EL ESPOSO REGRESÓ ANTES DE SU VIAJE DE TRABAJO PARA SORPRENDER A SU MUJER, PERO LO QUE ENCONTRÓ EN LA COCINA FUE UNA PESADILLA QUE DESTRUYÓ SU MATRIMONIO EN UN SEGUNDO: UNA TRAICIÓN IMPERDONABLE CON EL HOMBRE QUE MENOS ESPERABA.

PARTE 1: LA GRIETA EN EL MURO

CAPÍTULO 1: El Eco del Silencio

El departamento olía a café quemado y a esa humedad rancia que se acumula cuando las palabras no dichas pesan más que los muebles. Eran las seis de la mañana en la Ciudad de México, y el cielo apenas empezaba a teñirse de un gris sucio, anunciando otro día caluroso y asfixiante. Maximiliano estaba de pie frente al espejo del baño, ajustándose el nudo de la corbata con movimientos mecánicos, casi violentos. Se miró a los ojos y notó las líneas rojas que surcaban la esclerótica; otra noche de insomnio, otra noche de dar vueltas en la cama sintiendo el cuerpo de Ana a su lado, tan cerca pero tan inalcanzable, como si hubiera un abismo invisible separando sus colchones.

“Es por el bien de los dos”, se repitió mentalmente, una frase que se había convertido en su mantra, en su escudo contra la culpa. “Si cierro este trato en Monterrey, por fin podremos respirar”. Pero en el fondo, sabía que el aire faltaba por otras razones.

Salió del baño y arrastró su maleta de ruedas por el pasillo. El sonido de las llantitas contra la duela laminada resonó como un trueno en el silencio sepulcral de la casa. Al llegar a la sala, vio a Ana. Estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia la calle vacía, con los brazos cruzados sobre el pecho en un gesto defensivo que se había vuelto su postura habitual. Llevaba puesta su bata de dormir, esa de algodón rosa que ya tenía algunas hebras sueltas, y el cabello recogido en un chongo desordenado. Se veía hermosa, pensó Max con una punzada de dolor, pero también se veía increíblemente triste.

—Ya me voy —anunció él, su voz sonando extrañamente fuerte en la quietud de la mañana.

Ana no se giró de inmediato. Tardó unos segundos, como si estuviera calculando si valía la pena el esfuerzo. Cuando finalmente lo hizo, sus ojos oscuros se posaron en él con una mezcla de resignación y cansancio que le heló la sangre. No había enojo, y eso era lo peor. El enojo implica pasión, implica que todavía te importa lo suficiente como para gritar. Lo que había en los ojos de Ana era indiferencia, o quizás, una decepción que ya se había calcificado.

—¿Llevas todo? —preguntó ella, monótona.

—Sí. El cargador, los papeles, la laptop… —Max se detuvo, sintiéndose ridículo enumerando objetos cuando lo que quería era enumerar razones para quedarse—. Ana, te prometo que este es el último viaje pesado. En cuanto regrese, pedimos vacaciones. Nos vamos a donde tú quieras. A la playa, a un pueblo mágico, a donde sea. Solo tú y yo.

Ana soltó un suspiro breve, casi imperceptible. Caminó hacia la cocina, esquivando su mirada.

—Eso dijiste la vez pasada, Max. Y la antepasada.

—¡Pero esta vez es en serio! —insistió él, siguiéndola hasta la entrada de la cocina. La vio servirse un vaso de agua con movimientos lentos—. Entiende, flaca, si me dan el bono, liquidamos el coche. Ya no vamos a estar apretados a fin de mes. Lo hago por nosotros, para construir un futuro.

Ana dejó el vaso sobre la barra de granito con un golpe seco. Se giró hacia él, y por primera vez en semanas, Max vio un destello de fuego en su mirada.

—¿Un futuro? —repitió ella, con la voz temblando ligeramente—. Max, estamos perdiendo el presente. ¿De qué me sirve un coche pagado o una casa más grande si nunca estás aquí para vivirlos? ¿De qué me sirve tener dinero en la cuenta si ceno sola seis días a la semana?

Max sintió que la frustración le subía por el cuello. ¿Por qué no podía entenderlo? Él no estaba de fiesta, no estaba perdiendo el tiempo. Se estaba partiendo el lomo trabajando doce horas diarias para que a ella no le faltara nada. Recordó los días en la vieja vecindad, contando las monedas para el gas, y el juramento que se hizo a sí mismo de nunca volver a pasar por eso.

—No es tan simple, Ana. La vida cuesta. Y cuesta mucho. Si aflojo el paso ahora, me reemplazan. Así es el mundo corporativo.

—Pues a lo mejor prefiero ser pobre pero tener un marido —replicó ella, tajante.

El silencio que siguió fue denso, pegajoso. Max miró su reloj. El Uber estaba a dos minutos. No tenía tiempo para esta discusión, no ahora. Se acercó a ella, intentando darle un beso de despedida, pero Ana giró la cara en el último segundo, ofreciéndole apenas la mejilla. El rechazo fue físico, un golpe en el estómago.

—Tengo que irme —dijo él, con la voz ronca.

—Que te vaya bien —murmuró Ana, volviendo a mirar por la ventana.

Max tomó su maleta y salió del departamento. Al cerrar la puerta, se recargó un momento contra la madera fría, cerrando los ojos. Sentía un peso en el pecho que no tenía nada que ver con el equipaje. Bajó las escaleras de dos en dos, huyendo de la sensación de fracaso que lo perseguía.

El taxi olía a aromatizante barato de pino y a cigarro viejo. El conductor, un señor mayor con bigote canoso, intentó hacer plática sobre el clima y el tráfico del Viaducto, pero Max solo respondía con monosílabos, mirando por la ventana cómo la ciudad despertaba. Edificios grises, gente corriendo hacia el metro, puestos de tamales humeando en las esquinas. Todo parecía normal, y sin embargo, su mundo se sentía fuera de eje.

Sacó el celular y abrió el chat con Ana. “En camino al aeropuerto. Te amo”, escribió. Se quedó mirando la pantalla, esperando el “escribiendo…” que nunca apareció. Bloqueó el teléfono y lo aventó al asiento de al lado.

Durante el vuelo a Monterrey, Max no pudo concentrarse en la presentación que tenía que repasar. Su mente viajaba al pasado, a los primeros años. Recordaba las risas, las cenas improvisadas con tacos en la calle, las caminatas por Coyoacán tomados de la mano sin preocuparse por la hora. ¿En qué momento se habían convertido en dos extraños que compartían una hipoteca? Él creía que estaba “avanzando”, subiendo la escalera del éxito, pero ahora, mirando las nubes desde la ventanilla del avión, sentía que cada escalón que subía lo alejaba más de la única persona que realmente le importaba.

“Voy a arreglarlo”, se prometió a sí mismo mientras el avión aterrizaba. “Voy a terminar esto rápido, voy a regresar antes y voy a arreglarlo. Cueste lo que cueste”.

No sabía que el destino ya había echado las cartas, y que a veces, las promesas llegan demasiado tarde.


CAPÍTULO 2: La Sombra del Pasado

Para Ana, el sonido de la puerta cerrándose fue como el disparo de salida para una carrera de soledad que ya conocía de memoria. Se quedó inmóvil en la cocina, escuchando cómo los pasos de Max se desvanecían escaleras abajo. Luego, el silencio. Ese maldito silencio que se colaba por debajo de las puertas y llenaba cada rincón del departamento.

Se preparó un café que no quería y se sentó en la mesa del comedor, esa mesa para seis personas que siempre se sentía demasiado grande para ella sola. Miró a su alrededor. El departamento estaba impecable, decorado con buen gusto, “de revista”, como decían sus amigas. Pero se sentía frío, estéril. Faltaba vida. Faltaba desorden, faltaban risas, faltaba calor humano.

—Estás exagerando, Ana —se dijo en voz alta, solo para escuchar algo más que el zumbido del refrigerador—. Es trabajo. Él te quiere.

Pero las palabras sonaban vacías. La duda se había instalado en su corazón hacía meses, como una humedad que va carcomiendo los cimientos sin que te des cuenta hasta que la pared se viene abajo.

Pasaron dos días. La rutina de Ana se volvió un mecanismo de supervivencia: levantarse, ir a la agencia de viajes, sonreír a clientes que planeaban lunas de miel que le daban envidia, regresar a casa, cenar cereal, ver Netflix hasta quedarse dormida en el sofá. Max mandaba mensajes esporádicos, funcionales, carentes de alma. Ella contestaba con emojis, porque las palabras le costaban demasiado.

El tercer día, el destino decidió intervenir.

Ana salió de la oficina con un dolor de cabeza punzante. Necesitaba aire, necesitaba caminar. En lugar de tomar el metrobús, decidió caminar unas cuadras hasta un mercado gourmet que habían abierto cerca de la colonia. Quería comprar un vino, quizás un queso bueno. Darse un gusto, aunque fuera sola.

Estaba distraída, revisando la fecha de caducidad de un frasco de aceitunas, cuando escuchó esa voz.

—¿Ana? ¿La Ana que le rompió el corazón a medio CCH Sur?

Ana se giró de golpe, casi tirando el frasco. Frente a ella, con una sonrisa ladeada y unos ojos vivaces que brillaban con picardía, estaba Igor.

Igor. Su mejor amigo de la adolescencia. El confidente, el payaso, el que siempre estuvo ahí… hasta que la vida los llevó por caminos distintos. No lo había visto en al menos cinco años. Se veía diferente, más hombre, más seguro de sí mismo. Llevaba una chamarra de cuero y una barba bien recortada que le daba un aire interesante.

—¡Igor! —exclamó ella, y por primera vez en días, su sonrisa fue genuina, naciendo desde el estómago—. ¡No lo puedo creer! ¿Qué haces aquí? ¡Pensé que vivías en el norte!

—Regresé, mujer. La tierra llama —dijo él, abriendo los brazos. Ana no lo dudó y se lanzó a abrazarlo. El abrazo fue cálido, sólido. Igor olía a madera y a una loción cara que le resultó extrañamente reconfortante—. Me transfirieron a las oficinas de Polanco hace un mes. ¡Mírate nada más! Estás… wow. Estás preciosa, Ana.

Ana sintió que las mejillas le ardían. Hacía tanto que no escuchaba un cumplido así, dicho con esa intensidad, mirándola directamente a los ojos y no a una pantalla de celular.

—Gracias, tú tampoco estás nada mal —rió ella, nerviosa—. ¿Y qué? ¿Vienes de compras o a asaltar el área de degustación como en los viejos tiempos?

Igor soltó una carcajada que hizo que varias personas voltearan.

—Un poco de ambas. Pero ahora que te veo, mis planes acaban de mejorar. ¿Tienes prisa? ¿O me aceptas un café para que me cuentes qué ha sido de tu vida?

Ana dudó un segundo. Pensó en el departamento vacío, en el silencio, en el celular que probablemente no sonaría en toda la noche.

—No, no tengo prisa. Vamos por ese café.

Se sentaron en una pequeña terraza. Lo que empezó como un café se convirtió en una cena ligera, y la cena en una botella de vino. Hablar con Igor era fácil, fluido. No había que forzar nada. Recordaron anécdotas de la escuela, se rieron de los maestros, de los exnovios, de las tonterías que hacían. Ana se sentía ligera, como si se hubiera quitado una mochila llena de piedras.

Pero poco a poco, la conversación se tornó más profunda. Igor, con esa habilidad innata que siempre tuvo para leerla, empezó a hacer las preguntas difíciles.

—¿Y el famoso Max? —preguntó Igor, jugando con el tallo de su copa—. Me acuerdo que en la uni no lo soltabas ni para ir al baño. ¿Siguen juntos?

La sonrisa de Ana se desvaneció un poco. Asintió, tomando un sorbo largo de vino.

—Sí, seguimos casados. Todo bien.

Igor arqueó una ceja. No dijo nada, pero su mirada lo decía todo. Era una mirada de “no te creo nada”.

—¿Todo bien? —insistió él suavemente—. Ana, te conozco. Tus ojos no mienten. Tienes esa mirada… la misma que ponías cuando reprobabas matemáticas y no querías decirle a tu mamá.

Ana soltó una risa amarga.

—Es complicado, Igor. Max trabaja mucho. Viaja mucho. Ahorita está en Monterrey. Casi nunca está.

Igor se inclinó hacia adelante, invadiendo sutilmente su espacio personal. Su voz bajó de tono, volviéndose más íntima, casi un susurro.

—Entonces eres una mujer casada pero soltera en la práctica. Qué desperdicio, Ana.

El comentario la golpeó. Se sintió ofendida, pero al mismo tiempo, validada. Alguien lo veía. Alguien reconocía su soledad.

—Él lo hace por nosotros —defendió ella, repitiendo el discurso de Max, aunque en su boca sonaba falso—. Quiere darnos una buena vida.

—¿Una buena vida es dejarte sola? —cuestionó Igor, sin quitarle la vista de encima—. Una buena vida es compartir, Ana. Es estar ahí. Si yo tuviera a una mujer como tú en casa, no habría contrato millonario que me sacara de ahí. Te lo juro.

Ana se quedó callada, mirando el vino tinto girar en la copa. El corazón le latía con fuerza. Sabía que Igor estaba cruzando una línea, pero no tenía la fuerza para detenerlo. Se sentía bien ser vista, ser deseada, ser la prioridad de alguien, aunque fuera por un par de horas en una terraza cualquiera.

—Ya es tarde —dijo ella finalmente, rompiendo el hechizo—. Tengo que irme.

Igor no insistió. Pidió la cuenta y la acompañó hasta la puerta de su edificio. Caminaron en silencio, pero era un silencio cargado de electricidad, muy diferente al silencio vacío de su departamento.

—Gracias por hoy, Igor —dijo ella, buscando las llaves en su bolsa—. Me hizo bien reír un rato.

Igor se acercó un paso más. Estaba lo suficientemente cerca como para que Ana sintiera el calor de su cuerpo.

—A mí también, Ana. No sabes cuánto. Oye… —titubeó un momento, algo raro en él—. Voy a estar por aquí unos días más arreglando mi departamento. Si te sientes sola, o si simplemente quieres platicar… mándame un mensaje. No te quedes encerrada hablándole a las paredes. No te lo mereces.

Ana asintió, incapaz de hablar. Igor le dio un beso en la mejilla, demorándose un segundo más de lo necesario, rozando casi la comisura de sus labios. Luego se dio la vuelta y se alejó caminando con esa seguridad arrogante.

Ana subió a su departamento con el corazón en la garganta. Al entrar, el silencio la recibió de nuevo, pero esta vez, ya no se sentía tan abrumador. Ahora tenía algo más en la cabeza. Una duda. Una tentación. Y el eco de las palabras de Igor: “No te lo mereces”.

Esa noche, cuando Max mandó su mensaje de “Buenas noches, estoy muerto de cansancio”, Ana no contestó de inmediato. Se quedó mirando el teléfono, y luego, con los dedos temblorosos, abrió el contacto de Igor que acababa de guardar y escribió: “Gracias por escucharme”.

No sabía que con ese simple mensaje, estaba abriendo una puerta que ya no podría cerrar.

CAPÍTULO 3: El Dulce Veneno de la Nostalgia

Los mensajes de Igor empezaron como un goteo constante, inofensivo al principio, pero capaz de horadar la piedra más dura. A la mañana siguiente de su encuentro, Ana despertó con una sensación extraña en el pecho, una mezcla de “cruda moral” y una chispa de emoción que no sentía desde hacía años. Revisó su celular antes incluso de levantarse al baño.

Mensaje de Max (06:30 AM): “Junta todo el día. Te marco en la noche si no acabo muy tarde. Desayuna rico.”

Mensaje de Igor (08:15 AM): “Buenos días, perdida. Todavía me estoy riendo de lo que me contaste ayer sobre el profesor de química. Espero que hoy tengas un día tan bonito como tu sonrisa. P.D. No te saltes el desayuno.”

Ana leyó ambos mensajes. El contraste era brutal. El de su esposo era funcional, logístico, frío. El de Igor era cálido, personal, atento. Suspiró y dejó el teléfono en la mesita de noche, sintiéndose culpable por la sonrisita que se le escapó al leer el segundo.

Durante los siguientes dos días, Igor se convirtió en su sombra digital. Le mandaba memes, canciones que escuchaban en la prepa, fotos de lugares en la Ciudad de México que le recordaban a ella. Ana se descubrió a sí misma esperando esos mensajes, buscando excusas para revisar el celular en medio de su trabajo en la agencia. Era como una adicción repentina, una dosis de dopamina en medio de su vida gris.

El jueves por la tarde, el cielo de la ciudad se cayó. Una de esas tormentas típicas de mayo que convierten las calles en ríos y el tráfico en un estacionamiento gigante. Ana estaba en su departamento, mirando la lluvia golpear el ventanal, cuando sonó el interfón.

—¿Sí? —contestó, extrañada. No esperaba paquetería.
—Soy yo. Ábreme, que me estoy empapando y traigo tacos —dijo la voz de Igor, distorsionada por la estática.

El corazón de Ana dio un vuelco. Sabía que no debía abrir. Sabía que dejarlo subir a su departamento, su espacio sagrado con Max, era cruzar una línea invisible. Pero afuera llovía a cántaros, se sentía terriblemente sola, y la mención de los tacos (seguramente al pastor, sus favoritos) fue la estocada final a su fuerza de voluntad.

—Sube —dijo, y el zumbido de la puerta al abrirse sonó como una sentencia.

Igor llegó empapado, con una bolsa de plástico escurriendo agua y una sonrisa de oreja a oreja.
—No manches, está horrible allá afuera —dijo sacudiéndose el agua de la chamarra—. Pero la misión fue un éxito: tacos de “El Huequito”, con todo y salsa de la que pica.

Cenaron en la cocina. Ana sacó unas cervezas del refrigerador. La atmósfera era peligrosamente doméstica. Si alguien hubiera entrado en ese momento, habría pensado que ellos eran la pareja que vivía ahí. Igor se movía con confianza, abriendo los cajones para buscar servilletas, sirviendo la salsa.

—¿Sabes qué es lo que más extrañaba de México? —dijo Igor, mordiendo un taco—. Esto. La comida, la lluvia… y a ti.

Ana casi se atraganta con su cerveza.
—Igor, ya vas a empezar…
—Es la neta, Ana —la interrumpió él, dejando el taco en el plato y mirándola fijamente. Sus ojos oscuros tenían una intensidad que la hacía sentir desnuda—. Me fui huyendo, ¿sabes? Cuando te hiciste novia de Max en la universidad, no aguanté. Me fui a Guadalajara porque verte con él todos los días me mataba. Y ahora regreso y… te veo así.

—¿Así cómo? —preguntó ella en un susurro, temiendo la respuesta.

—Apagada. Como un foco que está a punto de fundirse. —Igor estiró la mano sobre la mesa y cubrió la de ella. Su palma estaba caliente, callosa, real—. Max es un buen tipo, no digo que no. Pero es un ciego. Tiene un Ferrari guardado en el garaje y nunca lo saca. Tú necesitas a alguien que te maneje, Ana. Alguien que quiera recorrer el mundo contigo, no solo mandarte fotos desde un hotel.

Ana intentó retirar la mano, pero no tuvo fuerza. O quizás no quiso.
—Él trabaja mucho para darnos un futuro…
—¿Y el presente? —replicó Igor, apretando suavemente sus dedos—. La vida es hoy, Ana. ¿Qué pasa si mañana le da un infarto? ¿O si a ti te pasa algo? ¿Se van a ir de este mundo con la cuenta de banco llena y el corazón vacío? Yo no quiero eso para ti. Yo quiero que seas feliz. Y creo… creo que yo podría hacerte feliz.

El silencio en la cocina era espeso. Solo se escuchaba la lluvia golpeando contra el cristal y la respiración agitada de Ana. Se sentía mareada. Las palabras de Igor eran exactamente lo que su ego herido necesitaba escuchar. Era seductor pensar que era la víctima, la princesa abandonada en la torre, y que este caballero había llegado a rescatarla.

—No puedo, Igor —dijo finalmente, con la voz rota—. Estoy casada. Tengo un compromiso.
—Los papeles son papeles —susurró él, levantándose de la silla y rodeando la mesa hasta quedar junto a ella—. Lo que importa es lo que sientes aquí. —Le tocó el hombro, bajando la mano lentamente por su brazo. La piel de Ana se erizó—. Dime que no sientes nada cuando te toco. Dime que no te mueres de ganas de que te bese desde que nos vimos en el súper. Mírame a los ojos y dímelo, y te juro que me voy y no me vuelves a ver.

Ana levantó la vista. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Quería decirle que se fuera. Quería gritarle que respetara su casa. Pero en lugar de eso, se quedó callada, perdida en la mirada de él.
—Estoy confundida… —admitió.

Igor sonrió, una sonrisa triste y comprensiva. Se inclinó y le dio un beso en la frente, casto, pero cargado de promesa.
—No te voy a presionar. Pero no me voy a ir. Voy a estar aquí, esperando a que te des cuenta de que mereces más.

Se quedaron platicando hasta tarde. No pasó nada físico más allá de ese toque, de esas miradas cargadas de tensión eléctrica. Pero la traición emocional ya estaba consumada. Ana le había abierto la puerta de su intimidad, le había confesado sus penas, le había permitido criticar a su esposo en su propia mesa. Cuando Igor finalmente se fue, prometiendo volver al día siguiente para “ayudarle a arreglar esa repisa que estaba chueca”, Ana no se sintió aliviada. Se sintió como si estuviera cayendo por un tobogán oscuro y no tuviera dónde agarrarse.

Y lo peor de todo, era que le gustaba la caída.


CAPÍTULO 4: El Retorno Prematuro

A mil kilómetros de distancia, en una sala de juntas con aire acondicionado excesivo en Monterrey, Maximiliano firmaba el último documento.

—Un placer hacer negocios contigo, Max —dijo el cliente, un hombre robusto con acento norteño marcado, estrechándole la mano con fuerza—. La verdad, no pensé que lograras cerrar los números tan rápido. Eres un perro para la negociación.

Max sonrió, agotado pero triunfante.
—Gracias, Don Rogelio. Cuando hay motivación, uno trabaja el doble.

Miró el reloj. Eran las cuatro de la tarde del jueves. Su vuelo original estaba programado para el viernes en la noche, pero el trabajo estaba hecho. Ya no tenía nada que hacer en esa ciudad de montañas y cabrito. Podía irse al hotel, pedir servicio al cuarto y dormir doce horas… o podía intentar la locura.

Sacó su celular y buscó vuelos. Había uno saliendo a las 7:00 PM. Si corría al aeropuerto ahora mismo, llegaba.
El corazón le empezó a latir rápido. Se imaginó la cara de Ana. Llegaría a casa antes de la medianoche. Podría sorprenderla. Quizás ella ya estaría dormida, y él se metería en la cama sigilosamente para abrazarla. O tal vez estaría despierta viendo la tele, y pedirían una pizza y hablarían. Hablarían de verdad. Le diría que el bono estaba asegurado, que podían planear ese viaje. Que la amaba. Que sentía haber estado tan ausente.

“Va a ser el gesto romántico que necesitamos”, pensó, con esa ingenuidad trágica de los hombres que creen que un gran gesto puede borrar mil pequeñas ausencias.

Compró el boleto en ese instante, con los dedos temblorosos por la emoción. No le avisó. Quería que fuera una sorpresa total. Pasó a una joyería en el aeropuerto y compró una cadenita de plata sencilla, con un dije de corazón. No era la gran cosa, pero era un detalle. “Para que sepa que la llevo conmigo”, pensó.

El vuelo se retrasó media hora, lo cual aumentó su ansiedad. Max tamborileaba los dedos contra el reposabrazos, impaciente. Cuando finalmente aterrizaron en la Ciudad de México, ya eran pasadas las 9:30 PM.

La ciudad lo recibió con su caos habitual, pero esta vez, incluso el tráfico de Circuito Interior le parecía soportable porque cada metro avanzado era un metro menos de distancia entre él y Ana.
El taxista, un chavo joven que escuchaba reguetón a volumen bajo, lo miró por el retrovisor.
—¿Viene de chambear, jefe? Se ve cansado.
—Sí, pero ya voy de regreso a casa. A ver a mi mujer —respondió Max, y la palabra “mujer” le supo dulce en la boca.
—Ah, qué chido. Nada como llegar a casa. ¿Le va a caer de sorpresa?
—Sí, terminé antes. Espero que no se asuste —rió Max.
—Nombre, jefe, le va a dar un gusto enorme. Las sorpresas así son las que mantienen viva la llama.

“Ojalá tengas razón”, pensó Max, mirando las luces de la ciudad pasar como estelas borrosas.

Al llegar a su colonia, la Narvarte, sintió una punzada de nerviosismo en el estómago. El edificio se veía igual que siempre, una estructura de los años 70 con balcones pequeños. Vio luz en su ventana, en el tercer piso. “Está despierta”, pensó con alivio.

Bajó del taxi, pagó y tomó su maleta. El portero nocturno no estaba en su puesto, probablemente había ido a la tienda. Mejor, así nadie le avisaría por el interfón. Quería llegar hasta la puerta sin ser detectado.
Subió las escaleras despacio, saltándose el escalón que siempre crujía en el segundo piso. Su corazón latía tan fuerte que temía que se escuchara en todo el edificio. Llegó a su puerta, la 302.

Se detuvo un momento para recuperar el aliento y acomodarse el cabello. Iba a sacar las llaves cuando escuchó algo.
Risas.
No era la risa de la televisión. Era la risa de Ana. Pero no era esa risa cansada y breve de los últimos meses. Era una carcajada sonora, libre, cantarina. Una risa que él no escuchaba desde hacía años.
Y luego, otra voz. Una voz de hombre. Grave, profunda.

Max se quedó helado, con la llave a medio camino de la cerradura. El mundo se detuvo. Su cerebro intentó buscar explicaciones lógicas: ¿La televisión? ¿Su papá vino de visita? ¿Algún primo?
Pero la voz habló de nuevo, y las palabras se filtraron a través de la madera de la puerta, claras y devastadoras.

—…ya te dije que te ves hermosa cuando te enojas, Ana. Pero te ves mejor cuando te ríes.
—¡Ya cállate, tonto! —respondió Ana, con un tono juguetón que a Max le clavó un puñal en el pecho—. Sírvete otro tequila y deja de decir babosadas.

Max sintió que las piernas le fallaban. Esa familiaridad. Ese coqueteo. No era una visita familiar.
Pegó la oreja a la puerta, sintiéndose como un ladrón en su propia casa. La vergüenza y la furia empezaron a mezclarse en un cóctel venenoso en su sangre.

—En serio, Ana… —la voz del hombre se tornó más seria—. ¿Cuánto tiempo más vas a aguantar así? Él no va a cambiar. Los tipos como Max se casan con su trabajo. Tú eres solo un accesorio para su vida perfecta. Yo nunca te haría eso.

Hubo un silencio. Max contuvo la respiración, esperando que Ana lo defendiera. Esperando que ella dijera: “No hables así de mi marido, vete de mi casa”.
Pero Ana solo suspiró.
—No sé qué hacer, Igor. Tengo miedo.
—No tengas miedo. Estoy aquí. Siempre he estado aquí.

Max reconoció el nombre. Igor. El amigo de la prepa. Ese que siempre le había caído mal, ese que siempre miraba a Ana como si fuera un postre.
La sangre le subió a la cabeza, caliente y pulsante. La tristeza desapareció, reemplazada por una ira ciega, primitiva. Apretó la llave en su mano hasta que el metal se le encajó en la palma.

No iba a tocar el timbre. No iba a llamar antes de entrar.
Con un movimiento brusco, metió la llave en la cerradura y la giró. El clack del mecanismo sonó como un disparo en el silencio del pasillo.
Empujó la puerta con violencia, haciendo que chocara contra el tope de goma.

La escena se congeló frente a sus ojos.
La cocina estaba iluminada con una luz cálida. Había botellas de cerveza y una de tequila en la mesa. Había restos de comida. Y ahí estaban ellos.
Igor, sentado en SU silla, en la cabecera de la mesa, con la camisa desabotonada en el cuello y una expresión de arrogancia relajada que cambió a pánico en una fracción de segundo.
Y Ana… Ana estaba de pie junto a él, con una mano apoyada en el respaldo de la silla de Igor, en una postura de intimidad innegable. Su cabello estaba un poco despeinado, sus mejillas sonrosadas por el alcohol y la risa.

Cuando vio a Max, su rostro se transformó. La sonrisa se desintegró, reemplazada por una máscara de horror absoluto. El color abandonó su piel, dejándola pálida como un fantasma.
—¿Max? —susurró ella, como si estuviera viendo una aparición.

Max soltó la maleta. El golpe contra el suelo resonó en todo el departamento. Dio un paso adelante, sintiendo que cada músculo de su cuerpo estaba en tensión, listo para pelear o para romperse en mil pedazos.
Miró a Igor, luego a Ana, y finalmente a la botella de tequila casi vacía.

—Creí… —empezó a decir Max, con la voz quebrada, irreconocible—. Creí que llegar temprano sería una buena sorpresa.
Su mirada se endureció, clavándose en los ojos de su esposa.
—Pero veo que la sorpresa me la llevé yo.

El aire en la habitación se volvió irrespirable. La tormenta de afuera había cesado, pero dentro del departamento 302, el huracán apenas estaba comenzando.


CAPÍTULO 5: La Fractura Expuesta

El tiempo tiene una forma curiosa de comportarse durante las tragedias: se estira hasta volverse una goma insoportable. Para Maximiliano, los tres segundos que siguieron a su entrada duraron una eternidad. Podía escuchar el zumbido eléctrico del refrigerador, el goteo rítmico de la llave del fregadero que llevaba semanas prometiendo arreglar, y el sonido rasposo de su propia respiración luchando por salir de un pecho que sentía aplastado por una losa de concreto.

Ahí estaba Igor. El “amigo”. El tipo que en la prepa siempre pedía prestado para las copias y nunca pagaba. El que siempre tenía una broma a costa de los demás. Estaba sentado en la silla de Max, con esa postura desparramada de quien se siente dueño del lugar, con una mano cerca de la botella de tequila Don Julio que Max guardaba para ocasiones especiales. Para sus ocasiones especiales.

Y Ana… Ana parecía una estatua de sal. Sus manos, que segundos antes debían haber estado gesticulando o quizás tocando, ahora colgaban inertes a sus costados. Sus ojos iban de Max a Igor y de vuelta a Max, llenos de un pánico líquido.

—Max… —repitió ella, su voz apenas un hilo—. No… no es lo que piensas.

Esa frase. El cliché universal de la culpa. No es lo que piensas.

Maximiliano soltó una risa corta, seca, carente de cualquier humor. Sonó como un ladrido. Cerró la puerta detrás de él con un movimiento lento y deliberado, echando el cerrojo. El sonido metálico hizo que Ana diera un respingo.

—¿No es lo que pienso? —preguntó Max, avanzando hacia la cocina. No corrió, no gritó. Caminó con la pesadez de un hombre que carga el peso del mundo. Sus pasos resonaron en la duela—. Ilumíname entonces, Ana. Porque lo que yo pienso es que llego a mi casa, a mi maldita casa por la que me parto el lomo trabajando, y encuentro a este cabrón tomándose mi tequila y haciéndote reír como yo no lo logro hace años.

Igor, recuperando un poco de su arrogancia habitual, se puso de pie. Intentó adoptar una pose conciliadora, levantando las palmas de las manos, pero había un temblor en sus dedos que lo delataba.

—Bájale dos rayitas, Max —dijo Igor, y su tono condescendiente fue como gasolina sobre el fuego—. No te montes una película. Solo vine a ver cómo estaba. Ana se sentía sola, mano. Estaba triste. Solo le estaba haciendo compañía.

Max se detuvo a un metro de él. Podía olerlo. Olía a colonia cara y al alcohol que se había estado bebiendo. Pero debajo de eso, olía a traición.

—¿Compañía? —Max inclinó la cabeza, mirándolo con un asco profundo—. ¿A las diez de la noche? ¿Con la luz baja y chupando? No me quieras ver la cara de estúpido, Igor. Te conozco desde los quince años. Sé exactamente qué clase de buitre eres.

—Oye, tranquilo… —empezó Igor, dando un paso atrás al ver la vena que palpitaba en la frente de Max.

—¡No me digas que me tranquilice! —rugió Max, y el grito explotó en la pequeña cocina, haciendo vibrar los vasos en la alacena—. ¡Estás en mi casa! ¡Con mi mujer!

Ana se interpuso, poniéndose entre los dos con los brazos extendidos, como si intentara detener un choque de trenes.

—¡Por favor, Max! ¡Basta! —suplicó, con lágrimas corriendo por sus mejillas—. Te juro por mi madre que no pasó nada. No nos tocamos. Solo… solo hablábamos. Me sentía muy sola, Max. Tú nunca estás…

Las palabras golpearon a Max más fuerte que un puñetazo. Tú nunca estás.

—¿Que yo nunca estoy? —dijo Max, bajando la voz a un susurro peligroso, mirando a Ana a los ojos—. ¿Y dónde crees que estoy, Ana? ¿Crees que estoy de vacaciones en Monterrey? ¿Crees que me la paso bomba en los aeropuertos comiendo sándwiches fríos y durmiendo en camas que no son la mía? ¡Estoy trabajando! ¡Estoy construyendo esto! —señaló las paredes del departamento con un gesto violento—. ¡Todo esto! La hipoteca, el coche, la ropa que traes puesta… ¡todo sale de que yo no esté!

—¡Pero yo no te pedí cosas, te pedí a ti! —gritó Ana, rompiendo por fin su contención. Su grito estaba cargado de meses de frustración—. ¡Prefiero vivir en un cuarto de azotea contigo que en este departamento sola! E Igor… Igor me escuchó. Él sí se dio cuenta de que me estaba apagando.

Max sintió que el suelo se abría. La confesión de Ana no era una defensa; era una acusación. Y lo peor era que Igor, el intruso, sonrió levemente detrás de ella. Una sonrisa de triunfo.

—Ya la escuchaste, Max —dijo Igor, cruzándose de brazos, sintiéndose valiente detrás del escudo de Ana—. No la mereces. La tienes abandonada. Una mujer así necesita atención, necesita fuego. Tú te volviste un burócrata de tu propio matrimonio.

Esa fue la gota que derramó el vaso.

Max no lo pensó. Fue un instinto primitivo, animal. Apartó a Ana con suavidad pero con firmeza hacia un lado y se abalanzó sobre Igor. Lo agarró por las solapas de su camisa de marca y lo empujó contra la pared. El golpe seco del cuerpo de Igor contra el yeso hizo caer un cuadro decorativo que se rompió en el suelo.

—¡Max, no! —gritó Ana.

Max tenía el rostro a centímetros del de Igor. Podía ver el miedo en sus pupilas dilatadas.

—Escúchame bien, parásito —gruñó Max, apretando el agarre hasta que los nudillos se le pusieron blancos—. Tienes diez segundos para largarte de mi casa. Y si te vuelvo a ver cerca de Ana, cerca de mi edificio o incluso si te veo en la calle… te juro que te mato. Y no va a ser un decir. Te voy a romper la madre de verdad.

Igor tragó saliva. Toda su bravuconería se evaporó ante la violencia contenida en los ojos de Max. Asintió, incapaz de hablar.

Max lo soltó con un empujón que lo mandó trastabillando hacia el pasillo. Igor se arregló la camisa, recuperando un ápice de dignidad mientras caminaba hacia la puerta, pero no se atrevió a mirar atrás.

—Ana… —dijo Igor desde la puerta, intentando una última manipulación—. Si necesitas algo…

—¡Lárgate! —bramó Max, dando un paso hacia él.

Igor salió disparado. La puerta se cerró tras él, pero Max no se conformó. Fue y echó el cerrojo, luego puso la cadena de seguridad, como si quisiera evitar que la maldad volviera a entrar. Pero el daño ya estaba hecho. El veneno ya estaba dentro.

Se quedó parado frente a la puerta cerrada, respirando agitadamente. Sus manos temblaban. Sentía una mezcla de adrenalina y náuseas. Lentamente, se giró para enfrentar lo que quedaba en la cocina.

Ana estaba de pie junto a la mesa, abrazándose a sí misma, temblando. El cuadro roto estaba a sus pies. La botella de tequila seguía ahí, testigo mudo de la traición.

El silencio que siguió fue peor que los gritos. Era el silencio de algo que se ha roto y que no tiene arreglo. Max miró a su esposa, a la mujer que había amado desde la universidad, y por primera vez, la vio como una extraña.

—Siéntate —dijo Max. No fue una petición. Fue una orden fría, desprovista de cariño.

—Max, déjame explicarte… —sollozó ella.

—¡Que te sientes! —golpeó la mesa con la mano abierta.

Ana se dejó caer en la silla, la misma que minutos antes ocupaba Igor. Max se sentó frente a ella, al otro lado del abismo que se había abierto en su mesa de comedor.

—Ahora sí —dijo Max, con una calma aterradora—. Me vas a contar todo. Y más te vale que no me mientas, Ana. Porque si cacho una sola mentira, me voy por esa puerta y no regreso nunca.


CAPÍTULO 6: La Autopsia del Amor

La luz de la cocina parecía demasiado brillante, clínica, como la de una sala de interrogatorios o una morgue. Iluminaba cruelmente el maquillaje corrido de Ana y las arrugas de cansancio que se marcaban en la cara de Maximiliano.

Ana se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. No se atrevía a levantar la vista. Veía las manos de Max sobre la mesa: manos grandes, trabajadoras, con el anillo de matrimonio brillando bajo la luz. Ese anillo que ahora le parecía una cadena.

—¿Desde cuándo? —preguntó Max. Su voz sonaba hueca.

—Se apareció el martes —susurró Ana.

—¿El martes? —Max hizo cálculos mentales rápidos—. Me fui el lunes. O sea que ni siquiera esperaste a que se enfriara mi lado de la cama.

—Fue casualidad, Max. Me lo encontré en el súper. —Ana levantó la vista, suplicando comprensión—. No lo planeé. Él… él me saludó. Me invitó un café. Yo no quería ir a casa, Max. Odio llegar a esta casa cuando tú no estás. Se siente muerta.

Max apretó la mandíbula.

—Así que te fuiste con él.

—Fuimos a tomar un café. Solo hablamos. Hablamos de la escuela, de tonterías. Me hizo reír, Max. Hacía meses que no me reía. —Ana se mordió el labio—. Tú llegas cansado, te pones a ver correos, te duermes. Ya no platicamos. Ya no me preguntas cómo estoy. Igor me preguntó.

—Igor te preguntó porque quería meterse en tus calzones, Ana. No seas ingenua —escupió Max con amargura—. ¿Y luego? ¿Del café pasaron a qué?

—A nada físico, te lo juro. —Ana se inclinó hacia adelante—. Me mandó mensajes. Sí, contesté. Me sentía halagada. Me sentía bonita otra vez. Hoy… hoy vino porque estaba lloviendo y trajo tacos.

—¿Tacos? —Max soltó una risa incrédula—. ¿Te compró con unos tacos al pastor? Vaya, qué barato salí.

—No se trata de los tacos, Max. Se trata del gesto. —Ana golpeó la mesa suavemente—. Se trata de que alguien pensó en mí. De que alguien quiso estar conmigo. Tú compraste mi boleto a la soledad con tu tarjeta de crédito, pensando que pagando la hipoteca comprabas mi felicidad.

Max sintió que la ira se transformaba en un dolor agudo, punzante. Se pasó las manos por el cabello, jalándoselo con frustración.

—¿Sabes por qué trabajo tanto, Ana? —preguntó, con la voz quebrada—. ¿Te acuerdas de dónde venimos? ¿Te acuerdas cuando se nos inundó el cuarto en la colonia Doctores? ¿Cuando tuvimos que pedir prestado para pagar la luz? Yo juré que nunca más te iba a ver llorar por dinero. Juré que te iba a dar un castillo. Y me mato todos los días, aguantando a jefes imbéciles y clientes prepotentes, para que tú tengas seguridad. Y tú me pagas metiendo a otro cabrón a mi castillo.

—No quiero un castillo si voy a vivir en él como un fantasma —respondió Ana, llorando silenciosamente—. Te quiero a ti, Max. Al Max de antes. Al que tenía tiempo.

—Ese Max no podía pagar la renta —reviró él.

Se quedaron callados un momento. El reloj de pared marcaba las 11:30 PM. Deberían estar dormidos. Deberían estar abrazados.

Max se levantó y caminó hacia la ventana de la cocina. Miró hacia la calle oscura. Se sentía viejo. Se sentía traicionado no solo por el acto, sino por la injusticia de la vida. Había seguido las reglas: trabaja duro, sé fiel, provee. Y había perdido. Igor, el cínico que vivía el momento, había ganado.

Se giró hacia Ana. Tenía que hacer la pregunta. La pregunta que le taladraba el cerebro.

—Ana, mírame.

Ella levantó la vista. Sus ojos estaban rojos, hinchados.

—Si yo no hubiera llegado hoy… —Max tuvo que tragar saliva para poder continuar—. Si el vuelo no se hubiera adelantado y yo hubiera llegado mañana como estaba planeado… ¿qué hubiera pasado esta noche?

Ana abrió la boca para contestar, pero no salió ningún sonido. Se quedó paralizada. La duda cruzó su rostro. Esa fracción de segundo de duda fue devastadora.

—No lo sé —susurró ella finalmente. Fue la verdad más dolorosa que pudo haber dicho.

—¿No lo sabes? —Max sintió que las lágrimas por fin brotaban de sus ojos—. ¿Estaban tomando tequila, solos, él diciéndote que te mereces algo mejor, y tú “no sabes” qué hubiera pasado?

—Estaba confundida, Max. Estaba vulnerable.

—Estabas a punto de acostarte con él —sentenció Max con frialdad absoluta—. Si yo llegaba diez minutos después, o una hora después… los hubiera encontrado en nuestra cama.

Ana rompió en llanto, cubriéndose la cara con las manos.
—¡Perdóname, Max! ¡Perdóname, por favor! Soy una estúpida. No sé qué me pasó. Te amo a ti, solo a ti. Fue un error, un momento de debilidad.

Max la miró llorar y no sintió el impulso de abrazarla. Ese instinto protector que siempre había tenido hacia ella se había apagado. Se sentía vacío.

Caminó hacia la mesa, tomó la botella de tequila casi vacía y la vació en el fregadero. El olor a alcohol llenó la cocina. Luego, tomó su maleta, que seguía tirada en la entrada.

—¿A dónde vas? —preguntó Ana, levantándose de un salto, con el pánico deformando su voz—. ¡Max, no te vayas! ¡No me dejes!

Max se detuvo. No iba a irse del departamento. Era su casa. Él la pagaba.

—No me voy a ir de mi casa —dijo sin mirarla—. Pero no voy a dormir contigo. No hoy. Y probablemente no en mucho tiempo.

—Max… —Ana intentó acercarse, tocarle el brazo.

Él se apartó como si ella tuviera una enfermedad contagiosa.
—No me toques. Ahorita me das asco, Ana. Me das lástima y me das asco.

Esas palabras fueron peores que un golpe. Ana se quedó congelada, viendo cómo el hombre que la había amado incondicionalmente durante diez años la miraba como si fuera un monstruo.

Max caminó hacia el cuarto de visitas, ese que usaban como bodega y oficina improvisada. Entró y cerró la puerta. Ana escuchó el clic del seguro.

Se quedó sola en la cocina. El silencio volvió a caer sobre el departamento, pero esta vez era diferente. Ya no era el silencio de la soledad; era el silencio del final. Miró la silla vacía donde había estado Igor, la botella vacía en el fregadero, y entendió que había roto algo que ningún pegamento, ninguna disculpa y ninguna lágrima podría volver a unir.

En el cuarto de visitas, Max se dejó caer en el sofá cama sin quitarse los zapatos ni la ropa. Se quedó mirando al techo, con los ojos secos y ardiendo. Recordó el dije de corazón que traía en la bolsa del pantalón, el regalo sorpresa. Lo sacó, lo miró brillar en la penumbra y sintió una oleada de furia.

Con un grito ahogado, lanzó la cadenita contra la pared opuesta. La plata chocó contra el yeso y cayó en algún lugar oscuro del suelo.

Max se cubrió los ojos con el antebrazo. No iba a llorar más. Mañana sería otro día. Mañana tendría que decidir qué hacer con los restos de su vida. Pero esa noche, en la oscuridad de su propia casa, Maximiliano supo que el viaje de negocios había terminado, pero el verdadero infierno apenas comenzaba.

CAPÍTULO 7: Ecos de una Guerra Silenciosa

El sol salió sobre la Ciudad de México con una indiferencia cruel. Los primeros rayos de luz se filtraron por las persianas del cuarto de visitas, golpeando la cara de Maximiliano como un insulto. Había dormido, si a eso se le podía llamar dormir, en intervalos de veinte minutos, despertando sobresaltado con el corazón acelerado y la imagen de Igor sentado en su cocina grabada a fuego en las retinas.

Se levantó del sofá cama. El cuerpo le dolía. No solo por el colchón incómodo, sino por la tensión acumulada. Sentía los músculos del cuello duros como piedras. Miró su reloj: 6:15 AM. Tenía que ir a trabajar. El mundo no se detenía porque su vida se hubiera ido al carajo.

Salió al pasillo con cautela. La puerta de la recámara principal estaba cerrada. Un silencio sepulcral reinaba en el departamento. Se metió al baño de visitas para no entrar a su cuarto. Se bañó con agua helada, tratando de congelar sus pensamientos, de entumecer el dolor que le quemaba el pecho. Al mirarse al espejo, vio a un desconocido. Tenía ojeras profundas, la piel grisácea y una mirada muerta. Se rasuró mecánicamente, cortándose un par de veces por el temblor de sus manos.

Cuando salió a la cocina, Ana ya estaba ahí.

Llevaba la misma ropa de anoche, señal inequívoca de que ella tampoco había dormido. Estaba sentada frente a una taza de café intacta, con la mirada perdida en la superficie negra del líquido. Al escuchar los pasos de Max, levantó la cabeza. Sus ojos estaban hinchados, rojos, casi irreconocibles.

—Hice café —dijo ella, con una voz rasposa y tímida.

Max la ignoró. Pasó de largo frente a ella como si fuera un mueble más. Abrió el refrigerador, sacó una botella de agua y bebió un trago largo. El aire se sentía denso, cargado de palabras no dichas y de arrepentimientos tardíos.

—Max, por favor… —intentó ella de nuevo, levantándose de la silla—. No podemos estar así. Necesitamos hablar.

Max cerró la botella con fuerza. Se giró lentamente hacia ella.
—¿Hablar? —preguntó, con una calma que daba miedo—. Ayer hablaste mucho, Ana. Dijiste que te sientes sola. Que soy un burócrata. Que mi esfuerzo no vale nada. Creo que fuiste bastante clara.

—Estaba enojada, Max. Estaba confundida. No quería decir eso —sollozó ella, acercándose un paso, pero deteniéndose ante la barrera invisible que él proyectaba—. Te preparé el desayuno. Unos huevos como te gustan. Por favor, siéntate. Tienes que comer antes de irte.

Max miró el plato servido en la barra. Huevos revueltos con jamón. Su desayuno favorito. El gesto, que en otro momento le hubiera parecido amoroso, ahora le pareció una manipulación barata. Un intento patético de poner una curita en una herida de bala.

—No tengo hambre —dijo secamente—. Y no tengo tiempo. Tengo que ir a trabajar para pagar este departamento donde recibes a tus visitas.

Ana retrocedió como si le hubieran dado una bofetada.
—No vuelvas a decir eso. Te juré que no pasó nada.

—Y yo te dije que ya no te creo —sentenció Max. Tomó su maletín, ignoró el café, ignoró los huevos y, sobre todo, ignoró la súplica en los ojos de su esposa. Caminó hacia la puerta.

—Max… —la voz de Ana se quebró—. ¿Vas a volver?

Max se detuvo con la mano en el pomo de la puerta. Esa era la pregunta del millón. ¿Iba a volver? Podría irse a un hotel. Podría irse a casa de sus papás. Pero el orgullo lo anclaba. Era su casa.
—Es mi casa, Ana. Claro que voy a volver. Pero no me esperes despierta.

Salió y azotó la puerta.

El trayecto a la oficina fue una tortura. El tráfico de la mañana en el Periférico estaba peor que nunca, pero a Max no le importaba. Puso la radio a todo volumen para no pensar, pero cada canción romántica, cada anuncio de viajes familiares, le parecía una burla personal.
Al llegar a su oficina en Santa Fe, tuvo que ponerse la máscara. La máscara del ejecutivo exitoso.

—¡Max! ¡Héroe! —le gritó su jefe, Roberto, en cuanto lo vio entrar—. ¡Me contaron lo de Monterrey! ¡Eres un crack, cabrón! Cerraste el trato en tiempo récord. Eso es compromiso.

Max forzó una sonrisa que le dolió en el alma.
—Gracias, Roberto. Hacemos lo que se puede.

—Oye, te ves madreado —notó Roberto, dándole una palmada en la espalda—. ¿Te fuiste de fiesta para celebrar o qué?

—Algo así —mintió Max—. El vuelo fue pesado.

—Bueno, pues descansa un poco hoy, pero prepárate porque ese bono viene gordo. Te lo ganaste. Tu mujer va a estar feliz, ¿eh? Con esa lana se pueden ir a Europa si quieren.

Al escuchar “tu mujer va a estar feliz”, Max sintió ganas de vomitar. Se excusó y corrió al baño. Se encerró en un cubículo, aflojándose la corbata, respirando hondo para no perder la compostura.
Ahí, sentado en la tapa del inodoro de una oficina corporativa de lujo, Maximiliano lloró. Lloró en silencio, apretando los dientes, sintiéndose el hombre más estúpido del planeta. Todo ese esfuerzo. Todas esas horas extras. Todo ese estrés. ¿Para qué? Para ganar un dinero que ahora le parecía sucio, inútil. Había vendido su tiempo, su vida y su matrimonio a cambio de un bono que no podía comprar lo único que había perdido: la confianza.

Mientras tanto, en el departamento, Ana vivía su propio infierno.
Después de que Max se fue, se quedó mirando la puerta cerrada durante minutos. Luego, le entró un frenesí de actividad. Necesitaba hacer algo. Empezó a limpiar. Limpió la cocina como si quisiera borrar las huellas dactilares de Igor de la existencia. Talló la mesa con cloro hasta que le ardieron las manos. Tiró a la basura los restos de los tacos, las botellas vacías, incluso los vasos que habían usado.

Su celular vibró en la mesa. El corazón le dio un vuelco.
Era un mensaje de Igor.

Igor: “Ana, ¿estás bien? Me quedé preocupado. Ese tipo está loco. Si necesitas que vaya por ti, dime. No tienes que aguantar sus gritos.”

La ira que sintió Ana fue volcánica. De repente, vio a Igor con otros ojos. Ya no era el amigo comprensivo, el salvador romántico. Era el destructor. Era el egoísta que se había aprovechado de su vulnerabilidad para inflarle el ego y, de paso, dinamitar su vida.

Ana tomó el teléfono y escribió con dedos temblorosos:
“No me vuelvas a escribir en tu vida. No te me acerques. Por tu culpa perdí al único hombre que vale la pena. Eres un cáncer, Igor. Bloquéame y muérete.”

Envió el mensaje y luego bloqueó el número. Bloqueó sus redes sociales. Borró su contacto.
Se sentó en el suelo de la cocina, abrazando sus rodillas. Había sacado a Igor de su vida digital, pero sabía que sacarlo de la cabeza de Max sería una tarea titánica, quizás imposible.

Recordó las palabras de Max: “Me das asco”.
Esas palabras retumbaban en su cabeza una y otra vez. ¿Cómo se recupera uno de eso? ¿Cómo miras a los ojos a la persona que amas sabiendo que te ve con repulsión?
Ana sabía que había cometido un error imperdonable. No había habido sexo, es verdad. Pero había habido intimidad. Había habido complicidad. Le había abierto la puerta emocional a otro hombre. Y en el fondo, sabía que Max tenía razón: si él no hubiera llegado, si la noche hubiera seguido su curso, el alcohol y la soledad habrían terminado de empujarla al abismo.

Pasó el día como un alma en pena. No fue a trabajar. Llamó diciendo que estaba enferma, lo cual no era del todo mentira.
Preparó la cena. Hizo lasaña, el platillo que preparó la primera vez que Max fue a comer a casa de sus papás. Quería evocar recuerdos buenos. Quería aferrarse a la nostalgia.
Puso la mesa. Encendió unas velas, pero luego las apagó. “No, va a pensar que estoy tratando de seducirlo”, pensó. Dejó la luz normal.

Max llegó a las 9:00 PM.
Entró sin saludar. Dejó el maletín en el sillón.
—Hay lasaña —dijo Ana, intentando sonar casual, aunque por dentro estaba temblando.

—Ya cené —dijo Max, sin mirarla. Olía a alcohol. No mucho, pero lo suficiente. Se había tomado un par de tragos después del trabajo para armarse de valor y regresar a casa.

—Max, tienes que comer algo decente.

—Dije que no —respondió él, caminando hacia el cuarto de visitas.

—¡Max, basta! —gritó Ana, poniéndose frente a la puerta del cuarto—. ¡No puedes tratarme así eternamente! ¡Gritame, insultame si quieres, pero no me ignores! ¡Estoy aquí! ¡Soy tu esposa!

Max se detuvo. Sus ojos, enrojecidos y cansados, se clavaron en ella.
—¿Mi esposa? —murmuró con amargura—. Mi esposa me esperaba. Mi esposa me respetaba. Tú… tú eres una desconocida que vive en mi casa.

—Soy humana, Max. Me equivoqué. ¿Tú nunca te has equivocado? ¿Eres perfecto? —Ana lloraba de frustración—. ¡Te estoy pidiendo perdón de rodillas si quieres! ¿Qué más quieres que haga?

—Quiero que retrocedas el tiempo —dijo Max, su voz rompiéndose—. Quiero llegar ayer y encontrarte viendo la tele, aburrida pero fiel. Quiero no tener la imagen de ese imbécil sentado en mi silla. ¿Puedes hacer eso? ¿Puedes borrarme la memoria?

Ana bajó la cabeza, derrotada.
—No. No puedo.

—Entonces quítate de mi camino —dijo Max.
Ana se hizo a un lado. Max entró al cuarto de visitas y cerró la puerta. El sonido del cerrojo fue el punto final de otro día en el infierno.


CAPÍTULO 8: Cicatrices que no Cierran

Pasó una semana. Siete días que se sintieron como siete años.
El departamento en la Narvarte se convirtió en un campo minado. Max y Ana orbitaban el uno alrededor del otro, teniendo cuidado de no chocar, de no hablar más de lo necesario. “Se acabó el gas”, “Llegó el recibo de la luz”, “Voy a lavar ropa”. Frases funcionales.

Max dormía en el cuarto de visitas. Ana en la recámara principal. La cama matrimonial se sentía inmensa, un desierto de sábanas frías donde Ana lloraba hasta quedarse dormida.
Igor no volvió a aparecer. Quizás la amenaza de Max surtió efecto, o quizás el mensaje de Ana fue suficiente. Pero su fantasma seguía ahí, sentado en la mesa de la cocina, burlándose de ellos.

El viernes por la noche, Max llegó temprano. Traía una caja de pizza y un paquete de cervezas. No era una ofrenda de paz, era simplemente cansancio. Estaba harto de estar enojado. La ira es un combustible potente, pero se agota, dejando tras de sí solo cenizas y agotamiento.

Ana estaba en la sala, fingiendo leer un libro. Al verlo entrar con la pizza, se tensó.
—¿Quieres? —preguntó Max, dejando la caja en la mesa de centro. Fue la primera vez en una semana que le ofrecía algo.

Ana asintió, temerosa.
—Sí, gracias.

Se sentaron en el sofá. No juntos. Max en un extremo, Ana en el otro. Comieron en silencio durante unos minutos, con la televisión encendida en un canal de noticias para llenar el vacío acústico.

—Me dieron el bono —dijo Max de repente, rompiendo el silencio.

Ana dejó su rebanada de pizza en el plato.
—Qué bueno, Max. Te lo mereces. Trabajaste muy duro.

Max soltó una risa triste y tomó un trago de cerveza.
—Sí. Trabajé duro. —Giró la cabeza y la miró. Por primera vez en días, no había odio en sus ojos, solo una tristeza infinita—. ¿Sabes qué pensé cuando vi el depósito en el banco hoy? Pensé: “Esto me costó mi matrimonio”.

—No digas eso —susurró Ana—. Tu matrimonio no se acabó. Estamos aquí.

—¿Estamos? —Max señaló el espacio vacío entre ellos en el sofá—. Ana, no nos hemos tocado en una semana. Ni siquiera nos miramos. Esto no es un matrimonio. Somos dos roomies que se caen mal.

Ana se deslizó por el sofá hasta quedar un poco más cerca, pero sin tocarlo.
—Podemos arreglarlo, Max. Podemos ir a terapia. Podemos… puedo renunciar a mi trabajo si quieres para estar más tiempo en casa, o tú puedes buscar otro trabajo donde no viajes. Hacemos lo que sea. Pero no tiremos diez años a la basura por un error de una noche.

Max la miró fijamente. Veía a la mujer de la que se enamoró. Veía sus ojos, su boca, sus manos. La amaba. Eso era lo jodido. Si no la amara, sería fácil. Le daría el divorcio y se iría. Pero la amaba, y el amor hacía que la traición doliera mil veces más.

—El problema, Ana —dijo Max, arrastrando las palabras—, no es solo Igor. Igor fue el síntoma, no la enfermedad. El problema es que yo creí que estábamos construyendo lo mismo. Yo creí que tú entendías que mis sacrificios eran por nosotros. Y resulta que tú te sentías abandonada. Yo construía paredes para protegernos y tú sentías que eran rejas de una cárcel.

—Lo entiendo ahora, Max. Te juro que lo entiendo. Fui egoísta. Quería atención inmediata y no vi el panorama completo. Pero ya desperté. El miedo a perderte me despertó.

Max suspiró profundamente, frotándose la cara.
—Quiero creerte, Ana. De verdad quiero. Pero cada vez que cierro los ojos, lo veo a él aquí. Y escucho lo que dijiste: “Tú nunca estás”. Esa frase se me clavó aquí. —Se tocó el pecho—. Siento que, haga lo que haga, nunca va a ser suficiente para ti. Que siempre va a haber un vacío que yo no puedo llenar.

—Tú eres suficiente, Max. Eres todo lo que quiero. Dame una oportunidad. Una sola. Si vuelvo a fallar, te vas. Pero no nos rindamos hoy.

Max se quedó callado mucho tiempo. El noticiero terminó y empezó un programa de chismes. La pizza se enfrió.
Finalmente, Max tomó la mano de Ana. Su tacto fue vacilante, frío. No fue un agarre apasionado, fue un contacto de prueba.

—No sé si voy a poder perdonarte del todo, Ana —admitió él con brutal honestidad—. No sé si algún día voy a dejar de revisar tu celular o de sentir celos cuando salgas sola. La confianza es como un espejo: cuando se rompe, la puedes pegar, pero siempre vas a ver la grieta en el reflejo.

—Viviré con la grieta —dijo Ana, apretando su mano con desesperación, llorando de nuevo—. Pero déjame pegarlo. Déjame intentarlo.

Max asintió lentamente.
—Está bien. Vamos a intentarlo. Pero las cosas van a cambiar. No más viajes por un tiempo. Voy a pedir cambio de área, aunque gane menos. Y tú… tú tienes que tener paciencia. Porque voy a estar enojado un tiempo. Y voy a estar triste un tiempo. Y no puedes exigirme que sea el de antes mañana.

—Tendré paciencia. Toda la vida si es necesario.

Max se levantó del sofá. Se sentía agotado, más viejo de lo que era.
—Ven —dijo, tendiéndole la mano para ayudarla a levantarse.

Ana se levantó y lo abrazó. Fue un abrazo tenso, incómodo. Max no la rodeó con sus brazos de inmediato. Tardó unos segundos, luchando contra su propio cuerpo, hasta que finalmente posó sus manos en la espalda de ella. No hubo magia. No hubo música de violines. Hubo dos cuerpos cansados aferrándose el uno al otro en medio de las ruinas.

—Vamos a dormir —dijo Max—. En la cama. Ya no aguanto el sofá.

Se fueron a la recámara. Se acostaron cada uno en su lado, apagaron la luz.
—Buenas noches, Max —susurró Ana en la oscuridad.
—Buenas noches —respondió él.

No se besaron. No hicieron el amor. Pero estaban en la misma habitación, respirando el mismo aire.
Max se quedó mirando el techo en la penumbra. Sabía que el camino sería largo y lleno de piedras. Sabía que Igor, o el recuerdo de Igor, estaría ahí, agazapado en las sombras de sus discusiones futuras. Sabía que nada volvería a ser igual. La inocencia de su amor se había muerto esa noche de lluvia.

Pero mientras escuchaba la respiración de Ana volviéndose rítmica a su lado, pensó que tal vez, solo tal vez, de las ruinas se podía construir algo diferente. No un castillo de cuento de hadas, sino un refugio antiaéreo. Fuerte, feo, con cicatrices, pero capaz de resistir la tormenta.

Cerró los ojos, y por primera vez en una semana, pudo dormir.


FIN

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