EL EX-MARINE AL QUE TODOS LLAMABAN “EL GORDO DEL VAGÓN” NO SABÍA QUE SU VIDA ESTABA A PUNTO DE CAMBIAR AL SALVAR A LA CHICA DE LOS LENTES OSCUROS.

CAPÍTULO 1: EL REFLEJO DEL GUERRERO OLVIDADO

El aire dentro de la estación Buenavista pesaba, y no solo por la falta de ventilación, sino por la desesperación colectiva de miles de almas buscando regresar a casa. Eran las 6:30 de la tarde, la hora pico, ese momento maldito en la Ciudad de México y su zona metropolitana donde la dignidad humana se pierde entre empujones y sudores ajenos.

Max corría. O al menos, eso intentaba. Sus piernas, que alguna vez fueron pistones de acero capaces de marchar cuarenta kilómetros con una mochila de combate en la sierra de Guerrero, ahora se sentían como dos costales de cemento fraguado. El sudor le bajaba por la espalda, recorriendo su columna vertebral como un río de agua helada, empapando la camiseta gris de algodón que ya se le pegaba al cuerpo de manera vergonzosa.

—¡Con permiso, con permiso! —jadeaba, intentando abrirse paso entre la marea de gente que bloqueaba los torniquetes. Nadie se movía. En la capital, la cortesía es un lujo que se extinguió hace años.

Frente a él, el Tren Suburbano esperaba con las puertas abiertas, pero las luces rojas sobre el andén ya comenzaban a parpadear, acompañadas de ese pitido intermitente y odioso que anunciaba el cierre inminente: Tu-tu-tu-tu. Para Max, ese sonido era como la cuenta regresiva de una bomba.

—¡No manches, no me cierres! —gritó mentalmente, imprimiendo un último esfuerzo.

Su cuerpo de 130 kilos se movió con una inercia peligrosa. “Un oso correría con más gracia; tú pareces un refrigerador Mabe cayendo por las escaleras”, pensó con crueldad. La autocrítica era su compañera constante, una voz que sonaba sospechosamente parecida a la de su antiguo Sargento Instructor en la Heroica Escuela Naval, pero distorsionada por años de sedentarismo y comida chatarra.

Logró entrar al vagón derrapando, justo un segundo antes de que las puertas neumáticas se cerraran con un siseo agresivo, mordiéndole casi los talones. El impacto de detener su propia masa lo hizo tambalearse. Se aferró al tubo de metal cromado con una mano húmeda, tratando de no escupir los pulmones ahí mismo.

El pecho le ardía como si hubiera tragado brasas. El corazón le golpeaba las costillas con una violencia alarmante, dum-dum, dum-dum, queriendo salir huyendo de esa prisión de grasa. Max se dejó caer pesadamente contra la pared de vidrio del vestíbulo del vagón, ignorando las miradas de desaprobación de una señora que protegía sus bolsas de mandado como si llevara lingotes de oro.

—Así es la vida ahora, mi buen Max… así es la vida —murmuró para sí mismo, con la voz entrecortada, tratando de regular su respiración. Inhala en cuatro, sostén en cuatro, exhala en cuatro. La teoría la sabía, la práctica era lo que le fallaba.

Giró la cabeza y se topó con su propio reflejo en el cristal oscuro de la puerta opuesta. La imagen le devolvió una mueca de asco. Ahí estaba: una cara redonda y brillante de grasa, el cabello negro revuelto, ojeras profundas de quien pasa demasiadas noches programando en Java y C++, y esas manchas de sudor inconfundibles bajo las axilas y en el pecho, formando un mapa de la derrota.

“Mírate”, se dijo, sintiendo una punzada de odio propio. “Eres un desastre. ¿Dónde quedó el Teniente Maximiliano? ¿Dónde quedó el hombre que lideró operativos en la frontera? Te comiste al infante de marina y te quedaste con el uniforme de Godínez”.

Hacía cinco años, Max era una máquina de guerra. Recordó, con una claridad dolorosa, el olor a salitre y pólvora de sus días en la SEMAR (Secretaría de Marina). Recordó la sensación de su cuerpo respondiendo a cada orden de su cerebro con precisión letal. Podía trepar muros, correr bajo el sol abrasador de Sonora sin pedir agua, y someter a un enemigo en cuestión de segundos. Tenía respeto. Tenía honor. Tenía cuello.

Ahora, Max tenía deudas, dolor de espalda baja y una colección de funkos en su escritorio.

La transición a la vida civil había sido brutal, no por la violencia, sino por la comodidad. Dejó las armas por el teclado. El peligro constante fue reemplazado por la seguridad de un sueldo fijo como desarrollador Backend Senior. Y con la silla ergonómica llegaron los tacos de canasta en la mañana, las tortas cubanas a mediodía y las pizzas familiares en las noches de entrega de proyectos.

—Al menos en ese entonces no me pasaba 12 horas sentado frente a una pantalla nalgueando el teclado —sonrió con amargura, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.

El tren dio una sacudida y comenzó a avanzar, dejando atrás la estación Buenavista y adentrándose en la oscuridad del túnel antes de salir hacia la luz grisácea del Estado de México. Los pasajeros a su alrededor eran los habituales de esa ruta: oficinistas con el traje arrugado, estudiantes con audífonos gigantes aislados del mundo, y obreros con la mirada perdida por el cansancio. Nadie le prestaba atención. Para ellos, él era solo otro “gordo” ocupando demasiado espacio.

Nadie veía a la bestia dormida. Nadie veía las cicatrices bajo la ropa, ni los tatuajes desvanecidos por la piel estirada.

—¡Súbale, súbale! ¡Va calado, va garantizado! —aunque los vendedores ambulantes estaban prohibidos en el Suburbano, el eco de los vagoneros del Metro seguía resonando en su memoria como la banda sonora de la ciudad.

Max cerró los ojos un momento, intentando escapar de su realidad. Pensó en su casa. Vivía con su madre, Doña Esperanza, en una colonia tranquila pero modesta de Cuautitlán. Doña Esperanza era una santa, una típica madre mexicana que expresaba su amor a través de la comida.

La rutina era siempre la misma. Max despertaba con el olor a café de olla con canela y piloncillo.

—¡Maximiliano! —gritaba ella desde la cocina—. ¡Ya bájale a ese aparato y vente a desayunar! Te hice unos chilaquiles verdes con bistec, y le puse huevito estrellado para que agarres fuerza.

—Ma, es mucho… —protestaba él débilmente.

—¿Mucho? Estás muy pálido, mijo. Te me vas a desaparecer. Además, necesitas energía para pensar tanto en esa computadora.

Y Max comía. Comía porque los chilaquiles de su madre eran gloriosos, picantes y crujientes. Comía porque era su forma de conectar con ella. Comía porque la comida no lo juzgaba, no le exigía que hiciera lagartijas, no le pedía reportes de código. La comida solo estaba ahí, caliente y reconfortante.

Pero cada bocado era un ladrillo más en el muro que lo separaba de su antiguo yo. A veces, mientras se bañaba, miraba sus pies y se daba cuenta de que su barriga le impedía verlos con claridad. “Mañana empiezo la dieta”, se prometía. “El lunes salgo a correr”. Pero el lunes llegaba con un bug urgente en el sistema del banco para el que trabajaba, y el estrés se curaba con una orden de tacos al pastor con todo.

—Próxima estación: Fortuna —anunció la voz robótica del tren.

Max abrió los ojos. El vagón se iba llenando más. Una señora con un niño en brazos lo miró fijamente. Max, a pesar de su cansancio y sus rodillas que gritaban por un descanso, se enderezó. El instinto de protección, ese viejo chip militar que no se podía desinstalar, se activó.

—Pásese, señora, aquí hay lugar —dijo, señalando el hueco que él estaba protegiendo con su cuerpo para que nadie se metiera a la fuerza.

—Gracias, joven —dijo ella, sentándose. El “joven” le dolió un poco menos que el “señor” que le soltaron la semana pasada.

Max se quedó de pie, aferrado al pasamanos. El movimiento del tren lo mecía. Se vio la mano. Sus dedos eran gruesos, dedos de tecleador, no de tirador. Pero debajo de esa capa de suavidad, todavía sentía los callos viejos.

“¿Qué pasaría si tuviera que pelear ahora?”, se preguntó. Era un ejercicio mental que hacía a menudo para torturarse. “Seguro me da un infarto antes de soltar el primer golpe. O me tropiezo con mis propias agujetas. Qué vergüenza, Teniente. Qué pinche vergüenza”.

Sin embargo, esa tarde había algo diferente en el aire. No era solo el calor o el olor a humanidad confinada. Era una inquietud en su estómago que no tenía nada que ver con el hambre. Se sentía… harto. Harto de ser la sombra. Harto de pedir perdón por ocupar espacio.

Miró por la ventana mientras el paisaje urbano de concreto y cables daba paso a zonas industriales y terrenos baldíos llenos de basura y perros callejeros.

—Ya estuvo bueno —susurró, tan bajo que solo él lo escuchó—. Ya estuvo bueno de ser el marrano. A partir de hoy…

No terminó la frase. Su atención fue captada por algo al otro lado del pasillo.

Había encontrado un asiento vacío un par de filas más allá. Se dejó caer en él con un suspiro que pareció desinflarlo. Desde esa nueva posición, tenía una vista panorámica del vagón. Y ahí fue donde la vio.

Era una chica. Estaba sentada junto a la ventana, hecha un ovillo, como si quisiera desaparecer entre la tapicería gris y azul del asiento. Llevaba unos lentes oscuros enormes, ridículamente grandes para estar bajo tierra o en un tren techado. Su ropa era holgada, un suéter de lana que seguramente le daba calor, pero que usaba como armadura.

Pero lo que llamó la atención de Max no fue su ropa, sino el movimiento espasmódico de sus hombros.

Estaba llorando.

Max agudizó la vista. Años de entrenamiento en observación no se pierden con los kilos. Notó cómo una lágrima solitaria escapaba por debajo de los lentes oscuros y recorría su mejilla pálida hasta morir en su barbilla. Ella se la limpió con un movimiento rápido, furioso, avergonzada.

“Pobre chava”, pensó Max. “¿Qué le habrá pasado? ¿Un asalto? ¿Un patán? ¿La corrieron de la chamba?”.

En la Ciudad de México, el llanto público es un idioma que todos entienden pero que nadie quiere hablar. Ver a alguien llorar en el transporte es incómodo; nos recuerda nuestra propia fragilidad en esta jungla de asfalto. La gente a su alrededor aplicaba la técnica chilanga por excelencia: hacerse pendejo. Miraban sus celulares, leían libros imaginarios, o se quedaban dormidos con la boca abierta. Nadie quería contagiarse de esa tristeza.

Max sintió el impulso de acercarse, de ofrecerle un pañuelo (si es que traía uno limpio, cosa que dudaba), o simplemente preguntarle si estaba bien. Pero se detuvo. “No seas metiche, Max. Si te le acercas con esta facha de violador de combis sudoroso, la vas a asustar más. Mejor quédate quieto”.

La chica levantó la vista un segundo, como si sintiera el peso de la mirada de Max. Por un instante, a través del cristal oscuro de sus gafas, Max sintió que lo escaneaba. Ella vio al hombre grande, sudado, con la cara roja, y se giró de inmediato hacia la ventana, encogiéndose aún más.

Max sintió el rechazo como una bofetada. “Claro. ¿Qué esperabas? ¿Que te viera como a un caballero andante? Para ella solo eres otro tipo raro en el tren”.

El tren redujo la velocidad. Llegaban a Tultitlán. Las puertas se abrieron y una oleada de gente salió y otra entró. El aire se renovó por un segundo, trayendo el olor a tierra mojada y smog del Estado de México.

Fue entonces cuando entraron ellos.

Dos tipos. Jóvenes, veintipocos años. El clásico look que activa todas las alarmas de seguridad: gorras planas apenas puestas sobre la cabeza, pantalones entubados pero caídos, playeras de tirantes mostrando tatuajes mal hechos (“Mi vida loca” o alguna tontería similar), y cangureras cruzadas en el pecho.

Y lo peor: venían “enfiestados”.

Traían latas de cerveza Victoria de medio litro en la mano, abiertas y goteando. Entraron riéndose a carcajadas, empujando a un señor que intentaba bajar.

—¡Ábrete, pinche ruco! —gritó uno de ellos, el más flaco, que tenía una cicatriz en la ceja.

—¡Cámara, banda, ya llegó la alegría! —bramó el otro, más bajo y fornido, con cara de pocos amigos.

El vagón se tensó. Fue un cambio físico en la atmósfera. Los pasajeros que antes dormitaban ahora estaban alertas, aferrando sus mochilas contra el pecho, escondiendo los celulares. El “Efecto Cucaracha”: cuando entra el peligro, todos intentan esconderse.

Max no se escondió. Max se quedó inmóvil, pero sus ojos se entrecerraron. Su respiración cambió. Ya no estaba jadeando por el esfuerzo de correr. Ahora respiraba lento, profundo, oxigenando la sangre. Sus manos, descansando sobre sus rodillas, se cerraron ligeramente.

Los tipos caminaron por el pasillo, tambaleándose con el movimiento del tren, buscando víctimas para su “show”. Sus ojos inyectados en sangre y alcohol escanearon el lugar hasta que se detuvieron en la presa más fácil.

La chica de los lentes oscuros.

Max lo vio venir en cámara lenta. Vio cómo el flaco le daba un codazo al gordo. Vio la sonrisa lasciva. Vio la maldad pura y estúpida de quien se cree impune.

—¡Ufff, mira nomás qué tenemos aquí! —dijo el flaco, deteniéndose justo frente a ella.

El corazón de Max dio un vuelco. “No lo hagan”, pensó, casi como una plegaria. “Por favor, sigan caminando. Vayan a molestar a otra parte. No me obliguen a levantarme”.

Pero el destino, o la estupidez humana, rara vez escucha plegarias.

CAPÍTULO 2: LA BELLA, LA BESTIA Y LOS BUITRES

El aire en el vagón cambió. Ya no olía solo a sudor rancio y cansancio acumulado; ahora apestaba a una mezcla corriente de loción barata de supermercado, tabaco impregnado en la ropa y ese inconfundible tufo dulzón y ácido de la cerveza Victoria mezclada con adrenalina barata.

Max observó a los dos sujetos desde su asiento. Su radar interno, ese que había estado en modo “hibernación” durante cinco años de vida civil, comenzó a emitir pitidos de alerta roja. No eran simples borrachos felices. Eran depredadores de oportunidad. “Chakas”, “malandros”, “gandallas”; la fauna nociva que habita en el ecosistema del transporte público del Estado de México.

El primero, el líder evidente, era un tipo flaco, correoso, de esos que parecen hechos de puro nervio y maldad. Llevaba una gorra de los Yankees apenas sobrepuesta en la coronilla, como si la gravedad no aplicara para él, y una playera de tirantes que dejaba ver unos brazos tatuados con calaveras y nombres en letra gótica mal trazada. Tenía esa mirada turbia, vidriosa, de quien se ha metido algo más que alcohol.

El segundo era más bajo, robusto, con el corte de cabello a rape y una cicatriz queloide que le cruzaba la mejilla como un gusano rosado. Este era el músculo, el perro de ataque que solo espera la orden del dueño.

—¡Cámara, mi gente, ya se la saben! —gritó el flaco, soltando una carcajada rasposa que hizo que varios pasajeros se encogieran en sus asientos.

No era un asalto todavía. Era el preludio. Era ese momento en que el bully de la escuela entra al salón y busca con quién divertirse antes de que llegue el maestro. Solo que aquí no había maestro, y la policía del Tren Suburbano brillaba por su ausencia.

Max sintió una punzada en el estómago. No era miedo, o al menos, no miedo por él. Era esa vieja sensación de anticipación al combate, mezclada con una frustración amarga.

“No te metas, Max”, se dijo a sí mismo, apretando los dientes. “Eres un civil. Tienes un trabajo de 9 a 6. Tienes una madre que te espera con la cena. Si te paras y les rompes la madre, te vas al Ministerio Público. Y en este país, el que pega primero pierde, aunque tenga razón”.

Bajó la mirada a sus propias manos. Estaban apoyadas sobre sus muslos gruesos. Sus nudillos estaban blancos. La bestia dentro de él, el Infante de Marina que sabía matar de siete formas distintas con un bolígrafo, estaba arañando los barrotes de su jaula. Pero la jaula estaba hecha de grasa, colesterol y apatía.

—¡Eh, tú, don! —el flaco pateó ligeramente el tenis de un señor que leía el periódico—. ¡Esas patas! Ocupan mucho espacio, ¿no?

El señor retiró los pies rápidamente, murmurando una disculpa. Los dos sujetos se rieron, chocando sus latas de cerveza, derramando líquido espumoso en el suelo linóleo. Se sentían reyes. En ese vagón de metal lanzado a 80 kilómetros por hora bajo la tierra, ellos eran la ley.

Y entonces, sus ojos de buitre encontraron a la chica.

Estaba dos filas delante de Max, del lado contrario. Seguía hecha un ovillo contra la ventana, ajena al peligro, sumergida en su propia miseria, limpiándose las lágrimas con el puño de su suéter. Su vulnerabilidad era como sangre en el agua para un tiburón.

El flaco le dio un codazo a su compañero y señaló con la barbilla.

—Guacha nomás —susurró lo suficientemente alto para que medio vagón lo oyera—. Carne fresca.

Max sintió que la sangre se le subía a la cabeza, caliente y pulsante. “No lo hagan”, pensó. “Sigan caminando. Vayan a orinar entre vagones. Vayan a molestar al operador. Pero no la toquen a ella”.

Los tipos avanzaron. Se movían con ese balanceo exagerado, invadiendo el espacio personal de todos a su paso. Llegaron hasta el asiento de la chica. Ella ni siquiera los vio venir; tenía la vista perdida en el paisaje industrial gris que pasaba a toda velocidad tras el cristal.

—Oye, mija —dijo el flaco, recargando su antebrazo sucio en el tubo pasamanos, justo encima de la cabeza de ella—. ¿Qué tienes? ¿Por qué tan solita y tan chillona?

La chica dio un respingo, como si la hubieran despertado de una pesadilla para meterla en otra peor. Se giró, y sus ojos se abrieron desmesuradamente tras los lentes oscuros al ver a los dos tipos invadiendo su burbuja.

—Déjenme en paz… —dijo ella, con voz temblorosa, girándose hacia la ventana de nuevo, intentando hacerse invisible.

—¡Uy, qué genio! —se burló el de la cicatriz, inclinándose hacia ella. El olor a alcohol rancio debió golpearla como un puño—. Nomás queremos cotorrear, güerita. ¿A poco te pega el novio? Vente con nosotros, nosotros te tratamos como reina.

Max observó la escena con una claridad clínica. El resto del vagón había desaparecido para él. Ya no había ruido de rieles, ni anuncios de estaciones. Solo existía el vector de amenaza.

Evaluación táctica:
Sujeto 1 (Flaco): Mano derecha ocupada con la lata, mano izquierda libre pero apoyada en el tubo. Postura relajada, confiada. Centro de gravedad alto.
Sujeto 2 (Cicatriz): Manos en los bolsillos de la sudadera. Posible arma blanca (navaja o punzón). Distancia: a dos metros de Max.
Estado de la víctima: Pánico paralizante. No va a correr. No va a gritar. Está congelada.

Los pasajeros alrededor aplicaban la técnica de la avestruz. Un joven con audífonos subió el volumen de su música. Una señora cerró los ojos y se puso a rezar en silencio. Nadie quería ser el héroe. Nadie quería recibir un navajazo por una desconocida.

—¡No me toques! —gritó la chica de repente, encogiéndose cuando el flaco intentó acariciarle el cabello.

—¡Ay, no seas mamona! —el flaco cambió el tono. La “seducción” barata se convirtió en agresión instantánea—. Te estamos hablando bien, pendeja. A ver, quítate los lentes, quiero ver esos ojitos…

El sujeto extendió la mano para arrancarle las gafas.

Fue el sonido.
No el grito de ella, sino el sonido interno en la cabeza de Max. Fue como el click de un seguro quitándose en un fusil automático.
El debate interno se acabó.
La lógica civil (“me van a demandar”, “estoy gordo”, “me duele la rodilla”) se evaporó.

Max suspiró. Fue una exhalación larga, profunda, vaciando los pulmones para prepararse para el esfuerzo explosivo.
Apoyó las manos en sus rodillas y empujó.
El asiento de plástico crujió bajo sus 130 kilos. Sus articulaciones protestaron, pero sus músculos, recordando viejas glorias, respondieron. Se levantó no como el oficinista cansado que era, sino como una torre de asedio que se despliega.

Caminó hacia ellos.
No corrió. No gritó. Los profesionales no hacen ruido antes de golpear.
Sus pasos eran pesados, resonando en el piso del vagón bunn, bunn, bunn, pero rápidos. Sorprendentemente rápidos para un hombre de su volumen.

El sujeto de la cicatriz, que estaba de espaldas a Max, sintió la sombra antes que la presencia. Se giró justo cuando Max llegaba.
Max lo ignoró por el momento. Su objetivo primario era el agresor activo, el flaco que tenía la mano a centímetros de la cara de la chica.

—Aléjate de mi esposa —dijo Max.

Su voz no sonó como la de un programador. Sonó como grava moliéndose en una concretera. Baja, gutural, vibrando en el pecho. Una orden, no una petición.

El tiempo pareció detenerse en el vagón.

El flaco se congeló. Su mano quedó suspendida en el aire. Se giró lentamente, con esa sonrisa burlona todavía pegada en la cara, esperando ver a algún “Godínez” haciéndose el valiente.
Lo que vio fue una pared de carne.
Max medía 1.92 metros. A pesar de la barriga, sus hombros eran anchos como el marco de una puerta. Y sus ojos… sus ojos no tenían miedo. Tenían esa calma vacía y aterradora de quien ha visto cosas peores que dos borrachos en un tren.

—¿Tu esposa? —el flaco soltó una risa nerviosa, escaneando a Max de arriba abajo, notando la camiseta sudada, la panza, la cara roja—. ¡No mames, gordo! ¿Tú y esta muñeca? ¿Cuánto le pagas o qué?

El segundo tipo, el de la cicatriz, se envalentonó al ver que Max no sacaba un arma.
—Bájale de huevos, marrano —dijo, dando un paso al frente, sacando la mano del bolsillo. Max vio el brillo metálico de un anillo de acero en sus nudillos—. Mejor siéntate antes de que te dé un infarto.

La chica miró a Max. Estaba aterrorizada, pero en sus ojos había una súplica desesperada: “Por favor, no te vayas. Por favor, no te mueras”.

—Última advertencia —dijo Max. Su respiración era controlada. Su pulso estaba bajo. La adrenalina no lo estaba poniendo nervioso; lo estaba enfocando. El mundo se volvió nítido—. Tócala una vez más y te juro que no sales caminando de este tren.

—¡Uy, qué miedo! —el flaco, en un alarde de estupidez machista, se giró hacia la chica y le puso la mano en el hombro, apretando fuerte—. ¿Y qué vas a hacer, eh? ¿Comerme?

Error táctico.
Grave.
Irreversible.

En el momento en que el flaco tocó a la chica, Max dejó de pensar. Su cuerpo actuó por memoria muscular, esa herencia grabada a fuego y golpes en los campos de entrenamiento de la Armada.

Max no lanzó un puñetazo. Un puñetazo rompe los nudillos si golpeas un cráneo duro.
Max avanzó un paso corto y explosivo. Su mano izquierda salió disparada como una cobra, atrapando la muñeca del flaco que tocaba a la chica. Sus dedos, gruesos como salchichas pero fuertes como prensas hidráulicas, se cerraron sobre la articulación.

El flaco intentó jalar, pero fue como intentar mover una columna de concreto.
—¿Qué ped…? —empezó a decir.

Max no le dejó terminar.
Aplicó una técnica de control articular: Kote Gaeshi (torsión de muñeca hacia el exterior). Giró la muñeca del flaco hacia afuera y hacia abajo, mientras daba un paso adelante, usando todo su peso corporal (los 130 kilos completos) para potenciar el movimiento.

¡CRACK!

El sonido fue seco, como una rama rompiéndose en el bosque.
El flaco soltó un alarido que se debió escuchar hasta la cabina del conductor.
—¡AAAAAAH! ¡MI MANO! ¡ME LA ROMPISTE, PERRO!

El dolor lo dobló instantáneamente. Sus rodillas cedieron y cayó al suelo, retorciéndose, obligado por la mecánica de su propia articulación destrozada.

El segundo tipo, el de la cicatriz, reaccionó por instinto.
—¡Hijo de tu puta madre! —rugió, lanzándose contra Max con un volado de derecha directo a la cara.

Max no tenía la velocidad de antes para esquivar con elegancia. Pero tenía experiencia. Y tenía masa.
En lugar de retroceder, Max hizo lo que ningún peleador callejero espera: avanzó hacia el golpe. “Cortó la distancia”.
Bajó la cabeza, absorbiendo el impacto del puño en su frente (la parte más dura del cráneo) en lugar de la nariz. Le dolió, claro que le dolió, vio estrellas por un segundo, pero el dolor era combustible.

Aprovechando que el tipo estaba desequilibrado por el golpe fallido, Max lo embistió.
Fue como si un camión de carga chocara contra un sedán.
Max le metió el hombro en el pecho y lo empujó con una fuerza bruta, animal. El tipo voló literalmente hacia atrás, sus pies se despegaron del suelo. Aterrizó dos metros más allá, estrellándose de espaldas contra las puertas cerradas del lado opuesto con un estruendo metálico: ¡BLAM!

El tipo cayó sentado, boqueando como un pez fuera del agua, intentando recuperar el aire que Max le había sacado de los pulmones.

El vagón quedó en silencio absoluto.
Nadie respiraba. Incluso el tren parecía haber bajado el volumen.
Solo se escuchaban los gemidos del flaco en el suelo, sosteniéndose la muñeca que ahora tenía un ángulo antinatural.

—¡Me la rompiste! ¡Estás loco! —lloriqueaba, moco y lágrimas mezclándose en su cara tatuada.

Max estaba jadeando. Ahora sí. El esfuerzo explosivo le cobraba factura. Su corazón iba a mil. El sudor le caía en los ojos, ardiéndole. Pero no bajó la guardia.
Se acercó al flaco, lo agarró de la pechera de su playera y lo levantó un poco del suelo, acercando su rostro al de él.

—Escúchame bien, basura —susurró Max. Estaba tan cerca que podía oler el miedo del tipo—. Agradece que hay gente mirando. En otro lugar, no te hubiera roto la muñeca. Te hubiera arrancado el brazo.

Soltó al tipo con desprecio. El flaco cayó de nuevo, arrastrándose hacia atrás como un cangrejo asustado, buscando alejarse de ese monstruo.

Max se giró hacia el de la cicatriz, que intentaba ponerse de pie, todavía mareado.
—¡Siéntate! —ladró Max, señalándolo con un dedo acusador.

El tipo obedeció al instante, dejándose caer en el asiento más cercano, levantando las manos en señal de rendición.
—Ya estuvo, ya estuvo, jefe. No hay pedo. Ya nos calmaste.

Max se quedó de pie en medio del pasillo, el pecho subiendo y bajando como un fuelle. Sentía las miradas de todos los pasajeros clavadas en él. Ya no lo veían como el gordo sudoroso. Lo veían con una mezcla de terror y asombro. Había violencia en él, sí, pero era una violencia controlada, precisa, quirúrgica.

Se pasó la mano por el cabello empapado y se giró hacia la chica.
Ella seguía en su asiento, con las manos sobre la boca, los ojos fijos en él. Estaba temblando, pero ya no de miedo a los agresores, sino por el shock de la violencia repentina.

Max suavizó su expresión. Trató de sonreír, aunque sabía que debía verse terrible con la cara roja y el sudor.
—¿Estás bien? —preguntó, su voz volviendo a ser humana, aunque ronca por el esfuerzo.

Ella asintió lentamente, incapaz de hablar.

—Ven —le dijo Max, extendiéndole la mano, pero deteniéndose antes de tocarla, recordando que acababa de lastimar a alguien—. Digo… muévete para acá. Siéntate conmigo. Ahí no estás segura.

La chica reaccionó. Agarró su mochila como si fuera un salvavidas y se levantó rápidamente, moviéndose para sentarse en el asiento que Max le indicaba, justo detrás de donde él había estado.

Max se sentó a su lado, pero en el asiento del pasillo, interponiendo su cuerpo enorme entre ella y los dos delincuentes que ahora se lamían las heridas al otro extremo del vagón.

—Soy Max —dijo él, sin mirarla, con la vista fija en los agresores, monitoreando cada movimiento.

—G-gracias… —logró susurrar ella. Su voz era un hilo de cristal a punto de romperse—. Gracias, Max. Pensé que… pensé que me iban a llevar.

Max apretó los puños. La rabia volvió a subir.
—Nadie te va a llevar a ningún lado mientras yo esté aquí.

El resto del viaje fue tenso. Los minutos se estiraban como chicle. Cada vez que el tren frenaba o aceleraba, Max se tensaba, listo para saltar de nuevo. Pero los “chakas” habían aprendido la lección. El flaco se mecía el brazo herido, lanzando miradas de odio a Max pero sin atreverse a levantar la voz. El otro solo miraba al suelo, derrotado.

El dolor empezó a aparecer en el cuerpo de Max. Su rodilla derecha punzaba. Su espalda baja se quejaba. Y, curiosamente, le dolía la frente donde había recibido el golpe. “Mañana voy a amanecer molido”, pensó. “Pero valió la pena”.

Miró de reojo a la chica. Ahora que estaba más tranquila, pudo verla mejor. Era bonita, de una manera sencilla y triste. Tenía facciones finas, pero demacradas por el llanto. Se había vuelto a poner los lentes oscuros, quizás para ocultar el miedo, o quizás para observar a Max sin que él se diera cuenta.

—¿Te duele? —preguntó ella de repente, señalando la frente de Max.

Max se tocó. Sintió un chichón formándose.
—Nah. Tengo la cabeza dura. Mi mamá dice que es de familia.

Ella soltó una risita nerviosa. Fue un sonido breve, pero rompió la tensión entre ellos.
—Fuiste muy valiente. Eres… eres muy fuerte.

Max sintió que se ruborizaba. No estaba acostumbrado a los cumplidos. En su trabajo, si hacías bien las cosas, nadie decía nada. Si las hacías mal, todo el mundo gritaba.
—No es fuerza —murmuró—. Es física. Masa por aceleración igual a fuerza. Y yo tengo mucha masa.

Ella sonrió de nuevo, esta vez un poco más genuina.

—Próxima estación: Cuautitlán. Terminal de la línea —anunció el altavoz.

El tren comenzó a desacelerar. La gente se preparó para bajar, ansiosa por alejarse de la escena del crimen, de la violencia, de ese hombre grande que podía romper huesos.
Los dos delincuentes se levantaron antes de que el tren se detuviera por completo.
—Te vamos a topar, pinche gordo —murmuró el de la cicatriz al pasar rápido hacia la puerta, pero sin detenerse—. Ya nos veremos en el barrio.

Max ni se inmutó.
—Aquí los espero —respondió con calma. —Y traigan amigos, porque ustedes dos no aguantan ni un round.

Los tipos salieron disparados en cuanto las puertas se abrieron, perdiéndose en la multitud del andén. Huían como ratas.

Max esperó. No quería salir al mismo tiempo que ellos.
—¿Vamos? —le preguntó a la chica.

Ella asintió y se puso de pie. Max notó que todavía le temblaban las piernas.
—No te preocupes —le dijo él—. Yo te escolto hasta la salida.

Salieron al andén de Cuautitlán. El aire fresco de la noche les golpeó la cara. Era un alivio salir de ese tubo de metal claustrofóbico. La estación estaba llena de gente, ruido de camiones, gritos de checadores de combis y el olor a tamales y elotes de los puestos callejeros.

Caminaron juntos hacia los torniquetes. Max se sentía extraño. Por primera vez en años, no se sentía invisible. Se sentía… útil. Se sentía vivo.

—¿Vives lejos? —preguntó él mientras salían a la plaza frente a la estación.

—En el pueblo. Cruzando el terreno baldío que da a la iglesia —dijo ella, señalando hacia una zona donde las luces de la ciudad comenzaban a escasear y la oscuridad del campo tomaba el control.

Max conocía el camino. Era una boca de lobo.
—Yo voy para allá —mintió descaradamente. Su amigo vivía en la dirección opuesta, en los fraccionamientos nuevos. Pero su código moral no le permitía dejarla ir sola después de lo que acababa de pasar—. ¿Te molesta si caminamos juntos? Digo, para que no se te aparezca el Cucuy… o esos dos idiotas.

Ella se detuvo y se quitó los lentes oscuros. Lo miró directamente a los ojos. Sus ojos color miel estaban rojos e hinchados, pero brillaban con una gratitud que a Max le encogió el corazón.
—No me molesta —dijo ella suavemente—. De hecho… te lo iba a pedir, pero me daba pena.

Max sonrió, una sonrisa torpe y sincera.
—Pues vámonos. Y no tengas pena. Hoy soy tu guardaespaldas oficial. Tarifa gratuita.

Comenzaron a caminar hacia la oscuridad del sendero, dos extraños unidos por el azar y la violencia, sin saber que ese paseo cambiaría el destino de ambos para siempre. Max se ajustó la mochila al hombro, ignorando el dolor de su cuerpo, y caminó con la cabeza en alto. Por primera vez en mucho tiempo, no le importaba que su camiseta estuviera sudada. Era sudor de batalla, no de vergüenza.

CAPÍTULO 3: EL SILENCIO DEL BOSQUE Y LAS SOMBRAS DEL ALMA

La transición fue brusca. Dejaron atrás el caos lumínico y sonoro de la estación de Cuautitlán —los gritos de los vendedores de elotes, el claxon agresivo de las “combis”, el reguetón a todo volumen que salía de una tienda de conveniencia— y se adentraron en la penumbra.

El camino hacia “el pueblo” no era una calle pavimentada, sino una vereda de tierra compactada que cortaba a través de un enorme terreno baldío, flanqueado por árboles viejos y pastizales altos que susurraban con el viento nocturno. En esta zona del Estado de México, la civilización y lo rural se pelean el territorio metro a metro; aquí, las farolas parpadeantes son un lujo y la oscuridad es la dueña absoluta después de las ocho de la noche.

Max caminaba medio paso detrás de Ximena, adoptando instintivamente la posición de escolta. Su respiración, aunque trataba de disimularla, era pesada. La adrenalina del enfrentamiento en el vagón se estaba disipando, dejando paso a la realidad de su condición física. Le dolían las rodillas, los pies le palpitaban dentro de sus zapatos de oficina, y sentía el roce incómodo de la ropa húmeda contra su piel.

“Maldita sea”, pensó, sintiendo una gota de sudor frío bajar por su sien. “Hace cinco años hubiera corrido veinte kilómetros con equipo completo y ahora me estoy ahogando por caminar en terracería. Qué vergüenza”.

Sin embargo, no se quejó. No podía. Delante de él iba esa chica que parecía hecha de cristal a punto de romperse, y él había asumido el rol de protector. No podía mostrar debilidad.

El silencio entre ellos era denso, pero no vacío. Estaba lleno de las cosas que acababan de pasar y de las preguntas que ninguno de los dos se atrevía a formular todavía. Solo se escuchaba el crujido de la grava bajo sus suelas y el canto monótono de los grillos, interrumpido ocasionalmente por el ladrido lejano de los perros callejeros que patrullaban la noche.

Max observaba la espalda de Ximena. Caminaba con los brazos cruzados, abrazándose a sí misma, como si intentara mantener sus pedazos unidos. Su mochila colgaba de un solo hombro, y su cabeza estaba gacha, mirando el suelo irregular para no tropezar.

“Está en shock”, analizó Max. “La adrenalina baja y te deja temblando. Conoce la sensación”.

—Oye… —la voz de Max rompió el silencio, sonando demasiado fuerte en la quietud del campo. Carraspeó para suavizar el tono—. ¿Segura que es por aquí? Esto parece escenario de película de terror, de esas donde al gordo lo matan primero.

Ximena se detuvo un momento y giró la cabeza. A pesar de la oscuridad, Max pudo ver el brillo de una sonrisa fugaz, casi imperceptible.

—Sí, es por aquí —respondió ella. Su voz ya no temblaba tanto, pero seguía siendo suave, cautelosa—. Es un atajo. Si nos vamos por la avenida principal, tardamos media hora más y… bueno, no quería estar rodeada de gente ahorita.

—Te entiendo —asintió Max, alcanzándola para caminar a su lado, aunque manteniendo una distancia respetuosa—. A veces la gente cansa más que caminar.

Continuaron avanzando. El sendero se estrechó, obligándolos a caminar más cerca. El aroma del lugar era una mezcla de tierra mojada, eucalipto y ese olor indefinible a humo de leña que siempre flota en los pueblos de la periferia.

Max se sentía hiperconsciente de su propio tamaño. Ocupaba mucho espacio. Su sombra, proyectada por la luna que se asomaba entre nubes, parecía un gigante deforme que se tragaba a la pequeña sombra de Ximena. Se preguntó qué pensaría ella de él. ¿Lo veía como un héroe? ¿O como un bruto violento que casualmente estaba de su lado?

—No te pregunté tu nombre —dijo ella de repente, sin dejar de caminar.

Max parpadeó, sacado de sus pensamientos.
—Ah, sí… Max. Bueno, Maximiliano. Pero Max está bien. “Maximiliano” suena a emperador o a telenovela vieja.

Ella soltó una risita suave. Fue un sonido agradable, como agua fresca.
—Max —repitió ella, probando el nombre—. Te queda. Es corto y fuerte.

—¿Y tú? —preguntó él, aunque ya lo sabía por haber escuchado a su madre en su imaginación, o tal vez solo quería escucharla decirlo.

—Ximena.

—Ximena —Max asintió—. Bonito nombre. Significa “la que escucha”, ¿no?

Ella lo miró sorprendida, levantando una ceja.
—¿Cómo sabes eso?

Max se encogió de hombros, sintiéndose un poco ñoño.
—Cosas que uno lee en internet cuando debería estar trabajando. Soy programador, mi cerebro guarda datos inútiles para borrar los importantes.

—Programador… —Ximena lo miró de arriba abajo, con curiosidad—. No pareces programador.

—¿Ah, no? —Max sonrió de medio lado—. ¿Qué parezco? ¿Cadenero de antro? ¿Luchador retirado?

—No —dijo ella, poniéndose seria—. Pareces alguien que sabe cuidar. Pareces… un soldado.

La palabra golpeó a Max en el pecho. Soldado. Hacía mucho que no se sentía como uno. Se miró la barriga, la camisa que le apretaba los botones.
—Fui —admitió, bajando la voz—. Fui Marino. Infantería de Marina. Pero eso fue hace otra vida y treinta kilos atrás.

—El cuerpo cambia, pero los ojos no —dijo Ximena, con una profundidad que a Max lo desarmó—. Tienes ojos de alguien que siempre está vigilando. Por eso me viste en el tren, ¿verdad? Nadie más se dio cuenta de que estaba… ya sabes.

El tema había salido. El elefante en la habitación (o en el bosque).

Max suspiró, pateando una piedrita del camino.
—Sí. Te vi llorando. Es difícil no notar a alguien que sufre en silencio en medio de tanto ruido.

Ximena se tensó visiblemente. Volvió a cruzar los brazos con fuerza.
—Qué vergüenza. Odio llorar en público. Me siento débil.

—No es debilidad, Ximena —dijo Max con firmeza—. Debilidad es lo que hicieron esos dos imbéciles en el vagón. Atacar a alguien que creen que no se puede defender, eso es ser débil. Llorar… llorar es solo drenar el sistema. Es mantenimiento preventivo para no explotar.

Ella se detuvo en seco. El sendero se abría ahora a un claro pequeño donde un poste de luz solitaria zumbaba, bañando el suelo de una luz amarillenta y enfermiza. Ximena se quitó los lentes oscuros, que ya eran inútiles en la noche, y los guardó en su mochila.

Se giró hacia Max. Bajo la luz amarilla, se veía pálida, con los ojos hinchados, pero había una intensidad en su mirada que lo clavó al suelo.

—No estaba llorando por nada —dijo, y su voz se quebró un poco—. Me… me robaron. No la cartera. Me robaron la vida, Max.

Max se quedó quieto, escuchando. Sabía que ella necesitaba soltarlo.
—¿Qué pasó?

—Confié en alguien —empezó, las palabras saliendo atropelladas—. Un hombre. Vivíamos juntos. Le di todo mis ahorros para una emergencia familiar suya… o eso dijo. Y hoy… hoy descubrí que se fue. Se llevó el dinero, se llevó sus cosas, y me dejó con las deudas y el corazón hecho mierda.

La crudeza de sus palabras resonó en el aire frío. Max sintió una oleada de furia caliente, diferente a la del tren. Aquella había sido furia reactiva, de protección física. Esta era furia moral. Odiaba a los abusadores. Odiaba a los que usaban la confianza como arma.

—Lo siento mucho, Ximena —dijo, sabiendo que las palabras eran insuficientes—. Hay gente que no merece el aire que respira.

—Y luego aparecieron esos tipos en el tren —continuó ella, limpiándose una lágrima nueva con furia—. Y pensé: “Claro, esto es lo que merezco. Soy una estúpida que se deja engañar, así que el universo me manda más basura”. Pensé que nadie me iba a ayudar. ¿Por qué lo harían? Soy solo una tonta que llora en el rincón.

Max dio un paso hacia ella, invadiendo respetuosamente su espacio personal, lo suficiente para que ella sintiera que no estaba sola.

—Escúchame —le dijo, obligándola a mirarlo a los ojos—. No eres una tonta. Eres una víctima de un depredador. Eso no es tu culpa. Y sobre por qué te ayudé…

Hizo una pausa, buscando las palabras correctas.
—En el entrenamiento nos enseñan muchas cosas. A disparar, a marchar, a obedecer. Pero hay una regla que nunca se escribe en los manuales, pero que se tatúa en el alma: No dejas a nadie atrás. En ese vagón, tú eras de los míos. Estabas bajo ataque. No podía quedarme sentado viendo cómo te hacían daño. Simplemente… no podía. Aunque me dolieran las rodillas y tuviera miedo de que se me rompiera el pantalón.

Ximena soltó una carcajada, una verdadera, entre lágrimas. El comentario del pantalón rompió el drama del momento.
—Gracias, Max —dijo ella, respirando hondo—. De verdad. Me salvaste de algo muy feo hoy. Y no solo de los tipos. Me salvaste de sentirme completamente invisible.

—Para eso estamos —dijo Max, sintiéndose extrañamente ligero. El dolor de espalda había pasado a segundo plano—. Bueno, sigamos, que si nos quedamos parados aquí nos van a comer los coyotes… o los mosquitos, que son peores.

Retomaron la marcha. El ambiente había cambiado radicalmente. Ya no eran dos extraños caminando con miedo. Eran dos aliados compartiendo una trinchera emocional.

Ximena empezó a hablar más. Le contó que trabajaba en una tienda departamental en la ciudad, que le gustaba pintar acuarelas (aunque hace mucho no lo hacía), y que vivía con su madre porque las rentas estaban imposibles. Max escuchaba, asintiendo, absorbiendo cada detalle. A cambio, él le contó sobre su obsesión con los videojuegos retro y cómo su madre, Doña Esperanza, intentaba cebarlo como a un pavo para Navidad.

—Mi mamá es igual —rio Ximena—. Si no comes tres platos, piensa que estás deprimido o enfermo.

—Es el superpoder de las mamás mexicanas —convino Max—. Te curan con caldo de pollo y te matan con colesterol. Es un ciclo sin fin.

Caminaron unos quince minutos más hasta que los árboles comenzaron a ronesar y aparecieron las primeras casas del pueblo. Eran construcciones sencillas, algunas de ladrillo gris sin terminar, otras pintadas de colores brillantes que el tiempo había deslavado. Se escuchaba música de banda a lo lejos y el olor a tortillas recién hechas flotaba en el aire.

—Es aquí —dijo Ximena, señalando una casa pequeña al final de una calle empedrada.

La casa tenía una cerca de madera blanca, un poco despintada, y un jardín delantero lleno de macetas con geranios y “teléfonos” que colgaban de las vigas. Se veía acogedora, un refugio cálido contra la frialdad de la noche.

En cuanto se acercaron a la reja, la puerta de la casa se abrió de golpe. Una mujer bajita, de cabello gris recogido y delantal a cuadros, salió disparada hacia el patio.

—¡Ximena! —gritó, con esa mezcla de alivio y enojo que solo las madres dominan—. ¡Mija, por Dios! ¿Qué horas son estas? ¡Te he estado marcando y me manda a buzón! Ya estaba yo pensando en ir a buscarte a la carretera.

Ximena corrió hacia la reja y la abrió, lanzándose a los brazos de su madre.
—Perdón, ma. Se me acabó la pila… y pasó algo en el tren.

La madre se separó de ella bruscamente, tomándola por los hombros y escaneándola con visión de rayos X en busca de heridas.
—¿Qué pasó? ¿Te hicieron algo? ¿Estás bien? ¡Ay, Virgen Santísima, estás llorando!

—Estoy bien, ma, estoy bien —la tranquilizó Ximena, aunque su voz se quebró de nuevo al sentirse segura—. Unos tipos… unos borrachos se pusieron pesados. Pero no pasó nada grave.

—¿Cómo que no pasó nada? —la madre estaba al borde de la histeria—. ¡Esos desgraciados!

—Él me ayudó —dijo Ximena, girándose y señalando hacia la oscuridad de la calle, donde Max se había quedado parado junto a un poste, tratando de pasar desapercibido (algo imposible para un hombre de su tamaño).

La madre de Ximena entrecerró los ojos, enfocando hacia las sombras. Vio la silueta masiva de Max, con su ropa arrugada y su postura rígida. Por un segundo, el miedo cruzó su rostro: aquel hombre parecía más un asaltante que un salvador.

—¿Él? —preguntó la señora, con desconfianza.

Ximena asintió y le hizo señas a Max para que se acercara.
—Ven, Max. No te quedes ahí.

Max se acercó lentamente, sintiéndose como un elefante entrando a una cristalería. Se quitó una gorra imaginaria (viejos hábitos) y asintió con respeto.
—Buenas noches, señora. Soy Maximiliano.

La señora lo miró de arriba abajo. Vio los zapatos sucios de tierra, la camiseta pegada al cuerpo, el moretón que empezaba a oscurecerse en su frente. Pero luego vio sus ojos. Y vio cómo Ximena lo miraba.

La desconfianza de la mujer se evaporó, reemplazada por una gratitud inmensa. Se acercó a la reja y, para sorpresa de Max, estiró la mano a través de los barrotes y le agarró el brazo.

—Gracias, joven —dijo con voz temblorosa—. Gracias por traer a mi niña a casa. Uno oye tantas cosas en las noticias… tantas muchachitas que no regresan. Dios lo bendiga. Dios lo bendiga mucho.

Max sintió un nudo en la garganta. No estaba acostumbrado a esto.
—No hay de qué, señora. Solo hice lo correcto. Ximena es muy valiente.

—Pásale, ándale —insistió la señora, abriendo la reja—. Pásale a tomar un vaso de agua, un café, algo. Te ves cansado.

La oferta era tentadora. El olor a hogar que salía de la casa era magnético. Pero Max sabía que no debía. Era tarde, él era un extraño, y Ximena necesitaba estar sola con su madre para contarle lo de su ex-novio y llorar a gusto sin público.

—Se lo agradezco mucho, señora, de verdad —dijo Max, dando un paso atrás—. Pero se me hace tarde. Mi… mi amigo me está esperando aquí cerca. Ya me debe estar dando por perdido.

Era mentira, claro. Su “amigo” vivía al otro lado del municipio y ni siquiera sabía que Max iba para allá. Max planeaba caminar de regreso a la estación o buscar un taxi, pero no quería preocuparlas.

Ximena lo miró. Sabía que mentía.
—¿Seguro? —preguntó ella.

—Seguro —sonrió Max—. Además, si me tomo un café ahorita, no duermo en tres días.

Ximena se acercó a la reja. Quedaron frente a frente, separados solo por la estructura de metal.
—Gracias, Max —dijo ella de nuevo. Pero esta vez fue diferente. Fue personal—. No sé qué hubiera hecho sin ti. Ojalá… ojalá nos volvamos a ver.

Max sintió que el corazón le daba un vuelco extraño, una arritmia que no tenía nada que ver con el colesterol.
—El mundo es un pañuelo, Ximena. Y el Tren Suburbano es un pañuelo todavía más chiquito. Nos veremos.

Se despidió con un gesto de la mano a la madre y se dio la vuelta.
Comenzó a caminar de regreso por la calle oscura, alejándose de la luz cálida de la casa. Su cuerpo le dolía más que nunca. Tenía hambre. Estaba agotado. Y tenía que caminar otros cuarenta minutos para encontrar transporte.

Pero mientras caminaba, Max se dio cuenta de algo sorprendente: estaba sonriendo.
No la sonrisa cínica de siempre. Una sonrisa real.
Se tocó el pecho. El corazón latía fuerte y constante.
Se sentía, por primera vez en años, como el protagonista de su propia vida, no como un extra en el fondo.

“A lo mejor sí empiezo a correr el lunes”, pensó, mientras la oscuridad del bosque lo envolvía de nuevo. “A lo mejor esta vez sí cumplo”.

A sus espaldas, en la pequeña casa, Ximena lo veía alejarse desde la ventana hasta que su silueta desapareció en la noche.
—¿Quién es ese muchacho? —preguntó su madre, cerrando la cortina.
—Es… un amigo —respondió Ximena. Y por primera vez en todo el día, sintió que no todo estaba perdido.

CAPÍTULO 4: LA DAMA DE HIERRO Y EL SABUESO DIGITAL

La mañana siguiente llegó como un golpe de martillo.

El despertador del celular de Max sonó a las 5:30 AM con esa melodía genérica y odiosa que promete un nuevo día de rutina laboral. Max abrió un ojo, intentó moverse y soltó un gruñido que sonó más animal que humano.

—¡Ay, carajo! —murmuró, llevándose una mano a la frente.

Le dolía todo. Absolutamente todo.

Sentía como si durante la noche una aplanadora le hubiera pasado por encima, hubiera dado reversa y le hubiera vuelto a pasar. El moretón en su frente, recuerdo del cabezazo que absorbió del “chaka”, palpitaba con un ritmo sordo, bum-bum-bum. Su rodilla derecha estaba rígida, y los músculos de su espalda baja estaban tan tensos que parecían cables de acero a punto de romperse.

Era la “cruda” de la adrenalina. Su cuerpo, desacostumbrado al combate físico desde hacía cinco años, le estaba pasando la factura con intereses moratorios.

Se sentó en la orilla de la cama, crujiendo como un mueble viejo. Miró sus manos. Tenía los nudillos de la mano izquierda ligeramente hinchados por la torsión de muñeca que le había aplicado al flaco.

Pero, curiosamente, mientras se estiraba y sentía cada punzada de dolor, una sonrisa estúpida se le dibujó en la cara.

No era el dolor del sedentarismo, ese dolor sordo y deprimente de estar sentado doce horas programando código basura. Era un dolor “bueno”. Un dolor ganado. Era el recordatorio físico de que, al menos por unos minutos, había dejado de ser un fantasma en su propia vida. Había actuado. Había defendido. Había sido útil.

—Maximiliano, ¿ya te paraste? —la voz de Doña Esperanza retumbó desde la cocina, atravesando las paredes—. ¡Se te van a enfriar las entomatadas!

Max suspiró, volviendo a la realidad.
—Ya voy, ma. Ya estoy despierto.

Se levantó y se miró al espejo del baño mientras se lavaba los dientes. El moretón en la frente era visible, un bulto violáceo justo arriba de la ceja izquierda.
—Genial —se dijo, escupiendo la pasta—. Ahora parezco un pandillero de verdad. ¿Qué le voy a decir a los de Recursos Humanos? ¿Que me peleé con una fotocopiadora?

Se vistió con su uniforme de “Godínez” estándar: pantalón de vestir negro (que le quedaba un poco justo de la cintura), camisa azul claro y zapatos negros cómodos. Trató de peinarse para cubrir el golpe, pero era inútil.

Bajó a la cocina. El olor a salsa de tomate, cebolla frita y café de olla era el perfume oficial de la casa. Doña Esperanza estaba sirviendo un plato que podría alimentar a una familia pequeña, pero que estaba destinado solo para él.

—¡Virgen Santa! —exclamó su madre en cuanto lo vio entrar, casi tirando el cucharón—. ¿Qué te pasó en la cara, niño? ¿Te asaltaron? ¡Sabía que ese barrio está peligroso!

Max se sentó, tomando un sorbo de café para ganar tiempo. No quería preocuparla. Si le decía la verdad, que se había peleado con dos delincuentes en el tren, su madre no lo dejaría salir de casa sin un rosario y una bendición de media hora, o peor, le prohibiría ir en tren.

—Nada, ma. Un accidente tonto —mintió, mordiendo una tortilla—. Iba distraído viendo el celular y me di un portazo en la oficina. Ya sabes, torpe que es uno.

Doña Esperanza lo miró con escepticismo, entrecerrando los ojos.
—¿Un portazo? Pues qué puerta tan agresiva, mijo. Eso parece un golpe dado con ganas.

—Fue una puerta de cristal, muy pesada. No pasa nada, solo es el golpe.

Su madre refunfuñó algo sobre “poner más atención” y “dejar ese aparato del demonio”, pero le sirvió más frijoles refritos. Max comió, pero por primera vez en años, no sintió esa compulsión de devorar por ansiedad. Comió porque tenía hambre, sí, pero dejó un par de tortillas en el plato. Su mente no estaba en el desayuno. Estaba en la estación del tren.

“¿Estará ahí?”, se preguntaba.

La duda lo carcomía. Habían quedado en nada. Un simple “nos vemos”. Pero el Tren Suburbano mueve a 300,000 personas al día. Encontrarse de nuevo por casualidad era estadísticamente improbable. Sin embargo, Max sentía una certeza irracional. Tenía que verla. Necesitaba saber que había llegado bien, que el susto no la había roto.

Salió de casa con tiempo de sobra. Caminó hacia la estación con un paso diferente. A pesar del dolor de rodilla, caminaba más erguido. Ya no miraba al suelo. Miraba al frente, escaneando el entorno, evaluando amenazas, observando patrones. La bestia estaba despierta y, al parecer, había decidido tomar el control de la seguridad perimetral.

Llegó a la estación Cuautitlán. El caos de la mañana era brutal. Ríos de gente fluían hacia los torniquetes. Vendedores ambulantes ofrecían tamales, atole, audífonos, protectores de celular y “la oración de la Santa Muerte”. El ruido era ensordecedor.

Max se abrió paso usando su tamaño como rompehielos. Llegó al andén y buscó el mismo lugar de ayer. Se paró cerca de la línea amarilla, ignorando los empujones de la gente que peleaba por milímetros de espacio.

Pasó un tren. No subió.
Pasó el segundo. Tampoco.
Miró su reloj. Se le estaba haciendo tarde para la oficina. Su jefe, un tipo neurótico obsesionado con los deadlines, lo iba a matar.

“Vámonos, Max. No va a venir. Fue una coincidencia. Ella tomará otro horario, o quizás ni siquiera vaya a trabajar hoy después del susto”.

Estaba a punto de rendirse y subir al tercer tren cuando la vio.

Entre la marea de abrigos negros, mochilas grises y caras largas de sueño, ella resaltaba. No porque llevara ropa llamativa, sino porque era la única persona que parecía estar buscando algo con la mirada, en lugar de estar zombificada en su celular.

Llevaba un vestido sencillo con estampado floral, una chamarra de mezclilla y… ¡sin lentes oscuros!

El corazón de Max dio un salto ridículo en su pecho.
“Ahí está”.

Ximena lo vio casi al mismo tiempo. Su rostro se iluminó. No fue una sonrisa educada de oficina. Fue una sonrisa de alivio genuino, como cuando encuentras las llaves que creías perdidas.

Se abrió paso entre la gente (pidiendo permiso, a diferencia de los demás) y llegó hasta donde estaba él.

—Pensé que ya te habías ido —dijo ella, casi sin aliento.

—El tren se retrasó —mintió Max descaradamente. El tren había pasado tres veces. Él era el que se había retrasado—. Buenos días, Ximena.

Ella lo miró fijamente, y su sonrisa vaciló un poco al ver el moretón en su frente. Levantó una mano como si quisiera tocarlo, pero se detuvo a medio camino.
—Tu frente… se ve mal. ¿Te duele mucho?

—Solo cuando pienso —bromeó Max—. Por suerte trato de no hacerlo mucho antes de las 10 de la mañana.

Ella soltó una risita, y Max sintió que el día gris se iluminaba un poco.
—Te ves… diferente —dijo él, observándola con respeto. No quería sonar como un acosador, pero el cambio era notable. Ayer parecía un fantasma gris; hoy tenía color. Tenía vida.

—Me quité el disfraz de víctima —dijo ella, tocándose el cabello suelto—. Ayer, cuando llegué a casa, mi mamá me dijo algo: “Si te escondes, ellos ganan”. Así que decidí que hoy no me iba a esconder. Ni de los ladrones, ni del mundo.

—Tu mamá es una mujer sabia —asintió Max.

El tren llegó rugiendo. Las puertas se abrieron y la batalla campal por los asientos comenzó. Max, usando su volumen estratégicamente, bloqueó el paso a un par de tipos que intentaban meterse a empujones, creando un hueco para que Ximena pasara primero.

—Pásale —le dijo.

Ella entró y logró capturar un asiento doble. Max se sentó a su lado. Sus hombros se rozaban debido a la estrechez de los asientos y a la amplitud de la espalda de Max. El contacto era eléctrico, pero reconfortante.

El tren arrancó. Durante unos minutos, ninguno dijo nada. Max notó que Ximena apretaba las correas de su mochila con fuerza. Sus nudillos estaban blancos. La valentía del vestido floral y la sonrisa inicial se estaba desvaneciendo, dejando ver la ansiedad que bullía debajo.

—¿Quieres contarme? —preguntó Max suavemente, mirando al frente para darle privacidad—. Ayer mencionaste un robo. Una traición. Y dinero.

Ximena suspiró. Fue un sonido largo y tembloroso.
—Es estúpido, Max. Me siento tan estúpida al decirlo en voz alta.

—No hay nada más estúpido que pelearse con dos borrachos en un tren por una desconocida, y yo lo hice ayer. Así que el listón de la estupidez ya lo puse yo muy alto. Puedes hablar.

Ella sonrió tristemente y giró su cuerpo un poco hacia él, creando una burbuja de intimidad en medio del vagón abarrotado.

—Se llamaba Carlos —empezó ella. Decir el nombre parecía costarle trabajo, como si tuviera mal sabor—. Lo conocí hace un año en una fiesta. Era… encantador. Ya sabes, de esos tipos que te hacen sentir que eres la única persona en el mundo. Trabajaba en ventas, siempre bien vestido, siempre con proyectos, siempre hablando de futuro.

Max asintió. Conocía el perfil. Los encantadores de serpientes.
—Me fui a vivir con él a los seis meses. Mi mamá no quería, decía que algo no le latía, pero yo estaba enamorada. O eso creía. Todo iba bien, Max. De verdad. Hacíamos planes, hablábamos de casarnos, de comprar un departamento…

Hizo una pausa, tragando saliva.
—Hace dos semanas llegó a casa llorando. Llorando de verdad, con lágrimas y mocos. Me dijo que su mamá, que vive en Veracruz, tenía un tumor. Que necesitaba una operación urgente en un hospital privado porque en el Seguro Social la tenían en lista de espera y se iba a morir.

Max cerró los ojos un momento. El truco más viejo del libro. La enfermedad repentina, la urgencia, la presión emocional.

—Me enseñó papeles, Max. Estudios médicos, radiografías, presupuestos del hospital. Parecía todo tan real… Me dijo que le faltaban cincuenta mil pesos. Que ya había vendido su coche, que había pedido préstamos, pero que no le alcanzaba.

—Y tú tenías el dinero —adivinó Max.

—Eran mis ahorros de tres años. Tres años de no salir de vacaciones, de no comprarme ropa, de comer atún. Quería ese dinero para la enganche de nuestra casa. Pero… era su mamá. ¿Cómo le dices que no? Me sentí egoísta solo de dudarlo.

Ximena se limpió una lágrima furiosa que se le había escapado.
—Fui al banco. Saqué el efectivo. Se lo di en la mano. Me abrazó, me dijo que yo era su ángel, que me iba a pagar cada centavo, que me amaba…

—¿Y luego?

—Se fue a Veracruz esa misma noche. “Para estar con ella en la operación”, dijo. Los primeros dos días me contestaba mensajes. Decía que todo iba bien. Al tercer día, dejó de contestar. Al cuarto, el teléfono estaba apagado. Al quinto… fui a buscarlo a la oficina donde decía que trabajaba.

Ximena soltó una risa seca, sin humor.
—Nunca trabajó ahí. Nadie lo conocía. Fui al departamento que rentábamos… y el dueño me dijo que Carlos no había pagado la renta en tres meses y que ya se había llevado sus cosas mientras yo estaba trabajando. Todo era mentira, Max. La mamá, el trabajo, el amor. Todo.

Max sintió que la sangre le hervía. No era la furia explosiva del combate, era una ira fría, calculadora. Odiaba la injusticia. Odiaba ver cómo la bondad de alguien era usada como un arma en su contra.

—Fui al Ministerio Público —continuó Ximena, bajando la voz—. Se rieron de mí, Max. Bueno, no se rieron en mi cara, pero casi. El agente me dijo: “Señorita, si usted le dio el dinero por su voluntad, es abuso de confianza, no robo. Y sin un contrato, sin pagarés… es su palabra contra la de él. Y ni siquiera sabemos dónde está. Olvídelo”.

Ella levantó la mirada hacia Max. Sus ojos estaban llenos de impotencia.
—Cincuenta mil pesos. Sé que para mucha gente no es mucho, pero para mí es todo. Y lo peor no es el dinero. Lo peor es que me siento… violada. Entró en mi cabeza, en mi corazón, y se llevó todo lo bueno que tenía. Ahora sospecho de todos. Incluso ayer… cuando te acercaste, al principio pensé que tú también querías algo.

Max asintió lentamente.
—Es normal que pienses así. Te rompieron el radar de confianza.

El tren seguía avanzando, ajeno al drama humano en el asiento 4B.

—No sé qué hacer —concluyó ella, derrotada—. Se salió con la suya. Está por ahí, gastándose mi dinero, riéndose de mí, seguramente buscando a otra tonta para hacerle lo mismo. Y yo aquí, viajando en tren, debiéndole a mi mamá y sintiéndome una basura.

Max se quedó callado un momento. Su mente de programador empezó a trabajar.
En informática, cuando hay un error en el código, no te sientas a llorar. Buscas la línea fallida. Buscas el bug. Rastreas el origen. Y lo corriges. O lo eliminas.

Carlos no era un fantasma. Nadie es un fantasma en el siglo XXI. Todos dejamos huellas digitales. Migajas de pan binarias que vamos tirando sin darnos cuenta: una conexión IP, un login en una red social vieja, una compra en línea, una ubicación de GPS activada por error.

Max se giró hacia Ximena. Su expresión cambió. Ya no era el amigo compasivo. Ahora tenía esa mirada intensa que ponía cuando se enfrentaba a un problema complejo de backend.

—Ximena, escúchame bien.

Ella lo miró, sorprendida por el cambio de tono.
—¿Qué?

—Ayer te dije que soy programador. Pero no te expliqué bien qué hago. No solo hago páginas web bonitas o bases de datos para contar frijoles. Trabajo en seguridad informática para bancos. Mi trabajo consiste en encontrar gente que no quiere ser encontrada. Rastreo fraudes. Rastreo ladrones digitales.

Los ojos de Ximena se abrieron un poco más.

—Ese tal Carlos… —continuó Max, bajando la voz para que nadie más escuchara—. Él cree que se borró del mapa. Apagó su teléfono, claro. Bloqueó tu WhatsApp. Pero te apuesto lo que quieras a que cometió errores. Siempre cometen errores. La vanidad los traiciona.

—¿A qué te refieres? —preguntó ella, sintiendo una chispa de algo que creía extinto: esperanza.

—Usa el mismo correo para todo, ¿verdad? —preguntó Max.

—Creo que sí…

—¿Tiene cuenta de Spotify? ¿Netflix? ¿MercadoLibre? ¿Uber?

—Sí, usaba todo eso.

Max sonrió. Esa sonrisa de lobo.
—Entonces no desapareció. Solo se escondió detrás de una cortina muy delgada.

Max se inclinó un poco más hacia ella.
—Si tú quieres, si tú confías en mí… yo puedo encontrarlo. No soy la policía cibernética, soy mejor, porque a mí sí me importa. Puedo rastrear su huella digital. Puedo saber dónde está, qué está vendiendo, con quién habla. Y podemos acorralarlo.

Ximena lo miraba como si estuviera viendo a un superhéroe. Pero no uno de capa y mallas, sino uno real, con camisa de oficina y ojeras, pero con un superpoder que ella necesitaba desesperadamente.

—¿De verdad puedes hacer eso? —susurró—. ¿No es ilegal?

—Digamos que es… “zona gris” —guiñó Max—. Pero robarte tus ahorros con mentiras también es ilegal y nadie hizo nada. A veces, para atrapar a una rata, tienes que meterte un poco en la alcantarilla.

Ximena se quedó pensativa un momento. Miró por la ventana. El paisaje gris de la ciudad pasaba rápido. Luego miró a Max. Vio sus manos grandes, sus ojos inteligentes, su determinación. Recordó cómo la defendió ayer.

—Quiero hacerlo —dijo ella con firmeza. La fragilidad había desaparecido de su voz—. Quiero encontrarlo. No solo por el dinero. Quiero que sepa que no soy una tonta. Quiero que tenga miedo.

—Lo va a tener —prometió Max—. Créeme. Cuando terminemos con él, va a desear no haber aprendido a usar una computadora.

El tren llegó a la estación Buenavista. El viaje había terminado, pero la misión apenas comenzaba.

Se levantaron juntos. Al salir del vagón, Ximena se detuvo y miró a Max.
—¿Cuándo empezamos?

Max miró su reloj.
—Salgo de la oficina a las 6. ¿Tienes fotos de él? ¿Su correo viejo? ¿Cualquier documento que me puedas dar?

—Tengo todo en una caja en mi casa. Iba a quemarla hoy, pero…

—No la quemes —la interrumpió Max—. Esa caja es nuestra munición. Voy a tu casa hoy a las 7. Prepara café cargado, porque va a ser una noche larga. Vamos a cazar a un fantasma.

Ximena asintió, y por primera vez en semanas, su sonrisa llegó hasta sus ojos.
—Gracias, Max.

—No me agradezcas todavía —dijo él, ajustándose la mochila al hombro—. Agradéceme cuando tengamos a ese infeliz pidiendo piedad.

Se separaron en el andén. Max caminó hacia su oficina, sintiendo que flotaba. Le dolía el cuerpo, sí. Tenía sueño, sí. Pero tenía un propósito. Ya no era solo Max el Godínez. Ahora era Max el Cazador. Y Dios se apiade de Carlos, porque Max no lo haría.

Mientras caminaba hacia los torniquetes de salida, sacó su celular y abrió una nota mental:
Objetivo: Carlos. Perfil: Estafador narcisista. Debilidades probables: Dinero fácil, mujeres, ego. Herramientas: OSINT, ingeniería social, fuerza bruta. Estado de la misión: Activa.

La bestia ya no solo estaba despierta. Estaba hambrienta.

CAPÍTULO 5: CAZANDO AL FANTASMA EN LA RED

Eran las 7:15 de la noche cuando Max tocó el timbre de la casa de Ximena.

La calle estaba oscura, iluminada apenas por una lámpara municipal que parpadeaba con un zumbido eléctrico, proyectando sombras largas sobre el empedrado. Max llevaba su mochila de trabajo al hombro, esa que contenía su “arma” más letal: una laptop Alienware modificada, pesada como un ladrillo, pero potente como un servidor.

Se sentía extraño. Durante el día, en la oficina, había sido el mismo Max de siempre: el tipo callado que arregla las bases de datos y soporta las bromas pasivo-agresivas de su jefe sobre los reportes atrasados. Pero ahora, parado frente a esa reja blanca despintada, sentía una electricidad en la piel que no tenía nada que ver con el código binario.

La puerta se abrió y apareció Ximena.

Llevaba ropa de casa: unos pants grises cómodos y una playera blanca un poco grande, con el cabello recogido en un chongo alto y despeinado. No traía maquillaje. Se veía real. Y a Max le pareció la mujer más bonita que había visto en años.

—Llegaste —dijo ella, con una sonrisa nerviosa, abriendo la reja.

—Dije que vendría —respondió Max, entrando al pequeño patio—. Un Marine… digo, un programador nunca abandona una misión. Y menos si hay café prometido.

Ximena soltó una risita, cerrando la reja tras él.
—Mi mamá se lo tomó muy en serio. Hizo café, tamales y creo que hasta un atole. Si no encontramos a Carlos, al menos te vas a ir cenado.

Entraron a la casa. El calor hogareño golpeó a Max en la cara, un contraste delicioso con el frío de la noche. Olía a masa de maíz, a canela y a suavizante de telas.

En la mesa del comedor, que era redonda y de madera barnizada, Ximena había preparado “el cuartel general”. Había quitado el mantel de encaje y dejado la superficie despejada. En el centro, una caja de zapatos vieja y abollada esperaba como un cofre del tesoro maldito.

—Ahí está todo —dijo Ximena, señalando la caja con la barbilla, como si le tuviera miedo—. Fotos, cartas, recibos… todo lo que dejó.

—Bien —dijo Max, colocando su mochila sobre una silla y sacando la laptop. La abrió y la pantalla se encendió, iluminando su rostro con un resplandor azulado—. Vamos a ver qué nos cuenta tu fantasma.

En ese momento, la madre de Ximena, Doña Clara, salió de la cocina secándose las manos en el delantal.
—¡Ay, pásale, pásale, muchacho! —lo saludó con efusividad, como si fuera un sobrino perdido—. Siéntate, estás en tu casa. ¿Gustas un tamalito de verde o de rajas? Están recién hechos.

—De verde, por favor, señora. Y muchas gracias —respondió Max, sintiéndose inmediatamente acogido.

—Ahorita te traigo. Ustedes trabajen, yo no molesto. Pero coman, que “panza llena, corazón contento”… o en este caso, “cerebro despierto”.

Doña Clara desapareció en la cocina. Max y Ximena se quedaron solos frente a la máquina.

—¿Por dónde empezamos? —preguntó ella, sentándose a su lado. El olor de su shampoo (manzanilla, notó Max) le llegó de golpe, distrayéndolo por un segundo.

Max se aclaró la garganta y crujió sus dedos.
—Primero, la regla de oro de la investigación digital: Nadie desaparece. Todos dejamos basura. Y la basura habla.

Abrió una terminal de comandos en su pantalla negra con letras verdes. Ximena lo miró fascinada.
—Parece Matrix —susurró.

—Es más aburrido que Matrix, créeme. Es pura lógica —dijo Max—. A ver, necesito su correo electrónico principal. El que usaba para todo.

Ximena rebuscó en la caja y sacó un papel arrugado.
—Aquí está. [email protected].

Max tecleó la dirección.
—Bien. Primer paso: OSINT. Inteligencia de Fuentes Abiertas. Vamos a ver dónde más ha usado este correo.

Max ejecutó un script sencillo. En segundos, la pantalla arrojó una lista de sitios.
—Mira —señaló Max—. Este correo está vinculado a una cuenta de Facebook (que ya borró), una de Instagram (borrada), LinkedIn (inactiva)… pero mira esto.

Señaló una línea de texto.
—Tiene una cuenta activa en MercadoLibre y otra en un foro de motociclismo llamado “Locos por las dos ruedas”.

—¿Motos? —Ximena frunció el ceño—. Él odiaba las motos. Decía que eran peligrosas. Siempre andaba en Uber.

—La gente miente, Ximena. Especialmente los estafadores. Las motos son rápidas, fáciles de vender y dan esa imagen de “chico malo” que a estos tipos les encanta cuando no están fingiendo ser ejecutivos.

Max entró al foro. El usuario asociado al correo era CharlieV_Racer.
—Última conexión: Hoy a las 10:45 AM —leyó Max.

Ximena jadeó.
—¡Está conectado! ¡Está ahí!

—Tranquila. Esto es solo un foro. Pero nos da una pista. Su nombre de usuario: CharlieV_Racer. La gente es criatura de hábitos. Rara vez cambiamos nuestras contraseñas o nuestros nicks. Apostaría mi aguinaldo a que usa variantes de este nombre en otros lados.

Max abrió otra herramienta. Esta vez, una búsqueda de fugas de datos (Data Breaches).
—Voy a buscar si su contraseña ha sido filtrada en alguna base de datos pública. Si es así, sabremos qué contraseña usa.

—¿Eso no es hackear? —preguntó Ximena con los ojos muy abiertos.

—No. Es consultar información que ya está pública porque alguien más hackeó a esas empresas hace años. Es arqueología digital.

La búsqueda arrojó un resultado en rojo.
—Bingo —dijo Max, sonriendo con satisfacción—. Su correo aparece en una filtración de datos de Canva de hace tres años. Y su contraseña en ese entonces era… XimenitaNo… no, espera, esto es viejo. Su contraseña era: ReyDelMundo1988.

Ximena soltó un bufido de incredulidad.
—”Rey del Mundo”. Qué imbécil.

—El ego es su talón de Aquiles —dijo Max—. Ahora viene la parte interesante. Vamos a ver si el “Rey del Mundo” usa la misma contraseña para su correo actual o sus redes “secretas”.

Max intentó acceder al correo. Fallido. Cambió la contraseña.
—Listo, no es tan estúpido. Pero… —Max se quedó pensando. Sus ojos se movían rápido por la pantalla—. Probemos con el usuario CharlieV_Racer en Instagram y TikTok.

Búsqueda en Instagram: CharlieV_Racer.
Resultado: “Usuario no encontrado”.

Búsqueda en TikTok: CharlieV_Racer.
Resultado: Una cuenta privada con 15 seguidores y 0 seguidos. Foto de perfil: Un casco de moto negro.

—Es él —dijo Ximena, señalando la pantalla—. Ese casco… lo vi en una foto que me mandó una vez “de un amigo”. Decía que quería comprarse uno así cuando tuviéramos dinero.

—Y ahora lo tiene. Con tu dinero —completó Max, sintiendo la rabia de ella.

—¿Podemos saber dónde está? —preguntó ella.

—Por TikTok no, a menos que suba un video público. Pero regresemos a MercadoLibre. Si tiene cuenta activa, seguro está comprando o vendiendo.

Max buscó el perfil de usuario en la plataforma de ventas.
Usuario: CharlieV_88. Ubicación: Estado de México, Naucalpan.
Reputación: “Vendedor ocasional”.
Artículos a la venta: 1.

Max hizo clic en el artículo.
La imagen cargó lentamente. Era una foto mal tomada con un celular, en un garaje con poca luz.
Título: “Motocicleta Yamaha R3 seminueva. Urge venta. Solo efectivo.”
Precio: $45,000 pesos.

Ximena se tapó la boca con las manos. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no de tristeza, sino de pura indignación.
—Esa moto… cuesta casi lo mismo que le di. Compró la moto con mi dinero y ahora la está vendiendo.

—La está “quemando” —corrigió Max—. Necesita liquidez. Seguramente ya se gastó el resto en fiestas o deudas y ahora necesita efectivo rápido para moverse. Naucalpan… eso está cerca de Plaza Satélite o Lomas Verdes.

—¿Podemos ir? —Ximena se levantó de la silla, como impulsada por un resorte—. Vamos a buscarlo.

—Espera, espera —Max levantó una mano, deteniéndola—. Naucalpan es enorme. No podemos ir a tocar puerta por puerta. Necesitamos que él venga a nosotros. O saber exactamente dónde va a estar.

Max amplió la foto de la moto. Hizo zoom en los detalles.
—Mira el fondo —dijo—. Piso de cemento manchado. Una caja de herramientas roja marca Truper. Y allá atrás… ¿ves eso?

Señaló una esquina borrosa de la foto.
—Es una bolsa de supermercado. Amarilla. La Comer. Y al lado, un ticket de estacionamiento tirado.

Max aplicó un filtro de nitidez a la imagen. El ticket era ilegible, pero el logo era reconocible por los colores.
—Estacionamiento de “Plaza Satélite”. La foto es reciente. Probablemente se vio con alguien ahí o vive muy cerca.

Max se recargó en la silla, cruzando los brazos detrás de la cabeza. La silla crujió peligrosamente bajo su peso, pero aguantó.
—Tenemos dos opciones, Ximena.

Ella lo miró, atenta, confiando ciegamente en él.
—Uno: Creamos un perfil falso de comprador interesado en la moto. Lo citamos, vamos y lo confrontamos. Pero corre el riesgo de que no llegue o que se asuste.
—Dos: Lo asustamos nosotros primero. Le hacemos saber que lo tenemos vigilado. Que sabemos quién es CharlieV_Racer. Que sabemos lo de la moto. Y lo obligamos a pagarte.

Ximena lo pensó. Miró la foto de la moto, símbolo de su traición.
—La opción dos —dijo con frialdad—. Quiero que sienta lo que yo sentí. Ese miedo de que el mundo se te cae encima.

—Opción dos será —dijo Max con una sonrisa maliciosa—. Vamos a hacerle un poco de “Ingeniería Social”.

Max abrió un editor de texto y comenzó a escribir. Pero no era un mensaje cualquiera.
—Necesito su WhatsApp nuevo. Si está vendiendo la moto, seguro puso su número en algún lado o contesta por la app.

Max hizo clic en “Preguntar al vendedor” en la publicación.
Escribió: “Hola, me interesa la moto. Tengo el efectivo en mano. ¿Me puedes pasar tu Whats para ponernos de acuerdo y verla mañana? Urge.”

—¿Y si no contesta? —preguntó Ximena.

—Contestará. Dice “Urge venta”. El dinero es su debilidad.

Esperaron.
Doña Clara entró con dos platos humeantes de tamales y dos tazas de atole de guayaba.
—A ver, mis niños, dejen eso un ratito y cenen. Se les va a enfriar.

Max aceptó el plato agradecido. El olor del tamal verde le rugió en el estómago.
—Gracias, señora. Se ve buenísimo.

Mientras comían, el ambiente se relajó un poco. Max contó, entre bocados, algunas anécdotas de su tiempo en la Marina (las versiones censuradas y divertidas, como cuando un recluta se cayó al mar por intentar pescar con su bota). Ximena se reía, y Doña Clara los miraba con ojos brillantes, claramente aprobando al “muchachote” que hacía reír a su hija.

Por un momento, Max se sintió parte de algo. No era el solitario que comía frente a la PC. Estaba en una mesa, con gente, compartiendo. Se sintió… normal.

Ding.

El sonido de una notificación en la laptop rompió el encanto y los trajo de vuelta a la cacería.

Max dejó el tenedor y se limpió la boca con una servilleta.
—Contestó.

En la pantalla de MercadoLibre apareció la respuesta:
“Qué onda. Sí, todavía la tengo. Mándame Whats al 55-48… Solo gente seria, eh.”

—Lo tenemos —susurró Max.

—¿Es su número? —preguntó Ximena.

—Es un número nuevo, seguro de prepago. Pero ahora que tenemos el número, tenemos la llave del reino.

Max sacó su propio celular. Agregó el número a sus contactos bajo el nombre “Rata”. Abrió WhatsApp.
La foto de perfil apareció.
Era él. Carlos. Pero no se veía preocupado ni triste por su “mamá enferma”. Estaba en una fiesta, con una cerveza en la mano y esa sonrisa de galán de barrio.

Ximena miró la foto y su cara se endureció.
—Míralo. Está feliz.

—No por mucho tiempo —dijo Max.

—¿Qué le vas a escribir?

Max tronó sus dedos.
—No le voy a escribir como Max. Le voy a escribir como su conciencia digital. Vamos a mandarle un “dossier”.

Max empezó a compilar un archivo PDF rápido.
Página 1: La foto de su perfil de WhatsApp.
Página 2: La captura de pantalla de la venta de la moto.
Página 3: Una foto antigua de él y Ximena (que sacó de la caja).
Página 4: Un texto en letras rojas grandes: “SÉ LO QUE HICISTE. SÉ DÓNDE ESTÁS. TIENES 24 HORAS PARA DEVOLVER LOS 50,000 PESOS O ESTA INFORMACIÓN LLEGA A LA POLICÍA Y A TU FAMILIA.”

—¿Te parece bien? —le preguntó a Ximena.

Ella leyó el documento en la pantalla.
—Agrega algo más —dijo ella, con voz helada—. Ponle: “Y sé que tu mamá no tiene cáncer, pero tú vas a necesitar un médico si no pagas”.

Max la miró con admiración.
—Eres dura, Ximena. Me gusta.

Max editó el texto.
—Listo. Aquí va.

El dedo de Max flotó sobre la tecla Enter.
El silencio en la habitación era absoluto. Hasta Doña Clara se había quedado quieta en la puerta de la cocina, sintiendo la tensión.

—Házlo —ordenó Ximena.

Max presionó la tecla.
Enviado.

En la pantalla del celular de Max, aparecieron las dos palomitas grises.
Un segundo después… Azules.
Lo había leído.

—Ahora empieza el juego psicológico —dijo Max, mirando el estado de “Escribiendo…” que aparecía y desaparecía en la parte superior del chat.

Carlos estaba dudando. Estaba asustado.
Finalmente, llegó un mensaje de respuesta.
“¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¿Es una broma?”

Max sonrió.
—No es una broma, Carlitos.

Escribió de vuelta:
“No soy una broma. Soy tu pesadilla. Mañana a las 12:00 PM en el estacionamiento de Plaza Satélite, zona azul, nivel 2. Donde tomaste la foto de la moto. Lleva el dinero. Si no llegas, o si bloqueas este número, la denuncia por fraude se activa y tu foto se hace viral en todos los grupos de vecinos de Naucalpan. Tú decides.”

Enviado.
Visto.

Esta vez, no hubo respuesta inmediata. Carlos se desconectó.

—Se desconectó —dijo Max—. Está entrando en pánico. Está calculando sus opciones. Se está dando cuenta de que vender la moto es su única salida para callarnos.

Ximena soltó el aire que había estado conteniendo. Se dejó caer en el respaldo de la silla, temblando ligeramente.
—Dios mío… no puedo creer que estemos haciendo esto.

Max cerró la laptop suavemente.
—Lo estamos haciendo, Ximena. Y lo vamos a terminar. Mañana recuperas tu vida.

Se hizo un silencio cómodo. Max miró el reloj. Eran casi las 10 de la noche.
—Tengo que irme —dijo, poniéndose de pie con esfuerzo. El cuerpo le recordaba que no era de hule—. Mañana tengo que pedir medio día en el trabajo para ir a Satélite.

—¿Vas a ir conmigo? —preguntó Ximena, levantándose también.

—No te voy a dejar ir sola a ver a ese tipo. Ni loco. Yo voy a ser tu “seguro de vida”. Voy a estar ahí, vigilando. Él no me va a ver hasta que sea necesario.

Ximena lo acompañó a la puerta. Doña Clara le dio un tupper con tamales para llevar.
—Para el desayuno, mijo. Y gracias. Eres un ángel grandote.

En la puerta, bajo la luz parpadeante de la calle, Ximena y Max se miraron.
—Max… —empezó ella.
—¿Mande?
—Gracias. Sé que apenas nos conocemos, pero siento que… confío en ti más que en nadie.

Max sintió que las orejas se le ponían rojas.
—La confianza se gana, Ximena. Carlos la perdió. Yo estoy tratando de ganármela.

—Ya te la ganaste —dijo ella suavemente. Y entonces, hizo algo inesperado. Se puso de puntitas y le dio un beso rápido en la mejilla. Fue un roce suave, pero a Max le pareció que le habían puesto un desfibrilador en la cara.

—Descansa, Max. Nos vemos mañana para la batalla final.

—Descansa, Ximena.

Max salió caminando hacia la avenida, flotando. Ya no sentía el dolor de rodilla. Ya no sentía el peso de la mochila. Se sentía invencible.
La bestia estaba despierta, sí. Pero no solo para pelear. También estaba empezando a sentir. Y eso, quizás, era lo más peligroso y maravilloso de todo.

Mañana sería el día. Mañana caerían las máscaras.

CAPÍTULO 6: LA EMBOSCADA DE CONCRETO

El estacionamiento de Plaza Satélite es un monstruo de concreto gris que parece no tener fin. Es un laberinto de niveles, rampas y ecos metálicos donde el aire siempre huele a gasolina quemada y neumáticos calientes. Para la mayoría, es solo un lugar para dejar el coche mientras van de compras o al cine. Para Max, ese mediodía de martes, era la “Zona de Operaciones”.

Eran las 11:45 AM.

Max y Ximena estaban estacionados en el nivel 2, Zona Azul, en una esquina estratégica que Max había elegido por dos razones: tenía una visión clara de la rampa de acceso y estaba cerca de una salida de emergencia peatonal, por si las cosas se ponían feas y tenían que abortar la misión.

El calor dentro del viejo sedán de Max comenzaba a ser sofocante, pero ninguno de los dos se atrevía a bajar la ventana completamente. El aire acondicionado había muerto hacía dos años, así que dependían de la ventilación natural que traía más ruido que frescura.

—¿Estás seguro de que va a venir? —preguntó Ximena por quinta vez en diez minutos.

Estaba sentada en el asiento del copiloto, con las manos entrelazadas sobre su regazo, apretando los dedos hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Llevaba unos lentes oscuros (esta vez para ocultar su identidad, no sus lágrimas) y una gorra que Max le había prestado.

Max, sentado al volante, tamborileaba rítmicamente sobre el tablero. Llevaba su “ropa de trabajo” táctica, o lo más cercano que su guardarropa civil le permitía: unos pantalones cargo color caqui, botas de trabajo (las viejas botas de campo que había desempolvado) y una playera negra lisa que, aunque se le pegaba un poco en la barriga, resaltaba la anchura de sus hombros. También se había puesto sus lentes de sol tipo aviador. Parecía un guardaespaldas de bajo presupuesto o un judicial retirado.

—Va a venir —aseguró Max con voz grave, sin dejar de escanear los espejos retrovisores—. El miedo es un motor más potente que el amor, Ximena. Y ese tipo tiene miedo. Sabe que lo tenemos agarrado del cuello.

—Tengo ganas de vomitar —confesó ella.

—Respira. Inhala en cuatro, sostén en cuatro, exhala en cuatro. Controla tu sistema nervioso. No dejes que él vea que estás nerviosa. De hecho… tú no vas a salir del auto.

Ximena lo miró alarmada.
—¿Qué? Pero quiero verlo. Quiero decirle en su cara lo que es.

—Y lo harás —dijo Max, girándose para mirarla por encima de sus gafas—. Pero primero yo tengo que asegurar el perímetro. No sabemos si viene solo. No sabemos si viene armado. No sabemos si está loco o solo es estúpido. Yo salgo primero. Yo hago el contacto. Cuando te dé la señal, sales.

—¿Cuál es la señal?

—Cuando veas que se hace chiquito —sonrió Max de medio lado—. Créeme, se va a hacer chiquito.

11:58 AM.

El tráfico en el estacionamiento era fluido. Señoras en camionetas SUV gigantes buscando lugar, ejecutivos con prisa, parejas jóvenes. Nadie prestaba atención al sedán estacionado en la esquina.

De pronto, el sonido de un motor pequeño pero ruidoso rebotó en las paredes de concreto. Un zumbido agudo, como de mosquito gigante.

Max se tensó.
—Ahí está.

Una motocicleta Yamaha R3 azul, la misma de la foto, subió por la rampa. El conductor llevaba el casco negro mate que habían visto en TikTok. La moto avanzó lenta, casi con desconfianza, buscando algo o a alguien.

El conductor se detuvo a unos veinte metros de ellos, en un espacio vacío marcado con líneas amarillas. Apagó el motor. Se quitó el casco.

Era Carlos.

Se veía tal cual Ximena lo recordaba, pero con un aire diferente. Llevaba una chamarra de cuero sintético (demasiado calurosa para el clima), jeans ajustados y esa expresión de prepotencia mezclada con ansiedad. Se pasó la mano por el cabello engominado, miró su reloj y luego sacó su celular, tecleando furiosamente.

El teléfono de Max vibró en su bolsillo.
Mensaje de “Rata”: “Ya estoy aquí. ¿Dónde estás tú?”

Max no contestó. Guardó el teléfono.
—Quédate aquí. Pon los seguros —le ordenó a Ximena.

—Ten cuidado, Max —susurró ella.

Max abrió la puerta y salió. El calor del estacionamiento lo golpeó, pero lo ignoró. Se ajustó las gafas oscuras y comenzó a caminar hacia Carlos.

No caminó rápido. Caminó con presencia. Sus botas golpeaban el concreto con un sonido pesado y autoritario: Clac, clac, clac.

Carlos estaba de espaldas a él, mirando hacia la rampa, esperando ver llegar a algún comprador incauto o a algún friki de las computadoras. No esperaba lo que se le venía por detrás.

Max se detuvo a tres metros de él. Su sombra, alargada por el sol del mediodía que entraba por los tragaluces, tocó los pies de Carlos.

—Bonita moto —dijo Max. Su voz resonó profunda en el espacio semi-vacío.

Carlos dio un salto, girándose bruscamente. Se le cayó el casco al suelo, rodando con un sonido hueco.
—¡Ay, cabr…! —exclamó, llevándose una mano al pecho.

Miró a Max. Tuvo que levantar la vista. Max medía 1.92 y pesaba 130 kilos. Carlos, que mediría 1.75 en un buen día, se vio instantáneamente eclipsado.

—¿Tú… tú quién eres? —tartamudeó Carlos, retrocediendo un paso hasta chocar con su propia moto—. ¿Tú eres el del mensaje?

Max no respondió de inmediato. Se quitó los lentes de sol lentamente y los colgó en el cuello de su playera. Clavó sus ojos oscuros y fríos en los de Carlos.
—Soy la consecuencia de tus actos, Carlos.

Carlos tragó saliva. Miró a los lados, buscando una salida, buscando cámaras, buscando ayuda. Pero estaban en un rincón aislado.
—Oye, carnal, tranquilo… yo no quiero problemas. Si es por la moto, te la dejo barata, pero…

—Cállate —le cortó Max. No gritó, pero la palabra fue como un latigazo—. No vengo por la moto. Vengo por lo que la moto representa. Vengo por los cincuenta mil pesos que le robaste a Ximena.

Al escuchar el nombre, la cara de Carlos cambió. El miedo se mezcló con una mueca de disgusto. Intentó recuperar algo de su bravuconería habitual.
—Ah… ya entiendo. Te mandó esa loca. —Soltó una risa nerviosa—. Mira, amigo, no sé qué te contó esa vieja, pero está mal de la cabeza. Fue un préstamo, un regalo… cosas de pareja, ya sabes cómo son las mujeres cuando las dejas, se inventan cuentos…

Max dio un paso al frente. Solo uno. Pero fue suficiente para que Carlos dejara de hablar y se pegara contra el asiento de la moto.
—Vuelve a llamarla “loca” o “vieja” y te juro que te voy a meter ese casco por la garganta —dijo Max con una calma terrorífica.

Carlos levantó las manos en señal de paz, temblando visiblemente.
—Tranquilo, tranquilo… solo digo que es un malentendido. No tengo el dinero, güey. Ya me lo gasté. La operación de mi jefa salió cara y…

—Corta el rollo —interrumpió Max, sacando su celular y mostrándole la pantalla. Era la foto del perfil de TikTok de Carlos—. Tu mamá no está enferma. Tu mamá vive en Veracruz y subió fotos ayer en el malecón comiendo esquites. Lo revisé anoche. Así que ahórrate el teatro de la lástima.

Carlos palideció. Se dio cuenta de que no estaba tratando con un novio celoso cualquiera. Estaba tratando con alguien que había hecho la tarea.
—¿Quién eres? ¿Policía? ¿Eres judicial?

—Soy algo peor —dijo Max—. Soy alguien que tiene tu dirección, tu RFC, tus cuentas de correo y una lista de distribución lista para enviar tu historial a todos tus contactos, a tu jefe y a tus vecinos. ¿Quieres ser famoso, Carlos? ¿Quieres ser “El Estafador de Naucalpan”?

Carlos sudaba a mares. El sudor le corría por la frente, derritiendo la goma del cabello.
—No, no… por favor. No me quemes. Tengo… tengo planes. Voy a entrar a un trabajo nuevo.

—Entonces paga. Ahora.

Carlos miró la moto, luego miró a Max.
—Traigo… traigo algo. Pero no son los cincuenta. Iba a vender la moto hoy, pero el comprador me canceló.

—¿Cuánto traes?

Carlos metió la mano en el bolsillo interior de su chamarra, con movimientos temblorosos, y sacó un sobre amarillo manila, grueso y arrugado.
—Aquí hay treinta. Treinta mil. Es todo lo que pude juntar empeñando unas cosas y pidiendo prestado. Te lo juro.

Max tomó el sobre. Lo abrió y contó los billetes rápidamente. Eran de quinientos y de doscientos. Parecía haber treinta mil, más o menos.
—Faltan veinte —dijo Max, cerrando el sobre.

—Te los pago después, te firmo un pagaré, lo que quieras… —suplicó Carlos.

Max negó con la cabeza.
—No. Esto se acaba hoy. Esa moto… —señaló la Yamaha R3—. Vale unos cuarenta y cinco mil en el mercado. Si la vendes rápido, te dan treinta y cinco.

—Es mi moto, güey… me costó un huevo…

—La compraste con el dinero de Ximena. Técnicamente, es su moto.

Max se acercó a él, invadiendo su espacio personal hasta que Carlos pudo oler el café del desayuno de Max.
—Vas a dejar la moto aquí. Me vas a dar las llaves y los papeles. Y con eso y los treinta mil, quedamos a mano. Y consideralo un descuento por no partirte las piernas.

Carlos dudó. Sus ojos iban de la moto al dinero, calculando la pérdida.
—No mames, me vas a dejar a pata…

Max se tronó los nudillos. El sonido fue fuerte y seco.
—¿Prefieres irte caminando o irte en ambulancia? Tú eliges, Carlos. Tienes cinco segundos.

Carlos miró los puños de Max, luego miró su cara de piedra. Sabía que había perdido. Suspiró derrotado, sacó las llaves del contacto y buscó en su mochila los papeles.
—Toma —dijo, lanzándole las llaves con rabia—. Pinches abusivos.

Max atrapó las llaves en el aire.
—El ladrón gritando “al ladrón”. Clásico.

Max levantó la mano e hizo una seña hacia el coche.
Ximena, que había estado observando todo con el corazón en la garganta, abrió la puerta.
Salió del auto. Se quitó la gorra y los lentes oscuros.
Caminó hacia ellos. Sus piernas temblaban un poco, pero mantenía la cabeza alta.

Carlos la vio acercarse. Su expresión cambió de miedo a vergüenza, y luego a una especie de desprecio defensivo.
—Vaya, vaya. Ahí viene la dramática. Tuviste que traer a tu gorila para que te defendiera, ¿eh?

Max dio un paso hacia Carlos, pero Ximena le puso una mano en el pecho para detenerlo.
—Déjalo, Max —dijo ella. Su voz era firme.

Ximena se paró frente a Carlos. Él intentó sostenerle la mirada, pero terminó bajando los ojos.
—No traje a un gorila, Carlos —dijo ella con calma—. Traje a un hombre de verdad. Algo que tú nunca vas a ser.

—Pfff, lo que digas —masculló él—. Ya tienen su dinero y su maldita moto. ¿Ya me puedo ir?

Ximena tomó el sobre que Max le extendía. Lo apretó contra su pecho.
—Vete. Pero escucha bien esto, Carlos. Si te vuelvo a ver, si me mandas un mensaje, si te acercas a mi casa o a mi trabajo… Max no va a ser el que te busque. Voy a ser yo. Y no voy a tener piedad.

Carlos soltó una risa burlona, pero le salió quebrada.
—Ya, ya, supéralo. Ni que fueras tan especial.

Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la salida, intentando mantener algo de dignidad en su paso, pero viéndose patético con su chamarra de cuero y sin moto.

—¡Espera! —gritó Max.

Carlos se detuvo y se giró, asustado de nuevo.
—¿Qué?

Max señaló al suelo.
—Tu casco. No querrás que te multen por caminar sin casco… ah, no, espera. Ya no tienes moto. Llévatelo de recuerdo.

Max pateó el casco hacia él. El casco rodó por el concreto hasta golpear los pies de Carlos.
El estafador lo recogió con furia y salió corriendo hacia las escaleras, desapareciendo de la vista.

El silencio volvió al estacionamiento. Solo se escuchaba el zumbido de los extractores de aire.

Ximena se quedó parada viendo el punto por donde Carlos había desaparecido. Max se acercó a ella con cautela.
—¿Estás bien?

Ella no respondió de inmediato. Miró el sobre en sus manos. Luego miró la moto azul brillante estacionada a su lado.
—Tengo treinta mil pesos y una moto deportiva —dijo, con una voz extraña—. Nunca he manejado una moto en mi vida.

Max soltó una carcajada, liberando la tensión acumulada.
—Bueno, es un buen momento para aprender. O la vendemos y recuperas el resto.

Ximena se giró hacia él. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero esta vez eran diferentes. Eran lágrimas de liberación. De cierre.
De pronto, se lanzó a los brazos de Max.
Lo abrazó con fuerza, enterrando la cara en su pecho amplio. Max, sorprendido, tardó un segundo en reaccionar, pero luego la envolvió con sus brazos grandes y protectores.

Ella lloró. Lloró por la traición, por el miedo, por la vergüenza pasada. Y Max la dejó llorar, acariciándole torpemente la espalda.
—Ya pasó —le susurraba él—. Ya pasó. Ganamos. Los buenos ganaron esta vez.

Estuvieron así un par de minutos, ajenos a los coches que pasaban buscando lugar. Para el mundo, eran una pareja abrazada en un estacionamiento. Para ellos, era el final de una guerra.

Ximena se separó, limpiándose la cara y sonriendo a pesar del maquillaje corrido.
—Gracias, Max. Nunca, nunca voy a poder pagarte esto.

—Me pagas con unos tacos —sonrió Max—. Tengo un hambre que no te imaginas. La adrenalina me da un apetito feroz.

—Trato hecho —dijo ella—. Pero tú manejas la moto. Yo me voy en tu coche. No pienso subirme a esa cosa del demonio todavía.

—¿Yo? —Max miró la pequeña moto deportiva y luego miró su cuerpo de 130 kilos—. Voy a parecer un oso de circo en bicicleta.

—Un oso muy guapo —dijo Ximena, guiñándole un ojo.

Max sintió que el calor subía a sus mejillas, y no era por el sol.
—Bueno… si insistes. Pero si rompo la suspensión, te lo descuento de los veinte mil de la moto.

Max se subió a la moto. La suspensión gimió, pero aguantó. Se puso los lentes de sol y encendió el motor.
—Vámonos de aquí, Ximena. Vámonos a celebrar.

Mientras bajaban por la rampa del estacionamiento, Max sentía el viento en la cara (bueno, el aire caliente del escape de otros coches, pero se sentía como libertad). Miró por el retrovisor y vio el coche de Ximena siguiéndolo de cerca.

No solo habían recuperado el dinero. Max había recuperado algo más valioso: su respeto propio. La bestia ya no necesitaba dormir. La bestia podía vivir, podía proteger y, tal vez, solo tal vez, podía amar.

Salieron de Plaza Satélite hacia el Periférico, dejando atrás al fantasma de Carlos y acelerando hacia un futuro que, por primera vez en mucho tiempo, pintaba brillante

CAPÍTULO 7: LA BATALLA DEL ESPEJO Y EL CORAZÓN

La victoria sabe a gloria, pero en el caso de Max y Ximena, esa noche supo a pastor con piña, cebollitas cambray y una salsa roja que picaba hasta el alma.

Estaban sentados en “Los Güeros”, una taquería famosa cerca de Satélite, de esas con mesas de plástico rojo, meseros que corren como atletas olímpicos y un olor a grasa y carne asada que te abraza como una madre.

Max tenía tres tacos enfrente, pero por primera vez en años, no los devoraba con ansiedad. Los miraba con respeto.

—Entonces… ¿de verdad vendiste la moto tan rápido? —preguntó Ximena, limpiándose una gota de salsa de la comisura de los labios.

—El dueño del taller mecánico de mi colonia siempre quiso una —explicó Max, dándole un trago a su agua de horchata—. En cuanto llegué con ella, le brillaron los ojos. Me dio treinta y cinco mil en efectivo al chas-chas. Con los treinta que le sacamos a Carlos, tienes sesenta y cinco mil pesos, Ximena. Recuperaste tu dinero y ganaste quince mil de “intereses por daños y perjuicios”.

Ximena sonrió, pero luego su expresión se tornó seria. Empujó su plato suavemente.
—Esos quince mil son tuyos, Max.

Max casi se atraganta con la tortilla.
—¿Qué? No, ni de chiste. Es tu dinero. Fue tu sufrimiento.

—Y fue tu riesgo —insistió ella, mirándolo a los ojos sobre la luz fluorescente de la taquería—. Max, pusiste tu cuerpo, tu tiempo, tu gasolina y tu integridad física por mí. No voy a aceptar un no por respuesta. Considéralo mis honorarios por tus servicios de “Consultoría de Seguridad y Venganza”.

Max intentó protestar, pero la mirada de Ximena era de acero. Era la misma mirada que había usado contra Carlos en el estacionamiento.
—Está bien —suspiró él, rendido—. Pero con una condición.

—¿Cuál?

—Que me dejes invitarte la cena de hoy. Y las del resto de la semana.

Ximena rio, chocando su vaso de plástico con el de él.
—Trato hecho.

Comieron en un silencio cómodo, de esos que solo se comparten con alguien con quien has sobrevivido a una guerra. Pero mientras Ximena parecía ligera, como si le hubieran quitado una mochila de piedras de la espalda, Max sentía una inquietud nueva.

Se vio reflejado en el servilletero metálico. Vio su papada. Vio cómo la camisa se le estiraba en el abdomen al sentarse. Vio al “gordo” que había asustado a Carlos por tamaño, no por atletismo.

—¿En qué piensas? —preguntó Ximena, que parecía haber desarrollado la habilidad de leerle la mente.

Max dejó el taco a medio terminar en el plato.
—En que hoy tuve suerte. Si ese tipo hubiera traído una navaja, o si hubiera sabido pelear de verdad… yo no habría aguantado dos minutos, Ximena. Me ahogo subiendo las escaleras del metro. Soy un fraude. Soy un tanque sin gasolina.

Ximena dejó de sonreír. Se inclinó sobre la mesa y le tomó la mano. Su mano se veía pequeña y delicada sobre la manaza de Max.
—No eres un fraude. Eres un héroe en pausa. Pero… —dudó un momento, buscando las palabras correctas para no herirlo—, te escucho respirar fuerte, Max. Y veo cómo te duelen las rodillas cuando te levantas. No quiero que te pase nada. Quiero que dures mucho tiempo.

—Yo también —admitió Max en voz baja—. Pero ya ves cómo es esto. La chamba, el estrés, la comida de mamá… es un círculo vicioso.

—Rompámoslo —dijo ella de repente.

—¿Cómo?

—Tengo una amiga, Sofía. Es nutrióloga deportiva. Es buenísima, nada de dietas de hambre de pura lechuga. Y yo… bueno, yo salgo a correr al Parque Naucalli todas las mañanas a las 6.

Max abrió los ojos desmesuradamente.
—¿A las 6 de la mañana? ¿Existe esa hora en el reloj? Yo a esa hora estoy en el quinto sueño.

—Es la mejor hora —dijo Ximena con entusiasmo—. El aire está fresco, no hay tanta gente… Vamos, Max. Inténtalo. Solo un día. Si no te gusta, te invito unos tamales y no volvemos a hablar del tema.

Max miró su taco al pastor. Luego miró a Ximena. Sus ojos brillaban con esperanza y desafío.
—Está bien —gruñó él, sabiendo que se iba a arrepentir—. El lunes.

—¡El lunes! —celebró ella.


El lunes llegó con la sutileza de un ladrillazo en la cara.

Max estaba parado en la entrada del Parque Naucalli a las 5:50 AM. Hacía frío. Llevaba unos pants grises viejos (los únicos que le quedaban cómodos) y una sudadera de la Marina que le quedaba justa de los brazos. Se sentía ridículo. Se sentía pesado.

Ximena llegó puntual, trotando desde la entrada. Llevaba ropa deportiva ajustada, una coleta alta y se veía odiosamente fresca y enérgica.

—¡Llegaste! —exclamó, dando saltitos en su lugar para mantener el calor—. Pensé que me ibas a dejar plantada.

—El honor de la Marina me obligó a levantarme —bostezó Max—. Pero mi cuerpo presentó una queja formal ante Derechos Humanos.

—Tu cuerpo te lo va a agradecer después. ¡Vámonos! Empezamos caminando rápido para calentar.

Empezaron a caminar. Los primeros diez minutos fueron aceptables. El parque estaba tranquilo, lleno de árboles eucaliptos que olían a medicina. Había otros corredores: señores mayores con radios portátiles, gente paseando perros y algunos atletas serios que pasaban zumbando a su lado.

—Ahora, vamos a trotar suave —ordenó la “Sargento Ximena”—. Suave, Max. Nadie nos persigue. Ritmo de plática.

Max intentó trotar.
A los cien metros, sintió que los pulmones le ardían.
A los doscientos metros, sus pantorrillas se convirtieron en piedra.
A los quinientos metros, tuvo que parar, doblándose sobre sus rodillas, jadeando como una locomotora vieja.

—No… no puedo… —boqueó Max, sintiendo el sabor metálico de la sangre en la garganta—. Esto es… una tortura.

Ximena se detuvo al instante. No lo regañó. No se burló. Se acercó a él y le puso una mano en la espalda, frotando suavemente.
—Respira, Max. Inhala profundo. Alza los brazos. Eso es. Nadie dijo que fuera fácil. Roma no se construyó en un día, y ese cuerpo de guerrero tampoco se va a recuperar en una vuelta.

Max se enderezó, rojo como un tomate, sudando a mares a pesar del frío.
—Me siento un inútil, Ximena. Antes corría 20 kilómetros con mochila. Ahora no aguanto ni uno sin carga.

—No te compares con el Max de hace cinco años —le dijo ella, mirándolo fijamente—. Compárate con el Max de ayer que estaba sentado en el sofá. El Max de hoy ya le ganó a ese. Ya estás aquí. Eso es lo que cuenta.

Esas palabras se clavaron en la mente de Max más profundo que cualquier dolor muscular. El Max de hoy ya le ganó al de ayer.

—Otra vez —dijo Max, limpiándose el sudor—. Vamos otra vez. Hasta ese árbol.

Y así empezó.

Las primeras semanas fueron un infierno personal. Max descubrió músculos que no sabía que tenía porque le dolían todos. Dejó de comer las “bombas” de su mamá (quien al principio se ofendió, pensando que despreciaba su comida, hasta que Ximena fue a hablar con ella y la convenció de cocinar versiones más saludables).

—Mire, Doña Esperanza —le dijo Ximena en la cocina un día—. Si Max baja de peso, va a vivir más años para comer sus guisados. Si sigue así, nos va a durar poco. Ayúdenos. Usted es la jefa de la cocina.

Doña Esperanza, con lágrimas en los ojos, aceptó. Los chilaquiles fritos se convirtieron en pechuga asada con nopales. Los tamales se convirtieron en ensaladas de atún. Y aunque Max lloraba internamente por la falta de grasa, su cuerpo empezó a responder.

La “dieta de Ximena” no era solo comida. Era compañía.
Se veían casi a diario. Si no era para correr, era para que Max le enseñara a usar una computadora decentemente (Ximena quería tomar un curso de diseño gráfico en línea). Si no, era simplemente para platicar.

Max empezó a notar cambios sutiles.
Al mes, ya no se ahogaba al subir las escaleras del metro.
A los dos meses, tuvo que hacerle un agujero nuevo a su cinturón porque se le caían los pantalones.
A los tres meses, sucedió el milagro.

Era un sábado por la mañana. Estaban en el parque. El sol brillaba.
—Hoy tocan 5 kilómetros —dijo Ximena.

Max asintió, se ajustó los audífonos y empezó a correr.
Kilómetro 1: Bien.
Kilómetro 2: Pesado, pero controlable.
Kilómetro 3: El momento donde siempre paraba. Pero hoy… hoy sus piernas seguían moviéndose. Su respiración tenía ritmo. Fuu, faa, fuu, faa.
Kilómetro 4: Una oleada de endorfinas inundó su cerebro. Se sintió ligero. Se sintió poderoso.
Kilómetro 5: Llegó a la meta sin detenerse.

Cuando paró, no se dobló sobre sus rodillas. Se quedó de pie, con las manos en la cadera, sonriendo como un idiota.
Ximena llegó a su lado, también jadeando un poco.
—¡Lo hiciste! —gritó ella, y sin pensarlo, lo abrazó sudado y todo—. ¡Cinco kilómetros sin parar, Max!

Max la levantó en el aire, girándola una vez. Se sentía fuerte. Sus brazos, antes escondidos bajo capas de grasa, ahora mostraban la definición del bíceps. Su cara ya no era redonda; la mandíbula cuadrada de su juventud había regresado.

—Gracias, coach —le dijo al bajarla, pero no la soltó inmediatamente.

Quedaron muy cerca. El parque desapareció. El sudor, el cansancio, la gente… todo se borró. Solo quedaban los ojos color miel de Ximena y los ojos oscuros de Max.

Hubo un momento de silencio eléctrico. Ese momento donde la amistad se tambalea en la cuerda floja y amenaza con caer en el abismo del amor.

Ximena bajó la mirada, sonrojada.
—Bueno… te ganaste un desayuno. Pero uno saludable, eh. Nada de barbacoa.

Max rio, rompiendo la tensión, pero guardando ese momento en su disco duro mental bajo la etiqueta: “Importante: No borrar nunca”.


La transformación no fue solo física. Fue mental.
En la oficina, Max dejó de ser el tipo invisible. Empezó a vestirse mejor. La ropa le quedaba bien. Caminaba con seguridad. Cuando su jefe intentó cargarle trabajo extra injustificado un viernes por la tarde, Max se paró en su cubículo.

—Lo siento, Licenciado —dijo Max con voz firme—. Mi contrato dice que mi horario termina a las 6. Tengo compromisos personales. El lunes a primera hora lo reviso.

El jefe se quedó boquiabierto. El “Max Godínez” sumiso había desaparecido. Frente a él había un hombre de 1.90 que imponía respeto.
—Ah… está bien, Max. El lunes. Que… que tengas buen fin.

Max salió de la oficina sintiéndose el dueño del mundo.

Esa tarde, había quedado de ver a Ximena. No para correr, sino para ir al cine. Una “cita”. Aunque ninguno de los dos había usado esa palabra todavía, flotaba en el aire como un globo de helio en una habitación pequeña.

Max llegó al punto de encuentro, una cafetería en Coyoacán. Llevaba unos jeans nuevos, una camisa blanca remangada en los antebrazos y olía a loción cara (un regalo que se hizo a sí mismo con el bono de puntualidad).

Ximena estaba sentada en una mesa de afuera, leyendo un libro. Llevaba un vestido azul ligero y el cabello suelto. Cuando vio llegar a Max, cerró el libro y se quedó mirándolo un momento, como si no reconociera al hombre que se acercaba.

—¿Busca a alguien, señorita? —bromeó Max al llegar.

—Busco a un ex-marine gruñón que odia correr —respondió ella con una sonrisa coqueta—. Pero creo que me mandaron a su doble de acción. Te ves muy guapo, Max.

—Tú te ves hermosa, Ximena. Como siempre.

Se sentaron. Pidieron café. El atardecer caía sobre Coyoacán, pintando la iglesia de San Juan Bautista de naranja.
Hablaron de todo y de nada. De las clases de diseño de Ximena, del nuevo proyecto de Max, de lo bien que cocinaba ahora Doña Esperanza las verduras.

Pero había algo más. Max sentía una presión en el pecho, una necesidad de decir algo que llevaba meses creciendo.

—Ximena… —empezó, jugando con la cucharita del café.

—¿Qué pasa?

—He estado pensando. Hace seis meses, yo era un zombi. Iba del trabajo a la casa, comía hasta reventar y dormía para no pensar. Estaba esperando morirme de un infarto a los cuarenta.

Levantó la vista y la miró fijamente.
—Y luego te encontré en ese tren. O tú me encontraste a mí. No sé. El punto es que… me salvaste. Yo te defendí de unos borrachos, sí. Pero tú me salvaste la vida de verdad. Me enseñaste a quererme otra vez. Me enseñaste que no estoy “acabado”.

Ximena tenía los ojos brillantes. Extendió su mano sobre la mesa y tomó la de él.
—Tú también me salvaste, Max. Yo me sentía la mujer más tonta y pequeña del mundo. Me sentía usada. Tú me diste fuerza. Me hiciste sentir protegida y valiosa. Me hiciste ver que hay hombres buenos. Hombres de verdad.

Max giró la mano para entrelazar sus dedos con los de ella. Encajaban perfectamente.
—No quiero ser solo tu amigo de correr, Ximena. Ya no puedo.

Ximena apretó su mano.
—Yo tampoco quiero que seas solo eso.

Se inclinaron sobre la mesa. Fue lento, natural, inevitable.
El beso no fue de película de Hollywood. Fue mejor. Fue un beso con sabor a café, a timidez y a promesas cumplidas. Fue un beso que decía “estoy aquí” y “no me voy a ir”.

Cuando se separaron, Max sonrió.
—¿Eso significa que ya somos novios o tengo que llenar un formulario de solicitud?

Ximena rio, limpiándose una lágrima de felicidad.
—Creo que te puedes saltar el trámite burocrático. Estás contratado.

Pasaron los meses.
Llegó el invierno, luego la primavera.
Max y Ximena se volvieron inseparables. Él la ayudó a montar un pequeño negocio de diseño gráfico en línea. Ella lo ayudó a prepararse para una carrera de 10 kilómetros.

Un domingo por la mañana, Doña Esperanza estaba en la cocina, tarareando una canción de Juan Gabriel mientras preparaba el desayuno (hot cakes de avena, por supuesto). Max entró, vestido de traje.
—¿A dónde vas tan guapo, mijo? Es domingo.

—Voy a ver a Ximena, ma.

—¿Otra vez? Si la viste ayer.

—Sí, pero hoy es especial.

—¿Por qué?

Max se ajustó la corbata frente al espejo del pasillo. El reflejo le devolvió la imagen de un hombre fuerte, sano, feliz. Un hombre que había recuperado su esencia.
—Porque hoy le voy a pedir que se case conmigo.

Doña Esperanza soltó el cucharón. Se llevó las manos a la boca.
—¡Ay, mi niño! ¡Por fin! Ya me estaba yo preocupando de que se te fuera a ir el tren… literalmente.

Max rio y abrazó a su madre.
—No, ma. Ese tren ya no se me va.

Salió de la casa. El sol brillaba. El aire olía a oportunidad.
Maximiliano, el ex-marine, el programador, el “gordo del vagón”, ya no existía.
Ahora solo existía Max. El hombre que había despertado a la bestia, la había domado y la había convertido en su mejor versión por amor.

Mientras caminaba hacia el coche (ahora limpio y ordenado), pensó en aquel día en la estación Buenavista. En el sudor, la vergüenza, el miedo. Y dio gracias. Gracias a los borrachos, gracias al tren, gracias al destino.

Porque a veces, tienes que tocar fondo para poder impulsarte y saltar hacia el cielo.

Y Max estaba volando.

CAPÍTULO 8: EL PACTO DE LOS RIELES Y EL AMANECER

Seis meses después.

El día de la boda amaneció con ese cielo azul intenso y limpio que la Ciudad de México regala de vez en cuando, como pidiendo perdón por el smog del resto de la semana.

No iba a ser una boda de revista en un salón de Polanco con candelabros de cristal. Max y Ximena no querían eso. Querían algo real. Algo suyo. Habían elegido un jardín pequeño pero hermoso en Tepotzotlán, un Pueblo Mágico al norte de la ciudad, con sus calles empedradas y su aire de provincia.

Max estaba parado frente al espejo de una habitación del hotelito donde se estaban preparando. Doña Esperanza estaba detrás de él, luchando con el nudo de su corbata.

—Estate quieto, niño, que te vas a ahorcar tú solo —le regañaba cariñosamente, aunque sus manos temblaban un poco por la emoción.

Max se miró en el espejo. El traje azul marino (hecho a la medida, porque su cuerpo ya no era talla estándar de tienda departamental) le quedaba impecable. Sus hombros anchos llenaban la tela sin arrugas, y la camisa blanca resaltaba su piel bronceada por meses de correr al aire libre. Ya no había rastro de la papada, ni de las ojeras de cansancio crónico.

Pero el cambio más grande no estaba en el traje. Estaba en la postura. Estaba parado derecho, firme, como el Teniente que alguna vez fue, pero sin la rigidez militar. Tenía una calma nueva, una serenidad en la mirada.

—Listo —dijo Doña Esperanza, dándole una palmadita en el pecho—. Estás guapísimo, mijo. Tu papá, que en paz descanse, estaría muy orgulloso de verte. No solo por lo flaco, eh… sino por lo hombre de bien que eres.

Max se giró y abrazó a su madre. Ella le llegaba apenas al pecho.
—Gracias, ma. Por todo. Por los chilaquiles, por los regaños y por aguantarme cuando era un oso invernando en tu sala.

—Ay, cállate, que me vas a hacer llorar y se me corre el rímel —rio ella, sorbiéndose la nariz—. Ándale, vete ya, que el novio no puede llegar tarde. Eso es de mala educación.

Max salió al jardín. Los invitados ya estaban llegando. Eran pocos, solo los imprescindibles: Doña Clara (la mamá de Ximena), algunos primos, un par de amigos de la oficina de Max que se habían ganado su respeto, y Sofía, la nutrióloga “torturadora”.

No había lujos excesivos, pero había detalles que contaban su historia. En las mesas, en lugar de números, había nombres de estaciones del Tren Suburbano: “Mesa Buenavista”, “Mesa Fortuna”, “Mesa Lechería”. Era un guiño privado entre ellos, un recordatorio de dónde había empezado todo.

La música empezó a sonar. No era la marcha nupcial tradicional, sino una versión instrumental suave de “Eres” de Café Tacvba, una canción que habían escuchado juntos en su primera cita “oficial”.

Todos se pusieron de pie.

Y entonces apareció ella.

Ximena caminaba por el sendero de piedra del brazo de su tío (su padre había fallecido hacía años). No llevaba un vestido de princesa de Disney con mil capas de tul. Llevaba un vestido sencillo, de corte recto, con encaje delicado en los hombros y una caída suave que se movía con el viento. Llevaba el cabello suelto, adornado con unas pequeñas flores blancas.

Max sintió que se le cortaba la respiración. No por correr, no por esfuerzo. Por pura belleza.

Recordó la primera vez que la vio: encogida, gris, llorando, escondida tras unos lentes oscuros y un suéter viejo. La mujer que caminaba hacia él ahora era luz pura. Caminaba con la cabeza alta, sonriendo, radiante. No era una víctima. Era una reina.

Cuando Ximena llegó al altar improvisado bajo un árbol viejo, Max le tomó la mano. Estaba fría por los nervios, pero su agarre era firme.

—Hola, soldado —susurró ella.

—Hola, jefa —respondió él.

La ceremonia fue breve y emotiva. El juez habló del amor como un equipo, como una construcción diaria. Pero cuando llegó el momento de los votos, Max sacó un papelito doblado de su bolsillo.

Se aclaró la garganta. Miró a los invitados, luego miró a Ximena.

—Ximena… —comenzó, y su voz profunda resonó en el jardín silencioso—. Dicen que el amor te encuentra cuando menos lo esperas. Yo no lo esperaba. Yo me había rendido. Me había conformado con ser una sombra de lo que fui. Estaba perdido en mi propia vida.

Hizo una pausa para controlar la emoción que le subía por la garganta.

—Aquel día en el tren, yo creí que te estaba salvando a ti de dos patanes. Pero la verdad es que tú me salvaste a mí. Me salvaste de la apatía. Me diste una misión cuando ya no tenía ninguna. Me diste un motivo para levantarme, para correr, para ser mejor. No te prometo que no habrá días difíciles. Pero te prometo que, pase lo que pase, siempre voy a ser tu escudo y tu compañero. Nunca vas a volver a caminar sola por un bosque oscuro. Nunca.

Ximena tenía lágrimas rodando por las mejillas, pero esta vez no se las limpió. Dejó que cayeran libremente.

—Max —dijo ella, con voz temblorosa pero clara—. Yo estaba rota. Me habían hecho creer que no valía nada, que era fácil de engañar y de desechar. Tú recogiste mis pedazos con esas manos grandes tuyas y me ayudaste a pegarlos de nuevo, pero con oro, como hacen los japoneses, para que las cicatrices fueran hermosas. Me enseñaste que la fuerza no es solo músculos; es bondad, es paciencia, es estar ahí. Te amo, mi oso, mi héroe, mi vida entera.

Cuando el juez dijo: “Puede besar a la novia”, Max no lo dudó. La tomó de la cintura, la inclinó ligeramente como en las películas clásicas y la besó. Los aplausos estallaron, pero para ellos, el mundo se quedó en silencio otra vez.


La fiesta fue épica. Hubo mole, hubo arroz, hubo tequila y hubo baile.

Max, el hombre que hace seis meses se fatigaba al atarse las agujetas, bailó cumbias, salsas y hasta rock and roll durante tres horas seguidas sin sentarse. Ximena giraba a su alrededor, riendo, feliz.

En un momento de la noche, Max salió del bullicio de la carpa para tomar un poco de aire fresco. Se recargó en una barandilla de piedra que daba hacia el valle. Las luces de la ciudad brillaban a lo lejos como un mar de estrellas caídas.

Alguien se le acercó por detrás.

—¿Te escapas de tu propia boda? —era Ximena, con dos copas de vino en la mano.

—Solo un momento de reflexión táctica —sonrió Max, aceptando la copa.

—¿Y cuál es el reporte, Teniente?

Max miró hacia el horizonte, hacia donde se adivinaba la silueta de los volcanes bajo la luna.

—Misión cumplida —dijo suavemente—. Objetivo asegurado. Bajas: cero. Ganancias: incalculables.

Ximena se recargó en su hombro.
—¿Sabes qué me dijeron mis primas?

—¿Qué?

—Que hacíamos una pareja rara. Tú tan grandote y yo tan chiquita. Que parecemos “La Bella y la Bestia”.

Max soltó una carcajada.
—Tienen razón. Pero en el cuento, la Bestia se convierte en príncipe al final, ¿no?

—Para mí siempre fuiste un príncipe, Max. Incluso cuando estabas sudado y gruñendo en el tren.

Se quedaron en silencio un momento, disfrutando de la brisa nocturna.

—Max… —dijo Ximena de repente.
—¿Sí?
—¿Crees que Carlos aprendió la lección?

Max bebió un sorbo de vino. No había pensado en Carlos en meses. El nombre le sonaba lejano, como un mal sueño olvidado.
—No lo sé. Y honestamente, no me importa. La gente como él… ellos mismos se construyen su propia cárcel. Él vive huyendo, vive mintiendo. Nosotros… nosotros vivimos de verdad. Esa es la mejor venganza. Que él siga siendo una rata y nosotros seamos felices.

—Tienes razón. Que se pudra.

—¡Esa es mi chica! —rio Max, besándole la coronilla.

—Oye… —Ximena se giró para mirarlo—. Mañana empieza la luna de miel, pero… ¿qué vamos a hacer cuando regresemos? Digo, ya no hay boda que planear, ya no hay kilos que bajar con urgencia…

Max sonrió.
—Hay una vida que vivir, Ximena. Quiero seguir estudiando ciberseguridad. Quiero que tu negocio de diseño crezca. Quiero… —dudó un segundo—. Quiero que un día, quizás no pronto, pero un día, tengamos un “mini-Max” o una “mini-Ximena” corriendo por ahí.

Ximena abrió los ojos, sorprendida y emocionada.
—¿Un bebé? ¿Tú quieres ser papá?

—Creo que sí. Tengo mucho amor acumulado que no usé en años. Y creo que se me daría bien enseñar a alguien a andar en bicicleta… o a hackear a sus novios si se portan mal.

Ximena rio a carcajadas.
—¡Pobre del novio de nuestra hija! Con un papá como tú, va a tener que presentar antecedentes penales antes de invitarla al cine.

—Exacto. Seguridad ante todo.

—Te amo, Max.

—Te amo, Ximena.

Regresaron a la fiesta tomados de la mano.

Mientras caminaban de vuelta a la luz y la música, Max se dio cuenta de que su transformación estaba completa.

Había empezado como un hombre derrotado, huyendo de su propio reflejo en una ventana sucia de un vagón de tren. Un hombre que se escondía en la comida y en la pantalla de una computadora.

Ahora, era un hombre que caminaba hacia el futuro con la mujer que amaba. Había despertado a la bestia, sí. Pero no para destruir, sino para construir.

La disciplina había vuelto. El honor había vuelto. Pero lo más importante era que la esperanza había vuelto.

La vida, pensó Max mientras entraba a la pista de baile, es como ese tren suburbano. A veces va llena, a veces apesta, a veces te encuentras con gente horrible que te quiere hacer daño. Pero si tienes el valor de levantarte del asiento, de enfrentar a los monstruos y de extender la mano a quien lo necesita… a veces, solo a veces, el viaje te lleva a un destino maravilloso que no estaba en el mapa.

Y mientras bailaba abrazado a Ximena, bajo las luces y los aplausos de su familia, Max supo que, por fin, había llegado a casa.

FIN

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