
CAPÍTULO 1: Engranajes de una Vida Oxidada
La Ciudad de México no despierta; explota.
Eran las 5:30 de la mañana cuando la alarma del celular de Mateo vibró sobre la mesita de noche, una caja de frutas de madera que él mismo había lijado y barnizado. Afuera, en la vecindad de la colonia Doctores donde vivía, ya se escuchaban los primeros ruidos de la batalla diaria: el silbato agudo del carrito de los camotes que se retiraba, el ladrido de los perros callejeros persiguiendo motos y el rugido lejano de los microbuses peleándose el pasaje sobre Eje Central.
Mateo abrió los ojos y se quedó mirando el techo despintado, donde una mancha de humedad con forma de mapa seguía creciendo con las lluvias de julio. Tenía 20 años, pero sus articulaciones crujían como las de un hombre de 40. Se levantó con el peso del mundo en los hombros, lavándose la cara con el agua fría que salía a regañadientes del grifo compartido del patio.
—Buenos días, mijo —susurró su madre, Doña Carmen, desde la pequeña cocina que también servía de sala. Estaba calentando un poco de atole de arroz y dos bolillos duros de ayer.
Carmen era una mujer pequeña, consumida por la diabetes y los años de fregar pisos en oficinas ajenas. Sus manos temblaban ligeramente al servir la taza.
—Buenos días, amá. ¿Cómo amaneció su azúcar? —preguntó Mateo, tomando la taza y sintiendo el calor reconfortante en sus manos callosas.
—Ahí vamos, hijo. No te preocupes por mí. Tú preocúpate por que no te agarre el tráfico. Ese Ingeniero Rivas no perdona ni un minuto.
El nombre del Ingeniero Rivas cayó entre ellos como una piedra. Mateo apretó la mandíbula. Rivas no era un jefe; era un capataz con corbata. Un hombre que disfrutaba humillando a quien tuviera menos dinero o la piel más oscura que él.
—Ya sé, amá. Pero hoy es quincena. Aguanto lo que sea con tal de traer la medicina —dijo Mateo, dándole un beso en la frente y tomando su mochila, donde guardaba su overol y un sándwich de frijoles.
El trayecto al taller era una odisea. Primero, el Metro Hidalgo, un gusano naranja atascado de cuerpos sudorosos, empujones y vendedores ambulantes ofreciendo audífonos a diez pesos. Luego, el transbordo en Chabacano, donde la marea humana te llevaba sin que tocaras el suelo. Finalmente, la caminata por Calzada de Tlalpan, respirando smog puro, hasta llegar al letrero despintado que decía: “Servicio Automotriz Velázquez – Especialistas en Todo”.
Al llegar, a las 7:55 a.m., el taller ya estaba abierto. Era un galerón enorme con techo de lámina que convertía el lugar en un horno al mediodía y en un congelador por la mañana. El piso de concreto estaba manchado de décadas de aceite derramado que ya formaba parte de la geografía del lugar.
—¡Miren quién se dignó a aparecer! La princesa de la Doctores —gritó “El Tuercas” desde el fondo, un mecánico gordo y mal encarado que llevaba veinte años en el taller y odiaba a cualquiera que tuviera menos de treinta.
—Llego a tiempo, Tuercas. Faltan cinco para las ocho —respondió Mateo, dirigiéndose a su casillero oxidado para ponerse el overol.
—A tiempo es tarde aquí, chavo. El Ingeniero ya preguntó por ti dos veces. Quiere que bajes la caja de velocidades de la Lobo roja tú solo.
Mateo suspiró. Bajar una transmisión de una Ford Lobo era trabajo de dos personas, o al menos requería un gato hidráulico especial que “El Tuercas” tenía acaparado. Pero sabía que quejarse era inútil.
Se puso el overol azul marino, que le quedaba corto de las piernas y ancho de la cintura. Era el uniforme de los “desechables”, los ayudantes generales a los que nadie respetaba. Mientras se abrochaba los botones, vio su reflejo en un espejo roto pegado a la puerta del locker: un joven moreno, de ojos profundos y cansados, con las manos ya manchadas de grasa antes de empezar el día.
“Un día”, se dijo a sí mismo, como un mantra. “Un día voy a tener mi propio taller. Y ahí nadie va a tratar a la gente así”.
La mañana transcurrió entre gritos y abusos. El Ingeniero Rivas, un hombre de baja estatura con complejo de Napoleón, se paseaba por el taller con su camisa blanca impecable (que nunca se ensuciaba porque nunca hacía nada), señalando errores imaginarios.
—¡Mateo! ¿Qué es esa porquería? —gritó Rivas, pateando una cubeta con estopa sucia cerca de donde Mateo luchaba con la transmisión de la Lobo—. ¡Te dije que quería el piso limpio! Pareces animal, viviendo entre la mugre.
—Estaba terminando de bajar la caja, Inge. Ahorita barro —dijo Mateo, limpiándose el sudor que le escocía los ojos.
—”Ahorita, ahorita”. Esa es la palabra favorita de los mediocres como tú. ¡Me lo limpias ya! Y te descuento media hora por contestón.
Las risas de los otros mecánicos, “El Tuercas”, “El Gato” y “Sánchez”, resonaron como hienas. Ellos habían aprendido el juego: lame las botas del jefe y patea al que está abajo. Y Mateo estaba hasta abajo.
A las 10:00 a.m., el calor ya era insoportable. Mateo había logrado bajar la transmisión él solo, usando pura fuerza bruta y palancas improvisadas, lastimándose la espalda en el proceso. Se sentó un momento sobre una llanta vieja para tomar agua de su botella de plástico reutilizada cien veces.
Miró a su alrededor. El taller estaba lleno de coches de gama media: Jettas, Sentras, alguna que otra camioneta familiar. Los clientes esperaban en una salita con aire acondicionado y una cafetera que solo los “técnicos senior” podían usar. Para Mateo y los chalanes, estaba la manguera del patio.
Se sentía atrapado. No solo en el taller, sino en la vida. La deuda de las medicinas, la renta que subía cada año, la salud de su madre que bajaba cada día. Era un ciclo sin fin. A veces sentía que era una pieza defectuosa en una máquina gigante que solo servía para moler gente pobre.
—¡Órale, “Chalan”! Deja de hacerte güey y pásame la 13 milimétrica —le gritó Sánchez, tirándole un trapo sucio a la cara.
Mateo cerró los ojos un segundo, contando hasta diez. “Por mi mamá. Por el taller. Por el futuro”. Se levantó, recogió el trapo y volvió al trabajo, sin saber que el futuro estaba a punto de entrar por la puerta principal, rugiendo y pidiendo auxilio.
CAPÍTULO 2: El Rugido de la Desesperación
Eran las 10:30 a.m. cuando la atmósfera del taller cambió. No fue algo gradual; fue un corte tajante en la realidad, como cuando se va la luz en medio de una fiesta.
Primero se escuchó afuera, en la avenida. Un estruendo grave, sincopado, el potato-potato-potato inconfundible de un motor V-Twin americano de gran cilindrada. Pero el sonido no era sano; tosía, petardeaba, agonizaba.
El motor murió justo frente a la rampa de entrada con un chasquido metálico final. Silencio.
Luego, la puerta de cristal de la recepción se abrió de un golpe violento, haciendo tintinear la campanilla ridícula que Rivas había puesto para que sonara “elegante”.
Entró Él.
No era un cliente normal. Era una montaña humana. Medía fácil uno noventa y tantos, ancho como un refrigerador industrial. Vestía botas de combate llenas de polvo de carretera, pantalones de mezclilla negra y un chaleco de cuero (“cut”) lleno de parches que gritaban peligro: “1%er”, “Sargento de Armas”, calaveras sonrientes con guadañas. Sus brazos eran troncos tatuados donde la tinta apenas dejaba ver piel. Tenía el cabello largo, recogido en una coleta, y una barba de chivo entrecana.
Pero lo que heló la sangre de todos no fue su ropa, ni sus tatuajes. Fueron sus ojos.
Estaba llorando.
Era una imagen disonante, casi grotesca. Un gigante diseñado para la violencia, entrando con el rostro descompuesto por el pánico y las lágrimas corriendo por sus mejillas curtidas por el sol.
—¡Ayuda! ¡Necesito ayuda, chingada madre! —su voz era un rugido roto, desesperado.
El taller se congeló. Susana, la recepcionista que se creía de la alta sociedad porque usaba bolsas de imitación, soltó su teléfono como si quemara. Los clientes en la sala de espera se encogieron en sus sillas, abrazando sus bolsos y desviando la mirada, rezando para no ser notados.
El motociclista avanzó hacia el mostrador, tropezando con sus propias botas, respirando como un toro herido.
—¡Mi moto! ¡Se murió aquí afuera! —gritó, golpeando el mostrador con un puño que parecía un mazo de carne. El cristal vibró—. ¡Mi hija… mi niña tuvo un accidente en la escuela! ¡La ambulancia se la llevó a Urgencias en La Raza! ¡Dicen que es grave, que no para de sangrar!
Se pasó la mano por la cara, limpiándose el moco y las lágrimas con desesperación.
—¡El tráfico está parado en Tlalpan! ¡En coche no llego ni en dos horas! ¡Necesito la moto! ¡Por favor, arréglenla! ¡Les pago lo que quieran!
Susana, recuperando un poco de su arrogancia habitual ahora que veía al hombre vulnerable, arrugó la nariz.
—Señor… baje la voz. Está asustando a la gente decente. Aquí es con cita. Y no vemos motos. Váyase a un taller de… de su tipo.
—¡No me importa la cita! —suplicó el hombre, juntando las manos en un gesto que se veía extraño en alguien tan rudo—. ¡Es mi hija! ¡Tiene ocho años! ¡Se los suplico!
En ese momento, la puerta de la oficina del gerente se abrió. El Ingeniero Rivas salió, ajustándose el cinturón. Al ver al intruso, su cara se transformó en una máscara de desprecio absoluto. Rivas era de esos hombres que creen que la pobreza y la apariencia ruda son enfermedades contagiosas.
—¿Qué es este mercado? —ladró Rivas, caminando con el pecho inflado hacia el mostrador—. Oiga, amigo. Aquí no es beneficencia pública ni refugio para pandilleros. Saque su chatarra de mi entrada, está bloqueando la imagen corporativa del negocio.
—¡Señor, mi hija se muere! —el biker dio un paso hacia Rivas, no para agredirlo, sino buscando cercanía, buscando humanidad—. Solo necesito un puente, o una herramienta. Yo lo hago si ustedes no quieren. ¡Solo préstenme una llave!
—¡Ni madres! —Rivas retrocedió un paso, asustado pero cubriéndolo con agresividad—. No le voy a prestar herramientas caras a un delincuente para que luego se las robe o me asalte. ¡Lárguese o llamo a la patrulla! Ya sé cómo son ustedes, puros problemas, drogas y violencia. ¡Fuera!
Los otros mecánicos, “El Tuercas” y compañía, salieron de sus escondites, armados con llaves inglesas y barras de metal, rodeando al motociclista como una jauría cobarde que solo ataca en grupo. Se reían por lo bajo, disfrutando ver a alguien tan grande siendo humillado.
—Órale, “Easy Rider”, ya oíste al patrón. A volar —se burló Sánchez.
El motociclista miró a su alrededor. Giró la cabeza buscando un aliado, un rostro amigo en ese mar de hostilidad. Solo vio miedo, asco y burla. Se dio cuenta de que para ellos, él no era un padre; era un monstruo. La derrota le cayó encima como una losa de concreto. Sus hombros se hundieron.
—Está bien… —susurró, con la voz quebrada—. Está bien. Dios los perdone.
Dio media vuelta, arrastrando los pies, un gigante destruido por la burocracia y el prejuicio.
—Espere.
La voz salió de debajo de una camioneta Lobo roja. No fue un grito, fue una afirmación tranquila pero sólida como el acero.
Mateo salió deslizándose en su carrito, se puso de pie y se limpió las manos llenas de grasa en el trapo que colgaba de su cintura. Caminó hacia el centro del taller, cruzando la línea invisible que separaba a los chalanes de los problemas.
—¿Qué hace la moto, jefe? —preguntó Mateo, mirando al motociclista directamente a los ojos, sin miedo, sin juicio.
El Biker se detuvo. Miró al muchacho flaco y moreno que se le plantaba enfrente.
—Se… se cortó la corriente. Iba rodando y de repente, ¡pum!, todo apagado. Ni luces, ni marcha, nada.
—Suena al fusible maestro o al cable de tierra principal. A veces con la vibración de esas motos se aflojan —dijo Mateo, asintiendo—. Es cosa de cinco minutos.
—¡Mateo! —El grito de Rivas fue tan agudo que pareció romper los vidrios—. ¿Qué crees que estás haciendo? ¡Regrésate a tu hoyo! ¡No te pago para que andes de samaritano con vagos!
Mateo se detuvo, pero no bajó la mirada. Sintió el frío en el estómago, ese miedo visceral a perder el sustento. Vio la cara roja de su jefe, vio las sonrisas crueles de sus compañeros. Pero luego volvió a mirar al Biker. Vio la foto arrugada que el hombre tenía medio sacada de la bolsa del chaleco: una niña con trenzas sonriendo en un columpio.
Pensó en su madre. Pensó en todas las veces que les cerraron la puerta en la cara por ser pobres, por ser morenos, por no tener “palancas”.
—Inge —dijo Mateo, con una voz que sorprendió a todos, incluso a él mismo—, el señor tiene una emergencia médica. Su hija está grave. No nos cuesta nada echarle la mano. Son cinco minutos. Yo repongo el tiempo.
—¡A mí no me negocias, pendejo! —Rivas estaba fuera de sí. Su autoridad estaba siendo cuestionada frente a los clientes—. ¡Si sales por esa puerta a tocar esa moto, te largas! ¡Estás despedido! ¡Y sin liquidación por insubordinación! ¿Me oíste? ¡Te vas a la calle a morirte de hambre con tu amiguito el delincuente!
El silencio que siguió fue absoluto. Solo se escuchaba el zumbido del compresor de aire.
El motociclista miró a Mateo con intensidad.
—Chavo… no lo hagas. No vale la pena. Buscaré un taxi… aunque no llegue. No pierdas tu chamba por mí.
Mateo miró el taller. Miró las paredes grises, miró al jefe déspota, miró a los compañeros que nunca le dieron una oportunidad. Y se dio cuenta de que ese lugar no era su futuro. Era su jaula.
Sonrió. Una sonrisa triste pero libre.
—No se preocupe, carnal —le dijo al Biker, usando esa palabra de hermandad que en el barrio significa todo—. De todas formas, este lugar ya me estaba quedando chico. Vamos a arreglar esa nave para que llegues con tu niña.
Mateo agarró su pequeña caja de herramientas personal, la única que era suya de verdad, y caminó hacia la salida, pasando junto a Rivas sin siquiera mirarlo. El jefe se quedó con la boca abierta, rojo de ira, incapaz de procesar que el “chalan” le hubiera perdido el miedo.
Al salir a la calle, el sol le pegó en la cara. Mateo se arrodilló junto a la inmensa Harley Davidson negra. Quitó la tapa lateral con destreza, localizó el fusible principal fundido y, como no tenía refacción, hizo un puente rápido con un pedazo de cable de cobre que sacó de su bolsillo.
—Inténtalo ahora —dijo Mateo.
El Biker giró la llave. El tablero se iluminó. Apretó el botón de arranque y el motor rugió con un estruendo glorioso, vivo, poderoso. VROOOOOM.
El hombre miró a Mateo como si hubiera visto un milagro. Se bajó de la moto y, sin importarle la grasa o la mugre, abrazó al muchacho. Un abrazo de oso, fuerte, desesperado.
—Gracias… gracias, hermano. No tienes idea… —el hombre rebuscó en sus bolsillos y sacó un billete de 500 pesos arrugado—. Toma, es todo lo que traigo ahorita.
Mateo rechazó el billete suavemente.
—Guárdelo para las medicinas de la niña. Váyase. Corra. Ella lo espera.
El Biker asintió, con los ojos vidriosos. Se subió a la moto, la aceleró y, antes de salir disparado cortando el tráfico como una flecha negra, gritó:
—¡Me llamo Ray! ¡Nunca voy a olvidar esto, Mateo! ¡Nunca!
Y desapareció en la avenida.
Mateo se quedó ahí parado, en la banqueta, con las manos vacías y el overol sucio. Detrás de él, Rivas estaba en la puerta, con el guardia de seguridad.
—¡Saca tus chivas y lárgate! —gritó Rivas—. ¡Y no quiero verte ni en la banqueta!
Mateo entró en silencio, bajo las miradas burlonas de todos, sacó su mochila del locker, guardó sus pocas herramientas y salió. Mientras caminaba hacia el metro, sin trabajo, sin dinero y con el miedo empezando a morderle las entrañas, no pudo evitar sentir una extraña ligereza en el pecho. Había perdido su empleo, sí. Pero por primera vez en su vida, se sentía un hombre de verdad.
Lo que Mateo no sabía es que ese “Ray” no era un simple pandillero. Y que el karma, esa fuerza misteriosa que rige el universo, ya estaba moviendo sus hilos para devolverle el favor multiplicado por mil. Pero eso… eso vendría después. Por ahora, solo quedaba el camino largo y duro de regreso a casa para decirle a su madre que los habían despedido.
PARTE 2: LA CAÍDA Y EL ASCENSO
CAPÍTULO 3: El Eco del Asfalto y el Peso del Silencio
El sol del mediodía en la Ciudad de México no acaricia; golpea. Cae a plomo sobre las cabezas de los millones que hormiguean por las avenidas, derritiendo la voluntad y haciendo que el aire tiemble sobre el pavimento.
Para Mateo, ese sol se sentía como un reflector gigante apuntando a su vergüenza.
Acababa de cruzar la puerta del “Servicio Automotriz Velázquez” por última vez. En su mano derecha apretaba la correa de su mochila deshilachada, donde cargaba el peso de su vida laboral: un juego de llaves mixtas marca Truper, un desarmador con el mango roto, su overol sucio hecho bola y una botella de agua tibia.
Caminó por la Calzada de Tlalpan sin rumbo fijo, arrastrando las botas industriales que ya pedían cambio de suela. El ruido de la ciudad, que antes era solo el fondo de su rutina, ahora le parecía ensordecedor. Los cláxons de los microbuseros peleándose el pasaje, el grito del vendedor de bonice, el zumbido de los transformadores eléctricos; todo sonaba más fuerte, más agresivo, como si la ciudad supiera que ahora él era un desempleado más, una estadística, un “nini” a la fuerza.
Se detuvo en un puesto de lámina roja en la esquina de la estación del metro Villa de Cortés. El olor a grasa de los tacos de suadero le revolvió el estómago, no de hambre, sino de ansiedad.
—¿Qué va a llevar, güero? —preguntó el taquero, picando carne con un ritmo hipnótico sobre el tronco de madera.
Mateo se tocó el bolsillo del pantalón. Tenía los doscientos pesos que le quedaban de la semana pasada y la tarjeta del Metro con saldo dudoso. No había liquidación. No había carta de recomendación. Rivas se había asegurado de boletinarlo en el sistema interno de los talleres de la zona como “problemático” e “insubordinado”. En el mundo de la mecánica automotriz, la reputación corre más rápido que un Ferrari, y la suya acababa de ser destrozada.
—Nada, jefe. Gracias —murmuró Mateo, y siguió caminando.
Su mente era un torbellino. ¿Cómo se lo iba a decir a su jefa? Doña Carmen, que rezaba el rosario todas las noches pidiendo que a su hijo le renovaran el contrato. Doña Carmen, que contaba los centavos para comprar su insulina. Ella estaba orgullosa de que su hijo trabajara en un “taller grande”, con uniforme (aunque fuera viejo) y horario fijo. No como sus primos, que andaban en la “maña” o vendiendo piratería en Tepito.
Mateo se sentía un fracaso. Había hecho lo correcto, sí. Su corazón le decía que ayudar a ese hombre, a Ray, había sido un acto de humanidad necesaria. Pero su cerebro, esa parte lógica y miedosa que se desarrolla cuando creces con carencias, le gritaba: “¡Pendejo! La humanidad no paga la renta. La bondad no compra la despensa”.
Se sentó en una banca de concreto bajo un puente peatonal, viendo pasar los coches. Vio un BMW negro brillante y pensó en el dueño, seguro un tipo con traje que jamás se había ensuciado las manos. Vio un vochito viejo echando humo y pensó en el mecánico que lo mantenía vivo con alambre y fe. Él amaba los autos. Entendía su lenguaje. Sabía que un motor no juzga; si lo tratas bien, si le das lo que necesita, te responde. La gente no. La gente, como el Ingeniero Rivas, te usa hasta que te rompes y luego te tira a la basura.
Sacó su celular, un modelo viejo con la pantalla estrellada, y miró la hora. 11:15 a.m. A esta hora debería estar haciendo la afinación del Jetta gris. A esta hora debería estar aguantando las bromas pesadas del “Tuercas”. Extrañaba incluso eso. La certeza de pertenecer a algo, aunque ese algo fuera horrible.
Una lágrima solitaria, cargada de frustración y hollín, rodó por su mejilla. Mateo se la limpió con rabia.
—No voy a llorar —se dijo en voz alta, asustando a una señora que pasaba con sus bolsas del mercado—. No por ellos.
Se levantó. No podía llegar a casa todavía. Su madre estaría ahí, descansando antes de su turno nocturno. Si llegaba ahora, tendría que confesar. Y no tenía el valor. No todavía. Decidió caminar hasta el Parque de los Venados, perderse entre los árboles y la gente que paseaba perros, fingiendo que él también tenía un día libre, fingiendo que el mundo no se le había venido encima.
Mientras tanto, a kilómetros de ahí, otra escena se desarrollaba a una velocidad vertiginosa.
La Harley Davidson negra cortaba el aire como un cuchillo caliente en mantequilla. Ray no manejaba; pilotaba poseído. El motor V-Twin, gracias al puente eléctrico que Mateo había improvisado, rugía con una potencia renovada, devorando el asfalto del Circuito Interior.
Ray iba rebasando entre carriles, algo que normalmente hacía con precaución, pero hoy lo hacía con la temeridad de un hombre que no tiene nada que perder. Los espejos de los coches pasaban a milímetros de sus rodillas. Las mentadas de madre de los automovilistas se perdían en el viento.
Bajo el casco, Ray lloraba.
No era un llanto de tristeza, sino de terror puro. Su hija, Sofía, su pequeña “princesa de asfalto” de ocho años, estaba sola en una camilla de urgencias. La llamada de la escuela había sido confusa: “Se cayó de los juegos… se golpeó la cabeza… se desmayó… la ambulancia dice que hay signos de traumatismo severo”.
Ray era un hombre duro. Había crecido en las calles más bravas de Iztapalapa antes de que su hermano y él construyeran su imperio. Había peleado en bares, había rodado bajo tormentas de granizo, se había roto huesos y se los había acomodado él mismo. Nada lo asustaba. Nada, excepto esto. La fragilidad de su hija era su talón de Aquiles.
Y ese taller… esos bastardos. Recordó la cara del gerente, ese tal Rivas. La mueca de asco. La forma en que lo miraron como si fuera basura. Si no fuera por la urgencia, Ray habría desmantelado ese lugar ladrillo por ladrillo con sus propias manos.
Pero luego recordó al chico. Mateo.
En medio de ese nido de víboras, un niño flaco con ojos tristes se había jugado el pellejo por él. Ray había visto el miedo en los ojos de Mateo cuando el gerente le gritó. Sabía lo que significaba ese trabajo para alguien así. Y aun así, el chico no dudó. “Hay cosas más importantes que la chamba”, había dicho.
Esa frase retumbaba en el casco de Ray más fuerte que el motor.
Llegó al Hospital de La Raza derrapando en la entrada de Urgencias. Ignoró al guardia que le gritó que no podía estacionar la moto ahí. Se bajó corriendo, dejando el casco sobre el manubrio y la llave puesta. Si se la robaban, que se la robaran. Le valía madres.
Entró a la sala de espera, un purgatorio de sillas de plástico gris, olor a cloro y lamentos contenidos.
—¡Busco a mi hija! —gritó en la ventanilla—. ¡Sofía Torres! ¡La trajo la ambulancia de la escuela primaria Héroes de Chapultepec!
La enfermera, acostumbrada a la histeria, tecleó lentamente.
—Torres, Torres… Sí. Está en la sala de choque. Los doctores la están estabilizando. Tuvo una conmoción cerebral y una fractura de clavícula, pero…
Ray sintió que las piernas se le doblaban.
—¿Pero qué? ¿Está viva?
—Está estable, señor —dijo la enfermera, suavizando el tono al ver la angustia real en ese hombre gigante—. Llegó justo a tiempo para que el neurólogo la revisara antes de que la inflamación empeorara. Si se hubieran tardado veinte minutos más en autorizar la tomografía…
Ray se dejó caer en una silla, tapándose la cara con las manos tatuadas. Veinte minutos. Esos eran los veinte minutos que Mateo le había regalado. Si se hubiera quedado peleando con el gerente, o buscando un taxi en el tráfico, no habría llegado a firmar los papeles.
Su hija estaba viva gracias a un cable de cobre y a un mecánico que acababa de perder su sustento por él.
Sacó su teléfono del bolsillo del chaleco. Sus manos aún temblaban, pero ahora de adrenalina y gratitud. Marcó un número que tenía guardado como “Hermano Mayor”.
Sonó dos veces.
—¿Bueno? —contestó una voz masculina, calmada, autoritaria, con el tono de quien está en una sala de juntas importante.
—Carlos —dijo Ray, con la voz ronca—. Soy yo. Necesito que me escuches. Y necesito que te sientes, porque lo que te voy a contar sobre tu sucursal de Tlalpan no te va a gustar nada. Pero nada.
Del otro lado de la línea, Carlos Ellison, CEO y fundador de la cadena “Automotriz Ellison”, la red de talleres más grande y prestigiosa del país, hizo una señal a su junta directiva para que guardaran silencio. Conocía ese tono en la voz de su hermano.
—¿Qué pasó, Ray? ¿Estás bien? ¿La niña?
—La niña va a estar bien —dijo Ray, mirando hacia las puertas dobles de Urgencias—. Pero tu gerente… ese imbécil casi me cuesta la vida de mi hija. Y corrió al único empleado que vale la pena en toda tu maldita empresa. Quiero su cabeza, Carlos. Y quiero justicia para el chavo.
—Cuéntamelo todo —dijo el CEO, poniéndose de pie y caminando hacia el ventanal de su oficina en Santa Fe.
Y Ray empezó a hablar.
CAPÍTULO 4: La Tristeza del Barrio y la Soberbia del Necio
Mientras Ray desataba la furia del Olimpo corporativo, Mateo llegaba finalmente a su casa.
La vecindad en la colonia Doctores era un edificio antiguo, de esos que sobrevivieron al terremoto del 85 de puro milagro y terquedad. Las paredes estaban pintadas de un amarillo chillón que ya se estaba despellejando, revelando el ladrillo rojo debajo. En el patio central, la ropa tendida de veinte familias ondeaba como banderas de rendición: sábanas de Spiderman, uniformes escolares, pantalones de mezclilla gastados.
Mateo cruzó el zaguán saludando a Doña Chonita, la portera, que estaba barriendo (o más bien, moviendo el polvo de un lado a otro).
—Milagro que llegas temprano, Mateo —dijo la anciana, apoyándose en su escoba—. ¿Te dieron el día por buen comportamiento?
Mateo forzó una sonrisa que le dolió en el alma.
—Algo así, Doña Chonita. Hubo… poca chamba.
Subió las escaleras de metal hacia el segundo piso, cada paso resonando como un gong anunciando su fracaso. Al llegar a la puerta número 204, se detuvo. Escuchó la radio adentro. Su mamá estaba escuchando las noticias mientras cocinaba. Ese olor a frijoles con epazote y tortillas quemadas en el comal era el olor de su infancia, de su refugio. Y ahora sentía que no lo merecía.
Giró la llave y entró.
El departamento era minúsculo. Una sola habitación dividida por una cortina de tela floreada. De un lado, las camas; del otro, la cocina y una mesa con dos sillas desparejadas. Todo estaba impecablemente limpio, porque Doña Carmen decía que “la pobreza no está peleada con la limpieza”.
—¿Mijo? —Carmen salió de detrás de la cortina, secándose las manos en el delantal. Su rostro, surcado por arrugas prematuras, se iluminó al verlo, pero la sonrisa se desvaneció al notar los ojos rojos de Mateo y el hecho de que traía su mochila a una hora inusual—. ¿Qué pasó? ¿Te sientes mal? ¿Te lastimaste en el taller?
Mateo soltó la mochila en el suelo. El sonido metálico de las herramientas golpeando el piso fue el punto final de su resistencia. Se derrumbó en una de las sillas y escondió la cara entre las manos.
—Me corrieron, amá —soltó la bomba.
El silencio que siguió fue peor que cualquier grito. Mateo escuchó el suspiro de su madre, el sonido de la cuchara de madera cayendo en la mesa. Sintió su mano, áspera y cálida, posarse en su hombro.
—¿Por qué, Mateo? —su voz no era de regaño, sino de preocupación profunda—. ¿Rompiste algo? ¿Llegaste tarde? Dime que no te peleaste a golpes, hijo.
Mateo levantó la cara.
—No, amá. No hice nada de eso. —Tomó aire y le contó todo. Le contó del biker, de la desesperación en sus ojos, de la crueldad de Rivas, de las risas de los compañeros. Le contó cómo sintió que, si no ayudaba a ese hombre, se convertiría en uno de ellos: un zombie sin alma.
Cuando terminó, esperó el regaño. Esperó el “te dije que agacharas la cabeza”, el “primero es la familia”.
Pero Doña Carmen hizo algo que Mateo no esperaba. Le levantó la barbilla con suavidad y lo miró a los ojos con un orgullo feroz.
—Hiciste bien, Mateo.
—Pero, amá… la renta, tu medicina… —balbuceó él.
—El dinero va y viene, hijo. Dios aprieta pero no ahorca. Pero la dignidad… esa, si la pierdes, no regresa. —Carmen le besó la frente—. Ese Ingeniero Rivas es un pobre diablo. Tú eres un hombre. Un hombre bueno. Y prefiero tener un hijo desempleado pero con corazón, que un hijo gerente pero podrido por dentro. Ahora lávate las manos, que vamos a comer. Mañana Dios dirá.
Mateo sintió que un peso de mil toneladas se le quitaba de encima. Abrazó a su madre, aferrándose a su fuerza pequeña pero inquebrantable. En ese cuartito humilde de la Doctores, había más riqueza humana que en toda la cuenta bancaria del Ingeniero Rivas.
Mientras tanto, en el “Servicio Automotriz Velázquez”, la atmósfera era extraña.
El Ingeniero Rivas estaba sentado en su oficina, comiéndose una torta cubana que había mandado comprar. Se sentía poderoso. Había reafirmado su autoridad. Había sacado la “manzana podrida”.
—Nadie me reta en mi propio taller —masculló con la boca llena, limpiándose la mayonesa de la comisura de los labios.
Afuera, en el piso de trabajo, el ambiente no era de celebración. “El Tuercas” y Sánchez trabajaban en silencio. Sin Mateo para cargarles la mano, el trabajo se acumulaba. Tenían que ir por sus propias refacciones, limpiar su propia grasa.
—Oye, Tuercas —susurró Sánchez, mientras apretaba una suspensión—. ¿No se te hizo raro?
—¿Qué cosa?
—Lo del chavo. Mateo. Se fue… muy tranquilo. Y el biker ese… no sé, güey. Tenía finta de pesado. De los de verdad.
—Bah, puros cuentos —escupió Tuercas, aunque miraba hacia la calle con nerviosismo—. Era un mugroso más. Hicimos bien en no meternos. Rivas nos hubiera corrido a todos. Cada quien se rasca con sus propias uñas, ¿no?
—Sí… supongo —dijo Sánchez, pero no sonaba convencido.
Había una sensación de vacío en el taller. Faltaba el sonido constante de Mateo trabajando, el clink-clink de sus herramientas que nunca paraban. Faltaba la persona que resolvía los problemas difíciles que ellos no querían tocar.
A las 4:00 p.m., el teléfono rojo en el escritorio de Rivas sonó.
Rivas se sobresaltó. Ese teléfono era la línea directa con el Corporativo. Solo sonaba para auditorías o emergencias graves. Se limpió las manos, se acomodó la corbata y contestó con su voz más servicial y empalagosa.
—Servicio Automotriz Velázquez, habla el Ingeniero Rivas, Gerente General. ¿En qué puedo servirle?
—Rivas —la voz al otro lado era gélida. No era una secretaria. Era la voz que salía en los videos de capacitación anual. La voz del dueño—. Habla Carlos Ellison.
Rivas sintió que se le helaba la sangre.
—Se… Señor Ellison. ¡Qué honor! ¿A qué debo el placer de su llamada? ¿Vio los números del mes? Subimos la facturación un 5% y…
—Cállese, Rivas —cortó Ellison. No gritó, lo cual fue peor. Fue un tono seco, final—. No me interesan sus números. Me interesa saber por qué mi hermano me acaba de llamar desde el hospital diciendo que usted le negó el servicio en una emergencia y que despidió al único empleado que tuvo la decencia humana de ayudarlo.
El mundo de Rivas se detuvo. El tiempo se estiró. Las palabras rebotaron en su cráneo vacío. “Mi hermano”. “Emergencia”. “Despidió”.
—Yo… yo no sabía… él parecía… digo, el protocolo de seguridad… —balbuceó, sudando frío.
—El protocolo de esta empresa es el servicio y la excelencia, Rivas. No la discriminación. Mañana a primera hora voy a ir personalmente a su sucursal. Y quiero que ese muchacho, Mateo, esté ahí.
—Pero señor, ya lo despedí… no tengo su número… no sé dónde vive…
—Pues búsquelo. Debajo de las piedras si es necesario. Si Mateo no está en ese taller mañana a las 9:00 a.m. para recibir una disculpa, no solo va a perder su trabajo, Rivas. Me voy a asegurar de que no vuelva a gerenciar ni un puesto de limonadas en este país. ¿Me entendió?
—Sí… sí, señor Ellison.
—Tiene 16 horas. Corra.
La línea murió con un click.
Rivas se quedó con el auricular en la mano, temblando. Miró a través del cristal de su oficina hacia el taller. Vio a sus mecánicos mediocres, vio la grasa en el piso, vio el espacio vacío donde solía estar Mateo.
Salió de la oficina tambaleándose, pálido como un papel.
—¡Sánchez! ¡Tuercas! —gritó, con la voz aguda por el pánico—. ¡Paren todo! ¡Necesito la dirección del “Chalan”! ¡Necesito encontrar a Mateo ahora mismo!
—¿Qué pasó, jefe? —preguntó Tuercas, asustado.
—¡Pasó que ese maldito biker era el hermano del dueño! ¡Y si no traemos a Mateo de regreso para mañana, nos van a correr a todos! ¡A TODOS!
El pánico estalló en el taller. Era la ironía más dulce y cruel: los mismos hombres que horas antes habían expulsado a Mateo como si fuera basura, ahora dependían de él para salvar sus propios pellejos.
Y en un pequeño cuarto de la colonia Doctores, Mateo dormía tranquilo por primera vez en años, sin saber que se había convertido en el hombre más buscado de la ciudad.
CAPÍTULO 5: La Cacería de las Ratas en la Doctores
El sol se había ocultado tras los edificios grises de la ciudad, dejando paso a ese crepúsculo eléctrico y sucio que caracteriza a la capital. En el taller “Servicio Automotriz Velázquez”, las luces fluorescentes parpadeaban como si estuvieran nerviosas. Y tenían razón para estarlo.
Adentro, la escena era patética. El Ingeniero Rivas, el hombre que horas antes se paseaba como un pavo real hinchado de soberbia, ahora corría en círculos como una rata en una cubeta enjabonada. Su camisa blanca, antes impecable, tenía manchas de sudor en las axilas y la espalda. Su corbata estaba desajustada, colgando como una soga floja alrededor de su cuello.
—¡Busquen el expediente, bola de inútiles! —gritó, lanzando una carpeta vacía contra la pared de cristal de su oficina—. ¡Necesito la dirección de Mateo! ¡Necesito su teléfono! ¡Necesito saber dónde diablos se mete ese indio!
“El Tuercas” y Sánchez revolvían cajones viejos, llenos de facturas de refacciones chinas y calendarios de hace tres años. El pánico es contagioso, y Rivas se lo había pegado con éxito. Sabían que si Rivas caía, ellos caían con él. Eran cómplices de su tiranía, y el karma venía a cobrar la factura completa.
—Jefe… aquí no hay nada —dijo Sánchez, con la voz temblorosa, sosteniendo un folder manila delgado y triste—. En su contrato de “Ayudante General Temporal” solo dice “Mateo López”. No hay copia del INE, no hay comprobante de domicilio… Usted dijo que no gastáramos en papeleo para los “desechables”.
Rivas se pasó las manos por el poco pelo que le quedaba, jalándoselo con desesperación.
—¡Maldita sea mi suerte! ¡Maldita sea! —Golpeó el escritorio con el puño—. ¿Cómo es posible que tengamos a un empleado dos años y no sepamos dónde vive?
—Pues… nunca nos importó, Inge —se le escapó a Tuercas, con una sinceridad brutal y estúpida.
Rivas lo fulminó con la mirada, pero sabía que era verdad. Para ellos, Mateo no era una persona; era una herramienta que hablaba. Una llave inglesa con patas.
—¡Piensen! —bramó Rivas—. ¿Alguien habló con él alguna vez? ¿Alguien sabe algo de su vida?
El silencio en el taller fue vergonzoso. Habían compartido el mismo techo durante 700 días, pero nadie sabía nada de él.
—Yo… —levantó la mano tímidamente Jonás, el chico nuevo que barría los pisos y al que nadie tomaba en cuenta—. Yo una vez lo oí hablando por teléfono con su mamá. Le dijo que ya iba para “el cantón” en la Doctores. Y mencionó algo de la calle Dr. Vértiz.
Rivas se giró hacia Jonás como un depredador que huele sangre.
—¿La Doctores? ¿Estás seguro?
—Simón, jefe. Dijo que vivía en la vecindad amarilla frente a la tienda “La Esperanza”. Que ahí le guardaran los tamales.
—La Doctores… —Rivas tragó saliva.
La Colonia Doctores no es Polanco. No es la Condesa. Es un barrio bravo, de esos con historia, con carácter y con dientes. Es un lugar donde la gente trabajadora convive con la fichita, donde los altares a la Santa Muerte adornan las esquinas y donde un coche desconocido dando vueltas a lo tonto es una invitación a ser desvalijado.
Pero Rivas no tenía opción. El reloj en la pared marcaba las 6:30 p.m. Tenía menos de 15 horas para salvar su cuello.
—¡Sánchez, trae mi coche! —ordenó Rivas—. ¡Tú y el Tuercas vienen conmigo! Vamos a buscarlo.
—¿A la Doctores, jefe? —Sánchez palideció—. ¿A esta hora? Ya está oscureciendo. Nos van a dar baje con los espejos, o peor…
—¡Me vale madre si nos roban los riñones! —gritó Rivas, empujándolos hacia la salida—. ¡Si no encuentro a Mateo, el Señor Ellison me va a arrancar la piel a tiras! ¡Vámonos!
El viaje fue un descenso a los infiernos de la neurosis de Rivas. Iban en su Nissan Sentra plateado, con los seguros puestos y las ventanas subidas hasta el tope, a pesar de que el aire acondicionado no servía bien.
Cruzaron el Viaducto y se adentraron en las calles de la colonia. El ambiente cambió de inmediato. Las luces de mercurio anaranjadas iluminaban banquetas rotas y puestos de garnachas humeantes. Había música de sonidero retumbando en alguna vecindad cercana. Grupos de jóvenes en motonetas los miraban pasar con ojos calculadores.
—Cierra los ojos si te miran, Tuercas —susurró Sánchez desde el asiento de atrás, abrazando una llave de cruz que había traído “por si las moscas”.
—Cállense los dos —siseó Rivas, manejando despacio, esquivando baches que parecían cráteres lunares—. Busquen una fachada amarilla. Frente a una tienda.
Dieron vueltas durante una hora. Para Rivas, cada minuto era una tortura. Se imaginaba al CEO, Carlos Ellison, en su oficina de cristal, afilando el hacha. Se imaginaba su propia vida desmoronándose: las colegiaturas de sus hijos, la letra del coche, la apariencia de éxito que tanto le había costado mantener. Todo dependía de un muchacho al que había llamado “indio” esa misma mañana. La ironía le sabía a bilis en la boca.
—¡Ahí! —gritó Jonás, que iba de copiloto—. ¡Esa es! “Abarrotes La Esperanza”. Y enfrente está la vecindad amarilla.
Rivas frenó de golpe. El edificio era una construcción vieja, con el aplanado cayéndose a pedazos y grafitis territoriales en el portón de metal oxidado. Parecía una fortaleza de la pobreza.
—Bájense —ordenó Rivas.
—¿Nosotros? —chilló Tuercas—. Bájese usted, es el jefe.
—¡Es una orden! —Rivas se bajó, temblando, y activó la alarma del coche dos veces. Bip-bip. El sonido ajeno y burgués resonó en la calle, atrayendo miradas desde las ventanas oscuras.
Caminaron hacia el portón. Rivas sentía que el suelo le quemaba los pies de marca. Tocó el timbre, un botón de plástico derretido que probablemente no servía desde 1990. Nadie abrió.
Golpeó el metal con los nudillos.
—¡Mateo! —gritó, intentando sonar autoritario, pero su voz salió aguda—. ¡Mateo López!
El portón tenía una ventanita pequeña, una mirilla de hierro. Se abrió con un chirrido oxidado y aparecieron dos ojos desconfiados y arrugados.
—¿Quién hace tanto escándalo? —preguntó una voz de anciana, rasposa como lija. Era Doña Chonita, la guardiana del umbral.
—Señora, buenas noches —dijo Rivas, poniendo su mejor sonrisa de vendedor de seguros—. Busco al joven Mateo López. Soy su… su jefe. Vengo a hablar con él de un asunto urgente de la empresa.
La anciana lo escaneó de arriba abajo. Vio el traje barato, el sudor, la desesperación. Luego miró a los dos gorilas detrás de él (Tuercas y Sánchez) que miraban a todos lados con pánico.
—Mateo ya no trabaja ahí —dijo Doña Chonita secamente—. Él me dijo que lo corrieron unos sinvergüenzas. Así que, a menos que venga a traerle su liquidación completa y en efectivo, aquí no entra nadie.
Y cerró la mirilla de golpe. ¡Clack!
—¡No, espere! —Rivas golpeó la puerta con la palma abierta—. ¡Señora! ¡Por favor! ¡Es un error! ¡Le traigo… le traigo una oferta! ¡Dígale que es el Ingeniero Rivas!
Desde adentro, se escuchó la voz de la anciana alejándose.
—¡Aquí no queremos ingenieros, queremos gente decente! ¡Váyase o le echo agua fría!
Rivas se recargó contra el portón, derrotado.
—Vamos a esperar —dijo, deslizándose hasta quedar en cuclillas sobre la banqueta sucia—. No me voy a mover de aquí hasta que salga.
Sánchez y Tuercas se miraron con horror. Iban a pasar la noche en la banqueta de la Doctores, vestidos de mecánicos, junto a un coche que gritaba “róbame”.
—Jefe… nos van a picar —susurró Tuercas.
—Si no sale Mateo, el que los va a picar soy yo —gruñó Rivas.
Y así comenzó la vigilia más larga de sus vidas, tres hombres asustados esperando a su salvador, mientras la colonia Doctores respiraba a su alrededor, viva, peligrosa y ajena a sus problemas corporativos.
CAPÍTULO 6: La Oscuridad antes del Amanecer
Adentro del departamento 204, el mundo era muy diferente.
Mateo estaba sentado a la mesa, terminando de cenar unos huevos con jamón que su mamá le había preparado. El ambiente era cálido, iluminado por una bombilla de luz amarilla que colgaba del techo. La radio tocaba boleros antiguos a volumen bajo, una costumbre de Doña Carmen para “endulzar la noche”.
—¿Estás seguro que era él? —preguntó Carmen, sirviéndose un poco más de café de olla.
—Sí, amá. Esa voz chillona de Rivas la reconocería en cualquier lado. Y el Tuercas, con su risa de menso. Están afuera.
Mateo se llevó la taza a los labios, ocultando una sonrisa nerviosa. Doña Chonita había subido hace diez minutos a contarles el chisme completo: “Unos tipos con cara de estreñidos están preguntando por ti, mijo. Los mandé por un tubo, pero ahí se quedaron sentados en la banqueta como perros abandonados”.
—¿Qué querrán, hijo? —Carmen frunció el ceño, preocupada—. ¿Y si te quieren acusar de algo? ¿De que te robaste una herramienta o algo así? Esos tipos son capaces de todo para no pagarte.
Mateo negó con la cabeza.
—No, jefa. Si quisieran acusarme, habrían traído a la patrulla. Rivas es cobarde, no se mete al barrio solo si no es por algo de vida o muerte. —Mateo miró hacia la ventana cerrada—. Algo pasó. Algo grave. Y creo que tiene que ver con la moto.
Recordó al Biker. Ray. Recordó la forma en que salió disparado en su Harley. Recordó sus palabras: “Nunca voy a olvidar esto”. ¿Será posible? ¿Será que un simple motociclista tuviera el poder de hacer que el Ingeniero Rivas viniera a arrastrarse a la Doctores un martes por la noche?
—¿Vas a bajar? —preguntó su madre.
Mateo lo pensó. Una parte de él quería dejarlos ahí toda la noche, que sintieran el frío, el miedo y la incomodidad que él sentía todos los días en el taller. Quería que Rivas supiera lo que es ser invisible y vulnerable.
Pero Mateo no era cruel. Ese era su superpoder y su maldición.
—Voy a ver qué quiere. Pero no voy a abrir el zaguán. No vaya a ser que se quieran meter a la fuerza.
—Ten cuidado, mijo. Llévate el bat de tu papá —dijo Carmen, señalando un viejo bat de béisbol detrás de la puerta.
Mateo bajó las escaleras de la vecindad. El edificio estaba tranquilo, pero se sentía la presencia de los vecinos asomados discretamente por las ventanas. En el barrio, el chisme es el deporte nacional, y el espectáculo de tres fuereños en la puerta era la final del mundial.
Llegó al portón. A través de la mirilla, vio a Rivas sentado en la banqueta, con la cabeza entre las rodillas. Parecía un niño regañado. Tuercas estaba fumando un cigarro con manos temblorosas.
—Rivas —dijo Mateo, sin abrir. Su voz resonó metálica a través del portón.
Rivas dio un salto como si le hubieran dado toques eléctricos. Se pegó a la puerta.
—¡Mateo! ¡Mateo, hijo! ¿Eres tú? ¡Abre, por favor! ¡Tenemos que hablar!
—No tengo nada que hablar con usted. Ya me corrió. Ya fui por mis cosas. Déjeme en paz.
—¡No, no! ¡Fue un malentendido! —Rivas hablaba atropelladamente, pegando la boca a la ranura—. ¡Estaba estresado! ¡Tú sabes cómo es la presión corporativa! ¡Mateo, escúchame! ¡Te regreso tu trabajo! ¡Te lo juro! ¡Mañana mismo entras! ¡Sin rencores!
Mateo sintió una oleada de incredulidad. ¿Sin rencores? ¿Después de dos años de humillaciones?
—No quiero mi trabajo, Rivas. Consígase a otro chalan al que pueda gritarle. Yo ya no juego.
—¡Te subo el sueldo! —gritó Rivas, desesperado—. ¡Cien pesos más a la semana! ¡No, doscientos! ¡Y… y te dejo usar la cafetera de la oficina!
Mateo soltó una risa seca, amarga. La cafetera. Ese era el precio de su dignidad para Rivas. Una taza de café barato.
—Váyase a su casa, Ingeniero. Aquí no se le ha perdido nada. Y dígale al Tuercas que si sigue tirando colillas en mi banqueta, Doña Chonita le va a echar la cubeta de orines.
—¡Mateo, por el amor de Dios! —Rivas empezó a sollozar. Era un sonido patético, el sonido de un ego rompiéndose—. ¡Si no vas mañana a las 9:00, me corren! ¡Me corren a mí! ¡El dueño viene! ¡El dueño en persona! ¡Es el hermano del Biker! ¡El tipo de la moto era el hermano de Carlos Ellison!
Mateo se quedó helado.
El hermano del dueño.
Las piezas del rompecabezas encajaron con un chasquido mental. Por eso el miedo. Por eso la visita nocturna. No era arrepentimiento; era terror. El karma no solo había llegado; había llegado en moto y con chaqueta de cuero.
—Ah… —dijo Mateo suavemente—. Con que es eso. Ahora resulta que sí importo, ¿no? Porque su cuello está en la guillotina.
—¡Mateo, tengo hijos! —suplicó Rivas—. ¡Por favor! ¡Te pago lo que quieras! ¡Te doy mi bono del mes! ¡Solo preséntate y di que todo está bien!
Mateo recargó la frente contra el metal frío del portón. Tenía el poder. Por primera vez en su vida, él tenía la sartén por el mango. Podía destruir a Rivas con una sola palabra: “No”. Podía dejar que lo corrieran, que perdiera su coche, su estatus, todo. Sería justicia poética.
Pero luego pensó en el Biker. En Ray. Pensó en que ese hombre, el hermano del dueño, había regresado por él. No Rivas, sino Ray. Si el dueño iba a ir mañana, significaba que alguien allá arriba había visto su valor.
—Váyase, Rivas —dijo Mateo con calma.
—¡Pero Mateo…!
—Dije que se vaya. Si sigue gritando, voy a salir, pero no a hablar.
Rivas entendió el mensaje. Sabía cuando estaba vencido.
—Por favor, Mateo… piénsalo. Mañana a las 9:00. Por favor.
Escuchó los pasos de Rivas alejándose, el motor del Sentra arrancando y perdiéndose en la noche.
Mateo subió las escaleras despacio. Su mente era un caos. ¿Debía ir? ¿Debía salvar a su verdugo? ¿O debía ir para ver caer el hacha?
Al llegar a su puerta, vio algo que no había visto al bajar. Quizás por la prisa, o quizás porque acababan de ponerlo.
Había un sobre pegado con cinta adhesiva en la madera despintada de su puerta. No era un sobre de oficina. Era un papel de cuaderno doblado, con su nombre escrito con plumón negro permanente, con una caligrafía fuerte y angulosa.
MATEO.
Lo despegó con cuidado. Adentro había una nota breve y un billete de 50 dólares americanos, algo rarísimo de ver en la Doctores.
Leyó la nota bajo la luz del pasillo:
*”Chavo: Sé que mi hermano va a ir mañana al taller. Sé que el imbécil de tu gerente te va a ir a buscar llorando. No vayas por él. Ve por ti. Ve para que veas lo que pasa cuando uno actúa con honor. Te veo a las 9:00. Tu puesto te espera, pero no el de chalan.
PD: Gracias por devolverme a mi hija.
- Ray”*
Mateo sintió un nudo en la garganta. No era un soborno. El billete era un gesto, pero las palabras… las palabras eran respeto.
Entró al departamento. Su mamá lo miraba expectante.
—¿Qué pasó, hijo?
Mateo puso el billete y la nota sobre la mesa. Se sentó y miró sus manos, esas manos que Rivas despreciaba y que Ray había estrechado con gratitud.
—Mañana voy a ir, amá —dijo Mateo, con una determinación nueva brillando en sus ojos oscuros.
—¿Vas a perdonarlo? —preguntó Carmen, sorprendida.
—No —Mateo sonrió, y esta vez no fue una sonrisa triste. Fue la sonrisa de quien sabe que va a ganar—. Voy a ir a ver cómo lo corren. Y voy a ir a recoger lo que es mío.
Carmen sonrió también y le sirvió otro pan dulce.
—Ese es mi hijo. Pero plánchate bien el overol, eh. Si vas a ir a ver al dueño, tienes que ir impecable. Que vean que en esta casa hay pobreza, pero no mugre.
Esa noche, Mateo no durmió mucho. Pero no fue por miedo. Se quedó acostado escuchando los ruidos de la vecindad, imaginando el mañana. Imaginando el momento en que entraría por esa puerta no como un empleado desechable, sino como el invitado de honor.
A kilómetros de ahí, el Ingeniero Rivas se tomaba su tercer trago de tequila, temblando, rezando a un Dios en el que no creía para que el “indio” de la Doctores tuviera piedad. Pero la piedad, Rivas estaba a punto de aprender, es un lujo que se gana, no se exige.
Y el amanecer se acercaba, implacable, trayendo consigo la justicia que había tardado dos años en llegar.
CAPÍTULO 7: El Juicio Final en la Calzada de Tlalpan
El amanecer del martes trajo consigo un cielo gris plomo sobre la Ciudad de México, de esos que amenazan lluvia pero solo regalan bochorno. En el “Servicio Automotriz Velázquez”, sin embargo, el clima era gélido.
Eran las 8:00 a.m. en punto. El taller nunca había estado tan limpio. Desde las cinco de la mañana, el Ingeniero Rivas había obligado a “El Tuercas”, a Sánchez y al pobre Jonás a fregar los pisos con cloro y ácido muriático hasta que el concreto casi brillaba. Las herramientas estaban alineadas por tamaño, como soldaditos de plomo. No había ni una mancha de grasa, ni una revista de chicas en los baños, ni una sola colilla de cigarro.
El lugar olía a miedo y a Fabuloso de lavanda.
Rivas estaba parado junto a la recepción, temblando visiblemente. Se había puesto su mejor traje (uno azul brillante que compró en oferta en el Buen Fin), se había peinado el poco cabello que le quedaba con medio bote de gel y se había echado tanta loción que mareaba a quien se le acercara.
—Sánchez, ¿te lavaste las manos? —preguntó Rivas por décima vez, con la voz quebrada.
—Sí, jefe. Hasta con piedra pómez. Me arden —respondió Sánchez, que tenía los ojos rojos de no dormir y del miedo a perder la chamba.
—Más les vale. Cuando llegue el Señor Ellison, quiero que parezcan ingenieros de la NASA, no mecánicos de banqueta. Y si alguien abre la boca para decir algo que no sea “sí, señor”, lo mato. Lo mato yo mismo.
El reloj avanzaba lento, tortuoso. 8:15… 8:30… 8:45.
A las 8:50 a.m., el tráfico de Tlalpan pareció abrirse como el Mar Rojo. Una caravana de tres camionetas Suburban negras, blindadas y con vidrios polarizados, se estacionó frente al taller, ocupando toda la entrada.
El corazón de Rivas se detuvo. Eran ellos.
De la primera camioneta bajaron cuatro hombres de seguridad, tipos enormes con trajes negros y audífonos en el oído, que escanearon el perímetro como si estuvieran en zona de guerra. De la segunda camioneta, bajó el chofer y abrió la puerta trasera.
Primero bajó una bota de cuero negro. Luego la otra. Y entonces, Ray, el Biker, se puso de pie en la acera. Ya no traía el chaleco lleno de polvo, pero tampoco venía de traje. Vestía unos jeans oscuros impecables, una camisa negra fajada y botas nuevas. Se veía poderoso, recuperado, una fuerza de la naturaleza.
Y detrás de él, bajó Carlos Ellison.
El CEO no necesitaba gritar para imponerse. Era un hombre de unos 55 años, con el cabello plateado perfectamente cortado y un traje gris marengo que costaba más que todo el taller junto con los coches adentro. Caminaba con esa tranquilidad de quien es dueño no solo del edificio, sino del tiempo de todos los presentes.
Rivas tragó saliva, sintiendo que la garganta se le cerraba. Corrió a abrir la puerta de cristal.
—¡Se… Señor Ellison! ¡Qué honor! ¡Bienvenido a su casa! —dijo Rivas, haciendo una reverencia ridícula—. ¡Pase, pase! ¡Señor Ray… qué gusto verlo de nuevo, tan… tan saludable!
Ray ni siquiera lo miró. Pasó de largo como si Rivas fuera un mueble feo y se paró en medio del taller, cruzando los brazos masivos sobre el pecho.
Carlos Ellison entró despacio, observando todo. Pasó un dedo por el mostrador de la recepción. Limpio. Miró a los mecánicos alineados contra la pared, que temblaban como gelatinas. Finalmente, posó sus ojos fríos y calculadores sobre Rivas.
—Buenos días, Rivas —dijo Ellison. Su voz era suave, educada, lo cual la hacía mil veces más aterradora—. Veo que limpió el lugar. Huele a pánico.
—Jefe… digo, Señor Ellison… siempre mantenemos los estándares de calidad al máximo —mintió Rivas, sudando a chorros—. Es un orgullo para mí…
—¿Dónde está? —interrumpió Ray. Su voz retumbó en las paredes de lámina.
Rivas se hizo el desentendido.
—¿Perdón? ¿Quién?
—El muchacho —dijo Ellison, sacando un reloj de bolsillo de oro—. Son las 8:58. Le dije que lo quería aquí.
—Ah… Mateo —Rivas soltó una risita nerviosa—. Pues mire, señor… ya ve cómo es esta gente. Se les da una oportunidad y… bueno, son impuntuales, irresponsables. Seguro se quedó dormido o le dio miedo venir a dar la cara después de… de su falta de ayer. Yo fui a buscarlo personalmente a su casa anoche, ¿pueden creerlo? Me humillé yendo a una zona… peligrosa. Pero no quiso venir. Así son.
Sánchez y Tuercas intercambiaron miradas de terror. Rivas estaba cavando su propia tumba, y los estaba jalando con él.
—¿Así que no va a venir? —preguntó Ray, arqueando una ceja.
—Lo dudo mucho, señor Ray. Es un mal elemento. Pero no se preocupe, aquí tenemos a Sánchez y al Tuercas, que son técnicos certificados y…
Ding-Dong.
La campanilla de la puerta sonó a las 9:00 a.m. en punto.
Todos voltearon.
En la puerta, recortado contra la luz de la mañana, estaba Mateo.
No llevaba su overol sucio. Llevaba unos pantalones de vestir negros (los que usó para su graduación de la secundaria), una camisa blanca planchada con almidón que brillaba de limpia, y sus botas de trabajo, pero boleadas hasta parecer espejos. Tenía la cabeza alta, la espalda recta y una carpeta de cuero sintético bajo el brazo.
No entró por la puerta de servicio. Entró por la puerta principal.
Rivas sintió que las rodillas le fallaban.
—Ma… Mateo —tartamudeó—. Llegaste.
Mateo ignoró a Rivas. Caminó directamente hacia Carlos Ellison y Ray. Se detuvo a dos metros de ellos y extendió la mano.
—Buenos días, señores. Soy Mateo López. Gracias por la invitación.
Carlos Ellison lo miró, sorprendido. Esperaba ver a un chico asustado, a un “chalan” sumiso. En su lugar, veía a un joven con una dignidad que no se compra en ninguna universidad. Ellison sonrió levemente y estrechó la mano de Mateo.
—Buenos días, Mateo. Soy Carlos. Y creo que ya conoces a mi hermano.
Ray dio un paso adelante y, rompiendo todo protocolo empresarial, abrazó a Mateo. Fue un abrazo breve pero fuerte, de esos que te acomodan los huesos y el alma.
—Llegas a tiempo, kid —dijo Ray, sonriendo.
—Siempre, señor —respondió Mateo.
Rivas, viendo que la situación se le escapaba de las manos, intentó recuperar el control.
—Bueno, bueno… qué conmovedor. Mateo, qué bueno que viniste para… eh… disculparte con el Señor Ellison por el malentendido de ayer y por haber abandonado tu puesto de trabajo.
El taller quedó en silencio absoluto. Rivas estaba apostando su última carta: la intimidación.
Mateo giró la cabeza lentamente y miró a Rivas. Ya no había miedo en sus ojos oscuros. Solo había una calma absoluta, la calma del que sabe que tiene la verdad de su lado.
—Yo no abandoné mi puesto, Ingeniero —dijo Mateo, con voz clara y firme—. Usted me despidió. Me corrió porque le di corriente a una moto. Me corrió porque dijo que ayudar a este señor era “atender delincuentes”. Me corrió porque dijo que mi gente, y cito sus palabras, “solo trae problemas”.
El rostro de Rivas pasó de rojo a blanco pálido en un segundo.
—¡Mentira! —gritó Rivas, desesperado—. ¡Señor Ellison, es un mentiroso! ¡Está resentido! ¡Yo solo seguía el protocolo de seguridad! ¡Nunca dije eso! ¡Sánchez! ¡Tuercas! ¡Díganle al señor Ellison que es mentira!
Rivas miró a sus cómplices, rogando con los ojos.
Carlos Ellison se giró hacia “El Tuercas”, que estaba sudando frío.
—A ver, tú. El de la gorra sucia. ¿Qué pasó ayer? Y piénsalo bien antes de contestar, porque tengo cámaras de seguridad con audio en la recepción que, aunque Rivas cree que no sirven, mi equipo revisó esta mañana remotamente.
Era un bluff. Las cámaras no tenían audio. Pero “El Tuercas” no lo sabía. Y el miedo a la cárcel (o a algo peor) fue más fuerte que su lealtad a Rivas.
—Fue el Inge, señor —soltó Tuercas de golpe, como un vómito verbal—. Él le gritó a Mateo. Le dijo “indio”. Le dijo que si tocaba la moto estaba despedido. Mateo solo quería ayudar. Nosotros… nosotros no hicimos nada porque el Inge nos amenazó con corrernos también.
—¡Traidor! —chilló Rivas—. ¡Eres un imbécil!
—¡Es la verdad! —intervino Sánchez, levantando las manos—. ¡Rivas nos tiene aterrorizados! ¡Nos cobra las herramientas si se rompen! ¡Nos hace lavar su coche gratis! ¡Y ayer trató al señor Ray como basura!
Rivas retrocedió, acorralado. Miró a Ellison, luego a Ray, luego a Mateo. Se dio cuenta de que estaba solo. Completamente solo en el centro de su pequeño reino de mentiras que acababa de derrumbarse.
Carlos Ellison suspiró, como quien tiene que limpiar algo asqueroso de la suela de su zapato.
—Rivas —dijo Ellison—. Estás despedido.
—Pero señor… tengo diez años en la empresa… mi liquidación… mis derechos…
—No vas a recibir ni un centavo —cortó Ellison, con voz de hielo—. Te vas por discriminación, acoso laboral y negligencia grave. Y si intentas demandar, tengo a tres testigos y a mi hermano, que testificarán con gusto sobre cómo le negaste auxilio médico indirecto a una menor de edad. ¿Quieres ir a juicio, Rivas? Porque mis abogados se desayunan a tipos como tú.
Rivas abrió la boca, pero no salió nada. Se veía pequeño, patético.
—Saca tus cosas —ordenó Ray—. Ahora. Tienes cinco minutos antes de que seguridad te saque a patadas.
Rivas caminó hacia su oficina de cristal, arrastrando los pies. Metió en una caja de cartón su taza de “Jefe #1”, su engrapadora y una foto de él mismo dándole la mano a un político local. Salió del taller entre las miradas de desprecio de todos. Nadie le dijo adiós. Nadie lo miró a los ojos. Al cruzar la puerta hacia la calle ruidosa, el Ingeniero Rivas se convirtió en nadie.
CAPÍTULO 8: Un Nuevo Motor
Con la salida de Rivas, el aire en el taller pareció limpiarse de golpe, como si hubieran abierto todas las ventanas después de un incendio.
Carlos Ellison se volvió hacia el grupo. Los mecánicos contenían la respiración, temiendo ser los siguientes.
—Escuchen bien —dijo Ellison—. Lo que pasó ayer es una vergüenza para mi apellido y para esta empresa. “Automotriz Ellison” se construyó sobre el servicio, no sobre la soberbia. Rivas era un cáncer, y ya lo extirpamos. Pero un taller sin cabeza no funciona.
Ellison caminó hacia Mateo, que seguía de pie con su carpeta bajo el brazo.
—Mateo —dijo el CEO—. Mi hermano me dice que eres el mejor mecánico que ha visto en años. Dice que diagnosticaste un fallo eléctrico de una Harley solo con el oído y que improvisaste un puente en dos minutos bajo presión extrema.
—Solo fue suerte, señor —dijo Mateo, humilde.
—No fue suerte. Fue talento y carácter —intervino Ray—. Y anoche revisé tu historial. Has hecho el trabajo de tres hombres por el sueldo de medio. Has salvado transmisiones que otros daban por muertas. Los clientes preguntan por ti, aunque Rivas nunca te dio el crédito.
Carlos sacó un sobre grueso de su saco y se lo extendió a Mateo.
—Esta es una oferta formal. Queremos que seas el nuevo Jefe de Taller de esta sucursal.
Mateo sintió que el piso se movía.
—¿Yo? —parpadeó, incrédulo—. Pero… señor, tengo 20 años. No tengo título de ingeniero. Soy… soy solo un chalan.
—Un título no te enseña a ser líder, Mateo —dijo Carlos—. Un título no te enseña a tener los huevos para defender lo correcto cuando te cuesta el sueldo. Necesito a alguien que sepa de mecánica, sí, pero sobre todo necesito a alguien que tenga integridad. Rivas tenía título y mira dónde acabó.
Mateo miró el sobre. Miró a Sánchez y al Tuercas, que lo miraban no con envidia, sino con esperanza. Sabían que Mateo era justo. Sabían que con él, las cosas serían diferentes.
—La oferta incluye un sueldo tres veces mayor al que tenías —continuó Carlos—. Seguro médico de gastos mayores para ti y tu familia directa (eso cubría la diabetes de su mamá), bonos de productividad y, por supuesto, capacitación pagada para que saques ese título de ingeniero si quieres.
Mateo pensó en Doña Carmen. Pensó en las noches de angustia contando monedas. Pensó en la vecindad. Pensó en su sueño de tener su propio taller. Esto no era su propio taller, era algo mejor: era la plataforma para construir su vida.
—Acepto —dijo Mateo. Su voz no tembló.
—Excelente —Carlos le estrechó la mano con fuerza—. Pero tengo una condición.
—¿Cuál?
—Que limpies este lugar de verdad. No de mugre, sino de malas mañas. Quiero que este taller sea el ejemplo de toda la zona. ¿Puedes con eso?
Mateo miró a sus compañeros.
—Sánchez, Tuercas, Jonás… ¿jalan o se pandean?
—Jalamos, jefe —dijo Sánchez, sonriendo por primera vez en años—. Jalamos parejo.
Una hora después, las camionetas negras se fueron. Ray se quedó un momento más, montado en su Harley, que ahora rugía feliz.
—Oye, Mateo —le gritó por encima del ruido del motor.
—¿Qué pasó, Ray?
—Mi hija sale mañana del hospital. Quiere conocer al “superhéroe” que arregló la moto de papá. Estás invitado a la carne asada el domingo. Y no acepto un no por respuesta.
Mateo sonrió.
—Ahí estaré. Llevo el guacamole.
Ray aceleró y se perdió en el tráfico de Tlalpan.
Mateo regresó al taller. Se paró en medio del piso de concreto. Ya no se sentía frío. Se sentía como un lienzo en blanco.
—Bueno, raza —dijo Mateo, aplaudiendo para llamar la atención—. Se acabó el show. Sánchez, súbeme ese Jetta. Tuercas, deja de hacerte wey y ayúdale a Jonás con la afinación. Y pongan música, que esto parece velorio. Pero nada de reggaetón del cochino, pongan salsa.
Las risas estallaron. El taller cobró vida. Pero era una vida diferente. Ya no había miedo. Había trabajo.
A las 6:00 p.m., Mateo cerró la cortina metálica. Caminó hacia el metro, pero esta vez no iba con la cabeza gacha. Se detuvo en el puesto de tacos de Villa de Cortés.
—¿Qué va a llevar, güero? —preguntó el taquero.
—Dame cinco de suadero y una Coca bien fría. Y ponle otros cinco para llevar, para mi jefa.
Pagó con un billete nuevo. Comió viendo pasar la gente, saboreando cada bocado. La ciudad seguía siendo un monstruo ruidoso y caótico, pero ya no le asustaba. Ya no era una víctima de la maquinaria. Ahora, él era el mecánico.
Llegó a la vecindad corriendo. Subió las escaleras de dos en dos. Abrió la puerta del 204.
—¿Amá? —gritó.
Doña Carmen salió de la cocina, asustada por el grito.
—¿Qué pasó? ¿Te corrieron otra vez?
Mateo la abrazó, levantándola del suelo y dándole vueltas en el aire mientras ella reía y pataleaba.
—No, jefa. No me corrieron. —La bajó y la miró a los ojos, con lágrimas de felicidad—. Me ascendieron. Soy el Jefe. Y te juro, por esta, que nunca más te va a faltar tu medicina. Nunca más.
Doña Carmen se tapó la boca, llorando en silencio. Mateo la abrazó fuerte, sintiendo el olor a jabón y a hogar.
Esa noche, en la colonia Doctores, dos personas durmieron con la certeza de que, a veces, solo a veces, los buenos ganan. Y que un acto de bondad, por pequeño que sea, puede reparar mucho más que un motor descompuesto; puede reparar una vida entera.
FIN