
El calor en la Terminal Central del Norte no era un calor normal; era un vapor pegajoso mezclado con el olor a diesel quemado, garnachas fritas y sudor de miles de personas que iban y venían. Igor se quedó parado justo afuera de las puertas automáticas, sintiendo cómo el sol de la Ciudad de México le golpeaba la cara como una cachetada de bienvenida.
Apretó los puños alrededor de las correas de su mochila. Una mochila azul marino, deslavada por los años y con un parche de “Iron Maiden” que le había regalado El Tuercas antes de salir. Adentro llevaba su vida entera: dos playeras de algodón que ya habían visto mejores tiempos, unos pants grises, tres pares de calcetines, su cepillo de dientes, un jabón Zote pequeño y el sobre manila. Ese sobre quemaba contra su espalda. Veinticinco mil pesos. Billetes de quinientos, de doscientos y de a cincuenta, todos arrugados y con olor a grasa de motor. Era el fruto de tres años de fines de semana encerrado bajo los cofres de los coches en el taller del maestro Palacios, allá en el pueblo.
—”No te me apendejes, Igor” —le había dicho el maestro Palacios cuando le dio su último pago—. “Aquí en el pueblo nos conocemos todos, pero allá en la capital… allá si te descuidas te roban hasta los calcetines sin quitarte los zapatos. Ponte trucha, mijo”.
Igor respiró hondo, tragando el aire contaminado de la metrópoli. Tenía 18 años y dos días. Legalmente, ya era un hombre. Legalmente, el Estado ya no tenía obligación de darle un techo ni comida. Se había acabado la Casa Hogar San Miguel. Se acabaron las filas para el rancho, las revisiones de piojos, las broncas con los más grandes y los juegos de fútbol en el patio de cemento.
Recordó la despedida esa misma mañana. La Maestra Marina, la única “madre” que había conocido, le había preparado unos tacos de frijoles con huevo para el camino, envueltos en papel aluminio y una servilleta de tela.
—”Ten, mi cielo” —le dijo ella, con los ojos rojos de tanto llorar—. “Cómetelos cuando te dé hambre. Y no olvides lo que te dije: tu mamá, donde quiera que esté, te quería. Nadie deja una foto así si no hay amor. Tú eres un niño bueno, Igor. No dejes que la ciudad te haga duro”.
Igor se tocó el bolsillo de la camisa, verificando por milésima vez que la foto siguiera ahí. Una mujer joven, borrosa, con un bebé en brazos. Sin nombre. Sin fecha. Solo una imagen muda que era su única ancla en este mundo.
—¡Taxi, joven! ¡Taxi seguro, barato! —le gritó un señor bigotón, sacándolo de sus pensamientos.
—No, gracias, jefe. Voy al Metro —respondió Igor, bajando la mirada.
Caminó hacia la estación del Metro Autobuses del Norte. La ciudad rugía a su alrededor. Cláxones, gritos de vendedores ambulantes —”¡Llévele, llévele el cargador, el audífono, barato!”—, el zumbido constante de la vida que no se detiene por nadie. Se sentía pequeño. Un grano de arena en un desierto de concreto.
Su plan era sólido. O al menos, eso creía él. Había repasado los pasos mil veces en su cabeza durante las noches de insomnio en el dormitorio común. Paso 1: Llegar a la ciudad. Paso 2: Ir al Instituto Tecnológico de Mecánica Automotriz en la delegación Iztacalco. Paso 3: Inscribirse y pedir el lugar en el internado estudiantil que, según el folleto de hace dos años que encontró en la biblioteca, ofrecían a alumnos foráneos. Paso 4: Conseguir chamba de medio tiempo.
Sencillo. Lógico.
Bajó las escaleras al inframundo del Metro. El olor a humedad y electricidad estática lo golpeó. Compró su boleto y se metió en el vagón naranja, abrazando su mochila contra el pecho como si fuera un escudo. La gente lo empujaba sin decir “con permiso”. Caras cansadas, caras enojadas, caras indiferentes. Nadie lo miraba. Por primera vez en su vida, Igor sintió la soledad absoluta de la libertad.
El trayecto fue eterno. Transbordos, empujones, calor sofocante. Cuando finalmente salió a la superficie cerca del Tecnológico, estaba sudando frío. El edificio se veía imponente, una mole de concreto pintada de azul y blanco.
Entró a las oficinas administrativas con el corazón galopando en el pecho. Había una fila enorme de chavos acompañados de sus mamás o papás. Se sentía fuera de lugar con su ropa desgastada y sus botas de trabajo. Cuando llegó su turno en la ventanilla, una mujer con cara de pocos amigos y uñas postizas de acrílico larguísimas ni siquiera levantó la vista de su celular.
—¿Qué trámite vas a realizar? —preguntó ella, masticando chicle con una cadencia desesperante.
—Buenas tardes, señorita. Vengo a inscribirme. Traigo mis papeles.
Igor sacó su carpeta con orgullo. Certificado de secundaria con promedio de 9.5. Carta de buena conducta del orfanato. Carta de recomendación del taller mecánico.
La mujer revisó los papeles con desgana, pasando las hojas con la punta de sus uñas.
—Mmm… vienes de institución pública, ¿eh? —dijo, arrugando un poco la nariz—. Casa Hogar San Miguel. Ok. Tus papeles académicos están bien. Pasa a caja a pagar la inscripción y el primer semestre. Son cuatro mil quinientos pesos.
Igor asintió. Eso estaba en el presupuesto.
—Sí, señorita. Oiga, y… sobre el alojamiento. En el folleto decía que hay beca de vivienda para estudiantes foráneos. Yo no tengo familia aquí, ni dinero para rentar.
La mujer soltó una risita seca, sin humor. Finalmente lo miró a los ojos, y en esa mirada Igor vio el muro contra el que se iba a estrellar.
—Uy, chavo. Ese folleto debe ser viejísimo. El internado lo cerraron el año pasado por recortes presupuestales. Ya no existe. Ahora es bodega.
El mundo de Igor se detuvo. El ruido de la oficina se apagó. Solo escuchaba un zumbido agudo en sus oídos.
—¿Cómo… cómo que ya no existe? —tartamudeó, sintiendo que las piernas se le hacían de gelatina—. Pero… yo contada con eso. No tengo a dónde ir.
—Pues lo siento mucho —dijo la mujer, volviendo a su celular—. La escuela no es beneficencia pública. Si quieres estudiar, tienes que asegurar tu vivienda por tu cuenta. ¿Vas a pagar la inscripción o no? Hay gente esperando atrás.
—Pero, señorita, por favor… ¿no hay algún convenio? ¿Algún cuarto de servicio? Yo puedo limpiar, puedo velar… no me importa dormir en el suelo.
—¡Que no! —alzó la voz ella, llamando la atención de los de atrás—. No insistas. Son las reglas. Siguiente.
Igor salió de la oficina arrastrando los pies, con la carpeta de documentos apretada contra el pecho como si tratara de evitar que se le saliera el corazón. Se sentó en la banqueta afuera de la escuela. El sol ya estaba bajando, tiñendo el cielo de un naranja sucio por el smog.
Sacó una de las tortas que le dio la Maestra Marina. El pan estaba aplastado, pero el sabor a frijoles y huevo le supo a gloria y a tristeza al mismo tiempo. Masticó despacio, pensando.
“No te rajes”, se dijo a sí mismo. “Tienes dinero. Tienes el dinero del taller. Puedes rentar algo. Solo tienes que buscar”.
Se levantó, se sacudió el polvo de los pantalones y caminó hacia un puesto de periódicos. Compró “El Gráfico” y una pluma barata. Se sentó en una banca y empezó a circular los anuncios de “Se Renta Cuarto”.
Esa noche, Igor descubrió la verdadera cara de la ciudad.
El primer lugar al que llamó era un edificio de departamentos en la colonia Agrícola Oriental.
—¿Tienes aval con bienes raíces en la Ciudad de México? —le preguntó una voz ronca por el teléfono público.
—No, señor. Soy estudiante, vengo de provincia.
—Sin aval no se renta. Y menos a estudiantes, son muy desmadrosos. —Click.
El segundo lugar era una vecindad en el centro.
—Son tres mil de renta y tres mil de depósito. Más mil de investigación.
—Tengo el dinero en efectivo ahorita —dijo Igor, esperanzado.
—Necesito comprobante de ingresos de los últimos tres meses. Nómina timbrada.
—Es que… yo trabajo por mi cuenta. Soy mecánico.
—Uy, no, mijo. Informales no. Luego no pagan y no hay cómo sacarles. Búscale por otro lado.
El tercer lugar fue el peor. Fue a verlo en persona. Era una casa en la colonia Obrera. La dueña, una señora gorda con delantal, lo miró de arriba abajo con desconfianza evidente al ver su ropa y su mochila.
—¿Y tus papás? ¿Ellos pagan?
—No tengo papás, señora. Soy huérfano. Salí de la casa hogar.
La cara de la mujer se transformó en una máscara de disgusto.
—Ah, no. Aquí somos gente decente. No queremos mañosos ni delincuentes. Los del orfanato siempre traen vicios o roban. Váyase antes de que le llame a la patrulla.
Le cerró la puerta en la nariz. El golpe de la puerta resonó en el alma de Igor más fuerte que un disparo. Se quedó parado en la banqueta oscura, bajo la luz parpadeante de una farola, sintiendo una vergüenza que no le correspondía. ¿Por qué? ¿Por qué ser huérfano lo convertía en criminal ante los ojos de esta gente? Él nunca había robado un peso. Siempre había trabajado.
Esa noche terminó en un “Hotel de Paso” cerca de la calzada de Tlalpan. Le cobraron 350 pesos por una habitación que olía a cigarro y a sexo barato, con sábanas que parecían de lija y cucarachas paseándose por el baño. Puso una silla atrancando la puerta y durmió abrazado a su mochila, con el dinero pegado a su cuerpo. Lloró en silencio, mordiendo la almohada para que no lo escucharan los de la habitación de al lado.
Pasaron tres días. Tres días de caminar hasta que le salieron ampollas. Tres días de llamadas, de rechazos, de miradas de desprecio.
—”Sin aval no”.
—”Estudiantes no”.
—”Hombres solos no”.
—”Gente como tú no”.
El dinero bajaba. Comía garnachas grasientas en la calle porque era lo más barato. Se bañaba con agua fría en el hotelucho. Su ropa empezaba a oler mal. La ciudad lo estaba masticando y estaba a punto de escupirlo.
Al cuarto día, Igor estaba sentado en una banqueta en la zona de Tlalpan, una zona más vieja y arbolada de la ciudad. Había caminado hasta allá porque vio un anuncio, pero al llegar ya lo habían rentado. Estaba cansado, sucio y derrotado.
“A lo mejor Maestra Marina tenía razón”, pensó. “A lo mejor no debí salir. A lo mejor debí quedarme de barrendero en el pueblo”.
Tenía hambre. Se acercó a un puesto de tacos de canasta.
—Deme dos de chicharrón y un refresco, jefe —pidió, contando las monedas.
—Sírvase, joven. Ahí está la salsa.
Mientras comía, sus ojos se posaron en un poste de luz de concreto frente a él. Había capas y capas de papel pegado, anuncios de conciertos viejos, de “Amarres de Amor”, de “Se buscan empleados”. Pero había uno, una hoja de cuaderno arrancada, escrita a mano con letra cursiva, temblorosa pero elegante, pegada con cinta canela que ya se estaba despeganado.
Se acercó, entrecerrando los ojos por el sol.
“Se renta habitación en casa particular. Zona tranquila. Económico. Preferencia a estudiante responsable que sepa ayudar en casa. Trato directo con la dueña (Señora Ana). No se pide aval, solo honestidad”.
Igor leyó la última frase dos veces. “No se pide aval, solo honestidad”.
Parecía demasiado bueno para ser verdad. O una trampa. Pero estaba en Tlalpan, una zona que se veía más tranquila. Arrancó el papelito con el número de teléfono y la dirección. Estaba a unas seis cuadras de ahí.
Miró su reloj barato. Eran las 2:00 de la tarde.
—Es esto o regresarme al pueblo —murmuró.
Caminó las seis cuadras. El paisaje cambió. Dejó atrás el ruido infernal de la avenida principal y entró en calles empedradas, con árboles enormes que daban sombra y casas viejas, coloniales, algunas muy bonitas, otras cayéndose a pedazos.
Llegó a la dirección. Era una casona de muros altos, pintada de un amarillo ocre que se estaba descarapelando, revelando el ladrillo rojo abajo. Una bugambilia gigante, de un fucsia explosivo, colgaba sobre la barda, tirando flores sobre la banqueta. El portón de metal negro estaba oxidado en las orillas. La casa gritaba “historia” y “necesidad” al mismo tiempo.
Igor se alisó la playera arrugada, se pasó la mano por el pelo tratando de peinarse y tocó el timbre. No sonó. Tocó la puerta con los nudillos.
—¡Ya voy, ya voy! ¡No toquen así que no es cantina! —se escuchó una voz desde adentro.
Se abrió una ventanita en el portón y aparecieron unos ojos detrás de unos lentes de fondo de botella. Eran ojos grises, inteligentes, rodeados de arrugas profundas.
—¿Qué vendes, muchacho? No quiero comprar nada, ya tengo muchas enciclopedias.
—No, señora. Buenas tardes. No vendo nada. Vengo por el anuncio del cuarto.
La ventanilla se cerró. Se escuchó el ruido de cerrojos pesados, uno, dos, tres. Finalmente, la puerta pequeña del portón se abrió rechinando.
Ahí estaba ella. Doña Ana. Debía tener unos setenta y tantos años. Era bajita, menuda, vestida con una falda larga gris y un suéter tejido de color crema a pesar del calor. Su cabello blanco estaba recogido en un chongo impecable. Se apoyaba ligeramente en un bastón de madera.
Lo miró. No lo miró como la señora gorda de la Obrera, con asco. Lo miró como si lo estuviera escaneando por dentro. Igor sostuvo la mirada, aunque se moría de nervios.
—Pásale al patio, que en la calle asaltan —dijo ella, haciéndose a un lado.
El patio era un oasis. Había macetas por todos lados, helechos, geranios, un limonero al fondo. El piso era de loseta de barro. Todo estaba limpio, pero viejo. Muy viejo.
—Me llamo Ana Petrona Voronova, pero dime Doña Ana. ¿Cómo te llamas tú?
—Igor, señora. Igor Mendoza.
—Nombre ruso para un muchacho tan moreno —comentó ella, caminando lento hacia unas sillas de jardín—. Siéntate. ¿Tienes sed?
—Sí, señora. Mucha.
Ella entró a la casa y salió con un vaso de agua de limón con chía. Estaba helada. Igor se la tomó de un trago.
—A ver, Igor. Cuéntame la verdad. Tienes cara de que te ha ido mal en la feria. ¿De dónde vienes y por qué buscas cuarto aquí? Y no me mientas, porque fui maestra de secundaria cuarenta años y huelo las mentiras a kilómetros.
Igor puso el vaso en la mesa de metal. Respiró hondo. Era el momento de la verdad.
—Vengo de la Casa Hogar San Miguel, en el Estado. Soy huérfano. Cumplí 18 años hace tres días y me tuve que salir. Vine a estudiar mecánica al Tecnológico, pero me negaron el internado. Llevo cuatro días buscando dónde vivir, pero nadie me renta porque no tengo aval y porque… bueno, porque piensan que por ser del orfanato soy un ratero o un drogadicto.
Igor levantó la cara, desafiante pero respetuoso.
—Tengo dinero ahorrado, señora. Trabajé tres años de mecánico. Sé arreglar coches, sé plomería, sé electricidad, sé pintar. No tomo, no fumo y no me gustan los problemas. Solo quiero un lugar donde dormir y estudiar. Si usted me da la oportunidad, le prometo que no se va a arrepentir. Y le puedo pagar dos meses por adelantado ahorita mismo.
Se hizo un silencio. Solo se oía el zumbido de un abejorro en las flores. Doña Ana lo miraba fijamente, sus ojos grises clavados en los de él. Luego, bajó la vista a las manos de Igor. Manos grandes, callosas, con las uñas cortas y limpias, aunque la piel tenía manchas de grasa vieja que no se quita nunca.
—Manos de trabajador —murmuró ella—. Mi papá tenía manos así. Y mi nieto… bueno, mi nieto tenía manos suaves, de pianista, aunque nunca tocó el piano.
Suspiró, y su rostro se suavizó. Una sombra de tristeza cruzó su cara tan rápido que Igor casi no la vio.
—El cuarto está arriba. Era de mi nieto, Kirill… o Carlos, como le decían sus amigos. Se fue a estudiar fuera hace dos años. Está tal cual lo dejó. El baño es compartido conmigo abajo, pero hay un medio baño arriba. La renta son dos mil pesos al mes. Incluye luz y agua. El gas lo pagamos a medias.
Igor sintió que el alma le regresaba al cuerpo.
—¿De verdad? ¿Sin aval?
—Tu aval son tus manos y tus ojos, muchacho. Además… —miró alrededor del patio— la casa se me cae encima. Ya no tengo fuerzas para subir a arreglar las goteras ni cambiar los focos altos. Si me ayudas con el mantenimiento pesado, te bajo la renta a mil quinientos.
—¡Trato hecho! —Igor casi gritó de la emoción—. Le arreglo lo que quiera. Ahorita mismo si quiere le pego esos mosaicos que están sueltos ahí.
Doña Ana sonrió por primera vez. Una sonrisa pequeña, pero genuina que le arrugó las esquinas de los ojos.
—Tranquilo, correcaminos. Primero instálate. Sube tu mochila. El cuarto es el de la derecha al subir la escalera. Hay sábanas limpias en el ropero. Y luego bajas, porque hice arroz con leche y me sobra mucho para una vieja sola.
Igor subió las escaleras de madera vieja que crujían bajo sus pies. Abrió la puerta del cuarto. Olía a encierro, a polvo y a madera antigua. Había una cama individual, un escritorio lleno de rayones, una estantería con libros de texto viejos y una ventana que daba al jardín y dejaba entrar una luz dorada preciosa.
Dejó caer su mochila en el suelo. Se sentó en la cama. El colchón era suave.
Miró a su alrededor y, por primera vez desde que salió del orfanato, sacó la foto de su madre del bolsillo y la puso sobre la mesita de noche.
—Llegamos, jefa —le susurró a la foto—. Ya tenemos casa.
No sabía que esa casa, ese refugio de paz con olor a bugambilia y arroz con leche, estaba a punto de convertirse en el escenario de la prueba más difícil de su vida. No sabía que Doña Ana guardaba secretos más peligrosos que la soledad. Pero por ahora, mientras el sol se ponía sobre Tlalpan, Igor cerró los ojos y se sintió a salvo.
La primera semana en la casa de la calle Galeana pasó como un suspiro, un bálsamo para el alma herida de Igor. Por primera vez en sus dieciocho años, despertarse no significaba escuchar el silbato militar del prefecto Gómez ni el llanto de los bebés en el ala de maternidad del orfanato. Ahora, despertar significaba abrir los ojos a la luz suave que se filtraba por las cortinas de encaje, escuchar el canto de los gorriones en el limonero del patio y, lo mejor de todo, oler el aroma inconfundible del café de olla con canela y piloncillo que subía desde la cocina.
Igor se estiró en la cama. El colchón, aunque viejo, se amoldaba a su espalda cansada. Miró el techo alto con vigas de madera. Todavía le costaba creer que ese fuera su techo.
—¡Igor! ¡Ya está el desayuno, mijo! ¡Se te va a hacer tarde para el Tec! —gritó Doña Ana desde abajo.
—¡Ya voy, Doña Ana! —respondió él, saltando de la cama con una energía que no sabía que tenía.
Bajó las escaleras de dos en dos, con la camisa fajada y el cabello mojado peinado hacia atrás. En la cocina, la mesa ya estaba puesta: un plato de huevos a la mexicana, frijoles refritos con epazote y tortillas de maíz calientes envueltas en una servilleta bordada.
—Buenos días, joven —dijo Doña Ana, sirviéndole café en una taza de barro—. Come bien, que la letra con hambre no entra.
—Gracias, madre. Oiga, al rato que regrese de la chamba le voy a echar un ojo a la llave del lavadero, vi que estaba goteando y eso le sube mucho al recibo del agua.
Doña Ana sonrió, esa sonrisa que le iluminaba la cara y le hacía olvidar los dolores de la artritis.
—Eres un ángel, muchacho. Ese goteo lleva meses volviéndome loca. Mi nieto… bueno, él decía que lo iba a arreglar, pero nunca tenía tiempo. Siempre estaba con la computadora o saliendo con sus amigos.
La mención del nieto, Carlos (o Kirill, como decía en algunos cuadernos que Igor había encontrado en el cuarto), siempre traía una nube gris a la cocina. Doña Ana bajaba la mirada, jugueteaba con su rosario o se ponía a limpiar migajas inexistentes de la mesa. Igor había aprendido a no preguntar demasiado. Sabía que ahí había una herida abierta, y él no quería ser quien le echara sal.
La rutina de Igor se volvió sagrada.
De 7:00 AM a 2:00 PM, estaba en el Tecnológico. Era el mejor de su clase en Taller de Motores. Mientras otros compañeros, chavos de familia que tenían coche propio, jugaban con el celular o se quejaban de la grasa, Igor se metía hasta el fondo del motor, manchándose hasta los codos, feliz de entender el lenguaje de los fierros. Los pistones, las bujías, el cigüeñal; para él, eso tenía lógica. Las máquinas no mienten. Si algo suena mal, es porque algo está roto. Las personas eran mucho más complicadas.
De 3:00 PM a 8:00 PM, trabajaba en el taller “El Pistón de Oro”, a unas cuadras de la casa. El dueño, Don Chuy, era un tipo malhablado pero justo. Le pagaba el salario mínimo más propinas, y dejaba que Igor se llevara el aceite quemado para venderlo al reciclaje y sacar unos pesos extra.
Pero el mejor momento del día era llegar a casa.
Ese martes de octubre llovía a cántaros. Una de esas tormentas de la Ciudad de México que convierten las calles en ríos. Igor llegó empapado, corriendo desde la parada del pesero.
Al entrar, vio cubetas en la sala. Ploc, ploc, ploc. El techo goteaba en tres lugares diferentes, justo encima de la alfombra persa que Doña Ana cuidaba como a un tesoro. La anciana estaba tratando de mover un sillón pesado ella sola, con la cara roja del esfuerzo y la angustia.
—¡Deje eso, Doña Ana! ¡Se va a lastimar la espalda! —gritó Igor, soltando la mochila y corriendo a ayudarla.
Levantó el sillón como si fuera de plumas y lo movió a un rincón seco. Luego, corrió por trapos viejos al cuarto de servicio.
—Ay, hijo, gracias —dijo ella, respirando con dificultad, llevándose la mano al pecho—. Esta casa se me está cayendo encima. Cada lluvia es lo mismo, rezo para que no se venga el techo abajo. Los impermeabilizantes son carísimos y los albañiles me cobran las perlas de la virgen solo por venir a ver.
Igor miró las manchas de humedad en el techo.
—No se preocupe. Mañana es sábado, no voy al Tec. Si deja de llover, me subo a ver qué pasa. Seguro son unas tejas movidas o falta sellador en las grietas. Yo lo arreglo.
—Pero Igor, no tienes material…
—Tengo mis manos y me sobró un bote de chapopote en el taller, Don Chuy me lo regaló. Usted tranquila.
Ese fin de semana, Igor se transformó en el guardián de la fortaleza. Se subió al techo con una espátula y el bote de brea. Pasó todo el día bajo el sol, raspando, sellando, acomodando. Desde arriba, veía el patio, el limonero, y a Doña Ana que salía cada media hora con un vaso de limonada fría.
—¡Bájate ya a comer, terco! —le gritaba ella—. ¡Te va a dar una insolación!
Cuando terminó, bajó sucio, quemado por el sol, con las rodillas raspadas, pero con una satisfacción inmensa.
—Ya quedó, jefa. Ya puede llover lo que quiera, que aquí no entra ni una gota.
Doña Ana lo miró, y de repente, se acercó y le dio un abrazo. Fue un abrazo torpe, rápido, pero cálido. Igor se quedó tieso un segundo —no estaba acostumbrado al contacto físico— pero luego, tímidamente, le dio unas palmaditas en la espalda.
—Me recuerdas tanto a mi esposo… —susurró ella, secándose una lágrima disimuladamente—. Él era así. No hablaba mucho, pero resolvía todo. Gracias, hijo.
Esa noche, cenaron pozole. Doña Ana estaba de buen humor, contando historias de cuando era maestra.
—Tuve un alumno, el travieso López, que una vez metió una rana en mi bolsa. ¡Casi me da un infarto! —reía ella, y su risa llenaba la cocina, espantando los fantasmas de la soledad.
Igor se sentía pleno. Se sentía parte de algo. Ya no era el huérfano. Era Igor, el que arreglaba el techo. El que vivía con Doña Ana.
Pero los fantasmas no se van tan fácil.
Todo empezó con el teléfono.
Era un teléfono viejo, de disco, color crema, que estaba en una mesita en el pasillo. Empezó a sonar a horas extrañas. A las tres de la tarde. A las nueve de la noche. A veces, muy temprano en la mañana.
Al principio, Doña Ana contestaba normal.
—¿Bueno? Casa de la familia Voronova.
Pero su tono cambiaba al instante. Se volvía tenso, sumiso, asustado.
—Sí… sí, señor. Ya sé. No, todavía no he podido contactarlo… Sí, yo entiendo, pero denme un poco más de tiempo, por favor… Es mi nieto, no es un delincuente… No me hable así, por favor…
Cuando colgaba, se quedaba parada frente al teléfono, temblando, con las manos apretadas hasta que los nudillos se ponían blancos.
—¿Todo bien, Doña Ana? —preguntaba Igor desde la sala, fingiendo que estudiaba sus apuntes de Termodinámica.
—Sí, mijo, sí. Son los del banco. Ya sabes cómo son, ofrecen tarjetas y seguros y no entienden un “no” por respuesta. Qué latosos. —Su voz sonaba falsa, quebradiza.
Igor sabía que los del banco no llamaban a las 9 de la noche para gritar. Y sabía que Doña Ana no lloraba por una tarjeta de crédito.
Una tarde, aprovechando que ella había ido al mercado, Igor no pudo resistir la curiosidad. Entró a la sala y se acercó al mueble donde ella guardaba las fotos familiares. Había muchas de una chica rubia muy guapa (la hija, supuso, que vivía en Canadá según le había contado Doña Ana), y muchas de un niño.
El niño crecía en las fotos. De bebé en brazos, a niño chimuelo con uniforme de primaria, a adolescente con frenos. Y luego, la última foto. Un joven de unos 20 años, guapo, de tez blanca y cabello castaño claro, sonriendo con arrogancia frente a un coche deportivo rojo. Estaba abrazando a Doña Ana, pero mientras ella lo miraba con adoración, él miraba a la cámara como si fuera el dueño del mundo.
Detrás de la foto, escrito con pluma azul: “Kirill, mi orgullo. Ingreso a la Universidad, 2022”.
Kirill. No Carlos.
Igor sintió un escalofrío. En el barrio, tener dos nombres usualmente significaba dos vidas. O problemas.
De repente, el teléfono sonó. El ruido estridente hizo saltar a Igor. Sonó una, dos, tres veces. La contestadora automática (un aparato viejo de cassette) se activó.
—Deja tu mensaje después del tono…
Una voz de hombre, rasposa y agresiva, llenó la sala vacía:
—Mira, vieja, ya se nos acabó la paciencia. Dile a tu nietecito que deje de esconderse. Sabemos que tú sabes dónde está. Si no aparecen los trescientos mil para el viernes, vamos a ir a visitarte. Y no vamos a ir a tomar el té. Tienes hasta el viernes. El Licenciado no perdona.
Click.
Igor se quedó helado. ¿Trescientos mil pesos? ¿El Licenciado? Eso no era un banco. Eso eran prestamistas. O peor, la maña.
Borró el mensaje. No quería que Doña Ana supiera que él lo había escuchado. Pero ahora entendía todo. El miedo en sus ojos, la forma en que cerraba doblemente los cerrojos por la noche, la tristeza profunda cuando miraba la foto de Kirill.
Su refugio, su castillo seguro, estaba sitiado.
El cambio en el ambiente fue palpable. Noviembre llegó con vientos fríos y hojas secas. Doña Ana ya no reía tanto. Comía poco. Se pasaba las horas mirando por la ventana hacia la calle, escondida detrás de la cortina, como un animal asustado esperando al cazador.
Igor intentó darle el dinero de su semana.
—Tenga, Doña Ana. Para el gas y la despensa. Y aquí hay un extra, me dieron buena propina en el taller.
—No, hijo, guarda tu dinero. Te hace falta para tus libros.
—Agárrelo, por favor. Usted me da mucho más que un cuarto.
Ella lo tomó con manos temblorosas y, por primera vez, Igor vio vergüenza en su mirada. Vergüenza de necesitarlo.
El viernes llegó. El día del ultimátum.
Igor salió temprano al Tecnológico, pero tenía un mal presentimiento. Sentía una opresión en el pecho, como cuando iba a haber bronca en el orfanato. Durante la clase de Sistemas Eléctricos, no pudo concentrarse. A la 1:00 PM, decidió saltarse la última hora y regresar a casa.
Al bajar del pesero en la esquina de la calle Galeana, lo vio.
Un Jeep Wrangler negro, enorme, con llantas anchas y vidrios polarizados tan oscuros que parecían espejos negros. Estaba estacionado frente al portón de Doña Ana, subido a la banqueta, bloqueando la entrada con una prepotencia absoluta.
El corazón de Igor se detuvo y luego empezó a latir a mil por hora.
Corrió. No le importó que la mochila le golpeara la espalda. Corrió como corría cuando los pandilleros querían robarle los tenis.
Al acercarse, vio que el portón estaba abierto de par en par. Dos hombres estaban en el patio.
Uno era una montaña de carne. Un tipo gordo, con cabeza rapada y cuello de toro, vistiendo una playera polo que le quedaba chica y dejaba ver tatuajes mal hechos en los brazos. El otro era más flaco, nervioso, con traje barato y lentes oscuros, sosteniendo una carpeta.
Doña Ana estaba en la puerta de la entrada, pequeña, frágil, agarrándose el pecho.
—¡Ya les dije que no tengo el dinero! —su voz era un hilo de angustia—. ¡Por favor, váyanse! ¡Voy a llamar a la policía!
El gordo soltó una carcajada que sonó como piedras rompiéndose.
—¡Uy, qué miedo! Llámales, abuela. Enséñales los papeles. A ver de quién es la casa ahora.
El flaco del traje dio un paso adelante, invadiendo el espacio personal de Doña Ana.
—Señora Voronova, entienda. Su nieto firmó los pagarés. Y puso la casa como garantía. Tenemos la escritura notariada. Esto ya no es suyo. Venimos a hacer el avalúo para el embargo. O paga hoy, o desaloja el lunes.
—¡Eso es mentira! —gritó Doña Ana, retrocediendo—. ¡Esta casa es de mi esposo! ¡Kirill no tenía derecho! ¡Es un error!
El gordo se cansó de hablar. Avanzó hacia ella, con una agresividad física evidente.
—Mira, vieja, deja de hacer drama. O nos das las joyas y lo que tengas de valor ahorita para cubrir los intereses, o te saco a patadas yo mis…
—¡EY! —El grito de Igor resonó en todo el patio.
Los dos hombres se giraron. Igor estaba parado en la entrada del portón, jadeando, con los puños apretados. No era muy alto, y estaba flaco comparado con el gordo, pero tenía la mirada de un perro callejero acorralado. La mirada de alguien que no tiene nada que perder.
—¡Aléjense de ella! —ordenó Igor, avanzando hacia el patio.
El gordo lo miró y escupió al suelo.
—¿Y este quién es? ¿El otro nieto bastardo? Lárgate, chamaco, esto es asunto de adultos.
—Vivo aquí. Y no voy a dejar que toquen a la señora. Sálganse de mi casa.
Igor sabía pelear. En el orfanato aprendes o te comen. Pero también sabía que contra estos tipos, la fuerza bruta no bastaba. Eran matones profesionales.
—Uy, qué valiente salió el chalan —se burló el flaco—. Mira, niño, mejor vete a jugar con tus carritos. No sabes con quién te metes.
El gordo dio un paso hacia Igor, tronándose los nudillos. Era una masa intimidante.
—¿Quieres que te enseñe modales, escuincle?
Doña Ana gritó, un grito desgarrador de abuela aterrorizada.
—¡No! ¡No le hagan nada! ¡Es solo un niño! ¡Por favor, no lo toquen!
Se interpuso entre el gordo e Igor, extendiendo sus brazos delgados como alas rotas para protegerlo.
—Me voy… me voy a salir. Les doy la casa. Pero déjenlo a él. Váyanse, por favor.
La escena rompió algo dentro de Igor. Ver a esa mujer, que le había dado techo y comida, humillándose para protegerlo a él, un desconocido, un “nadie”. La rabia le subió por la garganta como bilis caliente.
El flaco del traje miró su reloj.
—Bien. Ya escuchaste, Gordo. Vámonos. Señora, tiene el fin de semana para sacar sus chivas. El lunes a las 9 AM venimos con el cerrajero y la orden de desalojo. Si sigue aquí, la sacamos a la fuerza. Y si veo al tal Kirill… dígale que mejor se cambie de planeta.
El gordo miró a Igor una última vez, con una sonrisa torcida.
—Te salvaste, ratita. La próxima no está la abuela para defenderte.
Se dieron la vuelta, subieron al Jeep y arrancaron haciendo rechinar las llantas, dejando una estela de polvo y miedo.
El silencio que siguió fue terrible.
Doña Ana se quedó de pie un segundo más, y luego, sus piernas cedieron. Se desplomó hacia atrás. Igor corrió y alcanzó a sostenerla antes de que golpeara el suelo de loseta.
—¡Doña Ana! ¡Doña Ana, respire!
La cargó —pesaba tan poco, como un pajarito— y la llevó al sofá de la sala. Corrió a la cocina por un vaso de agua con azúcar y el frasco de alcohol para que lo oliera.
Cuando ella abrió los ojos, estaban llenos de lágrimas, de una desesperación infinita.
—Perdóname, Igor… Perdóname… —sollozaba, cubriéndose la cara con las manos arrugadas—. Te metí en esto. Tienes que irte. Tienes que agarrar tus cosas e irte hoy mismo. Son gente mala. Te van a lastimar.
Igor se arrodilló frente al sofá. Le tomó las manos, quitándoselas de la cara con suavidad pero con firmeza.
—No me voy a ir a ningún lado, Doña Ana.
—No entiendes… —dijo ella, con la voz rota—. Perdí la casa. Mi nieto… mi Kirill… él me robó. Me robó las escrituras hace un año, me dijo que eran papeles para la universidad… y pidió dinero. Mucho dinero. Trescientos mil pesos, más intereses. Se lo gastó todo en apuestas y vicios. Y se fue. Me dejó sola con la deuda.
La confesión salió como un torrente. La vergüenza de admitir que su propia sangre la había traicionado.
—Pensé que podía pagarlo con mi pensión… vendí mis joyas, vendí los cuadros… pero los intereses suben y suben. Son agiotistas, Igor. No tienen ley. Me van a quitar la casa donde creció mi hija, donde viví con mi esposo… Y no tengo a dónde ir.
Doña Ana lloraba como una niña pequeña, desolada. Igor sintió un dolor agudo en el pecho, pero también una claridad repentina.
Recordó el orfanato. Recordó la sensación de no tener a nadie. Recordó la calle fría, las puertas cerradas. Y miró a esta mujer, que le había abierto la única puerta que importaba.
Ella estaba sola contra el mundo. Igual que él.
Pero ahora, ya no estaban solos.
Igor se puso de pie. Su rostro ya no tenía miedo. Tenía esa determinación fría que le había permitido sobrevivir 18 años sin padres.
—Doña Ana, escúcheme bien —dijo, con una voz que sonaba mucho más adulta que su edad—. Usted no va a perder esta casa. Y Kirill… a ese cabrón lo vamos a encontrar y va a pagar lo que debe. Pero mientras tanto, nadie la va a sacar de aquí.
—Pero Igor, son criminales… ¿qué podemos hacer nosotros? Yo soy una vieja y tú…
—Yo soy mecánico, Doña Ana. Sé cómo arreglar cosas rotas. Y sé cómo tratar con matones. En el barrio se aprende.
Fue a su mochila y sacó el sobre manila. Le quedaban veinte mil pesos. No era mucho, ni de chiste cubría la deuda. Pero era un inicio.
—No nos vamos a dejar. Si quieren guerra, guerra van a tener. Pero primero, necesito que me cuente todo. Absolutamente todo sobre Kirill. Dónde paraba, quiénes eran sus amigos, qué lugares frecuentaba.
Doña Ana lo miró, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. Vio en los ojos oscuros de Igor una chispa de fuego que le dio un gramo de esperanza.
—Está bien… —susurró—. Te contaré todo.
Esa noche, mientras la lluvia volvía a golpear el techo —el techo que Igor había arreglado y que no permitiría que nadie le quitara—, se sentaron en la cocina. No como dueña e inquilino. Sino como cómplices. Como una extraña y pequeña familia forjada en la desgracia, lista para defender su trinchera.
Igor no sabía cómo iba a conseguir trescientos mil pesos en un fin de semana. No sabía cómo enfrentar al “Licenciado”. Pero sabía una cosa: prefería morir peleando por este hogar que volver a ser un huérfano en la calle gris.
—Mañana empezamos, Doña Ana. Mañana recuperamos su vida.
La lluvia no paró en toda la noche. Golpeaba las ventanas de la vieja casona como si quisiera entrar a la fuerza, haciendo eco del miedo que se respiraba adentro. En la cocina, bajo la luz amarillenta de un foco desnudo, Igor y Doña Ana no dormían.
Sobre el mantel de hule con flores, Doña Ana había vaciado la “Caja de Pandora”: una vieja caja de zapatos de la marca Canadá donde guardaba lo que quedaba de la vida de su nieto.
—Aquí está todo, Igor —dijo ella, con la voz ronca de tanto llorar—. Cartas, calificaciones, y… esto. Lo encontré escondido bajo su colchón cuando se fue.
Empujó hacia él un bonche de papeles arrugados. Igor los tomó. Sus manos, acostumbradas a sentir la textura del metal y la grasa, ahora sentían la textura del desastre. Eran vouchers. Recibos de retiro de cajeros automáticos. Notas de empeño: “Monte de Piedad – Cadena de oro 14k”, “Empeño Fácil – Laptop HP”. Y lo peor: tickets de apuestas deportivas y entradas a un lugar llamado “Club Nocturno & Casino El Faraón”, ubicado en una zona pesada de la colonia Doctores.
—Mire nada más esto… —murmuró Igor, sumando mentalmente las cifras. Diez mil pesos aquí, cinco mil allá. En una sola noche, Kirill había gastado lo que Igor ganaba en seis meses—. Doña Ana, su nieto no solo jugaba. Estaba enfermo. Esto es vicio.
Doña Ana se cubrió la boca, avergonzada.
—Yo le daba dinero para libros… me decía que la universidad era muy cara, que necesitaba materiales especiales para Ingeniería en Sistemas. Y yo, tonta, le creía. Vendí los centenarios que me dejó mi esposo. Saqué mis ahorros de la pensión del ISSSTE. Todo se lo di.
Igor sintió una punzada de rabia, pero la tragó. No servía de nada enojarse con el fantasma de Kirill. Necesitaban encontrar al Kirill de carne y hueso.
—Doña Ana, escúcheme —dijo Igor, poniendo sus manos sobre las de ella para detener su temblor—. Para que los del banco y esos matones dejen de molestarla, necesitamos probar que él la estafó. Que la firma en esos pagarés y en la hipoteca no es suya, o que fue hecha con engaños. Pero para eso, necesitamos encontrarlo. O encontrar a alguien que sepa dónde se esconde.
—¿Y si lo encuentran… le van a hacer daño? —preguntó ella, con ese instinto maternal que no se apaga ni con la traición.
—Si lo encuentran los del Jeep negro, lo matan, Doña Ana. Si lo encontramos nosotros primero, lo salvamos. Y salvamos la casa.
Miró el reloj de pared. Eran las 4:00 de la madrugada. El sábado estaba por amanecer. Tenían 48 horas antes de que el tal “Licenciado” cumpliera su amenaza de desalojo.
—Váyase a dormir un rato, jefa. Yo me encargo. Mañana tengo que hacer dos visitas. Una al infierno y otra al cielo.
Sábado, 9:00 AM. La ciudad despertaba con una cruda grisácea.
Igor salió de la casa vestido con su ropa de trabajo: botas industriales gastadas, jeans manchados de aceite y una chamarra de mezclilla que le quedaba grande. Se veía rudo, más grande de lo que era. Se metió una navaja suiza en el bolsillo —no para usarla, sino para sentirse seguro— y tomó el pesero hacia el centro.
Su primera parada no fue el casino. Fue la casa del único hombre inteligente que conocía y que no lo juzgaba por ser huérfano: el Profesor Arreola.
El “Profe” Arreola daba la clase de Ética y Legislación Laboral en el Tecnológico. Era un hombre de unos cincuenta años, abogado de profesión que daba clases por gusto, siempre vestido con trajes que olían a tabaco y libros viejos. Igor sabía que vivía cerca de la escuela porque una vez le ayudó a cambiar una llanta ponchada en el estacionamiento.
Llegó a la dirección que recordaba. Tocó el timbre. El Profe salió en bata, con un periódico bajo el brazo.
—¿Mendoza? —dijo, ajustándose los lentes—. ¿Qué haces aquí en sábado? ¿Reprobaste el examen y vienes a llorar por puntos extra?
—No, Profe. Es… es de vida o muerte. Necesito un abogado. Y no tengo dinero para pagarle, pero le puedo arreglar su coche de por vida.
El Profe Arreola lo vio a los ojos. Vio la desesperación y la seriedad en la cara del muchacho. Abrió la reja.
—Pásale. El café está recién hecho.
En la sala del profesor, llena de libros de Derecho, Igor le contó todo. Sin omitir nada. Le contó del orfanato, de Doña Ana, del Jeep negro, de la deuda de trescientos mil pesos y de la firma falsificada.
El profesor escuchaba en silencio, tomando notas en una libreta amarilla. Cuando Igor terminó, el abogado se quitó los lentes y se frotó el puente de la nariz.
—Está cabrón, Mendoza. Está muy cabrón —dijo el Profe, usando un lenguaje que nunca usaba en el aula—. Legalmente, tienes una salida. Se llama Juicio de Nulidad por Falsedad de Firma. Si el nieto falsificó la firma de la señora o usó un poder notarial apócrifo (falso), la hipoteca no vale. El banco no puede embargar.
—¡Eso! —exclamó Igor—. ¡Eso necesitamos!
—Pero… —el Profe levantó un dedo— esto toma tiempo. Meses. Y tú tienes a unos agiotistas ilegales en la puerta que vienen el lunes. A esos no les importan los juicios. Esos operan con la ley de la selva.
—¿Entonces qué hacemos?
—Primero, blindar la casa legalmente. Necesitamos que Doña Ana levante una denuncia penal hoy mismo contra su nieto por Fraude, Abuso de Confianza y Falsificación de Documentos. Y otra denuncia contra los hombres del Jeep por Intento de Extorsión y Amenazas. Con esa “carpeta de investigación” abierta, si los matones intentan sacarla, llega la policía.
—Doña Ana no va a querer denunciar a su nieto… lo adora.
—Pues tendrá que decidir si quiere a su nieto o si quiere dormir bajo un puente, Mendoza. No hay medias tintas. —El Profe se levantó y buscó su saco—. Espérame aquí. Me voy a vestir. Te voy a acompañar al Ministerio Público. No voy a dejar que un alumno mío se enfrente a la burocracia solo. Pero antes… necesitas encontrar al nieto. Necesitamos saber qué firmó exactamente y con quién.
—Tengo una pista —dijo Igor, apretando el papelito con la dirección del casino—. Voy a ir a buscarlo.
—Ten cuidado —advirtió el Profe—. Esa gente no juega con carritos.
La colonia Doctores tiene fama. Fama de que ahí entras y, si no eres del barrio, sales sin cartera o sin tenis. Igor caminó por la calle Dr. Vértiz con la cabeza en alto, imitando el caminado de los “chakas” del orfanato para no llamar la atención.
Llegó a la dirección del ticket. No había ningún letrero que dijera “Casino”. Solo era una fachada negra con una puerta de metal y un gorila de seguridad en la entrada revisando credenciales.
—¿Qué quieres, morro? Aquí no entran menores —le gruñó el guardia.
—Busco chamba —mintió Igor rápido—. Me mandó El Tuercas. Dijo que necesitaban alguien que limpie los baños o mueva cajas.
El guardia lo miró con desdén.
—El gerente llega a las seis. Lárgate.
—Oiga, jefe, nomás una pregunta… —Igor sacó un billete de cien pesos, uno de los pocos que le quedaban, y lo dejó asomar discretamente en su mano—. Busco a un cuate. Le dicen “El Kirill” o “El Ruso”. Güerito, fresa, siempre anda apostando. Me debe una lana.
El guardia vio el billete. Con un movimiento rápido, el billete desapareció en su bolsillo.
—Ah, el “Júnior”. Sí, me acuerdo de ese pendejo. Venía mucho hace unos meses. Se sentía el rey del póker, pero era un cliente. Perdía hasta la risa.
—¿Sabe dónde está?
—Aquí ya no lo dejan entrar. Debe mucha feria a la casa. La última vez que lo vi, lo sacaron a patadas. Pero… —el guardia se rascó la barbilla— se juntaba con un tal “Beto el Uñas”. Ese güey tiene un puesto de celulares robados en el Eje Central, cerca de la Frikiplaza. Si alguien sabe dónde se metió la rata esa, es el Beto.
—Gracias, jefe.
Igor sintió un golpe de adrenalina. Tenía un hilo del cual tirar.
Corrió hacia el Eje Central. La zona estaba atascada de gente. El ruido era ensordecedor. “¡Micas, carcasas, desbloqueos, software, qué buscas amigo!”.
Encontró el puesto de “Beto el Uñas” preguntando entre los locatarios. Era un kiosco lleno de iPhones con la pantalla rota. Detrás del mostrador había un tipo flaco, con tatuajes en el cuello y las uñas largas y sucias (de ahí el apodo, supuso Igor).
—¿Tú eres el Beto?
El tipo ni lo miró. Seguía limpiando un celular con un cepillo de dientes.
—¿Quién pregunta? ¿La tira?
—No. Vengo de parte de la abuela de Kirill.
El Beto se detuvo. Levantó la vista. Sus ojos eran inyectados de sangre, ojos de alguien que no duerme.
—¿Kirill? Ese vato está muerto pa’ mí. Me dejó colgado con cinco equipos que le fié.
—A su abuela la van a matar por sus deudas —dijo Igor, acercándose y apoyando las manos en el mostrador—. Necesito saber dónde está. No para cobrarle. Para salvarla a ella.
El Beto se rió, una risa seca.
—Nadie salva a nadie en esta ciudad, carnal. Pero… la neta, el Kirill me caía bien antes de que se volviera loco con el juego. —Miró a los lados para asegurarse de que nadie escuchaba—. Se está quedando en un cuarto de azotea por la Santa María la Ribera. Calle Fresno, número 40, el edificio verde. Está escondido como cucaracha. Pero aguas… dicen que anda mal. Muy mal.
Igor memorizó la dirección como si fuera sagrada.
—Te debo una, Beto.
—No me debes nada. Nomás dile a ese güey que si lo veo, le rompo las piernas.
Eran las 4:00 PM. Igor regresó a Tlalpan. El Profe Arreola ya estaba ahí, sentado en la cocina con Doña Ana, tomando té. La escena era surrealista: el abogado de traje fino y la abuelita llorosa en esa cocina humilde.
—Lo encontré —dijo Igor entrando como un vendaval.
Doña Ana se levantó de golpe, tirando la silla.
—¿Está bien? ¿Dónde está?
—Está vivo. Escondido en la Santa María. Pero eso no importa ahorita. Profe, ¿trajo los papeles?
El Profe Arreola sacó una carpeta.
—Señora Voronova, esto es lo más difícil que va a hacer. Es una denuncia formal. Usted declara que su nieto, Kirill Voronov, sustrajo las escrituras de esta casa sin su consentimiento y falsificó su firma para obtener créditos con agiotistas.
Doña Ana miró el papel. Sus manos temblaban tanto que parecía que tenía frío.
—Es… es mi sangre, Igor. Es lo único que me queda de mi hija. ¿Cómo voy a mandarlo a la cárcel?
Igor se acercó a ella. Se agachó para quedar a su altura.
—Doña Ana, míreme. Él ya eligió. Él eligió el juego y el dinero fácil por encima de usted. Él la dejó aquí para que esos lobos se la comieran. Si usted no firma eso, el lunes usted está en la calle y la casa se la quedan los delincuentes. Si firma, tenemos una oportunidad de pelear. Y tal vez… tal vez la cárcel sea lo único que lo salve de que lo maten afuera.
Hubo un silencio largo. Solo se oía el goteo de la llave que Igor ya había arreglado, pero que en su mente seguía sonando ploc, ploc.
Doña Ana cerró los ojos. Dos lágrimas rodaron por sus mejillas arrugadas.
—Dios perdóname —susurró.
Tomó la pluma Bic que le ofrecía el Profe. Y firmó.
La firma era temblorosa, débil, pero estaba ahí. Ana P. Voronova.
—Bien —dijo el Profe, guardando el documento como si fuera oro—. Ahora vamos al Ministerio Público. Yo manejo. Tengo amigos en la fiscalía, voy a hacer que aceleren el sello de recibido. Con esto, ponemos una orden de restricción sobre la casa. Nadie la toca.
La tarde se convirtió en noche. El trámite en el Ministerio Público fue un infierno burocrático: horas de espera, olor a cloro y desesperanza, policías mirando feo. Pero el Profe Arreola se movía como pez en el agua, saludando a fiscales, presionando, hablando en terminología legal que hacía que los secretarios se pusieran a trabajar rápido.
A las 10:00 PM, salieron con una copia de la denuncia sellada y una orden de protección provisional pegada en la puerta de la casa.
Regresaron a la calle Galeana. Doña Ana estaba agotada, se había quedado dormida en el asiento trasero del coche del Profe. Igor la ayudó a bajar y la llevó hasta su cama.
—Descansa, madre —le dijo, tapándola con la colcha tejida.
Ella le agarró la mano, débilmente.
—Gracias, hijo. Eres… eres un buen hombre.
Igor bajó a la sala. El Profe Arreola estaba en la puerta, listo para irse.
—Hiciste un buen trabajo hoy, Mendoza —dijo el Profe, dándole una palmada en el hombro—. Tienes madera. Deberías pensar en cambiarte a Derecho.
—Prefiero los motores, Profe. Son más honestos.
—Bueno, descansa. Mañana domingo descansa. El lunes a primera hora yo vengo a estar aquí cuando lleguen los cobradores. Con la denuncia en la mano, no pueden hacer nada legalmente.
El Profe se fue. Igor cerró la puerta, pasó los tres cerrojos y puso una silla atrancando el pomo.
Subió a su cuarto. Se sentó en la cama y miró la dirección anotada en su mano con tinta corrida por el sudor. Calle Fresno 40. Santa María la Ribera.
El Profe había dicho: “Mañana descansa”.
Igor negó con la cabeza en la oscuridad.
—Ni madres —susurró—. Mañana voy por él.
No podía esperar al lunes. La denuncia legal protegía la casa de un embargo “legal”, pero los del Jeep negro no eran legales. Si se enteraban de la denuncia, se pondrían violentos. La única forma de parar esto de raíz era confrontar a la fuente del problema.
Igor abrió su mochila. Sacó la foto de su madre.
—Cuídame, jefa. Mañana voy a conocer a mi hermano. No de sangre, pero sí de culpa.
Se acostó vestido, con las botas puestas. El sueño tardó en llegar. Imaginaba cómo sería el encuentro. ¿Kirill se reiría? ¿Lloraría? ¿Trataría de golpearlo?
No importaba. Igor había sobrevivido al orfanato, a la calle y a la soledad. Estaba listo para enfrentar a un niño rico que jugaba a ser gángster.
El domingo sería el día del juicio final.
El domingo en la Ciudad de México tiene un sabor engañoso. Las calles, usualmente ríos de furia y cláxones, amanecen con una calma de cruda, un silencio gris que huele a barbacoa de puesto y a escape de autobús. Pero Igor sabía que el domingo también es el día en que los demonios descansan para atacar con más fuerza el lunes.
Se levantó a las 6:00 AM. No había pegado el ojo. Se vistió en silencio para no despertar a Doña Ana, que dormía —o fingía dormir— en la planta baja, sedada por el té de tila y el agotamiento emocional de haber denunciado a su propia sangre.
Igor se miró en el espejo roto de su cuarto. Vio ojeras profundas, pero también vio una mandíbula tensa, decidida. Se guardó la navaja suiza en el bolsillo derecho y, en el izquierdo, metió una llave de cruz pequeña, de esas que se usan para aflojar birlos de llantas. No planeaba usarla, pero la calle le había enseñado que es mejor tenerla y no necesitarla.
Bajó las escaleras de puntitas. Dejó una nota en la mesa de la cocina, prensada bajo el salero:
“Fui a arreglar un asunto. Regreso antes de la comida. No le abra a nadie. Igor.”
Salió a la calle Galeana. El aire estaba frío. Tomó un pesero hacia el Metro Tasqueña y de ahí transbordó hacia la línea azul, dirección Cuatro Caminos. Su destino: la estación Revolución.
Durante el trayecto, apretujado entre señoras que llevaban canastas al mercado y jóvenes con audífonos, Igor pensaba en Kirill. Lo odiaba sin conocerlo. Lo odiaba no solo por lo que le hizo a Doña Ana, sino porque Kirill había tenido todo lo que Igor siempre soñó: una abuela que lo adoraba, una casa segura, comida caliente, una cama propia. Y lo había tirado a la basura por un par de cartas y unos dados.
—”Dios le da pan al que no tiene dientes” —murmuró Igor, sintiendo la bilis en la garganta.
Santa María la Ribera es una colonia de contrastes. Tiene la belleza antigua del Kiosco Morisco, con sus colores y su geometría perfecta donde las familias pasean y comen helado, pero a unas cuadras, las fachadas se vuelven oscuras, las vecindades se caen a pedazos y las miradas se vuelven pesadas.
Calle Fresno, número 40.
El edificio era una estructura de los años 50 que alguna vez fue verde pistache, pero ahora era de un color indefinido entre moho y mugre urbana. La puerta principal no tenía cerradura, solo un alambre amarrado. En la entrada, un perro sarnoso le ladró sin ganas desde una pila de basura.
Igor entró. El olor lo golpeó de inmediato: humedad, orines de gato y ese aroma inconfundible a aceite rancio de cocina económica. Subió las escaleras. Los escalones estaban gastados por mil pisadas.
—”Cuarto de azotea”, había dicho el Beto.
Llegó al último piso. Había jaulas de tendido con ropa vieja secándose al sol pálido. Al fondo, junto a los tinacos de asbesto, había una construcción precaria, un cuarto de servicio con techo de lámina y una puerta de madera que parecía que se iba a caer con un soplido.
Igor se paró frente a la puerta. Escuchó. Nada. Silencio absoluto.
Tocó. Tres golpes secos.
—¿Kirill? —llamó.
Nadie respondió.
—Abre la puerta. Vengo de parte de tu abuela.
Se escuchó un ruido adentro. Como algo de vidrio cayéndose y rompiéndose. Luego, pasos arrastrados y una respiración agitada pegada a la madera.
—¡Váyanse! —gritó una voz desde adentro. Una voz quebrada, aguda por el miedo—. ¡Ya les dije que no tengo nada! ¡Díganle al Licenciado que el lunes le pago, pero déjenme en paz!
Igor sintió una mezcla de lástima y furia.
—No soy del Licenciado, idiota. Soy Igor. Abre o tiro la puerta.
—¡No te conozco! ¡Lárgate!
Igor no tenía tiempo para negociar. Dio un paso atrás, calculó el punto débil de la chapa —una cerradura barata oxidada— y soltó una patada precisa con su bota industrial.
CRACK.
La madera podrida cedió. La puerta se abrió de golpe, golpeando la pared.
El interior del cuarto era una cueva. Las ventanas estaban tapadas con papel periódico y cinta canela, impidiendo que entrara la luz. Olía a encierro, a sudor agrio y a tabaco barato. En el suelo había cajas de pizza vacías con moho, botellas de agua y ropa sucia amontonada.
Y en un rincón, acurrucado sobre un colchón pelón, estaba él.
Kirill Voronov.
Igor lo reconoció por la foto, pero apenas. El “mirrey” arrogante del deportivo rojo había desaparecido. En su lugar había un esqueleto tembloroso. Estaba pálido como un fantasma, con barba de tres semanas, los ojos hundidos y rojos, y el cabello grasoso pegado a la frente. Llevaba una sudadera gris manchada y temblaba incontrolablemente.
Al ver entrar a Igor, Kirill se cubrió la cara con los brazos, esperando una golpiza.
—¡No me pegues! ¡No me pegues, por favor! —gimió—. ¡Juro que voy a pagar!
Igor se quedó parado en el umbral, viendo la miseria humana en su máxima expresión. Cerró la puerta rota detrás de él y encendió el interruptor de la luz. El foco pelón iluminó la desgracia.
—Levántate —ordenó Igor. Su voz no era fuerte, pero tenía el peso del acero.
Kirill bajó los brazos lentamente, parpadeando ante la luz. Miró a Igor con confusión. Vio que no era un matón del sindicato, ni un policía. Vio a un chico de su edad, moreno, fuerte, con ropa de trabajo.
—¿Quién… quién eres? —susurró Kirill.
Igor cruzó el pequeño cuarto en dos zancadas, agarró a Kirill por la pechera de la sudadera y lo levantó del colchón como si fuera un muñeco de trapo. Lo estampó contra la pared.
—Soy el que está cuidando a la mujer que dejaste tirada para que se la comieran los lobos —le escupió Igor en la cara—. Soy el que le limpia las lágrimas cuando llaman tus acreedores. Soy el que arregla el techo que tú dejaste pudrirse.
Kirill intentó zafarse, pero estaba débil. Sus manos, esas manos “de pianista” que decía Doña Ana, no tenían fuerza.
—¡Suéltame! ¡Tú no sabes nada! ¡No sabes en lo que me metí!
—¡Sé que le robaste trescientos mil pesos! —gritó Igor, sacudiéndolo—. ¡Sé que falsificaste su firma! ¡Sé que mañana lunes van a ir a sacarla de su casa porque tú te querías sentir millonario en el casino!
Al escuchar eso, Kirill dejó de luchar. Su cuerpo se aguadó. Se deslizó por la pared hasta quedar sentado en el suelo, rompiendo en un llanto histérico.
—Yo no quería… yo no quería que pasara esto… —sollozaba, moco y lágrima mezclándose en su cara—. Solo quería doblar el dinero… Pensé que si ganaba, podía comprarle cosas… llevarla de viaje…
—¡Deja de mentirte! —Igor se agachó frente a él—. Lo hiciste por ti. Por vicioso.
—¡No podía parar! —gritó Kirill, golpeándose la cabeza contra la pared—. ¡Es como una enfermedad! ¡Ganaba una vez y me sentía Dios, y luego perdía y necesitaba recuperarlo! Y luego pedí prestado… y el Licenciado me dijo que firmara… que no pasaba nada, que era solo un trámite… ¡Tengo miedo! ¡Me dijeron que me van a cortar los dedos!
Igor lo miró con asco, pero también entendió. Vio al niño asustado detrás del adicto.
Sacó su celular. Buscó la foto que le había tomado a Doña Ana el día anterior, cuando firmó la denuncia. En la foto, ella se veía diez años más vieja, pequeña, derrotada.
—Mira —le puso el teléfono en la cara—. Mírala bien.
Kirill miró la pantalla. Su llanto se detuvo un segundo, ahogado por la culpa. Tocó la pantalla con un dedo tembloroso.
—Abuela…
—Ella firmó una denuncia penal contra ti ayer —dijo Igor, soltando la bomba.
Kirill abrió los ojos desmesuradamente. El terror lo invadió.
—¿Qué? ¿Me… me denunció? ¿Me va a meter a la cárcel?
—Lo hizo para salvar la casa. Para que los matones no puedan embargar legalmente. Pero escúchame bien, principito… —Igor lo agarró de la barbilla, obligándolo a mirarlo a los ojos—. Ella no quiere que vayas a la cárcel. Ella lloró toda la noche por ti. Ella te ama, aunque seas una basura.
Kirill escondió la cara entre las rodillas.
—No puedo volver… No puedo verla a los ojos. Soy una vergüenza. Prefiero morirme aquí.
Igor se levantó. Respiró hondo. El aire viciado del cuarto le estaba dando náuseas.
—Si te quedas aquí, te mueres. El Beto el Uñas y todos en el barrio saben dónde estás. Es cuestión de horas para que lleguen los del Jeep negro. Y cuando lleguen, no van a ser amables.
Extendió la mano hacia Kirill.
—Tienes dos opciones. Te quedas aquí a esperar a que te maten, o vienes conmigo, le pides perdón a tu abuela de rodillas y nos ayudas a pelear por la casa.
Kirill levantó la vista. Miró la mano de Igor. Esa mano callosa, manchada de grasa, firme. La mano de un desconocido que estaba haciendo lo que él debió hacer.
—¿Por qué? —preguntó Kirill con voz ronca—. ¿Por qué haces esto? Tú no eres nada nuestro.
Igor pensó en el orfanato. En la soledad. En la sopa caliente de Doña Ana.
—Porque ella me abrió la puerta cuando nadie más lo hizo. Y porque la familia no se abandona. Levántate.
Kirill dudó un segundo eterno. Luego, con un esfuerzo visible, levantó la mano temblorosa y tomó la de Igor.
Igor tiró de él y lo puso de pie.
—Recoge tus cosas. Nos vamos. Ahora.
La salida del edificio fue tensa. Igor bajó primero, escaneando cada descanso de la escalera, con la mano en el bolsillo apretando la llave de cruz. Kirill lo seguía pegado a su espalda, con una mochila vieja al hombro, mirando a todos lados con paranoia.
—Camina normal —le susurró Igor—. Si te ven con miedo, te comen.
Salieron a la calle Fresno. El sol del mediodía lastimaba los ojos de Kirill. Caminaron rápido hacia la Avenida Insurgentes para tomar un taxi. Igor no quería arriesgarse en el Metro con Kirill en ese estado; podría darle un ataque de pánico o alguien podría reconocerlo.
Pararon un taxi rosa con blanco.
—A Tlalpan, jefe. Por el centro.
El taxista los miró por el retrovisor. Vio a un muchacho obrero y a otro que parecía drogadicto en recuperación. Arrugó la nariz pero arrancó.
El viaje fue largo y silencioso. Kirill miraba por la ventana, viendo la ciudad pasar como si fuera un extranjero en su propia tierra. Igor no le quitaba la vista de encima, asegurándose de que no intentara abrir la puerta y saltar.
—¿Cómo está ella de salud? —preguntó Kirill de repente, sin voltear.
—Mal. Le sube la presión. No come. Tiembla todo el tiempo. Casi le da un infarto cuando llegaron los cobradores.
Kirill cerró los ojos y apretó los labios. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla sucia.
—Soy un monstruo.
—Sí, lo eres —dijo Igor sin piedad—. Pero puedes dejar de serlo. Eso depende de ti.
Llegaron a la calle Galeana a las 2:00 PM.
El taxi se detuvo frente al portón oxidado con la bugambilia. La casa se veía tranquila, bañada por el sol de la tarde. Pero Igor sabía que era la calma antes de la tormenta.
—Paga tú —le dijo Igor al taxista, sacando los últimos billetes de su cartera. Se estaba quedando sin nada, pero valía la pena.
Bajaron. Kirill se quedó parado en la banqueta, paralizado frente a la puerta de su infancia. Sus piernas temblaban tanto que las rodillas le chocaban.
—No puedo… Igor, no puedo entrar. Me va a correr. Me va a escupir.
Igor abrió la puertita del portón con su llave. El chirrido familiar de las bisagras sonó como una bienvenida.
—Entra. Es una orden.
Empujó a Kirill suavemente hacia el patio.
El patio estaba igual que siempre. Las macetas, el limonero, la manguera enrollada.
Doña Ana estaba sentada en su silla de jardín, desgranando unos chícharos en un tazón de peltre. Al oír la puerta, levantó la vista, esperando ver solo a Igor.
La palangana con los chícharos se le resbaló de las piernas. Cayó al suelo con un estruendo metálico, y las bolitas verdes rodaron por todas partes como canicas perdidas.
Doña Ana se puso de pie, tambaleándose. Se llevó las manos a la boca. Sus ojos se llenaron de agua al instante.
—¿Kirill? —su voz fue un susurro, casi inaudible.
Kirill dio un paso, dos. Y luego se rompió. Corrió hacia ella y se tiró al suelo, abrazándose a sus piernas, hundiendo la cara en su falda como cuando tenía cinco años y se raspaba las rodillas.
—¡Perdóname, abuela! ¡Perdóname, por favor! —gritaba, llorando a gritos, un llanto feo, gutural, lleno de dolor—. ¡Soy una basura! ¡Perdóname!
Doña Ana se quedó quieta un segundo, en shock. Pero el amor de abuela es una fuerza que no entiende de lógica ni de leyes. Lentamente, bajó las manos y acarició la cabeza sucia y grasosa de su nieto.
—Mi niño… mi muchacho… —lloraba ella también, acariciándole el pelo, revisándole la cara, los brazos, buscando heridas—. Estás vivo… gracias a Dios estás vivo.
—Te robé… te fallé… —repetía él.
—Shhh… ya estás aquí. Ya estás en casa.
Igor se quedó junto al portón, mirando la escena. Se sentía como un intruso en un momento sagrado. Sintió un pinchazo de envidia en el corazón —él nunca tendría a alguien que lo perdonara así, que lo abrazara así después de fallar— pero lo aplastó rápido. Él había cumplido su misión. Había traído al nieto de vuelta.
Se dio la vuelta para entrar a la casa y dejarlos solos, pero Doña Ana levantó la vista. Sus ojos, rojos y mojados, se encontraron con los de él. Y en esa mirada había una gratitud tan inmensa que valía más que cualquier herencia.
—Igor… ven —dijo ella, extendiendo un brazo hacia él.
Igor se acercó despacio.
—Ven acá, hijo.
Doña Ana jaló a Igor y lo abrazó también, uniendo a los dos muchachos en un abrazo extraño y poderoso. A su izquierda, el nieto de sangre, el pródigo, el roto. A su derecha, el nieto de corazón, el salvador, el fuerte.
—Gracias —le susurró ella al oído a Igor—. Me devolviste la vida.
Estuvieron así unos minutos, bajo la sombra del limonero, mientras el sol bajaba. Tres almas heridas tratando de sanarse juntas.
Pero la realidad no espera.
Cuando se calmaron, entraron a la cocina. Doña Ana le sirvió a Kirill un plato de sopa que él devoró como si llevara días sin comer (y probablemente así era). Igor se sentó enfrente, con los brazos cruzados.
—Ya lloramos, ya nos abrazamos —dijo Igor, rompiendo el momento tierno con frialdad necesaria—. Ahora viene lo difícil.
Kirill dejó la cuchara. Se limpió la boca con la manga. Ya no temblaba tanto, la comida y el afecto le habían devuelto un poco de color.
—¿Qué vamos a hacer?
—Mañana a las 9:00 AM vienen —dijo Igor—. El Profe Arreola va a traer la orden de restricción. Pero esos tipos no se van a ir con un papelito. Van a tratar de intimidar.
Kirill bajó la cabeza.
—El Licenciado… es un tipo peligroso. Se llama Rogelio. No es abogado de verdad, es un ex policía judicial. Tiene gente armada. Si no les pago, van a quemar la casa. Me lo dijeron.
Doña Ana jadeó.
—¿Quemar la casa?
—Tranquila —interrumpió Igor—. No van a quemar nada. Porque mañana vamos a tener una sorpresa para ellos.
Igor se levantó y fue a un cajón de la cocina. Sacó papel y pluma.
—Kirill, tú sabes computación, ¿no? ¿Sabes editar cosas?
—Sí… era el mejor de mi clase antes de… bueno, antes. Sé Photoshop, sé editar video, sé hackear un poco.
—Bien. Y tú, Doña Ana, tiene las fotos de todos los alumnos a los que les dio clases en 40 años, ¿verdad?
—Sí, tengo los anuarios. ¿Por qué?
Igor sonrió. Una sonrisa que no era amable, sino estratégica.
—Porque en este barrio, Doña Ana, usted no es solo una viejita. Usted es La Maestra. Y apuesto a que entre sus ex alumnos hay gente más importante que un ex judicial corrupto.
Se volvió hacia Kirill.
—Vas a prender tu computadora, si es que no la empeñaste. Vamos a hacer un video. Vamos a hacerlo viral. Vamos a contar la historia de la Maestra Ana y de cómo unos delincuentes quieren robarle su casa. Vamos a poner nombres, caras y placas del Jeep. Si ellos juegan sucio, nosotros jugamos público.
Kirill asintió, y por primera vez, Igor vio un brillo de inteligencia en sus ojos, no solo miedo.
—Puedo rastrear al dueño del Jeep con las placas si entro a la base de datos de tránsito… tengo un amigo que me pasó las claves hace tiempo.
—Hazlo.
—Y yo… —dijo Doña Ana, enderezándose en su silla, recuperando esa dignidad de profesora estricta— yo voy a llamar al Comandante Trejo. Fue mi alumno en sexto grado. Era un latoso, pero me quería mucho. Ahora es jefe de sector aquí en Tlalpan.
Igor miró a su equipo. Un huérfano mecánico, un ludópata hacker y una maestra jubilada con contactos.
No eran los Vengadores. Pero eran familia. Y mañana, lunes, iban a defender su castillo.
—A trabajar —dijo Igor—. Tenemos doce horas antes de que lleguen los lobos.
La noche del domingo en la casona de Tlalpan no fue una noche de descanso; fue un consejo de guerra. La vieja mesa del comedor, que durante décadas solo había sostenido platos de sopa y cuadernos de tarea, se convirtió en el centro de operaciones de una resistencia improvisada.
Kirill había desempolvado su vieja laptop, una Alienware abollada que milagrosamente no había empeñado porque tenía la pantalla estrellada y le daban muy poco por ella. Estaba conectado al módem con un cable Ethernet amarillo, tecleando a una velocidad furiosa. Sus manos, aunque todavía temblaban ligeramente por la abstinencia de la adrenalina del juego, volaban sobre el teclado con una precisión de pianista loco.
—Ya entré al REPUVE (Registro Público Vehicular) —murmuró Kirill, con los ojos fijos en la pantalla brillante—. Las placas del Jeep Wrangler negro, terminación 458… están a nombre de una empresa fantasma: “Consultoría y Soluciones Financieras Omega SA de CV”.
—Suena legal —dijo Igor, que estaba reforzando la tranca de la puerta principal con unos polines de madera que encontró en el patio.
—Suena a lavado de dinero —corrigió Kirill—. Rastree el domicilio fiscal. Es un lote baldío en Iztapalapa. Pero crucé el nombre del representante legal, un tal Rogelio Méndez, con las bases de datos de buró de crédito y redes sociales abiertas… y ¡bingo!
Kirill giró la laptop para que Igor y Doña Ana vieran. En la pantalla había una foto de Facebook. Era el “Licenciado”, el tipo flaco del traje barato, abrazado de una botella de Buchanan’s en una fiesta, ostentando una pistola fajada al cinto.
—Rogelio Méndez, alias “El Buitre”. Ex policía judicial dado de baja en 2015 por extorsión y abuso de autoridad —leyó Kirill—. Ahora trabaja de cobrador para una red de préstamos “Gota a Gota”. Son peligrosos, pero cobardes. Su poder se basa en el miedo y el anonimato. Si les quitas el anonimato, se les caen los pantalones.
Doña Ana estaba sentada al otro extremo de la mesa, con su agenda telefónica de papel, esa libreta vieja con las letras del abecedario en las orillas que ya casi nadie usa. Estaba marcando números en el teléfono de disco, uno tras otro.
—¿Bueno? ¿Casa de la familia Ramírez? —decía con su voz de maestra, firme pero amable—. Habla la Maestra Ana Voronova… Sí, mija, la de Español de la secundaria 45… Muy bien, gracias a Dios. Oye, ¿tu papá sigue trabajando en el periódico La Prensa?… Ah, qué bueno. Necesito un favor, hija. Un favor grande. Mañana voy a tener problemas en mi casa… Sí, gente mala. Necesito que vengan. Necesito que traigan cámaras.
Colgaba y marcaba otro.
—¿Bueno? ¿Comandante Trejo?… Jorgito, habla tu maestra Ana. Sí, la que te jalaba las orejas cuando no hacías la tarea… Necesito que me devuelvas el favor de cuando te pasé en Geografía para que no repitieras año… Mañana a las 8:30 en mi puerta. Trae patrulla.
Igor escuchaba y no podía evitar sonreír mientras martillaba un clavo. Nunca subestimes a una maestra jubilada, pensó. Esa mujer había enseñado a leer a medio Tlalpan. Tenía un ejército dormido.
A las 3:00 de la mañana, el video estaba listo.
No era una producción de Hollywood. Era crudo. Real. Kirill había grabado a Doña Ana sentada en su sillón favorito, con la foto de su esposo fallecido en las manos. Ella contaba la historia: cómo su nieto había caído en el vicio (sin excusarlo, asumiendo la verdad), cómo los agiotistas la habían amenazado con cuchillos, cómo querían quitarle el patrimonio de toda una vida por una deuda ilegal inflada con intereses usureros.
Luego, Kirill insertó las fotos del Jeep, la cara de “El Buitre” sacada de Facebook, y grabaciones de audio de las amenazas telefónicas que Doña Ana había guardado en la contestadora.
El título del video era simple pero letal: “EX-JUDICIAL Y MAFIA DE PRESTAMISTAS AMENAZAN DE MUERTE A MAESTRA JUBILADA EN TLALPAN PARA ROBARLE SU CASA. ¡AYUDA!”
—¿Lo subo? —preguntó Kirill, con el dedo sobre la tecla Enter. Miró a su abuela.
Doña Ana asintió.
—Súbelo. Que se entere todo México. Ya no tengo miedo.
Kirill presionó la tecla. La barra de carga avanzó. 100%. Publicado en Facebook, Twitter (X), TikTok y en los grupos de vecinos de WhatsApp de la alcaldía.
—Ahora a dormir un par de horas —dijo Igor—. Mañana va a ser un día largo.
Nadie durmió realmente. Pero al menos, descansaron los ojos.
Lunes, 8:00 AM.
El ambiente en la calle Galeana era eléctrico. El sol de la mañana iluminaba el empedrado, secando los charcos de la lluvia del fin de semana.
Igor estaba parado en el portón. Se había puesto su mejor ropa: unos jeans limpios, una camisa blanca planchada y sus botas de trabajo boleadas. No parecía un mecánico; parecía un guardia de seguridad. Tenía los brazos cruzados y la mirada fija en la esquina de la calle.
Adentro, Doña Ana rezaba un rosario rápido frente a la imagen de la Virgen de Guadalupe en la cocina. Kirill estaba monitoreando las redes sociales en la sala.
—¡Igor! —gritó Kirill desde adentro—. ¡El video explotó! ¡Tiene 50 mil reproducciones en TikTok y lo acaban de compartir en la página de “Denuncia Ciudadana”! ¡La gente está furiosa!
Igor no contestó. Su atención estaba en la calle.
A las 8:15 AM, llegó el Profe Arreola. Bajó de su Vocho impecable con su maletín de cuero y una sonrisa tranquila.
—Buenos días, Mendoza. ¿Listo para el examen práctico de Derecho Civil?
—Listo, Profe. Trae la orden, ¿verdad?
—Aquí está. Sellada y firmada por el juez de guardia. Suspensión provisional de cualquier acto de desalojo. Si tocan la puerta, cometen desacato.
A las 8:30 AM, empezaron a llegar los otros.
Primero fue la Señora Lupe, la de la tienda de abarrotes, con sus dos hijos grandulones que cargaban cajas de refresco. Luego llegó Don Beto, el zapatero de la esquina. Luego, una camioneta de La Prensa se estacionó en la acera de enfrente y bajó un fotógrafo con una cámara enorme.
Poco a poco, la banqueta frente a la casa de Doña Ana se llenó. Eran ex alumnos, vecinos, gente que había visto el video y sentía la injusticia como propia. Eran el barrio.
—No se preocupe, Maestra —le dijo un señor de bigote que vendía tamales—. Aquí nadie entra si usted no quiere.
Doña Ana salió al portón, apoyada en el brazo de Kirill. Al ver a tanta gente, se llevó la mano al corazón.
—Gracias… gracias a todos —susurró.
Kirill miraba a la gente con asombro y vergüenza. Toda esta gente estaba aquí por ella. Él casi había destruido esto. Apretó la mano de su abuela.
—No voy a dejar que te pase nada —le prometió.
8:55 AM.
El sonido inconfundible de un motor potente rompió el murmullo de la calle.
El Jeep Wrangler negro apareció en la esquina. Detrás de él, venía una camioneta Suburban gris con vidrios oscuros. Venían despacio, como dueños de la calle.
Se detuvieron frente al portón, bloqueando la entrada. El motor del Jeep rugió una última vez antes de apagarse.
El silencio se hizo pesado. Los vecinos se callaron. El fotógrafo de La Prensa levantó su cámara.
Del Jeep bajó “El Buitre”, Rogelio Méndez. Traía el mismo traje barato, lentes oscuros y una actitud de perdonavidas. Del asiento del copiloto bajó el Gordo, el matón de la vez pasada, con una barreta de metal en la mano. De la Suburban bajaron otros tres tipos con aspecto patibulario.
El Buitre se ajustó el saco y caminó hacia el portón, ignorando a la multitud. Esperaba encontrar a una viejita asustada.
En su lugar, encontró a Igor.
Igor estaba parado justo en el umbral, bloqueando el paso. Detrás de él, el Profe Arreola. Detrás de ellos, Doña Ana y Kirill. Y detrás, el muro humano de vecinos.
—Buenos días, caballeros —dijo Igor, con una calma que helaba la sangre—. Se equivocaron de dirección. Aquí no se vende nada.
El Buitre se quitó los lentes oscuros. Sus ojos eran fríos, de reptil.
—Quítate, gato. Venimos a tomar posesión. Se acabó el plazo. O abren por las buenas, o entramos por las malas. Gordo, rompe la cadena.
El Gordo avanzó con la barreta, sonriendo.
—¡Un momento! —la voz del Profe Arreola resonó como un martillazo. Dio un paso adelante, extendiendo un documento oficial frente a la cara del Gordo—. Soy el Licenciado Miguel Arreola, representante legal de la Señora Voronova. Esto es una orden judicial de suspensión. Existe una carpeta de investigación abierta folio CI-TLP-2023-4589 por fraude, falsificación de documentos y tentativa de extorsión. Si usted da un paso más, estará cometiendo allanamiento de morada y desacato federal.
El Gordo se detuvo, confundido. Miró a su jefe.
El Buitre soltó una risa nerviosa.
—Ese papel límpiate el culo con él, abogado de pueblo. Yo traigo las escrituras notariadas. Esta casa es mía. ¡Quítense a la verga!
Hizo un ademán a sus hombres para que avanzaran. Los tres tipos de la Suburban sacaron macanas retráctiles. La violencia estaba a un segundo de estallar. Igor metió la mano en su bolsillo, agarrando la llave de cruz.
—¡Hey! ¡Atrás! —gritó un vecino, lanzando una piedra que golpeó la lámina del Jeep.
—¡No toquen a la Maestra! —gritó la señora de los tamales.
La multitud se cerró, formando una barrera. El Buitre se vio rodeado.
—¿Ah, sí? ¿Se sienten muy valientes? —El Buitre se llevó la mano a la cintura, debajo del saco, donde se notaba el bulto de un arma—. Pues a ver si muy machitos cuando…
—¡QUIETOS TODOS!
El grito vino de un megáfono.
Una patrulla de la Secretaría de Seguridad Ciudadana entró derrapando por la otra esquina, con las sirenas a todo volumen. Detrás venían dos motopatrullas más.
De la patrulla bajó un hombre alto, robusto, con uniforme impecable y grados de Comandante. Era Jorge Trejo, el “Jorgito” de sexto grado.
Caminó directo hacia El Buitre, con la mano en su propia arma de cargo.
—Rogelio Méndez —dijo el Comandante con desprecio—. Te dije hace años que si te volvía a ver operando en mi sector te iba a refundir.
El Buitre palideció. Soltó la empuñadura de su arma invisible y levantó las manos en un gesto de inocencia fingida.
—Comandante Trejo… qué milagro. No pasa nada, jefe. Solo venimos a cobrar un asunto civil. Todo legal.
—Lo que es legal lo decide el juez, no tú, Buitre —dijo Trejo—. Y lo que yo veo aquí es una alteración del orden público, amenazas y portación de armas prohibidas. —Miró al Gordo con la barreta—. Tira eso al suelo o te vuelo las rodillas.
El Gordo soltó la barreta. Clang.
—Además —intervino Kirill desde atrás, levantando su celular y grabando todo en vivo—, ya eres famoso, Rogelio. Hay tres mil personas viendo esto en vivo ahorita. Saluda a la cámara.
El Buitre miró el celular, miró al fotógrafo de prensa que disparaba su flash como loco, miró a los policías y a los vecinos furiosos. Entendió que había perdido. Su negocio dependía de la sombra. La luz lo quemaba.
—Esto no se queda así —siseó El Buitre, mirando a Doña Ana—. La deuda existe. El papel existe. Nos vamos a ver en el tribunal. Y tú, niñito —señaló a Kirill—, cuídate la espalda.
—Súbanse a sus chingaderas y lárguense —ordenó el Comandante Trejo—. Y si veo ese Jeep a menos de un kilómetro de esta casa, los detengo por sospecha de narcomenudeo. ¿Entendido?
El Buitre escupió al suelo, se dio la media vuelta y subió al Jeep. Sus matones lo siguieron como perros regañados. Arrancaron y se fueron, esta vez sin música, sin arrogancia, perseguidos por los chiflidos y mentadas de madre de todo el barrio.
Cuando doblaron la esquina y desaparecieron, la calle estalló en aplausos.
Doña Ana se soltó a llorar, pero esta vez eran lágrimas de alivio. Los vecinos se acercaron a abrazarla. El Comandante Trejo se quitó la gorra y le dio un beso en la mejilla a su maestra.
—Está segura, Maestra. Puse una patrulla de punto fijo en la esquina. No van a volver hoy.
Igor se recargó contra el portón, sintiendo cómo la adrenalina abandonaba su cuerpo y lo dejaba temblando de cansancio.
Kirill se acercó a él. Estaba pálido, sudando frío, pero sonreía.
—Lo hicimos, güey. Lo hicimos.
Igor lo miró y le dio un golpe suave en el hombro.
—Ganamos la batalla, Kirill. Pero no la guerra.
Una hora después, la fiesta en la calle se había disipado. Los vecinos volvieron a sus ocupaciones, prometiendo estar alertas. El Profe Arreola se despidió, prometiendo llevar el caso en los tribunales para anular la hipoteca falsa.
Quedaron los tres solos en la cocina. El silencio volvió, pero era un silencio diferente. No de miedo, sino de agotamiento y realidad.
Estaban sentados frente a las tazas de café frío.
—Se fueron —dijo Doña Ana—. Pero Rogelio tiene razón. La deuda existe. El dinero… los trescientos mil pesos… eso no desaparece con un video.
Kirill bajó la cabeza, avergonzado de nuevo.
—El juez puede anular la hipoteca sobre la casa porque la firma es falsa —explicó Kirill, repitiendo lo que dijo el Profe—, pero yo… yo sigo debiendo ese dinero. Y esa gente no perdona el dinero. Si no les pagamos, van a buscar otra forma de cobrar. O van a esperar a que baje la guardia para…
No terminó la frase. Todos sabían para qué. Para quebrarle las piernas. O peor.
—Tenemos que pagarles —dijo Igor firmemente—. No porque se lo merezcan, sino para que desaparezcan de nuestras vidas para siempre. Necesitamos comprar tu libertad y la paz de esta casa.
—¿Pero cómo? —preguntó Doña Ana con angustia—. No tenemos nada. Ya vendí todo. Mi pensión apenas da para comer.
—Yo puedo buscar trabajo… —dijo Kirill débilmente—. De lo que sea. Mesero, cargador…
—No —cortó Igor—. Si sales a buscar trabajo ahorita, te encuentran. Eres un blanco fácil. Además, ¿cuánto vas a ganar de mesero? ¿Cinco mil al mes? Tardaríamos cinco años en pagarles. Necesitamos dinero rápido. Necesitamos mucho dinero.
Igor se levantó y empezó a caminar de un lado a otro de la cocina, pensando. Su mente de mecánico empezaba a embonar piezas, no de un motor, sino de un plan de vida.
—A ver. Hagamos inventario de lo que tenemos. No de dinero, sino de habilidades.
Miró a Kirill.
—Tú. Eres un genio de las computadoras cuando no estás haciendo estupideces. Sabes editar, sabes programar, sabes marketing. Hiciste viral un video en tres horas.
Miró a Doña Ana.
—Usted. Tiene el respeto de toda la comunidad. Tiene contactos. Y cocina el mejor mole que he probado en mi vida.
Se señaló a sí mismo.
—Yo. Soy el mejor mecánico de mi generación en el Tec. Arreglo lo que sea. Motores, tuberías, techos.
Caminó hacia la ventana y miró hacia el patio trasero. Al fondo, había una estructura vieja, grande, cubierta de enredaderas y triques viejos. Era el antiguo garaje del abuelo, un espacio enorme que ahora servía de bodega para basura.
—Doña Ana, ¿ese garaje tiene salida a la calle de atrás?
—Sí… a la callejuela. Pero lleva cerrado veinte años. Está lleno de ratas.
Los ojos de Igor brillaron.
—No son ratas. Es una oportunidad.
Se volvió hacia ellos, con la emoción creciendo en su voz.
—No vamos a buscar trabajo. Vamos a crearlo. Kirill no puede salir, así que el trabajo tiene que venir aquí. Yo puedo arreglar coches, pero no tengo taller. Usted tiene un local muerto de risa al fondo. Y Kirill puede hacer que los clientes vengan sin que tengamos que poner un letrero en la calle.
—¿Un taller mecánico? —preguntó Kirill, dudoso—. Hay miles en la ciudad.
—No un taller cualquiera —corrigió Igor—. Escucha mi idea. La gente odia ir al mecánico porque siente que la roban. Desconfían. Igual que desconfiaban de mí por ser huérfano. ¿Qué pasaría si hacemos un servicio de “Diagnóstico Honesto”? Tú haces una plataforma web, una app o lo que sea. La gente agenda. Yo reviso el coche, grabo un video explicando exactamente qué tiene, sin mentiras, y tú lo editas y se lo mandas al cliente. Transparencia total. “Mecánica Sin Trucos”.
Kirill levantó la vista, procesando la idea. Su cerebro de programador empezó a ver las posibilidades.
—Podría… podría funcionar. Podría hacer un sistema de citas. Y usar el video viral para promocionarlo. “El taller de la familia que se defendió de la mafia”. La gente querría apoyarnos.
—Y yo… —dijo Doña Ana, animándose— yo puedo administrar las cuentas. Y puedo preparar comida para los clientes que esperan. Café, galletas… hacer que se sientan en casa, no en un taller sucio.
Igor sonrió. Puso sus manos sobre la mesa, con las palmas abiertas.
—Trescientos mil pesos. Si trabajamos como negros, si no dormimos, si le metemos con todo… podemos juntarlos en seis meses. Le pagamos al Buitre cada centavo y nos libramos de él para siempre.
—¿Y el estudio? —preguntó Doña Ana—. ¿El Tecnológico?
—Seguiré yendo en la mañana. Trabajamos en la tarde y los fines de semana. Va a ser una chinga, perdón por la palabra. Pero es la única salida.
Kirill se puso de pie. Por primera vez en meses, no parecía un drogadicto asustado. Parecía un joven con un propósito.
—Estoy dentro. Te juro que estoy dentro. Voy a programar esa página como si mi vida dependiera de ello. Porque depende de ello.
Igor extendió su mano al centro de la mesa.
—¿Socios?
Kirill puso su mano encima. Pálida y fina contra la morena y callosa de Igor.
—Hermanos —corrigió Kirill.
Doña Ana puso su mano arrugada sobre las de ellos, cerrando el pacto.
—Familia.
En ese momento, en esa cocina vieja de Tlalpan, nació Voronov & Mendoza: Soluciones Automotrices. No sabían si funcionaría. No sabían si el Buitre volvería antes de tiempo. Pero sabían que ya no eran víctimas. Eran un equipo.
Esa tarde, no hubo siesta. Igor y Kirill se pusieron ropa vieja, agarraron escobas, palas y bolsas de basura, y se dirigieron al viejo garaje del fondo. Había toneladas de polvo, fierros viejos y cajas podridas. Pero mientras sacaban la basura bajo el sol de la tarde, Igor sentía que estaba limpiando algo más que un cuarto. Estaba limpiando el pasado de Kirill, su propia soledad y el miedo de Doña Ana.
Cuando cayó la noche, el garaje estaba vacío. Olía a humedad, pero estaba limpio. Igor se paró en el centro, visualizando dónde iría la rampa, dónde iría el banco de herramientas.
—Mañana traemos mis herramientas del taller de Don Chuy —dijo Igor—. Y empezamos.
Kirill estaba sentado en una caja, con su laptop en las rodillas, diseñando el logo.
—Oye, Igor…
—¿Qué pasó?
—Gracias. Por no dejarme en ese cuarto en la Santa María.
Igor lo miró y sonrió de lado.
—Agradéceme cuando cambies tu primera transmisión sin vomitar, principito.
Se rieron. Una risa cansada, pero genuina. Afuera, la luna brillaba sobre la bugambilia. La guerra había terminado por hoy. La reconstrucción acababa de empezar.
El garaje del fondo, ese que durante veinte años había sido el mausoleo de los trebejos olvidados y nido de ratas de Tlalpan, despertó de su coma.
Durante las siguientes dos semanas, la calle Galeana fue testigo de una transformación brutal. No hubo magia, hubo “talacha” pura y dura. Igor y Kirill se convirtieron en sombras cubiertas de polvo y telarañas. Sacaron en bolsas negras toneladas de revistas viejas, muebles podridos por la humedad y cajas de cartón que se desintegraban al tocarlas.
Para Igor, el trabajo físico era como respirar. Sus músculos, curtidos en el orfanato y en los talleres de mala muerte, respondían con alegría al esfuerzo. Cargaba vigas, raspaba paredes, mezclaba cemento para resanar el piso agrietado.
Para Kirill, fue el infierno en la tierra.
—¡Ay! —se quejó Kirill al tercer día, soltando una pala como si quemara—. Me salió otra ampolla. Se me reventó la de ayer.
Igor, que estaba subido en una escalera pintando el techo de blanco para que hubiera más luz, lo miró desde arriba y soltó una carcajada seca.
—Bienvenido al mundo real, principito. Esas manos de pianista tienen que volverse manos de hombre. Ponte cinta de aislar y síguele, que esa pila de cascajo no se va a mover sola.
Kirill lo miró con odio un segundo, pero no dijo nada. Se envolvió los dedos ensangrentados con cinta gris y volvió a agarrar la pala. Igor asintió para sus adentros. El chavo tiene aguante, pensó. Se queja, pero no se raja.
Doña Ana era el motor logístico. Vendió su vieja máquina de coser Singer —una reliquia que adoraba— y con esos tres mil pesos compró pintura, thinner, focos LED de alta potencia y, lo más importante, ingredientes para alimentar a su tropa. A las 2:00 de la tarde, religiosamente, aparecía en la puerta del garaje con una olla de peltre humeante.
—¡A comer, muchachos! Hoy hice chicharrón en salsa verde.
Comían sentados en botes de pintura volteados, usando una tabla como mesa. El garaje, poco a poco, dejó de oler a muerte y empezó a oler a thinner, a cloro y a esperanza.
El siguiente paso era el equipamiento. Igor fue a ver a Don Chuy, su antiguo patrón del taller “El Pistón de Oro”.
—Así que te independizas, cabrón —dijo Don Chuy, limpiándose las manos en una estopa sucia—. ¿Me vas a hacer la competencia?
—No, jefe. Usted atiende taxis y flotillas. Yo voy por otro mercado. Voy a hacer mecánica a domicilio y citas especializadas. Además… necesito sacar lana rápido. Es por Doña Ana.
Don Chuy, que conocía la historia por el chisme del barrio, escupió al suelo y asintió.
—Esa señora es una santa. Mira, tengo un gato hidráulico de patín que ya no uso porque compré uno nuevo, y un juego de llaves que le faltan un par de medidas pero jalan. Llévatelos. Me los pagas cuando seas millonario.
Igor sintió un nudo en la garganta.
—Gracias, jefe.
—Y llévate ese escáner OBD2 viejo. Es lento como la chingada, pero lee códigos de Chevrolet y Nissan.
Con las herramientas básicas prestadas y las suyas propias, Igor armó su estación de trabajo. No era un taller de agencia alemana, pero estaba ordenado al milímetro. Cada llave tenía su silueta dibujada en el tablero. El suelo estaba tan limpio que podías comer en él.
Mientras tanto, en la esquina opuesta del garaje, Kirill montaba su cuartel general.
Había improvisado un escritorio con una puerta vieja lijada y barnizada. Ahí puso su laptop, un módem que cableó desde la casa principal y un aro de luz que compró en el tianguis.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Igor, viéndolo teclear líneas de código de colores en una pantalla negra.
—El cerebro de la bestia —respondió Kirill sin voltear—. Estoy programando la página web. Se llama “VoronovMendoza.com”. Sencillo. Elegante. Pero el secreto no es la página, es el algoritmo de citas y el SEO.
—¿El qué?
—SEO. Search Engine Optimization. Voy a hacer que cuando alguien en el sur de la ciudad busque “mecánico honesto” o “no me arranca el coche”, salgamos nosotros antes que la agencia Ford. Y estoy vinculando el sistema de WhatsApp Business para que las citas caigan directo a tu celular.
Kirill se giró, con una sonrisa de orgullo que Igor no le había visto nunca.
—Y ya edité el primer video promocional. Usé tomas de ti arreglando el techo y limpiando las herramientas. Le puse música épica, tipo película de acción. ¿Quieres verlo?
Igor vio el video en la pantalla. Se vio a sí mismo, sudoroso, concentrado, apretando una tuerca en cámara lenta, con un filtro que hacía que el metal brillara. Luego salía Doña Ana sonriendo con un plato de galletas. Y al final, el logo: un engrane mitad metal, mitad píxeles. Mecánica Transparente. Diagnóstico sin mentiras.
—No mames… —susurró Igor—. Me veo… me veo profesional.
—Lo eres, carnal. Solo necesitabas el empaque correcto.
Día 1: El Silencio.
Abrieron un lunes. El letrero pintado a mano colgaba afuera del portón. La página estaba en línea. El video estaba circulando en grupos de Facebook.
Esperaron.
A las 10:00 AM, nadie.
A las 12:00 PM, nadie.
A las 4:00 PM, Doña Ana bajó con café y pan dulce, tratando de animarlos.
—Roma no se construyó en un día, hijos. Tengan fe.
Igor estaba puliendo una llave que ya brillaba. La ansiedad se lo comía. Cada minuto sin clientes era un minuto que la deuda de Rogelio “El Buitre” generaba intereses.
—¿Y si nadie confía en nosotros? —dijo Igor—. Soy un chavo de 18 años y tú tienes cara de que te acabas de escapar de un anexo.
Kirill se rió nerviosamente.
—Gracias por el cumplido. Espera. El algoritmo tarda en indexar.
A las 6:30 PM, el celular de Igor vibró.
El sonido fue como un disparo en el garaje silencioso. Los dos saltaron. Igor agarró el teléfono con manos torpes. Era un mensaje de WhatsApp.
“Hola. Vi su video en el grupo de ‘Vecinos de Coapa’. Tengo un Sentra 2015 que hace un ruido raro al frenar y se jalonea. Ya lo llevé a dos talleres y me quieren cobrar 15 mil pesos por cambiar la transmisión. ¿Pueden revisarlo? Me urge. Soy madre soltera y necesito el auto para trabajar.”
Igor miró a Kirill. Kirill miró a Igor.
—¡Contesta, güey! —gritó Kirill—. ¡No la dejes en visto!
Igor escribió con dedos temblorosos: “Buenas tardes. Claro que sí. Traiga el auto mañana a las 9:00 AM para un diagnóstico gratuito. Nosotros le decimos la verdad.”
La Primera Prueba.
La clienta llegó puntual. Era una señora de unos cuarenta años, con cara de estrés y un niño en el asiento de atrás. El Nissan Sentra venía haciendo un ruido de matraca espantoso.
—Buenos días —dijo ella, bajándose con desconfianza, abrazando su bolsa—. ¿Ustedes son los del video? Se ven muy… jóvenes.
—Jóvenes pero honestos, señora —dijo Igor, secándose las manos en un trapo limpio—. Soy Igor. Él es Kirill, el gerente administrativo. Y allá está Doña Ana, la dueña de la casa. Si quiere pase con ella a tomar un café mientras reviso su coche. No nos tardamos.
La señora, al ver a Doña Ana salir con una sonrisa y una taza, se relajó. Entró a la casa.
Igor se metió bajo el coche. Kirill se puso a su lado con el celular, grabando.
—Acción —susurró Kirill.
Igor empezó a narrar, sintiéndose ridículo al principio, pero luego olvidándose de la cámara y concentrándose en el fierro.
—Okay, estamos revisando el Sentra. El ruido al frenar no es la transmisión. Miren aquí… —señaló con la lámpara—. Las balatas están cristalizadas y el disco está rayado. Y el jaloneo… a ver… —Igor quitó un cable de bujía—. Miren esto. Hay aceite en el pozo de la bujía. La junta de la tapa de punterías está fugando. El aceite hace que la chispa brinque y por eso el coche “tose”.
Salió de abajo del coche. Se limpió la grasa de la frente.
—Corte —dijo Kirill.
En diez minutos, Kirill editó el video. Le puso flechitas rojas señalando la fuga de aceite y subtítulos explicativos. Se lo mandaron al WhatsApp de la señora, que estaba en la cocina.
La vieron ver el video. Vieron cómo abría los ojos sorprendida. Salió al patio.
—Oigan… los otros mecánicos me dijeron que la caja de velocidades estaba muerta. Que tenía que bajarla. Ustedes me dicen que son… ¿frenos y una junta?
—Así es —dijo Igor—. La junta cuesta 300 pesos. Las balatas unos 800. Más la mano de obra y la rectificación de discos. En total, el chiste le sale en unos 2,800 pesos. No 15 mil. El coche queda hoy mismo.
La señora se quedó callada. Luego, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No saben… no saben el favor que me hacen. No tenía los 15 mil. Pensaba vender el coche. Háganlo, por favor.
Ese día, a las 5:00 PM, el Sentra salió del garaje ronroneando como gatito. La señora pagó en efectivo y les dejó 200 pesos de propina.
—Dios los bendiga, muchachos. Los voy a recomendar con todas mis amigas.
Cuando el coche se fue, Igor y Kirill se quedaron parados en la entrada, sosteniendo los billetes. Eran tres mil pesos.
—Es el primer ladrillo —dijo Igor.
—Faltan doscientos noventa y siete mil —dijo Kirill, pero sonreía.
El Efecto Bola de Nieve.
La recomendación de la “señora del Sentra” fue más potente que cualquier algoritmo. En los grupos de mamás de la escuela, en los chats del gimnasio, la voz se corrió: “Hay unos chavos en Tlalpan, donde la Maestra Ana, que no te roban y te mandan video de todo. Son buenísimos”.
La semana siguiente tuvieron tres autos.
La siguiente, cinco.
Al mes, tenían la agenda llena dos semanas adelante.
La rutina se volvió brutal.
Igor se levantaba a las 5:00 AM, iba al Tecnológico, salía a la 1:00 PM, comía en el trayecto y llegaba a las 2:00 PM a ponerse el overol. Trabajaba hasta las 10:00 u 11:00 de la noche.
Kirill, por su parte, vivía pegado a la computadora y al teléfono. Contestaba mensajes, pedía refacciones a proveedores (encontró una refaccionaria en línea que les daba precio de mayoreo), gestionaba la contabilidad y, cuando había mucha chamba, se ponía el overol.
—Pásame la llave de 10 milímetros, Kirill. ¡No, esa es la de media pulgada, animal! ¡La 10!
—¡Perdón, perdón! ¡Todas se ven iguales!
Poco a poco, Kirill aprendió. Aprendió a cambiar aceite, a quitar llantas, a diferenciar un alternador de una marcha. Sus manos dejaron de ser suaves. Se llenaron de cortes, de callos, de grasa que no salía ni con jabón en polvo. Se le rompieron las uñas. Bajó de peso, pero se puso correoso, fibroso.
Y algo más cambió: su mirada. Ya no tenía esa mirada huidiza y paranoica del ludópata. Ahora tenía la mirada cansada pero firme de quien se gana el pan.
Una noche de viernes, después de entregar un taxi que les dio mucha lata, estaban sentados en la banqueta, tomando un refresco de cola y comiendo unos tacos que compraron en la esquina. Estaban negros de grasa, agotados.
—Oye, Igor —dijo Kirill, mirando las estrellas contaminadas de la ciudad.
—¿Mmm?
—Hace dos meses que no apuesto. Ni un peso. Ni un volado.
Igor le dio un trago a su refresco.
—Chido, carnal.
—A veces me dan ganas. Un chingo de ganas. Siento la ansiedad aquí en la panza. Pero luego… luego veo cómo te partes la madre debajo de los coches. Veo a mi abuela haciendo cuentas para que nos alcance la comida. Y se me quita. Me da miedo fallarles otra vez.
Igor se limpió la salsa de la boca con el dorso de la mano.
—El miedo sirve, Kirill. El miedo te mantiene despierto. Pero no te claves. Lo estás haciendo bien. Eres buen “chalán”, aunque seas medio inútil con el martillo.
Kirill le dio un empujón amistoso.
—Cállate, güey. Yo soy el cerebro de esta operación. Tú eres la fuerza bruta.
—Soy la fuerza bruta que sabe por qué el coche no prende, genio.
Se rieron. Por primera vez, se sentían como hermanos de verdad. No por obligación, sino por trinchera compartida.
El Desafío del BMW.
A mediados del tercer mes, llegó la prueba de fuego.
Un tipo llegó en una grúa. Traía un BMW Serie 3, modelo reciente, color plata. El dueño era un señor de traje, prepotente, que miraba el taller casero con desdén.
—Me los recomendaron mucho, pero veo que esto es… muy rústico —dijo el tipo, arrugando la nariz—. Mi coche no arranca. En la agencia me dicen que es la computadora y me quieren cobrar 80 mil pesos. Un amigo me dijo que ustedes hacen milagros. Si lo arrancan, les pago bien. Si no, me llevo mi coche y no les doy un centavo.
Igor miró el motor del BMW. Era una nave espacial comparado con los Tsurus y Chevy que solía arreglar. Todo estaba cubierto de plásticos. Sensores por todos lados. Electrónica compleja.
—Déjelo, patrón. Lo revisamos.
Pasaron dos días. Igor estaba frustrado. Había revisado todo lo mecánico: compresión, gasolina, chispa. Todo estaba bien. Pero el coche estaba muerto. Giraba la llave y nada.
—No puedo, Kirill —dijo Igor, tirando la llave al suelo con rabia—. Esta madre me ganó. Es electrónica avanzada. Necesito un escáner de agencia que cuesta lo que no tenemos. Voy a tener que decirle al don que se lo lleve.
Kirill estaba en su escritorio, rodeado de latas de energizante.
—Espera. No te rindas. Dame el código de error que te dio el escáner genérico.
—P0606. Error de procesador ECM/PCM. Eso significa computadora muerta. La agencia tenía razón.
—O tal vez no… —murmuró Kirill.
Kirill se puso los audífonos. Entró a foros de BMW en Alemania, en Rusia (usando el traductor y recordando un poco del idioma que su abuelo le enseñó de niño), en la Deep Web de hackers automotrices. Leyó manuales técnicos, diagramas de flujo, hilos de discusión de entusiastas.
Pasaron seis horas. Igor se había quedado dormido en el asiento del copiloto del BMW.
—¡IGOR! —el grito de Kirill lo despertó.
Kirill vino corriendo con la laptop en la mano, con los ojos inyectados de sangre pero brillantes de euforia.
—¡Lo tengo! ¡No es la computadora! ¡Es un relevador!
—¿Qué?
—Leí en un foro ruso de mecánicos de BMW que este modelo, el 2018, tiene un defecto de fábrica. El relevador azul que controla la inyección principal se calienta y se des-solda por dentro. La computadora detecta falta de voltaje y se protege, bloqueando todo. Por eso marca error de procesador. Pero es un relevador de 200 pesos que está escondido debajo de la guantera.
Igor lo miró escéptico.
—¿Un relevador? ¿La agencia quería cobrar 80 mil por un relevador?
—La agencia cambia piezas, no diagnostica. Desarma la guantera. ¡Ándale!
Igor desarmó la guantera. Encontró el panel de fusibles oculto. Ahí estaba. El relevador azul. Lo sacó. Lo agitó cerca de su oído. Sonaba algo suelto adentro.
—Está roto… —susurró Igor.
Fue a su caja de “chacharas”, buscó un relevador genérico con el mismo amperaje. Hizo un puente con dos cables. Lo conectó.
—Dale marcha —dijo Igor, conteniendo la respiración.
Kirill se sentó en el asiento del conductor. Apretó el botón de Start.
VROOOM.
El motor alemán rugió con potencia, estable, perfecto. El sonido de la victoria.
Igor y Kirill gritaron como locos. Se abrazaron saltando en el patio. Doña Ana salió corriendo de la casa pensando que había pasado un accidente, y los encontró bailando alrededor del BMW.
—¡Somos unos genios! —gritaba Kirill—. ¡Tú lo encontraste en el foro y yo lo instalé! ¡Somos la verga!
Cuando el dueño del BMW regresó, no lo podía creer.
—¿Arranca? ¿Cómo?
—Secreto profesional —dijo Igor, guiñándole un ojo a Kirill—. No era la computadora. Era un fallo en el sistema de alimentación eléctrica. Le hicimos un bypass y le pusimos una pieza reforzada. Son 15 mil pesos, jefe. Por el diagnóstico especializado y la reparación.
El tipo pagó los 15 mil sin chistar. Se ahorró 65 mil comparado con la agencia. Se fue feliz.
Esa noche, pusieron los 15 mil pesos sobre la mesa de la cocina. Se sumaban a los otros montoncitos que habían juntado en tres meses.
Doña Ana sacó su libreta de cuentas. Sumó todo.
—Muchachos… —dijo con voz temblorosa—. Tenemos ciento veinte mil pesos.
Igor suspiró.
—Casi la mitad. Vamos a la mitad del camino.
Era un logro monumental. En tres meses, habían juntado lo que parecía imposible. Pero todavía faltaban 180 mil. Y el “Buitre”, aunque no se había aparecido, seguía siendo una sombra. Sabían que los intereses seguían corriendo en la cuenta mental del criminal, aunque legalmente estuvieran peleando.
—Mañana voy a depositar esto —dijo Igor—. El Profe Arreola me dio un número de cuenta de un juzgado para consignar los pagos. Así, si el Buitre quiere cobrar, tiene que ir ante el juez. Estamos pagando la deuda, pero a nuestra manera.
—Celebremos —dijo Kirill.
Sacó una botella de sidra barata que tenía guardada. La descorcharon.
Brindaron los tres en la cocina.
—Por Voronov & Mendoza —dijo Doña Ana.
—Por el BMW —dijo Kirill.
—Por la familia —dijo Igor.
Estaban cansados, sucios y todavía debían una fortuna. Pero esa noche, Igor durmió profundamente. Soñó con motores que funcionaban y puertas que se abrían.
A la mañana siguiente, un sábado soleado, Igor estaba barriendo la entrada del taller cuando una chica se paró frente a él.
Tenía el cabello castaño claro, ojos grandes y curiosos, y llevaba una mochila de estudiante del Tecnológico. Igor la reconoció vagamente; la había visto en los pasillos, siempre rodeada de amigas, inalcanzable.
—Hola —dijo ella, con una sonrisa tímida—. ¿Tú eres Igor, verdad? El del video de TikTok.
Igor se apoyó en la escoba, sintiendo que se ponía rojo bajo la grasa de su cara.
—Eh… sí. Soy yo.
—Soy Anastasia. Pero dime Nasty. Voy en Diseño Gráfico en el Tec. Oye… mi Vocho se muere cada vez que llueve. Y vi que ustedes son magos. ¿Crees que podrías echarle un ojo?
Igor sintió que el corazón le daba un vuelco, diferente al que sentía con los motores o con el miedo.
—Claro… claro que sí. Tráelo.
Desde la ventana del segundo piso, Kirill observaba la escena y sonrió.
—Ándale, Romeo. Ya te cayó tu Julieta.
Todo parecía ir perfecto. El negocio, la familia, y ahora, quizás, el amor.
Pero en la Ciudad de México, la felicidad es sospechosa.
Justo cuando Igor estaba revisando el Vocho de Nasty y riéndose de un chiste que ella hizo, un coche pasó despacio por la calle. No era el Jeep negro. Era un sedán gris, anónimo. Pero el conductor, un tipo con gorra, bajó el vidrio y le tomó una foto a la fachada del taller. Y a Nasty.
Igor no lo vio. Estaba demasiado ocupado siendo feliz por primera vez en su vida.
El amor, para un chico que creció durmiendo en catres de metal rodeado de otros treinta huérfanos, es un idioma extranjero. Igor sabía de lealtad, de supervivencia, de hambre y de rabia. Pero no sabía qué hacer con el cosquilleo en el estómago que sentía cada vez que veía llegar ese Volkswagen Sedán color azul cielo a la entrada del taller.
Nasty (Anastasia) se había vuelto una cliente frecuente. O mejor dicho, el “Vocho” de Nasty parecía tener una complicidad secreta con ella para fallar cada tres días. Un día era un fusible, al otro una bujía empastada, al siguiente “un ruidito que solo suena cuando pienso en ti” —bromeó ella una vez, y luego se puso roja como un tomate—.
Igor estaba debajo del Vocho, ajustando el chicote del acelerador.
—Ya quedó, Nasty —dijo, saliendo con la cara manchada de grasa. Se limpió rápido con una estopa, avergonzado de su suciedad frente a ella, que siempre olía a vainilla y shampoo de frutas—. El chicote estaba muy tenso. Por eso se aceleraba solo.
Nasty estaba recargada en la puerta del copiloto, con sus libros de Diseño bajo el brazo. Llevaba unos jeans rotos a la moda y una playera de una banda indie.
—Eres un mago, Igor. En serio. Mi papá quería que vendiera este coche, decía que era chatarra. Tú lo reviviste.
—Los Vochos son fieles —dijo Igor, mirándose las botas—. Solo necesitan que alguien los entienda. Como las personas.
Nasty sonrió, una sonrisa que a Igor le pareció que iluminaba más que los reflectores LED del taller.
—Oye… —dijo ella, jugando con un mechón de su cabello castaño—. Ya son las 3:00. ¿No tienes hambre? Conozco unos tacos de canasta aquí a la vuelta que están buenísimos. Yo invito. Por el descuento que siempre me haces.
Igor sintió pánico. Una cita. O algo parecido.
—Yo… este… estoy sucio. Tengo grasa hasta en las pestañas.
—Ay, qué delicado. ¿Te da pena que te vean conmigo o qué?
—¡No! —se apresuró a decir él—. Al contrario. Es que… tú eres muy bonita y yo parezco mecánico de carretera.
Nasty soltó una carcajada cristalina.
—Eres mecánico, Igor. Y eres guapo. Y tengo hambre. Vámonos.
Desde la ventana del segundo piso, Kirill los observaba. Doña Ana se acercó y miró por encima de su hombro.
—Míralos —suspiró la abuela—. Hacen bonita pareja.
—Sí —dijo Kirill, pero su voz no tenía alegría, sino preocupación—. Demasiado bonita. Eso me da miedo, abuela. Cuando eres feliz, bajas la guardia.
Kirill regresó a su monitor. Tenía cuatro ventanas abiertas. Una con el código de la página web, otra con el WhatsApp del negocio, y dos más con las señales de las cámaras de seguridad baratas que habían instalado en el perímetro.
En la cámara 2, la que daba a la calle lateral, vio algo.
El sedán gris. El mismo de la otra vez. Pasó despacio. Se detuvo unos segundos en la esquina. Y luego arrancó.
Kirill anotó la hora en una libreta: 15:14 PM. Sedán Gris. Placas tapadas con mica oscura.
El Buitre no había atacado, pero estaba rondando. Como su tocayo, el ave de rapiña, esperaba a que la presa se debilitara.
La tarde de tacos fue el mejor momento de la vida de Igor.
Comieron parados en la esquina, sosteniendo los platos de plástico con bolsa. Tacos de chicharrón y de papa, bañados en salsa verde.
—Entonces… ¿vives con Doña Ana pero no es tu abuela de verdad? —preguntó Nasty, mordiendo su taco con naturalidad, sin importarle mancharse un poco de salsa.
—No. Soy huérfano. Salí de la Casa Hogar San Miguel hace unos meses. Llegué aquí de casualidad. Ella me rentó un cuarto y… bueno, la vida nos juntó. Kirill sí es su nieto, pero tenemos una historia complicada.
Igor esperaba que ella se asustara. Que la palabra “huérfano” la hiciera retroceder, como pasaba con los dueños de los departamentos que no le quisieron rentar. Pero Nasty lo miró con admiración.
—Eso es increíble, Igor. O sea, no tuviste nada fácil y mira lo que has construido. Un negocio propio a los 18 años, estudias, trabajas… Conozco chavos en el Tec que tienen todo, papás ricos, coche del año, y se la pasan quejándose. Tú eres… eres real.
Igor sintió que el pecho se le inflaba.
—Lo hago por ella. Por Doña Ana. Y por Kirill. Son mi familia. Y ahora… bueno, quiero tener un futuro. Quiero que este taller sea el más grande del sur.
—Lo va a ser —dijo Nasty, y le puso una mano en el brazo. Su tacto fue eléctrico—. Y yo te voy a hacer el logo nuevo gratis. Ese que tienen ahorita está medio feo, seguro lo hizo tu primo el programador. Los programadores no tienen gusto.
Igor se rió.
—No le digas eso, se siente artista.
Regresaron caminando despacio hacia el taller. El sol de la tarde caía suave sobre Tlalpan. Igor quería tomarle la mano, pero no se atrevía.
Cuando llegaron al portón, Nasty se paró frente a su Vocho.
—Gracias por los tacos… digo, gracias por aceptar mi invitación a los tacos.
—Gracias a ti, Nasty.
—Nos vemos mañana en la escuela, ¿va?
—Va.
Ella se subió al coche. Arrancó (al primer llavazo, gracias a Igor) y se fue. Igor se quedó viendo las luces traseras hasta que desaparecieron.
—Estás frito, carnal —dijo Kirill, saliendo del garaje con una llave inglesa en la mano.
—Cállate —sonrió Igor—. Estoy enamorado.
—Bien por ti. Pero entra. Tenemos que hablar.
El tono de Kirill borró la sonrisa de Igor. Entraron al “cuartel general”. Kirill le mostró el video de la cámara de seguridad.
—El sedán gris —dijo Kirill—. Pasó mientras te ibas con ella. Y mira esto.
Le dio play al video. El coche se detuvo. Bajó un tipo con gorra. Se acercó al poste de luz frente a la casa. Pegó un papel. Y se fue.
—¿Qué pegó? —preguntó Igor, sintiendo que la sangre se le helaba.
—Fui a verlo hace rato. Es esto.
Kirill puso sobre la mesa un volante. Parecía un anuncio normal de “Se busca perro perdido”. Pero la foto no era de un perro. Era una foto borrosa, tomada desde lejos con un celular.
Era una foto de Igor y Nasty comiendo tacos.
Y abajo, en letras rojas hechas con plumón: “DISFRUTEN MIENTRAS PUEDEN”.
Igor sintió que el mundo se le caía encima.
—Nos están siguiendo.
—Te están siguiendo a ti —corrigió Kirill—. Y a ella. Saben que ella es tu punto débil. Igor, metimos a una civil en la guerra.
Igor arrugó el papel con furia.
—¡Hijos de puta! Conmigo métanse lo que quieran, pero con ella no.
—El Buitre sabe que no puede entrar a la casa por la orden judicial y el escándalo en redes. Pero la calle es libre. Nasty no vive aquí. Nasty no tiene protección.
Igor agarró su chamarra.
—Voy a su casa. Tengo que avisarle.
—¿Y qué le vas a decir? —preguntó Doña Ana, entrando con cara de preocupación—. ¿”Hola, me gustas mucho, pero si sales conmigo te pueden secuestrar”?
—Tengo que protegerla.
—La mejor forma de protegerla —dijo Kirill fríamente— es alejarte de ella. Hasta que paguemos la deuda.
La frase cayó como una sentencia de muerte para el corazón de Igor. Alejarla. Justo cuando empezaba a sentirse vivo.
—No —dijo Igor—. No voy a dejar que ese infeliz me quite esto también. Vamos a pagar. Vamos a trabajar el doble. ¿Cuánto falta?
—Ciento cincuenta mil —dijo Doña Ana—. Si seguimos a este ritmo, en tres meses salimos.
—Tres meses es mucho tiempo —dijo Igor, mirando la foto arrugada—. En tres meses pueden pasar muchas cosas malas.
Los días siguientes fueron una tortura.
Igor seguía viendo a Nasty en la escuela, pero estaba distante. Miraba a todos lados, paranoico. Si un coche se frenaba cerca de ellos, Igor se ponía tenso, listo para pelear.
Nasty lo notó.
—¿Qué tienes? —le preguntó un jueves, sentados en las gradas del Tec—. Estás raro. Ya no te ríes. ¿Hice algo mal?
—No, tú no. Soy yo. Tengo… tengo muchos problemas en el taller.
—Igor, no me mientas. Te conozco poco, pero te conozco. Estás asustado.
Igor la miró. Quería decirle la verdad. Quería decirle: “Hay un ex judicial psicópata que nos está cazando”. Pero tenía miedo de que ella huyera aterrorizada. O peor, que intentara ayudar y se pusiera en peligro.
—Es mejor que no nos vean tanto juntos fuera de la escuela —dijo él, con voz dura, tratando de que sonara convincente—. Por tu bien.
Nasty se levantó, ofendida.
—¿Por mi bien? ¿Ahora eres mi papá o qué? Si no quieres salir conmigo, ten los pantalones de decírmelo, no me salgas con excusas baratas.
Se fue enojada, dejándolo solo en las gradas. Igor se tragó las lágrimas. Es mejor así, pensó. Que me odie, pero que esté viva.
El Sabotaje.
El sábado por la mañana, el taller estaba lleno. Tenían tres autos en proceso: un Chevy para cambio de clutch, una camioneta Ford para afinación y el Jetta de un cliente nuevo que decía que se le calentaba el motor.
Igor estaba trabajando en el Jetta.
—Pásame el anticongelante, Kirill.
Hicieron el servicio completo. Cambiaron termostato, purgaron el sistema, pusieron anticongelante nuevo. El coche quedó perfecto.
El cliente, un tipo joven con lentes oscuros que no se quitó ni adentro del taller, pagó en efectivo y se fue rápido.
—Qué tipo tan raro —comentó Doña Ana, guardando el dinero en la caja chica—. Ni las gracias dio.
—Hay gente así —dijo Igor—. Mientras pague, no hay bronca.
Dos horas después, el teléfono de Igor sonó. Era un número desconocido.
—¿Bueno? —contestó Igor.
—¡Eres un estafador de mierda! —gritó la voz del cliente del Jetta—. ¡Mi coche se acaba de desbielar en el Periférico! ¡Le salió humo blanco y se amarró el motor!
Igor se quedó helado.
—Imposible, jefe. Le pusimos todo nuevo. Lo probamos aquí.
—¡Me vale madre! ¡El motor está muerto! ¡Voy a ir para allá y te voy a partir la cara, y te voy a quemar en redes sociales! ¡Mecánica Honesta mis huevos!
Colgó.
—¿Qué pasó? —preguntó Kirill, viendo la cara pálida de Igor.
—El Jetta. Se desbieló. Dice que fue nuestra culpa.
Veinte minutos después, llegó la grúa con el Jetta y el cliente furioso.
Igor abrió el cofre. El motor estaba hirviendo. Olía a metal fundido.
Revisó el depósito de anticongelante. Estaba vacío.
Pero no había fugas. Las mangueras estaban nuevas.
—¿Qué le hiciste? —le gritó el cliente, empujando a Igor—. ¡Olvidaste ponerle agua, imbécil!
—Le puse dos galones de anticongelante Premium —defendió Igor—. Kirill lo vio.
—¡Pues aquí no hay nada! —El cliente señaló el depósito seco.
Igor revisó más a fondo. Quitó el tapón del drenado del radiador.
Y entonces lo vio.
El tapón tenía un pequeño agujero. Un agujero hecho con un taladro fino, casi invisible. Pero lo suficiente para que, con la presión y el calor, el líquido se fugara poco a poco en el camino.
Igor miró al cliente. El tipo ya no parecía tan enojado. Parecía… actuando.
—Ese tapón estaba bien cuando salió de aquí —dijo Igor, con voz baja y peligrosa—. Alguien lo perforó.
El cliente sonrió. Una sonrisa cínica. Se acercó al oído de Igor.
—El Licenciado te manda saludos. Dice que esto es solo una probadita. Si no pagas los 150 mil que faltan para el viernes, el próximo accidente no va a ser un motor. Va a ser el Vocho azul.
Igor sintió que la sangre le hervía. Agarró al tipo por el cuello de la camisa y lo estampó contra el Jetta caliente.
—¡Dile a tu patrón que si la toca lo mato!
—¡Suéltalo, Igor! —gritó Kirill, jalándolo—. ¡Nos están grabando!
Efectivamente, en la acera de enfrente, alguien grababa con un celular. Estaban montando una escena para desacreditarlos. “Mecánico agresivo golpea a cliente”.
Igor soltó al tipo.
—Lárgate —dijo Igor—. Llévate tu chatarra y lárgate.
El tipo se subió a la grúa, riéndose.
—Tienes hasta el viernes, ceniciento.
Esa noche, el ambiente en la casa era fúnebre.
El ataque había sido quirúrgico. No usaron violencia física, usaron guerra sucia. Si subían el video de la pelea o de la supuesta negligencia, la reputación del taller se iría al suelo. “Voronov & Mendoza” se acabaría.
Y la amenaza contra Nasty era explícita. Viernes. Tenían cinco días.
—No tenemos el dinero —dijo Doña Ana, llorando en silencio—. Nos faltan 150 mil. El banco no me presta más.
—Podemos vender las herramientas… —dijo Kirill—. Las computadoras…
—No alcanza —dijo Igor—. Y sin herramientas no trabajamos.
Estaban acorralados.
Igor subió a su cuarto. Se sentó en la oscuridad. Miró la foto de su madre.
—Ayúdame, jefa. No sé qué hacer.
Su celular vibró. Era un mensaje de Nasty.
“Estás en línea. No me has hablado en dos días. Sé que algo pasa. Voy para tu casa. No me importa si te enojas.”
—¡No! —gritó Igor. Marcó su número.
—¿Nasty? ¡No vengas!
—Voy en el Uber, Igor. Llego en 5 minutos. Tenemos que hablar. No puedes sacarme de tu vida así nada más.
—¡Nasty, es peligroso! ¡Están vigilando la casa!
—No me importa. Si tienes problemas, los enfrentamos juntos. O me explicas a la cara qué pasa o no me vuelves a ver.
Igor colgó y bajó corriendo.
—¡Viene para acá! —le gritó a Kirill—. ¡Nasty viene para acá!
Salieron al portón. La noche estaba oscura. Una farola parpadeaba en la esquina.
Vieron las luces de un coche acercándose. Un sedán blanco. Un Uber.
El coche se detuvo frente a la casa.
Nasty bajó. Llevaba una chamarra grande y se veía decidida.
—A ver, Igor Mendoza… —empezó a decir, caminando hacia él.
Pero entonces, otro motor rugió.
De la oscuridad de la calle lateral salió una motocicleta con dos tipos con casco. Iban rápido. Sin luces.
—¡NASTY, CUIDADO! —gritó Igor, lanzándose hacia ella.
La moto pasó rozándola. El de atrás no llevaba un arma, llevaba un bate de béisbol.
Tiró el golpe.
Igor alcanzó a empujar a Nasty al suelo, cubriéndola con su cuerpo.
El bate golpeó a Igor en el hombro y en las costillas.
CRACK.
El dolor fue cegador. Igor cayó sobre el pavimento, rodando.
La moto aceleró y se perdió en la noche, dejando solo el eco de una risa y el rugido del motor.
—¡IGOR! —gritó Nasty, gateando hacia él.
Doña Ana y Kirill salieron corriendo del portón.
—¡Llamen a una ambulancia! —gritó Doña Ana.
Igor estaba tirado boca arriba, respirando con dificultad. Le dolía todo el lado izquierdo. Pero buscó la mano de Nasty.
—¿Estás bien? —susurró, con los dientes apretados por el dolor.
—¡Idiota! —lloraba ella, acariciándole la cara—. ¡Te pegaron a ti! ¡Estás sangrando!
—Pero tú estás bien… —Igor intentó sonreír, pero hizo una mueca—. Te dije que soy tóxico.
Kirill se arrodilló junto a él, revisando el golpe.
—No está roto, creo. Pero te va a doler como el infierno mañana. Fue una advertencia, Igor. La próxima vez no le pegan al hombro. Le pegan a la cabeza.
En la Sala de Urgencias.
No fueron al hospital privado. Fueron a la Cruz Roja, donde era barato.
Igor tenía dos costillas fisuradas y una contusión fuerte en el deltoides. Nada grave, dijeron los doctores, pero necesitaba reposo absoluto dos semanas.
—¿Reposo? —se rió Igor con amargura mientras le vendaban el torso—. Tengo que juntar 150 mil pesos en cinco días. No puedo reposar.
Nasty estaba ahí. No se había ido. Estaba sentada en la silla de plástico, pálida, con la ropa sucia de asfalto, sosteniendo la mano buena de Igor.
Doña Ana y Kirill habían ido a llenar papeles.
—Ahora entiendo —dijo Nasty suavemente—. Por eso me alejabas.
—Son prestamistas —confesó Igor, vencido—. Amenazaron con hacerte daño a ti para presionarme. Nasty, tienes que irte. Vete con tus papás, vete de viaje, escóndete hasta que arreglemos esto.
Nasty le apretó la mano.
—No.
—Nasty, por favor…
—Dije que no. —Sus ojos brillaron con una determinación que Igor no conocía—. Ahora es personal. Me tiraron al suelo. Lastimaron a mi novio.
Igor parpadeó.
—¿Tu novio?
—Sí, mi novio. El menso que se pone enfrente de un bate por mí. —Le dio un beso suave en la frente—. Escúchame, Igor. Mi papá es ingeniero civil. Tiene una constructora. No es millonario, pero tiene maquinaria. Tiene contactos. Y yo… yo no soy una damisela en apuros. Sé diseñar. Sé comunicar.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que se metieron con la chica equivocada. Si quieren guerra mediática, les vamos a dar guerra. Y si necesitan dinero… vamos a conseguirlo. Pero juntos. Ya no son tres contra el mundo. Ahora somos cuatro.
En ese momento, Kirill entró al cubículo. Traía un café y una cara de haber tenido una revelación.
—Oigan… estaba pensando. Mientras esperaba afuera, vi un cartel.
—¿De qué? —preguntó Igor.
—Hay una “Expo Mecánica” este fin de semana en el Centro Banamex. Hay un concurso. “El Mecánico del Año”. El premio es un kit completo de taller profesional Snap-On y… 200 mil pesos en efectivo.
Igor intentó sentarse, pero gimió de dolor.
—Kirill… tengo las costillas rotas. No puedo competir. El concurso es de velocidad y precisión. Cambiar llantas, armar motores contra reloj. Estoy inútil.
—Tú estás inútil —dijo Kirill, mirándolo fijamente—. Pero tu cerebro no. Y mis manos… mis manos ya no son de pianista.
—¿Estás loco? Tú apenas sabes cambiar bujías.
—Llevo tres meses viéndote. Llevo tres meses programando y entendiendo la lógica. Tú puedes ser el director técnico. Yo seré el piloto. Tú me dices qué hacer por el radio, y yo lo hago.
—Es imposible —dijo Doña Ana, que acababa de entrar—. Es muy arriesgado.
—Es eso o que nos maten el viernes —dijo Kirill—. Además, Nasty puede diseñar los uniformes. Vamos a vernos pro.
Igor miró a su hermano postizo. Vio en sus ojos algo nuevo. Ya no era el nieto que buscaba dinero fácil. Era un hombre dispuesto a luchar por su familia.
Miró a Nasty, su novia valiente.
Miró a Doña Ana, su madre adoptiva.
—Está bien —dijo Igor, cerrando los ojos—. Inscríbenos. Vamos a ganar ese maldito concurso.
El Centro Citibanamex es un monstruo de cristal y acero al poniente de la Ciudad de México. Ese sábado, el aire acondicionado zumbaba tratando de combatir el calor generado por cientos de reflectores, motores encendidos y la testosterona de mil mecánicos compitiendo en la “Expo Mecánica Nacional 2024”.
El equipo “Voronov & Mendoza” parecía una broma comparado con los demás.
A la izquierda estaba el equipo de “Servicio Ford Interlomas”: cinco tipos vestidos con overoles azules impecables, herramientas neumáticas de última generación y patrocinios de marcas de aceite en las gorras.
A la derecha, “Performance Tuning Guadalajara”: tipos musculosos, tatuados, que miraban a todos por encima del hombro mientras limpiaban sus llaves cromadas.
Y en el centro, en el módulo 14, estaban ellos.
Igor estaba sentado en una silla de ruedas que consiguieron prestada en la Cruz Roja. Tenía el torso vendado bajo una camisa de botones abierta y la cara pálida por los analgésicos, pero llevaba un auricular con micrófono pegado a la boca.
Kirill estaba de pie, temblando ligeramente. Llevaba un overol gris que Nasty había diseñado y cosido en dos noches. En la espalda, bordado con hilo naranja brillante, se leía: VORONOV & MENDOZA: FAMILIA Y MOTOR.
Nasty corría de un lado a otro con una tableta, verificando el reglamento, y Doña Ana, sentada en una silla plegable detrás de la línea amarilla, sostenía un rosario y una hielera con aguas de limón.
—Respira, Kirill —le dijo Igor por el intercomunicador—. Inhala, exhala. Eres el mejor.
—Tengo ganas de vomitar, Igor —respondió Kirill, ajustándose los guantes—. Mira a esos gorilas de al lado. Desarmaron un monoblock en el calentamiento en tres minutos. Yo tardo eso en encontrar el dado de 10 milímetros.
—Ellos tienen fuerza, tú tienes precisión. Y me tienes a mí en tu oído. Tú eres mis manos hoy. Yo soy tu cerebro. ¿Confías en mí?
Kirill volteó a verlo. Vio a su hermano postizo, roto, golpeado por defender a su novia, arriesgando su salud por una deuda que no era suya.
—Hasta la muerte, carnal.
La Sombra en la Tribuna.
El concurso constaba de tres rondas eliminatorias. El premio mayor: 200,000 pesos en efectivo y un contrato de patrocinio por otros 100,000. Justo lo que necesitaban para pagarle al Buitre y enterrar la pesadilla.
Pero el Buitre no estaba lejos.
Nasty, que estaba escaneando el público, se acercó a Igor y le susurró al oído.
—Fila 4, zona VIP. Traje gris.
Igor levantó la vista. Ahí estaba Rogelio “El Buitre”. No se escondía. Estaba sentado cómodamente, comiendo palomitas, rodeado de sus dos matones. Al ver que Igor lo miraba, el Buitre sonrió y se pasó el dedo por el cuello. Luego señaló su reloj.
Tic, toc.
Si perdían hoy, el lunes no habría casa, ni taller, ni familia.
Ronda 1: Velocidad y Frenos.
—¡Mecánicos, a sus puestos! —bramó el presentador por los altavoces—. Primera prueba: Cambio completo de balatas y purga de sistema de frenos en un Chevrolet Aveo. ¡Tienen 20 minutos! El que no termine, queda fuera. ¡En sus marcas, listos, FUERA!
El ruido fue ensordecedor. El zumbido de las pistolas de impacto llenó el salón. Taka-taka-taka-taka.
Los del equipo Ford volaron. En dos minutos ya tenían las llantas abajo.
Kirill se trabó.
—¡No sale el birlo de seguridad! —gritó, forcejeando con la cruceta—. ¡Está barrido!
—¡Calma! —ordenó Igor por el micrófono, viendo todo desde su silla—. No uses la fuerza bruta. Agarra el marro de goma y dale un golpe seco a la cruceta para que asiente. ¡Ahora!
Kirill obedeció. PUM. Giró. El birlo cedió.
—¡Bien! Ahora saca el cáliper. Llave 14. No, la otra, la que tiene la cinta roja. ¡Esa!
Kirill se movía como un robot controlado a distancia. Sudaba a chorros. Igor le dictaba cada movimiento: “Gira a la izquierda, pistón adentro, pon la balata, grasa de cobre en las guías, monta, aprieta”.
Los otros equipos empezaron a levantar la mano. “¡Tiempo Ford!”, “¡Tiempo Guadalajara!”.
Quedaban tres lugares para pasar a la siguiente ronda.
—¡Kirill, purga rápido! ¡Bombea el pedal! —gritó Igor, ignorando el dolor punzante en sus costillas al inclinarse.
Nasty se metió al coche (el reglamento permitía un ayudante para bombear).
—¡Uno, dos, tres, fondo! —gritaba Nasty.
Kirill abrió el grifo de purga. Salió aire. Cerró.
—¡Listo! ¡Llanta arriba!
Pusieron la llanta. Kirill apretó los birlos con la pistola de impacto.
—¡TIEMPO VORONOV! —gritó Kirill levantando las manos.
El juez corrió. Revisó el torque. Revisó que el pedal estuviera firme.
—¡Pasan en octavo lugar! —anunció el juez.
Pasaron de panzazo. Pero pasaron.
Doña Ana se persignó y les pasó toallas húmedas. Kirill temblaba de adrenalina.
—Casi me da un infarto —dijo.
—Guárdalo —dijo Igor—. Falta lo peor.
Ronda 2: El Diagnóstico Ciego.
Quedaban 10 equipos.
—Esta prueba es mental —anunció el juez—. Tienen frente a ustedes diez motores montados en bancos de prueba. Todos tienen una falla provocada. No arrancan. Tienen 15 minutos para diagnosticar y arrancar el motor. No pueden cambiar piezas, solo reparar lo que está ahí.
Esta era la especialidad de Igor. Pero él no podía tocar el motor.
El motor era un Ford V8 Tritón. Una bestia compleja.
Kirill se paró frente al motor.
—Dale marcha —dijo Igor.
El motor tosió. Cof-cof-cof. Nada.
—Suena a falta de gasolina —dijo Igor—. Revisa la presión en el riel de inyectores.
Kirill conectó el manómetro.
—Cero presión, Igor. Bomba muerta.
—No, demasiado obvio. Sigue la línea eléctrica de la bomba. Busca el interruptor de inercia.
Kirill buscó. Encontró el interruptor. Estaba activado (como si el coche hubiera chocado). Lo reseteó.
—Intenta ahora.
Cof-cof… VROOOM… puf.
Arrancó y se murió.
—Mierda —dijo Igor—. Hay algo más. Escuché un soplido. Revisa las mangueras de vacío.
Kirill revisaba desesperado. Los otros equipos ya estaban arrancando sus motores. El rugido de los competidores ponía presión extra.
—¡No veo nada suelto, Igor! ¡Todo está conectado!
Igor cerró los ojos, visualizando el diagrama del motor en su cabeza, ignorando el ruido del estadio.
—Kirill… revisa el sensor MAF (Flujo de Aire). Quítalo. Mira adentro.
Kirill lo desmontó.
—Hay… hay un pedazo de cinta adhesiva pegado en la resistencia.
—¡Quítalo! Es sabotaje de los jueces. Limpia con el spray y monta.
Kirill lo hizo en tiempo récord.
—¡Arranca!
El V8 rugió parejo, estable.
—¡TIEMPO VORONOV!
Pasaron en tercer lugar.
La Final: El Rompecabezas Imposible.
Solo quedaban tres equipos. Ford Interlomas, Performance Guadalajara y Voronov & Mendoza.
El premio estaba ahí, en una maleta transparente llena de billetes custodiada por guardias.
El Buitre ya no sonreía en la tribuna. Estaba hablando por teléfono, visiblemente molesto.
—Señores —dijo el juez principal—. La prueba final es la más difícil. Tienen un motor Volkswagen TSI desarmado en la mesa. Cabezas, pistones, cigüeñal, todo suelto. Tienen que armarlo, ponerlo a tiempo, montarlo en el banco y arrancarlo. El primero que lo mantenga encendido 30 segundos sin fallas, gana. Tienen 2 horas.
Armar un motor desde cero toma días. Hacerlo en dos horas es una locura.
—Es imposible —susurró Kirill, viendo las cientos de piezas sobre la mesa—. Yo nunca he armado un motor completo.
Igor le agarró la mano (la mano llena de grasa) y lo miró a los ojos.
—No vas a armar un motor. Vas a armar un rompecabezas de Lego. Yo te digo qué pieza sigue. Tú solo aprieta. No pienses. Solo ejecuta. Nasty, tú organiza las piezas por tamaño en la mesa. Doña Ana, necesito que nos vaya pasando las herramientas antes de que las pidamos. Somos un solo organismo. ¡VÁMONOS!
—¡EN SUS MARCAS, LISTOS, FUERA!
Empezó la danza.
Fue algo hermoso de ver.
Igor cantaba las instrucciones como una canción rápida.
—Cigüeñal abajo, metales, torque a 40 libras. ¡Ya! Pistón uno, anillo, comprime, adentro. ¡Ya! Pistón dos…
Kirill se movía con una fluidez que sorprendió a todos. Ya no dudaba. Sus manos volaban. Ratatatata sonaba el torquímetro.
Nasty le pasaba los tornillos en el orden exacto.
Doña Ana limpiaba el sudor de la frente de su nieto para que no le cayera en los ojos.
A la hora y media, el equipo Guadalajara cometió un error. Apretaron demasiado una biela y se rompió el tornillo. Quedaron fuera.
Solo quedaban Ford y ellos.
El equipo Ford iba ganando por unos minutos. Ya estaban poniendo la cabeza del motor.
—¡Vamos atrasados! —gritó Kirill—. ¡Ellos ya van a cerrar!
—¡No mires al lado! —ladró Igor—. ¡Mira tu trabajo! Si corres, fallas. Cabeza abajo. Junta nueva. Aprieta en espiral. Uno, dos, tres…
Faltaban 10 minutos. Ambos equipos estaban poniendo la banda de distribución. Es el paso más crítico. Si te equivocas por un diente, las válvulas chocan con los pistones y el motor explota.
El equipo Ford, presionado, montó la banda rápido.
—¡Listo! —gritaron.
Intentaron arrancar.
CLACK-CLACK-CLACK.
Ruido de metal chocando. No estaba a tiempo. Tuvieron que parar para no destruir el motor. Tenían que desarmar y volver a poner a tiempo.
—¡Es nuestra oportunidad! —dijo Igor—. Kirill, escúchame bien. Busca las marcas de tiempo en los engranes. Tienen que estar perfectamente alineadas. No “más o menos”. Perfectas.
Kirill le temblaba la mano. Estaba agotado. Llevaba dos horas de esfuerzo físico brutal.
—No veo la marca de abajo, Igor. Está oscuro.
Igor hizo algo prohibido para su condición. Se quitó el cinturón de seguridad de la silla. Se impulsó. Gritó de dolor cuando sus costillas protestaron, pero se puso de pie, apoyándose en la mesa.
Se inclinó sobre el motor.
—Ahí está —señaló con el dedo—. Gira el cigüeñal dos milímetros a la izquierda. ¡Ahí! ¡Pon la banda! ¡Tensa!
Kirill soltó el tensor. La banda quedó firme.
—¡Monta la tapa! ¡Conecta la batería!
Faltaban 30 segundos para que se acabara el tiempo límite.
—¡Dale marcha! —gritó Igor, cayendo de nuevo en la silla, casi desmayado por el dolor.
Kirill apretó el botón.
El motor giró. Una vuelta. Dos vueltas.
Y entonces…
VROOOOOOOOOOOOM.
El motor 1.4 TSI cobró vida. Un zumbido perfecto, sincrónico, musical.
El juez corrió. Miró el cronómetro.
—¡Manténganlo! ¡10 segundos… 20 segundos… 30 segundos!
El juez bajó la bandera a cuadros.
—¡GANADORES! ¡EL EQUIPO VORONOV & MENDOZA!
El estadio estalló. La gente ama a los desvalidos. Nasty saltó sobre Kirill abrazándolo. Doña Ana se puso a llorar alzando las manos al cielo.
Igor solo cerró los ojos y sonrió, dejando que el dolor se lo llevara un momento hacia la oscuridad del alivio.
El Pago.
No esperaron al lunes.
Esa misma tarde, salieron del Centro Banamex con un cheque gigante de cartón y, más importante, con una transferencia electrónica confirmada a la cuenta de Doña Ana y un maletín con el efectivo del premio “express” que otorgaban los patrocinadores.
Fueron escoltados por el Comandante Trejo (que había llegado a ver la final) hasta las oficinas de “Consultoría Omega” en el lote baldío de Iztapalapa. No fueron solos. Fueron con el Profe Arreola y dos patrullas.
El Buitre estaba ahí, en su oficina que no era más que un contenedor de carga acondicionado. Se veía furioso.
Igor entró primero, caminando despacio, todavía adolorido pero erguido. Kirill llevaba el maletín.
—Buenas tardes, Rogelio —dijo Igor—. Venimos a cerrar el trato.
El Buitre miró a los policías afuera. Miró el maletín.
—Se tardaron. Ya iba a mandar a mis muchachos a hacer una fogata en Tlalpan.
—Cállate y cuenta —dijo Kirill, abriendo el maletín sobre el escritorio mugriento.
Había fajos de billetes de quinientos. Trescientos mil pesos. Ni un centavo más, ni uno menos. (Los intereses usureros los habían peleado legalmente con el Profe Arreola y se acordó pagar solo el capital original más un interés legal).
El Buitre contó rápido. Su cara se retorcía de coraje. Quería la casa, no el dinero. La casa valía millones. El dinero era una miseria para él. Pero con la policía y la prensa encima, no podía negarse a recibir el pago.
—Está completo —gruñó.
—Firma aquí —dijo el Profe Arreola, poniendo un documento sobre la mesa—. Finiquito total de deuda y liberación de gravamen hipotecario. Y quiero las escrituras originales. Ahora.
El Buitre abrió una caja fuerte. Sacó la carpeta de cuero vieja de Doña Ana. La aventó sobre la mesa.
—Lárguense. Y cuiden sus espaldas. La ciudad es muy grande y los accidentes pasan.
Igor tomó la carpeta. Se la dio a Doña Ana, que la abrazó contra su pecho como si fuera un bebé.
—No te tenemos miedo, Rogelio —dijo Igor, mirándolo a los ojos—. Ya no somos presas. Somos manada. Y si te vuelves a acercar a nosotros, no va a ser un video de TikTok lo que te va a caer encima.
Salieron del contenedor. El sol se estaba poniendo sobre Iztapalapa, tiñendo el cielo de morado y naranja.
Al subir a la camioneta del Comandante Trejo, Doña Ana se soltó a llorar. Pero esta vez no era angustia. Era libertad.
EPÍLOGO: Un Año Después.
El jardín de la casa de la calle Galeana estaba irreconocible. El pasto estaba verde, las bugambilias explotaban en colores, y al fondo, donde antes había ratas y basura, ahora había un letrero de neón elegante:
VORONOV & MENDOZA
Centro de Ingeniería Automotriz
El taller estaba lleno. Había un BMW, un Audi y, por supuesto, un par de Vochos. Tenían dos empleados nuevos, chavos del orfanato San Miguel a los que Igor estaba enseñando el oficio, dándoles la oportunidad que él tuvo que pelear a sangre y fuego.
Era sábado por la tarde. No había trabajo hoy. Había fiesta.
En el centro del jardín habían puesto mesas con manteles blancos. Había música de mariachi suave.
Igor se ajustó la corbata. Se sentía raro sin el overol, pero Nasty decía que se veía guapísimo.
—¿Estás nervioso? —le preguntó Kirill, apareciendo a su lado.
Kirill también llevaba traje. Se veía sano, fuerte. Llevaba un año limpio. Iba a la universidad en las mañanas (retomó Sistemas) y llevaba la gerencia del taller en las tardes.
—Un poco —admitió Igor—. Nunca pensé que llegaría este día.
—Pues créelo, carnal. Te lo ganaste.
La música cambió. Empezó la Marcha Nupcial.
Todos se pusieron de pie.
No era una boda doble, como en las películas cursis. Era la boda de Doña Ana.
Sí, Doña Ana y el Profe Arreola.
El amor, descubrieron, no tiene edad. Después de tantas tardes de café y demandas legales, el Profe se había enamorado de la valentía y el mole de la maestra, y ella de su caballerosidad y su inteligencia.
Doña Ana caminaba hacia el altar improvisado bajo el limonero, radiante.
Igor y Kirill la esperaban para entregarla. Uno de cada brazo.
Cuando llegaron frente al juez, Doña Ana se detuvo un momento. Miró a sus dos muchachos.
A Kirill, su sangre, que había regresado del infierno para volverse un hombre de bien.
A Igor, el extraño que llegó con una mochila y le salvó la vida.
—Gracias —les susurró—. Mis niños.
La ceremonia fue hermosa. Hubo risas, hubo lágrimas, hubo baile.
Nasty sacó a bailar a Igor.
—¿Y nosotros para cuándo? —bromeó ella, recargando la cabeza en su hombro.
—Aguanta —se rió Igor—. Primero deja que terminemos de pagar la expansión del taller.
Más tarde, cuando la fiesta se apagaba y la luna llena iluminaba el patio, Igor se separó un momento del grupo. Caminó hacia el portón.
Sacó de su cartera la vieja foto de su madre. La foto que lo había acompañado desde el orfanato.
La miró bajo la luz de la luna.
Durante años, esa foto había sido su única familia. Su único ancla.
Pero ahora…
Miró hacia el jardín. Vio a Kirill riéndose con los chavos del taller. Vio a Doña Ana bailando despacio con el Profe. Vio a Nasty platicando con el Comandante Trejo.
Sintió una paz profunda, sólida, como el rugido de un motor bien afinado.
Guardó la foto.
—Gracias, jefa —le dijo al cielo—. Ya no te necesito para no sentirme solo. Ya tengo a mi gente.
Cerró el portón con suavidad, dejando fuera a la calle gris, y regresó adentro, al calor, a la luz, a su hogar.
FIN