
PARTE 1
CAPÍTULO 1: EL DESPERTAR DEL LOBO (EXPANDIDO)
La lluvia en Monterrey no limpia las calles; solo hace que la mugre brille más bajo las luces de neón. Eran las tres de la mañana de un martes cualquiera, de esos que huelen a pavimento mojado, a tacos de barbacoa rancia y a escape de camión urbano.
Yo estaba estacionado en una esquina de la Avenida Colón, con el motor de mi Nissan Tsuru modelo 2010 ronroneando con ese sonido asmático que tienen los coches que ya deberían estar en el deshuesadero. El “Tsuru”. El caballo de batalla de México. Sin bolsas de aire, con la lámina delgada como papel de aluminio, pero fiel como un perro viejo. Como yo.
Me miré en el retrovisor. Lo que me devolvió la mirada fue un par de ojos cansados, hundidos en una red de arrugas que contaban historias que nadie quería escuchar. Canas en las sienes, la piel curtida por el sol de mil batallas y el aire acondicionado que no enfría, solo escupe polvo. Para el mundo, yo soy “Don Valerio”. El viejito que te lleva a casa cuando sales borracho del antro. El que no te dice nada si te vomitas por la ventana, siempre y cuando le des cien pesos extra para el lavado. Soy parte del mobiliario urbano, tan invisible como una alcantarilla o un poste de luz.
Nadie se fija en las manos del taxista. Si lo hicieran, verían los nudillos deformados por viejas fracturas. Verían la callosidad en el dedo índice, esa que no se quita ni con lija, la marca de quien jaló el gatillo miles de veces. Porque antes de ser Don Valerio, el taxista con artritis y ciática, fui el Capitán Valerio Mendoza. Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales. GAFE.
Hace veinte años, yo no cazaba pasaje en la zona centro. Cazaba narcos en la sierra de Guerrero y Michoacán. Dormía en el lodo, comía víboras si era necesario, y podía detener el latido de un hombre con un movimiento seco de mis manos. Pero ese hombre murió. O eso creía yo. Lo enterré el día que mi esposa falleció de cáncer y me quedé solo con Lizbeth, mi niña, mi única razón para no meterme un tiro en la boca.
—¿Está libre, jefe?
Un borracho golpeó la ventanilla. Negué con la cabeza sin bajar el vidrio.
—Voy a la base, joven. Ya no doy servicio.
El tipo insultó al aire y se fue tambaleando. No era verdad. No iba a ninguna base. Solo que esa noche tenía un mal presentimiento. Una opresión en el pecho, justo debajo del esternón. Mi abuela decía que eso era “la bruja sentada en el pecho”, el aviso de que la desgracia venía en camino. Yo, que he visto al diablo a los ojos, sé que es el instinto de supervivencia.
Mi celular, un Android barato con la pantalla estrellada, vibró sobre el tablero, haciendo bailar las monedas de la propina y una estampa despegada de San Judas Tadeo.
Número desconocido.
A esta hora, un número desconocido nunca es para invitarte a una fiesta.
—¿Bueno? —contesté. Mi voz sonó rasposa, mezcla de tabaco barato y silencio prolongado.
—¿Hablo con el señor Valerio Mendoza?
El tono. Reconocí el tono inmediatamente. Era esa voz profesional, aséptica y ligeramente temblorosa que usa la gente cuando tiene que dar una noticia que va a destruir un mundo. La misma voz que usó el comandante cuando me dijo que mi pelotón había sido emboscado. La misma voz del oncólogo de mi esposa.
—Soy yo —dije, enderezándome en el asiento. Sentí cómo mis músculos se tensaban, preparándose para el impacto.
—Señor Mendoza, le hablo del Hospital Universitario. Soy la enfermera de guardia del área de trauma. Tenemos ingresada a su hija, Lizbeth Mendoza.
El mundo se detuvo. El ruido de la lluvia, el claxon lejano de un tráiler, el zumbido del motor… todo desapareció. Solo quedó el latido de mi corazón, golpeando mis oídos como un martillo neumático.
—¿Qué le pasó? —pregunté. No reconocí mi propia voz. Sonaba lejana, metálica.
—Ingresó por urgencias hace veinte minutos. Su estado es… delicado. Necesitamos que venga de inmediato. Traiga su identificación y documentos del seguro si tiene.
—¿Está viva? —La pregunta salió disparada antes de que pudiera pensarla.
Hubo un silencio de dos segundos. Dos segundos eternos.
—Sí, señor. Está viva. Pero por favor, dese prisa.
Colgó.
Me quedé mirando el teléfono unos instantes, como si fuera un objeto alienígena. Lizbeth. Mi niña de veintiún años. Estudiante de veterinaria. La que recoge perros atropellados y se gasta el dinero de su comida en croquetas. La que me dice “viejito paranoico” cuando le digo que revise dos veces los seguros de las puertas.
Arranqué el Tsuru. Las llantas chirriaron sobre el asfalto mojado. No manejé como taxista. Manejé como piloto de evasión. Me pasé el primer semáforo en rojo en el cruce de Juárez y Aramberri. El segundo en Cuauhtémoc. El velocímetro marcaba 120 km/h en una zona de 40.
Mientras el coche devoraba las calles, mi mente me bombardeaba con imágenes. Lizbeth sonriendo en su graduación de prepa. Lizbeth con su bata blanca el primer día de la universidad. Lizbeth dándome un beso en la frente antes de salir esa mañana. “Te quiero, papá. No te desveles mucho”.
Llegué al Hospital Universitario en tiempo récord. Entré por la rampa de ambulancias, derrapando, casi llevándome por delante un bote de basura. Dejé el coche ahí mismo, mal estacionado, con la puerta abierta y el motor encendido. No me importaba si se lo robaban. No me importaba nada.
Corrí hacia las puertas automáticas. El aire acondicionado del hospital me golpeó como una bofetada. Ese olor. Dios, cómo odio ese olor. Una mezcla de cloro, alcohol, sangre vieja, miedo y café quemado de máquina. Es el perfume de la muerte.
—¡Lizbeth Mendoza! —grité al llegar al mostrador de urgencias. Mi voz retumbó en la sala de espera, haciendo que varias personas levantaran la vista. Gente pobre, como yo, esperando noticias con rosarios en las manos.
—¡Señor! ¡No puede gritar aquí! —una enfermera robusta se levantó detrás del cristal.
—¡Soy el padre de Lizbeth Mendoza! ¡Me acaban de llamar!
La enfermera cambió su expresión de regaño a una de lástima profunda. Esa mirada. Esa maldita mirada de “pobrecito”. Fue ahí cuando supe que era grave. Muy grave.
—Venga conmigo, señor Mendoza.
Me abrió la puerta de seguridad. Caminamos por un pasillo largo, con luces fluorescentes que parpadeaban y zumbaban. Veía pasar camillas, médicos corriendo, policías llenando informes. Pero yo iba en visión de túnel.
—Doctor Rivas —llamó la enfermera—. Es el padre de la chica.
Un hombre joven, de unos treinta años, se acercó. Tenía ojeras profundas y la bata manchada con pequeñas salpicaduras rojas. Se quitó los lentes y se frotó el puente de la nariz. Se veía agotado, pero sobre todo, se veía furioso. Conteniendo una rabia impotente.
—Señor Mendoza. —Me tendió la mano, pero yo no la tomé. Solo lo miré a los ojos, buscando respuestas.
—¿Dónde está? ¿Qué tiene?
El doctor suspiró.
—Mire… voy a ser directo porque no hay forma suave de decir esto. A su hija la trajo una ambulancia que la recogió en un terreno baldío por la carretera a Saltillo. Alguien la vio tirada y llamó al 911.
Tragué saliva. Sentí un sabor a cobre en la boca.
—¿Un accidente? —pregunté, aferrándome a la esperanza de que fuera un coche, un conductor ebrio, algo impersonal.
—No, señor. No fue un accidente. —El doctor bajó la voz, mirando a los lados—. Las lesiones son consistentes con una agresión física extrema y… agresión sexual tumultuaria.
El mundo se inclinó. Tuve que apoyarme en la pared fría para no caer. Tumultuaria. Esa palabra técnica, fría, legal, que significa que una manada de bestias atacó a mi niña.
—Tiene tres costillas rotas —continuó el médico, implacable—. Fractura de mandíbula. El cúbito del brazo derecho está destrozado, probablemente por intentar defenderse. Conmoción cerebral grado dos. Y… bueno, el trauma ginecológico es severo. Tuvimos que intervenir quirúrgicamente para detener la hemorragia interna.
Mis manos empezaron a temblar. No de miedo. De una furia tan antigua y oscura que creí que me iba a incendiar ahí mismo.
—Quiero verla.
—Está sedada, pero despierta por momentos. Está en shock postraumático, señor. No la fuerce a hablar.
—Quiero verla —repetí, con un gruñido que salió de lo más profundo de mi garganta.
Me llevó a un cubículo separado por una cortina azul.
—Solo cinco minutos —dijo el doctor y se alejó, dándome privacidad.
Abrí la cortina.
Y ahí, entre tubos, cables y monitores que pitaban rítmicamente, estaba lo que quedaba de mi hija.
No pude contener el gemido que se me escapó. Me tapé la boca con la mano.
Su cara estaba deformada. El ojo derecho era una masa hinchada, morada y negra, cerrada por completo. El labio estaba partido en dos lugares, con suturas negras que parecían arañas sobre su piel pálida. Tenía moretones en el cuello… marcas de dedos. Alguien la había ahorcado mientras…
Me acerqué a la cama como quien se acerca a un altar profanado. Mis piernas fallaron y caí de rodillas. Agarré su mano izquierda, la única parte de ella que no parecía rota. Estaba helada.
—Lizo… mi niña… —susurré. Las lágrimas, calientes y dolorosas, empezaron a correr por mis mejillas. Hacía años que no lloraba. Ni siquiera cuando enterre a mi mujer lloré así.
Ella se movió. Un quejido sordo salió de su garganta. Abrió el ojo izquierdo. Estaba inyectado en sangre, desenfocado. Tardó unos segundos en reconocerme. Y cuando lo hizo, no vi alivio. Vi terror. Terror puro.
Intentó alejarse, encogiéndose en la cama, gimiendo de dolor por el movimiento.
—No… no… por favor… —sollozó.
—Soy yo, mi amor. Soy papá. Ya estoy aquí. Nadie te va a hacer daño.
Ella parpadeó, y al darse cuenta de que era yo, se derrumbó. Empezó a llorar con un sonido que me partió el alma en mil pedazos. Un llanto de animal herido.
—Papá… me rompieron… me rompieron toda…
—Shh, shh. Ya pasó. Te vas a curar. Te lo prometo.
Me levanté y le acaricié el pelo, cuidando de no tocar las zonas golpeadas.
—Lizo, escúchame. Necesito que me digas algo. ¿Llamaste a la policía?
Ella se tensó. Sus dedos apretaron mi mano con una fuerza sorprendente.
—No… no policía. No.
—¿Por qué? Tienen que atraparlos, hija. Tienen que pagar.
—¡No! —su voz subió de tono, histérica—. ¡Papá, no entiendes! ¡Ellos dijeron que si hablaba te mataban a ti!
—A mí no me va a pasar nada, soy un viejo duro de matar. Dime quién fue. ¿Los conoces?
Ella cerró el ojo y negó con la cabeza frenéticamente.
—Tengo miedo… son… son muy poderosos.
—¿Quiénes, Lizbeth? Mírame. —Le tomé la barbilla con suavidad y la obligué a mirarme—. Soy tu padre. Yo te protejo. Pero necesito un nombre.
Ella temblaba tanto que la cama vibraba. Respiró hondo, un sonido gorgoteante por la sangre en su nariz.
—Fue… saliendo del bar donde mesereo los fines de semana. Me ofrecieron un “aventón”. Yo dije que no. Se bajaron del carro… un Lexus negro.
—¿Quiénes?
—Antonio… Antonio Villaseñor.
Me quedé helado. El apellido resonó en mi cabeza como un disparo. Villaseñor.
—¿El hijo del Fiscal General? ¿Estanislao Villaseñor?
Lizbeth asintió, llorando.
—Él… y sus amigos. El “Junior” Cárdenas… el hijo del dueño de los supermercados. Y otro… Mark, creo que es hijo del director del hospital.
—Dios santo… —susurré. La “realeza” de la ciudad. Los intocables. Los hijos de los dueños de Nuevo León.
—Se reían, papá… —Lizbeth empezó a hiperventilar—. Se reían mientras me… mientras me turnaban. Antonio me decía: “Grita lo que quieras, perra. Mi papá es la ley. Nadie te va a creer. Eres la hija de un pinche taxista”.
Sentí cómo la sangre me hervía. No era una metáfora. Literalmente sentí calor subiendo por mi cuello, llenando mi cabeza. La hija de un pinche taxista.
—Me dijeron que si denunciaba… te iban a sembrar droga en el taxi. Que te iban a refundir en el penal de Topo Chico para que te mataran los reos. Que saben dónde vivimos. Que saben a qué hora sales.
Apreté los dientes tan fuerte que pensé que se me romperían.
—Ya, mi amor. Ya. Descansa.
—Prométeme que no harás nada —me suplicó, agarrándome la camisa—. Prométeme que nos iremos lejos. No quiero que te maten.
—Descansa, hija. —No prometí nada. No podía mentirle a Dios en un momento así.
Me quedé con ella hasta que los sedantes hicieron efecto y se quedó dormida, aunque seguía sollozando en sueños.
Me senté en la silla de plástico incómoda, mirando la pared blanca. Veinte minutos. Estuve ahí veinte minutos en silencio absoluto.
En esos veinte minutos, repasé mi vida. Repasé mis errores. Repasé cada vez que agaché la cabeza ante un policía corrupto para evitar una multa. Cada vez que me tragué mi orgullo para sobrevivir.
Pensaron que se habían metido con la hija de un taxista.
Pensaron que yo era una oveja más del rebaño, lista para ser trasquilada.
Miré mis manos. Las abrí y las cerré. A pesar de la artritis, todavía eran fuertes. Todavía recordaban cómo romper un cuello, cómo usar un cuchillo, cómo desaparecer en las sombras.
Me levanté. Besé la frente de mi hija.
—Voy a arreglar esto, mi niña —susurré—. A mi manera.
Salí del cubículo. El doctor Rivas estaba llenando un formulario.
—Doctor —le dije.
—¿Sí, señor Mendoza?
—Deme el reporte médico. Todo. Copias de las radiografías, el examen toxicológico, el kit de violación. Todo.
—Señor, eso va directo al Ministerio Público. Es cadena de custodia.
Me acerqué a él. Invadí su espacio personal. Dejé que viera mis ojos. No los ojos del taxista cansado, sino los ojos del hombre que sobrevivió a la selva.
—Deme. Una. Copia. Por favor.
El doctor tragó saliva. Vio algo en mí que lo asustó, pero también vi que él quería justicia tanto como yo.
—Espéreme aquí. Voy a “perder” una copia en el mostrador para usted.
Cinco minutos después, tenía el sobre manila en mis manos. Pesaba. Pesaba como un ladrillo. Pesaba como una sentencia de muerte.
Salí del hospital. La lluvia había parado, pero el frío calaba hasta los huesos. Caminé hacia mi Tsuru. Me subí, cerré la puerta y grité.
Un grito primario, gutural, animal. Golpeé el volante hasta que me dolieron las manos. Golpeé el tablero hasta que el plástico crujió.
Luego, silencio.
Respiré hondo. Uno. Dos. Tres.
El soldado había tomado el control. El dolor se guardó en una caja fuerte en el fondo de mi mente. Ahora solo había una misión.
Objetivo 1: Confirmar la impunidad del enemigo.
Objetivo 2: Reconocimiento del terreno.
Objetivo 3: Ejecución.
Arranqué el motor.
—Vamos a ver si es cierto que son intocables —dije al espejo retrovisor.
CAPÍTULO 2: JUSTICIA SELECTIVA (EXPANDIDO)
La Delegación Norte de la Fiscalía General de Justicia del Estado es un edificio gris, cuadrado y deprimente, que parece diseñado específicamente para chupar la esperanza de cualquiera que cruce sus puertas. Llegué a las cinco y media de la mañana. El estacionamiento estaba casi vacío, salvo por unas cuantas patrullas con abolladuras y camionetas decomisadas que se oxidaban bajo el sereno.
Entré con el sobre manila bajo el brazo. El lugar olía a desinfectante barato y a humanidad encerrada. En la sala de espera, unas sillas de metal atornilladas al piso albergaban a las almas en pena de la ciudad: una señora llorando con un pañuelo hecho bola, dos cholos esposados a una banca durmiendo la mona, y un hombre de traje que miraba su reloj compulsivamente.
Me acerqué a la barandilla de cristal blindado. Detrás, un oficial con el uniforme desabotonado y manchas de mostaza en la camisa revisaba su Facebook en el celular. Ni siquiera levantó la vista cuando llegué.
—Buenos días —dije. Mi voz era firme, controlada.
El oficial deslizó el dedo por la pantalla un par de veces más antes de dignarse a mirarme. Sus ojos eran pequeños, porcinos, inyectados en sangre por el turno de noche.
—¿Qué quiere? —ladró.
—Vengo a interponer una denuncia penal. Violación tumultuaria, privación ilegal de la libertad y lesiones graves calificadas.
El gordo resopló, como si le hubiera pedido que resolviera una ecuación de física cuántica.
—El turno del Ministerio Público empieza a las nueve. Ahorita solo estamos de guardia para levantamientos de cadáveres y flagrancias. Vuelva al rato.
—Es una emergencia —insistí, apoyando las manos en el mostrador—. Los agresores están libres. Sé quiénes son. Podrían huir.
—Le dije que se espere, don. Siéntese ahí y no esté chingando.
Sentí el impulso. Ese impulso eléctrico que recorre el brazo y te pide agarrar la cabeza del tipo y estamparla contra el cristal. Lo reprimí. Inhalé profundamente.
Saqué el sobre manila y lo dejé caer sobre el mostrador. El sonido seco hizo que el policía brincara.
—Mi hija está en terapia intensiva. Tiene tres costillas rotas y fue violada por tres sujetos. No me voy a sentar y no me voy a ir. Quiero ver al Agente del Ministerio Público en turno. Ahora.
El policía se puso rojo. Iba a gritarme, a echarme a patadas, pero algo en mi postura lo detuvo. Quizás fue la forma en que me paré, con los pies separados, el peso balanceado, listo. O quizás fue la mirada. Los depredadores reconocen cuando la presa no es presa.
—Espérese —masculló.
Levantó el teléfono interno y murmuró algo. Unos minutos después, una puerta lateral se abrió. Salió un hombre alto, delgado, vestido con un traje que costaba más que mi taxi. Llevaba el cabello engominado hacia atrás y olía a loción cara, lavanda y cítricos, tratando de ocultar el olor a podredumbre del lugar.
Lo reconocí. Licenciado Roberto Salgado. Coordinador de agencias. Un burócrata de carrera, famoso por archivar casos incómodos.
—¿Cuál es el escándalo? —pregunté Salgado, mirándome de arriba abajo con desdén. Sus ojos escanearon mis zapatos desgastados, mis pantalones de mezclilla, mi chamarra de piel vieja. Me clasificó en un segundo: “Pobre. Nadie. Desechable”.
—Licenciado —dije—, vengo a denunciar a los hombres que casi matan a mi hija anoche.
Salgado miró al policía de barandilla, luego a mí. Hizo un gesto de fastidio.
—Pase. Pero rápido. Tengo mucho trabajo.
Su oficina estaba helada. El aire acondicionado zumbaba a toda potencia. En las paredes, diplomas enmarcados en oro falso y fotografías: Salgado con el Gobernador, Salgado con el Alcalde, y la más grande, justo detrás de su escritorio de caoba: Salgado estrechando la mano del Fiscal General, Estanislao Villaseñor.
Ahí está el padre del monstruo, pensé.
Salgado se sentó en su silla ejecutiva de piel y no me ofreció asiento.
—A ver, dígame. ¿Qué pasó?
Le conté la historia. Breve. Brutal. Sin adornos. Le entregué el reporte médico. Él lo hojeó con una mueca de disgusto, tomando las hojas con la punta de los dedos como si estuvieran infectadas.
Cuando llegó a la parte de los nombres, se detuvo.
Vi cómo sus pupilas se dilataban. Se acomodó en la silla. Cerró la carpeta despacio.
Se quitó los lentes y me miró. Su expresión había cambiado. Ya no era desdén. Era cautela.
—Señor Mendoza… estas son acusaciones extremadamente serias.
—Lo son. Es un crimen.
—Su hija… menciona nombres específicos. Antonio Villaseñor.
—Así es. Él la secuestró, la golpeó y la violó. Él y sus amigos.
Salgado suspiró largamente. Entrelazó los dedos sobre el escritorio.
—Mire, Don Valerio… voy a ser franco con usted. No como funcionario, sino de hombre a hombre.
Aquí viene, pensé. La amenaza velada.
—Usted sabe quiénes son estas familias. Estamos hablando de gente honorable. El Fiscal Villaseñor es un pilar de la justicia en este estado. Su hijo es estudiante de medicina, un muchacho con un futuro brillante.
—Su hijo es un violador —interrumpí.
Salgado golpeó la mesa con un dedo.
—¡Cuidado con su lenguaje! No tiene pruebas.
—Tengo el testimonio de mi hija. Tengo el ADN en su cuerpo. Tengo las lesiones.
—Tiene la palabra de una muchacha que trabaja de mesera en un bar —dijo Salgado con una sonrisa torcida, venenosa—. Una muchacha que seguramente había bebido. Que tal vez se fue con ellos por voluntad propia y luego se arrepintió. O tal vez quería sacarles dinero y las cosas se salieron de control.
—¿Se salieron de control? —sentí que las venas del cuello se me hinchaban—. ¿Tres costillas rotas es “salirse de control”?
—No hay cámaras, señor Mendoza. No hay testigos oculares. Si usted inicia esto… va a destruir a su hija.
—¿Más de lo que ya está?
—Oh, sí. Mucho más. —Salgado se inclinó hacia adelante, bajando la voz. Sus ojos brillaban con malicia—. La defensa va a investigar su vida privada. Van a sacar a la luz cada novio que ha tenido, cada foto en Facebook con una falda corta. La van a llamar puta en los periódicos. Y a usted… bueno, usted es taxista. Sabemos que los taxistas a veces se meten en problemas. A veces les encuentran cosas en la cajuela. Unos gramos de cocaína, un arma sin registro… sería una lástima que un hombre de su edad terminara en el Penal del Topo Chico por un “malentendido”, ¿no cree?
El silencio llenó la habitación. Era un silencio pesado, denso.
El mensaje no podía ser más claro. Si denuncias, te destruimos. Si te quedas callado, sobrevives.
Me quedé mirándolo fijamente. Memorizando su cara. Memorizando el lunar en su barbilla, la corbata de seda roja.
Por un segundo, calculé la distancia entre nosotros. Podría saltar sobre el escritorio, agarrar el abrecartas de metal y clavárselo en la yugular antes de que pudiera gritar. Sería fácil. Sería satisfactorio.
Pero no serviría de nada. Él solo era un peón. Un perro guardián.
Necesitaba ir por los dueños.
Me levanté lentamente.
—Entiendo, Licenciado. Entiendo perfectamente cómo funciona esto.
Salgado sonrió, relajándose. Creyó que había ganado. Creyó que me había doblado.
—Sabía que sería razonable, Don Valerio. Es lo mejor. Dele gracias a Dios que su hija está viva. El tiempo lo cura todo. Váyase a casa. Descanse.
Tomé el sobre manila del escritorio.
—Tiene razón. Gracias por su consejo.
—Para servirle. Y créame, lo siento mucho.
Salí de la oficina sin voltear atrás. Crucé la sala de espera, salí a la calle y recibí el sol de la mañana en la cara.
La ciudad ya estaba despierta. El tráfico rugía. La gente caminaba apresurada hacia sus trabajos, preocupada por pagar la renta, la luz, la escuela. Nadie sabía que en ese edificio gris se acababa de cometer un crimen peor que la violación: el asesinato de la justicia.
Caminé hacia mi taxi. Me detuve junto a la cajuela.
Toqué la lámina fría y húmeda.
—Muy bien —murmuré—. Si la ley de los hombres no sirve, usaremos la ley de la selva.
Abrí la cajuela. Estaba llena de cosas de taxista: una garrafa de aceite, trapos sucios, una cruceta, un gato hidráulico, unas bolsas de plástico.
Empecé a sacar todo.
Tiré la garrafa a un bote de basura cercano. Los trapos. Las bolsas.
Dejé la cajuela vacía. Limpia. Espaciosa.
Era un espacio oscuro. Suficiente para… carga pesada.
Me subí al asiento del conductor. Saqué mi viejo celular. Mis dedos marcaron un número de memoria. Un número que no había marcado en quince años, pero que nunca borré.
Timbró tres veces.
—¿Bueno? —contestó una voz ronca, profunda, de alguien que acaba de despertar pero que duerme con un ojo abierto.
—Tigre. Soy Valerio.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio de reconocimiento.
—¿Mi Capitán? —La voz cambió instantáneamente. De sueño a alerta—. Madre santa, Valerio. Pensé que estabas muerto o retirado en una playa. ¿Qué hora es? ¿Pasó algo?
—Necesito un favor, Tigre. Tú sigues en el negocio de la seguridad privada, ¿verdad?
—Simón. Soy jefe de seguridad de toda la zona de antros de San Pedro y el Barrio Antiguo. ¿Qué necesitas? ¿Chamba? Sabes que siempre hay lugar para un veterano como tú.
—No quiero chamba. Necesito información.
Hice una pausa, encendiendo el motor del Tsuru para calmar mis nervios con la vibración.
—Necesito ubicar a tres objetivos. Antonio Villaseñor. Hijo del Fiscal. Un tal Cárdenas y un tal Mark. Frecuentan tus zonas.
—A la madre, Capi… —El Tigre soltó un silbido bajo—. Esos son peces gordos. Los “Juniors”. El tal Villaseñor es cliente VIP en el “Mandarin”. Cierra el lugar, tira champaña como si fuera agua, trata a los meseros como basura. Es intocable. ¿Para qué los quieres?
—Para darles una lección de modales —dije, mirando mis ojos en el espejo retrovisor. Ya no se veían cansados. Se veían muertos.
—Valerio… —El tono del Tigre se volvió serio—. Si te metes con ellos, te metes con el gobierno, con la maña, con todo. ¿En qué bronca andas?
—Violaron a mi hija anoche, Tigre. La molieron a golpes. Y el MP se rio en mi cara.
Silencio absoluto en la línea. Solo escuchaba la respiración pesada de mi viejo compañero de armas. Sabía lo que estaba pensando. Sabía que estaba recordando lo que hacíamos en la sierra. Sabía que entendía que esto no tenía vuelta atrás.
—Lo siento mucho, hermano. Lo siento en el alma.
—No sientas. Ayúdame.
—¿Qué necesitas?
—Rutinas. Dónde viven. Qué carros traen. Dónde se ponen pedos los viernes. Y necesito que nadie, absolutamente nadie, sepa que pregunté.
—Dame hasta el mediodía. Te consigo hasta de qué color son sus calzones. ¿Necesitas fierros? Tengo unas Glocks limpias y…
—No. —Lo corté—. Nada de armas de fuego. No quiero que sea rápido. Quiero que entiendan. Quiero que sientan miedo.
—Entendido. A la vieja escuela.
—Gracias, Tigre.
—Capi… cuídate la espalda. Esto no es la sierra. Aquí hay cámaras en todos lados.
—Soy un taxista, Tigre. Nadie mira a los taxistas.
Colgué.
Miré el edificio de la Fiscalía una última vez.
—Creen que son dueños de la ciudad —dije en voz alta—. Pero la noche… la noche es mía.
Metí primera y arranqué. El Tsuru se incorporó al tráfico, perdiéndose en el mar de coches. Un vehículo más. Un conductor más.
Pero dentro de ese coche, la cacería había comenzado. Tenía una semana para planear. Una semana para convertirme en su sombra. Una semana para preparar la cajuela.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: LA SOMBRA DEL CAZADOR
Monterrey tiene una forma muy particular de oler cuando se avecina una tormenta, pero no me refiero a la lluvia. Me refiero a la violencia. El aire se vuelve denso, cargado de estática y polvo, y la ciudad parece contener la respiración.
Pasaron cuarenta y ocho horas desde que salí de la oficina del Licenciado Salgado. Cuarenta y ocho horas en las que Valerio, el taxista amable que escucha las penas de sus pasajeros, dejó de existir. Ahora, el hombre sentado al volante del Tsuru era un fantasma. Un espectro compuesto de recuerdos tácticos, rencor y cafeína barata.
Mi primera parada fue un puesto de tacos de barbacoa en la colonia Industrial, cerca de las vías del tren. Un lugar donde la gente no hace preguntas y donde el humo de la leña oculta rostros. Ahí me había citado con “El Tigre”.
Llegué diez minutos antes. Vieja costumbre: quien llega a tiempo, llega tarde. Quien llega antes, controla el terreno. Me senté en una mesa de plástico rojo, de espaldas a la pared, con vista a la calle. Pedí una Coca-Cola de vidrio y esperé.
A las 12:00 en punto, una camioneta Ford Lobo negra, blindada, se estacionó enfrente. Bajó el Tigre. Había engordado. La vida de jefe de seguridad le había dado una barriga prominente que colgaba sobre el cinturón, pero sus ojos seguían siendo los de un francotirador: inquietos, escaneando cada rincón antes de dar un paso.
Se sentó frente a mí. No nos dimos la mano. Un asentimiento fue suficiente.
—Te ves jodido, Capi —dijo, sirviéndose salsa verde en un taco imaginario.
—Y tú te ves gordo, sargento.
El Tigre soltó una risa seca, sin alegría.
—La buena vida. O lo que queda de ella. —Metió la mano en su chamarra y sacó un sobre amarillo doblado. Lo deslizó sobre la mesa, debajo del servilletero—. Ahí está todo. Nombres, direcciones, placas, rutinas. Me costó unas cuantas botellas de Buchanan’s con los valet parking y un par de favores con los cadeneros del Mandarin.
Tomé el sobre. Pesaba poco, pero su contenido era dinamita pura.
—¿Saben que preguntaste?
—Nadie sabe nada. Fui discreto. Les dije que un cliente mío quería saber quién traía el Lexus porque quería comprárselo. Los valet parking cantan como canarios si les sueltas quinientos pesos.
El Tigre se inclinó hacia adelante, bajando la voz hasta que fue apenas un susurro que competía con el ruido del tráfico.
—Valerio, escucha bien. Estos chavos… no son malandros de esquina. Son “Juniors”. Tienen escolta, aunque a veces se les escapan. El papá de Villaseñor tiene intervenidos la mitad de los teléfonos de la ciudad. Si te agarran… no te van a llevar a la cárcel. Te van a llevar a una bodega y te van a deshacer en ácido. ¿Estás seguro de que quieres hacer esto?
Abrí el sobre un poco. Vi una foto impresa de un perfil de Facebook. Antonio Villaseñor, sonriendo con una copa de champaña en la mano, en un yate. La sonrisa de quien nunca ha recibido un “no” por respuesta.
—Violaron a Lizbeth, Tigre. La molieron. Y se rieron.
El Tigre apretó la mandíbula. Asintió lentamente.
—Entonces dales duro, Capi. Por los viejos tiempos. Y por la niña.
Se levantó, dejó un billete de doscientos pesos en la mesa y se fue sin despedirse. Mejor así. Si algo salía mal, él no me conocía.
La Fase de Reconocimiento
Los siguientes tres días me convertí en su sombra.
Aprendí que en la guerra moderna no necesitas camuflaje verde olivo para esconderte. En la ciudad, el mejor camuflaje es la pobreza. Nadie mira a un viejo en un Tsuru despintado. Nadie mira a un barrendero. Nadie mira a un repartidor de comida. Eres transparente.
Primero fui por el más débil. Mark Talamantes.
Hijo del director del Hospital Christus Muguerza. Estudiante de Administración.
Lo esperé afuera de la universidad privada más cara de la ciudad, la UDEM. Eran las dos de la tarde. El sol caía a plomo.
Mark salió manejando un BMW serie 3 blanco. Era un muchacho delgado, con cara de niño asustado, que intentaba compensar su inseguridad con ropa de marca y actitud prepotente.
Lo seguí a una distancia prudente. Manejaba mal, frenando bruscamente, revisando el celular cada cinco segundos. Se detuvo en una plaza comercial en San Pedro. Lo vi bajarse y discutir con una chica, probablemente su novia. La jaloneó del brazo. Ella se soltó y le gritó algo. Él, cobarde al fin, miró a los lados para ver si alguien lo veía, y al sentirse observado por un guardia de seguridad, se achicó y se subió al coche.
Perfil confirmado: Cobarde. Seguidor. Es el tipo de perro que solo muerde cuando el alfa está ladrando. Será el primero en quebrarse.
El segundo objetivo era Kirill “El Ruso” Cárdenas.
Hijo del dueño de una cadena de supermercados locales. Un tipo enorme, gimnasio puro, esteroides y proteína barata.
Lo ubiqué en un gimnasio exclusivo en Calzada del Valle. Me estacioné enfrente, comiéndome un sándwich rancio, fingiendo leer el periódico El Norte.
Salió a las seis de la tarde. Camiseta sin mangas, mostrando los tatuajes tribales que seguramente se hizo porque vio una película de acción. Caminaba como si fuera dueño de la banqueta, empujando a un señor que vendía dulces sin siquiera pedir perdón. Se subió a una Cheyenne High Country, una camioneta monstruosa que ocupaba dos cajones de estacionamiento.
Perfil confirmado: Músculo sin cerebro. Agresivo. Se siente invencible por su tamaño. A estos hay que pegarles duro y rápido para que entiendan que los músculos no detienen el miedo.
Y finalmente… el Alfa. El Diablo. Antonio Villaseñor.
Hijo del Fiscal.
Para él, tuve que esperar a la noche del jueves. El Tigre me dijo que los jueves eran de “pre-copeo” en un bar lounge en Centrito Valle.
Llegó a las diez de la noche. No manejaba él. Se bajó del asiento trasero de un Lexus LX 570 negro, blindado. El chofer, un tipo con corte militar y guayabera, le abrió la puerta.
Antonio bajó. Alto, tez blanca, cabello perfectamente peinado, reloj Hublot en la muñeca. Se veía… normal. Eso fue lo que más me aterró. No tenía cara de monstruo. Tenía cara de “Yerno Perfecto”. Saludó a unos amigos con un abrazo, le dio una propina al valet, sonrió a unas chicas que pasaban.
Desde mi taxi, a cincuenta metros, sentí un escalofrío. Era la banalidad del mal. Ese muchacho había destruido a mi hija hace tres noches, y hoy estaba ahí, decidiendo si pedía whisky o tequila, preocupado quizás por un examen o por qué camisa ponerse. Para él, la violación de Lizbeth no fue un evento traumático. Fue un martes. Fue una anécdota.
El escolta se quedó afuera, recargado en la camioneta, fumando. Eso complicaba las cosas.
Pero el Tigre me había dado un dato clave: Los viernes, Antonio despide a los escoltas a la medianoche. Dice que le estorban para ligar. Se mueve solo con sus amigos en el Lexus.
Esa arrogancia sería su tumba.
La Preparación del Matadero
Regresé a mi casa, una pequeña vivienda de interés social en Escobedo. Entré en silencio. Mi hermana, que había venido a cuidar a Lizbeth, dormía en el sofá.
Entré al cuarto de mi hija.
Lizbeth estaba despierta, mirando el techo a oscuras.
—Papá… —susurró.
Me acerqué y me senté en la orilla de la cama. Olía a ungüento y a miedo.
—¿Cómo te sientes, mi amor?
—Me duele el alma, papá. Cierro los ojos y los veo. Huelo su loción. Escucho sus risas.
Apreté su mano. Sus dedos estaban fríos.
—¿Hablaste con la policía? —me preguntó, con ese pánico infantil en la voz.
—Fui. Me dijeron que van a investigar —mentí. Tenía que mentir. Si le decía la verdad, le mataba la poca esperanza que le quedaba—. Pero estos procesos son lentos, hija. Muy lentos.
—No van a hacer nada… —dijo ella, con una lucidez dolorosa—. Lo vi en la cara del doctor. Lo vi en tu cara cuando llegaste. Estamos solos, papá. Somos nadie.
Esa frase. Somos nadie.
Me levanté, besé su frente y salí de la habitación antes de que me viera llorar. Fui a la cocina, saqué una botella de mezcal que tenía guardada para ocasiones especiales, y me serví un trago doble. Lo bebí de golpe. El líquido quemó mi garganta, despertando al fuego que ya ardía en mi estómago.
Salí al patio trasero. Ahí, bajo la luz de un foco amarillo, empecé a trabajar.
No usaría armas de fuego. Un disparo es demasiado rápido, demasiado limpio. Y hace mucho ruido. Además, las balas tienen balística, huellas, rastros.
Necesitaba herramientas. Herramientas de trabajo.
Fui a mi caja de herramientas vieja.
Saqué un rollo de cinta canela industrial. Gruesa, resistente.
Un paquete de cinchos de plástico, de esos negros y largos que usan los electricistas para atar cables de alta tensión. Una vez cerrados, solo se cortan con pinzas. Aguantan cien kilos de presión.
Busqué en el fondo del armario de trebejos. Encontré lo que buscaba: un bastón retráctil de acero. Lo compré hace años en un mercado de pulgas “por si acaso”. Lo probé contra un bloque de madera. Clack. Se extendió con un sonido seco y amenazante. Sólido.
Y finalmente, mi “Taser”. No era un arma policial. Era un aturdidor eléctrico para ganado que un primo del rancho me había regalado para defensa personal en el taxi. “Si se te pone bravo un borracho, dale toques con esto”, me había dicho. Soltaba una descarga de 50,000 voltios. Suficiente para tirar a un toro. Suficiente para tirar a un Junior.
Llevé todo al taxi.
Abrí la cajuela. Ya estaba vacía. Pero necesitaba algo más. Insonorización.
Forré el interior de la tapa de la cajuela con unas cobijas viejas y pegué cartón en los huecos de la carrocería. No quería que nadie escuchara los golpes desde adentro.
Revisé la suspensión trasera. Estaba vieja, pero aguantaría el peso de tres cuerpos si manejaba con cuidado.
Me senté en la defensa trasera, fumando un cigarro, mirando mis “armas”. Cinta, plástico, acero y electricidad.
Primitivo. Brutal. Necesario.
El Ensayo General
Viernes por la mañana.
El plan tenía que ser perfecto. No habría margen de error. Si fallaba, yo terminaba muerto y Lizbeth… Lizbeth quedaría a merced de ellos para siempre.
Recorrí la ruta.
El bar Mandarin está en una zona exclusiva, llena de cámaras del C4 (el centro de control de la policía). No podía tocarlos ahí.
Pero el Tigre me había dicho algo más: “Cuando salen del Mandarin, ya bien pedos tipo 2 o 3 de la mañana, les gusta irse al ‘after’ a una casa que tienen en la Carretera Nacional, por la zona de El Uro. Es una zona medio despoblada todavía, hay mucha construcción”.
Manejé hacia allá. Carretera Nacional. Kilómetro 268.
Encontré el lugar. Era una zona de nuevos fraccionamientos de lujo en construcción. Calles pavimentadas pero sin casas, solo lotes baldíos, maquinaria pesada y oscuridad. El lugar perfecto.
Había un tramo, justo antes de la entrada al fraccionamiento privado, donde la carretera se estrechaba por unas obras de drenaje. Había muros de contención de concreto naranja y desviaciones.
Ahí.
Tenían que frenar ahí.
Era un cuello de botella natural.
Me estacioné y cronometré los semáforos. Estudié las salidas. Si la policía llegaba, tenía dos rutas de escape por brechas de terracería que conectaban con ejidos viejos. Rutas que un Lexus de lujo no podría transitar rápido, pero mi Tsuru, alto y liviano, volaría.
Regresé a la ciudad. Mi cuerpo me dolía. La ciática me punzaba en la pierna derecha. Me tomé dos pastillas de diclofenaco y un café negro.
No podía permitirme estar enfermo. No hoy.
A las 9:00 PM del viernes, me vestí.
No usé ropa táctica. Usé mi “uniforme” de taxista. Una camisa de botones azul cielo, pantalón de vestir gris barato y una gorra de béisbol de los Sultanes de Monterrey calada hasta las cejas.
Me puse unos guantes de látex y encima unos guantes de tela delgados, de esos que usan los choferes para no quemarse con el sol.
Guardé el bastón retráctil en la bolsa interior de mi chamarra. El aturdidor eléctrico en el cinturón, del lado derecho. Los cinchos en el bolsillo izquierdo. La cinta en la guantera.
Me miré al espejo una última vez.
Vi a un viejo.
Vi a un padre.
Vi a un asesino en potencia.
—Dios me perdone —murmuré, persignándome frente a la estampa de la Virgen de Guadalupe que mi esposa había pegado en la entrada—. Pero hoy no voy a poner la otra mejilla.
Salí. La noche estaba fresca.
Manejé hacia la zona de San Pedro. Apagué la aplicación de Uber y Didi. Apagué el letrero de “LIBRE”.
Me convertí en un tiburón nadando en aguas profundas.
Llegué a las inmediaciones del bar Mandarin a las 11:30 PM.
Me estacioné en una calle lateral, oscura, desde donde tenía línea de visión hacia la salida del valet parking.
Bajé la ventanilla un poco para que no se empañara. Encendí un cigarro para calmar los nervios.
Y esperé.
La paciencia es un músculo. Y yo lo tenía muy ejercitado.
Vi pasar Ferraris, Porsches, Mercedes. Vi pasar niñas vestidas con ropa que costaba más que mi casa, tambaleándose en tacones imposibles, borrachas de juventud y dinero.
Vi el mundo que había escupido a mi hija. Un mundo de brillo falso y moral podrida.
A la 1:45 AM, hubo movimiento.
El Lexus negro salió del estacionamiento subterráneo. Brillaba bajo las luces de neón.
Vi quién manejaba. Antonio. Sin escoltas.
En el asiento del copiloto, la mole de carne que era Cárdenas, riéndose y manoteando.
Atrás, Mark.
Eran ellos. Los tres. Solos. Borrachos. Vulnerables.
Arrancaron hacia la avenida Lázaro Cárdenas, rumbo al sur.
Tiré el cigarro por la ventana.
Metí primera. El Tsuru rugió suavemente.
—Aquí vamos, Lizo —susurré—. Agárrate fuerte.
Me pegué a ellos, pero no demasiado. Mantuve dos coches de distancia. Ellos iban rápido, pero imprudentes. Se pasaban los rojos, cortaban el paso a otros conductores. Se sentían dueños de la calle.
No sabían que la Muerte venía detrás de ellos, en un Nissan amarillo con una abolladura en la puerta.
El viaje hacia la trampa duró veinte minutos. Veinte minutos donde mi corazón latía al ritmo de las revoluciones del motor.
Pasamos la zona comercial de Valle Oriente. Pasamos el parque La Estanzuela. La ciudad se iba quedando atrás y la oscuridad de la carretera nos envolvía.
Había poco tráfico. Era tarde.
Ellos giraron hacia la entrada del fraccionamiento en construcción, tal como el Tigre había predicho.
Bajaron la velocidad.
Yo apagué las luces de mi taxi. Me volví invisible.
Aceleré.
Vi las luces de freno del Lexus encenderse al llegar a la zona de obras, donde el carril se reducía a uno solo entre muros de concreto.
Era el momento. El punto de no retorno.
Ya no había Valerio Mendoza. Ya no había leyes. Ya no había miedo.
Solo había un objetivo: Cazar.
Pisé el acelerador a fondo.
El plan no era chocarlos. Mi Tsuru se desharía contra ese tanque japonés.
El plan era bloquearlos. Sorprenderlos. Y usar el arma más poderosa que tenía: su propia arrogancia. Creen que soy un simple estorbo. Van a bajar la guardia para insultarme. Y ahí… ahí es cuando perderán.
Sentí la adrenalina inundar mi sistema, borrando el dolor de espalda, agudizando mi visión. El mundo se puso en cámara lenta.
Vi mi mano en la palanca de velocidades.
Vi el Lexus detenerse frente a una valla naranja.
Giré el volante violentamente. Derrapé. El Tsuru se cruzó en el camino, bloqueando su salida trasera.
Quedaron encajonados. Adelante, concreto. Atrás, yo.
Apagué el motor.
Saqué las llaves.
Abrí la puerta.
La lluvia empezó a caer de nuevo, suave, constante.
Caminé hacia ellos bajo la llovizna. No como un viejo. Caminé como el soldado que va a limpiar una trinchera.
Vi cómo se abría la puerta del conductor del Lexus. Antonio bajó, tambaleándose, con una botella de cerveza en la mano.
—¡¿Qué te pasa, pinche viejo imbécil?! —gritó, arrastrando las palabras—. ¡Quita tu chingadera de aquí o te la compro y la quemo!
Sonreí. Una sonrisa fría, sin humor.
—Buenas noches, jóvenes —dije con voz tranquila—. ¿Necesitan un viaje?
Antonio se rio. Cárdenas bajó del otro lado, tronándose los nudillos.
—Creo que el abuelo quiere que le demos una calentadita —dijo el grandulón.
No sabían. Pobres diablos, no sabían.
No estaban encerrados conmigo. Yo estaba encerrado con ellos. Y la lección estaba a punto de empezar.
Metí la mano en mi chamarra y empuñé el bastón.
—La tarifa va a ser cara —murmuré—. Muy cara.
CAPÍTULO 4: LA DANZA DE LOS HUESOS ROTOS
La lluvia fina que caía sobre la zona de El Uro no lograba apagar el calor de los motores ni la tensión eléctrica que vibraba en el aire. Estábamos en una tierra de nadie: un tramo de carretera en construcción, flanqueado por maquinaria pesada amarilla que parecía monstruos prehistóricos durmiendo en la oscuridad y muros de contención de concreto que formaban un callejón sin salida.
Frente a mí, el Lexus LX 570 negro brillaba bajo la luz de sus propios faros y el resplandor amarillento de mi viejo Tsuru, que les bloqueaba la retaguardia.
Antonio Villaseñor, el “Príncipe Heredero” de la justicia estatal, se tambaleaba ligeramente. En su mano derecha sostenía una botella de cerveza Michelob Ultra a medio terminar. Su camisa de lino blanca, desabotonada hasta el pecho, dejaba ver una cadena de oro. Su rostro, una mezcla de alcohol, arrogancia y confusión, se contrajo en una mueca de asco al verme.
A su lado, Kirill Cárdenas, “El Ruso”. Una montaña de carne alimentada con esteroides y prepotencia. Medía casi un metro noventa. Sus brazos eran troncos tatuados. Tronaba el cuello, moviendo la cabeza de un lado a otro como un toro a punto de embestir.
Detrás de ellos, casi escondido por la sombra del vehículo, estaba Mark Talamantes. El más bajo, el más delgado, el que tenía los ojos desorbitados. El eslabón débil.
—¡Te estoy hablando, pinche gato! —gritó Antonio, dando un paso adelante pero tropezando con sus propios pies—. ¿Sabes cuánto cuesta la pintura de mi camioneta? ¡Si me rayaste la defensa te voy a meter al bote hasta que te pudras!
Yo no respondí.
Cerré la puerta de mi taxi con suavidad. El “clic” sonó extrañamente fuerte en el silencio de la madrugada.
Caminé hacia ellos. No caminé como Don Valerio, el taxista con ciática. Caminé con el centro de gravedad bajo, las rodillas flexionadas, los hombros relajados. Mis botas viejas aplastaban la grava con pasos silenciosos.
—Oye, abuelo —intervino Kirill, riéndose con esa risa fea y grave de los abusadores—. ¿Eres sordo o pendejo? El patrón te dijo que muevas tu chatarra.
Kirill avanzó. Se sentía invencible. Estaba acostumbrado a intimidar a meseros, a golpear a estudiantes en los antros, a que nadie le levantara la mano porque su papá era dueño de media ciudad.
Vio a un viejo de sesenta y tres años. Vio una presa fácil.
Error.
El error fatal de la juventud es creer que la fuerza bruta lo es todo.
Yo metí la mano derecha dentro de mi chamarra de piel.
—¡Mueve el puto carro! —rugió Kirill, lanzándose hacia mí.
Era rápido para su tamaño, lo reconozco. Lanzó un derechazo torpe, un golpe de bar, amplio y telegrafiado, buscando arrancarme la cabeza.
El tiempo se ralentizó. Es algo que pasa en combate. La adrenalina inunda el cerebro y procesas la información cuadro por cuadro. Vi su puño venir. Vi su axila abierta. Vi su pie izquierdo mal plantado en el lodo.
No retrocedí. Avancé.
Entré en su guardia.
Con mi mano izquierda desvié su muñeca hacia arriba, usando su propia inercia. Al mismo tiempo, mi mano derecha salió de la chamarra empuñando el bastón retráctil de acero.
Con un movimiento de muñeca seco, el bastón se expandió. ¡CLACK!
No le pegué en la cabeza. Eso lo hubiera matado o noqueado demasiado rápido. Y yo no quería que durmiera. Quería que sufriera.
Golpeé con la punta de acero templado directamente en la rótula de su rodilla derecha.
El sonido fue repugnante. Como romper una rama seca envuelta en carne mojada.
CRACK.
Kirill no gritó al instante. Su cerebro tardó un segundo en procesar que su pierna ya no funcionaba. Intentó apoyar el peso y la rodilla se dobló hacia atrás, en un ángulo antinatural.
Cayó como un edificio en demolición, de cara a la grava.
Entonces sí gritó.
—¡AAAAAAHHHHHH! ¡MI PIERNA! ¡ME ROMPIÓ LA PIERNA!
El alarido rompió la noche. Fue un sonido agudo, animal, que nada tenía que ver con el macho alfa que era hace cinco segundos.
Me giré hacia los otros dos.
Antonio y Mark estaban paralizados. La botella de cerveza se le resbaló a Antonio de la mano y se hizo añicos en el suelo. Sus cerebros de niños ricos no podían computar lo que acababan de ver. El “viejo taxista” acababa de lisiar a su guardaespaldas en un segundo.
—¿Qué… qué pedo? —balbuceó Antonio, retrocediendo y chocando contra la puerta de su Lexus.
—Tú —señalé a Mark con el bastón extendido. La punta goteaba agua de lluvia, o tal vez era sudor frío de la noche.
Mark reaccionó por pánico. Llevó la mano a su bolsillo, sacando un iPhone 15 Pro Max. Iba a llamar a papi. O a la policía. O a Dios.
—¡No, no, no! —gritaba mientras marcaba con dedos temblorosos.
No le di tiempo.
Acorté la distancia en dos zancadas. Mark levantó las manos para protegerse la cara, llorando.
—¡No me pegues! ¡Te doy mi cartera! ¡Tengo dinero!
No usé el bastón.
Saqué el aturdidor eléctrico de mi cinturón con la mano izquierda.
Lo clavé en su estómago, justo debajo de las costillas.
Apreté el gatillo.
El sonido de la electricidad es inconfundible. Un chasquido furioso, como mil avispas enojadas. El arco voltaico azul iluminó la oscuridad.
Cincuenta mil voltios recorrieron el sistema nervioso de Mark Talamantes. Sus ojos se pusieron en blanco. Su cuerpo se puso rígido como una tabla y luego se desplomó, sacudido por espasmos, babeando. El teléfono salió volando y cayó en un charco.
—Dos abajo —susurré. Mi respiración estaba agitada. Mi corazón latía fuerte, pero no por miedo, sino por el esfuerzo. Mis viejas articulaciones protestaban, pero el calor de la batalla las mantenía lubricadas.
Me volví hacia el último.
El Rey. El Príncipe. Antonio Villaseñor.
Estaba pegado a la camioneta, pálido como un papel. Su borrachera se le había bajado de golpe, reemplazada por una sobriedad terrorífica.
—¿Sabes quién soy? —susurró. Su voz temblaba, pero todavía intentaba usar su apellido como escudo—. Soy Antonio Villaseñor. Mi papá es el Fiscal. Si me tocas… te juro que te van a desollar vivo. ¡Te van a matar a toda tu familia!
Caminé hacia él despacio. Guardé el aturdidor. Hice girar el bastón en mi mano.
—Sé quién eres —dije. Mi voz sonó gutural, profunda—. Eres el cobarde que necesita a dos gorilas para someter a una niña de veintiún años.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente.
—¿Qué?
—Eres el violador de Lizbeth Mendoza.
El reconocimiento cruzó su rostro. Recordó el nombre. Recordó la cara de mi hija. Recordó lo que le hizo.
—¿Eres… eres el papá de la mesera? —preguntó, incrédulo. Luego, una mueca grotesca, casi una sonrisa nerviosa, apareció en su cara—. Oye, señor… cálmese. Podemos arreglar esto. ¿Cuánto quiere? ¿Quiere dinero? Tengo cien mil pesos en la guantera. Se los doy. Para los gastos médicos. Fue… fue un malentendido. Ella… ella se puso difícil y…
La furia me cegó por un instante.
“Se puso difícil”.
Me abalancé sobre él.
Antonio, impulsado por el miedo a morir, reaccionó. Sacó una navaja automática de su bolsillo trasero. Una navaja cara, de esas tácticas que venden en tiendas de caza, que probablemente nunca había usado para nada más que abrir paquetes de Amazon.
Tiró un tajo al aire, torpe, desesperado.
La hoja pasó cerca de mi cara. Sentí el viento del corte.
Me hice hacia atrás, pero mis botas resbalaron en el lodo.
Antonio vio la oportunidad y se lanzó sobre mí.
Chocamos.
Él tenía veintitrés años y pesaba ochenta kilos. Yo tenía sesenta y tres y pesaba setenta.
Caímos al suelo, rodando sobre la grava y el lodo.
Sentí un dolor agudo en las costillas, las mismas costillas que me dolían cuando cambiaba una llanta, pero ahora multiplicadas por diez. Él estaba encima de mí, tratando de clavarme la navaja en el cuello.
—¡Te voy a matar, pinche viejo! —gritaba, escupiéndome saliva y olor a alcohol en la cara.
Vi la hoja bajar.
La detuve con mi antebrazo izquierdo, bloqueando su muñeca. Su fuerza era la de la juventud y la desesperación. La punta de la navaja estaba a cinco centímetros de mi ojo.
Mi brazo temblaba. Mis fuerzas flaqueaban.
Eres viejo, Valerio, me dijo una voz en mi cabeza. Ya no puedes.
Entonces recordé a Lizbeth en la cama del hospital. Su ojo morado. Su voz rota. “Papá, ayúdame”.
Ese recuerdo fue gasolina pura.
Mordí.
No usé una técnica de judo. Usé una técnica de perro callejero.
Lancé mi cabeza hacia adelante y le mordí la nariz con todas mis fuerzas. Sentí el cartílago crujir bajo mis dientes. La sangre brotó caliente y salada en mi boca.
Antonio aulló y echó la cabeza hacia atrás, soltando la presión sobre la navaja.
Aproveché el instante.
Le di un rodillazo en los testículos. Un golpe sucio, brutal, definitivo.
El aire salió de sus pulmones. Se dobló.
Giré mi cadera y lo quité de encima. Me puse sobre él.
Ahora yo tenía el control.
Agarré su muñeca derecha y la golpeé contra el asfalto hasta que soltó la navaja. La pateé lejos.
Lo agarré del cuello de la camisa y lo levanté un poco, para luego estampar su cabeza contra el suelo. Una vez. Dos veces.
Sus ojos se pusieron vidriosos.
—No… no… —lloriqueaba, con la cara llena de sangre y moco—. Papá… papá…
Acerqué mi rostro al suyo.
—Tu papá no está aquí, Junior. Aquí solo estamos tú, yo y el Diablo. Y el Diablo me debe favores.
Lo giré boca abajo. Le torcí el brazo detrás de la espalda hasta que escuché el hombro crujir.
Saqué los cinchos de plástico de mi bolsillo.
—Quieto o te lo rompo —le susurré al oído.
Lo inmovilicé. Manos a la espalda. Apreté el cincho hasta que la piel se puso blanca. Luego los tobillos.
Le puse un pedazo de cinta canela en la boca para callar sus súplicas.
Me levanté. Me dolía todo. Tenía el uniforme lleno de lodo y sangre. Me toqué el costado; creo que me había fisurado una costilla en la caída. Respirar dolía.
Pero estaba vivo. Y ellos… ellos eran míos.
La Logística del Horror
Miré la escena.
Kirill seguía en el suelo, gimiendo bajito, agarrándose la rodilla destrozada. Mark empezaba a recuperar la consciencia, moviéndose como un gusano electrocutado. Antonio estaba atado, mirándome con ojos de terror absoluto.
Tenía un problema logístico.
Mi Tsuru. La cajuela era pequeña. Cabían dos si los acomodaba mal. Tres era imposible.
Miré el Lexus LX 570.
Era una camioneta enorme, de lujo. Asientos de piel, pantalla táctil, olor a “carro nuevo”. Y una cajuela espaciosa, diseñada para cargar bolsas de golf y maletas de viaje a Europa.
Sonreí. Justicia poética.
Caminé hacia Antonio, le metí la mano en el bolsillo y saqué el control remoto de la camioneta.
Presioné el botón de la cajuela.
El portón trasero se abrió motorizado, con un zumbido suave y elegante, revelando un espacio alfombrado e inmaculado.
—Muy bien, señores —dije, jadeando—. Vámonos de viaje.
Cargar a Kirill fue lo más difícil. Pesaba más de cien kilos de puro músculo inútil. Lo tuve que arrastrar por el lodo, ignorando sus gritos de dolor cada vez que su pierna rota golpeaba una piedra.
—Cállate —le dije, y le cerré la boca con cinta canela. Le até las manos y los pies.
Lo levanté entre quejidos de mi propia espalda y lo arrojé al fondo de la cajuela del Lexus. Manchó la alfombra beige de sangre y lodo.
—A tu papá no le va a gustar cómo dejaste la tapicería —le dije.
Luego fui por Mark. Él no opuso resistencia. Estaba en estado de shock, llorando en silencio, orinado en sus pantalones de marca. Lo até y lo lancé junto a Kirill.
Mark se acurrucó en posición fetal, temblando.
Finalmente, Antonio.
Lo levanté del cuello de la camisa. Lo arrastré hasta la camioneta.
Antes de meterlo, lo obligué a mirarme.
—Mira bien tu camioneta, Antonio. Es la última vez que vas a ver algo bonito en mucho tiempo.
Lo empujé adentro.
Quedaron los tres ahí, apilados como sardinas, golpeándose unos a otros, gimiendo detrás de las cintas en sus bocas. El terror en sus ojos era palpable. El olor a miedo —orina, sudor agrio— empezaba a llenar el vehículo de lujo.
Presioné el botón para cerrar la cajuela.
El portón bajó lentamente. Vi cómo la luz desaparecía de sus rostros hasta que el clic final selló su destino.
Oscuridad total para ellos.
El Convoy Fantasma
Tenía que deshacerme del Tsuru. No podía dejarlo ahí bloqueando el paso.
Lo moví unos metros, metiéndolo en una brecha oculta detrás de los montículos de tierra de la construcción. Le quité las placas. Lo cubrí con una lona vieja y ramas secas. Nadie lo encontraría hasta el lunes que regresaran los albañiles. Para entonces, yo ya estaría lejos o muerto.
Me subí al asiento del conductor del Lexus.
Qué diferencia. El asiento me abrazó. El volante estaba forrado en piel suave. El tablero parecía la cabina de un avión.
Arranqué el motor. Un V8 poderoso cobró vida, un ronroneo apenas perceptible gracias al aislamiento acústico.
Miré por el retrovisor. No veía la cajuela, pero sabía que estaban ahí. Sentía su peso.
Conecté mi celular al sistema Bluetooth de la camioneta. Necesitaba música. No podía manejar en silencio con mis propios pensamientos.
Puse una lista de reproducción vieja.
Empezó a sonar La Llorona en la voz de Chavela Vargas.
Esa voz rasposa, dolorosa, llena de muerte y vida.
Arranqué.
Salí de la zona de construcción y tomé la Carretera Nacional hacia el sur.
Pasé los controles de velocidad. Pasé patrullas de la Guardia Nacional.
Nadie detiene a una Lexus del año. Los policías ven una camioneta así y asumen que va un político, un empresario o un narco pesado. En cualquiera de los tres casos, saben que no deben detenerla.
La impunidad que protegió a Antonio toda su vida, ahora me protegía a mí mientras lo secuestraba.
Manejé cuarenta minutos.
Dejé atrás la civilización. Pasé Santiago, pasé Allende.
Me desvié en una carretera secundaria, rumbo a la sierra, hacia una antigua zona de maniobras militares abandonada hace décadas, cerca de Montemorelos. Era un lugar que conocía bien. Ahí habíamos entrenado en los 90s.
“Campo de Tiro Bravo”. Ahora era solo ruinas, concreto y soledad.
El camino se volvió de terracería. La suspensión del Lexus absorbía los baches como si nada.
Atrás, escuchaba golpes sordos. Pum, pum, pum.
Intentaban patear la puerta. Intentaban gritar.
Subí el volumen de la música. Chavela cantaba:
“No sé qué tienen las flores, Llorona… las flores de un campo santo…”
Mi mente viajó al pasado.
Recordé una operación en Michoacán. Teníamos a un informante en la cajuela de un jeep. El hombre lloraba, pedía por su madre. Yo era joven y sentía lástima. Mi sargento me dijo: “No lo veas como un hombre, Mendoza. Velo como información. Si lo ves como hombre, dudas. Y si dudas, mueres”.
Esta noche no tenía dudas.
Antonio, Kirill y Mark no eran hombres. Eran una enfermedad. Y yo era el cirujano.
La Llegada al Purgatorio
Llegué a las ruinas alrededor de las tres y media de la madrugada.
La luna llena iluminaba los esqueletos de los antiguos barracones militares. Paredes sin techo, llenas de grafiti, hierba creciendo entre las grietas del concreto.
El lugar tenía una acústica perfecta. Nadie escucharía nada en kilómetros a la redonda.
Manejé hasta el fondo, hasta lo que solía ser el polvorín (el almacén de explosivos). Un búnker de concreto semienterrado, con paredes de un metro de espesor.
Estacioné la camioneta de reversa, apuntando los escapes hacia la entrada del búnker.
Apagué el motor. El silencio cayó como una losa de plomo. Solo se escuchaban los grillos y el sonido lejano del viento entre los árboles.
Y los golpes en la cajuela. Ahora eran frenéticos. Desesperados. Sabían que el viaje había terminado.
Me bajé. Encendí un cigarro. Mis manos temblaban un poco por la bajada de adrenalina y el dolor en las costillas.
Fumé despacio, mirando la cajuela.
—Bienvenidos al infierno, muchachos —murmuré.
Caminé hacia la parte trasera.
Saqué mi navaja (una vieja Victorinox que siempre cargaba) y corté un pedazo de mi propia camisa para vendarme la mano que me había lastimado al golpear el asfalto.
Presioné el botón.
La cajuela se abrió.
El olor me golpeó. Sudor, heces, vómito. La elegancia del Lexus se había ido al diablo.
Los tres me miraron. Sus ojos… nunca olvidaré esos ojos.
Ya no había soberbia. Ya no había “mi papá es fiscal”.
Solo había el entendimiento primario de que estaban a merced de alguien que no tenía nada que perder.
Agarré a Antonio por el cabello. Estaba empapado en sudor frío.
Lo jalé hacia afuera. Cayó al suelo de tierra como un saco de papas.
—Arriba —le ordené.
Él negó con la cabeza, llorando detrás de la cinta, suplicando con la mirada.
Le di una patada en las costillas. No muy fuerte, solo para motivarlo.
—¡He dicho arriba!
Se puso de rodillas, temblando.
Saqué a Mark. Luego a Kirill, quien gritó ahogadamente cuando su pierna rota tocó el suelo.
Los arrastré uno por uno hacia el interior del búnker.
El lugar estaba oscuro, húmedo, olía a moho y a ratas muertas.
Encendí una linterna de campamento que traía en la mochila y la puse sobre un bloque de concreto en el centro. La luz proyectó sombras largas y distorsionadas en las paredes.
Los puse en fila, de rodillas, contra la pared.
Les quité la cinta de la boca.
El primero en hablar fue Antonio.
—Señor… señor, por favor… le doy lo que quiera. Mi papá tiene millones. Le doy un millón de dólares. Dos millones. Se puede ir del país. Nadie sabrá nada. Por favor, no me mate.
Su voz era aguda, quebrada.
Me senté frente a ellos, en una vieja caja de municiones oxidada.
Jugué con el bastón retráctil, abriéndolo y cerrándolo. Clack. Clack.
—¿Dinero? —pregunté suavemente—. ¿Crees que esto es por dinero?
—Todo es por dinero —sollozó Mark—. Todo se arregla con dinero. Así funciona el mundo.
Me reí. Una risa seca que rebotó en las paredes del búnker.
—En su mundo, sí. En el mundo de allá arriba, donde papi compra jueces y silencia policías. Pero aquí… —señalé el suelo sucio—. Aquí no estamos en Monterrey. Aquí no hay leyes. Aquí estamos en mi mundo. Y en mi mundo, la moneda de cambio no es el dinero. Es el dolor.
Me levanté. Me quité la chamarra. Me arremangué la camisa.
Ellos vieron los tatuajes viejos en mis brazos. Tatuajes de la unidad. La daga y el rayo. Tatuajes que solo llevan los que han matado por su país.
Antonio se orinó encima otra vez.
—¿Quién es usted? —susurró Kirill, el duro, ahora convertido en un niño asustado.
—Yo soy el fantasma de las navidades pasadas —dije, acercándome a Antonio—. Y tú, Junior… tú vas a ser el primero en cantar.
Saqué mi teléfono y abrí la grabadora de voz.
—Quiero la verdad. Quiero nombres. Quiero fechas. Quiero saber de cada chica que han tocado. De cada vida que han arruinado. Y si te atreves a mentir, o a omitir un solo detalle…
Toqué la rodilla rota de Kirill con la punta del bastón. Él gritó.
—…le haré a él lo mismo en la otra pierna. Y luego a ti.
Antonio miró el teléfono. Miró mis ojos. Y entendió que no había salida.
—Voy a hablar —dijo, llorando—. Voy a hablar.
Presioné el botón rojo de GRABAR.
—Empieza. Di tu nombre y el nombre de tu padre.
—Me llamo Antonio Villaseñor… mi padre es el Fiscal Estanislao Villaseñor… y… y soy un violador.
La confesión comenzó. Y fue peor de lo que imaginaba. Mucho peor.
CAPÍTULO 5: LA AUTOPSIA DE LA VERDAD
El punto rojo en la pantalla de mi celular parpadeaba. Grabando. 00:03… 00:04…
Ese pequeño punto digital era lo único que separaba a esos tres muchachos de una tumba sin nombre en medio del desierto. Ellos no lo sabían, pero yo ya había tomado la decisión: no los iba a matar. Matarlos sería fácil. Matarlos sería un alivio para ellos y una condena para mí. Si los mataba, se convertirían en mártires, en los “pobres niños secuestrados por un loco”. Sus padres llorarían en televisión, se erigirían monumentos y mi hija viviría el resto de su vida con el estigma de ser la hija del asesino.
No. Yo necesitaba algo más doloroso que la muerte. Necesitaba la verdad.
El búnker estaba helado. El aire olía a humedad antigua, a salitre y, ahora, al hedor inconfundible del miedo humano: una mezcla de orina, sudor ácido y bilis. La linterna que había colocado sobre el bloque de concreto proyectaba sombras alargadas que bailaban en las paredes curvas, convirtiendo a los tres jóvenes arrodillados en figuras grotescas.
Antonio Villaseñor, el líder, el “Alfa”, temblaba violentamente. Su camisa de lino de cinco mil pesos estaba manchada de tierra y mocos.
Kirill Cárdenas, el gigante, yacía recargado contra la pared, con la pierna rota estirada en un ángulo nauseabundo, gimiendo en un mantra de dolor constante.
Mark Talamantes, el seguidor, era una bola de nervios. Lloraba en silencio, con espasmos que le sacudían los hombros.
Me senté frente a ellos en una caja de municiones oxidada. Saqué un cigarro Delicados (sin filtro, como me acostumbré en el ejército) y lo encendí. El humo acre llenó el espacio entre nosotros.
—Muy bien, señores —dije, exhalando el humo hacia el techo—. La sesión está abierta. Antonio, ya dijiste tu nombre. Ahora quiero que me cuentes un cuento. Quiero que me cuentes la historia de la noche del martes. Y quiero que la cuentes con detalles. Si te saltas algo, si intentas suavizarlo…
Me incliné hacia adelante y acerqué la brasa del cigarro a su cara. Él se echó hacia atrás, golpeándose la cabeza contra la pared.
—…si mientes, voy a apagar este cigarro en el ojo bueno de tu amigo Kirill.
Kirill soltó un alarido ahogado.
—¡No! ¡Antonio, dile! ¡Dile todo, por favor! ¡Me duele mucho, dile!
Antonio tragó saliva. Sus ojos iban del celular grabando a mi cara, buscando un rastro de piedad. No encontró nada. Solo vio los ojos de un hombre que había dejado su humanidad en la puerta.
—La… la vimos saliendo del bar —empezó Antonio, con voz temblorosa—. Del Mandarin. Eran como las dos de la mañana. Iba sola.
—¿Cómo se llama ella? —interrumpí.
—No… no sé.
Le di una bofetada con el dorso de la mano. Seca. Ruidosa.
—¡Se llama Lizbeth! —grité, y el eco retumbó en el búnker—. ¡Lizbeth Mendoza! ¡Dilo!
—¡Lizbeth! —chilló él—. ¡Lizbeth Mendoza!
—Continúa.
Antonio respiró entrecortadamente, sorbiendo mucosidad sanguinolenta de su nariz rota.
—Le… le ofrecimos un aventón. Mark bajó el vidrio. Le dijimos que estaba peligroso, que la llevábamos. Ella dijo que no. Dijo que iba a pedir un Uber.
—¿Y qué hicieron?
—Insistimos. Ella… ella nos ignoró y siguió caminando. Eso… eso me encabronó.
—¿Te encabronó que te dijeran que no? —pregunté, con una calma glacial.
—Sí… es que… nadie nos dice que no. —Lo dijo con una sinceridad estúpida, fruto de una vida de privilegios—. Así que le dije a Kirill que la subiera.
—¿La subieron a la fuerza?
—Sí. Kirill se bajó, la agarró por la cintura y le tapó la boca. Ella… ella mordió a Kirill.
—Maldita perra —murmuró Kirill desde el suelo, por instinto.
Me levanté despacio. Caminé hacia Kirill.
—¿Qué dijiste?
Kirill abrió los ojos con terror al darse cuenta de su error.
—Nada, señor… nada… perdón… es el dolor…
Le pisé la pierna rota. Solo un poco. Solo lo suficiente para que los huesos astillados rozaran entre sí.
El grito de Kirill fue tan agudo que Mark se tapó los oídos.
—Ella no es una perra —susurré al oído de Kirill—. Ella es una leona que se defendió de tres hienas. Sigue hablando, Antonio.
Antonio hablaba más rápido ahora, desesperado por evitar que volviera a tocar a su amigo.
—La subimos. Le pusimos los seguros. Mark manejó. Yo… yo iba atrás con ella. Ella gritaba mucho. Le pegué para que se callara.
—¿Dónde le pegaste?
—En la cara. Con el puño cerrado. Un par de veces. Se… se desmayó un poco.
Apreté los puños. Sentí cómo mis uñas se clavaban en mis palmas hasta sangrar. Imaginé a mi niña, inconsciente en el asiento de piel de ese maldito coche.
—¿A dónde la llevaron?
—A… a la quinta de mi papá. En la Carretera Nacional. Está sola entre semana. El velador sabe que no debe salir si ve el Lexus.
El velador. Otro cómplice. Otro nombre para la lista.
—¿Y ahí? —Mi voz se quebró un poco. Tuve que toser para aclararla.
—Ahí… jugamos.
—¿Jugaron? —El eufemismo me revolvió el estómago.
—Sí… bueno… ya sabes. La bajamos. La llevamos a la sala. Ella despertó y empezó a llorar. Decía: “Mi papá es ex-militar, los va a matar”. Nos dio risa.
—Les dio risa —repetí.
—Sí… pensamos que era un chiste. Un taxista… ¿qué iba a hacernos?
Antonio hizo una pausa. Miró al suelo.
—Luego… luego pasó. Turnos. Primero yo. Luego Kirill. Luego Mark.
—¿Ella consintió en algún momento?
—No. Nunca.
—¿Usaron protección?
—No.
—¿La golpearon más?
—Sí… cuando intentaba moverse. Kirill le… le rompió el brazo porque le rasguñó la cara. Escuchamos el “crac”. Sonó como una rama seca.
Cerré los ojos.
Inhala. Exhala. No lo mates. Todavía no.
La confesión de esa noche era suficiente para refundirlos cien años. Pero yo sabía que en México, la confesión de un delito sexual a veces no basta si el abogado es bueno y el juez es corrupto. Dirían que fue bajo tortura (lo cual era técnicamente cierto). Dirían que el audio estaba editado.
Necesitaba más. Necesitaba el patrón. Necesitaba demostrar que esto no era un incidente aislado, sino un estilo de vida.
Me acerqué a Mark. El eslabón débil.
Mark estaba hecho un ovillo, temblando.
—Mark —dije suavemente.
Él levantó la vista. Tenía la cara llena de lágrimas y tierra.
—Tú no eres como ellos, ¿verdad? —le mentí. Claro que era como ellos. Quizás peor, porque él tenía conciencia y aún así lo hacía—. Tú eres el que sigue órdenes. Tú tienes miedo.
—Tengo mucho miedo, señor. Por favor, no me mate. Mi mamá es diabética, si me muero se muere ella.
—Si quieres ver a tu mamá otra vez, necesito que me digas la verdad. No sobre Lizbeth. Sobre las otras.
Hubo un silencio sepulcral en el búnker.
Antonio giró la cabeza bruscamente hacia Mark.
—¡Cállate el hocico, Mark! —gritó Antonio—. ¡Si hablas de eso mi papá nos mata a todos! ¡Cállate!
Le di una patada a Antonio en el estómago que le sacó el aire y lo dejó boqueando en el suelo.
—Déjalo hablar.
Me volví hacia Mark. Acerqué el celular a su cara.
—¿Cuáles otras, Mark?
Mark miró a Antonio, que se retorcía en el suelo, y luego a mí. Vio el fin de su mundo. Y decidió salvar su pellejo.
—Son… son muchas —susurró.
—¿Cuántas?
—Este año… como cinco.
—Nombres.
—No sé los nombres de todas. Solo… solo las apodamos. La “Güera del Tec”, la “Chavita del Oxxo”, la “Enfermera”…
Cinco. Cinco vidas destruidas en un año. Cinco familias rotas. Y nadie había hecho nada.
—¿Y qué pasó con ellas? ¿Denunciaron?
Mark negó con la cabeza, sollozando.
—No… las asustamos. Antonio siempre les dice lo mismo. “Mi papá es el Fiscal. Te vamos a sembrar droga. Te vamos a quemar la casa”. Les tomamos fotos… fotos humillantes. Y les decimos que si hablan, las subimos a internet. Todas se quedan calladas.
—¿Todas? —pregunté, sintiendo que había algo más. Algo más oscuro acechando en el fondo de su memoria.
Mark se puso pálido. Más pálido aún. Empezó a hiperventilar.
—Mark, mírame. —Lo agarré de la mandíbula—. ¿Todas se quedaron calladas?
—La… la chica de la torre —intervino Kirill desde el suelo. Su voz sonaba delirante por el dolor, pero lúcida—. La del año pasado.
—¡Cállate, imbécil! —intentó gritar Antonio otra vez, pero apenas tenía aire.
Miré a Kirill.
—¿Cuál chica de la torre?
Kirill se rio, una risa histérica, rota.
—Gabriela. Se llamaba Gabriela. Estaba bonita. Trabajaba en una zapatería.
—¿Qué pasó con Gabriela?
—Lo mismo —dijo Kirill—. La levantamos. La llevamos a la quinta. Pero ella… ella era brava. Dijo que nos iba a denunciar aunque la matáramos. Dijo que no le tenía miedo al Fiscal.
—¿Y qué hicieron?
—La soltamos —dijo Mark, interviniendo atropelladamente—. La soltamos, lo juro. Pero Antonio… Antonio se obsesionó.
Mark miró a su líder con odio. La lealtad se había evaporado.
—Antonio empezó a mandarle mensajes. Fotos de ella saliendo de su casa. Fotos de su hermanito en la escuela. Le mandaba coronas de muertos a su trabajo. La volvió loca.
—¿Y entonces?
—Ella… ella no aguantó —susurró Mark—. Se aventó. Desde el octavo piso de su edificio de departamentos. Hace ocho meses.
—Salió en las noticias —dijo Kirill—. “Suicidio por depresión”. El papá de Antonio arregló todo para que no investigaran el celular. Borraron los mensajes. El forense puso que estaba drogada, pero no era cierto. Ella no se drogaba.
Sentí un frío absoluto.
Ya no era solo violación. Era homicidio. Inducir al suicidio es matar. Estos niños ricos, con sus manos manicuradas y sus coches de lujo, tenían sangre en las manos. Sangre muerta.
Recordé esa noticia. La vi en el periódico mientras esperaba pasaje. Una nota pequeña en la página roja. “Joven se quita la vida en el Centro”. Nadie le prestó atención. Otra tragedia anónima en la gran ciudad.
Me levanté y caminé en círculos por el búnker. Necesitaba moverme para no matarlos.
La grabadora seguía corriendo.
Tenía la confesión de los abusos en serie. Tenía la confesión de la inducción al suicidio de Gabriela. Tenía la implicación directa del Fiscal en el encubrimiento.
Me detuve frente a Antonio. Él ya no intentaba amenazar. Estaba derrotado, llorando bajito, hecho un despojo humano.
—Tu padre —dije—. Quiero que me hables de tu padre.
Antonio levantó la vista.
—Él… él me saca de los problemas.
—¿Él sabe lo que haces?
—Él… él sospecha. Una vez… una vez llegué con sangre en la camisa. Me preguntó qué pasó. Le dije que me peleé en el antro. Él sabía que mentía. Me dijo: “Antonio, ten cuidado. No me hagas limpiar tus porquerías”. Pero… pero siempre las limpia. Siempre.
—¿Quién más le ayuda?
—El Comandante Rangel. De la Ministerial. Él es el que asusta a las familias. Él fue a ver a la mamá de Gabriela para decirle que dejara de hacer preguntas o le iba a ir mal al otro hijo.
Rangel. Otro nombre. La red de corrupción era un cáncer que había hecho metástasis en todo el sistema.
Me agaché hasta quedar a la altura de sus ojos.
—¿Sabes por qué tu papá te protege, Antonio?
Él no respondió.
—Porque cree que eres su legado. Cree que eres la continuación de su apellido. Pero tú no eres un legado. Eres un tumor. Y esta noche, voy a extirpar el tumor.
Apagué la grabación.
Guardar archivo.
Envié el archivo inmediatamente a tres lugares.
Uno, al correo encriptado del Tigre.
Dos, a la nube, en una carpeta pública programada para liberarse en 24 horas si yo no ingresaba una contraseña.
Tres, al WhatsApp de un periodista que conocía de mis tiempos viejos, un tipo que odiaba al gobierno más que a nada en el mundo.
Guardé el teléfono.
El ambiente en el búnker cambió. La tensión del interrogatorio se disipó, dejando paso a una certeza lúgubre.
—¿Nos… nos va a matar ahora? —preguntó Mark, con un hilo de voz.
Los miré. Tres pedazos de carne temblorosa.
Podría hacerlo. Podría pegarles un tiro a cada uno y enterrarlos aquí. Nadie los encontraría en cincuenta años.
Pero si hacía eso, el Fiscal seguiría en su puesto. Rangel seguiría en la calle. Y otros “Juniors” tomarían su lugar. El mal no se corta podando las ramas; se corta arrancando la raíz.
—No —dije—. La muerte es demasiado fácil para ustedes. La muerte es descanso. Ustedes van a vivir.
Vi un destello de esperanza en los ojos de Antonio.
—Gracias… gracias…
—No me des las gracias todavía —lo corté—. Van a vivir en una celda de tres por tres el resto de sus malditas vidas. Van a ser la carne fresca en el penal de Apodaca. Y cada vez que cierren los ojos, van a ver mi cara.
Me acerqué a Antonio y lo levanté de las solapas.
—Pero antes, vamos a hacer una visita familiar.
—¿Qué? —Antonio no entendía.
—Dijiste que tu papá siempre limpia tus porquerías. Bueno, hoy le voy a llevar la basura a la puerta de su casa. Vamos a ver si tiene el estómago para limpiarte esta vez.
La Preparación de la Entrega
Cargar los cuerpos de vuelta a la camioneta fue más difícil esta vez. Ya no tenían adrenalina, eran pesos muertos. Tuve que arrastrarlos.
Kirill gritaba cada vez que lo movía. No me importaba.
Mark vomitó cuando lo levanté. Tampoco me importó.
Antonio estaba catatónico.
Los metí de nuevo en la cajuela del Lexus. Esta vez, no les puse la cinta en la boca. Quería que gritaran. Quería que hicieran ruido.
Antes de cerrar la cajuela, me asomé una última vez.
—Escuchen bien. A donde vamos, va a haber gente importante. Si intentan hacerse los valientes, o si cambian una sola palabra de lo que dijeron en esa grabación… —Saqué la navaja y la pasé suavemente por la mejilla de Antonio, dejando una línea roja fina que empezó a sangrar—. …regreso por ustedes. Y la próxima vez, no voy a grabar. La próxima vez, voy a desollar.
Cerré el portón.
Subí al asiento del conductor.
Eran las 4:45 de la mañana. El cielo al este empezaba a clarear con ese tono gris azulado que precede al amanecer.
Monterrey estaba a una hora de distancia.
La casa del Fiscal estaba en la colonia San Patricio, la zona más rica y vigilada del estado.
Encendí el motor.
Me miré en el espejo retrovisor. Tenía sangre en la cara (de la mordida de Antonio), ojeras profundas y la mirada de un hombre que ha visto el abismo y le ha escupido.
Me dolía la costilla fisurada. Me dolían las rodillas. Pero me sentía extrañamente ligero.
Había cruzado la línea. Ya no había vuelta atrás. Ya no era un ciudadano. Era un insurgente en mi propia ciudad.
Conecté el teléfono otra vez. Puse la grabación para escucharla mientras manejaba.
Escuchar sus voces confesando, una y otra vez.
“…soy un violador…”
“…se aventó del octavo piso…”
“…mi papá limpia todo…”
Esa grabación era mi bomba nuclear. Y yo era el bombardero en ruta al objetivo.
El camino de regreso fue silencioso. La carretera estaba vacía.
Pensé en Lizbeth.
Pensé en la chica Gabriela, cayendo ocho pisos en la oscuridad.
Pensé en las otras, las anónimas, llorando en sus cuartos, con miedo a hablar.
—Se acabó el miedo —dije en voz alta, apretando el volante de cuero—. Hoy se acaba el miedo.
Entré a la zona urbana. Las luces de la ciudad me recibieron.
La gente dormía. Los panaderos empezaban a trabajar. Los primeros camiones urbanos salían de sus bases.
La ciudad funcionaba, ignorante de la podredumbre que la gobernaba.
Pero yo llevaba la cura en la cajuela de una camioneta de lujo. Una cura fea, violenta y necesaria.
Tomé la avenida Gómez Morín. Subí hacia las montañas, hacia donde viven los dioses de Monterrey.
San Patricio. Muros de tres metros. Cámaras de seguridad. Guardias privados en casetas blindadas.
Ahí vivía Estanislao Villaseñor. El hombre que se creía la Ley.
Llegué a la entrada del fraccionamiento privado.
El guardia de seguridad salió de la caseta. Vio la Lexus LX 570. Reconoció las placas. Ni siquiera me pidió identificación. Levantó la pluma y saludó militarmente.
Pensó que era el “Junior” regresando de la fiesta.
Qué ironía. La misma arrogancia que usaron para lastimar, ahora me abría las puertas para destruirlos.
Manejé despacio por las calles adoquinadas, flanqueadas por mansiones que parecían castillos europeos.
Busqué el número. Calle Paseo de los Ángeles #105.
Una fortaleza moderna. Minimalista. Concreto y cristal.
Ahí estaba. La cueva del dragón mayor.
Estacioné la camioneta justo frente al portón principal de acero negro.
Apagué el motor.
Respiré hondo.
Saqué el celular. Preparé el archivo de audio. Conecté el teléfono a una pequeña bocina Bluetooth portátil que había traído en mi mochila (siempre cargo una para escuchar música mientras limpio el taxi). La puse a todo volumen.
Bajé de la camioneta.
Caminé hacia el interfón de la casa.
Toqué el timbre. Una vez. Dos veces. Tres veces. Largo y tendido.
Esperé.
Las luces de la entrada se encendieron.
Una voz adormilada y molesta sonó por el altavoz.
—¿Quién es? ¿Qué hora es esta?
Era él. El Fiscal.
—Abra, señor Villaseñor —dije—. Le traigo una entrega especial. De parte de la justicia.
—¿Quién habla? ¡Voy a llamar a la policía!
—Llámela —respondí—. De hecho, le sugiero que la llame. Y a la prensa también. Porque lo que va a escuchar a continuación le va a interesar a todo el país.
Presioné Play en la bocina y la acerqué al micrófono del interfón.
La voz de su hijo, rota y llorosa, llenó el aire fresco de la mañana de San Patricio.
“Me llamo Antonio Villaseñor… mi padre es el Fiscal Estanislao Villaseñor… y soy un violador…”
Escuché un jadeo al otro lado del interfón. Luego silencio.
Luego, el sonido de los cerrojos eléctricos abriéndose.
El portón negro comenzó a deslizarse lentamente, revelando el patio interior.
Caminé de regreso a la camioneta. Abrí la cajuela.
Los tres muchachos parpadearon ante la luz de los reflectores de seguridad.
—Salgan —les ordené—. Su papi ya despertó.
La confrontación final había comenzado.
CAPÍTULO 6: EL REY DESNUDO EN SAN PEDRO
El portón de acero negro se deslizó sobre sus rieles con un zumbido eléctrico casi imperceptible, revelando las entrañas de la bestia. La residencia Villaseñor no era una casa; era una declaración de principios. Un bloque monolítico de concreto aparente, cristal blindado y vigas de acero, diseñado por algún arquitecto de moda que cobraba por metro cuadrado lo que yo ganaba en diez años de taxista.
El patio interior era inmenso, pavimentado con piedra volcánica, iluminado por luces indirectas que salían del suelo y bañaban las palmeras importadas. En la cochera techada había un Porsche 911 cubierto con una lona y una Suburban blindada del gobierno del estado.
Yo entré caminando despacio, con la grava crujiendo bajo mis botas sucias de lodo y sangre. Detrás de mí, la cajuela abierta del Lexus LX 570 bostezaba oscuridad.
La puerta principal de la casa se abrió de golpe.
Salió él.
Estanislao Villaseñor. El Fiscal General del Estado. El hombre que salía en las noticias dando conferencias de prensa sobre “cero impunidad”. El hombre que tenía el poder de meter a la cárcel a quien quisiera o de liberar al diablo si le llegaban al precio.
No vestía su traje italiano habitual. Llevaba una bata de seda azul marino sobre una pijama de algodón, y pantuflas de piel. Su cabello, generalmente engominado hacia atrás en un casco perfecto, estaba revuelto. Pero lo que más me llamó la atención fue lo que traía en la mano derecha.
Una Glock 17.
El arma temblaba ligeramente. No la sostenía como un policía, con el dedo fuera del gatillo y agarre firme. La sostenía como un civil asustado: dedo en el gatillo, muñeca floja, codos pegados al cuerpo. Peligroso. Un hombre asustado con un arma es más peligroso que un sicario profesional.
Detrás de él, una mujer en camisón de seda blanco se asomaba, cubriéndose la boca con las manos. La madre. Doña Elena. La dama de sociedad que organizaba subastas benéficas mientras su hijo cazaba niñas pobres.
—¡Alto ahí! —gritó Estanislao, levantando la pistola y apuntando a mi pecho—. ¡Manos arriba! ¡Tengo seguridad privada en camino! ¡Te voy a matar, hijo de la chingada!
Me detuve a cinco metros de él. No levanté las manos.
Encendí un cigarro con calma, protegiendo la flama del encendedor del viento de la madrugada. La luz del fuego iluminó mi cara por un segundo: las arrugas, la sangre seca en la mejilla, los ojos muertos.
Exhalé el humo hacia el cielo de San Pedro.
—Baje el arma, Licenciado —dije con voz ronca—. Si dispara, nunca sabrá lo que hay en la cajuela. Y créame, lo que hay ahí es lo único que puede salvarle el pellejo esta noche.
—¿Quién eres? ¿Del Cártel? ¿Cuánto quieres? —Estanislao sudaba. Sus ojos recorrían el patio buscando a sus escoltas, pero yo sabía que los escoltas de la entrada no vendrían. Habían visto entrar la camioneta del “Junior” y asumían que todo estaba bien. El protocolo de privacidad de los ricos jugaba a mi favor.
—No soy narco. Soy un padre —respondí—. Y vengo a devolverle algo que se le perdió.
Me giré hacia la camioneta y caminé hacia la parte trasera.
—¡No te muevas! —chilló Estanislao, el pánico elevando su voz una octava.
Ignorándolo, agarré a Antonio por los tobillos y jalé con fuerza.
El cuerpo de su hijo se deslizó sobre la alfombra ensangrentada y cayó al pavimento de piedra volcánica con un golpe seco, como un costal de basura.
—¡Aaaahhh! —gimió Antonio, cegado por las luces, aturdido, roto.
Doña Elena soltó un alarido que rasgó la noche.
—¡Toño! ¡Mi bebé!
Corrió hacia él, pero se detuvo en seco al ver el estado en que estaba. Antonio no parecía su hijo. Parecía un monstruo. Tenía la nariz destrozada por mi mordida, el ojo cerrado por los golpes, la ropa desgarrada, y apestaba a heces y miedo.
Luego saqué a Kirill. Cayó gimiendo por su pierna rota.
Y finalmente a Mark, que rodó hasta quedar en posición fetal, llorando.
Estanislao bajó el arma, boquiabierto. Miraba la escena dantesca en su patio perfecto. Tres herederos de la ciudad, reducidos a despojos.
—¿Qué les hiciste? —susurró, con la cara pálida como la cera. Luego, la furia reemplazó al shock. Volvió a levantar el arma, esta vez apuntando a mi cabeza con intención de matar—. ¡Te voy a matar, perro! ¡Los secuestraste! ¡Los torturaste!
Era el momento. El filo de la navaja.
—Hágalo —le dije, mirándolo a los ojos—. Jale el gatillo. Máteme.
Estanislao vaciló.
—Pero antes de que lo haga, debe saber algo.
Saqué mi celular del bolsillo lentamente, mostrándole la pantalla.
—Tengo una grabación. Una confesión completa de su hijo y de estos dos. Cuentan todo. La violación de mi hija, Lizbeth. Las otras cuatro violaciones de este año. Y lo más importante…
Hice una pausa dramática.
—…cuentan cómo usted, señor Fiscal, encubrió el suicidio de Gabriela, la chica que se tiró del octavo piso. Cuentan cómo el Comandante Rangel amenazó a la familia. Cuentan cómo usted borró las pruebas.
El color desapareció por completo del rostro de Estanislao. El arma bajó unos centímetros.
—Eso… eso es mentira. Es una confesión bajo tortura. No vale nada en un juicio.
—Tal vez no valga en un juicio, Licenciado. Pero, ¿sabe dónde va a valer mucho? En internet.
Di un paso hacia él.
—Este archivo ya está en la nube. Y está programado para enviarse automáticamente a Reforma, El Norte, Proceso, y a las cadenas de noticias de Estados Unidos en exactamente… —miré mi reloj de pulsera barato—… cincuenta minutos. La única forma de detener el envío es con un código que solo yo tengo.
Estanislao entendió la jugada. Era un animal político. Sabía calcular riesgos.
Si me mataba, el audio salía. Su carrera, su libertad y su vida se acababan antes del amanecer.
Si me arrestaba, el audio salía.
Estaba en jaque mate.
—¿Qué quieres? —preguntó, bajando el arma completamente. Su voz ya no era la del Fiscal General. Era la de un hombre derrotado negociando su supervivencia.
—Justicia —dije.
Estanislao soltó una risa nerviosa.
—¿Dinero? ¿Cuánto? ¿Cinco millones? ¿Diez? Te los doy en efectivo ahora mismo. Tengo una caja fuerte. Toma el dinero y vete. Deja a los muchachos y vete.
Negué con la cabeza.
—No me escuchó. Dije justicia.
Caminé hacia la bocina Bluetooth que había dejado en el cofre del Lexus y le di play de nuevo.
La voz de Antonio llenó el patio.
“…mi papá sabe todo. Él limpia mis desastres. Él mandó a Rangel a callar a la mamá de Gaby…”
Doña Elena, que estaba abrazada a su hijo en el suelo, levantó la vista y miró a su esposo con horror.
—Estanislao… ¿qué es esto? —preguntó ella, con la voz rota—. ¿Tú sabías? ¿Tú sabías lo de esa niña que se mató?
El Fiscal no pudo mirar a su esposa a los ojos.
—Elena, no es momento…
—¡Contéstame! —gritó ella, poniéndose de pie, manchada de la sangre y suciedad de su hijo—. ¡Toño me dijo que fue un accidente! ¡Tú me dijiste que eran chismes!
—¡Lo hice por él! —explotó Estanislao—. ¡Lo hice para proteger a la familia! ¡Este idiota no deja de meterse en problemas!
Ahí estaba. La confesión del padre.
Antonio, desde el suelo, empezó a llorar más fuerte.
—Papá… perdóname… me obligó… me iba a matar…
—¡Cállate, imbécil! —le gritó Estanislao a su hijo—. ¡Te di todo! ¡Coches, dinero, escuelas! ¡Y lo único que tenías que hacer era comportarte! ¡Y ahora nos hundes a todos!
Yo observé la escena como un espectador en primera fila. La “Sagrada Familia” desmoronándose. El padre odiaba al hijo por ser débil. La madre odiaba al padre por ser corrupto. Y el hijo se odiaba a sí mismo.
Era más satisfactorio que cualquier golpe que pudiera haberles dado.
—Se acabó el tiempo de la telenovela —interrumpí.
Me acerqué a Estanislao y le quité la pistola de la mano. No opuso resistencia. Le quité el cargador, saqué la bala de la recámara y tiré el arma a los arbustos.
—Esto es lo que va a pasar, Licenciado. Va a llamar a la policía. A la Guardia Nacional. Y va a llamar a la prensa.
—No puedo… —susurró—. Me van a destruir.
—Lo van a destruir de todos modos. La diferencia es cómo quiere caer. Puede caer como el Fiscal que descubrió el crimen y entregó a su propio hijo para hacer justicia… o puede caer como el cómplice que se pudrirá en la misma celda que él.
Estanislao me miró. Sus ojos brillaron con un cálculo frío.
Era un superviviente. Si entregaba a su hijo, tal vez… solo tal vez… podría salvar un poco de su reputación. Podría decir que no sabía nada, que se acababa de enterar, que su integridad le obligaba a actuar.
Era una mentira, claro. La grabación decía lo contrario. Pero yo estaba dispuesto a negociar esa parte.
—Si los arrestan ahora, si los procesan de verdad… el audio original, donde su hijo lo incrimina a usted directamente, desaparece —mentí. Nunca iba a borrar ese audio. Pero él necesitaba una salida.
—¿Me das tu palabra?
—Le doy la palabra de un padre que quiere ver a los violadores de su hija en la cárcel.
Estanislao asintió lentamente.
—Está bien.
Sacó su celular. Sus manos temblaban tanto que casi se le cae.
Marcó un número.
—Comandante Rangel… sí, soy yo. Despierta a todos. Manda unidades a mi casa. A la de San Patricio. Y avisa a medios. Sí, a medios. Tengo… tengo una presentación de detenidos de alto impacto.
Colgó.
Se dejó caer en una silla de jardín de hierro forjado, mirando a la nada. Parecía haber envejecido diez años en diez minutos.
La Llegada de los Otros
—Falta algo —dije.
Estanislao levantó la vista.
—¿Qué más quieres? Ya llamé.
—Faltan los papás de estos dos —señalé a Kirill y a Mark—. Quiero que vean lo que criaron. Llávelos. Dígales que vengan urgente. Que sus hijos tuvieron un “accidente” aquí.
Estanislao obedeció. Ya era un autómata.
Veinte minutos después, el caos se multiplicó.
El primero en llegar fue el padre de Kirill, Don Roberto Cárdenas, el dueño de los supermercados. Llegó en una Mercedes blindada, frenando con rechinido de llantas. Bajó corriendo, un hombre gordo y colorado, acostumbrado a gritar órdenes.
—¡Estanislao! ¿Qué pasó? ¡Me dijeron que…!
Se detuvo en seco al ver a su hijo, el gigante Kirill, tirado en el suelo con la pierna torcida, gimiendo.
—¡Hijo! —Corrió hacia él—. ¿Quién te hizo esto? ¡Voy a matar al que te hizo esto!
Kirill miró a su papá con ojos vidriosos.
—Papá… la cagamos… la cagamos bien feo…
—¿De qué hablas? —Don Roberto se volvió hacia Estanislao, rojo de ira—. ¡Fiscal! ¿Qué significa esto? ¿Quién golpeó a mi hijo en tu casa?
Estanislao no respondió. Solo señaló hacia mí con un gesto vago.
Don Roberto se abalanzó hacia mí.
—¿Fuiste tú? ¿Tú eres el de seguridad? ¡Te voy a meter preso! ¡No sabes con quién te metes!
Yo ni me moví. Solo le di una calada a mi segundo cigarro.
—Siéntese, Don Roberto. Antes de que le dé un infarto. Su hijo no es una víctima. Su hijo es un violador serial. Y acaba de confesarlo todo.
La acusación lo golpeó como un balde de agua fría.
—¡Mentira! ¡Mi Kirill es un atleta! ¡Es un buen muchacho!
—Su Kirill le rompió las costillas a mi hija mientras la violaba. Y luego indujo al suicidio a otra chica. Tengo las grabaciones. ¿Quiere escucharlas o prefiere esperar a verlas en el noticiero de la mañana?
Don Roberto se quedó mudo. Miró a su hijo. Kirill bajó la cabeza, avergonzado. La confirmación silenciosa fue devastadora. El empresario millonario se desinfló como un globo pinchado.
Luego llegaron los padres de Mark. El Doctor Talamantes y su esposa.
La escena se repitió. Gritos. Llanto. La madre de Mark se desmayó al ver a su hijo orinado y electrocutado. El doctor intentó examinarlo, pero sus manos de cirujano temblaban demasiado.
Era un cuadro del Bosco. El patio de la mansión más cara de la ciudad convertido en un manicomio de dolor, culpa y vergüenza.
Los padres “honorables” enfrentados a la realidad podrida de su descendencia.
Y yo, el taxista, el “nadie”, de pie en medio de todo, observando cómo su mundo de cristal se hacía añicos.
Las Sirenas de la Justicia
A lo lejos, se escucharon las sirenas.
Primero una, luego muchas. Un coro aullante que se acercaba subiendo por la montaña.
Luces azules y rojas empezaron a rebotar en los muros de las mansiones vecinas.
Doña Elena seguía llorando sobre Antonio.
—¿Por qué? —le preguntaba una y otra vez—. ¿Por qué hiciste eso? Lo tenías todo.
Antonio, por primera vez, respondió con una verdad.
—Porque podía, mamá. Porque pensé que nunca me iba a pasar nada.
Esa frase. Porque pensé que nunca me iba a pasar nada.
Ese era el resumen de la tragedia de este país. La impunidad no es solo falta de castigo; es una cultura. Es la certeza de que las reglas son para los otros, para los jodidos, para los que viajan en metro y en taxi. Ellos vivían en una burbuja donde la gravedad moral no aplicaba.
Hasta que yo reventé la burbuja con un bastón de acero.
Las patrullas llegaron.
Entraron en tromba. Policías estatales, ministeriales, Guardia Nacional. Armas largas, chalecos tácticos.
El Comandante Rangel bajó de la primera unidad. Un hombre bajo, con cara de bulldog y ojos corruptos.
Vio al Fiscal sentado en la silla. Vio a los muchachos en el suelo. Vio a los padres llorando. Y me vio a mí.
Su mano fue instintivamente a su pistola.
—¡Jefe! —le gritó a Estanislao—. ¿Es este el agresor? ¿Lo bajamos?
Estanislao levantó la vista. Miró a Rangel. Miró a su hijo. Miró el celular en mi mano.
Suspiró. El suspiro de un hombre que se despide de su vida.
—No, Rangel. No lo toques.
—Pero jefe… tiene a los muchachos…
—¡He dicho que no lo toques! —gritó Estanislao, poniéndose de pie con un último vestigio de autoridad—. Los detenidos… son ellos.
Señaló a Antonio, Kirill y Mark.
Rangel se quedó paralizado.
—¿Señor?
—Arréstalos. Violación tumultuaria. Privación de la libertad. Asociación delictuosa.
—Pero… es su hijo, jefe.
—¡Cúmplase la orden, carajo! —rugió Estanislao, y su voz se quebró al final.
Los policías, confundidos, empezaron a moverse.
Levantaron a Antonio. Le pusieron las esposas. Él no se resistió, solo miraba al suelo.
Levantaron a Mark, que seguía llorando.
Tuvieron que pedir una camilla para Kirill.
Los padres miraban, impotentes. Don Roberto intentó hacer una llamada, probablemente a algún abogado caro o a un juez amigo, pero se detuvo al ver que los reporteros empezaban a entrar.
Yo había avisado a mi contacto. Y el Fiscal, acorralado, había tenido que abrir las puertas.
Las cámaras de televisión iluminaron el patio con luces blancas cegadoras.
Captaron el momento exacto: El hijo del Fiscal General, esposado, sangrando, siendo subido a una patrulla en su propia casa.
La imagen que daría la vuelta al país.
Un reportero se acercó a Estanislao, poniéndole un micrófono en la cara.
—Señor Fiscal, ¿qué está pasando? ¿Es verdad que su hijo es el líder de una banda de violadores?
Estanislao se arregló la bata, intentando recuperar algo de dignidad. Miró a la cámara.
—En este estado… nadie está por encima de la ley. Ni siquiera mi familia. Hoy… hoy cumplo con mi deber, aunque me cueste la vida.
Mentiroso hasta el final. Tratando de venderlo como un acto de heroísmo.
Pero yo sabía la verdad. Y él sabía que yo sabía.
Me miró por encima de las cámaras. Sus ojos eran de odio puro.
Yo solo le sostuve la mirada y asentí levemente. Cumpliste. Por ahora.
El Regreso del Fantasma
El Comandante Rangel se me acercó.
—Usted tiene que venir a declarar, señor. Y a responder por las lesiones de los detenidos.
Lo miré.
—Iré mañana. Voluntariamente. Tengo una hija en el hospital que me espera.
Rangel miró al Fiscal, esperando instrucciones. Estanislao, rodeado de prensa, asintió imperceptiblemente. Déjalo ir. No querían que yo hablara con la prensa ahí mismo. Querían controlar la narrativa.
Caminé hacia la salida.
Pasé junto a las patrullas. Vi a Antonio en el asiento trasero, con la cabeza pegada al vidrio. Me miró.
Ya no había arrogancia. Solo miedo. El miedo de saber que iba a una cárcel donde su apellido no valía nada, o peor, donde su apellido era una sentencia de muerte.
Le hice un gesto con la mano. Adiós, Junior.
Salí del fraccionamiento.
Mi Tsuru no estaba ahí, claro. Había llegado en la Lexus. Ahora estaba a pie.
Caminé bajando la montaña de San Patricio. El sol empezaba a salir, pintando el Cerro de la Silla de naranja y rosa.
El aire estaba fresco.
Me dolía cada centímetro del cuerpo. La costilla, las rodillas, los nudillos.
Pero respiraba.
Y por primera vez en tres días, el aire no me sabía a veneno.
Saqué mi celular. Marqué el número del hospital.
—¿Bueno?
—Doctor Rivas. Soy Valerio Mendoza.
—Señor Mendoza… estaba preocupado. La policía vino a preguntar por usted. ¿Dónde está?
—Voy para allá, doctor. ¿Cómo está Lizbeth?
—Está despierta. Pregunta por usted. Señor… vio las noticias? Están pasando algo increíble en la tele. Dicen que detuvieron al hijo del Fiscal.
Sonreí. Una sonrisa cansada, pero genuina.
—Sí, doctor. Lo vi. Dígale a mi hija… dígale que los monstruos ya no existen. Dígale que papá va en camino.
Colgué.
Me detuve en una tienda de conveniencia OXXO que encontré bajando la avenida.
Entré. El cajero me miró raro por mi aspecto sucio y la sangre seca, pero en Monterrey uno ve de todo en el turno de noche.
Compré una botella de agua y un café caliente.
Me senté en la banqueta a esperar un taxi. Un taxi de verdad, no uno conducido por un vengador.
Miré mis manos. Temblaban un poco por la cafeína y el bajón de adrenalina.
Ya no eran las manos de un soldado. Volvían a ser las manos de un viejo.
Pero habían hecho el trabajo.
A lo lejos, la ciudad despertaba. La gente se levantaba para ir a trabajar, a llevar a los niños a la escuela, a sobrevivir.
Nadie sabría nunca los detalles de lo que pasó en ese búnker abandonado. Nadie sabría del bastón de acero y los toques eléctricos.
La historia oficial sería que el valiente Fiscal entregó a su hijo.
La leyenda urbana hablaría de un taxista fantasma.
Pero Lizbeth sabría la verdad. Y eso era lo único que importaba.
Un Tsuru verde y blanco se detuvo frente a mí.
—¿Libre? —pregunté.
—Súbale, jefe. ¿A dónde lo llevo?
—Al Hospital Universitario —dije, acomodándome en el asiento trasero—. Y póngale música alegre, joven. Hoy es un buen día.
El taxista puso una cumbia.
El coche arrancó.
Cerré los ojos y, por primera vez en años, dormí sin soñar con la guerra.
CAPÍTULO 7: LA VERDAD MAQUILLADA Y EL INFIERNO DE CRISTAL
El Hospital Universitario a las siete de la mañana es un purgatorio con luz fluorescente. Huele a Fabuloso de lavanda, a café quemado de las máquinas expendedoras y a esa desesperanza silenciosa de la gente que espera noticias que no llegarán.
Entré arrastrando los pies. Mi cuerpo era un mapa de dolor: la costilla fisurada palpitaba con cada paso, mis nudillos estaban hinchados como morcillas y sentía una fatiga tan profunda que parecía calarme hasta la médula ósea. Pero caminaba. Caminaba porque, por primera vez en tres días, no sentía el peso del mundo sobre los hombros. Sentía otro peso: el de la responsabilidad de terminar lo que empecé.
El Doctor Rivas me interceptó en el pasillo de Terapia Intermedia. Se veía fresco, recién bañado, pero sus ojos me delataban que no había dormido.
—Señor Mendoza —dijo, bajando la voz y llevándome del codo hacia una esquina discreta—. ¿Es usted consciente de la bomba que acaba de detonar?
Miré una pantalla de televisión colgada en la sala de espera. Estaban transmitiendo el noticiero matutino local, Telediario. El cintillo rojo en la parte inferior de la pantalla rezaba en letras mayúsculas: CAE “LA MANADA DE SAN PEDRO”: HIJO DEL FISCAL DETENIDO POR SU PROPIO PADRE.
En la pantalla, aparecía la imagen granulada pero inconfundible de Antonio Villaseñor siendo metido a una patrulla, esposado, con la cara destrozada. Luego, una toma de Estanislao Villaseñor, el Fiscal, hablando ante una nube de micrófonos, con el rostro grave, casi heroico.
—”No me temblará la mano”, dice el Fiscal —citó el Doctor Rivas con ironía—. “Nadie por encima de la ley”. Lo están pintando como a un santo, Don Valerio. Como al padre estricto que sacrifica a su hijo por el bien de la justicia.
Solté una risa seca, que terminó en una tos dolorosa.
—Déjelos que lo pinten como quieran, doctor. Mientras el hijo esté en la cárcel y no en un yate, no me importa si al padre lo canonizan.
Rivas me miró con una mezcla de admiración y miedo.
—Sus lesiones… los muchachos… dicen que parecen haber sido atropellados por un tren. La prensa pregunta qué pasó. El Fiscal dice que “opusieron resistencia al arresto ciudadano”.
—Fue un arresto difícil —dije, sin pestañear—. Se cayeron. Varias veces.
—Claro. Se cayeron —Rivas asintió—. Vaya a ver a su hija. Ya vio las noticias. La enfermera le prestó una tablet. Necesita verlo a usted.
Entré a la habitación 304.
Lizbeth estaba sentada en la cama, con el respaldo elevado. El hinchazón de su cara había bajado un poco, pero los moretones habían pasado de negro a un amarillo verdoso enfermizo. Tenía el brazo enyesado sobre una almohada.
Estaba mirando la tablet con su ojo sano. Lloraba. Pero no era el llanto histérico de la noche anterior. Era un llanto de alivio, de liberación.
Me vio entrar. Dejó la tablet sobre las sábanas.
—Papá…
Me acerqué y le besé la frente. Olía a jabón neutro de hospital.
—Hola, mi amor.
—Papá… ¿tú hiciste esto?
Señaló la pantalla congelada en la cara de Antonio.
—Yo solo les di un aventón, hija. Un aventón a donde pertenecen.
Ella me miró las manos. Vio los nudillos rotos, la sangre seca bajo las uñas que no había podido limpiarme del todo. Vio la mancha de lodo en mi pantalón.
Entendió. Entendió que su padre, el viejo taxista, se había convertido en un monstruo para cazar a otros monstruos.
Me abrazó con su brazo bueno. Un abrazo fuerte, desesperado.
—Gracias —sollozó en mi cuello—. Pensé que nunca… pensé que se iban a burlar de mí para siempre.
—Nunca más, Lizo. Nunca más se van a reír. Te lo prometo.
Nos quedamos así un largo rato, mientras el ruido del hospital seguía su curso afuera. En ese abrazo, sentí que mi alma, que había estado negra y fría durante las últimas 24 horas, empezaba a recuperar un poco de temperatura.
La Maquinaria del Estado (El Contraataque)
A las 10:00 de la mañana, la burbuja de paz se rompió.
Dos agentes de la Policía Ministerial entraron a la habitación sin tocar. Traían chalecos tácticos y caras de pocos amigos. Detrás de ellos venía el Comandante Rangel, el perro fiel del Fiscal. El mismo hombre que había intentado intimidar a la madre de Gabriela, la chica suicida.
—Valerio Mendoza —dijo Rangel. No era una pregunta.
Me levanté de la silla. Lizbeth se tensó en la cama.
—Soy yo.
—Tiene que acompañarnos a la Fiscalía. A declarar.
—¿Estoy detenido? —pregunté, cruzándome de brazos.
—Presentado. En calidad de testigo… por ahora. —Rangel sonrió, una mueca que mostraba dientes amarillos de fumador—. Tenemos que aclarar ciertos detalles sobre la detención de los indiciados. Parece que tienen lesiones que no concuerdan con un forcejeo simple. Tortura, le llaman algunos.
Lizbeth jadeó.
—¡Él me salvó! —gritó desde la cama—. ¡Déjenlo en paz!
Me volví hacia ella.
—Tranquila, hija. Es puro trámite. El Comandante sabe que no le conviene cometer errores hoy. —Miré a Rangel a los ojos—. ¿Verdad, Comandante? Con tanta prensa allá afuera, no querrá que se filtre… más información.
Rangel borró la sonrisa. Entendió la referencia. Sabía que yo tenía el audio completo. Sabía que su nombre salía en esa grabación, mencionado como el matón que amenazaba a las víctimas. Si yo caía, él caía conmigo.
—Andando —gruñó.
Me llevaron en una patrulla. Sin esposas, pero escoltado.
El viaje a la Fiscalía fue tenso. Rangel iba de copiloto, mirándome por el espejo retrovisor.
—Te crees muy listo, pinche taxista —masculló—. Crees que porque tienes agarrado al Jefe de los huevos ya ganaste.
—Yo no quiero ganar, Comandante. Solo quiero que pierdan ustedes.
—El Jefe es un gato de siete vidas. Va a sacrificar al hijo, sí. Pero luego va a venir por ti. Cuando las cámaras se apaguen, cuando la gente se olvide… vas a tener un accidente. Los frenos de tu Tsuru fallan mucho, ¿no?
Sentí un escalofrío. Sabía que era verdad.
—Si me pasa algo a mí o a mi hija —dije con calma—, el audio original se libera. Y no solo el audio. Tengo copias de los chats de WhatsApp de su hijo con usted. El Tigre me los consiguió.
Era un blofeo. No tenía los chats. Pero Rangel no lo sabía.
Vi cómo tragaba saliva.
—Estás jugando con fuego, cabrón.
Llegamos a la Fiscalía.
Si la noche anterior el lugar estaba desierto, hoy era un hormiguero. Un circo romano.
Había unidades móviles de Televisa, TV Azteca, Milenio. Había grupos feministas con pañuelos morados y verdes gritando consignas: “¡JUSTICIA PARA LIZBETH!”, “¡NI UNA MÁS!”, “¡VILLASEÑOR VIOLADOR!”.
Al bajar de la patrulla, los flashes me cegaron.
—¡Es el padre! ¡Es Don Valerio!
—¡Señor Mendoza! ¿Cómo está su hija?
—¡Señor, ¿es cierto que usted los capturó solo?!
Rangel y sus hombres me rodearon, empujando a los reporteros.
—¡Atrás! ¡Dejen pasar!
Me metieron al edificio. Me llevaron a una sala de interrogatorios diferente a la oficina de Salgado. Esta era gris, con espejo de doble vista.
Ahí me tuvieron cuatro horas.
Cuatro horas de preguntas capciosas.
“¿Qué hacía usted en la carretera a esa hora?”
“Fui a buscar pasaje.”
“¿Cómo supo dónde estaban?”
“Suerte. Los vi pasar.”
“¿Cómo sometió a tres jóvenes usted solo?”
“Estaban muy borrachos. Se cayeron.”
“El joven Cárdenas tiene la rodilla pulverizada. El forense dice que fue un golpe con objeto contundente de metal.”
“Se cayó sobre una piedra. Muy feo. Pobre muchacho.”
No me sacaron de ahí. Me mantuve en mi papel: el viejo taxista con suerte.
Sabían que mentía. Yo sabía que sabían. Pero no podían probarlo sin admitir que el Fiscal había negociado conmigo. Era un punto muerto.
A las tres de la tarde, la puerta se abrió.
Entró Estanislao Villaseñor.
Ya no traía la bata de dormir. Vestía un traje gris impecable, corbata azul, el pelo engominado. Se veía cansado, ojeroso, pero irradiaba poder.
Hizo una seña y Rangel y el escribiente salieron, dejándonos solos.
Apagó la cámara de grabación de la sala.
Se sentó frente a mí.
—Eres un dolor de muelas, Valerio —dijo, sin preámbulos.
—Y usted es un padre ejemplar, Licenciado. Vi su conferencia de prensa. Casi lloro de la emoción.
Estanislao apretó la mandíbula.
—Hice lo que tenía que hacer. Mi carrera política estaba en juego. El Gobernador me llamó a las seis de la mañana. Me dijo: “Resuélvelo o te vas”. Lo resolví.
—Entregando a su hijo.
—Antonio es un estúpido. Se lo advertí mil veces. Le di oportunidades. Esta vez… esta vez se pasó de la raya.
Hablaba de su hijo como si fuera una inversión fallida, un activo tóxico que había que liquidar. Sentí asco.
—¿Qué va a pasar ahora? —pregunté.
—Ya están vinculados a proceso. El juez dictó prisión preventiva oficiosa. Los trasladaron al Penal de Apodaca hace una hora. Están en el área de protección, separados de la población general.
—¿Protección? —Me levanté de la silla—. ¡Merecen estar con la población! ¡Merecen sentir lo que sintió mi hija!
—No seas ingenuo, Valerio. Si los meto con la población, los matan antes de la cena. Y si los matan, se convierten en víctimas. Tú quieres justicia, ¿no? Justicia es que se pudran en la cárcel, no que los linchen.
Tenía un punto.
—Además —continuó Estanislao, sacando un sobre blanco de su saco—, esto es para ti.
Puso el sobre en la mesa.
—¿Qué es?
—Un cheque. De mi cuenta personal. Cinco millones de pesos. Y los documentos de un fideicomiso para los gastos médicos y la educación de tu hija. Es vitalicio.
Miré el sobre. Dinero. El dinero que me ofrecieron en el búnker.
—No quiero su dinero sucio.
—Tómalo. No es un soborno. Es… una reparación del daño adelantada. Tu hija va a necesitar cirugías, terapia, seguridad. Tú vas a necesitar dejar el taxi. Rangel tiene razón, es peligroso andar en la calle.
—¿Me está amenazando?
—Te estoy aconsejando. Vete de Monterrey un tiempo. Llévate a la niña. Deja que el juicio siga su curso. Yo me encargo de que los condenen. Tienes mi palabra.
—Su palabra no vale nada.
—Mi interés sí vale. Necesito que los condenen para demostrar que soy implacable. Soy el Fiscal de Hierro ahora. Mi hijo es mi trofeo. Si salen libres, yo quedo como un payaso. Así que no te preocupes, se van a quedar adentro.
Tomé el sobre. Lo abrí. Vi la cifra. Cinco millones.
Nunca había visto tanto dinero junto. Podía comprar una casa en otro estado. Podía pagar los mejores doctores para Lizbeth.
Pensé en tirárselo a la cara. Sería lo digno.
Pero la dignidad no paga las cuentas del hospital. La dignidad no arregla la cara de mi hija.
Guardé el sobre en mi bolsillo.
—Esto no compra mi silencio, Fiscal. Si veo que el juicio se torce, si veo que les dan trato preferencial… el audio sale.
—Entendido. —Estanislao se levantó—. Ahora vete. Y Valerio… no vuelvas a aparecerte por mi casa. La próxima vez, mis guardias no van a estar dormidos.
Salí de la Fiscalía por la puerta trasera para evitar a la prensa.
Me sentía sucio. Sentía que había pactado con el diablo. Pero al menos, había sacado algo para Lizbeth.
La Pesadilla en Apodaca
Mientras yo regresaba al hospital, al otro lado de la ciudad, la realidad golpeaba a los “Juniors”.
El Penal de Apodaca es una fortaleza de concreto y alambre de púas bajo el sol inclemente del desierto. Huele a sudor rancio, drenaje y miedo.
Antonio, Kirill y Mark fueron ingresados. Les quitaron sus ropas de marca. Les dieron uniformes naranjas que les quedaban grandes o chicos. Les raparon el cabello.
Ese momento, el corte de pelo, es el rito de paso. Cuando cae el cabello, cae la identidad. Ya no eran los “Reyes del Mandarin”. Eran los internos 4589, 4590 y 4591.
Los pusieron en una celda de transición, en el área de “observación”. Se suponía que estaban aislados, pero en la cárcel, las paredes oyen y las rejas hablan.
Desde las celdas contiguas, los otros presos les gritaban.
—¡Ese mi Junior! ¡Bienvenido al hotel!
—¡Dicen que les gustan las niñas! ¡Aquí hay unos compadres que les quieren enseñar a ser niñas!
—¡Villaseñor! ¡Tu papá te vendió, puto!
Antonio estaba sentado en el catre de concreto, mirando sus manos vacías. Sin celular. Sin reloj. Sin poder.
Kirill lloraba en la litera de abajo, con la pierna inmovilizada con una férula barata que le pusieron en la enfermería del penal. Le dolía a rabiar y solo le habían dado paracetamol.
Mark estaba en un rincón, rezando en voz alta, balanceándose.
—Se acabó —murmuró Antonio—. Mi vida se acabó.
—Tu papá nos va a sacar —dijo Mark, con un hilo de esperanza—. ¿Verdad, Toño? Es el Fiscal. Es un truco.
Antonio negó con la cabeza.
—No conoces a mi papá. Él no hace trucos que no le beneficien a él. Él me odia. Siempre me ha odiado porque soy débil. Ahora… ahora soy su sacrificio.
En ese momento, un custodio se acercó a la reja. Golpeó los barrotes con su tolete.
—¡A ver, las princesas! ¡Hora de la cena!
Les pasó tres bandejas de metal por la ranura. Un caldo aguado con frijoles y dos tortillas duras.
Antonio miró la comida con asco.
—Oiga, oficial… ¿no puede pedirnos algo de fuera? Tengo dinero. Mi abogado…
El custodio se rio. Una risa fea.
—Aquí tu dinero no vale, huerco. Y tu abogado no entra hasta mañana. Trágate eso o muérete de hambre. Ah, y un consejo… no se duerman. El turno de la noche es más… ruidoso.
El custodio se alejó silbando.
Antonio entendió entonces la verdadera magnitud de lo que Valerio les había hecho. No los había matado. Los había enviado al lugar donde el tiempo no pasa, donde el miedo es la única constante.
Valerio tenía razón. La muerte hubiera sido un regalo.
El Despertar de la Leona
Pasaron tres días.
La noticia seguía en primera plana, pero el ciclo de noticias es voraz y ya empezaban a hablar de otras cosas: un partido de Tigres contra Rayados, un escándalo de corrupción en la aduana.
Pero para nosotros, el tiempo se medía en cirugías y terapias.
Lizbeth fue operada de la mandíbula y el brazo. Salió bien.
Yo estaba sentado a su lado, leyendo un libro, cuando ella habló. Su voz todavía era pastosa por los analgésicos y los alambres en su boca.
—Papá.
—Dime, hija.
—Quiero verlos.
—¿A quiénes?
—A ellos. En la audiencia. El abogado dijo que mañana es la audiencia de vinculación. Que puedo declarar por video, pero… quiero ir.
Cerré el libro.
—No tienes que ir, Lizbeth. No tienes que pasar por eso. El juez tiene mi declaración, la de los médicos, la confesión grabada (aunque el abogado defensor está tratando de anularla). Con eso basta.
—No —dijo ella, con una firmeza que me recordó a mí mismo hace veinte años—. Necesito que me vean. Necesito verlos a los ojos ahora que no son nadie. Si me escondo, ellos ganan. Si me escondo, voy a tener miedo toda mi vida.
La miré. Su cara seguía hinchada, pero sus ojos grises brillaban con una luz nueva. El fuego. El mismo fuego que me impulsó a cazarlos.
—Está bien —dije—. Iremos.
El Palacio de Justicia
Al día siguiente, llevé a Lizbeth al Palacio de Justicia en una silla de ruedas. Entramos por el sótano para evitar a la prensa, gracias a un favor que le pedí a un viejo amigo policía.
La sala de audiencias era fría, moderna, impersonal. Maderas claras, micrófonos, pantallas.
Del lado derecho, la defensa. Tres abogados caros, de esos que usan trajes de seda y huelen a loción de mil dólares. Parecían tiburones oliendo sangre.
Del lado izquierdo, el Ministerio Público. Un fiscal joven, nervioso, asignado por Estanislao para “asegurar la condena”.
Y detrás de un cristal blindado, en el área de acusados: Ellos.
Antonio, Kirill y Mark.
Vestidos de naranja. Rapados. Sin maquillaje, sin poses.
Se veían pequeños. Se veían patéticos.
Cuando entramos, un murmullo recorrió la sala. Lizbeth, en su silla de ruedas, con el brazo en cabestrillo y la cara marcada, era la imagen viva de la brutalidad.
El Juez de Control, un hombre canoso y serio, pidió silencio.
La audiencia comenzó.
La defensa atacó duro. Argumentaron que la detención fue ilegal. Que fueron secuestrados y torturados por un “vigilante loco”. Que la confesión fue obtenida bajo coacción y debía ser desestimada.
—Su Señoría —dijo el abogado principal, un tal Licenciado Cantú—, mis clientes fueron brutalmente golpeados. El señor Cárdenas podría perder la pierna. Esto no es justicia, es barbarie. Solicitamos la nulidad del proceso y la libertad inmediata.
Mi corazón se detuvo. Si el juez aceptaba eso, saldrían libres hoy mismo.
El fiscal joven tartamudeó un poco al responder. Estaba siendo superado.
Entonces, el Juez miró a Lizbeth.
—La víctima ha solicitado hacer uso de la voz. ¿Está en condiciones?
Lizbeth asintió. Le acercaron un micrófono.
No podía hablar bien por los alambres en su mandíbula, pero su voz resonó en la sala con una claridad aterradora.
—Ellos dicen… que fueron torturados —dijo Lizbeth, despacio—. Que les duele.
Hizo una pausa para tomar aire.
—A mí también me duele. Pero mi dolor no fue porque yo lastimé a nadie. Mi dolor fue porque dije “no”.
Miró directamente a Antonio a través del cristal. Antonio bajó la mirada.
—Ellos me rompieron el cuerpo. Pero mi papá… mi papá solo les rompió su orgullo. Y sus huesos sanarán. Pero lo que me hicieron a mí… y a Gabriela… y a las otras… eso no sana.
—¡Objeción! —gritó el abogado defensor—. ¡No hay pruebas de otras víctimas! ¡Gabriela fue un suicidio!
—¡No fue suicidio! —gritó Lizbeth, poniéndose de pie con esfuerzo, tambaleándose—. ¡Ellos la mataron! ¡Me lo dijeron! ¡Se reían de eso!
La sala estalló en murmullos. El Juez golpeó el mallete.
—¡Orden! Siéntese, señorita.
El Juez se ajustó los lentes. Miró los expedientes. Miró las fotos de las lesiones de Lizbeth. Miró a los acusados.
Sabía que todo el país estaba mirando. Sabía que si los soltaba, habría disturbios. Pero también sabía que, legalmente, la defensa tenía un punto sobre la “tortura”.
Fue un momento de tensión insoportable.
—Este juzgado ha analizado los argumentos —dijo el Juez—. Es evidente que hubo irregularidades en la detención. Es evidente que el señor Mendoza actuó fuera de la ley.
Sentí que el piso se abría.
—Sin embargo… —continuó el Juez, elevando la voz—… las pruebas periciales, el ADN encontrado en la víctima, y los testimonios recabados por la Fiscalía son contundentes e independientes de la confesión grabada. Hay causa probable suficiente.
El Juez miró a Antonio.
—La sociedad exige protección. El riesgo de fuga es máximo. El riesgo para la víctima es máximo.
—Se dicta Auto de Vinculación a Proceso por los delitos de Feminicidio en grado de tentativa, Violación Equiparada y Privación Ilegal de la Libertad. Se ratifica la medida cautelar de Prisión Preventiva. Se otorgan cuatro meses para el cierre de investigación.
¡Golpe de mallete!
—¡No! —gritó la madre de Mark desde el público—. ¡Mi bebé no!
Los custodios esposaron a los tres jóvenes.
Antonio miró hacia nosotros mientras se lo llevaban. Me miró a mí.
En sus ojos no había odio. Había una súplica muda. Sácame de aquí. Dile a mi papá que me saque.
Pero su papá no estaba en la sala. Su papá estaba en su oficina, firmando papeles, asegurándose de que su carrera sobreviviera al naufragio.
Lizbeth se dejó caer en la silla de ruedas, exhausta pero sonriendo.
—Ganamos, papá.
Le tomé la mano.
—Ganamos el primer round, hija. Pero esto apenas empieza.
Salimos del juzgado. Afuera, la multitud nos recibió con aplausos.
Pero yo no me sentía un héroe.
Miré hacia los techos de los edificios cercanos, buscando francotiradores. Miré los coches estacionados, buscando sicarios.
El instinto no se apaga.
Habíamos ganado, sí. Pero ahora teníamos cinco millones de pesos, una diana en la espalda y un enemigo herido y poderoso en la Fiscalía.
Mientras empujaba la silla de ruedas hacia la camioneta blindada que había contratado con el dinero de Estanislao, supe que la vida de “Don Valerio el taxista” había terminado para siempre.
Ahora éramos fugitivos en nuestra propia ciudad. Pero al menos, éramos libres. Y ellos no.
CAPÍTULO 8: LA SENTENCIA DEL TIEMPO
Han pasado seis meses desde aquella noche en el búnker. Ciento ochenta días.
Para el mundo, la noticia de “La Manada de San Pedro” ya es historia antigua. El ciclo de noticias de 24 horas trituró el escándalo, le sacó todo el jugo morboso y luego escupió el bagazo para pasar al siguiente drama: un huracán en la costa, las elecciones intermedias, el romance de una actriz. Así es México. Tenemos una memoria corta, diseñada para olvidar el horror y poder seguir viviendo.
Pero para nosotros, el tiempo no se mide en noticias. Se mide en cicatrices que se cierran lento, en pesadillas que se vuelven menos frecuentes y en la geografía del miedo que hemos tenido que abandonar.
Ya no vivimos en Monterrey.
Esa ciudad de montañas y acero, que fue mi hogar toda la vida, se volvió irrespirable. Demasiados fantasmas. Demasiados ojos mirando a Lizbeth en la calle, susurrando: “Esa es la chica. La del hijo del Fiscal”. Demasiadas patrullas pasando despacio frente a nuestra casa en Escobedo, recordándome que el Comandante Rangel no olvida ni perdona.
Usamos el dinero del “fideicomiso” de Estanislao Villaseñor. Cinco millones de pesos. Dinero manchado de sangre y silencio. Al principio, me quemaba las manos tocarlo. Sentía que era dinero de Judas. Pero luego miraba a Lizbeth, con su mandíbula recostruida y su mirada perdida, y me tragaba el orgullo. El orgullo no paga psiquiatras. El orgullo no paga seguridad.
Nos mudamos a Mérida, Yucatán. La ciudad blanca. Aquí el calor es húmedo y pesado, la gente habla cantadito y la violencia parece un rumor lejano del norte bárbaro. Compramos una casa pequeña en una colonia tranquila. Lizbeth retomó sus estudios de veterinaria en la UADY. Yo abrí una pequeña ferretería. Ya no manejo taxi. Mis manos ya no sostienen un volante en la madrugada; ahora despachan clavos, tornillos y pintura. Es una vida tranquila. Aburrida.
Pero cada noche, antes de dormir, reviso las tres cerraduras de la puerta. Reviso las cámaras de seguridad que instalé yo mismo. Y duermo con la Glock 17 que le quité al Fiscal esa noche bajo la almohada. Porque el soldado nunca duerme; solo descansa los ojos.
El Infierno de Dante en Apodaca
Mientras nosotros buscábamos la paz en el sur, en el norte, Antonio, Kirill y Mark descubrían que el infierno no tiene aire acondicionado.
El Penal de Apodaca no es como las cárceles de las películas gringas. No hay gimnasios limpios ni bibliotecas ordenadas. Es una ciudad amurallada gobernada por su propia ley, donde los guardias son solo los porteros y los verdaderos dueños son los jefes de los cárteles que controlan los patios.
Al principio, Antonio intentó sobrevivir como vivía afuera: comprando gente.
Su padre, el Fiscal, le depositaba dinero en una cuenta clandestina manejada por un abogado corrupto. Con ese dinero, Antonio compró una celda “privilegiada” en el área de protección. Tenía televisión, comida de restaurante que le metían de contrabando y un celular.
Pero el dinero en la cárcel se acaba rápido cuando eres un blanco fácil. Y Antonio era el blanco perfecto. El “Junior”. El violador de mujeres. En el código carcelario, incluso entre asesinos y narcos, los violadores son la casta más baja. Los llaman “lacras”.
A los dos meses, la protección de su padre empezó a fallar.
Estanislao Villaseñor estaba peleando su propia guerra afuera. La presión política era insostenible. Sus enemigos olieron sangre y se lanzaron a la yugular. Tuvo que cortar el flujo de dinero para no dejar rastros.
El día que el depósito no llegó, la realidad golpeó a Antonio.
Lo sacaron de su celda privilegiada. Lo mandaron al “Punto”, el área general.
Ahí, su apellido no valía nada.
Ahí, se encontró con Kirill.
El gigante Kirill, el que se creía invencible, era ahora una sombra. Su pierna rota nunca sanó bien porque los médicos del penal hicieron un trabajo chapucero. Cojeaba, arrastrando el pie, y había perdido veinte kilos de músculo. Se había convertido en el “lavandero” de un jefe de módulo, lavando ropa ajena y limpiando letrinas para que no lo golpearan.
—Toño… —le dijo Kirill cuando lo vio llegar al patio, con el uniforme naranja sucio—. ¿Y el dinero? ¿Y tu papá?
Antonio lo miró con ojos vacíos.
—Mi papá ya no contesta el teléfono.
Esa noche, Antonio conoció el verdadero precio de sus acciones.
Tres internos entraron a su celda. No iban a matarlo. La orden de “arriba” era que no muriera, porque un muerto atrae investigaciones. La orden era que sufriera.
Lo que pasó en esa celda durante las siguientes horas fue una repetición kármica, brutal y poética de lo que él le hizo a Lizbeth y a tantas otras.
No hubo piedad. No hubo “mi papá es fiscal”. Solo hubo dolor, humillación y la certeza fría de que ahora él era la presa.
A la mañana siguiente, lo encontraron llorando en un rincón, sangrando.
No denunció. No dijo nombres.
Entendió la regla número uno: El que habla, muere.
Antonio Villaseñor, el Príncipe de San Pedro, había dejado de existir. Ahora solo quedaba “La Muñeca”, como lo bautizaron sus compañeros de celda.
El Juicio Final
El juicio llegó cuatro meses después.
Tuvimos que regresar a Monterrey para la sentencia. Fue un viaje relámpago. Avión, hotel blindado, escolta privada pagada con el dinero de Estanislao (ironías de la vida).
La sala de audiencias estaba llena a reventar. Prensa nacional e internacional. Grupos de derechos humanos.
Cuando entraron los acusados, hubo un grito ahogado en la sala.
El cambio era brutal.
Antonio estaba esquelético, con la cabeza rapada llena de cicatrices de navajas “hechizas”. Caminaba encorvado, mirando al suelo. Sus manos temblaban.
Kirill cojeaba penosamente apoyado en un bastón de madera.
Mark… Mark parecía un anciano en el cuerpo de un joven de veintidós años. Tenía la mirada perdida, medicado hasta las cejas con antipsicóticos que le daban en la enfermería para que no gritara por las noches.
Se sentaron en el banquillo. No miraron a sus padres, que estaban en primera fila.
Doña Elena lloraba en silencio, cubriéndose la cara con un pañuelo Hermès. Don Roberto Cárdenas miraba al infinito, con la cara roja de vergüenza e ira contenida.
Y Estanislao…
Estanislao estaba ahí. Pero ya no era el Fiscal de Hierro. Había envejecido. Su traje le quedaba grande. Su piel tenía un tono grisáceo. Se mantenía erguido por pura fuerza de voluntad, pero se notaba que era un cascarón vacío.
El Juez tomó la palabra.
—Señor Antonio Villaseñor, señor Kirill Cárdenas, señor Mark Talamantes. Pónganse de pie.
Se levantaron con el sonido metálico de las cadenas en sus tobillos.
El Juez leyó el veredicto. Fue largo, técnico, aburrido. Pero las palabras claves resonaron como campanas.
“CULPABLES del delito de Violación Equiparada…”
“CULPABLES del delito de Privación Ilegal de la Libertad…”
“CULPABLES del delito de Asociación Delictuosa…”
Y luego, la sentencia.
—Considerando la gravedad de los hechos, la alevosía, la ventaja, y el daño irreparable a las víctimas… este tribunal condena a Antonio Villaseñor a una pena de 35 años de prisión sin derecho a libertad anticipada.
—A Kirill Cárdenas, a una pena de 30 años de prisión.
—A Mark Talamantes, a una pena de 25 años de prisión.
Treinta y cinco años.
Antonio tendría casi sesenta años cuando saliera. Su vida entera se había evaporado.
No gritó. No lloró. Simplemente asintió, como si ya supiera que estaba muerto en vida.
Miré a Lizbeth. Estaba a mi lado, apretando mi mano tan fuerte que me cortaba la circulación.
Ella no sonreía. No era un momento de alegría. Pero vi cómo sus hombros bajaban, como si se quitara una mochila llena de piedras. Exhaló un suspiro largo, profundo.
—Se acabó, papá —susurró.
En ese momento, Antonio se giró.
No miró a su madre. No miró a su padre.
Me miró a mí.
Nuestras miradas se cruzaron a través de la sala.
En sus ojos no vi odio. Vi reconocimiento. Vi a un hombre roto saludando al hombre que lo rompió.
Le sostuve la mirada. No sentí lástima. No sentí placer. Sentí… equilibrio.
El universo se había enderezado un poco.
La Caída del Rey
Al salir del juzgado, la prensa se abalanzó sobre Estanislao Villaseñor.
—¡Señor Fiscal! ¡Señor Fiscal! ¿Qué opina de la sentencia de su hijo? ¿Va a apelar?
Estanislao se detuvo ante los micrófonos. Se acomodó la corbata, un gesto reflejo de sus días de gloria.
—La justicia ha hablado —dijo con voz ronca—. Como funcionario, respeto la ley. Como padre… como padre he fallado.
Esa misma tarde, presentó su renuncia.
El comunicado oficial decía “motivos de salud”.
La verdad era mucho más sucia.
Mis fuentes (el Tigre, siempre el Tigre) me contaron lo que pasó realmente.
El Gobernador lo citó en su despacho después de la sentencia. Le puso una pistola en el escritorio (metafóricamente, o tal vez literalmente) y le dijo: “Estanislao, te convertiste en un pasivo. Tu hijo es un violador convicto. Tu nombre apesta. Vete ahora y te dejamos conservar tu pensión. Quédate y te investigamos hasta lo que te robaste en el kinder”.
Estanislao se fue.
Se recluyó en su mansión de San Patricio.
Dicen que su esposa, Doña Elena, lo dejó a la semana. Se fue a vivir a Houston con su hermana, incapaz de soportar la vergüenza social de ser la madre del “monstruo” y la esposa del “cómplice”.
Estanislao se quedó solo en esa casa inmensa de concreto y cristal.
Solo con sus escoltas pagados por el estado, que ahora lo vigilaban no para protegerlo, sino para asegurarse de que no hablara de más.
Un rey en un castillo vacío.
Un mes después de la sentencia, recibí un correo electrónico anónimo. Solo tenía un enlace a una noticia local de Monterrey.
“EX FISCAL VILLASEÑOR HOSPITALIZADO TRAS INTENTO DE SUICIDIO”.
La nota decía que lo encontraron en su despacho, inconsciente, con una botella de whisky vacía y un frasco de pastillas para dormir. Lo salvaron de milagro.
Leí la noticia en mi ferretería en Mérida.
No sentí pena.
Pensé en Gabriela, la chica que saltó del octavo piso.
—La justicia divina tarda, pero llega, Licenciado —murmuré, y cerré la pestaña del navegador.
El Final del Camino
Regresamos a Mérida.
La vida siguió su curso, terca y constante.
Lizbeth se graduó de veterinaria dos años después. Fui a su ceremonia. La vi caminar al estrado, con su toga y birrete, sonriendo.
Todavía tiene una pequeña cicatriz en el labio, una línea blanca casi invisible. Y a veces, cuando hay tormenta y truena fuerte, se despierta gritando.
Pero ya no es la víctima.
Ahora trabaja en una clínica cerca de la playa. Cura perros, gatos y hasta tortugas marinas. Tiene un novio, un muchacho bueno que estudia biología marina y que sabe su historia y la trata como si fuera de cristal templado: frágil pero irrompible.
Y yo…
Yo soy Valerio. Tengo sesenta y cinco años.
Las rodillas me duelen más con la humedad de la costa.
Paso mis días en la ferretería, acomodando herramientas, hablando con los vecinos sobre el clima o el béisbol.
A veces, algún cliente se me queda viendo.
—Oiga, don… ¿usted no es…? Se me hace cara conocida.
Yo sonrío, esa sonrisa de viejo amable e inofensivo.
—No creo, jefe. Yo soy de Chihuahua. Recién llegado.
—Ah, con razón el acento.
Y siguen con su vida.
Pero hay días…
Hay días en que voy al malecón de Progreso. Me siento en una banca, miro el Golfo de México y fumo un cigarro Delicados, aunque el doctor me dijo que me van a matar.
Miro el horizonte y pienso en aquella noche.
Pienso en el peso del bastón de acero en mi mano.
Pienso en el crujido de los huesos de Kirill.
Pienso en el olor a miedo en el búnker.
A veces me pregunto si soy un monstruo.
Hice cosas terribles. Torturé. Secuestré. Disfruté del dolor ajeno.
Crucé una línea que separa al hombre de la bestia.
Pero luego… luego pienso en la sonrisa de Lizbeth cuando recibió su diploma.
Pienso en que Antonio Villaseñor no volverá a tocar a una mujer en su vida.
Pienso en que, por una vez en la maldita historia de este país roto, los malos perdieron y los buenos sobrevivieron.
Y entonces apago el cigarro en la suela de mi bota.
Miro mis manos. Manos de taxista. Manos de soldado. Manos de padre.
No me tiemblan.
—Valió la pena —le digo al mar.
Y el mar, con su eterno rugido, parece responderme que sí.
Me levanto. Sacudo la arena de mis pantalones.
Es hora de cerrar la ferretería. Lizbeth va a venir a cenar hoy. Va a traer a su novio. Tengo que comprar cervezas y preparar la carne asada.
Soy Valerio Mendoza.
Soy un hombre libre.
Y esta es mi historia.
(FIN)