ÉL LA HUMILLÓ Y LE ARROJÓ BILLETES PARA “QUITARSE EL PROBLEMA”, PERO 25 AÑOS DESPUÉS, ELLA TENÍA SU VIDA EN SUS MANOS… Y EL BISTURÍ LISTO.

CAPÍTULO 1: El Precio de la Ilusión y la Masa Gris

El silencio dentro del Audi R8 era tan pesado que casi se podía masticar. Afuera, la Ciudad de México se deshacía en una de esas lluvias traicioneras de agosto, de las que empiezan como una llovizna inofensiva y terminan inundando el Periférico en cuestión de minutos. Las gotas golpeaban el cristal tintado con violencia, pero dentro, el aire acondicionado mantenía una atmósfera gélida, artificial, que a Elena le calaba hasta los huesos. O tal vez no era el clima. Tal vez era el presentimiento, ese hueco en el estómago que le avisaba que el cuento de hadas estaba a punto de convertirse en una pesadilla.

Elena miró de reojo a Alejandro. Iba manejando con una mano, relajado, como si fuera dueño del asfalto. Su perfil era perfecto: la nariz recta, la mandíbula marcada, ese corte de cabello que costaba lo que su papá ganaba en un mes de trabajo en la fábrica. Llevaba una camisa desabotonada en el cuello, dejando ver una cadena de oro, y olía a esa loción cara, mezcla de madera y cítricos, que a Elena siempre le había parecido el aroma del éxito.

—Sash… —intentó decir ella, pero la voz se le quebró. Carraspeó, intentando sonar firme—. Alejandro, ¿por qué no me contestaste los mensajes ayer? Te estuve esperando afuera de la facultad.

Alejandro soltó un suspiro largo, de esos que denotan fastidio, y bajó el volumen de la música electrónica que retumbaba en las bocinas Bose. No la miró. Sus ojos seguían fijos en el tráfico detenido de Insurgentes Sur.

—Ay, Elena, por favor. No empieces con tus dramas de “novia tóxica”, ¿quieres? —dijo él, arrastrando las palabras con ese acento “fresa”, cantadito, típico de los mirreyes de Las Lomas—. Tuve cosas que hacer. Negocios. Cosas de mi papá. Tú no entiendes de eso.

—Pero me dijiste que íbamos a ir a cenar. Me arreglé, Alejandro. Me gasté lo último de mi quincena en el vestido que te gustaba…

Él soltó una risa seca, burlona.
—¿Ese trapo azul? Neta, Elena, a veces me das ternura. Crees que porque te pones un vestido de Zara ya estás lista para sentarte en la mesa de los grandes.

El comentario fue como una bofetada. Elena sintió cómo la sangre se le subía a las mejillas. Durante los seis meses que llevaban saliendo, se había acostumbrado a esos comentarios “ácidos”. Al principio pensaba que era su forma de bromear, ese humor negro de la gente rica. Pero últimamente, las bromas dolían. Dolían mucho.

—¿Por qué me tratas así? —preguntó ella, girando el cuerpo hacia él, ignorando el cinturón de seguridad que se le clavaba en el pecho—. Antes no eras así. Antes me llevabas flores, me decías que era diferente a las demás, que te gustaba que yo fuera… auténtica.

Alejandro frenó de golpe porque el auto de enfrente se detuvo. Aprovechó para voltear a verla por primera vez en la noche. Sus ojos marrones, que antes la miraban con deseo, ahora tenían un brillo frío, casi metálico.

—Mira, nena, vamos a dejar las cosas claras, ¿va? —Dijo él, tamborileando los dedos sobre el volante forrado en cuero—. Me la pasé increíble contigo. Neta, eres una bomba. En la cama… uff, mis respetos. Tienes ese fuego que a las niñas bien de mi círculo les falta. Ellas son aburridas, tú eres… salvaje. Pero ya, ¿no? La fiesta se acabó.

Elena sintió que el mundo se detenía. El ruido de la lluvia desapareció, reemplazado por un zumbido agudo en sus oídos.
—¿Qué… qué estás diciendo?

—Que ya me aburrí, Elena. Así de simple. —Se encogió de hombros con una naturalidad que helaba la sangre—. Fue divertido jugar a “Romeo y Julieta”, el rico y la pobre, la estudiante becada y el heredero. Pero ya me cansé. Mi papá me está presionando para que siente cabeza con alguien de mi nivel, y tú… bueno, tú fuiste un buen pasatiempo.

—¿Un pasatiempo? —Elena sintió que las lágrimas comenzaban a acumularse, calientes y dolorosas, en sus ojos—. Alejandro, yo te amo. Dejé mis estudios de lado por ti. Falté a los exámenes parciales para irme contigo a Valle de Bravo. Les mentí a mis papás. ¡Te entregué todo!

—Y yo te pagué las cenas, los viajes y los hoteles, ¿no? Estamos a mano. No me vengas a cobrar facturas sentimentales que no te debo.

—No te estoy cobrando nada… —Elena se llevó las manos al vientre. Era el momento. Tenía que decírselo. Tal vez él estaba actuando así porque tenía miedo del compromiso, pero un bebé… un bebé lo cambiaba todo. Un hijo de su propia sangre tenía que ablandarle el corazón—. Alejandro, hay algo que no sabes. No podemos terminar así.

Alejandro rodó los ojos y volvió a mirar al frente, avanzando unos metros en el tráfico.
—¿Ahora qué? ¿Tienes cáncer? ¿Se murió tu abuelita? Ahórrame la lástima, por fa.

—Estoy embarazada.

La frase quedó flotando en el aire acondicionado del auto, pesada y definitiva.
Alejandro frenó tan fuerte que el auto de atrás les pitó con furia. Se quedó inmóvil un segundo, con las manos apretando el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Luego, lentamente, giró la cabeza hacia ella. Su expresión no era de alegría. Ni siquiera de miedo. Era de puro asco.

—¿Qué dijiste? —susurró, con una voz que sonaba peligrosa.

—Que vamos a tener un bebé, Sa… Alejandro. —Elena intentó sonreír, buscando desesperadamente un rastro de humanidad en él—. Me hice la prueba ayer. Tengo siete semanas. Es nuestro. Un pedacito de ti y de mí. Por eso Dios nos juntó, ¿no crees? A lo mejor este es el destino diciéndonos que…

Una carcajada interrumpió su discurso. Pero no fue una risa nerviosa. Fue una carcajada estruendosa, cruel, que rebotó en las paredes del coche. Alejandro se reía como si acabara de escuchar el chiste más gracioso del mundo.

—¿Dios? —dijo él, limpiándose una lágrima de risa—. ¿Ahora metes a Dios en esto? No mames, Elena. Neta, no mames. ¿Tú crees que yo me chupo el dedo?

—¿De qué hablas? —Elena se encogió, asustada por su reacción.

—Hablo de que eres más lista de lo que pareces, mosquita muerta. —Su tono cambió drásticamente. La risa desapareció y su rostro se contorsionó en una mueca de ira—. ¿Pensaste que podías amarrarme con un escuincle? ¿Ese era tu plan maestro? “Me embarazo del junior para salir de pobre y asegurar la pensión de por vida”. ¡Eres una trepadora de quinta!

—¡No! ¡Te lo juro que no! —gritó Elena, llorando abiertamente ahora—. ¡Yo no lo planeé! ¡Nos cuidamos, pero falló! ¡Es un accidente, Alejandro, pero es una vida!

—¡Es un error! —gritó él, golpeando el tablero del auto con el puño—. ¡Un error tuyo! A mí no me vas a endilgar ese paquete. ¿Tú crees que yo, Alejandro Montemayor, voy a presentarme en el Club de Golf con una esposa que no sabe ni usar los cubiertos y un hijo bastardo? ¡Por favor!

—¡No le digas así! —Elena se cubrió el vientre con las manos, instintivamente protegiendo lo que había dentro—. Es tu hijo… tiene tu sangre…

Alejandro la miró con una frialdad que le congeló el alma. Se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio personal, con los ojos inyectados en furia contenida.
—Mira, escúchame bien, porque no lo voy a repetir. Hay niveles en esta vida, Elena. Hay gente… y hay masa gris. Tú eres masa. De esa masa que nace en el lodo y se muere en el lodo. Eres del montón. Eres intercambiable. Yo soy de otro mundo. Mi genética no se mezcla con la tuya. Lo que tienes ahí adentro no es mi hijo. Es un problema. Un parásito que tú solita te buscaste por no saber sacar cuentas.

Elena sollozó, incapaz de articular palabra ante tanta crueldad. Jamás imaginó que el hombre que le susurraba cosas bonitas al oído pudiera transformarse en este monstruo.

—¿Qué… qué quieres que haga? —preguntó ella, con un hilo de voz—. No tengo dinero, no tengo a nadie… mis papás me van a matar si se enteran…

—Pues ese no es mi problema —espetó Alejandro. Luego, pareció pensarlo un momento. Chasqueó la lengua y abrió la guantera del auto con brusquedad. Rebuscó entre papeles y sacó un sobre amarillo, abultado, que llevaba ahí quién sabe cuánto tiempo—. Pero como soy un caballero, y para que veas que no soy tan ojete como crees, te voy a hacer un favor.

Le lanzó el sobre a las piernas con desprecio. El golpe fue seco.
—Ahí hay lana. Son dólares. Bastantes.

Elena miró el sobre, confundida, con las manos temblorosas.
—¿Para el bebé? —preguntó, con una ingenua esperanza floreciendo en su pecho.

Alejandro soltó un bufido incrédulo.
—¡Qué pendeja eres, neta! No es para el bebé, idiota. Es para que te deshagas de él.

Elena sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. El aire se le escapó de los pulmones.
—¿Qué?

—Lo que oíste. Vas a una de esas clínicas privadas, discretas, pagas para que te saquen eso, y te compras algo bonito para que se te pase el susto. Y lo que sobre, úsalo para terminar tu carrerita o lo que sea. Pero escúchame bien: una vez que te bajes de este coche, tú y yo no nos conocemos. Si intentas buscarme, si intentas decir que ese niño era mío, te voy a destruir, Elena. Mi papá conoce jueces, conoce policías. Te puedo hacer la vida imposible. ¿Entendiste?

La lluvia afuera arreciaba, convirtiendo la ciudad en una mancha borrosa de luces rojas y amarillas. Elena miró el sobre en su regazo. Era dinero sucio. Dinero de sangre. Sintió ganas de vomitar.

—No lo quiero —dijo ella, tomando el sobre para devolvérselo.

—¡Que te lo quedes, chingada madre! —gritó Alejandro. Maniobró el auto bruscamente hacia la orilla de la calle, ignorando los cláxones. Se detuvo en una esquina oscura, lejos de cualquier estación de metro o lugar seguro.

Quitó el seguro de las puertas.
—Bájate.

—Alejandro, por favor… está lloviendo, es de noche… no sé dónde estoy…

—¡Me vale madre! ¡Bájate de mi coche o te bajo a patadas! —Alejandro se desabrochó el cinturón y se inclinó sobre ella, abriendo la puerta del copiloto y empujándola con el hombro—. ¡Lárgate! ¡Me das asco!

Elena, aturdida por la violencia del momento, tropezó al salir. Sus tacones resbalaron en el pavimento mojado y casi cae. Apenas logró poner un pie en la banqueta, Alejandro aceleró. El motor del Audi rugió como una bestia liberada. Las llantas traseras patinaron en un charco, lanzando una ola de agua sucia y lodo que bañó a Elena de pies a cabeza, arruinando el vestido azul, su cabello, su dignidad.

Se quedó ahí, parada en la esquina de una calle que no reconocía, viendo cómo las luces traseras del auto de su “amor eterno” se alejaban a toda velocidad, perdiéndose entre la neblina de la lluvia.

—¡Alejandro! —gritó, pero el ruido del tráfico se tragó su voz.

Estaba sola. Completamente sola. El agua fría se mezclaba con sus lágrimas calientes. Bajó la vista. En su mano, todavía apretaba el sobre amarillo. Con la fuerza de la rabia y la desesperación, lo lanzó contra el suelo.

—¡No quiero tu maldito dinero! ¡No lo quiero! —chilló, desgarrándose la garganta.

El sobre golpeó el concreto y se abrió. La goma estaba vieja o quizás ella lo lanzó con demasiada fuerza. Los billetes verdes, dólares americanos con la cara de Franklin, salieron volando. El viento y la lluvia comenzaron a arrastrarlos. Algunos cayeron en el lodo, otros se pegaron al pavimento mojado.

Elena cayó de rodillas en medio de ese escenario patético. Se abrazó a sí misma, temblando incontrolablemente.
—Mamá… perdónama, mamá… —sollozó, sintiéndose la persona más sucia y estúpida del planeta.

Se sentía basura. Se sentía “masa gris”, tal como él le había dicho. Recordó todas las veces que él la humilló sutilmente frente a sus amigos y ella se quedó callada. “Es que así son ellos”, se decía. Recordó cómo dejó de ver a sus amigas de la prepa porque a Alejandro le parecían “nacas”. Recordó cómo dejó de comer las cosas que le gustaban porque él decía que engordaban.

Había perdido su identidad. Había perdido su dignidad. Y ahora, tenía un hijo en el vientre de un hombre que preferiría verla muerta antes que reconocerlo.

La lluvia caía implacable. Su vestido se pegaba a su cuerpo, transparente y frío. Pasaron unos minutos, o tal vez horas. Elena no tenía noción del tiempo. Solo sabía que quería desaparecer. Que la tierra se abriera y se la tragara ahí mismo, con todo y su vergüenza.

De pronto, una sombra se proyectó sobre ella, tapando la lluvia. Al principio pensó que era un árbol, o tal vez un poste. Pero la sombra se movió.

—¿Señorita?

La voz era masculina, pero no tenía ese tono arrogante y cantadito de Alejandro. Era una voz grave, profunda, rasposa, como de alguien que ha fumado mucho o ha vivido demasiado.

Elena no levantó la cara. Tenía miedo. Estaba en una zona desconocida, de noche, rodeada de dólares tirados en el piso. Seguro era un asaltante. O peor.
—Llévese el dinero… —balbuceó ella sin mirar, señalando los billetes empapados—. Ahí está todo… no tengo celular… me lo robaron… solo déjeme ir…

—Yo no quiero su dinero, niña —dijo la voz, ahora con un tono de preocupación genuina—. Pero usted no puede estar aquí así. Se va a pescar una neumonía.

Elena, temblando, levantó la vista lentamente. Sus ojos hinchados y rojos tardaron en enfocar.
Frente a ella había unos zapatos de piel gastados, pero lustrados. Unos pantalones de pana café. Un abrigo largo, gris, un poco pasado de moda. Y más arriba, sosteniendo un paraguas negro, un rostro que le resultaba vagamente familiar.

Era un hombre mayor. Bueno, mayor para ella. Tendría unos cuarenta y tantos. Tenía barba de candado, canosa, y usaba lentes de armazón grueso que estaban salpicados por la lluvia. La miraba con el ceño fruncido, pero no con enojo, sino con esa expresión que pone la gente cuando ve a un perro atropellado a la mitad de la carretera.

—¿Le… le duele algo? —preguntó el hombre, dando un paso cauteloso hacia ella, como si temiera asustarla más—. ¿La asaltaron? ¿Quiere que llame a una patrulla?

Elena negó con la cabeza, incapaz de hablar. El llanto le cerraba la garganta.

El hombre se ajustó los lentes y entrecerró los ojos, mirándola fijamente. De repente, su expresión cambió de lástima a reconocimiento.
—Espere un momento… —murmuró, inclinándose un poco más—. Usted es… usted es alumna de la Facultad de Medicina, ¿verdad? La he visto en los pasillos del Edificio B.

Elena parpadeó. ¿La conocía?
—¿Cómo…?

—Sí, claro que sí. —El hombre pareció aliviado de no estar hablando con una completa desconocida—. Usted estaba en mi lista de Anatomía Patológica II al principio del semestre. Elena… Elena Rojas, ¿cierto? Tenía el promedio más alto en el examen de diagnóstico. Y luego… bueno, luego dejó de asistir.

Era él. El Profesor Nicolás. El “nuevo”.
Elena sintió una nueva oleada de vergüenza, más caliente que la anterior. No solo estaba tirada en la calle como una pordiosera, embarazada y abandonada, sino que su profesor, aquel al que había decepcionado académicamente por irse de pinta con Alejandro, la estaba viendo en su peor momento.

—Profesor… —gimió ella, intentando cubrirse la cara con las manos llenas de lodo—. Váyase, por favor… no me vea así…

—¡Ni lo piense! —El tono de Nicolás se volvió autoritario, el mismo que usaba en el anfiteatro cuando alguien hacía mal un corte—. ¿Cree que la voy a dejar aquí tirada? Mire nada más cómo está. Tiembla como una hoja.

Él extendió una mano hacia ella. Una mano grande, con dedos largos de pianista o de cirujano, callosa pero firme.
—Venga, levántese. El suelo está muy frío y esas… esas cosas verdes no sirven de cobija.

Elena miró la mano. Luego miró los dólares tirados alrededor, esos papeles que supuestamente valían tanto y que ahora no eran más que basura mojada.
Intentó levantarse por sí misma, impulsada por un resto de orgullo, pero las piernas le fallaron. El estrés, el frío y el embarazo le cobraron factura. Todo se volvió negro por un segundo y se tambaleó hacia adelante.

—¡Cuidado!

Sintió unos brazos fuertes que la sujetaban antes de que su cara golpeara el pavimento. Olía a tabaco de pipa y a café viejo. Un olor reconfortante, de biblioteca, de casa de abuelo.
—Ya la tengo, ya la tengo —dijo Nicolás, sosteniendo su peso con sorprendente facilidad—. Así no podemos seguir. Mi coche está a dos cuadras. Es un cacharro viejo, no como el que… bueno, no importa. Pero tiene calefacción.

—No puedo… —susurró Elena, sintiéndose desvanecer—. Mis cosas… el dinero…

Nicolás miró los dólares con desdén.
—Si ese dinero es suyo, recójalo. Si no, déjelo que se lo lleve el agua. A veces el dinero sale muy caro, Elena.

Elena miró un billete de cien dólares que estaba pegado a su zapato. Recordó la cara de Alejandro al aventárselo. Recordó la palabra “Aborto”.
—No es mío —dijo con voz ronca—. Ya no es mío.

—Entonces vámonos.

Nicolás se quitó su abrigo con torpeza, quedándose solo en camisa bajo la lluvia, y se lo puso sobre los hombros a ella. El abrigo pesaba y estaba caliente. Fue el primer gesto de humanidad que Elena había recibido en meses.
Él la guio por la banqueta rota, sorteando charcos. Elena caminaba como autómata, apoyada en el brazo de su profesor. No sabía a dónde iba. No sabía qué iba a pasar mañana. Pero mientras se alejaban de esa esquina maldita, dejando atrás los dólares que el agua arrastraba hacia la coladera, Elena supo que una parte de ella, la niña ingenua que creía en los príncipes azules, se había quedado muerta en ese charco para siempre.

 


CAPÍTULO 2: Té, Verdades y un Pacto de Honor

El viejo Volkswagen Jetta del profesor Nicolás olía a una mezcla curiosa: libros viejos, vestiduras de tela calentadas por el sol (aunque ahora no había sol) y un toque sutil de tabaco de pipa. Era un contraste absoluto con el interior de cuero inmaculado y perfume caro del Audi de Alejandro. Aquí no había pantallas digitales, ni luces LED ambientales, ni un sistema de sonido envolvente. Solo el ronroneo constante y algo asmático del motor y el sonido rítmico de los limpiaparabrisas luchando contra el aguacero que azotaba la Ciudad de México.

Elena iba en el asiento del copiloto, envuelta en el abrigo gris del profesor que le quedaba tres tallas grande. Temblaba, pero ya no era solo por el frío. Era ese temblor residual, la adrenalina bajando de golpe, dejando paso a una realidad cruda y dolorosa. Miraba por la ventana empañada cómo las luces de la ciudad se convertían en líneas borrosas, preguntándose en qué momento su vida se había descarrilado de tal manera.

—Ya casi llegamos —dijo Nicolás, rompiendo el silencio. Su voz era tranquila, mesurada, como si estuviera dando una cátedra y no rescatando a una alumna en crisis—. Vivo en Coyoacán, cerca de la plaza de la Conchita. Es una zona tranquila.

Elena asintió mecánicamente, sin atreverse a mirarlo. La vergüenza le quemaba la cara. ¿Qué pensaría de ella? La brillante estudiante de primer semestre que prometía ser la mejor de su generación, ahora reducida a esto: una chica empapada, llorosa, recogida de la calle como un perro perdido.

—Profesor… —empezó a decir, con la voz ronca—. No quiero molestar. Puede dejarme en cualquier metro. De verdad.

Nicolás la miró de reojo, ajustándose los lentes que se le resbalaban por la nariz.
—Elena, son las once de la noche, está cayendo el diluvio universal y usted está en estado de shock. Además, el metro a esta hora es tierra de nadie. No la voy a dejar en ninguna parte que no sea un lugar seguro. Y créame, mi casa es aburrida, pero segura.

El tono no admitía réplica. Era la autoridad del docente, pero suavizada por una preocupación paternal que a Elena le hizo un nudo en la garganta.
—Gracias —susurró, y una lágrima solitaria se escapó de nuevo.

El auto se detuvo finalmente frente a un edificio antiguo, de esos de los años 50 con fachada de piedra y balcones de hierro forjado. No había elevador. Subieron tres pisos por una escalera amplia de granito. A cada paso, Elena sentía que las piernas le pesaban toneladas.

Al entrar al departamento, la sensación de calidez la golpeó. Era un espacio amplio, con techos altos y pisos de madera que crujían suavemente. No había lujos modernos, pero sí una riqueza distinta: paredes forradas de estanterías repletas de libros, desde enciclopedias médicas hasta novelas clásicas; una mesa de trabajo llena de papeles y apuntes; un sillón de terciopelo verde que parecía invitar a hundirse en él; y cuadros, muchos cuadros, paisajes al óleo y retratos antiguos que le daban al lugar un aire de museo habitado.

—Bienvenida a mi cueva —dijo Nicolás, cerrando la puerta y dejando las llaves en un tazón de cerámica—. Pase, por favor. Siéntase como en su casa. El baño está al fondo a la derecha. Hay toallas limpias en el gabinete. Debería darse una ducha caliente para quitarse ese frío.

Elena obedeció como un autómata. Entró al baño, un espacio pequeño pero impecable, con azulejos blancos y negros. Se miró al espejo y casi gritó. El rímel corrido le manchaba las mejillas como si fueran moretones, el cabello era una maraña húmeda pegada al cráneo, y sus ojos… sus ojos estaban vacíos, rojos, hinchados. “Masa gris”, resonó la voz de Alejandro en su cabeza. “Eres masa gris”.

Se metió bajo el agua caliente y dejó que corriera, llevándose el lodo, el maquillaje y, ojalá, el recuerdo de las manos de Alejandro sobre su piel. Se frotó con fuerza, queriendo arrancarse la sensación de suciedad que no estaba en su cuerpo, sino en su alma.

Cuando salió, encontró sobre el lavabo una pila de ropa doblada: una camisa de franela a cuadros, unos pantalones de pijama de algodón (que obviamente le quedarían enormes) y unos calcetines gruesos de lana.
—Es lo mejor que pude encontrar —dijo la voz de Nicolás desde el otro lado de la puerta—. Mi ex esposa se llevó todo, pero creo que eso servirá por ahora.

Elena se vistió. La ropa olía a limpio, a jabón neutro. Se arremangó los pantalones y la camisa, sintiéndose ridícula pero extrañamente protegida, como una niña usando la ropa de su papá.

Al salir a la sala, el aroma a té de canela y jengibre llenaba el aire. Nicolás estaba sentado en uno de los sillones, sirviendo dos tazas de porcelana.
—Venga, siéntese. Esto la revivirá. Es una receta de mi abuela para los sustos y las penas.

Elena se sentó en el borde del sofá, tomando la taza con ambas manos para calentarse los dedos.
—Está muy rico —dijo tras el primer sorbo. El líquido caliente bajó por su garganta, reconfortante.

—Qué bueno que le guste. —Nicolás la observó un momento en silencio, analizando su postura tensa, sus hombros caídos—. Elena… no quiero presionarla. Sé que ha tenido una noche… difícil. Pero como médico y como ser humano, necesito saber si está herida. ¿Ese… individuo… la lastimó físicamente?

Elena negó con la cabeza rápidamente.
—No… no me pegó. No así.

—El “no así” me preocupa —dijo él, frunciendo el ceño—. Las heridas que no sangran a veces tardan más en sanar.

El silencio volvió a instalarse, pero ya no era tan pesado. Era un silencio expectante. Nicolás esperó, con la paciencia de quien ha escuchado muchas historias tristes en salas de espera de hospitales.
—Era mi novio —empezó a decir Elena, mirando el vapor que salía de su taza—. Bueno… eso creía yo. Se llama Alejandro. Es… su familia tiene hoteles. Mucho dinero.

—Ya veo. —El tono de Nicolás fue neutro, pero sus ojos se entrecerraron—. Y supongo que el dinero y la educación no siempre van de la mano.

—Me dijo que yo era un pasatiempo —la voz de Elena se rompió, y las palabras empezaron a salir a borbotones, como si se hubiera roto una presa—. Me dijo que yo era “masa gris”. Que él es de otro nivel y que yo solo sirvo para… para un rato. Y cuando le dije… cuando le dije lo del bebé…

Nicolás dejó su taza sobre la mesa con un tintineo suave. Se inclinó hacia adelante, su rostro poniéndose serio.
—¿Está embarazada, Elena?

Ella asintió, incapaz de levantar la vista.
—Siete semanas. Pensé que… tontamente pensé que él se alegraría. Que nos casaríamos. Que formaríamos una familia. —Soltó una risa amarga, llena de autodesprecio—. Qué estúpida, ¿verdad? La típica historia de la niña tonta que se cree Cenicienta.

—No se llame estúpida —la cortó Nicolás con firmeza—. Ingenua, tal vez. Enamorada, seguro. Pero la estupidez es una elección, y usted no eligió que la engañaran. La crueldad, por otro lado, sí es una elección. Y ese muchacho eligió ser cruel.

Elena se secó una lágrima con la manga de la camisa de franela.
—Me aventó dinero, profesor. Dólares. Me dijo que fuera a una clínica “discreta” y me deshiciera del problema. Que si Dios me mandó al bebé, que Dios lo mantuviera. Y luego me bajó del coche a la mitad de la lluvia.

La mandíbula de Nicolás se tensó visiblemente. Sus manos se cerraron en puños sobre sus rodillas. Aunque era un hombre pacífico, en ese momento, la indignación le hervía en la sangre.
—Miserable… —masculló entre dientes—. Un cobarde con cartera llena. La peor especie.

Se levantó y caminó hacia la ventana, mirando la lluvia caer. Parecía estar luchando por controlar su temperamento.
—Elena, escúcheme bien. Lo que ese sujeto hizo es imperdonable. Pero usted está aquí ahora. Y tiene que tomar decisiones. No por él. Por usted y por esa vida que trae ahí.

Se giró para mirarla.
—¿Qué quiere hacer? Y sea honesta. Olvide el dinero, olvide el miedo, olvide el “qué dirán”. ¿Qué quiere usted?

Elena se tocó el vientre plano. Aún no se sentía nada, pero sabía que estaba ahí. Una chispa de vida.
—Yo… yo quiero tenerlo —dijo, y al decirlo en voz alta, se sorprendió de la firmeza en su propia voz—. Es mi bebé. No tiene la culpa de quién es su padre. No quiero… no quiero hacer lo que él dijo. No quiero ser como él.

Nicolás asintió lentamente, como si esa fuera la respuesta correcta a un examen difícil.
—Bien. Esa es una decisión valiente. Muy valiente, considerando sus circunstancias. ¿Sus padres la apoyarán?

Elena bajó la cabeza.
—Mis papás… son gente de campo, profesor. De Michoacán. Son muy tradicionales, muy estrictos. Se sacrificaron todo para mandarme a estudiar a la capital. Si llego con un bebé y sin título… los mato de la vergüenza. Mi papá es capaz de correrme. O de morirse del disgusto. No puedo volver así.

—Entonces está sola en la ciudad. Sin trabajo, sin dinero, con los estudios truncos y un embarazo en camino.

—Sí —admitió ella, sintiendo el peso aplastante de la realidad—. Por eso no sé qué hacer. Tal vez… tal vez debería dejar la carrera. Buscar trabajo de lo que sea. De mesera, de limpieza…

—¿Y tirar su talento a la basura? —Nicolás la interrumpió, caminando de nuevo hacia ella—. Elena, he visto sus exámenes. He leído sus ensayos. Usted tiene un don. Tiene la mente analítica y las manos precisas que hacen a un gran médico. Renunciar a eso sería un desperdicio criminal.

—¿Y qué opción tengo? —gritó ella, desesperada—. ¡No puedo estudiar y cuidar a un bebé sola! ¡No tengo con qué pagar la renta el próximo mes!

Nicolás se quedó callado un largo rato. El único sonido en la habitación era el reloj de pared marcando los segundos. Tic, tac, tic, tac.
El profesor parecía estar debatiendo algo internamente. Caminó hacia su escritorio, tomó un portarretratos, lo miró con nostalgia y lo volvió a dejar. Luego, se pasó la mano por el cabello canoso y suspiró.

—Hay… hay una opción. —Dijo finalmente, girándose hacia ella. Su expresión era indescifrable—. Es una opción poco convencional. Una locura, quizás. Pero podría funcionar para los dos.

Elena lo miró, intrigada y cautelosa.
—¿De qué habla?

Nicolás se sentó nuevamente frente a ella, pero esta vez, su postura era más rígida, más formal. Como si estuviera a punto de cerrar un trato de negocios.
—Elena, usted me conoce como el “nuevo” profesor. Pero no sabe mucho de mí. Tengo 45 años. Soy un hombre dedicado a la ciencia. Mi vida han sido los libros y el laboratorio. Me casé una vez, hace mucho, pero… ella quería una vida social, fiestas, viajes… y yo quería descubrir curas. No funcionó. Desde entonces, he estado solo.

Hizo una pausa, buscando las palabras exactas.
—Hace dos semanas recibí una carta. Una propuesta de un hospital de investigación muy prestigioso en Houston, Texas. Quieren que lidere un nuevo departamento de patología experimental. Es el sueño de mi vida. El sueldo es excelente, los recursos son ilimitados. Es la oportunidad por la que he trabajado veinte años.

—Eso… eso es maravilloso, profesor. Felicidades —dijo Elena, sinceramente, aunque no entendía qué tenía que ver con ella.

—Gracias. Pero hay un “pero”. Siempre hay un “pero”. —Nicolás sonrió con amargura—. La junta directiva de ese hospital es extremadamente conservadora. Son… chapados a la antigua. Para ellos, la estabilidad emocional y familiar es un requisito indispensable para un puesto de tanta responsabilidad. En la entrevista final, me insinuaron muy claramente que prefieren contratar a un “hombre de familia”. Un hombre casado. Alguien que proyecte estabilidad, no a un solterón solitario que vive entre libros.

Elena empezó a atar cabos, pero la conclusión le parecía absurda.
—¿Y… y qué les dijo?

—Les dije que estaba comprometido. —Confesó Nicolás, un poco avergonzado—. Fue una mentira piadosa. Se me salió. Les dije que mi prometida era una joven colega, una estudiante brillante, y que nos casaríamos antes de mudarnos. Ellos quedaron encantados. “Traiga a su esposa, doctor”, me dijeron. “El ambiente familiar es vital aquí”.

El profesor se inclinó hacia adelante, mirándola fijamente a los ojos.
—Elena, necesito una esposa. Usted necesita un hogar, protección y una oportunidad para seguir estudiando.

El corazón de Elena empezó a latir con fuerza.
—¿Me está… me está pidiendo que…?

—Cásese conmigo —dijo Nicolás. Lo dijo sin romanticismo, sin flores, sin anillo. Lo dijo con la claridad de un diagnóstico—. No le estoy ofreciendo un matrimonio de amor, Elena. No soy un viejo verde que se quiere aprovechar de su alumna. Le estoy ofreciendo un trato. Un pacto de honor.

Se levantó y empezó a caminar por la sala, gesticulando mientras explicaba su plan.
—Nos casamos por el civil. Nos vamos a Houston. Yo obtengo el puesto. Usted obtiene una visa, un seguro médico de primera, una casa cómoda y, lo más importante, una identidad para su hijo. Yo reconoceré al niño. Le daré mi apellido. Será un Sánchez. Nadie, nunca, sabrá que no es mío. Crecerá con un padre, o al menos, con una figura paterna que lo respetará y lo cuidará.

Elena estaba atónita. La propuesta era tan descabellada como salvadora.
—Pero… profesor… es una locura. Usted no tiene por qué cargar con un hijo que no es suyo.

—No es una carga, Elena. Siempre quise tener hijos. Mi ex esposa no podía… o no quería. —Su voz se suavizó—. Y en cuanto a usted… allá podrá revalidar materias. Podrá estudiar en una de las mejores universidades de medicina del mundo. Yo me haré cargo de los gastos. A cambio, usted me ayuda a mantener la fachada de hombre de familia respetable. Me ayuda a organizar la casa, me acompaña a las cenas aburridas del hospital… somos un equipo.

Se detuvo frente a ella y le tendió la mano.
—No le voy a pedir nada más, Elena. Respetaré su espacio, su cuerpo y su duelo. Dormiremos en cuartos separados si así lo quiere. Pero ante el mundo, seremos el matrimonio Sánchez. Y cuando usted termine su carrera, cuando sea una doctora independiente y su hijo esté grande… si quiere irse, le daré el divorcio sin chistar. Será libre. Pero será libre y exitosa, no una chica derrotada.

Elena miró esa mano extendida. Era la mano de un hombre bueno. Un hombre que le estaba lanzando una cuerda en medio del océano. Pensó en Alejandro y su desprecio. Pensó en sus padres y su decepción. Pensó en su bebé, esa pequeña “masa gris” que merecía un futuro brillante, no uno de carencias.

¿Qué tenía que perder? Ya lo había perdido todo esa noche.
Se puso de pie, aun envuelta en la ropa grande y ridícula. Miró a Nicolás a los ojos y vio honestidad. Vio seguridad.
—¿De verdad… de verdad le daría su apellido a mi bebé? —preguntó, con la voz temblorosa.

—Será mi hijo ante la ley y ante Dios, Elena. Lo juro por mi título de médico. Nunca le faltará nada.

Elena respiró hondo. Sintió que un peso enorme se levantaba de sus hombros.
—Acepto —dijo, y estrechó la mano del profesor.

El apretón fue firme, cálido. No hubo chispas de pasión, pero hubo algo más fuerte: gratitud y compromiso.

—Bien —dijo Nicolás, y por primera vez en la noche, sonrió de verdad—. Entonces, tenemos mucho que hacer, futura Doctora Sánchez. Mañana empezamos con el papeleo. Ahora, vaya a dormir. Mañana será el primer día de su nueva vida.

Elena regresó a la habitación de huéspedes y se acostó en la cama limpia. Escuchaba la lluvia afuera, pero ya no le daba miedo. Se tocó el vientre.
“Vas a tener un papá”, le susurró a su bebé. “No el que te engendró, pero sí uno que te va a querer”.

Y mientras el sueño la vencía, Elena juró algo en silencio. Juró que aprovecharía esa oportunidad. Que estudiaría más que nadie. Que sería la mejor doctora del mundo. Y que algún día, si la vida volvía a cruzarla con Alejandro Montemayor, él se arrepentiría de haberla llamado “masa gris”. No sabía cuándo ni cómo, pero el destino da muchas vueltas. Y ella estaría lista.

 

PARTE 2: El Eco del Tiempo

CAPÍTULO 3: La Soledad del Rey en su Palacio de Cristal

El dolor no avisa. No toca la puerta ni pide permiso. Simplemente entra, como un ladrón a media noche, y se instala en la boca del estómago con la sutileza de un coyote hambriento.

Alejandro Montemayor, a sus cuarenta y ocho años, conocía bien ese dolor. Al principio, era solo una molestia, un ardor leve después de las comidas pesadas o tras una noche de copas con los socios. “Gastritis de empresario”, le llamaba él, riéndose mientras se tomaba un antiácido y seguía con su vida de excesos. Pero en los últimos meses, el coyote había dejado de morder para empezar a devorar.

Estaba sentado en su oficina del piso 42, una torre de cristal en Santa Fe con vista a toda la Ciudad de México. Desde ahí, la ciudad se veía pequeña, dominable, tal como a él le gustaba. Su escritorio era una losa inmensa de mármol negro, importado de Carrara, sobre la cual descansaban dos teléfonos celulares de última gama y una foto de él mismo dando la mano al Presidente.

No había fotos de familia. No había dibujos de niños pegados con cinta adhesiva. No había nada que delatara calidez humana.

—¡Beto! —gritó, sintiendo una punzada aguda que lo hizo doblarse sobre el mármol.

La puerta se abrió al instante. Roberto, su asistente personal —un joven eficiente pero aterrorizado—, entró casi corriendo.
—¿Sí, Don Alejandro? ¿Qué se le ofrece?

—Tráeme… tráeme las pastillas. Las azules. Y un vaso de agua. ¡Pero ya, muévete!

Roberto asintió y desapareció. Alejandro cerró los ojos, apretando los dientes. El sudor frío le perlaba la frente. Se aflojó la corbata de seda italiana. Se sentía asfixiado.

Mientras esperaba, su mente, traicionera por el dolor, vagó hacia el pasado. Veinticinco años. Un cuarto de siglo. Había logrado todo lo que se suponía que un hombre de su “nivel” debía lograr. Había triplicado la fortuna de su padre. Los Hoteles Montemayor eran ahora una cadena internacional con resorts en Tulum, Los Cabos y Punta Cana. Tenía el penthouse, los coches deportivos, el reconocimiento de la revista Forbes.

Pero, maldita sea, qué frío hacía en la cima.

Sus padres habían muerto hacía una década. Un accidente estúpido en un safari en África; una infección rara, fiebre, y adiós. Se fue quedando solo. Luego vino el matrimonio con Sofía, una modelo argentina espectacular que resultó ser más lista que él. El divorcio le costó un yate y dos casas, pero lo que más le dolió fue la humillación pública. Ella se fue gritando a los cuatro vientos que Alejandro era un hombre “seco”, incapaz de amar a nada que no fuera su cuenta bancaria.

“Seco”. La palabra le resonaba.

—Aquí tiene, señor.

Roberto regresó con el agua y el frasco de analgésicos potentes que el médico de la empresa le recetaba bajo el agua. Alejandro se tragó dos pastillas sin agua, casi atragantándose, y luego bebió el líquido con desesperación.

—¿Cancelo la junta con los japoneses? —preguntó el asistente, viendo la palidez espectral de su jefe.

—¡Ni madres! —gruñó Alejandro, recuperando la compostura a base de pura voluntad—. Nadie cancela nada. Si no cierro este trato, perdemos la licitación del nuevo aeropuerto. Voy a estar bien. Es solo… es solo esta maldita úlcera.

Pero no estaba bien.
Esa tarde, durante la presentación, el mundo de Alejandro se apagó. Estaba señalando una gráfica de proyección de ganancias cuando el coyote en su estómago dio el mordisco final. Sintió como si algo se hubiera roto dentro de él. Un calor líquido y terrible se expandió por su abdomen.

No hubo tiempo para la elegancia. Alejandro Montemayor, el magnate, el intocable, se desplomó frente a los inversionistas japoneses, vomitando sangre sobre la alfombra persa de la sala de juntas. Lo último que escuchó antes de que la oscuridad se lo tragara fue el grito histérico de su secretaria y el zumbido lejano de las sirenas.


El Hospital Ángeles del Pedregal era un hervidero de actividad controlada, pero en el área de Urgencias VIP, el ritmo era diferente. Ahí el dinero compraba silencio y rapidez.

Cuando la camilla de Alejandro entró, rodeada de paramédicos, él ya había recobrado la consciencia, aunque desearía no haberlo hecho. El dolor era absoluto. Era una tortura blanca que le impedía pensar.

—¡Quítenme esto! ¡Hagan algo, carajo! —bramaba, agarrando del brazo a un enfermero con tanta fuerza que casi le rompe el uniforme—. ¡Soy Alejandro Montemayor! ¡Llamen al director del hospital! ¡No quiero a residentes inútiles tocándome!

—Señor, cálmese, por favor, está perdiendo sangre… —intentaba explicar el enfermero, pero Alejandro no escuchaba.

—¡Me vale madre! ¡Quiero al mejor! —Gritaba, con la boca manchada de rojo—. ¡Pago lo que sea! ¡Traigan al mejor maldito cirujano que tengan en este país!

El Dr. Fuentes, el jefe de guardia, se acercó apresurado. Conocía a Alejandro; todos en la alta sociedad lo conocían. Sabía que era un paciente “problema”, de esos que demandan si el café está tibio. Pero al ver el monitor de signos vitales, su cara palideció.
—Tiene el abdomen en tabla. Presión bajando rápido. Taquicardia severa. —Fuentes miró a su equipo—. Es una perforación gástrica masiva. Posible peritonitis. Hay que operar ya.

—Llama a la Dra. Sánchez —ordenó Fuentes a la jefa de enfermeras.

La enfermera dudó un segundo.
—Doctor… la Dra. Sánchez terminó su turno hace una hora. Estaba por irse a la cena de gala de la Fundación. Ya sabe que no le gusta que la molesten fuera de horario si no es…

—¡Me importa un carajo la cena! —ladró Fuentes, inusualmente alterado—. Este tipo se nos muere en la mesa si no entra alguien con manos de santo. Y las únicas manos que pueden arreglar este desastre son las de Elena Sánchez. ¡Llámala!


En el vestidor de médicos del tercer piso, Elena terminaba de abrocharse un pendiente de perlas. Se miró al espejo. A sus 45 años, Elena Sánchez no se parecía en nada a la chica asustadiza que había llorado bajo la lluvia dos décadas y media atrás.

El tiempo había sido benévolo, o quizás, ella había esculpido su propia imagen con la misma precisión con la que usaba el bisturí. Su cabello, antes rebelde, ahora caía en un corte bob impecable, oscuro y brillante. Su rostro conservaba la belleza de la juventud, pero endurecida. Tenía unas líneas de expresión alrededor de la boca que denotaban firmeza, y sus ojos… sus ojos eran pozos profundos de calma absoluta.

Llevaba un vestido de noche negro, elegante y discreto. Esa noche, Nicolás recibía un premio a la trayectoria médica y ella iba a estar a su lado, como siempre. Como la “Dra. Sánchez”, la eminencia en cirugía gastrointestinal, la mujer de hierro, la esposa perfecta.

Su teléfono vibró en el bolso de mano.
Miró la pantalla. “Urgencias – Código Rojo”.
Suspiró. No con fastidio, sino con resignación. La medicina era un sacerdocio celoso que no respetaba fiestas.

Contestó con voz calmada.
—Habla la Dra. Sánchez.
—Doctora, perdónenos. Tenemos una emergencia crítica. Masculino, 48 años. Perforación gástrica con hemorragia activa. Está inestable. El Dr. Fuentes dice que es complejo, hay tejido necrótico y… bueno, el paciente es VIP y está exigiendo al “mejor”.

Elena cerró los ojos un segundo. Pensó en Nicolás, que ya debía estar esperándola en el lobby.
—¿Quién es el paciente? —preguntó por pura rutina, mientras ya empezaba a quitarse el pendiente de perlas con una mano.

—Un tal Alejandro Montemayor. Dueño de la cadena hotelera.

El mundo se detuvo.
Por un instante, el vestidor de médicos desapareció. El olor a antiséptico se esfumó y Elena olió lluvia y asfalto mojado. Escuchó el rugido de un motor Audi. Sintió el frío de los billetes en sus manos.

“Alejandro Montemayor”.
El nombre que había enterrado bajo capas de éxito, estudios y maternidad. El nombre que no mencionaba jamás. El nombre del padre biológico de su hijo mayor, José.

—¿Doctora? ¿Sigue ahí? —la voz de la enfermera sonaba ansiosa.

Elena abrió los ojos. Se miró al espejo. Su reflejo no parpadeó. No tembló. Su pulso seguía estable. El corazón, ese músculo traicionero, dio un vuelco fuerte, uno solo, y luego volvió a su ritmo marcial.

—Voy para allá —dijo con voz gélida—. Preparen el quirófano 3. Quiero al anestesiólogo Ramírez. Y que alguien le avise a mi esposo que llegaré tarde. Díganle que… díganle que surgió un caso interesante.

Colgó.
Se quitó el vestido negro con movimientos rápidos y eficientes. No había emoción en sus gestos. Se puso el pijama quirúrgico azul, ese uniforme que era su armadura. Se ató el gorro, ocultando su cabello. Se calzó los zuecos sanitarios.

Mientras caminaba por el pasillo hacia el área de lavado, Elena sintió una extraña sensación de déjà vu, pero invertida. Hace 25 años, ella estaba de rodillas y él estaba en la cima. Hoy, él estaba desangrándose en una mesa, dependiente, vulnerable, roto. Y ella… ella tenía el poder de Dios en sus manos.

—Karma —susurró para sí misma. La palabra sonó dulce en su lengua.


Entró en el área de pre-anestesia. El caos reinaba. Había enfermeras corriendo con bolsas de sangre y monitores pitando alarmas rítmicas.
En el centro del huracán, en la camilla, estaba él.

Elena se detuvo un momento en el umbral, observándolo desde la distancia segura de su estatus.
Había envejecido. Claro, todos lo habían hecho. Pero en él, el envejecimiento tenía un tinte de amargura. Las canas en las sienes, la piel un poco más flácida, las arrugas marcadas por el estrés y el mal genio. Pero seguía siendo él. Reconocería esa nariz altiva en cualquier parte.

Alejandro se retorcía, gimiendo.
—¡Me duele, maldita sea! —gritaba con voz pastosa—. ¿Dónde está el médico? ¡Les voy a cerrar este congal si me muero!

Elena se colocó el cubrebocas. Solo sus ojos quedaron visibles. Esos ojos almendrados, oscuros, inteligentes, que él alguna vez dijo amar y luego despreció como “masa gris”.
Se acercó a la camilla.

—Señor Montemayor —dijo ella. Su voz, amortiguada por la mascarilla, era irreconocible. Era la voz de la autoridad médica—. Soy la Dra. Sánchez. Voy a operarlo.

Alejandro abrió los ojos, vidriosos por el dolor y los sedantes que empezaban a hacer efecto. Trató de enfocarla. Vio una figura borrosa en azul. Vio unos ojos que lo miraban desde arriba, impasibles.
—¿Eres… eres buena? —balbuceó él, con el miedo infantil a la muerte asomando por primera vez en su rostro—. No quiero morir… tengo mucho dinero… te pago el doble…

Elena sintió una punzada de asco, pero la reprimió.
—Guarde su dinero, señor Montemayor. Aquí adentro no le sirve de nada. Lo único que le sirve es mi pulso.

—Por favor… —gimió él, agarrando la bata de ella con una mano manchada de su propia sangre—. Sálvame.

Elena miró esa mano. La misma mano que le había lanzado el sobre. La misma mano que la había empujado del coche. Podría dejarlo morir. Sería fácil. Una complicación en el quirófano, una hemorragia incontrolable… nadie la culparía. Era un caso grave.

Pero luego pensó en Nicolás. Pensó en José, su hijo, que ahora era un abogado brillante y un hombre de bien, criado lejos de la toxicidad de este sujeto. Pensó en el juramento hipocrático. Y pensó, sobre todo, que la muerte era un castigo demasiado rápido para un hombre como Alejandro. La vida… la vida a veces dolía más.

—Vamos a quirófano —ordenó Elena al equipo, soltándose del agarre de Alejandro con suavidad pero con firmeza—. A dormir, señor Montemayor.

El anestesiólogo colocó la mascarilla sobre la cara de Alejandro.
—Respire profundo… cuente hasta diez…

Alejandro aspiró el gas. Sus ojos se clavaron en los de la doctora. Había algo en esa mirada… algo que le resultaba familiar, como un sueño olvidado o una pesadilla recurrente.
—Tus ojos… —susurró él, arrastrando la lengua—. Yo… conozco… tus…

La oscuridad se lo llevó antes de que pudiera terminar la frase.


El quirófano estaba helado y brillantemente iluminado. El zumbido de las máquinas era la única música. Elena extendió las manos para que la enfermera le colocara los guantes estériles. El chasquido del látex sonó como un disparo.

—Bisturí —pidió.

El metal frío tocó su palma.
Miró el abdomen expuesto de Alejandro. Ahí estaba el daño. La úlcera había reventado, derramando ácido y bacterias, corroyendo todo. Era una metáfora perfecta de su vida: podrido por dentro, aunque por fuera pareciera intacto.

—Dra. Sánchez, presión estable, pero baja. Estamos listos —informó el anestesiólogo.

Elena respiró hondo. Entró en “La Zona”, ese estado mental donde no existen las emociones, solo la anatomía y la técnica.
—Incisión.

Durante las siguientes cuatro horas, Elena trabajó con una precisión inhumana. Sus manos se movían como las de una pianista virtuosa. Cortaba, cauterizaba, suturaba. Limpió la cavidad abdominal con una meticulosidad obsesiva. Reparó el estómago destrozado de Alejandro con puntadas perfectas, minúsculas obras de arte que nadie vería jamás.

El Dr. Fuentes, que asistía la operación, la miraba con asombro.
—Doctora, es increíble —murmuró detrás de su mascarilla—. Lleva tres horas y no le ha temblado la mano ni una vez. Parece una máquina.

—No soy una máquina, doctor —respondió ella sin levantar la vista del campo quirúrgico—. Soy una profesional. Y este paciente tiene una deuda con la vida que no se paga muriéndose hoy.

Cuando dio la última puntada, Elena sintió el cansancio golpearla de repente. Se alejó de la mesa.
—Cierren. Llévenlo a Terapia Intensiva. Quiero monitoreo cada quince minutos. Si la fiebre sube una décima, me avisan.

Se quitó los guantes manchados de sangre y los tiró al contenedor de residuos biológicos.
Miró una última vez el rostro dormido e intubado de Alejandro. Se veía frágil. Patético.

Salió del quirófano y se arrancó el cubrebocas. Respiró el aire del pasillo.
Nicolás estaba ahí, sentado en la sala de espera reservada para médicos, con su esmoquin puesto y el premio de cristal en las manos. Al verla salir, se levantó con dificultad; la edad ya le pasaba factura en las rodillas.

—¿Cómo salió todo? —preguntó él, acercándose para darle un beso en la frente.

Elena se dejó abrazar, apoyando la cabeza en el hombro de su esposo. Olía a tabaco de pipa y seguridad.
—Sobrevivió —dijo ella.

—Era él, ¿verdad? —preguntó Nicolás en voz baja. Él sabía el nombre. Nunca lo habían olvidado, aunque nunca hablaran de él.

Elena asintió.
—Es él. Alejandro Montemayor.

Nicolás guardó silencio un momento. Acarició la espalda de su esposa.
—¿Y cómo te sientes?

Elena levantó la vista y miró a los ojos al hombre que la había salvado, al padre de sus hijos, a su compañero.
—Me siento… poderosa, Nicolás. —Sonrió, una sonrisa pequeña y enigmática—. Hace 25 años, él decidió si mi hijo vivía o moría. Hoy, yo decidí si él vivía o moría. Estamos a mano en ese aspecto. Pero la historia… la historia apenas empieza.

Nicolás sonrió también, con esa complicidad de los que saben secretos oscuros.
—Bueno, señora del destino, ¿le parece si vamos a cenar unos tacos? La gala ya terminó y me muero de hambre.

—Me parece perfecto.

Caminaron juntos hacia la salida, dejando atrás al millonario inconsciente en la sala de recuperación, conectado a máquinas que pitaban, solo, rodeado de enfermeras pagadas y sin nadie que le sostuviera la mano.

Mientras tanto, en la oscuridad de la anestesia, la mente de Alejandro empezaba a flotar hacia la superficie. Y en sus sueños febriles, una imagen se repetía una y otra vez: unos ojos oscuros bajo una luz de quirófano, y una voz que le decía: “Eres masa gris”. Pero esta vez, la voz no era la suya.

Al despertar, su vida ya no le pertenecía. Ahora le pertenecía a ella. Y la factura estaba a punto de llegar.

 


CAPÍTULO 4: La Obsesión y el Fantasma de los Ojos Negros

La habitación 505 de la Torre VIP del Hospital Ángeles era más parecida a una suite del Ritz-Carlton que a un cuarto de enfermos. Tenía paneles de madera de caoba, una sala de estar para visitas (que permanecía vacía), una pantalla de 80 pulgadas y una vista panorámica hacia el sur de la ciudad. Sin embargo, para Alejandro Montemayor, era una jaula de oro. Una jaula que olía a desinfectante caro y soledad.

Habían pasado tres días desde la operación. Tres días de estar conectado a sondas, monitores y sueros. Tres días de mirar el techo y sentir cómo su cuerpo, que siempre había creído invencible, lo había traicionado de la manera más humillante.

Pero había algo más que lo atormentaba, algo más fuerte que el dolor de la incisión en su abdomen. Eran esos ojos.

Cada vez que cerraba los párpados para intentar dormir, veía esa mirada por encima del cubrebocas azul. Oscura. Profunda. Con una mezcla de autoridad y desprecio contenido que le resultaba magnética y aterradora a la vez.

—¿Quién me operó? —preguntó por décima vez esa mañana a la enfermera de turno, una chica joven que le cambiaba el suero con manos temblorosas. Su reputación de ogro ya se había extendido por todo el piso.

—Ya se lo dije, Don Alejandro. Fue la Dra. Sánchez. Es la mejor cirujana del hospital.

—Sí, sí, Sánchez. Eso dice el expediente. —Alejandro hizo un gesto de impaciencia con la mano, aunque el movimiento le causó un tirón de dolor—. Pero quiero verla. ¿Por qué no ha venido? Los médicos pasan visita, ¿no? Pago una fortuna para que me atiendan, no para que me ignoren.

—La doctora tiene la agenda muy llena, señor. Además, el Dr. Fuentes es quien está llevando su seguimiento post-operatorio.

—¡No quiero al inútil de Fuentes! —bramó Alejandro, haciendo que la enfermera diera un salto—. ¡Quiero a la que me abrió y me cerró! ¡Tráiganme a la Dra. Sánchez o compro este hospital solo para despedirlos a todos!

La puerta se abrió en ese momento.
—No será necesario que compre nada, señor Montemayor. Aquí estoy.

Alejandro giró la cabeza tan rápido que se mareó.
Ahí estaba.
De pie en el umbral, con una bata blanca inmaculada sobre ropa civil elegante, sostenía una tablet con aire de aburrimiento profesional. No llevaba cubrebocas esta vez. Su rostro estaba descubierto.

Alejandro la miró fijamente, escaneando cada rasgo. El cabello corto y oscuro, la nariz fina, los labios que formaban una línea recta y severa. Era una mujer hermosa, sin duda. Una belleza madura, sofisticada, intimidante.
Pero no la reconoció.
El cerebro humano es curioso. Puede borrar traumas, reescribir recuerdos y esconder culpas bajo capas de negación. Para Alejandro, Elena Rojas, la estudiante becada de veinte años, con sus vestidos baratos y su cabello largo y desordenado, había dejado de existir hacía un cuarto de siglo. No había conexión alguna entre aquella “masa gris” y esta eminencia médica que destilaba poder.

—Doctora Sánchez —dijo él, suavizando el tono al instante. Su instinto de conquistador, aunque oxidado y fuera de lugar, se activó automáticamente—. Por fin tengo el honor. Me dicen que le debo la vida.

Elena entró en la habitación. No se acercó a la cama. Se quedó a una distancia prudente, como si estuviera observando a un espécimen en un zoológico.
—Hice mi trabajo, señor Montemayor. Nada más. —Su voz era fría, impersonal.

—”Nada más” —repitió él, intentando una sonrisa carismática que salió más como una mueca de dolor—. Me han dicho que mi estómago era una zona de guerra y usted lo dejó como nuevo. Eso es arte, doctora.

Elena no sonrió. Ni un milímetro.
—Fue una gastrectomía parcial con reconstrucción. Técnica, no arte. —Miró la tablet—. Sus niveles de leucocitos están bajando. La fiebre cedió. Si sigue así, en dos días le quitamos los drenajes.

Alejandro se sintió desconcertado. Estaba acostumbrado a que las mujeres, especialmente las que trabajaban para él o le prestaban servicios, se desvivieran por agradarle. Su dinero y su apellido solían comprar sonrisas, coqueteos, sumisión. Pero esta mujer lo miraba como si fuera un mueble. O peor, como si fuera una molestia.

Y eso, paradójicamente, lo excitaba. Le despertaba el instinto de cazador que llevaba años dormido bajo el aburrimiento de tenerlo todo fácil.

—Doctora… Elena, ¿puedo llamarla Elena? —preguntó, intentando usar su voz más seductora.

—Dra. Sánchez —corrigió ella secamente.

—Dra. Sánchez. —Alejandro asintió, aceptando el reto—. Mire, sé que soy un paciente difícil. Tengo… carácter. Pero estoy muy agradecido. De verdad. Me gustaría, no sé… cuando salga de aquí, invitarla a cenar. Como agradecimiento. Al mejor lugar de la ciudad. Usted escoja.

Elena levantó la vista de la tablet y lo miró directamente a los ojos. Hubo un destello en su mirada, algo indescifrable.
—Señor Montemayor, estoy casada. Y tengo por norma no socializar con pacientes. Especialmente con pacientes que tienen antecedentes de úlceras por estrés y mal carácter. Lo que usted necesita es dieta blanda y terapia psicológica, no cenas de lujo.

El rechazo fue tan directo, tan brutalmente honesto, que Alejandro se quedó mudo un segundo.
—Auch. Eso dolió más que la cirugía —dijo él, riendo un poco nerviosamente.

—La verdad duele, pero cura. —Elena se dio la media vuelta—. El Dr. Fuentes vendrá más tarde a revisar la herida. Con permiso.

Salió de la habitación sin mirar atrás, dejando una estela de perfume suave y autoridad.
Alejandro se quedó mirando la puerta cerrada. Su corazón latía rápido, y no era por la taquicardia.
—Dra. Sánchez… —murmuró, saboreando el nombre—. Vaya, vaya. Una mujer que me dice que no. Qué interesante.


Para Elena, salir de esa habitación fue como salir de una cámara de descompresión. Caminó por el pasillo con paso firme, saludando a los residentes, firmando órdenes, manteniendo la máscara. Pero por dentro, estaba temblando.

Entró en su oficina privada y cerró la puerta con llave. Se recargó contra la madera, respirando hondo.
Lo había visto. Había hablado con él. Y él… él no tenía ni la menor idea.

Se acercó a su escritorio y tomó el portarretratos que siempre estaba ahí. Una foto de ella, Nicolás y sus dos hijos: José, de 24 años, recién graduado de Derecho, y Sofía, de 19, estudiando Arquitectura.
José tenía los ojos de Alejandro. La misma forma, el mismo color avellana. Pero la mirada era diferente. La mirada de José era limpia, honesta, fruto de la crianza amorosa de Nicolás.

—No te reconoció, mi amor —le susurró a la foto de su hijo—. Ni siquiera te vio en mí. Eres invisible para él, gracias a Dios.

Su teléfono de oficina sonó. Era Nicolás.
—Hola, cariño —contestó ella, suavizando la voz.

—Hola, Elena. Oye, José me llamó. Dice que quiere venir a cenar hoy a casa. Tiene una noticia sobre su primer caso en el bufete. ¿Crees que llegues temprano?

Elena miró el reloj. Luego miró hacia la dirección de la habitación 505.
—Sí, Nico. Llego a las 8. Necesito… necesito estar con ustedes hoy. Urgente.

—¿Todo bien? ¿El paciente VIP te está dando problemas?

—Nada que no pueda manejar. Es solo un viejo fantasma, Nico. Pero los fantasmas no existen. Nosotros sí.


Los días pasaron y la recuperación de Alejandro fue asombrosamente rápida. Su cuerpo, mimado con los mejores cuidados, respondía bien. Pero su mente estaba obsesionada.
Alejandro empezó a comportarse de manera extraña. Dejó de gritarle a las enfermeras. Empezó a bañarse y rasurarse todos los días, a pedir su mejor bata de seda traída de casa, a perfumarse antes de la hora de la visita médica.

Todo para ella.
Esperaba el momento en que la Dra. Sánchez entrara por esa puerta. Esos cinco minutos diarios se convirtieron en el centro de su universo.

Ella seguía siendo un muro de hielo. Profesional, eficiente, cortante. Pero Alejandro, en su arrogancia, interpretaba esa frialdad como un juego. “Se hace la difícil”, pensaba. “Le gusto, pero es profesional y está casada. Es un reto”.
Nunca se le cruzó por la mente que esa frialdad no era coquetería, sino un odio macerado durante 25 años.

Una tarde, mientras ella revisaba su drenaje, Alejandro decidió jugar una carta más fuerte.
—Doctora, estuve investigando un poco —dijo, con tono casual.

Elena se tensó, pero no detuvo sus manos enguantadas.
—¿Ah, sí? ¿Sobre su dieta?

—No. Sobre usted. —Alejandro sonrió con suficiencia—. Elena Sánchez. Graduada con honores en Houston. Especialista en cirugía laparoscópica. Esposa del Dr. Nicolás Sánchez, el patólogo. Tienen dos hijos. Una vida perfecta, ¿no?

Elena terminó de colocar la gasa y se irguió lentamente.
—Investigar la vida privada de su médico es, cuanto menos, inapropiado, señor Montemayor. Y bordea el acoso.

—Solo es curiosidad. Me gusta saber en manos de quién pongo mi vida. —Alejandro se encogió de hombros—. Además, me enteré de algo interesante. Usted estudió los primeros semestres aquí, en la UNAM. En mi época. Éramos contemporáneos.

El corazón de Elena dio un vuelco. ¿Se había acordado?
—Mucha gente estudia en la UNAM —dijo ella, con voz neutra.

—Sí, pero es curioso que no nos hayamos cruzado. Yo era… bueno, yo era bastante popular. —Se rio, una risa vanidosa—. El rey de las fiestas. Seguramente me vio alguna vez.

—Seguramente —respondió ella, clavándole la mirada—. O tal vez usted estaba demasiado ocupado mirando hacia arriba para ver a la gente que consideraba “masa gris”.

Alejandro parpadeó. Esa frase. “Masa gris”.
Un eco lejano resonó en su memoria. Algo incómodo. Una sombra. Pero la desechó rápidamente. Era una expresión común, ¿no? Él la usaba mucho antes.
—Tiene un sentido del humor muy afilado, doctora. Me gusta. —Se inclinó hacia ella—. Escuche, sé que está casada. Respeto eso… hasta cierto punto. Pero hay una conexión aquí. Lo siento. Usted me salvó la vida. Eso crea un vínculo.

—Se llama transferencia, señor Montemayor. Es común que los pacientes idealicen a sus cirujanos. Se le pasará cuando le llegue la factura del hospital.

Alejandro se rio a carcajadas.
—¡Es usted increíble! Neta, Elena… perdón, doctora. Nunca he conocido a una mujer así. Tan… fuerte. Tan dueña de sí misma. Las mujeres que conozco son… adornos. Usted es… estructura.

Elena sintió una arcada. Escuchar sus halagos ahora, 25 años tarde, era la ironía más amarga del universo. Cuando ella le dio su amor puro, su inocencia, él la escupió. Ahora que le mostraba desprecio y frialdad, él se arrastraba.
“Los hombres como tú solo quieren lo que no pueden tener”, pensó.

—Mañana le damos el alta, señor Montemayor —dijo ella, cortando la conversación—. Prepare sus cosas. Y por favor, deje de investigar mi vida. Dedíquese a arreglar la suya, que bastante falta le hace.


El día del alta, Alejandro se sentía extrañamente vacío. Se iba a su ático de lujo, a su vida de millonario, pero la idea de no ver a la Dra. Sánchez lo ponía de mal humor.
Mientras su chofer cargaba las maletas, Alejandro vio a Elena en el pasillo, hablando con otro médico.

Se acercó a ella, ignorando el dolor en su costado.
—Doctora.

Elena se giró.
—Señor Montemayor. Ya tiene sus recetas y las indicaciones. Cuídese.

—Espere. —Alejandro metió la mano en el bolsillo de su saco y sacó una tarjeta de presentación. Negra, con letras doradas en relieve. La puso en la mano de Elena—. Este es mi número personal. El directo. No el de la oficina. Si alguna vez necesita algo… lo que sea… una inversión para el hospital, una donación para su fundación, o simplemente… hablar. Llámeme.

Elena miró la tarjeta. Sintió el peso del cartón caro.
—No creo que sea necesario.

—Por favor. Tómela. —Insistió él, con una intensidad en los ojos que casi parecía súplica—. Me salvó la vida. Déjeme estar en deuda con usted.

Elena lo miró. Y en ese momento, una idea cruzó su mente. Una idea peligrosa. Maquiavélica.
Si él quería estar cerca… si él quería jugar con fuego… tal vez era hora de dejarlo quemarse.
Guardó la tarjeta en el bolsillo de su bata.
—Que le vaya bien, Alejandro.

Fue la primera vez que lo llamó por su nombre.
Alejandro sonrió como un niño al que le acaban de dar un dulce.
—Hasta pronto, Elena.

Se dio la vuelta y se fue, caminando despacio pero con aire triunfal. Creía que había ganado una batalla. No sabía que acababa de invitar al caballo de Troya a su fortaleza.


Esa noche, en la cena familiar en casa de los Sánchez, el ambiente era alegre. Nicolás servía vino, Sofía hablaba de sus maquetas y José, el primogénito, estaba radiante.
José era un joven apuesto. Alto, de cabello castaño y ondulado, con una sonrisa fácil y una inteligencia aguda. Había heredado lo mejor de sus dos padres biológicos: la belleza física de Alejandro y la mente brillante de Elena, pulida por los valores de Nicolás.

—Y entonces, el socio principal del bufete me llamó a su oficina —contaba José emocionado—. Me dijo que les gustó mucho cómo manejé el caso de amparo. Y… ¡me van a asignar una cuenta grande!

—¡Eso es fantástico, hijo! —brindó Nicolás, lleno de orgullo—. Te lo mereces. Has trabajado muy duro.

—Felicidades, mi amor —dijo Elena, acariciando la mano de su hijo—. ¿Qué cliente es?

José tomó un sorbo de vino y sonrió.
—Es una cadena hotelera. Tienen unos problemas legales con unos terrenos en la Riviera Maya y necesitan defensa corporativa agresiva. Se llaman “Hoteles Montemayor”. El dueño es un tal Alejandro Montemayor. Dicen que es un tiburón, pero que paga muy bien.

El sonido de la copa de Elena rompiéndose contra el plato de porcelana silenció la habitación. El vino tinto se derramó sobre el mantel blanco como una mancha de sangre expandiéndose.

—¿Mamá? —José se levantó asustado—. ¿Estás bien? ¿Te cortaste?

Elena miraba la mancha roja, pálida como un fantasma.
El destino no solo daba vueltas. El destino era un bromista sádico.
Su hijo. Su hijo iba a trabajar para su padre. Para el hombre que pagó para matarlo.

—Elena… —Nicolás la miró desde el otro lado de la mesa. Sus ojos estaban llenos de alarma. Él entendió al instante.

—No… no es nada —murmuró Elena, escondiendo las manos temblorosas bajo la mesa—. Se me resbaló la copa. Estoy… estoy un poco cansada por la cirugía de la semana pasada.

—Mamá, estás helada —dijo Sofía, acercándose con una servilleta—. ¿Segura que estás bien?

—Sí, mi vida. Solo… solo fue un accidente. —Elena miró a José. Vio la inocencia en su rostro. Vio la emoción por su “gran oportunidad”.

No podía decirle. No todavía.
—Hijo… esa empresa… —empezó a decir, tratando de controlar su voz—. He oído cosas. Rumores. El dueño tiene fama de ser… difícil.

—Lo sé, ma. Dicen que es un déspota. —José se rio, ajeno al abismo que se abría bajo sus pies—. Pero es mi oportunidad de demostrar de qué estoy hecho. Si puedo manejar a un tipo así, puedo manejar a cualquiera. Además, solo es trabajo. No me voy a casar con él.

Elena sintió un escalofrío.
—Ten cuidado, José. Solo… ten mucho cuidado con ese hombre.

—Tranquila, mamá. Soy abogado, sé defenderme.

Esa noche, Elena no durmió. Estaba sentada en la sala, a oscuras, con la tarjeta negra de Alejandro Montemayor en la mano. La giraba entre sus dedos una y otra vez.

El destino había puesto las piezas en el tablero. Alejandro quería acercarse a ella. José iba a trabajar con Alejandro. El círculo se estaba cerrando.
Podía huir. Podía decirle a José que renunciara, inventar una excusa.
O podía hacer lo que había jurado hace 25 años.

Se levantó y caminó hacia la ventana. La ciudad brillaba afuera.
Sacó su teléfono. Marcó el número de la tarjeta negra.
Eran las 2 de la mañana.

El teléfono sonó tres veces.
—¿Bueno? —contestó la voz adormilada pero alerta de Alejandro.

—Alejandro —dijo ella. Su voz era firme, oscura, peligrosa.

Hubo un silencio al otro lado. Luego, una respiración agitada.
—¿Elena? ¿Eres tú? —La voz de él se llenó de incredulidad y esperanza—. Sabía que llamarías. Sabía que…

—Cállate y escucha —lo cortó ella—. Acepto tu invitación a cenar.

—¿De verdad? —Alejandro parecía un adolescente—. ¿Cuándo? ¿Mañana? Mando el chofer por ti.

—No. Cuando yo te diga. —Elena miró su reflejo en el cristal de la ventana. Sus ojos brillaban como los de una loba—. Pero te advierto una cosa, Alejandro: si entras en mi vida, juegas bajo mis reglas. Y mis reglas son absolutas.

—Me encantan los retos, doctora —ronroneó él, ignorante de que estaba firmando su sentencia—. Lo que tú digas. Soy todo tuyo.

—Buenas noches, Alejandro.

Elena colgó.
La guerra había comenzado. Y esta vez, la “masa gris” tenía el bisturí en la mano.

 


CAPÍTULO 5: En la Boca del Lobo y la Cena con el Diablo

El edificio corporativo de “Hoteles Montemayor” en Santa Fe era una aguja de cristal y acero que parecía querer perforar el cielo gris de la Ciudad de México. Para entrar, había que pasar tres filtros de seguridad, dejar la identificación y ser escaneado como si uno fuera a abordar un vuelo internacional. Todo allí gritaba poder, paranoia y dinero.

José Sánchez se ajustó el nudo de la corbata frente al espejo del elevador que subía a una velocidad vertiginosa hacia el piso 42. Le zumbaban los oídos por el cambio de presión. Estaba nervioso, pero era ese nerviosismo bueno, esa electricidad que sentía antes de un examen final o un juicio oral.

—Tranquilo, Pepe. Eres bueno. Sabes lo que haces —se dijo a sí mismo, revisando que su portafolio de piel estuviera cerrado.

Las puertas se abrieron con un ding suave. La recepción era minimalista: mármol blanco, una escultura abstracta que parecía un nudo de metal retorcido y una recepcionista que parecía modelo de pasarela y que ni siquiera levantó la vista al verlo llegar.

—Buenos días. Soy el Licenciado José Sánchez, del bufete “Ríos & Asociados”. Tengo cita con el Señor Montemayor a las 10:00.

La chica tecleó algo en su computadora con uñas de acrílico perfectas.
—El Señor Montemayor está en una llamada. Siéntese. Lo llamarán cuando se desocupe.

José se sentó en un sofá de cuero italiano que costaba más que el coche de su papá. Esperó diez minutos. Veinte. Cuarenta y cinco.
Era una táctica de poder. Lo sabía. Le habían enseñado eso en la clase de Negociación. “Haz esperar al oponente para recordarle que tu tiempo vale más que el suyo”. José sonrió para sus adentros. Si el tal Montemayor creía que lo iba a intimidar con jueguitos de ego, estaba muy equivocado. José había sido criado por Elena Sánchez, una mujer que desayunaba crisis médicas y cenaba decisiones de vida o muerte. Un empresario impuntual no le daba miedo.

Finalmente, una puerta doble de caoba se abrió y salió un hombre de traje gris, con cara de haber sido regañado severamente. Detrás de él, una voz potente gritó:
—¡Y no quiero excusas, Ramírez! ¡Si ese permiso no está para el lunes, te vas a vender chicles al metro!

José se puso de pie.
—¿Licenciado Sánchez? —preguntó Roberto, el asistente personal, asomándose—. Pase. El jefe lo recibirá ahora.

José entró en la oficina. Era inmensa, con ventanales de piso a techo que ofrecían una vista panorámica de la ciudad contaminada pero imponente. En el centro, detrás de un escritorio que parecía una fortaleza, estaba Alejandro Montemayor.

Se veía un poco más delgado que en las fotos de las revistas, probablemente por la reciente cirugía, pero su presencia llenaba la habitación. Tenía esa aura de depredador alfa que hace que los demás animales bajen la cabeza por instinto.
Alejandro estaba firmando documentos sin mirar quién entraba.

—Si vienes a decirme que no se puede ganar el juicio de los terrenos en Tulum, mejor da media vuelta y lárgate —dijo Alejandro sin levantar la vista.

José se quedó de pie frente al escritorio. No se sentó porque no lo habían invitado.
—Vengo a decirle que la estrategia que su equipo legal anterior estaba usando es mediocre, Señor Montemayor. Querían sobornar al juez local. Eso es estúpido y peligroso hoy en día. Yo propongo desestimar la demanda ambiental basándonos en el precedente del artículo 45 de la nueva Ley de Desarrollo Sustentable. Es legal, es limpio y es permanente.

Alejandro detuvo su pluma en el aire. Levantó la cabeza lentamente.
Sus ojos avellana se encontraron con los ojos avellana de José.
Hubo un silencio extraño. Un click casi audible en el universo.
Alejandro frunció el ceño, ladeando la cabeza ligeramente. Sintió… algo. Una familiaridad incómoda. Como si estuviera viendo una foto vieja de sí mismo, pero con mejor peinado y sin la resaca.

—Tienes agallas para llamar “mediocre” a mi equipo en mi cara, niño —dijo Alejandro, soltando la pluma y recargándose en su silla de piel.

—No es agallas, es honestidad. Usted me paga por resultados, no por halagos. —José sostuvo la mirada. No parpadeó.

Alejandro soltó una carcajada corta, de sorpresa.
—Siéntate. —Señaló la silla frente a él—. ¿Cómo dijiste que te llamabas?

—José. José Sánchez.

—Sánchez. —Alejandro hizo una mueca—. Apellido de masa. Hay millones de Sánchez en este país. Pero tú… tú tienes pinta de “niño bien”. ¿Dónde estudiaste? ¿La Ibero? ¿El Tec?

—En la UNAM, señor. Con orgullo. Y luego hice mi maestría en Derecho Corporativo becado.

Alejandro alzó una ceja.
—UNAM. Vaya. Yo también pasé por ahí, aunque solo iba a ligar y a hacer contactos. La escuela de la vida es la que cuenta. —Alejandro lo observó con detenimiento, analizando su traje (buen corte, pero no de diseñador), su reloj (sencillo), sus zapatos (limpios). Le gustaba lo que veía. Veía hambre. Veía inteligencia.
—Bien, José Sánchez de la UNAM. Tienes el caso. Pero te advierto una cosa: yo no pierdo. Nunca. Si ganas, te haré rico. Si pierdes… me aseguraré de que no te contraten ni para defender a un ladrón de gallinas. ¿Entendido?

—Entendido. —José se levantó y le tendió la mano.

Alejandro estrechó la mano del joven. Sintió un apretón firme, seco.
—Tienes manos de pianista —comentó Alejandro de repente, soltándole la mano—. O de cirujano.

José sonrió.
—Mi madre es cirujana. Supongo que lo heredé de ella.

—¿Ah, sí? —Alejandro sintió una punzada de curiosidad, pero su teléfono sonó en ese momento, rompiendo el hechizo—. Bueno, lárgate a trabajar. Quiero ese reporte en mi escritorio mañana a primera hora.

José asintió y salió de la oficina.
Cuando la puerta se cerró, Alejandro se quedó mirando el lugar donde el joven había estado. Se pasó la mano por el pecho, justo donde estaba la cicatriz de su operación.
—Qué muchacho tan raro —murmuró—. Me cae bien. Me recuerda a mí antes de que el mundo me hiciera mierda.


Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, en la casa de Coyoacán, Elena Sánchez se preparaba para la guerra.
No era una cita. Era una misión de reconocimiento en territorio enemigo.
Estaba frente a su tocador, aplicándose el maquillaje con la precisión de quien prepara un campo quirúrgico. Base ligera para cubrir la palidez del miedo. Delineador negro para afilar la mirada. Labial rojo oscuro, color sangre coagulada.

—¿Estás segura de esto, Elena? —Nicolás estaba recargado en el marco de la puerta de la recámara, con los brazos cruzados y el rostro lleno de preocupación.

Elena se miró en el espejo. No vio a su esposa. Vio a una vengadora.
—Tengo que hacerlo, Nico. José acaba de llamarme. Ya lo conoció.

Nicolás se tensó.
—¿Y? ¿Dijo algo? ¿Lo reconoció?

—No. Por supuesto que no. Para Alejandro, los hijos son inversiones o errores, no personas. No reconoció a su propia sangre teniéndola enfrente. —Elena apretó el tubo de labial hasta casi romperlo—. Pero José estaba impresionado. Me dijo que Alejandro es “imponente”. Que tiene “carisma”.

—Es el encanto de la serpiente, Elena. José es un buen chico, pero es joven. El poder deslumbra.

—Por eso tengo que ir a esa cena. —Elena se puso de pie y se alisó el vestido. No había elegido nada revelador. Llevaba un vestido de seda color azul noche, de manga larga y cuello alto, pero que se ceñía a su cuerpo de forma elegante. Era un vestido que decía “mírame, pero no me toques”—. Necesito saber qué tan peligroso es Alejandro ahora. Necesito ver sus debilidades. Necesito que se obsesione conmigo para distraerlo de José.

—Es un juego peligroso, Elena. Estás jugando con fuego y gasolina. Él te hizo daño una vez. Te destruyó.

Elena se acercó a Nicolás y le acarició la mejilla con ternura.
—Esa niña a la que destruyó ya no existe, Nico. Tú la reconstruiste. Tú me hiciste fuerte. Esta noche no va Elena Rojas, la estudiante embarazada. Esta noche va la Dra. Sánchez. Y la Dra. Sánchez nunca pierde un paciente… ni una batalla.

Nicolás suspiró y le besó la mano.
—Solo… ten cuidado. Y si te toca, juro que voy y le rompo la cara, aunque tenga 70 años y artritis.

Elena sonrió, una sonrisa genuina.
—Te amo, Nico. Espérame despierto. Voy a necesitar un té cuando regrese para quitarme el mal sabor de boca.


El restaurante “Quintonil” en Polanco era el escenario perfecto para la ostentación de Alejandro. Luces tenues, meseros que parecían ninjas, y un menú de degustación que costaba lo que una familia promedio ganaba en seis meses.
Alejandro había reservado la mejor mesa, en una esquina privada. Llevaba un traje hecho a la medida que disimulaba la faja post-operatoria que aún debía usar. Había llegado 20 minutos antes, algo inaudito en él. Estaba nervioso. Se revisaba el aliento, se acomodaba los gemelos de oro.

Cuando Elena entró al restaurante, el murmullo de las conversaciones bajó de volumen. Tenía una presencia magnética. Caminaba con la cabeza alta, ignorando las miradas de los comensales.
Alejandro se puso de pie de un salto, olvidando el protocolo de hacerse el interesante.

—Doctora… Elena. Estás… estás espectacular.

Elena llegó a la mesa y le ofreció una mano fría.
—Buenas noches, Alejandro. Gracias por la invitación.

Él le besó la mano, rozando la piel con los labios un segundo más de lo necesario.
—El placer es mío. Por favor, siéntate.

La cena comenzó con una danza de platillos exquisitos: escamoles, ceviche de nopal, mole madre. Alejandro pidió el vino más caro de la carta, un Petrus, a pesar de que Elena le recordó que él no podía beber alcohol por la cirugía.
—Yo no beberé, pero quiero que tú disfrutes —dijo él, sirviéndole la copa—. Quiero verte disfrutar.

Elena tomó la copa pero apenas la probó. Lo observaba. Lo diseccionaba.
—Y bien, Alejandro —dijo ella, cortando sus anécdotas sobre sus viajes a Dubái—. Cuéntame algo que no salga en la revista Quién. ¿Quién eres cuando se apagan las luces?

Alejandro se detuvo con el tenedor a medio camino. La pregunta lo descolocó. Estaba acostumbrado a mujeres que le preguntaban por sus coches o sus casas.
—Soy un hombre simple, Elena. Me gusta ganar. Me gusta construir.

—Eso es lo que haces, no lo que eres. —Elena lo miró fijamente—. Tienes 48 años. Casi mueres hace dos semanas. No había nadie en tu sala de espera. Nadie lloró por ti. ¿No te da frío esa soledad?

El golpe fue preciso, quirúrgico. Alejandro sintió un escalofrío. Bajó la guardia.
—A veces… a veces sí. —Admitió, sorprendiéndose a sí mismo por su honestidad—. Me casé una vez. Fue un desastre. Ella solo quería mi tarjeta de crédito.

—¿Y antes? —presionó Elena—. ¿Nunca hubo nadie real? ¿Un amor de juventud? ¿Alguien que te quisiera cuando no eras “El Rey”?

Alejandro rio con amargura y tomó un trago de agua mineral.
—Hubo muchas chicas. En la universidad… uff. Yo era un desastre. Había una… —Se detuvo. Una imagen borrosa le vino a la mente. Pelo largo, ojos llorosos, lluvia—. Bah, no importa. Eran niñas tontas. Masa gris. Gente que no estaba a mi altura. Yo necesitaba crecer, Elena. Y para crecer, a veces tienes que cortar lastres.

Elena apretó el tallo de la copa con tanta fuerza que temió romperlo. “Lastres”. Así llamaba a su hijo. A ella.
Sintió una oleada de odio tan pura que tuvo que respirar hondo para no clavarle el cuchillo de mantequilla en la yugular.

—¿Y valió la pena? —preguntó ella con voz suave y venenosa—. Cortar esos “lastres”. ¿Te hizo feliz?

Alejandro miró alrededor, al restaurante de lujo, a la gente que lo miraba con envidia.
—Mírame. Soy rico. Soy poderoso. Estoy cenando con la mujer más fascinante de México. Claro que valió la pena. No me arrepiento de nada.

“No me arrepiento de nada”.
Esa fue la sentencia.
En ese momento, cualquier duda moral que Elena pudiera tener se disipó. No había redención posible para Alejandro Montemayor. No había un corazón escondido bajo la coraza. Solo había ego.

—Brindemos por eso, entonces —dijo Elena, alzando su copa con una sonrisa gélida—. Por no arrepentirse. Porque el pasado siempre se queda atrás… hasta que nos alcanza.

—Salud —dijo él, chocando su vaso de agua con la copa de vino.

En ese instante, el teléfono de Elena vibró sobre la mesa. La pantalla se iluminó.
“Mensaje de: José (Hijo)”.
La foto de contacto de José apareció en la pantalla. Una selfie sonriendo.

Alejandro, que estaba cerca, miró la pantalla de reojo.
—¿Tu hijo? —preguntó.

—Sí. —Elena bloqueó el teléfono rápidamente.

—Se ve grande. ¿Qué edad tiene?

—Veinticuatro. —Elena sintió el peligro latir en su garganta.

—Ah, la misma edad que el nuevo abogado que contraté hoy. Un chico listo. Se apellida Sánchez también, fíjate qué coincidencia. —Alejandro se rio, ajeno a la bomba nuclear que acababa de soltar—. Me cayó bien el muchacho. Tiene hambre. Me recuerda a mí. Lo voy a pulir. Le voy a enseñar cómo funciona el mundo real.

Elena sintió que la sangre se le helaba.
—¿Le vas a enseñar? —repitió—. ¿Qué le vas a enseñar, Alejandro?

—A ganar, Elena. A cualquier costo. Ese chico tiene potencial, pero es muy idealista. Muy “legal”. Necesita ensuciarse un poco las manos para entender que en los negocios no hay buenos ni malos, solo ganadores y perdedores. Lo voy a convertir en un tiburón.

Elena lo miró con horror.
No solo la había desechado. Ahora quería tomar al hijo que despreció y convertirlo en una copia de sí mismo. Quería corromper la obra maestra que Nicolás y ella habían construido con tanto amor.
Era una violación espiritual.

—No creo que eso sea buena idea —dijo Elena, luchando por mantener la voz estable—. A veces, los tiburones terminan comiéndose a sí mismos.

—O comiéndose al mundo. —Alejandro le guiñó un ojo—. Pero basta de hablar de trabajo. Hablemos de nosotros. Elena… sé que es pronto. Sé que estás casada. Pero siento una electricidad contigo que no he sentido en décadas. Tu marido… ¿te hace feliz?

Elena pensó en Nicolás. En sus tés de canela, en su paciencia infinita, en cómo le leía poesía por las noches.
—Mi marido es un hombre bueno, Alejandro. Algo que tú no entenderías.

—Lo bueno es aburrido —susurró Alejandro, inclinándose sobre la mesa, invadiendo su espacio—. Yo puedo darte pasión. Puedo darte el mundo. Deja a ese aburrido doctor. Ven conmigo. Imagínate lo que haríamos juntos. Tú y yo. Los reyes de la ciudad.

Elena lo miró. Vio la lujuria en sus ojos. Vio la codicia.
Y vio su oportunidad.
Si lo rechazaba de plano, él seguiría insistiendo. Si se alejaba, él se enfocaría en José.
Tenía que mantenerlo cerca. Tenía que seducirlo para destruirlo. Tenía que ser la araña que atrapa a la mosca.

Elena sonrió. Fue una sonrisa lenta, depredadora, que Alejandro interpretó como coqueteo.
—No soy una mujer fácil, Alejandro. Y soy muy cara. No hablo de dinero. Hablo de lealtad.

—Pide lo que quieras —dijo él, hipnotizado.

—Quiero ver… —Elena improvisó, su mente trabajando a mil por hora—. Quiero ver quién eres realmente. No el empresario. El hombre. Invítame a tu mundo. Pero no a cenar. Quiero ver cómo construyes tu imperio.

—¿Te interesa el negocio?

—Me interesa el poder. Y quiero ver si eres tan poderoso como dices.

Alejandro sonrió, henchido de orgullo.
—Mañana. Ven a mi oficina mañana en la tarde. Te mostraré la vista desde la cima. Y te presentaré a mi equipo. Incluido al nuevo chico maravilla, el tal Sánchez. Quiero que veas cómo mando.

Elena asintió.
—Ahí estaré.

La cena terminó. Alejandro insistió en llevarla a casa, pero ella se negó rotundamente. Pidió un Uber Black.
Mientras esperaba el auto en la banqueta de Polanco, Alejandro se paró junto a ella.
—Elena —dijo, poniéndose serio—. No estoy jugando. Voy por ti. Y yo siempre consigo lo que quiero.

—Lo sé —respondió ella, subiéndose al auto—. Pero ten cuidado, Alejandro. A veces, cuando consigues lo que quieres, descubres que es lo que te va a matar.

El auto arrancó. Alejandro se quedó en la banqueta, viéndola irse, sonriendo como un idiota enamorado.
Dentro del auto, Elena sacó su celular y marcó el número de José.

—¿Mamá? —contestó el joven—. ¿Todo bien? Ya es tarde.

—José, escúchame bien —dijo Elena. Su voz temblaba, pero de furia—. Mañana voy a ir a tu oficina. Tengo que hablar con tu jefe.

—¿Qué? ¿Con el Sr. Montemayor? ¿Por qué? ¿Lo conoces?

—Sí, hijo. Lo conozco. Y necesito que me prometas algo.

—¿Qué pasa, mamá? Me estás asustando.

—Prométeme que no firmarás nada, absolutamente nada que él te dé, sin que yo lo vea antes. Prométeme que no harás nada “fuera de la ley” por impresionarlo.

—Mamá, por favor, no soy un niño…

—¡Promételo, José! —gritó ella. El chofer del Uber la miró por el retrovisor—. ¡Júralo por tu vida!

Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—Está bien, mamá. Lo juro. Pero tendrás que explicarme qué diablos está pasando.

—Te lo explicaré todo. Muy pronto.

Elena colgó y miró por la ventana. La ciudad pasaba rápido.
La trampa estaba puesta. Mañana, los tres estarían en la misma habitación: el padre, la madre y el hijo. El triángulo de secretos estaba a punto de colapsar. Y Elena llevaba el detonador en la bolsa.

 


CAPÍTULO 6: La Cátedra del Diablo y la Firma de Sangre

El ascensor que llevaba al piso 42 de la Torre Montemayor era una caja de silencio dorado. Elena veía su propio reflejo en las puertas de metal pulido. No llevaba bata blanca hoy. Llevaba un traje sastre de Armani color marfil, impecable, cortante como una hoja de papel, y unos tacones de aguja que resonaban con autoridad sobre el piso de mármol.

Su corazón, sin embargo, no estaba tan compuesto como su imagen. Latía con un ritmo sincopado, una mezcla de terror maternal y furia fría. Iba a entrar a la cueva del lobo para ver cómo este intentaba devorar a su cachorro.

—Dra. Sánchez —la recepcionista, la misma que había ignorado a José el día anterior, ahora se deshacía en sonrisas nerviosas. Alejandro debía haber dado instrucciones precisas—. El Señor Montemayor la espera. ¿Gusta un café, un agua, una copa de champaña?

—Solo quiero entrar —dijo Elena, sin detener el paso.

Las puertas dobles de la oficina presidencial se abrieron.
La escena que encontró la golpeó en el estómago más fuerte que cualquier complicación quirúrgica.

Alejandro estaba sentado en el borde de su inmenso escritorio, en mangas de camisa, con esa postura relajada y dominante de quien se sabe dueño del mundo. Frente a él, sentado en una silla baja, estaba José. Su hijo.
José tenía una libreta en la mano y escuchaba a Alejandro con una expresión de fascinación y respeto que a Elena le dolió en el alma. Era la mirada de un alumno ante su maestro. La mirada que José nunca le había dado a Nicolás, porque Nicolás era “seguro” y “aburrido”, mientras que Alejandro brillaba con el peligroso resplandor del éxito agresivo.

—¡Elena! —exclamó Alejandro al verla, abriendo los brazos como si quisiera abarcar toda la habitación—. ¡Bienvenida a mi humilde imperio!

José se giró, sorprendido. Se puso de pie de un salto.
—¿Mamá? —preguntó, confundido—. ¿Qué haces aquí?

Alejandro soltó una carcajada encantada.
—¡Sorpresa! Tu madre y yo… bueno, digamos que tu madre me salvó la vida y ahora somos amigos. Le invité a ver cómo hacemos magia aquí.

Elena caminó hacia ellos. El aire en la oficina estaba cargado de testosterona y ambición. Olía a café expreso y a cuero caro.
—Hola, hijo —dijo ella, dándole un beso rápido en la mejilla a José. Sintió que él estaba tenso—. Solo vine a aceptar la invitación del Señor Montemayor. Tenía curiosidad de ver dónde trabajas.

—Es… es increíble, mamá —dijo José, con los ojos brillando—. El Licenciado Montemayor me estaba explicando la estrategia para el desarrollo de Tulum. Es… es otro nivel. En la universidad no te enseñan esto.

Elena miró a Alejandro. Él la miraba con desafío y deseo. Estaba presumiendo. Estaba usando a José como un trofeo para impresionarla, para demostrarle que él podía moldear mentes, que él tenía el poder.
—¿Y qué es exactamente lo que no enseñan en la universidad, Alejandro? —preguntó ella, cruzándose de brazos—. ¿Anatomía de la corrupción?

Alejandro se rio, negando con la cabeza como si ella hubiera contado un chiste tierno.
—Ay, doctora. Siempre tan cínica. No, le enseñaba a José la diferencia entre la ley y la justicia. Y sobre todo, la diferencia entre tener la razón y tener el resultado.

Se volvió hacia José y le puso una mano pesada sobre el hombro. Elena tuvo que reprimir el impulso de gritarle que quitara sus sucias manos de su hijo.
—Dile, José. Dile a tu madre cuál es el problema que tenemos con el predio “Paraíso Azul”.

José carraspeó, tratando de sonar profesional frente a su madre.
—Bueno, mamá… el terreno está en una zona que Semarnat clasificó preliminarmente como “área de protección de manglar”. Si esa clasificación se hace oficial, no podemos construir el hotel. Perderíamos una inversión de cincuenta millones de dólares.

—Exacto —interrumpió Alejandro—. Cincuenta millones. Empleos, derrama económica, turismo. Todo detenido por unos arbustos y unos cangrejos. ¿Te parece justo, Elena?

—Me parece que la ley ambiental existe por una razón, Alejandro —respondió ella fríamente—. Los manglares protegen la costa de huracanes. Si los quitas, el hotel que construyas se va a caer con la primera tormenta.

—Para eso existen los seguros, mi reina —replicó él con desdén—. El punto es que necesitamos el permiso de construcción ya. Antes de que los burócratas publiquen el decreto oficial.

Alejandro caminó hacia su caja fuerte, escondida detrás de un cuadro abstracto. La abrió y sacó una carpeta gruesa de color negro.
La tiró sobre el escritorio. El sonido sordo resonó como un disparo.

—Aquí está la solución, José. —Alejandro palmeó la carpeta—. Este es un estudio de impacto ambiental alternativo. Realizado por una consultora… amiga. Dice que en ese predio no hay manglar, solo matorral seco sin valor ecológico.

José miró la carpeta.
—Pero… Licenciado… yo vi las fotos satelitales. Sí hay manglar.

El silencio se hizo denso. Elena contuvo la respiración. Este era el momento. La prueba.

Alejandro se acercó a José. Su voz bajó de volumen, volviéndose sedosa, persuasiva.
—José, José… en las fotos satelitales todo se ve verde. Pero la realidad es subjetiva. Si este documento dice que es matorral, y un notario certifica que es matorral, y el delegado firma que es matorral… entonces es matorral. Es una verdad legal.

—Pero no es la verdad real —insistió José, aunque su voz titubeaba.

—La verdad real es que tengo a trescientos albañiles esperando trabajo. La verdad real es que si construimos ese hotel, tú te llevas un bono de inicio de carrera que te permitiría comprarte un departamento en Polanco mañana mismo. —Alejandro se inclinó, clavando sus ojos en los del joven—. La pregunta es: ¿quieres ser un abogado que se queja del sistema desde un cubículo, o quieres ser un abogado que hace que las cosas sucedan?

José miró la carpeta negra. Luego miró a Alejandro. Luego miró a su madre.
Estaba en una encrucijada. La ética que le habían enseñado en casa contra el pragmatismo brutal del hombre que admiraba.

Elena sintió pánico. Vio la duda en los ojos de su hijo. Vio la tentación. Alejandro estaba tocando las teclas exactas: ambición, vanidad, el deseo de pertenecer a la élite.
Si ella intervenía como “mamá regañona”, José se rebelaría. Se pondría del lado de Alejandro para afirmar su independencia. Tenía que ser más lista. Tenía que ser la Dra. Sánchez.

—Déjame ver eso —dijo Elena, rompiendo la tensión.
Caminó hacia el escritorio y abrió la carpeta negra. Pasó las páginas con sus dedos largos y cuidados.
Leyó en diagonal. Firmas falsas. Datos manipulados. Coordenadas cambiadas. Era un trabajo sucio, pero bien hecho. Un delito federal envuelto en papel bond de alta calidad.

—Es un documento impresionante —dijo Elena, cerrando la carpeta.

Alejandro sonrió triunfal.
—¿Ves, José? Hasta tu madre, que es la mujer más recta que conozco, reconoce la calidad del trabajo.

—Reconozco que es un fraude muy bien elaborado —corrigió Elena, girándose para mirar a Alejandro—. Pero tiene un error fatal.

La sonrisa de Alejandro vaciló.
—¿De qué hablas? Mis consultores son los mejores.

—La fecha del estudio hidrológico —señaló Elena, inventando sobre la marcha pero con una seguridad aplastante—. Pusieron fecha de febrero. En febrero hay sequía en esa zona. Si alguien cruza los datos con los reportes meteorológicos de la Conagua de este año, verán que hubo lluvias atípicas. El nivel freático no coincide. Cualquier perito novato de la Fiscalía desmontaría esto en cinco minutos. Y entonces… —Elena miró a José—. Entonces, el abogado que presente esto no solo pierde el caso. Pierde su cédula profesional. Y se va a la cárcel por fraude procesal y delitos ambientales. De 5 a 10 años, sin fianza.

José palideció. Dio un paso atrás, alejándose de la carpeta como si estuviera radiactiva.
—¿Cárcel? —murmuró.

Alejandro frunció el ceño, molesto.
—Elena, estás exagerando. Tengo a los jueces en la bolsa. Nadie va a revisar el nivel freático.

—¿Estás seguro, Alejandro? —Elena se acercó a él, invadiendo su espacio, bajando la voz—. Porque acabo de leer que la Fiscalía General está abriendo una unidad especial de delitos ambientales. Están buscando cabezas para colgar. ¿Vas a arriesgar a tu “abogado estrella” por un detalle técnico? ¿Vas a mandar a este niño al matadero para ahorrarte unos pesos?

Alejandro miró a José. Vio el miedo en la cara del chico. Luego miró a Elena. Vio el desafío.
Por un momento, el tiburón dudó. No porque le importara José, sino porque Elena había sembrado la duda sobre su propia infalibilidad. Y porque no quería quedar como un incompetente frente a ella.

—Buen punto, doctora —concedió Alejandro, forzando una sonrisa—. Tienes ojo para los detalles. Me gusta. —Tomó la carpeta negra y la lanzó a un cajón—. Tienes razón. No vamos a usar esa basura. José, llama a la consultora. Diles que quiero un estudio nuevo. Que arreglen lo de las fechas y que se aseguren de que sea blindado. No quiero errores.

—Sí… sí, señor —balbuceó José, aliviado pero todavía temblando.

—Pero —Alejandro levantó un dedo—, el objetivo sigue siendo el mismo. Vamos a construir. Solo necesitamos ser más listos. Y tú, José, vas a encontrar la forma legal de hacerlo. Busca vacíos en la ley, busca amparos, busca lo que sea. Pero encuéntrame una solución. Para eso te pago.

—Lo haré, Licenciado.

Alejandro se volvió hacia Elena y le guiñó un ojo.
—¿Ves? Trabajamos en equipo. Tú aportas la precaución, yo aporto la visión. Haríamos una pareja imparable, Elena.

Elena sintió náuseas. Había salvado a José de cometer un delito hoy, pero la amenaza seguía ahí. Alejandro no iba a parar.
—Bueno, ya vi tu imperio, Alejandro —dijo ella—. Y ya vi cómo trabajas. Es… instructivo.

—¿Te vas tan pronto? —Alejandro parecía decepcionado—. Pensé que podríamos comer juntos. Los tres.

—José tiene mucho trabajo, por lo que veo. Y yo tengo pacientes. —Elena tomó su bolso—. Hijo, ¿te veo en la noche en casa?

José asintió, todavía aturdido.
—Sí, mamá.

Elena se dirigió a la puerta. Antes de salir, se detuvo y miró a Alejandro.
—Cuida a mi hijo, Alejandro. Recuerda que los errores en tu mundo se pagan con dinero, pero en el mío se pagan con vidas.

Alejandro se rio.
—Tranquila. Está en las mejores manos.


Cuando Elena salió de la oficina, tuvo que apoyarse en la pared del pasillo para no caerse. Le temblaban las piernas.
Había estado tan cerca.
Sacó su teléfono. Había grabado toda la conversación con la grabadora de voz activada en su bolso.
Tenía la confesión de Alejandro sobre el estudio falso. Tenía la prueba de que intentaba coaccionar a su empleado.
Era una pieza. Una pieza valiosa. Pero no era suficiente para destruirlo. Alejandro tenía razón: tenía jueces en la bolsa. Un audio ilegal no serviría de mucho en un tribunal mexicano corrupto. Necesitaba algo más grande. Necesitaba el “libro negro”.

Todos los hombres como Alejandro tenían uno. Una contabilidad B. Una lista de sobornos. Nombres, cuentas en las Islas Caimán.
Tenía que encontrarlo.


Dentro de la oficina, el ambiente había cambiado. La euforia de Alejandro se había disipado un poco. Se sentó en su silla y miró a José.
El chico ya no lo miraba con adoración absoluta. Había una sombra de duda en sus ojos. Elena había logrado romper el hechizo, aunque fuera un poco.

—Tu madre es una mujer dura, José —dijo Alejandro, sirviéndose un whisky, olvidando por completo su úlcera—. Me gusta. Tiene carácter. No como las mujeres de ahora que se rompen si las miras feo.

—Mi madre es muy protectora —dijo José, guardando su libreta.

—Demasiado. —Alejandro dio un trago al whisky—. Escucha, chavo. Lo que pasó ahorita… no te asustes. Tu mamá tiene razón en ser precavida, pero no entiende de negocios. En este mundo, a veces hay que caminar por la línea gris. Si te da miedo mojarte los pies, nunca vas a cruzar el río.

—Lo entiendo, señor. Pero… lo de la cárcel… lo que dijo de la Fiscalía…

—Puras asustadas de señora —desestimó Alejandro con un gesto de la mano—. Yo controlo a la Fiscalía. Tengo amigos muy arriba. Aquí nunca pasa nada si eres leal. La lealtad es lo único que importa, José. Si tú eres leal a mí, yo te protejo de todo. De la ley, de los jueces, hasta de tu mamá.

Alejandro se levantó y caminó hacia el ventanal, dándole la espalda a José.
—Sabes… yo nunca tuve un hijo. Bueno, no uno que valiera la pena. Tuve… intentos. Pero viendo cómo eres, cómo piensas… a veces me gustaría tener a alguien así para dejarle todo esto. Alguien de mi propia sangre que entendiera el valor del poder.

José sintió un escalofrío extraño.
—¿Nunca tuvo hijos, señor?

Alejandro miró su reflejo en el cristal. Vio su rostro cansado superpuesto a la ciudad.
—Hubo una vez… hace mucho. Una chica. Se embarazó. —Alejandro se encogió de hombros—. Yo era un idiota. Joven, estúpido. Pensé que me quería amarrar. Le di dinero para que… bueno, ya sabes. Para que lo arreglara.

José sintió que el estómago se le revolvía.
—¿Abortó?

—Supongo. Nunca volví a saber de ella. —Alejandro suspiró, un sonido que podría haber sido remordimiento o simple fatiga—. A veces me pregunto… ¿qué hubiera pasado si ese niño hubiera nacido? Tendría tu edad más o menos. Tal vez sería como tú. O tal vez sería un don nadie, criado en un barrio pobre por una madre resentida. Nunca lo sabré.

Alejandro se giró y sonrió, esa sonrisa encantadora que escondía los colmillos.
—Pero bueno, el “hubiera” no existe. Existes tú. Y tienes futuro, José. Ahora vete a trabajar. Y consigue una forma de que nos aprueben ese maldito hotel.

José salió de la oficina con el corazón acelerado.
La historia que acababa de escuchar le había provocado un malestar profundo. Un hombre que paga para que maten a su hijo no nacido. Un hombre que falsifica documentos. Un hombre que habla de “lealtad” como si fuera un código mafioso.
Y sin embargo… ese hombre le ofrecía el mundo. Le ofrecía ser su heredero espiritual.

José bajó en el elevador. Sacó su celular y miró la foto de sus padres, Elena y Nicolás, en su graduación. Se veían felices, honestos, limpios.
Luego miró el edificio de cristal donde estaba.
Se sentía sucio.
Pero también se sentía poderoso.
“¿Qué hago?”, se preguntó. “¿Renuncio? ¿O me quedo y aprendo a dominar a la bestia?”


Esa noche, Elena llegó a casa y encontró a Nicolás en la cocina.
—¿Cómo te fue? —preguntó él, viendo su cara pálida.

—Peor de lo que pensaba. —Elena se quitó los zapatos y se sirvió un vaso de agua—. Alejandro está intentando corromper a José. Literalmente le puso un fraude en la mesa y le pidió que lo ejecutara.

—¡Maldito sea! —Nicolás golpeó la mesa—. Voy a hablar con José. Le voy a decir quién es ese tipo realmente. No podemos seguir ocultándolo, Elena. José tiene derecho a saber que está trabajando para el monstruo que es su padre biológico.

—¡No! —Elena lo detuvo—. Todavía no, Nico. Si se lo decimos ahora, José se sentirá traicionado por nosotros. Pensará que le ocultamos su identidad toda la vida. Se pondrá a la defensiva. Alejandro aprovechará eso para ponerlo en nuestra contra. “Tus padres te mintieron, yo soy el único que te dice la verdad”. Ya lo veo venir.

—¿Entonces qué hacemos? ¿Dejamos que se convierta en un criminal?

—No. —Los ojos de Elena brillaron con una determinación oscura—. Vamos a dejar que José vea al monstruo por sí mismo. Hoy sembré la duda. Alejandro cometió un error: le contó a José una “historia triste” sobre un hijo que mandó abortar. José me lo contó por mensaje hace un rato, estaba muy perturbado.

—¿Le contó lo del aborto? —Nicolás estaba incrédulo—. ¿A su propio hijo?

—Sí. La ironía es deliciosa, ¿no? Alejandro cree que está creando un vínculo, pero en realidad se está confesando ante su víctima. José está asqueado, pero fascinado. Necesitamos darle el empujón final.

Elena sacó de su bolsa una memoria USB.
—¿Qué es eso? —preguntó Nicolás.

—Cuando Alejandro fue a su caja fuerte a sacar el estudio falso, vi la combinación. Sus dedos son rápidos, pero mis ojos son más rápidos. 4-8-15-16.

—¿Y de qué nos sirve la combinación si no podemos entrar a su oficina?

—Yo no puedo entrar. Pero José sí. —Elena sonrió—. Alejandro le está pidiendo “lealtad”. Le está pidiendo que busque “soluciones creativas”. Voy a hacer que José encuentre algo en esa oficina que no sea un permiso de construcción. Algo que le abra los ojos para siempre.

—Elena… vas a usar a nuestro hijo de espía. Es muy peligroso.

—Es la única forma de salvarlo, Nico. José tiene que ser quien destruya a Alejandro. Es el cierre del círculo. Es justicia poética. La “masa gris” se va a levantar y va a aplastar al creador.

El teléfono de casa sonó. Era tarde.
Elena contestó.
—¿Dra. Sánchez? Habla Roberto, el asistente del Sr. Montemayor.
—Sí, dígame.
—Disculpe la hora. El Sr. Montemayor se sintió mal hace un rato. Vomitó sangre otra vez. Se niega a ir al hospital, dice que solo quiere que usted vaya a verlo a su Penthouse. Dice que… dice que es la única en quien confía.

Elena miró a Nicolás. Tapó el auricular.
—Está sangrando otra vez. Me pide que vaya a su departamento.

Nicolás negó con la cabeza.
—Es una trampa. Quiere llevarte a su terreno.

—Lo sé. —Elena destapó el teléfono—. Dígale que voy para allá. Y dígale que tenga hielo listo.

Colgó.
—Tengo que ir, Nico.
—¿Por qué? ¡Que se muera!

—Porque si voy a su casa, tendré acceso a su intimidad. A sus secretos. Y porque… —Elena tomó su maletín médico—… porque quiero verlo sufrir un poco más antes de que termine el juego.

Elena salió a la noche. La cacería había cambiado de escenario. Del hospital a la oficina, y ahora, a la guarida privada de la bestia.


CAPÍTULO 7: La Guarida de la Bestia y el Libro Negro

El penthouse de Alejandro Montemayor en la zona más exclusiva de Reforma no era un hogar; era un mausoleo dedicado a su propio ego. Elena entró con su maletín médico, escoltada por Roberto, el asistente, quien lucía pálido y aterrorizado.

—Está en la recámara principal, doctora. No ha dejado de vomitar. Dice que si llamamos a una ambulancia nos despide a todos.

Elena asintió y cruzó la inmensa sala decorada con obras de arte moderno que gritaban “soy rico” pero no transmitían ninguna emoción. Todo era frío: mármol, acero, cristal. No había una sola foto familiar, ni un rastro de calidez.

Entró en la habitación. Alejandro estaba tirado sobre una cama King Size con sábanas de seda negra, sudando frío, con una palangana metálica al lado. Se veía patético. El gran león estaba reducido a un guiñapo tembloroso.

—Elena… —gimió él al verla. Sus ojos estaban hundidos, rodeados de ojeras moradas—. Viniste. Sabía que vendrías. Eres la única… la única que vale la pena.

Elena se puso los guantes de látex con lentitud deliberada. Se acercó a él no como una amante, sino como una forense examinando un cadáver.
—Cállate y déjame ver —ordenó.

Le palpó el abdomen. Estaba duro, distendido. Le revisó los ojos.
—Tienes una hemorragia digestiva alta, probablemente por estrés y por el whisky que te vi tomar ayer. Eres un idiota, Alejandro. Te operé hace dos semanas. Estás intentando suicidarte, ¿verdad?

—Estoy… estoy celebrando —balbuceó él, con una sonrisa manchada de sangre—. El negocio de Tulum… va a salir. Tu hijo… es un genio. Encontró el hueco legal. Vamos a ser ricos, Elena. Más ricos.

Elena sintió una punzada de odio en el pecho. José. Estaba corrompiendo a José.
—Voy a ponerte un suero con coagulantes y un inhibidor de bomba de protones. Te vas a dormir. Y si tienes suerte, no te mueres esta noche.

Le canalizó la vena con una destreza brutal. Alejandro ni siquiera se quejó del pinchazo; estaba demasiado ocupado mirándola con adoración febril.
—Tienes manos de ángel… pero ojos de diablo —susurró él, bajo el efecto de los medicamentos que empezaban a fluir—. Me gustas, Elena. Deja a ese marido tuyo. Ven a vivir aquí. Mira todo esto… todo esto podría ser tuyo.

Elena miró alrededor. Vio la soledad inmensa de ese cuarto.
—No necesito tus cosas, Alejandro.

—Tengo… tengo poder. Tengo secretos. —Alejandro intentó levantarse, pero el suero lo mantenía atado—. En esa caja fuerte… ahí está mi vida. El “Libro Negro”. Nombres de jueces, diputados, cuentas en Suiza. Si estás conmigo, nadie te toca. Eres intocable.

Los ojos de Elena brillaron. El “Libro Negro”. La leyenda era cierta.
—Descansa, Alejandro. Estás delirando.

—No… no deliro. La clave… tú viste la clave… 4… 8… —Su voz se fue apagando. Los sedantes ganaron la batalla. Alejandro Montemayor cerró los ojos y su respiración se volvió profunda y rítmica.

Elena esperó. Un minuto. Dos. Cinco.
Se aseguró de que estuviera profundamente dormido.
Luego, se levantó.
Su corazón latía como un tambor de guerra. Caminó hacia el cuadro abstracto en la pared opuesta. Lo movió. Ahí estaba la caja fuerte digital.

“4-8-15-16”.
Marcó los números.
El mecanismo hizo un bip suave y la puerta de acero se abrió.

Dentro había fajos de billetes, relojes de oro y pasaportes. Pero a Elena no le interesaba el dinero. Buscó al fondo. Y ahí estaba: una libreta de piel negra, desgastada, y un disco duro externo.
Abrió la libreta.
Sus manos temblaron al leer las primeras páginas.
“Pago a Juez 5to de Distrito: $500,000 – Caso Riviera”.
“Soborno Delegado Ambiental: $1,200,000 – Permiso Express”.
Y más atrás, fechas antiguas.
“Clínica Santa Fe – Asunto ‘Limpieza’: $5,000 USD”.

Elena se detuvo. “Asunto Limpieza”. La fecha coincidía con la noche en que la echó del coche.
Era el pago de su aborto. El aborto que nunca ocurrió. Él lo había registrado como un gasto más, como quien registra el mantenimiento del coche.

Sacó su celular. Fotografió cada página. Fotografió el disco duro. Fotografió los fajos de billetes.
Luego, tomó el disco duro y se lo metió en el bolso.
Cerró la caja fuerte. Colocó el cuadro.

Regresó a la cama. Alejandro seguía durmiendo, ajeno a que acababa de entregarle el arma homicida a su verdugo.
Elena se inclinó sobre él. Podría inyectarle aire en la vena. Podría provocarle un paro cardíaco. Nadie lo sabría. Sería la “viuda negra” perfecta.
Pero eso sería demasiado fácil. Demasiado rápido.
Alejandro merecía algo peor que la muerte. Merecía perder lo único que amaba: su imagen, su dinero y su legado.

—Duerme bien, “Rey” —susurró Elena al oído del inconsciente—. Porque mañana se te cae la corona.

Salió del penthouse sin mirar atrás. Roberto, el asistente, estaba en la sala.
—Se quedó dormido. Vigile sus signos vitales. Si empeora, llame al 911. Yo ya hice mi parte.

—Gracias, doctora. Es usted una santa.
—No tiene idea, Roberto. No tiene idea.


CAPÍTULO 8: El Juicio de la Sangre y el Final del Círculo

A la mañana siguiente, la casa de los Sánchez en Coyoacán estaba sumida en un silencio tenso. Nicolás había preparado café, pero nadie lo bebía.
Elena puso el disco duro y las fotos impresas sobre la mesa del comedor.
—Llama a José —le dijo a Nicolás—. Dile que no vaya a trabajar hoy. Dile que es una emergencia familiar.

Cuando José llegó, una hora después, venía agitado, con el traje puesto y el portafolio en la mano.
—Mamá, papá, ¿qué pasa? Tengo que ir a la oficina. El Licenciado Montemayor quiere que presente el amparo hoy mismo.

—Siéntate, José —dijo Nicolás. Su voz no admitía réplica. Era la voz de un padre protegiendo a su cría.

José se sentó, mirando confundido las fotos y el disco duro en la mesa.
—¿Qué es esto?

Elena se sentó frente a él. Le tomó las manos. Estaban frías.
—Hijo, te hemos ocultado una verdad durante 25 años. Lo hicimos para protegerte. Para que crecieras feliz, sin odio, sin el peso de un pasado que no te correspondía. Pero ahora… ese pasado te está buscando y te quiere destruir.

—¿De qué hablas, mamá? Me estás asustando.

—Ese hombre… Alejandro Montemayor… —Elena respiró hondo, conteniendo las lágrimas—. No es solo tu jefe. Es tu padre biológico.

El mundo de José se detuvo. El reloj de pared dejó de sonar. El ruido de la calle desapareció.
—¿Qué? —Soltó una risa nerviosa—. Mamá, no juegues con eso. Mi papá es Nico.

—Yo soy tu padre, hijo —intervino Nicolás con voz suave—. Yo te crie, te cambié los pañales, te enseñé a andar en bici. Yo soy tu papá. Pero Alejandro… Alejandro es quien puso la semilla. Y es quien intentó matarte antes de que nacieras.

Elena empujó las fotos hacia él.
—Míralas, José.

José vio la página de la libreta negra. “Clínica Santa Fe – Asunto ‘Limpieza'”.
—Hace 25 años, yo era una estudiante como tú. Me enamoré de él. Quedé embarazada. Cuando se lo dije… se rio de mí. Me dijo que yo era “masa gris”. Me aventó dinero en la cara y me dijo que me deshiciera de ti. Que eras un error. Un problema.

José leía el documento, temblando. Las palabras de Alejandro en la oficina resonaron en su cabeza: “Tuve una vez… una chica… le di dinero para que lo arreglara”.
No era una historia triste de un desconocido. Era SU historia. Él era el “error”.

—Él no sabe quién eres —continuó Elena—. No te reconoció. Para él, eres solo una herramienta. Un abogado joven al que puede corromper para que le firme sus fraudes. Te está usando, José. Igual que me usó a mí.

José se levantó de golpe. Tiró la silla. Caminó por la habitación como un león enjaulado, pasándose las manos por el cabello.
—¡No puede ser! —gritó—. ¡Ese tipo… ese desgraciado…! ¡Me ha estado tratando como a su “protegido”! ¡Me dijo que quería un hijo como yo!

—Quiere un hijo como tú porque eres útil —dijo Nicolás—. Pero en el momento en que dejes de servirle, te va a tirar a la basura como hizo con tu madre.

José se detuvo frente a la ventana. Estaba llorando. Lágrimas de rabia, de traición, de dolor.
—¿Por qué no me lo dijeron antes?

—Porque teníamos miedo de esto —dijo Elena, acercándose a él—. Miedo de que tu corazón noble se llenara de veneno. Pero ya no podemos protegerte del veneno, hijo. Ahora tienes que decidir qué hacer con él.

José se giró. Sus ojos, esos ojos avellana idénticos a los de Alejandro, ya no tenían inocencia. Tenían determinación.
Miró el disco duro en la mesa.
—¿Qué hay aquí?

—Todo —dijo Elena—. Sus sobornos, sus fraudes, sus cuentas ilegales. Es la evidencia para meterlo en la cárcel el resto de su vida. Pero… tú eres su abogado ahora. Tienes acceso. Tienes el poder de entregarlo o de advertirle.

José tomó el disco duro. Lo sopesó en su mano. Pesaba poco, pero cargaba toneladas de justicia.
—Él me pidió lealtad —dijo José con voz ronca—. Me dijo que la lealtad es lo único que importa.

Miró a Nicolás. Luego a Elena.
—Voy a ser leal. Leal a las personas que me amaron cuando yo no era más que una “masa gris” para él.

Se secó las lágrimas. Se arregló la corbata.
—Voy a ir a la oficina.

—Vamos contigo —dijo Nicolás.

—No. —José negó con la cabeza—. Esto tengo que hacerlo yo. Tengo que verlo a la cara. Tengo que ver cómo se le apaga el brillo cuando sepa quién soy.


Mediodía en la Torre Montemayor.
Alejandro estaba eufórico. El suero de Elena había funcionado de maravilla. Se sentía fuerte, invencible. Estaba en su oficina, bebiendo agua mineral, esperando a su abogado estrella.

La puerta se abrió. José entró.
Pero algo era diferente. El chico no traía el portafolio. No traía la postura sumisa del aprendiz. Caminaba erguido, con una frialdad que heló el aire acondicionado.

—¡José! Mi muchacho. ¿Traes el amparo listo? —preguntó Alejandro.

—No hay amparo, Licenciado.

Alejandro frunció el ceño.
—¿Cómo que no hay amparo? ¿De qué hablas? Te di instrucciones precisas.

—Renuncio.

La palabra quedó flotando en el aire.
Alejandro soltó una carcajada incrédula.
—¿Renuncias? ¿Estás loco? Te estoy ofreciendo el mundo, niño. Te estoy ofreciendo ser mi mano derecha. Nadie renuncia a Alejandro Montemayor.

—Yo sí. —José se acercó al escritorio. Puso las manos sobre la superficie de mármol, invadiendo el espacio del rey—. Y no solo renuncio. Vengo a informarle que hace una hora entregué un disco duro y una serie de documentos a la Unidad de Inteligencia Financiera y a la Fiscalía General de la República.

Alejandro se puso pálido.
—¿Qué hiciste qué?

—Lo que oyó. Fraude, lavado de dinero, cohecho, delitos ambientales. Está todo ahí, Alejandro. Su “Libro Negro”. Sus cuentas en las Caimán. Todo.

Alejandro se levantó, temblando de furia.
—¡Maldito traidor! ¡Te di todo! ¡Confié en ti! ¿Por qué? ¿Cuánto te pagaron mis enemigos? ¡Te voy a destruir! ¡No sabes con quién te metiste!

—Sé perfectamente con quién me metí —dijo José, con una calma aterradora—. Me metí con el hombre que hace 25 años subió a una estudiante de medicina a su coche, la humilló, le dijo que era “masa gris” y le aventó dinero para que abortara a su hijo.

Alejandro se quedó congelado. Su boca se abrió, pero no salió ningún sonido.
Miró a José. Realmente lo miró.
Vio los ojos. Sus ojos.
Vio la nariz. Su nariz.
Vio el gesto de la mandíbula. Su gesto.

—No… —susurró Alejandro, retrocediendo hasta chocar con el ventanal—. No puede ser… tú…

—Sí —dijo José—. Soy yo. El “error”. El “problema”. La “masa gris”. Sobreviví, Alejandro. No gracias a ti. Gracias a que mi madre tuvo la valentía que a ti te faltó. Gracias a que un hombre de verdad, Nicolás Sánchez, me dio su apellido y me enseñó lo que es ser un hombre.

—Hijo… —Alejandro extendió una mano, temblando. De repente, todo el dinero, todo el poder, no valían nada. Tenía un hijo. Un hijo brillante, fuerte, poderoso. Su sangre. Estaba ahí—. Hijo, perdóname… yo no sabía… podemos arreglarlo. Todo esto… —señaló la oficina, la ciudad—… todo esto es tuyo. Te lo doy todo. Olvida la denuncia. Somos familia. Los Montemayor somos reyes.

José miró la mano extendida. La mano que había tirado los dólares al lodo.
—Yo no soy un Montemayor —dijo José con desprecio—. Yo soy un Sánchez. Y los Sánchez no se venden.

En ese momento, las sirenas empezaron a sonar abajo. Muchas sirenas.
José se dio la vuelta y caminó hacia la puerta.

—¡José! ¡No me dejes! ¡Soy tu padre! —gritó Alejandro, desesperado, llorando por primera vez en años.

José se detuvo en el marco de la puerta. Se giró una última vez.
—No, Alejandro. Tú solo eres un donante de esperma. Mi padre me está esperando en casa para comer.

Salió y cerró la puerta.
Alejandro se quedó solo en su torre de cristal.
Vio por la ventana cómo las patrullas rodeaban el edificio. Vio cómo su imperio se desmoronaba.
Se llevó la mano al pecho. El dolor de la úlcera regresó, más fuerte que nunca. Cayó de rodillas, rodeado de lujo, pero más pobre que cualquier mendigo.
Había perdido.
La “masa gris” lo había devorado.


EPÍLOGO: La Justicia del Tiempo

Seis meses después.

La noticia fue el escándalo del año. “El Gran Gatsby Mexicano cae en desgracia”. Alejandro Montemayor fue arrestado, sus cuentas congeladas, sus propiedades embargadas. Sin dinero para pagar a sus abogados “amigos”, y con la evidencia irrefutable que su propio hijo entregó, fue sentenciado a 20 años de prisión por múltiples delitos federales.

En el penal de Almoloya, Alejandro envejeció diez años en seis meses. Ya no había trajes de seda, ni whisky, ni asistentes. Solo había un uniforme beige y cuatro paredes grises. Estaba solo. Nadie lo visitaba. Sus “amigos” fingieron no conocerlo. Sus mujeres desaparecieron.

Mientras tanto, en un jardín en Coyoacán, se celebraba una fiesta.
Era la graduación de maestría de José.
Había música, tacos de canasta y mucha risa.
Elena estaba sentada junto a Nicolás, viéndolo todo. Se veía radiante, en paz. La sombra que había cargado durante 25 años se había disipado.

José se acercó a ellos, con su diploma en la mano y una cerveza en la otra.
—Gracias —les dijo, abrazándolos a ambos—. Gracias por salvarme.

—Tú te salvaste solo, hijo —dijo Nicolás, dándole una palmada en la espalda.

—No —dijo José, mirando a su madre—. Fue ella. Ella escribió el guion. Yo solo actué mi parte.

Elena sonrió y tomó un sorbo de su té de canela.
Recordó la noche lluviosa, los dólares en el lodo, el miedo. Y luego miró esto: su familia, su casa, su dignidad intacta.

El karma no es una venganza. El karma es simplemente el equilibrio del universo regresando a su lugar.
Alejandro tenía razón en una cosa: hay niveles.
Y Elena Sánchez, la chica que alguna vez fue llamada “masa gris”, había demostrado que la verdadera altura no se mide en pisos de un rascacielos, sino en la grandeza del corazón.

—¿En qué piensas, ma? —preguntó José.

—En nada, mi amor —respondió ella, mirando el cielo azul de México—. En que por fin… dejó de llover.

FIN

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