
CAPÍTULO 1: EL FRÍO EN LA CIMA DEL MUNDO
La alarma del celular no sonó. Nunca lo hacía. El cuerpo de Isaías Mendoza estaba programado con una precisión militar, o quizás, con la ansiedad crónica del que alguna vez tuvo que dormir con un ojo abierto para que no le robaran los zapatos.
Eran las 5:30 de la mañana en Santa Fe, la zona más exclusiva y artificial de la Ciudad de México. Fuera de los ventanales blindados de piso a techo, la ciudad apenas empezaba a despertar bajo una nata espesa de smog y neblina fría. Desde el piso 42 de la Torre Paradox, los coches en la autopista parecían hormigas de luz, fluyendo por las arterias de concreto de un monstruo que nunca dormía.
Isaías se sentó en la orilla de su cama King Size, importada de Italia, con sábanas de hilo egipcio que costaban más de lo que su madre ganó en toda su vida lavando ropa ajena. Puso los pies descalzos sobre el suelo de mármol negro. Estaba helado. Ese frío le gustaba; le recordaba que estaba vivo, o al menos, que tenía piel.
Se levantó y caminó hacia la cocina. El departamento era inmenso, de un minimalismo agresivo. Todo era gris, blanco o negro. Acero, cristal, piedra. No había una sola foto familiar, ni un cuadro colorido, ni un imán en el refrigerador. Parecía el lobby de un hotel de cinco estrellas o la sala de espera de un hospital futurista. Un mausoleo de 40 millones de pesos.
La máquina de café, una bestia cromada que molía el grano al instante, zumbó con un ruido sordo. El aroma del café de altura de Veracruz inundó la cocina aséptica. Isaías observó cómo el líquido oscuro caía en la taza de cerámica japonesa. Tomó un sorbo. Estaba perfecto. Amargo, caliente, fuerte.
No le supo a nada.
Dejó la taza sobre la isla de granito, casi llena, y se dirigió al vestidor.
Su clóset era más grande que el cuarto de vecindad donde vivió sus primeros diez años. Las luces se encendieron automáticamente al detectar su presencia, iluminando filas interminables de trajes. Armani, Zegna, Hugo Boss. Todos en tonos oscuros. Azul marino para las negociaciones hostiles, gris Oxford para las juntas de consejo, negro para cuando quería desaparecer a plena vista.
Eligió el gris. Hoy tenía que verse como el acero.
Se vistió con movimientos mecánicos. La camisa blanca crujía de lo almidonada que estaba. Los mancuernillas de plata brillaron bajo la luz artificial. Se ajustó el nudo de la corbata frente al espejo de cuerpo entero.
El hombre que le devolvía la mirada tenía 32 años, pero los ojos de alguien de 60. Tenía la piel morena, bien cuidada con cremas caras, el cabello negro cortado con precisión milimétrica y una barba de tres días que parecía casual pero que requería mantenimiento semanal en una barbería de Polanco. Era guapo, decían las revistas de sociales. “El Soltero de Oro de la Construcción”, lo habían llamado en Forbes México. “El Tiburón de la Vivienda”.
Pero Isaías no veía al tiburón. Veía al niño.
Detrás de la seda y la lana virgen, todavía sentía las costillas marcadas del niño que durmió dos semanas en la entrada de un cajero automático en Tlalpan. Todavía sentía la comezón de la mugre en el cuello y el dolor agudo, como una navaja oxidada, en el estómago vacío.
—Estás aquí —susurró a su reflejo—. Ya la hiciste, cabrón. Ya estás aquí.
Pero la voz sonó hueca.
Caminó hacia su despacho privado, una habitación que siempre mantenía cerrada con llave. No permitía que la señora de la limpieza entrara ahí. Ni siquiera su asistente personal, Karla, tenía acceso.
Abrió la puerta y el olor cambió. No olía a limpiador de lavanda ni a aire acondicionado filtrado. Olía a viejo. A papel y polvo.
Se acercó a un escritorio de madera maciza y abrió el cajón superior derecho. Ahí, sobre un cojín de terciopelo que mandó hacer especialmente, descansaba un objeto que rompía con toda la estética de su vida millonaria.
Un marco de cristal pequeño, barato. Y adentro, prensado contra el vidrio, un pedazo de listón rojo.
Estaba deshilachado en las orillas, el color se había opacado hasta parecer casi vino tinto, manchado por el tiempo y el sudor de años de haberlo traído en el bolsillo.
Isaías lo tomó con ambas manos, como si fuera una reliquia sagrada, más valiosa que su portafolio de inversiones.
Cerró los ojos y, por un segundo, el penthouse de Santa Fe desapareció.
El frío del mármol se convirtió en el frío del cemento de la banqueta. El zumbido del aire acondicionado se transformó en el ruido de los camiones escolares y los gritos de los niños en el recreo. El olor a café caro se volvió olor a garnacha, a tierra mojada y a desesperanza.
Y entonces, el olor a pan.
Bolillo caliente. Frijoles refritos. Jamón barato.
—Ten —dijo la voz de ella. Una voz de niña, pero con la firmeza de una abuela—. Cómetelo.
Isaías abrió los ojos de golpe. Su respiración se había acelerado. Dejó el marco en su lugar con una delicadeza extrema y cerró el cajón.
—Victoria —dijo al aire vacío—. ¿Dónde chingados estás?
El trayecto hacia las oficinas de Grupo Mendoza en Reforma fue una batalla campal contra el tráfico de la ciudad. Isaías iba en el asiento trasero de una Suburban blindada nivel 5. Su chofer y escolta, un exmilitar llamado Beto, manejaba con la agresividad necesaria para sobrevivir a la “jungla de asfalto”.
—Está pesado el tráfico en Constituyentes, Jefe —dijo Beto, mirando por el retrovisor—. Parece que hubo un choque de un microbús.
—No importa, Beto. Tengo la llamada con los inversionistas japoneses hasta las diez. Dale con calma.
Isaías miraba por la ventana polarizada. La ciudad era un monstruo de contrastes. A su izquierda, los edificios corporativos brillaban como joyas bajo el sol de la mañana. A su derecha, las barrancas llenas de casas de tabique gris, amontonadas unas sobre otras, con tinacos negros en los techos y ropa secándose al viento.
Ahí estaba la verdad de México. La riqueza insultante y la pobreza desgarradora, separadas por una avenida.
Él había cruzado esa avenida. Había saltado del abismo a la cima. Pero sentía que, en el salto, se había dejado el alma del otro lado.
Llegaron a la Torre Mayor. Isaías bajó y caminó hacia los elevadores privados. Los guardias de seguridad se cuadraron al verlo.
—Buenos días, Don Isaías.
—Días —respondió seco.
Su oficina estaba en el piso 50. Karla, su asistente, ya lo esperaba con una tablet en la mano y cara de preocupación.
—Buenos días, Licenciado. Tiene la junta de consejo en quince minutos. Los socios están nerviosos por la adquisición de los terrenos en la Doctores. Dicen que es tirar dinero bueno al malo.
Isaías siguió caminando sin detenerse, Karla trotaba a su lado con sus tacones resonando en el pasillo.
—Que se pongan nerviosos. Es mi dinero el que arriesgo más que el de ellos. ¿Qué más?
—Habló el Licenciado Monroy. Dice que la demanda contra la constructora rival va bien. Y… —Karla dudó—. Llegó el reporte de la agencia de investigación “Ojo de Halcón”.
Isaías se detuvo en seco. Giró tan rápido que Karla casi choca contra él.
—¿El reporte? ¿Físico?
—Sí, señor. Está en su escritorio. Lo trajo un mensajero hace media hora. Dice “Confidencial”.
Isaías sintió que el corazón le daba un vuelco. Se olvidó de la junta, de los japoneses y de los terrenos. Entró a su oficina y cerró la puerta en la cara de su asistente.
Ahí estaba. Un sobre manila amarillo sobre la superficie inmaculada de su escritorio de caoba.
Se sentó, aflojándose la corbata que de repente sentía como una soga. Sus manos, que firmaban cheques de millones de dólares sin temblar, ahora sudaban.
Rasgó el sobre. Sacó tres hojas de papel bond y varias fotos granuladas.
Sus ojos escanearon el texto con desesperación.
“REPORTE FINAL DE BÚSQUEDA – CASO: VICTORIA HERNÁNDEZ”
“Estimado Sr. Mendoza:
Tras seis meses de investigación exhaustiva en el registro civil, bases de datos del INE, seguro social y entrevistas en la zona de la antigua colonia, lamentamos informarle que los resultados son inconclusos.”
Isaías golpeó la mesa con el puño. ¡Pum! El sonido resonó seco.
“El apellido Hernández es el más común en la zona metropolitana. Encontramos a 415 mujeres llamadas Victoria Hernández que coinciden con el rango de edad (30-34 años). Hemos filtrado por zona escolar, pero la familia abandonó el domicilio en la calle Dr. Vértiz hace más de una década. Los vecinos informan que la abuela falleció en 2008 y que la familia se mudó por deudas.”
“No hay rastro digital claro. No hay redes sociales activas bajo ese nombre con las características físicas descritas. Es como si se hubiera desvanecido o cambiado de nombre.”
“Recomendamos cerrar el caso o ampliar el presupuesto para búsqueda nacional.”
—¡Maldita sea! —gritó Isaías, aventando las hojas al suelo.
Se levantó y caminó hacia el ventanal que daba al Ángel de la Independencia. La ciudad se burlaba de él. Veinte millones de habitantes. Un mar de gente. Y él no podía encontrar a una sola persona. A la única persona.
Su intercomunicador sonó.
—Licenciado… los socios ya están en la sala de juntas. Llevan diez minutos esperando.
Isaías se pasó la mano por la cara, borrando la frustración y colocándose de nuevo la máscara de frialdad.
—Voy para allá.
La junta fue una masacre, como siempre.
Ricardo, su socio minoritario y único “amigo” (si es que en este nivel se pueden tener amigos), lo miraba con preocupación desde el otro lado de la mesa ovalada.
—Isaías, entiendo tu visión social —decía un socio viejo, gordo y con un reloj que costaba lo mismo que una casa de interés social—. Pero comprar vecindades en ruinas en barrios bravos no es negocio. La gentrificación tarda años. El retorno de inversión es…
—No me interesa el retorno de inversión inmediato —cortó Isaías con voz gélida—. Me interesa el control del territorio. Esas zonas van a subir de valor. Siempre suben. Y si no suben, las haremos subir.
—Pero estás comprando propiedades específicas. Todas alrededor de una escuela primaria pública. Parece… capricho.
Isaías se inclinó hacia adelante. Los tiburones viejos se echaron para atrás instintivamente.
—Yo construí esta empresa desde cero, señores. Cuando ustedes heredaban fortunas, yo cargaba bultos de cemento. Si digo que compramos en la Doctores, compramos en la Doctores. Si no les gusta, les compro sus acciones ahora mismo, al precio de mercado de ayer.
Silencio. Nadie quería vender. Todos sabían que Isaías Mendoza convertía el polvo en oro, aunque nadie entendía sus métodos.
—Bien. Se aprueba la compra. Siguiente punto.
Al terminar la reunión, Ricardo lo siguió hasta su oficina.
—Güey, bájale dos rayitas —le dijo Ricardo, cerrando la puerta—. Los tienes cagados de miedo, pero un día se van a cansar. ¿Qué te pasa? Estás más intenso que nunca.
—Llegó el reporte del detective.
Ricardo suspiró y se dejó caer en un sofá de piel.
—No encontraron nada, ¿verdad?
—Nada. Se esfumó, Ricardo. Como si nunca hubiera existido. A veces… —Isaías se sentó en el borde de su escritorio, vulnerable por primera vez en el día—, a veces pienso que me la imaginé. Que el hambre me hizo alucinar a un ángel que me daba de comer.
—No te la imaginaste, cabrón. Tienes el listón. Tienes la cicatriz en el alma. Pero ya pasaron 22 años, Isaías. Veintidós años. La gente cambia. Se muda. Se casa. Se muere.
—¡No está muerta! —bramó Isaías—. Lo sabría. Lo sentiría.
—Ok, ok. No está muerta. Pero tienes que vivir tu vida. Tienes todo. Dinero, poder, mujeres… bueno, podrías tener mujeres si dejaras de compararlas a todas con el recuerdo de una niña de nueve años.
Isaías no respondió. Volvió a su computadora.
—¿Qué haces ahora?
—Revisar el mapa.
Abrió Google Maps en la pantalla gigante de su pared. Un mapa de la zona sur-centro de la ciudad. Doce pines rojos brillaban como gotas de sangre sobre el gris del mapa digital. Sus propiedades. Todas compradas estratégicamente alrededor de la Escuela Primaria Benito Juárez.
Si ella seguía siendo quien era, si seguía teniendo ese corazón que no le cabía en el pecho, no se habría ido lejos. La gente pobre se mueve poco, o se mueve en círculos. Y la gente buena, la gente que ayuda, se queda donde hace falta.
—Voy a encontrarla, Ricardo. Le hice una promesa.
—”Me casaré contigo cuando sea rico” —citó Ricardo, negando con la cabeza—. Es una locura, Isaías. Es la trama de una telenovela barata, no la vida real.
—Es mi vida real.
En ese momento, el celular de Isaías vibró con una notificación de su calendario personal. Una alerta que él mismo había programado hacía semanas, cuando sus “halcones” (informantes pagados en el barrio) le pasaron el dato.
RECORDATORIO: Junta Vecinal sobre el Desarrollo “Residencial Nueva Era”. Hoy, 7:00 PM. Centro Comunitario La Esperanza.
Isaías miró la pantalla. El Centro Comunitario estaba a dos cuadras de la escuela. Era el corazón de ese barrio. Si había alguien que se opusiera a sus edificios, estaría ahí. Y si Victoria seguía viviendo ahí, si seguía ayudando a la gente… ella estaría ahí.
—¿Qué es eso? —preguntó Ricardo, viendo la extraña sonrisa que se formaba en los labios de su amigo.
—Una junta vecinal. Hoy en la noche.
—Manda al abogado. Que se pelee él con los líderes de colonia. Te van a linchar si vas tú. Odian a los “fifís” inmobiliarios.
Isaías se puso el saco, ajustándose los botones con determinación.
—No. Esta vez no voy a mandar a nadie.
—¿Vas a ir tú? ¿Al barrio, de noche, en tu camioneta del año? Te van a secuestrar, no mames.
—Voy a ir yo. Tengo un presentimiento, Ricardo.
—¿Un presentimiento? —Ricardo se rió con incredulidad—. ¿Ahora eres brujo?
—Llámalo como quieras. Pero siento un jalón aquí —se tocó el pecho, justo donde guardaba el llavero con la otra mitad del listón, esa que nunca salía del cajón a menos que fuera una ocasión especial—. Hoy me siento con suerte.
—La suerte no existe en los negocios, Isaías.
—Esto no son negocios. Es el destino.
Isaías tomó su celular y marcó a Beto.
—Beto, prepara la camioneta. Nos vamos al sur. Y no quiero escolta armada visible. Quiero entrar bajo perfil.
—¿Bajo perfil en una Suburban blindada? —se burló Ricardo—. Buena suerte con eso.
Isaías ignoró a su amigo y salió de la oficina. Mientras caminaba hacia el elevador, sintió esa electricidad estática que le recorría la espalda antes de cerrar un trato millonario. Pero esto era más fuerte. Era miedo. Era esperanza.
Era el hambre de nuevo. Pero esta vez, no era hambre de comida. Era hambre de respuestas.
Bajó al estacionamiento, subió a la camioneta y mientras salían de la burbuja de cristal de Reforma para adentrarse en el tráfico de la tarde que los llevaría hacia los barrios viejos, Isaías sacó el relicario de su bolsillo.
Lo apretó con fuerza hasta que los bordes se le encajaron en la palma de la mano.
“Espérame, Victoria. Ya voy. Y esta vez, traigo suficiente para pagar la deuda.”
El sol comenzaba a caer, pintando el cielo de la Ciudad de México de un tono violeta y naranja, el color de los moretones y del fuego. La noche prometía ser larga. Y, sin que Isaías lo supiera, esa noche la vida que había construido con tanto cuidado estaba a punto de derrumbarse para dar paso a la verdad.
CAPÍTULO 2: EL SABOR DEL OLVIDO
La camioneta blindada avanzaba como un tanque de guerra negro a través del Viaducto, cortando el tráfico de la hora pico con una arrogancia que Isaías conocía bien. A esa hora, la Ciudad de México era una bestia de mil cabezas, todas gritando a través de los cláxones, todas desesperadas por llegar a algún lugar donde pudieran dejar de ser nadie por un rato.
Isaías miraba por la ventana polarizada, viendo cómo la ciudad mudaba de piel.
Dejaron atrás los rascacielos de cristal y acero de Reforma, esos tótems al capitalismo que tocaban las nubes y desafiaban a los terremotos. Atrás quedaron las avenidas arboladas de la Condesa, donde la gente paseaba perros que comían mejor que el 40% del país. Atrás quedaron los restaurantes de fusión molecular y las boutiques de diseñador.
Poco a poco, el gris empezó a ganar terreno.
Entraron a la zona de la Doctores y la Obrera. Aquí, los edificios no tocaban el cielo; se agachaban, cansados, bajo el peso de décadas de hollín y abandono. Las paredes no eran de cristal, sino de concreto pintado de colores chillones —rosa mexicano, amarillo canario, verde menta— que ahora se descarapelaban como piel quemada al sol.
—Bájale al aire acondicionado, Beto —ordenó Isaías, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura.
—¿Tiene frío, Jefe? Estamos a 24 grados.
—No es frío. Es que huele a encierro. Bájale un poco a la ventana.
Beto lo miró por el retrovisor con cara de pánico.
—Jefe, no es seguro. Estamos entrando en zona roja. Aquí te bajan el reloj en un semáforo sin que te des cuenta.
—Bájala. Quiero oler la calle.
Beto obedeció a regañadientes, bajando el cristal apenas dos centímetros.
El ruido de la ciudad entró de golpe. El rugido de un mofle roto de un pesero, la cumbia sonando a todo volumen desde una tiendita de abarrotes, el grito lejano de “¡El gaaaas!”, el llanto de una sirena de ambulancia que nadie respetaba.
Y el olor.
Ese olor inconfundible de la tarde en el barrio. Una mezcla densa de aceite quemado de puesto de fritangas, de coladera destapada, de escape de camión diésel y de polvo. Mucho polvo.
Isaías cerró los ojos e inhaló profundamente. Para cualquier otra persona en su posición, ese olor sería repulsivo. Para él, era una máquina del tiempo.
Ese olor no se olía; se masticaba. Se te pegaba en el paladar y te recordaba de dónde venías.
De repente, la piel de sus asientos de cuero italiano desapareció. El traje de setenta mil pesos se disolvió. El Rolex en su muñeca dejó de pesar.
Y volvió a tener diez años.
Hace 22 años. El Invierno del Hambre.
La muerte de su madre no fue como en las películas. No hubo últimas palabras poéticas ni una luz blanca. Solo hubo tos. Una tos seca, rasposa, que sonaba como si alguien estuviera rompiendo ramas secas dentro de su pecho. Y luego, silencio.
Isaías se quedó sentado junto a la cama en ese cuarto de azotea en Iztapalapa durante dos días, esperando a que ella despertara. Tenía diez años, pero el miedo lo había regresado a ser un bebé. Cuando la dueña de la vecindad entró a cobrar la renta y encontró el cuerpo, todo pasó muy rápido.
Gritos. La policía. Una trabajadora social con cara de aburrimiento que masticaba chicle mientras llenaba un formulario.
—¿No tiene papá? —preguntó la mujer, sin mirarlo.
—No. Se fue.
—¿Tíos? ¿Abuelos?
—Nadie. Solo somos nosotros.
La mujer suspiró, como si Isaías fuera un trámite burocrático molesto, una carpeta más en su escritorio desordenado.
—Al albergue temporal del DIF. Vámonos.
Isaías no esperó. Había escuchado historias del albergue. Los niños grandes te robaban los tenis, te pegaban en la noche, te hacían cosas que no tenían nombre. En ese momento, su instinto de supervivencia, heredado de una madre que luchó contra todo, se activó.
Aprovechó que la trabajadora social discutía con un policía sobre quién debía llevarse la maleta de ropa vieja y salió corriendo.
Bajó las escaleras de metal de la vecindad, saltando los escalones de dos en dos. Salió a la calle y corrió. Corrió hasta que los pulmones le ardieron y las piernas se le entumieron.
Y así empezó la caída.
Las primeras dos noches no fueron tan malas. Durmió en un parque, bajo una resbaladilla de concreto. Tenía puesta su chamarra favorita, una azul que le quedaba grande. Todavía tenía un paquete de galletas Marías en el bolsillo.
Pero para el quinto día, el mundo se había vuelto un lugar hostil y afilado.
Nadie te dice lo que el hambre le hace a la mente de un niño. No es solo un dolor en la panza. Es una niebla. Empiezas a ver borroso. Los ruidos se vuelven lejanos, como si estuvieras bajo el agua. Te mareas al ponerte de pie. Y luego viene el frío.
Un frío que nace desde los huesos hacia afuera. No importa cuánto sol haga, siempre tienes frío porque tu cuerpo ya no tiene energía para calentarse.
Para el día doce, Isaías ya no era Isaías. Era un fantasma. Un espectro sucio, con la cara manchada de tizne, el cabello tieso de mugre y los labios partidos y sangrantes por la deshidratación.
Caminaba arrastrando los pies, buscando en los botes de basura de los puestos de tacos.
—¡Sácate de aquí, chamaco! ¡Me espantas a la clientela! —le gritó un taquero gordo, aventándole agua caliente de un trapo sucio.
Isaías ni siquiera corrió. No tenía fuerzas. Se alejó cojeando, con el estómago retorciéndose sobre sí mismo, como un trapo mojado que alguien exprime hasta la última gota.
Llegó a una escuela. La Primaria Benito Juárez.
No sabía por qué sus pies lo llevaron ahí. Tal vez era la rutina. Él solía ir a la escuela antes. Antes de la tos. Antes del silencio.
Se dejó caer en la banqueta, recargando la espalda contra la reja perimetral de metal oxidado. El concreto estaba helado, pero sus piernas ya no lo sostenían.
Sonó una campana. El recreo.
El patio se llenó de ruido. Gritos, risas, balones botando. Cientos de niños con uniformes verdes salieron corriendo. Isaías los miraba a través de los barrotes como quien mira una pecera llena de peces exóticos. Ellos estaban limpios. Ellos tenían zapatos sin agujeros. Ellos tenían mamás que los esperarían a la salida.
Y tenían comida.
El olor lo golpeó como un puñetazo. Tortas de jamón. Sándwiches de crema de cacahuate. Fruta picada con chilito. Tacos de guisado.
La boca de Isaías se llenó de saliva dolorosa. Su estómago soltó un rugido que le dolió en la columna vertebral.
—Mira a ese —escuchó una voz chillona.
Isaías alzó la vista, entrecerrando los ojos contra el sol. Un grupo de niñas estaba cerca de la reja, jugando con una cuerda.
—¡Guácala! —dijo una niña de pelo corto y cara redonda, arrugando la nariz—. Huele a pipí.
—Es un pordiosero, Jazmín. Mi mamá dice que no hay que verlos porque te pegan los piojos —dijo otra.
—Oye tú, niño mugroso —gritó Jazmín, acercándose valientemente a la reja—. ¿Qué ves? Aquí no hay nada para ti. ¡Lárgate!
Isaías quiso contestar. Quiso decirles que él no era un pordiosero, que él se llamaba Isaías Mendoza y que era el mejor de su clase en matemáticas. Quiso gritarles que su mamá lo amaba.
Pero cuando abrió la boca, solo salió aire seco. Estaba demasiado débil para defender su dignidad. Bajó la cabeza, escondiéndola entre sus rodillas, esperando que la tierra se abriera y se lo tragara. Solo quería desaparecer. Dejar de sentir ese hueco infinito en el centro de su cuerpo.
—Déjalo en paz, Jazmín.
La voz fue diferente. No era chillona. No tenía burla. Era suave, pero firme. Como el musgo que crece entre las piedras.
—Ay, Victoria, tú siempre defendiendo a los raros. Vámonos, ya va a empezar el juego.
—Vayan ustedes. Ahorita las alcanzo.
Isaías sintió una presencia frente a él. No alzó la cabeza. No quería ver más desprecio.
—Oye…
Un dedo pequeño picó su hombro a través de la reja.
Isaías levantó la vista lentamente.
Y ahí estaba ella.
No era un ángel de las pinturas de la iglesia. Era una niña normal. Tenía la piel morena, tostada por jugar bajo el sol sin bloqueador. Tenía dos trenzas apretadas con listones rojos, aunque uno estaba medio desatado. Su uniforme estaba limpio, pero el suéter tenía coderas cosidas a mano, parches sobre parches, señal de que esa prenda había pasado por varios dueños antes de llegar a ella.
Pero eran sus ojos los que lo clavaron al piso. Ojos negros, grandes, profundos. No lo miraban con asco. No lo miraban con miedo.
Lo miraban con un reconocimiento doloroso. Yo sé lo que sientes, parecían decir.
—Te ves… te ves mal —dijo ella. No era una crítica, era una observación clínica.
Isaías asintió levemente.
—¿Tienes hambre?
Él asintió otra vez. Las lágrimas empezaron a acumularse en sus ojos sucios, trazando caminos blancos sobre sus mejillas llenas de tierra. La vergüenza de admitirlo era terrible, pero el hambre era más fuerte que el orgullo.
La niña, Victoria, miró hacia atrás, vigilando que la maestra de guardia no estuviera viendo. Luego, miró su lonchera de plástico amarillo.
Isaías vio cómo abría la tapa. Adentro había un tesoro. Una torta. No era una torta gigante de puesto. Era un bolillo casero, partido a la mitad, con una rebanada delgada de jamón y una embarrada de frijoles. A un lado, un Boing de triángulo, sabor guayaba, y una manzana pequeña y golpeada.
Victoria dudó. Isaías vio la duda en sus ojos. Vio cómo su garganta tragaba saliva. Ella también tenía hambre. Se le notaba en lo delgado de sus brazos, en la ropa que le quedaba un poco floja. Esa torta era probablemente lo único que comería en horas.
Isaías esperó a que ella cerrara la lonchera y se fuera. Era lo lógico. La supervivencia es egoísta.
Pero Victoria no cerró la lonchera.
Suspiró, una exhalación pequeña que pareció costarle mucho, y sacó la torta.
Se acercó a la reja, se puso de rodillas sobre el cemento para estar a la altura de Isaías y empujó el bolillo a través de los barrotes oxidados.
—Ten —susurró—. Cómetela rápido antes de que venga la Miss Lupita.
Isaías miró la torta. Olía a gloria. Olía a vida.
—¿Y tú? —logró graznar Isaías. Su voz sonaba como lija.
Victoria sonrió, encogiéndose de hombros.
—Yo no tengo tanta hambre hoy. Desayuné mucho —mintió. Isaías supo que mentía. Nadie en este barrio desayunaba “mucho”.
Las manos temblorosas de Isaías tomaron el alimento. Sus dedos sucios rozaron los dedos limpios de ella. Fue una descarga eléctrica. Un pacto.
Se llevó el bolillo a la boca y mordió.
Dios mío. El sabor.
El pan estaba un poco duro, los frijoles fríos, pero para Isaías fue el manjar más exquisito que había probado en su corta existencia. Masticó con desesperación, tragando casi sin respirar. Sentía cómo la comida caía en su estómago vacío y empezaba a irradiar calor hacia sus extremidades.
En cuatro mordidas, la torta desapareció.
Victoria lo observaba en silencio, con una seriedad solemne, como quien presencia un ritual religioso.
Sin decir nada, le pasó el Boing. Ya le había clavado el popote.
Isaías succionó el jugo hasta que el cartón se aplastó y hizo ese ruido de vacío. Ssshhhhlrp.
—Gracias —dijo él, limpiándose la boca con la manga sucia de su chamarra—. Gracias.
Victoria asintió.
—Me llamo Victoria.
—Yo… yo soy Isaías.
—¿Vas a estar aquí mañana, Isaías?
Isaías no sabía si iba a estar vivo mañana. Pero miró esos ojos negros y supo que tenía que estar.
—Sí. Aquí voy a estar.
—Bueno. —Victoria cerró su lonchera vacía—. Mañana te traigo otra. Mi abuela hace arroz los martes. A lo mejor me sobra un poco.
Sonó la campana del final del recreo.
—¡Victoria! ¡Córrele! —gritaron sus amigas.
Ella se levantó, se sacudió el polvo de las rodillas y le dedicó una última mirada.
—No te vayas a ir, ¿eh? Prometiste.
—Lo prometo —dijo Isaías.
Ella corrió hacia los salones, sus trenzas rebotando en su espalda, los listones rojos ondeando como pequeñas banderas de esperanza en un mar de concreto gris.
Isaías se quedó sentado ahí, con el sabor de los frijoles todavía en la lengua, y por primera vez en dos semanas, el frío desapareció.
El Presente. Calle Dr. Vértiz.
—¡Jefe! ¡Jefe!
La voz de Beto lo trajo de golpe al presente.
Isaías parpadeó, desorientado. El olor a torta de frijol se desvaneció, reemplazado por el olor a aromatizante de pino de la camioneta.
—¿Qué pasó? —preguntó, con la voz ronca.
—Ya llegamos, Jefe. Ese es el lugar. Centro Comunitario La Esperanza. Pero mire… no hay dónde estacionarse y hay mucha gente afuera. ¿Seguro que quiere bajar?
Isaías miró por la ventana.
El edificio era viejo, una casona de los años 50 que había visto mejores días. La fachada estaba pintada de un azul deslavado, con murales de grafitti artístico que representaban manos rompiendo cadenas y palomas volando. “LA ESPERANZA” se leía en letras grandes sobre el portón.
Había unas veinte personas afuera, fumando, platicando. Se veían cansados. Gente trabajadora que venía a pelear por su pedazo de tierra.
—Estaciona en la esquina, Beto. Voy a bajar caminando.
—Jefe, por favor…
—Es una orden. Y te quedas aquí. No quiero gorilas siguiéndome.
—Si le pasa algo, el Consejo me mata.
—Si no me dejas bajar, yo te mato primero —dijo Isaías, medio en broma, medio en serio.
La camioneta se orilló. El seguro de las puertas hizo clic.
Isaías abrió la puerta y puso un pie en el asfalto.
El suelo estaba disparejo, lleno de baches y grietas. Sus zapatos italianos de suela de cuero resbalaron un poco en la grava suelta.
Salió del vehículo y el aire de la noche lo envolvió.
Era el mismo aire. El mismo barrio.
Caminó hacia la entrada del centro comunitario. Sentía las miradas de la gente clavándose en él. Un hombre de traje de seda, sin corbata (se la había quitado en el coche), caminando como si fuera dueño de la banqueta, pero con la mirada perdida de un niño perdido.
—¿Ese quién es? —escuchó que susurraba una señora con un mandil de cuadros.
—Ha de ser algún político que viene a pedir voto —contestó otro.
—O el dueño de la constructora. Dicen que es un desgraciado.
Isaías apretó la mandíbula. Si supieran, pensó. Si supieran que este desgraciado comió de su basura hace veinte años.
Llegó a la puerta. Su corazón latía tan fuerte que sentía los golpes en las yemas de los dedos. Metió la mano en el bolsillo del pantalón y sus dedos encontraron el contorno familiar del llavero con el listón rojo. La textura rugosa de la tela vieja lo ancló a la realidad.
Estoy aquí, Victoria.
Te busqué en los rascacielos. Te busqué en los registros. Te busqué en el dinero.
Pero siempre estuviste aquí, en el polvo.
Isaías empujó la pesada puerta de madera del Centro Comunitario y cruzó el umbral.
El ruido de la calle quedó atrás. Adentro, había un murmullo de voces, el rechinido de sillas metálicas y el olor a café barato.
Isaías dio un paso, dos pasos. Sus ojos, acostumbrados a escanear planos y contratos, ahora escaneaban rostros con desesperación.
Buscaba una trenza. Buscaba unos ojos. Buscaba a la niña que le salvó la vida.
Pero lo que encontró fue el silencio abrupto de cincuenta personas volteando a ver al intruso millonario que acababa de entrar a su santuario.
Y al fondo del salón, una figura se levantó.
CAPÍTULO 3: EL JUICIO DEL BARRIO
El silencio que recibió a Isaías no fue de respeto; fue de depredación. Era el silencio que hace la selva cuando un animal extraño, colorido y ruidoso entra en territorio de cazadores.
Isaías se detuvo a tres pasos de la entrada. La puerta de madera pesada se cerró detrás de él con un clac definitivo, dejándolo atrapado en esa pecera de miradas hostiles.
El salón de usos múltiples del Centro Comunitario La Esperanza era una cápsula del tiempo de la burocracia mexicana de los años ochenta. El piso era de loseta vinílica color crema, manchada y levantada en las esquinas por la humedad de décadas. Las paredes, pintadas de un verde institucional deslavado, estaban decoradas con cartulinas fosforescentes que anunciaban “Clases de Zumba”, “Taller de Costura: Jueves 5 PM” y “Campaña de Vacunación Antirrábica”. Al fondo, una mesa larga cubierta con un mantel de plástico floreado sostenía una cafetera gigante de aluminio y una torre precaria de vasos de unicel.
Pero lo que llenaba el espacio no eran los muebles, sino la tensión. Una tensión espesa, palpable, que olía a sudor, a ropa guardada y a esa furia sorda de la gente que está cansada de que la pisen.
Había unas cincuenta personas sentadas en sillas plegables de metal que rechinaban con cada movimiento. Isaías escaneó la multitud.
Vio rostros que conocía, no por nombre, sino por arquetipo.
Estaba el señor de la tercera edad con sombrero y guayabera, aferrado a su bastón como si fuera un arma. Estaban las señoras con el mandil todavía puesto, que habían dejado los frijoles en la lumbre para venir a defender su pedazo de ciudad. Estaban los jóvenes con tatuajes y miradas desafiantes, recargados en las paredes con los brazos cruzados, evaluando si el traje de Isaías valía la pena el riesgo de un asalto.
Y al frente, detrás de una mesa de fórmica que servía de estrado, estaba ella.
No Victoria.
Sino Doña Cata.
Isaías había leído sobre ella en los reportes de inteligencia de su empresa. Catalina Mondragón, 68 años, líder vecinal desde el terremoto del 85. Una mujer que había tumbado a dos alcaldes y frenado tres desalojos masivos. Era pequeña, morena, con el cabello completamente blanco recogido en un chongo severo, y unos lentes de fondo de botella que magnificaban unos ojos que no parpadeaban.
—Buenas noches —dijo Doña Cata al micrófono, sin dejar de mirar a Isaías. Su voz, amplificada por una bocina que viciaba el sonido, rasgó el aire—. Parece que tenemos visita.
Un murmullo recorrió la sala. “Es él”, “El dueño”, “El buitre”.
Isaías apretó los puños a los costados. Sus manos sudaban. Había negociado con mafiosos rusos y con banqueros de Wall Street sin pestañear, pero entrar a este salón, bajo la mirada de esta gente, lo hacía sentir como el niño mugroso de diez años otra vez. Se sentía un impostor dentro de su traje de lana virgen.
—Buenas noches —respondió Isaías. Su voz salió firme, proyectada, la voz de CEO que había entrenado frente al espejo—. Soy Isaías Mendoza.
—Sabemos quién es usted, joven —interrumpió Doña Cata, cruzando los brazos sobre su pecho amplio—. Es el que quiere comprar la manzana completa para hacer sus torres de cristal y sacarnos a patadas. ¿O me equivoco?
—Se equivoca en la intención, señora Mondragón.
Isaías caminó hacia el frente. El pasillo central se sentía interminable. Sentía las miradas clavadas en su nuca, en su reloj, en sus zapatos lustrados.
—¿Ah, sí? —Doña Cata soltó una risa seca—. Pues ilumínenos. Porque hasta donde sabemos, su empresa, Grupo Mendoza, ha comprado tres vecindades en la calle Doctor Barragán y ya mandó avisos de desalojo.
—Son avisos de reubicación temporal —corrigió Isaías, llegando al frente. Se paró a un lado de la mesa, sin invadir el espacio de la matriarca—. Vengo a hablarles del proyecto “Residencial Nueva Era”.
—¡Aquí no queremos ninguna nueva era! —gritó un hombre desde la tercera fila. Tenía las manos llenas de grasa de mecánico—. ¡Queremos nuestras casas!
—¡Ratero! —gritó una mujer.
—¡Fifí! —gritó otro.
El salón estalló. Los gritos se encimaban unos a otros. La ira acumulada se volcaba sobre él.
Isaías levantó una mano. No con prepotencia, sino con calma.
—Escúchenme —dijo, bajando la voz para obligarlos a callar para oírlo—. Tienen razón en estar enojados. Yo también lo estaría. Han visto venir a tipos como yo durante años, prometiendo el cielo y las estrellas, y dejándoles solo escombros.
El salón se calmó un poco. No esperaban que el “fifí” les diera la razón.
—No soy ajeno a esto —continuó Isaías, y por primera vez, estaba diciendo una verdad a medias—. Crecí en un lugar muy parecido a este. Sé lo que es que se meta el agua cuando llueve. Sé lo que es no tener para el gas.
—Si supieras, no vendrías a corrernos —dijo Doña Cata, implacable.
—No vengo a correrlos. Mi propuesta es diferente. El proyecto incluye vivienda de interés social en el mismo predio. El 60% de los departamentos están reservados para los residentes actuales, con renta congelada por diez años ante notario.
Hubo un silencio de incredulidad. ¿Renta congelada? Eso no existía en el vocabulario inmobiliario de la Ciudad de México.
—Además —siguió Isaías, sintiendo que ganaba terreno—, el proyecto contempla la demolición de este centro comunitario…
Un grito de indignación ahogado.
—…para construir uno nuevo. Tres pisos. Consultorio médico gratuito. Biblioteca digital. Comedor comunitario subsidiado por mi fundación. Todo pagado por Grupo Mendoza.
Isaías miró los rostros. Veía duda. Veía deseo. Veía la tentación de creer en los Reyes Magos.
—¿Y cuál es el truco? —preguntó Doña Cata, entrecerrando los ojos—. Nadie da paso sin huarache, joven Mendoza. Menos un empresario. ¿Qué gana usted?
Isaías dudó. No podía decirles la verdad: “Gano la esperanza de encontrar a una niña fantasma que me dio una torta hace 22 años”. Lo tomarían por loco y lo sacarían a pedradas.
—Gano plusvalía en la zona comercial de la planta baja —mintió con fluidez—. Y gano… dormir tranquilo.
Parecía que los tenía. El ambiente se había suavizado. Unos vecinos cuchicheaban entre ellos, asintiendo. “Pues lo del consultorio suena bien”, decía una señora.
Isaías estaba a punto de relajarse. Estaba a punto de pensar que había ganado.
Entonces, una voz cortó el aire desde el fondo del salón.
—Qué discurso tan bonito, señor Mendoza. Casi me hace llorar.
No fue un grito. Fue una frase dicha con un tono de calma gélida, con una dicción perfecta y una ironía afilada como bisturí.
Isaías se giró hacia la izquierda, buscando la fuente.
En la última fila, recargada contra la pared, casi oculta por la sombra de una columna, una figura se despegó del muro y avanzó hacia la luz.
Era una mujer.
Llevaba un pantalón de vestir negro, desgastado en las rodillas, y una blusa blanca sencilla, arremangada hasta los codos. Sostenía una carpeta llena de papeles y un bolígrafo barato, mordido en la punta.
Tenía el cabello negro, rizado y rebelde, recogido en una media cola desordenada, como si no se hubiera mirado al espejo en doce horas. Tenía ojeras profundas, moradas, marcas de guerra de quien trabaja turnos dobles.
Pero cuando levantó la cara, Isaías sintió un golpe en el esternón.
No la reconoció. No de inmediato.
Veintidós años cambian la geografía de un rostro. La desnutrición de la infancia cambia la estructura ósea. El dolor cambia la mirada.
Lo que vio fue a una enemiga formidable. Una mujer de unos 32 años, morena, hermosa en una forma cruda y sin maquillaje, con una inteligencia feroz brillando en los ojos oscuros.
—Soy la trabajadora social de este centro —dijo ella, caminando por el pasillo central. La gente se apartaba instintivamente, con respeto. Claramente, ella era la autoridad moral ahí, más incluso que Doña Cata—. Y he leído su contrato, señor Mendoza. La letra chiquita.
Isaías se tensó.
—El contrato es estándar.
—La cláusula 14 —dijo ella de memoria, sin mirar sus papeles— dice que la “renta congelada” está sujeta a “cuotas de mantenimiento variables”. Usted congela la renta en tres mil pesos, pero sube el mantenimiento a cinco mil cuando pone elevadores y vigilancia privada. Y así, legalmente, expulsa a la gente que no puede pagar.
Un murmullo de enojo recorrió la sala. “¡Nos quería ver la cara!”, gritó alguien.
Isaías sintió que la sangre se le subía a la cara. Esa mujer lo había desnudado en dos frases.
—Esas cuotas son ajustables… —intentó defenderse.
—Son impagables —lo cortó ella, parándose a dos metros de él. Ahora estaban cara a cara. Ella tenía que alzar la vista para mirarlo, pero su presencia llenaba el espacio tanto como la de él—. Usted no viene a ayudarnos. Usted viene a lavar su conciencia con caridad corporativa mientras nos desplaza.
—No me conoces —soltó Isaías, perdiendo la compostura por primera vez—. No sabes por qué estoy aquí.
—Conozco a los de tu tipo —respondió ella con desdén. Y esa frase, ese tono, tocó una fibra sensible en Isaías—. Creen que porque tienen dinero pueden llegar a arreglar la vida de los “pobrecitos”. Creen que somos un proyecto de caridad.
—Yo no creo eso.
—¿Ah, no? —Ella dio un paso más. Olía a jabón barato y a cansancio, pero también a algo dulce, algo familiar que Isaías no pudo ubicar—. Mírese. Trae un traje que cuesta más de lo que gana cualquiera de estas familias en dos años. Viene en camioneta blindada. Habla de “plusvalía”. Usted ve números. Yo veo personas.
Ella se giró hacia la audiencia, dándole la espalda a Isaías.
—Yo veo a la señora Rosa, que vende tamales para pagar la diálisis de su esposo. Veo a Marco, que acaba de salir del reformatorio y está tratando de terminar la prepa. Si usted tira este edificio, ¿dónde van a comer los niños de la calle que vienen al comedor? ¿Dónde van a dormir los indigentes en invierno?
La palabra “invierno” flotó en el aire.
—¿Los… indigentes? —preguntó Isaías. Su voz salió extraña, quebrada.
La mujer se giró de nuevo hacia él, sorprendida por el cambio de tono.
—Sí. Los invisibles. Los que la gente como usted finge que no ve cuando pasa en sus coches de lujo.
—Yo los veo —dijo Isaías. Y esta vez, no hablaba el CEO. Hablaba el niño—. Yo sé lo que es ser invisible.
La mujer se detuvo. Frunció el ceño. Algo en la voz de Isaías, o tal vez en la forma en que sus hombros se hundieron, rompió su ímpetu de ataque.
Ella lo estudió. Realmente lo miró por primera vez, más allá del traje caro y la actitud arrogante.
Sus ojos se encontraron.
El tiempo hizo una pausa extraña. El ruido del salón se convirtió en un zumbido lejano.
Isaías miró esos ojos negros. Profundos. Almendrados. Unos ojos que habían visto demasiado dolor pero que se negaban a cerrarse.
Y de repente, una imagen superpuesta golpeó su mente.
Una reja oxidada. Unos ojos idénticos, mirándolo a través de los barrotes. Unos ojos que no tenían miedo, solo tristeza.
El corazón de Isaías empezó a latir tan fuerte que le dolían las costillas. Tum-tum. Tum-tum.
No podía ser.
Era imposible.
Había buscado a una niña. Había buscado un fantasma. Pero tenía frente a él a una mujer hecha y derecha, una leona defendiendo a su manada.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Isaías. Su voz fue un susurro ronco que el micrófono apenas captó.
La mujer parpadeó, confundida por la pregunta irrelevante.
—¿Qué importa mi nombre? Importa que retire su proyecto.
—Dime tu nombre —insistió Isaías, dando un paso hacia ella, ignorando a Doña Cata, ignorando a los guardaespaldas invisibles, ignorando todo—. Por favor.
La intensidad en la cara de Isaías la asustó un poco. Vio algo en su expresión que no era ira, ni prepotencia. Era desesperación. Pura y cruda desesperación.
Ella ajustó su postura, aferrándose a su carpeta como un escudo.
—Victoria —dijo ella—. Me llamo Victoria Hernández.
El mundo de Isaías se detuvo.
El piso pareció inclinarse. Los colores se volvieron más brillantes. El sonido de su propia respiración llenó sus oídos.
Victoria Hernández.
Ahí estaba.
No en una lista de datos. No en una tumba. No en otro estado.
Estaba ahí, parada frente a él, gritándole por ser un capitalista sin corazón.
Isaías sintió que las piernas le fallaban. Se tuvo que apoyar en la mesa de fórmica para no caerse.
—¿Está bien, señor? —preguntó Doña Cata, notando que el “tiburón” se había puesto pálido como el papel.
Isaías no contestó. No podía apartar la vista de ella.
—Victoria… —repitió, saboreando el nombre que había rezado durante 8,030 noches—. Ibas… ¿tú ibas a la Primaria Benito Juárez? ¿Hace 22 años?
La pregunta cayó como una bomba de confusión.
Victoria frunció el ceño aún más. Su postura defensiva cambió a una de extrañeza total.
—Sí… —dijo lentamente, arrastrando la palabra—. Fui a la Benito. ¿Usted cómo sabe eso? ¿Me investigó? ¿Es esto una amenaza?
—No… no —Isaías se rió, una risa nerviosa, al borde del llanto—. No es una amenaza. Dios mío, Victoria.
Él se llevó las manos a la cara, frotándose los ojos, y luego las bajó para mirarla de nuevo, como si quisiera asegurarse de que no era un holograma.
—Mírame —le pidió—. Mírame bien, Victoria. Olvida el traje. Olvida la barba. Mírame a los ojos.
Victoria lo miró. Lo escaneó con esos ojos inteligentes y analíticos. Vio la nariz recta, la piel morena, la mandíbula tensa. No reconoció al hombre. Era un extraño rico y poderoso.
Pero entonces, Isaías hizo algo que nadie esperaba.
Se hincó.
Ahí, en medio del salón sucio, frente a cincuenta extraños, el millonario Isaías Mendoza puso una rodilla en el piso. No para pedir matrimonio, sino para ponerse a la altura de un recuerdo.
—Hace 22 años —dijo Isaías, con la voz quebrada por las lágrimas que ya no podía contener—, había un niño sentado afuera de la reja de tu escuela. Un niño que se moría de hambre. Un niño que olía mal y al que todos le decían “vago”.
La carpeta se resbaló de las manos de Victoria. Plaf. Cayó al suelo, esparciendo papeles por todos lados, pero ella no se movió.
Su respiración se detuvo. Sus pupilas se dilataron.
—Tú saliste —continuó Isaías, llorando abiertamente ahora—. Tenías dos trenzas con listones rojos. Y tenías una lonchera amarilla.
Un grito ahogado salió de la garganta de Victoria. Se llevó ambas manos a la boca, sus ojos llenándose de agua instantáneamente.
—Una torta de frijoles —susurró Isaías—. Me diste tu torta de frijoles. Y un Boing de guayaba. Y me dijiste que me llamarías Isaías.
—¡Isaías! —El grito de Victoria fue desgarrador. No fue una palabra, fue una explosión.
Ella cayó de rodillas frente a él, sin importarle la suciedad del piso, sin importarle la gente.
—¡Eres tú! —sollozó ella, estirando las manos temblorosas hacia su cara, pero sin atreverse a tocarlo, como si temiera que se desvaneciera—. ¡Pensé que estabas muerto! ¡Te busqué! ¡Te juro que te busqué cuando volvimos!
—Estoy vivo —dijo Isaías, tomando las manos de ella y presionándolas contra su cara mojada—. Estoy vivo porque tú me diste de comer. Porque tú me viste.
—Estás tan grande… —dijo ella, riendo y llorando al mismo tiempo, las lágrimas marcando surcos en el polvo de sus mejillas—. Mírate… eres un hombre.
—Y tú sigues siendo mi ángel.
El salón estaba en un silencio absoluto. Nadie respiraba. Doña Cata tenía la boca abierta. El mecánico se había quitado la gorra. Nadie entendía bien qué pasaba, pero todos sabían que estaban presenciando un milagro.
—Prometiste… —dijo Victoria, con la voz hecha un hilo—. Dijiste que volverías.
—Dije que volvería cuando fuera rico.
Isaías soltó una de sus manos y buscó frenéticamente en su bolsillo. Sacó el llavero. El rectángulo de acrílico barato con el pedazo de tela roja adentro.
—Nunca me lo quité, Victoria. Ni un solo día.
Victoria miró el listón. Soltó un sollozo que le sacudió el cuerpo entero.
Llevó su mano a su cuello y jaló una cadena plateada sencilla que llevaba oculta bajo la blusa. De ella colgaba un relicario redondo, de esos que venden en los mercados.
Con dedos torpes por la emoción, lo abrió.
Ahí estaba. La otra mitad. El corte en diagonal coincidía perfectamente en la memoria de ambos.
—Yo tampoco —dijo ella—. Era mi amuleto. Mi recordatorio de que… de que hice algo bueno una vez.
—Hiciste todo —dijo Isaías—. Me diste todo.
No aguantaron más. La distancia física era insoportable.
Isaías la jaló hacia él y Victoria se lanzó a sus brazos. Se abrazaron ahí, arrodillados en el piso sucio del centro comunitario que él había venido a demoler.
Isaías hundió la cara en el cabello de ella. Olía a ese aroma dulce que no había podido identificar antes. Olía a vainilla. Olía a hogar.
Sintió el cuerpo de ella sacudirse con el llanto, y sintió sus propias lágrimas mojando la blusa barata de ella. Veintidós años de soledad, de escalar la cima del éxito solo para descubrir que estaba vacía, se drenaron en ese abrazo.
—Perdóname —susurró él al oído de ella—. Perdóname por tardar tanto.
—Llegaste —respondió ella, aferrándose a la tela de su saco importado como si fuera un salvavidas—. Llegaste, Isaías.
Alrededor de ellos, el mundo empezó a reactivarse. Alguien aplaudió tímidamente. Luego otro. Luego Doña Cata se sonó la nariz ruidosamente con un pañuelo.
Pero para Isaías y Victoria, el mundo se había reducido a ese metro cuadrado de loseta vinílica.
El hambre había terminado.
El niño había encontrado su hogar.
Pero el hombre… el hombre apenas estaba descubriendo que su verdadera prueba acababa de empezar. Porque encontrarla era solo el principio. Ahora tenía que merecerla. Y tenía que explicarle a esta mujer, que acababa de destruir su proyecto inmobiliario con tres frases, que él era el monstruo contra el que ella luchaba.
Isaías se separó un poco, tomándola por los hombros, mirándola con una intensidad devoradora.
—Victoria… tenemos que hablar. Tenemos 22 años de qué hablar.
Ella asintió, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano, dejando una mancha de rímel y polvo que a Isaías le pareció el maquillaje más hermoso del mundo.
—Sí —dijo ella, y su sonrisa iluminó la penumbra del salón—. Pero primero… levántate del piso, Isaías. Te vas a ensuciar el traje de millonario.
Isaías soltó una carcajada, un sonido puro y real que no había emitido en décadas.
—Que se joda el traje —dijo él—. Que se joda todo. Te encontré.
CAPÍTULO 4: CAFÉ SOLUBLE Y MEMORIAS DE HIELO
El aplauso de los vecinos fue un ruido de fondo, lejano y distorsionado, como cuando estás sumergido en una alberca. Isaías y Victoria seguían arrodillados, atrapados en la órbita del otro, ignorando las leyes de la física y de la sociedad.
Fue la voz rasposa de Doña Cata la que rompió el hechizo.
—Bueno, bueno, mucho circo y mucha lágrima —dijo la anciana, golpeando el micrófono con un dedo huesudo. Pum, pum, pum. El sonido retumbó en las bocinas viejas—. Pero aquí seguimos teniendo una junta, y el señor millonario sigue queriendo tirar nuestro edificio. A menos que este abrazo signifique que ya nos perdonó la vida.
Isaías parpadeó, regresando a la realidad. Sintió el frío del piso en la rodilla a través de la tela de su pantalón. Sintió el olor a jabón barato y sudor honesto de Victoria.
Victoria se separó de él lentamente. Sus ojos estaban rojos, hinchados, pero brillaban con una luz que no tenían hace cinco minutos.
—Levántate —le susurró ella, con una sonrisa tímida—. Nos están viendo todos.
Isaías se puso de pie y le ofreció la mano para ayudarla. Ella la tomó. Su mano era áspera, con callos pequeños en los dedos de quien escribe mucho o carga cajas. La mano de Isaías era suave, manicurada. El contraste fue un grito silencioso.
—Señora Mondragón —dijo Isaías, girándose hacia la matriarca y recuperando un poco de su postura de ejecutivo, aunque tenía los ojos vidriosos—, creo que… creo que necesitamos un receso.
—¿Un receso? —Doña Cata alzó una ceja blanca—. ¿Para qué? ¿Para que llame a sus abogados?
—Para hablar con ella —Isaías señaló a Victoria—. A solas.
Victoria se sacudió el polvo de los pantalones negros.
—Doña Cata, por favor —intervino ella—. Necesito cinco minutos. Es… es un asunto personal.
La anciana miró a Victoria, luego a Isaías, y luego al resto de los vecinos que miraban la escena como si fuera el final de temporada de la novela de las nueve.
—Tienen quince minutos —sentenció Doña Cata—. Y luego regresa aquí, joven Mendoza, y nos explica qué va a pasar con nuestras casas. Porque el amor no paga la renta.
—Vente —le dijo Victoria a Isaías, jalándolo suavemente de la manga del saco—. Vamos a mi oficina. Aquí hay muchos oídos.
La “oficina” de Victoria era, en realidad, un cuarto de escobas glorificado al fondo del pasillo.
Medía apenas dos metros por dos metros. No tenía ventanas, solo un foco ahorrador que zumbaba como mosca atrapada y parpadeaba con una luz blanca y fría. Había un escritorio de metal abollado, de esos que desechaban las escuelas de gobierno en los noventa, y dos sillas de plástico apilables.
Las paredes estaban tapizadas de dibujos infantiles, hechos con crayolas baratas. “Gracias Vic”, decía uno con un sol sonriente. “Te quiero Mtra. Victoria”, decía otro, pegado con diurex amarillento.
Isaías entró y el espacio se sintió minúsculo. Su presencia, su traje, su aura de poder, llenaban la habitación hasta asfixiarla.
Victoria cerró la puerta y el silencio cayó sobre ellos. Un silencio denso, cargado de 22 años de preguntas.
Ella se recargó contra la puerta cerrada, exhalando un suspiro largo que le vació los pulmones. Lo miró de pies a cabeza, incrédula.
—No puedo creerlo —dijo ella, negando con la cabeza—. De verdad no puedo creerlo. Isaías. El niño de la reja.
—El mismo —dijo él, quedándose parado en medio del cuarto porque no sabía si tenía permiso de sentarse—. Aunque con unos kilos más y menos piojos.
Victoria soltó una carcajada nerviosa.
—Dios mío, Isaías… pensé que te habías muerto. Te lo juro. Ese invierno… desapareciste de un día para otro. Fui a la reja durante una semana entera con doble lonche, esperando verte. Y nada. Solo la reja vacía.
—Me llevaron —dijo Isaías, su voz bajando un tono—. El DIF hizo una redada. Me agarraron durmiendo en el parque. Me llevaron a un albergue en el Estado de México. No me dejaron despedirme.
—Lloré mucho, ¿sabes? —confesó ella, y la vulnerabilidad en su voz golpeó a Isaías en el pecho—. Tenía nueve años y sentía que había perdido a mi mejor amigo. Mi abuela me tuvo que hacer tés de tila para que dejara de llorar en las noches.
—Yo también te extrañé, Victoria. Cada día. Me escapé de ese albergue dos semanas después, intenté volver a la escuela, pero me perdí. La ciudad es muy grande cuando tienes diez años y no tienes dinero para el metro.
Isaías miró alrededor del cuartucho. Vio las carpetas apiladas, el calendario viejo, la taza despostillada sobre el escritorio que decía “Super Trabajadora Social”.
—¿Quieres café? —preguntó ella de repente, rompiendo la tensión—. Es soluble y el agua es de garrafón, pero está caliente.
—Me encantaría —dijo Isaías.
Victoria se movió hacia una pequeña mesa en la esquina donde había una parrilla eléctrica y un frasco de Nescafé.
Isaías la observó. Observó la curva de su espalda, la forma en que su cabello rizado caía sobre sus hombros, la eficiencia de sus movimientos. No era la niña de las trenzas. Era una mujer cansada, con ojeras marcadas y ropa desgastada, pero tenía una dignidad, una fuerza gravitatoria que lo atraía más que cualquier modelo de pasarela con las que había salido.
Ella le tendió una taza de cerámica blanca con un logo deslavado de una farmacia.
—Perdón, no tengo azúcar esplenda ni leche de almendras —bromeó ella, mirando su traje caro—. Supongo que estás acostumbrado a cosas mejores.
Isaías tomó la taza. El café estaba hirviendo. Olía a quemado.
Le dio un sorbo. Le quemó la lengua. Sabía a tierra y a metal.
—Sabe a gloria —dijo él, y no mentía—. Es el mejor café que me he tomado en cinco años.
Victoria se sentó en el borde de su escritorio, con su propia taza entre las manos, usándola para calentarse los dedos.
—Así que… —empezó ella, mirándolo a los ojos con esa inteligencia afilada—. Isaías Mendoza. El dueño de Grupo Mendoza. El que quiere tirar mi centro comunitario.
Isaías hizo una mueca de dolor.
—Suena horrible cuando lo dices tú.
—Es horrible, Isaías. ¿Qué haces? ¿En qué te convertiste? El niño que yo conocí sabía lo que era sufrir. ¿Cómo es que ahora te dedicas a echar gente a la calle?
—No echo gente a la calle, Victoria. Construyo ciudades. Genero empleos.
—Gentrificas —corrigió ella—. Desplazas. Borras la historia de los barrios para poner cafeterías caras y lofts para gringos que hacen home office.
—Es más complicado que eso…
—No, no lo es. No para la gente de aquí.
Isaías dejó la taza sobre el escritorio y dio un paso hacia ella.
—Mira, tienes razón. Me convertí en un tiburón. Tuve que hacerlo. Para sobrevivir, para que nunca nadie volviera a humillarme, para nunca volver a tener hambre. El dinero es un escudo, Victoria.
—El dinero es una herramienta —dijo ella—. Y tú la estás usando como un martillo.
Se quedaron callados un momento. El zumbido del foco llenó el espacio.
—Pero no vine aquí por el edificio —dijo Isaías suavemente—. Vine por ti.
Victoria bajó la mirada a su café. Sus pestañas proyectaban sombras largas sobre sus pómulos.
—¿Por mí?
—Llevo cinco años buscándote. Contraté detectives. Compré propiedades en este radio solo porque tenía la esperanza de que siguieras cerca.
—¿Compraste… compraste edificios para encontrarme? —Victoria alzó la vista, horrorizada y fascinada al mismo tiempo—. Eso es… eso es una locura, Isaías. Es obsesivo.
—Es lealtad.
—Es demasiado dinero.
—El dinero no importa. Tú me salvaste la vida.
—Te di una torta.
—No. —Isaías se acercó más, invadiendo su espacio personal, pero ella no se alejó—. No entiendes. No fue la torta. Fue que me viste.
Isaías cerró los ojos, transportándose al pasado.
—¿Te acuerdas del invierno? —preguntó.
Victoria suspiró. Un escalofrío visible recorrió su cuerpo, como si la temperatura del cuarto hubiera bajado diez grados de golpe.
—Enero del 98 —susurró ella—. Fue el invierno más frío en veinte años.
Flashback: Enero de 1998.
El frío en la Ciudad de México no es como el de Europa o el del norte. No hay nieve que lo haga poético. Es un frío húmedo, sucio, que se mete por las grietas del pavimento y te muerde los huesos.
Isaías llevaba tres semanas viviendo en la calle. Su cuerpo era un mapa de moretones y costras de mugre. Había perdido tanto peso que sus rodillas parecían pelotas de béisbol pegadas a dos palos de escoba.
Esa mañana, la temperatura había bajado a 3 grados.
Estaba sentado afuera de la reja, como siempre, esperando el recreo. Pero ya no podía dejar de temblar. Sus dientes castañeaban con un ritmo violento, tac-tac-tac-tac, que le dolía en la mandíbula. Tenía los labios morados, agrietados hasta la sangre. Solo traía una playera de algodón gris, llena de agujeros, y un suéter delgado que había encontrado en un basurero.
Cuando sonó la campana del recreo, Victoria salió corriendo. Pero esta vez no traía la lonchera en la mano. Traía algo abultado bajo el brazo.
Llegó a la reja y se horrorizó al verlo.
—¡Isaías! —gritó ella—. ¡Estás morado!
Isaías intentó sonreír, pero su cara estaba entumida. No sentía la nariz.
—T-t-tengo… f-f-frío… —balbuceó.
Victoria miró hacia atrás. La maestra estaba distraída platicando con otra.
Rápido, Victoria empujó el bulto a través de los barrotes.
Era una chamarra. Una chamarra gruesa, de lana azul marino, de hombre. Le quedaba enorme a ella y le quedaría enorme a él, pero se veía caliente. Y unos guantes de estambre rojo.
—Póntela —ordenó ella—. ¡Rápido! Es de mi papá. Se la robé del clóset. Si se entera me va a matar, pero tú te estás muriendo.
Isaías se puso la chamarra con manos torpes que parecían garras congeladas. El calor de la lana fue inmediato. Olía a tabaco y a loción de hombre, pero lo abrazó como si fuera un oso. Se puso los guantes.
—Gracias… —lloró él—. Gracias, Vic.
—Y ten. —Le pasó un termo pequeño—. Es caldo de pollo. Mi abuela lo hizo. Está hirviendo.
Isaías bebió el caldo. Sintió cómo el líquido caliente bajaba por su esófago, descongelando sus órganos vitales uno por uno.
Al día siguiente, Victoria no salió al recreo.
Isaías se asustó. Esperó y esperó. Al tercer día, ella apareció. Pero se veía mal. Estaba pálida, con ojeras, y tosía.
—¿Qué te pasó? —preguntó Isaías desde su lado de la reja, ya un poco más fuerte gracias a la chamarra y al caldo.
Victoria se sorbió la nariz.
—Me enfermé. Me dio gripa fuerte.
—¿Por qué?
—Es que… —Victoria dudó, pateando una piedrita con su zapato escolar—. Te dije que tenía otra chamarra en mi casa. Te mentí. Esa era la única que me quedaba bien para el frío. Me vine en suéter tres días y… pues me enfermé.
El corazón de Isaías se rompió en mil pedazos ese día.
—¿Te enfermaste por darme tu chamarra? —preguntó, con la voz llena de culpa.
—No importa —dijo ella, sonriendo débilmente—. Tú la necesitabas más. Yo tengo casa. Tú no.
—Pero te duele la garganta…
—Mi abuela me cura. Oye… —Victoria metió la mano en su mochila y sacó un frasco de vidrio color ámbar—. Mi abuela compró este jarabe para mi tos. Cuesta caro. Pero ya me tomé la mitad y ya me siento mejor. Ten.
Le pasó el frasco y una cuchara de plástico.
—Tómatelo todo. Para que no te dé neumonía como a los viejitos.
Isaías sabía lo que costaba la medicina. Sabía que esa familia pobre estaba sacrificando su propia salud por un niño callejero que ni conocían.
—No puedo, Victoria. Es tuyo.
—¡Tómatelo! —insistió ella, con esa terquedad que la caracterizaba—. Si te mueres, ¿quién va a jugar conmigo a las adivinanzas en el recreo?
Isaías se tomó el jarabe. Sabía horrible, a cereza química y alcohol, pero le curó el pecho y el alma.
De vuelta en la oficina.
Isaías abrió los ojos. Victoria lo miraba fijamente, con una lágrima solitaria rodando por su mejilla.
—Me diste la medicina de tu abuela —dijo Isaías, con la voz ronca—. Me diste la chamarra de tu papá. Me diste tu comida. Victoria, tú literalmente te quitaste el pan de la boca para dármelo a mí.
—Eras un niño, Isaías. Ningún niño merece tener frío.
—Nadie más lo hizo. Cientos de personas pasaron frente a mí esos meses. Maestros, papás, policías. Nadie me miró. Solo tú.
Isaías metió la mano en el bolsillo interior de su saco y sacó una chequera. Una chequera negra, elegante.
—Déjame pagarte —dijo, con desesperación—. Por favor. Déjame hacer algo. ¿Cuánto debes de tu casa? ¿Tienes deudas? ¿Quieres un coche? Escribe la cifra. La que quieras.
Victoria miró la chequera como si fuera una serpiente venenosa. Su expresión cambió de la ternura a la dureza en un segundo.
Se bajó del escritorio y se cruzó de brazos.
—Guarda eso.
—Victoria, tengo millones. Literalmente no sé qué hacer con el dinero. Déjame cambiar tu vida como tú cambiaste la mía.
—¡Guárdalo te dije! —alzó la voz ella—. ¿Crees que hice eso por dinero? ¿Crees que te di mi lonche pensando “ah, seguro en 20 años este niño se vuelve rico y me mantiene”?
—Sé que no. Pero es justicia.
—No es justicia, es un insulto —dijo ella, ofendida—. Si me pagas, conviertes un acto de amor en una transacción. Conviertes mi bondad en una inversión. Y yo no soy una inversionista, Isaías. Soy una trabajadora social. Lo hice porque era lo correcto. Punto.
Isaías se quedó helado, con la pluma en el aire. Se dio cuenta de su error. Estaba tratando de usar las reglas de su mundo (donde todo se compra) en el mundo de ella (donde el valor no tiene precio).
Guardó la chequera lentamente.
—Perdón —murmuró—. Soy un idiota. A veces se me olvida cómo ser humano.
Victoria suspiró y su postura se relajó un poco.
—No eres un idiota. Solo estás acostumbrado a arreglarlo todo con la cartera. Pero aquí no funciona así. Si quieres ayudar, ayuda en serio. No me des dinero a mí. Ayuda al barrio.
—¿Al barrio?
—Sí. Cancela el desalojo. Modifica el proyecto. Haz que el centro comunitario sea de verdad para la gente, no una fachada. Usa tu poder para algo que no sea hacerte más rico.
Isaías la miró con admiración. Ahí estaba. La misma integridad de acero. No había cambiado nada.
—Está bien —dijo él—. Lo haré. Revisaré el proyecto personalmente. Nada de desalojos forzados. Renta congelada real. Y el centro comunitario… lo haré el mejor de la ciudad. Te lo prometo.
—¿Me lo prometes como cuando prometiste volver? —preguntó ella, con una ceja alzada y una sonrisa juguetona.
Isaías sonrió. Esa sonrisa de tiburón que solía usar para intimidar, ahora era suave, genuina.
—Mejor. Te lo prometo por el listón rojo.
Victoria se tocó el pecho, donde el relicario descansaba bajo su ropa.
—Hablando de promesas… —dijo ella, desviando la mirada, un poco sonrojada—. Dijiste otra cosa ese día.
El aire en el cuarto cambió. Se volvió eléctrico.
Isaías dio un paso hacia ella. Ya no había escritorio de por medio. Estaban a centímetros. Podía ver las motitas doradas en sus ojos negros.
—Dije que me casaría contigo cuando fuera rico —dijo él, con voz profunda.
Victoria soltó una risita nerviosa.
—Qué tontería, ¿no? Éramos unos niños.
—Yo no bromeaba —dijo Isaías.
La risa de Victoria se murió en su garganta. Alzó la vista, atrapada por la gravedad de la mirada de él.
—Isaías… acabamos de vernos después de 22 años. No nos conocemos. Tú eres un magnate y yo soy… yo soy esto. —Se señaló a sí misma, a su ropa vieja, a su oficina fea—. Somos de mundos diferentes.
—Tú eres lo único real que conozco —dijo él, levantando una mano y, con un atrevimiento que le hizo temblar los dedos, le acomodó un rizo rebelde detrás de la oreja. Su piel estaba caliente—. Y ya soy rico, Victoria. Cumplí mi parte del trato.
Victoria cerró los ojos al contacto de su mano. Por un segundo, se permitió sentir. Sentir la calidez, la promesa, la posibilidad de que la vida no fuera solo lucha y trabajo duro.
Pero luego abrió los ojos y dio un paso atrás.
—No —dijo ella, firme pero suave—. No puedes llegar aquí, después de dos décadas, y pretender que somos novios. No soy un premio que te ganaste por tener éxito.
—Lo sé.
—Si quieres estar en mi vida, Isaías, te lo tienes que ganar. Y no con dinero.
—¿Cómo entonces?
—Conocerme. Al hombre, no al niño. Y tú tienes que conocer a la mujer, no al recuerdo.
Isaías asintió. Le gustaba el reto. Era el negocio más difícil de su vida, y el único que le importaba ganar.
—Una cena —propuso él—. Esta noche. Después de la junta.
—¿Una cena de negocios? —preguntó ella, escéptica.
—No. Una cita. La primera. Sin trajes, sin contratos. Solo tú y yo. Y te prometo que no te llevaré a ningún lugar donde un plato de sopa cueste más que tu sueldo mensual.
Victoria lo pensó. Mordió su labio inferior, un gesto que a Isaías le pareció hipnótico.
—Tengo que terminar el informe de la junta. Salgo a las 9.
—Te espero.
—Y nada de choferes ni guaruras. Quiero ver si todavía sabes caminar por la banqueta sin que te dé miedo.
—Trato hecho.
En ese momento, alguien golpeó la puerta con fuerza.
—¡Victoria! ¡Ya pasaron veinte minutos! —gritó Doña Cata desde afuera—. ¡La gente se está impacientando!
Victoria rodó los ojos y sonrió.
—La jefa llama.
—Vamos —dijo Isaías, abriendo la puerta para ella.
Antes de salir, Victoria se detuvo y lo miró una última vez en la privacidad del cuartucho.
—Isaías…
—¿Sí?
—Me alegra que estés vivo. De verdad.
—Me alegra que me hayas encontrado —contestó él.
Salieron al pasillo y de vuelta al salón lleno de gente. Pero algo había cambiado. Isaías ya no caminaba como un invasor. Caminaba al lado de Victoria, hombro con hombro. Y cuando entraron al salón, y todas las miradas se posaron en ellos, Isaías supo que la verdadera negociación apenas comenzaba.
No iba a comprar el edificio. Iba a reconstruir el barrio. Y en el proceso, iba a intentar reconstruir el corazón de la única mujer que había amado.
Pero no sabía que el destino, celoso de su felicidad, ya estaba preparando la siguiente prueba. Porque el pasado de Victoria tenía sus propios fantasmas, y no todos se solucionaban con buenas intenciones.
CAPÍTULO 5: TACOS, DIAMANTES Y UNA LLAMADA DE AUXILIO
Eran las 9:15 de la noche cuando salieron del Centro Comunitario La Esperanza. La junta había terminado con una tregua frágil: Isaías había prometido públicamente una “revisión exhaustiva” del proyecto y una moratoria de seis meses en cualquier desalojo. Los vecinos no aplaudieron —en el barrio nadie aplaude promesas hasta que se convierten en hechos—, pero al menos dejaron de mirarlo como si quisieran lincharlo.
Afuera, la calle Dr. Vértiz era otra bestia distinta a la del día. La oscuridad no era total gracias a las luces amarillentas del alumbrado público y los neones de las farmacias y tiendas de conveniencia, pero las sombras eran largas y densas.
Beto, el chofer de Isaías, estaba parado junto a la Suburban blindada, fumando un cigarro con nerviosismo, escaneando la calle como si estuviera en una zona de guerra en Medio Oriente. Cuando vio salir a su jefe acompañado de la mujer de los rizos, tiró el cigarro y corrió a abrir la puerta trasera.
—Jefe, vámonos. Hace rato pasaron dos motos muy sospechosas. Esto se va a poner feo.
Isaías se detuvo en la banqueta. El aire nocturno estaba fresco. Se quitó el saco gris de setenta mil pesos, lo dobló con cuidado y se lo entregó a Beto. Luego, empezó a aflojarse la corbata de seda hasta quitársela y guardarla en el bolsillo del pantalón. Se desabotonó el cuello de la camisa y se remangó las mangas hasta los codos.
—No nos vamos, Beto —dijo Isaías con calma—. Llévate la camioneta.
Beto se quedó con la boca abierta, sosteniendo el saco como si fuera un cadáver.
—¿Cómo que me lleve la camioneta? ¿Y usted?
—Yo me quedo. Tengo una cena.
—Jefe, con todo respeto, aquí no hay restaurantes. Aquí hay puestos de lámina y cantinas de mala muerte. Si quiere cenar, lo llevo a Polanco, al Pujol o al Cuerno. Aquí lo van a picar por sus zapatos.
Victoria, que observaba la escena con los brazos cruzados y una sonrisa divertida, intervino.
—Tranquilo, oficial. —Le decía “oficial” a cualquiera que usara traje y chícharo en el oído—. Yo lo cuido. En este barrio, mi cara vale más que su blindaje nivel 5.
Beto la miró con escepticismo, luego miró a Isaías buscando cordura.
—Es una orden, Beto —dijo Isaías, su voz endureciéndose un poco—. Vete a descansar. O espérame en la oficina. Te llamo si necesito que vengas por mí. Pero ahora, lárgate.
El chofer negó con la cabeza, murmurando algo sobre “millonarios locos”, subió a la fortaleza negra y arrancó, perdiéndose en el tráfico de la avenida.
Cuando las luces rojas de la camioneta desaparecieron, Isaías sintió una ligereza extraña. Estaba parado en una de las colonias más peligrosas de la ciudad, sin escolta, con un reloj Patek Philippe en la muñeca (que discretamente se metió en el bolsillo), y nunca se había sentido más seguro.
Se giró hacia Victoria.
—Listo. Sin choferes. Sin guaruras. Solo tú y yo.
Victoria lo evaluó. Sin el saco y la corbata, se veía menos como un tiburón corporativo y más como un hombre. Un hombre guapo, tuvo que admitir.
—¿Seguro que aguantas el ritmo, niño fresa? —bromeó ella—. Aquí no hay meseros que te pongan la servilleta en las piernas.
—Te sorprendería lo que aguanto. ¿A dónde vamos? Me muero de hambre. Y esta vez, yo invito la torta.
Victoria se rió y echó a andar por la banqueta rota.
—No hay tortas a esta hora. A esta hora, el rey es el taco. Sígueme.
Caminaron tres cuadras. Para Isaías, fue un viaje sensorial. El ruido de la cumbia sonando desde una ventana abierta, el ladrido de los perros en las azoteas, el paso acelerado de la gente que regresaba de trabajar.
Llegaron a un puesto de lámina en una esquina, iluminado por un foco desnudo que colgaba de un cable. El letrero, pintado a mano, decía: “TACOS EL GÜERO – SUADERO, TRIPA Y LONGANIZA”.
Había humo. Mucho humo. Una nube blanca y olorosa a grasa, cilantro y cebolla que envolvía a los comensales sentados en bancos de plástico rojo.
—Aquí es —dijo Victoria, saludando al taquero—. ¡Qué pasó, Don Chuy!
El taquero, un hombre robusto con un delantal manchado de gloria culinaria, alzó su cuchillo gigante a modo de saludo.
—¡Vicky! ¡Milagro que vienes! ¿Lo de siempre?
—Sí, Don Chuy. Tres de suadero y dos de tripa, bien doradita. Y un Boing de mango.
Victoria se giró hacia Isaías, desafiante.
—¿Y tú qué vas a querer? ¿Tienen menú de degustación?
Isaías sonrió, inhalando el aroma. Su estómago rugió con una honestidad brutal.
—Cinco de suadero con todo. Y una Coca de vidrio, bien fría.
Se sentaron en los bancos de plástico, en una mesita que cojeaba de una pata. Victoria sacó unas toallitas húmedas de su bolsa y limpió la mesa frenéticamente.
—Costumbre profesional —se disculpó—. La higiene no es el fuerte de Don Chuy, pero el sabor te hace perdonar todo.
Cuando llegaron los tacos, servidos en platos de plástico cubiertos con papel de estraza, Isaías no esperó. Agarró el limón, exprimió con fuerza, echó salsa roja (la que picaba) y le dio una mordida al taco de suadero.
La grasa caliente, la carne suave, la tortilla grasosita.
Cerró los ojos y gimió de placer.
—Dios… —murmuró con la boca llena—. Esto es mejor que el caviar.
Victoria lo miraba fascinada, con su propio taco a medio camino de la boca.
—Comes como si no hubieras comido en años.
—Como comida de plástico todos los días, Victoria. Ensaladas de kale, salmón al vapor, cosas sin alma. Esto… esto tiene alma.
Comieron en un silencio cómodo durante unos minutos. Isaías se manchó un poco la camisa blanca con una gota de salsa, pero no le importó. Victoria notó el detalle y sonrió. El millonario se estaba humanizando.
—Cuéntame —dijo ella, después de terminarse su tercer taco—. Cuéntame los 22 años. La versión real. No la de la revista Forbes.
Isaías dejó su refresco sobre la mesa y suspiró.
—La versión real es aburrida y triste, Vic.
—Pruébame.
—Después de que me escapé del albergue… fui un fantasma. Lavé coches, vendí chicles, cargué bultos en la Central de Abastos. A los 15 años, un arquitecto me vio dibujando en un cuaderno viejo mientras cuidaba su coche. Le gustó mi trazo. Me dio trabajo de “chalán” en su despacho.
—¿Dibujabas?
—Sí. Dibujaba casas. Las casas que soñaba tener.
—¿Y luego?
—Aprendí rápido. Era bueno con los números y mejor con la gente. Entendí que el negocio no era diseñar casas bonitas, sino comprar la tierra donde se construían. A los 20 hice mi primer negocio inmobiliario. A los 25 gané mi primer millón. A los 30 ya era “Don Isaías”.
Victoria lo escuchaba atentamente, analizando cada gesto.
—Suena a historia de éxito. El sueño mexicano.
—Lo es, en el papel. Pero… —Isaías miró alrededor, a la gente comiendo, riendo, platicando en el puesto—. Todo ese tiempo estuve solo. Completamente solo. No confiaba en nadie. Pensaba que todos querían robarme o usarme. No tuve novias reales, solo acompañantes para eventos. No tuve amigos, solo socios.
—¿Y Ricardo? El que estaba en la junta contigo la otra vez.
—Ricardo es leal, pero porque le hago ganar dinero. Si mañana quiebro, no sé si me contestaría el teléfono.
Isaías la miró a los ojos, con una intensidad que la hizo estremecer.
—Tú eras lo único real en mi cabeza. El recuerdo de la niña que me dio su comida sin pedir nada. Me aferré a ese recuerdo como un náufrago a una tabla. Eras mi brújula moral, aunque no estuvieras. Cada vez que iba a hacer algo muy culero en los negocios, pensaba: “¿Qué diría Victoria?”.
—¿Y funcionaba?
—A veces. Otras veces la ambición ganaba. Por eso vine hoy. Porque sentía que me estaba perdiendo del todo.
Victoria estiró la mano sobre la mesa y, por primera vez, tocó la mano de él. Sus dedos rozaron la piel de Isaías.
—No te has perdido, Isaías. Estás aquí, manchado de salsa y comiendo tacos de tripa. Todavía hay esperanza para ti.
—¿Y tú? —preguntó él, volteando la palma para agarrar la mano de ella—. Cuéntame tu historia. ¿Por qué sigues aquí? Con tu inteligencia podrías estar dirigiendo una empresa, o en el gobierno.
Victoria se encogió de hombros, pero no retiró la mano.
—Yo no tuve tanta suerte como tú. Mi abuela enfermó cuando yo tenía 15. Diabetes. Luego le cortaron una pierna. Mis papás se mataban trabajando para pagar las diálisis. Yo tuve que dejar la prepa un año para cuidarla.
—Lo siento mucho.
—No lo sientas. Fue un honor cuidarla. Ella me enseñó todo. Murió en mis brazos. —Victoria miró hacia la calle oscura—. Después, terminé la prepa abierta. Estudié Trabajo Social en la UNAM. Quería entender por qué el sistema nos aplasta. Por qué hay niños como tú en la calle y nadie hace nada.
—Y regresaste al barrio.
—Nunca me fui. Aquí es donde hago falta. Aquí es donde están las batallas reales. —Sus ojos brillaron con fuego—. Veo a chavos de 14 años que ya son halcones del narco porque no tienen otra opción. Veo a niñas embarazadas a los 15. Veo gente buena que pierde su casa por gente como… bueno, como tú eras hasta hoy.
—Es una carga muy pesada para una sola persona, Victoria.
—Alguien tiene que cargarla.
En ese momento, el celular de Victoria, un modelo viejo con la pantalla estrellada, empezó a vibrar y a sonar con un tono genérico.
Ella miró la pantalla y su expresión cambió drásticamente. La suavidad de la cena desapareció. Se tensó como un resorte.
—Tengo que contestar. Es Mateo.
—¿Quién es Mateo?
—Shh. —Victoria contestó—. ¿Mateo? ¿Qué pasa, mi amor? ¿Por qué lloras?
Isaías observó la transformación. Victoria dejó de ser la mujer en una cita y se convirtió en la trabajadora social, en la protectora, en la madre sustituta.
—Tranquilo, respira… ¿Quién te dijo eso?… ¡No pueden hacer eso, es ilegal!… Sí, ya sé que tienes 18, pero el convenio decía que tenías un mes más… ¡Mateo, no te vayas a ir! ¿Dónde estás?
Victoria escuchaba, pálida.
—Ok. No te muevas. Voy para allá. Te lo prometo. No te voy a dejar solo.
Colgó y empezó a guardar sus cosas frenéticamente en su bolsa. Sacó un billete de cincuenta pesos arrugado para pagar los tacos.
—Tengo que irme, Isaías. Perdón. Se acabó la cena.
Isaías puso su mano sobre el billete de ella, deteniéndola.
—Yo pago. Pero dime qué pasa. Te ves asustada.
—Es Mateo. Uno de mis chicos. Acaba de cumplir 18 años la semana pasada. Vivía en una casa hogar temporal. Acaban de echarlo. Ahorita. A las 10 de la noche. Le dijeron que ya es mayor de edad y que necesitan la cama para otro niño.
—¿Está en la calle?
—Está en un parque a seis cuadras, llorando, con su ropa en una bolsa de basura. Es un buen chico, Isaías. Está estudiando la prepa. Si se queda en la calle hoy, los de la Unión se lo van a llevar o le va a pasar algo. Tengo que ir por él.
—Voy contigo.
—No. Es peligroso. Ese parque es punto de venta de droga. Tú quédate, pide un Uber Black y vete a tu castillo.
Victoria se levantó y salió casi corriendo del puesto.
Isaías dejó un billete de quinientos pesos sobre la mesa (Don Chuy abrió los ojos como platos) y corrió tras ella.
—¡Victoria! ¡Espera!
La alcanzó a media cuadra.
—Victoria, no te voy a dejar ir sola a un punto de venta de droga a las 10 de la noche. Estás loca.
—Es mi trabajo, Isaías. Hago esto todos los días.
—Pues hoy no lo haces sola. Vamos.
Caminaron rápido, casi trotando. El ambiente se volvió más pesado a medida que se adentraban en las calles más oscuras de la Doctores. Había menos gente, más miradas desde las esquinas. Isaías sentía la adrenalina, pero esta vez no era miedo por él, era miedo por ella.
Llegaron al Parque Lázaro Cárdenas. Estaba oscuro, mal iluminado. En una banca de concreto, bajo la luz parpadeante de una farola, había una figura encogida.
Un chico flaco, moreno, con una sudadera gris con capucha, abrazando una bolsa negra de plástico. Estaba temblando.
—¡Mateo! —gritó Victoria.
El chico levantó la cabeza. Tenía los ojos hinchados. Al verla, corrió hacia ella y la abrazó como un niño chiquito.
—Vic… no tengo a dónde ir. Me dijeron que ya no había lugar. Me sacaron mis cosas a la banqueta.
Victoria lo abrazó fuerte, acariciándole la espalda.
—Ya, ya. Aquí estoy. No va a pasar nada.
Isaías se quedó a unos pasos, observando. Era como verse en un espejo. Ese chico era él hace 22 años. La misma bolsa de basura. El mismo miedo visceral al futuro. La misma soledad absoluta.
Se le hizo un nudo en la garganta.
Victoria se separó un poco de Mateo.
—Ok, vamos a pensar. Mi departamento es muy chico y sabes que el dueño no me deja meter a nadie más… pero podemos…
La voz de Victoria vaciló. Isaías sabía que ella no tenía solución. No tenía dinero para un hotel, no tenía espacio en su casa. Estaba improvisando con puro corazón.
Isaías dio un paso adelante. La solución era obvia para él. Era fácil.
—Yo lo arreglo —dijo Isaías.
Mateo se tensó y miró a Isaías con desconfianza, notando la ropa cara y la actitud de mando.
—¿Quién es este güey, Vic?
—Es un amigo, Mateo.
—Vamos a un hotel —dijo Isaías, sacando su celular—. Hay un City Express cerca de aquí. Pago una semana por adelantado. O un mes. Lo que necesites. Y mañana le busco un departamento.
Isaías ya estaba abriendo la app para reservar. Problema detectado, problema solucionado con la American Express. Así funcionaba su mundo.
Pero Victoria le puso una mano sobre el celular, bajándoselo.
—No —dijo ella, firme.
—¿Cómo que no? —Isaías estaba atónito—. El chico está en la calle, Victoria. Tengo el dinero. Puedo resolverlo en dos minutos. Deja de ser orgullosa.
—No es orgullo, Isaías. Es que no entiendes.
Victoria se acercó a él, bajando la voz para que Mateo no escuchara todo.
—Si lo metes a un hotel solo, se va a deprimir o se va a escapar. No necesita una habitación de lujo con televisión por cable. Necesita estructura. Necesita no sentirse desechable. Si le das todo resuelto con dinero, le confirmas que él no puede hacerlo solo.
—Entonces, ¿qué hacemos? ¿Lo dejamos aquí?
—No. Buscamos una solución real.
Isaías se sintió frustrado. Quería ser el héroe. Quería sacar la espada (su tarjeta de crédito) y matar al dragón. Pero Victoria le estaba diciendo que el dragón no se mataba así.
Miró a Mateo. El chico lo miraba con una mezcla de envidia y resentimiento. Isaías reconoció esa mirada. Era la mirada que él le lanzaba a la gente rica desde la reja.
Isaías guardó el celular. Respiró hondo. Pensó. No como millonario, sino como alguien que conocía el sistema.
—Ok —dijo Isaías—. Tienes razón. El hotel no sirve.
Pensó en sus conexiones. No las financieras, sino las operativas.
—Tengo un edificio en la calle Bolívar —dijo Isaías—. Es viejo, lo compré para remodelar, pero está habitable. Tengo dos veladores ahí que viven en la planta baja. Son buena gente, ex militares retirados. Tienen un cuarto extra.
Victoria lo miró con interés.
—¿Y?
—No se lo voy a regalar —aclaró Isaías, mirando a Mateo—. Mateo, ¿sabes trabajar?
El chico se enderezó un poco, herido en su orgullo.
—Claro que sé. Sé pintar, sé de electricidad básica y le hago a la albañilería.
—Perfecto —dijo Isaías—. Necesito a alguien que me ayude a limpiar ese edificio y a hacer reparaciones menores antes de que empiece la obra grande. Te ofrezco el cuarto de servicio a cambio de cuidar el lugar y mantenerlo limpio. Y te pago un sueldo semanal por las reparaciones. Es un trabajo, no una limosna. ¿Te interesa?
La dinámica cambió instantáneamente. Mateo ya no era una víctima rescatada por un rico; era un hombre recibiendo una oferta de trabajo.
Mateo miró a Victoria. Ella sonreía levemente, asintiendo.
—¿Es neta? —preguntó Mateo.
—Es neta —dijo Isaías—. Pero hay reglas. Nada de drogas, nada de fiestas, y tienes que seguir yendo a la escuela. Los veladores, Don Roque y Don Luis, van a ser tus jefes. Si fallas, vas para afuera. Trato de hombres.
Isaías extendió la mano.
Mateo dudó un segundo, luego se limpió la mano en el pantalón y estrechó la mano de Isaías. El apretón fue firme.
—Jalo —dijo Mateo.
—Vámonos —dijo Isaías—. Está a diez minutos en Uber.
Una hora después, habían dejado a Mateo instalado. El cuarto era modesto, pero tenía cama, baño y, lo más importante, era seguro. Los veladores lo recibieron bien. Isaías le dio un adelanto de mil pesos “a cuenta de sueldo” para que comprara comida y cosas de aseo.
Cuando salieron del edificio a la calle vacía, ya era casi medianoche.
Victoria se detuvo en la banqueta y miró a Isaías.
—Wow —dijo ella.
—¿Qué?
—Entendiste. No le diste dinero. Le diste dignidad.
Isaías se sintió más orgulloso en ese momento que cuando cerró el trato de 200 millones en la mañana.
—Aprendo rápido. Además… me vi en él. A mí nadie me dio trabajo a esa edad. Ojalá alguien lo hubiera hecho.
Victoria se acercó a él. La calle estaba en silencio. La tensión de la crisis había pasado, dejando espacio para otra tensión, una más cálida y peligrosa.
—Eres un buen hombre, Isaías Mendoza. Debajo de todo ese gel y esa loción cara, hay un corazón enorme.
—Es tu culpa —dijo él, bajando la voz—. Tú lo despertaste. Estaba hibernando.
Estaban muy cerca. Isaías podía oler el shampoo de ella, podía ver el cansancio en sus ojos, pero también la admiración.
—Debería irme a casa —susurró ella, aunque no se movió.
—Te llevo. Pido un coche.
—Vivo a tres cuadras. Caminamos.
Caminaron despacio, rozando los brazos de vez en cuando. Llegaron a la puerta del edificio de departamentos de Victoria, un bloque de concreto de los setenta, un poco despintado pero digno.
—Gracias —dijo ella, recargándose en el portón de herrería—. Por los tacos. Y por Mateo. Sobre todo por Mateo.
—Gracias a ti. Por recordarme a qué saben los tacos de verdad.
Isaías quería besarla. Lo deseaba con cada célula de su cuerpo. Pero sabía que no podía. No todavía. Había prometido ganársela, y un beso robado en la primera cita parecería un pago por su ayuda con Mateo.
Así que hizo algo mejor.
Tomó la mano de Victoria, la levantó y besó suavemente sus nudillos, justo donde tenía un pequeño callo por escribir.
—Descansa, Victoria. Mañana tengo que ver cómo convenzo a mis socios de que vamos a congelar rentas y abrir un consultorio gratuito. Voy a necesitar suerte.
Victoria sintió un corrientazo eléctrico subir por su brazo.
—No necesitas suerte, Isaías. Tienes el listón rojo.
Ella sonrió, sacó sus llaves y abrió la puerta.
—Buenas noches, millonario.
—Buenas noches, mi amor —susurró él, pero lo dijo tan bajo que ella ya había cerrado la puerta y probablemente no lo escuchó.
O tal vez sí.
Isaías se quedó parado un momento frente al edificio, solo en la calle oscura. Sacó su celular para pedir el Uber que lo llevaría de regreso a su torre de cristal en Santa Fe.
Mientras esperaba, sacó el llavero de su bolsillo. A la luz de la pantalla del celular, el listón rojo parecía brillar.
—Un paso a la vez —se dijo a sí mismo—. Un paso a la vez.
Pero mientras el Uber llegaba, Isaías no sabía que la verdadera tormenta estaba por llegar. Porque en el mundo de los negocios, la bondad se castiga. Y sus socios, esos tiburones a los que había mantenido a raya con dinero, no iban a estar nada contentos con su “nuevo corazón”. La guerra por el barrio apenas comenzaba, y él acababa de cambiarse de bando.
CAPÍTULO 6: TIBURONES EN AGUAS TURBIAS
La mañana siguiente al reencuentro, Isaías Mendoza no despertó con la alarma de su celular, sino con una sensación extraña en el pecho. No era ansiedad, esa vieja amiga que le oprimía las costillas cada amanecer. Era algo más ligero, casi efervescente.
Por primera vez en años, despertó con ganas.
Se levantó de la cama King Size, pero en lugar de su rutina robótica de café expreso y noticias financieras, se detuvo frente al espejo del baño. Se vio las ojeras, menos marcadas que de costumbre. Se vio la sonrisa estúpida que se le escapaba al recordar los tacos y la caminata nocturna con Victoria.
—Te estás ablandando, Mendoza —se dijo a sí mismo mientras se rasuraba—. Y te gusta.
Eligió un traje azul marino, una camisa blanca impecable y, en un acto de rebeldía sutil, decidió no usar corbata. Se sentía invencible. Había encontrado a Victoria. Había ayudado a Mateo. Tenía un plan para transformar el barrio sin destruirlo. ¿Qué podía salir mal?
La respuesta lo esperaba en el piso 50 de la Torre Mayor.
En cuanto las puertas del elevador se abrieron, Isaías notó el cambio en la atmósfera. Usualmente, su oficina era un panal de actividad silenciosa y eficiente: teléfonos sonando bajo, teclados tecleando a ritmo constante, el olor a café de grano y ambición.
Hoy, había un silencio sepulcral.
Las secretarias no levantaron la vista cuando pasó. Los analistas junior fingieron estar inmersos en sus pantallas. Karla, su asistente personal y leal escudera, lo esperaba en la puerta de su despacho. Estaba pálida, mordiéndose una uña, algo que nunca hacía.
—Buenos días, Karla —saludó Isaías con energía—. Cancela mi almuerzo con los del banco. Tengo que ir a la Doctores a ver unos asuntos de la obra.
Karla no se movió.
—Licenciado… no puede ir a la Doctores.
Isaías se detuvo, con la mano en la perilla de su puerta.
—¿Cómo que no puedo? Soy el dueño de esta empresa, Karla. Voy a donde se me pega la gana.
—Están todos adentro —susurró ella, señalando la puerta cerrada del despacho de Isaías con un movimiento tembloroso de cabeza—. El Consejo en pleno. Llegaron hace una hora.
El estómago de Isaías dio un vuelco. El “Consejo” no se reunía sin convocatoria previa. Y mucho menos en su oficina privada. Eso solo significaba una cosa: Emboscada. O en términos corporativos mexicanos: un “madruguete”.
La euforia de la mañana se evaporó. El tiburón que vivía dentro de él, ese que había estado dormido la noche anterior gracias a los ojos de Victoria, despertó de golpe, hambriento y alerta.
—Gracias, Karla. Tráeme un café negro. Doble.
Isaías abrió la puerta de su despacho.
Adentro, sentados en sus sofás de piel italiana y alrededor de su mesa de conferencias, estaban los cinco hombres que poseían el 49% de Grupo Mendoza.
Estaba Salazar, un hombre de setenta años con apellido de abolengo y dinero viejo, que despreciaba a los nuevos ricos como Isaías pero amaba sus dividendos.
Estaba Montiel, el financiero agresivo, un tipo que veía la vida en hojas de Excel y para quien las personas eran solo “costos operativos”.
Estaban los hermanos Covarrubias, dos herederos inútiles que solo votaban lo que Salazar les dijera.
Y estaba Ricardo.
Su amigo. Su socio fundador. El único que conocía la historia del listón rojo. Ricardo estaba de pie junto a la ventana, dándole la espalda a la sala, mirando hacia el Ángel de la Independencia. No se giró cuando Isaías entró.
—Caballeros —dijo Isaías, cerrando la puerta tras de sí con suavidad, aunque quería azotarla—. No sabía que teníamos junta. ¿De qué se trata la fiesta?
Salazar, apoyado en su bastón con empuñadura de plata, fue el primero en hablar.
—No es una fiesta, Isaías. Es una intervención.
Isaías caminó hacia su escritorio, sentándose en su silla presidencial de respaldo alto. Necesitaba esa altura. Necesitaba recordarles quién mandaba.
—¿Intervención? ¿Qué soy, alcohólico?
—Eres un riesgo —disparó Montiel, lanzando una carpeta sobre el escritorio de Isaías. Se deslizó por la caoba pulida hasta detenerse frente a él—. Un riesgo fiduciario, reputacional y, francamente, mental.
Isaías ni siquiera miró la carpeta. Clavó sus ojos en Montiel.
—Explícate, antes de que te despida por insubordinación.
—No puedes despedirnos a todos, Isaías —dijo Salazar con voz suave y venenosa—. Tenemos los estatutos. Cláusula 24: “El CEO puede ser removido por votación mayoritaria si sus acciones ponen en peligro inminente la viabilidad financiera de la empresa”.
—¿Viabilidad financiera? —Isaías soltó una risa seca—. Les acabo de dar el trimestre con mayores ganancias en la historia de la empresa. Las acciones subieron un 12% el mes pasado. ¿De qué demonios hablan?
—Hablamos de anoche —dijo Ricardo. Finalmente se giró. Su rostro estaba demacrado, lleno de culpa, pero también de determinación.
Isaías sintió una puñalada en la espalda.
—¿Anoche?
—Hablamos de tu “show” en el Centro Comunitario —dijo Ricardo, evitando mirarlo a los ojos—. Y de lo que hiciste después.
Montiel abrió su laptop y la giró para que Isaías viera.
Era un video. Un video grabado con celular, vertical, movido y con mala iluminación. Pero el audio era claro.
Era el momento en que Isaías, arrodillado frente a Victoria, decía: “Prometo revisar el proyecto. Nada de desalojos. Renta congelada”.
Y luego, otro video. Isaías afuera del edificio en la calle Bolívar, hablando con los veladores a medianoche: “Dejen entrar al chico. Yo pago. Denle el cuarto de servicio”.
—Tienes espías siguiéndome —dijo Isaías, mirando a Ricardo con incredulidad—. ¿Tú, Ricardo? ¿Me pusiste cola?
—No fui yo —se defendió Ricardo—. Fue seguridad corporativa. Beto reportó movimientos inusuales. Es protocolo, Isaías. Te quedaste solo en una zona roja. Tienen orden de proteger el activo más valioso de la empresa: tú.
—¡Soy una persona, no un activo!
—Para efectos de la bolsa de valores, eres un activo —intervino Salazar—. Y un activo que está perdiendo la cabeza por una falda.
Isaías se levantó de golpe. La silla cayó hacia atrás con un estruendo.
—¡Cuidado con lo que dices, Salazar!
—Es la verdad, muchacho. —Salazar no se inmutó—. Llevas cinco años obsesionado con esa búsqueda. Te lo toleramos porque dabas resultados. Pero ahora… ahora estás comprometiendo el patrimonio. ¿Renta congelada por diez años? ¿En la zona de mayor crecimiento de la ciudad? Eso es suicidio financiero. Estás regalando millones de pesos. Y luego… meter a un vagabundo a una de nuestras propiedades. ¿Qué sigue? ¿Vas a convertir nuestras torres en albergues para perros?
—Ese “vagabundo” es un empleado ahora. Y esa “falda” es la razón por la que tengo una conciencia.
—¡No te pagamos para tener conciencia! —gritó Montiel, golpeando la mesa—. ¡Te pagamos para tener utilidades! Somos una inmobiliaria, Isaías, no la Madre Teresa de Calcuta. Los inversionistas quieren retorno, no karma.
El aire en la habitación estaba cargado de estática. Era una guerra de visiones. El capitalismo salvaje contra la redención personal de Isaías.
—Ese proyecto en la Doctores se va a hacer —dijo Isaías, bajando la voz a un tono peligroso—. Pero se va a hacer a mi manera. Vamos a integrar a la comunidad. Vamos a demostrar que se puede hacer negocio sin destruir el tejido social. Se llama Capitalismo Consciente, Montiel. Lee un libro de vez en cuando.
—Se llama locura de amor —reviró Salazar—. Y no lo vamos a permitir.
Salazar se puso de pie con dificultad, apoyándose en su bastón.
—Te damos dos opciones, Isaías. Opción A: Te retractas públicamente de tus promesas, sigues con el plan original de desalojo y demolición, y te tomas unas vacaciones de un mes para que se te enfríe la cabeza. Nosotros manejamos la operación mientras tanto.
—¿Y la Opción B?
—Opción B: Convocamos a una asamblea extraordinaria de accionistas mañana mismo. Presentamos evidencia de tu comportamiento errático. Los videos, los gastos injustificados en la búsqueda de esa mujer, el desvío de recursos de la empresa para fines personales. Te destituimos como CEO. Te quedas con tus acciones, claro, pero pierdes el control. Te conviertes en un millonario de adorno.
Isaías miró a Ricardo. Su amigo tenía la mirada clavada en el piso.
—¿Tú estás con ellos, Ricardo?
Ricardo levantó la vista. Había dolor en sus ojos.
—Isaías… el proyecto de la Doctores es mi bebé también. Tengo todo mi capital metido ahí. Si congelas las rentas, quiebro. No tengo tu colchón de dinero. Lo siento, hermano. Pero tienes que entrar en razón. Esa mujer te está manipulando.
—Esa mujer vale más que todos ustedes juntos.
Isaías rodeó el escritorio y caminó hacia la puerta.
—¿A dónde vas? —preguntó Montiel—. Necesitamos una respuesta.
—Van a tener su respuesta —dijo Isaías, abriendo la puerta—. Pero no ahora. Tengo trabajo que hacer.
—Si sales por esa puerta sin firmar el acuerdo de la Opción A, asumimos que vas a la guerra —advirtió Salazar.
Isaías se giró, con una sonrisa fría y afilada.
—Señores, yo nací en la guerra. Ustedes solo la leyeron en el Wall Street Journal. Preparen sus abogados. Van a necesitarlos.
Salió y azotó la puerta.
El sonido retumbó en todo el piso 50. Karla lo miró con los ojos abiertos como platos.
—Karla —dijo Isaías mientras caminaba rápido hacia el elevador—, consígueme todos los reportes financieros del proyecto Doctores. Y llama a mi abogado personal, no al de la empresa. Al externo. Que me vea en el Starbucks de enfrente en diez minutos.
—Sí, licenciado.
Isaías entró al elevador. Cuando las puertas de acero se cerraron, dejándolo solo, se permitió temblar. Solo un segundo.
Se tocó el bolsillo donde guardaba el listón rojo.
—No voy a perder —susurró—. No te voy a fallar, Victoria.
Dos horas después, Isaías estaba sentado en una mesa del fondo de un café, rodeado de papeles. Su abogado, un tipo joven y brillante llamado David, revisaba los estatutos de la empresa.
—Está complicado, Isaías —dijo David, quitándose los lentes—. Tienen mayoría si Ricardo vota con ellos. Y con lo de la “inestabilidad mental”… es sucio, pero efectivo. Si filtran a la prensa que el CEO de Grupo Mendoza está tomando decisiones irracionales por “amor”, las acciones se van a desplomar. Los accionistas van a pedir tu cabeza para salvar su dinero.
—Necesito tiempo, David. Necesito demostrar que mi modelo es rentable.
—Necesitas un milagro. O necesitas que Victoria desaparezca de la ecuación.
Isaías miró a David con furia.
—Eso no va a pasar.
—Entonces necesitas que Victoria deje de ser una debilidad y se convierta en una fortaleza. Tienes que legitimar tu relación con ella y con el proyecto social. Tienes que venderle al mundo que esto no es un capricho romántico, sino una estrategia brillante de responsabilidad social.
El celular de Isaías vibró.
Era una notificación de noticias. El Financiero.
El titular le heló la sangre: “RUMORES DE QUIEBRE EN GRUPO MENDOZA: ¿EL CEO PIERDE LA RAZÓN? Fuentes internas aseguran que Isaías Mendoza desvía millones para ‘proyectos fantasma’ en zonas marginadas.”
—Malditos —gruñó Isaías—. Salazar no esperó a mañana. Ya soltó a los perros.
En ese momento, entró una llamada. Era Victoria.
Isaías contestó de inmediato.
—Victoria, no leas las noticias.
—Isaías —la voz de ella sonaba tensa, pero no por las noticias—. Tienes que venir al Centro Comunitario. Ahora.
—No puedo, estoy en medio de…
—Isaías, es la policía. Y gente del ayuntamiento. Traen una orden de clausura del Centro. Dicen que el edificio tiene “daño estructural” y es inhabitable. Van a poner sellos y a sacarnos a todos.
—¿Qué? Eso es mentira. El edificio es viejo pero sólido.
—Dicen que hubo una “denuncia anónima” esta mañana. Isaías… creo que esto es por tu culpa.
El mundo se detuvo.
Claro. Era la jugada maestra de Salazar. Si no podían controlar a Isaías, destruirían el objeto de su deseo. Clausurar el Centro, dispersar a la comunidad, humillar a Victoria. Demostrarle a Isaías que su poder tenía límites.
—No te muevas, Victoria. No dejes que entren.
—Tienen granaderos, Isaías. No puedo detenerlos con una carpeta.
—Voy para allá.
Isaías colgó. Miró a David.
—Me tengo que ir. Prepara un amparo contra la destitución. Gáname 48 horas.
—Isaías, si vas allá y te peleas con la policía, te van a arrestar. Y si te arrestan, Salazar gana automáticamente. La cláusula de “conducta criminal” es inmediata.
—Entonces tendré que asegurarme de que no sea un crimen.
Isaías salió corriendo del café, cruzó Reforma esquivando coches y se subió a un taxi, ya que Beto y la camioneta seguramente tenían órdenes de no moverlo.
El trayecto a la Doctores fue una agonía. El tráfico parecía conspirar en su contra. Isaías iba revisando su teléfono, haciendo llamadas, moviendo sus propias fichas. Llamó a un contacto en la alcaldía. Llamó a un periodista que le debía un favor. Llamó a Mateo.
—Mateo, ¿estás en el edificio de Bolívar?
—Sí, patrón. Aquí ando barriendo.
—Deja la escoba. Necesito que vayas al Centro Comunitario. Llévate a los veladores. No a pelear, a grabar. Necesito testigos.
Cuando el taxi finalmente llegó a la calle Dr. Vértiz, la escena era un caos.
Había tres patrullas y una camioneta de Protección Civil bloqueando la entrada. Una cinta amarilla de “PRECAUCIÓN” ya cruzaba la puerta. Había vecinos gritando, empujando a los policías.
Isaías vio a Victoria. Estaba parada en la escalinata, bloqueando la puerta con su propio cuerpo. Se veía pequeña frente a los dos inspectores gordos de chaleco naranja que le gritaban cosas.
Isaías bajó del taxi y corrió. Pero no corrió como loco. Se abotonó el saco. Se alisó el cabello. Adoptó su postura de poder.
Se abrió paso entre la gente.
—¡Permiso! ¡Atrás!
Llegó a la barrera policial.
—¿Quién es usted? —le ladró un policía con escudo.
—Soy Isaías Mendoza. Dueño del predio.
El nombre tuvo efecto. El policía bajó el escudo.
Isaías cruzó la línea y subió las escaleras hasta llegar a Victoria. Ella estaba temblando de rabia, con los ojos llenos de lágrimas de frustración. Cuando lo vio, su expresión se suavizó un segundo, pero luego se endureció.
—Esto es obra de tus socios, ¿verdad? —preguntó ella. No era una acusación, era una deducción.
—Sí. Es un mensaje para mí. Usándote a ti.
—Pues diles que su mensaje apesta. No me voy a quitar.
El inspector de Protección Civil, un tipo sudoroso con una tabla de sujetapapeles, se acercó.
—Señor Mendoza. Tenemos reporte de falla estructural grave en vigas maestras. Procedemos a clausura inmediata por seguridad pública.
—Enséñeme el dictamen técnico —exigió Isaías.
—El dictamen se elabora después. Ahorita es preventivo.
—Eso es ilegal y usted lo sabe.
—Mire, joven, yo solo sigo órdenes de arriba. Si no quita a la señorita, la vamos a tener que mover por la fuerza. Obstrucción de la autoridad.
El inspector hizo una señal. Dos policías mujeres avanzaron hacia Victoria, con las esposas en la mano.
—¡No la toquen! —gritó Isaías.
Se puso delante de Victoria, usándose como escudo humano.
—Si la tocan a ella, me tienen que llevar a mí también.
—Señor Mendoza, no se meta en problemas… —advirtió el inspector.
—¡Me meto en los problemas que quiero! —Isaías sacó su celular y empezó a transmitir en vivo en su cuenta de Twitter (X), donde tenía 50 mil seguidores del mundo de negocios.
—Soy Isaías Mendoza, CEO de Grupo Mendoza —dijo a la cámara, con la voz firme—. Estoy en el Centro Comunitario La Esperanza. Autoridades corruptas, coludidas con intereses oscuros dentro de mi propia empresa, están intentando desalojar ilegalmente a una asociación civil. Hago responsable al Alcalde y a mis socios Ricardo Silva y Alfonso Salazar de cualquier daño a mi persona o a la directora Victoria Hernández.
El inspector palideció. Una cosa era golpear a vecinos pobres; otra era arrestar en vivo a uno de los empresarios más famosos de la ciudad.
—Corten eso —ordenó el inspector—. Vámonos.
—¿Cómo que vámonos, jefe? —preguntó un policía.
—¡Que vámonos! Se calentó la plaza. No me pagan para salir en las noticias.
El inspector arrancó la cinta amarilla de mala gana, le lanzó una mirada de odio a Isaías y ordenó la retirada. Las patrullas se fueron tan rápido como llegaron.
Los vecinos estallaron en vítores. “¡Sí se pudo! ¡Sí se pudo!”.
Victoria no gritó. Se dejó caer sentada en los escalones, le fallaron las piernas por la adrenalina que se iba.
Isaías se sentó a su lado, sin importarle ensuciar el traje de 30 mil pesos. Apagó el celular.
—Estás loco —le dijo ella, mirándolo con una mezcla de shock y adoración—. Acabas de declarar la guerra en vivo.
—Ya estaba declarada, Vic. Solo la hice pública.
—Tus socios te van a comer vivo.
—Que lo intenten. —Isaías le tomó la mano. Su pulso todavía estaba acelerado—. Pero no te voy a mentir. Esto se va a poner feo. Me van a quitar el puesto. Tal vez me congelen las cuentas. Puede que por un tiempo… puede que por un tiempo no sea rico.
Victoria lo miró. Vio al hombre detrás del traje. Vio al niño que compartió su miedo y su hambre.
Ella apretó su mano con fuerza.
—¿Y eso qué importa? —dijo ella con una sonrisa fiera—. Tú dijiste que te casarías conmigo cuando fueras rico. Pero nunca dijiste que tenías que seguir siéndolo para quedarte conmigo.
Isaías sintió que el pecho se le expandía.
—¿Eso significa que te vas a quedar? ¿Aunque se venga la tormenta?
—Isaías —dijo Victoria, acercándose a él hasta que sus frentes se tocaron—. Yo sobreviví al invierno del 98 con un suéter y media torta. ¿Crees que le tengo miedo a unos viejitos de traje? Vamos a pelear. Y vamos a ganar.
—¿Juntos?
—Juntos. Pero vas a necesitar una oficina nueva, porque creo que mañana ya no te van a dejar entrar a la Torre Mayor.
—Tengo una mejor idea —dijo Isaías, mirando el edificio viejo del Centro Comunitario—. ¿Tienes espacio aquí para un escritorio?
Victoria se rió.
—Solo en el cuarto de escobas. Junto a los trapeadores.
—Perfecto. Desde ahí voy a reconstruir mi imperio.
Se besaron. Fue un beso rápido, con sabor a peligro y a victoria, en medio de la calle, con los vecinos celebrando alrededor.
Pero Isaías sabía que la batalla real apenas empezaba. Salazar no se detendría. Ricardo estaba herido. Y la prensa iba a destrozarlos al amanecer.
Sin embargo, mientras abrazaba a Victoria, Isaías tocó el listón rojo en su bolsillo. Por primera vez en su vida, no tenía miedo de perderlo todo. Porque por primera vez, tenía algo por lo que valía la pena perderlo todo.
A lo lejos, un coche negro con vidrios polarizados observaba la escena. Ricardo bajó la ventanilla unos centímetros, miró a su amigo feliz entre la “chusma”, y marcó un número en su teléfono.
—Sí, Salazar. Lo hizo. Se puso del lado de ellos… Procede con la Opción B. Destrúyelo.
Ricardo colgó, con una lágrima solitaria rodando por su mejilla, y el coche arrancó, desapareciendo en la noche de la ciudad que nunca perdona.
CAPÍTULO 7: EL IMPERIO DEL CUARTO DE ESCOBAS
La caída de Isaías Mendoza no fue con una explosión, sino con un pitido digital. Un beep agudo y humillante.
Eran las 8:00 de la mañana del día siguiente. Isaías estaba en el Starbucks de Reforma, intentando comprar un café del día y un bagel antes de enfrentar a sus abogados.
—Lo siento, señor —dijo el cajero, un chico con acné y cara de pena—. La tarjeta fue rechazada.
Isaías frunció el ceño. Sacó la Platinum.
—Prueba esta.
—Beep. Rechazada también. Dice “Fondos Congelados / Retención de Seguridad”.
Isaías sintió que el frío le subía por la nuca. Sacó la Black ilimitada. La que usaba para comprar edificios.
—Beep. Rechazada.
La fila detrás de él empezó a impacientarse. Un “godínez” de traje gris suspiró ruidosamente.
—¿Va a pagar o no, joven? Se nos hace tarde.
Isaías, el hombre que ayer valía millones, se buscó en los bolsillos. Encontró un billete de cincuenta pesos arrugado (el cambio de los tacos) y unas monedas.
—Cóbrate el café. Olvida el bagel.
Salió a la calle con su vaso de cartón ardiendo en la mano y el orgullo en el suelo. Su teléfono vibró. Un correo electrónico de la Dirección Jurídica de Grupo Mendoza.
“NOTIFICACIÓN DE SUSPENSIÓN TEMPORAL DE FUNCIONES Y CONGELAMIENTO PREVENTIVO DE ACTIVOS POR INVESTIGACIÓN INTERNA.”
Ahí estaba. La Opción B de Salazar. No solo lo habían despedido; lo habían asfixiado. Habían alegado “malversación de fondos” para que un juez congelara sus cuentas personales mientras duraba la “auditoría”. Podía tardar meses.
Isaías miró hacia la Torre Mayor. Su castillo. Sus guardias de seguridad, esos a los que él les daba aguinaldo doble, ahora tenían su foto en la recepción con la leyenda: NO DEJAR PASAR.
Estaba fuera.
Sin oficina. Sin dinero. Sin chofer.
Solo tenía su traje (que ya necesitaba tintorería), su laptop personal, su teléfono y el listón rojo.
Paró un taxi de la calle.
—A la colonia Doctores. Calle Dr. Vértiz.
—Son ochenta pesos, jefe.
Isaías contó sus monedas. Tenía sesenta y cinco.
—Te doy mi reloj si me llevas —dijo, medio en broma.
El taxista se rió.
—Súbale, güero. A ver si es cierto que muy salsa. Con los sesenta la armamos.
Cuando Isaías llegó al Centro Comunitario La Esperanza, no parecía un conquistador. Parecía un náufrago.
El edificio seguía rodeado de vecinos vigilando que no regresara la policía. Cuando vieron bajar a Isaías del taxi rosa con blanco, hubo un silencio incómodo. Esperaban verlo llegar en su nave espacial blindada.
—¿Y la camioneta, patrón? —preguntó Mateo, que estaba barriendo la entrada con un entusiasmo renovado.
—Se le acabó la gasolina, Mateo —mintió Isaías, forzando una sonrisa—. Hoy toca a pie.
Entró al salón principal. Victoria estaba organizando despensas con Doña Cata. Cuando lo vio, dejó caer una bolsa de arroz.
—Llegaste —dijo ella, como si temiera que no lo hiciera.
—Te dije que vendría. Tengo que cumplir mi horario de oficina, ¿no?
Victoria notó la falta de corbata, el cansancio en los ojos y, sobre todo, la falta de séquito.
—¿Te lo quitaron todo? —preguntó ella en voz baja, acercándose.
—Todo lo que ellos creen que importa —dijo Isaías—. Cuentas congeladas. Acceso denegado. Hasta me cancelaron el plan de datos del celular corporativo hace diez minutos. Soy oficialmente un indigente con traje de Hugo Boss.
Doña Cata soltó una carcajada seca desde la mesa.
—Pues bienvenido al club, “mijo”. Aquí todos somos indigentes con estilo. Pásale a tu oficina, ya te la barrí. Hasta te conseguí una silla que no cojea… tanto.
La Mudanza
La “oficina” era, efectivamente, el cuarto de escobas. Pero Victoria había hecho magia.
Habían sacado las cubetas y los trapeadores al pasillo. Habían puesto una mesa de plástico plegable como escritorio. Había una lámpara de buró que daba una luz cálida. Y en la pared, justo enfrente de la silla, Victoria había pegado con diurex la foto impresa de la noticia del periódico de ayer: Isaías enfrentando a la policía.
Isaías entró, dejó su laptop sobre la mesa de plástico y se sentó. La silla rechinó. Ñeeeec.
—Es perfecto —dijo él.
Victoria se recargó en el marco de la puerta.
—No hay aire acondicionado. Y el internet es robado del vecino, así que a veces se va cuando usan el microondas.
—Me las arreglaré.
—Isaías… —Victoria se puso seria—. ¿Qué vamos a hacer? Sin tu dinero, la defensa legal del edificio se complica. El amparo cuesta. Los peritos cuestan.
Isaías abrió su laptop. Conectó el Wi-Fi “Familia_Perez_24”.
—No tengo liquidez, Vic. Pero tengo algo que Salazar y Ricardo no tienen.
—¿Qué?
—Tengo hambre. —Isaías la miró con esos ojos de lobo que habían construido un imperio—. Y tengo información. Conozco los puntos débiles del proyecto porque yo lo diseñé. Sé dónde cortaron esquinas. Sé qué permisos son “chuecos”. No necesitamos dinero para ganarles; necesitamos exponerlos.
—Guerra de guerrillas —sonrió Victoria.
—Exacto. Pero necesitamos flujo de caja para sobrevivir la semana. Para pagar la luz, el agua y la comida de Mateo.
Isaías se quitó el reloj Patek Philippe de la muñeca. Un reloj de 25 mil dólares.
Se lo extendió a Victoria.
—Véndelo.
Victoria miró el reloj como si fuera una bomba radiactiva.
—Isaías, eso vale más que mi vida entera.
—Es solo metal y engranajes. Véndelo en el Monte de Piedad. O con algún joyero del centro que no haga preguntas. Danos oxígeno para pelear un mes.
—No puedo aceptar esto. Es tuyo.
—Era del “otro” Isaías. El que necesitaba saber la hora exacta para no llegar tarde a juntas que no importaban. El Isaías de hoy solo necesita saber cuándo es hora de comer tacos contigo.
Victoria tomó el reloj. Sus dedos rozaron los de él.
—Eres un loco.
—Tómalo como mi aportación a la “cuota de mantenimiento” del edificio.
La Transformación
Los siguientes días fueron una metamorfosis brutal.
Isaías Mendoza, el CEO que no se servía su propio café, aprendió a trapear. Aprendió a cambiar fusibles. Aprendió que si no llegas temprano a la tortillería, te toca la masa fría.
Pero, sobre todo, aprendió a escuchar.
Su “oficina” en el cuarto de escobas se convirtió en el confesionario del barrio. Al principio, la gente entraba con desconfianza, solo para ver al “animal de zoológico”: el millonario caído en desgracia.
Pero Isaías los recibía.
—Pásale, Doña Rosa. ¿En qué le ayudo?
—Pues fíjese, joven, que el banco me quiere quitar mi puesto de tamales por un préstamo de cinco mil pesos que ya pagué tres veces con los intereses.
Isaías sacaba su laptop. Abría Excel.
—A ver, tráigame sus papeles. Vamos a hacer una reestructuración de deuda. Si esos usureros quieren pelear, les vamos a contestar con la ley en la mano.
En una semana, Isaías había asesorado a quince vecinos. Evitó dos embargos, renegoció tres deudas y le enseñó a Mateo cómo hacer un presupuesto para que sus mil pesos le duraran la semana.
El barrio empezó a llamarlo “El Licenciado del Pueblo”.
Pero la amenaza de Grupo Mendoza seguía latente. Los abogados de Salazar mandaban notificaciones diarias. “Aviso de Demolición inminente”. “Demanda por ocupación ilegal”.
El reloj vendido había dado 300 mil pesos (una fracción de su valor, pero una fortuna en la Doctores). Con eso, Isaías contrató a un perito estructural independiente y honesto para demostrar que el edificio no tenía daño. Pagaron los recibos atrasados. Compraron comida para el comedor comunitario.
Pero el dinero se acababa rápido.
Una tarde lluviosa, Victoria entró al cuarto de escobas con dos tazas de café y cara de preocupación.
—Se nos acaba el varo, Isaías. El perito cobró caro. Y la luz subió. Nos quedan dos semanas de operación. Si no generamos ingresos, vamos a tener que cerrar el comedor. Y si cerramos el comedor, perdemos el apoyo de la gente.
Isaías se frotó las sienes. Llevaba la misma camisa desde hacía dos días.
—Necesitamos un modelo de negocio, Vic. No podemos vivir de donaciones ni de vender mis joyas. Ya no tengo joyas.
—¿Modelo de negocio? Somos una ONG, Isaías. No vendemos nada.
—Ese es el error. —Isaías se puso de pie y empezó a caminar en círculos en el espacio de dos metros—. Tenemos un activo: la gente. Tenemos mano de obra. Tenemos talento. Tenemos una cocina industrial.
Miró el pizarrón de corcho donde Victoria tenía pegados los horarios.
—Doña Rosa hace los mejores tamales del mundo, ¿cierto?
—Sí.
—Y Mateo aprendió a soldar en el reformatorio.
—Ajá.
—Y el señor Luis era carpintero antes de perder la vista de un ojo.
Isaías empezó a dibujar en el pizarrón con un marcador rojo.
—Vamos a dejar de pedir limosna. Vamos a crear una cooperativa. La Marca Barrio.
—¿Qué?
—Vamos a vender servicios corporativos. Catering para oficinas con la comida de Doña Rosa, pero empaquetada gourmet. Muebles artesanales hechos por Don Luis y Mateo. Y yo… yo voy a vender consultoría.
—¿Tú?
—Sí. Conozco a la mitad de los empresarios de esta ciudad. Me odian, pero saben que soy bueno. Voy a ofrecer “Consultoría de Impacto Social”. Les voy a enseñar a no ser unos idiotas con sus comunidades. Y les voy a cobrar caro. Y todo ese dinero va al fondo del Centro.
Victoria lo miraba con la boca abierta.
—¿Vas a venderle consejos a los mismos tipos que quieren destruirnos?
—No. Voy a usar su dinero para salvarnos. Es como Robin Hood, pero con facturas deducibles de impuestos.
El Sabotaje
El plan era brillante. Pero Ricardo y Salazar no estaban dormidos.
Dos días después, mientras Isaías y Victoria presentaban el plan de la cooperativa a los vecinos en el salón principal, se fue la luz.
No fue un apagón normal. Se escuchó una explosión afuera. ¡PUM!
Mateo entró corriendo, pálido.
—¡Patrón! ¡Vic! ¡Alguien aventó una cadena al transformador de la esquina! ¡Tronó todo!
Salieron a la calle. Estaba oscuro. El transformador echaba chispas.
—Y eso no es todo —dijo Mateo, señalando la fachada del Centro.
Alguien había pintado con spray negro sobre el mural de las palomas: LÁRGUENSE O SE MUEREN.
Los vecinos estaban asustados. Doña Cata se persignaba.
—Esto ya es otro nivel —dijo un vecino—. Nos van a matar. Mejor entregamos el edificio.
El miedo se esparció como gas venenoso. Isaías vio cómo la esperanza que había construido en una semana se desmoronaba. Si los vecinos cedían, Grupo Mendoza ganaba.
Isaías sintió la impotencia. Sin dinero, no podía contratar seguridad privada. Sin luz, no podían operar.
Victoria estaba paralizada viendo la pintada.
—Es mi culpa —susurró ella—. Los puse en peligro a todos por pelear una guerra que no podemos ganar.
Isaías la tomó de los hombros y la giró para que lo viera.
—No. Esto es señal de que tienen miedo, Victoria.
—¿Miedo? Tienen el poder, Isaías. Tienen la luz. Tienen el dinero.
—Si estuvieran seguros de ganar legalmente, no harían esto. Esto es desesperación. Ricardo está nervioso. Salazar está impaciente. Están cometiendo errores.
Isaías se subió a una de las bancas de concreto de la entrada.
—¡Escúchenme todos! —gritó. Su voz resonó en la calle oscura—. ¡Quieren que tengamos miedo! ¡Quieren que corramos como ratas!
La gente lo miró. Iluminados por las linternas de los celulares, sus rostros eran máscaras de duda.
—Yo conozco a estos hombres. Me senté en su mesa. Bebí su vino. ¿Saben qué es lo único que respetan? La fuerza. Si nos vamos hoy, mañana tiran sus casas. No se van a detener con el Centro. Van por todo.
—¡Pero no tenemos luz! —gritó alguien.
—¡Entonces usaremos velas! —respondió Isaías—. ¡No tenemos seguridad, entonces nos cuidaremos nosotros! Mateo, organiza turnos de guardia. Doña Cata, prenda el fogón de leña para cocinar.
Isaías sacó el listón rojo de su bolsillo y lo levantó en alto. A la luz de una linterna, brilló como una pequeña llama.
—Hace 22 años, una niña de este barrio salvó a un niño de la calle con una torta. No tenía dinero. No tenía permiso. Tenía agallas. ¿Tienen agallas ustedes o no?
Hubo un silencio. Y entonces, Mateo gritó:
—¡Yo me quedo! ¡Este es mi cantón!
—¡Y yo! —dijo Doña Cata, golpeando con su bastón—. ¡Que vengan por mí, a ver si muy machitos!
El barrio despertó. La rabia le ganó al miedo.
La Noche de las Velas
Esa noche fue mágica y terrible. Nadie durmió.
El Centro se iluminó con cientos de veladoras que los vecinos trajeron de sus altares. Parecía una catedral.
Isaías y Victoria se sentaron en el cuarto de escobas, trabajando a la luz de las velas. Isaías redactaba demandas en su laptop con la batería al 15%. Victoria organizaba las guardias.
—Eres bueno en esto —le dijo ella, mirándolo a través de la flama de una vela. Las sombras bailaban en su cara.
—¿En qué? ¿En ser pobre?
—En ser líder. Antes mandabas porque pagabas. Ahora mandas porque te creen. Eso es diferente.
—Tú me crees. Eso es lo único que importa.
Estaban cansados, sucios, con olor a humo y a tensión. Pero la intimidad del momento era aplastante.
—Isaías… —Victoria se inclinó sobre la mesa—. ¿Qué pasa si perdemos?
—No vamos a perder.
—Pero si perdemos… si mañana vienen con las máquinas… quiero que sepas algo.
—Dime.
—Que estos días… verte aquí, trapeando, peleando, durmiendo en el sillón… han sido los mejores días de mi vida. Me devolviste la fe. No en Dios, sino en los hombres.
Isaías cerró su laptop. Ya no importaba la batería.
—Victoria, yo no estoy aquí por el edificio. Estoy aquí porque quiero ser el hombre que tú mereces. El hombre que prometió volver.
Se levantó y rodeó la mesa. Ella se levantó también.
A la luz de las velas, en un cuarto de escobas en la colonia Doctores, rodeados de enemigos, Isaías tomó la cara de Victoria entre sus manos.
—Te amo —le dijo. Y fue la primera vez que dijo esas palabras en su vida sintiéndolas de verdad—. Te amo desde que tenía diez años y me moría de frío. Te amo ahora que no tengo nada, y te amaré si mañana nos quitan hasta el suelo.
Victoria soltó un sollozo y lo besó.
No fue un beso de película. Fue un beso desesperado, hambriento, real. Un beso de dos sobrevivientes que se encuentran en medio del naufragio. Isaías la abrazó como si quisiera fundirse con ella, sintiendo el calor de su cuerpo contra el suyo, anclándose a la vida.
Hicieron el amor ahí, en el suelo, sobre una cobija que Mateo les prestó, con la puerta cerrada con seguro y el mundo cayéndose a pedazos afuera. Fue tierno y torpe y maravilloso. No hubo sábanas de seda, ni champagne. Solo piel, sudor y promesas cumplidas.
Cuando terminaron, abrazados en la oscuridad, Isaías acarició el pelo de Victoria.
—Mañana —susurró él—, vamos a ganar. Tengo un plan.
—¿Cuál plan?
—Ricardo. Él es el eslabón débil. Salazar es un psicópata, pero Ricardo… Ricardo tiene miedo. Y tiene un secreto que yo sé.
—¿Qué secreto?
—Que el dinero del proyecto de la Doctores no es todo suyo. Pidió prestado a gente peligrosa para entrar al negocio. Si el proyecto se cae, Ricardo no solo pierde dinero. Pierde la vida.
—¿Y eso cómo nos ayuda?
—Mañana voy a ir a buscarlo. No como socio. Como amigo. Le voy a ofrecer una salida.
—Es peligroso, Isaías. Si está desesperado, te puede hacer daño.
—Tengo que intentarlo. Es la única forma de parar a Salazar sin violencia. Dividir y vencerás.
Victoria lo besó en el pecho, justo sobre el corazón.
—Ten cuidado, por favor. No quiero perderte otra vez.
—No me vas a perder. Ya no soy el niño de la reja. Ahora soy el hombre del listón rojo.
Afuera, la lluvia empezó a caer sobre la Ciudad de México, lavando las pintadas de odio, pero no el miedo. El amanecer traería la batalla final. Y Isaías Mendoza estaba listo para jugarse su última carta.
CAPÍTULO 8: LA BODA EN LA BANQUETA Y EL CICLO ETERNO
El amanecer sobre la colonia Doctores olía a tierra mojada y a pólvora quemada, remanentes de la noche de resistencia.
Isaías se ajustó el cuello de su camisa. Estaba arrugada, y su saco tenía manchas de ceniza, pero se sentía más digno que cualquier armadura de diseñador que hubiera usado en el pasado.
Victoria lo observaba desde la mesa plegable, con una taza de café en la mano.
—¿Estás seguro de esto? —preguntó ella. Su voz temblaba ligeramente.
—Es la única jugada que nos queda, Vic. El “Jaque al Rey”.
—Si fallas, Ricardo te va a entregar a Salazar. Y Salazar te va a meter a la cárcel por los próximos diez años.
—Ricardo no me va a entregar —dijo Isaías, tomando su portafolio (que ahora solo contenía una laptop casi sin batería y unos documentos impresos en el cibercafé de la esquina)—. Porque Ricardo tiene más miedo a la calle que yo. Yo ya viví en ella. Él no duraría ni una noche.
Isaías se acercó a ella. Le apartó un rizo de la frente y la besó en la frente.
—Cuida el fuerte. Si no regreso a las 12, llama a la prensa y diles todo. Quema el reino.
—Regresa —ordenó ella, aferrándose a su solapa por un segundo—. Regresa con el escudo o sobre él, pero regresa.
Isaías salió del cuarto de escobas, cruzó el salón donde los vecinos dormían en colchonetas y salió a la luz del día.
No tenía dinero para taxi. Caminó hasta el Metro Niños Héroes. Con sus últimos cinco pesos, compró un boleto. El CEO de Grupo Mendoza viajó en el vagón de las 7:00 a.m., apretado entre obreros, estudiantes y vendedoras, rumbo a Polanco.
Se sentía, irónicamente, en casa.
La Guarida del Lobo
El departamento de Ricardo estaba en Campos Elíseos. Lujo puro. Portero con librea, elevador privado, vista al bosque de Chapultepec.
Isaías sabía que el código de seguridad no había cambiado. Ricardo era un hombre de hábitos, y la pereza era su mayor debilidad.
Digitó el código en el elevador: 1998. El año en que fundaron su primera “empresa” imaginaria en la universidad. El año del invierno de Isaías. Ricardo siempre fue sentimental, a su manera retorcida.
Las puertas se abrieron directamente en el penthouse.
El lugar estaba en penumbra, con las cortinas cerradas. Olía a alcohol rancio y a cigarro. Ricardo estaba sentado en un sofá de piel blanca, con la cabeza entre las manos, mirando una botella de whisky vacía.
Cuando escuchó el elevador, Ricardo saltó, buscando algo debajo de un cojín. Probablemente un arma.
—Tranquilo, Ricky. Soy yo —dijo Isaías, levantando las manos vacías.
Ricardo se relajó un poco, pero su cara era un mapa de terror. Tenía los ojos inyectados en sangre y barba de dos días.
—¿Cómo entraste? Se supone que seguridad tiene órdenes de disparar si te ven.
—Seguridad sigue siendo leal al hombre que les paga los bonos de Navidad, Ricardo. Y ese siempre he sido yo. Tú nunca te aprendiste sus nombres.
Ricardo se dejó caer en el sofá.
—Vienes a golpearme. Hazlo. Me lo merezco.
Isaías caminó por la sala, abriendo las cortinas de golpe. La luz del sol inundó el lugar, revelando el desorden de una vida que se desmoronaba.
—No vengo a golpearte. Vengo a salvarte.
—¿Salvarme? —Ricardo soltó una risa histérica—. Isaías, estás acabado. Salazar tiene los votos. Hoy a las 10 a.m. ratifican tu destitución y la demolición del Centro Comunitario empieza mañana. Ya están las máquinas en el predio de al lado.
—Lo sé. Y sé que tú votaste a favor.
—No tuve opción.
—Claro que la tuviste. Pero elegiste el miedo. —Isaías se sentó frente a él, en la mesa de centro—. Sé por qué lo hiciste, Ricardo. Sé de la deuda.
Ricardo palideció. Se puso blanco como el papel.
—¿De qué hablas?
—Hablo de los 30 millones que le debes a “Los Licenciados” de Tepito. Hablo de que usaste tu capital personal para apostar en futuros de litio y perdiste todo. Hablo de que necesitas que el proyecto de la Doctores sea un éxito rápido para pagarles antes de que te rompan las rodillas. O algo peor.
Ricardo empezó a temblar.
—¿Cómo… cómo sabes?
—Porque soy tu amigo, imbécil. Y porque revisé las cuentas. Hay desvíos sutiles. Si Salazar se entera de que estás lavando dinero de prestamistas a través de la empresa, no solo te despide. Te mete a la cárcel federal. Y ahí adentro, tus acreedores te van a encontrar más fácil.
Ricardo empezó a llorar. Un llanto patético, de niño rico acorralado.
—Me van a matar, Isaías. Me dieron hasta fin de mes. Si el proyecto se congela por tus ideas de “renta social”, no les puedo pagar.
—Hay otra forma.
—¿Cuál? Estoy muerto.
—Vota conmigo hoy.
—¿Qué?
—Vota conmigo para destituir a Salazar como Presidente del Consejo.
—Estás loco. Salazar es el dueño mayoritario.
—No. Salazar tiene el 30%. Tú tienes el 20%. Yo tengo el 25% y los Covarrubias tienen el resto. Si tú y yo nos unimos, y convencemos a los Covarrubias, tenemos el 70%.
—Los Covarrubias son títeres de Salazar.
—Los Covarrubias odian los escándalos. Y yo tengo un dossier —Isaías señaló su laptop— que prueba que Salazar sabía de tus deudas y las usó para extorsionarte. Eso es administración desleal. Si eso sale a la luz, las acciones se van a cero. Los Covarrubias perderán su herencia. Ellos van a votar por quien salve el barco.
Ricardo miró a Isaías. Vio al hombre que había construido un imperio de la nada. Vio esa seguridad de acero que tanto envidiaba.
—¿Y mi deuda?
—Si recupero el control, te compro tus acciones, Ricardo. Te doy una salida dorada. Con ese dinero pagas a “Los Licenciados” y te sobra para irte a vivir a Miami y no volver nunca.
Ricardo lo miró con incredulidad.
—¿Harías eso? ¿Después de que te traicioné?
—No lo hago por ti. Lo hago por Victoria. Y porque… —Isaías suspiró—. Porque alguien me dio una segunda oportunidad una vez con una torta. Yo te estoy dando la tuya con un cheque. Tómalo o déjalo.
Ricardo se limpió las lágrimas. Miró su reflejo en la mesa de cristal. Luego miró a Isaías.
—¿A qué hora es la junta?
—En una hora. Báñate, apestas a miedo.
El Jaque Mate
La sala de juntas de Grupo Mendoza estaba fría como una morgue.
Alfonso Salazar estaba sentado en la cabecera, sonriendo como un gato que acaba de comerse al canario. A su lado, los abogados redactaban el acta final. Los hermanos Covarrubias revisaban sus teléfonos, aburridos.
—Bien, señores —dijo Salazar, mirando su reloj de oro—. Son las 10:15. Isaías no llegó. Ricardo tampoco contesta. Procedemos en rebeldía. Moción para destituir a Isaías Mendoza como CEO y aprobar la ejecución inmediata del Proyecto Doctores sin modificaciones sociales.
—Secundo la moción —dijo Montiel.
—Votos a favor… —empezó Salazar.
La puerta se abrió de golpe.
Isaías entró, caminando con paso firme. Detrás de él, Ricardo, afeitado y con traje, pero pálido como un fantasma.
—Lamento la demora —dijo Isaías—. El metro estaba lento.
Salazar frunció el ceño.
—No tienes voto aquí, Isaías. Estás suspendido.
—Estoy suspendido como empleado. Como accionista, sigo teniendo voz y voto hasta que se pruebe lo contrario. Y Ricardo está aquí.
Salazar miró a Ricardo. Algo en la mirada de su subordinado le dijo que las cosas habían cambiado.
—Ricardo, siéntate —ordenó Salazar—. Vamos a votar.
Ricardo se quedó de pie.
—Sí, vamos a votar —dijo Ricardo, con la voz temblorosa pero audible—. Pero hay una nueva moción en la mesa.
—¿Qué estupidez es esta?
—Moción para remover a Alfonso Salazar de la Presidencia del Consejo por prácticas de extorsión y encubrimiento de actividades ilícitas que ponen en riesgo la licencia bursátil del Grupo.
El silencio fue absoluto. Los hermanos Covarrubias levantaron la vista de sus celulares.
—¿De qué hablas? —gruñó Salazar, poniéndose rojo.
Isaías lanzó una memoria USB sobre la mesa. Se deslizó girando hasta detenerse frente a los Covarrubias.
—Ahí está la evidencia, señores Covarrubias. Salazar sabía que Ricardo estaba comprometido con prestamistas ilegales y en lugar de reportarlo, lo usó para manipular votos. Si la Comisión Nacional Bancaria ve esto, Grupo Mendoza pierde su licencia mañana. Sus acciones valdrán menos que el papel de baño.
Los Covarrubias se miraron. El miedo a la pobreza es el único motor más fuerte que la lealtad en la clase alta.
—¿Es cierto esto, Alfonso? —preguntó el mayor de los hermanos.
—¡Son mentiras! ¡Es una trampa de este muerto de hambre!
—Ricardo confesó —dijo Isaías—. Y está dispuesto a testificar a cambio de inmunidad corporativa.
Salazar miró a Ricardo. Ricardo sostuvo la mirada, por primera vez en años.
—Lo siento, Alfonso. Me voy a Miami.
Isaías se giró hacia los hermanos.
—Tienen dos opciones. Se hunden con el capitán loco, o votan por mí. Si me reinstalan, compro las acciones de Ricardo (lo que elimina el riesgo), reestructuro el proyecto de la Doctores para hacerlo un modelo de Inversión de Impacto (que a los gringos les encanta y subirá el precio de la acción), y Salazar se retira “por motivos de salud” con su pensión intacta. Todos ganan. Menos el ego de Salazar.
Los Covarrubias hicieron el cálculo en tres segundos.
—Votamos por Isaías —dijeron al unísono.
Salazar golpeó la mesa con su bastón, rompiendo el cristal.
—¡Me las vas a pagar, Mendoza! ¡Te sacaré de la calle y a la calle te voy a regresar!
—Ya estuve ahí, Alfonso —dijo Isaías, acercándose a él hasta quedar cara a cara—. Y descubrí que en la calle hay más honor que en esta mesa. Estás fuera. Recoge tus cosas.
El Regreso al Barrio
Al mediodía, una camioneta llegó a la calle Dr. Vértiz. Pero no era una camioneta de granaderos. Era una camioneta de catering llena de comida. Y detrás, un camión con generadores de luz nuevos.
Isaías bajó de un Uber (todavía no recuperaba su coche, pero ya tenía acceso a sus cuentas).
Victoria estaba en la puerta, con los brazos cruzados, intentando no parecer esperanzada. Cuando lo vio bajar, con esa sonrisa cansada pero victoriosa, corrió hacia él.
No le importó que los vecinos vieran. No le importó el protocolo. Saltó sobre él, abrazándolo por el cuello. Isaías la atrapó en el aire, girando con ella.
—¿Ganamos? —preguntó ella en su oído.
—Ganamos —respondió él—. El edificio es nuestro. El proyecto se modifica. Y Ricardo está fuera.
La noticia corrió como pólvora. Los vecinos salieron. Doña Cata lloraba. Mateo gritaba como si hubiera metido gol el América.
Esa noche no hubo velas por necesidad, sino por celebración. Hubo música. Hubo tamales. Y hubo un anuncio.
Isaías tomó el micrófono del sonido local.
—Vecinos —dijo—. Hace 22 años, este barrio me salvó la vida. Hoy, me permitieron devolver el favor. El Centro Comunitario La Esperanza no se demuele. Se expande. Y será propiedad legal de una cooperativa formada por ustedes. Yo solo pongo el capital inicial. Ustedes ponen el corazón.
Aplausos ensordecedores.
—Pero tengo una condición —dijo Isaías, mirando a Victoria.
El silencio cayó de nuevo.
—¿Cuál condición? —preguntó Doña Cata, desconfiada.
Isaías bajó del estrado improvisado y caminó hacia Victoria. Ella estaba parada junto a la reja de la escuela, que estaba justo al lado del Centro. Esa misma reja oxidada.
Isaías metió la mano en su bolsillo. No sacó un anillo de diamantes de Tiffany. Sacó algo más valioso.
Sacó el listón rojo. Su mitad.
Victoria entendió. Se llevó las manos a la boca.
Isaías se arrodilló, esta vez no por desesperación, sino por devoción.
—Victoria Hernández —dijo él, y su voz resonó en la calle silenciosa—. Hace 22 años, un niño muerto de hambre te prometió que se casaría contigo cuando fuera rico.
Victoria asintió, llorando.
—Hoy soy rico otra vez. Pero no por las acciones que recuperé hoy en la mañana. Soy rico porque aprendí a amar como tú amas. Sin condiciones. Sin miedo.
Isaías tomó la mano izquierda de Victoria.
—No tengo anillo. Lo vendí para pagar al perito, ¿te acuerdas? —La gente rió entre lágrimas—. Pero tengo esto.
Isaías ató su mitad del listón rojo alrededor del dedo anular de Victoria. Hizo un nudo simple, pero fuerte.
—¿Te casarías con este ex niño de la calle, que promete dedicar el resto de su vida a hacerte feliz y a llenar este barrio de oportunidades?
Victoria miró el listón rojo en su dedo. Brillaba más que cualquier oro.
—Sí —dijo ella—. Sí, sí, y mil veces sí.
Se besaron, y el barrio estalló. Fuegos artificiales (probablemente ilegales) iluminaron el cielo de la Doctores.
Seis Meses Después: La Boda
No fue en la Catedral. No fue en un jardín de Cuernavaca.
La boda fue en la calle Dr. Vértiz, cerrada al tránsito con permiso de la Alcaldía (que ahora amaba a Isaías porque el proyecto era famoso internacionalmente).
Las mesas largas se extendían por tres cuadras. Manteles de papel picado de colores.
El menú: Tamales de Doña Rosa. Tacos de Don Chuy. Y un pastel gigante hecho por la panadería de la esquina.
Los invitados eran una mezcla surrealista. En una mesa, los hermanos Covarrubias (que ahora se sentían filántropos) comían tacos de tripa junto a Mateo y los veladores. En otra, Karla, la asistente de Isaías, bailaba cumbia con el mecánico de la esquina.
Victoria llevaba un vestido blanco sencillo, bordado con flores rojas por las mujeres del taller de costura del Centro. En su pelo suelto, llevaba el listón rojo original, unido de nuevo.
Isaías llevaba su mejor traje, pero sin corbata. En su solapa, un pequeño moño rojo.
Cuando el juez los declaró marido y mujer, no hubo arroz. Hubo pétalos de flores y confeti.
—Ahora pueden besarse.
Isaías besó a su esposa. Y en ese beso, sellaron el pasado y abrieron el futuro.
Epílogo: El Ciclo Continúa
Tres años después.
El “Centro Comunitario y de Innovación La Esperanza” era un edificio modelo. Tenía paneles solares, huerto urbano en el techo, y aulas de computación llenas de niños aprendiendo a programar.
Isaías y Victoria caminaban por la banqueta, tomados de la mano. Él seguía siendo el CEO de Grupo Mendoza, que ahora era la empresa líder en desarrollo social sostenible en Latinoamérica. Ella era la Directora de la Fundación Cinta Roja.
Llevaban una carriola. Adentro, dormía una niña de dos años llamada Esperanza.
Llegaron a la reja de la escuela primaria. La habían pintado y reforzado, pero seguía siendo la misma reja.
Se detuvieron al ver algo.
Un niño.
Tendría unos nueve años. Estaba sentado en la banqueta, con la ropa sucia y la mirada perdida. Se veía exactamente como Isaías recordaba verse a sí mismo.
Estaba mirando hacia adentro de la escuela, donde los niños jugaban.
Isaías sintió un escalofrío. Victoria le apretó la mano.
—¿Lo ves? —preguntó ella.
—Lo veo.
Sin decir una palabra, Isaías soltó la carriola y caminó hacia la panadería de enfrente. Salió un minuto después con una bolsa.
Victoria se acercó al niño.
—Hola —dijo ella con esa voz suave que curaba heridas.
El niño alzó la vista, asustado.
Isaías se agachó junto a él. Se quitó el saco caro y se lo puso sobre los hombros flacos del niño. Le quedaba enorme.
—Ten —dijo Isaías, sacando una torta caliente de la bolsa y un jugo—. Cómetelo. Es de pavo y queso. Eran mis favoritas.
El niño agarró la torta como si fuera oro y le dio una mordida desesperada.
—Gracias… —susurró el niño.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Isaías.
—Leo.
—Mucho gusto, Leo. Yo soy Isaías. Y ella es Victoria.
Isaías metió la mano en su bolsillo. Siempre cargaba un rollo de listón rojo ahora. Cortó un pedazo con sus dientes.
—Dame tu mano, Leo.
El niño extendió su mano sucia. Isaías le ató el listón en la muñeca.
—¿Para qué es esto? —preguntó Leo, con la boca llena.
Isaías miró a Victoria. Ella sonreía, con lágrimas en los ojos, acariciando la cabeza de su hija dormida.
—Es una promesa —dijo Isaías—. Significa que ya no estás solo. Significa que vamos a volver mañana. Y pasado mañana. Y que un día, tú vas a estar de este lado, ayudando a otro niño.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo. Por el listón rojo.
Isaías y Victoria se quedaron allí, sentados en la banqueta junto a Leo, viendo el atardecer caer sobre la Ciudad de México. El ciclo de dolor se había roto. El ciclo de amor acababa de empezar de nuevo.
Y en algún lugar, entre el ruido de los cláxones y el smog, la ciudad pareció sonreír.
FIN