PARTE 1: LA CAÍDA DE LOS SOBERBIOS
Me llamo “Neo”, y lo que vi esa tarde en el Centro Comercial Perisur no me lo va a contar nadie. Yo estaba ahí, recargado en el barandal, esperando a que mi novia saliera de trabajar, cuando la vi. Era una señora de esas que ves en los mercados de Coyoacán, con su suéter de lana ya medio boludo y una bolsa de mandado que desentonaba con el mármol reluciente de la plaza.
La señora, a la que después conoceríamos como Doña Matilde, se acercó a la vitrina de la joyería más cara de México. Sus ojos se iluminaron al ver un collar de diamantes. No era avaricia, era curiosidad pura. Pero en ese mundo de cristal y guardias de seguridad, una mujer así es vista como una “amenaza” para la estética del lugar.
Ricardo, el gerente, un tipo que se sentía el dueño de la joya de la corona solo por usar una loción de tres mil pesos, salió hecho una fiera. “Señora, muévase. Está tapando la vista para los clientes reales. Aquí no vendemos baratijas de plata, haga el favor de retirarse a los puestos de afuera”, le dijo con un asco que me revolvió el estómago. Matilde no se movió. Lo miró a los ojos con una calma que daba miedo.
El gerente, al ver que la anciana no se intimidaba, llamó a seguridad. “Saquen a esta indigente, nos está espantando la venta”, gritó. Fue en ese momento cuando el elevador privado se abrió y salió el Sr. Valladares. Todos pensamos que él terminaría el trabajo sucio. Valladares es el tipo de hombre que no pisa el suelo, vuela sobre él en helicópteros.
Pero lo que pasó nos dejó fríos. Valladares se detuvo en seco. Su cara pasó del bronceado de playa a un blanco papel. Soltó su maletín de piel y, sin importarle que sus pantalones costaran lo que un coche promedio, se desplomó de rodillas frente a la mujer del suéter viejo. “¡Mamá!”, gritó con una voz quebrada que retumbó en toda la joyería.
El silencio fue absoluto. Ricardo, el gerente, se quedó con la mano extendida, señalando a la mujer que acababa de insultar. Sus dedos empezaron a temblar. El hombre más poderoso del grupo inmobiliario estaba llorando y besando las manos callosas de la “indigente”. La dinámica de poder se invirtió en un segundo. Matilde no era una intrusa; era la dueña del edificio, de la joyería y de la carrera de todos los que estaban ahí.
PARTE 2: EL JUICIO DE DOÑA MATILDE
Para entender este desmadre, hay que saber quién es realmente Matilde. Ella no nació en las lomas. Ella empezó vendiendo tamales en una esquina de la Doctores. Cada peso que ganó lo ahorró con sudor, sangre y lágrimas. Ella fue la que compró el primer terreno donde Julián, su hijo, construyó su primer edificio.
Matilde siempre le dijo a su hijo: “El día que te sientas más que los demás por tener dinero, ese día lo habrás perdido todo”. Pero Julián se olvidó. Se rodeó de gente como Ricardo, tipos que creen que el valor de una persona se mide por el reloj que traen en la muñeca. Matilde, astuta como ella sola, decidió hacer una prueba. Se vistió con su ropa de “antes”, la de cuando no tenían nada, y fue a visitar sus propios negocios.
Levántate, Julián”, dijo Matilde. Su voz no era la de una abuelita dulce de película, era la voz de una jefa que ha visto de todo. “Te ves ridículo ahí tirado, y vas a manchar ese traje que yo misma te pagué con las acciones de la constructora”. Julián se puso de pie, cabizbajo, como un niño que acaba de romper el jarrón favorito de su mamá.
Entonces, ella se volvió hacia Ricardo. El gerente estaba hiperventilando. “Así que huelo a pobreza, ¿verdad jovencito?”, le preguntó Matilde mientras se acercaba. Ricardo intentó balbucear una disculpa, pero Matilde lo cortó en seco. “No te disculpes porque soy la dueña. Si hubiera sido una vendedora ambulante de verdad, tu trato hubiera sido el mismo. Y eso es lo que no tolero en mi casa”.
Matilde sacó una chequera vieja de su bolsa de mandado. Con una letra firme, escribió una cifra que nos hizo estirar el cuello a todos los curiosos. Doce mil dólares. El costo del collar. “Aquí tienes el pago. No quiero regalos de gente que no tiene honor”, dijo poniendo el papel sobre el mostrador de cristal.
“Ahora, recoge tus cosas, Ricardo”, sentenció. “No solo estás fuera de esta tienda. Estás vetado de cualquier plaza, local o negocio que pertenezca al Grupo Valladares. Y te aseguro que en este país, eso es mucho territorio”. Ricardo buscó apoyo en los ojos de Julián, pero su jefe ni siquiera lo miró. El gerente salió de la tienda arrastrando los pies, con la dignidad por los suelos, mientras la gente grababa su caída con los celulares.
Pero el plato fuerte era para Julián. Matilde lo tomó del brazo, pero no con cariño, sino con la firmeza de quien va a corregir un error. “Has olvidado de dónde vienes, hijo. Te has vuelto un extraño en tu propia piel. A partir de mañana, dejas la presidencia. No eres apto para mandar si no sabes servir”.
La multitud soltó un “¡Uhhh!” colectivo. Nadie podía creerlo. El magnate estaba siendo degradado por su propia madre frente a todos. Matilde le anunció que volvería a empezar desde abajo: cargando cajas en los almacenes, comiendo con los choferes, ganándose el respeto que el dinero le había robado.
Matilde salió de la joyería con el collar en la mano. Se detuvo frente a una muchacha que estaba ahí con su bebé, mirando todo con miedo. La anciana le sonrió y le dijo: “Nunca dejes que nadie te haga sentir menos por cómo te ves hoy. El mundo da muchas vueltas, y los que hoy están arriba, mañana pueden estar pidiendo trabajo en tu puerta”.
Caminó hacia la salida de la plaza, pero no buscó un chofer ni una limusina. Salió a la avenida, levantó la mano y paró un taxi verde de los viejitos. Julián, el gran empresario, iba detrás de ella, cargando su propia maleta y la bolsa de mandado de su madre, con la cabeza baja, empezando su camino de redención.
Hoy, meses después de aquel incidente, dicen que ves a un tipo idéntico a Julián Valladares descargando camiones en la Central de Abastos. Dicen que se le ve más feliz, más humano. Y de Doña Matilde… bueno, ella sigue visitando sus negocios de incógnito.
Esta historia nos enseña que en México, la verdadera clase no se hereda ni se compra en una joyería de lujo. La clase es la humildad, es el respeto al prójimo y, sobre todo, es no olvidar nunca el camino que recorriste para llegar a donde estás. Porque, como aprendió Ricardo y como recordó Julián, la soberbia es un edificio de cristal: muy brillante, pero se rompe con una sola piedra de verdad.
