EL “LICENCIADO” SE BURLÓ DEL CAMPESINO: “AQUÍ NO DAMOS LIMOSNA”. PERO AL VER LA CUENTA, DESCUBRIÓ EL ERROR QUE LE COSTARÍA LA VIDA.

PARTE 1

CAPÍTULO 1: LA HUMILLACIÓN Y EL SILENCIO

El sol de Monterrey no perdona, y menos a las once de la mañana en pleno agosto. Caía a plomo sobre el pavimento hirviendo de la Avenida San Pedro, distorsionando el aire con ese vapor trémulo que hace que la ciudad parezca un espejismo de concreto y cristal.

Don Jacinto Mondragón se ajustó el sombrero de paja, un sombrero que había sido tejido por manos artesanas hacía más de una década y que ahora mostraba las cicatrices del tiempo en sus bordes deshilachados. Se secó el sudor de la frente con un pañuelo rojo que sacó de la bolsa trasera de su pantalón de vestir gris; un pantalón que, aunque limpio y planchado con esmero la noche anterior, lucía desgastado en las rodillas y el dobladillo, testigo mudo de años de arrodillarse ante la tierra para pedirle clemencia a las cosechas.

Jacinto tenía 72 años, pero sus huesos cargaban con el peso de cien. Había bajado de la Sierra de Arteaga esa misma madrugada, tomando dos camiones guajoloteros y luego un taxi que le cobró de más al verle la cara de “paisano”. Pero no importaba. Ese día, el dinero no era el problema. O mejor dicho, el dinero era el único problema.

Se paró frente a las inmensas puertas giratorias del Banco Central, una estructura imponente de mármol negro y vidrios polarizados que parecía más una fortaleza inexpugnable que un lugar de servicio. Jacinto vio su propio reflejo en el cristal: un hombre bajo, de piel curtida como el cuero viejo por el sol del norte, con un bigote blanco espeso que ocultaba una boca acostumbrada a callar más que a hablar. Contrastaba violentamente con los hombres de traje azul marino y las mujeres con bolsos que costaban más que su casa, quienes entraban y salían hablando por sus celulares de última generación, ignorando su existencia como se ignora a una estatua o a un perro callejero.

—Ándele, Jacinto. No se me raje ahora —se susurró a sí mismo.

Al intentar entrar, el guardia de seguridad, un hombre joven con uniforme táctico y cara de pocos amigos, dio un paso al frente, bloqueándole el paso con el brazo extendido. Su mano descansaba peligrosamente cerca del tolete.

—¿A dónde va, jefe? —preguntó el guardia, usando ese tono condescendiente que se reserva para la gente que “no pertenece”.

Jacinto levantó la vista, sus ojos negros y profundos clavándose en los lentes oscuros del guardia.
—Al banco, joven. ¿A dónde más?

—La entrada para proveedores o mensajería es por atrás —dijo el guardia, masticando chicle con la boca abierta.

—No soy mensajero. Soy cliente —respondió Jacinto, con una dignidad que hizo titubear al muchacho por un segundo.

El guardia lo escaneó de arriba abajo: los huaraches de cuero, la camisa de cuadros deslavada, las manos llenas de callos y tierra que ningún jabón podía quitar. Soltó una risita burlona.
—¿Cliente? Mire, don, aquí no damos apoyos del gobierno, ni despensas. Si viene a pedir limosna o a vender dulces, mejor hágase para allá, que afea la entrada.

Jacinto sintió el calor subirle por el cuello, y no era por el sol. Era esa vieja rabia, la de siempre, la que sentía cada vez que la gente de ciudad lo miraba como si fuera un insecto. Pero respiró hondo. Tenía una misión.
—Tengo una cuenta aquí. Y voy a entrar. A menos que quiera explicarle a su gerente por qué le negó la entrada a un depositante.

El guardia dudó. Había algo en la voz del viejo, una seguridad que no encajaba con su ropa. A regañadientes, bajó el brazo y se hizo a un lado, no sin antes murmurar:
—Pásale pues, pero rapidito. Y no toque nada que ensucie.

Jacinto cruzó el umbral y el cambio fue brutal. El ruido de la ciudad desapareció, reemplazado por un silencio casi eclesiástico, solo roto por el suave murmullo de los teclados y el zumbido del aire acondicionado que mantenía el lugar a una temperatura gélida. Olía a dinero. Una mezcla de perfume caro, café recién hecho y ese aroma metálico y limpio de los billetes nuevos.

Caminó por el piso de mármol pulido, sintiendo cómo sus huaraches hacían un sonido seco, clac, clac, clac, que resonaba demasiado fuerte en aquel templo del capital. Las miradas se le clavaron como agujas. Una señora con un abrigo de piel (absurdo para el calor de afuera) abrazó su bolso Louis Vuitton como si Jacinto fuera a arrebatárselo con la mirada. Un ejecutivo dejó de hablar por teléfono para observarlo con una mueca de disgusto, arrugando la nariz como si Jacinto trajera pegado el olor a estiércol del rancho. Tal vez sí lo traía. Y qué orgullo.

Jacinto no se detuvo. Buscó con la mirada la zona de cajas, pero vio un letrero que decía “Banca Preferente”. Sus pasos lo llevaron instintivamente hacia allá, no por arrogancia, sino porque simplemente quería terminar rápido.

Detrás del mostrador de granito, tecleando furiosamente en su computadora y con un auricular inalámbrico en la oreja, estaba el Licenciado Rogelio Villalobos.

Rogelio era la imagen del éxito prefabricado. Cuarenta y cinco años, cabello engominado hacia atrás sin un solo pelo fuera de lugar, un traje italiano que se ajustaba perfectamente a su cuerpo trabajado en gimnasio, y un reloj en la muñeca que valía lo que un tractor nuevo. Era el gerente de la sucursal, un “mirrey” envejecido que creía que el mundo era su patio de recreo.

Jacinto se paró frente a él y esperó.
Y esperó.
Rogelio ni siquiera levantó la vista. Seguía hablando por el auricular, soltando risotadas falsas.
—¡No, güey, no manches! Claro que sí, vendemos las acciones en corto. Sí, sí, la fiesta en el yate sigue en pie para el fin. Ajá. Sale, bye.

Colgó la llamada, tomó un sorbo de su café de Starbucks y, finalmente, se dignó a notar la presencia humana al otro lado del mostrador. Sus ojos recorrieron a Jacinto con una lentitud insultante, deteniéndose en las uñas con tierra, en la camisa gastada, en el sombrero sobre la barra.

—La fila para ventanilla general está allá atrás, abuelo —dijo Rogelio, señalando con un dedo manicurado hacia la salida, sin mirarlo a los ojos—. Aquí atendemos a clientes de alto perfil. Banca privada. ¿Sí entiende o se lo explico con manzanas?

Jacinto no se movió. Se quedó plantado como un ahuehuete en medio de la tormenta.
—Buenos días para usted también, joven. Vengo a hacer un retiro.

Rogelio soltó un suspiro dramático, rodando los ojos. Miró a su compañera de la caja de al lado, una chica joven muy maquillada, y le guiñó un ojo, buscando complicidad en la burla.
—Mire, don… —Rogelio miró su reloj—. Tengo una junta en cinco minutos y la verdad no tengo tiempo para estar jugando. Si quiere cambiar un cheque de su pensión o sacar lo del camión, vaya con los cajeros automáticos de afuera. Aquí el mínimo de operación requiere muchos ceros, y no creo que usted sepa contar tantos.

La humillación flotaba en el aire, espesa y tóxica. Jacinto sintió cómo le temblaban las manos, no de miedo, sino de coraje contenido. Recordó a su padre, quien le decía: “Mijo, la dignidad no se compra, se defiende. Y el que te humilla es porque en el fondo es más pequeño que tú.”

Con movimientos lentos y deliberados, Jacinto metió la mano en la bolsa de su camisa, cerca del corazón. Sacó una libreta de ahorros antigua, de esas que ya casi no se usaban, con las orillas carcomidas, y una tarjeta de débito que había visto mejores días. Las puso sobre el granito frío del mostrador.

—Quiero retirar un millón de pesos —dijo Jacinto. Su voz no tembló. Fue una sentencia.

El silencio que siguió duró apenas un segundo, antes de ser roto por la carcajada estruendosa de Rogelio.
—¡Jajajajaja! ¡No me chingues! —Rogelio se golpeó la pierna, riendo con ganas—. ¡Oyeron eso! —gritó a los demás empleados y a los clientes cercanos—. ¡El señor quiere un millón! ¡Seguro se encontró la lámpara de Aladino en el monte!

Varios clientes se rieron discretamente. Otros miraron con lástima al “pobre viejo senil”.
Rogelio se limpió una lágrima de risa de la comisura del ojo.
—Ay, abuelo, me hizo el día. De verdad. Mire, ¿no querrá decir cien pesos? ¿O mil? A lo mejor se le cruzaron los cables con la denominación vieja de los noventas.

—Dije un millón. Y lo quiero en billetes grandes —repitió Jacinto, empujando levemente la libreta hacia el gerente—. Revise la cuenta.

Rogelio negó con la cabeza, con una sonrisa de suficiencia.
—Está bien, está bien. Vamos a seguirle el juego para que se vaya contento a contarle a sus nietos que entró al banco de los ricos.

Tomó la libreta con la punta de los dedos, como si fuera un pañal sucio, y tecleó el número de cuenta en su sistema con desgana, golpeando las teclas con fuerza innecesaria.
—Veamos… cuenta de ahorro… titular Jacinto Mondragón… —murmuró Rogelio con tono monótono—. A ver cuánto tiene para el refresco…

La pantalla de la computadora parpadeó un momento, procesando la información. Rogelio ya estaba preparando la frase para correrlo: “Lo siento, fondos insuficientes, váyase a…”.

Pero entonces, los datos cargaron.

La sonrisa de Rogelio se congeló. Fue como si alguien hubiera pausado una película. Sus ojos, antes llenos de burla, se abrieron desmesuradamente. Las pupilas se le dilataron. Su boca quedó entreabierta, y el color bronceado de cama solar desapareció de su rostro, dejándolo pálido como el papel.

Parpadeó. Se acercó a la pantalla. Se quitó unos lentes imaginarios y se frotó los ojos.
La cifra estaba ahí. Inmutable. Brillando en los pixeles del monitor.

Saldo Disponible: $450,230,000.00 MXN

Cuatrocientos cincuenta millones de pesos.
Rogelio sintió que el piso se abría bajo sus pies. Un sudor frío le recorrió la espalda, empapando su camisa de diseñador. El corazón le empezó a latir tan fuerte que lo sentía en la garganta, un tamborileo sordo y doloroso.

Miró la pantalla otra vez. No era un error del sistema. El estatus de la cuenta decía: “Transferencia Entrante Verificada – Minera del Norte S.A. de C.V. – Compraventa de Ejidos – Pago Único Contado”.

Ese “viejo sucio” tenía más dinero líquido en esa cuenta que todo el patrimonio de Rogelio, multiplicado por diez. Ese hombre al que acababa de humillar frente a todo el banco era, técnicamente, uno de los clientes más poderosos de la región.

Rogelio levantó la vista lentamente. Ya no veía a un campesino. Veía un monstruo. Veía su propia estupidez reflejada en los ojos oscuros y serenos de Jacinto.

—¿Se… Señor Mondragón? —la voz de Rogelio salió aguda, quebrada, un chillido patético que contrastaba con su arrogancia de hacía un minuto—. Disculpe… creo que… ¿es esto correcto?

—¿Qué dice la pantalla, hijo? —preguntó Jacinto, con una calma aterradora.

—Dice… dice que tiene cuatrocientos cincuenta millones de pesos —susurró Rogelio, incapaz de decir la cifra en voz alta, como si al hacerlo fuera a despertar a una bestia.

—Entonces es correcto. Vendí mis tierras. Todas. Hasta el último metro de lo que me dejó mi padre. Una minera canadiense encontró plata y litio. Pagaron en efectivo.

Rogelio tragó saliva. Conocía esas historias. Las mineras extranjeras llegaban al norte y pagaban fortunas absurdas por terrenos áridos que resultaban ser minas de oro, literalmente. Pero jamás imaginó que uno de esos nuevos millonarios entraría por su puerta con huaraches.

—Señor Mondragón… —Rogelio intentó recomponerse, ajustándose la corbata con manos temblorosas. Su mente de tiburón financiero trataba de cambiar de marcha: de “déspota” a “lamebotas”—. Una disculpa, una terrible confusión. Es que… ya sabe, por seguridad, a veces somos un poco… estrictos. Pero, ¡qué honor tenerlo aquí! ¿Gusta un café? ¿Agua mineral? ¿Quiere pasar a mi oficina privada?

—No quiero su café. Quiero mi dinero. Un millón. Ahora.

—Sí, claro, claro. Entiendo. Un millón —Rogelio tecleaba frenéticamente, tratando de ganar tiempo, tratando de que el cerebro le funcionara—. Solo necesito verificar unos datos de seguridad. Protocolo estándar, ya sabe. Para proteger su… magnífico patrimonio.

Rogelio abrió la ficha completa del cliente. Necesitaba ver quién diablos era este hombre realmente.
Nombre: Jacinto Mondragón Pérez.
Lugar de nacimiento: Ejido La Soledad, Galeana.
Estado Civil: Viudo.
Beneficiarios…

Cuando los ojos de Rogelio llegaron a la sección de “Beneficiarios”, el mundo se detuvo por segunda vez en menos de cinco minutos.

Ahí, escrito en letras mayúsculas, estaba un nombre. Un nombre que Rogelio no había escuchado, ni pronunciado, ni querido recordar en 23 años. Un nombre que había enterrado bajo capas de ambición, fiestas, alcohol y éxito superficial.

Beneficiario 1: Rebeca Mondragón (Hija)

El ruido del banco desapareció por completo para Rogelio. Solo escuchaba un pitido agudo en sus oídos.
Rebeca.
La imagen lo golpeó como un puñetazo en el estómago. Universidad Autónoma de Nuevo León, año 2001. Él, un estudiante becado de Contaduría, ambicioso y guapo. Ella, una estudiante de Enfermería, dulce, sencilla, con ese olor a vainilla y tierra mojada. La chica que le preparaba tortas para que él no gastara. La chica que lo miraba como si él fuera el sol.

Recordó el día lluvioso en la parada del camión. Ella llorando, temblando, con una prueba de embarazo positiva en la mano.
“Estoy embarazada, Rogelio. Vamos a ser papás.”

Recordó su propia reacción. El miedo. El asco. La sensación de que su futuro brillante se iba por el caño por culpa de una “aventura” con una campesina.
Recordó sus palabras crueles: “Eso no es mío. Arréglatelas tú. Yo no voy a arruinar mi vida por un error.”
Y recordó cómo huyó. Cambió de teléfono, se mudó de casa, se fue de intercambio a España seis meses después y nunca miró atrás.

Ahora, 23 años después, el padre de esa chica estaba frente a él. Millonario.
Rogelio sintió que iba a vomitar.
Miró a Jacinto. Realmente lo miró. Y vio los rasgos. La misma nariz. La forma de los ojos.
Dios mío.

—Don Jacinto… —la voz de Rogelio era un hilo—. Una… una pregunta personal, si me permite.

Jacinto lo miró con sospecha, frunciendo el ceño bajo el ala del sombrero.
—¿Qué quiere?

—Su hija… Rebeca… —Rogelio sintió que la lengua se le pegaba al paladar—. ¿Es… ella estudió enfermería? ¿En la Autónoma?

El rostro de Jacinto se transformó. La calma pétrea se rompió, dejando ver una grieta de dolor y furia contenida. Sus ojos se oscurecieron, volviéndose dos pozos de rencor. Se inclinó sobre el mostrador, invadiendo el espacio personal del gerente.
—¿Y usted por qué sabe eso? —preguntó Jacinto, su voz bajando una octava, sonando peligrosa.

—Es que… yo… creo que la conocí… hace mucho tiempo… —balbuceó Rogelio, sintiéndose pequeño, insignificante.

Jacinto lo estudió. Recorrió cada centímetro de la cara de Rogelio. El pelo engominado, la mandíbula cuadrada, los ojos cobardes. Y entonces, Jacinto ató cabos. Recordó la foto arrugada que su hija había guardado en una caja de zapatos durante años, la foto de un muchacho sonriente abrazándola. Un muchacho que se parecía demasiado a este hombre ridículo de traje caro.

—Usted… —susurró Jacinto. No fue una pregunta. Fue un descubrimiento. El asco en su cara fue mayor que cuando el guardia le impidió el paso—. Usted es el tal Rogelio. El cobarde. El desgraciado que dejó a mi niña tirada como basura.

Rogelio quiso negar, quiso inventar una mentira, pero no pudo. La culpa, esa que creía muerta, se le subió a la garganta.
—Don Jacinto, yo era joven… no sabía lo que hacía…

—¡Cállese la boca! —siseó Jacinto, golpeando el mostrador con su dedo índice, duro como una raíz de mezquite—. No se atreva a darme excusas. Usted le rompió el corazón. Usted la dejó sola con una barriga y sin un peso. Mi nieto creció preguntando por su padre, y nosotros tuvimos que decirle que estaba muerto para no decirle que era una basura.

—¿Nieto? —Rogelio sintió un mareo. Sabía que había un embarazo, pero nunca supo si… si había nacido. —¿Tuvo… tuvo al bebé? ¿Es un niño?

—Es un hombre. Un hombre de verdad, no como usted. Se llama Natanael. Tiene 23 años y trabaja de sol a sol para mantener a su madre. Porque eso hacen los hombres. Cuidan a la familia.

—Yo… yo no sabía… —Rogelio estaba al borde del colapso. Los clientes empezaban a mirar, notando la tensión.

—Claro que no sabía. Porque huyó. Y ahora… —Jacinto hizo una pausa, y su expresión de furia cambió a una de profunda angustia— ahora necesito ese dinero. No es para lujos. No es para comprarme trajes ridículos como el suyo.

—¿Para qué es? —preguntó Rogelio, casi suplicando por una oportunidad de redención, aunque fuera mínima.

Jacinto bajó la mirada, vencido por un dolor más grande que el odio.
—Rebeca está enferma. Tiene cáncer. Los doctores del Seguro dicen que ya no hay nada que hacer, que la mandemos a casa a morir. Pero me dijeron de un tratamiento en un hospital privado, uno nuevo. Cuesta una fortuna. Por eso vendí el rancho. Por eso vendí la tierra de mis abuelos. Para salvar a mi niña.

La confesión cayó sobre Rogelio como una losa de concreto. Rebeca. Cáncer. Muriendo.
El dinero en la pantalla, esos 450 millones, no eran un premio de lotería. Eran un sacrificio. Eran la sangre de la tierra cambiada por la sangre de una hija.

—Señor Mondragón… —dijo Rogelio, y por primera vez en años, su voz sonó genuina, despojada de su máscara de “mirrey”—. No podemos darle el millón en efectivo hoy. Por seguridad, la bóveda tiene retardos y… necesitamos pedir el camión de valores.

—¡Me urge! —gritó Jacinto, golpeando el mostrador con el puño—. ¡Cada día cuenta!

—Lo sé. Lo sé —Rogelio se levantó de su silla. Sus manos temblaban—. Venga mañana a primera hora. Yo… yo personalmente me aseguraré de que tenga el dinero. Se lo juro.

Jacinto lo miró con un desprecio infinito. Tomó su libreta y su tarjeta.
—Más le vale. Y escúcheme bien, Licenciado… —escupió la palabra como un insulto—. Si algo le pasa a mi hija porque usted se hace el tonto con mi dinero, le juro por Dios santísimo que usaré cada centavo de esos millones para acabar con usted. Lo voy a dejar sin nada.

Jacinto dio media vuelta y caminó hacia la salida. Sus huaraches clac, clac, clac resonaban, pero ahora nadie se reía. Ahora sonaban como los pasos de un gigante.

Rogelio se dejó caer en su silla de cuero ergonómica. Miró la pantalla. Los 450 millones seguían ahí. Pero él se sentía el hombre más pobre del mundo.
Sacó su celular. Tenía que saber. Tenía que verla. Tenía que saber si su hijo… su hijo… se parecía a él.

Marcó un número.
—Bueno, ¿Agencia de Investigaciones? Habla Rogelio Villalobos. Necesito un trabajo urgente. Quiero ubicar a una persona. Rebeca Mondragón. Sí… y a su hijo. Natanael. Para hoy. Pago el triple.

Colgó el teléfono y se aflojó la corbata. Sentía que se ahogaba. La vida acababa de pasarle una factura que llevaba 23 años vencida, y los intereses iban a ser impagables.

CAPÍTULO 2: ECOS DE UN PASADO EN RUINAS

El silencio que dejó Don Jacinto al salir de la oficina de cristal fue más ensordecedor que el bullicio de cualquier mercado. Rogelio Villalobos se quedó petrificado en su silla ergonómica de treinta mil pesos, con la mirada perdida en la puerta automática que se cerraba lentamente, cortando la figura del anciano que se alejaba con una dignidad que Rogelio jamás podría comprar, ni con todo el oro del banco.

—Licenciado… —la voz de Sandra, su asistente, rompió el trance. Ella estaba parada en el umbral, sosteniendo una tablet con cara de preocupación—. El comité de riesgos pregunta por qué bloqueó la ventanilla. Y tiene la comida con los inversores de Grupo Alfa en media hora en el La Catarina.

Rogelio giró la cabeza mecánicamente. Miró a Sandra como si fuera un alienígena. ¿Comida? ¿Inversores? ¿Riesgos? Esas palabras, que hasta hace diez minutos eran el eje de su universo, ahora sonaban huecas, ridículas.

—Cancela todo —dijo Rogelio, con la voz ronca.

—¿Perdón? —Sandra parpadeó, confundida—. Pero Licenciado, es la comida mensual, usted lleva semanas planeando…

—¡Dije que canceles todo, chingada madre! —gritó Rogelio, golpeando el escritorio con el puño cerrado. El impacto hizo saltar su taza de café, manchando unos documentos—. ¡Diles que me dio tifoidea, que se murió mi abuela, diles lo que quieras, pero sácame a todo el mundo de encima! ¡Lárgate!

Sandra dio un paso atrás, asustada por la violencia repentina de su jefe, un hombre que solía ser la definición de la frialdad corporativa. Asintió rápidamente y cerró la puerta, dejando a Rogelio solo con sus fantasmas.

Rogelio se aflojó el nudo de la corbata Hermes hasta casi ahorcarse. Sentía que el aire acondicionado había dejado de funcionar, aunque el termostato marcaba 18 grados. Se levantó y caminó hacia el ventanal que daba a la Avenida Lazaro Cárdenas. Desde su torre de marfil en San Pedro Garza García, Monterrey se veía moderna, brillante, una ciudad de progreso. Pero él sabía que allá abajo, entre el smog y el calor, había otra realidad. La realidad de la que él había huido hacía veintitrés años.

Su mente viajó al pasado, a ese año 2001 en la Facultad de Contaduría. Él no era el “Licenciado Villalobos” entonces. Era solo “Roge”, un estudiante becado de clase media baja que soñaba con comerse al mundo. Y ahí estaba Rebeca.
Cerró los ojos y pudo olerla. No usaba perfumes franceses como las mujeres con las que salía ahora. Olía a jabón Zote y a crema Nivea, a vainilla y a lluvia. Rebeca Mondragón. La estudiante de enfermería que bajaba de la sierra los fines de semana.

Recordó la última vez que la vio. Fue en un parque cerca de la universidad. Estaba lloviendo, una de esas lluvias torrenciales de Nuevo León que inundan las calles en minutos. Ella estaba empapada, temblando, con los ojos rojos de tanto llorar.

—Estoy embarazada, Rogelio. Vamos a tener un bebé.

Esas palabras habían detonado una bomba nuclear en su cerebro inmaduro y egoísta. En ese momento, Rogelio no vio un hijo. Vio el fin de su carrera. Vio pañales, deudas, vivir en una casa de interés social, perder la beca para la maestría en España. Vio su futuro brillante convirtiéndose en mediocridad.

—Eso no es mío —había dicho él. La mentira más vil de su vida.
—Rogelio, por favor, es tuyo. Tú eres el único…
—¡Estás loca! ¡Seguro te acostaste con algún ranchero de tu pueblo y me quieres enjaretar el paquete a mí! ¡No me vas a joder la vida!

La recordaba parada bajo la lluvia, viéndolo subir al camión, con una mano en el vientre y la otra cubriéndose la boca para ahogar un sollozo. Nunca miró atrás. Cambió su número, se mudó de casa de asistencia y, seis meses después, voló a Madrid. Se convenció a sí mismo de que ella lo olvidaría, de que abortaría, de que encontraría a alguien más. Se lavó las manos.

—Maldito seas, Rogelio —se susurró a su reflejo en el cristal.

El sonido de su celular vibrando sobre el escritorio lo sacó de su miseria. Era “El Sabueso”, el apodo que le tenía a Charly, un ex policía judicial que ahora trabajaba como investigador privado para el banco, usualmente para rastrear activos de deudores morosos o investigar fraudes internos.

Rogelio se abalanzó sobre el teléfono.
—¿Qué tienes?

La voz de Charly al otro lado sonaba rasposa, metálica.
—Jefe, ya tengo el reporte preliminar. Está cabrón. ¿Seguro que quiere que se lo mande al correo del trabajo? Esto se ve… personal.

—Mándalo a mi correo privado. Ahora mismo. Y dime, Charly… ¿qué tan malo es?

Hubo un silencio al otro lado de la línea, seguido de un suspiro de fumador empedernido.
—Jefe, si usted tiene corazón, prepárese un tequila doble. La cosa está de la chingada.

El correo llegó con un ping que sonó como una sentencia de muerte. Rogelio se sentó, le temblaban las manos tanto que le costó trabajo desbloquear la pantalla. Abrió el archivo adjunto: REPORTE_MONDRAGON_CONFIDENCIAL.pdf.

La primera página era datos duros.
Sujeto: Rebeca Mondragón Pérez.
Edad: 43 años.
Domicilio: Calle Libertad, Colonia Independencia (La Indepe), Monterrey, N.L.
Ocupación: Empleada de limpieza (outsourcing), Lavandera ajena.

Rogelio sintió una punzada. La “Indepe” era uno de los barrios más bravos y marginados de la ciudad, un laberinto de callejones en la loma del cerro, famoso por la violencia y la pobreza, que irónicamente miraba desde arriba a la opulencia de San Pedro. Rebeca vivía ahí, mirando todos los días los edificios donde él trabajaba.

Siguió leyendo.
Estado Civil: Soltera.
Hijos:

  1. Natanael Mondragón (23 años). Ocupación: Albañil / Ayudante de obra.
  2. Emily Mondragón (15 años). Estudiante.
  3. Tyler Mondragón (12 años). Estudiante.

Tres hijos. De diferentes padres, dedujo Rogelio al ver los apellidos, o tal vez todos llevaban el Mondragón como escudo. Pero sus ojos se clavaron en el primero.
Natanael.
23 años.
Las matemáticas no mienten. Era él. Era su hijo.

Deslizó el dedo por la pantalla para bajar a la sección de fotos. Charly era eficiente. Había fotos tomadas a la distancia ese mismo día o sacadas de redes sociales.
La primera foto era de Rebeca.
Rogelio tuvo que taparse la boca para no gritar.
La mujer de la foto no era la chica radiante de sus recuerdos. Era una sombra. Estaba extremadamente delgada, su piel tenía ese tono grisáceo y pálido de la enfermedad avanzada. Llevaba un pañuelo barato en la cabeza, ocultando la falta de cabello. Estaba sentada en una silla de plástico afuera de una casa de bloques grises sin enjarrar, desgranando elotes. Sus ojos estaban hundidos, rodeados de ojeras moradas, pero seguían teniendo esa mirada dulce y triste.

El reporte médico adjunto (conseguido ilegalmente, sin duda) confirmaba lo que Don Jacinto había dicho:
Diagnóstico: Carcinoma ductal infiltrante. Estadio IV. Metástasis ósea.
Estatus: Tratamiento suspendido en IMSS por falta de insumos. Paciente requiere intervención urgente y terapia dirigida. Pronóstico sin tratamiento: 3 meses.

—Tres meses… —gimió Rogelio. Las lágrimas, calientes y saladas, empezaron a caer sobre la pantalla del iPad.

Ella se estaba muriendo. La mujer a la que abandonó se estaba muriendo en la pobreza mientras él decidía si comprar un BMW o un Mercedes. Y Don Jacinto… el viejo al que él había humillado… había vendido su vida entera, su tierra, su historia, para comprarle unos meses más.

Siguió bajando. Necesitaba verlo a él.
Y ahí estaba.
Foto 2: Natanael Mondragón.
La imagen mostraba a un joven saliendo de una obra en construcción, cargando una mochila llena de polvo de cemento. Llevaba una camiseta de tirantes sucia, jeans rotos y botas de trabajo gastadas. Estaba bañado en sudor, con los músculos de los brazos tensos por el trabajo duro.

Pero la cara…
Era como mirarse en un espejo que distorsiona el tiempo. Natanael tenía la misma mandíbula cuadrada de Rogelio, la misma forma de la nariz, el mismo cabello negro y ondulado (aunque lleno de cal). Pero había una diferencia fundamental: los ojos.
Los ojos de Rogelio siempre habían sido esquivos, calculadores. Los de Natanael, mirando a la cámara inadvertidamente, eran fieros, directos, llenos de un fuego que Rogelio nunca tuvo. Era un guerrero. Un sobreviviente.

Rogelio tocó la pantalla, acariciando el rostro pixelado de su hijo.
—Natanael… —pronunció el nombre por primera vez. Sabía a ceniza.

El reporte tenía notas adicionales de Charly:
“El chavo es el hombre de la casa. Mantiene a la mamá y a los hermanos. Se levanta a las 4 AM, agarra dos camiones para ir a la obra en Cumbres. Sale a las 6 PM y se va a hacer chambitas de plomería o electricidad. No toma, no se droga. Los vecinos dicen que es un santo, pero que tiene un carácter de la chingada si te metes con su familia.”

Rogelio cerró la tablet. No podía ver más.
Se levantó y fue hacia el minibar de su oficina. Se sirvió un whisky Blue Label en un vaso de cristal cortado. El líquido ámbar, que costaba lo que Natanael ganaba en una semana, le supo a veneno.

Lanzó el vaso contra la pared. El cristal estalló en mil pedazos, manchando el tapiz importado y el diploma de Harvard que colgaba con orgullo.
Rogelio se dejó caer al suelo, aflojándose el cinturón, hecho un ovillo. El gran gerente, el tiburón de las finanzas, lloró como un niño asustado. Lloró por Rebeca. Lloró por el hijo que no conocía. Lloró por los 23 años de vacío que había llenado con dinero y soledad.


La noche cayó sobre Monterrey, trayendo consigo un calor sofocante que ni la noche lograba disipar. Rogelio estaba en su penthouse en la zona de Valle Oriente. Un departamento de lujo minimalista: todo blanco, gris y negro. Muebles de diseñador, arte abstracto en las paredes, una vista espectacular de la ciudad iluminada.
Pero esa noche, el departamento se sentía como un mausoleo.

No podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Jacinto con su sombrero viejo, diciéndole: “Usted es una basura”. Veía a Rebeca bajo la lluvia. Veía a Natanael cargando sacos de cemento.

Se sirvió otro trago, esta vez directo de la botella.
¿Qué iba a hacer?
Mañana Jacinto volvería. Tenía que darle el dinero. Cuatrocientos cincuenta millones.
Con ese dinero, Jacinto podía llevar a Rebeca a Houston, a Suiza, a donde fuera. Podía salvarla.
¿Y él? ¿Qué papel jugaba él en esta historia?
Era el villano. No había duda. En la película de la vida de los Mondragón, él era el monstruo que aparecía en el primer acto para destruir todo y luego regresaba en el tercero solo para estorbar.

—¿Puedo arreglarlo? —le preguntó a la oscuridad de su sala.
El silencio le respondió. No puedes arreglar el pasado. Pero… tal vez podía alterar el futuro.
Pero el miedo lo paralizaba. ¿Cómo te presentas ante un hijo al que abandonaste? ¿Cómo miras a los ojos a una mujer que dejaste morir de hambre emocional y ahora física?
“Hola, soy tu papá, el millonario. Perdón por la tardanza, había mucho tráfico en mi ego.”

Rogelio se rió, una risa amarga y borracha.
Se levantó y fue al baño. Se lavó la cara con agua helada. Se miró al espejo. Tenía los ojos inyectados de sangre, las ojeras marcadas. Parecía diez años más viejo que esa mañana.
—Mañana —dijo a su reflejo—. Mañana te comportas como un hombre, cabrón. Por primera vez en tu vida.


Amaneció. El sol salió detrás del Cerro de la Silla, pintando el cielo de naranja y morado, indiferente al drama humano.
Rogelio llegó al banco a las 7:00 AM. Una hora antes de la apertura.
Se había bañado, rasurado y puesto su mejor traje, uno azul marino impecable. No por vanidad, sino por respeto. Si iba a enfrentar su destino, lo haría de pie.

Fue a la bóveda principal. Supervisó personalmente la llegada del camión de valores de Cometra. Vio cómo bajaban las bolsas selladas con los fajos de billetes.
—¿Todo en orden, Licenciado? —preguntó el jefe de custodios, extrañado de ver al gerente general haciendo trabajo de cajero.
—Todo en orden, Ramírez. Quiero este dinero preparado en la sala de juntas A. Y quiero café. Del bueno. Y pan dulce. De la panadería El Globo, no esas porquerías rancias que compran aquí.

A las 8:55 AM, Rogelio estaba parado en la entrada del banco, por dentro. Esperando.
A las 9:00 AM en punto, las puertas se abrieron.
Y ahí estaba. Don Jacinto Mondragón.
Llevaba la misma ropa del día anterior. Probablemente no tenía otra adecuada para la ciudad, o simplemente no le importaba. Pero esta vez, no venía solo.
Lo acompañaba un joven. Alto, moreno, fuerte.
Rogelio sintió que las piernas se le doblaban.
Era él.
Natanael.

El muchacho vestía una camisa blanca, sencilla pero limpia, fajada en unos pantalones de mezclilla oscuros. Llevaba botas de trabajo boleadas. Tenía el cabello mojado, peinado hacia atrás. Miraba el interior del banco con desconfianza, como un animal salvaje que entra en una jaula, alerta a cualquier peligro. Sostenía al abuelo del brazo con una delicadeza que contrastaba con sus brazos musculosos.

Rogelio tragó saliva. No esperaba ver a su hijo tan pronto. No estaba listo.
Pero ya no había marcha atrás.
Abrió la puerta de cristal él mismo.

—Buenos días, Don Jacinto —dijo Rogelio. Su voz sonó más firme de lo que se sentía.
Jacinto se detuvo. Miró a Rogelio a los ojos. No había saludo en su mirada, solo una fría expectativa.
—Le dije que vendría temprano.

—Y aquí lo estoy esperando. Pasen, por favor.

Natanael se interpuso ligeramente entre Rogelio y su abuelo, protegiéndolo con su cuerpo. Miró a Rogelio con esos ojos negros, idénticos a los suyos, y lo escaneó con un desprecio instintivo.
—¿Usted es el gerente? —preguntó Natanael. Su voz era grave, profunda. Voz de hombre.

—Sí… soy Rogelio Villalobos. A sus órdenes.

Natanael no le dio la mano. Solo asintió levemente, con un gesto de barbilla que decía “no me fío de ti”.
—Mi abuelo dice que ya está el trámite. No queremos rodeos. Tenemos prisa.

—Por supuesto. Síganme.

Rogelio los guio a través del banco. Los empleados miraban discretamente. El rumor del “viejito millonario” ya se había corrido, y todos querían ver al hombre que tenía 450 millones en la cuenta.
Entraron a la sala de juntas. Sobre la mesa de caoba, estaban las bolsas de seguridad transparentes, apiladas como ladrillos. Un millón de pesos en efectivo. El resto del dinero, Rogelio ya había preparado las transferencias y los cheques de caja, tal como dictaba el protocolo para sumas mayores.

Jacinto se sentó en la cabecera. Natanael se quedó de pie, detrás de él, con los brazos cruzados, vigilando a Rogelio como un guarura.

—Aquí está el efectivo que solicitó, Don Jacinto —dijo Rogelio, empujando las bolsas—. Y aquí están los tokens y las chequeras para el resto de los fondos. He configurado la cuenta con nivel de seguridad presidencial. Nadie puede tocar un centavo sin su huella digital y su iris.

Jacinto asintió, revisando los billetes sin emoción.
—Está bien.
El anciano empezó a guardar los fajos en una mochila de tela sencilla que Natanael le pasó. Una mochila escolar, vieja, con el logo de algún equipo de fútbol deslavado. Era grotesco ver tanto dinero entrar en una mochila tan humilde.

Rogelio no aguantó más. El silencio lo estaba matando.
—Don Jacinto… —empezó Rogelio, ignorando la mirada de advertencia del anciano—. Sobre lo que hablamos ayer…

Jacinto se congeló. Levantó la mano para callarlo.
—Aquí venimos a hacer negocios, Licenciado. Nada más.

Pero Rogelio miró a Natanael. Tenía a su hijo a dos metros. Podía ver el lunar en su cuello, el mismo que él tenía. Podía ver la cicatriz en su ceja izquierda.
—Joven… Natanael, ¿verdad? —dijo Rogelio.
Natanael frunció el ceño.
—¿Cómo sabe mi nombre? Mi abuelo no se lo dijo ahorita.

El ambiente se tensó como una cuerda de violín a punto de romperse.
—Yo… vi su identificación en los documentos de beneficiario —mintió Rogelio rápidamente.
Natanael pareció aceptar la explicación a medias, pero no relajó la postura.
—¿Y qué con eso?

—Quería decirle que… lamento mucho la situación de su madre. De verdad. Si hay algo… cualquier cosa… que el banco pueda hacer… o que yo pueda hacer…

Natanael soltó una risa seca, sin humor.
—Mire, don Gerente. Agradezco que nos dé la lana rápido. Pero no necesitamos su lástima. Mi jefa es una guerrera. Y con este dinero, la vamos a sacar adelante. Nosotros. La familia. Los que hemos estado ahí siempre.

La palabra “siempre” golpeó a Rogelio como un latigazo.
—Claro. La familia es lo más importante —dijo Rogelio, sintiendo el sabor a ceniza en la boca.

Jacinto cerró la mochila. Se levantó con esfuerzo. Natanael lo ayudó inmediatamente.
—Vámonos, mijo. El taxi nos espera.
—Sí, abuelo.

Caminaron hacia la puerta. Rogelio sintió un pánico irracional. Se iban. Se llevaban el dinero y se iban de su vida para siempre. Volverían a su mundo, y él se quedaría en su pecera de cristal, rico y solo.
—¡Esperen! —Rogelio se adelantó, bloqueando la puerta de la sala de juntas.
Natanael dio un paso al frente, agresivo.
—¿Qué pedo? ¿Hay algún problema?

Rogelio levantó las manos en señal de paz.
—No, no. Solo… Don Jacinto, por favor. Tenga mi tarjeta personal.
Sacó una tarjeta negra con letras doradas.
—Es mi número directo. Celular personal. A cualquier hora. Si tienen problemas con la transferencia, si necesitan un contacto médico, si… si necesitan lo que sea. Por favor. Úsela.

Jacinto miró la tarjeta. Luego miró a Rogelio. Hubo un momento de comunicación silenciosa entre los dos hombres mayores. Jacinto vio la desesperación en los ojos del banquero. Vio el arrepentimiento.
No lo perdonó. Pero entendió.
Tomó la tarjeta con sus dedos callosos.
—Vamos a ver, Licenciado. Vamos a ver.

Jacinto y Natanael salieron de la sala. Rogelio los siguió hasta la entrada del banco. Los vio subir a un taxi Tsuru verde y blanco, viejo y despintado. Vio cómo Natanael protegía la mochila con su vida. Vio cómo el taxi se perdía en el tráfico de la Avenida San Pedro.

Rogelio se quedó parado en la banqueta, bajo el sol que ya empezaba a quemar. Los empleados lo miraban desde adentro, preguntándose qué le pasaba a su jefe.
Pero a Rogelio ya no le importaban los empleados, ni el banco, ni su reputación.

Su mente estaba clara por primera vez en años.
Tenía el dinero. Tenía el poder.
Pero ellos tenían la verdad.

Sacó su celular y marcó de nuevo a Charly, el investigador.
—Charly. No te vayas a dormir.
—Jefe, llevo 24 horas despierto…
—Me vale madre. Te pago el doble. Quiero que vigiles a la familia Mondragón.
—¿Vigilarlos? ¿Tipo acoso? Jefe, eso es ilegal y…
—¡No, imbécil! Quiero que los cuides. Quiero saber a qué hospital van. Quiero saber qué doctores los atienden. Quiero saber si les falta algo, si el taxi se descompone, si necesitan comida. Quiero ser su sombra invisible. Si alguien se les acerca para robarles, quiero saberlo antes de que pase. ¿Entendiste?

—Okey, okey. Entendido. Sombra invisible.
—Y Charly… averigua quién es el mejor oncólogo de México. Y del mundo. Tráeme nombres para la tarde.

Rogelio colgó.
Miró hacia la sierra, hacia donde estaba la Colonia Independencia.
—No me quisiste hace 23 años, Rebeca —susurró—. Y tienes razón. Pero ahora… ahora voy a pelear. No con dinero. Bueno, sí con dinero, pero esta vez servirá para algo más que para llenar mi vacío.

Rogelio dio media vuelta y entró al banco. Ya no caminaba como el dueño del mundo. Caminaba como un hombre con una misión. Una misión imposible: comprar el perdón de un hijo que no sabía que él existía y salvar la vida de la mujer que le enseñó lo que era el amor, justo antes de que él lo tirara a la basura.

El juego había empezado. Y esta vez, Rogelio Villalobos no iba a huir.

PARTE 2

CAPÍTULO 3: ENTRE EL MÁRMOL Y EL CLORO

Rogelio Villalobos había pasado las últimas 48 horas viviendo una doble vida. De día, era el tiburón financiero que movía millones con una llamada, el gerente regional que aterrorizaba a los ejecutivos junior con una sola mirada. Pero en cuanto se encerraba en la soledad insonorizada de su oficina, se convertía en un acosador, un fantasma obsesionado con la familia que él mismo había desechado.

El reporte médico de Rebeca estaba desplegado sobre su escritorio de caoba, junto a una botella de antiácidos y una taza de café que llevaba horas fría. Rogelio se sabía los términos de memoria: Carcinoma ductal infiltrante. Grado III. Metástasis ganglionar. Palabras que sonaban a sentencia de muerte, a una cuenta regresiva que ningún cheque podía detener por sí solo.

—Charly, dime algo bueno, cabrón —dijo Rogelio al teléfono, masajeándose las sienes que le palpitaban.

—Jefe, “bueno” es una palabra muy relativa —respondió la voz rasposa del investigador privado al otro lado de la línea. Se escuchaba el ruido de tráfico de fondo, probablemente el caos de la avenida Gonzalitos a hora pico—. Ya ubiqué dónde están tratando a la señora.

—¿Dónde? ¿En el Muguerza? ¿En el Zambrano? —preguntó Rogelio, nombrando los hospitales privados más exclusivos de Monterrey, catedrales de la medicina donde la salud se compraba con tarjetas Platinum.

Charly soltó una risa seca, desprovista de humor.
—No manche, jefe. Aterrice. Están en el Universitario. En oncología del sector público.

Rogelio sintió una punzada en el estómago. El Hospital Universitario era una institución respetable, llena de médicos brillantes, pero estaba saturado, desbordado por la marea de gente sin recursos. Era un lugar de largas esperas, de pasillos abarrotados, de “no hay medicamento, cómprelo usted afuera”.
—Pero si ya tienen el dinero… Jacinto se llevó el efectivo ayer —protestó Rogelio.

—El dinero no entra al sistema tan rápido, jefe. Y aunque tengan la lana en la mochila, conseguir cama o turno para cirugía en esos lugares no es cuestión de pagar, es de esperar. Y la señora Rebeca… bueno, según mis contactos en enfermería, no tiene tiempo para esperar. La tienen en una silla en pasillo esperando cama desde antier.

Rogelio cerró los ojos. Imaginó a Rebeca, débil, adolorida, sentada en una silla de metal fría bajo luces fluorescentes parpadeantes, rodeada de dolor ajeno, mientras él dormía en sábanas de hilo egipcio de mil hilos.

—Consíguele una cama. Ya.
—Jefe, no soy el Secretario de Salud.
—No me importa. Soborna a quien tengas que sobornar. Habla con el director. Diles que voy a donar una pinche ala nueva al hospital si le dan una suite privada en este instante. Muévete.

—Está bien, está bien. Veo qué hago. Pero hay otra cosa, jefe.
—¿Qué?
—La señora no está en el hospital ahorita. Se dio de alta voluntaria hace tres horas.
—¿Qué? ¿Está loca? ¿Por qué?
—Porque tenía que ir a jalar, jefe.
—¿A trabajar? —Rogelio no podía procesarlo—. ¿Tiene cáncer terminal y se fue a trabajar?

—Así es la raza, jefe. Si no jala, no come. O al menos eso piensa ella. Parece que no quiere tocar el dinero del abuelo todavía, o no se lo cree. Se fue a su turno de limpieza. Y agárrese, porque esto le va a doler.
—¿Dónde trabaja?
—En Torre Avalanz. Piso 14.

Rogelio se quedó helado. La Torre Avalanz. Uno de los edificios más emblemáticos de San Pedro. El piso 14 albergaba las oficinas de un despacho de abogados corporativos con los que el banco tenía tratos frecuentes.
Rebeca limpiaba los pisos que él pisaba con sus zapatos italianos. Habían estado respirando el mismo aire acondicionado reciclado, compartiendo el mismo código postal durante el día, separados solo por una pared invisible de clase social y arrogancia.

—Gracias, Charly.
—Jefe, ¿qué va a hacer? No vaya a hacer una escena…
Rogelio colgó.
Se puso el saco. Se ajustó la corbata frente al espejo, no por vanidad, sino como quien se pone una armadura antes de la batalla.
—Voy por ella —dijo al aire.


Eran las 7:30 de la tarde. Las oficinas corporativas de San Pedro comenzaban a vaciarse. Los ejecutivos bajaban a sus autos de lujo para ir a cenar o al gimnasio, mientras el “ejército invisible” emergía de los cuartos de servicio: mujeres y hombres con uniformes genéricos, carritos de limpieza y miradas cansadas, listos para borrar el rastro del día.

Rogelio entró al edificio usando su pase de visitante VIP. El guardia del lobby lo saludó con una reverencia exagerada.
—Buenas noches, Licenciado Villalobos. ¿Viene a ver a los socios de Martínez & Asociados?
—Algo así —murmuró Rogelio, dirigiéndose a los elevadores.

Presionó el botón del piso 14. Cada piso que subía aumentaba la presión en su pecho. ¿Qué le iba a decir? “Hola, soy el patán que te arruinó la vida, vengo a salvarte”? No había guion para esto.

Las puertas se abrieron. El despacho estaba en penumbras, iluminado solo por las luces de emergencia y el resplandor de la ciudad que entraba por los ventanales de piso a techo. Se escuchaba el zumbido lejano de una aspiradora.
Rogelio caminó por los pasillos alfombrados, pasando salas de juntas de cristal y oficinas de socios con muebles de piel. El olor a limpiador de pino y cloro era intenso, un olor químico que chocaba con la elegancia del lugar.

Y entonces la vio.

Estaba al final del pasillo, en la zona de cubículos de los pasantes. Estaba de espaldas, trapeando el suelo con movimientos lentos, rítmicos, dolorosos. Llevaba un uniforme azul marino holgado, tipo pijama quirúrgica, y unos tenis blancos desgastados.
Rogelio se detuvo, oculto tras una columna. La observó.
Se veía frágil. Demasiado frágil. Cuando se detuvo para exprimir el trapeador en la cubeta amarilla, Rogelio vio cómo hacía una mueca de dolor y se llevaba una mano al costado, donde el cáncer debía estar mordiendo sus entrañas. Se apoyó en el palo del trapeador para tomar aire, cerrando los ojos un momento.

Era Rebeca. Pero al mismo tiempo, no lo era.
La Rebeca de su memoria tenía el cabello negro, largo y brillante como ala de cuervo. Esta mujer llevaba un paliacate en la cabeza que apenas cubría la falta de cabello provocada por las quimioterapias baratas del seguro social.
La Rebeca de su memoria tenía las mejillas sonrosadas y llenas de vida. Esta mujer tenía la piel traslúcida, pegada a los pómulos.

El corazón de Rogelio se rompió en mil pedazos. No fue una metáfora. Sintió un dolor físico real, agudo, en el centro del pecho. Él había hecho esto. O al menos, su ausencia lo había permitido. Si él hubiera estado ahí, ella no estaría trapeando pisos con cáncer. Ella estaría en una casa cómoda, descansando.

Rogelio dio un paso al frente. El cuero de sus zapatos crujió sobre la alfombra.
Rebeca se giró, sobresaltada.
Sus miradas se encontraron.

El tiempo se detuvo en el piso 14 de la Torre Avalanz.
Rebeca abrió los ojos desmesuradamente. La cubeta se le resbaló de la mano, pero logró sostenerla antes de que cayera. Se quedó inmóvil, agarrada al trapeador como si fuera un escudo medieval.

—¿Rogelio? —su voz fue un susurro rasposo, incrédulo.

Rogelio intentó sonreír, pero solo logró una mueca temblorosa.
—Hola, Rebeca.

Ella parpadeó, como si esperara que la imagen se desvaneciera, producto del cansancio o los medicamentos. Pero él seguía ahí, impecable, oliendo a loción cara, un fantasma del pasado materializado en su presente de pesadilla.
La sorpresa en su rostro dio paso rápidamente a otra cosa. Algo duro. Algo frío. Sus ojos se entrecerraron y su postura se enderezó, recuperando una dignidad que el uniforme de limpieza no podía ocultar.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella. No hubo calidez. No hubo nostalgia. Solo defensa.

—Te estaba buscando —dijo Rogelio, dando un paso cauteloso hacia ella, como quien se acerca a un animal herido.

—¿Buscando? —Rebeca soltó una risa corta y amarga—. ¿Aquí? ¿Después de 23 años? Te tardaste un poquito, ¿no crees?

—Lo sé. Rebeca, yo… me enteré. Tu papá fue al banco.

—Ah, claro. El dinero —Rebeca asintió, entendiendo—. Mi papá me dijo que el gerente se había portado raro. Que le había hecho preguntas. Así que eras tú. El famoso Licenciado Villalobos.

—Rebeca, sé que estás enferma. Sé lo del cáncer.

—¡Cállate! —ella lo interrumpió, alzando la voz. Miró alrededor, asegurándose de que sus compañeros de limpieza no estuvieran cerca—. No digas esa palabra aquí. Si se enteran, me corren. Y necesito este trabajo.

—No, no lo necesitas —Rogelio se acercó más, invadiendo su espacio con urgencia—. Rebeca, por Dios, mírame. Tienes millones en la cuenta de tu papá. No tienes que estar aquí tallando pisos a media noche. Tienes que estar en un hospital. Tienes que estar descansando.

—Ese dinero es de mi papá. Es el trabajo de toda su vida, de sus tierras —replicó ella, volviendo a meter el trapeador al agua con rabia—. No voy a dejar que se lo gaste todo en mí para luego dejar a mis hijos sin nada.

—¡Yo puedo pagar! —soltó Rogelio. La frase quedó flotando en el aire.

Rebeca detuvo sus movimientos. Levantó la vista lentamente y lo miró con un desprecio tan puro que a Rogelio le quemó la piel.
—¿Tú? ¿Tú quieres pagar?

—Sí. Tengo dinero, Rebeca. Mucho. Puedo pagar el mejor tratamiento. Houston, España, donde sea. Puedo contratar enfermeras para tu casa. Puedo asegurar el futuro de los muchachos. Déjame hacerlo.

Rebeca dejó el trapeador en la cubeta. Se secó las manos en el pantalón y caminó hacia él hasta quedar a medio metro. A pesar de que él era más alto, en ese momento, ella parecía gigante.

—¿Crees que puedes venir aquí, con tu traje de treinta mil pesos y tu olor a éxito, y arreglarlo todo con una chequera? —susurró ella, con una furia contenida que hacía temblar su voz—. ¿Crees que el cáncer se cura con billetes, Rogelio? ¿Crees que 23 años de ausencia se borran con una transferencia bancaria?

—No creo eso. Sé que fui un cobarde. Sé que te abandoné. Y me odio cada día por eso. Pero ahora estoy aquí. Y no voy a dejar que te mueras si puedo evitarlo.

—¡Tú me mataste hace mucho! —gritó ella, y una lágrima solitaria escapó por su mejilla—. El día que te fuiste, una parte de mí se murió. Tuve que nacer de nuevo, sola, con una panza, muerta de miedo, sin saber si iba a tener para comer al día siguiente. Tú seguiste con tu vida, ¿verdad? Te fuiste a Europa, te hiciste rico. ¿Te acordaste de mí alguna vez mientras brindabas con champaña?

Rogelio bajó la cabeza. La verdad era que no. La había bloqueado. La había enterrado para poder vivir con su egoísmo.
—No tengo excusa, Rebeca. Soy una basura. Lo sé. Tu papá me lo dijo, tu hijo me lo dijo…

—¿Hablaste con Natanael? —la mención del nombre de su hijo encendió una alarma en los ojos de Rebeca. El miedo reemplazó a la ira—. ¿Te acercaste a mi hijo?

—Lo vi en el banco. Con tu papá. Es… es igual a mí, Rebeca. Es mi viva imagen.

—¡No te atrevas! —Rebeca lo empujó. Fue un empujón débil, sin fuerza física, pero cargado de una potencia emocional devastadora—. ¡Natanael no tiene nada de ti! ¡Nada! Él es bueno. Él es leal. Él es trabajador. Él nunca, nunca abandonaría a su familia. Él es hijo de Jacinto Mondragón y de Rebeca Mondragón. Tú solo eres un accidente biológico.

—Es mi sangre… —susurró Rogelio, con los ojos llenos de lágrimas.

—La sangre no te hace padre, Rogelio. El pañal sucio a las 3 de la mañana te hace padre. La fiebre de 40 grados que no baja te hace padre. El festival de la escuela donde eres el único niño sin papá te hace padre. Tú no estuviste en nada de eso. Perdiste tu derecho.

Rogelio cayó de rodillas. No fue un acto teatral. Sus piernas simplemente cedieron bajo el peso de la verdad. Se arrodilló en la alfombra de esa oficina de lujo, frente a la mujer de la limpieza.
—Perdóname… perdóname, por favor. Déjame ayudarte. No por mí. Por ti. Por él. Si te mueres… ¿qué va a pasar con ellos? Natanael se mata trabajando, tus otros hijos son chicos. Si te mueres, los dejas solos. Déjame salvarte para que puedas seguir cuidándolos. Eso es todo lo que pido. No quiero que me amen, no quiero que me perdonen. Solo quiero que vivas.

Rebeca lo miró desde arriba. Vio al hombre poderoso reducido a un bulto sollozante. Hubo un momento de silencio, solo roto por el zumbido del aire acondicionado.
Por un segundo, la máscara de dureza de Rebeca flaqueó. Recordó al Rogelio de la universidad, al chico del que se había enamorado. Vio que, debajo de la capa de arrogancia y años, todavía quedaba algo humano.

Pero el dolor era demasiado reciente, demasiado profundo. Y el orgullo… el orgullo era lo único que le quedaba.
—Levántate —dijo ella, seca—. No hagas el ridículo. Te vas a ensuciar el pantalón.

Rogelio se levantó lentamente, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.
—Rebeca…

—Escúchame bien, Rogelio Villalobos. No quiero tu dinero. No quiero tus hospitales de lujo. Mi papá tiene para pagar lo que necesito. Y si no alcanza, venderemos la casa. Y si no alcanza, trabajaremos más. Pero no vamos a aceptar ni un peso tuyo. Porque tu dinero está sucio. Está sucio de abandono.

—¿Entonces qué hago? —preguntó él, desesperado—. ¿Me quedo viendo cómo sufren?

—Haz lo que mejor sabes hacer —respondió ella, tomando su trapeador de nuevo—. Desaparece. Vete. Déjanos en paz. Ya estamos acostumbrados a vivir sin ti.

Rebeca se dio la media vuelta y siguió trapeando. Shhh-shhh, shhh-shhh. El sonido rítmico del algodón contra la alfombra era una barrera infranqueable.
—Rebeca… —intentó él una última vez.

—¡Guardia! —gritó ella hacia el pasillo, sin voltear—. Hay un señor aquí molestando.

Rogelio supo que había perdido. Por ahora.
Dio media vuelta y caminó hacia los elevadores. Sentía las miradas de los otros empleados de limpieza que se asomaban curiosos. Sentía la vergüenza ardiendo en su cara.

Bajó al lobby, salió del edificio y el calor de la noche lo golpeó. Se subió a su auto, un BMW deportivo, y golpeó el volante hasta que le dolieron los nudillos.
—¡Maldita sea! ¡Maldita sea!

Su celular sonó. Era Charly de nuevo.
—¿Jefe? ¿Cómo le fue?

—Mal, Charly. De la chingada. Me mandó al diablo. No quiere mi dinero.

—Se lo dije, jefe. El orgullo de la gente del norte es cabrón. Y más cuando vienen de abajo. No se compran.

—No me voy a rendir, Charly.

—¿Y qué va a hacer? Si se acerca, le echan a la policía. O peor, le echan al hijo, y ese chavo se ve que pega duro.

Rogelio respiró hondo, mirando las luces de la Torre Avalanz. Veía el piso 14 iluminado. Sabía que ella seguía ahí, con dolor, limpiando la mugre de otros.
—Si no puedo entrar por la puerta principal, entraré por la ventana. Si no quieren mi dinero de frente, lo tendrán que aceptar sin saberlo.

—¿De qué habla, jefe?

—Charly, necesito que investigues quién es el dueño de la constructora donde trabaja Natanael. Y necesito saber quién es el director del hospital donde atienden a Rebeca, pero el del sector público. Vamos a mover los hilos desde arriba.

—Jefe, eso es manipulación.

—Es supervivencia, Charly. Ella dijo que yo desapareciera. Pues eso haré. Voy a ser el hombre invisible. Pero voy a arreglar sus vidas, quieran o no.

Rogelio encendió el motor. El rugido del auto rompió el silencio de la noche.
Había intentado pedir perdón y había fallado. Ahora, intentaría ser Dios. Movería las piezas del destino de la familia Mondragón desde las sombras. Haría que Natanael consiguiera un mejor puesto “por suerte”. Haría que el tratamiento de Rebeca se aprobara “por milagro burocrático”. Haría que las becas para los niños llegaran “por sorteo”.

Era un plan peligroso. Un plan arrogante. Pero era lo único que tenía.
Mientras manejaba de regreso a su soledad de lujo, Rogelio no sabía que el destino tenía sus propios planes, y que jugar a ser Dios suele tener un precio aún más alto que el silencio.

Pero esa noche, en el piso 14, Rebeca detuvo el trapeador por un momento. Se llevó la mano al pecho, donde el corazón le latía desbocado. Miró hacia el elevador vacío. Y por primera vez en 23 años, se permitió llorar no por el dolor del cáncer, sino por el dolor del recuerdo.
—¿Por qué volviste? —susurró a la nada—. ¿Por qué ahora que me estoy muriendo?

La respuesta estaba en el aire, flotando entre el olor a cloro y el eco de unos pasos que llegaban demasiado tarde.

CAPÍTULO 4: LA MANO INVISIBLE Y EL DIOS DE ORO

Rogelio Villalobos dejó de ser un hombre para convertirse en una sombra. Si Rebeca y Natanael no querían verlo, si su presencia física les causaba repulsión, entonces tendría que volverse omnipresente sin estar presente. Rogelio entendió, en esas noches de insomnio regadas con whisky y culpa, que el dinero era una energía. Y como la energía, podía transformarse, moverse a través de cables, firmas y favores, tocando vidas sin que nadie viera la mano que accionaba el interruptor.

Desde su oficina en el piso 30, con la vista panorámica de un Monterrey brumoso por la contaminación y el calor, Rogelio desplegó su tablero de ajedrez. No jugaba contra un rival, jugaba contra la muerte y la pobreza, dos enemigos que llevaban años ganándole la partida a la familia Mondragón.

—Charly, ¿tienes al director del Hospital Universitario en la línea? —preguntó Rogelio, ajustándose el auricular bluetooth.

—Afirma, jefe. El Doctor Cantú está esperando. Pero le advierto, ese viejo es hueso duro de roer. Es de la vieja escuela, mucha ética y poco “bisne” —respondió Charly desde el altavoz.

—Todos tienen un precio, Charly. O una necesidad. Pásamelo.

La línea hizo clic.
—¿Licenciado Villalobos? —la voz del Doctor Cantú sonaba cansada, severa—. Me dicen que tiene una propuesta de donación urgente para el patronato del hospital. Tengo cinco minutos antes de entrar a cirugía.

—Doctor Cantú, seré breve —dijo Rogelio, adoptando su tono de negociador implacable—. El Banco Central quiere hacer una donación significativa a su departamento de Oncología. Estamos hablando de dos millones de pesos en equipo nuevo y la remodelación del área de quimioterapia ambulatoria.

Hubo un silencio al otro lado. Dos millones eran oxígeno puro para un hospital público asfixiado por la austeridad.
—Eso es… muy generoso, Licenciado. ¿A qué debemos este repentino altruismo corporativo?

—Responsabilidad social, doctor. Queremos devolver algo a la comunidad. Pero… —Rogelio hizo una pausa calculada— tenemos una condición. Una pequeña estipulación administrativa.

—Lo escucho —el tono del médico se volvió cauteloso.

—Queremos apadrinar a un paciente específico. Anónimamente. Queremos que esta paciente reciba el protocolo “Gold”: habitación privada, los mejores medicamentos importados, cero tiempos de espera y, sobre todo, que sea atendida personalmente por usted. Pero ella no debe saber que viene de nosotros. Debe parecer… un golpe de suerte. Un sorteo. Una beca del gobierno. Lo que usted quiera inventar.

—Licenciado, nosotros no vendemos trato preferencial —respondió Cantú, ofendido.

—No le estoy pidiendo que deje de atender a otros, doctor. Le estoy dando dos millones para que atienda a todos mejor, a cambio de que a una persona la trate como reina. ¿Va a rechazar dos millones en equipo que salvarán cientos de vidas solo por orgullo burocrático?

El silencio se alargó. Rogelio podía escuchar los engranajes morales girando en la cabeza del médico. Era el dilema del tranvía: salvar a muchos a costa de un pequeño favor ético.
—¿Quién es la paciente? —preguntó finalmente Cantú.

—Rebeca Mondragón Pérez.

—Ah… la señora Mondragón. Caso difícil. Cáncer avanzado. Está en lista de espera para un quirófano desde hace tres semanas.

—Pues ya no espera más. Mañana la opera usted. Y le dice que entró en un “programa piloto experimental” o que se ganó la lotería de la salud. Me da igual. Pero la quiero viva, doctor. La quiero sana.

—Si hago esto… ¿el equipo llega esta semana?

—El cheque está en su escritorio en una hora.

—De acuerdo. Mande los papeles.

Rogelio colgó y soltó el aire que tenía contenido. Jaque mate al sistema de salud. Rebeca tendría la atención de una millonaria sin pagar un centavo de su orgullo.
Pero eso era solo el principio. Faltaba Natanael.


En la colonia La Independencia, el sol pegaba diferente. No se reflejaba en cristales de rascacielos, sino que se absorbía en el asfalto caliente, en los techos de lámina y en la piel de la gente.
Natanael Mondragón se despertó a las 4:30 AM, como todos los días. Su cuarto era un cubo de block de concreto sin pintar, con un ventilador viejo que apenas movía el aire caliente. Se lavó la cara con agua fría del tambo, porque la presión del agua municipal no subía hasta esa altura del cerro a esas horas.

Se miró al espejo. Vio las ojeras. Vio la rabia acumulada. El encuentro con “ese hombre” en el banco lo tenía intranquilo. Rogelio Villalobos. Su padre biológico. El tipo olía a dinero y a mentiras. Natanael había sentido ganas de golpearlo, de borrarle esa sonrisita de gerente, pero se contuvo por el abuelo.
Ahora tenían el dinero. Millones. Estaban guardados en la cuenta, intocables. Su madre se negaba a usarlos para “lujos”, y su abuelo decía que eran solo para la salud. Así que Natanael tenía que seguir trabajando. El orgullo se come, pero no llena la panza.

Salió de la casa caminando por los callejones empinados, esquivando perros callejeros y bolsas de basura. Bajó hasta la avenida para tomar el camión Ruta 214. El transporte iba atascado de obreros, albañiles y empleadas domésticas que bajaban a “San Pedro Garza García” a construir y limpiar el paraíso de los ricos.

Natanael trabajaba en una obra en la zona de Valle Poniente. Estaban levantando un complejo de departamentos de lujo llamado “Vía Cordillera”. Su trabajo era pesado: cargar bultos, mezclar cemento, subir varillas. Era ayudante general, el eslabón más bajo de la cadena alimenticia de la construcción. Ganaba 1,800 pesos a la semana. Una miseria.

Llegó a la obra a las 7:00 AM. El capataz, un hombre gordo y gritón apodado “El Tanque”, ya estaba repartiendo insultos.
—¡Órale, cabrones! ¡A mover las manitas que el colado no se hace solo! ¡Mondragón, quiero cien bultos arriba en el quinto piso para antes de las diez!

—Sí, jefe —respondió Natanael, ajustándose los guantes de carnaza.

A las 10:00 AM, Natanael sentía que los brazos se le iban a desprender. El sudor le ardía en los ojos. Estaba en el quinto piso, con la ciudad a sus pies, cuando vio llegar una camioneta negra, una Suburban blindada con vidrios polarizados. Se estacionó junto a la caseta de los ingenieros.
De la camioneta bajó un hombre de traje. No era Rogelio. Era un tipo calvo, con lentes, que cargaba un portafolio. Entró a la oficina del ingeniero residente.

Veinte minutos después, “El Tanque” subió al quinto piso, resoplando por las escaleras. Se veía nervioso, algo raro en él.
—¡Mondragón! —gritó.

Natanael soltó el bulto de cemento.
—¿Qué pasó, jefe? ¿Ya la cagué?

El capataz lo miró con una mezcla de envidia y confusión.
—Bájate. Te quieren ver en la oficina del Ingeniero Solís.

—¿A mí? —Natanael sintió un hueco en el estómago. ¿Lo iban a correr? Tal vez por llegar tarde el otro día que acompañó a su mamá al hospital.

Bajó las escaleras limpiándose las manos en el pantalón sucio. Entró al remolque con aire acondicionado que servía de oficina. Ahí estaba el Ingeniero Solís, el jefe de la obra, y el hombre del traje que había llegado en la camioneta.

—Pásale, Natanael —dijo el Ingeniero Solís, inusualmente amable—. Siéntate, por favor.

Natanael se quedó de pie. No quería ensuciar la silla.
—Así estoy bien, Inge. ¿Pasó algo malo?

El hombre del traje habló.
—Buenos días, Natanael. Soy el Licenciado Pineda, represento a Grupo Constructo, los dueños de este desarrollo.

Natanael asintió, desconfiado.
—Mucho gusto.

—Hemos estado revisando los expedientes del personal —mintió Pineda con la fluidez de un abogado corporativo—. Y nos dimos cuenta de que tienes un perfil interesante. Tienes preparatoria terminada, ¿verdad? Y estabas estudiando ingeniería un tiempo.

—Sí, señor. Hice dos semestres en la Uni, pero… tuve que salirme por lana. Para trabajar.

—Entiendo. Bueno, Grupo Constructo está lanzando un nuevo programa de “Talento Joven”. Queremos promover a gente desde abajo. Gente que sepa cómo se bate la mezcla pero que también tenga cerebro.

El Ingeniero Solís intervino.
—Mondragón, el Licenciado dice que te quieren ascender. Dejas de ser ayudante general hoy mismo.

—¿Ascender? ¿A qué? —preguntó Natanael, incrédulo.

—A Supervisor Junior de Seguridad y Logística —dijo Pineda, extendiéndole una carpeta—. Tu trabajo será revisar que se cumplan las normas de seguridad, llevar el control de materiales y reportar avances. Nada de cargar bultos. Necesitas estar fresco y atento.

—¿Y… cuánto paga eso? —preguntó Natanael, directo.

—El sueldo es de 6,000 pesos a la semana, más prestaciones de ley, seguro de gastos médicos mayores para ti y tu familia directa, y un bono de puntualidad. Ah, y la empresa te apoya con el 100% de la beca si quieres regresar a terminar tu ingeniería en la noche.

Natanael se quedó mudo. Seis mil pesos a la semana. Eso era más del triple de lo que ganaba. Con eso podía pagar las medicinas de su mamá sin tocar los millones del abuelo. Con el seguro, la podían atender en el Muguerza si el Universitario fallaba.

Era perfecto.
Demasiado perfecto.

Natanael entrecerró los ojos. Su instinto de calle, afilado en la colonia Independencia, le decía que cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía.
—¿Por qué yo? —preguntó—. Hay chavos que llevan más tiempo aquí. El “Chato” lleva tres años. Yo llevo seis meses.

Pineda no parpadeó. Rogelio lo había entrenado bien.
—El “Chato” apenas terminó la primaria, Natanael. Tú tienes estudios. Y el Ingeniero Solís dice que eres el más responsable. No le busques tres pies al gato. Es una oportunidad. ¿La tomas o se la damos a otro?

Natanael pensó en su madre trapeando pisos con dolor. Pensó en sus hermanos, Emily y Tyler, usando tenis rotos. Pensó en el abuelo contando centavos.
El orgullo le decía que no. La necesidad le gritaba que sí.

—La tomo —dijo Natanael.

—Excelente. Firma aquí. Empiezas ya. Toma este casco blanco y este chaleco. Bienvenido a la gerencia media, muchacho.

Natanael salió de la oficina con el casco blanco en la mano. Sentía que flotaba. Los otros albañiles lo miraban. “El Tanque” lo miraba con resentimiento.
Pero Natanael no podía dejar de sentir una espina clavada en la nuca.
Miró hacia el estacionamiento. La Suburban negra seguía ahí. Los vidrios eran tan oscuros que no se veía nada hacia adentro.
Pero Natanael sintió una mirada. Una mirada pesada.

—¿Quién eres? —susurró para sí mismo, mirando la camioneta.
Nadie respondió. La camioneta arrancó y se alejó levantando polvo.


Esa misma tarde, en la sala de espera del Hospital Universitario, Don Jacinto Mondragón estaba sentado rezando el rosario. Rebeca había entrado a consulta hacía una hora. Se suponía que solo iban a revisar sus análisis y a programar una cita para dentro de dos meses, como siempre.

La puerta se abrió. Rebeca salió, pero no venía sola. Venía acompañada por un médico canoso, de bata impecable, y dos enfermeras. Y lo más extraño: Rebeca sonreía. Una sonrisa débil, pero real.

—¡Papá! —dijo ella, acercándose.

—¿Qué pasó, mija? ¿Te dieron medicina?

—Mucho mejor que eso, Don Jacinto —dijo el médico, extendiendo la mano—. Soy el Doctor Cantú, jefe de Oncología. Tengo excelentes noticias. Su hija ha sido seleccionada para un programa federal de alta especialidad. Un sorteo aleatorio.

—¿Un sorteo? —Jacinto frunció el ceño. Él no creía en la suerte. La suerte en el campo es que llueva, y eso es obra de Dios, no del gobierno.

—Así es. Es un protocolo nuevo. Cubre todo. Cirugía robótica, inmunoterapia, estancia privada. Y lo mejor: tenemos un quirófano libre para mañana a las 7 AM. La vamos a internar hoy mismo en el Ala Norte, la zona remodelada.

Rebeca tenía lágrimas en los ojos.
—Papá, dicen que con esto tengo 80% de probabilidad de curarme. ¡Ochenta! Ayer me daban el 20. Es un milagro.

Jacinto miró al doctor. Miró a su hija. Miró al techo despintado del hospital.
—¿Y cuánto cuesta ese milagro, doctor? Porque traemos dinero, vendí mis tierras…

—Nada, Don Jacinto. Es una beca completa. Guarden su dinero para la recuperación, para comer bien, para vivir. Aquí no van a pagar ni un peso.

Jacinto se quitó el sombrero.
—Bendito sea Dios —murmuró—. Y bendita sea la Virgen.

La instalaron en una habitación que no parecía de hospital público. Tenía aire acondicionado individual, televisión por cable, un sofá cama cómodo para el acompañante y vista al jardín. Las enfermeras eran amables, no como las que solían gritarles en la sala general.

Natanael llegó a las 8:00 PM, todavía con su ropa de trabajo, pero con el casco blanco limpio bajo el brazo.
Entró a la habitación y se quedó boquiabierto.
—¿Jefa? ¿Qué es esto? ¿Te pasamos al Muguerza o qué?

—No, hijo. Es aquí mismo. ¡Me gané una beca! —Rebeca le contó todo, emocionada—. Mañana me operan, Nata. Me van a quitar el bicho este.

Natanael abrazó a su madre con fuerza, cuidando de no lastimarla. Olió su cabello, que olía a champú limpio del hospital y no al cloro de su trabajo de limpieza.
—Qué chingón, jefa. Te lo mereces. Dios aprieta pero no ahorca.

—Y a ti, ¿cómo te fue? Te veo… diferente —dijo Rebeca, tocando el casco blanco.

Natanael sonrió, sacando el contrato de su mochila.
—Pues parece que hoy es el día de suerte de los Mondragón. Me ascendieron, ma. Soy supervisor. Gano el triple. Y me dan seguro para ustedes.

—¿De verdad? —Rebeca juntó las manos—. ¡Ay, Dios mío, gracias! Sabía que tu esfuerzo iba a rendir frutos.

Don Jacinto, sentado en el sofá, observaba todo en silencio. Masticaba una gordita de azúcar que había comprado afuera. Sus ojos iban de Rebeca a Natanael.
—Mucha suerte para un solo día, ¿no creen? —dijo el viejo, con la boca llena.

—¿Qué dices, papá? Es una bendición —replicó Rebeca.

—Las bendiciones caen a goteo, mija. Cuando caen a chorro, hay que ver quién abrió la llave —dijo Jacinto, con la sabiduría paranoica de quien ha vivido 70 años cuidándose de coyotes y sequías.

Natanael miró a su abuelo. La sonrisa se le borró un poco.
—El abuelo tiene razón —dijo Natanael—. Mi ascenso fue… raro. Llegó un licenciado de la nada. Y lo tuyo, ma… ¿un sorteo justo hoy?

—No sean malpensados —los regañó Rebeca—. Acepten las cosas buenas. Ya sufrimos mucho. Nos toca un poquito de luz.

Natanael asintió para no preocuparla, pero la espina en su nuca se clavó más profundo.
Salió al pasillo “para hacer una llamada”. Caminó hasta la estación de enfermeras.
—Oiga, señorita —le dijo a una enfermera joven—. Disculpe, mi mamá es la de la 304. La de la beca.

—Ah, sí. La señora afortunada. Qué bárbaro, eh. Nunca había visto que el Doctor Cantú se moviera tan rápido. Dicen que llegó una donación de equipo hoy mismo y que la condición era usarlo ya.

—¿Una donación? ¿De quién?

—Quién sabe. Dicen que de un banco. O de una fundación. Son anónimos. Pero ojalá hubiera más de esos.

Natanael sintió que le hervía la sangre.
Un banco.
Un licenciado en la obra.
Una camioneta negra.

Sacó de su cartera la tarjeta negra que Rogelio le había dado en el banco. La había guardado para romperla, pero se le había olvidado.
Rogelio Villalobos. Gerente General.

Natanael apretó la tarjeta hasta doblarla.
—Hijo de tu perra madre —susurró—. Crees que puedes comprarnos sin que nos demos cuenta.

Regresó a la habitación. Su madre ya estaba dormida, sedada para la cirugía. Se veía en paz. Hacía meses que no la veía dormir sin dolor.
Natanael miró esa paz. Esa paz la había comprado Rogelio.
Era una paz robada. Una paz sucia.
¿O no?

Natanael salió al balcón del piso. La noche de Monterrey brillaba. A lo lejos, las luces de San Pedro centelleaban como joyas.
Sacó su celular y marcó el número de la tarjeta negra.
Sonó una vez. Dos veces.

—¿Bueno? —la voz de Rogelio sonó al instante. Estaba despierto.

Natanael respiró hondo. El aire olía a antiséptico y a ciudad.
—Sé que fuiste tú —dijo Natanael.

Hubo un silencio al otro lado. Largo. Pesado.
—No sé de qué hablas, Natanael —respondió Rogelio, pero su voz lo traicionaba. Había un temblor de nerviosismo.

—No te hagas pendejo. El hospital. El trabajo. Eres tú moviendo tus hilos de titiritero rico.

—Natanael… escucha…

—No, escúchame tú. Mi mamá está feliz. Cree que es un milagro. Mi abuelo está rezando. No voy a quitarles eso. No voy a ir ahorita a decirles que su “suerte” es en realidad la culpa de un cobarde que quiere limpiar su conciencia.

—Lo hago porque me importan. No es por mi conciencia. Es por su vida.

—Me vale madre por qué lo haces. Pero te voy a decir una cosa, Rogelio. —Natanael escupió el nombre—. Acepto la tregua. Por ella. Voy a dejar que pagues el hospital y voy a trabajar en tu pinche puesto inventado. Pero no creas que esto nos hace familia. No creas que me has comprado.

—No quiero comprarte, hijo. Quiero…

—No me digas hijo. Soy tu empleado, si quieres. Soy tu proyecto de caridad. Pero no soy tu hijo. Y en el momento en que mi mamá esté sana, tú y yo vamos a tener una plática muy larga. Y me vas a pagar cada lágrima que ella derramó por ti, no con dinero, sino mirándome a los ojos.

—Ahí estaré, Natanael. Cuando ella esté sana, puedes golpearme, insultarme, lo que quieras.

—Trato hecho. Y una cosa más… si te acercas al hospital, si te veo rondando, si veo tu cara cerca de ella antes de que se cure… te mato. Y no es amenaza. Es promesa de hombre.

Natanael colgó.
Le temblaban las manos.
Miró hacia la habitación. Su madre dormía. Estaba viva. Tenía oportunidad.
Natanael guardó el celular. Se tragó su orgullo. Se tragó su bilis.
A veces, pensó, tienes que hacer tratos con el diablo para ver a los ángeles volar.


Rogelio, en su penthouse, bajó el teléfono.
Estaba sudando. Natanael era listo. Muy listo. Y tenía una furia volcánica.
Pero había aceptado la ayuda.
Rogelio se sirvió un vaso de agua. Sonrió. Una sonrisa triste, rota, pero genuina.
—Me odias —dijo Rogelio a la noche—. Pero estás a salvo. Y ella va a vivir.
Levantó el vaso en un brindis solitario hacia la oscuridad.
—Salud, hijo mío. Gana tú. Odiame. Pero vive.

El juego de las sombras había terminado. Ahora comenzaba una guerra fría. Una guerra donde las armas eran la medicina, el trabajo y el silencio. Y Rogelio estaba dispuesto a perder todas las batallas, con tal de ganar la guerra contra la muerte de Rebeca.

CAPÍTULO 5: LA GUERRA FRÍA Y HAMBURGUESAS BAJO LA LLUVIA

El quirófano del Hospital Universitario es un lugar donde el tiempo no se mide en horas, sino en latidos. En la sala de espera del Ala Norte —esa zona remodelada con el dinero “anónimo” que olía a culpa—, Don Jacinto Mondragón desgranaba las cuentas de su rosario con la precisión de quien siembra maíz: una cuenta, un Ave María; otra cuenta, una petición de vida.

A su lado, Natanael permanecía inmóvil como una estatua de bronce. No rezaba. Su fe se había endurecido el día que entendió que Dios a veces necesita ayuda financiera para obrar milagros. Miraba fijamente las puertas abatibles del área quirúrgica, con los puños apretados sobre las rodillas, los nudillos blancos por la tensión.

Llevaban seis horas ahí. Seis horas desde que se llevaron a Rebeca.

—Ya tardaron mucho, abuelo —murmuró Natanael, rompiendo un silencio de cuarenta minutos.

—La prisa es del diablo, mijo. Las cosas bien hechas toman tiempo. Deja que los doctores hagan su chamba —respondió Jacinto, aunque sus ojos delataban el mismo miedo.

Natanael se levantó y caminó hacia el ventanal. Desde el tercer piso se veía el estacionamiento. Sus ojos de halcón, entrenados para detectar grietas en el concreto y varillas oxidadas, escanearon las filas de autos.
Y ahí estaba.
En la esquina más alejada, bajo la sombra de un encino, brillaba el cofre de un BMW negro. Vidrios polarizados. Motor probablemente encendido para mantener el aire acondicionado.
Rogelio.

El “Licenciado” estaba cumpliendo su promesa a medias. No había puesto un pie en el hospital, pero no se había ido. Estaba ahí afuera, vigilando su inversión. Vigilando a la mujer que había dejado morir y que ahora intentaba resucitar con billetes.

Natanael sintió una oleada de asco mezclada con una gratitud que le sabía a bilis. Odiaba que ese coche estuviera ahí. Pero odiaba más saber que, sin ese coche, su madre estaría en una camilla de pasillo, esperando turno con un paracetamol.

En ese momento, las puertas del quirófano se abrieron. El Doctor Cantú salió, quitándose el cubrebocas. Se veía agotado, con ojeras profundas, pero caminaba con ligereza.
Jacinto se levantó de un salto, con una agilidad que sus 72 años no solían permitir.

—¿Doctor? —preguntó el anciano, estrujando su sombrero entre las manos.

El Doctor Cantú sonrió. Fue una sonrisa cansada pero genuina.
—Fue un éxito, Don Jacinto. Pudimos extirpar todo el tumor visible. Limpiamos los ganglios afectados. La señora Rebeca es muy fuerte. Su corazón aguantó la anestesia como una campeona.

Jacinto soltó el aire y se persignó, besando el crucifijo de su rosario.
—Gracias, Padre Santo. Gracias.

Natanael sintió que las rodillas le flaqueaban. El peso del mundo, que había cargado sobre sus hombros durante meses, se aligeró de golpe.
—¿Cuándo la podemos ver? —preguntó.

—Está en recuperación. En una hora la subimos a su cuarto. Va a estar dormida hasta mañana, pero está fuera de peligro inmediato. Ahora viene lo difícil: la quimio, la radiación. Pero ganamos la batalla más importante.

Mientras Jacinto abrazaba al doctor, Natanael miró hacia la ventana.
Abajo, en el estacionamiento, las luces del BMW parpadearon dos veces. Como si el auto supiera. Como si alguien le hubiera avisado al conductor en tiempo real.
El auto arrancó lentamente y salió del hospital, perdiéndose en el tráfico de la Avenida Gonzalitos.

—Lárgate —susurró Natanael contra el cristal—. Ya hiciste tu parte. Ahora déjanos en paz.


Las semanas siguientes fueron una extraña mezcla de alivio y tensión. Rebeca regresó a casa después de diez días. La casa en la Colonia Independencia, aunque humilde, se transformó. Con el sueldo “inflado” de Natanael como supervisor, pudieron comprar un aire acondicionado tipo minisplit para el cuarto de su madre, un colchón ortopédico y contratar a una enfermera vecina para que le pusiera los sueros.

La “Beca Rogelio” (como Natanael la llamaba en su mente con sarcasmo) cubría los medicamentos caros que llegaban por paquetería especial, siempre con remitentes anónimos como “Fundación Vida Nueva”.

Pero la vida seguía. Y la vida es cara.
Natanael se levantaba ahora a las 5:00 AM, no para cargar bultos, sino para ponerse un chaleco naranja brillante que decía SUPERVISOR. Llegaba a la obra en Vía Cordillera y sentía las miradas de sus excompañeros.

—Miren nomás, el “Inge” Mondragón —se burlaba el “Chato”, escupiendo al suelo—. Ya no se junta con la perrada. ¿Qué se siente el aire acondicionado de la oficina, güey?

—No mames, Chato. Sigo siendo el mismo —respondía Natanael, revisando las bitácoras de entrada de material.

Pero no era el mismo. Se sentía un impostor. Sabía que no estaba ahí solo por su capacidad (aunque aprendía rápido y era bueno con los números), sino porque su padre biológico había comprado su puesto. Cada cheque de nómina que cobraba los viernes sentía que le quemaba los dedos.
Sin embargo, no podía renunciar. El dinero volaba. La comida especial para Rebeca, los taxis al hospital, los uniformes de sus hermanos… todo sumaba.

Y luego estaban Emily y Tadeo.
Emily, de 15 años, vivía en su propio mundo de angustia adolescente, exacerbada por la enfermedad de su madre. Se pasaba el día escribiendo en libretas viejas o leyendo libros que sacaba de la biblioteca pública.
Tadeo (o Tyler, como le gustaba que le dijeran por moda), de 12 años, era pura energía contenida. Su válvula de escape era el fútbol. Jugaba en las canchas de tierra del Río Santa Catarina, soñando con ser el próximo Gignac.

Natanael intentaba ser la figura paterna para ellos, pero estaba agotado. Llegaba de la obra oliendo a polvo y estrés, revisaba tareas, regañaba, daba dinero y caía rendido.
No se daba cuenta de que había un vacío. Un espacio que alguien más estaba observando con binoculares metafóricos.


Era un martes de octubre. El cielo de Monterrey se puso negro en cuestión de minutos, presagiando uno de esos chubascos bíblicos que inundan la ciudad.
Tadeo y Emily estaban afuera de la Secundaria 54, esperando el camión. Habían perdido el transporte escolar gratuito por quedarse platicando.
El viento empezó a azotar, levantando polvo y basura. Las primeras gotas, gordas y calientes, comenzaron a caer.

—¡Corre, Emily! —gritó Tadeo, cubriéndose la cabeza con su mochila.
Corrieron hacia la parada del camión, un techo de lámina oxidada que ya estaba atiborrado de estudiantes y gente empapada. No cabía ni un alfiler.
La lluvia se soltó con furia. En segundos, la calle se convirtió en un río. Los autos pasaban levantando olas de agua sucia.

Un auto se detuvo frente a ellos. No era un taxi. No era un Uber.
Era un sedán de lujo, gris plata. La ventana del copiloto bajó suavemente.
Al volante estaba un hombre maduro, con lentes oscuros (aunque estaba lloviendo) y una camisa azul impecable.

—¡Muchachos! —gritó el hombre para hacerse oír sobre el estruendo de la lluvia—. ¿Son los hermanos de Natanael?

Emily y Tadeo se miraron. El instinto de barrio les decía: Peligro.
—¿Quién es usted? —preguntó Emily, jalando a Tadeo hacia atrás.

El hombre se quitó los lentes. Tenía una cara amable, aunque se veía nervioso.
—Soy… soy compañero de trabajo de su hermano. De la obra en Vía Cordillera. Soy el Arquitecto Villalobos. Natanael me pidió que pasara por ustedes porque está atorado en el colado y con esta lluvia no hay camiones.

Era una mentira a medias. Rogelio no era arquitecto, y Natanael definitivamente no lo había mandado. De hecho, si Natanael supiera esto, lo mataría. Pero Rogelio llevaba semanas “cazándolos”. Sabía sus horarios. Sabía sus rutas. Y sabía que esta lluvia era su oportunidad de oro.

—¿Nata lo mandó? —preguntó Tadeo, dudoso.
—Claro. Mira, me mandó mensaje.
Rogelio levantó su celular (apagado) y fingió leer.
—Dice: “Inge, por fa recoja a los huercos en la 54 que se van a mojar”. Ándenle, suban. No muerdo. Y mis asientos tienen calefacción.

El frío y la humedad eran argumentos poderosos. Además, el auto se veía increíble.
—Bueno… pero le aviso a Nata que ya vamos —dijo Emily, sacando su celular.
—¡No! —Rogelio casi gritó, luego suavizó la voz—. Digo, no tiene señal. Allá en la obra se cae la red cuando llueve. Mejor le damos la sorpresa de que llegaron secos y salvos.

Emily dudó, pero un trueno estruendoso la convenció.
—Está bien. Sube, Tadeo.

Los chicos subieron al BMW. El interior olía a cuero nuevo y a pino. El silencio era absoluto al cerrar las puertas blindadas. El aire acondicionado estaba tibio, secando su ropa mojada en minutos.
Rogelio arrancó con suavidad. Le temblaban las manos en el volante. Tenía a sus hijos —sus otros hijos, aunque biológicamente no lo fueran, eran hermanos de su sangre— en el asiento trasero.

—¡Qué nave, señor! —exclamó Tadeo, acariciando la vestidura—. ¿Es un Serie 5?
Rogelio sonrió, mirando por el retrovisor.
—Sabes de autos, campeón. Sí, es un Serie 5. ¿Te gustan los fierros?
—Me encantan. Nata dice que cuando sea ingeniero me va a comprar uno así.
—Tu hermano es un buen hombre. Muy trabajador —dijo Rogelio, sintiendo un nudo en la garganta—. Oigan, con este tráfico vamos a tardar horas en llegar a la Indepe. ¿Tienen hambre?

El estómago de Tadeo rugió como respuesta.
—Un poco.
—¿Qué les gusta? ¿Tacos? ¿Pizza?
—¡Carl’s Jr.! —gritó Tadeo—. Pero es bien caro… Nata solo nos lleva cuando es su cumpleaños.

Rogelio sintió una punzada de dolor. Solo en su cumpleaños. Para Rogelio, gastar 300 pesos en hamburguesas era como comprar chicles. Para ellos, era un lujo anual.
—Hoy invita la casa. Es bono de la empresa. Vamos al de Garza Sada.


Sentados en una mesa del restaurante de comida rápida, la dinámica cambió. Rogelio no comió. Solo pidió un café y se dedicó a verlos devorar unas Famous Star dobles con papas grandes y malteadas.
Los observaba con la fascinación de un antropólogo y la ternura de un padre arrepentido.
Emily comía con delicadeza, limpiándose las comisuras con servilletas a cada rato. Tenía los ojos de Rebeca. Grandes, expresivos, melancólicos.
Tadeo era un remolino. Comía rápido, hablaba rápido, se reía con la boca llena.

—Y a ver, cuéntenme —dijo Rogelio, tratando de sonar casual—. ¿Cómo está su mamá? En la obra supimos que la operaron.

Emily dejó su hamburguesa. Su expresión se ensombreció.
—Ya está mejor. La cirugía salió bien. Pero la quimio la deja muy tirada. Ayer vomitó toda la noche. Nata no durmió por cuidarla.

—Es duro —asintió Rogelio—. ¿Y ustedes le ayudan?
—Sí, yo le hago sopa y le leo —dijo Emily—. Tadeo… bueno, Tadeo trata de no hacer ruido, que ya es ganancia.

—¡Oye! —protestó el niño—. Yo también ayudo. Le doy masajes en los pies cuando le duelen. Y le prometí que le voy a dedicar mis goles del torneo.

—¿Juegas fútbol? —preguntó Rogelio, iluminándose.
—Soy delantero. Juego en los Rayos de la Indepe. Somos buenos, pero… —Tadeo bajó la mirada, jugando con una papa frita.
—¿Pero qué?
—Pero tal vez no juguemos la final.
—¿Por qué? ¿Se lesionaron?
—No. Es que hay que pagar el arbitraje y las camisetas nuevas. Son 500 pesos por mono. Y Nata ahorita no tiene lana. Todo se va en medicinas. Ya le dije que no importa, que juego el otro año.

Rogelio apretó la taza de café hasta que casi la rompe. Quinientos pesos. Tadeo iba a perderse su final por quinientos miserables pesos.
Rogelio sacó su cartera. Era de piel de cocodrilo.
Sacó un billete de mil pesos. Luego otro. Y otro. Cinco mil pesos.
Los puso sobre la mesa, discretamente, debajo de la bandeja de plástico.

—Tadeo, Emily, escúchenme —dijo Rogelio, bajando la voz—. En la empresa tenemos un… fondo. Un fondo para deportes y cultura de las familias de los empleados. Se me había olvidado dárselo a Natanael.

—¿Neta? —los ojos de Tadeo brillaron como faros.
—Neta. Aquí hay cinco mil pesos. Es para el equipo. Paguen los arbitrajes, compren uniformes chingones. Y lo que sobre… Emily, cómprate libros. O lo que quieras.

Emily miró el dinero con desconfianza. Era demasiado.
—Señor… Nata se va a enojar si sabe que nos dio dinero. Él dice que no aceptemos nada de extraños.
—No soy un extraño, Emily. Soy el Arquitecto Villalobos. Trabajo con él. Y además… —Rogelio buscó una mentira piadosa— esto no es regalo. Es un patrocinio. Quiero que le pongan el logo de la empresa a las camisetas. ¿Trato?

Era mentira. No había logo. Pero sonaba creíble.
—¡Trato! —gritó Tadeo, agarrando el dinero antes de que Emily pudiera protestar—. ¡Gracias, don Arqui!

—Rogelio. Díganme Rogelio.

Terminaron de comer entre risas. Rogelio les contó historias (editadas) de cuando él era joven. Les preguntó sobre sus sueños. Emily quería ser escritora. Tadeo quería jugar en Tigres.
Por una hora, Rogelio fue feliz. Se sintió padre. Se sintió útil más allá de firmar cheques.

—Vámonos, que se hace tarde y Natanael me va a matar si no llegan antes que él —dijo Rogelio, mirando su reloj.


La lluvia había parado, dejando ese olor a tierra mojada y ozono que perfuma Monterrey después de la tormenta.
Rogelio subió por las calles empinadas de la Colonia Independencia. El BMW sufría en los baches y topes, pero a él no le importaba.
Llegaron a la casa de bloques grises. Había una luz encendida en la ventana de abajo.

—Aquí es —dijo Emily—. Gracias por las hamburguesas, Rogelio. Estuvieron ricas.
—Gracias por el patrocinio, jefe. ¡Lo voy a invitar a la final! —dijo Tadeo, bajando emocionado.

—Esperen —dijo Rogelio. Sacó de la guantera dos tarjetas de regalo de Librerías Gandhi y una tarjeta de Martí deportes que había comprado previsoramente—. Un detallito extra. No le digan a Nata de esto, ¿va? Que sea nuestro secreto.

Los chicos sonrieron, cómplices, y bajaron del auto.
Rogelio se quedó viéndolos entrar a la casa. Suspiró, sintiendo una mezcla de satisfacción y vacío. Había cruzado la línea. Había roto el tratado de no agresión. Pero valía la pena ver sonreír a ese niño.

Estaba a punto de meter reversa cuando una figura salió de las sombras de la casa.
Era Natanael.
Llevaba una camiseta de tirantes y shorts de dormir. Estaba descalzo.
Y tenía una llave de cruz en la mano.

Natanael había visto el auto. Había visto bajar a sus hermanos con bolsas de comida y sonrisas.
Reconoció el BMW.
Caminó hacia el auto con paso lento, depredador.
Rogelio tragó saliva. Podía arrancar. Podía huir. Tenía un motor de 300 caballos de fuerza.
Pero no huyó.
Apagó el motor. Bajó el vidrio.

Natanael llegó a la ventanilla. Se inclinó. Su cara estaba a centímetros de la de Rogelio. Olía a jabón barato y a furia.
—Te dije que te mataba si te acercabas —susurró Natanael.

—Estaba lloviendo, Natanael. Estaban mojándose. No había camiones —respondió Rogelio, manteniendo la calma exterior, aunque por dentro temblaba—. Los invité a comer. Eso es todo.

—¿Qué les dijiste? —Natanael apretó la llave de cruz con tanta fuerza que sus nudillos crujieron.

—Les dije que soy el Arquitecto Villalobos. Un compañero tuyo. No les dije quién soy en realidad. No rompí el secreto.

Natanael miró hacia la casa. Sus hermanos ya estaban adentro, a salvo. Luego miró a Rogelio. Vio las bolsas vacías de Carl’s Jr. en el asiento del copiloto. Vio la expresión de Rogelio: no era de desafío, era de súplica.
—Les diste dinero —dijo Natanael. No era pregunta.

—Tadeo quería jugar la final. Le faltaban 500 pesos. Les di para el equipo. Es un préstamo, si quieres verlo así. Descuéntamelo de mi nómina… ah no, verdad, yo soy el dueño de la nómina.

Fue un chiste estúpido, producto de los nervios.
Natanael no se rió.
—No compres a mis hermanos, Rogelio. A ellos no. Yo aguanto tu juego porque soy adulto y entiendo el negocio. Pero ellos son niños. Si les rompes el corazón, si los ilusionas y luego te largas… te juro que quemo tu pinche banco contigo adentro.

—No me voy a largar, Natanael. Me gustó… me gustó escucharlos reír. Tadeo se parece a ti cuando te ríes. Bueno, supongo, porque a ti nunca te he visto reír.

Natanael se quedó callado un momento. La llave de cruz bajó ligeramente.
—Tadeo es un buen niño. No merece sufrir por falta de dinero.
—Lo sé. Por eso lo hice.

Hubo un silencio tenso, solo roto por los grillos y el sonido lejano de una sirena.
—Vete —dijo finalmente Natanael—. Vete antes de que mi abuelo se despierte y salga con la escopeta. Él no es tan civilizado como yo.

—Buenas noches, Natanael.
—No vuelvas a venir a esta casa sin avisar.
—Entendido.

Rogelio encendió el auto. Natanael dio un paso atrás, vigilando.
Mientras el BMW bajaba la loma, Natanael se quedó parado en la calle oscura. Sentía el peso de los 5,000 pesos en la bolsa de Tadeo (sabía que estaban ahí, conocía a su hermano).
Odiaba a Rogelio. Lo odiaba con todas sus fuerzas.
Pero esa noche, sus hermanos habían cenado hamburguesas de lujo, habían llegado secos a casa y Tadeo iba a jugar su final.

Natanael miró al cielo, donde la luna empezaba a asomarse entre las nubes de tormenta.
—Maldito seas, Rogelio —murmuró—. Estás haciendo que sea muy difícil odiarte.

Entró a la casa y cerró la puerta con doble llave. La Guerra Fría continuaba, pero el enemigo acababa de contrabandear suministros de felicidad a su territorio, y Natanael, muy a su pesar, había dejado pasar el cargamento.

CAPÍTULO 6: GOLES, MENTIRAS Y UNA CAMIONETA NEGRA

La mentira es como una bola de nieve rodando cerro abajo en la colonia Independencia: empieza pequeña, casi inocente, pero si no la detienes a tiempo, termina aplastando casas enteras.

Para Natanael Mondragón, la vida se había convertido en un acto de malabarismo agotador. Por un lado, tenía que ser el supervisor implacable en la obra de Vía Cordillera, gritando órdenes a hombres que le doblaban la edad para justificar un sueldo que sabía que no se había ganado por méritos propios. Por otro lado, tenía que ser el hijo devoto que administraba las medicinas de su madre y fingía que todo estaba bien. Y ahora, tenía un tercer trabajo: ser el portero que impedía que Rogelio Villalobos entrara en la vida de su familia, aunque el maldito banquero ya se había colado por la ventana trasera.

Era viernes por la noche. La casa de los Mondragón olía a Vaporub y a té de canela. Rebeca estaba sentada en su sillón reclinable (un regalo del “bono navideño adelantado” de Natanael), tejiendo una bufanda para el invierno que ya se sentía en el aire de noviembre. Aunque su cabello apenas empezaba a crecer como una pelusa suave, su color de piel había mejorado. Ya no tenía ese tono gris ceniza de la muerte; ahora había un leve rubor en sus mejillas.

—Emily, deja ese celular y ponte a estudiar —dijo Rebeca sin levantar la vista de las agujas.

—Ya terminé la tarea, ma —respondió Emily desde la mesa del comedor. Estaba inmersa en una laptop Dell seminueva pero potente.

Rebeca frunció el ceño.
—¿Y esa computadora? No la había visto.
Emily se congeló. Miró a Natanael, que estaba en la cocina calentando tortillas.
—Ah… es que… me la prestaron en la escuela. Es un programa de… de inclusión digital. Para los de promedio alto.

Rebeca dejó de tejer. Miró la laptop. Se veía demasiado buena para ser un préstamo escolar del gobierno.
—¿Segura? A ver el sello de la SEP.
—No tiene sello, ma. Es… es comodato. Nata firmó los papeles, ¿verdad, Nata?

Natanael sintió que se le atoraba la tortilla en la garganta. Rogelio. Maldito Rogelio. Había aparecido dos días antes en la salida de la prepa de Emily con “un regalo para la futura escritora”.
—Sí, jefa —mintió Natanael, saliendo de la cocina y secándose las manos—. Yo firmé. Es por sus calificaciones. Ya ves que es una ñoña.

Rebeca los miró a los dos. Su radar de madre detectaba una frecuencia extraña, una vibración de complicidad culposa.
—Mmm. Bueno. Cuídala mucho, que si se rompe no tenemos para pagarla.

En ese momento, la puerta de la calle se abrió de golpe. Entró Tadeo, sudoroso, sucio de tierra roja de pies a cabeza, pero con una sonrisa que iluminaba todo el barrio.
—¡Pasamos! ¡Pasamos a la final! —gritó, tirando su mochila al suelo.

—¡Eso, campeón! —Natanael le chocó la mano, sintiendo un alivio genuino al cambiar de tema—. ¿Cómo quedaron?

—3 a 2. Metí dos goles. Y el “Arqui” dice que para la final nos va a traer uniformes nuevos, ¡de los de tela Dry-Fit como los de Tigres!

El silencio cayó sobre la sala como una losa de plomo.
Natanael cerró los ojos, maldiciendo internamente la boca floja de su hermano.
Rebeca giró la cabeza lentamente hacia Tadeo.
—¿El “Arqui”? ¿Quién es el “Arqui”?

Tadeo se dio cuenta de su error. Se puso pálido bajo la capa de tierra. Miró a Natanael buscando auxilio.
—Este… el Arqui… el Arqui Villalobos —balbuceó Tadeo—. Es el jefe de Nata. Es bien buena onda.

—¿Villalobos? —repitió Rebeca. El apellido detonó una carga explosiva en su memoria. Villalobos. Rogelio Villalobos.
No, no podía ser. Villalobos era un apellido común. Había miles en el norte. Pero la coincidencia le heló la sangre.

—Sí, ma —intervino Natanael rápidamente, acercándose a ella—. Es el Arquitecto Ernesto Villalobos. Un señor ya grande, gordito, canoso. Nada que ver con… ya sabes quién. Es el que me dio el ascenso. Se ha portado muy bien con nosotros. Le agarró cariño a los huercos.

—¿Y por qué le agarra cariño a mis hijos un señor que no conozco? —preguntó Rebeca, con la desconfianza afilada como un cuchillo—. ¿Por qué les regala uniformes? ¿Por qué los lleva a comer hamburguesas?

—¿Cómo sabes de las hamburguesas? —preguntó Emily, traicionándose a sí misma.

Rebeca soltó el tejido.
—Porque encontré los tickets en el pantalón de Tadeo cuando lavé la ropa. Tickets de 3,000 pesos en Carl’s Jr. Natanael, siéntate aquí. Ahora.

Natanael obedeció, sintiéndose de cinco años otra vez.
—Mamá, no te enojes. El señor se siente solo. No tiene familia. Sus hijos viven en Estados Unidos y no lo pelan. Nos ve a nosotros y… pues le recordamos a sus nietos o algo así. Solo quiere ayudar.

—Nadie ayuda gratis, Natanael. Nadie. Y menos un arquitecto de San Pedro. ¿Qué quiere a cambio?

—Nada, jefa. De verdad. Solo… compañía. A veces va a ver los partidos de Tadeo. A veces le presta libros a Emily. Es inofensivo. Yo lo vigilo. Sabes que no dejaría que nadie se les acercara si fuera mala persona.

Rebeca miró a su hijo mayor a los ojos. Vio la sinceridad en su deseo de protegerlos, pero también vio la sombra de una mentira oculta.
—Quiero conocerlo —sentenció Rebeca.

—¿Qué? —Natanael y sus hermanos gritaron al unísono.

—Si va a regalar computadoras y uniformes a mis hijos, quiero verle la cara. Quiero verle los ojos. Invítalo a la final del domingo.

—No, ma… él es muy ocupado, no creo que…
—Si tiene tiempo para ir a los partidos normales, tiene tiempo para la final. Invítalo. O le devuelven todo. La computadora, los uniformes, todo.

Natanael tragó saliva. Estaba acorralado.
—Está bien. Le digo. Pero no prometo nada.


Domingo. 10:00 AM.
Los campos de fútbol amateur del Río Santa Catarina son el corazón palpitante del deporte regiomontano. Son extensiones interminables de tierra y polvo, delimitadas por líneas de cal mal trazadas, bajo el sol inclemente y a la sombra de los puentes modernos que conectan el Monterrey rico con el Monterrey trabajador.
El ambiente era de fiesta. Olor a carne asada, vendedores de Duriscos con salsa, gritos de papás apasionados y el sonido sordo de los balones de cuero golpeados con furia.

Los Rayos de la Indepe calentaban en la cancha 4. Lucían espectaculares. Rogelio no había escatimado. Traían uniformes completos color azul eléctrico, con sus nombres en la espalda y tacos Nike nuevos. Parecían un equipo profesional en miniatura.

En la grada de cemento, bajo una sombrilla de playa, estaba la familia Mondragón.
Don Jacinto, con su sombrero de siempre, comiendo semillas de girasol.
Rebeca, sentada en una silla plegable cómoda, con lentes oscuros y un sombrero para protegerse del sol. Se veía nerviosa. Buscaba entre la multitud.

Natanael estaba de pie junto a ella, con los brazos cruzados, escaneando el perímetro como un guardaespaldas del Servicio Secreto.
—No vino —dijo Natanael, tratando de sonar decepcionado pero sintiendo un alivio inmenso.

—Todavía no empieza el partido —respondió Rebeca, sin dejar de mirar.

Natanael había llamado a Rogelio la noche anterior. La conversación había sido tensa.
—Mi mamá quiere conocerte. Tienes que ir a la final.
—Natanael, si voy, me va a reconocer. Han pasado 23 años, pero…
—Ponte gorra, lentes, déjate la barba de tres días. No sé. Pero si no vas, sospecha más. Tienes que ir, saludar de lejos y largarte. Dile que tienes una junta.
—¿Y si me reconoce?
—Entonces se acaba el juego, Rogelio. Y te juro que si le da un infarto del coraje, te mato ahí mismo.

El árbitro pitó el inicio. El partido contra los Cobras de Guadalupe comenzó. Era una guerra. Patadas, barridas, balonazos. Tadeo jugaba como poseído, corriendo por la banda derecha con sus tacos nuevos, dejando rivales atrás.

Minuto 20. Tadeo recibe un pase filtrado. Encara al portero. Finta a la derecha, tira a la izquierda.
¡Gol!
La grada de la Indepe estalló.
—¡Gooooool! —gritó Don Jacinto, levantando los brazos.

Rebeca aplaudió, sonriendo.
Pero Natanael no miraba el gol. Miraba hacia el estacionamiento de tierra.
Ahí, recargado en un poste, lejos de la multitud, había una figura solitaria.
Llevaba una gorra de béisbol de los Sultanes calada hasta las cejas, lentes de aviador oscuros y una camiseta tipo polo sencilla y jeans. Nada de trajes italianos.

Era Rogelio.
Natanael vio cómo el hombre, al ver el gol de Tadeo, dio un pequeño salto de emoción y aplaudió discretamente, cuidando de no llamar la atención. Se veía… patético y conmovedor a la vez. Un padre celebrando en la clandestinidad.

Tadeo, en la cancha, corrió hacia la banda para celebrar. Señaló a su familia y mandó un beso. Y luego, hizo algo que heló la sangre de Natanael.
Tadeo miró hacia el poste lejano, levantó el pulgar y señaló sus tacos nuevos.
Rogelio, a la distancia, levantó el pulgar en respuesta.

Rebeca, que seguía con la mirada a su hijo, notó el gesto.
—¿A quién saluda? —preguntó, girando la cabeza hacia donde Tadeo apuntaba.

Natanael se interpuso rápidamente en su línea de visión, fingiendo acomodarle la sombrilla.
—A nadie, ma. A la porra. Al público. Está emocionado.

Rebeca se quitó los lentes oscuros y entrecerró los ojos. Vio la figura solitaria junto al poste.
El hombre estaba lejos. No se distinguían sus facciones. Pero había algo en su postura. La forma de pararse, con el peso en una pierna y las manos en los bolsillos. Una postura que Rebeca había visto mil veces hace dos décadas, esperando el camión afuera de la universidad.
El corazón le dio un vuelco.
No. No puede ser. Estás alucinando, Rebeca. Es el sol. Es la quimio.

El partido continuó. Fue agónico. Empataron 1-1 en el último minuto. Penales.
Tadeo pidió tirar el último. El decisivo.
El silencio en la cancha era total.
Tadeo tomó carrera. Disparó fuerte, arriba, al ángulo.
¡Gol! ¡Campeones!

Los niños invadieron la cancha. Don Jacinto corrió (a su ritmo) para abrazar a su nieto. Natanael ayudó a Rebeca a levantarse. Ella estaba radiante, gritando, olvidando por un momento sus sospechas.

Mientras la familia celebraba en el centro del campo, rodeados de confeti y espuma, Natanael buscó el poste con la mirada.
Ya no había nadie.
Solo quedaba una nube de polvo donde un auto había arrancado a toda prisa.


Más tarde, el equipo fue a celebrar a una pizzería local. Rogelio había dejado pagada la cuenta de antemano (“Cortesía del Arquitecto”, dijo el mesero).
Rebeca comía una rebanada de pepperoni, observando a Tadeo presumir su trofeo.

—¿Y tú amigo el Arquitecto? —preguntó Rebeca a Natanael—. No vino a saludar.

—Sí vino, ma. Estaba allá atrás. Pero me mandó mensaje que le salió una urgencia en una obra. Se tuvo que ir antes de los penales.

—Qué raro —dijo Rebeca, limpiándose la boca—. Un hombre que gasta tanto dinero en niños ajenos y no se queda a la foto del triunfo.

—Es tímido —improvisó Natanael.

Rebeca no dijo nada más. Pero su mente trabajaba a mil por hora. Sacó su celular discretamente. Abrió el Facebook. Escribió en el buscador: Ernesto Villalobos Arquitecto Monterrey.
Nada.
Buscó: Constructora Vía Cordillera dueños.
Salieron nombres corporativos. Grupo Inmobiliario del Norte.
Buscó en imágenes. Vio fotos de ejecutivos.
Y entonces, en una foto de hace 5 años de una revista de sociales llamada “Chic Magazine”, vio algo.
El título de la foto decía: “El éxito financiero de la región”.
En la foto había tres hombres de traje brindando.
Uno de ellos era Rogelio.
Más joven. Sin canas. Pero era él.
El pie de foto decía: Lic. Rogelio Villalobos, Director Regional de Banco Central.

Rebeca sintió que el mundo se detenía.
Banco Central. El banco donde su papá tenía la cuenta.
Rogelio Villalobos. El nombre que su papá le había mencionado con desprecio.
El hombre que la abandonó.

Rebeca miró a Natanael. Su hijo. Su roca. Estaba riendo con Tadeo, sirviéndole refresco.
Natanael sabía.
Natanael sabía quién era el “Arquitecto”.
Natanael le estaba mintiendo.

Una sensación de traición, más dolorosa que el cáncer, le invadió el pecho. Su hijo, su cómplice, se había aliado con el enemigo.
¿Por qué? ¿Por dinero? ¿Por necesidad?
Rebeca guardó el celular. Le temblaban las manos.
No haría una escena aquí. No arruinaría el momento de Tadeo.
Pero al llegar a casa, la verdad saldría a la luz, aunque tuviera que arrancarla a pedazos.


La noche cayó. Los niños dormían, agotados por la adrenalina y el azúcar.
Natanael estaba en la cocina, lavando los platos. Tarareaba una canción, relajado por primera vez en semanas.
—Natanael —la voz de Rebeca sonó detrás de él, fría como el acero.

Natanael se giró, con un plato en la mano.
—Mande, jefa. ¿Te sientes mal? ¿Quieres una pastilla?

Rebeca puso su celular sobre la mesa de la cocina. La pantalla brillaba con la foto de Rogelio en la revista social.
—Dime quién es este hombre.

Natanael miró la foto. El plato se le resbaló de las manos jabonosas y se estrelló contra el suelo, rompiéndose en mil pedazos. El ruido fue estruendoso en la casa silenciosa.
—Ese… ese es Rogelio Villalobos —dijo Natanael, sin poder mentir más.

—¿Es el “Arquitecto”? —preguntó Rebeca.

Natanael bajó la cabeza.
—Sí.

—¿Es tu padre?

—Sí.

La bofetada resonó en la cocina. Rebeca le pegó a Natanael con toda la fuerza que le quedaba, una fuerza nacida de la rabia y el dolor.
Natanael no se movió. Recibió el golpe. Se lo merecía.

—¡Me mentiste! —gritó Rebeca, llorando—. ¡Me miraste a los ojos y me mentiste! ¡Dejaste que ese hombre se acercara a tus hermanos! ¡Dejaste que comprara su cariño con uniformes y hamburguesas!

—¡No tuve opción, mamá! —gritó Natanael, rompiéndose—. ¡No teníamos dinero! ¡El seguro no cubría tus medicinas! ¡Ibas a morirte! Él pagó el hospital. Él pagó tu cirugía. Él me dio el trabajo para que yo pudiera mantener la casa sin tocar los ahorros del abuelo. ¿Qué querías que hiciera? ¿Que te dejara morir por orgullo?

—¡Prefería morir a deberle la vida a ese traidor!

—¡Pues yo no! —Natanael la agarró por los hombros, sacudiéndola suavemente—. ¡Yo no prefería que te murieras! ¡Eres mi mamá! ¡Y si tengo que venderle mi alma al diablo para que tú estés aquí regañándome, se la vendo mil veces!

Rebeca se quedó paralizada por la intensidad de su hijo. Vio las lágrimas en los ojos de Natanael. Vio el sufrimiento de un muchacho que tuvo que madurar a golpes para cargar con responsabilidades que no le tocaban.
Natanael soltó a su madre y se dejó caer en una silla, cubriéndose la cara con las manos.
—Lo odio, mamá. Te juro que lo odio más que tú. Cada vez que lo veo, quiero romperle la cara. Pero… Tadeo es feliz. Emily tiene una computadora para escribir sus cuentos. Tú estás viva. Él está tratando de… no sé… de arreglar algo.

Rebeca se quedó de pie, respirando agitadamente. Miró a su hijo derrumbado. El enojo se fue disipando, dejando paso a una tristeza infinita.
Se acercó a él y lo abrazó. Natanael escondió la cara en el vientre de su madre, llorando como cuando era niño.

—Perdóname, Nata. Perdóname por ponerte en medio —susurró Rebeca, acariciándole el pelo—. No debiste cargar con esto tú solo.

—Ya no importa. Ya sabes la verdad.

Rebeca levantó la vista. Sus ojos, secos ahora, brillaban con una determinación nueva.
—Sí. Ya sé la verdad. Y se acabó el juego de las escondidas.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Natanael, temeroso.

—Mañana vamos a ir a su banco. Tú y yo. Y le vamos a devolver cada centavo.

—Mamá, no podemos. Son millones. El hospital, la cirugía…

—No hablo de dinero, Natanael. El dinero del abuelo cubre eso. Hablo de devolverle sus mentiras. Vamos a enfrentarlo. Si quiere ser parte de esta familia, si quiere ser el “Arquitecto”, el “Padrino” o lo que sea… va a tener que hacerlo de frente. Sin disfraces. Sin lástima.

—¿Le vas a dar una oportunidad? —preguntó Natanael, incrédulo.

Rebeca caminó hacia la ventana y miró la noche oscura.
—No. Le voy a dar un ultimátum. O entra por la puerta grande y acepta quién es y lo que hizo, con todas las consecuencias… o se larga para siempre y yo misma me encargo de que mis hijos lo olviden.

Rebeca se giró.
—Límpia los platos rotos, hijo. Mañana tenemos una cita con el destino.


En su penthouse, Rogelio Villalobos miraba la foto que había tomado con el zoom de su cámara desde el poste lejano. Era una foto borrosa de Tadeo celebrando el gol, señalándolo a él.
Rogelio sonrió, acariciando la imagen impresa.
No sabía que la tormenta ya venía en camino. No sabía que su tiempo en las sombras había terminado.
Mañana, el hombre invisible tendría que hacerse visible. Y el precio del silencio estaba a punto de ser cobrado con intereses.

CAPÍTULO 7: LA VERDAD EN LA MESA

El lunes amaneció con un cielo de plomo sobre Monterrey. Una de esas mañanas grises donde la contaminación se mezcla con la neblina baja, atrapando a la ciudad en una burbuja de asfixia silenciosa.

Rebeca Mondragón se vistió con una dignidad que no necesitaba marcas de diseñador. Usó su mejor vestido, uno azul marino que había comprado para la graduación de secundaria de Natanael hacía años y que ahora le quedaba un poco holgado por la pérdida de peso, pero que ajustó con un cinturón elegante. Se puso el turbante más colorido que tenía para cubrir su cabeza calva, se pintó los labios de un rojo discreto y se miró al espejo.

—No vas a llorar, Rebeca —se dijo a su reflejo. Sus ojos, aunque cansados, tenían el brillo del acero templado.

En la cocina, Natanael tomaba café negro, de pie, moviendo la pierna nerviosamente. Se había puesto una camisa de botones y pantalones de vestir, no su uniforme de supervisor. Hoy no iría a la obra. Hoy tenía una cita más importante.

—¿Estás lista, jefa? —preguntó Natanael cuando la vio entrar.

—Lista. ¿Hablaste con él?

—Le mandé mensaje. Le dije que iríamos a su oficina a las 10. No contestó, pero vio el mensaje. Debe estar cagado de miedo.

Rebeca asintió.
—Vámonos. Y Natanael… pase lo que pase, tú tranquilo. Yo llevo la voz cantante.

Tomaron un taxi. El trayecto desde la colonia Independencia hasta San Pedro Garza García fue un viaje entre dos mundos. Dejaron atrás las calles empinadas y los cables de luz enmarañados para entrar en avenidas anchas, jardines perfectamente podados y edificios de cristal que desafiaban al cielo.

Llegaron a la torre del Banco Central. Natanael pagó el taxi y ayudó a su madre a bajar. Rebeca miró el edificio hacia arriba, sintiéndose pequeña por un instante, pero recordó que dentro de ese gigante de concreto y acero había un hombre que le tenía miedo a ella. Enderezó la espalda y entró.

La recepcionista del lobby, una joven rubia que parecía modelo, los miró con extrañeza pero con respeto al ver la determinación en sus rostros.
—Tienen cita con el Licenciado Villalobos —dijo, revisando la pantalla—. Piso 30. Pasen por el elevador privado.

El elevador subió tan rápido que se les taparon los oídos. Al abrirse las puertas en el piso 30, se encontraron con una antesala de lujo. Sandra, la asistente de Rogelio, se levantó de inmediato. Se veía nerviosa.
—Buenos días, señora Mondragón. El Licenciado los está esperando. Por favor, pasen.

Abrió la doble puerta de caoba.
La oficina de Rogelio era inmensa. Tenía una vista panorámica de 180 grados de la ciudad. Muebles de diseño, arte moderno, alfombras persas. Pero el hombre que estaba de pie junto a la ventana no parecía el dueño de todo eso. Parecía un prisionero en su propia celda de oro.

Rogelio se giró. Llevaba el mismo traje impecable de siempre, pero su rostro estaba pálido, con ojeras marcadas y una barba de un día que delataba una noche de insomnio.
—Rebeca. Natanael —dijo Rogelio. Su voz sonaba hueca.

Rebeca caminó hasta el centro de la oficina. No se sentó. Natanael se quedó junto a la puerta, cruzado de brazos, vigilando.

—Hola, Rogelio —dijo Rebeca. Su tono no era de ira, sino de una calma aterradora—. Bonita oficina. Se ve todo muy pequeño desde aquí arriba, ¿verdad? La gente, los problemas… las familias que abandonas.

Rogelio bajó la cabeza.
—Rebeca, yo… no sé qué decir.

—No digas nada todavía. Siéntate —ordenó ella.

Rogelio, el gerente regional, el hombre que movía millones, obedeció. Se sentó en una de las sillas de visita, no en su sillón de director. Quedó a la altura de Rebeca.

—Sé todo, Rogelio. Sé que pagaste mi cirugía. Sé que le inventaste el puesto a Natanael. Sé que eres el “Arquitecto” que le regaló la computadora a Emily y los uniformes a Tadeo. Sé que has estado comprando tu entrada a mi casa.

—No quería comprarla, Rebeca. Quería… quería ayudar. Era la única forma. Tú me dijiste que desapareciera.

—Y en lugar de respetar eso, decidiste manipularnos. Decidiste jugar a ser Dios.

—Decidí salvarte —Rogelio levantó la vista, con los ojos húmedos—. Rebeca, te estabas muriendo. El seguro no tenía medicinas. No iba a dejar que te murieras por orgullo. Si eso es un crimen, entonces soy culpable. Denúnciame. Mátame. Pero estás viva. Y eso es lo único que me importa.

Rebeca sintió un nudo en la garganta. La sinceridad de Rogelio era brutal.
—Estoy viva, sí. Y te lo agradezco, aunque me duela el alma decirlo. Pero el precio fue muy alto, Rogelio. Hiciste que mi hijo —señaló a Natanael— cargara con tus mentiras. Lo hiciste cómplice de un engaño a su propia madre. Eso no te lo perdono.

Rogelio miró a Natanael.
—Lo siento, hijo. Te puse en una posición imposible.

Natanael no respondió. Solo apretó la mandíbula.

—Y ahora —continuó Rebeca—, te metiste con los niños. Tadeo te adora. Emily cree que eres un mentor literario. Creen que eres un amigo bondadoso. ¿Qué va a pasar cuando sepan que eres el padre que nunca los quiso conocer? ¿Qué va a pasar cuando sepan que les mentiste en la cara?

—No tengo que decirles —dijo Rogelio rápidamente—. Puedo seguir siendo el Arquitecto. Puedo ser el tío lejano, el amigo de la familia. No necesito que me digan papá.

—¡Mentira! —gritó Rebeca—. ¡Claro que lo necesitas! Lo vi en tus ojos en la foto del partido. Te mueres por ser su padre. Te mueres por reclamar tu lugar. Pero ese lugar no se compra con hamburguesas, Rogelio. Se gana con verdad.

—Tengo miedo, Rebeca —confesó Rogelio, con la voz rota—. Tengo miedo de que si saben la verdad, me odien como me odia Natanael. Tengo miedo de perderlos justo cuando los acabo de encontrar.

—Pues vas a tener que enfrentar ese miedo. Porque se acabó la farsa.

Rebeca sacó de su bolso un cheque. Era un cheque de caja por la cantidad exacta que Rogelio había gastado en el hospital y en los regalos, más un estimado de los sueldos “extra” de Natanael. El dinero venía de la cuenta de Don Jacinto.
Puso el cheque sobre el escritorio de cristal.

—Aquí está tu dinero. Todo. Hasta el último centavo. Mi papá estuvo de acuerdo. No queremos deberte nada.

Rogelio miró el cheque como si fuera papel mojado.
—No quiero el dinero.
—Tómalo. O lo rompo y lo tiro a la basura. No es una negociación.

Rogelio tomó el cheque con manos temblorosas y lo dejó a un lado sin mirarlo.
—Está bien. Ya pagaron la deuda financiera. ¿Y ahora qué? ¿Me van a prohibir verlos?

Rebeca suspiró. Se sentó finalmente, agotada por la tensión.
—Rogelio, mis hijos no son tontos. Emily ya sospecha cosas. Tadeo pregunta mucho. No puedo seguir mintiéndoles. Y no voy a dejar que tú les mientas.

—¿Entonces?

—Entonces, vas a ir a cenar a la casa esta noche.

Rogelio parpadeó, confundido. Natanael también levantó las cejas.
—¿A cenar? —preguntó Rogelio.

—Sí. A cenar. Vamos a sentarnos todos en la mesa: mi papá, Natanael, Emily, Tadeo, tú y yo. Y les vas a decir la verdad.

—¿Toda la verdad? —Rogelio palideció.

—Toda. Que eres su padre biológico (bueno, de Natanael, y figura paterna de ellos). Que nos abandonaste. Que te fuiste por cobarde. Y que regresaste porque te arrepentiste. Les vas a contar tu versión. Y ellos… ellos decidirán si te perdonan o te corren a patadas.

—Rebeca… eso es un suicidio. Tadeo me va a odiar. Emily se va a sentir traicionada.

—Es probable —dijo Rebeca con dureza—. Pero es la única oportunidad que tienes. Si quieres ser parte de esta familia, tienes que entrar por la puerta de la verdad, no por la ventana del dinero. ¿Tienes el valor de hacerlo? ¿O vas a huir como hace 23 años?

Rogelio miró a Rebeca. Miró a Natanael. Vio el desafío en sus ojos.
Era la prueba de fuego.
Respiró hondo. Se aflojó la corbata.
—Iré. A las 8.

—No llegues tarde —dijo Rebeca, levantándose—. Y Rogelio… no lleves regalos. Lleva solo tus pantalones bien puestos.


La cena en la casa Mondragón olía a picadillo y tortillas de harina recién hechas. Pero el ambiente estaba tan tenso que se podía cortar con un cuchillo.
Emily y Tadeo estaban sentados a la mesa, confundidos. Su mamá les había dicho que tenían una visita importante y que tenían que estar presentables. Don Jacinto estaba en la cabecera, afilando un cuchillo de mesa con una piedra, un gesto que, consciente o inconscientemente, resultaba intimidante.

A las 8:00 PM en punto, sonó el timbre.
Natanael abrió.
Rogelio estaba ahí. Sin traje. Llevaba una camisa blanca sencilla, arremangada, y pantalones de mezclilla. Traía una caja de pan dulce de La Superior, lo único que se atrevió a comprar.
—Buenas noches —dijo, con voz apenas audible.

—Pásale —dijo Natanael, haciéndose a un lado.

Cuando Rogelio entró al comedor, Tadeo saltó de la silla.
—¡Arqui! —gritó, corriendo a abrazarlo—. ¡Viniste! Mamá dijo que venía alguien importante, ¡no sabía que eras tú!

Rogelio recibió el abrazo de Tadeo. Sintió los bracitos del niño alrededor de su cintura y tuvo que morderse el labio para no llorar.
—Hola, campeón.
Emily también sonrió, aunque más reservada.
—Hola, Rogelio. Qué bueno verte.

—Siéntense todos —ordenó Rebeca. Su voz no admitía réplicas.

Tadeo soltó a Rogelio y se sentó, notando por fin la extraña vibra en la habitación. Rogelio se sentó en la silla que quedaba vacía, frente a Natanael y al lado de Don Jacinto.

Rebeca sirvió la cena en silencio. Nadie comía. El vapor del picadillo subía en espirales.
—Niños —empezó Rebeca, limpiándose las manos en el delantal—. El señor Rogelio vino porque tiene algo muy importante que decirles. Algo que debió decirles hace mucho tiempo.

Tadeo miró a Rogelio, luego a su mamá.
—¿Nos va a llevar a Disney? —preguntó con inocencia.
Nadie se rió.
—No, Tadeo —dijo Rogelio. Su voz temblaba. Puso las manos sobre la mesa, entrelazando los dedos para que no se notara el temblor—. No se trata de viajes. Se trata de… de quién soy yo.

Emily dejó el tenedor. Sus ojos inteligentes escanearon la mesa. Vio la cara de culpa de Rogelio, la cara de enojo contenido de Natanael, la cara de tristeza de su madre.
—Tú no eres arquitecto, ¿verdad? —preguntó Emily.

Rogelio negó con la cabeza.
—No. No soy arquitecto. Soy banquero. Soy el gerente del banco donde tu abuelo tiene su dinero.

—¿Y por qué nos mentiste? —preguntó Emily, dolida.

—Porque tenía miedo de que si sabían quién era, no me dejaran acercarme.
—¿Por qué? —insistió Tadeo—. ¿Eres un criminal?

—Peor —dijo Rogelio. Respiró hondo. Miró a Natanael, pidiendo fuerzas prestadas. Natanael asintió levemente.
—Hace muchos años… yo conocí a su mamá. Éramos jóvenes. Estudiábamos juntos. Nos enamoramos.

Tadeo abrió los ojos como platos.
—¿Tú y mi mamá fueron novios?
—Sí.

Rebeca intervino.
—Y cuando quedé embarazada de Natanael… Rogelio se fue.

El silencio que siguió fue absoluto. Tadeo miró a Natanael, luego a Rogelio. Su cerebro infantil trataba de procesar la información.
—¿Tú…? —Tadeo señaló a Rogelio—. ¿Tú eres el papá de Nata?

—Sí, Tadeo. Soy el padre de Natanael.

Emily se llevó las manos a la boca.
—¿El que nos abandonó? ¿El que mamá dijo que se había ido a comprar cigarros y nunca volvió? (Esa era la versión suave que les habían contado de chicos).

—Ese mismo —admitió Rogelio, bajando la cabeza—. Fui un cobarde. Me asusté. No quería ser padre. Quería ser rico, quería viajar. Así que me fui y los dejé solos. Dejé a Natanael sin padre. Dejé a su mamá sola.

—¿Y por qué volviste? —preguntó Emily. Su voz ya no era dulce. Era fría, acusadora—. ¿Porque ahora estamos grandes? ¿Porque el abuelo tiene dinero?

—No —dijo Rogelio, mirándola a los ojos—. Volví porque me enteré de que su mamá estaba enferma. Y me di cuenta de que todo el dinero que gané, todos los viajes que hice… no valían nada. Me di cuenta de que había tirado a la basura lo único que importaba.

—Entonces… ¿nos compraste? —preguntó Emily, con lágrimas en los ojos—. ¿La compu, los uniformes, las hamburguesas… era para comprarnos?

—No para comprarlos, Emily. Para… para tratar de arreglar un poco el daño. Sé que no puedo comprar su amor. Sé que no merezco su amor. Pero quería verlos sonreír. Quería saber qué se sentía… ser parte de su vida, aunque fuera con mentiras.

Tadeo se levantó de la silla. Su cara estaba roja.
—¡Eres un mentiroso! —gritó—. ¡Yo creí que eras mi amigo! ¡Le dije a mis amigos que eras el Arqui buena onda! ¡Y eres el señor malo que hizo llorar a mi mamá!

—Lo siento, Tadeo. Lo siento mucho.

—¡No quiero tus uniformes! —Tadeo se quitó la camiseta del equipo ahí mismo y se la aventó a Rogelio en la cara. Se quedó en su camiseta interior—. ¡Y no quiero que seas mi papá! ¡Mi papá es Nata! ¡Nata es el que me enseña a jugar fútbol! ¡Tú no eres nada!

Rogelio recibió el golpe de la camiseta sin moverse. Las palabras de Tadeo dolían más que cualquier golpe físico.
—Tienes razón, Tadeo. Nata es tu papá. Yo solo soy… el hombre que se equivocó.

Emily se levantó también.
—Vete. Por favor vete. No quiero verte.

Rogelio se levantó lentamente. Miró a Rebeca. Ella estaba llorando en silencio. Miró a Natanael. Él tenía la mirada baja.
—Perdón —susurró Rogelio.

Caminó hacia la puerta. Se sentía más pequeño que nunca. Había perdido. Lo sabía. Había apostado a la verdad y la verdad lo había destruido.
Abrió la puerta de la calle. El aire frío de la noche lo golpeó.

—¡Espera!

La voz de Natanael detuvo el tiempo.
Rogelio se giró.
Natanael se había levantado de la mesa.
—Si te vas ahora —dijo Natanael—, vas a hacer exactamente lo mismo que hiciste hace 23 años. Huir cuando las cosas se ponen feas.

—Me están corriendo, Natanael. No me quieren.

—Claro que no te quieren, pendejo. Les acabas de romper el corazón. Están enojados. Están dolidos. Tienen derecho. Pero si te vas, les das la razón. Les confirmas que eres un cobarde que solo está cuando hay risas y hamburguesas.

—¿Entonces qué hago? —preguntó Rogelio, desesperado.

—Quédate —dijo Natanael—. Siéntate ahí. Y aguanta. Aguanta los gritos. Aguanta el llanto. Aguanta el odio. Quédate ahí hasta que se cansen de gritarte. Y mañana, vuelves. Y pasado mañana también. Y demuestras que esta vez, no te vas a ir, aunque te llueva mierda.

Rogelio miró a Natanael. Vio en sus ojos negros una sabiduría que él nunca tuvo. Vio una oportunidad. La última.
Cerró la puerta.
Regresó a la mesa.
Se sentó en su silla, frente al plato de picadillo frío y a la camiseta tirada.
Tadeo estaba llorando con la cara en la mesa. Emily miraba a la pared con furia.

—No me voy a ir —dijo Rogelio en voz baja pero firme—. Pueden gritarme. Pueden tirarme la comida. Pueden odiarme. Pero no me voy a mover de esta silla hasta que ustedes me digan que me vaya… y mañana voy a volver a tocar la puerta. Porque me tardé 23 años en llegar, y no voy a perderlos en 23 minutos.

Rebeca miró a Rogelio. Por primera vez, vio al hombre que siempre quiso que fuera.
Don Jacinto, que no había dicho una palabra en toda la noche, tomó su cuchillo, cortó un pedazo de tortilla y se lo llevó a la boca.
—Pues el picadillo se está enfriando —dijo el abuelo—. Y es pecado desperdiciar comida. A comer.

Fue una absolución silenciosa. No un perdón completo, pero sí un permiso para estar.
Tadeo levantó la cara, llena de mocos y lágrimas. Miró a Rogelio con rencor, pero también con curiosidad.
—¿De verdad vas a volver mañana? —preguntó Tadeo.
—De verdad. Y pasado mañana. Y el día siguiente.
—¿Aunque no te hable?
—Aunque no me hables. Me sentaré en la banqueta a esperar.

Tadeo se limpió la nariz con el brazo.
—Bueno. Pero me debes otros tenis, porque los que me diste me aprietan.
Rogelio sonrió entre lágrimas.
—Trato hecho.

La cena continuó. Fue incómoda. Hubo silencios largos. Hubo miradas esquivas. Pero nadie se levantó. Nadie se fue.
Esa noche, Rogelio Villalobos no cenó picadillo. Cenó humildad. Y le supo a gloria.

CAPÍTULO 8: LA FAMILIA QUE SE ELIGE

El perdón no es un evento, es un proceso. No es una línea de meta que se cruza un día con fanfarrias y confeti; es un camino de terracería, lleno de baches, que se recorre todos los días, a veces avanzando, a veces retrocediendo.

Para la familia Mondragón y Rogelio Villalobos, el año siguiente a “La Cena de la Verdad” fue precisamente eso: un camino sin pavimentar.

Rogelio cumplió su promesa. Al día siguiente de la confesión, estaba sentado en la banqueta de la calle Libertad a las 4:00 PM. No traía regalos. No traía el BMW (lo dejaba estacionado a tres cuadras para no ostentar). Traía una botella de agua y una paciencia infinita.
Tadeo pasó a su lado regresando de la escuela y lo ignoró olímpicamente. Rogelio solo dijo: “Hola, Tadeo”. El niño no contestó.
Al día siguiente, lo mismo.
Y al siguiente.

A la semana, Tadeo se detuvo.
—Te ves ridículo ahí sentado —dijo el niño, pateando una piedra.
—Lo sé. Pero aquí se ve bonita la puesta de sol.
—¿Vas a entrar? Mi mamá hizo arroz con leche.
—No me han invitado.
Tadeo rodó los ojos.
—Pues entra. Pero no te comas las pasas, esas son mías.

Ese fue el primer ladrillo reconstruido.


SEIS MESES DESPUÉS

El Hospital Universitario olía a antiséptico y a miedo, pero hoy, para Rebeca, olía a esperanza. Estaba sentada en el consultorio del Doctor Cantú, con Rogelio a su izquierda y Natanael a su derecha. Sus dos pilares. Uno de sangre y sudor, el otro de arrepentimiento y presencia.

El doctor revisó las tomografías en la pantalla luminosa. El silencio se estiró como un chicle.
—Bueno, señora Mondragón —dijo Cantú, quitándose los lentes—. No sé a qué santo le recen, pero funcionó.
—¿Qué dice, doctor? —preguntó Natanael, apretando la mano de su madre.
—Remisión completa. No hay rastro del tumor. Los ganglios están limpios. Técnicamente, está curada.

Rebeca soltó un sollozo que llevaba guardando meses. Natanael la abrazó, escondiendo su propia cara de alivio en el hombro de ella.
Rogelio se quedó quieto en su silla. Sintió una alegría explosiva, pero también un miedo repentino.
Se acabó la emergencia. Se acabó la crisis. ¿Seguiré siendo necesario?

Esa noche, hicieron una carne asada en el patio de la casa de la Independencia para celebrar. Don Jacinto, el patriarca, estaba al mando de la parrilla, volteando agujas norteñas y chorizos con maestría. El humo olía a mezquite y a victoria.

Rogelio estaba sentado en una hielera, con una cerveza Carta Blanca en la mano (había aprendido a beber cerveza de pueblo, dejando atrás sus vinos tintos). Rebeca se le acercó. Ya le había crecido el cabello, un corte pixie moderno que resaltaba sus pómulos y sus ojos llenos de vida.

—Estás muy callado para ser un día de fiesta —dijo ella.
—Estoy feliz, Rebeca. De verdad. Es el mejor día de mi vida.
—¿Entonces? ¿Qué te preocupa?
Rogelio miró su cerveza.
—Me preocupa que… bueno, yo entré a sus vidas por la enfermedad. Fui el “mal necesario” para pagar el hospital. Ahora que estás sana… no sé si sigo teniendo un lugar aquí. Ya no hay nada que arreglar. Ya no hay nada que pagar.

Rebeca sonrió y le dio un trago a su propia cerveza.
—Ay, Rogelio. Sigues pensando como banquero. Crees que tu valor es transaccional.
—Es lo que sé hacer.
—Pues aprende otra cosa. Mira allá.
Señaló hacia la mesa de plástico donde Tadeo y Emily se peleaban por la última quesadilla. Natanael estaba con ellos, riéndose a carcajadas, algo que rara vez hacía antes.
—¿Ves eso? —dijo Rebeca—. Tadeo ya no te pide tenis. Emily ya no te pide libros. Pero ayer Tadeo me preguntó si ibas a venir el domingo para ayudarle con su tarea de matemáticas. Y Emily quiere que leas su cuento antes de mandarlo al concurso.

Rogelio sintió un calor en el pecho.
—¿De verdad?
—Sí. Ya no te necesitan como cajero automático, Rogelio. Te necesitan como… bueno, como lo que sea que eres. Un tío raro, un padrino, un amigo. Un papá en entrenamiento. El puesto está vacante, si quieres llenarlo. Pero esta vez es sin sueldo. Es por amor al arte.

Rogelio se levantó.
—Acepto el puesto.
—Más te vale. Porque si te vas ahora, Don Jacinto sí te balacea. Le cae bien tener a alguien con quien discutir de política los domingos.


UN AÑO DESPUÉS: LA GRADUACIÓN

El Auditorio Luis Elizondo del Tecnológico de Monterrey estaba a reventar. Era la ceremonia de graduación de Ingeniería Civil.
Natanael Mondragón subió al escenario. Llevaba la toga y el birrete con una dignidad que hacía que pareciera un rey. No había estudiado en el Tec de Monterrey con el dinero de Rogelio; había terminado su carrera en la Universidad Autónoma de Nuevo León (la UANL, la de los Tigres), pero la ceremonia de premiación interuniversitaria a la “Excelencia Académica y Esfuerzo” se celebraba allí.

Natanael había ganado el Premio al Mérito. Trabajó de día, estudió de noche, cuidó a su madre con cáncer y mantuvo a una familia. Su promedio fue de 9.8.

Cuando anunciaron su nombre: “Ingeniero Natanael Mondragón Pérez”, la ovación fue educada.
Pero en una sección de la grada, el ruido fue ensordecedor.
—¡Ese es mi hijo! —gritó Rebeca, de pie, llorando sin pena.
—¡Eso, Nata! —aulló Tadeo, haciendo sonar una matraca que había metido de contrabando.
Don Jacinto aplaudía con sus manos callosas, con una sonrisa que le partía la cara en dos.

Y a su lado, Rogelio Villalobos aplaudía hasta que le ardieron las manos. No gritaba. Solo miraba a Natanael con un orgullo tan profundo que le dolía el pecho.
Natanael recibió el diploma. Buscó a su familia en las gradas. Sus ojos se encontraron con los de Rogelio.
Por primera vez en dos años, Natanael asintió. Un movimiento de cabeza leve, casi imperceptible. Pero para Rogelio fue todo. Fue el reconocimiento. Fue el “te veo, y acepto que estés aquí”.

Después de la ceremonia, fueron a cenar. No a Carl’s Jr., ni a un restaurante de lujo. Fueron a Los Generales, un buffet familiar donde se come hasta reventar.
En la sobremesa, Rogelio se levantó y golpeó su copa con un tenedor.
—Quisiera proponer un brindis —dijo, nervioso.

Todos callaron.
—Por Natanael —empezó Rogelio—. Porque él me enseñó qué significa ser hombre. Yo creía que ser hombre era tener dinero, poder y mujeres. Natanael me enseñó que ser hombre es quedarse. Es cuidar. Es sostener el techo cuando se cae el cielo. Hijo… —Rogelio se le quebró la voz, pero siguió—. Eres el hombre que yo siempre quise ser y nunca pude. Gracias por dejarme estar cerca de tu luz.

Natanael se levantó. Caminó hacia Rogelio. Todos contuvieron el aliento.
Natanael extendió la mano. Rogelio la estrechó. Y entonces, Natanael lo jaló y le dio un abrazo. Un abrazo fuerte, de esos que te sacan el aire.
—Gracias… papá —susurró Natanael al oído de Rogelio.

Fue la primera vez que lo dijo.
Rogelio cerró los ojos y dejó que las lágrimas cayeran. En ese abrazo, 24 años de ausencia se disolvieron. No se borraron, porque el pasado no se borra, pero se sanaron.


EPÍLOGO: EL JARDÍN DE LA INDEPE

Dos años después de aquel primer día en el banco.
Es domingo por la tarde. El sol de Monterrey es amable, dorado, filtrándose entre las hojas del níspero en el patio de la casa Mondragón.

La casa ha cambiado. Rogelio (con permiso de Don Jacinto) financió una remodelación. Ahora hay un segundo piso bien construido, con cuartos para cada niño. Pero la esencia es la misma. El patio sigue siendo de tierra y cemento, el lugar donde sucede la vida.

Don Jacinto está en su mecedora, durmiendo la siesta con el sombrero puesto.
Rebeca está leyendo un libro, sana, fuerte, hermosa. Trabaja ahora coordinando el voluntariado en el Hospital Universitario, ayudando a familias que pasan por lo que ella pasó.
Emily está en la mesa del jardín, escribiendo en su laptop. Acaba de ganar un concurso estatal de cuento corto. Su historia se titula “El Arquitecto de Mentiras”, una ficción basada en su vida. Rogelio lloró cuando la leyó.

Tadeo, ahora de 14 años y con un estirón que lo hace ver desgarbado, patea un balón contra la barda.
—¡Tadeo, vas a tirar las macetas! —grita Rebeca sin levantar la vista del libro.
—¡No pasa nada, ma! ¡Soy un crack!

Natanael llega de trabajar. Ahora es Ingeniero Residente en una obra grande. Viene cansado pero satisfecho. Trae una caja de donas.
—¡Llegó el pan! —anuncia.

Y Rogelio… Rogelio está ahí.
Está sentado en el suelo, ayudando a Tadeo a inflar un balón nuevo con una bomba manual. No lleva traje. Lleva bermudas y una camiseta polo manchada de grasa porque estuvo ayudando a Natanael a arreglar el coche.
Ya no es el gerente regional del Banco Central. Renunció hace un año. Puso su propia consultoría financiera pequeña, que le da menos dinero pero mucho más tiempo. Tiempo para ir a partidos, a graduaciones, a tardes de domingo.

—Oye, pa —dice Tadeo a Rogelio—. ¿Me llevas mañana al entrenamiento? Nata tiene junta.
—Claro, hijo. Paso por ti a las 4.

“Pa”.
La palabra suena natural. Ya no hay tensión. Ya no hay duda.
Rogelio mira a su alrededor. Mira a esta familia ruidosa, caótica, imperfecta. Mira a la mujer que amó y perdió y recuperó de otra forma. Mira a los hijos que no vio nacer pero que está viendo crecer.

Recuerda el día que entró Jacinto a su banco. Recuerda su propia risa burlona. Recuerda el terror de ver los millones en la pantalla.
Esos 450 millones siguen ahí, en su mayoría. Jacinto los invirtió en un fideicomiso para la educación de sus nietos y para obras en el ejido. No se gastaron en lujos.
Pero Rogelio sabe que la verdadera fortuna no estaba en esa cuenta.

La verdadera fortuna estaba aquí, en este patio de la colonia Independencia.
Él había sido el hombre más pobre del mundo con sus millones. Ahora, con su camisa sucia y su familia remendada con pegamento de perdón y paciencia, se sentía, por fin, millonario.

Rebeca levanta la vista de su libro y lo atrapa mirándolos con cara de bobo.
—¿Qué tanto ves, Rogelio?
Rogelio sonríe.
—Nada. Solo… estaba revisando el saldo.
—¿Y? ¿Cómo andamos?
—Estamos en números negros, Rebeca. Por primera vez en la vida, estamos en números negros.

El sol se pone sobre el Cerro de la Silla. Tadeo mete gol en la portería imaginaria. Don Jacinto ronca suavemente. Natanael se come una dona de chocolate.
Y Rogelio Villalobos, el hombre que una vez huyó de su destino, finalmente ha llegado a casa.


FIN DE LA HISTORIA.

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