
CAPÍTULO 1: EL RUGIDO DEL TELÉFONO EN LA MADRUGADA
La gente piensa que un taxista es parte del mobiliario urbano. Somos como los semáforos, las banquetas rotas o los perros callejeros que duermen bajo los puentes de Guadalajara: estamos ahí, servimos para algo, pero nadie nos mira realmente. Nadie se pregunta qué hay detrás de los ojos cansados que te miran por el retrovisor mientras te llevan a tu casa borracho a las tres de la mañana. Creen que nacimos pegados al volante de un Tsuru, que nuestra vida se resume en cambios de aceite, el precio de la gasolina y las noticias amarillistas de la radio.
Mejor así. La invisibilidad ha sido mi mejor amiga durante los últimos quince años.
Me llamo Valerio Cárdenas. Tengo 63 años y las manos callosas de tanto girar el volante y contar monedas de cambio. Para mis pasajeros, soy “el don”, “jefe”, “maestro” o simplemente “oiga”. Para mis compañeros de sitio, soy el viejo tranquilo que nunca se mete en broncas, el que siempre trae el taxi limpio y no le entra a las coperachas para las cervezas. Pero hay otra versión de mí, una que enterré hace veinte años bajo capas de normalidad y silencio. Una versión que portaba un uniforme verde olivo, que cargaba un fusil FX-05 y que sabía exactamente cuánta presión se necesita ejercer en la tráquea para que un hombre deje de respirar sin hacer ruido. Fui parte del GAFE (Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales) en los tiempos en que la guerra no salía en las noticias, cuando cazábamos sombras en la selva lacandona o reventábamos casas de seguridad en el norte sin que nadie se enterara.
Ese hombre murió. O eso creía yo. Lo maté el día que nació Elisa, mi hija. Lo enterré junto con las medallas que nunca me dieron y las pesadillas que todavía me despiertan sudando frío. Decidí que mi única misión, la única operación especial que me quedaba, era ella. Elisa.
Elisa tiene 21 años y estudia veterinaria en la UdeG. Es la antítesis de todo lo que yo fui. Ella es luz, es compasión pura. Es esa niña que detiene el tráfico para rescatar a un gato atropellado, la que llora con las películas de Disney, la que todavía cree que la gente es buena por naturaleza. Tiene los ojos de su madre, unos ojos color miel que te desarman, y una sonrisa que podría iluminar el cuarto más oscuro de este país jodido. Yo vivía para esa sonrisa. Trabajaba turnos dobles, aguantaba a borrachos impertinentes y narquillos de poca monta que se subían al taxi sintiéndose dueños del mundo, todo para pagar sus libros, su matrícula y para que nunca le faltara nada.
—Papá, ya duérmete, no te vayas a trabajar hoy —me decía a veces, viéndome las ojeras.
—El dinero no crece en los árboles, mija. Además, me gusta manejar de noche. La ciudad es más honesta cuando duerme.
Mentira. La ciudad de noche es una bestia hambrienta. Pero yo prefería enfrentarme a la bestia yo, para que ella pudiera dormir tranquila.
Aquel 8 de noviembre, la bestia decidió que no le bastaba con la noche. Quería más.
Eran las 3:12 de la madrugada. Lo recuerdo con la precisión de un francotirador porque acababa de dejar a una pareja de novios peleoneros en la colonia Providencia y el reloj digital del tablero parpadeaba con ese brillo verde barato. Estaba cansado. La espalda baja me punzaba, un recordatorio constante de una caída en rapel hace dos décadas. En la radio sonaba bajito una canción vieja de José José, “El Triste”, apenas un susurro para no dormirme. La lluvia golpeaba el parabrisas, esa llovizna tapatía que no moja, pero cala hasta los huesos y convierte el asfalto en un espejo negro y traicionero.
Entonces, el teléfono vibró.
No fue una llamada normal. No sé cómo explicarlo, pero los que hemos estado en combate desarrollamos un sexto sentido para el desastre. Antes de que sonara el tono, sentí un piquete en el estómago, una descarga eléctrica que me recorrió la columna vertebral. El teléfono bailaba sobre el tablero con un zumbido seco, agresivo, como un insecto atrapado.
Número desconocido.
—Bueno —contesté. Mi voz sonó rasposa.
—¿Hablo con el señor Valerio Cárdenas? —una voz de mujer. Fría. Metálica. Profesional, pero con ese matiz de urgencia contenida que tienen los que trabajan con la muerte a diario.
—Sí, soy yo. ¿Quién habla?
—Señor Cárdenas, le hablo del Hospital Civil Nuevo. Soy la enfermera de guardia en el área de Choque y Trauma. Necesitamos que venga de inmediato.
El mundo se detuvo. El sonido de la lluvia desapareció. El motor del taxi dejó de existir. Solo quedó el latido de mi corazón retumbando en mis oídos como un tambor de guerra.
—¿Es mi hija? —pregunté. Sentí que la lengua se me pegaba al paladar—. ¿Es Elisa?
—Sí, señor. Ingresó hace veinte minutos.
—¿Qué pasó? ¿Un accidente? ¿La atropellaron? —Mi mente empezó a proyectar imágenes a mil por hora: un choque, un conductor ebrio, un asalto.
—Señor, no puedo darle detalles por teléfono. Su estado es delicado. Venga lo antes posible. Traiga su identificación. Estamos en el piso 1, acceso de urgencias.
Colgó.
Me quedé mirando el teléfono unos segundos, como si fuera un objeto alienígena. “Estado delicado”. Esas dos palabras son el eufemismo médico para decir “se está muriendo” o “está destrozada”.
Arranqué el Tsuru con tal violencia que las llantas rechinaron sobre el pavimento mojado. Me valieron madre los semáforos. Me pasé el alto de Américas, di una vuelta prohibida en la Calzada Independencia. Manejaba poseído. No era el taxista prudente. Era el conductor de evasión que sacaba a su equipo de una emboscada en la sierra. Mis manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.
“Diosito, que no sea nada grave. Llévame a mí, pero a ella no. Te doy lo que me queda de vida, pero a ella no”.
Recé. Yo, que no pisaba una iglesia desde el funeral de mi esposa, iba rezando el Padre Nuestro a gritos mientras esquivaba un camión de basura que me pitó mentándome la madre.
Llegué al Hospital Civil en tiempo récord. Entré por la rampa de ambulancias, ignorando al guardia de seguridad que me hacía señas con una lámpara.
—¡Aquí no se puede estacionar, jefe! —me gritó un policía auxiliar gordo, poniéndose en medio.
Frené a centímetros de sus rodillas. Me bajé del coche sin apagarlo, dejé la puerta abierta y las llaves puestas.
—¡Muévete a la chingada! —le rugí.
El policía debió ver algo en mis ojos, porque se hizo a un lado sin decir palabra. No vio a un viejo taxista; vio a un hombre que estaba a punto de matar a alguien con las manos desnudas si se le interponía.
Corrí. Corrí por las puertas automáticas de cristal, sintiendo el golpe del aire acondicionado congelado, ese olor inconfundible a hospital público: una mezcla de cloro, alcohol, sudor rancio, sangre vieja y miedo. Mucho miedo. Había gente durmiendo en el suelo en la sala de espera, señoras con rebozos, hombres con sombreros en la mano, niños llorando. Pasé entre ellos como un fantasma.
—¿Dónde está Elisa Cárdenas? —le grité a la recepcionista detrás del cristal blindado.
—Señor, tiene que esperar su tur…
—¡Me acaban de llamar! ¡Dígame dónde está mi hija o rompo este pinche vidrio!
Una enfermera salió de una puerta lateral. Era una mujer robusta, con cara de haber visto todo lo malo que el ser humano puede hacerse a sí mismo.
—¿Señor Cárdenas? —preguntó.
—Sí.
—Venga conmigo. Rápido.
Me llevó por un pasillo largo, de luces fluorescentes que parpadeaban y zumbaban. Pasamos camillas con gente quejándose, médicos corriendo, el caos organizado de una sala de urgencias en viernes por la noche. Cada paso que daba sentía que me hundía más en un pantano.
—Prepárese, señor —me dijo la enfermera sin voltear a verme—. Lo que va a ver… es fuerte. Su hija está estable, pero… las lesiones son severas.
—¿Qué le hicieron? —pregunté, sintiendo un nudo de bilis en la garganta.
Ella no contestó. Se detuvo frente a una cortina azul de plástico y la recorrió lentamente.
El tiempo se rompió.
Lo que vi en esa camilla no era mi Elisa. No podía ser ella. Mi cerebro se negaba a procesar la imagen, rechazando la realidad como un órgano trasplantado que no es compatible.
La muchacha que estaba ahí tendida parecía haber sido atropellada por un tren, y luego arrastrada por las piedras. Su rostro… su hermoso rostro, ese que yo besaba cada mañana antes de salir, estaba irreconocible. El ojo derecho estaba cerrado por una hinchazón monstruosa, de un color negro violáceo, brillante y tenso. El labio inferior estaba partido en dos, con puntadas burdas de hilo negro que parecían ciempiés sobre su carne. Tenía la mandíbula desencajada.
Pero no fue eso lo que me rompió. Fueron las marcas en el cuello.
Huellas digitales. Moradas, casi negras. Marcas de dedos grandes, fuertes, que habían apretado su garganta delgada con la intención de apagar su vida. Y en sus brazos… moretones en forma de manos que la habían sujetado contra su voluntad.
Me acerqué. Las piernas me fallaron y caí de rodillas junto a la camilla. Agarré los barandales de metal frío para no desplomarme al suelo.
—¿Lizz? —susurré. Mi voz era un chillido patético.
Ella se movió. Un espasmo de dolor recorrió su cuerpo. Abrió el ojo izquierdo, el único que podía abrir un poco. Estaba inyectado en sangre, la esclerótica roja brillante. Me miró, pero tardó unos segundos en reconocerme. Estaba drogada por los analgésicos, o por el shock.
—Pa… pá… —salió de su boca como un gemido ronco, burbujeante.
—Aquí estoy, mi amor. Aquí está papá. Ya llegué. Nadie te va a hacer nada. Ya estoy aquí.
Le busqué la mano izquierda, que no tenía suero, y se la tomé con mis dos manos grandes y callosas. Su piel estaba helada. Temblaba. Un temblor fino, constante, como el de un animalito que ha escapado de las fauces de un depredador pero sabe que sigue herido de muerte.
—Perdóname… —susurró. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla hinchada, mezclándose con la sangre seca.
—¿Por qué me pides perdón, mi vida? Tú no hiciste nada. Tú eres la víctima.
Sentí una mano en mi hombro. Me giré con violencia, listo para golpear. Era un médico joven, con bata blanca manchada de pequeñas gotitas rojas. Tenía ojeras profundas y una expresión de rabia contenida que me resultó familiar.
—Señor Cárdenas, soy el Doctor Medina. Necesito hablar con usted afuera. Ahora.
Me levanté con dificultad. Besé la frente de Elisa, cuidando no tocar ninguna herida.
—Ahorita vengo, mi niña. No me voy. Estoy aquí afuera.
Salí al pasillo con el médico. Él cerró la cortina y me llevó a un rincón, lejos de los oídos de las enfermeras.
—Señor, voy a ser brutalmente honesto con usted porque no tenemos tiempo para delicadezas —dijo el doctor, bajando la voz—. A su hija la torturaron.
La palabra “tortura” me golpeó como un culatazo en el pecho.
—Tiene tres costillas fracturadas. Una de ellas casi perfora el pulmón. Tiene fractura de cúbito en el brazo derecho, típica lesión de defensa, de cuando uno se cubre la cara para que no le peguen. Tiene un traumatismo craneoencefálico moderado. Pero eso no es lo peor.
El médico hizo una pausa. Respiró hondo, miró al techo, apretó los puños. Vi que le temblaba la mano. Era un buen hombre, un médico que todavía sentía el dolor de sus pacientes.
—Dígame todo, doctor. Soy exmilitar. Puedo aguantarlo.
—Hay desgarros vaginales y anales severos. Hay hematomas en la cara interna de los muslos. Encontramos restos de fluidos biológicos de al menos dos o tres individuos diferentes. Señor Cárdenas… a su hija la violaron tumultuariamente. Fue una agresión sexual extremadamente violenta y sádica. La golpearon mientras lo hacían. La asfixiaron hasta que perdió el conocimiento y luego la reanimaron para seguir.
El mundo se puso rojo. Literalmente rojo. Sentí que la sangre me inundaba los ojos. Un zumbido agudo, como el de una granada aturdidora, me llenó la cabeza. Dejé de oír los ruidos del hospital. Solo oía la voz del doctor como si viniera de muy lejos, bajo el agua.
—…hemos hecho el kit de violación. Tomamos muestras de ADN, fotos de las lesiones, hisopados, todo. El protocolo está completo. Tiene que ir al Ministerio Público ya. No deje pasar ni una hora. Estas ratas tienen que pagar.
—¿Ella… ella dijo algo? —pregunté. Mi voz sonaba extraña, hueca, como si saliera de una tumba.
—Está en shock. Tiene miedo. Mucho miedo. Cuando le pregunté quién fue, entró en crisis de pánico. Tuvimos que sedarla un poco. Solo repite que la van a matar si habla. Señor, quien hizo esto no es un delincuente común. Esto huele a poder. Huele a impunidad.
Asentí. No dije nada. Le di la mano al doctor. Un apretón fuerte, de hombre a hombre.
—Gracias, doctor. Cuídela. Que nadie entre a ese cubículo. Nadie.
—Yo me encargo de que aquí esté segura. Pero usted vaya a hacer lo que tiene que hacer.
Regresé con Elisa. Me senté en la silla de plástico duro. La miré durante diez minutos. Miré cada moretón, cada herida, grabándolos en mi memoria como coordenadas en un mapa de operaciones. Cada golpe en su cuerpo era una sentencia de muerte para alguien. No sabía para quién todavía, pero lo averiguaría.
Ella abrió los ojos otra vez. El sedante estaba haciendo efecto, pero el terror seguía ahí, vivo, brillando en su pupila.
—Papá… —susurró.
Me acerqué a su oído.
—Hija, escúchame bien. Mírame. —La obligué a mirarme—. Tú me conoces. Sabes quién fui antes de ser taxista. Sabes lo que puedo hacer.
Ella asintió levemente.
—Necesito nombres, Elisa. Dame los nombres y te juro por la memoria de tu madre que nunca más te van a tocar. Nadie te va a tocar.
Ella empezó a llorar, un llanto seco, doloroso.
—No puedo… son… son poderosos, papá. Te van a meter a la cárcel. Me dijeron… me dijeron que si hablaba, te matarían a ti también. Que lo harían parecer un asalto.
—Que lo intenten —dije, y una sonrisa fría, sin humor, se dibujó en mi cara. Una sonrisa que no había usado en veinte años—. A ver si pueden. Dime quién fue.
Elisa cerró los ojos, temblando. Jaló aire, un respiro entrecortado que le dolió en las costillas rotas.
—Fue… fue en el bar Mandarina. Salí de trabajar… me ofrecieron un raite…
—Nombres, hija.
—Antonio… Antonio Montes.
El apellido me sonó como un disparo. Montes. En Jalisco, ese apellido pesa toneladas.
—¿El hijo del Fiscal? —pregunté, sintiendo un sabor a cobre en la boca.
—Sí… él y sus amigos… decían que yo era nadie. Que tú eras un taxista muerto de hambre y que nadie me iba a creer. Que su papá es el dueño de la ley. Se reían, papá. Se reían mientras… mientras…
Se quebró. El llanto se convirtió en un aullido ahogado. La abracé con cuidado, dejando que llorara sobre mi pecho, manchando mi camisa vieja con sus lágrimas y su sangre.
—Antonio Montes —repetí el nombre en mi cabeza. Lo saboreé. Lo mastiqué.
Me quedé ahí hasta que se quedó dormida por los sedantes. Luego, me levanté despacio. Me acomodé la chamarra de piel sintética. Me pasé la mano por el pelo canoso. Me miré en el reflejo de la ventana oscura.
Ya no veía al taxista cansado. Veía al depredador. Veía al hombre que sobrevivió a emboscadas, que vio morir a sus compañeros y que aprendió que en este mundo, la única justicia que existe es la que uno toma con sus propias manos.
Miré a mi hija una última vez.
—Descansa, mi amor —susurré—. El lobo cree que se comió al cordero. No sabe que se metió en la cueva del oso.
Salí del cubículo. Caminé por el pasillo del hospital con paso firme, militar. Mis botas, aunque viejas, resonaban en el linóleo. La gente se apartaba. Iba a la Fiscalía. Iba a darle una oportunidad al sistema. Una sola.
Pero en el fondo, mientras salía a la lluvia fría de la madrugada, sabía que el sistema me iba a fallar. Y casi… casi deseaba que lo hiciera. Porque si la ley fallaba, entonces me tocaba a mí. Y yo no fallo.
Arranqué el taxi. El motor rugió. Destino: Calle 14. La guarida de los burócratas y los cómplices. La guerra había empezado.
CAPÍTULO 2: EL PALACIO DE LA IMPUNIDAD
La Calle 14, en la Zona Industrial de Guadalajara, es un lugar donde la esperanza va a morir. A las cuatro de la mañana, esa avenida ancha y mal iluminada parece la entrada al purgatorio. A un lado, las fábricas de aceite y harina sueltan un tufo rancio que se te pega al paladar; al otro, el edificio de la Fiscalía General del Estado se alza como una fortaleza de burocracia y concreto sucio, rodeada de patrullas con las torretas apagadas y gente que duerme en las banquetas esperando noticias de alguien que probablemente nunca volverá.
Manejé el Tsuru en piloto automático. Mis manos ya no temblaban. Después del shock inicial en el hospital, mi sistema nervioso había hecho lo que mejor sabía hacer: entrar en “Modo Frío”. Es un mecanismo de defensa que aprendí en el GAFE. Cuando el mundo se está cayendo a pedazos, cuando las balas zumban y la sangre salpica, tú te congelas por dentro. Tu corazón late lento, tu respiración se vuelve rítmica y tus emociones se guardan en una caja hermética bajo siete llaves. El dolor, la rabia, el miedo… todo eso se queda para después. Ahora solo existía la misión.
Estacioné el taxi a dos cuadras, en una calle lateral oscura, para que no vieran las placas. No quería que nadie relacionara mi vehículo con lo que estaba a punto de hacer si las cosas salían mal. Me bajé, sentí la llovizna fría en la nuca y caminé hacia la entrada. Cojeaba un poco; la humedad siempre me despierta el dolor de la vieja herida de bala en el muslo izquierdo, un recuerdo de un enfrentamiento en Tamaulipas en el 98. Pero esa noche, el dolor era bienvenido. Me mantenía despierto. Me mantenía enojado.
La entrada de la Fiscalía era un circo de desgracias. Había una señora mayor envuelta en una cobija de lana, llorando bajito mientras sostenía una foto enmicada de un muchacho. Había dos tipos con aspecto de malandros esposados a una banca de metal, custodiados por un policía que cabeceaba de sueño. Había olor a café quemado, a sudor agrio y a esa esencia particular de las oficinas de gobierno: papel viejo y desidia.
Crucé las puertas de cristal manchadas de huellas grasientas. Me dirigí directo a la ventanilla de Atención Temprana. Detrás del cristal blindado —porque aquí hasta los que imparten justicia tienen miedo del pueblo— había un funcionario. Un tipo joven, gordo, con la camisa del uniforme desabotonada en el cuello y una mancha de salsa en la solapa. Estaba viendo un video en su celular, riéndose entre dientes. El sonido de unas risas enlatadas salía del aparato y rebotaba en las paredes tristes de la sala.
Golpeé el cristal con los nudillos. Un golpe seco.
El tipo ni se inmutó. Levantó un dedo índice lleno de grasa de papitas, indicándome que esperara, sin quitar la vista de la pantalla.
—Espérame tantito, jefe. Ahorita te atiendo.
Sentí una pulsada en la sien. En otra vida, hubiera atravesado ese cristal y le hubiera enseñado modales a golpes. Pero el Valerio de hoy respiró hondo.
—Es urgente —dije. Mi voz salió grave, resonando en la pecera de seguridad.
El gordo suspiró, bloqueó el teléfono con fastidio y me miró con ojos de pescado muerto. Ojos de burócrata que ha visto tanta mierda que ya nada le importa.
—Todo es urgente aquí, don. A ver, ¿qué trae? ¿Le robaron el estéreo? ¿Choque laminero? Si es robo sin violencia, tiene que sacar cita por internet o…
Saqué los papeles del hospital del bolsillo interior de mi chamarra. Los desdoblé con cuidado y los pegué contra el vidrio. El reporte médico. El protocolo de violación. Las fotos preliminares que el doctor Medina me había impreso en una hoja de papel bond, borrosas pero brutales.
—Violación tumultuaria. Intento de homicidio. Privación ilegal de la libertad —recité los delitos como si leyera una lista de compras—. Mi hija está en terapia intensiva en el Civil. Traigo el kit de violación y la denuncia verbal.
El gordo parpadeó. Vio las palabras “desgarro”, “trauma”, “abuso sexual”. Su expresión cambió de aburrimiento a una mueca de asco, pero no de empatía, sino de “qué hueva me va a dar llenar todo este papeleo”.
—Híjole, jefe. Eso es un delito de alto impacto. Va a tener que esperar al Ministerio Público de guardia. Está tomando declaración a unos detenidos.
—No voy a esperar —dije. Mi tono bajó una octava—. Tengo el nombre del agresor. Quiero que giren la orden de presentación ahora mismo antes de que se fugue o se esconda.
El gordo sacó una forma amarilla y una pluma mordida.
—A ver, pues. Échele. ¿Cómo se llama el susodicho?
—Antonio Montes.
El gordo empezó a escribir: A-n-t-o… Se detuvo. La pluma quedó flotando sobre el papel. Levantó la vista despacio, frunciendo el ceño, como si hubiera escuchado un ruido extraño en una casa vacía.
—¿Montes? ¿Antonio Montes?
—Así es.
—¿El hijo del Licenciado Montes? ¿Del Fiscal Regional?
Hubo un silencio espeso. El tipo dejó la pluma sobre el escritorio. Miró a los lados, verificando si alguien más había escuchado. Luego se inclinó hacia el micrófono de la ventanilla, bajando la voz.
—Oiga, don… ¿está seguro de lo que está diciendo? Porque eso no es cualquier cosa. Acusar a la familia de un jefe… eso es delicado.
—Mi hija lo identificó. Él se lo dijo mientras la violaba. Dijo que su papá era el Fiscal y que por eso podía hacer lo que quisiera.
El gordo se puso pálido. Luego, rojo. Nervioso. Tomó los papeles que yo había puesto en la bandeja deslizante y me los devolvió empujándolos de regreso hacia mí, como si quemaran.
—Mire, yo no puedo recibir esto así nomás. Esto… esto supera mis atribuciones. Espéreme tantito. No se mueva.
Se levantó de su silla giratoria, que chilló en protesta, y desapareció por una puerta trasera que decía “SOLO PERSONAL AUTORIZADO”.
Me quedé solo frente al cristal vacío. Miré mi reflejo. Un viejo canoso, con una chamarra de piel pasada de moda y ojos hundidos. Pero detrás de ese reflejo, vi al fantasma. Vi al sargento Cárdenas ajustándose el chaleco táctico. Sabía lo que estaba pasando allá adentro. Las llamadas telefónicas. El pánico burocrático. “¿Quién es este pendejo que viene a cagar el palo?”, estarían diciendo.
Pasaron veinte minutos. Veinte minutos eternos donde cada segundo era un martillazo en mi paciencia. Finalmente, la puerta lateral se abrió. No salió el gordo. Salió un hombre distinto.
Era un comandante. Lo supe por el porte, por la forma en que caminaba: con el pecho inflado y los brazos separados del cuerpo, como si cargara dos maletas invisibles (o como si le estorbara la pistola en la sobaquera). Tenía unos cincuenta años, calvo, con bigote recortado y una camisa blanca que le quedaba apretada en la barriga. Olía a loción Hugo Boss pirata y a tabaco. Llevaba varias cadenas de oro en la muñeca y un reloj demasiado grande y brillante para el sueldo de un servidor público honesto.
Abrió la puerta de seguridad y me hizo una seña con la cabeza. Ni siquiera un “buenas noches”. Solo un gesto de “entra, perro”.
—Pásale, Valerio. Vamos a platicar a mi oficina.
Entré. El pasillo interior era un laberinto de cubículos grises, expedientes apilados en el suelo y archiveros oxidados. Me llevó hasta una oficina al fondo, con persianas venecianas rotas y un escritorio de madera falsa. En la pared, una foto del Gobernador y otra del Fiscal General, el padre del monstruo que había destrozado a mi hija. Me dieron ganas de escupirle al marco.
El comandante se sentó, subió los pies al escritorio y me señaló una silla de plástico frente a él.
—Siéntate. Soy el Comandante Cifuentes. Jefe de turno.
Me senté, manteniendo la espalda recta. No me relajé.
—Mucho gusto. Quiero levantar la denuncia.
—Tranquilo, tranquilo… —Cifuentes sacó una cajetilla de Marlboro Rojos y encendió uno sin ofrecerme. Echó el humo hacia el techo—. Leí lo que le diste al de barandilla. Está cabrón, eh. De verdad, está cabrón lo de tu muchacha. Uno es padre también, Valerio. Tengo dos niñas. Me imagino lo que sientes y me hierve la sangre.
“Mentira”, pensé. “No sientes nada. Eres un reptil”.
—Si le hierve la sangre, comandante, entonces haga su trabajo. Mande una patrulla por Antonio Montes. Vive en el fraccionamiento Puerta de Hierro o en Colinas de San Javier, ustedes deben saber dónde. Traigámoslo, hagamos la comparativa de ADN y enciérrelo.
Cifuentes soltó una risa corta, seca, como un ladrido.
—Ay, Valerio… Valerio, Valerio. Se ve que eres un hombre de trabajo, un taxista honrado. Pero se ve que no entiendes cómo funciona el mundo real. O al menos, cómo funciona Guadalajara.
Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio. Su cara cambió. La falsa simpatía desapareció y dejó ver la amenaza velada.
—Antonio Montes no es un “susochicho” cualquiera. Es el hijo del Licenciado Montes. ¿Sabes quién es el Licenciado Montes? Es el hombre que decide quién entra al bote y quién sale. Es el hombre que firma mi nómina y la de todos los jueces de este estado.
—¿Y eso le da derecho a su hijo a violar mujeres? —pregunté, sintiendo cómo se me tensaban los músculos del cuello.
—No, claro que no. Pero nos mete en un pedo, Valerio. Mira, tu hija… con todo respeto… llegó golpeada. El doctor dice que fue violación. Pero en el reporte dice que ella estaba “confusa”. Que no recuerda bien.
—Ella recuerda perfectamente. Me dio el nombre.
—El trauma es traicionero, amigo. A veces las muchachas se van de fiesta, se meten sus tachas, sus cositas… se pelean con el novio, se ponen violentas y luego, para que el papá no las regañe, inventan que fue “el hijo de fulano”. Es muy común.
Me levanté de la silla de golpe. La silla cayó hacia atrás con un estruendo que hizo eco en la oficina.
—¡Mi hija no se droga! ¡Mi hija es estudiante de honor! ¡Y tiene tres costillas rotas y desgarros internos! ¿Me está diciendo que ella se hizo eso sola? ¿Que se inventó una violación tumultuaria para que no la regañara?
Cifuentes no se inmutó. Ni siquiera parpadeó. Siguió fumando, mirándome a través del humo.
—¡Bájele de huevos, don! —gritó, ahora sí con voz de mando—. ¡Siéntese y cállese si quiere salir de aquí caminando!
Me quedé de pie, respirando agitadamente. Calculé la distancia entre mi mano y su garganta. Un metro y medio. Podría saltar el escritorio, romperle la tráquea con un golpe de canto de mano y rematarlo con su propio cenicero de cristal antes de que pudiera desenfundar la Glock que traía en la cintura. Lo visualicé. Lo vi suceder en mi mente en menos de un segundo. La violencia estaba ahí, agazapada, pidiendo salir.
Pero me contuve. Matar a un comandante dentro de la Fiscalía no ayudaría a Elisa. Solo me convertiría en un cadáver o en un prófugo, y la dejaría sola a merced de los lobos.
Levanté la silla despacio y me volví a sentar.
—Continúe —dije, tragándome el veneno.
Cifuentes sonrió. Creyó que me había intimidado. Creyó que había ganado.
—Eso es. Seamos civilizados. Mira, Valerio, te voy a hablar al chile, de compas. Olvida el nombre de Montes. Si pones ese nombre en la denuncia, esa carpeta no va a llegar ni al escritorio del secretario. Se va a “perder”. Las pruebas de ADN se van a contaminar o van a desaparecer del refri del forense. Y tú… tú te vas a convertir en un problema.
Se levantó y rodeó el escritorio. Se sentó en la orilla, invadiendo mi espacio personal.
—Y a los problemas, en esta ciudad, se les da solución rápida. ¿Me entiendes? Tienes una hija viva. Madreada, sí, pero viva. Si empiezas a hacer ruido, a dar entrevistas, a joder al hijo del jefe… puede que a tu hija le dé una infección hospitalaria repentina. O que tú tengas un accidente en tu taxi. Los frenos fallan, Valerio. Las cosas pasan.
Sentí un escalofrío. No era miedo por mí. Era la confirmación absoluta de que estaba solo. No había ley. No había estado de derecho. Estaba en una selva de concreto donde el más fuerte se comía al débil, y estos tipos con placa eran las hienas que limpiaban los huesos que dejaban los leones.
—¿Me está amenazando, comandante?
—Te estoy aconsejando, cabrón. Te estoy salvando la vida. Vete a tu casa. Cuida a tu niña. Dale gracias a Dios que no la mataron y la tiraron en una zanja en Tlajomulco como a tantas otras. Olvida esto. Cómprate una botella de tequila, emborráchate y mañana sigue manejando tu taxi. Es lo mejor que puedes hacer.
Me quedé mirándolo a los ojos. Memorizando su cara. Sus poros abiertos, la cicatriz pequeña en su ceja izquierda, el color amarillento de sus dientes. Guardé esa imagen en la carpeta mental etiquetada como “OBJETIVOS”.
—Entiendo —dije suavemente. Me puse de pie—. Tiene razón, comandante. No puedo ganar esta pelea.
Cifuentes sonrió, satisfecho. Me dio un par de palmadas condescendientes en el hombro.
—Así me gusta. Gente sensata. Ándale pues, vete a descansar. Y llévate tus papeles, aquí no sirven de nada.
Tomé los documentos del escritorio. Los doblé y los guardé.
—Buenas noches, comandante.
—Que descanses, Valerio. Y con cuidado en la calle, que está peligrosa.
Salí de la oficina. Caminé por el laberinto de cubículos, pasé frente al gordo de la entrada que ya estaba otra vez con su celular, y empujé las puertas de cristal hacia la calle.
Afuera, la lluvia había arreciado. El cielo empezaba a clarear con ese tono gris sucio del amanecer urbano. Me recargué en el cofre mojado de mi Tsuru. El agua me empapaba la camisa, pero no sentía frío. Sentía fuego.
Metí la mano a la guantera y, rebuscando entre fusibles viejos y mapas arrugados, encontré lo que buscaba: una cajetilla de Delicados que tenía ahí desde hacía años, “para emergencias” o para darle a algún pasajero nervioso. El tabaco estaba seco, viejo. Saqué uno y lo encendí con el encendedor del coche.
La primera calada me quemó la garganta. Tosí un poco, pero luego dejé que el humo llenara mis pulmones. La nicotina me golpeó el cerebro casi al instante, calmando el temblor de mis manos.
Miré hacia arriba, hacia el edificio gris de la Fiscalía. Las luces de las oficinas seguían encendidas. Ahí adentro, Cifuentes seguramente se estaba riendo de mí, tal vez llamando al tal Montes para decirle: “Ya arreglé el problema, jefe. Vino el papá, un pinche taxista viejo, pero ya lo asusté. No va a hacer nada”.
Me quité la gorra de taxista y la aventé al asiento del copiloto.
—Se equivocan —murmuré, exhalando el humo hacia la lluvia—. Creen que hablaron con Valerio el taxista. No saben que despertaron al Jaguar.
En el ejército, mi indicativo era “Jaguar”. Porque era silencioso, paciente y atacaba a la yugular. Había pasado veinte años tratando de ser un perro doméstico, leal y tranquilo. Pero si el sistema quería tratarme como a un animal, entonces sería el animal más peligroso del bosque.
Saqué mi celular. No marqué al 911. No marqué a ningún abogado. Busqué en mis contactos un número que no marcaba desde hacía más de una década. Un número guardado simplemente como “Chatarrero”.
Timbró cuatro veces.
—¿Quién chingados llama a esta hora? —contestó una voz ronca, pastosa de sueño y cigarro.
—Olegario. Soy yo. Valerio.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Se oyó el ruido de unas sábanas moviéndose y el click de un encendedor.
—¿El Jaguar? —la voz cambió. Ya no era de sueño, era de alerta—. No mames, güey. Creí que te habías muerto o que te habías hecho monje. ¿Qué pasa? Son las cinco de la mañana.
—Necesito fierros, Olegario. Y necesito información.
—¿Te metiste en pedos?
—Se metieron conmigo. Le hicieron daño a mi hija.
—¿Quién?
—La gente intocable. El hijo del Fiscal Montes y sus amigos.
Olegario soltó un silbido largo.
—Verga… te fuiste a las grandes ligas, cabrón. Esos güeyes tienen a media policía en la nómina y a la otra media amenazada. Valerio… esto no es como en los viejos tiempos. Ya no tenemos respaldo. Si te metes ahí, vas solo.
—No te estoy pidiendo que vengas a tirar balazos conmigo, Ruso. Solo necesito ojos y oídos. Necesito saber dónde se mueven, quién los cuida, dónde viven. Y necesito algo que haga ruido, por si las cosas se ponen feas.
—Sabes que yo te consigo lo que quieras. Pero piénsalo bien. Tienes una vida tranquila. Tienes nietos, ¿no?
—No tengo nietos. Y la vida tranquila se acabó a las tres de la mañana. ¿Me vas a ayudar o busco por otro lado?
—Cálmate, Jaguar. Sabes que eres mi hermano. Caile al yonke a las nueve. Te voy a tener el desayuno y… el menú especial. Pero vente en otro carro, o déjalo lejos. No quiero colas.
Colgué.
Terminé el cigarro hasta que el filtro me quemó los dedos. Lo tiré al charco y lo pisé con la bota, triturándolo contra el asfalto.
Me subí al taxi. Me miré en el retrovisor una última vez. Los ojos cansados habían desaparecido. Ahora tenía la mirada fija, dura. La mirada de un hombre que ya aceptó que va a ir al infierno, pero que está decidido a llevarse a todos los demonios que pueda con él.
Arranqué el motor. El Tsuru rugió, sonando más agresivo de lo normal, o tal vez era yo el que lo escuchaba así.
La cacería había comenzado. Y el primer paso no era atacar, era observar. Conocer a la presa mejor de lo que ellos se conocían a sí mismos. Antonio Montes, el niño rico, el príncipe de la ciudad, iba a descubrir que el dinero y el apellido de su papá no servían de nada cuando te enfrentas a un hombre que no tiene nada que perder.
Puse primera y salí quemando llanta de la Calle 14, dejando atrás la ley de los hombres para entrar en la ley de la selva.
CAPÍTULO 3: FIERROS VIEJOS Y LEALTADES OXIDADAS
El sol de la mañana en Guadalajara no acaricia; golpea. A las nueve de la mañana, después de una noche de lluvia, la ciudad se convierte en un baño de vapor gigante. El asfalto exhala humedad, el tráfico en la Avenida Lázaro Cárdenas se vuelve un río de metal hirviente y el smog se asienta sobre el valle como una tapa gris.
Manejé hacia las afueras, rumbo a Tonalá, donde la ciudad deja de ser ciudad y se convierte en un híbrido polvoriento de talleres mecánicos, lotes baldíos y casas a medio terminar con las varillas oxidadas apuntando al cielo como dedos acusadores. Mi destino era “El Yonke del Ruso”, un cementerio de autos que ocupaba dos hectáreas de tierra seca, cercado por láminas de zinc y custodiado por tres perros Dóberman que no ladraban, solo te miraban calculando qué parte de tu cuerpo sabía mejor.
Olegario “El Ruso” Drozdoff no era ruso de verdad. Era hijo de un ingeniero de minas de Zacatecas y una mujer de Sinaloa, pero tenía la piel tan pálida que parecía no haber visto el sol en décadas, y unos ojos azules, gélidos, que había heredado de algún abuelo inmigrante perdido en el árbol genealógico. Habíamos servido juntos en el Grupo Aeromóvil. Él era el especialista en demoliciones y logística. El tipo que podía conseguirte un helicóptero o una caja de whisky en medio de la selva chiapaneca. Cuando nos retiramos —o mejor dicho, cuando el sistema nos escupió—, él montó este negocio. Deshuesaba coches robados para vender las piezas, legalizaba lo ilegal y, para los viejos amigos, ofrecía servicios que no aparecían en el catálogo.
Estacioné el Tsuru afuera del portón de lámina. Toqué el claxon con una clave rítmica: dos cortos, uno largo, dos cortos. El portón se abrió con un chirrido agónico de metal contra metal.
Entré despacio, esquivando charcos de aceite negro y montañas de defensas de plástico. Al fondo, bajo un tejabán de lámina, estaba Olegario. Estaba sentado en un sillón de piel sacado de una camioneta de lujo, limpiándose las uñas con una navaja de muelle. Había engordado. Tenía una panza cervecera que tensaba su camiseta negra de tirantes, y sus brazos estaban cubiertos de tatuajes deslavados por el tiempo: calaveras, águilas, nombres de mujeres que seguramente ya lo habían olvidado.
Me bajé del taxi. Mis botas crujieron en la grava.
—¡Jaguar! —gritó, abriendo los brazos pero sin levantarse—. ¡Milagro que bajas del Olimpo de los taxistas para visitar a la plebe!
Su voz era un rugido rasposo, quemado por años de tabaco corriente. Me acerqué y le di la mano. Su apretón seguía siendo una prensa hidráulica.
—Olegario. Te ves… próspero.
—Me veo viejo y gordo, Valerio. No me mientas. Pero sigo vivo, que ya es ganancia en este país. —Me miró de arriba abajo, escaneándome con esos ojos de hielo—. Tú te ves de la chingada, hermano. Tienes cara de que no has dormido en tres días y traes el aura negra. Esa que traías antes de las operaciones en la sierra.
Me senté en un bloque de motor oxidado frente a él.
—Fueron al hospital anoche, Ruso.
Su sonrisa desapareció al instante. Se inclinó hacia adelante, la navaja quieta en su mano.
—¿Elisa?
Asentí. Me costó pasar saliva.
—La violaron, Olegario. La masacraron. Tres cabrones.
Olegario no dijo nada. Cerró la navaja con un chasquido seco. Se levantó pesadamente, caminó hacia una hielera roja, sacó dos cervezas Victoria y me pasó una. Estaba helada. Me la puse en la frente un segundo antes de abrirla.
—Nombres —dijo, dándole un trago largo a su cerveza.
—Antonio Montes.
Olegario escupió un poco de espuma y soltó una carcajada amarga, sin humor.
—Puta madre… Montes. El hijo del Fiscal. El “Junior de Oro”. Te fuiste directo a la realeza del narco-estado, Valerio.
—Él y dos amigos. Todavía no tengo los nombres de los otros dos, pero sé que se mueven juntos.
—¿La policía? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—Fui a la 14. Me atendió Cifuentes. Básicamente me dijo que si le movía, me iban a matar a mí y a rematar a mi hija. Me dieron el “consejo de amigo” de que me fuera a chingar a mi madre.
Olegario asintió, mirando hacia el horizonte de chatarra.
—Cifuentes es un perro faldero. Si Montes le dice que ladre, ladra. Si le dice que muerda, muerda. —Se giró hacia mí—. ¿Y qué vas a hacer, Jaguar? ¿Vas a dejar que Dios los castigue?
Lo miré a los ojos. Dejé que viera el vacío que traía adentro.
—Dios está muy ocupado, Ruso. Voy a hacer el trabajo yo. Pero necesito herramientas. No quiero hacer una masacre a lo pendejo. Quiero… quiero educarlos. Quiero que sientan lo que sintió mi hija. Y para eso necesito levantar a tres cabrones sin que me caiga el grupo táctico encima a los cinco minutos.
Olegario se terminó la cerveza de un trago, aplastó la lata con una mano y la aventó a un montón de fierros.
—Vente. Vamos a la “oficina”.
Me llevó a la parte trasera del lote, a una bodega cerrada con tres candados. Adentro olía a grasa, a pólvora y a encierro. Encendió una luz amarilla. Había mesas de trabajo llenas de herramientas, y al fondo, un estante metálico cubierto con una lona.
Quitó la lona.
No era un arsenal de película de Hollywood. No había bazucas ni ametralladoras doradas. Era el arsenal de un profesional pragmático. Escopetas recortadas, pistolas de varios calibres, silenciadores caseros hechos con filtros de aceite, chalecos antibalas usados.
—No quiero rifles de asalto —dije—. No voy a tomar una plaza. Voy a cazar en la ciudad. Necesito discreción.
Olegario asintió y abrió un cajón de metal. Sacó una pistola negra, compacta.
—Glock 19. Calibre 9 milímetros. Sin registro, limada, cañón nuevo. Si la tiras al río después de usarla, nadie va a saber de dónde salió. Cargador de 15 tiros más uno en la recámara. Es confiable, no se encasquilla ni aunque la llenes de lodo.
La tomé. El peso era reconfortante. Familiar. Mis dedos recordaron instintivamente cómo empuñarla, cómo verificar la recámara. Hice un par de movimientos en seco. Era una extensión de mi mano.
—Me la llevo. ¿Qué más?
—Taser —dijo, lanzándome un dispositivo amarillo y negro—. Modelo policial. 50,000 voltios. Tira dos dardos a cinco metros. Tumba a un toro. Si quieres llevártelos vivos y sin hacer mucho escándalo, esto es mejor que un plomazo en la pierna.
—Perfecto. Cinchos. Cinta industrial.
—Ahí en la caja. Cinchos de plástico de uso rudo, de los que usan para amarrar cables de alta tensión. Esos no los rompen ni con los dientes. Cinta gris de la buena, de la que arranca la piel si te la quitas rápido.
—Necesito un coche —dije—. El taxi es muy visible. Y el Tsuru no corre ni madres si necesito salir rápido.
Olegario se rascó la barbilla.
—Tengo una Jeep Cherokee vieja, modelo 2000. Color gris rata. Pintura quemada, parece de albañil. Pero le metí un motor V8 supercargado de una Cheyenne siniestrada. Está blindada nivel 3 en las puertas y vidrios. Aguanta balazos de 9mm y .38. Es fea como la chingada, pero corre como el diablo y empuja lo que le pongas enfrente. Placas sobrepuestas de Michoacán.
—Trato.
—Y… —Olegario dudó un momento. Fue a un rincón y sacó una caja pequeña de cartón—. Información.
—¿Ya la tienes?
—Te dije que tengo oídos. Desde que me llamaste a las cinco, puse a trabajar a mis “pajaritos”. Los halcones del barrio, los meseros, los valets parking. Aquí está lo que sabemos del tal Antonio Montes y su pandilla.
Me entregó una carpeta manila delgada. La abrí sobre la mesa de trabajo, bajo la luz amarilla.
Había fotos impresas de redes sociales. Instagram, Facebook.
El Objetivo Principal:
Antonio Montes. 23 años. Estudiante de Derecho en la Panamericana (aunque dicen que nunca va). En las fotos aparecía siempre con una copa de champaña, en yates, en antros de lujo, rodeado de mujeres que parecían modelos. Tenía esa cara de niño mimado que nunca ha recibido un “no” por respuesta. Piel cuidada, sonrisa blanca perfecta, ropa de marca con logotipos gigantes. Manejaba un BMW M4 color negro mate.
—Ese es el líder —dijo Olegario, señalando la foto con un dedo manchado de grasa—. Vive en Colinas de San Javier. Mansión con seguridad privada en la entrada del fraccionamiento, pero la casa en sí no tiene escoltas armados 24/7. El papá confía mucho en que nadie es tan estúpido para meterse con él.
—Grave error —murmuré.
El Objetivo 2:
Kirill “El Tanque” Lozano. Hijo del dueño de una cadena de gimnasios y suplementos alimenticios. Un tipo enorme, inyectado de esteroides, cuello de toro, tatuajes tribales en los brazos. Era el músculo. En las fotos siempre salía haciendo señas obscenas o cargando pesas.
—Ese güey es peligroso en el cuerpo a cuerpo —advirtió el Ruso—. Es cinta negra en algo, o al menos le gusta pegar. Es el que hace el trabajo sucio cuando hay broncas en los antros.
—El tamaño no importa cuando tienes una rodilla rota —dije fríamente.
El Objetivo 3:
Marcos “El Fresa” Arriaga. Hijo de un magistrado del Supremo Tribunal. Flaquito, con lentes de pasta, cara de intelectual pervertido. Según el reporte de Olegario, este era el que conseguía las drogas y “organizaba” las fiestas. El cerebro podrido del grupo.
—Este es el más cobarde. Si lo aprietas, canta ópera.
—Se juntan todos los viernes y sábados en el Bar Mandarina, en la zona de Andares —continuó Olegario—. Tienen mesa reservada fija en el VIP. Llegan tipo once de la noche, se ponen hasta el culo de perico y alcohol, y salen tipo tres o cuatro a buscar “after” o a buscar víctimas. Así fue como pescaron a tu hija, Valerio. Ella trabajaba de mesera ahí o salía de por ahí, ¿no?
—Salía de su turno en un café cercano. La interceptaron en la calle.
Cerré la carpeta. Sentí cómo la bilis me subía por el esófago. Eran depredadores recreativos. No lo hacían por necesidad, ni por guerra, ni por territorio. Lo hacían porque podían. Porque les divertía romper cosas hermosas.
—¿Cuánto te debo, Ruso?
Olegario me miró serio. Negó con la cabeza.
—Tu dinero de taxista no sirve aquí, Valerio. Esto va por la casa.
—No puedo aceptar eso. La Cherokee, la fusca… es mucha lana.
—Tómalo como un pago atrasado por aquella vez en Matamoros. Cuando me sacaste cargando con la pierna jodida. Si no fuera por ti, yo sería abono para los cactus. Además… —su voz se quebró un poco—… yo tengo una hija de la edad de la tuya. Vive con su mamá en Estados Unidos. Si alguien le hiciera eso… yo quemaría el mundo. Así que quema el mundo por mí también, Jaguar.
Le di un abrazo. Un abrazo fuerte, de esos que duelen.
—Gracias, hermano.
—Ten cuidado. Si te agarran, yo no te conozco.
—Si me agarran, estaré muerto.
Salí del yonke manejando la Cherokee gris. El motor V8 ronroneaba con una potencia contenida que hacía vibrar el volante. Se sentía pesada, sólida, como un tanque. Dejé mi taxi ahí guardado.
Mi siguiente parada fue un motel de paso en la salida a Nogales. No podía ir a mi casa. No quería que Elisa me viera llegar armado, ni quería llevar el peligro a mi hogar. Renté una habitación por una semana. Pagué en efectivo.
En el cuarto, con olor a desinfectante barato y cigarros antiguos, desplegué mi equipo sobre la cama.
Desarmé la Glock. La limpié pieza por pieza, aunque ya estaba limpia. Necesitaba el ritual. El olor del aceite para armas me calmó. Cargué el magazine: 15 balas de punta hueca. Balas que se expanden al impacto, diseñadas para causar el máximo daño interno y no atravesar al objetivo para herir a inocentes.
Revisé los cinchos. Probé el Taser contra una almohada; el chasquido eléctrico iluminó el cuarto oscuro y dejó olor a ozono.
Me quité la camisa. Me miré en el espejo del baño. Mi cuerpo de 63 años ya no era el de antes. Tenía cicatrices, piel flácida en el abdomen, canas en el pecho. Pero debajo de eso, todavía había músculo duro. Hice flexiones. Cien. Doscientas. Hasta que los brazos me ardieron y el sudor me corrió por la cara. Me tomé dos pastillas de Tramadol para el dolor de espalda.
—Ya no eres joven, Valerio —me dije al espejo—. No vas a ganarles por fuerza o velocidad. Vas a ganarles por astucia. Por crueldad. Ellos juegan a ser malos. Tú fuiste malo de verdad.
Llegó la noche. Viernes. Día de cacería.
Me puse una gorra negra, una sudadera oscura y unos pantalones de cargo. Guardé la pistola en la espalda baja, el taser en el bolsillo de la pierna y una navaja en el cinturón. Me subí a la Cherokee y manejé hacia la zona de Andares.
Andares es el corazón del lujo en Guadalajara. Rascacielos de cristal, centros comerciales donde una bolsa cuesta lo que yo gano en dos años, restaurantes donde un filete vale mi renta del mes. Es una burbuja. Un lugar donde la guerra de los cárteles y la pobreza del país no existen, o al menos, se esconden muy bien tras muros de seguridad privada y valets en chaleco.
Estacioné la camioneta en una calle lateral, desde donde tenía vista a la entrada del Bar Mandarina. Bajé las ventanillas un poco para escuchar. El bajo de la música electrónica retumbaba en el aire. Veía llegar los coches: Ferraris, Porsches, Mercedes Benz blindados. De ellos bajaban los “mirreyes” y las “lobukis”. Ellos con sus camisas desabotonadas hasta el ombligo, mocasines sin calcetines y esa actitud de “el piso no me merece”. Ellas con vestidos minúsculos, tacones imposibles y cirugía plástica de alta gama.
Era un desfile de vanidad. Y ahí, a las 11:45 PM, llegaron.
El BMW M4 negro mate rugió al frenar frente al valet parking. Se bajó él. Antonio Montes.
Lo reconocí al instante por la foto, pero en persona irradiaba una arrogancia aún más tóxica. Caminaba como si fuera dueño de la banqueta. Aventó las llaves al valet sin mirarlo, ni siquiera esperó el boleto.
Detrás de él bajaron los otros dos. El “Tanque” Kirill, una montaña de carne con una camiseta ajustada que decía “BEAST MODE”. Y el “Fresa” Marcos, ajustándose los lentes y riéndose de algo que había dicho Antonio.
Los vi. Los tuve a cincuenta metros. Mi mano derecha fue instintivamente a la pistola. Podría haber bajado, caminado hacia ellos y metido tres balas en sus cabezas antes de que los de seguridad reaccionaran. Pum, pum, pum. Justicia rápida.
Pero no. Eso sería demasiado fácil. Demasiado piadoso.
Ellos no tuvieron piedad con Elisa. Ellos se tomaron su tiempo. Yo me tomaría el mío.
Los vi entrar al antro. Los cadeneros les quitaron la cuerda de terciopelo y los saludaron con abrazos y palmadas en la espalda.
—¡Pásale, Toño! ¡Tu mesa está lista, rey!
Me quedé en la camioneta. Esperando. Observando.
Durante las siguientes cuatro horas, aprendí su rutina.
Salían a fumar cada media hora. Siempre rodeados de gente, pero a veces se alejaban un poco para hablar por teléfono o meterse algo en la nariz.
Vi cómo Antonio trataba a los meseros. Chasqueaba los dedos. Empujaba a la gente que le estorbaba. Vi cómo agarró del brazo a una chica que pasaba, jalándola hacia él. Ella se soltó asustada y él se rió, gritándole algo que debió ser “Pinche gata”.
Eran basura. Basura con dinero, pero basura al fin.
A las 3:30 AM, salieron tambaleándose. Iban borrachos y drogados. Antonio gritaba:
—¡A mi casa, paps! ¡Tengo botellas y le hablé a unas chavas de la agencia!
—¡A huevo, rey! —gritó el Tanque, golpeando el cofre del BMW.
Se subieron al coche. El valet se los entregó rápido.
Arrancaron rechinando llanta, casi atropellando a un vendedor de rosas que estaba en la esquina.
Los seguí.
Mantuve una distancia de dos coches. La Cherokee se camuflaba perfectamente en el tráfico nocturno. Nadie se fija en una camioneta vieja y despintada.
Tomaron Avenida Patria, luego Acueducto. Iban a exceso de velocidad, pasándose los rojos. Yo los seguía con calma, sabiendo que en algún punto tendrían que frenar.
Llegaron a la entrada de Colinas de San Javier. Una pluma de seguridad, guardias armados. El BMW pasó sin detenerse, el guardia solo levantó la mano saludando.
Yo me detuve cien metros antes. No podía entrar ahí. No todavía.
Pero ya sabía dónde dormía la bestia. Ya sabía que no tenían escolta pegada a la defensa. Se sentían seguros en su burbuja.
Me estacioné en la oscuridad y apagué el motor.
Saqué mi libreta y anoté:
Viernes 3:45 AM. Entran a casa de Montes. Solos. Borrachos. Sin escolta trasera. El punto débil es el trayecto entre el bar y la casa, o cuando salen a buscar comida o mujeres.
De repente, mi celular vibró. Era un mensaje de texto. De mi cuñada, que se estaba quedando con Elisa en el hospital.
“Valerio, Elisa despertó gritando otra vez. Dice que ve sus caras. Pregunta por ti. ¿Dónde estás?”
Leí el mensaje y sentí que se me rompía algo adentro. Imaginé a mi niña, en esa cama de hospital, aterrorizada, rota. Y estos cabrones estaban a dos kilómetros de distancia, bebiendo champaña, riéndose, planeando su siguiente fiesta. Probablemente presumiendo de su “hazaña”.
Guardé el teléfono. Apreté el volante de la Cherokee hasta que el cuero viejo crujió.
—Ya voy, hija —susurré a la oscuridad—. Ya voy. Pero antes… tengo que limpiar la basura.
Encendí un cigarro. El humo azul llenó la cabina.
No sería hoy. Hoy era reconocimiento. Mañana… mañana empezaría la verdadera presión. Iba a hacer que se sintieran observados. Iba a convertirme en su sombra. Antes de ponerles una mano encima, iba a meterles el miedo en los huesos. Quería que cuando finalmente los atrapara, el infierno les pareciera un lugar de descanso.
Arranqué la camioneta y di la vuelta en U.
El Jaguar estaba despierto. Y tenía hambre.
CAPÍTULO 4: EL AROMA DEL MIEDO
(Preview)
Los días siguientes no fueron de acción, sino de guerra psicológica. Valerio comienza a dejar señales. Una nota en el parabrisas del BMW. Una llamada silenciosa al celular de Marcos. Empieza a desmoronar la seguridad de los “intocables” antes de dar el golpe final. Descubre que el eslabón más débil es Marcos, el hijo del magistrado, y decide que él será la llave para abrir la puerta del infierno…
CAPÍTULO 4: EL AROMA DEL MIEDO
La paciencia es un arma. En el GAFE nos enseñaron que un francotirador puede estar tres días inmovil en el lodo, cagándose encima, con los insectos comiéndole la cara, solo para esperar el segundo exacto en que el objetivo se acomoda la corbata. La paciencia no es pasividad; es una forma de violencia contenida. Es la presa aguantando la respiración antes de que el depredador salte. O en mi caso, el depredador viejo y cansado esperando a que las gacelas se confíen.
Pasé los siguientes cuatro días viviendo como un fantasma. Mi rutina se partió en dos realidades esquizofrénicas. De día, iba al hospital un par de horas. Me sentaba junto a la cama de Elisa, le tomaba la mano fría y le contaba mentiras piadosas.
—La policía ya está investigando, mi amor.
—El comandante dijo que tienen pistas.
—Todo va a estar bien.
Ella me miraba con ese único ojo sano, lleno de una tristeza infinita y vidriosa por los sedantes. Sabía que le mentía. Elisa es lista. Sabía que en este país la justicia es un cuento de hadas para niños ricos. Pero me dejaba hablar porque mi voz la calmaba. Veía cómo se aferraba a mi mano cuando la puerta se abría, temiendo que entrara alguien a terminar el trabajo. Ese miedo en sus ojos era mi gasolina. Salía del hospital con el tanque lleno de odio, listo para la segunda parte de mi día.
De noche, me convertía en la sombra.
Dejé el taxi guardado en el yonke del Ruso para no quemarlo. Me movía en la Jeep Cherokee gris, ese monstruo blindado que pasaba desapercibido porque parecía la camioneta de un maestro de obra o un ingeniero venido a menos.
Mi objetivo era simple: conocerlos mejor de lo que ellos se conocían a sí mismos. Saber a qué hora cagaban, qué comían, con quién se acostaban y, lo más importante, a qué le tenían miedo.
DÍA 1: LA RUTINA DE LOS DIOSES
Antonio Montes, el “Príncipe Heredero”. Lo seguí desde su casa en Colinas de San Javier hasta la universidad. Manejaba su BMW como si las calles fueran su pista privada. Se pasaba los altos, se le cerraba a los camiones. Era un bully motorizado.
Confirmé lo que decía el reporte: casi nunca entraba a clases. Llegaba al estacionamiento de la Panamericana, se quedaba en el coche fumando porros con otros juniors, o se iba a desayunar a lugares caros en Providencia.
Lo vi en el Café Chai de Avenida Vallarta. Se sentó en la terraza con sus dos perros falderos: Kirill y Marcos.
Desde mi camioneta, estacionada a cincuenta metros, los observé con unos binoculares Nikon que me prestó el Ruso. Podía leerles los labios si me concentraba, pero su lenguaje corporal gritaba más fuerte que sus palabras.
Antonio era el centro de gravedad. Hablaba fuerte, manoteaba, se reía echando la cabeza hacia atrás. Se sentía invencible. No había ni una pizca de remordimiento en su cara. Habían pasado solo cinco días desde que destruyeron a mi hija, y él estaba ahí, pidiendo mimosas y revisando su Instagram, preocupado seguramente por cuántos likes tenía su última foto en el gimnasio.
Kirill, el “Tanque”, era su eco. Se reía de todo lo que decía Antonio. Era un gorila básico, de esos que piensan con los bíceps.
Pero Marcos… Marcos “El Fresa” Arriaga era diferente.
A través de los lentes de aumento, vi los detalles que nadie más notaba. Marcos no comía. Tenía un plato de chilaquiles enfrente que solo picaba con el tenedor. Movía la pierna compulsivamente bajo la mesa, un tic nervioso constante. Miraba a los lados. Se tocaba la nariz cada dos minutos. O tenía una alergia muy cabrona, o se estaba metiendo cocaína desde el desayuno para aguantar la culpa o la paranoia.
—Ahí estás —susurré, bajando los binoculares—. Tú eres la grieta en el muro.
DÍA 2: LA GUERRA PSICOLÓGICA
Decidí que era hora de presentarme. No en persona, sino como una idea. Como una pesadilla.
Sabía que el miedo es como un virus. Si infectas a uno, contagias a los demás. Y Marcos tenía el sistema inmunológico bajo.
Esperé a que fueran al gimnasio. Iban a un Sports World exclusivo en una plaza comercial. Dejaron el BMW en el valet parking.
Me acerqué caminando, con mi gorra calada y una actitud de “señor que va al banco”. Pasé junto al BMW negro mate de Antonio. El valet estaba distraído acomodando una camioneta blindada de algún político.
En dos segundos, pegué una calcomanía en el espejo lateral del conductor. No era una nota de papel que se pudiera volar. Era una etiqueta adhesiva blanca, de esas difíciles de quitar, en la que había escrito con marcador rojo indeleble una sola fecha:
08/NOV – 03:00 AM
La hora y fecha del crimen.
Me alejé y me senté en una banca cercana, fingiendo leer el periódico, esperando a que salieran.
Tardaron dos horas. Salieron inflados, con sus maletas de deporte, oliendo a desodorante caro. El valet les trajo el coche. Antonio se subió al lado del conductor, Kirill de copiloto y Marcos atrás.
Vi el momento exacto. Antonio estaba ajustando el espejo retrovisor cuando vio la etiqueta. Se detuvo.
Frunció el ceño. Bajó la ventanilla y trató de rascarla con la uña.
Le dijo algo a los otros.
Vi a Marcos asomarse desde el asiento trasero. Su cara, incluso a la distancia, palideció. Se llevó las manos a la cabeza.
Antonio, en cambio, golpeó el volante. Gritó algo al valet, seguramente culpándolo. El valet negaba con la cabeza, asustado.
Finalmente, Antonio arrancó la etiqueta con rabia, dejando restos de pegamento y papel, y aceleró quemando llanta.
Sonreí.
Ya no era un accidente. Ya no era “cosa del pasado”. Alguien sabía. Y ese alguien estaba cerca.
DÍA 3: EL ESLABÓN DÉBIL
El miércoles por la noche, la manada se separó.
Antonio se fue a cenar con sus padres (probablemente para fingir ser el buen hijo). Kirill se fue con una novia.
Marcos se quedó solo.
Lo seguí. Manejaba un Audi A3 blanco. Conducía mal, nervioso, frenando de golpe en los semáforos.
Salió de la zona rica. Cruzó la ciudad hacia el sector Reforma, bajando hacia la zona de Analco. No es un lugar para un niño fresa a las diez de la noche, a menos que busques algo que no venden en las farmacias.
Se estacionó en una esquina oscura, frente a una vecindad despintada. Un tipo flaco, con tatuajes en el cuello, salió de las sombras. Hubo un intercambio rápido mano a mano. Dinero por bolsitas.
Cocaína. Y por la cantidad de bolsitas, Marcos planeaba no dormir en tres días.
Arrancó de nuevo. Lo seguí de regreso hacia la zona oeste. Pero no fue a su casa. Se detuvo en una tienda de conveniencia OXXO en Avenida México, una zona transitada pero solitaria a esa hora.
Me estacioné dos lugares más allá, en la oscuridad.
Apagué las luces de la Cherokee.
—Es el momento —me dije.
Me bajé. Me puse la capucha de la sudadera, pero dejé mi cara visible. Quería que me viera. Quería que mi rostro se grabara en sus pesadillas.
Entré al OXXO. La campanita de la puerta sonó: Ding-dong.
Marcos estaba en el pasillo de las botanas, con las manos temblando, agarrando unos Doritos y una botella de agua grande. Se le cayeron unas monedas al suelo. Se agachó a recogerlas, torpe, aspirando fuerte por la nariz.
Me paré detrás de él. Cerca. Demasiado cerca. Invadiendo su espacio personal.
Olía a perfume One Million, a sudor agrio y a miedo químico.
Marcos se levantó de golpe y chocó conmigo.
—¡Ay, perdón, perdón! —dijo rápido, sin mirarme a los ojos, tratando de esquivarme.
No me moví. Era un muro de concreto.
—Cuidado, muchacho —dije. Mi voz fue grave, profunda, resonando desde el pecho.
Marcos levantó la vista. Sus ojos, detrás de los lentes de pasta, estaban dilatados, rojos en los bordes. Me miró. Vio a un viejo con barba de tres días, con cicatrices, con una mirada que no era de este mundo.
Me sostuvo la mirada un segundo, y vi cómo el reconocimiento cruzaba su cerebro. Tal vez no sabía quién era yo exactamente, pero su instinto animal le dijo: Peligro.
—¿Te… te conozco? —balbuceó. Su voz le temblaba.
Me acerqué un centímetro más. Bajé la voz a un susurro que solo él pudo escuchar.
—Todavía no. Pero me vas a conocer. Y le vas a pedir perdón a Dios por haber nacido.
Marcos retrocedió, chocando contra el estante de las papitas, tirando varias bolsas al suelo.
—¿Qué? ¿Qué quieres? ¿Dinero? ¡Tengo dinero! —metió la mano a su cartera, sacando billetes de quinientos pesos arrugados—. ¡Toma, toma, no me hagas nada!
Ni siquiera miré el dinero.
—Disfruta tu fiesta, Marcos. Porque el viernes se acaba la música.
Di media vuelta y caminé hacia la caja. Compré una cajetilla de cigarros con una calma absoluta, mientras Marcos salía corriendo de la tienda, tropezándose, olvidando su agua y sus papitas. Lo vi subirse a su Audi, batallar para meter la llave y arrancar rechinando llantas, casi chocando con un poste.
El cajero del OXXO, un chavo con piercings, me miró raro.
—Pinches loquitos, ¿verdad jefe?
—Sí —le contesté, abriendo la cajetilla—. La droga los pone mal.
Salí y fumé un cigarro viendo cómo las luces traseras del Audi de Marcos desaparecían en la avenida.
Ya lo tenía. Lo había quebrado. Ahora Marcos iba a ser mi mejor aliado. Su paranoia iba a volver locos a los otros dos. Iba a sembrar la discordia.
DÍA 4: LA GRIETA SE ABRE
Jueves. El día previo a la ejecución del plan.
Mis “pajaritos”, los contactos del Ruso, me mandaron información.
Parece que Marcos tuvo una crisis nerviosa en la universidad. Se puso a gritar en la cafetería que lo estaban siguiendo. Antonio tuvo que sacarlo a empujones.
Los escucharon discutir en el estacionamiento.
—¡Te digo que me habló! ¡Un viejo en el OXXO! —gritaba Marcos.
—¡Estás paranoico, pendejo! ¡Deja de meterte tanta mierda! —le contestó Antonio—. Nadie nos sigue. Mi papá ya arregló todo. El papá de la gata esa es un taxista muerto de hambre, ya lo asustaron.
—¡No era un taxista! ¡Era… era como un sicario, wey! ¡Tenía ojos de muerto!
—¡Cállate el hocico! —Antonio lo cacheteó. Una cachetada sonora—. Mañana vamos al Mandarina. Vamos a celebrar mi cumpleaños adelantado. Y te vas a comportar como hombre, no como nena. ¿Entendiste?
Marcos se quedó llorando en el coche.
Perfecto.
Antonio, en su arrogancia infinita, no iba a cancelar sus planes. Iba a ir al bar. Iba a llevarlos a la boca del lobo porque su ego no le permitía tener miedo. Creía que su apellido era un escudo antibalas.
Grave error. El apellido Montes podía comprar jueces, pero no paraba balas, ni golpes, ni la voluntad de un padre.
Regresé a mi cuarto de motel.
Era hora de preparar la logística final.
Saqué un mapa de la zona de Andares y Puerta de Hierro. Marqué la ruta.
El Bar Mandarina estaba en una plaza abierta. Mucha seguridad privada, cámaras del C5 conectadas a la policía.
No podía levantarlos ahí. Sería suicida.
Tampoco en su casa.
Tenía que ser en el trayecto. O mejor aún… tenía que hacer que vinieran a mí.
Pero, ¿cómo atraer a tres mirreyes a una trampa?
No, no podía atraerlos. Tenía que interceptarlos.
Recordé la rutina. Salían borrachos a las 3 o 4 AM. Siempre buscaban “after” o mujeres.
Antonio había gritado aquella noche: “Consíguete unas putas, no como la mesera”.
Esa era su debilidad. Su lujuria y su sensación de impunidad.
Llamé al Ruso.
—Olegario. Necesito un favor más.
—Dime, Jaguar.
—Necesito bloquear una calle. Una calle específica en la ruta de salida de Andares hacia Colinas. La Avenida Acueducto tiene un tramo donde siempre hay obras, ¿verdad?
—Siempre están arreglando esa madre. ¿Qué piensas hacer?
—Necesito que parezca un accidente. O una obra vial. Necesito desviarlos hacia la calle vieja, la que pasa por atrás del terreno baldío. La que no tiene cámaras.
—Puedo conseguirte unos conos naranjas, unas barreras de “Obras Públicas” y un par de chalecos reflejantes. Incluso puedo ponerte una camioneta con luces ámbar para que se vea oficial.
—¿Puedes hacerlo tú?
—¿Yo? —El Ruso se rió—. Estoy viejo para desvelarme, pero por ver caer al hijo de Montes… sí. Yo pongo el retén falso. Los desvío. Tú los esperas en la oscuridad.
—Gracias, hermano.
VIERNES: LA CALMA ANTES DE LA SANGRE
Llegó el día.
Me levanté tarde. Dormí diez horas, gracias a una dosis doble de pastillas. Necesitaba estar descansado. Mi cuerpo tenía que aguantar una noche de violencia física extrema.
Comí bien. Carne, carbohidratos. Me hidraté.
A las 6:00 PM fui al hospital.
Elisa estaba despierta. Los moretones habían cambiado de color, de negro a un amarillo verdoso enfermizo. Se veía un poco mejor físicamente, pero sus ojos seguían apagados.
—Papá… te ves diferente —me dijo.
—¿Diferente cómo?
—Te ves… tranquilo. Pero una tranquilidad que asusta. Como cuando te ponías el uniforme para irte de misión hace años.
Le acaricié el pelo. Ella me conocía demasiado bien.
—Hoy voy a trabajar tarde, hija. No me esperes despierta.
—Ten cuidado, pa. Tengo un mal presentimiento.
—El mal presentimiento lo deben tener ellos, no nosotros. Duerme, mi amor. Mañana, cuando despiertes, el mundo va a ser un poquito más justo. Te lo prometo.
Le di un beso en la frente. Fue un beso de despedida, por si acaso. Porque uno nunca sabe. A lo mejor esa noche terminaba conmigo muerto en una zanja o en la cárcel. Pero si caía, caería llevándomelos conmigo.
Salí del hospital. La noche estaba despejada, fría. La luna llena iluminaba Guadalajara con una luz blanca, espectral.
Fui al motel. Me vestí para la guerra.
No usé ropa táctica militar obvia. Usé ropa negra, cómoda, pero civil. Guantes de cuero delgados para tener sensibilidad en el gatillo.
Me puse el chaleco antibalas ligero debajo de una chamarra amplia.
Cargué la Glock. Revisé el Taser.
Metí en la cajuela de la Cherokee tres capuchas negras de tela, cinchos de plástico, cinta gris y una botella de cloro. (El cloro borra el ADN si algo sale mal).
A las 10:00 PM me encontré con el Ruso en un punto ciego bajo el puente Matute Remus.
Me pasó las barreras viales y las luces estroboscópicas.
—El plan es este —le dije, desplegando el mapa sobre el cofre de la Cherokee—. A las 3:00 AM, tú bloqueas Acueducto a la altura del paso a desnivel. Pones los conos, prendes las luces ámbar. Te pones el chaleco. Si alguien pasa, los desvías. Cuando veas el BMW negro mate, lo mandas por la lateral derecha, hacia la calle del Bosque. Es una calle cerrada, oscura, que solo usan para cortar camino.
—¿Y tú dónde vas a estar?
—Yo voy a estar a la mitad de esa calle. Bloqueando el paso con la Cherokee. Cuando ellos lleguen y frenen, tú cierras la entrada detrás de ellos con tu camioneta. Los encajonamos.
—¿Y si traen escolta hoy?
—Si traen escolta… —suspiré, tocando la pistola en mi cintura—… entonces se va a armar un tiroteo en plena zona residencial y saldremos en las noticias mañana. Pero no creo. Antonio es demasiado soberbio. Cree que ya ganó.
El Ruso asintió. Sacó una escopeta recortada de su camioneta y la puso en el asiento del copiloto.
—Suerte, Jaguar. Que Dios nos perdone.
—Dios no tiene nada que ver en esto, Olegario. Esto es entre el Diablo y yo.
Me subí a la Cherokee. Arranqué.
Mientras manejaba hacia el punto de emboscada, sentí una extraña paz. El miedo, las dudas, el dolor de espalda… todo desapareció. Mi mente se volvió un láser.
Recordé la cara de Elisa en la camilla. Recordé sus costillas rotas. Recordé la risa de Antonio cuando arrancó la etiqueta de su espejo.
Apreté el volante.
—Vengan a mí —susurré—. Vengan a su fiesta sorpresa.
Llegué a la calle del Bosque. Estaba desierta, oscura, rodeada de muros altos de residencias y lotes baldíos con maleza crecida. Apagué el motor. Apagué las luces.
Me volví invisible.
Me senté a esperar en la oscuridad, escuchando el lejano latido de la ciudad, oliendo el aroma de la lluvia y de mi propia adrenalina.
El aroma del miedo ya estaba en el aire, solo faltaba que llegaran sus dueños a reclamarlo.
3:15 AM.
El teléfono vibró. Un mensaje del Ruso:
“El paquete va en camino. Solos. Van pedísimos. Prepárate.”
Guardé el teléfono.
Encendí el motor de la Cherokee.
Prendí las luces altas, cegadoras, apuntando hacia donde vendrían.
Saqué la Glock y la puse en mi regazo.
Respiré hondo. Uno. Dos. Tres.
A lo lejos, vi el resplandor de unos faros de xenón acercándose rápido. Escuché el motor turbo del BMW acelerando.
Venían hacia la trampa.
La cacería había terminado. La ejecución comenzaba ahora.
CAPÍTULO 5: LA JAULA DE ORO SE CIERRA
El motor V8 de mi Cherokee vibraba suavemente, un ronroneo bajo que se perdía en la noche. Estaba estacionado transversalmente a mitad de la Calle del Bosque, bloqueando ambos carriles. Mis luces altas, dos cañones de luz halógena blanca, cortaban la oscuridad como espadas, creando un muro visual impenetrable para cualquiera que viniera de frente.
Eran las 3:22 de la madrugada. El aire estaba cargado de esa electricidad estática que precede a la tormenta o a la muerte.
A lo lejos, el sonido se hizo presente. Primero fue el rugido agudo, inconfundible, de un motor turbo alemán siendo forzado. Luego, el rechinar de llantas tomando la curva desde la Avenida Acueducto, donde el Ruso había hecho su trabajo desviándolos. Y finalmente, los vi.
Dos faros de xenón azulado, brillantes y agresivos, aparecieron al final de la calle. El BMW M4 negro mate venía rápido, demasiado rápido para una calle secundaria llena de baches. Antonio Montes manejaba como vivía: sin importarle las consecuencias.
Venían directo hacia mí.
Apreté el volante con la mano izquierda. Con la derecha, verifiqué el agarre de la Glock 19 sobre mi muslo.
“Ven, hijito de papá. Ven a ver quién es el dueño de la noche”.
El BMW devoró los metros que nos separaban. Cien. Ochenta. Cincuenta.
De repente, Antonio vio el obstáculo. Vio mi camioneta atravesada y las luces que lo cegaban.
Frenó.
Los frenos ABS de alto rendimiento chirriaron, los neumáticos de perfil bajo dejaron marcas negras en el asfalto mojado. El coche se detuvo bruscamente a unos quince metros de mi defensa, oscilando por la inercia.
Por un segundo, hubo silencio. Solo el ralentí de los dos motores enfrentándose.
Luego, la puerta del conductor del BMW se abrió. Antonio bajó.
Tal como lo predije, venía borracho y furioso. Llevaba una camisa blanca desabotonada, manchada de vino o de labial, y caminaba con esa arrogancia tambaleante de quien cree que el mundo es su tapete.
—¡Quítate a la verga! —gritó, tapándose los ojos con la mano para protegerse de mi luz—. ¡¿Estás pendejo o qué?! ¡Mueve tu pinche chatarra!
No me moví. No bajé. Solo aceleré el motor de la Cherokee en neutral. Brum, brum. Un aviso.
Del lado del copiloto bajó Kirill, el “Tanque”. Se veía enorme bajo la luz, como una bestia de esteroides. Se tronó los nudillos y caminó hacia mí, sacando el pecho.
—¡Ya valiste madre, abuelo! —rugió—. ¡Te vamos a partir tu madre por estorbar!
Y del asiento trasero, asomando apenas la cabeza como una rata asustada, vi a Marcos. Él no bajó. Él sabía. Su instinto de supervivencia, afilado por la paranoia y la cocaína, le gritaba que esto no era un incidente de tráfico.
Antonio y Kirill avanzaron hacia mi camioneta. Estaban a cinco metros.
Era el momento.
Encendí la barra de luces LED estroboscópicas que había instalado en el techo. Flash-flash-flash. Un destello cegador, desorientador, azul y rojo, como de policía pero más intenso.
Al mismo tiempo, hice sonar la sirena de aire. Un aullido corto y potente. Wooooop.
Se detuvieron en seco, confundidos. Se taparon la cara.
—¿Policía? —gritó Antonio, bajando el tono—. ¡Oigan, soy Antonio Montes! ¡Mi papá es el Fiscal! ¡Bájenle a su desmadre!
Abrí mi puerta y bajé.
No como un taxista. Bajé como el Jaguar.
Llevaba un pasamontañas negro enrollado en la cabeza (aún no me cubría la cara, quería que me vieran primero), guantes tácticos y la Glock en la mano derecha, pegada al cuerpo.
Caminé hacia la luz. Mi sombra se proyectaba larga y monstruosa sobre ellos.
—Buenas noches, caballeros —dije. Mi voz salió tranquila, pero cargada de plomo.
Antonio entrecerró los ojos, tratando de enfocarme.
—¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¿Lana? Te doy mi reloj, es un Rolex, vale más que tu vida.
Me acerqué más. Entré en su círculo de seguridad.
—No quiero tu reloj, Antonio. Quiero que abras la cajuela.
—¿Qué? —Se rió, incrédulo—. Estás loco. Kirill, quítale la fusca a este viejo pendejo.
Kirill, el Tanque, obedeció. A pesar de su borrachera, era rápido. Se lanzó hacia mí intentando taclearme, confiado en sus 110 kilos de músculo de gimnasio.
Grave error. El músculo de gimnasio es estético. El músculo de combate es funcional.
No retrocedí. Esperé a que estuviera a un metro. Cuando lanzó el puñetazo derecho, torpe y telegrafiado, simplemente di un paso lateral hacia mi izquierda. Pivoté sobre mi talón.
Con la mano izquierda, desvié su brazo. Con la derecha, no usé la pistola para disparar, la usé como un martillo.
Le di un cachazo seco, brutal, en el tabique nasal.
Crac.
El sonido de hueso rompiéndose fue más fuerte que el motor de los coches.
Kirill gritó y se llevó las manos a la cara, cegado por el dolor y la sangre que le brotó a chorros.
Pero no terminé ahí. Aprovechando que estaba doblado, le di una patada frontal en la rótula de la rodilla derecha. Una patada diseñada para romper ligamentos.
Su rodilla se dobló hacia atrás con un chasquido repugnante.
Kirill cayó al asfalto como un costal de papas, aullando, revolcándose en su propia sangre.
Antonio se quedó paralizado. La risa se le murió en la boca. Vio a su amigo, el invencible Tanque, destrozado en tres segundos por un “viejo”.
—Tú… tú… —balbuceó, retrocediendo hacia su coche.
Intentó sacar su celular.
—No lo hagas —dije, apuntándole al pecho con la Glock.
Antonio levantó las manos. Temblaba. Se le había bajado la borrachera de golpe.
—¡No me mates! ¡Soy hijo de Montes! ¡Te van a matar! ¡Te van a desollar vivo!
—Cállate —le ordené—. Camina hacia el coche. Saca a tu otro amigo.
En ese momento, vi por el espejo retrovisor que las luces de una camioneta cerraban la calle detrás del BMW. Era el Ruso. Había bloqueado la retirada. Estábamos solos en nuestra propia arena de gladiadores.
Caminé hacia Antonio, empujándolo con el cañón del arma.
—¡Marcos! —grité—. ¡Baja o lleno el coche de plomo!
La puerta trasera se abrió despacio. Marcos salió con las manos en la nuca, llorando, con los mocos colgándole.
—¡Yo no fui! ¡Yo les dije que no lo hiciéramos! ¡Por favor señor, por favor! —chillaba.
—Al suelo —ordené.
Marcos se tiró de bruces al asfalto mojado, temblando como una hoja.
Regresé mi atención a Antonio. Él me miraba con una mezcla de terror y odio. Todavía no entendía. Todavía creía que su apellido lo salvaría.
—¿Sabes quién soy? —le pregunté, acercando mi cara a la suya.
Me miró. Sus ojos recorrieron mis arrugas, mi cicatriz.
—Eres… eres el taxista —susurró—. El papá de la gata esa.
—Esa “gata” se llama Elisa. Y soy su padre.
Le di un rodillazo en el estómago. Antonio se dobló, soltando todo el aire y vomitando el whisky caro sobre mis botas. Lo agarré del pelo, tiré su cabeza hacia atrás y le puse el cañón frío de la Glock en la mejilla.
—Y estás equivocado, Antonio. No soy un taxista. Fui Sargento de Fuerzas Especiales. Y esta noche, tú y tus amigos van a aprender lo que enseñamos en la selva.
Lo arrastré hacia la cajuela de su propio BMW.
—Ábrela.
—No… por favor…
—¡Ábrela! —Le apreté el cañón contra la sien.
Antonio buscó las llaves con manos temblorosas y presionó el botón. La cajuela se abrió hidráulicamente. Estaba limpia, alfombrada.
—Adentro.
—No quepo… no vamos a caber…
—Vas a caber. Si no cabes entero, te corto las piernas para que quepas. Tú decides.
Antonio sollozó y se metió en posición fetal.
Fui por Kirill. El gigante seguía en el suelo, gimiendo, agarrándose la rodilla destrozada. Lo agarré del cuello de la camisa y lo arrastré por el asfalto. Pesaba, pero la adrenalina me daba la fuerza de diez hombres.
Lo levanté y lo aventé dentro de la cajuela, encima de Antonio.
—¡Aaaah! ¡Mi pierna! —gritó Kirill.
—Cállate —le di un golpe con la mano abierta en la nuca para aturdirlo.
Finalmente, fui por Marcos.
Marcos se había orinado en los pantalones. La mancha oscura se extendía por su entrepierna.
—Levántate.
Se levantó, temblando tanto que sus dientes castañeaban.
—Señor… se lo juro… yo no la toqué… yo solo miraba…
—El que mira y calla es tan culpable como el que viola. Adentro.
Lo empujé. Marcos se acomodó como pudo entre los otros dos cuerpos sudorosos y sangrantes.
Era un amasijo de carne, ropa de marca y terror. Tres “intocables” convertidos en sardinas en su propia lata de lujo.
Saqué los cinchos de plástico de mi bolsillo.
Les amarré las manos y los pies a cada uno, rápido, eficiente. Apreté fuerte, cortando la circulación.
Luego, la cinta gris. Les tapé la boca.
—Mmmph! Mmmph! —intentaban gritar.
Sus ojos… eso es lo que nunca olvidaré. Ojos desorbitados, llenos de un pánico primal. Ya no eran los dueños del mundo. Eran ganado.
Cerré la cajuela. Click.
El sonido del cierre fue definitivo.
Golpeé la tapa dos veces con la palma de la mano.
—Buen viaje, muchachas.
El Ruso se acercó caminando desde la oscuridad. Traía la escopeta al hombro y fumaba un cigarro con tranquilidad pasmosa.
—Limpio y rápido, Jaguar. No has perdido el toque.
—Gracias, Ruso. Llévate mi camioneta. Yo me llevo el BMW.
—¿A dónde vas?
—A la “Escuelita”. Al viejo campo de tiro abandonado en la barranca. Ahí nadie nos va a molestar.
—Ten cuidado. La policía va a empezar a buscar este coche en cuanto los papis se den cuenta de que no llegaron a dormir.
—Tengo unas horas. Es suficiente.
—Si necesitas salir del estado después de esto… tengo un contacto en Michoacán.
—Lo tendré en cuenta.
El Ruso se subió a mi Cherokee y se fue. Yo me subí al asiento del conductor del BMW M4.
Olía a cuero nuevo y a la loción de Antonio. En el tablero, el sistema de navegación brillaba.
Acomodé el asiento (Antonio era más bajo que yo) y puse las manos en el volante forrado de alcántara.
Miré por el retrovisor. No se veía nada de la cajuela, pero podía sentir sus movimientos, los golpes sordos, los ruidos ahogados.
Arranqué.
Puse música. Conecté mi celular al Bluetooth del coche. Puse una lista de reproducción que no encajaba con el auto: música clásica. El “Réquiem” de Mozart.
Lacrimosa.
Manejé hacia la salida a Saltillo, rumbo a la barranca de Huentitán.
Conducía despacio, respetando los límites de velocidad. No quería que me parara una patrulla por una estupidez.
Mientras manejaba, pensaba en Elisa.
“Esto es por ti, hija. Cada kilómetro que avanzamos es un paso hacia tu justicia”.
Llegamos a la desviación hacia el antiguo campo de entrenamiento militar. Era un terreno propiedad federal, abandonado hace quince años, invadido por la maleza. Estaba lejos de todo, al borde de un acantilado profundo.
El camino de tierra golpeaba la suspensión deportiva del BMW. Podía escuchar los quejidos de los tres en la cajuela cada vez que caíamos en un bache.
—Aguanten —murmuré—. La fiesta apenas empieza.
Llegué a una estructura de concreto, lo que quedaba de un antiguo almacén de municiones. Paredes gruesas, sin techo, aislado acústicamente por la geografía de la barranca.
Estacioné el coche.
La luna iluminaba el lugar con una luz plateada, fantasmal.
Me bajé. Abrí la cajuela.
El olor me golpeó. Sudor, orina, sangre, vómito y heces. El miedo huele a mierda, literalmente. Se habían cagado encima.
Los saqué uno por uno.
Cayeron al suelo de tierra y piedras como sacos de basura.
Les quité la cinta de la boca, pero les dejé las manos y pies atados.
Antonio fue el primero en hablar. O mejor dicho, en gritar.
—¡Sabes lo que te va a pasar?! ¡Mi papá te va a encontrar! ¡Te van a cortar en pedacitos! ¡Suéltanos y te pago! ¡Te doy un millón de pesos! ¡Dos millones!
Me agaché frente a él. Le quité el pasamontañas. Dejé que viera mi cara completa a la luz de la luna.
—No quiero tu dinero, Antonio. Tu dinero está sucio. Tu dinero compró el silencio de la policía, compró a los jueces, compró tu libertad. Pero aquí… aquí tu dinero no vale nada. Aquí la única moneda de cambio es el dolor.
Saqué mi navaja táctica. La hoja negra brilló.
Antonio se echó hacia atrás, arrastrándose con el culo, llorando.
—¡No, no, no! ¡Por favor!
—Tranquilo. No te voy a matar. Todavía no. Primero vamos a hablar.
Me senté en una piedra frente a ellos. Encendí un cigarro.
—Tienen una oportunidad. Una sola. Voy a grabar una confesión. Quiero que me digan, con lujo de detalles, qué le hicieron a Elisa. Y quiero los nombres de todas las otras chicas. Porque sé que hay más.
—¡Vete a la verga! —gritó Kirill, aunque estaba pálido por el dolor de su rodilla—. ¡No vamos a decir nada!
Me levanté. Caminé hacia Kirill.
—Mala respuesta, Tanque.
Pisé su rodilla rota con mi bota. Apliqué peso.
Kirill aulló. Un grito desgarrador, inhumano, que rebotó en las paredes del cañón. Se desmayó del dolor en tres segundos.
Lo desperté con una cachetada.
—¿Decías?
Kirill lloraba, moqueaba.
—Ya… ya… para… voy a hablar… voy a hablar…
Miré a Marcos.
—¿Y tú, Fresa? ¿Vas a hablar o necesitas motivación?
Marcos negaba con la cabeza frenéticamente.
—¡Hablo! ¡Hablo! ¡Lo juro! ¡Fue idea de Toño! ¡Él siempre elige a las chavas! ¡Nosotros solo seguimos el juego!
Saqué mi celular. Puse la grabadora de voz.
—Empiecen. Fecha, hora, lugar. Y no omitan nada. Si siento que mienten, le rompo la otra rodilla al gordo. Y luego sigo contigo, Antonio.
Empezaron a hablar.
Y lo que escuché durante la siguiente hora fue el descenso al infierno.
No solo fue Elisa.
Hablaron de Ana, una estudiante de arquitectura. De Sofía, una chica que trabajaba en una boutique. De una tal Claudia, que se suicidó el año pasado.
Contaron cómo las drogaban. Cómo las llevaban a casas de seguridad o a moteles de lujo. Cómo se turnaban. Cómo las grababan (esos videos estaban en una nube encriptada, dijeron). Cómo las amenazaban con el poder de sus padres para que no denunciaran.
Era una letanía de horror.
Yo escuchaba en silencio, fumando, con el corazón convertido en una piedra de hielo. Cada palabra era una puñalada. Pero aguanté. Necesitaba la evidencia.
Cuando terminaron, Antonio me miró, desafiante a pesar de todo.
—Ya tienes tu confesión. ¿Ahora qué? Esa grabación no sirve en un juicio. Fue obtenida bajo tortura. Mi papá la va a desestimar en cinco minutos. Eres un pendejo. Vas a ir a la cárcel y nosotros vamos a salir libres. Así funciona esto.
Sonreí. Una sonrisa triste.
—Tienes razón, Antonio. En un tribunal legal, esto no vale nada. Tu papá encontraría la forma de anularlo.
Me levanté y guardé el celular.
—Por eso no vamos a ir a un tribunal.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Marcos, temblando.
—Vamos a ir a visitar a tu papá, Antonio. A su casa.
—¿Estás loco? ¡Tiene seguridad! ¡Te van a matar antes de que te acerques!
—No si llevo al “Príncipe” de rehén.
Los volví a amordazar.
Los volví a meter a la cajuela. Esta vez no opusieron resistencia. Estaban rotos. Su espíritu estaba quebrado.
Arranqué el BMW de regreso a la ciudad. El sol empezaba a salir, pintando el cielo de un tono violeta sangriento.
Iba a la casa del Fiscal. Iba a la boca del lobo.
Era una misión suicida. Lo sabía. Pero si lograba entrar, si lograba poner esa grabación frente al padre… tal vez, solo tal vez, podría detonar una bomba que destruiría todo su imperio de corrupción.
Y si no… bueno, al menos me llevaría al hijo conmigo.
Pisé el acelerador. El destino final nos esperaba.
CAPÍTULO 6: LOS MUROS DE JERICÓ
El amanecer en Colinas de San Javier tiene un color diferente al del resto de Guadalajara. Aquí, la luz no se filtra entre cables de luz enmarañados ni rebota en fachadas de cemento gris. Aquí, el sol acaricia jardines perfectamente podados, brilla sobre los domos de cristal de mansiones que parecen fortalezas y se refleja en los parabrisas de camionetas blindadas estacionadas en cocheras de mármol. Es un amanecer limpio, silencioso, protegido por muros de tres metros y guardias armados.
Eran las 6:15 de la mañana. Manejaba el BMW M4 negro mate de Antonio. El coche estaba sucio de polvo y lodo de la barranca, un contraste violento con la pulcritud del vecindario. Adentro, olía a sangre seca, a sudor rancio y al miedo que emanaba de la cajuela.
Mi plan era una locura. Cualquier estratega militar me hubiera dicho que era una misión suicida con cero por ciento de probabilidad de éxito. Entrar a la casa del Fiscal General del Estado, un hombre que tiene más enemigos que amigos y cuya seguridad es paranoia pura, llevando a su hijo secuestrado en la cajuela… era una sentencia de muerte.
Pero tenía dos ventajas.
Una: tenía el “Caballo de Troya”. El coche era conocido. Los guardias conocían el rugido de ese motor, conocían las placas.
Dos: tenía la audacia de lo inesperado. Nadie, absolutamente nadie en su sano juicio, ataca al Fiscal en su propia casa. La gente le tiene miedo. Y el miedo te hace confiar en que nadie se atreverá.
Llegué a la pluma de acceso del fraccionamiento privado.
Bajé la ventanilla. Me puse las gafas de sol oscuras de Antonio (unos Ray-Ban de aviador que encontré en la guantera) y me subí el cuello de la chamarra.
El guardia de la caseta, un hombre de seguridad privada con uniforme impecable, vio el coche.
—Buenos días, joven Antonio —dijo, levantando la mano para saludar, ni siquiera se molestó en pedir identificación. Asumió que el junior regresaba de la fiesta, como cada fin de semana.
Solo levanté la mano levemente, sin mostrar la cara, y aceleré. La pluma se levantó.
Primer muro: derribado.
Manejé despacio por las calles arboladas. “Paseo de las Lomas”. Las casas eran búnkeres de lujo. Cámaras en cada esquina. Sensores de movimiento.
Llegué a la residencia Montes.
Era una estructura moderna, minimalista, de concreto blanco y ventanales blindados. Un portón de acero negro de cuatro metros de altura bloqueaba la entrada.
Había una caseta de vigilancia externa propia de la casa, con un guardia armado con una subametralladora colgada al cuello. Este no era seguridad privada genérica; era un escolta de la Fiscalía. Un policía estatal de élite.
Aquí es donde el plan podía irse al carajo en un segundo.
Me detuve frente al portón.
Bajé la ventanilla solo un poco.
El guardia se acercó, frunciendo el ceño. Conocía el coche, pero notó que estaba sucio. Y notó que el conductor no tenía la silueta delgada de Antonio.
Llevó la mano a su arma.
—¿Joven Antonio? —preguntó, acercándose con precaución.
Este era el momento de la verdad.
Saqué el celular de Antonio. Marqué el número de “Papá” y lo puse en altavoz, pero con el volumen al máximo, pegado a la ventana.
No contestó nadie, claro. Pero usé una grabación.
Había grabado a Antonio en la barranca gritando:
“¡Abre la puerta! ¡Soy yo! ¡Vengo herido! ¡Rápido!”
Reproduje el audio a todo volumen.
El guardia escuchó la voz de su “protegido” gritando en pánico. Su entrenamiento chocó con la confusión.
—¿Joven? —Se acercó más, tratando de ver adentro.
En ese instante, bajé la ventanilla completa y le apunté a la cara con la Glock.
—Abre el portón. Ahora.
El guardia se quedó congelado. Vio el cañón negro. Vio mis ojos. Y vio algo más: vio que no me importaba morir.
—Señor, baje el arma… —empezó a decir, moviendo su mano hacia su radio.
—Si tocas el radio, te vuelo la cabeza. Abre el portón. Traigo a su hijo en la cajuela. Si disparas, le das a él.
Dudó. Era un profesional, pero la mención del hijo lo paralizó. Si iniciaba un tiroteo y mataba al hijo del jefe por error, su vida valía menos que cero.
—Abre —repetí.
El guardia retrocedió despacio, con las manos en alto, y presionó el botón en su control remoto.
El portón de acero negro comenzó a deslizarse con un zumbido eléctrico.
Entré.
Aceleré por la rampa de adoquín hasta la entrada principal de la casa.
Frené de golpe frente a la puerta de madera masiva.
Me bajé del coche rápido. Fui a la cajuela y la abrí.
Saqué a Antonio. Estaba hecho un desastre. Lloraba en silencio, temblando. Lo agarré del pelo y le puse la pistola en la sien.
—¡Montes! —grité con toda la fuerza de mis pulmones. Mi voz retumbó en la fachada de la mansión—. ¡Salga, cobarde! ¡Traigo un regalo!
La puerta principal se abrió de golpe.
Salió el Fiscal General, Estanislao Montes.
No se veía como en la televisión. No traía traje ni corbata. Estaba en bata de dormir de seda azul, con pantuflas. Tenía el pelo revuelto y una taza de café en la mano que se le cayó al suelo y se rompió en mil pedazos al ver la escena.
Detrás de él salieron dos escoltas más, apuntándome con rifles de asalto AR-15.
—¡Suelte el arma! ¡Al suelo! —gritaron los escoltas.
—¡Papá! ¡Ayúdame! —chilló Antonio.
Me cubrí con el cuerpo de Antonio. Lo usé de escudo humano.
—¡Si disparan, lo matan a él primero! —grité—. ¡Dígales que bajen las armas, Montes!
El Fiscal estaba pálido. Miraba a su hijo. Miraba la sangre en la ropa de Antonio, la cara golpeada, el terror absoluto.
—¡Bajen las armas! —ordenó Montes. Su voz temblaba de rabia—. ¡Nadie dispare!
Los escoltas bajaron los rifles, pero no dejaron de apuntarme.
—¿Quién eres? —preguntó Montes, dando un paso adelante—. ¿Sabes lo que estás haciendo? Estás muerto. Ya estás muerto. Solo es cuestión de tiempo. Suelta a mi hijo y tal vez… tal vez te deje vivir en una celda oscura el resto de tus días.
—No vine a negociar mi vida, Fiscal. Vine a negociar justicia.
—¿Justicia? —escupió la palabra—. ¿Secuestrando gente? ¿Quién eres? ¿De qué cártel vienes?
—No soy narco. Soy Valerio Cárdenas. Soy el padre de Elisa Cárdenas. La chica a la que su hijo y sus amigos violaron, golpearon y casi matan hace una semana. La chica cuya carpeta de investigación usted mandó desaparecer.
Montes se detuvo. Sus ojos se entrecerraron. Recordó el nombre. Recordó el “problema” que Cifuentes le había dicho que estaba resuelto.
—El taxista… —murmuró—. Cifuentes me dijo que te habías ido.
—Cifuentes se equivocó. Y usted también. Pensaron que podían pisotearnos porque somos pobres. Pensaron que mi hija era desechable.
Con la mano izquierda, sin soltar a Antonio ni la pistola, saqué mi celular del bolsillo.
—Tengo una grabación, Fiscal. Una confesión completa. De su hijo y de sus amigos. Detallan lo que le hicieron a mi hija y a otras cinco chicas. Nombres, fechas, lugares. Hablan de los videos que tienen guardados.
La cara de Montes pasó del miedo a la frialdad calculadora. Era un político, después de todo. Su cerebro ya estaba buscando el ángulo, la salida.
—Esa grabación es ilegal. No sirve.
—No la traje para un juez, Montes. La traje para usted. Porque si no hace lo que yo digo, esta grabación se va a subir a internet en diez minutos. La tengo programada. Se va a mandar a todos los noticieros, a todos los periódicos, a las redes sociales. “El hijo del Fiscal confiesa ser un violador serial”. ¿Se imagina el escándalo? ¿Se imagina lo que le va a pasar a su carrera política? ¿A su precandidatura para Gobernador?
Montes se quedó en silencio. El golpe había aterrizado. La política le dolía más que la familia. Podía sacrificar a un hijo en privado, pero no podía sacrificar su imagen pública.
—¿Qué quieres? —preguntó, su voz ahora era un susurro peligroso.
—Quiero que los arreste. A los tres. Quiero que se abra la carpeta de investigación oficialmente. Quiero verlos esposados, procesados y sentenciados. Sin trucos. Sin jueces pagados.
—Eso es imposible. Yo soy el Fiscal. No puedo meter a mi hijo a la cárcel.
—Entonces renuncie. Y deje que otro lo haga. Pero si no veo patrullas llevándoselos en media hora… subo el video. Y de paso, le vuelo la tapa de los sesos a su hijo aquí mismo. Ya no tengo nada que perder.
Hubo un silencio tenso. Solo se oía el jadeo de Antonio y el viento moviendo las hojas de los árboles.
Montes miró a su hijo. Vio a un muchacho roto, llorando, patético. Vio el fracaso de su crianza. Vio un lastre.
Luego me miró a mí. Vio a un hombre dispuesto a todo.
—Baja el arma —dijo Montes—. Hablemos como hombres civilizados.
—No soy civilizado. Soy un padre encabronado. Tiene cinco segundos para decidir. ¿Cárcel o cementerio?
Apreté el cañón contra la cabeza de Antonio.
—¡Papá! ¡Hazlo! ¡Por favor! —gritó Antonio.
Montes cerró los ojos un momento. Suspiró.
Se giró hacia su jefe de escoltas.
—Comandante.
—¿Sí, señor? —respondió el escolta, esperando la orden de fuego.
—Llame a la policía estatal. Que traigan patrullas. Y llame al Ministerio Público de guardia. Que venga personalmente.
—¿Señor? —El escolta estaba confundido.
—¡Hazlo! —gritó Montes—. Y traigan esposas. Para los tres.
El escolta asintió y sacó su radio.
Montes me miró con odio puro.
—Has ganado esta batalla, taxista. Pero la guerra es larga. Vas a ir a la cárcel por secuestro. Eso te lo garantizo.
—Si mi hija tiene justicia, no me importa dónde termine yo.
Pasaron veinte minutos eternos.
Llegaron las patrullas. Luces azules y rojas inundaron el jardín perfecto.
Llegó el Ministerio Público.
Yo no solté a Antonio hasta que vi cómo sacaban a Kirill y a Marcos de la cajuela (que seguían adentro, desmayados o aterrados).
Vi cómo los esposaban.
Vi cómo un paramédico atendía la rodilla de Kirill.
Vi cómo esposaban a Antonio.
El propio Montes se acercó a su hijo. Antonio lo miró buscando consuelo.
—Papá…
Montes le dio una bofetada. Un golpe seco con el reverso de la mano.
—Eres una vergüenza —le dijo—. Te di todo. Y lo tiraste a la basura por no saber controlar tus instintos. Vas a pagar por esto. Y yo… yo voy a tener que limpiar tu mierda renunciando.
Luego, los policías se acercaron a mí.
—Suelte el arma, señor Cárdenas —dijo un oficial, apuntándome.
Dejé la Glock en el suelo.
Levanté las manos.
Me pusieron las esposas. Estaban frías. Apretadas.
Pero por primera vez en una semana, sentí que podía respirar.
Me llevaron a una patrulla diferente a la de ellos.
Mientras me subían, vi a Montes en la entrada de su casa, hablando por teléfono, seguramente tratando de salvar lo que quedaba de su carrera.
Me miró. Asintió levemente. Un gesto de respeto entre enemigos. Había cumplido su palabra, forzado, pero cumplido.
En el camino a la Fiscalía, pasamos por el hospital.
Le pedí al oficial, un joven que me miraba por el retrovisor con curiosidad:
—Oficial, ¿me puede hacer un favor?
—No debería hablar con usted, detenido.
—Solo quiero saber si mi hija está bien.
—No se preocupe, jefe —dijo el oficial en voz baja—. Ya se corrió la voz en la corporación. Lo que hizo… muchos aquí somos padres también. Nadie le va a tocar un pelo a su hija. Tienen guardia permanente de los buenos.
Cerré los ojos.
Sonreí.
Había terminado. O al menos, la parte sangrienta había terminado. Ahora empezaba la batalla legal. Pero ya no era un taxista invisible contra el sistema. Ahora era el hombre que había puesto de rodillas al Fiscal. Y eso… eso nadie me lo podía quitar.
EPÍLOGO: LA JUSTICIA IMPERFECTA
Seis meses después.
El juicio fue un circo mediático. La grabación se filtró “misteriosamente” (Olegario se encargó de eso) y la opinión pública se volcó a nuestro favor. Hubo marchas. Hubo hashtags. #JusticiaParaElisa. #TodosSomosValerio.
Montes tuvo que renunciar a la semana del incidente. Se retiró a vivir a Miami, huyendo del escarnio.
Antonio, Kirill y Marcos fueron juzgados.
Con la confesión, las pruebas de ADN (que mágicamente “aparecieron” de nuevo y no estaban contaminadas) y los testimonios de las otras cuatro víctimas que se atrevieron a hablar al ver que el monstruo estaba enjaulado, el caso fue sólido.
Les dieron 25 años a cada uno.
Sin derecho a fianza.
Están en el Penal de Puente Grande. Y según me cuenta el Ruso, no la están pasando bien. En la cárcel no les gustan los violadores, y menos los niños ricos que ya no tienen a papá para protegerlos. Han aprendido lo que es el miedo de verdad.
¿Y yo?
Yo estoy en la cárcel también.
Me dieron 8 años por privación ilegal de la libertad, portación de arma de uso exclusivo del ejército y lesiones.
El juez fue “benevolente”, considerando las atenuantes de estado de emoción violenta y la colaboración con la justicia.
Estoy en un módulo tranquilo. Los otros presos me respetan. Me dicen “El Jaguar”. Nadie se mete conmigo.
Elisa viene a visitarme cada domingo.
Ya no usa el brazo en cabestrillo. Su cara ha sanado, aunque le quedó una pequeña cicatriz en el labio que cubre con maquillaje. Ha vuelto a la universidad. Sigue queriendo ser veterinaria.
Hoy vino. Traía un vestido amarillo y se veía hermosa.
Nos sentamos en la mesa de visitas, con el cristal de por medio.
—¿Cómo estás, papá? —me preguntó, poniendo su mano sobre el vidrio.
—Bien, hija. Aquí leyendo mucho. El Ruso me trajo libros.
—Te extraño en la casa. El taxi sigue guardado.
—Véndelo, mija. Úsalo para tus estudios. Yo ya no voy a manejar.
—No. Te va a esperar. Cuando salgas, vamos a ir a la playa. Tú y yo. A Puerto Vallarta.
—Claro que sí, mi amor. A Puerto Vallarta.
Se quedó callada un momento. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no de tristeza, sino de algo más profundo.
—Papá…
—¿Qué pasó?
—Gracias.
—No me des las gracias, Elisa. Hice lo que tenía que hacer.
—Me salvaste la vida. No solo esa noche. Me salvaste después. Si ellos hubieran seguido libres… yo no hubiera aguantado. Me hubiera matado, papá. Lo sé.
—Nunca digas eso. Eres fuerte. Eres una Cárdenas.
Sonó el timbre que anunciaba el fin de la visita.
Ella se levantó.
—Te quiero, papá. Eres mi héroe.
—Y tú eres mi vida.
La vi alejarse por el pasillo gris de la prisión. Caminaba con la cabeza en alto. Ya no tenía miedo.
Me recargué en la silla de metal.
Estoy preso. Perdí mi libertad. Perdí mi trabajo. Probablemente moriré aquí adentro o saldré siendo un anciano.
Pero cuando cierro los ojos por las noches en mi celda, duermo tranquilo. Duermo sin pesadillas.
Porque sé que allá afuera, los lobos están enjaulados. Y mi hija… mi hija es libre.
Valió la pena.
Cada maldito segundo, valió la pena.
FIN.