
CAPÍTULO 1: SANGRE, LÁGRIMAS Y TINTA FRÍA
El pitido rítmico del monitor cardíaco era lo único que anclaba a Alma a la realidad. Bip… bip… bip… Un sonido constante, monótono, que contrastaba violentamente con el caos que acababa de devastar su cuerpo. Alma intentó moverse, pero una punzada de dolor agudo, caliente y lacerante, le recorrió el bajo vientre, recordándole la cesárea de emergencia a la que había sido sometida hacía apenas unas horas. Sentía el cuerpo como si hubiera sido atropellado por un camión de carga en el Periférico: pesado, roto, ajeno.
Abrió los ojos con dificultad. La habitación del Hospital ABC de Santa Fe era un insulto a su miseria: paredes de un blanco inmaculado, persianas automáticas que dejaban entrar la luz grisácea de una tarde lluviosa en la Ciudad de México, y muebles de diseño que parecían más apropiados para un hotel boutique que para un lugar de sanación. Pero allí estaban. Cuatro cunas transparentes de acrílico, alineadas como pequeños barcos en un puerto seguro. Sus hijos. Cuatro milagros que respiraban suavemente. Tres niñas y un niño. Cuatrillizos.
Alma sintió que las lágrimas se agolpaban en sus ojos, no de tristeza, sino de un alivio abrumador y un amor tan feroz que le cortaba la respiración. Lo habían logrado. Contra todo pronóstico, contra la preeclampsia, contra las dudas de los médicos, estaban vivos.
—Marco… —susurró, con la garganta seca como lija. Buscó instintivamente la mano de su esposo, esperando encontrar ese apretón cálido que alguna vez fue su refugio.
Pero su mano solo encontró la sábana fría y almidonada.
La puerta de la habitación se abrió de golpe, rompiendo la atmósfera sagrada del momento. No entró una enfermera con una sonrisa amable. No entró el doctor con buenas noticias.
Entró Marco Dávila.
Lucía impecable, como siempre. Llevaba ese traje azul marino de Ermenegildo Zegna que se había comprado con su bono de navidad el año pasado, ajustado a la perfección a su cuerpo atlético de gimnasio caro. Su cabello estaba peinado hacia atrás con esa precisión geométrica que tanto le gustaba, y su reloj Rolex brillaba bajo las luces fluorescentes. Pero lo que golpeó a Alma no fue su elegancia, fue su olor. Incluso a esa distancia, podía olerlo: una mezcla de su colonia habitual amaderada y… algo más. Un perfume floral, dulce, empalagoso. Jazmín y ambición, pensó Alma. El olor de ella. De Claudia.
Marco no miró a las cunas. Ni siquiera giró la cabeza hacia los cuatro seres humanos minúsculos que llevaban su sangre. Sus ojos oscuros se clavaron en Alma con una intensidad que no era amor, ni preocupación. Era molestia. Pura y dura molestia, como si ella fuera una mancha de salsa en su camisa de seda.
Detrás de él, como una sombra malintencionada, entró Doña Beatriz. La madre de Marco. Llevaba un conjunto sastre color crema que gritaba “señora de las Lomas” y su collar de perlas de tres vueltas. Entró a la habitación arrugando la nariz, como si el olor a desinfectante y leche materna la ofendiera personalmente.
—Marco —repitió Alma, intentando incorporarse, ignorando el dolor que le desgarraba el abdomen—. Marco, mira… son hermosos. Son cuatro. Lo logramos.
Marco se detuvo a los pies de la cama. No se acercó a besarla. No le preguntó cómo se sentía. Metió la mano en el bolsillo interior de su saco, sacó una carpeta de manila gruesa y la arrojó sobre las piernas de Alma. La carpeta golpeó sus rodillas con un sonido seco, deslizándose hasta quedar peligrosamente cerca de la incisión de su cirugía.
—Fírmalo —dijo Marco. Su voz era plana, desprovista de cualquier emoción humana reconocible. Era la voz que usaba para despedir a los empleados incompetentes en su firma inmobiliaria.
Alma parpadeó, confundida, con la mente nublada por los analgésicos.
—¿Qué? ¿Qué es esto, Marco? ¿Es el seguro de gastos médicos?
Marco soltó una risa corta, nasal, carente de humor.
—No seas estúpida, Alma. No tengo tiempo para esto. Son los papeles del divorcio.
El mundo de Alma se detuvo. El pitido del monitor pareció acelerarse, convirtiéndose en un tamborileo frenético en sus oídos.
—¿Divorcio? —repitió, sintiendo que la palabra era un objeto extraño en su boca—. Marco, acabo de dar a luz. Hace tres horas me abrieron el estómago para sacar a tus hijos. ¿De qué estás hablando?
—Estoy hablando de que se acabó —Marco se alisó las solapas del saco, evitando mirarla a los ojos—. He terminado contigo, Alma. Ya no puedo seguir fingiendo. Esta vida… —hizo un gesto vago con la mano, señalando la habitación, las cunas, a ella—, esta mediocridad ya no es para mí.
—¿Mediocridad? —la voz de Alma se quebró—. Marco, tenemos una familia.
—Tú tienes una familia —corrigió él fríamente—. Tú tienes cuatro bocas que alimentar y un montón de pañales que cambiar. Yo tengo planes, Alma. Grandes planes. Y esos planes no incluyen a una enfermera que huele a cloro y que se conforma con ir a comer tacos los viernes por la noche.
Doña Beatriz dio un paso adelante, incapaz de contener su veneno por más tiempo. Se cruzó de brazos, haciendo tintinear sus pulseras de oro.
—Ay, por favor, mijita, no te hagas la víctima —dijo Beatriz, mirándola con ese desdén clasista que siempre había disimulado mal—. Sabías que esto iba a pasar. Marco está destinado a grandes cosas. Es un Dávila. Y tú… bueno, tú siempre fuiste un capricho pasajero. Una fase rebelde. Pero las fases terminan.
Alma miró a su suegra, esa mujer a la que había intentado complacer durante cinco años, cocinándole sus platillos favoritos, soportando sus críticas sobre su ropa, su cabello, su origen.
—Beatriz, son tus nietos —susurró Alma, señalando las cunas con una mano temblorosa—. ¿No vas a verlos?
Beatriz ni siquiera giró la cabeza.
—¿Cuatrillizos? Eso no es una bendición, es una camada. Es vulgar. Es lo que hacen los conejos, no la gente decente. Mi hijo necesita un heredero, uno solo, bien planeado, con una mujer de su nivel. No… esto.
Las palabras golpearon a Alma más fuerte que cualquier golpe físico. Sintió una náusea profunda subir por su garganta. Miró a Marco, buscando algún rastro del hombre con el que se había casado, el hombre que le había jurado amor eterno en una pequeña iglesia de Coyoacán.
—Marco, por favor… podemos hablar de esto después. Estoy sangrando. Estoy agotada. Por favor, ten un poco de piedad.
Marco se inclinó sobre la cama, invadiendo su espacio personal. Sus ojos eran dos pozos negros de frialdad.
—No hay “después”, Alma. Claudia me está esperando. El vuelo a París sale mañana en la noche. Quiero irme como un hombre libre. Firma los malditos papeles.
—¿Claudia? —Alma sintió que el aire se le escapaba—. ¿La hija del senador? ¿Esa… esa niña?
—Esa “niña” puede hacer por mí más en una llamada telefónica de lo que tú podrías hacer en cien vidas —escupió Marco—. Ella entiende mi mundo. Ella me impulsa. Tú solo me anclas. Mírate, Alma. Mírate. Estás hinchada, ojerosa, acabada. ¿Crees que quiero llegar a casa y ver esto? ¿Crees que quiero pasar mis fines de semana cambiando pañales y escuchando llantos? No. Yo merezco más.
Alma tomó la carpeta con manos que temblaban tanto que apenas podía sostenerla. La abrió. Las cláusulas bailaban ante sus ojos borrosos por las lágrimas.
“Renuncia a la pensión alimenticia conyugal…”
“Custodia física y legal total para la madre…”
“El padre cede todos los derechos y responsabilidades…”
—¿Me estás dejando todo? —preguntó Alma, levantando la vista, incrédula—. ¿No quieres verlos? ¿No quieres ser su padre?
—Te estoy haciendo un favor —dijo Marco, retrocediendo y sacando una pluma Montblanc de su bolsillo—. Te dejo a los niños. Son tuyos. Quédatelos. Yo te pasaré lo mínimo que marca la ley, ni un centavo más. Mi abogado se encargó de blindar mis activos reales, así que no intentes sacarme nada de los bonos o las inversiones. Lo que ves en mi cuenta de nómina es lo que hay.
—Eres un monstruo —susurró Alma.
—Soy un hombre práctico —respondió él, arrojando la pluma sobre la cama—. Firma. Ahora. O juro por Dios que haré que mis abogados alarguen esto tanto que te gastarás hasta el último peso de tus ahorros en defenderte. Te dejaré en la calle, Alma. Fírmalo y te dejo el departamento. Es un tugurio, pero al menos tendrán techo. Si no firmas, vendo el departamento y te vas a vivir debajo de un puente.
Alma miró la pluma. Miró a sus hijos durmiendo, ajenos a la crueldad de su padre. Sintió un fuego nacer en su pecho. No era odio, no todavía. Era supervivencia. Sabía que si peleaba ahora, en su estado, perdería. Él tenía el dinero, los abogados, el poder. Ella solo tenía puntos de sutura y un corazón roto.
Tomó la pluma. El metal frío quemaba sus dedos.
—Vas a arrepentirte de esto, Marco —dijo ella, con una voz que, aunque débil, sonaba extrañamente firme—. Un día vas a mirar atrás y te darás cuenta de que hoy perdiste lo único real que tenías.
—Firma y cállate —ladró él.
Alma estampó su firma en la línea punteada. El trazo fue irregular, manchado por una lágrima que cayó justo sobre su apellido. Dávila. Pronto dejaría de ser Dávila. Volvería a ser Alma Okey. Sola.
Marco arrebató los papeles de la cama en el momento en que ella terminó. Verificó la firma con una sonrisa de satisfacción que hizo que Alma quisiera vomitar.
—Listo. Eres libre de ser mediocre.
—Vámonos, hijo —dijo Beatriz, alisándose la falda—. Este lugar me deprime. Huele a pobre, aunque sea un hospital privado.
Marco guardó los papeles en su saco. Miró a Alma una última vez. No hubo despedida. No hubo un “lo siento”. Solo hubo un giro de talones sobre sus zapatos de cuero italiano y el sonido de sus pasos alejándose.
—¡Espero que seas muy feliz con tu zorra! —gritó Alma, encontrando una reserva de fuerza en su rabia.
Marco se detuvo en la puerta, sin voltear.
—Lo seré, Alma. Créeme, lo seré. Y tú… bueno, suerte con la guardería.
Salió y cerró la puerta.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Alma se quedó mirando la puerta cerrada, esperando despertar de esta pesadilla. Pero el dolor en su vientre era real. El vacío a su lado era real.
De repente, uno de los bebés comenzó a llorar. Un llanto suave, agudo, de hambre. Luego otro se unió. Y otro.
Alma intentó moverse, pero el dolor la paralizó. Sollozó, un sonido gutural y animal que salió de lo más profundo de su alma. Estaba sola. Completamente sola con cuatro recién nacidos.
—Mamá está aquí… —gimió, tratando de estirar el brazo hacia la cuna más cercana—. Mamá está aquí…
La puerta se abrió suavemente. Alma se tensó, temiendo que Marco hubiera vuelto para humillarla más. Pero era Gloria, la enfermera de turno. Una mujer robusta, de piel morena y ojos amables, que había estado con ella durante el parto.
Gloria vio la escena: a Alma destrozada, llorando incontrolablemente, tratando inútilmente de alcanzar a sus bebés. Vio la ausencia del padre. Vio la desolación.
—Ay, mi niña… —murmuró Gloria, corriendo hacia la cama. No actuó como una enfermera en ese momento, sino como una madre. Envolvió a Alma en un abrazo, dejando que la joven llorara en su hombro—. Ya se fue ese desgraciado, ¿verdad? Lo vi salir con la bruja de su madre. Escuché los gritos en el pasillo.
—Se fue, Gloria… —sollozó Alma—. Me dejó. Me dejó con los cuatro. Se divorció de mí. Dijo que soy un estorbo. Dijo que soy mediocre.
Gloria le acarició el cabello sudoroso.
—Shh, shh. Escúchame bien, Alma. Ese hombre no es un hombre, es basura envuelta en traje caro. Y la basura se saca sola. No llores por él. Mira a esos ángeles. —Gloria señaló las cunas—. Ellos son tu fuerza ahora. Él cree que te rompió, pero no sabe con quién se metió. Las mujeres mexicanas somos de acero, mi hija. Nos doblamos, pero no nos rompemos.
Alma miró a sus hijos a través de las lágrimas. Gloria tenía razón. Dolía, dolía como si le hubieran arrancado el corazón del pecho sin anestesia. Pero mientras miraba esos cuatro rostros minúsculos, algo cambió dentro de ella. El miedo paralizante comenzó a transformarse en otra cosa. En una resolución fría y dura.
Marco quería una vida de estatus. Quería dinero. Quería poder. Y para conseguirlo, había pisoteado a su familia.
Muy bien, pensó Alma, secándose las lágrimas con el dorso de la mano llena de vías intravenosas. Si él quiere guerra, guerra tendrá. Pero no hoy. Hoy voy a sobrevivir. Mañana… mañana voy a renacer.
Lo que Alma no sabía en ese momento, mientras Gloria le pasaba a su primer bebé para que lo alimentara, era que el destino ya había movido sus fichas. A miles de kilómetros de allí, en una oficina lujosa en Dubai, un abogado notario estaba sellando un testamento que cambiaría la historia de Alma y Marco para siempre. La “mediocre” enfermera estaba a punto de convertirse en la dueña del tablero de juego.
Pero por ahora, solo había silencio, el olor a bebé nuevo, y la promesa silenciosa de una madre despreciada.
CAPÍTULO 2: ORO FALSO Y DIAMANTES DE SANGRE
Tres meses. Noventa días. Dos mil ciento sesenta horas.
Para Alma, el tiempo no se medía en relojes ni en calendarios, sino en ciclos de tres horas: alimentar, sacar el aire, cambiar pañal, dormir veinte minutos, repetir. Su pequeño departamento en la colonia Del Valle, que alguna vez le pareció acogedor con sus pisos de parqué viejos y sus ventanas amplias, se había transformado en una trinchera de guerra.
El olor a lavanda y cera para muebles había desaparecido, reemplazado por una mezcla permanente de leche de fórmula hervida, talco y esa acidez inconfundible del vómito de bebé. La sala ya no tenía muebles visibles; estaba invadida por montañas de ropa limpia sin doblar, cajas de pañales Etapa 1 comprados al mayoreo en la Central de Abastos para ahorrar unos pesos, y cuatro portabebés que parecían juzgarla desde el suelo.
Eran las 3:17 de la madrugada de un martes lluvioso. La Ciudad de México dormía bajo un manto de neblina y smog, pero en el departamento 302, la vida bullía con la intensidad de una sala de urgencias.
—Ya, mi amor, ya pasó… —susurró Alma, meciendo a Leo, el único varón, que tenía cólicos. Sus hermanas —Sofía, Valentina y Camila— dormían milagrosamente en intervalos sincronizados, una tregua frágil que podía romperse con el sonido de un claxon en la calle.
Alma se miró en el espejo del pasillo mientras caminaba de un lado a otro. No se reconoció. La mujer que le devolvía la mirada tenía ojeras moradas tan profundas que parecían golpes. Su cabello rizado, antes su orgullo, estaba recogido en un chongo desordenado que no había visto un peine en dos días. Llevaba una camiseta vieja de Marco que aún no había tenido el corazón de tirar, manchada de leche en el hombro.
—¿Dónde estás, Marco? —le preguntó al silencio, aunque sabía la respuesta. La pregunta no era geográfica, era existencial. ¿Cómo podía el hombre que le había sobadó los pies durante el embarazo estar ahora durmiendo plácidamente en otro lugar, mientras ella sentía que se deshacía pedazo a pedazo?
El sonido de la llave en la cerradura la hizo saltar. Por un segundo, su corazón estúpido y traicionero pensó: ¿Volvió? ¿Se arrepintió?
Pero no era Marco. Era Gloria.
La enfermera entró cerrando su paraguas mojado, trayendo consigo el aire fresco de la noche y el olor a pan dulce.
—¡Ay, mi niña! ¿Sigues despierta? —susurró Gloria, dejando una bolsa con conchas y café de olla en la mesa de la entrada—. Te dije que me mandaras mensaje si el niño se ponía necio.
Gloria se había convertido en su ángel guardián. No cobraba lo que debería; aceptaba lo que Alma podía pagarle de sus ahorros menguantes y el resto lo cobraba en “amor a los niños”, decía ella. Pero Alma sabía que Gloria lo hacía porque había visto la maldad pura en los ojos de Marco ese día en el hospital y había decidido adoptar a Alma como una hija perdida.
—No quería molestarte, Gloria. Tienes turno en el hospital mañana —dijo Alma, entregándole al bebé que por fin empezaba a calmarse.
—Cállate la boca. Dame a ese chilpayate —Gloria tomó al bebé con esa destreza mágica que solo tienen las abuelas y las enfermeras veteranas—. Tú vete a dormir. Tienes dos horas antes de que las niñas pidan comida. ¡Órale!
Alma se dejó caer en su cama. El lado izquierdo estaba vacío, frío. Extendió la mano y tocó la almohada donde solía descansar la cabeza de Marco. Aún dolía. Dolía más que la cesárea. Dolía como una amputación fantasma. Cerró los ojos y, por un momento, se permitió odiarlo. No solo por irse, sino por la facilidad con la que lo había hecho.
Mientras Alma soñaba con fórmulas lácteas y abogados que le quitaban a sus hijos, al otro lado de la ciudad, en las cumbres de Santa Fe, la realidad era muy diferente. O al menos, eso aparentaba.
El penthouse de Claudia olía a Santal 33 y a dinero nuevo. Estaba ubicado en el piso 42 de una de esas torres de cristal que desafiaban la gravedad y el buen gusto, con vistas panorámicas a toda la ciudad. Desde allí arriba, la pobreza, el tráfico y el caos de la CDMX se veían como luces bonitas, lejanas e inofensivas.
Marco Dávila se despertó con el sonido de una máquina de espresso de cuarenta mil pesos moliendo granos importados de Etiopía. Se estiró en las sábanas de hilo egipcio de mil hilos, esperando sentir esa satisfacción de “haber llegado”. Se suponía que esto era el éxito. Se suponía que esto era la felicidad.
Pero lo primero que sintió fue un nudo en el estómago.
Se levantó y caminó hacia la cocina de mármol de Carrara. Claudia estaba allí, sentada en la isla desayunadora, con una bata de seda que dejaba poco a la imaginación, revisando su iPad con el ceño fruncido.
—Buenos días, preciosa —dijo Marco, besándole el cuello. Ella olía a cremas caras y a exigencia.
—Marco, tenemos que hablar —dijo ella sin levantar la vista. Su tono no era cariñoso. Era el tono de una jefa hablando con un empleado que no está rindiendo.
—¿Qué pasa? ¿El café está frío? —bromeó él, sirviéndose una taza.
Claudia giró el iPad hacia él. En la pantalla había una foto de una villa espectacular en Valle de Bravo, con alberca infinita, jacuzzi y muelle privado para un yate.
—El fin de semana largo se acerca. Los Garza van a inaugurar su casa en Avándaro. Ashley me acaba de mandar fotos. Es… humillante, Marco.
—¿Qué es humillante? —preguntó Marco, sintiendo que el café le quemaba la lengua.
—Que nosotros sigamos yendo al hotel Rodavento. Es lindo, sí, pero es un hotel. Ricardo… —hizo una pausa dramática al mencionar a su ex, el fantasma multimillonario con el que Marco competía a diario— Ricardo ya habría comprado una casa allá. De hecho, me iba a comprar una antes de que… bueno, ya sabes.
Marco apretó la taza con fuerza. Odiaba ese nombre. Ricardo. El tipo que tenía pozos petroleros y que, según Claudia, le daba todo sin preguntar el precio.
—Claudia, amor, acabamos de pagar el depósito de este penthouse. La renta es de ochenta mil pesos al mes. Además, el leasing del BMW, las cenas, la membresía del club de golf…
—¡Ay, ya vas a empezar a llorar por dinero! —Claudia se bajó del banco, dejando caer su bata estratégicamente para distraerlo, pero su rostro era una máscara de desdén—. Eres socio de una firma importante, ¿no? Se supone que eres un “tiburón”. Pues actúa como uno. Los tiburones no cuentan centavos, Marco. Comen lo que quieren.
—Tengo gastos, Claudia. Tengo… obligaciones —dijo Marco, evitando decir “cuatro hijos”. Sabía que mencionar a los bebés era el antídoto contra la libido de Claudia.
—Ah, sí. La “camada” —dijo ella con una mueca de asco, como si hablara de una plaga de ratas—. ¿Cuánto le estás pasando a la mosca muerta esa?
—Lo mínimo de ley. Mi abogado se encargó. Pero aun así, cuatro veces el mínimo suma algo. Y necesito liquidez para entrar como socio senior el próximo año.
Claudia se acercó a él y le pasó una mano con manicura perfecta por el pecho. Sus ojos azules eran fríos, calculadores.
—Escúchame bien, Marco. Yo no dejé mi círculo social para andar con un “Godínez” glorificado. Yo necesito un hombre que me ponga en el lugar que merezco. Si no puedes comprar la casa en Valle, al menos réntame la villa más cara para el fin de semana. No voy a llegar con los Garza pareciendo una pobretona. Resuélvelo.
Se dio la media vuelta y se fue al vestidor, dejándolo solo con su café amargo y su cuenta bancaria temblando.
Marco miró por el ventanal hacia la ciudad gris. Se sentía atrapado. Había cambiado la calidez del arroz rojo y las risas de Alma por esto: un escaparate de lujo donde él era solo un accesorio, una cartera con piernas. Extrañaba, con una punzada culpable, la forma en que Alma le masajeaba los hombros sin pedir nada a cambio. Claudia no daba masajes; Claudia daba facturas.
La tarde cayó sobre la ciudad y Alma se encontraba en la fila del supermercado Soriana, contando mentalmente los artículos en su carrito. Pañales (marca genérica), leche en polvo (la más barata), toallitas húmedas, frijoles, arroz, huevo. Nada de carne esta semana. Nada de yogur griego. Nada de lujos.
Llegó a la caja registradora con el corazón latiendo rápido. La cajera, una señora con cara de pocos amigos, pasaba los productos con una lentitud exasperante.
Bip. Bip. Bip.
El total subía en la pantalla. 800… 1,200… 1,500…
Alma revisó su saldo en la aplicación del banco en su celular. Le quedaban 1,800 pesos para terminar la quincena. Marco había depositado la pensión dos días tarde, y era una miseria. “Lo justo según sus ingresos declarados”, había dicho el abogado. Claro, Marco declaraba la mitad de lo que ganaba y el resto lo recibía en bonos y “consultorías externas” para evadir impuestos y, ahora, para evadir a sus hijos.
—Son mil setecientos cincuenta pesos, seño —dijo la cajera, masticando chicle.
Alma sintió un sudor frío. Le quedarían cincuenta pesos para emergencias. Cincuenta pesos para dos semanas.
—Mire… quítame estas dos bolsas de pañales, por favor —dijo Alma en voz baja, sintiendo la mirada de juicio de la señora de atrás, que llevaba un carrito lleno de cortes de carne y vinos.
—¿Va a querer los frijoles? —preguntó la cajera a gritos, como si Alma fuera sorda.
—Sí, los frijoles sí. Los pañales no. Lavaré los de tela que me prestó Gloria —pensó, aunque no lo dijo.
Salió del supermercado cargando las bolsas pesadas, sintiéndose pequeña, humillada. Caminó hacia la parada del metrobús porque había tenido que vender su pequeño Chevy para pagar el depósito del hospital. Mientras esperaba bajo la lluvia ligera, vio pasar un BMW negro brillante. Por un segundo, pensó que era Marco. El corazón le dio un vuelco de ira.
No era él, pero la imagen se le quedó grabada. Él iba en aire acondicionado, con asientos de piel, probablemente escuchando jazz o alguna pretensión similar. Ella iba cargando bolsas de plástico que le cortaban la circulación de los dedos, oliendo a humedad, preocupada por si tendría suficiente leche para mañana.
Llegó al departamento empapada. Gloria la estaba esperando con cara de preocupación.
—Llegó esto —dijo Gloria, señalando un sobre grueso de papel de alta calidad sobre la mesa de la cocina. No tenía remitente local. Los sellos eran internacionales.
—¿Qué es? ¿Otra demanda de Marco? ¿Ahora me quiere quitar el apellido? —preguntó Alma, dejando las bolsas en el suelo con un suspiro de agotamiento.
—No sé, mija. Viene de Londres. Dice “Confidencial”.
Alma se secó las manos en el pantalón. Tomó el sobre. El papel era pesado, texturizado, color crema. Tenía un escudo de armas en relieve dorado en la esquina. Hasting & Hasting – International Law Firm.
Lo abrió con cuidado. Dentro había una carta escrita en español formal y varios documentos en inglés.
“Estimada Sra. Alma Okey (anteriormente Dávila):
Lamentamos informarle el fallecimiento de su tío abuelo, el Sr. Eduardo Okey, residente en los Emiratos Árabes Unidos, el pasado 14 de octubre.
Como usted sabrá, o quizás no, el Sr. Okey no tuvo descendencia directa. Durante los últimos cuarenta años, construyó un imperio en el sector de la petroquímica y el desarrollo inmobiliario de alto nivel en Dubai y Londres.
Tras una exhaustiva búsqueda genealógica y validación de su linaje, nos complace y sorprende informarle que usted ha sido nombrada la ÚNICA beneficiaria universal de su patrimonio, fideicomisos y activos globales.
La valoración preliminar de los activos líquidos, propiedades, acciones y derechos de autor asciende a la suma aproximada de $500,000,000,000 USD (Quinientos mil millones de dólares estadounidenses).“
Alma leyó la cifra. Luego la leyó otra vez.
—Gloria… —dijo, con la voz temblorosa.
—¿Qué pasó? ¿Es malo? ¿Te están cobrando algo?
—Gloria, creo que… creo que leí mal. Mira aquí.
Gloria se puso sus lentes de lectura que colgaban de una cadena en su cuello. Entrecerró los ojos. Leyó. Se quedó inmóvil. Se quitó los lentes. Los limpió en su blusa. Se los volvió a poner.
—¡Ay, Diosito santo! —gritó Gloria, soltando el trapo de cocina—. ¡Cinco… quinientos billones! ¡Mija, eso es más dinero que el que tiene Slim! ¿Quién era tu tío? ¿El dueño de la luna o qué?
—Era el Tío Lalo… el que se fue de “mojado” hace cuarenta años y nunca volvió. Mi mamá decía que vendía alfombras. —Alma se dejó caer en la silla. La risa empezó a burbujear en su garganta. Una risa histérica, loca, liberadora—. ¡Vendía petróleo, Gloria! ¡El viejo loco vendía petróleo!
En ese momento, el celular de Alma sonó. Era Marco.
La pantalla rota mostraba su nombre: “Ex-Esposo”.
Alma miró el teléfono, luego miró la carta sobre la mesa. Respiró hondo. Contestó.
—¿Qué quieres, Marco?
—Oye, Alma, estoy revisando los estados de cuenta —la voz de Marco sonaba irritada, de fondo se escuchaba música lounge y risas de gente fina—. Me llegó un cargo de la clínica de vacunación. Dos mil pesos. ¿No podías llevarlos al centro de salud público? Se supone que con la pensión cubres eso. No voy a pagar extras.
Alma cerró los ojos. Podía imaginárselo perfectamente: con una copa de vino en la mano, tratando de impresionar a los amigos de Claudia, mientras regañaba a la madre de sus hijos por vacunas.
—Marco —dijo Alma. Su voz ya no temblaba. De hecho, sonaba diferente. Sonaba como el papel de la carta que tenía enfrente: pesada, cara y poderosa.
—¿Qué? Y apúrate que estoy en una cena importante.
—Disfruta tu cena, Marco. Disfruta cada bocado. Cómete el mundo si quieres. Porque te prometo una cosa: esta es la última vez que me llamas para reclamarme por dinero.
—¿Ah sí? ¿Y qué vas a hacer? ¿Conseguiste un novio narco o qué? —se burló él.
—No. Conseguí algo mejor. Conseguí memoria. Y no voy a olvidar ni una sola de tus palabras. Guarda tus dos mil pesos, Marco. Cómprate algo bonito. Lo vas a necesitar cuando te des cuenta de lo pobre que eres en realidad.
Alma colgó antes de que él pudiera responder.
Miró a Gloria, que estaba bailando una pequeña danza de la victoria en la cocina con un pañal limpio en la mano.
—Gloria —dijo Alma, poniéndose de pie. Ya no se sentía cansada. La adrenalina de 500 billones de dólares es mejor que cualquier cafeína—. Prepara las maletas de los niños.
—¿A dónde vamos, patrona? —preguntó Gloria, guiñando un ojo.
—Vamos al hotel más caro de la ciudad. Y mañana… mañana vamos a comprar ropa. Ropa que no huela a vómito. Y después… —Alma miró por la ventana hacia las luces lejanas de Santa Fe, donde Marco probablemente estaba brindando por su propia estupidez—… después vamos a ir de compras a la firma inmobiliaria de mi ex marido. Tengo ganas de invertir en bienes raíces.
Mientras tanto, en la cena, Marco miró su teléfono con el ceño fruncido.
—¿Todo bien, amor? —preguntó Claudia, tocándole el brazo.
—Sí, solo es Alma. Está… rara. Me colgó.
—Ay, seguro está hormonal. Olvídala. Mira, ahí viene Rodrigo, el dueño de la constructora. Tienes que caerle bien, Marco. Necesitamos que nos invite a su yate en verano.
Marco guardó el teléfono y puso su mejor sonrisa de vendedor.
—Claro que sí. Vamos a encantarlo.
Marco levantó su copa de champán, sin saber que el brindis era en realidad un réquiem por su carrera, su fortuna y su ego. El reloj de arena había dado la vuelta. La “enfermera mediocre” acababa de convertirse en la dueña del casino, y Marco estaba jugando con fichas prestadas.
CAPÍTULO 3: LA METAMORFOSIS DE LA REINA
La mañana siguiente no amaneció; estalló.
Alma no había dormido, pero no por el agotamiento habitual de la maternidad, sino por la electricidad pura que corría por sus venas. Estaba sentada en el suelo de la sala, rodeada de los mismos montones de ropa vieja, pero ahora la escena se sentía diferente. Ya no era un caos de pobreza; era el “antes” de una foto de “antes y después”.
A las 8:00 AM en punto, el timbre sonó. No era el cartero, ni el cobrador de la luz. Eran dos hombres vestidos con trajes negros impecables y gafas oscuras, flanqueando a un hombre mayor, británico, con un maletín de cuero que parecía costar más que todo el edificio de departamentos.
—¿Señora Okey? —preguntó el hombre mayor en un español con acento marcado pero elegante—. Soy Arthur Sterling, de Hasting & Hasting. Hablamos por teléfono hace unas horas.
Alma se alisó su mejor blusa (que aún tenía una pequeña mancha de cloro en el puño) y asintió.
—Pasen, por favor. Disculpen el desorden. Mis hijos…
—No se disculpe, señora —interrumpió Sterling con una reverencia genuina—. Estamos aquí para servirle.
Lo que siguió en las siguientes dos horas fue una clase magistral de poder. Sterling desplegó documentos, tarjetas de crédito negras hechas de titanio, y un teléfono satelital encriptado.
—Su tío era un hombre muy… privado, pero extremadamente poderoso. Nos dejó instrucciones precisas. Usted tiene acceso inmediato a una cuenta de “gastos menores” con 50 millones de dólares para emergencias inmediatas. El resto del fideicomiso se está transfiriendo a cuentas seguras en Suiza y las Islas Caimán para su protección fiscal.
Alma tomó la tarjeta negra. Pesaba. Se sentía fría y sólida.
—¿Puedo usarla ahora? —preguntó.
—En cualquier lugar del mundo. Sin límite preestablecido.
Alma miró a Gloria, que estaba dando el biberón a Sofía en la esquina, con los ojos abiertos como platos.
—Gloria, empaca solo lo esencial. Los documentos de los niños, las fotos… y ya. Deja todo lo demás. La ropa, los muebles, los recuerdos… que se quede todo aquí. Quiero empezar de cero.
—¿Y a dónde vamos, patrona? —preguntó Gloria, temblando de emoción.
—Al St. Regis. Reservé la Suite Presidencial. Y Gloria… —Alma se acercó y le tomó la mano a la mujer que la había salvado—. A partir de hoy, tu sueldo se multiplica por diez. Y quiero que seas la jefa de niñeras. Vas a necesitar contratar ayuda. No quiero que cargues una sola bolsa si no quieres.
Gloria soltó una carcajada llorosa. —¡Ay, mi niña! ¡Si el Marco nos viera ahora se le caían los calzones!
—Oh, nos va a ver —dijo Alma con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Pero cuando nos vea, ya será demasiado tarde.
Mientras Alma salía de su vida anterior en una caravana de camionetas blindadas enviadas por el bufete de abogados, Marco Dávila estaba en su oficina en Dávila & Halloway, sudando frío.
Estaba mirando su estado de cuenta personal en la pantalla de su computadora. Los números estaban en rojo. Muy rojo.
La cena de anoche había costado doce mil pesos. El regalo “de disculpa” para Claudia por no haber conseguido la invitación al yate (un bolso Louis Vuitton) le había costado otros cuarenta y cinco mil. Y la renta del penthouse vencía en tres días.
—Maldita sea —murmuró, aflojándose la corbata.
La puerta de su oficina se abrió y entró Rodrigo, uno de los socios junior con los que competía.
—Oye, Marco, ¿viste las noticias financieras hoy?
—No tengo tiempo para noticias, Rodrigo. Estoy cerrando el trato de los terrenos en Querétaro.
—Deberías verlas. Alguien está comprando acciones de la firma a lo loco. Una empresa fantasma, Phoenix Holdings. Han comprado el 15% de las acciones flotantes en una sola mañana. El viejo Halloway está nervioso. Dicen que es una adquisición hostil.
Marco rodó los ojos.
—Seguro es algún grupo chino. Siempre hacen eso para inflar el precio y luego vender. No me preocupa. Lo que me preocupa es que Halloway no me ha autorizado mi bono trimestral. Necesito ese dinero, Rodrigo.
—Pues buena suerte sacándole un peso hoy. El viejo está encerrado con los abogados. Si Phoenix Holdings llega al 51%, Halloway pierde el control. Y si Halloway se va… —Rodrigo hizo un gesto de cortarse el cuello—. Todos nosotros podríamos estar en la calle. Los nuevos dueños suelen traer a su propia gente.
Marco sintió una punzada de miedo, pero la descartó rápidamente. Él era indispensable. Era el mejor vendedor de la firma. Había traído la cuenta de los centros comerciales. Nadie en su sano juicio lo despediría.
—Yo estoy seguro. Mis números hablan por sí solos. Además… —sonrió con arrogancia— tengo contactos. El papá de Claudia conoce a medio mundo. Si esto se hunde, caigo parado.
En ese momento, su celular vibró. Era Claudia.
“Bebé, vi unos aretes divinos para la fiesta de mañana. Pasan por ellos, ¿sí? Ya los aparté. Te amo.”
Marco cerró los ojos y suspiró. Te amo. Esas dos palabras le costaban aproximadamente cincuenta mil pesos cada vez que ella las decía.
—Sí, mi amor. Paso por ellos —escribió de vuelta, mientras abría otra pestaña en su navegador para solicitar un préstamo personal rápido con intereses de usura.
El St. Regis de la Ciudad de México es un oasis de lujo sobre Paseo de la Reforma. Cuando la caravana de Alma llegó, el gerente general ya estaba esperándola en la entrada, alertado por Hasting & Sterling.
Alma bajó de la camioneta. Todavía llevaba sus jeans desgastados y sus tenis viejos, pero la forma en que caminaba había cambiado. Caminaba con la columna recta, con la barbilla en alto. Llevaba a Leo en brazos, mientras Gloria y dos asistentes proporcionados por el hotel se encargaban de las niñas.
—Bienvenida, Señora Okey —dijo el gerente, haciendo una reverencia—. Su suite está lista. Hemos acondicionado una habitación contigua como nursería, tal como solicitó el Sr. Sterling. Tenemos pediatras de guardia y un chef especializado en nutrición infantil a su disposición.
Alma asintió, ignorando las miradas curiosas de los huéspedes en el lobby que veían su ropa sencilla.
—Gracias. Necesito una cosa más.
—Lo que usted diga.
—Necesito un Personal Shopper. Y un estilista. Y un sastre. Para hoy. En una hora.
—Considerelo hecho. ¿Alguna marca en particular?
Alma pensó en todas las veces que Marco le había dicho que se vistiera “mejor” pero sin darle dinero para hacerlo. Pensó en Claudia y sus vestidos de diseñador.
—Todo. Quiero ver todo. Chanel, Dior, Herrera, Pineda Covalin. Y quiero trajes sastre. Muchos trajes. Voy a tener muchas reuniones de negocios.
Tres horas después, la Suite Presidencial parecía una pasarela de moda.
Alma estaba parada frente a un espejo de cuerpo entero. El estilista, un hombre francés llamado Jean-Luc, acababa de terminar con su cabello. Ya no era el chongo desordenado de madre cansada. Ahora, sus rizos naturales caían en una cascada brillante, hidratada y definida, enmarcando su rostro con una ferocidad elegante. Su maquillaje era sutil pero poderoso, resaltando sus ojos oscuros y ocultando cualquier rastro de las noches sin dormir.
Llevaba puesto un pantalón de vestir de talle alto color marfil y una blusa de seda color esmeralda que hacía juego con su piel morena. Se veía… cara. Se veía inalcanzable.
—Magnifique —susurró Jean-Luc—. Eres una diosa, chérie. Ese patán que te dejó debe estar ciego.
Alma se miró. Por primera vez en meses, se vio a sí misma. No a la madre, no a la esposa, no a la enfermera. Se vio a la mujer.
—Gracias, Jean-Luc.
En ese momento, Arthur Sterling entró en la suite con un teléfono en la mano.
—Señora Okey, tenemos noticias de la Bolsa. Phoenix Holdings —que es usted, por supuesto— acaba de adquirir otro 20% de Dávila & Halloway. El Sr. Halloway está pidiendo una reunión urgente con el “misterioso inversor”. Quiere negociar.
Alma sonrió. Se acercó a la ventana que daba a Reforma. A lo lejos, podía ver el edificio corporativo donde Marco trabajaba. Donde él se sentía el rey del mundo.
—Dile que acepto la reunión —dijo Alma—. Pero no hoy. Que sude un poco. Dile que el inversor se presentará en la junta mensual de socios, el próximo lunes.
—Eso es en tres días. Halloway estará desesperado para entonces. El precio de la acción bajará por la incertidumbre. Podremos comprar el resto por centavos.
—Exactamente, Arthur. Exactamente. Quiero que compren todo. Quiero el control absoluto. Quiero ser dueña hasta de la silla donde se sienta mi ex marido.
—Entendido. Y… hay otro asunto. El investigador privado que contratamos me envió el reporte completo de Marco Dávila. —Sterling le entregó una carpeta negra—. Sus finanzas, sus deudas, sus movimientos. Y… fotos. Muchas fotos.
Alma abrió la carpeta. Ahí estaban. Fotos de Marco y Claudia en restaurantes, en tiendas, entrando a hoteles… fechas que coincidían con su embarazo. Fechas en las que ella estaba en reposo absoluto por riesgo de aborto. Fechas en las que él le decía que estaba “trabajando tarde”.
Sintió una punzada de dolor, pero fue breve. El dolor se transformó rápidamente en munición.
—Perfecto —dijo Alma, cerrando la carpeta con un golpe seco—. Esto no es solo para el divorcio. Esto es para la cláusula de moralidad de la empresa. Cuando yo sea la dueña, voy a usar sus propias reglas corporativas para aplastarlo.
El fin de semana pasó volando. Mientras Marco se endeudaba más rentando una camioneta Suburban blindada para llevar a Claudia a una fiesta en Cuernavaca (porque no consiguió la casa en Valle), Alma se dedicó a aprender.
Pasó horas con Arthur Sterling y un equipo de asesores financieros aprendiendo sobre el negocio inmobiliario. Alma era inteligente; había sido la mejor de su clase en enfermería, una carrera que requiere memoria, precisión y trabajo bajo presión. Aplicó esa misma disciplina a los negocios.
Aprendió a leer balances, a entender los márgenes de utilidad, a identificar los activos tóxicos.
—Dávila & Halloway está sobreapalancada —dijo Alma el domingo por la noche, revisando unos documentos—. Tienen mucha deuda a corto plazo. Si los bancos piden el pago, quiebran.
—Correcto —dijo Sterling, impresionado—. Por eso Halloway está tan nervioso. Necesita inyección de capital.
—Bien. Yo seré su inyección de capital. Pero mi dinero viene con condiciones. Y la primera condición es una limpieza de la casa.
Llegó el lunes. El día del juicio final, aunque Marco no lo sabía.
Marco llegó a la oficina temprano, con resaca. El fin de semana había sido un desastre. Claudia se había quejado de todo: del calor, de la comida, de que la camioneta rentada “olía a viejo”. Habían peleado tres veces. Y para colmo, el préstamo rápido que había pedido ya le estaba cobrando intereses diarios.
—Buenos días, licenciado —le dijo su secretaria, que se veía nerviosa.
—¿Qué pasa, Lupita? ¿Por qué esa cara?
—Es que… hay rumores. Dicen que hoy vienen los nuevos dueños. Dicen que van a despedir gente.
—Tranquila, Lupita. A nosotros no nos tocan. Soy intocable.
A las 10:00 AM, todos los socios fueron convocados a la sala de juntas principal. El ambiente era fúnebre. El Sr. Halloway, un hombre de sesenta años que usualmente se veía vigoroso, parecía haber envejecido diez años en tres días.
—Señores —dijo Halloway con voz temblorosa—, como saben, hemos sido objeto de una adquisición hostil. Phoenix Holdings ha adquirido el 52% de la empresa. Tienen el control mayoritario. He intentado contactar a sus representantes, pero… son herméticos. Hoy vienen a tomar posesión.
Marco se ajustó el nudo de la corbata. Bueno, pensó, es hora de venderse al nuevo jefe. Quien sea, le gustarán los ganadores.
Las puertas dobles de caoba se abrieron.
Primero entraron cuatro guardias de seguridad privada, tipos enormes que se posicionaron en las esquinas. Luego entró Arthur Sterling y otro abogado.
Y finalmente, entró ella.
El sonido de los tacones Louboutin contra el piso de mármol resonó como disparos. Clac. Clac. Clac.
Llevaba un traje sastre blanco impecable, cortado a medida, que resaltaba su figura. Su cabello estaba recogido en una coleta alta y pulida. Llevaba gafas de sol oscuras que se quitó lentamente al llegar a la cabecera de la mesa, donde Halloway se apartó instintivamente.
Marco estaba mirando su celular, enviando un mensaje a Claudia prometiéndole que “todo saldría bien”.
—Buenos días, caballeros —dijo una voz que Marco conocía, pero que sonaba completamente ajena. Una voz con autoridad, con eco.
Marco levantó la vista.
El teléfono se le resbaló de las manos y cayó sobre la mesa con un ruido sordo.
Su cerebro no podía procesar la imagen. Veía a Alma. Pero no era Alma. No era la mujer con bata de hospital. No era la mujer con olor a leche.
Era una visión. Era poder puro.
—¿Alma? —susurró Marco, tan bajo que apenas se escuchó.
—Para ti, soy la Señora Okey. O mejor aún… —Alma sonrió, y la temperatura de la sala bajó diez grados—… puedes llamarme “Jefa”.
Un silencio sepulcral cayó sobre la sala. Los otros socios miraban de Marco a Alma, confundidos.
—¿La conoces, Marco? —preguntó Rodrigo.
—Es… es mi ex esposa —tartamudeó Marco, sintiendo que las paredes se cerraban sobre él.
—Corrección —dijo Alma, sentándose en la silla del presidente—. Soy tu ex esposa, y soy la dueña de este edificio, de esta mesa y de tu futuro. Sr. Halloway, gracias por cuidar mi silla. Ahora, podemos empezar la reunión. El primer punto del orden del día es la reestructuración de personal. Y creo que tenemos un exceso de “grasa” en el departamento de ventas. Específicamente, grasa desleal.
Marco sintió que el desayuno se le subía a la garganta. Miró a Alma a los ojos y vio el abismo. No había amor. No había odio. Había justicia. Y la justicia, descubrió Marco en ese momento, es mucho más aterradora que la venganza.
Alma abrió su carpeta.
—Bien, empecemos. ¿Alguien tiene alguna objeción antes de que empiece a dictar mi voluntad?
Nadie se movió. Nadie respiró.
El reinado de Alma había comenzado.
CAPÍTULO 4: LA GUILLOTINA DE CRISTAL
El silencio en la sala de juntas del piso 40 era tan absoluto que se podía escuchar el zumbido del aire acondicionado central. Veinte pares de ojos —los de los socios senior, los junior, los abogados y el propio Sr. Halloway— oscilaban como péndulos entre Marco Dávila, pálido y sudoroso, y Alma Okey, radiante y terrible en la cabecera de la mesa.
Marco sentía que el suelo de mármol se abría bajo sus pies. Su mente, usualmente ágil para las excusas y las ventas, estaba paralizada. ¿Cómo era posible? La mujer que hace tres días estaba llorando en una cama de hospital con una bata manchada, la mujer a la que él había dejado con menos de dos mil pesos en la cuenta, estaba ahora sentada en el trono de su reino, vistiendo un traje que costaba más que el auto de Marco.
—¿Nadie va a hablar? —preguntó Alma, rompiendo el silencio. Su voz era suave, casi melódica, pero tenía un filo metálico subyacente. Se quitó las gafas de sol y las colocó sobre la mesa con un clac deliberado—. Excelente. El silencio otorga.
—Alma… —Marco intentó hablar de nuevo, poniéndose de pie. Sus piernas temblaban—. Alma, mi amor, esto es… esto es una locura. ¿Qué haces aquí? ¿Quién te dejó entrar? —Se giró hacia Halloway, buscando un aliado—. Señor Halloway, esta mujer es mi ex esposa. Está… está emocionalmente inestable. Acaba de dar a luz. Seguramente está sufriendo psicosis posparto. Necesitamos llamar a seguridad y ayudarla.
Fue el error fatal. El último clavo en su ataúd.
Alma no gritó. No se levantó. Simplemente soltó una risa breve, seca.
—¿Inestable? —preguntó, mirándolo como quien mira a un insecto interesante—. Arthur, por favor, proyecta el documento 4-B en la pantalla.
Arthur Sterling asintió y presionó un botón en su laptop. La enorme pantalla inteligente detrás de Alma se iluminó. No era un reporte médico. Era un estado financiero consolidado de la adquisición de Phoenix Holdings.
—Caballeros —dijo Alma, dirigiéndose a la mesa e ignorando a Marco—, para los que aún están confundidos. Soy Alma Okey. Soy la propietaria del 52% de las acciones con derecho a voto de Dávila & Halloway. Lo que significa que no estoy “emocionalmente inestable”. Estoy legalmente a cargo. Y el Sr. Dávila acaba de sugerir que la dueña mayoritaria de esta firma está loca. Interesante estrategia laboral.
Halloway, sudando a mares, intervino rápidamente.
—Señora Okey… eh, Jefa. Marco no sabía… nadie sabía…
—Siéntese, Halloway —ordenó Alma sin mirarlo—. Tú también, Marco. Siéntate antes de que te caigas. Das pena.
Marco se desplomó en su silla. Su cerebro gritaba: 52 por ciento. Dueña. Millonaria. Los engranajes empezaron a girar. Si ella tenía dinero… si ella era la dueña… entonces él no estaba arruinado. ¡Él estaba salvado! ¡Eran sus hijos! ¡Ella todavía lo amaba, seguramente! Solo estaba dolida. Podía arreglarlo. Siempre podía arreglarlo con su encanto.
Se aflojó la corbata y esbozó esa sonrisa torcida que solía derretir a Alma en el pasado.
—Alma… —dijo, bajando el tono a uno más íntimo, ignorando a los 20 testigos—. Okay. Ganaste. Me sorprendiste. No sabía lo de… bueno, lo de tu familia. Pero me alegra. De verdad. Piensa en lo que esto significa para nosotros. Para los niños. Sé que cometí errores, estaba estresado, la presión del trabajo… pero somos una familia. Podemos arreglar esto. Podemos dirigir esto juntos. Tú y yo. Los reyes de la ciudad.
Alma lo miró fijamente durante diez segundos eternos.
—¿”Nosotros”? —preguntó ella.
—Sí, nena. Nosotros. El divorcio… bueno, podemos anularlo. Fue un error. Estaba confundido. Pero ahora veo claro.
Alma se giró hacia Arthur.
—Arthur, ¿el Sr. Dávila firmó los papeles del divorcio?
—Sí, señora. Hace tres días. Ante notario. Es cosa juzgada.
—¿Y renunció a sus derechos sobre los bienes conyugales?
—Totalmente. Cláusula 5: “El cónyuge masculino renuncia a cualquier reclamo financiero presente o futuro sobre el patrimonio de la cónyuge femenina a cambio de una separación inmediata y la custodia total de los menores para la madre”. Él insistió en esa cláusula para no pagar pensión extra.
Alma volvió a mirar a Marco.
—Lo escuchaste, Marco. Tú mismo diseñaste tu trampa. No hay “nosotros”. Hay una “Yo” multimillonaria, y un “Tú”… bueno, veamos qué eres tú.
Alma abrió la carpeta negra que tenía frente a ella.
—Pasemos al punto de Recursos Humanos. Sr. Halloway, ¿cuál es la política de la empresa respecto al uso de fondos corporativos para gastos personales?
—Es… es despido inmediato y acción legal, señora —respondió Halloway, mirando a Marco con horror.
—Bien. —Alma sacó un fajo de papeles y los deslizó por la larga mesa. Llegaron hasta las manos de Marco—. Marco, ¿reconoces estos cargos?
Marco miró los papeles. Eran copias de sus estados de cuenta de la tarjeta corporativa American Express.
Hotel Rodavento – Valle de Bravo – $45,000 MXN
Tiffany & Co. – Polanco – $80,000 MXN
Restaurante Rosa Negra – $12,000 MXN
—Esto… esto son gastos de representación. Clientes. —tartamudeó Marco.
—¿Ah, sí? —Alma levantó una ceja—. ¿La señorita Claudia Hartwick es clienta de la firma? Porque aquí tengo fotos de seguridad del hotel donde se ve claramente que “la clienta” y tú no estaban discutiendo contratos inmobiliarios en el jacuzzi.
La sala jadeó. Alguien soltó una risita nerviosa. Marco se puso rojo como un tomate.
—Eso es privado. ¡No puedes usar eso!
—Puedo y lo haré —dijo Alma, su voz endureciéndose—. Porque usaste dinero de mi empresa para acostarte con tu amante mientras tu esposa estaba en riesgo de aborto. Eso, Marco, se llama malversación de fondos. Y fraude.
Alma se puso de pie. Caminó lentamente alrededor de la mesa. El sonido de sus tacones era el único ruido en el mundo. Se detuvo detrás de la silla de Marco. Se inclinó y le susurró al oído, tal como él le había susurrado insultos en el hospital.
—Pero eso no es lo peor, Marco. Lo peor es la Cláusula de Moralidad.
Alma se enderezó y habló para toda la sala.
—Esta firma se basa en la confianza. Las familias nos confían su patrimonio. No podemos tener como socio, ni como empleado, a un hombre que abandona a su esposa y a cuatro recién nacidos en un hospital para irse de vacaciones con una amante. Eso es veneno para las relaciones públicas.
—¡Soy el mejor vendedor que tienes! —gritó Marco, desesperado, poniéndose de pie—. ¡Yo traje la cuenta de Torres Reforma! ¡Me necesitan!
—Te necesitábamos —corrigió Alma—. Pero la gente es reemplazable. La dignidad no.
Alma miró a los guardias de seguridad.
—Oficiales, el Sr. Dávila ya no es empleado de esta firma. Por favor, retírenle su credencial de acceso.
Dos guardias, enormes como montañas, se acercaron. Uno le arrancó el gafete que colgaba de su cuello.
—¡Oigan! ¡Suéltenme! —gritó Marco.
—También necesito las llaves del auto de la compañía —dijo Alma—. El BMW Serie 5. Es propiedad de la firma. Y el celular. También es de la firma.
—¿Me vas a dejar sin coche? —Marco miró a Alma con incredulidad—. ¿Cómo voy a llegar a casa?
—Hay una estación de metro a dos cuadras. O puedes caminar. Te hará bien. Dicen que el aire fresco ayuda a aclarar las ideas.
Marco sacó las llaves del auto y el iPhone 15 Pro de sus bolsillos y los azotó contra la mesa.
—Toma. Quédatelos. No los necesito. ¡Valgo más que esto! ¡Voy a demandarte! ¡Voy a ir a la competencia! ¡Inmobiliaria del Valle me contratará mañana mismo!
Alma sonrió. Una sonrisa depredadora.
—Adelante, Marco. Llámalos. Oh, espera, no tienes teléfono. Bueno, cuando consigas uno, llámalos. Pero te advierto: acabo de comprar Inmobiliaria del Valle también esta mañana. Y Grupo Carso… bueno, digamos que el ingeniero Slim y yo tuvimos una charla muy productiva sobre “ética empresarial”. Estás en la lista negra, Marco. En esta ciudad, nadie te va a contratar ni para vender chicles en un semáforo.
Marco sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Estaba acorralado. Destruido.
Los guardias lo tomaron por los brazos.
—Sáquenlo de mi edificio —ordenó Alma, volviéndose de espaldas a él para mirar por la ventana—. Y asegúrense de que no se lleve ni un clip.
—¡Alma! ¡Alma, no puedes hacerme esto! ¡Soy el padre de tus hijos! —gritó Marco mientras lo arrastraban hacia la puerta.
Alma no volteó.
—Fuiste un donante de esperma, Marco. Un padre es el que se queda.
Las puertas se cerraron. El silencio volvió a la sala.
Alma respiró hondo. Sus manos temblaban ligeramente, no de miedo, sino de la descarga de adrenalina de haber contenido tanta rabia durante tanto tiempo.
—Bien —dijo, volviéndose hacia los socios que la miraban con una mezcla de terror y admiración absoluta—. Ahora que sacamos la basura, hablemos de negocios. Quiero ver los reportes de ventas del último trimestre. Y Sr. Halloway… tráigame un café. De olla. Y rápido.
Diez minutos después, Marco Dávila estaba parado en la acera de Paseo de la Reforma.
El sol del mediodía caía a plomo. El ruido del tráfico era ensordecedor. Pasaban ejecutivos apresurados, vendedores ambulantes gritando “¡Tacos de canasta, tacos!”, y turistas tomándose fotos.
Nadie miraba a Marco.
Nadie veía al gran “Tiburón Inmobiliario”. Solo veían a un hombre en un traje caro pero arrugado, con la corbata chueca, sosteniendo una caja de cartón con una engrapadora, una foto enmarcada de sí mismo (la de Alma la había tirado hace meses) y una planta de escritorio moribunda.
Estaba sudando. No tenía auto. No tenía chofer. No tenía teléfono corporativo.
Buscó en su bolsillo interior y sacó su teléfono personal. El viejo Android que usaba para cosas “turbias” y que no había entregado. Tenía 12% de batería.
Marcó el número de Claudia.
—Contesta, contesta, maldita sea…
—¿Bueno? —la voz de Claudia sonaba adormilada y molesta.
—Claudia, gracias a Dios. Tienes que venir por mí. Estoy en Reforma.
—¿Marco? ¿Por qué me llamas de ese número naco? ¿Dónde está tu iPhone?
—Hubo… hubo un problema en la oficina. Una reestructuración. Fue una locura. Me… me despidieron, Claudia.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—¿Cómo que te despidieron? —preguntó ella, su tono cambiando instantáneamente de aburrimiento a alerta—. ¿Y el bono? ¿Y el ascenso?
—Todo se fue. Alma… ella compró la empresa.
—¿Alma? ¿Tu ex, la gorda? —Claudia soltó una risa incrédula—. Marco, deja de bromear. Necesito que me deposites para el facial de hoy.
—¡No es una broma! —gritó Marco, atrayendo miradas de los transeúntes—. ¡Heredó quinientos billones de dólares! ¡Compró la maldita empresa y me echó a la calle! Me quitó el coche, me bloqueó las cuentas… Claudia, estoy en cero. Necesito que vengas. Necesitamos pensar qué hacer. Podemos irnos a tu departamento, vender algunas cosas, empezar de nuevo…
—¿”Mi” departamento? —interrumpió Claudia, su voz ahora fría como el hielo—. El departamento lo paga tu empresa, Marco. Si te despidieron, ¿quién va a pagar la renta el próximo mes?
—Yo… bueno, encontraré algo. Pero por ahora…
—No, no, no. Escúchame, Marco. Yo no hago “pobreza”. Yo no hago “empezar de nuevo”. Yo estoy en mi prime.
—Claudia, te amo. Dejé a mi familia por ti.
—Y eso fue muy estúpido de tu parte, ¿no crees? —dijo ella con crueldad—. Dejaste a una multimillonaria por mí. O sea, gracias por el cumplido, pero qué pésima decisión financiera.
—Claudia, por favor…
—Mira, Marco, voy a ser clara. La tarjeta que me diste rebotó hace rato en Sephora. Fue súper vergonzoso. Así que… no me vuelvas a llamar. Voy a llamar a Ricardo. Él siempre quiso volver conmigo y escuché que acaba de comprar un yate nuevo.
—¡Eres una interesada! ¡Una basura!
—Y tú eres un desempleado cuarentón parado en la calle. Bye, perdedor.
Click.
La llamada se cortó.
Marco se quedó mirando el teléfono. Batería baja: 2%.
—¡Maldita sea! —gritó, y lanzó el teléfono contra el suelo. El aparato se hizo pedazos en el concreto.
Ahora estaba realmente incomunicado.
Se sentó en una banca de metal caliente, poniendo la caja de cartón a su lado.
Miró hacia arriba. El edificio de Dávila & Halloway (pronto a llamarse Okey Enterprises, seguramente) se alzaba brillante y azul contra el cielo.
En el piso 40, sabía que Alma estaba allí.
Empezó a llover.
Una de esas lluvias típicas de la Ciudad de México: repentina, violenta y fría.
La gente corría a refugiarse. Marco se quedó sentado. El agua empapaba su traje de cuarenta mil pesos, arruinaba sus zapatos de cuero italiano y hacía que el tinte barato que usaba para ocultar sus primeras canas le escurriera por la frente.
Pasó un vendedor de paraguas.
—¡Paraguas, jefe! ¡A cincuenta pesitos! ¡Llévelo!
Marco se metió la mano al bolsillo. Sacó su cartera. La abrió.
Estaba vacía. Claudia se había gastado todo el efectivo de la semana anterior. Sus tarjetas estaban topadas o canceladas.
No tenía ni cincuenta pesos.
El vendedor lo miró con lástima, o tal vez con desprecio.
—¿No trae cambio, jefe? Bueno, pa’ la otra.
Y siguió caminando.
Marco Dávila, el hombre que soñaba con ser el rey de Nueva York (o al menos de Santa Fe), se cubrió la cara con las manos y sollozó.
No lloraba por sus hijos. No lloraba por Alma.
Lloraba porque sabía que, por primera vez en su vida, era exactamente lo que su madre siempre temió que fuera: un nadie.
Arriba, en la suite ejecutiva, Alma miraba la lluvia golpear el ventanal.
No podía ver a Marco desde esa altura; era solo una hormiga más en el hormiguero. Pero sabía que estaba ahí abajo.
—Señora Okey —dijo Arthur, entrando con una taza de café humeante y unos papeles—. Tenemos la confirmación. El bloqueo financiero a las cuentas personales del Sr. Dávila por la demanda de pensión retroactiva y daños morales ha sido ejecutado. Está congelado en todos los bancos de México.
—Gracias, Arthur.
—¿Quiere que le enviemos un auto para llevarlo a algún lado? Digo… por humanidad.
Alma se dio la vuelta. Sus ojos estaban secos.
—¿Humanidad? Él dejó a mis hijos sin leche, Arthur. Él me dijo que los vendiera si no podía mantenerlos. No. Que camine. Que sienta el agua fría. Que tenga hambre.
Tomó un sorbo de café. Sabía a gloria.
—Además —añadió—, esto apenas empieza. Congelar sus cuentas es el primer paso. Ahora quiero que averigües quién es el dueño del departamento donde vive esa tal Claudia. Quiero comprar ese edificio también. Tengo ganas de subirles la renta.
Arthur sonrió. Le gustaba esta mujer.
—A la orden, Jefa.
Alma volvió a mirar la ciudad. Pensó en sus hijos, seguros en el hotel con Gloria y un equipo de enfermeras.
—Esto es por ustedes, mis amores —susurró—. Nadie, nunca más, nos va a humillar.
El teléfono de la oficina sonó. Era la recepción.
—Señora Okey, hay una señora aquí abajo… dice que es su suegra. La Sra. Beatriz Dávila. Está gritando que exige verla. Dice que es la abuela de los herederos y que tiene derechos.
Alma sonrió. La segunda fase de la limpieza estaba por comenzar. Beatriz. La mujer que nunca tocó la puerta.
—Dile que suba —dijo Alma—. Y prepara la sala de espera. Pero que espere. Que espere tres horas. Quiero que lea todas las revistas viejas antes de que me digne a verla.
La lluvia seguía cayendo sobre la ciudad, limpiando las calles, llevándose la basura. Y Alma Okey estaba lista para limpiar su vida, un parásito a la vez.
CAPÍTULO 5: EL JUICIO DE LA MATRIARCA CAÍDA
La sala de espera ejecutiva en el piso 40 de Okey Enterprises (anteriormente Dávila & Halloway) era un monumento al minimalismo intimidante. Muebles de cuero italiano negro, arte abstracto que costaba millones y una vista de la Ciudad de México que te hacía sentir como un dios mirando a las hormigas.
Doña Beatriz Dávila llevaba tres horas y diecisiete minutos sentada allí.
—Oiga, niña —chasqueó los dedos hacia la recepcionista, Lupita, quien ahora lucía un uniforme mucho más elegante y una sonrisa blindada—. Ya pasaron tres horas. ¿A qué hora piensa recibirme? Soy su suegra, por el amor de Dios. Tengo derechos.
Lupita levantó la vista de su computadora con una calma exasperante.
—La Señora Okey está en una llamada con Tokio, Señora Dávila. Me dio instrucciones estrictas de no interrumpir. Le sugiero que pruebe las galletas, son artesanales.
Beatriz resopló, ajustándose su saco Chanel (que era de la colección de hace ocho años, aunque ella juraba que era vintage). Estaba furiosa. Indignada. ¿Cómo se atrevía esa… esa igualada a hacerla esperar? Ella era una Dávila. Su apellido estaba en las calles de la colonia (bueno, en una calle pequeña de una colonia vieja, pero contaba). Alma no era más que una enfermera con suerte, una “naca” que se había sacado la lotería.
Beatriz había venido con un plan claro. Había visto a Marco ser arrastrado fuera del edificio por la seguridad. Fue humillante, sí, pero Beatriz era una pragmática. Si Marco había perdido el favor de la reina, entonces la reina madre tendría que intervenir. Pensaba usar la carta de “la abuela amorosa”. Nadie le niega el acceso a una abuela, ¿verdad? Y una vez dentro, manipularía a Alma. Le recordaría que ella, Beatriz, era la única figura materna “de clase” que esos niños tendrían. Se haría indispensable. Y luego… bueno, luego tomaría el control de las cuentas bancarias “por el bien de los nietos”.
El teléfono de Lupita sonó suavemente. Ella asintió.
—La Señora Okey la recibirá ahora. Pase por la puerta doble.
Beatriz se puso de pie, alisándose la falda y levantando la barbilla. “Aquí vamos”, pensó. “Recuerda: lástima y autoridad. Esa es la mezcla”.
Entró a la oficina principal.
El cambio era drástico. Alma había ordenado redecorar en tiempo récord. Los pesados muebles de madera oscura y olor a tabaco viejo de Halloway habían desaparecido. Ahora todo era luz, cristal y orquídeas blancas.
Alma estaba sentada detrás de un escritorio de vidrio templado que parecía flotar. No se levantó cuando Beatriz entró. Ni siquiera sonrió. La miró por encima de sus lentes de lectura con una expresión que Beatriz nunca había visto en ella: aburrimiento absoluto.
—Siéntate, Beatriz —dijo Alma, señalando una silla baja frente al escritorio. La silla estaba estratégicamente colocada para que quien se sentara quedara más abajo que Alma.
—”Suegra”, por favor, o “Doña Beatriz”, como siempre me has dicho —corrigió la mujer mayor, tratando de recuperar el dominio—. Alma, querida, qué locura todo esto. Vine en cuanto supe. Pobre Marco, está… bueno, está confundido. Pero nosotras somos madres, ¿verdad? Nosotras entendemos que la familia es lo primero.
Alma cerró la carpeta que estaba leyendo. Entrelazó los dedos y apoyó la barbilla en ellos.
—Tienes razón. La familia es lo primero. Por eso mis hijos están en una suite blindada en el St. Regis con guardaespaldas, lejos de la gente tóxica.
Beatriz soltó una risita nerviosa.
—Ay, hija, qué dramática. “Tóxica”. Esas son palabras de moda. Mira, sé que estás dolida. Marco fue un tonto con esa tal Claudia. Yo siempre le dije: “Marco, esa mujer es una interesada”. Pero ya sabes cómo son los hombres. Tienen necesidades. Uno tiene que perdonar y mirar por el bien de los niños.
—¿Siempre le dijiste que era una interesada? —preguntó Alma, arqueando una ceja—. Qué curioso. Porque tengo aquí el registro de chat de WhatsApp de Marco.
Alma tocó la pantalla de su tablet y una grabación de voz comenzó a reproducirse en los altavoces envolventes de la oficina. La voz de Beatriz llenó la habitación, clara y chillona:
Audio: “Ay, hijo, por fin te decidiste. Esa enfermera nos tiene hartos. Claudia sí es una mujer de mundo. Imagínate los nietos rubios que te daría. Además, su papá es senador. Deja a la gorda esa y vete con Claudia. Yo me encargo de hacerle la vida imposible a Alma hasta que se largue.”
El silencio que siguió fue sepulcral. Beatriz se puso pálida bajo su capa de maquillaje. Abrió la boca y la cerró como un pez fuera del agua.
—Eso… eso está editado. Es inteligencia artificial. Ahora hacen esas cosas —tartamudeó Beatriz.
—No insultes mi inteligencia, Beatriz. Tengo los mensajes de texto, los correos y las facturas. Sé que tú le presentaste a Claudia. Sé que organizaste esa cena “de negocios” donde se conocieron. Sé que le aconsejaste que escondiera activos antes del divorcio.
Alma se puso de pie y caminó hacia el ventanal, dándole la espalda a su suegra.
—Durante cinco años, te traté con respeto. Te cociné en Navidad. Te cuidé cuando te operaron de la cadera, yo misma te cambié los vendajes porque tu hijo estaba “muy ocupado”. Soporté tus insultos velados, tus críticas a mi ropa, a mi pelo, a mi color de piel. Me llamaste “prieta”, “igualada”, “pobretona”.
Se giró bruscamente, y sus ojos brillaban con fuego frío.
—Y el día que di a luz a cuatro bebés, tus nietos, te paraste junto a mi cama mientras tu hijo me abandonaba y te reíste. Dijiste que era un “desperdicio de espacio”.
—Estaba… estaba alterada —intentó excusarse Beatriz, encogiéndose en la silla—. Alma, por favor. Soy una mujer mayor. Tengo presión alta.
—Y vas a tenerla más alta en un momento —dijo Alma, volviendo al escritorio y tomando un documento—. Hablemos de tus finanzas, Beatriz. Siempre presumiste de ser de la “alta sociedad”, de tener apellido. Pero mis auditores encontraron algo muy interesante esta mañana.
Alma lanzó el documento sobre el escritorio. Se deslizó hasta quedar frente a Beatriz.
—Tu casa en Lomas de Chapultepec. Esa mansión “ancestral”. Resulta que no es tan ancestral. Está hipotecada hasta el techo. Has pedido tres reestructuraciones de deuda en los últimos dos años para mantener tu estilo de vida, tus viajes, tus joyas falsas y tus tardes de casino.
Beatriz empezó a sudar frío.
—Eso es privado.
—Ya no —dijo Alma con una sonrisa depredadora—. El banco estaba a punto de embargarte el próximo mes por falta de pago. Pero no te preocupes, no te van a embargar.
—¿No? —los ojos de Beatriz se iluminaron con esperanza—. ¿Tú… tú pagaste la deuda, Alma? ¡Ay, gracias! Sabía que en el fondo eras buena. Sabía que…
—Yo compré la deuda —interrumpió Alma—. Compré tu hipoteca al banco esta mañana. Soy dueña de tu deuda, Beatriz. Lo que significa que ahora soy dueña de tu casa.
La sonrisa de Beatriz se congeló y se rompió en mil pedazos.
—¿Qué?
—Y como nueva acreedora, he revisado los términos. Resulta que has violado varias cláusulas de mantenimiento y pago de impuestos prediales. Así que he decidido ejecutar la garantía.
—¿Qué estás diciendo? —chilló Beatriz, poniéndose de pie—. ¡Es mi casa! ¡He vivido ahí cuarenta años!
—Y has vivido gratis los últimos cinco, a costa del banco. Se acabó la fiesta. Mis abogados ya iniciaron el trámite de desalojo. Tienes 48 horas para sacar tus cosas.
—¡No puedes hacerme esto! ¡Soy la abuela de tus hijos! ¡Marco no lo permitirá!
—Marco está en la calle, sin un peso, probablemente mojándose bajo la lluvia —dijo Alma con indiferencia—. Y tú vas a acompañarlo. Quizás puedan rentar un cuartito juntos en Iztapalapa. Dicen que es muy pintoresco.
—¡Eres una maldita! —gritó Beatriz, perdiendo toda compostura. Se lanzó hacia el escritorio, con las manos convertidas en garras—. ¡Maldita india rencorosa! ¡Te voy a matar!
En un segundo, la puerta se abrió y entraron dos guardias de seguridad. No tuvieron que usar mucha fuerza; Beatriz era una mujer frágil sostenida solo por el odio y la laca para el pelo. La sujetaron por los brazos.
—Sáquenla —ordenó Alma—. Y si vuelve a pisar el lobby, llamen a la policía. Quiero una orden de restricción para ella y para Marco. Que no se acerquen a menos de 500 metros de mis hijos o de mí.
—¡Me las vas a pagar! —gritaba Beatriz mientras la arrastraban, pataleando y perdiendo un zapato en el proceso—. ¡Dios te va a castigar!
—Dios ya me bendijo, Beatriz —dijo Alma, tomando su zapato perdido con dos dedos, como si fuera radiactivo, y dejándolo caer en el bote de basura—. Ahora le toca castigarte a ti.
Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a la oficina.
Alma se dejó caer en su silla. Su corazón latía con fuerza. No sentía culpa. Ni una pizca. Sentía una ligereza que no había sentido en años. La sombra de esa mujer, que siempre había oscurecido su matrimonio y su autoestima, se había disipado.
Miró el reloj. Eran las 2:00 PM.
—Lupita —dijo por el intercomunicador.
—¿Sí, Jefa?
—Manda pedir comida. Tengo hambre. Y consígueme el número del dueño del edificio donde vive Claudia Hartwick. Creo que tengo ganas de comprar más propiedades hoy.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, la tragedia de los Dávila continuaba en un acto paralelo y patético.
Marco Dávila había caminado bajo la lluvia durante una hora hasta llegar a una estación de metro. Nunca usaba el metro. Le daba asco. Pero no tenía opción. Se coló detrás de un estudiante cuando pasaron los torniquetes, recibiendo un insulto del guardia que no alcanzó a detenerlo.
El viaje fue una pesadilla de olores, empujones y miradas. Su traje empapado olía a lana mojada. La gente lo miraba como a un loco: un hombre vestido de gala, sucio, con una caja de cartón y una planta muerta, llorando en silencio en un vagón lleno de gente trabajadora.
Llegó a la zona de Lomas de Chapultepec después de caminar otros cuarenta minutos desde la estación más cercana (porque el metro no llega a las zonas ricas, una cruel ironía urbana).
La casa de su madre era su último refugio. “Ella me ayudará”, pensaba. “Ella tiene joyas, tiene cuadros. Podemos vender algo. Podemos contratar abogados”.
Llegó a la reja de la casona estilo colonial californiano. Estaba cerrada.
Tocó el timbre frenéticamente.
—¡Mamá! ¡Mamá, ábreme! ¡Soy yo, Marco!
Nadie contestó. La servidumbre probablemente se había ido; Beatriz no les pagaba desde hacía meses, según recordaba Marco, siempre con la excusa de “problemas de flujo de efectivo”.
Marco se sentó en la banqueta, derrotado. La lluvia había parado, pero el frío le calaba los huesos.
Veinte minutos después, un taxi se detuvo frente a la casa.
Marco levantó la cabeza.
Beatriz bajó del taxi. Se veía terrible. El maquillaje corrido la hacía parecer un mapache furioso. Le faltaba un zapato y caminaba cojeando. El taxista le gritó algo sobre el pago, y ella le arrojó un billete arrugado antes de azotar la puerta.
—¡Mamá! —gritó Marco, corriendo hacia ella—. ¡Mamá, gracias a Dios! Tienes que ayudarme. Alma se volvió loca. Me quitó todo. Me echó de la empresa. Claudia me dejó. No tengo a dónde ir.
Beatriz se detuvo y miró a su hijo.
Por primera vez en su vida, no lo miró con adoración. No vio al “príncipe”, al “heredero”. Vio a un hombre fracasado, mojado y llorón que era la viva imagen de su propia derrota.
—¿Que te ayude? —sisistió Beatriz, con la voz quebrada por la histeria—. ¿Que te ayude? ¡Imbécil! ¡Inútil! ¡Por tu culpa estoy en la calle!
Marco retrocedió, sorprendido.
—¿De qué hablas?
—¡Vengo de ver a tu ex mujer! —gritó Beatriz, golpeándolo en el pecho con su bolsa—. ¡Esa maldita víbora compró mi hipoteca! ¡Me dio 48 horas para largarme! ¡Me quitó mi casa, Marco! ¡MI CASA! Y todo porque tú no pudiste mantener los pantalones cerrados y tuviste que meterte con la estúpida de Claudia.
—¡Tú me dijiste que me fuera con ella! —gritó Marco, defendiéndose—. ¡Tú me dijiste que Alma era poca cosa! ¡Tú me empujaste!
—¡Porque pensé que eras inteligente! ¡Pensé que sabrías manejarlo! ¡Pero eres un idiota! Dejaste a una mujer que heredó una fortuna petrolera por una niña fresa que no tiene ni en qué caerse muerta. ¡Arruinaste nuestro apellido! ¡Nos arruinaste a todos!
Beatriz buscó las llaves en su bolsa con manos temblorosas.
—¡Abre la puerta, mamá! ¡Tenemos que entrar, sacar las cosas de valor antes de que vengan los abogados!
Beatriz encontró la llave y la metió en la cerradura. No giró.
Lo intentó de nuevo. Nada.
Miró la puerta. Había un sello pegado en el marco, discreto pero legal. Y la cerradura había sido cambiada.
—No… —susurró Beatriz—. No puede ser tan rápida.
—¿Cambió las cerraduras? —preguntó Marco, incrédulo—. ¿En dos horas?
—Tiene dinero, Marco —dijo Beatriz, dejándose caer de rodillas en el suelo mojado de su propia entrada—. Tiene dinero infinito. Puede comprar cerrajeros, jueces y al mismo diablo si quiere.
Madre e hijo se quedaron allí, sentados en la banqueta de una de las calles más exclusivas de México, frente a una mansión que ya no era suya, mientras los vecinos pasaban en sus autos de lujo y desviaban la mirada para no ver la miseria ajena.
—Tengo hambre —dijo Marco después de un rato, con voz de niño pequeño.
Beatriz lo miró con odio puro.
—Cómete tu orgullo, Marco. Es lo único que nos queda.
Mientras el sol se ponía sobre la derrota de los Dávila, Alma estaba en su camioneta blindada, camino a su siguiente parada.
Había terminado con el trabajo de oficina por hoy. Pero le quedaba un asunto personal pendiente.
La camioneta se detuvo frente a un edificio moderno de departamentos en Santa Fe. El edificio High Park. Donde vivía Claudia.
Alma no iba a entrar. No necesitaba ver a Claudia. Eso sería rebajarse.
Pero sí necesitaba asegurarse de que el mensaje llegara claro.
Sacó su nuevo teléfono y marcó un número.
—¿Bueno? ¿Sr. Cárdenas? —dijo Alma.
—Sí, a sus órdenes. ¿Con quién hablo? —respondió la voz de un hombre mayor, el dueño del edificio.
—Habla Alma Okey. Creo que mis abogados lo contactaron hace una hora con una oferta por su edificio. Una oferta en efectivo, muy superior al valor de mercado.
—¡Ah, sí, Señora Okey! ¡Un honor! La oferta es… generosísima. Mi abogado ya está redactando los contratos. Prácticamente el edificio es suyo.
—Excelente. Me alegra hacer negocios con usted. Pero tengo una pequeña condición para cerrar el trato mañana mismo.
—Lo que usted diga.
—Hay una inquilina en el penthouse 42. Señorita Claudia Hartwick. Tengo entendido que su contrato de arrendamiento tiene una cláusula de “buena conducta vecinal”.
—Eh… sí, estándar.
—Bueno, resulta que tengo reportes de que en ese departamento se llevan a cabo actividades… escandalosas. Ruido, fiestas, gente indeseable. Como futura dueña, no quiero ese tipo de inquilinos. Le agradecería mucho si pudiera notificarle la rescisión de su contrato hoy mismo. Efecto inmediato.
—Pero… eso es un poco agresivo, señora. Legalmente tiene derecho a 30 días…
—Le ofrezco un millón de pesos extra si ella está fuera antes de la medianoche. Y dos millones si el departamento se queda vacío, sin muebles.
Hubo una pausa breve al otro lado de la línea. El dinero habla más fuerte que la ley de arrendamiento en México.
—Considerelo hecho, Señora Okey. Mandaré a seguridad ahora mismo.
Alma colgó y sonrió.
Miró hacia arriba, al piso 42. Las luces estaban encendidas. Podía imaginar a Claudia allí arriba, probándose ropa, quizás buscando a su próxima víctima rica.
No tenía idea de que el suelo estaba a punto de desaparecer.
—Vámonos al hotel, chofer —dijo Alma—. Mis hijos me esperan para el cuento de buenas noches.
Mientras la camioneta se alejaba, Alma sacó de su bolsa una foto vieja, arrugada y rota. Era una foto de ella y Marco el día de su boda. Se veían felices. Pobres, pero felices.
Miró la cara de Marco joven, lleno de promesas.
—Adiós, Marco —susurró.
Bajó la ventanilla eléctrica y dejó que el viento arrancara la foto de sus dedos. El papel voló hacia la noche, perdiéndose en el tráfico de la ciudad que ahora le pertenecía a ella.
La venganza estaba casi completa. Solo faltaba verlos arrastrarse. Y Alma tenía asientos de primera fila.
CAPÍTULO 6: LA REINA DE HIELO Y LA PRINCESA DE PLÁSTICO
Eran las 8:45 PM. El cielo sobre Santa Fe estaba despejado, permitiendo ver las luces parpadeantes de los aviones que descendían hacia el aeropuerto. En el piso 42 del edificio High Park, Claudia Hartwick estaba viviendo su mejor vida, o al menos, la versión de Instagram de ella.
Estaba acostada en el sofá de terciopelo rosa, con una mascarilla de oro de 24 quilates en la cara, desplazándose furiosamente por Tinder y Raya. Después de colgarle a Marco, había decidido que el luto por una relación fallida duraba exactamente lo que tardaba en encontrar un nuevo patrocinador.
—A ver… —murmuró, deslizando el dedo a la izquierda—. No, muy feo. No, coche barato en la foto. No, tiene hijos. Ugh, ¿dónde están los hombres de verdad?
Su celular vibró con una notificación de Rappi. Su cena de sushi de mil pesos estaba en camino.
“La vida sigue”, pensó Claudia. “Marco era un peldaño. Ahora necesito un elevador”.
El timbre del penthouse sonó.
Claudia sonrió bajo la mascarilla. “Seguro es el sushi. Qué rápido”.
Se levantó, ajustándose la bata de seda, y caminó hacia la puerta. Abrió sin mirar por la mirilla.
—Déjalo en la mesa, gracias, y aquí tienes… —empezó a decir, extendiendo una propina de veinte pesos.
Pero no era el repartidor.
Eran tres hombres uniformados de seguridad privada del edificio y una mujer con traje sastre y carpeta en mano. Detrás de ellos, dos cargadores con cajas vacías.
—¿Señorita Claudia Hartwick? —preguntó la mujer con voz profesional y fría.
—Sí, soy yo. ¿Qué pasa? ¿Vinieron a pedir autógrafos? —bromeó Claudia, aunque un nudo se le formó en el estómago.
—Soy la licenciada Méndez, representante legal de la administración del edificio. Estamos aquí para notificarle la rescisión inmediata de su contrato de arrendamiento por violación de la cláusula 14, inciso B: “Conducta inmoral y escándalos reiterados”.
—¿Qué? —Claudia soltó una risa nerviosa—. ¿De qué hablas? ¡Yo soy la mejor inquilina que tienen! ¡Este edificio es lo que es gracias a gente como yo!
—Tiene una hora para desalojar el inmueble, señorita —continuó la abogada, ignorando el berrinche—. Mis asociados están aquí para… ayudarla a empacar sus efectos personales estrictamente necesarios.
—¡Estás loca! ¡Voy a llamar a mi abogado! ¡Voy a llamar a mi papá! —gritó Claudia, tratando de cerrar la puerta.
Pero uno de los guardias puso una bota blindada en el umbral.
—No puede cerrar, señorita. Esto es un desalojo legal. Si se resiste, tendremos que llamar a la fuerza pública. Y créame, no quiere salir en las noticias siendo arrestada con esa… cosa en la cara.
Claudia se tocó la mascarilla de oro. Se dio cuenta de lo ridícula que debía verse.
—¿Quién ordenó esto? —preguntó, bajando la voz—. ¿Fue Marco? ¡Ese inútil no tiene dinero ni para pagar el gas!
—La orden viene directamente de la nueva propietaria del edificio —dijo la abogada.
—¿Nueva propietaria? ¿Quién?
La abogada sonrió levemente.
—La Señora Alma Okey.
El nombre golpeó a Claudia como una bofetada física.
—¿Alma? ¿La ex de Marco? ¿La gorda de la que se burlaba?
—La Señora Okey prefiere el término “magnate inmobiliaria”. Y le sugiero que se apure. El reloj corre.
Los cargadores entraron. No fueron delicados. Empezaron a meter ropa de diseñador, bolsas, zapatos y cosméticos en cajas de cartón genéricas, mezclando los Louboutin con la ropa interior sucia.
—¡Cuidado con eso! ¡Es seda! ¡No lo toquen! —chillaba Claudia, corriendo de un lado a otro.
—Señorita, los muebles se quedan —dijo uno de los guardias, deteniéndola cuando intentaba agarrar una lámpara—. Son propiedad del departamento según el inventario.
—¡Pero yo compré los cojines!
—Se quedan.
En cuarenta y cinco minutos, la vida de “lujo” de Claudia Hartwick fue reducida a seis cajas de cartón apiladas en el pasillo de servicio.
La abogada le entregó un documento.
—Firme aquí de recibido. Y aquí, reconociendo que no volverá a pisar esta propiedad.
Claudia firmó con mano temblorosa, las lágrimas de rabia arruinando su mascarilla de oro seca.
—Esto es ilegal. Esto es abuso de poder.
—Esto es el mercado inmobiliario, cariño —dijo la abogada, cerrando la carpeta—. Que tenga buenas noches.
La puerta del penthouse se cerró en su cara. Se escuchó el sonido del cerrojo electrónico activándose.
Claudia se quedó en el pasillo frío, con sus cajas, vistiendo una bata de seda y pantuflas de peluche.
El elevador principal estaba bloqueado para ella. Tuvo que bajar las cajas por el elevador de carga, junto con la basura del edificio.
Cuando salió a la calle, la realidad la golpeó. No tenía coche (el Mercedes era leasing a nombre de la empresa de Marco, y ya se lo habían llevado). No tenía a dónde ir.
Sacó su celular. Marcó el número de su padre, el “influyente” ex-político.
—¿Papá?
—Claudia, ¿qué horas son estas? Estoy en una reunión.
—Papá, me echaron de mi casa. Alma, la ex de Marco, compró el edificio. Tienes que hacer algo. Demándala. Mándale a alguien.
Su padre suspiró al otro lado de la línea.
—Hija, ya me enteré de quién es esa señora Okey. Sus abogados son de Londres y Nueva York. Tienen más poder que el partido entero. No me voy a meter en problemas por tus caprichos. Te dije que ese tal Marco era un perdedor.
—¡Papá! ¡Estoy en la calle!
—Vete a casa de tu madre en Cuernavaca. Te mandaré para el autobús. Y Claudia… madura. Ya tienes 26 años. Deja de jugar a la princesa.
Colgó.
Claudia miró el teléfono. Miró sus cajas. Miró el edificio que alguna vez fue su castillo.
Empezó a llover de nuevo.
—Maldita sea Alma —susurró—. Maldita sea.
Pero su maldición se perdió en el viento. Claudia Hartwick, la chica que nunca recibía un “no”, acababa de recibir el “no” más grande de su vida.
A la mañana siguiente, el sol brillaba sobre la Ciudad de México, indiferente a las tragedias y victorias de la noche anterior.
En la suite del St. Regis, Alma desayunaba con sus hijos.
O bueno, ella tomaba café mientras Gloria y dos enfermeras auxiliares alimentaban al batallón.
La escena era de paz doméstica, pero con un toque de surrealismo millonario.
—Señora, tiene una llamada del Sr. Sterling —anunció uno de los asistentes.
Alma tomó el teléfono.
—Dime, Arthur.
—Buenos días, Jefa. Reporte matutino: El desalojo de la Srta. Hartwick se completó sin incidentes mayores, salvo unos gritos. El edificio es suyo. Los inquilinos están felices con la noticia de que habrá renovaciones.
—Perfecto. ¿Y Marco?
—Aquí viene lo interesante. Marco y su madre pasaron la noche en un motel de paso en Tlalpan. Al parecer, vendieron un reloj de Beatriz para pagarlo. Esta mañana, Marco intentó entrar a Okey Enterprises.
—¿Ah sí? —Alma sonrió—. ¿Qué quería?
—Dijo que quería “recoger sus cosas personales”. La seguridad no lo dejó pasar, por supuesto. Pero… dejó una carta para usted.
—¿Una carta?
—Sí. ¿Quiere que se la lea?
—No. Escanéala y mándamela. Quiero leerla yo misma.
Un minuto después, la imagen de una hoja de cuaderno arrancada apareció en el iPad de Alma. La letra de Marco era temblorosa, apresurada.
“Alma:
Sé que estás enojada. Tienes derecho. Fui un estúpido. Me dejé llevar por el brillo falso y perdí el diamante real que eres tú.
Estoy en la calle, Alma. Mi madre está enferma (bueno, histérica). No tenemos a dónde ir.
Te suplico, por la memoria de lo que fuimos, por los niños… ayúdanos. No pido volver contigo (sé que no me merezco eso ahora). Solo pido un trabajo. De lo que sea. Limpiando pisos, sirviendo café. Necesito comer.
Tus hijos merecen un padre que esté vivo.
Por favor.
Marco.”
Alma leyó la carta dos veces.
Recordó las palabras de Marco en el hospital: “Eres un ancla… eres mediocre… firma y cállate”.
Recordó los años de menosprecio.
Recordó el olor de Claudia en su ropa.
—Gloria —llamó Alma.
La niñera se acercó, limpiando el eructo de Leo.
—Mande, mi niña.
—¿Qué harías tú si alguien que te pateó en el suelo te pidiera la mano para levantarse?
Gloria miró la carta en la pantalla. Sus ojos se entrecerraron.
—Mija, en mi pueblo decimos: “El que siembra espinas, que no camine descalzo”. Ese hombre no quiere tu perdón, quiere tu cartera. Si le das un dedo, te arranca el brazo. Y luego te culpa por sangrar.
Alma asintió.
—Arthur —dijo al teléfono—. Tengo una respuesta para Marco.
—Dígame.
—Dile que acepto darle un trabajo.
—¿Cómo? —Arthur sonó genuinamente sorprendido—. Señora, con todo respeto…
—Escucha. Tengo una propiedad en el norte, en Sonora. Una vieja planta procesadora que venía en el paquete de activos de mi tío. Está abandonada, llena de chatarra. Necesito un velador. Alguien que vigile que no se roben el cobre.
—¿En Sonora? Señora, eso es el desierto. A 45 grados a la sombra.
—Exacto. El sueldo es el mínimo. Sin viáticos. Si quiere el trabajo, tiene que llegar allá por sus propios medios. Y tiene que llevarse a su madre.
—Es… es brillante y cruel. Me encanta.
—Dile que la oferta expira en una hora.
Alma colgó.
Miró a sus bebés.
—Su papá se va de viaje, mis amores —les dijo suavemente—. Se va a aprender lo que significa trabajar de verdad.
Dos días después.
Estación de autobuses del Norte.
Marco y Beatriz estaban sentados en una banca de metal, rodeados de maletas viejas y bolsas de plástico.
Beatriz lloraba en silencio, comiendo unas papas fritas rancias. Ya no le quedaba maquillaje, ni dignidad. Parecía una anciana común y corriente, derrotada por la vida.
Marco sostenía los boletos de autobús. Ciudad de México – Hermosillo. 36 horas de viaje en clase económica.
—Es un trabajo, mamá —dijo Marco, tratando de convencerse a sí mismo—. Es un comienzo. Alma dijo que si hago bien el trabajo seis meses, podríamos “renegociar”.
—Nos mandó al infierno, Marco —gimió Beatriz—. Al desierto. A vivir entre serpientes.
—Es mejor que vivir debajo de un puente aquí. Vamos.
Subieron al autobús. El olor a humanidad, a comida guardada y a baño químico los golpeó.
Marco se sentó junto a la ventanilla. El autobús arrancó, saliendo de la ciudad que él creyó que conquistaría.
Vio pasar los edificios de Reforma. Vio a lo lejos la torre de Okey Enterprises, brillando como una joya inalcanzable.
Recordó el momento exacto en que su vida se torció. No fue cuando Alma heredó. No fue cuando Claudia lo dejó.
Fue en ese hospital. Fue cuando decidió que el amor no era suficiente. Fue cuando eligió el dinero sobre la familia.
Ahora, irónicamente, la familia tenía todo el dinero, y él no tenía nada.
Cerró los ojos y, por primera vez en años, rezó. No pidió dinero. Pidió que el viaje fuera rápido.
Seis meses después.
Alma Okey entró al escenario del Foro Mundial de Mujeres Emprendedoras en Nueva York.
Los aplausos fueron ensordecedores. Miles de mujeres se pusieron de pie.
Alma lucía espectacular. Un vestido rojo fuego, su cabello suelto y salvaje, y una sonrisa que iluminaba el auditorio.
—Gracias —dijo al micrófono—. Gracias a todas.
Detrás de ella, en una pantalla gigante, se proyectaba la foto de sus cuatro hijos, ahora gorditos, felices y saludables.
—Me preguntan cuál es el secreto de mi éxito —comenzó su discurso—. Me preguntan cómo pasé de ser una enfermera abandonada a dirigir un imperio multinacional en menos de un año.
Hizo una pausa dramática.
—La respuesta es simple. El secreto fue que alguien me dijo que yo no valía nada. Alguien me dijo que yo era “mediocre”. Y en ese momento, decidí que tenía dos opciones: creerle y hundirme, o demostrarle que estaba equivocado y comprar el suelo donde estaba parado.
Risas y aplausos del público.
—A todas las mujeres que están aquí, que han sido subestimadas, engañadas o abandonadas: usen ese dolor. El dolor es combustible. La ira es energía. No lloren por quien no supo ver su valor. Cómprenle la empresa.
La ovación fue estruendosa.
Alma miró a la multitud. Se sentía plena.
Tenía el dinero, sí. Pero más importante aún, tenía su libertad. Tenía a sus hijos. Tenía a Gloria, que ahora viajaba con ella por todo el mundo como su mano derecha.
Al salir del escenario, Arthur la esperaba con un reporte.
—Jefa, el reporte mensual de Sonora.
Alma tomó la hoja.
“Velador Marco Dávila. Asistencia perfecta. Ha perdido 15 kilos. Se reporta que vive en la caseta de vigilancia con su madre. Solicitan un aumento de sueldo para comprar un ventilador.”
Alma sacó una pluma de su bolsa Hermès.
Escribió una nota al margen.
“Denegado. Que aprendan a abanicarse. El calor forja el carácter.”
Le devolvió el papel a Arthur con una sonrisa.
—Mándales una caja de ventiladores de mano. De esos de cartón. Y una foto de los niños en su primer cumpleaños. Que vea lo que se perdió.
Alma salió del edificio hacia su limusina. La noche de Nueva York brillaba para ella.
La vida le había dado limones amargos. Ella había hecho limonada, había patentado la receta, había vendido la franquicia y ahora era dueña de la plantación.
Y Marco… Marco solo era una nota al pie de página en su biografía de éxito.
(FIN)