
PARTE 1
CAPÍTULO 1: EL PESO DE LA CRUZ Y EL PLOMO
El olor a incienso barato siempre le provocaba náuseas al Padre Salvador, aunque llevaba siete años respirándolo a diario. Se le pegaba a la sotana, se le metía en los poros y, en las noches de insomnio, se mezclaba en su memoria con otro olor mucho más antiguo y persistente: el olor metálico de la sangre seca y la pólvora quemada.
Salvador estaba de pie en la sacristía de la Parroquia de San Judas Tadeo, una iglesia vieja y maltratada por el sol inclemente de Michoacán. Las paredes, despintadas y con humedades que parecían mapas de países inexistentes, guardaban el eco de mil plegarias no escuchadas. Afuera, el sol de las tres de la tarde caía a plomo sobre el pueblo, levantando ese vaho de tierra mojada y asfalto derretido que anuncia tormenta o desgracia.
Se ajustó la estola morada sobre los hombros. Sus manos, grandes y toscas, llenas de cicatrices que no se hicieron rezando, temblaron levemente. No era por la edad, aunque los cincuenta y tantos años ya le pesaban en las rodillas; era el “mal del vibrío”, como le decían los viejos policías. Ese temblor que te queda después de haber empuñado una 9 milímetros durante dos décadas esperando que el diablo no te llevara en el siguiente turno.
Porque antes de ser el Padre Salvador, el hombre que consolaba a las viudas y bautizaba a los chamacos chillones del barrio, él había sido el Comandante Salvador Roca. “El Roca”. Un nombre que en su momento hizo que los malandros más pesados del estado tragaran saliva.
Salvador cerró los ojos un momento, buscando esa paz que prometían las escrituras y que a él se le escapaba como agua entre los dedos. Pero al cerrar los ojos, no vio a Dios. Vio el expediente 405/B.
—Padre, ya trajeron el cuerpo —dijo Doña Lupe, la encargada de la limpieza, asomando su cabeza envuelta en un rebozo negro por la puerta de madera apolillada—. Es el muchacho de los Montemayor. Pobre chico, tan joven.
—Voy en un minuto, Lupe —respondió Salvador. Su voz sonó rasposa, como si hubiera tragado grava.
Cuando la mujer se fue, Salvador se miró en el espejo manchado de la sacristía. Vio a un hombre canoso, con ojeras profundas que parecían tatuadas en su piel morena. Pero detrás de esos ojos cansados, todavía vivía el policía. El sabueso.
La gente del pueblo creía que Salvador había llegado a la iglesia por vocación tardía. “Un llamado del Señor”, decían las beatas. Salvador soltaba una risa amarga para sus adentros cada vez que oía eso. No fue un llamado. Fue una huida. Una penitencia.
Su mente voló, traicionera, a aquel martes de hace siete años.
En ese entonces, Salvador no usaba sotana, sino una chamarra de cuero y una placa colgada al cuello. Era el jefe de la unidad antisecuestros en la capital del estado. Eran tiempos duros, cuando los cuerpos aparecían colgados en los puentes y el miedo se respiraba más que el aire.
Salvador era un “policía de los de antes”, pero con una falla de fábrica fatal para el sistema mexicano: era honesto. No por santurrón, sino por orgullo. Le cagaba que un pendejo con primaria trunca y un cuerno de chivo le dijera qué hacer solo porque tenía dinero.
El caso que lo rompió parecía simple al principio. Una red de lavado de dinero que operaba a través de una cadena de autolavados y carnicerías en la zona sur. Pero Salvador, con su terquedad de mula, empezó a jalar la hebra. Y la hebra no llevaba a un narquillo de poca monta. Llevaba a la oficina del Procurador y a los socios de un cártel que no salía en las noticias, de esos que operan con traje y corbata en los clubes de golf.
—Déjalo ya, Roca —le había dicho su compadre, el oficial Beto, una tarde mientras se chingaban unos tacos de canasta afuera de la delegación—. Estás pisando callos muy caros, güey. Esa gente no avisa.
—Que chinguen a su madre, Beto. Ya tengo las pruebas. Mañana voy con el juez federal.
Esa noche, su celular sonó. Número desconocido.
—Bueno —contestó Salvador, con la boca llena de café frío.
—Comandante Roca —dijo una voz distorsionada, digitalizada, carente de humanidad—. Tienes una familia muy bonita. Elena se ve preciosa cuando recoge a Danielito del kínder.
El mundo de Salvador se detuvo. El corazón le dio un vuelco tan fuerte que sintió dolor físico en el pecho.
—Mira, hijo de tu puta madre, si te acercas a ellos te voy a…
—Cállate y escucha —interrumpió la voz—. Tienes dos opciones. Opción A: El expediente desaparece, te olvidas de todo, y mañana amaneces con dos millones de pesos en una cuenta en las Islas Caimán. Opción B: Sigues jugando al héroe, nosotros perdemos dinero, y tú pierdes lo que más amas. En este negocio, Roca, el dinero es nuestra familia. Si nos quitas la nuestra, te quitamos la tuya.
Salvador sintió el sudor frío bajando por su espalda. Era el miedo más puro y primitivo que un hombre puede sentir. Pero también sintió la soberbia. La maldita soberbia de creerse intocable, de creer que la placa y su reputación eran un escudo mágico.
—Inténtalo —gruñó—. Tócale un pelo a mi mujer y te juro que voy a quemar todo tu maldito imperio con ustedes adentro.
Colgó. Llamó inmediatamente a su casa.
—¿Bueno? —la voz dulce de Elena.
—¡Elena! Escúchame, agarra a Dani, métanse al baño de atrás y no salgan hasta que yo llegue. ¡Ya! ¡No preguntes!
Salvador salió de la oficina corriendo, se subió a su patrulla Dodge Charger y encendió la sirena. “Voy a llegar”, pensaba mientras se pasaba los altos, esquivando microbuses y mentando madres. “Voy a llegar, los saco de ahí y nos vamos al norte”.
Manejó como un poseído. Las calles de la ciudad se convirtieron en un borrón de luces y cláxones.
Pero el tráfico de las seis de la tarde en México es una bestia que no respeta urgencias. Un camión de refrescos se había volteado en la avenida principal. Atorado. Atrapado en el caos.
Salvador se bajó del auto, corrió las diez cuadras que faltaban, con la pistola en la mano, el corazón a punto de estallarle en la garganta.
Cuando dobló la esquina de su calle, vio las luces. No eran luces de policía. Eran las intermitentes de una camioneta negra alejándose a toda velocidad.
La puerta de su casa estaba abierta.
Ese silencio.
Siete años después, en la sacristía de la iglesia, Salvador tuvo que apoyarse en la mesa para no caerse. Ese silencio todavía le taladraba los oídos.
Entró a su casa con el arma alzada, rezando por primera vez en años. “Diosito, por favor, que no sea cierto. Llévame a mí”.
En la sala, los juguetes de Dani estaban tirados. Un carrito rojo. Un dinosaurio de plástico.
Y más allá, junto al sofá donde veían películas los domingos…
Elena había intentado proteger al niño con su cuerpo. Los habían acribillado ahí mismo. No hubo baño de seguridad, no hubo tiempo. Fue una ejecución profesional, limpia, brutal.
Salvador cayó de rodillas. El grito que salió de su garganta no fue humano. Fue el aullido de un animal herido de muerte. Abrazó los cuerpos todavía tibios, manchándose la camisa, la cara, el alma, con la sangre de los únicos seres que le daban sentido a su miserable existencia.
Lo que siguió fue una neblina de locura.
Salvador no enterró a su familia con dignidad. Dejó los trámites a su suegra y se dedicó a cazar. Durante tres semanas fue un ángel exterminador. Usó informantes, torturó a narcomenudistas en callejones oscuros, rompió dedos y dientes buscando un nombre.
Encontró al gatillero. Un tal “El Mechas”. Lo acorraló en una bodega abandonada a las afueras.
—¡Fue trabajo, jefe! ¡Solo fue jale! —lloraba el sicario mientras Salvador le apuntaba a la cabeza.
Salvador no le leyó sus derechos. Le vació el cargador. Quince tiros. Y cuando el arma hizo “clic, clic, clic”, la usó como martillo hasta que su propia mano se rompió.
Pero la venganza no le trajo paz. Solo un vacío más grande, un abismo negro que se lo tragó entero.
Esa noche, manejando de regreso, borracho de mezcal y dolor, tomó una curva a ciento cuarenta kilómetros por hora. No quiso frenar. Quería irse con ellos. Quería que se acabara el ruido en su cabeza.
El impacto fue brutal. El auto dio vueltas de campana, destrozándose contra las rocas.
Despertó tres meses después en el Hospital General, conectado a tubos, con la cadera rota y el alma hecha pedazos.
Lo primero que vio fue a su suegra, Doña Martita, una mujer que antes lo adoraba. Ahora lo miraba con un odio que helaba la sangre.
—¡Asesino! —le gritó, escupiéndole en la cara—. ¡Tú los mataste! ¡Tu maldito orgullo los mató! ¿De qué sirvió tu honestidad, Salvador? ¡Dime! ¿Te devolvió a mi hija? ¿Te devolvió a mi nieto?
Salvador no respondió. No tenía defensa. Ella tenía razón.
Cuando salió del hospital, le dieron la baja en la corporación por “incapacidad psicológica”. Le dieron una pensión miserable y una medalla al valor que tiró a la alcantarilla en cuanto salió del edificio.
Se dedicó a morir lentamente. Vivía en la calle, dormía en parques, bebía alcohol de 96 grados para quemar los recuerdos. Se convirtió en un bulto, un espectro sucio que la gente esquivaba con asco.
Hasta que una noche de lluvia torrencial, buscando refugio, se metió en la parte trasera de la iglesia de San Judas. Estaba temblando de fiebre, delirando, viendo a Elena llamándolo desde la oscuridad.
—Ya voy, mi amor… ya voy… —balbuceaba, acurrucado entre cartones mojados y basura.
—Todavía no es tu hora, hijo —dijo una voz.
Salvador alzó la vista, con los ojos lagañosos. Un cura viejo, flaco como un sarmiento, lo miraba con una lámpara en la mano. Era el Padre Anselmo.
—Déjeme morir, padre… lárguese… —gruñó Salvador.
—Morir es fácil, muchacho. Lo difícil es vivir con lo que uno hizo. Levántate. No voy a dejar que te mueras en mi patio y me espantes a los feligreses.
Anselmo lo levantó, lo bañó (o más bien lo manguereó con agua helada), le dio sopa caliente y una cama en el cuarto de trebejos.
Salvador se quedó un día. Luego una semana. Luego un mes.
No hablaba. Solo cortaba leña, barría el atrio, limpiaba las bancas con una furia obsesiva, como si tallando la madera pudiera borrar las manchas de sangre de sus manos.
Poco a poco, entre pláticas nocturnas y lecturas del Evangelio que al principio le parecían cuentos de hadas, Salvador empezó a entender. No podía cambiar el pasado. No podía traerlos de vuelta. Pero podía usar su vida, esa vida miserable que le sobraba, para algo más.
Estudió el seminario de forma acelerada, dispensado por el Obispo gracias a las palancas de Anselmo, quien vio en el ex-policía una madera dura pero noble.
Así nació el Padre Salvador. El cura que no te hablaba de angelitos, sino de la dura realidad del pecado y la redención.
—¡Padre Salvador! —la voz de Doña Lupe lo trajo de vuelta al presente.
Salvador parpadeó, sacudiendo los fantasmas. Se pasó la mano por la cara sudorosa.
—Ya voy, Lupe. Ya voy.
Salió de la sacristía hacia el altar mayor. La iglesia estaba extrañamente llena para ser jueves.
Ahí estaba el ataúd. Caoba fina, herrajes de plata. Costaba lo que un obrero ganaba en cinco años. Adentro yacía Pablo Montemayor.
Salvador conocía a la familia. Los Montemayor eran dueños de las textileras, gente de dinero viejo. El padre de Pablo, Don Rogelio, había sido un buen hombre, un benefactor de la iglesia que murió de cáncer hacía un año.
Pablo era un buen muchacho. Veinticinco años. Salvador lo había confesado un par de veces. Pecados de niño rico: fiestas, excesos leves, dudas existenciales. Pero tenía buen corazón. Estaba a punto de casarse con Katia, una chica del pueblo, maestra de primaria, sencilla y buena.
Y ahora estaba muerto.
Según el reporte oficial —que Salvador había leído en el periódico local con su ojo analítico de siempre— Pablo se había matado en la carretera federal. Exceso de velocidad. El auto se incendió parcialmente, pero el cuerpo salió disparado y “milagrosamente” quedó casi intacto, solo con traumatismos internos severos.
Salvador bajó los escalones del altar. El ambiente estaba cargado. No se sentía como un funeral normal. En los funerales hay tristeza, hay llanto sincero. Aquí había… tensión. Electricidad estática.
Miró a las primeras filas.
Katia estaba ahí, destrozada. Se veía pequeña, encogida entre dos amigas que le daban agua y le abanicaban la cara. Su dolor era real. Se le notaba en cómo le temblaban los hombros, en la mirada perdida, en el vacío absoluto de quien ha perdido su futuro.
Pero al otro lado del pasillo… ahí estaba la disonancia.
Lorena. La viuda de Don Rogelio. La madrastra de Pablo.
Salvador nunca había tragado a esa mujer. Tenía treinta y pocos años, ex-modelo o algo así, venida de la capital. Se había casado con Don Rogelio cuando el viejo ya estaba enfermo. “Cazafortunas”, pensó Salvador en su momento, aunque como sacerdote tuvo que morderse la lengua.
Lorena vestía un luto riguroso, pero de diseño. Un vestido negro ajustado que mostraba más de lo que ocultaba, gafas oscuras de marca, y un pañuelo de encaje que apretaba en su mano con impaciencia, no con dolor. No tenía los ojos rojos. No tenía la nariz hinchada. Estaba… molesta. Como quien espera en la fila del banco.
Y junto a ella, un tipo que a Salvador le erizó la piel del cuello. Roberto.
Salvador lo conocía bien. Era sobrino del actual Director de Seguridad Pública Municipal. Un “junior” prepotente, de esos que creen que el mundo les debe pleitesía por su apellido. Se rumoraba que andaba metido en negocios sucios, moviendo mercancía bajo la protección de su tío.
Roberto estaba demasiado cerca de Lorena. Su mano, con un reloj de oro macizo, rozaba la espalda baja de la mujer con una familiaridad que no correspondía a un “amigo de la familia” consolando a una viuda.
—Padre, por favor —dijo Lorena en voz alta, rompiendo el murmullo de los rezos—. ¿Podemos empezar? Hace mucho calor aquí y… bueno, es un momento muy difícil. Queremos ir al cementerio lo antes posible para descansar.
Salvador se detuvo frente a ella. La miró desde su altura de un metro ochenta y cinco.
—La prisa es mala consejera, hija —dijo con su voz de barítono—. Estamos aquí para encomendar un alma a Dios, no para checar tarjeta.
Lorena se tensó. Se quitó las gafas oscuras y le lanzó una mirada de víbora.
—Entiendo el protocolo, Padre. Pero Pablo ya sufrió mucho. No alarguemos esto.
—Sí, curita, muévale —intervino Roberto, masticando un chicle con la boca abierta—. Tenemos reservado el restaurante para la recepción… digo, para el duelo, a las cinco.
“Malditos buitres”, pensó Salvador. “Ni siquiera esperan a que se enfríe el cuerpo”.
Se dio la vuelta y caminó hacia el ataúd abierto. Era costumbre en el pueblo dejar el ataúd abierto hasta el último momento para que la gente se despidiera.
Se acercó a Pablo.
El muchacho estaba pálido, ceroso. Lo habían maquillado mucho. Demasiado. Base espesa para cubrir moretones, supuso. Tenía el cabello peinado hacia atrás, inmaculado. Llevaba un traje azul marino que Salvador reconoció; era el que iba a usar en su boda.
Qué ironía cruel.
Salvador empezó las oraciones de rutina.
—Requiem aeternam dona eis, Domine…
Mientras recitaba el latín que ya salía en automático de sus labios, sus ojos, esos ojos de policía que no descansaban nunca, escanearon el cuerpo.
Algo no cuadraba.
No sabía qué era. Era una sensación en el estómago. Un picor en la nuca. El mismo picor que sentía cuando un sospechoso le mentía en un interrogatorio.
Miró las manos del difunto. Cruzadas sobre el pecho, sosteniendo un rosario. Uñas limpias. Manos de pianista, como las tenía Pablo.
Miró el rostro. La nariz recta, los labios finos. Era Pablo. Sin duda.
¿O no?
Salvador frunció el ceño. Se inclinó un poco más, fingiendo acomodar el crucifijo sobre el pecho del muerto.
El olor.
Ese olor.
Debía oler a formol, a flores, a cera.
Pero olía a algo más. Un olor químico, dulce, acre.
“Pegamento”, pensó Salvador. “Huele a pegamento industrial”.
¿Por qué un cadáver olería a pegamento? Tal vez el trabajo de la funeraria fue chapucero. Tal vez usaron demasiados químicos para cerrar las heridas del accidente.
Salvador siguió rezando, pero su atención estaba clavada en el cuello de Pablo. Justo debajo de la oreja izquierda, donde el cuello de la camisa rozaba la piel.
Había una línea.
Fina. Casi invisible.
Cualquier persona normal hubiera pensado que era una arruga natural, o un pliegue de la piel por la posición de la cabeza.
Pero Salvador había visto muchos cadáveres. Cientos. Sabía cómo se comporta la piel muerta. Se pone rígida, cambia de color, pierde elasticidad.
Esa pequeña zona de piel, justo en la línea de la mandíbula, tenía una textura diferente. Brillaba un poco más que el resto bajo la luz de las velas.
Y lo más perturbador: parecía estar levantada un milímetro. Como una calcomanía mal pegada.
La mente de Salvador viajó atrás en el tiempo, a un caso de hace quince años. La banda de “Los Camaleones”. Asaltaban bancos usando máscaras de látex de alta tecnología, importadas de Hollywood. Eran tan realistas que en las cámaras de seguridad parecían ancianos o personas de otra raza. Solo se notaba el truco si te acercabas a menos de medio metro y mirabas los bordes: los ojos y el cuello.
“No mames”, pensó Salvador, olvidando su santidad por un segundo. “No puede ser”.
El corazón le empezó a latir desbocado. Pum, pum, pum.
Miró a Lorena y a Roberto. Estaban cuchicheando, mirando el reloj, ajenos a todo.
Miró a Katia. La pobre chica estaba sollozando en silencio, mirando el suelo.
Si Salvador se equivocaba… si hacía lo que estaba pensando y resultaba ser una locura de su mente traumada… sería el fin. Lo expulsarían de la iglesia. Lo lincharían por profanar un cadáver. Sería la burla del pueblo. Confirmaría que el “Padre Loco” finalmente había perdido la chaveta.
Pero si tenía razón…
Volvió a mirar al muerto.
Esa línea en el cuello. Era imposible dejarla pasar. Su instinto gritaba. Aullaba.
“La verdad os hará libres”, citó mentalmente.
Pero a veces, la verdad te mete en un problema del tamaño del diablo.
Salvador respiró hondo. El aire llenó sus pulmones. Sintió esa claridad fría y cristalina que solía sentir antes de una redada. El miedo desapareció. Solo quedó la certeza.
Dejó de rezar en voz alta.
El silencio en la iglesia se hizo pesado, incómodo.
—¿Padre? —preguntó alguien en la primera fila.
Salvador no contestó.
Levantó la mano derecha. La mano del justiciero, no la del sacerdote.
Y lentamente, ante la mirada atónita de trescientas personas, acercó sus dedos al cuello de Pablo Montemayor.
—¡Oiga! ¡¿Qué hace?! —gritó Roberto desde atrás, dando un paso adelante.
Salvador lo ignoró.
Sus dedos tocaron la piel fría. No se sentía como piel. Se sentía como goma.
Pellizcó el borde de esa línea casi invisible.
Y tiró.
CAPÍTULO 2: EL ROSTRO DEL ENGAÑO
El sonido fue lo primero que rompió la realidad. No fue un grito, ni un golpe. Fue algo mucho más sutil y perturbador: un ssshhhllluuup húmedo y elástico, similar al ruido que hace una tira de cinta adhesiva industrial al ser arrancada de una superficie lisa.
El Padre Salvador sintió la resistencia bajo sus dedos. La piel falsa, esa obra maestra de látex y silicona, se estiró unos centímetros antes de ceder. El material estaba pegado con adhesivo teatral de alta potencia en los bordes, pero el calor de las velas y el tiempo transcurrido habían debilitado la unión en la mandíbula.
Salvador tiró con firmeza, sin piedad, impulsado por una mezcla de horror y la certeza fría del policía que acaba de encontrar el arma homicida.
La “cara” de Pablo Montemayor se desprendió.
Fue como ver una película de terror en cámara lenta. La máscara se vino en su mano como la piel de una naranja, flácida y vacía, conservando aún la forma de la nariz y los pómulos del muchacho, pero ahora convertida en un pedazo de goma inerte que colgaba de los dedos del sacerdote.
Debajo, no había músculo vivo ni hueso expuesto. Había otro rostro.
Un rostro que no tenía nada que ver con el heredero de las textileras.
La iglesia, que segundos antes estaba sumida en un murmullo respetuoso, se congeló en una burbuja de silencio absoluto. Un silencio tan denso que pesaba toneladas. Trecientas pares de ojos estaban clavados en el ataúd, tratando de procesar lo que sus cerebros se negaban a aceptar.
El hombre que yacía en el ataúd no era Pablo.
Era un desconocido. Un hombre de unos cuarenta años, con la piel curtida por el sol y el alcohol, poros abiertos como cráteres, una barba de tres días mal afeitada que la máscara había ocultado, y una cicatriz vieja, blanca y gruesa, que le cruzaba la ceja izquierda. Tenía la boca ligeramente abierta, mostrando unos dientes amarillentos y descuidados, muy lejos de la sonrisa de ortodoncia perfecta de Pablo.
Era el rostro de la miseria. El rostro de alguien que había vivido y muerto en las calles.
—¡Santísimo Dios! —gritó una anciana en la segunda fila, rompiendo el hechizo.
El grito de la mujer fue el detonante. El caos estalló.
—¡¿QUÉ ES ESO?! —bramó alguien más.
—¡Le arrancó la cara! ¡El padre le arrancó la cara! —chillaba una muchacha histérica.
—¡No es Pablo! ¡Miren! ¡No es él!
Salvador se quedó inmóvil un segundo más, sosteniendo la máscara en su mano izquierda mientras miraba el rostro del desconocido. Su mente de detective trabajaba a mil por hora, conectando los puntos, ignorando los gritos.
Robo de identidad. Fraude al seguro. Homicidio encubierto. O tal vez… una finta.
Miró la máscara. Era trabajo profesional. No de Hollywood, pero sí de alguien que sabía lo que hacía. Probablemente comprada en el mercado negro de la Ciudad de México o importada. Cara. Muy cara.
—¡¿PERO QUÉ MIERDA HAS HECHO, IMBÉCIL?!
El rugido vino de Roberto. El “Buitre” ya no parecía un junior aburrido. Su cara estaba roja de ira y pánico. Se abalanzó hacia el altar, empujando a un monaguillo que salió volando contra las escaleras.
Roberto subió los escalones de dos en dos, con los puños cerrados, directo hacia Salvador.
—¡Profanador! ¡Loco de mierda! —gritaba, escupiendo saliva—. ¡Deja eso!
Salvador reaccionó por instinto. No pensó como sacerdote. El Padre Salvador habría puesto la otra mejilla. El Comandante Roca no.
Cuando Roberto lanzó un puñetazo torpe y cargado de rabia hacia su cara, Salvador ni siquiera parpadeó. Dio un paso lateral, un movimiento fluido y económico aprendido en cientos de entrenamientos de defensa personal.
Su mano derecha, la que estaba libre, interceptó la muñeca de Roberto en el aire. Apretó. Sus dedos eran tenazas de acero forjadas cargando leña.
Roberto soltó un gemido de dolor cuando sintió que los huesos de su muñeca crujían.
—Quieto —dijo Salvador. Su voz no era un grito, era un gruñido bajo, peligroso, que se escuchó claramente por encima del escándalo—. Estás en la casa de Dios, mocoso. Y acabas de intentar golpear a un sacerdote frente a un cadáver que no es quien tú dices que es.
Salvador le retorció el brazo y lo empujó hacia atrás. Roberto tropezó y cayó de nalgas sobre la alfombra roja del altar, mirando al cura con una mezcla de dolor y terror absoluto. No esperaba esa fuerza. No esperaba esa mirada. Esos no eran los ojos de un viejito bondadoso; eran los ojos de un depredador.
—¡Lorena! —chilló Roberto, arrastrándose hacia atrás—. ¡Lorena, vámonos! ¡Este cura está loco!
Salvador alzó la vista hacia la viuda.
Lorena estaba de pie junto a la primera banca. Estaba pálida, lívida. Su maquillaje perfecto no podía ocultar el temblor incontrolable de sus labios. Miraba el ataúd, luego la máscara en la mano de Salvador, y luego a la gente que empezaba a sacar sus celulares para grabar.
Se le había caído el teatro.
—Tú… —murmuró Lorena, señalando a Salvador con un dedo tembloroso y lleno de anillos—. Tú plantaste eso… ¡Tú hiciste esto! ¡Es una trampa! ¡Pablo está ahí! ¡Tú desfiguraste el cuerpo!
Era una defensa estúpida, desesperada, pero era lo único que tenía. Intentar voltear la narrativa.
Salvador negó con la cabeza lentamente, con una decepción infinita.
—No insultes mi inteligencia, hija. Y no insultes la memoria de este pobre diablo que metieron aquí —señaló al muerto—. Este hombre no es Pablo. Y tú lo sabías. ¿Quién es? ¿A quién mataron para cobrar la herencia?
—¡Yo no sé nada! —gritó ella, su voz volviéndose aguda y desagradable—. ¡Vámonos, Roberto! ¡Llama a tu tío! ¡Que traigan a la policía y arresten a este lunático!
Pero nadie se movía para ayudarlos. La gente estaba en shock, formando un círculo alrededor del ataúd, murmurando, persignándose. El horror de ver dos caras —una en el ataúd, otra en la mano del cura— era demasiado grotesco.
Entonces, un sonido desgarrador cortó el aire.
—¡PABLO!
Era Katia.
La prometida había salido de su estupor catatónico. Se había soltado de sus amigas y corría hacia el ataúd.
—¡No, no, no! —gritaba mientras subía al altar.
Se asomó al interior de la caja. Vio al desconocido. Vio la cicatriz, los dientes sucios, la ropa de Pablo que le quedaba grande a ese cuerpo escuálido.
Katia llevó sus manos a la cabeza, jalándose el cabello.
—¿Dónde está? —le gritó a Salvador, agarrándolo de la sotana y sacudiéndolo con una fuerza histérica—. ¿Dónde está Pablo, padre? ¡¿Qué le hicieron?! ¡¿Está muerto?! ¡Dígame si está muerto!
Salvador sintió que se le partía el corazón. Soltó la máscara sobre una mesa lateral y tomó las manos de la chica.
—Katia, escúchame —le dijo, tratando de transmitirle calma—. No lo sé. Pero si este no es Pablo… significa que hay esperanza. Significa que no enterramos a Pablo hoy.
La chica lo miró, sus ojos inyectados en sangre, buscando desesperadamente algo a qué aferrarse.
—¿Esperanza? —susurró. Luego se giró hacia Lorena.
La transformación de Katia fue instantánea. El dolor se convirtió en furia. Una furia ciega, primitiva.
—¡¿QUÉ LE HICISTE?! —gritó, lanzándose sobre la madrastra.
Lorena intentó retroceder, pero tropezó con sus propios tacones. Katia no llegó a tocarla; dos hombres del pueblo, tíos de Katia, la retuvieron antes de que cometiera una locura.
—¡Maldita perra! —lloraba Katia, forcejeando—. ¡Dime dónde está! ¡Tú y ese asqueroso de Roberto le hicieron algo!
Lorena, recuperando un poco de su arrogancia al ver que Katia estaba retenida, se alisó el vestido.
—Quítenme a esta loca de encima —dijo con desprecio, aunque su voz temblaba—. Esto es un circo. Voy a demandar a la iglesia, al obispado y a ti, Salvador. Nos vamos.
Lorena agarró a Roberto del brazo, quien ya se había puesto de pie, sobándose la muñeca y mirando a Salvador con odio puro.
—Esto no se queda así, pinche cura —siseó Roberto—. No sabes con quién te metiste. Mi tío te va a refundir en el bote. Te van a encontrar suicidado en una celda mañana.
Salvador sonrió. Una sonrisa fría, sin alegría.
—Dile a tu tío que el Comandante Roca le manda saludos. Y que si quiere venir por mí, que venga él mismo. Pero no creo que tenga tiempo.
—¿De qué hablas? —Roberto frunció el ceño, confundido por la repentina confianza del sacerdote.
Salvador miró hacia la entrada de la iglesia.
—Hablo de que en un secuestro o asesinato, las primeras 48 horas son vitales. Pero ustedes llevan dos semanas creyéndose muy listos. Y el error de los criminales arrogantes siempre es el mismo: creen que nadie los vigila.
—¿Quién nos va a vigilar? —se burló Lorena, nerviosa—. En este pueblo nosotros somos la ley.
—En este pueblo, tal vez —concedió Salvador—. Pero hay leyes más arriba. Y no me refiero a las divinas.
En ese momento, el sonido de sirenas empezó a escucharse a lo lejos. Pero no eran las sirenas asmáticas de las patrullas municipales. Eran sirenas graves, potentes, de motores grandes. Y venían rápido.
El ruido creció hasta hacer vibrar los vitrales. Frenazos bruscos afuera. Golpes de puertas pesadas cerrándose. Ruido de botas corriendo sobre la grava del atrio.
La gente en la iglesia empezó a mirar hacia atrás, asustada.
—¿Qué pasa? —murmuraban.
Roberto palideció.
—Vámonos por la sacristía —le susurró a Lorena, jalándola—. ¡Ya!
Intentaron correr hacia la puerta lateral, detrás del altar.
—¡Alto ahí! —gritó Salvador, su voz tronando como un juicio final.
Roberto sacó algo de su saco.
Un arma. Una escuadra negra, brillante.
La multitud gritó y se tiró al suelo. Las mujeres cubrieron a los niños.
Roberto apuntó al sacerdote. Le temblaba la mano, el dedo en el gatillo.
—¡Nadie se mueva o le vuelo la cabeza al cura! —gritó, con la voz quebrada por el pánico. Estaba acorralado y era peligroso como una rata en una esquina.
Salvador no se movió. Ni un milímetro. Levantó las manos lentamente, mostrando las palmas abiertas.
—Baja eso, muchacho. No quieres añadir “homicidio de un clérigo ante trescientos testigos” a tu lista. Ya estás muy empinado.
—¡Cállate! —Roberto sudaba a chorros—. ¡Lorena, abre la puerta!
Lorena corrió a la puerta de la sacristía y trató de abrirla.
—¡Está cerrada! —gritó desesperada—. ¡Está cerrada con llave!
Salvador mantuvo la calma. Él mismo la había cerrado antes de la misa, una vieja costumbre de seguridad.
—No tienen salida, Roberto. Entrégate.
—¡Me vas a abrir o te mato! —Roberto amartilló la pistola. El sonido metálico resonó en el silencio mortal de la iglesia.
Katia, desde el suelo donde sus tíos la protegían, miraba la escena con terror.
—¡Padre! —sollozó.
Salvador miró a Roberto a los ojos. Vio el miedo. Vio la intención. Iba a disparar. El chico estaba aterrorizado y un hombre aterrorizado con un arma es letal. Salvador tensó los músculos de las piernas, calculando la distancia. Tres metros. Podía llegar, pero tal vez recibiría un tiro.
“Bueno”, pensó. “Al menos me iré peleando”.
Pero antes de que Roberto pudiera apretar el gatillo, el universo decidió intervenir.
O mejor dicho, la justicia.
¡BAM!
Las puertas principales de la iglesia, esas enormes hojas de roble y hierro forjado que habían resistido siglos de historia, se abrieron de golpe como si una explosión las hubiera empujado.
La luz de la tarde entró violenta, cegadora, creando un contraluz dramático. El polvo bailaba en los rayos de sol como oro suspendido.
En el umbral, una figura se recortaba contra la luz.
Alta. Delgada.
Roberto se giró, distraído por el estruendo, apuntando su arma hacia la entrada.
—¡Policía! ¡Suelte el arma! —gritó una voz desde la entrada. No era la figura central la que gritaba, eran los hombres a sus costados.
Decenas de siluetas uniformadas entraron corriendo, flanqueando a la figura central. Cascos balísticos, chalecos tácticos, rifles de asalto AR-15. Uniformes de camuflaje gris pixelado y brazaletes con las letras “GN”.
La Guardia Nacional.
—¡Al suelo! ¡Arma al suelo! —los gritos eran órdenes militares, secas, precisas.
Puntos rojos de miras láser bailaron sobre el pecho y la cabeza de Roberto. Uno, dos, cinco, diez puntos rojos. Parecía un árbol de Navidad de la muerte.
Roberto se quedó paralizado. Su cerebro de matón de pueblo no podía procesar la presencia de fuerzas federales de élite en su pequeña iglesia.
—¡Suéltala o disparamos!
El arma se le resbaló de los dedos sudorosos y cayó al suelo con un golpe seco. Roberto levantó las manos, temblando como una hoja. Lorena se pegó a la pared, tratando de hacerse invisible.
La figura central, la que había entrado primero y permanecía en el umbral, dio un paso adelante, saliendo del resplandor y entrando en la penumbra de la nave central.
Caminó despacio por el pasillo central. Los guardias nacionales le abrían paso con respeto.
La gente, aún en el suelo o agachada en las bancas, levantó la cabeza para ver.
El hombre llevaba ropa de civil: unos jeans desgastados, una camisa blanca manchada de tierra y sangre seca en el cuello, y un vendaje aparatoso alrededor de la cabeza que cubría parte de su frente. Caminaba cojeando un poco, apoyándose en uno de los oficiales.
A medida que avanzaba, el silencio regresó, pero esta vez cargado de una incredulidad mística.
Pasó junto a las bancas. Doña Lupe se persignó.
Llegó al pie del altar, donde Salvador lo esperaba con una media sonrisa exhausta.
El recién llegado levantó la vista hacia el altar, hacia la pareja de criminales acorralados.
—Hola, Roberto —dijo. Su voz estaba ronca, débil, pero era inconfundible—. Veo que trataste de matarme otra vez. Qué falta de originalidad.
Katia, que estaba a unos metros, soltó un grito ahogado, tapándose la boca con ambas manos. Se puso de pie tambaleándose, como si estuviera viendo a un fantasma.
—¿Pa… Pablo? —susurró.
El hombre se giró hacia ella. Su rostro, aunque golpeado y cansado, se iluminó con una ternura infinita.
—Katia —dijo él, extendiendo los brazos—. Perdóname, mi amor. Perdóname por llegar tarde.
Katia corrió. No le importaron los guardias armados, ni el cadáver expuesto, ni el peligro. Corrió y se estrelló contra él, abrazándolo con una desesperación que dolía ver. Pablo la envolvió, hundiendo su cara en el cuello de ella, llorando.
—Estás vivo… estás vivo… —repetía ella como un mantra.
En el altar, Lorena se deslizó por la pared hasta quedar sentada en el suelo, derrotada.
—Imposible… —balbuceaba—. Te vi… el coche explotó… te vi…
Pablo, sin soltar a Katia, levantó la mirada hacia su madrastra. Sus ojos, normalmente amables, estaban duros como el pedernal.
—Viste lo que querías ver, Lorena. Viste un coche arder. Pero no te aseguraste de quién iba adentro. O mejor dicho, quién NO iba adentro.
Salvador bajó los escalones y se acercó a la pareja reunida. Le puso una mano en el hombro a Pablo.
—Bienvenido de vuelta al mundo de los vivos, hijo. Llegas justo a tiempo. Tu “viuda” tenía mucha prisa por irse a gastar tu dinero.
Pablo asintió, apretando la mano del sacerdote.
—Gracias, Padre. Sabía que usted no dejaría que me enterraran sin ver mi cara. Mi padre tenía razón sobre usted. Es el único hombre en este pueblo al que no se le puede engañar.
Un oficial de alto rango, con insignias de Capitán de la Guardia Nacional, se acercó a Salvador y le tendió la mano.
—Padre Salvador. Soy el Capitán Méndez. Tenemos asegurado el perímetro. La policía municipal está siendo desarmada en este momento en su cuartel. Tenemos órdenes federales de aprehensión contra Roberto Garza y Lorena vda. de Montemayor. Y contra el Director de Seguridad Pública.
Salvador estrechó la mano del militar. El apretón fue firme, entre iguales.
—Buen trabajo, Capitán. Se tardaron un poco, casi me toca dar la extremaunción a mí mismo.
—El tráfico, padre. Ya sabe cómo es —bromeó el militar, aunque sus ojos seguían escaneando el lugar—. ¿El cuerpo? —señaló el ataúd.
—Evidencia —dijo Salvador—. Y una víctima más. Hay que averiguar quién era este pobre hombre. Merece un nombre y un entierro digno, no ser parte del show de estos payasos.
El Capitán hizo una seña. Cuatro elementos subieron al altar, esposaron a Roberto y a Lorena.
Roberto lloraba ahora, rogando.
—¡Fui yo! ¡Fue ella! ¡Ella planeó todo! ¡Yo solo obedecí! ¡No me maten!
Lorena le escupió a Roberto.
—¡Cobarde! ¡Poco hombre!
Mientras los sacaban a empujones, la gente del pueblo empezó a reaccionar. El miedo dio paso a la indignación.
—¡Asesinos! —gritaban.
—¡Quémenlos!
—¡Justicia!
Salvador tuvo que alzar la voz.
—¡Silencio! —gritó—. ¡Nadie va a linchar a nadie aquí! ¡Esta es una iglesia, no un rastro! ¡Dejen que la justicia haga su trabajo!
La multitud se calmó un poco, respetando la autoridad del cura que acababa de desarmar a un hombre y desenmascarar un crimen.
Pablo se separó un poco de Katia y miró a Salvador.
—Padre… tengo que explicarle. Tengo que explicarles a todos.
—Tendrás tiempo, hijo —dijo Salvador—. Pero primero… —Salvador miró la máscara de látex que seguía sobre la mesa—. Primero hay que cerrar este ataúd. Este hombre ya ha sido exhibido suficiente.
Salvador subió al altar, cerró la tapa del ataúd con suavidad y puso su mano sobre la madera. Rezó una oración rápida, esta vez sincera, por el alma del desconocido que había servido de señuelo en este juego macabro. Descansa, hermano. Quienquiera que seas, hoy ayudaste a hacer justicia.
Cuando terminó, se giró hacia Pablo.
—Ahora sí. Cuéntanos. ¿Cómo diablos es que estás vivo y quién es ese que está en tu caja?
Pablo suspiró, se tocó el vendaje de la cabeza y miró a la congregación expectante.
—Todo empezó hace dos semanas —dijo Pablo, su voz resonando en la acústica perfecta de la iglesia—. Cuando escuché una conversación que no debía…
La iglesia entera contuvo el aliento. La historia real estaba a punto de comenzar. Y Salvador, cruzado de brazos, apoyado en el altar, sintió por primera vez en siete años que estaba exactamente donde tenía que estar. No como un fugitivo, sino como un guardián.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: LA CONSPIRACIÓN DE LOS BUITRES
El eco de las sirenas se había apagado, dejando en su lugar un murmullo eléctrico que recorría las bancas de la iglesia como un enjambre de avispas. La imagen era surrealista: un ataúd cerrado que contenía a un desconocido, una novia llorando de alivio en el suelo, un sacerdote con postura de boxeador retirado y un muerto que había regresado de la tumba flanqueado por soldados de la Guardia Nacional.
El Padre Salvador hizo una seña al Capitán Méndez.
—Capitán, saque a la gente. Esto no es un espectáculo.
Méndez asintió, pero Pablo levantó la mano, deteniendo la orden.
—No —dijo Pablo con voz ronca, tocándose el vendaje ensangrentado de la cabeza—. Que se queden. Necesito que escuchen. Todos ellos… —señaló a los feligreses, a los amigos de su padre, a los empleados de la fábrica, a la gente del pueblo—… todos ellos iban a ser testigos de mi entierro. Es justo que sean testigos de la verdad.
Salvador miró al muchacho. Había cambiado. El Pablo que él conocía era un chico de sonrisa fácil, un poco ingenuo, protegido por la burbuja de dinero de su padre. El hombre que tenía enfrente tenía la mirada dura, envejecida. Había visto al diablo a los ojos y había sobrevivido.
—Está bien —concedió Salvador—. Pero siéntate, hijo. Estás pálido como la cera.
Katia ayudó a Pablo a sentarse en las escaleras del altar. Ella no lo soltaba, le agarraba el brazo con ambas manos como si temiera que se desvaneciera en el aire si dejaba de tocarlo.
El Capitán Méndez se mantuvo a un lado, con el rifle terciado al pecho, vigilando las entradas como un halcón. Sus hombres formaron un perímetro de seguridad alrededor del altar, separando a la multitud de los protagonistas.
Pablo aceptó un vaso de agua que le trajo un monaguillo asustado. Bebió con avidez, temblando ligeramente. Luego, se limpió la boca con el dorso de la mano y empezó a hablar.
—Hace dos semanas… —comenzó Pablo, y su voz se proyectó clara en el silencio sepulcral de la nave—. Ustedes saben que mi padre, Don Rogelio, murió hace un año. El cáncer se lo llevó rápido. O eso creíamos.
Un jadeo colectivo recorrió la iglesia.
—Lorena… —continuó Pablo, pronunciando el nombre con un asco visceral—… Lorena llegó a nuestras vidas como una enfermera. “Un ángel”, decía mi papá. Se casaron a los seis meses. Yo estaba feliz por él. Quería que no estuviera solo. Qué estúpido fui.
Pablo miró a Salvador, buscando esa conexión, esa validación.
—Padre, usted sabe cómo funciona este pueblo. El dinero manda. Y cuando mi padre murió, dejó un testamento muy claro. Todo era para mí, pero Lorena quedaba como albacea del fideicomiso hasta que yo cumpliera treinta años o… hasta que me casara.
—La cláusula matrimonial —murmuró Salvador. Era común en familias viejas, una forma de asegurar que el heredero sentara cabeza.
—Exacto. Si yo me casaba, el control total de las textileras, las cuentas, las propiedades… todo pasaba a mis manos y a las de mi esposa. A las de Katia.
Katia levantó la vista, sorprendida.
—Yo no sabía eso… —susurró ella.
—No quería que supieras —dijo Pablo con ternura—. No quería que pensaras que me casaba por el dinero. Me casaba porque te amo. Pero Lorena… para ella, nuestra boda era su fecha de caducidad. Si nos casábamos, ella se quedaba con una pensión mensual ridícula y fuera de la mansión.
Pablo apretó los puños.
—El jueves pasado, hace quince días, regresé temprano de la planta. Me sentía mal, un dolor de cabeza terrible. Entré por la cocina. Las empleadas no estaban, Lorena les había dado el día libre. Raro. Subí las escaleras hacia mi cuarto y pasé por el despacho de mi papá. La puerta estaba entreabierta.
Pablo cerró los ojos, transportándose a ese momento.
Flashback: Hacienda Montemayor, 14 días antes
La casa olía a madera vieja y cera para muebles, ese olor característico de las casonas antiguas de Michoacán. Pablo caminaba sobre la alfombra persa para no hacer ruido, no por sigilo, sino porque le dolía la cabeza y el sonido de sus propios pasos le molestaba.
Iba a seguir de largo hacia su habitación cuando escuchó la risa.
Era la risa de Roberto. Una risa gangosa, desagradable.
—No te preocupes, nena. Todo está arreglado.
Pablo se detuvo. Roberto no debería estar ahí. Se suponía que Roberto y Lorena apenas se toleraban en público.
Se acercó a la puerta del despacho. A través de la rendija, los vio.
Lorena estaba sentada en el escritorio de su padre —el escritorio que Pablo ni siquiera se atrevía a usar por respeto— con una copa de coñac en la mano. Roberto estaba detrás de ella, besándole el cuello, con la mano metida dentro de su blusa.
—¿Estás seguro de que funcionará? —preguntó Lorena. Su voz no tenía nada de la dulzura que usaba con Pablo. Era fría, calculadora.
—Segurísimo —respondió Roberto, separándose para servirse un trago de la botella privada de Don Rogelio—. El “Calamardo”, el mecánico del taller municipal, ya hizo el trabajo. Líquido de frenos drenado, pero con un truco. Dejó lo suficiente para que frene en la ciudad. Pero en cuanto agarre la carretera a la sierra, cuando el sistema se caliente en la primera bajada pronunciada… ¡Pum! Sin frenos.
Pablo sintió que el piso se abría bajo sus pies. Se tapó la boca para no gritar.
—¿Y si sobrevive? —preguntó Lorena, dando un sorbo al coñac—. Ese niño tiene suerte.
—No va a sobrevivir —se rió Roberto—. La curva del Espinazo del Diablo tiene trescientos metros de caída. Y si por un milagro queda vivo… bueno, mis tíos se encargarán de que la ambulancia tarde mucho en llegar. O que llegue y “desafortunadamente” fallezca en el traslado por heridas internas. Tú sabes cómo se manejan estas cosas aquí.
—Tengo que fingir ser la viuda doliente otra vez… qué flojera —suspiró Lorena—. Pero vale la pena. Con Pablo muerto y sin casarse, el fideicomiso se disuelve y paso a ser la heredera única como viuda de Rogelio.
—Y entonces, mi amor, tú y yo seremos los dueños de todo este maldito pueblo —brindó Roberto.
Pablo retrocedió, temblando de terror puro. Su mente colapsó. Quería entrar y golpearlos, matarlos. Pero Roberto siempre andaba armado. Y Roberto era el sobrino del jefe de policía. Si entraba ahí, el muerto sería él, en ese mismo instante, por “intruso” o “accidente limpiando un arma”.
Bajó las escaleras con el corazón martilleando en su garganta. Salió de la casa sin hacer ruido, se subió a su camioneta —la Ford Lobo que supuestamente estaba saboteada— y se quedó mirando el volante.
¿Qué hacía?
Si iba a la policía municipal, lo entregarían. El jefe era tío de Roberto.
Si iba al Ministerio Público local, el fiscal comía de la mano de Lorena.
Estaba solo. Rodeado de lobos.
Fin del Flashback
—En ese momento entendí lo que sintió usted, Padre Salvador —dijo Pablo, mirando al sacerdote a los ojos—. Entendí lo que es estar solo contra el sistema. Entendí que la ley en este pueblo es una broma macabra.
Salvador asintió lentamente. Él conocía esa soledad. Era fría y oscura.
—¿Qué hiciste, muchacho? —preguntó el cura.
—Manejé —dijo Pablo—. Sabía que me estaban vigilando. Si no salía en la camioneta como estaba planeado para ir a ver a los proveedores en la sierra, sospecharían. Tenía que seguir el guion… hasta cierto punto.
—¡¿Te subiste sabiendo que no tenía frenos?! —exclamó Katia, horrorizada.
—Tenía que hacerlo. Revisé el depósito del líquido de frenos rápidamente antes de salir. Roberto tenía razón. Había una fuga lenta, provocada. Tenía unos 20 kilómetros de autonomía antes de perder presión. La carretera a la sierra está a 15.
Pablo tomó aire.
—Manejé con el miedo en la garganta. Cada vez que pisaba el pedal sentía que se iba un poco más al fondo. Llamé a un número que mi padre me dio antes de morir. Un número de emergencia. “Si algún día todo se va al diablo, llama a este hombre”, me dijo. Era el número personal del General Cienfuegos, en la Ciudad de México.
El Capitán Méndez intervino:
—El General Cienfuegos fue compañero de armas del padre de Pablo en su juventud, antes de que Don Rogelio se dedicara a los textiles. Son compadres de grado. Cuando recibimos la llamada, el General nos movilizó inmediatamente. Pero estábamos lejos. Le dijimos a Pablo: “Sal de ahí, pero no dejes que sepan que sabes”.
Pablo asintió.
—Llegué a la entrada de la sierra. El pedal ya estaba flojo. Sabía que venía la curva del Espinazo. Vi por el retrovisor un auto sedán negro que me seguía a distancia. Eran ellos. Supervisando que me matara.
La iglesia estaba en silencio absoluto. Nadie pestañeaba.
—Aceleré —dijo Pablo—. Tenía que parecer real. Aceleré hacia la curva. Cuando vi el precipicio, viré el volante hacia un camino de terracería lateral que conozco desde niño, un camino de leñadores que está oculto por los matorrales antes de la curva cerrada. Pero la camioneta iba muy rápido. Perdí el control.
Pablo se tocó la cabeza de nuevo.
—No me fui al barranco profundo, pero volqué en la terracería. Di tres vueltas. El mundo se convirtió en vidrio roto y metal retorcido. Quedé inconsciente unos minutos. Cuando desperté, olía a gasolina y sangre. Mi sangre.
Se levantó la camisa para mostrar un moretón enorme, casi negro, que le cubría las costillas.
—Salí arrastrándome. El auto de los sicarios pasó de largo por la carretera principal. Desde su ángulo, vieron la camioneta desaparecer entre los arbustos y escucharon el golpe. Asumieron que me había ido al fondo del cañón. No bajaron a revisar. Ese fue su error. La soberbia.
—¿Y luego? —preguntó Salvador, analizando cada detalle—. ¿Cómo llegaste a esto? —señaló el ataúd.
—Me escondí en el bosque —continuó Pablo—. Caminé cinco kilómetros sangrando hasta que tuve señal de celular. El Capitán Méndez me contactó. Me dijeron que una unidad de inteligencia venía en camino, pero que tardarían horas. Me dijeron: “Si regresas ahora, te van a rematar en el hospital. Tienes que estar muerto”.
Pablo miró el ataúd con una expresión de tristeza profunda.
—Necesitábamos tiempo para armar el caso federal. Necesitábamos que Lorena y Roberto se confiaran, que cometieran el fraude, que firmaran los papeles del seguro, que se incriminaran solos. Pero para que hubiera funeral… tenía que haber cuerpo.
Aquí venía la parte difícil. La parte moralmente gris.
Salvador se adelantó.
—El hombre del ataúd —dijo—. ¿Quién es?
El Capitán Méndez tomó la palabra, con voz marcial y respetuosa.
—Su nombre era Jacinto Pérez. Era un indigente de la capital del estado. Falleció de hipotermia y cirrosis la misma noche del accidente de Pablo. Nadie reclamó su cuerpo en la morgue. Iba a la fosa común.
Méndez miró al sacerdote.
—Padre, sé que esto suena terrible. Pero solicitamos una autorización especial de emergencia federal para utilizar el cuerpo en una operación encubierta. Se le trató con respeto. Se le vistió. Se le dio un lugar que nunca tuvo en vida.
Pablo bajó la cabeza.
—Yo pagué todo. Pagué a la funeraria de la ciudad vecina —que ya estaba intervenida por la Guardia Nacional— para que “prepararan” el cuerpo de Jacinto y lo hicieran pasar por mí. La máscara…
Salvador levantó la ceja.
—La máscara.
—Fue idea de inteligencia —dijo Méndez—. Trajimos a un especialista de la Ciudad de México. Usaron fotos de Pablo para modelar una prótesis facial de grado cinematográfico. Jacinto tenía una estructura ósea similar. Con el maquillaje, la ropa de Pablo y el ataúd cerrado la mayor parte del tiempo… funcionaría. El plan era que el ataúd permaneciera cerrado por “lo aparatoso del accidente”. Pero Lorena…
—Lorena insistió en abrirlo —interrumpió Salvador, comprendiendo—. Para regodearse. Para ver su triunfo.
—Exacto —dijo Pablo—. Ella exigió verlo. Quería estar segura de que yo estaba muerto. Tuvimos que arriesgarnos. El especialista hizo un trabajo increíble, pero la máscara no estaba diseñada para ser vista a diez centímetros de distancia bajo la luz del sol.
Salvador miró sus propias manos. Las manos que habían arrancado esa mentira.
—Yo lo noté —dijo el cura—. El borde. La textura.
—Usted fue el factor que no calculamos —admitió Pablo con una media sonrisa—. Sabíamos que usted era observador, Padre. Pero no pensamos que se atrevería a tocar el cuerpo en plena misa. Cuando el Capitán Méndez, que estaba vigilando desde afuera con los equipos de escucha, oyó que usted detuvo la misa… supimos que teníamos que entrar ya.
—Esperábamos a que salieran al cementerio para arrestarlos —explicó Méndez—. Pero cuando usted arrancó la máscara… bueno, Padre, usted precipitó la operación. Y le salvó la vida a todos, porque ese tal Roberto estaba a punto de empezar a disparar.
La congregación estaba atónita. Era una historia de película, sucedida ahí mismo, en su pueblo polvoriento.
Katia seguía llorando, pero ahora eran lágrimas de procesamiento. De shock.
—¿Por qué no me dijiste? —le reclamó a Pablo, golpeándole suavemente el pecho—. ¡Me dejaste creer que estabas muerto dos semanas! ¡Me quería morir, Pablo! ¡Me quería matar yo también!
Pablo la abrazó fuerte, cerrando los ojos con dolor.
—No podía, mi amor. No podía. Si tú lo sabías… ellos lo notarían. Lorena te vigilaba. Si te veía tranquila, o con esperanza, sospecharía. Necesitaba que tu dolor fuera real. Necesitaba que lloraras de verdad para que ellos creyeran que habían ganado.
Pablo le besó la frente, mezclando sus lágrimas con el sudor y la sangre seca.
—Fue lo más difícil que he hecho en mi vida. Verte sufrir desde lejos, escondido en una casa de seguridad, viéndote en las fotos que me mandaban los agentes… me rompía el alma. Pero era la única forma de salvarte. Si sabían que yo estaba vivo, irían por ti para atraparme. Te usarían de rehén. Preferí que me lloraras muerto a que te enterraran conmigo.
Katia hundió la cara en su pecho, entendiendo, pero dolida. El sacrificio había sido inmenso.
Salvador se aclaró la garganta. La emoción en el aire era densa, pero su mente de policía seguía atando cabos.
—Falta algo —dijo el cura.
Todos lo miraron.
—Lorena y Roberto son la mano ejecutora. Pero mencionaste al tío de Roberto. El Director de Seguridad Pública. Y mencionaste que tu padre murió de cáncer… o eso creíamos.
Pablo se tensó. El Capitán Méndez se puso rígido.
—Ahí está la verdadera podredumbre, Padre —dijo Pablo con voz sombría—. Durante mi tiempo escondido, con la ayuda de la inteligencia financiera de la Guardia Nacional, revisamos no solo las cuentas de la empresa, sino los registros médicos de mi padre.
Pablo se puso de pie, tambaleándose un poco por el dolor de sus heridas, pero sostenido por la furia.
—Mi padre no murió de cáncer, Padre Salvador.
Un murmullo de horror recorrió la iglesia de nuevo.
—Tenía cáncer, sí. Pero era tratable. Estaba en remisión. Revisamos los videos de seguridad de la casa de hace un año, recuperados de un servidor que Lorena creyó haber borrado. Ella… —la voz se le quebró—… ella cambiaba sus medicamentos. Le daba placebos en lugar de la quimioterapia. Y le ponía pequeñas dosis de arsénico en la comida. Lo envenenó lentamente durante meses para que pareciera un deterioro natural.
—¡Dios Santo! —exclamó Doña Lupe, persignándose frenéticamente.
—Y el Director de Seguridad Pública —intervino el Capitán Méndez—, el tío de Roberto, firmó el acta de defunción sin autopsia. A cambio de una participación en las ganancias de la textilera una vez que Lorena tomara el control. Iban a convertir la fábrica en una lavandería. No de ropa, sino de dinero para el cártel que opera en la costa.
Salvador sintió un escalofrío. Era el mismo esquema. El mismo tipo de gente contra la que él había luchado siete años atrás. El mal no muere, solo cambia de rostro.
—Entonces esto no es solo un crimen pasional por dinero —dijo Salvador—. Es crimen organizado.
—Así es —dijo Méndez—. Y gracias a la denuncia de Pablo y a la evidencia que acabamos de recolectar con la confesión a gritos de esos dos, tenemos luz verde. En este momento, un convoy está entrando al Palacio Municipal. Se acabó el reinado de esa gente en este pueblo.
Pablo miró a la multitud.
—Lo siento —dijo—. Siento haber traído esta oscuridad a la iglesia. Siento haberles mentido. Pero tenían que caer. Tenían que pagar por mi padre.
Salvador se acercó a Pablo. Le puso una mano en el hombro, pesada y reconfortante.
—No te disculpes por buscar justicia, hijo. La Biblia dice “Mía es la venganza, dice el Señor”. Pero a veces… a veces el Señor usa manos humanas para cobrarla.
Miró el ataúd de Jacinto Pérez.
—Y a veces usa a los muertos para salvar a los vivos.
Salvador se giró hacia la congregación.
—Hermanos —dijo con voz potente—. Hoy hemos visto el rostro del mal. Pero también hemos visto que la verdad, por más que la entierren, siempre sale a la luz. Literalmente.
Hubo algunas risas nerviosas entre el llanto.
—Ahora, vayan a sus casas. Abracen a sus hijos. Cierren sus puertas. Esta noche, la justicia va a limpiar las calles, y es mejor no estorbar.
La gente empezó a salir, murmurando, todavía en shock, llevando la noticia que correría como reguero de pólvora por todo el estado. “El muerto revivió”. “El cura es un comando”. “La viuda es una asesina”.
Cuando la iglesia quedó casi vacía, solo quedaron Salvador, Pablo, Katia, el Capitán Méndez y el cuerpo de Jacinto.
—¿Qué hacemos con él? —preguntó Pablo, señalando el ataúd.
Salvador acarició la madera fina.
—Se queda —dijo—. Ya está aquí. Ya está velado. Y nadie merece un entierro cristiano más que este hombre que, sin saberlo, salvó a un pueblo entero.
Miró a Pablo.
—Tú pagaste el funeral, ¿no?
—El más caro que había —asintió Pablo.
—Pues entonces, Jacinto se va a ir como rey. Mañana le haré la misa de cuerpo presente. La verdadera. Y le pondremos su nombre en la cruz. Jacinto Pérez. El hombre que engañó al diablo.
Pablo sonrió, agotado. Se recargó en Katia.
—Gracias, Padre.
—Vayan a descansar. Tienen mucho que sanar. Y tú —señaló la cabeza de Pablo— necesitas un médico de verdad, no uno comprado por tu madrastra.
—Tenemos un médico militar afuera —dijo Méndez—. Vamos.
Mientras salían, Salvador se quedó solo en el altar. El olor a incienso se había mezclado con el sudor de los soldados y el miedo de los culpables.
Se acercó a la máscara de látex que seguía sobre la mesa. La tomó. Estaba flácida, grotesca. Una piel vacía.
La miró fijamente.
—Comandante Roca —murmuró para sí mismo—. Bienvenido de vuelta. Te extrañé, cabrón.
Salvador guardó la máscara en el bolsillo de su sotana. No como evidencia, eso se lo daría a Méndez después. Sino como recordatorio.
Se arrodilló frente al altar, pero esta vez no pidió paz.
Pidió fuerza.
Porque sabía que, aunque habían ganado la batalla, la guerra contra la oscuridad nunca termina. Y él acababa de volver al frente.
CAPÍTULO 4: LA AUTOPSIA DE UNA TRAICIÓN
La noche cayó sobre el pueblo de San Judas como una losa de concreto. No era una noche cualquiera; el aire estaba cargado de una electricidad estática que hacía ladrar a los perros y mantenía a los vecinos pegados a sus ventanas, espiando a través de las cortinas. Las patrullas de la Guardia Nacional patrullaban las calles empedradas, sus luces azules y rojas rebotando en las fachadas coloniales, anunciando que el viejo orden se había roto.
El Padre Salvador no regresó a la casa parroquial. No podía. La adrenalina que había bombeado por sus venas durante el enfrentamiento en el altar se estaba convirtiendo en algo más oscuro y familiar: la necesidad de respuestas. El instinto del Comandante Roca, despertado tras siete años de letargo, exigía cerrar el caso, no con oraciones, sino con confesiones.
Se dirigió al Palacio Municipal. El edificio, normalmente un nido de burócratas somnolientos y policías corruptos, ahora parecía un cuartel de guerra. Camiones blindados bloqueaban la entrada. Soldados con pasamontañas vigilaban el perímetro.
—Padre Salvador —saludó un sargento en la entrada, reconociéndolo—. El Capitán Méndez lo espera en la sala de juntas.
Salvador entró. El lugar olía a café rancio, sudor frío y miedo. En el pasillo, vio a varios policías municipales sentados en el suelo, desarmados y esposados con cinchos de plástico, custodiados por federales. Algunos agachaban la cabeza al ver pasar al cura; otros lo miraban con rencor. Sabían que el “teatrito” se les había caído gracias a él.
Al entrar a la sala de juntas, la escena era digna de una pintura barroca de la justicia moderna.
En una esquina, Roberto Garza, el “Buitre”, estaba sentado en una silla de metal, llorando a moco tendido. Se había orinado en los pantalones.
En la otra esquina, separada por una mesa larga, Lorena mantenía una compostura gélida, aunque sus ojos de depredadora se movían nerviosamente de un lado a otro.
El Capitán Méndez estaba revisando unos papeles. Al ver entrar a Salvador, se levantó.
—Padre. Sabía que vendría.
—No podía dormir, Capitán. ¿Cantaron?
—El muchacho está cantando ópera —dijo Méndez con desprecio, señalando a Roberto—. Pero la dama… la dama es de hueso duro.
Salvador se acercó a Roberto. El chico levantó la vista, los ojos hinchados y rojos.
—Padre… Padre, confiéseme —balbuceó Roberto—. Dígales que no me maten. Yo no quería hacerlo. Fue ella. ¡Ella me obligó!
—No digas estupideces, Roberto —siseó Lorena desde su esquina, con una voz que podría cortar vidrio—. Cállate la boca. No digas nada hasta que llegue el abogado.
Salvador ignoró a Lorena y se inclinó hacia Roberto. Puso sus manos sobre la mesa y lo miró con esa mirada pesada, insondable, que había roto a criminales más duros que ese junior de pueblo.
—Roberto, escúchame bien. Aquí no soy tu confesor. Aquí soy el testigo que te vio apuntar un arma cargada dentro de una iglesia. Eso son veinte años, bajita la mano. Más el intento de homicidio de Pablo. Más la complicidad en el envenenamiento de Don Rogelio.
Roberto sollozó más fuerte.
—Si quieres que Dios te perdone, eso lo arreglamos después. Pero si quieres que el juez no te entierre en una celda de dos por dos el resto de tu miserable vida, tienes que hablar ahora. ¿Quién consiguió el veneno? ¿Quién planeó el accidente?
Roberto miró a Lorena, luego a Salvador, y finalmente se quebró.
—¡Fue ella! ¡Todo fue idea de Lorena! Ella consiguió el arsénico por internet, en la deep web, dijo que era para las ratas de la bodega. ¡Ella se lo ponía en la sopa a Don Rogelio! Yo… yo solo le ayudé a contactar al mecánico para lo de la camioneta. ¡Pero yo no quería que Pablo muriera! ¡Solo queríamos asustarlo!
—¡Mentira! —gritó Lorena, perdiendo la máscara—. ¡Tú dijiste que querías verlo arder! ¡Dijiste que odiabas a ese niño rico!
—¡Tú me prometiste la mitad de la herencia! —le gritó Roberto de vuelta—. ¡Me dijiste que nos iríamos a Europa!
Salvador se enderezó, sintiendo una mezcla de satisfacción y asco. Ya los tenían. Cuando los cómplices se empiezan a morder entre ellos, el trabajo está hecho.
Caminó hacia Lorena. Ella lo miró con odio puro.
—No me mires así, cura mugroso. Tú arruinaste todo.
—No, hija —dijo Salvador con calma—. Tú arruinaste todo el día que decidiste que el dinero valía más que la vida humana. Don Rogelio te amaba. Te sacó de la nada y te dio un hogar. Y tú le pagaste con veneno.
Lorena soltó una risa seca, carente de alegría.
—¿Amaba? Rogelio amaba su imagen de benefactor. Yo solo era un adorno. Una enfermera bonita para cambiarle los pañales cuando el cáncer apretara. Me merecía ese dinero. Me lo gané aguantando sus historias aburridas y su olor a viejo. Y Pablo… ese idiota ni siquiera trabajaba. Todo se lo dieron en bandeja de plata.
—Y por eso decidiste quitárselo —concluyó Salvador.
—Era supervivencia del más apto, Padre. Así funciona el mundo. Usted debería saberlo, dicen que antes era policía. ¿Acaso no mató gente usted también?
El golpe fue bajo, directo al hígado. Salvador apretó la mandíbula.
—Sí. Maté. Y cargo con esos muertos cada noche. Pero nunca maté por codicia, Lorena. Maté por deber, y luego por dolor. Tú mataste por una cuenta bancaria. Esa es la diferencia entre un pecador y un monstruo.
Salvador se giró hacia Méndez.
—Ya escuchó suficiente, Capitán. Lléveselos. Sáquelos de mi pueblo antes de que amanezca.
—Así será, Padre. Los trasladaremos a la Fiscalía General de la República en la Ciudad de México. Aquí no están seguros, la gente quiere lincharlos.
Mientras los soldados levantaban a los detenidos, Salvador sintió un vacío en el estómago. La justicia humana estaba servida. Pero faltaba la parte más difícil: sanar a los vivos.
Salvador salió del Palacio Municipal y caminó hacia la pequeña clínica del pueblo, donde habían llevado a Pablo.
Al entrar, vio a Katia sentada en la sala de espera, con la ropa arrugada y los ojos fijos en la pared. Al verlo, se levantó.
—Padre.
—¿Cómo está él?
—Bien. Físicamente bien. Tiene tres costillas fisuradas, muchos golpes y una contusión, pero está vivo. Los médicos dicen que es un milagro que saliera caminando de ese barranco.
Salvador se sentó a su lado en la banca de plástico duro.
—¿Y tú? ¿Cómo estás tú?
Katia suspiró, un sonido tembloroso que amenazaba con convertirse en llanto de nuevo.
—No sé… Estoy furiosa, Padre. Furiosa porque me mintió. Furiosa porque sufrí dos semanas pensando que mi vida se había acabado. Pero… —miró hacia la puerta de la habitación donde estaba Pablo—… cuando lo vi entrar por esa puerta de la iglesia, sentí que volvía a respirar.
—El amor es complicado, muchacha. Y el perdón más. Pablo hizo lo que creyó necesario para salvarte. Si te hubiera dicho la verdad, tu cara te habría delatado. Lorena no es tonta. Si hubiera sospechado que Pablo estaba vivo, habría ido por ti para hacerlo salir. Él eligió cargar con el dolor de tu llanto para no cargar con el peso de tu ataúd.
Katia asintió lentamente, las lágrimas rodando por sus mejillas.
—Lo sé. En el fondo lo sé. Pero duele.
—El dolor pasará. La confianza tardará un poco más en volver, pero volverá. Ahora entra ahí y dile que es un idiota, y luego bésalo.
Katia sonrió levemente.
—Gracias, Padre.
A la mañana siguiente, el sol salió radiante, indiferente a las tragedias humanas. Pero para Salvador, el día tenía una misión pendiente.
A las diez de la mañana, la campana de la iglesia sonó. No con el toque de difuntos lúgubre, sino con un toque solemne, respetuoso.
El cuerpo de Jacinto Pérez, el indigente que había “interpretado” a Pablo en su último acto, estaba de nuevo en el centro de la nave. Pero esta vez, la iglesia no estaba llena de hipocresía y flores caras.
Estaba casi vacía, pero llena de verdad.
Estaban Pablo (en silla de ruedas, empujado por Katia), el Capitán Méndez, algunos soldados de la Guardia Nacional que se habían quitado los cascos en señal de respeto, el Padre Anselmo (que había bajado de su retiro en la montaña al enterarse del escándalo) y Doña Lupe.
Y Salvador.
Salvador se vistió con sus mejores ornamentos blancos, los de la Resurrección. Se acercó al ataúd, que ahora tenía una placa de latón recién grabada: “Jacinto Pérez. Hermano en Cristo. Descansa en paz”.
—Hermanos —comenzó Salvador, su voz resonando en la iglesia vacía—. Ayer, este templo fue escenario de un crimen y de una mentira. Cientos de personas vinieron a llorar a un rico, sin saber que ante ellos yacía un pobre.
Salvador puso su mano sobre el ataúd.
—Jacinto Pérez vivió invisible. Murió solo en una calle fría de la capital. La sociedad lo olvidó. Para el mundo, era un número, un estorbo, un “nadie”. Y sin embargo, Dios tiene un sentido del humor muy extraño y maravilloso.
Salvador miró a Pablo.
—Dios eligió a este “nadie” para salvar a un “alguien”. El cuerpo de Jacinto sirvió de escudo para revelar la verdad. Su muerte, que pareció insignificante, se convirtió en la llave para detener a dos asesinos y salvar una vida.
—Nadie es invisible para Dios —continuó Salvador—. Y hoy, le damos a Jacinto lo que el mundo le negó: un nombre, una dignidad y una despedida llena de gratitud. No lo enterramos como un doble. Lo enterramos como un héroe silencioso.
Pablo lloraba en silencio. Katia le apretaba la mano. Los soldados, hombres duros acostumbrados a la violencia, miraban al suelo con respeto.
Salvador roció el agua bendita con parsimonia, bendiciendo cada rincón de esa madera que guardaba los restos de un hombre que, al final, tuvo el funeral más importante del año.
Cuando salieron al cementerio, fue el propio Pablo quien, a pesar de sus costillas rotas, insistió en ayudar a cargar el ataúd junto con los soldados y Salvador. Lo enterraron en un lote privado de la familia Montemayor, no en la fosa común.
—Aquí se queda —dijo Pablo—. Junto a mi padre. Mi padre hubiera querido agradecerle.
Después del entierro, Salvador se quedó un momento solo frente a la tumba fresca. Se quitó la estola y se sentó en una banca de piedra cercana, exhausto.
Sintió unos pasos acercándose. Era el Capitán Méndez.
El militar se sentó a su lado, sacó una cajetilla de cigarros y le ofreció uno. Salvador lo miró, dudó un segundo, y lo aceptó. Hacía siete años que no fumaba, pero hoy el cuerpo se lo pedía.
Fumaron en silencio un momento, viendo el humo subir hacia el cielo azul de Michoacán.
—Tiene buena madera, Padre —dijo Méndez, rompiendo el silencio—. Mis hombres están impresionados. La forma en que desarmó la situación… la forma en que leyó el lenguaje corporal de esa mujer… eso no se aprende en el seminario.
Salvador soltó una bocanada de humo.
—No. Se aprende en la calle. Y se paga caro.
—Leí su expediente, Roca. —Méndez usó su apellido policial, no su título religioso. Fue una prueba—. Sé quién era usted. El mejor investigador del estado. El único que no se vendió cuando todos tenían precio. Lo que le pasó a su familia…
—No hablemos de eso —cortó Salvador, seco.
—Está bien. Pero hablemos del futuro.
Méndez se giró para mirarlo de frente.
—Este pueblo va a necesitar una purga. La policía municipal está podrida hasta la raíz. Vamos a tener que reconstruirla desde cero. Voy a dejar un destacamento aquí por seis meses, pero necesito a alguien que conozca el terreno. Alguien en quien la gente confíe. Alguien que sepa distinguir a una oveja de un lobo con piel de oveja.
Salvador miró la brasa de su cigarro.
—Soy sacerdote, Capitán. Mi jefe está allá arriba.
—Su jefe allá arriba también quiere justicia aquí abajo, ¿no? —replicó Méndez—. No le pido que deje la sotana. Le pido que nos ayude. Como asesor civil. Como enlace. La gente le habla a usted, Padre. Le cuentan cosas en el confesionario que nunca le dirían a un militar con rifle.
Salvador sonrió con ironía.
—¿Me está pidiendo que rompa el secreto de confesión?
—Le estoy pidiendo que use su sabiduría para guiar nuestras balas. Para que no le demos a inocentes. Para que sepamos dónde buscar. Usted sabe que el mal no se fue con Lorena y Roberto. Ellos eran solo síntomas. La enfermedad sigue ahí.
Salvador tiró la colilla y la pisó con su bota vieja.
Recordó la sensación de arrancar la máscara. La mezcla de horror y poder. La sensación de hacer algo, no solo rezar por ello.
—Lo pensaré —dijo Salvador.
Méndez asintió, satisfecho. Se levantó y se ajustó la gorra.
—Es todo lo que pido. Ah, y una cosa más… Esa técnica de la muñeca que usó con el tal Roberto… ¿Aikido?
—Lucha libre callejera —respondió Salvador con una media sonrisa—. Me la enseñó un borracho en una cantina hace treinta años.
Méndez rió y se alejó hacia las camionetas.
Salvador regresó a la iglesia al atardecer. La encontró en silencio, limpia de nuevo gracias a Doña Lupe.
Se sentó en la última banca, mirando hacia el altar mayor.
Siete años escondiéndose. Siete años tratando de enterrar a Salvador Roca bajo capas de liturgia y penitencia.
Pero ayer, Roca había salido de la tumba. Y no quería volver a entrar.
Sacó de su bolsillo la máscara de látex. Se la había quedado, a pesar de que era evidencia (sabía que Méndez tenía fotos y videos suficientes, y el cuerpo real era la prueba principal). La sostuvo en sus manos, manoseando la textura gomosa.
Era una mentira perfecta. Como la vida que muchos llevaban en el pueblo. Como la paz que él fingía tener.
—¿Y ahora qué, Señor? —preguntó en voz alta al Cristo de madera—. Me diste una segunda oportunidad. Me salvaste del alcohol y de la muerte. Me hiciste tu siervo. ¿Y ahora quieres que vuelva a ser policía? ¿Es una prueba o es un chiste?
El Cristo no respondió, por supuesto. Pero una ráfaga de viento entró por la puerta abierta, moviendo las llamas de las velas votivas.
Salvador recordó la cara de Katia cuando abrazó a Pablo. Recordó la mirada de gratitud de Pablo. Recordó el miedo en los ojos de Roberto antes de quebrarse.
Había salvado vidas. No con oraciones, sino con acción.
Se levantó y caminó hacia la sacristía. Abrió un viejo baúl de madera donde guardaba sus pocas pertenencias personales del “antes”.
Debajo de unos libros de teología y ropa de invierno, había una caja de zapatos. La abrió.
Adentro estaba su vieja placa. Oxidada, rayada. Y una foto.
Elena y Dani. Sonriendo en un día de campo.
Salvador acarició la foto. Por primera vez en años, no lloró. Sintió una calidez extraña en el pecho.
—Creo que a ustedes les hubiera gustado que ayudara a esos muchachos —susurró.
Guardó la placa en su bolsillo, junto a la máscara. La placa pesaba. Pesaba como una responsabilidad.
Salió de la sacristía y se encontró con el Padre Anselmo, que estaba barriendo el patio.
—Te veo pensativo, Salvador —dijo el viejo cura.
—Tengo dudas, Anselmo. El Capitán Méndez quiere que colabore con ellos.
Anselmo se detuvo, apoyándose en la escoba.
—¿Y qué te dice tu corazón?
—Mi corazón dice que soy sacerdote. Pero mis tripas dicen que soy policía.
—Dios nos hace completos, hijo. No por partes. Si te dio el don de cazar lobos, ¿por qué crees que quiere que te quedes encerrado en el corral solo contando ovejas? Tal vez tu ministerio no está solo en el altar. Tal vez tu altar está allá afuera, en el lodo.
Salvador miró al viejo sabio.
—¿Un cura con placa? Eso no se ha visto.
—Tampoco se había visto un muerto resucitar en mi parroquia, y mira —rió Anselmo—. Los caminos del Señor son misteriosos. Y los tuyos, Salvador, siempre han sido… complicados. Haz lo que tengas que hacer. Pero no olvides quién eres. Ni de dónde vienes.
Salvador asintió. Miró hacia el pueblo que se extendía bajo la colina. Las luces empezaban a encenderse. En alguna de esas casas, había más “Loremas”, más “Robertos”. Había injusticia. Había dolor.
Y ahora, había alguien dispuesto a enfrentarlos.
Se ajustó el cuello clerical, pero esta vez, se sintió como si se estuviera ajustando un chaleco antibalas.
La Parte 2 de su vida había terminado. La Parte 3 estaba a punto de comenzar. Y esta vez, no sería una historia de fuga, sino de guerra.
PARTE 3
CAPÍTULO 5: PURGATORIO EN LA TIERRA
El escándalo en un pueblo pequeño no se mide por los titulares de los periódicos, sino por el silencio repentino que se produce cuando entras a comprar tortillas o por la forma en que las señoras se tapan la boca con el rebozo al verte pasar. Y en San Judas, el escándalo de la familia Montemayor había alcanzado proporciones bíblicas.
Había pasado un mes desde el “funeral” que terminó con un escuadrón de la Guardia Nacional tomando el altar. Un mes de interrogatorios, cateos y camiones militares levantando polvo en las calles empedradas. El pueblo, antes adormilado bajo el yugo de una corrupción silenciosa, ahora vivía en un estado de nerviosismo permanente, como un hormiguero al que alguien le ha dado una patada.
Para el Padre Salvador, la vida había vuelto a una rutina extraña, una mezcla híbrida entre su presente y su pasado. Por las mañanas, oficiaba la misa de siete, escuchaba las confesiones de las beatas sobre envidias menores y malos pensamientos. Pero por las tardes, la sotana se quedaba colgada en el armario y Salvador caminaba hacia el Palacio Municipal, donde el Capitán Méndez había establecido su cuartel temporal.
—Padre, llegue tarde —dijo Méndez, señalando una silla plegable frente a un pizarrón lleno de fotos y líneas rojas—. El café ya está frío, pero el chisme está caliente.
Salvador se sentó, frotándose las rodillas. La humedad de agosto le despertaba los dolores de las viejas fracturas del accidente.
—El chisme no me interesa, Capitán. Me interesan los hechos. ¿Qué sacaron de los teléfonos de Lorena?
Méndez suspiró y le pasó una carpeta gruesa.
—Es peor de lo que pensábamos, Salvador. Lorena no era solo una cazafortunas ambiciosa. Era un enlace.
Salvador abrió la carpeta. Fotos de transferencias bancarias, mensajes de WhatsApp encriptados, registros de llamadas.
—Lavado de dinero —murmuró Salvador, reconociendo los patrones al instante—. Usaban la infraestructura de la textilera para blanquear efectivo del cártel de la costa.
—Exacto. Don Rogelio, el padre de Pablo, se negó a cooperar hace dos años. Por eso lo enfermaron. No fue solo codicia de la viuda; fue una toma hostil corporativa orquestada por el crimen organizado. Lorena fue la herramienta. Roberto, el idiota útil. Y el Tío, el Director de Policía… el facilitador.
Salvador cerró la carpeta con un golpe seco. Sentía esa vieja bilis subiendo por su garganta, el sabor amargo de la injusticia sistémica.
—¿Y Pablo? ¿Sabe esto?
—Se lo dijimos ayer. El muchacho es fuerte, pero esto… saber que su padre no murió, sino que fue ejecutado lentamente en su propia cama… eso rompe a cualquiera.
La Visita al Reclusorio
Esa misma tarde, Salvador solicitó ver a Lorena. Ella había sido trasladada a un penal federal de máxima seguridad en la capital del estado, pero debido a una serie de trámites burocráticos y a la cooperación de Salvador con la fiscalía como testigo clave, se le permitió una visita pastoral antes de que la procesaran definitivamente y la aislaran.
La sala de visitas era un cubículo gris, dividido por un vidrio grueso y sucio. Olía a limpiador de pino barato y desesperación.
Cuando trajeron a Lorena, Salvador casi no la reconoció.
La mujer glamorosa, de piel perfecta y ropa de diseñador, había desaparecido. En su lugar había una mujer demacrada, con el cabello teñido mostrando raíces oscuras, vistiendo un uniforme beige que le quedaba grande. Sin maquillaje, sus facciones se veían duras, angulosas. Sus ojos, antes llenos de arrogancia, ahora eran dos pozos de odio frío.
Se sentó al otro lado del vidrio y tomó el teléfono. Salvador hizo lo mismo.
—¿Vienes a regodearte, cura? —su voz sonaba rasposa, metálica a través del auricular—. ¿O vienes a traerme la extremaunción? Porque te aviso que pienso vivir muchos años, aunque sea en este agujero, solo para odiarte.
Salvador la miró con una calma que a ella le resultaba insoportable.
—No vengo a regodearme, Lorena. Vengo a entender.
—¿Entender qué? ¿La naturaleza del mal? Ahórrate el sermón de domingo.
—Vengo a entender cómo se cruza la línea. Cómo pasaste de ser una enfermera que juró proteger la vida, a ser una mujer que le pone arsénico en la sopa a su esposo.
Lorena soltó una risa seca.
—El dinero, Salvador. Es muy simple. El dinero es la única verdad. Rogelio tenía demasiado y no lo disfrutaba. Yo solo redistribuí la riqueza.
—Mataste a un buen hombre. Y trataste de matar a su hijo.
—Pablo… —hizo una mueca de asco—. Ese niño mimado. Nunca trabajó un día en su vida. Yo me merecía ese imperio. Yo aguanté los caprichos de Rogelio, su decadencia, su olor a viejo enfermo.
—Tú lo enfermaste —corrigió Salvador suavemente—. Tú creaste esa decadencia.
Lorena se inclinó hacia el vidrio, sus ojos clavados en los de Salvador.
—Tú no eres diferente a mí, Comandante —usó su antiguo rango como un insulto—. Tú también tienes sangre en las manos. La diferencia es que tú te escondes detrás de una cruz y yo asumo lo que soy. Yo jugué el juego y perdí. Tú… tú sigues fingiendo que eres santo.
Salvador sintió el golpe, pero no parpadeó.
—La diferencia, Lorena, es que yo busco redención. Tú buscas justificación. Y te voy a decir algo que tal vez no sepas: Roberto te vendió.
La expresión de Lorena vaciló por una fracción de segundo.
—Ese imbécil no sabe nada.
—Sabe suficiente. Sabe de los contactos en la costa. Sabe quién te dio el veneno. Negoció una reducción de sentencia. Él va a salir en veinte años. Tú… tú no vas a salir nunca. Te van a refundir, hija. Vas a envejecer entre cuatro paredes grises, y tu belleza, esa que tanto cuidabas, se va a pudrir sin que nadie la vea.
Lorena golpeó el vidrio con el puño, un golpe sordo y patético.
—¡Vete al diablo!
—Ya estoy en él, Lorena. Y tú acabas de rentar una suite presidencial.
Salvador colgó el teléfono. Se levantó y la miró una última vez. Hizo la señal de la cruz en el aire, bendiciéndola.
—Que Dios tenga piedad de tu alma, porque la ley de los hombres no la tendrá.
Salió de la prisión sintiendo que el aire de la calle, contaminado y caliente, era el más puro que había respirado en años.
La Reconstrucción de las Almas
Mientras tanto, en la Hacienda Montemayor, el silencio era diferente. No era un silencio de miedo, sino de luto retrasado.
Pablo estaba sentado en el porche, mirando los vastos jardines que habían pertenecido a su familia por generaciones. Tenía el torso vendado y se movía con dificultad, pero el dolor físico era lo de menos.
Katia salió de la casa con dos tazas de té. Se sentó a su lado y le pasó una.
—¿En qué piensas? —preguntó ella suavemente.
—En mi papá —dijo Pablo sin apartar la vista del horizonte—. Pienso en todas las veces que me dijo que la comida le sabía rara. En todas las veces que se quejó de dolores de estómago y yo… yo solo le decía que era la quimio. Que aguantara.
Se le quebró la voz. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla.
—Yo le daba la comida a veces, Katia. Lorena me la pasaba y yo se la llevaba a la cama. Yo… yo lo envenené con mis propias manos sin saberlo.
Katia dejó la taza en la mesa y le tomó la cara con ambas manos, obligándolo a mirarla.
—No. No te atrevas a ir por ahí, Pablo Montemayor. Eso es lo que ella querría. Que te culpes. Tú eras un hijo amoroso cuidando a su padre. Tú fuiste una víctima más de su engaño. No eres culpable de la maldad de otros.
—Me siento sucio, Katia. Siento que toda esta casa está manchada. Quiero venderla. Quiero quemarla. No quiero el dinero. No quiero nada que venga de esa mujer.
—La casa no tiene la culpa. El dinero tampoco. El dinero es una herramienta, Pablo. Tu padre construyó esto dando trabajo a medio pueblo. Si lo vendes o lo cierras, ¿qué va a pasar con las trescientas familias que dependen de la fábrica? ¿Vas a dejar que Lorena destruya también el sustento de esa gente?
Pablo la miró. Katia tenía esa sabiduría práctica de las mujeres de pueblo, una fortaleza que no se dobla con el viento.
—Tienes razón —suspiró él—. Pero no sé si puedo entrar ahí y sentarme en su silla.
—No tienes que hacerlo hoy. Ni mañana. Pero algún día tendrás que hacerlo. Y cuando lo hagas, lo harás como Pablo, no como Rogelio. Lo harás a tu manera. Y yo voy a estar ahí, a tu lado, asegurándome de que nadie te ponga nada raro en el café.
Pablo sonrió débilmente. Fue la primera sonrisa real en semanas.
—Te amo, Katia. No sé qué hice para merecerte.
—Probablemente salvarme de casarme con un cadáver —bromeó ella, tratando de aligerar el ambiente.
Ambos rieron, una risa corta y nerviosa, pero sanadora.
En ese momento, vieron llegar la vieja camioneta pick-up de la parroquia. El Padre Salvador bajó del vehículo, cargando una bolsa de pan dulce.
—Espero no interrumpir —gritó desde la entrada.
—Padre Salvador —dijo Pablo, intentando levantarse.
—Quieto ahí, Lázaro. No te levantes.
Salvador subió al porche, se quitó el sombrero y se sentó en una mecedora de mimbre.
—Traje conchas de la panadería de Doña Chona. Dicen que curan las penas y suben el colesterol, una combinación ganadora.
Katia fue por más tazas. Salvador se quedó a solas con Pablo.
—Fui a verla —dijo Salvador directo al grano.
Pablo se tensó.
—¿A Lorena?
—Sí.
—¿Dijo algo? ¿Se arrepintió?
—No. El arrepentimiento requiere conciencia, y esa mujer amputó la suya hace mucho tiempo. Pero está acabada, Pablo. Se va a pudrir en la cárcel. Ya no puede hacerte daño.
Pablo asintió, mirando sus manos.
—Padre, tengo miedo.
—¿De qué?
—De convertirme en ellos. Ahora tengo poder. Tengo mucho dinero. Tengo influencia. He visto lo que eso le hace a la gente. ¿Cómo sé que no terminaré siendo un monstruo?
Salvador se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
—El hecho de que tengas miedo de eso, ya es tu vacuna. Los monstruos no se preguntan si son monstruos. Los monstruos creen que son dioses. Tú tienes duda. Y mientras tengas duda, y tengas a esa mujer que fue por el té a tu lado… estarás bien.
—Además —añadió Salvador, guiñando un ojo—, me tienes a mí. Y te prometo que el día que te vea portándote mal, voy a venir y te voy a dar unos zapes, seas el dueño del pueblo o no.
Pablo rió.
—Trato hecho, Padre.
La Purga
Una semana después, se llevó a cabo la reunión más tensa en la historia del municipio. En el auditorio de la escuela secundaria, el Capitán Méndez y el Padre Salvador (vestido de civil, con camisa de cuadros y pantalón de mezclilla) reunieron a todos los oficiales de policía restantes.
Eran unos cuarenta hombres y mujeres. Algunos gordos y desaliñados, otros jóvenes y asustados. Todos sabían que sus jefes estaban presos.
Méndez tomó el micrófono.
—Señores, la fiesta se acabó. La Guardia Nacional va a tomar el control de la seguridad por seis meses. Durante este tiempo, todos ustedes serán evaluados. Pruebas de confianza, antidoping, revisión de patrimonio y antecedentes.
Hubo un murmullo de descontento.
—El que no quiera pasar por esto —continuó Méndez—, puede dejar su placa y su arma en esa mesa y largarse ahora mismo. Sin preguntas. Pero si se quedan y les encontramos algo… se van al bote con su ex-director.
Nadie se movió al principio. Luego, un oficial veterano, con cara de pocos amigos, se levantó. Se quitó la placa y la tiró en la mesa con desprecio.
—Yo no voy a recibir órdenes de guachos ni de curas —escupió.
Salió del auditorio.
Tras él, otros cinco lo siguieron. Eran las manzanas podridas más obvias.
Salvador observaba desde una esquina. Sus ojos escaneaban las caras de los que se quedaban. Veía miedo, sí. Pero en algunos, veía alivio.
Se acercó a un oficial joven, un muchacho que no pasaba de los veintidós años, que apretaba su gorra con nerviosismo.
—¿Cómo te llamas, hijo? —preguntó Salvador.
—Ramírez, Padre… digo, señor.
—¿Por qué te hiciste policía, Ramírez?
El chico tragó saliva.
—Porque… porque quería ayudar. Mi papá era albañil, lo asaltaban cada quincena. Yo quería que eso parara.
—¿Y has ayudado?
El chico bajó la mirada, avergonzado.
—No nos dejaban. Si deteníamos a alguien “pesado”, el Comandante nos ordenaba soltarlo. Nos decían que miráramos a otro lado.
—¿Y tú miraste a otro lado?
—Sí… —susurró el chico, con lágrimas en los ojos—. Tenía miedo. Tengo esposa y una bebé.
Salvador le puso una mano en el hombro.
—El miedo es normal, Ramírez. Pero hoy, el miedo cambió de bando. Hoy los que tienen miedo son los malandros. ¿Estás dispuesto a ser el policía que querías ser cuando entraste a la academia?
El chico levantó la vista. Vio en los ojos oscuros de Salvador una mezcla de dureza y comprensión.
—Sí, señor. Sí quiero.
—Entonces ponte la gorra y párate derecho. Tienes trabajo que hacer.
Salvador se volvió hacia Méndez y asintió levemente. Había esperanza. No mucha, pero la había. La purga sería larga y dolorosa, pero el pueblo tenía una oportunidad de sanar.
El Fantasma del Pasado
Esa noche, Salvador regresó a la parroquia exhausto. Al entrar a su pequeña habitación, vio la máscara de látex sobre su escritorio. Aún no se la había entregado a Méndez como evidencia final, aunque sabía que debía hacerlo.
La miró bajo la luz amarilla de la lámpara.
Esa máscara era el símbolo de todo lo que estaba mal. La falsedad. El ocultamiento.
Pero también era el símbolo de su despertar.
Tomó la máscara y una caja de cerillos. Salió al patio trasero de la iglesia, donde tenía un pequeño barril metálico para quemar hojas secas.
Tiró la máscara dentro.
Encendió un cerillo y lo dejó caer.
El látex y la silicona tardaron un momento en prender, pero luego ardieron con una llama brillante, azul y naranja, soltando un humo negro y tóxico. La cara de “Pablo” se derritió, deformándose, volviendo a la nada.
Salvador observó el fuego hasta que solo quedaron cenizas pegajosas.
—Adiós a las máscaras —dijo en voz alta.
Sacó su celular. Marcó un número que no había marcado en siete años, pero que sabía de memoria.
Sonó tres veces.
—¿Bueno? —contestó una voz de mujer, mayor, cansada.
—Doña Martita —dijo Salvador.
Hubo un silencio largo al otro lado de la línea. Era su suegra. La mujer que le había escupido, la que lo culpaba por la muerte de Elena y Dani.
—¿Salvador? —su voz temblaba—. ¿Qué quieres? ¿Por qué llamas?
—No llamo para pedir perdón, Martita. Ya te lo pedí mil veces y sé que no sirve. Llamo para decirte que… que estoy bien. Y que estoy haciendo lo que Elena hubiera querido.
—¿Sigues jugando al curita?
—Sí. Y también al policía. Soy las dos cosas, Martita. Y hoy… hoy salvé a un hijo. No pude salvar al nuestro, pero salvé al de alguien más.
Escuchó un sollozo al otro lado de la línea.
—Te odio, Salvador —dijo ella, pero sin la fuerza de antes. Era un odio cansado, gastado por el tiempo—. Te odio porque tú sigues vivo y ellos no.
—Lo sé. Yo también me odio a veces por eso. Pero mientras estemos aquí, tenemos que hacer que valga la pena. Solo quería que supieras que… que Dani y Elena no murieron en vano. Me enseñaron a pelear por los que quedan.
—No vuelvas a llamar —dijo ella. Pero no colgó de inmediato. Hubo una pausa de cinco segundos. Una respiración compartida a través de cientos de kilómetros.
—Cuídate, muchacho —dijo finalmente, y colgó.
Salvador cerró el teléfono y miró las estrellas. Se sentía más ligero. No perdonado, no completamente sanado, pero sí más ligero.
El purgatorio en la tierra continuaba, pero al menos ahora, él tenía una brújula.
A lo lejos, las luces de la Hacienda Montemayor brillaban. Pablo y Katia estaban allá, planeando una vida, quizás planeando esa boda que había sido interrumpida por la muerte.
—Bueno —se dijo Salvador, sacudiéndose las cenizas de la ropa—. Mañana hay que casar a esos dos de verdad. Y esta vez, voy a revisar que el novio respire antes de empezar la misa.
Caminó de regreso a su habitación, listo para dormir sin pesadillas por primera vez en mucho tiempo.
PARTE 3
CAPÍTULO 6: EL PACTO DE LOS VIVOS
Noviembre llegó a Michoacán pintando los cerros de verde oscuro y trayendo vientos frescos que olían a pino y tierra mojada. En el pueblo de San Judas, el aire se sentía diferente. Más ligero. Como si alguien hubiera abierto una ventana en una habitación cerrada durante años para dejar salir el olor a podrido.
La Parroquia de San Judas Tadeo lucía irreconocible. No por ninguna remodelación arquitectónica, sino por las flores. Miles de alcatraces, nubes blancas y rosas rojas inundaban el atrio, las bancas y el altar. Ya no había cintas moradas de luto, ni el silencio opresivo de los funerales de compromiso. Hoy, el pueblo entero estaba invitado a una fiesta.
En la sacristía, el Padre Salvador se ajustaba la casulla dorada frente al espejo. Se veía viejo, pensó. Las arrugas alrededor de sus ojos se habían profundizado en el último mes, marcadas por el estrés de la purga policial y las noches en vela revisando expedientes con el Capitán Méndez. Pero también se veía fuerte. Sus hombros ya no cargaban el peso de la culpa, sino la responsabilidad del deber.
—Te ves galán, Salvador —dijo el Padre Anselmo, entrando con una sonrisa desdentada y un vaso de agua—. Hasta pareces obispo.
—No me insultes, Anselmo. Yo soy tropa, no general —respondió Salvador, guiñándole un ojo.
Anselmo se sentó en un banco, poniéndose serio por un momento.
—¿Estás listo? No para la misa, eso lo haces dormido. Me refiero a lo otro. A quedarte.
Salvador se giró. En su bolsillo, bajo los ornamentos sagrados, sentía el peso familiar de su viejo teléfono celular, el que ahora tenía línea directa con la Zona Militar.
—Estoy listo. El pueblo necesita un cura, Anselmo. Pero también necesita un perro guardián que le ladre a los coyotes cuando bajen del cerro. Yo puedo ser las dos cosas.
—El Pastor Alemán de Dios —rió Anselmo—. Me gusta. Bueno, ándale, que el novio se nos desmaya.
La Ceremonia de la Verdad
La iglesia estaba a reventar. Pero esta vez, las sonrisas eran genuinas. La gente murmuraba emocionada, los niños corrían por los pasillos laterales hasta que sus madres los pellizcaban, y el mariachi afinaba los instrumentos en el coro.
Al pie del altar, Pablo Montemayor esperaba. Ya no tenía vendajes, aunque caminaba con una leve cojera que quizás le duraría para siempre, un recordatorio de su caída y su resurrección. Vestía un traje gris impecable, hecho a la medida, pero sin la pretensión de los ricos de antes. Saludaba a la gente por su nombre: al panadero, al mecánico, a la señora de los tamales.
Salvador salió al altar y la música del órgano llenó el espacio.
Pablo lo miró y soltó un suspiro de alivio.
—Padre… estoy sudando más que en el interrogatorio.
Salvador se inclinó discretamente.
—Tranquilo, hijo. Lo difícil fue morirse. Casarse es pan comido. Solo di “sí” y no te equivoques de nombre.
Entonces, las puertas se abrieron.
Katia entró.
No había máscaras. No había engaños. Solo una mujer radiante, vestida de encaje blanco, caminando con la cabeza alta. No caminaba sola; la llevaban del brazo sus dos tíos, los hombres sencillos que la habían protegido el día del escándalo.
Al verla, a Pablo se le llenaron los ojos de lágrimas. Esta vez, nadie dudó de que eran lágrimas de amor.
La ceremonia fue hermosa por su sencillez. Cuando llegó el momento de los votos, Salvador hizo una pausa no litúrgica. Miró a la pareja y luego a la congregación.
—Hermanos —dijo Salvador, y su voz resonó sin necesidad de micrófono—. Hace unas semanas, estuvimos aquí reunidos para una mentira. Lloramos una muerte falsa y fuimos testigos de la codicia humana. Pero hoy… hoy estamos aquí para celebrar la verdad.
Salvador miró a Pablo y a Katia.
—El matrimonio es un pacto. No es un contrato de negocios, como algunos creyeron. Es un pacto de sangre y espíritu. Ustedes ya pasaron la prueba de fuego. Literalmente. Pablo, bajaste al infierno para salvarla. Katia, esperaste en la oscuridad confiando en la luz.
—Que este anillo —dijo levantando las alianzas de oro— no sea una cadena, sino un recordatorio. El recordatorio de que el amor verdadero no se esconde, no miente y, sobre todo, no se rinde ante la maldad.
Cuando los declaró marido y mujer, el aplauso fue tan estruendoso que las palomas que vivían en el campanario salieron volando asustadas.
—Puede besar a la novia —dijo Salvador—. Y por favor, asegúrense de que esté vivo —agregó con una sonrisa pícara.
La iglesia estalló en risas. El fantasma de la tragedia se había disipado.
La Fiesta en la Hacienda
La recepción fue en los jardines de la Hacienda Montemayor. Lo que antes era un mausoleo de secretos y veneno, ahora era un festival de vida. Mesas largas con manteles blancos, papel picado de colores cruzando el patio, y el olor inconfundible de las carnitas estilo Michoacán y el mole de guajolote cocinándose en cazuelas de barro gigantes.
Pablo había cumplido su palabra. No vendió la hacienda, pero la transformó. Abrió los jardines para eventos del pueblo y convirtió las antiguas bodegas de almacenamiento (donde Roberto escondía mercancía) en un centro comunitario y escuela de oficios para los jóvenes.
Salvador se sirvió un plato de mole, pero se mantuvo en la periferia de la fiesta, recargado en un pilar de piedra, observando. Siempre observando.
El Capitán Méndez se le acercó, con una cerveza en la mano y vestido de civil, aunque la postura rígida y la mirada alerta lo delataban como militar a kilómetros de distancia.
—Buena fiesta, Padre.
—Buena comida, Capitán. Hacía años que no probaba un mole así.
—El pueblo está tranquilo —comentó Méndez, mirando a la gente bailar “La Víbora de la Mar”—. Demasiado tranquilo para mi gusto.
—Es la calma después de la tormenta. Pero no se confíe. Las cucarachas siempre vuelven cuando se apaga la luz.
—Por eso dejamos el destacamento permanente. Y por eso me alegra que aceptara ser el enlace ciudadano.
Salvador asintió. Su papel oficial era “Presidente del Consejo de Participación Ciudadana”, un título rimbombante para decir que era el ojos y oídos de la ley en las calles.
—Por cierto —dijo Méndez, bajando la voz—. Llegó el informe de balística y forense de la Ciudad de México sobre el caso de Jacinto Pérez, el indigente.
Salvador se tensó.
—¿Y bien?
—Tenía familia. Una hermana en Veracruz. La localizamos. No sabía que él había muerto. Le contamos… una versión de la historia. Que murió en un accidente y que una familia bondadosa se hizo cargo de todo.
—¿Y qué dijo?
—Lloró. Dijo que Jacinto se había ido de casa hace veinte años por problemas de alcohol, pero que siempre rezaba por él. Le enviamos sus cenizas ayer, junto con una donación anónima bastante generosa que hizo Pablo.
Salvador sonrió.
—Círculo cerrado. Eso es bueno.
En ese momento, la música se detuvo y Pablo tomó el micrófono en el escenario improvisado. Katia estaba a su lado.
—Amigos… familia —dijo Pablo, un poco borracho de felicidad y quizá de un par de tequilas—. Solo quiero decir una cosa. Esta casa fue construida con trabajo, pero se manchó con ambición. Hoy, Katia y yo hacemos un juramento frente a ustedes. Mientras nosotros vivamos, nadie en San Judas pasará hambre si nosotros tenemos pan. Y nadie sufrirá injusticia si nosotros podemos evitarlo. ¡Salud!
—¡Salud! —gritaron trescientas voces, alzando copas y jarritos de barro.
Salvador aplaudió, pero su mirada se desvió hacia la entrada principal de la Hacienda, la gran reja de hierro forjado que daba a la carretera.
Había una camioneta parada ahí. Una Ford Lobo negra, vidrios polarizados, motor encendido. No era de ningún invitado.
El instinto de Salvador se encendió como una bengala roja.
Méndez también la vio.
—¿Esperamos a alguien más? —preguntó el Capitán, su mano yendo instintivamente a la cintura, donde ocultaba su arma bajo la guayabera.
—No —dijo Salvador, dejando el plato de mole en el pilar—. Espere aquí, Capitán. No arruinemos la fiesta si no es necesario.
Salvador caminó hacia la entrada. Su paso era firme, decidido. La sotana negra ondeaba con el viento nocturno.
Al llegar a la reja, la ventanilla de la camioneta bajó lentamente.
Adentro había dos hombres. Jóvenes, tatuados, con esa mirada vidriosa de quienes han visto y hecho cosas horribles. “Halcones”. Mensajeros del cártel.
El conductor, un tipo con un diente de oro, miró al cura de arriba abajo y escupió al suelo.
—Buenas noches, padrecito. ¿Buena la peda?
—Privada —respondió Salvador seco—. ¿Se les ofrece algo?
—Solo veníamos a ver. Nos contaron que el muertito revivió. Queríamos ver si es cierto que aquí pasan milagros.
—Pasan milagros y pasan tragedias —dijo Salvador, acercándose más, invadiendo el espacio personal del vehículo. Apoyó las manos en el marco de la ventana. Manos grandes, fuertes—. Depende de lo que busquen.
El copiloto se inclinó hacia adelante, mostrando la culata de una pistola fajada en el pantalón.
—Buscamos respeto, cura. Dígale a su amiguito el resucitado que la plaza tiene dueño. Que Lorena se fue, pero la Organización se queda. Que pronto vamos a venir a cobrar la cuota.
Salvador no retrocedió. Ni un milímetro. Se agachó para quedar a la altura de los ojos del conductor.
—Escúchame bien, muchacho. Y llévale este recado a tu patrón, sea quien sea el que quedó a cargo en la costa.
Salvador bajó la voz a ese tono de ultratumba que usaba en el confesionario con los pecadores más graves.
—Este pueblo ya pagó su cuota. La pagó con sangre de gente inocente. Y se acabó. Aquí adentro —señaló la fiesta— está la Guardia Nacional. Y aquí afuera… estoy yo.
El conductor se rió, nervioso.
—¿Usted? ¿Un cura? ¿Nos va a excomulgar?
—No —dijo Salvador—. Yo ya enterré a mi familia. Ya enterré mi miedo. No tengo nada que perder. Y un hombre que no tiene nada que perder es más peligroso que cualquier sicario con sueldo mínimo. Díganle a su patrón que si vuelven a poner un pie en San Judas… no voy a llamar a la policía. Voy a ir yo a buscarlos. Y yo conozco sus caras. Conozco sus tatuajes. Y sé rezar por sus almas mientras los envío al infierno.
El silencio se alargó. Los ojos de Salvador eran dos pozos negros sin fondo. El “Comandante Roca” se asomó por un segundo, brutal y despiadado.
El conductor tragó saliva. El copiloto apartó la mirada. La bravuconería se les esfumó ante la presencia de una autoridad que no entendían.
—Vámonos —dijo el conductor.
Subió la ventanilla. La camioneta arrancó, quemando llanta, y desapareció en la oscuridad de la carretera.
Salvador se quedó ahí un momento, respirando el humo del escape.
—Amén —susurró.
Cuando se giró, el Capitán Méndez estaba a unos metros, observando.
—¿Todo bien, Padre?
—Todo bien. Solo unos borrachos perdidos. Les di indicaciones para irse… al diablo.
Méndez sonrió, entendiendo perfectamente lo que había pasado.
—Buen trabajo. Regresemos a la fiesta. Creo que van a cortar el pastel.
El Final del Camino
La fiesta duró hasta el amanecer, como dictan las buenas costumbres mexicanas.
Cuando los últimos invitados se fueron, y los novios partieron en un coche decorado con latas y flores rumbo a su luna de miel (un viaje por carretera al norte, lejos de todo), Salvador se quedó ayudando a recoger las mesas.
El sol despuntaba sobre los cerros, tiñendo el cielo de naranja y violeta.
Salvador caminó de regreso al pueblo. Sus pasos resonaban en el empedrado.
Al pasar frente a la comandancia de policía, vio al oficial Ramírez —el chico joven que había confrontado en el auditorio— de guardia en la puerta.
Ramírez estaba impecable. Uniforme planchado, botas boleadas. Al ver al sacerdote, se cuadró y saludó con respeto militar.
—Buenos días, Padre. Sin novedad en el turno.
Salvador le devolvió el saludo.
—Descansa, hijo. Buen trabajo.
Siguió caminando hasta la iglesia.
Entró en la nave vacía, que aún olía a flores de boda.
Se arrodilló frente al sagrario.
Durante siete años, sus oraciones habían sido de súplica. “Sácame de aquí”, “Quítame este dolor”, “¿Por qué a mí?”.
Hoy, su oración fue diferente.
“Señor”, pensó. “Gracias. Gracias por darme una misión. No soy el hombre que era antes, y nunca volveré a ser inocente. Pero si mi pasado sirve para proteger el futuro de estos muchachos… entonces valió la pena el viaje”.
Se levantó. Fue a la sacristía y se quitó la sotana, quedándose con su camisa negra y el alzacuellos.
Abrió el cajón de su escritorio. Ahí estaba la foto de Elena y Dani.
La besó y la guardó de nuevo. Pero esta vez, no cerró el cajón con llave. Lo dejó sin seguro. Ya no necesitaba esconder sus recuerdos. Eran su combustible.
Salió al atrio. El pueblo despertaba. La panadería abría sus cortinas. El camión de la basura pasaba haciendo ruido. La vida, terca y hermosa, continuaba.
Un niño pasó corriendo tras un perro callejero.
—¡Padre Salvador! —gritó el niño—. ¡Dice mi mamá que si va a ir a comer hoy! ¡Hizo pozole!
Salvador sonrió. Una sonrisa amplia, verdadera, que le llegó a los ojos.
—Dile a tu mamá que ahí estaré, chamaco. Pero que me guarde con mucha carne.
El Padre Salvador, el Comandante Roca, el Guardián de San Judas, bajó las escaleras del atrio y se mezcló con su gente.
La máscara se había roto para siempre.
Y el rostro que quedaba debajo, cicatrices y todo, estaba listo para enfrentar lo que viniera.
FIN