.
—No eres un fraude. Eres un padre en entrenamiento. Llevas años fuera de práctica.
—Tengo miedo de recaer. La presión del concierto es mucha. Ricardo, el director, quiere que sea solista en la gala de otoño en Bellas Artes. ¡Bellas Artes, Andrés! No he pisado ese escenario en quince años. Si fallo, si me tiemblan las manos… Marina va a ver a un perdedor otra vez.
Andrés dejó la taza con fuerza sobre la mesa.
—Escúchame. Cuando yo perdí mi primer millón en una inversión estúpida, pensé en tirarme de un puente. ¿Sabes qué me detuvo? Max. Él tenía tres años y me pidió que le amarrara las agujetas. Ahí entendí que a él le valía madre si yo era rico o pobre, solo quería que su papá le amarrara los zapatos.
Andrés se inclinó hacia adelante.
—Marina no quiere al gran solista virtuoso. Quiere a su papá. Si te subes a ese escenario y tocas “Estrellita” desafinado, pero lo haces sobrio y mirándola a los ojos, para ella será el mejor concierto del mundo. Deja de tocar para los críticos, Valerio. Toca para ella. Y toca para Alejandra.
Valerio se quedó en silencio, asimilando las palabras. Luego asintió, secándose una lágrima furtiva.
—Tienes razón. Tocaré para ellas.
El día de la Gala de Otoño llegó.
El Palacio de Bellas Artes, el gigante de mármol blanco en el centro de la Ciudad de México, brillaba bajo las luces nocturnas. La élite cultural y económica del país se daba cita allí. Autos de lujo, vestidos largos, joyas.
Andrés bajó de su limusina. Se veía impecable en un esmoquin negro. A su lado, Max, ya todo un adolescente de catorce años, luchaba con su propia corbata de moño.
—Déjame ayudarte —dijo Marina, dándole un manotazo en las manos a Max y arreglándole el nudo con destreza—. Te ves bien, Max. Casi guapo.
—Cállate, “recogita” —bromeó Max, usando el apodo que antes dolía pero que ahora era un código de cariño entre ellos, una burla a los que intentaron herirla.
Marina estaba espectacular. Llevaba un vestido azul noche que hacía juego con sus ojos. Pero estaba nerviosa. Se mordía el labio y retorcía el programa de mano.
—¿Crees que lo haga bien? —preguntó a Andrés mientras subían la escalinata.
—Lo va a hacer increíble.
—¿Y si se pone nervioso? ¿Y si…?
—Si pasa algo, estamos aquí. Somos su red de seguridad. Tú, Max y yo. No vamos a dejar que caiga.
Entraron al palco privado que Andrés había reservado. Tenían la mejor vista del escenario. El teatro estaba lleno. El murmullo de la gente, el olor a perfume y madera vieja, la afinación de la orquesta en el foso… todo creaba una atmósfera eléctrica.
Las luces se apagaron. Un reflector iluminó el centro del escenario.
El director salió y presentó el programa.
—Y ahora, para el concierto de violín de Tchaikovsky, tenemos el honor de presentar el regreso de un talento que creíamos perdido, pero que ha vuelto con más fuerza que nunca. Con ustedes, el maestro Valerio Vallejo.
Un aplauso cortés, expectante, llenó la sala.
Valerio salió de entre las cortinas. Caminaba erguido, con el violín en la mano izquierda y el arco en la derecha. Se veía pequeño en ese escenario inmenso, pero digno.
Se paró en el centro. Buscó con la mirada en la oscuridad. Miró hacia arriba, hacia el palco de la derecha.
Andrés vio cómo Marina se inclinaba sobre la barandilla y le hacía un pequeño saludo con la mano.
Valerio sonrió. Respiró hondo. Colocó el violín.
Y entonces, sucedió la magia.
La primera nota fue larga, dulce, perfecta. Y luego, la música explotó.
Valerio no tocaba el violín; peleaba con él, lo amaba, lo hacía llorar y reír. Sus dedos volaban sobre el diapasón con una precisión que solo el dolor y la redención pueden otorgar. Cada nota tenía peso. No era la técnica vacía de un virtuoso arrogante; era el grito de un hombre que había bajado al infierno y había trepado de vuelta con las uñas sangrando.
El público estaba hipnotizado. Nadie tosía, nadie se movía.
En el palco, Marina lloraba abiertamente. Max le sostenía la mano, también con los ojos brillantes.
Andrés sentía un nudo en la garganta. Veía a Valerio allá abajo y veía la prueba viviente de que nunca es tarde. Si ese hombre podía recuperarse, cualquiera podía.
El movimiento final fue una tormenta de velocidad y pasión. Valerio terminó con un golpe de arco al aire, quedando con el brazo extendido, el pecho agitado y el sudor brillando en su frente.
El silencio duró un segundo.
Y luego, Bellas Artes se vino abajo.
La gente se puso de pie. “¡Bravo! ¡Bravo!”, gritaban. Los aplausos eran un estruendo. Llovieron flores desde los palcos.
Valerio bajó el violín, aturdido por la ovación. Miró de nuevo al palco.
Marina estaba de pie, apludiendo con las manos en alto, gritando “¡Ese es mi papá!”.
Valerio se llevó la mano al corazón y se inclinó ante ella. No ante el público, ante ella.
La cena después del concierto fue en la mansión de Las Lomas. Andrés había insistido. “Nada de restaurantes. Esta noche se celebra en casa”.
Rosa se había lucido con un banquete. Había risas, brindis (con sidra sin alcohol para todos, por solidaridad con Valerio) y anécdotas.
Valerio, todavía con la adrenalina del concierto, no soltaba la mano de Marina.
—Estuviste inmenso, papá —decía ella por vigésima vez.
—Tú fuiste mi inspiración, hija. Cuando sentí que se me cansaban los dedos en el segundo movimiento, pensé en tu sonrisa. Y los dedos volaron solos.
Andrés los miraba desde la cabecera de la mesa. Se sentía… lleno.
Durante años, esa mesa había sido un desierto de caoba, con él en una punta y el silencio en la otra. Ahora estaba llena de vida. Max le estaba contando a Valerio sobre su último partido. Marina le enseñaba a Rosa cómo se tomaba la copa “con elegancia”.
De repente, Valerio se puso serio y golpeó suavemente su copa con un tenedor para pedir atención.
—Quiero decir unas palabras.
Todos callaron.
Valerio miró a Andrés.
—Andrés… hace un año y medio, tú entraste a mi vecindad de mierda. Yo te insulté, te quise correr. Eras todo lo que yo odiaba: rico, poderoso, arrogante.
Andrés sonrió de medio lado.
—Lo sigo siendo un poco.
—Tal vez —rió Valerio—. Pero también eres el hombre que salvó mi vida. No solo me diste dinero para la clínica. Me diste dignidad. Cuidaste a mi hija como si fuera tuya. Le diste un hogar cuando yo no pude. No hay vida suficiente para pagarte eso.
Valerio se levantó y le extendió la mano a Andrés.
—Gracias, hermano.
Andrés se levantó y le estrechó la mano con fuerza.
—No tienes nada que pagar, Valerio. Tú me diste a Marina. Y Marina salvó a Max. Estamos a mano. Somos familia.
Esa noche, cuando todos se fueron a dormir —Valerio se quedó en la habitación de huéspedes, pues era muy tarde—, Andrés salió al jardín.
La noche estaba fresca y estrellada.
Caminó por el césped perfectamente cuidado hasta sentarse en una banca de piedra.
Sacó su celular. Tenía una notificación de noticias.
“Exesposa de magnate Andrés Montemayor hospitalizada en el penal tras riña con internas. Se reporta estable pero desfigurada.”
Andrés leyó el titular sin sentir nada. Ni alegría, ni pena. Angelina era un fantasma del pasado, un error de cálculo que ya había sido corregido. Apagó el celular y lo dejó a un lado.
Miró al cielo.
—Hola, Vera —susurró.
Hacía mucho que no iba al cementerio. Ya no lo necesitaba tanto. Vera ya no estaba en esa tumba fría. Vera estaba en la risa de Max, en la valentía de Marina, en la música de Valerio.
—Lo logré, flaca —dijo, mirando una estrella particularmente brillante—. Cumplí la promesa. Max está bien. Está sano, es buen muchacho. Y… creo que yo también estoy bien.
Suspiró, sintiendo una paz profunda que no había sentido en doce años.
—Me costó mucho entenderlo. Pensé que el dinero era la respuesta a todo. Pensé que si tenía suficiente dinero, la muerte no nos tocaría. Qué pendejo fui. El dinero casi nos mata.
—Pero aprendí. Aprendí que la riqueza no son los ceros en la cuenta del banco. Riqueza es tener con quién cenar un martes. Riqueza es que tu hijo te abrace sin miedo. Riqueza es poder darle una segunda oportunidad a alguien que la necesita.
Se levantó. El riego automático del jardín se encendió con un siseo suave.
Miró hacia la casa. Las luces de las habitaciones de arriba estaban encendidas. Veía la silueta de Max en su ventana, y la de Marina en la suya. Estaban seguros. Estaban juntos.
Andrés Montemayor, “El Tiburón”, el hombre más temido de los negocios, sonrió. Una sonrisa suave, humana.
Entró a su casa y cerró la puerta, dejando afuera la oscuridad, listo para dormir por primera vez en años sin pesadillas, sabiendo que al día siguiente, lo único que tenía que hacer era ser papá.
Y esa, era la mejor inversión del mundo.
FIN