
PARTE 1
CAPÍTULO 1: La Tormenta Perfecta
El reloj de pared, un viejo aparato de plástico con forma de gato que movía la cola y los ojos, marcaba las 2:15 de la madrugada. El tictac rítmico, que en otros tiempos le había parecido reconfortante a Ángela, ahora sonaba como una cuenta regresiva, un martilleo constante en sus sienes que le recordaba que el tiempo se acababa.
Ángela Carter estaba sentada al borde de su pequeña mesa de cocina, cubierta con un hule floreado que ya mostraba las cicatrices de cuchillos y quemaduras de ollas calientes. Sus dedos, ásperos y con la piel seca por el frío, se movían con una velocidad que desafiaba al cansancio. El gancho de crochet plateado entraba y salía, jalando un hilo de estambre color lavanda, creando bucles perfectos, uno tras otro. Memoria muscular. Sus manos sabían lo que hacían, incluso si su mente estaba atrapada en un torbellino de ansiedad.
La luz de la cocina parpadeó una vez, luego dos veces. Ángela soltó un suspiro tembloroso y levantó la vista hacia el foco desnudo que colgaba del techo.
—No me hagas esto ahorita, por favor —susurró, con voz ronca por la falta de uso en las últimas horas—. Aguanta un poco más, chiquito.
Frente a ella, extendido como una sentencia de muerte, estaba el recibo de la CFE (Comisión Federal de Electricidad). El papel, arrugado por haber sido apretado con frustración, mostraba una cifra que le quemaba la vista: $850 pesos. Para muchos, esa cantidad era lo de una cena o un par de zapatos baratos. Para Ángela, en ese momento, representaba una montaña imposible de escalar.
Hacía cálculos mentales por enésima vez. En su monedero, un pequeño saquito de tela bordada, quedaban exactamente cincuenta y cuatro pesos. En la cuenta del banco, ceros. Absolutamente nada.
Tres semanas. Habían pasado veintiún días exactos desde que el mundo se le vino abajo. Ángela recordaba el momento con una claridad dolorosa, como si hubiera ocurrido hace cinco minutos.
Recordaba el olor a polvo y aceite de máquina de la “Textilera San Juan”, la fábrica en las afueras de la ciudad donde había dejado el sudor de su frente durante los últimos cinco años. Recordaba el sonido ensordecedor de los telares industriales que, de repente, se habían silenciado un martes a mediodía.
El gerente, el señor Rogelio, un hombre bajo y calvo que siempre olía a tabaco barato y loción “Siete Machos”, los había reunido en el patio de carga. Ni siquiera tuvo el valor de mirarlas a la cara. Eran veinte mujeres, la mayoría madres solteras como Ángela, con las manos manchadas de tinte y las espaldas encorvadas por horas de trabajo.
—La cosa está difícil, muchachas —había dicho Rogelio, pateando una piedra en el suelo—. Los dueños dicen que ya no sale. Los chinos nos están comiendo el mandado, la tela importada llega más barata que lo que nos cuesta a nosotros prender las máquinas. Vamos a cerrar.
Sin preámbulos. Sin “gracias por su esfuerzo”. Solo un sobre amarillo con un finiquito que era una burla a la ley y una palmada en la espalda.
—Tomen esto y váyanse a casa. Dios las bendiga.
Ese dinero, que debía haber durado meses, se esfumó en días. Primero fue la infección de garganta de Laya, su hija de cuatro años, que requirió antibióticos caros que el seguro popular no tenía. Luego, la reparación de la tubería del baño que se rompió inundando la casa. Y finalmente, la comida. Los precios subían cada día. El huevo, la leche, las tortillas; todo costaba más, y el dinero rendía menos.
Ángela sacudió la cabeza para alejar los recuerdos y volvió a concentrarse en el tejido. Estaba haciendo un pequeño elefante gris. Era un pedido especial para su tienda de Etsy, “Twin Loves”. Si lograba terminarlo y enviarlo mañana a primera hora, tal vez, solo tal vez, el dinero llegaría a su cuenta en tres días.
Tres días. Sus hijos tenían que comer durante tres días con cincuenta y cuatro pesos.
Se levantó de la silla, sintiendo cómo le tronaban las rodillas, y caminó de puntitas hacia el cuarto contiguo. La puerta estaba entreabierta. Se asomó con cuidado. Ahí estaban, sus motores de vida. Jaden, de seis años, dormía con la boca abierta y un brazo colgando fuera de la cama. Laya estaba hecha bolita bajo una colcha de “Minnie Mouse” deslavada.
En el rincón, un pequeño calentador eléctrico zumbaba suavemente. Ángela sintió una punzada de culpa. Ese calentador era el culpable del recibo de luz tan alto, pero no podía dejar que pasaran frío. La casa, una construcción vieja de bloque sin aislar que rentaba a una tía lejana, era una nevera en invierno y un horno en verano. Ahora, con la tormenta azotando afuera, las corrientes de aire se colaban por debajo de las puertas y por los marcos de las ventanas de aluminio picado.
—Perdónenme, mis niños —susurró Ángela, apoyando la frente contra el marco de la puerta—. Mamá va a resolver esto. Se los juro.
Regresó a la cocina, pero el ruido de la tormenta la detuvo. No era una lluvia normal. Era un diluvio bíblico. El cielo se había puesto del color de un moretón viejo, morado y negro. Los truenos no se escuchaban a lo lejos, se sentían en el pecho, haciendo vibrar los cristales de las ventanas. El viento aullaba, un sonido agudo y lastimero que se metía por los huesos.
Ángela se acercó a la ventana que daba a la calle. Tenía que revisar que su pequeño puesto improvisado estuviera bien cubierto. A veces, en los días buenos, sacaba una mesa de madera al patio delantero y ponía sus creaciones: gorritos, bufandas, muñecos. Hoy, previendo la lluvia, había metido todo, pero había dejado la estructura de madera afuera con un plástico encima.
Limpió el vaho del cristal con la manga de su sudadera gris. La calle estaba desierta. Los baches del asfalto se habían convertido en lagunas oscuras que reflejaban los relámpagos. El único poste de luz de la cuadra parpadeaba, luchando por mantenerse encendido contra el vendaval.
“Nadie va a pasar mañana”, pensó con amargura. “Con este clima, ni las moscas salen. Nadie va a ver el letrero de ‘Se Venden Muñecos'”.
Estaba a punto de apartarse de la ventana y regresar a su tejido, resignada a su suerte, cuando vio algo. Un movimiento. Una mancha de color en medio de la grisura de la lluvia.
Ángela entrecerró los ojos, pegando la cara al vidrio frío.
—¿Qué es eso? —murmuró.
Al principio pensó que era un perro callejero buscando refugio. Pero la forma era demasiado grande, demasiado alta. Un relámpago iluminó la calle como si fuera de día por un segundo, y Ángela soltó un grito ahogado.
Eran personas.
Dos figuras caminaban —o más bien, luchaban— contra el viento a mitad de la calle inundada. Una era alta pero encorvada, una mujer mayor vestida con ropa que parecía demasiado fina pero que estaba empapada y pegada a su cuerpo. Llevaba un paraguas que el viento ya había destrozado, dejando solo el esqueleto de metal apuntando al cielo como una garra inútil.
La otra figura era diminuta. Un niño. Un niño pequeño con una chamarra amarilla que le quedaba grande. El niño jalaba a la mujer del brazo con todas sus fuerzas, intentando arrastrarla hacia la banqueta, hacia algún refugio, pero la mujer parecía de piedra, plantada en medio del diluvio, mirando hacia la nada.
El corazón de Ángela comenzó a latir desbocado. Esa calle, a esa hora, era peligrosa. No solo por la lluvia, sino por la gente. Aunque la tormenta mantenía a los malandros guardados, nunca se sabía. Pero el peligro inmediato era el frío. El agua estaba helada, y esa mujer y ese niño no durarían mucho más allá afuera.
Vio cómo el niño resbalaba en el lodo y caía de rodillas. Se levantó llorando, se notaba por cómo se le sacudía el pechito, aunque el ruido de la lluvia ahogaba sus gritos. Volvió a jalar a la mujer, desesperado.
El instinto materno de Ángela se encendió como una llamarada. No pensó en que estaba sola. No pensó en que abrir la puerta a extraños en esa colonia era una locura. No pensó en que apenas tenía comida para ella. Solo vio a un niño aterrorizado y a una anciana indefensa.
Corrió hacia la puerta principal. Quitó el cerrojo oxidado, giró la llave y abrió de golpe.
El viento la golpeó con la fuerza de un puñetazo, lanzándole una cortina de agua helada a la cara y empapando instantáneamente el frente de su ropa.
—¡Oigan! —gritó Ángela con todas sus fuerzas, compitiendo contra el rugido del trueno—. ¡Oigan! ¡Acá!
Nadie la escuchó. El viento se llevaba sus palabras. Ángela no lo dudó. Salió al pequeño porche, bajó los dos escalones de cemento y corrió bajo la lluvia hacia la reja de la entrada.
El agua le llegaba a los tobillos. Sus tenis de tela se empaparon en un segundo, el frío calándole hasta los huesos. Abrió la reja chillona y salió a la banqueta.
—¡Señora! ¡Niño! —gritó de nuevo, agitando los brazos—. ¡Vengan! ¡Rápido!
El niño giró la cabeza. Bajo la luz moribunda del poste, Ángela vio sus ojos. Eran dos pozos de pánico absoluto. El niño la miró como si estuviera viendo a un ángel o a un fantasma.
—¡Ayuda! —la voz del pequeño le llegó débil, rota por el llanto—. ¡Mi abuelita! ¡No se mueve!
Ángela corrió hacia ellos. Cuando llegó, pudo verlos de cerca. La mujer era anciana, de piel fina y arrugada, con el cabello plateado pegado al cráneo por el agua. Sus labios estaban azules. Lo más aterrador eran sus ojos: abiertos, claros, pero vacíos. No miraban a Ángela, no miraban al niño, no miraban la tormenta. Miraban a través de todo.
—Señora, tiene que venir conmigo —dijo Ángela, tomándola del brazo. La piel de la anciana estaba helada, dura como el mármol.
La mujer no reaccionó. Seguía murmurando algo, una letanía ininteligible.
—…las camelias… tengo que podar las camelias antes de que llegue Federico… el té se enfría…
Ángela sintió un escalofrío de terror. Demencia, pensó. Su abuela había muerto así, perdida en los laberintos de su propia mente.
—¡Abue, camina! —suplicaba el niño, jalándola de la mano—. ¡La señora nos va a ayudar!
Ángela vio que la fuerza bruta no serviría. Tenía que entrar en su mundo. Se paró frente a la anciana, bloqueando la lluvia con su propio cuerpo, y le habló con voz firme pero dulce, como le hablaba a Laya cuando tenía pesadillas.
—Señora, Federico ya llegó —mintió Ángela, improvisando—. Me mandó por usted. El té está servido adentro. No podemos hacerlo esperar.
Los ojos de la anciana parpadearon. Por un segundo, la niebla pareció disiparse. Enfocó a Ángela.
—¿El té? —preguntó con una voz frágil pero educada—. Oh, qué descortesía la mía. No me he arreglado el cabello.
—No se preocupe, él entiende. Venga, vamos a secarnos.
La anciana asintió y dio un paso. Ángela suspiró de alivio, pasó un brazo por los hombros de la mujer para sostenerla y con la otra mano agarró la manita helada del niño.
—¡Corre, mi amor, corre! —le dijo al pequeño.
Los tres avanzaron como una extraña bestia de seis piernas, luchando contra el viento que intentaba empujarlos de vuelta a la oscuridad. Cruzaron la reja, subieron los escalones y se desplomaron dentro de la sala de Ángela.
Ángela cerró la puerta de una patada y pasó el cerrojo. El silencio repentino, solo roto por sus respiraciones agitadas y el goteo del agua de sus ropas al suelo, fue ensordecedor.
Estaban a salvo. Por ahora. Pero al mirar a la anciana temblando violentamente y al niño con los labios morados, Ángela supo que la verdadera tormenta apenas comenzaba dentro de su casa.
CAPÍTULO 2: Un Refugio Inesperado
El interior de la casa de Ángela no era lujoso, pero tenía el calor inconfundible de un hogar vivido y amado. Las paredes estaban pintadas de un color crema que intentaba dar luminosidad, aunque en las esquinas superiores se notaban las manchas de humedad que el casero se negaba a arreglar. El piso era de cemento pulido, frío, pero Ángela había colocado varios tapetes tejidos con retazos de tela de colores vibrantes para darle vida.
El aire se llenó instantáneamente con el olor a ozono, a lana mojada y a ese aroma metálico y agrio que desprende el miedo.
La anciana, a quien el niño había llamado “Abue”, se quedó parada en medio de la sala, goteando sobre uno de los tapetes favoritos de Ángela. Miraba a su alrededor con una curiosidad infantil, como si nunca hubiera visto una casa pequeña. Sus ojos recorrían los muebles desgastados: el sofá hundido en el centro, la mesita de centro que Ángela había rescatado de la basura y lijado ella misma, y las repisas llenas de estambre de todos los colores imaginables.
—Siéntense, por favor, siéntense —urgió Ángela, sacudiéndose el agua de su propio cabello—. ¡Dios mío, están empapados!
El niño, temblando como una hoja, no se soltaba de la pierna de su abuela. Miraba a Ángela con desconfianza ahora que el pánico inmediato había pasado. Era un niño bonito, de piel morena clara y rizos negros que ahora se le pegaban a la frente. Su ropa, aunque sucia de lodo y empapada, se veía de buena calidad. Tenis de marca, una chamarra gruesa. No eran de este barrio, eso era seguro.
—Me llamo Ángela —dijo ella, agachándose para estar a la altura del niño, ignorando el charco que se formaba bajo sus rodillas—. ¿Cómo te llamas tú, corazón?
El niño sorbió los mocos y la miró a los ojos.
—Elías —susurró—. Y ella es mi abuela Cata. Catalina.
—Mucho gusto, Elías. Eres muy valiente —le dijo Ángela, y lo decía en serio. Mantenerse al lado de alguien en medio de esa tormenta requería un coraje de adulto—. Ahora, necesito que me ayudes. Tu abuela tiene mucho frío. Vamos a quitarle esa ropa mojada antes de que pesque una pulmonía.
Ángela se movió como un torbellino. Fue al baño y regresó con las dos toallas más grandes y esponjosas que tenía, las que guardaba para “las visitas” que nunca llegaban. También trajo una de sus propias sudaderas viejas y un par de pantalones de chándal que le quedaban grandes. Para el niño, buscó en el cajón de Jaden una pijama de franela con dibujos de dinosaurios que a su hijo ya no le quedaba.
—Mira, Elías, ponte esto. Puedes cambiarte aquí mismo, yo no veo —le dijo, dándole la espalda para darle privacidad y enfocarse en la señora Cata.
La anciana estaba temblando tan fuerte que sus dientes chocaban haciendo un sonido rítmico, clac-clac-clac.
—Doña Cata —dijo Ángela con suavidad, quitándole con cuidado el abrigo empapado que pesaba una tonelada—. Vamos a ponerle algo seco.
La mujer se dejó manipular como una muñeca de trapo.
—¿Dónde está Miguel? —preguntó de repente, con voz angustiada—. Dijo que vendría por mí a la escuela. Soy la última en salir. Las monjas se van a enojar.
Ángela sintió un nudo en la garganta. La mente de la mujer viajaba en el tiempo, saltando de ser una anciana a una niña en un internado.
—Miguel ya viene, doña Cata. Pero primero hay que ponerse el uniforme seco —le siguió la corriente Ángela. Era la única forma de no alterarla.
Con paciencia infinita, Ángela ayudó a la desconocida a quitarse el vestido mojado y ponerse el chándal seco. Le frotó los brazos y las piernas con la toalla vigorosamente para reactivar la circulación. La piel de la anciana estaba pálida, traslúcida, con venas azules marcadas como ríos en un mapa antiguo.
Una vez que ambos estuvieron secos y envueltos en cobijas sobre el sofá, Ángela corrió a la cocina.
—Tengo hambre —dijo Elías en voz baja desde el sofá.
Esas palabras golpearon a Ángela. Hambre. Ella también tenía. Y sus hijos despertarían con hambre. Abrió la alacena. Un paquete de fideos, medio cubo de caldo de pollo, y unas cuantas galletas saladas rancias.
“Donde comen dos, comen cuatro”, pensó, invocando el dicho de su madre. “Dios proveerá”.
Puso agua a hervir. Echó el medio cubo de caldo y añadió un poco de sal y ajo en polvo para darle sabor. Cuando hirvió, echó los fideos. Mientras la sopa se cocinaba, llenando la casita con un olor reconfortante y salado, Ángela preparó tres tazas de té de canela. No tenía leche para ofrecerles, pero el té caliente ayudaría a subir la temperatura corporal.
Regresó a la sala con una charola improvisada.
—A ver, pancitas llenas, corazón contento —anunció, poniendo los tazones humeantes sobre la mesita.
Elías atacó la sopa como si no hubiera comido en días. Quemándose la lengua, soplaba y sorbía con desesperación. Ángela tuvo que detenerlo suavemente.
—Despacio, mi amor, te vas a doler la panza. Nadie te la va a quitar.
Doña Cata, sin embargo, sostenía la cuchara en el aire, mirando el líquido amarillo con desconfianza.
—¿Es esto el banquete? —preguntó, alzando una ceja con un gesto de altivez que debía ser un remanente de su vida pasada—. Falta la platería.
Ángela sonrió con tristeza.
—Hoy es un picnic, doña Cata. Un picnic nocturno. Es más divertido así.
La anciana pareció considerar esto, luego sonrió, una sonrisa que iluminó su rostro arrugado y le devolvió por un momento la belleza que debió tener en su juventud.
—Oh, me encantan los picnics. Papá siempre nos llevaba al campo los domingos.
Y empezó a comer, con modales impecables, a pesar de estar sentada en un sofá viejo y vestida con ropa prestada.
Mientras comían, Ángela observaba a Elías. El color estaba regresando a sus mejillas.
—Elías, ¿sabes el número de teléfono de tus papás? —preguntó con cautela.
El niño negó con la cabeza, con la boca llena de fideos. Tragó y dijo:
—Mi mamá se fue al cielo cuando yo era bebé. Y mi papá… mi papá viaja mucho. Tiene el teléfono en su oficina, pero no me lo sé. Siempre lo tiene mi abuela en su bolsa.
Ángela miró alrededor.
—¿Y la bolsa de tu abuela?
Elías bajó la mirada.
—Se le cayó en el río. Bueno, en la calle que parecía río. Se la llevó el agua.
Ángela cerró los ojos un momento. Sin teléfono, sin identificaciones. Estaban incomunicados hasta que amaneciera y pudiera pedir ayuda a algún vecino o ir a la policía. Pero con esta tormenta, la policía ni siquiera entraría a la colonia.
De repente, un sonido gutural sobresaltó a todos. Doña Cata soltó la cuchara, que cayó con estrépito al suelo. Se llevó las manos a la garganta y comenzó a toser. Una tos seca, profunda, que parecía desgarrarle el pecho.
Su rostro pasó de pálido a rojo intenso en segundos.
—¡Abue! —gritó Elías, soltando su tazón.
Ángela saltó hacia ella. Tocó su frente y retiró la mano como si se hubiera quemado.
—Está ardiendo —susurró Ángela con horror. La fiebre había subido de golpe, violenta y rápida.
La anciana comenzó a temblar, ya no de frío, sino de convulsiones febriles. Sus ojos se pusieron en blanco y empezó a balbucear con pánico.
—¡No! ¡No dejen que se lo lleven! ¡El niño no! ¡Fuego, hay fuego en la casa!
—¡Abue, soy yo, soy Elías! —lloraba el niño, tratando de abrazarla, pero ella lo empujaba, perdida en su alucinación.
—¡Aléjate! —gritó Doña Cata con una fuerza sorprendente—. ¡Demonio!
Ángela agarró a Elías y lo apartó suavemente.
—Escúchame, Elías. Tu abuela está enferma. Su cabeza le está jugando trucos por la fiebre. No eres tú, ¿ok? Ella te ama, pero ahorita no sabe quién eres. Necesito que seas fuerte.
El niño asintió, con lágrimas corriendo por sus mejillas, y se acurrucó en un rincón del sofá, abrazando sus rodillas.
Ángela corrió al baño y buscó en su botiquín de emergencias. Estaba casi vacío. Una botella de alcohol, unas gasas y… gracias a Dios, un frasco de paracetamol infantil jarabe, a medio terminar. No era lo ideal para un adulto, pero era mejor que nada.
Regresó a la sala. Mojó unos trapos con agua fría y un chorrito de vinagre.
—Doña Cata, tiene que tomarse esto —le dijo, intentando darle una cucharada del jarabe pegajoso.
La anciana apretaba la boca, moviendo la cabeza de lado a lado.
—Veneno… me quieren envenenar…
—No es veneno, es medicina. Es dulce, pruébela. Por favor, doña Cata, por Elías.
Al mencionar el nombre, la mujer se detuvo un segundo. Ángela aprovechó y deslizó la cuchara en su boca. Doña Cata tragó con dificultad y tosió de nuevo.
Ángela pasó las siguientes horas luchando. Le ponía los paños fríos en la frente, en el cuello, en las muñecas. Le hablaba suavemente, contándole historias inventadas sobre jardines y días soleados para calmar sus delirios.
Elías, agotado por el trauma y el calor de la sopa, finalmente se quedó dormido, hecho un ovillo a los pies de su abuela, con la mano agarrada a la basta del pantalón de ella, como asegurándose de que no se fuera.
Cerca de las 5 de la mañana, la fiebre pareció ceder un poco. La respiración de Doña Cata se volvió menos rasposa, más rítmica. Ángela, sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra el sillón, sentía que el cuerpo le pesaba toneladas. Sus párpados se cerraban solos.
Miró a sus extraños huéspedes. Una anciana perdida en su mente y un niño sin madre. Y ella, una mujer sin trabajo, sin dinero, a punto de perderlo todo.
“Qué equipo tan raro hacemos”, pensó con una sonrisa amarga. “Los rotos, los perdidos y los olvidados”.
Afuera, la lluvia finalmente cesó. El silencio que siguió fue profundo. Ángela se levantó con cuidado para no despertar a nadie y se asomó por la ventana. El cielo empezaba a clarear con un tono gris lechoso. El amanecer llegaba.
Ángela no sabía qué traería el nuevo día. No sabía cómo alimentaría a cinco personas con tres huevos. No sabía cómo encontraría a la familia de esta mujer.
Lo que menos imaginaba era que, a esa misma hora, en una mansión al otro lado de la ciudad, un hombre poderoso estaba destrozando su oficina, gritando a jefes de policía y detectives privados, subiéndose a una camioneta negra blindada con el alma en un hilo, dispuesto a quemar la ciudad entera para encontrar a su madre y a su hijo.
El destino ya había trazado la ruta. La camioneta negra se acercaba. Y la vida de Ángela estaba a punto de colisionar con un mundo que desconocía por completo.
Ángela regresó al sofá, se acomodó la cobija sobre los hombros y cerró los ojos, rezando una última plegaria antes de que el sol saliera.
—Solo ayúdanos a sobrevivir hoy, Señor. Solo hoy.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: La Claridad del Alba
El silencio que sigue a una tormenta tiene un peso específico. Es una quietud densa, casi sagrada, como si el mundo estuviera conteniendo la respiración para asegurarse de que el cielo no se va a romper de nuevo.
Eran las 6:15 de la mañana cuando Ángela abrió los ojos. No recordaba haberse dormido. Su cuerpo estaba entumecido, doblado en una posición imposible sobre el viejo sillón individual que había arrastrado cerca del sofá para montar guardia. El cuello le crujió al intentar enderezarse y un dolor agudo le recorrió la espalda baja.
La luz que entraba por la ventana ya no era gris, sino de un ámbar pálido y limpio. Los primeros rayos del sol se colaban por las rendijas de las cortinas de tela barata, iluminando las partículas de polvo que bailaban en el aire frío de la sala. Afuera, se escuchaba el goteo rítmico del agua cayendo de las láminas del techo y, a lo lejos, el sonido inconfundible del “fierro viejo” comenzando su ronda matutina, una melodía urbana que confirmaba que la ciudad seguía viva.
Ángela se frotó la cara con las manos, sintiendo la piel grasosa y los ojos hinchados. Lo primero que hizo fue mirar hacia el sofá.
La escena le estrujó el corazón. Doña Cata y Elías dormían profundamente. La anciana estaba recostada boca arriba, con la boca ligeramente abierta, respirando con un ritmo suave y constante que nada tenía que ver con los jadeos agonizantes de la noche anterior. La fiebre se había ido. Se veía frágil, pequeña bajo la montaña de cobijas, con su cabello plateado esparcido como un halo desordenado sobre el cojín.
Elías estaba hecho un ovillo contra el costado de su abuela. Tenía una mano aferrada a la tela de la sudadera que Ángela le había prestado a la señora, y la otra abrazaba un pequeño perro de estambre que Ángela le había dado en algún momento de la madrugada para calmarlo.
—Gracias, Dios mío —susurró Ángela, exhalando el aire que no sabía que estaba reteniendo. Habían sobrevivido la noche.
Se levantó con cuidado, sus rodillas tronando como ramas secas, y caminó de puntitas hacia la cocina. Necesitaba café. Su cuerpo le pedía cafeína a gritos para funcionar. Puso agua en un pocillo de peltre abollado y encendió la estufa. Mientras esperaba, se asomó al cuarto de sus hijos.
Jaden y Laya ya estaban despiertos, sentados en la cama, susurrando entre ellos.
—¿Mami? —preguntó Laya, con la voz pastosa del sueño—. ¿Quiénes son los que están en la sala?
Ángela entró y les puso un dedo en los labios, sonriendo.
—Shhh, hablen bajito. Son unos amigos que se perdieron en la lluvia. La abuelita estaba enfermita y necesitaban un lugar para dormir.
—¿Como los perritos que recoges? —preguntó Jaden, con esa lógica inocente de los seis años.
—Ándale, algo así, mijo. Pero ellos tienen familia que los está buscando. Ahorita vamos a desayunar, pero necesito que sean muy silenciosos, ¿sí? Como ninjas.
Los niños asintieron solemnemente. Ángela les dio un beso en la frente y volvió a la cocina. El agua hervía. Echó dos cucharadas de café soluble —del económico— y un poco de azúcar. El aroma amargo llenó la pequeña cocina, dándole una sensación de normalidad.
Con la taza humeante entre las manos, regresó a la sala. Se detuvo en seco en el umbral.
Doña Cata estaba despierta.
Ya no estaba acostada. Estaba sentada en el borde del sofá, con la espalda recta, una postura que denotaba una educación rígida de antaño. Se había acomodado el cabello detrás de las orejas y alisado las arrugas de la ropa prestada con las manos.
Pero lo que detuvo a Ángela no fue su postura, sino sus ojos.
La noche anterior, esos ojos habían sido dos pozos de niebla, vacíos, perdidos en alucinaciones de trenes y fiestas pasadas. Ahora, eran de un color miel claro, agudos, presentes. Estaban enfocados. Doña Cata miraba sus propias manos con una mezcla de asombro y horror, como si acabara de despertar de una pesadilla y estuviera comprobando que seguía viva.
Luego, alzó la vista y sus ojos se encontraron con los de Ángela. No había miedo. No había confusión. Había una inteligencia profunda y una tristeza infinita.
—Buenos días —dijo Doña Cata. Su voz era ronca, pero firme. Tenía una dicción perfecta, de clase alta—. Creo que te debo una disculpa… y probablemente mi vida.
Ángela parpadeó, sorprendida por el cambio radical. Se acercó despacio, como si se acercara a un animal asustado que podría morder en cualquier momento.
—¿Se siente mejor, señora? ¿Recuerda… recuerda cómo llegó aquí?
Cata soltó un suspiro largo y tembloroso. Bajó la mirada hacia Elías, que seguía dormido a su lado. Al ver al niño, sus ojos se llenaron de lágrimas instantáneas. Extendió una mano temblorosa y acarició los rizos negros del pequeño con una delicadeza desgarradora.
—Recuerdo la lluvia —dijo Cata suavemente—. Recuerdo el frío. Recuerdo… recuerdo que no sabía quién era él. —Su voz se quebró en la última frase—. Dios mío, no sabía quién era mi propio nieto.
Ángela dejó la taza en la mesita y se sentó en el sillón frente a ella.
—Tuvo una fiebre muy alta. Deliraba. Decía nombres… Miguel, Federico.
Cata asintió, secándose una lágrima con el dorso de la mano.
—Miguel era mi esposo. Murió hace diez años. Federico… Federico era mi hermano, murió cuando éramos niños. —Miró a Ángela con intensidad—. Tengo Alzheimer, querida. De inicio temprano. Me lo diagnosticaron la primavera pasada.
La confesión cayó en la sala como una piedra pesada. Ángela sintió un hueco en el estómago.
—Lo siento mucho…
—Yo también —dijo Cata con una sonrisa triste y cínica—. Me engañé a mí misma. Me dije que todavía tenía tiempo, que podía controlarlo. Mi hijo, Santiago… él no sabe qué tan mal estoy. Es un hombre ocupado, siempre viajando, cerrando tratos, moviendo el mundo. No quería ser una carga. No quería que me mirara con lástima. Así que fingí. Fingí que los olvidos eran distracciones. Fingí que todo estaba bien.
Cata apretó los puños sobre su regazo.
—Ayer… ayer solo quería llevar a Elías al parque. Un día normal. Comprarle un helado. Pero de repente, fue como si alguien apagara la luz en mi cerebro. El parque se volvió un lugar extraño. Las caras de la gente se borraron. Y Elías… mi pequeño Elías… se convirtió en un extraño que me seguía. Sentí tanto miedo. Caminé y caminé tratando de encontrar mi casa, pero cada paso me alejaba más.
Elías se movió en ese momento. Se estiró, bostezó y abrió los ojos. Al ver a su abuela sentada y mirándolo con amor, el niño se congeló un segundo.
—¿Abue? —preguntó con cautela.
Cata soltó un sollozo ahogado y abrió los brazos.
—Aquí estoy, mi cielo. Aquí está la abuela. Perdóname, mi amor, perdóname.
Elías se lanzó a sus brazos, enterrando la cara en el pecho de la anciana.
—¡Ya volviste! —lloraba el niño—. ¡La señora dijo que ibas a volver!
Ángela se mordió el labio para no llorar. Se levantó y fue a la ventana para darles privacidad, mirando hacia la calle lodosa donde la vida comenzaba a despertar. Vecinas barriendo el agua de sus banquetas, un perro ladrando, el sol ganando fuerza.
—Señora… —dijo Ángela después de un momento, girándose—. Necesitamos avisarle a su hijo. Debe estar desesperado.
Cata asintió, sin soltar a Elías.
—¿Tienes un teléfono? El mío… creo que lo perdí en la tormenta. Ni siquiera recuerdo haberlo tenido.
Ángela sacó su celular del bolsillo de su sudadera. Era un modelo viejo, con la pantalla estrellada en una esquina como una telaraña de cristal, pero servía.
—Aquí tiene. ¿Se sabe el número?
Cata cerró los ojos, concentrándose.
—Sí. Los números todavía no se me van. Es el de su oficina privada. Siempre contesta.
Marcó con dedos temblorosos. Ángela vio cómo el miedo volvía a la cara de la anciana. El miedo al regaño, a la realidad, a la confrontación. Puso el altavoz porque sus manos temblaban demasiado para sostener el aparato en la oreja.
El tono de llamada sonó una vez. Dos veces.
Al tercer timbrazo, alguien contestó. No fue un “bueno” normal. Fue un grito, una voz masculina cargada de angustia, furia y desesperación.
—¡¿Quién habla?! ¡Si esto es una broma, juro que los mato! ¡¿Dónde están?!
Cata tragó saliva.
—Santiago… soy yo.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio absoluto, aterrador. Luego, un sonido que Ángela nunca olvidaría: el sonido de un hombre adulto rompiéndose. Un sollozo seco, violento.
—¿Mamá? —la voz de Santiago ahora era un hilo—. ¿Mamá, estás viva? ¿Elías está contigo?
—Estamos bien, hijo. Estamos a salvo. Perdóname, Santiago, por favor perdóname. Me perdí.
—No me importa, no me importa nada, solo dime dónde estás. He movido a toda la policía de la ciudad, he llamado a todos los hospitales. Mamá, pensé que… pensé que los había perdido. Dime dónde estás, voy por ti ahora mismo.
Cata miró a Ángela, interrogante. Ángela se acercó y habló fuerte y claro hacia el teléfono.
—Señor, están en la Colonia Las Flores. Calle Gardenias número 412, casa azul con reja oxidada. Es… es una zona un poco difícil, al sur.
—No me importa si es el infierno —rugió Santiago, su tono de hombre de negocios regresando de golpe—. Voy para allá. No se muevan. No le abran a nadie que no sea yo. Llego en veinte minutos.
Colgó.
Ángela miró el teléfono mudo en su mano. Veinte minutos.
Miró su sala. Los juguetes tirados, la humedad en las paredes, sus propios hijos asomándose curiosos desde el pasillo con sus pijamas desgastadas.
Por primera vez sintió vergüenza de su pobreza. Iba a venir un hombre rico, un hombre importante, a ver dónde habían pasado la noche su madre y su hijo.
—Voy a… voy a recoger un poco —dijo Ángela, sintiéndose tonta.
Cata le tomó la mano. Su agarre era sorprendentemente fuerte.
—Deja eso, niña. No limpies nada. Esta casa… esta casa es un palacio. Porque aquí fue donde nos salvaste la vida. Si mi hijo no puede ver eso, es que es más ciego de lo que pensaba.
CAPÍTULO 4: El Encuentro de Dos Mundos
Los siguientes treinta minutos fueron de una tensión eléctrica. Ángela intentó que los niños desayunaran algo, pero el nudo en su estómago no la dejaba ni pensar. Les dio un poco de leche con pan a Jaden y Laya, y le ofreció más pan a Elías, quien ahora, más tranquilo, jugaba con Jaden en el suelo. Era increíble la resiliencia de los niños; dos minutos juntos y ya eran mejores amigos, unidos por el lenguaje universal de los dinosaurios de plástico.
Ángela se peinó un poco frente al espejo roto del baño y se cambió la sudadera manchada de café por una camiseta limpia, aunque descolorida. Quería verse digna. Pobre, sí, pero digna.
A las 7:10 de la mañana, el sonido cambió la atmósfera de la calle.
No era el motor ruidoso de los camiones de ruta que pasaban a dos cuadras. Era un rugido profundo, potente, el sonido de un motor de ocho cilindros diseñado para devorar el asfalto.
Ángela corrió a la ventana.
—Ahí viene —dijo.
Una camioneta negra, inmensa, una Suburban blindada del año, con los vidrios tan oscuros que parecían espejos negros, dio la vuelta en la esquina. Se veía obscenamente grande en la calle estrecha y llena de baches de la colonia. Salpicaba lodo hacia las banquetas mientras avanzaba rápido, esquivando un perro callejero.
Detrás de la Suburban venía otro auto, un sedán gris, escolta.
—Válgame Dios —susurró Ángela—. Trae a medio ejército.
Los vecinos empezaron a salir. Doña Chona, la de la tienda de enfrente, se asomó con la escoba en la mano. El mecánico de la esquina dejó de arreglar el vocho para mirar. En ese barrio, vehículos así solo significaban dos cosas: narcos o políticos. Y ninguna de las dos traía buenas noticias.
La camioneta frenó en seco frente a la reja de Ángela. El motor ni siquiera se apagó antes de que la puerta del conductor se abriera de golpe.
Bajó un hombre. Era alto, imponía presencia. Llevaba un traje gris oscuro de corte italiano que seguramente costaba más de lo que Ángela ganaría en cinco años, pero se veía deshecho. La camisa blanca estaba medio desabotonada, sin corbata, arrugada y manchada de sudor. Tenía barba de un día y ojeras profundas que le daban el aspecto de un fantasma atormentado.
Santiago Winslow no esperó a sus escoltas. Corrió hacia la reja como un loco, sus zapatos de cuero fino chapoteando en el lodo sin importarle en lo absoluto.
—¡Mamá! —gritó hacia la casa.
Ángela ya estaba abriendo la puerta principal.
—¡Aquí están! —respondió ella.
Santiago empujó la reja sin cerrarla y subió los escalones de dos en dos. Cuando entró a la sala, se detuvo tan bruscamente que casi resbala en el piso de cemento.
Sus ojos, enrojecidos y salvajes, barrieron la habitación en un segundo. Vieron las paredes despintadas, el techo de lámina, los muebles viejos… y luego, en el centro de todo, a su madre sentada en el sofá con una taza de peltre en la mano, y a su hijo jugando en el suelo.
—¡Papá! —gritó Elías, soltando el dinosaurio y corriendo hacia él.
Santiago cayó de rodillas. No le importó el piso frío ni el polvo. Atrapó a su hijo en el aire y lo abrazó con una fuerza desesperada, enterrando la cara en el cuello del niño.
—Elías… mi niño, mi niño… —sollozaba. Era un llanto ronco, masculino, lleno de dolor liberado.
Doña Cata se levantó despacio y se acercó a ellos. Puso una mano en el hombro de su hijo.
—Santiago…
El hombre levantó la vista, soltó a Elías un poco y abrazó las piernas de su madre, aferrándose a ella como si fuera un niño pequeño.
—¿Por qué? —preguntó con la voz rota, mirando a su madre—. ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué no me dijiste? Pensé que te habían secuestrado. Pensé lo peor, mamá.
—Lo siento, hijo. Estoy enferma. Mi cabeza… ya no funciona como antes. Me perdí.
Santiago se puso de pie, secándose las lágrimas con la manga de su camisa cara, tratando de recuperar la compostura. Respiró hondo, temblando. Miró a su madre de arriba abajo, notando la ropa que traía puesta: un pantalón de chándal gris desgastado y una sudadera que decía “Acapulco” en letras deslavadas.
—¿Estás herida? ¿Te hicieron algo?
—Tuvimos suerte, Santiago. Tuvimos un ángel.
Cata se giró y señaló a Ángela, que estaba parada junto a la puerta de la cocina, tratando de hacerse invisible, con los brazos cruzados sobre el pecho en un gesto de autoprotección.
Santiago se giró lentamente. Por primera vez, miró realmente a Ángela.
Vio a una mujer joven, de no más de treinta años, con el cabello castaño recogido en una coleta desordenada. Vio el cansancio en sus ojos, la ropa humilde, las manos curtidas por el trabajo. Pero también vio cómo se mantenía erguida, con la barbilla en alto, sin bajar la mirada ante él.
Él dio un paso hacia ella. Su mirada de hombre de negocios, analítica y fría, escaneó el entorno. Ángela pudo ver los engranajes de su mente trabajando. Él estaba viendo la pobreza extrema. Estaba viendo el calentador eléctrico peligroso, las ventanas con corrientes de aire, la falta de lujos.
Por un segundo, Ángela temió que la juzgara. Que pensara que ella había querido aprovecharse, o que los había tenido en malas condiciones.
—¿Usted… usted los encontró? —preguntó Santiago. Su voz era grave, todavía temblorosa.
—Llegaron a mi puerta en la tormenta —dijo Ángela, manteniendo la voz firme—. El niño estaba muy asustado. Su madre… su madre no sabía dónde estaba. Tenía mucha fiebre. No podía dejarlos afuera.
Santiago miró hacia el sofá, donde las cobijas y almohadas formaban un nido improvisado. Vio los platos vacíos de sopa en la mesa. Vio el cuidado. Entendió que esa mujer les había dado su propia comida, su propia cama.
La arrogancia que le daba su dinero se desmoronó. La barrera de clase social se disolvió en ese instante.
Se acercó a Ángela. Ella retrocedió un paso, intimidada por su altura y su intensidad. Pero él no quería intimidarla. Extendió ambas manos y tomó la mano derecha de Ángela entre las suyas. Sus manos de ejecutivo, suaves y cuidadas, envolvieron la mano áspera de la obrera.
—No sé quién es usted —dijo Santiago, mirándola a los ojos con una intensidad que le quemó la piel—. Pero usted le salvó la vida a mi familia.
Ángela sintió que las mejillas le ardían.
—Hice lo que cualquiera hubiera hecho.
—No —la cortó Santiago—. No cualquiera. En esta ciudad, nadie abre la puerta. Nadie se mete en problemas por extraños. Usted lo hizo.
Miró alrededor de la sala de nuevo, pero esta vez ya no con juicio, sino con una comprensión dolorosa. Vio los estambres, los muñecos a medio terminar en la mesa.
—Usted… ¿usted vive aquí sola con sus hijos? —preguntó, notando a Jaden y Laya que espiaban desde el pasillo.
—Soy madre soltera —respondió Ángela con orgullo—. Y sí, aquí vivimos. Es poco, pero es nuestro.
Santiago asintió lentamente.
—Mamá —dijo, sin soltar la mano de Ángela—, vámonos. Necesitas ver a un médico de verdad. Elías también.
Luego miró a Ángela.
—Esto no se va a quedar así. No crea que voy a darle las gracias y me voy a ir. Usted no tiene idea de lo que acaba de hacer por mí.
Sacó de su bolsillo una tarjeta de presentación negra con letras doradas y se la puso en la mano.
—Me llamo Santiago Winslow. Soy dueño de Winslow Distribuciones. Por favor, si necesita algo…
—No necesito nada, señor —dijo Ángela, devolviéndole la tarjeta—. No lo hice por dinero.
Santiago la miró, atónito. En su mundo, todo se hacía por dinero.
—Lo sé —dijo él, y una sombra de sonrisa apareció en su rostro cansado—. Por eso mismo voy a volver.
Cata se acercó a Ángela antes de salir. La abrazó fuerte.
—Gracias, mi niña. Gracias por el té, por las historias y por no tenerme miedo. —Le susurró al oído—: Tienes un don. No dejes que este mundo feo te lo quite. Esas manos tuyas hacen magia con el hilo, pero tu corazón hace magia con las personas.
Ángela sintió las lágrimas picarle en los ojos.
—Cuídese mucho, doña Cata.
Vio cómo salían. Los escoltas ayudaron a la anciana a subir a la camioneta. Elías se despidió con la mano desde la ventana trasera. Santiago se detuvo un último segundo en la reja, miró la fachada despintada de la casa, como si quisiera memorizar cada grieta, y luego subió al vehículo.
La caravana de autos de lujo arrancó, levantando lodo y desapareciendo al final de la calle.
La casa quedó en silencio otra vez. Ángela cerró la puerta y se recargó en ella, deslizándose hasta el suelo. Estaba agotada.
Jaden se acercó y le tocó la rodilla.
—Mami, ¿ya se fueron?
—Ya, mi amor. Ya se fueron a su casa.
—¿Y nos van a pagar? —preguntó inocentemente—. Porque se comieron todo el pan.
Ángela soltó una risa que sonó más a llanto. Acarició la cabeza de su hijo.
—No, mi amor. No nos van a pagar. Pero hicimos lo correcto. Y eso vale más.
Se levantó y miró la mesa. Ahí estaba el recibo de la luz. 850 pesos. Y en la mesa, olvidado junto a su tejido, Santiago había dejado algo. No era dinero. Era un reloj. Un reloj pesado, de plata, que se había quitado en algún momento, quizás cuando lavaba sus manos o abrazaba a su hijo, y lo había olvidado en la mesita.
Ángela lo tomó. Pesaba. Se veía carísimo.
—Ay, Dios mío —susurró—. Van a pensar que se lo robé.
Corrió a la puerta, pero la calle ya estaba vacía.
Tenía el reloj de un millonario en su mano, una deuda impagable sobre la mesa, y la sensación extraña en el pecho de que, aunque la tormenta había pasado, el viento de cambio apenas empezaba a soplar.
PARTE 3
CAPÍTULO 5: El Peso de la Honestidad
El reloj pesaba en la mano de Ángela como si estuviera hecho de plomo hirviendo. Era una pieza de ingeniería exquisita, un Rolex de plata con la carátula azul marino que brillaba con una arrogancia muda bajo la luz del foco desnudo de su cocina.
Ángela se dejó caer en la silla, sintiendo que las piernas le fallaban de nuevo. En la mesa, el recibo de la luz de $850 pesos seguía ahí, burlándose de ella. Miró el reloj. Miró el recibo. Miró el reloj otra vez.
Una voz oscura y desesperada susurró en la parte trasera de su mente: “Empeñalo. Con lo que te den por esto, pagas la luz, la renta de todo el año, compras comida, le compras zapatos nuevos a los niños. Él es rico. Ni siquiera lo va a notar. Probablemente tiene diez más en su casa”.
Era la voz de la supervivencia. La voz que nacía del miedo a ver a sus hijos con hambre. Ángela cerró los puños, apretando el reloj hasta que el metal se le clavó en la palma. Sería tan fácil… Nadie lo sabría. Podría decir que se perdió en el sofá, que se cayó en la calle, que nunca lo vio.
—No —dijo en voz alta, rompiendo el silencio de la cocina. Su voz sonó firme, espantando a los fantasmas de la tentación.
Se levantó y buscó una cajita de cartón donde guardaba botones. Envolvió el reloj en un pañuelo limpio y lo metió en la caja. Lo puso sobre la repisa más alta, lejos de su vista y lejos de su necesidad.
—Somos pobres, pero no somos rateros —murmuró, repitiendo la frase que su padre le había taladrado en la cabeza desde niña.
El resto del día pasó como una neblina espesa. La adrenalina de la noche anterior se había evaporado, dejando paso a una realidad cruda. Los niños preguntaban por Elías y la “abuelita”. Laya lloró un rato porque quería jugar con el perro de estambre que Elías se había llevado, hasta que Ángela le prometió tejerle uno nuevo.
A la hora de la comida, la realidad golpeó fuerte. Solo quedaban dos huevos y tres tortillas duras. Ángela hizo unas migas con huevo para los niños y ella se tomó un vaso de agua grande para engañar al estómago.
—Mami, ¿tú no vas a comer? —preguntó Jaden, con el tenedor en la mano.
—No, mi amor, me duele un poquito la panza. Coman ustedes para que crezcan fuertes.
La mentira le supo a ceniza en la boca.
A eso de las cuatro de la tarde, el cielo volvió a nublarse, amenazando con otra tormenta. Ángela se sentó junto a la ventana con su tejido. Tenía que terminar el pedido del elefante. Si no lo terminaba hoy, no cobraba.
Sus dedos se movían, pero su mente estaba en otra parte. Pensaba en Santiago Winslow. En su mirada desesperada, en la forma en que había abrazado a su madre. Había visto humanidad en él, sí, pero también había visto esa distancia insalvable que separa a los que tienen todo de los que no tienen nada.
De repente, el sonido de un motor interrumpió sus pensamientos. Ángela se tensó. ¿Otra vez?
Se asomó por la cortina.
No era la caravana de camionetas blindadas de la mañana. Era un solo auto, un sedán negro, elegante pero discreto. Se estacionó frente a su reja.
Ángela sintió que el corazón se le subía a la garganta. Corrió a bajar la cajita de la repisa. “Viene por el reloj”, pensó. “Seguro se dio cuenta y viene a reclamarme”.
Salió al porche justo cuando Santiago Winslow bajaba del auto. Esta vez venía solo. Sin chofer, sin escoltas. Se había bañado y rasurado. Llevaba unos jeans oscuros y una camisa azul claro arremangada hasta los codos. Se veía más joven, menos como un tiburón de los negocios y más como un hombre normal.
Pero su rostro estaba serio. Caminó hacia la reja y Ángela se apresuró a abrirle.
—Señor Winslow —dijo ella, con el corazón latiendo a mil por hora—. Qué bueno que regresó. Estaba a punto de ver cómo localizarlo.
Santiago la miró, confundido por un segundo, y luego sus ojos se suavizaron.
—Ángela, por favor, dime Santiago. Vine porque… bueno, salimos tan rápido en la mañana que no pude agradecerte propiamente. Mi madre… ella no deja de hablar de ti. Dice que eres un ángel guardián.
Ángela negó con la cabeza, sintiéndose incómoda con los halagos. Sacó la cajita de cartón de su bolsillo y se la extendió con manos temblorosas.
—No tiene nada que agradecer. Pero creo que esto es suyo. Se le quedó en la mesa.
Santiago tomó la cajita y la abrió. Al ver el reloj, sus cejas se alzaron con sorpresa genuina.
—Mi reloj… —Soltó una risa breve e incrédula—. Ni siquiera me había dado cuenta de que no lo traía. Con todo el caos de encontrar a mamá… —Levantó la vista y miró a Ángela fijamente—. Podrías haberte quedado con él. Vale mucho dinero. Nadie se hubiera enterado.
Ángela alzó la barbilla, con ese orgullo feroz que tienen las mujeres del norte.
—Le dije que no lo hice por dinero, señor. En esta casa la honestidad no tiene precio.
Santiago cerró la caja y la guardó en su bolsillo, pero no dejó de mirarla. Había algo nuevo en su expresión. Respeto. Curiosidad. Y algo más: cálculo. Su mente de empresario se había encendido.
—¿Puedo pasar un momento? —preguntó él—. Prometo no quitarte mucho tiempo.
Ángela dudó. La casa estaba igual de despintada que en la mañana. Pero no podía decirle que no al dueño del reloj que acababa de devolver.
—Pase, está en su casa.
Entraron a la pequeña sala. La luz de la tarde entraba dorada por la ventana, iluminando la mesa de trabajo de Ángela. Ahí, esparcidos como un tesoro de colores, estaban sus creaciones: amigurumis. Pequeños muñecos tejidos a crochet con una precisión y un detalle asombrosos. Había un león con una melena hecha de cientos de hilos individuales, una muñeca con un vestido tradicional mexicano bordado a mano, y el elefante gris a medio terminar.
Santiago se detuvo en seco frente a la mesa.
—¿Tú haces esto? —preguntó, señalando los muñecos.
—Sí —dijo Ángela, poniéndose a la defensiva—. Es lo que vendo para… bueno, para sobrevivir.
Santiago tomó el león en sus manos. Lo giró, examinando las costuras, la firmeza del relleno, la expresión de los ojos de botón.
—La calidad es… impresionante —murmuró, más para sí mismo que para ella—. He visto cosas así en boutiques de importación en Europa que cuestan una fortuna, y ni siquiera están tan bien hechas.
Se giró hacia ella.
—Me dijiste que trabajabas en una maquiladora textil, ¿verdad?
—Sí. En la Textilera San Juan. Hasta que cerraron hace tres semanas.
—Por los aranceles de importación —completó Santiago, asintiendo—. Lo sé. Mi empresa, Winslow Distribuciones, también sufrió el golpe. Tuvimos que dejar de comprar telas nacionales porque los costos se dispararon. Es una tragedia para la industria local.
Dejó el león en la mesa y cruzó los brazos, recargándose ligeramente en la pared.
—Ángela, voy a ser directo contigo. Vine aquí para ofrecerte dinero como agradecimiento. Traía un cheque en la guantera del auto.
Ángela abrió la boca para protestar, pero él levantó una mano.
—Espera. No te lo voy a dar.
Ángela parpadeó, confundida.
—¿Perdón?
—No te voy a dar el cheque porque me lo vas a rechazar. Eres demasiado orgullosa para aceptar caridad, y eso lo respeto más de lo que crees. Pero… —Hizo una pausa, y sus ojos brillaron con esa chispa de los negocios—. Veo lo que haces. Veo tu talento. Y veo una oportunidad.
Caminó hacia la ventana, mirando hacia la calle, y luego se volvió.
—Mi empresa distribuye artículos de decoración y regalos a tiendas departamentales de gama alta. Llevamos seis meses buscando una línea de productos “auténticos”. Algo hecho a mano, con historia, con alma. Los clientes están hartos del plástico chino. Quieren esto —señaló los muñecos—. Quieren lo que tú tienes en esta mesa.
El corazón de Ángela dio un vuelco violento.
—¿Qué me está diciendo?
—Te estoy ofreciendo un trato. No un regalo. Un negocio. Quiero comprarte todo tu inventario. Y quiero hacerte un pedido mensual. Pero no de cinco muñecos. De quinientos.
Ángela soltó una risa nerviosa.
—¿Quinientos? Señor, soy una sola persona. Mis manos no dan para tanto. Me tardo dos días en hacer uno de esos leones.
—Exacto —dijo Santiago, acercándose—. Tú sola no puedes. Pero tú conoces a más mujeres, ¿no? Dijiste que en la fábrica despidieron a veinte. ¿Saben tejer? ¿Saben coser?
—La mayoría sí. Somos costureras de toda la vida.
—Entonces contrátalas —dijo Santiago, como si fuera lo más obvio del mundo—. Yo pongo el capital inicial. Tú pones el talento y la dirección. Organizas a tu gente. Creamos una marca. Winslow Distribuciones se encarga de la logística, el marketing y la venta. Tú te encargas de crear.
Ángela se quedó muda. La propuesta era tan grande, tan absurda, que no le cabía en la cabeza. Ella, que estaba preocupada por pagar la luz, ¿dirigiendo un taller?
—No sé nada de negocios, Santiago. Apenas terminé la prepa.
—Tú sabes de calidad. Sabes de trabajo duro. Y sabes de honestidad. Lo demás se aprende. Yo te enseño.
Santiago se acercó y, por primera vez, le puso una mano en el hombro. No fue un gesto romántico, fue un gesto de socio a socio.
—Ángela, salvaste a mi madre de la oscuridad. Déjame ayudarte a salir de la tuya. No es caridad. Es una inversión. ¿Qué dices?
Ángela miró sus manos, llenas de pequeños callos y cicatrices de agujas. Miró a sus hijos que jugaban en el pasillo, ajenos a que su destino se estaba decidiendo en esa sala.
Pensó en las chicas de la fábrica, en Juana, en Lupita, que estaban igual o peor que ella.
Respiró hondo, sintiendo cómo el miedo se transformaba en una chispa de esperanza.
—Digo que… —Ángela levantó la vista, y por primera vez en semanas, sonrió de verdad—. Digo que vamos a necesitar mucho estambre.
CAPÍTULO 6: Hilos de Esperanza
Las siguientes dos semanas fueron un torbellino que borró por completo la rutina gris de Ángela.
Santiago no bromeaba. Al día siguiente de su visita, llegó un camión pequeño de mudanzas, pero no para llevarse cosas, sino para traerlas. Bajaron cajas enormes de estambres de algodón de primera calidad: colores vibrantes, texturas suaves, materiales que Ángela solo había visto en revistas o en sueños. Bajaron también mesas de trabajo plegables, sillas ergonómicas y, para sorpresa de Ángela, una caja llena de despensa y juguetes para los niños.
—”Adelanto de utilidades” —decía la nota pegada en la caja de comida, con la letra angulosa de Santiago.
Ángela no perdió el tiempo. Llamó a sus ex compañeras de la fábrica.
—¿Es en serio, Ángela? —le preguntó Lupita por teléfono, incrédula—. ¿No es una estafa? ¿Quién nos va a pagar por tejer muñequitos?
—Ven a mi casa, Lupi. Tienes que ver esto —respondió Ángela.
Cuando las cinco primeras mujeres llegaron y vieron la montaña de materiales, se pusieron a llorar. Eran mujeres curtidas por la vida, madres, abuelas, que pensaban que su vida laboral había terminado.
La sala de Ángela se transformó. Muebles empujados contra las paredes, mesas desplegadas en el centro. El sonido de la televisión fue reemplazado por el chismorreo alegre, las risas y el clic-clac rítmico de los ganchos de crochet.
Pero la mayor sorpresa llegó el tercer día.
Un auto se estacionó afuera. El chofer bajó y abrió la puerta trasera. De ahí descendió Doña Cata.
Se veía diferente a la noche de la tormenta. Llevaba un vestido elegante de color crema y el cabello perfectamente peinado, pero en sus ojos había una determinación feroz.
Caminó hacia la casa apoyada en un bastón elegante, seguida por Elías, que corrió a abrazar a Ángela en cuanto la vio.
—¡Doña Cata! —exclamó Ángela, limpiándose las manos en el delantal—. ¿Qué hace aquí? Debería estar descansando.
Cata entró a la sala, ignorando el caos de cajas y mujeres trabajando.
—¿Descansar? —bufó la anciana con desdén—. El descanso es para los muertos, querida, y yo todavía estoy muy viva, gracias a ti. Estaba en esa casa enorme volviéndome loca. Santiago tiene sus negocios, Elías va al colegio… y yo me quedo mirando las paredes esperando a que mi memoria falle otra vez. No, gracias.
Se acercó a una de las mesas y tomó un gancho.
—Mi abuela me enseñó a tejer encaje de bolillos y crochet cuando tenía seis años. —Miró a Ángela con desafío—. Vengo a trabajar.
Ángela sonrió.
—Señora, no puedo ponerla a trabajar…
—No me vas a pagar, tonta. Vengo a ayudar. Necesito… necesito sentir que sirvo para algo. Que mis manos todavía recuerdan, aunque mi cerebro a veces olvide.
Y así, Doña Cata se convirtió en la pieza que faltaba. No solo tejía con una habilidad que dejó a todas boquiabiertas, sino que tenía un ojo clínico para el control de calidad.
—Ese punto está muy flojo, mija —le decía a Lupita con cariño pero firmeza—. Desbarátalo y hazlo de nuevo. Si vamos a vender esto, tiene que ser perfecto.
La presencia de Cata trajo una legitimidad inesperada. Santiago pasaba casi todas las tardes a recoger a su madre y, de paso, a revisar el progreso. Se quedaba horas sentado en un rincón, con su laptop, trabajando en sus cosas mientras el bullicio de las mujeres llenaba la casa.
Ángela notaba cómo él la miraba a veces. No como jefe, ni como socio. La miraba con admiración. Veía cómo ella dirigía, cómo enseñaba, cómo resolvía conflictos.
Un mes después, la casa de Ángela ya no era suficiente.
—No cabemos —dijo Ángela un viernes por la tarde, mientras tropezaba con una caja de amigurumis terminados—. Jaden casi se come un ojo de seguridad ayer pensando que era un dulce. Necesitamos un lugar.
Santiago sonrió. Había estado esperando ese momento.
—Tengo un lugar.
—¿Una bodega?
—Algo mejor. Ven conmigo.
El sábado por la mañana, Santiago llevó a Ángela y a Cata al centro de la ciudad, a una zona que estaba en proceso de revitalización. Se detuvieron frente a un local comercial en una esquina antigua. Tenía ventanales grandes y techos altos, pero estaba sucio y abandonado.
—Era una antigua mercería —explicó Santiago, abriendo la reja metálica—. Pertenece a la familia desde hace años, pero ha estado cerrada. Quiero que sea la sede de “Hilos de Gracia”.
—¿”Hilos de Gracia”? —preguntó Ángela, probando el nombre.
—Así se va a llamar la marca —dijo Santiago—. Porque fue por gracia que nos encontramos. Y porque cada hilo que tejes cuenta una historia.
Ángela entró al local. Olía a polvo y encierro, pero ella vio otra cosa. Vio las paredes pintadas de colores cálidos. Vio estanterías llenas de sus productos. Vio una mesa grande al fondo donde las mujeres podían trabajar con luz natural y aire fresco. Vio un futuro.
—Es… es demasiado, Santiago. La renta de esto debe ser carísima.
—La renta es simbólica —dijo él—. Lo que me importa es lo que vas a construir aquí.
La renovación fue un esfuerzo comunitario. Santiago contrató albañiles para lo pesado, pero la pintura y la decoración la hicieron Ángela, las tejedoras y sus familias.
Laya y Elías correteaban pintando las partes bajas de las paredes (y un poco sus propias caras). Doña Cata supervisaba la colocación de los muebles con la autoridad de una generala.
Hubo momentos difíciles. Momentos en los que Ángela sentía que el síndrome del impostor la ahogaba. “¿Quién soy yo para hacer esto?”, pensaba en las noches. “Solo soy una obrera”.
Pero entonces miraba el reloj de plata de Santiago, que él le había insistido en que guardara “como amuleto de la sociedad”, y recordaba que la dignidad no depende del dinero, sino del carácter.
El día de la pre-apertura, una semana antes del lanzamiento oficial, el local estaba listo. Había quedado hermoso. Rústico, acogedor, con olor a madera y lavanda. En el escaparate principal, iluminado por luces cálidas, estaba la colección “Tormenta”: una serie de muñecos con impermeables amarillos y paraguas, inspirados en la noche que lo cambió todo.
Ángela estaba acomodando el último muñeco cuando sintió a alguien detrás de ella. Era Santiago.
—Te ves como si hubieras nacido para esto —dijo él suavemente.
Ángela se giró. Llevaba una blusa bordada nueva y se había soltado el cabello. Se veía radiante.
—Me siento como si estuviera soñando, Santiago. Tengo miedo de despertar y ver el recibo de la luz otra vez.
Santiago se rio.
—Ese recibo ya está pagado, Ángela. Y los que vienen también.
Se puso serio un momento, acercándose un paso más de lo necesario.
—Sabes… mamá ha mejorado mucho. El doctor dice que tener una rutina, un propósito y… afecto, ha ralentizado el avance de la enfermedad. Tú no solo le diste trabajo. Le diste vida. Y a mí… a mí me diste paz.
Ángela sintió que el rubor le subía a las mejillas. La tensión entre ellos era palpable, un hilo invisible que se tensaba cada día más. Pero no era el momento. Había trabajo que hacer.
—Bueno, socio —dijo ella, rompiendo el momento con una sonrisa juguetona—. Menos plática y más acción. Tenemos que etiquetar cien muñecos antes de que lleguen los clientes mañana.
Santiago sonrió, esa sonrisa relajada que solo Ángela lograba sacarle.
—A sus órdenes, jefa.
Mientras trabajaban lado a lado, con Doña Cata tarareando una canción antigua al fondo y los niños riendo en la trastienda, Ángela supo que la tormenta había quedado definitivamente atrás. Afuera el sol brillaba, y adentro, los hilos de esperanza estaban tejiendo una red que nada podría romper.
PARTE 4
CAPÍTULO 7: Hilos que Unen al Mundo
El día de la gran inauguración de “Hilos de Gracia”, el cielo de la ciudad amaneció de un azul insultante, limpio y brillante, como si quisiera pedir perdón por todas las tormentas pasadas.
Ángela llegó al local a las 7:00 de la mañana, aunque la apertura oficial era a las 10:00. Sus manos temblaban mientras intentaba meter la llave en la cerradura. Llevaba un vestido sencillo de lino color mostaza que ella misma se había confeccionado la noche anterior, reciclando una tela que encontró en oferta en el mercado. Se había soltado el pelo y se había puesto un poco de rímel, algo que no hacía desde… bueno, desde que la vida se había vuelto solo supervivencia.
Al entrar, el olor a madera nueva, lavanda y café recién hecho la golpeó. Santiago ya estaba ahí.
Estaba subido en una escalera, ajustando un letrero de madera quemada que colgaba sobre el mostrador principal. Llevaba unos jeans y una camisa blanca arremangada, y al ver entrar a Ángela, casi pierde el equilibrio.
Bajó de un salto, sacudiéndose el aserrín de las manos.
—Te ves… —Santiago se detuvo, buscando la palabra, y sus ojos recorrieron a Ángela con una admiración que la hizo sonrojar hasta la raíz del pelo—. Te ves increíble, Ángela.
—Son los nervios —bromeó ella, alisándose la falda—. Siento que voy a vomitar. ¿Y si no viene nadie? ¿Y si piensan que los precios son muy caros? ¿Y si se dan cuenta de que solo soy la Ángela del barrio jugando a la empresaria?
Santiago se acercó y, rompiendo la barrera invisible que habían mantenido por semanas, le tomó ambas manos.
—Mírame. —Su voz era firme, esa voz de comandante que usaba en las juntas directivas, pero suavizada por el cariño—. No estás jugando. Mira este lugar. Tú construiste esto. No con dinero, sino con puro corazón. La gente no viene a comprar muñecos, Ángela. Vienen a comprar la historia. Vienen a comprar un pedacito de ti.
Antes de que Ángela pudiera responder, la puerta trasera se abrió con estrépito.
—¡Ya llegó la caballería! —anunció Doña Cata, entrando con una energía que desafiaba sus ochenta años y su diagnóstico.
Detrás de ella venía un pequeño ejército: Lupita, Juana y las otras tres tejedoras, cargando charolas con galletas caseras, tamales de dulce y garrafas de agua de horchata y jamaica. Jaden, Laya y Elías corrían entre sus piernas, riendo y gritando.
—¡Abuela, cuidado con el jarrón! —gritó Elías, que ahora llevaba una playera que decía “Staff Hilos de Gracia”.
—Tú cállate, mocoso, y ayúdame a poner las servilletas —replicó Cata con una sonrisa pícara.
A las 10:00 en punto, Santiago abrió las puertas de cristal.
Ángela contuvo la respiración.
No entraron tres personas. Entró una multitud.
Había vecinos de la colonia de Ángela que habían tomado dos camiones para llegar, vestidos con su ropa de domingo para apoyarla. Había señoras elegantes de las Lomas, amigas de Doña Cata, que miraban los productos con monóculos de oro y exclamaban “¡Qué divino!”. Había gente joven, hipsters que buscaban cosas “orgánicas y artesanales”.
La tienda se convirtió en un hormiguero de actividad.
—¡Mami, mami! ¡Esa señora quiere tres leones! —gritaba Laya, jalando el vestido de Ángela.
—¡Voy, mi amor!
Ángela se movía detrás del mostrador con una destreza natural. Cobraba, envolvía los muñecos en papel kraft con un sello de cera, sonreía, agradecía.
—Gracias, marchanta. Que lo disfrute. Sí, todo hecho a mano. Sí, Doña Cata diseñó el patrón de esa bufanda.
A eso de las 12:00, Santiago se acercó al mostrador con su laptop abierta, mostrándole la pantalla a Ángela en un momento de calma.
—Mira esto.
Ángela miró las gráficas de barras que subían.
—¿Qué es eso?
—Son las ventas en línea. Lanzamos la web a las 9:00 am. Hemos vendido el 40% del inventario… en tres horas.
Ángela abrió los ojos como platos.
—¿Cómo?
—Tenemos pedidos de Monterrey, Guadalajara, Ciudad de México… —Santiago hizo una pausa dramática—. Y tres pedidos de Alemania y uno de Japón.
—¿Japón? —Ángela soltó una risa histérica—. ¿Alguien en Japón va a tener un muñeco tejido por Lupita?
—El mundo es pequeño cuando haces las cosas bien, socia.
A las 2:00 de la tarde, Doña Cata pidió silencio golpeando una copa con una cuchara. La tienda se calló. La anciana se paró en medio del local, apoyada en su bastón, con Elías a su lado sosteniéndole la mano.
Parecía una reina en su palacio.
—Buenas tardes a todos —dijo Cata. Su voz, aunque un poco rasposa, proyectaba una autoridad innegable—. Veo muchas caras conocidas y muchas nuevas. Para los que no me conocen, soy Catalina Winslow. Y hace unas semanas, yo no sabía quién era Catalina Winslow.
Un murmullo recorrió la sala. Santiago se tensó, listo para intervenir si su madre perdía el hilo, pero Ángela le puso una mano en el brazo para detenerlo. “Déjala”, le dijo con la mirada.
—Me perdí —continuó Cata, mirando a la multitud—. Mi mente me traicionó. Salí a caminar y terminé en una tormenta, olvidada de mí misma y poniendo en peligro a lo que más amo, mi nieto.
Apretó la mano de Elías, quien la miraba con adoración.
—Toqué muchas puertas esa noche. O al menos, mi alma lo hizo. Y nadie abrió. El mundo está muy ocupado, muy asustado, muy cerrado. Hasta que llegué a una casita en las afueras, donde no tenían ni para pagar la luz.
Ángela sintió que las lágrimas le picaban los ojos. Se tapó la boca con una mano.
—Esa mujer —señaló Cata a Ángela, y todas las miradas se volvieron hacia ella—, esa mujer no vio a una vieja loca y a un niño sucio. Vio a dos seres humanos. Me dio su sopa, me dio su cama, me dio su paz. Y cuando mi hijo vino a rescatarme con todo su dinero y su poder, ella le devolvió un reloj que valía más que su casa entera, porque su dignidad no tiene precio.
La gente empezó a aplaudir, tímidamente al principio.
—Así que —levantó la voz Cata—, cuando compren uno de estos muñecos, no están comprando estambre y relleno. Están comprando un pedazo de ese milagro. Están comprando la prueba de que, a veces, cuando todo está oscuro y llueve a cántaros, alguien enciende una vela. Gracias, Ángela. Gracias por devolverme mi nombre.
El aplauso estalló. Fue un estruendo. Lupita lloraba abiertamente abrazada a Juana. Santiago tenía los ojos rojos y miraba a su madre y a Ángela como si fueran las dos mujeres más importantes de la historia.
Ángela salió del mostrador y corrió a abrazar a Cata.
—Gracias a usted, doña Cata —le susurró al oído—. Usted me salvó a mí también.
Esa noche, cuando cerraron la tienda, el inventario estaba casi vacío. Habían vendido casi todo.
Ángela, Santiago, Cata y los niños se sentaron en el piso del local, comiendo pizza directamente de las cajas, agotados pero felices.
—Brindo —dijo Santiago, levantando una botella de refresco—, por el mejor error administrativo de mi vida: que mi madre se perdiera.
—¡Oye! —protestó Cata, riendo—. Brindo por la lluvia.
—Yo brindo por los dinosaurios —dijo Elías, y todos rieron.
Ángela miró a su alrededor. Sus hijos tenían los estómagos llenos y zapatos nuevos. Ella tenía un propósito. Y tenía una familia nueva, extraña, remendada, pero fuerte.
Miró a Santiago y él le sostuvo la mirada. En ese silencio, se dijeron todo lo que no se habían atrevido a decir con palabras.
“Ya no estás sola”, decían los ojos de él.
“Ya no tengo miedo”, respondían los de ella.
CAPÍTULO 8: Más Allá de la Tormenta
Dos meses después, el otoño había llegado a la ciudad con su paleta de ocres y naranjas. El aire tenía ese filo fresco que anunciaba la llegada del Día de Muertos. Las calles olían a cempasúchil y a pan recién horneado.
“Hilos de Gracia” ya no era una novedad; era un punto de referencia en el barrio. La fachada estaba adornada con guirnaldas de flores de papel picado y calabazas tejidas de color naranja brillante.
Ángela estaba en la bodega trasera, revisando un envío de lana merino que acababa de llegar de Uruguay. Su vida había cambiado de ritmo, pero no de esencia. Seguía trabajando duro, pero ahora el trabajo no la consumía, la alimentaba.
La puerta de la bodega se abrió y entró Don Chuy.
Don Chuy era un hombre de sesenta años, tapicero de oficio, con las manos más grandes y callosas que Ángela había visto. Había llegado a la tienda hacía tres semanas, con su herramienta en una bolsa de plástico, pidiendo limosna.
“No quiero dinero regalado, jefa”, le había dicho a Ángela. “Solo quiero chamba. Mis manos ya no sirven pa’ mucho, nadie quiere tapizar muebles viejos, todos compran mugrero nuevo”.
Ángela le había dado una solicitud de empleo y una silla vieja del local.
—Arrégleme esa silla, Don Chuy. Si queda bien, se queda.
La silla quedó mejor que nueva. Ahora, Don Chuy era el encargado de la nueva línea de “Muebles Restaurados con Amor”, forrando sillones antiguos con tejidos hechos por las mujeres.
—Jefa —dijo Don Chuy, quitándose la gorra con respeto—. Hay un muchacho afuera. Dice que es reportero. Trae una camirota.
Ángela suspiró, sonriendo.
—Gracias, Don Chuy. Ahorita salgo.
La fama de la tienda había crecido. Primero fue el boca a boca, luego las redes sociales, y ahora, la prensa local quería la historia del “Milagro de la Tormenta”.
Ángela salió al piso de ventas. Santiago estaba ahí, hablando con el reportero, un joven con lentes de pasta y una grabadora en la mano.
Al verla, Santiago sonrió y le hizo señas para que se acercara.
—Aquí está la jefa —dijo él, dando un paso atrás para cederle el protagonismo.
El reportero se ajustó los lentes.
—Señora Carter, es un honor. He escuchado cosas increíbles. Dicen que esta empresa emplea a más de treinta madres solteras y adultos mayores. Que exportan a Europa. Que rescataron el oficio del tejido en la ciudad.
—Hacemos lo que podemos —dijo Ángela con modestia.
—Tengo una pregunta —dijo el reportero, poniéndose serio—. La leyenda urbana dice que todo esto empezó porque alguien tocó a su puerta en una tormenta y usted los dejó entrar. ¿Es cierto?
Ángela miró a Santiago. Él estaba recargado en un estante, con los brazos cruzados, mirándola con ese orgullo silencioso que siempre la hacía sentir invencible. Luego miró a Doña Cata, que estaba en una mesa enseñándole a una niña a hacer una cadena de estambre.
Recordó la noche. El miedo. La lluvia. El recibo de la luz.
Miró a la cámara del fotógrafo que estaba listo para disparar.
—No —dijo Ángela con voz clara y firme—. No empezó porque alguien tocó. Empezó porque yo abrí.
El flash de la cámara estalló, capturando ese momento para siempre.
Más tarde, cuando la tienda cerró y el sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de tonos violetas y rosas —muy parecidos al estambre con el que todo empezó—, Ángela se quedó sola en el local terminando de hacer cuentas.
La campanilla de la puerta sonó.
—Ya cerramos —dijo Ángela sin levantar la vista.
—¿Incluso para los socios mayoritarios?
Ángela sonrió y levantó la vista. Santiago estaba ahí. Traía dos vasos de café y una bolsa de churros azucarados.
—Para los socios que traen churros, siempre estamos abiertos.
Santiago se acercó y se sentó en el borde de su escritorio. Le dio un café.
—Vi la entrevista. Estuviste genial. Esa frase… “Empezó porque yo abrí”. Va a ser el titular de mañana, te lo aseguro.
Ángela tomó un sorbo de café, disfrutando el calor.
—Santiago… tengo miedo.
El rostro de él cambió instantáneamente.
—¿Qué pasa? ¿Es por el pedido de Francia? Podemos contratar más gente, no te preocupes…
—No, no es el negocio —lo interrumpió ella—. Es esto. —Hizo un gesto que los abarcaba a los dos—. Tengo miedo de que sea un sueño. Tengo miedo de despertar mañana y estar de nuevo en esa casa fría, sola, sin ti.
La confesión quedó flotando en el aire. Era la primera vez que ella admitía en voz alta que él era parte esencial de su felicidad, no solo de su negocio.
Santiago dejó el café en la mesa. Se bajó del escritorio y se paró frente a ella.
—Ángela, levántate, por favor.
Ella se puso de pie, un poco confundida.
Santiago tomó sus manos. Sus pulgares acariciaron los callos de sus dedos, esas marcas de trabajo duro que él adoraba.
—Yo también tengo miedo —confesó él, y su voz tembló un poco—. Tengo miedo todos los días. Antes, mi miedo era perder dinero, perder estatus. Ahora… mi único miedo es perderte a ti. Perder lo que hemos construido. Perder a la mujer que me enseñó qué significa ser hombre de verdad.
Se acercó un paso más. Podían sentir el calor del otro.
—No es un sueño, Ángela. Y no vas a despertar sola. Te lo prometo. No sé qué nos depare el futuro, no sé si esto durará cien años o se acabará mañana, pero mientras yo respire, tú y tus hijos nunca volverán a tener frío.
Ángela sintió que se le desbordaba el corazón.
—¿Es una promesa de negocios, señor Winslow? —preguntó ella con un hilo de voz, bromeando para no llorar.
—Es una promesa de vida, señora Carter.
Santiago se inclinó y la besó.
Fue un beso suave, lento, con sabor a café y azúcar, pero con la intensidad de una tormenta contenida. Fue el beso de dos mundos colisionando y descubriendo que encajaban perfectamente. Fue el beso que selló el verdadero contrato, el que no necesita firmas ni abogados.
Cuando se separaron, ambos sonreían como tontos.
—Bueno —dijo Ángela, limpiándose una lágrima—, entonces creo que tenemos mucho trabajo que hacer.
—Muchísimo —concordó Santiago—. Pero primero, los churros.
Salieron de la tienda juntos, con la mano de Santiago entrelazada firmemente con la de Ángela.
Afuera, en la fachada, brillaba una placa de bronce que habían instalado esa mañana junto a la puerta. No tenía nombres de políticos ni fechas aburridas. Solo tenía una frase grabada bajo el dibujo de un paraguas y un gancho de crochet:
“En memoria de aquella noche lluviosa donde la bondad abrió la puerta.
Aquí se tejen historias, se remiendan corazones y se abrigan almas.
Bienvenidos a Hilos de Gracia.”
Ángela miró al cielo. Empezaban a caer unas gotitas finas, una lluvia ligera y fresca.
Ya no sintió miedo. Ya no sintió frío.
Apretó la mano de Santiago, pensó en la cena que harían todos juntos con Doña Cata y los niños, y sonrió.
—Que llueva —dijo Ángela—. Que llueva todo lo que quiera. Nosotros estamos listos.
FIN