
Capítulo 1: La Sombra de la Traición
El zumbido del aire acondicionado era lo único que se escuchaba en la pequeña oficina, un sonido monótono que intentaba competir con el caos que reinaba en la cabeza de Miguel. Eran las once de la noche en la Ciudad de México, y aunque afuera el tráfico comenzaba a disminuir, dentro de las cuatro paredes de “El Sazón de Don Miguel”, la tensión estaba en su punto máximo.
Miguel se frotó las sienes con fuerza, sintiendo cómo una jaqueca comenzaba a taladrarle detrás de los ojos. Frente a él, el monitor de la computadora arrojaba una luz azulada que iluminaba las facturas acumuladas sobre el escritorio de caoba falsa.
—Pinches proveedores… —murmuró para sí mismo, con ese acento norteño que no se le había quitado ni después de diez años de haber regresado de “el otro lado”. —Subieron el aguacate otra vez. A este paso voy a tener que cobrar el guacamole como si fuera oro molido.
Su restaurante apenas tenía un mes de haber abierto. Un mes. Treinta días de no dormir, de comer mal y de rezar para que los clientes entraran. Había invertido todo. Y cuando decía todo, era todo. Los ahorros de quince años partítese el lomo en las construcciones de Arizona, aguantando el sol, el racismo de los gringos y la soledad, todo para volver a su tierra y poner algo propio. Un lugar digno. Un patrimonio.
Miguel no era un hombre malo, pero la vida lo había curtido a golpes. Creció viendo cómo sus padres se gastaban lo poco que tenían en alcohol, dejando que él y sus hermanos buscaran comida en la basura de los vecinos. Sabía lo que era el hambre. Sabía lo que era que te robaran la inocencia. Por eso, ahora que tenía algo suyo, se había vuelto un perro guardián. Obsesivo. Controlador.
Suspiró y dio un sorbo a su café, que ya estaba helado y sabía a rayos. Movió el mouse y cambió la ventana de la contabilidad al sistema de cámaras de seguridad. Había instalado el circuito cerrado hacía apenas tres días, gastándose una lana que no tenía, pero su instinto le decía que algo no cuadraba. Faltaban insumos. Pequeñas cosas: un kilo de arrachera por aquí, unas botellas de aceite por allá. El famoso “robo hormiga” que desangra a los negocios en México.
—A ver, a ver… ¿quién es la rata? —susurró, inclinándose hacia la pantalla.
Sus ojos recorrieron las diferentes cámaras. La cocina ya estaba casi impecable. Los cocineros ya se habían ido, el piso brillaba de limpio. Solo quedaba el área de lavado, conocida en el gremio como “la plonge”.
Y ahí estaba ella.
Valentina.
Miguel frunció el ceño. Valentina era la nueva. Una muchachita menuda, flaca como un fideo, con una cara que parecía pedir perdón por existir. Llevaba apenas una semana trabajando. Miguel la había contratado porque le dio lástima; llegó pidiendo chamba con los zapatos rotos y una desesperación en la mirada que él reconocía muy bien.
—No me digas que eres tú, mijita… —dijo Miguel, sintiendo una punzada de decepción en el pecho. —No me hagas esto.
En la pantalla granulada, Valentina se movía con una cautela sospechosa. Miraba hacia la puerta de la cocina, luego hacia el pasillo. Se quitó el mandil de hule con manos temblorosas y lo colgó en su gancho. Luego, se agachó detrás de una pila de cajas de refresco vacías y sacó algo.
Una bolsa.
No era una bolsa cualquiera. Era una bolsa deportiva vieja, despintada, de esas que se compran en el tianguis por cincuenta pesos. Pero lo que alarmó a Miguel no fue la bolsa en sí, sino el esfuerzo que hizo Valentina para levantarla.
Se veía pesada. Muy pesada.
Miguel vio cómo la chica se acomodaba la correa en el hombro, haciendo una mueca de esfuerzo, y caminaba hacia la salida de servicio, la que daba al callejón trasero. Esa puerta se cerraba automáticamente y solo se podía abrir desde adentro. Era el punto ciego perfecto. El gerente, Don Paco, ya se había largado hacía media hora, dejándole a ella la responsabilidad de cerrar.
—¡Hija de la chingada! —Miguel golpeó el escritorio con el puño cerrado, haciendo saltar el teclado. La decepción se transformó instantáneamente en una furia caliente y líquida.
Su mente empezó a calcular a mil por hora. ¿Qué llevaba ahí? ¿Carne? ¿Los cuchillos alemanes que le costaron un ojo de la cara? ¿Botellas de licor? Si la bolsa pesaba tanto como parecía, esa muchacha se estaba llevando miles de pesos en mercancía.
—Con razón… —pensó Miguel, levantándose de la silla de un salto. —Con razón siempre pide los turnos de cierre. Con razón es tan calladita, para que nadie la pele. Es una mosca muerta.
Se ajustó el pantalón y se puso el saco. Sentía el corazón latiéndole en la garganta. Odiaba esto. Odiaba tener que ser el policía, el verdugo. Pero no podía permitirlo. Si dejaba pasar una, al rato se llevaban hasta las mesas. En este país, pensó con amargura, el que no tranza no avanza, y él no iba a dejar que nadie avanzara a costa de su sacrificio.
—Te vas a ir a la cárcel, escuincla —gruñó mientras apagaba el monitor. —Así tenga que arrastrarte yo mismo al Ministerio Público.
Salió de la oficina y bajó las escaleras de servicio con pasos pesados. El restaurante estaba en silencio, con las sillas subidas sobre las mesas, pareciendo un esqueleto de madera en la penumbra. El olor a cloro y limpiador de pino intentaba disfrazar el aroma persistente de la grasa y las especias.
Miguel no salió por la puerta trasera. No quería confrontarla ahí mismo, dentro del local. Quería atraparla afuera, en la calle, donde no pudiera negar que se estaba llevando las cosas. Donde el delito fuera flagrante.
Salió por la entrada principal, cerrando con doble llave. La calle estaba fresca. Febrero en la Ciudad de México podía ser traicionero; los días eran calurosos, pero las noches calaban los huesos. Caminó hacia su camioneta, una Ford Lobo que era su único lujo, estacionada a unos metros.
Subió, pero no encendió las luces. Arrancó el motor y dio la vuelta a la manzana lentamente, como un depredador acechando a su presa. Entró al callejón trasero, un lugar lúgubre mal iluminado por una sola lámpara de alumbrado público que parpadeaba como si tuviera un tic nervioso.
Ahí, apagó el motor y las luces. Se quedó en la oscuridad, esperando.
El callejón olía a humedad y a basura vieja. Un gato callejero saltó sobre un contenedor, haciendo un ruido metálico que hizo que Miguel se sobresaltara. Miró su reloj. 11:15 PM. Ya debería haber salido.
—¿Y si se dio cuenta de las cámaras? —pensó. —¿Y si vio el foquito rojo? No, son infrarrojas, no se ven.
Miguel tamborileaba los dedos sobre el volante. Empezó a recordar el día que la contrató. Valentina había llegado temblando. Le dijo que necesitaba el dinero para su mamá enferma en el pueblo. Mentiras. Seguramente todo eran mentiras. La gente inventa lo que sea para que les abras la puerta y luego te clavan el puñal por la espalda.
—Nunca confíes en nadie, Miguelito —le decía su abuelo. —En este mundo hasta tu sombra te abandona cuando está oscuro.
Y vaya que estaba oscuro.
De repente, el sonido de la puerta de metal del restaurante abriéndose rompió el silencio. Miguel se tensó, agudizando la vista.
Ahí estaba.
Valentina salió al callejón. Se veía aún más pequeña en la inmensidad de la noche. Llevaba su suéter delgado, abrazándose a sí misma por el frío. Y colgada al hombro, esa maldita bolsa.
La muchacha se detuvo un momento, mirando a los lados con un miedo evidente. Sus ojos grandes escaneaban las sombras.
—Mírala, sabe que está haciendo mal —pensó Miguel con rabia. —Tiene miedo de que la cachan.
Valentina acomodó la bolsa con un cuidado extremo, casi con ternura, lo cual le pareció a Miguel el colmo del cinismo. ¿Tratar así a unos cortes de carne robados? ¿O qué diablos llevaba ahí?
La chica comenzó a caminar rápido hacia la avenida, tratando de salir de la oscuridad del callejón lo antes posible. Sus pasos resonaban en el asfalto: tac, tac, tac.
Miguel esperó a que se alejara unos metros del edificio. No quería escándalos en su propia puerta. Encendió las luces de la camioneta de golpe. Los faros de xenón iluminaron la figura de Valentina como si fuera un venado a mitad de la carretera.
Ella se congeló. Se tapó los ojos con una mano, deslumbrada.
Miguel aceleró y le cortó el paso, frenando bruscamente a un metro de ella. Bajó del vehículo azotando la puerta, con la adrenalina a tope.
—¡Alto ahí! —gritó. Su voz retumbó en las paredes de ladrillo del callejón.
Valentina dio un salto hacia atrás, pegándose contra la pared llena de grafitis. Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz y vio quién era, el color abandonó su rostro por completo.
—¿D… Don Miguel? —tartamudeó. Estaba temblando, y no era solo por el frío.
Miguel caminó hacia ella, invadiendo su espacio personal. Se sentía poderoso, con la justicia de su lado, pero también sentía una punzada de dolor. ¿Por qué tenía que ser ella? ¿Por qué la gente pobre siempre tenía que robarle a la gente que trabajaba?
—¿A dónde vas con tanta prisa, Valentina? —preguntó Miguel, cruzándose de brazos. Su tono era sarcástico, cortante. —Ni siquiera te despediste.
—Y… yo… ya terminé mi turno, patrón —dijo ella, con la voz hecha un hilo. —Ya cerré todo como me dijo Don Paco.
—Ah, sí, claro. Muy eficiente —Miguel dio un paso más, acorralándola. —Pero se te olvidó un detallito, ¿no crees?
Señaló la bolsa deportiva con la barbilla.
—Esa maleta se ve muy pesada para traer solo tu ropa sucia, mijita.
Valentina instintivamente llevó sus manos a la bolsa, abrazándola contra su pecho como si fuera un escudo. Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante. El pánico en su mirada era absoluto.
—No es nada, señor. Son… son cosas mías.
—¿Cosas tuyas? —Miguel soltó una carcajada seca, sin humor. —No me quieras ver la cara de pendejo, Valentina. Tengo cámaras. Te vi salir de la bodega. Te vi cargando eso.
Valentina negó con la cabeza frenéticamente.
—No, no, patrón, le juro que no es lo que piensa. Por favor, déjeme ir. Mi… mi camión ya va a pasar.
—Ningún camión va a pasar hasta que me enseñes qué te estás robando —Miguel extendió la mano, exigente. —Abre la bolsa. Ahora.
—¡No! —gritó ella, con una fuerza que sorprendió a Miguel. —¡Por favor, no! ¡Se lo suplico!
—¡A ver, cabrona! —Miguel perdió la paciencia. El estrés del mes, las deudas, el cansancio, todo explotó. —¡O abres esa chingadera o llamo a la patrulla ahorita mismo! Y te aviso que el comandante de la zona es cuate mío. Te van a refundir en el bote por robo calificado. ¿Eso quieres? ¿Quieres parir chayotes en Santa Martha Acatitla?
Valentina sollozó, un sonido desgarrador que resonó en el callejón vacío. Se dejó caer de rodillas al suelo sucio, sin soltar la bolsa.
—¡Por la virgencita de Guadalupe, no llame a la policía! —suplicó, levantando una mano temblorosa. —Nunca he robado nada en mi vida, se lo juro por mi madre santa.
La escena era patética. Miguel sintió una incomodidad en el estómago. Verla así, de rodillas, llorando, le revolvió la conciencia. Pero la lógica le decía que era una actuación. Los ladrones siempre lloran cuando los agarran.
—Si no has robado nada, entonces no tienes nada que temer —dijo Miguel, suavizando un poco el tono, pero manteniéndose firme. —Abre la bolsa, Valentina. Es tu última oportunidad.
La chica lo miró a los ojos. Había terror en su mirada, pero también una resignación profunda, como la de un animal que sabe que ya no tiene escapatoria.
Lentamente, con manos que parecían de papel, Valentina colocó la bolsa en el suelo.
El cierre metálico brilló bajo la luz de los faros.
Miguel se acercó, expectante. Ya se imaginaba los kilos de carne, o quizás botellas de tequila Don Julio. Estaba listo para sermonearla, para decirle que estaba despedida y que agradeciera que no la mandaba a la cárcel.
Valentina tomó el cierre. Respiró hondo, conteniendo un sollozo, y lo deslizó despacio.
Zzzzzzzip.
El sonido fue lo único que se escuchó en el mundo durante un segundo.
La bolsa se abrió.
Miguel se inclinó hacia adelante, listo para confirmar sus sospechas. Pero lo que vio hizo que su cerebro se detuviera en seco. Sus rodillas flaquearon.
No había carne. No había botellas. No había nada de valor monetario.
Dentro de la bolsa, acomodada entre toallas de cocina y una cobija rosa gastada, había una bebé.
Una niña minúscula, de piel morena clara, con un gorrito de estambre mal tejido. Estaba profundamente dormida, con su boquita haciendo un leve movimiento de succión. La bolsa tenía agujeros hechos rudimentariamente a los lados para que entrara el aire.
Miguel sintió como si el suelo se abriera bajo sus pies. El aire se le escapó de los pulmones. Se quedó mudo, con la boca abierta, incapaz de procesar la imagen.
—¿Qué…? —balbuceó, retrocediendo un paso. —Es… es un…
Valentina aprovechó el shock de su jefe para sacar a la bebé de la bolsa con una rapidez y delicadeza impresionantes. La acunó en sus brazos, besándole la frente sudorosa. La niña se removió un poco, soltó un suspiro y siguió durmiendo.
—Es mi hija, señor —susurró Valentina, bajando la cabeza, esperando el regaño, el despido, el final. —Es mi Angelita.
El silencio que siguió fue pesado, denso. Miguel miraba a la madre y a la hija. La realidad le golpeó como un tren de carga. Había estado a punto de llamar a la policía para arrestar a una madre que escondía a su bebé en una bolsa de deporte.
—¿Has estado… trayendo a una bebé al trabajo? —preguntó Miguel, con la voz ronca. —¿En una bolsa?
Valentina asintió, llorando en silencio. Las lágrimas caían sobre la cobijita rosa.
—No tenía con quién dejarla, patrón. La vecina me cobraba doscientos pesos el día y ya no me alcanzaba. Si pagaba la guardería, no comíamos. Y si faltaba al trabajo, usted me iba a correr. Necesito este trabajo, don Miguel. Lo necesito más que mi vida.
La chica levantó la vista, con los ojos rojos e hinchados.
—Ella es buena. No llora. Se porta bien. La dejo en la bodega, donde no estorba, y le doy pecho en mis descansos de cinco minutos. Nadie se había dado cuenta… hasta hoy.
Miguel sintió una vergüenza tan grande que le quemaba la cara. Se sintió pequeño, miserable. Él preocupado por unos kilos de aguacate, mientras esta mujer metía a su hija recién nacida en una bolsa para poder venir a fregar platos por el salario mínimo.
Recordó a su propia madre. Recordó las noches que ella lo escondía en el armario cuando venía el cobrador de la renta. Recordó el miedo. Y vio ese mismo miedo en los ojos de Valentina.
La ira de Miguel se evaporó, reemplazada por una compasión dolorosa que le oprimía el pecho.
—Por favor, no me despida —sollozó Valentina, abrazando más fuerte a la niña. —Le prometo que ya no la traigo. Veré qué hago, la dejo sola en la casa, no sé, pero no me quite la chamba, por favor.
—¡Cállate! —exclamó Miguel, pero no con enojo, sino con desesperación. —¡No digas estupideces! ¿Cómo vas a dejar a una bebé sola?
Se pasó la mano por el cabello, frustrado consigo mismo, con el sistema, con la vida que orillaba a la gente a hacer estas locuras.
Miró alrededor. El callejón estaba helado. La bebé no podía estar ahí. Valentina estaba temblando.
—Levántate —ordenó Miguel, pero esta vez su voz era suave, casi irreconocible.
—¿Me va a correr? —preguntó ella, sin moverse.
Miguel se agachó. Quedó a la altura de ella. Miró a la bebé, que dormía ajena a la tragedia de su madre. Extendió la mano, no para acusar, sino para ayudar.
—Levántate, Valentina. Hace frío y la niña se va a enfermar. Vámonos.
—¿A dónde? —preguntó ella, confundida, tomando la mano callosa de su jefe para ponerse de pie.
—A mi coche. No voy a dejar que te vayas en camión con la niña así a estas horas. Te voy a llevar a tu casa.
—No, patrón, no se moleste, yo…
—¡Sube a la camioneta, chingada madre! —dijo Miguel, volviendo a su tono brusco para ocultar que tenía los ojos aguados. —Y tápala bien, que el sereno hace daño.
Valentina obedeció, aturdida. Subió al asiento del copiloto de la lujosa camioneta, sosteniendo a Angelita como si fuera el tesoro más grande del universo.
Miguel cerró la puerta de ella, dio la vuelta y subió al volante. Antes de arrancar, se quedó mirando el volante unos segundos, respirando hondo para calmarse.
Esa noche, Miguel no sabía que su vida acababa de cambiar para siempre. No sabía que esa bolsa vieja contenía no un robo, sino su destino.
Arrancó el motor. El viaje apenas comenzaba.
Capítulo 2: Entre Sombras y Verdades a Medias
El interior de la camioneta Ford Lobo olía a cuero nuevo y a ese aromatizante de “Bosque Fresco” que Miguel compraba religiosamente cada semana en el autolavado. Era un olor a éxito, a estabilidad. Un contraste brutal con el olor a humedad y desesperación que impregnaba la ropa de Valentina.
Miguel conducía en silencio, con las manos apretando el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. De reojo, miraba a la copiloto. Valentina iba encogida contra la puerta, como si quisiera fundirse con el metal y desaparecer. Tenía a la pequeña Angelita apretada contra su pecho, cubriéndola con el suéter raído para protegerla del aire acondicionado que Miguel, torpemente, olvidó apagar al principio.
—¿Tienes frío? —preguntó Miguel, rompiendo el silencio. Su voz sonó demasiado fuerte en la cabina hermética.
Valentina dio un respingo.
—No, patrón. Estoy bien. Gracias.
—Deja de decirme patrón, por favor —bufó Miguel, estirando la mano para apagar el clima. —Ahorita no soy tu jefe. Ahorita soy… soy un cabrón que casi te manda a la cárcel por un malentendido.
Valentina no respondió. ¿Qué podía decir? En su mundo, los jefes eran dioses caprichosos. Un día te daban trabajo y al otro te corrían porque no les gustó cómo los miraste. La bondad repentina de Miguel la aterraba más que su furia, porque la bondad suele tener un precio que ella no podía pagar.
La ciudad desfilaba por las ventanillas polarizadas. Pasaron de la zona comercial iluminada, llena de restaurantes y bares de moda, hacia las colonias más grises, donde el alumbrado público funcionaba a medias y las banquetas estaban rotas.
—¿Por dónde es? —preguntó Miguel al llegar a un cruce importante.
—Derecho, y luego a la izquierda en la calle del Oxxo —indicó ella en voz baja. —Es… es una colonia fea, don Miguel. Si quiere déjeme aquí en la avenida, no quiero que le vayan a hacer algo a su camioneta.
Miguel soltó una risa amarga.
—He vivido en lugares peores que este, niña. No me asustan los baches ni los cholos de esquina. Dime dónde es.
Valentina lo guio a través de un laberinto de calles estrechas. La colonia “La Doctores” a esas horas tenía una vibra pesada. Había grupos de jóvenes reunidos en las esquinas, miradas desafiantes, y perros callejeros ladrando a las llantas de la camioneta.
—Aquí —señaló Valentina frente a un edificio antiguo, de esos que sobrevivieron al temblor del 85 de puro milagro. La fachada estaba despintada, con manchas de humedad que parecían mapas de países olvidados y grafitis territoriales marcando cada centímetro de pared libre.
Miguel estacionó la camioneta, apagó el motor y quitó el seguro de las puertas.
—Gracias, don Miguel —dijo Valentina rápidamente, tratando de abrir la puerta. —Que Dios se lo pague. Mañana… mañana llego temprano, se lo juro. Y ya no traigo a la niña.
—Espérate —Miguel se quitó el cinturón de seguridad. —No te voy a dejar aquí en la banqueta. Te acompaño hasta tu puerta.
—No es necesario, de verdad…
—Es muy necesario. Mira a esos tipos de allá —señaló con la cabeza a tres sujetos que bebían caguamas en la entrada de la vecindad. —Te ven sola, con una bolsa y un bebé, y van a pensar que traes dinero o que eres presa fácil. Vamos.
Valentina tragó saliva. Sabía que tenía razón. Esos tipos eran “halcones” de la maña local. Bajó de la camioneta, sintiendo el aire frío de la noche. Miguel bajó tras ella y activó la alarma. El “bip-bip” sonó ajeno en aquel lugar.
Caminaron hacia la entrada. Los tres sujetos se quedaron callados al ver a Miguel. Él no era un hombre bajito; medía casi uno ochenta, tenía espalda ancha por años de cargar bultos de cemento y una mirada que decía “no te metas conmigo”. Caminó con seguridad, mirando a los tipos a los ojos, retándolos en silencio. Ellos bajaron la mirada y siguieron bebiendo.
Entraron al edificio. El olor era una mezcla de col hervida, drenaje y jabón en polvo. Subieron tres pisos por unas escaleras de concreto que ya pedían clemencia. La luz del pasillo parpadeaba, creando sombras alargadas que bailaban en las paredes.
—Es aquí —dijo Valentina, deteniéndose frente a una puerta de madera pintada de un azul chillante, con el número “302” escrito con plumón negro.
Sacó sus llaves con dificultad, haciendo malabares con la bebé. Miguel, instintivamente, le sostuvo la bolsa deportiva.
—Pásale —susurró ella, abriendo la puerta.
El interior del departamento dejó a Miguel sin palabras.
Esperaba ver suciedad, caos. Pero lo que encontró fue dignidad.
El lugar era minúsculo. Una sola habitación que servía de sala, comedor y dormitorio, con una pequeña cocineta al fondo y un baño del tamaño de un armario. Pero todo estaba impecable. El piso de loseta vieja brillaba de limpio. No había polvo. En la pared, un pequeño altar a la Virgen de Guadalupe con una veladora eléctrica iluminaba la estancia con una luz cálida. Había carpetitas tejidas a mano sobre la única mesa y cortinas hechas con retazos de tela que, sin embargo, combinaban bien.
Era un hogar pobre, sí, pero era un hogar amado.
Valentina entró y colocó a Angelita con sumo cuidado sobre la cama grande que ocupaba casi todo el espacio. La niña, milagrosamente, seguía dormida.
—Perdone el desorden… bueno, no hay desorden, es que está muy chico —se corrigió Valentina, nerviosa. —No tengo mucho que ofrecerle. ¿Gusta un vaso de agua?
Miguel se quedó parado en la entrada, sintiéndose un intruso gigante en una casa de muñecas. Miró a Valentina. Sin el uniforme del restaurante y sin la cofia, se veía aún más joven. Tenía ojeras profundas, marcas de una guerra silenciosa contra el hambre y el cansancio.
—Agua está bien —dijo Miguel, aunque lo que realmente quería era entender. Entender cómo alguien podía vivir así y seguir sonriendo a los clientes. Entender qué había pasado en la vida de esta chica para terminar escondiendo a su hija en una bolsa.
Valentina fue a la cocineta. Miguel observó. Abrió el refrigerador para sacar el agua y la luz interior reveló una verdad dolorosa: estaba prácticamente vacío. Un medio limón seco, un cartón de leche casi acabado y un par de recipientes de plástico que probablemente contenían arroz o frijoles. Nada más.
Miguel sintió un hueco en el estómago. Él había cenado un corte de carne esa tarde para “probar la calidad”. Ella probablemente no había cenado nada.
—Toma —le extendió un vaso de vidrio, limpio y transparente.
Miguel lo tomó y bebió un trago largo.
—Siéntate, Valentina —dijo él, señalando una de las dos sillas de plástico que había junto a la mesa. —Por favor.
Ella se sentó en el borde de la silla, con las manos en el regazo, como una niña regañada en la dirección de la escuela.
—Quiero que me cuentes —dijo Miguel, sentándose frente a ella. Su tono ya no era de jefe, era de un ser humano a otro.
—¿Qué quiere que le cuente? —susurró ella, mirando sus manos agrietadas por el jabón.
—Todo. ¿Cómo llegaste a esto? ¿Dónde está el papá de la niña? ¿Por qué no tienes a nadie?
Valentina suspiró. Un suspiro largo y tembloroso que pareció sacar todo el aire de sus pulmones. Levantó la vista y miró el altar de la Virgen.
—Es una historia larga, don Miguel. Y triste. No quiero aburrirlo.
—Tengo tiempo. Y no me voy a ir hasta saber si mañana vas a volver a meter a esa niña en una bolsa o si puedo hacer algo para evitarlo.
Valentina asintió lentamente. Se levantó para poner agua a calentar en una pequeña parrilla eléctrica.
—Voy a hacer té de canela. Es lo único que tengo caliente —dijo, dándole la espalda para que no la viera limpiarse una lágrima traicionera.
Mientras el agua comenzaba a hervir, Valentina empezó a hablar. Su voz era suave, melódica, típica de la gente de provincia que llega a la capital con sueños grandes y termina con el corazón roto.
—Yo no soy de aquí, patrón… perdón, Miguel. Soy de un pueblo cerca de Puebla. Me vine cuando mi abuela murió. Ella era todo lo que yo tenía. Mis papás… bueno, ellos se fueron al norte cuando yo era bebé y nunca volvieron. Se olvidaron de que tenían hija. Mi abuela me crio vendiendo tamales y atole.
Sirvió el té en dos tazas despostilladas y se volvió a sentar. El vapor de la canela llenó el pequeño espacio, un aroma reconfortante en medio de la tensión.
—Cuando la abuela murió, vendí el terrenito que teníamos. No era mucho, pero me alcanzó para venirme aquí y dar el enganche de este departamento. Quería estudiar enfermería. Quería ser alguien.
Sus ojos brillaron al recordar ese momento de esperanza.
—Y entonces… conocí a Andrés.
El nombre salió de su boca como si fuera un veneno dulce. Miguel notó cómo se le tensaba la mandíbula.
—Andrés era… guapo. Muy guapo. Trabajaba en un taller mecánico cerca de aquí. Tenía una sonrisa de esas que te desarman, ¿sabe? Me trataba como a una reina. Me llevaba al cine, me compraba elotes, me decía que yo era lo más bonito que había visto en su vida.
Valentina tomó un sorbo de té, buscando valor en el calor de la bebida.
—Yo nunca había tenido novio. Era mensa, inocente. Me enamoré perdidamente. A los tres meses, él me dijo que lo habían corrido de su cuarto, que no tenía a dónde ir. Y yo, de tonta, le dije que se viniera a vivir conmigo.
Miguel apretó los dientes. Conocía esa historia. La había visto mil veces. El clásico vividor que huele la vulnerabilidad.
—Fue bonito al principio —continuó Valentina, con la mirada perdida en el pasado. —Él “buscaba trabajo”, o eso decía. Yo trabajaba limpiando casas para mantenernos. Y luego… quedé embarazada.
Hubo un silencio. En la cama, Angelita se movió y soltó un pequeño quejido. Valentina se levantó de inmediato, la revisó, le acomodó la cobija y volvió a sentarse.
—Cuando le dije… —la voz se le quebró. —Pensé que se iba a alegrar. Pensé que íbamos a ser una familia. Él me dijo que sí, que qué bueno, que iba a echarle ganas.
Valentina rió, una risa seca y dolorosa.
—Una semana después, llegué de trabajar y el departamento estaba vacío. Se llevó todo, Miguel. La televisión que compré a plazos, el dinero que tenía guardado para el parto en una lata de galletas, hasta mi plancha de ropa. Me dejó con la panza, sin un peso y con el corazón hecho pedazos.
—Maldito cobarde —gruñó Miguel. Sentía una furia real, física. Le daban ganas de buscar a ese tal Andrés y enseñarle un par de cosas sobre ser hombre.
—Lo busqué en el taller —siguió Valentina, ignorando el comentario de Miguel. —Me dijeron que tenía meses que no trabajaba ahí, que era un tranza, que le debía dinero a medio mundo. Ahí entendí que nunca me quiso. Solo quería un techo y comida gratis mientras planeaba su siguiente jugada.
—No fue tu culpa —dijo Miguel con firmeza. —Esos tipos son expertos en engañar.
—Sí fue mi culpa —replicó ella con dureza. —Por confiar. Por creer en cuentos de hadas. Pero eso no fue lo peor. Lo peor vino después.
Valentina miró hacia la puerta, bajando la voz, como si las paredes oyeran.
—Cuando nació Angelita… fue difícil. Fue cesárea de emergencia. Gasté lo último que me quedaba en el hospital público porque hubo complicaciones. Y cuando regresé aquí, con mi niña en brazos, débil, sin dinero… vinieron ellos.
—¿Ellos? —preguntó Miguel, inclinándose hacia adelante. —¿Quiénes?
—Unos hombres. Licenciados, dicen ellos. Pero parecen narcos. Vinieron a decirme que mi escritura tenía problemas. Que este edificio se iba a demoler para hacer un centro comercial. Que tenía que venderles mi departamento.
—La mafia inmobiliaria —murmuró Miguel. Era una plaga en la ciudad. Grupos que extorsionaban a gente vulnerable para quitarles sus propiedades por centavos y construir edificios de lujo.
—Me ofrecieron cincuenta mil pesos, Miguel. ¡Cincuenta mil! Este departamento, aunque sea viejo, vale mucho más. Es lo único que tengo para dejarle a mi hija. Les dije que no.
Valentina empezó a temblar de nuevo. Las lágrimas corrían libremente por sus mejillas.
—Y entonces empezaron las amenazas. Me dejaban notas por debajo de la puerta. “Vende o te vas a arrepentir”. “Sabemos que tienes una niña”. “Los accidentes pasan”.
Miguel sintió un escalofrío. Ahora entendía el miedo en la puerta. Entendía por qué se llevaba a la niña. No era solo por falta de guardería; era por terror a dejarla sola en ese nido de víboras.
—Por eso se me fue la leche —confesó Valentina, tocándose el pecho. —Del susto. Del estrés. Un día desperté y ya no tenía leche. Y la fórmula es carísima, y los pañales, y la luz…
—Y entonces viste el anuncio de mi restaurante —completó Miguel.
—Sí. Necesitaba dinero rápido. Pagaban semanalmente. Pero no tenía con quién dejar a Angelita. La vecina de al lado, doña Chuy, a veces me la cuidaba, pero me cobra mucho y además es chismosa, le cuenta todo a los hombres que vienen a amenazarme. No confío en ella.
Valentina levantó la vista y miró a Miguel directamente a los ojos. Había una súplica muda en su mirada.
—Se me ocurrió lo de la bolsa. Sé que es una locura. Sé que está mal. Pero Angelita es muy buena, duerme mucho. Pensé… pensé que si lograba juntar dinero un par de meses, podría irme de aquí. Irme lejos, a otro pueblo, donde nadie nos conozca. Solo quería salvarla, Miguel. No soy una ratera. Solo soy una madre desesperada.
El silencio volvió a caer sobre la pequeña cocina. El té de canela se había enfriado.
Miguel se recargó en el respaldo de la silla. Se sentía abrumado. Él se quejaba de sus proveedores y del precio del limón, mientras esta mujer, una niña prácticamente, estaba luchando contra el mundo entero con un bebé en brazos y depredadores en la puerta.
Se vio reflejado en ella. Recordó las noches frías en Arizona, durmiendo en un coche con otros tres indocumentados, escondiéndose de la migra, comiendo atún de lata. Recordó la sensación de que el mundo es demasiado grande y tú eres demasiado pequeño.
Pero él había estado solo. Ella tenía a una bebé.
Miguel sacó su cartera. Valentina se tensó, su orgullo herido preparándose para rechazar la limosna.
—No, no me des dinero así… —empezó ella.
—Cállate y escucha —la cortó Miguel, pero con suavidad. Sacó varios billetes de quinientos pesos. No los contó, simplemente sacó un puño. —Esto no es limosna. Esto es un adelanto de tu sueldo. Y un bono por… por aguantar mi mal genio.
Puso el dinero sobre la mesa, debajo del salero para que no volara.
—Pero no podemos seguir así, Valentina. No puedes traer a la niña en la bolsa. Es peligroso. Se puede asfixiar, se puede golpear.
—Lo sé —lloró ella. —Pero no tengo opción.
—Siempre hay una opción. —Miguel se puso de pie. El techo era bajo y casi rozaba su cabeza. Se sentía grande, torpe, pero decidido. —Mañana no vayas a trabajar.
Valentina abrió los ojos con pánico.
—¡No, por favor!
—Déjame terminar. No vayas a trabajar mañana. Tómate el día. Compra leche, compra pañales, compra comida de verdad. Llena ese refrigerador. Y descansa. Duerme abrazada a tu hija sin miedo a que te cache el patrón.
—¿Y luego? —preguntó ella, con la voz temblorosa.
—Luego… —Miguel se rascó la nuca. No tenía un plan. No sabía qué iba a hacer. Pero sabía que no la iba a dejar sola. —Luego vemos. Pasado mañana te espero en el restaurante. Pero sin la bolsa. Ya se nos ocurrirá algo. Yo veré qué hago.
Caminó hacia la puerta. Valentina se levantó de un salto y corrió tras él.
—¡Miguel!
Él se giró en el umbral.
—Gracias —dijo ella. Y luego, hizo algo que lo dejó helado. Le tomó la mano y se la llevó a la frente, en un gesto antiguo de respeto y gratitud profunda. —Que Dios lo bendiga siempre.
Miguel retiró la mano suavemente, sintiendo una corriente eléctrica recorrerle el brazo.
—Cierra bien la puerta. Ponle el seguro. Y si esos tipos vuelven… no les abras. Grita. Haz ruido.
—Sí.
Miguel salió al pasillo oscuro. Escuchó cómo Valentina pasaba el cerrojo, luego la cadena, luego otro seguro. Tres cerraduras para un mundo hostil.
Bajó las escaleras rápido, sintiendo la urgencia de salir de ahí, de respirar aire fresco. Al salir a la calle, los tres tipos seguían bebiendo. Lo miraron. Miguel se detuvo un segundo, los miró con asco y escupió al suelo antes de subir a su camioneta.
Arrancó el motor y salió de la colonia Doctores.
Mientras conducía de regreso a su departamento de soltero, vacío y silencioso, Miguel no podía dejar de pensar en los ojos de Valentina. Y en la pequeña Angelita durmiendo en una bolsa.
—Pinche vida —murmuró, golpeando el volante. —Pinche vida injusta.
Pero por primera vez en mucho tiempo, Miguel no se sentía solo. Sentía que tenía una misión. Y Miguel, cuando tenía una misión, era imparable. Esos tipos de la inmobiliaria no sabían con quién se acababan de meter. Nadie tocaba a su gente. Y sin saber cómo ni cuándo, Valentina y Angelita ya eran, de alguna extraña manera, su gente.
Capítulo 3: Lobos en la Puerta
Miguel entró a su departamento, un ático moderno en la colonia Del Valle, y cerró la puerta con un golpe seco que resonó en el vacío de la estancia. El lugar estaba impecable, decorado con muebles minimalistas de diseño, una pantalla gigante de 80 pulgadas y una cocina equipada que rara vez usaba. Todo olía a limpio, a caro, a soledad.
Se aflojó la corbata y la tiró sobre el sofá de piel italiana. Se dirigió directamente al mueble bar y se sirvió un vaso generoso de tequila, sin hielo, sin limón. Lo bebió de un solo trago, sintiendo cómo el líquido ámbar le quemaba la garganta, buscando anestesiar la imagen que tenía grabada en la retina: una bebé durmiendo en una bolsa deportiva sucia.
—Maldita sea… —susurró, recargándose en la barra de granito.
No podía sacarse a Valentina de la cabeza. No era atracción física, o al menos, no era solo eso. Era algo más visceral. Era rabia. Rabia contra un sistema que permitía que una niña trabajadora viviera con miedo, mientras parásitos como el tal Andrés o los mafiosos inmobiliarios respiraban tranquilos.
Miguel caminó hacia el ventanal que daba a la ciudad iluminada. Desde ahí, la Ciudad de México parecía un mar de luces inofensivo, hermoso. Pero él sabía lo que se escondía abajo, en las sombras. Él había nacido en esas sombras.
Cerró los ojos y, por un momento, ya no era el empresario restaurantero exitoso. Volvió a ser “El Migue”, el niño de ocho años que se escondía debajo de la cama mientras sus padres se gritaban y se lanzaban botellas en una vecindad de Iztapalapa. Recordó el hambre, ese dolor sordo en el estómago que no te deja pensar. Recordó la vergüenza de ir a la escuela con los tenis rotos. Y recordó el día que el DIF se lo llevó, arrancándolo de los brazos de una madre que estaba demasiado borracha para siquiera llorar.
—No voy a dejar que le pase lo mismo a esa niña —se prometió a sí mismo, apretando el vaso vacío hasta que sus dedos crujieron. —No mientras yo respire.
Sacó su celular. Eran casi las dos de la mañana, pero marcó un número.
—¿Bueno? —contestó una voz ronca y adormilada al tercer tono.
—Tigre, despierta. Necesito un favor —dijo Miguel, con voz de mando.
—¿Miguel? ¿Qué horas son estas, cabrón? —El Tigre era un viejo amigo de sus tiempos en la construcción, un hombre que ahora trabajaba en seguridad privada y tenía contactos en lugares poco recomendables.
—Necesito que me averigües quién está moviendo el tema inmobiliario en la colonia Doctores, específicamente en la calle Dr. Barragán. Hay unos tipos amenazando gente para desalojar.
—Uff, esa zona está caliente, Miguel. Ahí se meten los de la Unión o grupos locales que se creen dueños de la calle. ¿En qué te metiste ahora?
—Es personal, Tigre. Solo averigua quiénes son los cabecillas. Mañana. Temprano.
—Está bien, está bien. Pero me debes una botella de la buena.
Miguel colgó. Se sentía un poco mejor al tener un plan, aunque fuera vago. Se tiró en el sofá, vestido, y se quedó mirando el techo hasta que el amanecer pintó de gris la ciudad.
Mientras tanto, en el pequeño departamento 302, Valentina no había pegado el ojo.
Después de que Miguel se fue, cerró todas las cerraduras y empujó una silla contra la puerta por si acaso. Se sentó en la cama, mirando los billetes que él había dejado sobre la mesa. Tres mil pesos. Para ella, en ese momento, era una fortuna. Era más de lo que ganaba en dos semanas.
Pero junto con el alivio, venía la culpa. ¿Era una limosnera? ¿Qué pensaría Miguel de ella? ¿Que era una inútil que no podía cuidar a su propia hija?
Angelita se removió a su lado. Valentina la tocó y sintió un escalofrío de terror: la niña estaba hirviendo.
—No, no, no… mi amor, no te enfermes ahora —susurró Valentina, con el pánico subiéndole por la garganta.
La bebé empezó a llorar, un llanto débil, gangoso. Tenía fiebre. Probablemente el frío del callejón, o el estrés, o simplemente la mala suerte que parecía perseguirlas. Valentina pasó el resto de la noche poniéndole paños húmedos en la frente, cantándole bajito para no despertar a los vecinos, y rezándole a la Virgen de Guadalupe con una fe desesperada.
Cuando el sol salió, iluminando las grietas de las paredes, la fiebre no había bajado.
—Tengo que ir a la farmacia —se dijo Valentina. Miró el dinero en la mesa. Por primera vez en meses, no tenía que decidir entre comprar medicina o comprar comida. Podía comprar las dos cosas.
Esperó a que fueran las ocho de la mañana. Envolvió a Angelita en la cobija rosa, se puso su suéter y tomó un billete de quinientos pesos. Guardó el resto del dinero en un frasco de café vacío y lo escondió dentro del tanque del baño, un viejo truco que le enseñó su abuela.
Salió con el corazón en la boca. El pasillo estaba desierto, pero sentía ojos mirándola desde cada puerta cerrada. Bajó las escaleras rápido.
En la calle, la vida de barrio ya estaba activa. El olor a tamales y atole de champurrado llenaba el aire. La gente caminaba apresurada hacia el metro. Valentina caminó pegada a la pared, con la cabeza baja, tratando de ser invisible.
Llegó a la farmacia de la esquina, una de esas genéricas con una botarga bailando afuera.
—Buenos días —dijo al mostrador, donde una chica con cara de aburrimiento mascaba chicle. —Mi bebé tiene fiebre. ¿Qué me puede dar?
Salió de ahí con paracetamol pediátrico, un suero y, aprovechando el dinero, un paquete de pañales y una lata pequeña de fórmula. Se sentía rica. Se sentía poderosa. Podía cuidar a su hija.
—Gracias, Miguel —pensó, y una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro cansado.
Regresó al edificio casi corriendo. Subió las escaleras, entró al departamento, cerró con triple llave y suspiró. Estaban a salvo.
Le dio la medicina a Angelita, le preparó un biberón con la fórmula nueva y la arrulló hasta que la niña se quedó dormida, respirando ya con más tranquilidad. Valentina se permitió relajarse un poco. Se preparó un café y se sentó a ver a su hija dormir.
Tal vez, solo tal vez, las cosas iban a mejorar. Miguel le había dicho que descansara. Que no fuera a trabajar. Que él “vería qué hacer”. Valentina no estaba acostumbrada a que alguien cuidara de ella, pero la sensación era cálida, como un rayo de sol en invierno.
Y entonces, el timbre sonó.
No fue un toque normal. Fue un timbrazo largo, insistente, agresivo. Seguido de tres golpes fuertes en la madera.
¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!
Valentina saltó de la silla, derramando un poco de café sobre la mesa. El corazón se le paró.
—¿Quién… quién es? —preguntó, acercándose a la puerta sin abrir, mirando por la mirilla.
Lo que vio le heló la sangre.
Ahí estaba “El Tuercas”. Un tipo flaco, con la piel picada de viruela, tatuajes en el cuello y una sonrisa de hiena que le faltaba un diente. Vestía una playera de tirantes sucia y pantalones tumbados. Pero no venía solo.
Junto a él estaba “El Licenciado”. Un hombre bajo, gordo, sudoroso, embutido en un traje gris barato que le quedaba chico. Llevaba un maletín de cuero sintético bajo el brazo y se secaba el sudor de la calva con un pañuelo sucio.
Y detrás de ellos, una mujer. “La Bruja”, le decían en el barrio. Una notaria corrupta que trabajaba con la mafia, con cara de piedra y ojos fríos como el hielo.
—¡Abre la puerta, Valentina! —gritó El Tuercas, golpeando la madera con la palma abierta. —Sabemos que estás ahí. Oímos llorar a la chilpayate toda la noche.
Valentina retrocedió, temblando.
—¡Váyanse! —gritó ella, tratando de sonar valiente, pero su voz se quebró. —¡Voy a llamar a la policía!
—¡Uy, qué miedo! —se burló El Tuercas. —Llama a quien quieras, muñeca. La patrulla de esta zona es compa mía. Ábrele al Licenciado, venimos a negociar por las buenas.
—No tengo nada que negociar. ¡Este es mi departamento!
—Por ahora —intervino la voz chillona del Licenciado a través de la puerta. —Mira, niña, no nos hagas perder el tiempo. Traemos una oferta final. Cincuenta mil pesitos en efectivo, aquí y ahora. Firmas, nos das las llaves y te largas con tu bastarda a donde quieras. Es mucho dinero para una gata como tú.
Valentina sintió una oleada de náuseas. Cincuenta mil pesos no compraban ni un cuarto de servicio en esa ciudad.
—¡No! ¡Lárguense!
Hubo un silencio del otro lado. Valentina contuvo la respiración, esperando que se hubieran ido. Pero entonces, escuchó un sonido metálico.
Estaban forzando la chapa.
—No queríamos hacerlo así, chula —dijo El Tuercas, y Valentina pudo escuchar la sonrisa en su voz. —Pero tú te lo buscaste. A ver si cuando entremos sigues tan brava.
Valentina corrió hacia la cocina, buscando algo, lo que fuera. Agarró el cuchillo cebollero, el único que tenía filo. Sus manos temblaban tanto que casi se corta. Corrió de regreso a la habitación y se paró frente a la cama donde dormía Angelita, como una leona defendiendo a su cachorro.
—¡Si entran los mato! —chilló, desesperada.
La puerta crujió. La madera vieja alrededor de la cerradura comenzó a ceder ante los embates de una palanca. Astillas volaron hacia adentro.
¡CRACK!
La primera cerradura cedió.
Valentina miró el celular sobre la mesa. ¿Llamar a Miguel? ¿Y qué iba a hacer él? Estaba lejos. Tardaría media hora en llegar. Para entonces, ellos ya estarían adentro. Y quién sabe qué le harían. Las historias que se contaban en el barrio eran de terror: gente golpeada, violada, desaparecida, solo para quitarles un pedazo de tierra.
—¡Abran paso! —gritó El Tuercas.
Dieron una patada conjunta. La puerta, con todo y la silla que Valentina había puesto, se abrió de golpe, golpeando la pared con violencia. El ruido despertó a Angelita, que rompió en un llanto aterrorizado.
Los tres invasores entraron al pequeño departamento como dueños del lugar.
El Tuercas entró primero, mirando todo con desprecio. Pateó la silla tirada en el suelo.
—Bonito cuchillo —dijo, mirando a Valentina, que sostenía el arma con ambas manos, apuntándole al pecho. —Pero si me lo vas a clavar, más te vale que me mates, porque si no, te voy a hacer arrepentir de haber nacido.
—¡No se acerquen! —gritó Valentina, retrocediendo hasta chocar con la cuna improvisada.
El Licenciado entró después, sacudiéndose el polvo del traje. Caminó hacia la mesa, empujó la taza de café de Valentina al suelo, rompiéndola en mil pedazos, y puso su maletín ahí.
—Qué falta de educación —dijo el gordo, abriendo el maletín y sacando unos documentos. —Todo este drama por un nido de ratas. A ver, niña. Baja el cuchillo y firma aquí.
La mujer, La Bruja, se quedó en la puerta, vigilando el pasillo y cerrando la puerta rota lo mejor que pudo.
—Tienes cinco minutos —dijo la mujer con voz monótona. —Tengo otra cita a las once.
—Ya oíste a la licenciada —dijo El Tuercas, dando un paso hacia Valentina. —Baja el fierro.
—¡No! —Valentina estaba llorando, pero no bajó el cuchillo. —¡Es mi casa! ¡Es de mi hija!
El Tuercas se rio y, con un movimiento rápido que Valentina no vio venir, le soltó una cachetada con el reverso de la mano.
¡Plaff!
El golpe fue brutal. Valentina cayó sobre la cama, soltando el cuchillo, que rebotó en el suelo lejos de su alcance. El sabor metálico de la sangre le llenó la boca. Angelita gritaba a todo pulmón.
—¡Cállame a esa escuincla! —gritó El Licenciado, tapándose los oídos.
El Tuercas se inclinó sobre Valentina, agarrándola del pelo y obligándola a mirarlo.
—Te dije que por las buenas, pendeja. Ahora va a ser por las malas. Vas a firmar, y luego vas a agradecer que te dejamos ir caminando.
Valentina sentía que el mundo le daba vueltas. El dolor en la mejilla era insoportable, pero el miedo por su hija era mayor.
—No le hagan nada a la niña… por favor… firmo, firmo lo que quieran… —balbuceó, derrotada. Había perdido. No podía pelear contra ellos. Eran demasiados, eran malos, eran fuertes.
El Licenciado sonrió triunfante y le extendió una pluma barata.
—Así me gusta. Sensata. Aquí, donde está la cruz.
Valentina tomó la pluma con dedos temblorosos. Las lágrimas le nublaban la vista. Iba a perder su hogar. Iba a terminar en la calle con una bebé enferma. Pero al menos estarían vivas.
Acercó la pluma al papel.
En ese momento, un sonido gutural, como el rugido de un motor o de una bestia, se escuchó afuera, en la calle, seguido de un frenazo violento.
Nadie le prestó atención.
—Firma —ordenó El Tuercas, apretándole el cuello con una mano.
Valentina apoyó la punta de la pluma.
De repente, la puerta del departamento, que ya estaba dañada, se abrió de nuevo. Pero esta vez no fue una patada. Fue como si un huracán hubiera decidido entrar.
Una figura se recortó en el umbral. Alta. Ancha. Con una sombra que cubría casi toda la entrada.
Miguel.
Pero no era el Miguel de traje y corbata. Vestía unos jeans, una playera negra pegada al cuerpo y botas de trabajo. Estaba respirando agitadamente, como si hubiera subido las escaleras corriendo. Su rostro estaba rojo de furia, las venas del cuello saltadas. Sus ojos, normalmente tranquilos, inyectados en sangre.
El Tuercas se giró, sorprendido.
—¿Y tú quién chingados eres? —preguntó, soltando a Valentina y sacando una navaja de muelle del bolsillo. —¡Lárgate si no quieres que te pique!
Miguel no dijo nada. No hacía falta.
Entró al departamento con paso firme, ignorando el cuchillo, ignorando al Licenciado, ignorando todo excepto la marca roja en la mejilla de Valentina y el llanto de la bebé.
—Te dije… —empezó Miguel, con una voz baja, cavernosa, que hizo vibrar el aire. —Te dije que la dejaras en paz.
—¡A mí nadie me dice qué hacer, ruco! —El Tuercas se lanzó hacia adelante, tirando un navajazo al estómago de Miguel.
Fue un error.
Miguel había crecido en Iztapalapa. Había peleado en las obras de construcción contra tipos el doble de grandes que este flaco drogadicto.
Miguel esquivó el navajazo con un movimiento lateral rápido, agarró la muñeca de El Tuercas y la torció con un crujido seco.
¡CRACK!
El Tuercas gritó, soltando la navaja. Miguel no se detuvo. Le metió un cabezazo en la nariz que sonó como si se rompiera una sandía. El Tuercas salió volando hacia atrás, estrellándose contra la pared y cayendo al suelo, inconsciente o muy aturdido, con la cara bañada en sangre.
El silencio volvió al cuarto, solo roto por los sollozos de Angelita.
El Licenciado se quedó petrificado, con la pluma en la mano y la boca abierta. La mujer notaria retrocedió hacia la salida, pálida como un papel.
Miguel se paró en medio de la sala, respirando fuerte, sacudiéndose los nudillos. Se giró lentamente hacia el hombre de traje.
—Tú debes ser el famoso Licenciado —dijo Miguel, avanzando hacia él.
El gordo retrocedió hasta chocar con la mesa.
—Oiga… oiga, tranquilo… esto es un malentendido… podemos arreglarnos… tengo dinero…
Miguel agarró los papeles de la venta de la mesa, los rompió en dos con un movimiento brusco y se los aventó en la cara.
—El único arreglo que vas a tener es con el traumatólogo si no sales de aquí en tres segundos —gruñó Miguel.
Se giró hacia Valentina. Su expresión cambió instantáneamente de la furia demoníaca a una preocupación infinita. Se arrodilló junto a la cama.
—¿Estás bien? —le preguntó, tocando suavemente la mejilla golpeada. Sus manos, que acababan de romperle la nariz a un hombre, ahora temblaban de delicadeza.
Valentina se lanzó a sus brazos, llorando desconsoladamente.
—Pensé que no llegabas… pensé que nos mataban…
—Perdón por tardar —susurró Miguel, abrazándola fuerte, sintiendo el cuerpo pequeño de ella contra su pecho, oliendo su cabello, su miedo. —Había mucho tráfico. Pero ya estoy aquí. Y te juro por mi vida que nadie te va a volver a poner una mano encima.
Miró por encima del hombro de Valentina. El Licenciado y La Bruja estaban tratando de levantar a El Tuercas para huir.
—¡Lárguense! —rugió Miguel. —¡Y díganle a su jefe que este departamento ya no está a la venta! ¡Ahora es problema mío!
Los intrusos salieron tropezándose, arrastrando al herido, dejando un rastro de sangre en el piso limpio de Valentina.
Miguel se quedó ahí, de rodillas, abrazando a la madre y escuchando el llanto de la bebé. Sintió una mezcla de adrenalina y terror. Había cruzado una línea. Ya no era solo su jefe. Ya no era solo un buen samaritano. Ahora estaba en guerra. Y por primera vez en su vida, tenía algo por lo que valía la pena pelear hasta la muerte.
—Recoge tus cosas, Valentina —dijo Miguel, separándose y mirándola a los ojos. —Te vas conmigo. Ahora sí, te vas conmigo. Y no acepto un no por respuesta.
Valentina asintió, secándose las lágrimas. Miró su pequeño departamento, su santuario violado, y supo que ya no podía quedarse.
—Sí, Miguel. Vámonos.
Capítulo 4: Un Palacio de Cristal para una Cenicienta Rota
El silencio que siguió a la violencia fue ensordecedor. En el pequeño departamento 302, el aire aún vibraba con la energía residual de la pelea. Había manchas de sangre en el piso —sangre de “El Tuercas”— que brillaban oscuras bajo la luz de la única bombilla que quedaba encendida.
Miguel estaba de pie junto a la ventana, vigilando la calle a través de las cortinas de retazos. Su respiración se había calmado, pero sus músculos seguían tensos, como cables de acero a punto de romperse.
—Se fueron —dijo, sin voltear. —Se subieron a un Tsuru negro y arrancaron quemando llanta. Pero van a volver. Tipos como esos siempre vuelven cuando se les pasa el susto.
Se giró hacia Valentina. Ella estaba sentada en el borde de la cama, temblando. No era un temblor de frío, sino ese temblor incontrolable que viene cuando la adrenalina abandona el cuerpo y deja paso al horror. Tenía a Angelita apretada contra su pecho, como si quisiera volver a meterla dentro de su cuerpo para protegerla.
—Valentina —la llamó Miguel, suavizando la voz. —Tenemos que irnos. Ya. No tienes cinco minutos. Tienes dos.
Valentina asintió, pero no se movía. Estaba en shock. Miraba alrededor de su pequeña casa, ese espacio que había defendido con uñas y dientes, y que ahora se sentía sucio, violado. La puerta estaba destrozada, colgando de una bisagra. Su taza favorita estaba hecha añicos en el suelo.
—Mi casa… —susurró.
—Las casas son ladrillos y cemento, Valentina —dijo Miguel, acercándose y poniéndole una mano en el hombro. —El hogar eres tú y la niña. Y ese hogar se va a mover de lugar ahorita mismo. Agarra lo indispensable. Papeles, ropa para la niña, medicinas. Lo demás se compra. Lo demás no importa.
Como si sus palabras hubieran roto un hechizo, Valentina se levantó. Se movió rápido, con la eficiencia de quien está acostumbrada a la crisis.
Sacó una maleta vieja de debajo de la cama. En ella metió los pañales que había comprado esa mañana, la lata de leche, los mamelucos de Angelita. Fue al pequeño altar y tomó la imagen de la Virgen de Guadalupe, besándola antes de envolverla en una camiseta y guardarla.
—¿Y mis cosas? —preguntó, mirando su ropa modesta colgada en un tubo de metal.
—Agarra lo que te quepa en una mochila. No cargues peso muerto. Yo te compro ropa luego.
Valentina sintió una punzada de vergüenza. Otra vez la caridad. Pero miró la marca roja en su mejilla reflejada en el espejo roto del baño y supo que el orgullo no la iba a salvar esta vez. Metió dos pantalones de mezclilla, unas playeras y su uniforme del restaurante.
—Lista —dijo, cerrando la maleta con dificultad.
Miguel tomó la maleta con una mano y con la otra agarró la bolsa deportiva, esa maldita bolsa donde había dormido la niña, que ahora servía para cargar cobijas.
—Vamos. Yo abro paso. Tú no te separes de mi espalda.
Salieron al pasillo. El edificio parecía contener la respiración. Los vecinos, que seguramente habían escuchado los gritos y los golpes, estaban escondidos detrás de sus puertas. Nadie quería problemas. En esos barrios, ver, oír y callar era la única forma de llegar a viejo.
Bajaron las escaleras. Al llegar a la planta baja, una puerta se entreabrió.
Era Doña Chuy, la vecina chismosa, la que le cobraba caro por cuidar a la niña. Asomó la cabeza llena de tubos para el pelo, con una bata floreada grasienta. Sus ojos de reptil escanearon la escena: Miguel cargando las maletas con cara de pocos amigos, y Valentina detrás, con la cara golpeada y la bebé en brazos.
—¡Uy, Valentina! —graznó la vieja, sin salir del todo. —¿Ya te vas huyendo? ¿A poco te metiste en líos de faldas? Te dije que ese muchacho no te convenía…
Valentina bajó la cabeza, avergonzada. Pero Miguel se detuvo en seco. Giró lentamente sobre sus talones y clavó sus ojos oscuros en la vecina.
—Señora —dijo Miguel, con una voz peligrosamente tranquila. —Si yo fuera usted, me metería a mi casa, le pondría tres candados a la puerta y rezaría para que se me olvide su cara. Porque si me entero de que usted le abre la boca a los tipos que vinieron hace rato, voy a regresar. Y no voy a venir a platicar.
Doña Chuy palideció. Había visto a los tipos salir sangrando. Sabía que este hombre no estaba jugando.
—Yo no he visto nada, joven. Nada de nada —dijo la vieja, y cerró la puerta de un portazo.
—Vieja bruja —murmuró Miguel. —Vámonos.
Salieron a la calle. El sol de mediodía caía a plomo, indiferente al drama humano. Miguel abrió la puerta del copiloto de la Lobo, ayudó a Valentina a subir y aseguró a la bebé. Tiró las maletas en el asiento trasero y subió al volante.
Arrancó haciendo rugir el motor V8. Mientras se alejaban de la colonia Doctores, Valentina miró por el retrovisor. Vio cómo su edificio se hacía pequeño, cómo las calles llenas de baches y basura quedaban atrás. Sintió un dolor agudo en el pecho, una mezcla de pérdida y alivio que la hizo sollozar en silencio.
—No mires atrás —le dijo Miguel, sin quitar la vista del camino. —Lo que dejaste ahí ya no existe. Ahora mira para adelante.
El trayecto hacia la zona poniente de la ciudad fue silencioso. El tráfico de la Ciudad de México era el caos habitual: cláxones, vendedores ambulantes toreando coches, microbuseros suicidas. Pero dentro de la camioneta, el mundo parecía estar en pausa.
Valentina acariciaba la frente de Angelita. La fiebre había bajado un poco gracias a la medicina, pero la niña seguía inquieta.
—¿A dónde vamos? —preguntó Valentina finalmente, cuando vio que entraban a una zona que ella solo conocía por las telenovelas. Edificios de cristal, calles limpias, árboles podados, gente paseando perros que parecían comer mejor que ella.
—A mi casa —respondió Miguel. —Vivo en la Del Valle. Es seguro. Hay vigilancia las 24 horas. Esos pendejos no pueden entrar ahí ni aunque se disfracen de repartidores de Uber Eats.
—Pero… Miguel… yo no puedo…
—¿No puedes qué? ¿Quedarte en la calle? ¿Regresar a que te maten? —Miguel la miró un segundo, con intensidad. —Valentina, entiende una cosa. A partir de hoy, tú y yo somos equipo. Yo me metí en tu pleito, así que ahora es mi pleito también. No te voy a dejar tirada.
Llegaron a un edificio alto, moderno, con balcones amplios. Miguel bajó la ventanilla al llegar a la caseta de seguridad. Un guardia uniformado, mucho más profesional que cualquier policía que Valentina hubiera visto, se acercó.
—Buenas tardes, Don Miguel.
—Qué tal, Ramírez. Voy a entrar directo al sótano 2. Y avisa a los del turno de la noche: nadie sube a mi piso sin que yo baje personalmente por él. Nadie. ¿Entendido?
—Entendido, señor. ¿Pasa algo malo?
—Solo prevenciones, Ramírez. Ojo avizor.
La reja automática se abrió. Entraron al estacionamiento subterráneo, lleno de coches de lujo: BMWs, Mercedes, Audis. La camioneta de Miguel encajaba perfectamente. Valentina, con sus tenis desgastados y su bolsa de mandado, sentía que se encogía en el asiento. Era una intrusa. Una mancha de suciedad en un mundo inmaculado.
Subieron por el elevador directo al Penthouse. Miguel marcó un código en el panel y las puertas se abrieron directamente en la sala de su departamento.
Valentina salió del elevador y se quedó boquiabierta.
El lugar era inmenso. Tenía ventanales de piso a techo que mostraban una panorámica impresionante de la ciudad. El piso era de mármol blanco. Había una sala con sofás de piel negra en forma de L, una mesa de centro de cristal, esculturas abstractas. Todo era gris, blanco y negro. Masculino. Frío. Impresionante.
—Bienvenida —dijo Miguel, dejando las maletas en la entrada. —No es muy acogedor, lo sé. Casi nunca estoy aquí. Pero es seguro.
Valentina dio un paso tímido sobre el mármol, temiendo ensuciarlo. Abrazó a Angelita más fuerte.
—Es… es como un palacio —murmuró. —Miguel, yo no puedo pagarle esto. Ni trabajando cien años lavando platos podría pagarle una noche aquí.
Miguel suspiró, frustrado. Se quitó la chamarra y la aventó a un sillón.
—Nadie está hablando de dinero, mujer. Deja de pensar como empleada y empieza a pensar como… como invitada. Ven, te enseño tu cuarto.
La guio por un pasillo largo. Abrió una puerta.
—Este es el cuarto de huéspedes.
La habitación era más grande que todo el departamento de Valentina. Tenía una cama King Size con sábanas que parecían de seda, una televisión empotrada en la pared, un baño propio y un vestidor vacío.
—El baño tiene tina. Hay toallas limpias en el gabinete. Úsalo. Báñate, relájate. Lava a la niña si quieres, el agua sale caliente al instante.
Valentina dejó a Angelita sobre la cama gigante. La niña parecía una muñequita perdida en un océano de blancura.
—Gracias —dijo ella, con la voz quebrada. —De verdad, gracias.
Miguel se quedó en el marco de la puerta, mirándola. Vio el moretón en su mejilla, que ya se estaba poniendo morado oscuro. Vio el cansancio infinito en sus hombros.
—Voy a pedir comida. ¿Te gusta la pizza? ¿O prefieres algo más casero?
—Lo que sea está bien. No tengo hambre.
—Vas a comer —ordenó él. —Necesitas fuerzas. Pido algo y te aviso. Descansa.
Cerró la puerta, dejándola sola.
Valentina se quedó de pie en medio del lujo. Se acercó al espejo de cuerpo entero del vestidor. Se vio a sí misma: despeinada, con la ropa sucia de sangre ajena y polvo, el golpe en la cara. Se sintió fea. Se sintió indigna. ¿Qué hacía ella aquí? ¿Por qué este hombre, que podía tener a cualquier mujer de su clase, se molestaba en salvar a una lavaplatos?
—Por lástima —se respondió a sí misma. —Solo es lástima.
Se metió al baño. Abrió la llave. El agua salió hirviendo. Se quitó la ropa y se metió bajo el chorro. Lloró. Lloró mientras el agua se llevaba la suciedad y el miedo. Lloró por su casa perdida, por su soledad, por la gratitud y por la vergüenza.
Una hora después, Valentina salió de la habitación. Llevaba ropa limpia, el cabello húmedo y a Angelita en brazos, también bañada y con un mameluco limpio. La niña se veía mucho mejor, la fiebre había cedido y ahora miraba todo con ojos curiosos.
Miguel estaba en la cocina, sirviendo comida de varios contenedores de unicel sobre platos de cerámica cuadrada.
—Huele rico —dijo Valentina tímidamente.
Miguel levantó la vista. Por un segundo, se quedó callado. Valentina, con la cara lavada y el cabello suelto, tenía una belleza natural, dolorosa. El golpe en su mejilla solo acentuaba su fragilidad.
—Es comida corrida de un lugar fresa de aquí a la vuelta —dijo él, rompiendo el hechizo. —Pollo asado, arroz, ensalada. Nada del otro mundo, pero alimenta. Siéntate.
Comieron en la barra de la cocina. Al principio, el silencio era incómodo. Solo se oía el tintineo de los cubiertos.
—Miguel… —empezó Valentina, jugando con el arroz.
—Dime.
—¿Por qué?
—¿Por qué qué?
—¿Por qué hace esto? Usted no me conoce. Soy su empleada desde hace una semana. Me cachó robando… bueno, no robando, pero haciendo algo malo. Y ahora se pelea con mafiosos, me trae a su casa, me da de comer… ¿Por qué? ¿Qué quiere de mí?
Miguel dejó el tenedor. Tomó un trago de vino tinto que se había servido. Miró a la nada, buscando las palabras.
—Mira, Valentina. Yo no soy un santo. He hecho cosas de las que no estoy orgulloso para llegar a donde estoy. Pero hay una cosa que no soporto: a los abusivos.
Se inclinó hacia ella, mirándola a los ojos.
—Yo crecí en la mierda, igual que tú o peor. Mi papá nos golpeaba. Mi mamá bebía hasta desmayarse. Nadie nos ayudó nunca. Los vecinos oían los gritos y subían el volumen de la tele. La policía venía, recibía una mordida y se iba. Crecí odiando a la gente que voltea la cara cuando ve una injusticia.
Valentina escuchaba, fascinada. Ese hombre poderoso, seguro de sí mismo, tenía grietas. Grietas profundas.
—Cuando vi a esos tipos en tu casa… cuando vi a ese cabrón pegarte… no te vi solo a ti. Me vi a mí hace treinta años. Y me prometí que ahora que tengo fuerza, que tengo dinero, que tengo poder… no voy a ser como esos vecinos que subían el volumen. Si puedo ayudar, ayudo. Eso es todo. No quiero nada de ti. No quiero que me pagues, no quiero que… —se detuvo, un poco sonrojado— no quiero “favores” de ningún tipo. Solo quiero que tú y esa niña estén a salvo.
Valentina sintió que una lágrima rodaba por su mejilla sana.
—Nadie nunca había hecho algo así por mí.
—Pues ya era hora, chingada madre —dijo Miguel, tratando de aligerar el ambiente con una sonrisa torcida. —Aparte, eres mi mejor lavaplatos. No puedo permitirme perderte, encontrar personal bueno está bien difícil hoy en día.
Valentina sonrió. Una sonrisa pequeña, tímida, pero real.
—Gracias, jefe.
—Miguel. Llámame Miguel. Aquí no hay jefes.
Terminaron de cenar. Miguel se levantó y fue al congelador. Sacó una bolsa de hielos y la envolvió en un trapo de cocina limpio.
—Ven acá —le dijo.
Valentina se acercó. Miguel le puso el hielo sobre el pómulo hinchado con una suavidad extrema.
—Esto se va a poner feo mañana. Va a cambiar de color a verde y amarillo. Pero no te rompieron nada. Tienes la cabeza dura.
Estaban muy cerca. Valentina podía oler su loción, una mezcla de madera y tabaco caro. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Levantó la vista y sus miradas se encontraron.
Había algo ahí. Algo más que gratitud. Algo más que protección. Una chispa de reconocimiento entre dos almas que habían sido golpeadas por la vida y que, milagrosamente, seguían de pie.
Valentina sintió un impulso loco de besarlo, de refugiarse en esos brazos fuertes que habían noqueado a un hombre por ella. Pero se contuvo. Él era su salvador, no su amante. No quería arruinarlo.
Miguel retiró la mano lentamente, como si le quemara la piel de ella.
—Ve a descansar —dijo, con voz ronca. —Yo voy a dormir en mi cuarto, al otro lado del pasillo. Si necesitas algo, lo que sea, grita. Aquí sí te voy a escuchar.
—Buenas noches, Miguel.
—Buenas noches, Valentina.
Ella se fue a su cuarto, cerrando la puerta suavemente. Miguel se quedó en la cocina, con el hielo derritiéndose en la mano y el corazón latiéndole a mil por hora.
—¿En qué te metiste, Miguel? —se preguntó en voz alta.
Pero por primera vez en años, al entrar a su habitación vacía y fría, no se sintió solo. Sabía que al otro lado del pasillo, dos corazones latían bajo su techo. Y eso, extrañamente, le daba una paz que ningún millón de pesos le había dado jamás.
Se acostó en su cama, pero puso su pistola Glock 9mm —un recuerdo de sus tiempos más oscuros y una necesidad en el México actual— en la mesita de noche.
Estaban seguros, sí. Pero la guerra apenas empezaba. El Licenciado y El Tuercas no se iban a quedar de brazos cruzados. Y Miguel estaba listo para lo que viniera.
Capítulo 5: Jaula de Oro y Corazones de Cristal
Los primeros rayos del sol se colaron por las cortinas blackout que Valentina había dejado entreabiertas por error. No era el sol pálido y polvoriento que solía entrar por la ventanita de su departamento en la Doctores, ese que iluminaba el polvo flotando en el aire. Este sol se sentía diferente: limpio, brillante, filtrado a través de los vidrios dobles de un piso quince en la colonia Del Valle.
Valentina abrió los ojos y, por un segundo, el pánico la paralizó. No reconoció el techo alto, ni la lámpara de diseño moderno que colgaba sobre ella. Palpó a su lado buscando la pared fría y descascarada contra la que solía dormir, pero su mano encontró sábanas de algodón egipcio, suaves y frescas.
—Angelita… —susurró, sentándose de golpe.
La bebé estaba ahí, a su lado, durmiendo plácidamente en medio de la inmensa cama King Size, rodeada de almohadas que Miguel había dispuesto como una fortaleza suave. Respiraba tranquila, sin la tos ni los mocos que la humedad de su antigua casa le provocaba constantemente.
Valentina soltó el aire que contenía. Recordó todo. El robo frustrado, la bolsa, el ataque en su casa, los golpes, Miguel.
Miguel.
El nombre resonó en su mente y sintió un calor extraño en el estómago. Se levantó despacio y caminó descalza hacia el baño privado. Se miró en el espejo. El moretón en su mejilla había pasado de un rojo furioso a un morado verdoso que le daba un aspecto lastimero. Pero sus ojos… sus ojos ya no tenían ese velo gris de desesperación absoluta. Tenían miedo, sí, pero también brillaban con algo nuevo: esperanza.
Se duchó rápido, disfrutando del agua caliente como si fuera un lujo prohibido. Se puso unos jeans y una playera sencilla que había rescatado en su mochila. Al salir, Angelita ya estaba despierta, balbuceando y estirando sus manitas regordetas hacia el techo.
—Buenos días, mi princesa —le dijo Valentina, cargándola y llenándola de besos. —Mira nada más dónde estamos. Ni en las novelas, mi amor. Ni en las novelas.
Salió al pasillo con la niña en brazos. El departamento estaba en silencio absoluto. Eran las ocho de la mañana. ¿Se habría ido Miguel?
Caminó hacia la cocina, pisando de puntitas sobre el mármol frío. Y entonces lo vio.
Miguel estaba sentado en la barra de la cocina, con una taza de café en la mano y una tablet apoyada frente a él. Llevaba una camisa blanca impecable, arremangada hasta los codos, y el cabello húmedo peinado hacia atrás. Se veía… imponente. Poderoso. Pero su ceño estaba fruncido mientras leía algo en la pantalla.
Al escuchar los pasos de Valentina, levantó la vista. Su expresión dura se suavizó al instante, como si alguien hubiera cambiado el canal de la televisión.
—Buenos días —dijo él, con esa voz grave que hacía vibrar algo dentro de Valentina. —¿Cómo amanecieron?
—Bien, gracias. Muy bien —respondió ella, sintiéndose repentinamente tímida en su propia ropa vieja frente a tanta elegancia. —Perdón si nos despertamos tarde, es que la cama es… bueno, es como dormir en una nube.
Miguel sonrió, una sonrisa pequeña que apenas curvaba la comisura de sus labios.
—Para eso es. Si no descansas, no te curas. ¿Cómo sigue el golpe?
—Ahí va. Ya no duele tanto —mintió ella. Le dolía cada vez que sonreía, pero no quería preocuparlo.
Miguel se levantó y fue a la cafetera.
—Siéntate. Hice café. Y pedí fruta y pan dulce. No sabía qué le gusta desayunar a la niña, así que compré… bueno, compré de todo un poco. Gerbers, papillas, esas galletas para la dentición…
Señaló una bolsa de supermercado sobre la encimera que parecía contener provisiones para un mes.
—Miguel, es demasiado…
—Deja de decir que es demasiado —la interrumpió él, sirviéndole una taza de café. —Mejor dime qué vas a hacer hoy.
Valentina tomó un sorbo de café. Sabía a gloria. Café de grano recién molido, no el soluble barato que ella acostumbraba.
—Pues… pensaba ir al restaurante. Es mi turno de la mañana y…
—No —la cortó Miguel tajantemente.
Valentina parpadeó, sorprendida por la dureza de su tono.
—¿No? Pero… necesito trabajar. No puedo quedarme aquí de gratis, Miguel. Me voy a volver loca. Además, usted… tú dijiste que no me ibas a correr.
—Y no te estoy corriendo. Te estoy dando una incapacidad médica pagada —Miguel se recargó en la barra, cruzando los brazos. —Valentina, esos tipos saben dónde trabajas. Si te ven en el restaurante, van a ir a buscarte. Y no quiero escándalos en mi negocio, ni quiero que te pase nada.
—¿Entonces qué hago? ¿Me quedo aquí encerrada como una muñeca?
—Por ahora, sí. Es por seguridad.
Valentina sintió una oleada de frustración. Odiaba sentirse inútil. Toda su vida había trabajado. Desde los diez años vendiendo chicles, luego limpiando casas, luego lavando platos. El ocio era un lujo que no sabía cómo manejar.
—No puedo estar sin hacer nada, Miguel. Me siento… me siento como una mantenida. Y yo no soy eso.
Miguel la miró fijamente. Vio el orgullo en sus ojos, ese orgullo ferroz que la había mantenido a flote cuando todo se hundía. Suspiró.
—Está bien. Si quieres hacer algo, ayúdame aquí. La señora que viene a limpiar solo viene dos veces por semana. Si quieres… no sé, mantén el orden, cocina si te nace. Pero no salgas. Al menos no sola.
—¿Cocinar? —Valentina miró la cocina ultra moderna, llena de electrodomésticos que parecían sacados de una nave espacial. —¿Aquí? Me da miedo tocar esos botones y que explote algo.
Miguel soltó una carcajada real, sonora.
—Te enseño. Es fácil. Mira…
Pasaron la siguiente media hora en una clase improvisada de cocina. Miguel le enseñó a usar la estufa de inducción, el horno de convección y la cafetera italiana. Hubo momentos de cercanía física inevitable —él guiando su mano para ajustar la temperatura, sus hombros rozándose— que cargaron el aire de electricidad estática.
Cuando Miguel tuvo que irse a trabajar, se detuvo en la puerta.
—Te dejo una llave en la mesa. Y dinero para el súper, por si quieres pedir algo a domicilio. No le abras a nadie. Si suena el interphone, revisa la cámara. Si no soy yo, no contestes.
—Sí, papá —bromeó ella, tratando de aligerar la tensión.
Miguel se detuvo. La miró con una intensidad que le cortó el aliento.
—No soy tu papá, Valentina. Y tú no eres una niña. Cuídate.
Cerró la puerta. Valentina se quedó parada en el recibidor, con el corazón latiendo a mil por hora, preguntándose qué demonios había significado eso.
Mediodía. En algún lugar del Centro Histórico.
Miguel estacionó la Lobo en un estacionamiento público y caminó un par de cuadras hasta una cantina vieja, de esas que huelen a aserrín y a tequila barato, donde el tiempo parece haberse detenido en 1950.
Entró y sus ojos tardaron un momento en acostumbrarse a la penumbra. Al fondo, en una mesa apartada, estaba “El Tigre”. Un hombre de unos cincuenta años, calvo, con una cicatriz que le cruzaba la ceja y brazos tatuados como un mapa carcelario.
—Migue, dichosos los ojos —dijo el Tigre, señalando la silla vacía. —Siéntate. Ya pedí las botanas.
Miguel se sentó, manteniendo la espalda contra la pared. Hábito viejo.
—¿Qué tienes para mí, Tigre? —fue directo al grano.
El Tigre se metió un cacahuate a la boca y masticó despacio.
—No son buenas noticias, hermano. Esos tipos que sacaste a patadas del depa de tu amiga… no son simples prestamistas.
—¿Quiénes son?
—Pertenecen a un grupo que se hace llamar “La Constructora”. Es una fachada. Operan para una célula de la Unión que se dedica al despojo de predios. Buscan edificios viejos con dueños ancianos o vulnerables, los amedrentan para que vendan por dos pesos, o simplemente falsifican escrituras, los sacan a la mala y luego construyen departamentos de lujo para lavar dinero.
Miguel apretó la mandíbula. Sabía que era algo así, pero la confirmación lo hacía más peligroso.
—El tipo al que le rompiste la nariz, “El Tuercas”, es un gatillero de baja monta. Un mandadero. Pero el otro, el gordo del traje… ese es “El Licenciado” Salgado. Es el cerebro legal de la operación. Y es vengativo, Miguel. Muy vengativo.
—¿Saben quién soy?
—Ahorita ya lo saben. Con tu camioneta y tus placas, no fue difícil rastrearte. Saben que tienes el restaurante en la Condesa. Saben que tienes lana.
Miguel sintió un frío en la nuca. No por él. Él podía cuidarse. Pero ahora sabían dónde encontrarlo. Y si sabían dónde encontrarlo a él, podían llegar a Valentina.
—¿Qué recomiendas? —preguntó Miguel, tomando un trago de la cerveza que el mesero acababa de dejar.
—Si fuera cualquier otro pendejo, le diría que entregara a la chava y se lavara las manos. Que no vale la pena la bronca por una nalguita.
Miguel golpeó la mesa con la palma abierta. El sonido hizo que varios borrachos voltearan.
—Cuidado con lo que dices, Tigre. No es “una nalguita”. Es una mujer decente con una bebé. Y están bajo mi protección.
El Tigre levantó las manos en señal de paz.
—Tranquilo, fiera. Ya veo por dónde va el asunto. Te pegó el síndrome del caballero andante. Está bien. Si te la vas a rifar por ella, entonces tienes que hacerlo bien.
El Tigre se inclinó sobre la mesa, bajando la voz.
—Salgado no va a ir a la policía por la nariz rota de su achichincle. No le conviene que investiguen sus negocios. Va a tratar de pegarte donde te duele. Tu negocio. O tu casa. Necesitas seguridad, Miguel. Seguridad de verdad. No el guardia dormilón de tu edificio.
—Consígueme gente. Dos tipos. Discretos, pero que sepan tirar plomo si hace falta. Uno para el restaurante y otro que se quede cerca de mi edificio.
—Te va a costar una lana.
—No me importa. Pónmelos hoy mismo.
Miguel salió de la cantina con el estómago revuelto. El cielo de la ciudad se había nublado, presagiando una de esas tormentas de tarde que inundan las calles. Subió a su camioneta y sacó la Glock de la guantera. Verificó que tuviera tiro en la recámara.
La guerra estaba declarada. Y él acababa de subir la apuesta.
La tarde en el Penthouse.
Valentina había pasado el día limpiando lo que ya estaba limpio. Era su terapia. Frotar, barrer, acomodar. Le daba una sensación de control sobre su entorno. Angelita, sentada en su portabebé sobre la alfombra de la sala, miraba los dibujos animados en la televisión gigante, fascinada por los colores.
A eso de las cinco, Valentina decidió cocinar. Abrió el refrigerador inmenso y encontró carne molida, jitomates, cebolla, chiles chipotles.
—Vamos a hacerle unas albóndigas al señor Miguel, mija —le dijo a la bebé. —Para que vea que no somos unas inútiles.
Puso música en su celular, unas cumbias bajitas para no molestar a los vecinos imaginarios, y se puso a picar verdura. El olor a sofrito, a ajo y cebolla dorándose en mantequilla, empezó a llenar el departamento, desplazando ese olor aséptico y frío que tenía antes. Ahora olía a hogar. A comida de mamá.
Cuando Miguel abrió la puerta a las ocho de la noche, el aroma lo golpeó como un abrazo.
Entró con los hombros tensos, cargando el peso de las noticias del Tigre y el estrés del restaurante. Pero al cruzar el umbral, se detuvo.
La casa olía delicioso. Olía a caldillo de jitomate y hierbabuena.
Valentina salió de la cocina secándose las manos en un trapo. Llevaba el cabello recogido en una coleta alta y las mejillas sonrosadas por el calor de la estufa.
—Buenas noches, Miguel. ¿Llega con hambre?
Miguel la miró. Por un segundo, olvidó a los narcos, olvidó las amenazas, olvidó su propia soledad. Solo vio a una mujer hermosa esperándolo con la cena hecha. Una fantasía que había enterrado hacía años.
—Mucha —dijo él, aflojándose la corbata. —¿Qué huele tan rico?
—Albóndigas al chipotle. Receta de mi abuela. Espero que le guste el picante.
—Soy mexicano, Valentina. Si no pica, no sabe.
Cenaron juntos en la mesa del comedor, no en la barra. Miguel sirvió vino para él y refresco para ella. Angelita ya estaba dormida de nuevo.
—Esto está… —Miguel probó una albóndiga y cerró los ojos. El sabor lo transportó a su infancia, a los pocos momentos buenos que recordaba. —Está increíble. En serio. Mejor que lo que sirven mis chefs en el restaurante.
Valentina se sonrojó, bajando la mirada a su plato.
—Exagerado. Es comida de pobre.
—La comida no tiene clase social, Valentina. Tiene sazón. Y tú tienes un don.
El ambiente se relajó. Empezaron a platicar. No de problemas, no de deudas, no de mafiosos. Hablaron de cosas triviales. De música. De qué programas veían de niños. Miguel le contó anécdotas graciosas de clientes borrachos en el restaurante. Valentina le contó travesuras de cuando iba a la escuela en el pueblo.
Se rieron. Fue la primera vez que Miguel la oía reírse de verdad, una risa cristalina que le iluminaba la cara y hacía que el moretón pareciera desaparecer.
Después de cenar, Miguel insistió en lavar los platos.
—Tú cocinaste, yo lavo. Es la regla.
—Pero yo soy la lavaplatos profesional aquí —protestó ella, intentando quitarle la esponja.
Sus manos chocaron bajo el chorro de agua tibia. Se detuvieron.
Estaban parados uno junto al otro frente al fregadero. El contacto de su piel mojada envió una descarga eléctrica a través de ambos. Valentina levantó la vista. Miguel la miraba con una intensidad que la hizo temblar. Sus rostros estaban a centímetros.
Podía ver las motas doradas en los ojos oscuros de él. Podía ver el cansancio, pero también el deseo. Un deseo crudo, honesto.
Miguel se inclinó levemente. Valentina entreabrió los labios, su respiración agitada. Su mente le gritaba que era una locura, que él era su jefe, su salvador, que no debía complicar las cosas. Pero su corazón… su corazón le gritaba que lo besara.
—Miguel… —susurró ella.
El sonido de su nombre pareció despertar a Miguel de un trance. Se alejó bruscamente, cerrando la llave del agua.
—Perdón —dijo él, con la voz ronca. —Perdón. No… no debo.
Valentina se quedó paralizada, sintiendo el rechazo como una bofetada fría.
—No, perdone usted… yo… yo me confundí.
—No te confundiste, Valentina —dijo Miguel, sin mirarla, agarrándose al borde de la encimera con fuerza. —Ese es el problema. Que no estás confundida. Y yo tampoco. Pero no puedo hacer esto. Estás en una situación vulnerable. Estás en mi casa porque no tienes a dónde ir. Si yo… si pasara algo entre nosotros, sentiría que me estoy aprovechando de ti. Y yo no soy ese tipo de hombre.
Valentina lo miró, y su respeto por él creció tanto que casi le dolió el pecho. Era un caballero. Un hombre de los que ya no existen.
—Entiendo —dijo ella suavemente. —Gracias, Miguel.
—Ve a descansar. Mañana… mañana será otro día.
La Pesadilla.
Eran las tres de la mañana. El departamento estaba sumido en la oscuridad.
Valentina estaba atrapada en un sueño.
Estaba de vuelta en el callejón. Estaba oscuro y olía a basura. Tenía la bolsa en el hombro, pero pesaba toneladas. Sentía que la arrastraba hacia el suelo. De repente, El Tuercas aparecía frente a ella, con la cara deformada, sangrando, riéndose.
“Dámela”, decía el hombre, estirando manos esqueléticas. “Dame a la escuincla”.
Valentina quería correr, pero sus pies estaban pegados al asfalto. Abría la bolsa para ver a Angelita, pero la bolsa estaba vacía. Solo había oscuridad.
“¡No! ¡Angelita!”, gritaba.
“Ya la vendimos”, susurraba el Licenciado desde las sombras. “Firma aquí o no la vuelves a ver”.
Valentina gritaba, gritaba con todas sus fuerzas, pero no salía voz de su garganta.
—¡NO! —el grito finalmente rompió la barrera del sueño y salió de su garganta, desgarrador, agudo.
Valentina se despertó de golpe, sudando frío, con el corazón a punto de estallar. Angelita se despertó asustada por el grito y comenzó a llorar a todo pulmón.
La puerta de la habitación se abrió de golpe.
Miguel entró corriendo. Llevaba un pantalón de pijama y… una pistola en la mano.
—¡Valentina! ¿Qué pasa? ¿Entraron?
Encendió la luz, barriendo la habitación con el arma, buscando una amenaza. Pero solo encontró a Valentina sentada en la cama, pálida como un fantasma, temblando violentamente, y a la bebé llorando.
Miguel bajó el arma al instante y la dejó sobre el buró. Se acercó a la cama.
—Fue un sueño… —jadeó Valentina, cubriéndose la cara con las manos. —Fue una pesadilla. Se la llevaban. Se llevaban a mi hija.
Miguel se sentó en la cama y la abrazó. Esta vez no hubo dudas, ni frenos morales. La envolvió en sus brazos fuertes, meciéndola mientras ella lloraba contra su pecho desnudo.
—Ya pasó. Estás aquí. Estás segura. Nadie va a entrar. Nadie se la va a llevar.
Valentina se aferró a él como un náufrago a una tabla. Podía sentir el latido fuerte y constante del corazón de Miguel. Podía sentir su piel cálida.
—Tengo miedo, Miguel. Tengo mucho miedo. No se van a detener.
Miguel le acarició el cabello, besando la coronilla de su cabeza.
—Que vengan —susurró él, con una frialdad que contrastaba con la ternura de su abrazo. —Que vengan si se atreven. No saben con quién se metieron. Tú duerme. Yo me quedo aquí.
Valentina se separó un poco y lo miró. Vio la pistola en el buró. Entendió que la amenaza era real, tan real que él dormía armado. Pero al mirarlo a los ojos, supo que mientras él estuviera ahí, nada malo podría tocarla.
—¿Te quedas? —preguntó ella, vulnerable.
—Me quedo.
Miguel se sentó en un sillón junto a la cama, tomó su arma y apagó la luz principal, dejando solo la lamparita de noche.
—Descansa, Valentina. Yo hago guardia.
Valentina se acostó, jalando a Angelita hacia ella. Cerró los ojos. Y extrañamente, a pesar de la pesadilla, a pesar del arma, a pesar de los mafiosos acechando en la ciudad… se durmió sintiéndose más segura que nunca en su vida.
Desde el sillón, Miguel la observaba en la penumbra. Su resolución se endureció como el concreto. Ya no era solo caridad. Ya no era solo justicia.
Se había enamorado.
Y Dios ayudara a cualquiera que intentara lastimarlas ahora, porque Miguel estaba dispuesto a quemar la ciudad entera para protegerlas.
Capítulo 6: Fuego Cruzado y una Decisión Mortal
Los siguientes tres días pasaron en una extraña neblina de calma tensa. Para Valentina, vivir en el penthouse de Miguel era como estar en otro planeta. Un planeta donde no se iba el agua, donde la comida sobraba y donde las sábanas olían a lavanda y no a humedad.
Pero era una jaula de oro.
Miguel había cumplido su palabra. Contrató seguridad. Dos hombres que parecían armarios empotrados, ex militares según le contó Miguel, se turnaban para vigilar la entrada del edificio y acompañar a Miguel al restaurante. A Valentina le asignó a uno de ellos, un hombre bajito pero fibroso apodado “El Chato”, para que se quedara en el lobby del edificio las 24 horas.
—Nadie sube sin que El Chato lo revise —le había dicho Miguel antes de irse a trabajar esa mañana. —Ni el repartidor de pizza, ni el del gas, nadie.
Valentina se sentía segura, sí, pero también sentía una culpa que le roía las entrañas. Veía a Miguel llegar por las noches con ojeras más profundas, revisando su celular cada cinco minutos, sobresaltándose con cualquier ruido fuerte.
Ella era la causa de eso. Ella y su “mala suerte”.
Esa tarde, Valentina estaba doblando ropa de Angelita en la sala. La bebé jugaba en la alfombra, intentando gatear. La televisión estaba encendida en las noticias locales para hacer ruido de fondo.
—…en otras noticias, la ola de violencia en la delegación Cuauhtémoc continúa… —decía la presentadora.
Valentina suspiró y apagó la tele. No quería saber de violencia. Quería pretender, aunque fuera por unas horas, que eran una familia normal. Que Miguel era su esposo y que Angelita era hija de ambos. Una fantasía peligrosa que se permitía tener mientras él no estaba.
Sonó el teléfono fijo del departamento. Valentina se congeló. Miguel le había dicho que no contestara, pero el teléfono sonó y sonó. Finalmente, el contestador automático saltó.
—Miguel, habla Salgado —la voz del Licenciado, el hombre gordo del traje, llenó la sala. Valentina sintió que se le helaba la sangre. —Sé que estás escuchando o que vas a escuchar esto. Eres un hombre de negocios, entiendes de inversiones. Tu inversión en esa “sirvienta” te está saliendo muy cara. Tienes hasta mañana a mediodía para que ella firme la cesión de derechos del departamento de la Doctores. Si no… bueno, digamos que el fuego purifica todo. Cuida tu cocina, Miguelito.
El mensaje terminó con un clic.
Valentina se tapó la boca para no gritar. “¿Cuida tu cocina?”.
Miró el reloj. Eran las 7:00 PM. La hora pico en el restaurante.
—¡Miguel! —gritó, aunque no había nadie.
Buscó su celular y le marcó. Uno, dos, tres tonos. Buzón de voz.
Marcó otra vez. Buzón.
El pánico se apoderó de ella. Agarró a Angelita, sin importarle nada, y corrió hacia la puerta. Pero se detuvo con la mano en el picaporte. “No salgas”, le había dicho él. Si salía, le daba a esos hombres justo lo que querían.
Pero si no hacía nada…
Restaurante “El Sazón de Don Miguel”. 7:15 PM.
El lugar estaba lleno. El murmullo de las conversaciones, el tintineo de las copas y el olor a carne asada al carbón creaban esa atmósfera mágica que tanto amaba Miguel. Él estaba en la caja, supervisando, saludando a algunos clientes habituales.
Se sentía orgulloso. A pesar de todo el caos en su vida personal, su negocio prosperaba.
“El Oso”, su guardaespaldas de turno, estaba en la entrada, discreto, vestido de traje negro, pero con los ojos escaneando la calle como un radar.
Miguel sintió vibrar su celular, pero estaba atendiendo a una proveedora de vinos importante.
—Permítame un segundo —dijo, sonriendo.
En ese momento, el ruido de una motocicleta acelerando a fondo rompió la armonía de la calle. Era un sonido agudo, agresivo.
Miguel levantó la vista hacia el ventanal que daba a la avenida.
Una moto con dos sujetos con casco integral negro se subió a la banqueta. Los comensales de las mesas exteriores gritaron y se levantaron de golpe.
—¡Al suelo! —gritó El Oso, sacando su arma reglamentaria.
Pero no dispararon balas.
El sujeto de atrás llevaba un objeto en la mano. Una botella de vidrio con un trapo encendido en la punta.
Un cóctel Molotov.
El tiempo pareció ralentizarse para Miguel. Vio el brazo del motociclista moverse en un arco perfecto. La botella voló por el aire, girando, iluminando la noche con su mecha de fuego.
—¡NO! —gritó Miguel, corriendo hacia la entrada.
La botella se estrelló contra el ventanal principal. El cristal templado estalló en mil pedazos, pero la botella siguió su curso y aterrizó justo en la zona de la barra, donde estaban las botellas de licor.
¡BOOM!
El impacto fue inmediato. El alcohol de la barra actuó como acelerante. Una bola de fuego azul y naranja se elevó hasta el techo en cuestión de segundos. El calor fue instantáneo y brutal.
El pánico estalló.
Los clientes gritaban, corriendo hacia la salida, tropezándose unos con otros. El humo negro empezó a llenar el salón.
—¡Salgan todos! ¡A la calle! —rugió Miguel, tomando un extintor de la pared. —¡Paco, saca a la gente de la cocina por atrás!
Miguel no pensó en su vida. Pensó en su sueño. Su restaurante. Se acercó al fuego, activando el extintor. El polvo químico blanco luchaba contra las llamas, pero el fuego se alimentaba del tequila y el ron derramados.
—¡Jefe, vámonos! —El Oso lo agarró del brazo, arrastrándolo hacia atrás. —¡Esto va a explotar, el gas está cerca!
—¡Suéltame! ¡Es mi negocio! —Miguel tosió, con los ojos llorosos por el humo.
—¡Su vida vale más, patrón! ¡Vámonos!
Una segunda explosión, más pequeña, sacudió la barra. Probablemente una botella de brandy reventando por el calor. Un fragmento de vidrio voló y le cortó a Miguel en la frente, justo encima de la ceja. La sangre comenzó a brotar, mezclándose con el hollín en su cara.
El Oso, haciendo uso de su fuerza descomunal, cargó a Miguel casi en peso y lo sacó a la calle.
Afuera, las sirenas de los bomberos y patrullas ya se escuchaban a lo lejos. La gente miraba con horror cómo el humo salía por las ventanas rotas de “El Sazón de Don Miguel”.
Miguel cayó de rodillas en la banqueta, viendo cómo las llamas lamían el letrero que tanto le había costado pagar.
—Malditos… —susurró, con la voz rota por el humo y la rabia. —Malditos hijos de perra.
Su celular vibró de nuevo en su bolsillo. Lo sacó con manos temblorosas y manchadas de sangre.
Era un mensaje de texto. De un número desconocido.
“El primer aviso fue gratis. El segundo te costó el negocio. El tercero te va a costar la familia. Firma.”
Miguel apretó el teléfono hasta que la pantalla se estrelló bajo su pulgar. Se levantó, ignorando la sangre que le corría por el ojo, ignorando a los paramédicos que llegaban.
—Oso —dijo, con una voz que sonaba salida del infierno.
—Dígame, jefe.
—Llévame a casa. Ahora.
—Pero jefe, tiene que ver al médico, la policía…
—¡Dije que me lleves a mi puta casa! —gritó Miguel, girándose hacia él con una mirada tan salvaje que el guardaespaldas dio un paso atrás. —¡Mi mujer y la niña están solas!
El Penthouse. 8:30 PM.
Valentina caminaba de un lado a otro de la sala, con Angelita en brazos. Había visto las noticias. “Incendio en restaurante de la Condesa”. Las imágenes eran confusas, pero reconoció la fachada.
Estaba llorando, rezando, maldiciéndose.
—Es mi culpa, es mi culpa… —repetía como un mantra.
La puerta del elevador se abrió.
Valentina se giró, esperando lo peor.
Miguel entró.
Se veía terrible. Tenía la camisa blanca quemada en una manga, la cara negra de hollín, y una herida abierta en la frente que sangraba profusamente. Olía a humo, a químicos y a furia.
—¡Miguel! —Valentina corrió hacia él, horrorizada. —¿Qué te pasó? ¡Estás herido!
Miguel la miró. Al verla ilesa, al ver a Angelita segura en sus brazos, sus piernas cedieron. Se recargó en la pared, respirando con dificultad.
—Están bien… —susurró. —Están bien.
—Nosotras estamos bien, pero tú… ¡mírate! ¡Hay que ir al hospital!
—No —Miguel se apartó cuando ella intentó tocarle la herida. —Estoy bien. Solo es un rasguño. El restaurante… el restaurante se quemó.
Valentina sintió que el mundo se le caía encima.
—Fue por mí… —dijo ella, con un hilo de voz. —Fueron ellos. El Licenciado me dejó un mensaje en la contestadora. Dijo… dijo que cuidaras tu cocina.
Miguel cerró los ojos. La confirmación le dolió más que el fuego.
—No es tu culpa, Valentina. Son unos criminales.
—¡Claro que es mi culpa! —gritó ella, estallando. —¡Mírate, Miguel! ¡Casi te matan! ¡Destruyeron tu sueño! ¡Todo por ayudar a una desconocida que no vale nada!
—¡No digas eso! —Miguel la agarró por los hombros, manchando su blusa limpia con sus manos sucias. —¡Tú vales más que ese maldito restaurante! ¡Vales más que todo el dinero del mundo!
Se miraron fijamente. La declaración quedó flotando en el aire, pesada, real.
Valentina negó con la cabeza, llorando.
—No puedo dejar que esto siga. No voy a dejar que te maten por defenderme. Mañana… mañana voy a ir a firmar. Les voy a dar el departamento. Que se lo queden. Que se queden con todo.
—¡Sobre mi cadáver! —rugió Miguel. —Si firmas, ganan. Y si ganan, no se van a detener. Van a pensar que somos débiles.
—¡Somos débiles, Miguel! —Valentina señaló a su bebé. —¡Mira! ¡Tengo una hija! ¡No puedo jugar a la guerra! Tú tienes dinero, puedes reconstruir el restaurante. Yo no puedo reconstruir a mi hija si le pasa algo.
Miguel la soltó y caminó hacia la cocina, buscando una botella de agua. Se lavó la cara en el fregadero, el agua saliendo roja por la sangre.
—No vas a firmar —dijo él, secándose con una toalla de papel. —Y no te vas a ir.
—¿Por qué eres tan terco? —sollozó ella.
—Porque te quiero —dijo Miguel.
Lo dijo sin pensarlo. Lo soltó así, simple, directo, brutal.
El silencio que siguió fue absoluto. Ni el ruido del tráfico, ni el zumbido del refrigerador se oían.
Valentina se quedó paralizada, abrazando a Angelita.
—¿Qué? —susurró.
Miguel se giró. Con la cara golpeada y sucia, se veía más vulnerable que nunca.
—Que te quiero, Valentina. Me enamoré de ti. Me enamoré de cómo defiendes a tu hija, de cómo cocinas, de cómo sonríes a pesar de que la vida te ha tratado de la patada. Me enamoré de ti en tres semanas más de lo que he querido a nadie en cuarenta años.
Caminó hacia ella despacio.
—Y por eso no voy a dejar que te vayas. Y no voy a dejar que esos cabrones ganen. Mañana no vas a firmar nada. Mañana vamos a contraatacar.
Valentina lo miraba, con los ojos llenos de lágrimas nuevas. Sentía el corazón desbocado. Ella también lo quería. Lo adoraba. Pero el miedo era un veneno potente.
—Miguel… si me quieres… déjame ir. Es la única forma de que estés a salvo.
—Si te vas, me muero —dijo él, tomándole la cara con suavidad, sin importarle mancharla de hollín. —Si te vas, me matan en vida. Así que elijamos: o peleamos juntos y quizás nos maten, o nos separamos y nos morimos de tristeza. Yo prefiero pelear. ¿Tú qué prefieres?
Valentina miró esos ojos oscuros, llenos de fuego y determinación. Miró la herida en su frente, símbolo de su sacrificio.
Recordó su vida antes de él. La soledad. El frío. El miedo constante.
Y luego miró a su hija. Angelita necesitaba un padre. Un protector. Y este hombre estaba dispuesto a arder en el infierno por ellas.
Valentina respiró hondo. Dejó de llorar. Algo en su interior, esa fuerza que la había hecho cruzar el desierto de su vida, se encendió de nuevo.
—Prefiero pelear —dijo ella, firme.
Miguel sonrió, una sonrisa dolorosa pero triunfante. Se inclinó y la besó.
No fue un beso suave como el que casi ocurre en la cocina. Fue un beso desesperado, sabor a humo, a sangre y a lágrimas. Un beso de pacto. Un beso de guerra.
Valentina respondió al beso, entregándose por completo, poniendo su mano libre en el cuello de él, sintiendo su pulso acelerado.
Cuando se separaron, ambos jadeaban.
—Bien —dijo Miguel. —Limpia esa cara. Cura mi herida. Y acuesta a la niña. Tenemos que planear.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó ella, sintiéndose de pronto capaz de todo.
Miguel miró por el ventanal hacia la ciudad que brillaba allá abajo, indiferente a su drama. Sus ojos se entrecerraron.
—El Tigre me dijo quiénes son. El Licenciado Salgado y sus socios. Creen que soy un restaurantero fresa. Creen que me asustan con fuego. No saben de dónde vengo. No saben que yo crecí en la calle.
Fue a un cajón secreto en su despacho y sacó no solo otra pistola, sino un fajo de documentos y una vieja libreta de contactos que no usaba desde hacía años.
—Mañana no vamos a esperar a que vengan. Mañana vamos a ir a su terreno. Vamos a visitarlos.
—¿Vamos? —preguntó Valentina.
—Tú te quedas aquí con El Chato. Yo voy a ir a ver a Salgado. Y le voy a hacer una oferta que no va a poder rechazar. Pero no de dinero.
—Miguel, ten cuidado.
—Ya no se trata de cuidado, mi amor —dijo él, usando el apelativo por primera vez con naturalidad. —Se trata de supervivencia.
Esa noche, curaron las heridas de Miguel en el baño. Valentina limpió la sangre con delicadeza, poniendo vendajes y besando la piel alrededor del corte. Durmieron juntos, abrazados, con Angelita en medio.
Afuera, la ciudad dormía. Pero en el Penthouse, dos guerreros descansaban antes de la batalla final.
El restaurante era cenizas. Pero de esas cenizas, algo nuevo y mucho más peligroso acababa de nacer.
Capítulo 7: Plata o Plomo (La Negociación)
La mañana siguiente al incendio amaneció con un cielo gris plomizo sobre la Ciudad de México, como si el clima estuviera de luto por “El Sazón de Don Miguel”. Pero dentro del penthouse, no había tiempo para lamentos.
Miguel se levantó antes del amanecer. Se miró al espejo del baño. La venda en su frente estaba limpia, pero su ojo derecho estaba hinchado y amoratado. Se veía peligroso. Ya no era el empresario sofisticado de la Condesa. Esa máscara se había quemado junto con su barra de caoba. Ahora, el hombre que le devolvía la mirada era “El Migue” de Iztapalapa, el sobreviviente.
Se vistió no con traje, sino con unos jeans negros, botas tácticas y una camisa oscura. Se colocó la sobaquera con la Glock 9mm bajo el brazo izquierdo y se aseguró de llevar dos cargadores extra.
Salió a la sala. Valentina ya estaba despierta, sentada en el sofá, dándole el biberón a Angelita. Al verlo armado, sus ojos se llenaron de miedo, pero no dijo nada. Habían hecho un pacto.
—Voy a salir —dijo Miguel, revisando su reloj. Eran las 7:00 AM. —El Chato y El Oso se quedan contigo. No le abras a nadie. Si la policía viene a preguntar por el incendio, diles que hablen con mi abogado. No digas nada más.
—¿A dónde vas? —preguntó ella, con voz temblorosa.
—A arreglar esto. De raíz.
Se acercó a ellas. Besó la frente de la bebé y luego besó a Valentina en los labios, un beso rápido pero cargado de promesas.
—Regresa —le pidió ella, aferrándose a su camisa un segundo.
—Siempre.
8:30 AM. Taller Mecánico “El Pistón de Oro”, Colonia Guerrero.
Miguel estacionó la Lobo —que ahora parecía un tanque de guerra en medio de los coches desguazados— frente a un taller que olía a grasa y solvente. Bajó y caminó directo hacia la oficina, ignorando a los mecánicos que lo miraban con desconfianza.
Abrió la puerta sin tocar.
Detrás de un escritorio lleno de calendarios de mujeres desnudas y refacciones oxidadas, estaba un hombre enorme, con barba de candado y manos negras de aceite. Era “El Gordo Beto”, un viejo conocido que se movía en los bajos fondos de la información.
—¡Migue! —exclamó el hombre, sorprendido. —Supe lo de tu restaurante, carnal. Qué mala onda. ¿Vienes a que te arregle la troca o a cobrarme la apuesta del Cruz Azul?
—Vengo por información, Beto. Y no tengo tiempo para chistes.
Miguel sacó un fajo de billetes y lo tiró sobre el escritorio.
—Necesito ubicar al Licenciado Salgado. No dónde trabaja. Dónde vive. Dónde desayuna. Dónde tiene a su familia.
El Gordo Beto silbó al ver el dinero, pero su expresión se puso seria.
—Salgado… te estás metiendo con gente pesada, Migue. Ese güey trabaja para “La Constructora”. Son los que lavan lana para la Unión en bienes raíces. Si te metes con él, te metes con el nido entero.
—Ya se metieron conmigo, Beto. Quemaron mi negocio. Amenazaron a mi mujer. —Miguel se inclinó sobre el escritorio, sus ojos inyectados en sangre. —Ahora yo soy el que se va a meter hasta su cocina. ¿Me vas a ayudar o me voy con El Tuerto?
Beto suspiró y guardó el dinero.
—Está bien. Pero yo no te dije nada. Salgado desayuna todos los días a las 9:30 en el Vips de Insurgentes, el que está por la estación del Metrobús. Le gusta hacerse el importante ahí. Siempre va con dos escoltas.
—Gracias, Beto.
—Cuídate, Migue. Esos batos no perdonan.
—Yo tampoco.
9:45 AM. Restaurante Vips, Insurgentes.
El Licenciado Salgado estaba de buen humor. Se estaba comiendo unos molletes con chorizo y tomando un café americano mientras leía el periódico. En la página de sucesos, una nota pequeña mencionaba el incendio en la Condesa. “Posible corto circuito”, decía el titular.
Salgado sonrió. Le encantaba cuando la policía era tan… cooperativa.
Sus dos escoltas estaban en la mesa de al lado, comiendo chilaquiles, distraídos, coqueteando con la mesera. Se sentían intocables.
De repente, una sombra cayó sobre la mesa de Salgado.
El Licenciado levantó la vista, molesto por la interrupción de su lectura.
—¿Qué se le ofrece…? —la frase murió en su garganta.
Frente a él estaba Miguel. Con el ojo morado, la venda en la frente y una mirada que hubiera congelado el infierno.
Salgado intentó hacer una señal a sus escoltas, pero antes de que pudiera levantar la mano, sintió el cañón frío de una pistola presionando sus costillas, debajo de la mesa. Discretamente. Nadie en el restaurante se dio cuenta.
—Ni un movimiento, gordo —susurró Miguel, sentándose en la silla frente a él como si fueran viejos amigos. —Si gritas, si haces señas, si respiras muy fuerte, te vuelo el hígado aquí mismo. Y con el ruido de los platos, nadie va a oír el disparo hasta que te desangres.
Salgado palideció. El sudor empezó a brotar en su frente calva.
—Oye… oye, tranquilo… podemos hablar…
—Cállate y escucha —Miguel sonrió, una sonrisa terrorífica. —Ayer me mandaste un mensaje. Querías que firmara, ¿no? Pues aquí estoy. Vamos a negociar.
—Mis hombres…
—Tus hombres están ocupados viendole las nalgas a la mesera. Y mis hombres… —Miguel señaló con la cabeza hacia la ventana.
Afuera, recargado en la Lobo, El Tigre (a quien Miguel había llamado en el camino) estaba saludando a los escoltas con una subametralladora Uzi discretamente oculta bajo una gabardina, pero visible para quien supiera buscarla.
Salgado tragó saliva con dificultad. Estaba rodeado.
—¿Qué… qué quieres? —preguntó el Licenciado, con la voz temblorosa. —¿Dinero? Te pago el restaurante. Te pago el doble.
—No quiero tu dinero sucio. Quiero paz.
Miguel sacó un documento de su chamarra. No era una cesión de derechos. Era una renuncia.
—Vas a firmar esto. Es un documento donde desistes de cualquier acción legal o ilegal sobre el inmueble de la calle Dr. Barragán 302. Y vas a poner por escrito que cualquier “accidente” que le pase a Valentina o a su hija, será responsabilidad directa tuya y de tus socios.
—Estás loco. Si firmo eso, mis jefes me matan.
—Si no firmas, te mato yo. Ahorita. —Miguel presionó el cañón más fuerte contra las costillas. —Y luego voy por tus jefes. Porque me quitaron el miedo, Salgado. Cuando quemaron mi local, me quitaron lo único que tenía que perder aparte de mi familia. Ahora soy un hombre libre. Y un hombre libre y encabronado es muy peligroso.
Salgado miró a Miguel a los ojos. Buscó duda, buscó miedo. No encontró nada. Solo vio la determinación suicida de alguien que ya cruzó la línea.
—Está bien… está bien, firmo.
Salgado sacó su pluma Montblanc —la misma con la que había intentado extorsionar a Valentina— y firmó el papel con mano temblorosa.
—Listo —dijo, empujando el papel. —Ahora vete. Y no vuelvas a cruzarte en mi camino.
Miguel tomó el papel, lo revisó y lo guardó.
—Una cosa más, Licenciado.
—¿Qué?
Miguel se levantó. Se inclinó sobre la mesa y, en un movimiento rápido y brutal, agarró el dedo meñique de la mano derecha de Salgado y lo dobló hacia atrás hasta que se oyó un crujido seco.
¡CRACK!
Salgado soltó un alarido ahogado, tapándose la boca con la otra mano para no gritar y llamar la atención, con los ojos llenos de lágrimas de dolor.
—Eso es por el golpe que le dieron a ella —susurró Miguel al oído del gordo. —La próxima vez, te rompo el cuello.
Miguel se dio la media vuelta y salió del Vips caminando tranquilo. Al pasar junto a la mesa de los escoltas, les dio dos golpecitos en la mesa.
—Su jefe se siente mal. Deberían atenderlo.
Salió a la calle, subió a la camioneta donde El Tigre lo esperaba al volante y arrancaron.
—¿Cómo te fue? —preguntó El Tigre, guardando la Uzi.
—Firmó. Y se llevó un recuerdo.
—No se va a quedar así, Migue. Ese gordo es rencoroso.
—Lo sé. Por eso esto no termina aquí. Vamos a la segunda parada.
12:00 PM. Notaría Pública 45.
La segunda parada fue más “civilizada”. Miguel entró a la notaría de un viejo amigo de su padre, un hombre honesto en un mar de corrupción.
—Don Ernesto, necesito blindar una propiedad —le dijo Miguel, poniendo las escrituras del departamento de Valentina (que había recuperado de entre las cosas de ella) y el documento firmado por Salgado.
—Miguel, muchacho, te ves terrible —dijo el notario, ajustándose los lentes. —¿Qué te pasó?
—Gajes del oficio. Necesito que pongas este departamento a nombre de una sociedad anónima extranjera. Que sea intocable. Que nadie sepa quién es el dueño real. Y quiero que redactes un testamento.
—¿Un testamento? Eres muy joven, Miguel.
—Uno nunca sabe, Don Ernesto. Quiero dejarle todo a Valentina Méndez y a su hija, Angelina. Todo. Mis cuentas, mi seguro de vida, el terreno del restaurante quemado, el penthouse. Todo.
El notario lo miró con tristeza y respeto.
—Entendido. Lo tengo listo en una hora.
Mientras esperaba, Miguel le mandó un mensaje a Valentina.
“Ya casi termino. Todo va a estar bien. Te quiero.”
No hubo respuesta inmediata. Miguel sintió una punzada de ansiedad. Marcó al Chato.
—¿Reporte? —preguntó seco.
—Sin novedad, jefe. Aquí estamos viendo Dora la Exploradora. La señora está tranquila.
Miguel respiró.
La Calma antes de la Tormenta Final.
De regreso en el penthouse, Miguel llegó a las tres de la tarde. Se sentía agotado, física y mentalmente. La adrenalina estaba bajando y el dolor de los golpes y quemaduras regresaba.
Al entrar, Valentina lo recibió en la puerta. No dijo nada. Solo lo abrazó. Un abrazo largo, desesperado.
—Estás vivo —susurró ella contra su pecho.
—Te lo prometí.
Entraron. Miguel le enseñó los papeles.
—El departamento de la Doctores ya no está a tu nombre, legalmente. Está a nombre de una empresa fantasma en Panamá. Nadie puede quitártelo porque legalmente “no es tuyo”, pero tienes el usufructo vitalicio. Puedes vivir ahí, rentarlo, quemarlo si quieres. Nadie te va a molestar. Y Salgado firmó una orden de alejamiento disfrazada de acuerdo comercial.
Valentina miraba los papeles sin entender los términos legales, pero entendiendo el significado: Libertad.
—¿Y el restaurante? —preguntó ella.
—El seguro paga una parte. El resto… bueno, tengo ahorros. Lo vamos a levantar, Valentina. Más bonito. Más grande. Y esta vez le voy a poner un nombre mejor. Quizás… “El Sazón de Angelita”.
Valentina sonrió entre lágrimas.
—Eres un loco.
—Soy un hombre enamorado. Es lo mismo.
Esa tarde, celebraron con una comida sencilla. Parecía que la pesadilla había terminado. Salgado estaba humillado y neutralizado. La propiedad estaba segura. Ellos estaban juntos.
Pero Miguel, en el fondo, sabía que el Tigre tenía razón. En el mundo del crimen, la humillación se paga con sangre. Salgado no podía dejar que un restaurantero le rompiera el dedo y se saliera con la suya. Perdería el respeto de sus jefes. Y en ese mundo, el respeto es lo único que te mantiene vivo.
Miguel miró por la ventana al atardecer rojo sangre sobre la ciudad.
—¿Qué piensas? —le preguntó Valentina, abrazándolo por la espalda.
—Pienso que deberíamos irnos de vacaciones unos días —mintió él. —A la playa. Tú, yo y la niña. Hasta que se enfríen las cosas.
—¿A la playa? Nunca he ido al mar.
—Pues vas a ir. Mañana mismo.
Pero no hubo mañana para ese viaje.
A las 10:00 PM, el sistema de seguridad del edificio emitió una alerta. No fue el interphone. Fue una alarma de incendio.
Pero no había humo en el penthouse.
—¿Qué pasa? —Valentina se despertó asustada.
Miguel saltó de la cama, pistola en mano. Fue al panel de control.
—Alarma de incendio en el sótano 2. Estacionamiento.
Sótano 2. Donde estaba su camioneta.
—Es una trampa —dijo Miguel al instante. —Quieren que bajemos. O quieren subir aprovechando el caos.
El teléfono de Miguel sonó. Era El Chato, desde el lobby.
—¡Jefe! ¡Tenemos problemas! ¡Entraron tres camionetas al estacionamiento rompiendo la pluma! ¡Son gente armada! ¡Están bloqueando los elevadores!
—¡Sube por las escaleras, Chato! ¡Protege la puerta! —gritó Miguel.
Colgó y miró a Valentina. El terror había vuelto a sus ojos, pero esta vez, Miguel no la dejó caer.
—Escúchame bien. El plan de la playa se adelantó. Pero no vamos a salir por la puerta principal.
—¿Por dónde? —preguntó ella, abrazando a la bebé que lloraba por el ruido de la sirena.
Miguel corrió a su vestidor y empujó el fondo falso de un armario. Detrás había una pequeña puerta de servicio que conectaba con el ducto de ventilación y una escalera de mantenimiento antigua, usada por los limpiadores de vidrios.
—Por el techo —dijo Miguel. —Tengo un amigo que tiene un helicóptero privado en el helipuerto de la torre de al lado. Le debo muchos favores, pero hoy me los va a pagar todos.
—¿En helicóptero? Miguel, estás loco.
—Sí. Vamos.
Miguel cargó una mochila táctica con dinero, documentos y municiones. Valentina se ató a Angelita al pecho con un rebozo que había improvisado.
Salieron al pasillo de servicio justo cuando escucharon los disparos en el lobby. El Chato estaba haciendo su trabajo. Estaba ganando tiempo.
—Perdóname, Chato —pensó Miguel con dolor, cerrando la puerta blindada del ducto tras ellos.
Subieron por la escalera de caracol metálica, oscura y estrecha. Angelita lloraba, pero el ruido de la sirena ahogaba su llanto.
Llegaron a la azotea. El aire frío de la noche les golpeó la cara. El viento a esa altura era brutal.
A unos cincuenta metros, en la torre gemela del complejo, un helicóptero pequeño estaba encendiendo motores. El Tigre había hecho la llamada.
—¡Hay que saltar! —gritó Miguel, señalando el pequeño espacio entre los dos edificios. No era un salto al vacío, había un puente de mantenimiento, pero era estrecho y precario, una rejilla de metal suspendida a quince pisos de altura.
—¡No puedo! —gritó Valentina, mirando hacia abajo al abismo de luces. —¡Tengo a la niña!
—¡Sí puedes! ¡Mírame! —Miguel la agarró de los hombros. —¡Si nos quedamos, nos matan! ¡Si cruzamos, vivimos! ¡Confía en mí!
Se escuchó un estruendo. La puerta de la azotea de su edificio voló por los aires. Hombres armados salieron disparando.
—¡CORRE! —gritó Miguel, empujándola hacia el puente.
Miguel se giró, levantó su Glock y empezó a disparar para cubrirla.
¡BANG! ¡BANG! ¡BANG!
Dos de los sicarios cayeron. Los otros se cubrieron tras los aires acondicionados.
Valentina corrió por el puente metálico, sintiendo que el viento la empujaba, abrazando a su hija, rezando, gritando en silencio. Llegó al otro lado.
—¡MIGUEL! —gritó ella desde la otra azotea.
Miguel vació el cargador. Corrió hacia el puente. Las balas silbaban a su alrededor, arrancando chispas del metal.
Cruzó el puente corriendo como un demonio. Una bala le rozó el brazo, pero la adrenalina era tal que ni lo sintió.
Llegó al otro lado. El piloto del helicóptero les hacía señas desesperadas.
Subieron a la nave.
—¡Vámonos! ¡Vámonos! —gritó Miguel, cerrando la puerta.
El helicóptero se elevó justo cuando los sicarios llegaban al borde del otro edificio y disparaban inútilmente al aire.
Valentina miraba por la ventanilla, temblando, llorando, abrazada a Miguel y a Angelita. Veía la ciudad hacerse pequeña. Veía el infierno del que acababan de escapar.
Miguel la abrazó fuerte, sangrando del brazo, pero vivo.
—Se acabó —dijo él. —Ahora sí, se acabó. No pueden seguirnos a donde vamos.
—¿A dónde vamos? —preguntó ella.
—Lejos. A empezar de cero.
El helicóptero viró hacia el norte, perdiéndose en la inmensidad de la noche, llevando a bordo a tres almas rotas que, contra todo pronóstico, habían encontrado la forma de salvarse mutuamente.
Capítulo 8: Donde Nacen las Olas (Epílogo)
Seis meses después.
El sol caía sobre el Pacífico, tiñendo el horizonte de tonos naranjas y violetas que parecían pintados al óleo. El sonido rítmico de las olas rompiendo contra la arena era la única música que se escuchaba en “La Palapa de Angelita”, un pequeño pero encantador restaurante a orillas de una playa virgen en Nayarit.
No era un lugar lujoso como el de la Condesa. No había mármol ni aire acondicionado central. El piso era de arena apisonada, las mesas de madera rústica y el techo de hojas de palma seca. Pero estaba lleno. Turistas gringos, locales y surfistas llenaban las mesas, disfrutando de los mejores mariscos de la costa.
En la cocina, el calor era intenso, pero ya no era un calor asfixiante. Era el calor bueno del trabajo honesto.
Valentina, con un mandil colorido y una flor de hibisco en el cabello, terminaba de decorar un plato de ceviche de mango.
—Mesa 4, listo —cantó ella con una sonrisa radiante.
Un mesero joven recogió el plato.
—Gracias, jefa.
Valentina se secó las manos y salió de la cocina hacia la barra. Ahí estaba Miguel.
Ya no vestía trajes italianos ni camisas almidonadas. Llevaba una guayabera blanca de lino, bermudas y sandalias. Su piel estaba bronceada por el sol, y las ojeras habían desaparecido por completo. La cicatriz en su frente era ahora una línea fina, casi imperceptible, un recuerdo de batalla que llevaba con orgullo.
Estaba preparando bebidas, riendo con un cliente habitual. Al ver a Valentina, sus ojos se iluminaron con esa chispa que nunca se apagaba.
—¿Cómo va la cocina, chef? —preguntó él, guiñándole un ojo.
—Mejor que tu barra, cantinero —bromeó ella, acercándose para robarle un beso rápido.
—Oye, respeto al dueño —se rio él, abrazándola por la cintura.
—Dueña —corrigió ella. —Recuerda que los papeles dicen 50-50.
Se rieron. Una risa libre, ligera, sin miedo.
De repente, un grito agudo y feliz interrumpió su momento.
—¡Papá! ¡Papá!
Una niña pequeña, que ya gateaba a velocidad olímpica y daba sus primeros pasos tambaleantes, venía hacia ellos desde la zona de juegos en la arena. Era Angelita. Estaba morenita, regordeta y saludable, con rizos rebeldes llenos de arena.
Miguel soltó el trapo y salió de la barra para levantarla en el aire.
—¡Ahí viene el monstruo de las cosquillas! —exclamó, haciéndola reír a carcajadas.
Valentina los miraba con el corazón rebosante. “Papá”. Angelita le había empezado a decir así hacía un mes, y la primera vez que lo hizo, Miguel lloró como un niño. No había sangre de por medio, pero había algo más fuerte: amor.
Flashback: La Huida.
Recordó la noche del helicóptero. Aterrizaron en un aeródromo privado en Querétaro, donde El Tigre los esperaba con un coche seguro y documentos nuevos.
—Salgado está muerto —les había dicho El Tigre mientras les entregaba las llaves. —Sus jefes no perdonaron que perdiera el control y que la policía interviniera en una zona “protegida”. Apareció en el Canal del Desagüe.
Miguel no celebró la muerte de su enemigo. Solo asintió. La justicia divina, o la justicia de la calle, había llegado.
Condujeron durante dos días hasta llegar a este rincón olvidado del mundo. Con los ahorros de Miguel y el dinero de la venta de los restos del restaurante en CDMX (que su notario gestionó a distancia), compraron este pedazo de tierra.
Empezaron desde cero. Miguel cargando madera, Valentina pintando paredes. Angelita durmiendo en una hamaca bajo la sombra de las palmeras.
Fue duro al principio. El miedo a que los encontraran no se fue de la noche a la mañana. Miguel dormía con la pistola bajo la almohada durante los primeros tres meses. Pero poco a poco, el sonido del mar fue lavando el terror. Nadie los buscaba. Para el mundo, Miguel y Valentina habían desaparecido. Y en su lugar, habían nacido Mateo y Valery, los dueños de La Palapa.
El Presente.
—Tengo una sorpresa —dijo Miguel esa noche, después de cerrar el restaurante.
Estaban sentados en la terraza de su pequeña casa de madera, construida justo detrás del negocio. Angelita ya dormía en su cuna.
—¿Otra sorpresa? —sonrió Valentina. —La semana pasada fue la licuadora industrial.
—Esta es mejor.
Miguel sacó un sobre de manila.
Valentina lo abrió. Dentro había papeles oficiales. Actas de nacimiento. Adopción legal.
—¿Qué es esto? —preguntó ella, con las manos temblorosas.
—Es oficial. Angelita ya tiene mis apellidos. Y tú… bueno, tú tienes esto.
Le entregó otro papel. Una solicitud de matrimonio civil.
Valentina levantó la vista, con los ojos llenos de lágrimas.
—Miguel…
—No quería pedírtelo otra vez hasta que estuviéramos en paz. Hasta que no fuera por protección, ni por miedo, ni por conveniencia. Ahora somos libres, Valentina. No necesitamos casarnos para que nadie nos quite nada. Pero quiero casarme contigo porque no imagino un solo día de mi vida sin ver tu cara al despertar.
Se arrodilló en la arena, bajo la luz de la luna y las estrellas.
—Valentina Méndez, ¿te quieres casar con este viejo ex restaurantero, ex peleador callejero y actual preparador de margaritas?
Valentina se lanzó a sus brazos, tirándolo en la arena.
—Sí. Sí, sí, sí. Un millón de veces sí.
Se besaron con la pasión de los amantes y la ternura de los compañeros de vida. El mar fue testigo, como siempre.
Reflexión Final.
Más tarde, acostados en la hamaca doble, mirando el cielo infinito, Valentina pensó en esa bolsa deportiva vieja. Esa bolsa donde cargó a su hija, su vergüenza y su desesperación.
Pensó en cómo un objeto tan simple había cambiado el destino de tres personas. Si Miguel no la hubiera detenido esa noche… si no hubiera abierto esa bolsa… quizás ella estaría muerta, o en la cárcel, o viviendo en la miseria. Y Miguel seguiría solo en su torre de cristal, rico pero vacío.
La vida es extraña, pensó. A veces, el regalo más grande viene envuelto en el empaque más humilde y sucio.
—¿En qué piensas? —preguntó Miguel, acariciándole el cabello.
—En la bolsa —dijo ella.
—¿La bolsa? ¿Todavía la tienes?
—La quemé —confesó Valentina. —El día que llegamos aquí. Hice una fogata en la playa y la quemé. No quería más recuerdos de eso.
Miguel sonrió y la besó en la frente.
—Hiciste bien. Ya no necesitamos bolsas para esconder lo que amamos. Ahora lo podemos gritar al mundo.
Valentina cerró los ojos, escuchando el mar, sintiendo el calor de su esposo y sabiendo que su hija dormía segura a unos metros.
Sí. El peso de esa bolsa casi la hunde. Pero al final, fue el ancla que la salvó.
Y así, bajo el cielo de Nayarit, la lavaplatos y el jefe, la cenicienta y el príncipe sin corona, durmieron en paz, sabiendo que el mañana traería sol, trabajo y amor. Mucho amor.
FIN