
PARTE 1: SUEÑOS DE ASFALTO Y HAMBRE
CAPÍTULO 1: EL PESO DE LA MADRUGADA
Las cuatro de la mañana en Ecatepec no son simplemente una hora; son una sensación física. Es ese momento en que el frío cala hasta los huesos, no porque la temperatura sea bajo cero, sino porque las casas de obra negra y lámina no guardan el calor. El viento se cuela por las rendijas de las ventanas mal selladas con periódico y cinta canela, trayendo consigo el olor a tierra mojada, a humo de leña quemada en los braceros y a ese aroma metálico e industrial que siempre flota en la periferia del Estado de México.
Marcos abrió los ojos antes de que su celular, un modelo viejo con la pantalla estrellada como telaraña, vibrara bajo su almohada. Su cuerpo tenía un reloj interno ajustado por la necesidad, más preciso que cualquier alarma digital. Se quedó inmóvil unos segundos, mirando el techo de lámina galvanizada donde la condensación de la noche formaba pequeñas gotas que amenazaban con caer. A su lado, en el colchón hundido que compartían, su hermano pequeño, Leo, respiraba con un silbido leve. Leo siempre dormía hecho bolita, buscando calor, envuelto en la cobija San Marcos de tigre que ya había perdido su suavidad hacía años.
Marcos se levantó con el sigilo de un gato callejero. El suelo de cemento pulido estaba helado. Buscó a tientas su ropa, apilada en una silla de plástico blanca que servía de ropero: una sudadera gris que le quedaba dos tallas grande, heredada de un primo que se fue al norte, y unos pants azul marino que ya brillaban en las rodillas y el trasero por tanto uso. Se vistió rápido, tiritando, frotándose los brazos para entrar en calor.
Pero el verdadero reto, la verdadera prueba de fe de cada mañana, era ponerse los tenis.
Se sentó en el borde de la cama y los tomó entre sus manos. Eran unos tenis de tela, marca “patito”, comprados en el tianguis de los jueves hacía más de un año. Originalmente blancos, ahora eran de un color gris rata, manchados de lodo seco y grasa. La suela del pie derecho estaba tan gastada en la zona del metatarso que Marcos podía sentir la textura del pavimento al pisar; si pisaba una corcholata, sabía de qué marca era el refresco. La tela del costado se había rasgado, dejando ver el calcetín, y la lengüeta colgaba triste hacia un lado. No tenía agujetas; las originales se habían deshecho meses atrás. En su lugar, Marcos había encontrado un pedazo de cable eléctrico rojo tirado cerca de la ferretería y lo usaba para amarrarse el calzado a los tobillos.
—Aguanten un día más, por favor —susurró, apretando el nudo del cable. Era un rezo diario.
Salió de la habitación y cruzó la pequeña estancia que servía de sala, comedor y cocina. El olor a humedad se mezclaba con el aroma reconfortante del café de olla que su madre, Doña Rosa, ya tenía hirviendo en la estufa de dos quemadores. La luz amarilla de un foco pelón iluminaba su figura encorvada. Doña Rosa no tenía ni cuarenta años, pero la vida la había tratado con la dureza de una lija; tenía las manos ásperas de cloro y jabón, y unas ojeras permanentes que el maquillaje barato no lograba cubrir.
—Buenos días, mijo —dijo ella en voz baja, sin voltear, mientras calentaba unas tortillas de ayer directamente sobre la flama—. Tómate un café antes de irte, está haciendo un frío que pela.
—No me tardo, ama. Se me hace tarde para los periódicos —contestó Marcos, acercándose para darle un beso en la mejilla. Su piel olía a crema Teatricald y a ese aroma indefinible de las madres: a sacrificio y cariño.
—Llévate este taco, ándale. Es de frijoles con huevo —insistió ella, envolviendo la tortilla en una servilleta de papel—. Y ponte la gorra, no te me vayas a enfermar, que no hay pa’ medicinas.
La mención de las medicinas hizo que el ambiente se tensara. En la repisa, junto a la imagen de la Virgen de Guadalupe, estaba el inhalador de Sofi, su hermana menor. Estaba casi vacío. Marcos lo sabía porque la noche anterior la había escuchado toser, ese sonido seco y desesperado que le apretaba el pecho a él más que a ella. Cada disparo del inhalador costaba dinero, y dinero era lo que menos había.
Marcos salió a la calle. La oscuridad era densa. A lo lejos se escuchaban los ladridos de los perros callejeros, un coro desafinado que nunca callaba. Caminó hasta el poste donde encadenaba su bicicleta, una montaña de óxido que rechinaba con cada pedaleada, y montó su carga: dos bolsas de lona llenas de periódicos pesados.
El recorrido era brutal. Las calles de su colonia no estaban planeadas por arquitectos, sino por la necesidad; subidas empinadas que desafiaban la gravedad, callejones sin pavimentar llenos de baches que parecían cráteres lunares. Marcos pedaleaba de pie, usando todo su peso para mover los pedales, sintiendo cómo sus cuádriceps ardían.
—¡Periódico! —gritaba, lanzando los rollos con precisión experta hacia los portones y cocheras.
Repartir periódicos en esta zona era ver el despertar de la bestia urbana. Veía a los obreros salir caminando rápido hacia el paradero del camión, con sus loncheras bajo el brazo, envueltos en chamarras gruesas. Veía a las señoras montando sus puestos de tamales y atole, el vapor de las ollas subiendo hacia el cielo oscuro como una ofrenda matutina. El olor a masa de maíz y salsa verde le despertaba el hambre, un rugido en el estómago que ignoraba con la práctica de años.
Al terminar la ruta, dejaba la bicicleta encargada en el puesto de revistas de Don Chuy, un viejo amable que le guardaba la bici a cambio de que le acomodara los ejemplares nuevos.
—Ahí te la encargo, Don Chuy —dijo Marcos, secándose el sudor de la frente con la manga de la sudadera.
—Órale, Marquitos. Córrele que se te va el día.
Y entonces empezaba lo bueno. De ahí a la Secundaria Técnica 45 había cinco kilómetros. Podría tomar el pesero, esa combi destartalada que cobraba doce pesos el viaje. Pero doce pesos de ida y doce de vuelta eran veinticuatro pesos. Veinticuatro pesos compraban un kilo de tortillas, unos chiles y un jitomate. O se guardaban para el fondo del inhalador de Sofi. Así que Marcos no tomaba el pesero. Marcos corría.
No corría como los que salen a trotar en el Parque México o en Reforma los domingos, con sus audífonos y ropa de marca. Marcos corría con la urgencia del que huye o del que persigue algo invisible. Se ajustaba la mochila a la espalda, apretaba los dientes y arrancaba.
Sus primeros pasos eran pesados, sus tenis golpeando el asfalto irregular. Pero luego, algo sucedía. A partir del primer kilómetro, el dolor de las piernas desaparecía y entraba en un estado de trance. Su respiración se acompasaba: dos inhalaciones por la nariz, dos exhalaciones por la boca. El mundo se volvía borroso a los lados; solo importaba el camino frente a él.
Esquivaba los charcos de agua negra con saltos ágiles, sorteaba a la gente que caminaba lento, saltaba banquetas rotas. En esos momentos, Marcos no era pobre. No era el chico de los tenis rotos. Era una máquina perfecta de movimiento. Sentía una conexión extraña con el suelo, como si la tierra le devolviera la energía que él le imprimía. La gente en los paraderos se le quedaba viendo.
—¡Ese, corre como si se hubiera robado algo! —le gritó un chavo desde una esquina, riéndose con sus amigos.
Marcos ni volteó. Que digan lo que quieran, pensó. Ellos están parados esperando. Yo me estoy moviendo.
Llegó a la puerta de la escuela justo cuando el sol empezaba a iluminar la fachada despintada del edificio. Estaba empapado en sudor, con el corazón latiendo fuerte contra sus costillas, pero con la mente clara. Se metió al baño de hombres, se echó agua en la cara y en las axilas, se secó con papel higiénico áspero y entró al salón justo antes de que sonara el timbre.
Se sentó en su banca al fondo, sacando sus cuadernos. Tenía hambre, sueño y frío, pero también tenía esa extraña satisfacción que solo da el agotamiento físico absoluto. Había vencido a la mañana otra vez.
CAPÍTULO 2: TALENTO DE BARRIO
La Secundaria Técnica 45 era un microcosmos de la sociedad mexicana: había de todo, pero predominaba la ley del más fuerte. Los salones olían a humedad, a torta de jamón y a hormonas adolescentes. El mobiliario estaba rayado con plumones permanentes: “Te amo Brayan”, “La 2da rifa”, dibujos obscenos y declaraciones de guerra entre grupos.
Para Marcos, la escuela era un trámite necesario. Sabía que tenía que estudiar, porque su mamá se lo repetía como un mantra: “Si no estudias, vas a acabar como tu papá, rompiéndote el lomo por el salario mínimo”. Pero su mente siempre estaba en otro lado: en las cuentas por pagar, en la tos de su hermana, en el cansancio crónico que cargaba como una mochila invisible.
La hora del recreo era un campo minado. Marcos solía irse a las gradas de la cancha de fútbol rápido, comiéndose el taco frío que su mamá le había dado, tratando de pasar desapercibido. Pero ese día, la clase de educación física lo cambió todo.
El profesor Alberto, a quien todos llamaban “Profe Beto”, era una leyenda viviente en el barrio, aunque pocos sabían por qué. Era un hombre enjuto, fibroso, con la piel curtida como cuero viejo y el pelo completamente blanco cortado al ras. Siempre vestía un pants deportivo de la SEP color guinda y unos tenis que, aunque viejos, estaban impecables. No gritaba mucho, pero cuando hablaba, hasta los más revoltosos se callaban. Tenía esa autoridad natural que no se aprende en la normal de maestros.
—¡Órale, jóvenes! ¡A formarse! —gritó, haciendo sonar su silbato plateado—. Hoy no quiero excusas. Nada de que “me duele la panza”, nada de que “tengo cólicos”, nada de que “se me olvidaron los tenis”. ¡A correr!
El grupo de Tercero “B” refunfuñó en coro. Las chicas fresas, lideradas por Vanesa, rodaron los ojos.
—Ay no, profe, hace un buen de calor y se nos va a correr el rímel —se quejó Vanesa, mascando chicle.
—Pues córrele más rápido para que el aire te lo seque, Vanesa. ¡Vámonos! ¡Diez vueltas a la cancha grande! El que camine se queda a barrer el patio.
La manada de adolescentes empezó a trotar con desgano. Era una procesión de apatía. Arrastraban los pies, platicaban, se empujaban. Pero Marcos no. Para Marcos, correr no era un castigo; era su elemento. Se ajustó el cable rojo de sus tenis, respiró hondo y salió disparado.
Desde la primera vuelta, se separó del grupo. Mientras sus compañeros jadeaban y escupían al suelo en la segunda vuelta, Marcos ya les había sacado media cancha de ventaja. No corría tenso; sus hombros estaban relajados, su cabeza erguida, sus brazos braceando en un ángulo perfecto de noventa grados. Sus pies apenas tocaban la tierra suelta del patio antes de impulsarse de nuevo.
El “Kevin”, el bully del salón, intentó meterle el pie cuando Marcos lo rebasó por primera vez.
—¡Bájale, pinche Forrest Gump! —le gritó, intentando trabarlo.
Marcos lo esquivó con un movimiento fluido de cadera, sin perder el ritmo, y siguió adelante. Ni siquiera lo miró. Para él, el Kevin era como un poste de luz o un bache: un obstáculo inerte.
El Profe Beto, que estaba recargado en la barda revisando su lista de asistencia, levantó la vista al notar el silencio inusual en la pista. Sus ojos de águila se clavaron en la figura solitaria que devoraba metros. Se quitó los lentes oscuros lentamente.
—Ah, caray… —murmuró para sí mismo.
Beto había sido corredor de fondo en sus años mozos. Había entrenado en el CDOM, había corrido maratones cuando los tenis no tenían gel ni aire, solo suela de caucho. Sabía distinguir entre un chavo que corre rápido porque lo persigue un perro y un atleta nato. Y lo que veía en Marcos era pureza. Biomecánica perfecta. Una zancada eficiente, una pisada neutra, una resistencia cardiovascular que parecía inagotable.
—¡Tiempo! —gritó Beto cuando Marcos completó la décima vuelta. El resto del grupo iba apenas por la sexta o séptima.
Marcos se detuvo cerca del profesor. No estaba doblado buscando aire, ni tenía la cara roja a punto de estallar. Solo respiraba un poco más fuerte, con el pecho subiendo y bajando rítmicamente, y una fina capa de sudor brillando en su frente morena.
Beto se le acercó, libreta en mano.
—¿Cuál es tu nombre, hijo?
—Marcos Ramírez, profe.
—Oye, Marcos… ¿quién te enseñó a correr?
Marcos se limpió el sudor con el antebrazo.
—Nadie, profe.
—¿Entrenas en algún lado? ¿En el deportivo municipal?
—No, profe. No hay varo para eso.
Beto frunció el ceño, mirando hacia abajo. Sus ojos se detuvieron en los pies de Marcos. Vio la tela rota, el dedo gordo asomándose tímidamente por un agujero, y sobre todo, el cable eléctrico rojo amarrado con un nudo ciego. Sintió una punzada en el estómago, una mezcla de coraje e indignación. Era el crimen más grande del deporte: talento desperdiciado por pobreza.
—Quédate al final de la clase, necesito hablar contigo.
Marcos sintió un hueco en el estómago. ¿Había hecho algo mal? ¿Iban a regañarlo por correr demasiado rápido? ¿Por humillar al Kevin?
Cuando sonó el timbre de salida, Marcos se acercó tímidamente al escritorio improvisado del profe en el cuarto de material deportivo, un cuartucho que olía a balones viejos y redes polvorientas.
—¿Pasó algo, profe?
Beto estaba rebuscando en una caja de cartón al fondo del cuarto.
—Siéntate ahí, Marcos —dijo sin voltear.
Sacó un par de tenis. Eran unos Nike Pegasus de hacía tres temporadas, color azul neón. Estaban usados, la suela tenía algo de desgaste en el talón, pero comparados con los de Marcos, eran naves espaciales.
—¿Cuánto calzas?
—Pues… como del siete, creo. O del seis y medio, depende de la horma.
—Estos son siete. Pruébatelos.
Marcos miró los tenis como si fueran un objeto sagrado. Nunca había tenido unos tenis de marca. Ni siquiera unos piratas de buena calidad.
—Profe, no tengo dinero. Neta, andamos bien brujas en la casa.
—No te estoy vendiendo nada, chamaco. Pontelos.
Marcos se quitó sus tenis viejos con vergüenza, ocultando sus calcetines llenos de hoyos. Deslizó sus pies en los Nike. Se sentían… increíbles. El soporte en el arco, la amortiguación en el talón. Se puso de pie y dio un pequeño rebote. Era como caminar sobre nubes.
—Te quedan bien —dijo Beto, cruzándose de brazos—. Son tuyos. Pero nada es gratis en esta vida, Marcos. El precio es que vas a entrenar conmigo.
—¿Entrenar? —Marcos lo miró confundido—. Pero profe, yo trabajo saliendo de aquí. Voy a la Central de Abastos a cargar cajas de fruta. Salgo hasta las seis o siete.
—Entonces entrenamos a las siete. O a las ocho. A la hora que puedas.
—Pero… ¿para qué?
Beto se inclinó hacia adelante, su mirada intensa fija en los ojos del chico.
—Porque tienes un don, Marcos. Y los dones son responsabilidad de quien los tiene. Hay un maratón estatal en tres meses. El “Gran Maratón de la Ciudad”. La inscripción cuesta, pero de eso me encargo yo. Los premios… escúchame bien. El primer lugar de la categoría juvenil se lleva veinte mil pesos en efectivo y una beca deportiva completa para la prepa que quiera.
La cifra retumbó en la cabeza de Marcos. Veinte mil pesos.
Veinte mil pesos.
Con eso podían pagar las deudas de la luz. Podían comprarle a Sofi un tratamiento completo para seis meses. Podían comprar comida que no fuera frijoles y huevo. Podían, por primera vez en años, respirar.
—¿Veinte mil? —preguntó, con la voz temblorosa.
—Veinte mil. Y te voy a ser sincero, Marcos. Esos chavos de clubes privados, los que entrenan con nutriólogos y tenis de tres mil pesos… son buenos. Pero no tienen hambre. Tú sí. Tú corres como si te fuera la vida en ello. Y eso no se entrena. Eso se trae.
Marcos salió de la escuela con los tenis azules en su mochila, abrazándola contra su pecho como si llevara un tesoro. Caminó hacia la Central de Abastos con una energía renovada. Ese día, cargó cajas de papaya y costales de cebolla con una fuerza que no sabía que tenía. Cada caja era un paso más hacia esos veinte mil pesos. Cada gota de sudor era una moneda en la alcancía de su esperanza.
Pero al llegar a casa, la realidad le dio una bofetada.
Eran las nueve de la noche. Su papá, Don Ramón, se estaba preparando para irse al turno de noche en la gasolinera. Estaba sentado en la mesa, con su uniforme verde manchado de grasa, comiendo en silencio.
—Pa, Ma… tengo que contarles algo —dijo Marcos, poniendo la caja de zapatos sobre la mesa.
Les contó todo. El Profe Beto, el entrenamiento, la carrera, el premio. Habló rápido, emocionado, con las palabras atropellándose en su boca.
Cuando terminó, hubo un silencio pesado en la cocina. Solo se escuchaba el zumbido del refrigerador viejo.
Don Ramón dejó la cuchara en el plato y suspiró, un sonido profundo y cansado que parecía salir del fondo de la tierra.
—Mijo… —dijo, sin mirarlo a los ojos—. Ya estás grande. Ya no estás para cuentos de hadas.
—No es un cuento, pa. El profe dice que tengo talento.
—¡El talento no se come, Marcos! —estalló de pronto su mamá, golpeando la mesa con la mano abierta. Doña Rosa tenía los ojos llenos de lágrimas contenidas—. ¿Crees que no tuvimos sueños nosotros? ¿Crees que a tu papá le gustaba despachar gasolina? Él quería ser músico, Marcos. Tocaba la guitarra re bonito. ¿Y de qué sirvió? De nada. Los sueños son para los que tienen la panza llena. Nosotros tenemos que trabajar.
—Pero son veinte mil pesos, ama…
—¿Y si pierdes? —le espetó ella—. ¿Y si te lastimas? ¿Y si pierdes el trabajo en la bodega por andar corriendo como loco? No, Marcos. No podemos arriesgarnos. Necesitamos lo seguro. Necesitamos que te concentres en la escuela y en el trabajo. Deja de pensar en pajaritos preñados.
Marcos sintió que algo se le rompía por dentro. Tomó la caja de tenis y se fue a su cuarto sin decir nada más. Se tiró en la cama, con la cara contra la almohada para ahogar un grito de frustración.
“Tienen razón”, pensó. “¿Quién soy yo para creer que puedo ganar? Solo soy el hijo del gasolinero. Solo soy el chavo de los tenis rotos”.
Pero entonces, vio a su hermano Leo dormido. Vio el inhalador vacío de Sofi en la repisa. Y sintió el peso de los tenis nuevos en sus manos.
Se levantó en silencio. Se quitó los pantalones y se puso los shorts viejos que usaba de pijama. Se calzó los Nike azules. Se sentían poderosos.
Salió al patio trasero, un pedazo de tierra de tres por tres metros donde su mamá colgaba la ropa. Miró al cielo, donde la contaminación apenas dejaba ver una o dos estrellas.
—No me importa —susurró al viento frío de la noche—. Voy a correr. Aunque tenga que hacerlo a escondidas. Aunque no duerma. Voy a traer ese dinero a esta casa. Se los juro.
Empezó a trotar en su lugar, levantando las rodillas, sintiendo el rebote de la suela nueva. Mañana hablaría con el Profe Beto. Mañana empezaría el verdadero entrenamiento. No sabía que el destino le tenía preparada una jugada cruel: su rival más grande no sería otro corredor, sino la hija de un magnate que, al igual que él, estaba a punto de descubrir que la vida puede cambiar en un segundo, justo cuando crees que tienes el control.
PARTE 2: SUDOR, SANGRE Y LÁGRIMAS EN LA PISTA
CAPÍTULO 3: LA SOMBRA DEL “MIRREY” Y EL PESO DEL COSTAL
Las semanas siguientes no fueron un entrenamiento; fueron una guerra de desgaste. Marcos vivía en un estado de sonambulismo permanente, moviéndose por inercia entre la escuela, la Central de Abastos y la pista de tierra de la Secundaria 45.
La Central de Abastos de la Ciudad de México es un monstruo que nunca duerme. Es una ciudad dentro de la ciudad, un laberinto de concreto, olores penetrantes y ruido constante. A las tres de la tarde, cuando el sol pegaba a plomo sobre los techos de lámina de las bodegas, el aire se volvía irrespirable, una mezcla de cilantro podrido, cebolla fresca, diesel de camiones y sudor humano.
—¡Muévele, chavo! ¡Esas cajas de papaya no se van a subir solas! —le gritaba El gordo Matías, el capataz de la Bodega J-22.
Marcos cargaba un “diablito” con seis cajas de madera llenas de fruta. Sus brazos, aunque flacos, se habían vuelto correosos, fibra pura tensada bajo la piel morena. Sentía el ardor en los hombros, el roce de la madera astillada contra sus dedos, pero no se quejaba. Cada caja cargada eran cinco pesos. Cien cajas eran quinientos pesos. Y quinientos pesos eran un abono para la luz y un pollo rostizado para la cena.
Pero su mente no estaba en las papayas. Estaba en el cronómetro del Profe Beto.
A las siete de la noche, cuando el cielo se ponía morado por el smog y las luces de mercurio de las calles empezaban a parpadear, Marcos llegaba a la pista de la escuela. Ya no había alumnos, solo el velador, Don Chon, que los dejaba pasar a cambio de un refresco.
—Llegas tarde tres minutos —decía Beto, mirando su reloj Casio digital—. Esos tres minutos te pueden costar la carrera. ¡A calentar!
El entrenamiento de Beto era de la vieja escuela. Nada de monitores cardíacos ni gadgets. Era instinto y sufrimiento.
—¡Sube las rodillas! ¡Más alto! —gritaba mientras Marcos hacía sprints en las gradas de cemento—. ¡Imagínate que el piso quema! ¡Imagínate que te vienen persiguiendo los de la Coppel para cobrarte! ¡Corre!
Marcos corría hasta que el sabor a sangre aparecía en su garganta. Corría hasta que sus piernas se sentían como plomo derretido. Pero cada noche, bajaba sus tiempos. Un segundo menos. Dos segundos menos.
Sin embargo, el mundo exterior no tardó en notar que el “chavo de los periódicos” quería jugar a ser atleta. La noticia de que Marcos iba a entrar al Maratón Estatal llegó a oídos de otros competidores, específicamente a los oídos de Sebastián “Sebas” Montiel.
Sebastián era todo lo que Marcos no era. Estudiaba en el Instituto Cumbres, llegaba a los entrenamientos en el deportivo privado “Sport City” en una camioneta BMW del año manejada por su chofer, y sus tenis costaban más que todo lo que había dentro de la casa de Marcos. Era el clásico “Mirrey”: pelo engominado hacia atrás, piel clara, sonrisa perfecta de ortodoncia cara y una actitud de quien sabe que el mundo le pertenece por derecho de nacimiento.
El encuentro sucedió un sábado. El Profe Beto llevó a Marcos a la pista del Deportivo Plan Sexenal para que probara el tartán, esa superficie sintética profesional que se siente suave y rebotante, muy diferente a la tierra dura de la escuela.
Marcos se sentía fuera de lugar. Su camiseta de algodón gris, empapada de sudor, contrastaba con los conjuntos dry-fit neón de los corredores del club privado que compartían la pista.
—Mira nomás quién viene ahí —dijo Sebastián, codeando a sus amigos mientras estiraban cerca de la meta—. ¿Ya vieron sus tenis? Creo que son los que tiré a la basura la temporada pasada.
Las risas de su grupo, agudas y crueles, resonaron en el aire frío de la mañana.
Marcos bajó la mirada, apretando los puños. Sintió la vergüenza subirle por el cuello, caliente y punzante.
—Ignóralos —le susurró Beto al oído, poniéndole una mano pesada en el hombro—. El ruido no gana carreras. Las piernas sí.
Pero Sebastián no había terminado. Cuando Marcos pasó trotando cerca de ellos, el “Mirrey” le gritó:
—¡Ese! ¡Cuidado no vayas a ensuciar la pista con la tierra de tu colonia, eh! Aquí sí barremos.
Marcos se detuvo en seco. Giró lentamente. Sus ojos oscuros se encontraron con los ojos claros y burlones de Sebastián.
—Yo vengo a correr —dijo Marcos, con la voz tranquila pero firme—. No a modelar.
Sebastián soltó una carcajada, echando la cabeza hacia atrás.
—Uy, qué miedo. El “Brayan” se enojó. Mira, naco, esto no es una carrera de relevos para huir de la patrulla. Esto es deporte de élite. Mejor regrésate a tu semáforo a limpiar vidrios antes de que te lastimes.
Beto dio un paso adelante, con la cara endurecida, pero Marcos le puso el brazo enfrente.
—Déjelo, profe.
Marcos miró a Sebastián una última vez. No con odio, sino con una extraña lástima.
—Nos vemos en la meta —dijo Marcos. Y siguió corriendo.
Esa tarde, Marcos voló en la pista. La rabia es un combustible peligroso, pero potente si se sabe quemar. Hizo sus mejores tiempos.
—Bien, muchacho —le dijo Beto al final, mientras Marcos tomaba agua de la llave—. Pero ten cuidado. El coraje te da velocidad al principio, pero te cansa el alma al final. Tienes que correr con la cabeza fría y el corazón caliente, no al revés.
CAPÍTULO 4: CUANDO LA LUZ SE APAGA
Faltaban dos semanas para la carrera cuando la realidad, que había estado acechando como un animal paciente, atacó con fuerza.
Marcos llegó a su casa después de entrenar, con el cuerpo adolorido pero el espíritu alto. Sin embargo, al abrir la puerta de lámina, el silencio lo golpeó. No era el silencio de la paz, sino el silencio del miedo.
No había luz.
Chasqueó el interruptor. Nada.
—¿Ama? —llamó a la oscuridad.
Escuchó un sollozo ahogado proveniente del cuarto. Entró corriendo, iluminando el camino con la pantalla de su celular.
Su mamá estaba sentada en el borde de la cama, abanicando a Sofi con un cartón. La niña estaba pálida, con los labios adquiriendo un tono azulado, y su pecho subía y bajaba en espasmos cortos y secos. Ese sonido… ese silbido terrible de los bronquios cerrándose. Iiiii… Iiiii…
—¡Se fue la luz y no sirve el nebulizador! —dijo Doña Rosa, con la voz quebrada por el pánico—. ¡Se la cortaron, Marcos! ¡Nos cortaron la luz! Debíamos tres meses y vinieron los de la Comisión hace rato.
—¿Y el inhalador? —preguntó Marcos, sintiendo que el pánico le helaba la sangre.
—Se acabó en la mañana. No sale nada.
Marcos miró a su hermana. Los ojos de Sofi estaban desorbitados por el miedo a no poder respirar. Se estaba ahogando en tierra firme.
—Vámonos al hospital —dijo Marcos, cargando a Sofi en brazos. La niña pesaba tan poco… demasiado poco para tener ocho años.
—No tenemos dinero para el taxi, Marcos. Y la Cruz Roja está hasta el centro.
—¡Corriendo! —gritó él—. ¡Yo la llevo!
No lo pensó. Salió de la casa con Sofi en brazos envuelta en la cobija. La calle estaba oscura.
—¡Agárrate fuerte, chaparra! —le dijo al oído—. ¡Respira conmigo! Uno, dos. Uno, dos.
Marcos echó a correr. No era el trote técnico que le enseñaba Beto. Era una carrera desesperada, torpe, cargando veinte kilos de peso muerto en brazos. Sus tenis Nike golpeaban el pavimento roto.
La clínica del IMSS más cercana estaba a tres kilómetros.
Tres kilómetros nunca le habían parecido tan largos.
Sus brazos empezaron a arder a los quinientos metros. Sofi tosía contra su pecho, su cuerpo sacudiéndose violentamente.
—¡Ya vamos a llegar! ¡No te duermas, Sofi! ¡Mírame!
Marcos corrió por avenidas donde los coches pasaban zumbando, esquivando microbuses que le pitaban. El sudor le entraba en los ojos, le ardía. Sus pulmones quemaban, pero no por el esfuerzo, sino por la angustia. Si paro, ella deja de respirar. Si paro, ella se muere.
Llegó a la sala de urgencias del IMSS empapado, con las venas del cuello saltadas, gritando.
—¡Ayuda! ¡Mi hermana no respira!
Los enfermeros se la quitaron de los brazos y corrieron hacia adentro. Marcos se derrumbó en las sillas de plástico de la sala de espera, temblando incontrolablemente. Su mamá llegó veinte minutos después, llorando, habiendo conseguido un “aventón” con un vecino.
—¿Cómo está? ¿Dónde está?
—Están adentro, ama. La están estabilizando.
Pasaron tres horas. Tres horas eternas mirando el reloj de pared, el piso sucio, las caras de sufrimiento de las otras personas esperando.
Finalmente, salió un doctor joven, con ojeras.
—¿Familiares de Sofía Ramírez?
—Nosotros —saltó Doña Rosa.
—Ya está estable. Fue una crisis severa por el frío y la falta de medicamento. Le pusimos oxígeno y nebulizaciones. Pero necesita un tratamiento de base, señora. Sus pulmones están muy débiles. Necesita estos medicamentos —le extendió una receta— y no los tenemos en farmacia ahorita. Tienen que comprarlos por fuera. Cuestan como mil quinientos pesos.
Mil quinientos pesos.
Doña Rosa tomó la receta con manos temblorosas.
—Doctor… no tenemos…
—Señora, si no se los da, la próxima crisis puede ser un paro respiratorio. Consiga el dinero como sea.
Salieron del hospital de madrugada. Sofi ya respiraba mejor, pero dormía profundamente en brazos de su madre. Caminaron de regreso porque no había dinero para taxi.
Al llegar a la casa oscura, iluminados solo por una vela, Don Ramón estaba sentado en la mesa, con la cabeza entre las manos. Había llegado del trabajo y se había encontrado la casa vacía.
—¿Está bien? —preguntó al verlos entrar.
—Sí, Ramón. Pero necesitamos mil quinientos pesos para mañana.
Ramón se pasó las manos por la cara, desesperado.
—No los tengo, Rosa. Me pagaron la semana, pero con lo del corte de luz y la comida… me quedan doscientos pesos. Pedí un adelanto y el patrón me mandó al diablo.
El silencio cayó sobre la familia. Era el silencio de la pobreza absoluta, esa que te asfixia despacio.
Marcos miró sus tenis Nike azules, que descansaban en un rincón. Estaban sucios de lodo y sangre seca de algún raspón.
—Voy a vender los tenis —dijo Marcos de repente.
Todos voltearon a verlo.
—¿Qué? —preguntó su mamá.
—Los tenis que me dio el profe. Son de marca. En el tianguis me dan unos ochocientos o mil varos por ellos si los limpio bien. Con eso y lo que tiene mi papá, compramos la medicina.
—Pero Marcos… —su papá lo miró con los ojos aguados—. La carrera es en una semana. Sin tenis no puedes correr. Y sin correr… adiós al premio de los veinte mil.
—Sofi es primero, pa. El dinero del premio es un volado. La medicina es segura.
Nadie discutió. No podían. Era la lógica brutal de la supervivencia.
A la mañana siguiente, Marcos faltó a la escuela. Lavó los tenis con un cepillo de dientes hasta que quedaron impecables. Los metió en una bolsa y se fue al mercado de “La Bola”.
Caminó entre los puestos de ropa usada y chácharas. El corazón se le estrujaba con cada paso. Esos tenis eran sus alas. Eran su boleto de salida. Pero la imagen de Sofi azul y sin aire era más fuerte.
Llegó a un puesto donde compraban y vendían tenis de marca. El dueño, un tipo con tatuajes en el cuello y dientes de oro, los examinó.
—Están buenos, chavo. Pero traen desgaste en la suela. Te doy quinientos.
—Deme ochocientos, jefe. Son originales. Me urgen para una medicina.
—Seiscientos y me estoy arriesgando.
—Setecientos y trato hecho.
El tipo escupió al suelo y sacó un fajo de billetes mugrosos.
—Sale pues. Setecientos.
Marcos entregó los tenis. Sintió que le arrancaban un pedazo de piel. Tomó el dinero y corrió a la farmacia. Compró los inhaladores y las pastillas. Llegó a casa y se los dio a su mamá.
—Toma, ama. Ya está.
Doña Rosa lo abrazó llorando.
—Perdóname, hijo. Perdóname por no poder darte más.
—No pasa nada, ama. Estoy bien.
Esa tarde, Marcos fue a ver al Profe Beto. Tenía que decirle que estaba fuera. Que se había acabado.
Llegó a la pista con sus viejos tenis de tela rotos, amarrados con el cable rojo.
Beto estaba marcando la pista con cal.
—¡Ya llegaste! Órale, a calentar que hoy toca… —Beto se detuvo al ver los pies de Marcos—. ¿Y los tenis? ¿Qué pasó? ¿Te los robaron?
Marcos negó con la cabeza, mirando al suelo.
—Los vendí, profe.
Beto soltó la bolsa de cal.
—¿Qué hiciste qué? ¡Marcos, la carrera es en seis días!
—Mi hermana se puso mala anoche. Casi se muere. Necesitábamos lana para la medicina. No hubo de otra.
Marcos levantó la cara. Tenía los ojos secos, pero la mirada llena de dolor.
—Perdón, profe. Le fallé. Ya no puedo correr. Con estos tenis viejos no aguanto ni cinco kilómetros, se me van a deshacer.
Beto se quedó en silencio un largo rato. El viento levantaba remolinos de polvo en la pista. El viejo entrenador miró al chico flaco, malcomido, que acababa de sacrificar su único sueño por su familia.
Beto no sintió decepción. Sintió un orgullo tan grande que le apretó la garganta.
—Tienes razón —dijo Beto suavemente—. Con esos tenis no vas a ganar.
Se agachó y empezó a desamarrarse sus propios tenis. Eran unos Brooks viejos, grises, modelados por años de uso, pero con una suela indestructible.
—Estos tenis corrieron el Maratón de Boston en el 98 —dijo Beto, quitándoselos—. Tienen más kilómetros que un taxi del aeropuerto. Tienen mi sudor, mi sangre y mis mañas.
Se levantó y se quedó en calcetines sobre la tierra. Le extendió los zapatos a Marcos.
—Pruébatelos.
—Profe… no puedo… usted los usa para…
—¡Póntelos, carajo! —gritó Beto, con los ojos brillantes—. Yo ya no corro para ganar, Marcos. Yo corro para no oxidarme. Tú… tú corres para vivir.
Marcos se quitó sus trapos viejos y metió los pies en los zapatos de Beto. Le quedaban un poco grandes, pero se sentían… diferentes. No se sentían nuevos y rebotantes como los Nike. Se sentían pesados, estables, sabios. Se sentían como si tuvieran historia.
—Ajústalos bien —dijo Beto—. Marcos, escúchame. No vas a correr con tenis nuevos. Vas a correr con mis tenis. Y mis tenis no saben rendirse. Así que más te vale que tú tampoco sepas.
Marcos asintió, incapaz de hablar por el nudo en la garganta.
—Ahora, a entrenar. Diez vueltas. ¡Vámonos!
Los días siguientes fueron una locura. La historia de Marcos se empezó a filtrar en el barrio. La señora de los tamales le regaló un desayuno: “Pa que agarres fuerza, mijo”. El carnicero le regaló medio kilo de bistec: “Pa los músculos”.
Un día antes de la carrera, al salir de la chamba en la Central, el dueño de una pequeña fonda donde Marcos a veces comía sobras, le dio un sobre.
—Unos clientes me oyeron platicar de ti. Me dejaron esto.
Eran 50 pesos y una nota en una servilleta: “Rífatela, chavo. Demuéstrales quién manda”.
Esa noche, antes del gran día, Marcos estaba sentado en su cama, lustrando los tenis viejos de Beto.
Su papá entró al cuarto. Se veía cansado, pero tenía una luz diferente en los ojos.
—Hijo —dijo Don Ramón, sentándose a su lado—. Mañana no voy a poder ir a verte. No me dieron el día en la gasolinera.
—No te preocupes, pa. Lo entiendo.
Don Ramón metió la mano en su bolsillo y sacó algo. Era un reloj Casio de plástico negro, de esos que venden en el metro a cincuenta pesos.
—No es un reloj inteligente como el de los ricos —dijo su papá, poniéndoselo en la muñeca a Marcos—. Pero marca el tiempo igual. Para que sepas cuánto te falta para llegar. Estoy orgulloso de ti, Marcos. Ganes o pierdas. Eres un hombre cabal.
Marcos durmió esa noche abrazado a sus tenis.
Soñó que corría. Pero no corría en una pista. Corría sobre las nubes, sobre la ciudad gris, sobre las casas de lámina. Y a su lado no iba Sebastián, ni los corredores kenianos. Iba una chica que no conocía, una chica de pelo largo que lo miraba con gratitud.
El despertador sonó a las 4:00 AM.
Llegó el día.
Marcos se vistió en silencio. Se puso su short más cómodo, su camiseta de la suerte (la única que no tenía agujeros visibles) y se amarró los tenis de Beto con fuerza.
Se miró al espejo roto del baño.
Vio a un chico flaco, pobre y cansado. Pero también vio a un guerrero.
—Hoy cambia todo —se dijo a sí mismo.
Salió a la calle. El frío de la mañana ya no le molestaba. Se sentía fuego por dentro. Caminó hacia la estación del metro para irse a la línea de salida en el centro de la ciudad.
En su bolsa llevaba una botella de agua rellena, un plátano y el corazón de toda su familia.
Iba a correr contra el hambre. Iba a correr contra Sebastián. Iba a correr contra el destino.
Y no tenía idea de que la verdadera prueba no sería cruzar la meta primero, sino detenerse cuando más importaba.
PARTE 3: CUANDO EL CORAZÓN PESA MÁS QUE LAS PIERNAS
CAPÍTULO 5: LA JUNGLA DE ASFALTO
El amanecer en la Ciudad de México el día del Gran Maratón tenía ese color gris metálico característico de la contaminación mezclada con la neblina fría. La Avenida Reforma, usualmente un río de tráfico y cláxones, se había transformado en un mar de cuerpos humanos vibrando de adrenalina. Había más de treinta mil almas apiñadas detrás del arco de salida frente al Ángel de la Independencia, rebotando sobre las puntas de sus pies para mantener el calor, exhalando vapor como locomotoras ansiosas.
Marcos se sentía minúsculo.
Estaba parado en el corral de salida “C”, lejos de la élite, rodeado de corredores amateurs que traían lo último en tecnología: relojes Garmin que costaban más que la casa de Marcos, cinturones de hidratación con geles de carbohidratos importados, y tenis de fibra de carbono que brillaban bajo las luces de las farolas. Él, en cambio, llevaba su camiseta de algodón gris lavada mil veces, sus shorts de fútbol y los tenis viejos y pesados que el Profe Beto le había heredado.
—No te fijes en ellos —le había dicho Beto minutos antes, mientras le untaba pomada de árnica en las pantorrillas—. Ellos traen equipo, tú traes hambre. Y el hambre corre más rápido.
Marcos cerró los ojos y trató de bloquear el ruido: la música electrónica a todo volumen, la voz del animador gritando por los altavoces, las risas nerviosas de la gente. Visualizó la cara de su hermana Sofi. Visualizó los billetes de veinte mil pesos. Es por ella. Es por la luz. Es por la comida.
A unos cincuenta metros adelante, en la zona VIP de salida, estaba Sebastián “El Mirrey”. Marcos alcanzaba a ver su cabeza engominada sobresaliendo entre el grupo. Se estaba tomando selfies con su iPhone 15, riendo con otros chicos de su club privado. Parecía que iba a un día de campo, no a una guerra de 42 kilómetros. Y más adelante, en la primera fila, junto a los kenianos, estaba ella: Marisol.
Marcos la había visto en las revistas deportivas que Beto guardaba. “La Princesa del Asfalto”, le decían. Hija de don Ernesto Cantú, el dueño de medio Monterrey y socio mayoritario de la cadena de tiendas deportivas que patrocinaba la carrera. Marisol tenía 17 años, entrenaba en Colorado Springs con ex-olímpicos y tenía la presión de un apellido que pesaba toneladas sobre sus hombros delgados. Se veía tensa, golpeándose los muslos, con la mirada perdida en el horizonte.
—¡DIEZ SEGUNDOS! —tronó el audio.
El corazón de Marcos se detuvo un instante.
Pum.
El disparo de salida.
La masa humana rugió y comenzó a moverse. Al principio fue un trote lento, un embudo de gente empujándose para cruzar el arco. Marcos tardó dos minutos en cruzar la línea de inicio y activar el cronómetro de su reloj Casio barato.
—Vámonos —susurró.
Los primeros cinco kilómetros fueron un caos. Marcos tuvo que esquivar a gente que corría en zigzag, saltar botellas de agua tiradas y aguantar los codazos. Pero cuando la carrera entró a la zona de Polanco, el grupo se estiró. El aire se volvió más limpio. Marcos encontró su ritmo.
Inhala, exhala. Inhala, exhala.
Sus pies, calzados en los viejos Brooks de Beto, golpeaban el pavimento con una cadencia hipnótica. No se sentía rápido; se sentía inevitable.
En el kilómetro 15, Marcos empezó a cazar.
Era una sensación primitiva. Veía una espalda a lo lejos, fijaba la vista en ella y, poco a poco, como un depredador paciente, la alcanzaba y la rebasaba. Pasó a señores de cuarenta años que resollaban como locomotoras. Pasó a jóvenes con audífonos que cantaban. Pasó a los “fresas” que habían salido muy rápido y ahora pagaban el precio.
En el kilómetro 21, medio maratón, el sol ya estaba alto y pegaba duro. El smog empezaba a quemar la garganta. Marcos tomó una bolsa de agua, se echó la mitad en la cabeza y bebió el resto. Sus piernas ardían, pero era un dolor conocido, un viejo amigo.
Y entonces lo vio.
A unos cien metros adelante, la figura inconfundible de Sebastián. El “Mirrey” ya no se veía tan arrogante. Su zancada se había acortado, sus hombros estaban caídos y su cabeza se balanceaba de lado a lado.
Marcos apretó el paso. No por venganza, sino por justicia poética.
Cuando se emparejó con él, Sebastián volteó. Tenía la cara roja, bañada en sudor, y los ojos desorbitados por el esfuerzo.
—¿Qué hubo, carnal? —le dijo Marcos, sin detenerse, apenas girando la cabeza—. ¿Te pesan los tenis caros?
Sebastián intentó responder, intentó acelerar, pero su cuerpo no le obedeció. Hizo un gesto de rabia y frustración, pero Marcos ya era solo una espalda gris alejándose. Lo dejó atrás, tragando polvo y humildad.
Kilómetro 30. “El Muro”.
Dicen que el maratón empieza en el kilómetro 30. Es cuando el glucógeno se acaba, cuando el cuerpo le grita al cerebro que se detenga, que es una locura seguir. Es cuando los demonios salen a jugar.
Marcos sentía que le clavaban agujas en los cuádriceps. Sus pulmones eran dos bolsas de fuego.
Me duele. Ya no puedo.
—¡Sofi! —gritó internamente—. ¡Acuérdate de Sofi! ¡Acuérdate de la luz cortada! ¡Acuérdate de mamá llorando!
Ese pensamiento fue gasolina pura. Marcos ignoró el dolor y siguió empujando. Ya estaba en el top 10 general. La gente en las banquetas le gritaba cosas: “¡Vamos, flaco!”, “¡Échale huevos, mijo!”, “¡Ya es tuyo!”.
Pero él no escuchaba. Sus ojos estaban fijos en el vehículo guía que iba a unos quinientos metros adelante.
Ahí iban los líderes. Los kenianos volaban, inalcanzables. Pero detrás de ellos, luchando por el podio femenil y juvenil, iba Marisol.
Marcos notó algo raro en su forma de correr.
Desde lejos, se veía descompuesta. Su brazo izquierdo colgaba raro. Su cabeza se inclinaba hacia atrás, mirando al cielo, como si buscara aire donde no lo había.
“Va tronada”, pensó Marcos con su instinto de corredor. “Se quemó antes de tiempo”.
Entraron al Bosque de Chapultepec. Los árboles daban sombra, pero también encerraban el calor y la humedad. El público aquí era escaso; era una zona de transición, solitaria y silenciosa.
Marcos se acercó cada vez más. Ya podía escuchar la respiración de Marisol. No era una respiración; era un gemido agónico. Jaaa… jaaa… jiii…
Faltaban dos kilómetros para la meta. Marcos hizo cuentas rápidas en su cabeza nublada por el cansancio. Si mantenía el paso, quedaría en quinto lugar general, pero primer lugar de su categoría juvenil varonil. El premio era suyo. Los veinte mil pesos eran suyos.
—Ya la hice —pensó, sintiendo una sonrisa formarse en sus labios resecos—. Ya la hicimos, ama.
Rebasó a Marisol. Al pasar junto a ella, la miró de reojo.
Lo que vio lo heló más que el viento de la mañana.
Marisol no estaba corriendo; estaba sobreviviendo. Tenía los ojos en blanco, la piel grisácea y seca (signo de golpe de calor severo) y espuma blanca en las comisuras de los labios. No veía el camino. Sus piernas se movían por pura memoria muscular, temblando violentamente.
—¡Estás mal! —le gritó Marcos al pasar—. ¡Bájale!
Ella no respondió. Ni siquiera pareció escucharlo.
Marcos siguió corriendo. “No es mi bronca”, se dijo. “Ella tiene equipo médico. Tiene a su papá rico. Yo necesito el dinero”.
Dio diez pasos más. Veinte.
La meta estaba cerca. Podía oír el rugido lejano del estadio. La gloria estaba ahí.
Y entonces, escuchó el golpe.
No fue un grito. Fue el sonido seco y brutal de un cuerpo colapsando contra el pavimento.
Plaf.
El silencio que siguió fue aterrador.
Marcos se detuvo. Sus tenis viejos derraparon en el asfalto.
Su cerebro le gritaba: ¡Corre! ¡No te pares! ¡Si te paras pierdes el ritmo! ¡Pierdes el dinero! ¡Pierdes a Sofi!
Pero su corazón… su maldito y necio corazón de barrio, ese que aprendió que en la colonia nadie se queda atrás, le gritó otra cosa.
Marcos giró la cabeza.
Marisol estaba tirada en el suelo, convulsionándose levemente. No había nadie cerca. El puesto de auxilio médico estaba a trescientos metros más adelante, en una curva ciega. Los voluntarios estaban distraídos con otro corredor caído más allá.
Ella estaba sola.
—¡Chingada madre! —gritó Marcos al aire, con rabia, con desesperación.
Miró hacia la meta. Miró hacia la chica tirada.
Veinte mil pesos.
Una vida.
Veinte mil pesos.
Una vida.
“No corres con los pies, corres con las tripas”, le había dicho Beto.
Y las tripas de Marcos le dijeron qué hacer.
Dio media vuelta y corrió hacia ella. Adiós, premio. Adiós, luz. Adiós, gloria.
CAPÍTULO 6: EL HÉROE SIN CAPA NI MEDALLA
Marcos llegó junto a Marisol y se arrodilló en el asfalto caliente. El calor que emanaba del cuerpo de la chica era impresionante; era como estar junto a un horno.
—¡Oye! ¡Oye! —le gritó, dándole palmadas suaves en la cara—. ¡Despierta!
Marisol no reaccionaba. Sus ojos estaban vueltos hacia atrás, y balbuceaba cosas incoherentes.
—Papá… no… el tiempo… tengo que…
—¡Olvida el tiempo! —le dijo Marcos, desesperado.
Buscó ayuda con la mirada.
—¡Médico! ¡Ayuda aquí! —gritó con todas sus fuerzas, pero su voz salió rasposa y débil.
Nadie lo escuchó. Estaban en un tramo muerto del bosque, una “tierra de nadie” entre dos puntos de control.
Marcos intentó levantarla, pero sus propios brazos temblaban. Llevaba 40 kilómetros en las piernas. Estaba vacío.
“Si la dejo aquí para ir a buscar al médico, se puede broncoaspirar. O le puede dar un paro”, pensó. Recordaba las lecciones de primeros auxilios que daban en la brigada vecinal.
—Ni modo, flaca —masculló Marcos, apretando los dientes—. Nos vamos juntos.
Hizo un esfuerzo sobrehumano. Pasó el brazo de Marisol por encima de su cuello, agarró su cintura y tiró hacia arriba.
El peso fue brutal. No porque ella fuera pesada, sino porque Marcos ya no tenía fuerzas. Sus piernas gritaron. Sintió un calambre en el gemelo derecho que casi lo tira al suelo, una bola de dolor que le subió hasta la cadera.
—¡Aaaahhh! —gruñó, pero no la soltó.
Empezó a caminar.
Ya no corría. Caminaba. Arrastraba los pies.
Paso. Paso. Paso.
Marisol estaba semi-inconsciente, colgando de él como una muñeca de trapo.
—No te mueras, por favor no te mueras —le repetía Marcos—. Si te mueres, mi mamá me mata por perder el dinero a lo güey.
Los corredores que venían detrás empezaron a pasarlos.
Uno, dos, diez, veinte.
Marcos veía sus espaldas alejarse. Veía cómo se iba el primer lugar. El segundo. El tercero. El décimo.
Cada corredor que lo rebasaba era un billete de mil pesos que se iba volando.
Sintió lágrimas de impotencia mezclándose con el sudor. Lágrimas calientes y saladas.
—Soy un pendejo —sollozó en voz baja—. Soy un pendejo.
Pero seguía caminando. Sosteniendo a la chica.
Llegaron a la curva. Ahí estaba el puesto médico. Un paramédico, un chavo joven con chaleco naranja, estaba de espaldas llenando un reporte.
—¡Ayuda! —gritó Marcos, cayendo de rodillas, ya sin poder sostenerla más.
El paramédico volteó y corrió hacia ellos.
—¡Código rojo! —gritó a su radio—. ¡Tengo una corredora colapsada! ¡Posible golpe de calor severo!
Ayudó a Marcos a acostar a Marisol en el pasto. Le levantaron las piernas. Le pusieron hielo en el cuello y las axilas.
Marcos se quedó ahí, arrodillado, respirando como un animal herido, viendo cómo la atendían.
Vio cómo Marisol abría los ojos un poco, confundida. Vio cómo el color regresaba lentamente a su cara.
—Está estable —dijo el paramédico después de unos minutos eternos—. La salvaste, carnal. Si se quedaba tirada allá atrás cinco minutos más con esta temperatura… no la cuenta.
El paramédico miró a Marcos.
—Oye, tú también te ves mal. ¿Quieres que te revise? Siéntate.
Marcos miró hacia la meta. Faltaban mil metros.
Miró su reloj. El tiempo de los ganadores ya había pasado hacía mucho.
—No —dijo Marcos, poniéndose de pie con dificultad. Sus piernas eran de gelatina—. Tengo que terminar.
—Pero ya no vas a ganar nada —le dijo el paramédico, con sinceridad brutal.
Marcos sonrió tristemente, una mueca torcida en su cara sucia.
—Ya sé. Pero no corrí 42 kilómetros para quedarme en el pasto.
Se dio la vuelta y empezó a trotar.
Fue el trote más lento y doloroso de su vida. Era un trote patético, cojo, encorvado.
La gente que quedaba en las vallas lo miraba con extrañeza. Veían a un chico sucio, llorando, arrastrando los pies. No sabían que acababa de salvar una vida. Solo veían a un perdedor.
Entró a la recta final.
No hubo aplausos. La música estaba para otros. El locutor anunciaba los nombres de los ganadores que ya estaban en el podio recibiendo sus cheques gigantes.
Marcos cruzó la meta.
Nadie le puso una medalla en el cuello. Tuvo que agarrarla él mismo de una mesa donde las apilaban.
Caminó hacia la zona de recuperación, solo, sintiéndose el ser más miserable del planeta.
Buscó con la mirada al Profe Beto.
Lo encontró recargado en una valla de metal, lejos del tumulto.
Marcos se acercó, arrastrando los pies, con la cabeza gacha. No se atrevía a mirarlo a los ojos.
—Perdón, profe —susurró, con la voz rota—. Perdí. La tenía ganada y la dejé ir. Soy un fracaso.
Esperaba el regaño. Esperaba la decepción. Esperaba que le dijera “te lo dije”.
Pero sintió unos brazos fuertes que lo rodeaban. El Profe Beto lo abrazó, apretándolo contra su pecho huesudo. Marcos se soltó a llorar ahí mismo, en el hombro de su entrenador, sacando toda la frustración, el miedo por Sofi, la rabia de la pobreza.
—Cállate, chamaco —le dijo Beto al oído, con la voz temblorosa—. Cállate. Te vi en la pantalla gigante. Vi lo que hiciste.
Beto se separó y lo tomó por los hombros, obligándolo a mirarlo. El viejo entrenador tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Cualquier idiota puede ganar una carrera si tiene piernas rápidas, Marcos. Pero se necesita un hombre de verdad para detenerse. Hoy no ganaste la medalla de oro, hijo. Pero ganaste algo que el dinero no compra.
—El dinero sí compra medicinas, profe —sollozó Marcos—. ¿Qué le voy a decir a mi mamá?
—Le vas a decir la verdad. Y si ella no lo entiende, yo se lo explico. Pero no te atrevas a agachar la cabeza. Hoy fuiste el mejor corredor de esta maldita ciudad. ¿Me oíste?
Se fueron de ahí caminando despacio. Marcos con su medalla de “finalista” en la mano, no en el cuello.
Pasaron junto a la zona VIP. Había fotógrafos, cámaras de televisión, gente gritando. Sebastián estaba ahí, presumiendo su medalla de tercer lugar, sonriendo falsamente para las cámaras.
Nadie miró a Marcos.
Nadie notó al chico de los tenis viejos que se iba cojeando hacia el metro, con las manos vacías pero con el alma llena de cicatrices.
El mundo siguió girando, indiferente.
Marcos llegó a su casa esa tarde, destruido.
Su mamá lo esperaba en la puerta.
—¿Cómo te fue? —preguntó ansiosa.
Marcos sacó la medalla barata y la puso en la mesa.
—Quedé en quinto lugar, ama. No gané el dinero.
Doña Rosa se quedó callada un momento. La desilusión cruzó su rostro, rápida y cruel, pero luego suspiró y lo abrazó.
—Lo intentaste, mijo. Lo intentaste. Gracias a Dios estás bien. Ya veremos qué hacemos. Dios proveerá.
Esa noche, Marcos no pudo dormir por el dolor de piernas. Se quedó mirando el techo, pensando en la chica. ¿Habría sobrevivido? ¿Estaría bien?
“Ni siquiera me dijo gracias”, pensó con amargura.
Pero no sabía que la historia no había terminado. No sabía que su gesto había sido grabado por la cámara de seguridad del puesto médico. No sabía que el padre de Marisol, el hombre más poderoso de la industria, estaba en ese momento viendo el video una y otra vez, buscando al chico de la sudadera gris.
El silencio de esa noche en el barrio era engañoso. Era la calma antes de la tormenta. Porque el karma, a veces, solo a veces, tarda un poco en llegar, pero cuando llega, llega en Cadillac.
PARTE 4: LA META INVISIBLE Y LA RECOMPENSA DEL ALMA
CAPÍTULO 7: EL SILENCIO DEL QUINTO LUGAR
El lunes siguiente al maratón, Marcos no quería levantarse de la cama. Y no era solo porque sus cuádriceps se sentían como si alguien los hubiera masticado y escupido, o porque tuviera ampollas del tamaño de monedas de diez pesos en los talones. Era porque el peso del fracaso era más denso que la colcha de tigre que lo cubría.
En el barrio, las noticias vuelan, pero las malas noticias viajan en jet supersónico.
Cuando salió de su casa para ir a la escuela, cojeando visiblemente, notó las miradas.
Doña Chonita, la de la tienda de abarrotes, estaba barriendo la banqueta. Se detuvo al verlo.
—Buenos días, Marquitos —dijo, con un tono que mezclaba lástima y reproche—. Ay, mijo… tanto nadar para morir en la orilla, ¿verdad? Me dijo mi nuera que te vieron llegando casi al último.
Marcos asintió, tragándose la vergüenza seca que se le atoraba en la garganta.
—Sí, doña Chonita. No se pudo.
—Pues ni modo. A seguirle echando ganas a la escuela, que de correr no se vive.
Llegar a la Secundaria Técnica 45 fue peor.
El pasillo principal parecía un juicio sumario. Marcos caminaba con la cabeza gacha, abrazando su mochila contra el pecho como un escudo.
Sebastián “El Mirrey” no iba en su escuela, gracias a Dios, pero el chisme había trascendido códigos postales. Y peor aún, en la escuela estaba el Kevin y su pandilla, que olían la debilidad como tiburones.
—¡Ese mi campeón! —gritó el Kevin desde las escaleras, haciendo que todo el patio volteara—. ¡Un aplauso para el “Rayo de Ecatepec”! Oigan, ¿es cierto que te paraste a descansar? ¿Te dio el mal del puerco o qué?
Las risas estallaron como petardos. Eran risas crueles, adolescentes, de esas que no perdonan.
—Dicen que te rebasaron hasta los viejitos, güey —añadió otro—. Tanto que te creías con tus tenis prestados.
Marcos no respondió. Apretó la mandíbula hasta que le dolieron las muelas. Quería gritarles. Quería decirles: “¡Me paré porque una chava se estaba muriendo! ¡La cargué medio kilómetro! ¡Le salvé la vida!”.
Pero, ¿de qué serviría?
En su mente, la lógica era brutal y simple: No había ganado el dinero. La luz en su casa seguía cortada (su papá había tenido que colgarse con un “diablito” peligroso para tener un foco). La medicina de Sofi se había comprado vendiendo sus tenis buenos. El resultado final era cero.
Explicar que fue un héroe sonaba a excusa de perdedor. “El hubiera no existe”, pensó.
Entró al salón y se sentó en su banca al fondo.
A la hora del recreo, buscó al Profe Beto. Necesitaba devolverle algo.
Encontró al entrenador en el cuartito de material deportivo, inflando unos balones viejos.
Marcos sacó de su mochila los tenis Brooks grises. Los había limpiado la noche anterior, tallando cada mancha de asfalto y pasto.
—Aquí están, profe —dijo, dejándolos sobre el escritorio—. Gracias por el paro.
Beto dejó el balón y miró los zapatos, luego a Marcos.
—¿Por qué esa cara larga, hijo?
—Porque soy la burla de la escuela, profe. Y porque en mi casa siguen comiendo frijoles con gorgojo.
Beto suspiró y se sentó en una silla de metal que rechinó bajo su peso.
—Marcos, siéntate.
—Tengo clase de mate, profe.
—¡Siéntate!
Marcos obedeció.
—Escúchame bien —dijo Beto, señalándolo con un dedo calloso—. La gente siempre va a hablar. Si ganas, dicen que hiciste trampa o que tuviste suerte. Si pierdes, dicen que eres un mediocre. La gente habla porque tienen boca, no porque tengan cerebro. Tú sabes lo que hiciste. Yo sé lo que hiciste. Y te apuesto lo que quieras a que la chica sabe lo que hiciste.
—Pero la chica no paga la renta, profe.
—La dignidad no tiene precio, Marcos. Y lo que tú tienes se llama integridad. Eso vale más que los veinte mil pesos. Tarde o temprano, la vida te da el cambio.
Marcos asintió por respeto, pero por dentro pensaba: “La integridad no compra el gas”.
Los siguientes dos días fueron grises. Una rutina deprimente de ir a la escuela, aguantar las burlas, ir a la Central de Abastos a cargar cajas (ahora con las piernas adoloridas, lo que hacía el trabajo un infierno), y regresar a casa a ver la cara de preocupación de sus padres.
El miércoles por la tarde, el calor estaba insoportable.
Marcos estaba en la azotea de su casa, ayudando a su papá a poner impermeabilizante (una mezcla de jabón y alumbre, porque no había para el de marca) antes de que llegaran las lluvias.
Desde allá arriba, se veía toda la calle: los perros sarnosos durmiendo a la sombra, los niños jugando fútbol con una botella de plástico, y las señoras platicando en las puertas.
De repente, el ritmo de la calle cambió.
Fue como si alguien hubiera bajado el volumen de la tele.
Los niños dejaron de jugar. Los perros levantaron las orejas. Las señoras se callaron.
Un coche acababa de entrar a la calle.
No era un Tsuru tuneado ni una combi ruidosa.
Era una camioneta Cadillac Escalade negra, inmensa, blindada, con los vidrios polarizados tan oscuros que parecían espejos negros. Brillaba tanto bajo el sol que parecía que no tocaba el polvo del pavimento. Detrás de ella, venía un sedán Mercedes Benz gris plata.
—¡Ah, caray! —dijo Don Ramón, soltando la brocha—. ¿Y esos quiénes son? ¿Narcos? ¿Políticos?
En el barrio, ver coches así usualmente significaba problemas. O venían a cobrar piso, o venían a levantar a alguien.
—Bájate, Marcos —dijo su papá con voz tensa—. Métete a la casa.
Pero Marcos se quedó congelado viendo cómo la caravana avanzaba lento, esquivando los baches con una elegancia ridícula.
Los coches se detuvieron.
Justo frente a su puerta.
Marcos sintió que el corazón se le salía por la boca. ¿Qué habían hecho? ¿Debían algo?
Vio cómo se abría la puerta del chofer de la Cadillac. Bajó un tipo enorme, de traje negro y lentes oscuros, con un chícharo en la oreja. El tipo rodeó la camioneta y abrió la puerta trasera.
Primero bajó un bastón.
Luego, una chica.
Llevaba un vestido sencillo de verano, color azul cielo, y el brazo izquierdo en un cabestrillo. Tenía el pelo suelto y la cara lavada.
Marcos dejó de respirar.
Era ella.
Era la chica del maratón.
Detrás de ella bajó un hombre. Alto, imponente, de unos cincuenta años. Vestía un traje gris que costaba probablemente más que toda la cuadra junta. No llevaba corbata, pero su camisa blanca estaba impecable. Tenía el porte de alguien que está acostumbrado a que el mundo se mueva cuando él lo ordena.
—¡Marcos! —gritó su mamá desde abajo—. ¡Te buscan!
Don Ramón y Marcos bajaron las escaleras de caracol de la azotea tropezándose. Don Ramón se limpiaba las manos llenas de impermeabilizante en el pantalón, nervioso. Doña Rosa se quitaba el delantal apresuradamente.
Abrieron la puerta de lámina que rechinó horriblemente.
Ahí, en la banqueta rota, entre el polvo y el olor a drenaje, estaba parada la realeza empresarial de México.
El hombre alto se quitó los lentes de sol. Tenía ojos amables pero penetrantes.
—Buenas tardes —dijo, con una voz educada y firme—. Buscamos a la familia Ramírez. ¿Buscamos a Marcos?
Marcos dio un paso al frente, sintiéndose pequeño con su camiseta manchada de “impermeabilizante” casero.
—Soy yo —dijo.
La chica, Marisol, dio un paso adelante. Se veía diferente sin la ropa deportiva y el sudor de la agonía. Se veía… humana.
—Hola, Marcos —dijo ella, con una sonrisa tímida—. Creo que te fuiste muy rápido el domingo. No me diste chance de decirte gracias.
CAPÍTULO 8: LA CARRERA DE LA VIDA
El interior de la casa de Marcos nunca se había sentido tan pequeño.
Doña Rosa corría de un lado a otro, avergonzada por el desorden, por las paredes sin pintar, por las sillas de plástico que ofreció a las visitas.
—¿Gustan un vasito de agua? ¿Una Coca? Perdón, no tenemos otra cosa —decía, con las manos temblorosas.
—Agua está perfecto, señora. Gracias —dijo el señor Cantú, sentándose en la silla de plástico con una naturalidad que desarmó la tensión.
Marisol se sentó frente a Marcos.
—Mi papá es don Ernesto Cantú —dijo ella—. Y bueno, yo soy Marisol.
Marcos asintió, mudo. Sabía quién era Ernesto Cantú. Su nombre salía en las noticias financieras. Dueño de Grupo Cantú, constructoras, tiendas deportivas, filantropía.
—Marcos —empezó don Ernesto, tomando el vaso de agua que le ofreció Doña Rosa como si fuera la mejor bebida del mundo—. Voy a ir al grano. Mi hija me contó lo que pasó. Pero las palabras se quedan cortas. Quiero que vean esto.
Sacó una tablet de su portafolios de cuero. La puso sobre la mesa, sobre el mantel de hule floreado.
Le dio play a un video.
Era una toma de una cámara de seguridad, granulada pero clara. Se veía la curva del bosque. Se veía a Marisol tambaleándose y cayendo. Se veía a los corredores pasándole por un lado, ignorándola.
Y luego, entraba Marcos a cuadro.
Se veía cómo se detenía. Cómo miraba la meta y luego a la chica. Se veía la lucha interna en su lenguaje corporal. Y se veía cómo regresaba, la cargaba y caminaba con ella.
Doña Rosa se tapó la boca con las manos y empezó a llorar en silencio al ver a su hijo cargar el peso muerto. Don Ramón puso una mano sobre el hombro de Marcos, apretando fuerte.
—Hijo… —murmuró don Ramón—. Nunca nos dijiste que fue así. Dijiste que la ayudaste, no que la cargaste.
—Vi el video veinte veces —dijo don Ernesto, con la voz un poco quebrada—. Y cada vez que lo veo, me pregunto si yo hubiera hecho lo mismo. La respuesta honesta es que no lo sé. En este mundo, Marcos, la gente corre por lo suyo. Nadie se detiene.
Don Ernesto miró a Marcos a los ojos.
—Salvaste la vida de mi única hija. Los médicos dijeron que tenía un golpe de calor fulminante. Si hubiera estado ahí tirada diez minutos más, sus riñones hubieran colapsado. Tú le regalaste tiempo. Y el tiempo es lo único que el dinero no puede comprar.
Marcos bajó la mirada, incómodo con tanto elogio.
—Hice lo que tenía que hacer, señor. En mi barrio no dejamos tirada a la gente.
Don Ernesto sonrió.
—Eso veo. Y por eso estoy aquí. No vengo a pagarte, porque una vida no tiene precio. Vengo a invertir.
Sacó una carpeta azul.
—Marcos, he hablado con el consejo directivo de la Universidad del Valle y del Tecnológico de Monterrey. Tienes una beca completa, al 100%, para la preparatoria y la universidad que tú elijas. Incluye manutención, libros y transporte. Tu educación está resuelta de por vida.
Doña Rosa soltó un gemido y se abrazó a Don Ramón.
—Pero eso no es todo —continuó don Ernesto—. Una beca no llena el refrigerador hoy. Don Ramón, Doña Rosa… sé que son gente trabajadora. Tengo una planta de distribución a veinte minutos de aquí. Necesito un jefe de almacén de confianza y una supervisora de control de calidad. Son puestos de base, con seguro social, prestaciones superiores a la ley y sindicato. Si les interesa, los contratos están aquí.
Don Ramón tomó los papeles. Sus manos callosas, manchadas de grasa y pintura, temblaban. Leyó el sueldo propuesto. Era cuatro veces lo que ganaba en la gasolinera.
—Señor… nosotros no tenemos estudios… —dijo Ramón, con la voz ahogada.
—No busco títulos, Ramón. Busco los valores que le enseñaron a este muchacho. Eso no se aprende en la escuela. Eso se mama en la casa. Si Marcos es así, es por ustedes.
Hubo un silencio cargado de emoción. Era el sonido de cadenas rompiéndose. Cadenas de deudas, de miedo, de incertidumbre.
Entonces, Marcos habló.
—¿Y el Profe Beto?
Todos voltearon a verlo.
—¿Quién? —preguntó don Ernesto.
—Mi entrenador. El Profe Alberto. Él me prestó los tenis para correr porque yo vendí los míos para comprar medicina. Él me enseñó que se corre con el corazón. Si yo recibo algo, él también tiene que recibir algo. Él es parte de esto.
Don Ernesto soltó una carcajada genuina.
—Increíble. Te ofrecen el cielo y tú preguntas por tu maestro. Me gusta. ¿Dónde está ese Profe Beto?
—En la escuela.
—Pues vamos por él.
La escena en la Secundaria Técnica 45 fue de película. La camioneta negra entró al patio de tierra, levantando polvo. Los alumnos salieron de los salones. El director salió corriendo, pensando que era una inspección federal o un secuestro.
Marcos bajó de la camioneta junto con don Ernesto.
Encontraron a Beto en la pista, marcando líneas con cal.
—Profe —dijo Marcos.
Beto se enderezó, secándose el sudor. Vio al hombre de traje.
—¿Qué pasó, Marcos? ¿Te metiste en problemas?
—Al contrario, profe. Le presento al señor Cantú.
Don Ernesto le estrechó la mano a Beto.
—Señor Alberto, he oído maravillas de usted. Marcos dice que usted es el arquitecto de su carácter.
—Yo solo le enseñé a mover las patas, señor. Lo demás ya lo traía —dijo Beto, humilde.
—Bueno, pues quiero ofrecerle un trabajo. Quiero que sea el visor principal de talento para mi fundación deportiva. Quiero que busque más “Marcos” en los barrios. Le daremos presupuesto, equipo y un sueldo digno. Nadie con su ojo debería estar marcando canchas con cal.
Beto miró la pista de tierra, luego a Marcos, y finalmente a don Ernesto.
—Acepto. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Que arreglen esta pista. Los chavos se rompen los tobillos aquí. Pónganos tartán del bueno.
Don Ernesto sonrió y le dio la mano.
—Trato hecho. El lunes empiezan las obras.
EPÍLOGO: DOS AÑOS DESPUÉS
El sol brillaba sobre el Estadio Olímpico Universitario. Era la final nacional de los Juegos Juveniles.
Las gradas estaban llenas.
En el carril 4, calentando, estaba Marcos.
Ya no era el niño flaco y desnutrido. Ahora tenía 16 años, su cuerpo era pura fibra muscular, alimentado por una dieta correcta y entrenamientos científicos. Vestía el uniforme azul y oro del equipo representativo.
En las gradas, en primera fila, estaba su familia.
Don Ramón, con una camisa de botones limpia y planchada, gritaba emocionado. Doña Rosa grababa con un celular nuevo, llorando de orgullo. Sofi, sana y fuerte, brincaba con una pancarta que decía: “VAMOS HERMANO”.
Junto a ellos, el Profe Beto, con un cronómetro profesional y una chamarra que decía “Head Coach”, anotaba tiempos en una tablet.
Y un poco más allá, en el palco, estaba Marisol y don Ernesto, saludando con la mano. Marisol había dejado de correr competitivamente, pero ahora estudiaba medicina deportiva. “Para ayudar a los que se caen”, decía ella.
El disparo de salida sonó.
Marcos salió disparado. Su técnica era impecable. Volaba sobre el tartán.
Ya no corría con miedo. Ya no corría para pagar la luz. Ya no corría huyendo del hambre.
Corría por placer. Corría por gloria.
Cruzó la meta en primer lugar, rompiendo el récord nacional juvenil.
El estadio estalló en aplausos.
Esta vez, sí hubo fotos. Sí hubo medallas. Sí hubo entrevistas.
Pero cuando todo terminó, cuando las luces se apagaron y la gente se fue, Marcos se quedó solo en la pista un momento.
Se sentó en el tartán y abrió su mochila deportiva de marca.
Sacó una caja vieja de cartón.
Abrió la tapa.
Adentro estaban unos tenis Brooks grises, viejos, con la suela gastada y manchados de sangre seca y asfalto. Los tenis con los que cargó a Marisol. Los tenis que no se rindieron.
Marcos sonrió y tocó la tela gastada. No los usaba para correr, pero siempre los llevaba a las carreras. Eran su brújula. Le recordaban de dónde venía y por qué corría.
A lo lejos, vio a un niño de unos doce años, barriendo las gradas. El niño miraba a Marcos con admiración, pero sus tenis… Marcos vio sus tenis. Eran de tela, rotos, con un dedo asomándose.
Marcos cerró la caja, se levantó y caminó hacia el niño.
—¿Cómo te llamas, carnal? —preguntó Marcos.
—Pedro —dijo el niño, asustado.
—¿Te gusta correr, Pedro?
—Sí, pero no tengo con qué.
Marcos sonrió. Recordó ese día, hacía años, cuando el Profe Beto le cambió la vida con una caja de zapatos.
—Pues hoy es tu día de suerte —dijo Marcos.
Pero no le dio los tenis viejos. Le dio sus tenis de competencia, los nuevos, los que acababan de ganar el oro.
—Tómalos. Están sudados, pero tienen magia.
—¿Y usted? —preguntó el niño, con los ojos como platos.
Marcos miró hacia la salida, donde su familia y Beto lo esperaban.
—Yo tengo otros —dijo, palmeando su mochila donde guardaba los viejos Brooks—. Y tengo mucho camino por delante. ¡Órale, a correr!
El niño se puso los tenis y salió disparado por la pista, riendo.
Marcos caminó hacia el túnel de salida. No necesitaba mirar atrás. Sabía que la carrera nunca termina, solo se pasa la estafeta. Y mientras hubiera alguien dispuesto a detenerse para ayudar a otro, la carrera valía la pena.
(FIN)