
CAPÍTULO 1: LA CALMA ANTES DEL INFIERNO
El aire de la sierra a las seis de la mañana tenía un sabor metálico, una mezcla fría de rocío, tierra mojada y agujas de pino que Noemí Cole conocía mejor que el olor de su propia casa. Sus botas de trail running golpeaban el sendero de terracería con un ritmo hipnótico: trac, trac, trac. Cada paso enviaba una vibración sorda a través de sus espinillas hasta sus muslos, un dolor familiar y bienvenido que le recordaba que estaba viva, que seguía siendo sólida en un mundo que a veces parecía desmoronarse.
Noemí no corría para ponerse en forma. Su cuerpo ya era un arma perfeccionada, esculpida por años de entrenamiento brutal en las Fuerzas Especiales y cursos de intercambio con los Rangers y la Delta Force en el extranjero. No, ella corría para silenciar el ruido.
La mente de Noemí era un archivo clasificado lleno de expedientes que nadie debería leer. Operaciones en la frontera sur, extracciones fallidas en Michoacán, noches eternas esperando luz verde en casas de seguridad en Tamaulipas. El silencio de la montaña era su terapia. Aquí, en lo profundo de este parque nacional, lejos de la señal de celular y del caos de la Ciudad de México, podía bajar la guardia. O al menos, eso intentaba.
Llevaba una hora y media en la ruta, adentrándose en una sección del bosque donde los encinos se cerraban como una bóveda sobre el camino, filtrando la luz del sol en haces dorados y polvorientos. El sudor le bajaba por la nuca, empapando su top deportivo y pegándole los mechones de cabello oscuro a la frente. Se sentía bien. Se sentía humana.
Pero el instinto es algo que no se apaga, ni siquiera cuando quieres. Es un músculo que, una vez entrenado, se queda tenso para siempre.
Fue un cambio sutil en la atmósfera. No fue un ruido, sino la ausencia de uno.
Segundos antes, el bosque era una sinfonía caótica: el canto de los jilgueros, el crujir de las ramas con el viento, el zumbido de las cigarras que empezaban a despertar con el calor. De repente, el volumen del mundo bajó a cero. Los pájaros callaron. El viento pareció contener la respiración.
Noemí no se detuvo de golpe; eso es lo que haría un civil, una presa asustada. Mantuvo el ritmo, pero su respiración cambió. Dejó de ser rítmica para oxigenar los músculos y se volvió imperceptible, táctica. Sus ojos, que hasta hace un momento miraban el suelo para evitar raíces, se levantaron, escaneando el perímetro en un barrido de 180 grados.
Sector tres, despejado. Sector uno, despejado. Sector dos… contacto visual.
A unos cincuenta metros, fuera del sendero principal, algo rompía la armonía natural de marrones y verdes. Era una línea recta, demasiado perfecta, demasiado artificial. Metal.
Noemí redujo la velocidad gradualmente, fingiendo mirar su reloj inteligente como si estuviera checando sus pulsaciones. Su mente, sin embargo, ya estaba en modo combate.
Era una camioneta. Una Chevrolet Suburban negra, modelo antiguo, de esas que aguantan el maltrato de la sierra. Estaba estacionada en un ángulo agresivo, medio metida entre unos matorrales espinosos, como si el conductor hubiera tenido prisa por ocultarla pero le hubiera faltado la pericia para hacerlo bien. La carrocería estaba cubierta de una costra de polvo y lodo seco, típica de quien lleva días rodando por caminos vecinales sin tocar el asfalto. No tenía placas delanteras.
“Mala señal”, pensó Noemí. En México, una camioneta así, en un lugar tan remoto, solo significaba dos cosas: narcos moviendo mercancía o gente que no quería ser encontrada por razones peores.
Siguió trotando, acercándose. Su cerebro calculó la distancia. Veinte metros. Diez metros. La puerta del conductor estaba abierta de par en par, colgando como una mandíbula rota. No había nadie al volante. El interior estaba en sombras, pero pudo ver bolsas de comida chatarra tiradas en el suelo y botellas de agua vacías esparcidas alrededor del vehículo.
Entonces, el olor le llegó. No era olor a pino. Era el hedor agrio del sudor rancio, tabaco barato y algo más metálico… adrenalina y miedo.
—Seis —susurró para sí misma.
Había contado al menos seis juegos de huellas diferentes en el barro blando junto al camino antes de llegar a la camioneta. Botas pesadas. Arrastres. No eran excursionistas.
Un crujido a su espalda.
El sonido fue deliberado. Una bota pisando una rama seca con todo el peso, no para ocultarse, sino para anunciar presencia. La clásica táctica de intimidación: “Ya te vi, y quiero que sepas que te vi”.
Noemí se detuvo. No se giró de inmediato. Inhaló profundamente, llenando sus pulmones, preparando su cuerpo para una explosión de violencia cinética. Cerró los ojos un microsegundo, visualizando el terreno. Raíces a la izquierda, una pendiente pronunciada a la derecha llena de rocas sueltas. La camioneta al frente.
Se dio la vuelta lentamente, con las manos relajadas a los costados, mostrando las palmas vacías. La postura universal de “no quiero problemas”, que también es la postura perfecta para desenfundar un golpe en un cuarto de segundo.
El hombre que estaba detrás de ella era una torre de carne maltratada. Medía al menos un metro noventa. Llevaba unos pantalones de mezclilla que habían visto mejores días y una camiseta de tirantes gris, manchada de aceite y sudor, que dejaba ver unos brazos gruesos como troncos de árbol. Pero lo que llamó la atención de Noemí no fueron sus músculos, sino la tinta.
Tatuajes carcelarios. Tinta azulosa y deslavada. Una Santa Muerte mal dibujada en el antebrazo izquierdo. Tres puntos en la mano, la vida loca. Y en el cuello, asomando apenas, el número de un bloque de celdas.
—Buenos días —dijo Noemí. Su voz salió firme, sin temblar. No era la voz de una corredora asustada, aunque moduló el tono para parecer simplemente educada.
El gigante no contestó. Solo sonrió, mostrando unos dientes amarillentos, y dio un paso hacia ella.
Fue entonces cuando el bosque cobró vida a su alrededor.
De entre los matorrales, como fantasmas surgidos de la tierra, salieron más. A su izquierda, dos hombres flacos y nerviosos, con la piel curtida por el sol y ojos que se movían demasiado rápido. A su derecha, saliendo de detrás de un tronco caído, otro sujeto, este más bajo pero ancho, con una cicatriz que le cruzaba la ceja y le daba un aspecto de perpetuo enojo. Y desde la camioneta, cerrando el círculo, salieron tres más.
Ocho. Eran ocho en total.
Noemí los escaneó en menos de tres segundos, su cerebro procesando amenazas a velocidad de procesador militar:
Sujeto 1 (El Gigante): Fuerza bruta. Lento. Probablemente el ejecutor.
Sujeto 2 y 3 (Izquierda): Nerviosos. Uno tiene una navaja casera, un “cebollero”, mal escondida en el cinturón. Son los más impredecibles por el miedo.
Sujeto 4 (Cicatriz): Agresivo. Tiene un tubo de metal oxidado en la mano derecha.
Sujetos 5, 6 y 7: Relleno. Carne de cañón.
Sujeto 8 (El Líder): Este era diferente.
El octavo hombre caminó hacia el centro del sendero con una calma que contrastaba con la ansiedad de los demás. No era tan grande como el gigante ni parecía tan loco como los de la navaja. Era delgado, fibroso, como un perro callejero que ha sobrevivido a base de peleas y astucia. Llevaba el pelo negro relamido hacia atrás con tanta grasa que brillaba bajo el sol, y vestía una chamarra de cuero sintético a pesar del calor que ya empezaba a apretar.
Caminaba con esa arrogancia específica de quien ha sido el “jefe de patio” en el penal. El tipo que no se ensucia las manos porque tiene a siete idiotas que lo hacen por él.
—Vaya, vaya —dijo el líder. Su voz era rasposa, como si hubiera tragado grava—. Mira nada más lo que nos trajo el destino. Un angelito perdido en el infierno.
Los hombres soltaron risitas nerviosas. El sonido fue grotesco en la quietud del bosque.
Noemí no retrocedió. Mantuvo su centro de gravedad bajo, imperceptiblemente.
—Solo estoy entrenando —dijo ella, manteniendo contacto visual con el líder. Sabía que mirar al suelo era señal de sumisión, y mirar a los lados era señal de pánico. Mirarlo a los ojos era un reto, pero uno calculado—. No tengo nada de valor. Ni celular, ni cartera. Si quieren los tenis, son suyos.
El líder, a quien los otros miraban esperando instrucciones, soltó una carcajada seca. Se acercó un paso más, invadiendo el espacio personal de Noemí. Olía a tabaco rancio y a loción barata.
—¿Tú crees que queremos tus tenis, chula? —El líder se pasó la lengua por los dientes frontales—. No mames. No somos raterillos de esquina.
Hizo un gesto teatral abriendo los brazos, abarcando a su grupo de desharrapados y la camioneta polvorienta.
—¿No ves las noticias, reina? ¿No sabes quiénes somos?
Noemí lo sabía perfectamente. Su mente había unido los puntos en el momento en que vio los tatuajes y el uniforme color caqui sucio que uno de ellos llevaba debajo de una sudadera robada.
—La fuga del Penal de Puente Grande —dijo ella, con tono clínico.
La sonrisa del líder se borró por un segundo, reemplazada por una mirada de evaluación fría. No esperaba que la “corredora” fuera tan observadora.
—Mira, sí sabe. —El líder se volvió hacia sus hombres—. ¿Ya vieron? La morra sí lee los periódicos. —Volvió a mirarla, recuperando su mueca burlona—. Así es. Ocho cabrones buscando la libertad. Y déjame decirte, la libertad cuesta cara.
El hombre de la cicatriz golpeó el tubo de metal contra la palma de su mano, un sonido rítmico y amenazante: Clac. Clac. Clac.
—La cosa es esta —continuó el líder, bajando la voz a un susurro conspirador—. Estamos un poquito atorados. Resulta que toda la pinche policía estatal, la Guardia Nacional y hasta los guachos están allá abajo, en la carretera, poniendo retenes. No nos dejan pasar. Y nosotros tenemos prisa. Mucha prisa.
Noemí sintió cómo su ritmo cardíaco bajaba en lugar de subir. Era el fenómeno de la “zona”. Cuando el peligro es inminente, el cuerpo entra en un estado de hiperrealidad. El tiempo se dilata. Podía ver las gotas de sudor en la frente del gigante. Podía ver que el seguro de la puerta de la camioneta estaba roto. Podía calcular exactamente cuánta fuerza necesitaría para romperle la tráquea al líder.
—¿Y qué quieren de mí? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—Ayuda humanitaria —se burló uno de los flacos.
El líder lo calló con una mirada fulminante antes de volver a centrarse en Noemí.
—Necesitamos camuflaje, preciosa. Una camioneta llena de pelados con cara de pocos amigos llama mucho la atención. Pero… ¿una parejita? ¿O una familia? Eso pasa más fácil. Tú nos vas a ayudar a cruzar el cerco. Vas a manejar, vas a sonreír a los oficiales, y vas a decir que somos tus primos que venimos de visita al rancho.
—Y si no… —intervino el gigante, su voz retumbando como piedras cayendo en un pozo profundo— te quebramos aquí mismo y te dejamos para que te coman los coyotes.
El silencio volvió a caer sobre el grupo. Era el momento de la verdad. El momento en que la víctima llora, suplica y se rompe.
Pero Noemí no se rompió.
Ladeó la cabeza ligeramente, analizando al líder.
—Es un plan estúpido —dijo ella.
El insulto aterrizó como una bofetada. Los hombres jadearon. El líder parpadeó, incrédulo.
—¿Qué dijiste, pendeja?
—Dije que es un plan estúpido —repitió Noemí, su voz endureciéndose, dejando salir un poco del acero que llevaba dentro—. Los retenes tienen perros. Tienen sistemas de reconocimiento facial. Y ustedes… —barrió con la mirada al grupo con desprecio absoluto— huelen a penal desde aquí. No van a pasar ni el primer filtro. Me necesitan a mí para algo más que manejar.
El líder se quedó paralizado un momento, procesando el cambio de actitud. La presa no estaba actuando como presa. Eso lo confundía, y la confusión en un hombre violento rápidamente se convierte en ira.
—Tú no opinas, perra. Tú obedeces.
El líder hizo una señal con la cabeza, un movimiento casi imperceptible.
—Agárrenla. Que sepa quién manda.
El tiempo se detuvo.
Noemí vio venir al primero. Era el de la izquierda, uno de los nerviosos, ansioso por demostrar su valía al jefe. Se lanzó hacia ella con los brazos abiertos, un movimiento torpe, de bar, esperando abrumarla con su peso.
Grave error.
Noemí no vio a un atacante; vio vectores de fuerza y puntos de presión. Su entrenamiento Delta se activó no como una decisión consciente, sino como un reflejo condicionado por miles de horas de repetición.
Objetivo 1: Neutralizar amenaza inmediata.
Objetivo 2: Crear vía de escape.
Objetivo 3: Sobrevivir.
El hombre llegó. Noemí pivotó sobre su pie izquierdo, rotando la cadera con la precisión de una bailarina letal. Dejó que el impulso del hombre pasara de largo, y en el momento exacto, disparó su codo derecho hacia atrás.
El impacto sonó como una rama seca rompiéndose.
El codo conectó con la sien del atacante. El hombre cayó a plomo, inconsciente antes de tocar el suelo, levantando una nube de polvo fino.
El silencio se rompió, pero esta vez no por el miedo, sino por el caos.
—¡Hija de su…! —gritó el de la cicatriz, levantando el tubo de metal.
Noemí ya no estaba allí. Se movía con una fluidez que parecía sobrenatural para estos matones de patio. Se agachó bajo el arco del tubo de metal, sintiendo el silbido del aire sobre su cabeza. Conectó dos golpes rápidos al hígado del agresor —pam, pam— seguidos de una patada lateral a la rodilla. La articulación cedió con un crujido repugnante y el hombre aulló, colapsando.
—¡Matenla! —bramó el líder, retrocediendo y sacando una pistola que tenía oculta en la espalda. Una .38 escuadra, vieja y oxidada.
Arma de fuego. Situación crítica.
Noemí sabía que no podía ganar contra una bala a distancia. Necesitaba cobertura o cerrar la brecha. El gigante, el tal “Brick”, se interpuso entre ella y el líder como una pared humana.
Noemí intentó flanquear, corriendo hacia la espesura de los árboles para negarles el tiro limpio. Sus piernas bombearon con potencia explosiva, devorando el terreno.
—¡No la dejen ir! —gritaba el líder—. ¡Si se va, nos carga la chingada a todos!
Noemí saltó sobre un tronco caído, sus manos rozando la corteza rugosa para impulsarse. Escuchó el estruendo de un disparo. Una bala mordió la tierra a centímetros de su pie izquierdo, lanzando gravilla contra su pantorrilla.
No estaban jugando a asustar. Tiraban a matar.
Se lanzó rodando por una pequeña pendiente, cubriéndose entre los helechos gigantes. Su respiración era agitada, pero controlada. Cuatro segundos. Necesito cuatro segundos para desaparecer.
Pero subestimó al gigante.
Para ser un hombre de su tamaño, Brick se movía con una velocidad aterradora. Había anticipado su ruta. Cuando Noemí se levantó para seguir corriendo, una masa oscura bloqueó el sol.
Brick no la golpeó. Simplemente se le echó encima como una avalancha de carne y hueso.
El impacto le sacó todo el aire de los pulmones. Sintió cómo sus costillas crujían bajo el peso de ciento treinta kilos de músculo y maldad. Cayeron rodando por la pendiente, golpeándose contra piedras y raíces, un torbellino de violencia.
Noemí intentó clavarle los dedos en los ojos, una técnica sucia pero efectiva, pero Brick escondió la cara en su cuello y usó su peso para inmovilizarle los brazos. Era como luchar contra un oso.
—¡Ya te tengo, pinche gata! —gruñó Brick, su aliento caliente en la oreja de Noemí.
Ella logró liberar una rodilla y le propinó un golpe en la entrepierna, pero la adrenalina del gigante era tal que apenas gruñó. Le estampó un puñetazo en el costado de la cabeza a Noemí, aturdiéndola. Luces blancas estallaron en su visión.
Antes de que pudiera recuperar el enfoque, sintió más manos sobre ella. Tres, cuatro pares de manos. La sujetaron de las piernas, de los brazos, del cabello. La levantaron del suelo y la estrellaron contra el tronco de un pino.
Noemí luchó. Mordió una mano que se acercó a su boca, sintiendo el sabor cobrizo de la sangre ajena. Pateó, gritó, se retorció como una fiera en una trampa. Pero la física estaba en su contra. Eran demasiados.
El líder se acercó, caminando despacio, con la pistola colgando de su mano. Se veía furioso, pero también impresionado. Se limpió una gota de sangre que le había salpicado en la mejilla durante la refriega.
—Te dije… —jadeó el líder, acercando su cara a la de Noemí, quien estaba siendo sostenida por el gigante y otros dos hombres— te dije que no lo hicieras difícil.
Noemí escupió una mezcla de saliva y sangre a los pies del líder. Sus ojos ardían con un fuego frío.
—Esto no es difícil —dijo ella, con la voz rota pero desafiante—. Esto es solo el calentamiento.
El líder la miró por un largo segundo. Luego, sonrió. Una sonrisa fea, llena de malicia. Levantó la pistola y, con la culata, le dio un golpe seco en la sien.
El mundo de Noemí se apagó, pero antes de que la oscuridad la tragara por completo, un último pensamiento cruzó su mente, claro y nítido como una orden de misión:
Están muertos. Todos ellos ya están muertos, solo que todavía no lo saben.
CAPÍTULO 2: EL TEATRO DE LOS LOBOS
La consciencia regresó a Noemí Cole no como un amanecer suave, sino como un portazo en la cara.
Primero fue el olor. Una mezcla nauseabunda de gasolina mal quemada, sudor rancio, tapicería vieja y sangre. Su sangre. Luego vino el sonido: el zumbido constante y grave de un motor esforzándose demasiado, el traqueteo de una suspensión vencida golpeando contra el asfalto irregular y el siseo del viento colándose por una ventana mal cerrada.
Finalmente, el dolor. Un latido sordo y martilleante en su sien derecha, donde la culata de la pistola había conectado. Sus costillas protestaban con cada bache, un recordatorio agudo de los ciento treinta kilos de “Brick” que le habían caído encima.
Noemí no abrió los ojos de inmediato. Su entrenamiento en la unidad Delta y sus años operando en la sierra mexicana le habían enseñado una disciplina férrea: primero evalúa, luego actúa. Si abría los ojos, sabrían que estaba despierta. Si se mantenía inerte, era un mueble, un bulto en el suelo que podían ignorar mientras soltaban información.
Estaba tirada en el piso de la camioneta, en la parte trasera. Sentía el metal frío y vibrante bajo su mejilla. Sus manos estaban atadas a la espalda, las muñecas quemaban por la fricción de una cuerda de nylon apretada con saña amateur pero efectiva. Sus tobillos también estaban asegurados.
—…te digo que esa madre está hirviendo, Rust. Bájale a la pata o nos vamos a quedar tirados a media sierra —una voz nerviosa, aguda. El Flaco.
—¡Cállate el hocico, Slim! —respondió otra voz, más tensa, proveniente del asiento del conductor. Rust—. Estoy manejando lo mejor que puedo. Esta carcacha no da para más y el camino está de la chingada.
—Dejen de llorar las dos —esa era la voz del líder, El Vinnie. Venía del asiento del copiloto. Su tono era relajado, pero Noemí, experta en leer patrones de voz, detectó la tensión subyacente. Era una calma forzada, una máscara para mantener a la manada bajo control—. Ya casi llegamos al entronque. Ahí agarramos la federal y nos mezclamos con el tráfico.
—¿Mezclarnos? —bufó Rust, golpeando el volante—. Vinnie, traemos uniformes del penal abajo de esta ropa robada. Traemos armas hechizas. Y traemos a una vieja desmayada atrás. Parecemos un circo ambulante, cabrón.
—Por eso la traemos a ella, pendejo —replicó Vinnie con frialdad—. Ella es el boleto de salida.
Noemí aprovechó el ruido de un bache particularmente violento para abrir los ojos apenas una rendija. La luz del sol se filtraba por las ventanas tintadas, iluminando partículas de polvo que bailaban en el aire viciado.
Estaba en la parte trasera de una van de carga modificada, probablemente la que habían usado para llegar hasta el parque. No era la Suburban negra; habían cambiado de vehículo. Inteligente, pensó. Tienen logística.
A su alrededor, sentados en el piso o en bancos improvisados, estaban los otros. Brick estaba sentado justo encima de ella, sus botas enormes a centímetros de su cara, vigilándola como un perro guardián mudo. Los otros dos, el de la cicatriz y uno de los nerviosos, revisaban sus armas improvisadas con manos temblorosas.
La atmósfera dentro de la van era eléctrica, cargada de una testosterona tóxica y miedo. Mucho miedo. Estos hombres eran peligrosos, sí, pero estaban aterrorizados. Sabían que el Código Rojo estaba activado. Sabían que, si los agarraban, no volverían a una celda; probablemente morirían en el intercambio de disparos. Noemí era su único seguro de vida, y eso la convertía en el objeto más valioso y odiado dentro de ese vehículo.
—Se está moviendo —gruñó Brick. Su voz retumbó en el pecho de Noemí.
Ya no tenía sentido fingir. Noemí abrió los ojos por completo y se incorporó con dificultad, arrastrándose hasta quedar sentada contra la pared lateral de la van. El movimiento envió punzadas de dolor a través de su cráneo, pero mantuvo su rostro inexpresivo, una máscara de piedra.
Vinnie se giró en el asiento del copiloto, apoyando el brazo en el respaldo. Su sonrisa de depredador volvió a aparecer, aunque sus ojos escaneaban la carretera con paranoia.
—Buenos días, bella durmiente. Pensé que te habíamos perdido. Tienes la cabeza dura.
Noemí lo miró fijamente. No había miedo en sus ojos, solo un análisis frío y calculador que hizo que Vinnie borrara su sonrisa por un segundo.
—Tienen un problema de logística —dijo ella. Su voz sonó rasposa, pero clara.
El Flaco (Slim) soltó una risa histérica desde el fondo.
—¿Escucharon a esta? ¿Un problema de logística? Mija, tenemos un problema de que medio ejército nos está buscando.
—Exacto —continuó Noemí, ignorándolo y enfocándose en Vinnie—. Están improvisando. Cambiaron de vehículo, lo cual es bueno, pero siguen en la misma zona. Los cercos de la Guardia Nacional se cierran en espiral. De afuera hacia adentro. Ya deben tener bloqueadas la carretera a Saltillo y la libre a Laredo. Su única opción es la carretera vieja, y ahí es donde van a poner el filtro más pesado porque saben que es la ruta de los desesperados.
Un silencio pesado cayó sobre la camioneta. Rust miró por el retrovisor, sus ojos llenos de pánico.
—¿De qué chingados habla? ¿Cómo sabe eso?
Vinnie entrecerró los ojos.
—Cierra la boca, mujer. No estás aquí para darnos clases de estrategia. Estás aquí para sonreír.
—No van a pasar —dijo Noemí, implacable. Estaba sembrando la duda, la semilla más destructiva en un grupo bajo presión—. Mírense. Tienen tatuajes en la cara, en el cuello. Huelen a miedo. En cuanto un oficial se asome a esta ventana, se acabó. El lenguaje corporal de tu conductor —señaló a Rust con la cabeza— grita “culpable” a tres kilómetros.
Rust frenó de golpe, haciendo que todos se sacudieran. La van se detuvo a un lado de la carretera desierta.
—¡Ya me tiene harto! —gritó Rust, girándose con los ojos desorbitados—. ¡Hay que bajarla y darle un tiro aquí mismo! ¡Nos va a delatar! ¡Es una pinche bruja!
—¡Si la matas no pasamos! —le gritó Vinnie, perdiendo la compostura—. ¡Piensa, animal! ¿Cómo vamos a justificar ocho pelados en una van? Necesitamos la historia de la familia. Ella es la clave.
—¡Es un riesgo! —intervino el de la cicatriz, levantando su tubo de metal—. Nos está analizando. Mírala. No está llorando. No está suplicando. Eso no es normal, Vinnie. Esta vieja tiene algo raro.
Noemí se mantuvo en silencio, dejando que la disensión hiciera su trabajo. Divide y vencerás. Ya estaban peleando entre ellos. El miedo los estaba volviendo irracionales.
Vinnie respiró hondo, alisándose el cabello grasiento hacia atrás. Sacó la pistola .38 y apuntó directamente a la cara de Noemí. El cañón negro y oxidado era un ojo sin párpado mirándola fijamente.
—A ver, reina. Vamos a dejar las cosas claras. Tienes razón en una cosa: estamos desesperados. Y la gente desesperada hace cosas muy feas. Así que tienes dos opciones. Opción A: cooperas, nos ayudas a pasar el retén que está a cinco kilómetros, te dejamos en el siguiente pueblo y todos contentos. Opción B: te meto un tiro en la pierna ahorita mismo para que se te quite lo valiente, y luego te obligamos a hacerlo de todos modos.
Noemí evaluó la distancia. Podría desarmarlo. Quizás. Pero con las manos atadas y tres hombres más armados en un espacio tan cerrado, las probabilidades de éxito eran menores al 10%. Moriría, y se llevaría a dos con ella, pero la misión era sobrevivir para cazarlos después.
—Opción C —dijo Noemí calmada—. Me desatan, me limpian la sangre de la cara, y hacemos que esto funcione. Porque si llego al retén viéndome como si me hubiera atropellado un camión, no importa cuánto sonría, nos van a bajar a todos.
Vinnie la miró, evaluando la audacia. Luego, soltó una carcajada seca.
—Me caes bien, cabrona. Tienes agallas. —Bajó el arma y miró a Brick—. Desátala. Pero si mueve un dedo fuera de lugar, rómpela.
Brick avanzó. Sus manos eran como palas de excavadora. Cortó las cuerdas con un cuchillo cebollero. La sensación de la sangre volviendo a circular por las muñecas de Noemí fue dolorosa, como miles de agujas clavándose en su piel. No se frotó. No mostró debilidad.
—Límpiate —le ordenó Vinnie, lanzándole una botella de agua tibia y una camiseta vieja que había en el suelo—. Quítate la sangre. Arréglate el pelo. Quiero que parezcas una turista gringa perdida, o una esposa aburrida, me vale madre. Pero que te veas decente.
Noemí tomó el agua. Se lavó la cara, quitándose la costra de sangre seca de la sien y la tierra de las mejillas. Se pasó los dedos por el cabello, desenredándolo y atándolo en una coleta baja, menos militar, más casual. Mientras lo hacía, observaba todo.
Rust tenía un tic nervioso en el ojo izquierdo.
Slim golpeaba el piso con el talón, un ritmo frenético de ansiedad.
El de la cicatriz no dejaba de mirar por la ventana trasera.
Estaban al borde del colapso.
—Súbela adelante —ordenó Vinnie—. Vas en medio. Rust maneja, yo voy en la ventana. Tú vas pegadita a mí. Y escúchame bien: tengo el cañón de la fusca pegado a tus costillas. Si haces un gesto, si guiñas un ojo, si intentas gritar… el primer plomazo es tuyo. Luego nos llevamos a los que podamos, pero tú no sales viva.
Noemí se sentó en el asiento delantero, apretada entre el conductor sudoroso y el líder arrogante. El calor del motor subía por el suelo, convirtiendo la cabina en un horno.
—Ahí está —susurró Rust, su voz quebrándose.
A lo lejos, el espejismo de calor sobre el asfalto se rompía por las luces estroboscópicas azules y rojas.
El retén.
No era un simple control policial. Era un despliegue de fuerza mayor. Dos camionetas de la Guardia Nacional atravesadas en la carretera, conos naranjas reduciendo el tráfico a un solo carril, y al menos diez elementos fuertemente armados con fusiles FX-05 Xiuhcoatl. Llevaban equipo táctico completo, cascos, chalecos y pasamontañas.
El estómago de Rust rugió de nervios.
—Son un chingo, Vinnie. Son un chingo de guachos. No vamos a pasar. Hay que dar la vuelta.
—¡No hay vuelta atrás, imbécil! —siseó Vinnie, clavándole los dedos en el hombro—. Si damos la vuelta, nos persiguen. Sigue derecho. Baja la velocidad. Normal. ¡Actúa normal, carajo!
—Respira —dijo Noemí, sorprendiéndolos a ambos. No lo decía por amabilidad, sino por táctica. Si el conductor se desmayaba o vomitaba, el plan fallaba y empezaban los disparos—. Inhala en cuatro tiempos, sostén cuatro, exhala cuatro. Hazlo. O nos van a matar.
Rust la miró de reojo, aterrado, pero obedeció. Su respiración se estabilizó un poco.
La van se acercó a la fila de autos. Había tres vehículos delante de ellos. Un camión de redilas con pollos, un sedán familiar y una camioneta de reparto. Uno por uno, eran revisados.
—Recuerden la historia —murmuró Vinnie, presionando el cañón frío de la pistola contra el costado de Noemí, oculto bajo su chamarra—. Venimos de las cabañas de Monterreal. Vamos a Saltillo. Somos amigos.
—Es una historia débil —murmuró Noemí sin mover los labios.
—Es la que hay. Cállate y sonríe.
Llegó su turno.
Un oficial de la Guardia Nacional, alto y con la mirada oculta tras unas gafas tácticas oscuras, les hizo la señal de alto con la mano enguantada. Tenía el dedo índice descansando sobre el guardamonte de su rifle, listo pero no agresivo. Rutina.
Rust bajó la ventanilla. El aire acondicionado escapó, y el calor seco del exterior golpeó sus rostros.
—Buenas tardes, caballeros, señorita —dijo el oficial. Su voz era neutra, profesional—. Estamos realizando una inspección de rutina por operativo de seguridad en la zona. ¿De dónde vienen y hacia dónde se dirigen?
Rust abrió la boca, pero solo salió un graznido. Se aclaró la garganta, sudando a mares.
—Eh… buenas… venimos de… de allá arriba. De las cabañas. Vamos pa’ Saltillo. A la casa.
El oficial no respondió de inmediato. Inclinó la cabeza ligeramente, mirando a Rust, luego escaneó el interior de la van. Sus gafas oscuras se detuvieron en los pasajeros de atrás.
—Trae mucha gente, patrón —comentó el oficial—. ¿Todos familia?
—Amigos —intervino Vinnie rápidamente, lanzando una sonrisa encantadora que parecía más una mueca de tiburón—. Fin de semana de despedida de soltero, ya sabe cómo es, oficial. Se nos pasaron las copas y andamos todos medios crudos. Por eso las caras largas.
El oficial no sonrió. Dio un paso atrás, caminando lentamente a lo largo de la van, mirando los neumáticos, la suspensión baja por el peso.
Noemí sintió cómo el dedo de Vinnie se tensaba en el gatillo contra sus costillas. Si el arma se disparaba, le perforaría el hígado y el pulmón derecho. Muerte lenta y dolorosa.
El oficial regresó a la ventanilla del conductor, pero esta vez se inclinó más, mirando directamente a Noemí, ignorando a los hombres.
—¿Usted se encuentra bien, señorita?
El tiempo se congeló.
Esta era la oportunidad. Podía gritar. Podía decir “soy la Comandante Cole, estos hombres son prófugos”. Pero sabía lo que pasaría. Vinnie dispararía. Los de atrás abrirían fuego con sus armas hechizas. El oficial caería. Se desataría una balacera a quemarropa. Había civiles en los autos cercanos. Había una familia en el sedán de adelante.
Noemí hizo un cálculo rápido de daños colaterales. Demasiado alto. Además, ella estaba en la línea de fuego directa.
Miró al oficial. Por un segundo, dejó que su máscara cayera. Le mostró sus ojos. Ojos que decían: Sé quién eres. Sé lo que estás buscando. Pero luego, parpadeó y transformó su expresión en la de una mujer cansada y harta de la borrachera de su marido.
Forzó una sonrisa, pequeña y exasperada. Se inclinó sobre Vinnie, invadiendo su espacio, actuando el papel a la perfección.
—Estoy bien, oficial. Solo cansada. Estos inútiles no saben cuándo parar la fiesta y ya quiero llegar a mi casa a darme un baño. Ya sabe cómo son los hombres cuando se juntan. Puro ruido y nada de cerebro.
El comentario fue tan natural, tan cargado de esa fatiga femenina universal ante la estupidez masculina, que rompió la tensión del oficial.
El guardia soltó una pequeña risa por lo bajo.
—La entiendo, señorita. Mi esposa dice lo mismo de mí.
El oficial se enderezó, relajando la postura.
—Vayan con cuidado. La carretera está peligrosa más adelante. No se detengan por nada.
—Gracias, jefe. Que tenga buen día —dijo Vinnie, su voz temblando ligeramente por el alivio.
Rust subió la ventanilla y aceleró. No demasiado rápido, pero con una urgencia que casi los delata.
Nadie habló durante dos kilómetros. El silencio en la van era absoluto, solo roto por las respiraciones agitadas de ocho hombres que acababan de ver a la muerte a los ojos y habían vivido para contarlo.
Cuando las luces del retén desaparecieron en el espejo retrovisor, el aire en la cabina explotó.
—¡¡A HUEVO!! —gritó Slim desde atrás, golpeando las paredes de la van—. ¡Pasamos! ¡Se los dije, perros! ¡Somos intocables!
Los otros vitorearon, riendo, chocando las manos, liberando la tensión acumulada. Incluso Rust soltó una risa nerviosa, aflojando el agarre mortal que tenía sobre el volante.
Vinnie se echó hacia atrás en el asiento, riendo hacia el techo. Guardó la pistola en su cinturón y miró a Noemí con una mezcla de triunfo y burla.
—¿Lo ves? —le dijo, dándole una palmada en la pierna que hizo que Noemí quisiera romperle la muñeca—. Te dije que tenías talento, chula. Esa actuación fue de Óscar. “Puro ruido y nada de cerebro”, —se rio—. Casi me la creo.
Noemí no sonrió. No celebró. Se quedó mirando al frente, a la carretera infinita que se extendía ante ellos, serpenteando entre las montañas áridas.
Habían pasado el primer obstáculo. Se sentían invencibles. Creían que habían ganado.
Pero Noemí sabía algo que ellos no.
Al pasar el retén, ella había hecho algo más que actuar. Había observado. Había notado cómo el oficial, al despedirse, había tocado sutilmente su radio y había mirado la placa trasera de la van mientras se alejaban. No los habían dejado ir porque les creyeran. Los habían dejado ir porque algo más grande estaba pasando, o porque querían ver hacia dónde iban.
O quizás, simplemente habían tenido suerte. Y la suerte, en la experiencia de Noemí, siempre se acaba.
—¿Y ahora qué? —preguntó Rust, con la confianza renovada—. ¿La bajamos en el siguiente pueblo como dijiste?
Vinnie dejó de reír. El ambiente en la cabina cambió instantáneamente. La temperatura pareció bajar diez grados.
Noemí sintió la mirada de Vinnie sobre ella. Ya no era la mirada de un cómplice forzado. Era la mirada de alguien que está atando cabos sueltos.
—No —dijo Vinnie lentamente, sacando un cigarrillo y encendiéndolo—. No podemos dejarla ir. Ya vio nuestras caras. Ya sabe nuestros nombres. Sabe del vehículo.
—Pero prometiste… —empezó Rust.
—Prometí lo que tenía que prometer para cruzar ese maldito retén —cortó Vinnie—. Pero ahora las cosas cambiaron. Ella es un cabo suelto. Y yo no dejo cabos sueltos.
—¿Entonces qué? —preguntó Brick desde atrás, su voz grave atravesando el ruido.
—La llevamos con nosotros hasta el punto de encuentro —decidió Vinnie, echando el humo hacia la cara de Noemí—. Collins sabrá qué hacer con ella. O si no… bueno, el desierto es muy grande. Hay muchos agujeros donde nadie busca.
Noemí no se sorprendió. Lo había sabido desde el principio. Nunca hubo un plan para liberarla. Desde el momento en que la subieron a esa van, su destino estaba sellado: o la mataban ellos, o la mataban en el fuego cruzado.
Pero ellos cometían un error fundamental. Creían que ella estaba atrapada con ellos en esa van.
Noemí miró sus manos, ahora libres, descansando sobre su regazo. Flexionó los dedos lentamente. Sintió la fuerza regresar a sus músculos. Su mente repasó el inventario de la cabina: la pistola de Vinnie en su cintura, el cuchillo de Rust en la puerta, el volante, el freno de mano.
Creen que soy una pasajera, pensó Noemí, mientras la van se adentraba en la soledad del desierto mexicano. Pero soy el caballo de Troya.
Se recargó en el asiento y cerró los ojos, no para dormir, sino para visualizar la siguiente fase.
—Disfruten el viaje, muchachos —murmuró para sí misma, tan bajo que nadie la escuchó—. Porque es el último que van a hacer.
CAPÍTULO 3: LA SEMILLA DE LA DISCORDIA
El sol comenzaba a descender sobre el horizonte, tiñendo el desierto de un rojo violento, como una herida abierta en el cielo. La van seguía devorando kilómetros de asfalto caliente, adentrándose cada vez más en la nada. El paisaje había cambiado; los pinos de la sierra habían quedado atrás, reemplazados por matorrales espinosos, cactus y tierra agrietada. Era la tierra de nadie, el tipo de lugar donde los secretos se entierran y no florecen.
Dentro del vehículo, el aire era irrespirable. No solo por el calor sofocante que el aire acondicionado moribundo no lograba disipar, sino por el silencio. Un silencio espeso, pegajoso, cargado de paranoia.
Noemí Cole seguía en el asiento delantero, inmóvil. Sus manos descansaban sobre sus muslos, relajadas, pero cada fibra de su ser estaba en alerta máxima. Había pasado la última hora observando. No mirando, sino observando.
Observó cómo Vinnie se miraba compulsivamente en el espejo lateral, alisándose el cabello grasiento, un gesto de vanidad que ocultaba inseguridad.
Observó cómo los nudillos de Rust se ponían blancos sobre el volante cada vez que un tráiler pasaba en sentido contrario.
Observó, a través del reflejo del retrovisor, cómo el grupo de atrás se miraba entre sí con desconfianza. El alivio de haber pasado el retén se había evaporado, reemplazado por la sombría realidad de que ahora tenían un rehén que no sabían cómo manejar.
Vinnie rompió el silencio, encendiendo otro cigarro con un encendedor Bic barato.
—¿Cuánto falta para la desviación, Rust?
—Unos veinte kilómetros, creo —respondió el conductor, su voz temblorosa—. Pero Vinnie… esa brecha no aparece en el GPS. ¿Estás seguro de que Collins dijo por ahí?
Vinnie soltó el humo con un soplido irritado.
—Collins sabe lo que hace. Es una ruta de coyotes vieja. No hay patrullas, no hay cámaras, no hay nada. Llegamos a la casa de seguridad, cambiamos de carro, y mañana desayunamos al otro lado de la frontera.
—¿Y ella? —preguntó Slim desde atrás. Su voz sonó pequeña, asustada.
Vinnie no respondió de inmediato. Giró la cabeza lentamente hacia Noemí, exhalando el humo casi en su cara.
—Ella nos acompaña hasta la brecha. Y ahí… —Vinnie hizo un gesto vago con la mano, como si espantara una mosca—… ahí resolvemos el problema.
Noemí no parpadeó ante el humo. Sabía que “resolver el problema” era un eufemismo para una ejecución sumaria en medio del desierto. Una tumba poco profunda, un poco de cal si tenían suerte, y a seguir corriendo.
Era hora de hablar. Hora de usar su arma más letal: no sus puños, sino su mente.
—No tienen un plan B, ¿verdad? —dijo Noemí. Su voz cortó el aire viciado con la precisión de un bisturí.
Vinnie se tensó.
—Cállate.
—Collins no los va a cruzar —continuó ella, con un tono casual, como si comentara el clima—. Ocho prófugos de alto perfil. Sus caras están en todas las redes sociales, en los noticieros de la noche. La recompensa por ustedes debe ser millonaria a estas alturas. Collins es un hombre de negocios. ¿Qué le sale más rentable? ¿Arriesgarse a cruzarlos y que le caiga la marina? ¿O venderlos y cobrar la recompensa?
—¡Que te calles te dije! —gritó Vinnie, golpeando el tablero.
Pero Noemí vio la duda en los ojos de Rust. Vio cómo el conductor tragaba saliva.
—Tú lo has pensado, ¿no, Rust? —dijo Noemí, girando levemente la cabeza hacia el conductor—. Eres el que maneja. Eres el desechable. Vinnie y Brick quizás tengan valor para alguien, ¿pero tú? Tú eres peso muerto.
—¡Cierra el hocico! —bramó Rust, pero sus manos temblaron tanto que la van dio un bandazo hacia el acotamiento antes de corregir.
—¡Maneja bien, imbécil! —le gritó Vinnie.
—¡Es ella! ¡Me está poniendo nervioso! —se defendió Rust.
—No soy yo —dijo Noemí, implacable—. Es la matemática simple. En una camioneta de escape no caben ocho personas y un ego tan grande como el de Vinnie. Alguien se tiene que bajar antes de llegar a la frontera. Y créanme… no voy a ser solo yo.
Desde el asiento trasero, la voz profunda de Brick retumbó.
—¿De qué chingados habla?
—Les estoy diciendo —dijo Noemí, levantando un poco la voz para que todos escucharan— que Vinnie ya hizo el trato con Collins. Pero el trato no es por ocho. El trato es por tres. Quizás cuatro. El resto de ustedes se quedan en la brecha conmigo.
El caos estalló en la parte trasera.
—¿Qué pedo, Vinnie? ¿Es cierto eso? —gritó el de la cicatriz.
—¡Claro que no es cierto! —rugió Vinnie, girándose en su asiento, apuntando con el dedo hacia atrás—. ¡Me está tratando de picar los ojos! ¡Es una pinche táctica policial! ¡No la escuchen!
—No suena tan descabellado —murmuró Slim—. Collins siempre fue un ojete. Y la neta… no cabemos todos en el plan.
—¡Les digo que se callen! —Vinnie estaba perdiendo el control. Su rostro estaba rojo, las venas de su cuello sobresalían—. ¡Nadie se queda atrás! ¡Somos una hermandad, cabrones!
Noemí soltó una risa corta, seca y cruel.
—¿Una hermandad? Por favor. Se conocieron en el patio de un penal estatal. No son hermanos, son socios por conveniencia. Y la conveniencia se acabó en cuanto pasaron ese retén. Ahora son competencia.
Vinnie sacó la pistola. Esta vez no la apuntó a la cabeza de Noemí, sino que le dio un golpe brutal con el cañón en la boca.
El impacto fue seco. Noemí sintió el sabor metálico de la sangre llenando su boca al instante. Su labio se partió. Pero no gritó. No se encogió. Se pasó la lengua por los dientes manchados de rojo y escupió un coágulo de sangre en el tablero inmaculado de Vinnie.
Luego, lo miró a los ojos y sonrió. Una sonrisa sangrienta y aterradora.
—Golpeas como una niña asustada, Vinnie.
El líder temblaba de furia. El dedo en el gatillo se tensaba. Por un segundo, Noemí pensó que la mataría ahí mismo, a 100 kilómetros por hora.
—Párate —siseó Vinnie—. ¡Párate ahora mismo, Rust!
—¿Qué? Vinnie, estamos en medio de la nada…
—¡¡QUE TE PARES!! —gritó, amartillando el arma—. ¡Métete en esa brecha! ¡Ahora!
Rust dio un volantazo. La van salió del asfalto y entró violentamente en un camino de tierra lleno de piedras. La suspensión gimió, los ocupantes rebotaron como muñecos de trapo. El polvo se levantó en una nube asfixiante detrás de ellos.
Avanzaron unos quinientos metros, alejándose de la carretera principal, hasta quedar ocultos tras una loma cubierta de mezquites y gobernadoras. Era un lugar desolado. Perfecto para un asesinato.
—¡Bájense! —ordenó Vinnie, abriendo su puerta de una patada—. ¡Todos abajo! ¡Y bajen a la perra!
El aire exterior era aún más caliente que adentro. Seco, rasposo. Olía a tierra quemada.
Brick fue el primero en llegar a la puerta del copiloto. Abrió y jaló a Noemí del brazo con una fuerza descomunal, lanzándola al suelo. Noemí cayó sobre la tierra y las piedras, raspándose las palmas, pero rodó inmediatamente para ponerse de rodillas.
Los ocho hombres formaron un semicírculo alrededor de ella. Vinnie caminaba de un lado a otro, con la pistola en la mano, respirando como un toro furioso.
—Crees que eres muy lista, ¿verdad? —escupió Vinnie—. Crees que puedes meterte en mi cabeza.
Noemí se puso de pie lentamente. Se sacudió el polvo de los pantalones deportivos. Su labio sangraba profusamente, pero su postura era recta, desafiante.
—No necesito meterme en tu cabeza, Vinnie. Ya estoy ahí. Y también estoy en la de ellos. —Miró a los otros hombres—. Mírenlo. Está perdiendo el control. Un líder que pierde el control es un líder que te lleva a la muerte.
—¡Ya cállala, Vinnie! —gritó el de la cicatriz, ansioso, golpeando su tubo contra su mano—. ¡Mátala ya y vámonos!
Vinnie levantó el arma, apuntando al pecho de Noemí.
—Tienes razón. Se acabó el teatro.
El tiempo se dilató de nuevo.
Noemí vio el dedo de Vinnie empezar a presionar el gatillo. Vio la tensión en su antebrazo. Pero también vio algo más: Vinnie estaba disfrutando el momento. Quería un discurso final. Quería ver el miedo. Y esa vanidad fue su error.
—¿Últimas palabras, Comandante? —se burló Vinnie, usando el rango que probablemente había deducido por su actitud, aunque no lo sabía con certeza.
Noemí no dijo nada. En su mente, el conteo regresivo había llegado a cero.
Acción.
Noemí se dejó caer.
No hacia atrás, ni hacia los lados. Se dejó caer directamente hacia el suelo en una sentadilla profunda, justo cuando el disparo tronó.
¡BANG!
La bala pasó silbando por donde había estado su cabeza milisegundos antes. El estruendo fue ensordecedor en el silencio del desierto.
Antes de que el eco se apagara, Noemí ya se estaba moviendo. Desde su posición baja, agarró un puñado de tierra y grava con la mano derecha. Se impulsó hacia arriba como un resorte, lanzando la tierra directamente a los ojos de Vinnie.
—¡Ahhh! ¡Mis ojos! —gritó el líder, retrocediendo y disparando ciegamente al aire.
El caos estalló.
—¡Agárrenla! —rugió Brick, lanzándose hacia ella.
Pero Noemí no estaba huyendo. Estaba atacando.
En lugar de correr lejos de ellos, corrió hacia el grupo, cerrando la distancia para que no pudieran disparar sin darse entre ellos. Su primer objetivo fue Slim, el más cercano y el más débil.
Slim intentó sacar su navaja, pero Noemí ya estaba sobre él. Le agarró la muñeca armada, la giró violentamente hasta escuchar el chasquido del hueso rompiéndose, y usó su cuerpo como escudo humano.
—¡No disparen! —chilló Slim, con el brazo roto y Noemí detrás de él.
Rust, que tenía una pistola pequeña calibre .22, dudó. Esa duda fue todo lo que Noemí necesitó. Empujó a Slim hacia Rust, haciendo que ambos chocaran y cayeran en una pila de extremidades.
Ahora quedaba Brick. Y el de la cicatriz con el tubo.
El hombre de la cicatriz lanzó un golpe descendente con el tubo de metal, buscando partirle el cráneo. Noemí no bloqueó; esquivó hacia adentro, entrando en la guardia del atacante. Le plantó la palma de la mano abierta en la nariz, un golpe ascendente diseñado para cegar y aturdir. La sangre brotó a chorros. El hombre soltó el tubo.
Noemí atrapó el tubo en el aire antes de que tocara el suelo.
El arma pesaba, era sólida. Hierro oxidado.
Se giró justo cuando Brick se le venía encima como un tren de carga. Esta vez, Noemí no intentó luchar contra su fuerza. Usó la geometría.
Se dejó caer sobre una rodilla y balanceó el tubo con todas sus fuerzas, apuntando no a la cabeza, sino a la rótula de Brick.
CRACK.
El sonido fue repugnante, como una rama verde quebrándose bajo presión.
Brick aulló. Un sonido que no parecía humano. Su pierna derecha se dobló en un ángulo imposible y el gigante colapsó, su inercia haciéndolo rodar por la tierra, levantando una polvareda.
—¡Maldita perra! —gritó Vinnie, quien finalmente se había limpiado los ojos lo suficiente para ver borroso. Levantó la .38 de nuevo.
Noemí sabía que su suerte se estaba acabando. Había incapacitado a tres, usado a uno de escudo y cegado al líder, pero seguían siendo ocho contra una, y Vinnie tenía balas.
Lanzó el tubo de metal con fuerza hacia Vinnie. El proyectil improvisado golpeó al líder en el hombro, haciéndolo girar y fallar su segundo disparo, que impactó en la tierra a los pies de Noemí.
Era el momento de la retirada táctica.
Noemí giró sobre sus talones y corrió.
No corrió hacia la carretera. Corrió hacia el “monte”, hacia la densidad de los mezquites y las cactáceas, hacia el terreno irregular donde una camioneta no podía seguirla y donde los hombres de ciudad se romperían los tobillos.
—¡Mátenla! ¡Síganla y mátenla! —gritaba Vinnie, histérico, sosteniéndose el hombro golpeado.
Noemí se adentró en la maleza. Las espinas rasgaban su ropa y su piel, pero no sentía dolor, solo la urgencia fría de la supervivencia. Escuchó pasos detrás de ella. Dos, tal vez tres perseguidores. Los otros se habían quedado atendiendo a los heridos.
El terreno subía. Una pequeña colina rocosa. Noemí trepó como una cabra montesa, usando manos y pies, ignorando el ardor en sus pulmones.
—¡Por allá! —escuchó una voz. Era Rust.
Un disparo más. La bala golpeó una roca cerca de su mano, enviando esquirlas de piedra a su mejilla. Un corte fino empezó a sangrar.
Noemí llegó a la cima de la loma y se dejó caer al otro lado, rodando hasta una pequeña hondonada seca, un arroyo muerto. Se pegó a la tierra, haciéndose invisible. Camuflaje natural.
Esperó.
Arriba, en la cresta de la loma, aparecieron tres siluetas recortadas contra el sol poniente. Vinnie, Rust y otro hombre. Jadeaban, miraban en todas direcciones.
—¿Dónde está? —preguntó Rust, con pánico.
—Se fue por el arroyo… —dijo el tercero.
Vinnie disparó dos veces hacia la hondonada, a ciegas. Las balas silbaron inofensivamente sobre la cabeza de Noemí, enterrándose en la arena lejos de ella.
—¡Vámonos! —gritó Vinnie finalmente—. ¡Ya la perdimos! ¡Si nos quedamos aquí buscándola, nos va a caer la ley! ¡Brick no puede caminar, tenemos que cargarlo!
—¿Y si nos sigue? —preguntó Rust.
—No nos va a seguir, pendejo. Está herida, está sola y no tiene agua. El desierto la va a matar antes de que amanezca. ¡Vámonos a la troca!
Los hombres se retiraron, discutiendo y maldiciendo.
Noemí esperó. Contó hasta trescientos. Cinco minutos completos.
Escuchó el motor de la van encenderse a lo lejos, toser y luego rugir. Escuchó el crujido de las llantas sobre la grava alejándose, regresando a la carretera o adentrándose más en la brecha hacia su destino.
Solo entonces, Noemí Cole se permitió exhalar.
Se sentó en la arena del arroyo seco. Se tocó el labio partido, sintiendo la hinchazón. Se miró las manos raspadas y sangrantes. Le dolía todo el cuerpo. Tenía sed. Estaba en medio de la nada, sin teléfono, sin arma, sin agua.
Pero entonces, una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en su rostro maltrecho.
Metió la mano en el bolsillo de sus pantalones deportivos. No debería haber nada ahí. Vinnie había dicho que la revisaron. Pero en la refriega, cuando usó a Slim como escudo humano y le rompió la muñeca, sus dedos habían sido más rápidos que la vista de cualquiera de ellos.
Sacó el objeto que había extraído del bolsillo del pantalón de carga de Slim.
Un teléfono celular barato. Un “cacahuate”.
Y algo más. Un mapa arrugado que Slim tenía medio salido del bolsillo trasero, probablemente con las instrucciones para llegar donde Collins.
Noemí desplegó el mapa con cuidado. Estaba marcado con bolígrafo rojo. Un círculo encerraba un punto a unos cuarenta kilómetros al sur. “Rancho La Esperanza”.
—La Esperanza —susurró Noemí, su voz ronca por el polvo—. Qué irónico.
Revisó el teléfono. Tenía un 15% de batería. Sin señal en esa hondonada. Tendría que subir a terreno alto.
Se puso de pie. El dolor en sus costillas era agudo, probablemente una fisura, pero el dolor era información, y la información era poder.
Miró hacia donde se había ido la nube de polvo de la van.
—Creyeron que yo era la presa —dijo al viento del desierto—. Creyeron que podían tirarme como basura y seguir con su vida.
Se limpió la sangre del labio con el dorso de la mano. Sus ojos, oscuros y brillantes, reflejaban la última luz del día, duros como obsidiana.
—Error de novatos. Nunca dejas a un enemigo vivo a tu espalda.
Noemí comenzó a caminar. No en dirección opuesta a la van para buscar ayuda, no hacia la carretera para pedir un aventón.
Empezó a caminar hacia el sur. Siguiendo las huellas de los neumáticos. Siguiendo el mapa.
Ya no corría por deporte. Ya no corría para escapar.
Ahora, Noemí Cole estaba cazando.
Y la noche apenas comenzaba.
CAPÍTULO 4: LA LLAMADA DE LA SANGRE
La noche en el desierto no cae; se desploma.
En cuestión de minutos, el cielo pasó de un violeta amoratado a un negro absoluto, salpicado por un millón de estrellas que miraban indiferentes lo que sucedía abajo. Con la oscuridad llegó el frío. El calor abrasador del día se evaporó, dejando un aire helado que mordía la piel expuesta y se colaba en los huesos.
Noemí Cole caminaba.
No era una caminata normal. Era una marcha táctica. Su cuerpo era un mapa de dolor: la fisura en las costillas enviaba una descarga eléctrica cada vez que inhalaba profundo; el labio partido palpitaba al ritmo de su corazón; las muñecas, en carne viva por las cuerdas, ardían con el roce del viento. Pero Noemí había aprendido hace mucho tiempo, en el “Pozo” de entrenamiento de las Fuerzas Especiales, que el dolor es solo información. Es el tablero de control del cuerpo diciendo: “Daño detectado”. Mientras no fuera “Fallo del sistema”, podía seguir.
Tenía sed. Una sed seca y pegajosa que le cerraba la garganta. Pero su mente estaba en otra parte.
Estaba subiendo. Había dejado el lecho seco del arroyo para escalar una formación rocosa, un cerro pelón que se alzaba como una verruga en la planicie. Necesitaba altura. El teléfono “cacahuate” que le había robado a Slim tenía apenas un 12% de batería y ninguna barra de señal allá abajo.
Cada paso hacia la cima era una batalla contra la gravedad y el agotamiento. Sus botas de correr resbalaban en la piedra suelta. Se agarraba de los matorrales de gobernadora y ocotillo, ignorando las espinas que se le clavaban en las palmas.
Llegó a la cima jadeando, con el sudor frío pegándole la ropa al cuerpo. El viento aquí arriba aullaba con fuerza, un sonido solitario y fantasmagórico.
Sacó el teléfono. La pantalla brilló con una luz azul pálida, ofensiva en la oscuridad total.
Buscando servicio…
Noemí giró lentamente, levantando el brazo, convirtiendo su cuerpo en una antena humana.
Sin servicio.
Maldijo por lo bajo. Dio dos pasos hacia el borde del precipicio que miraba al sur.
Una barra. E inestable.
Era suficiente.
Sus dedos, entumecidos por el frío y la hinchazón, marcaron un número de memoria. No el 911. El 911 era para civiles, para emergencias domésticas. Ella necesitaba la línea directa. La línea roja.
Timbró una vez. Dos veces.
—Centro de Mando, Operaciones Especiales. —La voz al otro lado era seca, profesional, militar.
—Código Negro. Identificación Sierra-Tango-Uno-Nueve. Solicito enlace inmediato con el Director Rangel. Prioridad Alfa.
Hubo una pausa. El operador al otro lado probablemente estaba verificando la identidad. Sierra-Tango-Uno-Nueve era un indicativo que no se usaba a la ligera. Significaba “Operativo de Alto Valor en Situación Crítica”.
—Espere un momento, Comandante.
Segundos de silencio, solo el siseo de la estática y el viento golpeando el micrófono. Luego, una voz familiar, grave y cargada de preocupación contenida.
—¿Noemí? ¿Eres tú? Por el amor de Dios, llevamos seis horas con el estado entero de cabeza. Encontraron tu auto abandonado. Pensamos que…
—Estoy viva, Rangel —cortó ella. No tenía tiempo para sentimentalismos ni explicaciones largas—. Escúchame bien porque tengo poca batería.
—¿Dónde estás? Tengo dos helicópteros Black Hawk listos en la base de Saltillo y un equipo de reacción rápida en carretera. Dame coordenadas.
—Cancela los pájaros, Rangel. —La orden fue tajante.
—¿Qué? Noemí, estás herida, estás sola. No te hagas la héroe. Dame las putas coordenadas.
—Si mandas los helicópteros, van a saber que los tenemos ubicados. Se van a dispersar o van a matar a los cabos sueltos, y eso incluye a civiles si se cruzan con alguno. Estos tipos no son narcos comunes, Rangel. Son animales acorralados. Si escuchan un rotor, entran en pánico.
—Son los ocho de Puente Grande, ¿verdad?
—Eran ocho —corrigió Noemí con frialdad—. Ahora son siete efectivos. Uno tiene la pierna destrozada, no camina. Otro tiene el brazo roto. El líder, Vinnie, está herido en el hombro. Están degradados, pero siguen armados y peligrosos.
—¿Tú hiciste eso? —Hubo un tono de asombro y, quizás, de temor en la voz de Rangel.
—Ese no es el punto. El punto es a dónde van. Tienen un contacto. Un tal Collins. Se dirigen a una propiedad llamada “Rancho La Esperanza”. Tengo la ubicación aproximada en un mapa que recuperé. Está a unos cuarenta kilómetros al sur de mi posición, cerca de la zona de Mil Cumbres.
—La Esperanza… —Rangel tecleaba furiosamente de fondo—. Sí, me aparece en el catastro antiguo. Es una propiedad abandonada, o eso creíamos. Noemí, voy a mandar unidades terrestres sigilosas. Guardia Nacional y tus muchachos de la Unidad. Pero tardarán al menos una hora en cercar la zona. Tú quédate donde estás. Te sacamos de ahí.
Noemí miró hacia el sur, hacia la negrura infinita del desierto. Sus ojos brillaron con una determinación que Rangel no podía ver, pero que seguramente podía sentir a través de la línea.
—No me voy a quedar aquí, Rangel.
—¡Noemí! No tienes equipo. No tienes arma. Estás herida.
—Tengo algo mejor. Tengo el elemento sorpresa. Ellos creen que estoy tirada en una zanja muriéndome de sed. Creen que ganaron.
—Eso es suicida. Espera al equipo.
—Si espero, se van a mover. Collins no los va a tener ahí mucho tiempo. Es una estación de paso, no un hotel. Si se van de ese rancho, Rangel, los perdemos para siempre. Se van a meter a la sierra y no los vuelves a ver.
El teléfono pitó. 5% de batería.
—Se me acaba el tiempo. Rangel, manda a la caballería, pero que no entren hasta que yo les dé la señal. Si veo luces azules antes de tiempo, yo misma los reporto por incompetencia.
—Noemí, espera…
—Voy a terminar lo que empezaron, jefe. Corto y fuera.
Noemí colgó. Luego, con un movimiento fluido, sacó la batería del teléfono y la tarjeta SIM, enterrándolas por separado en la tierra bajo una roca. No quería que nadie la rastreara, ni siquiera los suyos. Esta cacería era personal.
Se puso de pie, ignorando el dolor punzante en sus costillas. Miró una vez más el mapa mental que había trazado. Cuarenta kilómetros. A pie era imposible llegar antes del amanecer. Necesitaba ruedas.
Bajó del cerro, no caminando, sino deslizándose con control entre las piedras, moviéndose como una sombra más en la noche. Sus sentidos se expandieron. Olía la humedad lejana de un pozo, escuchaba el motor distante de un camión en alguna brecha lejana.
La Comandante había vuelto al servicio.
A cuarenta kilómetros de allí, la situación en la van era un infierno claustrofóbico.
El vehículo apestaba. El olor cobrizo de la sangre de Brick impregnaba la tapicería y se mezclaba con el hedor del miedo y el sudor agrio de siete hombres que se sabían condenados.
Brick estaba tirado en la parte trasera, gimiendo en un estado de semi-inconsciencia. Su pierna derecha estaba hinchada, el pantalón rasgado revelando una deformidad grotesca donde la rótula había sido destrozada por el tubo de metal. Cada bache del camino de terracería le arrancaba un alarido ahogado.
—¡Ya cállalo! —gritó Vinnie desde el asiento del copiloto. Se sostenía el hombro izquierdo, donde el tubo lo había golpeado. No estaba roto, pero el hematoma era profundo y le impedía mover el brazo con libertad.
—¡Está sufriendo, Vinnie! —replicó el de la cicatriz, que ahora tenía la nariz rota y los ojos morados, cortesía de la palma de Noemí. Trataba de mantener quieto a Brick, pero el gigante se sacudía con fiebre—. Necesita un doctor, no un pinche rancho abandonado.
—¡No hay doctores! —escupió Vinnie, girándose con los ojos inyectados en sangre—. ¡Entiéndanlo! ¡Estamos muertos para el mundo! ¡Si pisamos un hospital, nos esposan a la camilla! La única salida es Collins. Él tiene un veterinario o alguien que lo cosa.
Rust conducía en silencio, con los ojos fijos en el camino iluminado por los faros amarillentos de la van. Sus manos seguían temblando. No podía sacarse de la cabeza la imagen de esa mujer. La forma en que se movía. No era humana. Era como si hubieran intentado secuestrar a un demonio.
—¿Crees que… crees que nos siga? —murmuró Rust, casi para sí mismo.
Vinnie soltó una carcajada forzada, histérica.
—¿Seguirnos? ¿Estás idiota? La dejamos sin agua, golpeada y a pie en medio del desierto de Chihuahua. A estas alturas ya se la deben estar comiendo los coyotes. Olvídate de ella.
Pero nadie en la camioneta le creyó. El silencio que siguió fue la prueba. Todos sentían un peso en la nuca, esa sensación primitiva de ser observados desde la oscuridad.
—Ahí está —dijo Rust de repente, señalando al frente.
Entre la maleza seca aparecieron los postes de una cerca vieja de alambre de púas. Un portón de madera, caído de las bisagras, marcaba la entrada. Al fondo, apenas visible bajo la luz de la luna, se alzaba la silueta de una construcción.
Rancho La Esperanza.
El nombre era una broma cruel. El lugar era una ruina. Una casa principal de adobe con el techo parcialmente colapsado, un granero de madera que parecía que se iba a caer con el próximo viento fuerte, y un corral vacío invadido por la hierba.
—¿Aquí es? —preguntó Slim, acunando su brazo roto contra el pecho—. Vinnie, esto es un basurero. Aquí no vive nadie.
—Es una fachada, pendejo —dijo Vinnie, aunque su voz sonó insegura—. Collins opera desde las sombras. Métete. Apaga las luces.
Rust obedeció. La van entró tambaleándose por el camino de tierra, crujiendo sobre la grava. Rust apagó los faros y el vehículo avanzó los últimos metros en penumbra, guiado solo por la luz de la luna.
Se detuvieron frente al granero. El silencio del lugar era total. No había perros ladrando. No había luces encendidas. Solo el viento silbando entre las tablas podridas.
—Bájense —ordenó Vinnie, empuñando su .38 con la mano buena.
Abrieron las puertas. El aire frío de la noche los golpeó. Bajaron uno por uno, cojeando, heridos, mirando a todos lados con paranoia. Entre tres tuvieron que bajar a Brick, quien soltó un grito que hizo eco en todo el valle.
—¡Shhh! ¡Cállenlo, carajo! —siseó Vinnie.
De repente, una luz cegadora se encendió desde el interior del granero, iluminándolos como insectos en un laboratorio.
—¡Quietos! ¡Manos donde pueda verlas!
Tres figuras salieron de las sombras del granero, armas largas en mano. Rifles AR-15. No eran policías. Llevaban ropa de civil, botas vaqueras y gorras. Sicarios. O mercenarios.
Los prófugos levantaron las manos instintivamente. Incluso Vinnie, con todo su orgullo, sabía que una .38 oxidada no tenía nada que hacer contra fusiles de asalto.
Un cuarto hombre salió caminando tranquilamente detrás de los hombres armados. Era un sujeto bajo, calvo, con gafas de montura metálica y una camisa de cuadros impecable. Parecía un contador o un maestro de escuela rural, no un criminal internacional.
Collins.
—Vinnie, Vinnie, Vinnie… —dijo Collins, negando con la cabeza como un padre decepcionado—. Me dijiste que venías “caliente”, pero no me dijiste que me traías un hospital de campaña.
Collins se acercó, inspeccionando al grupo con desagrado. Miró la pierna destrozada de Brick, el brazo de Slim, la cara de Vinnie.
—Parece que los atropelló un tren. ¿Qué les pasó?
—Tuvimos un… contratiempo —dijo Vinnie, bajando las manos lentamente—. Una vieja en el camino. Se puso loca. Pero ya está resuelto.
Collins se detuvo. Se quitó las gafas y las limpió con la camisa.
—¿Una vieja? —preguntó suavemente—. ¿Una sola mujer les hizo esto a ocho hombres?
Vinnie apretó la mandíbula. La humillación ardía más que su hombro.
—Era militar o algo así. Pero te digo que está muerta. La dejamos tirada. Collins, necesitamos el pase. Tenemos el dinero. Bueno, tenemos parte del dinero, el resto te lo transferimos en cuanto…
Collins levantó una mano, interrumpiéndolo.
—El precio subió, Vinnie.
—¿Qué? —Vinnie dio un paso adelante, pero dos de los rifles se alzaron apuntando a su pecho—. ¡Teníamos un trato!
—El trato era por un traslado limpio y discreto. Esto… —Collins señaló el desastre que eran— esto es un circo. Traen sangre, traen ruido y, lo peor de todo, traen incompetencia. Si una sola mujer les hizo esto, no quiero imaginar qué pasará si se cruzan con una patrulla fronteriza. Son un riesgo para mi operación.
—¡Podemos pagar! —gritó Rust, desesperado.
—No se trata de dinero —dijo Collins fríamente—. Se trata de limpieza.
Collins chasqueó los dedos. Sus hombres bajaron las armas ligeramente, pero no relajaron la guardia.
—Métanlos al granero. Vamos a ver si sirven para algo o si tengo que enterrarlos aquí mismo. El veterinario viene mañana a ver unas vacas, tal vez pueda echarle un ojo a la pierna de ese grandulón antes de que se le gangrene. Pero el cruce… el cruce se pospone hasta que yo diga.
—¡No podemos esperar! —protestó Vinnie—. ¡Nos están buscando!
—Entonces debieron pensarlo antes de escaparse como idiotas —sentenció Collins—. Adentro. Ahora.
Los empujaron hacia el granero como ganado. Las puertas pesadas se cerraron tras ellos con un clanc definitivo de cerrojos metálicos.
Collins se quedó afuera un momento, mirando hacia el desierto oscuro, hacia el norte.
—Una mujer… —murmuró para sí mismo. Sacó un teléfono satelital y marcó un número—. Hey. Refuerza el perímetro sur. Sí, ahora. Tengo un mal presentimiento. Algo me dice que la “fiesta” de Vinnie todavía no termina.
Noemí no necesitó caminar los cuarenta kilómetros. El desierto provee a quien sabe buscar.
A unos cinco kilómetros de donde había dejado a los prófugos, encontró un campamento de trabajadores temporales que reparaban cercas ganaderas. Estaba desierto a esa hora; los trabajadores probablemente habían bajado al pueblo el fin de semana. Pero habían dejado algo atrás.
Una vieja motocicleta Italika de trabajo, encadenada a un poste.
Noemí no tenía ganzúas, pero tenía una piedra y una paciencia infinita para golpear el eslabón más débil de la cadena hasta que el metal fatigado cedió. El encendido fue más fácil; un par de cables pelados y un puente directo.
La moto tosió, rugió y cobró vida. No tenía luces, lo cual era perfecto.
Condujo por las brechas, lejos de la carretera principal, guiándose por las estrellas y su instinto. El viento helado le cortaba la cara, secando la sangre de su labio, pero ella no sentía frío. Sentía el calor de la cacería.
A dos kilómetros de Rancho La Esperanza, escondió la moto en un barranco y la cubrió con ramas secas. El resto del camino lo hizo a pie, en modo sigilo.
Se movía contra el viento para que los perros (si los había) no la olieran. Se pegaba al suelo, arrastrándose en los tramos abiertos, corriendo agachada en las zonas de matorral.
Llegó al perímetro exterior del rancho justo cuando las puertas del granero se cerraban.
Desde su posición, oculta tras un tanque de agua oxidado a unos cien metros de la casa principal, observó todo.
Vio a los hombres armados. Vio a Collins. Vio cómo trataban a Vinnie y a los suyos como basura.
Interesante, pensó Noemí. No son aliados. Son prisioneros de su propio salvador.
Eso cambiaba la dinámica. Collins no se arriesgaría por ellos. Si ella presionaba los puntos correctos, la alianza se rompería y se volverían unos contra otros.
Noemí escaneó el perímetro en busca de debilidades.
Tres hombres armados patrullando. Uno en el techo de la casa, dos cerca del granero.
Collins había entrado a la casa principal.
Los prófugos estaban encerrados en el granero.
Era una fortaleza improvisada. Entrar disparando (si tuviera un arma) sería un suicidio. Tenía que ser más inteligente. Tenía que ser un fantasma.
Sus ojos se posaron en la caja de fusibles principal, ubicada en un poste de madera cerca de la entrada del rancho, fuera del perímetro inmediato de los guardias. La electricidad en estos ranchos remotos solía ser precaria.
Una sonrisa depredadora cruzó su rostro.
Se deslizó hacia atrás, fundiéndose con la oscuridad. No iba a atacar todavía. Primero, iba a preparar el escenario. Iba a convertir Rancho La Esperanza en una casa de los horrores.
En el suelo, encontró un trozo de alambre de púas viejo y oxidado. Lo enrolló con cuidado, probando su resistencia. No era un cuchillo, no era una pistola. Pero en las manos de una Comandante Delta, era una herramienta de estrangulamiento silenciosa y brutal.
Se acercó al primer guardia, el que patrullaba más alejado del grupo, cerca de los corrales vacíos. El hombre estaba aburrido, fumando un cigarro, mirando su celular. La luz de la pantalla iluminaba su cara, arruinando su visión nocturna. Error de novato.
Noemí se acercó por detrás, tan silenciosa como la muerte misma.
—Hora de apagar las luces —susurró en su mente.
Se lanzó.
El alambre se cerró alrededor del cuello del guardia antes de que pudiera soltar el teléfono. No hubo grito. Solo un gorgoteo ahogado y el sonido de botas raspando la tierra mientras ella lo arrastraba hacia la oscuridad profunda de los matorrales.
Un minuto después, Noemí emergió sola. Ahora tenía un rifle AR-15, un chaleco táctico que le quedaba grande pero servía, y una pistola en el cinto.
Revisó el cargador del rifle. Lleno.
Quitó el seguro.
Miró hacia el granero donde Vinnie y sus hombres creían estar a salvo, y luego hacia la casa donde Collins bebía su trago.
—Rangel dijo que esperara una hora —dijo Noemí en voz baja, mirando la luna—. Pero yo nunca fui buena esperando.
Levantó el rifle, apuntó hacia el transformador en el poste lejano y exhaló suavemente.
La cacería había terminado. La guerra acababa de empezar.
CAPÍTULO 5: LA OSCURIDAD ES MI ALIADA
El dedo índice de Noemí Cole acarició el gatillo del AR-15 recuperado. No aplicó presión todavía, solo sintió el metal frío, estableciendo esa conexión neuronal que convierte al arma en una extensión del brazo.
Estaba tendida boca abajo entre la maleza, a ciento cincuenta metros del poste de luz. El viento del desierto le azotaba el rostro, pero su cuerpo estaba inmóvil, anclado a la tierra. A través de la mira de hierro del rifle —una mira básica, sin óptica nocturna, lo que exigía una precisión absoluta— alineó el poste del punto de mira con la silueta cilíndrica del transformador que zumbaba bajo la luz de la luna.
El dolor en sus costillas rotas era un grito constante, agudo y caliente, pero Noemí lo empujó a un rincón oscuro de su mente. En este momento, no era una mujer herida. Era una ecuación matemática de balística, viento y gravedad.
—Hágase la oscuridad —susurró.
Exhaló la mitad del aire de sus pulmones. Pausa respiratoria natural.
CLACK.
El disparo rompió el silencio del desierto como un latigazo.
A la distancia, el transformador no solo se apagó; explotó. Una lluvia de chispas azules y blancas se derramó sobre la hierba seca al pie del poste como fuegos artificiales letales, seguidas instantáneamente por un ¡POP! sordo y eléctrico.
Las luces del granero se extinguieron. La luz del porche de la casa principal murió. Rancho La Esperanza fue devorado por una negrura absoluta, solo rota por la luz plateada y fantasmal de la luna llena y las brasas moribundas de las chispas en el suelo.
—¡¡CONTACTO!! —gritó uno de los sicarios desde el techo, disparando una ráfaga inútil hacia el desierto, apuntando a la nada.
Noemí no se quedó a ver su obra. Regla número uno del francotirador: dispara y muévete.
Se arrastró hacia atrás como un lagarto, raspando su vientre contra la tierra, alejándose de su posición inicial antes de ponerse en cuclillas y correr en un arco amplio hacia la izquierda, flanqueando la propiedad.
El caos se apoderó del rancho.
—¡Se fue la luz! ¡Prendan las lámparas! ¡Prendan las putas lámparas! —se escuchó la voz de Collins, chillona y distorsionada por el pánico, saliendo desde la casa principal.
Haces de luz de linternas tácticas empezaron a cortar la oscuridad, bailando frenéticamente de un lado a otro. Eran luciérnagas nerviosas.
Error, pensó Noemí, observando desde la seguridad de un matorral de mezquite a cincuenta metros del flanco oeste. La luz revela lo que buscas, pero anuncia dónde estás.
Cada hombre que encendía una linterna se convertía en un blanco perfecto.
Había contado tres guardias afuera. Uno estaba muerto (el del alambre). Quedaban dos visibles y el del techo.
El guardia del techo estaba barriendo el perímetro con una lámpara potente montada en su rifle. El haz de luz pasó peligrosamente cerca de la posición de Noemí. Ella se congeló, convirtiéndose en una piedra más. La luz pasó de largo.
El guardia del techo era la prioridad. Tenía la altura. Tenía la ventaja.
Noemí respiró hondo, calculando el ángulo. Estaba en desventaja de altura, disparando de abajo hacia arriba. Difícil, pero no imposible. Esperó a que el hombre se asomara por la cornisa, buscando desesperadamente al atacante fantasma. La luz de su propia linterna iluminaba parte de su torso y su cabeza.
Dos disparos. Pecho y cabeza. El “Mozambique Drill” modificado.
Noemí se levantó, apoyó el hombro contra el tronco de un árbol seco para estabilizarse y apretó el gatillo dos veces en rápida sucesión.
PUM-PUM.
El guardia del techo se sacudió violentamente. Su linterna cayó girando hacia el patio, creando un caleidoscopio de sombras mientras el cuerpo se desplomaba hacia atrás, fuera de la vista, golpeando las tejas con un ruido sordo.
—¡Abatido! ¡Hombre caído en el techo! —gritó otro guardia cerca del granero.
—¿¡De dónde vienen los tiros!? —bramó Collins desde adentro de la casa.
—¡No se ve nada, patrón! ¡Están en el monte!
Noemí se movió de nuevo, corriendo bajo y rápido, acercándose a la estructura del granero. Su respiración era agitada, el sudor le escocía en los cortes de la cara, pero la adrenalina era un combustible potente.
Estaba desmantelando su seguridad pieza por pieza. No era una batalla; era una disección.
Dentro del granero, la oscuridad era aún más terrorífica.
Cuando se fue la luz, el pánico estalló entre los prófugos.
—¡Nos van a matar! —chilló Slim, acurrucándose en un rincón—. ¡Collins nos va a matar para que no hablemos!
—¡Cállate, marica! —gritó Vinnie, aunque su voz temblaba. Se escuchaba el sonido metálico de alguien tratando de forzar el cerrojo de la puerta grande desde adentro, sin éxito—. ¡Son los federales! ¡Nos cayeron los federales!
Rust, que estaba pegado a una de las rendijas de madera podrida de la pared, mirando hacia afuera, se giró hacia la oscuridad del granero.
—No son federales, Vinnie.
—¿Qué dices? Escuché tiros. Son guachos.
—Los guachos llegan gritando —susurró Rust, con un tono que heló la sangre de los demás—. Llegan con sirenas, con megáfonos, diciendo “Ríndanse”. Esto… esto es silencio. Y luego tiros precisos.
—¿Y eso qué?
—Es ella —dijo Rust.
El silencio que siguió a esa afirmación fue pesado, denso.
—Estás loco —escupió Vinnie en la oscuridad—. La dejamos sin nada. No puede ser ella.
—Le rompió la pierna a Brick con un tubo —recordó el de la cicatriz desde las sombras—. Desarmó a Slim en dos segundos. Vinnie… esa vieja no es normal. Si vino por nosotros…
—¡Si vino por nosotros la matamos! —interrumpió Vinnie, tratando de recuperar el control de su tropa—. Somos siete contra una.
—Somos siete tullidos, ciegos y desarmados encerrados en una caja de madera —corrigió Rust—. Y ella tiene un rifle. Escuché el calibre. Es un 5.56. Ya se chingó a alguien afuera.
De repente, algo golpeó la pared lateral del granero. Un golpe seco, rítmico.
TOC. TOC. TOC.
Todos se congelaron. El sonido venía de afuera, justo al nivel de sus cabezas.
Una voz, apenas un susurro, se filtró a través de las tablas viejas. Era una voz de mujer, pero sonaba como si viniera de todas partes y de ninguna.
—Abran la puerta trasera o mueran quemados.
Vinnie retrocedió, tropezando con las piernas de Brick.
—¡Es ella! —gritó Slim—. ¡Es la bruja!
—Tienen diez segundos, —continuó la voz de Noemí, fría, implacable—. Collins no los va a sacar. Yo soy su única salida.
—¡Nos va a matar! —gritó el de la cicatriz.
—¡Si quisiera matarlos, ya habría prendido fuego al granero! —les gritó Noemí desde afuera—. ¡Rust! Sé que me escuchas. Quita la tranca de la puerta chica. La que da al corral. ¡Ahora!
Rust miró hacia la pequeña puerta de servicio en la parte trasera del granero. Estaba bloqueada con un madero por dentro, pero Collins probablemente había puesto a alguien a vigilar por fuera.
—¡Hazlo! —le ordenó Rust a Slim.
—¡No! —Vinnie se interpuso—. ¡Si abres esa puerta, entra ella!
—¡Prefiero lidiar con ella que con Collins! —gritó Rust, empujando a Vinnie con una fuerza nacida de la desesperación.
Rust corrió hacia la puerta trasera, quitó el madero y la empujó.
La puerta se abrió chirriando.
Rust esperaba ver a la muerte. Esperaba ver el cañón de un rifle escupiendo fuego.
En su lugar, vio la noche vacía y, en el suelo, el cuerpo de uno de los sicarios de Collins, inconsciente, con la culata de su propia arma hundida en la cara.
Noemí emergió de las sombras a un lado de la puerta. Llevaba el chaleco táctico que le quedaba grande, el rifle al hombro y la cara manchada de camuflaje improvisado con tierra y grasa. Se veía aterradora. Se veía como la guerra misma.
Rust levantó las manos instintivamente.
—No dispares.
Noemí entró al granero como un espectro. Su rifle barrió la habitación en un segundo, apuntando a Vinnie, luego al de la cicatriz, luego a Brick en el suelo.
—Nadie se mueva —ordenó.
Vinnie, recuperando su bravuconería estúpida, intentó dar un paso hacia ella.
—¡Tú! —gruñó.
Noemí no dudó. Bajó el cañón del rifle y disparó una sola vez hacia el suelo, a centímetros de la bota de Vinnie. El estruendo dentro del espacio cerrado fue ensordecedor, dejando a todos con un pitido en los oídos.
—El siguiente no va al suelo —dijo ella. Su voz era tranquila, lo cual la hacía más aterradora que los gritos de Vinnie—. Escúchenme bien, pedazos de mierda. Afuera hay cuatro hombres armados que quieren matarlos para borrar evidencia. Adentro estoy yo, que quiero meterlos a la cárcel por el resto de sus miserables vidas. Hagan la matemática. ¿Quién es su mejor opción?
Los hombres se miraron. Estaban atrapados entre el fuego y la pared.
—¿Qué quieres? —preguntó Rust, temblando.
—Quiero a Collins —dijo Noemí—. Y ustedes van a ser mi distracción.
En la casa principal, Collins estaba perdiendo la compostura. Se servía un whisky con mano temblorosa mientras escuchaba los reportes por la radio.
—¡Perdimos a Marco! ¡Perdimos al del techo! ¡No veo nada!
Collins golpeó la mesa.
—¡Son inútiles! ¡Les pago una fortuna y no pueden con un intruso!
—No es un intruso normal, patrón —crepitó la radio—. Se mueve como militar. Apagó la luz. Nos está cazando.
Collins sabía lo que eso significaba. Operaciones Especiales. O quizás un cartel rival. De cualquier manera, su operación en La Esperanza estaba quemada. Tenía que irse. Ya.
—Preparen la camioneta blindada —ordenó Collins—. Saquen los discos duros y quemen los papeles. Nos vamos en cinco minutos.
—¿Y los prisioneros del granero?
Collins dudó un segundo.
—Que se pudran. Si entran los federales, que los encuentren a ellos. Nosotros nos largamos por la brecha trasera.
En ese momento, una explosión de disparos y gritos estalló cerca del granero. Pero no eran disparos tácticos. Eran disparos caóticos, gritos de guerra desordenados.
—¡¡Sálvese quien pueda!! —se escuchó el grito de Vinnie.
Collins corrió a la ventana.
Lo que vio lo dejó helado. Las puertas del granero se habían abierto de par en par. Pero los prófugos no estaban corriendo hacia el desierto para escapar. Estaban corriendo hacia la casa principal.
Vinnie, Rust, el de la cicatriz y los otros (cargando a Brick entre dos) corrían hacia la casa gritando y lanzando piedras, pedazos de madera y cualquier cosa que encontraran. Era una carga suicida, una estampida de desesperación.
—¡Están atacando! —gritó uno de los sicarios de Collins—. ¡Los presos se soltaron!
—¡Mátenlos! —ordenó Collins—. ¡Que no se acerquen a la camioneta!
Los sicarios de Collins abrieron fuego contra los prófugos.
Pero entonces, desde el flanco opuesto, donde nadie estaba mirando, surgió el verdadero ataque.
Mientras los sicarios se concentraban en la masa caótica y ruidosa que eran Vinnie y su pandilla (quienes ahora se tiraban al suelo chillando al ver que les disparaban de verdad), Noemí Cole rompió una ventana lateral de la casa principal.
No entró saltando como en las películas. Lanzó primero el chaleco táctico vacío para atraer el fuego.
Dos disparos de escopeta destrozaron el chaleco en el aire.
Justo después de los disparos, mientras el tirador recargaba, Noemí se asomó por el marco de la ventana y disparó dos veces con precisión quirúrgica. El sicario de la escopeta cayó.
Noemí saltó al interior.
Estaba en la cocina. Olor a gas (alguien había dejado una hornilla abierta en el pánico) y a comida vieja.
Se movió rápido hacia el pasillo. Escuchaba a Collins gritando en la sala.
—¡Vámonos! ¡Ya!
Noemí salió al pasillo y se encontró cara a cara con el último guardaespaldas de Collins, un tipo enorme con un AK-47.
Estaban a tres metros de distancia. Demasiado cerca para apuntar rifles largos cómodamente.
El guardaespaldas intentó levantar el cañón. Noemí no perdió tiempo. Se dejó caer de rodillas, deslizándose por el piso de loseta como un jugador de béisbol llegando a base, pasando por debajo de la línea de fuego del AK-47 que detonó enviando balas al techo.
Desde el suelo, Noemí disparó su AR-15 hacia arriba, en un ángulo vertical. Tres disparos en el torso y uno en la barbilla.
El gigante cayó hacia atrás como un árbol talado.
Noemí se puso de pie en un movimiento fluido, ignorando el dolor cegador que le recorrió el costado derecho. Sentía algo caliente y húmedo bajando por su cintura. Se tocó. Sangre fresca. Probablemente se le había abierto la herida de las costillas o una esquirla de bala la había rozado.
No importaba.
Pateó la puerta de la sala.
Collins estaba allí, con un maletín en una mano y una pistola Glock en la otra, corriendo hacia la puerta trasera.
—¡Alto! —gritó Noemí, apuntándole al centro de la espalda.
Collins se congeló. Se giró lentamente, con las manos en alto, pero manteniendo la pistola.
—Baja el arma —ordenó Noemí. Su respiración era pesada, rasposa. Estaba al límite de su resistencia física.
Collins la miró. Vio a una mujer golpeada, cubierta de tierra, sangre y hollín, con el cabello revuelto y los ojos de un demonio.
—Tú eres la corredora —dijo Collins, incrédulo—. Vinnie dijo que eras una corredora.
—Vinnie se equivocó —dijo Noemí—. Suelta el arma, Collins. Se acabó.
Collins sonrió nerviosamente. Sus ojos se movieron hacia la ventana, donde se veían las luces de la camioneta blindada esperando.
—No se acabó, niña. Tú estás sola. Estás herida. Y yo tengo…
Collins intentó levantar la Glock para disparar.
Fue un movimiento rápido, pero Noemí ya tenía el dedo en el gatillo y la holgura eliminada.
PUM.
Un solo disparo.
La bala impactó en el hombro derecho de Collins, el que sostenía el arma. La Glock salió volando de su mano y Collins giró sobre su eje, gritando de dolor, cayendo sobre la mesa de centro de vidrio, que se hizo añicos bajo su peso.
Noemí avanzó, pateó la pistola lejos y le puso la bota en el pecho a Collins, clavándole el cañón del rifle en la garganta.
—Te dije que la soltaras.
Collins jadeaba, mirando el cañón negro.
—Eres… eres una maldita psicópata.
—Soy Comandante —corrigió Noemí—. Y estás bajo arresto por conspiración, tráfico de personas, posesión de armas de uso exclusivo del ejército y… —hizo una pausa, mirando el desastre a su alrededor— por arruinarme mi día libre.
Afuera, los disparos habían cesado.
Vinnie y los suyos estaban tirados en el patio, algunos heridos, otros simplemente aterrorizados, rodeados por los cuerpos de los sicarios caídos.
Noemí arrastró a Collins por el cuello de la camisa hasta la puerta principal. Lo pateó para que saliera al porche.
—¡¡ALTO EL FUEGO!! —gritó Noemí con su voz de mando, esa voz que había aprendido a proyectar sobre el ruido de helicópteros y explosiones.
El silencio cayó sobre el Rancho La Esperanza.
Vinnie levantó la cabeza desde el lodo donde estaba escondido detrás de una maceta. Vio a Noemí de pie en el porche, iluminada por las llamas de un pequeño incendio que había empezado en los matorrales por las chispas del transformador. Tenía a Collins a sus pies, sangrando y derrotado.
Ella parecía una diosa de la venganza.
—Vinnie —dijo Noemí. No gritó, pero su voz llegó clara—. Te dije que te iba a encontrar.
Vinnie, el hombre que horas antes se sentía el rey del mundo, el intocable, el líder, rompió a llorar. No era un llanto de tristeza, era un llanto de derrota absoluta, de un espíritu quebrado.
—Ya… —sollozó Vinnie, levantando las manos manchadas de tierra—. Ya estuvo. Nos rendimos. Por favor… que ya pare.
Noemí miró al cielo. A lo lejos, muy a lo lejos, escuchó el sonido rítmico y grave que había estado esperando, pero que había prohibido hasta ahora.
Thup-thup-thup-thup.
Rangel no la había obedecido del todo. O quizás, simplemente había calculado el tiempo exacto.
Las luces de los helicópteros aparecieron en el horizonte, seguidas por una línea de luces rojas y azules avanzando por la carretera de tierra como una serpiente luminosa. La caballería.
Noemí se dejó caer sentada en los escalones del porche, con el rifle sobre las rodillas, vigilando a Collins y a los ocho prófugos que yacían dispersos en el patio como muñecos rotos.
Sacó el cargador del rifle, revisó la recámara y puso el seguro.
Su cuerpo empezó a temblar. La adrenalina se estaba yendo, dejando paso al shock, al frío y al dolor abrumador de sus heridas. Pero su mente estaba clara.
Miró sus manos. Estaban sucias, raspadas, temblorosas.
—Misión cumplida —susurró para sí misma.
Unos minutos después, el primer vehículo blindado de la Guardia Nacional rompió la cerca del rancho, seguido por dos patrullas federales. Hombres armados descendieron gritando órdenes, asegurando el perímetro, esposando a los prófugos que no opusieron ni la más mínima resistencia.
Un hombre de traje, con un chaleco antibalas puesto encima apresuradamente, corrió hacia el porche.
Director Rangel.
Se detuvo al pie de las escaleras, mirando la escena. Miró a los sicarios neutralizados, a Collins gimiendo, a los prófugos rendidos y finalmente a Noemí, sentada tranquilamente en medio del caos.
Rangel negó con la cabeza, una mezcla de exasperación y admiración en su rostro.
—Te dije que esperaras una hora, Cole.
Noemí levantó la vista, intentando sonreír, pero su labio partido le dolió demasiado.
—Mi reloj va adelantado, jefe.
Rangel subió los escalones y se sentó a su lado, ignorando el protocolo. Le pasó una botella de agua.
—Estás hecha una mierda.
—Deberías ver a los otros —respondió ella, tomando un trago largo y doloroso.
Rangel miró hacia el patio, donde los paramédicos estaban atendiendo a Brick y subiendo a Vinnie a una patrulla.
—Ocho prófugos de máxima seguridad. Una red de tráfico desmantelada. Un solo operativo. —Rangel la miró—. Vas a tener que escribir un reporte del tamaño de una biblia, Noemí.
—Mañana —dijo ella, cerrando los ojos—. Mañana escribo lo que quieras. Hoy… hoy solo quiero que alguien me lleve a mi casa.
—Primero al hospital —ordenó Rangel.
—Está bien. Al hospital.
Mientras los paramédicos se acercaban con una camilla, Noemí vio cómo subían a Vinnie a la patrulla. El líder de la banda se detuvo un segundo antes de entrar y miró hacia el porche. Sus ojos se encontraron con los de Noemí.
Ya no había burla. Ya no había arrogancia. Solo había miedo. Un miedo profundo y respetuoso. Vinnie bajó la mirada y se metió al auto.
Noemí Cole se recostó en la camilla mientras la subían a la ambulancia. El dolor estaba allí, sí, pero bajo el dolor había una paz profunda. La paz del deber cumplido. La paz del silencio que regresa después de la tormenta.
Miró por la ventana trasera mientras la ambulancia se alejaba, viendo cómo las luces de Rancho La Esperanza se desvanecían en la distancia, tragadas de nuevo por la oscuridad del desierto.
Había sido un día largo. Pero la Comandante había ganado.
CAPÍTULO 6: LA CRUDA REALIDAD
El olor a antiséptico era más fuerte que el olor a pólvora, y eso a Noemí no le gustaba. El olor a pólvora significaba que tenías el control, que estabas peleando. El olor a antiséptico, a cloro y a sábanas almidonadas significaba que eras pasivo, que estabas a merced de otros.
Abrió los ojos. La luz blanca de los tubos fluorescentes le taladró las retinas, enviando una punzada aguda a través de su cráneo conmocionado. Parpadeó varias veces, tratando de enfocar.
Estaba en una habitación privada, no en una sala común. Las paredes eran de un verde pálido institucional. A su izquierda, un monitor cardíaco dibujaba picos verdes rítmicos: bip… bip… bip. A su derecha, una bolsa de suero goteaba solución salina y analgésicos en su vena.
Intentó sentarse, pero un cinturón de fuego le apretó el torso. Gimió, un sonido involuntario que se escapó de entre sus dientes apretados.
—Si yo fuera tú, no haría eso, Comandante.
La voz venía del rincón en sombras, junto a la puerta. El Director Rangel estaba sentado en una silla de vinilo incómoda, leyendo un expediente grueso con la calma de quien ha pasado demasiadas horas en hospitales esperando a que sus agentes despierten o mueran.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Noemí. Su voz sonaba como si hubiera tragado vidrio molido. Tenía la garganta seca, rasposa por el polvo del desierto y la deshidratación.
—Diez horas —respondió Rangel, cerrando la carpeta y dejándola sobre sus rodillas—. Te sedaron en cuanto te subimos a la ambulancia. Estabas peleando con los paramédicos, querías caminar hasta la camilla. Tuvimos que ponerte quieta.
Noemí se recargó en la almohada, frustrada.
—Informe de daños.
Rangel se levantó y se acercó a la cama. Se veía cansado, con las ojeras marcadas bajo los ojos, pero su traje seguía impecable.
—Tres costillas fisuradas, una fracturada. Conmoción cerebral moderada. Deshidratación severa nivel dos. Múltiples contusiones, laceraciones en muñecas y tobillos por las ataduras, y un corte en la ceja que requirió seis puntadas. —Hizo una pausa, mirándola con severidad paternal—. Y agotamiento extremo. Los doctores dicen que tu cuerpo se estaba consumiendo a sí mismo para seguir funcionando. Si hubieras caminado otros cinco kilómetros en ese desierto, tus riñones habrían colapsado.
Noemí miró al techo.
—Sobreviví.
—Apenas —corrigió Rangel—. Pero sobreviviste.
—¿Y ellos?
La pregunta flotó en el aire, cargada de peso. Rangel sonrió, una sonrisa lenta y depredadora que rara vez mostraba.
—Ah, ellos… esa es la mejor parte.
Rangel sacó un control remoto y encendió la televisión montada en la pared frente a la cama. Estaba sintonizada en un canal de noticias nacional. En la franja inferior de la pantalla, las letras rojas de “ÚLTIMA HORA” parpadeaban urgentemente.
En la pantalla, se veían imágenes aéreas tomadas desde un helicóptero de la prensa, mostrando el Rancho La Esperanza rodeado de cintas amarillas, patrullas federales y vehículos blindados. Luego, la imagen cambió a una toma grabada en el estacionamiento de la Fiscalía General de la República.
Noemí vio cómo bajaban a los detenidos de un camión blindado tipo “Rinoceronte”.
Ya no parecían los lobos que la habían emboscado en el bosque.
Brick iba en una camilla, esposado a los barandales, con la pierna derecha inmovilizada y vendada.
Vinnie caminaba encorvado, con la cabeza gacha, el brazo en cabestrillo y la cara llena de moretones.
Rust lloraba abiertamente mientras lo empujaban hacia la entrada del edificio.
Collins, el cerebro criminal, intentaba ocultar su rostro con su saco, pero las esposas se lo impedían.
La reportera hablaba con tono grave y emocionado:
“…se confirma la recaptura de los ocho prófugos de alta peligrosidad que escaparon hace dos días del penal de Puente Grande. El operativo, descrito como quirúrgico por las autoridades federales, tuvo lugar en una propiedad abandonada en la zona de Mil Cumbres. Fuentes extraoficiales indican que la red de tráfico que intentaba sacarlos del país ha sido completamente desmantelada.”
Rangel apagó la tele.
—Están todos procesados, Noemí. Y no solo por la fuga. El Ministerio Público les está aventando todo el código penal encima. Secuestro agravado, intento de homicidio, delincuencia organizada, portación de armas de uso exclusivo, ataque a las vías de comunicación… y la lista sigue.
—Quiero verlos —dijo Noemí.
Rangel suspiró.
—Noemí, estás en una cama de hospital. Tienes que descansar.
—No me escuchaste, Rangel. —Noemí giró la cabeza, ignorando el dolor del cuello, y clavó sus ojos oscuros en su jefe—. Quiero verlos cuando se den cuenta.
—¿Cuando se den cuenta de qué?
—De quién soy. —Noemí apretó los puños sobre las sábanas—. Todavía creen que soy una corredora con suerte. Creen que soy una civil que sabe pelear. Quiero ver sus caras cuando les digan que secuestraron a una Comandante de Operaciones Especiales. Quiero ver el momento exacto en que entiendan la magnitud de su error.
Rangel la estudió por un momento. Sabía que discutir con Noemí Cole era inútil cuando tenía esa mirada. Además, en el fondo, él entendía esa necesidad. Era el cierre. El punto final psicológico que ella necesitaba para dejar de ser la víctima y reafirmarse como la cazadora.
—Haré una llamada —dijo Rangel—. Pero no vas a ir a la Fiscalía. Te traeré el video de los interrogatorios. Transmisión en vivo. Es lo mejor que puedo hacer.
Noemí asintió.
—Trato hecho.
Tres horas después, en una sala de interrogatorios estéril y fría de la SEIDO (Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada) en la Ciudad de México, Vicente “El Vinnie” Santoro estaba sentado frente a una mesa de metal atornillada al piso.
Le habían quitado la ropa de civil y le habían puesto un uniforme naranja brillante de procesado federal. No tenía cintujurón, ni agujetas en los tenis de tela. Su hombro herido había sido atendido rudimentariamente; un vendaje limpio cubría el impacto del tubo, pero el dolor seguía ahí, latente.
Vinnie estaba temblando. No de frío, aunque el aire acondicionado estaba al máximo (una táctica vieja y efectiva para incomodar a los detenidos), sino de abstinencia de nicotina y de terror puro.
La puerta de acero se abrió con un zumbido electrónico.
Entró un agente federal. No era un policía de calle. Llevaba traje, corbata y una carpeta bajo el brazo. Detrás de él, entró una mujer con el chaleco de la Defensoría de Oficio, luciendo abrumada.
El agente se sentó frente a Vinnie, colocó la carpeta sobre la mesa y entrelazó los dedos, mirándolo en silencio durante un minuto completo.
—Quiero un cigarro —dijo Vinnie, tratando de sonar duro, pero su voz salió como un chillido patético.
El agente sonrió levemente, una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Aquí no se fuma, Santoro. Y créeme, el tabaco es el menor de tus problemas.
—Quiero un trato —soltó Vinnie, inclinándose hacia adelante—. Tengo información. Sé cosas. Sé rutas, sé nombres. Collins no era el único. Puedo darles a los proveedores de armas. Puedo darles a los de las identificaciones falsas.
El agente no se inmutó. Abrió la carpeta lentamente.
—Normalmente, Santoro, estaríamos interesados. Tu información podría valer una reducción de sentencia. Quizás pasarías de cincuenta años a cuarenta. Una gran oferta.
—¡Exacto! —Vinnie se animó, viendo una luz al final del túnel—. Cooperación total. Pero quiero protección. Quiero ir a un penal de media seguridad, no al Altiplano. Y quiero…
—Cállate —dijo el agente. Fue una palabra suave, pero cargada de tal autoridad que Vinnie cerró la boca de golpe—. No estás entendiendo tu situación. No hay tratos para ti. No hay negociaciones.
—¿Por qué no? —preguntó Vinnie, confundido—. Soy un pez gordo. Les estoy dando la red completa.
El agente sacó una fotografía de la carpeta y la deslizó sobre la mesa, boca abajo. Puso un dedo sobre ella.
—La razón por la que no hay trato, Santoro, es por la víctima.
—¿La vieja? —Vinnie bufó, incrédulo—. ¿Por la corredora? ¡Por favor! Ni siquiera la matamos. Está viva, ¿no? Solo fueron unos golpes. Eso es lesiones, secuestro exprés a lo mucho. Mi abogado puede…
—Tu abogado de oficio —interrumpió el agente, señalando a la mujer en la esquina que no había dicho una palabra— está aquí solo para firmar que no te torturamos. Pero créeme, lo que hiciste fue mucho peor que matar a un civil.
El agente volteó la fotografía.
No era una foto de Noemí corriendo en el parque.
Era una foto oficial.
En la imagen, Noemí Cole llevaba el uniforme de gala de las Fuerzas Especiales. Las insignias brillaban en sus hombros: Comandante de Unidad. En su pecho, medallas al valor, listones de campañas en el extranjero, insignias de cursos de paracaidismo, buceo de combate y operaciones antiterroristas. Su mirada en la foto era la misma mirada de acero que Vinnie había visto en el bosque.
Vinnie miró la foto. Luego miró al agente. Luego volvió a mirar la foto. Su cerebro tardó unos segundos en procesar la información, en conectar los puntos. La forma en que peleaba. La forma en que hablaba. La calma bajo presión. La estrategia para desmantelar el rancho.
—No… —susurró Vinnie. El color se le fue de la cara, dejándolo grisáceo—. No puede ser.
—Ella es la Comandante Noemí Cole —dijo el agente, disfrutando cada sílaba—. Jefa de la Unidad de Intervención Táctica Delta. Una de las operadoras más letales y condecoradas de este país. Entrena a los tipos que cazan a los narcos que tú admiras.
Vinnie sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—No sabíamos… —balbuceó—. Pensamos que era una turista. Solo era una mujer sola en el monte.
—Secuestraron a un activo de seguridad nacional de alto nivel —continuó el agente, implacable—. La golpearon. La ataron. La amenazaron de muerte. Y luego, tuvieron la estupidez de dejarla viva y enojada.
El agente se inclinó hacia adelante, bajando la voz.
—¿Sabes lo que eso significa, Santoro? Significa que no solo te busca la justicia civil. Significa que hiciste enojar a toda la estructura militar y federal de México. No vas a ir a un penal normal. Vas a ir al agujero más oscuro y profundo del CEFERESO número 1 del Altiplano. Vas a estar en aislamiento 23 horas al día. No vas a ver el sol. No vas a tener visitas. Y cada guardia que te vigile sabrá que fuiste el imbécil que se atrevió a tocar a uno de los suyos.
Vinnie empezó a hiperventilar. Las paredes de la sala de interrogatorios parecían cerrarse sobre él.
—¡Fue un error! —gritó, con lágrimas de pánico brotando de sus ojos—. ¡No sabíamos! ¡Juro por mi madre que no sabíamos!
—El desconocimiento de la ley no te exime de su cumplimiento —dijo el agente, cerrando la carpeta—. Y el desconocimiento de a quién estás secuestrando… bueno, eso es simplemente selección natural.
El agente se levantó y golpeó la puerta para que el guardia le abriera.
—Disfruta tu estancia en el infierno, Vinnie. Te lo ganaste a pulso.
El agente salió, dejando a Vinnie solo con la foto de la Comandante Cole sobre la mesa metálica. Vinnie miró los ojos de la mujer en la foto. Esos ojos que lo habían juzgado en la van, que lo habían desafiado en el desierto. Ahora entendía. Nunca tuvo una oportunidad. Desde el momento en que decidió abordarla en ese sendero, ya estaba muerto. Solo le tomó 24 horas darse cuenta.
Vinnie Santoro, el hombre que soñaba con ser un capo, apoyó la frente en la mesa fría y lloró como un niño.
En la habitación del hospital, Noemí observaba la escena en la tablet que Rangel le había prestado. La transmisión era en vivo, sin audio, pero no necesitaba escuchar los sollozos de Vinnie para entender lo que pasaba. Su lenguaje corporal gritaba derrota total.
Rangel observaba a Noemí mientras ella miraba la pantalla. Esperaba ver una sonrisa de triunfo, quizás una risa burlona. Pero Noemí permaneció seria, con el rostro inexpresivo.
—¿Satisfecha? —preguntó Rangel.
Noemí apagó la tablet y se la devolvió.
—No es satisfacción, Rangel. Es equilibrio. El universo estaba desordenado cuando esos hombres creían tener el poder. Ahora el orden se restableció.
—Filosófica para alguien con el cerebro sacudido —comentó Rangel.
—¿Qué va a pasar con los otros? —preguntó ella.
—Rust, el conductor, cantó como un canario antes de que siquiera le ofreciéramos agua. Nos dio la ubicación de dos casas de seguridad más de la red de Collins. Ya estamos haciendo redadas. Brick… bueno, Brick va a necesitar varias cirugías para volver a caminar. Probablemente quede cojo de por vida. En la cárcel no le va a ir bien a un grandulón que no puede defenderse.
—¿Y Collins?
Rangel se acomodó la corbata.
—Collins es la joya de la corona. Resulta que nuestro amigo de aspecto inofensivo era el nodo logístico para al menos tres cárteles diferentes en la zona noreste. Tenía una base de datos encriptada en su laptop. Nuestros técnicos la están rompiendo ahora mismo. Cuando terminen, vamos a tener nombres de jueces corruptos, policías municipales comprados y rutas de lavado de dinero. Tu “día libre” nos acaba de dar la victoria de inteligencia más grande del año.
Noemí cerró los ojos un momento, sintiendo el peso del cansancio.
—Necesito vacaciones, Rangel. Unas vacaciones de verdad. Donde no haya gente. Donde no haya camionetas negras.
—Te las mereces —asintió el Director—. Te voy a dar un mes. Con goce de sueldo completo. Vete a la playa. Vete a Europa. Vete a donde quieras, pero aléjate de los parques nacionales por un rato, ¿quieres?
Noemí sonrió levemente, pero la sonrisa se desvaneció rápido cuando una punzada en las costillas le recordó su realidad física.
—Hay algo más —dijo Rangel, poniéndose serio—. La prensa.
—¿Qué pasa con ellos?
—Saben que hubo una mujer involucrada. Saben que una sola persona desmanteló el grupo antes de que llegara el equipo táctico. La narrativa se está filtrando. Los medios te están llamando “La Cazadora de la Sierra”. Quieren un nombre. Quieren una cara.
Noemí abrió los ojos de golpe. El anonimato era su armadura. Si su cara salía en las noticias, su carrera operativa estaba terminada. Y peor aún, se convertiría en un blanco para todos los enemigos que Collins y los prófugos tenían.
—No, Rangel. Absolutamente no.
—Tranquila —Rangel levantó las manos—. Ya lo manejé. La versión oficial es que fue un operativo de inteligencia coordinado. Tú eres “Agente Clave”. Sin nombre, sin foto. Rostro borroso en los reportes. Para el mundo, Noemí Cole sigue siendo un fantasma.
Noemí suspiró, aliviada.
—Gracias.
—Pero… —Rangel dudó un segundo—. Hay un video.
—¿Qué video?
—Del retén. La cámara de seguridad de la patrulla de la Guardia Nacional. Grabó el momento en que pasaron. Grabó tu interacción con el oficial.
—¿Y?
—Se filtró en redes sociales hace una hora. No se ve tu cara claramente porque la toma es lejana y hay reflejo en el parabrisas, pero el audio es claro. Se escucha cómo manejas la situación. Se escucha cómo salvaste la vida de esos guardias al no iniciar un tiroteo. La gente lo está compartiendo como loca. Dicen que tienes “sangre de hielo”.
Noemí negó con la cabeza.
—La gente ve lo que quiere ver. Yo solo estaba sobreviviendo.
—Tal vez —dijo Rangel, levantándose para irse—. O tal vez la gente necesita saber que hay alguien ahí afuera que no se rompe cuando las cosas se ponen feas. Descansa, Comandante. Mañana vienen los de Asuntos Internos para tomar tu declaración oficial. Prepárate, van a ser unos pesados.
Rangel salió de la habitación, dejando a Noemí sola con el zumbido de las máquinas y el goteo del suero.
Noemí miró por la ventana. Ya era de noche otra vez. La ciudad brillaba a lo lejos, ajena a la violencia que ocurría en sus sombras.
Pensó en el bosque. Pensó en el momento en que decidió no correr, sino pelear. Pensó en Vinnie llorando en la sala de interrogatorios.
Se tocó el pecho, justo sobre el corazón. Latía fuerte, constante. Bum-bum. Bum-bum.
Estaba viva.
Pero algo había cambiado. Siempre había sido una soldado, una guerrera que seguía órdenes y cumplía misiones. Esta vez, la misión había sido personal. Esta vez, no había peleado por una bandera o por un país. Había peleado por su propia dignidad, por su derecho a existir sin ser una víctima.
Y le había gustado.
Noemí cerró los ojos, dejando que el sueño inducido por los fármacos la arrastrara finalmente. Pero antes de perder la consciencia, una última imagen cruzó su mente: ella, totalmente recuperada, volviendo a ese sendero en la sierra. Corriendo. Sola. Sin miedo.
Porque ahora sabía, con certeza absoluta, que no importaba quién o qué saliera de entre los árboles. Ella no era la presa.
Nunca lo había sido.
EPÍLOGO: SEIS MESES DESPUÉS
El Penal Federal del Altiplano es una fortaleza de concreto gris rodeada de alambradas de púas, torres de vigilancia y un silencio opresivo. Es el lugar donde México entierra a sus monstruos.
En el Módulo de Alta Seguridad, Celda 402, Vicente “Vinnie” Santoro miraba la pared.
Llevaba seis meses mirando esa pared.
No había salido al patio. No había hablado con nadie excepto con los guardias que le pasaban la comida por una ranura de acero, y ellos nunca le contestaban.
Su mundo se había reducido a tres metros por cuatro. Una cama de cemento, un inodoro de metal, un lavabo.
Vinnie había perdido peso. Mucho peso. Su piel estaba pálida, casi translúcida por la falta de sol. El cabello, antes relamido y cuidado con vanidad, ahora estaba rapado al ras por reglamento. Sus tatuajes parecían manchas de tinta vieja en un papel arrugado.
Se sentó en el borde del catre.
A veces, cuando cerraba los ojos, todavía estaba en el bosque. Veía a la mujer corriendo. Veía su oportunidad.
—Solo es una vieja —susurraba Vinnie en la oscuridad de su celda, repitiendo las palabras que habían sellado su destino—. Solo es una corredora.
Si tan solo hubiera seguido manejando. Si tan solo hubiera ignorado a la figura solitaria en el camino. Estaría en Brasil ahora. O en Argentina. Bebiendo una caipirinha, libre.
Pero la codicia lo había matado. La arrogancia.
Escuchó pasos en el pasillo. Pasos pesados, rítmicos. No eran los pasos de los guardias habituales. Eran pasos de botas tácticas.
Los pasos se detuvieron frente a su puerta.
La ventanilla de observación se deslizó abierta.
Vinnie levantó la vista, entrecerrando los ojos ante la luz del pasillo.
No pudo ver la cara completa de la persona al otro lado. Solo vio unos ojos oscuros, intensos, enmarcados por una gorra militar. Ojos que no mostraban piedad, ni odio, ni siquiera interés. Solo una verificación fría.
—Disfruta tu estancia, Santoro —dijo una voz de mujer. Suave, tranquila, letal.
La ventanilla se cerró de golpe. CLACK.
Vinnie corrió a la puerta. Golpeó el acero con sus puños débiles.
—¡Espera! —gritó—. ¡Espera! ¡Sé quién eres! ¡Eres tú!
Nadie respondió.
Solo escuchó el sonido de las botas alejándose por el pasillo, firmes, seguras, trac, trac, trac, el mismo sonido que había escuchado en el sendero aquel día. El sonido de la Comandante Noemí Cole siguiendo con su vida, caminando hacia la libertad que él nunca volvería a probar.
Vinnie se dejó deslizar por la puerta hasta el suelo, abrazó sus rodillas y se quedó en silencio, escuchando cómo el eco de los pasos se desvanecía, dejándolo solo con sus fantasmas para siempre.
FIN