El forense se enamoró de la chica muerta que llegó a su mesa, pero al hacer el primer corte descubrió un secreto aterrador en su anatomía que lo obligó a secuestrar el cadáver para escapar de una red de corrupción policial.

PARTE 1: LA MUERTE DE LA INOCENCIA

CAPÍTULO 1: EL FUNERAL DEL VIOLÍN

El sonido del metrónomo era una tortura china, un golpeteo seco y rítmico que se clavaba en mi cerebro como un picahielo: Tic, tac, tic, tac. Cada golpe resonaba en las paredes altas de aquella vieja casona en el corazón de Coyoacán, una casa que olía permanentemente a cera para madera, a humedad de cantera vieja y a la loción de lavanda barata que usaba mi abuela.

—¡Otra vez, Santiago! ¡Desde el compás treinta y dos! —gritó mi abuela, Doña Refugio, golpeando su bastón de caoba contra la duela del suelo. El ruido fue como un disparo en el silencio de la tarde—. ¡Ese vibrato suena como un gato atropellado en Periférico! ¡En esta familia somos músicos de conservatorio, descendientes de concertistas, no mariachis de cantina de mala muerte! ¡Endereza la espalda, niño, pareces signo de interrogación!

Apreté los dientes con tanta fuerza que sentí un tirón en la mandíbula. Tenía catorce años, una edad en la que la mayoría de los chavos de mi cuadra estaban jugando retas de fútbol en el parque, aprendiendo a patinar o yéndose de pinta para comer esquites con las niñas de la secundaria. Yo no. Yo estaba ahí, atrapado en ese salón que parecía un museo, con mis dedos llenos de callos duros como piedras. No eran callos de trepar árboles ni de agarrar el control del Xbox; eran las marcas de guerra de ese maldito violín que costaba más que el Tsuru desvencijado de mi papá.

Mi vida estaba programada minuto a minuto, como si fuera una partitura militar. A las 6:00 AM arriba, desayuno ligero (porque “un músico no toca bien con la panza llena”, decía la abuela), escuela, y en cuanto sonaba el timbre de salida, correr para alcanzar el pesero, llegar a casa, comer en quince minutos y encerrarme con el violín o ir al conservatorio. Si me hubieran preguntado, incluso si me despertaban a las tres de la mañana con un cubetazo de agua helada, qué era lo que más odiaba en este mundo, habría respondido sin titubear: la música. Odiaba a Mozart, detestaba a Bach, y si Vivaldi reviviera, yo mismo lo regresaría a la tumba.

Pero nadie lo sabía. Era mi secreto más oscuro, mi carga silenciosa.

Mi mamá, la pobre, me miraba con ojos llorosos de orgullo cada vez que tocaba en las reuniones familiares de Navidad. Se le llenaba la boca diciendo: “Miren a mi Santi, es un prodigio”. Mi papá, un contador gris y callado que trabajaba doble turno para pagar las clases particulares con el Maestro ruso que cobraba en dólares, solo asentía cansado, creyendo que estaba invirtiendo en mi futuro. Y mi abuela… bueno, Doña Refugio vivía sus sueños frustrados de ser solista en Bellas Artes a través de mis manos. Ella era la generala de este ejército de un solo hombre. Si les decía la verdad, si les confesaba que quería quemar el violín en una hoguera, les daría un infarto colectivo ahí mismo, entre los retratos al óleo de mis bisabuelos (todos con instrumentos en mano) que nos juzgaban desde las paredes.

Yo era un prisionero en mi propia vida, un actor interpretando el papel del “niño genio” para que la familia estuviera contenta. Hasta que ella apareció.

Todo cambió el día que Ángela entró al salón de clases de segundo de secundaria.

Recuerdo el momento con una claridad cinematográfica. El profesor de Historia estaba balbuceando algo sobre la Revolución Mexicana y el Plan de Ayala, y yo estaba dibujando garabatos en mi cuaderno, soñando con estar en cualquier otro lugar. De repente, la puerta se abrió. El prefecto entró seguido de una chica.

Juro por mi vida, y por la virgencita que mi mamá tenía en la cocina, que el tiempo se detuvo. No es una frase cursi de telenovela del Canal de las Estrellas. Fue real. El polvo que flotaba en los rayos de sol que entraban por la ventana se quedó quieto. El ruido de los camiones sobre la avenida se apagó.

Ángela. Así dijo que se llamaba.

Tenía el cabello negro, lacio y brillante como el azabache, cayendo sobre sus hombros con una naturalidad que hipnotizaba. Su uniforme estaba impecable, pero tenía ese aire rebelde, con la falda un poquito más corta de lo permitido y una pulsera de estoperoles en la muñeca. Cuando sonrió para presentarse, sentí que me faltaba el aire. Tenía una sonrisa que podría iluminar el Zócalo entero en plena noche del Grito de Independencia.

Desde ese día, mi rutina infernal se volvió un poco más soportable, solo porque sabía que al día siguiente la vería en la escuela. Pero claro, yo sabía mi lugar en la cadena alimenticia de la secundaria. Yo era “El Músico”, “El Mozart”, el “Ratón de Biblioteca”. Era el chico pálido, flacucho por falta de sol, que siempre cargaba ese estuche negro en la espalda como si fuera una joroba, oliendo a madera vieja y resina.

Ángela era inalcanzable. Era de las populares, de las que se juntaban en el recreo con los chavos que jugaban básquet y traían tenis Jordan. Yo comía mi torta de jamón en una esquina, repasando partituras mentalmente para que mi abuela no me regañara en la tarde.

Sin embargo, los adolescentes somos estúpidos y valientes por naturaleza. Las hormonas te hacen creer que los milagros existen. Pasé una semana entera ensayando frente al espejo del baño. No practicaba escalas ni arpegios, practicaba cómo decir “Hola”.

—Hola, Ángela —decía, tratando de poner voz de galán de cine—. ¿Qué onda, Ángela? —intentaba, buscando sonar casual—. Quiúbole, ¿cómo estás? —demasiado barrio, pensaba.

Finalmente, un martes a la salida, bajo el sol inclemente de mayo que derretía el asfalto de la Ciudad de México, me armé de un valor que no sabía que tenía. La vi parada junto a la reja de la salida, comprando un congelada de uva. Estaba sola, esperando a alguien. Era mi momento. O ahora o nunca.

Me acomodé la correa del estuche del violín, me limpié el sudor de las manos en el pantalón escolar y caminé hacia ella. Sentía que las piernas me temblaban como gelatina. Mi corazón latía tan fuerte que temía que ella pudiera escucharlo y pensar que yo era un fenómeno.

—Hola, Ángela —dije. Mi voz salió, para mi horror, dos octavas más aguda de lo normal. Un gallo traicionero en el peor momento posible.

Ella se giró, chupando su congelada, y me miró con esos ojos grandes y oscuros. Hubo un segundo de silencio donde analizó mi existencia.

—Hola… —dijo lentamente, haciendo una burbuja con su chicle—. Tú eres el del violín, ¿no? El que nunca va a las tardeadas.

Sentí una chispa de esperanza. ¡Sabía quién era! No era invisible.

—Sí, soy Santiago —respondí, tratando de recuperar la compostura—. Oye… este… me preguntaba si… bueno, vivimos por el mismo rumbo, por los Viveros, ¿no? Me preguntaba si podría acompañarte a tu casa. Digo, para que no te vayas sola.

El silencio que siguió duró una eternidad. El ruido del tráfico, los cláxones de los taxis y los gritos de los vendedores ambulantes parecieron subir de volumen, como la banda sonora de una tragedia inminente. Ángela me miró fijamente, y luego, soltó una carcajada.

No fue una risa cruel de villana de Disney. Fue peor. Fue una risa genuina, divertida, natural. Una risa que decía “qué chiste tan bueno”.

—¿Tú? —preguntó, mirándome de arriba abajo con una mezcla de lástima y diversión—. Ay, Santiago. No inventes.

Dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal, y con un dedo índice perfectamente manicurado, tocó mi pecho flaco.

—Mírate, güey. Estás re-flaquito. Si viene un viento fuerte, te va a llevar volando como papalote hasta Xochimilco y voy a tener que ir a bajarte de un ahuehuete.

Sus amigas, que acababan de llegar y escucharon la última parte, soltaron las risitas burlonas. Sentí cómo la sangre se me subía a la cara, caliente y punzante. Quería que la tierra se abriera y me tragara ahí mismo, junto al puesto de dulces.

—Además —continuó Ángela, rematando mi dignidad—, si nos salen los cholos de la esquina, ¿qué vas a hacer? ¿Tocarles una serenata para que se duerman? No, gracias. Voy a tener que defenderte yo a ti con mi mochila. Mejor me voy sola, me siento más segura. Bye, Mozart.

Se dio la vuelta, su cabello negro ondeando como una bandera de victoria, y se alejó con sus amigas, riéndose.

—”¿Tocarles una serenata?” —escuché que repetía una de ellas entre carcajadas.

Me quedé ahí, plantado en medio de la banqueta, con el sol quemándome la nuca y el estuche del violín pesándome como una lápida de mármol. Me sentí menos que nada. Me sentí ridículo. Un payaso con un instrumento caro que no quería, tratando de impresionar a una chica que veía en mí a un debilucho.

El camino a casa fue borroso. Subí al pesero, pagué mi pasaje y me fui de pie, apretujado entre una señora con bolsas del mercado y un señor que olía a cemento. Todo el trayecto, las palabras de Ángela rebotaban en mi cabeza: “Si viene un viento fuerte te lleva”“Voy a tener que defenderte yo a ti”.

Llegué a la casa de mi abuela hirviendo de rabia. No era tristeza, era una furia volcánica que nacía desde el estómago. Entré y ahí estaba ella, Doña Refugio, sentada en su sillón de terciopelo verde, con el metrónomo ya encendido sobre la mesita. Tic, tac, tic, tac.

—Llegas tarde, Santiago —dijo sin levantar la vista de su revista de sociales—. Diez minutos tarde. Eso es indisciplina. Un músico indisciplinado es un músico mediocre. Saca el violín, vamos a repasar el segundo movimiento. Y afina bien, que ayer estabas desafinado en el La.

Miré el violín. Miré el arco. Miré a mi abuela con su abanico y su mirada severa, esa mirada que había controlado mi vida desde que tenía memoria. Y algo se rompió dentro de mí. No fue una cuerda. Fue el miedo. Fue el respeto ciego.

—No —dije. Fue un susurro, pero en esa sala resonó como un trueno.

Mi abuela levantó la vista lentamente, ajustándose los lentes.

—¿Qué dijiste?

—Dije que no —repetí, más fuerte, sintiendo cómo las lágrimas de coraje se agolpaban en mis ojos—. No voy a tocar.

—No me levantes la voz, escuincle igualado. Saca ese violín ahora mismo o…

—¡NO! —grité. El grito me desgarró la garganta.

Con un movimiento brusco, me quité el estuche de la espalda. Mi abuela abrió los ojos como platos. Abrí los broches con manos temblorosas, saqué el violín, ese instrumento italiano del siglo XIX que mi abuela veneraba más que a sus propios hijos, y lo levanté por el mástil.

—¡Santiago, detente! ¡¿Qué haces?! —chilló ella, intentando levantarse del sillón.

—¡Odio la música! —bramé, liberando años de frustración—. ¡Odio el violín! ¡Odio el conservatorio! ¡Te odio a ti por obligarme!

Y con todas mis fuerzas, estrellé el violín contra la esquina de la mesa de centro de madera maciza.

¡CRAAAAACK!

El sonido fue espantoso y hermoso al mismo tiempo. La madera crujió, las cuerdas se reventaron con un latigazo sordo, el puente salió volando. El cuerpo del violín quedó hecho astillas, destrozado en el suelo.

El silencio que siguió fue absoluto. Solo se escuchaba mi respiración agitada.

Mi abuela se llevó la mano al pecho, su cara se puso pálida como un papel.

—¡Mi violín! ¡El violín de tu abuelo! —balbuceó, y luego, con una teatralidad digna de un Óscar, puso los ojos en blanco—. ¡Ay! ¡Ay, mi corazón! ¡Virgen Santísima, el niño se volvió loco! ¡Me muero!

Se desplomó en el sillón, jadeando.

Mi mamá salió de la cocina corriendo, con las manos llenas de masa de tortillas, horrorizada.

—¡Santi! ¡Mamá! ¿Qué pasó? —gritó al ver la escena: el violín destruido y la abuela medio desmayada.

Mi papá apareció en el marco de la puerta, con su portafolios en la mano, recién llegado del trabajo. Se quedó mudo, mirando los restos del instrumento más caro que habíamos tenido jamás.

Pero yo no me detuve a explicar. No me importaba si a la abuela le daba el soponcio, no me importaba si mi papá me castigaba hasta los treinta años.

—¡Se acabó! —les grité a todos—. ¡No vuelvo a tocar esa porquería nunca más!

Corrí a mi cuarto, azoté la puerta con tal fuerza que el marco vibró, y le eché doble seguro. Me tiré en la cama y lloré. No lloré por el violín. No lloré por el castigo que venía. Lloré de rabia, de vergüenza por lo de Ángela, y de alivio.

Ese día, en esa habitación oscura, mientras escuchaba los gritos de mi mamá llamando al doctor para la abuela, murió Santiago el músico. Murió el niño débil que necesitaba que lo defendieran.

Y juré, por mi vida, que me convertiría en alguien a quien nadie, nunca más, se atrevería a mirar con lástima.


CAPÍTULO 2: DE LA SANGRE A LA FORMOL

La rebelión no fue gratuita; me costó sangre, sudor y lágrimas, literalmente.

Las siguientes dos semanas en casa fueron un infierno en vida. Mi abuela Doña Refugio se instaló en su cama, en modo “mártir agonizante”. Se la pasaba oliendo un pañuelo empapado en alcohol y bebiendo litros de té de tila. Cada vez que pasaba por su cuarto, gemía: “Ahí va el asesino de mi ilusión, el que me va a llevar a la tumba”. Mi mamá, atrapada en medio del fuego cruzado, lloraba por los rincones y prendía veladoras a San Judas Tadeo para las “causas difíciles”, pidiendo que el demonio de la rebeldía abandonara mi cuerpo.

Mi papá, sin embargo, tuvo una reacción que no esperé. Una noche, entró a mi cuarto. Yo estaba acostado, mirando al techo, esperando el regaño del siglo sobre el costo del violín. Él se sentó en la orilla de la cama, suspiró y se aflojó la corbata.

—Estuvo caro el chistecito, Santiago —dijo con voz grave.

—Lo sé, pa. Perdón. Trabajaré para pagarlo.

—No se trata del dinero, hijo. Se trata de… —se detuvo, buscando las palabras—. Mira, tu abuela es… intensa. Pero si de verdad odias tanto la música, si de verdad te hace tan infeliz, entonces no tienes por qué hacerlo.

Me senté de golpe, sorprendido.

—Pero… ¿y la tradición? ¿Y el abuelo?

—A la fregada la tradición —dijo mi papá, y fue la primera vez que le escuché decir una grosería en casa—. Yo quería ser arquitecto y terminé de contador porque mi papá decía que la arquitectura no dejaba dinero. No quiero que te pase lo mismo. Pero eso sí, Santiago: si dejas la música, tienes que hacer algo. No te quiero de vago echando la hueva en la casa. Tienes que buscar una disciplina.

—Quiero ser fuerte —respondí de inmediato. La imagen de Ángela y su burla seguía tatuada en mi cerebro—. Quiero meterme a deportes. Boxeo, natación, lo que sea. Pero quiero dejar de ser el flaco que se lleva el viento.

Y así empezó mi transformación.

Me inscribí en un gimnasio de barrio, uno de esos que huelen a sudor rancio y a hierro oxidado, donde entrenaban boxeadores de verdad, no niños fresas. Al principio, regresaba a casa molido. Traía la nariz sangrando, los ojos morados y las costillas adoloridas casi diario.

Mi abuela, cuando me veía llegar así, se persignaba frenéticamente.

—¡Jesús de Veracruz! ¡Pareces delincuente! ¡Te van a matar esos salvajes! —gritaba desde su “lecho de muerte”—. ¡Manos que eran para acariciar el violín, ahora son para golpear carne! ¡Qué desperdicio!

Pero yo sonreía con la boca hinchada. Cada golpe que recibía y cada golpe que aprendía a dar me hacía sentir más vivo que cualquier sonata de Beethoven. Mi cuerpo empezó a cambiar. Dejé de ser el fideo pálido. Mis hombros se ensancharon, mi espalda se hizo fuerte gracias a la natación, y mis manos, antes delicadas, se volvieron firmes y callosas, pero de otra manera.

La escuela también cambió. Ángela nunca me hizo caso, claro, se fue con un tipo de prepa que tenía moto, pero los demás dejaron de molestarme. Ya no era “Mozart”. Ahora era Santiago, el que te podía romper la nariz si te pasabas de listo.

Los años pasaron volando entre libros y entrenamientos. Cuando llegó el momento de elegir carrera universitaria, la “Tercera Guerra Mundial” estalló en la sala de la casa.

Estábamos cenando pozole. Mi mamá, siempre optimista, sacó el tema.

—Bueno, mijo, ya vas a acabar la prepa. ¿Qué has pensado? Todavía puedes entrar a la Facultad de Música, tienes el talento…

—No, mamá —corté en seco.

—Bueno, entonces… ¿Medicina? —preguntó ella con esperanza—. Doctor es muy respetable. Un cardiólogo, tal vez. O pediatra, que te gustan los niños.

Dejé la cuchara en el plato. Miré a mi abuela, que me observaba con desaprobación, y a mi papá, que esperaba atento.

—Voy a estudiar Medicina —dije. Mi mamá sonrió aliviada—. Pero me voy a especializar.

—¿En qué? —preguntó mi papá.

—Medicina Legal. Voy a ser forense. Patólogo.

El silencio en la mesa fue sepulcral. Se escuchaba hasta el zumbido del refrigerador. Mi abuela soltó su tostada, que cayó al plato salpicando caldo rojo por todos lados.

—¿Qué? —susurró horrorizada—. ¿Abrir muertos? ¿Trabajar con cadáveres podridos? ¡Santiago, por el amor de Dios! Eso es… eso es sucio. Es macabro. ¡Te vas a llenar de malas vibras! ¡Los muertos jalan a los vivos!

—Alguien tiene que averiguar por qué murieron, abuela —dije con firmeza—. Los muertos no mienten. Los vivos sí. Los vivos te dicen que te aman y luego se burlan de ti. Los vivos son corruptos, mentirosos y crueles. Los muertos… los muertos solo quieren contar su verdad. Y yo voy a ser quien los escuche.

A pesar de los llantos, de las mandas a la Villa y de que mi abuela le decía a sus amigas que yo estudiaba “algo de biología” para no pasar vergüenzas, lo hice. Me gradué con honores. Y no como cualquier médico de consultorio bonito en Polanco, sino como uno de los mejores legistas del Servicio Médico Forense (SEMEFO) de la Ciudad de México.

Diez años después de haber roto ese violín, ahí estaba yo. El Doctor Santiago, o como me decían algunos colegas a mis espaldas: “El Muerto”.

Mi “oficina” no tenía ventanas con vista a la ciudad. Estaba en el sótano, con paredes de azulejo blanco, iluminación fluorescente que parpadeaba y un sistema de ventilación que apenas lograba disimular el olor a muerte y químicos. Pero era mi reino.

—No sé cómo puedes comer eso aquí, te cae —dijo Iván, haciendo una mueca de asco y tapándose la nariz con el antebrazo.

Iván era comandante de la policía ministerial, mi mejor amigo desde la prepa y el único ser humano que entraba a mi laboratorio sin vomitar. Estaba sentado en la silla de visitas, intentando no mirar hacia las tres planchas de acero inoxidable que tenía detrás de mí, dos de las cuales estaban ocupadas por cuerpos cubiertos con sábanas blancas.

—Son tacos de suadero, Iván. De los de “El Paisa”, aquí a la vuelta. Son los mejores de la colonia —dije, dándole una mordida generosa a mi taco, con la salsa roja escurriendo peligrosamente cerca de mi bata—. Y no te preocupes, los muchachos de atrás ya no tienen hambre, así que no me van a pedir.

—Eres un asco, Santiago. De verdad. Tienes el estómago de acero o el cerebro podrido. No sé cómo no te has vuelto loco aquí abajo.

—Prefiero a mis “pacientes” —señalé con la cabeza hacia los cuerpos—. Ellos no se quejan, no te demandan si te tardas, no llegan tarde a la cita y, lo más importante, guardan secretos que solo yo puedo descubrir. Son más honestos que cualquier político que entrevistas tú allá arriba.

Iván suspiró y su expresión cambió. La sonrisa burlona se le borró y se frotó la cara con cansancio. Se veía jodido. Tenía unas ojeras profundas, la camisa arrugada y esa mirada de perro apaleado que yo conocía bien.

—¿Qué traes, güey? —pregunté, dejando el taco a un lado y limpiándome las manos con una servilleta de papel—. No veniste hasta el sótano solo a criticar mi gastronomía. ¿Broncas con Laura?

Iván se recargó en el respaldo de la silla y miró al techo.

—Laura se fue, Santiago. Agarró sus cosas, agarró al niño y se fue a casa de su mamá a Cuernavaca. Dice que ya no aguanta mi trabajo, el peligro, que nunca estoy. Que o dejo la policía o me manda los papeles del divorcio.

—Híjole, hermano. Lo siento. Pero ya sabes cómo es esto. Ella te ama, solo está asustada. Siempre vuelven.

—No sé, carnal. Esta vez va en serio. Me dijo que no quiere criar a un huérfano. Y para colmo… —bajó la voz y miró hacia la puerta de metal, como asegurándose de que nadie escuchara, aunque solo estábamos nosotros y los cadáveres—, la cosa en la chamba se puso color de hormiga.

—¿Qué pasó? ¿Al Comandante Ramírez lo jubilaron por fin?

—Sí. Y nos mandaron a un tipo del norte. De Tijuana. Un tal Comandante Zúñiga, le dicen “El Buitre”. Es un animal, Santiago. Un déspota de primera. Desde que llegó hace una semana, el ambiente en la comandancia está pesadísimo. Se trajo a sus propios escoltas, no confía en nadie. Y se rumora que trae “acuerdos” con gente muy pesada. Ya sabes a qué me refiero.

Asentí lentamente. En nuestro México mágico, decir que un jefe policíaco tenía “acuerdos” significaba que la línea entre la ley y el narco se había borrado por completo.

—Ten cuidado, Iván. Con esa gente no se juega. Si ese tal Zúñiga anda chueco, lo mejor es hacerse el loco y no meterse.

—Lo sé. Me estoy planteando renunciar. Mandar todo al diablo e irme a Cuernavaca a rogarle a Laura. Poner un puesto de micheladas o algo.

En ese momento, el teléfono rojo en la pared, el que conectaba directo con la recepción de ingresos de cadáveres, sonó con su timbre estridente y molesto. Riiiiing.

—Maldita sea —murmuré, limpiándome la boca—. La hora de la comida se acabó. Ni modo, compadre.

Me levanté y contesté.

—¿Bueno? Aquí Patología.

—Doctor Santiago —la voz del recepcionista sonaba nerviosa, temblorosa—, va para allá un ingreso urgente. Prioridad máxima. Viene… viene con escolta armada.

—¿Escolta? —fruncí el ceño—. ¿Qué, se murió un diputado o qué?

—No me dijeron, Doc. Solo que el Comandante Zúñiga viene personalmente con el cuerpo. Y viene muy alterado, gritando. Quiere que usted lo atienda personalmente. Ya van bajando el elevador.

Sentí un escalofrío. Colgué el teléfono y miré a Iván.

—Hablando del Rey de Roma. Tu nuevo jefe, “El Buitre”, viene para acá. Y trae un cadáver.

Iván se puso pálido como la cera. Se levantó de un salto.

—¿Zúñiga aquí? ¿En el sótano? Eso no es normal, Santiago. Los jefes nunca bajan al hoyo. Nunca. Si él viene personalmente a entregar un cuerpo, es que algo huele muy mal.

—Pues hoy sí viene. Será mejor que te peles por la puerta de atrás. No quieres que te vea aquí perdiendo el tiempo conmigo y comiendo tacos.

Iván asintió, tomó su gorra y me dio una palmada en el hombro.

—Suerte, cabrón. Ten cuidado con lo que dices. Ese tipo está loco.

Iván salió disparado por la puerta de servicio que daba al estacionamiento de ambulancias. Me quedé solo, sintiendo una extraña presión en el pecho. No era miedo exactamente, era… intuición. Esa intuición que desarrollas cuando pasas la vida tocando la muerte. El aire se sentía denso.

Un minuto después, las puertas batientes de la entrada principal se abrieron de golpe, chocando contra la pared. ¡PUM!

Entró un olor fuerte, una mezcla de loción cara, tabaco y alcohol rancio, seguido de tres hombres. Dos eran gorilas con trajes mal ajustados y cara de pocos amigos. En el centro, un tipo corpulento, con bigote espeso, camisa de seda abierta hasta el tercer botón y una cadena de oro, caminaba con arrogancia. Sus ojos estaban inyectados en sangre. Detrás de él, dos camilleros empujaban una camilla con un cuerpo cubierto por una sábana negra. Algo inusual. Las sábanas del SEMEFO son blancas o azules. Esa era negra.

—¿Usted es el forense? —ladró el tipo del bigote, sin siquiera decir buenas tardes. Su voz era rasposa, de fumador empedernido.

—Doctor Santiago. Buenas tardes. Le pediría que no grite, aquí se respeta el silencio de los difuntos.

Zúñiga se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal. Apestaba a tequila añejo. Me miró con desprecio, escaneándome de arriba abajo.

—Mire, doctorcito. No estoy para sus modales de niña. Soy el Comandante Zúñiga. Esta chica —señaló la camilla con un gesto brusco— murió de un paro cardíaco. Sobredosis, seguramente. Una loquita más que se pasó de la raya en la fiesta.

Se limpió el sudor de la frente con un pañuelo.

—Necesito la autopsia y el certificado de defunción ahora mismo. Ya. En caliente. En una hora vienen los de la funeraria “El Ángel”. Su familia quiere cremarla hoy mismo para llevársela a provincia.

—¿Cremarla hoy mismo? —levanté una ceja, cruzándome de brazos—. Comandante, usted sabe la ley. Si es una muerte por sobredosis o violenta, o si hay duda, no se puede cremar tan rápido. Hay que hacer toxicológicos, esperar 48 horas mínimo…

Zúñiga me agarró de la solapa de mi bata blanca y me jaló hacia él con violencia. Pude ver sus pupilas dilatadas. Estaba drogado o borracho, o las dos cosas.

—A mí la ley y los protocolos me los paso por el arco del triunfo, ¿me oyó? —siseó, escupiéndome un poco al hablar—. Usted va a escribir que fue muerte natural por fallo cardíaco congénito. Punto. ¿Entendió o se lo explico con manzanas? Hágalo rápido y no haga preguntas estúpidas. Es por su bien y por su salud. No querrá tener un accidente saliendo de aquí, ¿verdad?

Me soltó con un empujón que me hizo trastabillar.

—Regreso en una hora. Y más le vale que el papel esté listo y firmado.

Hizo una seña a sus gorilas y salieron del laboratorio dejando una estela de amenaza y prepotencia.

Me quedé ahí, con el corazón acelerado y un mal sabor de boca. Corrupción. Pura y dura. Me estaban pidiendo que encubriera un crimen. Pero yo no era un héroe de película de acción, era un forense que quería llegar vivo a su casa.

Suspiré, frustrado. Me acerqué a la camilla.

—Veamos quién eres, pobre niña. Y qué te hicieron esos desgraciados —murmuré.

Me puse los guantes de látex, encendí la luz potente sobre la mesa de autopsias y bajé el cierre de la bolsa negra. Retiré la sábana con cuidado.

Y entonces, el mundo se detuvo por segunda vez en mi vida. Igual que aquella vez en la secundaria.

No podía ser.

La chica que yacía en la plancha de acero, desnuda, pálida como el mármol pero hermosamente perfecta, tenía el rostro de un ángel. Era bellísima. Tenía el cabello negro esparcido sobre el metal frío. Parecía dormida, no muerta. No tenía la rigidez cadavérica (rigor mortis) típica, aunque Zúñiga dijo que había muerto hacía horas.

—Qué desperdicio —pensé con tristeza—. Tan joven.

Tomé el bisturí. Mi mano, usualmente firme como roca, tembló un poco. Tenía que hacer mi trabajo. Tenía que hacer la incisión en “Y” para abrir el tórax, sacar los órganos, pesarlos y volver a cerrar. Un trámite macabro para encubrir al Comandante.

Acerqué la hoja afilada a su piel, justo debajo de la clavícula.

Pero antes de tocarla, noté algo. Algo imposible.

La piel de su cuello, justo sobre la arteria carótida… vibró. Fue un movimiento microscópico. Como el aleteo de una mariposa atrapada.

Me congelé. Solté el bisturí, que cayó con estrépito al suelo metálico, resonando en todo el cuarto: Clang.

—No mames… —susurré.

Me quité el guante derecho frenéticamente y puse mis dedos sobre su cuello. Nada. Frío.

Pero luego, acerqué mi oído a su pecho, pegando mi oreja a su piel helada. Cerré los ojos, conteniendo la respiración.

Silencio.

No, espera.

Muy al fondo, casi imperceptible, como un eco lejano en una cueva profunda: Tum… tum…

Y lo más aterrador, lo que me hizo abrir los ojos desorbitados, no fue que hubiera latido. Fue dónde estaba. El sonido no venía del lado izquierdo del pecho.

Venía del lado derecho.

Situs Inversus. Una condición rarísima donde los órganos están en espejo. Su corazón estaba a la derecha.

Me enderecé de golpe, con el sudor frío recorriéndome la espalda. Miré su rostro. Sus párpados parecieron temblar.

—Santa Madre de Dios —susurré, retrocediendo—. Estás viva. ¡Estás viva!

Zúñiga iba a regresar en menos de una hora para quemarla. Si descubría que estaba viva, la mataría ahí mismo. Y a mí también por testigo.

Tenía 45 minutos para salvarla, burlar a la policía más corrupta de México y sacar un cuerpo “vivo” del edificio más vigilado de la ciudad.

—Iván —dije en voz alta, corriendo hacia el teléfono—. Contesta, cabrón, contesta.


PARTE 2: LA HUIDA DE LA BESTIA

CAPÍTULO 3: CÓDIGO LÁZARO EN LA COLONIA DOCTORES

Mis manos temblaban, pero no era ese temblor de miedo que te da cuando te asaltan en la combi; era un temblor eléctrico, cargado de adrenalina pura. Tenía frente a mí un milagro médico y una sentencia de muerte, todo en el mismo paquete de cincuenta y tantos kilos.

Marqué el número de Iván. Uno, dos, tres timbres.

—¿Qué pasó, Santiago? Ya voy saliendo del estacionamiento, no me digas que se te olvidó darme mi tupper de los tacos… —la voz de Iván sonaba cansada, resignada a volver a su vida rota.

—¡Regresa! —grité, pero mi voz salió como un siseo estrangulado. Carraspeé—. Iván, escúchame bien. Tienes que regresar ahorita mismo. Mete el coche a la rampa de ambulancias, la que está pegada a la salida de residuos biológicos. ¡Ya!

—¿De qué hablas, güey? Si me ve Zúñiga me va a…

—¡Me vale madres Zúñiga! —lo interrumpí, mirando frenéticamente el reloj de pared. Las manecillas avanzaban como si tuvieran prisa—. Iván, la chava… la “muerta”… no está muerta.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio pesado, denso.

—Santiago, deja de decir pendejadas. No estoy para bromas macabras.

—¡No es broma, cabrón! Tiene Situs Inversus. Su corazón está del lado derecho. Le inyectaron algo para bajarle las constantes vitales, seguro un depresor del sistema nervioso, y como estos imbéciles le checaron el pulso o el corazón del lado izquierdo, no encontraron nada. ¡Está viva, Iván! Pero apenas. Y el “Buitre” regresa en cuarenta minutos para quemarla. Si la meten al horno… la van a quemar viva.

Escuché el rechinar de llantas a través del teléfono. Iván había dado un volantazo.

—¡Voy para allá! ¡No le abras a nadie! ¡Cierra la maldita puerta!

Colgué y tiré el teléfono en el escritorio. Me acerqué a ella. Ahora que sabía que estaba viva, la veía diferente. Ya no era un objeto de estudio, era una paciente. Una víctima.

—Aguanta, flaca, aguanta —le susurré, apartando los mechones de cabello negro que le cubrían la frente sudorosa. Estaba fría, peligrosamente fría. Hipotermia inducida por drogas.

Corrí al gabinete de emergencias. El SEMEFO no es un hospital, no tenemos equipo de resucitación avanzado a la mano porque, bueno, nuestros clientes ya no lo necesitan. Pero yo siempre guardaba un kit de primeros auxilios “choncho” para accidentes laborales. Saqué una ampolla de naloxona (por si era opioide lo que le dieron) y otra de atropina.

—No sé qué te metieron, niña, pero vamos a intentar despertarte un poquito —dije, cargando la jeringa.

Busqué una vena en su brazo. Estaban colapsadas. Maldición. Tuve que ir a la yugular. Con una precisión que no sabía que tenía, inyecté una dosis baja de atropina para estimular el corazón.

—¡Vamos, vamos, bombea! —le ordené a su pecho.

Puse el estetoscopio en su lado derecho.
Tum… tum…
El sonido se hizo un poco más fuerte. Tum-tum… Tum-tum…
Respiró. Fue un jadeo ronco, horrible, como si se estuviera ahogando con su propia lengua, pero fue aire entrando a los pulmones.

—Eso es, eso es —la animé, sintiendo un alivio que casi me hace llorar.

En ese momento, la puerta trasera, la de servicio, se abrió con un estruendo metálico. Me giré, agarrando un bisturí como si fuera un puñal, dispuesto a todo.

Era Iván. Entró corriendo, con la pistola desenfundada, mirando a todos lados como si esperara ver al Diablo.

—¿Dónde está? —preguntó, guardando el arma al ver que estábamos solos.

—Aquí. Mira esto.

Iván se acercó a la plancha. Le tomó la mano a la chica.

—Está helada, Santiago.

—Pero viva. Toca aquí —le puse su mano en el lado derecho del pecho de ella. Iván abrió los ojos como platos al sentir el latido débil pero constante.

—¡No mames! —exclamó en un susurro—. Es un milagro. O una maldición. Santiago, si Zúñiga se entera de que fallaron al matarla, va a venir a terminar el trabajo. Y a nosotros nos va a llevar entre las patas por testigos.

—Lo sé. Tenemos que sacarla de aquí. Ahora.

—¿Cómo? —Iván se pasó la mano por el pelo, nervioso—. Hay cámaras en el pasillo principal. La entrada de la morgue tiene guardia. Zúñiga dejó a uno de sus gorilas afuera, en la sala de espera, “vigilando que nadie moleste al doctor”. Estamos atrapados en una ratonera.

Me quedé pensando. Mi mente trabajaba a mil por hora, repasando los planos del edificio, los horarios, las rutinas.

—El cambio de turno de limpieza —dije de repente—. Es a las 3:30. En diez minutos.

—¿Y eso qué?

—Entran por la rampa de residuos, donde dejaste el coche. Sacan los contenedores de basura biológica grandes, esos tambos azules con ruedas. Y meten los vacíos. Es el único momento en que se hace un desmadre en el pasillo de servicio y el guardia de la entrada no ve esa zona porque está tragando torta.

Iván me miró, entendiendo el plan.

—¿La vas a sacar en la basura? Santiago, ten un poco de respeto.

—Es eso o que la cremen, tú dirás.

No hubo más discusión. Iván corrió al cuarto de intendencia y trajo uno de los contenedores grandes de plástico azul, esos que usamos para la ropa sucia y batas contaminadas. Estaba limpio, por suerte.

—Ayúdame —le dije.

Entre los dos, levantamos el cuerpo inerte de la chica. Pesaba poco, pero se sentía frágil, como si se fuera a romper. La acomodamos dentro del contenedor con cuidado, flexionando sus piernas. La cubrí con varias batas limpias y puse una bolsa de toallas encima para disimular.

—¿Y el aire? —preguntó Iván.

—La tapa no sella hermético. Tendrá aire para diez minutos. Es suficiente.

—¿Y qué vas a hacer tú? —Iván me miró fijamente—. Si Zúñiga entra y ve la mesa vacía…

Ese era el problema. Si yo me quedaba, me mataban para que les dijera dónde estaba el cuerpo. Si me iba, me convertía en fugitivo.

Miré mi oficina. Mis diplomas en la pared, mi taza de café favorita, mi vida entera construida alrededor de la muerte.

—Me voy contigo —dije, quitándome la bata blanca manchada de sangre y salsa de suadero. La tiré al suelo—. Se acabó el Doctor Santiago del SEMEFO.

—Vámonos.

Iván empujó el contenedor. Salimos al pasillo trasero. El corazón me latía en la garganta. Escuchaba las voces de los de intendencia acercándose por el otro lado.

—¡Apúrate, Chuy, que ya quiero irme! —gritaba alguien a lo lejos.

—¡Aguanta, que se atoró la llanta!

Aprovechamos el ruido. Iván empujaba el carrito con una naturalidad pasmosa, fingiendo que hablaba por celular. Yo caminaba a su lado, con mi mochila al hombro, intentando no correr. Pasamos frente a la cámara de seguridad del pasillo de carga.

—Baja la cabeza —susurró Iván.

Llegamos a la rampa. El sol de la tarde nos golpeó la cara. El aire de la calle, lleno de smog y polvo, nunca me había parecido tan dulce. El coche de Iván, un Jetta gris discreto, estaba estacionado con la cajuela abierta, tapando la visión desde la caseta de vigilancia.

—Rápido. Uno, dos, tres.

Sacamos a la chica del contenedor y la metimos en el asiento trasero del Jetta. Iván la cubrió con una manta que traía en la cajuela.

—Tú maneja, yo me voy atrás con ella —dijo Iván—. Si nos paran, es mi esposa y se siente mal. Soy policía, tengo la “charola”.

Me subí al asiento del conductor. Mis manos sudaban sobre el volante.

—¿A dónde vamos? —pregunté, encendiendo el motor.

—A mi casa no, ahí me van a buscar primero. A la de tu mamá tampoco.

—A la casa de Coyoacán —dije—. La casona de mi abuela. Está sola desde que ella murió el año pasado. Nadie sabe que me la heredó a mí, todos piensan que se vendió. Es una fortaleza vieja.

—Coyoacán será. ¡Písale, Santiago!

Arranqué el coche justo cuando vi por el retrovisor una camioneta negra blindada entrando al estacionamiento principal del SEMEFO. Era Zúñiga. Había llegado antes.

—¡Mierda! ¡Ahí está! —grité.

—¡No te pares! ¡Dale normal, no quemes llanta! —ordenó Iván.

Salí del complejo con el corazón en la boca, mezclándome con el tráfico de la Avenida Cuauhtémoc. Miré por el espejo. La camioneta negra se detuvo en la entrada. Nadie nos siguió. Por ahora.

Habíamos burlado al Diablo, pero ahora traíamos su tesoro en el asiento de atrás.


CAPÍTULO 4: LA CASA DE LOS SECRETOS

El trayecto hacia Coyoacán fue una pesadilla de tráfico y paranoia. Cada sirena de patrulla que escuchaba a lo lejos me hacía saltar. Cada motociclista que se nos pegaba mucho me parecía un sicario. La Ciudad de México es un monstruo de mil cabezas, y sentía que todas nos estaban mirando.

—¿Cómo va? —pregunté, mirando por el retrovisor.

Iván tenía la cabeza de la chica en su regazo, tomándole el pulso constantemente.

—Sigue igual. Respiración superficial. Pero está ardiendo en fiebre ahora. Creo que es la reacción a la droga. Necesitamos llegar ya.

—Ya casi. Estamos cruzando División del Norte.

La vieja casona de mi abuela estaba en una calle empedrada, tranquila, rodeada de árboles enormes que daban una sombra eterna. Era una de esas construcciones coloniales de muros gruesos de adobe, techos altos y un portón de madera que pesaba una tonelada. Doña Refugio había muerto hacía un año, dejándome la casa y sus fantasmas. No había vuelto a entrar desde el funeral.

Metí el coche en la cochera, que estaba llena de polvo y telarañas. Cerré el portón manual con desesperación, poniendo la tranca de hierro. La oscuridad nos envolvió.

—Ayúdame a subirla —dijo Iván.

La casa olía a encierro, a ese olor característico de “abuela”: naftalina, madera vieja y recuerdos estancados. Llevamos a la chica a la que había sido mi habitación de adolescente, la misma donde rompí el violín hacía tantos años. Acostamos su cuerpo inerte sobre la cama.

—Necesito luz, agua caliente y toallas. Y alcohol —ordené, entrando en modo médico. El miedo se había ido, reemplazado por la necesidad de salvarla.

Iván corrió a buscar las cosas. Yo empecé a revisarla a fondo.

Ahora, con la luz de la lámpara de buró, pude verla bien. Era… irreal. Tenía facciones finas, pestañas larguísimas y una boca que, incluso pálida y morada, denotaba carácter. En su brazo derecho tenía un moretón feo, en forma de dedos. Alguien la había agarrado con fuerza brutal. Y en el muslo, el pinchazo de la inyección.

—Malditos —mascullé.

Iván regresó con un botiquín que encontró en el baño y una botella de tequila.

—No encontré alcohol del 96, pero este Tequila Herradura sirve para desinfectar o para darnos valor —dijo intentando bromear, aunque estaba pálido.

—Sirve.

Pasamos las siguientes cuatro horas en vela. Le puse paños fríos para la fiebre, le inyecté suero (que siempre llevaba en mi mochila de emergencias) para hidratarla y limpiar la droga de su sistema. Iván montó guardia en la ventana, mirando hacia la calle a través de las cortinas de encaje.

—¿Crees que sepan que fuimos nosotros? —preguntó Iván, rompiendo el silencio.

—No hay cámaras dentro de la sala de autopsias. Solo saben que el cuerpo no está. Y que yo no estoy. Sumarán dos más dos.

—Entonces somos hombres muertos caminando.

—Si ella despierta y nos dice qué pasó, tal vez tengamos algo con qué negociar. O con qué hundirlos.

—O tal vez solo sepamos por qué nos van a matar —Iván tomó un trago largo de la botella de tequila.

Eran cerca de las ocho de la noche cuando sucedió.

Yo estaba sentado en una silla junto a la cama, cabeceando de cansancio, cuando escuché un gemido.

Me desperté de golpe.

La chica se movía. Arqueó la espalda, como si tuviera dolor, y sus manos se cerraron en puños, arrugando las sábanas viejas.

—¡Iván! ¡Despierta!

Iván se acercó con la mano en la pistola.

La chica abrió los ojos.

Y juro que nunca en mi vida, ni en todos mis años viendo la muerte a la cara, había visto unos ojos así. Eran de un color miel intenso, casi dorados, pero estaban llenos de un terror absoluto, primitivo.

—¡NO! —gritó, con una voz rasposa y débil. Intentó incorporarse, pero estaba muy débil y cayó de nuevo en la almohada—. ¡No, por favor! ¡No diré nada! ¡Déjenme!

Empezó a manotear al aire, peleando contra fantasmas invisibles.

—¡Tranquila! ¡Ey, tranquila! —le dije, tomándola de las muñecas con suavidad pero firmeza para que no se lastimara—. Estás segura. Nadie te va a hacer daño aquí.

Ella me miró, enfocando la vista poco a poco. Su respiración era errática. Me miró a mí, luego a Iván, luego a la habitación desconocida con posters viejos de bandas de rock y un hueco en la pared donde alguna vez colgó un violín.

—¿Dón… dónde estoy? —tartamudeó—. ¿Estoy muerta?

—No, no estás muerta —dije, soltándole las manos y levantando las palmas para mostrar que no era una amenaza—. Soy el Doctor Santiago. Él es Iván. Estás en una casa segura. Te sacamos del SEMEFO.

Al escuchar “SEMEFO”, sus ojos se llenaron de lágrimas.

—La morgue… —susurró—. Recuerdo el frío. Recuerdo que él dijo… dijo que me llevaran a la morgue.

Se cubrió la cara con las manos y empezó a sollozar. Un llanto profundo, desgarrador, de quien ha visto el infierno y ha regresado.

Iván se acercó y le ofreció un vaso de agua.

—Toma, bebe despacio. Necesitas hidratarte.

Ella bebió con avidez, temblando. Cuando terminó, nos miró con desconfianza, como un animalito acorralado.

—¿Quiénes son ustedes? ¿Trabajan para Zúñiga?

—No —dijo Iván con rabia—. Odiamos a Zúñiga. Por eso estás aquí. Él te quería cremar. Te quería desaparecer.

Ella se estremeció.

—Me llamo Anastasia. Me dicen Ana —dijo con voz apenas audible—. Soy… soy violinista. O lo era.

Sentí un golpe en el estómago. ¿Violinista? Miré el espacio vacío en la pared. La ironía del destino era brutal. Un forense que odiaba la música salvando a una violinista.

—Ana —dije suavemente—. Necesitamos saber qué pasó. Para protegerte. Para saber a quién nos enfrentamos.

Ella respiró hondo, cerró los ojos y empezó a hablar. Su relato nos heló la sangre más que cualquier cadáver en la plancha.

—Necesitaba dinero. Mi beca en la orquesta no alcanzaba. Entré a trabajar a una agencia de limpieza “premium”. Nos mandaban a casas de gente rica en las Lomas, en el Pedregal… Ayer me mandaron a una casa en Jardines de la Montaña. Una mansión. Me dijeron: “Limpia todo, va a haber una fiesta, pero tú no veas, no oigas y no hables”.

Ana apretó el vaso hasta que sus nudillos se pusieron blancos.

—Limpié. Pero… entré a un despacho a sacar la basura. No debía entrar ahí. Y vi… vi a ese hombre, al del bigote, a Zúñiga. Estaba con otros dos tipos. Tenían maletas abiertas en el escritorio. Llenas de dinero. Y… y fotos. Fotos de chicas. De niñas.

Iván soltó una maldición en voz baja. Trata de blancas.

—Me vieron —continuó Ana, las lágrimas rodando por sus mejillas—. Intenté correr, pero la casa era enorme. Me atraparon en la cocina. Zúñiga se reía. Dijo que era una lástima, que yo era “material de primera calidad” pero que ya había visto demasiado. Me agarró del brazo…

Se tocó el moretón que yo había visto antes.

—Me inyectó algo en el cuello. Sentí fuego. Luego frío. No podía moverme, no podía hablar, pero escuchaba todo. Escuché cuando dijeron: “Llama a la ambulancia privada, di que le dio un infarto. Llévala con el forense, que arregle los papeles y al horno”. Sentí cuando me metieron en la bolsa. Sentí el cierre cerrarse sobre mi cara. Grité con todas mis fuerzas, pero solo grité en mi mente. Nadie me escuchó.

Hubo un silencio sepulcral en la habitación. Yo sentía una mezcla de horror y una furia asesina que nunca había experimentado. Iván estaba rojo de ira, apretando la mandíbula.

—Escuché tu voz —dijo Ana, mirándome directamente a los ojos. Su mirada me atravesó—. En la morgue. Dijiste: “Veamos quién eres”. Y sentí tu mano. Cálida. Y supe… supe que no eras como ellos. Gracias.

Me quedé mudo. Yo, el hombre que prefería a los muertos porque no hablaban, me sentía desarmado ante la gratitud de esta mujer viva.

—No tienes nada que agradecer todavía —dijo Iván, rompiendo el momento—. Estamos en un lío gordo. Zúñiga no es solo un policía corrupto. Si está metido en trata, tiene una red enorme. No podemos ir a la policía, no podemos ir a la fiscalía. Estamos solos.

—¿Y qué hacemos? —preguntó Ana, mirándonos con terror renovado.

Me levanté y caminé hacia la ventana. Miré la calle oscura, las sombras de los árboles meciéndose con el viento. Recordé lo que mi papá me dijo el día que rompí el violín: “Si dejas la música, tienes que ser fuerte”.

Me giré hacia ellos.

—Iván, ¿tienes los archivos de Zúñiga? ¿Lo que has investigado por tu cuenta?

—Algo tengo. Pero no es suficiente para clavarlo.

—Ana vio el dinero y las fotos. Ella es la testigo clave. Pero necesitamos evidencia física. Necesitamos entrar a esa casa.

—¿Estás loco? —Iván me miró como si me hubiera salido otra cabeza—. ¿Quieres que nos metamos a la boca del lobo?

—No —sonreí, una sonrisa fría, de forense—. Quiero que hagamos lo que mejor sabemos hacer. Tú eres detective. Yo analizo escenas del crimen. Vamos a diseccionar a este bastardo, pieza por pieza. Pero primero, Ana necesita recuperarse. Y necesita un cambio de imagen. Si la buscan, buscan a la chica de pelo negro largo.

Miré a Ana.

—¿Confías en mí?

Ella me sostuvo la mirada. Había miedo, sí, pero también había una chispa de esa fuerza que la había mantenido viva dentro de una bolsa de cadáveres.

—Me sacaste de la tumba, doctor —dijo—. Mi vida es tuya.

En ese momento, el timbre de la casa sonó.

Un timbre largo, insistente. Riiiiiiiiiiiiing.

Los tres nos congelamos. Nadie sabía que estábamos ahí. Nadie.

Iván desenfundó su arma y apagó la luz de un manotazo.

—¿Esperas a alguien? —susurró.

—A nadie —respondí, sintiendo cómo el corazón se me subía a la garganta.

—Entonces —Iván cortó cartucho—, ya nos encontraron.

Nos quedamos en la oscuridad, escuchando cómo alguien golpeaba el pesado portón de madera con fuerza bruta.

¡BUM! ¡BUM! ¡BUM!

—¡Santiago! —gritó una voz desde la calle. No era Zúñiga. Era una voz de mujer, histérica—. ¡Santiago, sé que estás ahí! ¡Abre la maldita puerta!

Reconocí la voz. Sentí que el alma me regresaba al cuerpo, pero solo para traerme un nuevo tipo de problema.

—No puede ser… —murmuré.

—¿Quién es? —preguntó Iván, apuntando a la puerta.

—Es mi mamá.

Iván bajó el arma, confundido.

—¿Tu mamá? ¿Y qué hace aquí a las diez de la noche golpeando como judicial?

—No lo sé. Pero si no le abro, va a tirar la puerta o va a llamar a la patrulla vecinal. Y eso es lo último que queremos.

Bajé corriendo las escaleras, rezando para que mi mamá viniera sola y no con todo el árbol genealógico. Abrí el portón lo justo para asomarme.

Ahí estaba Doña Marta, mi madre, con un abrigo encima de la pijama y los rulos puestos, sosteniendo una cacerola de pozole. Pero su cara no era de visita social. Estaba pálida.

—¡Métete, rápido! —me empujó y entró como un torbellino, cerrando el portón tras de ella.

—Mamá, ¿qué…?

—¡Cállate! —me interrumpió, jadeando—. Fueron a la casa, Santiago. Unos tipos horribles. Preguntaron por ti. Dijeron que te robaste equipo médico. Pero yo vi sus ojos, hijo. Esos hombres no iban por equipo. Iban a matarte. Le dijeron a tu papá que si no aparecías en 24 horas…

Se le quebró la voz. Puso la cacerola en una mesita y me agarró la cara con sus manos heladas.

—¿En qué te metiste, muchacho? ¿Por qué la policía te está buscando como si fueras el Chapo?

—Mamá, es complicado. Tienes que irte. Es peligroso.

—¡Ni madres me voy! —gritó, recuperando ese tono autoritario de las madres mexicanas que hace temblar hasta al diablo—. Tu padre se fue con mis hermanas a esconderse. Yo vine a ver a mi hijo. Y no me voy a mover de aquí hasta que me digas qué está pasando.

En ese momento, Iván bajó las escaleras, ayudando a Ana a caminar. Ana se veía fatal, pálida, descalza, con mi ropa vieja que le quedaba enorme.

Mi mamá se quedó callada. Miró a Iván (a quien conocía de toda la vida), miró a la chica desconocida que parecía un cadáver resucitado, y luego me miró a mí.

Su expresión cambió de miedo a una extraña mezcla de comprensión y shock.

—¿Esa es la chica? —preguntó mi mamá en un susurro—. ¿Por ella te están cazando?

—Sí, mamá. Le salvé la vida. Y ahora nos quieren matar a todos.

Mi madre, Doña Marta, la mujer que lloraba con las telenovelas y que hacía el mejor mole de Coyoacán, se enderezó. Se quitó los rulos de la cabeza con decisión, se arremangó el abrigo y caminó hacia la cocina.

—Bueno —dijo con una calma aterradora—. Pues entonces van a necesitar cenar bien para pelear. Nadie piensa bien con la panza vacía. Iván, asegura esa puerta. Santiago, trae cobijas. Niña, siéntate ahí. Ahorita te sirvo un plato de pozole que te va a revivir mejor que cualquier medicina.

Iván y yo nos miramos. Estábamos jodidos, perseguidos y superados en número. Pero teníamos pozole, teníamos una casa fortaleza y, lo más importante, teníamos a una madre mexicana enojada de nuestro lado.

La guerra acababa de empezar.

CAPÍTULO 5: POZOLE DE GUERRA Y TIJERAS DE COSTURA

El olor a maíz cacahuazintle, orégano y chile guajillo inundó la habitación, peleando contra el olor a humedad y miedo que nos había acompañado las últimas horas. Era surrealista. Afuera, en las calles de Coyoacán, probablemente había patrullas buscando un Jetta gris y a un forense prófugo. Adentro, mi madre, Doña Marta, servía pozole en platos de barro como si fuera una cena de domingo cualquiera, solo que con las cortinas cerradas a cal y canto y una pistola calibre .9mm sobre la mesa, junto al salero.

—Coman —ordenó mi madre, poniendo un plato humeante frente a Ana—. Estás en los huesos, niña. Y pálida como un fantasma. Necesitas hierro y proteína. Ándale, échale limoncito.

Ana miró el plato con desconfianza, luego a mí, y finalmente a mi madre. Sus manos todavía temblaban, pero el instinto de supervivencia ganó. Tomó la cuchara y probó el caldo. Sus ojos se cerraron un momento y soltó un suspiro que pareció desinflarle los hombros tensos.

—Gracias, señora —susurró.

—Dime Marta. O Doña Marta si te quieres poner formal, pero nada de “señora” a secas que me siento vieja. Y tú, Santiago, deja de mirar la ventana como si fueras perro de azotea. Si van a venir, van a venir. Pero no te vas a morir con la panza vacía.

Iván, que había estado revisando su celular con paranoia, finalmente se sentó.

—Su jefa tiene razón, Santiago. Necesitamos energía. Mi contacto en el C5 me mandó un mensaje en clave. Zúñiga boletinó tu foto y la mía. “Sustracción de evidencia” y “Secuestro”. Dice que te llevaste el cuerpo para vender órganos.

—Hijo de la gran… —golpeé la mesa, haciendo saltar las cucharas—. ¿Vender órganos? ¡Soy patólogo, no carnicero del mercado negro!

—Es una coartada perfecta para él —dijo Iván, mordiendo una tostada con furia—. Si aparecemos muertos, dirá que fue un ajuste de cuentas entre traficantes de órganos. Nos quiere deshumanizar para que nadie haga preguntas.

Ana dejó la cuchara. El terror volvió a sus ojos dorados.

—Es mi culpa. Si yo me hubiera muerto… ustedes estarían bien.

—Cállate la boca, niña —intervino mi madre, pero su tono no era de regaño, sino de una firmeza maternal—. Aquí nadie se muere hasta que Dios diga, y dudo mucho que Dios tenga bigote y se llame Zúñiga. Así que sécate esas lágrimas y dinos qué sabes. ¿Qué viste exactamente en esa casa?

Ana tomó aire, fortalecida por el picante del pozole.

—La casa está en Jardines de la Montaña. Es una fortaleza. Muros altos, cámaras, seguridad privada en la caseta del fraccionamiento. Zúñiga no estaba solo. Había un hombre… un extranjero. Hablaban en inglés. El extranjero revisaba a las chicas como si fueran ganado.

—Trata de personas —confirmó Iván, sacando una libreta pequeña—. Zúñiga es el facilitador local. Provee la seguridad y el transporte. El extranjero pone el dinero y los contactos internacionales.

—Había una lista —dijo Ana de repente, sus ojos brillando con el recuerdo—. En una tablet. Vi nombres. Vi fechas. Y vi… vi mi nombre al final. Pero había algo más. Antes de que me atraparan, cuando me di cuenta de que algo estaba mal, intenté mandar un mensaje.

Me incliné hacia adelante.

—¿A quién?

—A mi mamá, en Veracruz. Le estaba grabando un audio de voz por WhatsApp, contándole que tenía miedo, que el dueño de la casa me miraba raro. Pero entonces entraron a la cocina. Solté el celular. Cayó dentro de una maceta enorme que estaba junto a la puerta de servicio, una maceta con una planta que parecía una palma.

—¿El celular sigue ahí? —preguntó Iván, con la intensidad de un sabueso que huele sangre.

—Creo que sí. No me lo quitaron porque no lo vieron. Estaba grabando. Si la grabación siguió…

—…tendríamos la voz de Zúñiga, el momento del ataque, tal vez incluso nombres —completé la frase, sintiendo un escalofrío—. Es evidencia directa.

—Pero está dentro de la casa —dijo Iván, desinflándose—. Esa casa debe estar llena de peritos de Zúñiga limpiando todo, o peor, llena de sicarios esperando que alguien regrese.

—Tenemos que ir —dije.

Mi madre y Ana me miraron al mismo tiempo.

—Estás loco, Santiago —dijo mi madre—. Eres forense, no James Bond.

—Conozco cómo operan, mamá. Zúñiga cree que huimos. Cree que estamos camino a la frontera o escondidos en un agujero. No espera que regresemos a la escena del crimen. Además, tengo algo que ellos no tienen.

—¿Qué? —preguntó Iván.

—Nada que perder. Y acceso a una ambulancia clonada.

Iván sonrió, una sonrisa torcida y peligrosa.

—La ambulancia del “Tuercas”. Ese mecánico de la Doctores que arregla las unidades del SEMEFO por fuera.

—Exacto. Pero antes… —me giré hacia Ana—. No puedes seguir viéndote así. Si hay cámaras de tráfico, buscan a una chica de pelo largo negro. Necesitamos cambiarte el look. Radicalmente.

Mi madre se levantó, fue a un mueble antiguo de madera tallada y sacó una caja de costura de esas de galletas danesas que nunca tienen galletas, sino hilos y agujas. De ahí sacó unas tijeras de sastre, grandes, pesadas y afiladas como navajas de afeitar.

—Siéntate aquí, mija —le dijo a Ana, señalando una silla de madera.

Ana obedeció dócilmente. Se sentó y mi madre le puso una toalla sobre los hombros.

—¿Estás segura? —le preguntó mi madre, acariciándole el cabello largo y sedoso—. Es un pelo precioso.

—Córtelo —dijo Ana, con la voz quebrada pero firme—. Ese pelo es de la chica que limpiaba casas y tenía miedo. Ya no quiero ser ella.

Mi madre asintió.

—Santiago, tú tienes mejor pulso. Eres cirujano, ¿no? Hazlo.

Tomé las tijeras. El peso del metal frío en mis manos me recordó al bisturí, pero esta vez no iba a cortar carne muerta. Iba a cortar el pasado.

Me paré detrás de Ana. Ella cerró los ojos.

El sonido de las tijeras cortando el cabello fue seco y definitivo. Chac. Chac. Los mechones negros caían al suelo de madera como plumas de un cuervo abatido.

—Más corto —dijo ella—. Como niño. Que no quede nada de donde agarrarme.

Seguí cortando. Mis manos se movían con precisión anatómica, siguiendo la forma de su cráneo. Iván observaba en silencio, limpiando su arma. Mi madre recogía el cabello del suelo y lo echaba a una bolsa de plástico, persignándose discretamente.

Cuando terminé, Ana parecía otra persona. Su cuello largo y elegante quedaba expuesto. Sus pacciones se veían más afiladas, más duras. Ya no parecía un ángel de Botticelli; parecía una guerrera espartana o una modelo andrógina de revista de moda vanguardista.

Mi madre sacó un tinte de caja que tenía guardado “por si las dudas”.

—Rubio cenizo —dijo—. Te va a arder un poco el cuero cabelludo, pero nadie te va a reconocer.

Una hora después, Ana estaba irreconocible. Con el cabello corto, rubio y despeinado, y vistiendo una sudadera vieja mía y unos pantalones de mezclilla holgados, podría pasar por cualquier estudiante de filosofía de la UNAM o un chico skater.

Ella se miró en el espejo del pasillo. Se tocó el cabello corto con incredulidad.

—Ya no soy yo —murmuró.

—No —le dije, poniéndome a su lado y mirando nuestro reflejo: el forense con ojeras de mapache y la violinista rapada—. Ahora eres sobreviviente.

—Bien —dijo Iván, poniéndose de pie y guardando la pistola en la parte trasera de su pantalón—. Tenemos el disfraz. Tenemos el objetivo. Ahora necesitamos el vehículo. Santiago, márcale al Tuercas. Dile que necesitamos un favor de vida o muerte. Y dile que le perdonas la deuda de la autopsia de su cuñado.

Marqué el número. Mientras sonaba el tono de llamada, miré a mi madre. Estaba lavando los platos del pozole, de espaldas a nosotros, pero noté cómo se le sacudían los hombros. Estaba llorando en silencio.

Me acerqué y la abracé por la espalda. Olía a jabón y a madre.

—Perdóname, ma. Te metí en esto.

Ella se giró, con los ojos rojos pero secos. Me dio una cachetada suave en la mejilla.

—No pidas perdón por hacer lo correcto, Santiago. Tu abuelo, que en paz descanse, hubiera hecho lo mismo. Solo prométeme una cosa.

—Lo que sea.

—Que vas a regresar. Y que le vas a partir su madre a ese bigotón por meterse con mi familia.

Sonreí.

—Te lo prometo, jefa.

—Bueno —se secó las manos en el delantal—. Váyanse antes de que me arrepienta y los amarre a las sillas. Y llévense esto.

Me dio un frasco pequeño de su botiquín personal.

—¿Gotas para los ojos?

—Clonazepam —susurró—. Machacado. Por si tienes que dormir a alguien y no quieres matarlo. Tú sabrás cómo usarlo, eres el doctor.

Guardé el frasco. Mi madre era una caja de sorpresas.

Salimos a la noche fría de la Ciudad de México. El viento soplaba fuerte, moviendo las ramas de los árboles como brazos esqueléticos. Subimos al Jetta. Ana iba atrás, Iván manejaba.

—Al taller del Tuercas en la Doctores —dijo Iván—. Y luego, a la boca del lobo.

El motor rugió. No había vuelta atrás.


CAPÍTULO 6: SONATA PARA UN INFILTRADO

La Colonia Doctores de noche es un ecosistema aparte. Entre vecindades viejas, talleres mecánicos que operan las 24 horas y el monstruo de concreto que es el Hospital General, se mueve una vibra densa. Llegamos al taller del “Tuercas” a las once de la noche.

El Tuercas era un tipo bajito, lleno de grasa hasta en las pestañas, que me debía más de un favor. No hizo preguntas cuando vio a Iván armado y a la chica rubia temblando en el asiento trasero.

—Ahí está la unidad —señaló una ambulancia vieja, rotulada como “Servicios Médicos Privados Delta”, estacionada al fondo entre dos microbuses desvalijados—. Tiene sirena, tiene luces, pero le fallan los frenos si le pisas mucho. Y la radio es de adorno.

—Es perfecta —dije.

—¿Qué van a hacer, Doc? —preguntó el Tuercas, limpiándose las manos con una estopa—. ¿Robar un banco?

—Algo así. Vamos a robarle al Diablo.

Iván sacó de la cajuela de su coche dos uniformes de paramédico que había “tomado prestados” hacía tiempo. Me lanzó uno.

—Póntelo. Ana, tú te quedas aquí en la oficina del taller con el Tuercas. Es lo más seguro.

—No —dijo Ana, saliendo del coche. Su voz resonó metálica en el taller—. Yo voy.

—Estás loca —replicó Iván—. Si te ven, se acaba el juego. Tú eres el blanco.

—Yo sé dónde está la maceta. Es un jardín enorme, oscuro. Si ustedes se ponen a buscar, van a tardar y los van a ver. Yo sé exactamente dónde cayó. Además… —se cruzó de brazos, y vi en ella una determinación nueva, fría—, necesito ver que ese lugar arda. Necesito enfrentar el miedo.

Iván me miró, buscando apoyo para negarse, pero yo entendía a Ana. Era la misma rabia que sentí yo al romper el violín. Necesitaba recuperar el control.

—Va con nosotros —dije—. Pero no te bajas de la ambulancia a menos que sea estrictamente necesario. Te pones una gorra y cubrebocas. Serás la conductora si tenemos que salir corriendo.

Ana asintió.

Nos subimos a la ambulancia. El interior olía a desinfectante barato y diesel. Iván manejaba, yo iba de copiloto. Ana iba atrás, en el área de pacientes, mirando por la ventanilla pequeña.

El trayecto hacia el sur de la ciudad fue tenso. Pasamos dos retenes policiales. En ambos, Iván encendió las luces de emergencia y la sirena corta (woop-woop), y los policías nos dejaron pasar sin revisarnos. Nadie detiene a una ambulancia con prisa. Es el camuflaje urbano perfecto.

Llegamos a Jardines de la Montaña cerca de la una de la mañana. Es una zona exclusiva, de calles empedradas y mansiones que parecen fortalezas, rodeadas de bosque y silencio.

—Ahí es —señaló Ana desde atrás.

La casa era imponente. Un muro de piedra volcánica de tres metros, cámaras en cada esquina y una caseta de vigilancia privada en la entrada del fraccionamiento que habíamos burlado diciendo que íbamos por un paciente geriátrico en la calle de atrás. Pero la casa de Zúñiga tenía su propia seguridad.

Había una patrulla estacionada afuera. Dos oficiales dormitaban dentro.

—Mierda —susurró Iván—. Tienen guardia perimetral.

—Apaga las luces —dije—. Estaciónate en la esquina, donde la sombra del árbol tapa la calle.

Iván obedeció. El motor se apagó y quedamos en silencio. Solo se escuchaban los grillos y el latido de mi propio corazón, que iba a mil por hora.

—¿Cuál es el plan, Doc? —preguntó Iván—. No podemos entrar disparando.

Miré la casa. Analicé la estructura.

—Iván, tú te quedas aquí listo para arrancar. Ana, tú vienes conmigo hasta la barda lateral.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Iván alarmado.

—Voy a entrar.

—¡No mames, Santiago! ¡Te van a matar!

—Escucha. Esa patrulla está ahí por rutina. Los de adentro deben estar relajados, pensando que ya ganaron. Voy a saltar la barda trasera, la que da a la barranca. Es la parte más ciega. Ana me guiará por radio hasta la maceta.

Saqué dos radios de onda corta del botiquín de la ambulancia (siempre venían equipadas con radios viejos). Le di uno a Ana.

—Si ves algo, si escuchas algo, me avisas. Iván, si se arma el tiroteo, arrancas y te llevas a Ana. No me esperes.

—Ni madres te dejo —dijo Iván.

—Es una orden, Comandante. Ella es la prioridad. Ella es la testigo.

Bajé de la ambulancia con mi maletín médico. No llevaba armas de fuego. Llevaba bisturís, jeringas con el clonazepam de mi madre y un spray de cloruro de etilo congelante. Mis armas.

Caminamos agachados aprovechando las sombras de los setos perfectamente podados de las casas vecinas. Llegamos a la parte trasera, donde la urbanización colindaba con una zona de reserva ecológica. La barda era alta, pero tenía enredaderas.

—Es ahí —susurró Ana, señalando un punto en el jardín interior a través de una rendija en el portón de servicio—. La maceta de la palma, junto a la puerta de cristal que da a la cocina. ¿La ves?

Entorné los ojos. A unos veinte metros, cruzando un jardín impecable con piscina iluminada, se veía la maceta.

—La veo.

—Ten cuidado, Santiago —dijo Ana. Me tocó el brazo. Su mano estaba fría, pero su toque me dio una descarga de energía—. Por favor, no te mueras.

—Los músicos tenemos siete vidas, ¿no? —intenté sonreír.

Me trepé a la barda. Mis años de boxeo y gimnasio sirvieron de algo. Caí del otro lado con un sonido sordo sobre el pasto húmedo.

Me quedé inmóvil, pegado a la sombra de un árbol. Esperé. Nada. No hubo perros, no hubo alarmas. Zúñiga confiaba demasiado en su patrulla de afuera.

Avancé reptando. El pasto mojaba mi uniforme. Me sentía ridículo y aterrorizado. Un forense jugando a ser ninja.

Llegué a la mitad del jardín. Estaba a diez metros de la maceta.

De repente, la puerta de cristal se abrió.

Me tiré al suelo, pegando la cara al pasto.

Salieron dos hombres. Uno era Zúñiga. Lo reconocí por la voz rasposa y la silueta corpulenta. El otro era alto, delgado, hablaba español con acento gringo. Fumaban.

—…la chica es un cabo suelto, Comandante —decía el gringo—. Mis socios están nerviosos. Si el cuerpo no aparece…

—Aparecerá, Mr. Smith. O aparecerá otro que se le parezca. Ya tengo a mis hombres peinando la ciudad. Ese forense mequetrefe no pudo ir lejos. Es un niño de mamá. Seguro está llorando en alguna iglesia.

Apreté los puños, clavando las uñas en la tierra. Mequetrefe.

—Más le vale. El próximo embarque sale el viernes. Necesitamos la casa limpia.

—No se preocupe. ¿Quiere otro whisky?

—No. Me voy al hotel. Mañana quiero ver el acta de defunción.

El gringo tiró el cigarro al jardín, a escasos dos metros de mi cabeza. La brasa brilló en la oscuridad. Zúñiga se rió y entraron de nuevo a la casa. Cerraron la puerta.

Era mi oportunidad.

Me levanté y corrí agachado los últimos metros. Llegué a la maceta. Metí la mano en la tierra húmeda, entre las raíces de la palma areca. Mis dedos chocaron con algo duro y rectangular.

Lo saqué. Era un iPhone con una funda de brillitos. Estaba apagado, sucio, pero entero.

—Lo tengo —susurré al radio.

—¡Sal de ahí, Santiago! ¡Ahora! —la voz de Ana sonó en mi auricular, llena de pánico—. ¡Veo luces en el segundo piso, alguien está bajando!

Me giré para correr hacia la barda.

Pero entonces, las luces del jardín se encendieron. Unos reflectores potentes que me cegaron por completo.

—¡Quieto ahí! —gritó una voz desde la terraza.

Me congelé. Entorné los ojos contra la luz. Un guardia de seguridad privada me apuntaba con una escopeta.

—Manos arriba. Date la vuelta despacio.

Levanté las manos, con el celular apretado en la palma derecha, escondido.

—Soy paramédico —grité, intentando que mi voz sonara autoritaria—. ¡Recibimos una llamada de emergencia! ¡Un infarto! ¡La puerta estaba cerrada y salté!

El guardia dudó un segundo. Bajó el cañón unos centímetros. El uniforme de la ambulancia era convincente.

—¿Llamada? Aquí nadie llamó.

—Tengo el reporte del 911. ¿Esta es la casa del señor Zúñiga?

—Sí, pero…

—¡Entonces déjeme trabajar, carajo! ¡El tiempo es vida!

Di un paso hacia él, apostando todo a la confusión.

Pero en ese momento, la puerta de cristal se abrió de nuevo y salió Zúñiga.

—¿Qué es este escándalo? —ladró.

Me vio. Se quedó quieto un segundo, procesando la imagen. El forense. En su jardín. Vestido de paramédico.

Su cara se transformó en una máscara de odio puro.

—Tú… —siseó, y luego gritó—: ¡MÁTENLO!

El guardia levantó la escopeta.

No lo pensé. Fue instinto puro. Saqué el spray de cloruro de etilo de mi bolsillo y se lo rocié directo a los ojos al guardia, que estaba a dos metros. El chorro helado lo cegó al instante. Gritó y disparó al aire. ¡BAM!

El estruendo rompió la noche.

Me eché a correr hacia la barda, zigzagueando como me enseñaron en el boxeo para esquivar golpes.

—¡Dispárenle! —gritaba Zúñiga, sacando su propia arma.

Las balas empezaron a zumbar a mi alrededor. Piu, piu. Una impactó en el tronco del árbol que tenía al lado, soltando astillas que me golpearon la cara.

Llegué a la barda. Salté, agarrándome de las enredaderas con desesperación. Sentí un ardor súbito en la pantorrilla izquierda, como una picadura de abeja gigante, pero la adrenalina no me dejó detenerme.

Me impulsé hacia arriba y caí del otro lado, rodando por la pendiente de la barranca llena de maleza y basura.

—¡Santiago! —escuché la voz de Ana en el radio.

—¡Arranca! —grité al micrófono—. ¡Voy hacia la calle de abajo!

Me deslicé entre zarzas y piedras, rompiéndome el uniforme, hasta llegar al asfalto de la calle inferior.

La ambulancia derrapó frente a mí, con las puertas traseras abiertas. Ana estaba ahí, extendiéndome la mano.

Me agarré de ella. Iván aceleró a fondo antes de que yo estuviera completamente adentro. Ana me jaló con una fuerza sorprendente y caí sobre el piso metálico de la ambulancia.

Iván prendió la sirena. WEEEE-OOOO-WEEEE-OOO.

Escuchamos disparos detrás de nosotros, pero la ambulancia vieja rugió y se alejó a toda velocidad, perdiéndose en las curvas de la montaña.

Me quedé tirado en el suelo, jadeando, mirando el techo.

Ana se inclinó sobre mí.

—¿Lo tienes? —preguntó.

Levanté la mano temblorosa y le mostré el celular sucio de tierra.

Ella sonrió, llorando al mismo tiempo.

Pero luego su sonrisa se borró. Miró mi pierna.

—Santiago… estás sangrando.

Me miré la pierna. El pantalón del uniforme estaba empapado de rojo oscuro.

—Ah… —dije, sintiendo de repente el dolor punzante—. Creo que Zúñiga tiene buena puntería.

Iván gritó desde el volante:

—¡No te mueras, cabrón! ¡Aguanta! ¡Ya tenemos la prueba!

Cerré los ojos, sintiendo cómo la ambulancia se mecía como una cuna violenta. Teníamos el teléfono. Teníamos la voz del Diablo. Pero la guerra apenas comenzaba, y yo ya tenía mi primera herida de batalla.

—Pon música, Iván —murmuré, empezando a sentirme mareado—. Pon algo que no sea reggaetón.

Y mientras la oscuridad me empezaba a rodear, me pareció escuchar, no el ruido de la sirena, sino el sonido de un violín. Un sonido limpio, perfecto, libre.

CAPÍTULO 7: LA MELODÍA DE LA JUSTICIA

El dolor en mi pierna era una punzada caliente y constante, como si me hubieran clavado un fierro al rojo vivo. La ambulancia daba bandazos por las curvas de la carretera Picacho-Ajusco, alejándonos de la zona de peligro. Iván manejaba como poseído, esquivando baches y topes con una destreza que solo se aprende en persecuciones policiales.

—¡Ana, presiónale la herida! —gritó Iván desde el volante—. ¡Que no se desangre!

Ana, con su nuevo corte de pelo rubio y la cara manchada de tierra, se arrodilló a mi lado. Rompió la tela de mi pantalón con las tijeras de trauma del botiquín. Sus manos, esas manos que habían tocado violines Stradivarius, ahora presionaban una gasa empapada de sangre sobre mi pantorrilla.

—Tranquilo, Santiago, tranquilo —me decía, aunque su voz temblaba—. Es un rozón. Bueno, un poquito más que un rozón, pero no tocó arteria. La sangre es oscura, es venosa. Vas a estar bien.

Yo intentaba respirar hondo, aplicando mis propios conocimientos médicos para no entrar en shock.

—Aprieta más fuerte —murmuré, apretando los dientes—. Tienes que parar el sangrado. Usa el vendaje compresivo.

Mientras ella trabajaba, yo saqué el celular de Ana de mi bolsillo. Estaba sucio, pero la pantalla no estaba rota. Presioné el botón de encendido. La batería estaba en rojo, 4%.

—¡Iván! —grité—. ¡Cargador! ¡Necesito un cargador de iPhone!

—En la guantera, güey. ¡Pero no te muevas tanto!

Ana se estiró, alcanzó el cable y lo conectó al puerto USB de la ambulancia. El sonido de “cargando” fue la música más dulce que había escuchado en años. Esperamos unos segundos eternos hasta que el sistema operativo arrancó.

—La contraseña —dije, pasándole el teléfono a Ana.

Ella lo desbloqueó con dedos temblorosos. Fue directo a la aplicación de Notas de Voz.

Ahí estaba. Una grabación de 47 minutos titulada “Nuevo audio 12”.

—Ponlo —ordenó Iván, bajando un poco la velocidad ahora que habíamos llegado a Periférico y nos mezclábamos con el tráfico nocturno de camiones de carga.

Ana presionó play.

Al principio, solo se escuchaba ruido de estática y pasos. Luego, la voz de Ana susurrando, asustada, hablándole a su madre.

“Mami, tengo miedo. Este lugar es raro. El dueño me mira…”

Luego, un golpe seco. El sonido del teléfono cayendo en la tierra. Ruido de hojas moviéndose.

Y entonces, las voces. Claras. Nítidas.

“…ya te dije, Zúñiga. El cargamento de las colombianas llega el viernes al aeropuerto de Toluca. Necesito que tus aduanales estén listos.” —Esa era la voz del gringo, Smith.

“No te preocupes. El Comandante Ramírez ya no está para estorbar. Ahora mando yo. Y sobre esta niña… qué desperdicio. Pero ya vio mucho. Dale el ‘suero de la verdad’ modificado. Que parezca infarto.” —La voz de Zúñiga. Inconfundible. Rasposa, arrogante.

“¿Y el cuerpo?”

“Al forense. Tengo a un doctorcito controlado. Hará lo que yo diga. Y si no, también se va al hoyo.”

Iván soltó un silbido largo.

—Lo tenemos —dijo, golpeando el volante con euforia—. ¡Lo tenemos agarrado de los huevos! Trata de personas, narcotráfico, conspiración para asesinato, corrupción de funcionarios. ¡Es cadena perpetua para ese hijo de perra!

Ana empezó a llorar, pero esta vez eran lágrimas de alivio. Se dejó caer sentada en el piso de la ambulancia, abrazándose las rodillas.

—Ahora… ¿a dónde vamos? —preguntó—. No podemos ir a la policía. Zúñiga es la policía.

Me incorporé con dificultad, ignorando el dolor punzante en la pierna. Mi mente trabajaba rápido.

—No vamos a la policía —dije—. Vamos más arriba.

—¿Al Fiscal General? —preguntó Iván—. También es compadre de Zúñiga.

—No. A la prensa. Y a Asuntos Internos Federales. Pero no a cualquier prensa. Vamos con Carmen.

Iván me miró por el retrovisor.

—¿La periodista Carmen Aristegui? ¿Estás loco? ¿Cómo vas a llegar con ella a las tres de la mañana?

—No. Carmen, mi prima. La que trabaja en el noticiero matutino de cadena nacional. La que siempre se queja de que no le dan la exclusiva grande. Esta es su exclusiva.

Saqué mi propio teléfono, que milagrosamente no se había roto en la caída. Marqué.

—¿Bueno? —una voz adormilada contestó al tercer timbre.

—Carmen, soy Santiago. Despiértate. Tengo la historia que va a tirar al Comandante de la Policía Judicial y a una red internacional de trata. Necesito que nos recibas en el canal. Ahora. Y necesito que tengas una cámara lista para transmitir en vivo a las seis de la mañana.

Hubo un silencio al otro lado. Luego, el sonido de sábanas moviéndose y una voz que cambió de sueño a instinto periodístico en un segundo.

—Voy para allá. Entren por la puerta 4. Diré a seguridad que traen equipo médico de emergencia para un invitado. No fallen, Santiago.

—No fallaremos.

Colgué. Miré a Ana y a Iván.

—Tenemos tres horas para llegar al estudio, curarme esta pierna para no parecer un zombi en televisión, y preparar nuestra declaración. Hoy se acaba el reinado del Buitre.

Llegamos a la televisora en el sur de la ciudad. El guardia de la entrada vio la ambulancia y nos dejó pasar sin chistar. Carmen nos esperaba en el estacionamiento subterráneo. Cuando nos vio bajar —yo cojeando apoyado en Ana, Iván con la pistola fajada y Ana con su look de chica ruda—, abrió los ojos como platos.

—Santa Madre… parecen salidos de una película de Tarantino —dijo, dándome un abrazo rápido pero fuerte—. ¿Estás bien?

—Sobreviviré. Ella es Ana. La víctima. Y la heroína.

Carmen miró a Ana con respeto.

—Vamos a maquillaje. Tienen que verse presentables. Y tú, Santiago, vamos a que te revisen esa pierna en la enfermería del canal.

Las siguientes horas fueron un torbellino. Mientras un enfermero me suturaba la herida (cinco puntos, nada grave, pero dolía como el demonio), Carmen y su equipo de producción escuchaban el audio, hacían copias de seguridad y preparaban los gráficos.

A las 5:55 AM, estábamos sentados en el set del noticiero más visto del país. Las luces eran cegadoras. Me sentía expuesto, vulnerable sin mi bata de forense y mis cadáveres silenciosos. Pero miré a Ana a mi lado. Estaba nerviosa, retorciéndose las manos, pero mantenía la cabeza alta.

—Tres, dos, uno… al aire.

El conductor principal, un hombre de traje impecable y voz grave, miró a la cámara.

—Buenos días, México. Hoy interrumpimos nuestra programación habitual para presentarles una historia que sacudirá las estructuras de seguridad de nuestra capital. Una historia de terror, corrupción y milagro. Con nosotros, en exclusiva, el Doctor Santiago, médico forense, y Anastasia, la mujer que regresó de la muerte para denunciar a sus verdugos.

Durante los siguientes treinta minutos, el país se paralizó. Contamos todo. No nos guardamos nada. Ana relató con voz firme cómo fue secuestrada, drogada y dada por muerta. Yo expliqué cómo descubrí el Situs Inversus y cómo la sacamos del SEMEFO. Iván, con el rostro difuminado para proteger su identidad (aunque Zúñiga ya sabía quién era), explicó la red de corrupción.

Y al final, pusimos el audio.

La voz de Zúñiga resonó en millones de televisores, radios y celulares de todo México.

“Que parezca infarto… al horno.”

Cuando terminó la transmisión, el teléfono del estudio no paraba de sonar. Redes sociales explotaron. #ElBuitre y #JusticiaParaAna eran tendencia mundial.

A las 8:00 AM, mientras desayunábamos café y galletas en la sala de redacción, vimos en las pantallas las noticias de última hora:

“OPERATIVO FEDERAL EN JARDINES DE LA MONTAÑA. DETIENEN AL COMANDANTE ZÚÑIGA Y A CIUDADANO ESTADOUNIDENSE. RESCATAN A 15 MUJERES EN CASA DE SEGURIDAD.”

Las imágenes mostraban a Zúñiga siendo sacado de su casa, esposado, con la cabeza gacha, rodeado de marinos. Ya no se veía tan arrogante sin su pistola y su placa. Se veía como lo que era: un criminal patético.

Iván soltó un grito de júbilo y abrazó a Carmen. Ana se quedó mirando la pantalla, y por primera vez, sonrió de verdad. Una sonrisa que iluminó el estudio.

—Se acabó —me dijo, tomándome la mano.

—Sí —respondí, sintiendo que el peso del mundo se me quitaba de encima—. Se acabó.


CAPÍTULO 8: EL ARTE DE VIVIR

Pasaron seis meses.

La vida, curiosamente, no volvió a la normalidad. Porque la “normalidad” que teníamos antes ya no existía.

Iván fue reinstalado en la policía con honores y ascendido a Jefe de División. Su esposa, Laura, volvió con él. Dicen que ver a tu marido en las noticias salvando a una chica de una red de trata tiene un efecto afrodisíaco y heroico que arregla cualquier matrimonio. Iván dejó de quejarse de su trabajo; ahora sabía que, a veces, los buenos sí ganan.

Ana… Ana se convirtió en un símbolo. Pero ella no quería ser famosa por ser una víctima. Quería ser música. Con el dinero de la indemnización del estado (que fue considerable gracias a una demanda colectiva), se operó las cuerdas vocales que habían quedado un poco dañadas por la intubación de emergencia y retomó su carrera.

Y yo… bueno.

Renuncié al SEMEFO.

Después de ver a Ana despertar en mi plancha, después de sentir la vida latir bajo mis dedos, ya no podía ver a los muertos de la misma manera. Ya no encontraba paz en el silencio. Ahora buscaba el ruido. Buscaba la vida.

Abrí un pequeño consultorio privado en Coyoacán, en la misma casa de mi abuela que remodelé. Medicina general. Atendía gripes, torceduras, abuelitas con presión alta. Nada de muertos. Nada de autopsias.

Pero la música… esa era otra historia.

Era una tarde de sábado. Estaba terminando de archivar unos expedientes cuando escuché el timbre.

Fui a abrir. Era Ana.

Ya le había crecido el cabello, lo traía en un corte bob elegante que le enmarcaba la cara. Traía un estuche de violín en la espalda y una sonrisa traviesa.

—Hola, Doctor —dijo.

—Hola, paciente rebelde. ¿A qué debo el honor? ¿Te duele algo?

—No. Vengo a cobrarte una promesa.

—¿Qué promesa?

—Dijiste en la entrevista que odiabas la música porque te obligaron a tocar. Pero también dijiste que los músicos tienen siete vidas. Yo creo que te queda una.

Entró sin pedir permiso y caminó hacia la sala, donde todavía estaba el piano de cola de mi abuela, cubierto con una sábana. Y en una esquina, en una vitrina que mi mamá había rescatado, estaba mi viejo violín roto, pegado y restaurado como pieza de museo.

Ana sacó su violín.

—Toca conmigo —dijo.

—Ana, no toco desde los 14 años. Mis dedos están tiesos.

—Tus dedos salvaron mi vida. Tienen memoria. Vamos, Santiago. Solo una vez. Por mí.

Suspiré, derrotado por esos ojos color miel que ahora brillaban sin miedo.

Fui al cuarto de los trebejos y saqué un violín viejo de estudio que había pertenecido a mi tío. Lo afiné. El sonido de las quintas vacías (La-Mi, Re-La) despertó algo en mi cerebro. Una conexión neuronal dormida.

—¿Qué tocamos? —pregunté, sintiéndome torpe.

—Algo sencillo. La “Meditación de Thaïs”. Es triste, pero termina con esperanza.

Empezamos.

Al principio, mi sonido era rasposo, inseguro. Pero Ana me guiaba. Su violín cantaba con una dulzura desgarradora, llenando los huecos que yo dejaba, envolviéndome, empujándome.

Poco a poco, cerré los ojos. Dejé de pensar en las notas y empecé a sentir. Sentí el arco vibrar en mis dedos. Sentí la madera resonar contra mi clavícula.

Y de repente, ya no estaba tocando por obligación. No tocaba para mi abuela. No tocaba para ser perfecto.

Tocaba para ella. Para la chica que había vuelto de la muerte. Tocaba para celebrar que estábamos vivos, que respirábamos, que habíamos vencido a la oscuridad.

La música fluyó. Fue una conversación sin palabras entre dos sobrevivientes. Las notas subían y bajaban, entrelazándose, contando nuestra historia: el dolor, el miedo, la huida, la victoria.

Cuando terminamos la última nota, un armónico agudo que se desvaneció en el aire de la tarde, nos quedamos en silencio.

Abrí los ojos. Ana estaba llorando, pero sonreía.

—Lo ves —dijo suavemente—. La música no duele. La música sana.

Dejé el violín en el sofá y me acerqué a ella.

—Gracias —le dije.

—¿Por qué?

—Por devolverme la vida a mí también.

Nos besamos. No fue un beso de película de Hollywood. Fue un beso real, torpe, salado por las lágrimas, pero lleno de una promesa de futuro.

Ese día, el forense terminó de morir y Santiago renació por completo.

Un año después, nos casamos en el jardín de esa misma casa. Mi mamá, Doña Marta, lloró como Magdalena todo el tiempo, diciendo: “¡Al fin una nuera decente y no una muerta!”. Iván fue el padrino y, sí, se emborrachó y cantó rancheras con el mariachi.

Y en el momento del vals, no pusimos un disco.

Ana tomó su violín. Yo tomé el mío.

Y tocamos juntos.

No éramos solistas perfectos. Éramos dos mitades rotas que, juntas, hacían una melodía hermosa. Y eso, amigos míos, es mejor que cualquier sinfonía de Mozart.

FIN

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