¡EL ESCÁNDALO DEL AÑO! MILLONARIA MEXICANA DE 65 AÑOS “ESTÉRIL” EMBARAZADA DE UN MAFIOSO COREANO: LA TRAICIÓN, EL VENENO Y EL MILAGRO QUE NADIE CREYÓ POSIBLE

PARTE 1: LA PATRONA Y EL GÁNSTER

CAPÍTULO 1: ECOS EN UNA MANSIÓN VACÍA

Beatriz Mondragón odiaba los bautizos. Los odiaba con una pasión silenciosa y ardiente que quemaba detrás de sus gafas de sol Gucci. No era por la ceremonia religiosa; después de todo, era una mujer de fe, o al menos lo intentaba. No era por el calor sofocante de mediodía en el jardín de la casa de su sobrina en Jardines del Pedregal. Era por las miradas.

Esas malditas miradas.

Estaba sentada en una mesa reservada para “la familia inmediata”, sosteniendo una copa de champaña que no pensaba beber. A su alrededor, la alta sociedad de la Ciudad de México zumbaba como un enjambre de abejas vestidas de lino y seda.

—¡Ay, tía Beatriz! —exclamó una prima lejana, acercándose con un bebé regordete en brazos—. Mira nada más a Jorgito, ¿no te dan ganas de comértelo a besos?

Beatriz sonrió. Era esa sonrisa ensayada que había perfeccionado durante cuarenta años de juntas directivas y decepciones personales. Una sonrisa que no llegaba a los ojos.

—Está precioso, Marifer. Una bendición —dijo Beatriz, sin extender los brazos para cargarlo.

La prima titubeó, incómoda, y se retiró. Beatriz escuchó el susurro apenas se dio la vuelta: “Pobre mujer. Tanto dinero y tan sola. Dicen que su matriz se secó antes de los treinta”.

Beatriz apretó el tallo de la copa con tanta fuerza que temió romper el cristal. A sus 65 años, Beatriz Mondragón, “La Doña”, era una leyenda en el mundo empresarial. Había levantado un imperio textil desde las cenizas de un pequeño taller en el Centro Histórico hasta convertirse en la reina de la importación entre Asia y América Latina. Poseía edificios en Reforma, casas de descanso en Valle de Bravo y cuentas en Suiza. Pero en la despiadada aritmética de la cultura mexicana, ella era un cero a la izquierda.

Una mujer sin hijos es un árbol seco.

—Ya deja de poner esa cara de funeral, Beatriz —la voz de Catalina, su hermana gemela, cortó sus pensamientos como un cuchillo de mantequilla, desafilado pero molesto.

Catalina se sentó a su lado. Eran idénticas en genética, pero opuestas en destino. Donde Beatriz tenía elegancia y frialdad, Catalina tenía una calidez empalagosa que ocultaba una ambición voraz. Catalina tenía dos hijos varones, Carlos y Felipe, dos zánganos de treinta y tantos años que vivían esperando el momento en que su tía rica estirara la pata.

—No tengo cara de funeral, Catalina. Tengo cara de aburrimiento. Este evento me costó medio millón de pesos y el catering está mediocre —respondió Beatriz, ajustándose su chal de seda.

—Siempre pensando en el dinero —suspiró Catalina, tomando un canapé—. Es lo único que tienes, hermanita. Deberías estar agradecida de que Carlos y Felipe te vean como una segunda madre. Al final del día, ellos son los que te van a cuidar cuando… bueno, ya sabes. Cuando la edad te alcance.

Ahí estaba. El aguijón. La recordatorio constante de que Beatriz era un cajero automático con fecha de caducidad.

Beatriz recordó sus dos matrimonios. El primero, con un industrial de Monterrey, terminó cuando los doctores confirmaron el diagnóstico: Falla Ovárica Prematura. “Útero hostil”, habían dicho. Tenía 28 años. Su esposo aguantó dos años más antes de dejarla por una secretaria de 22 que le dio tres hijos en tres años. El segundo marido fue peor; un “cazafortunas” argentino que ni siquiera quería hijos, pero que usó su infertilidad como arma para humillarla en cada discusión.

“Eres un desierto, Beatriz”, le había gritado una noche. “Ni siquiera sirves para lo único que la naturaleza te pide”.

Beatriz se levantó de la mesa abruptamente.

—Me voy. Tengo una videollamada con Shanghai en una hora.
—Pero si es domingo, Beatriz —reclamó Catalina.
—El dinero no descansa, querida. Y alguien tiene que pagar los caprichos de tus hijos.

Salió de la fiesta caminando con la espalda recta, ignorando el vacío que sentía en el pecho, un vacío que ninguna cantidad de ceros en el banco había podido llenar en tres décadas.


A 4,000 kilómetros de distancia, en un ático oscuro de Fort Lee, Nueva Jersey, Park Jin Wu miraba su reflejo en el ventanal que daba hacia el río Hudson y la silueta brillante de Manhattan.

Tenía 38 años y parecía un príncipe de un drama coreano: pómulos altos, traje italiano hecho a medida, y una mirada que podía congelar el agua. Pero Park Jin Wu no era un actor. Era el Kkangpae (mafioso) más temido de la costa este.

Su organización controlaba los muelles, los préstamos ilegales y una red de contrabando que conectaba Seúl, Los Ángeles y la Ciudad de México. Los hombres temblaban cuando él entraba en una habitación. Las mujeres… las mujeres lo deseaban. O al menos, deseaban su poder y su apariencia.

Jin Wu se sirvió un whisky doble. Le temblaba ligeramente la mano. No por miedo a sus enemigos, sino por el informe médico que descansaba sobre su escritorio de caoba.

Otro especialista. Otro fracaso.

—Señor Park —le había dicho el urólogo suizo esa mañana por teléfono—, hemos revisado los últimos estudios. El daño nervioso derivado de la lesión en su juventud es irreversible. La disfunción es total. Y la espermatogénesis es prácticamente nula. Lo lamento.

Impotente. Estéril. Roto.

En la cultura de la mafia coreana, la virilidad lo era todo. Un jefe debía ser un patriarca, un semental, el padre de la siguiente generación de guerreros. Jin Wu era un eunuco con una pistola dorada.

Si sus tenientes, especialmente el ambicioso Min-jae, se enteraban de que su jefe no podía siquiera tener una erección, mucho menos engendrar un hijo, lo despedazarían. Lo verían como una debilidad imperdonable. Como una maldición.

Tocaron a la puerta. Jin Wu guardó el reporte médico en la trituradora de papel antes de dar la orden de entrada.

—Jefe —dijo Min-jae, entrando con una reverencia que parecía respetuosa pero tenía un tinte de burla en los ojos—. La mujer de México llega mañana. La del negocio textil.

—Beatriz Mondragón —dijo Jin Wu, su voz recuperando el tono de acero—. La llaman “La Doña”.

—Es una vieja —se burló Min-jae—. Sesenta y cinco años. ¿Por qué tenemos que tratar con ella personalmente? Debería mandar a uno de sus gerentes.

—Esa “vieja” mueve más dinero en un mes que tú en toda tu miserable vida, Min-jae —cortó Jin Wu—. Y necesitamos sus rutas de distribución en el sur. Las aduanas mexicanas se han puesto difíciles para nuestros envíos de… electrónica. Ella tiene el pase libre.

—Entendido, jefe. Reservé el restaurante en Palisades Park. ¿Quiere que le consiga compañía para después? Hay una chica nueva en el club de karaoke, muy…

—No —interrumpió Jin Wu, sintiendo la bilis subir por su garganta. La oferta de mujeres siempre le recordaba su humillación secreta—. Esta noche trabajaré hasta tarde. Largo.

Cuando Min-jae salió, Jin Wu lanzó el vaso de whisky contra la pared. El cristal estalló en mil pedazos, brillantes como diamantes falsos. Odiaba su vida. Odiaba su poder. Odiaba la mentira constante de tener que fingir ser un hombre que no era.


El encuentro ocurrió dos días después.

Beatriz había llegado a Nueva York con el humor de los mil demonios. Su contacto habitual de logística había sido arrestado por la DEA, y ahora tenía que negociar con este tal Park Jin Wu. Le habían advertido que era peligroso. “Mafia coreana, señora Beatriz. No juegan limpio”.

A ella le importaba un carajo. Había negociado con líderes sindicales corruptos en el Estado de México y con políticos que pedían sobornos en maletines de Louis Vuitton. Un coreano en traje bonito no la iba a asustar.

El restaurante era elegante, minimalista y excesivamente caro. Jin Wu estaba sentado al fondo, flanqueado por dos gorilas que parecían refrigeradores con corbata. Cuando Beatriz entró, caminando con esa elegancia depredadora que la caracterizaba, los guardaespaldas se tensaron.

Beatriz vestía un traje Chanel blanco inmaculado, joyas de oro que pesaban lo suficiente como para hundir un barco pequeño, y una actitud que gritaba “soy dueña de este lugar”.

Se sentó frente a Jin Wu sin esperar invitación.

—Señor Park —dijo ella en un inglés perfecto pero con ese acento latino inconfundible—. Espero que la comida sea mejor que el clima. Me estoy congelando.

Jin Wu la observó. Esperaba a una abuela frágil o a una empresaria estresada. En cambio, tenía frente a él a una leona. A pesar de sus 65 años, Beatriz era hermosa de una manera intimidante. Tenía arrugas, sí, pero eran líneas de batalla, no de derrota.

—Señora Mondragón. Bienvenida. El kimchi de este lugar es el mejor de la costa este.

Hizo un gesto y sus guardaespaldas se retiraron unos pasos. Beatriz hizo lo mismo con su asistente personal. Quedaron solos en la mesa.

La negociación debía durar treinta minutos. Iban a hablar de contenedores, aranceles y porcentajes. Pero a los diez minutos, algo cambió.

Beatriz estaba revisando el contrato propuesto cuando se le cayó el bolígrafo. Jin Wu, en un reflejo rápido, se agachó para recogerlo al mismo tiempo que ella. Sus manos se rozaron. Estaban frías. Las de ambos.

Beatriz levantó la vista y lo miró a los ojos. Realmente lo miró. Y en ese instante, vio algo que nadie más veía en el temido Park Jin Wu. Vio el cansancio. Vio la máscara.

—Odias esto, ¿verdad? —preguntó Beatriz, sorprendiéndose a sí misma. No solía ser tan directa en lo personal.

Jin Wu se congeló. —¿Perdón? ¿El contrato?

—No, niño. Todo esto —hizo un gesto vago que abarcaba el restaurante, los guardaespaldas, la farsa—. Tienes la mirada de un perro apaleado que finge ser lobo.

Jin Wu debería haberse ofendido. Debería haber golpeado la mesa o haberse ido. Pero la precisión de la observación lo dejó mudo. Soltó una risa amarga.

—Y usted, señora Mondragón… tiene la mirada de alguien que está rodeada de gente y no tiene a nadie con quien hablar.

Beatriz sintió el golpe. Se quitó las gafas de sol y las dejó sobre la mesa. Pidió una botella de tequila, el más caro de la carta.

—Toca madera, Park. O mejor, toca vidrio. —Se sirvió un trago y le sirvió otro a él—. A la chingada el contrato por un momento. Brindemos.

—¿Por qué brindamos? —preguntó él, fascinado.

—Por los que estamos podridos en dinero pero vacíos por dentro.

Chocaron los vasos. Y así, la barrera se rompió.

Pasaron las siguientes tres horas ignorando la comida y bebiendo. Hablaron. Dios, cómo hablaron. Beatriz le contó sobre la presión de ser mujer en México, sobre cómo su propia hermana esperaba su muerte como quien espera que llueva en la sequía. Le habló de la casa vacía, de los cuartos que había decorado para niños que nunca llegaron y que ahora eran oficinas frías.

—Es como si mi cuerpo fuera una fábrica defectuosa —dijo Beatriz, ya con el alcohol soltando su lengua—. En México dicen que una mujer sin hijos no es mujer. Soy una “mula”. Así me dicen a mis espaldas.

Jin Wu escuchaba, hipnotizado. Nunca había conocido a una mujer así. No le pedía nada. No coqueteaba por interés. Solo compartía su dolor como si fuera un pan sobre la mesa.

—Yo… —empezó Jin Wu, el alcohol bajando sus propias defensas—. Yo tengo un imperio. Tengo trescientos hombres dispuestos a morir por mí. Pero soy el último de mi línea.

—¿No quieres hijos? —preguntó ella.

Jin Wu apretó el vaso. —No es que no quiera. Es que la naturaleza decidió que no debo. Estoy… roto. Físicamente.

No dijo la palabra “impotente”. No podía. Pero Beatriz, con su sabiduría de años y sus propias cicatrices médicas, entendió. Vio la vergüenza en sus ojos rasgados y sintió una oleada de empatía tan fuerte que le dolió el pecho.

—Entonces somos dos árboles secos en medio del bosque, Park —dijo ella suavemente, extendiendo su mano sobre la mesa y cubriendo la de él.

El contacto fue eléctrico. No sexual, al menos no todavía. Fue un reconocimiento de almas.

Cuando el restaurante estaba a punto de cerrar, Jin Wu hizo algo impensable. Sacó una tarjeta negra, pero no la de negocios. Escribió un número al reverso.

—Este es mi celular personal. Nadie lo tiene. Ni mis tenientes. Solo mi madre, y ella murió hace diez años.

Beatriz tomó la tarjeta. —Me voy mañana a México.

—Si alguna vez regresas… o si solo quieres hablar con otro árbol seco… llama.

Beatriz regresó a su hotel esa noche sintiéndose extraña. Mareada, no por el tequila, sino por la conexión. Se miró en el espejo del baño mientras se quitaba el maquillaje. Vio sus arrugas, su cuello que empezaba a mostrar la edad.

“Vieja ridícula”, se dijo a sí misma. “Es un criminal de 38 años. Podría ser tu hijo”.

Pero esa noche, por primera vez en años, no soñó con oficinas ni con la sonrisa burlona de su hermana. Soñó con unos ojos oscuros y tristes que la miraban como si ella fuera lo único real en el mundo.


Pasaron dos meses. Enero se convirtió en febrero. Febrero en marzo.

Beatriz y Jin Wu hablaron. Al principio eran mensajes de texto sobre logística. “¿Llegaron los contenedores a Veracruz?”. “Sí, todo en orden”. Luego, fueron llamadas.

—¿Cómo está el clima en Seúl? —preguntaba ella, sabiendo que él viajaba.
—Frío. Solitario. ¿Cómo está tu hermana la buitre?
—Insoportable. Hoy me preguntó si ya hice mi testamento.

Se reían. Las llamadas se volvieron nocturnas. Beatriz se encontraba a sí misma corriendo a su habitación como una colegiala para contestar el teléfono. Catalina lo notó.

—¿Con quién hablas tanto, Beatriz? ¿Te conseguiste un novio por internet? Ten cuidado, a tu edad solo buscan la herencia.

—Cállate, Catalina. Es negocios.

Pero no eran negocios. Era intimidad. Era la intimidad segura de dos personas que sabían que nunca podría pasar nada físico, así que desnudaban sus almas. Jin Wu le contó sobre el miedo de liderar a asesinos. Beatriz le contó sobre el dolor de la menopausia, el momento exacto en que supo que su tiempo biológico se había acabado oficialmente hacía años.

En marzo, Beatriz no aguantó más.

—Tengo que ir a Nueva York —anunció en el desayuno.
—¿Otra vez? —Catalina casi escupió su papaya—. Beatriz, tienes 65 años. Esos trotes te van a matar. Manda al licenciado Gómez.

—El licenciado Gómez es un imbécil. Voy yo.

Cuando aterrizó en el aeropuerto JFK, no había chofer. Había un Mercedes negro estacionado en la zona VIP. Park Jin Wu estaba recargado en el cofre, vistiendo un suéter de cuello alto y un abrigo largo. Se veía insultantemente guapo.

—Volviste —dijo él, abriéndole la puerta.

—Tenía millas de viajero frecuente que se iban a vencer —mintió ella.

Fueron a cenar, pero ninguno tenía hambre. La tensión en el aire era espesa, pesada. Jin Wu la llevó a su penthouse. La vista de la ciudad era espectacular, pero Beatriz solo tenía ojos para él.

—Beatriz —dijo él, sirviendo vino. Su mano temblaba—. No deberías estar aquí. Soy… peligroso. Y soy un hombre incompleto. No puedo darte lo que una mujer necesita.

Beatriz dejó su copa en la mesa. Se acercó a él. La diferencia de altura era notable, pero su presencia llenaba la habitación.

—Llevo 30 años sintiéndome incompleta, Jin Wu. Me han dicho que soy un desierto. Que estoy seca. Que mi única función es hacer dinero y morirme para dejarle todo a mis sobrinos.

Levantó la mano y acarició la mejilla del mafioso. La piel de él estaba ardiendo.

—No busco que me des nada que no tengas. Solo… no quiero estar sola esta noche.

Jin Wu cerró los ojos ante su tacto. El olor del perfume de Beatriz, una mezcla de sándalo y rosas caras, lo envolvió. Y sintió algo. Un chispazo. Un calor en la base de su columna que no había sentido desde que tenía 20 años, antes del accidente.

El miedo lo invadió. Miedo a fallar. Miedo a que ella se diera cuenta de que era un inútil entre las sábanas.

—Beatriz, no funciono. Literalmente. Los doctores…

—Calla —susurró ella, besándolo suavemente. Fue un beso casto, pero cargado de una desesperación acumulada por décadas—. Déjame ser quien decida eso.

Lo que sucedió después no estaba en los libros de medicina. Jin Wu esperaba la humillación habitual. Esperaba el momento terrible en que la mente quiere pero el cuerpo no responde. Pero mientras besaba a esta mujer mexicana, a esta “Patrona” que cargaba el peso del mundo en sus hombros, su cuerpo reaccionó.

Fue como si un interruptor oxidado hubiera sido golpeado por un rayo.

La sorpresa fue tan grande que Jin Wu se separó de ella jadeando. —¿Qué… qué está pasando?

Beatriz sonrió, una sonrisa triste y esperanzada. —Creo que es un milagro, güey. O el tequila. No lo cuestiones.

Esa noche, en el piso 40 de un edificio en Fort Lee, dos sistemas biológicos que la ciencia había declarado muertos, colisionaron. La pasión no fue la de dos jóvenes inexpertos; fue la de dos supervivientes que se aferraban el uno al otro en medio de una tormenta. Fue intensa, fue real, y contra todo pronóstico médico, fue completa.

Jin Wu lloró después. Lloró en el hombro de Beatriz mientras ella le acariciaba el cabello.

—Pensé que estaba muerto por dentro —susurró él en coreano.
—Shh… estamos vivos, Jin Wu. Estamos vivos.

Beatriz regresó a México dos días después. Se sentía radiante, rejuvenecida. “El amor te sienta bien”, le dijo su secretaria. “Es el aire de Nueva York”, respondió Beatriz.

No tenía idea de que en su interior, en ese “útero hostil” y seco, una célula imposible acababa de dividirse. El milagro del caos había comenzado, y la tormenta que se avecinaba destruiría todo lo que conocían.

CAPÍTULO 2: UN LATIDO CONTRA LA LÓGICA

El regreso a la Ciudad de México fue un golpe de realidad envuelto en smog y tráfico.

Beatriz Mondragón aterrizó en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez un martes por la tarde. Mientras su chofer, Don Anselmo, maniobraba el Mercedes blindado a través del Viaducto, Beatriz miraba por la ventana polarizada. La ciudad era un monstruo gris y vibrante, una bestia de concreto que nunca dormía. Normalmente, esa vista la llenaba de energía; era su territorio, su jungla. Pero hoy, sentía que algo estaba fundamentalmente desalineado dentro de ella.

—¿Se siente bien, Patrona? —preguntó Anselmo, mirándola por el retrovisor. Llevaba veinte años trabajando para ella y conocía sus estados de ánimo mejor que sus propios maridos—. Está muy callada.

—Es el jet lag, Anselmo. Y la comida del avión. Me cayó como piedra —mintió Beatriz, aunque había viajado en primera clase y apenas había tocado la comida.

Se llevó una mano al estómago. Sentía un burbujeo extraño, una pesadez que no era dolor, sino una especie de inquietud eléctrica. “Fue la noche con Jin Wu”, pensó, y un rubor adolescente le subió a las mejillas. “Vieja ridícula”, se regañó a sí misma. “Tuviste una aventura de una noche con un criminal guapo. Supéralo. Mañana vuelves a ser la dueña de todo”.

Pero el cuerpo tiene memoria, y el de Beatriz estaba a punto de recordarle que algunas cosas no se pueden olvidar ni con trabajo ni con dinero.


Las siguientes seis semanas pasaron como una neblina.

Beatriz se lanzó al trabajo con una ferocidad renovada. Cerró el trato de los textiles con la nueva ruta logística (irónicamente, facilitada por la organización de Jin Wu, aunque ahora trataba con sus subalternos). Supervisó la construcción de una nueva torre en Santa Fe. Despidió a un gerente financiero que intentó robarle medio millón de pesos en facturas falsas.

Era la Beatriz de siempre: implacable, aguda, invencible.

Hasta que llegó el martes de los mariscos.

Había invitado a unos socios japoneses a comer a La Docena en Polanco. Pidieron ostiones, almejas, pescado a la talla. Beatriz amaba los mariscos. Pero en el momento en que el mesero puso el plato de ostiones frente a ella, el olor —ese aroma salino y metálico que siempre le había encantado— la golpeó como un puñetazo en la cara.

La náusea fue instantánea y violenta.

—Perdón —murmuró, tapándose la boca con la servilleta de lino.

Corrió al baño del restaurante, ignorando las miradas de los comensales. Se encerró en el cubículo más lejano y vomitó hasta que le dolieron las costillas. Cuando salió, pálida y temblorosa, se miró en el espejo.

“Cáncer”, fue lo primero que pensó.

A su edad, con su historial de estrés, el cáncer de estómago o de colon era una posibilidad real. Se lavó la cara con agua fría, se retocó el labial rojo carmesí y volvió a la mesa.

—Disculpen, caballeros —dijo en inglés, forzando una sonrisa—. Creo que el desayuno me hizo daño.

Terminó la reunión bebiendo solo agua mineral, sintiendo cómo el mundo a su alrededor oscilaba suavemente.

Al llegar a su casa en Las Lomas, Catalina la estaba esperando en la sala principal, viendo una telenovela turca con el volumen demasiado alto.

—Llegas temprano —dijo Catalina sin apartar la vista de la pantalla—. Y te ves fatal, Beatriz. Tienes la piel gris. ¿Te está dando un infarto? Porque si es así, avísame para llamar al notario antes que a la ambulancia. Es broma, hermanita, es broma.

Beatriz no tenía fuerzas ni para insultarla. Se dejó caer en un sillón de terciopelo.

—Me siento mal, Cata. Llevo tres días así. Mareos, asco… Y estoy cansada. Un cansancio que no se me quita durmiendo.

Catalina apagó la televisión. Sus ojos brillaron con una mezcla de preocupación y cálculo. Se acercó y le puso la mano en la frente.

—No tienes fiebre. Pero sí estás pálida. —Catalina bajó la voz, adoptando ese tono de falsa compasión que Beatriz detestaba—. ¿Crees que sea… ya sabes? ¿Lo que le dio a mamá?

Su madre había muerto de cáncer de páncreas a los 68 años. Beatriz tenía 65. Las matemáticas del miedo eran simples.

—No digas estupideces. Mañana voy a ver a la doctora Medina. Seguro es una gastritis nerviosa. O una bacteria de esos tacos que Anselmo me compró el otro día.

—Sí, seguro es eso —dijo Catalina, pero Beatriz pudo ver cómo su mente empezaba a hacer inventario de los muebles de la casa.


El consultorio de la Dra. Sofía Medina estaba en el piso 10 del Hospital Ángeles del Pedregal. Era una mujer de la edad de Beatriz, elegante, directa y una de las mejores ginecólogas y endocrinólogas del país. Habían sido amigas desde la universidad, antes de que Beatriz dejara la escuela para trabajar y Sofía siguiera estudiando.

—A ver, Beatriz, respira —dijo Sofía mientras le palpaba el abdomen en la camilla—. Dices que tienes náuseas matutinas, fatiga extrema, sensibilidad a los olores y… ¿qué más?

—Me duelen los pechos —confesó Beatriz, sintiéndose ridícula—. Como cuando tenía veinte años y me iba a bajar la regla. Pero Sofía, tú sabes mejor que nadie que mis ovarios se jubilaron hace tres décadas.

Sofía frunció el ceño. Terminó la exploración física y se quitó los guantes de látex.

—Tu abdomen está un poco distendido, pero no siento masas tumorales evidentes. Sin embargo, con tus antecedentes y síntomas, tenemos que descartar todo. Te voy a mandar hacer un panel completo. Sangre, orina, marcadores tumorales… y hormonas.

—¿Hormonas para qué? —bufó Beatriz, sentándose en la camilla y ajustándose la bata—. Ya sabemos que mis hormonas están muertas.

—Protocolo, Beatriz. Hazte los análisis ahora mismo en el laboratorio de abajo y regresa en dos horas. Puse urgencia en la orden.

Beatriz obedeció. Las dos horas de espera fueron una tortura. Se sentó en la sala de espera VIP, ignorando las revistas de sociales. Pensaba en su imperio. En quién se quedaría con todo si era cáncer. Pensó en Jin Wu. No habían hablado mucho desde su regreso; él estaba lidiando con problemas en la organización y ella había estado ocupada. ¿Debería llamarlo y decirle que se estaba muriendo? “No seas dramática”, se dijo. “Ni siquiera eran novios. Fue un revolcón de lástima mutua”.

Cuando la enfermera la llamó de nuevo, las piernas le temblaban.

Entró al consultorio. La Dra. Medina estaba sentada detrás de su escritorio, mirando la pantalla de su computadora con una expresión que Beatriz nunca le había visto. No era preocupación clínica. Era desconcierto total.

—¿Y bien? —preguntó Beatriz, sentándose y cruzando las piernas para ocultar el temblor de sus rodillas—. Dímelo directo, Sofía. ¿Cuánto me queda? ¿Es páncreas? ¿Hígado?

Sofía levantó la vista. Se quitó los lentes y se frotó el puente de la nariz.

—Beatriz… no tienes cáncer.

El alivio fue tan fuerte que Beatriz soltó un suspiro tembloroso. —¡Gracias a Dios! Entonces, ¿qué es? ¿Una úlcera? ¿Gastritis?

—No.

Sofía giró el monitor hacia ella. Había una lista de números y valores resaltados en rojo.

—Tus niveles de gonadotropina coriónica humana beta están en 150,000 mUI/ml.

—Hablame en español, Sofía. Yo vendo telas, no soy doctora.

—Es la hormona del embarazo, Beatriz.

El silencio que siguió fue absoluto. Se escuchaba el zumbido del aire acondicionado y el tráfico lejano del Periférico. Beatriz parpadeó una vez. Dos veces. Luego soltó una carcajada seca, áspera.

—Qué buen chiste, Sofía. De verdad. Deberías dedicarte al stand-up. Tengo 65 años. Me diagnosticaste Falla Ovárica Prematura a los 28. Tuve la menopausia hace quince años. No he tenido la regla desde que Felipe Calderón era presidente. Es imposible.

—Lo sé —dijo Sofía, y su voz temblaba—. Sé todo eso. Yo fui quien firmó esos diagnósticos. Pero los análisis de sangre no mienten. Repetí la prueba tres veces. Beatriz… tus niveles hormonales son los de una mujer de 25 años en su primer trimestre.

—¡Es un error del laboratorio! —gritó Beatriz, poniéndose de pie—. ¡Esos incompetentes mezclaron mi sangre con la de alguna chamaca!

—Siéntate —ordenó Sofía con autoridad médica—. Vamos a hacer un ultrasonido. Ahora mismo. Es la única forma de salir de dudas.

Beatriz se acostó en la camilla de nuevo, furiosa y asustada. “Esto es una pesadilla”, pensaba. “Es un tumor que produce hormonas. He leído sobre eso. Es un tumor raro”.

Sofía aplicó el gel frío sobre el vientre de Beatriz. Bajó las luces. Encendió el monitor del ecógrafo. Deslizó el transductor sobre la piel flácida del abdomen bajo.

En la pantalla apareció estática gris y negra. Sofía movió el aparato, buscando. Buscando el tumor. Buscando el quiste.

Y entonces, se detuvo.

En el centro de la pantalla, había una pequeña mancha grisácea, un frijolito de luz en medio de la oscuridad uterina. Y en el centro de esa mancha, algo parpadeaba. Rápido. Rítmico.

Pum-pum. Pum-pum. Pum-pum.

Sofía subió el volumen del aparato. El sonido llenó la habitación. Era un sonido acuoso, rápido, fuerte. Como el galope de un caballo pequeño.

—Dios santo… —susurró Sofía, llevándose una mano a la boca.

Beatriz miraba la pantalla, paralizada. Sentía que el aire se había vuelto sólido. No podía respirar.

—¿Qué es eso? —preguntó con un hilo de voz.

—Eso, Beatriz… es un latido.

—No…

—Sí. Hay un saco gestacional bien implantado. Un embrión de aproximadamente 7 semanas. Frecuencia cardíaca de 160 latidos por minuto. —Sofía giró la cabeza hacia Beatriz, con los ojos llenos de lágrimas de incredulidad—. Estás embarazada, Beatriz. Y todo se ve… perfecto.

Beatriz empezó a llorar. No eran lágrimas de alegría, ni de tristeza. Eran lágrimas de shock puro. Su cerebro, entrenado para la lógica de los negocios y la crueldad de la biología, no podía procesar el dato.

—Pero estoy seca… estoy vieja… —sollozó.

—Aparentemente, tu cuerpo no recibió el memorándum —dijo Sofía, limpiándose una lágrima—. Beatriz, esto es un milagro médico. O una anomalía genética que no puedo explicar. Pero hay vida ahí dentro.

Beatriz miró el monitor. Ese pequeño parpadeo. Pum-pum. Era la vida. La vida que le habían negado durante cuarenta años. La vida que le había costado dos matrimonios. La vida por la que había llorado en silencio en navidades y cumpleaños. Y ahora, cuando ya había renunciado, cuando ya había aceptado su final… aquí estaba.

—Jin Wu… —susurró.

—¿Qué? —preguntó Sofía.

—El padre. Es… es complicado.


Esa noche, Beatriz se encerró en su despacho. Le dijo a Catalina que tenía jaqueca y que no la molestara. Se sentó frente a su escritorio de caoba, con la foto del ultrasonido en la mano, iluminada solo por la lámpara de lectura.

Eran las 11 de la noche en México. En Nueva Jersey era la 1 de la mañana.

Marcó el número.

Jin Wu contestó al segundo tono. Su voz sonaba alerta, como si nunca durmiera.

—¿Beatriz? ¿Está todo bien? Es tarde.

Beatriz cerró los ojos. Imaginó la cara de Jin Wu. Su elegancia, su tristeza, su confesión de impotencia. “Soy estéril”, le había dicho él. “Estoy roto”.

—Jin Wu… tenemos que hablar.

—¿Pasó algo con el envío de textiles? Min-jae me dijo que…

—No son los textiles, maldita sea. Calla y escucha.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Jin Wu percibió el tono. No era la mujer de negocios. Era la mujer que había temblado en sus brazos.

—Fui al médico hoy —empezó Beatriz. Su voz se quebró, pero se obligó a continuar—. Me sentía mal. Pensé que era cáncer. O vejez.

—¿Estás enferma? —la voz de Jin Wu se suavizó, llena de preocupación genuina—. Tengo contactos en el Hospital Johns Hopkins. Puedo enviarte un avión. Lo que necesites.

—No estoy enferma, Jin Wu. Estoy embarazada.

El silencio que siguió fue tan denso que Beatriz pudo escuchar su propio pulso martilleando en sus oídos. Pasaron diez segundos. Veinte.

—¿Qué dijiste? —la voz de Jin Wu sonó extraña. Lejana.

—Estoy embarazada. De siete semanas. La doctora lo confirmó. Hay un latido. Escuché el corazón, Jin Wu.

—Eso es imposible —dijo él. La suavidad había desaparecido, reemplazada por un tono frío, defensivo. El tono del Kkangpae—. Beatriz, no juegues con esto. Sabes mi condición. Sabes lo que los médicos me dijeron. Tengo azoospermia completa. No produzco esperma. Cero. Y tú… tú me dijiste que eras menopáusica.

—¡Lo soy! ¡Lo era! —gritó Beatriz, y luego bajó la voz, temerosa de que Catalina oyera—. ¡Mis doctores decían lo mismo que los tuyos! ¡Que éramos dos casos perdidos! Pero el ultrasonido no miente.

—¿De quién es? —preguntó Jin Wu. La pregunta fue como una bofetada.

Beatriz sintió que la sangre le hervía. —¿Qué me estás preguntando?

—Si no es mío, ¿de quién es? —insistió él, y Beatriz pudo escuchar el pánico detrás de la agresión. El miedo a ser engañado de nuevo. El miedo a que su “milagro” fuera solo otra mentira—. ¿Has estado con alguien más?

—¡Eres un imbécil! —espetó ella—. No he estado con nadie en quince años hasta esa noche en tu penthouse. ¡Nadie!

Jin Wu guardó silencio. Su respiración era agitada. En su mente, los engranajes de la paranoia mafiosa giraban a toda velocidad. Si Beatriz aparecía embarazada, y él había jurado a sus hombres que era estéril… Si el bebé nacía… Si resultaba ser suyo… sería un milagro. Pero si resultaba ser de otro… sería la mayor humillación de su vida. Y en su mundo, la humillación se pagaba con sangre.

—Beatriz… —dijo finalmente, su voz temblando entre la esperanza y el terror—. Si esto se sabe… mi gente… ellos no van a creer que es un milagro. Van a pensar que soy débil. O que soy un mentiroso. O que tú me estás engañando para sacarme dinero, aunque sé que tienes más que yo.

—No quiero tu dinero, Park. Tengo suficiente dinero para comprar tu maldito edificio en Nueva Jersey y demolerlo por diversión. Te estoy llamando porque… porque es tuyo. Porque pasó. Porque contra toda lógica, creamos vida.

—Necesito tiempo —dijo él, y sonó como una súplica—. No puedo… no puedo procesar esto ahora. Tengo a Min-jae respirándome en la nuca. Si se entera de esto, usará la duda para destruirme.

—¿Y qué sugieres? ¿Que lo esconda? ¿Que lo… aborte? —la palabra le supo a ceniza.

—No. No… solo… dame tiempo. No se lo digas a nadie. Por favor.

Jin Wu colgó.

Beatriz se quedó con el teléfono en la mano, escuchando el tono de desconexión. Se sintió más sola que nunca. El padre de su hijo, su “milagro”, estaba más preocupado por su reputación criminal que por la imposibilidad divina que acababa de ocurrir.

—Muy bien, Park Jin Wu —susurró al vacío—. Si quieres ser un cobarde, sé un cobarde. Yo seré la madre.


Beatriz no sabía que las paredes de su mansión tenían oídos.

Catalina no había estado viendo la tele. Había estado parada detrás de la puerta del despacho, con la oreja pegada a la madera noble. No había escuchado todo, pero había escuchado lo suficiente.

“Embarazada”“Siete semanas”“Es tuyo”.

Catalina se retiró a su habitación caminando de puntillas, con el corazón acelerado por una mezcla tóxica de incredulidad y furia.

Entró a su baño y se miró al espejo. Vio su rostro envejecido, amargado. Pensó en sus hijos, Carlos y Felipe. Carlos, que debía medio millón de pesos a unos usureros por apostar en peleas de gallos. Felipe, que seguía intentando lanzar su carrera como “influencer” a los 32 años y vivía de la tarjeta de crédito suplementaria de su tía Beatriz.

El plan siempre había sido simple: Esperar. Beatriz tenía 65 años. Hipertensión. Estrés. Tarde o temprano, un infarto o un derrame cerebral haría el trabajo. Y como Beatriz no tenía hijos, ni marido, ni padres… todo pasaría a su única hermana y a sus sobrinos. El imperio textil, los edificios, las cuentas en Suiza. Todo.

Pero un hijo…

Un hijo biológico lo cambiaba todo. En México, la ley es clara. El hijo hereda primero. Si ese bebé nacía, Catalina y sus hijos no recibirían ni un centavo. Pasarían de ser los herederos del trono a ser los parientes pobres que piden limosna.

—No —susurró Catalina, apretando los dientes—. Eso no va a pasar. No después de aguantar a esta vieja soberbia por sesenta años.

Al día siguiente, Beatriz salió temprano a la oficina. Catalina aprovechó el momento. Entró a la habitación de su hermana. Revisó los cajones de la mesita de noche. Nada. Fue al baño. En el fondo del gabinete de medicinas, detrás de las cremas para la artritis y los somníferos, encontró un frasco nuevo.

Vitaminas Prenatales.

Y debajo del frasco, doblada cuidadosamente, la impresión del ultrasonido. Catalina la desdobló. Leyó el nombre: Mondragón, Beatriz. Edad: 65. Embrión único vivo.

Catalina sintió que el mundo se inclinaba. Era real. La maldita bruja estaba embarazada. Era una aberración. Un insulto a la naturaleza. Y, sobre todo, un insulto a su bolsillo.

Bajó a la cocina. La cocinera, Doña Mari, estaba preparando el desayuno.

—Doña Mari, ¿qué le va a preparar a mi hermana hoy?

—La señora pidió té de manzanilla y jengibre, dice que trae el estómago revuelto.

Catalina miró la tetera hirviendo. Una idea oscura, fría y necesaria empezó a formarse en su mente. No necesitaba una pistola. No necesitaba violencia. Beatriz era vieja. Su embarazo era de “alto riesgo”. Cualquier cosa podía provocar un aborto espontáneo. Un susto. Una caída. O… algo que su cuerpo rechazara.

Recordó a una mujer en el Mercado de Sonora, una hierbera que vendía “remedios para los retrasos menstruales”.

Catalina sonrió a la cocinera.

—Yo le llevo el té, Mari. Descansa un rato. Eres tan buena con nosotras.

Tomó la bandeja y subió las escaleras, pero no fue a la habitación de Beatriz. Fue a su propio cuarto y marcó el número de su hijo Carlos.

—Carlos, mi amor. Necesito que me hagas un favor. Necesito que vayas al mercado. Sí, al de las brujas. Necesito conseguir algo… discreto. Es para una amiga que tiene un problema de plagas.

Colgó el teléfono y miró por la ventana hacia el jardín inmaculado de la mansión.

—Lo siento, hermanita —murmuró, acariciando el borde de la ventana—. Pero los milagros cuestan caros. Y este… este no lo voy a pagar yo.


Mientras tanto, en Nueva Jersey, Jin Wu no había dormido.

Estaba sentado en su oficina, rodeado de humo de cigarro. Había cancelado todas sus reuniones. La imagen mental de Beatriz embarazada lo perseguía.

¿Era posible?

Recordó la noche. La sensación de plenitud. La forma en que su cuerpo había reaccionado, como si hubiera despertado de un coma. Si su cuerpo había sanado esa noche, ¿por qué no el de ella?

Pero el miedo era más fuerte que la fe. Min-jae, su segundo al mando, había estado haciendo preguntas incómodas sobre sus viajes a México. Si Min-jae olía debilidad…

La puerta se abrió. Era Min-jae.

—Jefe. Hay un rumor.

Jin Wu se tensó. Su mano se deslizó imperceptiblemente hacia el cajón donde guardaba su pistola.

—¿Qué rumor?

—Dicen que la mexicana… La Doña… está enferma. Que fue al hospital de urgencia.

Jin Wu soltó el aire. No sabían lo del embarazo. Todavía.

—La gente mayor se enferma, Min-jae. No es asunto nuestro.

—Es asunto nuestro si se muere antes de firmar el contrato de exclusividad para la ruta de Tijuana —dijo Min-jae, encendiendo un cigarro sin pedir permiso—. Tal vez deberíamos enviar a alguien a… verificar su estado. O a acelerar la sucesión. Tiene sobrinos, ¿no? Unos idiotas fáciles de manipular.

Jin Wu sintió una oleada de furia protectora que lo sorprendió. La idea de Min-jae o cualquiera de sus hombres acercándose a Beatriz, o a lo que ella llevaba dentro, le provocó náuseas.

—Nadie toca a Beatriz Mondragón —dijo Jin Wu con una voz tan baja y letal que Min-jae dejó de sonreír—. Ella es intocable. ¿Entendido?

—Entendido, jefe. Solo pensaba en el negocio.

Cuando Min-jae salió, Jin Wu supo que el reloj había empezado a correr. Beatriz estaba en peligro. No solo por su edad, no solo por el embarazo imposible, sino porque estaba sola en un nido de víboras, y ahora, él también estaba rodeado.

Sacó su teléfono. Miró la foto de Beatriz que había tomado en secreto aquella mañana en Nueva York, mientras ella dormía. Se veía tranquila. Joven.

—Voy a ir —decidió.

No sabía si el bebé era suyo. No sabía si era una trampa. Pero sabía una cosa: Si ese niño era real, era lo único puro que Park Jin Wu había creado en toda su maldita vida criminal. Y mataría a quien fuera necesario para protegerlo. Incluso si tenía que empezar por su propia gente.

Compró un boleto de avión para la Ciudad de México. Solo ida.

CAPÍTULO 3: SANGRE DE MI SANGRE, VENENO EN MI MESA

El Mercado de Sonora es un lugar donde la esperanza y la maldición se venden por gramo. Ubicado en el corazón bravo de la Ciudad de México, es un laberinto de pasillos estrechos donde el olor a copal, hierbas secas y animales enjaulados crea una atmósfera densa, casi masticable. Aquí, puedes comprar una limpia para la buena suerte, una estampa de la Santa Muerte para protección, o si tienes el dinero y la maldad suficiente, algo para deshacer “problemitas”.

Carlos, el hijo mayor de Catalina, caminaba por los pasillos con el sudor pegándole la camisa de marca a la espalda. Odiaba ese lugar. Se sentía fuera de su elemento, lejos de los antros de Polanco y los casinos clandestinos donde solía perder el dinero de su tía Beatriz.

Su madre lo había llamado con una urgencia histérica. “Ve con Doña Chuy, en el pasillo 8. Dile que vas de parte de la Señora Cata. Ella tiene un encargo. No preguntes, solo tráelo. Es para unas ratas que se metieron a la casa”.

Carlos encontró el puesto. Estaba decorado con manojos de hierbas secas colgando del techo como murciélagos muertos. Doña Chuy, una mujer anciana con ojos que parecían ver más allá de la piel, lo estaba esperando.

—Vienes por lo de tu madre —dijo la bruja, sin que fuera una pregunta. Su voz sonaba a grava triturada.

—Sí. Dice que es para… las plagas.

Doña Chuy soltó una risa seca que hizo que a Carlos se le erizaran los pelos de la nuca.

—Plagas… Sí, así les dicen las señoras ricas a los milagros que no les convienen.

La anciana se agachó y sacó un frasco pequeño de vidrio ámbar, sin etiqueta, lleno de un líquido oscuro y viscoso. Se lo entregó a Carlos. El frasco estaba tibio.

—Dile a tu madre que tenga cuidado —advirtió Doña Chuy, clavando sus ojos lechosos en los de Carlos—. Esto no es veneno de farmacia. Esto es ruda macho, tanaceto y raíz de jalapa concentrada. Arranca de raíz lo que sea que esté creciendo. Pero la sangre llama sangre, muchacho. Lo que se saca a la fuerza, regresa con furia.

Carlos tomó el frasco con asco. —¿Qué es esto, señora? ¿Es ácido?

—Es un “té”, niño. Tres gotas en agua caliente. Adiós problema, adiós panza, adiós vida. Ahora vete. Tu aura está muy gris y me espantas a los clientes.

Carlos salió del mercado casi corriendo, con el frasco ardiendo en su bolsillo. Se subió a su BMW estacionado a tres cuadras (no se atrevía a dejarlo más cerca) y condujo hacia Las Lomas. Mientras manejaba, las palabras de la bruja resonaban en su cabeza. “Adiós panza”.

Carlos no era un santo. Había robado dinero de la caja chica de la empresa de su tía. Había mentido. Era egoísta. Pero no era estúpido. Sabía que su tía Beatriz estaba “enferma” del estómago últimamente. Y sabía que su madre, Catalina, estaba actuando como un animal acorralado.

Al llegar a un semáforo en Reforma, sacó el frasco y lo miró a contraluz. No era veneno para ratas. Era un abortivo.

El semáforo cambió a verde. Carlos aceleró, sintiendo un nudo en el estómago. Sabía que si su tía moría, él heredaría millones. Pero si su madre estaba planeando lo que él creía que estaba planeando… eso ya no era oportunismo. Eso era algo mucho más oscuro.


En la mansión de Las Lomas, el ambiente era fúnebre. Las cortinas estaban cerradas por orden de Beatriz, quien yacía en su enorme cama con dosel, víctima de una migraña y de unas náuseas que no le daban tregua.

Beatriz se sentía miserable. A sus 65 años, el embarazo la estaba golpeando con la fuerza de un tren de carga. Sus hormonas, dormidas por décadas, habían despertado gritando. Le dolía la espalda, le dolían los pechos, y tenía un sentido del olfato tan agudo que podía oler el perfume de la cocinera desde el segundo piso.

Alguien tocó suavemente a la puerta.

—Pase —gruñó Beatriz.

Entró Catalina. Llevaba una bandeja de plata con una tetera de porcelana humeante y una taza delicada. Sonreía. Era esa sonrisa de “hermana abnegada” que Beatriz siempre había encontrado sospechosa, pero que hoy, en su debilidad, casi agradecía.

—Te traje un tecito, hermana —dijo Catalina con voz melosa—. Es una mezcla especial para el estómago. Doña Mari dice que es bendita para las náuseas.

—Gracias, Cata. No sé qué me pasa. Siento que el cuerpo se me está rompiendo.

Catalina se sentó al borde de la cama y le acarició la frente. Su mano estaba fría.

—Es la edad, Beatriz. Ya no somos unas niñas. El cuerpo nos cobra factura. Pero tómate esto, te va a asentar el estómago. Te va a “limpiar”.

Catalina sirvió el té. El líquido era de un color ámbar oscuro y tenía un olor fuerte, herbáceo y penetrante.

—Huele raro —dijo Beatriz, arrugando la nariz.

—Es ruda y manzanilla —mintió Catalina rápidamente—. La ruda es fuerte, pero cura todo. Anda, bébelo mientras está caliente.

Beatriz se incorporó con esfuerzo, apoyándose en los almohadones de seda. Extendió la mano temblorosa para tomar la taza.

Catalina la observaba. Sus ojos no parpadeaban. Estaba conteniendo la respiración. Tres gotas, había dicho la bruja. Catalina le había puesto diez, por si acaso. Quería asegurarse. Si Beatriz perdía al bebé, todo volvería a la normalidad. La herencia estaría segura. Nadie tendría que saber nunca del “milagro” grotesco de su hermana vieja. Sería solo un episodio médico, una “hemorragia tardía”, un susto.

Beatriz acercó la taza a sus labios. El vapor le golpeó la cara.

En ese instante, la puerta de la habitación se abrió de golpe, golpeando la pared con un estruendo que hizo saltar a ambas mujeres.

—¡NO!

Carlos estaba parado en el umbral, jadeando, con la corbata deshecha y el rostro pálido.

Catalina se levantó de un salto, furiosa. —¡Carlos! ¿Qué te pasa, animal? ¡Tu tía está descansando!

Carlos no miró a su madre. Miró la taza en las manos de Beatriz. Cruzó la habitación en tres zancadas largas, le arrebató la taza a su tía y la lanzó contra la pared opuesta.

La porcelana estalló. El líquido oscuro manchó el papel tapiz francés importado, dejando un rastro marrón que parecía sangre vieja.

—¡¿Pero qué demonios te pasa?! —gritó Beatriz, más asustada que enojada.

—¡No te tomes esa mierda, tía! —gritó Carlos, girándose hacia su madre con una expresión de horror y asco—. ¿Qué le pusiste, mamá? ¿Eh? ¿Cuántas gotas le echaste?

—No sé de qué hablas, estás borracho —siseó Catalina, poniéndose pálida—. Era té de manzanilla. Beatriz, este inútil está drogado otra vez.

—¡No estoy drogado! —Carlos metió la mano en su bolsillo y sacó el frasco vacío que la bruja le había dado, lanzándolo sobre la cama, a los pies de Beatriz—. ¡Fui yo quien lo recogió, mamá! ¡Yo fui al Mercado de Sonora! ¡La bruja me dijo lo que era!

Beatriz miró el frasco. Era un envase genérico, pero aún conservaba el olor. El mismo olor que tenía el té. Un olor a tierra amarga y peligro.

—Carlos… explícame —dijo Beatriz, su voz bajando a un tono peligrosamente tranquilo. El tono que usaba antes de despedir a un ejecutivo corrupto.

Carlos miró a su tía, luego a su madre, y finalmente bajó la cabeza, avergonzado pero firme.

—Tía… mamá sabe que estás embarazada.

El aire salió de la habitación. Beatriz se congeló. Catalina cerró los ojos, maldiciendo a su hijo, maldiciendo su suerte.

—¿Qué? —susurró Beatriz.

—Te escuchó hablando con el coreano —continuó Carlos, las palabras saliendo a borbotones—. Sabe del bebé. Sabe que si tienes un hijo, nosotros perdemos la herencia. Eso que te iba a dar… es un abortivo concentrado. Ruda, tanaceto… veneno, tía. Iba a matar al bebé.

Beatriz giró la cabeza lentamente hacia su hermana gemela. La mujer con la que había compartido el vientre materno. La mujer a la que había mantenido durante cuarenta años. La mujer que había estado a su lado en sus dos divorcios.

—Dime que es mentira, Catalina —dijo Beatriz. No gritó. Su voz era un susurro roto—. Dime que Carlos está loco. Dime que no intentaste envenenar a mi hijo.

Catalina abrió la boca para negar, para inventar una excusa, pero al ver la mancha en la pared y el frasco en la cama, supo que se había acabado. La máscara de la hermana abnegada cayó. Su rostro se contorsionó en una mueca de odio puro, un resentimiento guardado durante seis décadas.

—¡Es una aberración, Beatriz! —gritó Catalina, y su voz sonó estridente, histérica—. ¡Tienes 65 años! ¡Es antinatural! ¡Te vas a morir en el parto y vas a dejarle todo a un bastardo engendrado por un criminal!

—¡Así que era por el dinero! —Beatriz sintió que las lágrimas le quemaban los ojos, pero no las dejó caer. La tristeza se estaba convirtiendo rápidamente en una furia volcánica—. Siempre fue por el dinero.

—¡Claro que es por el dinero! —escupió Catalina—. ¡Tú tienes todo! ¡Siempre has tenido todo! El cerebro para los negocios, la suerte, los maridos ricos… ¡Y yo solo soy “la hermana de Beatriz”! ¡Mis hijos merecen ese dinero! ¡Yo me lo merezco por haberte aguantado, por haberte cuidado, por haber sido tu sombra toda mi maldita vida! ¡Y ahora, cuando por fin te ibas a morir y nos ibas a dejar algo, sales con este milagro grotesco!

Beatriz se levantó de la cama. Ignoró el mareo. Ignoró el dolor de espalda. Se irguió cuan alta era, envuelta en su bata de seda, y por un momento, pareció medir tres metros. La Patrona había vuelto.

—Carlos —dijo Beatriz sin mirar a su sobrino—. Gracias. Acabas de salvar la única cosa que me importa en este mundo. Y por eso, siempre tendrás un lugar aquí.

Luego, clavó sus ojos en Catalina.

—Tienes una hora.

—¿Qué? —Catalina parpadeó, confundida por el cambio de tono.

—Tienes una hora para sacar tus cosas de mi casa. Tú y Felipe. Quiero que desaparezcan. No quiero volver a ver tu cara en mi vida.

—No puedes echarme… soy tu hermana… esta es mi casa también… —balbuceó Catalina, el miedo empezando a reemplazar la furia.

—¡Esta es MI casa! —rugió Beatriz, un grito que hizo vibrar los cristales de las ventanas—. ¡Yo la pagué! ¡Yo pagué tu ropa, tus joyas, los colegios de tus hijos, tus viajes! ¡Te di una vida de reina y tú intentaste matar a mi hijo por avaricia!

Beatriz caminó hacia ella. Catalina retrocedió, asustada por la violencia en los ojos de su hermana.

—Lárgate, Catalina. Si en una hora sigues aquí, llamaré a la policía y te denunciaré por intento de homicidio. Tengo la prueba —señaló el frasco y la pared manchada—. Y tengo un testigo —señaló a Carlos.

—¡Carlos, dile algo! —suplicó Catalina a su hijo.

Carlos negó con la cabeza, con lágrimas en los ojos. —Te pasaste, mamá. Esto… esto ya es demasiado. No voy a ir a la cárcel por ti.

Catalina miró a su alrededor, dándose cuenta de que estaba sola. Completamente sola. Soltó un sollozo de rabia impotente y salió corriendo de la habitación.

Beatriz se mantuvo de pie hasta que escuchó los pasos de su hermana alejarse por el pasillo. Entonces, sus piernas cedieron. Se derrumbó sobre la cama, abrazando su vientre, y rompió a llorar. Un llanto profundo, desgarrador, el sonido de un corazón rompiéndose para hacer espacio a uno nuevo.

Carlos se acercó tímidamente. —Tía… ¿estás bien? ¿Necesitas que llame al médico?

—Llama a seguridad —dijo Beatriz entre sollozos, recuperando el control poco a poco—. Que vigilen que tu madre se vaya. Y Carlos… dile a Doña Mari que limpie esa pared. No quiero ver esa mancha nunca más.


Tres horas después, la mansión estaba en silencio.

Catalina se había ido, llevándose tres maletas Louis Vuitton y gritando maldiciones desde la calle. Felipe, el hijo menor, se había ido con ella, confundido y furioso por haber sido cortado de la tarjeta de crédito. Carlos se había quedado en una de las habitaciones de huéspedes, vigilando la puerta como un perro guardián arrepentido.

Beatriz estaba sentada en la sala principal, mirando el jardín a través de los ventanales blindados. Estaba atardeciendo. El cielo de la Ciudad de México estaba teñido de un violeta contaminado y hermoso.

Se sentía vacía. Había perdido a su hermana. Su única familia de sangre. La soledad, que siempre había sido su compañera, ahora se sentía diferente. Ahora tenía miedo. Miedo por ella, miedo por el bebé.

“¿Qué voy a hacer?”, pensó, acariciando su vientre plano. “Tengo 65 años. Estoy sola. Y tengo enemigos en mi propia sangre”.

El sonido del interfón rompió el silencio.

—Señora —dijo la voz de Anselmo, el jefe de seguridad, desde la caseta de entrada—. Hay un… visitante.

—No quiero ver a nadie, Anselmo. Si es Catalina, dile que voy a soltar a los perros.

—No es la señora Catalina, Patrona. Es… bueno, es un extranjero. Dice que la conoce. Llegó en un taxi del aeropuerto. Trae una maleta pequeña.

El corazón de Beatriz dio un vuelco. Pum-pum. Igual que en el ultrasonido.

—¿Qué nombre dio?

—Dijo que se llama Park. Y señora… los muchachos están nerviosos. Este tipo tiene una mirada que… bueno, asusta.

Beatriz se levantó del sillón. Se arregló el cabello rápidamente, se secó las lágrimas y se puso un chal sobre los hombros para ocultar el temblor de sus manos.

—Déjalo pasar, Anselmo. Abre el portón principal.

Cinco minutos después, la puerta de entrada de roble macizo se abrió.

Park Jin Wu entró.

Se veía terrible y magnífico al mismo tiempo. Llevaba el mismo traje con el que había salido de Nueva York, arrugado por el viaje. Tenía ojeras profundas bajo los ojos. Su cabello perfecto estaba un poco despeinado. Pero su presencia llenaba el vestíbulo de la mansión.

Beatriz se quedó parada al pie de la escalera, mirándolo. No sabía qué decir. ¿Estaba ahí para reclamarle? ¿Para exigir una prueba de ADN? ¿Para pedirle que abortara?

Jin Wu dejó su maleta en el suelo de mármol. Caminó hacia ella lentamente, sus pasos resonando en el silencio de la casa. Se detuvo a un metro de distancia. La miró de arriba abajo, escaneándola en busca de daños, como si fuera un diamante valioso que hubiera sido transportado sin cuidado.

—Beatriz —dijo él. Su voz estaba ronca.

—Jin Wu. ¿Qué haces aquí? Dijiste que necesitabas tiempo.

—Se me acabó el tiempo —respondió él—. No podía pensar. No podía trabajar. Solo podía pensar en que estabas aquí, sola, con… con eso.

Señaló vagamente hacia su estómago.

Beatriz levantó la barbilla, defensiva. —Estoy bien. Puedo cuidarme sola. Acabo de echar a mi hermana de la casa porque intentó envenenarme, así que no necesito que vengas a decirme que soy una vieja loca.

Los ojos de Jin Wu se oscurecieron instantáneamente. La temperatura de la habitación pareció bajar diez grados.

—¿Intentó qué?

—Envenenarme. Un té con abortivos. Mi sobrino la detuvo.

Jin Wu no dijo nada. Solo apretó la mandíbula con tal fuerza que Beatriz escuchó el rechinar de sus dientes. Dio un paso más hacia ella, invadiendo su espacio personal, pero esta vez no se sentía amenazante. Se sentía como un escudo.

—¿Dónde está ella ahora? —preguntó Jin Wu, con una calma letal.

—Se fue. Está fuera de mi vida.

—Bien. Porque si estuviera aquí, la mataría con mis propias manos. Y no me importaría ir a la cárcel en México.

Beatriz vio la verdad en sus ojos. No era una bravuconada de mafioso. Era la reacción instintiva de un padre. O al menos, de un hombre que quería serlo desesperadamente.

Las defensas de Beatriz, que habían estado altas todo el día, se derrumbaron. Soltó un sollozo y se cubrió la cara con las manos.

Jin Wu la abrazó. Fue un abrazo torpe al principio, rígido, pero luego la apretó contra su pecho con fuerza. Beatriz olió su colonia, mezclada con el olor a tabaco y aeropuerto, y se sintió segura por primera vez en semanas.

—Soy un cobarde, Beatriz —susurró él en su oído—. Tuve miedo. Miedo de que no fuera mío. Miedo de que fuera una broma cruel del destino. Miedo de que mi gente se riera de mí.

—Yo también tengo miedo —admitió ella contra su camisa—. Es una locura, Jin Wu. Tengo edad para ser abuela.

Jin Wu se separó un poco para mirarla a los ojos. Puso una mano grande y cálida sobre el vientre de Beatriz.

—Escúchame bien. No me importa lo que diga la gente. No me importa Min-jae. No me importa la biología. Si hay una vida aquí… es nuestra. Y voy a protegerla. Me voy a quedar aquí, Beatriz. En México.

—¿En México? —Beatriz se sorbió la nariz—. ¿Vas a dejar tu imperio en Nueva Jersey para vivir en Las Lomas y cambiar pañales?

—Mi imperio está lleno de ratas y traidores. Aquí… aquí hay un milagro. —Jin Wu sonrió, una sonrisa cansada pero genuina—. Además, siempre me ha gustado la comida picante.

Beatriz rió entre lágrimas.

—Bienvenido a la familia, gánster. Prepárate, porque esto va a ser más difícil que cualquier guerra de mafias.

—Estoy listo —dijo él, y besó su frente.

Mientras se abrazaban en el vestíbulo de la mansión vacía, ninguno de los dos sabía que la guerra apenas comenzaba.

En un hotel barato cerca del aeropuerto, Catalina estaba sentada en el borde de la cama, con el teléfono en la mano. Había marcado un número que había conseguido años atrás, un contacto de “seguridad” que usaba para investigar a los competidores de Beatriz.

Pero esta vez no quería información. Quería venganza.

—Sí —dijo Catalina al teléfono, con la voz temblando de odio—. Tengo una historia para ti. Se trata de Beatriz Mondragón. Y de un criminal coreano. Y de un embarazo que va a escandalizar a todo México. Quiero destruir su reputación. Quiero que cuando salga a la calle, la gente le escupa. ¿Cuánto me cobras por filtrar esto a la prensa?

Del otro lado de la ciudad, en la oscuridad de Las Lomas, Jin Wu miraba por la ventana, vigilando. Sabía que la paz era temporal. Sabía que Min-jae vendría por él. Sabía que la hermana de Beatriz no se quedaría tranquila.

Pero por primera vez en su vida, Park Jin Wu tenía algo que valía la pena defender hasta la muerte.

Su mano seguía sobre el vientre de Beatriz. Y juraría, aunque fuera médicamente imposible tan pronto, que sintió un movimiento. Un saludo desde el abismo de lo imposible.

CAPÍTULO 4: ESCÁNDALOS DE PORTADA Y BALAS EN EL PERIFÉRICO

La calma en la Ciudad de México es siempre una mentira. Es solo el momento en que el monstruo toma aire antes de volver a rugir.

Habían pasado tres días desde la llegada de Park Jin Wu a la mansión de Las Lomas. Tres días de una extraña y tensa luna de miel doméstica. Para Beatriz, tener a un ex jefe de la mafia coreana durmiendo en la habitación de huéspedes (Jin Wu insistió en mantener el decoro hasta que se casaran, una formalidad conservadora que a Beatriz le pareció encantadora y ridícula a la vez) era surrealista.

Jin Wu se estaba adaptando a México con la eficiencia de un espía.

—Demasiado picante —dijo Jin Wu esa mañana, mirando con desconfianza un plato de chilaquiles verdes que Doña Mari le había servido.

—Es la salsa “maldita”, joven Park —rió la cocinera, que ya estaba enamorada del “Chino guapo” (aunque fuera coreano)—. Pica rico.

Jin Wu probó un bocado. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no hizo ningún gesto de dolor. Tragó, tomó un sorbo de café negro y asintió.

—Bueno. Muy bueno. —Su voz sonaba estrangulada.

Beatriz, sentada a la cabecera de la mesa, sonrió por primera vez en días sin que fuera una mueca de dolor. Las náuseas matutinas le estaban dando una tregua.

—No tienes que hacerte el valiente, Jin Wu. Si te da gastritis, mi doctora me va a regañar a mí.

—En Corea comemos picante, Beatriz. Pero esto… esto es agresión química —admitió él, tomando más café—. Por cierto, revisé tu sistema de seguridad perimetral anoche.

—¿Ah, sí? ¿Y qué opinas? Pagué una fortuna por él.

—Es basura —dijo Jin Wu con naturalidad—. Tus cámaras tienen puntos ciegos en el jardín trasero. Los sensores de movimiento son viejos. Y tus guardias… Don Anselmo es leal, pero sus hombres están gordos y miran demasiado el celular. Si Min-jae envía a alguien, entrarían a esta casa en tres minutos.

Beatriz dejó su pan dulce en el plato. La realidad volvió a golpearla. No era solo un romance otoñal; estaba viviendo con un hombre que tenía una diana pintada en la espalda.

—¿Min-jae? ¿Tu segundo al mando?

—Mi ex segundo. Ahora es el jefe interino. Y si descubre que estoy aquí, y por qué estoy aquí, vendrá. No dejará cabos sueltos.

—Pues que venga —dijo Beatriz con la arrogancia de quien siempre ha tenido a la policía en su nómina—. Esto es México, cariño. Aquí si alguien entra a mi casa sin permiso, tengo al Fiscal General en marcación rápida.

Jin Wu la miró con una ternura triste. —Beatriz, tú juegas con las reglas del dinero. Mi gente juega con las reglas de la sangre. El Fiscal no te va a servir de nada contra un equipo de sicarios de Busan.

Antes de que Beatriz pudiera responder, Carlos entró al comedor corriendo. Llevaba el mismo pants de diseñador de ayer y tenía la cara pálida, iluminada por la pantalla de su iPhone.

—¡Tía! ¡Tía, tienes que ver esto! ¡Es un desmadre!

—Carlos, no grites. Y no digas groserías en la mesa.

—¡No mames, tía, ve Twitter! ¡Ve Ventaneando! ¡Estás en todas partes!

Carlos puso el teléfono frente a Beatriz. Era un video de YouTube, una transmisión en vivo de un canal de chismes sensacionalistas llamado “La Verdad Sin Filtro”. El título del video, en letras amarillas y rojas, gritaba:

¡EXCLUSIVA! LA VERDADERA CARA DE BEATRIZ MONDRAGÓN: ¿SECUESTRADA POR LA MAFIA O LOCURA SENIL? SU HERMANA ROMPE EL SILENCIO.

Beatriz sintió que la sangre se le helaba. Le dio play.

En la pantalla apareció Catalina. Estaba sentada en un set barato, vestida de negro riguroso, sin maquillaje, con los ojos rojos. Parecía una mártir. Una santa sufriente.

“Yo solo quiero salvar a mi hermana”, decía Catalina a la cámara, sollozando y secándose una lágrima invisible. “Beatriz tiene 65 años. Su mente ya no es la de antes. Ha estado actuando erráticamente, despilfarrando la fortuna familiar. Y ahora… ahora ha metido a un hombre a su casa. Un asiático mucho más joven que ella. Un criminal”.

El conductor del programa, un hombre con dientes demasiado blancos, intervino: “¿Estás sugiriendo que la tiene amenazada, Catalina?”

“¡Estoy segura! Me corrió de la casa porque descubrí la verdad. Dice que está embarazada, ¿pueden creerlo? ¡A los 65 años! Es una fantasía, un delirio implantado por este hombre para robarle todo. Temo por su vida. Temo que la esté drogando. Por favor, si alguien me escucha… ayuden a mi hermana”.

Beatriz soltó el teléfono como si quemara.

—Esa… esa víbora —susurró.

—Hay más —dijo Carlos, deslizando el dedo en la pantalla—. Mira los comentarios.

“Vieja ridícula”“Seguro el chino le está lavando el cerebro”“A esa edad ya no saben lo que hacen”“#FreeBeatriz”“¿Embarazada? Jajaja, será de aire”.

El escarnio público. Beatriz Mondragón había pasado cuarenta años construyendo una reputación de hierro. Era la “Dama de Hierro” de la industria textil. Respetada. Temida. Y en cinco minutos, su hermana la había convertido en el hazmerreír nacional. En una vieja loca y caliente que se dejaba estafar por un joven extranjero.

—Va a destruir la empresa —dijo Beatriz, poniéndose de pie. Se sentía mareada—. Los inversionistas… la bolsa… si creen que estoy senil, las acciones se van a desplomar.

Jin Wu tomó el teléfono de la mesa. Miró el video con una expresión impasible. No entendía todo el español rápido y chillón del programa, pero entendía el lenguaje corporal de la traición.

—Es una buena jugada —dijo Jin Wu fríamente—. Ataca tu credibilidad antes de que podamos anunciar la verdad. Si decimos que estás embarazada ahora, nadie lo creerá. Pensarán que es parte de tu “locura”.

—¿Me estás analizando la estrategia? —gritó Beatriz, perdiendo la compostura—. ¡Mi propia hermana me acaba de destruir en televisión nacional! ¡Tengo que salir a desmentirla! ¡Tengo que demandarla!

—No —dijo Jin Wu. Se levantó y la tomó por los hombros, obligándola a mirarlo—. Si sales ahora, te verás defensiva. Te verás alterada. Le darás la razón.

—¿Entonces qué hago? ¿Me escondo?

—No te escondes. Sigues. Hoy tienes cita con la doctora Medina para el chequeo de las 8 semanas, ¿verdad?

—Sí, pero no puedo salir así. Habrá paparazzi en la puerta.

—Saldremos por la puerta grande, Beatriz. —Jin Wu le acarició la mejilla con el pulgar—. Deja que hablen. Deja que ladren. Tú eres la reina. Y la reina no le da explicaciones a los campesinos. Además… —su mirada se endureció—, esto confirma que Catalina es un peligro. Voy a encargarme de la seguridad personalmente hoy.

—¿Vas a venir conmigo al hospital?

—No voy a separarme de ti ni un metro. Carlos, tú te quedas aquí. Vigila las redes sociales. Anota los nombres de los periodistas que están difundiendo las mentiras más graves. Luego nos encargaremos de ellos legalmente.

Carlos asintió, sintiéndose extrañamente útil por primera vez en su vida. —Simón. Yo me encargo del monitoreo digital.

Beatriz respiró hondo. Miró a Jin Wu. Había un fuego en él, una autoridad que trascendía el idioma y la cultura. Se sintió protegida.

—Está bien. Vamos al hospital. Que México diga lo que quiera.


La salida de la mansión fue un circo.

Como Beatriz había temido, había reporteros afuera. Cámaras de TV Azteca, Televisa y un enjambre de freelancers con celulares. Cuando el portón se abrió y salió la camioneta blindada, los flashes estallaron como ametralladoras.

Jin Wu iba al volante. Había insistido en manejar él mismo, relegando a Don Anselmo al asiento del copiloto.

—No bajes la ventana —ordenó Jin Wu mientras maniobraba el vehículo pesado a través de la multitud de periodistas que golpeaban los vidrios.

—¡Beatriz! ¡Beatriz, una declaración! —gritaban—. ¿Es cierto que estás secuestrada? ¿Quién es el hombre?

Beatriz, oculta tras sus gafas oscuras en el asiento trasero, miraba al frente con la mandíbula apretada.

Lograron salir a Reforma. El tráfico era denso, un río de metal y smog. Jin Wu manejaba con una calma agresiva, metiendo la camioneta en huecos imposibles, cambiando de carril con precisión milimétrica.

—Manejas bien para ser extranjero —comentó Don Anselmo, un poco celoso de haber perdido su puesto de conductor.

—En Seúl el tráfico es peor. Y allá los taxistas son suicidas —respondió Jin Wu sin quitar la vista de los espejos.

Estaba escaneando. No buscaba periodistas. Buscaba patrones. Una moto que se mantuviera demasiado cerca. Un sedán con vidrios polarizados que cambiara de carril con ellos.

—Estamos limpios por ahora —dijo Jin Wu—. Pero no me gusta esta ruta. Demasiados puntos de estrangulamiento.

—Es el camino al Hospital Ángeles, Jin Wu. No hay otro —dijo Beatriz desde atrás.

Llegaron al Periférico. El segundo piso estaba saturado. Avanzaban a paso de rueda.

El teléfono de Jin Wu vibró en su bolsillo. Era un número desconocido. Lo ignoró. Vibró de nuevo. Y otra vez.

—Contesta —dijo Beatriz—. Me pones nerviosa.

Jin Wu contestó y puso el altavoz, hablando en coreano rápido.

Yoboseyo?

Jin Wu. Hermano.

La voz que salió del teléfono era suave, culta y aterradora. Jin Wu se tensó tanto que los nudillos se le pusieron blancos sobre el volante.

—Min-jae.

Beatriz sintió un escalofrío. Era él. El traidor.

Te extrañamos en Nueva Jersey, jefe. El negocio no es lo mismo sin ti. Aunque debo decir que los márgenes de ganancia han subido desde que dejamos de pagar tus tratamientos de fertilidad inútiles.

—¿Qué quieres, Min-jae?

Sé dónde estás. Sé con quién estás. Una abuela mexicana. Qué bajo has caído, Jin Wu. De rey de la mafia a enfermero geriátrico.

—Cuidado con lo que dices.

Escuché los rumores. Dicen que está embarazada. Dicen que es tuyo. Es una mentira patética, Jin Wu. Sabemos que no puedes. Así que solo hay dos opciones: o te has vuelto loco, o nos estás insultando a todos con esa farsa.

—Es mi hijo, Min-jae. Y si te atreves a acercarte…

¿Acercarme? Jin Wu, ya estoy cerca. Mira a tu izquierda.

Jin Wu giró la cabeza bruscamente hacia la izquierda.

En el carril contiguo, atrapado en el mismo tráfico, había una camioneta Suburban negra. La ventana trasera bajó lentamente.

No era Min-jae quien estaba allí. Eran dos hombres. Coreanos. Con el corte de pelo característico de los soldados de la organización. Y algo metálico brillaba en sus manos.

—¡ABAJO! —gritó Jin Wu.

Fue un reflejo. Beatriz se lanzó al suelo de la camioneta justo cuando el vidrio blindado de su ventana estalló en una telaraña blanca. El sonido fue sordo, como un martillazo. PUM. PUM. PUM.

El blindaje aguantó las balas, pero el impacto sacudió el vehículo.

—¡Nos están disparando! —gritó Don Anselmo, sacando su revólver calibre .38, que parecía un juguete en esa situación.

—¡No dispares, idiota, le darás a un civil! —rugió Jin Wu.

El tráfico estaba detenido. Estaban atrapados. La Suburban de los sicarios estaba a dos metros. Uno de los hombres sacó un arma larga, un rifle de asalto compacto. El blindaje nivel 4 de Beatriz aguantaría pistolas, pero un rifle a quemarropa… eso era otra historia.

Jin Wu tomó una decisión en una fracción de segundo.

—Sujétense.

Giró el volante todo a la izquierda, hacia la Suburban. Pisó el acelerador a fondo. El motor V8 de la camioneta de Beatriz rugió.

CRASH.

Embistió a la Suburban lateralmente, empujándola contra el muro de contención del Periférico. El sonido de metal retorciéndose fue ensordecedor. Los sicarios, sorprendidos, no pudieron disparar.

Pero ahora los dos vehículos estaban trabados. Y el tráfico alrededor era un caos de cláxenes y gritos.

—Anselmo, pásate atrás y cubre a Beatriz. ¡Cúbrela con tu cuerpo! —ordenó Jin Wu.

—¿Qué vas a hacer? —gritó Beatriz desde el suelo, aterrada.

Jin Wu no respondió. Abrió su puerta y salió al Periférico, en medio del tráfico y la confusión. No tenía pistola. En su prisa por salir de Nueva Jersey y con las estrictas leyes de armas de México, no había conseguido una propia todavía.

Pero Park Jin Wu había sido entrenado en las calles de Seúl y en el ejército surcoreano antes de ser mafioso. Él era el arma.

Saltó sobre el cofre de la Suburban aplastada. El sicario del asiento del copiloto intentaba sacar el rifle por la ventana rota. Jin Wu pateó la puerta con tal fuerza que se cerró sobre el brazo del hombre. Se escuchó un crujido de hueso. El sicario gritó y soltó el rifle.

Jin Wu agarró el arma.

El conductor de la Suburban intentó dispararle a través del parabrisas. Jin Wu rodó sobre el techo, esquivando los disparos que perforaron el metal donde había estado un segundo antes. Cayó del otro lado, abrió la puerta del conductor y lo sacó a golpes.

Fue una violencia brutal, eficiente y coreografiada. Un golpe a la garganta. Un rodillazo a las costillas. El conductor cayó al asfalto, inconsciente o muerto.

El otro sicario, el del brazo roto, salió tambaleándose con una pistola en la mano izquierda.

—¡Muere, traidor! —gritó en coreano.

Jin Wu ni siquiera parpadeó. Usó el rifle como un garrote, golpeando al hombre en la mandíbula con la culata. El sicario cayó como un saco de papas.

El tráfico en el Periférico se había detenido por completo. La gente grababa con sus celulares. Nadie ayudaba. Era el espectáculo morboso de la Ciudad de México.

Jin Wu se paró en medio del caos, respirando agitadamente, con la camisa manchada de la sangre de los sicarios. Miró hacia la camioneta de Beatriz. Don Anselmo lo miraba con la boca abierta.

Las sirenas de la policía empezaron a sonar a lo lejos.

Jin Wu tiró el rifle dentro de la Suburban de los atacantes. Regresó a la camioneta de Beatriz.

—¿Estás bien? —preguntó, abriendo la puerta trasera.

Beatriz estaba temblando, abrazada a sus rodillas. Levantó la vista. Vio a Jin Wu. Vio la sangre en sus nudillos. Vio la mirada salvaje que poco a poco volvía a ser humana.

—¿Los mataste? —preguntó ella con un hilo de voz.

—No. Están vivos. Pero no nos seguirán hoy.

Jin Wu se subió al asiento del conductor. La camioneta tenía el costado destrozado, pero el motor funcionaba.

—Vámonos. La policía está llegando y no quiero explicarles por qué hay dos coreanos inconscientes en el segundo piso.

Arrancó la camioneta, abriéndose paso a la fuerza entre los coches parados, rayando pintura y rompiendo espejos. A nadie le importó. Todos se apartaban ante el vehículo blindado que acababa de ganar una guerra.


No fueron al hospital. Fueron a una casa de seguridad que Beatriz tenía en el Ajusco, una propiedad vieja que casi no usaba.

Cuando llegaron, Beatriz bajó del auto y vomitó en el pasto. No por el embarazo, sino por la adrenalina.

Jin Wu se acercó y le ofreció un pañuelo.

—Lo siento —dijo él. Parecía avergonzado—. Traje mi guerra a tu ciudad. Te puse en peligro.

Beatriz se limpió la boca. Se enderezó. Miró a Jin Wu. Hace una hora, era su amante tierno y preocupado. Ahora, sabía que era un hombre capaz de matar con las manos desnudas. Debería tener miedo. Debería correr.

Pero luego recordó a los hombres en la Suburban. Recordó las balas golpeando el vidrio a centímetros de su cabeza. Si Jin Wu no hubiera estado allí… ella y su bebé estarían muertos.

—No te disculpes —dijo Beatriz con firmeza—. Me salvaste.

—Min-jae sabe que fallaron. Enviará más. Y la próxima vez no serán solo dos.

—Entonces necesitamos un ejército —dijo Beatriz. La mujer de negocios estaba retomando el control—. Anselmo no sirve para esto. Necesitamos profesionales.

—Tengo dinero —dijo Jin Wu—. Tengo cuentas en las Islas Caimán que Min-jae no puede tocar. Puedo contratar seguridad privada de alto nivel. Ex-Mossad. O ex-marines.

—No —Beatriz negó con la cabeza—. Si traemos extranjeros, llamaremos la atención. Y la policía nos estará vigilando después de lo de hoy. Necesitamos gente local. Gente que conozca el terreno. Gente que odie a los extranjeros que vienen a causar problemas.

Beatriz sacó su teléfono. La pantalla estaba rota, pero funcionaba.

—¿A quién vas a llamar? —preguntó Jin Wu.

—Tengo un contacto. Un hombre que me debe un favor muy grande de hace veinte años. Él controla ciertas cosas en Iztapalapa y Neza. No es mafia coreana, Jin Wu. Es algo más… rudo. Pero si quiero sobrevivir a esto, y si quiero que mi hijo nazca, tengo que dejar de ser la empresaria de Las Lomas y empezar a ser la Patrona que todos dicen que soy.

Jin Wu la miró con admiración. —Estás loca, Beatriz.

—Estoy embarazada, cariño. Y una madre hace lo que sea.

Mientras Beatriz hacía la llamada, Jin Wu miró hacia la ciudad a lo lejos. El escándalo de Catalina en la televisión ya no importaba. Las balas en el Periférico habían cambiado el juego. Ya no era un drama familiar. Era una guerra abierta.

Y Park Jin Wu, el hombre roto que había encontrado un milagro, sonrió. Porque por primera vez en años, tenía algo por lo que valía la pena pelear hasta el final.

Pero la guerra tenía dos frentes.

En ese mismo momento, en las oficinas de la empresa de Beatriz, los auditores del SAT (Servicio de Administración Tributaria) estaban entrando con órdenes de embargo. Catalina no solo había ido a la televisión. Había ido a Hacienda. Había denunciado a su hermana por supuesta evasión fiscal y lavado de dinero, usando documentos falsificados que había preparado durante años.

El teléfono de Beatriz sonó de nuevo. Era su abogado.

—Señora Mondragón… tenemos un problema grave. Han congelado las cuentas de la empresa. Dicen que hay una investigación por lavado de dinero vinculado al crimen organizado asiático.

Beatriz escuchó, pálida. Colgó el teléfono.

—¿Qué pasa? —preguntó Jin Wu.

—Catalina nos congeló el dinero. No tengo acceso a mis cuentas. No puedo pagarle a nadie.

Jin Wu se acercó y le tomó la mano.

—Entonces usaremos el mío. Todo lo que tengo es tuyo.

—No entiendes, Jin Wu. Si el gobierno cree que estás lavando dinero a través de mi empresa… van a venir por ti. La policía. La DEA. Esto no se arregla a golpes en el Periférico.

Estaban acorralados. Sin dinero líquido, con sicarios buscándolos y con el gobierno persiguiéndolos.

Beatriz miró su vientre.

—Aguanta, mi amor —susurró al bebé—. Tu mamá y tu papá tienen mucho trabajo que hacer.

CAPÍTULO 5: REYES DEL BARRIO Y SANGRE NUEVA

El Ajusco no perdona. Es una montaña que vigila la Ciudad de México desde las alturas, un lugar de pinos, niebla y un frío que se te mete en los huesos como un cuchillo oxidado. La casa de seguridad de Beatriz era una cabaña de piedra y madera que no se había abierto en cinco años. Olía a encierro, a polvo y a humedad.

Beatriz estaba sentada frente a la chimenea, envuelta en tres cobijas de lana. Afuera, el viento aullaba entre los árboles, un sonido que le recordaba que estaban solos, aislados y cazados.

Miró sus manos. A la luz del fuego, las venas azules y las manchas de la edad parecían menos pronunciadas. Se sentía extraña. No mal. Extraña.

Hacía apenas 48 horas había estado en una balacera en el Periférico. Hacía 48 horas era una magnate respetada. Ahora, era una fugitiva en su propia ciudad, escondida en el monte como una criminal, calentando sopa de lata en una estufa de gas porque no se atrevían a pedir comida a domicilio.

Jin Wu entró desde la terraza, trayendo consigo una ráfaga de aire helado. Llevaba una chamarra táctica que había encontrado en un armario viejo, probablemente de algún guardaespaldas de antaño. En su mano, el rifle de asalto que le había quitado al sicario, limpio y aceitado.

—El perímetro está seguro —dijo, cerrando la puerta con doble cerrojo—. Puse trampas sonoras con latas y cuerdas en el camino de acceso. Si alguien sube, lo escucharemos.

Beatriz soltó una risa cansada. —Mi héroe. De jefe de la mafia a MacGyver del Ajusco.

Jin Wu dejó el arma cerca de la puerta y se sentó junto a ella frente al fuego. Le frotó los pies a través de las cobijas.

—¿Cómo te sientes? ¿Dolor? ¿Sangrado?

—Nada. Y eso es lo raro, Jin Wu. Debería estar destrozada. Tengo 65 años. Me tiré al piso de una camioneta blindada, viví un choque, vomité la bilis… y hoy me desperté sin dolor de espalda. Ni siquiera me duelen las rodillas.

Jin Wu la miró con curiosidad. —Es la adrenalina.

—No. La adrenalina se acaba. Esto es… diferente. Siento como si me hubiera tomado diez bebidas energéticas, pero sin la taquicardia. Tengo hambre. Tengo sueño. Pero me siento… fuerte.

Jin Wu le tocó la frente. No tenía fiebre. Su piel se sentía tersa, firme.

—Mañana veremos a la doctora. Carlos arregló la cita clandestina, ¿verdad?

—Sí. En una clínica veterinaria en Xochimilco que pertenece a su ex novia. Dice que es el único lugar seguro. Qué bajo hemos caído, Jin Wu. De la suite presidencial a parir entre perros y gatos.

—Mientras estemos vivos, el lugar no importa. —Jin Wu sacó un teléfono satelital, uno de los pocos juguetes caros que Beatriz guardaba en esa casa para emergencias—. Hablé con mis banqueros en Suiza. Min-jae intentó bloquear mis cuentas, pero subestimó mi paranoia. Tengo acceso a cinco millones de dólares en criptomonedas y a una cuenta fantasma en Panamá.

—Cinco millones es mucho dinero para la gente normal, pero para una guerra… se nos va a ir rápido.

—Por eso necesitamos a tu contacto. El de Iztapalapa.

Beatriz asintió. Miró el fuego, recordando un favor que había hecho hacía veinte años. Un favor que había salvado una vida y que ahora esperaba que salvara la suya.

—Plutarco. Le dicen “El Santo”. No por religioso, sino porque dicen que hace milagros en el barrio. Controla los tianguis, los taxis piratas y la seguridad de media delegación. Si alguien puede escondernos y darnos soldados que no sean mercenarios extranjeros, es él.

—¿Cuándo vamos?

—Mañana temprano. Antes de ver a la doctora. Pero Jin Wu… —Beatriz lo miró a los ojos, muy seria—. Iztapalapa no es Las Lomas. Y tampoco es Nueva Jersey. Ahí no respetan trajes caros ni acentos extranjeros. Ahí respetan los huevos. Y la lealtad. Si entras con actitud de jefe mafioso, te van a comer vivo.

Jin Wu sonrió, una sonrisa lobuna que hizo que Beatriz recordara por qué se había enamorado de él.

—Beatriz, yo crecí comiendo basura en las calles de Seúl antes de usar trajes de seda. El barrio es un idioma universal.


El descenso del Ajusco fue tenso. La camioneta blindada, ahora abollada y sin un espejo lateral, llamaba la atención, así que la cubrieron con lodo para que pareciera un vehículo de trabajo maltratado.

Cruzaron la ciudad hacia el oriente. El paisaje cambió drásticamente. Los edificios de cristal y los parques cuidados dieron paso a un mar interminable de concreto, cables de luz enmarañados como nidos de pájaros negros, y murales de la Virgen de Guadalupe en cada esquina. Iztapalapa. El corazón latente y bravo de la capital.

El punto de reunión era una bodega de reciclaje industrial cerca de la Cabeza de Juárez. El olor era intenso: plástico quemado, metal oxidado y fritanga callejera.

Al llegar, tres hombres jóvenes con gorras y mariconeras cruzadas al pecho les bloquearon el paso. No mostraron armas, pero la forma en que tenían las manos dentro de las mariconeras lo decía todo.

—Hasta aquí, señores. Propiedad privada —dijo uno de ellos, mascando chicle con la boca abierta.

Beatriz bajó la ventana. Se quitó las gafas oscuras.

—Dile a Plutarco que “La Madrina” viene a cobrar su factura.

El muchacho dejó de mascar chicle. Miró a Beatriz, luego a Jin Wu, luego a la camioneta baleada.

—Espere tantito, jefa.

Hizo una llamada rápida. Segundos después, el portón de lámina se abrió con un chirrido metálico.

Adentro, la bodega era una fortaleza. Entre montañas de cartón y PET compactado, había hombres armados vigilando desde pasarelas elevadas. En el centro, sentado en una silla de plástico blanca frente a una mesa plegable llena de papeles y un desayuno de tamales, estaba Plutarco.

Tenía unos cincuenta años, era moreno, bajo y ancho como un ropero. Llevaba una guayabera blanca impecable y varios anillos de oro en los dedos.

Al ver bajar a Beatriz, se levantó inmediatamente. Se limpió las manos de salsa verde en un trapo y abrió los brazos.

—¡Doña Beatriz! ¡La Patrona! ¡Dichosos los ojos! —Su voz retumbaba en la bodega—. Pensé que ya se había olvidado de los pobres.

—Nunca olvido a los amigos, Plutarco. Y menos a los que me deben la vida de su hijo.

Plutarco se puso serio por un segundo, recordando. Hace veinte años, su hijo mayor necesitaba un trasplante de riñón urgente. No estaba en ninguna lista. Beatriz, usando su dinero y sus influencias, movió cielo, mar y tierra para conseguir el órgano y pagar la cirugía en Houston. No pidió nada a cambio entonces.

—Mi hijo ya se graduó de arquitecto, jefa. Gracias a usted. —Plutarco miró a Jin Wu, que estaba parado junto a Beatriz, alerta pero relajado—. ¿Y este quién es? ¿Su nuevo guardaespaldas? Se ve… exótico.

—Es mi pareja. Y el padre de mi hijo.

El silencio en la bodega fue absoluto. Los guardias dejaron de hablar. Plutarco parpadeó.

—¿Hijo? —Miró el vientre de Beatriz, luego su cara—. Jefa, con todo respeto… ¿es en serio lo que dicen en la tele? ¿Lo que dice su hermana la bruja?

—Es en serio, Plutarco. Estoy embarazada. Y por eso estoy aquí. Me quieren matar. Mi propia hermana me congeló las cuentas y me echó a los leones. Y hay una facción de la mafia coreana que quiere la cabeza de este hombre y la mía.

Plutarco soltó un silbido largo. —Chale. Usted no se anda con chiquitas, ¿verdad? Mafia coreana. Eso sí no lo tenemos en el catálogo.

—Necesito protección, Plutarco. No quiero guaruras de agencia que se vendan al mejor postor. Quiero gente de barrio. Gente que conozca la calle. Gente leal.

—Eso cuesta, jefa. Y si tiene las cuentas congeladas…

Jin Wu dio un paso al frente. Habló en un español pausado pero claro.

—Tengo dinero. Criptomonedas. Efectivo en Panamá. Puedo transferirte medio millón de dólares ahora mismo como anticipo.

Plutarco lo miró con desdén. —¿Y tú crees que aquí aceptamos Bitcoins, chinito? Aquí se mueve efectivo.

—También tengo algo más valioso —dijo Jin Wu, ignorando el insulto—. Sé cómo operan los que nos persiguen. Min-jae enviará equipos tácticos. Usarán tecnología, drones, intercepción celular. Tu gente es brava, pero si pelean contra ellos como pelean contra los narcos locales, van a perder. Yo puedo entrenarlos. Puedo enseñarles a defenderse de una operación paramilitar de nivel internacional.

Plutarco se acercó a Jin Wu. Quedaron cara a cara. El mexicano era más bajo, pero más ancho. El coreano era una estatua de hielo.

—¿Me estás diciendo que mis muchachos no saben pelear? —desafió Plutarco.

—Te estoy diciendo que tus muchachos saben pelear con machetes y pistolas oxidadas. Mis enemigos usan rifles de precisión y satélites. No es un insulto, es táctica. —Jin Wu no retrocedió ni un milímetro—. Necesitas mis dólares y mi cerebro. Yo necesito tus manos y tus ojos en la ciudad. Es un trato justo.

Plutarco sostuvo la mirada unos segundos más. Luego, soltó una carcajada y le dio una palmada en la espalda a Jin Wu que casi lo derriba.

—¡Me cae bien el k-pop! Tiene huevos. —Se giró hacia sus hombres—. ¡Traigan unos tacos de suadero y unas cocas! ¡Vamos a cerrar trato con La Patrona!

Mientras comían tacos en la mesa plegable (Jin Wu esta vez le puso salsa sin quejarse, ganándose el respeto silencioso de los presentes), organizaron la defensa. Plutarco ofreció una red de casas seguras en Iztapalapa y Nezahualcóyotl, lugares donde ni la policía ni los coreanos entrarían sin ser detectados. Puso a disposición a treinta de sus mejores hombres, “halcones” en moto para vigilancia y un equipo de choque.

—Pero jefa —dijo Plutarco al final, limpiándose la boca—, si esto es guerra, va a haber sangre. Y si hay sangre, la prensa se va a poner loca.

—Que se pongan locos —dijo Beatriz—. Solo quiero llegar al parto viva.


Salieron de Iztapalapa con una escolta discreta: dos taxis y tres motociclistas que los seguían a distancia. Se sentían más seguros, pero el día apenas comenzaba.

El viaje a Xochimilco fue largo. La clínica veterinaria estaba en una zona chinampera, alejada del bullicio. Olía a perro mojado y antiséptico barato.

La Dra. Sofía Medina estaba allí, nerviosa, fumando un cigarro electrónico en la sala de espera vacía. Cuando vio entrar a Beatriz, corrió a abrazarla.

—¡Estás loca, mujer! ¡Te están buscando por todas partes! La policía fue a mi consultorio ayer. Querían tu historial médico. Les dije que se necesita una orden judicial, pero no sé cuánto podré aguantar.

—Gracias, Sofía. Eres la única amiga que me queda.

—Bueno, vamos a ver a ese milagro antes de que me dé un infarto. Pasa a la mesa de exploración… bueno, a la mesa donde operan a los Gran Danés. Está limpia, lo juro.

Beatriz se acostó en la mesa de metal frío. Jin Wu le sostuvo la mano. Sofía sacó un ecógrafo portátil que había traído en su maleta.

—Estás de 9 semanas según mis cuentas —dijo Sofía, aplicando el gel—. Vamos a ver…

La imagen apareció en la pantalla pequeña del portátil.

Sofía frunció el ceño. Ajustó la perilla. Movió el transductor.

—Qué raro… —murmuró.

—¿Qué pasa? —preguntó Jin Wu, tensándose—. ¿Está bien?

—Está… demasiado bien. Beatriz, mira esto.

En la pantalla se veía claramente al feto. Pero había algo más.

—El tamaño corresponde a un feto de 14 semanas —dijo Sofía, atónita—. Ha crecido casi el doble de rápido de lo normal en estos últimos días.

—¿Eso es malo? —preguntó Beatriz, asustada.

—No lo sé. Sus órganos se ven formados. El corazón late fuerte. Pero hay algo más…

Sofía movió el aparato hacia un lado. Apareció otra mancha. Otro latido.

Pum-pum. Pum-pum.

Beatriz dejó de respirar. Jin Wu apretó su mano hasta casi lastimarla.

—¿Son dos? —preguntó Jin Wu en un susurro.

—Son dos —confirmó Sofía, con la voz temblorosa de emoción científica—. Gemelos. Mellizos, parece, porque están en sacos separados.

Beatriz empezó a reír y a llorar al mismo tiempo. —¿Dos? ¿A los 65 años? Dios mío, Sofía, voy a explotar.

—Beatriz, hay algo más que necesito decirte. Tomé una muestra de tu sangre la última vez, ¿recuerdas? La mandé analizar a un laboratorio privado en Estados Unidos bajo un nombre falso, para que no te rastrearan. Los resultados me llegaron ayer por email.

Sofía dejó el transductor y miró a su amiga con una seriedad absoluta.

—Tus telómeros.

—¿Mis qué?

—Los telómeros. Son las tapas de tus cromosomas. Se acortan conforme envejecemos. Una mujer de 65 años tiene telómeros cortos. Los tuyos… Beatriz, tus telómeros se han alargado. Tienen la longitud de una mujer de 35 años.

—¿Qué significa eso en español? —preguntó Jin Wu.

—Significa que Beatriz no solo está gestando vida. Su cuerpo está… retrocediendo. Está rejuveneciendo biológicamente. El embarazo ha activado algún mecanismo celular latente, probablemente células madre, que está reparando sus tejidos a una velocidad imposible.

Beatriz se tocó la cara. Recordó la falta de dolor en las articulaciones. La energía repentina. La piel más firme.

—¿Me estás diciendo que el embarazo me está haciendo… joven?

—Te estoy diciendo que eres un enigma médico que podría ganar el Premio Nobel. Tu cuerpo se está comiendo sus propios años para darle fuerza a esos bebés. Si esto sigue así… para cuando des a luz, biológicamente podrías tener 40 o 45 años.

Jin Wu miró a Beatriz como si fuera una diosa o un extraterrestre.

—Mi madre solía decir que los hijos te chupan la vida —dijo Beatriz, aturdida—. Al parecer, los míos me la están devolviendo.

—Pero esto tiene un costo calórico brutal —advirtió Sofía—. Necesitas comer. Mucho. Proteínas, calcio, hierro. Tu cuerpo está trabajando a marchas forzadas. Si no te alimentas, te consumirás.

—Comeré —prometió Beatriz—. Comeré como una leona.


Salieron de la clínica con la cabeza dando vueltas. Gemelos. Rejuvenecimiento. Un ejército de Iztapalapa. La vida de Beatriz Mondragón se había convertido en una novela de ciencia ficción escrita por un narco.

Pero la realidad volvió a llamar.

El teléfono de Beatriz sonó. Era Carlos.

—Tía, no cuelgues. Estoy en el baño de la casa. Mi mamá… mi mamá está loca.

—¿Qué pasa, Carlos?

—Está reunida con unos abogados y con un tipo… un tipo raro. Asiático. Hablan en inglés.

Jin Wu le arrebató el teléfono a Beatriz.

—Carlos, soy Jin Wu. Descríbeme al tipo.

—Alto. Muy flaco. Cicatriz en la ceja izquierda. Trae un traje gris brillante. Se llama… Min algo.

—Min-jae —dijo Jin Wu, sintiendo un frío en el estómago—. Está en tu casa. En la mansión.

—Sí. Le está ofreciendo a mi mamá desbloquear las cuentas si ella le dice dónde estás. Mi mamá le dijo que no sabe, pero que tiene un rastreador en tu camioneta. El GPS de la aseguradora.

—¡Mierda! —gritó Jin Wu.

Frenó la camioneta en seco, derrapando en el camino de tierra de Xochimilco.

—¿Qué pasa? —gritó Beatriz.

—Tienen nuestra ubicación. El GPS de la camioneta. No lo desactivé. Pensé que como era viejo no servía, pero si Catalina tiene acceso a la cuenta de la aseguradora…

Jin Wu miró el tablero. Luego miró a su alrededor. Estaban en medio de la nada, entre canales y viveros.

—Tenemos que abandonar la camioneta. Ya. Vienen para acá.

—Pero no podemos caminar, estoy embarazada de gemelos, Jin Wu. Y estamos a kilómetros de cualquier lugar seguro.

En ese momento, se escuchó un zumbido. Lejano al principio, luego más fuerte. Como un enjambre de abejas mecánicas.

Jin Wu miró al cielo.

—Drones —dijo.

Dos puntos negros bajaban rápidamente desde las nubes.

—¡Salgan del auto! —ordenó Jin Wu.

Empujó a Beatriz fuera de la camioneta y la arrastró hacia una zanja de riego llena de lodo.

—¡Métete ahí!

—¡Es lodo podrido! —protestó Beatriz.

—¡Es cobertura térmica! ¡Métete!

Apenas se cubrieron con el lodo frío y apestoso, la camioneta explotó.

No fue un misil. Fue un dron suicida cargado de explosivos C4. La explosión convirtió el Mercedes blindado en una bola de fuego retorcida. La onda expansiva sacudió los árboles cercanos y llenó el aire de humo negro y olor a gasolina.

Beatriz gritó, cubriéndose la cabeza. Jin Wu la cubrió con su cuerpo.

—Están aquí —dijo él al oído de Beatriz—. Min-jae no vino a negociar. Vino a ejecutar.

Esperaron en el lodo. El segundo dron sobrevoló la zona, zumbando, buscando señales de calor. Pero el fuego de la camioneta y el lodo frío sobre sus cuerpos los ocultaban.

Después de unos minutos que parecieron horas, el segundo dron se alejó.

Beatriz temblaba incontrolablemente. Estaba cubierta de barro negro, olía a pantano y sus oídos zumbaban.

—Casi nos matan —susurró—. Otra vez.

Jin Wu se levantó lentamente, verificando que no hubiera más amenazas en el cielo. Ayudó a Beatriz a levantarse. Ella parecía una estatua de barro, una figura primordial surgida de la tierra.

—Perdimos el transporte. Perdimos la ropa. Pero estamos vivos —dijo Jin Wu.

Beatriz se limpió el lodo de los ojos. Miró los restos humeantes de su camioneta. Luego miró hacia el horizonte, donde la Ciudad de México se extendía indiferente.

Algo cambió en su mirada. Ya no había miedo. Había una frialdad absoluta. La misma frialdad con la que cerraba tratos millonarios, pero afilada por el instinto maternal.

—Se acabó la huida, Jin Wu —dijo Beatriz. Su voz era grave, potente—. Min-jae destruyó mi coche. Catalina me robó mi casa. Intentaron matar a mis hijos.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Jin Wu, sorprendido por la intensidad de su esposa.

—Vamos a llamar a Plutarco. Que traiga a sus muchachos. Y vamos a ir a mi casa.

—Es una fortaleza, Beatriz. Y Min-jae está ahí con sus hombres. Es un suicidio.

—Es mi casa. Y nadie saca a Beatriz Mondragón de su casa dos veces. Además… —se tocó el vientre, donde dos corazones latían al unísono con el suyo—. Tengo hambre. Y quiero cenar en mi comedor.

Jin Wu la miró y, por primera vez, sintió miedo. No por ella, sino por cualquiera que se atreviera a cruzarse en su camino. La transformación había comenzado. La Beatriz vieja y cansada estaba muriendo, y la nueva Beatriz, rejuvenecida y furiosa, estaba tomando el control.

Caminaron hacia la carretera principal para buscar un teléfono, dos figuras cubiertas de barro caminando bajo el sol, listos para incendiar el mundo.


En la mansión de Las Lomas, Catalina brindaba con champaña (de la reserva de Beatriz) con Min-jae.

—Por las sociedades fructíferas —dijo Catalina, sonriendo con sus dientes falsos—. Con la camioneta destruida, seguro están muertos o malheridos. Pronto podremos proceder con la transferencia de activos.

Min-jae bebió un sorbo de té verde que había exigido.

—No celebre todavía, señora Catalina. Jin Wu es difícil de matar. Y su hermana… esa mujer tiene algo. Una energía extraña.

—Bah, es una vieja inútil. Sin mí no es nada.

En ese momento, el gran espejo de la sala, un espejo antiguo que había pertenecido a la abuela de Beatriz, se rompió sin razón aparente. Una grieta recorrió el cristal de arriba a abajo con un chasquido fuerte.

Catalina dio un salto, derramando la champaña.

—¿Qué fue eso?

Min-jae miró el espejo roto. En Corea, eso era un presagio de muerte inminente. O de cambio violento.

—Creo —dijo el mafioso, ajustándose los puños de la camisa—, que acabamos de despertar algo que no debíamos.

CAPÍTULO 6: LA BATALLA DE LAS LOMAS

La noche cayó sobre la Ciudad de México como un manto pesado, ocultando las cicatrices del día bajo luces de neón y farolas amarillentas. Pero en una bodega clandestina en Iztapalapa, no había descanso.

Beatriz Mondragón se miraba en un espejo roto colgado sobre un lavabo industrial manchado de óxido. Se había quitado el lodo de Xochimilco con una manguera de agua fría y jabón zote. No tenía su maquillaje de diseñador, ni sus trajes de seda, ni sus joyas. Llevaba unos pantalones de mezclilla dos tallas más grandes que le había prestado la esposa de Plutarco y una camisa de franela a cuadros.

Y sin embargo, al mirarse, no vio a una anciana derrotada. Vio a una desconocida.

Las arrugas profundas alrededor de sus ojos, esas “patas de gallo” que ni el botox había podido borrar del todo en los últimos años, se habían suavizado drásticamente. Su piel, usualmente delgada como papel de arroz, tenía un brillo rosado y una elasticidad que recordaba a sus cuarenta años. Incluso su cabello, ese blanco plateado inmaculado que era su sello distintivo, parecía tener más volumen, más vida.

—Maldita sea —susurró, tocándose el rostro—. Sofía tenía razón. Me estoy convirtiendo en Benjamin Button.

—Jefa, ¿está lista? —la voz de Plutarco retumbó desde la puerta de la bodega.

Beatriz se giró. —Estoy lista, Plutarco. ¿Dónde está mi marido?

Le salió natural. “Marido”. Aunque no habían firmado papeles, después de sobrevivir a drones y sicarios, Jin Wu era más esposo que los dos inútiles con los que se había casado por la iglesia.

Salió al patio de maniobras. Lo que vio la hizo sonreír con una ferocidad que asustó a uno de los “halcones” cercanos.

No era un ejército militar. Era algo peor. Era el barrio organizado.

Había treinta motocicletas de cilindraje bajo pero modificadas para hacer ruido y correr rápido. Había cinco taxis “piratas” (sin placas) llenos de hombres con bates, cadenas y algunas armas cortas que habían visto mejores días. Y al frente, como ariete de asedio, un camión de volteo viejo, de esos que recogen escombro, con una defensa de acero reforzada.

Jin Wu estaba dando instrucciones a un grupo de jóvenes. Llevaba una playera negra ajustada y un chaleco antibalas que Plutarco le había conseguido. Se veía letal.

—Escuchen bien —decía Jin Wu en su español acentuado pero firme—. Los hombres que están dentro de esa casa son profesionales. Tienen entrenamiento militar. Si intentan dispararles desde lejos, van a perder. Tienen que abrumarlos. Acortar la distancia. Usen el ruido. Usen el caos. El miedo es su mejor arma. Ellos esperan un equipo táctico silencioso. Vamos a darles una revuelta.

Plutarco se acercó a Beatriz.

—Doña, mis muchachos están listos. Pero le advierto… Las Lomas es zona federal para nosotros. Si entra la policía…

—La policía no va a entrar —dijo Beatriz con frialdad—. El Comandante de la zona recibe un aguinaldo muy generoso de mi parte cada Navidad. Ya le mandé un mensaje desde un teléfono prestado: “Simulacro de seguridad privada en mi domicilio. No intervenir”. Nos dará una ventana de treinta minutos antes de verse obligado a mandar patrullas por las quejas de los vecinos.

—Treinta minutos para tomar un castillo —dijo Plutarco, tronándose los nudillos—. Me gusta.

—No quiero muertos si se puede evitar, Plutarco. Pero quiero mi casa de vuelta. Y quiero a mi hermana fuera.

—¿Y al coreano malo?

Beatriz miró a Jin Wu, que estaba cargando un cargador en una pistola Glock que había conseguido en el mercado negro local.

—Ese es de Jin Wu.


La caravana cruzó la ciudad como una serpiente de metal y furia. Al entrar a las zonas ricas, el contraste era violento. Las mansiones de Las Lomas dormían en un silencio sepulcral, protegidas por muros altos y cercas electrificadas. Era un mundo de paz comprada.

Y ellos eran el ruido que venía a romperla.

Faltando dos calles para la mansión Mondragón, Jin Wu detuvo la columna. Se bajó de la moto en la que iba de copiloto y se subió al estribo del camión de volteo, donde iba Beatriz.

—Quédate en el camión hasta que el perímetro esté seguro —le ordenó—. Min-jae estará en el centro de mando, probablemente tu despacho.

—Es mi casa, Jin Wu. Voy a entrar por la puerta principal.

—Entrarás cuando yo haya despejado el camino. Piensa en los gemelos.

Beatriz asintió, tocándose el vientre. —Cuídate, gánster.

Jin Wu golpeó el techo del camión. —¡Ahora!

El conductor del camión de volteo pisó el acelerador a fondo. El motor diésel rugió, escupiendo humo negro. Detrás de ellos, treinta motocicletas encendieron sus motores al mismo tiempo, creando un estruendo que hizo ladrar a todos los perros de la colonia.

La mansión Mondragón apareció al final de la calle. El portón de hierro forjado, una obra de arte que había costado veinte mil dólares, estaba cerrado. Había dos hombres de traje oscuro (coreanos de la facción de Min-jae) haciendo guardia afuera.

Al ver venir el camión a toda velocidad, los guardias no dispararon. Corrieron.

—¡Agárrense! —gritó el chofer.

CRAAAASH.

El impacto fue brutal. El camión de volteo embistió el portón como si fuera de papel maché. El hierro se retorció, las bisagras volaron y el camión entró al patio principal arrastrando una de las hojas del portón bajo las ruedas.

Inmediatamente, el enjambre de motos entró detrás, derrapando en la grava inmaculada, girando en círculos alrededor de la fuente central, acelerando los motores para crear confusión.

Las luces de la mansión se encendieron.

Desde el balcón del segundo piso, empezaron los disparos. Pum-pum-pum. Fuego supresor profesional. Min-jae tenía hombres arriba.

—¡Al suelo! —gritó Plutarco, cubriéndose detrás de una estatua de mármol.

Sus hombres respondieron. No con precisión, sino con volumen. Disparos al aire, piedras, cócteles molotov caseros que estallaron en el césped, iluminando el jardín con fuego anaranjado.

Jin Wu no se unió al tiroteo general. Aprovechó el caos. Mientras los hombres de Min-jae se concentraban en la turba ruidosa en la entrada principal, él corrió hacia el costado de la casa, hacia la entrada de servicio que sabía que tenía un punto ciego en las cámaras (porque él mismo se lo había señalado a Beatriz días antes).

Escaló la enredadera de bugambilias con una agilidad sorprendente para un hombre de traje. Rompió una ventana del primer piso con el codo y entró rodando.

Estaba dentro.

La casa olía a pánico y a perfume caro. Escuchó gritos en español y coreano.

Avanzó por el pasillo hacia la sala principal. Un sicario coreano salió de la cocina con una subametralladora Uzi.

Jin Wu no se detuvo. Se deslizó por el suelo de mármol pulido, esquivando la ráfaga que destrozó un jarrón Ming. Disparó dos veces desde el suelo. Doble tap. Pecho y cabeza. El sicario cayó.

Jin Wu se levantó y siguió corriendo. Su objetivo no era matar a todos. Era cortar la cabeza de la serpiente.


En el despacho de Beatriz, Catalina estaba histérica.

—¡¿Qué está pasando?! —chillaba, aferrada a su copa de champaña como si fuera un salvavidas—. ¡Dijiste que tenías seguridad! ¡Parece que estamos en Irak!

Min-jae estaba de pie frente a la ventana blindada, mirando el caos afuera. Su rostro era una máscara de furia fría.

—Son salvajes —murmuró—. Trajo una pandilla callejera. Qué vulgar.

—¡Haz algo! —gritó Catalina—. ¡Llama a la policía!

—Ya cortaron las líneas telefónicas, y están usando inhibidores de señal celular. Tu hermana aprendió rápido. —Min-jae se giró hacia ella, sacando una pistola plateada de su saco—. Señora Catalina, su utilidad ha terminado.

Catalina palideció. —¿Qué?

—Necesito una salida. Y usted es mi único rehén valioso. O al menos, un escudo humano aceptable.

La agarró del brazo con fuerza y la arrastró hacia la puerta.

—¡Suéltame! ¡Soy la dueña de esta casa! —gritó Catalina, pataleando.

—Usted no es dueña de nada. Usted es una vieja avariciosa que jugó un juego que no entendía.

Min-jae abrió la puerta del despacho y se encontró de frente con Carlos.

El sobrino “inútil” estaba parado allí, temblando, sosteniendo un palo de golf (un hierro 7) como si fuera una espada. Había estado escondido en el baño de visitas todo el tiempo, enviando información, pero al oír los gritos de su madre, había salido.

—Suelta a mi mamá —dijo Carlos, con la voz quebrada.

Min-jae sonrió. —Ah, el hijo idiota. Quítate de en medio.

Apuntó la pistola a la cabeza de Carlos.

—¡No! —gritó Catalina.

En ese instante, una sombra cayó sobre ellos desde la escalera de caracol que daba al segundo piso.

Jin Wu saltó desde la barandilla, cayendo sobre Min-jae como un tigre. El impacto tiró la pistola lejos. Ambos hombres rodaron por el suelo alfombrado, golpeándose con una violencia técnica y brutal.

Era Judo contra Krav Maga. Pasado contra presente.

Min-jae era más joven, pero Jin Wu peleaba por algo más que poder. Peleaba por su familia.

Min-jae logró sacar un cuchillo táctico de su bota. Lanzó un tajo que cortó la manga de Jin Wu y le hizo un corte superficial en el antebrazo.

—¡Viejo inútil! —gruñó Min-jae—. ¡Deberías haberte quedado estéril y solo!

Jin Wu bloqueó el siguiente ataque, agarró la muñeca de Min-jae y la torció con un crujido seco. Min-jae gritó. Jin Wu aprovechó el momento para darle un cabezazo en la nariz, rompiéndosela.

Min-jae cayó aturdido. Jin Wu lo inmovilizó, presionando su rodilla contra la garganta del traidor.

—Tal vez sea viejo —jadeó Jin Wu, con sangre en la cara—. Pero soy el padre de los hijos de Beatriz Mondragón. Y eso me hace inmortal, imbécil.

Carlos corrió a recoger la pistola de Min-jae y se quedó apuntando al suelo, temblando. Catalina estaba en un rincón, llorando y arreglándose el cabello despeinado.

El ruido afuera empezó a disminuir. Los hombres de Plutarco habían tomado el control del jardín. Los sicarios de Min-jae, superados en número y sin líder, se estaban rindiendo o huyendo por la barda trasera.

La puerta principal de la mansión se abrió de par en par.

Y entró Ella.

Beatriz Mondragón cruzó el umbral. No llevaba armas. Caminaba con la seguridad de una emperatriz entrando a su palacio después de una conquista. Sus botas de trabajo manchadas de lodo resonaban en el mármol.

Los hombres de Plutarco, que habían entrado detrás de ella, se quedaron en el vestíbulo, respetuosos.

Beatriz caminó hasta el pasillo donde Jin Wu mantenía sometido a Min-jae. Miró a Carlos, que bajó el arma. Miró a Jin Wu, y le dedicó una leve sonrisa de alivio.

Y luego, miró a Catalina.

Catalina levantó la vista. Iba a empezar a gritar, a reclamar, a hacerse la víctima. Pero las palabras se le murieron en la garganta.

Sus ojos se abrieron como platos. Se quedó mirando a su hermana gemela.

—¿Qué… qué te hiciste? —susurró Catalina.

Bajo la luz cruda del pasillo, la diferencia era innegable, casi obscena. Catalina se veía de 70 años, demacrada por el estrés, con la piel flácida y el cuello arrugado. Beatriz… Beatriz parecía su hija. O su hermana menor por veinte años.

Su piel brillaba. Su postura era recta, sin la ligera joroba de la edad. Sus ojos tenían una claridad juvenil.

—¿Te operaste? —balbuceó Catalina—. ¿Te hiciste un lifting? ¡Es imposible! ¡Hace tres días eras una vieja como yo!

Beatriz se acercó a ella.

—No es cirugía, Catalina. Es vida. —Beatriz se puso la mano en el vientre—. Mis hijos me están devolviendo lo que tú y tu envidia me quitaron durante años. Me están dando tiempo.

—¡Bruja! —chilló Catalina, retrocediendo con horror—. ¡Eso es cosa del diablo! ¡Estás haciendo magia negra!

—Es biología, estúpida. Pero no espero que lo entiendas. —Beatriz se giró hacia Plutarco, que acababa de llegar con dos de sus tenientes—. Plutarco, saca a esta mujer de mi casa.

—¡No puedes echarme! —gritó Catalina—. ¡Voy a llamar a la prensa! ¡Les voy a decir que mataste gente aquí!

Beatriz se inclinó hacia ella, tan cerca que Catalina pudo oler el humo y la tierra en su ropa.

—Diles. Diles lo que quieras. Diles que rejuvenecí veinte años. Diles que mi marido coreano acabó con un comando armado. ¿Quién te va a creer, Catalina? Ya empezaste la narrativa de que estoy loca. Ahora, la loca vas a parecer tú. “Mi hermana de 65 años se ve de 40 por magia”. Te van a encerrar en un psiquiátrico.

Catalina se dio cuenta de la trampa en la que había caído. Su propia mentira se había convertido en su prisión.

—Sáquenla —ordenó Beatriz.

Dos hombres de Plutarco agarraron a Catalina por los brazos. Ella pataleó y gritó mientras la arrastraban hacia la salida, pasando por encima de los escombros del portón.

Carlos se quedó parado, mirando al suelo.

—¿Y tú? —preguntó Beatriz.

Carlos levantó la vista. Tenía lágrimas en los ojos. —Yo… yo defendí a mi mamá, tía. Pero… no quería que te pasara nada. Lo del veneno… yo te avisé.

Beatriz suspiró. Estaba cansada. La adrenalina empezaba a bajar y el hambre de los gemelos regresaba con fuerza.

—Te avisé, tía —repitió Carlos, esperando ser echado también.

—Lo sé. —Beatriz miró el palo de golf en el suelo y la pistola que Carlos había sostenido—. Tienes agallas, muchacho. Pocas, y tarde, pero las tienes. Te puedes quedar. Pero vas a trabajar. Se acabaron las tarjetas de crédito y los antros. Vas a empezar en el almacén de la fábrica. Cargando cajas. ¿Entendido?

—Sí, tía. Gracias, tía. —Carlos asintió fervientemente, aliviado de no tener que irse con su madre enloquecida.

Beatriz se volvió hacia Jin Wu, que ya había entregado a Min-jae a los hombres de Plutarco para que lo “llevaran a dar un paseo” (lo cual significaba entregarlo a las autoridades federales con un moño de regalo y evidencia anónima, o quizás algo más oscuro, Beatriz prefirió no preguntar).

Jin Wu se limpió la sangre del labio.

—Bienvenida a casa, señora Park —dijo él, usando el apellido por primera vez.

Beatriz sonrió y se dejó caer en sus brazos.

—Cállate y bésame, mafioso. Y luego consígueme unos tacos, que tus hijos tienen hambre.


La calma después de la batalla fue surrealista.

Plutarco y sus hombres se retiraron antes de que llegara la policía “real”, llevándose a los heridos y limpiando lo más grueso del desastre. Don Anselmo, que había sobrevivido escondido en la caseta de vigilancia, retomó el control de la seguridad, ahora reforzado por cinco hombres de confianza que Plutarco dejó “prestados” indefinidamente.

Beatriz y Jin Wu se sentaron en la cocina. Doña Mari, que había estado rezando el rosario en la despensa durante el tiroteo, salió temblando pero decidida a alimentar a su patrona. Les sirvió quesadillas y chocolate caliente.

Beatriz comió con una voracidad que asustó a Jin Wu. Tres, cuatro, cinco quesadillas.

—El doctor dijo que necesito calorías —se justificó ella con la boca llena.

Jin Wu la observaba. Ya no veía a la mujer mayor que había conocido en el restaurante. Veía a alguien atemporal. El cambio físico era acelerado. En solo unas horas de estrés extremo, sus rasgos se habían afilado y rejuvenecido más.

—Beatriz —dijo él suavemente—. Tu cabello.

—¿Qué tiene?

—Las raíces.

Beatriz fue a un espejo pequeño que había en la cocina. Se miró las raíces del cabello.

Donde antes nacía pelo blanco como la nieve, ahora estaba brotando una línea oscura. Negro azabache. Su color natural de cuando tenía veinte años.

Beatriz soltó el pedazo de quesadilla.

—Dios mío… no solo me veo más joven. Me estoy… revirtiendo.

—¿Hasta dónde va a llegar? —preguntó Jin Wu, con un tinte de preocupación—. Si sigues así…

—¿Qué? ¿Voy a terminar siendo una adolescente con dos bebés?

—No lo sé. Pero el mundo se va a dar cuenta. Catalina tenía razón en una cosa: esto no se puede esconder.

—No lo vamos a esconder —decidió Beatriz. La energía nueva corría por sus venas como electricidad—. Vamos a usarlo. Mañana voy a convocar a una rueda de prensa.

—¿Estás segura? Min-jae está fuera de juego, pero su organización en Corea… y el gobierno mexicano… te van a querer estudiar como a una rata de laboratorio.

—Que lo intenten. —Beatriz tomó la mano de Jin Wu y la puso sobre su vientre. Los gemelos se movieron. Una patada fuerte, decidida—. Sobrevivimos a un asalto armado. Sobrevivimos a un intento de envenenamiento. Sobrevivimos a la traición. El mundo no está listo para nosotros, Jin Wu. Pero nosotros estamos listos para el mundo.


Al día siguiente, la conferencia de prensa fue en el jardín de la mansión, frente a los restos del portón destruido que Beatriz se negó a reparar inmediatamente (“Que vean las cicatrices”, dijo).

Había medios de todo el mundo. CNN, BBC, Televisa, Al Jazeera. El escándalo de los videos de Catalina había atraído la atención, pero el rumor de la balacera había traído el morbo internacional.

Beatriz salió al podio. Llevaba un vestido ajustado que mostraba su embarazo incipiente (que ya parecía de cinco meses por el crecimiento acelerado de los gemelos). No llevaba maquillaje. Su pelo blanco con raíces negras estaba suelto. Su piel brillaba bajo el sol.

A su lado, Jin Wu, con un traje impecable pero con un brazo en cabestrillo, la miraba con orgullo.

Los periodistas se quedaron mudos. Esperaban ver a una anciana frágil y senil. Veían a una mujer que irradiaba una vitalidad nuclear.

—Buenos días —dijo Beatriz. Su voz no temblaba. Sonaba potente, joven—. Soy Beatriz Mondragón. Tengo 65 años. Estoy embarazada de gemelos. Y el hombre a mi lado es su padre.

Los flashes estallaron.

—Se han dicho muchas mentiras sobre mí. Que estoy loca. Que estoy secuestrada. La verdad es más simple y más aterradora: La vida se abre camino. —Miró a las cámaras, desafiante—. A todos los que apostaron en mi contra, a mi hermana que intentó destruirme, y a los médicos que dijeron que era imposible, les tengo una noticia: Apenas estamos empezando.

En ese momento, en algún lugar de una celda federal, Min-jae veía la transmisión en una pequeña televisión. Y por primera vez, sintió verdadero miedo. No por la cárcel. Sino porque se dio cuenta de que no había peleado contra una mujer y un gánster. Había peleado contra una fuerza de la naturaleza.

Y la naturaleza siempre gana.

Beatriz terminó su discurso y se giró para besar a Jin Wu frente a las cámaras del mundo. Fue un beso de película, pero también una declaración de guerra.

Mientras se alejaban del podio, Beatriz sintió un pinchazo agudo en el vientre. Se detuvo.

—¿Beatriz? —preguntó Jin Wu.

—Están creciendo —susurró ella, sintiendo cómo sus costillas se expandían literalmente para hacer espacio—. Rápido. Muy rápido.

La Dra. Sofía, que estaba entre el público, miró el reloj. Habían pasado solo 24 horas desde la última revisión, y el vientre de Beatriz había crecido dos centímetros más.

El milagro no era un evento estático. Era una aceleración. Y nadie, ni siquiera Beatriz, sabía si su cuerpo podría aguantar la velocidad de lo que venía.

CAPÍTULO 7: LA CIENCIA DE LO IMPOSIBLE Y EL CULTO A LA MADRE

El mundo no estaba preparado para Beatriz Mondragón.

Veinticuatro horas después de la conferencia de prensa en el jardín de su mansión, el planeta entero había perdido la cabeza. No era una exageración. Los servidores de Twitter (ahora X) se cayeron dos veces en México. En TikTok, el hashtag #LaAbuelaBenjaminButton tenía tres mil millones de visualizaciones.

La imagen de Beatriz, con su cabello de raíces negras creciendo furiosamente bajo el blanco, su piel luminosa y su vientre desafiante, estaba en todas partes. Desde las pantallas gigantes de Times Square en Nueva York hasta los puestos de periódicos en Iztapalapa.

Pero la fama viral es una bestia de dos cabezas. Por un lado, estaba la adoración. Miles de mujeres alrededor del mundo veían en Beatriz una santa patrona de la esperanza, la prueba viviente de que nunca es tarde. Por otro lado, estaba el miedo. Y la envidia. Y la codicia.

La mansión de Las Lomas se había convertido en una fortaleza asediada, no por sicarios, sino por peregrinos.

—¡Señora Beatriz! ¡Solo quiero tocarla! —gritaba una mujer desde la reja exterior, sosteniendo a un niño enfermo en brazos—. ¡Por favor, cúrelo!

—¡Es una señal del Apocalipsis! —gritaba un hombre con un megáfono y una Biblia a unos metros de distancia—. ¡La ramera de Babilonia ha rejuvenecido para engañar a los justos!

Jin Wu miraba la escena desde los monitores de seguridad en la cocina. El nuevo portón de acero reforzado (instalado de urgencia por el equipo de Plutarco) resistía la presión de la multitud, pero la situación era insostenible.

—Tenemos un circo allá afuera —dijo Jin Wu, tomando un sorbo de café—. Hay gente enferma, fanáticos religiosos, youtubers y… creo que vi a un tipo vendiendo tacos de canasta en medio del tumulto. Al menos la economía local está prosperando.

Beatriz estaba sentada a la mesa, devorando su tercer bistec del día. Eran las 10 de la mañana.

—Que vendan lo que quieran, mientras no entren —dijo ella, cortando la carne con ferocidad.

Se miró las manos. Las manchas de la edad habían desaparecido por completo anoche. Su piel tenía la firmeza elástica de una mujer de cuarenta años. Se había levantado esa mañana y, al mirarse al espejo, había gritado. No de horror, sino de desconcierto. La cara que la miraba no era la de la anciana que había sido durante dos décadas. Era la cara de su boda con su primer marido.

—Jin Wu… —dijo ella, dejando el tenedor—. Esto va muy rápido. Demasiado rápido.

—Los doctores están llegando. Los metimos por la entrada de servicio en una camioneta de lavandería para evitar a la prensa.

En ese momento, la Dra. Sofía Medina entró a la cocina, seguida por un séquito que parecía sacado de una película de ciencia ficción. Había dos hombres y una mujer, todos con batas blancas y maletines metálicos.

—Beatriz —dijo Sofía, que parecía no haber dormido en tres días—. Te presento al equipo. El Dr. Alberto Rivas, genetista de la UNAM. Y la Dra. Elizabeth Morrison, jefa de investigación celular de Stanford. Ella voló anoche en cuanto vio tus análisis de sangre.

La Dra. Morrison, una mujer estadounidense de aspecto severo, miró a Beatriz como si estuviera viendo un unicornio.

—Señora Mondragón —dijo Morrison en un español acentuado—, he dedicado treinta años a estudiar el envejecimiento celular. Lo que sus marcadores indican es… teóricamente imposible.

—Bienvenida a mi vida, doctora. Siéntese. ¿Quiere un taco? —ofreció Beatriz.

—No, gracias. Necesitamos muestras. Sangre, tejido, saliva, orina. Necesitamos monitorear a los fetos. Si la tasa de crecimiento que Sofía me describió es real…

—Es real —interrumpió Beatriz—. Ayer me quedaban estos pantalones. Hoy no me cierran. Y no es solo grasa. Siento cómo se mueven. Tienen fuerza.

Transformaron la biblioteca de la mansión en un hospital de alta tecnología. Jin Wu pagó por todo el equipo: ecógrafos 4D, centrífugas, monitores fetales de última generación. No iban a ir a ningún hospital público ni privado. El riesgo de secuestro o de filtración era demasiado alto.

Beatriz se acostó en la camilla improvisada. La Dra. Morrison aplicó el gel.

Cuando la imagen apareció en el monitor gigante, hubo un silencio colectivo en la sala.

—Dios mío —susurró el genetista de la UNAM.

Los gemelos no parecían fetos de 10 semanas. Parecían bebés de 20 semanas. Estaban formados, activos y succionándose el dedo.

—Su desarrollo es acelerado —dijo Morrison, tecleando furiosamente en su laptop—. Al ritmo actual… Señora Mondragón, usted no va a llegar a los 9 meses.

—¿Cuánto tiempo tengo? —preguntó Beatriz, sintiendo que el miedo le enfriaba la sangre recién rejuvenecida.

—A este ritmo exponencial… tal vez ocho semanas más. Dará a luz en el equivalente a su quinto mes, pero los bebés serán de término completo.

—¿Cinco meses? —Beatriz miró a Jin Wu—. Eso es… eso es muy pronto.

—Hay algo más —dijo Sofía, interviniendo—. Beatriz, tu rejuvenecimiento no es gratis.

—¿Qué quieres decir?

—La energía no se crea ni se destruye, solo se transforma. Tus bebés están consumiendo una cantidad astronómica de recursos para crecer así de rápido. Y tu cuerpo está consumiendo aún más para repararse a sí mismo. Literalmente te estás canibalizando para alimentarlos a ellos y a tu propia juventud.

—Por eso tengo tanta hambre.

—Si no mantenemos tu ingesta calórica en 6,000 o 7,000 calorías diarias, vas a entrar en colapso metabólico. Tu corazón podría fallar. Tu cuerpo empezará a consumir tus propios músculos y huesos. Tienes que comer, Beatriz. Tienes que comer como si fueras un atleta olímpico.

Beatriz asintió. —Comeré. Lo que sea necesario.

Pero la Dra. Morrison la miraba con una expresión extraña.

—Hay otra cosa, señora Mondragón. Sus telómeros.

—¿Qué pasa con ellos?

—Se están alargando más allá de su límite biológico original. Usted no solo está volviendo a su edad adulta. Si esto sigue… sus células podrían empezar a comportarse como células embrionarias. Podría… bueno, no sabemos dónde se detiene.

—¿Me voy a convertir en un bebé? —preguntó Beatriz, medio en broma, medio aterrada.

—No. Pero podría volverse biológicamente inmortal. O desarrollar un cáncer fulminante en cuestión de horas. Estamos caminando sobre la cuerda floja sin red.


Mientras la ciencia intentaba explicar lo inexplicable dentro de la mansión, afuera, la fe estaba creando su propia narrativa.

El “Culto a la Madre” nació orgánicamente en las redes sociales, pero se materializó en la banqueta de Las Lomas. La gente empezó a dejar ofrendas en el portón destrozado. Veladoras, flores, ropa de bebé, cartas pidiendo milagros.

Jin Wu salió a inspeccionar la seguridad con Plutarco. El contraste entre el coreano de traje táctico y el mexicano de guayabera era cómico, pero su eficiencia era letal.

—Jefe —dijo Plutarco, señalando a la multitud—, esto se está poniendo feo. Ya no son solo curiosos. Llegaron unos tipos raros. Mire allá.

Señaló una camioneta negra estacionada a dos cuadras, con vidrios polarizados. No eran periodistas.

—¿Narcos? —preguntó Jin Wu.

—Peor. Farmacéuticas. O gente que trafica con órganos. Se corrió la voz de que la sangre de la Patrona cura el cáncer o te hace joven. En el mercado negro ya están ofreciendo millones por un vial de su sangre.

Jin Wu sintió una oleada de asco y furia. Querían convertir a su mujer y a sus hijos en mercancía.

—Nadie entra. Nadie sale. Si alguien intenta saltar la barda, disparan a las piernas.

—Entendido, coreano. Pero hay otro problema.

—¿Cuál?

—La comida. Doña Beatriz tiene que comer como bestia, ¿no? Pero no podemos meter los camiones de abasto sin que la gente intente saquearlos pensando que llevan “comida bendita” o alguna estupidez.

—Usaremos el túnel —dijo Jin Wu.

—¿Qué túnel?

—Beatriz me dijo que esta casa se construyó en los 80s, cuando los secuestros estaban de moda. Hay un túnel de escape que sale a tres calles, en una casa que también es propiedad de ella. Lo habilitaremos para meter suministros.

En ese momento, un grito se escuchó entre la multitud. Una mujer joven había logrado saltar la valla de seguridad perimetral antes de que los guardias la vieran. Corría hacia la casa, con los ojos desorbitados, sosteniendo una jeringa vacía.

—¡Solo un poco! —gritaba la mujer—. ¡Solo un poco de sangre! ¡Mi mamá se muere!

Jin Wu reaccionó por instinto. Corrió, interceptó a la mujer antes de que llegara al pórtico y la derribó con una llave suave pero firme.

La mujer lloraba histéricamente. —¡Por favor! ¡Ella tiene el milagro! ¡No sea egoísta!

Jin Wu la miró. Vio la desesperación absoluta en sus ojos. No era una asesina. Era una hija aterrorizada. Igual que él había sido un hombre aterrorizado.

—Lo siento —dijo él en español, levantándola—. Pero no es medicina. Es mi familia.

La entregó a los guardias de Plutarco para que la sacaran por la puerta lateral. Pero el incidente lo dejó temblando. Si una mujer desesperada podía casi llegar a la puerta, ¿qué haría un comando profesional contratado por una corporación bio-tecnológica?


Dentro de la casa, Beatriz estaba viviendo su propio infierno privado.

El hambre era un dolor físico constante. Doña Mari cocinaba las 24 horas del día. Caldos de pollo concentrados, filetes, pastas, licuados de proteína. Beatriz comía mecánicamente, sintiendo cómo su cuerpo absorbía los nutrientes como una esponja seca.

Pero lo peor no era el hambre. Eran los sueños.

Cuando lograba dormir un par de horas, soñaba con el pasado. Pero no el pasado como lo recordaba, borroso y distante. Soñaba con una claridad HD. Revivía su infancia, sus primeros amores, sus fracasos, pero con la sabiduría de su “yo” vieja.

Se despertó sudando a las 3 de la mañana. Jin Wu estaba sentado en un sillón junto a la cama, limpiando su arma, vigilando.

—Jin Wu… —susurró ella.

Él dejó el arma y se acercó inmediatamente. —¿Estás bien? ¿Dolor?

—No. Pesadillas. —Beatriz se sentó. Su camisón de seda estaba empapado—. Me siento… rara. Mi mente. A veces se me olvida que tengo 65 años. Me despierto pensando que tengo 30 y que tengo que ir a la universidad. Me está costando trabajo recordar quién soy.

Jin Wu le tomó la mano. —Eres Beatriz Mondragón. La mujer más terca y valiente que conozco. Eres La Patrona.

—Mírame, Jin Wu. —Ella encendió la lámpara de noche.

La luz amarilla iluminó su rostro. Era innegable. Parecía de 35 años. La piel tersa, los ojos brillantes. Incluso su voz había cambiado, perdiendo la aspereza de la edad.

—Soy hermosa otra vez —dijo ella con una tristeza infinita—. Pero siento que estoy perdiendo mi historia. Mis arrugas eran mis mapas, Jin Wu. Eran mis batallas ganadas. Ahora… soy una página en blanco.

Jin Wu le besó los nudillos.

—Entonces escribiremos una historia nueva. Una mejor.

Él dudó un momento, y luego confesó algo que había estado guardando.

—Beatriz… no eres la única.

—¿Qué?

Jin Wu se levantó y se acercó al espejo de cuerpo entero del vestidor. Se quitó la camisa.

Su cuerpo, que siempre había estado en forma pero marcado por cicatrices de viejas peleas y heridas de bala de su juventud en la mafia, se veía diferente.

Las cicatrices se estaban desvaneciendo. La piel donde le habían disparado hace diez años estaba rosada y lisa. Su hombro, que siempre le dolía cuando llovía por una vieja fractura, se movía con libertad total.

—Mi rodilla ya no truena —dijo él—. Y mi vista… ya no necesito lentes para leer de cerca.

Beatriz se tapó la boca. —Es contagioso.

—No lo sé. Tal vez es por estar cerca de ti. Tal vez los bebés irradian algo. O tal vez… tal vez es un intercambio.

—¿Intercambio?

—Tú me dijiste esa noche: “Dos rotos hacen uno entero”. Tal vez nos estamos arreglando mutuamente. Biológicamente.

Se miraron en el silencio de la madrugada. Dos seres humanos que la ciencia no podía explicar, atrapados en el ojo de un huracán.

—Si el mundo se entera de que tú también estás rejuveneciendo —dijo Beatriz—, nunca nos dejarán en paz. Pensarán que es de transmisión sexual. O por contacto.

—Que piensen lo que quieran. —Jin Wu volvió a la cama y la abrazó—. Solo me importa que lleguemos al final de esto.


Mientras tanto, en un motel de paso en la salida a Cuernavaca, Catalina miraba la televisión.

Había tocado fondo. Sus cuentas estaban congeladas, sus amigos de la alta sociedad le habían dejado de contestar el teléfono, y su hijo Carlos la había traicionado para quedarse con “la bruja”.

En la pantalla, un noticiero mostraba imágenes aéreas de la mansión de Beatriz. El titular decía: “EL MILAGRO DE LAS LOMAS: CIENTÍFICOS CONFIRMAN REJUVENECIMIENTO CELULAR”.

Catalina bebió un trago largo de tequila barato directamente de la botella.

—Rejuvenecimiento… —masculló—. Claro. Ella se queda con el dinero, con el hombre joven, y ahora hasta con la juventud. Y yo aquí, pudriéndome.

Sacó un teléfono desechable que había comprado en un OXXO. Tenía un número anotado en una servilleta. Un número que Min-jae le había dado antes de ser capturado, “por si acaso”. No era de la mafia coreana. Era de alguien más local. Alguien que no tenía miedo de meterse en Las Lomas.

Marcó.

—Bueno —contestó una voz rasposa.

—Tengo información sobre Beatriz Mondragón —dijo Catalina—. Sé cómo entrar a su casa. Sé por dónde meten la comida. Y sé que ella vale más viva que muerta.

—¿Quién habla?

—Su hermana. La única que sabe sus debilidades. Quiero la mitad de lo que saquen por ella.

—¿La mitad? Doña, si lo que dice es cierto, usted no quiere dinero. Quiere venganza.

—Quiero ambas cosas —dijo Catalina, y colgó.


Semana 24. (Seis meses, cronológicos. Nueve meses, biológicos).

El día llegó antes de lo que nadie esperaba.

Fue una tarde de lluvia torrencial. La Ciudad de México se estaba inundando, como de costumbre. El tráfico estaba paralizado. El cielo era gris oscuro a las 4 de la tarde.

Beatriz estaba en la biblioteca, leyendo un informe de la empresa (había recuperado el control gracias a sus abogados y a la caída pública de Catalina). De repente, sintió una presión inmensa en la parte baja de la espalda.

No fue dolor al principio. Fue como si un cinturón de acero se apretara alrededor de su cintura.

—¡Ay!

Soltó la tablet. Se dobló sobre el escritorio.

—¿Beatriz? —Jin Wu, que estaba en la puerta, corrió hacia ella.

—¡Jin Wu! —gritó ella. Y entonces, sintió el líquido caliente correr por sus piernas. Rompió fuente.

Pero no era agua clara.

—¡Sangre! —gritó Jin Wu, viendo el charco en la alfombra—. ¡Sofía! ¡Médico!

La Dra. Sofía y el equipo de Stanford llegaron corriendo. Beatriz estaba pálida, jadeando.

—¡El ritmo cardíaco fetal está bajando! —gritó la Dra. Morrison mirando los monitores—. ¡Están en sufrimiento! ¡Se están quedando sin espacio y sin nutrientes!

—¡Tenemos que hacer cesárea ya! —ordenó Sofía—. ¡No podemos esperar!

—¿Aquí? —preguntó Jin Wu—. Dijeron que si había complicaciones teníamos que ir al hospital.

—¡No hay tiempo! —Sofía estaba ya poniéndose los guantes—. Si la movemos, se desangra en el camino. Beatriz tiene placenta previa, por la regeneración rápida del útero. ¡Hay que operar aquí y ahora!

La biblioteca se convirtió en un quirófano de emergencia. Las luces se encendieron al máximo.

Beatriz estaba consciente, pero débil. El dolor era atroz. La anestesia local tardaba en hacer efecto porque su metabolismo acelerado la quemaba demasiado rápido.

—Jin Wu… —llamó ella, extendiendo la mano.

Él la tomó. —Estoy aquí. No te voy a soltar.

—Si… si tengo que elegir… —Beatriz lo miró a los ojos, con esa intensidad joven y vieja a la vez—. Si tienes que elegir entre ellos y yo… sálvalos a ellos.

—No. —Jin Wu negó con la cabeza, con lágrimas en los ojos—. Los salvo a todos. No acepto otra opción.

—¡Bisturí! —gritó Sofía.

El corte fue rápido. La sangre brotó con una vitalidad asombrosa. Beatriz gritó, apretando la mano de Jin Wu hasta que le crujieron los dedos.

Afuera, la tormenta arreciaba. Un trueno sacudió la casa, haciendo parpadear las luces.

—¡El generador! —gritó alguien—. ¡Se fue la luz!

La mansión quedó en penumbras, iluminada solo por los relámpagos y las luces de emergencia de los equipos médicos.

—¡No veo nada! —gritó Sofía—. ¡Alumbren aquí!

Jin Wu sacó su linterna táctica. Carlos, que había entrado corriendo, sacó la linterna de su celular. Doña Mari prendió veladoras a la Virgen en la esquina.

Bajo esa luz caótica, Sofía metió las manos en el vientre abierto de Beatriz.

—¡Lo tengo! ¡Viene el primero!

Sacó un bebé. Un niño. Estaba cubierto de sangre y vernix, pero era grande. Fuerte. Y no lloraba.

—¿Por qué no llora? —preguntó Jin Wu, aterrado.

Sofía limpió las vías aéreas. Le dio una palmada en la espalda.

El niño abrió los ojos. Eran ojos oscuros, profundos, extrañamente alertas. Y entonces, soltó un grito que resonó en toda la biblioteca, un grito de vida pura y desafiante.

—¡Es un niño! —anunció Sofía—. ¡Sano! ¡Perfecto!

Se lo pasaron a una enfermera.

—¡Viene la niña!

Segundos después, la niña emergió. Era más pequeña, pero igual de fuerte. Lloró inmediatamente, un coro con su hermano.

Beatriz dejó caer la cabeza hacia atrás, exhausta, pero sonriendo.

—Están aquí… —susurró.

Pero la emergencia no había terminado.

—¡Hemorragia! —gritó la Dra. Morrison—. ¡El útero no se contrae! ¡Está perdiendo demasiada sangre!

Los monitores de Beatriz empezaron a pitar frenéticamente. Su presión arterial caía en picada. 60/40… 50/30…

—¡Beatriz! ¡Quédate conmigo! —le gritó Jin Wu, viendo cómo la luz en los ojos de su esposa empezaba a apagarse.

—Tengo frío… —murmuró ella. Su piel, tan joven hacía un momento, empezó a perder color, volviéndose grisácea.

—¡Necesitamos sangre! —gritó Sofía—. ¡Se nos acabó la reserva O negativo!

—¡Yo! —dijo Jin Wu—. ¡Yo soy O negativo! ¡Tómenla de mí!

—¡No hay tiempo para cruzar pruebas! —dijo Morrison.

—¡Háganlo! —rugió Jin Wu, arremangándose la camisa—. ¡Conecten mi vena a la suya! ¡Ahora!

Era un procedimiento arriesgado, casi medieval. Transfusión directa brazo a brazo. Pero no tenían opción.

Conectaron la vía. Jin Wu miró cómo su sangre roja y oscura salía de su brazo, recorría el tubo de plástico y entraba en el brazo pálido de Beatriz.

Sintió un mareo inmediato. Estaba donando rápido, demasiado rápido.

—¡Más rápido! —instó Jin Wu, bombeando el puño.

Miró a Beatriz. “No te vayas”, pensó, enviándole no solo sangre, sino toda su voluntad, toda su fuerza vital. “Te di mi vida esa noche en Nueva York. Tómala toda ahora si la necesitas”.

Y entonces, sucedió el segundo milagro.

Cuando la sangre de Jin Wu —la sangre de un hombre que también había empezado a rejuvenecer— entró en el sistema de Beatriz, los monitores se estabilizaron instantáneamente. No fue gradual. Fue un salto.

El color volvió a las mejillas de Beatriz. Su respiración se profundizó.

La herida de la cesárea dejó de sangrar profusamente. Los bordes de la piel parecían querer cerrarse solos.

—La coagulación es… instantánea —murmuró Sofía, incrédula—. Su sangre y la de él… están reaccionando. Se están potenciando.

Diez minutos después, Beatriz abrió los ojos. Estaba débil, pero viva.

Miró a Jin Wu, que estaba pálido y sudoroso a su lado, todavía conectado a ella.

—Me diste tu sangre —susurró ella.

—Te dije que eras mi familia —respondió él, con una sonrisa débil—. Ahora sí somos sangre de la misma sangre.

Sofía les entregó a los bebés, ya limpios y envueltos en mantas térmicas.

Jin Wu cargó al niño. Beatriz cargó a la niña.

Afuera, la lluvia paró de golpe. Las nubes se abrieron y, por un momento, un rayo de sol de atardecer iluminó la biblioteca a través de las cortinas.

—Oluwafemi —dijo Beatriz, mirando a su hijo—. En yoruba significa “Dios me ama”. Porque esto es amor divino.

—Min-seo —dijo Jin Wu, mirando a su hija—. Gracia. Ella es nuestra gracia.

Estaban vivos. Eran jóvenes. Eran padres.

Pero mientras la familia celebraba en el silencio de la mansión, en el túnel de escape que Jin Wu había mencionado horas antes, una reja se estaba cortando silenciosamente con un soplete.

Catalina había cumplido su palabra. Los hombres que había contratado no entraron por el portón. Entraron por abajo. Y no venían a pedir milagros. Venían a robarlos.

La guerra no había terminado con el parto. Apenas había cambiado de fase.

CAPÍTULO 8: SANGRE, LECHE Y EL FUTURO

El sonido de un soplete cortando metal es inconfundible. Es un siseo agresivo, una serpiente de fuego abriéndose paso donde no la invitan.

En la biblioteca de la mansión, convertida en sala de partos, el silencio de la maravilla fue roto por ese siseo lejano, proveniente de las entrañas de la casa. Jin Wu, aún pálido por la transfusión y con el brazo vendado, levantó la cabeza. Su instinto, afilado por años de supervivencia en los bajos fondos de Seúl y Nueva Jersey, se activó antes que su cerebro consciente.

—Están adentro —susurró.

Beatriz, sosteniendo a la niña recién nacida contra su pecho, lo miró. El color había vuelto a sus mejillas, pero la vulnerabilidad del parto seguía ahí.

—¿Quiénes?

—El túnel. Catalina. —Jin Wu se desconectó la vía intravenosa con un tirón seco. Una gota de sangre cayó al suelo, roja y brillante—. Doña Mari, apaga las velas. Sofía, toma a los niños. Escóndanse en el baño de seguridad de la planta alta.

—¡Estás débil! —protestó la Dra. Sofía, abrazando al niño—. Acabas de perder un litro de sangre. No puedes pelear.

—Soy lo único que hay entre ellos y mis hijos. —Jin Wu tomó su pistola Glock de la mesa, verificó el cargador y se tambaleó ligeramente. Se apoyó en el marco de la puerta para estabilizarse—. Carlos, ayúdalas a subir. Si alguien cruza esa puerta y no soy yo, dispárale.

Carlos, el sobrino que había pasado de ser un junior inútil a un soldado improvisado, asintió con los ojos llenos de miedo, empuñando el arma que Jin Wu le había confiado.

—Cuídate, tío —dijo Carlos, y la palabra “tío” selló un pacto de sangre.

Jin Wu salió al pasillo oscuro. La casa estaba en penumbras, iluminada solo por los relámpagos que seguían cayendo afuera. Bajó las escaleras hacia el sótano, moviéndose como un fantasma.


El sótano de la mansión Mondragón era un laberinto de vinos añejos, muebles antiguos cubiertos con sábanas y recuerdos de una vida de lujos. Al fondo, detrás de una estantería falsa, estaba la entrada al túnel de escape.

Jin Wu se pegó a la pared. Escuchó voces. Acentos mexicanos, bruscos, profesionales. No eran pandilleros de Iztapalapa. Eran ex-militares o sicarios de alto nivel.

—El plano dice que la escalera está a la derecha —susurró una voz—. Objetivo: La madre y los productos. Vivos. Al coreano, mátenlo.

—La señora Catalina dijo que la casa está sola, que los guardias están afuera.

—No te confíes. Muévanse.

Eran cuatro. Llevaban visión nocturna y silenciadores. Jin Wu tenía una pistola con siete balas y un cuerpo que se sentía como plomo.

“Piensa”, se dijo a sí mismo. “Eres Park Jin Wu. Has matado a hombres en tres continentes. Tienes hijos ahora. No puedes morir hoy”.

El primer mercenario cruzó el umbral del túnel hacia la bodega de vinos.

Jin Wu no disparó. El ruido alertaría a los demás. Esperó. Dejó que el hombre avanzara. Cuando pasó junto a su escondite, Jin Wu salió de las sombras. No usó la fuerza bruta; usó la gravedad y la sorpresa. Golpeó la tráquea del hombre con el canto de la mano y lo empujó contra la estantería de vinos.

CRASH.

Cientos de botellas de Château Margaux y Vega Sicilia se estrellaron contra el suelo. El olor a vino tinto llenó el aire, denso como sangre.

—¡Contacto! —gritó uno de los mercenarios desde el túnel.

Empezaron a disparar. Las balas zumbaban en la oscuridad, rompiendo más botellas, astillando madera. Jin Wu se lanzó al suelo, arrastrándose sobre los vidrios rotos. No sentía dolor. La adrenalina y la extraña regeneración compartida con Beatriz mantenían su cuerpo funcionando al límite.

Disparó dos veces hacia el túnel. Escuchó un grito. Uno menos.

Quedaban dos.

—¡Sal, coreano! —gritó una voz—. ¡Sabemos que estás herido!

Jin Wu rodó hacia la izquierda, buscando una mejor posición. Pero su visión se nubló. La pérdida de sangre le estaba cobrando factura. Le temblaban las manos.

Una sombra se recortó contra la luz tenue de la entrada del túnel. Un mercenario avanzaba con un rifle de asalto. Jin Wu levantó su arma, pero estaba demasiado lento.

El mercenario apuntó.

BANG.

El disparo sonó como un cañón en el espacio cerrado.

Pero Jin Wu no sintió el impacto.

El mercenario cayó hacia atrás, con un agujero en el pecho.

Jin Wu giró la cabeza.

En lo alto de la escalera del sótano, iluminada por un relámpago que entró por un tragaluz, estaba Beatriz.

Llevaba una bata blanca manchada de su propia sangre del parto. Tenía el cabello suelto, salvaje. Y en sus manos sostenía una escopeta de caza antigua, una reliquia de su primer marido que siempre había estado colgada en la sala de trofeos.

Se veía aterradora. Se veía divina. Una diosa de la venganza postparto.

—Nadie… toca… a mi familia —gruñó Beatriz.

El retroceso de la escopeta debería haberle dislocado el hombro a una mujer que acababa de tener una cesárea hace veinte minutos. Pero Beatriz ni siquiera parpadeó.

El último mercenario, al ver caer a su compañero y ver a esa aparición en la escalera, dudó. Esa duda fue su fin. Jin Wu aprovechó la distracción, se levantó del suelo empapado en vino y disparó su última bala.

El silencio volvió al sótano. Solo se escuchaba el goteo del vino y la respiración agitada de Jin Wu.

—¿Estás bien? —preguntó Beatriz desde la escalera, bajando el arma.

—Deberías estar en cama —jadeó Jin Wu, mirándola con una mezcla de horror y adoración total—. Acabas de… te abrieron el vientre hace media hora.

—Mis hijos lloraron —dijo ella simplemente—. Y tú tardabas mucho.

Beatriz bajó los escalones. Sus pies descalzos pisaron los vidrios rotos, pero no pareció importarle. Se acercó a Jin Wu y le revisó las heridas.

—Estás sangrando otra vez.

—Es superficial. —Jin Wu miró hacia el túnel—. Falta uno. Catalina. Ella venía con ellos, estoy seguro.

—No —dijo Beatriz—. Ella no se ensucia las manos. Ella espera en la salida.

—Vamos por ella.


Salieron de la casa por el túnel, pasando sobre los cuerpos de los mercenarios. Caminaron trescientos metros bajo tierra, un pasadizo húmedo y oscuro que olía a tierra y traición.

Al final del túnel había una escalera de metal que subía a una cochera en una casa abandonada en la calle trasera.

Jin Wu subió primero, despejando el área. Estaba limpio.

Allí, sentada en una camioneta Suburban negra con el motor encendido, estaba Catalina. Estaba revisando su teléfono, probablemente esperando la llamada de confirmación de que sus sobrinos habían sido secuestrados y su hermana asesinada.

Jin Wu golpeó el vidrio del conductor con la culata de su pistola (ahora vacía).

Catalina gritó y dejó caer el teléfono.

Jin Wu abrió la puerta y la sacó del vehículo de un tirón. La arrojó al suelo de cemento.

—¡No me toques! —chilló ella—. ¡Soy una ciudadana respetable!

Entonces, vio a Beatriz salir de la trampilla del suelo.

La imagen rompió la mente de Catalina.

Beatriz estaba cubierta de sangre y vino. Sostenía una escopeta. Pero lo más impactante era su rostro. Bajo la luz fluorescente de la cochera, Beatriz se veía radiante. Joven. Poderosa. No había rastro de la anciana de 65 años. Era una mujer de 35 años en la plenitud de su fuerza, resucitada de entre los muertos.

Catalina, arrugada, amargada y vieja, miró a su gemela y empezó a llorar. No de arrepentimiento, sino de pura y destilada envidia.

—¿Por qué tú? —sollozó Catalina, golpeando el suelo con los puños—. ¿Por qué siempre tú? Tuviste el dinero. Tuviste el éxito. Y ahora… ¿ahora tienes la juventud? ¿Tienes los hijos? ¡No es justo! ¡Yo recé! ¡Yo fui buena! ¡Yo fui a misa! ¡Tú eres una pecadora que se acostó con un criminal!

Beatriz se acercó a ella. Le entregó la escopeta a Jin Wu y se agachó frente a su hermana.

—No se trata de ser buena, Catalina. Se trata de ser valiente. Tú viviste esperando que la vida te diera cosas. Yo salí a tomarlas.

—Mátame —susurró Catalina, mirando el arma en manos de Jin Wu—. Mátame y acaba con esto. No quiero vivir viéndote así.

Beatriz se puso de pie. Miró a Jin Wu. Él tenía el dedo en el gatillo. Tenía todas las razones del mundo para apretarlo.

—No —dijo Beatriz.

—Ella trató de matarnos. Dos veces —dijo Jin Wu.

—Si la matamos, se convierte en víctima. Se acaba su sufrimiento. —Beatriz miró a su hermana con una frialdad absoluta—. Quiero que viva. Quiero que viva mucho tiempo. Quiero que vea cada foto de mis hijos en las revistas. Quiero que vea cómo mi empresa crece. Quiero que me vea ser joven mientras ella se pudre en su amargura.

Beatriz sacó un fajo de billetes del bolsillo de la bata de Jin Wu (dinero de emergencia que él siempre cargaba). Lo tiró sobre Catalina.

—Vete. Desaparece. Si vuelves a pisar la Ciudad de México, si vuelves a mencionar mi nombre, dejaré que Jin Wu termine lo que empezó. Y créeme, hermana, él no será tan piadoso como yo.

Catalina miró el dinero. El orgullo luchó con la avaricia por un segundo, pero la avaricia ganó. Recogió los billetes con manos temblorosas, se levantó y corrió hacia la oscuridad de la calle, una figura encorvada y derrotada huyendo de la luz de su propia sangre.

Jin Wu vio cómo se alejaba. Bajó el arma.

—Eres cruel, Beatriz Mondragón.

—Soy madre —respondió ella, apoyándose en él—. Y ahora, llévame a casa. Tengo que alimentar a tus hijos.


TRES AÑOS DESPUÉS

El jardín de la mansión en Las Lomas estaba irreconocible. Donde antes había estatuas formales y setos geométricos, ahora había juegos infantiles, triciclos tirados y un castillo inflable.

Era el cumpleaños número tres de los gemelos.

Mateo (Oluwafemi) corría por el césped con una velocidad que no era normal para un niño de su edad. A los tres años, ya leía oraciones completas y desarmaba los relojes de Jin Wu para ver cómo funcionaban.

Min-seo (Grace) estaba sentada bajo un árbol, “leyendo” un libro de biología ilustrada, pasando las páginas con una concentración intensa.

La fiesta era una mezcla extraña de la alta sociedad mexicana, ex-mafiosos coreanos reformados y la pandilla de Plutarco de Iztapalapa. Había mariachis tocando canciones de Juan Gabriel, mientras un chef preparaba bulgogi en una parrilla al lado de un puesto de tacos al pastor.

Beatriz salió a la terraza.

Llevaba un vestido de verano amarillo. Se veía de 40 años. El proceso de rejuvenecimiento se había detenido y estabilizado allí, en una edad de plenitud. Su cabello era completamente negro, espeso y brillante.

Jin Wu se acercó por detrás y le rodeó la cintura. Él también había cambiado. Las canas incipientes que tenía a los 38 habían desaparecido. A sus 41 años, parecía de 30. Sus viejas lesiones de guerra eran solo recuerdos.

—Plutarco le regaló a Mateo una navaja suiza —dijo Jin Wu, suspirando—. Tuve que quitársela antes de que apuñalara el castillo inflable.

—Es niño de barrio, amor. Lleva la supervivencia en la sangre.

—Y Min-seo le estaba explicando a Carlos por qué sus inversiones en criptomonedas van a fallar. Tiene tres años y ya entiende el mercado mejor que tu sobrino.

Carlos, que ahora era el gerente de logística de la empresa y vestía un traje decente, reía a lo lejos con los invitados. Había encontrado su lugar.

La Dra. Sofía se acercó a ellos con una copa de vino.

—Sigo sin poder explicarlo, ¿saben? —dijo, mirando a los niños—. Stanford acaba de publicar otro paper sobre ustedes. “Regeneración celular espontánea inducida por gestación geriátrica”. Un título elegante para decir “no tenemos ni puta idea”.

—Deja de intentar explicarlo, Sofía —dijo Beatriz, sonriendo—. Disfruta el milagro.

—Por cierto —dijo Sofía, bajando la voz—. ¿Te has sentido bien? ¿Mareos?

Beatriz y Jin Wu intercambiaron una mirada cómplice.

—Un poco —admitió Beatriz—. Esta mañana vomité el café.

Sofía casi deja caer su copa. —No. No me digan que…

—Hicimos la prueba casera ayer —dijo Jin Wu, con una sonrisa que le partía la cara de orgullo.

—¿Y?

Beatriz se tocó el vientre plano.

—Positivo.

—¡Beatriz! —chilló Sofía—. ¡Tienes 68 años cronológicos! ¡Ya tienes gemelos! ¡Tu cuerpo no puede…!

—Mi cuerpo tiene 40 años biológicos, Sofía. Y al parecer, mis ovarios decidieron recuperar el tiempo perdido con intereses.

—¿Cuántos? —preguntó Sofía, temiendo la respuesta—. Por favor, dime que es uno.

—Jin Wu dice que presiente que son tres —rió Beatriz—. Trillizos.

Sofía se llevó las manos a la cabeza. —Voy a necesitar más equipo. Y más tequila.


EPÍLOGO: EL LEGADO

Veinte años después.

La Ciudad de México ha cambiado, pero la mansión Mondragón sigue ahí, como un monumento a lo imposible.

En el despacho principal, una mujer joven, de unos 23 años, está sentada tras el escritorio. Es Min-seo. Es la CEO más joven en la historia de la Bolsa Mexicana de Valores. Su mente brillante ha llevado el imperio textil a la era de la biotecnología y la inteligencia artificial.

Entra su hermano, Mateo. Es alto, fuerte, con la elegancia peligrosa de su padre y la determinación de su madre. Es cirujano pediatra, famoso por operar casos inoperables.

—Mamá y papá llamaron —dice Mateo—. Están en Bali. Dicen que van a extender sus vacaciones otro mes.

—¿Otra vez? —Min-seo ríe—. Tienen 88 y 61 años cronológicos, y viajan más que adolescentes mochileros.

—Bueno, se ven de 50. Tienen que aprovechar antes de que el efecto se acabe. Si es que se acaba alguna vez.

En una pantalla en la pared, se ven fotos de la familia. Beatriz y Jin Wu. Los gemelos. Los trillizos que vinieron después (dos niños y una niña). Y el “pilón”, una última hija nacida cuando Beatriz tenía 72 (biológicamente 42).

Siete hijos. Una dinastía nacida de un útero seco y un hombre roto.

Lejos de allí, en un pequeño departamento de interés social en una colonia gris, una anciana de 90 años mira la televisión. Es Catalina. Está sola. Su piel es como pergamino, sus manos están torcidas por la artritis.

En la pantalla, sale un reportaje sobre la “Fundación Mondragón-Park”, que acaba de donar cien millones de dólares para la investigación de la fertilidad y el rejuvenecimiento celular.

Aparece Beatriz en la pantalla. Tiene casi 90 años, pero se ve vibrante, hermosa, tomada de la mano de Jin Wu. No son inmortales, han envejecido, pero lo han hecho con una gracia y una lentitud que desafía a la naturaleza.

Catalina apaga la televisión.

Mira a su alrededor. No hay fotos de familia. Sus hijos, Carlos y Felipe, hace años que no la visitan. Carlos porque es leal a Beatriz. Felipe porque se perdió en vicios y olvido.

Catalina cierra los ojos. Recuerda el día en que intentó envenenar a su hermana. Recuerda el odio. Y se da cuenta, con la claridad amarga del final, que ella misma se bebió el veneno.

En Bali, frente a un atardecer que incendia el mar, Beatriz Mondragón descansa la cabeza en el hombro de Park Jin Wu.

—¿Te arrepientes de algo? —le pregunta él.

Beatriz piensa. Piensa en los juicios, en los escándalos, en el miedo, en el dolor de los partos, en la guerra contra su propia sangre. Y luego piensa en la risa de sus siete hijos.

—Me arrepiento de haber esperado tanto para vivir —dice ella—. Pero valió la pena llegar tarde a la fiesta, si la fiesta iba a ser así.

Jin Wu le besa la frente.

—No llegamos tarde, mi amor. Llegamos justo a tiempo para el milagro.

El sol se pone, pero para ellos, apenas está amaneciendo.

FIN

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