
PARTE 1 – LA CAÍDA
CAPÍTULO 1: EL SILENCIO DEL MONITOR
El calor de agosto en Xalapa no es como el del puerto; es un calor húmedo, pegajoso, que se te mete debajo de la ropa y te asfixia despacio, como una mala noticia. Pero el frío que Andrés García sentía recorriéndole la columna vertebral no tenía nada que ver con el clima, ni con el aire acondicionado a todo volumen del Quirófano 3. Era el frío de la muerte.
El pitido del monitor cardíaco se había convertido en un zumbido constante, una línea plana, verde y cruel que atravesaba la pantalla y, de paso, la vida de Andrés. Piiiii… Un sonido que borraba diez años de carrera, cientos de vidas salvadas y noches sin dormir.
—Hora de la muerte: 14:45 —dijo Andrés. Su voz sonó ronca, ajena, como si saliera de una grabadora vieja y no de su propia garganta.
Se quitó los guantes llenos de sangre con un movimiento brusco, haciendo que el látex chasqueara contra el silencio sepulcral de la sala. Nadie se movía. Las enfermeras miraban al suelo, el anestesiólogo escribía frenéticamente en su reporte para cubrirse las espaldas, y al otro lado de la mesa, Esteban, el “Doctorcito”, estaba pálido como una hoja de papel, con los ojos desorbitados fijos en el pequeño cuerpo abierto de Ángela.
Ángela. Trece años. Una sonrisa que le faltaba un diente y una cardiopatía que era una sentencia de muerte desde que nació. No debieron operarla. Andrés lo sabía. Dios sabe que lo sabía.
—Tú… tú tenías que haber pinzado la aorta más rápido —balbuceó Esteban, rompiendo el silencio. Su acento, una mezcla fingida de fresa de la Ciudad de México con dejos británicos de su “maestría” en Londres, sonaba patético en ese momento.
Andrés levantó la vista y lo fulminó con la mirada. Sintió una oleada de ira tan caliente que le dieron ganas de cruzar la mesa y estamparle el puño en esa cara de niño rico que nunca había conocido un “no” por respuesta.
—No digas estupideces, Esteban —gruñó Andrés, arrancándose el gorro quirúrgico—. La niña no tenía tejido viable. Te lo dije en la junta. Te dije que el ventrículo estaba deshecho. Pero tú querías jugar a ser Dios porque tu papá te compró un juguete nuevo llamado “Jefatura de Cirugía”.
—¡Cuidado como me hablas, García! —Esteban intentó recuperar la compostura, enderezándose para parecer más alto—. Soy tu jefe. El procedimiento era correcto. Fue… fue una falla técnica en tu ejecución. Mi padre se va a enterar de esto.
—Que se entere —Andrés se acercó a él, invadiendo su espacio personal hasta que pudo oler su colonia cara, que ni la sangre lograba tapar—. Pero tú vas a salir a esa sala de espera. Tú vas a ver a la señora Belova a los ojos. Y tú le vas a decir que su hija está muerta porque querías presumir una técnica que leíste en un paper pero que no tienes las manos para ejecutar.
Esteban retrocedió, chocando con la mesa de instrumental. El miedo brilló en sus ojos. Era un cobarde. Un junior que pensaba que la medicina se aprendía en congresos de lujo y no en las guardias de 36 horas sin comer.
—No… yo tengo que… tengo que llenar el acta. Ve tú. Tú eras el cirujano principal en el papel.
Andrés soltó una risa amarga, sin humor.
—Claro. Para la gloria eres el primero, pero para la mierda, soy yo.
Salió del quirófano empujando las puertas con violencia. El pasillo estaba desierto, pero el aire pesaba toneladas. Caminó hacia los vestidores, sintiéndose sucio. No era solo la sangre de Ángela en su bata; era la sensación de complicidad. Había aceptado operar sabiendo que era una locura, solo porque el Director del hospital, el padre de Esteban, se lo había “sugerido” con esa sonrisa de tiburón que decía: “Hazlo o despídete de tu plaza”.
Se lavó las manos con fuerza, tallando la piel hasta dejarla roja, casi en carne viva. Se cambió el uniforme quirúrgico por su ropa de calle: unos pantalones de vestir desgastados y una camisa que ya había visto mejores épocas. Se miró al espejo. Las ojeras le llegaban a la mitad de la cara. A sus 35 años, parecía de 50. Canas prematuras en las sienes, arrugas marcadas alrededor de la boca. Era el rostro de un hombre derrotado.
Respiró hondo y salió hacia el lobby. Tenía que hacerlo. No era un cobarde como Esteban.
El grito lo golpeó antes de que pudiera verla.
—¡No! ¡No me digan eso! ¡Mi niña no!
La señora Belova estaba de rodillas en medio de la sala de espera, desgarrándose la blusa, un gesto ancestral de dolor puro. Su esposo trataba de levantarla, pero él también lloraba, con la cara escondida en el hombro de su mujer.
Andrés se detuvo. Sintió que las piernas le fallaban. Todo el hospital parecía haberse detenido para mirar la tragedia.
—Señora Belova… —empezó Andrés, acercándose.
La mujer levantó la cabeza. Sus ojos, inyectados en sangre, se clavaron en él. En un segundo, el dolor se transformó en odio. Un odio puro, negro y viscoso. Se puso de pie con una agilidad sorprendente y se abalanzó sobre él.
—¡Asesino! —chilló, golpeándole el pecho con los puños cerrados—. ¡Me prometieron que saldría caminando! ¡Ese muchacho, el hijo del director, me dijo que era una operación de rutina! ¡Ustedes me la mataron!
Andrés no se movió. Recibió los golpes. Se los merecía. No por haber fallado con el bisturí, sino por no haber tenido el valor de detener la locura de Esteban antes de que empezara.
—Lo siento… hicimos todo lo humanamente posible… su corazón estaba muy débil… —las palabras sonaban huecas, frases de cajón que se enseñan en primer semestre de medicina y que no sirven para nada cuando hay una madre huérfana de hija frente a ti.
—¡Malditos sean! —la mujer escupió al suelo, cerca de los zapatos de Andrés—. ¡Ojalá se pudran! ¡Ojalá sientan lo que yo siento! ¡Voy a demandarlos! ¡Les voy a quitar hasta la risa!
Los guardias de seguridad se acercaron, pero Andrés les hizo una seña para que no la tocaran.
—Déjenla —murmuró.
El padre de la niña, un hombre humilde con las manos callosas de trabajar en el campo, se acercó a Andrés. No había odio en sus ojos, solo una devastación infinita que era, de alguna manera, peor que la ira de su esposa.
—Doctor… —dijo con la voz rota—. La niña confiaba en usted. Antes de que la durmieran, me dijo: “Papi, no tengo miedo, el doctor García tiene ojos tristes pero manos buenas”.
Esa frase rompió algo dentro de Andrés. Algo fundamental. Sintió que las lágrimas le picaban detrás de los ojos, pero no se permitió llorar. Los cirujanos no lloran en público.
Salió del hospital por la puerta trasera, huyendo como un criminal. El sol de la tarde ya estaba bajando, tiñendo el cielo de un naranja violento, casi apocalíptico. Caminó hacia su coche, un sedán viejo que necesitaba amortiguadores nuevos, pero decidió no subir. Necesitaba caminar. Necesitaba castigarse con el calor, con el polvo, con el ruido de la ciudad.
Caminó sin rumbo fijo por las calles de la colonia. Pasó frente a una taquería donde la gente reía y comía, ajena a que el mundo se acababa de terminar para una familia a unas cuadras de ahí. La normalidad de la vida le resultaba ofensiva.
Llegó a su casa una hora después. Era una casita pequeña en una zona tranquila, con un jardín descuidado que pedía a gritos agua. Abrió la reja, que chirrió oxidada, como dándole una bienvenida triste.
La casa estaba en silencio. Un silencio denso, acumulado tras un año de soledad.
—¿Tania? —llamó por costumbre.
Nadie respondió. Por supuesto que no. Su esposa, la Tania humana, se había ido hacía doce meses.
“Me voy a la Ciudad de México, Andrés. Aquí me ahogo. Tú estás casado con el hospital y yo quiero ser actriz. No quiero terminar gorda y llena de chamacos en este pueblo olvidado de Dios”.
Esas fueron sus últimas palabras. Se llevó el coche bueno, la cuenta de ahorros y la poca alegría que había en esas paredes. A Andrés le dejó las deudas y la soledad.
Pero entonces, se escuchó un rasguño en la puerta de madera y un gemido ansioso.
Andrés sonrió, una mueca triste pero genuina. Abrió la puerta y una bola de pelo color café se le lanzó encima.
—Hola, gorda. Hola, bonita —susurró, arrodillándose para abrazar a la perra.
Era una mestiza que había encontrado basureando hace seis meses. Tenía una oreja caída y una cicatriz en el lomo, producto de la crueldad de la calle. Le había puesto Tania. Una ironía cruel, quizás, o una forma de recordar que las perras callejeras eran más leales que las mujeres que juraban amor eterno frente al altar.
—Al menos tú te alegras de verme, aunque sea un asesino —le dijo, rascándole detrás de la oreja. La perra lamió una lágrima que finalmente se había escapado y corría por su mejilla.
Andrés se levantó y se sirvió un vaso de tequila barato. Se sentó en el sofá de piel desgastada, con la perra a sus pies, y miró la pared vacía donde antes colgaba su foto de bodas.
—Se acabó, Tania —le dijo al perro—. Mañana presento mi renuncia. No puedo volver a ver a Esteban. No puedo volver a ver a esa madre. Se acabó la medicina para mí. Me voy a poner a vender tacos o a manejar un taxi. Lo que sea.
Pero el destino, ese guionista sádico que parece disfrutar con el sufrimiento ajeno, tenía otros planes para Andrés esa noche. Planes que involucraban agua, sangre y un fantasma del pasado que estaba a punto de saltar desde lo más alto de su desesperación.
CAPÍTULO 2: EL VESTIDO EN EL ABISMO
La noche cayó sobre la ciudad como una manta pesada. Andrés no podía soportar el encierro de su propia casa; las paredes parecían acercarse, susurrándole el nombre de Ángela. Necesitaba aire. Necesitaba el ruido del agua para acallar el ruido de su culpa.
—Vamos, Tania. Vamos a caminar —le dijo a la perra, tomando la correa.
Salieron a la calle. La noche estaba extrañamente tranquila, con ese silencio eléctrico que precede a las tormentas tropicales. Caminaron hacia las afueras, hacia donde la ciudad se desmoronaba y daba paso a la maleza y al río Sedeño.
El destino de su caminata era el “Puente de los Suspiros”. Un nombre cursi para un lugar lúgubre. Era un puente viejo de piedra, construido en la época del Porfiriato, alto y estrecho, que cruzaba la parte más caudalosa del río. La gente decía que ahí se aparecía la Llorona, pero Andrés, hombre de ciencia, sabía que los únicos fantasmas que habitaban ahí eran los de los borrachos que caían por accidente y los desesperados que saltaban por decisión.
Al llegar, se apoyó en el barandal de piedra. Abajo, el agua negra rugía con fuerza, crecida por las lluvias de la sierra. El sonido era hipnótico. Brum, brum, brum. Parecía invitarlo.
—Sería tan fácil… —murmuró Andrés, mirando el abismo. Un paso, una caída, y se acabarían las demandas, la vergüenza, la soledad.
Tania, la perra, gimió y tiró de la correa, inquieta.
—Tranquila, no voy a hacer ninguna tontería —le dijo, aunque no estaba tan seguro.
De repente, la perra ladró hacia la oscuridad del otro extremo del puente. Andrés se ajustó los lentes, entrecerrando los ojos.
—¿Qué pasa? ¿Hay algún gato?
Pero no era un gato.
Saliendo de la neblina que empezaba a levantarse del río, apareció una figura. Al principio, Andrés pensó que su mente le estaba jugando una broma cruel, proyectando leyendas urbanas por el cansancio.
Era una mujer. Y venía vestida de novia.
No era un disfraz de Halloween. Era un vestido real, opulento, de esos que cuestan lo que un médico gana en un año. El raso blanco brillaba bajo la luz amarillenta y titubeante de la única farola que funcionaba. El velo le cubría la cara, pero Andrés pudo ver cómo corría: tropezando, descalza, con los pies sangrando sobre el pavimento rugoso.
—¡Hey! —gritó Andrés, el instinto médico superando al suicida—. ¡Señorita! ¿Está bien?
La mujer no se detuvo. Ni siquiera volteó. Corría con una determinación aterradora, como si el mismo Diablo le pisara los talones de encaje.
Llegó a la mitad del puente, justo en el punto más alto. Sin dudarlo un segundo, se trepó a la barandilla de piedra. El movimiento fue torpe, desesperado. El vestido se enganchó en la piedra, rasgándose con un sonido seco, rrrip, pero a ella no le importó.
—¡No lo haga! —gritó Andrés, soltando la correa de la perra y echando a correr hacia ella. Sus zapatos de suela dura resonaban en el puente. Clac, clac, clac.
La mujer se puso de pie sobre el borde, tambaleándose. El viento nocturno agitó su velo y su falda, haciéndola parecer un ángel a punto de caer del cielo.
Giró la cabeza levemente hacia Andrés. No le vio la cara, solo la oscuridad bajo el tul.
—Si me amas… tengo que volar —dijo ella. Su voz era un hilo, pero el viento la trajo clara hasta los oídos de Andrés. Era una voz drogada, pastosa.
Y saltó.
No hubo grito. Solo el aleteo de la tela blanca y luego, segundos eternos después, el splash brutal contra el agua negra.
—¡Puta madre! —gritó Andrés.
No lo pensó. Si lo hubiera pensado, se habría dado cuenta de que el río estaba muy crecido, que había rocas, que él estaba agotado. Pero Andrés García podía ser un hombre deprimido, pero no era un espectador.
Se quitó los lentes y los aventó al suelo. Se subió a la barandilla. Miró el pozo negro abajo.
—Cuida mis lentes, Tania —le gritó a la perra, que ladraba histérica.
Y se lanzó al vacío.
La caída duró una eternidad. El impacto contra el agua fue como chocar contra una pared de concreto. El frío le sacó todo el aire de los pulmones. El río lo engulló, girándolo, revolcándolo. No sabía dónde era arriba y dónde abajo. Tragó agua lodosa.
Voy a morir aquí. Junto a una loca vestida de novia.
Pero entonces, su mano rozó algo. Tela. Mucha tela.
Abrió los ojos bajo el agua turbia. Apenas se veía nada, pero distinguió una mancha pálida que se hundía rápido, arrastrada por el peso del vestido empapado.
Andrés pataleó con furia, luchando contra la corriente que quería estamparlo contra los pilares del puente. Agarró la tela. Tiró con todas sus fuerzas. La mujer no se movía. Era un peso muerto.
Salió a la superficie, boqueando por aire.
—¡Te tengo! —gritó, escupiendo agua—. ¡No te mueras, carajo!
La arrastró hacia la orilla. Fue una lucha titánica. El lodo de la ribera succionaba sus zapatos, el vestido de ella se enredaba en sus piernas como tentáculos de un monstruo marino. Finalmente, logró sacarla a una zona de grava y hierba mala.
La dejó caer boca arriba. El vestido estaba arruinado, gris de barro y sangre. El velo había desaparecido.
Andrés se dejó caer de rodillas a su lado. Puso su oído en el pecho de ella. Nada. Ni un latido.
—Mierda, mierda, mierda. No hoy. Hoy no se me muere nadie más.
Comenzó el RCP. Entrelazó las manos sobre el esternón de la mujer y empezó a bombear. Uno, dos, tres, cuatro…
—¡Vamos! —le gritó a la cara pálida y cubierta de cabello mojado—. ¡Respira!
Le pinzó la nariz e insufló aire en su boca. El pecho se elevó, pero no hubo respuesta.
Volvió a las compresiones. Le dolían los brazos. Le dolía el alma.
—¡No seas cobarde! ¡Vuelve! —le gritó, golpeándole el pecho con más fuerza de la recomendada, pero con la desesperación necesaria.
De repente, el cuerpo de la mujer se convulsionó. Un chorro de agua salió de su boca, seguido de una tos gutural, horrible y maravillosa.
Andrés la giró de lado rápidamente para que no se ahogara con su propio vómito. Ella tosió hasta quedarse sin aire, temblando violentamente.
—Eso es… sácalo todo —jadeó Andrés, cayendo sentado en la grava, exhausto.
La luna salió de detrás de una nube, iluminando la escena. Andrés se acercó para revisarla. Apartó el cabello mojado de la cara de la mujer. Era joven, quizás de unos veintitantos. Hermosa, incluso en ese estado lamentable, con el rímel corrido haciéndola parecer un mapache trágico.
Pero entonces, sus ojos bajaron.
El vestido se había rasgado completamente en el lado derecho durante la caída o el arrastre, dejando la pierna expuesta desde el muslo. La piel estaba blanca y fría, pero había algo en la rodilla que brillaba bajo la luz de la luna.
Una cicatriz.
No era una cicatriz cualquiera. Era una marca fea, gruesa, en forma de media luna irregular, con las marcas de los puntos de sutura aún visibles como pequeños puntitos blancos a los lados. Una queloide fea.
El corazón de Andrés se detuvo un instante. Él conocía esa cicatriz. Él conocía cada milímetro de esa piel irregular.
Su mente viajó tres años atrás, a una noche de guardia en urgencias.
Flashback:
Era madrugada. Habían traído a una chica que se había derrapado en una moto. Iba vestida de cuero negro, con botas militares y el pelo rapado de un lado y teñido de rosa neón del otro. Estaba borracha y gritaba groserías que harían sonrojar a un marinero.
—¡Suéltame, pendejo! ¡No me toques! —le había gritado a Andrés cuando intentó revisarle la rodilla destrozada.
—Si no te toco, te vas a quedar coja, niña —le había respondido él con calma, inyectándole la anestesia local.
Durante la hora que tardó en limpiar la grava de la herida y suturar el tejido desgarrado, la chica se había calmado. Le había contado, entre sollozos borrachos, que se llamaba Alicia, que era huérfana, que odiaba el sistema y que solo quería sentir algo que no fuera dolor.
—Te va a quedar una cicatriz fea —le había advertido Andrés al terminar.
Ella había sonreído, una sonrisa torcida y desafiante.
—Me gustan las cicatrices, doc. Son mapas de por dónde no volver a pasar.
Fin del Flashback.
Andrés parpadeó, volviendo al presente. Miró la cara de la novia. Sin el pelo rosa, sin el maquillaje punk, con las facciones suavizadas por el dinero y el cuidado… pero era ella.
—¿Alicia? —susurró Andrés, sintiendo que el mundo giraba.
La mujer abrió los ojos. Eran grandes, oscuros y estaban llenos de un terror absoluto. No enfocaban bien. Sus pupilas estaban tan dilatadas que casi no se veía el color.
—Las almendras… —susurró ella, agarrando la camisa mojada de Andrés con una fuerza sorprendente—. El té sabía a almendras… y él se reía…
—¿Quién? ¿Quién se reía, Alicia? —preguntó Andrés, sacudiéndola suavemente—. ¿Me reconoces? Soy el doctor García. Andrés. Te cosí la rodilla.
Ella parpadeó, tratando de luchar contra la niebla química que tenía en el cerebro.
—Andrés… —dijo, y una lágrima se mezcló con el agua del río en su mejilla—. Él está ahí arriba. Él me dijo que volara.
Andrés levantó la vista hacia el puente, cincuenta metros arriba.
Al borde de la barandilla, recortada contra la luz de la farola, había una silueta. Un hombre. Llevaba traje oscuro. No se movía. Solo miraba hacia abajo, hacia donde ellos estaban.
Andrés sintió un escalofrío de peligro puro. Eso no era un curioso.
El hombre en el puente, al ver que Andrés lo miraba, sacó algo del bolsillo. Parecía un teléfono. Hizo una llamada rápida, dio media vuelta y caminó hacia la oscuridad con una calma que helaba la sangre.
—Tenemos que irnos de aquí —dijo Andrés, cargando a Alicia en sus brazos. Ella pesaba poco, consumida quizás por el estrés o algo peor.
Subió la ladera resbalosa con la novia en brazos, ignorando el dolor en sus propios músculos. Cuando llegó arriba, Tania, la perra, estaba ladrando furiosa hacia donde se había ido el hombre del traje.
Andrés metió a Alicia en el asiento trasero de su viejo coche, manchando la tapicería de lodo y agua.
—No te duermas, Alicia. ¡No te duermas! —le ordenó mientras arrancaba el motor, que rugió protestando.
Miró por el retrovisor. El puente estaba vacío, pero la sensación de ser observado persistía.
Esto no había sido un intento de suicidio. La droga, el “té de almendras”, la coacción…
Alguien había intentado borrar a Alicia del mapa el día de su boda. Y Andrés, el cirujano que acababa de perder una vida esa tarde, acababa de arrebatarle una a la muerte.
—Aguanta, niña rebelde —le dijo, pisando el acelerador a fondo—. Esta noche no se muere nadie más en mi guardia. Aunque tenga que pelear con el diablo.
El coche se perdió en la noche, dejando atrás el río, pero llevándose un misterio que estaba a punto de destapar los secretos más oscuros de la alta sociedad veracruzana. Y Andrés no tenía idea de que esa cicatriz en la rodilla era la clave de todo.
PARTE 2 – EL DIAGNÓSTICO DEL MIEDO
CAPÍTULO 3: FANTASMAS EN LA SALA DE URGENCIAS
El viejo Tsuru de Andrés rugía como un animal herido mientras subía la pendiente hacia el Hospital General. El aire acondicionado había muerto hace dos veranos, así que las ventanas iban abajo, dejando entrar el aire húmedo de la noche veracruzana que olía a tierra mojada y a gasolina quemada.
En el asiento trasero, Alicia yacía inerte, cubierta con una manta de viaje que olía a perro y a viejo. El vestido de novia, ese monstruo de miles de pesos de encaje y seda, estaba hecho un guiñapo, manchado de lodo fluvial y algas.
—Aguanta, Alicia. No te me vayas ahora —murmuró Andrés, mirando por el retrovisor. Los ojos de la chica estaban cerrados, su pecho subía y bajaba con un ritmo irregular, espasmódico.
Andrés sabía que llevarla a su casa era una estupidez. Si lo que ella había balbuceado era cierto —que la habían drogado, que su esposo la quería muerta— necesitaba un lavado gástrico, suero y monitoreo cardíaco. Pero llevarla al hospital por la entrada principal era entregarla en bandeja de plata. Si el marido, ese tal Pedro, tenía el poder y el dinero que aparentaba su traje, seguramente ya habría alertado a la policía o a seguridad privada.
—Vamos a tener que entrar por la cocina, Tania —le dijo a la perra, que iba en el asiento del copiloto, con las orejas paradas, alerta ante la tensión de su dueño.
Andrés estacionó el coche en la zona de carga y descarga, lejos de las luces principales y de las cámaras de seguridad que, para su fortuna, llevaban meses descompuestas por falta de presupuesto.
Cargó a Alicia de nuevo. Pesaba más ahora, el peso muerto de la inconsciencia. Entró por la puerta de servicio, saludando con un gesto rápido a Don Chuy, el guardia nocturno, que estaba demasiado ocupado cabeceando sobre su torta de jamón como para hacer preguntas.
—Doctor García, ¿qué hace aquí? Pensé que su turno… —empezó a decir una voz femenina cuando Andrés pateó la puerta de la sala de curaciones privada, la que usaban para los VIPs o para los amigos del director.
Era Julia. La enfermera del turno nocturno. Una morena de ojos grandes y expresivos, con esa calidez jarocha que te hacía sentir en casa incluso cuando te estaban inyectando penicilina. Julia llevaba años enamorada en silencio de Andrés, admirando su ética y sufriendo con su tristeza.
—¡Cierra la puerta, Yuli! —ordenó Andrés, depositando a Alicia en la camilla con cuidado.
Julia cerró de un golpe y se giró, con las manos en la boca.
—¡Virgen Santísima! Doctor, ¿qué pasó? ¿Atropelló a alguien? ¿Es… es una novia?
—La saqué del río. Se tiró del Puente de los Suspiros —dijo Andrés, buscando unas tijeras de uso rudo—. Necesito que me ayudes. Nadie puede saber que está aquí. Ni registro, ni administración, ni mucho menos el Dr. Esteban. Para el hospital, esta mujer no existe. ¿Entiendes?
Julia lo miró a los ojos. Vio la desesperación, el miedo y esa chispa de locura que tienen los hombres que ya no tienen nada que perder. Asintió, profesional.
—Entendido, doc. ¿Qué necesitamos?
—Vías aéreas permeables. Canalízala con solución salina, a chorro. Y necesito un toxicológico completo, pero mándalo con la etiqueta de “Paciente X”. Dile al de laboratorio que es un favor personal, que le invito las chelas el fin de semana.
Mientras Julia trabajaba con la eficiencia de quien lleva veinte años en la trinchera, Andrés comenzó a cortar el vestido. El sonido de las tijeras rompiendo la tela cara, crish, crish, era extrañamente satisfactorio. Estaba destruyendo la evidencia de una boda maldita.
Al retirar las capas de tul empapado, el cuerpo de Alicia quedó expuesto, vulnerable en su ropa interior color crema. Andrés revisó cada centímetro buscando inyecciones, golpes, marcas de lucha.
—Tiene moretones en las muñecas —señaló Julia, limpiando la piel de la chica con una esponja tibia—. Son viejos. De hace unos días. Alguien la ha estado sujetando fuerte.
Andrés apretó la mandíbula.
—Dijo que su marido la hizo saltar. Que el té sabía a almendras.
—¿Cianuro? —preguntó Julia, alarmada.
—No. Si fuera cianuro ya estaría muerta. Debe ser algún cóctel psicotrópico. Algo para confundirla, para hacerla parecer…
—Loca —completó Julia, mirando la cara pálida de la chica—. Es guapísima, doctor. ¿De dónde salió?
Andrés tocó la cicatriz en la rodilla de Alicia. La piel estaba fría.
—Del pasado, Yuli. Salió de mi pasado.
Pasaron dos horas tensas. El monitor cardíaco pitaba con un ritmo más estable. Andrés se había sentado en un banco, con la cabeza entre las manos, mientras la adrenalina del rescate se convertía en una fatiga aplastante.
De repente, Alicia gimió.
Andrés se levantó de un salto.
—¿Alicia? ¿Me oyes?
La chica abrió los ojos. Esta vez, la niebla parecía haberse disipado un poco. Miró el techo de placas de unicel manchadas de humedad, luego la bolsa de suero, y finalmente a Andrés.
—No estoy muerta —dijo. No fue una pregunta, sino una afirmación decepcionada.
—No. Eres mala para morirte, igual que eras mala para andar en moto —dijo Andrés con una media sonrisa, tratando de aligerar el ambiente.
Alicia giró la cabeza y lo reconoció. Una sombra de sonrisa cruzó su rostro.
—El doctor gruñón. El que me regañó por mi tatuaje.
—El mismo. Y tú eres la niña punk que mordió a mi enfermero.
Alicia intentó sentarse, pero se mareó y cayó de nuevo en la almohada.
—¿Dónde está Pedro? —su voz se llenó de pánico repentino—. Si sabe que estoy viva… me va a encerrar otra vez. Me va a llevar a “La Castañeda” o como se llame ese lugar horrible.
—Estás segura, Alicia. Nadie sabe que estás aquí. Pero necesito que me digas qué pasó. ¿Qué te tomaste?
Alicia cerró los ojos, y las lágrimas empezaron a brotar silenciosas por las esquinas.
—Yo no tomé nada, Andrés. Yo no me drogo. Ya no. Dejé todo eso cuando… cuando conocí al tío de Pedro. Al viejo Don Augusto. Él me rescató de la calle, me dio trabajo en su empresa. Me volví una persona decente, ¿sabes? Me quité los piercings, me dejé crecer el pelo. Quería que él estuviera orgulloso.
—¿Y Pedro?
—Pedro es su sobrino. Cuando Don Augusto murió de cáncer hace seis meses, Pedro apareció. Era tan… perfecto. Atento. Lloraba conmigo. Me decía que yo era lo único que le quedaba de su tío. Me pidió matrimonio muy rápido. Dijo que para proteger la herencia, que había gente mala que quería quitarme la empresa.
Alicia soltó una risa amarga que se convirtió en tos.
—Qué estúpida fui. La “niña de la calle” creyéndose el cuento de la Cenicienta. En cuanto firmamos el acta civil hace dos semanas, todo cambió. Empecé a olvidar cosas. Me despertaba en lugares raros de la casa sin saber cómo llegué ahí. Pedro me decía que yo le gritaba, que lo atacaba por las noches, pero yo no recordaba nada.
—Gaslighting —murmuró Andrés. Luz de gas. La técnica de manipulación más cruel.
—Me llevó con un psiquiatra amigo suyo. El tipo ni siquiera me miró a los ojos, solo anotaba cosas mientras Pedro le decía que yo oía voces. Me recetaron pastillas. “Vitaminas”, me dijo Pedro. Pero cada vez que me las tomaba, el mundo se derretía. Veía insectos en las paredes. Oía a mi madre muerta insultándome.
Andrés sintió un hueco en el estómago.
—Te estaban induciendo una psicosis tóxica. Querían declararte mentalmente incompetente.
—Hoy fue la boda religiosa —continuó Alicia, temblando—. Antes de salir a la iglesia, Pedro me trajo un té. “Para los nervios”, dijo. Me lo tomé porque quería confiar en él. Porque quería creer que me amaba. Pero en el altar… las caras de los santos empezaron a deformarse. El cura parecía un demonio. Salí corriendo. No sabía dónde estaba. Solo corría. Y luego… el puente. Pedro me alcanzó en el coche. Se bajó. Me dijo: “Haznos un favor a los dos, loca de mierda. Salta y acaba con el espectáculo. Si no saltas, te juro que te encierro en un sótano y no vuelves a ver la luz del sol”.
Alicia agarró la mano de Andrés. Sus dedos estaban helados.
—Él no me ama, Andrés. Él quiere las acciones. Don Augusto me dejó el 80% de la constructora. Soy rica. Soy asquerosamente rica y por eso me quieren matar.
En ese momento, la puerta se abrió. Julia entró con un papel en la mano. Su cara estaba pálida.
—Doctor… llegaron los resultados del laboratorio.
Andrés tomó la hoja. Sus ojos recorrieron las cifras químicas.
—Hijos de perra —susurró.
—¿Qué es? —preguntó Alicia.
—Es una mezcla de escopolamina y dosis masivas de LSD sintético —dijo Andrés, levantando la vista con furia—. No estás loca, Alicia. Te han estado envenenando sistemáticamente. Esto no es medicina, es tortura química.
De repente, el radio de Julia sonó con estática. Era la frecuencia de seguridad de la entrada principal.
“Atención a todas las unidades. Tenemos un código azul en recepción. Un hombre exige ver al director. Dice que su esposa, una tal Alicia Denisse, podría haber sido traída aquí. Viene con abogado y escoltas. Está muy alterado.”
Alicia se incorporó de golpe, arrancándose la vía del suero. La sangre manchó la sábana.
—¡Es él! ¡Me encontró!
Andrés puso una mano firme sobre su hombro.
—Yuli, esconde la historia clínica. Borra el registro de entrada en la computadora de urgencias, si es que hiciste alguno.
—No hice nada, doctor. Para el sistema, esta cama está vacía.
—Bien. Alicia, escúchame —Andrés la tomó de la cara, obligándola a mirarlo—. No vas a ir a ningún lado. Te voy a llevar al cuarto de descanso de los residentes, en el sótano. Nadie entra ahí.
—Me va a encontrar… él tiene mucho poder…
—Él tendrá poder —dijo Andrés, sintiendo cómo la vieja furia, la que no pudo usar para salvar a Ángela, ahora le hervía en las venas—. Pero este es mi hospital. Y aquí, en mi turno, yo soy Dios.
CAPÍTULO 4: LA BOCA DEL LOBO
La mañana llegó con una luz grisácea y triste que se filtraba por las persianas del despacho del Director. Andrés había dormido apenas veinte minutos en una silla plegable junto a la puerta del cuarto de residentes donde escondía a Alicia. Se había lavado la cara con agua fría, se había puesto una bata limpia (robada del locker de un interno) y se había preparado para la guerra.
El hospital ya bullía con el cambio de turno. El chisme corría por los pasillos más rápido que una infección intrahospitalaria: “Dicen que la novia suicida apareció”, “Dicen que el marido está ofreciendo una recompensa”, “Dicen que el Dr. Esteban se fue de fiesta anoche y no ha llegado”.
Andrés caminó hacia la recepción principal. Tenía que interceptar a Pedro antes de que empezara a revisar cuarto por cuarto.
Ahí estaba.
Pedro no era como Andrés se lo había imaginado. No tenía cara de villano de telenovela. Era un tipo de unos 30 años, impecablemente vestido con un traje que costaba más que el coche de Andrés. Tenía esa belleza pulcra y afilada de la gente que nunca ha tenido que preocuparse por pagar la renta. Estaba hablando con la recepcionista, con una expresión de dolor tan bien actuada que Andrés casi le aplaude.
—Por favor, señorita. Estoy desesperado. Mi esposa sufre de… episodios. Desapareció anoche. Alguien dijo que vieron una ambulancia cerca del río.
—Señor, ya le dije que no tenemos ingresos con el nombre de Alicia —decía la recepcionista, ya un poco harta pero cohibida por la presencia de los dos guaruras que acompañaban a Pedro.
Andrés respiró hondo, se ajustó los lentes y entró en escena.
—Buenos días. ¿Hay algún problema aquí?
Pedro se giró. Sus ojos, de un azul hielo, escanearon a Andrés de arriba abajo en un segundo, evaluando su valor, su estatus y su amenaza.
—¿Usted es el médico a cargo? Soy Pedro Montiel. Busco a mi mujer, Alicia.
—Soy el Dr. García, jefe de guardia de anoche —mintió Andrés con una calma que no sentía—. Lamento su situación, Sr. Montiel. Pero anoche fue una guardia tranquila. Solo un par de borrachos y un cólico renal. Ninguna novia.
Pedro dio un paso adelante. Olía a menta y a dinero viejo.
—Doctor García… mi esposa es una mujer muy frágil. Tiene… delirios. Esquizofrenia paranoide no diagnosticada. Puede ser peligrosa para sí misma. Si está aquí, y usted la está ocultando por algún malentendido burocrático, le aseguro que las consecuencias legales serán devastadoras. Además… —bajó la voz, haciéndose el confidencial—… ella suele inventar historias. Dice que la gente la persigue. Que la envenenan. Es parte de su enfermedad.
Andrés sintió un escalofrío. El tipo se estaba blindando de antemano. Estaba desacreditando cualquier cosa que Alicia pudiera decir antes de que ella abriera la boca. Era brillante. Y malvado.
—Entiendo la patología, Sr. Montiel. Pero le repito: aquí no está.
En ese momento, el Dr. Esteban, el hijo del director, entró por las puertas automáticas, con gafas de sol oscuras para ocultar la resaca y un café de Starbucks en la mano. Al ver a Pedro, su actitud cambió instantáneamente. De junior crudo pasó a ser un servil lamebotas.
—¡Pedro! ¡Qué sorpresa! —exclamó Esteban, acercándose con los brazos abiertos—. ¿Qué haces aquí, brother? ¿Todo bien con la boda?
Andrés arqueó una ceja. Se conocían. Por supuesto que se conocían. La élite de este pueblo podrido cabía en un solo salón de fiestas.
—Esteban… qué gusto —Pedro le estrechó la mano, pero su mirada seguía clavada en Andrés—. Tengo un problema. Alicia se escapó. Tu colega aquí dice que no ha ingresado, pero tengo un testigo, un pescador, que vio a alguien sacando algo del río anoche.
Esteban se quitó las gafas de sol, revelando unos ojos inyectados en sangre. Miró a Andrés con sospecha.
—García estuvo de guardia. Oye, García, ¿seguro que no llegó nadie? Tú sabes que a veces los de la ambulancia no registran en sistema hasta el cambio de turno.
—No hubo ingresos, Esteban. Puedes revisar las bitácoras —insistió Andrés, manteniendo la cara de póker.
—Bien, bien… —Esteban se volvió hacia Pedro—. Mira, Pedro, no te preocupes. Mi papá me dio llaves maestras de todo. Vamos a revisar. A lo mejor está en algún pasillo confundida. García, tú ven con nosotros.
Andrés sintió que el suelo se abría. Iban a registrar el hospital. Y Alicia estaba en el sótano, en el cuarto de residentes, una puerta que cualquier llave maestra podía abrir.
—Tengo pacientes esperando, Esteban. No puedo andar de tour turístico.
—Es una orden, García —espetó Esteban, recuperando su arrogancia habitual—. Si la esposa de mi amigo Pedro está aquí, quiero saberlo. Y si me estás mintiendo… te juro que lo de la niña Ángela va a parecer un chiste comparado con lo que te voy a hacer.
El golpe fue bajo y directo. Andrés apretó los puños dentro de los bolsillos de su bata. No tenía opción. Tenía que ganar tiempo.
Comenzaron el recorrido. Urgencias. Terapia Intensiva. Los pasillos de hospitalización. Pedro caminaba como un dueño inspeccionando su ganado, mirando dentro de las habitaciones sin pedir permiso, asustando a los pacientes.
—Alicia… —llamaba con una voz suave, melosa, que a Andrés le daba náuseas—. Amor, sal ya. No estoy enojado. Solo quiero llevarte a casa y darte tu medicina.
Llegaron a los elevadores. Esteban presionó el botón del sótano.
—Vamos a ver abajo. Morgue, lavandería y residentes —dijo Esteban.
El corazón de Andrés latía tan fuerte que temía que se oyera en el silencio del elevador. Tenía que hacer algo. Ya.
El elevador se abrió en el sótano. El pasillo estaba desierto y mal iluminado. Al final del pasillo estaba la puerta del cuarto de residentes.
—Ahí —señaló Pedro, como un sabueso que huele la presa—. Esa puerta está cerrada.
—Es el descanso de médicos —dijo Andrés, bloqueando el paso—. Hay gente durmiendo. Colegas que llevan 36 horas trabajando. No pueden entrar ahí.
—Quítate, García —dijo Esteban, sacando el llavero.
Andrés no se movió.
—No.
—¿Qué dijiste? —Esteban se rió, incrédulo.
—Dije que no. Ya mataste a una niña ayer con tu incompetencia, Esteban. No vas a venir a pisotear el descanso de mi gente solo para complacer a tu amigo rico. Tengan un poco de respeto.
Esteban se puso rojo de ira.
—Estás despedido, García. Lárgate ahora mismo.
—Despídeme si quieres. Pero no vas a entrar ahí.
Pedro, que había estado observando la escena con frialdad, hizo un gesto a uno de sus guaruras. El gorila, un tipo que parecía un refrigerador con patas, avanzó hacia Andrés.
—Muévase, doctorcito. Por las buenas o por las malas.
Andrés se preparó para el golpe. Cerró los puños. Iba a perder, lo sabía. El tipo lo iba a destrozar y luego abrirían la puerta y encontrarían a Alicia.
En ese instante, la puerta del cuarto de residentes se abrió.
Todos se congelaron.
Pero no salió Alicia.
Salió Julia, la enfermera. Llevaba el pelo revuelto, la bata desabotonada dejando ver una blusa de tirantes, y cara de recién despertada (o de algo más).
Detrás de ella, en la oscuridad del cuarto, se veía a un interno joven, sin camisa, tapándose con una sábana.
—¡Ay, Dios! —chilló Julia, fingiendo sorpresa y vergüenza, cerrando la puerta tras de sí rápidamente—. Doctor Esteban… Doctor García… perdón… estábamos… eh… descansando.
El silencio fue absoluto y cómico.
Esteban miró a Julia, luego al interno semidesnudo que se vislumbraba, y soltó una carcajada nerviosa.
—Vaya, vaya. Con que “descansando”, ¿eh? Vaya nido de amor tienen aquí.
Pedro frunció el ceño, decepcionado. Miró la puerta cerrada.
—¿No hay nadie más ahí dentro? —preguntó.
—Solo el Dr. Ramírez, señor —dijo Julia, roja como un tomate (y Andrés sabía que no estaba actuando del todo, la vergüenza era real por la escena que estaba montando para salvarlos)—. Por favor, no nos reporten. Mi mamá me mata.
Esteban le dio una palmada en la espalda a Pedro.
—Ya ves, brother. Aquí solo hay calentura de guardia, no esposas fugitivas. Vámonos. Esto huele a sexo barato y desinfectante.
Pedro miró a Andrés una última vez. Sus ojos decían: “No te creo. No me trago esto”. Pero no tenía pruebas.
—Vámonos —dijo Pedro secamente—. Pero García… si la ves… llámame. Por tu propio bien.
Cuando el elevador se cerró llevándose a los lobos, Andrés se recargó contra la pared y se deslizó hasta el suelo. Le temblaban las piernas.
Julia abrió la puerta del cuarto de residentes.
El “interno semidesnudo” se levantó de la cama. No era un interno. Era Alicia, con una bata de médico puesta y el pelo escondido bajo un gorro quirúrgico.
—¿Se fueron? —preguntó ella, temblando.
—Se fueron —dijo Andrés, mirando a Julia con gratitud infinita—. Yuli… eso fue… brillante.
—Me debes una, García. Y una muy grande —dijo Julia, abotonándose la bata con manos temblorosas—. Tuve que convencer a Ramírez de que se escondiera en el baño y me prestara sus boxers para tirarlos en el suelo. Casi me muero de la pena.
Alicia miró a Andrés. Había miedo en sus ojos, pero también había algo nuevo. Determinación.
—Estuvo muy cerca —dijo ella—. Él no va a parar. Conoce a Esteban. Tienen influencias. Van a revisar las cámaras, van a interrogar al personal. No puedo quedarme aquí.
—Lo sé —dijo Andrés, poniéndose de pie. Ya no se sentía cansado. Se sentía vivo, peligrosamente vivo, como no se había sentido desde que Tania se fue, o tal vez nunca—. Tengo un plan. Pero es una locura.
—Mi vida es una locura desde hace meses —respondió Alicia—. ¿Qué tienes en mente?
—No podemos esconderte para siempre. Y no podemos ir a la policía porque Pedro los tiene comprados. Así que vamos a hacer lo único que no esperan.
—¿Qué?
—Vamos a matarte —dijo Andrés con una seriedad sepulcral—. Oficialmente, la novia del río se ahogó. Vamos a crear un fantasma para que puedas cazar al monstruo sin que él te vea venir. Pero necesito saber una cosa, Alicia.
—¿Qué?
—¿Estás dispuesta a perderlo todo? Tu nombre, tu vida, tu identidad. Porque si entramos en esto, no hay vuelta atrás. Vamos contra la gente más poderosa de Veracruz.
Alicia se tocó la cicatriz de la rodilla. Recordó el sabor a almendras. Recordó la risa de Pedro mientras le decía que saltara. Sus ojos se endurecieron. Ya no era la víctima. Era la sobreviviente.
—Ya lo perdí todo, Andrés. Ahora solo quiero verlos caer. Hagámoslo.
Andrés asintió.
—Bienvenida al equipo, “Prima”. Desde hoy, eres mi pariente lejana que vino del norte a visitarme. Yuli, necesito tinte de pelo, ropa de tianguis y un acta de defunción falsa. Vamos a hacer un milagro médico: convertir a una heredera viva en un cadáver anónimo.
Afuera, el sol comenzaba a calentar el asfalto, pero en el sótano del hospital, la verdadera operación acababa de comenzar. Y esta vez, Andrés no iba a permitir que el paciente muriera en la mesa.
CAPÍTULO 5: LA VIDA EN LA SOMBRA
La casa de Andrés nunca había sentido una presencia femenina tan fuerte, ni siquiera cuando Tania vivía allí. Pero Alicia, incluso escondida, asustada y vestida con ropa prestada que le quedaba tres tallas grande, llenaba el espacio con una electricidad nerviosa.
Habían pasado tres días desde la fuga del hospital. Tres días de encierro, de persianas bajadas y de hablar en susurros. Para el mundo exterior, Alicia Denisse, la heredera de la constructora Montiel, había desaparecido en las aguas del río Sedeño. La policía había encontrado un zapato de novia atorado en una rama río abajo —un toque maestro de Andrés— y la búsqueda había pasado de “rescate” a “recuperación de cuerpo”.
—Te ves fatal —dijo Andrés, entrando a la cocina con dos bolsas de tacos al pastor.
Alicia estaba sentada a la mesa, con unas tijeras de cocina en la mano y mechones de pelo castaño esparcidos por el hule de la mesa. Se había cortado su melena de peluquería cara hasta dejarla en un bob disparejo y rebelde.
—Gracias por el cumplido, doc —respondió ella, sin soltar las tijeras—. Pero si voy a ser tu “prima del norte”, no puedo parecer la esposa muerta de Pedro Montiel.
Andrés dejó los tacos y suspiró. Se acercó a ella, le quitó las tijeras con suavidad y evaluó el desastre capilar.
—Pareces un puercoespín que se peleó con una podadora. Siéntate derecha. Si vas a cambiar de identidad, hazlo bien.
Con una paciencia que no sabía que tenía, Andrés terminó el corte. Mientras las tijeras hacían clic-clic alrededor de las orejas de Alicia, ella se relajó por primera vez en días.
—En el orfanato nos rapaban cuando llegaban los piojos —dijo ella de repente, mirando su reflejo borroso en la ventana oscura—. A las niñas bonitas las dejaban largas para que las adoptaran rápido. A las feas y rebeldes como yo, nos pasaban la máquina del cero. Aprendí que el pelo no importa. Crece. Lo que no se cura es lo de adentro.
Andrés se detuvo un momento, con el peine en el aire.
—Yo también soy adoptado —soltó. No solía hablar de esto con nadie, ni siquiera con Julia—. Mis padres biológicos eran… complicados. Delincuentes, creo. Murieron en la cárcel o algo así. Nunca quise averiguar demasiado. Me daba miedo encontrar algo podrido en mi sangre.
Alicia se giró para mirarlo. Sus ojos, ahora enmarcados por un flequillo corto, brillaban con una intensidad nueva.
—La sangre no es destino, Andrés. Mira a Pedro. Sangre azul, sobrino del gran empresario, educación en Europa… y es un monstruo. Y tú, hijo de “delincuentes”, eres el hombre que saltó a un río mugroso para salvar a una desconocida.
Se miraron en silencio. Había una conexión ahí, un hilo invisible que se tensaba entre sus soledades. Andrés carraspeó, incómodo por la intimidad del momento, y volvió a los tacos.
—Come. Necesitas grasa y proteína. Estás muy flaca. Y tómate las vitaminas que te traje. Tu análisis de sangre salió… limpio de drogas, finalmente. Pero estás anémica.
Esa noche, mientras comían con las manos manchadas de adobo y piña, vieron las noticias en la pequeña televisión de la sala.
El rostro de Pedro llenaba la pantalla. Llevaba una camisa negra, barba de tres días (perfectamente cuidada para parecer descuido por dolor) y hablaba con una voz quebrada ante los micrófonos.
“Mi amada Alicia… sufría en silencio. Sus demonios mentales eran fuertes. Solo pido respeto a mi privacidad y a la memoria de mi esposa. Si alguien sabe algo… por favor…”
Alicia aventó una servilleta hecha bola a la pantalla.
—¡Maldito mentiroso! ¡Míralo! ¡Está actuando!
—Es bueno —admitió Andrés, sintiendo una punzada de odio—. Está preparando el terreno para cobrar el seguro y las acciones. Si no aparece un cuerpo en seis meses, o si consigue que un juez la declare muerta por presunción… se queda con todo.
—Tenemos que hacer algo, Andrés. No puedo quedarme aquí escondida mientras él se gasta el dinero de Don Augusto. Ese dinero era para ayudar a gente, no para comprarse trajes italianos.
—Estamos haciendo algo. Julia está vigilando la casa. Yo estoy rastreando de dónde sacó las drogas. Ese cóctel que te dio… el LSD sintético mezclado con escopolamina… no se compra en la farmacia de la esquina. Es diseño de laboratorio. Caro. Exclusivo.
—¿Y eso qué prueba?
—Que tiene un proveedor médico. Y en este pueblo, los proveedores de “medicina recreativa” para los ricos son pocos. Tengo un contacto en la morgue que también le hace al dealer. Mañana voy a ir a verlo.
Alicia se puso de pie, inquieta. Caminaba por la sala pequeña como un tigre enjaulado.
—Yo voy contigo.
—Estás loca. Estás muerta, ¿recuerdas?
—No, Andrés. Soy tu prima. “Brenda”, ¿no? Me pongo unos lentes oscuros, una gorra… nadie me va a reconocer con este pelo de escoba. No me puedo quedar aquí. Me voy a volver loca de verdad si sigo viendo esas paredes. Además… siento que necesito moverme. Tengo náuseas todo el tiempo. Debe ser el estrés o el encierro.
Andrés la miró con ojo clínico. Pálida. Náuseas. Cambios de humor.
—¿Náuseas? ¿Desde cuándo?
—No sé… desde antes de la boda. Pensé que eran los nervios o el veneno que me daban.
Una sospecha se instaló en la mente de Andrés. Una sospecha que, de ser cierta, cambiaba las reglas del juego de una manera brutal.
—Mañana no vas a ir a ver a ningún dealer. Mañana te voy a hacer un eco. Aquí. Tengo un equipo portátil viejo que uso para… emergencias veterinarias con Tania.
—¿Un eco? ¿Para qué? ¿Crees que el veneno me dañó el hígado?
Andrés no respondió. Solo recogió los platos, sintiendo que el destino estaba a punto de soltarles otra bomba.
A la mañana siguiente, la rutina de la clandestinidad se rompió con la llegada de Julia. La enfermera traía noticias frescas y una bolsa de pan dulce.
—Está todo revuelto en el hospital —dijo Julia, sirviéndose café—. Esteban está insoportable. Anda diciendo que tú, Andrés, tienes algo que ver con la desaparición. Que te vio raro esa noche. Y Pedro… Pedro ha estado yendo a la oficina del director todos los días. Están tramando algo.
—¿Qué pueden tramar? —preguntó Alicia, que ahora llevaba unos jeans viejos de Andrés amarrados con un cinturón y una camiseta de propaganda política.
—No sé. Pero oí que quieren pedir una orden para revisar los casilleros y… las casas del personal que estuvo de guardia esa noche. Buscan “medicamentos robados”, dicen. Pero sabemos qué buscan.
Andrés se tensó.
—Si vienen aquí…
—Tienen que tener una orden judicial —dijo Julia—. Y eso tarda. Pero no se confíen. Andrés, tienes que actuar rápido. Si encuentras pruebas contra Pedro, úsalas ya.
—Lo haré. Pero primero… Alicia, al sofá. Súbete la camisa.
Alicia obedeció, confundida. Julia miró a Andrés y luego a Alicia, y sus ojos de mujer entendieron antes que nadie. Se llevó la mano a la boca.
—No me digas que…
Andrés encendió el viejo ecógrafo portátil. Untó el gel frío en el vientre plano de Alicia. La imagen en la pantalla era granulosa, en blanco y negro, como una tormenta de nieve estática. Andrés movió el transductor, buscando entre las sombras.
Y ahí estaba.
Un pequeño saco gestacional. Un latido diminuto, rápido como el aleteo de un colibrí. Pum-pum, pum-pum.
El silencio en la sala fue absoluto. Solo se oía el zumbido del aparato y la respiración entrecortada de Alicia.
—¿Qué es eso? —preguntó ella con un hilo de voz—. ¿Es un tumor?
Andrés la miró a los ojos. Vio el miedo, pero también vio esa fuerza indestructible que la había mantenido viva en el río.
—No, Alicia. No es un tumor. Estás embarazada. De unas ocho semanas, calculo.
Alicia se quedó paralizada. Miró la pantalla, luego su vientre, luego a Andrés. Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas sin que ella hiciera ningún gesto de llanto.
—¿Embarazada? ¿De él? —susurró con asco, con horror—. ¿Tengo un hijo de ese monstruo dentro de mí?
Julia se acercó y le tomó la mano.
—Es tu hijo también, nena. No solo de él.
Alicia se cubrió la cara con las manos y sollozó.
—¡Me quiso matar! ¡Me quiso matar sabiendo que podíamos tener una familia! Bueno, tal vez no lo sabía… pero… ¡Dios mío! Andrés, ¿qué hago? ¿Cómo voy a traer a un niño a este desastre? ¿Y si sale como él? ¿Y si tiene su sangre maldita?
Andrés apagó el aparato y le limpió el gel con una toalla.
—Escúchame bien, Alicia —le dijo, tomándola por los hombros—. Te dije ayer que la sangre no es destino. Tú eres la madre. Tú lo vas a criar. Y ese niño o niña no va a tener nada de Pedro, porque Pedro va a estar en la cárcel para cuando nazca. Esto cambia todo. Ahora no solo luchas por tu herencia o tu vida. Luchas por él.
Alicia miró la pantalla negra del ecógrafo. Se tocó el vientre con timidez. El horror inicial empezaba a dar paso a otra cosa. Un instinto feroz. Una leona despertando.
—Tienes razón —dijo, secándose las lágrimas con rabia—. Si Pedro se entera, nos mata a los dos. No va a querer un heredero que compita con él. Va a querer borrarlo.
—Exacto. Por eso, hoy mismo se acaba esto. Voy a ir a ver a mi contacto. Voy a conseguir la prueba de que compró el veneno. Y luego, vamos a tenderle una trampa tan grande que no va a saber ni por dónde le llegó el golpe.
Andrés se levantó, tomó sus llaves y su chamarra. Parecía otro hombre. El médico cansado y derrotado había desaparecido. Ahora era un cazador.
—Yuli, quédate con ella. Si alguien toca la puerta y no soy yo, salgan por el patio trasero y corran. No paren hasta llegar a la iglesia del centro y pidan asilo.
—Ten cuidado, Andrés —le dijo Alicia. Por primera vez, no lo miraba como a un médico, sino como a un hombre. Su hombre—. Regresa.
—Siempre —prometió él.
CAPÍTULO 6: LA TRAMPA DEL TÉ
La oficina de Andrés en el hospital era un cubículo triste lleno de expedientes y olor a café rancio, pero esa tarde se convertiría en el escenario de la caída de un imperio.
Andrés había pasado la mañana en los barrios bajos, hablando con “El Tuercas”, un ex camillero que ahora movía sustancias dudosas. Le había costado dos mil pesos y la promesa de una cirugía de hernia gratis para su madre, pero había conseguido lo que necesitaba: el registro de una venta especial. Un frasco de Droperidol y láminas de ácido, entregadas a un tal “Licenciado P.M.” hacía tres semanas.
Pero eso no era suficiente para la policía. Necesitaban una confesión. O agarrarlo con las manos en la masa.
Andrés miró su teléfono. Eran las 6:00 PM. El turno de Esteban estaba por terminar, y Pedro solía pasar a recogerlo para ir a beber y fingir duelo.
Era ahora o nunca.
Marcó el número de Pedro, que había conseguido del expediente de ingreso “fantasma” que Julia había borrado.
Sonó tres veces.
—¿Bueno? —la voz de Pedro era cautelosa.
—Sr. Montiel. Soy el Dr. García. El que estaba de guardia la noche del… incidente.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio denso y calculado.
—Doctor García. Pensé que habíamos dejado claro que no había nada que hablar. A menos que haya encontrado a mi esposa.
—No la encontré a ella, Sr. Montiel. Pero encontré algo que se le cayó. O que quizás usted dejó olvidado en el ajetreo.
—¿De qué está hablando? Sea claro.
—Tengo una maleta pequeña. Estaba en la sala de espera privada, detrás de una maceta. Tiene sus iniciales. Y adentro… bueno, digamos que el contenido es farmacéuticamente muy interesante. Hay un frasco de té de hierbas… y unas pastillas que no parecen aspirinas.
Andrés aguantó la respiración. Estaba mintiendo. No había maleta. Era un blofeo de póker con todas las fichas en la mesa. Si Pedro era listo, sabría que era una trampa. Pero si era arrogante… y los psicópatas siempre son arrogantes.
—Eso es absurdo —dijo Pedro, pero su voz tembló ligeramente—. Yo no perdí ninguna maleta.
—Ah, perfecto. Entonces se la entregaré a la policía junto con los resultados del análisis químico que le hice al “té”. Seguro a ellos les interesará saber por qué una bebida relajante tiene suficiente psicotrópico para tumbar a un caballo. Estaba pensando en ir a la comisaría ahora mismo… a menos que usted quiera venir a recogerla y explicarme qué está pasando. Quizás… hay una recompensa por la discreción.
Andrés dejó caer la palabra mágica: recompensa. Estaba jugando a ser el médico corrupto, el chantajista. Era un idioma que Pedro entendía a la perfección.
—No te muevas —siseó Pedro. El tono de “viudo doliente” había desaparecido—. Voy para allá. Si hablas con alguien, García, te juro que te mueres.
—Lo espero en mi consultorio. Venga solo. No quiero guaruras.
Andrés colgó. Le sudaban las manos.
Rápidamente, preparó el escenario. Sacó de su locker un maletín viejo de cuero que usaba para sus libros. Metió frascos vacíos de medicina, cualquier cosa que hiciera bulto. Lo puso sobre el escritorio.
Luego, sacó su celular, activó la grabadora de voz y lo escondió debajo de un montón de papeles, dejando el micrófono libre.
Finalmente, le mandó un mensaje a Julia: “Ya viene. Trae a la caballería”.
Veinte minutos después, la puerta se abrió sin llamar.
Pedro entró. Venía solo, como prometió, pero su mano derecha estaba metida dentro del saco, en un gesto que gritaba “tengo un arma”. Cerró la puerta con el pie y le echó el seguro.
—García. Tienes agallas para ser un matasanos de pueblo —dijo Pedro, caminando despacio hacia el escritorio. Sus ojos azules eran fríos como el hielo seco.
—La vida está cara, Licenciado. Y usted tiene mucho dinero.
—¿Dónde está? —Pedro señaló el maletín.
—Ahí. Pero primero hablemos de números. ¿Cuánto vale su libertad? ¿Cuánto vale que nadie sepa que drogó a su esposa para hacerla saltar de un puente?
Pedro soltó una carcajada seca. Se relajó un poco, sacando la mano del saco. No sacó una pistola, sino una chequera.
—Eres un imbécil, García. Alicia estaba loca. Se suicidó. Yo solo le daba sus medicinas.
—El análisis del laboratorio dice otra cosa. Dice que la estaba envenenando. Y si eso sale a la luz, adiós herencia, adiós empresa.
Pedro se acercó al escritorio, invadiendo el espacio de Andrés.
—Mira, muerto de hambre. Alicia era un estorbo. Una recogida de la calle que se creía princesa. Mi tío estaba senil cuando le dejó todo. Ese dinero es mío por derecho de sangre. Ella no era nadie. Un envase vacío.
—¿Un envase vacío? —Andrés sintió la ira bullendo, pensando en el bebé, en el pequeño corazón latiendo—. Ella era su esposa. Y estaba embarazada.
La cara de Pedro cambió. Por un segundo, hubo sorpresa genuina.
—¿Qué? —Luego, la sorpresa se convirtió en una mueca de asco—. ¿Embarazada? Imposible. Me aseguré de que tomara anticonceptivos… o eso creía. Bueno, mejor aún. Dos pájaros de un tiro. Un bastardo menos que alimentar.
Esa fue la gota que derramó el vaso. Andrés ya tenía la confesión grabada. Ya tenía suficiente. Pero el comentario sobre el bebé hizo que se le olvidara el plan, la policía y la prudencia.
—Eres una basura —dijo Andrés, dejando caer la fachada de chantajista.
Pedro se dio cuenta del cambio de tono. Miró el maletín, luego a Andrés.
—¿Tú no quieres dinero, verdad? —susurró, retrocediendo—. ¿Qué es esto?
En ese momento, Pedro se abalanzó sobre el maletín y lo abrió. Al ver los frascos vacíos y basura, su rostro se contorsionó de furia.
—¡Me tendiste una trampa!
Sacó una pistola pequeña, una calibre .22 plateada, del interior de su saco.
—¡Te voy a matar aquí mismo y diré que me atacaste! —gritó, apuntando a la cabeza de Andrés.
—¡Hazlo! —desafió Andrés, poniéndose de pie—. Dispara. El disparo se va a oír en todo el piso. Y tu confesión ya está en la nube.
—¡Cállate! —Pedro amartilló el arma. Le temblaba la mano. Era un cobarde acorralado, y esos son los más peligrosos.
La puerta del consultorio retumbó con un golpe seco.
—¡POLICÍA! ¡ABRAN LA PUERTA!
Pedro giró la cabeza hacia la puerta, distraído por un segundo.
Andrés no desaprovechó la oportunidad. Se lanzó sobre el escritorio, agarrando la muñeca de Pedro y empujándola hacia arriba.
El arma se disparó. ¡BANG!
El disparo pegó en el techo, haciendo llover polvo de yeso.
Lucharon. Pedro era más joven y fuerte, pero Andrés peleaba con la furia de quien defiende a su manada. Le dio un rodillazo en el estómago a Pedro, sacándole el aire. Luego, un derechazo en la mandíbula que crujió satisfactoriamente.
Pedro cayó hacia atrás, chocando contra el archivero. El arma salió volando por el suelo.
La puerta cedió y dos policías entraron con las armas desenfundadas, seguidos por Julia, que llevaba una charola de metal como escudo improvisado.
—¡Al suelo! ¡Al suelo!
Pedro, con la nariz sangrando y el traje arruinado, levantó las manos.
—¡Él me atacó! ¡Soy Pedro Montiel! ¡Exijo llamar a mi abogado! ¡Este hombre está loco!
Andrés se limpió un hilo de sangre del labio. Se agachó, recogió su celular de abajo de los papeles y detuvo la grabación.
—Guarda tus gritos para el juez, Pedro —dijo, jadeando—. Tengo todo grabado. “Un bastardo menos”. “Un envase vacío”. Vas a pudrirte en la cárcel.
Mientras esposaban a Pedro y lo sacaban a empujones —chillando amenazas sobre despedir a todo el mundo—, Andrés se dejó caer en su silla. Le dolía todo el cuerpo, pero sentía una ligereza en el alma que no había sentido en años.
Julia corrió hacia él y lo abrazó.
—¡Estás loco! ¡Oímos el disparo! ¡Pensé que te había matado!
—Tengo la cabeza muy dura, Yuli —dijo Andrés, sonriendo con la boca hinchada—. ¿Llamaste a Alicia?
—No. Quería esperar a ver que estuvieras vivo.
Andrés sacó el teléfono y marcó el número de la casa.
—¿Bueno? —la voz de Alicia sonaba aterrorizada.
—Ya está, prima —dijo Andrés—. Lo tenemos. Se acabó. Ya puedes dejar de ser un fantasma.
Hubo un sollozo al otro lado de la línea.
—¿Estás bien?
—Mejor que nunca. Prepara las maletas. No, mejor no prepares nada. Vamos a ir a cenar. Tacos de verdad, no de bolsa. Y vamos a celebrar que vas a ser mamá.
Andrés colgó y miró por la ventana. La noche veracruzana seguía siendo oscura y húmeda, pero por primera vez, las luces de la ciudad no le parecían tristes. Parecían estrellas.
Sin embargo, mientras veía cómo subían a Pedro a la patrulla allá abajo, Andrés no sabía que el destino aún tenía una última carta bajo la manga. Una carta que no tenía que ver con crímenes ni venenos, sino con un pasado olvidado en un expediente de adopción que estaba a punto de salir a la luz y cambiar el significado de la palabra “familia” para siempre.
CAPÍTULO 7: EL ECO DEL PASADO
La caída de Pedro Montiel fue tan estrepitosa como rápida. Con la grabación de Andrés viralizada en redes sociales (gracias a una “filtración anónima” orquestada por Julia y su primo hacker), y los resultados toxicológicos de Alicia avalados por un laboratorio externo, el imperio de mentiras se desmoronó. El “viudo doliente” pasó a ser el “Monstruo de Xalapa” en cuestión de horas. Los abogados de la empresa, oliendo la sangre, le dieron la espalda para salvar la reputación de la constructora.
Alicia salió de las sombras. Ya no como la esposa sumisa, sino como la dueña legítima. Recuperó su casa, su dinero y, lo más importante, su nombre. Pero había algo que no podía recuperar tan fácilmente: la paz.
Una semana después del arresto, Andrés estaba en su consultorio, empacando sus cosas. El escándalo había sido demasiado. Aunque era un héroe para el público, la dirección del hospital (con el padre de Esteban todavía al mando, aunque tambaleándose) le había sugerido amablemente que tomara unas “vacaciones indefinidas”.
—¿De verdad te vas a ir? —preguntó Julia, recargada en el marco de la puerta, con los ojos brillosos.
—Necesito un tiempo, Yuli. Demasiada muerte, demasiada adrenalina. Quiero… no sé, tal vez poner un consultorio privado. Algo tranquilo. Curar gripas y suturar rodillas de niños traviesos.
—Te vamos a extrañar. Yo te voy a extrañar —dijo ella, bajando la voz en la última frase.
Andrés sonrió con tristeza. Sabía lo que ella sentía. Y, siendo honesto, él también sentía algo. Julia había sido su roca, su cómplice. Pero su corazón estaba hecho un nudo extraño que no sabía desenredar. Parte de ese nudo tenía nombre y apellido: Alicia Denisse. No era amor romántico, o al menos eso se decía. Era… protección. Instinto. Una conexión que iba más allá de la lógica.
En ese momento, su celular vibró. Era un número desconocido.
—¿Bueno?
—Dr. García. Soy el Licenciado Arredondo. Investigador privado. —La voz era seca, profesional—. Tengo los resultados que me pidió sobre sus padres biológicos.
Andrés se tensó. Había contratado al investigador hacía meses, en uno de sus momentos más bajos de depresión, buscando entender de dónde venía su propia soledad. Con todo el caos de Alicia, lo había olvidado por completo.
—Ah… sí. Dígame.
—Preferiría que viniera a mi oficina. Es… complejo. Y creo que le va a interesar mucho. Hay coincidencias que no se ven todos los días.
Andrés colgó, sintiendo un mal presentimiento en la boca del estómago.
—Tengo que irme, Yuli. Te llamo luego.
La oficina del investigador estaba en un edificio viejo del centro, lleno de polvo y archivadores metálicos. Arredondo, un hombre calvo con cara de perro bulldog, le extendió una carpeta manila.
—Sus padres eran Mario y Elena Rivas. Ladrones de poca monta en los 90. Robaban tiendas, camiones de reparto… lo hacían por necesidad, según los expedientes. Eran adictos, pero no violentos.
Andrés abrió la carpeta. Vio las fotos policiales en blanco y negro. Dos jóvenes asustados, flacos, con la mirada perdida. Se vio a sí mismo en los ojos de ese hombre. La misma nariz, la misma frente.
—Murieron en prisión, ¿verdad? —preguntó.
—El padre sí. Una riña en el penal de Perote, dos años después de que a usted lo dieran en adopción. Pero la madre… Elena… ella no murió en la cárcel. Salió libre cinco años después. Estaba enferma. Tuberculosis y desnutrición severa.
Arredondo hizo una pausa, sacando un cigarro que no encendió.
—Antes de morir en un hospital de beneficencia, tuvo otra hija. Una niña.
El corazón de Andrés se detuvo.
—¿Tengo una hermana?
—Tenía. O tiene. La niña fue entregada al sistema DIF inmediatamente porque la madre estaba en coma. Fue registrada como “Desconocida”. Luego, le dieron un nombre en el orfanato “Casa de Luz”.
Andrés leyó el documento que Arredondo le señalaba con un dedo manchado de tinta.
Nombre asignado: Alicia. Fecha de nacimiento: 5 de julio de 1995.
Adopciones fallidas: 3.
Historial: Conducta rebelde, fugas constantes.
Andrés sintió que la habitación giraba. Las fechas coincidían. El orfanato coincidía. “Casa de Luz” era el mismo lugar del que Alicia le había hablado, donde le rapaban el pelo.
—Alicia… —susurró.
—Busqué el rastro de esa niña —continuó el detective, ajeno al shock de su cliente—. Creció en el sistema. Salió a los 18. Tuvo problemas con la ley, detenciones menores. Luego, hace unos años, se casó con un tal Montiel.
Andrés soltó la carpeta. Las hojas se esparcieron por el suelo como hojas secas.
Alicia. La mujer que había sacado del río. La mujer que había escondido en su casa. La mujer cuya cicatriz conocía de memoria.
No era una extraña. No era solo una paciente.
Era su sangre. Su hermana pequeña.
La conexión instantánea, el instinto irracional de protegerla, la forma en que sus soledades encajaban… todo tenía sentido ahora. La biología había estado gritando lo que la mente ignoraba.
—Dios mío… —Andrés se llevó las manos a la cabeza. Recordó el embarazo. El bebé de Alicia.
Su sobrino.
Salió de la oficina del detective corriendo, dejando al hombre con la palabra en la boca. Tenía que verla. Tenía que decírselo.
Llegó a la mansión Montiel, ahora recuperada por Alicia. Era una casa enorme, fría, llena de ecos. Alicia estaba en el jardín, sentada en una banca de hierro forjado, mirando las flores con la mano en el vientre. Ya se le notaba un poco el embarazo, o tal vez era que ya no usaba ropa holgada para esconderse.
—¡Andrés! —Su cara se iluminó al verlo. Se levantó con cuidado y fue a abrazarlo—. Pensé que ya no querías verme. Como te fuiste del hospital…
Andrés la abrazó fuerte. Más fuerte que nunca. La olió. Olía a jazmín y a familia.
—Nunca me iría. Nunca.
Se separó de ella y la miró a los ojos. Ahora lo veía claramente. Los mismos ojos oscuros de su madre en la foto policial. La misma forma de la boca.
—Alicia… siéntate. Tengo que contarte algo. Es… es sobre tus padres. Y los míos.
Le contó todo. Le mostró los papeles arrugados que había recogido del suelo. Le explicó la historia de Mario y Elena, la cárcel, la adopción, el destino cruel que los había separado y el destino milagroso que los había reunido en un puente a punto de la tragedia.
Alicia escuchaba en silencio, con los ojos muy abiertos. No lloraba. Estaba en shock.
—¿Tú…? ¿Tú eres mi hermano? —preguntó, tocándole la cara con dedos temblorosos—. ¿El doctor gruñón es mi hermano mayor?
—Soy tu hermano, Alicia. Y tú eres la niña que mi mamá tuvo antes de morir. No estamos solos. Ya no.
Alicia soltó un grito, una mezcla de risa y llanto, y se lanzó a sus brazos de nuevo.
—¡Tengo un hermano! ¡Tengo familia! —lloraba contra su pecho—. Siempre pensé que era basura, que nadie me quería… y tú estabas ahí. Me salvaste dos veces, Andrés. Me salvaste del río y me salvaste de la soledad.
Lloraron juntos en ese jardín de millonarios, dos huérfanos que habían encontrado su hogar el uno en el otro. Andrés sintió que el agujero negro que llevaba en el pecho desde que Tania se fue, desde que sus padres murieron, se cerraba de golpe.
—Vas a ser tío —dijo Alicia, riendo entre lágrimas, poniéndole la mano de él en su vientre—. Este bebé… ya no es solo hijo de un monstruo. Es un García. Tiene tu sangre.
—Y la tuya. Y la de nuestros padres que, a su manera torcida, sobrevivieron —dijo Andrés—. Este niño va a ser muy amado, Alicia. Te lo prometo.
CAPÍTULO 8: LA NUEVA CICATRIZ
Ocho meses después.
El pasillo del hospital privado “Santa María” estaba tranquilo. Andrés caminaba de un lado a otro, gastando la suela de sus zapatos. Ya no trabajaba en el Hospital General; había abierto su propia clínica pequeña, tal como le dijo a Julia.
Julia.
Ella estaba sentada en la sala de espera, tejiendo algo que parecía un gorrito amarillo deforme. Llevaban saliendo seis meses. No había sido un romance explosivo de película, sino algo suave, cálido, como un café en una mañana fría. Andrés había aprendido a dejar de mirar atrás, a Tania y a sus fantasmas, y a mirar a la mujer que tenía enfrente, la que le había salvado la vida y la carrera cubriendo sus espaldas.
—Si sigues caminando vas a hacer un hoyo en el piso, amor —dijo Julia sin levantar la vista de las agujas.
—Es una cesárea complicada, Yuli. Tiene placenta previa. Y sus antecedentes cardíacos por el estrés… —Andrés se pasó la mano por el pelo, que ahora tenía más canas pero estaba mejor cortado.
—Está con el mejor obstetra de la ciudad. Y tú estás aquí. Todo va a salir bien.
La puerta del quirófano se abrió. Salió el doctor, quitándose el cubrebocas con una sonrisa cansada.
—¡Es un niño! —anunció—. Grande y gritón. La madre está perfecta.
Andrés soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Abrazó a Julia y la besó en la frente, un beso sonoro y feliz.
—¡Soy tío, Yuli! ¡Soy tío!
Entraron a la habitación una hora después. Alicia estaba en la cama, pálida pero radiante, con un bulto azul en los brazos.
—Mira quién vino a conocerte, Andrés —susurró ella.
Andrés se acercó a la cuna de acrílico. El bebé era pequeño, arrugado y rojo. Tenía mucho pelo negro. Abrió los ojos un segundo, unos ojos oscuros e insondables, y luego soltó un bostezo.
—Se va a llamar Mario —dijo Alicia—. Como nuestro papá. Tal vez fue un ladrón, pero nos dio la vida. Quiero limpiar el nombre.
—Mario —repitió Andrés, probando el nombre. Sonaba bien. Sonaba a redención—. Hola, Marito. Soy tu tío Andrés. Voy a enseñarte a jugar fútbol y a no meterte en problemas. Y si te metes, te voy a sacar, como saqué a tu mamá.
Alicia sonrió y le extendió la mano a Andrés. Él la tomó. Luego, extendió la otra mano hacia Julia, que miraba la escena con ternura desde la puerta.
—Ven, tía Julia. Tú también eres parte de esto.
Julia se acercó, con los ojos llenos de lágrimas, y completó el círculo.
EPÍLOGO
Un año después.
El río Sedeño seguía corriendo bajo el “Puente de los Suspiros”, indiferente a las tragedias humanas. Pero el puente ya no era el mismo. El ayuntamiento, presionado por la “Fundación Alicia García” (Alicia se había quitado el apellido Montiel y el de su ex esposo), había instalado mallas de seguridad altas y luces nuevas. Ya nadie podía saltar.
Andrés y Alicia caminaban por la orilla del río, empujando una carriola de llantas todoterreno. El pequeño Mario balbuceaba, tratando de agarrar una mariposa. Tania, la perra vieja, caminaba lento al lado de ellos, feliz de tener una manada tan grande.
—¿Supiste lo de Pedro? —preguntó Alicia, mirando el agua. Ya no le tenía miedo al río.
—Sí. Le dieron 45 años. Intento de homicidio, fraude, tráfico de estupefacientes… el juez no tuvo piedad. Dicen que en la cárcel no le va muy bien. Los reos no quieren mucho a los “niños ricos” que golpean mujeres.
—Que Dios lo perdone —dijo Alicia, y lo decía en serio. El odio había desaparecido, reemplazado por la ocupada alegría de la maternidad y de dirigir una empresa constructora que ahora se dedicaba a hacer viviendas dignas para gente de bajos recursos—. Yo ya no tengo tiempo para odiarlo.
Llegaron al punto exacto donde Andrés la había sacado del agua. La hierba había crecido, cubriendo el lodo.
—Aquí fue —dijo Andrés.
Alicia se detuvo. Se levantó el pantalón capri para mostrar su rodilla. La cicatriz seguía ahí, esa media luna fea y queloide. Pero ahora tenía otra cicatriz más abajo, pequeña, de cuando se cayó aprendiendo a patinar con su hijo la semana pasada.
—Sabes, Andrés… tenías razón —dijo ella, acariciando la marca—. Las cicatrices son mapas. Esta me recuerda dónde casi muero. Pero también me recuerda dónde volví a nacer. Donde encontré a mi hermano.
Andrés le pasó el brazo por los hombros.
—Y ahora el mapa sigue. Tenemos mucho camino por delante. Julia quiere que adoptemos otro perro. Dice que Tania necesita un novio.
Alicia rió, esa risa clara y fuerte que había recuperado.
—Pues vamos. La vida es corta y hay muchos perros que salvar.
El sol empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de naranja y violeta. Andrés miró a su hermana, a su sobrino, a su perra. Pensó en Julia, que lo esperaba en casa para cenar. Pensó en Ángela, la niña que murió en su mesa, y le envió un pensamiento silencioso al cielo: “No pude salvarte a ti, pequeña, pero te prometo que no desperdiciaré la vida que me queda”.
Se dieron la vuelta y caminaron de regreso a la ciudad, dejando atrás el río, el puente y los fantasmas. Ya no eran sobrevivientes. Eran, simplemente, una familia feliz. Y eso, pensó Andrés, era el mejor diagnóstico posible.
FIN