
CAPÍTULO 1: SANGRE EN REFORMA
El cielo sobre la Ciudad de México esa mañana tenía ese color particular que solo los habitantes de la capital reconocen: una mezcla densa de gris pizarra y un oro sucio, filtrado a través de la capa de esmog que atrapaba el valle. Eran las 8:15 de la mañana y el Paseo de la Reforma era, como siempre, una arteria obstruida, un río de metal y cláxones que fluía lento bajo la mirada impasible del Ángel de la Independencia.
Maya Villa observaba el caos desde la ventana trasera de su camioneta blindada, una Suburban negra que olía a cuero nuevo y a aire acondicionado procesado. Sus dedos tamborileaban un ritmo nervioso sobre la pantalla oscura de su celular. Afuera, la vida transcurría con esa violencia cotidiana de la ciudad: oficinistas corriendo con cafés en la mano, vendedores de tamales empujando sus carritos de metal humeante, el sonido lejano de un organillero perdiéndose entre el rugido de los motores.
Pero Maya no estaba realmente allí. Su mente estaba atrapada cuarenta y ocho horas en el pasado, en una oficina refrigerada en el piso 42 de la Torre Virreyes, donde su vida, tal como la conocía, se había fracturado silenciosamente.
Todo había comenzado con un error digital, un descuido tan trivial que parecía una broma del destino. Felipe Navarro, el Vicepresidente Ejecutivo de “Desarrolladora Villa” y el hombre que se sentaba a la derecha de su padre en cada cena de Navidad, había dejado abierta su sesión en el servidor privado de la empresa. Maya solo buscaba unos planos para el proyecto de viviendas sustentables en Querétaro. Lo que encontró, en cambio, fue una carpeta oculta titulada “Operación Cimientos”.
No eran planos. Eran registros.
Eran correos electrónicos dirigidos a competidores directos. Eran hojas de cálculo detallando sobornos a funcionarios de la alcaldía para saltarse normas de seguridad sísmica. Eran bitácoras de chat encriptados donde se burlaban de los “costos hundidos”, refiriéndose a las familias desalojadas de predios irregulares. Y lo peor, lo que le heló la sangre a Maya y la mantuvo despierta dos noches seguidas, fue la firma digital que autorizaba las transferencias más grandes. No era la de Felipe. Era una firma mancomunada. Felipe proponía, pero el sistema de su padre, Haroldo Villa, aprobaba.
—Señorita Maya, ¿la dejo en la entrada principal o bajamos al estacionamiento? —la voz de Roberto, su chofer y guardaespaldas desde hacía cinco años, la sacó de su trance.
Maya parpadeó, volviendo al presente. Estaban parados frente al edificio de cristal donde tenía una reunión con el auditor externo que había contratado en secreto.
—Aquí está bien, Roberto. Necesito caminar un poco. El aire acondicionado me está matando.
—Señorita, sabe que a Don Haroldo no le gusta que ande caminando sola por la calle, aunque sea Reforma. Las cosas están calientes.
—Solo son unos metros, Roberto. Y mi papá no tiene por qué saber cada vez que respiro aire fresco. Espérame en la esquina.
Maya abrió la puerta pesada de la camioneta y el ruido de la ciudad la golpeó de lleno. El olor a gasolina, a tacos de canasta y a asfalto caliente inundó sus sentidos. Ajustó su abrigo, una pieza de lana color crema que costaba más de lo que la mayoría de la gente que la rodeaba ganaba en seis meses, y comenzó a caminar.
Su corazón latía con una fuerza dolorosa contra sus costillas. Esa mañana, al salir de su departamento en Polanco, había encontrado algo que terminó de destrozar sus nervios. En el parabrisas de su auto personal, un convertible que rara vez usaba, había una hoja de papel de cuaderno barato, doblada en cuatro. No había sido enviada por correo, ni dejada por un mensajero. Alguien había entrado a su garaje.
El mensaje, escrito con letras recortadas de revista al estilo de un cliché cinematográfico que en la vida real resultaba terrorífico, decía una sola frase:
“Los accidentes ocurren cuando la gente mira donde no debe. Cierra los ojos o te los cerramos.”
Maya apretó su bolso contra su costado, sintiendo el peso del disco duro encriptado que llevaba dentro. Contenía todo. La evidencia de que el imperio de su padre, el gran Haroldo Villa, el “Constructor de México”, estaba edificado sobre cimientos podridos. Iba a entregárselo al auditor hoy mismo. Iba a detonar la bomba.
Caminó más rápido, sus tacones repiqueteando sobre la acera. La paranoia se apoderó de ella. ¿Ese hombre de chamarra de cuero que hablaba por teléfono la estaba mirando? ¿Por qué esa moto se había detenido dos veces en el mismo semáforo?
—Estás imaginando cosas, Maya —se susurró a sí misma—. Nadie sabe que tienes el disco. Felipe cree que solo estás revisando costos.
Llegó a la intersección de Reforma y Río Misisipi. El semáforo peatonal estaba en rojo. Una multitud se aglomeró a su alrededor esperando el cruce. Había de todo: ejecutivos con trajes brillantes, estudiantes con mochilas pesadas, y un grupo de trabajadores de la construcción con sus chalecos naranjas y cascos amarillos, comiendo tortas y riendo entre ellos.
Maya se sintió expuesta. Vulnerable.
Su celular vibró. Era un mensaje de texto. Número desconocido.
“Te dije que cerraras los ojos.”
El aire se le congeló en los pulmones. Levantó la vista, buscando frenéticamente entre los autos, entre las ventanas de los edificios, entre la gente.
El semáforo cambió a verde. La masa de gente comenzó a avanzar. Maya dio un paso, aturdida.
Fue entonces cuando lo escuchó.
No fue un disparo al principio. Fue el rugido de una motocicleta acelerando en sentido contrario, subiéndose a la banqueta. La gente gritó y se dispersó como palomas asustadas. Maya se quedó paralizada, sus instintos de supervivencia anulados por la incredulidad.
Vio al motociclista. Casco negro cerrado. Una chamarra oscura. Y en su mano, un objeto metálico que brillaba bajo el sol grisáceo de la mañana. El cañón de una pistola apuntando directamente a su pecho.
El tiempo hizo esa cosa extraña que hace en las pesadillas: se estiró hasta romperse. Maya vio el dedo del hombre contraerse en el gatillo. Vio el destello. Pensó, absurdamente: No me despedí de mi mamá.
—¡SEÑORA, AL SUELO!
El grito no vino de su cabeza. Fue un rugido gutural, crudo, cercano.
Antes de que pudiera procesarlo, algo golpeó a Maya con la fuerza de un tren de carga. No fue una bala. Fue un cuerpo. Un borrón azul marino y naranja se lanzó contra ella desde su izquierda, tacleándola con una precisión brutal pero protectora.
Ambos cayeron al suelo de concreto. Maya sintió el impacto en su cadera y codo, un dolor agudo que le sacó el aire, pero inmediatamente sintió un peso cubriéndola, aplastándola contra el piso sucio.
Y entonces, el sonido.
¡PUM!
Seco. Ensordecedor. No como en las películas. Fue un chasquido feo y final.
Maya cerró los ojos, esperando el dolor, esperando la oscuridad. Sintió una sacudida en el cuerpo que la protegía. Un espasmo violento.
—¡Hijo de tu…! —escuchó gritar a alguien más lejos.
El peso sobre ella se aflojó. El hombre que la había derribado rodó hacia un lado, liberándola, pero quedando tendido a sus pies.
El caos estalló.
—¡Le dieron! ¡Le dieron al chavo!
—¡Agárrenlo! ¡Allá va la moto!
—¡Llamen a una patrulla! ¡Llamen a la Cruz Roja!
Maya se incorporó temblando, con las manos raspadas y el abrigo manchado de polvo urbano. El mundo giraba. El ruido era insoportable. Pero sus ojos se clavaron en el hombre que yacía en la banqueta.
Era uno de los trabajadores de la construcción. Llevaba un uniforme de mezclilla desgastado, botas industriales llenas de cal y cemento seco. No podía tener más de treinta años. Su piel era morena, curtida por el sol de las obras, y tenía el cabello cortado casi a rape, estilo militar.
Pero lo que Maya vio con horror fue la mancha oscura que se expandía rápidamente por su hombro izquierdo, empapando la tela ruda de su camisa.
—No, no, no… —balbuceó Maya. Se arrastró de rodillas hacia él, ignorando los vidrios rotos y la basura de la calle.
El hombre no gritaba. Estaba boca arriba, mirando el cielo gris con una expresión de sorpresa, como si no pudiera creer que el día hubiera tomado ese giro. Apretó los dientes con tanta fuerza que los músculos de su mandíbula saltaron.
—¡Oye! ¡Oye! —Maya puso sus manos sobre la herida, instintivamente tratando de contener la sangre. Estaba caliente. Espesa.
El hombre giró la cabeza hacia ella. Sus ojos eran oscuros, profundos, y en ese momento, extrañamente lúcidos a pesar del dolor.
—¿Está… bien? —preguntó. Su voz era un rasbido, una cosa rota.
Maya sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.
—¿Que si yo estoy bien? —sollozó, incrédula—. ¡Tú estás sangrando! ¡Te dispararon!
—A usted… —hizo una mueca de dolor, cerrando los ojos un momento y soltando un soplido de aire entre los dientes—. Iban… por usted.
Maya miró a su alrededor. Roberto, su chofer, corría hacia ellos con la pistola desenfundada, gritando órdenes a su teléfono. Dos albañiles más estaban reteniendo a alguien en el suelo a unos metros de distancia, pateándolo con furia. Habían atrapado al tirador. La gente grababa con sus celulares, formando un círculo mórbido alrededor de ellos.
—¡Necesitamos una ambulancia! —gritó Maya con una voz que no reconoció como suya, una voz de mando, de desesperación—. ¡Roberto! ¡Deja el teléfono y trae el kit de primeros auxilios, carajo!
El hombre en el suelo tosió. Una pequeña gota de sangre manchó sus labios.
—Tranquilo… —Maya presionó más fuerte con su mascada de seda, que ya estaba arruinada, teñida de carmesí—. Vas a estar bien. No te duermas. Por favor, no te duermas. ¿Cómo te llamas?
El hombre la miró. Había algo en su mirada que la desarmó. No había miedo. Había resignación. Una calma antigua.
—Elías… —susurró.
—Elías. Okay, Elías. Soy Maya. Mírame a mí. No mires a la gente. Mírame a mí.
—Sé quién es… —murmuró él, con una sombra de sonrisa dolorosa—. La jefa… del jefe.
Las sirenas se escucharon a lo lejos, acercándose, luchando contra el tráfico de Reforma.
—¿Por qué hiciste eso? —preguntó ella, limpiando una gota de sudor de la frente de él con su mano manchada de sangre—. Pudiste haber corrido.
Elías respiró hondo, un sonido gorgoteante y doloroso.
—No se deja… a nadie… atrás.
Esas palabras la golpearon más fuerte que la caída. No se deja a nadie atrás.
Los paramédicos llegaron como una tormenta azul y blanca. La apartaron.
—¡Señorita, necesitamos espacio!
—¡Viene conmigo! —gritó Maya, poniéndose de pie, tambaleándose—. ¡Yo pago todo! ¡Llévenlo al ABC de Observatorio, no al general! ¡Al mejor hospital!
—Señora, el protocolo…
—¡Soy Maya Villa! —rugió, usando su apellido como el arma que siempre había odiado pero que ahora necesitaba—. ¡Es mi empleado y viene conmigo o juro que compro la empresa de ambulancias y los despido a todos mañana!
Los paramédicos no discutieron más. Subieron a Elías a la camilla. Él ya estaba perdiendo el color, su piel morena tornándose de un gris cenizo.
Maya subió a la ambulancia tras él. Roberto intentó detenerla.
—Señorita Maya, es peligroso. Tengo que llevarla a seguridad…
—Súbete al coche y síguenos, Roberto. Y llama a mi papá. Dile que intentaron matarme. Y dile que fallaron porque un albañil tuvo más valor que todo su equipo de seguridad junto.
Las puertas de la ambulancia se cerraron, silenciando el ruido de la ciudad, pero no el del monitor cardíaco que pitaba con una urgencia aterradora.
Maya tomó la mano de Elías. Era una mano grande, áspera, llena de callos y cicatrices pequeñas de trabajo duro. Una mano que construía cosas. Una mano que acababa de salvar su vida.
Elías tenía los ojos cerrados ahora.
—No te atrevas a morirte, Elías —susurró ella, apretando su mano—. No me dejes con esta deuda.
El viaje fue una eternidad de luces rojas rebotando en las paredes metálicas. Maya miraba el rostro de ese desconocido. Veía la línea fuerte de su mandíbula, la cicatriz pequeña sobre su ceja izquierda, el polvo de la construcción en sus pestañas.
Pensó en las auditorías. En los robos millonarios de Felipe. En la indiferencia de su padre. Todo ese dinero, todo ese poder, y la única cosa real en su vida en ese momento era la sangre de este hombre en sus manos.
Cuando llegaron a urgencias, el equipo de trauma lo rodeó.
—Herida de bala en hombro izquierdo, posible daño pulmonar, hipotensión severa…
Se lo llevaron a través de las puertas dobles. Maya intentó seguirlos, pero una enfermera la detuvo suavemente.
—Hasta aquí, señorita. Déjenos trabajar.
—Él me salvó… —dijo Maya, sintiendo que las piernas le fallaban por primera vez.
—Haremos todo lo posible. Siéntese, por favor. Está en shock.
Maya se dejó caer en una silla de plástico duro en la sala de espera. Miró sus manos. La sangre de Elías se había secado, metiéndose en las líneas de sus palmas, como si quisiera formar parte de su destino.
Su teléfono sonó de nuevo. Era su padre.
Papá llamando…
Maya miró la pantalla un largo momento. Luego, con una calma fría que no sabía que poseía, colgó.
No quería hablar con el hombre que había construido el imperio. Quería saber si el hombre que lo había salvado iba a sobrevivir.
Se quedó allí, sola en medio del bullicio del hospital privado, una princesa de la realeza corporativa manchada de sangre obrera, esperando noticias de un extraño llamado Elías. Y por primera vez en su vida, Maya Villa entendió que el verdadero poder no estaba en firmar cheques, sino en estar dispuesto a sangrar por alguien más.
CAPÍTULO 2: EL PESO DEL SILENCIO
El tiempo en los hospitales no se mide en horas, sino en gotas de suero y en el zumbido monocorde de las máquinas. Para Maya Villa, las tres horas que habían pasado desde que la ambulancia cruzó las puertas de urgencias del Centro Médico ABC se sentían como una década geológica.
Estaba sentada en una sala de espera privada, un privilegio reservado para los donantes “Platino” del hospital. La habitación estaba decorada con un gusto aséptico: sillones de piel beige, una cafetera Nespresso que nadie había tocado y una televisión silenciada que transmitía noticias financieras. Pero ni todo el lujo del mundo podía borrar la mancha oscura y seca en la manga de su blusa de seda, ni el temblor residual en sus manos.
Maya se miró en el reflejo de la ventana oscurecida. Apenas se reconocía. Su cabello, usualmente peinado en una coleta alta impecable, era una maraña suelta. Su maquillaje estaba corrido, dándole el aspecto de un mapache asustado. Pero lo que más la desconcertaba eran sus propios ojos. Ya no tenían esa chispa de ambición calculadora que su padre le había enseñado a cultivar desde los siete años. Ahora había algo roto en ellos. O tal vez, algo despierto.
Su teléfono, que había dejado sobre la mesa de centro de cristal, vibró por enésima vez. La pantalla se iluminó con el nombre: Papá.
Era la décima llamada.
Maya extendió la mano, dudó un segundo y luego volteó el teléfono boca abajo. No podía hablar con él. No todavía. No cuando la sospecha le quemaba la garganta como ácido. Si Felipe Navarro había ordenado el golpe, ¿cuánto sabía Haroldo? Su padre era un hombre duro, un tiburón de la vieja escuela que había construido Grupo Villa sobre cimientos de concreto y favores políticos, pero ¿asesinato? ¿A su propia hija?
La puerta de la sala se abrió con un seseo hidráulico.
Entró el Dr. Arriaga, el jefe de cirugía, un hombre canoso con esa calma imperturbable que solo tienen los que ven la muerte a diario y le ganan la partida ocasionalmente.
Maya se puso de pie de un salto, ignorando el calambre en sus piernas.
—¿Cómo está? —preguntó, su voz sonando demasiado fuerte en la habitación pequeña.
El Dr. Arriaga se quitó los lentes y frotó el puente de su nariz.
—Es un hombre fuerte, señorita Villa. Eso le ayudó mucho.
Maya sintió que el aire regresaba a sus pulmones.
—¿Sobrevivió?
—Sí —asintió el médico—. La bala entró por el deltoides izquierdo, fracturó la clavícula y pasó peligrosamente cerca de la arteria subclavia y el vértice del pulmón. Perdió mucha sangre en el lugar y tuvimos que transfundir tres unidades. Pero logramos estabilizarlo y reparar el daño vascular.
—Gracias a Dios —susurró Maya, dejándose caer de nuevo en el sillón.
—Todavía no cantamos victoria —advirtió Arriaga, levantando un dedo—. Está en la Unidad de Terapia Intensiva. Las próximas 24 horas son críticas para descartar infecciones o embolias. Pero, por ahora, está vivo. Está despertando de la anestesia.
—Quiero verlo.
—Señorita Maya, no es recomendable. Necesita descansar, y usted… —el médico la miró con suavidad paternal— usted parece que va a desmayarse en cualquier momento. Debería ir a casa, bañarse, comer algo.
—No me voy a ir —dijo ella con ese tono de acero que usaba en las juntas de consejo—. No me voy a mover de este edificio hasta que él me diga que me vaya. ¿Puedo verlo o tengo que llamar al director del hospital para recordarle quién pagó el ala de pediatría el año pasado?
El Dr. Arriaga suspiró, reconociendo una batalla perdida.
—Cinco minutos. Solo cinco. Y por favor, no lo agite.
La Unidad de Terapia Intensiva olía a alcohol y a frío. Era un frío distinto al del aire acondicionado de las oficinas de Santa Fe; este era un frío clínico, diseñado para preservar la vida reduciendo su temperatura.
Maya caminó por el pasillo central, sintiéndose como una intrusa en un templo sagrado. Pasó cubículos donde otras vidas pendían de un hilo, hasta llegar al número 4.
Ahí estaba.
Sin el uniforme de mezclilla sucio y sin el caos de la calle Reforma, Elías se veía diferente. Más joven, quizás. La bata de hospital azul pálido dejaba al descubierto sus brazos, que descansaban sobre las sábanas blancas. Estaban conectados a varias vías intravenosas. Un monitor cardíaco dibujaba montañas verdes rítmicas: bip… bip… bip…
Tenía la piel pálida bajo su tono moreno natural, casi grisácea. Había moretones formándose en su rostro y cuello, remanentes de la caída.
Maya se acercó a la cama con pasos de plomo. Arrastró una silla de vinilo y se sentó.
Durante un largo rato, solo lo miró. Observó las callosidades en sus manos, manos que probablemente habían cargado bultos de cemento esa misma mañana para construir los edificios que llevaban el apellido de ella. Observó la cicatriz fina en su barbilla. Observó cómo su pecho subía y bajaba con un esfuerzo mecánico.
—Eres un idiota —susurró Maya, con la voz quebrada, las lágrimas finalmente desbordándose—. Un valiente y absoluto idiota. ¿Quién se lanza frente a una bala por una desconocida?
Se quedó ahí, vigilando su sueño, mientras el sol de la tarde comenzaba a caer sobre la ciudad, pintando de naranja las torres de cristal que se veían a lo lejos por la ventana.
Fue el cambio en el ritmo de su respiración lo que la alertó.
Elías frunció el ceño, una expresión de dolor cruzando su rostro dormido. Soltó un gemido bajo, rasposo.
—Oye… —Maya se inclinó hacia adelante, su corazón acelerándose—. Elías. ¿Me escuchas?
Los ojos del hombre se abrieron. No fue un despertar cinematográfico. Fue lento, pesado, confuso. Parpadeó varias veces, tratando de enfocar la vista en el techo de plafón blanco. Sus pupilas se movían de un lado a otro, buscando una referencia, un punto de anclaje.
—¿Dónde…? —su voz era poco más que un crujido de hojas secas.
—Estás en el hospital —dijo Maya suavemente, acercándose para entrar en su campo de visión—. En el ABC. Estás seguro.
Elías giró la cabeza lentamente hacia la voz. Cuando sus ojos finalmente la encontraron, hubo un momento de vacío, y luego, el golpe de la memoria. Sus ojos se abrieron un poco más. Intentó incorporarse, un reflejo instintivo de huida o defensa.
—¡Ahhh! —el grito se ahogó en su garganta, transformándose en un gruñido cuando el dolor de su hombro estalló.
—¡No, no, no! —Maya puso una mano suavemente sobre su pecho, deteniéndolo—. No te muevas, por favor. Tienes puntos internos. Te van a sedar si te mueves mucho.
Elías se dejó caer de nuevo en la almohada, respirando agitadamente. Cerró los ojos con fuerza y luego los volvió a abrir, mirándola fijamente.
—La… la señora de la camioneta… —susurró.
—Soy yo —dijo Maya, sintiendo una punzada de culpa al escuchar cómo la llamaba—. Soy Maya.
—Maya… —repitió él, probando el nombre, y luego una sombra de reconocimiento cruzó su mirada nublada por los analgésicos—. La hija del patrón. La “Princesa Inmobiliaria”.
Maya sonrió con tristeza. Era un apodo que sabía que circulaba entre los sindicatos y los trabajadores de obra. Lo decían con burla, imaginándola como una niña mimada que jugaba a las casitas con rascacielos.
—No es mi título favorito, pero sí —admitió—. Aunque hoy me siento más como la damisela en apuros que te debe la vida.
Elías tragó saliva, haciendo una mueca; su garganta debía estar seca como el desierto. Maya tomó un hisopo de esponja de la mesa, lo mojó en agua y humedeció sus labios. Él la miró con sorpresa ante el gesto.
—Gracias —murmuró.
—¿Cómo te sientes? —preguntó ella, una pregunta estúpida, pero la única que se le ocurría.
—Como si me hubiera atropellado el Metrobús… y luego me hubiera echado reversa —intentó bromear, aunque su voz no tenía fuerza.
—Fue una bala, Elías. Calibre .38.
Él asintió levemente, la realidad asentándose.
—¿Y el tipo? ¿El de la moto?
—Lo agarraron. Unos compañeros tuyos y un repartidor de Uber Eats le cayeron encima antes de que pudiera arrancar. Está en el Ministerio Público.
Elías soltó un suspiro largo, relajando un poco los hombros.
—Qué bueno… la gente está loca en esta ciudad.
Maya lo miró intensamente.
—No fue locura de la ciudad, Elías. Iban por mí. No fue un asalto.
Los ojos oscuros de él se clavaron en los de ella, agudizándose de repente. La neblina de la morfina pareció disiparse por un segundo, reemplazada por una alerta fría, profesional.
—¿Tiene broncas, señorita?
—Broncas grandes —asintió ella—. Descubrí cosas que no debía.
Elías sostuvo su mirada. No preguntó qué cosas. No pidió detalles. Simplemente asintió, como si en su mundo, las consecuencias de saber demasiado fueran una moneda corriente.
—Entonces… ya somos dos con mala suerte.
Maya negó con la cabeza.
—Tú no tienes mala suerte. Tú te metiste en mi mala suerte. ¿Por qué lo hiciste, Elías? Podías haberte quedado quieto.
Él desvió la mirada hacia la ventana.
—No sé… —dijo, su voz bajando de volumen—. Vi el arma. La vi a usted ahí parada, como… como si no supiera qué estaba pasando. Parecía un venado a mitad del Periférico.
—Y decidiste ser el escudo.
—En el Ejército nos enseñaban… —se detuvo, como si hubiera dicho algo que no debía.
Maya levantó una ceja. —¿Ejército?
Elías se tensó.
—Hace mucho. Ya no. Ahora solo pego ladrillos y cuelo techos.
—Bueno, tus reflejos siguen siendo de soldado —dijo ella con admiración.
Hubo un silencio cómodo, roto solo por los pitidos de la máquina.
—Tengo que avisarle a alguien —dijo Maya, sacando su celular pero sin desbloquearlo—. ¿A quién llamo? ¿Tu esposa? ¿Tus padres?
La expresión de Elías cambió. Se volvió cerrada, dura. Una pared invisible se levantó entre ellos.
—No hay esposa —dijo secamente—. Y mis padres murieron hace años.
—Lo siento —Maya se sintió torpe—. ¿Hermanos? ¿Alguien que esté preocupado por ti?
—Mi abuela —dijo él, y su voz se suavizó, cargada de una preocupación repentina—. Abuela Chelo. Pero no la llame.
—¿Por qué no? Debe estar angustiada si no llegaste a casa.
—Está en una casa de descanso en Cuernavaca. Tiene Alzheimer. Si no llego, no se da cuenta… pero si le dicen que me dispararon, se va a poner mal. No lo va a entender, se va a asustar. Yo soy lo único que tiene.
Maya sintió un nudo en la garganta. Este hombre, tirado en una cama de la UTI, casi muerto, estaba preocupado por una anciana que probablemente no recordaba su nombre todos los días.
—¿Quién paga la casa de descanso? —preguntó Maya, la empresaria en ella calculando logística.
—Yo. Cada semana. En efectivo.
Elías intentó levantarse de nuevo, el pánico cruzando su rostro.
—Si no trabajo esta semana… si no deposito el viernes… la sacan. Son bien estrictos en ese lugar. No tengo seguro, señorita. Si estoy aquí… ¿quién va a pagar esto?
—¡Shh, shh! —Maya le puso las manos en los hombros, obligándolo a acostarse—. Escúchame bien, Elías Bueno. Tú no vas a pagar un centavo. Ni del hospital, ni de la casa de tu abuela.
—No, no, yo no estoy pidiendo limosna…
—No es limosna —lo cortó ella con firmeza—. Es una deuda. Me salvaste la vida. Yo me encargo de tu abuela. Yo me encargo de todo. A partir de hoy, tu único trabajo es respirar y sanar. ¿Entendido?
Elías la miró, su orgullo luchando contra su necesidad. Finalmente, asintió, vencido por el cansancio.
—Está bien… patrona.
Maya sonrió ante el término.
—Dime Maya. Por favor.
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió de golpe. No fue una entrada discreta. Fue una invasión.
—¡Maya!
Haroldo Villa entró en la habitación como si fuera el dueño del edificio, lo cual, técnicamente, casi era cierto. Su traje gris marengo estaba impecable, su cabello plateado peinado hacia atrás, y su rostro era una máscara de furia contenida y preocupación estratégica. Detrás de él venían dos hombres de seguridad y su asistente personal, una mujer que tecleaba furiosamente en una BlackBerry.
Maya se puso de pie, interponiéndose instintivamente entre su padre y la cama de Elías.
—¡Papá! ¡Te dije que no entraras aquí! —siseó ella.
Haroldo se detuvo, mirando a su hija de arriba abajo, registrando la sangre seca y el aspecto desaliñado. Por un segundo, sus ojos mostraron un destello de horror genuino, de padre asustado, pero fue rápidamente reemplazado por la frialdad del magnate.
—No me contestas el teléfono hace cuatro horas. Tengo a la prensa acampando en la entrada. CNN está transmitiendo en vivo. Dicen que fue un intento de secuestro, otros dicen que fue un ajuste de cuentas del narco. Necesito controlar la narrativa, Maya.
—Un hombre casi muere por mí hoy, papá. ¿Y te preocupa la narrativa?
Haroldo miró por encima del hombro de Maya, hacia la cama. Elías lo miraba de vuelta, con los ojos entrecerrados, sin intimidarse. Un peón mirando al rey.
—Así que este es el héroe —dijo Haroldo, su voz carente de emoción real—. Joven, el Grupo Villa le agradece su servicio. Mis abogados se pondrán en contacto con usted para arreglar una compensación generosa. Un acuerdo de confidencialidad será necesario, por supuesto, para proteger su privacidad y la de mi hija.
Elías no respondió. Solo sostuvo la mirada.
Maya sintió que la sangre le hervía.
—¡Salte! —le ordenó a su padre.
Haroldo parpadeó, sorprendido.
—¿Perdón?
—Que te salgas. Ahora. No vas a venir aquí a tratar esto como una transacción inmobiliaria. No vas a comprar su silencio.
—Maya, estás alterada. Es el estrés postraumático. Felipe está afuera, él puede encargarse de…
Al escuchar el nombre, Maya sintió un frío polar.
—¿Felipe está aquí?
—Por supuesto. Está muy preocupado. Él organizó el equipo legal.
Maya caminó hacia su padre, reduciendo la distancia hasta que estuvo a centímetros de su cara. Bajó la voz para que Elías no escuchara los detalles, aunque sabía que él no perdía detalle.
—Escúchame bien, papá. No quiero ver a Felipe. No quiero que se acerque a este piso. Y si tú tienes algo de respeto por el hecho de que tu única hija casi termina con una bala en el corazón hoy, vas a sacar a tu circo de prensa de aquí y me vas a dejar en paz.
Haroldo la miró, buscando a la niña obediente que siempre había sido. No la encontró. En su lugar, vio a una mujer con sangre ajena en las manos y una determinación aterradora.
—Hablaremos en casa —dijo Haroldo, tensando la mandíbula—. Cuando te calmes.
—No voy a ir a casa. Me quedo aquí.
—¿Aquí? ¿En un hospital? Maya, es absurdo. Tenemos seguridad en la mansión.
—Aquí es el único lugar donde me siento segura. Porque el único hombre que ha demostrado que está dispuesto a protegerme de verdad está en esa cama.
Haroldo bufó, ajustándose la corbata.
—No hagas tonterías, Maya. Las acciones ya bajaron un 4%. No necesitamos más drama.
Se giró y salió, llevándose su séquito y su atmósfera de poder con él.
El silencio regresó a la habitación, pero ahora estaba cargado de tensión eléctrica. Maya se quedó parada frente a la puerta cerrada, temblando de rabia.
Sintió una mirada en su espalda. Se giró.
Elías la estaba observando. A pesar del dolor, a pesar de los tubos, había una leve sonrisa en sus labios resecos.
—¿Qué? —preguntó ella, secándose una lágrima furiosa.
—Tiene carácter, señorita Maya —susurró él—. Le gritó a Haroldo Villa y vivió para contarlo. En la obra, a los capataces les tiemblan las piernas cuando él llega.
Maya soltó una risa corta, sin humor, y regresó a la silla.
—Mi padre cree que todo se arregla con cheques.
—A veces sí —dijo Elías—. Pero hay cosas que salen muy caras, aunque no cuesten dinero.
—¿Como qué?
—Como la lealtad. Y la traición.
Maya lo miró, sorprendida por la profundidad de sus palabras. Recordó el archivo encriptado en su bolsa. La traición de Felipe. La ceguera de su padre.
—Tienes razón —dijo ella—. Oye, Elías… afuera dicen que eres un héroe.
—Afuera dicen muchas cosas.
—Alguien subió el video de las cámaras de seguridad de un edificio cercano a Twitter. Se ve todo. Se ve cómo te lanzas. Ya eres tendencia. #ElHeroeDeReforma.
Elías gimió, cubriéndose los ojos con su mano sana.
—Me lleva la… No quiero eso. La gente que busca fama termina mal.
—¿Por qué lo dices?
—Porque el que destaca, se vuelve blanco. Y yo he pasado los últimos cinco años tratando de ser invisible.
—¿De qué te escondes, Elías? —preguntó ella suavemente.
Él bajó la mano y la miró. Había una oscuridad en sus ojos, un pozo de recuerdos que Maya no podía ni imaginar.
—De mi pasado —dijo—. Y de gente que cree que un error define toda tu vida.
—Bueno —Maya se inclinó y tomó su mano de nuevo, sellando un pacto silencioso—, entonces supongo que ahora somos dos fugitivos. Tú de tu pasado, y yo de mi presente.
En ese momento, la televisión muda en la esquina de la habitación mostró un cintillo de noticias de última hora. Maya miró la pantalla.
“ATENTADO CONTRA LA HEREDERA DE GRUPO VILLA. SE FILTRAN RUMORES DE CORRUPCIÓN INTERNA. ACCIONES CAEN EN PICADA.”
Y justo al lado, una foto borrosa tomada de un celular: Elías en el suelo, sangrando, y ella arrodillada a su lado.
La imagen era poderosa. Era cruda. Era la imagen de dos mundos colisionando: el México de arriba y el México de abajo, unidos por la violencia y la sangre.
—Descansa, Elías —dijo Maya, sintiendo el peso de la guerra que se avecinaba—. Mañana va a ser un día largo.
—Maya… —él la llamó antes de cerrar los ojos.
—¿Sí?
—Gracias… por lo de mi abuela.
—No me des las gracias. Es lo mínimo.
—No —dijo él—. Nadie hace nada por nada en esta ciudad. Gracias.
Elías cerró los ojos y el ritmo del monitor se estabilizó mientras el sueño inducido por los fármacos lo reclamaba.
Maya se quedó vigilando. Sacó el disco duro de su bolso y lo apretó en su mano hasta que los bordes se le clavaron en la piel.
Felipe Navarro había intentado matarla. Su padre solo quería proteger el negocio.
Ella estaba sola.
Bueno, no del todo. Miró al hombre en la cama. Tenía a un albañil ex-soldado con una abuela con Alzheimer y una puntería moral infalible.
Tal vez, pensó Maya mientras la noche caía sobre la Ciudad de México, eso era suficiente para empezar una revolución.
CAPÍTULO 3: EL SANTO DE LA NOTA ROJA
El amanecer en la Ciudad de México no siempre trae claridad; a veces, solo trae más ruido.
Para cuando la luz del sol logró atravesar las persianas de la habitación 304 del Centro Médico ABC, Elías Bueno ya no era un hombre. Era un hashtag. Era un meme. Era una estampita de santo secular que la gente compartía en grupos de WhatsApp desde Tijuana hasta Tapachula.
Maya Villa despertó con el cuello torcido y un sabor metálico en la boca. Había logrado dormir tres horas intermitentes en el incómodo sillón de piel, sobresaltándose con cada cambio de turno de las enfermeras o con cada pitido irregular del monitor cardíaco. Se estiró, sintiendo cómo sus vértebras crujían, y lo primero que hizo fue mirar hacia la cama.
Elías seguía ahí. Vivo.
Dormía con el ceño fruncido, como si incluso en sueños estuviera cargando sacos de cemento. Su pecho subía y bajaba con un ritmo tranquilizador. El color había vuelto ligeramente a sus mejillas, reemplazando el gris cadavérico de la tarde anterior por un tono moreno pálido, pero saludable.
Maya sacó su celular. Tenía 412 mensajes de WhatsApp. 56 llamadas perdidas. Y su nombre, junto con el de Elías, era la tendencia número uno en “X” (Twitter).
“#ElAngelDeReforma: Albañil salva a la Princesa de Polanco.”
“¿Quién es el héroe sin capa? Video completo del atentado.”
“Halan de conspiración en Grupo Villa: ¿Intento de secuestro o ejecución?”
Maya abrió un hilo viral. Alguien había subido el video de seguridad de una tienda OXXO cercana. Se veía borroso, granulado, pero la acción era inconfundible: el momento exacto en que Elías, soltando una cubeta de mezcla imaginaria, se lanzaba como un liniero defensivo de la NFL para interceptar la muerte.
—Mierda… —susurró Maya. La cara de Elías se veía perfectamente en un fotograma congelado que alguien había mejorado digitalmente.
—¿Tan feo me veo?
La voz rasposa la hizo saltar. Maya soltó el teléfono, que cayó sobre la alfombra.
Elías la miraba con un ojo abierto, el otro entrecerrado por la hinchazón de un golpe en el pómulo que se estaba poniendo morado.
—¡Despertaste! —Maya se inclinó hacia él, olvidando el teléfono—. ¿Cómo te sientes?
—Como si me hubieran dado una paliza entre tres judiciales —graznó él, intentando acomodarse. Hizo una mueca de dolor agudo—. Ah… no, espera. Creo que duele más que eso.
Maya le acercó el vaso con agua y el popote. Él bebió con avidez, terminándose la mitad en un trago.
—Despacio, Rambo. Te vas a ahogar.
Elías se dejó caer en la almohada, suspirando.
—¿Qué hora es?
—Casi las nueve de la mañana. Llevas dormido casi quince horas seguidas. Los doctores dicen que es la mejor señal. Tu cuerpo está reparando el daño.
Elías miró hacia la ventana, donde el sol ya brillaba con fuerza.
—Chin… —murmuró—. Hoy colábamos la losa en la obra de la Narvarte. El arquitecto me va a descontar el día y el bono de puntualidad.
Maya lo miró, incrédula. Soltó una carcajada que sonó un poco histérica.
—¿Es en serio, Elías? Tienes un agujero en el hombro del tamaño de una moneda de diez pesos, ¿y te preocupa el bono de puntualidad?
—La renta no espera, señorita. Y el arquitecto es medio especial. Si faltas un día, piensa que andas crudo.
Maya negó con la cabeza, una sonrisa genuina asomando por primera vez en veinticuatro horas.
—Elías, escúchame bien. No vas a volver a esa obra. De hecho, probablemente seas el dueño de la obra para cuando mis abogados terminen con el papeleo de agradecimiento.
Elías frunció el ceño, incomodo.
—No quiero que me regalen nada.
—No es un regalo. Es… justicia kármica.
—Eso suena a algo que dicen los ricos para sentirse menos culpables —replicó él, sin malicia, pero con una honestidad seca.
Maya se sentó al borde de la silla, su expresión volviéndose seria.
—Hablando de ricos y culpas… tienes que ver esto.
Recogió su teléfono y le mostró la pantalla.
—¿Qué es eso? —preguntó él, entrecerrando los ojos.
—Eres tú. En todas partes.
Elías vio la foto. Vio los titulares. “El Héroe Misterioso”. “Misterioso hombre de mantenimiento salva a heredera”.
Sus ojos se abrieron con pánico real, un miedo que no había mostrado ni cuando le dispararon.
—No… —murmuró, tratando de apartar el teléfono—. Quita eso. ¿Por qué está mi cara ahí?
—Porque lo que hiciste fue increíble, Elías. La gente necesita héroes.
—Yo no soy un héroe —dijo él, con voz dura, cortante—. Soy un chalán que estaba en el lugar equivocado. Tienes que bajar eso. Diles que lo borren.
—No puedo borrar internet, Elías. Ya está afuera.
Elías se pasó la mano sana por la cara, respirando agitadamente.
—No entiendes… No me gusta el ruido. No me gusta que la gente sepa dónde estoy.
—¿Por qué? —insistió Maya, su instinto de investigadora despertando—. ¿Tienes problemas con la ley?
Elías la miró. Hubo un silencio denso.
—No con la ley —dijo finalmente—. Con el pasado. Y la fama trae fantasmas.
—Te protegeré —prometió ella—. Tengo al mejor equipo de seguridad privada del país. Nadie te va a tocar.
Él soltó una risa amarga.
—Ayer tenías a ese equipo y casi te matan a ti. Perdóneme, señorita Maya, pero su seguridad no vale un carajo en la calle real.
Maya sintió el golpe de sus palabras. Tenía razón. Su burbuja de cristal se había roto.
—Tienes razón —admitió ella humildemente—. Pero no estás solo en esto.
—¿Ah sí? —él alzó una ceja—. ¿Y mi tía? ¿Ya sabe?
Maya se mordió el labio.
—Sobre eso…
Como si hubiera sido invocado por el destino, un alboroto estalló en el pasillo, fuera de la habitación. Se escuchaban voces alteradas, el sonido de un forcejeo y el tono inconfundible de una mujer mexicana enojada, que es una de las fuerzas más imparables de la naturaleza.
—¡Me vale madre que sea terapia intensiva! ¡Ese es mi muchacho y voy a entrar aunque tenga que darle de chanclazos a todo su equipo de seguridad!
Elías cerró los ojos y una sonrisa de resignación apareció en su rostro.
—Esa es la Tía Renata.
—Suena… enérgica —dijo Maya, levantándose.
La puerta se abrió de golpe. Un guardia de seguridad de traje negro, que medía casi dos metros, estaba siendo empujado hacia atrás por una mujer que apenas le llegaba al pecho.
Renata Bueno era un monumento a la resistencia. Tenía unos sesenta años, piel curtida, el cabello teñido de un rojo caoba y recogido en un chongo apretado. Llevaba un mandil de cocina sobre un vestido de flores y cargaba una bolsa de mercado tejida de plástico color neón.
—¡Suélteme, gorila! —gritó ella, y al ver a Elías, su furia se transformó instantáneamente en angustia—. ¡Mijo! ¡Elías!
Corrió hacia la cama, ignorando a Maya, ignorando a los guardias, ignorando al mundo.
—¡Tía! —Elías intentó sonreír, pero ella lo abrazó con cuidado, besándole la frente, las mejillas, las manos.
—¡Ay, Dios mío! ¡Virgen de Guadalupe! —sollozó Renata—. Cuando vi las noticias pensé que me moría. ¡Pensé que te me habías ido con tu mamá! ¿Qué te pasó? ¿Quién te hizo esto? ¡Mira nomás cómo te dejaron, todo agujerado!
—Estoy bien, tía. Ya pasó. No llores, por favor, que me haces llorar a mí y me duele el pecho.
Renata se secó las lágrimas con el dorso de la mano y luego, con la velocidad de un rayo, le dio un zape (un golpe ligero) en la cabeza a Elías.
—¡Au! —se quejó él.
—¡Eso es por pendejo! —le regañó ella, con el índice en alto—. ¡Te dije que esa ciudad está maldita! ¡Te dije que no te metieras en problemas! ¿Qué hacías jugando al Superman? ¿Eh? Tú no eres de hule, Elías.
Maya observaba la escena, fascinada. Había más amor en ese regaño que en todas las conversaciones “civilizadas” que había tenido con su padre en los últimos diez años. Hizo una señal discreta a los guardias de seguridad para que se retiraran y cerraran la puerta.
Renata finalmente pareció notar la presencia de Maya. Se giró lentamente. Sus ojos, del mismo color café oscuro que los de Elías, la escanearon de arriba abajo: los zapatos de diseñador, la postura, la ropa cara (aunque sucia).
—Usted debe ser la culpable —dijo Renata. No fue una pregunta. Fue una sentencia.
—Tía, no… —empezó Elías.
—Cállate tú —lo cortó ella, sin dejar de mirar a Maya—. En las noticias dijeron que se metió a defender a una “empresaria”. ¿Es usted?
Maya dio un paso adelante y extendió la mano, aunque sentía una intimidación que nunca sentía en las salas de juntas.
—Soy Maya Villa, señora. Y sí, soy yo. Su sobrino me salvó la vida. Y no tengo palabras para…
Renata no tomó su mano. Se cruzó de brazos, apretando su bolsa de mercado contra el pecho.
—Mire, niña. No sé quién sea usted, ni cuánto dinero tenga su papá. Pero este muchacho es todo lo que tenemos. Si a él le pasa algo, se acaba mi mundo. ¿Entiende eso? Él no es un empleado desechable. No es un número.
—Lo sé —dijo Maya, sosteniendo la mirada con respeto—. Lo sé perfectamente. Y le juro, señora Renata, que voy a dedicar cada recurso que tengo a asegurarme de que él esté bien. Y usted también.
Renata la estudió unos segundos más, buscando mentiras. Pareció encontrar algo de verdad en los ojos cansados de Maya, porque sus hombros se relajaron un poco.
—Más le vale —dijo Renata. Luego, abrió su bolsa de mercado—. Traje tamales. De verde y de dulce. Y atole. La comida de hospital sabe a cartón y este niño necesita fuerzas.
Maya parpadeó. —¿Tamales en terapia intensiva?
—Son medicinales —sentenció Renata, sacando un tupper—. Y si algún doctor me dice algo, le doy uno para que se calle.
Elías soltó una risa que terminó en una mueca de dolor.
—Tía, no puedo comer sólidos todavía.
—Pues te chupas la masa —dijo ella, acercando una silla—. A ver, abre la boca.
Durante la siguiente hora, la habitación del hospital dejó de ser un lugar estéril y se convirtió en una pequeña extensión de un hogar mexicano. Renata hablaba sin parar, contando cómo se había enterado (la vecina, Doña Chuy, le fue a gritar a la ventana con el celular en la mano), cómo había tomado dos camiones y el metro para llegar desde Ecatepec, y cómo había peleado con tres recepcionistas.
Maya se sentó en su rincón, observando. Se sentía una intrusa, una turista en una tierra de afecto genuino que desconocía.
—¿Y usted qué, niña? —Renata se giró hacia ella de repente, ofreciéndole un tamal envuelto en servilleta—. ¿Ya comió? Se ve pálida. Parece que le va a dar el soponcio.
Maya dudó. Su dieta habitual consistía en ensaladas orgánicas y smoothies de proteína.
—No, yo…
—Ande, agárrelo. Es de dulce, tiene pasitas. Le va a levantar el azúcar.
Maya tomó el tamal caliente. El olor a maíz y canela la golpeó, despertando un hambre feroz que no sabía que tenía. Dio un mordisco. Estaba delicioso.
—Gracias —dijo, con la boca llena.
—De nada. Ahora cuénteme… ¿quién quiere matarla y por qué mi sobrino terminó pagando los platos rotos?
La pregunta cortó el ambiente festivo.
Maya terminó de masticar y dejó la servilleta en la mesa.
—Mi padre tiene un socio. Un hombre llamado Felipe Navarro. Descubrí que estaba robando a la empresa y vendiendo secretos.
—Ratas de cuello blanco —escupió Renata con desprecio—. Son las peores. Las de la calle te roban la cartera, pero esos te roban el futuro.
—Sí —asintió Maya—. Intentaron asustarme primero. Luego decidieron que era mejor eliminarme. Elías… él solo pasaba por ahí.
—Él nunca “solo pasa” —dijo Renata, mirando a su sobrino con ternura y tristeza—. Siempre tiene que meter las manos. Es igualito a su padre.
—¿Su padre? —preguntó Maya.
Elías se tensó en la cama. —Tía, no…
—Su padre era bombero —dijo Renata, ignorando a Elías—. Murió en el incendio de la bodega de pinturas del 98. Sacó a tres personas. Cuando entró por la cuarta, el techo se vino abajo. Elías tenía seis años.
Maya miró a Elías con nueva comprensión. El instinto de sacrificio no era un accidente; era una herencia.
—Héroes… —murmuró Renata con amargura—. El mundo los ama muertos para ponerles estatuas, pero vivos nadie les da trabajo.
En ese momento, la puerta se abrió nuevamente. Esta vez era una enfermera joven, que miró el tupper de tamales con horror.
—¡Señora! ¡No puede meter comida aquí! ¡Es un área estéril!
Renata se levantó, lista para el combate, pero Maya intervino.
—Está bien, enfermera. Yo autoricé los tamales. Anótelo en mi cuenta.
La enfermera, reconociendo a la dueña del apellido que aparecía en la placa del edificio, cerró la boca y asintió.
—El doctor viene en camino para la revisión. Tienen que salir un momento.
—Yo no me voy —dijo Renata.
—Tía, por favor —dijo Elías suavemente—. Necesitan revisarme las heridas. Es asqueroso. Ve con Maya a la cafetería, tómate un café decente. Regresas en veinte minutos.
Renata dudó, pero asintió. Se inclinó y besó a Elías.
—No te me mueras en veinte minutos, cabrón.
—Lo intentaré.
Maya y Renata salieron al pasillo. Caminaron hacia la sala de espera en un silencio incómodo.
—Él es un buen muchacho —dijo Renata de repente, deteniéndose frente a la máquina de refrescos.
—Lo sé.
—No, no lo sabe —Renata la encaró—. Usted ve al héroe. Yo veo al niño que tuvo que dejar la escuela para trabajar cuando mi hermana enfermó. Veo al hombre que se fue al Ejército pensando que iba a hacer una diferencia y regresó roto, sin querer hablar de lo que vio allá en la sierra.
Maya sintió un escalofrío. —¿La sierra?
—Cosas feas. Nunca me contó bien. Pero grita en las noches. Tiene pesadillas.
Renata se acercó un paso más a Maya, invadiendo su espacio personal.
—Le voy a pedir una cosa, señorita Villa. Y se la voy a pedir como mujer, no como la tía del albañil.
—Dígame.
—Cuando todo esto pase… cuando las cámaras se vayan y usted arregle sus problemas con esos hombres de traje… no lo rompa más. No lo use para su imagen y luego lo tire como basura. Él ya ha sido desechado antes. Si usted no tiene intenciones de ser su amiga de verdad, mejor páguele, dele las gracias y desaparezca de su vida hoy mismo.
Maya sintió el peso de la advertencia. Era justa. Era brutalmente honesta.
—No pienso desaparecer, señora Renata. Él me salvó la vida. Eso nos une para siempre. No voy a usarlo. Quiero ayudarlo a que tenga la vida que se merece.
—Veremos —dijo Renata, escéptica—. Los ricos tienen memoria corta.
—Yo no —aseguró Maya.
El celular de Maya vibró en su bolsillo.
Lo sacó. Era un mensaje de un número desconocido, pero esta vez no era una amenaza de texto. Era una foto.
Era una foto tomada desde un auto, mostrando la entrada del asilo en Cuernavaca donde estaba la abuela de Elías.
Debajo, un texto simple:
“Bonito lugar. Sería una pena que tuviera problemas de seguridad, como los que tú tienes.”
El mundo de Maya se detuvo. El aire se le escapó de los pulmones.
Felipe sabía. Felipe había investigado a Elías. Estaban amenazando a su familia.
—¿Qué pasa? —preguntó Renata, viendo cómo el color abandonaba el rostro de Maya—. Parece que vio al diablo.
Maya guardó el teléfono rápidamente, sus manos temblando de una furia fría y asesina.
—Tengo que hacer una llamada —dijo, su voz endureciéndose—. Renata, necesito que regrese con Elías y no se mueva de su lado. Que nadie entre que no sea médico o enfermera. Nadie.
—¿Están en peligro? —Renata se puso pálida.
—No mientras yo respire —dijo Maya—. Pero necesito que sea mis ojos ahí adentro. ¿Puedo confiar en usted?
Renata asintió, su postura de matriarca guerrera regresando.
—Más le vale a quien quiera entrar que venga armado, porque yo muerdo.
Maya se alejó caminando hacia el ventanal que daba a la ciudad. Marcó un número. No el de su padre. No el de la policía. Marcó el número de un hombre que había conocido en una gala benéfica, un consultor de seguridad israelí que operaba en las sombras de Polanco.
—Diga.
—Necesito un equipo en Cuernavaca. Ahora mismo. Extracción y protección nivel uno.
—Eso cuesta mucho, Maya.
—Te doy el doble. Y quiero otro equipo aquí en el hospital. Discretos. Armados.
—Entendido. ¿Contra quién peleamos?
—Contra mi propia empresa.
Maya colgó. Miró su reflejo en el vidrio. La “Princesa Inmobiliaria” había muerto en esa banqueta de Reforma. La mujer que quedaba estaba lista para quemar el reino con tal de salvar a los suyos. Y ahora, Elías Bueno y su familia eran suyos.
Regresó a la habitación. El médico salía.
—Todo bien, limpieza hecha.
Maya entró. Renata ya estaba sentada al lado de Elías, pelando una mandarina. El ambiente parecía tranquilo, pero Maya sentía la electricidad en el aire.
Se acercó a la cama. Elías la miró y vio el cambio en sus ojos. Vio la tormenta.
—¿Qué pasó? —preguntó él en voz baja.
Maya se inclinó cerca de su oído para que Renata no escuchara.
—Saben de tu abuela.
Elías intentó levantarse de golpe, el monitor cardíaco disparándose.
—¡No! ¡Tengo que ir!
—¡Quieto! —Maya lo sostuvo con fuerza, sus rostros a centímetros de distancia—. Ya mandé gente. Gente mejor que la policía. La van a sacar de ahí en una hora y la van a llevar a una clínica privada de alta seguridad en Las Lomas. Nadie la va a tocar. Te lo juro por mi vida, Elías.
Elías la miró, buscando la mentira, buscando la duda. Solo encontró una determinación feroz. Respiró hondo, temblando.
—Si le tocan un pelo… —susurró él con una voz que daba miedo, una voz que no pertenecía a un albañil, sino a un soldado que había visto la oscuridad—. Si le hacen algo, Maya, no me va a importar quién sea tu papá o quién sea ese Felipe. Los voy a matar.
—No tendrás que hacerlo —dijo Maya, apretando su mano—. Porque vamos a acabar con ellos antes. Vamos a usar esa fama que tanto odias. Vamos a hacer tanto ruido que no podrán esconderse en las sombras.
—¿Qué vas a hacer?
Maya se enderezó.
—Mañana es la Gala de la Fundación Villa. Toda la prensa estará ahí. Inversionistas, políticos, mi padre… y Felipe.
—¿Y?
—Y tú vas a ir conmigo.
Elías parpadeó, aturdido.
—¿Qué? Estás loca. No puedo ni caminar al baño.
—Te conseguiré una silla de ruedas si es necesario. Pero necesito que el mundo te vea. Necesito que vean al hombre que intentaron matar. Si estás bajo los reflectores, no pueden tocarte. Y si estás ahí, Felipe no podrá negar lo que hizo sin incriminarse.
—Me quieres usar de escudo otra vez —dijo él, pero no había acusación en su voz, solo constatación.
—No —dijo Maya—. Quiero que seas la espada.
Elías miró a su tía Renata, que tarareaba una canción mientras acomodaba las sábanas, ajena a la amenaza mortal que pendía sobre su madre. Luego miró a Maya.
Pensó en el miedo. Pensó en los años escondiéndose, agachando la cabeza, aceptando los trabajos mal pagados para no llamar la atención. Pensó en la injusticia de su baja del ejército. Y pensó en los ojos de Felipe Navarro, a quien nunca había visto, pero a quien ya odiaba con cada fibra de su ser.
—No tengo traje —dijo Elías finalmente.
Maya sonrió. Una sonrisa peligrosa.
—Yo te compro uno.
—Que sea azul marino. El negro me hace ver muy flaco.
Maya sintió una oleada de afecto y alivio tan fuerte que casi llora.
—Azul marino será.
Afuera, la lluvia comenzaba a caer sobre la Ciudad de México, lavando el esmog, pero no los pecados. Adentro, en la habitación 304, se acababa de formar una alianza que haría temblar los cimientos de uno de los imperios más grandes del país.
CAPÍTULO 4: CICATRICES DE CONCRETO
La noche cayó sobre la Ciudad de México con la pesadez de una manta mojada. Afuera del hospital, la lluvia había cesado, dejando ese olor característico a tierra mojada y asfalto caliente que los chilangos llaman “olor a lluvia”, pero que en realidad es el olor de la ciudad respirando.
Adentro, en la habitación 304, el tiempo parecía suspendido. Tía Renata se había marchado a regañadientes hace una hora, escoltada por dos de los agentes de seguridad privada que Maya había contratado. Iba camino a la casa de seguridad en Las Lomas donde ya habían trasladado a la abuela Chelo. La operación había sido un éxito: silenciosa, rápida y sin incidentes. Elías había podido hablar con su abuela por videollamada; la anciana, en su inocencia senil, creía que estaba en un hotel de lujo ganado en una rifa.
Esa pequeña victoria había relajado los hombros de Elías por primera vez en dos días, pero la tensión en la habitación no había desaparecido; simplemente había cambiado de forma. Ahora era una tensión más íntima, más densa.
Maya estaba sentada en el borde de la ventana, mirando las luces de la ciudad. Había logrado ducharse en el baño de la suite y cambiarse de ropa (su asistente le había traído un cambio discreto: pantalones negros y un suéter de cachemira gris). Se veía limpia, pero agotada.
Elías la observaba desde la cama. El dolor en su hombro era un latido constante, sordo, pero soportable gracias a los analgésicos. Lo que no podía soportar era el silencio de ella.
—Deja de pensar tan fuerte, que se escucha hasta acá —dijo él, rompiendo la quietud.
Maya se giró, sobresaltada.
—Lo siento. Mi mente no tiene botón de apagado.
—¿En qué piensas? ¿En la gala de mañana?
—En parte. Pero más bien pienso en el mensaje que recibí junto con la foto de tu abuela.
Elías se tensó.
—No me dijiste que había un mensaje.
Maya dudó un segundo, luego caminó hacia la mesa de noche, tomó su teléfono y buscó la nota. No se la mostró; la leyó en voz alta, su voz carente de inflexión emocional, lo cual la hacía sonar más aterradora.
—“El hombre en la cama no es quien dice ser. Pregúntale qué pasó realmente el 19 de septiembre de 2017. Pregúntale por qué el Ejército lo escupió.”
El sonido del monitor cardíaco se aceleró ligeramente. Bip-bip-bip.
Elías cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás contra la almohada. Su rostro se endureció, las líneas de expresión marcándose profundamente alrededor de su boca.
—Sabía que esto iba a salir —murmuró—. El pasado es como el moho en esta ciudad; pintas encima, pero siempre vuelve a salir.
Maya se sentó en la silla junto a la cama. No lo presionó. Simplemente esperó. Sabía que hay verdades que no se pueden sacar con fórceps; tienen que nacer solas.
—El 19 de septiembre… —dijo Maya suavemente—. El día del terremoto. El segundo. El que nos recordó que la tierra no tiene memoria, pero nosotros sí.
—Yo estaba desplegado —comenzó Elías, sin abrir los ojos—. Plan DN-III-E. Batallón de Ingenieros. Llevábamos tres días sin dormir, moviendo escombros en la Colonia Roma y la Del Valle. El polvo… ese polvo no se te quita nunca de la garganta. Sabe a yeso y a muerte.
Hizo una pausa, tragando saliva. Maya le acercó el vaso de agua, pero él negó con la cabeza. Necesitaba la garganta seca para contar esto.
—Nos mandaron a un edificio en la calle de Coquimbo. Era un edificio residencial nuevo, “de lujo”, decían. Apenas tenía cuatro años de construido. Se había colapsado parcialmente. Los primeros dos pisos desaparecieron, aplastados por los cinco de arriba. “Pancakes”, le dicen los gringos. Nosotros le decimos tumba.
Elías abrió los ojos y miró al techo, pero Maya supo que no estaba viendo el plafón blanco del hospital. Estaba viendo grietas.
—Nuestras órdenes eran claras: acordonar el perímetro y esperar a la maquinaria pesada y a los topos internacionales. El dictamen preliminar de Protección Civil decía que la estructura remanente era inestable. Si entrábamos, se nos podía venir encima lo que quedaba.
—Era lo lógico —dijo Maya, la voz de la razón corporativa intentando encontrar sentido.
—La lógica no sirve de nada cuando escuchas llanto —replicó Elías con una intensidad repentina—. Se escuchaba. Muy bajito, entre el ruido de las sirenas y los generadores. Era una niña. Estaba atrapada en lo que había sido el cubo de las escaleras del tercer piso.
—¿Tus superiores la escucharon?
—El Capitán Méndez dijo que era el viento. O un gato. O nuestra imaginación. Nos ordenó mantener la posición. “Nadie entra, Soldado Bueno. Es una orden directa. No arriesgamos diez vidas por una posibilidad”.
Elías apretó los puños sobre las sábanas blancas. Sus nudillos se pusieron blancos.
—Pero yo la escuchaba, Maya. Gritaba “mamá”. Y yo… yo pensé en mi abuela. Pensé en que si yo estuviera ahí enterrado, querría que alguien fuera tan estúpido como para desobedecer.
—Entraste —dijo Maya. No fue una pregunta.
—Entré. Y dos cabos de mi escuadrón, chavos buenos, me siguieron porque confiaban en mí. “Si el Sargento Bueno va, nosotros vamos”, dijeron.
Una lágrima solitaria, traicionera, rodó por la mejilla de Elías. Se la limpió con furia con su mano sana.
—Llegamos a ella. Se llamaba Sofía. Tenía siete años. Tenía una viga de acero presionándole la pierna. Tuvimos que usar un gato hidráulico manual, en un espacio donde apenas cabíamos gateando. Cada vez que movíamos algo, el edificio gemía. Crujía como si tuviera vida y estuviera enojado.
—La sacaste —susurró Maya, visualizando la escena: la oscuridad, el polvo asfixiante, el terror claustrofóbico.
—La saqué. Se la pasé a los bomberos por un hueco en la losa. Está viva. La vi en las noticias días después reunida con sus padres.
—Entonces eres un héroe, Elías. ¿Por qué…?
—Porque cuando salíamos… —la voz de Elías se quebró, un sonido horrible y roto—. Cuando salíamos, hubo una réplica. Pequeña. Casi imperceptible afuera. Pero adentro… adentro fue suficiente. Un pedazo de losa del cuarto piso se desprendió.
Cerró los ojos con fuerza, reviviendo el momento.
—Le cayó a uno de los cabos. A Mateo. Le rompió la columna. Lo sacamos vivo, pero… quedó en silla de ruedas. Un chavo de 22 años que quería ser arquitecto. Y todo porque siguió mis órdenes, no las del Capitán.
El silencio en la habitación era absoluto. Ni el monitor cardíaco parecía atreverse a interrumpir.
—Insubordinación agravada —dijo Elías, recitando los cargos como si se los hubiera tatuado en el cerebro—. Puesta en peligro imprudente de la tropa. Daño a propiedad federal (el equipo que perdimos). Me hicieron un consejo de guerra sumario. No fui a la cárcel militar porque el Capitán, en el fondo, sabía que salvé a la niña. Pero me dieron la baja deshonrosa. Me quitaron todo. Mi rango, mi pensión, mi seguro médico, mi honor. Me echaron a la calle como a un perro rabioso.
Se giró hacia Maya, sus ojos oscuros llenos de una vergüenza antigua.
—Por eso me escondo, Maya. No soy un héroe. Soy el tipo que dejó paralítico a su amigo por jugar a ser Dios. Y ahora, alguien allá afuera sabe eso y te lo está contando para que sepas qué clase de “protector” te conseguiste. Un insubordinado. Un peligro.
Maya se quedó callada un largo minuto. Procesando.
Luego, se puso de pie y caminó hacia la cama. Se sentó en el borde, cerca de él, invadiendo su espacio personal de una manera que nunca hubiera hecho con un empleado, ni siquiera con una pareja.
—Elías, mírame.
Él la miró, reacio.
—¿Mateo te culpa?
Elías parpadeó. —No. Él… él me escribe a veces. Dice que valió la pena por la niña. Pero él es bueno. Demasiado bueno. Eso no quita mi culpa.
Maya asintió. Luego, su mente, esa mente afilada entrenada para encontrar patrones en hojas de cálculo y contratos, hizo clic. Una conexión eléctrica.
—El edificio… —dijo ella lentamente—. Dijiste que era nuevo. De lujo. Calle Coquimbo.
—Sí. Residencial Altavista o algo así se llamaba.
—Residencial Altamira —corrigió Maya, sintiendo un frío en el estómago—. Fue uno de los escándalos más grandes del sismo. Se cayó porque usaron varilla de baja calidad y concreto rebajado con arena de mina no lavada.
Elías la miró, confundido por el cambio de tema.
—Sí, eso dijeron los peritajes después. Corrupción.
Maya se levantó y caminó hacia la ventana, abrazándose a sí misma.
—Ese edificio… lo construyó una subsidiaria de Grupo Villa.
El silencio detrás de ella fue ensordecedor.
Maya se giró para enfrentarlo.
—Mi padre lo construyó, Elías. A través de una empresa fantasma llamada “Constructora Viga”. Pero era dinero de Villa. Yo era una niña en ese entonces, estaba en la universidad, pero recuerdo las reuniones legales, los gritos a puerta cerrada. Mi padre pagó millones para que la investigación se cerrara. Culparon a los ingenieros de suelo, al clima, a todo menos a los materiales.
Maya sintió que la bilis le subía a la garganta.
—Te dieron de baja no solo por insubordinación. El Ejército estaba bajo presión política para acordonar rápido, demoler rápido y borrar la evidencia. Si tú entrabas y veías las grietas, si veías que los muros de carga estaban hechos de galleta… eras un testigo incómodo.
Los ojos de Elías se abrieron con una comprensión horrorizada.
—Me estás diciendo… ¿que tu familia es la razón por la que perdí mi carrera? ¿Que tu padre protegió sus ganancias a costa de mi vida y la columna de Mateo?
—Sí —dijo Maya, sin flaquear, asumiendo la culpa de su sangre—. Y por eso Felipe Navarro y quien sea que le esté ayudando te mencionan el 19 de septiembre. No es solo para desacreditarte. Es una amenaza para mí. Me están diciendo: “Sabemos que él es una víctima de tu padre. Si lo llevas a la luz, vas a exponer el pecado original de Grupo Villa”.
Elías se quedó mirando sus manos callosas. Manos que habían construido. Manos que habían salvado. Manos que habían sido traicionadas por hombres con plumas Montblanc.
Una furia lenta, volcánica, empezó a subir por su pecho. No era la furia explosiva de la batalla. Era algo más frío.
—Entonces —dijo Elías, su voz peligrosamente tranquila—, si voy a esa gala mañana… no solo voy a mostrar mi cara. Voy a mostrarle a tu padre el fantasma que creyó haber enterrado bajo los escombros.
Maya asintió. Se acercó a él de nuevo, tomándole la mano. Esta vez, él no se apartó. Apretó su mano con fuerza.
—Te estoy pidiendo mucho, Elías. Te estoy pidiendo que entres a la boca del lobo, del hombre que arruinó tu vida, y que sonrías para las cámaras mientras yo intento destruirlo.
—No lo hago por ti —dijo él, mirándola a los ojos. La conexión entre ellos chisporroteó, cruda y real—. Lo hago por Mateo. Y por la niña. Y por el idiota que fui a los 24 años creyendo que el honor importaba.
—El honor importa —dijo Maya—. Es lo único que nos queda cuando nos quitan todo lo demás. Y mañana, Elías, vas a tener tanto honor que van a tener que bajar la mirada cuando te vean.
El día siguiente amaneció gris, pero sin lluvia. Era el día de la Gala.
La habitación del hospital se transformó en un camerino improvisado de alta seguridad. A las 10:00 AM, llegó un sastre italiano, enviado por la asistente de Maya, con tres trajes y un kit de costura. El hombre, un señor bajito llamado Giovanni, no hizo preguntas sobre por qué su cliente estaba conectado a un suero o por qué había dos tipos armados en la puerta. Solo midió, marcó con tiza y asintió.
—Signore tiene hombros de gladiador —comentó Giovanni—. Difícil de ajustar, pero haremos que se vea como un príncipe.
A las 4:00 PM, Elías recibió el alta médica condicional. El Dr. Arriaga firmó los papeles refunfuñando.
—Es una locura. Si se le abre un punto, si se le infecta, usted es responsable, Señorita Villa.
—Tengo una enfermera privada contratada para acompañarnos en la camioneta y esperará en el vestíbulo del hotel. No le pasará nada —aseguró Maya.
A las 6:00 PM, comenzó la transformación.
Elías entró al baño con su uniforme de hospital y salió cuarenta minutos después siendo otra persona.
Maya, que estaba revisando unos discursos en su tablet, levantó la vista y se quedó sin aire.
El traje azul marino, de un corte impecable, se amoldaba a su cuerpo ancho y fuerte como una segunda piel. La camisa blanca, almidonada, contrastaba con su piel morena. Llevaba una corbata de seda delgada, moderna. Pero no era la ropa.
Era él.
Elías se había afeitado la barba de tres días, dejando solo una sombra cuidada. Se había peinado el cabello corto con precisión militar. A pesar del cabestrillo negro de seda que sostenía su brazo izquierdo, se veía imponente. Ya no parecía el trabajador que agacha la cabeza al paso de los arquitectos. Parecía el dueño del edificio.
Él se miró en el espejo de cuerpo entero, incómodo, tirando de los puños de la camisa.
—Me siento como pingüino —masculló.
Maya se levantó y caminó hacia él. Sus propios preparativos habían sido rápidos; llevaba un vestido largo color vino, elegante pero sobrio, casi como una armadura de guerra.
—Te ves… —Maya buscó la palabra adecuada, pero “guapo” se quedaba corto y “bien” era un insulto—. Te ves poderoso, Elías.
Él la miró a través del espejo.
—¿Tú crees? Siento que todos van a saber que mis manos son rasposas y que no sé cuál tenedor usar para la ensalada.
—Déjame decirte un secreto de la alta sociedad mexicana —dijo Maya, parándose detrás de él y ajustándole el cuello del saco con suavidad—. La mitad de ellos son nuevos ricos que tampoco saben qué tenedor usar, y la otra mitad son viejos ricos que están tan borrachos o drogados que no les importa. Tú tienes algo que ellos no pueden comprar.
—¿Qué?
—Dignidad. Y una historia real.
Maya sacó una pequeña caja de terciopelo de su bolso.
—Tengo algo para ti. No es pago. Es… utilería necesaria.
Abrió la caja. Adentro había un reloj. Un Tag Heuer de acero, robusto, no ostentoso pero claramente caro.
—Era de mi abuelo —dijo ella—. El papá de mi mamá. Él era ingeniero civil, de los de antes, de los que se ensuciaban las botas. Odiaba a mi padre. Decía que Haroldo construía para vender, no para durar.
Elías retrocedió un paso.
—No puedo aceptar esto, Maya. Esto vale más que mi vida.
—No vale más que tu vida, porque tu vida salvó la mía. Y necesito que lo uses. El reloj cubre una parte de la muñeca donde se ve una cicatriz vieja… una quemadura, creo.
Elías se tocó la muñeca derecha. Tenía una cicatriz de quemadura por cal química de hace años.
—Además —añadió ella—, el tiempo es importante esta noche. A las 9:00 PM en punto, voy a subir al estrado. Necesito que sepas cuándo es el momento.
Elías dudó, pero finalmente extendió la muñeca. Maya le abrochó el reloj. El metal frío contra su piel se sintió como un compromiso.
—Gracias —dijo él—. Te lo devuelvo al terminar la noche.
—Ya veremos.
El intercomunicador sonó.
—Señorita Villa, las camionetas están listas en el sótano 2. Salida discreta para evitar a la prensa de la entrada principal.
—Vamos —dijo Maya.
Elías respiró hondo, inflando el pecho, probando los límites de su dolor y su valor.
—Vamos a la guerra, patrona.
—A la guerra, soldado.
El trayecto hacia el Gran Hotel de la Ciudad de México, en el Zócalo, fue silencioso. La lluvia había vuelto, golpeando los cristales blindados de la Suburban. La ciudad pasaba como un río de luces desenfocadas: el Viaducto, Tlalpan, las calles estrechas del Centro Histórico.
Elías miraba por la ventana, viendo a la gente correr bajo la lluvia, esperando el pesero, comprando elotes. Ese era su mundo. Y ahora iba encapsulado en una burbuja de cuero y aire purificado, rumbo a una cena que costaba lo que esa gente ganaba en un año. La injusticia le picaba en la piel como urticaria.
—No te sientas mal —dijo Maya, leyéndole la mente—. Úsalo. Usa esa rabia.
—No es rabia —dijo él—. Es… decepción. ¿Cómo pueden vivir así? ¿Tan desconectados?
—Es fácil cuando construyes muros muy altos —respondió ella con tristeza—. Muros que gente como tú construye para nosotros.
Llegaron al hotel. La entrada lateral estaba despejada, pero se podía escuchar el rugido de la multitud en la entrada principal.
Bajaron. Elías se sintió mareado por un momento al ponerse de pie, pero se obligó a estabilizarse. Maya le ofreció su brazo. Él lo tomó con su mano buena.
—¿Listo? —preguntó ella frente a las puertas dobles que daban al salón de recepción.
—No. Pero entremos de todos modos.
Las puertas se abrieron.
El golpe de luz, ruido y perfume caro fue físico. Cientos de cabezas se giraron. La música de un cuarteto de cuerdas se perdió bajo el murmullo repentino que recorrió la sala como una ola.
Ahí está.
Es ella.
¿Y quién es él?
Es el albañil.
Mira el traje.
¿Son pareja?
Maya caminó con la cabeza alta, su rostro una máscara de serenidad real. Elías caminó a su lado, rígido, pero con la barbilla levantada. Sus ojos escanearon la habitación no como un invitado, sino como un guardaespaldas, buscando amenazas.
Vio las miradas de desdén de las señoras copetudas. Vio la curiosidad morbosa de los empresarios. Vio los flashes de los fotógrafos oficiales.
Y entonces, lo vio a él.
Haroldo Villa estaba al fondo del salón, sosteniendo una copa de whisky, rodeado de un grupo de aduladores. Cuando vio a su hija y al hombre que la acompañaba, su sonrisa se congeló.
Junto a él, un hombre más joven, de unos cuarenta años, con cara de niño rico y ojos nerviosos, se puso pálido como un fantasma.
—Ese es —susurró Maya, apretando el brazo de Elías—. El de la derecha. Felipe Navarro.
Elías clavó su mirada en Felipe.
Felipe, el hombre que había firmado las órdenes. El hombre que había querido matar a Maya. El hombre que representaba todo lo podrido del sistema.
Felipe sostuvo la mirada de Elías por un segundo, y luego, bajó los ojos.
Elías sintió una satisfacción salvaje. Tiene miedo.
—Buenas noches, papá —dijo Maya cuando llegaron frente a ellos. Su voz era dulce, pero sus ojos eran hielo.
—Maya —Haroldo asintió, tenso—. Veo que trajiste a tu… amigo.
—Traje a mi salvador —corrigió ella—. Y a tu invitado de honor.
Haroldo se giró hacia Elías, mirándolo con una mezcla de curiosidad y repugnancia clasista.
—Señor Bueno. Veo que el sastre hizo milagros. Casi parece uno de nosotros.
El insulto fue sutil, pero cortante.
Elías no parpadeó. Recordó al Capitán Méndez. Recordó los escombros. Recordó a Mateo en la silla de ruedas.
—El traje es prestado, Señor Villa —dijo Elías con voz tranquila y profunda, que resonó en el pequeño círculo—. Pero la conciencia tranquila es mía. No sé si todos aquí pueden decir lo mismo.
Haroldo entrecerró los ojos. Felipe dio un paso atrás, casi tirando su copa.
—Atrevido —murmuró Haroldo.
—Honesto —respondió Maya—. Vamos a sentarnos. La cena está por comenzar. Y tengo entendido que hay discursos programados.
—Sí —dijo Haroldo con una sonrisa cruel—. Yo hablaré primero. Tengo un anuncio importante sobre el futuro de la compañía. Y sobre cómo vamos a “limpiar” ciertos problemas recientes.
—Estamos ansiosos por escucharlo —dijo Maya.
Se alejaron hacia su mesa asignada.
—Estuviste increíble —susurró Maya cuando se sentaron.
—Me están sudando las manos tanto que voy a oxidar el reloj de tu abuelo —confesó Elías, soltando el aire que había contenido.
—No se notó. Felipe está aterrorizado.
—Debería estarlo —dijo Elías, mirando el reloj. Eran las 8:45 PM. Faltaban quince minutos para el discurso—. ¿Qué vas a hacer, Maya?
Maya sacó de su pequeño bolso de noche una memoria USB. La misma que contenía toda la evidencia, más el video de seguridad del atentado, más los documentos del edificio colapsado de 2017 que su equipo había desenterrado esa tarde.
—Voy a tirar el edificio —dijo ella—. Pero esta vez, me voy a asegurar de que las ratas no escapen.
Las luces del salón bajaron de intensidad. Un reflector iluminó el escenario.
Haroldo Villa subió al podio, aplaudido por la multitud que él pagaba y controlaba.
—Damas y caballeros —comenzó Haroldo, su voz de barítono llenando la sala—. Vivimos tiempos difíciles. Tiempos de traición…
Maya miró a Elías. Él asintió.
La mano de Elías buscó la de ella bajo la mesa. No fue un gesto romántico, aunque había electricidad. Fue un anclaje.
—Estoy contigo —susurró él.
—Y yo contigo —respondió ella.
En ese momento, el celular de Elías vibró en su bolsillo interior.
Lo sacó discretamente. Un mensaje de un número desconocido.
Pero esta vez, no era una amenaza.
Era un video.
Elías le dio play sin sonido.
Era una grabación temblorosa, vieja, de noche, entre polvo y luces de emergencia. Se veían soldados. Se escuchaba gritar a alguien. Y se veía a un joven Elías salir de entre los escombros con una niña en brazos, justo antes de que una losa cayera detrás de él.
El texto debajo decía:
“Sargento Bueno. Soy el Cabo Mateo. Nunca borré el video de mi casco. Úselo. Hágales pagar.”
Elías sintió que el corazón se le detenía y luego volvía a arrancar con la fuerza de un motor diésel.
Le pasó el teléfono a Maya.
Ella vio el video. Sus ojos se llenaron de lágrimas feroces.
—Elías… esto es…
—Es la bala de plata —dijo él.
—Dámelo. Lo subiré al sistema ahora mismo.
Haroldo seguía hablando de lealtad y familia.
Maya conectó su teléfono a la tablet que controlaba su presentación. Hackear el sistema de audio y video del hotel había sido la tarea fácil para su equipo de seguridad esa tarde.
—¿Listo? —preguntó ella.
Haroldo levantó su copa. —Por el futuro de Grupo Villa.
—Por el pasado —corrigió Elías en voz baja.
Maya presionó “Enter”.
La pantalla gigante detrás de Haroldo parpadeó. El logo de la empresa desapareció.
Y de repente, el salón se llenó con el sonido de gritos, sirenas y una voz joven gritando: “¡No la voy a dejar! ¡Hay una niña ahí dentro!”.
La guerra había comenzado.
CAPÍTULO 5: EL DERRUMBE
El sonido que llenó el Gran Salón del Hotel de la Ciudad de México no fue un aplauso, ni música de cámara, ni el tintineo de copas de cristal de Baccarat. Fue un sonido que todos los mexicanos llevan grabado en el código genético del miedo: el crujido profundo, gutural y violento de la tierra rompiéndose, amplificado por bocinas Bose de alta fidelidad.
En la pantalla gigante, donde segundos antes brillaba el logotipo dorado de Grupo Villa, ahora se proyectaba el caos granulado de una grabación de cámara corporal (bodycam). La fecha en la esquina inferior derecha parpadeaba en rojo neón: 19/09/2017 – 14:15 HRS.
Haroldo Villa se quedó congelado en el podio, con la mano aún levantada en un brindis que nunca se completó. Su rostro, iluminado por el resplandor de la pantalla gigante detrás de él, pasó de la arrogancia al terror puro en cuestión de segundos.
—¡Corten eso! —gritó Haroldo, su voz perdiendo la compostura barítona—. ¡Seguridad! ¡Apaguen el sistema!
Pero nadie se movió. La audiencia, esa crema y nata de la sociedad mexicana compuesta por políticos, empresarios e influencers, estaba hipnotizada por el horror que se desplegaba ante sus ojos.
En el video, la cámara se sacudía violentamente. Se escuchaba la respiración agitada de quien portaba la cámara —Mateo— y la voz inconfundible de un joven Elías Bueno dando órdenes entre la nube de polvo.
—¡Cabo! ¡Trae el gato hidráulico! ¡La tengo! ¡Veo su mano!
—Sargento, el Capitán dice que salgamos. ¡Dice que van a meter la maquinaria!
—¡Que se joda el Capitán! ¡No voy a dejar que la aplasten!
La imagen se estabilizó un momento, mostrando las manos sangrantes de Elías, cinco años más jóvenes, escarbando frenéticamente entre varillas retorcidas que parecían costillas de un esqueleto de concreto. Y luego, el sonido que heló la sangre de los quinientos invitados: el llanto de una niña.
—Mami… quiero a mi mami…
En la mesa, el Elías del presente apretó la mandíbula hasta que le dolió. Estaba viendo su propia pesadilla proyectada en 4K. Maya le apretó la mano bajo el mantel con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en la piel de él, pero Elías no se apartó. Necesitaba ese anclaje.
El video continuó. El momento del rescate. Elías sacando a la pequeña Sofía, pasándola por un hueco. Y entonces, la voz distorsionada de una radio militar se escuchó clara y fuerte en el silencio sepulcral del salón:
—Atención, Alfa Uno. Aquí Mando. Procedan a demolición controlada en cuanto despejen perímetro. Constructora Viga insiste. Repito: Constructora Viga exige limpieza total. No quieren peritajes de los cimientos. Cambio.
Un murmullo recorrió la sala como un enjambre de avispas. “Constructora Viga”. Todos sabían que era una subsidiaria fantasma, pero escuchar la orden de encubrimiento vinculada directamente a la demolición de un lugar con gente adentro era otra cosa. Era criminal.
El video terminó abruptamente con el estruendo del colapso secundario y la cámara cayendo al suelo, grabando un cielo lleno de humo negro antes de cortarse a negros.
Silencio.
Un silencio pesado, denso, culpable.
Maya se puso de pie. El ruido de su silla arrastrándose sobre el piso de mármol sonó como un disparo.
Soltó la mano de Elías, se alisó el vestido color vino y caminó hacia el escenario. No corrió. No gritó. Caminó con la calma letal de una reina que va a su propia ejecución o a su coronación.
Haroldo la vio acercarse. Estaba pálido, sudando bajo los reflectores.
—Maya… —susurró fuera del micrófono—. ¿Qué hiciste? Acabas de destruirnos.
Maya subió los escalones. Se paró frente a su padre, un hombre que siempre le había parecido un gigante, y se dio cuenta de que, en realidad, era un hombre pequeño parado sobre una montaña de dinero sucio.
—No, papá —dijo ella, y su voz, aunque no estaba amplificada, se escuchó clara—. Yo no nos destruí. Tú lo hiciste hace cinco años. Yo solo encendí la luz.
Maya tomó el micrófono de las manos temblorosas de su padre. Haroldo intentó retenerlo, un último gesto patético de control, pero la mirada que le lanzó su hija lo hizo soltarlo. Él retrocedió, tropezando casi con los cables, y se refugió en las sombras del escenario.
Maya se giró hacia la audiencia. Las luces la cegaban un poco, pero podía distinguir las caras de shock. Vio a Felipe Navarro cerca de la salida de servicio, hablando frenéticamente por su celular, con los ojos desorbitados buscando una ruta de escape.
—Buenas noches —dijo Maya. Su voz no tembló—. Lamento arruinar la cena. Sé que el salmón estaba excelente. Pero creo que es momento de que hablemos de lo que realmente financia esta velada.
Hubo un flash de una cámara. Luego otro. Luego una tormenta de flashes. Los periodistas, que habían sido relegados a la parte trasera, ahora empujaban hacia adelante, oliendo la sangre.
—El hombre que vieron en ese video —continuó Maya, señalando la pantalla negra— no es un actor. No es un mito. Es el hombre sentado en la mesa cuatro. El Sargento Elías Bueno.
Todas las cabezas giraron hacia Elías.
Él se quedó sentado un momento, sintiendo el peso de cientos de miradas. El instinto le gritaba que corriera, que se escondiera. Pero luego recordó a Mateo en su silla de ruedas. Recordó a su abuela asustada. Recordó la bala que quemó su hombro.
Lentamente, con dolor pero con una dignidad inmensa, Elías se puso de pie. Se ajustó el saco azul con su mano buena y sostuvo la mirada colectiva del salón.
—Elías fue expulsado del Ejército con deshonor por salvar a una niña —dijo Maya, su voz cargada de una emoción contenida—. Fue desechado para proteger un secreto: que el edificio Residencial Altamira, construido con fondos de Grupo Villa a través de Constructora Viga, se cayó porque usaron materiales de tercera para cobrar precios de primera.
Un grito ahogado salió de alguna garganta enjoyada.
—Pero eso no fue suficiente —siguió Maya, y ahora sus ojos buscaron a Felipe Navarro—. Cuando descubrí los desvíos financieros hace una semana, no solo intentaron comprar mi silencio. Intentaron comprar mi muerte.
Felipe Navarro, al sentirse observado, intentó abrir la puerta de servicio. Estaba cerrada. Dos hombres de traje oscuro, con audífonos en los oídos —el equipo de seguridad israelí de Maya— se interpusieron en su camino, cruzados de brazos. Felipe se giró, acorralado, con el sudor empapando su camisa de diseñador.
—El atentado en Reforma no fue un secuestro —declaró Maya—. Fue una ejecución ordenada por la vicepresidencia de esta compañía. Y el hombre al que intentaron culpar, el hombre al que le robaron su vida hace cinco años, fue el único que tuvo el valor de ponerse frente a la bala para salvarme.
Maya hizo una pausa. Respiró hondo, sintiendo que se mareaba, pero se obligó a seguir.
—Hoy, ante todos ustedes, renuncio a mi puesto en el Consejo de Grupo Villa. Y entrego a la Fiscalía General de la Justicia, que sé que tiene representantes en esta sala, todas las pruebas de fraude, homicidio negligente y tentativa de homicidio.
Dejó caer el micrófono.
El sonido seco del golpe contra el suelo resonó como un martillazo de juez.
PUM.
El caos estalló.
Fue una explosión de ruido. Gritos, preguntas de reporteros, llamadas telefónicas urgentes de inversionistas vendiendo acciones en tiempo real.
La policía, que había estado esperando discretamente afuera gracias a la denuncia previa de los abogados de Maya, entró al salón.
Cuatro oficiales se dirigieron directamente hacia Felipe Navarro, quien intentó, patéticamente, ofrecerles dinero ahí mismo. Lo esposaron entre los flashes de las cámaras.
Haroldo Villa seguía en el escenario, en las sombras. Miraba a Maya como si fuera un monstruo que él mismo había creado.
Maya bajó del escenario y caminó hacia su mesa. Elías la esperaba de pie.
Cuando ella llegó a su lado, las piernas le fallaron. El agotamiento, la adrenalina y el terror la golpearon de golpe.
Elías la sostuvo con su brazo bueno, rodeando su cintura con firmeza.
—Te tengo —le susurró al oído—. No te caigas ahora, patrona. Ya ganaste.
—No se siente como ganar —murmuró ella, temblando—. Se siente como si me hubiera quedado huérfana.
Elías miró hacia el escenario. Los agentes federales se acercaban ahora a Haroldo Villa. El gran magnate no opuso resistencia, pero su mirada estaba vacía, derrotada.
—A veces hay que tirar la casa vieja para construir una nueva —dijo Elías—. Vámonos de aquí. El aire apesta a perfume caro y miedo.
Salieron por la cocina, guiados por el equipo de seguridad, evitando el circo mediático de la entrada principal.
Pasaron entre filas de cocineros y meseros que habían dejado de trabajar para escuchar el discurso. Al ver pasar a Elías, uno de los lavaplatos, un chico joven con delantal sucio, asintió con la cabeza y levantó el puño discretamente.
Elías devolvió el gesto. Ese era su público. Esa era su gente.
La camioneta blindada se deslizaba por las calles mojadas del Centro Histórico. La lluvia había vuelto con fuerza, convirtiendo la ciudad en un espejo negro y dorado.
Dentro del vehículo, el silencio era absoluto, pero ya no era tenso. Era el silencio de los sobrevivientes después de la batalla.
Maya se había quitado los zapatos de tacón y estaba encogida en el asiento, mirando por la ventana sin ver nada. Elías, a su lado, se había aflojado la corbata y miraba el reloj de su abuelo en su muñeca.
—Son las 10:30 —dijo él—. A esta hora, mi tía ya le debe haber rezado tres rosarios a San Judas Tadeo por nosotros.
Maya soltó una risa débil, ronca.
—Creo que San Judas hizo horas extra hoy.
Se giró para mirarlo. En la penumbra de la camioneta, Elías se veía cansado. El dolor de su hombro debía ser insoportable ahora que la adrenalina bajaba, pero él mantenía esa postura estoica que Maya empezaba a admirar peligrosamente.
—Lo hiciste, Elías. Te paraste ahí y dejaste que te vieran.
—Tú hiciste el trabajo pesado —dijo él—. Tú tiraste la bomba. Yo solo fui la foto del recuerdo.
—No —Maya negó con la cabeza—. Sin ti, ese video no existiría. Sin ti, yo estaría muerta en una plancha del forense.
Elías suspiró y miró sus manos.
—¿Qué va a pasar ahora?
—Con mi padre… cárcel, probablemente. Juicios interminables. La empresa se va a desmoronar. Las acciones van a valer menos que el papel en el que están impresas para mañana a las 9 de la mañana.
—Me refería a ti.
Maya se quedó callada. No había pensado en eso. Su plan llegaba hasta el discurso. No había un “después”.
—No tengo idea —admitió—. Probablemente me quede sin un peso. Los abogados se comerán lo que quede de mi herencia. Seré la paria de la sociedad. Nadie contrata a la mujer que delató a su propio padre.
Elías se giró un poco, haciendo una mueca de dolor.
—Sabes pegar ladrillos?
Maya lo miró, confundida. —¿Qué?
—Poner mezcla. Nivelar un muro. ¿Sabes hacerlo?
—No.
—Bueno, yo te enseño. Es buen trabajo. Cansa, pero duermes tranquilo. Y la comida de obra es mejor que esos canapés de salmón que daban en tu fiesta.
Maya parpadeó, y luego, una sonrisa genuina, amplia y brillante, rompió la tristeza de su rostro.
—¿Me estás ofreciendo trabajo de chalán, Bueno?
—Te estoy ofreciendo una salida —dijo él, devolviéndole la sonrisa—. Y te advierto, soy un jefe exigente. No tolero llegadas tarde.
Por primera vez en días, Maya sintió que podía respirar.
—Acepto la oferta.
La camioneta se detuvo. No estaban en el hospital, ni en el departamento de Maya en Polanco.
—¿Dónde estamos? —preguntó ella, mirando afuera. Era un edificio antiguo en la colonia Santa María la Ribera. Un barrio popular, lejos del lujo, pero lleno de vida.
—Es una casa de seguridad de mi firma —dijo el jefe del equipo de seguridad desde el asiento del copiloto—. Nadie los buscará aquí. La prensa estará rodeando su penthouse y el hospital. Necesitan dormir. Mañana empieza el infierno legal.
Bajaron. El departamento era sencillo, con muebles básicos, pero seguro.
Elías se sentó en el sofá con un gemido de alivio. Maya buscó en la cocina y encontró una botella de tequila y dos vasos de veladora.
—No hay limones, pero servirá —dijo ella, sirviendo dos tragos generosos.
Se sentó junto a él.
—Por la caída de la torre —brindó ella.
—Por los que sacamos de los escombros —respondió él.
Chocaron los vasos. El tequila quemó al bajar, una quemadura buena que limpiaba la garganta del polvo del pasado.
Elías dejó el vaso en la mesa y miró a Maya. Estaban cerca. Muy cerca. Podía oler su perfume, mezclado con el olor de la lluvia.
—Maya… —empezó a decir, su voz volviéndose grave.
—Dime.
—Ese collar… —señaló el fénix de plata que ella le había dado antes, y que ahora ella llevaba puesto porque él no había podido ponérselo con una sola mano—. Dijiste que era para los que renacen.
—Sí.
—Yo no sé si renací hoy. Pero siento que por primera vez en cinco años, no tengo que agachar la cabeza.
Maya extendió la mano y tocó suavemente su mejilla, rozando la barba de un día.
—Nunca debiste agacharla.
El momento se estiró, cargado de una gravedad nueva. No eran la heredera y el albañil. Eran dos soldados en la misma trinchera. El beso no fue como en las películas románticas. No hubo música de violines. Fue un beso tentativo, suave, con sabor a tequila y cansancio.
Elías se apartó primero, respirando agitado.
—Tu papá me va a odiar todavía más si supiera esto.
—Mi papá ya no tiene voto en mi vida —dijo Maya, acercándose de nuevo.
Durmieron en el sofá, vestidos, hombro con hombro, como si temieran que al separarse el mundo volviera a colapsar.
A la mañana siguiente, la realidad golpeó la puerta. Literalmente.
Eran las 7:00 AM cuando los golpes en la puerta del departamento los despertaron.
Elías saltó, instintivamente poniéndose en guardia a pesar del dolor en su hombro. Maya se frotó los ojos, desorientada.
El jefe de seguridad entró desde la otra habitación.
—Es la Fiscalía. Vienen por su declaración formal, Señorita Villa. Y… hay noticias.
Maya se puso de pie, alisándose la ropa arrugada de la noche anterior.
—¿Qué noticias?
—Felipe Navarro está hablando. Está cantando como un canario para reducir su sentencia.
—Eso es bueno, ¿no? —preguntó Elías.
El guardia negó con la cabeza, su expresión sombría.
—No del todo. Navarro dice que él no contrató al sicario de Reforma. Dice que él solo manejaba el dinero. Dice que la orden del “trabajo sucio” vino de alguien más arriba.
Maya sintió un hueco en el estómago.
—¿Más arriba? No hay nadie más arriba que mi padre.
—No se refiere a su padre —dijo el guardia—. Se refiere a los socios ocultos de Constructora Viga. Resulta que Grupo Villa lavaba dinero para gente muy peligrosa. Gente que no se anda con demandas civiles.
Elías y Maya intercambiaron una mirada.
Pensaron que habían ganado la guerra al derribar al rey. No se dieron cuenta de que el tablero era mucho más grande, y que había jugadores que no seguían las reglas del ajedrez.
—¿Qué significa eso? —preguntó Elías, su voz volviéndose dura.
—Significa —dijo el guardia, desenfundando su arma para revisar la mirilla de la puerta— que la seguridad se acaba de duplicar. Y que ustedes dos son, oficialmente, los testigos más buscados de México. Por la ley… y por los cárteles.
Maya caminó hacia la ventana. Abrió la cortina un centímetro. Abajo, en la calle, vio pasar una camioneta negra con vidrios polarizados que disminuyó la velocidad frente al edificio y luego siguió su camino.
Sintió el miedo, sí. Pero luego sintió la mano de Elías en su hombro sano. Caliente. Firme.
—Dijiste que sabías pegar ladrillos —dijo ella, sin voltear.
—Dije que te enseñaría.
—Pues creo que vamos a tener que construir una fortaleza.
Maya se giró. Sus ojos ya no tenían dudas. La noche anterior había matado a su pasado. Ahora tocaba pelear por su futuro.
—Abre la puerta —le ordenó al guardia—. Que pasen los fiscales. Tenemos mucho trabajo que hacer.
Elías se ajustó el cabestrillo, se paró a su lado y asintió.
La Torre Villa había caído. Pero la verdadera batalla, la de la supervivencia, apenas estaba comenzando. Y esta vez, el cimiento era sólido.
CAPÍTULO 6: LA CAZA
La fiscal de hierro, Patricia Jiménez, no se parecía en nada a los abogados corporativos con los que Maya había lidiado toda su vida. No llevaba traje sastre de Armani, ni olía a perfume de lavanda. Olía a cigarro barato y a café quemado de oficina gubernamental. Llevaba una chamarra de piel sintética desgastada y tenía esa mirada de cansancio crónico que solo tienen los funcionarios públicos que realmente intentan hacer su trabajo en México.
Estaban sentados en la pequeña mesa de comedor del departamento de seguridad en la Santa María la Ribera. Eran las 11:00 de la mañana, pero el cielo seguía encapotado, lanzando una luz grisácea sobre los tres: Maya, Elías y la fiscal.
—Señorita Villa —dijo Jiménez, cerrando una carpeta manila que parecía contener más secretos que papeles—. Le voy a hablar en español claro, sin tecnicismos legales. Su papá no es el problema. Su papá es, a estas alturas, el menor de sus problemas.
Maya apretó la taza de café caliente entre sus manos.
—Felipe Navarro confesó los sobornos. Tenemos las cuentas. ¿Qué más hay?
—Navarro cantó, sí. Pero cantó porque tiene miedo. —Jiménez se inclinó hacia adelante—. Grupo Villa no solo inflaba costos y usaba materiales baratos. Eso es delito de cuello blanco, eso se arregla con multas y un par de años en el Reclusorio Norte en el área VIP. Lo que Navarro nos dijo es que Constructora Viga y otras tres empresas fantasma se usaban para lavar dinero del Cártel de la Sierra.
El silencio en la habitación fue absoluto. Ni siquiera se escuchaba el tráfico de la calle.
Elías, que estaba sentado junto a la ventana vigilando la calle a través de la persiana, se giró lentamente. Su brazo herido descansaba en el cabestrillo, pero su mano derecha estaba cerca de la mesa, tensa.
—Narcotráfico —dijo Elías. No era una pregunta.
—Infraestructura —corrigió la fiscal con una mueca cínica—. Los narcos necesitan bodegas, pistas clandestinas, túneles. Y necesitan lavar sus ganancias en proyectos legítimos: torres de departamentos, centros comerciales. Su padre, Haroldo Villa, les abrió la puerta hace diez años cuando la empresa tuvo problemas de liquidez.
Maya sintió que el mundo giraba.
—Mi padre… ¿socio de narcos?
—Socio, rehén o cómplice. La línea es muy delgada —dijo Jiménez—. El punto es que ahora que usted expuso todo, no solo le costó millones a los accionistas. Le congeló cuentas a gente que decapita a sus enemigos y los cuelga de puentes peatonales.
La fiscal sacó un cigarro, recordó dónde estaba y lo volvió a guardar.
—Tengo órdenes de ofrecerles el Programa de Protección de Testigos. Nuevas identidades. Reubicación. Quizás en Canadá o España. Pero tienen que irse hoy. Ahora mismo.
Maya miró a Elías. Él la miraba a ella, evaluando la situación con esa fría lógica militar que empezaba a aflorar cada vez más.
—¿Y si nos quedamos? —preguntó Maya.
—Si se quedan, son blancos móviles. Mi oficina tiene filtraciones, señorita Villa. La policía de la ciudad tiene filtraciones. No puedo garantizar su seguridad ni en una celda de máxima seguridad. Esa gente tiene tentáculos en todas partes.
—No me voy a ir —dijo Maya, sorprendiéndose a sí misma por la firmeza de su voz.
—Maya… —advirtió Elías.
—No —ella se levantó—. He pasado toda mi vida huyendo de la realidad, viviendo en una burbuja. Si me voy ahora, ellos ganan. Mi padre gana. Y todo lo que hicimos anoche no servirá de nada.
—Señorita, esto no es una película de Netflix —dijo la fiscal con dureza—. Aquí la gente muere de verdad. Y feo.
—Ya casi muero dos veces esta semana, fiscal. Empiezo a acostumbrarme.
Elías se alejó de la ventana y caminó hacia la mesa. Se paró detrás de Maya, una presencia sólida y protectora.
—Si ella no se va, yo tampoco.
La fiscal Jiménez los miró a los dos, sacudiendo la cabeza con incredulidad.
—Están locos. O enamorados. O las dos cosas, que es peor. —Se puso de pie y recogió su carpeta—. Les dejaré dos agentes federales en la puerta. De los pocos en los que confío. Pero les advierto: si sienten que algo anda mal, corran. No llamen al 911. Corran.
Cuando la fiscal se fue, el departamento se sintió más pequeño. Más frágil.
Elías fue a la cocina y regresó con un cuchillo de chef. Lo puso sobre la mesa.
—¿Para qué es eso? —preguntó Maya.
—No tenemos armas —dijo él—. Y si la fiscal tiene razón, los federales de afuera podrían durar cinco minutos o venderse en dos. Necesitamos un plan B.
Maya se sentó en el sofá, frotándose las sienes. La adrenalina de la Gala se había evaporado, dejando un residuo de terror puro.
—¿Cómo es que mi vida se convirtió en esto, Elías? Hace una semana mi mayor preocupación era elegir el color del mármol para el lobby de la Torre Mitikah.
Elías se sentó frente a ella, en la mesa de centro. Sus rodillas casi se tocaban.
—La vida cambia en un parpadeo, Maya. En el Ejército aprendes que el plan nunca sobrevive al primer contacto con el enemigo. Tienes que adaptarte.
—No sé pelear —admitió ella, sintiéndose pequeña e inútil—. Sé negociar, sé leer contratos, sé despedir gente. Pero no sé sobrevivir a esto.
—Sabes ver cosas que otros no ven —dijo él—. Viste la corrupción cuando nadie más quiso verla. Tuviste las agallas de subirte a ese escenario. Eso es instinto de supervivencia, Maya. Solo tienes que enfocarlo diferente.
Elías tomó el cuchillo y empezó a jugar con él, girándolo suavemente sobre la mesa.
—Te voy a enseñar algo básico. Si entran, no grites. El grito te quita aire y avisa dónde estás. Si tienes que correr, no corras en línea recta. Y si tienes que pelear… —levantó la vista, sus ojos oscuros clavados en los de ella—… no pelees limpio. Picas a los ojos, a la garganta o a la entrepierna. Y corres.
Maya asintió, absorbiendo la información.
—Ojos, garganta, entrepierna. Entendido.
—Y otra cosa —dijo él, bajando la voz—. Si nos separan…
—No nos van a separar.
—Escucha —insistió él—. Si nos separan, no me busques. Vete con mi tía Renata. Ella sabe dónde esconderse. Tiene familia en un pueblo de Hidalgo donde ni el diablo entra.
—No te voy a dejar atrás, Elías. Esa fue nuestra promesa.
—La promesa es que tú vivas para terminar lo que empezamos. Yo soy… prescindible.
—Deja de decir eso —Maya se inclinó y tomó su cara entre sus manos, obligándolo a mirarla—. Tú eres lo único real que tengo. Si tú eres prescindible, yo soy irrelevante.
El momento se estiró, cargado de una tensión que iba más allá del peligro. Elías se inclinó ligeramente hacia ella, y Maya cerró los ojos, esperando…
El sonido de un motor acelerando en la calle rompió el hechizo.
Elías se levantó de un salto y corrió a la ventana, pegándose a la pared para mirar por una rendija de la persiana.
—Mierda.
—¿Qué? —Maya se puso de pie, el corazón en la garganta.
—Camioneta Suburban. Sin placas. Vidrios polarizados al 100%. Se paró en doble fila frente al edificio.
—¿Son los federales del relevo?
—No. Los federales traen Chargers o Pick-ups. Y no se bajan con armas largas en plena luz del día sin uniformes.
Elías se giró hacia ella. Su rostro había cambiado. Ya no era el albañil amable ni el hombre vulnerable del hospital. Era el Sargento Bueno.
—Nos encontraron. Tenemos que irnos. Ahora.
—¿Por la puerta?
—No. El pasillo va a ser una ratonera en treinta segundos.
Se escucharon disparos abajo. Secos, rápidos. Pop-pop-pop. Luego un grito. Los federales de la fiscal Jiménez acababan de caer.
Elías corrió hacia la puerta y le puso el seguro y la cadena, sabiendo que eso solo les compraría segundos. Luego fue a la cocina y empujó el refrigerador con el hombro sano y una fuerza sobrehumana producto de la adrenalina, bloqueando la entrada.
—¡La escalera de incendios! —gritó Maya, corriendo hacia la ventana trasera que daba a un callejón.
—¡Espera! —Elías la detuvo—. No salgas todavía. Tienen halcones. Debe haber alguien cubriendo la parte de atrás.
Elías miró alrededor del departamento desesperadamente. Sus ojos se posaron en el muro que separaba el departamento del edificio contiguo. Era un muro de tablaroca, falso, probablemente una remodelación barata.
—Pásame el extintor —ordenó, señalando el cilindro rojo en el pasillo.
Maya corrió y se lo entregó. Pesaba, pero la urgencia le dio fuerzas.
Elías tomó el extintor con su mano buena.
—Hazte para atrás. Cúbrete la cara.
Con un grito gutural, Elías golpeó el muro con la base del extintor. El yeso crujió. Golpeó de nuevo. Y otra vez. Se abrió un agujero irregular.
—¡Ayúudame a patearlo! —gritó.
Maya, con sus botas de diseñador, pateó junto a él. El muro cedió, revelando el departamento vecino, que afortunadamente estaba vacío y en obra negra.
—¡Pasa! ¡Rápido!
Maya se deslizó por el agujero, raspándose los brazos y llenándose de polvo blanco. Elías la siguió con dificultad, protegiendo su hombro herido.
Apenas cruzaron, escucharon una explosión en el departamento que acababan de abandonar. Habían volado la cerradura.
Escucharon voces graves, órdenes ladradas en clave.
—Despejen. El patrón la quiere viva. Al tipo mátenlo.
Elías tomó la mano de Maya. Estaban en un departamento vacío, lleno de escombros y sacos de cemento.
—Conozco este olor —susurró Elías—. Están remodelando. Debe haber un andamio afuera.
Corrieron hacia el balcón del departamento vecino. Efectivamente, había un andamio de madera y metal oxidado que bajaba hacia un patio interior lleno de basura.
—¿Confías en mí? —preguntó Elías.
Maya miró la estructura tambaleante. Miró la caída de tres pisos.
—Contigo hasta el infierno, Bueno.
—Pues agárrate fuerte, porque allá vamos.
Bajaron por el andamio. El metal chirriaba con cada paso. El hombro de Elías sangraba de nuevo, manchando su camisa blanca a través del vendaje, pero no se detuvo.
Llegaron al suelo justo cuando una cabeza se asomó por el balcón de arriba.
—¡Allá van! ¡Por el patio!
Las balas empezaron a picar el suelo de concreto a su alrededor, levantando nubes de polvo y esquirlas de piedra.
—¡Corre! —Elías la empujó hacia una puerta de metal oxidada que daba a un callejón lateral.
Salieron a la calle, jadeando. Estaban a dos cuadras de la entrada principal.
—Necesitamos un coche —dijo Maya, buscando sus llaves, aunque sabía que no tenía auto.
—No —dijo Elías, jalándola hacia la avenida principal—. Un coche es una jaula. El tráfico está parado. Nos alcanzarían en moto.
—¿Entonces qué?
Elías señaló hacia abajo, hacia la entrada del Metro San Cosme, marcada por el logo naranja y la multitud que entraba y salía como hormigas.
—Nos volvemos invisibles, Maya. Nos metemos al subsuelo. Ahí abajo no hay señal de celular, no hay GPS y hay cinco millones de personas para cubrirnos.
Maya miró la boca oscura del Metro. Hacía años que no se subía. Para ella, el transporte público era una leyenda urbana de incomodidad e inseguridad. Ahora, era su única salvación.
—Vamos.
El Metro de la Ciudad de México a las doce del día es una bestia extraña. No está a reventar como en la hora pico, pero sigue siendo un ecosistema denso, caluroso y ruidoso.
Maya y Elías se mezclaron entre la multitud. Elías se había quitado el saco azul, que llamaba demasiado la atención, y se había quedado en camisa, la cual se había sacado por fuera del pantalón para ocultar un poco el bulto del vendaje. Maya se soltó el pelo para taparse la cara y se quitó el reloj caro, guardándolo en su bolsillo.
Pasaron los torniquetes saltándoselos cuando el policía de la entrada se distrajo revisando la mochila de un estudiante.
Bajaron las escaleras. El olor característico del Metro —una mezcla de goma quemada, sudor, garnachas y electricidad estática— golpeó a Maya.
—No mires a nadie a los ojos —le susurró Elías al oído mientras esperaban en el andén—. Camina segura, como si fueras a trabajar y se te hizo tarde. Si te ves asustada, te conviertes en presa.
El tren llegó con su estruendo habitual, empujando una ola de aire caliente. Las puertas se abrieron y se metieron a empujones en el vagón mixto.
Estaban apretados contra la puerta opuesta. Elías se colocó delante de Maya, haciendo una barrera con su cuerpo entre ella y el resto de los pasajeros: un vendedor de discos piratas que gritaba éxitos de cumbia, una señora con dos bolsas enormes de mandado y un par de jóvenes con audífonos.
El tren arrancó. El movimiento brusco hizo que Maya se tambaleara, pero Elías la sostuvo.
—¿A dónde vamos? —susurró ella, pegada a su pecho. Podía escuchar su corazón latiendo rápido, pero rítmico.
—A donde no nos busquen. Polanco está descartado. El sur también.
—¿Con tu tía?
—No. Si saben dónde está el asilo, saben dónde vive ella.
Elías miró el mapa de la red del Metro pegado encima de la ventana. Sus ojos trazaron una ruta.
—Tenemos que ir al Norte. O al Oriente.
—¿Ecatepec?
—No, demasiado lejos y peligroso por otras razones. Necesitamos un lugar donde yo conozca el terreno y tú no llames la atención… tanto.
Elías pensó un momento. Luego, una idea cruzó su mente. Una ironía del destino.
—Iztapalapa —dijo él—. Cerca del Cerro de la Estrella.
—¿Por qué ahí?
—Porque ahí está “La Obra Muerta”.
—¿Qué es eso?
—Un complejo habitacional enorme que tu padre empezó a construir hace tres años y abandonó cuando el suelo resultó ser grieta volcánica. Dejó los esqueletos de los edificios. Yo trabajé ahí poniendo los cimientos. Conozco los túneles de servicio y los sótanos que no aparecen en los planos oficiales. Es un laberinto de concreto. Nadie nos encontrará ahí.
Maya asintió. Irónicamente, se esconderían en las ruinas de la ambición de su padre.
Hicieron tres transbordos para despistar. De la Línea 2 a la Línea 3, luego a la Línea 8. En cada estación, Maya sentía que se adentraba en un mundo desconocido. Vio la pobreza, vio el cansancio en las caras de la gente, pero también vio una solidaridad silenciosa: alguien cediéndole el asiento a una anciana, alguien sosteniendo la puerta. Era el México que su padre miraba desde arriba, pero nunca tocaba.
Llegaron a la estación Constitución de 1917 después de una hora que pareció eterna.
Salieron a la superficie. El aire aquí era diferente. Más polvo. Más ruido. Microbuses verdes pasando a toda velocidad, música de banda a todo volumen.
—Camina —dijo Elías—. Todavía nos falta un tramo.
Caminaron por calles sin pavimentar, entre casas a medio terminar con varillas expuestas hacia el cielo como antenas de esperanza. Perros callejeros ladraban al paso. La gente miraba a Maya, notando que su ropa, aunque sucia de yeso, era de otra calidad, pero Elías la rodeaba con el brazo, lanzando miradas que decían “es conmigo”, y eso bastaba para que los dejaran en paz.
Finalmente, llegaron a una cerca de malla ciclónica rota. Detrás, se alzaban tres torres de diez pisos, grises, sin ventanas, como fantasmas de una ciudad post-apocalíptica.
—Bienvenida a Torres del Valle —dijo Elías con sarcasmo—. “Lujo y confort al alcance de tu mano”, decía el folleto.
—Es horrible —dijo Maya.
—Es perfecto.
Entraron por un hueco en la malla. Elías la guio hacia la torre central. Bajaron a lo que debía ser el estacionamiento subterráneo. Estaba oscuro y olía a humedad, pero estaba seco.
Elías encontró un cuarto de máquinas que tenía una puerta de metal pesada.
—Aquí —dijo—. Solo hay una entrada. Y si alguien viene, el eco del estacionamiento nos avisará minutos antes.
Se dejaron caer en el suelo de concreto frío.
Elías soltó un gemido largo y doloroso mientras se recargaba contra la pared. Su cara estaba cubierta de sudor frío.
—Déjame ver el hombro —dijo Maya inmediatamente, olvidando su propio cansancio.
Le desabotonó la camisa con manos temblorosas. El vendaje estaba empapado en sangre fresca. Los puntos se habían abierto con el esfuerzo del andamio.
—Mierda, Elías. Estás sangrando mucho.
—Sobreviviré —jadeó él—. En Afganistán me cosí yo solo una pierna.
—No estamos en Afganistán y no tienes hilo.
Maya se quitó su suéter de cachemira. Debajo llevaba una camiseta de tirantes. Rompió el suéter caro en tiras sin dudarlo un segundo.
—Esto va a doler —advirtió.
—Ya duele —dijo él con una sonrisa torcida.
Maya limpió la herida lo mejor que pudo con el poco de agua que les quedaba en una botella que habían comprado en el Metro, y apretó el vendaje nuevo hecho de cachemira gris. Elías apretó los dientes y soltó un soplido, pero no gritó.
Cuando terminó, Maya se sentó a su lado, hombro con hombro.
El sol empezaba a ponerse afuera, filtrándose por las rendijas del sótano en rayos naranjas y polvorientos.
—¿Crees que la fiscal esté viva? —preguntó Maya en la oscuridad creciente.
—Espero que sí. Parecía dura de matar. Pero los federales de la puerta… ellos no la contaron.
Maya abrazó sus rodillas.
—Mataron gente por nosotros. Por mí.
—Mataron gente porque son malos, Maya. No te eches esa culpa. Esa culpa pesa mucho y no te deja caminar.
Hubo un silencio largo.
—¿Qué vamos a hacer, Elías? No podemos vivir en un sótano para siempre. Tienen recursos ilimitados. Nosotros tenemos medio litro de agua y un cuchillo.
Elías cerró los ojos, descansando la cabeza contra el muro.
—En la guerra de guerrillas, cuando el enemigo es más grande y más fuerte, no lo atacas de frente. Lo desestabilizas. Cortas sus suministros. Atacas su moral.
—¿Y cuál es el suministro de un cártel asociado con una constructora?
Elías abrió los ojos. Brillaban en la penumbra.
—El dinero. Y la información.
—Ya dimos la información a la fiscalía.
—Dimos la información del pasado. Lo que hizo tu papá. Pero Navarro dijo que lavaban dinero ahora.
Elías se giró hacia ella.
—Tú eres la dueña, Maya. Técnicamente, ahora que tu papá está detenido, tú eres la accionista mayoritaria. Tienes las llaves del reino, aunque el castillo se esté quemando.
—Sí… supongo que sí.
—¿Hay algún servidor, alguna nube, algo a lo que solo tú y tu padre tuvieran acceso? ¿Algo donde estén los movimientos en tiempo real?
Maya pensó. Su mente voló a la oficina de su padre en la mansión de Las Lomas. A la caja fuerte detrás del cuadro de Tamayo. No. Eso era demasiado obvio.
Entonces recordó algo. Una conversación de hacía años. Su padre hablando de “la bóveda fría”. Un servidor físico, desconectado de internet para evitar hackers, donde guardaba el verdadero libro mayor de la empresa.
—La Bóveda Fría —susurró Maya—. Está en el sótano de la Torre Virreyes. En el site de telecomunicaciones. Se necesita huella digital y retina.
—¿La tuya funciona?
—Me dio acceso hace dos años, “por si algún día me pasaba algo”, dijo. Nunca pensó que yo sería quien lo usara en su contra.
Elías sonrió. Una sonrisa de lobo.
—Si conseguimos ese libro mayor, no solo tenemos a tu papá. Tenemos los nombres de los narcos, las cuentas, las rutas. Tenemos el mapa del tesoro del Cártel.
—Y si tenemos eso… —Maya completó la idea, sintiendo una chispa de esperanza peligrosa—. Tenemos con qué negociar. O con qué destruirlos.
—Exacto. Pero la Torre Virreyes debe estar vigilada por la policía, por los sicarios y por la prensa.
—Es una fortaleza —asintió Maya.
—Pues adivina qué —dijo Elías, señalando las vigas de concreto sobre sus cabezas—. Yo sé cómo entrar a fortalezas sin usar la puerta. Trabajé en el mantenimiento de ese edificio seis meses. Conozco los ductos de aire, los montacargas y las salidas de basura.
Maya miró al hombre a su lado. Herido, cansado, perseguido, y sin embargo, planeando el contraataque más audaz de la historia corporativa de México.
—Estás loco, Bueno.
—Totalmente.
—¿Cuándo lo hacemos?
—Esta noche no. Necesitamos descansar. Necesitamos comida. Y necesito conseguir un par de cosas en el barrio. Mañana por la noche… mañana entramos a la boca del lobo.
Se acomodaron para dormir en el suelo duro. No había mantas, solo el calor de sus cuerpos.
Maya recargó la cabeza en el pecho de Elías. Escuchaba su respiración y, afuera, el aullido lejano de las sirenas de la ciudad.
—Elías… —susurró, ya medio dormida.
—¿Mande?
—Gracias por enseñarme a ser invisible.
Él le besó la coronilla.
—Tú nunca has sido invisible, Maya. Solo estabas escondida detrás del dinero. Ahora… ahora brillas de verdad.
La oscuridad los envolvió. En la “Obra Muerta”, dos vidas comenzaban a cimentar algo indestructible, mientras afuera, la ciudad afilaba sus garras para la batalla final.
CAPÍTULO 7: LA BÓVEDA FRÍA
El amanecer en Iztapalapa no tenía nada que ver con los amaneceres que Maya conocía. En Polanco, la mañana llegaba con el sonido de cafeteras automáticas y el trote suave de corredores con ropa de marca en el Parque Lincoln. Aquí, en las entrañas de la “Obra Muerta”, el amanecer olía a carbón, a masa de maíz nixtamalizado y a humo de escape de camiones de carga.
Maya abrió los ojos, su cuerpo protestando contra la dureza del suelo de concreto. El frío del sótano le había calado hasta los huesos. Se sentó, quitándose el polvo de yeso de su ropa, que alguna vez fue de diseñador y ahora parecía sacada de un contenedor de donaciones.
Elías no estaba a su lado.
El pánico la golpeó por un segundo, un latigazo en el pecho.
—¿Elías? —susurró, su voz resonando en las paredes vacías.
—Acá estoy.
La voz vino de la entrada del cuarto de máquinas. Elías apareció, recortado contra la luz grisácea que entraba por la rampa. Llevaba una bolsa de plástico negra en la mano sana y tenía el rostro pálido, cubierto por una fina capa de sudor, pero sus ojos estaban alertas.
—Fui al tianguis de Santa Cruz —dijo, cerrando la puerta metálica detrás de él—. Necesitamos desayunar si queremos sobrevivir a esta noche.
Se sentó frente a ella y abrió la bolsa. El olor inundó el pequeño espacio, denso y reconfortante.
—Guajolotas —anunció Elías, sacando dos tortas de tamal envueltas en papel estraza—. Verde para ti, de rajas para mí. Y atole de champurrado. No es un brunch del Four Seasons, pero te va a dar energía.
Maya tomó la torta caliente. Sus manos temblaban ligeramente, no de miedo, sino de hambre. Dio un mordisco. La masa suave, la salsa picante y el bolillo crujiente le supieron a gloria.
—Está increíble —dijo con la boca llena.
—Es la vitamina T —sonrió Elías débilmente—. Tacos, tortas y tamales. El combustible de la clase trabajadora.
Comieron en silencio durante unos minutos. Maya observaba a Elías. A pesar de su intento de sonar animado, veía cómo hacía muecas cada vez que movía el hombro izquierdo. El vendaje casero de cachemira estaba manchado de nuevo.
—Necesitas un médico, Elías. En serio.
—Necesito terminar esto —cortó él—. Después me pueden coser, inyectar o lo que quieran. Pero hoy no.
Elías sacó otra bolsa, una de tela reutilizable.
—También conseguí equipo.
Vació el contenido en el suelo: una cuerda de nylon gruesa, dos linternas de minero baratas, cinta de aislar industrial, un juego de desarmadores, guantes de carnaza y una barra de metal (“pata de cabra”).
—¿Con qué compraste todo esto? —preguntó Maya—. No traíamos efectivo.
Elías desvió la mirada.
—Empeñé el reloj.
Maya se quedó helada. Se llevó la mano a la boca.
—¿El reloj de mi abuelo? Elías, eso valía una fortuna. Era una reliquia.
—Me dieron tres mil pesos en el Monte de Piedad del barrio —dijo él encogiéndose de hombros—. No hacen preguntas.
—¡Tres mil pesos! —Maya sintió una mezcla de furia y ganas de llorar—. ¡Valía cien veces más!
Elías la miró fijamente, con esa intensidad tranquila que la desarmaba.
—Valía lo que valía para salvarnos, Maya. Un reloj solo marca el tiempo. Estas herramientas nos van a comprar futuro. Cuando recuperemos tu empresa, te compro diez relojes suizos.
Maya bajó la mirada, avergonzada por su reacción materialista en medio de la supervivencia.
—No quiero diez relojes. Quería ese. Pero… gracias.
Elías tomó la barra de metal y probó su peso.
—Bien. Hablemos del plan. La Torre Virreyes. El “Dorito”, como le dice la raza.
Maya asintió, cambiando el chip a modo de negocios.
—El edificio tiene 28 pisos de oficinas, más el helipuerto y seis niveles de estacionamiento subterráneo. La Bóveda Fría está en el Sótano 3, en un área restringida conocida como el “Búnker de Telecomunicaciones”.
—¿Seguridad?
—Privada. Grupo “Escudo”. Exmilitares, la mayoría. Armados. Hay cámaras en cada pasillo, sensores de movimiento en las escaleras de emergencia y guardias rondando cada hora. Y con la noticia de la detención de mi padre y la fuga de Navarro, debe haber federales en el perímetro exterior.
Elías asintió, procesando la información como un estratega.
—El perímetro exterior es lo de menos. Los federales son flojos, se quedan en las patrullas viendo el celular. El problema es adentro. No podemos entrar por el lobby, ni por el estacionamiento de visitas.
—¿Entonces?
—Entramos por donde sale la basura.
Maya arrugó la nariz.
—¿El compactador?
—El ducto de extracción de aire del cuarto de basura. Es un tubo de metal de un metro de ancho. Lo limpié hace seis meses. Sale a la calle lateral, detrás de los generadores de luz. La rejilla está soldada, pero con esto… —levantó la pata de cabra— y un poco de palanca, la botamos.
—Ese ducto baja al Sótano 2 —recordó Maya, visualizando los planos—. Todavía tenemos que bajar uno más.
—Sí. Pero el Sótano 2 conecta con el cubo del montacargas de servicio. Y yo sé cómo abrir las puertas desde afuera sin llave maestra.
—Elías, tienes un brazo inservible. ¿Cómo piensas trepar por un ducto y forzar puertas?
Él la miró.
—Tú vas a ser mis manos izquierdas, Maya. Yo te digo qué hacer, tú lo haces.
—Yo nunca he forzado una cerradura en mi vida.
—Vas a aprender rápido. El miedo es un excelente maestro.
Pasaron el resto del día repasando el plan, memorizando rutas de escape y descansando por turnos.
A las 7:00 PM, la noche cayó sobre Iztapalapa.
Elías se puso de pie, guardando las herramientas en una mochila vieja que también había comprado.
—Es hora.
Maya se ató el cabello en una coleta apretada. Se miró las manos; las uñas, antes impecables, estaban rotas y sucias. Se sintió más poderosa que nunca.
—Vamos por ellos.
El trayecto hacia las Lomas de Chapultepec fue una odisea de transporte público y caminatas por calles oscuras para evitar las cámaras del C5. Llegaron a las inmediaciones de la Torre Virreyes cerca de las 10:30 de la noche.
El edificio se alzaba como una navaja de cristal y acero cortando el cielo nocturno. Estaba iluminado, imponente, un monumento al dinero y al poder. Abajo, en la calle, se veían las luces rojas y azules de dos patrullas de la Guardia Nacional estacionadas frente a la entrada principal, tal como Elías había predicho.
Se movieron por las sombras del parque adyacente, agachados entre los arbustos. La lluvia había vuelto, una llovizna fina y fría que ayudaba a ocultarlos pero hacía el suelo resbaladizo.
Llegaron a la parte trasera, donde los enormes generadores de emergencia zumbaban suavemente.
—Ahí —señaló Elías.
Una rejilla de ventilación a nivel del suelo, oculta detrás de unos contenedores de basura industrial.
Elías se acercó, respirando con dificultad. Sacó la barra de metal.
—Alumbra aquí —le susurró a Maya, dándole una linterna.
Elías insertó la punta de la barra entre el marco de concreto y la rejilla de metal. Empujó con su brazo derecho, gruñendo por el esfuerzo. Las venas de su cuello se marcaron. El metal gimió.
—¡Más! —susurró—. ¡Ayúdame!
Maya tomó la barra y jaló con él. Sintió la resistencia del acero oxidado.
—¡Uno, dos… tres!
Clac.
Los pernos cedieron. La rejilla se soltó.
Elías se dejó caer sentado un momento, jadeando. Se agarró el hombro herido.
—Estás sangrando otra vez —notó Maya.
—Sigue avanzando —dijo él, poniéndose de pie—. Yo voy detrás.
Entraron al ducto. Olía a basura vieja, grasa y metal frío. Era estrecho. Tuvieron que arrastrarse sobre codos y rodillas. Para Maya, el espacio cerrado era una pesadilla claustrofóbica, pero la respiración agitada de Elías detrás de ella la impulsaba a seguir.
Bajaron por una pendiente inclinada, resbalando controladamente, hasta llegar a una sección horizontal.
—Aquí —dijo la voz de Elías, resonando metálica en el tubo—. A la derecha hay una escotilla de mantenimiento. Da al cuarto de limpieza del Sótano 2.
Maya encontró la escotilla. Tenía un pestillo simple por dentro. Lo giró y empujó. La puerta se abrió y cayeron al suelo de loseta de un cuarto lleno de cubetas, trapeadores y productos químicos.
El silencio del edificio era sepulcral, roto solo por el zumbido lejano del aire acondicionado central.
—Estamos dentro —susurró Maya.
Elías se levantó con dificultad, apoyándose en un estante. Su cara estaba gris.
—Sótano 2 —dijo—. El montacargas está al final del pasillo.
Salieron con cuidado. El pasillo estaba iluminado por luces de emergencia tenues. Las cámaras de seguridad los miraban desde las esquinas como ojos de cíclope.
—Las cámaras —advirtió Maya.
—Caminan pegada a la pared, justo debajo de ellas. Es el punto ciego —instruyó Elías.
Avanzaron como sombras. Llegaron al cubo del montacargas.
—Está en el piso 15 —dijo Elías, mirando el indicador digital—. El cubo está vacío.
Sacó un desarmador largo y plano.
—Hay un mecanismo en la parte superior de las puertas. Tienes que meter esto, sentir un resorte y empujar hacia abajo.
Maya tomó el desarmador. Sus manos sudaban. Lo insertó en la rendija de las puertas metálicas. Buscó a ciegas.
—No siento nada.
—Más a la izquierda. Con fuerza.
Click.
Las puertas se abrieron unos centímetros. Maya y Elías metieron los dedos y jalaron hasta abrir un hueco suficiente para pasar.
El cubo del elevador era un abismo negro que olía a grasa y electricidad. Los cables de acero se perdían en la oscuridad hacia arriba y hacia abajo.
—Tenemos que bajar un piso por la escalera de gato —señaló Elías a una escalera de metal pegada a la pared del cubo.
Maya miró a Elías.
—No puedes bajar por ahí con un solo brazo. Te vas a matar.
—Tengo que hacerlo.
—No. —Maya miró los cables de acero—. Nos deslizamos. Yo te abrazo. Usamos los guantes de carnaza para frenar en el cable guía.
—Maya, eso es de película de acción. Si fallamos, nos hacemos puré en el fondo.
—Tú dijiste que hay que adaptarse. Abrázame. Fuerte.
Elías la miró, admiración y terror mezclados en sus ojos. Asintió.
Se pusieron los guantes gruesos. Maya se agarró al cable grueso y grasiento. Elías se abrazó a su cintura con su brazo bueno, pegando su cuerpo al de ella.
—A la de tres. Uno… dos… ¡tres!
Saltaron al vacío.
El cable quemó los guantes mientras se deslizaban. La fricción era brutal. Bajaron tres, cuatro metros en segundos.
—¡Frena! —gritó Elías.
Maya apretó las manos con toda su fuerza. Se detuvieron con una sacudida violenta justo frente a las puertas del Sótano 3.
Maya jadeaba, sus brazos temblaban por el esfuerzo.
—Abre la puerta —dijo, con los dientes apretados.
Elías, colgado de ella, usó el desarmador con su mano derecha para liberar el seguro de este piso. Las puertas se abrieron. Se balancearon y saltaron al piso firme del Sótano 3.
Cayeron al suelo, enredados.
—Estás loca —dijo Elías, riendo entre el dolor.
—Soy una Villa —respondió ella, quitándose los guantes humeantes—. La locura es hereditaria.
Se levantaron. El ambiente aquí era diferente. Más frío. Mucho más frío.
Estaban frente a una puerta de acero macizo, sin manija, solo un panel biométrico de cristal negro que brillaba con una luz roja siniestra.
Encima de la puerta, un letrero discreto: SISTEMAS CRÍTICOS – ACCESO RESTRINGIDO.
La Bóveda Fría.
—Es el momento de la verdad —dijo Elías—. Si tu papá te borró del sistema, aquí se acaba el viaje. Probablemente suene una alarma silenciosa y en tres minutos tengamos a los exmilitares encima.
Maya se acercó al panel. Su corazón latía tan fuerte que lo sentía en los oídos.
Se quitó el lente de contacto de su ojo derecho. Acercó su rostro al escáner.
Un rayo de luz azul recorrió su ojo.
Escaneando…
Elías sostenía la barra de metal, listo para golpear a quien saliera si la puerta se mantenía cerrada.
Identidad Confirmada: Maya Villa. Nivel: Administrador Global.
Bienvenida.
La luz cambió a verde. Se escuchó el sonido pesado de cerrojos magnéticos liberándose. Clac-clac-clac.
La puerta se abrió con un seseo hidráulico.
Una ráfaga de aire helado los golpeó, congelando el sudor en sus frentes. El ruido de cientos de ventiladores de servidores llenó sus oídos como un enjambre mecánico.
Entraron.
La habitación era un pasillo largo flanqueado por torres de servidores negros con luces parpadeantes azules y verdes. Era el cerebro de la bestia. Aquí estaban los contratos, los sobornos, las nóminas secretas… y el dinero del Cártel.
—El servidor principal está al fondo —dijo Maya, caminando rápido, abrazándose por el frío—. Es una unidad independiente, desconectada de la red. Necesitamos copiarlo físicamente.
Llegaron al final del pasillo. Había una consola central frente a una caja negra blindada.
Maya sacó el disco duro externo de estado sólido que Elías había comprado (usado) en el tianguis.
Conectó el cable. Sus dedos volaban sobre el teclado.
Acceso concedido. Iniciando copia de seguridad…
Una barra de progreso apareció en la pantalla.
Tiempo estimado: 8 minutos.
—Ocho minutos —dijo Maya, girándose hacia Elías—. Es una eternidad.
—Podemos esperar —dijo Elías, vigilando la entrada—. Estamos dentro. Nadie sabe que…
Se detuvo.
Su instinto, afilado en las montañas de Afganistán, le erizó la piel de la nuca.
—Maya, agáchate.
Antes de que ella pudiera preguntar por qué, un disparo resonó en la sala cerrada, ensordecedor.
Una bala impactó en el servidor junto a la cabeza de Maya, haciendo saltar chispas y plástico.
Maya se tiró al suelo gritando.
Elías se lanzó detrás de una hilera de servidores, arrastrando a Maya con él.
—¡Vaya, vaya! —una voz masculina, burlona y tranquila, resonó desde la entrada—. La princesita y el albañil. Qué romántico.
Elías se asomó por una rendija.
Un hombre caminaba por el pasillo central. No llevaba uniforme de guardia. Llevaba un traje gris impecable, guantes de piel negra y una pistola con silenciador en la mano. Caminaba con la calma de un depredador que sabe que su presa no tiene salida.
—¿Quién es? —susurró Maya, temblando.
—No es seguridad —dijo Elías, apretando la barra de metal—. Es un limpiador. El Cártel lo mandó a borrar los servidores.
—Salgan, por favor —dijo el hombre, disparando casualmente a otro servidor, haciéndolo explotar—. Me están ahorrando trabajo. Iba a quemar el lugar, pero si ya bajaron la información, solo tengo que tomar el disco y matarlos a ustedes. Más limpio.
Maya miró la pantalla de la consola.
Progreso: 35%.
—Necesitamos tiempo —susurró ella.
—No tenemos tiempo —dijo Elías—. Él nos va a cazar fila por fila.
Elías miró a Maya. Sus ojos estaban llenos de una determinación suicida.
—Quédate aquí. Cuando yo te diga, corres, agarras el disco y te vas.
—¿Qué vas a hacer?
—Voy a distraerlo.
—¡No! —Maya lo agarró del brazo—. Estás herido. Te va a matar. Él es un profesional.
—Y yo soy un soldado —dijo Elías. Le dio un beso rápido, desesperado, en la frente—. No se deja a nadie atrás, pero a veces, alguien se tiene que quedar para cubrir la retirada.
Elías se puso de pie.
—¡Oye! —gritó, saliendo de su cobertura—. ¡Aquí estoy, cabrón!
El Limpiador se giró y disparó dos veces.
Elías se movió más rápido de lo que un hombre herido debería poder. Se deslizó por el piso pulido, esquivando las balas, y se metió en otro pasillo lateral.
—Juguetón —dijo el hombre, cambiando de dirección para seguir a Elías—. Me gusta.
Maya se quedó sola frente a la consola.
Progreso: 52%.
Escuchaba los pasos del asesino, lentos, rítmicos. Escuchaba a Elías respirando fuerte en algún lugar a la izquierda.
—¡Por aquí! —gritó Elías y luego se escuchó un golpe metálico fuerte. Había lanzado un panel de servidor para hacer ruido.
El asesino disparó hacia el ruido.
Maya miró la barra. 60%.
De repente, se escuchó un estruendo de lucha.
Elías había emboscado al hombre.
Maya se asomó. Vio a Elías saltar desde encima de un rack de servidores (¿cómo había subido ahí con un brazo?), cayendo sobre el hombre con la barra de metal en alto.
El impacto derribó al asesino, pero el tipo era fuerte y rápido. Rodó, pateando a Elías en el estómago.
Elías se dobló, perdiendo el aire. El asesino se levantó, apuntando el arma a la cabeza de Elías.
—¡NO! —gritó Maya.
Sin pensarlo, arrancó un extintor de la pared junto a la consola y lo lanzó rodando por el pasillo central hacia ellos.
El ruido distrajo al asesino por una fracción de segundo.
Fue suficiente.
Elías golpeó la mano armada del hombre con la barra de metal. El arma salió volando, deslizándose por el piso lejos de ambos.
Ahora era cuerpo a cuerpo.
Pero Elías tenía un brazo inútil.
El asesino sacó un cuchillo táctico de su cinturón.
—Se acabó el juego, albañil.
Se lanzó sobre Elías. Elías esquivó la primera estocada, pero la segunda le rozó las costillas.
Maya miró la pantalla.
Progreso: 85%.
No podía esperar.
Vio el arma del asesino en el suelo, a unos diez metros.
Corrió.
El asesino la vio.
—¡La chica! —gruñó, empujando a Elías contra un servidor y girándose para ir tras Maya.
Elías, sangrando y medio aturdido, se agarró de la pierna del hombre.
—¡No vas a ningún lado! —rugió Elías.
El hombre le clavó el cuchillo en el muslo a Elías.
Elías gritó, un sonido desgarrador, pero no lo soltó. Apretó más fuerte.
—¡Maya! ¡El arma!
Maya se deslizó por el suelo como una jugadora de béisbol y agarró la pistola. Pesaba más de lo que imaginaba. Estaba fría.
Se giró, sentada en el suelo, y apuntó con ambas manos temblorosas.
El asesino se había librado de Elías pateándole la cara y ahora venía hacia ella, con el cuchillo ensangrentado.
—Dámela, niña rica. No tienes agallas.
Maya pensó en su padre. Pensó en Felipe. Pensó en el edificio colapsado y en la niña que Elías salvó. Pensó en Elías, tirado en un charco de su propia sangre unos metros atrás.
La “Princesa Inmobiliaria” apretó el gatillo.
PUM.
El disparo fue atronador. El retroceso le dolió en las muñecas.
La bala le dio al hombre en el hombro derecho, haciéndolo girar.
Él rugió de furia, pero no cayó. Siguió avanzando.
Maya disparó de nuevo.
PUM.
Esta vez, le dio en el pecho.
El hombre se detuvo. Miró hacia abajo, sorprendido, como si no pudiera creer que una civil lo hubiera tocado. Cayó de rodillas. Luego de cara.
Silencio. Solo el zumbido de los ventiladores.
Maya soltó el arma como si quemara. Se levantó y corrió hacia Elías.
Él estaba en el suelo, respirando superficialmente. Había mucha sangre. Demasiada. En su hombro, en su pierna, en su cara.
—Elías… Elías, por favor…
Él abrió un ojo, hinchado.
—¿Le diste?
—Sí. Está muerto. O inconsciente.
—Buena puntería… —tosió—. La descarga…
Maya miró la pantalla.
Descarga Completa. 100%.
—Ya la tengo.
—Vámonos…
Maya desconectó el disco duro y se lo metió en el sostén, pegado a su piel.
Ayudó a Elías a levantarse. Él era peso muerto.
—No puedo caminar, Maya. La pierna…
—Vas a caminar. No te voy a dejar aquí para que te encuentren.
Se echó el brazo bueno de él sobre sus hombros.
—Vamos. Un paso a la vez.
Salieron de la Bóveda Fría.
Elías dejaba un rastro de sangre.
—No vamos a poder subir por el cubo del elevador —dijo él—. No tengo fuerzas.
—No vamos a subir —dijo Maya—. Vamos a salir por la puerta grande.
Se acercó a una caja roja en la pared del pasillo.
ALARMA DE INCENDIO.
Rompió el vidrio con el codo y jaló la palanca.
Las sirenas aullaron en todo el edificio. Luces estroboscópicas empezaron a parpadear.
—El protocolo de incendio desbloquea todas las puertas de emergencia y abre las plumas del estacionamiento —dijo Maya—. En el caos, nadie se fijará en dos personas saliendo.
—O nos arrestan los bomberos —dijo Elías.
—Prefiero a los bomberos que al Cártel.
Arrastrándose, llegaron a la escalera de emergencia. Bajaron al sótano de estacionamiento.
La gente de seguridad corría de un lado a otro, confundida por la alarma. Los autos empezaban a salir.
Maya vio una camioneta de mantenimiento de la empresa de limpieza, con el motor encendido y la puerta abierta; el conductor había bajado a ver qué pasaba.
—Perdón —murmuró Maya.
Subió a Elías al asiento del copiloto. Se subió al del conductor.
Arrancó la camioneta, rechinando las llantas.
Salió disparada hacia la rampa de salida. La pluma estaba levantada por la emergencia.
Pasaron frente a las patrullas de la Guardia Nacional en la calle. Los oficiales estaban mirando hacia el edificio, donde las luces de alarma parpadeaban. Ni siquiera vieron la camioneta vieja salir y perderse en el tráfico de Reforma.
Condujeron en silencio durante diez minutos.
Maya miraba por el retrovisor. Nadie los seguía.
Miró a Elías. Estaba pálido como el papel, con la cabeza recargada en la ventana, los ojos cerrados. Su respiración era muy débil.
—Elías… —Maya sintió que el pánico le cerraba la garganta—. Elías, háblame.
—Estoy cansado, patrona… —susurró él—. Muy cansado.
—No te duermas. ¡No te duermas, carajo!
—Ya tenemos el disco… ya ganaste…
—No he ganado nada si tú te mueres.
Maya pisó el acelerador a fondo.
—Te voy a llevar con Renata. Ella sabrá qué hacer. Aguanta, soldado. Aguanta.
La camioneta se perdió en la noche lluviosa de la Ciudad de México, llevando consigo los secretos más oscuros del país y la vida de un hombre que se desangraba lentamente en el asiento del copiloto.
CAPÍTULO 8: CIMIENTOS DE VERDAD
La sangre tiene un olor metálico, ferroso, que se te mete en el paladar y no se va, ni con agua, ni con mezcal, ni con rezos. Maya Villa conducía la camioneta de mantenimiento robada por el Circuito Interior, aferrada al volante con manos pegajosas y temblorosas. A su lado, Elías ya no hablaba. Su cabeza rebotaba contra el cristal de la ventana con cada bache, y su respiración era un silbido húmedo y preocupante.
—No te duermas, Elías. ¡Te prohíbo que te duermas! —gritó Maya, su voz rompiéndose entre el ruido de la lluvia y el motor asmático de la camioneta.
—Estoy… aquí… —susurró él, pero sonó como si hablara desde el fondo de un pozo.
Maya miró el GPS del celular de Elías. El punto de destino parpadeaba en la Colonia Doctores. No iban a una clínica privada. No iban a la Cruz Roja. Iban a ver a “El Doc”, un contacto que Elías le había mencionado en el Metro, un exmédico militar que operaba en la clandestinidad para gente que no podía permitirse preguntas oficiales.
Llegaron a una vecindad vieja, de fachada despintada y portón de metal oxidado.
Maya tocó el claxon con un patrón específico: dos cortos, uno largo.
El portón se abrió lentamente. Un hombre joven con tatuajes en el cuello asomó la cabeza, vio la camioneta destartalada y les hizo señas para que entraran rápido.
En cuanto el vehículo se detuvo en el patio interior, Maya saltó.
—¡Ayuda! ¡Se está desangrando!
El Doc salió de una puerta lateral. Era un hombre bajo, calvo, con anteojos gruesos y un mandil de carnicero sobre su ropa de calle. No hizo preguntas. Al ver a Elías, su rostro se endureció.
—¡Traigan la camilla! —ordenó a dos muchachos que salieron detrás de él.
Sacaron a Elías del asiento del copiloto. Estaba inconsciente. Su pierna y su hombro eran un mapa de violencia roja.
—¿Bala o cuchillo? —preguntó El Doc mientras corrían hacia el quirófano improvisado, que olía a cloro y alcohol barato.
—Ambas —dijo Maya, corriendo tras ellos—. Bala en el hombro, cuchillo en el muslo. Perdió mucha sangre.
—¿Tipo de sangre?
—O Positivo —respondió Maya sin dudar. Lo había leído en su ficha médica en el hospital ABC.
—Tenemos bolsas. ¡Preparen transfusión! ¡Sáquenla a ella!
—¡No! —Maya se aferró al marco de la puerta—. ¡No me voy a ir!
El Doc se giró. Detrás de los lentes gruesos, sus ojos eran fríos pero compasivos.
—Señorita, si se queda, estorba. Si estorba, él se muere. Si quiere ayudarlo, siéntese afuera y rece lo que sepa rezar. O haga algo útil.
Le cerraron la puerta en la cara.
Maya se quedó sola en el pasillo húmedo, iluminado por un foco pelón que zumbaba. Se dejó caer al suelo, abrazando sus rodillas, manchando sus pantalones de diseñador con el polvo de la vecindad.
Lloró.
Lloró por el miedo, por el cansancio, por la niña rica que había sido y que ya no existía. Pero el llanto duró exactamente dos minutos.
Se secó las lágrimas con la manga sucia.
Haga algo útil, había dicho el médico.
Maya sintió el peso frío del disco duro de estado sólido presionado contra su piel, dentro de su ropa interior.
Lo sacó. Ahí estaba. El “Libro Negro” de Grupo Villa. La sentencia de muerte de su padre y la lista de nómina del Cártel de la Sierra.
Se puso de pie.
—Necesito una computadora —le dijo al muchacho tatuado que vigilaba la entrada.
El chico la miró, dudando.
—Tengo una laptop vieja en la oficina. Pero el internet es lento.
—No importa. Llévame.
La laptop era una reliquia, pesada y ruidosa, pero funcionaba. Maya conectó el disco duro.
La pantalla parpadeó y abrió las carpetas.
Maya sintió náuseas al leer los nombres de los archivos.
Proyecto_Sombra_Zacatecas.xlsx
Pagos_Magistrados_SupremaCorte.pdf
Nómina_Sierra_Semanal.csv
Videos_Seguridad_Juez_López.mp4
Abrió un archivo al azar. Era una lista de transferencias bancarias a cuentas en las Islas Caimán y Andorra, vinculadas a nombres que ella había visto en las noticias de nota roja. Y junto a cada transferencia, la firma digital de Haroldo Villa y la autorización de Felipe Navarro.
Era peor de lo que imaginaba. Su padre no solo lavaba dinero; financiaba campañas políticas con dinero de sangre. Había comprado jueces, policías, incluso a un par de generales.
Maya sabía lo que tenía que hacer. Si se lo entregaba solo a la Fiscal Jiménez, corría el riesgo de que la “congelaran” o que el expediente se “perdiera” accidentalmente. En México, la burocracia es el mejor escondite para la impunidad.
Necesitaba un seguro de vida. Necesitaba ruido.
Abrió el navegador. Entró a un servicio de transferencia de archivos encriptados masivos.
Comenzó a subir todo el contenido del disco.
Tiempo restante: 45 minutos.
El internet era, efectivamente, una basura.
Mientras la barra de progreso avanzaba agónicamente lenta, Maya redactó un correo electrónico.
Destinatarios: The New York Times, El País, Proceso, Aristegui Noticias, Reforma, Fiscalía General de la República, FBI (Tip Line).
Asunto: LA VERDAD SOBRE GRUPO VILLA Y EL CÁRTEL DE LA SIERRA – EVIDENCIA COMPLETA.
Cuerpo del mensaje:
“Mi nombre es Maya Villa. Si están leyendo esto, es porque el sistema falló. Adjunto encontrarán 4 Terabytes de evidencia que demuestran cómo la constructora más grande de México se convirtió en la lavadora de dinero más eficiente del crimen organizado. No pido perdón por mi familia. Pido justicia para las víctimas de los edificios que se cayeron y para los hombres honestos, como Elías Bueno, que fueron destruidos por decir la verdad.”
La barra llegó al 99%.
Maya miró hacia la puerta del quirófano. No había salido nadie. El silencio era aterrador.
100%. Carga completa.
Maya respiró hondo. Su dedo flotó sobre la tecla “Enter”.
Una vez que lo hiciera, no habría vuelta atrás. Su apellido sería sinónimo de infamia por generaciones. Perdería todo: la fortuna, las casas, el estatus. Sería la hija del narco-constructor.
Pero luego pensó en la mano de Elías apretando la suya en el Metro. Pensó en la cicatriz en su hombro.
—Quémenlo todo —susurró.
Presionó Enter.
Mensaje Enviado.
En ese instante, la puerta del quirófano se abrió.
El Doc salió, quitándose el cubrebocas ensangrentado. Se veía exhausto.
Maya se levantó de un salto, tirando la silla.
—¿Cómo está?
El Doc se limpió el sudor de la frente con el antebrazo.
—Es un maldito toro, ese hombre. Perdió dos litros de sangre. Tuvimos que reconstruirle parte del cuádriceps y suturar la arteria del hombro. Su corazón se detuvo unos segundos en la mesa.
Maya sintió que el mundo se le iba.
—¿Se detuvo?
—Sí. Pero lo trajimos de vuelta. Está estable. Débil como un gatito recién nacido, pero vivo. Va a necesitar semanas, tal vez meses de recuperación. Y va a cojear un buen rato. Pero está vivo.
Maya soltó un sollozo que había estado conteniendo durante horas y abrazó al médico, manchando su ropa con la sangre seca del mandil.
—Gracias… gracias…
—No me des las gracias —dijo El Doc, incómodo pero dándole unas palmaditas en la espalda—. Dale las gracias a él, que tiene más ganas de vivir que nadie que haya visto. Ahora entra. Quiere verte. No sé cómo demonios está despierto, pero está preguntando por la “patrona”.
Tres días después, el mundo había cambiado.
Maya estaba sentada junto a la cama de Elías, en una habitación privada de una clínica segura en Querétaro, custodiada por agentes federales de confianza de la Fiscal Jiménez y por el equipo de seguridad privada que Maya había vuelto a contratar (pagándoles con la venta de sus joyas personales, ya que sus cuentas estaban congeladas).
La televisión en la pared estaba encendida, con el volumen bajo.
Las noticias eran un bombardeo constante:
“CAÍDA DEL IMPERIO VILLA: HAROLDO VILLA DETENIDO EN LA TORRE VIRREYES TRAS FILTRACIÓN MASIVA.”
“ESCÁNDALO INTERNACIONAL: EL FBI COLABORA CON LA FGR PARA DESMANTELAR RED DE LAVADO.”
“EL HÉROE DE REFORMA: ¿DÓNDE ESTÁ ELÍAS BUENO?”
En la pantalla, se veían imágenes de Haroldo siendo sacado de su mansión con un chaleco antibalas y esposas, mirando al suelo, derrotado. Felipe Navarro había sido interceptado intentando cruzar la frontera en Tijuana escondido en la cajuela de un auto.
El Cártel de la Sierra había sufrido un golpe devastador; sus cuentas estaban congeladas y sus operaciones logísticas expuestas. Se habían replegado a las sombras, demasiado ocupados salvando su propio pellejo como para buscar venganza contra una heredera y un albañil. Por ahora.
Elías se movió en la cama. Tenía mejor color. Estaba limpio, afeitado y lleno de tubos, pero sus ojos tenían esa chispa de vida indestructible.
—¿Ya ganamos? —preguntó con voz rasposa.
Maya le sonrió, tomándole la mano.
—Ganamos. Mi padre no va a salir nunca. La empresa está intervenida por el gobierno. Los edificios mal construidos van a ser demolidos o reforzados.
—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Qué te quedó?
Maya miró por la ventana, hacia el jardín de la clínica.
—Nada —dijo, sintiendo una ligereza extraña—. Me quitaron las cuentas. Embargaron las propiedades. Probablemente enfrente cargos menores por complicidad involuntaria, aunque la Fiscal dice que mi cooperación y la entrega del disco me dan inmunidad total. Soy pobre, Elías. Oficialmente pobre.
Elías soltó una risa que terminó en una mueca de dolor.
—Bienvenida al barrio, patrona. Te voy a enseñar a estirar el gasto. El atún y el arroz van a ser tus mejores amigos.
—Tengo ganas de aprender —dijo ella, apretando su mano—. De verdad. Nunca me había sentido tan libre.
Elías se puso serio.
—¿Qué va a pasar con nosotros?
Maya lo miró a los ojos.
—Bueno, tengo un problema. No tengo casa. No tengo coche. Y mi único amigo es un ex-soldado gruñón que necesita terapia física y alguien que le cambie los vendajes.
—Suena a que necesitas un roomie —dijo él.
—Suena a que necesito un socio —corrigió ella—. Un compañero.
Elías levantó su mano, entrelazando sus dedos con los de ella.
—Pues ya lo tienes. Pero te advierto… mi tía Renata ronca y seguro va a querer que vivamos con ella mientras me recupero.
—Puedo lidiar con los ronquidos de Renata si eso incluye sus tamales.
—Trato hecho.
SEIS MESES DESPUÉS
La colonia Santa María la Ribera estaba en pleno renacimiento. En un terreno que antes había sido un depósito de chatarra, ahora se alzaba la estructura de un nuevo centro comunitario. No era un rascacielos de cristal. Era un edificio de ladrillo rojo, madera y acero expuesto, diseñado para ser sustentable, resistente a sismos y, sobre todo, humano.
El letrero en la entrada decía:
FUNDACIÓN CIMIENTOS DE VERDAD – CENTRO DE CAPACITACIÓN Y VIVIENDA DIGNA.
Maya Villa caminaba por la obra con botas de trabajo llenas de polvo, jeans y una camisa de franela a cuadros. Llevaba un casco blanco bajo el brazo y una tableta en la mano, revisando inventarios. Ya no había choferes, ni asistentes, ni manicuras perfectas. Había callos en sus manos y una quemadura de sol en su nariz, pero se veía diez años más joven.
—¡Arquitecta! —gritó uno de los maestros albañiles desde el segundo piso—. ¡Ya llegó el camión con la varilla! ¿Dónde la ponemos?
—¡Que la bajen en el patio trasero, Don Chuy! —gritó ella de vuelta—. ¡Y revisen el calibre! ¡Si no es de 3/8 certificada, la regresan! ¡Aquí no construimos con porquerías!
—¡Entendido, jefa!
Maya sonrió. Le gustaba que le dijeran “jefa” aquí. Se sentía ganado, no heredado.
Sintió unos brazos rodearla por la cintura desde atrás. Se giró.
Elías estaba ahí. Caminaba con un bastón elegante de madera, una leve cojera que probablemente le duraría siempre, pero se veía fuerte. Llevaba una camisa azul arremangada y el casco amarillo de jefe de obra.
—Te ves sexy cuando gritas órdenes sobre varillas —le dijo al oído.
Maya rió y le dio un beso rápido en los labios.
—Alguien tiene que mantener el orden. El supervisor se la pasa coqueteando con la directora.
—El supervisor es el dueño del corazón de la directora —dijo él—. Y además, traje el almuerzo.
Señaló una mesa plegable en la esquina de la obra, donde Tía Renata estaba sirviendo pozole a los trabajadores, regañándolos cariñosamente para que se lavaran las manos.
—¿Cómo te sientes hoy? —preguntó Maya, mirando su pierna.
—El clima húmedo me molesta, pero estoy bien. Mejor que bien.
Elías miró el edificio. Su edificio.
No era una torre corporativa. Era un lugar donde jóvenes en riesgo podrían aprender oficios, donde familias desplazadas por sismos o desalojos encontrarían refugio temporal. Era un proyecto financiado con lo poco que Maya había logrado rescatar de la venta de sus activos personales y con donaciones masivas que llegaron después de que su historia se hiciera viral.
—¿Sabes? —dijo Elías—. Ayer recibí una carta.
—¿De quién?
—Del Cabo Mateo.
Maya se iluminó. —¿Cómo está?
—Bien. Le pusieron una prótesis nueva gracias al fondo de la fundación. Dice que va a venir a la inauguración. Quiere ver esto con sus propios ojos.
—Eso es maravilloso.
Elías metió la mano en su bolsillo y sacó algo. Brilló bajo el sol de la tarde.
Era el collar del Fénix de plata. Maya se lo había devuelto la noche que él entró al quirófano, para que lo tuviera como amuleto.
—Creo que esto te pertenece —dijo él, abrochándoselo alrededor del cuello.
Maya tocó el dije frío.
—Pensé que ya no lo necesitábamos. Ya renacimos.
—No es para recordarte el renacimiento —dijo Elías, mirándola con amor profundo—. Es para recordarte que volamos juntos.
Maya sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Te amo, Sargento Bueno.
—Y yo a ti, Patrona.
Un claxon sonó en la calle. Un grupo de periodistas estaba afuera de la reja. Aún seis meses después, la fascinación por la “Heredera Rebelde” y el “Héroe Albañil” no había desaparecido. Querían una foto. Querían una declaración.
Maya suspiró.
—¿Nunca se van a cansar?
—Somos una buena historia, Maya —dijo Elías—. En un país donde siempre ganan los malos, la gente necesita creer que a veces, solo a veces, los buenos se quedan con la chica y construyen el edificio.
Elías tomó su mano.
—¿Vamos a darles su foto?
Maya miró la obra, miró a Renata sirviendo pozole, miró a los trabajadores levantando muros sólidos y honestos. Luego miró a Elías, el hombre que había recibido una bala por ella y le había enseñado a vivir.
—No —dijo Maya sonriendo—. Vamos a trabajar. Que nos tomen la foto haciendo lo que mejor sabemos hacer.
Se pusieron los cascos.
Elías tomó una pala. Maya tomó los planos.
Y bajo el sol de la Ciudad de México, siguieron construyendo un futuro que, por primera vez, no tenía grietas.