
PARTE 1: EL GRITO SILENCIOSO
CAPÍTULO 1: LA SOMBRA EN LA ALAMEDA
El sol de abril caía a plomo sobre la Ciudad de México, un calor seco y agresivo que hacía vibrar el asfalto y levantaba ese olor inconfundible a ciudad: una mezcla de gases de escape, garnacha frita y polvo viejo. La Alameda Central, pulmón y corazón del centro histórico, estaba a reventar. No cabía ni un alfiler. Había llegado una de esas ferias itinerantes que transforman los pasillos de piedra en un laberinto de lonas coloridas, gritos de vendedores y música de banda que retumbaba desde bocinas saturadas.
Para cualquier niño, aquello hubiera sido el paraíso: algodones de azúcar nubes rosas gigantescas, manzanas cubiertas de chamoy brillante, juegos mecánicos oxidados pero emocionantes. Pero para Maximiliano, un pequeño de apenas seis años, aquel lugar era solo un escenario más de su pesadilla personal.
Max caminaba arrastrando los pies, sus tenis, antes blancos y ahora grises por la tierra, pesaban como si fueran de plomo. Llevaba puesta una sudadera amarilla con capucha, de tela sintética barata, completamente inapropiada para los casi treinta grados que marcaba el termómetro. El sudor le corría por la espalda, pegándole la tela a la piel, y las gotas le bajaban por las sienes, mezclándose con la mugre del día. Pero no se la quitaba. La capucha era su cueva, su escudo. Si se la quitaba, se sentía expuesto, desnudo ante el mundo y, peor aún, ante ella.
A su lado, taconeando con una furia rítmica sobre los adoquines, iba Brenda.
—¡Apúrate, chamaco, no tengo todo tu pinche tiempo! —le gritó, jalándolo del brazo con un movimiento brusco que casi lo hace tropezar.
Brenda no era su madre. Ni siquiera era familia. Era “la cuidadora”, un título elegante que su padrastro, Iván, le había dado para ocultar que en realidad era su carcelera. Brenda tenía unos treinta años mal vividos, con el cabello teñido de un rubio cenizo que ya mostraba dos dedos de raíz negra y unas uñas de acrílico rojo, largas y afiladas como garras de gavilán, decoradas con piedritas de fantasía que brillaban con el sol.
No lo miraba. Sus ojos estaban pegados a la pantalla de su celular, un modelo costoso que contrastaba con su ropa de mercado. Sus dedos volaban sobre el teclado virtual, enviando mensajes de voz a un tal “Brayan”.
—Sí, gordo, ya sé. Estoy aquí con el escuincle este, que camina como tortuga. No, no puedo ir ahorita, el patrón me dijo que no regresara hasta las seis. Qué hueva, neta. Oye, ¿sí vas a pasar por mí en la moto? —decía al teléfono, importándole poco que Max escuchara cada palabra de desprecio.
Max tragó saliva. Tenía la garganta seca. Llevaba horas caminando sin beber agua, pero no se atrevía a pedir. La última vez que pidió agua, Brenda le había dado un zape en la nuca y le dijo que se aguantara “por chillón”.
Su mente, sin embargo, no estaba en la sed, sino en el recuerdo de su mamá. Sofía. Su mamá olía a vainilla y a crema de manos. Su mamá le cantaba canciones de Cri-Cri antes de dormir y le prometía que, cuando fuera grande, serían exploradores. Pero hacía semanas que Sofía no estaba.
—Tu madre se largó, Max. Se cansó de ti —le había dicho Iván, su padrastro, con esa sonrisa fría que helaba la sangre—. Se fue a viajar por Europa con un hombre rico. Nos dejó a los dos.
Max sabía que era mentira. Lo sabía con esa certeza visceral que solo tienen los niños y los animales. Su mamá jamás se iría sin su “Maximiliano emperador”. Él había escuchado gritos una noche. Había escuchado cosas romperse. Y luego, silencio. Un silencio largo y aterrador que había durado hasta hoy. Había intentado preguntar a los vecinos, pero Iván lo había encerrado en su cuarto con llave. “Si vuelves a abrir la boca, te voy a mandar a un internado militar donde te van a rapar y a golpear diario”, le había amenazado.
Caminaron hasta la zona donde el bullicio cambiaba de tono. Los puestos de comida daban paso a carpas más misteriosas, con olor a incienso y copal. Era la zona de los adivinos, los lectores de cartas y los “brujos” de Catemaco que prometían curar desde el mal de amores hasta la falta de dinero.
—Ay, qué calor hace, no manches —se quejó Brenda, abanicándose con la mano libre—. Quiero una nieve.
Se detuvo frente a un carrito de helados donde un señor raspaba con ahínco un bloque de hielo.
—Dame una de limón, pero con harto chamoy, y una botella de agua —pidió ella.
Max la miró, sus ojos grandes y oscuros fijos en la botella de agua fría que el vendedor sacaba de la hielera. Las gotas de condensación resbalaban por el plástico.
Brenda pagó, abrió la botella, bebió un trago largo y la guardó en su bolso sin ofrecerle ni una gota al niño.
—¿Qué ves? —le espetó al notar la mirada de Max—. No te voy a comprar nada, ya comiste en la casa. Además, si tomas agua te dan ganas de ir al baño y no voy a pagar cinco pesos para que entres a mear.
Mientras Brenda se distraía peleando con el vendedor por el cambio, Max vio su oportunidad.
A unos escasos metros, separada del caos por una especie de barrera invisible de calma, había una mesa pequeña cubierta con un mantel de terciopelo morado, desgastado por los años pero limpio. Sentada detrás, había una mujer.
No era como las otras adivinas que gritaban “¡Pásele, güerita, le leo el futuro!”. Esta mujer estaba en silencio, barajando un mazo de cartas españolas con movimientos lentos y precisos. Tenía el porte de una reina antigua. Su piel era morena, curtida por el sol, y su cabello negro, con hilos de plata, caía en una trenza gruesa sobre su hombro. Llevaba un rebozo colorido y aretes de oro.
Pero lo que atrapó a Max no fue su ropa, sino su rostro. Tenía una verruga pequeña cerca del labio superior. Idéntica a la que tenía su mamá. Y sus ojos… eran ojos tristes y profundos, ojos que parecían haber visto todo el dolor del mundo y aun así decidieron seguir mirando.
Max sintió un corrientazo eléctrico en el pecho. Recordó una película que Brenda había visto en la sala hacía unos días, una de esas de acción donde secuestraban gente. La chica de la película había escrito algo en un papel para pedir ayuda sin hablar.
“Tengo que ser valiente”, se dijo Max. “Como un explorador”.
Metió la mano temblorosa en el bolsillo de su sudadera. Sus dedos tocaron el plástico frío de un plumón rojo que le había robado a Iván de su escritorio hacía dos días. Era su única arma.
Miró de reojo a Brenda. Ella estaba ocupada lamiendo el chamoy de su vaso y revisando sus notificaciones de Facebook.
—¡Ay, no! ¡Esta pendeja de la Yessica subió fotos con mi ex! —masculló la niñera, furiosa, tecleando un comentario venenoso.
Era ahora o nunca.
Max se sacó la mano izquierda del bolsillo. Le sudaba tanto que tuvo miedo de que la tinta no agarrara. Se mordió el labio inferior hasta casi sangrar para contener las lágrimas. Con la mano derecha, destapó el plumón con los dientes y empezó a escribir sobre su palma abierta.
Las letras le salieron chuecas, temblorosas.
La A parecía una casita derrumbada.
La Y quedó muy larga.
La U casi se junta con la D.
La A final fue apenas un garabato.
A Y U D A
El rojo de la tinta brillaba intensamente sobre su piel pálida y sucia, pareciendo una herida abierta. Se guardó el plumón, se sorbió los mocos y dio tres pasos hacia la mesa de la mujer.
Doña Mariana, la adivina, sintió una sombra caer sobre sus cartas. Levantó la vista. Esperaba ver a alguna turista curiosa o a alguna señora preocupada por la infidelidad de su marido. En cambio, se encontró con la mirada de un niño.
Mariana sintió un vuelco en el estómago. Ella no solo leía las cartas por dinero; tenía un don, una sensibilidad que le venía de su abuela. Podía sentir las vibraciones de la gente. Y lo que emanaba de aquel niño era terror puro. Un miedo negro y pegajoso que lo envolvía como una segunda piel.
—Hola, mi niño —dijo Mariana, suavizando su voz ronca—. ¿Estás perdido? ¿Buscas a tu mami?
Max negó con la cabeza frenéticamente. Sus ojos se desviaron un segundo hacia el puesto de nieves, donde Brenda ya estaba guardando su celular. El tiempo se acababa.
Sin decir una palabra, Max extendió su brazo izquierdo y abrió la palma de la mano frente al rostro de Mariana.
El mundo pareció detenerse en ese rincón de la Alameda. Los gritos de los vendedores se volvieron un zumbido lejano. Mariana se ajustó los lentes que colgaban de una cadena en su cuello e inclinó la cabeza.
Leyó la palabra. AYUDA. Escrita con la desesperación de quien se está ahogando.
Mariana levantó la vista y miró fijamente a Max. Vio los moretones apenas visibles bajo el cuello de la sudadera. Vio la desnutrición en sus pómulos. Vio la soledad infinita en sus ojos.
—Virgen Santísima… —susurró ella, persignándose discretamente—. ¿Quién te tiene, hijo? ¿Quién te hace daño?
Antes de que Max pudiera responder, una mano con garras rojas se cerró sobre su hombro como una trampa de oso.
—¡Maximiliano! —El grito de Brenda fue tan agudo que varias personas voltearon—. ¿Qué chingados haces molestando a la gente? ¡Te dije que no te movieras de mi lado!
Max se encogió, esperando el golpe, cerrando los ojos con fuerza.
Mariana reaccionó por instinto. Se puso de pie, y aunque no era muy alta, su presencia se agigantó.
—¡Suelte al niño! —ordenó con voz de trueno, esa voz que usaba para expulsar malos espíritus—. ¿No ve que lo está lastimando?
Brenda, sorprendida por la confrontación, soltó el hombro de Max pero lo agarró de la muñeca.
—¿Y a usted qué le importa, vieja metiche? —escupió Brenda, mirándola de arriba abajo con desprecio—. Pinche gente, nomás viendo a quién le sacan dinero. Seguro ya le estaba llenando la cabeza de tonterías al niño para que le diera monedas.
—El niño no me pidió nada —dijo Mariana, saliendo de detrás de su mesa y plantándose frente a la niñera—. El niño me pidió ayuda. Dice que está en peligro.
La cara de Brenda palideció bajo las capas de maquillaje barato, pero se recuperó rápido, enmascarando el miedo con agresividad.
—Está loco. Es un niño chiflado que se inventa historias porque extraña a su mamá que lo abandonó. ¿Verdad, Maximiliano? —Brenda apretó la muñeca de Max con saña, clavándole una uña en la piel tierna—. Dile a la señora que estás jugando. ¡Díselo!
Max gimió de dolor, pero no habló. Solo miró a Mariana con súplica.
—¡Suéltelo o grito que lo están secuestrando! —amenazó Mariana, dando un paso adelante. La gente empezaba a arremolinarse, atraída por el escándalo. “El chisme es el deporte nacional”, pensó Mariana, agradeciendo por primera vez la curiosidad morbosa de los chilangos.
—¡Usted está loca! —chilló Brenda, nerviosa al ver tantas miradas—. ¡Soy su niñera! ¡Tengo permiso de su padre! ¡Vámonos, Max!
Brenda jaló al niño con violencia, arrastrándolo casi por el suelo.
—¡Hey, hey! ¡Tranquilos todos! —Una voz autoritaria rompió el círculo de curiosos.
Apareció el oficial Ramírez. Un policía joven, moreno, con el uniforme azul un poco ajustado en la barriga, pero con una mirada honesta. Mariana lo conocía bien; le había curado un empacho severo a su hijo menor hacía un año con tés de hierbas y sobadas, cuando los doctores del seguro no daban una.
—Doña Mariana, ¿qué pasa aquí? —preguntó Ramírez, poniendo una mano en su tolete, no de forma agresiva, sino por costumbre.
—Ramírez, bendito sea Dios —exclamó Mariana—. Esta mujer está maltratando al niño. El chamaco me enseñó la mano, traía escrito “ayuda”. Tienes que hacer algo.
Ramírez frunció el ceño y se volvió hacia Brenda.
—A ver, señorita. Identificación. Y suelte al niño, por favor.
Brenda resopló, indignada, pero la presencia del uniforme la obligó a cooperar. Soltó a Max, quien corrió a esconderse detrás de las faldas largas de Mariana, temblando como una hoja.
—Es el colmo —dijo Brenda, sacando su INE de la bolsa Louis Vuitton pirata—. Soy Brenda López. Trabajo para el señor Iván Montoya, un empresario muy importante. Si no me deja ir ahorita mismo, mi patrón se va a encargar de que lo corran por acosar a gente decente.
El apellido “Montoya” y la palabra “empresario” hicieron dudar a Ramírez. Sabía que en este país, el dinero mandaba más que la ley. Revisó la credencial. Todo parecía en orden.
—El niño escribió ayuda en su mano, oficial —insistió Mariana, acariciando la cabeza de Max—. Mírelo. Está aterrorizado. Pregúntele dónde está su mamá.
Ramírez se agachó a la altura de Max.
—Campeón, ¿estás bien? ¿Por qué escribiste eso?
Max abrió la boca para hablar, pero vio la mirada de Brenda. Una mirada que prometía dolor. Prometía oscuridad y encierro. Prometía que si hablaba, nunca más vería la luz del sol.
—Estoy jugando… —susurró Max, con la voz rota, traicionando a su propia esperanza para sobrevivir—. Era un juego de espías.
Brenda sonrió triunfante.
—¿Ya ve? Es un latoso. Tiene mucha imaginación. Ándale, Max, tu papá nos espera y ya se va a enojar.
Ramírez se levantó, suspirando. Miró a Mariana con disculpa.
—Doña Mari, si el niño dice que es juego… no puedo hacer nada. No hay delito.
—¡Pero sus ojos, Ramírez! ¡Mira sus ojos! —suplicó Mariana.
—Lo siento, madre. —Ramírez le devolvió la INE a Brenda—. Puede irse, señorita. Pero ojo, que la voy a estar vigilando. Trate bien al niño.
—Como sea —dijo Brenda, arrebatándole la credencial. Agarró a Max de nuevo, esta vez del hombro con fuerza controlada—. Vámonos. Y tú, bruja, más te vale que no te vuelva a ver.
Brenda arrastró a Max lejos de la multitud. El niño volteó una última vez. Sus ojos se clavaron en los de Mariana. Ya no había esperanza en ellos, solo una despedida silenciosa y desgarradora.
Mariana se quedó de pie, viendo cómo la mancha amarilla desaparecía entre la gente que reía y comía, ajena a la tragedia. Sintió un frío sepulcral a pesar del calor de la tarde.
—Algo muy malo va a pasar, Ramírez —murmuró Mariana, mientras el policía se alejaba—. Ese niño tiene la muerte rondándole. Y lo peor es que… se parece a alguien.
Mariana no pudo volver a trabajar. Recogió sus cartas, guardó su mantel de terciopelo y cerró su puesto antes de tiempo. Mientras caminaba hacia la parada del camión, una idea le martillaba la cabeza. El niño. Esos ojos azules tan claros en una cara morena. Esa mirada.
“No puede ser”, pensó. “Es imposible. Pero Dios no juega a los dados”.
El destino acababa de tirar las cartas, y la partida había comenzado.
CAPÍTULO 2: EL SECRETO DE LA HABITACIÓN 402
El Hospital San Ángel se alzaba en la zona sur de la Ciudad de México como una fortaleza de cristal y acero. Era uno de esos lugares donde el silencio costaba dinero, donde los pisos de mármol brillaban tanto que podías ver tu reflejo cansado en ellos, y donde el aire acondicionado siempre estaba a una temperatura gélida que calaba hasta los huesos, sin importar el calor que hiciera afuera. No olía a enfermedad, ni a cloro barato como en los hospitales públicos; olía a lavanda, a café de grano recién molido de la cafetería gourmet del lobby y a dinero viejo.
Román checó su entrada en el reloj biométrico a las 7:00 PM. Suspiró, sintiendo ya el peso de la guardia nocturna antes de que siquiera empezara. Se ajustó la filipina azul marino, que le quedaba un poco justa en los hombros anchos, y se pasó la mano por el cabello castaño claro, un gesto nervioso que había heredado de su madre, Mariana.
A sus 32 años, Román cargaba con una sombra en la mirada. Era un hombre guapo, con esa belleza honesta de la gente trabajadora, pero caminaba con los hombros ligeramente caídos, como si llevara una mochila invisible llena de “hubieras”. “Hubiera terminado la carrera de medicina”, “hubiera peleado más por ella”, “hubiera tenido más dinero”. Pero la realidad era que la vida, y la economía, le habían jugado chueco. Cuando su madre enfermó hace años y las deudas apretaron, tuvo que dejar la Facultad de Medicina en la UNAM y ponerse a trabajar. Ahora era enfermero. Un excelente enfermero, el mejor del piso, pero para los doctores de apellido compuesto que manejaban BMWs, él no era más que el tipo que limpiaba los vómitos y cambiaba los sueros.
—¡Román! Qué milagro que te toca el piso VIP hoy —le saludó Chuy, el guardia de seguridad, un hombre mayor con bigote de morsa.
—Ya ves, Chuy. Alguien tiene que cuidar a los ricos para que no se mueran de aburrimiento —respondió Román con una sonrisa a medias.
El “Piso VIP”, el cuarto piso, era otro mundo. Allí no había habitaciones compartidas. Eran suites. Suites con sala de estar para las visitas, televisiones de 80 pulgadas y baños con acabados de lujo. Allí estaban los políticos que se operaban la nariz “por problemas respiratorios”, las esposas de empresarios que venían a recuperarse de cirugías estéticas y, al final del pasillo, en la habitación 402, el misterio que tenía a todo el personal murmurando.
Román tomó el carrito de medicamentos y comenzó su ronda. El pasillo estaba en penumbra, iluminado solo por las luces tenues de los zoclos. A esa hora, las visitas ya se habían ido y el hospital entraba en ese estado de letargo inquietante donde solo se escuchan los pitidos rítmicos de los monitores cardíacos y el zumbido de los refrigeradores.
Al acercarse a la estación de enfermería, escuchó voces. Voces bajas, conspiratorias, que venían de la oficina del Dr. Valladares, el director del área de oncología. La puerta estaba entreabierta.
Román se detuvo en seco. Sabía que no debía escuchar. En ese hospital, la discreción se pagaba con bonos navideños y la curiosidad se pagaba con el despido. Pero escuchó su nombre. Bueno, no su nombre, sino su función.
—…necesito que el enfermero de la noche sea un idiota, o al menos alguien que no haga preguntas, Valladares —decía una voz pastosa y arrogante. Román no la reconoció.
—No te preocupes, Iván. El personal está entrenado para obedecer. Además, ¿quién va a cuestionar un diagnóstico firmado por mí? —Esa voz sí la conocía. Era Valladares. Un tipo bajito, calvo, que usaba trajes italianos y relojes que costaban más de lo que Román ganaría en diez años.
Román se pegó a la pared, conteniendo la respiración detrás de una columna decorativa.
—La firma de los papeles es mañana a primera hora —continuó la voz del tal Iván—. El notario va a venir aquí. Necesito que ella esté… cooperativa. Pero no lúcida. ¿Entiendes la diferencia? Si empieza a gritar o a preguntar por el escuincle, se nos cae el teatro.
—Ya te dije que el cóctel que le estamos dando es perfecto —presumió Valladares, y se escuchó el tintineo de hielo en un vaso de cristal—. El Midazolam la mantiene dócil, y la combinación con los bloqueadores renales le provoca esa fatiga crónica y la hinchazón. Parece que se está apagando, Iván. Físicamente, es un cadáver viviente. Nadie va a dudar que es cáncer terminal.
Román sintió un frío glacial recorrerle la columna vertebral. No estaban hablando de curar a alguien. Estaban hablando de fabricar una muerte.
—Más te vale —amenazó Iván—. Porque si Sofía se recupera, o si alguien se da cuenta de que sus riñones solo tienen piedras y no tumores, los dos nos vamos a podrir en la cárcel. Y yo no tengo intención de cambiar mi penthouse por una celda en el Reclusorio Norte.
—Relájate. En dos semanas, cuando tengas el control total de la naviera y las cuentas, podemos “lamentablemente” dejar que la naturaleza siga su curso. Una pequeña sobredosis, un paro respiratorio… y listo. Serás el viudo más rico de México.
Román tuvo que taparse la boca para no soltar una exclamación. El corazón le latía tan fuerte que temía que retumbara en el pasillo. Asesinato. Estaban planeando un asesinato a cámara lenta, disfrazado de procedimiento médico.
Esperó a que las risas cesaran y a que los pasos se alejaran hacia el elevador privado. Solo cuando el silencio volvió al pasillo, Román se atrevió a moverse. Le temblaban las manos. Miró su lista de pacientes.
Habitación 402: Sofía Ramos. Diagnóstico: Carcinoma de Células Renales – Estadio IV.
Sofía Ramos. El nombre le sonaba, pero era un nombre común.
“Tengo que verla”, pensó. “Tengo que ver quién es esa pobre mujer”.
Empujó el carrito hasta la puerta 402. Respiró hondo, puso su mejor cara de póker, esa que usaba cuando tenía que decirle a un familiar que no había nada más que hacer, y entró.
La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por la luz azulada del monitor de signos vitales. Olía a encierro y a flores marchitas; alguien había enviado un arreglo floral enorme y grotesco que se estaba pudriendo en la esquina.
En la cama, rodeada de cables y tubos, yacía una figura frágil.
Román se acercó para revisar el suero. La mujer estaba pálida, con la piel casi traslúcida. Tenía ojeras profundas, moradas, como si no hubiera dormido en años, aunque estaba sedada. Su cabello, rubio y fino, estaba esparcido sobre la almohada.
Román ajustó el goteo. Sus ojos recorrieron el rostro de la paciente. La frente amplia, la nariz recta y fina… y entonces, vio algo que lo paralizó.
En el cuello, justo debajo de la oreja derecha, tenía una pequeña cicatriz en forma de media luna.
El tiempo se plegó sobre sí mismo. De golpe, Román ya no estaba en el Hospital San Ángel en 2024. Estaba en los jardines de “Las Islas” en Ciudad Universitaria, diez años atrás. Estaba acostado en el pasto, riéndose, mientras una chica rubia, llena de vida y de sueños, le contaba cómo se había hecho esa cicatriz cayéndose de una bicicleta cuando era niña.
—Sofía… —susurró Román, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies.
No era cualquier Sofía Ramos. Era su Sofía. La Sofía que le robaba los sándwiches en el recreo de la facultad. La Sofía que quería ser monja antes de conocerlo, y que luego quiso ser doctora para salvar al mundo. La Sofía que lo había amado con locura hasta que la pobreza y el orgullo de él, y la tragedia familiar de ella, los separaron.
Román sintió que las lágrimas le picaban en los ojos. La última vez que supo de ella, Sofía había dejado la carrera tras la muerte de sus padres en un accidente. Se había esfumado. Román pensó que se había ido a provincia, o que había regresado al convento. Nunca imaginó encontrarla aquí, atada a una cama, siendo devorada por la avaricia de un hombre.
—Sofi… —le dijo suavemente, acariciando su mano fría. La mano que alguna vez había entrelazado con la suya.
La mujer en la cama se removió. El efecto de los sedantes estaba disminuyendo ligeramente antes de la siguiente dosis. Sus párpados temblaron y se abrieron lentamente.
Eran esos mismos ojos color miel, ahora nublados por la droga y el dolor. Tardó unos segundos en enfocar. Miró el techo, miró el monitor y finalmente, sus ojos se posaron en Román.
No hubo reconocimiento inmediato. Solo confusión.
—¿Dónde… dónde está? —su voz era un hilo rasposo, apenas audible.
—Estás en el hospital, Sofía. Soy yo, Román. ¿Me recuerdas?
Ella parpadeó, luchando contra la niebla química en su cerebro.
—Román… —repitió el nombre como si fuera una palabra extranjera. Luego, una chispa de lucidez cruzó su mirada—. Román… la torta de chilaquiles…
Román sonrió con tristeza.
—Sí, la torta de chilaquiles. Soy yo.
De repente, la expresión de Sofía cambió. El miedo inundó sus facciones, desplazando a la droga. Intentó levantarse, pero estaba demasiado débil.
—¡Max! —gimió—. ¿Dónde está Max? ¡Iván se lo llevó!
—Tranquila, tranquila —Román intentó calmarla, mirando hacia la puerta con pánico. Si alguien entraba, estaba muerto—. ¿Quién es Max?
—Mi hijo… mi bebé… —Sofía empezó a llorar, lágrimas silenciosas que resbalaban hacia sus orejas—. Tiene seis años. Iván dijo que me lo traería si firmaba… pero no me lo trae. Dile que no le haga daño. Dile a Iván que firmo todo, que se quede con el dinero, pero que me deje ver a Max.
Román sintió una oleada de furia tal que tuvo que apretar los puños para no golpear la pared.
—Escúchame, Sofía —le susurró al oído, con urgencia—. No tienes cáncer. Te están mintiendo. Te están drogando para robarte.
Sofía lo miró, sin comprender del todo.
—Pero… me duele… me duele todo…
—Son las medicinas las que te causan dolor. Te prometo, te juro por mi vida, que te voy a sacar de aquí. Pero necesito que aguantes. ¿Entiendes? Necesito que finjas que estás dormida cuando venga el doctor.
En ese momento, se escucharon pasos de tacones en el pasillo. La jefa de enfermeras, una mujer amargada llamada Berta que era fiel a Valladares, se acercaba.
Román se apartó de la cama rápidamente y fingió estar anotando en el expediente colgado a los pies de la cama.
Sofía cerró los ojos, cayendo de nuevo en el sopor, pero su mano quedó extendida hacia él, buscando un ancla.
Berta asomó la cabeza.
—¿Todo bien aquí, Ramírez? Te estás tardando mucho.
—Sí, Jefa. Solo estaba verificando la presión, parecía un poco baja, pero ya se estabilizó.
—Mmm. Apúrate. El de la 405 quiere su calmante y está gritando.
Cuando Berta se fue, Román supo lo que tenía que hacer. No podía sacarla cargando; había cámaras y guardias. Necesitaba pruebas. Necesitaba desmantelar la mentira.
Esperó hasta las 3:00 AM, la “hora muerta”. El momento en que incluso los guardias cabecean y las enfermeras se turnan para dormir veinte minutos en el cuarto de descanso.
Román se dirigió a la estación central. La computadora del Dr. Valladares estaba ahí. Sabía la contraseña porque la había visto teclearla mil veces: Dinero123 (Valladares no era un hombre sutil).
Entró al sistema. Buscó el expediente de Sofía Ramos.
Ahí estaba. Dos carpetas. Una etiquetada “OFICIAL_SEGURO” y otra oculta, encriptada, pero con un nombre ridículamente obvio: “PROYECTO_NAVIERA”.
Román, que había aprendido un par de trucos de informática de un exnovio de su prima, logró abrir el archivo de respaldo.
Sus ojos volaron sobre la pantalla.
Resultados reales de laboratorio: Función renal comprometida por litiasis (piedras), no neoplásica.
Plan de tratamiento: Administración de Ciclofosfamida en dosis bajas (sin necesidad clínica) y sedación continua con Benzodiacepinas.
—Hijos de perra… —masculló Román. Sacó su celular y empezó a tomar fotos de la pantalla. Foto al diagnóstico real. Foto a las órdenes de Valladares para administrar drogas tóxicas. Foto a los correos electrónicos entre Valladares e Iván Montoya discutiendo los “pagos por servicios especiales”.
Guardó el teléfono en su bolsillo como si fuera una granada activa. Ya tenía la munición. Ahora necesitaba el ejército.
Terminó su turno a las 7:00 AM, con ojeras y el estómago revuelto por el asco y la adrenalina. Salió del hospital sintiendo que el aire de la mañana, aunque contaminado, era lo único limpio que había respirado en doce horas.
Tomó un taxi directo a la casa de su madre en la colonia Santa María la Ribera. No podía esperar al camión.
Al llegar, encontró a Mariana en la cocina. La casa olía a café de olla, con canela y piloncillo, y a pan tostado. Mariana estaba sentada a la mesa, todavía con la ropa de ayer, mirando al vacío. Parecía que no había dormido.
—Má… —dijo Román, cerrando la puerta y poniendo el seguro.
Mariana levantó la vista. Vio la cara de su hijo y supo, con ese instinto de bruja y de madre, que algo terrible había pasado.
—Siéntate, mijo. Te serví café.
Román se sentó, pero no tocó la taza.
—Má, la encontré. La mujer del hospital. La que están matando.
—Lo sé —dijo Mariana con calma, aunque sus manos temblaban sobre el mantel de hule—. Anoche soñé con ella. Soñé que estaba atrapada en una torre sin puertas.
—Es Sofía, mamá. Mi Sofía. La chica de la universidad.
Mariana abrió los ojos desmesuradamente. Se llevó las manos a la boca.
—¡Virgen Santa! ¿Sofía? ¿La güerita que te traía loco?
—La misma. Y no tiene cáncer. Su marido, o lo que sea, un tal Iván, está pagando para que la maten lentamente y quedarse con su herencia. Escuché todo, má. Tengo pruebas en el celular.
Román sacó el teléfono y le enseñó las fotos borrosas pero legibles de los expedientes. Mariana las miró sin entender los términos médicos, pero entendiendo la maldad que representaban.
—Pero hay algo más… —Román dudó. Le dolía decirlo—. Ella despertó un momento. Preguntó por su hijo. Dijo que se llamaba Max.
Mariana sintió como si un rayo le cayera en la cocina. El aire se volvió denso.
—¿Max? —preguntó ella, con un hilo de voz—. ¿Dijo cuántos años tiene?
—Dijo que seis. Seis años, má.
Mariana se levantó de la silla tambaleándose. Se agarró del borde de la mesa. Las piezas del rompecabezas encajaron con un sonido sordo y doloroso en su mente.
—Román… ayer en la Alameda. El niño. El niño que escribió “Ayuda” en su mano.
Román la miró, confundido.
—¿Qué niño?
—Ayer se me acercó un niño. Iba con una mujer horrible, una niñera. El niño escribió “Ayuda” con plumón en su mano. Tenía una chamarra amarilla. Se llamaba Maximiliano. La niñera le dijo Max.
Hubo un silencio sepulcral en la cocina. Solo se oía el borboteo de la cafetera en la estufa.
—El niño tenía una verruga aquí —Mariana se tocó cerca del labio—. Igualita a la que…
—…a la que tiene Sofía —completó Román, sintiendo que la sangre se le iba a los pies—. Dios mío. Ese niño es su hijo.
—Y hay algo más, Román —dijo Mariana, mirando fijamente a su hijo a los ojos. Sus ojos azules, idénticos a los del niño—. El niño… el niño tenía tus ojos. Tu mirada. Esa forma de fruncir el ceño cuando tiene miedo.
Román se quedó helado.
—¿Qué estás diciendo, má?
—Digo que Sofía se fue de tu vida hace casi siete años, ¿no? Y el niño tiene seis. Haz las cuentas, hijo.
Román se puso de pie, derribando la silla.
—No… ella me hubiera dicho. Ella no me hubiera ocultado algo así.
—¿Ah no? ¿Y si sus padres se la llevaron? ¿Y si pensó que no querías saber nada? ¿Y si simplemente la vida se le complicó? —Mariana rodeó la mesa y abrazó a su hijo, que estaba temblando—. Ese niño es sangre de tu sangre, Román. Lo sentí. Lo sentí en mis huesos cuando lo vi. Por eso el destino nos está juntando.
Román se soltó del abrazo y caminó por la pequeña cocina como un león enjaulado. Pasó de la incredulidad al shock, y del shock a una determinación feroz.
Si ese niño era su hijo, o incluso si no lo fuera, era el hijo de la mujer que amaba. Y ambos estaban en peligro de muerte.
—Tenemos que sacarla de ahí, má. Hoy mismo. Mañana va a ir el notario. Si firma, la matan.
—¿Y el niño? —preguntó Mariana—. El niño está con el monstruo de Iván.
—Primero Sofía. Ella es la única que sabe dónde está el niño realmente y quién tiene la custodia legal. Si la salvamos a ella, salvamos al niño.
—¿Cómo vas a sacarla? Hay guardias, cámaras…
Román miró las fotos en su celular. Luego miró a su madre, esa mujer que leía el futuro y curaba el empacho, esa mujer que había criado a un hijo sola contra viento y marea.
—No voy a hacerlo solo. Necesito tu ayuda, má. Y necesito al “Tlacuache”.
El “Tlacuache” era un viejo amigo del barrio, un mecánico que tenía una ambulancia vieja que usaba para traslados patito, y que le debía a Mariana el haber salvado su matrimonio con unos amarres (o consejos matrimoniales, según se viera).
—Vamos a necesitar algo más que una ambulancia vieja —dijo Mariana, cuyos ojos brillaban ahora con una luz guerrera—. Vamos a necesitar un plan. Y un poco de magia.
—Olvida la magia, má. Esto es guerra de guerrillas. Voy a sacar a Sofía de ese hospital aunque tenga que incendiar el edificio.
Román tomó las llaves de su coche, un Tsuru viejo pero confiable.
—Voy a buscar al Tlacuache. Tú prepara el cuarto de huéspedes. Vamos a tener visita. Y má… —Román se detuvo en la puerta, con la mano en el picaporte—. Prepara tus hierbas, tus caldos y todo lo que sepas. Porque esa mujer va a necesitar más que medicina moderna para sanar. Le rompieron el alma.
Mariana asintió.
—Ve, hijo. Tráela a casa. Yo me encargo de que la muerte no entre por esta puerta.
Mientras Román salía a la calle bajo el sol de la mañana, Mariana se quedó sola en la cocina. Miró sus cartas sobre la repisa. Sacó una al azar.
La Torre. Caos, destrucción, cambio repentino.
Sacó otra.
El Sol.
Sonrió. Iba a ser una batalla difícil, pero la luz estaba de su lado.
—Aguanta, mi niño —susurró al viento, pensando en Max—. Papá ya va en camino.
CAPÍTULO 3: LA OPERACIÓN TLACUACHE
La colonia Doctores tiene fama de ruda, de ser un laberinto de refaccionarias, talleres mecánicos y puestos de garnachas donde la ley a veces se toma un descanso. A las diez de la mañana, el sol ya picaba en la nuca y el ruido de las llaves de impacto y los motores acelerando creaba una sinfonía urbana ensordecedora.
Román estacionó su Tsuru blanco frente a un zaguán de lámina despintada que rezaba: “Mecánica General y Hojalatería ‘El Mil Amores'”. El lugar olía a grasa, a thinner y a tacos de suadero del puesto de la esquina.
—¡Tlacuache! —gritó Román, esquivando un charco de aceite negro que parecía un espejo oscuro del alma de la ciudad.
De debajo de un Grand Marquis del año del caldo, salieron un par de piernas enfundadas en un overol que alguna vez fue azul y ahora era una mancha de grasa ambulante. El hombre se deslizó en el carrito con ruedas y se levantó, limpiándose las manos con una estopa gris.
Era el “Tlacuache”. Nadie sabía su nombre real, quizás ni su madre. Era un tipo flaco, correoso, con la piel tostada y una sonrisa chimuela que, extrañamente, inspiraba confianza.
—¡Mi Román! ¡Dichosos los ojos, carnal! —exclamó el Tlacuache, abriendo los brazos—. ¿Qué te trae por mis dominios? ¿Ya tronó la caja de tu nave? Te dije que esos Tsurus aguantan un piano, pero no son inmortales.
—La nave está bien, Tlacuache. Vengo a pedirte un paro. Uno grande.
La sonrisa del mecánico se borró un poco al ver la seriedad en los ojos de Román. Se quitó la gorra y se rascó la cabeza rapada.
—Si es varo, ando corto, hermano. La Doña Pelos me subió la renta del local y…
—No es dinero. Necesito la “Bestia”. Y te necesito a ti al volante. Esta noche.
El Tlacuache miró hacia el fondo del taller, donde, cubierto con una lona gris llena de polvo, descansaba su orgullo y su vergüenza: una ambulancia Ford Econoline de los noventa que había comprado en una subasta del gobierno y que usaba para traslados “no oficiales” o para cargar refacciones pesadas.
—La Bestia anda tosiendo un poco del carburador, pero jala —dijo, dubitativo—. Pero, ¿para qué la quieres? ¿Vas a mover muebles o qué?
Román se acercó y bajó la voz, aunque el ruido de una pulidora cercana hacía difícil que alguien escuchara.
—Voy a sacar a una paciente del Hospital San Ángel. Sin alta médica. Y sin permiso.
El Tlacuache soltó un chiflido largo.
—No manches, Román. Eso suena a secuestro o a bronca federal. Yo soy gente de paz, carnal. Hago mis transas, pero no me meto con la tira ni con los hospitales fresas.
—Están matándola, Tlacuache —lo interrumpió Román, con una intensidad que hizo retroceder al mecánico—. Es Sofía. Mi exnovia. La están envenenando para quitarle su dinero. Si no la saco hoy, mañana estará muerta.
El Tlacuache lo miró fijamente. Conocía a Román desde chavos. Sabía que era un tipo derecho, incapaz de meterse en líos por gusto.
—¿Y tu jefa sabe de esto? ¿Doña Mariana?
—Ella me mandó. Dijo que tú nos debías una por lo de tu vieja.
Al mencionar a Mariana, la postura del Tlacuache cambió radicalmente. Se cuadró como soldado. Doña Mariana le había salvado el matrimonio cuando su esposa le encontró unos mensajes comprometedores. Mariana había hablado con ella, le había hecho una limpia al taller y, milagrosamente, la mujer había regresado. Para el Tlacuache, la palabra de la bruja era ley.
—Si la Jefa lo pide, no se diga más —dijo el Tlacuache, tirando la estopa al suelo—. ¿A qué hora es el baile?
—A las 3:00 de la mañana. Necesito que la ambulancia parezca real. Sirenas, luces, todo. Tienes que entrar por urgencias como si fueras a recoger un traslado privado. Yo me encargo de sacarla al estacionamiento.
—Va. Le voy a poner gasolina de la roja para que no se apendeje el motor. Y me voy a poner mi uniforme de paramédico, ese que usé para la fiesta de disfraces. Tú tranquilo, carnal. Vamos a sacar a tu ruca de ahí.
LA ESPERA
El día pasó con una lentitud tortuosa. Román no fue a trabajar en el turno de la tarde; llamó diciendo que tenía una intoxicación severa. No quería levantar sospechas estando allí antes de tiempo.
En casa de Mariana, el ambiente era una mezcla de santuario y cuartel de guerra. La sala se había transformado. Mariana había movido los sillones para meter una cama individual que tenía guardada. Había hervido sábanas con romero y lavanda para desinfectarlas espiritualmente. En la estufa, una olla enorme de caldo de pollo con hierbas de olor soltaba un vapor reconfortante.
—Aquí va a estar bien —dijo Mariana, alisando la colcha blanca—. He puesto protecciones en las ventanas y en la puerta. Ni Iván ni sus abogados, ni el mismo diablo pueden entrar aquí si no los invito.
Román revisaba una y otra vez el plano del hospital que había dibujado en una servilleta.
—El problema es el guardia de la puerta norte, el “Gorila”. Ese tipo revisa hasta las bolsas de basura. Si nos para…
—No los va a parar —aseguró Mariana, encendiendo una veladora dorada frente a la imagen de San Judas Tadeo—. Le recé al patrón de las causas difíciles. Y además, le preparé un té especial al Tlacuache para que tenga los nervios de acero.
Román miró a su madre. A veces no sabía dónde terminaba la fe y dónde empezaba la estrategia pura, pero en ese momento, necesitaba creer en ambas.
A las 2:00 AM, el teléfono de Román vibró. Un mensaje de texto.
“La Bestia ruge. Voy en camino. Cambio y fuera.”
Román se vistió. No con su uniforme habitual del hospital, sino con uno genérico de enfermero color verde quirófano, con cubrebocas y gorro. Si las cámaras lo captaban, quería ser solo una mancha verde anónima en el sistema.
—Cuídate, hijo —le dijo Mariana en la puerta, dándole la bendición y colgándole un escapulario bajo la ropa—. Tráela a casa. Y no te olvides: tienes la fuerza de tus ancestros. No tengas miedo.
Román asintió, sintiendo el peso del destino en sus hombros. Subió al Tsuru y se dirigió hacia la boca del lobo.
LA INFILTRACIÓN
El Hospital San Ángel dormía, o al menos eso aparentaba. Román dejó su coche a tres calles, en una zona oscura, y caminó hacia la entrada de proveedores. Sabía que la puerta magnética tenía un defecto: si la empujabas con el hombro en el ángulo correcto al mismo tiempo que pasabas una tarjeta vieja, a veces cedía. Era un truco que usaban los camilleros para salir a fumar sin registrarse.
El corazón le latía en la garganta. Empujón, deslizar. Nada.
Empujón fuerte, deslizar. Click. La luz roja parpadeó y se puso verde.
Estaba adentro.
El aire acondicionado lo golpeó de inmediato, congelándole el sudor de la frente. Caminó con paso firme, sin correr. “Si corres, eres culpable. Si caminas rápido, tienes prisa por trabajar”, se repitió el mantra.
Subió por las escaleras de emergencia, evitando los elevadores donde había cámaras. Piso 1… Piso 2… Piso 3… Piso 4.
Abrió la puerta con cuidado. El pasillo VIP estaba en silencio, solo roto por el zumbido lejano de la máquina de hielos.
La estación de enfermería estaba ocupada por Lety, una enfermera joven que solía quedarse dormida viendo series en su celular. Y, efectivamente, Lety tenía los audífonos puestos y la mirada clavada en la pantalla, riéndose bajito.
Román pasó reptando por detrás del mostrador, aprovechando la altura de los archiveros. Fue un movimiento de ninja urbano.
Llegó a la habitación 402. La puerta estaba cerrada. Giró la perilla lentamente. Estaba sin seguro. Gracias a Dios por la arrogancia de Valladares, que se sentía tan intocable que ni siquiera ponía seguridad extra.
Entró y cerró suavemente.
Sofía estaba igual que la noche anterior, quizás más pálida. El monitor pitaba rítmicamente: bip… bip… bip…
—Sofi —susurró Román, acercándose a la cama—. Sofi, despierta. Nos vamos.
Ella abrió los ojos con pesadez. Al ver la figura de verde, se encogió de miedo.
—No… no más medicina… por favor…
—Soy yo, Román. Shhh. —Se bajó el cubrebocas un segundo para que viera su rostro—. Vine por ti. Pero tienes que ayudarme. Tienes que ser fuerte.
Sofía asintió débilmente, una lágrima solitaria escapando de su ojo.
—Max…
—Vamos a buscar a Max. Pero primero tú.
Román empezó a trabajar con una eficiencia aterradora. Cerró el paso del suero. Desconectó la vía con cuidado para no lastimarla, colocándole un parche. Ahora venía lo difícil: el monitor. Si lo desconectaba, sonaría la alarma en la estación de enfermería.
Román sacó de su bolsillo un cable puente que había preparado viendo tutoriales en YouTube. Conectó los sensores a una botella de solución salina tibia que había traído pegada a su cuerpo para simular temperatura, y movió los electrodos con una destreza de cirujano. El monitor siguió marcando un ritmo, errático pero constante. Suficiente para engañar a Lety por unos minutos.
—Arriba, vamos —Román la levantó en brazos.
Sofía no pesaba nada. Era como cargar a un pájaro herido, puros huesos frágiles y piel afiebrada. La ira volvió a encenderse en el pecho de Román. “Te vas a arrepentir, Iván”, juró en silencio.
La sentó en una silla de ruedas que había en el rincón de la habitación. La cubrió con una manta hasta la cabeza, como si tuviera frío.
—Si alguien nos para, estás dormida. No digas nada.
Abrió la puerta. El pasillo seguía vacío. Lety seguía absorta en su serie.
Román empujó la silla. Las ruedas chillaron levemente sobre el mármol. Iiiiiik.
Lety levantó la cabeza.
Román se congeló.
Lety miró hacia el pasillo, se quitó un audífono.
—¿Hola?
Román aguantó la respiración, pegándose a la pared en un punto ciego.
Lety esperó unos segundos, se encogió de hombros y volvió a ponerse el audífono.
Román exhaló. Siguió avanzando hasta el elevador de carga, el que usaban para bajar la ropa sucia y… los cuerpos.
Presionó el botón. Las puertas se abrieron con un sonido metálico. Entraron.
Bajar al sótano era el plan. De ahí, saldrían por la rampa de ambulancias.
Cuando las puertas se abrieron en el nivel -1, el aire era diferente. Olía a escape de autos y basura.
Caminaron hacia la salida. Y ahí estaba el problema.
El “Gorila”. Un guardia de seguridad de dos metros de altura, aburrido, recargado en la caseta de salida, comiéndose una torta.
Román no podía esconderse. Tenía que actuar.
Empujó la silla con decisión, caminando directo hacia el guardia.
—¡Buenas noches! —dijo Román con voz autoritaria, imitando el tono prepotente de los doctores.
El Gorila levantó la vista, masticando lentamente.
—¿A dónde lleva a la paciente? No tengo orden de salida.
—Es un traslado de emergencia a Imagenología del edificio B. El Dr. Valladares está furioso porque la máquina de aquí arriba se descompuso. ¿Quiere que le diga al Doctor que usted retrasó el estudio? —Román soltó la mentira sin parpadear.
El guardia dudó. Valladares era conocido por sus gritos histéricos.
—Pero… Imagenología es por el puente, no por el estacionamiento.
—El puente está cerrado por mantenimiento, ¿no le avisaron? —Román puso cara de impaciencia—. Mire, amigo, la señora se siente mal. Ábrame la pluma o llámele usted a Valladares a las tres de la mañana para explicarle.
El guardia miró el teléfono, miró a Román, miró el bulto en la silla de ruedas. La pereza y el miedo al jefe pudieron más que el protocolo.
—Pásele pues. Pero rápido.
El Gorila presionó el botón y la pluma se levantó.
Román cruzó el umbral, sintiendo que las piernas le flaqueaban. Estaban afuera.
En la rampa de urgencias, una ambulancia vieja y despintada, con las luces giratorias encendidas (una roja y una ámbar, porque la azul estaba fundida), esperaba con el motor ronroneando.
La puerta trasera se abrió de golpe. El Tlacuache, vestido con un uniforme de paramédico que le quedaba tres tallas grande y unos lentes oscuros (a las tres de la mañana), saltó al pavimento.
—¡Rápido, súbanla! —susurró el Tlacuache, ayudando a Román a cargar a Sofía hacia la camilla de la ambulancia.
Sofía gimió al ser movida.
—Ya casi, mi amor, ya casi —le decía Román.
Cerraron las puertas traseras con un golpe seco. Román se subió atrás con ella. El Tlacuache saltó al volante.
—¡Agárrense, que despega el cohete! —gritó el mecánico.
Puso primera, soltó el clutch… y el motor tosió. Y se apagó.
—¡Puta madre! —gritó el Tlacuache.
El silencio en la rampa fue aterrador. A lo lejos, se escuchó un grito.
—¡Oiga! ¡Esa ambulancia no es de aquí!
El Gorila había salido de su caseta y venía corriendo, con la mano en el radio. Se habían dado cuenta.
—¡Arráncala, Tlacuache! ¡Arráncala por lo que más quieras! —bramó Román, golpeando la pared que separaba la cabina.
El Tlacuache giró la llave. El motor de arranque gimió: ñaka-ñaka-ñaka…
—¡No me falles, chiquita, no me falles ahorita! —le rogó el Tlacuache al tablero.
El guardia estaba a veinte metros.
Ñaka-ñaka… ¡BRUUUUUM!
El V8 de la Ford despertó con un rugido de bestia herida, soltando una nube de humo negro por el escape. El Tlacuache metió el acelerador a fondo. Las llantas chirriaron contra el concreto pulido.
La ambulancia salió disparada hacia la calle, esquivando por milímetros la pluma de salida que el guardia intentaba bajar de nuevo.
—¡Vámonos, vámonos, vámonos! —gritaba Román, sosteniendo a Sofía para que no se cayera de la camilla con los bandazos.
Tomaron Periférico a toda velocidad. La “Bestia” vibraba como licuadora, pero corría.
—¡Lo logramos, carnal! ¡Les vimos la cara! —reía el Tlacuache, con la adrenalina a tope, tocando el claxon como loco.
Román no reía. Estaba revisando el pulso de Sofía. Estaba débil, muy débil.
—Aguanta, Sofi. No te mueras ahora. No ahora que te encontré.
EL REFUGIO
Llegaron a Santa María la Ribera cuarenta minutos después, habiendo dado tres vueltas innecesarias para asegurarse de que nadie los seguía.
El Tlacuache metió la ambulancia de reversa en la entrada de la casa de Mariana, rozando los espejos.
Mariana ya estaba afuera, abriendo el portón.
Bajaron a Sofía entre los dos hombres. Pesaba más el miedo a perderla que su cuerpo físico.
La llevaron a la sala preparada. La acostaron en la cama limpia, con olor a romero.
—Gracias, Tlacuache. Te debo la vida —dijo Román, estrechando la mano llena de grasa de su amigo.
—No hay pex, carnal. Para eso estamos. Pero ahora escóndanse bien, porque mañana se va a armar el desmadre. Yo me llevo la nave a un terreno que tengo en el Estado para que no la vean.
Cuando el Tlacuache se fue, Román se transformó. Ya no era el exnovio asustado, era el enfermero competente. Canalizó una vía en el brazo de Sofía con suero glucosado para hidratarla y limpiar sus riñones. Le administró un antídoto suave para contrarrestar las benzodiacepinas.
Mariana, por su parte, trabajaba en otro nivel. Pasaba un huevo de gallina por el cuerpo de la mujer, rezando en voz baja, absorbiendo la “salación” y la envidia que la rodeaban. Luego, le puso paños de agua fría con vinagre en la frente.
—Está muy intoxicada, hijo. Su espíritu está casi desprendido del cuerpo.
—Se va a poner bien, má. Tiene que ponerse bien.
Pasaron las horas. El sol del amanecer empezó a colarse por las cortinas, pintando la habitación de dorado.
Román estaba sentado en una silla junto a la cama, sosteniendo la mano de Sofía. No había pegado el ojo.
De repente, los dedos de ella se movieron. Apretaron los suyos.
Román saltó.
Sofía abrió los ojos. Esta vez, la niebla era menos densa. Había dolor, sí, pero había claridad.
Miró a su alrededor. Vio las paredes pintadas de color crema, las plantas colgantes, la imagen de la Virgen en la pared. Y vio a Román.
—¿Estoy muerta? —preguntó con voz rasposa.
—No, mi vida. Estás viva. Estás en mi casa. Te sacamos.
Sofía intentó incorporarse, pero cayó de nuevo en la almohada. Las lágrimas brotaron de nuevo.
—Iván… él me dijo que si no firmaba… mataría a Max. Dijo que tenía un accidente planeado para él.
Román sintió un escalofrío. La amenaza era real.
—No va a tocar a Max. Te lo juro.
—Román… —Sofía lo miró con una intensidad desesperada—. Tienes que saberlo. Tienes que saber la verdad. Iván no es el padre de Max.
Román tragó saliva. Miró a su madre, que estaba en la puerta escuchando.
—Lo sé —dijo Román, con el corazón latiéndole en los oídos—. O al menos, lo sospecho.
—Max… Maximiliano… —Sofía sollozó—. Es tuyo, Román. Es tu hijo. Cuando me fui… yo no sabía. Me enteré después. Quise buscarte, pero mis tíos me prohibieron volver. Y luego conocí a Iván y pensé que él nos cuidaría… qué tonta fui.
La confirmación golpeó a Román como un tren de carga. Tenía un hijo. Un hijo de seis años que estaba en manos de un psicópata.
Se levantó, sintiendo una fuerza nueva, una furia volcánica naciendo en su pecho. Ya no era solo por amor a Sofía. Ahora era por sangre.
—Descansa, Sofía. Recupérate —dijo Román, besándole la frente—. Porque en cuanto puedas ponerte de pie, vamos a ir por él. Y te juro por Dios que Iván va a desear no habernos conocido nunca.
En ese momento, el celular de Román sonó. Era un número desconocido.
Contestó.
—¿Bueno?
—Sé que la tienes tú, enfermero de mierda —la voz de Iván Montoya sonaba tranquila, gélida, al otro lado de la línea—. Tienes 24 horas para devolverme a mi esposa y los papeles firmados. Si no… bueno, digamos que al pequeño Max le puede ocurrir una desgracia muy lamentable. ¿Te gustan los accidentes domésticos? Son tan trágicos en los niños…
Iván colgó.
Román miró el teléfono, con los nudillos blancos de tanto apretarlo.
La guerra había sido declarada. Y ahora, era personal.
CAPÍTULO 4: LA CAZA DEL LOBO
El teléfono colgó, pero la voz de Iván Montoya seguía resonando en la pequeña sala de la colonia Santa María la Ribera como el eco de un disparo. Román miró el aparato con una mezcla de náusea y una furia volcánica que amenazaba con quemarle las entrañas.
—¿Qué dijo ese desgraciado? —preguntó Mariana. Estaba de pie junto a la estufa, removiendo el caldo de pollo, pero su mano se había detenido. Sus ojos, negros y profundos, brillaban con esa intuición que rara vez fallaba.
Román levantó la vista. Tenía el rostro desencajado.
—Sabe que la tenemos. Me dio 24 horas. Dijo que si no le devolvemos a Sofía y los papeles firmados… le va a pasar un “accidente” a Max.
Desde la cama, Sofía soltó un gemido ahogado y trató de incorporarse, pero sus brazos temblaban demasiado.
—¡No! ¡Es capaz de hacerlo, Román! Iván no tiene alma. Para él, Max es solo un estorbo, una herramienta para controlarme. Si sabe que ya no puede usarme… se va a deshacer del niño.
Román se acercó a ella y la tomó de los hombros con suavidad pero con firmeza.
—Nadie le va a poner un dedo encima a mi hijo, Sofía. ¿Me oyes? Nadie.
La palabra “hijo” flotó en el aire, pesada y definitiva. Era la primera vez que Román la pronunciaba en voz alta. Se sintió extraña en su lengua, pero al mismo tiempo correcta, como una pieza que siempre había faltado en el rompecabezas de su vida. Seis años perdidos. Seis años de primeros pasos, de dientes de leche, de palabras mal pronunciadas que Iván le había robado. La ira se transformó en una determinación fría y calculadora.
—No podemos ir a la policía —dijo Sofía, secándose las lágrimas con rabia—. Iván tiene comprados a medio Ministerio Público. Su abogado juega golf con el Fiscal. Si denunciamos, nos van a detener a nosotros por secuestro antes de que investiguen nada, y en ese tiempo… él desaparecerá a Max.
—Entonces lo haremos a mi manera —sentenció Román. Se volvió hacia su madre—. Má, necesito que cuides a Sofía. Que no salga, que no se asome a la ventana. El Tlacuache dijo que escondió la ambulancia, pero si Iván tiene nuestros nombres, no tardará en encontrar esta dirección.
—Aquí nadie entra si yo no quiero —aseguró Mariana, sacando de un cajón un saquito de tela roja con hierbas y monedas antiguas—. Ya cerré los caminos espirituales de la casa. Pero Román… ten cuidado. El diablo es puerco y tiene mucho dinero.
—El dinero no compra lealtad, má. Solo compra miedo. Y el miedo se puede voltear.
Román sacó una libreta y un bolígrafo.
—Sofi, necesito que pienses. Necesito detalles. ¿Quién cuida a Max realmente? Iván no se ensucia las manos cambiando pañales o dando de comer.
—Es Brenda —dijo Sofía con asco—. Brenda López. Una mujer vulgar que contrató hace tres meses. Ella… ella está enamorada de Iván, o eso cree. Hace todo lo que él le dice. Es cruel, Román. Le pega a Max cuando cree que nadie la ve.
Román apretó la mandíbula hasta que le dolió.
—Brenda López. La mujer de la Alameda. La de las uñas rojas.
—Ella es el eslabón débil —intervino Mariana, sirviendo un té de tila para Sofía—. Esa mujer no es mala por naturaleza, es mala por pendeja. Por querer sentirse importante. Y la gente así se quiebra fácil.
—¿Dónde vive Iván? —preguntó Román.
—En Lomas de Chapultepec. Calle Sierra Gorda 45. Es una fortaleza. Cámaras, guardias armados, muros de tres metros.
—No vamos a entrar ahí —dijo Román, negando con la cabeza—. Eso sería suicidio. Vamos a hacer que Brenda salga.
LA GUARIDA DEL LOBO
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, en la mansión de Sierra Gorda, el ambiente estaba cargado de electricidad estática y olor a alcohol caro.
Iván Montoya caminaba de un lado a otro de su despacho, un espacio amplio decorado con maderas finas y trofeos de caza que nunca cazó. En su mano derecha sostenía un vaso de cristal cortado con whisky Blue Label, y en la izquierda, un cigarro habano que no paraba de morder.
—¡Inútiles! ¡Bola de inútiles! —gritó, lanzando el vaso contra la chimenea. El cristal estalló en mil pedazos.
Frente a él, el jefe de seguridad, un exmilitar apodado “El Tanque”, mantenía la cabeza baja.
—Señor, revisamos las cámaras del hospital. El enfermero usó las escaleras de emergencia. Salió por el sótano. Engañó al guardia de la pluma.
—¡No me cuentes la historia, imbécil, tráeme soluciones! —bramó Iván, con la cara roja por la furia y el alcohol—. Esa mujer se está muriendo. Sin su firma, las cuentas de la naviera siguen bloqueadas. Y si se muere fuera del hospital, sin mi control, empieza la autopsia, empieza la investigación… ¡Se me cae el negocio, carajo!
La puerta del despacho se abrió tímidamente. Brenda asomó la cabeza. Llevaba un vestido demasiado corto y demasiado ajustado, intentando complacer al jefe, pero su cara mostraba terror.
—Señor Iván… el niño tiene hambre. Pregunta si puede comer cereal.
Iván se giró lentamente hacia ella. La miró con un desprecio tan absoluto que Brenda sintió ganas de desaparecer.
—¿Me ves con cara de que me importa si el bastardo come? —dijo Iván con voz sibilante—. Dale lo que sea para que se calle. Y prepárate. Nos vamos en una hora.
—¿Nos… nos vamos? —tartamudeó ella—. ¿A dónde?
—A la casa del Ajusco. Aquí ya no es seguro. Ese enfermero de cuarta sabe dónde vivimos. Vamos a mover al niño. Y Brenda… —Iván se acercó a ella, invadiendo su espacio personal. Olía a whisky y a peligro—. Si le pasa algo a ese niño antes de que yo lo ordene, te juro que te voy a echar a los perros. Literalmente.
Brenda asintió frenéticamente, con los ojos llenos de lágrimas, y salió corriendo.
Iván se quedó solo. Sacó su teléfono. Marcó un número.
—Prepara la cabaña. Sí, la de arriba, la que está aislada. Y manda a dos de tus hombres de confianza. Vamos a tener que hacer una limpieza profunda.
LA CACERÍA
Román no tenía equipo de espionaje, ni satélites, ni drones. Pero tenía algo mejor: barrio.
Llamó al Tlacuache.
—¿Qué onda, carnal? ¿Ya estás en tu búnker? —preguntó Román.
—Simón. La ambulancia ya está bajo tres lonas y le quité las placas. ¿Qué necesitas?
—Necesito que rastrees un celular. O bueno, una cuenta de Facebook.
—Uy, eso es pan comido. Mi sobrino el Kevin es un hacker de esos de la Plaza de la Tecnología. Pásame el dato.
—Brenda López. Es niñera. Busca fotos recientes, check-ins, lo que sea. Necesito saber si tiene novio, si tiene rutinas.
Diez minutos después, el Tlacuache devolvió la llamada.
—Lo tengo, Román. Esta morra es adicta al Face. Publica hasta cuando va al baño. Su última foto es de hace dos horas. Una selfie en el espejo de un baño lujoso, dice “Aquí sufriendo en la chamba”. Pero checa esto: tiene un chingo de comentarios de un tal “Brayan Vlogs”. Al parecer es su novio y quedaron de verse hoy a las 5:00 PM en el Metro Auditorio para “intercambiar cosas”.
—¿Intercambiar cosas?
—Sí, parece que ella le pasa lana o algo así. En los comentarios se ve que el Brayan le pide para la moto.
Román miró el reloj. Eran las 3:30 PM.
—Perfecto. Gracias, Tlacuache. Te debo otra.
—Me debes unas chelas y una limpia de tu jefa, que ando medio salado. ¡Suerte, carnal!
Román se vistió con ropa oscura: jeans, una playera negra y una gorra. Se miró al espejo. No se veía como el enfermero amable que consolaba a los ancianos. Se veía como alguien que había perdido todo y no tenía miedo de quemar el mundo para recuperarlo.
—Voy por ti, Max —susurró.
Se despidió de Sofía con un beso rápido en la frente. Ella estaba más lúcida, bebiendo el caldo de Mariana.
—Tráemelo, Román.
—Te lo prometo.
LA TRAMPA EN EL METRO AUDITORIO
El Metro Auditorio es un hormiguero humano a las cinco de la tarde. Ríos de gente salen de las oficinas de Polanco y Reforma, mezclándose con estudiantes y vendedores ambulantes. Es el lugar perfecto para desaparecer… o para atrapar a alguien.
Román llegó a las 4:45. Se colocó cerca de las escaleras que dan al Auditorio Nacional, recargado en un pilar, observando.
A las 5:05, la vio.
Brenda bajó de un Uber (probablemente pagado con la cuenta de Iván). Llevaba unos lentes de sol enormes y cargaba una bolsa de Liverpool. Miraba a todos lados, nerviosa.
Se quedó parada junto al puesto de periódicos.
Minutos después, llegó el tal Brayan. Un chico flaco, con corte de cabello tipo reguetonero y una moto Italika estacionada sobre la banqueta.
—¿Qué onda, nena? ¿Trajiste lo que te pedí? —le dijo el Brayan, sin siquiera saludarla bien.
—Sí, pero apúrate que el patrón está como loco —dijo Brenda, sacando un sobre de la bolsa—. Nos vamos a ir a la casa del Ajusco hoy mismo. No sé cuándo pueda volver a verte.
—Uy, qué mal plan. Bueno, rola la lana.
Román vio el intercambio. Vio la vulnerabilidad de Brenda y el desinterés del novio. Era el momento.
Esperó a que el Brayan arrancara su moto y se largara, dejando a Brenda sola, con cara de decepción.
Román se acercó por detrás.
—Brenda —dijo, con voz suave pero cargada de amenaza.
Ella saltó del susto y se giró. Se bajó los lentes.
—¿Quién eres? ¿Me conoces?
—Soy el hombre que va a evitar que vayas a la cárcel por secuestro y complicidad en intento de homicidio —dijo Román, mostrándole en su celular la foto del expediente falso del hospital—. Sé lo que le están haciendo a Sofía. Y sé que tú tienes a Max.
Brenda palideció. Intentó correr, pero Román le bloqueó el paso, acorralándola contra la pared de azulejos del metro.
—¡Déjame! ¡Voy a gritar!
—Grita. Grita y llamo a la policía que está en la esquina. Les enseño estas fotos y les digo que tú eres la que administra las medicinas. Iván te va a echar la culpa a ti, Brenda. ¿Crees que te va a defender? Eres la niñera. Eres desechable. Él tiene abogados, tú tienes al Brayan que solo te quiere por tu dinero.
Las palabras de Román dieron en el blanco. Brenda bajó la guardia, temblando.
—Yo… yo no he hecho nada malo. Solo lo cuido. El señor Iván me dijo que su mamá estaba de viaje.
—Sabes que es mentira. Viste al niño escribir “Ayuda” en su mano. Sabes que está secuestrado.
Brenda empezó a llorar, estropeando su maquillaje.
—Tengo miedo. Iván está loco. Rompió vasos, gritó… dijo que nos íbamos al Ajusco. Que iba a “limpiar el problema”.
Román sintió un frío en el estómago.
—¿A dónde en el Ajusco?
—Tiene una cabaña. Está en el kilómetro 14 de la carretera Picacho-Ajusco, metida en el bosque. Es una casa de piedra con un portón negro. Hay perros.
—¿Cuándo se lo llevan?
—Ahorita. El chofer pasó por Max hace media hora. Yo tenía que alcanzarlos allá, pero vine a ver a mi novio rápido.
—Escúchame bien, Brenda. Si quieres salvar tu pellejo, vas a hacer exactamente lo que yo te diga. Vas a ir a esa casa. Vas a actuar normal. Y cuando yo llegue, me vas a abrir la puerta.
—¡Me va a matar!
—Si no lo haces, te juro que yo mismo me encargo de que te pudras en Santa Martha Acatitla por el resto de tu vida. Tienes una oportunidad de redención. Hazlo por el niño. Hazlo por ti.
Brenda asintió, sorbiéndose los mocos.
—Está bien. Pero ten cuidado. El Tanque, su guardaespaldas, lleva pistola.
ASCENSO A LA MONTAÑA
La carretera al Ajusco es traicionera. Curvas cerradas, neblina que baja de repente y un bosque denso de pinos que oculta tanto la belleza como el crimen. A medida que Román subía en su Tsuru, la temperatura bajaba drásticamente. El bullicio de la ciudad quedaba atrás, reemplazado por el silencio oscuro de la montaña.
Román no iba solo. Había pasado por el taller del Tlacuache.
—Carnal, esto ya es Grandes Ligas —le había dicho el mecánico cuando Román le contó el plan—. No te voy a dejar morir solo. Además, el Kevin me prestó esto.
El Tlacuache sacó de una caja de herramientas una pistola vieja, una calibre .22 oxidada.
—No sé si dispara, pero asusta.
—No quiero armas, Tlacuache. Si disparamos, perdemos. Esto es rescate, no ejecución. Pero necesito tus manos y tus ojos.
Subieron en el Tsuru, siguiendo la ubicación que Brenda le había mandado por WhatsApp (una pequeña victoria de la presión psicológica).
Llegaron al kilómetro 14. Se desviaron por un camino de terracería lleno de baches. Los pinos eran altos y cerraban el paso a la luz de la luna.
A unos quinientos metros, vieron el portón negro. Muros de piedra volcánica. Cámaras en las esquinas.
Román apagó las luces del coche y el motor. Se deslizaron con el impulso hasta quedar ocultos tras unos arbustos.
—Ahí está —susurró Román.
La casa parecía un búnker de lujo. Había luces encendidas en la planta baja. Se escuchaban ladridos de perros rottweiler a lo lejos.
—¿Cuál es el plan, jefe? —preguntó el Tlacuache, frotándose las manos por el frío.
—Esperar la señal de Brenda.
DENTRO DE LA JAULA
Dentro de la cabaña, Max estaba sentado en un sofá de cuero enorme, con los pies colgando. Hacía frío. La casa olía a madera y a humedad.
Iván estaba en la barra de la cocina, sirviéndose otro trago. El Tanque limpiaba su arma en la mesa del comedor.
Brenda acababa de llegar en un taxi. Entró temblando.
—Llegaste tarde —gruñó Iván—. ¿Dónde estabas?
—Había mucho tráfico, señor. Perdone.
—Lleva al escuincle al cuarto de arriba. Y enciérralo. No quiero verlo. Mañana temprano… —Iván hizo una pausa, mirando a Max con una sonrisa torcida—. Mañana temprano solucionamos todo.
Brenda se acercó a Max.
—Vente, mijo. Vamos a dormir.
Max la miró. Vio que Brenda estaba llorando en silencio.
—¿Por qué lloras? —susurró el niño mientras subían la escalera de madera.
Brenda se detuvo en el descanso. Miró hacia abajo para asegurarse de que Iván no escuchaba. Se agachó frente a Max.
—Perdóname, Max. Perdóname por ser mala.
Max, con esa inocencia que desarma, le tocó la mejilla con su manita fría.
—¿Me vas a dejar ir con mi mamá?
—Tu papá… tu papá verdadero viene por ti —susurró Brenda.
Los ojos de Max se iluminaron.
—¿Mi papá? ¿El enfermero?
Brenda asintió.
—Escóndete en el baño. Y cuando escuches ruido, no salgas hasta que te llamen por tu nombre.
Brenda lo metió en la habitación y, en lugar de poner el cerrojo por fuera como siempre, dejó la puerta apenas ajustada. Luego, fue hacia la ventana que daba al patio trasero. Sacó su celular y encendió y apagó la linterna tres veces.
LA INCURSIÓN
Desde los arbustos, Román vio la señal. Tres destellos de luz.
—Es la hora —dijo.
—Suerte, carnal. Yo me quedo aquí por si hay que salir quemando llanta —dijo el Tlacuache, agarrando una llave de cruz como si fuera un bat de béisbol.
Román saltó la barda lateral, aprovechando un punto ciego que Brenda le había descrito en un mensaje. Cayó sobre el pasto húmedo.
Los perros.
Escuchó el gruñido antes de verlos. Dos sombras negras se lanzaron hacia él.
Román sacó de su mochila dos bisteces de res que había comprado en la carnicería antes de subir. Los había rociado con un sedante suave que le había robado al hospital hacía meses para un perro de la vecina que ladraba mucho.
Lanzó la carne.
Los rottweilers frenaron en seco, el instinto ganándole al entrenamiento. Devoraron la carne y, segundos después, empezaron a tambalearse.
Román corrió hacia la puerta trasera. Estaba abierta. Brenda cumplió.
Entró en la cocina. Estaba vacía, pero escuchaba las voces en la sala.
—…te digo que esa vieja ya no firma. Vamos a tener que falsificar la firma y deshacernos del cuerpo cuando aparezca… —decía la voz de Iván.
Román se movió como un fantasma. Subió las escaleras de puntitas. La madera crujió levemente.
—¿Qué fue eso? —preguntó El Tanque abajo.
—Seguro es la inútil de la niñera o el gato. Siéntate —respondió Iván.
Román llegó al pasillo de arriba. Vio la puerta entreabierta.
Entró.
La habitación estaba oscura.
—¿Max? —susurró.
Silencio.
—Max… soy Román. Soy amigo de tu mamá Sofía.
La puerta del baño se abrió lentamente. Una cabecita se asomó.
Al ver a Román, el niño no corrió. Se quedó paralizado, analizándolo. Vio los ojos azules. Vio la misma forma de la barbilla. Vio la bondad.
—¿Eres mi papá? —preguntó Max en un susurro que rompió el corazón de Román en mil pedazos.
Román se arrodilló y abrió los brazos.
—Sí, hijo. Soy tu papá. Y vengo a llevarte a casa.
Max corrió hacia él y se enterró en su pecho. Román lo abrazó con una fuerza desesperada, sintiendo el cuerpo pequeño y frágil, oliendo su cabello de niño. Las lágrimas le brotaron sin control. Era su hijo. Sangre de su sangre.
Pero el momento de ternura duró poco.
—¡Qué tierno! —una voz retumbó desde la puerta.
Román se giró, poniendo a Max detrás de él.
Iván Montoya estaba en el marco de la puerta, apuntándoles con una pistola Glock 9mm. Detrás de él, El Tanque sonreía con malicia.
—Sabía que vendrías, enfermero. Eres predecible. Y Brenda… —Iván miró hacia el pasillo, donde Brenda sollozaba en el suelo con la cara golpeada—. Brenda no sabe mentir.
—Baja el arma, Iván —dijo Román, levantando las manos pero manteniendo su cuerpo como escudo frente a Max—. Se acabó. Sofía está a salvo. La policía viene en camino (mentira, pero necesaria).
—La policía tarda una hora en subir aquí. Tiempo suficiente para un accidente trágico. Un ladrón entró, mató al niño y al héroe enfermero, y yo, en defensa propia, lo abatí. Suena bien, ¿no?
Iván quitó el seguro del arma. Click.
Román miró a su alrededor. No tenía armas. Solo tenía su cuerpo y su ingenio.
Miró a Max.
—Cierra los ojos y tápate los oídos, Max.
Iván levantó el arma, apuntando a la cabeza de Román.
—Adiós, héroe.
En ese instante, se escuchó un estruendo brutal.
¡CRASH!
La ventana de la habitación estalló en mil pedazos. Algo pesado, envuelto en fuego, entró volando y rodó por el suelo.
Una botella. Una bomba molotov casera.
El Tlacuache no se había quedado en el coche.
La alfombra prendió fuego al instante. Las llamas se alzaron entre Iván y Román, creando una barrera de calor infernal.
Iván retrocedió, cubriéndose la cara, disparando a ciegas. ¡Bang! ¡Bang!
Las balas pegaron en la pared.
—¡Corre, Román! —gritó una voz desde el jardín.
Román no lo pensó dos veces. Cargó a Max en brazos, agarró una lámpara pesada de la mesa de noche y se lanzó, no hacia la puerta, sino hacia la otra ventana, la que daba al tejado del porche.
—¡Agárrate fuerte!
Román rompió el vidrio con la lámpara y saltó hacia la noche fría, con su hijo en brazos, mientras la habitación detrás de ellos se convertía en un infierno naranja.
Cayeron sobre el tejado de tejas, rodaron y cayeron al pasto. Román amortiguó la caída con su espalda, soltando un gemido de dolor, pero protegiendo a Max.
—¿Estás bien? —jadeó.
—Sí, papá —dijo Max, con los ojos como platos.
—¡Al coche! ¡Corre!
El Tlacuache ya tenía el Tsuru encendido, con la puerta abierta.
Román y Max se lanzaron al asiento trasero.
—¡Písale, Tlacuache! ¡Vámonos!
El mecánico aceleró a fondo, levantando grava y polvo.
Detrás de ellos, en la ventana en llamas, Iván Montoya gritaba maldiciones, disparando hacia la oscuridad, mientras su imperio de mentiras empezaba, literalmente, a arder.
PARTE 2
CAPÍTULO 5: SANGRE, LÁGRIMAS Y MEZCAL
El Tsuru blanco descendía por la carretera Picacho-Ajusco como una exhalación, desafiando las leyes de la física y la gravedad. Los amortiguadores viejos rechinaban en cada curva cerrada, protestando contra la velocidad suicida a la que “El Tlacuache” los sometía.
Dentro del coche, el silencio era denso, solo roto por el rugido asmático del motor y la respiración agitada de sus ocupantes. Román iba en el asiento trasero, abrazando a Max con tal fuerza que temía romperlo. El niño tenía la cara enterrada en el pecho de su padre, temblando como una hoja al viento, con el olor a humo y miedo impregnado en su pijama de superhéroes.
—¡Nos vienen siguiendo, carnal! —gritó el Tlacuache, mirando por el retrovisor.
A lo lejos, dos pares de luces xenón cortaban la oscuridad de la montaña. Eran camionetas. Grandes, blindadas y rápidas. Las SUV de los escoltas de Iván Montoya. El “Tanque” y sus gorilas no se iban a rendir tan fácil.
—¡No dejes que nos alcancen, Tlacuache! —bramó Román, sintiendo cómo la adrenalina le escocía en las venas—. ¡Si nos paran, nos matan!
—¡Tranquilo, mi Román! En línea recta me ganan por motor, pero en las curvas… ¡en las curvas manda el barrio! —respondió el mecánico, con una sonrisa demente clavada en el rostro.
El Tlacuache conocía el Ajusco como la palma de su mano llena de grasa. Sabía dónde había baches, dónde el asfalto tenía aceite y dónde se podía cortar camino. Al llegar a la altura de los puestos de quesadillas, que a esa hora de la madrugada eran solo sombras fantasmales, el Tlacuache dio un volantazo brusco hacia la derecha.
—¿Qué haces? ¡Es terracería! —gritó Román, protegiendo la cabeza de Max mientras el coche daba bandazos violentos.
—¡Atajo, papá! ¡Agárrense los calzones!
El Tsuru se metió en un camino vecinal, levantando una nube de polvo que cegó momentáneamente a los perseguidores. Las piedras golpeaban el chasis como martillazos. Clang, clang, clang.
Las camionetas de Iván intentaron seguirlos, pero sus vehículos pesados y anchos no estaban hechos para esos senderos de cabras. Una de ellas patinó en el lodo y se estampó contra un pino con un crujido seco. La otra tuvo que frenar.
El Tlacuache apagó las luces del coche para no ser vistos y condujo a ciegas, guiado solo por la luz de la luna y su instinto suicida, hasta que salieron de nuevo al asfalto, mucho más abajo, cerca de Six Flags.
—¡Les dimos baje! —exclamó el Tlacuache, golpeando el volante con euforia—. ¡Nadie le gana al Tsuru Power!
Román soltó el aire que había estado conteniendo. Miró a su hijo. Max había levantado la vista. Sus ojos azules, idénticos a los de Román, lo miraban con una mezcla de curiosidad y adoración.
—¿Tú eres mi papá de verdad? —preguntó el niño, con la voz pequeñita.
Román sintió un nudo en la garganta que casi no lo deja hablar. Le limpió una mancha de hollín de la mejilla con el pulgar.
—Sí, campeón. Soy tu papá. Perdóname por haber tardado tanto en encontrarte.
—Mi mamá dijo que vendrías —dijo Max, y luego, el cansancio pudo más que él. Cerró los ojos y se quedó dormido en los brazos de ese extraño que olía a sudor y a seguridad.
Román miró por la ventana. La Ciudad de México se extendía abajo como un mar de luces infinitas. Se sentía como un náufrago que acababa de tocar tierra firme, pero sabía que la tormenta aún no terminaba. Iván Montoya no se detendría. Tenía dinero, poder y una herida en el orgullo. Y un animal herido es el más peligroso de todos.
EL REENCUENTRO
Llegaron a la colonia Santa María la Ribera justo cuando el cielo empezaba a pintarse de ese tono violeta y naranja del amanecer chilango. Las calles estaban desiertas, salvo por algún barrendero madrugador y los puestos de tamales que empezaban a instalar sus ollas humeantes.
El Tlacuache estacionó el coche a dos cuadras de la casa de Mariana, por precaución.
—Vamos a pie, rápido —dijo Román, cargando a Max, que seguía dormido.
Caminaron pegados a las paredes. Al llegar a la puerta verde despintada de la casa de su madre, Román no tuvo que tocar. La puerta se abrió de inmediato. Mariana había estado vigilando tras la cortina toda la noche.
Al ver a su hijo con el bulto en brazos, Mariana se llevó las manos a la boca para ahogar un sollozo. Se hizo a un lado para dejarlos pasar y cerró con tres cerrojos y una cadena.
—¡Lo trajiste! —susurró ella, con los ojos llenos de lágrimas.
—Está bien, má. Solo está cansado y asustado.
Entraron a la sala, que seguía oliendo a romero y veladoras. Sofía estaba sentada en la orilla de la cama improvisada, pálida como la cera, con los ojos rojos de tanto llorar. Cuando vio entrar a Román con el niño en brazos, soltó un grito ahogado, un sonido visceral que venía desde las entrañas.
—¡Max! ¡Mi bebé!
Román depositó al niño suavemente en la cama, junto a ella. Max se despertó con el movimiento. Al ver a su madre, su carita se transformó.
—¡Mami!
Se abrazaron. Fue un abrazo desesperado, de esos que intentan fusionar dos cuerpos en uno solo para que nada vuelva a separarlos. Sofía besaba la cabeza, las manos, la cara de su hijo, revisando instintivamente que tuviera todos sus dedos, que no tuviera heridas.
—Te extrañé, mami. Pensé que te habías ido al cielo —lloraba Max.
—Nunca, mi amor. Nunca me voy a ir sin ti. Perdóname, perdóname… —repetía Sofía, meciéndose con él.
Román se quedó de pie, observando la escena. Sentía que sobraba y al mismo tiempo que ese era el único lugar donde debía estar. Mariana se acercó a él y le puso una mano en el hombro.
—Lo hiciste bien, hijo. Recuperaste a tu manada.
Román se derrumbó. La tensión de las últimas 24 horas le cobró factura. Se dejó caer en el viejo sillón de la sala y se cubrió la cara con las manos. Mariana, sabia como era, no le dijo nada. Fue a la cocina y regresó con un vaso pequeño de líquido transparente.
—Tómatelo. Es mezcal de Oaxaca, del que cura el espanto. Te va a asentar el alma en el cuerpo.
Román bebió el mezcal de un trago. El líquido quemó su garganta y explotó en calor en su estómago. Respiró hondo.
—¿Y ahora qué, má? No podemos quedarnos aquí. Iván sabe quién soy. Sabe dónde trabajaba. No tardará en averiguar dónde vives.
—Que venga —dijo Mariana, con una mirada de acero—. Esta es mi casa. Aquí mis santos son más fuertes que sus demonios. Pero tienes razón, necesitamos ayuda terrenal.
—Necesitamos un abogado —dijo Sofía, separándose un poco de Max, pero sin soltarle la mano—. Pero no uno de los de Iván. Necesitamos a alguien que odie a los corruptos.
El Tlacuache, que estaba comiéndose un pan dulce que había encontrado en la cocina, levantó la mano.
—Yo conozco a alguien.
Todos lo miraron.
—¿Tú? —preguntó Román, escéptico.
—Simón. Es el Licenciado Trejo. Tiene su despacho arriba de una tortillería en la Doctores. No usa trajes Armani, usa guayaberas y huele a tabaco barato, pero es un perro de pelea. Sacó a mi primo del reclusorio cuando le sembraron droga. Odia a los ricos prepotentes. Dice que son su “alimento”.
—Llámalo —dijo Román—. Dile que tenemos un caso que lo va a hacer famoso. Secuestro, intento de homicidio, fraude médico y corrupción hospitalaria.
LA LIMPIA
Mientras esperaban al abogado, Mariana decidió que había cosas más urgentes que la ley de los hombres.
—El niño trae una sombra —dijo, mirando a Max, que ahora comía un plato de arroz con leche con avidez—. Ese hombre, Iván, tiene una energía muy oscura y se le pegó al chamaco.
Max miraba a Mariana con curiosidad.
—¿Tú eres una bruja? —preguntó, con la boca llena.
Mariana sonrió, y su rostro se iluminó, haciéndola ver diez años más joven.
—No, mi niño. Soy tu abuela. Y las abuelas curamos todo. ¿Me dejas curarte el susto?
Max asintió, confiando plenamente en esa mujer que tenía la misma verruga que su mamá.
Mariana preparó un manojo de hierbas frescas: pirul, ruda, albahaca y un clavel rojo. Encendió copal en un anafre pequeño. El humo blanco y aromático llenó la habitación.
Empezó a pasar el ramo por el cuerpo de Max, desde la cabeza hasta los pies, rezando en voz baja, mezclando oraciones católicas con palabras antiguas que solo ella conocía.
—Sal, susto. Sal, miedo. Sal, sombra ajena. Regresa a la tierra, regresa al fuego. Deja libre a este inocente…
Golpeaba suavemente las piernas y la espalda del niño con las hierbas. Max cerró los ojos, relajándose. Sentía como si le quitaran una mochila pesada de la espalda.
Luego, Mariana tomó un huevo de gallina y lo pasó por todo su cuerpo, como si fuera un imán absorbiendo la negatividad. Cuando terminó, rompió el huevo en un vaso con agua.
La yema salió cocida, como si la hubieran hervido, y rodeada de burbujas y formas que parecían ojos.
—¡Válgame Dios! —exclamó Mariana—. Qué bueno que lo hicimos. El odio de ese hombre era fuerte. Pero ya está afuera.
Max suspiró profundamente y sonrió. Por primera vez en meses, su sonrisa llegó a sus ojos.
—Gracias, abuela.
La palabra “abuela” hizo que a Mariana se le salieran las lágrimas de nuevo. Abrazó al niño y a Sofía. Román se unió al abrazo. En ese pequeño cuarto de la Santa María, rodeados de humo de copal y peligro inminente, eran una familia. Indestructible.
LA LLEGADA DEL LICENCIADO
A las diez de la mañana, tocaron la puerta. Tres golpes secos y rítmicos.
Román se tensó. Agarró un cuchillo de cocina de la mesa.
—¿Quién?
—Soy el Licenciado Trejo. Vengo de parte del roedor… digo, del Tlacuache.
Román abrió.
Frente a él estaba un hombre bajito, rechoncho, con una guayabera blanca impecable, lentes de fondo de botella y un portafolios de cuero tan viejo que parecía piel de dinosaurio. Tenía cara de no haber dormido, pero sus ojos detrás de los cristales gruesos eran vivaces e inteligentes.
—Pásale, Licenciado —dijo el Tlacuache.
Trejo entró, miró a todos, olió el copal y asintió.
—Bien, bien. Ambiente protegido. Me gusta. A ver, cuéntenme el chisme completo, pero rápido y sin adornos. Tengo una audiencia a las doce.
Román y Sofía le contaron todo. Desde el diagnóstico falso en el hospital, las drogas, el secuestro de Max, la niñera cómplice y la huida del Ajusco. Le mostraron las fotos del expediente médico que Román había tomado.
Trejo escuchaba en silencio, anotando frenéticamente en una libreta amarilla. De vez en cuando soltaba un “¡Ajá!” o un “¡Hijos de su madre!”.
Cuando terminaron, Trejo cerró la libreta y se limpió los lentes.
—Señores, esto no es un caso. Esto es una mina de oro y dinamita. Tenemos material para meter a la cárcel al tal Iván, al Dr. Valladares y hasta al notario si se descuida. Pero…
—¿Pero qué? —preguntó Román.
—Pero estamos jugando contra Goliat. Iván Montoya no va a esperar a que lo demandemos. Él va a atacar primero. Y su ataque va a ser legal y sucio. Va a reportar el secuestro del niño. Va a decir que tú, Román, eres un empleado resentido que se robó a su hijastro y secuestró a su esposa enferma mental.
—¡Yo no estoy enferma! —protestó Sofía.
—Para la ley, lo que dice el papel médico vale más que su palabra, señora Sofía. Hasta que demostremos que esos papeles son falsos, usted es una paciente psiquiátrica o terminal que fue sustraída.
—¿Entonces qué hacemos? —preguntó Román, desesperado.
—Atacar nosotros primero, pero no en los tribunales. En la opinión pública —Trejo sonrió, mostrando unos dientes manchados de tabaco—. Iván Montoya teme una cosa más que a la cárcel: el escándalo. Necesita mantener su imagen para cerrar el trato de la naviera. Si esto se hace viral… se le cae el negocio. Y si se le cae el negocio, se queda sin dinero para pagar sobornos.
—¿Viral? —preguntó Mariana.
—Sí. Redes sociales. Prensa. Todo. Tenemos que contar esta historia antes de que él cuente la suya. ¿Tienen el video de la confesión de la niñera?
—No… no grabamos a Brenda —admitió Román.
—Error de novato. Pero no importa. Tenemos al niño. Y tenemos la mano.
Trejo señaló la mano de Max. La palabra “AYUDA” ya se había borrado con el baño, pero la historia permanecía.
—Vamos a grabar un video. Ahora mismo. Sofía va a contar su verdad. Román va a mostrar las pruebas médicas. Y lo vamos a subir a todo: Facebook, Twitter, TikTok. Vamos a hacer tanto ruido que la Fiscalía no va a poder ignorarnos ni encubrirlo.
EL ASEDIO
Estaban preparando el celular para grabar cuando escucharon sirenas.
No una. Muchas.
El sonido se acercaba, desgarrando la tranquilidad de la mañana.
El Tlacuache se asomó por la ventana, moviendo apenas la cortina.
—¡Chin! —exclamó—. Ya valió barriga, señor verga.
—¿Qué pasa? —preguntó Román, sintiendo que el corazón se le paraba.
—Son patrullas. Pero no son las de barrio. Son camionetas de la Policía de Investigación. Y hay dos camionetas negras civiles atrás. Es Iván.
—Nos encontró —susurró Sofía, abrazando a Max.
Román miró a Trejo.
—¿Qué hacemos, Licenciado?
Trejo, lejos de asustarse, pareció crecerse. Se ajustó la guayabera y agarró su portafolios.
—Ustedes no abran. Pongan el seguro. Graben todo desde adentro. Yo voy a salir a recibirlos.
—¿Está loco? Lo van a detener.
—Soy abogado, mijo. Tengo fuero… bueno, no tengo fuero, pero tengo mucha labia y sé citar el Código Penal de memoria. Voy a ganarles tiempo. Ustedes suban ese video. ¡Ya!
Trejo salió de la casa, cerrando tras de sí.
Desde la ventana, Román vio cómo el abogado, pequeño y regordete, se plantaba en medio de la banqueta, levantando la mano frente a un comando de policías armados con rifles de asalto que bajaban de las patrullas.
Detrás de la barrera policial, bajó Iván Montoya. Tenía una venda en la mano (quemadura de la bomba molotov) y una cara de odio puro.
—¡Abran esa puerta! —gritó Iván—. ¡Tienen a mi hijo y a mi esposa secuestrados!
—¡Alto ahí! —gritó Trejo con una voz sorprendentemente potente—. ¡Soy la defensa legal de la familia! ¡Nadie entra a este domicilio sin una orden judicial firmada por un juez federal!
—¡Quítese, gordo! —Iván hizo un gesto a los policías—. ¡Tiren la puerta!
—¡Si tocan esa puerta están violando el debido proceso y cometiendo allanamiento! —Trejo sacó su celular y empezó a transmitir en vivo—. ¡Estoy transmitiendo en directo! ¡Cualquier agresión quedará registrada!
Los policías dudaron. Una cosa era cumplir órdenes de un rico, y otra era salir en las noticias golpeando a un abogado en vivo.
Adentro, Román sostenía el celular frente a Sofía.
—¿Lista?
Sofía, pálida pero con una mirada de fuego, asintió. Se arregló el cabello. Tomó la mano de Max.
—Lista.
—Tres, dos, uno… grabando.
—Hola, soy Sofía Ramos —empezó a decir, mirando a la cámara—. Si están viendo esto, es porque mi esposo, Iván Montoya, está intentando matarme para quedarse con mi herencia. No tengo cáncer. Me han estado envenenando en el Hospital San Ángel…
Afuera, los golpes empezaron a sonar contra la puerta.
¡BAM! ¡BAM!
—¡Abran o disparamos!
Mariana se paró frente a la puerta cerrada, sosteniendo una imagen de la Virgen de Guadalupe y un machete oxidado que tenía guardado debajo del sofá.
—¡Aquí no entra el diablo! —gritó ella—. ¡Primero muerta que dejar que se lleven a mi nieto!
Román seguía grabando, con las manos temblando, mientras Sofía narraba el horror.
La carrera contra el tiempo había terminado. Ahora era una carrera por la verdad. Y la puerta de madera vieja empezaba a astillarse bajo los golpes del ariete policial.
CAPÍTULO 6: EL BARRIO RESPALDA
El sonido de la madera crujiendo bajo los golpes del ariete metálico era como el latido de un monstruo que quería devorarlos. ¡CRAACK! Cada impacto hacía vibrar las paredes de la vieja casona en la Santa María la Ribera, haciendo caer polvo del techo sobre el cabello de Sofía y la pantalla del celular que Román sostenía con manos temblorosas.
—…y por eso pido ayuda. No solo por mí, sino por mi hijo Maximiliano. Si algo nos pasa en los próximos minutos, el responsable es Iván Montoya y el comandante de la policía que está intentando tirar esta puerta sin orden judicial. ¡Por favor, compartan esto!
—¡Corte! —gritó Román, deteniendo la grabación. Su dedo voló hacia el botón de “Publicar”.
La barra de carga apareció en la pantalla. Una línea azul angustiosamente lenta.
Subiendo… 10%…
—¡Abran, chingada madre! —se escuchó el grito ronco de un policía al otro lado de la puerta, seguido de una patada que hizo volar una astilla hacia el interior de la sala.
Mariana, la matriarca, estaba parada en medio de la sala como un general defendiendo su último bastión. En una mano sostenía su rosario de cuentas negras, apretándolo tan fuerte que sus nudillos estaban blancos. En la otra, un machete oxidado pero afilado, de esos que se usan para cortar cocos, que había sacado de debajo del sofá.
—¡Tlacuache! —ordenó Mariana sin voltear—. ¡Atranca esa puerta con el sillón! ¡Rápido!
El Tlacuache, sudando la gota gorda, empujó el viejo sofá de terciopelo verde contra la entrada. Román dejó el celular sobre la mesa, vigilando la barra de carga (25%… maldita señal de datos), y corrió a ayudar a su amigo.
—¡Max, métete debajo de la cama de atrás y no salgas por nada del mundo! —le gritó Sofía a su hijo, empujándolo hacia la habitación del fondo.
—¡No te quiero dejar, mami! —lloraba el niño.
—¡Haz caso, mi amor! ¡Es a las escondidillas! —Sofía cerró la puerta del cuarto y regresó, tomando un florero pesado de cristal cortado. Si iban a entrar, no se la llevarían sin pelear.
LA BATALLA EN LA BANQUETA
Afuera, la calle era un caos. Tres patrullas de la Policía de Investigación bloqueaban el paso, con sus torretas encendidas pintando las fachadas de rojo y azul. Las camionetas blindadas de Iván Montoya estaban estacionadas en doble fila, como dueños de la vía pública.
El Licenciado Trejo, con su guayabera ahora arrugada y sudada, se mantenía firme en el escalón de la entrada, interponiéndose entre el ariete y la puerta.
—¡Están cometiendo un delito federal! —gritaba Trejo, agitando su Código Penal como si fuera un escudo—. ¡Artículo 16 Constitucional! ¡Nadie puede ser molestado en su persona o domicilio sin mandamiento escrito! ¿Dónde está su orden, Comandante?
El Comandante “Buitre”, un tipo obeso con lentes oscuros y chaleco táctico que apenas le cerraba, se acercó a Trejo masticando chicle con desprecio.
—La orden me la paso por los huevos, abogado de pacotilla. Tenemos un reporte de secuestro en flagrancia. Eso nos da permiso de entrar a plomazos si queremos. Quítese o lo quito.
—¡Inténtelo! ¡Tengo trescientos seguidores en mi transmisión en vivo! —amenazó Trejo, sosteniendo su celular con la otra mano.
Iván Montoya, que observaba desde atrás de una camioneta Suburban, perdió la paciencia. Su mano vendada le palpitaba de dolor y la rabia lo cegaba.
—¡Ya cállalo, Tanque! —ordenó.
El “Tanque”, el guardaespaldas gigante, avanzó. De un manotazo, le voló el celular a Trejo, que cayó al pavimento y se estrelló.
—¡Oye, eso es propiedad pri…! —empezó a reclamar el abogado.
No pudo terminar. El Tanque le conectó un derechazo brutal en el estómago. Trejo se dobló como una navaja, soltando el aire y cayendo de rodillas, boqueando. Luego, el gorila lo empujó con la bota, haciéndolo rodar hacia la coladera.
—¡A la mierda con los abogados! —bramó Iván—. ¡Tiren esa puerta ya!
EL DESPERTAR DE LA COLONIA
Pero Iván y sus matones habían cometido un error de cálculo. Habían olvidado dónde estaban. No estaban en Lomas de Chapultepec, donde los vecinos cierran las cortinas y llaman al 911 susurrando. Estaban en la Santa María la Ribera. Un barrio bravo, antiguo, lleno de historia y de gente que no se deja.
Doña Chuy, la señora que vendía tamales en la esquina y que conocía a Mariana desde hacía treinta años (Mariana le había curado el mal de ojo a sus nietos), vio cómo golpeaban al abogado.
—¡Eh! ¡Qué les pasa, abusivos! —gritó Doña Chuy, blandiendo un cucharón lleno de masa.
El taquero de enfrente, “El Güero”, dejó de picar carne. Vio las patrullas. Vio a los guaruras armados golpeando a un indefenso.
—¡Oigan! ¡Dejen al Licenciado! —gritó El Güero, saliendo de su puesto con su cuchillo cebollero en la mano.
En las azoteas, la red vecinal se activó. Un chiflido largo y agudo, la señal de alerta del barrio, cruzó el aire.
Fiuuuu-fiuuuuuu.
De una vecindad cercana salieron tres cholos, muchachos con playeras de tirantes y tatuajes, que normalmente la policía perseguiría. Pero hoy, la policía era el enemigo común.
—¡Se están pasando de verga con la Doña Mari! —dijo uno de ellos, apodado “El Sombra”.
La gente empezó a salir. Amas de casa con el mandil puesto, mecánicos llenos de grasa, estudiantes, viejitos. Se formó un círculo alrededor de las patrullas y las camionetas de lujo.
—¡Lárguense de aquí! —gritó una mujer desde un balcón, lanzando una maceta que se estrelló justo al lado de la bota de Iván Montoya.
Iván miró hacia arriba, sorprendido.
—¡Dispersen a esta chusma! —le ordenó a los policías.
Pero los policías empezaron a ponerse nerviosos. Una cosa era intimidar a una familia sola; otra muy distinta era enfrentarse a una turba de cien personas enojadas en un barrio popular.
ADENTRO: EL MOMENTO DE LA VERDAD
En la sala, el teléfono de Román vibró.
Subida completada.
El video estaba en la red.
—¡Ya está! —gritó Román—. ¡Ya está arriba!
En ese preciso instante, la madera de la puerta cedió. El marco se rompió con un estruendo terrible. El sofá que habían puesto de barricada se deslizó hacia atrás, chillando contra el piso.
La luz del día entró violentamente en la sala, recortando las siluetas de tres policías con armas largas y escudos antimotines.
—¡Policía! ¡Todos al suelo! —gritaron, entrando con violencia.
El Tlacuache, en un acto de valentía suicida, se lanzó contra el primero con su llave de cruz.
—¡Sálganse a la verga! —gritó.
El policía lo recibió con el escudo, empujándolo y haciéndolo caer sobre la mesita de centro, que se rompió en pedazos.
—¡No lo toquen! —Mariana avanzó, levantando el machete. Sus ojos echaban chispas—. ¡Si dan un paso más, les corto el alma!
Uno de los policías, joven y asustado por la mirada de la bruja, dudó un segundo.
—Jefe, la vieja trae un machete.
—¡Gas pimienta! —ordenó el Comandante Buitre, entrando detrás de ellos.
Rociaron un chorro de gas naranja hacia Mariana. Ella tosió, cubriéndose la cara con el rebozo, cegada y ardiendo.
—¡Mamá! —Román corrió hacia ella, pero fue interceptado.
El Tanque entró a la casa, pasando por encima de los policías. Su objetivo no era arrestar a nadie. Su objetivo era Sofía. Y el niño.
Sofía estaba arrinconada junto a la puerta del cuarto donde estaba Max.
—¡No te acerques! —gritó, lanzando el florero.
El Tanque lo esquivó con un movimiento rápido y agarró a Sofía del pelo, jalándola hacia el centro de la sala.
—¡Suéltame! ¡Auxilio!
—¡Cállate, perra! —gruñó El Tanque, sacando unas esposas de plástico.
Román, viendo a su madre en el suelo y a su mujer siendo atacada, sintió que el tiempo se detenía. No era un luchador. No era un héroe de acción. Era un enfermero. Pero en ese momento, el instinto animal de protección se apoderó de él.
Vio una botella de alcohol de 96 grados que Mariana usaba para sus limpias sobre la repisa. La agarró. Vio el encendedor de las veladoras.
No lo pensó.
Roció el alcohol directo a la cara del Tanque y prendió el encendedor.
Una llamarada azul y amarilla iluminó la sala.
El Tanque soltó a Sofía, llevándose las manos a la cara, gritando mientras su barba y sus cejas se chamuscaban. El olor a pelo quemado llenó el aire.
—¡Vámonos al cuarto! —gritó Román, empujando a Sofía y arrastrando a Mariana, que seguía tosiendo, hacia la habitación del fondo donde estaba Max.
Se encerraron y pusieron el seguro. Era una puerta de madera delgada. No aguantaría mucho.
Se escuchaban los gritos de dolor del Tanque y las órdenes furiosas del Comandante Buitre.
—¡Tiren esa puerta también! ¡Mátenlos a todos si es necesario, diremos que se resistieron!
Estaban atrapados. Acorralados como ratas.
Román abrazó a Max, a Sofía y a su madre.
—Perdónenme… —susurró—. Les fallé.
—No, hijo —dijo Mariana, con los ojos rojos e hinchados pero aún feroces—. Escucha.
Román aguzó el oído.
Más allá de los golpes en la puerta, se escuchaba algo afuera.
No eran sirenas.
Eran gritos. Muchos gritos. Y cláxones. Y el sonido de cristales rompiéndose afuera.
EL EFECTO VIRAL
Cinco minutos antes, el video de Sofía había impactado el algoritmo de Facebook y Twitter como un meteorito.
El título que Román le había puesto era: “EN VIVO: INTENTAN MATARME PARA ROBARME. COMPARTE ANTES DE QUE SEA TARDE”.
En cuestión de segundos, tuvo diez vistas. Luego cien. Luego mil.
Los grupos de “Vecinos Vigilantes”, los foros feministas, las cuentas de denuncia ciudadana… todos empezaron a compartirlo.
“¡Están atacando a una mujer y a un niño en la Santa María!”
“Miren a los policías, son los de la Fiscalía, qué vergüenza.”
“Ese tipo es Iván Montoya, el empresario de las navieras. ¡Maldito corrupto!”
El video llegó a los ojos de un reportero de nota roja famoso en Twitter, “El Búho Nocturno”, que tenía dos millones de seguidores y que casualmente estaba desayunando unos chilaquiles a tres cuadras de ahí.
—¡Cámaras, vámonos! —le gritó a su camarógrafo—. ¡Esto es la nota del año!
Al mismo tiempo, en la calle, la situación había explotado.
Los vecinos, envalentonados por la furia, habían rodeado a los policías.
—¡Déjenlos en paz! —gritaban.
Iván Montoya estaba tratando de subir a su camioneta. Su teléfono no dejaba de sonar. Eran sus socios. Eran sus abogados. Era su relaciones públicas.
Contestó una llamada.
—¿Qué quieres?
—¡Señor Iván! ¡Es tendencia número uno en México! ¡Hay un video! ¡Dicen que usted mandó matar a su esposa! ¡Las acciones de la empresa están cayendo en picada! ¡Salga de ahí!
Iván palideció. Miró hacia la casa. Estaba a punto de ganar. Solo necesitaba cinco minutos más.
Pero entonces, vio llegar las cámaras.
Una camioneta de TV Azteca y otra de Imagen Televisión frenaron chillando llantas. Los reporteros bajaron corriendo con micrófonos en mano.
Y detrás de ellos, una patrulla de la Guardia Nacional, alertada por el escándalo en redes, se abría paso entre la gente.
—¡Mierda! —gritó Iván—. ¡Retirada! ¡Vámonos!
El Comandante Buitre, que estaba a punto de patear la puerta del cuarto, escuchó el grito de su pagador. Se asomó a la ventana y vio el circo mediático.
—¡Abortar! ¡Abortar misión! —gritó a sus hombres—. ¡Nos van a linchar!
LA HUIDA DE LAS RATAS
Dentro del cuarto, Román y su familia escucharon cómo los golpes cesaban de repente. Se oyeron pasos apresurados, botas corriendo hacia la salida.
—¡Vámonos, Tanque, muévete! —se oyó la voz de Iván, lejana y desesperada.
Luego, el rugido de motores. Y el sonido inconfundible de piedras golpeando metal.
Los vecinos estaban apedreando las camionetas de lujo mientras huían.
—¡Cobardes! ¡Asesinos! —gritaba el barrio entero.
El silencio volvió a la casa. Un silencio roto solo por la respiración agitada de la familia y el llanto bajito de Max.
Román se acercó a la puerta destrozada del cuarto. La abrió con cuidado.
La sala era un desastre. Muebles rotos, vidrios, el olor acre del gas pimienta y el alcohol quemado.
El Tlacuache estaba sentado en el suelo, sobándose la cabeza, con un hilo de sangre bajándole por la frente. Pero estaba sonriendo.
—Se fueron, carnal… —dijo el Tlacuache, levantando el pulgar—. Les sacamos el mole.
Román corrió a la puerta principal, que colgaba de una sola bisagra.
Salió a la calle.
La luz del sol lo cegó un momento.
Lo que vio lo dejó sin aliento.
Cientos de personas llenaban la calle. Vecinos, curiosos, gente que pasaba. Y frente a la casa, formando un muro humano, estaban Doña Chuy, El Güero, los cholos de la esquina y el Licenciado Trejo, que se sostenía el estómago pero estaba de pie, victorioso.
Al ver salir a Román, la multitud estalló en aplausos.
—¡Sí se pudo! ¡Sí se pudo!
Los reporteros se abalanzaron sobre él, poniéndole los micrófonos en la cara.
—¿Es usted el esposo? ¿Dónde está el niño? ¿Es cierto que el Señor Montoya intentó quemar la casa?
Román levantó la mano pidiendo silencio. Regresó adentro y salió con Sofía, Max y Mariana.
Al verlos vivos, la gente gritó de emoción. Era el final feliz de una telenovela en vivo, pero con sangre real.
Sofía, temblando pero digna, miró a las cámaras.
—Iván Montoya intentó matarnos hoy —dijo con voz clara, que fue captada por todos los micrófonos—. Pero no contó con algo. No contó con que no estamos solos. No contó con mi familia.
Román abrazó a su hijo y besó a Sofía frente a todo México.
Mariana, limpiándose los ojos irritados con su rebozo, miró al cielo y guiñó un ojo.
—Gracias, Virgencita. Y gracias, San Judas.
LA CALMA DESPUÉS DE LA TORMENTA
Horas más tarde, la casa estaba llena de gente, pero esta vez eran aliados.
Peritos de la Fiscalía (los honestos, enviados desde el centro ante la presión mediática) tomaban fotos de los destrozos. Un médico revisaba las heridas del Tlacuache y de Trejo.
El Licenciado Trejo, con una bolsa de hielo en las costillas, tecleaba furiosamente en una laptop prestada.
—Ya está, muchachos. El juez acaba de girar orden de aprehensión contra Iván Montoya y el Comandante Buitre por intento de homicidio, secuestro y delincuencia organizada. Ya no pueden esconderse. Tienen ficha roja de la Interpol.
—¿Y mis cuentas? —preguntó Sofía, que estaba sentada en una silla de plástico prestada por los vecinos, con Max dormido en su regazo.
—Congeladas por ahora, pero seguras. En cuanto se aclare el fraude médico, recuperarás todo. Y lo más importante: la custodia de Max es tuya. Iván perdió cualquier derecho al momento en que salió huyendo como rata.
Román estaba en la cocina, barriendo los vidrios rotos. Se sentía agotado, vacío, pero extrañamente ligero.
Mariana entró, cojeando un poco.
—Deja eso, mijo. Mañana limpiamos.
—Destrozaron tu casa, má.
—Las casas se arreglan con cemento y pintura. Las familias no. Y mira… —señaló hacia la sala, donde Sofía acariciaba el cabello de Max mientras el Tlacuache le contaba chistes para hacerla reír—. Estamos completos.
Román sonrió.
—Sí. Estamos completos.
En ese momento, alguien tocó el marco de la puerta rota.
Era el oficial Ramírez, el policía de la Alameda, el que había dejado ir a Brenda al principio de todo. Se veía avergonzado, con la gorra en la mano.
—Doña Mariana… joven Román… —dijo Ramírez, bajando la cabeza—. Vengo a pedir perdón. Vi las noticias. Yo… yo debí haber hecho algo ese día en el parque. Me siento…
Mariana se acercó a él. No le reprochó. Le puso una mano en el hombro.
—El hubiera no existe, Ramírez. Pero el ahora sí. Si quieres ayudar, quédate de guardia en la puerta esta noche. Que no se acerque ni una mosca.
Ramírez se cuadró, con los ojos húmedos.
—Con mi vida, Doña Mari. Nadie va a pasar.
La noche cayó sobre la Santa María la Ribera. La calle estaba tranquila ahora, patrullada por vecinos y policías buenos.
En la sala improvisada, Román se sentó junto a Sofía.
Ella recargó la cabeza en su hombro.
—¿Crees que ya terminó? —preguntó ella.
Román miró la mano de Max, que dormía plácidamente. La palabra “AYUDA” ya no estaba, pero la cicatriz invisible de esos días quedaría para siempre.
—Iván sigue libre —dijo Román—. Pero ya no tiene poder. Le quitamos su máscara. Ahora es solo un fugitivo. Y nosotros… nosotros somos una manada. Y los lobos protegen a los suyos.
Sofía sonrió y cerró los ojos.
—Te amo, Román. Gracias por leerme la mano aquel día… bueno, gracias a tu mamá por leerle la mano a Max.
—Fue el destino, Sofi. Estaba escrito.
Y así, entre escombros y esperanza, la familia durmió por primera vez en paz, sabiendo que mañana sería el primer día del resto de sus vidas. Pero la historia de Iván Montoya aún no tenía su punto final, y las sombras a veces son más largas justo antes de desaparecer por completo.
CAPÍTULO 7: LA CAÍDA DEL REY DE PAPEL
Iván Montoya corría. No en una pista de atletismo, ni en la caminadora de su gimnasio exclusivo en Polanco. Corría por su vida, o mejor dicho, por su libertad. Su camioneta blindada, una Suburban negra que antes era símbolo de su intocabilidad, ahora era un ataúd rodante con el parabrisas estrellado por las piedras de la turba en la Santa María la Ribera.
—¡Jefe, tenemos que cambiar de coche! —gritó el chofer, un hombre sudoroso que no dejaba de mirar los espejos retrovisores—. ¡Las placas ya están boletinadas en todos lados!
—¡Cállate y conduce! —bramó Iván, apretándose la mano vendada que le latía como un corazón enfermo.
Sacó su celular. Tenía cuarenta llamadas perdidas. Sus socios de la naviera, su abogado principal, su amante de turno… todos querían explicaciones o deslindarse. Entró a Twitter.
#JusticiaParaMax era tendencia mundial.
#IvanMontoyaAsesino estaba en segundo lugar.
Vio el video de Sofía una vez más. Vio su rostro pálido pero firme, acusándolo. Y vio los comentarios. Miles de personas deseándole la cárcel, la ruina, la muerte.
—Maldita perra… —masculló, lanzando el teléfono al asiento de cuero—. Debí haberla matado el primer día. Fui demasiado suave.
El Tanque, sentado en el copiloto con la cara roja y llena de ampollas por el fuego, se volvió hacia él.
—Patrón, ¿a dónde vamos? El aeropuerto está vigilado. Las carreteras tienen retenes.
Iván pensó rápido. Sus cuentas estaban congeladas, pero tenía un “fondo de emergencia”: una caleta con efectivo y pasaportes falsos en una bodega en la Central de Abastos, escondida tras un negocio fachada de importación de frutas.
—A la Central. Vamos a cambiar de piel. De ahí nos vamos a Veracruz en un camión de carga y luego… luego veremos.
LA CACERÍA DIGITAL
Mientras Iván huía como una rata acorralada, en la pequeña sala de la Santa María la Ribera, el ambiente era de una extraña calma productiva. El Licenciado Trejo había convertido la mesa del comedor en su centro de operaciones.
—¡Lo tenemos! —gritó Trejo, golpeando la tecla “Enter” con su dedo índice manchado de tinta—. La Unidad de Inteligencia Financiera acaba de confirmar el bloqueo de todas las cuentas de Montoya y sus empresas fantasma. Está seco, señores. No puede comprar ni un chicle con tarjeta.
Román, que estaba cambiándole el vendaje a la cabeza del Tlacuache, sonrió.
—¿Y el Dr. Valladares?
—Ah, ese pajarito cantó antes de que lo apretaran —rio Trejo—. Lo detuvieron hace una hora intentando salir de su consultorio con dos maletas llenas de expedientes. Ya está en la Fiscalía cantando ópera. Dice que Iván lo obligó, que lo amenazó. Está echándole toda la culpa a Montoya para salvar su licencia médica (que de todos modos va a perder).
Sofía suspiró aliviada.
—¿Entonces ya terminó?
—Casi, mi reina, casi —dijo Trejo—. Falta agarrar a la cabeza de la hidra. Iván sigue prófugo. Y un animal herido es peligroso. Pero la policía cibernética está rastreando la señal de su celular. El idiota no lo apagó.
—¿Dónde está? —preguntó Román, acercándose a la pantalla.
—Se mueve hacia el oriente. Iztapalapa. Parece que va a la Central de Abastos.
Román miró al Tlacuache.
—La Central es un laberinto. Si entra ahí, se pierde. Tiene miles de bodegas, túneles, salidas. La policía va a tardar horas en encontrarlo.
El Tlacuache se levantó, ignorando el dolor de su cabeza.
—La policía sí. Pero nosotros no.
—¿A qué te refieres? —preguntó Mariana.
—Mi carnal, el “Chaneque”, es diablero en la Central. Él conoce cada pasillo, cada bodega clandestina. Si Iván entra a su territorio… el Chaneque lo va a saber.
El Tlacuache sacó su viejo Nokia (porque los smartphones se rompen en el taller) y marcó.
—¿Qué transa, Chaneque? Simón, soy yo. Oye, te va a caer un “paquete” caliente por allá. Una Suburban negra, toda madreada. Sí, el de las noticias. El mata-mujeres. ¿Lo ubicas? Órale. Ciérrale las puertas, carnal. Que no salga ni una sandía sin tu permiso.
Colgó y sonrió con sus dientes chuecos.
—El Chaneque dice que ya lo vieron entrar por el Pasillo K. Van para las bodegas viejas. Y dice que la “Hermandad de los Diableros” ya se activó.
Román sintió una oleada de asombro. Había subestimado el poder de la red invisible que mueve a esta ciudad. Iván Montoya tenía millones, pero ellos tenían a la gente.
RATONERA EN LA CENTRAL
La Central de Abastos de la Ciudad de México es una ciudad dentro de la ciudad. Un monstruo de concreto y lámina donde se mueven miles de toneladas de comida y dinero en efectivo todos los días. Es un lugar de caos organizado, donde los “diableros” (hombres que cargan mercancía en carretillas de dos ruedas) son los reyes del asfalto.
La Suburban de Iván entró chirriando llantas, esquivando camiones de carga y puestos de tacos.
—¡Ahí es! ¡Bodega K-45! —gritó Iván.
El chofer frenó en seco frente a una cortina metálica cerrada.
Iván bajó corriendo, sacando unas llaves.
—¡Rápido, bajen las maletas!
Pero cuando intentó meter la llave en el candado, no giró.
—¡Maldita sea! —Iván forcejeó con la cerradura.
—¿Busca algo, patrón? —dijo una voz a sus espaldas.
Iván se giró, con la mano en la pistola que llevaba en el cinto.
Frente a él, bloqueando la salida de la Suburban, había una fila de diez diableros. Hombres fuertes, curtidos por el sol y el trabajo pesado, con sus “diablos” (carretillas) vacíos formando una barrera.
En el centro estaba el “Chaneque”, un tipo bajito pero ancho como un ropero, con una gorra de los Pumas.
—Esa bodega ya no es suya —dijo el Chaneque, escupiendo al suelo—. La clausuraron los muchachos hace rato. Dicen que huele a rata.
—¡Quítense de mi camino, indios! —gritó Iván, sacando el arma—. ¡Los voy a matar a todos!
Los diableros no retrocedieron. Al contrario, más empezaron a salir de entre los camiones. Veinte, treinta, cincuenta. Todos con miradas duras. Algunos traían palos, otros ganchos de carga.
—Baje el fierro, don —dijo el Chaneque con calma—. Aquí somos muchos y usted tiene pocas balas. Además… mire arriba.
Iván miró hacia el techo de lámina de la nave industrial.
Un dron estaba zumbando sobre ellos. Era el dron de “El Búho Nocturno”, el reportero, que había seguido la señal del GPS. Y detrás del dron, se escuchaban las sirenas acercándose.
—¡Estás acabado, Montoya! —gritó alguien desde la multitud.
El Tanque, viendo la situación, tomó una decisión ejecutiva.
—Patrón, yo no me voy a morir aquí por usted.
El gorila tiró su arma al suelo y levantó las manos. El chofer hizo lo mismo, saliendo del coche con las manos en la nuca.
—¡Traidores! —chilló Iván, retrocediendo hacia la cortina metálica, apuntando con temblor a la multitud.
—¡Iván!
Esa voz.
Iván se congeló.
Entre la multitud de diableros, se abrió paso un hombre joven con una playera manchada de sangre seca y hollín.
Era Román.
Habían llegado en el taxi de un vecino a toda velocidad.
—Se acabó, Iván —dijo Román, caminando hacia él sin miedo—. Ya no tienes a dónde ir. Sofía está a salvo. Max está a salvo. Y tú… tú estás solo.
—¡Te voy a matar! —gritó Iván, apuntándole al pecho—. ¡Tú arruinaste mi vida! ¡Eras un pinche enfermero muerto de hambre!
—Sí. Soy un enfermero. Y curo gente. Tú solo eres un cáncer. Y hoy te vamos a extirpar.
Iván apretó el gatillo.
Click.
El arma se encasquilló. O tal vez Iván olvidó quitar el seguro en su pánico. O tal vez, como diría Mariana, San Judas metió la mano.
En ese segundo de duda, el Chaneque lanzó una papaya madura que tenía en su carretilla con una puntería de beisbolista de Grandes Ligas.
La fruta se estrelló en la cara de Iván con un sonido húmedo: ¡PLOF!
La mezcla de pulpa y semillas lo cegó. Iván gritó, soltando el arma y llevándose las manos a los ojos.
Fue la señal.
La multitud se abalanzó sobre él. No lo lincharon, aunque ganas no les faltaban. Lo sometieron. Tres diableros lo inmovilizaron contra el suelo, atándole las manos con los lazos de ixtle que usaban para amarrar las cajas de tomate.
—¡Suéltenme! ¡Soy Iván Montoya! ¡Tengo dinero! —chillaba, con la cara llena de papaya y tierra.
—Aquí tu dinero no vale, carnal. Aquí valen los huevos —le dijo el Chaneque.
Las sirenas llegaron al lugar. La Policía de Investigación, esta vez comandada por un oficial honesto, se abrió paso.
Esposaron a Iván. Lo levantaron del suelo. Se veía patético: sucio, llorando, derrotado.
Cuando lo pasaron junto a Román, Iván lo miró con odio puro.
—Esto no se queda así… —siseó.
Román lo miró con lástima.
—Ya se quedó así, Iván. Ya perdiste.
Lo subieron a la patrulla. La gente aplaudía y chiflaba. Los diableros hacían sonar sus bocinas de aire. Era una fiesta.
Román se acercó al Chaneque y le dio un abrazo.
—Gracias, carnal.
—Por nada, güero. El Tlacuache me dijo que eras familia. Y en el barrio, la familia es sagrada.
EL FINAL DEL JUICIO
Tres meses después.
El juzgado del Reclusorio Oriente estaba lleno de periodistas. El “Caso Montoya” había sido el escándalo del año.
El juez golpeó el mazo.
—Ponte de pie, acusado.
Iván Montoya, ahora con el cabello rapado y vestido con el uniforme beige de los reclusos, se levantó. Había perdido peso y su arrogancia se había evaporado, dejando solo una cáscara amarga.
—Iván Montoya, este tribunal lo encuentra CULPABLE de los delitos de secuestro agravado, tentativa de feminicidio, fraude procesal, falsificación de documentos y corrupción de menores.
—Se le condena a una pena de 65 años de prisión sin derecho a libertad condicional, y al pago de una reparación del daño de 50 millones de pesos a la víctima, Sofía Ramos.
Un murmullo de aprobación recorrió la sala.
Sofía, sentada en primera fila junto a Román y Mariana, cerró los ojos y soltó el aire que parecía haber estado conteniendo durante años.
Román le apretó la mano.
—Se acabó, Sofi.
El Dr. Valladares recibió 15 años y la inhabilitación de por vida para ejercer medicina.
Brenda, la niñera, llegó a un acuerdo con la fiscalía. Por su testimonio clave y por haber ayudado a salvar a Max esa noche en el Ajusco, recibió una sentencia reducida de 2 años, que cumpliría en libertad condicional con trabajo comunitario. Román la vio a la salida del juzgado. Ella bajó la cabeza, avergonzada.
—Cuídalo —le susurró ella al pasar—. Es un buen niño.
—Lo haré —respondió Román.
EPÍLOGO: UNA NUEVA VIDA
Un año después.
La casa de la Santa María la Ribera había cambiado. La fachada estaba pintada de un azul brillante. La puerta rota había sido reemplazada por una de madera tallada, fuerte y hermosa.
Adentro, se escuchaban risas.
Era el cumpleaños número siete de Max.
El patio estaba lleno de globos. Había una piñata de Spider-Man (su héroe favorito).
Estaban todos.
El Tlacuache estaba en la parrilla, asando carne y contando (por milésima vez) cómo esquivó las camionetas blindadas con su Tsuru.
El Licenciado Trejo estaba bailando cumbia con Doña Chuy, la de los tamales.
El Chaneque y sus diableros habían traído tres cajas de refrescos y una sandía gigante de regalo.
Y en el centro, Mariana, la abuela, leía las cartas a una vecina, pero con una sonrisa en los labios.
—Te sale puro amor, hija. Puro amor.
Román salió de la cocina con el pastel. Sofía venía detrás de él, radiante, con un vestido de flores y… una pequeña pancita de cuatro meses. Sí, la familia iba a crecer.
—¡Mordida! ¡Mordida! —gritaban todos.
Max sopló las velas. Sus ojos azules brillaban de felicidad. Ya no había sombras en ellos. Ya no había miedo.
Román se agachó junto a él.
—¿Qué pediste de deseo, campeón?
Max miró a su papá, luego a su mamá, luego a su abuela y a todos sus amigos.
—No pedí nada, papá.
—¿Por qué?
—Porque ya tengo todo —dijo el niño, abrazándolo—. Te tengo a ti.
Román sintió que el corazón le explotaba. Miró a Sofía, que sonreía con lágrimas en los ojos.
Mariana se acercó y les dio un beso a los dos.
—El destino da muchas vueltas, hijos —dijo la sabia mujer—. Pero al final, siempre pone a cada quien donde debe estar. Y a los malos… bueno, a los malos se los lleva la chingada, como debe ser.
Todos rieron.
El Tlacuache alzó una cerveza.
—¡Por la familia! ¡Y por el barrio que nos respalda!
—¡Salud! —gritaron todos.
Y mientras la música sonaba y los niños rompían la piñata, Román supo que esa pesadilla había sido, en realidad, el camino doloroso pero necesario para encontrar su verdadero sueño.
FIN