¡EL ESCÁNDALO QUE SACUDIÓ A LA ALTA SOCIEDAD! La Humilde Sirvienta Regresó Con Gemelos Idénticos Al Multimillonario Y La Verdad Oculta Destruyó Un Matrimonio Perfecto: Descubre El Oscuro Secreto De La Mansión Altamira Que Nadie Vio Venir Y Cómo Una Madre Luchó Contra Todo Para Recuperar El Honor Que Le Robaron Hace Seis Años…

PARTE 1

CAPÍTULO 1: ESPEJOS ROTOS EN LA MANSIÓN DE LAS LOMAS

El viento de febrero soplaba con una furia seca y traicionera sobre las calles empedradas de Las Lomas de Chapultepec. No era un viento cualquiera; era ese aire pesado de la Ciudad de México que arrastra polvo, smog y secretos que la gente rica prefiere mantener ocultos tras muros de tres metros de altura electrificados.

Alma se detuvo justo donde la banqueta dejaba de estar rota y comenzaba el adoquín perfecto de la entrada de servicio. Sentía que el corazón le iba a estallar dentro del pecho, golpeando sus costillas con la fuerza de un tambor de guerra prehispánico. Sus manos, resecas por el cloro y el jabón de ropa ajena, sudaban frío mientras apretaban los deditos de sus hijos.

Diego y Daniela, sus gemelos, sus “mellis”, sus dos milagros de seis años, miraban hacia arriba con la boca abierta. Para ellos, acostumbrados al gris del cemento desnudo de su cuarto en Ecatepec y al ruido incesante de las micros y los vendedores ambulantes, aquello no era una casa. Aquello era una fortaleza inalcanzable, un castillo prohibido sacado de las telenovelas que su abuela veía a todo volumen.

—Mami, ¿aquí vive el rey? —preguntó Daniela, arrugando su naricita respingada mientras se quitaba un mechón de cabello negro de la cara. Sus ojos, dos pozos oscuros y profundos con pestañas kilométricas, brillaban con una inocencia que a Alma le dolía en el alma.

—No, mi amor —susurró Alma, con la voz quebrada por un nudo de pánico—. Aquí no viven reyes. Aquí vive gente que tiene mucho dinero, pero muy poquito corazón.

Alma no quería estar ahí. Cada fibra de su cuerpo le gritaba que diera media vuelta, que corriera hacia la parada del pesero, que se subiera al metro y se perdiera en el anonimato de la ciudad monstruosa. Pero el hambre aprieta, y la necesidad tiene cara de perro. Había escuchado el rumor en el mercado: la “Señora” estaba buscando personal nuevo porque, como siempre, nadie le duraba más de un mes. Alma no iba a pedir trabajo, Dios la libre, pero la curiosidad mórbida y una extraña fuerza del destino la habían arrastrado hasta esa reja negra de hierro forjado que conocía mejor que las líneas de sus propias manos.

Los guardias de seguridad, dos moles de carne embutidas en trajes negros que les quedaban chicos, estaban recargados en la caseta blindada, platicando y revisando sus celulares. Eran los típicos “guaruras”: prepotentes con los pobres, serviles con los ricos.

—Órale, señora, aquí no se puede estar —ladró uno de ellos, sin siquiera levantar la vista del todo—. Circúlele, que afea la entrada. Si viene a vender dulces, se me va bajando a la avenida.

Alma sintió la humillación quemándole las mejillas, ese calor conocido que sube por el cuello cuando te tratan como si fueras basura. Pero antes de que pudiera contestar, Diego, siempre tan valiente, siempre tan parecido a él, dio un paso al frente.

—Mi mamá no vende dulces —dijo el niño con una firmeza impropia de sus seis años. Frunció el ceño, y en ese gesto, en esa manera exacta de apretar la mandíbula y entornar los ojos, el tiempo se detuvo.

El guardia, un hombre llamado Beto que llevaba quince años cuidando esa puerta, se quedó helado. Soltó el celular. Se quitó los lentes oscuros lentamente, como si no diera crédito a lo que sus ojos veían. Miró al niño. Luego miró a la niña. Luego miró hacia la mansión, y de nuevo a los niños.

—No mames… —susurró Beto, olvidando el protocolo y el lenguaje profesional—. No puede ser.

El otro guardia se acercó, con la mano en la macana por instinto, pero también se frenó en seco. El parecido no era vago. No era un “aire”. Era una fotocopia. Era un clon. Esos niños tenían la misma nariz aristocrática, la misma forma de las orejas, y sobre todo, Diego tenía ese pequeño lunar, casi imperceptible, justo debajo de la ceja izquierda. El mismo lunar que el “Patrón”, Don Cristóbal Altamira, se tocaba cuando estaba estresado.

—Son… son igualitos a los niños de adentro —murmuró el segundo guardia, pálido como un papel—. Son igualitos a Don Cristóbal.

El silencio que cayó sobre la calle fue sepulcral. Hasta los pájaros parecieron callarse. Alma sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Se había arriesgado demasiado. Había llevado a los leones a la boca del lobo.

—Vámonos, niños —dijo Alma, tirando de ellos con urgencia—. Vámonos ya.

Pero el destino es un guionista cruel. Justo en ese instante, el zumbido eléctrico de los motores de la reja principal rompió el silencio. Las inmensas puertas se abrieron lentamente hacia adentro, revelando el camino de grava blanca y la fuente de cantera que adornaba la entrada.

Iba a salir una camioneta blindada, una de esas Suburban negras que dominan la ciudad, pero se detuvo. Alguien había visto algo.

Cristóbal Altamira bajó del vehículo.

Llevaba un traje hecho a la medida que costaba más de lo que Alma ganaría en diez años de vida. Se veía mayor que hace seis años. Las canas plateaban sus sienes, dándole un aire aún más distinguido, pero sus ojos… sus ojos estaban muertos. Eran los ojos de un hombre que tiene el mundo a sus pies pero que ha perdido el alma en el camino.

Cristóbal se ajustó el saco, molesto por el retraso, hasta que levantó la vista y los vio.

El mundo dejó de girar.

Alma vio cómo el color abandonaba el rostro de Cristóbal. Vio cómo sus labios se separaban en una ‘O’ muda de incredulidad. Él no la miró a ella al principio. No. Sus ojos se clavaron, con una intensidad aterradora, en Diego y Daniela.

Era como mirarse en un espejo que te devuelve la imagen de tu pasado. Cristóbal dio un paso vacilante hacia la calle, saliendo de la seguridad de su fortaleza. Sus piernas temblaban.

—¿Quiénes…? —intentó preguntar, pero la voz se le quebró.

Diego, asustado por la intensidad del señor elegante, se escondió detrás de las piernas de Alma, asomando solo un ojo. Ese gesto. Ese miedo tímido. Era el mismo gesto que Cristóbal hacía de niño cuando su padre lo regañaba.

Cristóbal sintió un golpe en el estómago. Miró a Alma. Y ahí, en los ojos cansados de la mujer que alguna vez le sirvió el café con una sonrisa tímida, encontró la respuesta que su cerebro se negaba a procesar.

—Alma… —susurró él. El nombre salió de sus labios como una plegaria olvidada.

Pero la escena no estaba completa. Faltaba el monstruo.

Detrás de Cristóbal, bajando los escalones de la entrada principal con la gracia de una depredadora, apareció Berenice.

La “Señora” Altamira. Impecable. Operada hasta la perfección. Rubia de salón, vestida con seda y diamantes, oliendo a perfume francés caro que apenas lograba ocultar el olor a podredumbre de su alma.

—Cristóbal, ¿qué demonios haces? Llegaremos tarde a la subasta y sabes que odio la impuntualidad —dijo ella, con esa voz chillona y mandona que Alma recordaba en sus pesadillas.

Berenice se detuvo al ver la espalda rígida de su esposo. Siguió su mirada.

Y entonces, el infierno se desató en su rostro.

Si Cristóbal mostró shock, Berenice mostró terror puro. Sus ojos, habitualmente fríos y calculadores, se desorbitaron. Se llevó una mano al pecho, no por emoción, sino porque sentía que su mentira, su castillo de naipes construido sobre engaños y crímenes, estaba a punto de derrumbarse con un solo soplo de verdad.

Ella reconoció a los niños al instante. No necesitaba prueba de ADN. La sangre llama. La sangre grita. Y esos niños eran Altamira de pies a cabeza.

—Tú… —siseó Berenice, señalando a Alma con un dedo tembloroso y lleno de anillos—. Tú deberías estar muerta… o lejos… ¡Desaparecida!

Los guardias intercambiaron miradas nerviosas. Sabían demasiado. Habían escuchado rumores, chismes de cocina, pero esto… esto era la confirmación de la leyenda negra de la casa.

Alma sintió una oleada de protección maternal que la transformó. Ya no era la sirvienta sumisa. Ya no era la muchacha que bajaba la cabeza. Enderezó la espalda. Levantó la barbilla. Apretó las manos de sus hijos.

—Vámonos —dijo Alma, esta vez con voz firme, sin dejar de mirar a Berenice a los ojos.

—¡No! —gritó Cristóbal, dando un paso más, como si quisiera atravesar la barrera invisible que los separaba—. ¡Alma, espera! ¡Esos niños…! ¿Son…?

—Son míos —le cortó Alma, con una frialdad que heló el aire—. Solo míos. Usted perdió el derecho a preguntar hace seis años, cuando dejó que me tiraran a la calle como a un perro sarnoso.

Cristóbal pareció recibir una bofetada física.

Berenice, recuperando su veneno habitual, avanzó como una víbora.
—¡Seguridad! —gritó, histérica—. ¡Quiten a esta pordiosera de mi entrada! ¡Está ensuciando la vista! ¡Llamen a la policía! ¡Seguro vino a robar otra vez!

Los niños comenzaron a llorar. El llanto de Daniela rompió el corazón de Alma.
—¡No le grite a mi mamá! —gritó Diego, con lagrimones rodando por sus mejillas color canela.

Cristóbal se giró hacia su esposa, con una furia que nadie le había visto en años.
—¡Cállate, Berenice! —rugió. El grito retumbó en las paredes de la mansión.

Berenice retrocedió, asustada. Cristóbal jamás le levantaba la voz. Él era el títere, ella la titiritera. Pero los hilos se estaban rompiendo.

Cristóbal volvió a mirar a Alma, suplicante.
—Por favor… no te vayas. Necesito saber. Míralos… por Dios, Alma, son…

—Son lo que usted nunca quiso ver —dijo Alma.

Y con esa sentencia final, dio media vuelta y comenzó a caminar calle abajo, con la dignidad de una reina que no necesita corona, arrastrando a sus hijos lejos del oro, lejos del veneno, y lejos del padre que ni siquiera sabía que existían.

Mientras se alejaban, Alma sentía la mirada de Cristóbal quemándole la nuca. Sabía que esto no había terminado. Apenas comenzaba. Había despertado al gigante. Y peor aún, había acorralado a la bestia que era Berenice.


CAPÍTULO 2: CENIZAS DE UN PASADO BAJO LA LLUVIA

Alma no paró de caminar hasta que sus pulmones ardieron y las piernas de los niños empezaron a fallar. Cruzaron avenidas rápidas donde los autos pasaban zumbando, indiferentes a la tragedia humana que se desarrollaba en la acera. Llegaron a una parada de microbús destartalada, lejos, muy lejos de las mansiones de Las Lomas, donde el aire ya no olía a jardines regados, sino a tubo de escape y tacos de suadero.

—Mamá, me duelen los pies —gimió Daniela, sentándose en la banqueta sucia. Sus zapatitos, comprados en el tianguis, ya estaban gastados de la suela.

Alma se agachó frente a ellos. Sus manos temblaban tanto que apenas pudo acariciar sus caritas. Los revisó como si buscara heridas invisibles.
—Perdónenme, mis amores. Perdónenme por llevarlos ahí. Soy una tonta —se recriminó Alma, con lágrimas de impotencia brotando de sus ojos.

—¿Por qué esa señora gritaba tan feo? —preguntó Diego, secándose los mocos con la manga de su suéter—. Parecía una bruja.
—Es una bruja, mi amor. Una bruja con mucho dinero, que es la peor clase de bruja que existe —respondió Alma, tratando de sonreír, pero solo le salió una mueca dolorosa.

Mientras esperaban el microbús verde que los llevaría de regreso a su realidad de techos de lámina y calles sin pavimentar, la mente de Alma viajó hacia atrás. El encuentro con Cristóbal había abierto una caja de Pandora que ella había sellado con cinta de aislar emocional durante seis largos años.

Recordó cómo había llegado a la mansión Altamira. Tenía 22 años, venía de un pueblo donde el futuro no existía, y esa casa le pareció el paraíso. Le pagaban el mínimo, sí, y trabajaba de sol a sol, pero había comida, había un techo seguro en el cuarto de servicio, y podía mandar dinero a su mamá.

Alma era “la invisible”. Limpiaba el polvo de jarrones chinos que valían más que su vida entera. Lavaba la ropa interior de seda de Berenice a mano para que no se estropeara. Soportaba los gritos, los desplantes, las miradas de asco de la Señora, que la trataba como si tuviera una enfermedad contagiosa solo por ser pobre y morena.

Pero entonces, estaba él. Don Cristóbal.

Él era diferente. O al menos, eso creía ella. A veces, cuando llegaba tarde de la oficina, cansado de hacer millones, se encontraba con Alma en la cocina. Ella le preparaba un té o un café de olla.
—Gracias, Alma —le decía él, mirándola a los ojos. No a su uniforme, no a sus manos trabajando, sino a sus ojos.
—¿Cómo está tu familia? ¿Ya se curó tu mamá?
Esas pequeñas preguntas eran migajas de afecto que Alma atesoraba como tesoros. Cristóbal vivía en una jaula de oro, casado con una mujer que solo amaba su tarjeta de crédito. Alma, en su inocencia, vio en él a un hombre solitario, no a un patrón intocable.

Y una noche, la soledad de ambos colisionó. Fue un error. Fue hermoso. Fue prohibido. No hubo promesas de amor eterno, ni planes de futuro. Solo hubo una conexión humana desesperada en medio de una tormenta eléctrica que dejó sin luz a la mansión.
Pero las consecuencias de esa noche no se hicieron esperar.

Alma recordó la noche del despido con una claridad cinematográfica.
Habían pasado dos meses desde aquella noche con Cristóbal. Alma se sentía mal, tenía náuseas matutinas que disimulaba comiendo pan duro.

Berenice la mandó llamar. La Señora estaba en la sala, sentada como una reina en su trono de terciopelo, bebiendo una copa de vino tinto que parecía sangre en la penumbra.
A su lado estaban el jefe de seguridad y dos guaruras.
—Acércate, ratera —dijo Berenice con suavidad, lo cual era más aterrador que si hubiera gritado.

Alma sintió que las rodillas se le doblaban.
—¿Señora?
Berenice levantó la mano. Entre sus dedos perfectamente manicurados colgaba un reloj. Un Patek Philippe de oro rosa. El favorito de Cristóbal.
—Lo encontramos bajo tu colchón. Envuelto en tus garras sucias.
—¡No! —Alma gritó, el pánico cerrándole la garganta—. ¡Se lo juro por la Virgen de Guadalupe, señora! ¡Yo nunca tocaría nada! ¡Yo soy honrada!

—¿Honrada? —Berenice se levantó y caminó hacia ella. La abofeteó. El sonido fue seco, brutal. Alma cayó al suelo, llevándose la mano a la mejilla ardiendo—. Eres una zorra trepadora y una ladrona. ¿Creíste que no me daba cuenta de cómo mirabas a mi marido? ¿Creíste que podías seducirlo y quedarte con todo?

Alma lloraba en el suelo, encogida.
—¡No es cierto! ¡Alguien lo puso ahí!
—Lárgate —ordenó Berenice, mirando a los guardias—. Sáquenla a la calle. Y si te veo cerca de aquí, o si te atreves a abrir la boca, te juro que te fundo en la cárcel. Tengo jueces comprados, niña estúpida. Te haré desaparecer y nadie te buscará.

Los guardias la arrastraron. Literalmente. La tomaron de los brazos y la sacaron por la puerta de servicio mientras llovía a cántaros. Le aventaron su bolsa de ropa al charco.
—Y no vuelvas —dijo uno de los guardias, cerrando la reja en su cara.

Alma se quedó ahí, empapada, sola, sin dinero, sin trabajo, y con el corazón roto. Cristóbal no estaba. Berenice había planeado todo perfectamente para hacerlo cuando él estaba de viaje en Nueva York.
Días después, en una clínica del IMSS abarrotada de gente, un doctor cansado le dio la noticia que terminó de cambiar su vida:
—Estás embarazada, mija. Y se escuchan dos corazones. Son gemelos.

Alma sintió que el mundo se le venía encima. Gemelos. Hijos del hombre más rico de la ciudad, pero condenados a nacer en la miseria.
Tuvo miedo. Mucho miedo. Pensó en buscarlos, en decirle a Cristóbal. Pero las amenazas de Berenice resonaban en su cabeza: “Te haré desaparecer”.
Si Berenice se enteraba de que estaba embarazada, ¿qué sería capaz de hacer? ¿Le quitaría a los bebés? ¿La mataría?
Alma decidió correr. Se escondió. Trabajó de lo que fuera: lavando baños en terminales de autobuses, vendiendo tamales de madrugada, haciendo costuras ajenas.

Crió a Diego y a Daniela con amor y sacrificio. Les enseñó a ser buenos, a ser limpios, a ser honrados.
—Nosotros somos pobres, mi amor, pero no somos rateros ni mentirosos —les decía siempre.

Y ahora, en el presente, sentada en ese microbús que olía a gasolina y sudor, Alma miraba por la ventana cómo la ciudad de los ricos se quedaba atrás.
Pero algo había cambiado dentro de ella.

Durante seis años había vivido con miedo. Miedo a que la encontraran. Miedo a que le quitaran a sus hijos.
Pero hoy, al ver la cara de terror de Berenice, Alma entendió algo crucial.
Berenice también tenía miedo.
La “Señora” perfecta, la dueña de la mansión, estaba aterrorizada de una simple ex sirvienta y dos niños pequeños.

—Mamá… —susurró Diego, recargando su cabecita en el hombro de Alma—. ¿Ese señor es mi papá?
La pregunta flotó en el aire viciado del microbús. Alma miró a su hijo. Vio el lunar. Vio los ojos de Cristóbal.
Ya no podía mentirles. Ya no podía protegerlos con silencio.
Alma apretó la mandíbula. Sus manos dejaron de temblar. Una furia fría, calculada, empezó a reemplazar el pánico.

—No te preocupes por eso ahorita, mi amor —dijo Alma, besando su frente—. Pero te prometo una cosa, Diego. Te prometo una cosa, Daniela. Nadie nos va a volver a humillar. Nunca más.

El microbús dio un frenón brusco. Habían llegado a su barrio. Las calles estaban oscuras, apenas iluminadas por lámparas parpadeantes. Pero Alma bajó con la cabeza en alto.
La guerra había sido declarada. Y esta vez, la sirvienta tenía las armas más poderosas del mundo: la verdad, y la sangre de sus hijos.

Lo que Alma no sabía, mientras caminaba hacia su vecindad, era que en la mansión de Las Lomas, Berenice ya estaba haciendo llamadas. Llamadas a hombres que no dudaban en hacer “desaparecer” problemas.
Pero tampoco sabía que Cristóbal, encerrado en su despacho, estaba sirviéndose un whisky con manos temblorosas, mirando una foto vieja y tomando una decisión que haría arder la ciudad entera.

La noche apenas comenzaba, y los fantasmas del pasado estaban hambrientos.

CAPÍTULO 3: LA TORMENTA DENTRO DEL PALACIO

Mientras Alma huía en un microbús destartalado hacia la periferia, en la mansión Altamira se desataba el infierno.

Berenice entró al vestíbulo principal como un huracán de furia contenida. Sus tacones de diseñador repiqueteaban contra el mármol italiano con una violencia que hizo eco en los techos de doble altura. Se arrancó los guantes de piel y los arrojó sobre una mesa antigua, sin importarle que tirara un jarrón Ming.

El jarrón se estrelló contra el suelo, explotando en mil pedazos de porcelana azul y blanca. El sonido fue como un disparo.

—¡Lárguense! —gritó Berenice a las dos empleadas domésticas que habían acudido al escuchar el ruido. Las muchachas, aterrorizadas, bajaron la cabeza y desaparecieron por el pasillo de servicio como sombras. Sabían que cuando la “Señora” estaba en ese estado, era mejor volverse invisible.

Cristóbal entró segundos después. Caminaba despacio, como si cargara el peso del mundo sobre los hombros. Su rostro ya no tenía color; estaba gris, ceniciento. Se aflojó el nudo de la corbata de seda, sintiendo que lo asfixiaba.

—¿Por qué los dejaste ir? —preguntó Cristóbal. Su voz era baja, peligrosa. No gritaba, y eso daba más miedo.

Berenice se giró, con el pecho subiendo y bajando por la adrenalina. Sus ojos, habitualmente fríos, estaban inyectados en pánico disfrazado de ira.
—¿Que por qué los dejé ir? —soltó una risa histérica, aguda y cortante—. ¡Deberías agradecerme que no llamé a la policía para que se llevaran a esa… a esa muerta de hambre y a sus bastardos!

La palabra golpeó a Cristóbal como un puñetazo.
—No los llames así —advirtió él, dando un paso hacia ella.

—¿Ah, no? ¿Y cómo quieres que los llame, Cristóbal? —Berenice caminó hacia él, invadiendo su espacio personal, oliendo a veneno y Chanel N°5—. ¿Tus hijos? ¿Eso crees que son? ¡Por favor! Esa mujer es una vividora. Seguramente se爬ó con algún chófer o algún jardinero que se parecía a ti y ahora viene a chantajearnos. ¡Es el truco más viejo del libro! “Ay, patrón, el niño es suyo”. ¡No seas imbécil!

Cristóbal cerró los ojos un momento. La imagen de Diego y Daniela estaba grabada a fuego en sus retinas. No era solo el parecido físico. Era la conexión. Ese tirón en el estómago que sintió al verlos. Esa certeza biológica que te grita desde las entrañas.

—El niño tiene el lunar, Berenice —dijo Cristóbal, abriendo los ojos. Estaban húmedos—. El mismo lunar que tengo yo. El mismo que tenía mi padre. Eso no se puede falsificar.

Berenice sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero no retrocedió. Ella era una maestra del gaslighting, de la manipulación psicológica. Había controlado a Cristóbal durante años, aprovechándose de su culpa y de su pasividad.
—Una coincidencia —escupió ella—. O se lo pintó. Esa gente es capaz de todo por dinero. ¿No te acuerdas de que robó tu reloj? ¿Ya se te olvidó que es una ladrona?

Cristóbal la miró fijamente, y por primera vez en seis años, la niebla en su cerebro pareció disiparse.
—Yo nunca vi el reloj en su mano, Berenice. Tú me dijiste que lo tenía. Tú me dijiste que confesó. Pero yo nunca hablé con ella.

El rostro de Berenice se tensó imperceptiblemente.
—¿Me estás llamando mentirosa? —dijo, jugando la carta de la víctima ofendida—. Yo protegí nuestro hogar. Yo saqué la basura para que tú no tuvieras que ensuciarte las manos. Y así me pagas. Dudando de mí por una sirvienta que ni siquiera terminó la primaria.

Cristóbal no cayó en la trampa esta vez. Caminó hacia el bar de caoba, se sirvió un whisky doble sin hielo y se lo bebió de un trago. El alcohol le quemó la garganta, pero le aclaró las ideas.
—Voy a buscarlos —dijo, dejando el vaso con fuerza sobre la barra.

Berenice se quedó helada.
—¿Qué?
—Voy a buscarla. A Alma. Y a los niños. Voy a pedir una prueba de ADN.
—¡Estás loco! —chilló Berenice, perdiendo la compostura—. ¡Si haces eso, será un escándalo! ¡La prensa se nos echará encima! “El gran Cristóbal Altamira tiene hijos ilegítimos con la gata”. ¿Qué pasará con las acciones de la empresa? ¿Qué pasará con Tenoch y Tadeo, tus hijos legítimos? ¿Vas a humillarlos así?

—La verdad no humilla, Berenice. La mentira sí —Cristóbal se dirigió a la escalera—. Y si resulta que esos niños son míos… Dios me perdone, pero habrá consecuencias.

Cristóbal subió las escaleras rumbo a su despacho, dejando a Berenice sola en el vestíbulo destrozado.

En cuanto él desapareció, la máscara de víctima de Berenice cayó por completo, revelando el rostro del depredador. Sacó su celular de la bolsa con manos temblorosas pero ágiles. Marcó un número que no tenía guardado con nombre, solo un código.

—Bueno —contestó una voz rasposa al otro lado.
—Soy yo —dijo Berenice, bajando la voz, mirando hacia las escaleras—. Tenemos un problema. Un problema del pasado que acaba de aparecer en mi puerta.
—¿La muchacha? —preguntó la voz, sin sorpresa.
—Sí. Y trajo compañía. Dos escuincles. Cristóbal los vio. Está sospechando. Quiere hacer pruebas.
—Híjole, patrona. Eso complica las cosas.
—No me digas lo que ya sé —siseó Berenice, apretando el teléfono hasta que los nudillos se le pusieron blancos—. Necesito que la encuentres. Ya sabes dónde buscar. En los barrios bajos, en las pocilgas donde vive esa gente.
—¿Y qué hago cuando la encuentre?
Berenice miró su reflejo en un espejo biselado del vestíbulo. Se vio perfecta, rica, poderosa. Y pensó en perderlo todo. No. Jamás.
—Quiero que la asustes. Que entienda que si vuelve a acercarse a mi marido, sus hijos van a pagar el precio. Y averigua todo sobre esos niños. Si Cristóbal pide una prueba de ADN… necesito que esa prueba nunca llegue al laboratorio. O que el resultado diga lo que yo quiero que diga. ¿Entendiste?

—Entendido, jefa. Pero va a salir caro.
—El dinero no es problema. Mi matrimonio lo es. Muévete.

Berenice colgó. Respiró hondo, alisándose el vestido de seda. Subió la mirada hacia el techo, donde colgaba una lámpara de araña de cristal de Baccarat.
—Nadie me quita lo que es mío —susurró—. Nadie.

Mientras tanto, en el piso de arriba, Cristóbal entraba a su despacho y cerraba con llave. Se sentó frente a su escritorio de roble, abrió un cajón secreto y sacó una foto vieja y arrugada que había rescatado de la basura hace seis años. Era una foto de credencial, pequeña, en blanco y negro. La foto de solicitud de empleo de Alma.
En ella, Alma sonreía tímidamente, con el cabello recogido y esos ojos grandes y oscuros llenos de esperanza.

Cristóbal acarició la foto con el pulgar. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla y cayó sobre el papel.
—¿Por qué te fuiste así? —le preguntó a la foto—. ¿Por qué no me dijiste?
Pero en el fondo, él sabía la respuesta. No se la habían dejado decir.
Cristóbal encendió su computadora. Iba a contratar a un investigador privado. Uno que no tuviera nada que ver con la seguridad de la casa, porque intuía, con un dolor agudo en el pecho, que su propio equipo de seguridad le reportaba a su esposa.
La guerra fría dentro de la mansión Altamira había comenzado.


CAPÍTULO 4: SUSURROS EN EL MERCADO Y FANTASMAS DEL PASADO

La vecindad donde vivía Alma estaba en las orillas de Ecatepec, donde el asfalto se rinde y deja paso a la tierra suelta. Era un edificio de tres pisos pintado de un color melón que el sol había desteñido hacía décadas. Olía a cebolla frita, a drenaje y a humedad, pero para Alma, olía a hogar.

Esa noche, Alma no pudo dormir.
Acostó a los gemelos en el único colchón matrimonial que compartían. Los arropó con las cobijas de tigre san marcos que había comprado en abonos. Se quedó mirándolos durante horas, vigilando su sueño como una leona herida. Diego roncaba bajito, con la boca abierta. Daniela dormía hecha bolita, aferrada a su muñeca de trapo.

Cada vez que pasaba un coche por la calle de tierra, Alma se sobresaltaba. Corría a la ventana, espiando entre las cortinas baratas, esperando ver una camioneta negra llena de hombres armados. El miedo era un animal vivo que le mordía el estómago.

—Virgencita, cuídamelos —rezaba en susurros—. Que no me los quiten. Que no les hagan daño.

A la mañana siguiente, el sol salió pálido y enfermizo a través del smog. Alma tomó una decisión. No podía quedarse encerrada esperando a que Berenice diera el primer golpe. Tenía que moverse. Necesitaba información.

—Mami, ¿a dónde vamos? —preguntó Diego, tallándose los ojos mientras Alma le ponía los tenis.
—Vamos al mercado, mi amor. A buscar a un viejo amigo.
—¿Al señor de los elotes? —preguntó Daniela, esperanzada.
—No, mi vida. A alguien que sabe cosas.

Salieron temprano. Caminaron hasta la avenida principal y tomaron un pesero hacia la zona de Cuautepec, al otro lado de la ciudad. Era un viaje largo, de casi dos horas, entre empujones y música de cumbia a todo volumen. Alma mantenía a los niños pegados a ella, protegiéndolos con su cuerpo.

Llegaron al mercado sobre ruedas de la colonia “La Pastora”. Era un laberinto de lonas rosas y rojas, un mar de gente gritando ofertas. “¡Pásele güerita, qué va a llevar!”, “¡Bara, bara, todo a diez!”. El olor a cilantro, a pescado crudo y a garnachas llenaba el aire.

Alma caminó con determinación entre los puestos, esquivando diablitos cargados de cajas de fruta. Buscaba el puesto de plantas y hierbas medicinales.
Ahí, sentado en un banco de plástico, rodeado de macetas de albahaca y ruda, estaba Don Anselmo.

Don Anselmo había sido el jardinero principal de la mansión Altamira durante treinta años. Era un hombre de campo, de manos grandes y curtidas como raíces de árbol, y ojos que habían visto demasiado. Berenice lo había despedido un año después que a Alma, alegando que estaba “demasiado viejo y lento”. La realidad era que Don Anselmo sabía demasiado.

Cuando el anciano vio a Alma salir de entre la multitud, casi tiró su cigarro de hoja.
—¿Alma? —preguntó, entrecerrando los ojos bajo su sombrero de paja—. ¿Eres tú, muchacha?

Alma se acercó, con los niños detrás de ella.
—Soy yo, Don Anselmo.
El viejo se levantó con dificultad, sus rodillas tronaron. Miró a los niños. Sus ojos se abrieron como platos. Se persignó rápidamente.
—Santa Madre de Dios… —murmuró, mirando a Diego—. Son… son del Patrón. No hay duda. Son calcas.

—Necesito su ayuda, Don Anselmo —dijo Alma, sin rodeos—. Ayer fui a la casa. Me vieron.
El viejo la jaló hacia la parte trasera del puesto, detrás de una cortina de hule, lejos de las miradas curiosas.
—¡Estás loca, muchacha! —le regañó en voz baja, pero con tono paternal—. Esa mujer es el diablo. Si sabe que tienes a estos niños…

—Ya lo sabe. Nos vio —cortó Alma—. Y Don Cristóbal también.
Don Anselmo se pasó la mano por la cara, visiblemente preocupado.
—Híjole… esto se va a poner feo. Muy feo.
—Don Anselmo, necesito saber qué pasó esa noche. La noche que me corrieron. Usted estaba ahí. Usted dormía en la casita del jardín.

El viejo suspiró, un sonido rasposo que venía de pulmones cansados. Se sentó en una caja de madera y le indicó a Alma que hiciera lo mismo.
—Ay, mija… Esa noche llovía como si el cielo se estuviera cayendo. Yo vi todo desde mi ventana. Vi cuando los guardias te sacaron a empujones. Vi cómo llorabas.
—¿Vio quién puso el reloj en mi cuarto?
Don Anselmo bajó la voz hasta convertirla en un susurro apenas audible sobre el ruido del mercado.
—No vi quién lo puso… pero escuché.
—¿Qué escuchó?
—Días antes… escuché a la Señora Berenice hablando con el Jefe de Seguridad, ese tal ‘El Tuercas’. Estaban en el jardín, creían que nadie oía. Ella le dijo: “La muchacha está embarazada. La vi vomitando en el baño de servicio. Tengo que sacarla de aquí antes de que le crezca la panza y Cristóbal se de cuenta. Plántale algo. Lo que sea. Un robo. Quiero que se vaya con vergüenza”.

Alma sintió que le faltaba el aire. Sus sospechas, confirmadas. No había sido solo por celos. Había sido por el embarazo. Berenice sabía. Siempre lo supo.
—Maldita… —susurró Alma, con lágrimas de rabia—. Sabía que estaba embarazada y me tiró a la calle igual. Pudo haberme matado a mí y a los bebés.
—Esa mujer no tiene alma, hija —dijo Don Anselmo—. Y hay algo más.
—¿Más?
—Las cámaras.
Alma levantó la vista.
—¿Qué pasa con las cámaras?
—La casa está llena de cámaras. Usted lo sabe. Ese día, cuando te acusaron, yo le pregunté a ‘El Tuercas’ por qué no revisaban el video para ver quién entró a tu cuarto. Él se rió. Me dijo: “No hay video, viejo. La patrona mandó borrar todo el sistema de esa semana. Dijo que fue un fallo técnico”.

Alma apretó los puños. Destrucción de evidencia. Premeditación.
—Gracias, Don Anselmo. Eso es lo que necesitaba saber.
—Ten cuidado, Alma —le advirtió el viejo, tomándole la mano—. Esa gente tiene mucho poder. Tienen dinero para comprar jueces, policías y conciencias. Si te metes con ellos, te van a aplastar como a una cucaracha.
—Ya no soy una cucaracha, Don Anselmo —dijo Alma, mirando a sus hijos que jugaban con una maceta de menta—. Soy una madre. Y una madre enojada es más peligrosa que cualquier millonaria.

Alma se despidió y salió del puesto, con el corazón latiendo a mil por hora pero con una nueva claridad. Tenía un testigo. Sabía que habían borrado las cintas. Tenía por dónde empezar.

Pero el destino no iba a dejárselo tan fácil.

Mientras caminaban de regreso a la avenida para tomar el camión, los gemelos iban comiendo unas jícamas con chile que Alma les compró. Estaban riendo, ajenos al peligro.
De pronto, un rechinido de llantas hizo que la gente volteara.

Una camioneta negra, una Suburban polarizada, se subió a la banqueta a unos metros de ellos, bloqueando el paso. La gente del mercado gritó y se apartó. En México, una camioneta así, manejando así, solo significa una cosa: problemas graves. Narcos o políticos, que a veces son lo mismo.

Alma se congeló. Jaló a los niños detrás de ella, pegándolos contra la pared de una carnicería.
—¡No se muevan! —les ordenó.

La ventana del copiloto de la camioneta bajó lentamente.
Alma esperaba ver a los matones de Berenice. Esperaba ver armas. Esperaba el final.

Pero quien estaba ahí no era un sicario.
Era Cristóbal.

Se veía desesperado, con el cabello despeinado y sin corbata. Sus ojos recorrieron el mercado frenéticamente hasta que la encontraron.
—¡Alma! —gritó él, con la voz rota.

La gente del mercado se quedó mirando. El contraste era brutal: el millonario en su tanque blindado y la mujer humilde con sus hijos contra la pared.
—¡Aléjese! —gritó Alma, buscando una piedra, un palo, lo que sea para defenderse—. ¡No se acerque a mis hijos!

—¡Alma, por favor! —Cristóbal abrió la puerta y bajó del vehículo, ignorando que estaba en un barrio bravo donde un traje como el suyo era una invitación al asalto—. ¡Solo quiero hablar! ¡Te busqué! ¡Fui a la dirección de tu expediente y era un lote baldío! ¡Contraté gente toda la noche para encontrarte!

—¿Para qué? —le gritó ella, con el dolor de seis años saliendo a borbotones—. ¿Para que su mujer nos termine de destruir? ¡Váyase! ¡Aquí no lo queremos!

—¡No me voy a ir! —Cristóbal dio unos pasos hacia ella, con las manos en alto en señal de paz—. ¡Míralos, Alma! ¡Míralos! —señaló a los gemelos, que lloraban asustados—. ¡Son mi sangre! ¡Lo sé! ¡No necesito papeles, lo siento aquí! —se golpeó el pecho.

Un murmullo recorrió el mercado. “Es el papá”, decían las señoras de las quesadillas. “Mira, sí se parecen”, decían los carniceros.
Alma sintió la presión social, el miedo y la confusión mezclarse.
—Usted no tiene hijos aquí —dijo Alma, con voz temblorosa pero firme—. Usted tiene hijos en su mansión. Váyase con ellos. Váyase con su esposa perfecta que borró los videos de seguridad.

Cristóbal se detuvo en seco.
—¿Qué? —preguntó, pálido—. ¿Qué videos?
—Pregúntele a ella —escupió Alma—. Pregúntele por qué borró las cintas la noche que me corrió. Pregúntele por qué sabía que yo estaba embarazada antes que yo misma.

Cristóbal parecía que iba a vomitar. La verdad le estaba entrando a golpes.
En ese momento, otra camioneta apareció al final de la calle. Esta no era de lujo. Era un sedán gris, discreto, con vidrios oscuros.
Alma, que había desarrollado un sexto sentido para el peligro en las calles, lo vio. Vio la antena de radio en el techo. Vio la forma en que el conductor observaba la escena.
No eran policías. Eran los hombres de Berenice. Los “limpiadores”.

—¡Súbase a su camioneta! —le gritó Alma a Cristóbal, empujando a los niños hacia un callejón estrecho entre los puestos—. ¡Nos están siguiendo!
—¿Quién? —Cristóbal volteó, confundido.
—¡Los hombres de su mujer! ¡Váyase si no quiere que nos maten!

Alma no esperó respuesta. Cargó a Daniela en brazos, agarró a Diego de la mano y corrió. Se metió en el laberinto del mercado, derribando un puesto de ropa de paca en su huida para bloquear el camino.
—¡Mamá! —lloraba Daniela.
—¡Corran! —jadeaba Alma—. ¡No miren atrás!

Cristóbal se quedó parado en medio de la calle, viendo cómo la mujer que amaba y los hijos que acababa de descubrir desaparecían entre las lonas de colores.
El sedán gris aceleró hacia él, pero Cristóbal, impulsado por una furia nueva, se paró en medio del camino, bloqueándoles el paso con su propio cuerpo y su camioneta blindada.
Miró al conductor del sedán gris a los ojos. Era uno de sus propios jefes de seguridad. Un hombre de confianza de Berenice.

Cristóbal entendió todo en ese segundo. La red de mentiras era enorme. Estaba durmiendo con el enemigo.
Golpeó el cofre del sedán con el puño, abollándolo.
—¡Dile a Berenice que se acabó! —gritó, sabiendo que lo escuchaban—. ¡Dile que si los toca, la mato!

El sedán dio reversa y huyó, quemando llanta.
Cristóbal se quedó solo en el mercado, respirando agitadamente, rodeado de gente que lo miraba como a un loco. Pero ya no le importaba.
Tenía una pista. Tenía una verdad: borraron los videos.
Y tenía una misión. Iba a recuperar a su familia, aunque tuviera que quemar su mansión hasta los cimientos para hacerlo.

Mientras tanto, oculta en una bodega de naranjas, Alma abrazaba a sus gemelos, tapándoles la boca para que no hicieran ruido, mientras las sirenas de patrullas se escuchaban a lo lejos. La cacería había comenzado oficialmente. Y Alma sabía que la próxima vez, no sería solo una charla en la calle. La próxima vez, correría sangre.

CAPÍTULO 5: PACTO DE SANGRE EN EL CALLEJÓN DE LA AMARGURA

El sol comenzaba a morir sobre la Ciudad de México, tiñendo el smog de un color violeta amoratado, como si el cielo mismo tuviera un golpe. Alma, con el corazón todavía desbocado por la persecución en el mercado, se refugió en el único lugar donde sabía que no le harían preguntas: la trastienda del pequeño taller de costura de su comadre Citlali, en la colonia Doctores.

Era un cuarto de cuatro por cuatro, atiborrado de telas, maniquíes desmembrados y el olor penetrante a máquina de coser sobrecalentada y pozole.
—¡Ay, Alma! ¡Pero si estás temblando, mujer! —exclamó Citlali, una mujer robusta con una cinta métrica colgada al cuello, mientras cerraba la cortina de acero del negocio con doble candado.

Alma se dejó caer en una silla de plástico, abrazando a Diego y Daniela como si fueran salvavidas en medio del océano. Los niños, asustados y confundidos, se habían quedado en silencio, chupando unos bolis de limón que Citlali les había dado para calmar el susto.
—Nos están cazando, Citlali —susurró Alma, con la voz rota—. La esposa del patrón… ella mandó gente.

Citlali se persignó y apagó las luces del frente para que nadie viera hacia adentro.
—¿Esa bruja? Pero si han pasado años…
—La sangre no olvida —respondió Alma, mirando a sus hijos—. Y el dinero tampoco.

El silencio se rompió no por gritos, sino por un toque suave, casi tímido, en la cortina de metal. Tres golpes rítmicos.
Alma se paralizó. Citlali agarró sus tijeras de sastre más grandes, empuñándolas como una daga.
—¿Quién? —gritó Citlali con voz de trueno.

—Soy yo. Cristóbal Altamira.
La voz llegó amortiguada desde la calle, pero era inconfundible. Era la voz del hombre que Alma había amado en secreto, el padre de sus hijos, el enemigo… o tal vez, la única salvación.

—No abras —susurró Alma.
—Por favor —insistió la voz de Cristóbal, sonando desesperada, rota—. Estoy solo. Dejé mi camioneta a tres cuadras. Vine caminando. Nadie me siguió, me aseguré de ello. Solo quiero hablar. Cinco minutos, Alma. Por la vida de esos niños, déjame hablar.

Alma miró a Diego. El niño tenía la misma forma de fruncir el ceño que el hombre que estaba afuera. Era inútil seguir corriendo. El destino los había acorralado en ese cuartucho de costura.
—Abre, Citlali —dijo Alma, enderezándose y secándose las lágrimas—. Pero no sueltes las tijeras.

La cortina subió con un chirrido metálico.
Cristóbal entró.
Se veía terrible. Su traje italiano de mil dólares estaba manchado de polvo del mercado. Había perdido la corbata. Tenía el cabello revuelto y sudaba. Pero sus ojos… sus ojos estaban clavados en Alma con una intensidad que quemaba.

Citlali cerró la cortina de golpe detrás de él y se paró junto a Alma, cruzada de brazos, con las tijeras brillando bajo la luz fluorescente.
—Tiene cinco minutos, Don Ricachón —advirtió Citlali—. Y si hace un movimiento raro, le juro que le hago un ojal nuevo donde no le da el sol.

Cristóbal ni siquiera miró a Citlali. Cayó de rodillas.
Allí, en el suelo de cemento sucio, el hombre que controlaba imperios financieros se arrodilló frente a la ex sirvienta.
—Perdóname —dijo él. No fue una excusa. Fue una súplica—. Perdóname, Alma.

Alma sintió que el pecho se le abría. Quería gritarle, golpearlo, escupirle por los seis años de hambre, de frío, de vender chicles y lavar ajeno.
—¿Perdonarlo? —Alma se puso de pie, temblando de rabia—. ¿Usted cree que con un “perdóname” se borran seis años? ¿Cree que eso le compró leche a mis hijos cuando no tenía ni para el camión? ¿Cree que eso me quitó el miedo de que su mujer me mandara matar?

Cristóbal levantó la vista. Estaba llorando. Lágrimas reales, gruesas.
—Yo no sabía… te lo juro por mi vida, Alma. Berenice me dijo que robaste. Me dijo que te fuiste con un novio. Me dijo que odiabas la casa.
—¡Y usted le creyó! —gritó Alma—. ¡Usted, que decía que me conocía, que decía que yo era “especial”! A la primera mentira de esa víbora, usted me dio la espalda. Ni siquiera me buscó.

—¡Te busqué! —Cristóbal golpeó el suelo con el puño—. ¡Fui a la dirección que dejaste en recursos humanos! ¡Era un terreno baldío! ¡Contraté gente! ¡Pero no había rastro! Ella… ella borró todo.
Cristóbal miró hacia la esquina donde estaban los niños. Diego y Daniela lo observaban con ojos enormes, aferrados el uno al otro.
—Ella sabía que estabas embarazada, ¿verdad? —preguntó Cristóbal, con la voz convertida en un hilo.

Alma asintió, con una mueca de dolor.
—Lo supo antes que yo. Por eso me corrió. No fue por el reloj. Fue por ellos.
Señaló a los gemelos.
—Quería matar lo que crecía en mi vientre con hambre y miseria. Pero no pudo. Porque soy más fuerte que ella. Y mis hijos son fuertes.

Cristóbal se cubrió el rostro con las manos.
—Dios mío… he estado durmiendo con un monstruo.
Se hizo un silencio pesado, solo roto por el zumbido del refrigerador viejo de Citlali.
Finalmente, Cristóbal se levantó. Ya no parecía el millonario arrogante. Parecía un hombre dispuesto a quemar el mundo.

—Alma —dijo, mirándola fijamente—. Sé que no tengo derecho a pedirte nada. Sé que me odias. Y tienes razón. Pero esos niños… —señaló a los gemelos—… y mis hijos en la mansión, Tenoch y Tadeo… todos están en peligro ahora. Berenice está acorralada. Y una bestia acorralada muerde a matar.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Alma, sintiendo un escalofrío.
—Quiere decir que ya no estás segura en ningún lado. Ni aquí, ni en tu casa, ni en el mercado. Ella tiene recursos que ni te imaginas. Pero yo también.
Cristóbal dio un paso hacia ella, pero respetando la distancia.
—Necesito que me ayudes a destruirla.
Alma soltó una risa amarga.
—¿Yo? ¿La sirvienta? ¿Cómo voy a destruir a la Señora Altamira?
—Con la verdad —dijo Cristóbal—. Tú tienes la historia. Tú tienes a los testigos. Don Anselmo te dijo algo en el mercado, lo vi en tu cara. ¿Quién más sabe? ¿Quién operó las cámaras esa noche?

Alma dudó. Confiar en él era peligroso. Pero mirar a sus hijos y saber que Berenice ya había mandado a sus matones era peor.
—El Jefe de Seguridad de ese entonces —dijo Alma—. El Señor Mondragón. Le decían “El Comandante”.
Cristóbal asintió. Recordaba el nombre. Un tipo turbio, ex policía, que Berenice había contratado personalmente.
—Mondragón desapareció hace cinco años. Justo después de que tú te fuiste, recibió una “liquidación” muy generosa y se esfumó.
—Sé dónde está —dijo Alma.
Cristóbal la miró sorprendido.
—¿Cómo?
—En el barrio se sabe todo, Don Cristóbal. La gente como nosotros no desaparece, solo nos movemos de vecindad. Dicen que puso un taller mecánico en Iztapalapa, cerca del Cerro de la Estrella. Que se la pasa borracho gastándose el dinero del silencio.

Cristóbal se ajustó el saco, aunque estaba sucio.
—Entonces vamos por él. Esta misma noche.
—¿Ahora? —Alma miró afuera. Ya era noche cerrada.
—Berenice ya debe estar buscándolo también. Si ella llega primero, Mondragón no va a hablar. Va a amanecer en una zanja. Necesitamos que confiese. Necesitamos pruebas para meterla a la cárcel y quitarle el poder.

Alma miró a Citlali.
—Déjalos aquí —dijo Citlali, entendiendo la mirada—. Yo los cuido. Aquí tengo tranca y tengo a mi perro, el ‘Matapulgas’, que muerde duro. Nadie va a entrar.
Alma se agachó frente a sus hijos.
—Mis amores, mamá tiene que ir a hacer un mandado con este señor.
—¿Es mi papá? —preguntó Diego, directo, sin filtros.
Alma sintió que el tiempo se detenía. Miró a Cristóbal, que contenía la respiración.
—Sí, mi amor —dijo Alma, con lágrimas en los ojos—. Es tu papá. Pero ahorita tenemos que ir a arreglar un problema para que podamos estar tranquilos. Pórtense bien con la tía Citlali.

Cristóbal se acercó a los niños. Quería abrazarlos. Sus manos temblaban de ganas de tocarlos. Pero se contuvo.
—Prometo que voy a cuidar a su mamá —les dijo a los niños con voz solemne—. Y prometo que voy a regresar por ustedes.

Salieron a la noche fría de la Doctores. Cristóbal y Alma, el príncipe y la mendiga, unidos por un odio común y un amor compartido, subieron al auto de lujo que Cristóbal había dejado escondido.
El motor rugió. El destino era Iztapalapa. La boca del lobo.


CAPÍTULO 6: LA BOCA DEL LOBO Y EL PRECIO DEL SILENCIO

El trayecto hacia Iztapalapa fue tenso, cargado de una electricidad estática que hacía que los vellos de los brazos de Alma se erizaran. Cristóbal manejaba su Mercedes blindado como si fuera un tanque de guerra, esquivando baches y microbuses con una agresividad inusual en él.

La ciudad cambiaba por la ventanilla. Dejaban atrás las luces neón del centro para adentrarse en la oscuridad de las colonias populares, donde las calles son laberintos y la ley es una sugerencia.
—Alma —rompió el silencio Cristóbal, sin dejar de mirar el camino—. Necesito preguntarte algo. Y necesito que seas sincera, aunque duela.
—Pregunte.
—Los otros niños… Tenoch y Tadeo… mis hijos que viven en la mansión. ¿Tú los viste bien hoy?
—Los vi de lejos —respondió Alma—. Son idénticos a Diego y Daniela. Es como ver fantasmas.
—Eso es lo que me está matando —confesó Cristóbal, apretando el volante hasta que el cuero crujió—. Berenice siempre fue… extraña con ellos. No los amamantó. No dejaba que nadie los tocara mucho de bebés. Y siempre, siempre se negó a que se hicieran chequeos médicos conmigo presente. Decía que yo los ponía nerviosos.

Alma giró la cabeza bruscamente.
—¿Qué está pensando?
—No lo sé. Pero Rose, la otra empleada que mencionó Don Anselmo… ella sabe algo más. Algo sobre el origen de los niños. Pero primero, Mondragón.

Llegaron a la ubicación que Alma recordaba por los chismes del mercado. Era una calle sin pavimentar, llena de lodo y perros callejeros que ladraban al paso del auto lujoso. Al fondo, un letrero de lámina pintado a mano decía: “MECÁNICA AUTOMOTRIZ EL JEFE”.
El lugar era un deshuesadero. Coches desvalijados se apilaban como esqueletos de metal bajo la luz amarillenta de un solo foco. Se escuchaba música de banda a todo volumen saliendo del interior.

Cristóbal apagó el motor y las luces.
—Quédate aquí. Es peligroso.
—Ni lo sueñe —dijo Alma, abriendo la puerta—. Mondragón no va a hablar con un riquillo de traje. Va a pensar que es policía o narco. A mí me conoce. Yo le servía el café. Conmigo se va a confiar.

Bajaron juntos. El olor a grasa quemada y cerveza barata golpeó sus narices. Entraron al taller sorteando charcos de aceite.
Al fondo, debajo de una camioneta vieja elevada en un gato hidráulico, se veían unas piernas gordas en overol sucio.
—¿Mondragón? —llamó Alma, con voz firme.

Las piernas se movieron. Un hombre salió de debajo del coche, limpiándose las manos negras de grasa en un trapo que estaba igual de sucio. Era él. Más viejo, más gordo, con la cara abotagada por el alcohol, pero con la misma mirada de rata que Alma recordaba.
El hombre entrecerró los ojos.
—¿Quién busca? Ya cerramos.
—No venimos a arreglar coche, Comandante —dijo Alma.

Mondragón soltó el trapo. Sus ojos viajaron de Alma a Cristóbal. Reconoció al patrón al instante. El miedo cruzó su cara como un relámpago.
—Don Cristóbal… —balbuceó, dando un paso atrás, chocando contra una mesa de herramientas—. ¿Qué… qué hace aquí en este agujero?

—Vengo por lo que me robaste, Mondragón —dijo Cristóbal, avanzando con una autoridad que hizo que el mecánico se encogiera—. Vengo por la verdad.
—Yo no robé nada, patrón. Me liquidaron legalmente. Tengo papeles.
—No hablo de dinero —Cristóbal se paró frente a él, impasible ante la grasa y la suciedad—. Hablo de los videos. Los videos de la noche del 14 de agosto, hace seis años. La noche que inculparon a Alma.

Mondragón se puso pálido bajo la mugre. Miró hacia la puerta trasera, calculando una huida.
—No sé de qué me habla. Eso fue hace mucho. La memoria falla.
—No te hagas el tonto —intervino Alma, dando un paso al frente. Su voz vibraba con una fuerza que sorprendió a Mondragón—. Tú eras el que controlaba las cámaras. Tú eras el que le besaba los pies a Berenice. Ella te ordenó borrarlos, ¿verdad? Te pagó para que te callaras.

Mondragón se pasó la mano por la calva sudorosa.
—Mire, Alma… yo solo seguía órdenes. Usted sabe cómo es la Señora. Si uno no obedece, uno amanece frío.
—¡Ella sabía que estaba embarazada! —gritó Alma, golpeando una mesa de metal—. ¡Tú lo sabías! ¡Escuchaste todo!

Mondragón bajó la cabeza. El silencio confirmó la acusación.
Cristóbal agarró a Mondragón por las solapas del overol grasiento y lo empujó contra la pared.
—¡Dímelo! —rugió Cristóbal—. ¡Dímelo a la cara! ¿Mi esposa sabía que Alma llevaba a mis hijos en su vientre?
Mondragón temblaba como gelatina.
—Sí… sí, patrón. Lo sabía. Encontró la prueba en la basura del baño de servicio. Se puso como loca. Dijo que tenía que sacarla de la casa antes de que usted regresara de Nueva York. Dijo… —Mondragón tragó saliva—… dijo que no iba a permitir que unos bastardos mestizos le quitaran la herencia a sus “hijos de laboratorio”.

El mundo de Cristóbal se detuvo. Soltó a Mondragón como si quemara.
—¿Qué dijiste? —preguntó Cristóbal, con la voz helada—. ¿Hijos de qué?
Mondragón se dio cuenta de que había hablado de más. Se tapó la boca.
—Nada, patrón. Yo no sé nada. Son cosas que la señora gritaba cuando estaba histérica.

—¡Habla! —Cristóbal sacó su cartera y aventó un fajo de billetes sobre la mesa de herramientas. Billetes de mil pesos que cayeron como lluvia—. ¡Ahí tienes más de lo que ganas en un año! ¡Habla o te juro que te meto a la cárcel por complicidad en secuestro y fraude!

Mondragón miró el dinero. La avaricia pudo más que el miedo.
—Está bien. Está bien. —Mondragón miró a todos lados—. La señora Berenice… ella no podía tener hijos. Usted lo sabe. Pero ella no quería que usted lo supiera. Decía que si usted sabía que ella era estéril, la iba a dejar por una más joven.
Cristóbal asintió lentamente. Recordaba las clínicas, los tratamientos, las inseminaciones. Berenice siempre se encargaba de todo. Él solo daba las muestras.

—Esos niños… Tenoch y Tadeo… —susurró Mondragón—. Yo escuché una vez a la Señora hablando con su doctor privado por teléfono. Estaba borracha. Decía que los óvulos no eran de ella. Que compró óvulos de una donante anónima. Una donante que se pareciera a usted, patrón. Para que los niños salieran a su familia y nadie sospechara.
—¡Dios mío! —exclamó Alma, llevándose las manos a la boca.

Cristóbal se recargó en un coche viejo, sintiendo que iba a vomitar.
—¿Y sabes quién fue la donante? —preguntó Cristóbal, aunque una parte oscura de su cerebro ya estaba conectando los puntos.
—No, patrón. Eso no lo sé. Pero… —Mondragón miró a Alma—. Los niños de la mansión se parecen mucho a los niños de Alma. Demasiado. Como si fueran hermanos completos.

La implicación flotó en el aire, pesada, tóxica.
¿Era posible? ¿Había Berenice robado algo más que la dignidad de Alma?
En ese momento, el sonido de motores potentes rugió afuera del taller. Luces blancas, cegadoras, entraron por el portón abierto, recortando las siluetas de tres hombres armados que bajaban de una camioneta.
—¡Chingada madre! —gritó Mondragón—. ¡Ya nos cargó el payaso! ¡Es ‘El Ruso’! ¡El nuevo jefe de seguridad de la señora!

—¡Al suelo! —gritó Cristóbal, tirando a Alma al piso justo cuando el primer disparo rompió el parabrisas de un coche cercano.
El estruendo fue ensordecedor. Los perros de la calle aullaron.
—¡Mondragón! —gritó el hombre de afuera, con acento extranjero—. ¡Sabemos que estás ahí! ¡Sal con las manos en alto y a lo mejor te dejamos vivir!

Mondragón, presa del pánico, agarró una llave inglesa y corrió hacia la puerta trasera.
—¡No me van a matar! —gritó el mecánico.
—¡Espera! —le gritó Alma—. ¡Vente con nosotros!

Pero Mondragón abrió la puerta trasera y salió corriendo hacia la oscuridad del lote baldío.
Se escucharon dos disparos secos. Pam. Pam.
Luego, silencio.
Alma soltó un grito ahogado. Mondragón había caído. El testigo clave estaba muerto o herido.

—¡Tenemos que salir de aquí! —Cristóbal agarró a Alma de la mano—. ¡Conozco mi coche, es blindado! ¡Tenemos que llegar al Mercedes!
—¡Están bloqueando la entrada! —lloró Alma, aterrada.
—Confía en mí —le dijo Cristóbal, mirándola a los ojos en medio del caos—. ¿Confías en mí, Alma?

Alma lo miró. Vio al hombre que la había abandonado, pero también al padre que estaba dispuesto a morir por la verdad.
—Sí —dijo ella.

Cristóbal la jaló. Corrieron agachados entre los coches desguazados mientras las balas zumbaban sobre sus cabezas, sacando chispas al metal. Llegaron al Mercedes. Cristóbal abrió la puerta del copiloto y empujó a Alma adentro. Él saltó al asiento del conductor.
Las balas impactaron contra el vidrio de la ventanilla, dejando marcas de telaraña, pero no penetraron. El blindaje nivel 5 resistió.

Cristóbal encendió el motor V8. Rugió como una bestia.
—Agárrate fuerte —dijo.
En lugar de echarse en reversa, Cristóbal aceleró hacia adelante. Hacia la pared de lámina del fondo del taller.
—¡Estás loco! —gritó Alma.
—¡Es la única salida!

El Mercedes embistió la pared de lámina. El metal crujió, se dobló y cedió. Salieron disparados hacia el callejón trasero, levantando una nube de polvo y escombros. Cristóbal maniobró con destreza, derrapando en el lodo, mientras por el retrovisor veían a los matones correr hacia sus vehículos para perseguirlos.

—¿Mataron a Mondragón? —preguntó Alma, temblando incontrolablemente.
—Probablemente —dijo Cristóbal, con la mandíbula tensa—. Berenice acaba de cruzar la línea final. Esto ya no es un divorcio, Alma. Esto es una guerra. Y ahora sabemos su secreto más oscuro.
—Los niños… —susurró Alma—. Tenoch y Tadeo…
—Si lo que dijo Mondragón es cierto —dijo Cristóbal, acelerando hacia la autopista—, Berenice no es su madre biológica. Y tú… tú podrías ser la clave de todo.

Alma miró sus manos. Recordó una revisión médica en la mansión, años antes de embarazarse, donde Berenice la había obligado a hacerse un “chequeo general” con el médico de la familia. Le habían sacado sangre. Le habían hecho estudios ginecológicos bajo anestesia leve porque “estaba anémica”.
Un horror frío se instaló en su estómago.
¿Y si le habían robado algo más que su trabajo? ¿Y si sus hijos tenían hermanos que nacieron en jaulas de oro?

El Mercedes se perdió en la noche, herido pero veloz, llevando a dos padres hacia una verdad que podría destruir a la familia más poderosa de México.

CAPÍTULO 5: REFUGIO EN LA TORMENTA Y LA VERDAD EN LA SANGRE

El Mercedes blindado devoraba el asfalto del Viaducto, dejando atrás la zona de guerra en la que se había convertido el taller mecánico en Iztapalapa. Las luces de la ciudad pasaban como líneas borrosas de neón anaranjado y blanco, reflejándose en el rostro sudoroso y pálido de Cristóbal. A su lado, Alma temblaba. No era un temblor de frío, sino esa vibración incontrolable que viene después de ver la muerte a los ojos y salir vivo de milagro.

—¿Estás herida? —preguntó Cristóbal, rompiendo el silencio sepulcral dentro de la cabina insonorizada. Su voz sonaba ronca, cargada de una culpa que parecía aplastarlo contra el asiento de piel.

Alma se miró las manos. Estaban manchadas de grasa y polvo, pero no había sangre.
—No —susurró—. Pero Mondragón…
—Mondragón tomó su decisión —cortó Cristóbal, con la mandíbula apretada—. Corrió. En este juego, el que corre pierde.

Alma giró la cabeza para mirarlo. Por primera vez en la noche, vio al hombre detrás del traje caro. Vio las ojeras profundas, el labio partido por la tensión, el miedo real en sus ojos.
—Lo que él dijo… —Alma sintió que las palabras se le atoraban en la garganta—. Lo de los óvulos. Lo de la donante. ¿Usted cree que sea posible?

Cristóbal golpeó el volante con la palma de la mano.
—Con Berenice, todo es posible, Alma. Es una mujer que cree que puede comprar a Dios. Durante años, me dijo que el problema de fertilidad era mío. Me hizo sentir menos hombre. Me arrastró por clínicas en Houston, en Suiza… Y luego, de milagro, apareció embarazada. “Un tratamiento experimental”, me dijo. Y yo, como un imbécil enamorado de la idea de ser padre, no hice preguntas.

El coche se detuvo en un semáforo en rojo, aunque a esa hora y con la adrenalina, Cristóbal bien podría habérselo pasado. Pero necesitaba un segundo para respirar. Se giró hacia Alma.

—Alma, necesito que hagas memoria. Es vital. Antes de que te despidiera, antes de todo el desastre… ¿te llevaron al médico?
Alma frunció el ceño, buscando en los archivos de su memoria, esos que había intentado quemar para no sufrir.
—Sí… —dijo lentamente—. Unos tres meses antes de que me corrieran. La señora Berenice llegó un día muy “amable”. Me dijo que me veía pálida, que no quería que enfermara a los demás empleados. Me mandó con su ginecólogo privado en Las Lomas. El Doctor Fuentes.
—¿Y qué pasó? —Cristóbal la miraba con intensidad depredadora.
—Me durmieron. Me dijeron que era para hacerme una “limpieza profunda” y tomar muestras porque tenía anemia severa. Cuando desperté, me dolía el vientre bajo. Me dijeron que era normal, que eran cólicos por el procedimiento.

Cristóbal cerró los ojos y dejó caer la cabeza contra el respaldo. Un gemido de dolor puro escapó de su garganta.
—Maldita sea… —susurró—. Te los robó.
—¿Qué?
—Te robó los óvulos, Alma. No fue una limpieza. Fue una aspiración folicular. Usó tu material genético para fecundarlo con mi esperma in vitro.
Alma sintió que el mundo se inclinaba. Las náuseas volvieron, más fuertes que nunca.
—¿Me está diciendo que… Tenoch y Tadeo…?
—Son tus hijos —dijo Cristóbal, abriendo los ojos, llenos de lágrimas—. Biológicamente, son tuyos. Y míos. Son hermanos completos de Diego y Daniela. Berenice no es su madre. Ella solo fue… el envase. O tal vez ni eso, tal vez usó un vientre de alquiler y fingió el embarazo con almohadillas, y yo estaba tan ocupado viajando que ni cuenta me di.

El llanto de Alma fue un aullido silencioso. Se llevó las manos a la boca, ahogando un grito que venía desde las entrañas. Le habían robado no solo su dignidad, su trabajo y su paz. Le habían robado dos hijos. Dos seres humanos que crecían creyendo que su madre era el monstruo que había destruido la vida de su verdadera madre.
—¡Es una ladrona de vidas! —gritó Alma, golpeando el tablero del auto—. ¡Me los quitó! ¡Tengo cuatro hijos, no dos!

Cristóbal arrancó el auto, quemando llanta.
—Vamos a recuperarlos —dijo, con una frialdad que daba miedo—. A todos. Pero primero, necesitamos asegurar a los que están con Citlali.

El trayecto hacia la colonia Doctores fue una carrera contra el tiempo. Cristóbal miraba los espejos retrovisores cada tres segundos, paranoico. Cualquier auto que se mantuviera detrás de ellos más de dos cuadras se convertía en una amenaza. Dio vueltas en U, se metió en calles en sentido contrario, usó trucos de evasión que había aprendido en cursos de seguridad antisecuestro.

Cuando llegaron al taller de Citlali, la cortina estaba abajo, pero había luz por la rendija.
Alma bajó del auto antes de que se detuviera por completo. Golpeó la cortina con el código secreto.
—¡Citlali! ¡Soy yo!

La cortina se levantó. Citlali estaba ahí, con el “Matapulgas” (un perro mestizo enorme y tuerto) amarrado con una cadena, y un bate de béisbol en la mano.
—¡Ay, mujer! —exclamó Citlali al verlos—. ¡Pensé que ya no regresaban! Los niños están dormidos atrás, pero han estado preguntando por ti cada cinco minutos.

Alma corrió hacia la trastienda. Al ver a Diego y Daniela dormidos sobre un montón de telas, abrazados, sintió que el alma le volvía al cuerpo. Los besó, despertándolos suavemente.
—Mami… —balbuceó Diego—. ¿Ya se fue el señor?
—No, campeón —dijo Cristóbal desde la puerta. Se había quitado el saco y arremangado la camisa. Se veía menos “patrón” y más humano—. El señor está aquí. Y nos vamos a ir a un lugar seguro.

Citlali miró a Cristóbal con desconfianza, pero luego vio la mirada de Alma. Una mirada de determinación absoluta.
—Cuídamela, catrín —le advirtió Citlali a Cristóbal, apuntándole con el bate—. Porque si le pasa algo a mi comadre, te juro que busco dónde vives y te armo un desmadre.
—Le doy mi palabra —dijo Cristóbal, y por primera vez, sonaba como una promesa de sangre—. Les debo la vida.

Subieron a los niños al auto. Daniela se quedó maravillada con los asientos de piel suave y las luces del tablero.
—Parece una nave espacial —susurró.
Cristóbal la miró por el retrovisor y sonrió, una sonrisa triste pero genuina.
—Te prometo, princesa, que un día te voy a llevar a ver las estrellas de verdad.

Condujeron hacia el poniente de la ciudad, hacia la zona de Santa Fe. Pero no fueron a los edificios residenciales habituales. Cristóbal los llevó a un edificio corporativo discreto, de esos que tienen seguridad privada nivel militar y que se usan para ejecutivos extranjeros de alto riesgo.
Tenía un departamento secreto en el último piso. Un “penthouse de pánico” que había comprado años atrás cuando la inseguridad en México se disparó, y que Berenice desconocía por completo porque estaba a nombre de una sociedad anónima fantasma.

Entraron por el estacionamiento subterráneo. El lugar estaba desierto y silencioso. Subieron en un elevador privado que requería huella digital y escáner de retina.
Cuando las puertas se abrieron, Alma se quedó sin aliento.
El departamento era enorme, minimalista, con ventanales de piso a techo que mostraban toda la ciudad iluminada como un tapete de joyas. Pero estaba vacío. Sin fotos, sin adornos personales. Solo muebles caros y fríos.

—Aquí nadie nos encontrará —dijo Cristóbal, cerrando la puerta blindada—. Los sistemas de seguridad son independientes. Ni Berenice ni su gente saben que este lugar existe.
Alma soltó a los niños, que corrieron a pegarse a los vidrios para ver la ciudad.
—Es muy alto, mamá —dijo Diego—. Los coches parecen hormigas.

Alma se giró hacia Cristóbal. Estaban solos en la inmensidad de la sala.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella—. Estamos escondidos, pero no podemos vivir aquí para siempre. Berenice tiene a mis otros hijos.
—Ahora —dijo Cristóbal, sacando su teléfono encriptado—, vamos a conseguir la prueba que hundirá a Berenice para siempre. Necesitamos ADN.

—Tengo a Diego y Daniela aquí —dijo Alma—. Pero necesitas muestras de Tenoch y Tadeo.
Cristóbal asintió. Caminó hacia una caja fuerte empotrada en la pared, oculta tras un panel de madera. La abrió. Sacó un estuche médico pequeño.
—Siempre fui paranoico —confesó Cristóbal—. Hace dos años, cuando empezaron los secuestros a empresarios, contraté un servicio de “bioseguridad”. Guardé muestras de sangre y cabello de Tenoch y Tadeo por si… por si algún día los secuestraban y necesitaba identificarlos.
Alma sintió un escalofrío. La paranoia de Cristóbal, nacida del miedo a perder a su familia, ahora sería la llave para salvarla.
—Nunca le dije a Berenice. Ella odiaba que pensara en cosas negativas.

Cristóbal puso el estuche sobre la mesa de centro de mármol.
—Voy a llamar a un genetista de confianza. Un amigo de la universidad que me debe la carrera. Va a venir aquí, con su equipo portátil. Haremos las pruebas esta misma noche.
—¿Y si… —Alma dudó— ¿Y si nos equivocamos? ¿Y si Mondragón mintió?
Cristóbal miró a Diego, que estaba intentando hacer una marometa en la alfombra persa. Luego miró la foto de Tenoch que tenía en su celular.
—No nos equivocamos, Alma. La sangre llama. Y esta noche, la sangre va a gritar.

Cristóbal marcó el número.
—Javier, soy yo. No preguntes. Te necesito en el piso franco de Santa Fe en treinta minutos. Trae el kit completo de paternidad y maternidad. Sí, maternidad también. Es de vida o muerte. Y Javier… si abres la boca, te mato.

Colgó.
Alma se sentó en el sofá de piel italiana, sintiéndose pequeña en ese mundo de lujo y poder. Pero entonces Cristóbal se sentó a su lado. No la tocó, pero su presencia era cálida.
—Voy a recuperar el tiempo perdido, Alma —dijo él—. Voy a ser el padre que ellos merecen. Y voy a pedirte perdón todos los días de mi vida por no haberte protegido.

Alma lo miró. El odio que había sentido durante seis años empezaba a resquebrajarse, dejando paso a algo más complejo: una alianza forjada en el dolor.
—No quiero su perdón, Cristóbal —dijo ella—. Quiero justicia. Quiero a mis hijos. A los cuatro.
—Los tendrás —prometió él—. Te lo juro por mi apellido, que pronto va a dejar de ser una marca y va a volver a ser una familia.


CAPÍTULO 6: LA SENTENCIA DEL ADN Y EL DOLOR DE UNA MADRE

El reloj de pared marcaba las 3:00 de la mañana. El silencio en el departamento de Santa Fe era denso, casi sólido. Los gemelos, Diego y Daniela, finalmente habían caído rendidos por el cansancio y dormían en una de las habitaciones de huéspedes, envueltos en sábanas de hilo egipcio que costaban más que toda la ropa que habían usado en su vida.

En la sala, bajo la luz tenue de una lámpara de pie, tres adultos esperaban.
Javier, el genetista, era un hombre calvo y nervioso con gafas de montura gruesa. Había instalado un mini-laboratorio en la mesa del comedor: centrífugas portátiles, reactivos químicos, laptops con gráficas complejas. El zumbido de las máquinas era el único sonido en la habitación.

Alma estaba sentada al borde del sofá, con las manos entrelazadas tan fuerte que los nudillos estaban blancos. No había comido, no había bebido agua. Solo miraba la pantalla de la computadora de Javier como si fuera un oráculo divino.
Cristóbal caminaba de un lado a otro, como un león enjaulado. Se había quitado la camisa del traje y llevaba una camiseta blanca, lo que dejaba ver que, a pesar de la vida de oficina, mantenía la fuerza física. Cada vez que pasaba cerca de la ventana, miraba hacia afuera, esperando ver las luces de los sicarios de Berenice. Pero la noche seguía tranquila. Demasiado tranquila.

—¿Cuánto falta, Javier? —preguntó Cristóbal por décima vez.
—La ciencia no se apura, Cris —murmuró Javier sin levantar la vista—. Estoy corriendo una secuencia rápida, pero necesito confirmar los marcadores. Esto no es como en la tele que sale en cinco minutos. Estoy comparando cuatro perfiles: Tú, Alma, los niños A y B (Diego y Daniela) y las muestras guardadas de los niños C y D (Tenoch y Tadeo).

Alma cerró los ojos y rezó. Virgencita, que sea lo que tenga que ser, pero dame fuerzas.

Diez minutos después, la computadora emitió un pitido agudo.
Javier se enderezó. Se ajustó las gafas. Miró la pantalla. Frunció el ceño. Tecleó algo más. Volvió a mirar.
Se quedó inmóvil.

—Javier —dijo Cristóbal, deteniéndose en seco—. Habla.
El genetista se giró lentamente en la silla. Su rostro estaba pálido. Miró a Alma con una mezcla de asombro y horror científico. Luego miró a Cristóbal.

—Cristóbal… —empezó Javier, con la voz temblorosa—. He revisado los resultados tres veces. La probabilidad de error es de uno en mil millones.
—¡Dilo ya! —gritó Cristóbal.

Javier tomó el papel que acababa de imprimir.
—Prueba 1: Paternidad. Cristóbal Altamira es el padre biológico de Diego y Daniela con una probabilidad del 99.99%.
Alma soltó el aire que tenía contenido. Cristóbal cerró los ojos, asintiendo. Eso ya lo sabían en el corazón, pero el papel lo hacía real. Legal.

—Prueba 2: —continuó Javier—. Paternidad de Tenoch y Tadeo. Cristóbal Altamira es el padre biológico con una probabilidad del 99.99%.
—Eso también lo sabíamos —dijo Cristóbal—. Ve al punto.

Javier tragó saliva.
—Aquí viene lo complicado. Comparé el perfil genético de Diego y Daniela con el de Tenoch y Tadeo.
Hizo una pausa dramática.
—Son hermanos completos. Comparten el mismo padre… y la misma madre.

El silencio que siguió fue absoluto.
Alma se levantó lentamente, como si estuviera en trance.
—¿La misma madre? —susurró.
—Sí —dijo Javier—. El ADN mitocondrial es idéntico. Los marcadores alelos son consistentes. Alma… —Javier la miró con lástima—. Tú eres la madre biológica de Tenoch y Tadeo. No hay duda.

Cristóbal sintió que las rodillas le fallaban y se dejó caer en una silla.
—Lo hizo… —murmuró—. Realmente lo hizo. Me robó a mis hijos y usó a mi esposa… no, a esa mujer… para gestarlos o para simularlo.
—Espera, hay más —dijo Javier, revisando otra gráfica—. Hice una prueba rápida de los marcadores de Berenice. Tenía tu perfil guardado de aquella vez que se hicieron el chequeo de compatibilidad hace años, ¿recuerdas?
Cristóbal asintió.
—Berenice no tiene ninguna relación biológica con ninguno de los cuatro niños. Cero. Ella no es la madre.

Alma soltó un grito desgarrador. No fue un llanto. Fue un rugido de dolor puro. Se llevó las manos a la cabeza, jalándose el cabello.
—¡Me los robó! ¡Me abrió el cuerpo y me los robó! —gritaba Alma, cayendo de rodillas al suelo—. ¡Mis hijos! ¡Tenoch y Tadeo son míos! ¡Crecieron llamando mamá a la mujer que me destruyó!

Cristóbal corrió hacia ella y la abrazó. Por primera vez, rompió la barrera física. La abrazó con fuerza, tratando de contener los pedazos de Alma que se estaban rompiendo.
—¡La voy a matar! —gritaba Alma contra el pecho de Cristóbal, mojando su camiseta con lágrimas calientes—. ¡Voy a ir a esa casa y la voy a matar con mis propias manos!

—No —dijo Cristóbal, sujetándole la cara con ambas manos, obligándola a mirarlo. Sus propios ojos estaban llenos de lágrimas de furia—. No te vas a manchar las manos con su sangre sucia. Eso sería muy fácil para ella. La cárcel es poco. Le vamos a quitar todo. Todo, Alma. Su dinero, su reputación, su apellido, y lo más importante… le vamos a quitar a los niños.

Alma respiraba agitadamente, el pecho subiendo y bajando con violencia.
—Quiero verlos. Quiero ver a mis hijos. Ahora.
—Los veremos —dijo Cristóbal—. Mañana es la gala de la Fundación Altamira. Berenice va a estar ahí, fingiendo ser la madre del año, la esposa perfecta, la filántropa. Va a estar toda la prensa. Toda la alta sociedad.

Cristóbal se levantó y ayudó a Alma a ponerse de pie. Su expresión se endureció hasta convertirse en piedra.
—Vamos a ir a esa fiesta. Vamos a entrar por la puerta grande. Y vamos a presentarle al mundo a la verdadera familia Altamira. Vamos a detonar esta verdad en su cara frente a todas las cámaras de televisión del país.

Javier, el genetista, estaba recogiendo sus cosas apresuradamente.
—Cris, esto es dinamita. Si Berenice sabe que yo hice esto…
—Tú no existes —dijo Cristóbal—. Vete. Te transferiré un bono mañana. Desaparece un tiempo.

Cuando Javier se fue, Cristóbal fue al minibar y sacó una botella de agua. Se la dio a Alma.
—Bebe. Necesitas fuerza. Mañana va a ser el día más largo de nuestras vidas.
Alma bebió. El agua fría calmó un poco el fuego en su garganta, pero no el de su corazón.
Caminó hacia el ventanal. La ciudad amanecía. El cielo pasaba de negro a un gris plomizo.
—Cristóbal —dijo ella, sin voltear—. ¿Usted sabía que ella era capaz de tanta maldad?
—Sabía que era ambiciosa. Sabía que era fría. Pero nunca imaginé que fuera un monstruo. Y me odio por no haberlo visto. Me odio por haber dejado que te hiciera esto.

Alma se giró.
—El odio no sirve ahorita. Ahorita sirve la inteligencia. Ella cree que somos débiles. Cree que yo soy una sirvienta ignorante y que tú eres un marido manipulable.
Alma caminó hacia donde dormían Diego y Daniela.
—Pero mañana va a conocer a la madre. Y una madre defiende a sus cachorros hasta la muerte.

Cristóbal sacó su teléfono.
—Voy a llamar a mi abogado de confianza. Al que Berenice no controla. Y voy a llamar a un sastre.
—¿Un sastre? —preguntó Alma, confundida.
Cristóbal la miró de arriba abajo. Su ropa estaba sucia, desgastada.
—Mañana no vas a entrar a esa mansión como la víctima. Vas a entrar como la dueña. Vas a entrar vestida como una reina. Quiero que cuando Berenice te vea, se sienta pequeña. Quiero que tiemble antes de que abramos la boca.

Alma asintió. Se alisó el vestido barato.
—Está bien. Juguemos a su juego. Pero con mis reglas.

Mientras el sol salía sobre la Ciudad de México, iluminando los rascacielos de Santa Fe y las casitas grises de los cerros, dos padres trazaban el plan final.
En la mansión de Las Lomas, Berenice dormía intranquila, soñando que unas manos pequeñas la jalaban hacia un abismo oscuro.
No sabía que su pesadilla estaba a punto de tocar el timbre.

El teléfono de Cristóbal vibró. Era un mensaje de un número desconocido.
Lo abrió. Era una foto.
Una foto borrosa tomada desde lejos, mostrando la entrada del edificio donde estaban.
El texto decía: “Sé dónde están. Tienen una hora para entregarme a los bastardos o Tenoch y Tadeo pagan el precio”.

Cristóbal se puso blanco.
—Nos encontraron.
Alma corrió hacia la ventana. Abajo, en la calle desierta, un auto negro estaba estacionado con las luces apagadas.
—Berenice no va a esperar a la gala —dijo Cristóbal—. Quiere guerra ahora.

Alma corrió al cuarto, despertó a los niños de un sacudón.
—¡Arriba! ¡Tienen que ponerse los zapatos ya!
—¿Qué pasa? —lloró Daniela.
—Vamos a jugar a los espías —dijo Alma, con voz temblorosa pero fingiendo calma—. Tenemos que salir sin que nos vean los malos.

Cristóbal fue a su caja fuerte y sacó algo que Alma no esperaba ver: una pistola. Una 9mm negra.
—¿Sabes usarla? —le preguntó a Alma.
Alma negó con la cabeza, horrorizada.
—Es fácil. Quitas el seguro, apuntas y disparas. Solo úsala si intentan tocar a los niños.
Cristóbal le puso el arma en la mano. Pesaba. Pesaba como el pecado.
—Yo voy a distraerlos. Ustedes bajen por las escaleras de servicio hasta el sótano 3. Ahí tengo otro coche.
—¡No te vamos a dejar! —gritó Alma.

—¡Vayan! —rugió Cristóbal—. ¡Son mis hijos, Alma! ¡Déjame protegerlos por una vez en mi maldita vida!

Alma miró a Cristóbal. Vio la redención en sus ojos. Agarró a los niños, agarró el arma y corrió hacia la puerta de servicio.
Antes de salir, miró atrás.
Cristóbal estaba parado frente a la puerta principal, cargando el arma, esperando a que los matones de su esposa derribaran la puerta.
—Te veo en la mansión —dijo él.

Alma cerró la puerta y corrió escaleras abajo, con el sonido de los primeros golpes en la puerta resonando en sus oídos.
La guerra había llegado a su puerta. Y solo uno de los dos bandos saldría vivo para contar la historia.

CAPÍTULO 7: EL ASCENSO DE LA MADRE GUERRERA

El sonido de los disparos retumbó en el techo del cubo de la escalera como truenos encerrados en una caja de zapatos. ¡Pum! ¡Pum! Eran secos, ensordecedores. Alma apretó los dientes hasta que la mandíbula le dolió, sintiendo el peso frío de la pistola 9mm en su mano derecha y la manita sudada de Diego en la izquierda.

—¡Mamá, tengo miedo! —lloró Daniela, tropezando con un escalón de concreto.
—¡Sigue corriendo, mi amor! ¡Es el juego! ¡Recuerda que somos espías invisibles! —jadeó Alma, cargándola en brazos sin detener la marcha. Sus piernas ardían, el corazón le golpeaba la garganta, pero el instinto de supervivencia la empujaba hacia abajo, hacia la oscuridad del sótano 3.

Arriba, el caos. Se escuchó un grito de hombre, un estruendo de vidrios rotos y luego, silencio. Un silencio aterrador.
¿Cristóbal?
Alma quiso detenerse. Quiso regresar. La imagen de él, parado solo frente a la puerta blindada para ganarles tiempo, le desgarraba el pecho. Después de seis años de odiarlo, ahora entendía que él también había sido una víctima, un peón en el tablero macabro de Berenice. Pero tenía una misión: sacar a los niños.

Llegaron al sótano. El aire era frío y olía a humedad y gasolina. Allí, bajo una lona gris, estaba el coche de emergencia: un Volvo antiguo, sólido como un tanque.
Alma abrió la puerta trasera y empujó a los niños adentro.
—¡Al suelo! ¡Acuéstense en el piso del coche y no se levanten hasta que yo les diga!
—¿Y mi papá? —preguntó Diego, con los ojos llenos de lágrimas.
—Él nos va a alcanzar. Él es un superhéroe, ¿te acuerdas? Los superhéroes siempre llegan.

Alma saltó al asiento del conductor. Las llaves estaban puestas. Giró el encendido y el motor rugió. Aceleró hacia la rampa de salida.
Justo cuando el coche emergía a la calle lateral de Santa Fe, vio por el retrovisor cómo la puerta del lobby del edificio estallaba. Dos hombres de negro salieron corriendo, apuntando hacia su coche.
Alma no lo pensó. Pisó el acelerador a fondo. El Volvo chilló, quemando llanta, y salió disparado hacia la avenida.
Una bala impactó en la cajuela. ¡Clang!
Los niños gritaron.
—¡Abajo! —ordenó Alma, zigzagueando entre el tráfico nocturno.

Manejó como una poseída. Se pasó semáforos en rojo, se metió en calles en sentido contrario, usó cada truco que había aprendido viendo las persecuciones en las películas que ponían en los camiones foráneos. Su mente estaba en blanco, solo enfocada en una cosa: sobrevivir.

Treinta minutos después, cuando estuvo segura de que nadie la seguía, se detuvo en el estacionamiento de un supermercado 24 horas en una zona tranquila.
Apagó el motor. El silencio cayó sobre ellos.
Alma se giró hacia atrás.
—¿Están bien?
Diego y Daniela asomaron las cabezas, temblando.
—Sí, mami.

Alma sacó el teléfono de Cristóbal, que él le había dado antes de separarse. Marcó su número.
Un tono. Dos tonos. Tres tonos.
Contesta, por favor. No te mueras ahora que sabemos la verdad.
—¿Alma?
La voz de Cristóbal sonaba débil, rasposa.
—¡Cristóbal! —Alma soltó el aire—. ¿Estás vivo?
—Sí… —una tos seca—. Me dieron un rozón en el brazo y creo que tengo una costilla rota, pero estoy vivo. Llegó la policía justo a tiempo. Los vecinos llamaron. Los tipos huyeron cuando escucharon las sirenas.
—Gracias a Dios… —Alma apoyó la frente en el volante, llorando de alivio.
—Escúchame, Alma. No tenemos mucho tiempo. Berenice sabe que falló el ataque. Sabe que estamos vivos. Mañana es la gala. Es nuestra única oportunidad. Si no la exponemos mañana frente a todos, nos va a cazar uno por uno. Ella no va a parar.

—Estoy lista —dijo Alma. Y se sorprendió al darse cuenta de que era verdad. El miedo se había evaporado, dejando en su lugar una frialdad de acero—. Dime dónde te veo.


El amanecer los encontró en una suite de hotel discreta en Polanco, propiedad de uno de los pocos amigos leales que le quedaban a Cristóbal.
Cuando Alma vio a Cristóbal entrar, contuvo el aliento. Tenía el brazo izquierdo vendado y un hematoma morado extendiéndose por su pómulo derecho. Caminaba cojeando un poco. Pero estaba vivo.
Los niños corrieron hacia él.
—¡Papá!
Cristóbal se arrodilló, gimiendo de dolor, y los abrazó con su brazo bueno.
—Perdónenme… perdónenme por todo esto.

Alma se mantuvo de pie, observando la escena. Esa era su familia. Una familia rota, remendada con dolor y sangre, pero familia al fin.
Cristóbal se levantó y miró a Alma.
—Llamé a mi equipo. Tengo los resultados de ADN impresos en gran formato. Tengo la declaración jurada de Rose, que aunque está escondida, mandó un video. Tengo las copias de seguridad de las cámaras que Mondragón guardó en la nube antes de morir. Su “seguro de vida” que recuperamos con su contraseña.

—¿Tenemos todo? —preguntó Alma.
—Tenemos la verdad. Ahora solo falta el escenario.
Cristóbal señaló hacia la cama. Había varias cajas negras con lazos de seda.
—Te dije que entrarías como una reina.
Alma abrió la primera caja. Dentro había un vestido. No era un vestido cualquiera. Era un diseño de alta costura, color rojo sangre, profundo, vibrante. Un color que gritaba poder, pasión y peligro.
—Berenice siempre viste de blanco o colores pastel. Quiere parecer una santa —dijo Cristóbal—. Tú vas a ser el fuego que queme su altar.

Alma tocó la tela. Era suave, fría.
—Yo no sé usar estas cosas, Cristóbal. Yo soy de mezclilla y tenis.
—Tú eres la madre de mis hijos —dijo él, acercándose—. Eres la mujer que sobrevivió al infierno sola. Llevar un vestido caro es la parte fácil. Lo difícil ya lo hiciste.

Las siguientes horas fueron de preparación militar. Una estilista de confianza, que firmó un acuerdo de confidencialidad bajo pena de muerte, arregló a Alma.
Cuando Alma se miró en el espejo de cuerpo entero, no se reconoció.
El vestido rojo se ceñía a su cuerpo, resaltando una figura que el trabajo duro había mantenido fuerte. Su cabello negro, usualmente en una trenza desaliñada, caía ahora en ondas brillantes sobre sus hombros. El maquillaje ocultaba las ojeras de la noche en vela y resaltaba sus ojos oscuros, dándoles una profundidad felina.

Pero no era solo la ropa. Era la postura. Alma enderezó la espalda. Levantó la barbilla. En sus ojos ya no estaba la sirvienta que bajaba la mirada. Estaba la leona.
—Te ves… —Cristóbal se quedó sin palabras al verla salir del baño—. Te ves invencible.
—No es por mí —dijo Alma, acariciando la tela roja—. Es por ellos. Por los cuatro.

Cristóbal se puso un esmoquin negro impecable que disimulaba sus vendajes. Vistieron a Diego y Daniela con trajes de gala en miniatura.
—Escuchen bien, niños —les dijo Cristóbal—. Vamos a ir a una fiesta. Va a haber mucha gente y muchas cámaras. No se suelten de la mano de mamá ni un segundo. Y cuando vean a sus hermanos… quiero que los abracen.
—¿A los que son iguales a nosotros? —preguntó Diego.
—Sí. A ellos.

Eran las 8:00 PM.
La limusina blindada los esperaba abajo.
—¿Lista para derrocar a la reina? —preguntó Cristóbal, ofreciéndole su brazo bueno.
Alma tomó su brazo. Su mano ya no temblaba.
—Vamos a recuperar lo que es nuestro.


CAPÍTULO 8: LA GALA DE LAS MENTIRAS Y EL JUICIO FINAL

La Mansión Altamira brillaba como una joya en la noche. Reflectores iluminaban la fachada de cantera, y una alfombra roja se extendía desde la entrada hasta el interior del jardín principal, donde una carpa gigante de cristal albergaba a la “crema y nata” de la sociedad mexicana.
Era la Gala Anual de la Fundación “Corazones Unidos”, presidida, por supuesto, por la Señora Berenice Altamira.
La ironía era tan espesa que se podía cortar con cuchillo: una mujer que robaba hijos presidiendo una gala para ayudar a huérfanos.

Dentro, el ambiente era de opulencia sofocante. Meseros con guantes blancos servían champán francés. Mujeres con joyas que podrían alimentar a un pueblo entero reían con risas falsas. Hombres de negocios cerraban tratos entre canapés de caviar.
Y en el centro de todo, Berenice.
Llevaba un vestido blanco impoluto, bordado con cristales Swarovski. Parecía un ángel. Un ángel de hielo. Sostenía una copa, sonriendo a las cámaras, posando con Tenoch y Tadeo, que vestían trajes blancos a juego. Los niños se veían tristes, incómodos, como muñecos de aparador obligados a actuar.

—Y ahora —anunció el maestro de ceremonias por el micrófono—, unas palabras de nuestra anfitriona, la mujer que es el pilar de la familia y la moral, la Señora Berenice Altamira.

Aplausos educados. Berenice subió al pequeño escenario, con una sonrisa ensayada.
—Gracias, gracias a todos —dijo, con voz suave—. Para mí, la familia es lo más sagrado. Proteger a nuestros hijos, darles amor y verdad, es la misión de mi vida…

En ese instante, las inmensas puertas de roble del salón principal se abrieron de golpe.
No fue una entrada discreta. Fue una invasión.
El sonido de las puertas golpeando las paredes hizo que todos giraran la cabeza. La música de la orquesta se detuvo con un chirrido desafinado.

En el umbral, recortados contra la luz de la luna, había cuatro siluetas.
Cristóbal Altamira, el dueño de la casa, caminando con una ligera cojera pero con la mirada de un verdugo.
Y a su lado, una mujer vestida de rojo sangre, radiante, poderosa, llevando de la mano a dos niños que eran la réplica exacta de los que estaban en el escenario.

El silencio que cayó sobre la fiesta fue absoluto. Se podía escuchar el tintineo de los hielos en los vasos.
Berenice se quedó congelada en el escenario, con el micrófono en la mano. Su sonrisa se desmoronó como un edificio en demolición. Sus ojos se abrieron con un terror que nadie en esa sala había visto jamás.

—Buenas noches —la voz de Cristóbal retumbó en el salón. No necesitó micrófono. Su voz de barítono, cargada de furia, llegó a cada rincón—. Lamento interrumpir el discurso sobre la “verdad” de mi esposa. Pero creo que olvidó mencionar algunos detalles.

Los flashes de los fotógrafos estallaron como una tormenta eléctrica. Click-click-click-click. Capturaban el momento: el esposo herido, la mujer misteriosa de rojo, los gemelos duplicados. El escándalo del siglo en vivo y en directo.

—¡Seguridad! —chilló Berenice, su voz aguda rompiendo su fachada de elegancia—. ¡Saquen a esta gente! ¡Son intrusos!

Tres guardias avanzaron, pero Cristóbal levantó una mano.
—¡Si alguien da un paso más, lo despido y lo demando! —rugió—. ¡Esta es mi casa! ¡Y esta mujer… —señaló a Alma—… es la madre de mis hijos!

Un grito ahogado recorrió la sala. Los invitados murmuraban, escandalizados.
Alma soltó la mano de Cristóbal y dio un paso al frente. Sus tacones resonaron en el mármol. Caminó hacia el escenario, cruzando el mar de gente que se apartaba como el Mar Rojo ante Moisés.
Subió las escaleras. Quedó frente a frente con Berenice.
El contraste era brutal: el blanco virginal y mentiroso contra el rojo apasionado y verdadero.

—Tú… —siseó Berenice, retrocediendo, chocando contra el atril—. Tú no deberías estar aquí. Te mandé… te mandé lejos.
—Me mandaste al infierno —dijo Alma, y su voz fue clara, amplificada por el micrófono que le arrebató a Berenice de las manos—. Pero regresé. Y no vine sola.

Alma se giró hacia la multitud, hacia las cámaras que transmitían en vivo para noticieros y redes sociales.
—Mi nombre es Alma. Fui sirvienta en esta casa hace seis años. Me acusaron de robo. Me humillaron. Me tiraron a la calle embarazada.
Berenice intentó arrebatarle el micrófono, pero Cristóbal subió al escenario y la detuvo, sujetándola del brazo con fuerza.
—Déjala hablar —le susurró al oído—. Ya hablaste tú demasiado.

Alma continuó, con lágrimas en los ojos pero con la voz firme.
—Esta mujer… —señaló a Berenice—… no solo me robó mi trabajo. Me drogó. Me llevó a una clínica. Y sin mi consentimiento, robó mis óvulos.
La audiencia jadeó. “¡No puede ser!”, “¡Qué horror!”.
—Usó mi cuerpo para gestar a los hijos que ella no podía tener. —Alma señaló a Tenoch y Tadeo, que miraban todo con ojos asustados desde un rincón del escenario—. Esos niños… Tenoch, Tadeo… son mis hijos biológicos. Son hermanos de sangre de Diego y Daniela.

En ese momento, Cristóbal hizo una señal. En las pantallas gigantes que decoraban el salón, donde antes se proyectaban logos de la fundación, apareció una imagen nueva.
Eran los documentos del laboratorio genético. Las gráficas de ADN. Conclusiones irrefutables en letras rojas: PROBABILIDAD DE MATERNIDAD: 99.99%. MADRE: ALMA.

—¡Es mentira! —gritó Berenice, histérica, tratando de tapar la pantalla con sus manos inútiles—. ¡Es un montaje! ¡Son unos estafadores!
Cristóbal tomó el micrófono.
—No es mentira. Y no es lo único.
La pantalla cambió. Ahora se reproducía un video granulado. Era la confesión de Rose, la ex empleada.
“La señora Berenice dijo que los óvulos no eran suyos… que la sirvienta era la donante perfecta porque se parecía al patrón… Dijo que nadie se enteraría nunca porque Alma era una nadie…”

La reputación de Berenice se desintegró en tiempo real. Los invitados, sus “amigos” de la alta sociedad, la miraban con asco.
Tenoch y Tadeo, confundidos, miraron a Berenice.
—Mamá… ¿es cierto? —preguntó Tenoch, con la voz temblorosa.
Berenice se giró hacia ellos, con el rostro desfigurado por la ira.
—¡Cállense! —les gritó—. ¡Después de todo lo que les di! ¡Desagradecidos! ¡Si no fuera por mí, estarían viviendo en un basurero con esta india!

Ese grito fue su sentencia final. La máscara se había caído por completo. Había mostrado su racismo, su odio, su verdadera cara.
Alma sintió una punzada en el corazón al ver cómo Tenoch y Tadeo retrocedían, heridos por las palabras de la mujer que creían su madre.
Alma se arrodilló en el escenario y abrió los brazos.
—Tenoch… Tadeo… —los llamó. No gritó. Lo dijo con el tono suave que usaba para dormir a Diego y Daniela.
Los niños miraron a esa extraña mujer vestida de rojo. Luego miraron a Diego y Daniela, que estaban al pie del escenario, observándolos con curiosidad.
La sangre llamó.
Tenoch fue el primero. Dio un paso vacilante. Luego otro. Y luego corrió.
Tadeo lo siguió.
Se lanzaron a los brazos de Alma.

El abrazo fue un choque de mundos. Alma cerró los ojos, enterrando la cara en el cuello de sus hijos perdidos, oliendo su miedo y su confusión, prometiéndose que nunca más los soltaría. Diego y Daniela subieron al escenario y se unieron al abrazo.
Cuatro niños. Una madre.
La imagen era tan poderosa que incluso los fotógrafos dejaron de disparar por un segundo, conmovidos.

Berenice, viendo que había perdido a sus trofeos, a su esposo y a su público, enloqueció.
—¡No! —aulló—. ¡Son míos! ¡Yo los compré! ¡Pagué millones por ellos!
Agarró un cuchillo de la mesa del pastel que estaba cerca. Sus ojos estaban desorbitados. Ya no le importaba la cárcel. Solo quería destruir.
Se lanzó hacia Alma.

—¡Cuidado! —gritó Cristóbal.
Pero Alma la vio venir. Años de vivir en los barrios bravos, de defenderse sola, le dieron reflejos que Berenice no tenía.
Alma giró, protegiendo a los niños con su cuerpo, y con un movimiento rápido, agarró la muñeca de Berenice.
Apretó con fuerza. Berenice gritó de dolor y soltó el cuchillo.
Alma la empujó. Berenice tropezó con su propio vestido largo y cayó de espaldas sobre el pastel de cinco pisos.
Quedó allí, embarrada de merengue y crema, pataleando como una cucaracha patas arriba, humillada, derrotada, ridícula.

Las sirenas de la policía sonaron a lo lejos, acercándose rápido. Cristóbal había llamado a las autoridades federales antes de entrar.
—Berenice Altamira —dijo Cristóbal, mirándola desde arriba con desprecio frío—. Estás arrestada por secuestro, fraude, robo de identidad, intento de homicidio y tráfico de material genético.
—¡Tú no puedes hacerme esto! —lloraba ella, mientras dos agentes federales entraban al salón y la levantaban bruscamente, esposándola—. ¡Soy una Altamira!
—Ya no —dijo Cristóbal—. Mis abogados ya metieron la demanda de divorcio y nulidad matrimonial esta mañana. No eres nadie.

Se la llevaron arrastrando, gritando maldiciones, mientras las cámaras grababan cada segundo de su caída.
El salón quedó en un silencio aturdido.
Cristóbal se acercó a Alma, que seguía en el suelo abrazada a los cuatro niños.
Le tendió la mano.
—Levántate, Alma.
Ella tomó su mano y se puso de pie.
Cristóbal miró a los invitados, a la sociedad que había juzgado a Alma sin conocerla.
—Esta fiesta se acabó —anunció—. Pero mi familia… mi verdadera familia… apenas comienza.

Tomó a Alma de la cintura, no como un patrón, sino como un compañero.
—Vámonos a casa —le susurró.
—¿A cuál casa? —preguntó ella, mirando la mansión que tanto dolor le había causado.
—A donde estemos los seis —respondió él—. Esa será nuestra casa.

Salieron del salón, caminando sobre la alfombra roja, pero esta vez no hacia la humillación, sino hacia la libertad. Los flashes seguían disparando, pero a Alma ya no le importaban.
Tenía la mano de Cristóbal en la suya. Y alrededor de sus piernas, corriendo y riendo nerviosamente, iban Diego, Daniela, Tenoch y Tadeo.
Los cuatro hermanos se miraban, se tocaban las caras, comparaban sus lunares.
—Tú te pareces a mí —decía Diego.
—Y tú a mí —decía Tadeo.

Al salir al aire fresco de la noche, Alma miró al cielo. Las estrellas, que siempre le habían parecido lejanas desde su ventana en la vecindad, ahora brillaban claras sobre Las Lomas.
Había ganado.
No con dinero, no con trampas. Había ganado con la verdad.

EPÍLOGO

Un año después.
El jardín de una casa grande en Cuernavaca, lejos de los recuerdos oscuros de la mansión de la ciudad. El sol brilla sobre una alberca donde cuatro niños juegan a aventarse agua. Se escuchan risas, gritos de alegría, vida pura.

Alma está sentada en una terraza, escribiendo en un cuaderno. Ya no usa vestidos de sirvienta, ni vestidos de gala rojos. Usa ropa cómoda, colorida, propia. Ha empezado a estudiar la preparatoria abierta y tiene planes de estudiar Derecho. Quiere ayudar a otras mujeres a las que nadie escucha.

Cristóbal sale de la casa con una charola de limonada. Ya no usa trajes. Lleva una camisa de lino y se ve diez años más joven. La tristeza ha desaparecido de sus ojos.
Se sienta junto a Alma y le da un beso suave en la sien.
—¿En qué piensas? —le pregunta.
Alma mira a los niños. Tenoch y Diego son inseparables. Daniela y Tadeo están planeando alguna travesura.
—Pienso en que la verdad tarda —dice Alma, cerrando el cuaderno—, pero siempre llega.
—Y la sangre no miente —añade Cristóbal, entrelazando sus dedos con los de ella.

Alma sonríe. Toca el collar de plata que cuelga de su cuello, el mismo que él le regaló hace tantos años, el único testigo mudo de su historia.
—No. La sangre nunca miente. Y el amor… el amor de verdad, tampoco.

Se quedan allí, viendo caer la tarde, rodeados por el ruido caótico y hermoso de una familia que sobrevivió al huracán y aprendió a bailar bajo la lluvia.

FIN.

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