
CAPÍTULO 1: LA SOMBRA BAJO EL AGUACERO
La lluvia no caía sobre San Isidro; lo castigaba. No era una de esas lluvias mansas de verano que refrescan la tierra y hacen brotar el olor a petricor, sino una tormenta de octubre, fría, violenta y rencorosa, que bajaba desde lo alto de la Sierra Madre azotando los techos de lámina como si quisiera derribarlos a pedradas. El viento aullaba entre los ocotes y los pinos, un lamento largo y agudo que se colaba por las rendijas de las ventanas mal selladas del Centro de Salud Rural.
El doctor Andrés se pasó una mano por el rostro, frotándose los ojos enrojecidos por el cansancio y la luz parpadeante de los tubos fluorescentes. El reloj de pared, un viejo aparato de plástico que marcaba las ocho y cuarto de la noche, hacía un tic-tac que resonaba demasiado fuerte en el silencio estéril del consultorio. Olía a alcohol, a piso recién trapeado con cloro y a esa humedad penetrante que se mete en los huesos y que en los pueblos de montaña nunca termina de irse del todo.
—Ya estuvo suave por hoy, ¿no cree, doc? —dijo Doña Martita, asomando la cabeza por la puerta entreabierta.
Martita era una enfermera de la vieja escuela, de esas que llevan cofia almidonada y saben más de medicina por pura experiencia que muchos internos recién graduados. Tenía el rostro surcado por arrugas que parecían mapas de los caminos vecinales y una mirada bondadosa pero firme.
Andrés suspiró, estirando los brazos hasta que su espalda tronó.
—Sí, Martita. Ya estuvo. ¿Qué pasó con Don Chuy? ¿Se le paró el sangrado?
—Sí, doctor. Le puse tres puntos más y le vendé bien la mano. Ese hombre es terco como una mula, quería irse así nomás a seguir cortando leña. Le dije que si se le infectaba iba a tener que venir a que le mocháramos el dedo, a ver si así entiende. Ya se fue, corriendo bajo el agua.
Andrés soltó una risa breve, sin humor. Así era la vida en la sierra. La gente aguantaba el dolor hasta que el cuerpo quebraba, y los médicos hacían milagros con gasas, isodine y mucha fe, porque medicinas casi nunca había.
—Váyase usted también, Martita. No quiero que la agarre lo peor de la tormenta en el camino a la cañada. ¿Trae paraguas?
—Ay, mijo, con este vientazo el paraguas no sirve pa’ nada más que pa’ volar como Mary Poppins. Traigo mi impermeable de hule. Usted también apúrele, que la Catalina lo ha de estar esperando con el Jesús en la boca.
Al mencionar a Catalina, el rostro de Andrés se suavizó. La imagen de su esposa lo reconfortó al instante, como un trago de café caliente en una mañana helada. Llevaban seis años de casados y todavía sentía ese cosquilleo en el estómago cada vez que terminaba el turno y sabía que iba a verla. Ella era su ancla, su luz en medio de la precariedad de trabajar en un pueblo olvidado por Dios y por la Secretaría de Salud.
—Sí, ya me voy. Nada más cierro el expediente de la niña de los Aguilar y apago todo.
—Ándele pues. Que Dios lo acompañe.
Escuchó los pasos pesados de Martita alejándose por el pasillo, luego el chirrido de la puerta principal al abrirse y el estruendo de la lluvia que se coló por un segundo antes de que la puerta se cerrara de golpe, dejando el consultorio nuevamente en un silencio sepulcral.
Andrés se quedó solo. Se levantó de la silla giratoria, que rechinó en protesta, y caminó hacia la ventana. Afuera no se veía nada, solo una cortina negra y densa de agua. Los faroles de la calle apenas eran manchas borrosas de luz ámbar que se ahogaban en la oscuridad. Se ajustó el cuello de la camisa. Hacía frío, un frío húmedo que calaba.
Pensó en su vida allí. Tenía 33 años. Podría estar en la ciudad, en un hospital privado con aire acondicionado y máquinas de resonancia magnética, cobrando consultas caras. Su suegra, Doña Vera, nunca dejaba de recordárselo cada vez que tenía la desgracia de verla. “Un desperdicio”, decía ella con esa nariz respingada y ese tono de voz que cortaba como bisturí. “Mi hija hecha una ranchera y tú jugando a ser el santo de los pobres”. Pero Andrés amaba esto. Amaba la honestidad brutal de la sierra, la gratitud sincera de un padre cuando le bajaba la fiebre a su hijo. Y, sobre todo, amaba la paz que él y Catalina habían construido lejos del veneno de la alta sociedad de la capital.
O al menos, eso se decía a sí mismo para ignorar la fatiga crónica y la frustración de ver morir pacientes porque la ambulancia tardaba tres horas en llegar desde la cabecera municipal.
Apagó la luz del consultorio. La oscuridad lo envolvió. Tomó su maletín de cuero, un regalo de graduación de su padre, y se puso su vieja chamarra de lana. Salió al pasillo, verificando que las puertas de los almacenes estuvieran cerradas con llave. El edificio crujía con el viento, quejándose como un animal viejo.
Llegó a la puerta trasera, la que daba al estacionamiento de tierra donde dejaba su Nissan Tsuru, un coche de batalla que aguantaba los baches y el lodo. Sacó las llaves, sintiendo el metal frío en sus dedos.
Abrió la puerta y el mundo se le vino encima.
El ruido fue ensordecedor. El viento lo empujó hacia atrás y el agua lo empapó en cuestión de segundos, salpicando sus pantalones y golpeándole la cara. Andrés entrecerró los ojos, bajando la cabeza para protegerse, y dio un paso hacia la intemperie.
—¡Maldita sea! —masculló, buscando con la mirada su coche a unos veinte metros.
Estaba a punto de correr hacia el vehículo cuando lo escuchó.
No fue un grito. Con ese viento, un grito se habría perdido. Fue un sonido seco, rítmico, débil, que venía de la izquierda, cerca de donde se apilaban los botes de basura y las cajas de cartón vacías de los medicamentos.
Toc. Toc.
Andrés se detuvo, con la mano en el marco de la puerta. El agua le escurría por el pelo, metiéndosele en los ojos. “¿Será un perro?”, pensó. Muchos perros callejeros buscaban refugio en el alero de la clínica.
Pero el sonido se repitió, acompañado de un sollozo. Un sonido humano, pequeño y roto.
El instinto médico de Andrés se activó antes que su razón. Sacó su celular y encendió la linterna. El haz de luz blanca cortó la oscuridad y la lluvia, iluminando los charcos de lodo y las hojas muertas que remolineaban en el suelo.
Barrió la zona con la luz hasta que el haz se detuvo en un rincón, entre la pared de ladrillo rojo y una pila de tarimas de madera.
El corazón de Andrés dio un vuelco violento en su pecho.
No era un perro. Era una niña.
Estaba hecha un ovillo, con las rodillas pegadas al pecho, intentando hacerse lo más pequeña posible para escapar del frío. No debía tener más de seis años. Llevaba una chamarrita rosa de material sintético, de esas baratas que venden en el tianguis, completamente empapada y pegada a su cuerpo escuálido. Sus piernitas, cubiertas por unos mallones de algodón gris, temblaban con tal violencia que sus talones golpeaban el suelo, produciendo el sonido que Andrés había escuchado.
—¡Hey! —gritó Andrés, olvidando la cautela, y corrió hacia ella chapoteando en el barro.
La niña levantó la cara al escuchar su voz y ver la luz.
Andrés se quedó paralizado por un segundo. La imagen era devastadora. El agua le había pegado el cabello negro a la cabeza, y dos trencitas deshechas caían tristes sobre sus hombros. Sus labios estaban morados, de un tono cianótico que indicaba una hipotermia peligrosa. Pero fueron sus ojos lo que golpeó a Andrés. Unos ojos grandes, desmesurados en su carita pálida, de un color gris tormenta, llenos de un terror absoluto pero, al mismo tiempo, de una extraña y férrea determinación.
Andrés se arrodilló frente a ella, sin importarle que el agua helada le empapara las rodillas del pantalón.
—Mija, ¿qué haces aquí? —le preguntó, gritando para hacerse oír sobre el viento, pero tratando de mantener la voz suave—. ¡Te vas a congelar!
La niña lo miró, parpadeando para sacarse el agua de los ojos. Intentó hablar, pero el castañeteo de sus dientes era tan fuerte que no podía articular palabra.
—Vente, vamos adentro —dijo Andrés, estirando los brazos para cargarla.
Pero la niña se encogió, pegándose más a la pared, como un animalito asustado que espera un golpe.
—N-no… —logró tartamudear. Su voz era un hilo frágil—. Mi… mi mamá…
—¿Tu mamá? ¿Dónde está tu mamá? ¿Te dejó aquí? —Andrés sintió una oleada de furia. ¿Qué clase de madre dejaba a una niña en medio de un huracán en la sierra?
La niña negó con la cabeza frenéticamente, salpicando gotas de agua.
—M-mala… está muy mala… —La pequeña señaló hacia la oscuridad de la calle, hacia la nada—. N-no se mueve… Dijo… dijo que viniera… por el doctor…
Andrés la miró fijamente, acercando la luz a su rostro para examinarla mejor. No había golpes visibles, solo los estragos del frío extremo.
—Yo soy el doctor —dijo Andrés con firmeza—. Soy el doctor Andrés. ¿Tú cómo te llamas?
La niña lo miró con esos ojos grises que parecían taladrarle el alma. Hubo un momento de reconocimiento en su mirada, algo que a Andrés le pareció extraño, como si ella hubiera estado esperando encontrarlo específicamente a él.
—S-sofía —dijo ella.
—Muy bien, Sofía. Escúchame bien. No podemos ir a buscar a tu mamá ahorita mismo porque te me vas a morir de frío aquí. Tienes los labios morados. Necesitamos calentarte. Mi casa está aquí a la vuelta. Vamos, te damos algo caliente, le hablo a la policía para que nos ayuden y vamos por tu mamá. ¿Me entiendes?
Sofía dudó. Miró hacia la oscuridad de la calle, angustiada, y luego volvió a mirar a Andrés. Parecía estar debatiendo entre la obediencia a su madre y la necesidad desesperada de calor.
—Dijo… dijo que buscara al doctor Andrés… y a la señora bonita… —susurró Sofía, temblando violentamente.
Andrés frunció el ceño. ¿La señora bonita? ¿Se refería a Catalina? En el pueblo todos conocían a Catalina, era la maestra de primaria más querida, pero que una niña forastera (porque Andrés estaba seguro de no haberla visto antes en sus consultas) la mencionara así, era raro.
—Sí, vamos con la señora bonita. Ella nos va a ayudar. Pero tienes que venir conmigo ya.
Sin esperar más respuesta, Andrés la tomó en brazos. La niña no se resistió esta vez. Estaba tan entumida que su cuerpo estaba rígido. Pesaba tan poco… Andrés sintió sus costillas a través de la ropa mojada y una punzada de dolor le atravesó el pecho. Era tan frágil.
Se levantó con ella en brazos, protegiendo su cabecita contra su pecho, cubriéndola con la solapa de su chamarra de lana.
—Agárrate fuerte, Sofía. Vamos a correr.
Andrés corrió hacia el coche, abrió la puerta del copiloto y depositó a la niña en el asiento. Ella se quedó ahí, escurriendo agua sobre la tapicería vieja, mirando al frente con la mirada perdida. Andrés cerró la puerta, rodeó el auto y subió al lado del conductor.
Encendió el motor y puso la calefacción al máximo, aunque sabía que el viejo Tsuru tardaría unos minutos en empezar a tirar aire caliente.
—Aguanta, mija, aguanta —murmuró Andrés, frotándose las manos para recuperar sensibilidad antes de tomar el volante.
Arrancó el coche y salió del estacionamiento, las llantas patinando un poco en el lodo antes de agarrar tracción en el empedrado de la calle principal. Manejó despacio, con los limpiaparabrisas trabajando a toda velocidad, luchando contra la cortina de agua.
Mientras conducía las pocas cuadras hacia su casa, la mente de Andrés trabajaba a mil por hora. ¿Quién era esa niña? “Mamá está mala”, había dicho. ¿Una sobredosis? ¿Un accidente doméstico? ¿Violencia? En la sierra se veían cosas feas, cosas que la gente callaba. Pero había algo más. Esa sensación de inquietud en la boca del estómago. La forma en que la niña lo había mirado. Y esa mención específica: “El doctor Andrés y la señora bonita”.
Llegó a su casa, una construcción sencilla de adobe y teja, pintada de blanco con un zaguán de madera. Las luces de la sala estaban encendidas, proyectando un brillo cálido y acogedor sobre la banqueta mojada. Era el único refugio seguro en esa noche de perros.
Estacionó el coche lo más cerca posible de la entrada.
—Ya llegamos, Sofía. Vamos rápido.
Volvió a cargar a la niña, que seguía temblando, aunque ahora sus ojos comenzaban a cerrarse por el letargo del frío. Andrés sabía que eso era mala señal. La hipotermia estaba avanzando.
Abrió la puerta de la casa con dificultad, empujándola con el hombro.
—¡Cata! —gritó desde el umbral, entrando atropelladamente al recibidor—. ¡Cata, ayúdame!
El cambio de ambiente fue drástico. El ruido de la lluvia quedó amortiguado al cerrar la puerta. La casa olía a hogar: a rajas con crema, a tortillas de maíz recién hechas y a un toque de vainilla. El piso de loseta roja brillaba de limpio.
Catalina apareció desde la cocina, secándose las manos en un delantal bordado con flores. Llevaba el pelo recogido en una coleta alta y una sonrisa preparada para recibir a su marido, una sonrisa que se congeló en el momento en que sus ojos bajaron a lo que Andrés traía en brazos.
—¡Santo cielo! —exclamó Catalina, corriendo hacia ellos—. Andrés, ¿qué pasó? ¿Atropellaste a alguien?
—No, no. La encontré afuera de la clínica. Estaba tirada en la basura, Cata. Se está congelando. Necesito toallas, cobijas, lo que sea, ¡rápido!
Andrés dejó a Sofía en el sofá de la sala, sin importarle mojar los cojines bordados que su esposa cuidaba tanto. La niña se quedó ahí, sentada, con los brazos caídos a los costados, tiritando espasmódicamente. El agua formaba un charco oscuro bajo sus pies.
Catalina reaccionó con la velocidad de quien está acostumbrada a las emergencias de su marido. Corrió al baño y regresó en segundos con dos toallas grandes y esponjosas.
—Pobrecita criatura… —murmuró Catalina, acercándose. Su instinto maternal, ese que había tenido que reprimir durante seis años tras la tragedia, brotó de golpe.
—A ver, mi amor, déjame quitarte esta chamarra mojada —dijo Catalina con voz dulce, arrodillándose frente a la niña.
Sofía levantó la vista. Sus ojos grises se encontraron con los ojos color miel de Catalina.
Fue como si un rayo hubiera caído dentro de la sala.
Andrés, que estaba buscando su maletín médico para checar los signos vitales de la niña, vio el momento exacto. Vio cómo la espalda de Catalina se tensaba. Vio cómo sus manos, que estaban desabrochando el cierre de la chamarra de la niña, se detuvieron en seco, quedando suspendidas en el aire.
—Hola, señora bonita… —susurró Sofía, con los labios temblorosos—. Mi mamá dijo… que usted me iba a cuidar.
Catalina no respiraba. Andrés vio cómo el color desaparecía del rostro de su esposa, drenándose hasta dejarla con la palidez de la cera. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, fijos en la cara de la niña.
—Cata… —dijo Andrés, sintiendo un miedo repentino que no tenía nada que ver con la medicina—. ¿Qué pasa?
Catalina no le contestó. Estaba hipnotizada. Con una mano temblorosa, como si tuviera voluntad propia, se acercó al rostro de la niña y apartó un mechón de pelo mojado que le cubría el cuello.
Ahí estaba.
Una marca de nacimiento. Pequeña, de un tono café claro, con la forma caprichosa de una media luna o una pequeña garra. Estaba justo debajo de la oreja derecha de la niña.
Catalina soltó un gemido que pareció venir de las entrañas de la tierra. Se llevó las dos manos a la boca para ahogar un grito.
—No… —sollozó, retrocediendo a gatas, alejándose de la niña como si fuera una aparición fantasmal—. No puede ser… Dios mío, no puede ser…
—¡Catalina! ¡Reacciona! —Andrés se agachó junto a ella, tomándola por los hombros. La sintió fría, rígida—. ¿Qué tienes? ¿Conoces a esta niña?
Catalina lo miró, y en sus ojos Andrés vio el abismo. Vio una locura momentánea mezclada con un dolor tan antiguo y profundo que le heló la sangre.
—Andrés… —dijo ella, con la voz rota, señalando a la niña—. Andrés… mírale los ojos… mírale el cuello…
—¿Qué tiene? Es una niña…
—¡Es ella! —gritó Catalina, y el grito desgarró la paz de la casa—. ¡Es mi hija! ¡Es la bebé que enterramos hace seis años!
La declaración quedó flotando en el aire, pesada y terrible.
Sofía, asustada por los gritos, comenzó a llorar en silencio, abrazándose las rodillas.
—Cata, eso es imposible… nuestra hija nació muerta… yo vi el acta… —Andrés intentó razonar, aunque su propio corazón latía desbocado.
—¡Mentira! —Catalina se agarró el pecho, justo sobre el corazón, y su rostro se contrajo en una mueca de dolor físico—. ¡Todo fue mentira! ¡Mi madre…!
No pudo terminar la frase. Los ojos de Catalina se pusieron en blanco, sus párpados aletearon y su cuerpo se desplomó hacia atrás, cayendo pesadamente sobre la alfombra.
—¡Catalina!
Andrés se encontró atrapado en la peor pesadilla de su vida. A su izquierda, una niña desconocida que se parecía inquietantemente a los retratos de su esposa de niña, muriendo de frío. A su derecha, su esposa desmayada tras una revelación imposible. Y afuera, la tormenta que no dejaba de aullar, aislándolos del mundo, encerrándolos con un secreto que acababa de entrar por la puerta y que amenazaba con destruirlos a todos.
El doctor tomó el pulso de su esposa. Rápido, filiforme. Shock emocional. Luego miró a la niña. Sofía lo miraba con esos ojos grises, antiguos, esperando.
—¿Se murió la señora bonita? —preguntó la niña con voz temblorosa.
—No —dijo Andrés, apretando los dientes, sintiendo cómo la realidad se fracturaba a su alrededor—. No se va a morir. Nadie se va a morir hoy.
Pero en el fondo, Andrés sabía que la vida que conocían, esa vida tranquila y resignada que habían construido durante seis años, acababa de morir en ese preciso instante.
CAPÍTULO 2: EL ROSTRO DE LA MENTIRA
El tiempo en la sala de la casa se fracturó. Afuera, la tormenta seguía rugiendo, golpeando las tejas con la furia de un dios enojado, pero adentro, el silencio que siguió al desmayo de Catalina era más pesado que el plomo.
Andrés se movió por puro instinto, ese piloto automático que se le activaba en la sala de urgencias cuando llegaba un herido de bala o un accidentado de la carretera. Su cerebro de esposo quería gritar, quería sacudir a Catalina y preguntarle qué demonios acababa de decir, pero su cerebro de médico tomó el mando.
—Sofía, quédate ahí. No te muevas —ordenó, con una voz que no admitía réplica.
La niña, pequeña y temblorosa en el sofá, asintió con los ojos muy abiertos, abrazándose las rodillas. Parecía un espectro de agua y miedo, goteando sobre los cojines bordados a mano que Catalina cuidaba con tanto celo.
Andrés se arrodilló junto a su esposa. Estaba pálida, con esa palidez cerosa que precede a la muerte o al shock profundo. Le tomó la muñeca. El pulso era rápido, filiforme, como el aleteo de un colibrí atrapado. Taquicardia severa inducida por estrés agudo.
—Cata… Catalina, escúchame —le susurró cerca del oído, mientras con movimientos expertos le levantaba las piernas y las colocaba sobre el asiento de una silla cercana para favorecer el retorno venoso al cerebro—. Respira, amor. Necesito que respires.
Ella no respondió. Su respiración era superficial. Andrés le pasó la mano por la frente, apartando los cabellos húmedos por el sudor frío. Su mente era un torbellino. “Es mi hija. Es la bebé que enterramos hace seis años”. Las palabras de su mujer rebotaban en su cráneo como una pelota de goma en una habitación cerrada. Era imposible. Absurdo. Una locura provocada por el duelo no resuelto. Él había visto el ataúd. Había visto el acta de defunción firmada por el doctor Arriaga, el obstetra más respetado de la capital. Había sostenido a Catalina mientras ella aullaba de dolor en el cementerio bajo un sol inclemente.
Pero entonces, sus ojos se desviaron involuntariamente hacia el sofá.
Hacia la niña.
Sofía seguía allí, observando la escena con una quietud antinatural para su edad. Ahora que estaba bajo la luz directa de la lámpara de pie, Andrés pudo verla mejor. Y lo que vio le heló la sangre más que el viento de la sierra.
No era solo la marca en el cuello. Era la estructura ósea. Esa barbilla ligeramente partida, tan característica de la familia de Catalina. La forma de las orejas. Y los ojos… Dios santo, los ojos. Grises, profundos, con motas doradas cerca de la pupila. Los ojos de la abuela Leonor, la matriarca de los Rivero, que miraban desde el retrato al óleo colgado en el pasillo.
Andrés sintió una náusea repentina. La duda, una semilla venenosa, germinó en su estómago.
—Tengo frío… —susurró Sofía, castañeteando los dientes.
La voz de la niña lo trajo de vuelta a la realidad inmediata. Tenía dos pacientes críticos. Una mujer en shock y una niña en hipotermia. No podía permitirse el lujo de colapsar ahora.
—Voy por una cobija, Sofía. Aguanta —dijo Andrés, poniéndose de pie. Sentía las piernas como de trapo.
Corrió al dormitorio, sacó el edredón más grueso del armario y regresó a la sala. Envolvió a la niña como si fuera un taco, frotándole los brazos y la espalda sobre la tela para generar calor por fricción.
—Vas a estar bien —le dijo, más para convencerse a sí mismo que a ella—. Ahorita te traigo algo caliente.
Corrió a la cocina. Sus manos temblaban tanto que casi tira el frasco de café soluble. Puso a calentar leche en el microondas, contando los segundos. Diez, nueve, ocho… Cada segundo era una eternidad. Mientras la leche giraba en el plato de cristal, Andrés se agarró al borde de la encimera, respirando hondo, tratando de controlar el temblor de sus manos.
¿Qué está pasando? ¿Quién es esta niña? ¿Quién es la madre que la mandó?
El microondas pitó. Sacó la taza, le echó dos cucharadas generosas de chocolate en polvo —algo que Catalina siempre tenía para las visitas— y regresó a la sala.
Sofía tomó la taza con las dos manos, sus deditos pálidos aferrándose a la cerámica caliente como si fuera su salvación. Bebió un sorbo, dejando un bigote de chocolate sobre su labio superior, y suspiró. El color empezaba a volver lentamente a sus mejillas.
Fue entonces cuando Catalina gimió.
Andrés dejó a la niña y volvió al suelo junto a su esposa. Los párpados de Catalina aletearon. Abrió los ojos, desorientada por un segundo. Miró el techo de vigas de madera, luego la lámpara, y finalmente, el rostro de Andrés.
—Andrés… —su voz era rasposa, débil.
—Aquí estoy, mi vida. Tranquila. Te desmayaste. Tuviste una impresión muy fuerte. No te levantes rápido.
Pero la memoria de Catalina no estaba dañada. El recuerdo de los últimos minutos la golpeó de lleno. Sus ojos se abrieron con terror y giró la cabeza bruscamente hacia el sofá.
Al ver a Sofía bebiendo el chocolate, Catalina soltó un sollozo desgarrador, un sonido animal que le partió el alma a Andrés. Intentó incorporarse de golpe, pero Andrés la sujetó por los hombros.
—¡No, Cata, espera! Estás muy débil.
—¡Suéltame! —gritó ella, con una fuerza que Andrés no sabía que tenía—. ¡Es ella, Andrés! ¡Déjame verla!
—Cata, por favor, estás alucinando. Es el cansancio, es…
—¡No estoy loca! —Catalina lo empujó y se arrastró por el suelo hasta quedar a los pies del sofá, ignorando el mareo que debía estar sintiendo—. Mírala, Andrés. ¡Por el amor de Dios, mírala bien!
Sofía bajó la taza, asustada por la intensidad de la mujer. Se encogió bajo el edredón, pareciendo aún más pequeña.
—Perdón… —dijo la niña, con los ojos llenos de lágrimas—. No quise asustarla, señora bonita. Mi mamá dijo…
—¿Qué dijo tu mamá? —Catalina se acercó, extendiendo una mano temblorosa para tocar la rodilla de la niña, como si quisiera comprobar que era real y no un holograma—. Dímelo, mi amor. Dímelo todo.
Sofía sorbió por la nariz.
—Dijo que ya no podía cuidarme. Que se iba a ir con Papá Dios. Y que tenía que venir con mis verdaderos papás.
El silencio que siguió a esa frase fue absoluto. Solo se escuchaba el viento golpeando las ventanas.
Andrés sintió que el mundo se detenía. “Mis verdaderos papás”.
—¿Cómo se llama tu mamá, Sofía? —preguntó Andrés, con la voz ronca. Necesitaba datos. Necesitaba lógica en medio de la locura.
—Marina —dijo la niña—. Marina Vo… Voronina. No, esa es mi apellido. Ella es Marina.
—¿Marina? —Catalina frunció el ceño, buscando en su memoria—. No conozco a ninguna Marina… Pero…
Catalina se volvió hacia Andrés, con lágrimas corriendo libremente por su rostro. Ya no había histeria en su mirada, solo una certeza dolorosa y una furia que empezaba a arder en el fondo de sus pupilas.
—Andrés, ayúdame a levantarme —pidió.
—Cata…
—Ayúdame. Ahora.
Andrés la tomó por los brazos y la ayudó a sentarse en el sillón contiguo al sofá, frente a la niña. Catalina no dejaba de mirar a Sofía, devorando cada rasgo de su cara, cada gesto, como si quisiera recuperar seis años perdidos en seis minutos.
—Andrés —dijo Catalina sin apartar la vista de la niña—. Hace seis años, cuando entré en labor de parto… tú no estabas.
Andrés bajó la cabeza, la culpa, vieja compañera, le mordió el estómago.
—Estaba en el congreso en Guadalajara. El vuelo se canceló por la tormenta. Alquilé un coche, pero llegué tarde. Lo sabes. Nunca me lo he perdonado.
—No fue culpa tuya —dijo Catalina, pero su tono era duro—. Fue el escenario perfecto. Mi madre estaba ahí. Doña Vera. La gran dama de la sociedad. Ella controló todo. Me llevó a la clínica privada de su amigo, el doctor Arriaga. No al hospital general donde tú trabajabas. A su clínica.
Andrés asintió. Recordaba la confusión, las llamadas perdidas, la angustia de llegar y encontrar a su esposa sedada y una cuna vacía.
—Me sedaron, Andrés —continuó Catalina, su voz temblando de rabia contenida—. Desde que llegué. Me dijeron que era para los nervios. Recuerdo… recuerdo voces. Recuerdo el llanto de un bebé. Un llanto fuerte, Andrés. ¡Lo escuché!
Catalina se agarró la cabeza con las manos.
—Pero cuando desperté, mi madre estaba al pie de la cama, vestida de negro. Me dijo… me dijo que la niña había nacido con el cordón enredado. Que no había sobrevivido. Que tenía malformaciones horribles y que era mejor que no la viera para no “traumarme”.
—Yo vi el cuerpo, Cata —dijo Andrés suavemente, tratando de ser la voz de la razón aunque él mismo ya dudaba—. Era… era un bebé. Estaba envuelto.
—¿La viste, Andrés? ¿Realmente la viste? —Catalina giró la cabeza y le clavó la mirada—. ¿Le viste la carita? ¿Le revisaste las manitas?
Andrés se quedó mudo. Intentó regresar a ese día horrible. La morgue fría de la clínica privada. El pequeño bulto blanco. Su suegra llorando teatralmente, impidiéndole acercarse demasiado. “No la destapes, Andrés, por favor, respeta el dolor de mi hija, está deformita, no querrás recordarla así”. Y él, joven, destrozado por el dolor y confiando en la “ética” de sus colegas de clase alta, no había insistido. Había besado la frente cubierta por la tela y había dejado que se la llevaran.
—No… —susurró Andrés. El horror le subió por la garganta—. No la destapé.
—Dios mío… —Catalina sollozó—. Nos la robaron, Andrés. Mi propia madre me robó a mi hija porque tú no eras “suficiente” para ella. Porque eras un médico rural y ella quería casarme con el hijo del gobernador. Siempre lo dijo. Dijo que un hijo tuyo sería mi ruina.
Catalina se volvió hacia Sofía de nuevo. La niña había terminado su chocolate y los miraba con curiosidad y miedo.
—Sofía —dijo Catalina con una dulzura infinita—. ¿Me dejas ver tu cuello otra vez?
La niña asintió y se inclinó. Catalina tocó la marca de nacimiento con la yema del dedo.
—Es idéntica —susurró—. Andrés, tú sabes de genética. Esta marca es un hemangioma capilar específico. Mi abuela lo tenía. Yo lo tengo. Y ella lo tiene en el mismo lugar exacto. ¿Cuáles son las probabilidades?
—Casi nulas —admitió Andrés, sintiendo que las rodillas le flaqueaban—. Es… es estadísticamente imposible que sea una coincidencia.
La realidad cayó sobre ellos como una losa de concreto. Tenían una hija. Una hija que creían muerta, respirando, temblando y viva en su sala de estar.
Pero la revelación traía consigo preguntas urgentes y aterradoras. Si Doña Vera la había regalado, ¿a quién? ¿Y por qué ahora, después de seis años, esa mujer, Marina, la devolvía?
—Sofía —intervino Andrés, agachándose para quedar a la altura de los ojos de la niña. Necesitaba actuar—. Dijiste que tu mamá Marina está “muy mala”. ¿Qué tiene?
Sofía bajó la mirada, jugando con los flecos de la cobija.
—Le duele mucho la panza. Se puso amarilla, como un limón. Y vomita sangre. —La niña dijo esto con una naturalidad que a Andrés le dolió más que cualquier grito; era la naturalidad de un niño que ha convivido demasiado tiempo con la enfermedad—. Hoy en la mañana ya no se pudo levantar. Me dijo: “Sofi, ya es hora. Tienes que ir a buscar al doctor Andrés al Centro de Salud. Él sabrá qué hacer”.
—Hepatopatía terminal. Posiblemente cirrosis o cáncer hepático —diagnosticó Andrés automáticamente. La mujer estaba muriendo, y en su agonía, había decidido confesar.
—¿Dónde vive Marina, Sofía? —preguntó Catalina, poniéndose de pie. A pesar de su debilidad, una energía feroz emanaba de ella. Era la energía de una madre a la que le han devuelto la cría.
—En la calle de las Flores. La casa azul con la reja oxidada. Cerca de donde venden pollos.
Andrés conocía el lugar. Era una de las zonas más pobres del pueblo, un asentamiento irregular en la ladera del cerro, donde las calles no tenían pavimento y el lodo se tragaba los zapatos.
—Tenemos que ir —dijo Catalina, caminando hacia el perchero para tomar su abrigo—. Ahora mismo.
—Cata, está cayendo el cielo allá afuera. Acabas de desmayarte. Yo voy. Tú quédate con Sofía.
—¡Ni lo sueñes! —Catalina se giró, con los ojos echando chispas—. Me quitaron seis años de su vida, Andrés. No me voy a perder ni un segundo más. Esa mujer… esa Marina… tiene que explicarme. Tiene que decirme todo antes de que… antes de que sea tarde.
Andrés la miró. Vio la determinación en su mandíbula apretada. Sabía que no podría detenerla ni atándola.
—Está bien. Pero te abrigas bien. Y Sofía también.
—Yo no quiero ir… —gimió Sofía—. Tengo miedo. Está oscuro.
Andrés se acercó a la niña y le puso una mano en el hombro, transmitiéndole toda la seguridad que pudo reunir.
—Sofía, escúchame. No te va a pasar nada. Vas a ir en el coche con nosotros. Pero necesitamos que nos guíes. Necesitamos hablar con Marina para que nos diga cómo cuidarte mejor. ¿Lo harías por nosotros? ¿Y por Marina?
La niña lo pensó un momento, mordiéndose el labio inferior. Luego miró a Catalina, quien le extendía la mano.
—Vamos, mi amor. No te soltaré nunca —prometió Catalina.
Sofía tomó la mano de su madre biológica. Un contacto eléctrico. La primera vez en seis años que madre e hija se tocaban sabiendo, o al menos intuyendo, el lazo que las unía.
—Bueno —dijo Sofía en voz baja.
Andrés corrió a buscar ropa seca para la niña. Encontró una camiseta vieja de Catalina que se había encogido en la lavadora y unos pantalones de deporte que ató con un cordón a la cintura de la pequeña. Le pusieron unos calcetines de lana gruesa y la envolvieron de nuevo en la manta.
Salieron a la noche. La tormenta no había amainado. El viento golpeaba el rostro de Andrés como látigos de hielo mientras ayudaba a su esposa y a su hija a subir al Tsuru.
El viaje hacia la calle de las Flores fue una odisea. Los limpiaparabrisas luchaban inútilmente contra el aguacero. El coche patinaba en el barro de las calles sin asfaltar. Andrés manejaba con los nudillos blancos sobre el volante, rezando para no quedarse atascados en algún bache profundo.
—Es ahí… —señaló Sofía con un dedito tembloroso desde el asiento de atrás, donde Catalina iba abrazada a ella.
La casa era poco más que un jacal mejorado. Bloques de concreto sin enjarrar, techo de lámina galvanizada sostenido por piedras para que el viento no se lo llevara. Una luz amarilla y mortecina se filtraba por una ventana cubierta con un plástico en lugar de vidrio.
Andrés detuvo el coche. El corazón le latía en la garganta. Estaban a punto de enfrentar la verdad. A punto de ver a la mujer que había sido cómplice del robo de su vida, pero que también, paradójicamente, había salvado a su hija.
—Quédate aquí con Sofía un momento, Cata. Voy a entrar primero para asegurar el área —dijo Andrés.
—No tardes —respondió ella, apretando a la niña contra su pecho.
Andrés bajó del coche, encendió su linterna y corrió hacia la puerta de metal oxidado. No había timbre, así que golpeó con los puños.
¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
—¡Soy el doctor Andrés! —gritó, compitiendo con el trueno que retumbó en ese instante sobre la sierra—. ¡Marina!
Nadie respondió. La puerta estaba entreabierta, cediendo ante el empuje del viento.
Andrés empujó la hoja de metal. Chilló horriblemente.
Entró. El olor lo golpeó de inmediato. Era más fuerte que en el consultorio. Olía a enfermedad avanzada, a sangre coagulada, a miseria y a incienso quemado, tal vez en un intento patético de purificar el aire de la muerte.
La habitación principal servía de cocina, sala y dormitorio. En un rincón, sobre un catre con resortes vencidos, había un bulto bajo varias cobijas raídas.
Andrés se acercó despacio, con el corazón en un puño.
—¿Marina?
El bulto se movió. Una mano esquelética, de piel amarilla como el pergamino viejo, emergió de las cobijas.
—Llegaron… —la voz era un gorgoteo húmedo, apenas audible.
Andrés se acercó y alumbró con el celular, aunque había una veladora encendida en una mesita de noche improvisada con huacales de fruta. El rostro de la mujer era una máscara calavérica. Los ojos hundidos en cuencas oscuras, los labios resecos y agrietados. Andrés calculó que no tendría más de cuarenta años, pero parecía de setenta. Estaba en las últimas etapas de una insuficiencia hepática fulminante. Había sangre seca en la comisura de sus labios y en la almohada. Varices esofágicas rotas, pensó el médico. Se estaba desangrando por dentro.
—Traje a Sofía —dijo Andrés, arrodillándose junto al catre. No sentía odio hacia esta mujer, solo una inmensa lástima y una urgencia desesperada por saber la verdad—. Y a Catalina.
Al escuchar el nombre de Catalina, los ojos de Marina se abrieron un poco más, brillando con fiebre y culpa.
—Catalina… —susurró—. Necesito… necesito pedirle perdón… antes de irme…
—Voy por ella.
Andrés salió corriendo bajo la lluvia y le hizo señas al coche. Catalina bajó de inmediato, cargando a Sofía envuelta en la manta, protegiéndola con su propio cuerpo. Corrieron hacia la casa.
Cuando Catalina entró y vio la pobreza extrema, el olor, y a la mujer moribunda en el catre, se detuvo un instante. Era un escenario dantesco. Pero su instinto la empujó hacia adelante.
Se acercó a la cama. Sofía se soltó de sus brazos y corrió hacia el catre.
—¡Mami! —gritó la niña, con una voz llena de angustia.
—No te acerques mucho, mi cielo… —dijo Marina con esfuerzo, tratando de sonreír, aunque solo logró una mueca dolorosa—. Estoy muy fea ahorita…
—No es cierto, estás bonita —lloró Sofía, agarrando la mano huesuda de la mujer y besándola.
Catalina observó la escena con el corazón desgarrado. Esa mujer, esa extraña, había recibido los besos, los “te quiero” y los abrazos de su hija durante seis años. Sintió una punzada de celos, sí, pero también de gratitud. Porque a pesar de la miseria, se notaba que había amor. Sofía no era una niña maltratada; era una niña amada en circunstancias terribles.
—Señora Catalina… —Marina giró la cabeza con dificultad para mirarla.
Catalina se acercó, temblando, y se paró junto a Andrés.
—Soy yo —dijo Catalina. Su voz era firme, aunque las lágrimas le corrían por la cara—. Soy la madre de Sofía.
—Lo sé… —Marina tosió, una tos húmeda y fea—. Siempre lo supe. Desde el día que Doña Vera me la entregó en el estacionamiento de atrás de la clínica… como si fuera un paquete de basura…
Andrés apretó los puños. Escuchar el nombre de su suegra en ese contexto confirmaba todo.
—Cuéntame —exigió Catalina—. Cuéntamelo todo. ¿Por qué?
—Dinero… —susurró Marina—. Yo necesitaba dinero… mi marido estaba preso… y Doña Vera necesitaba deshacerse de la “vergüenza”. Me dio 50 mil pesos. Me dijo: “Llévatela lejos. Que nadie la vea nunca. Para el mundo, esta niña nació muerta”. Me hizo firmar papeles… papeles que ni leí.
Marina hizo una pausa, jadeando por aire. Andrés le acercó un vaso de agua que había en la mesa, ayudándola a beber un sorbo.
—Yo no podía tener hijos… —continuó Marina, con lágrimas resbalando por sus sienes hacia las orejas—. Dios no me los dio. Y cuando vi a esa bebita… tan chiquita, tan solita… me la quedé. No me fui lejos. Me escondí aquí, en los barrios bajos, donde la gente rica como Doña Vera nunca viene.
—Seis años… —sollozó Catalina—. Seis años viviendo en el mismo pueblo… y yo llorándole a una tumba vacía.
—Lo siento… —Marina comenzó a llorar, y el esfuerzo hizo que más sangre brotara de sus labios—. Fui una cobarde. Tenía miedo de Doña Vera. Me amenazó… dijo que si hablaba, me metería a la cárcel por secuestro. Y tenía razón…
—Pero ahora me la devolviste —dijo Andrés, interviniendo—. ¿Por qué?
—Porque me muero, doctor… —Marina lo miró con esos ojos hundidos—. El alcohol… la pena… me acabaron el hígado. Y no podía… no podía dejar que Sofía se quedara sola. O peor… que el DIF se la llevara y Doña Vera se enterara y… y le hiciera algo. Ella es suya. Siempre fue suya.
Marina buscó a ciegas bajo la almohada y sacó un sobre de manila, manchado y arrugado.
—Tenga… —se lo extendió a Andrés con mano temblorosa—. Ahí está todo. El acta de nacimiento falsa que compré… una foto de Doña Vera dándome la niña que mi marido tomó a escondidas “por si acaso”… y una carta donde explico todo. Es su seguro.
Andrés tomó el sobre. Sentía que pesaba una tonelada. Ahí estaba la evidencia para destruir a Doña Vera y recuperar legalmente a su hija.
—Gracias —dijo Andrés.
—No me de las gracias… —Marina cerró los ojos, exhausta—. Solo… solo prométanme algo.
—Lo que sea —dijo Catalina, acercándose y tomando la otra mano de la moribunda, un gesto de compasión suprema que dejó a Andrés mudo de admiración.
—Quiéranla mucho. Ella es… ella es luz. Le gusta que le canten para dormir. Y le da miedo la oscuridad sin su osito.
—Lo haremos —prometió Catalina, apretando la mano fría—. Te lo juro por mi vida, Marina. La cuidaremos como el tesoro que es.
Marina sonrió, una sonrisa de paz final.
—Sofía… ven…
La niña se acercó, con los ojos rojos de tanto llorar.
—Obedece a tus papás, mi cielo. Ellos son buenos. Ellos te van a dar todo lo que yo no pude. La casa bonita, la comida rica, la escuela…
—No quiero que te vayas… —lloró Sofía.
—Tengo que irme a descansar, hija. Pero siempre te voy a ver. Desde allá arriba.
La respiración de Marina se volvió errática. El patrón de Cheyne-Stokes, identificó Andrés. El final estaba cerca. Cuestión de minutos, tal vez horas.
—Doctor —dijo Andrés en voz baja a su esposa—. No podemos dejarla aquí así. Tenemos que llevarla a casa. No va a sobrevivir el traslado al hospital regional, y aquí se va a morir de frío.
Catalina asintió, secándose las lágrimas.
—Llevémosla. Sofía necesita despedirse bien. Y esta mujer… —Catalina miró a Marina con una mezcla de dolor y respeto—… esta mujer cuidó a mi hija cuando yo no pude. No la voy a dejar morir sola en este agujero.
Entre Andrés y Catalina, con una delicadeza infinita, levantaron el cuerpo ligero de Marina. Pesaba menos que la niña. La envolvieron en las cobijas y salieron de nuevo a la tormenta.
El viento aullaba más fuerte que nunca, como si la Sierra Madre misma estuviera gritando la verdad que había estado oculta durante seis años. Subieron al coche, ahora cuatro personas unidas por el destino y la tragedia, y emprendieron el lento camino de regreso a la casa del médico.
Mientras conducía, Andrés miró por el retrovisor. Vio a Catalina en el asiento trasero, abrazando a Sofía con un brazo y sosteniendo la cabeza de Marina con el otro. Una imagen poderosa. Dos madres. Una vida. Y un enemigo común que no tenía idea de la tormenta que se le venía encima, mucho más terrible que la lluvia que azotaba el parabrisas.
La guerra contra Doña Vera acababa de comenzar. Y Andrés, el médico tranquilo de pueblo, sintió nacer en su pecho un instinto asesino que desconocía. Iba a proteger a su familia. A toda costa.
CAPÍTULO 3: EL ÚLTIMO ALIENTO Y EL PRIMER AMANECER
El regreso a la casa de tejas rojas fue un viaje en silencio, solo roto por el sonido rítmico de los limpiaparabrisas luchando contra la tormenta y la respiración dificultosa, casi agónica, de Marina en el asiento trasero.
Andrés conducía con una precaución extrema, sintiendo que llevaba en su viejo Tsuru la carga más frágil y valiosa del mundo: su pasado robado, su presente caótico y el futuro incierto de su familia. Miraba por el retrovisor cada pocos segundos. Veía la silueta de Catalina sosteniendo la cabeza de Marina en su regazo, mientras Sofía, acurrucada al otro lado, sostenía la mano de la mujer que había llamado mamá durante toda su vida.
Al llegar, la maniobra para bajar a Marina fue dolorosa. La mujer era poco más que piel y huesos, un costal de dolor envuelto en cobijas baratas. Entre Andrés y Catalina la cargaron, protegiéndola de la lluvia con sus propios cuerpos, mientras Sofía corría adelante para abrir la puerta, empujada por esa ansiedad nerviosa que tienen los niños cuando saben que algo terrible está pasando pero no entienden la magnitud completa.
—Al cuarto de huéspedes, rápido —ordenó Andrés en voz baja.
La habitación de huéspedes, que Catalina usaba a veces para coser o calificar exámenes, estaba limpia y olía a lavanda. Tenía una cama matrimonial con colcha de retazos y una ventana que daba al jardín trasero. Depositaron a Marina sobre el colchón suave. El contraste era brutal: aquella mujer, marcada por la pobreza extrema y la enfermedad, descansando sobre sábanas de algodón egipcio que habían sido un regalo de bodas.
—Voy por el suero y analgésicos —dijo Andrés, cambiando su modo a “médico de guardia”—. No puedo curarla, Cata, pero no voy a dejar que sufra. Nadie merece morir con dolor.
Catalina asintió, con los ojos llenos de lágrimas pero las manos firmes.
—Yo la voy a limpiar. No puede estar así.
Mientras Andrés corría a su despacho por el maletín de emergencias —siempre tenía morfina y soluciones salinas para los casos rurales extremos—, Catalina se transformó. Fue a buscar una palangana con agua tibia, una esponja suave y su mejor camisón de dormir, uno de seda rosa pálido que guardaba para ocasiones especiales.
Con una ternura infinita, Catalina comenzó a desvestir a la mujer que había criado a su hija. Le quitó la ropa sucia, impregnada del olor a enfermedad y humedad de la choza. Limpió su piel amarillenta con la esponja, pasando suavemente por las cicatrices de una vida dura, por los brazos pinchados de intentos fallidos de tratamiento, por el vientre distendido por la ascitis.
Sofía observaba desde la puerta, abrazada al marco de madera, con los ojos grises muy abiertos.
—¿La estás curando? —preguntó la niña con un hilo de esperanza.
Catalina se detuvo un momento, con la esponja en la mano, y miró a su hija. No podía mentirle. No después de tanta mentira.
—La estoy poniendo cómoda, mi amor —dijo Catalina, tragándose el nudo en la garganta—. La estoy poniendo bonita para que descanse.
Marina abrió los ojos en ese momento. Estaban vidriosos, perdidos en la neblina de la encefalopatía hepática, pero por un segundo, enfocaron el rostro de Catalina.
—Perdón… —graznó Marina. Su voz era como hojas secas pisadas—. Por robarte… el tiempo.
Catalina negó con la cabeza, mientras le abotonaba el camisón de seda.
—No me robaste nada, Marina. Me la cuidaste. Me la salvaste de mi madre. Descansa ahora. Ya no tienes que luchar.
Andrés entró con el equipo de venoclisis. Con manos expertas, encontró una vena viable en el brazo delgado de Marina y conectó el suero con una dosis fuerte de analgésico. El alivio fue casi instantáneo. Las facciones contraídas de Marina se relajaron. Su respiración dejó de ser un jadeo desesperado para convertirse en un ritmo lento y profundo.
La noche se instaló en la habitación. Afuera, la tormenta comenzó a amainar, convirtiéndose en una lluvia constante y monótona, un repiqueteo suave sobre el techo que invitaba a la introspección.
Nadie durmió.
Andrés acercó una silla al lado de la cama y se sentó a vigilar el monitor imaginario de los signos vitales. Catalina se sentó al otro lado, sosteniendo la mano de Marina. Y Sofía… Sofía se subió a la cama, con el permiso silencioso de los adultos, y se acurrucó junto a la mujer, poniendo su cabecita sobre el hombro huesudo.
Fue una vigilia extraña, surrealista. Dos padres biológicos velando a la madre adoptiva “ilegal” de su hija, unidos por el amor a esa niña que dormitaba entre ellos.
Alrededor de las tres de la mañana, Marina tuvo un momento de lucidez, ese fenómeno conocido como la “mejoría de la muerte”, donde el cuerpo quema sus últimas reservas de energía para una despedida final.
—Doctor… —susurró.
Andrés se inclinó de inmediato.
—Aquí estoy, Marina.
—En el cajón… de mi buró… en la otra casa… —jadeó ella—. Se me olvidó… el oso.
—¿El oso?
—El oso de peluche… “Pancho”. Sofía… no duerme… sin Pancho.
Andrés sintió que el corazón se le estrujaba. Incluso en su lecho de muerte, esa mujer solo pensaba en el confort de la niña.
—No te preocupes. Mañana temprano iré por Pancho. Te lo prometo.
Marina asintió levemente y giró la cabeza hacia Catalina.
—Señora…
—Dime Cata, por favor —dijo Catalina, acariciándole la frente sudorosa.
—Cata… a Sofía… no le gusta la cebolla. La escupe… si la ve en la sopa. Tienes que… picarla muy finita… para que no se de cuenta.
Catalina soltó una risa entre sollozos, sacando una libretita mental para anotar ese detalle precioso.
—Lo haré. Cebolla invisible. Entendido.
—Y le dan miedo… los perros grandes. Un perro la mordió… hace dos años. Tengan cuidado.
—Tendremos cuidado.
—Y… —la voz de Marina se quebró, las lágrimas rodaron por sus sienes hacia la almohada—. Le gusta que le rasquen la espalda… para dormirse. Así…
Marina intentó levantar la mano para demostrar el movimiento, pero no tuvo fuerzas. Su mano cayó pesadamente sobre la colcha.
—Así lo haré —prometió Catalina, tomando esa mano inerte y besándola—. Gracias, Marina. Gracias por amarla tanto.
—Ella fue… lo único bueno… que hice en mi vida…
Esas fueron sus últimas palabras coherentes. Después, Marina volvió a sumergirse en el sopor. Su respiración cambió de nuevo. Se volvió irregular. Pausas largas seguidas de respiraciones rápidas y profundas. El temido patrón de Cheyne-Stokes.
Andrés miró a Catalina y negó levemente con la cabeza.
—Ya falta poco —susurró.
Sofía se despertó con el cambio de ritmo en la respiración de Marina. Se frotó los ojos y miró a su madre adoptiva con miedo.
—¿Mamá? —llamó bajito—. ¿Por qué haces ese ruido?
Andrés rodeó la cama y tomó a Sofía en brazos, sentándola en su regazo pero sin alejarla de Marina. Sabía, como médico y como ser humano, que la muerte no debe ocultarse a los niños, debe explicarse con amor. Era parte de la vida, y Sofía merecía estar ahí hasta el final.
—Sofía, escúchame —dijo Andrés suavemente—. El cuerpo de Marina está muy cansado. Se está preparando para soltar. ¿Recuerdas lo que te dijo de ir al cielo?
La niña asintió, con el labio inferior temblando.
—Sí. Dijo que se iba a volver una estrella.
—Exacto. Ahorita se está apagando aquí para prenderse allá arriba. No tengas miedo. No le duele. Solo se está quedando dormida muy profundo.
—¿Puedo darle un beso?
—Claro que sí, mi amor.
Sofía se inclinó y besó la mejilla cerosa de Marina.
—Buenas noches, mamá Marina. Salúdame a Diosito.
Unos minutos después, a las 4:15 de la madrugada, Marina exhaló un último suspiro largo, como si soltara todo el peso de los años de pobreza, miedo y enfermedad. Luego, silencio.
Andrés puso dos dedos sobre la carótida de la mujer. Esperó un minuto completo. Nada.
Miró a Catalina y asintió.
—Ya descansó.
Catalina cerró los ojos y dejó caer la cabeza sobre el pecho, rezando una oración silenciosa. Sofía, sintiendo el cambio en la atmósfera, comenzó a llorar. No fue un llanto histérico, sino un llanto suave, continuo, de quien entiende que algo se ha roto para siempre.
Andrés abrazó a las dos, a su esposa y a su hija, formando un escudo humano alrededor de ellas. En esa habitación, con un cadáver presente, se sentía paradójicamente más vida que nunca. Se sentía la unión de una familia forjada en el fuego de la tragedia.
El amanecer llegó con una timidez grisácea. La lluvia había cesado por completo, dejando tras de sí ese olor a tierra mojada y limpio que solo existe en la sierra.
Andrés se encargó de lo necesario. Llamó a la funeraria local, propiedad de Don Anselmo, un viejo amigo de la familia que sabía guardar secretos y no hacía preguntas incómodas.
—Anselmo, necesito un servicio discreto. Una cremación, si es posible. Sí, aquí en la casa. No, no quiero velorio público. Gracias.
Mientras esperaban, Catalina se llevó a Sofía a la cocina. La vida de los vivos tenía que continuar.
—Vamos a desayunar, Sofía —dijo Catalina, tratando de sonar animada a pesar de sus ojos hinchados—. ¿Qué te gusta desayunar?
Sofía estaba sentada en una silla del comedor que le quedaba enorme, balanceando las piernitas. Miraba alrededor de la cocina moderna como si estuviera en una nave espacial.
—Huevito… —dijo en voz baja—. Con catsup.
Catalina sonrió.
—Huevito con catsup será.
Andrés entró a la cocina justo cuando Catalina servía los platos. El aroma a café recién hecho y a pan tostado chocaba con la realidad de que había un cuerpo en la habitación de huéspedes, pero también era un recordatorio necesario de normalidad.
Se sentó a la mesa frente a Sofía. La miró. Realmente la miró, ya sin la urgencia de la emergencia médica. Vio sus propias cejas en la cara de la niña. Vio la boca de Catalina. Era un milagro biológico.
—Sofía —dijo Andrés, tomando un sorbo de café negro—. Hoy va a ser un día un poco triste, pero también importante. Don Anselmo va a venir por Marina. La van a llevar a un lugar especial para cuidarla.
—¿La van a quemar? —preguntó Sofía con una crudeza que sobresaltó a Andrés.
—La van a convertir en cenizas, sí —respondió él con honestidad—. Para que podamos ponerla en una cajita bonita y tenerla siempre cerca, o llevarla a donde ella quería estar. ¿Sabes si ella tenía algún lugar favorito?
Sofía pensó un momento, masticando un pedazo de pan.
—Le gustaba el río. El que está abajo del puente viejo. Decía que el agua se lleva las penas.
—Entonces la llevaremos al río —decidió Catalina firmemente—. Cuando estemos listos.
El sonido de una camioneta frenando afuera interrumpió el desayuno. Era la carroza fúnebre de Don Anselmo.
El proceso de sacar el cuerpo fue respetuoso y rápido. Andrés ayudó a cargar la camilla. Sofía quiso salir a ver, pero Catalina la distrajo llevándola al jardín trasero para ver si habían salido caracoles con la lluvia.
Cuando la camioneta se fue, la casa quedó en un silencio distinto. Ya no era un silencio de espera, sino de vacío.
Andrés regresó a la cocina y se dejó caer en la silla, enterrando la cara en las manos. El cansancio le cayó encima como una tonelada de ladrillos.
—Andrés… —Catalina le puso una mano en el hombro, masajeando los músculos tensos del cuello.
—Tenemos que prepararnos, Cata —dijo él, levantando la vista. Sus ojos estaban oscuros, serios—. Marina nos dejó las pruebas, pero Doña Vera no se va a quedar quieta. Cuando se entere de que la niña no desapareció, de que está aquí… va a venir. Y va a venir con todo.
Catalina se enderezó. Su rostro, habitualmente dulce, se endureció con una expresión que Andrés nunca le había visto. Era la expresión de una leona.
—Que venga —dijo ella con frialdad—. Que venga, Andrés. He pasado seis años pensando que estaba loca de dolor, pensando que no merecía ser madre, sintiéndome culpable por no haber podido “salvar” a mi bebé. Mi propia madre me rompió en mil pedazos. Pero ya me pegué.
Catalina caminó hacia la ventana y miró hacia el jardín, donde Sofía estaba agachada inspeccionando una flor, ajena a la guerra que se avecinaba.
—Tengo el acta de nacimiento falsa —continuó Catalina—. Tengo la carta de confesión de Marina. Y tenemos el ADN. Si Vera intenta acercarse a Sofía, si intenta siquiera mirarla, la voy a meter a la cárcel, Andrés. No me importa el apellido, no me importa el escándalo en la sociedad, no me importa si es mi madre. La voy a destruir.
Andrés se levantó y abrazó a su esposa por la espalda. Sintió su cuerpo vibrar de rabia y determinación.
—No estás sola, Cata. Vamos a ir con el licenciado Martínez hoy mismo. Vamos a blindar esto legalmente antes de que ella mueva un dedo.
—Primero hay que ir por el oso —recordó Catalina, girándose para mirarlo—. Prometiste ir por “Pancho”.
—Cierto. Voy a ir a la casa de Marina ahora mismo. De paso buscaré si hay más documentos, fotos, ropa de la niña… cualquier cosa que nos sirva o que Sofía quiera conservar.
—Ve con cuidado. Esa zona no es segura.
—Nada es seguro ya, Cata. Pero no tengo miedo.
Andrés tomó las llaves del Tsuru y salió. El sol empezaba a romper las nubes, lanzando rayos de luz dorada sobre los charcos de la calle. Era un día hermoso, irónicamente hermoso para haber empezado con la muerte.
Condujo de vuelta a la Calle de las Flores. A la luz del día, la pobreza del lugar era aún más evidente. Perros flacos ladraban al paso del coche. Gente con miradas cansadas barría el lodo de sus entradas.
Llegó a la casita azul. La puerta seguía entreabierta, tal como la habían dejado en la prisa de la noche anterior.
Entró. El silencio ahí era opresivo. Era el silencio de una vida interrumpida.
Se dirigió al único mueble que servía de buró. Abrió el cajón. Ahí estaba. Un oso de peluche marrón, gastado, con un ojo de botón colgando de un hilo y el pelaje apelmazado de tanto ser abrazado. “Pancho”.
Andrés lo tomó. Olía a Marina y a Sofía. A humo de leña y a jabón barato. Lo apretó contra su pecho.
Comenzó a revisar el resto de la casa. Era desgarrador. Encontró dibujos de Sofía pegados con cinta adhesiva en las paredes de bloque desnudo. Dibujos de “Mamá Marina y yo”. Dibujos de un sol sonriente. Y uno que le hizo detener el corazón: un dibujo reciente, hecho con crayones de cera, que mostraba a tres figuras. Una niña en el medio, una mujer con el pelo largo a un lado y un hombre con una bata blanca al otro. Debajo, con letra temblorosa de quien apenas aprende a escribir, decía: “Mis papás de verdad”.
Marina le había dicho la verdad a la niña. La había preparado.
Andrés despegó el dibujo con cuidado, sintiendo que los ojos se le llenaban de lágrimas otra vez. Guardó todo en una bolsa de plástico: la ropa de Sofía, sus escasos juguetes, los documentos que encontró en una caja de zapatos bajo la cama.
Estaba a punto de irse cuando escuchó el ruido de un motor potente afuera. Demasiado potente para ser de algún vecino del barrio.
Andrés se asomó por la ventana cubierta de plástico.
Un Mercedes Benz negro, impecable a pesar del lodo, se había estacionado justo detrás de su Tsuru, bloqueándole la salida.
Andrés sintió un escalofrío. Conocía ese coche.
La puerta del conductor se abrió y bajó un chofer de uniforme. Corrió a abrir la puerta trasera.
Una pierna elegante, calzada con un tacón alto de marca, bajó al lodo. Luego salió ella. Doña Vera. Llevaba un abrigo negro, gafas oscuras y un pañuelo de seda cubriendo su nariz, como si el aire del barrio fuera venenoso para sus pulmones aristocráticos.
Andrés retrocedió un paso dentro de la casa. ¿Cómo? ¿Cómo sabía que estaban ahí?
Entonces recordó. El pueblo era chico. Los chismes volaban más rápido que el viento. Alguien debió ver el Tsuru del doctor anoche. O tal vez, Vera tenía espías vigilando a Marina desde hacía tiempo.
Vera caminó hacia la entrada de la choza, sorteando los charcos con una mueca de asco. Se detuvo en el umbral, recortada contra la luz del sol, como una sombra alargada y malévola.
Se quitó las gafas de sol y miró hacia adentro, sus ojos recorriendo la miseria del lugar hasta encontrarse con Andrés, que sostenía el oso de peluche y la bolsa con las pertenencias de su hija.
—Vaya, vaya —dijo Vera con esa voz arrastrada y sardónica que Andrés detestaba—. El buen doctor haciendo visitas a domicilio en los barrios bajos. ¿O debería decir… recogiendo la basura?
Andrés apretó la mandíbula. El duelo y la tristeza de la mañana se evaporaron, reemplazados por una adrenalina fría y afilada.
—No estoy recogiendo basura, Vera —dijo Andrés, dando un paso al frente, sin bajar la mirada—. Estoy recogiendo la vida que tú intentaste tirar.
Vera soltó una risita seca.
—No seas dramático, Andrés. No te queda. Vine a arreglar un cabo suelto. Me dijeron que la criada esa, Marina, se estaba muriendo. Vine a asegurarme de que se muera callada.
—Llegas tarde —dijo Andrés con satisfacción—. Marina murió anoche. En mi casa. En los brazos de Catalina.
La sonrisa de Vera vaciló por una fracción de segundo.
—¿En tu casa?
—Así es. Y antes de morir, habló. Lo dijo todo, Vera. Todo.
El rostro de la mujer mayor se endureció, convirtiéndose en una máscara de piedra.
—Las palabras de una moribunda delincuente no valen nada.
—Las palabras tal vez no —Andrés levantó la bolsa de plástico ligeramente—. Pero los documentos sí. Las pruebas de ADN sí. Las fotos sí.
Vera dio un paso hacia adentro, invadiendo el espacio personal de Andrés. Olía a perfume caro, un aroma dulce y empalagoso que contrastaba violentamente con el olor a muerte de la casa.
—Escúchame bien, infeliz —siseó ella, bajando la voz—. Tú no tienes idea de con quién te estás metiendo. Yo tengo jueces, tengo fiscales, tengo al alcalde en mi bolsillo. Si intentas sacar esto a la luz, te voy a aplastar. Voy a decir que tú y la loca de mi hija compraron a esa niña. Voy a decir que Marina se las vendió. ¿A quién le van a creer? ¿A la respetable Doña Vera o al medicucho de pueblo y a la sirvienta muerta?
Andrés sintió el impulso de gritarle, de echarla a empujones, pero se contuvo. Sabía que la ira era lo que ella quería. Quería que cometiera un error.
En lugar de eso, Andrés sonrió. Fue una sonrisa fría, peligrosa, una sonrisa que Vera no esperaba.
—Inténtalo, Vera —dijo Andrés con una calma terrorífica—. Haz tus llamadas. Mueve tus influencias. Pero te advierto una cosa: ya no somos los niños asustados de hace seis años. Catalina ya no te tiene miedo. Y yo… yo soy capaz de quemar este pueblo entero con tal de que no te acerques a mi hija.
—¿Tu hija? —Vera escupió las palabras—. Esa niña es un error.
—Esa niña se llama Sofía. Y es una Rivero, te guste o no. Tiene tus ojos, Vera. Cada vez que la mires, te vas a ver a ti misma, pero sin la podredumbre que llevas dentro.
Vera retrocedió, visiblemente afectada por la mención del parecido.
—Quítate de mi camino —dijo ella, dándose la vuelta para salir—. Esto no se ha acabado.
—No —respondió Andrés, siguiéndola hasta la puerta—. Apenas empieza. Y esta vez, vas a perder.
Vera caminó hacia su coche sin mirar atrás, subió y azotó la puerta. El Mercedes arrancó, salpicando lodo sobre la fachada de la casa azul, y se alejó a toda velocidad.
Andrés se quedó allí, en la puerta, abrazando al oso Pancho. Su corazón latía desbocado, pero no de miedo, sino de determinación. La guerra estaba declarada. Ya no había vuelta atrás.
Miró al cielo. El sol brillaba con fuerza.
—Vámonos, Pancho —murmuró al oso de peluche—. Sofía nos está esperando.
Cerró la puerta de la casita azul, dejando atrás la muerte y el pasado, y caminó hacia su coche, listo para regresar a casa y defender el futuro que acababan de recuperar.
CAPÍTULO 4: LA DEFENSA DEL NIDO
El regreso a casa desde la Calle de las Flores fue distinto. Ya no había tormenta afuera, el cielo se había despejado mostrando un azul intenso, casi hiriente, típico de las mañanas después del aguacero en la sierra. Pero dentro del Tsuru, Andrés llevaba una tormenta propia. Sus manos apretaban el volante con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. En el asiento del copiloto, el oso de peluche “Pancho”, con su ojo de botón colgando y su pelaje apelmazado, parecía mirarlo con una gratitud muda.
Andrés no podía dejar de pensar en la mirada de Vera. En esa mezcla de arrogancia y miedo que había visto en sus ojos cuando mencionó el parecido de Sofía. Vera estaba asustada, sí, pero un animal asustado y con poder es el más peligroso de todos.
Al estacionar frente a su casa, se tomó un momento. Respiró hondo, llenando sus pulmones del aire fresco que olía a pino y tierra mojada. Tenía que cambiar el chip. No podía entrar a su casa siendo el guerrero furioso que quería quemar el mundo; tenía que entrar siendo el padre que su hija necesitaba y el esposo que su mujer requería para no derrumbarse.
Tomó la bolsa con las pocas pertenencias de Sofía y al oso Pancho bajo el brazo.
Abrió la puerta de la casa. El silencio habitual había sido reemplazado por un murmullo suave que venía de la cocina.
Caminó hacia allá y se detuvo en el umbral, observando una escena que se grabaría en su memoria para siempre.
Catalina estaba sentada a la mesa, con unas tijeras de punta redonda y cartulinas de colores. Sofía estaba a su lado, con la lengua asomando por la comisura de los labios en un gesto de concentración absoluta, recortando —o intentando recortar— una forma que parecía una flor.
—Mira, mamá Cata —dijo Sofía, mostrando su obra irregular—. Es una margarita. Para mamá Marina.
El corazón de Andrés se saltó un latido al escuchar el “mamá Cata”. Había naturalidad en ello, pero también la inocencia de quien no entiende las etiquetas sociales, solo el amor recibido.
Catalina levantó la vista y vio a Andrés. Sus ojos, aún hinchados por el llanto de la madrugada, se iluminaron.
—¡Papá llegó! —anunció Catalina.
Sofía giró la cabeza y sus ojos se abrieron como platos al ver lo que Andrés traía bajo el brazo.
—¡Pancho! —gritó la niña, saltando de la silla y corriendo hacia él.
Andrés se agachó justo a tiempo para recibir el impacto del abrazo de la niña, que le arrebató el oso de peluche y lo estrujó contra su pecho como si fuera un tanque de oxígeno.
—Pensé que se había quedado solito en la casa fría… —susurró Sofía, enterrando la cara en el pelaje sucio del juguete.
—Te prometí que iría por él —dijo Andrés, acariciando el cabello negro de su hija—. Pancho también es parte de la familia. Y la familia no se abandona.
Sofía levantó la vista, y en sus ojos grises Andrés vio un brillo de confianza nueva. Ya no era solo el “doctor buena gente”; era el hombre que cumplía promesas.
—Gracias, papá Andrés.
Andrés sintió un nudo en la garganta. Miró a Catalina sobre la cabecita de la niña. Ella le sonrió, una sonrisa triste pero llena de esperanza.
—¿Trajiste todo? —preguntó Catalina.
—Lo que pude —respondió Andrés, levantándose y dejando la bolsa sobre la mesa—. Ropa, sus dibujos… y los papeles.
La mención de los papeles cambió la atmósfera de la cocina. La realidad legal y la amenaza de Vera volvieron a flotar en el aire como una nube negra.
—Vera estaba ahí —soltó Andrés. No tenía caso ocultarlo.
Catalina dejó las tijeras sobre la mesa con un golpe seco metálico.
—¿En la casa de Marina?
—Sí. Llegó en su Mercedes. Quería asegurarse de que Marina no hablara.
—¿Y qué le dijiste? —la voz de Catalina era tensa.
—Le dije que llegaba tarde. Que Marina ya había hablado. Y que tenemos las pruebas. Me amenazó, Cata. Dijo que nos iba a aplastar, que iba a decir que compramos a la niña.
Catalina se levantó despacio. Caminó hasta Andrés y le tomó las manos. Estaban frías.
—Que diga lo que quiera —dijo ella con una calma feroz—. Tenemos la verdad. Y tenemos algo que ella no tiene: amor. Pero necesitamos blindarnos. ¿Llamaste a Martínez?
—Le mandé un mensaje en el camino. Nos espera en su despacho a las doce. Dijo que es urgente.
El despacho del Licenciado Roberto Martínez estaba en el segundo piso de un edificio colonial en la plaza principal de San Isidro. Martínez era un hombre de sesenta años, con bigote canoso y esa parsimonia de los abogados de pueblo que han visto de todo, desde pleitos de lindes de tierras hasta divorcios sangrientos. Era amigo del padre de Andrés y una de las pocas personas en el pueblo que no le debía favores a Doña Vera.
Cuando Andrés y Catalina entraron, dejando a Sofía en la sala de espera dibujando bajo la supervisión de la secretaria, Martínez cerró la puerta con llave y bajó las persianas.
—Siéntense, muchachos —dijo, señalando las sillas de cuero desgastado frente a su escritorio de caoba, que estaba sepultado bajo montañas de expedientes.
Andrés colocó el sobre manila que Marina le había dado sobre el escritorio. Parecía un objeto radiactivo.
—Esto es lo que nos dio Marina antes de morir —dijo Andrés—. Léalo, Licenciado.
Martínez se ajustó los lentes de lectura y abrió el sobre. Durante veinte minutos, el único sonido en la oficina fue el paso de las hojas y el zumbido de un ventilador de techo que giraba perezosamente. Andrés observaba las reacciones del abogado: un fruncimiento de cejas aquí, un suspiro allá, una negación con la cabeza.
Finalmente, Martínez dejó los documentos sobre el escritorio y se quitó los lentes, frotándose el puente de la nariz.
—¡Híjole! —exhaló el abogado—. Esto… esto es dinamita pura, Andrés.
—¿Es suficiente? —preguntó Catalina, inclinándose hacia adelante—. ¿Es suficiente para que no me la quiten?
Martínez los miró con gravedad.
—Miren, les voy a hablar claro, como amigos y como abogado. Aquí hay confesiones de delitos graves: supresión de estado civil, falsificación de documentos oficiales, cohecho, tráfico de menores. Marina confiesa su parte, y la de tu madre, Catalina.
—Eso ya lo sabemos —dijo Andrés—. ¿Pero qué significa para nosotros hoy?
—Significa que estamos en un campo minado —explicó Martínez, entrelazando los dedos—. Legalmente, Sofía no existe como Sofía Rivero. Existe como Sofía Voronina, hija de Marina. Y Marina acaba de morir. Normalmente, la custodia pasaría al Estado, al DIF, hasta que se resuelva su situación.
Catalina palideció.
—¡No! Al DIF no. No voy a dejar que se la lleven a un albergue ni un solo día.
—Tranquila, Cata —interrumpió el abogado—. Esa es la vía normal. Pero aquí tenemos una circunstancia extraordinaria. Ustedes alegan ser los padres biológicos y tienen a la niña bajo su resguardo. Lo primero, lo urgente, es la prueba de ADN. Necesitamos certificar científicamente que esa niña es tuya y de Andrés.
—Podemos hacerla hoy mismo en el laboratorio regional —dijo Andrés.
—Háganla. Paguen el servicio exprés. Necesito ese papel ayer. —Martínez volvió a tomar la carta de Marina—. Con el ADN positivo y esta carta confesando que la niña fue sustraída, podemos solicitar un juicio de identidad y patria potestad inmediato. Podemos argumentar que el registro de Marina fue un acto fraudulento y nulo.
—¿Y mi madre? —preguntó Catalina. Su voz no tembló al mencionar a la mujer que le había dado la vida y robado la felicidad—. ¿Qué va a hacer ella?
Martínez suspiró y se recargó en su silla, la cual gimió bajo su peso.
—Vera es… Vera. Tiene dinero y tiene amigos en el Palacio de Justicia de la capital. Su estrategia va a ser desacreditarlos. Va a decir que ustedes se aprovecharon de una moribunda para “comprar” un bebé y llenar el vacío de su hija muerta. Va a intentar voltear la carta de Marina contra ustedes. Va a decir que Marina estaba drogada o coaccionada cuando escribió esto.
—Pero es mentira —protestó Andrés.
—En un juicio, la verdad es lo que puedes probar, Andrés. Y Vera va a intentar probar que ustedes son inestables o delincuentes para quitarles a la niña y, probablemente, mandarla lejos donde no sea una prueba viviente de su crimen. O peor, intentar quedarse con la custodia ella misma como “abuela preocupada” para luego esconderla.
Catalina golpeó el brazo de la silla.
—Sobre mi cadáver.
—Exacto —dijo Martínez—. Por eso vamos a atacar primero. No vamos a esperar a que ella demande. Vamos a presentar una denuncia penal hoy mismo por sustracción de menores contra quien resulte responsable, señalando directamente a Vera y a los médicos de la clínica Arriaga. Vamos a hacer ruido. Cuando hay un escándalo criminal, los jueces de lo familiar se vuelven más cautelosos para no parecer corruptos.
Andrés asintió. Entendía la estrategia. La mejor defensa es un buen ataque.
—¿Qué tenemos que hacer?
—Vayan al laboratorio. Sáquense sangre los tres. Luego vayan a casa y enciérrense. No le abran a nadie que no sea yo o la policía con una orden. Si llega el DIF, me llaman inmediatamente y no entregan a la niña. Tienen el derecho de retención temporal mientras se aclara la identidad. Yo voy a redactar la denuncia y la voy a presentar en la Fiscalía antes de que cierren.
Martínez se levantó y les tendió la mano.
—Muchachos, esto va a ser feo. Va a ser largo. Y va a ser caro emocionalmente. Pero tienen la razón de su lado. Y esa niña… esa niña se merece la verdad.
—Gracias, Roberto —dijo Andrés, estrechando la mano con fuerza.
Al salir a la sala de espera, encontraron a Sofía dormida en la silla, con un crayón rojo todavía en la mano y una hoja llena de corazones deformes sobre las piernas. Andrés la cargó con cuidado para no despertarla. Pesaba más que ayer, o tal vez era el peso de la responsabilidad lo que había aumentado.
La tarde cayó lenta y pesada sobre la casa. Después de la visita al laboratorio —donde Sofía lloró un poco por el piquete de la aguja, pero se calmó rápido con una paleta que le dio la enfermera—, se refugiaron en su hogar como si fuera un búnker.
Catalina cerró las cortinas. Andrés revisó los cerrojos de las puertas. Se sentían asediados, aunque la calle estaba tranquila.
Llegó la hora de la cena. Catalina se movía por la cocina con una determinación casi militar. Iba a cumplir su promesa. Sacó las verduras para hacer una sopa de fideo, el platillo reconfortante por excelencia en cualquier hogar mexicano.
Tomó una cebolla blanca. Recordó las palabras de Marina: “No le gusta la cebolla. La escupe… Tienes que picarla muy finita”.
Catalina puso la cebolla en la tabla de picar. Con el cuchillo más afilado que tenían, comenzó a picarla. Chac, chac, chac. La picó hasta que quedó reducida casi a una pasta, invisible, imperceptible.
Lloró mientras lo hacía. No por los vapores de la cebolla, sino por la conexión invisible con la otra madre. Estaba cocinando siguiendo las instrucciones de un fantasma. Estaba amando a su hija a través de los recuerdos de otra mujer.
—¿Estás triste, mamá Cata?
Catalina se sobresaltó. Sofía estaba en la entrada de la cocina, abrazada a Pancho.
—No, mi amor —dijo Catalina, limpiándose los ojos con el dorso de la mano—. Es la cebolla. Hace llorar, pero le da sabor a la comida.
—Mamá Marina también lloraba con la cebolla —dijo Sofía, acercándose—. ¿Te ayudo?
—Claro. Ven, vamos a poner la mesa.
Cenaron los tres juntos. Sofía se comió la sopa sin chistar, sin encontrar ni un solo trozo de cebolla, tal como Marina había predicho. Andrés observaba a su hija comer, fascinado por la genética. Tenía la forma de agarrar la cuchara de su abuelo paterno. Tenía el apetito voraz de Andrés después de una guardia.
—Está rica —dijo Sofía, con la boca manchada de caldo—. Sabe… sabe un poquito a la de mi mamá.
Catalina sonrió, y fue la sonrisa más genuina que había esbozado en años.
—Ese es el mejor cumplido que me puedes dar, Sofía.
Después de cenar, llegó el momento temido: la hora de dormir. La primera noche “oficial” en su nueva vida.
Prepararon la habitación que iba a ser de ella hace seis años, y que Catalina había mantenido como un “cuarto de visitas” neutral, incapaz de desmantelarlo del todo pero incapaz de dejarlo como cuarto de bebé. Habían improvisado, sacando sábanas con dibujos de ositos que estaban guardadas en naftalina.
Sofía se puso su pijama vieja, la única que traía en la bolsa, una camiseta de algodón con un dibujo desgastado de una princesa.
Se sentó en la cama, abrazada a Pancho, y miró a Andrés y Catalina con ansiedad.
—¿Se van a ir? —preguntó.
—No —dijo Andrés, sentándose en el borde de la cama—. Nos vamos a quedar aquí hasta que te duermas. Y vamos a dejar la puerta abierta. Nuestra cuarto está justo enfrente. Si nos llamas, venimos corriendo.
—¿Me pueden… rascar la espalda? —pidió Sofía tímidamente, recordando el ritual con Marina.
Catalina se sentó al otro lado.
—Claro que sí, mi cielo. A ver, acuéstate.
Sofía se acomodó boca abajo. Catalina comenzó a hacer círculos suaves en la espalda pequeña de su hija. Andrés le acariciaba el pelo.
—¿Me cuentan un cuento? —pidió la niña con voz adormilada.
Andrés miró a Catalina. No se sabían los cuentos que Marina le contaba. Tendrían que inventar los suyos.
—Había una vez —empezó Andrés, improvisando— una niña valiente llamada Sofía, que tenía un oso mágico llamado Pancho. Y juntos, viajaban por las montañas buscando estrellas…
Poco a poco, la respiración de Sofía se hizo profunda y rítmica. Se durmió.
Andrés y Catalina se quedaron ahí, en la penumbra, velando el sueño de su hija. No se atrevían a moverse, como si el más mínimo ruido pudiera romper el hechizo y hacer que la niña desapareciera.
—Se parece tanto a ti cuando duermes —susurró Andrés—. Arruga la nariz igual.
—Y tiene tus pestañas —contestó Catalina—. Largas y chinas.
Se tomaron de la mano por encima del cuerpo dormido de Sofía.
—Lo vamos a lograr, Cata. Nadie nos la va a quitar.
—Nadie —afirmó ella.
Pero la paz de la noche era frágil.
A eso de las tres de la mañana, un grito desgarró el silencio de la casa.
—¡MAMÁ! ¡MAMÁ MARINA! ¡NO TE VAYAS!
Andrés y Catalina saltaron de su cama y corrieron al cuarto de Sofía en cuestión de segundos.
La niña estaba sentada en la cama, sudando, con los ojos abiertos pero sin ver, atrapada en las garras de una pesadilla. Lloraba desconsolada, manoteando al aire.
—¡Está oscuro! ¡Tengo frío! —gritaba.
Catalina no lo dudó. Se lanzó a la cama y envolvió a la niña en sus brazos.
—Aquí estoy, Sofía. Aquí estoy. Soy mamá Cata. Estás en casa. Estás segura.
Sofía luchó un momento, confundida por el despertar brusco, buscando el olor y la voz de Marina. Pero poco a poco, la calidez de Catalina, su olor a jabón neutro y su voz firme, empezaron a anclarla a la realidad.
—Se fue… —sollozó Sofía, hundiendo la cara en el pecho de Catalina—. Se fue al cielo y me dejó sola en la caja.
—No estás en una caja, mi amor. Estás en tu cama. Y no estás sola. Nunca más vas a estar sola.
Andrés se sentó detrás de Sofía y le frotó la espalda, haciendo el “sándwich” de protección que habían hecho cuando Marina murió.
—Fue un sueño feo, nada más —dijo Andrés—. Ya pasó.
Estuvieron así casi una hora, hasta que el llanto de Sofía se convirtió en suspiros entrecortados. No quiso volver a dormirse sola.
—¿Puedo… puedo dormir con ustedes? —preguntó con voz pequeñita.
Andrés y Catalina intercambiaron una mirada. Sabían que los libros de crianza decían que no había que acostumbrar a los niños a dormir en la cama de los padres, pero al diablo con los libros. Esa niña había perdido a su madre ayer, había sido rescatada de una tormenta y había descubierto que su vida era una mentira.
—Claro que sí —dijo Andrés, cargándola con todo y oso Pancho.
La llevaron a su cama matrimonial. Sofía se acomodó en medio de los dos. Se durmió casi al instante, sintiéndose protegida por ambos flancos.
Andrés y Catalina no durmieron mucho más. Se quedaron mirando el techo, escuchando la respiración de su hija, conscientes de que esa paz era el ojo del huracán.
El amanecer trajo consigo el sonido que Andrés temía.
Eran las ocho de la mañana. Estaban en la cocina, Andrés preparando café y Catalina haciendo unas quesadillas para el desayuno, cuando llamaron a la puerta.
No fue un golpe tímido como el de Sofía hace dos noches. Fue un golpe autoritario. Tres toques secos y fuertes. Toc. Toc. Toc.
Andrés y Catalina se congelaron. Sofía, que estaba dibujando en la mesa, levantó la vista, sintiendo la tensión de los adultos.
—Quédate aquí con ella —susurró Andrés a su esposa—. Yo voy.
Andrés caminó hacia la puerta principal. Miró por la mirilla.
Había dos personas afuera. Una mujer de traje sastre gris, con una carpeta en la mano y cara de pocos amigos. Y un oficial de policía municipal, con la mano descansando casualmente cerca de su arma. Detrás de ellos, en la calle, un coche blanco con el logotipo del Gobierno del Estado y las siglas temidas: DIF.
Andrés sintió que la sangre se le iba a los pies. Vera no había perdido el tiempo.
Abrió la puerta, pero dejó puesta la cadena de seguridad, abriendo solo una rendija de cinco centímetros.
—Buenos días —dijo Andrés con voz seca—. ¿En qué puedo ayudarles?
La mujer del traje gris se ajustó los lentes.
—¿Doctor Andrés Rivero?
—Soy yo.
—Soy la Licenciada Gómez, de la Procuraduría de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes. Tenemos un reporte sobre una menor de edad, presuntamente llamada Sofía Voronina, que se encuentra retenida ilegalmente en este domicilio tras el fallecimiento de su madre.
Andrés apretó los dientes. “Retenida ilegalmente”. El lenguaje de Vera.
—La niña está bajo mi cuidado por voluntad de su madre fallecida —respondió Andrés—. Y no está retenida. Está con su familia.
—Doctor —dijo la mujer, sacando un papel oficial de su carpeta—. Tengo una orden de presentación y resguardo provisional. La situación legal de la niña es irregular. No hay familiares consanguíneos registrados. El Estado debe asumir la tutela hasta que se aclare la situación. Debe entregar a la menor ahora mismo.
—Eso no va a pasar —dijo Andrés, cerrando la puerta un poco más—. Soy su padre biológico. Estamos en proceso de probarlo.
—Sin una prueba de ADN certificada y una sentencia de un juez, usted es, ante la ley, un extraño que tiene a una menor ajena en su casa. Eso podría tipificarse como sustracción. Le sugiero que colabore. Si es su padre, el proceso lo confirmará, pero el protocolo dicta que la niña debe estar en un albergue neutral mientras tanto.
—¿Un albergue? —escupió Andrés—. Acaba de perder a su madre ayer. ¿Quiere llevársela a un albergue con desconocidos? Eso es crueldad, no protección.
—Es la ley —insistió la mujer, perdiendo la paciencia—. Oficial…
El policía dio un paso adelante.
—Doctor, abra la puerta por las buenas. No queremos hacer un escándalo frente a los vecinos.
Andrés miró hacia atrás. Catalina estaba en el pasillo, pálida pero con la mirada encendida. Sofía estaba asomada detrás de las piernas de Catalina, abrazada a Pancho, mirando con terror a los extraños.
Andrés sabía que si entregaba a Sofía ahora, Vera ganaría. La meterían en el sistema, retrasarían las pruebas, la esconderían.
—Tengo un abogado —dijo Andrés—. El Licenciado Martínez. Él presentó una denuncia ayer. Tenemos medidas cautelares solicitadas.
—No tengo notificación de ninguna medida cautelar en mi sistema —dijo la Licenciada Gómez fríamente—. Mi orden es de hoy a las 7:00 AM. Entregue a la niña o tendremos que entrar por la fuerza.
Andrés sintió el peso de la decisión. Si resistía, se lo llevarían detenido y a la niña también, y sería peor. Si la entregaba, la perdía.
En ese momento, el teléfono de la casa sonó. Catalina corrió a contestar.
—¿Bueno? —gritó Catalina.
Hubo un silencio de dos segundos.
—¡Es Martínez! —gritó Catalina hacia la puerta—. ¡Andrés, pásale a la señora!
Andrés miró a la trabajadora social a través de la rendija.
—Es mi abogado. Quiere hablar con usted. Le sugiero que conteste si no quiere cometer una violación de derechos humanos que le va a costar su puesto.
La Licenciada Gómez dudó, pero la mención de “perder el puesto” siempre es efectiva en la burocracia.
—Pásemelo —dijo de mala gana.
Andrés cerró la puerta, quitó la cadena y abrió. Le extendió el teléfono inalámbrico a la mujer, bloqueando la entrada con su cuerpo para que no pudieran pasar.
—¿Sí? —dijo la mujer al teléfono—. Habla la Licenciada Gómez… Sí, tengo la orden… ¿Cómo? … No, no me han informado… ¿Número de expediente? … A ver, repítalo.
La cara de la mujer cambió. Pasó de la arrogancia a la duda, y luego a la frustración visible.
—Entiendo… Sí, Licenciado… Pero mi jefa directa me instruyó… Bien. Bien. Voy a verificar con la central.
Colgó el teléfono y se lo devolvió a Andrés con un gesto brusco.
—¿Qué pasó? —preguntó Andrés, sintiendo que el corazón le volvía al pecho.
—Su abogado dice que hay un amparo provisional concedido por el Juez Tercero de Distrito a primera hora de hoy, suspendiendo cualquier orden de traslado de la menor. Parece que se movieron rápido.
—Muy rápido —dijo Andrés, agradeciendo mentalmente a Martínez y sus contactos de la vieja escuela.
—Voy a verificar la existencia de ese amparo. Si es real, no podemos llevárnosla… por hoy. Pero esto no se acaba aquí, doctor. El DIF va a estar vigilando. Vamos a requerir visitas diarias, evaluaciones psicológicas y de entorno. Un paso en falso, una marca en la niña, un reporte de negligencia, y el amparo se cae.
—Pueden venir cuando quieran —dijo Andrés—. Aquí no tenemos nada que esconder. Solo una familia intentando sanar.
La mujer hizo una seña al policía.
—Nos retiramos. Por el momento.
Se dieron la vuelta y caminaron hacia el coche blanco. Andrés no cerró la puerta hasta que vio el vehículo alejarse por la calle.
Entonces, y solo entonces, le fallaron las piernas. Se recargó contra la madera de la puerta y se deslizó hasta el suelo, exhalando todo el aire que había contenido.
Sintió unos bracitos rodearle el cuello. Sofía había corrido hacia él.
—¿Se fueron los malos? —preguntó la niña.
Andrés la abrazó, oliendo su cabello de niña, ese olor a vida que casi le habían arrebatado.
—Sí, mi amor. Se fueron. Papá y mamá ganaron esta vez.
Catalina se sentó en el suelo junto a ellos, uniéndose al abrazo. Los tres en el piso de la entrada, un nudo de extremidades y miedo superado.
—No vamos a bajar la guardia —dijo Catalina, mirando a Andrés sobre la cabeza de Sofía. Sus ojos ya no tenían rastro de duda. Eran los ojos de una madre dispuesta a matar—. Vera mandó al DIF. Ahora nos toca a nosotros.
Andrés asintió.
—Martínez dijo que la mejor defensa es el ataque. Mañana no solo vamos a esperar el ADN. Mañana vamos a ir a la prensa. Si Vera quiere guerra sucia, vamos a encender los reflectores para que todo el mundo vea la suciedad.
Se levantaron del suelo. Tenían miedo, sí. Estaban cansados, sí. Pero mientras Sofía corría de regreso a la cocina pidiendo más quesadillas, Andrés supo que ya no eran víctimas. Eran una fortaleza. Y la batalla por Sofía apenas comenzaba.
CAPÍTULO 5: LA SANGRE NO MIENTE
La espera del resultado de la prueba de ADN fue una tortura china, lenta y goteante, que duró veinticuatro horas pero se sintió como una década.
La casa de Andrés y Catalina se había convertido en una fortaleza sitiada. Las cortinas permanecían cerradas, bloqueando la luz del sol serrano y las miradas curiosas de los vecinos que, alertados por el chisme del coche del DIF y la visita de Doña Vera, comenzaban a murmurar en la tienda de abarrotes y en la plaza. En un pueblo chico, el silencio es un lujo que nadie puede pagar.
Sofía, ajena a la magnitud del drama legal, vivía en su propia burbuja de duelo y adaptación. Pasaba las horas dibujando en la mesa de la cocina o abrazada a Pancho viendo caricaturas en la televisión, con el volumen bajo. De vez en cuando, preguntaba por Marina. “¿Ya llegó al cielo?”, decía. Y Catalina, tragándose las lágrimas, le aseguraba que sí, que ya tenía su propia nube y que desde ahí la veía comerse toda la verdura.
A las once de la mañana del día siguiente, el teléfono celular de Andrés vibró sobre la mesa de centro como un insecto nervioso.
Era el laboratorio.
—¿Bueno? —contestó Andrés. Su voz sonó ronca, tensa.
—Doctor Andrés, habla la química Suárez. Ya tengo sus resultados. Son… contundentes. ¿Quiere que se los mande por correo o pasa por ellos?
—Voy para allá —dijo Andrés, poniéndose de pie de un salto—. No me los mande. Quiero el papel original. Quiero tenerlo en la mano.
Colgó y miró a Catalina, que estaba doblando ropa limpia en el sofá con movimientos mecánicos.
—Ya están.
Catalina dejó caer una camiseta de Sofía.
—Vamos.
—No, Cata. Tú quédate con Sofía. No podemos sacarla. Si Vera tiene gente vigilando, verla salir es un riesgo. Yo voy y vuelvo en veinte minutos. Cierra con doble llave en cuanto yo salga.
Catalina asintió, acercándose para darle un beso rápido pero cargado de ansiedad.
—Vuela, Andrés. Necesito saber que es verdad. Necesito que la ciencia me diga que no estoy loca.
Andrés salió disparado en el Tsuru. Condujo hacia el laboratorio regional, ubicado a la entrada del pueblo, ignorando los baches y los topes. Al llegar, la química Suárez, una mujer joven que había sido alumna de Andrés en algún curso de primeros auxilios, le entregó un sobre blanco sellado con el logotipo del laboratorio.
—Nunca había visto algo así, doctor —le dijo ella en voz baja, con esa complicidad que da el secreto profesional—. La coincidencia genética es… bueno, véalo usted mismo.
Andrés no abrió el sobre ahí. Lo arrojó al asiento del copiloto como si quemara y condujo de regreso a casa. Quería abrirlo con Catalina. Tenía que ser con ella.
Al entrar a la casa, volvió a poner los cerrojos y la cadena. Catalina lo esperaba en el recibidor, con las manos apretadas contra el pecho. Sofía estaba en su cuarto, jugando a las muñecas.
—¿Lo tienes? —preguntó Catalina.
Andrés levantó el sobre.
Se sentaron en la mesa del comedor. La luz del mediodía se filtraba por las rendijas de las persianas, dibujando rayas de polvo dorado en el aire. Andrés tomó un abrecartas y rasgó el papel.
Sacó tres hojas. Una llena de gráficas de colores, picos y valles que representaban los alelos y marcadores genéticos. Y al final, una hoja de conclusiones con un párrafo en negritas.
Andrés leyó en voz alta, aunque le temblaba la voz:
—“Conclusión: Basado en el análisis de los marcadores genéticos STR, existe una probabilidad de paternidad del 99.9999% entre el presunto padre, Andrés Rivero, la presunta madre, Catalina de la Vega, y la menor identificada como Sofía. Se confirma la relación biológica de primer grado.”
El silencio que siguió fue sagrado.
No hubo gritos de júbilo. No hubo saltos. Solo hubo un colapso gravitacional de alivio. Catalina exhaló un aire que parecía haber estado reteniendo durante seis años. Se cubrió la cara con las manos y comenzó a llorar. Pero no era el llanto histérico del día de la tormenta, ni el llanto de dolor por la muerte de Marina. Era un llanto de liberación. Era el llanto de quien se quita una armadura oxidada que le ha estado lacerando la piel durante un lustro.
—Es mía… —sollozó Catalina—. Es mía, Andrés. De verdad es mía. No me la imaginé.
Andrés rodeó la mesa y la abrazó, hundiendo la cara en el cuello de su esposa.
—Es nuestra, Cata. Y ahora tenemos el escudo. Con este papel, ni Vera, ni el DIF, ni el Papa pueden decir lo contrario.
En ese momento, Sofía apareció en la puerta de la cocina, atraída por el sonido del llanto. Traía a Pancho arrastrando por una pata.
—¿Por qué lloras, mamá Cata? —preguntó con preocupación—. ¿Te pegaste?
Catalina levantó la cara, roja y mojada, pero con una sonrisa radiante que transformó sus facciones.
—No, mi amor. Lloro de felicidad.
—¿Se puede llorar de felicidad? —preguntó la niña, escéptica.
—Sí se puede. Ven aquí.
Sofía se acercó y Catalina la sentó en sus piernas. Andrés las envolvió a las dos.
—Sofía —dijo Andrés, tocando la nariz de la niña con el dedo—. ¿Te acuerdas que te dijimos que te íbamos a cuidar siempre?
—Sí.
—Pues ahora tenemos un papel mágico que dice que tú eres nuestra hija para siempre. Que tienes nuestra misma sangre. Mira.
Andrés le mostró la hoja llena de números y gráficas. Sofía la miró sin entender nada, pero captó la importancia del objeto.
—¿Dice Sofía ahí?
—Dice que eres Sofía Rivero de la Vega —dijo Andrés, pronunciando el nombre completo por primera vez con autoridad—. Tu nombre verdadero.
—Sofía Rivero… —repitió la niña, probando el sonido en su lengua—. Suena… fuerte.
—Es fuerte —aseguró Catalina—. Como tú.
Una hora después, estaban de nuevo en el despacho del Licenciado Martínez. Esta vez, el ambiente era eléctrico. Martínez leía el resultado del ADN con una sonrisa de satisfacción depredadora.
—Jaque mate —murmuró el abogado—. Con esto, la denuncia por sustracción se vuelve una bomba nuclear. Ya no es “la palabra de la madre adoptiva contra la abuela”. Es “la ciencia contra el crimen”.
—¿Cuál es el siguiente paso? —preguntó Andrés.
—Presentar esto en el juzgado familiar para ratificar la custodia de emergencia y blindar el amparo. Pero… —Martínez se quitó los lentes y los miró fijamente—… Vera no se va a detener por un papel. Ella va a intentar comprar al juez. O va a intentar desacreditar la prueba diciendo que el laboratorio es local y corruptible.
—¿Entonces? —preguntó Catalina.
—Entonces, hacemos lo que acordamos. Vamos a la opinión pública. La justicia en México a veces es sorda, muchachos, pero nunca es ciega cuando hay una cámara de televisión enfrente. Si hacemos esto viral, si hacemos que la gente se indigne, ningún juez se atreverá a fallar a favor de Vera por miedo a ser linchado en redes sociales.
—¿Exponer a Sofía? —dudó Andrés—. No quiero que sea un circo.
—No a Sofía —corrigió Martínez—. A ustedes. A su historia. A la injusticia. Sofía será el rostro borroso que hay que proteger, pero ustedes serán los guerreros. Tengo un contacto. Laura Méndez. Es una periodista independiente, muy brava, que tiene un canal de noticias en internet con millones de seguidores en el estado. Le encantan estos casos de corrupción de la alta sociedad.
Andrés miró a Catalina. Era una decisión irreversible. Una vez que salieran a la luz, no habría vuelta atrás. Serían la comidilla del pueblo, del estado, quizás del país.
—Hagámoslo —dijo Catalina sin dudar—. Mi madre siempre ha vivido de las apariencias. De su imagen de “dama caritativa”. Vamos a pegarle donde más le duele: en su orgullo público.
La entrevista se programó para esa misma tarde, en la sala de la casa. Laura Méndez llegó con un equipo mínimo: una cámara de alta definición, un micrófono y una actitud que mezclaba la empatía con la avidez periodística. Era una mujer de unos cuarenta años, con el pelo corto y una mirada inteligente.
—Gracias por recibirme —dijo Laura, aceptando el café que le ofreció Andrés—. He leído la denuncia y la carta de Marina. Si esto es verdad, estamos ante uno de los escándalos más grandes de la región en años. Tráfico de influencias, robo de infantes, falsificación… es una novela de terror.
—Es nuestra vida —dijo Catalina secamente.
—Lo sé. Y vamos a contarla bien. ¿Están listos?
Andrés y Catalina se sentaron en el sofá, tomados de la mano. La cámara se encendió. La luz roja de grabación parpadeó como un ojo vigilante.
—Catalina —empezó Laura—. Cuéntame del día que nació tu hija.
Y Catalina habló.
Habló con una elocuencia que sorprendió a Andrés. No hubo tartamudeos, no hubo dudas. Contó el miedo de una joven de veinte años, la manipulación de su madre, la sedación, la noticia falsa de la muerte. Lloró cuando describió el funeral vacío, los seis años de visitar una tumba que solo contenía ladrillos.
—Me robaron la maternidad —dijo Catalina mirando directo al lente, y a través de él, a Vera—. Me hicieron creer que mi cuerpo había fallado, que yo no servía para dar vida. Me llenaron de culpa y de antidepresivos. Y mientras yo me moría en vida, mi hija estaba a dos kilómetros, pasando frío, pasando hambre, pero siendo amada por una mujer que tuvo la decencia que mi propia madre nunca tuvo.
Luego fue el turno de Andrés. Habló de la noche de la tormenta. De cómo encontró a Sofía. De la confrontación con Vera en la choza.
—Esto no se trata de venganza —dijo Andrés con firmeza—. Se trata de justicia. Se trata de que ninguna abuela, por mucho dinero o apellido que tenga, tiene derecho a jugar a ser Dios con la vida de sus nietos. Doña Vera intentó borrar a mi hija porque no era “conveniente”. Pero Sofía existe. Sofía está aquí. Y no nos vamos a ir a ningún lado.
Laura Méndez apagó la cámara después de una hora. Tenía los ojos brillantes.
—Esto va a explotar —dijo la periodista—. Lo voy a editar esta noche. Sale mañana a primera hora en todas mis plataformas. Prepárense. Va a haber mucho ruido.
—Que haya ruido —dijo Catalina—. El silencio fue lo que casi nos mata.
Esa noche, la atmósfera en la casa era extraña. Había una calma tensa, como la que precede a un terremoto.
Sofía estaba inquieta. Sentía la electricidad en el aire.
—¿Por qué vino la señora de la cámara? —preguntó mientras cenaban (otra vez sopa sin cebolla y quesadillas).
—Vino a ayudarnos a contar un cuento —explicó Andrés—. Un cuento de verdad. Para que nadie nos moleste.
—¿Para que la abuela mala no venga? —preguntó Sofía.
Andrés y Catalina intercambiaron una mirada. Sofía había empezado a llamar a Vera “la abuela mala” por iniciativa propia, y ellos no la habían corregido.
—Exacto. Para que ella sepa que no puede acercarse.
Después de cenar, Andrés salió al porche trasero a fumar un cigarro, un vicio que había dejado hace años pero que había retomado en las últimas 48 horas. La noche estaba despejada, llena de estrellas. El canto de los grillos era ensordecedor.
Pensó en Marina. En esa mujer anónima que había muerto en su cuarto de huéspedes. Pensó en cómo el destino teje hilos invisibles. Si Marina no se hubiera enfermado, si no hubiera tenido esa crisis de conciencia final, Sofía habría crecido creyendo que era una Voronina, y ellos habrían envejecido tristes y solos.
Sintió una presencia a su espalda. Era Catalina.
—¿En qué piensas? —preguntó ella, abrazándolo por la cintura y recargando la cabeza en su espalda.
—En la suerte. En lo cerca que estuvimos de no saber nunca la verdad.
—No fue suerte, Andrés. Fue Marina. Y fue Dios, o el destino, o como quieras llamarlo.
—Tengo miedo de lo que va a pasar mañana, Cata. Vera es vengativa. Cuando vea el video… va a ser como picarle los ojos a un tigre.
—Que se enoje. Un tigre enojado comete errores. Y nosotros estaremos listos para cazarlo.
El video se publicó a las 8:00 AM del día siguiente. El título era: “EL ROBO DEL SIGLO EN SAN ISIDRO: LA ABUELA QUE FINGIÓ LA MUERTE DE SU NIETA”.
A las 9:00 AM, ya tenía diez mil reproducciones.
A las 11:00 AM, había sido compartido cinco mil veces.
A la 1:00 PM, el teléfono de Andrés no paraba de sonar. Mensajes de vecinos, de pacientes, de colegas médicos.
“Doctor, no puedo creerlo, estamos con usted.”
“¡Qué valor de Catalina! Esa vieja Vera siempre fue una bruja.”
“Si necesitan algo, aquí estamos.”
El pueblo de San Isidro, que siempre había visto a Doña Vera como una figura intocable, una especie de cacique moral, reaccionó con una indignación volcánica. La historia de la niña robada tocó una fibra sensible en una comunidad donde la familia es lo más sagrado.
Pero el efecto no se quedó en el pueblo. El video se viralizó a nivel estatal. Los noticieros de la tarde retomaron la nota. “Investigan red de tráfico de menores en clínica privada ligada a familia de abolengo”, decían los titulares.
A las 4:00 PM, mientras Andrés y Catalina veían las noticias en la sala, con una mezcla de fascinación y terror, escucharon un ruido afuera.
No era un coche. Era mucha gente.
Andrés se asomó a la ventana.
Frente a su casa se había congregado un grupo de vecinos. Eran unas treinta personas. Doña Martita, la enfermera, estaba ahí. El carnicero. La señora de la tiendita. Algunos llevaban pancartas improvisadas con cartulinas: “Justicia para Sofía”, “Fuera Vera”, “El pueblo está con el Doctor”.
Catalina se asomó también y se llevó las manos a la boca.
—Vinieron a cuidarnos —susurró.
Andrés abrió la puerta. La gente aplaudió.
—¡No están solos, doc! —gritó Don Chuy, el de la mano cortada—. ¡Aquí hacemos guardia para que nadie se lleve a la niña!
Andrés sintió que se le quebraba la voz.
—Gracias… muchas gracias a todos.
En ese momento de unión comunitaria, el celular de Andrés sonó de nuevo. Número desconocido.
Contestó, esperando que fuera otro periodista.
—¿Sí?
—Eres un imbécil, Andrés.
La voz de Vera era gélida, cortante como un diamante. No sonaba histérica. Sonaba letal.
—¿Viste el video, Vera? —preguntó Andrés, haciendo una seña a Catalina para que escuchara.
—Vi tu circo. Vi cómo arrastraste el nombre de mi familia por el lodo. ¿Crees que unos cuantos likes en Facebook te van a salvar? Acabas de despertar a una bestia que no puedes controlar.
—La verdad no es lodo, Vera. La verdad limpia. Y ya no tienes poder. El pueblo sabe quién eres.
—El “pueblo” es una bola de ignorantes que olvidará esto en una semana cuando salga el próximo escándalo de algún político —dijo Vera con desprecio—. Pero yo no olvido. Prepárate, Andrés. Porque voy a ir por ustedes con todo el peso de la ley… y con lo que está fuera de la ley también. Disfruta tus cinco minutos de fama. Serán los últimos.
La llamada se cortó.
Andrés miró el teléfono muerto en su mano. Sintió un escalofrío, pero al levantar la vista y ver a sus vecinos haciendo guardia en la banqueta, el miedo se disipó.
—¿Era ella? —preguntó Catalina.
—Sí. Está furiosa. Nos amenazó.
—Perro que ladra no muerde —dijo Doña Martita, que había escuchado desde la entrada—. Y si quiere morder, aquí le tumbamos los dientes, doctor.
Mientras tanto, en la mansión de Doña Vera, ubicada en la parte alta y exclusiva del pueblo, el ambiente era muy diferente.
Vera estaba sentada en su sillón Luis XV, con una copa de coñac en la mano. Las cortinas estaban cerradas. La televisión estaba encendida, repitiendo una y otra vez el rostro de su hija Catalina acusándola de monstruo.
Frente a ella estaba el Licenciado Bustamante, su abogado de confianza, un hombre calvo y sudoroso que parecía estar a punto de sufrir un infarto.
—La situación es crítica, Doña Vera —decía Bustamante, secándose la frente con un pañuelo—. La Fiscalía General ya abrió una carpeta de oficio por la noticia criminal. El video es muy dañino. Me llamaron del juzgado… el Juez Ramírez dice que no puede ayudarnos por ahora. Dice que el caso está “muy caliente”.
—Todos tienen un precio, Bustamante —dijo Vera, bebiendo un sorbo largo de coñac.
—No en este momento. Si un juez falla a su favor ahorita, lo destituyen. La opinión pública nos tiene linchados. Incluso el alcalde me llamó para decir que se desmarca de usted. Nadie quiere salir en la foto con la “roba-niñas”.
Vera arrojó la copa contra la chimenea. El cristal estalló en mil pedazos.
—¡Malditos cobardes! —gritó—. ¡Yo construí este pueblo! ¡Yo financié sus campañas!
—Doña Vera, le sugiero… le sugiero que se vaya unos días. A su casa en la playa. O a Estados Unidos. Hasta que baje la marea. Si se queda, es probable que la citen a declarar o incluso… que giren una orden de aprehensión.
Vera se puso de pie, temblando de rabia. ¿Huir? ¿Ella, Vera de la Vega? Jamás.
Pero al mirar la pantalla, donde aparecía una foto de Sofía (pixelada) junto a Andrés y Catalina, Vera sintió algo que no había sentido en años: vulnerabilidad. Su hija, la sumisa, la débil Catalina, la había superado.
—No me voy a ir —dijo Vera con voz baja—. Pero vamos a cambiar de estrategia. Si no puedo tener a la niña por las buenas, y si la ley me da la espalda… entonces haré que ellos deseen nunca haberme desafiado.
—¿Qué tiene en mente? —preguntó el abogado con temor.
—Bustamante, contacta a “El Ruso”.
El abogado palideció.
—Doña Vera… eso es… eso es peligroso. Son gente de la maña.
—Hazlo. Quiero que Andrés y Catalina entiendan que hay cosas peores que un juicio familiar. Quiero que tengan miedo de salir a la calle. Quiero que me rueguen que me lleve a la niña para que pare el infierno.
Vera sonrió, y su reflejo en el espejo dorado devolvió una imagen deformada, consumida por el odio. La guerra legal había terminado. La guerra sucia acababa de comenzar.
De vuelta en la casa del médico, la noche cayó tranquila, protegida por la guardia vecinal.
Sofía estaba en su cama, ya dormida. Catalina le había cepillado el pelo cien veces, como le gustaba, y le había cantado una canción de cuna que recordaba de su propia infancia, antes de que su madre se volviera amarga.
Andrés y Catalina estaban en la sala, agotados pero unidos.
—¿Crees que ganamos? —preguntó Catalina.
—Ganamos la primera batalla —dijo Andrés—. La opinión pública está con nosotros. El ADN es nuestro. Pero Vera… Vera es como un animal herido. Va a tirar mordidas hasta el final.
—Que tire —dijo Catalina, recargando la cabeza en el hombro de su esposo—. Nosotros somos tres ahora. Y somos invencibles.
Pero mientras Andrés apagaba las luces, no pudo evitar mirar hacia la calle oscura más allá de los vecinos. Sabía que Vera no se detendría. Sabía que el mal, el verdadero mal, no se rinde con un video de Facebook. Y mientras abrazaba a su esposa en la cama, rezó para que la “bestia” que Vera había mencionado no tuviera garras demasiado largas.
Lo que Andrés no sabía era que, en ese mismo instante, una camioneta gris con vidrios polarizados y sin placas estaba entrando al pueblo, conducida por hombres que no sabían de leyes, ni de ADN, ni de piedad, y que solo respondían al dinero de quien pudiera pagarlo.
La verdadera prueba de fuego para la familia Rivero estaba a punto de llegar, y no vendría de un juzgado, sino de las sombras
CAPÍTULO 6: LA NOCHE DE LOS COYOTES
La fama repentina es un arma de doble filo, y en el caso de la familia Rivero, el filo cortaba profundo. Durante tres días, su casa se convirtió en el epicentro de San Isidro. Los periodistas acampaban en la banqueta, los vecinos seguían trayendo ollas de tamales y atole como ofrendas de solidaridad, y el teléfono no dejaba de sonar con muestras de apoyo.
Parecía una victoria. El juez familiar, presionado por el escándalo mediático y la contundencia de la prueba de ADN, había otorgado la custodia temporal provisional a Andrés y Catalina, con una orden de restricción contra Vera. Legalmente, Sofía estaba a salvo.
Pero Andrés sentía una comezón en la nuca. Un instinto primitivo que le decía que el silencio de Vera era demasiado absoluto. No había habido contra-demanda. No había habido declaraciones públicas de su abogado desmintiendo los hechos. Solo silencio. Y en la sierra, cuando el bosque se queda callado de repente, es porque el depredador está cerca.
—Estás muy tenso, amor —le dijo Catalina esa tarde, mientras veían a Sofía jugar en la alfombra con un rompecabezas de mil piezas que le había regalado Doña Martita.
—No me gusta esto, Cata. Vera no es de las que se quedan quietas. Debería estar gritando, amenazando, comprando espacios en el periódico. Que no haga nada me aterra.
—Tal vez se dio cuenta de que perdió. Tal vez la vergüenza la hizo huir.
Andrés negó con la cabeza.
—Vera no conoce la vergüenza. Conoce el orgullo. Y la herimos de muerte.
Esa noche, la guardia vecinal se había relajado. La emoción inicial había pasado, y la gente tenía que volver a sus trabajos y rutinas. Solo quedaban un par de vecinos fieles, Don Chuy y su hijo adolescente, sentados en sillas plegables al otro lado de la calle, tomando café.
Andrés cerró todas las cortinas, verificó los cerrojos por tercera vez y apagó las luces exteriores para no atraer a los curiosos que aún quedaban.
Se fueron a la cama temprano. Sofía durmió de nuevo con ellos. Se había convertido en una costumbre tácita: la niña en medio, protegida por el calor de sus padres.
A las 2:30 de la madrugada, el sonido de un motor rompió el silencio de la calle. No era el motor ruidoso de las camionetas viejas del pueblo. Era un motor sordo, potente, contenido.
Andrés abrió los ojos de golpe. Se quedó inmóvil, escuchando.
El motor se detuvo justo frente a la casa. Luego, el sonido de una puerta corrediza abriéndose.
Andrés saltó de la cama, cuidando de no despertar a Sofía. Se acercó a la ventana del dormitorio que daba a la calle y levantó una esquina de la cortina, apenas un milímetro.
Lo que vio le heló la sangre.
Una camioneta Van gris, sin placas, estaba estacionada en doble fila. Dos hombres bajaban de ella. Vestían de negro, con gorras y cubrebocas. No parecían ladrones comunes. Se movían con una precisión militar, sin hacer ruido, comunicándose con señas. Uno de ellos llevaba una barreta de metal; el otro, algo que brilló bajo la luz de la luna y que parecía una pistola con silenciador.
Al otro lado de la calle, Don Chuy y su hijo dormitaban en sus sillas, ajenos al peligro.
—Cata… —susurró Andrés, regresando a la cama y sacudiendo a su esposa con urgencia—. Cata, despierta.
Catalina abrió los ojos, alarmada por el tono de su marido.
—¿Qué pasa?
—Están aquí. Hay hombres afuera. Van a entrar.
Catalina se incorporó de golpe, el pánico reflejado en sus ojos, pero su reacción fue inmediata hacia Sofía.
—Vistela. Ponle los tenis. Rápido —ordenó Andrés mientras corría hacia el armario donde guardaba una vieja escopeta de caza que había pertenecido a su padre. Nunca la había usado contra nada más grande que una lata de refresco, y rezaba porque los cartuchos, viejos y húmedos, funcionaran.
Abajo, se escuchó un ruido metálico. Clank. Estaban forzando la reja del jardín delantero.
—¡Están entrando! —siseó Andrés, cargando el arma con manos temblorosas.
Catalina sacudió a Sofía.
—Mi amor, despierta. Tenemos que jugar a las escondidas. Rápido.
Sofía se despertó lloriqueando, confundida.
—Tengo sueño…
—Shhh. Es un juego secreto. No puedes hacer ruido. Ni un ruidito. Ponte los zapatos.
Abajo, el ruido de madera astillándose. Habían roto la puerta principal. Eran rápidos. Demasiado rápidos.
—No tenemos tiempo de salir por atrás —dijo Andrés, asomándose al pasillo. Escuchó pasos pesados en la sala, botas tácticas sobre la loseta—. Ya están adentro.
—Al ático —dijo Catalina—. La compuerta del techo del baño.
Era un espacio minúsculo, un hueco entre el cielo raso y las tejas donde estaba el tinaco viejo. Solo cabía un niño o un adulto muy delgado.
Corrieron al baño. Andrés se subió al inodoro y empujó la tapa de madera del techo.
—Sube a Sofía. Tú también, Cata. Tú cabes.
—¿Y tú? —preguntó ella, con los ojos llenos de terror.
—Yo los voy a detener. No cabemos los tres. Y necesito distraerlos. Suban y no bajen por nada del mundo, escuchen lo que escuchen. ¿Me entiendes? ¡Por nada!
Catalina dudó un segundo, desgarrada, pero el instinto maternal ganó. Andrés alzó a Sofía, quien, contagiada por el miedo de sus padres, estaba completamente muda y rígida. Catalina trepó con agilidad, jalando a la niña hacia la oscuridad del hueco.
—Te amo —susurró Catalina antes de que Andrés colocara la tapa de madera en su lugar.
Andrés se quedó solo en el baño. Escuchó los pasos subiendo la escalera. Eran dos, tal vez tres hombres.
Salió al pasillo, empuñando la escopeta. Se parapetó detrás del marco de la puerta de su recámara, apuntando hacia la escalera.
—¡Alto ahí! —gritó con toda la fuerza de sus pulmones—. ¡Estoy armado! ¡He llamado a la policía!
Los pasos se detuvieron un momento. Hubo un silencio tenso.
Luego, una voz grave, con acento norteño, respondió desde la oscuridad de la escalera.
—Doctor Rivero. No queremos hacerle daño a usted ni a su señora. Solo venimos por la niña. Entréguela y nos vamos tranquilos. Doña Vera solo quiere ver a su nieta.
Era la confirmación. Los sicarios de Vera.
—¡Aquí no hay ninguna niña! —gritó Andrés, sudando frío—. ¡Se la llevó el DIF ayer! ¡Llegan tarde!
Una risa seca resonó en la escalera.
—No nos mienta, doc. Tenemos ojos en la calle. Sabemos que la huerquilla está aquí. No haga esto difícil.
Andrés escuchó el crujido de un escalón. Estaban subiendo de nuevo.
Apretó el gatillo.
¡BAM!
El disparo de la escopeta fue ensordecedor en el espacio cerrado. Los perdigones impactaron en la pared de la escalera, arrancando yeso y pintura, pero fallando el blanco humano.
—¡Hijo de tu…! —gritó uno de los intrusos.
Respondieron con fuego. Tres disparos secos, pft, pft, pft. Las balas con silenciador se incrustaron en el marco de la puerta, a centímetros de la cara de Andrés. Astillas de madera le saltaron a los ojos.
Andrés se tiró al suelo, gateando hacia el interior de la recámara. Intentó recargar la escopeta, pero sus dedos torpes dejaron caer el cartucho al suelo.
—¡Entren! —ordenó la voz de abajo—. ¡Rápido, antes de que llegue la chota!
Andrés se arrastró hasta debajo de la cama, buscando el cartucho. Lo encontró. Lo metió en la recámara del arma.
Dos sombras entraron en la habitación. Barrían el lugar con linternas tácticas montadas en las pistolas.
—¡Busquen! Deben estar escondidos. ¡Revisen los armarios!
Uno de los hombres abrió el closet y tiró toda la ropa al suelo con furia.
—Aquí no están.
—El baño. Revisa el baño.
El segundo hombre se dirigió al baño. Justo debajo de donde estaban Catalina y Sofía.
Andrés supo que era el fin. Si encontraban la compuerta, las matarían o se llevarían a la niña. Tenía que hacer algo suicida.
Salió de debajo de la cama rodando y disparó de nuevo, esta vez sin apuntar, solo hacia las piernas del hombre que iba al baño.
¡BAM!
El hombre gritó y cayó al suelo, agarrándose el muslo.
—¡Me dio! ¡El maldito me dio!
El otro sicario, el líder, se giró hacia Andrés y disparó dos veces. Andrés sintió un golpe caliente en el hombro izquierdo, como si alguien lo hubiera golpeado con un martillo al rojo vivo. El impacto lo lanzó hacia atrás, contra la pared. La escopeta salió volando de sus manos.
El líder se acercó a él, apuntándole a la cabeza.
—Se acabó el juego, doctor. ¿Dondé están?
Andrés, jadeando por el dolor, se apretó la herida del hombro. La sangre manaba caliente entre sus dedos.
—Vete… al… diablo… —escupió.
El hombre levantó la pistola para darle el tiro de gracia.
Pero en ese momento, una sirena aulló en la calle. Y no una sirena lejana. Una sirena ahí mismo, acompañada de luces rojas y azules que inundaron la habitación a través de la ventana.
—¡Policía Estatal! —se escuchó por un megáfono—. ¡Rodeen la casa! ¡Salgan con las manos en alto!
Don Chuy. El viejo Don Chuy no estaba dormido. Al escuchar el primer ruido de la puerta rota, había llamado no a la policía municipal (que era lenta y a veces corrupta), sino directamente al comandante de la Estatal que era su compadre.
El sicario miró hacia la ventana y luego a su compañero herido en el suelo.
—¡Vámonos! ¡Déjalo! —gritó.
—¡No puedo caminar! —gimió el herido.
—¡Pues te quedas!
El líder no lo pensó dos veces. Abandonó a su compañero y corrió hacia la ventana, rompiendo el vidrio y saltando hacia el techo del porche para huir por los patios traseros.
Abajo, se escucharon gritos, golpes y ladridos de perros.
Andrés, con la visión borrosa por la pérdida de sangre, miró hacia el techo del baño.
—Ya… ya pasó… —susurró, antes de que la oscuridad lo envolviera y perdiera el conocimiento.
Cuando Andrés despertó, lo primero que vio fue una luz blanca y cegadora. El olor a antiséptico le dijo que estaba en su terreno: un hospital.
Intentó moverse, pero un dolor agudo en el hombro se lo impidió. Tenía el brazo inmovilizado y una vía intravenosa en el otro.
—Tranquilo, doc. No se mueva.
Giró la cabeza. A su lado estaba Martita, su enfermera, con los ojos llorosos.
—Martita… ¿dónde…?
—Están bien. Las dos están bien.
La puerta se abrió y entró Catalina. Tenía rasguños en los brazos y el pelo revuelto, lleno de polvo y telarañas del ático, pero estaba ilesa. Al ver a Andrés despierto, corrió hacia la cama y lo besó en la frente, en las mejillas, en los labios.
—Estás vivo, estás vivo… —repetía entre sollozos.
—¿Y Sofía? —preguntó Andrés con voz pastosa.
—Está afuera con una psicóloga de la Fiscalía. Está asustada, pero bien. No vio nada. Tapé sus oídos y sus ojos todo el tiempo.
Andrés suspiró aliviado.
—¿Qué pasó?
—Agarraron a uno —dijo Catalina, con una satisfacción salvaje—. Al que le disparaste en la pierna. Está aquí mismo, en el hospital, esposado a la cama y custodiado por cuatro estatales. Y está cantando, Andrés. Está cantando como un jilguero para reducir su condena.
—¿Confesó?
—Dijo quién los contrató. Dio nombre y apellido. Dijo que la orden venía de “la señora de la casa grande”. Vera.
Andrés cerró los ojos. Se acabó. Esta vez, realmente se acabó. Un intento de homicidio y secuestro con sicarios ya no era un delito que se pudiera arreglar con influencias locales. Era crimen organizado. Era federal.
—¿La detuvieron?
Catalina negó con la cabeza, y su expresión se oscureció.
—Fueron a su casa hace dos horas. La mansión estaba vacía. El abogado Bustamante dice que no sabe dónde está. Se fugó, Andrés. Vera está prófuga.
Andrés sintió una mezcla de frustración y miedo. Una enemiga prófuga seguía siendo una enemiga.
—La van a encontrar —dijo Catalina—. Emitieron una ficha roja. Interpol, aeropuertos, todo. Ya no es Doña Vera la respetable. Ahora es una fugitiva buscada por intento de homicidio. Su mundo se acabó.
Pasaron tres semanas.
La herida de Andrés sanaba bien. Había tenido suerte; la bala había atravesado el músculo deltoides sin tocar hueso ni arterias importantes. Le quedaría una cicatriz fea y tendría que hacer terapia física, pero conservaría el brazo.
La vida en la casa Rivero intentaba volver a una nueva normalidad. La puerta principal había sido reparada y reforzada con acero. Habían instalado cámaras de seguridad y un sistema de alarma monitoreado. Pero la verdadera seguridad venía de saber que la amenaza ya no estaba en el pueblo.
Vera seguía desaparecida. Los rumores decían que había huido a Europa, otros decían que estaba escondida en algún rancho remoto de la sierra. Pero sus cuentas bancarias habían sido congeladas y sus propiedades aseguradas por la Fiscalía. Su imperio de poder se había desmoronado como un castillo de naipes.
Sofía había empezado a ir a terapia de juego para procesar el trauma. Era una niña resiliente. Poco a poco, las pesadillas disminuían. Había empezado a llamar a Andrés “papá” sin el calificativo de “papá Andrés”, y a Catalina simplemente “mamá”.
Una tarde de noviembre, llegó un paquete por correo. No tenía remitente, solo matasellos de la Ciudad de México.
Andrés lo abrió con cautela, usando guantes, temiendo alguna trampa final de Vera.
Pero dentro solo había una llave antigua de hierro y una nota escrita a máquina en un papel barato.
“Busquen en la cabaña del abuelo en Valle de Bravo. En el sótano. Detrás de la pared falsa de madera. Ahí está lo que falta. Perdón por todo. – B.”
—¿B? —preguntó Catalina, leyendo la nota sobre el hombro de Andrés.
—Bustamante —dedujo Andrés—. El abogado de Vera. La rata está abandonando el barco y quiere congraciarse con nosotros por si lo atrapan.
—¿La cabaña del abuelo? —Catalina frunció el ceño—. Hace años que no vamos ahí. Era de mi padre. Mi madre la odiaba, decía que era rústica y húmeda.
—¿Qué crees que haya ahí?
—No lo sé. Pero si Bustamante se arriesgó a mandar esto, debe ser importante.
Decidieron ir el fin de semana. No querían dejar cabos sueltos. Querían cerrar el libro de Vera para siempre.
Viajaron en el Tsuru (ya reparado de los vidrios rotos). Sofía iba atrás, cantando canciones de Disney, feliz por el paseo. Le habían dicho que iban a un día de campo en el bosque.
La cabaña estaba en una zona apartada del lago de Valle de Bravo, rodeada de pinos inmensos. Estaba descuidada, cubierta de enredaderas y hojas secas.
Andrés abrió la puerta con la llave que traía en su llavero (Catalina conservaba una copia). Olía a encierro y a polvo.
—Sofía, quédate aquí en el jardín juntando piñas con mamá —dijo Andrés. No quería que la niña entrara a lugares oscuros.
—Yo voy contigo —dijo Catalina—. Sofía puede quedarse aquí a la vista, desde la ventana la veo. No te voy a dejar bajar solo a ningún sótano.
Andrés asintió. Bajaron las escaleras de madera que crujían con cada paso. El sótano estaba lleno de muebles viejos cubiertos con sábanas blancas, como fantasmas estáticos.
Andrés alumbró con una linterna potente. Buscó la pared de madera al fondo.
—Aquí —señaló. Había una sección del panel de madera que tenía un tono ligeramente distinto.
Empujó. No se movió.
—Ayúdame.
Entre los dos, empujaron con fuerza. Hubo un clic y el panel se deslizó, revelando un pequeño cuarto oculto, no más grande que un armario.
Dentro, no había dinero, ni joyas. Había cajas. Cajas de archivo, apiladas cuidadosamente. Y en el centro, sobre una mesita, un diario encuadernado en piel roja.
Catalina tomó el diario. Sus manos temblaban. Reconocía la letra.
—Es el diario de mi madre.
Lo abrió al azar. Leyó una entrada fechada hace seis años, dos días antes del parto de Catalina.
“La niña no puede nacer. Arruinaría todo. Catalina es débil, volverá con ese médico mediocre si tiene al bebé. Necesito que esté libre. Necesito que se case con Eduardo. Ya hablé con Arriaga. Está todo arreglado. Si nace viva, diremos que murió. Si nace muerta, mejor. De cualquier forma, esa criatura desaparece. No permitiré que mi sangre se mezcle con la de ese don nadie.”
Catalina cerró el libro de golpe, sintiendo náuseas.
—Estaba planeado… —susurró—. Desde antes de que naciera. No fue una decisión de momento. Fue frío. Calculado.
Andrés revisó las cajas. Estaban llenas de expedientes. No solo de Sofía. Había registros de transacciones ilegales, sobornos a funcionarios, despojos de tierras a campesinos. Vera había guardado un registro meticuloso de todos sus crímenes, su “seguro de vida” contra sus socios corruptos, por si alguna vez intentaban traicionarla.
—Esto no es solo sobre nosotros, Cata —dijo Andrés, hojeando un folder—. Aquí hay evidencia para meter a la cárcel a medio gabinete estatal. Vera era el centro de una red de corrupción enorme.
—Por eso huyó —comprendió Catalina—. No huía de nosotros. Huía de ellos. Si esto salía a la luz, sus propios socios la matarían.
—Tenemos que entregar esto a la Fiscalía Federal. A la Marina. No a la policía local. Esto es demasiado grande.
En ese momento, escucharon un grito afuera.
—¡MAMÁ!
Era Sofía.
Andrés y Catalina soltaron todo y corrieron escaleras arriba, con el corazón saliéndoseles del pecho. Salieron disparados al jardín.
Sofía estaba parada junto al viejo columpio de madera, señalando hacia el bosque.
—¡Mamá! ¡Mira!
Andrés siguió la dirección de su dedo.
Entre los árboles, a unos cincuenta metros, había una figura. Una mujer. Llevaba ropa sucia, el pelo enmarañado y gris, y se apoyaba en un bastón improvisado de rama. Parecía una vagabunda, una bruja de cuento.
Pero Andrés reconoció la postura altiva, incluso en la derrota.
Era Vera.
Estaba allí, mirándolos. No se acercaba. Solo miraba. Miraba a la niña que había intentado borrar. Miraba a la hija que había intentado controlar. Miraba al hombre que había intentado destruir.
Y en su mirada ya no había odio. Había algo peor: había vacío. Era la mirada de alguien que lo ha perdido todo, incluso la razón.
—¡Vera! —gritó Andrés, dando un paso al frente instintivamente para proteger a su familia.
La mujer no respondió. Dio media vuelta lentamente y comenzó a caminar hacia la profundidad del bosque, cojeando, perdiéndose entre las sombras de los pinos y la niebla de la tarde.
—¿La seguimos? —preguntó Catalina, temblando.
Andrés miró a su esposa, luego a su hija, y luego a la figura que desaparecía.
—No —dijo Andrés—. El bosque se encargará de ella. O la justicia. Ya no es nuestro problema. Ella ya está muerta, Cata. Solo que todavía camina.
Regresaron a la cabaña, tomaron las cajas y el diario, y subieron al coche.
Mientras se alejaban por la carretera de curvas, Andrés miró por el retrovisor una última vez. El bosque se tragaba el secreto de la cabaña.
Habían encontrado la verdad absoluta. Tenían en la cajuela el poder para limpiar el estado. Pero lo más importante iba sentado en el asiento de atrás, comiéndose unas galletas de animalitos y cantando desafinada.
La pesadilla había terminado. El amanecer, por fin, era completo.
CAPÍTULO 7: EL LEGADO DE LAS DOS MADRES
El viaje de regreso desde Valle de Bravo fue tenso, pero de una manera distinta. Ya no era el miedo visceral a ser emboscados en la carretera, sino el peso de la responsabilidad histórica que llevaban en la cajuela del Tsuru. Esas cajas de archivo no solo contenían los pecados de Doña Vera; contenían la radiografía de una corrupción que había infectado al estado durante décadas. Nombres de jueces, números de cuentas en paraísos fiscales, grabaciones de extorsiones. Andrés sentía que conducía un coche bomba.
—¿A quién se lo damos? —preguntó Catalina, rompiendo el silencio que había durado casi una hora. Miraba por la ventana el paisaje boscoso que daba paso a las zonas industriales de la periferia de la capital.
—A nadie local —dijo Andrés con firmeza—. Si vamos a la Fiscalía del Estado, esto desaparece en cinco minutos y nosotros aparecemos en una zanja mañana.
—¿Entonces?
—Llamé a Laura Méndez, la periodista, mientras cargábamos gasolina. Ella tiene contactos en la Ciudad de México. En la Fiscalía General de la República y en la Marina. Dice que hay un almirante que lleva años queriendo desmantelar esta red, pero le faltaban las pruebas duras. Bueno, aquí las tiene.
Se desviaron hacia un punto de reunión neutral: el estacionamiento de un centro comercial en los límites de la Ciudad de México. Allí, bajo la luz impersonal de las lámparas de vapor de sodio, hicieron el intercambio. No fue como en las películas, con maletines y frases dramáticas. Fue rápido y eficiente. Dos camionetas blancas de la Marina, hombres uniformados y armados pero respetuosos, y Laura Méndez como testigo y garante.
—Están haciendo lo correcto, doctor —le dijo el oficial a cargo al recibir el diario de Vera—. Con esto, se acabó la impunidad para muchos. Ustedes váyanse a casa. Nosotros nos encargamos de la seguridad perimetral de su pueblo a partir de esta noche. Nadie los va a tocar.
Ver las camionetas alejarse con las cajas fue como si le quitaran a Andrés un chaleco de plomo de cien kilos.
Regresaron a San Isidro de madrugada. Sofía venía dormida en el asiento de atrás, abrazada a Pancho y a una piña de pino que se había traído de “recuerdo” del bosque. Al cargarla para llevarla a su cama, Andrés sintió que cargaba el futuro. Un futuro que, por fin, estaba limpio.
Dos semanas después, la noticia estalló. Pero no fue un escándalo de chismes de sociedad; fue un terremoto político.
“CAE RED DE CORRUPCIÓN EN EL PODER JUDICIAL ESTATAL”, gritaban los titulares nacionales. “El diario secreto de la socialité prófuga revela décadas de despojos y tráfico de influencias”.
Empezaron las detenciones. El Juez Ramírez, el abogado Bustamante (a quien su intento de colaboración no salvó del todo, aunque le redujeron la pena), funcionarios del Registro Civil, notarios públicos. Fue una purga. La red de protección de Vera se desmoronó como un castillo de naipes bajo un huracán.
Pero faltaba una pieza. La reina del tablero.
El paradero de Doña Vera seguía siendo un misterio.
Hasta una mañana fría de diciembre.
Andrés estaba en el consultorio del Centro de Salud, revisando la garganta de un niño con amigdalitis, cuando entró el comandante de la policía estatal. Se quitó la gorra con respeto.
—Doctor Rivero. Necesitamos que nos acompañe.
—¿Pasó algo?
—Encontraron un cuerpo en la sierra, cerca de Valle de Bravo. Unos leñadores. Coincide con la descripción. Necesitamos… necesitamos que alguien la identifique oficialmente. Su esposa no está en condiciones, imaginamos, así que pensamos en usted.
Andrés sintió un frío en el estómago.
—Voy.
El viaje a la morgue de Toluca fue silencioso. Andrés entró a la sala fría. El forense destapó la sábana.
No era la imagen de la gran dama que controlaba el destino de todos con un chasquido de dedos. Lo que había en esa plancha era una anciana pequeña, consumida, con la piel quemada por el frío y la ropa hecha jirones. La autopsia decía “hipotermia y fallo cardíaco”. Había muerto sola, en medio de la nada, probablemente perdida en su propia locura y en el bosque que tanto despreciaba.
Pero al mirar su rostro, Andrés vio algo que lo perturbó: una expresión de paz. O tal vez, de olvido. Al final, la muerte le había dado lo que la vida le negó: silencio.
—Es ella —confirmó Andrés.
—Queda asentado —dijo el forense, cubriendo el rostro de Vera de la Vega.
Andrés salió de ahí y respiró el aire contaminado de la ciudad como si fuera oxígeno puro. Sacó su celular y marcó el número de Catalina.
—¿Bueno?
—Ya terminó, Cata. La encontraron. Está muerta.
Hubo un silencio largo al otro lado de la línea. Andrés esperó el llanto, o la risa, o el alivio. Pero Catalina solo suspiró, un sonido profundo y triste.
—Que Dios la perdone —dijo Catalina—. Porque yo… yo todavía estoy trabajando en eso. Pero ya no me da miedo.
—Ya no puede hacernos daño, amor. Nunca más. Voy para la casa.
El invierno dio paso a la primavera, y con ella, la vida de los Rivero floreció.
El proceso legal de identidad fue un mero trámite después de todo lo sucedido. El nuevo juez familiar, un hombre joven y honesto enviado desde la capital para limpiar el desastre del juzgado local, firmó la sentencia en tiempo récord.
El acta de nacimiento de Sofía fue corregida. Ya no era “hija de madre soltera Marina Voronina”. Ahora, en letras negras y firmes, decía: Sofía Rivero de la Vega. Padres: Andrés Rivero y Catalina de la Vega.
Pero los papeles son solo tinta. La verdadera transformación ocurría en la casa de tejas rojas.
Sofía empezó a ir a la escuela primaria del pueblo, al grupo de primero B. Al principio, Andrés y Catalina tenían terror. ¿Y si los niños eran crueles? ¿Y si le preguntaban por qué tenía “dos mamás” o por qué había salido en la tele?
Pero subestimaron la inocencia de los niños y la bondad del pueblo. Para sus compañeros, Sofía no era “la niña robada”; era la niña que dibujaba increíble y que corría más rápido que nadie en el recreo.
Una tarde, Catalina regresó de la escuela (había vuelto a dar clases) y encontró a Sofía y Andrés en el jardín. Estaban plantando un árbol. Un manzano.
—¿Qué hacen mis jardineros favoritos? —preguntó Catalina, dejando su maletín en el porche.
—Estamos sembrando el árbol de Marina —dijo Sofía, con las manos llenas de tierra negra—. Papá dice que las manzanas son dulces, como ella.
Catalina sintió esa punzada familiar en el pecho, esa mezcla de dolor y gratitud que siempre sentía al mencionar a Marina.
—Es una idea hermosa —dijo Catalina, arrodillándose para ayudar a compactar la tierra alrededor del tronco joven—. Y cuando dé manzanas, haremos el pay que a ella le gustaba. ¿Te acuerdas?
—Sí —dijo Sofía—. Pero sin cebolla.
Los tres rieron. La risa ya no sonaba forzada. Era genuina.
La terapia psicológica de Sofía también avanzaba. La Dra. Elena, una psicóloga infantil especializada en trauma, les dijo en una sesión familiar:
—Sofía tiene una capacidad de resiliencia asombrosa. Ha integrado sus dos historias. No ve su pasado como una tragedia, sino como una aventura. Tiene la narrativa de que fue una niña muy amada por dos bandos: el equipo de Marina que la cuidó en la tormenta, y el equipo de Papá y Mamá que la rescató para llevarla al castillo. Mientras mantengan esa honestidad, ella estará bien.
Y mantuvieron la honestidad. En la sala de la casa, junto a las fotos de la boda de Andrés y Catalina, pusieron una foto enmarcada de Marina. Una foto que encontraron en la caja de zapatos: Marina joven, sonriendo, cargando a una Sofía bebé.
Sofía le daba los buenos días a la foto cada mañana antes de irse a la escuela. No era un culto a la muerte; era un saludo a la familia extendida.
Llegó noviembre. El primer Día de Muertos oficial desde que todo pasó.
En México, el Día de Muertos no es una fecha de luto gris; es una fiesta de color, de sabor y de memoria. Es el día en que la frontera entre los mundos se vuelve delgada y los que se fueron regresan a cenar con los que se quedaron.
Catalina se tomó la festividad muy en serio. Desde días antes, la casa olía a flor de cempasúchil y a copal.
—Vamos a hacer el altar más grande del pueblo —decretó Catalina.
Vaciaron la mesa del comedor y la cubrieron con manteles de papel picado de colores brillantes: morado, naranja, rosa.
—Sofía, tú te encargas de las calaveritas de azúcar —le instruyó Catalina—. Tienes que ponerle el nombre de Marina en la frente a la más bonita.
—Sí, mamá.
Andrés se encargó de la estructura. Hizo un arco de caña y flores amarillas, que simboliza la puerta de entrada para las almas. Puso las veladoras, una por cada difunto, para guiar su camino con luz.
Pusieron la foto de Marina en el nivel más alto. Y alrededor, pusieron sus ofrendas.
—¿Qué le gustaba comer a Marina? —preguntó Andrés.
—Le gustaban los tamales de rajas —dijo Sofía sin dudar—. Y el atole de guayaba. Y los cigarros de chocolate.
—Pues tamales, atole y chocolates tendrá —dijo Catalina.
Cocinaron todo el día. El vapor de los tamales llenó la cocina. Sofía ayudó a batir la masa, manchándose la nariz de harina de maíz.
Pero hubo un momento de duda. Catalina tenía en la mano una foto pequeña, antigua, en blanco y negro. Era una foto de Vera joven, antes de que la amargura le endureciera el rostro.
Andrés la vio dudar.
—¿La vas a poner? —preguntó suavemente.
Catalina miró la foto, luego miró el altar lleno de luz y amor.
—Es mi madre, Andrés. Me hizo daño, sí. Mucho. Pero también me dio la vida. Y sin ella, no existiría Sofía. El rencor es un veneno que uno se toma esperando que el otro se muera. Y ella ya se murió. Yo no quiero tomar veneno.
Con mano firme, Catalina colocó la foto de Vera en un nivel inferior, lejos de la de Marina, en una esquina discreta. Le puso una veladora pequeña y un vaso de agua.
—Para que encuentre la paz que no tuvo aquí —susurró.
Sofía se acercó y miró la foto de la abuela.
—¿Ella va a venir también? —preguntó.
—Todos están invitados esta noche —explicó Catalina—. Pero los malos se vuelven buenos cuando cruzan el puente de flores. Ya no pueden regañar ni gritar. Solo vienen a ver.
—Ah, bueno —dijo Sofía, tranquila—. Entonces le puedo dejar una mandarina. A lo mejor tenía hambre en el bosque.
La generosidad de su hija hizo llorar a Catalina. Esa niña, criada en la pobreza y el engaño, tenía un corazón más grande que toda la fortuna de los De la Vega.
La noche del 1 y 2 de noviembre, encendieron las velas. La casa brillaba con un resplandor dorado y cálido. Se sentaron frente al altar: Andrés, Catalina y Sofía.
Comieron pan de muerto y bebieron chocolate caliente. Contaron historias.
—Cuéntame otra vez cómo me encontraste, papá —pidió Sofía, acurrucada en el regazo de Andrés.
Era su cuento favorito. El cuento de la noche de lluvia.
—Bueno —empezó Andrés, acariciándole el pelo—. Era una noche oscura y tormentosa. El viento aullaba como un lobo: ¡Auuuu!. Y yo salía de trabajar, muy cansado…
Andrés contó la historia, pero suavizada por el tiempo y el amor. Ya no era una historia de terror; era una historia de destino. De cómo una niña valiente cruzó la oscuridad para encontrar a su familia.
—Y entonces —intervino Catalina—, mamá Catalina sintió en su corazón un ¡pum-pum! muy fuerte, porque supo que su pedacito de cielo había regresado.
Sofía sonrió, con los ojos pesados de sueño.
—Y mamá Marina nos vio desde arriba y dijo: “Misión cumplida”.
—Exacto —dijo Andrés—. Misión cumplida.
Esa noche, Andrés soñó. Soñó que estaba en la cocina, y que Marina estaba allí, sentada a la mesa, sana y joven. No decían nada. Ella solo le sonreía, le guiñaba un ojo y señalaba hacia la sala, donde Catalina y Sofía dormían en el sofá. Luego, se levantaba y salía por la puerta hacia la luz, desvaneciéndose como el humo del copal.
Andrés despertó con una sensación de paz absoluta. Sabía que ella había venido. Y sabía que se había ido tranquila, sabiendo que su “cielito” estaba en las mejores manos.
Pasaron cinco años.
San Isidro cambió, como cambian todos los pueblos. Pavimentaron la calle principal, abrieron un supermercado grande y el viejo Centro de Salud fue remodelado y ampliado (gracias a una gestión tenaz del Dr. Rivero, quien ahora era el director regional de salud).
En la casa de los Rivero, la vida seguía su curso ruidoso y feliz.
Sofía ya tenía doce años. Estaba entrando en esa etapa difícil de la preadolescencia. Había crecido mucho; era alta y delgada, con la elegancia natural de Catalina y la terquedad pragmática de Andrés.
Una tarde de sábado, Sofía entró al despacho de Andrés, donde él revisaba expedientes.
—Papá, tengo que hacer un proyecto para la escuela —dijo, dejándose caer en el sillón con ese dramatismo adolescente recién adquirido.
—¿Sobre qué? —preguntó Andrés, quitándose los lentes.
—Sobre “Mi Historia Familiar”. Tengo que hacer un árbol genealógico y contar de dónde vengo.
Andrés se quedó quieto. Sabía que este momento llegaría. La adolescencia es la época de la búsqueda de identidad.
—¿Y eso te preocupa?
—No… bueno, sí. Es que es complicado, ¿no? —Sofía jugó con un mechón de su pelo—. Tengo a Marina… y tengo a mamá Cata. Y tengo a la abuela Vera que era… bueno, complicada. ¿Qué pongo? ¿La verdad o la versión fácil?
Andrés se levantó, rodeó el escritorio y se sentó frente a su hija.
—Sofía, ¿te acuerdas de lo que siempre te hemos dicho?
—Que la verdad limpia —recitó ella, rodando los ojos con una sonrisa—. Sí, ya sé.
—Exacto. Tu historia no es “complicada”, hija. Es extraordinaria. La mayoría de los niños tienen un árbol genealógico simple: una rama aquí, otra acá. Tú tienes un árbol injertado. Tienes raíces dobles. Eso te hace más fuerte, no más rara.
Sofía lo pensó un momento.
—¿Puedo poner a Marina en el árbol? Digo, no es mi sangre, pero…
—Marina es tu raíz de agua —dijo Andrés, improvisando una metáfora—. Catalina y yo somos tu raíz de tierra. Necesitas las dos para crecer. Claro que la pones. Ella te salvó la vida. Y Vera… Vera es la rama seca que tuvimos que podar para que el árbol no se enfermara. También es parte de la historia, pero ya no define quién eres.
Sofía asintió, satisfecha.
—Ok. Voy a ponerlo todo. Que se aguanten en la escuela si mi árbol es raro.
—Esa es mi hija —dijo Andrés con orgullo.
Antes de salir, Sofía se detuvo en la puerta.
—Oye, pa.
—¿Qué pasó?
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por abrir la puerta esa noche. Por no dejarme en la lluvia.
Andrés sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. A veces, la gratitud llega años después, en un sábado cualquiera, y golpea más fuerte que nunca.
—Siempre, Sofía. Abriría esa puerta mil veces. Un millón de veces.
Sofía sonrió y salió corriendo.
Andrés se quedó solo en el despacho. Miró por la ventana. En el jardín, Catalina estaba cortando rosas. El sol de la tarde le daba en el pelo, haciéndolo brillar con tonos dorados. Se veía feliz. Se veía plena.
Andrés pensó en todo lo que habían pasado. El dolor, la pérdida, el miedo, la violencia. Habían caminado por el infierno para recuperar su paraíso. Pero al ver a su esposa en el jardín y escuchar a su hija cantando en su cuarto, supo que valió la pena cada segundo de angustia.
Sacó de su cajón el viejo oso Pancho. Ya estaba jubilado, guardado como una reliquia familiar, pero a veces Andrés lo sacaba solo para recordarse a sí mismo que los milagros existen.
Acarició la cabeza gastada del oso.
—Lo hicimos, Marina —susurró al aire—. Lo hicimos bien.
Guardó el oso, cerró el cajón y salió al jardín para abrazar a su esposa bajo la luz dorada del atardecer mexicano, mientras la vida, terca y hermosa, seguía floreciendo a su alrededor.
FIN