
CAPÍTULO 1: EL SECRETO DEL MONTE DE LAS ÁNIMAS
El bosque que rodeaba el pequeño pueblo de San Pedro, enclavado en la sierra alta de México, no era un lugar para los débiles de corazón. Los lugareños lo llamaban el “Monte de las Ánimas”. Decían que cuando la niebla bajaba, espesa como atole blanco, se podían escuchar los lamentos de aquellos que se perdieron y nunca regresaron. Los pinos y oyameles se alzaban como gigantes silenciosos, bloqueando la luz del sol y creando un crepúsculo eterno en el suelo cubierto de agujas secas y musgo húmedo.
Mateo, un chamaco de apenas diez años con la piel curtida por el sol y los ojos grandes y observadores, conocía esas historias. Su abuela le había contado sobre los nahuales y la Llorona, pero su padre, Javier, el guardabosques de la zona, le había enseñado a respetar el monte, no a temerle.
—El miedo te hace cometer errores, mijo —le decía Javier mientras afilaba su machete—. El respeto te mantiene vivo.
Esa tarde, Mateo regresaba de la escuela. Su mochila, con el cierre roto, rebotaba contra su espalda a cada paso. Iba tarareando una canción de banda que había escuchado en el camión, tratando de ignorar las sombras que se alargaban entre los troncos. Había sacado malas calificaciones en matemáticas y venía pensando en cómo decírselo a su papá sin que le tocara un regaño, o peor, que lo mandara a vivir una semana con su tía Lupe, la mujer más chismosa y estricta del pueblo.
El sendero se estrechaba al acercarse a la “Barranca del Diablo”, un lugar que incluso los talamontes ilegales evitaban. El aire ahí siempre se sentía más frío, más pesado.
De repente, el sonido de un motor rompió la sinfonía natural de los grillos y el viento. Mateo se congeló. Se agachó instintivamente detrás de unos helechos gigantes. Por la brecha de terracería, apenas transitable, avanzaba una camioneta negra, lujosa, con los vidrios polarizados. Brillaba de una forma antinatural en medio de tanta tierra y olvido.
—¿Qué hace una nave así por acá? —susurró Mateo para sí mismo.
La camioneta se detuvo bruscamente. El conductor no apagó el motor. La puerta del piloto se abrió y bajó un hombre. Era enorme, vestía un traje que costaba más de lo que Javier ganaba en un año, pero sus zapatos de charol ya estaban manchados de lodo. Miró a su alrededor con una frialdad que hizo que a Mateo se le erizaran los pelos de la nuca.
El hombre abrió la puerta trasera y, con una violencia seca y brutal, jaló algo hacia afuera. No era algo. Era alguien.
Una mujer.
Llevaba un vestido color crema, ahora desgarrado y manchado de tierra y sangre seca. Su cabello rubio estaba enmarañado. Tenía las manos atadas a la espalda con cinchos de plástico y una mordaza de tela gris le cubría la boca. Sus ojos estaban desorbitados por el terror. Intentó resistirse, pateando débilmente, pero el hombre la golpeó con el dorso de la mano. El sonido del golpe resonó seco en el silencio del bosque.
—¡Cállate! —gruñó el hombre. Su voz era profunda, autoritaria, acostumbrada a mandar.
La cargó sobre su hombro como si fuera un costal de papas y se adentró en la espesura, saliéndose del camino. Mateo sentía que el corazón le iba a explotar en el pecho. Sabía que debía correr a casa, buscar a su papá, esconderse bajo la cama. Pero algo en la mirada de esa mujer, un destello de súplica desesperada antes de desaparecer entre los árboles, lo clavó al suelo.
Esperó unos minutos que parecieron horas. El hombre regresó solo. Se sacudió las manos como si se limpiara la suciedad, subió a la camioneta y arrancó, levantando una nube de polvo.
El silencio volvió, pero ahora era un silencio aterrador.
Mateo temblaba. —¿Y si regresa? —pensó. Pero entonces escuchó un gemido. Un sonido agudo, roto, como el de un animal herido.
—Papá me va a matar —murmuró Mateo, apretando las correas de su mochila.
Tomó aire, sacó su pequeña navaja de bolsillo —un regalo de su abuelo— y se adentró en el bosque, siguiendo las huellas de los zapatos caros.
Caminó unos cien metros hasta llegar a un viejo roble, torcido por los años. Allí estaba ella. El hombre la había amarrado al tronco con una cuerda gruesa. Estaba inconsciente, con la cabeza caída sobre el pecho.
Mateo se acercó despacio, pisando con cuidado para no romper ramas.
—¿Señora? —susurró—. Oiga, señora.
La mujer no se movió. Mateo se acercó más y vio los moretones en sus brazos blancos, el rastro de lágrimas que surcaba su cara sucia. El miedo se transformó en compasión.
—No se muera, por favor, no se muera —rogó el niño mientras empezaba a cortar la cuerda con su navaja. Sus manos pequeñas temblaban, dificultando la tarea.
La mujer abrió los ojos de golpe. Eran verdes, intensos, pero llenos de pánico. Intentó gritar, pero la mordaza solo dejó salir un gemido ahogado.
—¡Shhh! Soy yo, soy Mateo —dijo él rápidamente, levantando las manos—. No le voy a hacer daño. Se fue. El hombre malo se fue.
Ella lo miró, confundida, tratando de enfocar la vista. Mateo cortó la mordaza primero. Ella tosió, aspirando el aire con desesperación, como si hubiera estado bajo el agua.
—Agua… —graznó.
—No tengo agua, pero mi casa está cerca. Mi papá es el guardabosques, él cura todo. Él sabe qué hacer.
Mateo terminó de cortar las ataduras de las manos y los pies. La mujer cayó hacia adelante, sus piernas no le respondían. Mateo, pequeño y flaco, hizo un esfuerzo sobrehumano para sostenerla.
—Tengo que llevarla con mi papá —dijo Mateo, más para darse valor a sí mismo que a ella—. Vamos, señora. Usted puede. No se deje vencer.
La mujer asintió débilmente. Se apoyó en el hombro del niño. Era pesada, mucho más alta que él, pero Mateo se sentía fuerte, impulsado por una misión que no entendía del todo pero que sentía en la sangre.
—Gracias… —susurró ella, y una lágrima nueva rodó por su mejilla.
Juntos, empezaron el lento y doloroso camino de regreso a la cabaña, mientras el sol comenzaba a ocultarse detrás de las montañas, tiñendo el cielo de un rojo sangre que presagiaba tormenta.
CAPÍTULO 2: LA CABAÑA DEL OLVIDO
El camino de regreso fue un calvario. Cada paso era una victoria contra el dolor y el agotamiento. La mujer, que dijo llamarse Ana en un susurro apenas audible, tropezaba con las raíces expuestas de los árboles. Sus pies descalzos sangraban, cortados por las piedras y las espinas del monte. Mateo no se quejaba, aunque sentía que el peso de Ana le iba a romper la espalda.
—Ya casi, ya casi —repetía Mateo como un mantra—. Huele eso, señora Ana… es leña quemada. Es la chimenea de mi papá. Estamos cerca.
La cabaña de Javier apareció entre la bruma como un faro de esperanza. Era una construcción modesta de madera y piedra, con un techo de lámina que sonaba cuando llovía y un corredor donde Javier solía sentarse a fumar y mirar las estrellas.
—¡Papá! ¡Papá, ayúdame! —gritó Mateo con las últimas fuerzas que le quedaban.
La puerta se abrió de golpe. Javier salió, con el ceño fruncido, limpiándose las manos en un trapo. Estaba esperando a Mateo para cenar y ya tenía preparado el regaño por la tardanza, pero las palabras se le murieron en la garganta al ver la escena.
Su hijo, su pequeño Mateo, venía arrastrando a una mujer que parecía haber salido de una pesadilla.
—¡Santo Dios! —exclamó Javier, corriendo hacia ellos. Sus brazos fuertes, acostumbrados a cargar troncos, levantaron a Ana como si fuera una pluma—. ¿Qué pasó? ¿Quién es ella?
—La encontraron… en el bosque… atada… un hombre malo… —Mateo jadeaba, incapaz de formar oraciones completas.
Javier no hizo más preguntas por el momento. Entró a la cabaña y depositó a Ana con delicadeza en el viejo sofá de la sala, cubierto con una manta tejida a mano con patrones indígenas.
—Cierra la puerta y ponle tranca, Mateo —ordenó Javier con voz grave. El instinto de protección se había activado al máximo.
Javier se arrodilló junto a Ana. A pesar de la suciedad y los golpes, Javier pudo ver que era una mujer de ciudad, de dinero. La tela de su vestido, aunque rota, era seda fina. Sus manos, aunque lastimadas, tenían manicura.
—Señora, ¿me escucha? Soy Javier, el guardabosques. Está a salvo.
Ana abrió los ojos. La calidez de la cabaña, el olor a café de olla con canela y a frijoles hirviendo en la estufa le dieron una sensación de seguridad que no había sentido en lo que parecía una eternidad. Pero el miedo seguía ahí, agazapado.
—No… no llame a la policía… —suplicó ella, agarrando la camisa de Javier con fuerza sorprendentemente ferrea—. Por favor…
Javier intercambió una mirada con Mateo. En esa zona de México, la desconfianza hacia la policía no era rara; a veces los “azules” eran más peligrosos que los delincuentes. Pero ver ese terror en una mujer así era diferente.
—Tranquila. Aquí no hay señal de celular de todos modos —mintió Javier piadosamente para calmarla—. Nadie va a venir.
Javier trajo un cuenco con agua tibia y un paño limpio. Con una delicadeza que contrastaba con su aspecto rudo de hombre de montaña, comenzó a limpiar la sangre del rostro de Ana. Mateo observaba desde la esquina, fascinado y asustado a la vez.
—¿Te duele aquí? —preguntó Javier al tocar una inflamación en su cabeza.
—No recuerdo… —dijo Ana, y su mirada se perdió en el vacío—. Me duele todo, pero… no recuerdo cómo llegué aquí. No recuerdo mi apellido. Solo sé que me llamo Ana.
—Amnesia traumática —murmuró Javier para sí mismo. Había visto cosas así antes, cuando encontraba gente perdida en la sierra tras días de deshidratación y miedo.
Javier se levantó y fue a la cocina. Sirvió un plato de caldo de pollo caliente y una taza de café de olla.
—Tiene que comer algo. El cuerpo necesita fuerza para sanar la mente.
Ana comió con manos temblorosas. Cada cucharada de caldo caliente parecía devolverle un poco de vida. Mateo se sentó a sus pies, mirándola como si fuera un ángel caído del cielo.
—Gracias —dijo ella de nuevo, mirando a Javier a los ojos. Había una conexión inmediata, una gratitud profunda—. No sé quiénes son, pero me salvaron la vida.
—Mateo la salvó —corrigió Javier, poniendo una mano orgullosa sobre la cabeza de su hijo—. Él tiene un corazón de oro y ojos de águila.
Esa noche, Javier le cedió su cama a Ana y él se acomodó en un catre en la sala, con su vieja escopeta recargada cerca de la mano. No podía dormir. Pensaba en la camioneta negra que Mateo había descrito. Gente poderosa. Gente peligrosa.
Sabía que al traer a esa mujer a su casa, había traído también una tormenta. Pero al mirar el rostro dormido de Ana, tan frágil y a la vez tan hermosa, Javier supo que no la entregaría. No hasta saber quién era el demonio que la había dejado para morir en su bosque.
Afuera, el viento aullaba entre los pinos, y por primera vez en años, el guardabosques sintió miedo. No por él, sino por lo que el destino les tenía preparado.
PARTE 2: LA CALMA ANTES DE LA TORMENTA
CAPÍTULO 3: FANTASMAS DE TELA Y CENIZA
Los días en la cabaña de Javier pasaban con una lentitud espesa, como la miel que gotea de un panal viejo. El sol de la sierra de Oaxaca no calentaba igual que en la ciudad; aquí el calor tenía un filo frío, cortado por el viento que bajaba de los picos nevados.
Para Ana, cada despertar era una batalla silenciosa. Abría los ojos y, durante unos segundos aterradores, no sabía quién era ni dónde estaba. El techo de vigas de madera oscurecida por el humo, el olor a pino y a café de olla, el sonido lejano de un hacha golpeando la leña… todo le resultaba ajeno y, sin embargo, extrañamente reconfortante. Su memoria era un espejo roto; podía ver fragmentos brillantes y afilados, pero la imagen completa se le escapaba. Recordaba la sensación de seda fría contra su piel, el tintineo de copas de cristal, una voz masculina que destilaba desprecio disfrazado de cortesía. Pero los nombres, las caras y los lugares seguían ocultos tras una niebla gris.
Esa mañana, el tercer día desde su llegada, Ana se sintió un poco más fuerte. El dolor en sus costillas había pasado de ser una puñalada aguda a un latido sordo y constante. Se levantó del catre, envolviéndose en la manta de lana que picaba un poco, y caminó hacia la pequeña cocina.
Javier no estaba. Había salido temprano a revisar las trampas para tuzas que amenazaban los brotes nuevos del vivero forestal. Pero había dejado el café listo en la estufa de leña, manteniéndose caliente sobre las brasas. Ana se sirvió una taza. El líquido era oscuro, endulzado con piloncillo y con un toque de canela. El primer trago le quemó la garganta de una forma deliciosa, despertando sus sentidos.
Se miró las manos. Sus uñas, antes impecables, estaban rotas y con tierra bajo los bordes. Su vestido color crema, lo único que tenía, estaba hecho jirones y manchado de sangre seca y lodo. Se sentía sucia, indigna de la hospitalidad de esos extraños.
—Necesito ropa… —susurró para sí misma.
Miró alrededor de la cabaña. Era un lugar masculino, funcional. No había adornos innecesarios, solo herramientas, botas viejas y algunos dibujos escolares de Mateo pegados en la pared con cinta adhesiva. Sin embargo, en la esquina de la habitación principal, había un armario de madera tallada, grande y antiguo, que parecía guardar silencio.
Ana se acercó, sintiendo que estaba invadiendo un terreno sagrado. Abrió las puertas con un chirrido que rompió el silencio de la mañana.
Dentro, el olor a lavanda seca y naftalina la golpeó. Había ropa de mujer. Vestidos sencillos de algodón con bordados típicos de la región, rebozos de colores vivos, faldas largas. Estaban doblados con una precisión casi militar, como si alguien esperara que su dueña regresara en cualquier momento para ponérselos.
Ana acarició una blusa blanca con flores rojas bordadas en el cuello. La tela era suave, gastada por el uso y los lavados. Sin pensarlo mucho, impulsada por la necesidad de sentirse humana otra vez, se quitó los restos de su vestido de seda y se puso la ropa de la mujer ausente. Le quedaba un poco grande de la cintura, pero el algodón fresco sobre su piel lastimada se sintió como un abrazo.
Se trenzó el cabello rubio, ahora limpio pero enmarañado, en una sola trenza lateral, imitando el estilo de las mujeres que había visto en los pocos cuadros que colgaban de las paredes.
Cuando la puerta de la cabaña se abrió, dejando entrar una ráfaga de aire frío y hojas secas, Ana estaba de espaldas, intentando encender el fuego para calentar unas tortillas.
Javier entró, sacudiéndose el polvo de las botas. Traía un conejo desollado en una mano y el machete en la otra.
—Buenos días —dijo él, con su voz grave—. Pensé que seguiría dormida, señora Ana.
Ana se giró.
—Buenos días, Javier. Yo quería ayudar y…
Las palabras murieron en la boca de Javier. El conejo cayó al suelo con un golpe sordo. Se quedó petrificado, con los ojos muy abiertos, mirando a Ana. Por un segundo, el tiempo se detuvo en la cabaña. La luz de la mañana entraba por la ventana, iluminando a Ana de tal manera que el bordado rojo de la blusa parecía brillar.
—¿Elena? —susurró Javier, un sonido tan roto que apenas parecía venir de un hombre tan grande.
Ana se congeló. Entendió inmediatamente el error que había cometido. Esa no era ropa olvidada; eran reliquias.
—Yo… lo siento mucho —tartamudeó Ana, llevándose las manos al pecho—. Mi ropa estaba sucia y… no debí… me la quitaré ahora mismo.
Javier parpadeó, sacudiendo la cabeza como si despertara de un trance. El dolor en sus ojos fue reemplazado rápidamente por una vergüenza profunda. Se agachó para recoger el conejo, ocultando su rostro.
—No —dijo él, con la voz ronca—. No se la quite. A Elena no le hubiera gustado que esa ropa se pudriera en el armario. Ella… ella siempre decía que las cosas son para usarse.
Se hizo un silencio denso. Javier caminó hacia la cocina, evitando mirar a Ana directamente.
—Le queda bien —añadió después de un momento, ya de espaldas, mientras empezaba a cortar la carne—. De verdad.
Ana sintió una punzada de culpa, pero también de ternura. Ese hombre rudo, que vivía entre bestias y tormentas, guardaba un luto silencioso que lo hacía vulnerable.
—Gracias, Javier —dijo ella suavemente—. Prometo cuidarla.
Para romper la tensión, Ana se acercó a la mesa.
—Déjeme ayudarle con la comida. No recuerdo quién soy, pero mis manos parecen recordar cómo cocinar.
Javier la miró de reojo y asintió levemente. Juntos, en una coreografía improvisada, empezaron a preparar el almuerzo. Ana cortaba cebolla y chiles serranos con una destreza que la sorprendió a ella misma. Javier se encargaba de la carne. El olor a guiso casero empezó a llenar la cabaña, borrando el olor a naftalina y tristeza.
A mediodía, Mateo llegó de la escuela corriendo, con las mejillas rojas por el esfuerzo y el frío.
—¡Papá! ¡Ya llegué! ¡Traigo un hambre que me como una vaca! —gritó desde la puerta, tirando la mochila en el sofá.
Al entrar a la cocina, se detuvo en seco. Vio a Ana, vestida con la ropa de su madre, sirviendo agua de limón en vasos de vidrio.
—¡Órale! —exclamó el niño, con los ojos como platos—. Te ves… te ves bien bonita, tía Ana. Te pareces a mi mamá.
Javier se tensó, esperando que el comentario hiriera o incomodara, pero Ana sonrió. Una sonrisa genuina que le iluminó la cara pálida.
—Gracias, Mateo. Tu papá me prestó estas cosas. ¿Te gusta?
—¡Sí! —dijo Mateo, sentándose a la mesa—. Mi mamá hacía el mejor mole de la sierra. Pero tú haces unas salsas que pican rico.
La comida transcurrió entre risas ligeras. Mateo era el puente entre esos dos adultos dañados. Les contó sobre su maestra, la señorita Rocío, que tenía un bigote que ella creía que nadie notaba, y sobre cómo Pedro, el hijo del panadero, se había caído en un charco de lodo persiguiendo a un perro.
Por un momento, Ana olvidó el miedo. Olvidó que no sabía su apellido. Se sintió parte de algo. Una familia remendada, unida por la casualidad y la tragedia.
Pero la noche siempre llega, y con ella, los demonios.
Esa noche, Javier le cedió de nuevo su cama a Ana. Él y Mateo durmieron en la sala. Ana se acostó, agotada, pero el sueño no trajo descanso.
Estaba en un pasillo largo, de mármol frío. Las paredes estaban cubiertas de cuadros de ancestros que la miraban con desaprobación. Escuchaba pasos detrás de ella. Pasos pesados, seguros. El sonido de unos zapatos de suela dura golpeando el piso pulido. “Tic, tac, tic, tac”. No era un reloj, eran pasos.
—No puedes huir, Ana —decía una voz. Era la voz de su padre, pero distorsionada, como si hablara desde el fondo de un pozo—. Eres una inversión. Y yo nunca pierdo una inversión.
Ella corría, pero el pasillo se estiraba. Llegaba a una puerta, trataba de abrirla, pero la manija se convertía en una serpiente que se enroscaba en su muñeca. De repente, el escenario cambiaba. Estaba en un coche. Un hombre conducía. No era su padre. Era más joven, guapo pero con una sonrisa cruel. Alexei. Su marido.
—Deja de llorar —decía Alexei sin mirarla—. Te ves fea cuando lloras. Si te portas bien, quizás te deje salir al jardín mañana.
Luego, el impacto. El mundo girando. Vidrios rotos. Sangre. Y oscuridad.
Ana despertó gritando.
—¡No! ¡Déjame!
Se sentó en la cama, empapada en sudor frío, con el corazón martilleando contra sus costillas. La puerta de la habitación se abrió de golpe. Javier entró con la escopeta en la mano, seguido de un Mateo adormilado y asustado.
—¿Qué pasa? ¿Están aquí? —preguntó Javier, barriendo la habitación con la mirada, listo para disparar.
Ana se llevó las manos a la cara, sollozando.
—No… no hay nadie. Fue un sueño. Solo un sueño horrible.
Javier bajó el arma. Se sentó en el borde de la cama, manteniendo una distancia respetuosa pero cercana. Mateo corrió y abrazó a Ana sin dudarlo.
—Ya pasó, tía Ana. Aquí no entran los monstruos. Mi papá es el más fuerte del mundo.
Ana abrazó al niño, enterrando la cara en su cabello que olía a champú de manzanilla.
—Lo siento… los desperté.
—No importa —dijo Javier suavemente. Vio el terror puro en los ojos de ella y supo que el tiempo se estaba acabando. Esos no eran simples sueños. Eran recuerdos luchando por salir—. ¿Recordó algo?
Ana miró a Javier. Sus ojos verdes estaban oscuros por la angustia.
—Un hombre… mi marido. Alexei. Y mi padre… Víctor. —Pronunció los nombres y sintió un sabor metálico en la boca—. Ellos… ellos no me quieren. Ellos quieren algo de mí, pero no es amor. Es posesión.
Javier asintió gravemente.
—Mañana iré al pueblo —dijo él, con una determinación sombría—. Necesito saber qué está pasando afuera. Si esos hombres la están buscando, tenemos que saberlo antes que ellos nos encuentren a nosotros.
Ana sintió un escalofrío. La burbuja de seguridad de la cabaña estaba a punto de romperse.
CAPÍTULO 4: EL CHISME DE SAN PEDRO Y LA RECOMPENSA MALDITA
El amanecer trajo una neblina densa que cubría los cerros como una manta de algodón sucio. Javier se levantó antes que el sol. Preparó su vieja camioneta Ford de los años 80, una bestia de metal oxidado que rugía como un león asmático pero que nunca lo dejaba tirado en el lodo.
—Quédate con ella, Mateo —le instruyó a su hijo mientras revisaba el nivel de aceite—. No salgan. Si ves a alguien desconocido, corren a la cueva vieja, ¿me oíste? A la cueva, no te hagas el valiente.
—Sí, papá. Te lo prometo —dijo Mateo, con una seriedad impropia de su edad. Sostenía un palo grueso como si fuera una espada.
Javier miró a Ana, que estaba parada en el marco de la puerta, abrazándose a sí misma con el rebozo de Elena.
—Voy a ver a mi tía Lupe. Ella sabe todo lo que pasa en el estado antes que el gobernador. Regreso antes del mediodía.
—Ten cuidado, Javier —dijo Ana. Había una súplica en su voz—. Si ves algo raro… no preguntes por mí. No te arriesgues.
Javier asintió, se subió a la camioneta y arrancó. El vehículo bajó dando tumbos por el camino de terracería, desapareciendo entre los pinos.
El viaje al pueblo de San Pedro tomaba cuarenta minutos de curvas cerradas y baches que podían tragarse un neumático entero. Javier manejaba con una mano en el volante y la otra golpeando rítmicamente la palanca de velocidades, pensando. Víctor. Alexei. Nombres que sonaban a ciudad, a poder, a peligro. ¿En qué lío se había metido? Él solo quería criar a su hijo en paz, lejos de la violencia que carcomía al país. Pero la violencia tenía una forma de filtrarse, como el agua en una grieta.
Llegó a San Pedro justo cuando el pueblo despertaba. Los puestos de tacos de canasta empezaban a humear en la plaza principal. Los perros callejeros, flacos y sarnosos, se estiraban al sol. Javier estacionó la camioneta frente a una casa pintada de un azul chillón, con macetas de geranios colgando de las ventanas.
La casa de la Tía Lupe.
Lupe era una institución en San Pedro. Viuda tres veces, dueña de la única tienda de abarrotes con terminal para tarjetas y, lo más importante, la central de inteligencia no oficial del pueblo. Si alguien estornudaba en la iglesia, Lupe sabía quién, por qué y qué remedio casero necesitaba antes de que terminara la misa.
—¡Javiercito! —gritó Lupe desde el mostrador cuando él entró. Era una mujer bajita, redonda, con el cabello teñido de un caoba intenso y un delantal lleno de migajas—. ¡Milagro que bajas del cerro! Pensé que ya te habías vuelto un ermitaño completo.
—Hola, tía —dijo Javier, dándole un beso en la mejilla que olía a talco y manteca—. Vine por víveres. Harina, arroz, aceite… y un poco de información.
Lupe entornó los ojos, sus antenas de chisme vibrando al instante.
—¿Información? ¿Tú? Si a ti no te importa nada que no tenga cuatro patas o raíces. ¿Qué pasó? ¿Te vas a casar?
Javier se rio nervioso.
—No, tía, ¿cómo crees? Es solo que… he escuchado cosas raras en el monte. Ruidos. Coches que no deberían estar ahí.
Mientras Lupe llenaba una caja con los pedidos de Javier, la televisión pequeña que tenía sobre el refrigerador de las Cocas estaba encendida a todo volumen. Era el noticiero matutino, conducido por un periodista de corbata roja que hablaba con tono alarmista.
—…y en otras noticias, la angustia continúa para la familia del magnate inmobiliario Víctor Chernov…
El apellido golpeó a Javier como un puñetazo. Se giró bruscamente hacia la pantalla.
En la televisión apareció una foto. Era una foto de estudio, retocada, glamurosa. Una mujer rubia, con un vestido de noche esmeralda y joyas que costaban más que todo el pueblo de San Pedro. Sonreía, pero sus ojos verdes tenían esa misma tristeza que Javier había visto en su cabaña.
Era ella. Era Ana.
—Ana Chernov, heredera del imperio Chernov, desapareció hace cuatro días tras un presunto accidente automovilístico en la carretera federal… —decía el reportero—. Su padre, Víctor Chernov, y su esposo, el empresario Alexei Volkov, han ofrecido una recompensa histórica…
La pantalla cambió a letras rojas gigantes parpadeando: RECOMPENSA: 10 MILLONES DE PESOS.
—¡Híjole! —exclamó la tía Lupe, persignándose—. Diez millones, Javier. ¡Imagínate! Con eso te compras medio estado. Pobre muchacha, dicen que la secuestraron los del cártel, o que se volvió loca y se tiró a un barranco. Ese marido suyo… mmm, no me da buena espina, tiene cara de que le pega.
Javier sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Diez millones. Podría sacar a Mateo de la sierra, mandarlo a una buena escuela, comprar una casa en la costa donde no hiciera frío. Pero luego recordó el terror en los ojos de Ana. * “No llames a la policía”. “Mi padre… mi esposo… ellos no me quieren”.*
Si esos hombres estaban ofreciendo tanto dinero, no era por amor. Era para silenciarla. O para recuperar su “inversión”, como ella había dicho en su sueño.
—Oye, Javier —dijo Lupe, mirándolo fijamente—. Te pusiste pálido, mijo. ¿No será que tú viste algo? Esa carretera pasa cerca de tu entrada.
Javier tragó saliva. Su mente trabajaba a mil por hora. Si Lupe sospechaba, en una hora lo sabría todo el pueblo. Y si lo sabía el pueblo, llegaría a oídos de los hombres de la camioneta negra.
—¿Yo? No, tía —mintió, forzando una risa—. Me mareé, es que no desayuné bien. Ya sabes, el estómago vacío y las curvas.
—Mmm… —Lupe no parecía convencida, pero la distracción de un cliente entrando a comprar cigarros salvó a Javier.
—Cóbrame esto, tía. Tengo prisa, dejé a Mateo solo.
Pagó con billetes arrugados y salió de la tienda casi corriendo. Cargó la caja en la camioneta y se subió, cerrando la puerta con fuerza. Sus manos temblaban sobre el volante.
—Chernov… Víctor Chernov —murmuró.
Sabía quién era Víctor Chernov. Había oído historias de los campesinos a los que les habían quitado sus tierras para construir resorts de lujo. Gente que desaparecía si se negaba a vender. Y Ana era su hija.
Javier arrancó la camioneta, haciendo rechinar las llantas. Tenía que volver. Tenía que advertirles. Ahora no solo se trataba de una mujer perdida. Se trataba de una presa de caza mayor, y su cabaña era el único refugio que se interponía entre ella y los lobos.
Mientras conducía de regreso, subiendo la montaña, vio por el retrovisor una camioneta negra, idéntica a la que Mateo había descrito, parada en la gasolinera a la salida del pueblo. Dos hombres de traje hablaban con el despachador, mostrándole una foto.
El corazón de Javier se detuvo. Ya estaban aquí.
Pisó el acelerador a fondo, ignorando los baches, rezando a todos los santos que conocía para llegar a tiempo. La cacería había comenzado oficialmente, y él, un simple guardabosques con una escopeta vieja, acababa de declarar la guerra a los dueños de México.
Al llegar a la entrada del camino forestal, vio que la cadena que cerraba el paso estaba rota. El candado yacía en el suelo, partido por un cortapernos.
—¡Mateo! —gritó Javier, golpeando el volante.
La camioneta derrapó en el lodo mientras subía hacia la cabaña, el motor rugiendo como una bestia herida, en una carrera desesperada contra el destino.
CAPÍTULO 5: SANGRE EN EL UMBRAL
El viejo motor de la camioneta Ford rugía como una bestia herida mientras Javier subía la pendiente de terracería a una velocidad suicida. El lodo salpicaba el parabrisas, y las ramas de los encinos golpeaban los costados del vehículo como látigos advirtiendo el peligro.
“La cadena rota. El candado en el suelo.”
Esas imágenes se repetían en la mente de Javier como una película de terror en bucle. Su cabaña, su santuario, el único lugar donde él y Mateo habían encontrado paz tras la muerte de Elena, había sido violado. Y no por ladrones comunes, sino por los perros de presa de Víctor Chernov.
A unos trescientos metros de la casa, Javier apagó el motor y dejó que la inercia llevara la camioneta hasta un recodo oculto por unos matorrales de huizache. No podía llegar haciendo ruido. Si ellos estaban ahí, el factor sorpresa era su única arma.
Bajó del vehículo empuñando su vieja escopeta calibre .12. No era un arma de guerra, era una herramienta para espantar coyotes, pero en manos de un padre desesperado, podía ser letal.
Avanzó agazapado, moviéndose entre los árboles con la silenciosa destreza que le habían enseñado veinte años de cuidar el bosque. El aire olía a pino, tierra mojada y… tabaco. Tabaco caro. No los cigarrillos Delicados que fumaban los campesinos de la zona, sino un olor dulce y procesado.
Se asomó desde detrás del tronco de un oyamel gigante.
Ahí estaba. La camioneta negra, estacionada justo frente a su porche. La puerta del conductor estaba abierta.
Dos hombres estaban en su propiedad. Uno, alto y delgado como un alambre, con un traje gris que parecía fuera de lugar entre el lodo, estaba pateando las macetas de barro donde Mateo cultivaba chiles. El otro, una montaña de músculos con la cabeza afeitada y un tatuaje de una serpiente que le subía por el cuello, estaba dentro de la cabaña.
Se oían ruidos de cosas rompiéndose. Platos contra el suelo. Muebles volcados.
—¡Aquí no hay nadie, jefe! —gritó el de la cabeza afeitada, saliendo al porche con una lámpara de petróleo en la mano, la lámpara favorita de Javier.
El hombre del traje gris escupió al suelo.
—Tienen que estar cerca. El motor de la camioneta estaba caliente. Busca en el cobertizo. Si encuentras al niño, la mujer saldrá sola.
La sangre de Javier se heló y luego hirvió en cuestión de segundos. Al niño. Se atrevían a amenazar a Mateo.
Javier miró hacia el bosque, hacia el sendero que llevaba a la “Cueva del Tigre”, un refugio natural oculto tras una cascada seca que él y Mateo usaban para acampar. Había una señal: una cinta roja atada discretamente en una rama baja de un arbusto. La señal de emergencia que habían practicado mil veces.
“Mateo lo hizo. Se llevó a Ana a la cueva”, pensó Javier, y un suspiro de alivio casi lo delata.
Pero no podía irse sin más. Si esos hombres seguían ahí, eventualmente encontrarían el rastro. Tenía que hacer que se fueran. O al menos, asustarlos lo suficiente para ganar tiempo.
Javier cargó la escopeta. Dos cartuchos. Uno de sal y uno de posta. No quería matar a nadie si podía evitarlo —eso traería a la policía estatal y federal encima—, pero quería que les doliera.
Salió de su escondite, caminando con paso firme hacia el claro.
—¡Buenas tardes, caballeros! —gritó Javier. Su voz retumbó en el valle, grave y autoritaria.
Los dos hombres se giraron de golpe. El del traje gris se llevó la mano a la cintura, bajo el saco, buscando una pistola.
—¡Quieto ahí! —ladró Javier, levantando la escopeta y apuntando directamente al pecho del hombre del traje—. Saque la mano despacito o le hago un agujero del tamaño de un melón.
El hombre se detuvo, sonriendo con una frialdad que daba miedo. Levantó las manos lentamente.
—Tranquilo, amigo. Solo estamos buscando a una persona. Una mujer enferma que se perdió. Su familia está muy preocupada.
—En mi pueblo, la gente preocupada toca la puerta, no rompe candados ni patea mis macetas —respondió Javier, sin bajar el arma—. Y aquí no hay ninguna mujer. Solo estamos mi hijo y yo. Y ahora mismo, mi hijo no está. Así que lárguense.
El gigante de la cabeza afeitada dio un paso al frente, crujiendo los nudillos.
—Baja el juguete, granjero. No sabes con quién te estás metiendo.
—Y ustedes no saben dónde están parados —replicó Javier—. Esto es la sierra. Aquí los celulares no tienen señal, los gritos no se oyen y los cuerpos se los comen los zopilotes antes de que alguien los encuentre. Les doy tres segundos para subir a su camioneta y largarse por donde vinieron.
El hombre del traje, que parecía ser el cerebro de la operación, evaluó la situación. Vio la determinación en los ojos de Javier. Vio el dedo firme en el gatillo.
—Mire, señor… —empezó el hombre, cambiando de táctica—. Hay una recompensa. Diez millones de pesos. Si usted sabe algo, ese dinero puede cambiar su vida. Podría salir de este agujero lleno de lodo.
—Mi vida está bien como está. Uno…
—Piénselo. No tiene que ser ahora. Aquí le dejo mi tarjeta.
—Dos… —Javier amartilló el arma. El sonido metálico clack-clack fue universal.
El hombre del traje borró la sonrisa. Hizo una señal a su compañero.
—Vámonos. Aquí no hay nada más que mosquitos y pendejos valientes.
Ambos hombres subieron a la camioneta negra. El gigante al volante, el flaco de copiloto. Arrancaron el motor y dieron la vuelta bruscamente, aplastando lo que quedaba del jardín de Mateo.
Antes de irse, el hombre del traje bajó la ventanilla.
—Volveremos, amigo. Y la próxima vez, vendrá el dueño del circo. Y a él no le gustan las escopetas viejas.
Javier se quedó inmóvil apuntando hasta que las luces traseras de la camioneta desaparecieron en la curva. Solo entonces bajó el arma. Le temblaban las piernas. El sudor le corría por la espalda.
No tenía mucho tiempo. Habían dicho que volverían. Y cuando lo hicieran, no vendrían dos. Vendría un ejército.
Corrió hacia la cabaña. Entró y vio el desastre. La ropa de Elena tirada en el suelo, los cajones abiertos, la comida derramada. Sintió una punzada de dolor al ver su hogar profanado, pero la ignoró. Fue directo a la despensa oculta bajo el piso de madera.
Sacó dos mochilas de senderismo grandes. Empezó a llenarlas frenéticamente: latas de atún, frijoles en bolsa, cerillos, una navaja de caza, una linterna, pilas, el botiquín de primeros auxilios, una botella de tequila (para desinfectar o para el frío), y mantas térmicas. Fue a su armario y sacó ropa gruesa para Ana: unos pantalones de lana suyos que le quedarían enormes pero servirían, botas viejas, y una chamarra de borrego.
—Perdóname, Elena —susurró al tomar una foto enmarcada de su esposa y meterla en la mochila. No iba a dejarla ahí para que la rompieran.
Salió de la cabaña, cerró la puerta —un gesto inútil, pero simbólico— y corrió hacia el bosque, siguiendo el sendero invisible que llevaba a la cascada.
Veinte minutos después, llegó a la “Cueva del Tigre”. La entrada estaba oculta tras una cortina de enredaderas y rocas.
—¿Mateo? —susurró.
—¡Papá! —La voz del niño salió de la oscuridad. Mateo corrió y se abrazó a sus piernas. Estaba temblando, pero no lloraba.
Ana salió detrás de él. Estaba pálida, con los ojos rojos, sosteniendo un palo afilado como lanza improvisada. Al ver a Javier, soltó el palo y se recargó contra la pared de roca, exhalando todo el aire que tenía en los pulmones.
—¿Están bien? —preguntó Javier, revisando a Mateo.
—Sí. Escuchamos el coche. Mateo me trajo aquí. Es muy valiente —dijo Ana, mirando al niño con admiración.
—Vinieron a buscarte —dijo Javier sin rodeos. No había tiempo para suavizar la verdad—. Eran dos hombres. Los eché, pero van a regresar. Saben que estás por aquí. Mencionaron la recompensa. Todo el pueblo lo sabe.
Ana se cubrió la boca con la mano.
—Dios mío… Diez millones. Nadie nos va a ayudar por ese dinero. Todos nos van a traicionar.
—No todos —dijo Javier, mirándola fijamente—. Nosotros no. Pero no podemos quedarnos aquí. La cabaña está quemada. Saben dónde vivo.
—¿A dónde vamos? —preguntó Mateo, con los ojos muy abiertos.
Javier miró hacia arriba, hacia los picos más altos de la sierra, donde las nubes se enganchaban en las rocas y donde ni siquiera los talamontes se atrevían a subir.
—Arriba. A la Sierra Alta. Al Refugio del Cóndor.
—Pero papá… eso está a dos días de camino. Y hace mucho frío.
—Lo sé, mijo. Pero es el único lugar donde una camioneta de lujo no puede subir. Es territorio de pumas y de fantasmas. Ahí estaremos seguros por un tiempo.
Javier le tendió la mochila con ropa a Ana.
—Póngase esto, Ana. Y átese bien las botas. Va a ser el camino más difícil de su vida.
Ana tomó la ropa. No había duda en sus ojos, solo una determinación fría y nueva. La mujer asustada que había llegado descalza y llorando estaba empezando a desaparecer. En su lugar, nacía alguien dispuesto a sobrevivir.
—Estoy lista —dijo ella.
Javier asintió.
—Vámonos. Antes de que caiga la noche.
CAPÍTULO 6: EL PESO DE LA VERDAD
La noche cayó sobre la sierra como un manto de plomo. No había luna, y las estrellas estaban ocultas tras un techo denso de nubes de tormenta. El único sonido era el crujido de las botas sobre la hojarasca y la respiración agitada de los tres fugitivos.
Llevaban caminando seis horas sin parar. El terreno era brutal: subidas empinadas llenas de rocas sueltas, barrancos invisibles a un paso de distancia y matorrales espinosos que rasgaban la ropa.
Ana sentía que sus piernas eran de gelatina. Cada músculo de su cuerpo gritaba de dolor. Las botas de Javier le quedaban grandes y le habían sacado ampollas en los talones, pero no se quejó ni una sola vez. Sabía que si se detenía, ponía en peligro a Mateo y a Javier.
—Hagamos un descanso aquí —susurró Javier, señalando una pequeña oquedad bajo una roca saliente que los protegía del viento helado.
Se dejaron caer al suelo. Mateo se acurrucó inmediatamente contra su padre, agotado. Javier sacó una botella de agua y un poco de carne seca.
—Coman. Necesitan energía para el frío —dijo, pasando la comida a Ana.
Ana masticó la carne dura mecánicamente. El sabor salado le recordó que seguía viva.
Javier encendió un fuego muy pequeño, usando una técnica de pozo dakota para que la luz no se viera desde lejos y el humo se dispersara. La pequeña llama iluminó sus rostros cansados y sucios.
—¿Por qué? —preguntó Javier de repente. Su voz era baja, mezclándose con el viento—. ¿Por qué ofrecen tanto dinero, Ana? Diez millones no es por una esposa fugitiva. Diez millones es por una cabeza. O por un secreto.
Ana miró el fuego. Las llamas bailaban en sus pupilas verdes. Durante la caminata, el silencio y el esfuerzo físico habían desbloqueado algo en su mente. Los fragmentos de memoria se habían unido, formando una imagen grotesca y clara.
—No es porque me quieran —dijo ella, con voz temblorosa pero firme—. Es por lo que vi.
Mateo, que parecía medio dormido, abrió un ojo y escuchó.
—Hace una semana… —comenzó Ana, abrazándose las rodillas—. Fui a la oficina de Alexei. Él no estaba. Iba a dejarle una sorpresa por nuestro aniversario. Pero escuché el teléfono sonar en su despacho privado. Lo dejé sonar, pero luego vi que la caja fuerte estaba entreabierta. Alexei siempre ha sido descuidado cuando bebe.
Ana tragó saliva, reviviendo el momento.
—La curiosidad me ganó. Dentro no había dinero. Había una carpeta azul. Y un disco duro externo. Abrí la carpeta. Eran planos. Planos de los nuevos resorts de lujo que mi padre está construyendo en la Riviera Maya y aquí, en Oaxaca. El proyecto “Paraíso Azul”.
—He oído de eso —interrumpió Javier—. Dicen que van a traer mucho turismo.
—Es una fachada —escupió Ana con amargura—. Los planos tenían anotaciones. Zonas marcadas en rojo debajo de los cimientos. “Depósito 1”, “Depósito 2”. Al principio pensé que eran cisternas o bodegas. Pero luego vi las fotos.
Ana cerró los ojos fuertemente, y una lágrima solitaria escapó.
—Eran fotos de chicas. Jovencitas. Algunas parecían de la edad de Mateo, otras un poco mayores. Campesinas, indígenas, inmigrantes. Fotos de “antes” y… fotos de “después”.
Javier sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima.
—No me digas que…
—Las usan, Javier —susurró Ana, horrorizada—. Mi marido y mi padre. Usan las obras de construcción para traficar con mujeres. Las traen con promesas de trabajo, las explotan y, cuando ya no les sirven o se enferman… las desaparecen. Las entierran en los cimientos, bajo toneladas de concreto, donde nadie las buscará jamás. Los “Depósitos” son fosas comunes.
Un silencio sepulcral cayó sobre el campamento. Mateo se enderezó, completamente despierto, mirando a Ana con terror.
—Cuando leí los documentos, Alexei entró —continuó Ana, su voz rompiéndose—. Trató de decirme que era un error, que yo estaba loca. Pero vio el asco en mi cara. Vio que yo lo sabía. Me golpeó. Me encerró en la habitación. Escuché a mi padre gritar por teléfono: “¡Soluciona esto! ¡Es una inversión fallida!”.
Ana miró a Javier directamente a los ojos.
—Me iban a matar esa noche. Pero logré escapar por la ventana del baño. Robé el coche de Alexei. Conduje sin rumbo hasta que se acabó la gasolina… y entonces me encontraron sus hombres en la carretera.
Javier apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Había lidiado con cazadores furtivos, con talamontes, con gente mala. Pero esto… esto era maldad pura. Institucionalizada. Rica. Intocable.
—Por eso los diez millones —dijo Javier—. No quieren que vuelvas. Quieren asegurarse de que nunca hables. Si abres la boca, se les cae el imperio. Se les acaba el negocio.
—Soy una amenaza existencial para ellos —dijo Ana—. Y ahora, ustedes también lo son.
—¡Qué se pudran! —gritó Mateo de repente, poniéndose de pie. Su voz infantil estaba llena de furia—. ¡Son unos monstruos! ¡Mi papá no va a dejar que te hagan nada, tía Ana! ¡Él es el mejor guardabosques del mundo!
Javier jaló a Mateo y lo sentó en su regazo, abrazándolo fuerte.
—Baja la voz, chamaco. Pero tienes razón. Son unos monstruos.
Javier miró el fuego, pensando. La situación había cambiado drásticamente. Ya no se trataba solo de esconderse. Se trataba de justicia. De todas esas chicas que no tuvieron quien las defendiera.
—Ana —dijo Javier con solemnidad—. Tú tienes la verdad. Pero la verdad sin pruebas es solo un chisme. ¿Sabes dónde están esos documentos ahora?
—Me llevé el disco duro —dijo Ana, tocándose el pecho, donde sentía un bulto duro bajo las capas de ropa—. Lo cosí en el forro de mi vestido cuando escuché que venían por mí en la casa. Cuando me cambié de ropa en tu cabaña, lo pasé al bolsillo interior de esta chamarra.
Javier la miró con asombro.
—¿Lo tienes aquí?
—Sí. Es mi seguro de vida. O mi sentencia de muerte.
Javier sonrió, una sonrisa torva y peligrosa, iluminada por las llamas.
—Es un arma, Ana. Y es más potente que mi escopeta.
Javier tomó una rama y empezó a dibujar en la tierra.
—Escúchenme bien. No podemos quedarnos en la sierra para siempre. Eventualmente traerán perros, drones, helicópteros. El dinero compra mucha tecnología. Tenemos que movernos. Pero no vamos a huir. Vamos a atacar.
—¿Atacar? —preguntó Ana, incrédula—. Javier, son poderosos. Tienen un ejército. Nosotros somos un guardabosques, una mujer amnésica y un niño.
—Somos fantasmas en mi bosque —dijo Javier—. Ellos conocen el concreto y el dinero. Yo conozco cada barranco, cada cueva y cada planta venenosa de esta sierra. Vamos a llevarlos a un terreno donde su dinero no sirva de nada.
Miró a Ana y a Mateo.
—Mañana llegaremos al Refugio del Cóndor. Ahí hay una radio de onda corta antigua que usaban los bomberos forestales. Si logramos hacerla funcionar, podemos contactar a alguien. No a la policía local, están comprados. A la Marina. O a la prensa internacional. Pero necesitamos llegar ahí vivos.
—¿Y si nos alcanzan? —preguntó Mateo, con un hilo de voz.
—Entonces les enseñaremos por qué nadie se mete con la familia de un guardabosques —dijo Javier, besando la frente de su hijo—. Ahora duerman. Yo haré la primera guardia. Mañana empieza la guerra.
Ana se recostó en el suelo duro, sintiendo la frialdad de la piedra en su espalda. Pero extrañamente, ya no tenía miedo. Sentía el peso del disco duro contra su pecho, el peso de la verdad. Y al ver la silueta de Javier recortada contra la noche, vigilando con la escopeta en las rodillas, supo que, por primera vez en su vida, no estaba sola. Estaba con alguien dispuesto a morir por lo que es correcto. Y eso valía más que todos los millones de Víctor Chernov.
Cerró los ojos y, en la oscuridad de la sierra, soñó no con monstruos, sino con justicia.
PARTE 4: EL JUICIO DE LA MONTAÑA
CAPÍTULO 7: LA TRAMPA DEL LOBO
La Sierra Madre no perdona. A medida que ascendían, el aire se volvía tan delgado que cada respiración era un esfuerzo consciente, una pequeña batalla contra la altura. Los pinos gigantes, que abajo eran guardianes verdes, aquí arriba eran esqueletos de madera retorcida por los vientos helados, cubiertos de líquenes grises que parecían barbas de ancianos olvidados.
Ana sentía que sus pulmones iban a estallar. Sus piernas, desacostumbradas a este infierno vertical, temblaban violentamente. Pero no se detuvo. Miraba la espalda pequeña pero firme de Mateo, que trepaba por las rocas como una cabra montesa, y eso le daba fuerzas. Si un niño de diez años no se rendía, ella tampoco lo haría. Ella, que había vivido en una jaula de oro, estaba descubriendo que la libertad tenía sabor a sangre y tierra.
Javier iba en la retaguardia, con la escopeta cruzada en el pecho y los ojos escaneando el valle que dejaban atrás. De vez en cuando se detenía, olía el aire y escuchaba. No escuchaba pájaros. El bosque se había callado. Y eso solo significaba una cosa: había depredadores cerca.
—Papá —susurró Mateo, deteniéndose junto a un arroyo congelado—. ¿Oyes eso?
Javier levantó la mano pidiendo silencio. Un zumbido. Lejano, pero inconfundible. Como un enjambre de abejas furiosas, pero mecánico.
—Drones —masculló Javier con desprecio—. Están usando tecnología. No quieren ensuciarse los zapatos buscándonos a pie.
—¿Nos ven? —preguntó Ana, pegándose a la pared de roca.
—Si tienen cámaras térmicas, brillamos como árboles de Navidad en la oscuridad —dijo Javier—. Tenemos que entrar a la “Garganta del Diablo”. Ahí las paredes de mineral confundirán los sensores.
Corrieron. Ya no era una caminata; era una carrera desesperada. La “Garganta del Diablo” era un cañón estrecho, una cicatriz en la montaña donde el sol apenas tocaba el suelo.
Justo cuando entraban al desfiladero, un disparo resonó. La roca a medio metro de la cabeza de Ana estalló en fragmentos afilados.
—¡Abajo! —gritó Javier, empujando a Ana y a Mateo detrás de una roca gigante.
El eco del disparo rebotó en las paredes del cañón, multiplicándose por mil.
—Francotirador —analizó Javier, frío como el hielo—. Están en la cresta opuesta. Nos están pastoreando. Quieren que salgamos al claro para cazarnos fácil.
Ana miró a Javier. Vio el sudor en su frente, la tensión en su mandíbula. Por primera vez, vio miedo. No pánico, sino el miedo calculado de un hombre que sabe que las probabilidades están en su contra.
—Escúchame bien, Mateo —dijo Javier, agarrando a su hijo por los hombros y mirándolo a los ojos—. Conoces el camino al Refugio del Cóndor desde aquí. Sigues el cauce seco hasta la piedra con forma de tortuga, y luego subes por la grieta.
—No… —empezó a protestar Mateo, con los ojos llenos de lágrimas—. Tú vienes con nosotros.
—Yo los voy a alcanzar. Pero alguien tiene que distraerlos. Si vamos los tres juntos, somos un blanco fácil. Yo conozco este terreno mejor que ellos. Voy a darles una vuelta que no olvidarán.
Javier se quitó su chamarra gruesa y se la puso a Mateo encima de la suya. Luego se volvió hacia Ana.
—Ana. —Su voz se suavizó—. En la mochila de Mateo está la llave del refugio. Adentro hay una radio vieja. Es una radio de banda civil, canal 9 o 19. Intenta contactar a la Marina. Diles “Clave Rojo Sierra”. Mi abuelo usaba ese código para incendios grandes. Ellos sabrán que es serio.
—Javier, no lo hagas… —Ana le agarró la mano. Sus dedos se entrelazaron, sucios y ásperos, en una despedida silenciosa.
—Tengo que hacerlo. Ustedes lleven la verdad a la luz. Yo me encargo de la oscuridad.
Javier le dio un beso rápido en la frente a su hijo y una mirada intensa a Ana que valía más que mil “te quieros”. Luego, se giró y salió de la cobertura, disparando su escopeta al aire y gritando:
—¡Hey, cabrones! ¡Aquí estoy! ¡Vengan por mí si tienen huevos!
Javier corrió en dirección opuesta, hacia el bosque denso, haciendo ruido, rompiendo ramas, convirtiéndose en el señuelo perfecto.
Los disparos lo siguieron.
—¡Corre, Mateo! ¡Corre! —gritó Ana, jalando al niño de la mano.
Corrieron por el cañón, con el corazón en la boca, mientras el sonido de la batalla de un solo hombre se alejaba a sus espaldas.
Javier no corría por correr. Estaba llevándolos a “Las Quebradas”, una zona de terreno inestable que los lugareños evitaban. Se movía como un fantasma. Disparaba una vez, cambiaba de posición, esperaba.
Vio a sus perseguidores. Eran seis. Hombres vestidos con ropa táctica negra, armados con rifles de asalto. Mercenarios profesionales. No eran matones de barrio.
—Vamos a ver si sus botas caras aguantan mi sierra —murmuró Javier.
Esperó a que el grupo pasara por debajo de una ladera cubierta de rocas sueltas. Javier había preparado esto años atrás, no para hombres, sino para controlar deslaves. Cortó una cuerda vieja que sostenía una red de troncos podrida.
El estruendo fue bíblico. Toneladas de roca y tierra se precipitaron sobre el sendero. Gritos de dolor y sorpresa fueron silenciados por el polvo y la piedra.
Javier sonrió, pero su sonrisa se borró cuando sintió un ardor agudo en el costado. Miró hacia abajo. Su camisa se estaba tiñendo de rojo oscuro. Una bala perdida. O tal vez no tan perdida.
Se apoyó contra un árbol, respirando con dificultad. El dolor era un fuego líquido.
—No te mueras todavía, viejo —se dijo a sí mismo—. Todavía no.
Recargó la escopeta con manos temblorosas. Quedaban al menos tres mercenarios. Y él tenía dos cartuchos y un cuchillo de monte.
Mientras tanto, Ana y Mateo llegaban al límite de sus fuerzas. Habían escalado la grieta. Sus manos sangraban. Arriba, entre la niebla, se perfilaba la silueta fantasmal del Refugio del Cóndor: una torre de vigilancia de madera y metal oxidado, aferrada al pico más alto como un nido de águila.
—Ya llegamos, tía Ana —jadeó Mateo, cayendo de rodillas en la nieve sucia—. Ya llegamos.
Ana miró hacia atrás, hacia el valle cubierto de humo. No se oían más disparos. El silencio era peor que el ruido.
—Vamos, Mateo. Tenemos que hacer que valga la pena.
Empujaron la puerta oxidada del refugio y entraron. El lugar olía a abandono, a polvo y a tiempo detenido. Pero en una mesa, cubierta por una lona vieja, estaba la esperanza: una radio de transistores, grande y gris.
La batalla física había terminado para Ana, pero la batalla por la verdad apenas comenzaba.
CAPÍTULO 8: EL ECO DE LA JUSTICIA Y EL NUEVO AMANECER
El interior del Refugio del Cóndor era una cápsula del tiempo. Mapas topográficos amarillentos cubrían las paredes, marcando rutas que ya no existían. El viento aullaba afuera, golpeando los vidrios sucios de la torre de vigilancia, haciendo que toda la estructura gimiera.
Ana se abalanzó sobre la radio. Sus manos temblaban tanto que apenas podía girar las perillas.
—¿Cómo funciona esto? —preguntó, desesperada. Solo escuchaba estática. Shhhh. Shhhhh. Ruido blanco, el sonido del vacío.
Mateo, a pesar del agotamiento, se subió a una silla.
—Mi papá me enseñó. Primero la batería. —Señaló unos cables pelados que colgaban de la mesa—. Necesitamos conectarla a algo. Aquí no hay luz.
Ana miró alrededor. Vio una vieja batería de coche en una esquina, cubierta de polvo.
—¡Esa! —gritó.
Entre los dos, arrastraron la pesada batería. Mateo conectó los cables con dedos expertos. Hubo un chispazo y la radio cobró vida con un zumbido eléctrico y una luz naranja tenue en el panel.
—¡Funciona! —exclamó Mateo.
Ana tomó el micrófono. Apretó el botón lateral.
—Mayday, Mayday. ¿Alguien me escucha? Soy… soy Ana Chernov. Necesito ayuda. Estamos en el Refugio del Cóndor, Sierra de Oaxaca. Clave Rojo Sierra. Repito, Clave Rojo Sierra.
Silencio. Solo estática.
—Nadie nos oye —sollozó Ana, golpeando la mesa.
—Intenta otro canal —dijo Mateo—. El 16, el de los barcos. A veces llega la señal del puerto si las nubes están bajas.
Ana cambió el canal.
—Aquí Ana Chernov. Tenemos pruebas de crímenes federales. Trata de personas. Fosas clandestinas. Nos están cazando. Por favor, si alguien escucha…
De repente, una voz rompió la estática. Una voz clara, autoritaria.
—Aquí Capitán Mendoza, de la Zona Naval de Huatulco. Identifíquese. Repita su ubicación.
Ana sintió que las piernas le fallaban. Lloró, pero no de miedo, sino de un alivio tan intenso que dolía.
—Soy Ana Chernov. La hija de Víctor Chernov. Tengo pruebas digitales. Nos están matando. Coordenadas… —Ana buscó en el mapa de la pared—. Pico del Cóndor. Sector 4.
—Recibido. Mantengan la posición. Enviamos un pájaro. Tiempo estimado: 20 minutos.
Veinte minutos. Podía ser una vida entera.
De repente, la puerta del refugio se abrió de una patada. El metal oxidado chilló y golpeó la pared.
Ana y Mateo se giraron, horrorizados.
En el umbral estaba el hombre del traje gris. Su ropa elegante estaba rasgada, cubierta de polvo y sangre. Cojeaba. Tenía un corte profundo en la frente que le nublaba un ojo con sangre. Detrás de él, entraron dos mercenarios más, apuntando con sus rifles.
El hombre del traje sonrió. Una sonrisa de calavera.
—Fin del juego, princesa —jadeó—. Tu guardabosques nos dio pelea. Mató a dos de los míos. Es un demonio ese indio. Pero nadie vive para siempre.
Ana se puso delante de Mateo, protegiéndolo con su cuerpo.
—¿Dónde está Javier? —preguntó, con voz de acero.
—Abajo. Desangrándose en el lodo. Como un perro.
El corazón de Ana se rompió en mil pedazos, pero el odio pegó los fragmentos al instante.
—Ya llamé a la Marina —dijo Ana, levantando la barbilla—. Vienen en camino. Están grabados. Todo se acabó.
El hombre del traje se rio. Una risa seca, sin humor.
—Veinte minutos es mucho tiempo, Ana. En veinte minutos puedo matarlos, quemar este lugar, tomar el disco duro y estar bebiendo whisky en el helicóptero de tu padre antes de que lleguen los marinos. Dame el disco.
Ana metió la mano en su chamarra. Sintió el frío del metal del disco duro.
—Ven por él.
El hombre avanzó, sacando una pistola.
—Con gusto.
Pero antes de que pudiera dar otro paso, un estruendo ensordecedor llenó la habitación. No fue un disparo. Fue el vidrio de la torre rompiéndose en mil pedazos.
Una figura oscura saltó desde el techo, atravesando la ventana rota, y cayó sobre uno de los mercenarios como un ángel vengador.
Era Javier.
Estaba cubierto de sangre, propia y ajena. Tenía la ropa destrozada. Pero en su mano brillaba su machete de trabajo.
—¡NADIE TOCA A MI FAMILIA! —rugió Javier.
El mercenario cayó con un tajo en el hombro. El caos estalló.
Ana no se quedó quieta. Agarró la vieja batería de coche y, con una fuerza que no sabía que tenía, se la arrojó al segundo mercenario, golpeándolo en las rodillas.
El hombre del traje, sorprendido, giró su arma hacia Javier. Disparó.
Javier recibió el impacto en el hombro, pero no se detuvo. Con la inercia de un tren de carga, embistió al líder, tirándolo al suelo. Rodaron por el piso de madera, golpeándose, luchando por el control del arma.
—¡Mateo, sal! —gritó Javier mientras forcejeaba.
El arma se disparó otra vez. La bala perforó el techo.
El hombre del traje era fuerte, pero Javier peleaba por algo más que dinero. Peleaba por su hijo. Peleaba por la mujer que amaba, aunque nunca se lo hubiera dicho.
Javier logró inmovilizar la mano del hombre contra el suelo y le propinó un cabezazo brutal en la nariz. El hombre gritó y soltó la pistola. Javier la pateó lejos.
—Te dije que este era mi bosque —gruñó Javier, jadeando, con el machete en el cuello del hombre—. Y en mi bosque, los lobos no mandan.
En ese momento, un sonido nuevo llenó el aire. Un thup-thup-thup rítmico y poderoso que hacía vibrar los dientes.
Luces potentes iluminaron el refugio a través de las ventanas rotas, cegándolos a todos.
—¡AQUÍ LA ARMADA DE MÉXICO! ¡TIREN LAS ARMAS Y SALGAN CON LAS MANOS EN ALTO! —tronó una voz amplificada desde el cielo.
El hombre del traje dejó de luchar. Sabía que había perdido. Miró a Javier con odio puro, pero también con resignación.
Javier se levantó lentamente, manteniendo el machete en la mano por si acaso. Se tambaleó. La pérdida de sangre le estaba cobrando factura.
—Papá… —Mateo corrió hacia él y lo sostuvo antes de que cayera.
Ana corrió también, abrazándolos a los dos.
—Lo hiciste, Javier. Lo hiciste —lloraba ella, presionando su mano sobre la herida de bala de Javier para detener la sangre.
—Lo hicimos… —susurró Javier, y sus ojos se cerraron.
EPÍLOGO: RAÍCES NUEVAS
Dos años después.
La cabaña había sido reconstruida. Ahora era un poco más grande, con una habitación extra y un porche más amplio donde entraba el sol de la tarde.
El olor a mole poblano llenaba el aire. Había música de mariachi sonando en una bocina. Mesas largas estaban dispuestas en el jardín, cubiertas con manteles blancos y llenas de comida, flores y gente. Todo el pueblo de San Pedro estaba ahí. Incluso la Tía Lupe, que lloraba ruidosamente en una esquina, diciendo a quien quisiera escucharla que ella “siempre supo que esos dos terminarían juntos”.
Ana salió al porche. Llevaba un vestido blanco sencillo, bordado con flores de colores, al estilo oaxaqueño. Su cabello rubio estaba recogido en un chongo elegante, adornado con jazmines frescos. Ya no había miedo en sus ojos verdes. Había paz. Había una fuerza tranquila.
Javier la esperaba al pie de las escaleras. Llevaba un traje de charro que le quedaba impecable, aunque se notaba que no estaba acostumbrado a la corbata de moño. Cojeaba ligeramente de la pierna izquierda, un recordatorio eterno de aquella noche en el refugio, pero su postura era erguida y orgullosa.
—Te ves hermosa, güera —le dijo Javier, tomándole la mano.
—Y tú no te ves nada mal para ser un hombre de monte —bromeó ella, arreglándole la solapa.
Mateo corrió hacia ellos. Ya no era un niño pequeño; había dado el estirón. Llevaba a un bebé en brazos, su hermanito de seis meses, que tenía los ojos verdes de Ana y la sonrisa terca de Javier.
—¡Papá, mamá! —gritó Mateo—. ¡Ya llegó el juez! ¡Dice que si no se apuran se come todo el mole!
Ana y Javier se rieron. Miraron alrededor. No había rastro de los hombres de trajes grises. Víctor Chernov estaba en una prisión de máxima seguridad, y su imperio se había desmoronado gracias a las pruebas que Ana protegió con su vida. Los cimientos de “Paraíso Azul” habían sido excavados, y las familias de las víctimas habían podido, al menos, dar sepultura a sus hijas. La justicia había llegado, lenta y dolorosa, pero había llegado.
—¿Te arrepientes? —preguntó Javier de repente, mirando hacia el bosque que tanto amaba—. ¿De dejar tu vida de antes? ¿El dinero, los lujos?
Ana miró a Mateo jugando con el bebé. Miró a los vecinos que brindaban con tequila barato pero con corazones sinceros. Respiró el aire limpio de la sierra, libre de secretos y de mentiras.
—Javier —dijo ella, besándole la mano curtida—. Yo no tenía vida antes. Solo existía. Aquí, contigo, con nuestros hijos… aquí es donde empecé a vivir.
El juez carraspeó desde la mesa principal.
—¡A ver, los novios! ¡Que la barbacoa se enfría!
Javier ofreció su brazo a Ana.
—¿Lista para la aventura más difícil, señora Ana?
—¿Más difícil que subir al Refugio del Cóndor con mercenarios disparándonos? —rio ella.
—Mucho más —sonrió Javier—. Aguantarme a mí todos los días por el resto de tu vida.
—Acepto el reto —dijo ella.
Y juntos, bajo el cielo azul inmenso de México, caminaron hacia su futuro, sabiendo que no importaba cuán oscura fuera la noche o cuán profundo fuera el bosque, siempre tendrían un lugar al que llamar hogar.
FIN.