
CAPÍTULO 1: El Síndrome del Chavito-Ruco y la Misión que Valió Madre
Héctor sentía que la silla de pupitre estaba diseñada por la Santa Inquisición para torturar nalgas de adultos. A sus treinta y tantos años, con una espalda que había sobrevivido a caídas desde helicópteros y peleas a navajazos en Tepito, ser derrotado por un asiento de madera comprimida era humillante.
El salón de 3º “B” olía a una mezcla radiactiva de hormonas adolescentes, desodorante Axe de chocolate, tortas de tamal contrabandeadas y ese aroma rancio a encierro que solo las escuelas mexicanas logran cultivar. Héctor, embutido en un uniforme gris que le apretaba en los bíceps y le quedaba rabón de los tobillos, miraba al vacío con la expresión de un hombre que ha visto demasiadas cosas y ahora tiene que fingir que le importa el “Tratado de Guadalupe Hidalgo”.
—…y por eso, jóvenes, la soberanía nacional es un concepto que… —la voz de la maestra Susana era un zumbido constante, como el de un mosquito en la oreja a las tres de la mañana.
Héctor parpadeó, luchando contra una narcolepsia defensiva. Su cerebro, entrenado para memorizar planos de edificios de alta seguridad y rutas de escape en segundos, se negaba a procesar la fecha de la Constitución de 1917. Sin embargo, tenía un don maldito: la memoria eidética. Podía estar pensando en si dejó la estufa prendida o en qué table dance servía las mejores alitas, pero si le ponían un examen enfrente, su mano respondía sola. Era el “matadito” que nunca abría un libro. Un genio accidental que sacaba puros dieces mientras dormía con los ojos abiertos.
Su cabeza empezó a oscilar. Grave error.
En su mente, no estaba en el aula. Estaba en una realidad alternativa, una fantasía “godínez” que anhelaba en secreto: él, con una guayabera blanca, llegando a una casa de interés social en Coacalco, donde una esposa genérica pero cariñosa le servía un plato de pozole rojo hirviendo. “Bienvenido a casa, mi amor”, le decía ella. No había disparos, no había narcos, no había jefes gritones. Solo paz y maíz pozolero.
—¡Salgado! —El grito rompió su nirvana.
Un objeto volador no identificado surcó el aire a velocidad mach 2. Era un borrador de pizarrón, de esos de madera maciza con fieltro, un proyectil clásico del magisterio mexicano.
El instinto de Héctor, forjado en las fuerzas especiales y pulido en las calles más peligrosas del Estado de México, se activó antes de que su cerebro consciente despertara. En un parpadeo, su mano derecha interceptó el borrador a milímetros de su cara con un chasquido seco. Sus ojos se abrieron, inyectados en adrenalina. Se levantó de un salto, pateando el pupitre hacia atrás. Su postura cambió: rodillas flexionadas, guardia arriba, mirada de depredador buscando la amenaza letal.
Estaba a punto de desenfundar un arma imaginaria o romperle el cuello al agresor con una llave de Krav Magá, cuando la realidad le cayó encima como cubeta de agua helada.
Treinta adolescentes lo miraban con la boca abierta. El silencio era absoluto. La maestra Susana, una mujer de unos veintiocho años con cara de que no le pagaban lo suficiente para aguantar esto, lo miraba con una mezcla de susto y furia, con la mano aún extendida tras el lanzamiento.
—¡Héctor! —gritó ella, recuperando la compostura y ajustándose los lentes—. ¿Se puede saber qué demonios te pasa? ¿Crees que estás en una película de acción o qué? ¡Siéntate y deja de hacer el ridículo!
Héctor se quedó congelado, con el borrador apretado en el puño como si fuera una granada. “Trágatela, Héctor. Eres un estudiante. Eres un pinche estudiante inadaptado de 19 años repetidor, no un agente federal”, se repitió mentalmente.
—Perdón, Miss —masculló, bajando la guardia y forzando una sonrisa de menso—. Es que… me asusté. Tengo reflejos nerviosos, ya sabe, por tanto videojuego.
Se sentó lentamente, sintiendo cómo el rubor le subía al cuello. Escuchó las risitas por lo bajo.
—Pinche ruco loco —susurró el “Teso”, el bully residente de la última fila, un mirrey hijo de papi con el peinado de un futbolista europeo y la inteligencia de un ladrillo.
Héctor apretó la mandíbula. Si estuvieran en un callejón, el Teso ya estaría escupiendo los dientes. Pero no. Tenía que aguantar. Todo por culpa de esa maldita noche en la bodega de la Doctores.
(Flashback: Dos semanas antes – Colonia Doctores, CDMX – 02:00 AM)
La lluvia caía sobre la Ciudad de México, esa lluvia ácida y sucia que te deja la ropa oliendo a smog. Héctor estaba agazapado en una gárgola de un edificio abandonado, con los binoculares térmicos pegados a los ojos.
—Reporte, Agente Salgado —craspitó la voz del Jefe García en su auricular. García estaba cómodamente sentado en una van blindada a dos cuadras, comiéndose seguramente unos tacos, mientras Héctor se mojaba las nalgas en la intemperie.
—Aquí Águila Uno. Veo movimiento. Tres camionetas Suburban negras, sin placas. Tipos armados hasta los dientes. Parece reunión de exalumnos del Reclusorio Norte —susurró Héctor.
—Céntrate en el objetivo. La Estatuilla de Coatlicue. Es patrimonio nacional, vale más que tu vida y la de toda tu descendencia. Y el dinero. No pierdas de vista las maletas.
Dentro de la bodega, a través de una claraboya rota, Héctor veía la transacción. Un grupo de mafiosos chinos estaba negociando con un cártel local. Sobre una mesa plegable, iluminada por una lámpara de halógeno, estaba la pieza arqueológica. Era hermosa, de piedra volcánica, y a su lado, montañas de dólares y pesos.
—Ya me cansé de ver, Jefe. Se me están entumido las patas. Voy a entrar —dijo Héctor, ajustándose los guantes tácticos.
—¡Negativo, Salgado! Espera a la señal de… —Héctor se quitó el auricular.
“A la chingada la señal”, pensó.
Tomó impulso y saltó. Rompió el tragaluz con el peso de su cuerpo, cayendo en medio de la bodega en una lluvia de vidrios rotos. Aterrizó en la pose de superhéroe (que chinga mucho las rodillas, por cierto) y rodó para amortiguar el impacto.
—¡Buenas noches, caballeros! ¡Llegó el SAT a cobrar impuestos! —gritó Héctor, desenfundando dos pistolas aturdidoras.
El caos se desató. Los mafiosos, confundidos por un segundo, sacaron armas largas. Héctor se movió como un bailarín de la muerte. Esquivó una ráfaga de AK-47 deslizándose bajo la mesa, pateó la rodilla de un sicario, le quitó el arma y la usó como garrote para noquear a otro.
—¡Damián, ahora! —gritó Héctor.
La puerta principal voló en pedazos. Damián, su compañero de toda la vida, entró manejando una motocicleta directo hacia los enemigos, saltando de ella en el último segundo. Damián, disfrazado ridículamente de vendedor de bonice (porque así era su cobertura), empezó a repartir patadas voladoras.
Héctor vio que el líder de los chinos agarraba la estatuilla y corría hacia una puerta trasera.
—¡Ni madres! —Héctor saltó sobre dos cajas de mercancía y tacleó al tipo. Ambos rodaron por el suelo sucio. El chino era experto en Kung Fu, pero Héctor era experto en “Pelea Callejera Chilanga”. Le metió un piquete de ojos y un rodillazo en la ingle.
El chino soltó la estatuilla. La pieza de piedra voló por los aires en cámara lenta.
—¡NOOO! —gritó Héctor.
Se lanzó como portero de la selección en penal decisivo. Atrapó la estatuilla a centímetros del suelo.
—¡La tengo! —exclamó triunfante, abrazando la piedra como si fuera un bebé.
¡BANG!
Un disparo sonó. No fue de los malos. Fue de la propia arma de Héctor, que se disparó accidentalmente al golpear el suelo con el codo.
Héctor miró la estatuilla. La Coatlicue tenía ahora un agujero de bala perfecto en el brazo izquierdo, que se desprendió y cayó al suelo con un sonido triste: cloc.
El silencio en la bodega fue sepulcral, solo roto por el sonido de las sirenas acercándose. Damián se acercó, vio la estatuilla mutilada y luego a Héctor.
—Güey… ya valiste verga —dijo Damián.
(Oficina del Director de Inteligencia – Día siguiente)
El Jefe García estaba tan rojo que parecía que le iba a dar una embolia. Tenía la estatuilla (con pegamento Kola Loka en el brazo) sobre su escritorio.
—¡Eres un animal, Salgado! ¡Un pinche animal! —gritaba García, golpeando la mesa—. ¡Esta pieza tiene quinientos años de antigüedad! ¡Sobrevivió a la Conquista, a la Revolución, a los terremotos del 85 y del 2017, pero no sobrevivió a tu estupidez!
Héctor estaba parado en posición de firmes, mirando un punto fijo en la pared.
—Fue un accidente táctico, señor. Salvaguardé el 95% de la integridad del objeto.
—¡Cállate! —García se masajeó las sienes—. El Director General quiere tu cabeza. Te quiere meter al bote por daño a patrimonio federal. Pero… —García suspiró, abriendo un expediente grueso—… hay una forma de salvar tu pellejo.
García lanzó el expediente sobre la mesa. En la portada se leía: PREPARATORIA UNIÓN – OPERACIÓN: TESORO DEL GENERAL.
—¿Qué es esto? —preguntó Héctor.
—Una misión suicida que nadie quiere. Tenemos informes de inteligencia de que el antiguo Director de esa prepa, un tal General “Uñas Largas” de la época revolucionaria, escondió un cargamento de oro robado en los cimientos de la escuela antes de morir. Oro que vale miles de millones.
—¿Y? Mande a los de ingeniería a excavar.
—No podemos. La escuela es propiedad privada, dirigida por una tal Directora Mijares, una mujer con más palancas políticas que el Presidente. Si entramos con órdenes de cateo y no encontramos nada, se nos cae el teatro. Necesitamos a alguien adentro. Alguien que se infiltre, localice el oro discretamente y nos dé la ubicación exacta.
Héctor levantó una ceja, sospechando lo peor.
—¿Quiere que entre como conserje? ¿Maestro de educación física?
García sonrió con malicia.
—No, Héctor. Te ves muy joven para tu edad… o muy jodido, no sé. Vas a entrar como estudiante. Estudiante de intercambio, repetidor. Tienes que mezclarte, ganarte la confianza de los alumnos, investigar los rumores sobre el oro y, sobre todo, pasar desaperbofi.
—¡Jefe, no mame! ¡Tengo 32 años! ¡Tengo pelos en la espalda! ¡Me van a pedir mi credencial del INAPAM en la entrada!
—O tomas la mochila y los cuadernos, o tomas tu liquidación y una demanda federal. Tú decides. Ah, y una cosa más… si te expulsan, si te descubren o si repruebas matemáticas… vas a la cárcel.
Y así, Héctor Salgado, alias “El Ruco”, se convirtió en estudiante de preparatoria.
📖 CAPÍTULO 2: La Ley de la Selva Escolar y el Fantasma del Sótano
(02:00 PM – Cafetería de la Preparatoria Unión)
La hora del recreo era una zona de guerra sociológica. Héctor, con su charola de comida que consistía en unos chilaquiles aguados y un jugo de dudosa procedencia, buscaba una mesa estratégica. Desde su posición, analizaba la jerarquía de la prisión… digo, de la escuela.
Estaban los “Mirreyes”: liderados por el Teso. Ropa de marca, peinados impecables, hablando con una papa en la boca. Eran los dueños del patio. Se sentían intocables porque sus papás tenían fueros o bufetes de abogados.
Estaban los “Gamers/Otakus”: atrincherados en una esquina, jugando en sus celulares, hablando en un idioma que Héctor no entendía (¿qué carajos es un “skibidi toilet”?).
Y estaban los “Becados/Invisibles”: chavos normales que solo querían sobrevivir, estudiar y largarse.
Héctor se sentó solo, masticando con resignación. De repente, vio movimiento hostil en el sector noreste.
El Teso y sus dos gorilas, el “Kevin” y el “Brayan” (nombres reales, lamentablemente), tenían rodeado a un chico escuálido, con lentes de fondo de botella. Era Dong-Min (bueno, aquí se llamaba Daniel), el clásico niño genio que le hacía la tarea a todos.
—A ver, cuatro ojos —decía el Teso, empujando a Daniel contra la pared—. Te dije que quería el resumen de biología para ayer. ¿Por qué eres tan inútil?
—P-perdón, Teso, es que tuve que cuidar a mi abuela… —balbuceó Daniel, temblando como gelatina.
—¿Tu abuela? —El Teso se rió y le dio una cachetada suave, humillante—. Me vale madre tu abuela. Si no me traes la tarea mañana, voy a hacer que te tragues tus propios lentes. Y de paso, dame tu dinero del almuerzo, tengo sed.
El Teso le arrebató el billete de cincuenta pesos que Daniel traía en la mano y, para rematar, le vació un refresco de cola encima. El líquido pegajoso escurrió por la camisa blanca de Daniel. Nadie hizo nada. Los maestros miraban hacia otro lado o fingían revisar sus teléfonos.
Héctor sintió ese calor familiar en el pecho. Esa furia que le hacía querer romper tabiques nasales. Apretó el tenedor de plástico hasta que se rompió. “No lo hagas, Héctor. Misión encubierta. Si le pegas al hijo del diputado, te vas al bote”.
Pero sus pies se movieron solos. Se levantó, caminando con ese paso pesado y amenazante que había aprendido en los callejones.
—¡Epa! —ladró Héctor, su voz resonando más grave y autoritaria de lo que debería sonar la de un estudiante.
El Teso se giró, con una sonrisa burlona.
—Mira quién viene, el abuelito. ¿Qué quieres, ruco? ¿Te perdiste camino al asilo?
Héctor se paró frente a ellos. Le sacaba media cabeza al Teso, pero la diferencia real estaba en los ojos. Los ojos del Teso eran de un niño malcriado; los de Héctor eran de un hombre que había matado.
—Regrésale su dinero al chavo y pídele perdón —dijo Héctor, tranquilo, pero con esa calma que precede a la tormenta.
—¿Y si no qué? —El Teso empujó a Héctor. Fue como empujar una pared de concreto. Héctor ni se movió.
—Si no… —Héctor visualizó catorce formas de incapacitar al Teso en tres segundos. Podía romperle la clavícula, dislocarle la rodilla o simplemente dormirlo con un toque en la carótida.
Estaba a punto de optar por la opción C, cuando una voz chillona rompió la tensión.
—¡Jóvenes! ¡Sepárense ahora mismo!
Era la maestra Susana. Venía corriendo con sus tacones resonando en el cemento, seguida por el prefecto, un señor gordo que sudaba manteca.
—¡Salgado! —Susana se puso en medio, apuntándole con el dedo—. ¡Primer día y ya buscando pleito! A la dirección, ¡ahora! Y tú también, Teso.
—Pero Miss, él empezó, yo solo estaba platicando con mi amigo Daniel —mintió el Teso con una naturalidad psicopática.
—¡Cállate! Los dos. ¡Muévanse!
Mientras caminaban hacia la dirección, Héctor miró hacia un rincón del patio. Ahí, barriendo unas hojas secas con una escoba de vara, estaba un conserje. El conserje levantó la vista. Era el Jefe García, con un bigote falso mal pegado. García le hizo una seña sutil de “córtale el cuello” con la mano, recordándole a Héctor que estaba a un error de la desgracia.
(Más tarde – Patio Trasero de la Escuela – Zona Clausurada)
Después de recibir un sermón de una hora y un reporte, Héctor salió al patio trasero para despejarse. Caminó hasta los límites de la escuela, donde un edificio antiguo de ladrillo rojo se alzaba, separado por una reja oxidada y cintas amarillas de “PELIGRO”.
El “Edificio Viejo”. Según los planos que Damián le había enviado al celular encriptado, ese era el lugar original donde el General “Uñas Largas” tenía su despacho. Si el oro estaba en algún lado, estaba debajo de esos cimientos.
Héctor se acercó a la reja. El lugar tenía una vibra pesada. Las ventanas estaban rotas, las enredaderas cubrían las paredes como venas enfermas.
—Yo que tú no me acercaba ahí, nuevo.
Héctor se giró. Era Daniel, el chico de los lentes, que estaba sentado en una banca limpiándose las manchas de refresco de la camisa.
—¿Por qué? —preguntó Héctor, sentándose a su lado y ofreciéndole un pañuelo desechable.
—Gracias… —Daniel tomó el pañuelo—. Porque ahí asustan. De verdad. Es la leyenda de “La Niña del Piano”.
—¿La Niña del Piano? —Héctor reprimió una risa—. Suena a cuento para que no se vayan de pinta.
—No es cuento. Hace años, una alumna se suicidó ahí porque le hacían bullying. Dicen que a las 12 de la noche, se escucha un piano tocando solo. Y que si entras, la ves… y te lleva. Además… —Daniel bajó la voz, mirando a los lados—. Dicen que ahí es donde el Teso y su banda llevan a los que les caen mal para darles “calentaditas”. Nadie se acerca. Ni los maestros.
Héctor miró el edificio con renovado interés. “Perfecto”, pensó. “Un lugar donde nadie entra, con leyendas de fantasmas para alejar a los curiosos. El escondite ideal para un tesoro”.
—Oye, Daniel… —dijo Héctor—. Tú que eres el cerebrito de aquí. ¿Sabes algo de la historia de ese edificio? ¿Planos antiguos?
Daniel lo miró con curiosidad.
—Mi abuela trabajó aquí de limpieza hace años. Dice que hay sótanos que tapiaron. Túneles que conectan con la iglesia de al lado. Pero en serio, Héctor, no te metas. El Director Mijares tiene cámaras apuntando ahí todo el tiempo. Es como si cuidaran algo más que fantasmas.
Héctor sonrió. Esa era la confirmación que necesitaba.
(Esa misma noche – 11:45 PM)
Héctor regresó. Ya no llevaba el uniforme ridículo. Vestía su traje operativo negro: botas silenciosas, pasamontañas, guantes de adherencia y su mochila de herramientas.
Saltó la barda perimetral de la escuela como un gato montés. Evadió las cámaras de seguridad con una facilidad insultante, usando un dispositivo que loopeaba la señal de video. Se deslizó por las sombras hasta llegar al Edificio Viejo.
La cerradura de la puerta principal era un chiste para él. Un par de giros con la ganzúa y el clic metálico le dio la bienvenida.
El interior olía a humedad, a polvo de cien años y a madera podrida. Encendió su linterna táctica en modo bajo. El haz de luz reveló un vestíbulo majestuoso pero en ruinas. Había un retrato al óleo de un hombre con bigote de manubrio y mirada severa: El General. Sus ojos parecían seguir a Héctor.
—Muy bien, mi general. ¿Dónde escondiste la lana? —susurró Héctor.
Empezó a escanear el suelo con un detector de metales de alta frecuencia modificado. Beep… beep… Nada. Solo tuberías viejas.
Subió al segundo piso. El piso de madera crujía bajo sus botas. De repente, se detuvo.
Pin… Pin… Pin…
Un sonido. Notas musicales. Piano.
Héctor sintió que se le erizaban los pelos de la nuca. No creía en fantasmas, pero el sonido era real. Venía de una sala al final del pasillo. Apagó su linterna y sacó su pistola taser. Se acercó a la puerta entreabierta.
La música se detuvo de golpe.
Héctor empujó la puerta con una patada rápida y entró apuntando.
—¡Quieto todo el mundo!
La sala estaba vacía. Solo un piano de cola viejo cubierto de polvo en el centro. Pero había algo más. En el suelo, junto al piano, había huellas recientes en el polvo. Huellas de zapatos de hombre. Y olía a… ¿tabaco caro?
De repente, una luz cegadora le dio en la cara desde el otro extremo del pasillo.
—¡Alto ahí! ¡Seguridad!
Héctor maldijo. Se giró y corrió hacia la ventana. Escuchó disparos. ¡Pum! ¡Pum! Balas reales. Esto no era un velador normal.
Se lanzó por la ventana del segundo piso, rompiendo el vidrio y cayendo sobre un arbusto en el jardín. Rodó, se levantó y corrió hacia la barda. Mientras trepaba para escapar, miró hacia atrás.
En la ventana rota, iluminada por la luna, no vio a un guardia de seguridad. Vio una silueta femenina. Una mujer con el cabello suelto y… ¿un vestido rojo? No, era una bata. Y sostenía una pistola con una postura profesional.
Héctor saltó la barda y cayó en la calle, respirando agitadamente. Se quitó el pasamontañas.
—No mames… —jadeó—. Esa no era una niña fantasma.
La silueta, la postura, la forma de agarrar el arma… se le hacía extrañamente familiar.
Su teléfono vibró. Era un mensaje de Damián.
“Güey, investigué a tu maestra, Susana. No vas a creer esto. Su papá era cerrajero… y su abuelo fue el arquitecto que remodeló la escuela en los años 50. Ella sabe algo.”
Héctor miró hacia la escuela oscura. La misión acababa de complicarse. No solo tenía que lidiar con bullies, exámenes y su propia vejez. Tenía que lidiar con una maestra que disparaba a matar y un edificio que guardaba secretos que alguien estaba dispuesto a proteger con sangre.
—Bienvenido a la prepa, Héctor —se dijo a sí mismo, escupiendo un poco de sangre por el labio que se mordió al caer—. Mañana toca educación física. Me lleva la chingada.
📖 CAPÍTULO 3: De Trancazos, Tacos de Canasta y la Furia del “Mirrey”
Héctor se miraba en el espejo manchado de sarro del baño de la escuela. Se veía fatal. Tenía unas ojeras que le llegaban a las rodillas y un raspón en el pómulo que el maquillaje barato de farmacia no lograba cubrir del todo. La caída de la noche anterior, tras escapar de la “maestra francotiradora” (o quien fuera esa sombra), le había dejado el cuerpo como si lo hubiera atropellado el Metrobús en hora pico.
—Treinta y dos años… —murmuró, echándose agua fría en la cara—. A esta edad mi papá ya tenía dos terrenos y diabetes. Y yo aquí, escondiéndome en el baño para que no me vean cojear.
Su teléfono vibró. Era un mensaje de “Yoli”. En la misión, Yolanda era su “prima lejana” que también estudiaba en la prepa. En la vida real, Yoli era una hacker prodigio de 22 años de la Agencia, asignada para ser su soporte técnico y, básicamente, su niñera.
“Oye, ruco. El Director Mijares está revisando las cámaras del Edificio Viejo. Hackeé el sistema y puse un loop de la semana pasada, así que estás a salvo. Pero aguas, la Maestra Susana anda preguntando por tu expediente escolar. Le inventé que vienes de una prepa en Tlaxcala (como Tlaxcala no existe, es difícil de rastrear). Ponte al tiro.”
Héctor guardó el teléfono justo cuando la puerta del baño se abrió de golpe. Entró el “Teso”, el bully supremo, seguido de sus dos secuaces, el Kevin y el Brayan. El Teso se estaba arreglando el copete engominado en el espejo, ignorando olímpicamente a Héctor.
—Güey, neta, mi papá me va a regalar el Mini Cooper si paso mate —decía el Teso con ese acento fresa que arrastra las vocales como si pesaran—. Pero ese pinche Daniel no me ha pasado las respuestas. Lo voy a tener que tablear.
Héctor sintió el impulso de agarrar la cabeza del Teso y estrellarla contra el lavabo de porcelana. “Sería tan fácil”, pensó. “Un empujón, un crujido, y el mundo sería un lugar mejor”. Pero respiró hondo. Inhala paz, exhala violencia. Se secó las manos y salió del baño sin decir palabra, sintiendo la mirada burlona de los tres juniors en su espalda.
(11:30 AM – El Patio Central – La Hora de la Verdad)
El sol de mediodía caía a plomo sobre el patio de concreto. El calor hacía que el olor a torta de milanesa y sudor adolescente se intensificara. Héctor estaba sentado en una banca, fingiendo leer un cómic, pero sus ojos escaneaban el perímetro.
Vio a Susana a lo lejos. Llevaba una falda lápiz y una blusa blanca, y caminaba con esa autoridad que solo tienen las maestras mexicanas que pueden callar a 50 alumnos con una sola mirada. Ella hablaba con el Prefecto Gordillo, señalando hacia el Edificio Viejo. Héctor agachó la cabeza. Esa mujer era peligrosa. No solo tenía puntería con los borradores, sino que anoche había demostrado tener manejo de armas. ¿Sería una agente rival? ¿Una narco-maestra? ¿O simplemente una ciudadana harta de la delincuencia?
De pronto, el murmullo general del recreo cambió de tono. Se volvió un silencio tenso, de esos que anuncian sangre.
En el centro del patio, junto a los botes de basura, el Teso y su pandilla tenían rodeado a Daniel. El pobre chico estaba temblando, abrazando su mochila como si fuera un salvavidas.
—A ver, Danielito —dijo el Teso, lo suficientemente alto para que todos oyeran—. Te dije que quería la tarea de trigonometría en mi pupitre a las 9. Son las 11:30 y mi pupitre está vacío. ¿Qué, te crees muy valiente?
—Es que… no le entendí al tema, Teso… te juro… —balbuceó Daniel.
—¿No le entendiste? ¡Eres el maldito matadito del salón! —El Teso le dio un empujón que mandó a Daniel contra los botes de basura—. ¿Sabes qué? Creo que eres basura. Y la basura va en su lugar.
Lo que pasó a continuación hizo que a Héctor se le rompiera el fusible de la paciencia. Entre el Kevin y el Brayan, agarraron a Daniel de los tobillos y las axilas, lo levantaron como costal de papas y lo metieron de cabeza en el enorme bote de basura industrial gris.
—¡Ahí quédate, cuatro ojos! —rio el Teso, y para rematar, le escupió al bote.
Todo el patio se rió. Unas risas crueles, vacías. Héctor vio a Daniel luchar por salir, con las piernas pataleando en el aire, humillado. Vio a los maestros fingiendo demencia, volteando hacia la cooperativa.
“A la chingada la misión”, pensó Héctor.
Se levantó. No caminó; marchó. Sus botas resonaron en el concreto. La gente se fue apartando al ver su cara. No era la cara de un estudiante. Era la cara de un sicario a punto de cobrar una deuda.
Llegó hasta donde estaba el Teso.
—Sácalo de ahí —dijo Héctor. Su voz fue baja, gutural.
El Teso se volteó, con su sonrisa de comercial de pasta dental.
—¿Qué pedo, ruco? ¿Quieres que te metamos a ti también? Lárgate a cambiarte el pañal.
Héctor no esperó. No hubo advertencia.
Con un movimiento fluido, Héctor le dio una patada frontal en el pecho al Teso. Fue una “Patada Espartana” versión Iztapalapa. El Teso voló tres metros hacia atrás, derrapando con sus mocasines caros, y aterrizó de nalgas sobre un charco de jugo de naranja. Se quedó sin aire, boqueando como pez fuera del agua.
El silencio fue sepulcral.
El Kevin y el Brayan, dos armarios de gimnasio con esteroides, se lanzaron contra Héctor.
—¡Te voy a matar, pinche abuelo! —gritó el Kevin, lanzando un volado de derecha muy telegrafiado.
Héctor ni siquiera parpadeó. Esquivó el golpe con un leve movimiento de cintura, agarró el brazo extendido del Kevin y usó su propia inercia para proyectarlo contra el suelo. El Kevin cayó con un ruido sordo, viendo estrellitas.
El Brayan dudó. Héctor lo miró a los ojos.
—¿Vas a bailar o te vas a sentar? —le preguntó Héctor.
El Brayan se lanzó a taclearlo. Héctor dio un paso lateral, le metió una zancadilla y, mientras el tipo caía, le dio un “zape” en la nuca, un golpe calculado en un punto de presión que lo dejó mareado y gateando.
Héctor se acercó al bote de basura y, con una sola mano, sacó a Daniel, quien tenía cáscaras de plátano en el pelo y lloraba de rabia y vergüenza.
—Levántate, chavo —le dijo Héctor, limpiándole el saco—. Y deja de llorar, que se te empañan los lentes.
El patio estalló en murmullos. Nadie había tocado nunca al Teso. Héctor se giró para ver al líder de los bullies, que ya se estaba levantando, rojo de furia.
—¡No sabes con quién te metiste! —chilló el Teso, con voz aguda—. ¡Mi papá es…!
—Tu papá me vale tres hectáreas de verga —lo cortó Héctor, acercándose hasta quedar nariz con nariz—. Vuelves a tocar a este chavo, o a cualquier otro, y te juro que voy a averiguar dónde vives, voy a entrar a tu cuarto mientras duermes y te voy a rasurar ese copete ridículo con un cuchillo de mantequilla. ¿Entendiste?
El Teso se hizo chiquito. Vio algo en los ojos de Héctor. Vio oscuridad. Asintió, tragando saliva.
—¡SALGADO!
La voz de la autoridad. Susana venía corriendo, con el director detrás. Héctor suspiró. “Adiós misión. Hola cárcel”. Levantó las manos en señal de rendición, volviendo a poner su cara de menso.
—Profe, le juro que me resbalé y mi pie chocó con su cara accidentalmente… tres veces.
(13:00 PM – Oficina de Orientación Vocacional)
Susana estaba sentada frente a él, con los brazos cruzados. La pequeña sala olía a café barato y a tensión sexual no resuelta (o tal vez era solo miedo).
—Héctor… —empezó ella, quitándose los lentes y frotándose los ojos—. Tienes 20 reportes en dos días. Peleas, insolencia, dormir en clase… Y ahora mandaste a tres alumnos a la enfermería.
—Fue defensa propia, Miss. Estaban atacando a Daniel.
—Lo sé —Susana suspiró, y por un momento, la máscara de “maestra de hierro” cayó—. Sé que el Teso es una porquería de persona. Sé que su padre nos tiene amenazados con demandas si lo tocamos. Pero no puedes ir por ahí golpeando gente como si fueras Batman. Esto es una escuela, no el Club de la Pelea.
Susana se inclinó hacia adelante, mirándolo fijamente. Sus ojos eran cafés, profundos e inteligentes. Demasiado inteligentes.
—Hay algo en ti que no me cuadra, Héctor. Tu expediente dice que vienes de Tlaxcala, pero tienes acento chilango. Dice que reprobaste todo, pero tus exámenes de diagnóstico son perfectos. Y peleas… peleas como un soldado, no como un pandillero.
Héctor sintió el sudor frío en la espalda. Código Rojo.
—Mi papá era militar, Miss. Me enseñó a defenderme. Y pues… la vida en Tlaxcala es dura, hay que pelear contra los nahuales y eso —improvisó pésimamente.
Susana soltó una carcajada breve, casi incrédula.
—Mira, no sé quién eres o qué buscas aquí. Pero te voy a decir una cosa: esta escuela tiene secretos. Secretos feos. Y si sigues pateando el avispero, te van a picar. Y no hablo de reportes. Hablo de cosas peores.
Se levantó y caminó hacia la puerta, pero se detuvo.
—Gracias por defender a Daniel. Nadie lo había hecho antes. Ahora, vete a clase antes de que me arrepienta y te expulse.
Héctor salió de la oficina con el corazón latiendo a mil. Susana sabía algo. Y lo peor de todo, le caía bien. Eso era peligroso. Un espía no puede enamorarse, y menos de su principal sospechosa.
📖 CAPÍTULO 4: La Dama de Hierro y el Secreto del Reloj
(09:00 PM – Taquería “El Borrego Viudo” – A unas cuadras de la escuela)
Héctor estaba sentado en su coche, un Tsuru tuneado que la agencia le había dado para mantener su perfil bajo. Estaba en vigilancia. Su objetivo: La Maestra Susana.
La vio salir de la escuela, cargando una pila de exámenes. No se subió a un coche. Caminó hasta una cantina-fonda cercana llamada “La Oficina”. Héctor esperó dos minutos y entró.
El lugar estaba medio vacío, con música de José José sonando en la rockola. Susana estaba en la barra, y para sorpresa de Héctor, se estaba empinando un caballito de tequila como si fuera agua bendita.
Héctor se sentó en una mesa al fondo, cubriéndose con el menú.
—Otro, Don Pepe —dijo Susana, golpeando la barra—. Neta, ya no aguanto al Vicerrector. Ese tipo es un imbécil. “Susana, haz esto”, “Susana, los alumnos se quejan”. ¡Que se vaya al diablo! Yo estudié Historia para estar en museos, no para cuidar a hijos de narcos y políticos.
Héctor sonrió levemente. Así que la “Dama de Hierro” también se doblaba.
En eso, el teléfono de Susana sonó. Ella contestó, y su tono cambió de borracha a asustada.
—¿Sí?… No, no he dicho nada… Lo juro… Sí, ya sé que el pago está retrasado, pero necesito más tiempo… Por favor, no le hagan nada a mi mamá… Sí, mañana llevo el paquete.
Colgó y se cubrió la cara con las manos, sollozando en silencio.
Héctor sintió un vuelco en el estómago. “¿Paquete? ¿Amenazas a su madre?”. La teoría de que ella era una villana se tambaleaba. Parecía más una víctima. ¿Estaba siendo extorsionada por la misma gente que buscaba el oro?
Héctor decidió no acercarse. Necesitaba más información. Salió sigilosamente, dejando pagada una orden de tacos al pastor para ella de forma anónima. “Cortesía de un admirador”, le dijo al mesero.
(Día Siguiente – Biblioteca de la Escuela)
Héctor acorraló a Daniel en la sección de Historia de México.
—Daniel, necesito que me cuentes todo sobre el Edificio Viejo. Sin rodeos.
Daniel ajustó sus lentes, mirando nerviosamente a los lados.
—Ya te dije, Héctor. La Niña del Piano…
—Déjate de misticismos, Harry Potter. Anoche entré. Vi a alguien. No era una niña. Era una mujer armada. Y escuché el piano.
Daniel abrió los ojos como platos.
—¿Entraste? ¿Y sigues vivo?
—Más o menos. Escucha, necesito saber qué hay ahí abajo. ¿Qué dice la leyenda completa?
Daniel suspiró y sacó un libro viejo y polvoriento de su mochila.
—Mi abuela me dio esto. Es el diario de un conserje de 1920. Aquí dice que el General “Uñas Largas”, el fundador, estaba obsesionado con un reloj. Un reloj de péndulo que trajo de Europa. Decía que “El tiempo es oro”. Literalmente.
—¿Un reloj? —Héctor recordó el vestíbulo del Edificio Viejo. No había visto ningún reloj.
—Sí. Dicen que el reloj no marca la hora, sino el camino. Pero el reloj desapareció hace años. O eso creen. Hay un rumor de que lo movieron al sótano, junto al piano. La leyenda dice: “Cuando el piano llora, el reloj canta, y el general descansa sobre su fortuna”.
Héctor analizó la frase. Era un código. Clásico de generales paranoicos.
—Piano… Reloj… —Héctor chasqueó los dedos—. Gracias, Daniel. Eres un genio. Si sobrevivo a esto, te invito unas chelas… digo, unos jugos.
(12:00 AM – El Regreso al Edificio Maldito)
Héctor volvió a saltar la barda. Esta vez iba más preparado. Llevaba chaleco antibalas ligero bajo la sudadera y un equipo de visión nocturna real, no las porquerías que vendían en el tianguis.
Llegó al Edificio Viejo. Todo estaba en silencio. Demasiado silencio.
Entró de nuevo al salón del piano. Ahí estaba el instrumento, majestuoso y siniestro bajo la luz de la luna. Héctor se acercó. Revisó las teclas. Estaban limpias, sin polvo, a diferencia del resto del mueble. Alguien lo tocaba regularmente.
“Cuando el piano llora…”
Héctor se sentó en el banco. No sabía tocar ni “Los Pollitos”, pero su memoria eidética le sirvió. Recordó la partitura que había visto brevemente en el diario de Daniel. Eran solo cuatro notas. Una secuencia simple.
Presionó las teclas. Do – Mi – Sol – Do.
Un sonido mecánico resonó en la habitación. Click-clack.
No pasó nada espectacular. No se abrió una pared secreta estilo Indiana Jones. Pero algo cambió en la acústica del cuarto. Un zumbido.
Héctor buscó el origen del sonido. Venía de debajo del piano. Se agachó y vio una pequeña ranura en la tarima de madera. Una ranura con forma de llave antigua.
—Maldita sea, me falta la llave —susurró.
De repente, una luz de linterna le dio en la cara desde la entrada.
—¡Te dije que no volvieras, muchacho!
Héctor rodó por el suelo, sacando su taser. Frente a él estaba Don Chuy, el velador “oficial” de la escuela, un viejito de 60 años con una escopeta oxidada.
—¡Don Chuy, baje eso! —gritó Héctor, levantando las manos—. Soy yo, Héctor, el nuevo.
—¿Héctor? —Don Chuy bajó la escopeta, entrecerrando los ojos—. ¿Qué haces aquí, hijo? ¿Te quieres morir? Aquí habita el Diablo.
—No es el Diablo, Don Chuy. Es oro. Y usted lo sabe.
Don Chuy suspiró y se sentó en una silla vieja, pareciendo envejecer diez años en un segundo.
—No es oro, muchacho. Ojalá fuera solo oro. Es algo peor. Es el legado del General. Y hay gente muy poderosa buscándolo. Gente que no duda en matar. La “Niña del Piano” que todos temen… no es un fantasma. Es un sistema de seguridad.
—¿Un sistema?
—Sí. Grabaciones. Hologramas. Trucos baratos para asustar a los niños. Yo los activo a veces para que nadie entre y salga lastimado. Pero anoche… anoche yo no fui quien te disparó.
Héctor se tensó.
—Si no fue usted… ¿quién fue?
Don Chuy miró hacia la oscuridad del pasillo con terror genuino.
—Ellos. Los “Buitres”. Mercenarios contratados por la Directora. Están buscando la entrada al túnel. Y si te encuentran aquí…
CRACK.
El sonido de una rama rota afuera. Pasos pesados. Varios hombres.
Héctor apagó su linterna.
—Don Chuy, escóndase —susurró Héctor, desenfundando su arma real esta vez. La situación había escalado. Ya no era una travesura escolar.
Desde las ventanas, tres siluetas tácticas descendieron con cuerdas. Llevaban máscaras de calavera y armas automáticas con silenciador.
—Limpieza —dijo una voz distorsionada por radio—. Mátenlos a todos. Que parezca un accidente o un ritual satánico de estudiantes.
Héctor se pegó a la pared. Estaba atrapado en un cuarto con un solo acceso, con un viejo asustado y tres sicarios profesionales entrando por las ventanas.
—Bueno —pensó Héctor, sonriendo con esa adrenalina suicida que tanto le gustaba—. Al menos ya no tengo que preocuparme por el examen de mañana.
Héctor miró el piano. Si la leyenda era cierta, el “reloj” debía estar cerca. Y si el reloj marcaba el camino, tal vez también marcaba una salida.
Miró un viejo reloj de pared arrumbado en una esquina, cubierto de sábanas. Cuando el reloj canta…
Héctor tuvo una idea loca. Agarró un candelabro de bronce pesado.
—Don Chuy, tápese los oídos.
Héctor lanzó el candelabro con todas sus fuerzas contra el reloj de pared. El vidrio se rompió con estruendo. Dentro del mecanismo destrozado, algo brilló. No era oro. Era una palanca.
Los sicarios abrieron fuego. Pft-Pft-Pft. Las balas mordieron la madera del piano donde Héctor se cubría.
Héctor corrió bajo el fuego, se deslizó por el suelo y jaló la palanca dentro del reloj roto.
El suelo bajo sus pies tembló. Una sección del piso, justo debajo del piano, se abrió con un gemido hidráulico, revelando una escalera de caracol que descendía hacia la oscuridad absoluta.
—¡Al hoyo, Don Chuy! —gritó Héctor, empujando al viejo hacia la negrura y saltando detrás de él mientras las balas zumbaban sobre sus cabezas.
La compuerta se cerró de golpe sobre ellos, dejándolos en la oscuridad total, con olor a tierra mojada y a secretos de cien años.
Estaban dentro. Pero ahora, ¿cómo demonios iban a salir?
📖 CAPÍTULO 5: Las Catacumbas del General y el Pozole de Huesos
El impacto contra el suelo no fue tan duro como Héctor esperaba, pero tampoco fue como caer en una cama de plumas de ganso. Fue más bien como caer sobre un costal de papas podridas. El aire se le escapó de los pulmones con un gemido agudo que, si alguien le preguntara, negaría rotundamente haber emitido.
—¡Ay, mi ciática! —gritó Don Chuy, aterrizando a un metro de distancia sobre un montón de tierra suelta—. ¡Virgen de Guadalupe, ampárame que ya me cargó el payaso!
La compuerta hidráulica arriba de ellos se cerró con un CLANG definitivo, sumiéndolos en una oscuridad tan espesa que parecía masticable. Héctor encendió su linterna táctica al instante, barriendo el entorno con el haz de luz blanca.
Estaban en un túnel de ladrillo rojo, estrecho y abovedado, con el techo goteando un líquido que Héctor rezó para que fuera agua y no drenaje profundo. El aire estaba viciado, olía a encierro, a salitre y a algo metálico, como sangre vieja.
—Arriba, Don Chuy. Si nos quedamos aquí, nos van a caer encima los “Buitres” en cuanto taladren esa puerta —susurró Héctor, ayudando al viejo a levantarse. Don Chuy temblaba como gelatina en terremoto.
—Hijo… Héctor… ¿Qué carajos está pasando? Esos hombres traían metralletas. ¡Metralletas! Yo solo tengo una escopeta que no disparo desde el mundial del 86.
—Esos tipos son mercenarios, Don Chuy. Y su jefa, la Directora Mijares, no quiere que nadie encuentre lo que el General escondió aquí. Ahora, dígame, ¿hacia dónde corre el aire?
Don Chuy se ajustó la gorra, tratando de recuperar la dignidad.
—Pues… mi abuelo decía que estos túneles conectaban con la antigua iglesia de San Juan, a tres cuadras. Los usaban los cristeros para escapar del gobierno y esconder a los curas.
—Perfecto. Ruta de escape cristera. Vámonos.
Empezaron a caminar. Héctor iba adelante, pistola en mano, escaneando cada rincón. El túnel era una obra de ingeniería impresionante para su época, pero el tiempo no perdona. Había raíces de árboles perforando el techo y ratas del tamaño de conejos que los miraban con ojos rojos, sin miedo alguno.
—Oye, Héctor… —susurró Don Chuy después de diez minutos de caminata—. Tú no eres estudiante, ¿verdad? Digo, eres menso para las matemáticas, pero te mueves como el “Santo” en sus películas.
Héctor sonrió en la penumbra.
—Digamos que estoy en un programa de “educación continua” muy agresivo, Don Chuy. Soy federal.
—¡Federal! —Don Chuy se detuvo en seco—. ¡Huy, no! ¡Esos son más ratas que los narcos!
—No todos, Don Chuy. Yo soy de los que todavía creen en la virgencita y en los tacos al pastor. Ahora camine.
De repente, el túnel se ensanchó y desembocó en una cámara circular. En el centro, había una mesa de madera podrida y una silla volcada. Pero lo que heló la sangre de Héctor no fueron los muebles, sino lo que había en la esquina.
Un esqueleto.
Estaba sentado contra la pared, vestido con jirones de lo que alguna vez fue un uniforme militar verde olivo de principios de siglo XX. Abrazaba una caja metálica oxidada.
—¡Ave María Purísima! —Don Chuy se persignó tres veces en un segundo—. ¡Es el General! ¡Es el General Uñas Largas!
Héctor se acercó con respeto profesional. Examinó el cráneo. Tenía un orificio de bala en la sien.
—No parece que haya muerto de viejo, Don Chuy. Parece que se “suicidó” con ayuda. O lo traicionaron.
Héctor intentó tomar la caja metálica de los brazos huesudos. El esqueleto se desmoronó en una nube de polvo y huesos secos. Héctor tosió, sacudiendo el polvo.
—Perdón, mi General. Inspección de rutina.
Abrió la caja. Esperaba ver lingotes de oro brillando, joyas, centenarios…
Estaba vacía.
Bueno, casi vacía. Había un solo objeto en el fondo. Un libro de contabilidad encuadernado en piel, negro como la conciencia de un político, y una sola moneda de oro. Una moneda extraña, con un símbolo masónico grabado.
—¿Eso es todo? —preguntó Don Chuy, decepcionado—. ¿Por eso me balacearon? ¿Por un cuaderno viejo y una moneda?
Héctor tomó el libro y lo hojeó con cuidado. Las páginas estaban amarillentas y quebradizas. Sus ojos escanearon las entradas escritas con caligrafía elegante.
15 de Mayo de 1928: Entrega de armamento al grupo rebelde. Pago recibido en oro. Ubicación: Bóveda Z.
20 de Noviembre de 1930: Soborno al Ministro de Educación para mantener los terrenos. Monto: 50,000 pesos oro.
Héctor cerró el libro de golpe. Su mente de espía conectó los puntos más rápido que una doña conectando chismes en el mercado.
—Don Chuy, esto vale más que el oro. Esta es la lista negra. Aquí están los nombres de todas las familias poderosas que financiaron guerras sucias, compraron tierras ilegales y lavaron dinero a través de la escuela durante cien años.
—¿Y eso qué? Es historia antigua.
—No, Don Chuy. Los apellidos. Mire este. —Héctor señaló una entrada reciente, escrita con otra letra—. 1998: Donación Fundación Mijares. Lavado de activos procedentes del Cártel del Golfo.
La Directora Mijares no buscaba el oro para hacerse rica. Buscaba este libro para destruirlo. Era la prueba de que toda su fortuna y la de sus socios venía de sangre y crimen. Y si Héctor salía con eso a la superficie, la “Prepa Unión” y media clase política de la ciudad se iban a derrumbar.
—Tenemos que salir de aquí. Ahora.
En ese momento, un sonido retumbó en el túnel por donde vinieron. Un taladro industrial. Los “Buitres” estaban rompiendo la compuerta.
—¡Corre, Don Chuy! ¡Mueva esas piernas como si le debiera a Coppel!
Corrieron hacia el fondo de la cámara, donde una escalera de metal oxidado subía hacia una alcantarilla. Héctor rezó para que no estuviera sellada con pavimento.
Subió primero y empujó la tapa. Pesaba una tonelada. Gruñó, usando sus piernas y espalda, sintiendo cómo sus discos vertebrales gritaban en protesta. La tapa cedió un poco. Entró un rayo de luz… y olor a cloro.
—Huele a limpio… —murmuró Héctor.
Empujó con fuerza y la tapa se deslizó. Héctor asomó la cabeza.
Estaban en el cuarto de calderas de la escuela. El calor era sofocante y el zumbido de las máquinas cubría el ruido de su jadeo.
Ayudó a Don Chuy a subir. Ambos cayeron al suelo de concreto, sucios, sudorosos y con el corazón a mil.
—Estamos adentro otra vez —dijo Héctor, guardando el libro en su chaleco, pegado al pecho—. Ahora viene lo difícil: salir sin que nos maten y llegar a tiempo para el examen de Química.
📖 CAPÍTULO 6: Chilaquiles del Destino y el Secreto de la Maestra
(07:30 AM – Cafetería de la Escuela – Día Siguiente)
Héctor no había dormido. Después de salir del cuarto de calderas, escondió a Don Chuy en el almacén de limpieza del gimnasio con una dotación de galletas y agua, prometiéndole que volvería por él. Luego, se coló en los vestidores, se dio un “baño vaquero” (rápido y solo en las partes importantes) y se puso un uniforme de repuesto que robó de un casillero abierto (perdón, Kevin, hoy te toca ir en ropa interior a casa).
Ahora, estaba sentado frente a un plato de chilaquiles verdes que se veían tristes y aguados, pero para él eran manjar de dioses. Necesitaba calorías. Su cuerpo de 32 años le estaba cobrando factura. Le dolía la rodilla izquierda (la de la lesión del 2018), el hombro derecho y el orgullo.
—Te ves de la verga, amigo —dijo una voz tímida.
Daniel se sentó frente a él, ajustándose los lentes.
—Gracias por el cumplido, Daniel. Es el “look” de moda: “Superviviente de Alcantarilla”.
—Oye… se escucharon cosas anoche. Disparos. La policía dijo que fueron cohetes por una fiesta patronal, pero yo sé que no. ¿Encontraste algo?
Héctor masticó una tortilla remojada y miró a Daniel a los ojos.
—Encontré que a veces es mejor no saber, chavo. Pero sí… la leyenda es real. Solo que el monstruo no es una niña fantasma, es una vieja con traje sastre y un ejército de guaruras.
En ese momento, el sistema de altavoces de la escuela carraspeó.
—Atención, alumnos. Se les convoca a una asamblea general en el auditorio en diez minutos. Asistencia obligatoria. Repito: Obligatoria.
La voz de la Directora Mijares sonaba tensa, metálica.
Héctor sintió un escalofrío. Sabía que esto era por él. La cacería había comenzado oficialmente.
Se levantó, dejando los chilaquiles a medio comer (un pecado capital en México).
—Me tengo que ir, Daniel. Si no vuelvo… dile a mi “prima” Yoli que borre mi historial de navegación.
Héctor caminó hacia los pasillos, buscando una salida discreta. Pero al doblar en la esquina del laboratorio de Química, una mano lo jaló con fuerza hacia adentro de un cuarto oscuro.
Héctor reaccionó por instinto. Giró sobre su eje, atrapó la muñeca del atacante y lo inmovilizó contra la pared, presionando su antebrazo contra la garganta del agresor.
—¡Quieto o te rompo…!
Se detuvo.
Frente a él, con los ojos abiertos como platos y oliendo a perfume de vainilla y miedo, estaba la maestra Susana.
—¡Suéltame, bruto! —jadeó ella, golpeándole el brazo.
Héctor la soltó y retrocedió, levantando las manos.
—Perdón, Miss. Reflejos. ¿Qué hace secuestrando alumnos? Eso es ilegal, ¿sabe?
Susana se frotó el cuello, mirándolo con una mezcla de furia y alivio.
—Deja de fingir, Héctor. O como te llames. Sé que no eres estudiante. Anoche vi las cámaras de seguridad antes de que la Directora borrara todo. Te vi en el Edificio Viejo. Te vi pelear con esos hombres. Y vi cómo te metiste al túnel.
Héctor suspiró, dejando caer los hombros. Ya no tenía caso.
—Me llamo Héctor Salgado. Soy Agente de Inteligencia. Y sí, tengo 32 años, así que técnicamente soy un “chavorruco”.
Susana se recargó en una mesa de laboratorio, procesando la información.
—Lo sabía. Sabía que nadie repite tercero de prepa tantas veces sin verse tan… acabado.
—¡Oiga! ¡Me conservo bien!
—Escucha, agente —Susana se puso seria, su rostro endureciéndose—. Tienes que irte. La Directora Mijares sabe que alguien entró al túnel. Ha contratado más seguridad. Esos tipos, los “Buitres”, no son guardias normales. Son ex-militares. Están revisando mochila por mochila, alumno por alumno. Si te encuentran…
—Si me encuentran, me matan. Lo sé. Pero no me puedo ir. Tengo algo que ella quiere.
Héctor sacó el libro negro de su chaleco. Los ojos de Susana se clavaron en él.
—El Libro del General… —susurró ella—. Mi abuelo me habló de él. Decía que ese libro tenía el poder de quemar la ciudad entera.
—Exacto. Y necesito sacarlo de aquí. Pero con el bloqueo de seguridad, no puedo simplemente salir caminando por la puerta principal. Necesito un plan. Y necesito ayuda.
Susana lo miró unos segundos. Héctor vio la duda en sus ojos. Ella era una civil. Una maestra que se preocupaba por sus alumnos y su aguinaldo. Meterla en esto era peligroso.
—¿Por qué debería ayudarte? —preguntó ella—. Podría entregarte y salvar mi pellejo.
Héctor dio un paso adelante, invadiendo su espacio personal, pero sin amenazar.
—Porque usted no es como ellos, Miss. La he visto. Usted defiende a los chavos. Usted odia la injusticia. Y sabe que si Mijares sigue al mando, esta escuela y todo lo que toca se va a podrir. Además… —Héctor sonrió de lado, esa sonrisa canalla que solía funcionarle en los bares—. Le invito unos tacos al pastor con todo si salimos vivos. De los buenos, no de los de a cinco pesos.
Susana rodó los ojos, pero una leve sonrisa se dibujó en sus labios.
—Me gustan con mucha piña. Y me vas a deber más que unos tacos, Agente Salgado. Hoy en la noche es la “Kermés Colonial”. Va a haber gente, música, mariachis y caos. Es la cobertura perfecta.
—¿Una kermés? —Héctor gimió—. ¿Tengo que vestirme de Miguel Hidalgo?
—No. Pero tienes que mezclarte. La Directora va a estar en el palco de honor, recibiendo a los donantes. Si logramos llegar al sistema de sonido durante su discurso y exponemos el contenido del libro… se acabó su reinado.
—Me gusta cómo piensa, maestra. Es usted diabólica.
—Aprendí del mejor… lidiando con adolescentes todo el día.
📖 CAPÍTULO 7: La Kermés del Caos y el Mariachi Asesino
(06:00 PM – Patio Central – La Kermés Colonial)
La Preparatoria Unión se había transformado. El patio gris estaba lleno de puestos de comida con papel picado de colores, juegos mecánicos oxidados rentados a última hora y un escenario donde un grupo de rock de exalumnos cuarentones destrozaba canciones de Caifanes.
El olor a garnachas, elotes, pambazos y pólvora llenaba el aire. Había cientos de personas: alumnos, padres de familia, y lamentablemente, un chingo de guardias de seguridad vestidos de civil que se notaban a kilómetros porque todos traían el mismo corte de pelo militar y auriculares en la oreja.
Héctor se movía entre la multitud. Llevaba una guayabera que le había “prestado” al conserje (Don Chuy seguía escondido, pobre) y un sombrero de paja para ocultar su cara.
—Águila a Nido —susurró Héctor a su micrófono oculto en el cuello de la camisa—. Estoy en posición. Veo al objetivo.
—Aquí Nido —respondió la voz de Yoli en su oído—. Ya tengo acceso al sistema de audio. Pero es un sistema análogo viejo, necesito que conectes mi transmisor físicamente a la consola de mezcla. Está detrás del escenario.
—Entendido. ¿Dónde está Damián?
—Damián está… eh… integrándose.
Héctor miró hacia el puesto de “Registro Civil de Broma”. Ahí estaba Damián, su compañero rudo de operaciones especiales, vestido de Juez del Registro Civil, casando a dos alumnos borrachos con anillos de dulce.
—Acepto, los declaro marido y mujer, son cincuenta pesos, siguiente —decía Damián con cara de aburrimiento mortal.
—Damián, deja de casar gente y cúbreme la espalda —siseó Héctor.
Héctor avanzó hacia el escenario. Tenía que cruzar la zona de juegos. De repente, una mano pesada le cayó en el hombro.
Héctor se tensó, listo para romper un brazo.
—¡Héctor! ¡Amigo! —Era el Teso. Venía con un vaso de michelada en la mano y se veía sospechosamente amigable.
—¿Qué quieres, Teso? Estoy ocupado.
—Nada, güey, solo quería decirte que… neta, mis respetos. Nadie me había puesto una madriza así. Me hiciste reflexionar.
—¿Ah, sí? ¿Reflexionaste sobre ser menos imbécil?
—Simón. Oye, ¿quieres ir a los karts? Mi papá los patrocinó.
—No puedo, Teso. Tengo que… ir al baño. Urgentemente. Diarrea explosiva.
Héctor se zafó del agarre y siguió caminando. “Maldita sea, ahora el bully quiere ser mi amigo. Esto es peor que cuando me quería pegar”.
Llegó a la parte trasera del escenario. Había dos gorilas de seguridad bloqueando la escalera. “Los Buitres”.
—Solo personal autorizado, joven —dijo uno, poniendo una mano en el pecho de Héctor.
—Soy del mariachi —dijo Héctor, señalando su guayabera—. Vengo a afinar las trompetas.
—El mariachi llega a las ocho. Lárgate.
Héctor suspiró.
—Miren, podemos hacer esto por las buenas, o…
En ese momento, Susana apareció. Llevaba un vestido tradicional mexicano de adelita que le quedaba espectacular, con trenzas y todo. Héctor tuvo que recordarse a sí mismo que estaba en una misión y no en una novela de Televisa.
—¡Oficiales! —gritó Susana con voz de mando—. ¡Este alumno es mi asistente! Necesito que suba el micrófono para el discurso de la Directora. ¿Quieren que la señora Mijares se enoje porque no se oye su voz angelical?
Los guardias dudaron. El miedo a la Directora era universal.
—Pásale rápido —gruñó el guardia.
Héctor y Susana subieron las escaleras metálicas. Detrás del telón, en la penumbra, Héctor sacó el libro y el dispositivo de transmisión de Yoli.
—Ok, Yoli. Estoy en la consola. ¿Qué hago?
—Conecta el cable rojo en la entrada “AUX” y sube el volumen al máximo cuando yo te diga. Voy a leer las páginas más incriminatorias del libro con una voz modificada por IA para que suene como el fantasma del General. Va a ser épico.
Héctor conectó el cable. Susana vigilaba la entrada.
En el escenario, la música paró. Las luces enfocaron el podio. La Directora Mijares, una mujer de sesenta años con tanto botox que no podía parpadear, subió al escenario entre aplausos forzados.
—Queridos alumnos, padres y benefactores… —empezó ella con voz melosa—. Hoy celebramos la tradición, la honestidad y los valores de la Unión…
—Ahora, Héctor —dijo Yoli.
Héctor giró la perilla de volumen.
De repente, los altavoces chillaron con estática. La voz de la Directora se cortó. Una voz profunda, cavernosa y aterradora llenó el patio.
—¡YO SOY EL GENERAL IGNACIO ZARAGOZA… DIGO, EL GENERAL UÑAS LARGAS! Y VENGO A DENUNCIAR A LOS TRAIDORES…
La multitud jadeó. La Directora Mijares se puso pálida bajo su maquillaje.
—ESCUCHEN BIEN, PADRES DE FAMILIA… SU DINERO NO ES PARA BECAS. ES PARA LAVAR DINERO DEL NARCOTRÁFICO. PÁGINA 45 DEL LIBRO NEGRO: DONACIÓN DE LA FAMILIA DEL TESO… 5 MILLONES DE PESOS PROVENIENTES DE EMPRESAS FANTASMA…
El caos estalló. Los padres empezaron a murmurar, luego a gritar. El padre del Teso, que estaba en primera fila, se atragantó con su taco.
La Directora Mijares gritó al micrófono apagado, pero nadie la oía. Miró hacia la consola de sonido y vio a Héctor. Sus ojos se inyectaron en furia homicida. Hizo una señal a sus hombres.
—¡Mátenlos! —gritó ella, olvidando las apariencias—. ¡Mátenlos a todos!
Los dos guardias de la escalera subieron corriendo, sacando armas con silenciador. Ya no les importaba la multitud.
—¡Cuidado! —gritó Susana.
Héctor empujó a Susana al suelo justo cuando una bala perforaba una bocina detrás de ellos.
—¡Yoli, empieza el show de pirotecnia! —gritó Héctor.
—¡A la orden, jefecito!
Yoli hackeó el sistema de los fuegos artificiales que estaban programados para el final. Los cohetones empezaron a dispararse horizontalmente hacia el escenario, creando una cortina de humo, chispas y explosiones de colores.
—¡Corre, Susana! —Héctor la agarró de la mano y saltaron del escenario hacia el pasto, rodando entre confeti y humo.
La gente corría despavorida. Era una estampida de señoras con tacones y niños llorando. El caos perfecto.
—¡Por aquí! —Damián apareció, tirando su toga de juez y sacando dos pistolas de balines de goma (porque, bueno, había niños). Empezó a disparar a los guardias, dándoles en la cara y en la ingle.
—¡El libro! —gritó Héctor—. ¡Damián, toma el libro y llévalo a la agencia!
Héctor le lanzó el libro negro a Damián como si fuera un pase de anotación. Damián lo atrapó en el aire.
—¡Ya estás! ¡Te veo en la salida!
Damián corrió hacia la barda perimetral. Pero Héctor se detuvo.
—¿Qué haces? ¡Vámonos! —le gritó Susana.
—No puedo. Don Chuy sigue en el gimnasio. Si me voy, lo van a encontrar y lo van a matar para que no hable.
Héctor miró a Susana. Ella estaba despeinada, sucia, pero se veía más viva que nunca.
—Vete con Damián, Susana. Él te protegerá.
—Ni lo sueñes, agente. —Susana se quitó los tacones, rompió la falda de su vestido para tener más movilidad y agarró un palo de escoba que estaba tirado—. Yo conozco los pasillos secretos del gimnasio. Tú eres el músculo, yo soy el cerebro. Vamos por el abuelo.
Héctor sonrió, recargando su pistola.
—Me cae que si salimos de esta, me caso contigo… digo, te invito esos tacos.
—Menos charla y más acción, “Ruco”.
Ambos corrieron hacia el edificio del gimnasio, mientras detrás de ellos, la kermés se convertía en una zona de guerra llena de luces de colores y gritos de mariachis confundidos. La noche apenas empezaba, y Héctor tenía la ligera sospecha de que iba a terminar muy, muy golpeado.