¡EL CAÍDA DEL “REY MIDAS” MEXICANO! EL MILLONARIO DE INSTAGRAM ATRAPADO CON KILOS DE “NIEVE” EN SU JET PRIVADO: LA TRÁGICA HISTORIA DE AMBICIÓN FAMILIAR, UN PACTO DE BRUJERÍA Y EL ERROR FATAL QUE LO LLEVÓ DE LA CIMA DEL MUNDO A UNA CELDA FRÍA EN EL ALTIPLANO.

Parte 1: El Cielo y el Suelo

CAPÍTULO 1: EL TRONO EN EL AIRE Y LA JAULA DE ORO

Darío Guzmán, a sus escasos 30 años, sentía que el suelo que pisaba no era de tierra, sino de nubes. Era el “Licenciado”, el “Patrón”, el “Inge”, aunque nadie sabía a ciencia cierta qué ingeniería había cursado. Era el arquetipo del nuevo multimillonario mexicano: joven, descarado y con una cuenta bancaria que parecía número telefónico. Su ascenso había sido meteórico, brutal, como un cohete que ignora la gravedad. Había surgido de la nada, de un pueblo polvoriento olvidado por Dios en la sierra de Michoacán, para convertirse en el rostro de la opulencia en Instagram.

Sus redes sociales eran un escaparate de excesos que harían sonrojar a un jeque árabe. No había semana que no subiera una historia estrenando una troca blindada, una Mercedes G-Wagon negro mate o un Ferrari rojo sangre. “Fruto del esfuerzo”, ponía en los captions, acompañados de emojis de fuego y manos rezando. Sus seguidores, que se contaban por millones, devoraban cada imagen: Darío en un jacuzzi en Tulum con dos modelos rusas; Darío cerrando un antro en Polanco solo para él y sus compadres; Darío mostrando un reloj Richard Mille que costaba lo mismo que un hospital público entero.

Para el ojo inexperto, Darío era un genio de las finanzas, un gurú del Real Estate y las criptomonedas. “Hay que vibrar alto, plebes”, decía en sus lives. Pero para los que sabían leer las miradas, había algo podrido detrás de tanto brillo. Su riqueza no olía a oficina ni a sudor de trabajo honesto; olía a pólvora, a miedo y a sangre lavada con cloro. Era un secreto a voces, un elefante blanco en la habitación que todos decidían ignorar mientras él pagara la cuenta.

Pero ese sábado, el destino decidió cobrar la factura. Y el destino, cuando cobra, no acepta pagos a plazos.

Darío llegó al hangar privado del Aeropuerto Internacional de Toluca en una caravana de tres camionetas Suburban negras. Sus guardaespaldas, tipos con cuellos del ancho de un tronco y gafas oscuras, le abrieron la puerta. Darío bajó con la arrogancia de quien cree que el sol sale solo para iluminar su rostro. Llevaba un traje de lino italiano color crema, mocasines sin calcetines y una camisa de seda abierta hasta el tercer botón, dejando ver una cadena de oro con un dije de San Judas Tadeo incrustado en diamantes.

Subió las escalerillas de su jet privado, un Gulfstream G650 que brillaba bajo el sol de la mañana. El destino: París. Un fin de semana de compras y excesos para “desestresarse”. Al entrar en la cabina, el aire acondicionado lo recibió con una caricia fría. Se dejó caer en su asiento favorito, un sillón de piel color hueso que lo abrazó como una madre.

—¿Lo de siempre, patrón? —preguntó la azafata, una rubia despampanante que le sonreía con miedo.
—Sírveme un Blue Label, mija. Sin hielo. Quiero sentir cómo quema —respondió Darío, sin mirarla, concentrado en su iPhone 15 Pro Max.

Estaba revisando sus notificaciones. Miles de likes en su última foto. Comentarios de “Duro, patrón”, “Eres mi ídolo”, “¿Cuándo me das chamba?”. Darío sonrió. Se sentía intocable. Un semidiós azteca en la era digital. El capitán anunció por el altavoz que estaban listos para el despegue. Las turbinas comenzaron a rugir, un sonido que para Darío era música celestial. Cerró los ojos, visualizando la Torre Eiffel y las noches que le esperaban.

Pero el avión no se movió.

El rugido de las turbinas disminuyó hasta convertirse en un zumbido, y luego, en silencio. Un silencio pesado, antinatural. Darío frunció el ceño.
—¿Qué pedo? —murmuró, abriendo los ojos.

La puerta de la cabina, que ya estaba sellada, se abrió de golpe con un sonido metálico que resonó como un disparo. El aire fresco de la mañana entró de golpe, rompiendo la burbuja presurizada de lujo. Pero no fue el aire lo que heló la sangre de Darío.

Tres figuras oscuras irrumpieron en el avión. No eran personal del aeropuerto. Eran sombras tácticas. Uniformes negros, chalecos antibalas, armas largas pegadas al pecho, pasamontañas y gorras con tres letras bordadas en blanco que provocan pesadillas en México: FGR (Fiscalía General de la República).

El tiempo se detuvo. El hielo en el vaso de Darío tintineó, el único sonido en ese espacio claustrofóbico.
Uno de los agentes, un hombre robusto con ojos que habían visto demasiada muerte, avanzó por el pasillo. Sus botas tácticas hundían la alfombra persa con desprecio.
—¿Darío Guzmán? —preguntó. No era una pregunta; era una sentencia.

Darío, recuperando un poco de su habitual arrogancia, soltó una risita nerviosa. Se acomodó en el asiento, cruzando las piernas para mostrar sus mocasines Gucci.
—El mismo que viste y calza. ¿Qué se les ofrece, oficiales? ¿Quieren una foto? Estoy un poco ocupado, mi gente me espera en Europa.

El agente no sonrió. Ni siquiera parpadeó.
—Señor Guzmán, baje de la aeronave. Ahora.
—A ver, a ver, bájale dos rayitas a tu tono, compa —replicó Darío, levantando la voz, intentando invocar al león que llevaba dentro, aunque por dentro se sentía como un ratón acorralado—. ¿Saben con quién están hablando? Soy amigo personal del Gobernador. Cené con el Fiscal la semana pasada. Hago una llamada y mañana amanecen cuidando un estacionamiento en Chiapas. ¿Entienden?

El agente se acercó más, invadiendo su espacio personal. Olía a tabaco barato y a autoridad.
—Puede llamar al Papa si quiere. Tenemos una orden federal. Y mi jefe está afuera esperando. No querrá hacerlo esperar.
Darío miró hacia la puerta abierta. En la pista, bajo el sol implacable, había un despliegue impresionante. Patrullas federales, perros K-9 ladrando y, parado justo al pie de la escalera, un hombre alto con uniforme de alto mando, mirando hacia la cabina con la paciencia de un depredador que sabe que la presa ya no tiene escapatoria.

El mundo de Darío se fracturó. La ilusión de invencibilidad, construida con billetes y sobornos, se desmoronó como un castillo de naipes. Sintió un frío en el estómago, un vacío nauseabundo.
—Pero… yo ya arreglé esto —susurró, más para sí mismo que para los agentes—. Yo pagué la cuota. Me dijeron que tenía luz verde.

El agente lo tomó del brazo. El agarre fue firme, doloroso.
—La luz cambió a rojo, Guzmán. Camine.

Darío se levantó. Sus piernas parecían de gelatina. Al salir del avión, la luz del sol lo cegó momentáneamente. Bajó las escaleras no como un rey, sino como un prisionero. Vio a los trabajadores de la pista grabando con sus celulares. Vio las miradas de curiosidad y morbo.
Intentó una última jugada desesperada. Se inclinó hacia el agente que lo escoltaba.
—Oye, carnal… escucha. Tengo medio melón de dólares en la caja fuerte de mi casa. Son tuyos. Solo déjame subir y diles que no encontraron nada. Te hago rico, wey. Te cambio la vida.

El agente lo miró con asco, como si Darío fuera algo que pisó en la calle.
—Cállese el hocico. Intento de soborno a un oficial federal. Eso va directo al expediente.

Lo llevaron a un hangar lateral, lejos de las miradas de los pasajeros comerciales, pero no lo suficiente para evitar que la noticia volara. “El Rey Midas ha caído”, decían los mensajes de WhatsApp que empezaban a circular.
En el cuarto de interrogación improvisado, el Comandante ordenó traer las maletas de Darío. Eran maletas Louis Vuitton, con el monograma clásico. Eran hermosas. Y estaban llenas de veneno.

Cuando el agente rasgó el forro de la primera maleta con una navaja, brotó un polvo blanco y fino. No era talco. Eran kilos de cocaína de la más alta pureza.
—Mira nada más —dijo el Comandante, negando con la cabeza—. Tan elegante por fuera, tan podrido por dentro.
Darío sintió que se desmayaba. ¿Cómo había pasado esto? Él tenía protección. Él tenía contactos. Y más importante aún, él tenía “el trabajo”. Su madre le había jurado que el brujo de Catemaco lo había blindado contra la ley. “Eres invisible para ellos, mijo”, le había dicho. “Mientras respetes las reglas, ni el diablo te toca”.

Pero Darío había roto las reglas. Había pecado de soberbia y de lujuria. Y ahora, mientras le ponían las esposas frías en las muñecas, apretando sobre su piel perfumada, supo que no había vuelta atrás. La foto que le tomaron en ese momento, con la mirada perdida y el cabello despeinado, sería la portada de todos los periódicos al día siguiente.

El “Influencer Millonario”. El “Filántropo”. El “Narco-Junior”. Todos esos títulos se borraron. Ahora solo era el recluso número 4598. Y mientras lo subían a la camioneta blindada de la FGR, Darío Guzmán no pensó en su dinero, ni en sus coches. Pensó en su madre. Y en cómo la ambición de ella había sido la gasolina que ahora lo estaba quemando vivo.


CAPÍTULO 2: LA SEMILLA DEL MAL EN TIERRA FÉRTIL

Para entender cómo un muchacho noble termina esposado en un hangar federal, hay que rebobinar la cinta. Hay que irse mucho antes de los lujos, cuando Darío no era “El Licenciado”, sino simplemente “Darío, el hijo de Doña Lucha”.

Todo empezó en San Pedro de los Saguaros, un pueblo donde el tiempo parecía haberse detenido, pero donde la ambición corría más rápido que el viento.
Darío era un niño diferente. Mientras otros niños jugaban a ser sicarios con pistolas de madera, él leía. Le gustaba la historia, la poesía. Era suave, educado, de esos niños que ayudan a cruzar la calle a las viejitas y que siempre traen la camisa fajada.

Pero en su casa, la bondad no era una moneda de cambio válida. En la casa de los Guzmán, el único dios verdadero era el Peso.
Su madre, Doña Lucha, era una mujer pequeña pero con un carácter de hierro forjado. Tenía una obsesión enfermiza con el estatus. Vivía pendiente de la vida de los vecinos. Si la vecina compraba una lavadora nueva, Lucha no dormía hasta que su marido compraba una mejor. Si el hijo de enfrente se iba al norte, ella maldecía su suerte.

—Mira nomás qué vergüenza —decía, espiando por la ventana—. La Chona ya trae bolsa de marca y nosotros aquí comiendo frijoles con gorgojo.

Su padre, Don Fausto, era un hombre amargado, curtido por el sol y el resentimiento. Creía en la vieja escuela del machismo mexicano: un hombre se mide por el tamaño de su camioneta y el grosor de su billetera.
—Un hombre sin dinero es un bulto, Darío —le repetía constantemente mientras comían—. Si no tienes con qué mantener una casa, mejor ni respires.

Darío creció bajo esa sombra. A pesar de todo, él intentó seguir el camino recto. Fue el primero de su familia en ir a la universidad. Se mató estudiando Administración de Empresas en la universidad estatal. Viajaba dos horas en camión diario, comía tortas de jamón baratas y estudiaba con libros prestados.
Cuando se graduó, sintió un orgullo inmenso. Llegó a casa con su título bajo el brazo, esperando, quizás, un abrazo, un “bien hecho, mijo”.

Entró a la casa con una sonrisa.
—¡Papá, mamá! Ya soy Licenciado.
Don Fausto estaba sentado en la mesa, limpiándose los dientes con un palillo. Miró el papel con desprecio.
—¿Y eso qué? —gruñó—. ¿Eso se come? ¿Eso le pone gasolina a la troca?
—Es mi título, papá. Ahora puedo conseguir un buen trabajo, en una oficina, con seguro…
—¡Oficina! —interrumpió Doña Lucha, saliendo de la cocina secándose las manos en el delantal—. ¡Ay, Darío, por el amor de Dios! ¿Vas a ser un “Godínez”? ¿Vas a estar encerrado ganando tres mil pesos a la quincena mientras tus primos andan en Mazatlán gastando dólares?

El corazón de Darío se rompió en mil pedazos.
—Pero es trabajo honrado, mamá.
—Lo honrado no quita lo jodido —sentenció su padre.

La gota que derramó el vaso, el evento canónico que torció el destino de Darío, ocurrió unas semanas después. Fue el regreso de “El Chuy”.
El Chuy era el hijo del vecino. Un vago, un malandro que había dejado la secundaria porque “le daba hueva”. Se había ido del pueblo hacía tres años con una mano adelante y otra atrás. Todos decían que iba a terminar mal.
Pero ese domingo, el pueblo tembló.

Una Ford Raptor del año, azul eléctrico, con rines cromados y música de banda a todo volumen, entró por la calle principal levantando polvo. Se detuvo frente a la casa de al lado. De ella bajó El Chuy.
Pero ya no era el vago flaco. Ahora estaba “mamado”, usaba ropa de marca Versace (probablemente pirata, o tal vez no), botas de piel de avestruz y traía colgada una “Semanario” de oro en la muñeca.
Bajó con una hielera llena de cerveza Tecate y empezó a repartir dinero a los niños.
—¡Tengan, plebes, pa’ los chescos! —gritaba, aventando billetes de cincuenta pesos.

El pueblo entero salió a aplaudirle. Las muchachas le sonreían coquetas. Los señores se quitaban el sombrero.
—Míralo —dijo Don Fausto, parado en la puerta de su casa, con la envidia corroyéndole las entrañas—. Ese muchacho sí es un chingón. Ni la prepa terminó y mira la nave que trae. Y tú… tú con tu titulito de papel.

Darío miró a su padre, luego a El Chuy, y sintió una vergüenza profunda, ardiente.
Esa noche, la cena fue silenciosa. Hasta que Don Fausto golpeó la mesa.
—Ya me cansé, Darío. Ya me cansé de ser el hazmerreír. Mañana vas a ir a hablar con El Chuy.
—¿Qué? —Darío casi se atraganta con la tortilla—. ¿Estás loco, papá? Ese güey anda en pasos malos. Todo el mundo sabe que esa lana no es limpia.
—¿Y a mí qué me importa de dónde viene? —gritó su madre, con los ojos inyectados de codicia—. ¡El dinero es dinero! Limpia culos si quieres, pero trae billetes a esta casa. Tu padre ya habló con él. Te va a enseñar el negocio.

—No lo haré —dijo Darío, intentando mantener su dignidad.
—Entonces lárgate —dijo Don Fausto, frío como el hielo—. Si no sirves para traer dinero, no sirves para vivir bajo mi techo. Tienes 24 horas. O te unes al Chuy y te haces hombre, o te largas y te olvidas de que tienes padres.

Darío se encerró en su cuarto. Lloró. Lloró de rabia, de impotencia. Sabía que “el negocio” de Chuy era mover mercancía. Droga. Veneno. Sabía que era un camino sin retorno. Pero también miró sus zapatos gastados. Miró las paredes despintadas de su cuarto. Escuchó los susurros de sus padres en la cocina, planeando cómo gastarían el dinero que él aún no ganaba.

La presión era una prensa hidráulica aplastándole el cráneo.
Al día siguiente, con el sol apenas saliendo, Darío salió al patio. El Chuy estaba ahí, recargado en la barda, fumando un cigarro.
—Qué onda, Licenciado —dijo El Chuy, con una sonrisa burlona—. Me dijo tu jefe que quieres dejar de ser pobre.
Darío bajó la mirada. Sintió que vendía su alma en ese preciso instante.
—Sí, Chuy. Quiero saber cómo le haces.
—Es fácil, pariente. Solo se necesitan huevos y no hacer preguntas. ¿Le entras o te rajas?

En ese momento, Darío Guzmán murió. El joven honesto, el estudiante, el hijo bueno, fue enterrado en ese patio. Y en su lugar nació una criatura hambrienta, dispuesta a todo.
—Le entro —dijo Darío.
El Chuy le dio una palmada en la espalda que sonó como un disparo.
—¡Eso es todo, chingao! Bienvenido al mundo real. Pero antes… tu jefa dice que hay que ir a ver a alguien. Un “padrino” en Catemaco. Para que no te pase nada. Porque en este jale, carnal, la suerte se acaba rápido.

Y así, empujado por la codicia de quienes debían protegerlo, Darío dio el primer paso hacia el abismo. Un abismo que estaba cubierto de oro, sí, pero que no tenía fondo.

Parte 2: El Pacto y la Corona de Espinas

CAPÍTULO 3: LA CUEVA DEL DIABLO EN CATEMACO

El viaje a Catemaco no fue un paseo turístico. Fue una peregrinación hacia el infierno.

Doña Lucha despertó a Darío a las tres de la mañana. El cielo todavía estaba negro como boca de lobo y el aire frío de la sierra calaba hasta los huesos. No hubo desayuno, ni café, ni palabras amables.
—Ponte algo oscuro —le ordenó ella, con esa voz que ya no sonaba a madre, sino a cómplice—. Y no hables en el camino. Los espíritus escuchan.

Subieron al viejo Tsuru de un tío lejano para no llamar la atención. El viaje hacia Veracruz fue largo y silencioso. Darío manejaba con los nudillos blancos de tanto apretar el volante. Cada kilómetro que avanzaban alejándose de su pueblo, sentía que se alejaba también de su humanidad. Miraba por el retrovisor esperando ver una patrulla, o tal vez a su propia conciencia persiguiéndolo, pero solo veía la carretera vacía y la mirada fija, obsesiva, de su madre en el asiento del copiloto.

Llegaron a Catemaco cuando el sol empezaba a teñir la laguna de un gris plomizo. El lugar tenía una energía pesada. El aire olía a humedad, a pantano y a hierbas quemadas. No fueron al centro, donde los turistas compran limpias baratas y amuletos de plástico. Se adentraron en la selva, por caminos de terracería donde las ramas de los árboles arañaban el coche como garras esqueléticas.

Finalmente, llegaron a una choza aislada, oculta entre manglares. No tenía número, ni letrero. Solo cráneos de animales clavados en estacas alrededor del perímetro, como centinelas mudos.
—Llegamos —susurró Doña Lucha. Sus ojos brillaban con una fe fanática.

Bajaron del auto. La puerta de la choza se abrió antes de que tocaran. Una voz cavernosa, que parecía salir de la tierra misma, retumbó:
—Pasen. Los estaba esperando.

El interior apestaba a copal, a tabaco negro y a algo más dulce y nauseabundo… carne podrida. En el centro de la habitación, iluminado solo por veladoras rojas y negras, estaba “El Tata” Remigio. No era el típico brujo de película. Era un hombre anciano, con la piel curtida como cuero viejo, ciego de un ojo y con tatuajes extraños que le cubrían los brazos. Estaba sentado frente a un altar impresionante y aterrador: figuras de la Santa Muerte vestida de dorado, estatuas de Malverde y santos católicos decapitados.

Darío sintió ganas de vomitar. Quiso dar la vuelta y correr. Quiso gritar: “¡No quiero esto! ¡Quiero mi vida aburrida de vuelta!”. Pero sintió la mano de su madre en su espalda, empujándolo con fuerza.
—Ándale, mijo. No seas miedoso. Es por tu bien.

El Tata Remigio clavó su único ojo bueno en Darío. Lo escaneó de arriba abajo, como si pudiera ver sus órganos, sus miedos y sus pecados futuros.
—Así que tú eres el que quiere comerse al mundo —dijo el brujo, soltando una risa seca que sonó como hojas secas pisadas—. Quieres oro. Quieres poder. Quieres que nadie te toque.
—Yo… yo solo quiero ayudar a mi familia —tartamudeó Darío.

El brujo escupió al suelo.
—¡Mentira! Aquí no se viene con mentiras, muchacho. La familia es la excusa. Tú quieres ser Rey. Y para ser Rey, hay que pagar el diezmo al de Abajo.
Doña Lucha intervino, desesperada.
—Tata, venimos por la protección. El “Resguardo de Sombra”. Nos dijeron que usted es el único que sabe hacerlo. Queremos que sea invisible para la ley. Que los perros no lo huelan, que los rayos X no lo vean. Que pase por las aduanas como si fuera aire.

El Tata asintió lentamente. Se levantó y tomó una gallina negra que tenía amarrada en una esquina. El animal cacareó con pánico, presintiendo su final.
—El “Manto de Niebla” —murmuró el brujo—. Es un trabajo fuerte. Muy fuerte. Requiere sangre y requiere obediencia absoluta.

El ritual duró horas. Darío tuvo que arrodillarse sobre sal de grano mientras el brujo lo golpeaba con ramos de ruda y pirul, recitando oraciones en una mezcla de latín mal pronunciado y náhuatl. Luego, sacrificó a la gallina sobre la cabeza de Darío. La sangre caliente escurrió por su frente, cegándolo, mezclándose con sus lágrimas de terror.
—¡Abre la boca! —gritó el brujo.
Darío obedeció por instinto. El Tata le hizo beber un brebaje amargo, hecho de aguardiente, pólvora y la sangre del animal.
—Esto te hará fuerte. Esto te quitará el miedo. Esto te hará frío.

Al final, cuando Darío estaba temblando, mareado y cubierto de inmundicia, El Tata le entregó algo. Era un pequeño costalito de piel roja, cosido con hilo negro, que apestaba a azufre. Y, más importante aún, le ató un hilo rojo grueso, trenzado con pelo de muerto, alrededor de la cintura, pegado a la piel.

El brujo lo agarró de los hombros y acercó su cara a la de Darío. Su aliento olía a muerte.
—Escúchame bien, cabrón, porque esto es lo único que te mantendrá vivo —siseó—. Este trabajo es un pacto. Yo te doy la invisibilidad. Tú das la obediencia. Mientras traigas este hilo en la cintura, serás intocable. La policía te mirará y no te verá. Los perros pasarán de largo. Serás un fantasma.

Doña Lucha sonreía extasiada en la esquina.
—¿Ya ve, mijo? Ya la hicimos.
—¡Cállese, mujer! —bramó el brujo—. No he terminado. Todo pacto tiene una cláusula de rescisión. Una regla de oro.
El Tata apretó el hombro de Darío hasta hacerle daño.
—El poder de este resguardo se alimenta de tu pureza energética masculina. Es celoso. Muy celoso. Escucha bien: Nunca, jamás, bajo ninguna circunstancia, te acuestes con una mujer que esté en su luna, que tenga su regla, la noche antes de un viaje o un trabajo.
Darío parpadeó, confundido por la especificidad de la prohibición.
—¿Su regla?
—La sangre de mujer en su ciclo es poderosa —explicó el brujo, bajando la voz—. Es vida y muerte al mismo tiempo. Si mezclas esa energía con la mía, el pacto se rompe. La protección se invierte. Te volverás un imán para la desgracia. Lo que te hacía invisible te hará brillar como una antorcha para tus enemigos. ¿Entendiste?

—Sí, Tata. Entendí. Nada de mujeres en sus días antes de trabajar.
—Júralo.
—Lo juro.

Doña Lucha pagó al brujo con un fajo de billetes que había sacado de los ahorros de toda su vida y de préstamos con usureros.
Salieron de la choza al amanecer. Darío se sentía extraño. La náusea había desaparecido. El miedo se había esfumado. En su lugar, sentía una corriente eléctrica recorriendo su espina dorsal. Se sentía poderoso. Se sentía… peligroso.
Al subir al coche, se miró en el espejo retrovisor. Sus ojos ya no eran los del muchacho dulce que leía poesía. Tenían un brillo duro, metálico.
—¿Cómo te sientes, mijo? —preguntó su madre.
Darío encendió el motor y sonrió. Una sonrisa lobuna.
—Me siento listo, amá. Vamos a hacer dinero.


CAPÍTULO 4: EL ASCENSO DEL SEÑOR DE LOS CIELOS

La primera prueba de fuego llegó una semana después.
El Chuy no perdió el tiempo. Le entregó a Darío una camioneta Explorer vieja, con doble fondo en la cajuela, cargada con diez “ladrillos” de cocaína.
—Tienes que llevar esto a la frontera, a Laredo —le dijo El Chuy, entregándole un teléfono desechable y una pistola escuadra—. Si te paran, no tiembles. Si te preguntan, vas a visitar a una tía. Si te descubren… bueno, mejor que no te descubran, porque si cantas, mato a tu familia. Así de pelada.

Darío tomó las llaves. Su corazón latía normal. Demasiado normal. Tocó el hilo rojo que llevaba bajo la camisa, pegado a su cintura. Estaba caliente, vibrando contra su piel.
Arrancó hacia el norte.

El primer retén militar apareció en San Luis Potosí. Había soldados con armas largas, conos naranjas y perros pastores alemanes olfateando las llantas de los autos.
El conductor delante de él fue obligado a bajar. Le destrozaron el coche buscando algo. Darío frenó. Un soldado joven, con la cara tapada, se acercó a su ventanilla.
—Buenas tardes. ¿Hacia dónde se dirige? —preguntó el militar.
Darío bajó el vidrio. Esperaba sentir pánico. Esperaba que se le quebrara la voz. Pero lo que salió de su boca fue miel pura, con una calma sobrenatural.
—Qué tal, oficial. Voy pa’l norte, a ver a mi madrecita que está enferma. Llevo prisa, ya sabe cómo es esto.

El soldado lo miró a los ojos. Luego miró hacia el asiento trasero. El perro K-9 se acercó a la puerta de Darío. El animal olfateó. Darío sintió que el hilo en su cintura ardía como un hierro al rojo vivo. El perro se detuvo, gimió bajito, metió la cola entre las patas y se alejó corriendo, como si hubiera olido al mismo demonio.
El soldado parpadeó, confundido.
—Todo en orden, joven. Pásale. Con cuidado.

Darío aceleró. Cuando estuvo lejos, soltó una carcajada maníaca. Golpeó el volante.
—¡Funciona! ¡Pinche vieja bruja tenía razón, funciona! —gritó, eufórico.
Llegó a Laredo, entregó la carga en un taller mecánico y recibió a cambio una mochila deportiva llena de dólares. Cincuenta mil dólares. Más dinero del que su padre había ganado en toda su miserable vida.

Regresó al pueblo como un conquistador.
Entró a la casa de sus padres y vació la mochila sobre la mesa del comedor. Los fajos de billetes verdes cayeron en cascada. El silencio en la sala fue absoluto.
Don Fausto miró el dinero. Sus manos temblaban. Agarró un fajo, lo olió. Olía a éxito. Olía a redención.
—¿Ves, cabrón? —dijo el viejo, con lágrimas en los ojos—. Sabía que tenías sangre de Guzmán. Sabía que no eras un inútil. ¡Este es mi hijo!

Doña Lucha empezó a llorar y a reír al mismo tiempo, agarrando el dinero y persignándose, agradeciendo a Dios por un dinero que venía del Diablo.
—Mi hijo el empresario —decía—. Ahora sí, que se mueran de envidia las vecinas.

Ese fue el principio.
En cuestión de dos años, Darío Guzmán dejó de ser el mandadero. Su habilidad para cruzar retenes se volvió legendaria. Le decían “El Fantasma”. Podía pasar toneladas. Podía pasar armas. Podía pasar dinero. Nada lo detenía.
Con el éxito vino la transformación total.
El muchacho sencillo desapareció. Nació “El Patrón”.
Tiró la casa de adobe de sus padres y construyó una mansión de tres pisos con columnas romanas, pisos de mármol importado y portones eléctricos. Le compró a su padre una Cheyenne del año y a su madre la mandó a Europa y a Tierra Santa.

Darío empezó a vestirse como veía en las revistas y en los videos musicales de los corridos tumbados. Camisas Versace de seda estampada, cinturones Gucci con hebillas enormes, botas de piel de cocodrilo.
Se volvió adicto a la adulación. Iba a los antros y pedía botellas de champaña Moët & Chandon solo para bañarse con ellas. Contrataba a la Banda MS o a Grupo Firme para que tocaran en su jardín privado los martes por la tarde, solo porque estaba aburrido.

Su círculo social cambió. Sus amigos de la infancia, los honestos, se alejaron, asustados por su mirada vacía y sus armas fajadas al cinto. Fueron reemplazados por sicarios, lavadores de dinero, políticos corruptos y mujeres… muchas mujeres.
Mujeres hermosas, operadas, con cuerpos de escultura y ojos vacíos que solo miraban su reloj de oro. “Las buchonas”. Darío las coleccionaba como estampitas.
Pero siempre, siempre respetaba la regla.
Antes de cada viaje grande, Darío se volvía un monje. Rechazaba a las mujeres. Se encerraba. Checaba que su hilo rojo estuviera en su lugar.
—Perdón, mami —les decía a las modelos que intentaban seducirlo—. Hoy no se puede. Negocios son negocios.

Su arrogancia creció hasta tocar el cielo. Empezó a creerse su propia mentira.
—Yo soy un chingón —se decía frente al espejo mientras inhalaba una línea de cocaína de su propia mercancía—. No es el brujo. Soy yo. Soy listo. Soy el rey.
Sus padres alimentaban al monstruo.
—Tú eres el orgullo de este pueblo —le decía Doña Lucha mientras se abanicaba con un abanico español en su sala con aire acondicionado—. Mira cómo te saludan todos. Eres un Don.

Incluso el cura del pueblo aceptaba sus “donativos” para arreglar el techo de la iglesia sin preguntar de dónde venían. Darío construyó un hospital. Regaló juguetes el Día del Niño. La gente lo amaba.
—Que Dios bendiga a Don Darío —decían las ancianas.
Era la tormenta perfecta de hipocresía social. Un narco santificado por el dinero.

Pero en el fondo, en las noches de insomnio cuando el efecto de la droga y el alcohol bajaba, Darío sentía el peso del hilo rojo en su cintura. Sentía que se apretaba cada vez más, como una soga. A veces, soñaba con la gallina negra sacrificada. Soñaba con el ojo del brujo. Soñaba que su mansión estaba hecha de huesos.
Pero al despertar y ver su Ferrari en el garaje, el miedo se iba.
“Soy invencible”, pensaba. “Nada me puede tocar”.

Hasta que llegó Ada.
Ada no era como las otras “buchonas”. No era plástica. Era fina. Universitaria. Una belleza natural que conoció en una fiesta VIP en la Ciudad de México. Tenía una risa que sonaba a campanas y una inteligencia que desafiaba a Darío.
Por primera vez en años, Darío no quiso comprar a una mujer. Quiso enamorarla.
Y ese deseo, ese capricho humano, sería la grieta en su armadura. La grieta por donde entraría la catástrofe.

La noche antes del viaje a Francia, el viaje que cambiaría su vida, Darío estaba en la cima del mundo. Tenía el cargamento más grande de su carrera listo en las maletas: 50 kilos de pura calidad para el mercado europeo. La ganancia estimada era de millones de euros.
Era su “retiro”. Pensaba dejarlo después de esto. Lavar su dinero y volverse un empresario legítimo al 100%.

Estaba en su Penthouse en Polanco, revisando los pasaportes. Su teléfono sonó. Era Ada.
—Hola, guapo. Estoy en la ciudad. ¿Nos vemos?
Darío miró el calendario. Mañana viajaba. La regla del brujo resonó en su cabeza: “Nada de mujeres antes de un viaje”.
Pero Ada… Ada era especial. Y él ya era demasiado poderoso.
“Una vez no pasa nada”, pensó la voz de la soberbia. “El brujo es un viejo loco. Yo he hecho esto mil veces. Yo controlo mi destino”.

—Vente a mi depa, hermosa —contestó Darío—. Te mando el Uber Black.
Cuando Ada llegó, traía un vestido rojo que cortaba la respiración. Bebieron vino. Rieron. La química era explosiva.
Fueron a la recámara. La pasión los consumió.
Fue suave, fue intenso, fue real.
Pero en medio de la oscuridad, Darío no preguntó. Y Ada, tal vez por vergüenza, o porque no le dio importancia, no dijo nada.
Ella estaba en su segundo día.

Darío durmió abrazado a ella, sintiéndose el hombre más afortunado del universo.
No sintió cuando, en la madrugada, el hilo rojo en su cintura se reventó silenciosamente. No hubo ruido. Solo se deshizo, cayendo entre las sábanas de seda como una serpiente muerta.
La protección se había esfumado. El “Manto de Niebla” se disipó.
Ahora, Darío Guzmán era visible.
Y el Diablo, que es puntual para cobrar, estaba afilando sus cuchillos en el aeropuerto.

Parte 3: El Despertar del Cordero y el Banquete de los Buitres

CAPÍTULO 5: LA MAÑANA EN QUE MURIÓ EL DIOS

El sol de la Ciudad de México salió ese martes con una indiferencia cruel. No hubo truenos, no hubo cielos rojos, no hubo señales apocalípticas. Solo un amanecer gris y brumoso, típico de la contaminación chilanga.

Darío Guzmán despertó en su cama King Size con sábanas de seda egipcia de 800 hilos. Se estiró como un gato satisfecho. A su lado, el espacio estaba vacío; Ada se había ido temprano, dejándole una nota en el buró con un beso marcado en labial rojo y un “Te veo al regreso, mi rey”. Darío sonrió al ver el papel. Se sentía invencible. La noche anterior había sido perfecta. Había desafiado su propia superstición, había ignorado al viejo brujo de Catemaco, y ¿qué había pasado? Nada. Seguía siendo rico, seguía siendo guapo, seguía estando libre.

—Pinches cuentos de viejas —murmuró para sí mismo, levantándose y caminando hacia el baño de mármol.

No se dio cuenta. No vio el detalle fatal. Entre las sábanas revueltas, casi invisible contra el color marfil de la tela, yacía el hilo rojo. Estaba roto. Quemado en las puntas como si un fuego invisible lo hubiera consumido durante la noche. El pacto se había disuelto en el momento exacto en que su piel tocó la “sangre de luna”, tal como El Tata lo había profetizado. Pero la ignorancia es atrevida, y Darío se metió a la ducha cantando un corrido, creyendo que el agua caliente limpiaba sus pecados.

Se vistió con el ritual de un torero antes de la faena. Traje Armani azul marino, camisa blanca impecable, los gemelos de oro. Se roció media botella de Tom Ford. Se miró al espejo.
—Eres un chingón, Darío —se dijo, guiñándose un ojo—. Hoy coronamos. Hoy nos retiramos.

Su chofer, “El Ruso”, lo esperaba abajo en la Suburban blindada nivel 7.
—Buenos días, patrón. ¿Al aeropuerto?
—Al aeropuerto, Ruso. Y métele pata, que el destino no espera.

El trayecto hacia Toluca fue suave. Darío iba revisando los últimos detalles en su iPad. El cargamento ya estaba “sembrado” en las maletas. Sus contactos en aduana ya tenían sus sobornos en cuentas offshore. Todo era un reloj suizo.
Sin embargo, a medida que se acercaban al aeropuerto, Darío sintió una punzada extraña en el estómago. No era dolor, era… vacío. Como si le faltara una extremidad. Se llevó la mano a la cintura por instinto, buscando el roce familiar del hilo rojo.
No estaba.

El pánico lo golpeó como un cubetazo de agua helada. Se levantó la camisa frenéticamente. Nada. Solo su piel suave y pálida.
—¿Dónde chingados…? —empezó a buscar en el asiento, en el suelo de la camioneta.
—¿Todo bien, jefe? —preguntó El Ruso, mirándolo por el retrovisor.
—¡Cállate y maneja! —gritó Darío, sudando frío.

“Seguro se cayó en la cama”, pensó, tratando de calmarse. “No importa. El efecto debe durar un poco más, ¿no? Como la batería del celular cuando lo desconectas. Sí, seguro sigo protegido. Soy Darío Guzmán. Soy intocable”.

Pero la realidad es que ya no era invisible. Al momento de entrar al hangar privado, las cámaras de seguridad captaron su rostro. Y por primera vez en cinco años, el sistema de reconocimiento facial de la FGR, que siempre había fallado o sido “hackeado” misteriosamente cuando él pasaba, funcionó a la perfección.
En una oficina oscura en la Ciudad de México, una alerta roja parpadeó en un monitor.
OBJETIVO LOCALIZADO: DARÍO GUZMÁN.
El Comandante a cargo, un hombre que llevaba años tratando de cazar al “Fantasma”, sonrió. Tomó el radio.
—Lo tenemos. Está desnudo. Procedan.

El resto ya es historia conocida, pero lo que las noticias no contaron fue lo que Darío sintió en el momento exacto en que le pusieron las esposas.
Cuando el metal frío se cerró alrededor de sus muñecas en la cabina del avión, Darío no sintió rabia. Sintió una soledad cósmica. Sintió que el universo entero le daba la espalda.
Mientras lo bajaban del avión, vio el sol brillando sobre la pista y le pareció una burla. El sol iluminaba su vergüenza. Ya no había sombras donde esconderse.

Lo llevaron a la sede de la SEIDO (Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada). No fue como en las series de Netflix. No hubo abogados elegantes llegando al minuto para sacarlo.
Lo desnudaron. Le quitaron el traje Armani, los zapatos Gucci, el reloj Rolex. Lo dejaron en calzones en un cuarto frío, pintado de un gris deprimente, con un espejo unidireccional.
Darío temblaba, abrazándose a sí mismo. Sin su ropa, sin su dinero y sin su brujería, se veía pequeño. Se veía como lo que realmente era: un niño asustado de pueblo jugando a ser gángster.

El Comandante entró horas después. Tiró una carpeta sobre la mesa de metal.
—Se te acabó la suerte, “Licenciado”.
—Quiero a mi abogado. Tengo derecho a…
—Tú no tienes derecho a nada —lo cortó el Comandante—. ¿Sabes por qué te agarramos hoy, Darío? Llevamos tres años siguiéndote. Pero siempre te nos escapabas. Eras como humo. Pasabas por los retenes y mis hombres juraban que no veían nada. Los perros no ladraban. Era… antinatural.

El Comandante se inclinó, con una curiosidad genuina en los ojos.
—Pero hoy… hoy brillabas como un arbolito de Navidad en nuestros radares. ¿Qué pasó, Darío? ¿Se te olvidó pagarle al Santo?
Darío bajó la cabeza y empezó a llorar. Lágrimas silenciosas, amargas. Sabía exactamente qué había pasado. Ada. La sangre. La soberbia.
—Fui yo —susurró—. Fui yo quien rompió el hilo.

Esa noche, durmió en el piso de cemento de una celda preventiva. Olía a orines y a desesperanza. No había almohada de plumas. No había servicio a la habitación. Solo los gritos de otros detenidos y el zumbido constante de una lámpara fluorescente que parpadeaba como su propia vida extinguiéndose.
Darío Guzmán, el Rey de Oro, había muerto. Solo quedaba el reo.


CAPÍTULO 6: EL BANQUETE DE LOS BUITRES Y LA RUINA DE LA SANGRE

La noticia de la detención de Darío Guzmán no corrió; voló.
Para el mediodía, su cara estaba en todos los noticieros nacionales.
“Cae el empresario Darío Guzmán con cargamento histórico de cocaína en jet privado”, decían los cintillos rojos de “Última Hora”.
“De influencer a narco: La doble vida del ‘Robin Hood’ michoacano”, titulaban los portales de internet.

Las redes sociales, que días antes lo alababan, se convirtieron en un tribunal de la Inquisición. Los mismos usuarios que le comentaban “Eres un Dios, patrón”, ahora escribían: “Siempre se supo que era narco”, “Ojalá se pudra en la cárcel”, “Qué asco de gente”.
Sus “amigos”, los que bebían su champaña gratis, borraron sus fotos con él. Las modelos lo bloquearon. Los políticos que recibían sus sobornos dieron conferencias de prensa condenando “el flagelo del narcotráfico” y negando conocerlo.
Nadie lo defendió. Nadie preguntó por él. Cuando el barco se hunde, las ratas son las primeras en saltar, y Darío había alimentado a muchas ratas.

Pero el verdadero infierno se desató en San Pedro de los Saguaros.
La “Extinción de Dominio” es una figura legal brutal en México. Significa que el gobierno puede quitarte todo si sospecha que fue comprado con dinero ilícito, incluso antes de que seas declarado culpable. Y con Darío, no tuvieron piedad.

Dos días después del arresto, un convoy de la Guardia Nacional y agentes fiscales llegó al pueblo. Eran como una plaga de langostas verdes.
Cerraron la calle principal.
Don Fausto y Doña Lucha estaban desayunando en su mansión de columnas romanas, viendo las noticias con terror, cuando escucharon los golpes en el portón.
—¡Abran! ¡Orden de cateo y aseguramiento!

No les dieron tiempo de sacar nada.
—¡Pero esta es mi casa! —gritaba Don Fausto, aferrándose al marco de la puerta de caoba tallada—. ¡Yo la construí! ¡Mi hijo me la regaló!
Un agente federal lo empujó con el escudo antidisturbios.
—Esta casa es producto del narcotráfico, señor. Ahora es propiedad de la Nación. Tiene diez minutos para sacar sus cosas personales. Ropa y medicinas. Nada de valor. Muévanse.

Fue una escena dantesca. Doña Lucha corría por la casa intentando meter jarrones, cuadros y joyas en bolsas de basura, pero los agentes se lo quitaban de las manos.
—¡Eso se queda! ¡Eso también!
Al final, salieron a la calle con dos bolsas negras de plástico llenas de ropa vieja.
El pueblo entero estaba afuera mirando.
Pero esta vez, no había aplausos. No había envidia. Había schadenfreude, esa alegría maliciosa por la desgracia ajena.
—¡Mírenlos! —gritaba una vecina—. ¡Ahí van los “Dones”! ¡Se les acabó el corrido!
—¡Rateros! —gritaba otro—. ¡Devuelvan lo que robaron!

El Chuy, el mentor de Darío, había desaparecido del mapa la misma noche del arresto. Se había esfumado, dejando a los Guzmán solos para enfrentar la ira del gobierno y del pueblo.
Se llevaron la camioneta del padre. Se llevaron las joyas de la madre. Clausuraron el hospital que Darío había construido. Pusieron sellos enormes de “ASEGURADO” en las puertas de la mansión.

Don Fausto y Doña Lucha se quedaron parados en la banqueta, bajo el sol inclemente, viendo cómo su imperio de cartón se desmoronaba.
No tenían a dónde ir. Sus otros hijos, los que “la habían armado”, no contestaban el teléfono por miedo a ser investigados también.
Tuvieron que caminar, arrastrando sus bolsas de basura, hasta la orilla del pueblo. Hasta la vieja casa de adobe que Darío no había derrumbado, sino que usaba como bodega para guardar tiliches.
La casa estaba en ruinas. El techo tenía agujeros. No había luz. No había agua. El piso era de tierra y estaba lleno de hormigas.
Don Fausto se sentó en una caja de madera vieja y miró sus manos vacías.
—Todo se fue —murmuró—. Todo.

Doña Lucha, con el maquillaje corrido por las lágrimas, se dejó caer al suelo y empezó a maldecir. No a sí misma, no a su codicia, sino a Darío.
—¡Maldito muchacho inútil! —gritaba al cielo—. ¡Ni para ser delincuente sirvió! ¡Nos arruinó! ¡Nos dejó en la calle!
En lugar de preocuparse por su hijo encerrado, lloraban por las cosas perdidas. Esa era la verdadera tragedia de los Guzmán: el dinero les había comido el corazón mucho antes de que la policía llegara.

Mientras tanto, a 100 kilómetros de ahí, Darío ingresaba al penal de máxima seguridad del Altiplano.
El proceso de ingreso fue diseñado para romper el espíritu.
—Apellido —ladró un guardia.
—Guzmán… Darío Guzmán.
—Aquí no eres Guzmán. Aquí eres el 4598. Desvístete. Agáchate. Tose.

Le raparon la cabeza. Su cabello perfectamente peinado, sus cortes de barbero de 500 pesos, cayeron al suelo sucio de la barbería del penal. Al verse en el reflejo de un vidrio, Darío no se reconoció. Sin pelo, pálido y ojeroso, parecía un enfermo terminal.
Le dieron un uniforme color beige, áspero, que le picaba la piel.
—Bienvenido al infierno, Ricitos de Oro —le susurró un custodio mientras lo empujaba hacia el módulo de aislamiento.

La celda medía tres por cuatro metros. Una plancha de cemento como cama, un inodoro de metal sin tapa y una pequeña ventana con barrotes por donde apenas entraba un rayo de luz.
Darío se sentó en la plancha. Hacía frío. Un frío que calaba los huesos.
Pensó en Ada. Pensó en su madre. Pensó en el brujo.
Sacó de su bolsillo (lo único que había logrado esconder en su boca durante la revisión inicial) un pequeño fragmento del hilo rojo que había encontrado pegado en el interior de su pantalón antes de que se lo quitaran. Era un pedazo de hilo quemado, inútil.

Lo sostuvo en su mano bajo la tenue luz.
Recordó las palabras de su padre: “Un hombre sin dinero es un bulto”.
Ahora no tenía dinero. Pero por primera vez, entendió que nunca había sido un hombre. Había sido un títere. Un títere de la ambición de sus padres, un títere de las mentiras del Chuy, un títere de sus propias inseguridades.
Y ahora que los hilos se habían cortado, el títere yacía roto en una caja oscura.

Esa primera noche en el Altiplano, Darío no durmió. Escuchó los gritos lejanos de otros presos. Escuchó el silencio de su propia mente.
Y entonces, comenzó a escribir. No tenía papel, así que usó su uña para rayar la pared de pintura descascarada.
“Mamá, Papá… ustedes ganaron. Ya soy famoso. Ya salí en la tele. Espero que valga la pena el precio de la entrada”.

Al día siguiente comenzó el juicio mediático, pero el juicio verdadero, el de su alma, ya había dictado sentencia: Culpable de estupidez en primer grado.
La vida de lujos era un recuerdo que dolía más que un golpe. Cada vez que cerraba los ojos, veía el champán, veía los viajes. Y al abrirlos, solo veía concreto gris.

Pasaron los meses.
Sus padres nunca fueron a visitarlo. Ni una sola vez. No tenían dinero para el pasaje, decían. O tal vez, no tenían cara para ver al monstruo que habían creado y luego sacrificado.
Don Fausto murió de un infarto seis meses después, amargado y gritando que le devolvieran su camioneta en su lecho de muerte.
Doña Lucha terminó vendiendo quesadillas en la plaza del pueblo, soportando las miradas burlonas de las vecinas a las que antes humillaba. Se volvió una mujer seca, encorvada, que hablaba sola.

Y Darío… Darío se convirtió en una leyenda, pero no como él quería.
Se convirtió en la “Llorona” del Altiplano. Los guardias decían que por las noches, se le oía hablar con alguien que no estaba ahí.
—Tata, perdóname… Tata, devuélveme la sombra… Tata, tengo frío.
Pero el Tata Remigio, allá en su cueva de Catemaco, seguramente estaba riendo, contando el dinero de otro idiota ambicioso que quería comerse el mundo sin pagar la cuenta.

La historia de Darío Guzmán terminó mucho antes de que su corazón dejara de latir. Terminó esa mañana en el aeropuerto, cuando el sol lo tocó y él descubrió que, sin su magia prestada, solo era un hombre común y corriente, desnudo ante el destino.

CAPÍTULO 7: EL CIRCO ROMANO Y LOS CUCHILLOS EN LA ESPALDA

Si la cárcel era el infierno, el juicio fue el purgatorio donde le arrancaron la piel a tiras antes de quemarlo.

Pasaron seis meses antes de que Darío Guzmán viera la luz del sol de nuevo, y no fue para quedar libre, sino para ser trasladado al Reclusorio Norte para sus audiencias preliminares. El traslado fue un espectáculo mediático diseñado por la Fiscalía. Lo sacaron a las 5:00 AM, esposado de pies y manos, con un chaleco antibalas que le quedaba grande y un casco táctico.

La prensa estaba ahí, hambrienta. Cientos de flashes estallaron contra los vidrios de la camioneta blindada. Darío, que meses atrás sonreía a las cámaras mostrando sus dientes blanqueados, ahora escondía la cara entre las rodillas.
Al llegar a los juzgados, el ambiente olía a tacos de canasta y a corrupción. La sala de audiencias estaba llena a reventar. No había amigos, no había familia. Solo periodistas, curiosos y buitres.

Su abogado defensor era el Licenciado Valeriano “El Tiburón” Méndez. Un tipo gordo, sudoroso, con trajes que brillaban de lo baratos que eran, contratado por Doña Lucha con el dinero de la venta de los últimos terrenos del abuelo.
—No se preocupe, mi Darío —le había dicho Méndez en el locutorio, con un aliento que apestaba a café y mentiras—. Esto es puro show. No tienen pruebas sólidas. El error de procedimiento en la detención nos va a salvar. Usted confíe.

Pero en cuanto el juez golpeó el mallete, Darío supo que estaba jodido.
El Fiscal era un perro de presa joven que quería hacer carrera política con la cabeza de Darío en una pica.
—Su Señoría —empezó el Fiscal, señalando a Darío con un dedo acusador—, tenemos ante nosotros no a un empresario, sino a un depredador social. Un hombre que envenenó a nuestra juventud mientras posaba de santo.

Pero lo que realmente destruyó a Darío no fueron las palabras del Fiscal. Fueron los testigos.
La Fiscalía llamó al estrado a su “testigo estrella”. La puerta lateral se abrió y entró un hombre escoltado por agentes federales. Llevaba la cabeza baja, pero cuando la levantó, Darío sintió un puñal en el corazón.
Era “El Chuy”.

Sí, El Chuy. El mentor. El que le dijo que “el negocio era seguro”. El que le presentó al brujo. El Chuy había sido capturado dos semanas después que Darío, en un operativo en Sinaloa. Y, como suelen hacer los “bravos” cuando sienten el frío del acero, cantó como un canario para reducir su propia sentencia. Se acogió al “Criterio de Oportunidad”. Vendió a Darío para salvar su propio pellejo.

—Señor Jesús “N”, alias El Chuy —dijo el Fiscal—. ¿Reconoce usted al acusado?
El Chuy miró a Darío. No hubo remordimiento en sus ojos. Solo la frialdad de la supervivencia.
—Sí, señor. Es Darío Guzmán. Alias “El Patrón”. Él era el cabecilla.
Darío se levantó de golpe, haciendo sonar las cadenas.
—¡Eres un maldito mentiroso! —gritó, con la voz quebrada por la rabia y el llanto—. ¡Tú me metiste en esto! ¡Tú eras el jefe!
—¡Orden! —gritó el juez—. ¡Siéntese o lo saco de la sala!

El Chuy continuó, tejiendo una red de mentiras experta. Dijo que Darío lo obligaba. Dijo que Darío era el cerebro financiero. Dijo que Darío tenía nexos con carteles internacionales.
—Él organizaba todo, señor Juez. Yo solo era su chofer a veces. Él presumía de que tenía comprada a la aduana con brujería. Decía que era intocable.

La sala se llenó de murmullos y risas burlonas ante la mención de la brujería. Darío se hundió en su silla. Se sentía pequeño, ridículo. Su propia mitología, su “protección”, ahora era usada para pintarlo como un loco peligroso.
Después del Chuy, vinieron otros.
El gerente del banco que le lavaba dinero testificó a cambio de inmunidad.
La azafata de su jet privado, la misma a la que le daba propinas de mil dólares, testificó llorando (falsamente) que Darío la amenazaba.
Incluso una de sus exnovias “buchonas”, una tal Kary, subió al estrado.
—Él me daba miedo —dijo Kary, ajustándose el escote—. Siempre andaba raro, con sus hilos rojos y sus cosas del diablo. Yo solo estaba con él porque me obligaba.

Cada testimonio era un clavo más en su ataúd.
Su abogado, “El Tiburón”, no hacía nada. Solo objetaba cosas irrelevantes y miraba el reloj. Darío se dio cuenta, demasiado tarde, de que su defensa era una farsa. Méndez solo estaba ahí para cobrar los honorarios y asegurarse de que el show terminara rápido.

En el receso, Darío agarró a su abogado del brazo.
—Licenciado, tiene que hacer algo. El Chuy está mintiendo. ¡Tengo pruebas! ¡Tengo mensajes!
Méndez se soltó con brusquedad.
—Mire, Darío, bájale a tu drama. Esos mensajes no valen nada. Ya te clavaron. Lo mejor que puedes hacer es declararte culpable y pedir clemencia. Si seguimos peleando, te van a dar 40 años. Si te doblas, tal vez te den 20.
—¿Veinte años? —susurró Darío. Veinte años era una vida entera. Saldría de 50 años. Viejo. Acabado.
—Es lo que hay, mijo. O lo tomas o te pudres.

Darío regresó a la celda de tránsito del juzgado. Se sentó en el suelo sucio. No lloró. Estaba más allá de las lágrimas. Sentía una ira fría, volcánica.
Pensó en sus padres.
—¿Dónde están? —le preguntó a su abogado antes de que se fuera.
—Tus viejos no vinieron, Darío.
—¿Por qué?
—Porque les da vergüenza, mano. Y porque ya no tienen ni para el camión. La gente en el pueblo los trae asoleados. Les gritan cosas. Tu papá está muy enfermo. Dicen que es el corazón, pero yo digo que es el coraje.

El juicio duró tres semanas. Fue el “Juicio del Año” en la televisión. Los comentaristas analizaban sus gestos, su ropa de presidiario, su caída. Se escribieron corridos burlones sobre él: “El Corrido del Rey sin Corona”“El Licenciado de Nieve”.
El día de la sentencia, Darío se paró frente al juez. Ya no quedaba nada del joven arrogante. Estaba flaco, amarillo por la falta de sol y la comida podrida del penal.
—Darío Guzmán —dijo el juez, un hombre con cara de abuelo severo—. Usted tuvo oportunidades que millones de mexicanos no tienen. Tuvo educación. Tuvo salud. Y decidió tirar todo a la basura por codicia. No tengo simpatía por gente como usted.

El martillo cayó.
—Lo sentencio a 25 años de prisión en el Centro Federal de Readaptación Social Número 1, sin derecho a fianza ni libertad anticipada.
Veinticinco años.
Un cuarto de siglo.
Darío cerró los ojos y vio su vida pasar en reversa: el jet, las fiestas, el hilo rojo, la gallina negra, la casa de sus padres, el título universitario que su padre despreció.
Todo había sido en vano.
Mientras lo sacaban de la sala, escuchó a alguien del público gritar:
—¡Eso te pasa por creído, perro!

Darío volteó. No vio quién gritó. Solo vio una masa de rostros borrosos, distorsionados por el odio.
Lo subieron a la camioneta.
De regreso al Altiplano, Darío miró por la rejilla de la ventana. Vio la ciudad, los autos, la gente libre caminando, comiendo, viviendo.
Y entonces, algo dentro de su cabeza hizo clic.
No fue una explosión. Fue como un fusible que se funde en silencio. La realidad se volvió demasiado pesada para sostenerla, y su mente decidió soltarla.
Empezó a reírse.
Primero bajito. Je, je, je.
Luego más fuerte. Ja, ja, ja.
Los custodios lo miraron, nerviosos.
—Cállate, reo.
Pero Darío no podía parar. Reía y reía hasta que le dolió el estómago. Reía porque entendió el chiste cósmico.
Él creía que era el jugador, pero siempre había sido la ficha.
Y la partida había terminado.


CAPÍTULO 8: ECOS EN LA CELDA Y EL FIN DE LA DINASTÍA GUZMÁN

Los años en el Altiplano no pasan; se arrastran. El tiempo es una sustancia viscosa, gris y repetitiva.
Darío fue asignado al Módulo 3, conocido como “El Olvido”. Ahí metían a los narcos caídos en desgracia, a los que ya no tenían poder ni dinero para pagar protección dentro del penal.
Sin dinero en la cárcel, eres menos que un animal.
Darío tuvo que aprender a lavar los baños de los capos que aún tenían poder. Tuvo que aprender a dormir con un ojo abierto. Tuvo que aprender a comer sobras.

Pero su verdadero tormento no era físico. Era mental.
La locura que empezó en la camioneta blindada echó raíces profundas. Darío empezó a hablar con el hilo rojo. Aunque ya no lo tenía, él sentía que todavía estaba ahí, apretándole la cintura, quemándole la piel.
—Ya no aprietes, Tata —murmuraba en las noches, espantando a su compañero de celda—. Ya aprendí la lección.

Mientras Darío se pudría en vida, afuera, la tragedia de los Guzmán llegaba a su acto final.
La caída de la familia fue absoluta.
Don Fausto, el hombre de hierro, el patriarca que exigía éxito a gritos, se rompió como un vaso de cristal barato.
Después de que el gobierno les quitó la mansión, se refugiaron en la vieja casa de adobe. Pero la vergüenza era un cáncer. Don Fausto ya no salía a la calle. Se pasaba los días sentado en una silla de plástico en el patio de tierra, mirando hacia la nada.
La diabetes, que siempre había tenido controlada, se disparó por el estrés. Se le gangrenó una pierna.
Sin dinero para el hospital privado, y con el hospital público del pueblo (el que su hijo construyó y que ahora estaba cerrado y vandalizado) fuera de servicio, tuvo que ir a una clínica rural a dos horas de distancia.
El doctor, un joven pasante, movió la cabeza.
—Hay que cortar, Don Fausto. O se muere.

Don Fausto, en su delirio de fiebre, se negó.
—No… no me corten. Mi hijo va a venir. Mi hijo el millonario. Él me va a llevar a Houston. Él tiene un jet.
Murió tres días después, gritando el nombre de Darío y maldiciendo a “El Chuy”.
Su funeral fue patético. Solo asistieron Doña Lucha y dos vecinas piadosas. Ni siquiera sus otros hijos, los hermanos de Darío, fueron. Tenían demasiado miedo de que los asociaran con “la familia narca”.
Nadie llevó flores. Nadie lloró de verdad. Solo el viento levantando polvo en el cementerio municipal.

Doña Lucha se quedó sola. Completamente sola.
La mujer que soñaba con ser la reina del pueblo, la que humillaba a las cajeras del supermercado cuando su hijo era rico, ahora tenía que pedir fiado.
Pero el pueblo no perdona.
—¿No que muy rica, Doña Lucha? —le decía el carnicero—. Páguele con los dólares de su hijo.
Lucha agachaba la cabeza, con su ropa remendada, y salía llorando.

Su mente también empezó a fallar. La culpa es un ácido corrosivo. Ella sabía, en el fondo de su alma negra, que ella había empujado a Darío. Ella lo llevó con el brujo. Ella le exigió el dinero.
Empezó a ir a la iglesia todos los días. Se golpeaba el pecho, rezaba rosarios interminables.
—Perdónalo, Diosito. Perdónalo a él y castígame a mí.
Y Dios, o el destino, le tomó la palabra.
Un derrame cerebral la dejó postrada en una cama, incapaz de hablar, pero plenamente consciente. Pasó sus últimos dos años en un asilo de ancianos de caridad, abandonada, mirando el techo, reviviendo una y otra vez el día que llevó a su hijo a la cueva del brujo.
Murió en silencio, una noche de lluvia. Fue enterrada en una fosa común porque nadie reclamó el cuerpo a tiempo.

Dentro del penal, Darío recibió la noticia de la muerte de sus padres a través de una carta fría de un abogado de oficio.
“Se le notifica el deceso de sus progenitores…”
Darío leyó el papel. No lloró. Su corazón ya estaba seco, como una pasa.
Esa noche, tuvo un sueño. O tal vez una visión.
Vio al Tata Remigio parado en la esquina de su celda. El brujo se reía.
—El pacto se cumplió, muchacho —dijo el espectro—. Querías ser leyenda. Y lo eres. Eres la historia que cuentan para asustar a los niños.

Darío se despertó gritando.
Los años pasaron. 5, 10, 15 años.
Darío envejeció rápido. Se le cayeron los dientes. Su piel se volvió gris.
Se convirtió en el “Loco del Módulo 3”. Los nuevos reclusos, jóvenes sicarios que llegaban creyéndose reyes del mundo, se burlaban de él.
—Miren al viejillo ese —decían—. Dicen que tenía aviones y Ferraris.
—Puras mentiras —contestaban otros—. Ese güey siempre ha sido un pordiosero. Míralo, está barriendo el patio por un cigarro.

Nadie recordaba al “Rey de Oro”. Su Instagram había sido borrado hacía años. Sus coches habían sido subastados y ahora los manejaban otros narcos o políticos corruptos. Su dinero se había evaporado en las cuentas del gobierno.
No quedó nada. Absolutamente nada.

El capítulo final de la vida de Darío Guzmán no fue una explosión de gloria, sino un suspiro de olvido.
A los 45 años de edad, aunque parecía de 70, Darío enfermó de una neumonía mal cuidada en el invierno helado del penal.
Lo llevaron a la enfermería. No había medicinas.
En su delirio final, Darío volvió a ser niño.
Vio su pueblo. Vio los campos de maíz. Vio la versión de su vida que pudo haber sido.
Se vio a sí mismo trabajando en una oficina, con corbata barata, ganando poco, pero llegando a casa a cenar con una esposa e hijos. Vio una vida aburrida, tranquila, feliz.
—Mamá… —susurró con su último aliento—. No valía la pena. No valía ni un centavo.

El monitor cardíaco pitó una línea plana.
El guardia de turno ni siquiera levantó la vista de su celular.
—Se murió el del 4598 —dijo por radio—. Manden al de la limpieza.

Darío Guzmán salió de la cárcel ese día, pero no en un jet privado, sino en una bolsa de plástico negra, rumbo a la morgue, donde nadie iría a recogerlo.
El hilo rojo invisible que lo ataba a la tragedia finalmente se había cortado para siempre.

Y en el pueblo de San Pedro de los Saguaros, cuentan que en las noches de luna llena, cerca de las ruinas de la casa de adobe, se escucha el llanto de una mujer y el rugido fantasma de un motor de Ferrari que nunca llega a ninguna parte.
Porque el dinero mal habido no tiene raíces, pero la maldición… la maldición echa raíces hasta en el infierno.

 

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