
CAPÍTULO 1: LA SENTENCIA DE LA LLUVIA
El cielo sobre la sierra de San Juan parecía haberse desplomado esa tarde de octubre. No era una lluvia bendita, de esas que los campesinos esperan para que la milpa crezca fuerte y alta; era una lluvia fría, terca, gris, que golpeaba los vidrios de la pequeña clínica rural con la insistencia de una mala noticia.
Doña Refugio, a quien todo el pueblo conocía con cariño como “Doña Cuca”, estaba sentada en la orilla de una silla de metal despintada en la sala de espera. A sus 68 años, su cuerpo era un mapa de historias: su piel tenía el color de la tierra mojada, curtida por décadas de sol en el campo; sus manos, entrelazadas sobre el regazo, parecían raíces nudosas, fuertes pero desgastadas por tortear masa, lavar ropa en el río y criar a un hijo sola desde que enviudó. Llevaba puesto su rebozo gris, el que usaba para las ocasiones serias, y un vestido de flores que ya había perdido el color de tanto remiendo y lavada.
El olor de la clínica le revolvía el estómago. Olía a alcohol, a piso trapeado con cloro barato y a esa angustia silenciosa que se respira en los lugares donde la gente va a saber si vivirá o morirá. Doña Refugio miraba las puntas de sus zapatos, unos zapatos negros de piso que compró hace cinco años en el mercado del pueblo y que cuidaba como oro, tratando de no escuchar el zumbido de la lámpara fluorescente que parpadeaba en el techo, amenazando con fundirse en cualquier momento.
—¿Doña Refugio González? —la voz de la enfermera, una muchacha joven del pueblo vecino, sonó demasiado fuerte en el silencio de la sala.
Refugio se levantó despacio. Las rodillas le tronaron, un recordatorio constante de la humedad y los años.
—Aquí estoy, señorita —dijo con esa humildad que tienen las mujeres de campo ante la gente de bata blanca.
Caminó por el pasillo estrecho hasta el consultorio del Doctor Ramírez. Él era un muchacho joven, un pasante que hacía su servicio social en la comunidad. Tenía cara de niño y ojos cansados. A Doña Refugio siempre le había caído bien porque, a diferencia de otros doctores que venían de la ciudad y miraban a los rancheros por encima del hombro, el doctor Ramírez siempre saludaba de mano y preguntaba por la familia. Pero hoy, el doctor no sonreía.
Cuando ella entró, él estaba mirando unas radiografías pegadas en la caja de luz de la pared. Esas manchas blancas y negras en el plástico traslucido parecían nubes de tormenta, borrosas e indescifrables para ella, pero claramente aterradoras para él.
—Siéntese, por favor, Doña Cuca —dijo él, sin dejar de mirar las placas. Su voz tenía un tono grave, rasposo.
Refugio se sentó, apretando su bolsa de mandado contra el pecho como si fuera un escudo. El corazón le martilleaba en las costillas, rápido, como un pájaro atrapado.
—¿Qué tengo, doctor? —preguntó ella. Su voz salió bajita, apenas un susurro. Quería ser fuerte, como siempre lo había sido. No lloró cuando se le quemó la cosecha el año de la sequía. No lloró delante de la gente cuando enterro a su Pancho. Pero el miedo a la enfermedad es un animal distinto; es un frío que te entra por los pies y te congela el alma.
El doctor Ramírez se quitó los lentes, los limpió con la bata y suspiró. Se sentó frente a ella y la miró a los ojos.
—Doña Cuca, no le voy a dar vueltas porque usted es una mujer de ley y merece la verdad. Lo que vimos en los análisis y lo que confirman estas placas… no es bueno. Tiene un tumor en el pecho izquierdo. Es grande y está avanzado.
La palabra “tumor” cayó en el consultorio como una piedra en un pozo profundo. Refugio sintió que el aire se le escapaba. Se llevó la mano al pecho, instintivamente, ahí donde sentía esa bolita dura desde hacía meses, esa bolita que había ignorado pensando que era “un golpe” o “aire acumulado”, rezando para que desapareciera con pomada de árnica y tés de hierbas.
—¿Es… es cáncer, doctor? —preguntó, temblando.
—Es muy probable que sea maligno, sí. Necesitamos hacer una biopsia urgente para confirmarlo al cien por ciento, pero por la forma y el tamaño, todo indica que sí. Y Doña Cuca… no podemos esperar. Esto debimos haberlo visto hace seis meses.
Refugio bajó la cabeza. La culpa la golpeó. No había venido antes porque no quería gastar, porque el dinero del maíz apenas alcanzaba, porque no quería molestar a nadie.
—¿Y qué se hace, doctor? ¿Me voy a morir?
—No, no se me rinda todavía —dijo el doctor con firmeza, inclinándose hacia ella—. Se puede operar. Hay que quitarlo. Pero no podemos hacerlo aquí en la clínica. Aquí apenas tenemos paracetamol y gasas. Usted necesita un cirujano oncólogo, necesita un hospital de verdad, en la capital del estado o mejor aún, en la Ciudad de México. Y lo necesita ya. El tiempo corre en nuestra contra. Cada semana que pasa, ese tumor crece.
Refugio asintió lentamente, procesando la información. Operación. Ciudad. Hospitales grandes. Todo eso sonaba a un mundo que no era el suyo. Pero la siguiente pregunta era la que más miedo le daba, más que el bisturí.
—Doctor… —tragó saliva, sintiendo la garganta seca como lija—. ¿Y eso… cuánto cuesta?
El doctor Ramírez hizo una mueca de dolor. Odiaba esa parte de su trabajo. Odiaba ver cómo la salud en su país tenía un precio que la gente buena no podía pagar.
—Mire, podemos intentar meterla por el sistema de salud pública, pero las listas de espera son larguísimas. Le darían cita para dentro de seis meses, y siendo honestos, Doña Cuca, usted no tiene seis meses. Si queremos salvarle la vida, tenemos que hacerlo por medio semiprivado o acelerar los trámites pagando los insumos y los estudios por fuera para que la operen en el Hospital General de especialidades.
—¿De cuánto dinero estamos hablando? —insistió ella, con la mirada fija en las manos del doctor.
Él dudó un momento, haciendo cálculos mentales rápidos.
—Entre los estudios preoperatorios que urgen para esta semana, los catéteres, los medicamentos que no cubre el seguro, los viáticos y la primera fase de la quimioterapia que seguramente necesitará después… Doña Cuca, necesita tener a la mano al menos unos 50,000 pesos para arrancar. Y lo ideal serían 70,000 para no quedarse a medias.
Cincuenta mil pesos.
La cifra retumbó en las paredes blancas del consultorio. Para Doña Refugio, 50,000 pesos era una fortuna inimaginable. Era el equivalente a vender todas sus gallinas mil veces, a trabajar la tierra por diez años sin comer. Su pensión del Bienestar era de unos cuantos miles cada dos meses, y eso se le iba en luz, gas y tortillas. Desde que Pancho murió, sus ahorros se habían esfumado en la caja de muerto, el velorio y la cruz de granito que le prometió. En su casa, escondida dentro de una lata vieja de galletas “Surtido Rico”, tenía guardados 1,800 pesos. Eso era todo su patrimonio.
Sintió que las lágrimas le picaban en los ojos, pero se las tragó. No iba a llorar.
—Cincuenta mil… —repitió, como si al decirlo la cifra pudiera hacerse más pequeña—. ¿Y si no los tengo?
—Doña Cuca, ¿tiene familia? —preguntó el doctor, ignorando la pregunta de la muerte—. ¿Hijos? ¿Hermanos? Alguien que pueda echarle la mano.
Los ojos de Refugio se iluminaron por un segundo, una chispa de orgullo en medio de la desgracia.
—Tengo un hijo. Mi Miguel Ángel. Vive en la Ciudad de México. Es ingeniero —dijo la palabra “ingeniero” con la boca llena, como si fuera un título nobiliario.
—¡Ahí está! —exclamó el doctor, aliviado—. Si es ingeniero y vive en la capital, seguro él puede ayudarla. Usted se ha sacrificado toda la vida por él, ¿no? Es momento de que él le devuelva un poquito de ese amor. Tiene que ir a verlo, Doña Cuca. Hoy mismo si es posible. No le diga por teléfono, estas cosas se hablan de frente. Vaya, dígale lo que pasa y que le dé el dinero para empezar el tratamiento.
Refugio asintió, aunque una sombra de duda cruzó su rostro. Miguel Ángel. Su muchacho. Hacía seis meses que no lo veía. La última vez que vino fue para el Día de las Madres, y solo se quedó dos horas porque su esposa, Vanesa, decía que le daban alergia el polvo del rancho.
—Sí… Miguel me va a ayudar. Él es buen muchacho —dijo ella, más para convencerse a sí misma que al doctor.
—Tome esto —el doctor le extendió la orden de traslado y las recetas para los estudios—. Es el pase médico. Guárdelo bien. Y Doña Cuca… no tenga vergüenza. Es su hijo. Es su vida.
Salió de la clínica con el papel apretado en la mano, como si fuera una sentencia y un salvavidas al mismo tiempo. La lluvia había arreciado. El agua fría le empapó el rebozo en segundos, pero ella ni lo sintió. Caminó hasta la parada del autobús, donde el viejo camión guajolotero, despintado y ruidoso, ya estaba calentando motores para el viaje de regreso a su ranchería.
Se subió con dificultad, pagó los doce pesos del pasaje con monedas que sacó de un monedero de tela y se sentó junto a la ventana. El camión olía a diesel quemado y a humedad. El motor rugió y el vehículo comenzó a avanzar por la carretera llena de baches, sacudiendo los huesos de Doña Refugio.
Mientras veía pasar los campos de maíz mojados, grises bajo la tormenta, su mente viajó al pasado. Recordó cuando Miguel era un niño y se enfermó de neumonía. Ella y Pancho no tenían ni un centavo. Pancho vendió su única yunta de bueyes, los animales con los que araba la tierra, para pagar las medicinas del niño. Se quedaron sin nada para trabajar, comiendo frijoles aguados durante un año, pero salvaron a su hijo.
—Hicimos lo que teníamos que hacer —le había dicho Pancho aquella vez, con los ojos llorosos pero la frente en alto—. Por un hijo se da la vida, Cuca.
“Por un hijo se da la vida”, pensó Refugio mientras el autobús daba un bandazo. “¿Pero un hijo daría la vida por su madre?”.
La duda era un veneno que no quería tragar. Miguel era bueno. Sí, había cambiado un poco desde que se casó con Vanesa. La ciudad lo había cambiado. Se había vuelto más… “fino”, más ocupado. Ya no le gustaba comer con las manos, hablaba de cosas que ella no entendía: inversiones, plazos, estatus. Vanesa era una mujer guapa, rubia de tinte, siempre con las uñas pintadas y oliendo a perfume caro, pero tenía una mirada que a Refugio le helaba la sangre. Una mirada que decía: “Tú no perteneces a nuestro mundo”.
El autobús la dejó en el crucero. Aún tuvo que caminar un kilómetro de terracería lodosa hasta su casa. El lodo se le pegaba a los zapatos, haciéndolos pesados, como si la tierra misma quisiera retenerla, impedirle ir a buscar esa humillación que su corazón presentía.
Su casita de adobe se alzaba solitaria al final del camino. Era humilde, de techo de lámina y teja, con un corredor lleno de macetas con geranios y hierbas de olor. Al entrar, el silencio la recibió. Un silencio denso. Antes, esa casa estaba llena de ruidos: la radio de Pancho, las risas de Miguel corriendo, el cacareo de las gallinas. Ahora solo se escuchaba el goteo de una filtración en el techo de la cocina. Ploc. Ploc. Ploc.
Refugio se quitó el rebozo mojado y se sentó en la mesa de madera, esa mesa que Pancho construyó con sus propias manos hace treinta años. Miró a su alrededor. La cocina estaba impecable, sus ollas de barro curadas, el comal listo. Pero se sentía vacía.
Se levantó y fue a su recámara. Debajo de la cama, sacó la lata de galletas. La abrió. Ahí estaba su tesoro: billetes de a veinte, de a cincuenta, algunos de a cien, y muchas monedas. Los contó despacio, dos veces, con la esperanza absurda de que se hubieran multiplicado milagrosamente.
Mil ochocientos cuarenta pesos.
Eso era todo. Ni siquiera alcanzaba para los pasajes y una consulta privada en la ciudad, mucho menos para una operación de 50,000.
—Virgencita de Guadalupe, ilumíname —susurró, besando una estampa pegada en la cabecera de su cama.
Tenía que ir. No había de otra. Pero el orgullo, ese viejo orgullo ranchero, le impedía llegar dando lástima. No podía llegar y decir: “Hijo, tengo cáncer, dame dinero”. No quería ver la cara de lástima de Miguel, ni mucho menos la cara de fastidio de Vanesa. No quería ser la “vieja enferma” que viene a pedir limosna.
—Les voy a decir otra cosa —decidió en voz alta, hablando con los fantasmas de la casa—. Les voy a decir que es para el techo. Que se está cayendo y que necesito arreglarlo. Es una verdad a medias… el techo sí gotea. Si me dan para el techo, ya veré yo cómo consigo lo demás. Vendo la parcela, vendo los aretes de mi abuela. Pero primero necesito saber si… si les importo.
Esa era la verdadera prueba. No era solo el dinero. En el fondo, Doña Refugio iba a la ciudad a buscar una prueba de amor. Quería saber si el hijo por el que vendieron los bueyes, por el que se quitaron el pan de la boca para pagarle la universidad, todavía tenía un corazón de carne o si la ciudad se lo había convertido en piedra.
Esa noche no cenó. Mató una de sus mejores gallinas, no para ella, sino para llevarle a Miguel. La limpió, la desplumó y la coció con hierbas de olor. Preparó mole, su famoso mole rojo que a Miguel tanto le gustaba de niño. Hizo tortillas a mano, una pila enorme, y empacó todo en tuppers de plástico. También echó un queso fresco que compró a la vecina y unas gorditas de nata.
Llenó dos bolsas grandes de mandado con comida. “A los hombres se les llega por el estómago”, pensaba, con esa lógica antigua de madre. “Cuando pruebe mi sazón, se acordará de quién soy, se acordará de su tierra”.
Se acostó vestida, mirando las vigas del techo en la oscuridad. El dolor en el pecho le daba punzadas, pero más le dolía la incertidumbre. Mañana enfrentaría al monstruo de la ciudad. Mañana enfrentaría a su nuera. Mañana sabría si estaba sola en este mundo o no.
A las cuatro de la mañana, cuando el gallo apenas aclaraba la garganta, Doña Refugio ya estaba de pie. Se lavó la cara con agua fría de la jícara para espabilar el miedo. Se puso su mejor vestido, uno azul marino con flores blancas que usó en la boda de su sobrina. Se trenzó el cabello gris, largo hasta la cintura, y se lo recogió en un chongo apretado. Se puso talco en el cuello.
Salió de casa cerrando con doble llave, encargándole a la vecina que le echara un ojo a los animales. “Vuelvo mañana o pasado, Chona. Voy a ver a mi Miguel”.
Caminó hacia la carretera bajo la neblina del amanecer, cargando las bolsas pesadas con comida y el corazón lleno de esperanzas frágiles. El autobús a la Ciudad de México pasó a las cinco y media. Al subir, Doña Refugio miró hacia atrás, hacia su pueblo que apenas despertaba entre la bruma.
—No me dejes morir, Diosito —rezó en silencio mientras el autobús arrancaba—. Al menos no hasta que lo vea una vez más.
El viaje duró cinco horas. Cinco horas viendo cómo el paisaje cambiaba de verde a gris, de árboles a concreto, de aire limpio a smog. Cuando entraron a la Ciudad de México, el ruido y el tráfico la abrumaron. Edificios que tocaban el cielo, coches que corrían como demonios, gente, mucha gente que no se miraba a los ojos.
Doña Refugio se sentía pequeña, una hormiga en un hormiguero de cemento. Transbordó dos veces, preguntando con timidez cómo llegar a la Colonia Del Valle. La gente la miraba rápido y seguía su camino. Una señora con rebozo y bolsas de mercado no encajaba en esas avenidas llenas de oficinas de cristal.
Finalmente, llegó al edificio de Miguel. Era alto, moderno, con grandes ventanales y un portero con uniforme que parecía policía.
—¿A dónde va, señora? —le preguntó el guardia, bloqueándole el paso.
—Voy al piso ocho. Departamento 802. Busco al ingeniero Miguel Ángel Flores. Soy su mamá.
El guardia la miró de arriba abajo, dudando.
—Espéreme tantito.
Llamó por el interfón. Refugio escuchó la voz de Vanesa distorsionada por el aparato.
—¿Quién?
—Dice que es su suegra, señora. La señora Refugio.
Hubo un silencio largo. Demasiado largo.
—…Déjala pasar.
El guardia le abrió la puerta de cristal. Refugio entró al elevador, viéndose en el espejo. Se vio vieja, cansada, fuera de lugar con sus bolsas de plástico llenas de tuppers. Se acomodó el rebozo, irguió la espalda y respiró hondo.
“Por mi hijo”, se dijo. “Todo por mi hijo”.
El elevador subió rápido, dejándole el estómago en los pies. Cuando las puertas se abrieron en el piso 8, Vanesa ya estaba en el marco de la puerta del departamento. No sonreía. Llevaba ropa deportiva de marca, ajustada, y el cabello rubio recogido en una coleta perfecta.
—¿Doña Refugio? —dijo Vanesa, sin moverse para darle un abrazo—. Qué milagro. No avisó que venía.
—Buenos días, hija —dijo Refugio, tratando de sonar amable—. Fue de imprevisto. Es que… necesitaba ver a Miguel. Le traje un molito y unas tortillas recién hechas.
Levantó las bolsas como ofrenda de paz. Vanesa miró las bolsas con una mezcla de curiosidad y repugnancia, como si temiera que gotearan grasa en su piso de mármol.
—Pase, Doña Refugio. Pero deje las bolsas en la cocina, por favor. Miguel está trabajando, llega en la noche.
Refugio entró. El departamento era impresionante. Ventanales enormes con vista a la ciudad, muebles blancos, una pantalla de televisión del tamaño de una pared. Todo brillaba de limpio. No había ni una foto de Miguel de niño, ni un recuerdo del pueblo. Era una casa de revista, fría y perfecta.
—Siéntese ahí —señaló Vanesa un sillón gris—. ¿Quiere agua?
—Sí, gracias hija. Un vasito.
Mientras Vanesa iba a la cocina, Refugio se sentó en la orilla del sillón, con miedo de ensuciarlo. El silencio en el departamento era distinto al del rancho; aquí era un silencio artificial, aislado por vidrios dobles.
La espera hasta la noche se hizo eterna. Vanesa se encerró en su cuarto “a trabajar en la computadora” y dejó a su suegra sola en la sala durante horas. Refugio no se atrevió a prender la televisión. Solo rezaba el rosario una y otra vez, tocándose disimuladamente el bulto en el pecho que le recordaba por qué estaba ahí.
A las ocho de la noche, se oyó la llave en la puerta.
Refugio se levantó de un salto, con el corazón galopando.
La puerta se abrió y entró Miguel. Llevaba traje, corbata aflojada y un portafolios de cuero. Se veía cansado, con ojeras profundas y el ceño fruncido.
Al ver a su madre parada en medio de su sala minimalista, se detuvo en seco.
—¿Mamá?
—¡Hijo! —Refugio corrió hacia él y lo abrazó. Lo sintió tenso, rígido. Olía a loción cara y a tabaco, un olor que no tenía antes.
Miguel le dio unas palmadas en la espalda y se separó suavemente.
—¿Qué haces aquí, mamá? ¿Pasó algo malo? —su voz no tenía alegría, solo preocupación. Preocupación de que su rutina perfecta se viera interrumpida.
—No, hijo, nada malo… o bueno, quería verte. Y traerte unas cositas.
—Mamá, pudiste avisar. Hoy tuve un día pesadísimo en la oficina.
Vanesa salió de la recámara, impecable como siempre.
—Tu mamá trajo mole, Miguel. Dice que quiere hablar contigo.
Cenaron en el comedor de cristal. Refugio sirvió el mole que había calentado. Vanesa apenas probó un bocado, apartando la carne con el tenedor. Miguel comió rápido, mirando el celular cada dos minutos.
—Está bueno, mamá —dijo él, sin mucho entusiasmo—. Pero a ver, cuéntame. ¿A qué viniste realmente? Tú no vienes a la ciudad nomás porque sí.
Llegó el momento. Refugio dejó su tortilla en el plato. Se limpió las manos en la servilleta de tela, sintiéndose juzgada.
—Hijo… es la casa. El techo de la cocina se está venciendo. Con las lluvias de octubre se está metiendo el agua a chorros. El albañil dice que hay que cambiar vigas y láminas.
Miguel suspiró y se frotó la cara. Vanesa dejó los cubiertos con un tintineo agudo.
—¿Y cuánto cuesta eso, mamá? —preguntó Miguel, ya con tono de fastidio.
—Me cobra… quince mil pesos.
Refugio dijo la mentira bajando la mirada. Quince mil. Una fracción de lo que realmente necesitaba para el cáncer. Pero si le daban eso, al menos tendría para los estudios iniciales.
El silencio que siguió fue terrible.
Vanesa soltó una risita seca, sarcástica.
—¿Quince mil? Miguel, ¿escuchaste? Quince mil pesos para un techo de lámina. Eso es ridículo. Seguramente el albañil te quiere ver la cara de tonta, Doña Refugio.
—No, hija, es Don Chuy, es de confianza. Los materiales han subido mucho…
—Miguel —interrumpi Vanesa, mirando a su esposo fijamente—, acabamos de pagar el enganche del coche nuevo. Y tenemos los boletos para Cancún en diciembre. No tenemos liquidez ahorita. Además, tu mamá siempre sale con algo. La otra vez fue la bomba de agua, ahora el techo.
Miguel miraba a su esposa y luego a su madre. Refugio vio en los ojos de su hijo una lucha. Vio al niño que ella cargó en brazos peleando contra el hombre de negocios que Vanesa había moldeado.
—Mamá… —empezó Miguel, y su voz tembló un poco—. Vanesa tiene razón. Ahorita estamos muy gastados. La empresa no ha pagado los bonos de productividad. Quince mil es mucho dinero ahorita.
—Pero hijo, se me moja la cocina… y ya vienen los fríos fuertes —suplicó ella, sintiendo que la dignidad se le escurría.
—Pon unas cubetas, mamá. O compra un plástico negro, eso es barato —dijo Vanesa con crueldad—. No podemos estar resolviéndote la vida cada mes. Nosotros también tenemos gastos. Queremos tener hijos algún día, necesitamos ahorrar.
La mención de los nietos fue un golpe bajo.
—Hijo… ¿no tienes nada? ¿Aunque sea cinco mil?
Miguel negó con la cabeza, sin mirarla a los ojos.
—Lo siento, mamá. De verdad. Quizá el otro mes. Aguanta un poco.
Refugio sintió un frío absoluto. Más frío que la lluvia, más frío que el cáncer. Su hijo, su sangre, le estaba negando ayuda para un techo, sin saber que le estaba negando la vida misma. Entendió que no había lugar para ella en esa mesa de cristal. Entendió que estorbaba.
—Está bien, hijo —dijo ella, levantándose despacio. Dejó el plato de mole casi lleno—. No se preocupen. Ya veré yo cómo le hago. Dios proveerá.
Esa noche, Doña Refugio durmió (o intentó dormir) en el sofá de la sala, tapada con una manta delgada que Vanesa le dio de mala gana. Escuchó los susurros desde la recámara principal.
—Es un barril sin fondo, Miguel… Si le das ahora, mañana pedirá más… Tienes que cortar el cordón umbilical…
Cada palabra era una puñalada. A la mañana siguiente, antes de que saliera el sol, Refugio dobló la manta, tomó sus bolsas vacías y se dispuso a irse. No quería ni un café. Quería largarse, volver a su agujero y morir en paz, lejos de esa frialdad de mármol.
Miguel salió de la recámara en pijama, con los ojos hinchados. La alcanzó en la puerta.
—¿Ya te vas, mamá?
—Sí, hijo. Tengo que cuidar a los animales.
—Mamá, perdona… en serio. No es que no quiera, es que… Vanesa se pone muy difícil con el dinero.
Fue a la cocina y regresó con una caja grande, envuelta en papel brillante y con un moño dorado exagerado. Era una caja de chocolates finos, de esos que dan en las cestas de navidad de las empresas.
—Mira, llévate esto. Me la dieron ayer en la oficina por mi cumpleaños. Son chocolates suizos o no sé qué. Para que… no sé, para que te endulces el viaje. Perdón que no te pueda dar el efectivo.
Refugio tomó la caja. Pesaba como una lápida.
—Gracias, hijo. Cuídate mucho. Que Dios te bendiga a ti y a tu esposa.
Salió del departamento sin mirar atrás. Bajó en el elevador sola, sintiendo las lágrimas correr por sus mejillas arrugadas. Su hijo le había cambiado la vida por una caja de chocolates.
El viaje de regreso fue un borrón de tristeza. Al llegar a su casa en el pueblo, puso la caja sobre la mesa, se sentó y se quedó mirando la pared durante horas, mientras la tarde caía y las sombras llenaban la cocina. Estaba sola. Completamente sola frente a la muerte.
—Bueno —suspiró finalmente, secándose las lágrimas con el rebozo—. A ver a qué sabe el desprecio de un hijo.
Extendió la mano y jaló el moño dorado de la caja.
CAPÍTULO 2: EL DULCE SABOR DE LA TRAICIÓN (Y EL SECRETO)
El regreso al pueblo fue un descenso a los infiernos, lento y tortuoso. Si el viaje de ida había estado lleno de una ansiedad nerviosa, el de vuelta estaba cargado de un plomo muerto, un peso en el alma que hacía que a Doña Refugio le costara incluso respirar.
El autobús de segunda clase, el “Flecha Roja”, se abría paso entre la niebla de la carretera federal. Afuera, el paisaje se desdibujaba: los cerros verdes, los puestos de barbacoa a orilla de carretera, los perros flacos que ladraban a las llantas; todo pasaba ante sus ojos como una película muda y sin sentido. Refugio iba sentada junto a la ventana, con la frente pegada al vidrio frío, sintiendo las vibraciones del motor en los dientes.
En su regazo, la caja de chocolates descansaba como una lápida.
Era una caja hermosa, había que reconocerlo. De cartón rígido, color vino tinto, con letras doradas en un idioma que ella no entendía —quizás francés o inglés— y un moño de satín que brillaba con la luz tenue del atardecer que entraba por la ventana. Pero para ella, esa belleza era un insulto. Era el símbolo brillante de su derrota. Su hijo, su sangre, el niño al que había amamantado cuando no tenía qué comer ella misma, la había despachado con dulces.
—¿Todo bien, Doña Cuca? —le preguntó el chofer, Don Beto, cuando el camión frenó con un chillido en el entronque del pueblo. La conocía de años, sabía que ella no era mujer de andar paseando sin motivo.
Refugio se ajustó el rebozo, cubriéndose hasta la nariz para ocultar los ojos hinchados.
—Todo bien, Beto. Gracias.
Bajó del camión con dificultad. Sus piernas, que antes subían cerros para buscar leña, ahora parecían de trapo. El dolor en el pecho, ese piquete constante del tumor, parecía haberse agudizado con la tristeza, como si el cáncer se alimentara de las lágrimas no derramadas.
Caminó por la calle principal del pueblo. La gente empezaba a salir a tomar el fresco. Saludó con movimientos leves de cabeza, evitando detenerse.
—Buenas tardes, Doña Cuca.
—Adiós, Doña Cuca.
—¿Fue a la capital, oiga?
Ella solo asentía y aceleraba el paso. “Que no me pregunten”, rogaba mentalmente. “Que nadie me pregunte cómo me fue con Miguel Ángel, porque me voy a romper aquí mismo a mitad de la calle y no me voy a poder levantar”. La vergüenza en los pueblos es cosa seria; volver con las manos vacías cuando se fue a pedir ayuda a un hijo exitoso es una mancha que no se quita ni con cloro. “El hijo ingrato”, dirían. “La madre abandonada”. No quería darles ese gusto a las lenguas viperinas.
Llegó a su casa cuando el sol ya se había escondido detrás del Cerro del Muerto. La casa de adobe, fresca y silenciosa, la recibió con su olor característico a tierra, a humo de leña y a la cera de las veladoras del altar.
Refugio cerró la puerta y echó el cerrojo. Dejó caer la bolsa del mandado vacía en una silla —esa bolsa que había llevado llena de mole y amor, y que había regresado doblada y triste— y puso la caja de chocolates sobre la mesa de la cocina.
La cocina estaba en penumbras. Solo la luz de la última brasa en el fogón iluminaba débilmente el cuarto. Refugio no quiso prender el foco. La oscuridad se sentía adecuada. Se sentó en su silla de siempre, esa que tenía el asiento de paja ya amoldado a su cuerpo, y se quedó mirando la caja.
El silencio de la casa era abrumador. Antes, ese silencio era paz; ahora, era soledad.
—Pues ya está, Pancho —habló en voz alta, dirigiéndose a la foto de su difunto esposo que colgaba junto al calendario de la carnicería—. Ya fui. Ya vi. Y ya volví.
Se imaginó a Pancho ahí, sentado frente a ella, con su sombrero en la rodilla, moviendo la cabeza con decepción. “¿Qué le pasó a nuestro muchacho, Cuca?”, le preguntaría. “¿En qué momento se nos torció el árbol?”.
Refugio sintió una oleada de rabia. No contra Miguel, curiosamente, sino contra esa mujer, Vanesa, y contra la ciudad que se lo había tragado. Recordó la frialdad de los pisos de mármol, la mirada de asco hacia sus bolsas de plástico, la forma en que su nuera hablaba de “liquidez” y “gastos” como si la vida de una madre fuera una transacción comercial.
—Quince mil pesos —susurró Refugio con amargura—. Un techo. Ni siquiera les pedí para la vida, les pedí para un techo de lámina. Y ni eso valgo.
El dolor físico volvió a punzar, agudo, como un cuchillo caliente. Se llevó la mano al pecho. El bulto estaba ahí, duro, ajeno, creciendo. El Doctor Ramírez había dicho que era urgente. “Cuestión de semanas”. Sin el dinero, no había operación. Sin operación, no había vida.
Doña Refugio, mujer de campo, pragmática hasta los huesos, empezó a hacer cuentas macabras en su cabeza.
“Si vendo la vaca, la pinta, me darán unos ocho mil pesos si bien me va, porque ya está vieja. Si vendo las gallinas y los guajolotes, saco otros dos mil. El terreno… el terreno es ejidal, no se vende tan fácil, y si lo vendo a la prisa me van a dar una miseria. No junto los cincuenta mil. No los junto ni volviendo a nacer”.
La conclusión cayó sobre ella con la pesadez de una losa: se iba a morir.
Se iba a morir en esa casa, sola, dolorosamente, mientras su hijo planeaba sus vacaciones en Cancún. La idea no le dio miedo en ese momento, sino una tristeza infinita, profunda y negra como un pozo. Pensó en quién la encontraría. Tal vez Doña Chona, la vecina, cuando notara que no salía humo de la chimenea en dos días.
—Virgencita, no me dejes sufrir mucho —pidió, mirando hacia la pequeña imagen de la Guadalupana en la repisa—. Llévame rápido si es que me vas a llevar.
El estómago le rugió. No había comido nada en todo el día, salvo el trago amargo del rechazo. Miró la caja de chocolates otra vez. El moño dorado brillaba burlonamente en la oscuridad.
—Chocolates suizos —bufó—. “Para que te endulces el viaje”, dijo.
La ironía era tan grande que casi le dio risa. Una risa seca, que raspaba la garganta. Tenía hambre, tenía el azúcar baja —ella era diabética, aunque controlada— y se sentía desfallecer.
—Pues a ver —dijo, extendiendo la mano callosa hacia la caja—. Vamos a probar el regalo de despedida. Vamos a ver a qué sabe el desprecio de un hijo. A ver si es cierto que los chocolates finos saben mejor que el champurrado.
Con dedos torpes y temblorosos, jaló la cinta dorada. El nudo se deshizo con suavidad, deslizándose como agua. La calidad del listón era innegable; hasta en eso había diferencia entre su mundo y el de ellos. Allá todo era suave, fácil, desechable. Acá todo era rasposo, duro, eterno.
Quitó la tapa de cartón grueso. Debajo había un papel de china blanco, crujiente, con una calcomanía dorada sellándolo.
—Tanta basura para unos dulces —refunfuñó.
Rompió el papel de china con impaciencia. Esperaba ver las filas de bombones oscuros, brillantes, acomodados en sus cunas de plástico.
Pero lo que sus ojos vieron la paralizó.
Su cerebro tardó unos segundos en procesar la imagen. No había chocolates en la primera capa. No había formas redondas ni oscuras.
Había papel. Papel azul.
Refugio parpadeó, pensando que la diabetes le estaba nublando la vista o que la falta de comida la hacía alucinar. Acercó la caja a la luz de la veladora del altar.
No era papel cualquiera. Eran rostros. El rostro de Benito Juárez la miraba fijamente desde el interior de la caja, multiplicado una y otra vez.
Eran billetes. Billetes de quinientos pesos.
Un grito ahogado se le atoró en la garganta. La caja se le resbaló de las manos y cayó sobre la mesa con un golpe seco, pero no se desparramó. Los billetes estaban apretados, fajos y fajos de billetes azules, acomodados con una precisión quirúrgica donde deberían estar los chocolates.
Doña Refugio sintió que las piernas se le volvían de agua. La silla se le fue para atrás y cayó de rodillas al piso de tierra apisonada, agarrándose del borde de la mesa para no irse de bruces.
—¡Dios mío! ¡Dios mío santísimo! —balbuceó, con el corazón golpeándole las costillas como si quisiera salirse del pecho.
Se levantó como pudo, con las manos temblando violentamente, y se asomó de nuevo a la caja. Tocó los billetes con miedo, como si fueran a quemarla o a desvanecerse en humo. El papel era real. Olía a dinero, ese olor particular de la tinta y el papel moneda, mezclado con el aroma dulce del chocolate que venía de alguna parte más profunda de la caja.
Empezó a sacarlos. Eran pacas atadas con ligas elásticas.
—Uno, dos, tres… diez mil… —contaba en voz alta, perdiendo el aire—. Veinte mil… Treinta…
No podía creerlo. Jamás en su vida había tenido tanto dinero junto en sus manos. Ni cuando Pancho vendió las vacas, ni cuando cobraron el seguro de la cosecha. Había fajos y fajos. Siguió sacando y contando, con lágrimas de pánico y confusión corriendo por su cara.
Cincuenta mil pesos.
Había cincuenta mil pesos exactos en billetes de quinientos.
Debajo de los últimos fajos, en el fondo de la caja, ahora sí aparecieron algunos chocolates sueltos, regados como para hacer bulto, y sobre ellos, un papel doblado. Una hoja de cuaderno arrancada a la prisa, doblada en cuatro.
Refugio tomó el papel. Sus manos temblaban tanto que apenas podía desdoblarlo. Reconoció la letra inmediatamente. Era esa letra inclinada y nerviosa de Miguel, la misma letra con la que le escribía cartas cuando se fue a estudiar a la universidad, antes de que existieran los celulares y los WhatsApps.
Se acercó a la veladora para leer, limpiándose los ojos con el dorso de la mano.
“Mamá:
Perdóname. Perdóname por favor por lo que pasó anoche y hoy en la mañana. Sé que te fuiste con el corazón roto, pensando que tu hijo es un malnacido que te niega ayuda para un techo.”
Refugio sollozó, un sonido gutural que salió de lo más profundo de su vientre.
“Pero mamá, yo lo sé todo. Ayer en la tarde, mientras tú estabas encerrada en la sala, me llamó la Tía Juana. Me dijo que te vio salir llorando de la clínica del Doctor Ramírez. Me dijo que le sacó la verdad a la enfermera y que sabe que tienes un tumor. Que necesitas operarte de urgencia y que te da miedo pedir dinero.”
—Juana… bendita seas, Juana chismosa —lloró Refugio, sonriendo entre las lágrimas. Su comadre Juana, la mujer más metiche del pueblo, le acababa de salvar la vida.
La carta continuaba, y la letra de Miguel se veía más apretada, como si hubiera escrito con mucha fuerza o coraje.
“Mamá, no tienes idea de lo que sentí cuando me enteré. Quería gritar, quería abrazarte en cuanto llegué a la casa. Pero no podía decir nada frente a Vanesa. Tú la viste. Tú viste cómo reaccionó por 15 mil pesos para un techo. Si le decía que eran 50 mil o más para una operación de cáncer, nos hubiera corrido a los dos o me hubiera bloqueado las cuentas. Ella maneja todo, mamá. Me tiene atado de manos. Dice que mis papás son un pozo sin fondo.”
Refugio sintió una punzada de dolor por su hijo. Su ingeniero, su orgullo, vivía en una jaula de oro, prisionero de una mujer que no conocía la piedad.
“Pero tú eres mi madre. Tú vendiste tus bueyes para que yo estudiara. Tú comiste tortillas con sal para que yo comiera carne. ¿Crees que se me olvidó? Jamás. Este dinero no es de mis ahorros, porque Vanesa los controla. Pedí un préstamo de nómina en el trabajo hoy en la mañana, de emergencia. Me lo dieron en efectivo. Por eso llegué tarde a cenar. Escondí el dinero en esta caja porque era la única forma de dártelo delante de ella sin que sospechara. Ella cree que son chocolates regalados.”
Doña Refugio apretó la carta contra su pecho, arrugándola un poco. Se imaginó a Miguel, en su oficina elegante, contando billetes a escondidas, metiéndolos en la caja de chocolates, sudando frío por el miedo a ser descubierto por su esposa, pero decidido a salvar a su madre.
“No estás sola, jefa. Nunca has estado sola. Con este dinero vete mañana mismo a la clínica y paga los estudios preoperatorios. Que te preparen. Yo ya pedí mis vacaciones de emergencia. Le dije a Vanesa que un amigo tuvo un accidente grave y tengo que ir a ayudarlo. Llegaré mañana al mediodía por ti. Te voy a llevar yo mismo al hospital. No me importa lo que diga Vanesa, no me importa si se enoja o si me deja. Primero eres tú. Te amo, mamá. Perdóname por ser un cobarde en mi propia casa, pero te juro que no te voy a fallar cuando importa.”
Tu hijo, Miguel Ángel.
Doña Refugio dejó caer la carta sobre la mesa, junto a la montaña de billetes azules. El silencio de la casa ya no era pesado ni triste. Ahora estaba lleno de una presencia cálida.
Se dejó caer de rodillas otra vez, pero ahora no fue por debilidad. Fue para agradecer. Apoyó la frente en el piso de tierra, como hacían los antiguos, y lloró. Lloró todo lo que se había guardado en el consultorio, todo lo que se aguantó en el autobús, todo lo que se tragó en el departamento de lujo.
Lloró de alivio. Lloró de amor.
—No me olvidó, Pancho —sollozó, hablándole al aire—. Nuestro muchacho no se perdió. Está ahí. Está ahí debajo de los trajes y el perfume caro. Sigue siendo nuestro Miguel.
Se quedó así un largo rato, hasta que el frío del suelo le caló en los huesos. Se levantó, se limpió la cara con agua de la jícara y sintió un hambre voraz. Un hambre de vida.
Tomó uno de los chocolates que habían quedado en el fondo de la caja, uno de esos que Miguel había dejado de relleno. Le quitó la envoltura dorada y se lo metió a la boca.
El chocolate se deshizo en su lengua. Era dulce, cremoso, con un toque de avellana. Pero para Doña Refugio, tenía otro sabor. Sabía a esperanza. Sabía a victoria. Sabía a que mañana, cuando saliera el sol, ella no estaría sola.
Recogió los billetes con cuidado reverente. No los volvió a meter en la caja; los guardó en su bolsa de mandado, esa vieja bolsa de tela remendada que nunca le fallaba. Luego, tomó la carta, la dobló con delicadeza y la metió dentro de su corpiño, pegadita al corazón, justo del lado donde tenía el tumor, como si el papel pudiera empezar a curarla desde adentro con el calor de las palabras de su hijo.
—Mañana —dijo en voz alta, con una determinación que le endureció la mirada y le enderezó la espalda—. Mañana viene mi hijo. Y vamos a pelear.
Fue a la cocina y calentó las tortillas que habían sobrado del viaje. Se hizo un taco de sal, el manjar más humilde, y se lo comió de pie, mirando por la ventana hacia el camino oscuro por donde mañana llegaría el auto de Miguel.
El miedo a la operación seguía ahí, claro. El cáncer seguía ahí, devorándola despacio. Pero algo fundamental había cambiado. Ya no era una vieja desechable esperando la muerte en un rincón. Era una madre amada. Y eso, en la sierra y en la ciudad, y en cualquier parte del mundo, es la medicina más poderosa que existe.
Se persignó, apagó la veladora y se fue a dormir. Por primera vez en meses, Doña Refugio durmió profundo, soñando que llovía, pero que la lluvia ya no golpeaba el techo, sino que regaba la milpa para que naciera maíz nuevo y fuerte.
CAPÍTULO 3: LA HUIDA Y EL PESO DE LA MENTIRA
El amanecer en San Juan del Río siempre llegaba acompañado del canto desafinado de los gallos y el olor a leña quemada que bajaba de los cerros. Pero para Doña Refugio, ese amanecer fue distinto. No se despertó con la pesadez habitual de sus dolores ni con la resignación de la soledad. Se despertó con un sobresalto, con el corazón galopando en el pecho, ese tipo de ansiedad eléctrica que uno siente cuando sabe que el destino está a punto de tocar a la puerta.
La carta de Miguel seguía ahí, doblada debajo de su almohada, como un amuleto contra el miedo. Los fajos de billetes, esos cincuenta mil pesos que olían a chocolate y a salvación, estaban bien guardados en el fondo de su maleta de piel sintética, esa maleta vieja color café que solo usaba para ir a la Villa a ver a la Virgen o cuando algún pariente moría en otro pueblo.
Refugio se levantó antes de que el sol despuntara del todo. Sus movimientos eran rápidos, imbuidos de una energía nueva. Se lavó la cara con agua fría, se trenzó el cabello con más cuidado que de costumbre, entrelazando una cinta negra entre las canas, y se puso su vestido de domingo, el de las flores azules, porque si iba a ir a luchar por su vida, tenía que ir vestida con dignidad.
La casa parecía observarla. Cada rincón tenía un recuerdo: la mancha de humedad en la pared donde Pancho solía recargarse para quitarse las botas, la mesa de madera donde Miguel hacía la tarea a la luz de una vela cuando se iba la luz. Refugio recorrió las habitaciones, tocando los muebles, despidiéndose en silencio.
—No sé si vuelva, casa mía —susurró, pasando la mano por el marco de la puerta—. Pero si vuelvo, te prometo que te arreglo el techo de verdad.
Salió al patio a alimentar a las gallinas por última vez. Les echó maíz con generosidad.
—Coman, mis niñas, coman bien. Doña Chona las va a cuidar un tiempo. Pórtense bien y pongan huevos, que no quiero que piensen que las abandoné.
A las ocho de la mañana, Refugio ya estaba sentada en el pórtico, con su maleta a un lado y el rebozo bien puesto, mirando hacia el camino de terracería. El sol empezaba a calentar, levantando el vapor de la tierra húmeda por la lluvia de ayer.
La espera es una criatura extraña. Los minutos se estiraban como chicle. Cada ruido lejano —un tractor, un perro ladrando, el viento en los árboles— la hacía estirar el cuello. “¿Y si se arrepintió?”, pensaba, y el miedo le helaba la sangre. “¿Y si Vanesa lo descubrió? ¿Y si tuvo un accidente en la carretera?”. La mente de una madre siempre viaja a los peores escenarios.
Pero a las nueve y cuarto, un punto brillante apareció en la curva del camino. Un coche azul marino, cubierto de polvo del camino, avanzaba dando tumbos entre los baches.
El corazón de Refugio dio un vuelco. Era el coche de Miguel.
El vehículo se detuvo frente a la cerca de nopales. El motor se apagó y hubo un momento de silencio. Luego, la puerta del conductor se abrió y bajó Miguel Ángel. No llevaba el traje impecable de la ciudad. Traía unos jeans, una camisa polo arrugada y tenis. Se veía cansado, con ojeras profundas y la barba de un día, pero cuando vio a su madre sentada en el pórtico, su rostro se iluminó con una sonrisa que Refugio no veía desde hacía años. Una sonrisa sin máscaras.
—¡Jefa! —gritó él, usando ese apodo cariñoso que Vanesa detestaba porque decía que sonaba “naco”.
Refugio se levantó, olvidando el dolor de sus rodillas, y caminó hacia él. Se encontraron a mitad del patio de tierra. El abrazo fue fuerte, desesperado. Miguel la apretó contra su pecho, hundiendo la cara en su hombro, oliendo ese aroma a humo y jabón de lavandería que era, para él, el olor del hogar.
—Llegaste, mijo. Llegaste —sollozó ella, acariciándole la espalda.
—Te lo prometí, mamá. Te dije que vendría. Perdóname por tardar tanto, no solo hoy, sino… por tardar años en volver de verdad.
Se separaron, y Refugio le tomó la cara entre las manos, examinándolo como solo una madre puede hacerlo. Vio el miedo en sus ojos, vio el estrés, vio la carga que llevaba sobre los hombros.
—Estás flaco, Miguel. Y tienes cara de susto. ¿Qué pasó con… ella?
Miguel suspiró y miró hacia el coche, como si temiera que Vanesa fuera a salir de la cajuela.
—Le dije una mentira enorme, mamá. Le dije que mi amigo el “Chato”, ¿te acuerdas de él?, el que se fue al norte… le inventé que tuvo un accidente en la carretera a Querétaro y que está solo. Le dije que tengo que ir a ver temas legales y moverlo de hospital.
—Dios nos perdone por las mentiras, hijo.
—Dios sabe por qué lo hacemos, mamá. Vanesa estaba furiosa. Me dijo que siempre pongo a mis amigos antes que a ella, que teníamos la cena con sus papás el viernes… hizo un drama. Pero me salí. Agarré las llaves, la maleta y me salí. No me importa. Ahorita no me importa nada más que tú.
Miguel cargó la maleta vieja de su madre y la metió en la cajuela, junto a su propia maleta de marca. Dos mundos chocando en el maletero de un sedán.
—Vámonos, mamá. Ya hablé con el Doctor Ramírez por teléfono mientras venía. Me recomendó a un colega suyo en el Hospital General de Zona en la capital del estado. Dice que es muy bueno, el Doctor Cárdenas. Ya nos está esperando para valorar la internación hoy mismo.
Refugio subió al coche. El interior olía a aromatizante de “Bosque Nuevo” y a aire acondicionado, un contraste violento con el aire libre del campo. Mientras el auto avanzaba, dejando atrás la casa de adobe que se hacía pequeña en el espejo retrovisor, Refugio sintió una punzada de culpa.
—Hijo… —dijo en voz baja, mirando sus manos entrelazadas—. Es mucho dinero. Cincuenta mil pesos. Y dices que pediste un préstamo. ¿Cómo lo vas a pagar? Esa mujer te va a matar si se entera de la deuda.
Miguel apretó el volante. Los nudillos se le pusieron blancos.
—Es un préstamo de nómina, mamá. Me lo descuentan automático de mi sueldo cada quincena. Vanesa no revisa mis talones de pago, solo revisa la cuenta común donde deposito para la hipoteca y los gastos de la casa. Mientras no falte dinero en la cuenta común, no se va a dar cuenta… por ahora.
—¿Y si se da cuenta?
—Pues que se dé cuenta —respondió Miguel con una brusquedad que sorprendió a Refugio—. Mamá, llevo cinco años viviendo para complacerla. Cinco años comprando muebles que no me gustan, yendo a cenas con gente que me cae mal, fingiendo que soy alguien que no soy. Ayer, cuando te fuiste con esa caja de chocolates… sentí un asco tan grande por mí mismo que casi vomito. Me vi en el espejo y vi a un extraño. Un cobarde.
Refugio estiró la mano y le acarició el brazo.
—No eres cobarde, hijo. Eres bueno. Solo que… te dejaste llevar. La ciudad te comió un poquito.
—Me comió entero, mamá. Pero ya no. Cuando la Tía Juana me contó lo del cáncer… fue como si me echaran un balde de agua helada. Entendí que estoy perdiendo lo único verdadero que tengo por cuidar las apariencias. El dinero va y viene, mamá. La deuda la pago. Trabajaré horas extra, haré Uber en las noches si es necesario, venderé este coche… no sé. Pero tu vida no tiene precio.
El viaje hacia la capital duró tres horas. Tres horas de confesiones. Miguel le contó lo sola que se sentía su vida a veces, a pesar de estar rodeado de gente. Le contó que Vanesa no quería tener hijos todavía porque “arruinarían su cuerpo” y sus planes de viaje, aunque él moría por ser papá. Le contó que extrañaba las tortillas hechas a mano y el silencio del campo.
Doña Refugio escuchaba, asintiendo, dándole consejos sencillos, de esos que no vienen en los libros de autoayuda pero que sostienen el mundo.
—El amor no debe pesar, hijo. El amor debe dar alas, no cadenas. Si tienes que esconderte para ser bueno, entonces no estás en el lugar correcto.
Llegaron a la capital del estado al mediodía. La ciudad los recibió con su caos habitual: cláxones, tráfico, vendedores ambulantes toreando los coches, edificios grises bajo un sol inclemente.
El Hospital General era una mole de concreto pintada de blanco y verde institucional. La entrada de urgencias era un hormiguero de gente: familias acampando en la banqueta, vendedores de tamales y atole, ambulancias llegando con sirenas ululantes.
Miguel estacionó el coche y ayudó a bajar a su madre. Refugio se aferró a su brazo. El tamaño del hospital la intimidaba. Se sentía pequeña, una campesina perdida en la burocracia de la muerte.
—Tranquila, jefa. Yo me encargo de hablar. Tú solo di que sí a todo lo que yo diga.
Entraron. El aire acondicionado estaba demasiado fuerte y olía a esa mezcla inconfundible de desinfectante, enfermedad y humanidad hacinada.
—Venimos a ver al Doctor Cárdenas, tengo cita concertada por el Doctor Ramírez de San Juan —dijo Miguel con voz firme a la recepcionista, sacando su lado de “Licenciado de ciudad”.
La burocracia fue lenta, pero el dinero aceita los engranajes. Cuando Miguel sacó parte del efectivo de la caja de chocolates para pagar el depósito inicial y los estudios de urgencia en la caja privada del hospital (para saltarse la espera del seguro público), la actitud del personal cambió. De ser un número más, pasaron a ser “pacientes preferentes”.
—Pase por aquí, Doña Refugio. La vamos a ingresar en la cama 304, piso de oncología.
La habitación era compartida con otra paciente, una señora mayor que dormía conectada a un suero. Había una ventana que daba a un muro de ladrillo, pero estaba limpio. Miguel ayudó a su madre a ponerse la bata azul de hospital, esa que deja la espalda descubierta y que te quita la poca dignidad que te queda.
Pero Refugio no sentía vergüenza. Sentía seguridad. Su hijo estaba ahí, acomodando sus cosas en el pequeño buró metálico: su peine, su crema, su estampa de la Virgen.
—Voy a salir a comprar agua y unas cosas que pidieron las enfermeras, mamá. No me tardo.
Miguel salió al pasillo. Refugio lo vio sacar el celular. Su postura cambió al instante: se encorvó, se llevó la mano a la frente. Estaba llamando a Vanesa.
Refugio aguzó el oído, aunque sabía que no debía.
—Sí, amor… sí, ya llegué con el Chato. Está mal, sí… No, no puedo hablar mucho, hay mala señal en el hospital… No, no sé cuándo regrese, depende de la cirugía… Sí, te deposito lo de la tarjeta en cuanto pueda… Te amo. Bye.
Colgó y se recargó en la pared, soltando un suspiro largo que parecía desinflarlo. Luego, se compuso la cara, forzó una sonrisa y volvió a entrar a la habitación.
—Listo, jefa. Todo en orden.
Refugio no dijo nada sobre la llamada. Entendió que esa mentira era el escudo que la protegía a ella. Aceptó el sacrificio de su hijo en silencio, prometiéndose a sí misma que valdría la pena. “Tengo que vivir”, pensó. “No puedo dejar que mi hijo destruya su matrimonio para nada. Tengo que sanar para que esto tenga sentido”.
La tarde pasó entre enfermeras que venían a sacarle sangre, a medirle la presión, a hacerle preguntas incómodas sobre sus antecedentes. “¿Fuma? ¿Bebe? ¿Antecedentes de cáncer en la familia?”. Refugio respondía a todo con humildad. Miguel no se separó de su lado, sosteniéndole la mano cuando la aguja buscaba la vena en sus brazos delgados y maltratados.
Cayó la noche. El hospital adquirió ese ritmo nocturno, más silencioso pero más denso. Se escuchaban toses lejanas, el pitido rítmico de los monitores, pasos apresurados en el pasillo.
El Doctor Cárdenas, un hombre alto y serio con gafas de montura gruesa, entró a revisar los primeros resultados.
—Bien, Doña Refugio. Los análisis están dentro de lo aceptable para proceder. El tumor está localizado, pero es grande. Vamos a operar mañana a primera hora, a las 7:00 AM. Es una mastectomía. Vamos a quitar el pecho y los ganglios de la axila para asegurarnos de limpiar todo.
La palabra “mastectomía” sonó brutal. Perder una parte de su cuerpo.
—¿Es necesario, doctor? —preguntó ella con voz temblorosa.
—Es necesario para salvarle la vida. Si no lo hacemos, se extenderá a los pulmones y a los huesos. Y ahí ya no habrá nada que hacer.
Refugio asintió.
—Haga lo que tenga que hacer, doctor. Yo quiero ver crecer a mis nietos… si es que Dios me los da algún día.
El doctor asintió y salió. Miguel se acercó a la cama. Se sentó en la orilla, ignorando las reglas del hospital.
—Tienes miedo, ¿verdad?
—Un poquito, hijo. No de la operación… sino de no despertar. De dejarte solo con este problema.
Miguel le apretó la mano con fuerza.
—Vas a despertar, mamá. Eres un roble. Y no estoy solo. Estoy contigo. Y sobre el problema… no es un problema. Es lo correcto. Hoy, por primera vez en años, siento que estoy haciendo lo correcto.
—Hijo… —Refugio dudó, pero tenía que preguntarlo—. ¿Qué va a pasar con Vanesa cuando se entere? Porque se va a enterar. Las mentiras tienen patas cortas.
Miguel miró hacia la ventana oscura.
—Se va a enterar, sí. Probablemente vea los movimientos de la tarjeta o llame al trabajo y le digan que no pedí permiso por un amigo, sino un préstamo. O alguien le diga. Y cuando se entere… va a arder Troya.
—¿Y tú qué vas a hacer?
Miguel volteó a verla, y en sus ojos había una tristeza resignada, pero también una firmeza nueva.
—Si ella me dice que elija entre mi madre moribunda y sus vacaciones en Cancún… creo que la elección ya está hecha, ¿no? Yo ya elegí, mamá. Te elegí a ti. Y si eso me cuesta mi matrimonio, entonces es que ese matrimonio no valía tanto como yo creía.
Refugio sintió una mezcla de dolor y orgullo. No quería que su hijo sufriera, pero le aliviaba saber que había recuperado sus valores.
—Descansa, hijo. Duerme un rato en ese sillón. Te ves muy mal.
Miguel se acomodó en el incómodo sillón de vinil, tapándose con su chaqueta.
—Buenas noches, jefa. Mañana será un gran día. Mañana sacamos esa porquería de tu cuerpo y empezamos de nuevo.
Refugio se quedó despierta un rato más, escuchando la respiración de su hijo. Rezó tres Avemarías. Pensó en su casa vacía, en sus gallinas, en Pancho esperándola en el cielo si algo salía mal. Pero luego miró a Miguel, dormido e incómodo por cuidarla, y decidió que Pancho tendría que esperar.
—No me voy a morir —le susurró a la oscuridad—. No le voy a fallar a mi muchacho.
Cerró los ojos, y el sueño inducido por el cansancio y la medicación la venció.
A la mañana siguiente, el movimiento empezó a las cinco. Enfermeras entrando para prepararla, ponerle las medias de compresión, cambiarle el suero. Miguel despertó de un salto, despeinado y con la camisa arrugada, pero alerta al instante.
—Aquí estoy, mamá. Aquí estoy.
El camillero llegó a las seis y media. Era un muchacho joven y bromista que intentaba aligerar el ambiente.
—¡Vámonos de paseo, Doña Refugio! Dicen que el quirófano tiene la mejor iluminación para las selfies.
Refugio sonrió nerviosa. Miguel caminó junto a la camilla por los largos pasillos fríos hasta llegar a las puertas dobles que decían “QUIRÓFANO – PROHIBIDO EL PASO”.
Ahí se detuvieron.
—Hasta aquí llega usted, joven —dijo la enfermera.
Miguel se inclinó y besó a su madre en la frente. Un beso largo, cargado de todo lo que no se habían dicho en los años de ausencia.
—Te amo, mamá. Te espero aquí afuera. No me voy a mover ni un centímetro. Eres fuerte. Eres la mujer más fuerte que conozco.
—Te quiero, mi niño. Cuídate mucho. Y si… si no salgo… dile a Vanesa que perdone a esta vieja latosa. Y tú, sé feliz. Busca tu felicidad, no la de los demás.
—Vas a salir. Cállate la boca, vas a salir.
Las puertas se abrieron. El olor a antiséptico se hizo más fuerte. Refugio soltó la mano de Miguel y la camilla avanzó. Lo último que vio antes de que las puertas se cerraran fue a su hijo, parado en medio del pasillo vacío, con los ojos llenos de lágrimas, haciéndole una señal de “fuerza” con el puño cerrado.
Las puertas se cerraron con un golpe seco. Miguel se quedó solo en el pasillo. El silencio zumbaba en sus oídos. Sacó su celular. Tenía cinco llamadas perdidas de Vanesa y tres mensajes de texto.
Mensaje 1: “¿Por qué no contestas? Llamé a casa de tu mamá y la vecina dice que no hay nadie. ¿Dónde estás?”
Mensaje 2: “Miguel, me estás asustando. ¿Qué está pasando?”
Mensaje 3: “Acabo de ver un cargo extraño en la banca en línea del hospital. ¿Quién está en el hospital? ¡Contéstame o juro que voy a armar un escándalo!”
Miguel miró la pantalla iluminada. El mundo real, su mundo de mentiras y presiones, estaba a punto de colapsar sobre él. Suspiró, guardó el teléfono en el bolsillo sin contestar y se sentó en el suelo, recargando la espalda contra la pared, justo frente a las puertas del quirófano.
—Que arda el mundo —murmuró, cerrando los ojos—. Ahorita solo importa ella.
Y así comenzó la espera más larga de su vida, con el teléfono vibrando en su bolsillo como una bomba de tiempo y el corazón puesto en la mesa de operaciones al otro lado de la pared.
CAPÍTULO 4: EL QUIRÓFANO Y LA TORMENTA PERFECTA
El tiempo en los hospitales no se mide en minutos ni en horas; se mide en latidos, en suspiros contenidos y en la cantidad de vasos de café rancio que uno es capaz de ingerir sin que le perforen el estómago. Para Miguel Ángel, sentado en el suelo de linóleo gris fuera del quirófano, el tiempo se había convertido en una sustancia viscosa, lenta y tortuosa.
Llevaba dos horas allí. Dos horas desde que las puertas batientes se habían tragado a su madre.
El pasillo de espera del Hospital General era un purgatorio democrático. Aquí no importaba si venías en camión o en coche del año, si traías zapatos Ferragamo o huaraches de llanta; la angustia tiene el mismo rostro para todos. A su derecha, una familia numerosa de un pueblo cercano acampaba con cobijas y tuppers de comida, esperando noticias del abuelo. A su izquierda, una mujer joven lloraba en silencio mientras cargaba a un bebé.
Miguel se sentía un impostor en su propia piel. Miró sus manos, manos de oficina, suaves, que tecleaban en una computadora todo el día y firmaban documentos que a nadie le importaban realmente. Pensó en las manos de su madre: nudosas, cortadas por las hojas de maíz, quemadas por el comal. Esas manos lo habían construido a él. Y él, en pago, la había olvidado.
El celular en su bolsillo vibró de nuevo. Era la décima vez en la última hora.
Zzzzzt. Zzzzzt.
Era Vanesa. Por supuesto que era Vanesa.
Miguel sacó el aparato. La pantalla iluminó la penumbra del pasillo con el nombre de su esposa y una foto de ellos dos en Playa del Carmen, sonrientes, bronceados, falsos.
—Si no contesto, va a llamar a la policía o al trabajo —murmuró para sí mismo.
Se levantó, sintiendo los huesos entumidos, y caminó hacia la escalera de emergencia. Necesitaba aire, o al menos, un lugar donde sus gritos no despertaran a los enfermos. Empujó la pesada puerta de metal y el eco del hueco de la escalera lo recibió. Olía a cigarro frío y a polvo.
Deslizó el dedo por la pantalla.
—Bueno.
—¡¿Se puede saber dónde chingados estás, Miguel?! —el grito de Vanesa fue tan agudo que tuvo que separar el teléfono de su oreja. No había “hola”, no había preocupación. Solo furia—. ¡Llamé a la oficina y me dijeron que no fuiste! ¡Llamé a tu mamá y no está! ¡Y me llega una notificación de un cargo de treinta mil pesos en la tarjeta de crédito en un hospital! ¡¿Me estás engañando con alguien?! ¡¿Embarazaste a alguna gata?!
Miguel cerró los ojos y recargó la frente contra el muro frío de concreto. La vulgaridad de los reclamos de Vanesa, el clasismo, la falta de humanidad… todo eso que antes él justificaba o ignoraba, ahora le parecía insoportable.
—No estoy con ninguna mujer, Vanesa. Estoy con mi madre.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, pero no fue un silencio de comprensión, sino de recalibración para el ataque.
—¿Con tu madre? ¿En un hospital? ¿Por qué? ¿Qué le pasó a la vieja?
“La vieja”. Así le decía. Ni siquiera por su nombre.
—Tiene cáncer, Vanesa. Un tumor en el pecho del tamaño de una naranja. La están operando ahora mismo. Es una mastectomía. Le están cortando un seno para que no se muera.
Esperó. Esperó, con una ingenua esperanza infantil, que la palabra “cáncer” rompiera la coraza de su esposa. Esperó escuchar un “Dios mío, lo siento”, un “¿Cómo estás?”, un “¿Qué necesitas?”.
Pero Vanesa soltó un bufido exasperado.
—¿Y por eso te gastaste treinta mil pesos de la tarjeta? ¿Sin consultarme? Miguel, ¡ese dinero era para el anticipo del viaje a Europa del próximo año! ¡Lo teníamos presupuestado!
Algo se rompió dentro de Miguel. Fue un sonido silencioso, como un cristal fino que se estrella en el fondo del alma. Fue el sonido de la venda cayendo de sus ojos.
—¿Estás escuchando lo que dices? —preguntó él, con una voz extrañamente calmada, una calma que daba miedo—. Mi madre está en una mesa de operaciones, abierta en canal, luchando por su vida, ¿y tú me estás hablando de un viaje a Europa?
—¡No me cambies el tema! —chilló ella—. ¡El problema es que eres un mentiroso! ¡Me dijiste que ibas con el Chato! ¡Me mentiste en la cara! ¡Y encima te robas nuestro dinero para dárselo a ella! ¡Esa señora tiene su pensión, tiene sus tierras, que venda sus cosas! ¿Por qué tenemos que pagar nosotros?
—Porque es mi madre, Vanesa. Porque ella vendió sus bueyes para que yo fuera a la universidad. Porque ella comió frijoles con gorgojo para que yo pudiera comer carne. Todo lo que soy, el ingeniero que gana el sueldo que te permite comprar tus bolsas y tus viajes, se lo debo a ella.
—¡Ay, qué dramático! ¡El buen hijo del pueblo! —se burló ella con veneno—. Pues si tanto la quieres, quédate con ella. Pero te advierto una cosa, Miguel Ángel: si no recuperas ese dinero, si no arreglas este desastre financiero, no te molestes en volver a casa. No voy a vivir con deudas por culpa de tu familia naca.
La palabra “naca” rebotó en las paredes de la escalera. Fue la gota que derramó el vaso. Miguel se irguió. Ya no sentía miedo. Ya no sentía culpa. Sentía una claridad absoluta.
—Está bien, Vanesa —dijo él.
—¿Está bien qué? —preguntó ella, desconcertada por el tono.
—Está bien. No me molestaré en volver.
—¿Qué?
—Lo que oíste. Quédate con el departamento. Quédate con los muebles de diseñador. Quédate con el viaje a Europa si encuentras con quién ir. Quédate con tu frialdad y tu amargura. Yo me quedo aquí. Me quedo con mi madre. Y sabes qué… prefiero ser un “naco” que ama a su familia, a ser un miserable con ropa de marca como tú.
—¡Miguel, no te atrevas a colgarme! ¡Si me cuelgas pido el divorcio mañana mismo!
—Hazlo. Me harías un favor. Ah, y Vanesa… los chocolates que me diste para ella… estaban deliciosos.
Colgó.
Se quedó mirando el teléfono unos segundos, temblando, no de miedo, sino de adrenalina. Bloqueó el número de Vanesa. Luego, apagó el teléfono.
El silencio volvió a la escalera. Miguel se deslizó hasta el suelo y se echó a llorar. Lloró por su matrimonio fracasado, lloró por los cinco años que había tirado a la basura tratando de ser alguien que no era, lloró por la crueldad de la mujer a la que alguna vez creyó amar. Pero, sobre todo, lloró de alivio. Se sentía ligero. Como si se hubiera quitado un traje de plomo que llevaba puesto desde hacía años.
Se secó las lágrimas con la manga de la camisa, respiró hondo y volvió al pasillo. Su lugar estaba ahí, en la guardia, esperando a Doña Refugio.
Mientras tanto, dentro del quirófano número 4, Doña Refugio no estaba en ese mundo.
La anestesia la había llevado a un lugar lejano, un lugar donde no había dolor ni luces blancas cegadoras. Estaba en la milpa, detrás de su casa, pero la milpa estaba verde y alta, como en los mejores años de lluvia. El cielo era de un azul intenso y el aire olía a tierra mojada y a flor de calabaza.
A lo lejos, vio una figura con sombrero de paja.
—¿Pancho? —llamó ella. Su voz sonaba joven, fuerte.
El hombre se volteó. Era Pancho, su esposo, tal como estaba antes de que la enfermedad se lo llevara. Fuerte, con su bigote espeso y esa sonrisa chueca que le derretía el corazón.
—Cuca —dijo él, extendiendo la mano—. Mira nomás qué chula estás.
Refugio corrió hacia él. No le dolían las rodillas, no le pesaba el pecho. Lo abrazó y sintió el calor de su cuerpo, ese calor seguro que tanto extrañaba en las noches frías de invierno.
—Pancho, te extraño tanto. Ya me cansé, viejo. Ya me cansé de luchar sola. Llévame contigo. Aquí está muy bonito.
Pancho la miró con ternura, le acarició la mejilla con su mano rasposa de campesino, pero no la soltó. Negó con la cabeza suavemente.
—Todavía no, mi Cuca. Todavía no es tu hora.
—Pero ya estoy enferma, Pancho. Me están cortando un pedazo. Ya no sirvo.
—¿Cómo que no sirves? —Pancho se rio, una risa grave que retumbó en el pecho de ella—. Eres la raíz, mujer. Si la raíz se muere, el árbol se cae. Y nuestro árbol… nuestro Miguel… se está tambaleando.
La imagen de la milpa se desvaneció un poco. Refugio vio, como en un sueño dentro del sueño, a Miguel sentado en el suelo del hospital, llorando. Vio su soledad, vio su dolor.
—El muchacho anda perdido, Cuca —dijo Pancho, poniéndose serio—. La ciudad se lo estaba tragando. Pero volvió. Volvió por ti. Si te vienes conmigo ahorita, él se va a quebrar. Se va a quedar con la culpa para siempre. Necesita a su madre. Necesita que le enseñes a ser hombre otra vez, pero hombre de bien, no de cartera llena.
Refugio miró hacia atrás, hacia la oscuridad de donde venía, y luego hacia la luz donde estaba Pancho. Quería quedarse. Quería descansar. Pero la imagen de Miguel solo en el pasillo le estrujó el corazón.
—Tienes razón, viejo. Siempre tienes razón.
—Anda, vete. Yo aquí te espero. Tengo todo el tiempo del mundo. Pero tú… tú tienes que ir a terminar de criar a ese muchacho. Y dile que no sea menso, que se busque una mujer que sepa hacer tortillas, no esas flacas desabridas que le gustan.
Refugio soltó una carcajada, y en ese momento, sintió un tirón fuerte en el pecho, un dolor agudo que la arrastró de vuelta a la realidad.
—¡Signos vitales estables! —gritó el anestesiólogo—. La estamos trayendo de vuelta.
Doña Refugio abrió los ojos pesadamente. Todo era borroso. Luces, pitidos, frío. Mucho frío. Pero estaba viva. Pancho la había mandado de regreso.
Afuera, el reloj de pared marcaba la una de la tarde. Habían pasado cinco horas.
La puerta del quirófano se abrió. Miguel se puso de pie de un salto, ignorando el calambre en sus piernas. El Doctor Cárdenas salió, quitándose el gorro quirúrgico y el cubrebocas. Tenía el traje verde manchado de sudor en el cuello. Su rostro era inescrutable.
Miguel contuvo el aliento. En esos segundos, el universo entero se redujo a la boca del doctor.
—¿Familiares de Refugio González?
—Soy su hijo —dijo Miguel, dando un paso adelante. Sentía que se iba a desmayar.
El doctor lo miró y, lentamente, una sonrisa cansada apareció en su rostro.
—Todo salió bien, muchacho.
Miguel soltó el aire que tenía contenido en un gemido que sonó casi como un sollozo.
—¿De verdad?
—Sí. Fue una cirugía complicada, no le voy a mentir. El tumor estaba muy adherido al tejido muscular y tuvimos que hacer una limpieza ganglionar profunda en la axila. Perdió el seno izquierdo completo, como habíamos planeado. Pero logramos quitar todo el tejido visible. No hubo complicaciones con la anestesia, su corazón resistió como el de una quinceañera. Esa mujer es fuerte.
—Es de roble, doctor —dijo Miguel, sonriendo entre lágrimas.
—Ahora viene la recuperación. La vamos a pasar a la sala de recuperación y luego a piso. Va a estar adolorida, muy adolorida. Y tendremos que esperar la patología para definir el esquema de quimioterapia, porque esto no acaba aquí. El “bicho” estaba grande, así que seguramente necesitaremos quimio y radio para asegurar que no vuelva. Pero por hoy… por hoy ganamos la batalla.
—Gracias, doctor. Gracias. No sabe… no sabe lo que esto significa.
—Puede verla en una hora, cuando la suban a cuarto. Vaya a comer algo, se ve pálido.
Miguel asintió, pero no se movió. No tenía hambre. Se sentó de nuevo en la silla de plástico, sacó su cartera y miró la foto de Vanesa que aún guardaba ahí. Con calma, sacó la foto, la rompió en cuatro pedazos y la tiró en el bote de basura junto a un vaso de café vacío.
—Adiós, Vanesa —susurró.
Una hora después, permitieron a Miguel entrar a la habitación. Doña Refugio estaba conectada a varios tubos. Tenía un vendaje grande y abultado en el lado izquierdo del pecho. Su piel se veía grisácea, cerosa bajo la luz artificial, y sus labios estaban resecos.
Pero respiraba. Su pecho subía y bajaba con un ritmo constante, tranquilizador.
Miguel acercó una silla y se sentó a su lado. Le tomó la mano con cuidado, esa mano llena de callos y venas saltadas, y se la llevó a los labios.
—Lo lograste, jefa. Lo lograste.
Refugio movió los párpados. Le costó trabajo abrirlos. La droga todavía la tenía medio atarantada. Cuando enfocó la vista, vio a su hijo. Se veía borroso, como si estuviera bajo el agua, pero ahí estaba.
—Mijo… —su voz era un graznido rasposo.
—Shh, no hables. Todo salió bien. Ya te operaron. Ya no tienes esa cosa adentro.
Refugio intentó sonreír, pero hizo una mueca de dolor.
—Pancho… —susurró—. Vi a tu papá.
Miguel se tensó.
—¿A mi papá? No me asustes, mamá. Eso dicen los que se van a morir.
—No, menso… —Refugio apretó débilmente la mano de su hijo—. Me mandó de regreso. Dijo… dijo que te tengo que cuidar. Que andas perdido.
Miguel bajó la cabeza, y las lágrimas volvieron a brotar.
—Ya no estoy perdido, mamá. Me encontré. Hoy me encontré.
—¿Y Vanesa? —preguntó ella, con esa intuición de madre que atraviesa incluso la anestesia.
Miguel levantó la vista. Sus ojos estaban rojos, pero serios.
—Vanesa ya no es problema, mamá. Hablé con ella. Se acabó.
Refugio cerró los ojos un momento. Una lágrima solitaria rodó por su sien hacia la almohada. Le dolía por su hijo, porque sabía que un divorcio es un fracaso que duele, pero también sintió una paz inmensa. Sabía que esa mujer no era buena para él.
—Perdón, hijo… por mi culpa…
—No, mamá. No digas eso nunca más. No es por tu culpa. Es gracias a ti. Gracias a ti me di cuenta de que estaba viviendo una vida prestada, una vida falsa. Hoy perdí una esposa, sí… y perdí mucho dinero. Pero recuperé a mi madre y me recuperé a mí mismo. Salí ganando.
Miguel se levantó y le sirvió un poco de agua con una gasa para mojarle los labios.
—Ahora tienes que descansar. Tenemos un camino largo. La quimio va a ser dura, dice el doctor. Pero yo voy a estar aquí. Voy a rentar algo cerca de aquí para quedarme. No me voy a ir a ningún lado.
—¿Y tu trabajo?
—Pedí un permiso sin goce de sueldo por un mes. Y si no me lo dan, pues renuncio. Soy buen ingeniero, encontraré otra cosa. O me pongo a vender tacos. Dicen que los tacos dejan más dinero que la ingeniería —bromeó él, tratando de aligerar el ambiente.
Refugio sonrió de verdad esta vez.
—Tú haciendo tacos… se te quemaría hasta el agua.
—Me enseñas. Tú me enseñas. Tenemos tiempo.
La tarde cayó sobre el hospital. Miguel no se movió del lado de su madre. Vio cómo las enfermeras entraban y salían, escuchó los quejidos de la señora de la cama de al lado, olió la cena insípida que traían en carritos.
Esa noche, mientras Refugio dormía a ratos, Miguel encendió su teléfono solo para revisar sus correos del banco. Vanesa no estaba jugando. Había vaciado la cuenta de ahorros conjunta. “Transferencia enviada”. Cero pesos con cero centavos. También le llegó un correo de un abogado: “Aviso de inicio de trámite de divorcio contencioso”.
Miguel miró la pantalla sin sentir pánico. Era curioso. Hace una semana, perder sus ahorros lo hubiera llevado al borde del infarto. Hoy, le parecía solo papel. Dinero. El dinero se hace. La vida no.
Miró a su madre, respirando tranquila, viva. Miró la cicatriz bajo las vendas que le había salvado la vida.
—Me dejaste en la calle, Vanesa —pensó Miguel—. Pero nunca me había sentido tan rico.
Se acomodó en el sillón, se tapó con su saco y cerró los ojos. Por primera vez en cinco años, durmió sin apretar los dientes, arrullado por el sonido del monitor cardíaco de su madre, que sonaba como la mejor música del mundo: bip, bip, bip. El sonido de la vida que continúa.
CAPÍTULO 5: EL INFIERNO ROJO Y EL CALDO DE POLLO
La salida del hospital no fue como en las películas, donde el paciente sale en silla de ruedas sonriendo hacia un día soleado con música de fondo. La salida de Doña Refugio fue un trámite burocrático, lento y costoso.
Miguel Ángel estaba en la caja general del hospital, con la camisa arrugada de tres días y la barba crecida, haciendo malabares con tres tarjetas de crédito distintas.
—Lo siento, joven —dijo la cajera, una mujer con cara de pocos amigos y uñas postizas larguísimas que repiqueteaban en el teclado—. Esta tarjeta también rebotó. “Fondos insuficientes”, dice.
Miguel sintió una gota de sudor frío bajarle por la espalda. Era la tarjeta adicional que Vanesa aún no había cancelado, o eso creía él. Al parecer, su exesposa (o futura exesposa) había sido más rápida y letal de lo que imaginaba.
—Pruebe con esta —dijo Miguel, sacando la tarjeta de nómina, la única donde caía su sueldo y que, por milagro, Vanesa no controlaba.
La terminal bancaria zumbó, pensó unos segundos eternos y finalmente escupió el comprobante: APROBADO.
Miguel suspiró, pero el alivio duró poco. Al mirar el saldo restante en su aplicación del celular, vio que le quedaban apenas tres mil pesos para sobrevivir la quincena. La operación, los medicamentos postoperatorios, la estancia y los honorarios del equipo médico se habían comido casi todo el efectivo de la caja de chocolates y gran parte de su crédito disponible.
—Vámonos, jefa —dijo al llegar a la habitación, forzando una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Ya nos dieron el pase de salida.
Refugio estaba sentada en la orilla de la cama, vestida con su ropa de siempre, pero se veía más pequeña, más frágil. El vendaje bajo su blusa hacía un bulto extraño en el lado izquierdo. Al levantarse, hizo una mueca de dolor y se llevó la mano al pecho.
—¿Te duele mucho?
—Arde, hijo. Arde como si me hubieran puesto un bracero prendido ahí dentro. Pero estoy viva.
Salieron a la calle. El aire de la ciudad estaba contaminado y caliente. Miguel pidió un Uber porque su coche lo había dejado estacionado lejos para no pagar el estacionamiento del hospital. Mientras esperaban en la banqueta, Refugio miraba el tráfico, los vendedores ambulantes gritando “¡Tamales, oaxaqueños, calientitos!”, y el humo de los escapes.
—¿A dónde vamos, hijo? —preguntó ella—. No podemos ir a tu departamento. Esa mujer…
—No, mamá. A ese departamento no vuelvo ni aunque me paguen. Renté algo rápido por aquí cerca. No es el Ritz, pero tiene techo y cama.
El “algo rápido” resultó ser un pequeño departamento en la planta baja de un edificio viejo en la Colonia Doctores, una zona de clase trabajadora, ruidosa y llena de talleres mecánicos, pero convenientemente cerca del hospital para las quimioterapias que se avecinaban.
Cuando entraron, el olor a humedad y a “Fabuloso” de lavanda los golpeó. Era un solo cuarto que servía de sala y recámara, una cocineta minúscula con una estufa de dos quemadores y un baño que apenas tenía espacio para girar. Las paredes eran delgadas como papel; se escuchaba la cumbia del vecino y el llanto de un bebé en el piso de arriba.
Miguel dejó las maletas en el suelo y miró a su madre con vergüenza.
—Perdón, mamá. Es para lo que alcanzó sin depósito y sin aval. Es temporal, te lo juro.
Refugio recorrió el lugar con la mirada. Vio el piso de loseta despostillada, la ventanita que daba a un cubo de luz oscuro, el sofá cama viejo. Luego miró a su hijo, que parecía esperar un regaño o una queja.
—Está precioso, hijo —dijo ella con firmeza—. Tiene cuatro paredes y estás tú. Es un palacio.
Esa noche, Miguel descubrió lo inútil que era para la vida real. Él sabía hacer hojas de cálculo complejas, sabía dirigir juntas de negocios y escoger el mejor vino tinto, pero no sabía prender un boiler de paso que funcionaba con cerillos. No sabía qué hacer cuando se acabó el gas a mitad de calentar el agua.
—Déjame a mí —dijo Refugio, intentando levantarse.
—¡No! Tú no te muevas. Tienes puntos. Yo puedo.
Terminó bañándose con agua fría a jicarazos, tiritando, mientras escuchaba a su madre darle instrucciones desde la cama: “Abre la llave despacito, mijo, que si no se apaga el piloto”.
La llegada del Diablo Rojo
Dos semanas después, comenzó el verdadero calvario. La biopsia confirmó lo que temían: era un carcinoma agresivo. El protocolo dictaba seis ciclos de quimioterapia. El medicamento principal era la doxorrubicina, un líquido de color rojo intenso que las enfermeras llamaban con humor negro “El Diablo Rojo”.
—Es fuerte —advirtió el oncólogo—. Va a tumbarle las defensas, va a provocarle náuseas, vómitos, llagas en la boca y caída del cabello. Necesita cuidados 24/7.
El día de la primera quimio, Miguel llevó a su madre tomado del brazo. Ella iba valiente, rezando su rosario. Cuando conectaron la bolsa con el líquido rojo a su catéter, Refugio cerró los ojos.
—Que sea la sangre de Cristo la que me entra —murmuró.
Las primeras horas fueron tranquilas. Pero esa noche, el infierno se desató en el pequeño departamento de la Doctores.
Refugio despertó con arcadas violentas. Miguel corrió con una cubeta, porque no daba tiempo de llegar al baño. La sostuvo mientras su cuerpo, débil y mutilado, se convulsionaba tratando de expulsar el veneno que paradójicamente la estaba curando.
—¡Me quema, hijo! ¡Me quema las venas! —lloraba ella entre vómitos.
Miguel, el hombre que solía tener asco si veía un pelo en la sopa, limpió el vómito de su madre con sus propias manos. Le limpió la cara con toallas húmedas, le cambió la ropa sudada, le puso fomentos fríos en la frente. No sintió asco. Sintió una compasión tan profunda que le dolía el pecho.
—Aquí estoy, jefa. Aquí estoy. Saca todo.
Durante tres días, Refugio no pudo comer nada. Todo le sabía a metal. “Sabe a moneda vieja”, decía, escupiendo el agua. Se debilitó tanto que Miguel tuvo que cargarla para llevarla al baño.
Fue en esos días oscuros, entre el olor a medicina y enfermedad, que Miguel aprendió a cocinar. O al menos, a intentarlo.
—Tienes que comer, mamá. El doctor dijo que si bajas de peso te suspenden la quimio.
Fue al mercado de la colonia. Compró pollo, zanahorias, papas, cilantro. Se peleó con la marchanta porque no sabía distinguir el perejil del cilantro. Llegó a casa decidido a hacer el famoso “caldo de pollo levanta-muertos” de Doña Refugio.
Siguió la receta de memoria. Puso todo en la olla. Esperó.
Cuando se lo sirvió a su madre, el caldo estaba insípido, el pollo un poco duro y las verduras deshechas.
Refugio tomó una cucharada. Le temblaba la mano. Probó el líquido tibio.
—¿Está muy feo? —preguntó Miguel, ansioso.
Refugio tragó con dificultad, luchando contra las náuseas.
—Sabe… sabe a gloria, hijo. Es el mejor caldo que he probado.
Miguel probó un poco y hizo una mueca.
—Mentirosa. Le falta sal y sabe a hierba.
—Sabe a amor, Miguel. Y el amor nutre más que la sal.
Se comió medio plato, solo para verlo sonreír.
La caída de la vanidad
El golpe de gracia llegó a la tercera semana.
Miguel estaba trabajando en la mesita plegable que usaba como escritorio. Había logrado conservar su empleo negociando un esquema de “home office” temporal, argumentando problemas familiares graves, aunque sabía que sus jefes estaban perdiendo la paciencia. Su rendimiento había bajado; se quedaba dormido en las videollamadas y a veces tenía que apagar la cámara y el micrófono para ayudar a su madre a ir al baño.
Esa mañana, escuchó un sollozo ahogado que venía del baño. No era un grito de dolor físico, era un llanto de pura desesperación.
Miguel corrió a la puerta.
—¿Mamá? ¿Estás bien? ¿Te caíste?
—No entres… por favor no entres… —suplicó ella.
Miguel ignoró la petición y empujó la puerta, que no tenía seguro.
Lo que vio le rompió el corazón en mil pedazos más.
Doña Refugio estaba parada frente al espejo del lavabo, con un mechón enorme de cabello gris y largo en la mano. Se había pasado el cepillo y se le había venido la mitad del pelo. Tenía “claros” en la cabeza, parches de piel blanca y vulnerable que contrastaban con su trenza de siempre.
Ella, que siempre había sido orgullosa de su cabello, que se lo cuidaba con aceites de romero y se lo trenzaba con dignidad, ahora se veía despojada de su corona.
—Mírame, hijo… —lloró, mirándolo a través del espejo—. Parezco un monstruo. Ya no tengo pecho, ya no tengo salud, y ahora… ahora ni pelo tengo. Ya no soy mujer. Soy un espantapájaros.
Miguel se acercó despacio. La abrazó por la espalda, recargando su barbilla en el hombro de ella. Miró sus propios ojos en el espejo, cansados, y luego los de ella.
—No digas eso. Eres la mujer más hermosa que conozco.
—Mentiroso. Se me está cayendo a pedazos.
Miguel tomó una decisión en ese instante.
—Espera aquí. No te muevas.
Salió del baño y regresó con unas tijeras y la máquina de rasurar que él usaba para su barba.
—Vamos a arreglar esto. Si se va a caer, que sea bajo nuestros términos. No vamos a dejar que el cáncer decida cuándo te quedas calva. Lo decidimos nosotros.
Puso una silla en medio del baño. Sentó a su madre. Le puso una toalla sobre los hombros.
—¿Confías en mí?
Refugio asintió, secándose las lágrimas.
—Confío en ti.
Miguel empezó a cortar la trenza. El sonido de las tijeras, clic, clic, era lo único que se oía. Cortó el cabello largo, ese cabello que olía a su infancia, y lo dejó caer al suelo con suavidad. Luego, encendió la máquina. El zumbido llenó el espacio.
Con una delicadeza infinita, empezó a pasar la máquina por la cabeza de su madre. Mechón por mechón, el cabello gris caía como nieve sucia sobre la toalla. Refugio mantenía los ojos cerrados, lágrimas silenciosas rodando por sus mejillas.
Cuando terminó, Miguel sacudió la toalla. Tomó un poco de crema humectante y le masajeó la cabeza desnuda.
—Abre los ojos, mamá.
Refugio abrió los ojos y se miró en el espejo. Vio su cráneo desnudo, redondo, vulnerable. Pero también vio sus ojos, grandes, oscuros, llenos de una fuerza antigua.
—Me veo… me veo como un bebé —dijo ella, tocándose la cabeza con extrañeza.
—Te ves como una guerrera. Como una amazona.
Miguel apagó la máquina, se miró al espejo, y sin pensarlo dos veces, se pasó la máquina por su propia cabeza. Una franja de cabello negro cayó al suelo.
—¡Miguel! ¿Qué haces? ¡Estás loco! —gritó Refugio, intentando detenerlo.
—Parejo, jefa. O todos coludos o todos rabones. No voy a dejar que andes sola en esto de la calvicie. Además, ahorro en shampoo.
Miguel se rapó completamente. En cinco minutos, los dos estaban calvos frente al espejo del baño de un departamento barato en la Doctores. Se miraron. Un hombre joven y una anciana, idénticos, sin adornos, sin máscaras.
Y entonces, sucedió el milagro. Refugio empezó a reírse. Fue una risa chiquita al principio, luego una carcajada.
—¡Pareces un huevo, Miguel! ¡Tienes la cabeza chueca!
—¡Tú también! ¡Mira, tienes un lunar ahí que nunca te había visto!
Se rieron hasta que les dolió la panza. Se rieron de la desgracia, del cáncer, de la pobreza, de la vanidad. Se rieron porque era eso o morirse de tristeza, y ellos habían elegido vivir.
La batalla legal y el hambre
Mientras la batalla médica se libraba en el cuerpo de Refugio, la batalla legal se libraba en el teléfono de Miguel.
Vanesa cumplió todas sus amenazas. El divorcio llegó como un tsunami. Su abogado, un tipo tiburón que cobraba por hora lo que Miguel ganaba en una semana, lo acorraló.
—Señor Flores, mi cliente alega daño patrimonial. Usted dispuso de fondos conyugales sin consentimiento. Si quiere evitar una demanda penal por robo y fraude, le sugerimos aceptar el acuerdo: ella se queda con el departamento (que aún se debe, pero ella asume la deuda), el menaje de casa y el vehículo principal. Usted se queda con sus deudas personales y su vehículo secundario.
Miguel firmó. Firmó todo sin leer las letras chiquitas.
—Que se quede con todo —le dijo a su abogado de oficio, un señor cansado que olía a tabaco—. Solo quiero que me deje en paz.
Pero la paz financiera no llegó. El sueldo de Miguel, mermado por el préstamo de nómina y las deudas de las tarjetas, apenas cubría la renta y los medicamentos que el seguro no tenía (que eran muchos y muy caros).
Llegó un punto, a mitad del tercer ciclo de quimio, en que Miguel tuvo que elegir.
Estaba en la farmacia de especialidades. La receta era para el Filgrastim, unas inyecciones para subir los glóbulos blancos, porque Refugio estaba con las defensas en cero y cualquier gripa podía matarla.
—Son tres mil quinientos pesos, joven —dijo el farmacéutico.
Miguel miró su cartera. Tenía tres mil seiscientos para pasar los próximos diez días. Si compraba la medicina, le quedaban cien pesos para comer una semana y media.
—Démelas —dijo sin dudar.
Esa semana, Miguel comió sopas Maruchan y bolillos con crema. A su madre le compraba gelatina, pollo y verduras con los últimos pesos, mintiéndole descaradamente.
—¿Tú ya comiste, hijo? —preguntaba ella desde la cama.
—Sí, mamá. Me eché unos tacos buenísimos en la esquina. Tú cómete tu pollito.
Miguel bajó cinco kilos. La ropa le quedaba grande. Se veía demacrado, calvo y ojeroso. Un día, saliendo del edificio para ir a la tienda, se topó de frente con un excolega de su empresa, el Licenciado Soto, que pasaba por ahí en su coche de lujo, probablemente buscando un atajo para evitar el tráfico.
Soto lo vio. Bajó el vidrio.
—¿Miguel? ¿Eres tú, cabrón? —Soto lo escaneó con la mirada, viendo sus jeans desgastados, su cabeza rapada y su delgadez—. ¡No manches! Me contaron lo de tu divorcio, pero… te ves de la fregada, mano. ¿Te corrieron? ¿Estás enfermo?
Miguel sintió una punzada de vergüenza antigua, ese reflejo condicionado de querer aparentar éxito. Pero duró un segundo. Miró a Soto, con su traje italiano y su reloj vistoso, y sintió… lástima. Lástima por ese mundo de plástico al que ya no pertenecía.
—Estoy cuidando a mi madre, Soto. Tiene cáncer. Estamos peleando.
—Ah… órale. Qué mal pex. Oye, pues… échale ganas, ¿no? A ver si luego nos echamos un drink cuando te recuperes.
Soto subió el vidrio y aceleró, huyendo de la “mala vibra” de la pobreza y la enfermedad.
Miguel sonrió. “Echarle ganas”. La frase nacional para no comprometerse.
Compró sus bolillos y regresó al departamento, sintiéndose más digno que nunca.
La noche más oscura
El cuarto ciclo de quimio fue el peor. Refugio tuvo una fiebre de 40 grados. Deliraba. No reconocía a Miguel.
—¡Pancho, apaga la luz! ¡Están robando el maíz! —gritaba.
Miguel la metió a la regadera con agua tibia, abrazándola para que no se resbalara. Lloró con ella bajo el chorro de agua.
—No te vayas, mamá. No te vayas todavía. No me dejes solo ahora que apenas te encontré.
La llevó a urgencias a las tres de la mañana. Neutropenia febril. Sus defensas estaban tan bajas que su propio cuerpo se estaba atacando. La internaron tres días en aislamiento. Miguel durmió en el piso del pasillo, afuera de su cuarto, porque no lo dejaban entrar sin traje especial.
Ahí, en el suelo frío, Miguel tocó fondo. Se preguntó si valía la pena tanto sufrimiento. Se preguntó si no estaba siendo egoísta al obligar a su madre a pasar por ese infierno para no quedarse solo.
Pero al tercer día, la fiebre cedió.
Miguel entró a verla, vestido como astronauta con bata y cubrebocas.
Refugio estaba despierta, pálida como la cera, pero lúcida.
—Hola, pelón —le dijo con un hilo de voz.
—Hola, pelona.
—Tuve un sueño raro, hijo. Soñé que estaba en un banquete. Había mucha comida. Mole, pozole, tamales. Y yo quería comer, pero tú me jalabas del brazo y me decías: “Todavía no, jefa, te falta probar mis tacos quemados”. Y me dio risa y me regresé.
Miguel se rio, con los ojos llenos de lágrimas.
—Pues vete preparando, porque en cuanto salgas de esta te voy a hacer unos tacos dorados que te vas a chupar los dedos. Ya aprendí a que no se me quemen.
El renacimiento
Cuando terminaron el sexto y último ciclo de quimioterapia, cuatro meses después, ambos eran personas distintas.
Doña Refugio había envejecido diez años en cuatro meses, pero tenía una mirada de acero. Había sobrevivido a la cirugía, al “Diablo Rojo” y a la tristeza.
Miguel había perdido todo lo material: su esposa, su departamento, sus ahorros, su coche (que tuvo que vender para pagar el último ciclo). Pero había ganado algo que no tenía precio: sabía quién era. Sabía cocinar, sabía inyectar, sabía limpiar vómito sin asco, sabía amar sin condiciones.
La última noche en el departamento de la Doctores, antes de mudarse a una vivienda más barata que Miguel había conseguido en el extrarradio de la ciudad, hicieron una “cena de gala”.
Compraron un pollo rostizado en la esquina (el lujo máximo) y una Coca-Cola bien fría.
Se sentaron en el suelo, porque ya habían vendido el sofá cama.
Brindaron con vasos de plástico.
—Por nosotros, jefa. Porque les ganamos. Al cáncer y a la Vanesa.
—Por ti, hijo. Porque te hiciste hombre de verdad. No de esos de traje, sino de los de adeveras.
Comieron con las manos, chupándose los dedos, riendo. Afuera se escuchaban las sirenas de la ciudad, pero adentro, en ese cuarto vacío, había paz.
—Mañana empieza otra vida, Miguel —dijo Refugio, limpiándose la boca—. ¿Qué vamos a hacer? No tenemos ni un peso.
—Mañana me pongo a buscar chamba de lo que sea. Y tú te pones a engordar, porque estás muy flaca. Y lo demás… lo demás sale sobrando.
Esa noche durmieron en un colchón inflable, abrazados para no pasar frío. Dos náufragos que habían sobrevivido a la tormenta y que ahora, varados en una isla desierta, se daban cuenta de que la isla era hermosa simplemente porque estaban juntos.
CAPÍTULO 6: UN ÁNGEL CON ZAPATOS DE GOMA Y EL AMOR EN TIEMPOS DE CÓLERA
La vida, cuando te quita todo, tiene la extraña costumbre de dejarte las manos vacías no para que te mueras de hambre, sino para que aprendas a agarrar cosas nuevas. Cosas que antes, con las manos llenas de relojes caros y llaves de autos del año, no podías sostener.
Habían pasado seis meses desde la última quimioterapia. El cabello de Miguel Ángel y de Doña Refugio había comenzado a crecer de nuevo. A ella le salía una pelusa blanca, suave como de algodón, que la hacía ver como una abuelita de cuento. A él le salía un cabello negro, rebelde y duro, con algunas canas nuevas en las sienes que no estaban ahí antes del cáncer, cicatrices de plata que la batalla le había dejado.
Vivían ahora en Iztapalapa, en una colonia popular donde las casas se pintaban de colores brillantes para espantar la grisura de la pobreza y donde la música de los sonideros retumbaba los viernes por la noche. Era un departamento en una vecindad, un solo cuarto grande con un baño compartido en el patio, pero era barato y la casera, Doña Toña, les regalaba tamales los domingos.
Miguel había conseguido trabajo. No como gerente regional, claro. Esas puertas se cierran cuando tienes un hueco de seis meses en el currículum y malas referencias de un divorcio conflictivo. Trabajaba como encargado de inventario en una bodega de abarrotes en la Central de Abasto.
Se levantaba a las 4:00 de la mañana. Tomaba el pesero y luego el metro, apretujado entre miles de obreros, señoras con canastas y estudiantes dormidos. Su traje de diseñador había sido reemplazado por jeans de mezclilla, botas de trabajo y un chaleco fluorescente. Sus manos, antes suaves por el teclado, ahora tenían callos de cargar cajas de aceite y costales de frijol.
Pero curiosamente, Miguel dormía mejor que nunca. Llegaba a casa oliendo a sudor y a polvo, pero con la conciencia limpia.
La rutina de la esperanza
Ese martes era día de revisión. Doña Refugio tenía cita de control en la clínica del IMSS (habían logrado arreglar el seguro social gracias al nuevo empleo de Miguel).
—Ándale, jefa, que se nos va el camión —dijo Miguel, ayudando a su madre a ponerse el suéter.
—Ya voy, ya voy. No me corretees, que no soy potranca —rezongó ella con cariño, guardando una manzana en su bolsa—. Mijo, te ves guapo hasta con ese chaleco.
—Mamá, es un chaleco de seguridad naranja. Parezco cono de tráfico.
—Pues el cono más guapo de la Central.
Llegaron a la clínica a las 8:00 AM, pero como es costumbre en el sistema de salud público, la sala de espera ya estaba a reventar. Había olor a torta de tamal, a alcohol y a paciencia resignada. Se sentaron en las sillas de metal frío, hombro con hombro.
—Número 45… Número 46… —gritaba una enfermera con voz monótona.
Pasaron dos horas. Miguel sacó un libro de bolsillo que había comprado en un puesto de periódicos. Antes leía sobre “Estrategias de Mercado Global”; ahora leía novelas de vaqueros o clásicos baratos. Refugio tejía una chambrita, aunque no tenían bebés en la familia. “Es para el futuro”, decía ella.
—Señora Refugio González —llamó una voz diferente. No era la voz monótona y cansada de siempre. Era una voz dulce, firme pero amable.
Miguel levantó la vista.
En la puerta del consultorio 4 estaba parada una enfermera. No era despampanante como Vanesa, que parecía modelo de Instagram. Esta mujer era real. Tenía caderas anchas, el cabello castaño recogido en un chongo práctico pero un poco despeinado, y unos ojos color miel que sonreían incluso con el cubrebocas puesto. Su uniforme blanco estaba impecable, pero sus zapatos de goma blancos se veían gastados de tanto caminar pasillos.
—Aquí estamos, señorita —dijo Miguel, levantándose y ayudando a su madre.
La enfermera se acercó y, en lugar de apresurarlos como hacían los demás, le ofreció el brazo a Doña Refugio del otro lado.
—Venga, madre, despacito. Nadie nos corretea. Soy Elena. Hoy me toca cuidarla a mí.
Entraron al consultorio. Mientras el doctor (un hombre que escribía en la computadora sin mirar mucho al paciente) revisaba el expediente, Elena se encargó de Refugio. Le tomó la presión con una delicadeza que Miguel no había visto nunca. Le acomodó la ropa, le preguntó si había desayunado, le hizo un chiste sobre el frío que hacía en el consultorio.
—Tiene la presión de una quinceañera, Doña Refugio —dijo Elena, guiñándole un ojo—. Se ve que la cuidan bien en casa.
Refugio sonrió, hinchada de orgullo.
—Mi hijo. Él es mi enfermero, mi cocinero y mi chofer. Aunque cocina medio feo, me cuida muy bonito.
Elena volteó a ver a Miguel. Fue la primera vez que sus miradas se cruzaron de verdad. Miguel sintió un calor repentino en las orejas. Se sintió cohibido por sus botas de trabajo sucias y su cabeza rapada.
—Hago lo que puedo —murmuró él, bajando la vista.
—Pues lo hace muy bien —dijo Elena, mirándolo fijamente—. No muchos hijos se quedan. La mayoría deja a los viejos aquí y vienen por ellos cinco horas después. Usted no se ha despegado de la silla.
Ese reconocimiento, simple y directo, valió más que cualquier bono anual que Miguel hubiera recibido en su vida anterior.
El café de la máquina
Salieron del consultorio con buenas noticias. “Limpia. Seguimos en remisión”, había dicho el doctor.
Pero al salir, Refugio hizo su jugada maestra. Esa astucia campesina que no se aprende en ninguna universidad.
—Ay, hijo… —dijo, deteniéndose en el pasillo y llevándose la mano a la frente—. Como que se me bajó la presión. Necesito sentarme un ratito.
—¿Qué tienes? ¿Llamo al doctor? —se alarmó Miguel.
—No, no. Es el hambre. Mijo, ve a la maquinita esa del fondo y cómprame unas galletas. Y de paso… cómprale un café a la señorita Elena, que fue tan amable. Mira, ahí está en el mostrador llenando papeles.
—Mamá, no creo que…
—¡Ve! Es de bien nacidos ser agradecidos. Ándale, que me desmayo.
Miguel, sospechando que el desmayo era puro teatro (su madre tenía color en las mejillas y los ojos vivarachos), obedeció. Fue a la máquina expendedora. Compró unas galletas de avena y dos cafés americanos aguados.
Se acercó al mostrador de enfermería. Elena estaba escribiendo concentrada, mordiendo la tapa de una pluma.
—Disculpe… Elena.
Ella levantó la vista y se quitó el cubrebocas, dejando ver una sonrisa franca, con un diente ligeramente chueco que la hacía ver encantadora, humana.
—¿Sí? ¿Pasó algo con su mami?
—No, no. Todo bien. Es que… —Miguel se sintió como un adolescente torpe—. Mi mamá insistió en que le trajera esto. Dice que gracias por tratarla como persona y no como expediente.
Le extendió el vaso de unicel humeante.
Elena lo tomó, sorprendida. Sus dedos rozaron los de Miguel. Tenía las manos rasposas por el alcohol gel, pero cálidas.
—Vaya… Gracias. Casi nadie nos trae café. Normalmente nos gritan porque tardamos mucho.
—Bueno, mi jefa dice que “al que obra bien, bien le va”.
—Su jefa es sabia. ¿Cómo se llama usted? En el expediente solo vi “hijo responsable”.
—Miguel. Miguel Ángel.
—Mucho gusto, Miguel Ángel. Yo soy Elena.
Hubo un silencio. De esos silencios incómodos pero eléctricos. Miguel no sabía qué decir. ¿Le contaba que era un gerente caído en desgracia? ¿Le hablaba del clima?
—Bueno, tengo que llevarle las galletas a mi mamá antes de que se “desmaye” otra vez —dijo él, haciendo comillas con los dedos.
Elena soltó una carcajada. Una risa sonora, genuina.
—Ah, ya entendí. Es de esas mamás. De las que arman planes.
—Es la generala de la casa.
—Cuídela mucho, Miguel. Tiene suerte.
Miguel regresó con su madre, sintiendo que caminaba un poco más ligero. Refugio se comió las galletas con una sonrisa pícara y milagrosamente se “curó” de su bajón de presión en cuanto vio que Elena le saludaba de lejos con el vaso de café en la mano.
El encuentro fortuito
Dos semanas después, Miguel estaba en el supermercado de la colonia, comprando la despensa de la semana. Estaba en el pasillo de los cereales, calculando si le alcanzaba para el de marca o si llevaba el genérico, cuando escuchó una voz conocida.
—¡No, Nathy! ¡Deja esos chocolates, no nos alcanza!
Miguel volteó. Ahí estaba Elena, sin uniforme. Llevaba jeans, una playera sencilla y el pelo suelto. Se veía más joven, pero también más cansada. Iba empujando un carrito con una niña de unos doce años, flaquita y con cara de berrinche.
—Pero mamá, es que son los que tienen la estampa… —protestaba la niña.
—Dije que no, Nathalia. Tenemos que pagar la luz y tus tenis nuevos. Escoge: chocolates o tenis.
La niña bufó y aventó la caja en el estante. Elena suspiró, cerrando los ojos un momento, con esa expresión universal de las madres solteras que cargan el mundo sobre los hombros.
Miguel sintió el impulso de huir. Le daba vergüenza que lo vieran contando monedas. Pero luego recordó a Vanesa y sus berrinches por viajes a Europa, y vio a esta mujer peleando por unos tenis. Sintió una solidaridad inmediata.
Se acercó.
—Hola, Elena.
Ella abrió los ojos y se sobresaltó. Al reconocerlo, se puso roja. Se arregló el pelo rápidamente.
—¡Miguel! Hola… ay, qué pena, me agarraste regañando a la cría.
—No te preocupes. Mi mamá me regañaba igual o peor.
Elena sonrió, más relajada.
—Ella es Nathy, mi hija. Nathy, saluda. Él es el hijo de Doña Refugio, la paciente simpática.
La niña murmuró un “hola” sin ganas y se puso a ver su celular.
—¿Haciendo el súper? —preguntó lo obvio Elena, mirando el carrito de Miguel: arroz, frijol, aceite, huevo. Canasta básica pura y dura.
—Sí. Día de paga. Hay que aprovechar.
Caminaron juntos por los pasillos. Fue extraño, pero natural. Hablaron de los precios (“¡El limón está carísimo!”), de la lluvia, del tráfico. Miguel descubrió que Elena vivía a tres cuadras de su vecindad. Descubrió que era divorciada desde hace cinco años (“El papá de Nathy se fue por cigarros y no volvió”, dijo ella con humor seco). Descubrió que trabajaba doble turno a veces para pagar la escuela de la niña.
Al llegar a la caja, Miguel vio que Elena sacaba, discretamente, una bolsa de pan dulce del carrito y la dejaba a un lado. No le alcanzaba.
Sin decir nada, Miguel tomó la bolsa de pan y la puso en su banda.
Pagaron por separado. A la salida, mientras acomodaban las bolsas, Miguel le extendió el pan dulce a Nathy.
—Ten. Es un soborno. Para que no te enojes con tu mamá. Ella tiene razón con lo de los tenis, créeme. Caminar con tenis rotos está feo, pero comer pan dulce ayuda a pensarlo mejor.
Nathy lo miró sorprendida, luego miró a su mamá. Elena tenía los ojos brillantes.
—Miguel, no tenías por qué…
—Es pan, Elena. No son diamantes. Acéptalo, por favor.
Elena asintió.
—Gracias. De verdad.
—¿Te puedo acompañar a tu casa? Digo, para cargar las bolsas. Vamos para el mismo lado.
Caminaron las tres cuadras bajo el atardecer naranja de Iztapalapa. Nathy iba adelante comiéndose una concha. Miguel y Elena iban atrás, hablando ya no de precios, sino de vidas.
Miguel le contó, sin adornos, su historia. Le contó que era ingeniero, que lo había perdido todo, que vivía al día. No trató de impresionarla. No había nada con qué impresionar, salvo con la verdad.
—¿Y no te arrepientes? —preguntó ella, deteniéndose en la esquina de su calle—. De haber dejado esa vida de rico.
—A veces extraño el aire acondicionado y mi coche —admitió Miguel riendo—. Pero luego llego a casa y mi mamá me está esperando con café de olla, y nos reímos viendo la tele… y se me pasa. Antes tenía muchas cosas, Elena, pero estaba muy solo. Ahora no tengo nada, pero nunca me he sentido tan acompañado.
Elena lo miró con una intensidad que lo desarmó.
—Eres un buen hombre, Miguel Ángel. Y los hombres buenos escasean más que el limón barato.
Al despedirse en la puerta de su edificio, Elena hizo algo inesperado. Sacó un plumón de su bolsa y le escribió su número en el ticket del súper de Miguel.
—Por si tu mamá necesita… no sé, que le tome la presión a domicilio. O por si tú quieres invitarme un café que no sea de máquina.
Miguel se quedó parado en la banqueta, viendo cómo entraba a su edificio, con el ticket apretado en la mano como si fuera el billete ganador de la lotería.
La cita de los esquites
Doña Refugio no tardó en enterarse. Las madres huelen estas cosas.
—¿Por qué te estás rasurando otra vez si te rasuraste ayer? —preguntó el sábado por la tarde.
—Voy a salir, mamá.
—¿Con quién? ¿Con la enfermera de los ojos bonitos?
—Se llama Elena, mamá. Y sí. Vamos a ir al parque.
—Ponte la camisa azul, la que planché. Esa te resalta los ojos. Y llévate dinero, mijo. Toma, saqué 200 pesos de mi pensión.
—Mamá, no. Yo tengo. Invitaré unos esquites, no una langosta.
—Llévalos. Por si acaso. A las mujeres les gusta que el hombre vaya preparado.
La cita no fue en un restaurante francés ni en un bar de moda en la Condesa, lugares a los que Miguel solía llevar a Vanesa. Fue en la Alameda del Sur. Caminaron entre familias que paseaban perros, niños en bicicletas y vendedores de globos.
Compraron esquites (vasitos de grano de elote hervido con mayonesa, queso y chile). Se sentaron en una banca de piedra.
—Está rico, ¿no? —dijo Elena, limpiándose un poco de mayonesa de la comisura del labio.
—Buenísimos. Vanesa… mi ex… decía que esto era comida de cerdos. Que el elote en vaso era “naco”.
Elena frunció el ceño.
—Pues qué vida tan triste la de ella. Perderse de esto por sentirse muy fina. ¿La querías mucho?
La pregunta fue directa. Elena no jugaba juegos mentales.
Miguel pensó la respuesta. Miró a los niños jugando en la fuente cercana.
—Pensaba que sí. Pero creo que quería la idea de ella. Quería el trofeo. Quería sentir que había “triunfado” porque tenía a la mujer rubia y guapa del brazo. Pero nunca hablábamos de verdad. Nunca nos reíamos como me río contigo o con mi mamá. Era… era como estar en una vitrina. No puedes tocar nada, solo mirar.
—Yo también estuve casada con una idea —confesó Elena, mirando su vaso—. Con la idea de que el amor lo cura todo. El papá de Nathy era… complicado. Bebía. Yo pensaba que si lo amaba suficiente, cambiaría. Pero el amor no es una clínica de rehabilitación, Miguel. Uno se cansa de dar y no recibir.
—¿Y ahora? ¿Qué buscas?
—Paz —dijo ella sin dudar—. Busco a alguien con quien pueda sentarme en una banca a comer esquites y no sentir que tengo que fingir. Alguien que quiera a mi hija. Alguien que no salga corriendo cuando las cosas se ponen feas.
Miguel se giró hacia ella. El sol del atardecer le daba en la cara, iluminando sus ojos miel y las pequeñas arrugas alrededor de ellos, marcas de haber reído y llorado mucho.
—Yo no corro, Elena. Ya no. Me quedé cuando mi mamá se estaba muriendo. Me quedé cuando me quedé sin un peso. Ya no tengo a dónde correr. Aquí es donde quiero estar.
Elena sonrió, y esa sonrisa le llegó a Miguel al pecho.
—Entonces, quédate un ratito más. Nathy quiere ir al cine la próxima semana, pero dice que le da pena ir sola con su mamá. Le caíste bien, por cierto. Dijo que “el pelón es buena onda”.
—¿El pelón? —Miguel se pasó la mano por la cabeza rapada, riendo—. Bueno, al menos no dijo “el viejo”.
Se quedaron en el parque hasta que anocheció. No hubo beso de película, ni promesas eternas bajo la luna. Hubo algo mejor: hubo realidad. Hubo la certeza tranquila de que dos piezas rotas pueden encajar perfectamente si sus bordes coinciden.
Cuando Miguel regresó a casa, Doña Refugio estaba esperándolo despierta, fingiendo ver la tele.
—¿Y bien? —preguntó sin voltear.
—Bien, mamá. Muy bien.
—¿Es buena mujer?
—Es un ángel, mamá. Pero uno de verdad, con zapatos de goma y que come esquites con mucho chile.
Refugio asintió, satisfecha.
—Entonces ya ganamos, hijo. Ya ganamos todo.
El ascenso
La vida, cuando decide recompensar, a veces no te da dinero, te da oportunidades.
Dos meses después de empezar a salir con Elena, el dueño de la bodega donde trabajaba Miguel, Don Venustiano, un señor gordo y malhumorado que siempre estaba gritando, lo mandó llamar a la oficinita de cristal sucio que tenía en el mezzanine.
Miguel subió esperando lo peor. “¿Me irán a correr?”, pensó. “¿Habré contado mal las cajas de atún?”.
—Siéntese, Flores —gruñó Don Venustiano, masticando un puro apagado.
Miguel se sentó en la silla de plástico.
—Lleva usted aquí ocho meses. Nunca llega tarde. Nunca se queja. Y me di cuenta de que reorganizó el sistema de inventarios en la computadora. Antes tardábamos tres días en el corte de mes, ahora tardamos cuatro horas.
—Sí, señor. Es que vi que usaban Excel de forma muy básica y le metí unas macros para automatizar… —Miguel se detuvo, pensando que quizás se había excedido.
—No me explique cochinadas técnicas que no entiendo. Lo que entiendo es que me ahorró dinero. Y me enteré por ahí que usted es ingeniero. ¿Qué hace cargando cajas, Flores?
—La vida, don Venustiano. Tuve un problema familiar grave, perdí mi empleo anterior y… necesitaba trabajar. El trabajo honesto no deshonra a nadie.
Don Venustiano lo miró con respeto. Asintió lentamente.
—Tiene razón. Mire, Flores, voy a abrir una segunda bodega en la zona norte. Necesito a alguien que no sea un ratero y que sepa usar la cabeza, no solo el lomo. Quiero que sea el gerente de esa sucursal.
El corazón de Miguel dio un brinco.
—¿Gerente?
—Sí. Le voy a pagar el doble de lo que gana ahorita. No es sueldo de millonario, pero tendrá prestaciones, seguro de gastos médicos mayores (que sé que le sirve para su jefa) y un horario más decente. ¿Le entra?
Miguel pensó en Refugio. Pensó en Elena y en Nathy. Pensó en que podría empezar a ahorrar de nuevo, poquito a poco.
—Le entro, Don Venustiano. Gracias.
Salió de la oficina caminando sobre las nubes. No era su antigua oficina en Santa Fe con vista a los rascacielos. Era una bodega llena de polvo y costales. Pero se sentía más orgulloso de este ascenso que de cualquier otro en su vida. Se lo había ganado a pulso, desde abajo, sin palancas ni apariencias.
Esa noche, llegó a la vecindad con un pastel y un pollo rostizado.
Elena y Nathy estaban ahí, invitadas por Doña Refugio (que seguía conspirando).
—¡Celebramos! —gritó Miguel al entrar.
Partieron el pastel. Nathy le pidió ayuda a Miguel con su tarea de matemáticas. Elena le tomaba la mano por debajo de la mesa. Refugio los miraba a todos con esa paz de quien ha cumplido su misión en la tierra.
—Miren nomás —dijo Doña Refugio de repente, interrumpiendo las risas—. Miren qué bonita familia armamos con puros retazos.
Todos se callaron y se miraron. Era verdad. Eran una familia de retazos. Una viuda sobreviviente de cáncer, un divorciado en bancarrota, una madre soltera y una niña sin papá. Piezas que sobraban en otros lados, pero que juntas formaban un tapiz resistente y cálido.
Miguel miró a Elena. Ella le sonrió y le apretó la mano.
En ese momento, Miguel supo que la deuda estaba pagada. No la del banco, esa seguía ahí, pero la deuda con la vida. Había pagado con dolor, pero el cambio que le habían devuelto era felicidad pura.
—Bueno —dijo Miguel, levantando su vaso de refresco—. Brindo por los retazos. Y por los chocolates sorpresa.
—¿Qué chocolates? —preguntó Nathy.
—Una larga historia, pequeña —dijo Refugio guiñando un ojo—. Un día te la cuento. Es la historia de cómo una caja de dulces me salvó la vida para que pudiera conocerte a ti y a tu mamá.
Y mientras cenaban, entre bromas y planes para el futuro, la vieja cicatriz en el pecho de Doña Refugio dejó de doler por completo. Ya no era una herida; era solo un recordatorio de que la vida, a veces, tiene que romperte para poder armarte de nuevo, mejor que antes.
CAPÍTULO 7: LA BODA DEL PUEBLO Y LA ABUELA POSTIZA
El tiempo es un alfarero paciente. A veces rompe la vasija cuando el barro está fresco, no por maldad, sino porque sabe que la forma no es la correcta. Y entonces, con las mismas manos y el mismo barro, vuelve a amasar, a girar la rueda y a crear algo más resistente, más útil, más hermoso en su sencillez.
Habían pasado dos años desde que Doña Refugio tocó la campana de la victoria en el pabellón de oncología. Dos años de vida prestada que se habían convertido en vida propia.
La vida de Miguel Ángel también había tomado forma nueva. Ya no era el gerente estresado que vivía para pagar una hipoteca impagable en la Del Valle. Ahora era el Gerente de Operaciones de la bodega norte de “Abarrotes Don Venustiano”. No usaba trajes italianos; usaba camisas de manga corta bien planchadas y pantalones de gabardina. No manejaba un Audi; manejaba un Versa seminuevo que había sacado a crédito (un crédito pequeño y responsable). Pero cuando llegaba a casa, no llegaba a un museo frío; llegaba a un hogar.
Vivían ahora en una casita de renta en la colonia Santa María la Ribera. Era vieja, de techos altos y pisos que crujían, pero tenía un patio trasero donde a Doña Refugio le permitían tener sus macetas: hierbabuena, epazote, chiles y hasta un limonero enano que cuidaba como si fuera un hijo más.
La complicidad de la cocina
Era sábado por la tarde. Miguel y Elena habían salido al cine, en una de sus citas sagradas de fin de semana. En la casa se quedaron Doña Refugio, ahora de 70 años, y Nathalia, que acababa de cumplir 14.
La adolescencia de Nathy había llegado con la fuerza de un huracán. La niña dulce se había vuelto una jovencita de respuestas cortas, ojos en blanco y audífonos permanentes. Elena, que trabajaba turnos dobles a veces, peleaba con ella constantemente. Pero con Doña Refugio, la dinámica era distinta.
Nathy estaba sentada en la mesa de la cocina, fingiendo hacer tarea, pero en realidad mensajeándose con un “casi novio” en el celular. Refugio estaba desgranando chiles guajillos para el adobo del domingo.
—Ese muchacho no te conviene, mijita —dijo Refugio sin levantar la vista del chile.
Nathy dio un respingo.
—¡Ay, abue… digo, Doña Cuca! ¿Cómo sabes? Ni siquiera estás viendo.
—No necesito ver. Te oigo suspirar cada vez que vibra el teléfono. Y suspiras con angustia, no con alegría. El amor que sirve da paz, no nervios.
Nathy dejó el celular y miró a la anciana. Aunque no llevaban la misma sangre, había adoptado a Doña Refugio como la abuela que nunca tuvo, aunque a veces le costaba admitirlo en voz alta.
—Es que… dice que soy muy “intensa”. Que lo agobio.
—Pues entonces es un tonto. O un inmaduro. Mira, ven acá. Deja eso.
Nathy se acercó a regañadientes.
—¿Qué?
—Ayúdame a quitarle las semillas a estos chiles. Ponte guantes si quieres para que no te ardan las manos, que luego te tocas los ojos y lloras como Magdalena.
Se pusieron a trabajar juntas. El olor picante y ahumado llenaba la cocina.
—Los hombres, mijita, son como los aguacates —empezó Refugio con su pedagogía culinaria—. Si los aprietas mucho antes de tiempo, están duros y no sirven. Si te esperas demasiado, se ponen negros y feos. Tienes que saber tantearlos. Y sobre todo, no tienes que rogarles para que maduren. El que es buen aguacate, solito da el punto.
Nathy soltó una risita.
—¿Y Miguel? ¿Él fue buen aguacate?
Refugio sonrió, recordando.
—Al principio estaba muy verde, hija. La ciudad lo había puesto duro, amargo. Pero la vida le dio unos golpes, lo envolvió en periódico… y maduró. Mira lo bueno que es ahora con tu mamá.
—Sí… —Nathy bajó la mirada—. Mi papá nunca fue así. Él gritaba mucho. Miguel no grita. Y me ayuda con mate. Y me compra mis toallas sanitarias sin hacer cara de asco. Eso es raro, ¿no?
—Eso no es raro, mi niña. Eso es ser un hombre de verdad. Un hombre que cuida.
Hubo un silencio cómodo, solo roto por el crujir de los chiles secos.
—Oye, Cuca… —Nathy dudó—. ¿Crees que Miguel se quiera casar con mi mamá? Llevan ya dos años de novios.
—Yo creo que sí. Pero Miguel tiene miedo.
—¿Miedo de qué?
—De que tú no quieras. De que pienses que quiere usurpar el lugar de tu papá.
Nathy se quedó pensativa.
—Mi papá dejó el lugar vacío hace mucho. Si Miguel se quiere sentar ahí… pues por mí está bien.
Refugio sonrió para sus adentros. Ya tenía la información que necesitaba. Esa noche, hablaría con su hijo.
El anillo de la abuela
Una semana después, Miguel llegó del trabajo más nervioso de lo habitual. Se aflojaba la corbata barata, se pasaba la mano por la cabeza (que ya llevaba el pelo corto, tipo militar, pero ya no a rapa).
—Jefa, ¿tienes un minuto?
—Para ti tengo toda la vida, hijo. Siéntate. ¿Quieres café?
—No, mamá. Quiero… consejo.
Miguel sacó una cajita de terciopelo azul del bolsillo. La abrió. Adentro había un anillo sencillo, de oro blanco, con una piedrita discreta. No era el diamante ostentoso que le había dado a Vanesa (y que ella seguramente vendió o empeñó). Era un anillo fino, delicado.
—Es para Elena —dijo él, tragando saliva.
Refugio tomó la cajita. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Está precioso, hijo.
—No costó tres sueldos, mamá. No me alcanza para eso todavía. Pero…
—Vale más que el otro. Porque este lo compraste con dinero sudado y con el corazón limpio. ¿Cuándo se lo vas a dar?
—El sábado. Es su cumpleaños. Pero tengo miedo, mamá. Ella ya tuvo un matrimonio feo. Yo tuve un divorcio de pesadilla. ¿Y si me dice que no? ¿Y si piensa que es muy pronto? O peor… ¿y si Nathy se molesta?
Refugio se levantó, fue a su cuarto y regresó con un pequeño objeto envuelto en un pañuelo bordado.
—Abre la mano, hijo.
Miguel obedeció. Refugio depositó en su palma una medalla de oro antigua, desgastada por el roce de los dedos. Era la Virgen de Guadalupe que Pancho le había regalado a Refugio cuando nació Miguel.
—Esta medalla ha visto milagros, Miguel. Vio cómo te curaste de la neumonía. Vio cómo sobrevivimos las sequías. Vio cómo vencí al cáncer. Ahora quiero que vea cómo eres feliz. Llévala contigo cuando le pidas matrimonio. Y sobre Nathy… no te preocupes. Ya sondeé el terreno. Esa niña te quiere, aunque se haga la dura.
—¿De verdad?
—De verdad. Los hijos saben quién los quiere bien. Anda, ve y sé feliz. Que la vida es un ratito, hijo, y ya perdimos mucho tiempo sufriendo.
La propuesta en la azotea
Miguel no llevó a Elena a París, ni rentó un espectacular en el Periférico.
Organizó una carne asada en la azotea del edificio.
Invitó a Nathy, a Doña Refugio, y a un par de compañeros de la bodega con sus esposas. Era una fiesta sencilla: guacamole, cervezas frías en una hielera de unicel, música de los Ángeles Azules en una bocina Bluetooth y la vista de los tinacos y las antenas de la Ciudad de México bajo un atardecer morado.
Elena estaba feliz, riendo con una cerveza en la mano, relajada.
Cuando cayó la noche y se encendieron las luces de la ciudad, Miguel bajó el volumen de la música.
—Oigan… atención todos, por favor.
Los pocos invitados se callaron. Nathy dejó de comer su taco y miró a Miguel con ojos muy abiertos. Sabía lo que venía.
Miguel tomó la mano de Elena. Le temblaba, igual que le tembló el día que operaron a su madre, pero ahora era de emoción.
—Elena… —empezó, y se le quebró la voz. Carraspeó—. Hace dos años y medio, yo era un tipo que creía que lo tenía todo y no tenía nada. Estaba vacío. Y luego, en el peor momento de mi vida, cuando estaba contando monedas para el camión y cuidando a mi mamá enferma, apareciste tú con un café de máquina y una sonrisa.
Elena se llevó la mano a la boca. Sus ojos se llenaron de agua.
—Me enseñaste que el amor no es presumir. El amor es acompañar. Es compartir el pan dulce cuando no alcanza para los dos. Es reírse de las desgracias. Elena, no tengo mucho dinero. Tengo deudas que sigo pagando. Tengo una mamá que es mi prioridad y un coche que a veces no arranca. Pero te tengo un amor que no se me acaba. Y quiero cuidar de ti y de Nathy, si me dejan, por el resto de mi vida.
Miguel se arrodilló en el piso de cemento de la azotea. Sacó la cajita.
—Elena, ¿te quieres casar con este ingeniero venido a menos pero con el corazón puesto en su lugar?
Elena no contestó. Se lanzó sobre él, abrazándolo tan fuerte que casi lo tira.
—¡Sí! ¡Claro que sí, tonto! ¡Sí!
Los aplausos estallaron. Doña Refugio se limpiaba las lágrimas con su delantal. Nathy, haciéndose la dura, sonreía de lado mientras grababa todo con su celular.
Miguel le puso el anillo. Le quedó perfecto.
Entonces, Miguel miró a Nathy.
—Nathy… ven acá.
La niña se acercó, tímida.
—Yo sé que no soy tu papá. Tu papá es tu papá. Pero quiero ser tu amigo, tu aliado… y tu padrastro, si me das chance. Prometo no ser el villano de Disney. Prometo ayudarte con mate y espantar a los novios feos.
Nathy se rio y, rompiendo su barrera adolescente, abrazó a Miguel.
—Está bien, Miguel. Pero me tienes que subir mi domingo.
—Trato hecho —rio él.
La boda del pueblo
La boda se planeó para seis meses después. Nada de salones lujosos de 5,000 pesos el platillo. Nada de listas de regalos en Palacio de Hierro.
Se casarían por el civil y luego harían una fiesta en un salón de eventos de la colonia, el “Salón Las Mariposas”, que Doña Refugio consiguió a buen precio porque la dueña era su comadre del mercado.
La preparación fue un asunto comunitario. Doña Refugio se encargó de la comida. No confió en ningún banquetero.
—Yo voy a hacer el mole —decretó—. Mole poblano con arroz rojo y frijoles refritos. Y de postre, arroz con leche.
Durante tres días, la casa olió a chiles tostados, a chocolate, a canela y a ajonjolí. Refugio dirigía a un ejército de vecinas que se ofrecieron a ayudar: “Muévele a la cazuela, Chona, que no se pegue”, “Pica la cebolla más fina, Lupe”.
Miguel compró su traje en un outlet. Un traje azul marino, sencillo, pero que le quedaba pintado. Elena compró un vestido blanco corto, de encaje, en una tienda del centro. Se veía radiante, no como una princesa de cuento, sino como una mujer real, hermosa y plena.
Llegó el día.
El Registro Civil estaba lleno. El juez, un señor bajito y simpático, leyó la epístola de Melchor Ocampo (o la versión moderna y menos machista).
—Miguel Ángel Flores, ¿aceptas a Elena como tu esposa, para amarla en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza?
Miguel miró a Elena. Luego miró a su madre, sentada en primera fila con su mejor vestido y el cabello blanco peinado en un chongo perfecto. Recordó el hospital. Recordó el vómito, el miedo, la calvicie compartida.
—En la pobreza ya nos amamos —dijo Miguel sonriendo—. Y en la enfermedad también. Así que sí, acepto para todo lo que venga.
Cuando salieron del registro, les aventaron arroz y pétalos de rosa.
La fiesta en el “Salón Las Mariposas” fue legendaria. No por el lujo, sino por la alegría. Había cumbias, salsa y hasta rock and roll. Los compañeros de la bodega de Miguel bailaban con las enfermeras amigas de Elena. Don Venustiano, el jefe gruñón, llegó con una botella de tequila añejo de regalo y terminó bailando “El Caballo Dorado”.
Pero el momento cumbre llegó a la hora de la comida.
Doña Refugio se puso de pie, copa de sidra en mano. El DJ bajó la música.
—Buenas tardes a todos —dijo ella. Su voz, que alguna vez tembló ante un diagnóstico de muerte, ahora sonaba clara y fuerte—. Yo no soy de muchos discursos. Pero hoy quiero dar gracias.
Miró a los novios.
—Gracias a Dios porque me dejó vivir para ver este día. Hace dos años, yo pensaba que me iba a morir sola en mi rancho. Pensaba que mi hijo me había olvidado. Pero la vida da muchas vueltas. Mi hijo no solo regresó por mí, sino que se salvó a sí mismo.
Hubo un murmullo de aprobación.
—Miguel —continuó Refugio—, perdiste una casa grande, pero ganaste un hogar. Perdiste dinero, pero ganaste una familia. Elena, hija… gracias por querer a mi muchacho con sus deudas y sus mañas. Y Nathy… —miró a la niña—… gracias por dejarme ser tu abuela.
Nathy corrió y abrazó a Doña Refugio.
—¡Te quiero, abue!
Todos aplaudieron. Algunos lloraban. Miguel se acercó a su madre y la abrazó.
—Te amo, jefa. Todo esto es por ti. Si no hubieras abierto esa caja de chocolates… yo seguiría siendo un imbécil infeliz.
—Y yo estaría bajo tierra, hijo. Bendita caja. Y bendito tú que tuviste los pantalones para llenarla.
La noche de bodas (y la sorpresa)
La fiesta terminó a las 3:00 de la mañana. Miguel y Elena se fueron a un hotelito modesto en el centro para pasar su noche de bodas. Doña Refugio y Nathy regresaron a la casa en taxi, cargando los centros de mesa y las sobras del mole.
—Estuvo increíble, ¿verdad, abue? —dijo Nathy, quitándose los zapatos de tacón que la estaban matando.
—Estuvo preciosa, hija.
Al día siguiente, la vida volvió a su cauce, pero con un brillo nuevo.
Un mes después de la boda, un domingo por la mañana, Elena salió del baño con la cara pálida y una prueba de embarazo en la mano.
Miguel estaba en la cocina haciendo café.
—Miguel…
—¿Qué pasó, amor? ¿Te sientes mal?
—No. O sea sí. Tengo náuseas.
—¿Te cayó mal el mole recalentado?
—No, Miguel… —Elena le mostró la prueba. Dos rayitas rosas.
Miguel se quedó congelado, con la cuchara del café en el aire.
—¿Es… es de verdad?
—Es de verdad. Vamos a tener un bebé.
Miguel soltó la cuchara, que cayó con estrépito al suelo. Agarró a Elena y la levantó en el aire, girando con ella en la cocina diminuta.
—¡Voy a ser papá! ¡Por fin voy a ser papá!
Doña Refugio, que estaba en el patio regando sus plantas, escuchó los gritos y entró corriendo.
—¿Qué pasa? ¿Se quemaron?
—¡Mamá! ¡Vas a ser abuela! ¡Pero abuela de sangre, de un bebé!
Refugio se llevó las manos a la boca. Se dejó caer en una silla, abrumada por la emoción.
—Dios es grande… —susurró—. Dios es muy grande. Me quitó un pecho, pero me va a dar un nieto.
El cierre del círculo
El embarazo de Elena fue tranquilo, cuidado con el amor de tres personas. Nathy, lejos de ponerse celosa, estaba emocionada. “Voy a ser la hermana mayor cool”, decía.
Doña Refugio se dedicó a tejer. Tejió chambritas amarillas, verdes, blancas (porque no quisieron saber el sexo hasta que naciera). Le preparaba caldos nutritivos a Elena, le sobaba los pies hinchados.
—Ahora me toca cuidarte a ti, hija —le decía.
Nueve meses después, en el mismo hospital donde habían operado a Refugio (porque ahí tenían su seguro), nació el bebé.
Fue un parto rápido. Miguel estuvo ahí, sosteniendo la mano de Elena, llorando como un niño cuando escuchó el primer llanto.
Salió a la sala de espera. Doña Refugio y Nathy estaban ahí, comiéndose las uñas.
—¿Ya? —preguntó Refugio, poniéndose de pie de un salto.
Miguel sonrió, una sonrisa cansada pero inmensamente feliz.
—Es niño, mamá. Pesó tres kilos y medio. Está grandote y gritón.
—¿Cómo se va a llamar? —preguntó Nathy.
Miguel miró a su madre. Se acercó a ella y le besó la frente.
—Se va a llamar Pedro. Como mi papá.
Refugio sintió que las piernas le fallaban, igual que aquella tarde con la caja de chocolates, pero esta vez fue de pura dicha.
—Pedro… —susurró—. Pedrito.
—Sí. Porque mi papá me mandó de regreso para esto, mamá. Para que hubiera otro Pedro en la familia. Para que la raíz no se muera.
Entraron a ver al bebé. Era una bolita rosada y arrugada. Doña Refugio lo cargó con la experiencia de sus años. El bebé dejó de llorar en cuanto sintió los brazos de su abuela.
Refugio lo miró a los ojos, esos ojos oscuros que apenas se abrían.
—Hola, Pedrito —le dijo suavemente—. Bienvenido al mundo. Llegaste tarde, mi amor, casi no te alcanzo. Pero aquí estoy. Tu abuela Cuca te va a enseñar a hacer tortillas, a sembrar maíz y a saber que la familia es lo único que importa.
Miguel abrazó a Elena, que miraba la escena desde la cama.
—Mira lo que hicimos —dijo él.
—Hicimos una vida, Miguel.
—No. Hicimos una historia. Una historia que valió la pena cada lágrima.
Y así, en esa habitación de hospital que olía a vida nueva y no a desinfectante, el círculo se cerró. La deuda de dolor estaba saldada. El crédito de amor estaba aprobado con intereses a favor.
Doña Refugio, la mujer que iba a morir sola y pobre, sostenía el futuro en sus brazos, rodeada de la riqueza más grande que existe: la familia que se elige, la que se perdona y la que se construye pedazo a pedazo, chocolate a chocolate.
CAPÍTULO 8: LA CAJA DE LOS RECUERDOS Y EL LEGADO ETERNO
El tiempo, dicen los viejos del campo, no perdona, pero tampoco olvida. Si siembras viento, cosechas tempestades. Pero si siembras amor, aunque sea en tierra seca y pedregosa, tarde o temprano florece un jardín.
Habían pasado cinco años desde el nacimiento de Pedrito. La vida de la familia Flores había entrado en esa etapa dorada que sigue a las grandes tormentas, una calma chicha llena de risas, trabajo duro y domingos de barbacoa.
Miguel Ángel ya no era el encargado de la bodega. Su talento para los números y su honestidad a prueba de balas (esa que había forjado en el fuego de la desgracia) lo habían llevado lejos. Don Venustiano, al retirarse por una artritis galopante, le había ofrecido a Miguel comprar una parte del negocio.
—No tengo dinero para comprarle acciones, Don Venus —había dicho Miguel con honestidad.
—No me pague con dinero, págueme con trabajo. Usted maneja el negocio, me da una pensión mensual a mí, y en diez años la mitad es suya. Sé que en sus manos mi patrimonio no se va a ir al caño.
Miguel aceptó. Trabajaba como burro, sí, pero era dueño de su destino. “Abarrotes La Esperanza” (le cambiaron el nombre por sugerencia de Elena) prosperaba.
La casa de los sueños posibles
Ese domingo era especial. Miguel había convocado a toda la familia a una “excursión sorpresa”.
Subieron todos al coche: Elena, guapa y serena en sus cuarentas; Nathy, que ya tenía 19 años y estudiaba Enfermería como su mamá; Pedrito, un torbellino de cinco años con la energía de una planta nuclear; y Doña Refugio, que a sus 75 años caminaba un poco más lento por la reumas, pero mantenía la mirada de águila.
—¿A dónde nos llevas, papá? —preguntaba Pedrito, saltando en su asiento.
—Es sorpresa, chamaco. Si te digo, deja de ser sorpresa.
Manejaron hacia el sur de la ciudad, hacia una zona tranquila, con parques y calles arboladas. Coapa. No era la zona más lujosa de la ciudad, no era Polanco ni Las Lomas, pero era un barrio de familias, de gente que trabaja.
Miguel se detuvo frente a una casa de dos pisos, recién pintada de color crema, con un portón de madera y, lo más importante, un jardín delantero con espacio de sobra para macetas.
—Llegamos —anunció Miguel, apagando el motor.
Todos bajaron. Se quedaron mirando la casa. En la reja había un letrero de “VENDIDA”.
Elena miró a Miguel, con los ojos llenos de preguntas.
—Miguel… ¿de quién es esta casa?
Miguel sacó un juego de llaves del bolsillo y las hizo tintinear.
—Es nuestra, Elenita. Firmé las escrituras ayer. Ya no más renta. Ya no más pedir permiso para clavar un cuadro. Es nuestra.
Elena soltó un grito y lo abrazó. Nathy corrió a abrir la reja. Pedrito salió disparado hacia el jardín.
Pero Miguel se quedó parado junto al coche, ofreciéndole el brazo a su madre.
—Vamos, jefa. Quiero que veas algo.
Doña Refugio se apoyó en su bastón y en el brazo de su hijo. Caminaron despacio hacia la entrada. Entraron a la sala, amplia e iluminada. Olía a pintura fresca y a madera.
—Está preciosa, hijo. Preciosa —decía Refugio, tocando las paredes como si quisiera asegurarse de que eran reales.
—Ven, mamá. Lo mejor está aquí abajo.
Miguel la guio por el pasillo de la planta baja hasta una puerta amplia al fondo, que daba directo al jardín trasero. Abrió la puerta.
Era una recámara grande, con su propio baño completo (con barras de seguridad ya instaladas en la regadera) y un ventanal enorme por donde entraba el sol de la tarde.
—Esta es tuya, mamá. En la planta baja, para que no tengas que subir escaleras. Y mira… —Miguel señaló el jardín—. Ahí hay tierra buena. Puedes sembrar tus chiles, tus jitomates, lo que quieras. Es tu pedazo de campo en la ciudad.
Doña Refugio se quedó muda. Se llevó la mano a la boca. Recordó aquella noche, hace años, cuando Vanesa la hizo dormir en el sofá y la miraba con asco. Recordó cuando Miguel vivía en un departamento de lujo donde ella estorbaba. Y ahora, su hijo le había construido un santuario.
—Hijo… no tenías que… yo con un catre en la cocina estoy bien.
—No, mamá. Tú eres la reina de esta casa. Si tenemos techo, es gracias a que tú no te moriste. Es gracias a que luchamos. Este es tu palacio.
Refugio abrazó a su hijo, y en ese abrazo se cerraron todas las heridas del pasado. Ya no había dolor, ni pobreza, ni humillación. Solo había gratitud.
El fantasma del pasado
Unos meses después de la mudanza, ocurrió un encuentro fortuito que sirvió para poner el último clavo en el ataúd del pasado.
Miguel estaba en un centro comercial, comprando un traje para la graduación de Nathy (que había terminado su carrera técnica con honores). Iba con Elena, riendo y comiendo un helado.
De repente, al salir de una tienda departamental, chocó casi de frente con una mujer.
—Perdón, no vi por dónde… —empezó a decir Miguel.
Se quedó helado.
Era Vanesa.
Pero no era la Vanesa que él recordaba. La mujer impecable, de piel perfecta y ropa de diseñador, había desaparecido. Frente a él había una mujer que seguía siendo guapa, pero cuya belleza se había endurecido. Tenía líneas de amargura alrededor de la boca. Iba vestida con ropa cara, sí, pero se veía… sola. No llevaba bolsas de compras, solo su bolso de mano, y caminaba con prisa, hablando por celular con tono irritado.
Vanesa también lo reconoció. Bajó el teléfono lentamente. Sus ojos escanearon a Miguel: vio que había recuperado peso, que se veía saludable, fuerte. Vio su ropa, sencilla pero de buena calidad. Y luego vio a Elena, que le sostenía el brazo con naturalidad y confianza.
—Miguel —dijo ella. Su voz sonaba seca.
—Hola, Vanesa.
Hubo un silencio incómodo. El centro comercial seguía su bulla alrededor, pero en ese metro cuadrado el tiempo se detuvo.
—Te ves… bien —admitió ella, casi a regañadientes.
—Estoy bien. Muy bien. Ella es Elena, mi esposa.
Vanesa miró a Elena con una mezcla de desdén y envidia. Elena, lejos de intimidarse, le sonrió con educación y le tendió la mano.
—Mucho gusto.
Vanesa ignoró la mano.
—Así que te volviste a casar. Y supongo que sigues manteniendo a tu madre.
—Sí —dijo Miguel con orgullo, enderezándose—. Mi madre vive con nosotros. Está sana y feliz. Y tenemos dos hijos.
La cara de Vanesa se crispó. Miguel sabía, por amigos en común, que Vanesa se había vuelto a casar con un empresario rico, pero que el matrimonio había durado menos de dos años porque él “no cumplía sus expectativas”. También sabía que no había tenido hijos.
—Pues… felicidades —dijo ella, con un sarcasmo que ya no tenía filo, solo sonaba triste—. Veo que te conformaste con la vida mediocre que siempre quisiste.
Miguel sonrió. Una sonrisa genuina, sin rencor.
—No, Vanesa. No es mediocre. Es real. Tengo una casa donde se ríe a carcajadas, no una donde se susurra para no molestar. Tengo una mujer que me cuida cuando me enfermo, no una que se preocupa por si el seguro cubre la clínica. Tengo paz. Y eso… eso no se compra con la American Express.
Vanesa abrió la boca para replicar, para lanzar algún veneno, pero se dio cuenta de que no tenía municiones. Miguel era inmune. Ya no era el hombre al que podía manipular con culpa o estatus.
—Que te vaya bien, Miguel —dijo ella finalmente, y se dio la media vuelta, perdiéndose entre la gente, sola, perfecta y vacía.
Elena le apretó el brazo a Miguel.
—¿Estás bien?
—Mejor que nunca, amor. Vámonos, que Pedrito debe estar volviendo loca a mi mamá con la pelota.
La caja de los tesoros
El tiempo siguió su marcha. Doña Refugio cumplió 80 años. La fiesta fue en el jardín de la casa nueva. Vinieron vecinos, amigos, compañeros de trabajo. Hubo mariachi, hubo mole (hecho por Refugio, por supuesto, porque “nadie le da el punto como yo”), y hubo pastel de tres leches.
Cuando la fiesta terminó y los invitados se fueron, la familia se quedó en la sala, abriendo los regalos. Había suéteres, pantuflas, cremas.
—Falta uno —dijo Miguel.
Fue a su despacho y regresó con una caja.
Era esa caja. La caja de chocolates color vino tinto con letras doradas. Estaba un poco gastada en las esquinas, el cartón ya no brillaba tanto, pero seguía siendo imponente.
Se hizo un silencio reverente en la sala. Nathy y Pedrito sabían la historia; era la leyenda familiar. La historia de cómo la abuela abrió la caja pensando que eran dulces y encontró su salvación.
—¿Son chocolates, papá? —preguntó Pedrito, relamiéndose los bigotes.
—No, hijo. Es algo mejor.
Miguel le puso la caja en las rodillas a su madre.
—Ábrela, jefa.
Doña Refugio, con sus manos temblorosas por la edad y el Parkinson incipiente, levantó la tapa.
No había dinero. No había billetes de quinientos pesos.
Había fotos.
Cientos de fotos.
Estaba la foto de Miguel y Elena el día de su boda civil, riéndose con el arroz en el pelo.
Estaba la ecografía de Pedrito.
Estaba una foto de Nathy graduada de enfermera, con su cofia blanca, abrazando a Refugio.
Estaba una foto de la primera Navidad en el departamento de la Doctores, con un arbolito de plástico minúsculo.
Estaba la foto de Miguel cargando cajas en la bodega, sudado pero digno.
Estaba la foto de Refugio sin pelo, rapada, sonriendo junto a un Miguel también rapado.
Refugio empezó a sacar las fotos una por una. Lloraba, pero eran lágrimas dulces, de esas que limpian el alma.
—¿Te acuerdas, mamá? —dijo Miguel, sentándose a sus pies—. Hace doce años, llené esa caja con dinero porque pensaba que eso era lo único que podía salvarte. Pensaba que el dinero era la solución a todo.
—Y me salvó, hijo. Ese dinero pagó al doctor.
—Sí, pagó al doctor. Pero lo que nos salvó a todos no fue el dinero. Fue lo que vino después. Fue el valor de quedarnos juntos cuando no había ni un peso.
Miguel tomó una foto de la caja: era una Polaroid borrosa de ellos dos comiendo tacos en la calle después de una quimio.
—Esta caja ya no tiene precio, mamá. Lo que hay aquí adentro… esto no se devalúa. Esto no paga impuestos. Esto es la verdadera riqueza.
Refugio asintió. Tomó la mano de su hijo y la besó.
—Tú eres mi mejor cosecha, Miguel Ángel. Yo pensé que te había perdido en la ciudad, que te habías vuelto un extraño. Pero volviste. Volviste más fuerte.
Miró a sus nietos. A Nathy, que ya era una mujer hecha y derecha, y a Pedrito, que la miraba con adoración.
—Escúchenme bien, chamacos —dijo Refugio, levantando el dedo índice con autoridad de matriarca—. La vida da muchas vueltas. Un día estás arriba, comiendo caviar, y al otro estás abajo, comiendo frijoles. El dinero es papel. Se quema, se pierde, se gasta. Pero la gente que se queda a tu lado cuando estás jodido… esa gente es oro molido. Cuídenlos. Nunca cambien un amor verdadero por una comodidad momentánea.
Nathy se acercó y la abrazó.
—Te lo prometo, abue.
—Yo también, abue —dijo Pedrito, abrazándole las piernas.
El último atardecer
Dos años después, Doña Refugio se fue.
No fue el cáncer. El cáncer nunca volvió; le tuvo miedo a esa mujer de roble.
Se fue dormida, en su cama, en su cuarto con vista al jardín, una tarde de domingo después de comer arroz con leche.
Se fue tranquila, sabiendo que su misión estaba cumplida.
El velorio no fue triste. Bueno, hubo llanto, claro, porque la extrañaban, pero no hubo esa desesperación negra de las tragedias. La casa se llenó de gente. Vinieron del pueblo, vinieron de la bodega, vinieron vecinos.
—Era una santa —decía Doña Chona, que había viajado desde el pueblo solo para despedirla.
—Era una guerrera —corrigió Miguel.
En el centro de la sala, sobre el ataúd cerrado, no pusieron una corona de flores ostentosa. Pusieron la caja de chocolates color vino tinto.
Miguel la había llenado con cartas de despedida de todos: de Elena, de Nathy, de Pedrito, y una suya.
“Mamá:
Gracias por enseñarme que ser hombre no es tener la cartera llena, sino tener el corazón dispuesto. Gracias por abrir la caja. Gracias por no rendirte. Espérame allá con Pancho. Prepara el mole, que algún día llegaré con el hambre de siempre.
Tu hijo, el pelón.”
Enterraron a Doña Refugio en el panteón del pueblo, junto a Pancho, como ella quería. Pero su espíritu se quedó en la casa de Coapa, en el olor a hierbabuena del jardín, en la receta del mole que Elena aprendió a hacer (casi) igual, y en la mirada firme de Miguel.
Epílogo: La lección final
Unos meses después del funeral, Miguel estaba en su despacho en “Abarrotes La Esperanza”. Era un día ajetreado. Proveedores, facturas, clientes.
Entró su secretaria.
—Señor Flores, hay un muchacho afuera. Dice que busca trabajo. Se ve… necesitado.
Miguel suspiró. Estaba cansado.
—Dile que deje su solicitud.
—Insiste en hablar con usted. Dice que su mamá está enferma y necesita dinero urgente.
Miguel se detuvo. La pluma se quedó suspendida en el aire. “Su mamá está enferma”. Esas palabras eran una llave maestra en su memoria.
—Hazlo pasar.
Entró un chico joven, no más de 20 años. Flaco, con ropa desgastada, pero limpia. Tenía esa mirada de perro apaleado que Miguel conocía bien. La mirada de la desesperación.
—Buenas tardes, señor. Perdón que moleste. Me llamo Carlos. Hago lo que sea. Cargo bultos, limpio pisos. Mi jefa tiene diabetes y le van a cortar el pie si no compro la medicina… y no tengo seguro.
Miguel lo miró. Se vio a sí mismo hace años, parado en el pasillo del hospital, sintiéndose inútil.
Se levantó de su silla de gerente.
—Siéntate, Carlos.
—No, señor, estoy sucio…
—¡Siéntate!
El chico se sentó, asustado.
Miguel abrió su cajón. Sacó un cheque. Escribió una cifra. No eran cincuenta mil pesos, pero era suficiente para empezar.
—Toma.
El chico miró el cheque y se le salieron los ojos.
—Señor… yo no puedo pagarle esto. No todavía.
—No es un préstamo, Carlos. Es una inversión.
—¿Inversión en qué?
—En tu mamá. Y en ti.
Miguel se inclinó sobre el escritorio.
—Vas a trabajar aquí. Vas a llegar temprano. Vas a ser honesto. Y vas a cuidar a tu madre como si fuera la reina de Inglaterra. ¿Entendido?
—Sí, señor. Se lo juro por mi vida.
—No me lo jures. Hazlo. Y un día, cuando estés del otro lado, cuando te vaya bien… no te olvides de cómo te sientes hoy. Y ayúdas a alguien más. Así se paga esta deuda.
El chico salió de la oficina llorando, con el cheque en la mano, corriendo para salvar a su madre.
Miguel se quedó solo en su oficina. Se giró hacia la ventana que daba a la calle. El sol se estaba poniendo, pintando el cielo de naranja y violeta.
Sacó de su cartera una foto pequeña, vieja y arrugada. Una foto de él y Doña Refugio, rapados, riendo en el baño.
La besó.
—Misión cumplida, jefa. La cadena sigue.
Y así, la historia de la caja de chocolates no terminó con la muerte de Doña Refugio. Se convirtió en algo más grande. Se convirtió en una filosofía. Porque al final del día, todos recibimos cajas cerradas en esta vida. A veces parecen regalos vacíos, a veces parecen desgracias. Pero lo que importa no es el envase, sino el valor que tenemos para abrirlas y transformar lo que hay adentro en amor.
[FIN DE LA HISTORIA]