EL CAPO Y LA FANTASMA: CUANDO EL DEPREDADOR SE CONVIERTE EN PRESA El hombre más peligroso de México desafió a una simple mesera a una pelea para humillarla, sin saber que ella era la asesina más letal que el mundo subterráneo había dado por muerta.

CAPÍTULO 1: LA BOCA DEL LOBO

En las entrañas de la Ciudad de México, donde el asfalto suda vapor y las luces de neón de Polanco ocultan los pecados de la élite, existía una verdad que nadie se atrevía a decir en voz alta: el verdadero poder no residía en el Palacio Nacional, sino en los reservados oscuros de lugares como “El Obsidiana”.

Rogelio Montemayor no era simplemente un hombre temido; era una fuerza de la naturaleza, un terremoto silencioso que había reescrito las reglas del narcotráfico y el lavado de dinero en la última década. Lo llamaban “El Arquitecto” en los expedientes de la DEA, pero en las calles, sus susurros lo nombraban simplemente como “El Patrón”. No era el típico narco de botas y sombrero que salía en las noticias; Rogelio era la evolución letal del crimen organizado: educado en Europa, vestido por sastres italianos y con un corazón que bombeaba hielo en lugar de sangre.

Sin embargo, esa noche de martes, bajo el techo acústico y las luces ámbar de su club privado, Rogelio estaba a punto de cometer el primer error de cálculo verdaderamente catastrófico de su vida. Un error que no tenía nada que ver con rutas de distribución o sobornos federales, sino con una mujer. Una mujer que arrastraba los pies y bajaba la mirada, escondida tras un disfraz de insignificancia.

Estela se ajustó los lentes de pasta negra con el dedo índice, un gesto nervioso que había ensayado frente al espejo mil veces hasta que pareció natural. El armazón era barato, pesado y se deslizaba constantemente por el puente de su nariz sudorosa. Llevaba una charola de plata maciza cargada con canapés de salmón y queso brie, y aunque la charola pesaba casi cinco kilos, sus brazos no temblaban por el esfuerzo. Temblaban porque su mente le ordenaba hacerlo.

Para el ojo inexperto, Estela era “la nueva”. La mesera torpe que había conseguido el trabajo hace tres semanas por pura lástima del gerente, quien necesitaba personal barato que no hiciera preguntas. Llevaba un uniforme genérico: pantalón negro de poliéster que le quedaba grande en la cintura, una camisa blanca almidonada dos tallas más grande para ocultar la forma de su torso, y un chaleco que borraba cualquier rastro de feminidad o fuerza.

Pero bajo esa tela barata, el cuerpo de Estela era un mapa de violencia.

Sus deltoides eran rocas compactas, esculpidas no por máquinas de gimnasio, sino por años de levantar cuerpos y golpear sacos de arena mojada en los sótanos de Tijuana. Su espalda era un entramado de cicatrices, algunas de cuchillo, otras de alambre de púas, recuerdos de los “fosos” —las arenas de pelea clandestinas en la frontera donde la única regla era sobrevivir. Allí no la conocían como Estela. Allí, entre el olor a sangre seca y aserrín, la llamaban “La Sombra”. O más específicamente, La Fantasma.

Pero La Fantasma estaba muerta. O al menos, eso es lo que decían los rumores. Había “muerto” en un incendio provocado en una bodega de Juárez hacía seis meses, un sacrificio necesario para escapar de una vida que ya no podía soportar. Ahora, Estela solo quería desaparecer. Quería ser invisible. Y El Obsidiana, irónicamente, era el mejor lugar para esconderse a plena vista. Aquí, los hombres poderosos no miraban a las meseras a los ojos. Para ellos, el personal de servicio era parte del mobiliario, menos importante que las sillas de cuero importado o las lámparas de cristal cortado.

—Más vino, chingada madre —bramó una voz rasposa desde el fondo del salón.

Estela sintió un escalofrío, pero no de miedo. Era una descarga eléctrica de alerta, un reflejo condicionado. Reconocía ese tono. Era el tono de un hombre acostumbrado a golpear sin consecuencias.

La mesa central, la “Mesa del Rey”, estaba ocupada. Rogelio Montemayor presidía el lugar como un monarca aburrido. Estaba repantigado en el centro del sofá de terciopelo rojo sangre, con una pierna cruzada sobre la otra, leyendo un expediente con la misma atención que un cirujano revisa una radiografía antes de cortar.

Rogelio era insultantemente guapo. Tenía esa belleza depredadora de los lobos alfa: pómulos altos, una barba recortada con precisión láser y ojos oscuros, profundos y vacíos, que parecían absorber la luz del lugar. Llevaba un traje gris carbón que Estela, con su ojo entrenado para los detalles, sabía que era un bespoke de Tom Ford. La tela caía sobre sus hombros con una perfección líquida. Ese traje costaba más de lo que Estela ganaría en diez años de servir mesas.

A su derecha estaba Lucas, su jefe de seguridad. Un gorila de dos metros con el cuello tan ancho como la cabeza de un niño y una cicatriz queloide que bajaba desde la oreja hasta la clavícula, recuerdo de un machetazo mal dado. Lucas no bebía, no reía y no parpadeaba. Sus ojos escaneaban la habitación buscando amenazas, pero sus ojos pasaron por encima de Estela sin detenerse. Bien, pensó ella. Soy un fantasma.

A la izquierda de Rogelio estaba el problema. Víctor. Un socio menor del cártel de Sinaloa que estaba en la ciudad para cerrar un trato. Víctor era todo lo que Rogelio no era: ruidoso, vulgar y estúpido. Llevaba una camisa Versace de seda con un estampado dorado tan chillón que dolía mirarlo, y cadenas de oro tan gruesas que parecían collares de perro. Estaba borracho, con esa borrachera peligrosa de quien mezcla cocaína de alta pureza con whisky etiqueta azul.

—¡Dije que quiero más vino! —gritó Víctor de nuevo, golpeando la mesa con la palma abierta, haciendo saltar los cubiertos de plata.

El gerente del club, un hombrecito calvo llamado Germán que sudaba profusamente, le hizo una seña frenética a Estela desde la barra.

—¡Estela, muévete! ¡Llévales el Margaux del 96! —siseó Germán—. Y por el amor de Dios, no lo mires a los ojos. Si ese tipo se enoja, nos cierran el lugar… o algo peor.

Estela asintió, tragando saliva. Tomó la botella de Château Margaux 1996, una joya líquida que costaba sesenta mil pesos en la carta. Sus manos sudaban dentro de los guantes blancos de algodón. Calma, se dijo a sí misma. Respira. Inhala en cuatro tiempos, exhala en cuatro. Eres Estela. Eres torpe. Tienes miedo.

Caminó hacia la mesa VIP. Forzó a sus pies a arrastrarse ligeramente, rompiendo la cadencia perfecta y silenciosa con la que solía moverse para matar. Encorvó los hombros, haciéndose más pequeña, ocultando la envergadura de su espalda.

—Sí, señor. Enseguida —su voz salió como un susurro roto, una actuación digna de un Óscar.

Al llegar a la mesa, el olor la golpeó. Una mezcla de colonia cara, tabaco de habano Cohiba y el hedor agrio del alcohol que emanaba de los poros de Víctor. Rogelio ni siquiera levantó la vista. Seguía pasando las páginas del expediente, subrayando algo con una pluma Montblanc dorada. Para él, Estela no existía.

Pero Víctor… Víctor estaba aburrido y buscaba entretenimiento.

—¿Qué chingados es esto? —dijo Víctor, mirando a Estela de arriba abajo con una sonrisa lasciva y cruel—. Rogelio, ¿te estás quedando pobre o qué pedo? ¿Por qué contratas a estas gatas en un lugar tan fino?

Estela sintió cómo se le tensaban los músculos del cuello. Ignóralo. Es solo ruido. Se concentró en el corcho de la botella. Insertó el sacacorchos con manos temblorosas.

—Oye, te estoy hablando, cuatro ojos —insistió Víctor.

Rogelio suspiró, un sonido largo y cansado, sin apartar la vista del papel.

—Víctor, deja al personal trabajar. Estamos aquí para cerrar el trato de los puertos, no para que ligues con las meseras.

—No estoy ligando, compadre, me estoy quejando —replicó Víctor, soltando una carcajada pastosa—. Mira nada más. Parece que se vistió con la ropa de su abuelo muerto. Oye, tú…

Víctor estiró la mano, rápida como una serpiente, y agarró la muñeca de Estela justo cuando ella estaba sacando el corcho.

El agarre fue fuerte, doloroso. Los anillos de oro de Víctor se clavaron en la piel de Estela.

En ese instante, el tiempo se detuvo.

La mente de Estela, condicionada por quince años de guerra, analizó la situación en microsegundos. El “Modo Combate” se activó involuntariamente.

Amenaza detectada. Agarre en muñeca derecha. Sujeto intoxicado, equilibrio precario. Guardespaldas (Lucas) a 1.5 metros, distraído mirando la puerta. Rogelio sentado, piernas cruzadas, movilidad reducida.

Opción A: Girar la muñeca hacia el pulgar de Víctor para romper el agarre. Golpear con el canto de la mano en la tráquea. Muerte en 30 segundos por asfixia.
Opción B: Usar la botella de vino como arma contundente. Impacto en la sien izquierda. Fractura craneal inmediata.
Opción C: Ser Estela. Ser la víctima.

Estela obligó a su cuerpo a rechazar la Opción A y B. Fue doloroso, como frenar un coche de carreras a doscientos kilómetros por hora.

—¡Ay! ¡Por favor, señor, me lastima! —chilló Estela, dejando que sus rodillas chocaran entre sí.

—¡Mírenla! Tiembla como un chihuahua —se burló Víctor, jalándola con fuerza hacia él—. A ver, quítate esos lentes horribles. Quiero ver si tienes ojos bonitos debajo de esa cara de pendeja.

—Víctor, basta —dijo Rogelio. Su tono había bajado un grado. Ya no era aburrimiento; era advertencia gélida—. Estás llamando la atención.

—Solo un ratito, jefe. ¡Ven acá!

Víctor dio un tirón violento. Estela, atrapada entre su instinto de mantener el equilibrio y su necesidad de parecer torpe, perdió el control de la botella.

Fue como ver un accidente en cámara lenta.

La botella de Château Margaux, abierta y llena, osciló en el aire. El líquido rojo oscuro salió disparado con la física implacable de los fluidos. No cayó sobre la mesa. No cayó sobre el suelo.

Cayó, en un arco perfecto y maldito, directamente sobre el pecho de Rogelio Montemayor.

El vino impactó contra la camisa blanca inmaculada, explotando como una granada de sangre. Salpicó hacia arriba, manchando la solapa de seda del saco gris, empapando la corbata de seda tejida, y dejando unas gotas rojas, brillantes y acusadoras, en la barbilla perfectamente afeitada del capo.

El silencio que siguió fue absoluto.

Fue un silencio físico, pesado. La música del club pareció desvanecerse. Las risas de las mesas cercanas se cortaron como si alguien hubiera bajado el interruptor general de la vida. Incluso el aire acondicionado pareció dejar de zumbar.

Víctor soltó la muñeca de Estela como si de repente estuviera ardiendo. Su rostro, antes rojo por el alcohol, se puso blanco como el papel.

—Verga… —susurró Víctor.

Rogelio no se movió. No saltó. No gritó. Simplemente cerró los ojos por un segundo, inhaló profundamente por la nariz y los volvió a abrir.

Bajó la mirada hacia su pecho. La mancha roja se expandía rápidamente por el algodón egipcio de su camisa, pegándose a su piel. Parecía una herida de bala mortal, justo sobre el corazón.

Lentamente, con una calma que aterrorizaba más que cualquier grito, Rogelio levantó la vista. Sus ojos encontraron los de Estela.

Y por primera vez, Estela sintió miedo real. No el miedo a ser descubierta, sino el miedo primario de estar frente a un depredador que está decidiendo cómo desmembrarte. Esos ojos no tenían alma. Eran pozos negros de cálculo y violencia contenida.

—¿Sabes…? —comenzó Rogelio, su voz apenas un susurro suave y aterciopelado que, sin embargo, se escuchó hasta la cocina—. ¿Sabes de qué tela es este saco?

Estela estaba paralizada. Su entrenamiento le decía pelea o huye, pero su papel le exigía paralízate.

—Yo… yo… lo siento tanto, señor —balbuceó, y esta vez el temblor en su voz no fue tan actuado—. Fue un accidente, él me jaló y…

Estela instintivamente agarró una servilleta de tela de la mesa y extendió la mano para intentar limpiar la mancha. Fue un error.

En menos de un segundo, una mano enorme como una garra de oso atrapó su muñeca en el aire. Era Lucas. El guardaespaldas se había movido con una velocidad sorprendente para su tamaño. Apretó los huesos de la muñeca de Estela con fuerza suficiente para pulverizar el radio de una persona normal.

—No. Lo. Toques —gruñó Lucas, con una voz que sonaba a grava triturada.

Rogelio levantó una mano elegante para detener a Lucas.

—Déjala, Lucas.

Lucas la soltó con un empujón despectivo. Estela tropezó hacia atrás, abrazándose a sí misma.

Rogelio se puso de pie. Se elevaba sobre ella, midiendo casi un metro noventa. Su presencia llenaba el espacio, asfixiante. Tomó la servilleta que Estela había dejado caer, se limpió delicadamente las gotas de vino de la barbilla y dejó caer el paño al suelo con un desdén infinito.

—Lana de Vicuña —dijo Rogelio, mirando a Estela con una curiosidad mórbida, como quien mira a un insecto antes de aplastarlo—. La tela más fina y rara del mundo. Este traje fue hecho a medida en Nápoles. Cuesta, al tipo de cambio de hoy, unos doscientos cincuenta mil pesos.

Hizo una pausa, dejando que la cifra flotara en el aire viciado del club.

—Y la botella que acabas de tirar al suelo… esa costaba otros sesenta mil. Así que, en los últimos diez segundos, me has costado más de trescientos mil pesos.

Rogelio dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal. Estela podía olerlo: sándalo, pólvora residual y una ira fría, glacial.

—Lo pagaré —susurró Estela, bajando la cabeza, mirando sus zapatos gastados de Walmart—. Trabajaré turnos extra. No me corra, por favor. Lo pagaré todo.

Una carcajada seca escapó de los labios de Rogelio. No había humor en ella. Era el sonido de un juez dictando sentencia.

—¿Pagarlo? —Rogelio ladeó la cabeza—. Niña, eres una mesera. Ganas el salario mínimo y vives de las propinas que te dan los viejos verdes por lástima. Si trabajaras cada día de tu vida sin comer ni pagar renta, te tomaría cinco años pagarme la tintorería de este saco.

Se acercó más. Estaba tan cerca que Estela podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo.

—No tienes dinero. No tienes valor. Eres… irrelevante.

Rogelio la estaba escaneando. Buscaba el punto de quiebre. Estaba acostumbrado a que la gente se desmoronara ante él. Hombres duros lloraban cuando él los miraba así. Mujeres se desmayaban. Esperaba lágrimas, mocos, súplicas patéticas.

Pero Estela no lloraba.

Detrás de los cristales sucios de sus lentes, sus ojos color ámbar estaban secos. Fijos. Rogelio frunció el ceño ligeramente. Algo no cuadraba. Podía escuchar la respiración de ella: rítmica, controlada. Inhala, exhala. Inhala, exhala. Su ritmo cardíaco no estaba acelerado por el pánico; estaba… listo.

—Estás muy tranquila para ser una mesera que acaba de firmar su sentencia de muerte —murmuró Rogelio, casi para sí mismo.

La sospecha cruzó su rostro. Era un hombre que había sobrevivido a tres intentos de asesinato porque notaba los detalles que otros ignoraban. Y había algo en la postura de esta mujer, en la forma en que sus pies estaban plantados en el suelo, separados a la anchura de los hombros, con el peso ligeramente en los metatarsos, que le resultaba inquietantemente familiar.

—Tienes buen equilibrio —dijo Rogelio.

De repente, sin previo aviso, sin telegrafiar el movimiento, Rogelio lanzó la mano.

No fue un puñetazo cerrado. Fue una bofetada de revés. Un golpe vicioso, rápido y sucio, destinado a golpearla en la mejilla izquierda, tirarle los lentes y humillarla frente a todo el club. Era el tipo de golpe que un amo le da a un perro desobediente.

La mente consciente de Estela gritó: ¡Déjate golpear! ¡Recíbelo! ¡Es parte del disfraz!

Pero la mente reptiliana, la mente de La Fantasma que había sido forjada en sangre y dolor, no obedeció. El cuerpo tiene memoria, y el cuerpo de Estela recordaba una verdad fundamental: si te tocan, mueres.

Sucedió en una fracción de segundo.

Antes de que la mano de Rogelio pudiera rozar su piel, el cuello de Estela se quebró hacia la izquierda. Fue un movimiento fluido, mínimo, casi imperceptible. Un slip de boxeo perfecto. Su cabeza se movió apenas cinco centímetros fuera de la trayectoria del golpe.

Simultáneamente, su mano izquierda subió sola. No para cubrirse la cara en pánico, sino en una guardia técnica. Su antebrazo interceptó el antebrazo de Rogelio con un check firme, desviando la energía cinética del golpe hacia el aire vacío.

Zas.

El sonido de la tela rozando contra tela.

La mano de Rogelio quedó extendida en el aire, flotando en el espacio donde debería haber estado la cara de Estela.

El tiempo se congeló de nuevo.

Rogelio miró su propia mano, atónito. Luego, lentamente, giró la cabeza para mirar a Estela. Sus ojos estaban muy abiertos. La incredulidad luchaba con la furia. Él era rápido. Muy rápido. Había entrenado boxeo desde los doce años. Nadie, absolutamente nadie, esquivaba un golpe sorpresa de Rogelio Montemayor. Mucho menos una mesera torpe.

Estela se dio cuenta de su error fatal instantáneamente. El camuflaje se había roto. Había reaccionado como un soldado, no como una sirvienta.

Inmediatamente, se encogió, metiendo la cabeza entre los hombros, tratando de recuperar el personaje perdido.

—¡Ay! —gritó con retraso—. ¡Perdón! ¡Me asusté! ¡Fue un reflejo!

Pero era demasiado tarde. El depredador había olido algo más que miedo. Había olido competencia.

Rogelio bajó la mano lentamente. La ira fría en sus ojos se transformó en algo mucho más peligroso: fascinación. Una curiosidad oscura y afilada como un bisturí.

—Eso no fue un reflejo —dijo Rogelio, su voz bajando a un tono gutural—. Eso fue técnica.

—No sé de qué habla… solo cerré los ojos… —Estela retrocedió un paso, pero chocó contra el pecho de Lucas, que se había colocado detrás de ella como un muro de ladrillos.

Rogelio avanzó, acorralándola.

—Una mesera torpe se cubre la cara y grita. Una mesera torpe se cae. Tú no hiciste eso. Tú hiciste un slip. Esquivaste el jab y chequeaste mi brazo.

Rogelio extendió la mano de nuevo, pero esta vez no para golpear. Le agarró la barbilla con fuerza, obligándola a levantar la cara. Sus dedos eran fuertes, posesivos.

—Mírame —ordenó.

Estela lo miró. Y en ese momento, Rogelio vio a través de los lentes baratos. Vio la intensidad en sus ojos ámbar, una intensidad que no pertenecía a una chica que servía canapés, sino a alguien que había visto la luz extinguirse en los ojos de otros hombres.

—¿Quién eres tú? —preguntó Rogelio, escudriñando cada centímetro de su rostro.

—Soy Estela… trabajo aquí…

—¡Mientes! —Rogelio la soltó con brusquedad y se volvió hacia la sala—. ¡LUCAS!

—¿Jefe?

—Saca a todos. Ahora.

—¿A todos, jefe? —preguntó Lucas, confundido—. El lugar está lleno. Hay dos diputados y…

—¡Me vale madre quién esté! —rugió Rogelio, su voz estallando como un trueno—. ¡Quiero el lugar vacío en dos minutos! ¡Sácalos a todos a la chingada!

El pánico se apoderó del club. Los guardias de seguridad comenzaron a empujar a la gente hacia las salidas. Mujeres con vestidos de cóctel corrían con sus copas en la mano, hombres de negocios protestaban indignados hasta que veían la mano de los guardias en las pistolas bajo sus sacos. En tres minutos, El Obsidiana estaba desierto. Solo quedaba el eco de la música apagada y el olor a perfume barato y miedo.

Rogelio se quitó el saco manchado de vino y lo arrojó con desprecio sobre el sofá. Se arremangó la camisa blanca, revelando unos antebrazos poderosos, cubiertos de tatuajes de estilo presidiario ruso y geometría sagrada.

Se volvió hacia Estela, quien permanecía inmóvil en el centro de la pista de baile vacía, rodeada por Lucas y Víctor.

—Me debes trescientos mil pesos —dijo Rogelio, caminando en círculos alrededor de ella como un tiburón rodeando a un náufrago—. Y como ya establecimos que eres una muerta de hambre que no puede pagar, vamos a renegociar tu deuda.

Estela calculó las distancias. Lucas estaba a dos metros, bloqueando la salida principal. Víctor estaba borracho a la izquierda, inútil pero armado. Rogelio estaba enfrente, a un metro y medio. Podría incapacitar a Rogelio, usarlo de escudo humano, disparar a Lucas…

No, pensó. Si haces eso, todo el Cártel te buscará. No podrás esconderte en México. Tendrás que huir otra vez.

—No hago esa clase de cosas, señor —dijo Estela, manteniendo la voz baja—. No soy puta.

Rogelio se detuvo. Sonrió, y fue una sonrisa que heló la sangre de Estela.

—Quítate esa idea de la cabeza. No te tocaría ni con un palo, niña. No eres mi tipo. Me gustan las mujeres, no los ratones disfrazados.

Señaló hacia el fondo del salón, donde una pesada puerta de hierro negro con remaches industriales permanecía cerrada.

—Ahí abajo. El sótano. Tengo un gimnasio. Un ring.

El corazón de Estela dio un vuelco violento. El ring. El único lugar donde no podía mentir. El ring era un suero de la verdad hecho de lona y cuerdas.

—Quiero ver qué escondes bajo ese delantal horrible —continuó Rogelio, sus ojos brillando con malicia—. Te propongo un trato. Subes al ring conmigo. Tres rounds. Tres minutos cada uno.

—¿Quiere… pelear conmigo? —preguntó Estela, incrédula.

—Quiero darte una lección. Si logras mantenerte de pie durante tres minutos sin que te noquee, te perdono la deuda. Olvidamos el traje, olvidamos el vino. Te vas de aquí y no vuelves nunca.

Víctor soltó una carcajada estruendosa, rompiendo la tensión.

—¡No mames, Rogelio! ¿Vas a madrear a la mesera? ¡Eso tengo que verlo! ¡Apuesto cincuenta mil varos a que la matas en el primer golpe!

Rogelio ignoró a Víctor y mantuvo la mirada fija en Estela.

—Pero si pierdes… —su voz bajó un tono, volviéndose oscura—, si te noqueo, o si te rindes, o si empiezas a llorar… entonces eres mía. Trabajarás para mí hasta que yo diga que tu deuda está pagada. Y no será sirviendo mesas.

Estela miró la puerta de hierro. Sabía lo que había ahí abajo. Sabía lo que significaba entrar al mundo de Rogelio. Pero también sabía que no tenía opción. Si intentaba salir corriendo ahora, Lucas le dispararía por la espalda. Si peleaba aquí arriba y los mataba, tendría que huir el resto de su vida.

La única salida era a través del fuego.

Estela suspiró profundamente. Llevó las manos a la espalda y desató el nudo de su delantal. Dejó caer la tela sucia al suelo. Luego, lentamente, se quitó los lentes. Los dobló con cuidado y los puso sobre una mesa cercana.

Sin los marcos gruesos ocultando su rostro, sus facciones se endurecieron. La mandíbula se tensó. El cuello se irguió. La “chica torpe” se desvaneció como humo, y algo mucho más antiguo y peligroso ocupó su lugar.

Levantó la vista y miró a Rogelio directamente a los ojos, sin parpadear, sin bajar la mirada.

—Tres minutos —dijo ella. Su voz ya no era un susurro. Era acero frío.

Rogelio sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. Una alarma primitiva sonó en su cabeza, advirtiéndole que acababa de abrir una puerta que quizás no podría cerrar. Pero su ego era demasiado grande para escuchar.

Sonrió, mostrando los dientes como un lobo.

—Tres minutos, muñeca. Reza lo que sepas.

CAPÍTULO 2: SANGRE EN LA LONA

El descenso al infierno no estaba pavimentado con buenas intenciones; estaba hecho de escalones de concreto manchados de grasa y una escalera de caracol de hierro oxidado que vibraba con cada paso.

Rogelio iba adelante, moviéndose con la agilidad arrogante de quien camina por su propia casa, incluso si esa casa es un matadero. Lucas cerraba la marcha, una montaña silenciosa que bloqueaba cualquier intento de huida. En medio de ellos, Estela bajaba los escalones descalza, llevando sus zapatos baratos en la mano. El frío del metal le mordía las plantas de los pies, un recordatorio físico de que la civilización había quedado arriba, junto con las copas de cristal y la música suave. Abajo, solo existía la ley de la selva.

El sótano de “El Obsidiana” era un secreto a voces en el mundo criminal de la Ciudad de México. No aparecía en los planos del catastro ni en las inspecciones de Protección Civil. Era un búnker. Un espacio cavernoso de techos altos, paredes de ladrillo rojo expuesto que sudaban humedad y un sistema de ventilación que zumbaba como un enjambre de avispas furiosas, luchando inútilmente contra el olor.

Y qué olor.

Para Estela, el aroma fue una bofetada de nostalgia tóxica. Olía a hierro oxidado, a cloro industrial usado para limpiar fluidos corporales, a linimento mentolado y, por debajo de todo eso, el inconfundible hedor cobrizo y dulce de la sangre vieja que ha impregnado el suelo y nunca se va del todo. Era el olor de su infancia. El olor de los “pozos” en la frontera.

En el centro de la sala, bajo un arreglo de luces halógenas que parpadeaban con un zumbido eléctrico, se alzaba el ring. Era un cuadrilátero de tamaño reglamentario, pero ahí terminaban las similitudes con un gimnasio deportivo. Las cuerdas no eran elásticas y acolchadas; eran cables de acero forrados con manguera de jardín. La lona, que alguna vez debió ser azul o blanca, era ahora un mapa geográfico de manchas marrones y negras, testigos mudos de palizas que no tuvieron réferi ni límite de tiempo.

—Bienvenida a mi oficina de quejas —dijo Rogelio, lanzando su camisa blanca arruinada a un rincón. Su torso desnudo brillaba bajo la luz cruda.

Estela se detuvo al borde de la lona. Su corazón no latía rápido por miedo, sino por anticipación. Era una respuesta pavloviana. Su cuerpo reconocía el terreno. Sus músculos se tensaban, sus pupilas se dilataban para captar más luz, sus glándulas suprarrenales comenzaban a gotear la droga más potente del mundo: la adrenalina.

—¿Te vas a quedar ahí parada como estatua de sal o vas a subir? —se burló Víctor, quien se había acomodado en una silla plegable cerca de las cuerdas, con una botella de whisky que había bajado del bar. Sacó un fajo de billetes de su pantalón y los agitó en el aire—. ¡Vamos, muñeca! Tengo cincuenta mil pesos a que Rogelio te rompe la nariz en el primer minuto. ¡Hazme rico!

Estela ignoró al borracho. Dejó sus zapatos en el suelo de concreto y miró a Rogelio, quien ya estaba dentro del ring, saltando sobre las puntas de los pies, calentando.

El Patrón era impresionante, tenía que admitirlo. No tenía el cuerpo inflado y cosmético de los fisicoculturistas de gimnasio fresa. Tenía el cuerpo de un depredador funcional. Hombros anchos, cintura estrecha, abdominales marcados como adoquines y una espalda cubierta de cicatrices que contaban historias de navajazos y balas que no lograron matarlo. Se movía con fluidez, lanzando golpes al aire: jab, jab, recto. Su técnica era limpia. No era un profesional, pero tampoco era un amateur. Sabía tirar los hombros, sabía girar la cadera. Era peligroso.

—Sube —ordenó Rogelio, deteniéndose y apoyándose en las cuerdas. Su mirada recorrió el cuerpo de Estela con desdén—. Y quítate esa ropa de vagabunda. No quiero que te tropieces con tus propios pantalones y digas que no fue una pelea justa.

Estela asintió lentamente. No había vuelta atrás.

Llevó las manos al dobladillo de su camisa blanca talla extra grande. Con un movimiento fluido, se la quitó por la cabeza. Luego, se bajó los pantalones holgados de poliéster.

El silencio en el gimnasio cambió de textura. Pasó de ser un silencio de burla a un silencio de confusión densa.

Debajo del disfraz de mesera torpe, Estela no llevaba lencería delicada. Llevaba una camiseta sin mangas gris, desgastada hasta ser casi transparente, y unos leggings negros de compresión técnica que se adherían a sus piernas como una segunda piel.

Pero no fue la ropa lo que hizo que Víctor dejara de beber su whisky a mitad del trago. Fue el cuerpo.

Estela era compacta, pura fibra y nervio. Sus brazos, ahora expuestos, no eran los palillos frágiles que el uniforme sugería. Sus deltoides estaban definidos con cortes profundos, el tríceps marcado en forma de herradura cada vez que movía el brazo. En su omóplato derecho, visible a través de la sisa amplia de la camiseta, había un tatuaje negro, desvaído por el sol y el tiempo: la pieza de ajedrez de un Caballo, un Caballero negro.

Y luego estaban las cicatrices.

Una línea blanca y rugosa corría desde su codo izquierdo hasta la muñeca —un bloqueo defensivo contra un cuchillo hace cinco años. Marcas circulares de quemaduras de cigarro en su hombro. Y sus manos…

Rogelio entrecerró los ojos. Miró las manos de ella. No eran manos de mujer que pone crema hidratante. Los nudillos estaban planos, callosos, deformados por microfracturas calcificadas una y otra vez. Eran martillos de carne y hueso.

—Comes bien para ser mesera —dijo Rogelio, tratando de mantener su tono de burla, pero una nota de cautela se había filtrado en su voz. Su instinto le gritaba que algo estaba mal, que el conejo tenía dientes de lobo.

—Hago ejercicio —dijo Estela, subiendo al ring. Pasó entre las cuerdas con un movimiento suave, sin tocarlas. Sintió la lona bajo sus pies descalzos y cerró los ojos un segundo. Hogar.

—¿Guantes? —preguntó ella, señalando un estante polvoriento en la pared donde colgaban varios pares de guantes Cleto Reyes rojos.

Rogelio soltó una risa corta y cruel.

—¿Guantes? No, chula. Esto no es un sparring olímpico. Esto es educación correctiva. A puño limpio. Quiero sentir cómo se rompe tu voluntad cuando te toque.

Estela abrió los ojos. Eran dos pozos de ámbar frío.

—A puño limpio —repitió. Asintió una vez—. Entendido.

Se colocó en el centro del ring. Rogelio se acercó, invadiendo su espacio, tratando de intimidarla con su altura y su masa corporal. Él pesaba al menos noventa kilos. Ella, tal vez sesenta. En cualquier libro de física, él ganaba. Pero la pelea no es física; es geometría y psicología.

—Lucas, da la señal —ordenó Rogelio, levantando los puños en una guardia clásica de boxeo, protegiéndose la barbilla.

Lucas se acercó al borde del ring, sacó una macana retráctil y golpeó el poste de metal con fuerza.

¡CLANG!

El sonido resonó como un disparo.

Rogelio no esperó. Se lanzó al ataque inmediatamente.

No fue un tanteo. Fue una agresión pura. Rogelio disparó un jab de izquierda directo a la cara de Estela, seguido inmediatamente por un recto de derecha con toda la intención de arrancarle la cabeza.

Para un observador normal, los golpes fueron borrones de velocidad.
Para Estela, el tiempo se ralentizó. Entró en lo que los japoneses llaman Mushin, la mente sin mente.

Vio el hombro de Rogelio rotar. Vio su pie izquierdo plantarse para transferir el peso.
Análisis: Jab rápido, pero telegrafiado. Recto de derecha con demasiada potencia, deja el hígado expuesto por 0.4 segundos.

Su instinto asesino, “La Sombra”, gritó una orden: Deslízate adentro. Uppercut al mentón. Codo descendente a la clavícula. Rodillazo al cráneo. Acábalo.

Pero Estela, la mesera, tenía que sobrevivir. Si lo humillaba demasiado rápido, si lo mataba, su vida terminaba. Tenía que fingir.

En lugar de contraatacar, Estela se agachó torpemente, soltando un grito agudo de pánico.

—¡Aaaah!

El jab pasó silbando sobre su cabello. El recto de derecha golpeó el aire donde había estado su cabeza, y la inercia hizo que Rogelio diera un paso en falso hacia adelante.

Estela retrocedió, tropezando con sus propios pies (o eso pareció), y chocó de espaldas contra las cuerdas, rebotando.

—¡Quédate quieta! —gruñó Rogelio, girando rápidamente. Estaba frustrado. Odiaba fallar.

Se lanzó de nuevo, esta vez con una serie de ganchos al cuerpo. Pum. Pum.

Estela se cubrió. Levantó los codos y pegó los antebrazos a su torso y cara, formando una “concha” hermética. No era la posición fetal de una víctima; era la guardia de Filadelfia modificada.

Sintió los impactos. Rogelio pegaba duro. Muy duro. Sintió cómo sus huesos vibraban con cada golpe que absorbía en sus antebrazos. Tiene potencia de mula, pensó clínicamente. Pero respira mal. Exhala demasiado fuerte. Se va a cansar en 40 segundos.

—¡Eso es, Rogelio! ¡Mátala! —gritaba Víctor, derramando whisky sobre su camisa—. ¡Pégale en las chichis!

Rogelio retrocedió un paso, jadeando ligeramente. Miró a Estela, que seguía acurrucada contra las cuerdas, espiando por entre sus guantes imaginarios.

—Dejas de correr y peleas —dijo Rogelio, escupiendo al suelo—. Me aburres.

Lanzó una patada baja, una low kick dirigida al muslo de Estela. Fue un golpe sucio, callejero.

Estela no pudo fingir del todo esta vez. Instintivamente, levantó la pierna izquierda en un check de Muay Thai, bloqueando la espinilla de Rogelio con la parte más dura de su propia tibia.

¡CRACK!

Hueso contra hueso. El sonido fue seco, como una rama rompiéndose.

Rogelio soltó un gruñido de dolor y retrocedió, cojeando. Miró a Estela con incredulidad. Bloquear una patada así dolía tanto al que pateaba como al que bloqueaba, pero ella ni siquiera había parpadeado.

—¿Qué chingados…? —murmuró Rogelio. La duda empezaba a reemplazar a la arrogancia. Esa no era la reacción de una mesera.

La atmósfera en el ring cambió. La temperatura bajó. Rogelio ya no veía a una víctima; veía a un acertijo que necesitaba resolver a golpes.

—¡Vamos! —rugió Rogelio, ignorando el dolor en su espinilla.

Se abalanzó con furia ciega. Una lluvia de golpes desordenados. Estela esquivaba, se movía, giraba. Slip, roll, paso atrás. Bailaba en el filo de la navaja. Cada vez que el puño de Rogelio pasaba a milímetros de su nariz, ella sentía la corriente de aire.

Queda un minuto, calculó su reloj interno. Solo aguanta un minuto más.

Pero el destino, como siempre, tenía un sentido del humor macabro.

Rogelio, desesperado por conectar, lanzó un golpe de revés, un backfist giratorio. Era un movimiento arriesgado y torpe, pero impredecible.

Estela lo vio venir, pero calculó mal la distancia por un centímetro. Los nudillos de Rogelio rasparon su pómulo derecho. La piel, fina en esa zona, se abrió como un cierre.

El impacto la hizo girar la cara. Sintió el ardor caliente, y luego la humedad. Un hilo de sangre bajó por su mejilla, cruzó sus labios y goteó en su barbilla. Sabor a cobre y sal.

Rogelio se detuvo. Vio la sangre. Y sonrió. Una sonrisa primitiva, triunfante.

—Te tengo —susurró.

Esa sonrisa fue el detonante.

Dentro de la mente de Estela, una puerta blindada que había estado conteniendo a “La Sombra” se rompió. La humillación, el miedo fingido, los meses de agachar la cabeza… todo se evaporó en una nube roja de furia.

Rogelio vio la sangre y pensó que había ganado. Se preparó para el golpe final. Un haymaker de derecha, cargando todo su peso desde el talón, abriendo el pecho completamente para generar la máxima fuerza. Un error de principiante. Un error mortal.

—¡Muere! —gritó Rogelio lanzando el golpe.

Estela dejó de actuar.

Sus ojos cambiaron. Las pupilas se contrajeron hasta convertirse en puntos negros. Su respiración se detuvo.

El tiempo se detuvo.

El puño de Rogelio venía hacia su cara en cámara lenta. Estela no retrocedió. Avanzó.

Entrada.
Estela dejó caer su nivel de gravedad, flexionando las rodillas. Pivoteó sobre el pie derecho, girando la cadera con la velocidad de un látigo.

El puño de Rogelio pasó inofensivamente sobre su cabeza.

Ahora ella estaba dentro de su guardia. En la “Zona Muerta”. Pegada a su pecho. Podía oler su sudor ácido. Podía escuchar el latido de su corazón, expuesto y vulnerable.

Ejecución.
Su mano izquierda, con los dedos doblados en un puño de “pico de fénix” (nudillo medio sobresaliente), se disparó hacia arriba en un ángulo de 45 grados.

No apuntó a la cara. Apuntó al hígado. El órgano suave, lleno de sangre, el centro de procesamiento de toxinas del cuerpo.

Impacto.
El puño de Estela se hundió en el costado derecho de Rogelio, justo debajo de las costillas flotantes.

No fue un golpe seco. Fue un golpe sordo, húmedo, profundo. THUMP.

La fuerza del impacto envió una onda de choque a través del torso de Rogelio. Su hígado se comprimió contra la columna vertebral. El nervio vago, el cable maestro del sistema nervioso autónomo, envió una señal de emergencia al cerebro: APAGADO DEL SISTEMA.

Rogelio se quedó congelado por un segundo, con el brazo aún extendido en el aire. Sus ojos se desorbitaron, inyectándose de sangre instantáneamente. Abrió la boca para gritar, pero no salió sonido. Sus pulmones se habían paralizado. Su diafragma colapsó.

Las piernas del hombre más temido de Polanco se convirtieron en gelatina.

Cayó.

No cayó como en las películas, volando hacia atrás. Cayó verticalmente, como un edificio en demolición controlada. Sus rodillas golpearon la lona, seguidas por sus manos, y finalmente su frente. Quedó en posición de rezo, boqueando, buscando aire que no entraba, babeando un hilo de saliva.

El dolor de un golpe al hígado es indescriptible. No es un dolor agudo; es un dolor que apaga la consciencia, una parálisis eléctrica que te hace sentir que te estás muriendo.

El silencio en el gimnasio fue absoluto. Esta vez, nadie respiraba.

Víctor tenía la boca abierta, el cigarro cayendo de sus labios. Lucas, la montaña de piedra, había sacado su arma a medias, pero estaba tan confundido que no sabía si apuntar o correr a ayudar.

Estela estaba de pie sobre Rogelio. Su pecho subía y bajaba con fuerza. Se miró las manos. Estaban temblando. Lo hice, pensó con horror. Rompí la regla. Me mostré.

Rogelio, desde el suelo, giró la cabeza penosamente. Su cara estaba gris, del color de la ceniza. Lágrimas involuntarias brotaban de sus ojos por el shock del sistema nervioso.

—Tú… —graznó Rogelio. Cada palabra era una batalla—. Tú… no eres… mesera.

Estela retrocedió, chocando con las cuerdas. El pánico real empezó a inundarla.

—¡Fue suerte! —gritó ella, su voz aguda y falsa—. ¡Usted se resbaló! ¡Yo solo puse la mano!

—¡Mentira! —Rogelio intentó levantarse, pero sus piernas no respondían. Se arrastró un poco, girándose sobre su espalda. Respiró con un sonido ronco, como un estertor—. Eso… eso fue un shovel hook. Un gancho de pala. Profesional. Me diste… en el botón.

Rogelio logró sentarse, apoyando la espalda en el poste del ring. Se limpió la baba de la boca con el dorso de la mano. El dolor empezaba a remitir lo suficiente para dejar paso a la ira y, peor aún, a la inteligencia.

—Lucas —jadeó Rogelio—. Tráela aquí.

Lucas saltó al ring. Estela levantó las manos, lista para pelear, pero sabía que contra Lucas y una pistola no tenía oportunidad a corta distancia sin recibir un balazo.

—No me obligues a quebrarte, niña —dijo Lucas, con voz monótona.

Estela se dejó agarrar. Lucas la arrastró hasta donde estaba Rogelio sentado.

Rogelio la miró desde abajo. Sus ojos oscuros ya no tenían la niebla de la arrogancia. Ahora eran claros, afilados y aterradores. Le agarró la mano derecha a Estela. No con violencia, sino con curiosidad clínica.

Forzó sus dedos a abrirse. Pasó su pulgar sobre los nudillos de ella. Sintió la piel dura, muerta, insensible.

—Callos óseos —murmuró Rogelio—. Tienes los nudillos planos. Esto es de golpear madera o pared. —Subió la mirada a su antebrazo—. Y esa cicatriz… eso es de cuchillo. Defensa de revés.

Levantó la vista hacia su cara manchada de sangre.

—¿Quién te envió? —preguntó Rogelio, su voz recuperando la fuerza letal—. ¿Los Sinaloas? ¿La DEA? ¿Quién eres?

—Nadie —dijo Estela, manteniendo la mirada—. Soy nadie.

—Nadie golpea así. Nadie se mueve así.

De repente, la puerta de hierro en la parte superior de las escaleras se abrió con un estruendo metálico que hizo eco en todo el sótano.

—¡PATRÓN!

Era el jefe de seguridad de la entrada principal, un ex-policía llamado Chuy. Estaba pálido, sudando, con el radio en la mano.

Rogelio no apartó la vista de Estela.

—Estoy ocupado interrogando, Chuy. Lárgate.

—¡Jefe, es código rojo! —gritó Chuy, bajando las escaleras a tropezones—. ¡Son Los Gallegos!

El nombre cayó en la habitación como una granada de fragmentación.

Víctor, que hasta el momento había estado disfrutando del espectáculo, soltó un chillido agudo y tiró la botella de whisky. Se rompió contra el suelo, el olor a alcohol mezclándose con el de la sangre.

—¡No! —gritó Víctor, poniéndose de pie de un salto—. ¡No pueden estar aquí! ¡Rogelio, juraste que estaba seguro!

Rogelio soltó la mano de Estela y miró a Chuy. Su rostro se endureció, el dolor del hígado olvidado por pura fuerza de voluntad.

—¿Cuántos?

—Tres camionetas Suburban negras, jefe. Blindadas. Se bajaron ocho cabrones con armas largas. Traen equipo táctico. Chalecos, cascos. No son pandilleros, jefe. Son sicarios de élite.

—¿Qué quieren? —preguntó Rogelio, poniéndose de pie con un esfuerzo titánico, apoyándose en las cuerdas.

—Gritaron desde la calle —dijo Chuy, temblando—. Dicen que quieren a la “Rata de Sinaloa”. Quieren a Víctor. Y dicen que si no se lo entregamos en dos minutos, van a entrar a sangre y fuego y van a matar a todos. Incluyéndolo a usted, Patrón.

Rogelio se volvió lentamente hacia Víctor. La mirada que le dedicó era de puro odio.

—Me trajiste la guerra a mi casa, pendejo —dijo Rogelio en voz baja.

—¡Yo no sabía! —lloriqueó Víctor, retrocediendo hacia la pared—. ¡Te juro que no sabía que me seguían! ¡Rogelio, somos socios! ¡Tienes que protegerme! ¡Es el código!

¡CRASH!

El sonido de vidrio rompiéndose vino de arriba. Seguido por el RAT-TAT-TAT-TAT inconfundible de fusiles de asalto. R-15s.

—¡Están rompiendo el perímetro! —gritó Lucas, sacando su Beretta 9mm y cortando cartucho—. ¡Jefe, al cuarto de pánico! ¡Ahora!

El caos estalló.

—¡Vámonos! —ordenó Rogelio. Se volvió hacia Estela—. Tú. Vete.

Estela parpadeó.

—¿Qué?

—Lárgate —dijo Rogelio, empujándola hacia la escalera trasera, una salida de emergencia oculta detrás de unos estantes—. Vete por el callejón. Si te ven aquí, te van a matar solo por respirar el mismo aire que nosotros. Corre y no pares hasta llegar a Puebla.

Estela miró la salida oscura. Era su oportunidad. Podía irse. Podía desaparecer en la noche, tomar un autobús, cambiar su identidad. Rogelio Montemayor era un criminal, un asesino. Víctor era escoria. No le debía nada a nadie.

Pero entonces, sus ojos captaron un movimiento en la pantalla de seguridad que colgaba en la pared del gimnasio. Las cámaras de arriba mostraban la entrada del club.

Hombres vestidos de negro táctico, moviéndose con precisión militar, estaban ejecutando a los guardias de la entrada. No disparaban a lo loco. Doble tap. Cabeza, pecho. Eficiencia pura.

Uno de ellos miró a la cámara. Llevaba un pasamontañas, pero Estela reconoció el tatuaje en su cuello visible. Una araña.

Su sangre se heló.

No eran solo “Los Gallegos”. Eran mercenarios contratados. Y ese tatuaje… ella lo conocía. Era el escuadrón de limpieza que operaba en Tijuana. Los mismos que habían quemado la bodega en Juárez.

Si estaban aquí, no iban a dejar testigos. No iban a dejar salir a nadie vivo. Si ella salía por el callejón, habría un francotirador esperando.

—¡Están entrando por las escaleras! —gritó Chuy, antes de que su cabeza estallara en una nube roja. Un disparo había atravesado la puerta abierta desde arriba.

El cuerpo de Chuy rodó escaleras abajo, aterrizando a los pies de Rogelio.

—¡Cúbranse! —gritó Lucas, volcando una mesa de metal para hacer una barricada.

Rogelio se lanzó detrás de una pila de colchonetas de gimnasia, arrastrando a Víctor, que lloraba como un niño. Sacó una pistola pequeña, una Walther PPK, de una funda en su tobillo.

Pero Estela se quedó parada en medio del ring.

La puerta principal del gimnasio voló en pedazos. Tres hombres entraron en formación de cuña. Llevaban subfusiles MP5 con silenciadores integrados. Se movían como agua negra.

El líder levantó su arma. El láser rojo barrió el cuarto y se detuvo en el pecho de Estela.

—¡Al suelo, pendeja! —le gritó Rogelio desde su escondite.

El tiempo se dilató una última vez.

Estela vio el dedo del sicario tensarse en el gatillo. Vio la geometría de la habitación.
Rogelio estaba herido, sin aire. Lucas estaba inmovilizado por fuego de supresión. Víctor era un peso muerto.
Si ella se tiraba al suelo, morirían todos en diez segundos. Rogelio moriría. Y extrañamente, la idea de que ese hombre arrogante, que acababa de verla realmente por primera vez, muriera como un perro, le revolvió el estómago.

Además, ella era La Fantasma. Y La Fantasma no se esconde debajo de las mesas.

—No hoy —susurró Estela.

En lugar de tirarse al suelo, Estela explotó en movimiento.

No corrió lejos del arma. Corrió hacia ella.

Rompió la distancia de siete metros en tres zancadas inhumanamente rápidas. Era un sprint suicida, directo a la boca del cañón.

El sicario líder, sorprendido por la audacia de una mujer desarmada corriendo hacia él, vaciló un microsegundo. Ajustó su puntería.

Ese microsegundo fue todo lo que Estela necesitaba.

Se deslizó por el suelo de concreto como un jugador de béisbol robando base, pasando por debajo del haz del láser. Se impulsó hacia arriba con una fuerza explosiva, su mano izquierda golpeando el cañón del MP5 hacia el techo.

¡BRRRRT!

La ráfaga de balas destrozó las lámparas del techo, bañando el gimnasio en una lluvia de chispas y oscuridad parcial.

Estela no se detuvo. Giró sobre su eje, incrustando su codo derecho en la garganta del sicario. El cartílago crujió con un sonido repugnante. El hombre soltó el arma, llevándose las manos al cuello destrozado.

Estela atrapó el MP5 en el aire antes de que tocara el suelo.

Aterrizó sobre sus pies, giró, y encaró a los otros dos sicarios.

Rogelio, asomando la cabeza por encima de las colchonetas, vio la transformación completa. La mesera torpe había desaparecido. La mujer que estaba de pie bajo la lluvia de chispas, con un subfusil en las manos y la cara manchada de sangre, era un ángel de la muerte.

Ella apretó el gatillo.

CAPÍTULO 3: VALS CON LA MUERTE EN EL PERIFÉRICO

El sonido de un subfusil MP5 disparando en un espacio cerrado de concreto no es un “bang”. Es un desgarro físico de la realidad. Es un martillazo en los tímpanos que convierte el mundo en un pitido agudo y constante.

Estela no escuchó los disparos. Los sintió.

Con el sicario líder —ahora un escudo de carne inerte con la laringe destrozada— colgando de su brazo izquierdo, Estela apretó el gatillo. No fue una ráfaga a lo loco, al estilo de las películas de Hollywood donde las balas nunca se acaban y siempre dan en el blanco por magia. Fue control puro.

Pop-pop. Pop-pop.

Dos pares de disparos. Cuatro casquillos calientes rebotaron contra el suelo de concreto, tintineando como monedas de la muerte.

El segundo sicario, un hombre corpulento que estaba cerca de la puerta destrozada, ni siquiera tuvo tiempo de levantar su rifle de asalto. El primer disparo de Estela le entró por la clavícula, destrozando el hueso y haciéndolo girar; el segundo le perforó el cráneo justo encima de la oreja. Cayó como un costal de cemento, su sangre pintando un arco macabro en la pared de ladrillo.

El tercer sicario, más rápido y astuto, se dio cuenta de que la ecuación había cambiado. La presa tenía dientes. Se lanzó hacia la cobertura detrás del poste del ring, levantando su arma para devolver el fuego.

—¡Lucas, muévete! —gritó Rogelio desde su escondite detrás de las colchonetas, su voz ronca por el dolor del hígado, pero cargada de mando. Intentó levantarse para disparar su pequeña Walther, pero sus piernas aún no le respondían del todo.

Pero Estela era más rápida que las órdenes y más rápida que el miedo.

Soltó el cuerpo del primer sicario, dejándolo caer al suelo con un golpe sordo. Ya no necesitaba el escudo; necesitaba velocidad. Corrió hacia el ring. No lo rodeó. Saltó.

Con un movimiento que desafiaba la gravedad y la lógica, Estela se impulsó sobre la tercera cuerda del cuadrilátero. Usó la tensión del cable de acero para catapultarse hacia el otro lado, girando su cuerpo en el aire. Mientras volaba sobre la lona manchada de sangre vieja y nueva, disparó hacia abajo.

El tercer sicario, agazapado detrás del poste, miró hacia arriba. Sus ojos se encontraron con los de ella por una fracción de segundo. Vio la muerte vestida con leggings negros y una camiseta gris empapada de sudor.

Pop.

Un solo disparo. Precisión quirúrgica. La bala atravesó el cuello del hombre, cortando la médula espinal. El sicario se desplomó instantáneamente, su cuerpo convulsionando una vez antes de quedarse quieto.

El silencio regresó al sótano de “El Obsidiana”. Pero ahora era un silencio denso, pesado, cargado con el olor acre de la cordita quemada, el cobre de la sangre fresca y el hedor a mierda de los hombres que mueren violentamente.

Víctor, acurrucado en posición fetal en un rincón, sollozaba histéricamente, con las manos sobre la cabeza.

—¡Están muertos! ¡Nos van a matar! ¡Mamá!

Estela aterrizó en el suelo del otro lado del ring, rodando para absorber el impacto. Se puso de pie en un movimiento fluido, barriendo la habitación con el cañón del MP5, buscando más amenazas. Su respiración era agitada, pero controlada. El “Fantasma” estaba al mando, y el Fantasma no sentía miedo; solo calculaba variables.

—Despejado —dijo Estela. Su voz sonaba extraña en sus propios oídos, rasposa y metálica.

Se giró para mirar a Rogelio.

El Capo seguía en el suelo, apoyado contra las colchonetas azules. Tenía la camisa manchada de vino y sudor pegada al cuerpo, y una mano presionando su costado derecho donde ella lo había golpeado. Pero no estaba mirando a los muertos. No estaba mirando a Lucas, que se levantaba con dificultad sacudiéndose el polvo.

Rogelio la estaba mirando a ella.

Y en esa mirada no había gratitud. Había un terror reverencial. Era la mirada de un hombre que ha criado tigres toda su vida y de repente se encuentra frente a un dragón.

—Despejaste un cuarto con tres mercenarios de élite en catorce segundos —dijo Rogelio. No era una pregunta. Era una constatación de hechos. Su voz carecía de su habitual arrogancia; estaba hueca, llena de una realización aterradora—. ¿Quién… qué eres?

Estela no respondió. No tenía tiempo para explicaciones, ni para su ego herido. Caminó hacia la mesa donde había dejado sus lentes. Estaban milagrosamente intactos. Los tomó y se los puso. Fue un gesto fútil, un intento inconsciente de volver a ponerse el disfraz de Clark Kent después de ser Superman, pero ya era demasiado tarde. El cristal no podía ocultar el fuego en sus ojos.

—Tenemos que irnos —dijo Estela, revisando el cargador del MP5. Le quedaban menos de quince balas—. Ese era el equipo de brecha. El equipo de limpieza estará aquí en dos minutos. Y si Los Gallegos son serios, van a quemar este edificio con nosotros adentro para borrar la evidencia.

Rogelio asintió, su cerebro de estratega volviendo a conectarse, archivando el shock para después.

—Lucas, saca el coche por atrás. ¡Ahora!

Lucas, mirando a Estela con ojos desorbitados y temerosos, asintió y corrió hacia la escalera de servicio, cojeando levemente.

—Víctor, vámonos —ladró Rogelio, agarrando al hombre que lloraba por el cuello de su camisa Versace.

—No puedo caminar… mis piernas son gelatina… —gimió Víctor.

Rogelio le dio una bofetada. El sonido fue nítido y cruel.

—Camina o muere aquí. Tú eliges. Pero si te quedas, te juro que los Gallegos te van a desollar vivo antes de matarte.

La amenaza funcionó. Víctor se puso de pie, temblando como una hoja, y siguió a Rogelio.

—Tú vas delante —le dijo Rogelio a Estela. Fue una cesión de mando tácita. En su mundo, él era el rey. Pero en este mundo, el mundo de la violencia cinética inmediata, ella era la reina.

Estela no discutió. Tomó la delantera, moviéndose hacia el pasillo de servicio que conectaba el sótano con el callejón trasero. Avanzaba con el arma pegada al hombro, cortando las esquinas (“pieing the corner”) con una técnica militar impecable.

Subieron las escaleras de concreto. El aire se volvía más fresco a medida que subían, pero la tensión aumentaba. Llegaron a la puerta de acero que daba al callejón. Estela levantó el puño, indicando “alto”.

—Lucas debería estar aquí con la camioneta —susurró Rogelio detrás de ella.

Estela pegó la oreja a la puerta de metal. Escuchó un motor. Pero no era el ronroneo profundo de una Suburban V8 blindada. Era el sonido de un motor más ligero, revolucionado. Y escuchó voces.

—No es Lucas —susurró Estela.

De repente, dos disparos secos sonaron al otro lado de la puerta. Pum. Pum. Seguidos por el sonido de un cuerpo pesado cayendo contra un contenedor de basura.

Rogelio se tensó.

—Lucas…

Estela lo miró y negó con la cabeza. Lucas estaba muerto o neutralizado. La salida trasera estaba quemada.

—Están cubriendo el perímetro —dijo Estela rápidamente, su mente trazando un mapa 3D del edificio—. Saben que estamos acorralados. Esperan que salgamos corriendo para cazarnos como conejos.

—¿Entonces qué hacemos? —preguntó Víctor, al borde del pánico de nuevo—. ¡Estamos muertos!

—Cállate —siseó Estela. Miró a Rogelio—. ¿Hay otra salida? ¿Un túnel, una ventana, algo?

Rogelio apretó los dientes, frustrado por su propia vulnerabilidad.

—La salida de basura de la cocina. Da al callejón lateral, pero es estrecha.

—Sirve. Vamos.

Regresaron al pasillo y entraron en la cocina industrial del club. Estaba desierta, con ollas humeando y comida a medio preparar abandonada por los chefs que habían huido. Estela guio al grupo hacia la puerta de carga lateral.

La abrió una pulgada. El callejón lateral estaba oscuro, lleno de bolsas de basura y cajas de cartón. Al final del callejón, a unos cincuenta metros, se veía la luz de la calle principal, Masaryk, con el tráfico fluyendo como si nada pasara.

—La camioneta de Lucas está perdida —dijo Estela—. Necesitamos transporte.

—Mi Mercedes está en el valet —dijo Víctor.

—Olvídate del valet. Los sicarios tienen vigilada la entrada principal —dijo Estela—. Necesitamos robar un coche. Cualquiera. Algo que no llame la atención.

Salieron al callejón. El aire frío de la noche golpeó sus rostros sudorosos. Estela iba primero, escaneando los techos. Los francotiradores eran su mayor preocupación ahora.

Corrieron pegados a la pared, agachados. Rogelio jadeaba, su mano apretando su costado. El golpe al hígado le estaba pasando factura; cada paso era una agonía. Estela lo notó. Se retrasó un poco y pasó su brazo libre por debajo del hombro de él, cargando parte de su peso.

—Sigue moviéndote —le susurró al oído. Su cercanía lo golpeó: olía a pólvora, sudor y algo vagamente dulce, como vainilla barata. Era una mezcla embriagadora.

Llegaron a la calle transversal. Estaban fuera del perímetro inmediato del club, pero no estaban a salvo. Una camioneta negra con vidrios polarizados pasó lentamente. Estela empujó a Rogelio y a Víctor detrás de un puesto de tacos cerrado.

La camioneta pasó de largo.

—Ahí —señaló Estela.

En la acera de enfrente, un viejo Nissan Tsuru blanco, el caballo de batalla de la Ciudad de México, estaba estacionado con el motor encendido. El conductor, un repartidor de Uber Eats, se había bajado para checar una dirección en su celular a unos metros del auto.

—¿Un Tsuru? —preguntó Rogelio, ofendido incluso en su dolor—. ¿Me vas a subir a una lata de sardinas?

—Es invisible. Es rápido. Y es lo único que tenemos —replicó Estela.

Cruzó la calle corriendo. El repartidor la vio venir, vio el arma en su mano y ni siquiera intentó hacerse el héroe. Levantó las manos y salió corriendo en dirección contraria, dejando caer su celular.

Estela se deslizó en el asiento del conductor.

—¡Adentro! —gritó.

Rogelio se metió en el asiento del copiloto, gimiendo al doblar su torso. Víctor se lanzó al asiento trasero. Estela metió primera y pisó el acelerador a fondo. Las llantas chillaron sobre el asfalto y el pequeño coche salió disparado, incorporándose al tráfico de Polanco.

—¿A dónde vamos? —preguntó Rogelio, mirando por el retrovisor. Nadie los seguía… todavía.

—A la casa de seguridad —dijo Víctor—. Rogelio, llévanos al penthouse en Santa Fe. El que tiene vidrios antibalas y guardias.

—No —dijo Estela cortante. Giró el volante bruscamente para tomar una calle lateral, evitando las avenidas principales—. Si sabían que estabas en El Obsidiana, saben dónde están tus casas de seguridad. Tienen inteligencia interna. Alguien te vendió.

Rogelio se quedó helado. La verdad de esas palabras dolió más que el golpe en el hígado.

—Imposible. Solo mi círculo interno conoce la ubicación del penthouse.

—Tu círculo interno es el que tiene fugas, genio —dijo Estela, mirando a Víctor por el espejo retrovisor con sospecha—. Si vamos a una de tus fortalezas, nos estarán esperando. Seremos ratas en una trampa de lujo.

—¿Entonces a dónde? —preguntó Rogelio. Se sentía desnudo sin sus guardaespaldas, sin su teléfono encriptado (que había perdido en la pelea), y sentado en un coche que olía a tacos al pastor y ambientador de pino barato.

—A un lugar donde nadie buscaría al gran Rogelio Montemayor —dijo Estela. Sus ojos brillaron bajo las luces de la calle—. Vamos a mi casa.

—¿Tu casa? —Rogelio arqueó una ceja—. ¿Vives en un búnker secreto?

—Vivo en la Doctores. En una vecindad.

Rogelio miró sus zapatos de piel italiana de treinta mil pesos, luego miró la tapicería rota del Tsuru. El Rey de Polanco escondiéndose en un barrio bravo. Era absurdo. Era insultante.

Era perfecto.

—Hazlo —dijo Rogelio, cerrando los ojos contra el dolor.

El viaje hacia la colonia Doctores fue un ejercicio de tensión extrema. Estela conducía con una habilidad que delataba entrenamiento en evasión. No iba rápido, no se pasaba los rojos de manera obvia. Fluía con el tráfico, usando camiones como cobertura visual, tomando rutas ilógicas para romper cualquier posible seguimiento.

Víctor no paraba de lloriquear en el asiento trasero, revisando su teléfono compulsivamente.

—No tengo señal… maldita sea, no salen los mensajes.

Estela lo miró por el espejo. Sus instintos se dispararon.

—Dame el teléfono, Víctor.

—¿Qué? No, necesito llamar a mi gente…

—¡Dámelo! —gritó Estela, estirando la mano hacia atrás sin soltar el volante.

Víctor dudó, pero Rogelio se giró y le arrebató el aparato.

—Ten —Rogelio se lo dio a Estela.

Estela bajó la ventanilla y lanzó el iPhone de última generación hacia la avenida Periférico. El teléfono rebotó en el asfalto y fue triturado instantáneamente por un camión de carga.

—¡Estás loca! —gritó Víctor—. ¡Costaba treinta mil pesos!

—Tiene GPS, imbécil —dijo Estela—. Si te están rastreando, acabas de guiarlos hacia nosotros. A partir de ahora somos analógicos. Nada de señales.

Llegaron a la colonia Doctores cuarenta minutos después. El paisaje urbano cambió drásticamente. Los edificios de cristal y las boutiques de lujo de Polanco dieron paso a vecindades de concreto gris, puestos callejeros con lonas de colores, y grafitis territoriales.

Estela metió el coche en una callejuela oscura, estacionándolo detrás de un camión de basura abandonado.

—Llegamos. A pie desde aquí.

Bajaron del coche. La calle estaba desierta, iluminada solo por una lámpara parpadeante que zumbaba ominosamente. Un perro callejero ladró a la distancia.

—¿Esto es seguro? —preguntó Víctor, mirando a su alrededor con asco y miedo. Un hombre con su ropa y sus joyas duraría cinco minutos en esta esquina antes de ser asaltado.

—Nadie hace preguntas aquí si no quieres problemas —dijo Estela—. Y mis vecinos saben que no deben molestarme.

Caminaron hasta un edificio antiguo de cuatro pisos, con la fachada despintada y balcones oxidados. Estela abrió la puerta principal con una llave que sacó de su sostén. No había portero, solo un pasillo largo y oscuro que olía a humedad y frijoles refritos.

Subieron cuatro pisos por las escaleras. Rogelio se apoyaba pesadamente en el barandal, su respiración cada vez más dificultosa. El hematoma en su hígado debía ser masivo. Estaba pálido y sudaba frío.

Estela abrió la puerta del departamento 402.

Si Rogelio esperaba ver el apartamento típico de una chica soltera, con cojines y fotos de gatos, se llevó una decepción. O una sorpresa.

El lugar era un estudio, apenas más grande que una celda de prisión. No había decoración. Las paredes estaban desnudas. Había un colchón en el suelo, tendido con precisión militar. Una mesa pequeña con una laptop vieja. Y en la esquina, un “dummy” de entrenamiento (un muñeco de madera para Kung Fu) gastado por los golpes.

Era el hogar de un fantasma. De alguien listo para irse en cinco minutos y no dejar rastro.

—Siéntate ahí —le ordenó Estela a Rogelio, señalando la única silla de madera en la habitación.

—Víctor, al rincón. No toques nada. Si te acercas a la ventana te disparo yo misma.

Estela fue a la cocineta. Levantó una tabla suelta del piso y sacó una caja metálica. No era un botiquín de primeros auxilios de farmacia. Era un kit de trauma militar: suturas, coagulante en polvo, morfina, tijeras quirúrgicas.

Se acercó a Rogelio.

—Quítate la camisa.

Rogelio, con los dedos entumecidos, desabotonó los botones manchados de sangre seca y vino. Se quitó la camisa y la dejó caer.

Su torso era un mapa de violencia, como el de ella, pero diferente. Sus cicatrices eran viejas, historias de su ascenso al poder. Pero lo que dominaba ahora era una mancha púrpura y negra, horrible, que cubría todo su lado derecho, justo debajo de las costillas.

Estela se puso guantes de látex y comenzó a palpar la zona con dedos expertos y fríos.

—¡Ahg! —Rogelio siseó cuando ella presionó.

—No hay costillas rotas, creo —dijo Estela clínicamente—. Pero el tejido blando está hecho puré. Tienes una contusión hepática grado uno, tal vez dos. Si fuera grado tres, ya estarías vomitando sangre y en shock hipovolémico.

—Me alegra saber que no me mataste… del todo —gruñó Rogelio, mirándola a los ojos. Estaban tan cerca que sus alientos se mezclaban.

Ella aplicó un gel frío sobre el golpe y comenzó a vendarlo con fuerza.

—Contuve el golpe —murmuró Estela, sin mirarlo, concentrada en el vendaje—. Si hubiera girado la cadera completa, te habría reventado el órgano. Estarías muerto en el piso del ring.

Rogelio le agarró la muñeca. Su agarre era débil, pero insistente. La tensión en la habitación cambió de nuevo. Ya no era paciente y enfermera. Era hombre y mujer, depredador y depredador.

—¿Por qué? —preguntó Rogelio.

Estela levantó la vista. Sus ojos verdes chocaron con los negros de él.

—¿Por qué no te maté?

—Sí. Me odias. Soy todo lo que desprecias. Arrogante, violento. Te traté como basura. Te humillé. Podrías haberme dejado morir ahí abajo. Podrías haber huido y dejar que Los Gallegos hicieran el trabajo sucio.

Estela dudó. Era una buena pregunta. ¿Por qué lo había salvado? ¿Por qué se había expuesto, destruyendo la vida anónima que tanto le había costado construir?

—Porque cuando empezaron los disparos… —dijo Estela suavemente—, tú me gritaste que me tirara al suelo. Trataste de protegerme.

Rogelio parpadeó, sorprendido.

—Eras mi empleada. Es mi responsabilidad.

—No —dijo Estela, negando con la cabeza—. He trabajado para hombres como tú toda mi vida. Para ellos, soy carne de cañón. Un escudo. Tú fuiste el primero que intentó ser el escudo para mí.

Soltó su muñeca suavemente y terminó de asegurar el vendaje con un clip metálico.

—Además… —añadió, poniéndose de pie y alejándose un paso para recuperar su espacio personal—, si te mueres, nunca me vas a pagar los trescientos mil pesos del traje. Y ahora me debes un coche nuevo.

Rogelio soltó una carcajada que se transformó en una mueca de dolor.

—Eres increíble. Estamos siendo cazados por el cártel más sanguinario de México, escondidos en un agujero en la Doctores, ¿y te preocupa mi deuda?

—El dinero es libertad —dijo Estela, caminando hacia la ventana y mirando a través de las persianas cerradas hacia la calle oscura—. Y voy a necesitar mucha libertad después de esta noche.

De repente, el sonido de una notificación de celular rompió el silencio. Un ping alegre y genérico.

Estela giró sobre sus talones, sacando la Walther que le había quitado a Rogelio (el MP5 estaba sobre la mesa). Apuntó directamente a la cabeza de Víctor.

Víctor, en el rincón, tenía otro teléfono en la mano. Un “cacahuate”, un teléfono barato de prepago que había sacado de su calcetín.

—¡Te dije que nada de teléfonos! —gritó Estela.

—¡No es nada! ¡Solo estaba checando la hora! —chilló Víctor, escondiendo el teléfono detrás de su espalda.

Estela cruzó la habitación en dos pasos. Le dio una patada en la mano a Víctor, rompiéndole dos dedos. Víctor aulló y soltó el teléfono.

Estela lo recogió. Leyó la pantalla.

Su sangre, que había estado caliente por la adrenalina, se congeló de golpe.

Mensaje enviado a: Desconocido
Texto: “Estamos en la Doctores. Edificio gris frente a la bodega de llantas. Piso 4. La perra está armada. El Patrón está herido. Vengan ya.”

Estela miró a Víctor. Luego miró a Rogelio.

—Nos vendió —dijo ella, con una calma aterradora—. Este pedazo de mierda nos vendió otra vez.

Rogelio se puso de pie, ignorando el dolor. Su rostro se transformó. La máscara de civilización cayó por completo. Caminó hacia Víctor, quien se arrastraba hacia la pared llorando.

—¿Por qué? —preguntó Rogelio suavemente.

—¡Tienen a mi madre! —lloró Víctor—. ¡Los Gallegos tienen a mi mamá en Culiacán! ¡Me dijeron que si no te entregaba, la iban a matar! ¡Perdóname, Rogelio, no tenía opción!

—Siempre hay una opción —dijo Rogelio. Sacó una navaja plegable de su bolsillo del pantalón. La hoja brilló bajo la luz miserable de la bombilla—. Podías haber confiado en mí. Podías haberme pedido ayuda. Pero elegiste traicionarme. Dos veces.

—¡No, por favor!

—No lo mates —dijo Estela.

Rogelio se detuvo, con la navaja a centímetros del cuello de Víctor. Miró a Estela.

—¿Lo defiendes? Nos acaba de sentenciar a muerte. Ya deben estar en camino.

—No lo defiendo —dijo Estela, revisando el cargador de la Walther. Le quedaban seis balas. El MP5 tenía medio cargador. Eran pocas. Muy pocas—. Pero un cadáver es difícil de mover y apesta. Y lo necesitamos vivo.

—¿Para qué?

Estela le lanzó el teléfono barato a Víctor. Le golpeó en el pecho.

—Escribe otro mensaje. Diles que el Patrón murió de sus heridas. Que la mujer huyó. Que la puerta está abierta.

—¿Por qué haría eso? —preguntó Rogelio, entendiendo a medias.

—Porque quiero que entren confiados —dijo Estela, sus ojos brillando con una luz táctica—. Quiero que entren pensando que ya ganaron. Es la única ventaja que tenemos. Vamos a convertir este departamento en una “kill box”.

—¿Y luego? —preguntó Rogelio.

—Luego saltamos por la ventana —dijo Estela, señalando el balcón oxidado y la caída de cuatro pisos—. Y rezamos para no rompernos las piernas. Porque si nos quedamos aquí, morimos.

Rogelio miró el balcón, luego miró a Estela. Estaba loca. Completamente loca. Y él nunca se había sentido más vivo.

—Está bien, Fantasma —dijo Rogelio, guardando la navaja—. Lidera el camino.

Víctor, temblando, empezó a escribir el mensaje con sus dedos rotos.

A lo lejos, el sonido de sirenas empezó a acercarse. Pero no eran sirenas de policía. Eran las bocinas personalizadas de camionetas blindadas abriéndose paso por el tráfico. La caballería de la muerte estaba llegando a la Doctores.

Y Estela sonrió

CAPÍTULO 4: LA CAÍDA DE LOS ÁNGELES EN LA DOCTORES

La espera es la parte más ruidosa de la guerra.

En el pequeño departamento de la colonia Doctores, el silencio pesaba toneladas. No era un silencio vacío; estaba lleno del zumbido eléctrico de la lámpara barata, del goteo rítmico de una llave en el baño y de la respiración entrecortada y aterrorizada de Víctor.

Estela se movía por la habitación con la eficiencia de una araña tejiendo su red final. Volcó el colchón matrimonial contra la pared que daba al pasillo, creando una cobertura suave para absorber la metralla de madera cuando la puerta estallara. Arrastró la pequeña mesa de metal y la colocó en ángulo, creando un “embudo” visual.

Rogelio la observaba desde el suelo, apretando su costado vendado. El dolor en su hígado era un latido constante, sordo y nauseabundo, pero su mente estaba clara. Por primera vez en años, no era el hombre al mando. No daba las órdenes. Era un pasajero en el vehículo de violencia que Estela conducía. Y, extrañamente, confiaba en ella más de lo que había confiado en cualquiera de sus tenientes pagados.

—Van a subir por las escaleras —susurró Estela, apagando la única luz. La habitación se sumió en penumbras, iluminada solo por el resplandor naranja de las farolas de la calle que se filtraba por las persianas—. No usarán el elevador; es una trampa mortal táctica. Subirán a pie. Dos en punta, dos atrás. Estándar de limpieza.

Se acercó a Víctor, quien temblaba en el rincón, abrazando sus rodillas.

—Si gritas, te mato yo antes que ellos —le dijo al oído. No era una amenaza, era una promesa administrativa—. Quédate ahí. Eres el cebo. Cuando entren, te verán a ti primero. Eso me dará un segundo.

—No quiero morir… —gimoteó Víctor.

—Entonces debiste haber pensado en eso antes de vender a tu socio por mensaje de texto —dijo Rogelio desde la oscuridad. Su voz era hielo seco.

Abajo, en la calle, el sonido de motores pesados rompió la quietud de la noche. No eran sirenas. Eran motores V8 de alto cilindraje ronroneando al ralentí. Puertas pesadas cerrándose. Clac-clac. El sonido inconfundible de botas tácticas golpeando el pavimento.

—Llegaron —dijo Estela.

Se posicionó detrás del colchón volcado, con el MP5 apoyado en la tela. Rogelio, con la Walther en la mano, se arrastró hasta quedar cubierto por la jamba de la puerta del baño.

Los pasos comenzaron a subir. Eran pesados, rápidos, pero disciplinados. No eran policías locales que subían con miedo; eran profesionales que subían con hambre.

Piso 1.
Piso 2.
Piso 3.

El edificio contuvo el aliento. En la Doctores, los vecinos saben cuándo callar. Cuando escuchan botas así, apagan las luces, suben el volumen de la televisión o se esconden bajo la cama. Nadie llama al 911. Nadie quiere ver nada.

Los pasos se detuvieron frente a la puerta del 402.

Víctor sollozó, un sonido agudo e involuntario.

Ping.

El teléfono de Víctor, tirado en el suelo a sus pies, se iluminó con una respuesta.

Estela leyó el brillo de la pantalla desde su posición: “Vamos a entrar.”

No hubo conteo. No hubo “¡Policía, abran!”.

La puerta del departamento no se abrió; explotó.

Una carga de brecha en la cerradura detonó con un BUM seco que hizo vibrar los dientes de Rogelio. La madera se astilló hacia adentro, convirtiéndose en metralla. El marco de metal se dobló como plastilina.

Dos sombras negras irrumpieron a través del humo y el polvo de yeso. Llevaban máscaras de gas y rifles cortos. Sus linternas tácticas cortaron la oscuridad, buscando objetivos.

El haz de luz iluminó a Víctor en el rincón.

—¡Aquí está la rata! —gritó el primero.

Víctor levantó las manos, cegado por la luz.

—¡Soy yo! ¡Soy Víctor! ¡No disparen, soy…!

El sicario en punta no dudó. Vio movimiento, vio una figura gritando. Su dedo se cerró en el gatillo por reflejo o por desprecio.

Tat-tat.

Dos disparos al pecho. Víctor fue empujado contra la pared con violencia, su camisa Versace floreciendo en rojo brillante. Se deslizó hacia el suelo, con los ojos abiertos en una expresión de sorpresa final. El traidor había sido cobrado por sus propios dueños.

Ese segundo de distracción fue el que Estela había predicho.

Desde detrás del colchón, el MP5 de Estela cantó.

Brrrt.

Una ráfaga corta, controlada, a la altura de las rodillas y la ingle, donde los chalecos antibalas no cubren.

El primer sicario gritó cuando sus fémures se destrozaron. Cayó al suelo, perdiendo el arma. Estela ajustó la mira y le dio un tiro de gracia en el casco. El hombre dejó de moverse.

El segundo sicario giró hacia el fogonazo, disparando a ciegas. Las balas impactaron contra el colchón, levantando nubes de relleno y polvo, pero sin penetrar lo suficiente para herir a Estela.

—¡Rogelio! —gritó ella.

Rogelio, desde el baño, asomó la Walther. Tenía un ángulo perfecto sobre el flanco del segundo hombre. Apretó el gatillo. Pam. Pam.

El sicario se sacudió cuando las balas de 9mm impactaron en su costado, justo debajo de la axila, buscando el hueco entre las placas balísticas. Gruñó y giró hacia Rogelio, levantando su rifle.

Estela no le dio oportunidad. Saltó sobre el colchón, usando la inercia para cerrar la distancia. Con el cañón de su subfusil caliente, golpeó el rifle del hombre hacia arriba y le descargó el resto del cargador en el pecho a quemarropa. La fuerza de los impactos tiró al hombre hacia atrás, sacándolo al pasillo.

—¡Recargando! —gritó Estela, soltando el cargador vacío y buscando uno nuevo en su cinturón. Pero sus dedos tocaron tela vacía.

Se había acabado la munición del MP5.

—¡Estela! —Rogelio gritó, señalando la puerta destrozada.

Más sombras llenaban el pasillo. Eran cuatro, tal vez cinco más. El “Heavy Crew” no eran solo dos hombres. Era un escuadrón.

—¡Granada! —gritó una voz desde el pasillo.

Algo metálico y pesado rodó dentro del cuarto, tintineando alegremente sobre el piso de linóleo. Una esfera verde oliva.

No era una aturdidora. Era una fragmentaria.

El tiempo se detuvo de nuevo.

Rogelio miró la granada. Estaba a dos metros de él. Estela estaba a tres.

—¡LA VENTANA! —rugió Estela.

No hubo pensamiento consciente. Fue instinto animal. Estela se lanzó hacia Rogelio, agarrándolo por la cintura de su pantalón y tirando de él con una fuerza que desmentía su tamaño. Lo arrastró hacia el balcón oxidado.

Rogelio, impulsado por el terror puro, se lanzó contra el vidrio de la puerta del balcón sin intentar abrirla.

CRASH.

El vidrio estalló hacia afuera. Ambos cayeron al pequeño balcón de metal justo cuando la granada detonó dentro del departamento.

¡BOOOOM!

La onda expansiva sopló la puerta del balcón fuera de sus goznes. Una lengua de fuego y escombros salió disparada hacia la noche, lamiéndoles los talones. El calor fue intenso, instantáneo. Los oídos de Rogelio se cerraron herméticamente.

Estela no esperó a ver el daño. El balcón estaba vibrando, a punto de colapsar por la explosión.

—¡Salta! —le gritó a Rogelio, señalando el edificio contiguo.

Estaban en un cuarto piso. El edificio de al lado era un edificio de departamentos gemelo, pero su techo estaba un nivel más abajo, a unos tres metros de distancia horizontal y tres metros de caída vertical.

Para un practicante de parkour, era un salto difícil. Para un hombre con el hígado magullado y una mujer exhausta, era un salto de fe.

—¡No llego! —gritó Rogelio, mirando el abismo oscuro del callejón entre los edificios. Abajo, a doce metros, el concreto esperaba con paciencia.

—¡Salta o mueres quemado! —Estela no le dio opción. Lo empujó.

Rogelio saltó. Fue un salto feo, desesperado, agitando los brazos como un espantapájaros en un huracán.

Estela saltó un segundo después, con la gracia de un gato callejero.

Rogelio golpeó el techo del edificio vecino. No aterrizó de pie. Aterrizó de costado, rodando violentamente sobre la grava y el impermeabilizante rojo. El impacto le sacó todo el aire de los pulmones y envió un relámpago de agonía pura a través de su hígado lesionado. Gritó, pero no salió sonido.

Estela aterrizó en una rodada perfecta (“Ukemi”), disipando la energía del impacto, y se puso de pie instantáneamente, pistola en mano, apuntando hacia el balcón humeante que acababan de abandonar.

Silencio en la azotea. Solo el sonido de las alarmas de coches que se habían activado por la explosión abajo.

Rogelio estaba en posición fetal, abrazando su costado, con la cara pegada a la grava caliente.

—Levántate —susurró Estela, agachándose a su lado. Le revisó los ojos. Pupilas dilatadas por el dolor, pero consciente.

—No… puedo… —jadeó Rogelio. Sentía que algo se había desgarrado dentro de él.

—Si te quedas aquí, te van a disparar desde la ventana —dijo Estela, jalándolo del brazo sano—. ¡Míralos!

En el balcón destruido de enfrente, siluetas con linternas se asomaban, barriendo la oscuridad con sus haces de luz.

—¡Están en el techo de al lado! —gritó uno de los sicarios.

Las balas empezaron a picar el concreto alrededor de ellos. Pew. Pew. Crack. El sonido de las balas rompiendo la barrera del sonido cerca de sus cabezas era como latigazos.

—¡Corre! —Estela levantó a Rogelio casi en vilo.

Comenzaron a correr a través de la azotea. Era un paisaje lunar urbano: tinacos de asbesto rotos, jaulas de tendido de ropa oxidadas, antenas parabólicas viejas y charcos de agua estancada.

Rogelio corría cojeando, apoyando todo su peso en Estela. Ella era su muleta, su motor.

—¡Al tinaco! —ordenó ella.

Se lanzaron detrás de un enorme tinaco Rotoplas negro justo cuando una ráfaga de ametralladora barría la zona donde habían estado un segundo antes. El plástico negro del tinaco estalló, y chorros de agua potable salieron disparados, empapándolos.

—Estamos atrapados —dijo Rogelio, escupiendo agua y sangre—. No hay salida.

Estela miró alrededor. La azotea terminaba en un muro ciego. Pero a la derecha, había una estructura de metal, una escalera de gato que bajaba hacia un patio interior de vecindad.

—No estamos atrapados. Estamos cazando —dijo ella, aunque sabía que era mentira. Estaban huyendo.

—¿Cazando? —Rogelio se rió, histérico—. No tengo balas, Estela. Tengo una Walther con dos tiros y una navaja. Tú tienes una pistola que no es tuya. Ellos tienen fusiles de asalto y granadas.

—Tenemos la oscuridad —dijo ella. Se quitó los lentes mojados, los limpió con su camiseta y se los volvió a poner. Sus ojos brillaban con una determinación aterradora—. Y este es mi barrio.

—¡Allá van! —gritaron desde el otro edificio.

Los sicarios habían improvisado un puente con una tabla o simplemente habían saltado. Se escuchaban botas aterrizando en su techo. Ya estaban aquí.

—Vamos abajo —dijo Estela.

Bajaron por la escalera de gato oxidada hacia el patio interior. Era un laberinto de ropa colgada: sábanas, camisetas de fútbol, uniformes escolares. Un mar de tela que ondeaba con el viento nocturno.

—Mézclate con la ropa —susurró Estela—. No corras en línea recta. Muévete con el viento.

Se adentraron en el laberinto de sábanas. Era surrealista. El olor a detergente barato “Foca” se mezclaba con el olor a pólvora que traían impregnado en la piel.

Los sicarios bajaron tras ellos. Se escuchaban sus voces distorsionadas por las máscaras de gas.

—¡Peinen la zona! ¡Limpien todo!

Estela vio una sombra proyectada sobre una sábana blanca a dos metros de ella. Un sicario avanzaba con el rifle en alto.

Ella miró a Rogelio y le hizo una seña: Quédate quieto.

Estela se deslizó entre dos toallas húmedas. Esperó. El sicario pasó de largo, mirando hacia el otro lado.

Estela salió de entre la ropa como un espectro. No disparó; el ruido atraería a los demás. Levantó su pistola y la usó como un martillo, golpeando la base del cráneo del hombre con la empuñadura de acero.

Crac.

El hombre cayó sin un sonido, enredándose en una sábana de “Las Chivas”.

Estela le quitó el rifle (un AR-15 compacto) y los cargadores extra de su chaleco. Se colgó el rifle al hombro y regresó con Rogelio.

—Toma —le dio el rifle a Rogelio.

Rogelio lo tomó con manos temblorosas. El peso del arma le dio una extraña sensación de seguridad.

—¿Sabes usarlo? —preguntó ella.

—He disparado algunos en el rancho —mintió él. Había disparado mucho más que en un rancho.

—Quita el seguro. No dispares en ráfaga, se te va a ir al cielo. Tiro a tiro.

Siguieron avanzando hacia la salida del patio que daba a la calle lateral. Pero al llegar al portón de metal, se detuvieron.

A través de las rendijas del portón, vieron las luces azules y rojas.

—La policía —susurró Rogelio, sintiendo un alivio momentáneo—. Llegaron los patrulleros. Estamos salvados.

Estela lo agarró del hombro y lo jaló hacia atrás, hacia la oscuridad.

—No seas idiota. Mira bien.

Rogelio miró de nuevo. Sí, eran patrullas de la Ciudad de México. Pero los oficiales no estaban acordonando la zona. Estaban hablando con hombres vestidos de civil que llevaban chalecos tácticos. Hombres que bajaban de las camionetas blindadas de Los Gallegos.

Un oficial recibió un fajo de billetes y asintió, señalando hacia el edificio.

—Están en la nómina —dijo Rogelio, sintiendo un sabor amargo en la boca. La corrupción no era una sorpresa para él, él mismo había pagado nóminas enteras de policías. Pero estar del otro lado de la transacción… ser la víctima de la corrupción que él mismo había fomentado… era una ironía cruel.

—El Cártel compró el distrito —dijo Estela—. No podemos salir a la calle. Si nos ven los policías, nos entregan o nos matan ellos mismos para cobrar la recompensa.

—Estamos rodeados —dijo Rogelio, deslizándose hasta el suelo, apoyando la espalda contra la pared fría del patio. La adrenalina se estaba desvaneciendo y el dolor regresaba con venganza. Se sentía mareado. Perdía sangre internamente, estaba seguro—. Estela… creo que hasta aquí llegamos.

Estela se arrodilló frente a él. Le tocó la cara. Sus manos estaban manchadas de hollín y sangre seca, pero eran cálidas.

—No. No te vas a morir aquí, Rogelio Montemayor. No después de que te salvé el trasero tres veces en una noche.

—Cuatro veces —corrigió él, con una sonrisa débil—. Contando el vino.

—Cuatro veces.

—Vete tú —dijo Rogelio, cerrando los ojos—. Eres un fantasma, ¿no? Puedes desaparecer. Escala el muro, salta a la otra calle. Ellos me quieren a mí. Si me encuentran, dejarán de buscarte.

Estela miró el muro perimetral. Podía hacerlo. Podía trepar, correr y perderse en la inmensidad de la Ciudad de México. Podía ser libre.

Miró a Rogelio. El hombre que había arruinado su uniforme. El hombre que la había humillado. El hombre que había intentado protegerla cuando las balas volaron. El hombre que la miraba ahora no como a un objeto, ni como a una sirvienta, sino como a un igual.

—No —dijo Estela firmemente.

—¿Por qué? —susurró él.

—Porque soy tu socia, ¿recuerdas? —Estela se puso de pie y le tendió la mano—. Y los socios no se abandonan. Además, todavía me debes mi dinero.

Rogelio tomó su mano. Ella tiró de él y él se levantó, gruñendo.

—¿Cuál es el plan, socia?

—El alcantarillado —dijo Estela, señalando una tapa de registro de hierro fundido en el centro del patio—. El sistema de drenaje profundo pasa por debajo de la Doctores. Conecta con el metro.

—¿Drenaje? —Rogelio hizo una mueca de asco—. ¿Me vas a hacer caminar entre mierda?

—Es eso o una bolsa para cadáveres. Tú eliges.

Estela corrió hacia la tapa. Usó una barra de metal que encontró tirada para hacer palanca. Pesaba cincuenta kilos, pero la adrenalina la hacía ligera. La tapa se deslizó con un chirrido metálico, revelando un agujero negro que exhalaba un olor putrefacto.

—Las damas primero —dijo Rogelio, tratando de mantener la compostura.

—Entra —dijo ella, empujándolo suavemente.

Rogelio bajó por los escalones de metal resbaladizos hacia la oscuridad. Estela lo siguió, arrastrando la tapa para cerrarla sobre sus cabezas justo cuando la puerta del patio se abría de una patada y las linternas de los sicarios barrían el lugar donde habían estado segundos antes.

La oscuridad del túnel era absoluta. El olor era una pared física de metano y descomposición.

Rogelio encendió la linterna táctica montada en el rifle AR-15 que Estela le había dado. El haz de luz iluminó un túnel de concreto cilíndrico, con un río de agua negra corriendo por el centro. Ratas del tamaño de gatos corrieron chillando ante la luz.

—Bienvenido al inframundo real —dijo Estela, su voz resonando con eco—. Camina por los bordes. No toques el agua si tienes heridas abiertas.

Caminaron en silencio durante lo que parecieron horas. El tiempo perdió sentido. Solo existía el sonido de sus botas chapoteando en el lodo y la respiración forzada de Rogelio.

—Lucas… —dijo Rogelio de repente, rompiendo el silencio.

Estela se detuvo, pero no se giró.

—Lucas está muerto, Rogelio. Lo escuchamos caer.

—Era un buen hombre —dijo Rogelio. Su voz se quebró, solo un poco—. Leal. Tenía dos hijas en Monterrey.

—La lealtad es cara en este negocio —dijo Estela fríamente, aunque por dentro sentía una punzada. Ella entendía la pérdida. Había perdido a todos los que alguna vez le importaron. Por eso se había convertido en un fantasma. Para no tener a nadie a quien perder.

—Voy a matarlos a todos —prometió Rogelio a la oscuridad. No era una amenaza vacía. Era un juramento de sangre—. A los Gallegos. A quien me traicionó desde adentro. Voy a quemar la ciudad hasta encontrarlos.

—Primero tienes que sobrevivir a la infección de este túnel —dijo Estela pragmática—. Sigue caminando.

Después de dos kilómetros, encontraron una escalera de mantenimiento que subía. Estela subió con cautela y empujó la rejilla.

Salieron al aire fresco de la noche. Estaban debajo de un puente vehicular, cerca de las vías del tren suburbano. El ruido de la ciudad era distante aquí. Era una tierra de nadie, llena de grafiti y basura industrial.

Estela ayudó a Rogelio a salir. Él se derrumbó sobre el pasto seco, exhausto. Estaba temblando incontrolablemente. El shock y la pérdida de sangre estaban ganando la batalla.

—Necesitamos un lugar —dijo Estela, mirando alrededor. Sus opciones se habían agotado. Su departamento quemado, sus armas perdidas, sus contactos quemados.

—No tengo… a nadie… —murmuró Rogelio.

—Yo conozco a alguien —dijo Estela. Dudó un momento. Llevar a Rogelio allí era arriesgado. Era revelar la última capa de su pasado. Pero no había opción.

—¿Quién?

—Mi antiguo entrenador. El hombre que me enseñó a no morir.

—¿Dónde está?

—En Ecatepec. Lejos.

—¿Cómo llegamos? No tenemos coche.

Estela miró hacia las vías del tren. Un tren de carga venía avanzando lentamente, haciendo vibrar el suelo.

—Como polizontes —dijo ella—. Al estilo de la vieja escuela.

Rogelio miró el tren, luego su traje Tom Ford (o lo que quedaba de él, ahora cubierto de vino, sangre, polvo de explosión y mierda de alcantarilla). Soltó una risa delirante.

—El gran Rogelio Montemayor… saltando trenes como un inmigrante. Mi madre se volvería a morir si me viera.

—Tu madre estaría orgullosa de que sigues vivo —dijo Estela, levantándolo—. Vamos. Arriba. Tienes que correr una última vez.

Corrieron junto al tren en movimiento. Estela agarró una escalera de metal de un vagón y saltó, colgándose. Extendió la mano hacia Rogelio.

—¡Dame la mano!

Rogelio corrió, sus pulmones ardiendo, su costado gritando. Extendió la mano. Sus dedos rozaron los de ella. El tren aceleraba.

—¡No llego! —gritó él.

—¡Sí llegas! —gritó ella—. ¡Salta!

Rogelio saltó. Estela le agarró la muñeca con su agarre de hierro. Tiró de él con un gruñido de esfuerzo, subiéndolo al vagón de carga.

Rogelio cayó sobre el piso de metal frío del vagón, jadeando, mirando las estrellas que pasaban sobre su cabeza a través del techo abierto.

Estela se sentó a su lado, recargando la espalda contra la pared del vagón. El viento les golpeaba la cara, limpiando el olor del drenaje.

Estaban vivos. Rotos, sucios, perseguidos, pero vivos.

Rogelio giró la cabeza para mirarla. A la luz de la luna, Estela parecía una estatua de guerra. Hermosa y terrible.

—Gracias —susurró él.

Estela cerró los ojos.

—Duerme, Rogelio. Yo hago la primera guardia.

El tren rugió hacia el norte, llevándose al Rey caído y a su Reina Fantasma hacia la oscuridad, lejos de la ciudad que intentó devorarlos. Pero ambos sabían que volverían. Y cuando lo hicieran, no serían presas. Serían la plaga.

CAPÍTULO 5: PURGATORIO DE HIERRO EN ECATEPEC

El tren de carga era una bestia de acero que gemía mientras cortaba la oscuridad del Valle de México. No había asientos de primera clase, ni azafatas, ni champaña. Solo había un piso de metal frío, vibrante y cubierto de una capa fina de polvo de carbón y granos de maíz secos.

Rogelio Montemayor yacía en un rincón del vagón abierto, tiritando violentamente. La fiebre había empezado a subir hace una hora, una consecuencia inevitable del agua podrida del drenaje infectando sus heridas y del trauma masivo en su hígado. El hombre que ayer decidía el destino de millones de dólares con una firma, ahora era un bulto de ropa sucia que dependía del calor corporal de una mujer a la que había intentado humillar.

Estela estaba sentada a su lado, con la espalda recta contra la pared del vagón, el rifle AR-15 cruzado sobre sus piernas. No dormía. Sus ojos escaneaban el paisaje que pasaba volando: las luces amarillentas de los barrios marginales, las fogatas de basura, las siluetas de los perros callejeros.

—¿Falta… mucho? —preguntó Rogelio, sus dientes castañeteando.

Estela le tocó la frente. Estaba ardiendo.

—Ya casi. Estamos cruzando Tlalnepantla. Vamos a Ecatepec.

Rogelio soltó una risa delirante que terminó en tos.

—Ecatepec… el lugar donde Dios viene a llorar. Nunca pensé… que mi imperio terminaría en un vagón rumbo a Mordor.

—Tu imperio no ha terminado, Rogelio —dijo Estela con firmeza, ajustándole el saco roto sobre los hombros para cubrirlo del viento helado—. Solo está en pausa. Pero si te mueres de hipotermia aquí, entonces sí se acabó. Pégate más a mí.

Rogelio obedeció. Se acurrucó contra ella, buscando calor. Olía a sudor, a pólvora y a esa vainilla barata que ahora le parecía el perfume más exquisito del mundo. En su delirio febril, su mente vagaba. Recordaba las fiestas en Los Cabos, las modelos rusas, el sabor del whisky de treinta años. Todo eso parecía un sueño lejano, una vida vivida por otro hombre. La única realidad ahora era el metal duro bajo su cadera y el latido constante del corazón de Estela contra su brazo.

—¿Por qué…? —murmuró Rogelio, con la voz pastosa—. ¿Por qué me ayudas? Podrías haberme tirado del tren. Nadie lo sabría.

Estela miró hacia la luna llena que iluminaba los cerros cubiertos de casas de autoconstrucción.

—Porque sé lo que es que te quiten todo —dijo ella en voz baja—. Sé lo que es que te borren. Y porque… —dudó un momento—, porque me defendiste. Nadie me había defendido antes.

El tren comenzó a reducir la velocidad. Los chirridos de los frenos eran ensordecedores. Estaban entrando en la zona industrial de Xalostoc.

—Hora de bajar —dijo Estela, poniéndose de pie y colgándose el rifle bajo el abrigo que le había robado a un sicario muerto.

—No puedo… mis piernas no responden.

—Sí puedes. El dolor es información, Rogelio. Te dice que sigues vivo. Úsalo.

Lo levantó casi a rastras. Se acercaron al borde del vagón. El suelo pasaba rápido, una mancha gris de grava y durmientes.

—A la de tres. Rueda cuando caigas. Protege la cabeza. Una… dos… ¡tres!

Saltaron juntos hacia la oscuridad.

El impacto fue brutal. Rogelio rodó por la grava afilada, sintiendo cada piedra clavarse en su cuerpo magullado. Se detuvo contra un arbusto seco, jadeando, con el cielo girando sobre él.

Estela ya estaba a su lado, levantándolo.

—¡Arriba! No podemos quedarnos aquí. La seguridad ferroviaria patrulla esta zona y no hacen preguntas, disparan.

Caminaron durante cuarenta minutos a través de un paisaje post-apocalíptico. Ecatepec de madrugada era un lugar de sombras largas y peligros tangibles. Pasaron junto a fábricas abandonadas, deshuesaderos de coches donde esqueletos de metal se oxidaban bajo la luna, y canales de aguas negras que apestaban a muerte química.

Rogelio caminaba en modo automático, un pie delante del otro, sostenido únicamente por la voluntad de hierro de Estela.

Finalmente, llegaron a una estructura bajo un puente vehicular masivo. Era un viejo taller mecánico, rodeado de muros de bloque gris con alambre de púas en la cima. No había letreros. Solo una puerta de acero pintada de negro, abollada y formidable.

Estela golpeó la puerta con un patrón rítmico: toc-toc… toc… toc-toc.

Silencio.

Luego, el sonido de cerrojos pesados deslizándose. Una mirilla se abrió. Un ojo oscuro y desconfiado los observó.

—¿Quién busca? —gruñó una voz profunda como el rugido de un motor diésel.

—La Fantasma —dijo Estela—. Y trae un perro herido.

La mirilla se cerró. Hubo una pausa larga, tensa. Rogelio sentía que se iba a desmayar en cualquier segundo.

La puerta se abrió con un gemido de bisagras sin aceite.

Un hombre llenó el marco de la puerta. Era enorme, no alto como Lucas, sino ancho, denso. Parecía tallado en granito volcánico. Tenía la piel curtida como cuero viejo, el pelo blanco cortado al ras y una nariz que había sido rota tantas veces que ya no tenía puente, solo una masa de cartílago aplastado. Llevaba una camiseta de tirantes manchada de grasa y pantalones de boxeo antiguos.

Era “El Profe” Lalo. Una leyenda en los circuitos subterráneos. El hombre que entrenaba a los que ya no tenían nada que perder.

Lalo miró a Estela, luego miró a Rogelio, quien colgaba del hombro de ella, pálido y sangrando.

—Pensé que estabas muerta, Sombra —dijo Lalo. Su voz no mostraba emoción, pero sus ojos brillaron.

—Casi —respondió Estela—. Necesitamos refugio, Profe. Y un médico que no haga preguntas.

Lalo miró a Rogelio con desdén.

—¿Quién es este catrín? Huele a dinero y a miedo.

—Es un socio.

—Parece un cadáver con ropa cara.

Rogelio intentó enderezarse, intentó invocar al “Patrón”, pero solo logró toser sangre.

—Soy… Rogelio Montemayor… —susurró.

Lalo soltó una carcajada seca.

—¿El narco de Polanco? —Lalo escupió al suelo—. No me traigas basura a mi casa, Estela. Este tipo representa todo lo que odio.

—Me salvó la vida —dijo Estela, mirándolo fijamente—. Y yo le salvé la suya. Estamos a mano. Déjanos entrar, Lalo. Por los viejos tiempos. Por Berlín.

Lalo sostuvo la mirada de Estela un momento, luego suspiró y se hizo a un lado.

—Métanlo. Pero si se muere en mi piso, tú limpias.

El interior de “El Puño de Hierro” (como lo llamaban los pocos que lo conocían) no era un gimnasio comercial. No había máquinas elípticas, ni aire acondicionado, ni espejos para tomarse selfies. Era una nave industrial llena de sacos de boxeo remendados con cinta gris, llantas de tractor para golpear con marros, y un ring en el centro que parecía un altar de sacrificio.

Lalo los llevó a un cuarto trasero que servía de enfermería improvisada. Olía a alcohol y árnica.

—Ponlo en la mesa —ordenó Lalo.

Estela ayudó a Rogelio a subir a una mesa de exploración cubierta de vinilo roto. Lalo encendió una luz brillante y empezó a cortar la ropa de Rogelio con unas tijeras de trauma.

Cuando vio el hematoma en el hígado, Lalo silbó.

—Le dieron con un mazo, ¿o qué?

—Fui yo —dijo Estela desde la puerta.

Lalo la miró, luego miró el golpe. Sonrió por primera vez.

—Buen gancho de pala. Entraste profundo.

—¿Va a vivir? —preguntó Estela.

Lalo presionó el abdomen de Rogelio, ignorando sus gemidos.

—Tiene suerte. Es fuerte. El hígado es noble, se regenera si le das tiempo. Pero necesita antibióticos para esa infección de alcantarilla y mucho descanso. Si se mueve en dos semanas, se le revienta algo por dentro.

Lalo sacó una jeringa y un frasco de líquido ámbar.

—Esto va a doler, principito. Es penicilina veterinaria y un cóctel de vitaminas para caballos. Es lo mejor que tengo.

Rogelio sintió el piquete, y luego una ola de calor oscuro que lo arrastró a la inconsciencia. Lo último que vio fue la silueta de Estela vigilando la puerta, con el rifle en la mano, como un ángel guardián hecho de furia.


El tiempo se disolvió en una neblina de fiebre y dolor.

Durante días, Rogelio flotó entre la consciencia y la pesadilla. Soñaba con fuego. Soñaba con Víctor riéndose mientras su madre gritaba. Soñaba con Estela, pero no era la mesera, era una diosa azteca bañada en sangre que le arrancaba el corazón para pesarlo en una balanza.

A veces despertaba y veía a Lalo cambiándole los vendajes con manos rudas pero eficientes. A veces era Estela quien le daba de beber sopa de pollo con una cuchara, susurrándole cosas que él no entendía.

—Tienes que comer, cabrón. No te moriste en la balacera, no te vas a morir de hambre.

Poco a poco, la fiebre bajó. El dolor agudo se transformó en un dolor sordo, manejable.

Dos semanas después de llegar, Rogelio pudo sentarse en el borde de un catre militar que le habían puesto en el almacén del gimnasio. Se miró las manos. Estaban limpias, pero temblaban. Había perdido peso. Sus músculos, antes llenos y cosméticos, se veían desinflados. Se tocó la barba; estaba larga, descuidada.

Se sentía débil. Vulnerable.

La puerta se abrió y Estela entró. Llevaba ropa deportiva vieja: unos shorts de boxeo y una camiseta cortada. Estaba sudada, acababa de entrenar. Su pelo estaba recogido en una trenza apretada. Se veía fuerte, vibrante, peligrosa.

—Bienvenido de vuelta al mundo de los vivos —dijo ella, lanzándole una toalla limpia y una botella de agua.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Rogelio, su voz ronca por el desuso.

—Quince días. Los Gallegos han puesto la ciudad de cabeza buscándote. Hay una recompensa de diez millones de dólares por tu cabeza. Vivo o muerto. Prefieren muerto.

Rogelio asintió lentamente. Diez millones. Era un precio decente.

—¿Saben que estamos aquí?

—No. Lalo es un fantasma digital. Este lugar no existe. Aquí estás seguro… por ahora.

Rogelio intentó ponerse de pie. Sus piernas flaquearon, pero se sostuvo. Caminó tambaleándose hacia el área principal del gimnasio.

Lalo estaba golpeando un costal pesado con una cadencia rítmica y aterradora. Pum-pum-pum… ¡PUM!

Al ver a Rogelio, Lalo detuvo el costal con una mano.

—Mira quién decidió despertar. El Patrón. ¿Listo para irte? Porque me estás comiendo la despensa.

—No tengo a dónde ir —admitió Rogelio. Era la verdad más dura que había dicho en su vida. Sus cuentas estaban congeladas o vigiladas. Sus aliados estaban muertos o comprados. Era un rey sin reino.

—Entonces tienes que ganarte tu lugar —dijo Lalo—. Aquí nadie vive de a gratis. Ni siquiera los ex-millonarios.

—¿Qué quieres que haga? —preguntó Rogelio, irguiéndose un poco. Aún conservaba un gramo de orgullo.

Lalo señaló un cubo con agua sucia y un trapeador viejo en la esquina.

—El baño está hecho un asco. Empieza por ahí. Y luego limpias la lona del ring. Con cepillo de dientes si es necesario. Quiero ver mi cara reflejada en ese piso.

Rogelio miró el trapeador. Miró sus manos, que solían firmar cheques y acariciar seda. Sintió una oleada de ira. Él era Rogelio Montemayor. Él no limpiaba baños.

Miró a Estela. Ella estaba vendándose las manos, observándolo sin expresión. No había lástima en sus ojos. Había expectación.

Rogelio tragó su orgullo. Sabía a bilis. Caminó hacia el cubo, tomó el trapeador y comenzó a limpiar.


Los siguientes días fueron un infierno diferente. Un infierno de humildad.

Rogelio barrió, trapeó, lavó platos y cargó garrafones de agua. Su cuerpo dolía, su ego sangraba. Pero mientras trabajaba, observaba.

Veía a Estela entrenar.

Era hipnótico. No entrenaba como los boxeadores que él patrocinaba, que buscaban la cámara y el nocaut espectacular. Ella entrenaba para matar. Sus movimientos eran económicos, brutales. Golpeaba el costal no con fuerza bruta, sino con una transferencia de energía cinética perfecta.

Una noche, después de cerrar el gimnasio, Rogelio se acercó al ring. Estela estaba haciendo sombra, moviéndose alrededor de un oponente invisible.

—Enséñame —dijo Rogelio.

Estela se detuvo. Se quitó el protector bucal y lo miró desde arriba de las cuerdas.

—Tú ya sabes pelear, Rogelio. Tienes técnica de boxeo. Eras bueno en el club.

—No —dijo Rogelio, negando con la cabeza—. Sé boxear deportivamente. Sé pelear con reglas. Tú… tú haces otra cosa. Tú acabaste con tres sicarios armados en segundos. Yo necesito saber hacer eso. Necesito dejar de ser una víctima.

—Lo que yo hago no es un deporte —dijo Estela, bajando la voz—. No hay trofeos. No hay réferis. Es violencia pura. Te rompe el alma.

—Mi alma ya está rota —dijo Rogelio—. Solo quiero que mis manos sean tan peligrosas como mi dinero solía ser.

Estela miró a Lalo, que estaba en su oficina contando unos billetes arrugados. Lalo asintió levemente.

—Está bien —dijo Estela—. Sube.

Rogelio subió al ring. Se sentía diferente estar ahí con ella ahora. Ya no era el dueño del club intentando humillar a una mesera. Era un alumno entrando al templo de una maestra.

—Pégame —dijo Estela.

Rogelio levantó los puños. Lanzó un jab tentativo.

Estela lo desvió con un manotazo perezoso.

—¿Eso es todo? ¿El gran Rogelio Montemayor golpea como niña? ¡Pégame de verdad!

Rogelio se enojó. Lanzó un recto de derecha con fuerza.

Estela no bloqueó. Se deslizó hacia adentro, invadiendo su guardia, y le dio una palmada en el pecho, justo sobre el corazón. No fue fuerte, pero el mensaje fue claro: Podría haberte matado.

—Peleas con ego —dijo Estela, caminando alrededor de él—. Tienes tensión en los hombros. Quieres demostrar que eres fuerte. Quieres imponer tu voluntad sobre el oponente. Eso te hace lento. Te hace predecible.

—¿Entonces qué hago? —gruñó Rogelio, girando para encararla.

—Deja de querer ser el martillo —dijo Estela—. Sé el clavo. O mejor, sé el agua. El agua no choca contra la roca; fluye alrededor de ella y la erosiona.

Durante las siguientes semanas, el gimnasio se convirtió en su universo. Rogelio Montemayor murió en ese ring. El hombre que salió de las cenizas era diferente.

Se afeitó la barba de diseñador y se dejó el pelo muy corto, casi a rape, como un convicto o un monje. Su cuerpo cambió. Perdió la masa muscular inflada de esteroides y ganó una fibra magra, funcional. Sus manos se llenaron de callos y cicatrices.

Estela no tenía piedad. Lo golpeaba. Lo tiraba al suelo. Le hacía llaves que le cortaban la respiración hasta que él golpeaba la lona en sumisión.

—¡Otra vez! —gritaba ella cuando él colapsaba de agotamiento.

—¡No puedo más! —jadeaba él.

—¡Los Gallegos no se van a cansar! ¡La muerte no toma descansos! ¡Arriba!

Y él se levantaba. Siempre se levantaba.

Una noche, la lluvia golpeaba el techo de lámina del gimnasio, creando un ruido ensordecedor. Estaban haciendo sparring de grappling (lucha en el suelo). Estela tenía a Rogelio en una llave de triángulo con las piernas, asfixiándolo.

Rogelio luchó. Su visión se estaba poniendo negra. Su instinto le decía que entrara en pánico. Pero recordó la voz de ella: Sé agua.

En lugar de empujar contra la fuerza de las piernas de Estela, Rogelio se relajó. Exhaló todo el aire. Su cuerpo se hizo pequeño. En ese microsegundo de relajación, encontró un hueco. Pasó el brazo, giró la cadera y rompió la llave.

Invirtió la posición. Ahora él estaba arriba, controlando las muñecas de Estela contra la lona.

Se quedaron así, congelados. El pecho de Rogelio subía y bajaba contra el de ella. El sudor de ambos se mezclaba.

Por primera vez, él había ganado un intercambio.

Rogelio miró a Estela a los ojos. Estaban a centímetros de distancia. Vio la sorpresa en sus ojos verdes, y luego, algo más. Respeto. Y debajo del respeto, una tensión eléctrica que no tenía nada que ver con la pelea.

El mundo exterior desapareció. No había Gallegos, no había deudas, no había pasado. Solo ellos dos, dos depredadores heridos reconociéndose en la oscuridad.

Rogelio soltó lentamente las muñecas de ella. Pero no se apartó.

—Aprendes rápido —susurró Estela. Su voz tembló ligeramente, algo que nunca pasaba.

—Tuve una buena maestra —respondió Rogelio.

Él levantó una mano y, con una delicadeza que contrastaba con la violencia del momento, apartó un mechón de pelo húmedo que se le había pegado a la frente a ella. Sus dedos rozaron la cicatriz en su pómulo, la misma que él le había hecho semanas atrás en el club.

—Lo siento —dijo él. No se refería al sparring. Se refería a todo. Al vino, a la humillación, a la herida.

Estela cerró los ojos un momento, inclinando la cabeza hacia la mano de él. Fue un gesto de rendición, más peligroso que cualquier llave de brazo.

—No lo sientas —dijo ella, abriendo los ojos—. Esa herida me despertó. Mató a la mesera. Me devolvió a mí misma.

Rogelio se inclinó más cerca. Podía sentir el calor de sus labios. La atracción era magnética, inevitable.

—¿Y quién eres tú ahora, Estela? —preguntó él.

—Soy tu socia —dijo ella. Pero sus ojos decían otra cosa.

Se separaron bruscamente cuando la puerta de la oficina de Lalo se abrió. El momento se rompió, pero la energía permaneció en el aire, densa y cargada.

Lalo salió con unos planos enrollados bajo el brazo. Los desenrolló sobre una mesa de trabajo manchada de aceite.

—Suficiente coqueteo, tortolitos —gruñó Lalo—. Si ya terminaron de revolcarse, tenemos trabajo. Mis contactos en la calle dicen que Los Gallegos van a celebrar.

Rogelio y Estela se acercaron a la mesa, recuperando su compostura profesional.

—¿Celebrar qué? —preguntó Rogelio.

—Tu muerte —dijo Lalo, señalando un periódico sensacionalista sobre la mesa. El titular gritaba: “CAPO DE POLANCO ASESINADO EN AJUSTE DE CUENTAS. CUERPO NO ENCONTRADO EN INCENDIO DE LA DOCTORES”.

—Creen que moriste en la explosión del departamento —explicó Estela—. La policía encontró restos carbonizados (probablemente de los sicarios) y asumieron que eras tú. El caso está cerrado.

—Mejor —dijo Rogelio, una sonrisa fría curvando sus labios—. Un hombre muerto no tiene nada que perder.

—Los Gallegos van a hacer una fiesta de “coronación” este sábado —continuó Lalo—. ¿Adivinen dónde?

Rogelio miró el plano. Reconoció la arquitectura inmediatamente.

—En El Obsidiana —dijo Rogelio. Sintió un ardor en el estómago. Estaban usurpando su trono, bebiendo su vino, sentándose en su mesa.

—Don Carlo Gallo, el jefe de jefes, va a estar ahí —dijo Estela—. Va a anunciar que toma control de tus territorios. Todo el liderazgo del cártel estará reunido en un solo lugar.

—Es una fortaleza —dijo Rogelio, analizando la situación con su vieja mente de estratega—. Cincuenta guardias. Detectores de metales. Perros. No podemos entrar con armas. Sería un suicidio.

—No necesitamos entrar con armas —dijo Estela, su voz tranquila y letal—. Y no necesitamos pelear contra cincuenta hombres.

Rogelio la miró. Vio a la Fantasma en todo su esplendor.

—¿Cuál es el plan?

—Guerra psicológica —dijo Estela—. Los Gallegos son supersticiosos. Creen en la Santa Muerte, en los presagios. Creen que estás muerto. Si un fantasma entra por la puerta principal… se van a congelar.

—El miedo —entendió Rogelio—. El miedo paraliza más rápido que una bala.

—Exacto. Ese congelamiento nos compra tres segundos. —Estela sonrió, y fue la sonrisa más aterradora y hermosa que Rogelio había visto jamás—. Y en tres segundos, Rogelio… tú y yo podemos cortarle la cabeza a la serpiente.

Rogelio miró el mapa del club que él había construido. Conocía cada rincón, cada túnel, cada interruptor de luz.

—No tengo dinero para pagarles —dijo Rogelio, mirando a Lalo y a Estela—. No tengo ejército.

—Tienes algo mejor —dijo Lalo, sacando una vieja pistola 1911 de un cajón y poniéndola sobre el plano—. Tienes hambre. Y tienes familia.

Rogelio miró a Estela. Familia. La palabra resonó en su pecho, llenando un vacío que no sabía que tenía.

—El sábado —dijo Rogelio, poniendo su mano sobre el plano—. Recuperamos la ciudad. O morimos intentándolo.

—No vamos a morir —dijo Estela, poniendo su mano sobre la de él. Su piel callosa contra la piel callosa de él—. Porque los fantasmas no mueren.

CAPÍTULO 6: LA ARMADURA DEL REY MUERTO

El sábado llegó con una tormenta eléctrica que cubrió el Valle de México bajo un manto de nubes negras y ozono. En Ecatepec, la lluvia no limpiaba las calles; solo convertía el polvo gris en un lodo pegajoso que se adhería a todo.

Dentro de la bodega “El Puño de Hierro”, el ambiente era litúrgico. No había música, no había sonido de guantes golpeando cuero. Solo el ruido de la lluvia martilleando el techo de lámina y el roce de la tela.

Estela estaba parada frente a un espejo de cuerpo entero roto en una esquina. Su reflejo le devolvía una imagen fragmentada, pero completa en su letalidad. Ya no llevaba los leggings rotos ni las camisetas sudadas de las últimas semanas.

Llevaba un vestido negro.

No era un vestido de gala cualquiera. Lo había “conseguido” Lalo a través de una de sus sobrinas que trabajaba en vestuario de cine. Era una pieza de seda negra, espalda descubierta, con una abertura en la pierna izquierda que subía peligrosamente alto. Era elegante, sí, pero su propósito no era la moda; era la movilidad. La seda permitía un rango de movimiento completo para una patada alta. La espalda descubierta facilitaba la ventilación. Y en la liga de su muslo derecho, oculta bajo la tela, descansaba una funda de kydex vacía.

Estela se aplicó rímel frente al espejo. Sus manos, callosas y marcadas por la guerra, sostenían el cepillo con una delicadeza incongruente. Se pintó los labios de un rojo profundo, casi sangre coagulada.

—Pareces una viuda negra —dijo una voz detrás de ella.

Estela se giró. Rogelio salió de la pequeña oficina de Lalo.

El aire en la bodega pareció detenerse.

El hombre que estaba allí no era el narco de Polanco que vestía trajes Tom Ford de colores brillantes y relojes Richard Mille del tamaño de un ladrillo. Ese hombre había muerto en las alcantarillas.

El nuevo Rogelio vestía un esmoquin vintage. Era un traje negro de corte clásico, solapas de satén, probablemente de los años 70. Había pertenecido al padre de Lalo, un músico de boleros que tocaba en los grandes salones de baile de la época de oro. Olía ligeramente a naftalina y tabaco viejo, pero le quedaba como un guante.

La camisa blanca estaba almidonada hasta la rigidez. No llevaba corbata, sino un moño negro atado a mano (Estela se lo había atado, sus dedos rozando su garganta). Su cabello estaba corto, casi militar, y la ausencia de barba revelaba la dureza de su mandíbula y la nueva cicatriz pálida que cruzaba su barbilla.

Pero lo más impactante eran sus ojos. Ya no tenían ese brillo superficial de arrogancia y cocaína. Eran ojos tranquilos. Ojos de tiburón que ha dejado de nadar frenéticamente porque sabe que es el dueño del océano.

—Y tú pareces un enterrador —respondió Estela, aunque su pulso se aceleró al verlo. Se veía devastadoramente guapo, pero de una manera peligrosa, como un arma enfundada en terciopelo.

—Es apropiado —dijo Rogelio, ajustándose los gemelos de plata opaca—. Vamos a un funeral, ¿no?

Lalo salió de la oficina, limpiándose las manos con un trapo lleno de grasa. Miró a la pareja. El Rey caído y la Reina fantasma. Asintió, satisfecho.

—Tienen pinta de que van a matar a alguien o a casarse. No estoy seguro de cuál es peor.

Lalo caminó hacia una mesa de trabajo cubierta con una lona. La retiró con un movimiento teatral.

—No tengo armas modernas —dijo Lalo—. Vendí mi última Glock hace dos años para pagar la luz. Pero tengo esto.

Sobre la mesa había dos objetos.

Para Estela: Un cuchillo Karambit de acero damasco. La hoja curva era perversa, diseñada para cortar tendones y arterias en combate cerrado.
Para Rogelio: Una manopla de bronce clásica. Pesada, brutal, simple.

—No podemos meter pistolas —recordó Estela, tomando el Karambit y probando su peso. Era perfecto. Lo enfundó en la liga de su muslo—. Los detectores de metales del club son de grado aeropuerto.

—El bronce no suena en los detectores magnéticos baratos si pasas rápido y llevas hebilla grande —dijo Lalo, lanzándole la manopla a Rogelio—. Y el cuchillo de Estela es cerámica compuesta en el núcleo, solo el filo es metal. Si lo escondes bien, pasa.

Rogelio se puso la manopla en la mano derecha. Sintió el frío del metal contra sus nudillos nuevos y duros. Cerró el puño. Se sentía correcto.

—Gracias, Profe —dijo Rogelio. Sacó algo de su bolsillo interior. Era su reloj Patek Philippe, lo único de valor que le quedaba, milagrosamente salvado porque lo llevaba en el bolsillo el día de la pelea. Lo puso sobre la mesa—. Por la renta. Y por la comida.

Lalo miró el reloj, que valía más que todo el edificio y el terreno juntos.

—Guárdatelo, principito. Si mueres hoy, los de la morgue te lo van a robar. Si sobrevives, regresas y me invitas unos tacos de verdad. De los de suadero, no las porquerías que comemos aquí.

Rogelio sonrió. Una sonrisa genuina.

—Trato hecho.


El viaje desde Ecatepec hasta Polanco fue un descenso inverso a través de los estratos sociales de la Ciudad de México.

Viajaban en una camioneta pickup Ford 1990 prestada por un vecino de Lalo. El motor tosía y la suspensión rechinaba en cada bache, pero avanzaba.

Estela conducía. Rogelio iba en el asiento del copiloto, mirando por la ventana.

Vieron cómo el paisaje cambiaba. Dejaron atrás las calles sin pavimentar y los perros en los techos de la periferia. Pasaron por la Calzada Ignacio Zaragoza, luego el Viaducto. El concreto gris y sucio dio paso a avenidas iluminadas. Los puestos de tacos callejeros fueron reemplazados por restaurantes con valet parking. Los grafitis de pandillas se convirtieron en murales artísticos patrocinados por bancos.

Entraron a Polanco.

Era otro planeta. Las calles de Masaryk brillaban bajo la lluvia, reflejando las luces de neón de las tiendas Gucci, Louis Vuitton y Tiffany. Coches blindados de lujo circulaban con impunidad. Mujeres con vestidos que costaban miles de dólares caminaban bajo paraguas sostenidos por choferes.

Rogelio miró todo aquello. Era su mundo. Él había sido el rey de estas calles. Conocía a los dueños de los restaurantes, sobornaba a los comandantes de policía de la zona, se acostaba con las mujeres que compraban en esas tiendas.

Y de repente, le pareció increíblemente vacío.

—¿En qué piensas? —preguntó Estela, rompiendo el silencio.

—En que todo esto es mentira —dijo Rogelio, señalando la vitrina de una joyería—. Es un escenario de cartón piedra. La gente aquí cree que está segura porque tienen dinero. Creen que el poder es una tarjeta de crédito negra.

Miró sus manos, con la manopla oculta en el bolsillo.

—No saben que el verdadero poder es lo que pasa cuando se apaga la luz.

—Tú eras uno de ellos hace un mes —le recordó Estela.

—Lo era —admitió Rogelio—. Y ese hombre murió gritando en un sótano. El que está aquí ahora… solo quiere quemarlo todo para ver qué sobrevive.

Estela sonrió de medio lado. Le gustaba este nuevo Rogelio. Era menos ruidoso y más letal.

—Estaciona a dos cuadras —dijo Rogelio—. En la calle de Tennyson. Hay un punto ciego en las cámaras de la ciudad que solíamos usar para entregas discretas.

Dejaron la camioneta vieja estacionada entre un Porsche y un BMW. La incongruencia era poética.

Bajaron del vehículo. La lluvia había cesado, dejando un aire frío y limpio. Caminaron hacia “El Obsidiana”.

No caminaban como fugitivos. Caminaban como depredadores que regresan a su territorio de caza. Estela tomó el brazo de Rogelio. Él la sintió tensa, lista para explotar, pero por fuera era la imagen de la sofisticación glacial.

Al doblar la esquina, vieron el club.

La fachada de “El Obsidiana” había cambiado. Donde antes había un diseño minimalista y discreto, ahora había luces estroboscópicas vulgares y una alfombra roja rodeada de terciopelo dorado. Había una fila de gente esperando entrar, la “crema y nata” del nuevo régimen: narco-juniors, actrices de segunda buscando patrocinador, y políticos corruptos.

Y seguridad. Mucha seguridad.

Hombres con trajes mal cortados y auriculares visibles patrullaban el perímetro. Rogelio reconoció el estilo. Eran matones de Los Gallegos. Brutos, intimidantes, pero indisciplinados. Se reían entre ellos, miraban los culos de las mujeres, checaban sus celulares.

—Aficionados —murmuró Rogelio con desdén.

—Mejor para nosotros —susurró Estela.

Se acercaron a la entrada lateral, la entrada de proveedores y personal VIP que Estela había usado tantas veces para sacar la basura o escabullirse.

Había dos guardias en la puerta de metal. Estaban fumando, resguardándose de la llovizna bajo un pequeño techo.

—Oye, tú no puedes estar aquí —dijo uno de los guardias cuando vio acercarse a la pareja elegante—. La entrada principal es por la vuelta, jefe.

Rogelio no se detuvo. Siguió caminando hacia ellos con una sonrisa encantadora.

—Buenas noches, caballeros. Soy un invitado especial de Don Carlo. Me pidió que entrara por aquí para evitar a la prensa. Ya saben, discreción.

El guardia frunció el ceño, confundido por la seguridad del hombre y el esmoquin impecable.

—No tengo a nadie en la lista, carnal. Y Don Carlo no avisó nada. A ver, identifíquese.

El guardia dio un paso adelante, poniendo una mano en el pecho de Rogelio para detenerlo.

Grave error.

En el momento en que la mano del guardia tocó la solapa de Rogelio, Estela se movió.

No sacó el cuchillo. No hacía falta.

Giró sobre sus tacones altos con una estabilidad imposible, y lanzó el canto de su mano rígida directo a la garganta del segundo guardia, que estaba sacando su radio. El golpe traqueal fue silencioso y devastador. El hombre se llevó las manos al cuello, incapaz de respirar o gritar, y cayó de rodillas.

Simultáneamente, Rogelio agarró la muñeca del guardia que lo tocaba. No usó fuerza bruta. Usó la técnica que Estela le había enseñado: rotación articular. Giró la muñeca hacia afuera y hacia abajo. El guardia chilló y se dobló.

Rogelio dio un paso adelante y condujo su puño derecho —con la manopla de bronce oculta en la manga— hacia el hígado del guardia.

Thump.

El guardia se desplomó como si le hubieran cortado los hilos.

Todo duró tres segundos. Nadie en la calle principal vio nada. Estaban en las sombras del callejón.

—Sigues teniendo buen gancho al hígado —susurró Estela, arrastrando al primer guardia hacia la oscuridad detrás de unos contenedores.

—Tuve una maestra exigente —respondió Rogelio, haciendo lo mismo con el segundo.

Les quitaron los auriculares y las tarjetas de acceso magnéticas. Rogelio encontró una pistola Glock 17 en la cintura de uno de ellos. La revisó: cargada.

—¿La quieres? —le ofreció a Estela.

—No —dijo ella, acariciando su muslo donde estaba el cuchillo—. El ruido es el enemigo. Quédatela tú. Pero no la uses a menos que todo se vaya al infierno.

Rogelio se guardó la pistola en la parte trasera de su pantalón, bajo el saco.

Estela pasó la tarjeta por el lector. La luz roja se volvió verde. Bip.

Entraron.


El interior del club era un asalto a los sentidos.

Si por fuera era vulgar, por dentro era una profanación. Rogelio sintió una punzada física de dolor al ver lo que habían hecho con su obra maestra.

Las paredes de caoba oscura habían sido cubiertas con papel tapiz dorado brillante. La iluminación sutil y atmosférica había sido reemplazada por láseres verdes y morados que cortaban el humo denso. Y la música… ya no era jazz house o electrónica sofisticada. Era narcocorrido a todo volumen, glorificando balaceras y decapitaciones, retumbando en los bajos tan fuerte que hacía vibrar el esternón.

El lugar estaba abarrotado. Cientos de personas bebían champaña barata en botellas con bengalas. Había risas estridentes, humo de cigarro y el olor inconfundible de la cocaína flotando en el aire acondicionado.

—Míralos —susurró Rogelio al oído de Estela, mientras se mezclaban entre la multitud en la zona de la barra trasera—. Buitres alimentándose de mi cadáver.

—Concéntrate —dijo Estela, escaneando la sala. Sus ojos de depredadora diseccionaban el espacio.

Contó doce guardias visibles en la planta baja. Cuatro en las escaleras que subían al VIP. Y arriba, en el “Nido del Rey”, la mesa central donde antes se sentaba Rogelio… ahí estaba el objetivo.

Carlo Gallo.

El líder de Los Gallegos era un hombre obeso, sudoroso, con la cara picada de viruela y un traje blanco que lo hacía parecer un refrigerador envuelto en una sábana. Estaba sentado en el trono de Rogelio, rodeado de mujeres que parecían aburridas y asustadas. Carlo reía con la boca abierta, mostrando dientes de oro, mientras brindaba con sus lugartenientes.

—Ahí está —dijo Rogelio. Su mano se cerró sobre la manopla en su bolsillo. La ira era fría, líquida.

—El panel de control eléctrico está detrás de la barra principal —dijo Estela—. Necesito llegar ahí. Tú tienes que acercarte a la escalera del VIP sin que te detengan.

—¿Cómo vas a llegar al panel? Hay tres bartenders y dos guardias ahí.

Estela sonrió. Se soltó el pelo, que cayó en una cascada oscura sobre su espalda desnuda. Se humedeció los labios.

—Voy a pedir una bebida.

Estela se separó de él. Rogelio la vio alejarse. Vio cómo cambiaba su caminar. Ya no era la guerrera de Ecatepec. Era una bomba sexual. Sus caderas se movían con un ritmo hipnótico que atraía las miradas de todos los hombres —y mujeres— por los que pasaba.

Rogelio sintió un pinchazo de celos absurdo, seguido de admiración. Era un camaleón perfecto.

Estela llegó a la barra. Se deslizó entre dos hombres corpulentos que la miraron con lujuria. Ella les dedicó una sonrisa prometedora y se acercó al bartender.

—Un tequila —pidió ella, su voz suave pero audible sobre la música—. Doble. Sin sal.

Mientras el bartender se giraba, Estela “accidentalmente” tiró su bolso hacia el interior de la barra, cerca de donde estaban los cables de la caja registradora y, más importante, la puerta del panel de interruptores.

—¡Ay, qué torpe soy! —exclamó ella.

El guardia de la barra se acercó.

—Señorita, no puede pasar ahí.

—Solo quiero mi bolso, guapo. Se me cayó todo mi maquillaje.

El guardia, distraído por el escote y la sonrisa, se agachó para ayudarla.

Ese fue su error.

Estela se agachó con él. En un movimiento rápido, sacó un pequeño dispositivo de su bolso: un inhibidor de frecuencia casero que Lalo había fabricado con partes de microondas. Lo pegó con un imán al costado del panel de control digital que regulaba la iluminación y el sonido del club.

—Aquí está —dijo ella, levantándose con el bolso y regalándole una caricia en la mejilla al guardia—. Gracias, mi héroe.

El guardia se quedó atontado. Estela tomó su tequila, se lo bebió de un trago sin hacer muecas, y se alejó.

Miró a Rogelio a través de la pista de baile y asintió levemente.

Está hecho.

Rogelio respiró hondo. Se ajustó el moño. Empezó a caminar hacia la escalera VIP.

La multitud se apartaba instintivamente a su paso. Había algo en su energía, una gravedad oscura que repelía a los borrachos y a los cobardes. Caminaba con la cabeza alta, mirando directamente hacia arriba, hacia Carlo.

Llegó al pie de la escalera. Dos guardias enormes, del tamaño de refrigeradores, le bloquearon el paso.

—Zona privada, amigo. Invitación o lárgate.

Rogelio se detuvo. Los miró a los ojos. Sonrió.

—Díganle a Carlo que el dueño de la casa ha vuelto para cobrar la renta.

Los guardias se miraron entre sí y se echaron a reír.

—El dueño está muerto, pendejo. Estás borracho. Vete antes de que te saquemos a patadas.

Rogelio miró su reloj Patek Philippe.

—Tres… dos… uno…

Estela, desde el otro lado de la sala, presionó el botón del detonador remoto en su mano.

El dispositivo en el panel de control soltó una descarga electromagnética localizada.

ZZZZRT.

El sistema de sonido murió con un chillido agónico. El bajo dejó de golpear. El silencio repentino fue ensordecedor.

Luego, las luces se apagaron.

Oscuridad total. Absoluta. La negrura de una tumba.

Gritos de confusión empezaron a brotar de la multitud. “¿Qué pasó?” “¿Se fue la luz?” “¿Es un ataque?”

Diez segundos de oscuridad. El tiempo suficiente para que el miedo primitivo se instalara en quinientas gargantas.

Y entonces, el sistema de emergencia se activó. Pero Estela lo había manipulado.

Las luces no eran blancas. Eran rojas.

Un rojo profundo, sangriento, infernal. Bañaron el club en una atmósfera de pesadilla. Las sombras se alargaron. Las caras de la gente parecían calaveras bajo esa luz carmesí.

Y en medio de ese infierno rojo, al pie de la escalera, Rogelio Montemayor ya no estaba solo.

Estela había cruzado la pista en la oscuridad. Ahora estaba a su lado, espalda con espalda. En su mano derecha brillaba la hoja curva del Karambit.

Los dos guardias de la escalera parpadearon, tratando de ajustar la vista a la luz roja. Vieron a la pareja.

—¿Pero qué…?

Rogelio no esperó.

—Buenas noches, caballeros.

Se movió. Ya no era el hombre que lanzaba bofetadas arrogantes. Era agua fluyendo.

Rogelio esquivó el intento de agarre del primer guardia, deslizándose por debajo de su brazo. Con la manopla de bronce, golpeó las costillas flotantes del hombre. Crak. El sonido de huesos rompiéndose fue nítido en el silencio relativo.

Estela se encargó del segundo. Se lanzó hacia adelante, enganchando la corva de la rodilla del guardia con su propio pie y empujando su pecho. El gigante cayó de espaldas. Antes de que tocara el suelo, Estela estaba sobre él, con la hoja del Karambit presionada contra su carótida.

—Shhh —susurró ella.

El guardia se quedó inmóvil, aterrorizado por la mujer de ojos verdes que lo miraba como si fuera comida.

Arriba, en el balcón VIP, Carlo Gallo se puso de pie de un salto, derramando su bebida.

—¡Luz! ¡Quiero luz, carajo! ¿Qué está pasando?

Se asomó por la barandilla. Y entonces lo vio.

Vio a Rogelio Montemayor subiendo el primer escalón de la escalera, bañado en luz roja, acomodándose el saco con calma.

Carlo sintió que la sangre se le iba a los pies. Se puso pálido como la cera.

—No… —susurró Carlo, retrocediendo y chocando con la mesa—. No puede ser. Tú estás muerto. Yo vi las fotos. ¡Estás muerto!

Rogelio se detuvo en el descanso de la escalera. Alzó la vista. Su voz, entrenada para proyectarse, resonó en todo el club silencioso.

—Estaba muerto, Carlo —dijo Rogelio. Su voz era tranquila, conversacional, lo que la hacía infinitamente más aterradora—. Pero no me gustó el infierno. Estaba lleno de gente como tú. Así que decidí volver.

La multitud en la pista de abajo jadeó. Muchos reconocieron la voz. El mito. El Fantasma.

—¡Es El Patrón! —gritó alguien.

—¡Matenlo! —chilló Carlo, su voz rompiéndose en un falsete de pánico puro—. ¡Mátenlos a los dos! ¡Doy un millón de dólares al que le vuele la cabeza!

Cuatro guardias personales de Carlo desenfundaron sus armas en el VIP. Abajo, otros seis guardias empezaron a correr hacia la escalera, abriéndose paso entre la gente a empujones.

Rogelio miró a Estela.

—Estamos rodeados, socia. Diez contra dos.

Estela hizo girar el Karambit en su dedo índice con una floritura. Sonrió, y sus dientes brillaron blancos en la luz roja.

—No estamos rodeados, Rogelio —dijo ella, tensando los músculos de sus piernas listas para el salto—. Estamos en un ambiente rico en objetivos.

—¿Lista para el baile?

—Tú lleva el ritmo —dijo ella—. Yo pongo la sangre.

Rogelio sacó la Glock de su espalda. Estela levantó el cuchillo.

Y entonces, el caos se desató.

CAPÍTULO 7: VALS ROJO EN LA ESCALERA AL CIELO

El infierno, descubrió Rogelio esa noche, no estaba hecho de fuego y azufre como decían los curas. Estaba hecho de luz estroboscópica roja, música de narcocorrido distorsionada por un sistema de sonido agonizante y el olor metálico de la sangre fresca mezclándose con perfume barato.

Cuando el primer disparo sonó, el tiempo en “El Obsidiana” se fracturó.

Desde el balcón VIP, uno de los guardaespaldas personales de Carlo Gallo, un ex-militar nervioso llamado “El Buitre”, disparó su 9mm hacia la escalera. Fue un tiro precipitado, nacido del pánico. La bala no dio en el blanco. Golpeó el barandal de bronce a diez centímetros de la cadera de Rogelio, enviando esquirlas de metal caliente al aire y provocando una lluvia de chispas.

La multitud abajo gritó como un solo organismo aterrorizado. Quinientas personas se tiraron al suelo o corrieron en estampida hacia la salida, creando un caos de cuerpos, botellas rotas y zapatos perdidos.

Pero en la escalera, en ese espacio liminal entre el suelo y el cielo, la danza había comenzado.

—¡Abajo! —gritó Estela.

No esperó a ver si Rogelio obedecía. Se lanzó hacia adelante, no hacia arriba, sino hacia abajo, deslizándose por los escalones como agua negra.

Los seis guardias que subían desde la pista de baile pensaron que tenían la ventaja numérica y física. Eran grandes, pesados, alimentados con esteroides y bravuconería. Veían a una mujer en vestido de noche y tacones y veían una presa fácil.

Error.

Estela chocó contra la primera línea de defensa. No usó sus puños. Usó el impulso de su caída controlada. Su pierna derecha, expuesta por la abertura del vestido de seda, salió disparada como un látigo. La punta de su tacón de aguja se clavó con precisión quirúrgica en la rótula del primer guardia.

CRACK.

El sonido del hueso rompiéndose fue audible incluso sobre los gritos. El guardia aulló y cayó de rodillas, bloqueando el camino de sus compañeros detrás de él.

Estela no se detuvo. Aprovechando la confusión, giró sobre su eje. La hoja curva del Karambit en su mano derecha brilló bajo la luz roja como una garra de demonio.

Zas. Zas.

Dos cortes rápidos. No buscaba matar todavía; buscaba inmovilizar. Cortó los tendones de los cuádriceps de los dos hombres siguientes. La hoja de acero damasco separó músculo y tejido como si fuera mantequilla tibia. Los hombres colapsaron, sus piernas inútiles, convirtiéndose en obstáculos de carne que entorpecían el avance del resto.

Arriba, Rogelio tenía sus propios demonios.

Los cuatro guardias de élite de Carlo bajaban corriendo la escalera desde el VIP, armas desenfundadas, decididos a cobrar la recompensa del millón de dólares.

Rogelio no tenía la velocidad sobrenatural de Estela. No tenía su flexibilidad ni sus años de condicionamiento en fosos de pelea clandestinos. Pero tenía algo que había descubierto en la bodega de Ecatepec: tenía rabia. Una rabia fría, comprimida y letal. Y tenía una manopla de bronce.

El primer guardia VIP llegó a él. Era un hombre inmenso que intentó golpear a Rogelio con la culata de su pistola, confiado en su tamaño.

Rogelio no retrocedió. Hizo lo que Estela le había enseñado: Entra en la tormenta.

Rogelio dio un paso hacia el golpe, acortando la distancia, anulando la fuerza del impacto. Bloqueó el brazo del hombre con su antebrazo izquierdo y, simultáneamente, lanzó su puño derecho directo a la cara del agresor.

El impacto de la manopla de bronce contra la mandíbula humana es un sonido terrible. Es el sonido de la estructura cediendo ante la ingeniería.

La mandíbula del guardia se desintegró. El hombre cayó hacia atrás, inconsciente antes de tocar la alfombra roja, sus ojos en blanco.

Rogelio le arrebató el arma al caer —una Sig Sauer p226— y disparó dos veces hacia arriba, obligando a los otros tres guardias a cubrirse tras el recodo de la escalera.

—¡Despejado abajo! —gritó Estela desde la base de la escalera.

Rogelio miró hacia abajo. Era una escena de carnicería eficiente. Cuatro hombres se retorcían en el suelo agarrándose las piernas. Estela estaba de pie sobre ellos, con el vestido manchado de sangre ajena, respirando con calma, el Karambit goteando rojo oscuro.

—¡Sube! —ordenó Rogelio—. ¡Nos están flanqueando!

Estela saltó sobre los cuerpos caídos y subió la escalera corriendo, sus tacones repiqueteando como disparos. Al pasar junto a Rogelio, se movieron en perfecta sincronía, intercambiando posiciones. Ella tomó la vanguardia, él cubrió la retaguardia.

Llegaron al descanso intermedio de la escalera. Estaban a mitad de camino del VIP.

—Granada de mano, tal vez —jadeó Rogelio, pegándose a la pared de mármol.

—No usarán explosivos —dijo Estela, asomando un espejo de maquillaje compacto por la esquina para ver hacia arriba—. Carlo está ahí arriba. No quiere volar su propio trono.

—¿Qué ves?

—Tres objetivos en el pasillo superior. Tienen cobertura detrás de las columnas romanas de yeso. Están esperando a que asomemos la cabeza.

Rogelio miró su Glock. Le quedaban doce balas. La Sig Sauer que había robado tenía el cargador lleno.

—Fuego de supresión —dijo Rogelio—. Yo los mantengo agachados. Tú… haz lo que haces.

—Hacer lo que hago —Estela sonrió, una sonrisa feroz—. Me gusta esa descripción de puesto.

—¡Ahora!

Rogelio salió de la cobertura. Disparó con ambas manos, alternando blancos. Pam-pam. Pam-pam. Las balas arrancaron trozos de yeso de las columnas falsas, llenando el aire de polvo blanco que se veía rosa bajo la luz de emergencia.

Los guardias de arriba se agacharon, cubriéndose la cabeza.

En ese instante de ceguera enemiga, Estela no corrió. Saltó.

Se impulsó sobre la barandilla de la escalera, lanzándose al vacío del atrio central. Por un segundo, voló sobre las cabezas de la multitud que aún quedaba abajo. Se agarró de la enorme lámpara de araña de cristal (que ahora colgaba a oscuras) y usó el impulso pendular para balancearse hacia el balcón del VIP, flanqueando la posición de los guardias.

Aterrizó en la barandilla de terciopelo del balcón con la gracia de un gato montés.

Los guardias, ocupados con los disparos de Rogelio en la escalera, no la vieron venir por el aire.

Estela cayó sobre el primero desde arriba. Clavó el Karambit en el músculo trapecio del hombre, entre el cuello y el hombro. El hombre gritó y soltó su arma. Estela usó el cuerpo del herido como escudo humano, girándolo hacia sus compañeros.

—¡No disparen! —gritó el segundo guardia, dudando.

La duda mata.

Rogelio, viendo la apertura, subió los últimos escalones de tres en tres. Llegó al pasillo superior como un tren de carga.

Disparó a las piernas del segundo guardia. El hombre cayó. Rogelio lo remató con un golpe de la manopla en la sien.

El tercer guardia, viendo que la batalla estaba perdida, tiró su arma y levantó las manos.

—¡Me rindo! ¡Solo soy contratista!

Rogelio pasó junto a él sin mirarlo, empujándolo contra la pared con el hombro.

—Lárgate —gruñó Rogelio—. Hoy no estoy cobrando vidas baratas.

El guardia salió corriendo escaleras abajo.

Rogelio y Estela se encontraron en la entrada del reservado VIP. El “Nido del Rey”.

Estaban jadeando, cubiertos de sudor y polvo de yeso. Rogelio tenía un corte en la frente donde una esquirla lo había alcanzado. Estela tenía la seda de su vestido rasgada en el costado, revelando piel magullada pero intacta.

Se miraron. La adrenalina creaba un campo eléctrico entre ellos.

—Queda el jefe final —dijo Estela, señalando la doble puerta de caoba que daba al salón privado de Carlo.

—Carlo nunca está solo —advirtió Rogelio, recargando su Glock—. Tiene a “El Verdugo”.

—¿Quién?

—Un ex-luchador de la MMA que fue expulsado de la liga por matar a un oponente en el ring. Mide dos metros diez. Pesa ciento cincuenta kilos. Es la mascota personal de Carlo.

Estela limpió la sangre de su cuchillo en el mantel de una mesa cercana.

—Más grandes son, más ruido hacen al caer.

Rogelio pateó la puerta doble.

La madera se astilló y las puertas se abrieron de golpe.

El salón VIP era un caos de lujo destruido. Mesas volcadas, botellas de champaña Dom Perignon rotas en el suelo, cocaína esparcida sobre la mesa de vidrio como nieve en verano.

Al fondo, agazapado detrás del sofá de cuero blanco, estaba Carlo Gallo. Sostenía una pistola dorada con manos temblorosas.

Pero entre Carlo y la puerta, había una montaña.

“El Verdugo”.

El hombre era monstruoso. No tenía cuello; su cabeza afeitada parecía estar asentada directamente sobre unos hombros que abarcaban dos códigos postales. Llevaba un traje a medida que parecía a punto de estallar por la masa muscular contenida. No llevaba armas visibles. Sus manos, del tamaño de jamones, eran sus armas.

—Mátenlos —chilló Carlo desde atrás del sofá—. ¡Verdugo, arráncales la cabeza!

El gigante sonrió. Le faltaban los dientes frontales, reemplazados por implantes de metal afilados.

Rogelio levantó su arma.

—Se acabó, Verdugo. Hazte a un lado.

El gigante se movió con una velocidad terrorífica para su tamaño. De un manotazo, arrancó una mesa de mármol del suelo y la lanzó como si fuera un frisbee.

La mesa de cincuenta kilos voló por el aire. Rogelio y Estela se separaron, lanzándose a lados opuestos. La mesa se estrelló contra la pared donde habían estado parados, pulverizando el yeso.

Rogelio disparó. Pam. Pam. Pam.

Tres tiros al pecho.

El Verdugo ni siquiera se detuvo. Llevaba armadura corporal de grado militar bajo el traje. Kevlar y placas de cerámica. Las balas lo golpearon, pero no lo penetraron; solo lo enfurecieron.

—¡Armadura! —gritó Rogelio.

El Verdugo cargó contra Rogelio. Era como ser embestido por un rinoceronte. Rogelio intentó esquivar, pero el espacio era reducido. El hombro del gigante lo golpeó en el costado, justo en el hígado lesionado.

El dolor fue cegador. Rogelio salió volando tres metros, estrellándose contra la barra del bar. El aire abandonó sus pulmones. Su visión se llenó de puntos negros. Cayó al suelo, la Glock resbalando de su mano.

El Verdugo se giró hacia Estela.

—Ven, pajarito —gruñó el gigante, tronándose los nudillos.

Estela estaba sola contra el monstruo.

Analizó al objetivo en microsegundos.
Altura: 2.10m. Peso: 150kg. Blindaje en torso. Puntos débiles: Articulaciones, ojos, garganta (si se puede alcanzar).
Ventaja: Velocidad y el Karambit.
Desventaja: Un solo golpe de él la mataría.

Estela soltó sus zapatos de tacón. Quedó descalza sobre la alfombra llena de vidrios.

El Verdugo se lanzó. Un golpe de martillo descendente que habría partido un bloque de cemento. Estela rodó hacia adelante, pasando entre las piernas del gigante.

Mientras pasaba, lanzó un corte hacia el tendón de Aquiles.

El cuchillo rasgó el pantalón y la piel, pero no cortó el tendón. El gigante llevaba botas tácticas reforzadas con caña alta.

—¡Mierda! —siseó Estela, poniéndose de pie detrás de él.

El Verdugo giró y lanzó un revés. Estela se agachó, sintiendo el viento del puño sobre su cabello.

Saltó sobre la espalda del gigante, aferrándose como una garrapata. Envolvió sus piernas alrededor de su torso y buscó su cuello con el cuchillo.

Pero el cuello del Verdugo era tan grueso y musculoso que era difícil encontrar la yugular. Además, el gigante reaccionó. Se dejó caer hacia atrás, con todo su peso, intentando aplastar a Estela contra el suelo o la pared.

Estela soltó el agarre en el último segundo, saltando hacia un lado. El gigante chocó contra la pared, abriendo un agujero en el tablaroca, pero se recuperó al instante.

Agarró a Estela por el brazo. Su mano envolvió completamente el bíceps de ella.

Estela sintió que su hueso crujía bajo la presión. Gritó de dolor.

El Verdugo la levantó en el aire como si fuera una muñeca de trapo y la lanzó a través de la habitación.

Estela voló y se estrelló contra la mesa de vidrio donde estaba la cocaína. La mesa estalló en mil pedazos. Estela cayó entre los escombros, aturdida, con el cuerpo cortado por los cristales. El polvo blanco de la droga se elevó en una nube a su alrededor.

El Verdugo caminó hacia ella, despacio, saboreando el momento. Levantó una bota pesada para pisarle la cabeza y terminar el trabajo.

—Adiós, pajarito.

Estela intentó moverse, pero su cuerpo no respondía. Estaba rota.

De repente, un rugido llenó la habitación.

No era un grito de dolor. Era un grito de guerra.

Rogelio.

El Capo se había levantado. Se sostenía la costilla rota, sangraba por la boca, pero estaba de pie. En su mano derecha, la manopla de bronce brillaba. En su mano izquierda, sostenía una botella de champaña Magnum (1.5 litros) llena.

—¡Oye, Shrek! —gritó Rogelio.

El Verdugo se giró.

Rogelio no disparó. No tenía arma. Corrió hacia el gigante.

El Verdugo se preparó para aplastarlo de nuevo. Lanzó un puñetazo directo.

Rogelio no esquivó esta vez. Usó la técnica del “agua”. Se dejó caer de rodillas deslizándose por el suelo (lleno de vidrios y cocaína) debajo del puño del gigante.

Al pasar deslizándose junto a él, Rogelio golpeó.

No golpeó el cuerpo blindado. Golpeó con la manopla de bronce, con toda la fuerza de su desesperación, directamente en la rótula de la rodilla derecha del Verdugo, por el lado lateral.

La rodilla humana es una maravilla de la ingeniería, pero no está diseñada para recibir un impacto de metal sólido desde el lado.

La rodilla del Verdugo se invirtió. Se dobló hacia adentro con un sonido repugnante de ligamentos desgarrados y hueso estallando.

El gigante aulló, un sonido agudo y terrible, y su pierna colapsó. Cayó sobre una rodilla.

Ahora su cabeza estaba a la altura de Rogelio.

Rogelio, frenando su deslizamiento, se impulsó hacia arriba.

—¡Salud! —gritó.

Y estrelló la botella Magnum de champaña contra la cara del Verdugo.

El vidrio grueso de la botella explotó. El líquido espumoso y los fragmentos de vidrio cegaron al gigante. Pero el impacto contundente fue lo que apagó las luces. Ciento cincuenta kilos de músculo se desplomaron hacia atrás, inconscientes, con la cara convertida en una máscara de sangre y alcohol.

El silencio volvió al salón, roto solo por la respiración agónica de Rogelio y Estela.

Rogelio se dejó caer de rodillas, tosiendo. Miró a Estela. Ella se estaba levantando de entre los cristales rotos, sacudiéndose el polvo blanco y los vidrios de su cabello. Tenía cortes en los brazos y las piernas, pero estaba entera.

Se miraron. Y empezaron a reír.

Fue una risa histérica, dolorosa, nacida al borde de la muerte.

—Dijiste… —jadeó Rogelio—, que más grandes son… más ruido hacen.

—Hizo bastante ruido —admitió Estela, escupiendo sangre.

Se pusieron de pie, apoyándose el uno en el otro. Caminaron hacia el fondo del salón, donde Carlo Gallo seguía escondido detrás del sofá.

Rogelio agarró el sofá de cuero blanco y lo volcó con un empujón.

Carlo estaba ahí, hecho un ovillo, llorando. Su pistola dorada estaba tirada a un metro de él, pero no hizo ningún intento de alcanzarla. Se había orinado en sus pantalones blancos.

—¡No me maten! —sollozó Carlo, levantando las manos llenas de anillos—. ¡Les doy todo! ¡Dinero! ¡Territorio! ¡Rogelio, somos primos lejanos! ¡La familia es sagrada!

Rogelio lo miró desde arriba. Se vio a sí mismo hace un mes. La arrogancia vacía. El poder prestado.

—La familia se cuida, Carlo —dijo Rogelio—. Tú intentaste cazarme como a un animal. Mataste a mis hombres. Quemaste mi ciudad.

Rogelio se agachó y recogió la pistola dorada de Carlo. Era una Desert Eagle .50, pesada, inútil para el combate real, pero excelente para presumir. Un arma de cobarde.

Le apuntó a la cabeza de Carlo.

—Rogelio, por favor… —Carlo cerró los ojos, temblando violentamente.

Estela puso una mano sobre el brazo de Rogelio.

—No —dijo ella suavemente.

Rogelio la miró, sorprendido. La furia en sus ojos pedía sangre.

—¿Por qué no? Se lo merece.

—Sí, se lo merece —dijo Estela—. Pero si lo matas aquí, ahora, eres solo otro narco que recuperó su plaza a balazos. La historia se repite. Mañana vendrá otro Carlo, y otro, y otro.

—¿Entonces qué? ¿Lo dejamos ir?

Estela negó con la cabeza. Caminó hacia la pared donde estaba la pantalla gigante que Carlo usaba para ver partidos de fútbol y peleas de boxeo. Estaba conectada al sistema central del club.

Estela sacó una memoria USB pequeña y negra de su escote.

—Conecta esto —le dijo a Rogelio.

Rogelio, confundido, conectó la memoria al puerto de la consola multimedia.

—¿Qué es esto?

—Tu seguro de vida —dijo Estela—. Y su tumba.

La pantalla gigante parpadeó. Dejó de mostrar el logo de Los Gallegos.

En su lugar, empezaron a aparecer documentos. Hojas de cálculo. Fotos. Transcripciones de chats encriptados. Grabaciones de audio.

—¿Qué es eso? —preguntó Carlo, abriendo los ojos y palideciendo aún más.

—Son los libros contables de Los Gallegos —dijo Estela—. Las rutas de fentanilo. La lista de nómina de los generales y políticos comprados. Las ubicaciones de las fosas clandestinas. Todo lo que Carlo tenía en sus servidores privados.

—¿Cómo…? —Carlo estaba atónito.

—Mientras tú jugabas a ser rey, yo hackeaba tu red —dijo Estela—. Lalo me ayudó. “La Fantasma” no solo sabe golpear, Carlo. Sabe encontrar secretos.

Abajo, en la pista de baile, la música se detuvo por completo. Las pantallas gigantes del club, visibles para todos los asistentes, empezaron a reproducir la misma información. Nombres, cifras, fotos incriminatorias.

El murmullo de la gente se convirtió en un rugido de asombro y terror. Había nombres de políticos presentes en la fiesta proyectados en las pantallas junto a cifras de sobornos.

—Acabamos de enviar esto a la DEA, a la Interpol, a la Marina y a tres periódicos nacionales —dijo Estela, mirando su reloj—. Hace treinta segundos.

A lo lejos, el sonido de sirenas empezó a crecer. Esta vez no eran patrullas locales compradas. Eran sirenas federales. Helicópteros. La Marina.

Carlo miró la pantalla, luego a Rogelio. Entendió que estaba muerto. No físicamente, sino algo peor. Estaba acabado. Sus socios lo matarían en prisión por haber dejado que esa información saliera. Sus aliados políticos lo negarían.

—Me mataste —susurró Carlo.

—No —dijo Rogelio, guardando la pistola dorada en su cintura—. Te suicidaste con tu propia avaricia. Yo solo encendí la luz.

Rogelio agarró a Carlo por el cuello de la camisa y lo levantó. Lo arrastró hacia el balcón que daba a la pista de baile.

Abajo, cientos de personas miraban hacia arriba, iluminadas por la luz roja y las pantallas llenas de datos criminales.

Rogelio empujó a Carlo contra la barandilla.

—¡Mírenlo! —gritó Rogelio, su voz tronando sin necesidad de micrófono—. ¡Aquí está su nuevo rey! ¡Un rey de papel! ¡Un rey que vende a su propia sangre!

La multitud abucheó. La lealtad en el bajo mundo es volátil; huele la debilidad. Y Carlo apestaba a debilidad.

—¡Esto se acabó! —gritó Rogelio—. ¡El Obsidiana está cerrado! ¡Lárguense antes de que llegue la Marina!

El pánico se desató de nuevo, pero esta vez era una huida definitiva. La fiesta de coronación se había convertido en una desbandada.

Rogelio soltó a Carlo, quien cayó al suelo del balcón, derrotado.

Rogelio se giró hacia Estela.

Estaban solos en medio del naufragio. Las luces rojas parpadeaban. Los helicópteros estaban casi encima, sus reflectores blancos barriendo las ventanas del club.

—Tenemos que irnos —dijo Estela—. La Marina no va a preguntar quiénes son los buenos. Nos llevarán a todos.

—¿A dónde vamos? —preguntó Rogelio. Se sentía ligero, vacío, pero extrañamente libre. Había recuperado su trono solo para destruirlo.

—A la salida del techo —dijo Estela—. Tengo un plan de extracción. Lalo está esperando a tres cuadras con la camioneta.

Corrieron hacia la escalera de servicio que llevaba a la azotea.

Mientras subían, Rogelio se detuvo un segundo. Miró hacia atrás, hacia el salón VIP destrozado, hacia el cuerpo inconsciente del Verdugo y el cuerpo sollozante de Carlo. Miró el lujo que alguna vez definió su vida.

—¿No vas a llevarte nada? —preguntó Estela desde la puerta.

Rogelio se miró las manos. Tenía la manopla de bronce en una y la mano de Estela en la otra.

—Ya tengo lo que necesito —dijo él.

Salieron a la azotea bajo la lluvia nocturna. El viento soplaba fuerte, limpiando el olor a sangre y perfume. Abajo, la ciudad era un caos de luces azules y rojas. Arriba, el cielo era infinito.

Estela corrió hacia el borde del edificio. Había una tirolesa improvisada, un cable de acero que conectaba el club con el edificio de oficinas de enfrente, algo que Lalo había instalado días antes haciéndose pasar por técnico de telefonía.

—Solo hay un arnés —dijo Estela, sacando el equipo de una caja de ventilación—. Tendremos que ir juntos.

Se colocaron el arnés. Estela se ató al pecho de Rogelio, cara a cara. Sus cuerpos se presionaron el uno contra el otro, mojados por la lluvia, calientes por la batalla.

—Sujétate fuerte —dijo ella, mirándolo a los ojos. Sus rostros estaban a centímetros.

—Nunca te soltaré —respondió Rogelio. Y no era una frase de película. Era la verdad más absoluta que había dicho jamás.

Estela sonrió. Se impulsaron hacia el vacío.

El cable zumbó. Volaron sobre la calle Masaryk, sobre las patrullas, sobre los curiosos, sobre el imperio que acababan de quemar.

Mientras volaban por el aire negro de la Ciudad de México, Rogelio Montemayor supo que el Capo había muerto esa noche. Y que el hombre que aterrizaría al otro lado, abrazado a la mujer más peligrosa del mundo, era alguien completamente nuevo.

Alguien que ya no necesitaba un trono para ser rey.

CAPÍTULO 8: EL TRONO DE OBSIDIANA

La Ciudad de México tiene memoria de pez. Es una bestia de concreto que devora escándalos, tragedias y reyes con la misma indiferencia, digiriéndolos en el ciclo de noticias de 24 horas para luego pedir más sangre.

La caída del Cártel de Los Gallegos fue el banquete de la década.

Durante las semanas posteriores a la “Noche Roja” en el club Obsidiana, los titulares de prensa no hablaban de otra cosa. La filtración masiva de datos —orquestada por una mano invisible— provocó un terremoto político. Generales fueron arrestados en pijamas en sus casas de Lomas de Chapultepec; cuentas bancarias en las Islas Caimán fueron congeladas; y Carlo Gallo, el hombre que quiso ser rey, apareció colgado de un puente en Iztapalapa, ejecutado no por la policía, sino por sus propios socios traicionados, con un cartel en el pecho que decía: “Por sapo”.

El vacío de poder que quedó fue inmenso. En el bajo mundo, el vacío es peligroso. Atrae a tiburones, hienas y buitres que pelean por los restos. Pero esta vez, algo extraño sucedió.

Nadie reclamó el territorio de Polanco.

Hubo rumores, por supuesto. Susurros en cantinas y mensajes encriptados en Signal. Se decía que una “nueva administración” había tomado el control. Se decía que no eran narcos, sino algo más sofisticado. Se decía que estaban protegidos por un fantasma.

Tres meses después, la lluvia ácida había limpiado la sangre de las aceras de la calle Masaryk. Y el club Obsidiana volvió a abrir sus puertas.


El club ya no se parecía al burdel de lujo que Carlo había decorado con mal gusto, ni tampoco al refugio hedonista del antiguo Rogelio.

La renovación había sido radical. “Brutalismo Zen”, lo llamó la revista Architectural Digest México en un artículo exclusivo que no mencionaba ni una palabra sobre los tiroteos ocurridos allí noventa días antes.

Las paredes de terciopelo rojo habían sido arrancadas, revelando el concreto crudo, pulido hasta brillar como espejo gris. La iluminación estroboscópica había sido sustituida por luces ámbar cálidas, bajas, estratégicas. No había zonas VIP elevadas para que los narcos presumieran sus botellas; el diseño era democrático pero elitista, un laberinto de reservados discretos diseñados para la privacidad, no para la exhibición.

El aire ya no olía a perfume barato y pólvora. Olía a madera de cedro, cuero italiano virgen y dinero viejo.

En el balcón superior, donde antes estaba el “Nido del Rey”, ahora había una oficina con paredes de cristal blindado a prueba de fusiles calibre .50.

Rogelio Montemayor estaba de pie frente al ventanal, mirando hacia abajo, hacia la pista de baile que empezaba a llenarse. Pero esta vez, la clientela era diferente. No había buchones con camisas Versace ni juniors armados. Había CEOs de tecnológicas, diplomáticos extranjeros, dueños de medios de comunicación y lobistas políticos.

La gente que realmente mueve los hilos del país.

Rogelio bebía agua mineral con gas en un vaso de cristal cortado. El alcohol había desaparecido de su dieta, junto con la cocaína y la arrogancia. Llevaba un traje azul medianoche, corte impecable, sin corbata. Su postura era relajada, pero sus ojos escaneaban la sala con una precisión militar.

La puerta de la oficina se abrió con un zumbido hidráulico silencioso.

Lalo entró. El viejo entrenador de boxeo se veía incómodo en un traje negro que le quedaba un poco apretado en los hombros masivos, pero su presencia imponía respeto. Ahora era el Jefe de Seguridad del Obsidiana.

—Los rusos llegaron —dijo Lalo, rascándose la oreja donde llevaba un auricular casi invisible—. Están en el reservado 1. Vienen nerviosos. Traen seguridad, pero los desarmamos en la entrada. Se enojaron, pero entraron.

—Bien —dijo Rogelio, sin girarse—. ¿Y ella?

—Ella ya está ahí. Dice que bajes cuando estés listo. Que no los hagas esperar tanto, que el vodka se calienta.

Rogelio sonrió levemente. Dejó el vaso sobre el escritorio de ébano.

—Vamos a trabajar.


El Reservado 1 era un búnker acústico. Paredes forradas de paneles de absorción de sonido, mesa de mármol negro.

Sentados a un lado de la mesa estaban tres hombres. Viktor Volkov y sus asociados. Eran representantes de la “Bratva” digital, una organización criminal moderna que no traficaba drogas, sino ransomware, lavado de dinero mediante criptomonedas y seguridad privada militarizada. Eran hombres duros, pálidos, con tatuajes que asomaban por los puños de sus camisas.

Al otro lado de la mesa, sentada sola con las piernas cruzadas, estaba Estela.

La transformación era total.

La mesera torpe con lentes de pasta había sido incinerada. La guerrera sucia de Ecatepec se había bañado y pulido. La mujer que estaba ahí era una reina corporativa. Llevaba un traje sastre blanco de Yves Saint Laurent, afilado como una navaja. Su cabello oscuro caía en ondas perfectas sobre sus hombros. No llevaba joyas, excepto un reloj discreto y, curiosamente, un par de lentes de montura fina y elegante que le daban un aire intelectual y peligroso.

No parecía una sicaria. Parecía la CEO de una empresa Fortune 500 que estaba a punto de despedirte y embargar tu casa.

—Señor Volkov —dijo Estela en un inglés con acento neutro perfecto—, le dije que no se permitían armas. Su hombre en la puerta intentó meter una navaja de cerámica en el calcetín. Muy noventero.

Volkov, un hombre con cara de bulldog, gruñó.

—Es por seguridad. La Ciudad de México es peligrosa. Escuchamos lo que le pasó a la administración anterior de este lugar.

—La administración anterior era incompetente —dijo Estela, tamborileando sus dedos sobre la mesa. Uñas cortas, sin pintar, impecables—. Nosotros no tenemos esos problemas.

La puerta se abrió y Rogelio entró. Lalo se quedó en la puerta, cruzando los brazos como una gárgola de seguridad.

Rogelio caminó hacia la mesa y se sentó junto a Estela. No le dio la mano a los rusos. Simplemente asintió.

—Señores. Gracias por venir.

—Señor Montemayor —dijo Volkov, mirándolo con desconfianza—. Nos sorprendió su invitación. Pensábamos que estaba muerto. Los obituarios fueron muy convincentes.

—La muerte es una gran herramienta fiscal —respondió Rogelio con una sonrisa fría—. Me permitió reestructurar mis activos sin interferencia. Pero vayamos al grano. Ustedes quieren expandir sus operaciones de ciberseguridad y lavado a Latinoamérica. Necesitan un hub local.

—Tenemos ofertas de gente en Sinaloa y Jalisco —dijo Volkov, tratando de negociar—. Gente con ejércitos.

—Gente con ejércitos que llaman la atención —intervino Estela—. Gente que termina en las noticias. Gente que es perseguida por la DEA. Ustedes no quieren eso. Ustedes quieren invisibilidad.

Estela deslizó una tablet negra sobre la mesa hacia Volkov.

—¿Qué es esto? —preguntó el ruso.

—Es un análisis de vulnerabilidad de sus servidores en San Petersburgo —dijo Estela tranquilamente—. Entré anoche mientras dormía. Tienen una puerta trasera en su protocolo de encriptación. Si yo pude entrar en diez minutos desde una laptop en Polanco, la NSA ya lleva meses leyéndoles los correos.

Volkov palideció. Miró a sus técnicos, que empezaron a sudar.

—Eso es imposible… gastamos millones en seguridad.

—Gastaron millones en software, pero no en talento humano —dijo Estela—. Yo parcheé la vulnerabilidad antes de salir. De nada.

Rogelio se inclinó hacia adelante.

—Lo que ofrecemos no es protección física, Volkov. Eso es vulgar. Cualquiera puede contratar matones con rifles. Nosotros ofrecemos protección integral. Inteligencia. Limpieza de datos. Relaciones políticas. Y un territorio neutral donde hacer negocios. El Obsidiana es Suiza en medio de la guerra.

—¿Y el precio? —preguntó Volkov, visiblemente impresionado y asustado.

—30% de las transacciones que pasen por nuestros servidores —dijo Rogelio.

—¡Eso es un robo! —protestó uno de los asociados rusos, golpeando la mesa.

En un parpadeo, Lalo dio un paso adelante desde la puerta, pero Rogelio levantó la mano para detenerlo.

Estela se quitó los lentes despacio. Miró al asociado ruso a los ojos. Sus ojos verdes, los ojos de la Fantasma, brillaron con esa intensidad que Rogelio conocía bien. La intensidad que precedía a la violencia.

—No es un robo —dijo Estela suavemente—. Es el costo de seguir operando. Porque la alternativa es que yo vuelva a entrar a sus servidores, pero esta vez no para parchearlos, sino para enviar su base de datos completa al FBI y publicar sus claves privadas en la Dark Web. En una hora, estarían en bancarrota y en prisión.

Silencio en el reservado. Volkov miró a Rogelio, luego a Estela. Vio la dinámica. No eran jefe y subordinada. Eran dos cabezas de la misma hidra. El músculo político y el cerebro táctico. El Rey y la Reina.

—30% es… aceptable —dijo Volkov, tragando saliva—. Si garantizan la seguridad.

Rogelio sonrió.

—En este edificio, señor Volkov, usted está más seguro que en el vientre de su madre. Tenemos un trato.


Cuando los rusos se fueron, escoltados por Lalo, la tensión en la habitación se disipó, reemplazada por una fatiga satisfecha.

Rogelio se aflojó el cuello de la camisa. Estela se recargó en la silla, cerrando los ojos un momento.

—Estuviste brillante con lo del servidor —dijo Rogelio, sirviéndose más agua—. ¿Realmente entraste?

Estela abrió un ojo y sonrió.

—No. Solo adiviné su contraseña de administrador. Era “123456” en cirílico. Los hombres poderosos siempre son perezosos con sus contraseñas. Creen que nadie se atreverá a hackearlos.

Rogelio soltó una carcajada genuina.

—Eres peligrosa, Estela. Recuérdame nunca cambiar la contraseña de mi WiFi sin consultarte.

—Tu contraseña es la fecha de cumpleaños de tu primer perro —dijo ella—. Ya la cambié hace una semana. Era demasiado obvia.

Se levantaron y salieron del reservado. Caminaron por el pasillo privado hacia el balcón principal. El club estaba en su apogeo abajo. La música era un deep house elegante que hacía vibrar el suelo suavemente.

Rogelio se apoyó en la barandilla de cristal, mirando su reino. Pero ya no sentía esa posesividad tóxica de antes. Ya no sentía que el club lo definía. Era solo un negocio. Un medio para un fin.

Estela se paró a su lado. El contraste entre su traje blanco y el traje oscuro de él era visualmente perfecto. Yin y Yang.

—¿Te duele? —preguntó ella, mirando su costado derecho.

Rogelio se tocó las costillas inconscientemente.

—Solo cuando llueve. O cuando me río mucho. Lalo dice que es un recordatorio de que no soy de hule.

—Lalo es sabio para ser alguien que ha recibido tantos golpes en la cabeza.

Hubo un silencio cómodo entre los dos. Un silencio lleno de cosas que no necesitaban decirse porque ya se habían demostrado con sangre.

—¿Te acuerdas de la primera noche? —preguntó Rogelio de repente.

—Trato de no hacerlo —dijo Estela, mirando su copa de champaña (que apenas había tocado)—. Fue una mala noche para mi uniforme de mesera. Y para tu ego.

—Me dijiste que debía 300 mil pesos por el traje —dijo Rogelio, girándose para mirarla—. Y yo te dije que me debías 15 mil dólares.

Estela arqueó una ceja, divertida.

—¿Vas a cobrarme ahora, Patrón? ¿Después de que te salvé la vida cuatro veces? ¿O fueron cinco? Ya perdí la cuenta.

—No —dijo Rogelio. Metió la mano en el bolsillo interior de su saco y sacó un sobre blanco. Se lo extendió.

Estela lo miró con sospecha.

—¿Qué es esto? ¿Mi liquidación?

—Ábrelo.

Estela dejó la copa y abrió el sobre. Dentro había documentos oficiales. Un pasaporte. Una partida de nacimiento. Títulos de propiedad. Cuentas bancarias.

Todos a nombre de Estela Corves.

No un alias falso. No una identidad robada. Su nombre real. Limpio. Sin antecedentes penales. Sin órdenes de búsqueda de la Interpol.

Estela leyó los papeles. Sus manos, que nunca temblaban con un arma, temblaron ligeramente con el papel.

—¿Cómo…? —preguntó, con la voz ahogada.

—Tengo amigos en lugares altos que me debían favores muy grandes —dijo Rogelio encogiéndose de hombros—. Y tú tenías razón con lo de hackear bases de datos. Unos cuantos borrados aquí, unos sobornos allá… La Fantasma está muerta, Estela. Oficialmente.

Señaló el pasaporte.

—Eres libre. Legalmente libre. Puedes irte a París, a Bali, a donde quieras. Puedes dejar esta vida de mierda. Nadie te va a buscar.

Estela miró los documentos. Representaban lo que había soñado durante diez años. La salida. La normalidad. Podía ser una persona real. Podía tener un perro, un jardín, una vida aburrida.

Levantó la vista y miró a Rogelio.

Él la miraba con una expresión indescifrable. No había súplica en sus ojos, pero había esperanza. Una esperanza frágil. Él le estaba abriendo la jaula al tigre.

Estela miró el club. Miró a Lalo, que estaba abajo en la puerta, discutiendo amigablemente con un cliente. Miró la ciudad a través del ventanal, una galaxia de luces infinitas.

Y luego miró al hombre que tenía enfrente. El hombre que había bajado al infierno con ella y había vuelto. El hombre que había limpiado pisos de rodillas para aprender humildad. El único hombre en la tierra que conocía su verdadera cara y no huía.

Estela cerró el sobre despacio.

—París es aburrido en esta época del año —dijo ella.

Rogelio soltó el aire que había estado conteniendo.

—¿Bali?

—Demasiada humedad. Se me encrespa el pelo.

—Entonces… ¿qué vas a hacer? —preguntó él, acercándose un paso.

Estela rompió el sobre por la mitad. Luego otra vez. Dejó caer los pedazos de papel como confeti sobre el suelo del balcón.

—Me quedo —dijo ella—. Alguien tiene que cuidar que no te vuelvas un imbécil arrogante otra vez. Y Lalo no tiene la paciencia.

Rogelio sonrió. Una sonrisa amplia, brillante, que le llegaba a los ojos.

—Es un trabajo de tiempo completo.

—Soy cara, Rogelio. Mis honorarios acaban de subir.

—¿Cuánto?

—El 50% —dijo Estela, desafiante—. De todo. Del club. De las consultorías. Del poder. Socios iguales. Nada de “Patrón” y “empleada”.

Rogelio no dudó ni un microsegundo.

—Trato hecho.

Extendió la mano para sellar el trato, como habían hecho con los rusos.

Pero Estela ignoró su mano.

Dio un paso adelante, invadiendo su espacio personal como él lo había hecho aquella primera noche, pero esta vez sin miedo, sin sumisión.

Le agarró las solapas del saco y lo jaló hacia ella.

El beso no fue suave. No fue dulce. Fue un choque. Fue la colisión de dos trenes de carga. Fue hambriento, posesivo y cargado de la electricidad estática de meses de violencia compartida y tensión reprimida.

Rogelio le rodeó la cintura con los brazos, levantándola ligeramente del suelo. Ella le rodeó el cuello, sus dedos enredándose en su pelo corto.

Se besaron como si fuera una pelea, mordiendo, reclamando. Un beso que sabía a victoria.

Cuando se separaron, jadeando, Rogelio apoyó la frente contra la de ella.

—Todavía me debes los 15 mil dólares del traje —susurró él, con voz ronca.

Estela se rió, un sonido profundo y gutural que vibró en el pecho de él.

—Cárgalo a mi cuenta, socio. Tienes toda una vida para cobrármelo.


Salieron al balcón exterior del club, donde el aire fresco de la noche los golpeó. Abajo, la Ciudad de México rugía. Sirenas, cláxenes, música. El sonido de la vida.

Rogelio y Estela se pararon lado a lado, mirando su dominio.

Ya no eran criminales escondiéndose en las sombras. Eran los porteros. Los arquitectos.

—¿Crees que vendrán otros? —preguntó Rogelio, mirando hacia el horizonte donde las luces de la ciudad se fundían con las estrellas—. ¿Otros Carlos? ¿Otros cárteles?

—Seguro —dijo Estela. Sacó de su bolsillo algo que brilló bajo la luz de la luna. Era su Karambit. Jugó con él, abriéndolo y cerrándolo—. Siempre hay alguien que cree que puede matar al rey.

—Que vengan —dijo Rogelio. Apretó el puño, sintiendo los nudillos fantasmas de la manopla de bronce.

—Que vengan —repitió Estela.

Se miraron una última vez. El tigre y el león, finalmente libres de sus jaulas, caminando juntos por la sabana de asfalto.

La mesera torpe había muerto. El narco arrogante había muerto.

Larga vida a los Reyes.

FIN

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