
CAPÍTULO 1: EL REY DE VIDRIO Y ACERO
La Ciudad de México amaneció ese viernes envuelta en esa capa de smog dorado que, para los habitantes de los áticos en Lomas de Chapultepec, parecía más una neblina artística que contaminación. Mauricio Navarro abrió los ojos exactamente a las 5:00 a.m., sin necesidad de alarma. Su reloj biológico funcionaba con la misma precisión suiza que el Patek Philippe que descansaba en su mesa de noche de mármol negro.
Se levantó de la cama king-size, cuyas sábanas de algodón egipcio costaban más que el auto promedio de un chilango, y caminó descalzo hacia el ventanal de piso a techo. Desde su fortaleza en el piso 42, la ciudad parecía un tablero de ajedrez caótico que él había aprendido a dominar. Se veía la mancha verde del Bosque de Chapultepec, las torres de Reforma erigiéndose como agujas de poder y, a lo lejos, la bruma que ocultaba el “otro” México, ese que Mauricio prefería ignorar.
A sus 39 años, Mauricio era el epítome del éxito aspiracional mexicano. Era un “Mirrey” que había evolucionado, dejando atrás las camisas desabotonadas hasta el ombligo para adoptar los trajes italianos a la medida de Zegna y Brioni. Su fortuna no era vieja, pero tampoco era nueva; estaba en ese punto dulce donde el dinero ya olía a linaje. Había construido un imperio inmobiliario que gentrificaba barrios enteros desde la Condesa hasta Santa Fe, desplazando lo viejo para imponer lo nuevo, lo brillante, lo caro.
—Buenos días, Don Mauricio —saludó Carmela, su ama de llaves, quien ya tenía listo su espresso doble y un plato de frutas cortadas con una geometría casi quirúrgica.
—Buenos días —respondió él, seco, sin levantar la vista de su iPad. No era grosero, simplemente era eficiente. Para Mauricio, las interacciones humanas innecesarias eran una fuga de energía.
Mientras revisaba las acciones de la Bolsa Mexicana de Valores, su mente divagó brevemente hacia la noche anterior. Había terminado una relación de tres meses con Sofía, una rubia de ojos azules, hija de un exgobernador. La ruptura había sido tan transaccional como la relación misma. Le había enviado un brazalete de Cartier como despedida. Sin lágrimas, sin gritos. Así le gustaban las cosas: asépticas.
Mauricio tenía un “tipo”. Todos lo sabían. Sus amigos en el Club de Golf Chapultepec lo sabían. Su madre, Doña Elvira, una mujer que aún vivía mentalmente en el Porfiriato, se había asegurado de inculcárselo desde niño.
“Mijito, hay que mejorar la raza”, solía decir ella mientras le acomodaba el cuello de la camisa antes de ir a misa. “Nosotros somos gente de bien. Tú necesitas una mujer que se vea bien en las fotos de la revista ‘Quién’, una niña bien, de familia conocida”.
Esas palabras, dichas entre sorbos de té y partidas de canasta, se habían convertido en leyes inmutables en la psique de Mauricio. En su mundo, el color de piel era una moneda de cambio. La blancura era sinónimo de pureza, de estatus, de pertenencia. Las mujeres de piel morena, las afromexicanas, las indígenas… para Mauricio eran invisibles. Podían ser la ayuda doméstica, las cajeras, la gente que llenaba las calles, pero nunca, jamás, protagonistas de su vida. No era un odio visceral de esos que gritan insultos en la calle; era un racismo silencioso, estructural, educado. Un racismo de “no es mi tipo”, de “no encaja en mi círculo”.
Salió de su departamento en su Mercedes-Benz Clase S blindado, con su chofer, Beto, al volante. El tráfico de Constituyentes estaba imposible, como siempre, pero dentro de la cabina insonorizada, con música clásica suave y aire acondicionado con aroma a sándalo, el caos de la CDMX era solo una película muda.
—Hoy tiene la gala de Arturo Lozano en el Gran Hotel, señor —le recordó su asistente personal a través del manos libres—. Es el cumpleaños 50. Confirmé su asistencia.
Mauricio suspiró, masajeándose las sienes.
—Qué hueva, Beto. Otra fiesta de Arturo. Seguro va a estar lleno de políticos y nuevos ricos queriendo venderme algo.
—Es lo que toca, jefe —dijo Beto, mirándolo por el retrovisor—. Es para ver y dejarse ver.
Llegó a su oficina en Santa Fe, un edificio de cristal que él mismo había desarrollado. Durante las siguientes diez horas, Mauricio fue una máquina. Destrozó a un competidor en una negociación por unos terrenos en la Riviera Maya, despidió a un directivo que no había cumplido con los objetivos trimestrales y aprobó los planos para un nuevo centro comercial que implicaba demoler un parque vecinal. No sentía remordimiento. En la selva de concreto, o comías o te comían. Él era el depredador alfa.
Pero al caer la tarde, mientras el sol teñía de naranja los volcanes, una extraña sensación de vacío lo invadió. Tenía todo. El penthouse, los autos, las mujeres que desfilaban por su cama, el respeto (o miedo) de sus pares. Y, sin embargo, se sentía terriblemente aburrido. Todo era predecible. Sabía exactamente qué dirían las personas antes de que abrieran la boca. Sabía que la cena de esa noche sería langosta y filete. Sabía que las mujeres llevarían vestidos de diseñador y hablarían de sus viajes a Europa o de sus clases de pilates.
Su vida era un guion perfecto y monótono.
A las 9:00 p.m., el Mercedes se detuvo frente al Hotel Gran Ciudad de México, en pleno Zócalo. El lugar era espectacular, un edificio Art Nouveau con un techo de vitrales Tiffany que quitaba el aliento. Pero Mauricio ni siquiera miró hacia arriba. Entró ajustándose los gemelos de oro, con esa expresión de aburrimiento existencial que solo los muy ricos pueden perfeccionar.
La terraza estaba a reventar. Era el “Who’s Who” de la sociedad mexicana. Había secretarios de estado bebiendo whisky con dueños de televisoras. Había socialités posando para las cámaras de Caras y Hola!, con sonrisas ensayadas y dientes blanqueados al extremo. El aire olía a perfume caro, tabaco importado y ambición desmedida.
—¡Mau! ¡Qué milagro, cabrón! —gritó Arturo Lozano, el festejado, acercándose con una copa de champaña en la mano y la cara roja por el alcohol—. Pensé que nos ibas a despreciar.
—Feliz cumpleaños, Arturo —dijo Mauricio, forzando una sonrisa y dándole el abrazo protocolario de palmadas en la espalda—. No me lo perdería.
—Vente, te quiero presentar a unos inversionistas de Monterrey que mueren por conocerte.
Mauricio se dejó arrastrar, desconectando su cerebro. Pasó la siguiente hora en piloto automático.
—Sí, el mercado está volátil… Claro, la 4T ha complicado las cosas, pero hay oportunidades… No, no vendo el yate todavía…
Se sentía asfixiado. Necesitaba aire. O un whisky doble. O largarse a su casa y ver Netflix en soledad. Se dirigió hacia la barandilla de la terraza, buscando un momento de paz con la vista de la Catedral y el Palacio Nacional iluminados.
Fue entonces cuando sucedió. El momento que partiría su vida en un “antes” y un “después”.
El ruido de la fiesta pareció bajar de volumen, como si alguien hubiera girado una perilla invisible. Mauricio estaba escaneando la multitud con desdén cuando sus ojos se detuvieron en seco.
Ella acababa de entrar.
No era una de las rubias oxigenadas que abundaban en la fiesta. No era una de las “niñas bien” con apellidos compuestos.
Era una mujer afromexicana. Y era, sin lugar a dudas, la criatura más magnética que Mauricio había visto jamás.
Llevaba un vestido de satén color púrpura profundo, un color arriesgado que en cualquier otra se habría visto vulgar, pero que en ella lucía regio. La tela se adhería a su piel oscura como si fuera metal líquido, resaltando unas curvas que no pedían permiso ni perdón. Su cabello estaba recogido en un moño alto, severo pero elegante, dejando al descubierto un cuello largo y una postura de bailarina o de reina.
Pero fue su rostro lo que golpeó a Mauricio como un puñetazo en el estómago. Tenía unos pómulos altos, una nariz fuerte y definida, y unos labios llenos pintados de un tono vino oscuro. Sus ojos eran grandes, oscuros y brillaban con una inteligencia feroz.
Mauricio sintió que se le secaba la boca. Su primera reacción, condicionada por años de prejuicios, fue de confusión.
“¿Qué hace ella aquí?”, pensó. “¿Es la cantante de jazz? ¿Una modelo extranjera?”
Pero no. La forma en que caminaba le dio la respuesta. No caminaba con la prisa de quien sirve, ni con la inseguridad de quien no pertenece. Caminaba con la calma absoluta de quien es dueña del lugar.
Mauricio vio cómo un mesero pasaba con una bandeja y ella tomaba una copa con delicadeza, sin mirar al hombre, agradeciendo con un leve asentimiento. Vio cómo un grupo de hombres cerca de la entrada se giraba para mirarla, con esa mezcla de deseo y sorpresa que él mismo estaba sintiendo.
“No es tu tipo, Mauricio”, le susurró la voz de su madre en su cabeza. “Es negra. ¿Qué dirían en el club? ¿Qué dirían tus socios?”.
Mauricio apretó el vaso de whisky hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Intentó apartar la mirada. Intentó volver a mirar a la rubia con la que había estado hablando minutos antes. Pero fue inútil. Sus ojos tenían voluntad propia y regresaban a ella como un resorte.
Era una atracción violenta, irracional. No era solo deseo físico; era curiosidad. Era el misterio de ver algo tan hermoso y tan fuera de contexto en su mundo blanqueado.
—¿Quién es? —preguntó en voz baja, casi para sí mismo.
A su lado, un joven banquero llamado Santiago, típico “mirrey” con mocasines sin calcetines, siguió su mirada y soltó una risita nerviosa.
—Ah, ya la viste. Es impresionante, ¿no? Pero, güey, no pierdas el tiempo. Dicen que es intocable. Y bueno… ya sabes, es muy… exótica, ¿no crees?
La palabra “exótica” le chirrió a Mauricio en los oídos por primera vez en su vida. Siempre la había usado él mismo para describir a mujeres que no eran blancas, como si fueran frutas raras o animales de zoológico. Pero al escucharla en boca de Santiago, le pareció sucia. Reductiva.
—Cállate, Santiago —espetó Mauricio, sorprendiéndose a sí mismo con su propia agresividad.
Santiago parpadeó, confundido. —Oye, tranquilo, solo decía…
Mauricio no lo dejó terminar. Se bebió el whisky de un trago, sintiendo el ardor del alcohol bajar por su garganta, dándole el valor que no sabía que necesitaba. Se ajustó el saco. Se pasó la mano por el cabello perfectamente peinado.
Iba a hablarle. Tenía que hablarle. Tenía que saber si su voz era tan profunda como su mirada. Tenía que saber si era real.
Cruzó el salón como un hombre en una misión. Esquivó a una señora que quería presentarle a su hija. Ignoró al CEO de una telefónica. Sus ojos estaban fijos en el vestido púrpura.
Ella estaba parada cerca de la barra, observando la fiesta con una media sonrisa que sugería que todo aquello le parecía un circo divertido. No parecía impresionada por el lujo, ni por los apellidos, ni por el dinero que flotaba en el aire.
Cuando Mauricio llegó a su lado, sintió una descarga de adrenalina que no sentía desde su primera gran venta a los 22 años.
—Buenas noches —dijo. Su voz salió más ronca de lo habitual.
Ella se giró lentamente. No dio un respingo. No se puso nerviosa. Simplemente giró la cabeza y sus ojos oscuros se clavaron en los azules de él. Hubo un silencio de dos segundos, un escrutinio mutuo que pareció durar horas. Ella miró sus zapatos, su traje, su reloj, y finalmente sus ojos.
—Buenas noches —respondió ella. Su acento era neutro, educado, pero con una calidez subyacente que hizo vibrar algo en el pecho de Mauricio.
—No creo que nos hayamos presentado —continuó él, recuperando su habitual confianza de depredador—. Soy Mauricio Navarro.
Extendió la mano, esperando la reacción de siempre. Esperando el “¡Oh, el Sr. Navarro! ¡He oído tanto de usted!”. Esperando la sumisión.
Pero ella simplemente tomó su mano. Su piel era suave, pero su agarre firme.
—Fabiola Bernal.
Mauricio sintió la electricidad del contacto subir por su brazo.
—Fabiola… —repitió, saboreando las sílabas—. Un nombre fuerte.
—Es un nombre común —dijo ella, soltando su mano suavemente y volviendo a mirar la fiesta—. Lo que no es común es ver al famoso Mauricio Navarro tan lejos de su zona VIP. ¿Se perdió bajando del Olimpo?
Mauricio se quedó helado. ¿Se estaba burlando de él?
Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro.
—Quizás me aburrí del Olimpo. El aire está muy viciado allá arriba.
Fabiola lo miró de nuevo, esta vez con un brillo de diversión en los ojos.
—Cuidado, Sr. Navarro. Si baja demasiado a la tierra, podría ensuciarse los zapatos italianos.
Mauricio soltó una carcajada. Fue genuina. Fuerte. Varias personas se giraron a verlos.
—Me arriesgaré —dijo él, acercándose un paso más, invadiendo sutilmente su espacio personal—. Dime, Fabiola, ¿qué hace una mujer como tú en un lugar como este, mirando a todos como si fueran hormigas?
Ella bebió un sorbo de su copa, sin apartar la mirada de él.
—No son hormigas. Son pavos reales. Todos extendiendo las plumas, viendo quién tiene la cola más grande y brillante. Es… antropológicamente fascinante, ¿no crees?
Mauricio sintió que el piso se movía. Nadie, absolutamente nadie, describía su mundo con tanta crudeza y precisión en su propia cara.
—¿Y tú qué eres? —preguntó él, bajando la voz a un tono íntimo—. ¿Una observadora científica?
—Algo así —dijo ella—. O tal vez solo vine por el champán gratis. Es Moët, ¿no? Sería un desperdicio no venir.
Mauricio sonrió, encantado. Estaba totalmente cautivado.
—Te invito otro. Y luego, si no te asusta mezclarte con un pavo real aburrido, me encantaría saber qué más has observado esta noche.
Fabiola ladeó la cabeza, evaluándolo. Por un segundo, Mauricio temió que le dijera que no. Que se diera la vuelta y lo dejara ahí, con su ego magullado. El miedo al rechazo era algo nuevo para él.
—Está bien, pavo real —dijo ella finalmente, dejando su copa vacía en la barra—. Pero te advierto, soy brutalmente honesta. Si me aburres, me voy.
—Trataré de estar a la altura —prometió Mauricio.
Y mientras la guiaba hacia una mesa más privada, sintiendo el calor de su brazo cerca del suyo, Mauricio Navarro supo que estaba en problemas. Graves problemas. Porque por primera vez en su vida, el color que veía no era el del dinero, ni el de la piel blanca que le habían enseñado a idolatrar. Veía un color nuevo, vibrante y peligroso. El color del deseo prohibido. Y le aterraba tanto como le fascinaba.
CAPÍTULO 2: LA GRIETA EN EL MURO
La esquina de la terraza donde se refugiaron era un pequeño oasis de penumbra, lejos del estruendo de los brindis y las risas estridentes de la élite mexicana. Allí, el aire corría un poco más frío, trayendo consigo el olor a lluvia que siempre amenaza a la Ciudad de México por las noches.
Mauricio Navarro se aflojó el nudo de la corbata, un gesto que en cualquier otro momento habría considerado una falta de etiqueta imperdonable en público, pero que ahora sentía necesario para poder respirar. Frente a él, Fabiola Bernal sostenía su copa de champán con una elegancia que no se aprende en escuelas de etiqueta, sino que se lleva en la sangre.
—Entonces… —dijo ella, rompiendo el silencio que se había instalado entre ambos. No era un silencio incómodo, sino uno cargado de electricidad estática—. ¿El “Rey de Santa Fe” se cansa de su propio reino?
Mauricio soltó una risa corta, casi un bufido.
—¿Rey de Santa Fe? ¿Así me dicen?
—Entre otras cosas —respondió Fabiola, con una sonrisa enigmática—. Dicen que eres implacable. Que si Mauricio Navarro pone el ojo en un terreno, ya se puede dar por perdido. Que no tienes corazón, solo una calculadora en el pecho.
Mauricio dio un sorbo a su whisky, mirándola por encima del borde del vaso.
—La gente habla mucho cuando no tienen nada interesante que decir de sus propias vidas. ¿Y tú, Fabiola? ¿Qué dicen de ti?
Ella se encogió de hombros, un movimiento fluido que hizo brillar la piel oscura de sus hombros bajo la luz tenue de las velas.
—De mí no dicen mucho en estos círculos. Soy… invisible. O tal vez, una curiosidad. “La mujer negra en la fiesta”. Se preguntan si soy la invitada de alguien, si soy famosa en algún lugar que ellos no conocen, o si simplemente me colé.
La franqueza de sus palabras golpeó a Mauricio. Estaba acostumbrado a que la gente endulzara la realidad, a que ignoraran los elefantes en la habitación. Pero ella acababa de señalar el elefante, pintarlo de neón y ponerlo en medio de la mesa.
—Yo te vi —dijo él, su voz bajando una octava—. No fuiste invisible para mí.
Fabiola lo miró fijamente, sus ojos oscuros escaneando su rostro en busca de mentiras.
—Me viste porque soy diferente, Mauricio. No te engañes. En un mar de leche, una gota de café llama la atención. La pregunta es: ¿te acercaste por curiosidad antropológica o porque realmente te interesaba quién soy?
Mauricio sintió un calor subirle por el cuello. La acusación era certera. Había una parte de él, esa parte criada por Doña Elvira y los clubes exclusivos, que la veía como una anomalía. Pero había otra parte, una que estaba despertando en ese preciso instante, que la veía simplemente como una mujer fascinante.
—Me acerqué —dijo él, eligiendo sus palabras con el cuidado de quien desactiva una bomba—, porque me aburría mortalmente ver las mismas caras, escuchar las mismas conversaciones sobre acciones y viajes a Vail. Y cuando entraste… tenías algo. Una dignidad que a la mayoría aquí le falta, aunque sus trajes cuesten cincuenta mil pesos.
Fabiola pareció sopesar su respuesta. Finalmente, sonrió. Una sonrisa real, que le llegó a los ojos.
—Te lo acepto. Por ahora.
Se giraron hacia el barandal, mirando la ciudad iluminada. Abajo, el Zócalo era un hervidero de luces y sombras.
—¿Te gusta la arquitectura? —preguntó ella de repente, señalando hacia la silueta de la Torre Latinoamericana.
—Es mi negocio —respondió Mauricio con orgullo automático—. Construyo el horizonte de esta ciudad. Veo oportunidades donde otros ven ruinas. Ese edificio de allá… —señaló una torre moderna a lo lejos—, es mío.
—Lo sé —dijo ella—. Torre Vértice. Acero, cristal, inteligente, sustentable… y completamente desconectada de su entorno.
Mauricio frunció el ceño. —¿Disculpa?
—Es un edificio hermoso, Mauricio. Pero es una fortaleza. Le da la espalda a la calle. Creas islas de riqueza en medio de un mar de necesidades. Es arquitectura para mirar desde arriba, no para vivir desde abajo.
Mauricio se sintió picado. Nadie criticaba sus proyectos. Ganaban premios. Salían en Architectural Digest.
—La gente paga por seguridad, por exclusividad. Es lo que el mercado pide.
—¿El mercado o tu miedo? —reviró ella suavemente—. Las ciudades deberían ser tejidos, no muros. Deberían conectar a la gente, no segregarla. Mira allá abajo… —señaló hacia las calles aledañas al centro, más oscuras—. Ahí está la verdadera ciudad. La que pulsa, la que duele, la que vive. Tus torres son hermosas jaulas de cristal, Mauricio.
Él se quedó callado. Quería debatir, quería aplastarla con datos sobre plusvalía y retorno de inversión. Pero se dio cuenta de que ella no estaba hablando de dinero. Estaba hablando de filosofía, de humanidad. Y lo peor (o lo mejor) era que sus palabras resonaban en un lugar vacío dentro de él.
—Eres peligrosa —murmuró él, mirándola de perfil. La luz de la luna delineaba su nariz y sus labios de una manera que le hizo querer estirar la mano y tocarla.
—Solo soy honesta —dijo ella, girándose para enfrentarlo—. Y tú no estás acostumbrado a la honestidad. Estás acostumbrado a la adulación.
—Tal vez me hacía falta un poco de peligro.
Se miraron. El ruido de la fiesta desapareció por completo. En ese momento, Mauricio Navarro, el hombre que jamás salía con alguien que no fuera una “niña bien” de las Lomas, sintió un deseo tan agudo que le dolió. Quería besarla. Quería saber a qué sabía esa honestidad brutal. Quería saber si su piel era tan suave como parecía.
Pero el miedo lo detuvo. El miedo al qué dirán, el miedo a lo desconocido, el miedo a perder el control.
Fabiola pareció notarlo. Dio un paso atrás, rompiendo el hechizo, pero manteniendo la conexión.
—Se hace tarde, Cenicienta —bromeó ella, mirando su reloj, un modelo sencillo pero elegante—. Y mi carruaje se va a convertir en Uber si no me apuro.
Mauricio sintió un pánico repentino. No quería que se fuera. No todavía.
—Espera. No puedes soltarme todo ese discurso sobre arquitectura y luego irte así.
—Claro que puedo. Se llama dejarte con la duda. Es una técnica de marketing, ¿no? Tú deberías saberlo.
Ella comenzó a caminar hacia la salida. Mauricio la siguió, ignorando a un socio que intentó detenerlo para saludarlo.
—Fabiola —la llamó cuando llegaron al lobby del hotel.
Ella se detuvo y se volvió.
—¿Sí, Mauricio?
Él sacó su iPhone, sintiéndose como un adolescente pidiendo su primera cita.
—Tu número. No me voy a quedar con la duda. Quiero continuar esta discusión. Quiero… quiero invitarte a cenar. A un lugar que no sea una jaula de cristal.
Fabiola lo estudió por un momento eterno. Sus ojos oscuros eran indescifrables. Mauricio contuvo el aliento. ¿Y si me dice que no?, pensó con horror. Sería el primer rechazo real que sufriría en años.
Finalmente, ella asintió.
—Está bien. Pero te advierto, Mauricio Navarro: si esto es un juego para ti, si solo quieres añadir una experiencia “exótica” a tu lista… te vas a arrepentir. Yo no juego con esas reglas.
—No es un juego —prometió él, y por primera vez en mucho tiempo, no estaba mintiendo.
Ella dictó su número. Él lo guardó como si fuera un código nuclear.
—Buenas noches, Mauricio.
—Buenas noches, Fabiola.
La vio subir a un auto negro (no un Uber, notó él, sino un sedán ejecutivo con chofer, lo cual le pareció curioso pero no le dio importancia en ese momento). Se quedó parado en la banqueta del Zócalo, con el aire fresco de la madrugada golpeándole la cara, sintiendo que acababa de sobrevivir a un terremoto.
El trayecto de regreso a su departamento en Bosques de las Lomas fue un viaje al infierno de su propia conciencia.
Mauricio iba recostado en el asiento trasero del Mercedes, con una botella de agua Evian en la mano, mirando las luces de la ciudad pasar como estelas borrosas.
El silencio del auto blindado, que usualmente le daba paz, ahora le parecía opresivo. Su mente era un campo de batalla.
Por un lado, estaba la imagen de Fabiola. Su olor, su voz, la inteligencia de sus argumentos, la curva de su cuello. Sentía una atracción física que le hacía vibrar el cuerpo.
Pero por el otro lado, estaba el batallón de sus prejuicios, liderado por la voz de su madre y de sus amigos.
“¿Qué te pasa, güey?”, se imaginó diciendo a Santiago o a cualquiera de sus “bros”. “¿Te ligaste a la morena? O sea, está guapa, sí, tiene buen cuerpo, ¿pero para algo serio? No mames, Mau. Imagínate llevarla al Club de Golf. Las señoras se infartan.”
Mauricio cerró los ojos, avergonzado de sus propios pensamientos.
Se miró las manos. Eran manos de hombre blanco, privilegiado. Manos que nunca habían tenido que pedir permiso para nada. Y ella… ella era todo lo opuesto a lo que se suponía que él debía querer.
“No es racismo”, intentó justificarse mentalmente. “Es… compatibilidad cultural. Somos de mundos diferentes. Ella no entendería mi vida. Yo no entendería la suya. Sería complicado. ¿Para qué complicarme la vida si puedo salir con Sofía, o con Ana Paula, o con cualquiera de las mil rubias que mueren por mí?”
Pero luego recordaba la conversación.
“Tus torres son hermosas jaulas de cristal”.
Ninguna de las Anas Paulas o Sofías le había dicho algo tan real en años. Ellas solo le decían lo guapo que se veía o lo increíble que era su yate.
Fabiola lo había visto. Había visto al hombre detrás del dinero. Y eso era una droga potente.
Llegó a su edificio. El portero le abrió la puerta.
—Buenas noches, Don Mauricio.
—Buenas noches.
Subió al elevador, viéndose en el espejo. Se veía impecable, pero se sentía sucio. Sucio por dudar. Sucio por tener que justificar ante sí mismo por qué le gustaba una mujer inteligente y hermosa solo por el color de su piel.
“Soy un idiota”, pensó. “Un maldito clasista de mierda”.
Se tiró en la cama sin desvestirse, con el celular en la mano, mirando el contacto nuevo: Fabiola Bernal.
No le mandó mensaje. No se atrevió. Aún no.
La mañana siguiente llegó con la brutalidad de la rutina.
Mauricio estaba en su oficina a las 8:00 a.m., pero su mente estaba en otra parte. Había gritado a dos arquitectos junior por un error menor en unos planos, y su café le sabía a agua sucia.
Peter, su asistente personal (un joven eficientísimo que aspiraba a ser Mauricio algún día), entró con la tablet en la mano.
—Señor, tiene la reunión con los inversionistas japoneses a las 11. Y el almuerzo con el Secretario de Desarrollo Urbano a las 2.
—Cancela el almuerzo —dijo Mauricio, mirando por la ventana hacia el horizonte de Santa Fe.
—¿Señor? Pero el Secretario…
—Dije que lo canceles. Dile que me enfermé. Que tengo COVID, yo qué sé. Invéntate algo.
Peter asintió, pálido. —Sí, señor. ¿Algo más?
Mauricio giró su silla de cuero Eames para mirar a su asistente.
—Sí, Peter. Necesito que averigües algo. Discretamente.
—Lo que sea, jefe.
—Ayer, en la fiesta de Arturo Lozano… conocí a una mujer. Se llama Fabiola Bernal. Quiero saber quién es.
Peter frunció el ceño, tecleando en su tablet.
—¿Bernal? ¿Como… Bernal Global?
Mauricio se encogió de hombros. —No lo sé. Solo sé que se llama Fabiola Bernal. Investiga. Quiero saber dónde trabaja, quién es su familia… todo. Pero que nadie se entere. Si Arturo se entera de que estoy preguntando, no me la voy a acabar.
—Entendido. Deme diez minutos.
Mauricio se quedó solo. Su corazón latía con fuerza. ¿Por qué estaba haciendo esto? ¿Estaba haciendo un “background check” como si fuera a contratar a un empleado? Sí, eso era exactamente lo que estaba haciendo. Quería encontrar una razón para descalificarla. O tal vez, una razón para justificarla.
“Si es abogada o doctora, tal vez sea aceptable”, pensó su mente prejuiciosa. “Aunque sea morena, si tiene educación…”
Se odió a sí mismo de nuevo.
Quince minutos después, Peter tocó a la puerta. Su expresión había cambiado. Ya no era de servidumbre eficiente; era de sorpresa genuina, casi de reverencia.
—Señor Navarro… —dijo, entrando y cerrando la puerta tras de sí.
—¿Y bien? ¿Es una modelo? ¿Una artista?
Peter negó con la cabeza, tragando saliva. Caminó hacia el escritorio y puso la tablet frente a Mauricio.
—No, señor. No tiene idea de con quién estaba hablando.
Mauricio miró la pantalla. Había una foto de Fabiola, pero no era una foto de Instagram ni de una revista de chismes. Era una foto corporativa. Llevaba un traje sastre gris impecable, brazos cruzados, mirada de tiburón.
Debajo de la foto, el título decía:
FABIOLA BERNAL – DIRECTORA GENERAL DE OPERACIONES (COO), BERNAL GLOBAL.
Mauricio sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
—¿Bernal Global? —susurró—. ¿La empresa de telecomunicaciones y tecnología? ¿La que acaba de comprar la red de fibra óptica en todo el sureste?
—Esa misma, señor —dijo Peter—. Y no es solo una empleada. Es la hija. La única hija de Ricardo Bernal.
Mauricio se dejó caer en el respaldo de su silla. Ricardo Bernal. El nombre era legendario. Era uno de los hombres más ricos de Latinoamérica, un titán que había empezado vendiendo radios y ahora era dueño de medio continente digital. Ricardo Bernal era un hombre reservado, de bajo perfil, pero con un poder que hacía que incluso Mauricio pareciera un niño jugando a las casitas.
Y Ricardo Bernal era… afromexicano. De la costa de Veracruz o Guerrero, si mal no recordaba Mauricio. Un hombre que se había hecho a sí mismo contra todo pronóstico, rompiendo todas las barreras del racismo sistémico del país para sentarse en la mesa de los grandes.
—Ella es la heredera —murmuró Mauricio, atónito.
—Más que eso, jefe —continuó Peter, emocionado con el chisme—. Según los reportes financieros, ella es la que maneja la empresa ahora. Su papá ya está casi retirado en sus viñedos. Fabiola Bernal tiene maestrías en Harvard y London School of Economics. Es… bueno, es una pesada. De hecho, está en la lista de Forbes de las “50 Mujeres más Poderosas de México”.
Mauricio sintió una mezcla de emociones tan compleja que le costó procesarla.
Primero, sorpresa.
Segundo, una extraña validación. “Es una Bernal. Es realeza. Tiene dinero. Tiene poder.”
Ese pensamiento alivió instantáneamente la presión de su prejuicio clasista. Ya no era “una mujer cualquiera”. Era una igual. No, era superior.
Pero luego vino el tercer sentimiento: intimidación.
Fabiola Bernal no necesitaba su dinero. No necesitaba su estatus. No necesitaba que él la “salvara” o la “elevara”. Ella ya estaba en la cima.
Y recordó cómo la había tratado, con esa condescendencia de “pavo real”. Y cómo ella se había burlado de él.
“Dios mío”, pensó Mauricio, una sonrisa lenta y peligrosa curvando sus labios. “Es perfecta.”
El racismo seguía ahí, agazapado en el fondo, susurrando “sigue siendo negra”, pero ahora la ambición y la admiración gritaban más fuerte. El poder es el afrodisíaco más fuerte para hombres como Mauricio Navarro, y Fabiola Bernal acababa de demostrar que tenía toneladas de él.
—Peter —dijo Mauricio, levantándose de golpe. La energía le había vuelto al cuerpo. El aburrimiento se había esfumado.
—¿Señor?
—Prepara mi briefing. ¿Dónde va a estar ella hoy?
Peter revisó la agenda en la pantalla.
—Según las noticias del sector, hoy es la Cumbre de Innovación Corporativa en el Pabellón de Cristal. Bernal Global tiene el stand principal. Ella va a dar una conferencia a las 6:00 p.m.
—Consígueme una entrada. VIP. Primera fila.
—Pero señor, eso es en tres horas. Y no estamos invitados. Es un evento de tecnología, nosotros somos inmobiliaria.
Mauricio caminó hacia el ventanal, mirando su ciudad, su tablero de ajedrez.
—Peter, soy Mauricio Navarro. Yo no necesito invitación. Compra una mesa, patrocina el evento, compra el edificio si es necesario. Pero quiero estar ahí esta noche.
—Entendido, jefe.
Cuando Peter salió, Mauricio volvió a mirar la foto de Fabiola en la tablet. Esa mirada desafiante. Esa inteligencia.
—Fabiola Bernal —dijo en voz alta, probando cómo sonaba el nombre completo en su boca. Sonaba a poder. Sonaba a reto.
Se dio cuenta de que el juego había cambiado. Ya no era el magnate condescendiente ligando con la chica misteriosa. Ahora era un conquistador que había encontrado, por fin, una fortaleza digna de ser asediada.
Pero no sabía que, al intentar conquistar esa fortaleza, el que terminaría siendo conquistado, desarmado y reconstruido desde los cimientos, sería él.
Tomó su saco. Se miró en el espejo, ajustándose el nudo de la corbata con una precisión letal. Sus ojos azules brillaban con una intensidad nueva.
—Vamos a ver si es cierto que eres tan peligrosa, Fabiola.
Salió de la oficina con paso firme, dejando atrás al Mauricio aburrido de ayer. El cazador había salido a jugar, sin saber que estaba a punto de convertirse en la presa del amor más grande de su vida.
CAPÍTULO 3: EL JUEGO DE ESPEJOS
El Pabellón de Cristal, ubicado en el corazón financiero de Reforma, brillaba esa noche como una joya incrustada en el asfalto. Era un monumento a la modernidad mexicana, una estructura de acero y vidrio que gritaba “progreso” y “dinero” a partes iguales. Esa noche, el aire acondicionado estaba programado a una temperatura gélida, diseñada para mantener despiertos y alertas a los tiburones empresariales que se congregaban para la Cumbre de Innovación Corporativa.
Mauricio Navarro llegó con el estilo de quien no necesita presentación, aunque su nombre no estuviera en el programa oficial. Su Mercedes se deslizó hasta el valet parking, y al bajar, se ajustó el saco de su traje Tom Ford azul medianoche. No llevaba corbata esta vez; había optado por una camisa blanca impoluta con los dos primeros botones desabrochados, un look estudiado de “casualidad poderosa”.
Al entrar, el murmullo de quinientas voces hablando de startups, fintechs y rondas de inversión lo golpeó. Este no era su ambiente natural. Mauricio era un hombre de ladrillos, cemento y permisos de construcción. El mundo de la tecnología le parecía etéreo, volátil, lleno de niños de veinte años en sudaderas que se creían el próximo Elon Musk.
Sin embargo, ahí estaba. Infiltrado en territorio ajeno, cazando.
Caminó entre la multitud con su habitual arrogancia, saludando con la cabeza a un par de conocidos.
—¿Navarro? ¿Qué haces aquí? —le preguntó Jorge, un inversionista de riesgo que siempre olía a tabaco caro—. Pensé que esto era muy “virtual” para tus gustos tangibles.
—Hay que diversificar, Jorge —respondió Mauricio con una sonrisa de tiburón—. El futuro es digital, ¿no dicen eso?
—Eso dicen. Oye, ¿ya viste quién va a cerrar el evento? La hija de Bernal. Dicen que viene con el cuchillo entre los dientes.
Mauricio sintió un cosquilleo en la nuca al escuchar su nombre.
—He oído rumores —dijo, haciéndose el desinteresado—. ¿Es buena?
Jorge soltó una risa nerviosa.
—¿Buena? Es una máquina. Algunos dicen que es más dura que su padre. Y eso, mi amigo, ya es decir mucho. Ricardo construyó el imperio, pero ella… ella lo está blindando.
Las luces del salón principal parpadearon, señalando el inicio de la conferencia magistral. Mauricio se dirigió a la zona VIP, donde Peter, su fiel asistente, había conseguido milagrosamente un asiento en la segunda fila, justo detrás de los directivos de Google México y Amazon.
El escenario quedó a oscuras. Una pantalla gigante se encendió con el logo de Bernal Global, un diseño minimalista y elegante. Una música de bajos profundos retumbó en el pecho de los asistentes. Y entonces, las luces se concentraron en el centro del escenario.
—Damas y caballeros —anunció una voz en off—. Con ustedes, la Directora de Operaciones de Bernal Global: Fabiola Bernal.
Salió caminando con paso firme, sin titubeos.
Si la noche anterior, en la fiesta, parecía una diosa del ocio en su vestido de satén, hoy era la general de un ejército. Llevaba un traje sastre color carbón, cortado a la perfección para su silueta, con unos stilettos negros que resonaban como martillazos de autoridad sobre la tarima. Su cabello rizado caía libre sobre sus hombros, una declaración de identidad en un mundo corporativo que solía exigir alisados y sumisión estética.
No sonrió. Se paró frente al atril, miró a la audiencia de mil personas —mayoritariamente hombres blancos y mestizos de clase alta— y esperó a que el silencio fuera absoluto.
Mauricio, desde su asiento, sintió que se le secaba la garganta. Era imponente.
—Buenas noches —dijo ella. Su voz, amplificada por el sistema de sonido, era clara, grave y carente de cualquier muletilla de inseguridad—. México es un país de brechas. Brechas económicas, brechas sociales y, la que nos convoca hoy, brechas digitales.
Empezó su presentación sin notas, sin leer. Caminaba por el escenario dominando el espacio, usando las manos para enfatizar puntos clave. Hablaba de fibra óptica, de conectividad 5G en zonas rurales de Oaxaca y Chiapas, de cómo la tecnología no debía ser un lujo de las colonias ricas de la CDMX, sino un derecho universal.
Mauricio estaba hipnotizado. No por los datos técnicos, sino por la fuerza que emanaba.
Estaba acostumbrado a ver mujeres en posiciones de poder que adoptaban actitudes masculinas para encajar, o que usaban su encanto para suavizar su autoridad. Fabiola no hacía ninguna de las dos. Ella era femenina y poderosa, sin pedir disculpas.
Pero lo que realmente selló la admiración de Mauricio fue el momento de las preguntas y respuestas.
Un hombre mayor, canoso, vestido con un traje gris anticuado, levantó la mano. Era el dueño de una cadena de televisión tradicional, conocido por su conservadurismo y su misoginia apenas velada. Le pasaron el micrófono.
—Señorita Bernal —dijo el hombre, enfatizando el “señorita” con un tono paternalista que hizo rechinar los dientes de Mauricio—. Su presentación es muy… idealista. Muy bonita. Pero seamos realistas. Invertir en infraestructura en el sur del país es tirar el dinero. Esa gente no tiene para pagar sus servicios. Bernal Global es una empresa, no una beneficencia. ¿No cree que su padre, con su experiencia, tendría una visión más… pragmática de los negocios?
El silencio en la sala fue sepulcral. Era un ataque directo. Un ataque que decía: “Eres una niña ingenua jugando con el dinero de papá, y te preocupas por los pobres porque eres mujer/sentimental/una de ellos”.
Mauricio sintió una furia repentina. Quería levantarse y callar al viejo. Pero no tuvo que hacerlo.
Fabiola ni siquiera parpadeó. Dejó que el silencio se extendiera unos segundos, haciendo que el hombre se sintiera incómodo. Luego, sonrió. Una sonrisa afilada como una navaja.
—Gracias por su comentario, Don Ernesto —dijo, usando su nombre para demostrar que sabía exactamente quién era el dinosaurio que tenía enfrente—. Es interesante que mencione el pragmatismo. Hablemos de números, ya que al parecer, el idealismo le incomoda.
Hizo un gesto a la pantalla y apareció una gráfica de crecimiento exponencial.
—El sur de México representa el mercado emergente más grande de la próxima década. Mientras ustedes se pelean por el mismo 10% de la población saturada en Polanco y Monterrey, nosotros estamos capturando el otro 90%. La gente que usted dice que “no tiene para pagar”, hoy consume el 40% de los datos móviles del país a través de prepago. Nuestro retorno de inversión en esas zonas ha superado al de las zonas urbanas en un 15% anual.
Fabiola bajó del atril y caminó hasta el borde del escenario, mirando al hombre directamente a los ojos.
—Mi padre construyó esta empresa con visión. Yo la estoy expandiendo con datos. Y los datos dicen que su modelo de negocio, Don Ernesto, está muriendo, mientras que el nuestro está naciendo. Así que, respondiendo a su pregunta: no, no creo que mi padre tuviera una visión diferente. Creo que él estaría ocupado firmando los cheques de las ganancias que usted está dejando ir por sus prejuicios.
El salón estalló.
No fue un aplauso cortés. Fue una ovación. Hubo risas, silbidos y un aplauso atronador. El hombre canoso se puso rojo hasta las orejas y se hundió en su asiento.
Mauricio aplaudió lentamente, con una sonrisa de satisfacción absoluta en el rostro.
“Dios mío”, pensó. “La mató. Lo destrozó sin despeinarse.”
En ese momento, la atracción física se transformó en algo mucho más peligroso: respeto intelectual. Mauricio Navarro, el hombre que creía que las mujeres eran accesorios decorativos, acababa de ver a un par. No, acababa de ver a una superior.
Cuando terminó el evento, el cóctel de networking se llevó a cabo en el vestíbulo principal. Mauricio se movió entre la gente como un depredador acechando a su presa, pero esta vez, con una cautela nueva. Sabía que no se acercaba a una gacela, sino a una leona.
La vio rodeada de un séquito de ejecutivos jóvenes y admiradores que intentaban desesperadamente obtener su tarjeta. Ella manejaba la atención con gracia, pero Mauricio notó —porque él era experto en leer a la gente— una tensión en sus hombros. Estaba cansada. La armadura pesaba.
Esperó a que el grupo se dispersara un poco. Cuando ella se quedó momentáneamente sola, revisando algo en su celular con el ceño fruncido, él se acercó.
—Le diste muy duro a Don Ernesto —dijo Mauricio, parándose justo detrás de ella—. Creo que lo vas a tener que pagar tú el cardiólogo.
Fabiola se giró de golpe, sobresaltada. Al verlo, sus ojos se abrieron ligeramente, y luego se entrecerraron con esa mezcla de diversión y sospecha que a él tanto le excitaba.
—Sr. Navarro —dijo ella, guardando su celular—. Me preguntaba cuánto tiempo tardarías en aparecer. Te vi en la segunda fila. Difícil no ver a un hombre que mira el escenario como si estuviera tasando el edificio para comprarlo.
—No estaba tasando el edificio —respondió él, dando un paso adelante, invadiendo su espacio personal con calculada audacia—. Estaba tasando a la oradora.
—¿Y? —preguntó ella, cruzándose de brazos—. ¿Pasé la inspección de calidad de Mauricio Navarro? ¿O soy demasiado “idealista” para tu gusto?
—Eres letal —admitió él, bajando la voz—. Lo que le hiciste a ese tipo… fue arte. Brutal, sangriento, pero arte. Tienes razón, Fabiola. Eres peligrosa.
—Te lo advertí anoche.
—Y también me advertiste que eras honesta. Así que seré honesto contigo: investigué sobre ti esta mañana.
Fabiola arqueó una ceja, sin parecer sorprendida.
—Lo sé. Mi jefa de seguridad me informó que alguien de “Grupo Navarro” estaba haciendo preguntas discretas sobre mi currículum y mi familia a las 9:00 a.m. Eres rápido, Mauricio, pero no eres sutil.
Mauricio soltó una carcajada.
—Me atrapaste. Tenía curiosidad. Quería saber si la mujer misteriosa de la fiesta era real o una alucinación por el exceso de whisky. Resulta que eres muy real. Y muy… Bernal.
—¿Eso cambia las cosas? —preguntó ella, y por primera vez, su voz perdió un poco de la dureza corporativa. Había una vulnerabilidad genuina en la pregunta. Era la pregunta de una mujer que estaba acostumbrada a que los hombres se interesaran en su apellido, o se asustaran por él.
Mauricio la miró a los ojos. En su mente, los viejos prejuicios intentaron levantar la cabeza. “Es rica, sí, pero sigue siendo diferente. Sigue siendo negra. Tus hijos…”. Aplastó esos pensamientos con la bota de su ambición y su deseo.
—Cambia una cosa —dijo él suavemente—. Ahora sé que no eres una observadora pasiva. Eres una jugadora. Y me gustan los jugadores de mi nivel.
—Cuidado, Mauricio —murmuró ella, acercándose un paso, de modo que solo unos centímetros los separaban—. En mi tablero, yo pongo las reglas. Y yo no juego a empatar. Yo juego a ganar.
—Yo también —susurró él.
La tensión entre ellos era palpable. Un par de personas pasaron cerca y miraron, sintiendo la electricidad en el aire. Eran dos fuerzas de la naturaleza colisionando: el dinero viejo y rancio de la ciudad contra el dinero nuevo y vibrante; el prejuicio contra el orgullo; el hielo contra el fuego.
—Tengo hambre —dijo Fabiola de repente, rompiendo el momento con una naturalidad desconcertante—. Y estoy harta de canapés de salmón y vino tibio. ¿Tu invitación a cenar de anoche sigue en pie?
Mauricio sonrió.
—Siempre. ¿Qué se te antoja? ¿Francés? ¿Italiano? Conozco un lugar en Polanco que…
—No —lo interrumpió ella—. Quiero tacos.
Mauricio parpadeó. —¿Tacos?
—Sí, tacos. De pastor. Con piña. Y una Coca-Cola fría. Estoy cansada, me duelen los pies de usar estos tacones de mil dólares, y acabo de discutir con un dinosaurio racista. Necesito grasa y azúcar. ¿Conoces algún lugar o el Rey de Santa Fe solo come en lugares con estrellas Michelin?
Mauricio la miró con incredulidad, y luego con deleite.
—Conozco un lugar —mintió. En realidad, no había comido en una taquería de calle en diez años. Pero por ella, aprendería—. Vamos. Mi chofer nos lleva.
—No —dijo ella, sacando las llaves de su bolso—. Vamos en mi auto. Yo manejo.
—¿Tú manejas? —Mauricio miró hacia afuera, esperando ver el sedán con chofer de ayer.
—A veces me gusta tener el control, ¿recuerdas? —le guiñó un ojo—. Además, quiero ver si te atreves a subirte a un auto conmigo sin tus guardaespaldas.
Era un reto. Directo y a la yugular de su masculinidad.
Mauricio Navarro no rechazaba retos.
—Guíame, Fabiola Bernal —dijo él, extendiendo la mano para dejarla pasar—. Soy todo tuyo.
Salieron del Pabellón de Cristal juntos. Afuera, la noche de la Ciudad de México era fresca. El valet trajo el auto de Fabiola: un Porsche 911 Turbo S negro mate. Una bestia de máquina.
Mauricio levantó las cejas.
—Vaya. Buen gusto.
—Es rápido —dijo ella, abriendo la puerta—. Súbete.
Mientras el motor rugía y se incorporaban a la Avenida Reforma, dejando atrás el mundo corporativo, Mauricio miró el perfil de Fabiola iluminado por las luces del tablero. Se dio cuenta de que estaba entrando en territorio desconocido. No solo geográficamente (ella conducía hacia la colonia Narvarte, lejos de su burbuja), sino emocionalmente.
Estaba acostumbrado a que las mujeres fueran pasajeras en su vida. Fabiola estaba al volante. Y lo más aterrador de todo era que a él… le gustaba.
—¿En qué piensas? —preguntó ella, acelerando con destreza entre el tráfico.
Mauricio miró por la ventana, viendo la ciudad pasar.
—Pienso que mi madre se infartaría si me viera ahora.
Fabiola soltó una carcajada sonora que llenó el pequeño espacio del deportivo.
—Bien —dijo ella—. A veces los infartos son necesarios para que el corazón vuelva a latir con ritmo.
Mauricio sonrió en la oscuridad. Sí, su corazón estaba latiendo. Fuerte. Rápido. Y por primera vez en años, no sabía a dónde iba, pero no quería bajarse.
Llegaron a una taquería famosa en la Narvarte, “El Vilsito”, que de día era un taller mecánico y de noche la catedral del pastor. Había gente de pie, humo, olor a carne asada y cilantro.
Mauricio, con su traje de tres mil dólares, se sentía como un extraterrestre.
Fabiola, sin embargo, se quitó el saco, lo dejó en el auto y caminó hacia el taquero como si fuera su mejor amigo.
—¡Dos órdenes con todo, joven! —pidió ella con una sonrisa radiante.
Comieron de pie, recargados en el cofre del Porsche. Mauricio tuvo que admitir que los tacos eran deliciosos. Pero lo que más disfrutaba era verla a ella. Verla comer con gusto, limpiarse la salsa de la comisura de los labios con una servilleta de papel, reírse de las bromas de los comensales.
Allí, bajo la luz neón de la taquería, sin los títulos, sin las proyecciones financieras, sin los apellidos pesados, Mauricio vio a la mujer. No a la “negra”, no a la “heredera”, no al “objeto exótico”. Vio a Fabiola.
Y se asustó. Porque se dio cuenta de que lo que sentía no era solo deseo. Era el inicio de una caída libre.
—¿Te manchaste la camisa —señaló ella, riendo y apuntando a una pequeña gota de salsa roja en su camisa blanca inmaculada.
Mauricio miró la mancha. En otro momento, habría ardido en cólera. Habría pedido irse a cambiar.
Pero miró a Fabiola, miró la mancha, y se encogió de hombros.
—Es una herida de guerra —dijo él—. Valió la pena.
Fabiola dejó de reír. Lo miró con una suavidad repentina. Se acercó y, con su pulgar, intentó limpiar inútilmente la mancha, su mano descansando un segundo sobre el pecho de él, justo sobre su corazón.
Él podía sentir el calor de su dedo a través de la tela. Podía oler su perfume, una mezcla de sándalo y vainilla que se mezclaba con el olor de la calle.
—Eres raro, Mauricio Navarro —susurró ella—. A veces pareces un idiota presuntuoso, y a veces… a veces pareces un hombre que podría valer la pena.
—Estoy trabajando en la parte del idiota —susurró él, atrapando su mano y sosteniéndola contra su pecho—. Tenme paciencia.
Ella retiró la mano lentamente, pero la corriente eléctrica permaneció.
—La paciencia no es mi virtud, Mauricio. Tendrás que aprender rápido.
—Enséñame —dijo él.
Se quedaron mirando un segundo más, en esa burbuja de silencio en medio del caos de la taquería. Fue el momento en que la amistad y la curiosidad empezaron a mutar en algo más profundo. Algo que amenazaba con destruir el mundo ordenado de Mauricio y ponerlo patas arriba.
—Vamos —dijo ella finalmente, rompiendo el hechizo—. Mañana tengo una junta a las 7:00 a.m. y tú tienes un imperio que fingir que controlas.
De regreso al hotel para recoger su auto, el silencio en el Porsche fue cómodo, íntimo.
Cuando ella frenó frente al valet del hotel, Mauricio no quería bajarse.
—Gracias —dijo él—. Por los tacos. Por la lección de humildad. Por no aburrirme.
—De nada, Pavo Real —respondió ella.
Él abrió la puerta, pero se detuvo antes de salir.
—Fabiola.
—¿Sí?
—La próxima vez… yo invito. Y prometo que no será en una jaula de cristal. Pero tampoco en un taller mecánico. Buscaremos un punto medio.
—Me parece justo. Buenas noches, Mauricio.
Él bajó del auto y la vio alejarse, las luces traseras del Porsche perdiéndose en la Avenida Reforma.
Se llevó la mano al pecho, donde ella lo había tocado. La mancha de salsa seguía ahí.
Sonrió como un tonto.
Esa noche, Mauricio Navarro no durmió pensando en acciones ni en terrenos. Durmió pensando en una mujer de piel oscura que manejaba un Porsche como un piloto de carreras y comía tacos con la elegancia de una reina. Y por primera vez en su vida, el fantasma de sus prejuicios se quedó callado, asfixiado por el peso de una admiración que empezaba a parecerse peligrosamente al amor.
CAPÍTULO 4: CIUDAD DE SOMBRAS Y LUCES
Las semanas que siguieron a la noche de los tacos en la Narvarte pasaron con una velocidad vertiginosa, desdibujando las líneas que Mauricio Navarro había trazado meticulosamente durante toda su vida adulta. Su agenda, antes un monolito inamovible de eficiencia corporativa, comenzó a llenarse de huecos misteriosos, almuerzos prolongados y salidas temprano que dejaban a su asistente, Peter, en un estado de perpetua confusión.
No eran “citas”, se decía Mauricio a sí mismo frente al espejo cada mañana mientras se rasuraba. Eran… “alianzas estratégicas”. “Exploración de sinergias”. Se inventaba eufemismos ridículos para justificar por qué sentía la necesidad imperiosa de ver a Fabiola Bernal cada dos días.
Pero la realidad era que Mauricio se estaba volviendo adicto. Adicto a su intelecto, a su risa ronca que parecía venir de la tierra misma, y a la forma en que ella lo desarmaba sin siquiera levantar la voz.
Una tarde de martes, se encontraron en el Museo Soumaya. La estructura plateada y curva brillaba bajo el sol implacable de Polanco. Mauricio llegó primero, caminando entre turistas y oficinistas que aprovechaban su hora de comida. Cuando Fabiola llegó, vestida con un conjunto de lino blanco que contrastaba gloriosamente con su piel oscura, Mauricio sintió ese golpe en el pecho que ya se estaba volviendo familiar.
—Llegas tarde, Navarro —dijo ella al acercarse, sin saludarlo de beso, manteniendo esa distancia física que ambos respetaban como una frontera electrificada.
—El tráfico de Constituyentes no perdona ni a los santos ni a los pecadores —respondió él, sonriendo—. Además, valió la pena la espera. Ese color te queda… peligroso.
Fabiola rodó los ojos, pero sonrió.
—Vamos, quiero ver la colección de Rodin. Dicen que Las Puertas del Infierno tienen mucho que enseñarnos sobre el mundo corporativo de la Ciudad de México.
Caminaron por las rampas blancas del museo, hablando no de negocios, sino de vida.
—¿Por qué nunca te casaste? —preguntó Fabiola de repente, mientras observaban una escultura de mármol. La pregunta fue tan directa que Mauricio casi se atraganta con su propia saliva.
—¿Quién dice que no me casé? —intentó esquivar él.
—Wikipedia —respondió ella—. Y las revistas de sociales. Eres el “Soltero de Oro”. El inatrapable. ¿Por qué?
Mauricio miró la escultura, una figura humana retorciéndose en piedra.
—Porque nunca encontré a alguien que entendiera el silencio.
Fabiola ladeó la cabeza, intrigada. —¿El silencio?
—Sí —dijo él, bajando la voz, revelando una verdad que nunca había dicho en voz alta—. Mi vida es ruido, Fabiola. Juntas, teléfonos, motores, música de fiestas, gente pidiéndome cosas. Cuando llego a casa, quiero silencio. Pero las mujeres con las que salía… ellas querían llenar ese silencio. Querían atención constante, validación, ruido. Se sentían incómodas si no estábamos hablando o haciendo algo. Yo solo quería… estar.
Se hizo un silencio entre ellos. Pero no fue un vacío; fue una presencia. Fabiola no dijo “pobrecito”. No dijo “yo te entiendo”. Simplemente se quedó callada, mirando la misma estatua, compartiendo el espacio con él sin exigir nada.
Y en ese momento, Mauricio sintió una paz que no había sentido en años.
—El silencio es un lujo —dijo ella finalmente, suavemente—. Es el sonido de no tener que fingir.
Mauricio la miró, maravillado. Ella lo entendía. Sin esfuerzo.
—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Por qué la heredera del imperio Bernal está sola?
Fabiola soltó una risa seca, carente de humor.
—Esa es fácil, Mauricio. Mírame.
Él la miró. Recorrió su rostro, sus rizos, su postura.
—Te estoy mirando. Y veo a una mujer espectacular.
—Tú ves eso ahora —dijo ella, girándose para enfrentarlo—. Pero los hombres de mi “nivel”… ellos ven un problema. Ven a una mujer que gana más que ellos. Ven a una mujer que no necesita su dinero. Y, sobre todo… ven mi piel.
Mauricio sintió un pinchazo de vergüenza. Él había sido uno de esos hombres.
—Les intimida —dijo él.
—No solo les intimida. Les confunde. En México, el racismo es el invitado silencioso en todas las cenas. Un hombre blanco de la alta sociedad puede salir conmigo, sí. Puede acostarse conmigo. Pero, ¿presentarme a su mamá? ¿Llevarme al Club Campestre como su esposa? —Fabiola negó con la cabeza—. Ahí es donde se traza la línea. No quieren que sus hijos se parezcan a mí. Quieren “mejorar la raza”.
La frase golpeó a Mauricio como un látigo. Era la misma frase que su madre usaba. La misma frase que sus tías susurraban en los bautizos. Escucharla de los labios de Fabiola, dicha con una resignación tan dolorosa, le revolvió el estómago.
—Son unos idiotas —dijo él con vehemencia, tratando de distanciarse de su propio pasado.
—No, Mauricio. Son productos de su entorno. Como tú —ella lo miró a los ojos, sin acusación, solo con verdad—. Tú también pensabas así. Tal vez todavía lo piensas un poco.
Mauricio abrió la boca para negar, pero cerró los ojos.
—Pensaba —corrigió él, su voz ronca—. En pasado. Estoy desaprendiendo, Fabiola. Me está costando, pero estoy aprendiendo a ver.
Ella le tocó el brazo ligeramente. Un toque fugaz que quemó a través de la tela de su saco.
—Sigue mirando, Mauricio. A ver qué encuentras.
A medida que pasaban los días, “mirar” se convirtió en la actividad principal de Mauricio. Empezó a notar cosas que antes eran invisibles para él.
Cuando entraban a un restaurante exclusivo en las Lomas, notaba cómo el hostess miraba a Fabiola un segundo más de lo necesario, como pidiéndole credenciales con la mirada antes de sonreírle. Notaba cómo, en las reuniones de negocios donde ella lo acompañaba, los meseros le ofrecían la cuenta a él, o cómo los otros empresarios se dirigían a él para confirmar lo que ella acababa de decir, como si necesitaran la validación de un hombre blanco para creer en la palabra de una mujer negra.
Cada pequeña agresión era una aguja clavándose en la conciencia de Mauricio. Lo enfurecía. Pero también lo llenaba de una admiración profunda por la templanza de ella. Fabiola no estallaba. No gritaba. Manejaba cada situación con una elegancia gélida que dejaba a los ofensores sintiéndose pequeños e insignificantes.
Pero la burbuja privada que habían construido no podía durar para siempre. El mundo exterior estaba a punto de irrumpir con sus garras afiladas.
Sucedió un jueves por la noche. Mauricio había convencido a Fabiola de ir a cenar al Club de Industriales, el bastión más rancio y exclusivo del poder económico en Polanco. Era territorio hostil, y ambos lo sabían. Pero Mauricio quería presumirla. Quería desafiar a ese mundo.
—¿Estás seguro de esto? —preguntó Fabiola mientras el valet abría la puerta de su camioneta blindada. Llevaba un vestido verde esmeralda que dejaba un hombro al descubierto, y lucía joyas discretas pero de un valor incalculable.
—Estoy seguro —dijo Mauricio, ofreciéndole el brazo—. Que miren. Que se infarten.
Entraron al comedor principal. El sonido de los cubiertos de plata contra la porcelana se detuvo casi por completo. Cincuenta cabezas se giraron. Mauricio sintió las miradas recorriéndolos, pesadas, juzgonas. Vio a la esposa de un banquero susurrar algo detrás de su mano. Vio a un exsecretario de Estado levantar una ceja.
Caminaron hacia su mesa con la cabeza en alto. Mauricio sentía la tensión en el brazo de Fabiola, duro como una roca bajo su mano, aunque su rostro mostraba una serenidad absoluta.
Se sentaron. Pidieron vino. Trataron de ignorar la atmósfera.
Pero entonces, una sombra cayó sobre su mesa.
—Vaya, vaya. El milagro se hizo realidad. Mauricio Navarro ha descendido de las alturas.
Mauricio levantó la vista. Era Carlos Wentworth. Su socio, su amigo de la infancia, su compañero de fiestas en Acapulco y Aspen. Carlos era el prototipo del mirrey envejecido: bronceado artificial, cabello relamido, sonrisa de dientes demasiado blancos y una arrogancia que le supuraba por los poros.
—Carlos —saludó Mauricio fríamente, sin levantarse—. No te esperaba hoy aquí.
Carlos ignoró el tono y posó sus ojos en Fabiola. No fue una mirada de respeto. Fue una mirada lasciva, seguida de una mueca de desdén apenas disimulado.
—Y veo que vienes… acompañado. No nos has presentado.
—Fabiola Bernal —dijo ella, extendiendo la mano sin esperar a Mauricio. Su voz era firme, retando a Carlos a ser grosero.
Carlos tomó su mano apenas con las puntas de los dedos, como si temiera ensuciarse.
—Ah, Bernal. La hija de Ricardo. He oído mucho de ti. Dicen que eres… intensa.
—Eficiente —corrigió ella con una sonrisa gélida—. La intensidad es para los que no tienen estrategia.
Carlos soltó una risotada falsa y volvió a mirar a Mauricio, inclinándose como para compartir un secreto entre “bros”.
—Oye, Mau, ¿podemos hablar un segundo? Es sobre el proyecto de Reforma. Un tema delicado.
Mauricio dudó. No quería dejarla sola.
—Fabiola es de total confianza. Puedes hablar aquí.
—No, no… es algo personal, hermano. Solo un minuto.
Fabiola le hizo un gesto a Mauricio con la cabeza. —Ve. Yo estoy bien. Pide otra botella de vino mientras tanto.
Mauricio se levantó a regañadientes y siguió a Carlos hacia la zona del bar, lejos de los oídos de Fabiola.
En cuanto estuvieron lo suficientemente lejos, la sonrisa de Carlos desapareció. Su rostro se endureció.
—¿Qué chingados haces, Mauricio? —siseó Carlos, bajando la voz.
—Cenando. ¿Tú qué haces?
—No te hagas el pendejo. Sabes a lo que me refiero. ¿Traerla aquí? ¿Al Club? ¿Estás loco o te estás haciendo el rebelde a los cuarenta?
Mauricio sintió que la sangre le hervía.
—Es Fabiola Bernal, Carlos. Es socia de una de las empresas más grandes del país. Tiene más dinero en su cuenta personal que tú y yo juntos.
—No me importa si es la Reina de Saba —escupió Carlos—. Tú sabes cómo funcionan las cosas aquí. La gente está hablando. Los inversionistas están hablando. Dicen que perdiste el juicio. Que te estás dejando llevar por una… obsesión exótica.
La palabra. Otra vez. Exótica.
—Cuidado con lo que dices —advirtió Mauricio, dando un paso hacia él.
—¡Es la verdad, güey! —insistió Carlos, exasperado—. Mírala. No encaja. No es de los nuestros. Está bien para un fin de semana en Tulum, para quitarte las ganas, ¿pero traerla al Club? ¿Exhibirte con ella? Estás manchando tu imagen. Y de paso, la mía, porque somos socios. ¿Qué va a pensar el Consejo si te ven formalizando con una mujer… así?
Mauricio miró a su amigo. Realmente lo miró. Vio el miedo en sus ojos. El miedo a lo diferente. El miedo a perder el estatus. Y vio, con horror, un reflejo de quien él mismo había sido hace apenas un mes.
Carlos no estaba diciendo nada nuevo. Estaba diciendo en voz alta lo que Mauricio había pensado toda su vida.
Pero ahora, esas palabras sonaban a veneno.
—¿Una mujer “así”? —repitió Mauricio, con una calma aterradora—. ¿Te refieres a una mujer inteligente? ¿Brillante? ¿Hermosa?
—Me refiero a una mujer negra, Mauricio. ¡Por Dios, no seas hipócrita! —Carlos miró alrededor, asegurándose de que nadie escuchara la palabra prohibida—. Sabes que esto no tiene futuro. Diviértete, cógetela si quieres, pero no la traigas a nuestra mesa. No nos obligues a fingir que es una de nosotros.
Algo se rompió dentro de Mauricio. Fue el sonido de un cristal rompiéndose, el cristal de la jaula en la que había vivido toda su vida.
Agarró a Carlos por la solapa de su saco italiano de cinco mil dólares y lo empujó contra la barra de caoba. Varios vasos tintinearon. El barman se quedó paralizado.
—Escúchame bien, Carlos —gruñó Mauricio, su rostro a centímetros del de su socio—. La única persona que no encaja en esa mesa eres tú. Porque ella tiene más clase, más educación y más dignidad en una uña que tú en todo tu maldito árbol genealógico podrido.
Soltó a Carlos con un empujón de desprecio.
—Si vuelves a hablar de ella, o si escucho que andas esparciendo tu veneno por ahí… te juro que te compro tus acciones de la empresa a precio de remate y te saco a patadas de mi edificio. ¿Me entendiste?
Carlos se arregló el saco, pálido y temblando de rabia y sorpresa.
—Te vas a arrepentir, Mauricio. Estás eligiendo el lado equivocado.
—Estoy eligiendo el lado real —dijo Mauricio.
Dio media vuelta y caminó de regreso a la mesa. Su corazón latía a mil por hora, pero no por miedo, sino por una claridad absoluta.
Llegó a la mesa. Fabiola estaba revisando su teléfono, tranquila, como si nada pasara. Pero cuando él se sentó, ella levantó la vista y vio la tormenta en sus ojos.
—¿Todo bien? —preguntó ella suavemente.
Mauricio la miró. Vio la curva de sus labios. La luz en sus ojos oscuros. Y supo, en ese instante, que ya no había vuelta atrás. No le importaba el Club. No le importaban los socios. No le importaba el “qué dirán”.
—Vámonos —dijo él, poniendo su servilleta sobre la mesa.
—¿Nos vamos? Apenas trajeron el vino.
—No tengo hambre. Y este lugar… huele a viejo. Quiero estar contigo. Solo contigo. En algún lugar donde pueda respirar.
Fabiola lo estudió un segundo. Vio la tensión en su mandíbula. Vio, quizás, lo que acababa de pasar sin necesidad de palabras.
Asintió lentamente, tomó su bolso y se levantó.
—Sácame de aquí, Navarro.
Salieron del Club de Industriales dejando atrás los murmullos, las miradas y la cena sin tocar. Mauricio tomó la mano de Fabiola frente a todos, entrelazando sus dedos con fuerza. No fue un gesto romántico; fue una declaración de guerra.
Subieron al auto.
—¿A dónde vamos? —preguntó ella.
Mauricio la miró.
—A mi casa.
Fabiola sostuvo su mirada. El aire en el auto se volvió denso, cargado de una expectativa que llevaba semanas construyéndose.
—A tu casa —repitió ella. No fue una pregunta. Fue una aceptación.
El trayecto hacia Bosques de las Lomas fue silencioso, pero fue un silencio lleno de promesas. Mauricio sabía que esa noche, al cruzar el umbral de su puerta con ella, estaría cruzando el Rubicón. Estaba invitando al “otro México” a entrar en su santuario. Estaba rompiendo la última regla de Doña Elvira.
Y nunca se había sentido tan libre.
CAPÍTULO 5: LA PIEL Y EL PREJUICIO
El elevador privado se abrió con un susurro hidráulico, revelando el vestíbulo del penthouse de Mauricio. El espacio era una declaración de intenciones: minimalismo brutalista, muros de concreto aparente, obras de arte abstracto que valían más que el presupuesto anual de un municipio pequeño y una vista panorámica de la Ciudad de México que reducía a sus nueve millones de habitantes a simples luces parpadeantes a los pies de un dios.
Mauricio había entrado en ese departamento miles de veces. Siempre lo había sentido como un refugio, un búnker contra el caos. Pero esa noche, con Fabiola Bernal caminando delante de él, el espacio se sintió diferente. Se sintió… vacío. Frío. Como si las paredes de mármol gris estuvieran esperando ser juzgadas por la calidez de ella.
Fabiola dejó su bolso sobre una consola de ébano y caminó hacia el ventanal. No dijo nada sobre el lujo. No exclamó, no se maravilló. Simplemente observó.
—Es silencioso —dijo ella, su voz rebotando suavemente en la acústica perfecta del salón.
—Te dije que me gustaba el silencio —respondió Mauricio, cerrando la puerta del elevador y dejando el mundo fuera. Se quitó el saco, arrojándolo sobre un sillón de Le Corbusier con una despreocupación que solo el dinero viejo permite.
Se acercó a ella, pero se detuvo a un metro de distancia. La tensión que había comenzado en el Club de Industriales, esa mezcla de adrenalina por la confrontación con Carlos y el deseo acumulado durante semanas, vibraba en el aire.
—¿Te arrepientes? —preguntó él. Su voz sonó más vulnerable de lo que pretendía.
Fabiola se giró. La luz de la luna y el resplandor de la ciudad delineaban su silueta, haciendo brillar su piel oscura con tonos azules y plateados.
—¿De venir aquí? No. ¿De haber humillado a tu socio racista? Mucho menos.
Mauricio dio un paso más. Ahora podía oler su perfume, esa mezcla embriagadora de madera y flores nocturnas.
—Carlos es un idiota. Pero él es solo el síntoma, Fabiola. Ese es el mundo en el que vivo. Un mundo donde la gente sonríe de frente y apuñala por la espalda si no sigues el guion. Traerte aquí… es quemar el guion.
Fabiola levantó la barbilla, desafiante, pero sus ojos eran pozos de suavidad.
—No necesito que me protejas de tu mundo, Mauricio. He lidiado con hombres como Carlos toda mi vida. Lo que necesito saber es si tú eres parte de ese mundo o si eres el hombre que me defendió hace una hora.
Mauricio acortó la distancia final. Levantó la mano y, con un temblor casi imperceptible, acarició la mejilla de ella. La piel era suave, cálida, viva. El contraste de su mano pálida contra la mejilla oscura de ella fue una imagen que se grabó en su retina. En otro tiempo, esa imagen le habría causado conflicto. Ahora, le parecía la única verdad absoluta en su vida.
—Ya no sé quién soy —susurró él, acercando su rostro al de ella—. Solo sé que cuando estoy contigo, todo lo que me enseñaron a valorar… el estatus, la imagen, la “raza”… todo se vuelve ceniza. No quiero ser parte de ese mundo si tú no puedes estar en él.
Fabiola exhaló, un sonido que fue mitad suspiro, mitad rendición.
—Entonces no seas ese hombre. Sé este.
Cuando se besaron, no fue el beso tentativo de dos desconocidos. Fue un colapso. Fue como si dos placas tectónicas que llevaban años acumulando presión finalmente se liberaran. Mauricio la besó con desesperación, con hambre, tratando de borrar con sus labios años de estupidez y ceguera. Fabiola respondió con la misma intensidad, sus manos enredándose en el cabello de él, atrayéndolo hacia ella como si fuera su ancla en medio de la tormenta.
Fueron al dormitorio principal, una habitación que parecía flotar sobre las nubes. Allí, entre sábanas de hilo gris y sombras alargadas, las barreras finales cayeron.
Para Mauricio, hacer el amor con Fabiola fue una revelación. Había estado con muchas mujeres; mujeres hermosas, expertas, complacientes. Pero esto era diferente. No había performance. No había esa necesidad de impresionar. Había una honestidad brutal en cada caricia.
Recorrió su cuerpo con las manos y la boca, adorando cada centímetro de esa piel que su sociedad despreciaba. La curva de su cintura, la fuerza de sus piernas, la suavidad de su vientre. Y mientras lo hacía, sentía que se estaba purificando. Cada beso era una disculpa; cada gemido de ella, una absolución.
—Eres hermosa —le dijo en la oscuridad, con la voz rota—. Eres lo más hermoso que he visto en mi vida.
Fabiola lo miró desde la almohada, sus ojos brillantes de emoción.
—Y tú eres más que tu dinero, Mauricio. Eres más que tu apellido.
Esa noche, durmieron abrazados. No hubo esa distancia cortés de “cada quien a su lado” que Mauricio solía imponer. Se aferró a ella como si temiera que al amanecer ella se desvaneciera como un sueño provocado por la culpa.
El sol de la mañana entró sin piedad por los ventanales, iluminando la realidad.
Mauricio despertó primero. Por un segundo, tuvo el pánico habitual de “¿quién está en mi cama y cómo hago para que se vaya amablemente?”. Pero entonces vio los rizos oscuros desparramados sobre la almohada blanca. Vio el hombro desnudo de color caoba. Y en lugar de pánico, sintió una oleada de posesividad y ternura que lo dejó sin aire.
Se levantó con cuidado para no despertarla y fue a la cocina.
Carmela, su ama de llaves, ya estaba ahí. Al verlo entrar en bata, despeinado y con una sonrisa boba, Carmela levantó una ceja.
—Buenos días, Don Mauricio. ¿Desayuno para uno o para dos?
Mauricio la miró. Carmela llevaba trabajando para él diez años. Lo conocía mejor que su propia madre.
—Para dos, Carmela. Y… haz algo especial. Chilaquiles. Pero de los buenos, no de los “light”. Y jugo verde. Y café de olla si tienes.
Carmela sonrió, una sonrisa cómplice.
—Entendido. ¿La señorita tiene alguna alergia?
—No. Y Carmela… —Mauricio dudó un segundo—. Ella es… importante.
La mujer asintió con respeto. —Lo que usted diga, señor.
Cuando Mauricio regresó a la habitación con dos tazas de café, Fabiola ya estaba despierta, sentada en la cama, envuelta en la sábana. Parecía una reina en su trono.
—Buenos días —dijo él, entregándole la taza.
—Buenos días —respondió ella, tomando el café y oliendo el aroma—. Mmm. Huele a vida. ¿Te arrepentiste con la luz del sol?
—Al contrario —dijo Mauricio, sentándose al borde de la cama—. Estoy pensando en cómo convencerte de que te quedes todo el fin de semana. O toda la semana. O todo el mes.
Fabiola rió, un sonido ronco de mañana.
—Tengo una empresa que dirigir, Mauricio. Y tú también.
—Las empresas pueden esperar. El mundo no se va a caer si el CEO de Grupo Navarro llega tarde un viernes.
—Vaya, qué rebelde.
Desayunaron en la terraza, bajo el sol tibio de la mañana. Hablaron de cosas triviales y profundas. Mauricio le contó sobre su infancia solitaria en esa casa enorme en las Lomas, criado por nanas mientras sus padres viajaban por Europa. Le habló de la presión de ser el “hombre de la casa” desde joven, de tener que ser siempre fuerte, siempre rico, siempre blanco.
Fabiola escuchó, y luego compartió su propia historia.
—Crecer siendo una Bernal fue extraño —dijo, jugando con un trozo de tortilla—. Teníamos dinero, sí. Mucho. Pero cuando iba a la escuela… a las escuelas “bien” de la ciudad… yo era la única. Las mamás de mis amigas pensaban que mi mamá era la niñera. Los maestros se sorprendían cuando sacaba dieces. “Qué articulada eres”, me decían. Como si fuera un milagro que una niña negra pudiera hablar bien español.
Mauricio sintió una punzada de dolor ajeno.
—Lo siento.
—No lo sientas. Me hizo fuerte. Me hizo entender que tenía que ser diez veces mejor para que me consideraran igual. Pero cansa, Mauricio. Cansa tener que demostrar tu humanidad todos los días.
Mauricio tomó su mano sobre la mesa.
—No tienes que demostrarme nada a mí. Nunca más.
El fin de semana fue una burbuja de felicidad. Apagaron los teléfonos (algo inaudito para ambos). Cocinaron pasta (que quedó horrible y terminaron pidiendo pizza). Vieron películas viejas. Mauricio descubrió que Fabiola era pésima perdiendo en juegos de mesa y que cantaba muy mal en la ducha, defectos que solo hicieron que la quisiera más.
Pero el lunes llegó con la sutileza de un tren de carga.
Mauricio llegó a su oficina sintiéndose invencible. Saludó a la recepcionista, le preguntó a Peter por su fin de semana (dejando al pobre chico en estado de shock) y se sentó en su escritorio listo para conquistar el mundo.
Entonces, su teléfono privado sonó.
La pantalla mostraba un nombre que siempre le causaba un reflejo pavloviano de enderezar la espalda y revisar su moral: MAMÁ.
—Bueno —contestó Mauricio.
—Mauricio —la voz de Doña Elvira era como el cristal cortado: elegante, fría y afilada—. Necesito que vengas a comer hoy a la casa. Tu tía Lucha y yo te esperamos a las 2:00.
No era una invitación. Era una citación.
—Mamá, tengo mucho trabajo. Estamos cerrando el trato de…
—A las 2:00, Mauricio. Y ven solo. Tenemos que hablar de… ciertos rumores que están circulando.
La línea se cortó.
Mauricio miró el teléfono. El estómago se le hizo un nudo. “Rumores”. Carlos. Ese maldito bocón había ido a llorar con las matriarcas.
A las 2:00 p.m., el Mercedes de Mauricio entró por las rejas de hierro forjado de la mansión familiar en Bosques de las Lomas. La casa era un mausoleo de estilo afrancesado, llena de antigüedades, tapetes persas y retratos de ancestros que miraban con desaprobación perpetua.
Lo recibieron en el comedor principal. Doña Elvira estaba sentada a la cabecera, una mujer de 65 años que parecía de 50 gracias al bisturí y al Botox, vestida con un Chanel impecable. A su lado, la Tía Lucha, la chismosa oficial de la familia, lo miraba con ojos de buitre.
—Siéntate, hijo —dijo Elvira, señalando la silla a su derecha.
Les sirvieron crema de alcachofa en silencio. El sonido de las cucharas era lo único que se oía. Mauricio sabía que era una táctica de intimidación. Esperó.
Finalmente, Doña Elvira se limpió la boca con la servilleta de lino.
—Me encontré a la mamá de Carlos Wentworth ayer en el club —empezó, con un tono casual que no engañaba a nadie—. Estaba muy preocupada. Dice que Carlos te vio muy… alterado el jueves. Y que estabas acompañado de una persona… inusual.
Mauricio dejó la cuchara.
—Se llama Fabiola, mamá. Y Carlos es un imbécil racista que casi pierde los dientes por abrir la boca de más.
La Tía Lucha soltó un grito ahogado y se llevó la mano al collar de perlas.
—¡Mauricio! ¡Ese vocabulario!
—El vocabulario es lo de menos —interrumpió Elvira, sus ojos azules clavados en los de su hijo—. Mauricio, tú sabes que no me meto en tus “aventuras”. Has tenido muchas. Algunas más presentables que otras. Pero Carlos dice que la llevaste al Club de Industriales. Que la presentaste como si fuera… algo serio.
—Es serio, mamá —dijo Mauricio, sosteniendo la mirada.
Elvira suspiró, como quien tiene que explicarle a un niño por qué no puede comer tierra.
—Hijo, entiendo la fascinación. Es… diferente. Exótica, supongo. Tienen fama de ser muy… fogosas.
Mauricio golpeó la mesa con la palma abierta. Los cubiertos de plata saltaron.
—¡Basta! No voy a permitir que hables de ella así. Es una mujer brillante. Es empresaria. Tiene dos maestrías. Es la dueña de Bernal Global.
—¡Ah, claro! —intervino la Tía Lucha—. La hija del indio ese que vende teléfonos. Dicen que tienen mucho dinero, sí. Pero el dinero no compra la clase, mijito. La mona, aunque se vista de seda…
—¡Cállate, tía! —rugió Mauricio, poniéndose de pie.
Las dos mujeres se quedaron petrificadas. Mauricio jamás había levantado la voz en esa casa. Jamás. Era el niño bueno, el hijo perfecto.
Mauricio respiraba agitado, sintiendo cómo se rompían las últimas cadenas de su educación.
—Escúchenme bien las dos —dijo, su voz temblando de rabia contenida—. Fabiola Bernal tiene más clase que toda esta maldita familia junta. Ella ha tenido que luchar por cada centímetro de lo que tiene, mientras nosotros vivimos de rentas y apellidos muertos. Estoy enamorado de ella. ¿Me oyen? Enamorado. Y si eso les molesta, si les parece “naco” o “inapropiado” o “poco estético”, entonces el problema es suyo, no mío.
—Mauricio —dijo su madre, su voz volviéndose gélida, perdiendo la máscara de preocupación maternal para mostrar la autoridad de hierro—. Si sigues con esto, vas a ser el hazmerreír de la sociedad. Te van a cerrar puertas. Nadie va a invitar a esa mujer a sus casas. Vas a estar solo. ¿Estás dispuesto a tirar tu reputación a la basura por un capricho?
—No es un capricho —dijo él—. Y si esa sociedad me cierra las puertas… entonces derribaré la maldita casa.
—Estás cegado —sentenció Elvira—. Ya se te pasará. La sangre llama, Mauricio. Al final, uno siempre busca lo suyo.
—Tal vez ese es el problema, madre. Que “lo nuestro” está podrido.
Mauricio tiró la servilleta sobre el plato de sopa medio lleno.
—No tengo hambre.
Dio media vuelta y salió del comedor, sus pasos resonando en el mármol del pasillo. Escuchó a su tía murmurar algo sobre “brujería”, pero no se detuvo.
Salió a la calle, al sol brillante de las Lomas, y sintió que por primera vez podía respirar. Pero también sintió un miedo profundo. Había declarado la guerra a su propia sangre. Y sabía que Doña Elvira no se rendiría tan fácil. Ella no jugaba limpio.
Subió al auto y marcó el número de Fabiola. Necesitaba escuchar su voz. Necesitaba recordar por qué estaba haciendo esto.
—¿Hola? —contestó ella al segundo tono. Se oía ruido de oficina de fondo.
—Fabiola —dijo él.
—Mauricio. ¿Todo bien? Te oyes extraño.
—Solo quería decirte… —se detuvo, tragando el nudo en su garganta—. Quería decirte que te quiero ver hoy. No me importa la hora. Necesito verte.
Hubo un silencio breve al otro lado. Ella percibió la urgencia, el dolor en su voz.
—Ven a mi oficina a las 6:00. Pediré pizza. Y cerraremos la puerta.
—Ahí estaré.
Mauricio colgó. Miró la mansión de su infancia por el retrovisor mientras el auto se alejaba. Se veía pequeña. Insignificante.
El verdadero reto acababa de empezar. Su madre tenía razón en una cosa: la sociedad intentaría aplastarlos. Pero lo que ella no sabía era que Mauricio Navarro acababa de descubrir que tenía una columna vertebral de acero, y que Fabiola Bernal era el fuego que la había forjado.
Sin embargo, mientras conducía hacia Santa Fe, una notificación apareció en su celular. Era un enlace de una columna de chismes en un portal de noticias financieras:
“¿EL FIN DE UN IMPERIO INMOBILIARIO? RUMORES APUNTAN A QUE EL ‘GOLDEN BOY’ DE SANTA FE PODRÍA ESTAR PERDIENDO LA CABEZA (Y A SUS INVERSIONISTAS) POR UN NUEVO AMOR ‘INCÓMODO’. FUENTES CERCANAS ASEGURAN QUE LA FAMILIA NO ESTÁ CONTENTA.”
Mauricio apretó el volante. Ya había empezado. La maquinaria estaba en marcha.
Sonrió, una sonrisa torva y peligrosa.
—Vengan por mí —murmuró—. Vengan por nosotros. No tienen ni puta idea de con quién se están metiendo.
Aceleró, dejando atrás el pasado, corriendo hacia un futuro incierto pero, por fin, auténtico.
CAPÍTULO 6: FUEGO CRUZADO
El escándalo en la alta sociedad mexicana no explota como una bomba; se propaga como un virus. Empieza en los grupos de WhatsApp de las señoras de las Lomas, salta a los desayunaderos políticos del Hotel Four Seasons y termina vomitado en las columnas de chismes de los periódicos nacionales, disfrazado de “análisis social”.
Para Mauricio Navarro, el lunes había comenzado con una guerra fría con su madre. Para el miércoles, la guerra era termonuclear y pública.
El artículo que había leído en el auto era solo la punta del iceberg. El título “El Ocaso del Golden Boy” se había replicado en portales digitales, blogs de negocios y hilos de Twitter. No atacaban directamente a Fabiola por su color de piel —eso sería “políticamente incorrecto” y nadie en la élite quería ser tachado de racista abiertamente—; en su lugar, usaban un lenguaje codificado, mucho más insidioso.
Decían que ella era “una distracción”. Que “no encajaba con los valores tradicionales de Grupo Navarro”. Cuestionaban si la alianza entre la constructora de Mauricio y la tecnológica de los Bernal era un conflicto de intereses o un “capricho de alcoba”. Los comentarios en redes sociales eran un pozo séptico: “Seguro le hizo brujería”, “Es la moda de la inclusión forzada”, “Qué lástima, tan guapo y con tan mal gusto”.
Mauricio entró a la sala de juntas de su empresa a las 9:00 a.m. El aire estaba viciado, cargado de esa tensión eléctrica que precede a las tormentas.
Alrededor de la mesa de caoba masiva estaban sentados los miembros del Consejo de Administración. Hombres de trajes grises, con apellidos que aparecían en los libros de historia de México. Hombres que habían visto a Mauricio crecer y que ahora lo miraban como si le hubiera salido un segundo par de ojos.
Y en la esquina, con una sonrisa de falsa preocupación, estaba Carlos Wentworth.
—Buenos días, caballeros —dijo Mauricio, tomando su lugar en la cabecera. No se sentó. Se quedó de pie, apoyando los nudillos sobre la mesa, proyectando una autoridad que, por dentro, sentía tambalearse.
—Mauricio —comenzó Don Eugenio, un hombre de ochenta años que representaba al bloque de inversionistas más conservador de Monterrey—. Creo que no hace falta explicar por qué convocamos esta reunión de emergencia. Las acciones han bajado un 4% en dos días.
—Fluctuaciones del mercado, Eugenio —respondió Mauricio con calma—. El sector inmobiliario está en corrección.
—No me quieras ver la cara de pendejo, muchacho —espetó Eugenio, golpeando la mesa con un bolígrafo Montblanc—. No es el sector. Eres tú. Es el “ruido” mediático. Nuestros clientes son familias tradicionales. Familias que valoran la… discreción. La imagen. Y tú estás en boca de todos por andarte paseando con esa mujer como si fuera un trofeo.
Mauricio sintió que la sangre le subía a la cabeza.
—”Esa mujer” es la CEO de Bernal Global. Una empresa que factura tres veces más que nosotros. Deberían estar rogando porque ella nos voltee a ver, no criticando mi vida personal.
—No se trata de dinero, Mauricio —intervino Carlos, con su voz suave y venenosa—. Se trata de confianza. Los inversionistas del proyecto Torres Reforma están nerviosos. Dicen que si tomas decisiones tan… impulsivas y poco convencionales en tu vida privada, ¿qué garantiza que no harás lo mismo con su dinero?
Mauricio miró a Carlos. Vio el triunfo en sus ojos. Carlos había orquestado esto. Había sembrado el miedo.
—¿Impulsivas? —Mauricio soltó una risa seca—. Carlos, tú te gastaste medio millón de dólares en una fiesta en Ibiza el mes pasado y nadie dijo nada. ¿Cuál es la diferencia? Ah, sí. Que las modelos que llevaste eran rusas y rubias. Eso sí es “respetable”, ¿verdad?
Un silencio incómodo llenó la sala. Nadie quería admitirlo, pero todos sabían que era verdad.
—El punto es —dijo otro consejero, tratando de mediar— que necesitamos calmar las aguas. Te sugerimos… no, te exigimos, que tomes distancia pública de la Señorita Bernal. Al menos hasta que cerremos la ronda de inversión. Sal con alguien más. O simplemente deja de exhibirte. Si no lo haces… tendremos que reconsiderar tu posición como Presidente del Consejo.
La amenaza flotó en el aire como una guillotina. Querían quitarle su empresa. La empresa que él había levantado.
Mauricio miró a cada uno de ellos. Vio miedo. Vio hipocresía. Vio el racismo sistémico disfrazado de “prudencia financiera”.
—¿Quieren mi renuncia? —preguntó Mauricio en voz baja.
—Queremos que entres en razón —dijo Eugenio.
Mauricio se enderezó. Se abrochó el botón del saco.
—Pues van a tener que esperar sentados. No voy a dejar a Fabiola. Y si alguno de ustedes quiere vender sus acciones por miedo a un chisme de revista, pónganlas sobre la mesa ahora mismo. Yo las compro. Al precio de mercado de hoy.
Hubo un murmullo general.
—No tienes esa liquidez, Mauricio —dijo Carlos, burlón—. Te descapitalizarías.
—Pruébame —desafió Mauricio—. Pongan las acciones sobre la mesa. O cállense la boca y déjenme trabajar.
Nadie se movió. El dinero es cobarde, y Mauricio lo sabía. Apostó a que la codicia de ellos era mayor que su moralidad, y ganó. Por ahora.
Salió de la sala de juntas azotando la puerta, temblando de adrenalina. Había ganado la batalla, pero la guerra apenas empezaba. Y sabía que Carlos no se quedaría quieto.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, en el corporativo de vidrio negro de Bernal Global, Fabiola libraba su propia batalla.
Estaba en su oficina, revisando contratos, pero su mente estaba en las notificaciones que no dejaban de llegar a su celular.
“Interesada”. “Cazafortunas”. “La prieta que se cree güera”. “Seguro es buena en la cama, por eso la aguanta”.
Cada comentario era una gota de ácido. Fabiola había desarrollado una piel dura a lo largo de los años. Había soportado burlas en la escuela, desdenes en la universidad y condescendencia en el mundo laboral. Pero esto era diferente. Porque ahora, el odio no era solo contra ella; era contra Mauricio.
Su asistente, una chica joven llamada Sofía, entró con cautela.
—Señora… su padre está en la línea dos. Dice que es urgente.
Fabiola cerró los ojos un momento, exhaló y tomó el teléfono.
—Papá.
—Hija —la voz de Ricardo Bernal era inconfundible. Grave, rasposa por los años de trabajo en el campo antes de convertirse en magnate, y cargada de una autoridad absoluta—. ¿Viste las noticias?
—Sí, papá. Es solo chisme. Se les pasará en una semana.
—No se les pasará, Fabiola. Conozco a esa gente. He hecho negocios con ellos por cuarenta años. Te sonríen de frente porque tengo dinero, pero jamás me han invitado a sus casas. Jamás han querido que sus hijos se casen con los míos.
—Mauricio es diferente —defendió ella, sintiendo la necesidad de protegerlo incluso ante su propio padre.
—¿Lo es? —preguntó Ricardo con escepticismo—. Es un Navarro, hija. Su abuelo fue de los que redactaron leyes para quitarnos tierras en Veracruz hace cincuenta años. Llevan el desprecio en el ADN.
—Él se enfrentó a su familia por mí, papá. Se enfrentó a su Consejo hoy mismo.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—Eso es lo que me preocupa —dijo Ricardo, su voz suavizándose—. Si él está peleando con su propia gente… va a perder. Y cuando empiece a perder dinero, prestigio y amigos… te va a culpar a ti. No porque sea malo, sino porque es humano. El amor no paga las facturas del ego, Fabiola. No quiero que salgas lastimada.
—Soy fuerte, papá. Tú me hiciste fuerte.
—Te hice fuerte para los negocios, mi niña. No para que te rompan el corazón esos buitres de las Lomas. Ten cuidado. Si ese muchacho te falla… le hundo la empresa. Te lo juro por la memoria de tu madre.
Fabiola colgó el teléfono con una sensación de pesadez en el pecho. Su padre tenía razón en tener miedo. Ella también lo tenía.
¿Cuánto aguantaría Mauricio? Ahora era romántico, la adrenalina de la defensa, el “nosotros contra el mundo”. Pero, ¿y en seis meses? ¿Y cuando no lo invitaran a las bodas de sus amigos? ¿Cuando sus socios lo bloquearan?
¿La miraría con amor o con resentimiento?
Esa noche, había un evento ineludible. La Gala del Museo de Arte Moderno. Era el evento cultural del año. Todos estarían ahí. Doña Elvira, Carlos, los inversionistas, la prensa.
Mauricio pasó por ella a las 8:00 p.m. Se veía cansado. Tenía ojeras que el maquillaje de televisión no podría ocultar, pero estaba impecablemente vestido con un esmoquin negro.
Cuando vio a Fabiola, su expresión se suavizó.
Ella llevaba un vestido dorado, una cota de malla líquida que la hacía parecer una estatua viviente, una deidad azteca moderna.
—Estás… irreal —dijo él, besándole la mano dentro del auto.
—¿Cómo te fue con los lobos? —preguntó ella.
—Sobreviví —dijo él, restándole importancia—. Ladran mucho, muerden poco. ¿Y tú?
—Mi papá te mandó saludos. Y una amenaza de muerte velada si me haces llorar.
Mauricio sonrió a medias. —Me cae bien tu papá. Tiene claras sus prioridades.
Llegaron al museo. La entrada estaba abarrotada de fotógrafos. Cuando bajaron del auto, los flashes estallaron como una tormenta eléctrica.
“¡Mauricio, aquí!” “¡Fabiola, una foto juntos!” “¡Mauricio, es cierto que renuncias al Consejo?”
Caminaron por la alfombra roja tomados de la mano. Mauricio mantenía la cabeza alta, desafiante. Fabiola sonreía con esa dignidad intocable que volvía locos a sus detractores.
Entraron al salón principal. El ambiente cambió instantáneamente. Las conversaciones bajaron de volumen. Las miradas se clavaron en ellos.
Era el “Pasillo de la Muerte” social.
Doña Elvira estaba en el centro del salón, rodeada de sus amigas. Cuando vio entrar a su hijo con Fabiola, su rostro se convirtió en una máscara de piedra. Giró la espalda deliberadamente, un gesto de repudio público que no pasó desapercibido para nadie.
Mauricio se tensó. Fabiola le apretó la mano.
—No vayas —le susurró ella—. No le des el gusto de una escena.
Pero la escena vino a ellos.
Elena Moore, la exnovia de Mauricio, apareció entre la multitud. Elena era la definición de la “niña bien”: rubia, delgada, vestida de rosa pálido, con una sonrisa que destilaba condescendencia. Elena nunca había superado que Mauricio la dejara por “aburrida”, y verlo ahora con Fabiola era un insulto personal a su ego.
—¡Mau! —chilló ella, acercándose y dándole un beso en la mejilla, ignorando olímpicamente a Fabiola—. Qué valiente eres de venir. Después de lo que se dice… yo estaría escondida bajo las piedras.
—No tengo nada de qué esconderme, Elena —dijo Mauricio fríamente.
Elena giró finalmente hacia Fabiola, barriéndola con la mirada de arriba abajo.
—Y tú debes ser… Fabiola. Vaya, el vestido es muy… llamativo. Muy “carnaval”, ¿no? Aunque supongo que es tu estilo.
Fue un insulto sutil, racista y clasista, envuelto en un falso halago de moda.
Mauricio abrió la boca para destrozarla, pero Fabiola se adelantó.
—Es Alta Costura, Elena —dijo Fabiola con voz suave, como si le explicara algo a una niña lenta—. Diseñado por un artista oaxaqueño que acaba de ganar en París. Entiendo que te parezca “llamativo”. Cuando uno está acostumbrado a vestir de fast fashion o a copiar lo que ve en las revistas viejas, la originalidad puede resultar… abrumadora.
Elena se puso roja como un tomate. Varias personas alrededor soltaron risitas disimuladas.
—Yo visto de diseñador —balbuceó Elena.
—Claro —sonrió Fabiola—. Pero el estilo no se compra, querida. Se tiene o no se tiene. Un placer conocerte.
Fabiola jaló a Mauricio suavemente y siguieron caminando, dejando a Elena boqueando como un pez fuera del agua.
Mauricio soltó una carcajada cuando estuvieron lejos.
—Me das miedo. Te lo juro.
—Alguien tenía que ponerla en su lugar —dijo Fabiola. Pero sus manos temblaban ligeramente.
La noche continuó, una sucesión de batallas pequeñas. Un inversionista que les dio la espalda. Una señora que “accidentalmente” derramó un poco de vino cerca del vestido de Fabiola.
Mauricio estaba en guardia constante, tenso, listo para pelear.
Y entonces, ocurrió el golpe real.
Carlos se acercó, ya borracho, con una sonrisa triunfal.
—Disfruten la champaña, tortolitos —dijo, arrastrando las palabras—. Porque mañana se les acaba la fiesta.
—¿De qué hablas, Carlos? —preguntó Mauricio, sintiendo un mal presentimiento.
—Torres Reforma —dijo Carlos—. El grupo inversor mayoritario acaba de retirarse. Me llamaron hace diez minutos. Dijeron que la “inestabilidad de la presidencia” es un riesgo demasiado alto. Cancelaron el financiamiento, Mau. El proyecto está muerto.
Mauricio sintió que el piso se abría. Torres Reforma era su proyecto insignia. Años de trabajo. Millones de dólares. Su legado arquitectónico.
—Mientes —dijo Mauricio.
—Revisa tu correo —rió Carlos—. Te lo dije, Mau. Te dije que te iba a costar caro. Elegiste a la morena sobre tu empresa. Ahora tienes a la morena, pero te vas a quedar sin imperio. Felicidades.
Carlos se alejó riendo, mezclándose con la multitud.
Mauricio sacó su celular. Ahí estaba el correo. La notificación formal de retiro de capital.
Era un desastre financiero. No solo perdía el proyecto; su reputación de “Rey Midas” estaba destrozada.
Se quedó mirando la pantalla, pálido.
Fabiola leyó el correo por encima de su hombro. Entendió inmediatamente la magnitud del daño.
—Es por mí —dijo ella. Su voz era un hilo.
Mauricio guardó el teléfono y la miró. Sus ojos azules estaban llenos de dolor, pero también de una furia fría.
—No. Es por ellos. Por su ignorancia.
—Mauricio, acabas de perder el proyecto de tu vida —dijo ella, con lágrimas de frustración brillando en sus ojos—. Tu padre construyó esta empresa. Tú la hiciste crecer. Y la están destruyendo solo para castigarte por estar conmigo.
—Que se joda la empresa —dijo él, aunque le temblaba la voz.
—No digas eso. No es verdad. —Fabiola le soltó la mano—. Mi papá tenía razón. El amor no paga estas facturas. Mauricio… mírame. Te están aislando. Te están quitando todo lo que eres.
—Tú eres lo que soy ahora —intentó él, tomándola de los hombros.
—No —Fabiola se soltó con suavidad—. Tú eres un constructor. Eres un hombre de éxito. Y yo no voy a ser la razón de tu ruina. No voy a ser la “distracción” que destruyó a Mauricio Navarro.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó él, sintiendo un pánico mucho mayor que el de perder el dinero.
—Que tal vez Carlos tiene razón. No en su racismo, sino en su pragmatismo. Somos de mundos diferentes, Mauricio. Y tu mundo… tu mundo tiene armas nucleares. El mío solo tiene escudos.
Fabiola dio un paso atrás. La gente alrededor los miraba. Estaban presenciando el drama en vivo.
—Me voy —dijo ella—. Necesitas pensar. Necesitas arreglar esto. Y no puedes hacerlo conmigo colgada de tu brazo como un blanco de tiro.
—¡No te vayas! —la voz de Mauricio se elevó, resonando en el salón—. ¡Si te vas, ellos ganan!
Fabiola lo miró con una tristeza infinita.
—Ellos ya ganaron esta ronda, Mauricio. Mira a tu alrededor.
Se dio la vuelta y caminó hacia la salida. Su espalda recta, su cabeza alta, pero Mauricio sabía que estaba llorando.
Quiso correr tras ella. Quiso detenerla.
Pero Doña Elvira apareció a su lado, como un fantasma.
—Déjala ir —dijo su madre, con voz suave, casi cariñosa—. Es lo mejor para los dos. Ella lo sabe. Es una mujer inteligente, Mauricio. Sabe que nunca va a funcionar. Vuelve a casa. Arreglemos el desastre de la torre. Mañana todo esto será solo un mal recuerdo.
Mauricio miró a su madre. Miró a los invitados que lo observaban con morbo. Miró la puerta por donde se había ido Fabiola.
Sintió un vacío en el estómago. El vacío de quien se da cuenta de que ha vivido toda su vida en una cárcel de oro.
Si la dejaba ir, recuperaba su dinero. Recuperaba su estatus. Recuperaba la paz de su madre.
Pero perdía su alma.
Mauricio se soltó del agarre de su madre con un movimiento brusco.
—No —dijo.
—Mauricio, por Dios…
—¡Dije que no! —gritó, y el salón entero calló—. ¡Quédense con la torre! ¡Quédense con el dinero! ¡Quédense con su maldito club y sus prejuicios de mierda!
Miró a Carlos, que lo observaba desde la barra.
—¡Y tú, Carlos! ¡Disfruta las ruinas! ¡Porque voy a construir algo nuevo, y lo voy a hacer sin ninguno de ustedes!
Mauricio corrió hacia la salida. Ignoró los gritos de su madre. Ignoró los flashes.
Salió a la noche fresca de la Ciudad de México. El Porsche de Fabiola ya no estaba.
Pero él sabía dónde encontrarla.
Subió a su auto y arrancó, quemando llanta. No iba a su penthouse. No iba a su oficina. Iba a pelear. Iba a buscarla para decirle que no importaba si tenían que vivir debajo de un puente (aunque con la fortuna de ella, el puente sería de diamante, pensó con una risa histérica), pero que no la iba a soltar.
Esa noche, el “Golden Boy” murió. Y nació un hombre de verdad.
CAPÍTULO 7: EL FÉNIX NEGRO Y ORO
La lluvia empezó a caer sobre la Ciudad de México con esa furia bíblica que solo conocen los capitalinos. Era una tormenta eléctrica que convertía las avenidas en ríos y el tráfico en un estacionamiento infinito de luces rojas. Pero Mauricio Navarro conducía su Mercedes como si fuera un vehículo de asalto, esquivando baches y autos con una precisión suicida.
No iba a su ático en Bosques. Iba al departamento de Fabiola en la Colonia Roma. Un edificio art déco restaurado que ella había mencionado alguna vez, un lugar con alma, lejos de las torres de cristal de Santa Fe.
Cuando llegó, empapado porque había olvidado el paraguas (¿quién necesita paraguas cuando se está en medio de una crisis existencial?), el portero lo miró con recelo.
—Busco a la señorita Bernal —dijo Mauricio, jadeando.
—La señorita no quiere ver a nadie, joven. Llegó hace media hora muy alterada.
—Dígale que es Mauricio. Dígale que si no me abre, me voy a sentar aquí en la banqueta hasta que me dé neumonía. Y considerando cómo llueve, será rápido.
El portero, un hombre mayor con bigote canoso, lo evaluó. Vio el esmoquin empapado, los zapatos de charol arruinados por el agua y, sobre todo, la desesperación en los ojos azules del hombre.
—Voy a llamar.
Cinco minutos después, Mauricio estaba subiendo por las escaleras (el elevador antiguo era demasiado lento para su ansiedad). Llegó al tercer piso y encontró la puerta entreabierta.
Entró. El departamento era cálido. Olía a incienso y a madera vieja. Había libros por todas partes, cuadros coloridos, plantas que convertían la sala en una pequeña selva. Era un hogar. Un verdadero hogar.
Fabiola estaba sentada en el sofá, con una copa de vino tinto en la mano y los ojos rojos. Se había quitado el vestido dorado y llevaba una bata de seda negra.
—Te vas a enfermar —dijo ella sin mirarlo, su voz ronca.
—Me importa un carajo —respondió Mauricio, cerrando la puerta. El agua goteaba de su saco al suelo de duela—. Me dejaste ahí.
—Te salvé —corrigió ella, mirándolo finalmente—. Te salvé de la ruina financiera. Si te ven conmigo, pierdes el proyecto. Si me dejas, mañana puedes llamar a los inversionistas, pedir perdón, decir que fue un desliz y recuperar tu dinero. Es lógica simple, Mauricio.
—¡A la mierda la lógica! —gritó él, cruzando la sala y arrodillándose frente a ella, sin importarle mojar la alfombra persa—. ¿Crees que me importa el dinero? Tengo dinero, Fabiola. Tengo suficiente para vivir diez vidas. Lo que perdí fue un proyecto, no mi vida. Mi vida… mi vida eres tú.
Fabiola lo miró con incredulidad.
—Mauricio, no seas dramático. Es tu legado. Es Torres Reforma.
—Torres Reforma era un monumento a mi ego. Era para demostrarle a mi papá muerto que yo era mejor que él. Era para que mi mamá me aplaudiera. Pero ya no quiero sus aplausos. Quiero los tuyos.
Mauricio tomó las manos de ella. Estaban frías.
—Escúchame bien. Carlos y su pandilla de racistas creen que me quitaron todo. Pero me hicieron un favor. Me quitaron las cadenas. Ahora soy libre. Y tengo una idea. Una idea loca. Pero necesito a mi socia. Necesito a la mujer más brillante que conozco.
Fabiola frunció el ceño, intrigada a pesar de su tristeza.
—¿De qué hablas?
—Bernal Global tiene capital, ¿verdad? Mucho capital líquido.
—Sí… —dijo ella lentamente.
—Y Grupo Navarro tiene los terrenos, los permisos y el know-how de construcción.
—Sí…
—¿Qué pasa si mandamos al diablo a los inversionistas tradicionales? ¿Qué pasa si hacemos el proyecto nosotros solos? Tú y yo. Bernal y Navarro. Pero no hacemos una torre de oficinas de lujo para banqueros aburridos. Cambiamos el proyecto. Hacemos algo mixto. Vivienda, tecnología, cultura. Un centro de innovación en el corazón de Reforma. Algo que conecte, no que aísle.
Los ojos de Fabiola se abrieron. Su mente empresarial, siempre afilada, empezó a trabajar a mil por hora.
—Sería arriesgado. Muy arriesgado. El mercado…
—El mercado está cambiando, Fabiola. Tú lo dijiste en tu conferencia. La gente quiere propósito, no solo concreto. Imagínalo: “Torre Futuro”. Financiada por capital mexicano, dirigida por una mujer, construida con tecnología sustentable. Sería una bofetada en la cara de todos esos viejos rancios del Club de Industriales.
Fabiola dejó la copa de vino en la mesa. Una sonrisa lenta, peligrosa y brillante, empezó a dibujarse en sus labios.
—Sería la fusión más grande de la década. Y… sería nuestra.
—Exacto. Nuestra.
Mauricio se inclinó y besó sus manos.
—No te estoy pidiendo que me salves, Fabiola. Te estoy pidiendo que construyas el futuro conmigo. ¿Qué dices? ¿Te arriesgas con este pavo real mojado?
Fabiola soltó una carcajada y se lanzó a sus brazos, tirándolo al suelo.
—Eres un loco, Mauricio Navarro. Un maldito loco.
—Solo por ti.
A la mañana siguiente, la guerra cambió de frente.
Mauricio y Fabiola no se escondieron. Llegaron juntos al edificio de Grupo Navarro a las 8:00 a.m. Fabiola llevaba un traje blanco impecable; Mauricio, un traje gris de batalla.
Entraron a la oficina de Mauricio. Peter, el asistente, casi se desmaya al verlos.
—Peter —dijo Mauricio—. Convoca a una rueda de prensa. A las 12:00. Invita a todos. Forbes, Expansión, Bloomberg, incluso a los de espectáculos. Y llama a los abogados. Vamos a reestructurar la empresa.
—¿Señor? —balbuceó Peter—. ¿Pero y el Consejo?
—El Consejo se puede ir al infierno. Tengo el 51% de las acciones con derecho a voto gracias a la herencia de mi abuelo, una cláusula que olvidaron leer. Voy a ejercer mi poder de veto y voy a disolver la junta actual.
A las 12:00, la sala de conferencias estaba a reventar. Los periodistas olían sangre. Esperaban la renuncia de Mauricio, la confirmación de su ruina.
En su lugar, vieron entrar a Mauricio y a Fabiola tomados de la mano. Se sentaron frente a los micrófonos.
Mauricio tomó la palabra.
—Buenos días. Sé que han escuchado rumores. Que el proyecto Torres Reforma ha perdido su financiamiento. Es cierto. Los inversionistas anteriores no compartían nuestra visión de futuro. Eran… demasiado conservadores para el siglo XXI.
Hizo una pausa dramática.
—Por eso, hoy me complace anunciar una nueva alianza estratégica. Grupo Navarro y Bernal Global fusionarán sus divisiones de desarrollo urbano para crear “Nexo Urbano”. Un consorcio dedicado a construir ciudades inteligentes e inclusivas.
Fabiola tomó el micrófono. Su voz resonó con autoridad.
—Nexo Urbano no solo retomará el proyecto de Reforma. Lo expandirá. Invertiremos 500 millones de dólares de capital propio para crear el primer edificio con certificación de carbono neutro y tecnología 6G integrada de América Latina. Y lo haremos sin pedirle permiso a nadie.
Los periodistas empezaron a gritar preguntas, los flashes iluminaban la sala. Era el nacimiento de una superpotencia empresarial.
Pero la pregunta inevitable llegó. Una reportera de una revista de sociales levantó la mano.
—Sr. Navarro, Srta. Bernal… ¿y su relación personal? Se dice que esto es solo una maniobra para salvar la imagen de Mauricio tras el escándalo con su familia.
Mauricio miró a Fabiola. Ella asintió levemente.
Mauricio miró a la cámara.
—Mi relación personal es la fuente de esta fortaleza, no su debilidad. Fabiola Bernal es mi socia, mi igual y el amor de mi vida. Y a quien no le guste… bueno, siempre pueden mudarse a otra ciudad, porque vamos a construir esta a nuestra imagen.
La reacción fue sísmica.
Las acciones de Grupo Navarro, que habían caído, se dispararon ante la noticia de la inyección de capital de Bernal. Los analistas financieros aplaudieron la audacia (“El movimiento más disruptivo en años“, tituló El Financiero).
Pero en el ámbito social, la guerra se volvió personal.
Doña Elvira intentó bloquear el acceso de Mauricio a sus cuentas fiduciarias familiares (sin éxito, los abogados de Mauricio eran mejores). Carlos Wentworth intentó demandar por “mala gestión” (la demanda fue desestimada en tres días gracias al equipo legal de Bernal Global).
La “sociedad” les cerró las puertas. Dejaron de llegar invitaciones a bodas, a bautizos, a cenas benéficas.
—¿Te duele? —le preguntó Fabiola una noche, mientras cenaban pizza en el piso de la nueva oficina, rodeados de planos.
—¿Que no me inviten a la boda de la hija de Pepito? —rió Mauricio—. No. Me siento aliviado. Eran aburridísimos. Además, nosotros hacemos nuestras propias fiestas.
Y así fue. Empezaron a crear su propio círculo. Artistas, arquitectos jóvenes, empresarios tecnológicos, activistas. Gente que valoraba las ideas por encima de los apellidos. Sus cenas se volvieron legendarias, no por el lujo, sino por la mezcla ecléctica y vibrante de personas.
Sin embargo, el golpe final del viejo mundo aún estaba por llegar.
Un mes después, Ricardo Bernal, el padre de Fabiola, solicitó una reunión. No en una oficina, sino en su viñedo en Valle de Guadalupe. Territorio neutral.
Mauricio estaba nervioso. Enfrentarse a los tiburones de la Ciudad de México era una cosa; enfrentarse al patriarca que había salido de la nada para conquistar el mundo era otra.
Llegaron en helicóptero. Ricardo los esperaba en la terraza, un hombre bajo, de piel curtida y ojos que habían visto todo.
—Siéntense —dijo, sirviendo vino de su propia cosecha.
Miró a Mauricio durante un largo minuto.
—Le costaste mucho dinero a mi hija este mes, muchacho. La fusión es arriesgada.
—Le voy a devolver cada centavo con intereses, Don Ricardo —dijo Mauricio firme—. El proyecto es sólido.
—No hablo de dinero —cortó Ricardo—. Hablo de paz. La han atacado en la prensa. Le han dicho cosas horribles. Y todo por estar contigo.
—Lo sé. Y me odio por eso. Pero la protejo.
—No puedes protegerla de todo. Tu propia madre le escupió en la cara metafóricamente en televisión nacional.
Mauricio apretó la mandíbula. —Mi madre ya no es parte de mi vida.
Ricardo asintió lentamente. Bebió un sorbo de vino.
—Eso es lo que quería escuchar. Un hombre que no es capaz de cortar el cordón umbilical no sirve para marido de una mujer como Fabiola.
Mauricio parpadeó. —¿Marido?
Ricardo sonrió por primera vez, una sonrisa llena de dientes blancos y astucia.
—¿Crees que no sé a dónde va esto? Mi hija te mira como si fueras el último vaso de agua en el desierto. Y tú… tú la miras como si ella fuera el agua y el desierto al mismo tiempo.
Ricardo se inclinó hacia adelante.
—Te voy a dar un consejo de viejo, Mauricio. La gente va a seguir hablando. Siempre hablan. Pero el éxito es el mejor silenciador. Construyan esa torre. Háganla tan alta y tan brillante que su sombra tape a todos los que los criticaron. Y sean felices. Eso es lo que más les va a joder: verlos felices.
Seis meses después, la primera piedra de Torre Futuro se colocó.
No hubo políticos cortando listones. Hubo una ceremonia con trabajadores, ingenieros y estudiantes becados por la nueva fundación de la pareja.
Mauricio y Fabiola estaban parados frente a la excavación masiva.
—Lo hicimos —dijo ella, ajustándose el casco de seguridad blanco.
—Apenas empezamos —respondió él, pasándole el brazo por los hombros.
De repente, una figura se acercó desde la entrada de la obra. Era Carlos Wentworth. Se veía más delgado, menos arrogante. Llevaba un traje que ya no parecía nuevo.
Los guardias de seguridad intentaron detenerlo, pero Mauricio hizo un gesto para que lo dejaran pasar.
Carlos se detuvo a unos metros. Miró la magnitud de la obra. Miró a la pareja.
—Mau —dijo. Su voz sonaba derrotada.
—Carlos.
—Vine a… vine a ver si es cierto. Lo que decían. Que esto iba en serio.
—Es muy en serio.
Carlos asintió, mirando al suelo.
—Me corrieron del Club, ¿sabías? Dejé de pagar la membresía. Mis inversiones fallaron. Los rusos resultaron ser una estafa.
Mauricio no sintió lástima, pero tampoco sintió placer. Solo indiferencia. El odio requiere energía, y él ya no tenía energía para el pasado.
—Lo siento, Carlos.
—¿Tienes… tienes algún puesto? —preguntó Carlos, la humillación quemándole la garganta—. Necesito trabajo. Soy bueno en ventas, tú lo sabes.
Fabiola dio un paso adelante. Carlos se tensó, esperando el golpe, el insulto, la venganza.
Ella lo miró con esos ojos oscuros que lo habían aterrorizado meses atrás.
—No tenemos puestos en ventas, Carlos. Nuestra filosofía de ventas ha cambiado. Vendemos honestidad ahora. Y tú no tienes experiencia en eso.
Carlos bajó la cabeza.
—Pero —continuó ella—, estamos contratando supervisores de obra. Es trabajo duro. Hay que ensuciarse los zapatos. Hay que tratar con respeto a los albañiles. El sueldo es base. Si quieres empezar de cero, aprender lo que es trabajar de verdad… puedes llenar una solicitud en la caseta.
Carlos la miró, atónito. ¿Le estaba ofreciendo una oportunidad? ¿Después de todo?
—¿Por qué? —preguntó.
—Porque a diferencia de ti —dijo Mauricio—, nosotros creemos que la gente puede cambiar. Si tienen el valor de hacerlo.
Carlos se quedó allí un momento, digiriendo la lección. Finalmente, asintió con humildad, se dio la vuelta y caminó hacia la caseta de contratación.
Mauricio miró a Fabiola y sonrió.
—Eres demasiado buena.
—No —dijo ella, besándolo en la mejilla—. Soy pragmática. Necesitamos a alguien que vigile el cemento, y él es muy bueno vigilando cosas materiales. Además, verlo trabajar bajo el sol será justicia poética.
Mauricio soltó una carcajada y la abrazó.
—Te amo, Fabiola Bernal.
—Y yo a ti, Mauricio Navarro. Ahora, ponte a trabajar. Tenemos un rascacielos que levantar.
El sol brillaba sobre Reforma. El ruido de las máquinas era música. Y en medio del polvo y el acero, un amor improbable había echado raíces tan profundas que ninguna tormenta podría arrancarlo.
CAPÍTULO 8: EL COLOR DEL FUTURO
Dos años. Eso fue lo que tardó la Ciudad de México en cambiar su horizonte.
En el corazón del Paseo de la Reforma, donde antes había un terreno baldío disputado por sindicatos y litigios, ahora se alzaba Torre Futuro. No era el edificio más alto de la ciudad —esa batalla de egos se la dejaban a los rascacielos de Monterrey—, pero era, sin duda, el más impactante.
Su fachada no era de cristal azul frío como las demás. Era una malla orgánica de acero bronceado y jardines verticales que respiraban, literalmente, filtrando el smog de la avenida. Por las noches, no brillaba con luces neón agresivas, sino con un resplandor ámbar suave, alimentado por su propia energía solar. Era un edificio que no gritaba poder; susurraba bienvenida.
Mauricio Navarro estaba de pie en el piso 50, en la terraza privada de lo que ahora era el hogar que compartía con Fabiola. Se ajustó los gemelos de ónix, mirando su reflejo en el ventanal.
El hombre que le devolvía la mirada ya no era el “Golden Boy” de Santa Fe. Tenía 41 años, algunas canas en las sienes que había decidido no teñir y líneas de expresión alrededor de los ojos que delataban que se reía mucho más que antes.
—Estás pensando demasiado —dijo una voz a sus espaldas.
Mauricio sonrió y se giró.
Fabiola estaba ahí, terminando de ponerse un arete. Llevaba un vestido blanco de corte sirena, sencillo pero devastador.
—Solo estaba admirando la vista —dijo él.
—¿La ciudad o yo?
—La ciudad es bonita, pero tú… tú eres la razón por la que la ciudad vale la pena.
Fabiola se acercó y le acomodó la solapa del esmoquin.
—Hoy es la gran noche, Mauricio. ¿Estás listo para verles las caras?
—He estado listo desde el día que me comí esos tacos contigo en la Narvarte.
Hoy era la inauguración oficial de Torre Futuro y, simultáneamente, el lanzamiento de la Fundación Bernal-Navarro. La lista de invitados era una mezcla ecléctica que habría infartado al Mauricio de hace tres años: había empresarios, sí, pero también había artistas urbanos de Iztapalapa, ingenieros de la UNAM, activistas ambientales y líderes comunitarios.
Y, por supuesto, estaba la “vieja guardia”. Los mismos que le habían dado la espalda. Ahora, rogaban por una invitación. El éxito es el único pecado que la alta sociedad mexicana perdona incondicionalmente.
Bajaron al gran salón del atrio. El lugar vibraba. No había música clásica aburrida; había un ensamble de jazz fusión mezclado con ritmos afrocaribeños.
Cuando las puertas del elevador se abrieron y la pareja salió, el silencio momentáneo fue de reverencia pura.
Caminaron entre la multitud. Mauricio notó las miradas. Ya no eran de juicio ni de burla. Eran de envidia. Una envidia densa y palpable.
Veían a Fabiola, radiante, poderosa, dueña de la mitad del edificio. Y veían a Mauricio, que ya no parecía un hombre tenso tratando de cumplir expectativas ajenas, sino un hombre libre y profundamente enamorado.
—¡Mauricio! ¡Fabiola! —exclamó una voz conocida.
Era Don Eugenio, el inversionista que había liderado la revuelta en el Consejo años atrás. El viejo se acercó con una sonrisa temblorosa, extendiendo la mano como si nunca hubiera intentado destruir la carrera de Mauricio.
—¡Qué logro! ¡Qué maravilla arquitectónica! Siempre supe que tenías visión, muchacho. Siempre lo dije.
Mauricio tomó la mano del anciano, pero no la apretó con calidez. Fue un apretón firme, distante.
—Gracias, Eugenio. Es curioso, yo recuerdo que dijiste que era un “capricho de alcoba” y que iba a arruinar el apellido.
La sonrisa de Eugenio vaciló.
—Bueno, bueno… en los negocios a veces uno se… precipita. Pero el agua pasada no mueve molinos, ¿verdad? Me encantaría discutir una posible inversión en la Fase 2 del proyecto.
Mauricio miró a Fabiola. Ella sonrió dulcemente a Eugenio.
—Lo sentimos, Don Eugenio —dijo ella—. La Fase 2 ya está completamente financiada. Abrimos una ronda de inversión pública para pequeños ahorradores. Se llenó en tres horas. La gente confía en nosotros. No necesitamos capital… “nervioso”.
Dejaron al viejo con la palabra en la boca y siguieron caminando.
—Eso fue satisfactorio —susurró Mauricio.
—Demasiado —concordó ella.
Más adelante, vieron a Carlos Wentworth.
Carlos había cambiado. Llevaba un traje barato, pero limpio. Tenía las manos ásperas y la piel quemada por el sol. Había pasado los últimos dos años trabajando como supervisor de obra en la torre, bajo las órdenes directas de Fabiola. Había aprendido a cargar bultos, a discutir con proveedores y a respetar a los albañiles.
—Jefes —saludó Carlos, con un respeto genuino que antes le era ajeno.
—Carlos —dijo Mauricio—. El atrio quedó impecable. Buen trabajo con el mármol.
—Gracias, Mau… digo, Sr. Navarro. Los muchachos se esforzaron mucho.
Carlos miró a Fabiola y bajó la vista un segundo, avergonzado todavía por el pasado, pero agradecido por el presente.
—Sra. Bernal, gracias por la oportunidad. De verdad.
—Te la ganaste, Carlos —dijo ella—. Disfruta la fiesta. Y no te emborraches, mañana supervisas el desmontaje del escenario.
Carlos asintió y se retiró.
Mauricio miró a su amigo de la infancia alejarse.
—Nunca pensé que lo vería trabajar de verdad.
—Todos merecen una oportunidad de redención, Mauricio. Incluso los idiotas. Tú fuiste uno, ¿recuerdas?
—Jamás lo olvido.
El momento cumbre de la noche llegó con el discurso.
Subieron al escenario. Mauricio tomó el micrófono, pero en lugar de hablar de metros cuadrados o rentabilidad, habló de algo más.
—Buenas noches. Hace unos años, yo vivía en una caja. Una caja muy cara, muy lujosa, en las Lomas, pero una caja al fin y al cabo. Veía el mundo en blanco y negro. Pensaba que el valor de una persona se medía por su código postal o por el color de su piel.
Hubo un silencio incómodo en la sala. Mauricio estaba rompiendo la regla de oro de la élite: nunca hables de tus prejuicios en público.
Miró a Fabiola, que lo observaba con orgullo desde un lado del escenario.
—Entonces, conocí a alguien que rompió la caja. Alguien que me enseñó que el amor no es una transacción, y que el respeto no se hereda, se gana. Esta torre no es un monumento a mi dinero. Es un monumento a ella. A su visión, a su fuerza y a su paciencia para enseñarle a un hombre ciego a ver los colores.
Mauricio extendió la mano hacia ella. Fabiola se acercó y él la abrazó frente a todos, besándola en la frente.
—Torre Futuro está dedicada a todas las personas que han sido invisibles en esta ciudad. A partir de hoy, esta es su casa.
El aplauso fue atronador. No fue el aplauso cortés de las galas de beneficencia. Fue un aplauso real, vibrante. Vio a su suegro, Ricardo Bernal, en primera fila, asintiendo con la cabeza, con los ojos brillantes. El viejo león finalmente había aceptado al cachorro.
Sin embargo, había una ausencia notable.
Doña Elvira.
Mauricio sabía que no vendría. Su madre se había recluido en su mansión, convirtiéndose en una víctima de su propio orgullo. Se había quedado sola, rodeada de sus antigüedades y sus prejuicios, mientras el mundo avanzaba sin ella.
Le dolía, sí. Pero era un dolor antiguo, cicatrizado. Había aprendido que la familia no es solo sangre; es lealtad. Y su lealtad estaba ahora en esta sala.
Horas más tarde, cuando la fiesta terminó y los últimos invitados se fueron, Mauricio y Fabiola subieron a la azotea del edificio.
El helipuerto estaba vacío, ofreciendo una vista de 360 grados de la Ciudad de México. El “monstruo” de concreto se veía pacífico desde ahí arriba.
Fabiola se quitó los tacones y caminó descalza sobre el concreto frío, suspirando de alivio.
—Dios, mis pies me estaban matando.
Mauricio se quitó el saco y se lo puso sobre los hombros a ella.
—Lo logramos, Faby.
—Lo logramos —repitió ella, recargándose en él—. ¿Y ahora qué? Ya construimos el edificio. Ya callamos bocas. Ya ganamos. ¿Qué sigue?
Mauricio la abrazó por la espalda, mirando las luces de la ciudad.
—Ahora sigue vivir. Vivir de verdad. Sin guerras. Sin tener que demostrar nada. Solo tú y yo.
Fabiola se giró entre sus brazos.
—Tengo una noticia que podría cambiar esa parte de “solo tú y yo”.
Mauricio se quedó inmóvil. El corazón le dio un vuelco.
—¿Qué?
Fabiola tomó la mano de él y la puso sobre su vientre plano.
—Vamos a necesitar una guardería en el edificio, Mauricio. Y quizás… quizás tengamos que preparar a la sociedad mexicana para un nuevo escándalo.
—¿Estás…? —Mauricio no podía terminar la frase. La emoción le cerraba la garganta.
—Sí. Tres meses.
Mauricio Navarro, el hombre de hielo, el tiburón inmobiliario, cayó de rodillas. No por derrota, sino por gratitud. Abrazó la cintura de Fabiola y pegó la cara a su vientre, llorando. Llorando de felicidad pura, sin filtro.
—Un hijo —susurró—. Nuestro hijo.
—O hija —dijo Fabiola, acariciándole el cabello—. Y te advierto, va a tener mi carácter. Y mi cabello. Y mi color.
Mauricio levantó la cara, mirándola con adoración absoluta.
—Espero que tenga todo de ti. Porque tú eres perfecta.
—Va a ser un niño o niña mestizo en un país complicado, Mauricio —dijo ella, poniéndose seria un momento—. Va a enfrentar retos. Quizás algunos lo miren feo. Quizás tu madre nunca lo quiera conocer.
Mauricio se puso de pie y la tomó por los hombros, con una intensidad feroz.
—Entonces construiremos un mundo mejor para él. O para ella. Ya empezamos con este edificio. Seguiremos con la ciudad. Y si alguien, alguien, se atreve a mirarlo mal… tendrá que vérselas con su padre. Y créeme, ya no soy el hombre que se queda callado en las cenas.
Fabiola sonrió, esa sonrisa que había derribado sus muros la primera noche.
—Lo sé. Por eso te elegí.
EPÍLOGO: EL LEGADO
Cinco años después.
La revista Quién publicaba su edición anual de “Las Familias Más Influyentes de México”.
En la portada, no había una familia rubia tradicional posando en un jardín de las Lomas con suéteres pastel.
Había una foto de estudio, en blanco y negro, poderosa y elegante.
Mauricio Navarro, con algunas canas más y una mirada serena, estaba sentado en un sillón moderno. A su lado, de pie y con una mano sobre su hombro, estaba Fabiola Bernal, la mujer más poderosa del sector tecnológico de Latinoamérica.
Y en el regazo de Mauricio, riendo a carcajadas, estaba un niño de cuatro años. Mateo. Tenía la piel color canela, los ojos azules penetrantes de su padre y los rizos indomables de su madre. Era la síntesis perfecta de dos mundos que colisionaron y, en lugar de destruirse, crearon algo nuevo.
El titular decía:
“LOS NAVARRO-BERNAL: EL NUEVO ROSTRO DEL PODER Y EL AMOR EN MÉXICO”.
En la mansión solitaria de Bosques de las Lomas, una mujer anciana miraba la revista con manos temblorosas. Doña Elvira pasó el dedo por la foto de su nieto. Un nieto que no conocía. Un nieto que tenía la sonrisa de Mauricio cuando era niño.
Una lágrima solitaria rodó por su mejilla llena de cirugía. Quiso llamar. Quiso pedir perdón. Pero el orgullo es una jaula de la que ella había tirado la llave hacía mucho tiempo. Cerró la revista y se quedó sola en su silencio.
Mientras tanto, en el jardín de la casa de Coyoacán donde ahora vivían (porque Fabiola insistió en que un niño necesita pasto y no un piso 50), Mauricio empujaba a Mateo en el columpio.
—¡Más alto, papá! ¡Más alto! —gritaba el niño.
—¡Al infinito! —respondía Mauricio, empujándolo hacia el cielo.
Fabiola los miraba desde el porche, con una taza de café en la mano.
Recordó la noche en la terraza del hotel. Recordó el miedo. Recordó los insultos.
Y al ver a su esposo y a su hijo reír bajo el sol de la tarde, supo que cada lágrima, cada batalla y cada riesgo habían valido la pena.
El multimillonario que alguna vez odió sin razón, había aprendido a amar sin límites.
Y en ese amor, ambos habían encontrado no solo su “felices para siempre”, sino algo mucho más importante: su libertad.
Mauricio dejó de empujar el columpio un momento y miró a Fabiola. Sus miradas se cruzaron a través del jardín. No necesitaban palabras.
Él le guiñó un ojo. Ella levantó su taza en un brindis silencioso.
El odio había perdido. El amor había ganado. Y el futuro… el futuro tenía todos los colores.
FIN