
PARTE 1 – LA FRACTURA SILENCIOSA
CAPÍTULO 1: El Frío en la Cama y la Avena Amarga
Alejandro abrió los ojos y lo primero que sintió no fue el descanso del fin de semana, sino una opresión en el pecho, ese peso familiar que llevaba cargando desde hacía meses y que se sentía como traer un costal de cemento encima de las costillas. El reloj digital en la mesita de noche parpadeaba con un rojo agresivo: 08:32 A.M.
Era sábado. Bendito sábado.
Su cuerpo, amaestrado por años de chingarle de lunes a viernes en una oficina de contabilidad en Polanco, despertó con la inercia de la rutina. Por un segundo, su cerebro le jugó una broma cruel: pensó que tenía que pararse en friega, meterse a bañar en cinco minutos, pelearse con el tráfico del Periférico y llegar checando tarjeta al cuarto para las nueve. Pero luego, la realidad se asentó. No había alarma. No había prisa. Afuera, en la calle, se escuchaba el sonido inconfundible de la Ciudad de México despertando: el silbato agudo del afilador de cuchillos pasando a lo lejos y el camión del gas con su musiquita electrónica que taladraba el cerebro.
Se estiró despacio, disfrutando el crujido de su espalda. Giró la cabeza hacia la izquierda, buscando ese bulto bajo las sábanas que era su mundo entero. Olga.
Ahí estaba ella, hecha un ovillo, dándole la espalda como si hubiera construido una muralla invisible entre los dos lados de la cama matrimonial. El sol de la mañana se colaba por una rendija de la persiana mal cerrada, dibujando una línea de polvo que bailaba en el aire y caía suavemente sobre el cabello castaño de su esposa. Alejandro sintió esa punzada de ternura, esa mezcla de amor y nostalgia que le daba verla dormir. Se acordó de cuando recién se casaron, hace diez años; en aquel entonces, despertaban enredados como pulpos, y lo primero que hacían era reírse de cualquier tontería o planear si se iban por unos tacos de barbacoa al mercado.
—Buenos días, flaca —susurró Alejandro, con la voz todavía ronca por el sueño.
Estiró la mano, dudando un poco. Últimamente, tocar a Olga era como intentar desactivar una bomba: nunca sabías si iba a quedarse tranquila o si te iba a explotar en la cara. Pero la necesidad de contacto, de sentir que todavía eran una pareja, le ganó al miedo. Le acarició el hombro desnudo, trazando una línea suave con el pulgar.
—Olgui… ya amaneció.
La reacción fue inmediata. No fue un movimiento de despertar perezoso. Fue un espasmo de rechazo. Olga sacudió el hombro con violencia, como si la hubiera tocado una cucaracha o tuviera algo pegajoso en la piel.
—¡Ay, Alejandro, ya! —bufó ella contra la almohada. Su voz no tenía ni una pizca de cariño; era puro fastidio, afilado y frío—. ¡No estés fregando! Déjame dormir, ¿qué no entiendes que es sábado?
Alejandro retiró la mano de golpe, sintiendo cómo se le subía la sangre a la cara. Se quedó congelado, con la mano en el aire, sintiéndose el ser más estúpido del planeta.
—Solo quería darte los buenos días… —murmuró, más para sí mismo que para ella.
—Pues ya me los diste —refunfuñó Olga, jalando la cobija hasta cubrirse la oreja, cerrando cualquier posibilidad de diálogo—. Ahora cállate y déjame descansar. Tuve una semana de la fregada.
Alejandro se quedó mirando su espalda un momento más. Quiso decirle algo. Quiso reclamarle. Quiso decirle: “Oye, yo también me parto el lomo toda la semana, yo también estoy cansado, pero no por eso te trato como si fueras un extraño”. Pero se mordió la lengua. “El que se enoja pierde”, pensó. Y últimamente, en esa casa, cualquier chispa provocaba un incendio.
Suspiró profundamente, tragándose el coraje, y se sentó en la orilla de la cama. Se talló la cara con ambas manos, tratando de quitarse esa sensación pegajosa de rechazo. Se puso las chanclas y se levantó, arrastrando los pies hacia la puerta.
El pasillo estaba en penumbra. En las paredes colgaban las fotos de “tiempos mejores”: la boda en Cuernavaca, el bautizo de Iván, unas vacaciones en Acapulco donde los tres salían bronceados y sonriendo con sinceridad. Alejandro pasó de largo sin querer verlas. Esas fotos dolían. Eran testigos mudos de que alguna vez fueron felices, y compararlas con la realidad actual —el silencio, los gritos ahogados, las miradas esquivas— era una tortura china.
Al pasar frente a la puerta de Iván, escuchó el caos.
No era un ruido normal. Eran golpes, cosas cayéndose, cajones abriéndose y cerrándose con violencia. Alejandro sonrió levemente. Su hijo de ocho años tenía la energía de un reactor nuclear.
Empujó la puerta. El cuarto de Iván parecía zona de desastre. Ropa tirada por todos lados, los juguetes de Lego esparcidos en el piso como minas antipersonales esperando un pie descalzo, y la cama deshecha. Iván estaba en medio de todo, en calzones y calcetines disparejos, metido de cabeza en el cajón de su escritorio.
—¡Quihubo, campeón! —saludó Alejandro, recargándose en el marco de la puerta—. ¿Qué pasó aquí? ¿Cayó un meteorito o qué onda?
Iván ni siquiera volteó. Seguía aventando cuadernos y lápices hacia atrás.
—¡Papá! ¡No encuentro mi cargador! —gritó con esa desesperación de vida o muerte que solo tienen los niños cuando se les va a acabar la batería de la tablet—. ¡Estaba aquí! ¡Te lo juro que estaba aquí!
—A ver, a ver, bájale dos rayitas a tu estrés —dijo Alejandro, entrando al cuarto y esquivando un carrito de control remoto—. Si gritas menos y buscas más, a lo mejor aparece. ¿Dónde lo usaste anoche?
—En la sala… creo. O no sé, ¡ya busqué ahí! —Iván se sentó en el suelo, frustrado, con el pelo todo alborotado—. ¡Es que quiero jugar Roblox y ya tengo 5%!
Alejandro se agachó junto a él y le revolvió el pelo. El niño olía a sueño y a suavizante de ropa.
—Ahorita lo buscamos. Pero primero lo primero. Tienes que desayunar. Las tripas te están rugiendo más fuerte que el león de Chapultepec.
Iván hizo una mueca y se dejó caer de espaldas en la alfombra.
—No tengo hambre…
—Sí tienes. Y ni me digas que no. Anda, levántate. Voy a hacer la avena especial, esa con canela y piloncillo que te gusta.
—¡Guácala, papá! —se quejó Iván, rodando los ojos—. ¿Otra vez avena? Ya parecemos caballos. Yo quiero unos huevos con salchicha. O unos molletes.
Alejandro soltó una carcajada. Al menos con Iván todo era honesto. Sin filtros.
—Hoy toca avena, mijo. Hay que cuidar el colesterol y la panza, que luego andamos rodando. Además, tu mamá sigue dormida y no quiero hacer mucho ruido con el sartén y la campana porque se despierta de malas. Y tú sabes cómo se pone cuando se despierta de malas.
Iván se quedó callado un segundo. La mención de su madre cambió el ambiente en el cuarto. El niño asintió, entendiendo el código no escrito de la casa: No molestar a mamá. No hacer enojar a mamá.
—Bueno… —dijo Iván, resignado—. Pero le pones mucha leche condensada.
—Trato hecho. Vente, lávate las manos y la cara, que tienes lagañas de tiranosaurio rex.
Alejandro salió hacia la cocina. Su casa no era una mansión, pero era digna. Un departamento en planta baja que habían pagado con años de hipoteca Infonavit y ahorros. La cocina era pequeña, con azulejos color crema que ya empezaban a verse anticuados, pero estaba limpia. Alejandro era metódico. Le gustaba el orden, tal vez porque era lo único que podía controlar en su vida en ese momento.
Puso la olla con leche en la estufa. Mientras buscaba la avena en la alacena, su mente volvió a viajar a la recámara. ¿Por qué Olga estaba tan agresiva?
“Seguro es la chamba”, se dijo a sí mismo, sacando el bote de canela. “Tiene mucha presión con el nuevo jefe. Sí, ha de ser eso”.
Pero en el fondo, una vozcita en su cabeza le decía: No te hagas güey, Alejandro. Esto no es chamba. Esto es personal.
El olor de la leche caliente y la canela empezó a llenar la cocina, un aroma dulce y hogareño que chocaba con la frialdad emocional de la casa. Alejandro cortó un poco de pan, sacó mantequilla y mermelada. Quería que el desayuno fuera un momento de paz. Un momento para reconectar. Si lograba que Olga se sentara, comiera algo rico y platicaran tranquilos, tal vez el día se compondría. Tal vez podrían ir al cine, o al parque.
Iván entró corriendo a la cocina, derrapando con los calcetines. Ya traía puesta una playera de fútbol que le quedaba grande.
—¡Ya me lavé! —anunció, trepándose a la silla.
—Eso es todo. A ver… —Alejandro le revisó las manos—. Mmm, pasa la prueba de calidad. Siéntate bien.
Le sirvió el plato de avena humeante. Iván sopló exageradamente.
—Papá, ¿hoy vamos a ir a algún lado? —preguntó el niño entre cucharadas.
—Estaba pensando… —Alejandro bajó la voz conspiratoriamente—. ¿Qué te parece si convencemos a tu mamá de ir a La Marquesa? Nos echamos unas quesadillas de esas azules, montamos a caballo un rato, respiramos aire fresco… ¿Jalas?
Los ojos de Iván brillaron como dos canicas nuevas.
—¡Siiii! ¡A los caballos! ¡Y a las cuatrimotos, papá! ¿Me dejas subirme a la cuatrimoto?
—Ya veremos, ya veremos. Primero hay que convencer a la jefa. Tienes que portarte bien y decirle que se ve muy guapa, ¿eh? Esa es la estrategia.
En ese momento, se escucharon pasos en el pasillo.
No eran los pasos arrastrados de alguien que se acaba de levantar en pantuflas. Eran pasos firmes.
Olga entró en la cocina.
Alejandro se quedó con la cuchara a medio camino.
Olga no traía su pijama vieja, esa de ositos que usaba los fines de semana y que a Alejandro le parecía tierna. Tampoco traía la bata de baño.
Traía puesto un vestido. Y no cualquier vestido.
Era un vestido rojo, entallado, de tela suave que le abrazaba las caderas y resaltaba su figura. Llevaba el cabello perfectamente cepillado, cayendo en ondas sobre sus hombros. Su rostro, que minutos antes estaba hundido en la almohada, ahora lucía un maquillaje impecable: los labios delineados, rímel en las pestañas, un poco de rubor.
Se veía espectacular. Se veía como la mujer de la que Alejandro se había enamorado perdidamente. Pero también se veía… ajena. Fuera de lugar. ¿Quién se arregla así para desayunar avena un sábado a las 9 de la mañana en su casa?
—Buenos días, mamá —dijo Iván, sin notar la tensión, aunque se quedó mirando el vestido—. Te ves bonita.
Olga esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Se acercó a la mesa, pero no se sentó. Se quedó parada, revisando algo en su celular.
—Hola, mi amor —le contestó al niño, ignorando completamente a Alejandro.
Alejandro sintió un nudo en la garganta. Tragó saliva y trató de sonar normal.
—Te serví avena, Olgui. Está calientita. Siéntate.
Olga levantó la vista del teléfono y miró el plato con una mueca de desagrado, como si le hubieran servido comida para perro.
—Gracias, pero no quiero. No tengo hambre.
—Pero… es desayuno, amor. Tienes que comer algo. Además, Iván y yo estábamos platicando de los planes para hoy.
Alejandro se levantó y le acercó la silla, invitándola a sentarse.
—Ándale, siéntate un ratito con nosotros.
Olga suspiró con fastidio, pero se sentó en la orilla de la silla, como si tuviera prisa por irse. Cruzó las piernas y el vestido se subió un poco. Alejandro notó que traía medias. Medias finas.
—A ver, ¿qué planes? —preguntó ella, mirando su reloj de pulsera impaciente.
—Pues… —Alejandro se frotó las manos, nervioso—. Pensamos que como está bonito el día, podríamos irnos a La Marquesa. Ya sabes, a que el niño corra, comemos allá unas sopas de hongos, unas quesadillas… sirve que nos despejamos de la ciudad. Hace siglos que no salimos los tres.
Iván intervino, emocionado:
—¡Sí, mamá! ¡Ándale! Papá dice que me puedo subir al caballo. ¡Vamos, di que sí!
Alejandro miró a su esposa con esperanza. Por favor, di que sí. Por favor, danos este día.
Pero la cara de Olga no cambió. Se mantuvo fría, dura como una piedra.
—No —dijo secamente.
La palabra cayó sobre la mesa como un vaso de vidrio rompiéndose.
La sonrisa de Iván se desvaneció lentamente. Alejandro sintió un golpe de calor en el pecho.
—¿Cómo que no? —preguntó Alejandro, tratando de mantener la calma—. ¿Por qué no? Es sábado, Olga. No tienes nada que hacer.
—Sí tengo cosas que hacer, Alejandro —respondió ella, sacando un espejo de su bolsa para revisarse el labial—. Tengo muchísimas cosas que hacer. No puedo perder todo el día en el monte, llenándome de tierra y comiendo grasa.
—¿Cosas que hacer? ¿En sábado? —Alejandro frunció el ceño—. ¿Qué cosas? Dijiste que querías descansar.
—Cambié de opinión. Tengo que ir a ver a Lorena, quedamos de vernos para… un asunto de unas ventas que ella trae. Y luego tengo que pasar al centro comercial a cambiar unos zapatos. Y de paso voy a ir a la oficina un rato por unos expedientes que se me olvidaron y que necesito para el lunes a primera hora.
Alejandro la miró incrédulo. Las excusas salían de su boca con una fluidez ensayada, pero no tenían sentido.
—¿A la oficina? ¿Hoy? Olga, por Dios, si siempre te quejas de que te explotan, de que odias ir los fines de semana. ¿Y ahora resulta que quieres ir voluntariamente? Además… —Alejandro bajó la mirada al vestido rojo—. ¿Vas a ir a la oficina vestida así?
Olga se tensó. Cerró el espejo de golpe y lo metió en la bolsa con un movimiento brusco.
—¿Qué tiene de malo cómo voy vestida? —desafió ella, levantando la barbilla—. ¿Ahora también vas a controlar mi ropa? Me visto como se me da la gana, Alejandro. Me quiero ver bien. Me siento gorda y fea en esta casa todo el día en pants. Quiero arreglarme. ¿Cuál es tu problema?
—No es problema, es que… se me hace mucho para ir a ver a Lorena y por unos papeles. Pareces que vas a una fiesta.
—¡Ay, qué hueva contigo! —explotó Olga, poniéndose de pie—. ¡Siempre es lo mismo! ¡Todo criticas, todo cuestionas! ¡Me asfixias, Alejandro! ¡Te lo juro que me asfixias con tus celos ridículos!
Iván se encogió en su silla, mirando a su papá con ojos asustados. Odiaba cuando gritaban.
—No son celos, Olga, es lógica —intentó argumentar Alejandro, pero ella ya estaba caminando hacia la salida de la cocina.
—¡Piensa lo que quieras! —gritó desde el pasillo—. No voy a ir a ningún lado con ustedes. Váyanse solos si quieren. Yo regreso en la noche.
—¡Olga, espera! —Alejandro se levantó para seguirla, pero se detuvo al ver la cara de su hijo.
Iván tenía los ojos llorosos y la cuchara temblando en la mano.
Alejandro sintió que se le partía el alma. Respiró hondo, contó hasta tres para no salir corriendo detrás de ella y gritarle todas sus verdades. Se volvió hacia Iván y forzó la mejor sonrisa que pudo, aunque por dentro se estaba desmoronando.
—No pasa nada, campeón. Tu mamá… anda muy estresada con la chamba. Ya ves cómo son los jefes, bien negreros.
—¿Ya no vamos a ir a los caballos? —preguntó Iván con un hilo de voz.
—Claro que sí vamos a ir —afirmó Alejandro, acercándose y abrazando al niño—. Tú y yo. Nos la vamos a pasar increíble. Vamos a comer puras porquerías y nadie nos va a regañar. ¿Qué dices?
Iván asintió, limpiándose un moco con la manga de la playera.
—Va. Pero… ¿por qué mamá se vistió así?
La pregunta de Iván flotó en el aire, pesada y tóxica. Alejandro no supo qué contestar. Miró hacia el pasillo vacío por donde se había ido su esposa, oliendo todavía la estela de ese perfume caro que usaba cuando quería impresionar a alguien. Y ese alguien, definitivamente, no era él.
—Porque le gusta verse bonita, hijo —mintió Alejandro, sintiendo el sabor amargo de la bilis en la boca—. Córrele, vete a poner unos jeans y los tenis viejos. Nos vamos en diez minutos.
Mientras Iván corría a su cuarto, Alejandro se quedó solo en la cocina. El plato de avena de Olga estaba intacto, enfriándose sobre la mesa. Lo miró con odio. Agarró el plato y, en un impulso de rabia contenida, vació el contenido en el fregadero con fuerza. La avena cayó con un sonido pastoso y desagradable.
Abrió la llave del agua y vio cómo la comida se iba por el desagüe.
“Lorena”, pensó con sarcasmo. “Papeles de la oficina”.
Alejandro no era tonto. Sabía que algo olía muy mal. Pero el miedo a confirmar sus sospechas era más grande que su deseo de saber la verdad. Porque saber la verdad significaba que tendría que hacer algo al respecto. Y no sabía si estaba listo para que su mundo se viniera abajo.
Cerró la llave del agua. Se secó las manos.
—Vámonos, Iván —gritó—. ¡Que se nos hace tarde para la aventura!
Salió de la cocina apagando la luz, dejando atrás el fantasma de una familia que se estaba desmoronando a pedazos sin que nadie pudiera detenerlo.
CAPÍTULO 2: La Inocencia Cruel y la Sentencia Final
La puerta principal se cerró con un golpe seco que resonó en todo el departamento como un disparo. Clac. Y luego, el silencio. Ese silencio pesado que se te mete en los oídos y no te deja pensar.
Alejandro se quedó parado en medio del pasillo, con las manos metidas en los bolsillos de sus jeans, mirando la madera barnizada de la puerta por donde acababa de salir su esposa. Todavía flotaba en el aire el aroma de su perfume, una fragancia dulzona y cara, Chanel, que él mismo le había regalado en Navidad gastándose el aguinaldo. Ahora, ese olor le revolvía el estómago.
—¿Papá? —la voz de Iván lo sacó de su trance.
El niño estaba asomado desde su cuarto, con los tenis mal amarrados y una gorra de los Pumas puesta de lado.
—¿Ya nos vamos? —preguntó, con esa impaciencia típica de quien teme que le cancelen el plan.
Alejandro se pasó la mano por la cara, tratando de borrar la expresión de derrota. Forzó una sonrisa, aunque sentía que los músculos de la cara le dolían.
—Sí, campeón. Ya nos vamos. Solo… dame cinco minutos. Voy al baño y nos arrancamos.
Alejandro se encerró en el baño. Se miró al espejo. Vio las ojeras, las líneas de expresión que se marcaban más cuando fruncía el ceño, y esa mirada de perro apaleado que odiaba. Abrió la llave del agua fría y se mojó la cara, tratando de enfriar la rabia que le bullía en las venas.
“Se puso el vestido rojo”, pensó, mientras el agua goteaba de su barbilla. “Para ir a ver a Lorena. Sí, cómo no”.
Sabía que mentía. Lo sabía en las tripas. Pero una parte de él, esa parte cobarde que todos tenemos y que prefiere la paz a la verdad, quería creerle. Quería creer que solo era una etapa, que Olga estaba confundida, que tal vez sí necesitaba sentirse bonita y salir con sus amigas.
Se secó la cara con la toalla, respiró hondo y salió.
—¡Vámonos, Iván! ¡El último en llegar al coche es un huevo podrido!
El día en La Marquesa fue agridulce. Alejandro intentó con todas sus fuerzas ser el papá divertido. Rentaron las cuatrimotos y dieron vueltas levantando polvo en los senderos de tierra; comieron quesadillas de flor de calabaza y sopa de médula en uno de los puestos de madera bajo los pinos; Iván se subió a un caballo viejo y manso que apenas caminaba.
El niño reía. Se le veía feliz, con la boca manchada de salsa verde y las rodillas sucias de tierra. Pero Alejandro estaba ausente. Su cuerpo estaba ahí, sosteniendo las riendas del caballo o pagando la cuenta, pero su mente estaba en otro lado. Estaba imaginando dónde estaría Olga.
¿Estaría en un restaurante elegante? ¿Estaría riéndose con ese tal “compañero”? ¿Estaría usando ese vestido rojo para alguien más?
Regresaron a la ciudad cuando el sol empezaba a caer, pintando el cielo contaminado de la CDMX con tonos naranjas y violetas. El tráfico de regreso por la carretera México-Toluca estaba pesado, como siempre. Iván se quedó dormido en el asiento del copiloto, con la cabeza recargada contra el vidrio.
Al llegar al departamento, la oscuridad los recibió. Olga no había llegado.
Eran las 7:00 p.m.
Alejandro acostó a Iván en su cama, le quitó los tenis y lo tapó. El niño se removió un poco pero siguió dormido. Alejandro se fue a la cocina. No tenía hambre, pero necesitaba hacer algo con las manos. Empezó a limpiar. Limpió la estufa que ya estaba limpia. Pasó un trapo húmedo por la mesa del comedor una y otra vez, puliendo la madera hasta que rechinó.
De repente, escuchó pasos suaves detrás de él.
Iván estaba parado en la entrada de la cocina, frotándose los ojos. Se había despertado.
—¿Qué haces, pa? —preguntó con voz adormilada.
—Nada, mijo. Aquí, dando una limpiadita. ¿Quieres cenar algo? ¿Un cereal?
Iván negó con la cabeza y se sentó en una de las sillas del comedor. Se quedó mirando fijamente cómo su padre pasaba el trapo frenéticamente sobre la superficie. El niño balanceaba las piernas, inquieto.
—Papá… —dijo, rompiendo el ritmo del trapo.
—Dime.
—¿Por qué mi mamá se viste así para ir con la tía Lorena?
Alejandro se detuvo. Sintió un frío en la espalda.
—Pues… ya te dije. A las mujeres les gusta arreglarse. Van a echar chisme, a tomar café…
Iván arrugó la nariz. Parecía estar debatiendo internamente si decir algo o no. Finalmente, la inocencia le ganó a la prudencia.
—Es que… la otra vez no iba vestida así.
Alejandro soltó el trapo sobre la mesa. Se giró lentamente para mirar a su hijo.
—¿La otra vez? ¿De qué hablas, Iván?
—El martes —dijo el niño, bajando la voz como si contara un secreto prohibido—. Cuando fui con mi abuelita al parque, el que está por el centro comercial.
—Ajá… —Alejandro sintió que el corazón le latía en la garganta.
—Teníamos hambre y la abuela dijo “vamos por una dona”. Y entramos a la cafetería esa que tiene los vidrios grandotes. Y ahí estaba mi mamá.
Alejandro se agachó para quedar a la altura de los ojos de su hijo. Le temblaban las manos.
—¿Viste a tu mamá en la cafetería? ¿Estaba sola?
Iván negó con la cabeza. Sus ojos oscuros, tan parecidos a los de Olga, miraron a Alejandro con una honestidad brutal.
—No. Estaba con un señor.
El mundo se detuvo. El zumbido del refrigerador desapareció. Los ruidos de la calle se apagaron. Solo existía la voz de Iván.
—¿Con un señor? —repitió Alejandro, con un hilo de voz—. ¿Quién era? ¿Lo conoces? ¿Era el tío Beto?
—No —dijo Iván, muy seguro—. Era un señor que yo nunca había visto. Estaba pelón. Y traía traje, como los que usan en tu trabajo.
—A lo mejor era un jefe, mijo. O un cliente. Ya ves que mamá vende seguros a veces.
—No parecía cliente, papá —Iván hizo una pausa, buscando las palabras—. Estaban sentados en la mesita del rincón. Y el señor… el señor le estaba dando pastel en la boca a mi mamá. Con su tenedor.
Alejandro sintió como si le hubieran dado un batazo en el estómago. El aire se le escapó de los pulmones.
—¿Pastel? —preguntó estúpidamente.
—Sí. Y mi mamá se estaba riendo mucho. Se reía como… como cuando ve películas chistosas. Y el señor le agarraba la mano que tenía en la mesa. Y luego le dio un beso en la mano.
Alejandro cerró los ojos. La imagen era tan clara que dolía. Podía ver a Olga, coqueta, echando la cabeza hacia atrás, riéndose de los chistes de un desconocido, mientras él estaba en la oficina rompiéndose el lomo revisando facturas. Podía ver la mano de ese tipo tocando la piel de su esposa.
—Yo le quería gritar “¡Mamá!”, pero la abuela me jaló —continuó Iván, sin saber que cada palabra era una puñalada—. Me dijo “Vámonos, Iván, no es tu mamá, te confundiste”. Y nos fuimos rápido. Pero yo sé que sí era ella, pa. Traía la blusa azul bonita.
Alejandro abrazó a su hijo de golpe. Lo abrazó fuerte, desesperado, hundiendo la cara en el hombro pequeño del niño para que no lo viera llorar. Iván se quedó quieto, sorprendido, y le dio unas palmaditas torpes en la espalda.
—Ya, pa. No llores. A lo mejor el señor es su amigo.
—Sí, mijo… seguro es su amigo —mintió Alejandro con la voz quebrada—. Gracias por decirme. Eres un niño muy listo. Pero hazme un favor… no le digas a tu mamá que me dijiste, ¿va? Es nuestro secreto de hombres.
Iván asintió solemnemente.
—Va. Secreto de hombres.
Alejandro mandó a Iván a ver la tele a su cuarto. Necesitaba aire. Necesitaba salir de esa cocina que de pronto se sentía del tamaño de una caja de zapatos.
Salió al balcón del departamento. Encendió un cigarro, aunque había dejado de fumar hacía tres años. Le temblaban las manos tanto que le costó trabajo prender el encendedor.
“Pelón. De traje. Pastel en la boca”.
Los detalles eran lo peor. No era solo sexo. Era intimidad. Era cortejo. Olga estaba teniendo un romance en toda la regla, a plena luz del día, mientras él vivía en la ignorancia. La rabia empezó a crecer dentro de él, caliente y viscosa, reemplazando a la tristeza.
Miró el reloj. Las 9:30 p.m. Y ella seguía sin llegar.
Decidió que no podía esperar ahí sentado. Si se quedaba, iba a explotar. Necesitaba hablar con alguien que no fuera un niño de ocho años.
Tomó las llaves, le gritó a Iván: “¡Voy aquí abajo con tu tío Sergio, cualquier cosa me marcas al celular, no tardo!”, y salió del departamento.
Sergio vivía dos pisos abajo, en el mismo bloque de edificios. Era su compadre, padrino de Iván, y amigo desde la preparatoria. Un tipo grandote, soltero empedernido, que siempre tenía una cerveza fría y un consejo (a veces malo, pero siempre honesto).
Alejandro tocó el timbre con insistencia.
Sergio abrió en chanclas y bermudas, con una caguama en la mano y el control de la tele en la otra.
—¡Quihubo, mi Álex! ¿Qué milagro? Pásale, güey. ¿Qué traes? Traes cara de que se te murió el perro.
Alejandro entró sin decir nada y se desplomó en el sofá de piel sintética que ya estaba todo pelado.
—No se murió el perro, güey. Se murió mi matrimonio.
Sergio dejó la caguama en la mesa de centro y apagó la tele. Se sentó frente a su amigo, poniéndose serio.
—A chinga. ¿Qué pasó? ¿Se pelearon otra vez por la lana?
—No es lana, Sergio. Es otro cabrón.
Alejandro le soltó todo. El vestido rojo, las llegadas tarde, la frialdad en la cama, y finalmente, lo que Iván había visto en la cafetería. Lo contó todo de un jalón, sin respirar, como si al decirlo en voz alta pudiera sacárselo del pecho.
Sergio escuchó en silencio, asintiendo lentamente. Cuando Alejandro terminó, Sergio soltó un silbido largo.
—No mames… —murmuró Sergio, rascándose la nuca—. Pinche Olga. La neta, güey, yo ya te iba a decir algo, pero no quería meter cizaña.
Alejandro levantó la cabeza de golpe.
—¿Tú sabías?
—No, no sabía nada concreto —se apresuró a aclarar Sergio—. Pero la otra vez, hace como dos semanas, la vi en el centro. Iba en un coche, Álex. Un Audi negro. Y ella iba de copiloto, bien risueña. No alcancé a ver quién manejaba, pero pues… tú traes el Versa, güey. No eras tú.
Alejandro sintió que la sangre le hervía. Un Audi. Claro. Él andaba en su Versa modelo 2018, pagándolo a plazos, y el otro tipo traía un Audi.
—¿Y qué hago, cabrón? —preguntó Alejandro, desesperado—. Tengo ganas de esperarla y romperle la madre al tipo si la viene a dejar. O correrla de la casa.
—Tranquilo, tranquilo —Sergio le pasó una cerveza fría—. Si te pones loco, pierdes. Tienes a Iván. Tienes que pensar con la cabeza fría. Si la corres ahorita, se va a armar un pedo legal, te va a querer quitar al niño… ya sabes cómo son esas broncas.
—No puedo seguir viviendo con ella, Sergio. No después de saber que se burla de mí en mi propia cara. Se pone el vestido que yo le regalé para irse a revolcar con otro. Eso no tiene madre.
—Habla con ella —aconsejó Sergio—. Pero no grites. Bueno, intenta no gritar. Dile lo que sabes. Que no te vea pendejo. A ver qué te dice. Y de ahí decides. Pero no tomes decisiones ahorita que estás caliente.
Alejandro se tomó la cerveza en tres tragos largos. El alcohol le entumió un poco los nervios, pero no la decisión. Ya no había vuelta atrás.
—Gracias, compadre. Ya me voy. Tengo que estar ahí cuando llegue.
Regresó a su departamento a las 10:30 p.m. Iván ya estaba dormido profundamente. La casa estaba en silencio. Alejandro se sentó en la mesa del comedor, a oscuras, solo con la luz de la calle entrando por la ventana.
Esperó.
Cada minuto era una tortura. Se imaginaba a Olga despidiéndose del tipo. ¿Le daría un beso de buenas noches? ¿Le diría “te amo”?
A las 11:15 p.m., escuchó el motor de un coche detenerse afuera. Se asomó por la ventana discretamente. No era un taxi. Era un coche oscuro, sedán, elegante. Un Audi.
Vio a Olga bajarse. Se inclinó hacia la ventanilla del conductor, dijo algo, sonrió y cerró la puerta. El coche arrancó suavemente y se perdió en la noche.
Alejandro sintió que se le desgarraba el alma, pero al mismo tiempo, sintió una extraña calma. La calma del verdugo. Ya no había dudas. Ya solo quedaba la ejecución.
Escuchó la llave en la cerradura. La puerta se abrió.
Olga entró tarareando, dejando las llaves en el mueble de la entrada. Encendió la luz y dio un brinco al ver a Alejandro sentado en la mesa, mirándola fijamente.
—¡Ay, cabrón! —gritó, llevándose la mano al pecho—. ¡Qué susto me diste! ¿Qué haces ahí sentado a oscuras como vampiro?
Alejandro no parpadeó.
—¿Te trajo Lorena? —preguntó con voz plana.
Olga se tensó. Se quitó la bolsa del hombro y evitó mirarlo a los ojos.
—Sí… bueno, me pidió un Uber. Es que tomamos unas copas y no queríamos manejar. Estoy muerta, Alejandro. Ya me voy a dormir.
Empezó a caminar hacia el cuarto, pero la voz de Alejandro la detuvo en seco.
—Lorena no maneja un Audi negro, Olga.
Olga se congeló. Se quedó de espaldas a él unos segundos eternos. Alejandro vio cómo sus hombros se tensaban. Lentamente, se giró. Su rostro ya no tenía la máscara de fastidio habitual; ahora tenía una mezcla de miedo y desafío.
—¿Me estás espiando? —preguntó a la defensiva.
—No necesito espiarte. Iván te vio el martes. Comiendo pastel con tu “amigo”. Y yo te acabo de ver bajarte del coche de tu amante. Así que ahórrate el choro, Olga. Ahórrate las mentiras de que vas a la oficina en sábado. Ya sé todo.
Olga abrió la boca para negar, para inventar otra excusa, pero al ver la mirada de Alejandro —una mirada vacía, sin brillo, muerta— supo que el juego había terminado.
Suspiró profundamente. Se dejó caer en el sillón de la sala, cruzando las piernas. El vestido rojo se le subió un poco, pero ya no importaba.
—Pues mira… qué bueno —dijo ella, con una frialdad que heló la sangre de Alejandro—. Ya me tenía harta tanta mentira. Sí, Alejandro. Hay alguien más.
—¿Quién es? —preguntó él, apretando los puños debajo de la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Es un compañero de trabajo. Se llama Mauricio. Y no, no empezamos ayer. Llevamos meses.
—¿Meses? —Alejandro sintió las lágrimas picándole los ojos, pero se las aguantó a lo macho—. ¿Meses viéndome la cara de pendejo? ¿Durmiendo conmigo y pensando en él?
—¡No es así! —Olga alzó la voz, molesta—. ¡Tú y yo ya estábamos mal desde hace mucho! ¡Míranos! Vivimos como roomies. Tú siempre estás cansado, siempre pensando en el dinero, en la casa, en el niño… ¿Y yo qué? ¿Dónde quedo yo? Me sentía sola, Alejandro. Me sentía vieja. Mauricio me hace sentir… vista. Deseada.
—¿Deseada? —Alejandro se levantó de golpe, tirando la silla—. ¡Yo te deseo, Olga! ¡Yo me parto la madre trabajando para que tú y el niño estén bien! ¿Eso no cuenta?
—¡No! —gritó ella, poniéndose de pie también—. ¡No es suficiente! ¡Me aburro, Alejandro! ¡Me aburro de esta vida gris, de contar los pesos para ir al súper, de ver la tele los viernes en la noche! ¡Quiero más! Merezco más emoción.
La confesión quedó flotando en el aire. Aburrimiento. Olga había destrozado su familia por aburrimiento.
Alejandro la miró y, de repente, ya no vio a la mujer que amaba. Vio a una desconocida egoísta y caprichosa.
—Ok —dijo Alejandro, bajando la voz—. ¿Y qué quieres hacer?
Olga se pasó la mano por el cabello, bajando un poco la guardia.
—No sé… estoy confundida. No quiero divorciarme así de golpe. Tenemos a Iván. Pero… no puedo seguir así. Necesito aire.
Lo miró a los ojos, y con todo el cinismo del mundo, soltó la bomba.
—Quiero un tiempo, Alejandro. Una pausa.
—¿Una pausa? —Alejandro soltó una risa seca, sin humor—. ¿Qué crees que es esto, un partido de fútbol?
—Necesito pensar. Necesito saber si te extraño. Quiero que nos separemos un tiempo. Unas semanas. Tú vete, o yo me voy… no sé. Quiero ver qué siento estando lejos de ti.
Alejandro sintió una claridad repentina. Ella quería “probar” la vida con el otro tipo, pero manteniéndolo a él en la banca, por si acaso el romance con el del Audi no funcionaba. Quería tener su pastel y comérselo también.
—¿Quieres una pausa para irte a coger con el tal Mauricio sin remordimientos? —preguntó Alejandro brutalmente.
—¡No seas vulgar! Quiero aclarar mis sentimientos.
—Perfecto —dijo Alejandro. Sintió una calma helada—. Vas a tener tu pausa, Olga. Pero te aviso una cosa: en esta vida no hay botón de rewind. Si le pones pausa, te arriesgas a que se acabe la película.
—Deja de amenazarme. Solo es un tiempo.
Alejandro asintió. Caminó hacia el pasillo.
—Está bueno. Quédate con tu departamento, quédate con tu espacio y con tu libertad. Mañana a primera hora agarro a Iván y nos largamos.
—¿Te llevas al niño? —Olga parpadeó, sorprendida—. Oye, no, espérate. El niño se queda.
—Ni madres —Alejandro se giró, con los ojos inyectados de furia—. Tú quieres “tiempo” para tus aventuras. Iván no es un juguete que guardas en el clóset mientras te diviertes. Me lo llevo a casa de mi mamá, al pueblo. Allá va a estar tranquilo, lejos de… esto.
Olga dudó. Sabía que no estaba en posición de exigir. Y en el fondo, sabía que Iván estorbaría en sus planes de “libertad” con Mauricio.
—Bueno… —cedió ella, desviando la mirada—. Tal vez le haga bien estar con la abuela unas semanas. Pero solo unas semanas, ¿eh?
—Lo que sea —cortó Alejandro.
Entró al cuarto, sacó una maleta vieja del clóset y empezó a tirar su ropa adentro sin doblarla. Camisetas, pantalones, calzones. Todo revuelto. Sentía que se ahogaba en esas cuatro paredes.
Esa noche, Alejandro no durmió en la cama. Se tiró en el sofá de la sala, mirando el techo, escuchando a Olga moverse en la recámara. La escuchó llorar un poco, pero no fue a consolarla. Esas lágrimas ya no eran problema suyo.
A las 5:00 de la mañana, cuando el sol ni siquiera pintaba, Alejandro levantó a Iván.
—Shhh, mijo. Despierta. Nos vamos de viaje.
Iván, modorro, se talló los ojos.
—¿A dónde, pa? ¿A La Marquesa otra vez?
—No, campeón. Mejor. Vamos a ver a la abuela Tencha al pueblo. Vamos a ver las vacas y el río.
Alejandro cargó las maletas en silencio. Olga salió de la recámara en bata, con la cara hinchada. Se recargó en el marco de la puerta, viéndolos irse.
—¿Ya se van? —preguntó en un susurro.
Alejandro ni la miró. Le puso la mochila a Iván.
—Vámonos, hijo.
—Adiós, mamá —dijo Iván, dándole un abrazo rápido a su madre.
Olga lo abrazó fuerte, y por un segundo, pareció arrepentirse. Pero solo fue un segundo.
—Pórtense bien —dijo ella. Y luego miró a Alejandro—. Llámame cuando lleguen.
Alejandro abrió la puerta. El aire frío de la mañana entró en el departamento.
—Adiós, Olga —dijo él. No dijo “hasta luego”. No dijo “te llamo”. Dijo adiós.
Cerró la puerta tras de sí. Bajaron las escaleras en silencio. Subieron al Versa, que arrancó al segundo intento. Mientras se alejaban de la unidad habitacional, Alejandro miró por el retrovisor. Nadie se asomó a la ventana.
Puso primera y aceleró. La ciudad se quedaba atrás, y con ella, diez años de vida que acababan de irse a la basura. Pero al mirar a Iván dormido a su lado, supo que, aunque el corazón le dolía como si se lo hubieran arrancado, había hecho lo correcto.
La “pausa” había comenzado. Y Alejandro tenía el presentimiento de que sería una pausa eterna.
PARTE 2: EL EXILIO Y EL RENACER EN LA TIERRA
CAPÍTULO 3: El Olor a Leña y la Verdad en la Mesa
La carretera se extendía frente al parabrisas del Versa como una cinta gris interminable que prometía, si no el olvido, al menos la distancia. Habían pasado ya tres horas desde que salieron de la Ciudad de México. El caos de concreto, los cláxones y el esmog habían quedado atrás, reemplazados por los campos verdes y marrones del estado de Hidalgo, salpicados de nopales y cerros que parecían gigantes dormidos.
Alejandro conducía en silencio, con las manos apretando el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos. La radio iba apagada. No quería música. No quería noticias. Solo quería el zumbido del motor y el viento golpeando las ventanas.
A su lado, en el asiento del copiloto, Iván había despertado hace rato. El niño miraba por la ventana con curiosidad, señalando vacas o tractores de vez en cuando, pero intuía que no debía hacer mucho ruido. Los niños tienen un radar especial para la tristeza de sus padres, y Alejandro sabía que emanaba una vibra pesada, oscura.
—Pa… —Iván rompió el silencio, tímido.
—¿Qué pasó, mijo? ¿Tienes hambre? Ya casi llegamos a la barbacoa, aguántame tantito.
—No es eso. Es que… ¿cuándo va a ir mi mamá al pueblo?
La pregunta fue como un volantazo emocional. Alejandro tragó saliva, sintiendo ese nudo en la garganta que no se le había quitado desde la noche anterior.
—No sé, campeón. Tu mamá tiene mucho trabajo. Acuérdate que se quedó a… resolver cosas.
—¿Cosas del señor pelón? —preguntó Iván con una inocencia que cortaba como navaja.
Alejandro sintió una oleada de calor. Respiró hondo.
—Cosas de adultos, Iván. Olvídate de eso ahorita. Mira, ya se ve el letrero de “Bienvenidos”. Ya vamos a llegar con tu abuela Tencha. ¿Te acuerdas de sus tortillas de harina?
Iván sonrió, distraído por la promesa de comida. Alejandro suspiró. Mentirle a su hijo era lo que más le dolía, pero ¿cómo le explicas a un niño de ocho años que su madre prefiere la “emoción” de un amante a la estabilidad de su familia?
El pueblo de su madre, San Miguel del Viento, era uno de esos lugares mágicos y olvidados de Dios donde el tiempo parecía caminar más lento. Las calles principales estaban empedradas, y las casas de adobe y ladrillo rojo se amontonaban alrededor de una iglesia antigua con la pintura descascarada.
Al entrar en las calles polvorientas, el olor de la ciudad —gasolina y estrés— fue reemplazado por el aroma inconfundible del campo mexicano: tierra mojada, leña quemándose en fogones y estiércol de vaca. Para Alejandro, ese olor era un bálsamo. Era el olor de su infancia, de cuando la vida era simple y su mayor preocupación era no rasparse las rodillas jugando fútbol.
Estacionó el coche frente a la casa de su madre, una construcción sencilla pintada de azul rey con macetas de geranios colgando en el corredor. Apenas apagó el motor, la puerta de madera se abrió de par en par.
Ahí estaba Doña Tencha.
Bajita, con su delantal de cuadros, el pelo gris recogido en un chongo apretado y esa mirada de águila que no dejaba escapar nada. Se limpió las manos en el delantal y corrió —con esa agilidad sorprendente de las abuelas mexicanas— a recibir a su nieto.
—¡Mi niño precioso! ¡Ay, qué grandote estás, Dios mío! —gritó, abrazando a Iván y llenándole la cara de besos sonoros—. ¡Pásale, pásale, que te tengo un arroz con leche que te vas a chupar los dedos!
Alejandro bajó las maletas del coche, sintiendo el peso físico y emocional. Caminó hacia su madre. Doña Tencha soltó al niño, que corrió hacia la cocina persiguiendo el olor a canela, y se quedó parada frente a su hijo.
Su sonrisa se borró lentamente.
Alejandro intentó sonreír, intentó poner esa cara de “todo está bien, solo venimos de vacaciones”, pero con Doña Tencha eso no funcionaba. Ella le conocía las pestañas. Lo miró a los ojos, escaneando su alma en dos segundos.
—¿Qué pasó? —preguntó ella, seca, directa.
—Nada, amá. Vinimos a visitarte. ¿Qué, no podemos?
—A mí no me haces pendeja, Alejandro —dijo ella, bajando la voz—. Traes los ojos tristes y vienes flaco. Y vienes solo. ¿Dónde está Olga?
Alejandro dejó caer las maletas en la tierra del patio. Sintió que las fuerzas le fallaban.
—Se quedó, amá. Nos pidió un tiempo.
Doña Tencha no dijo nada al principio. Solo chasqueó la lengua, un sonido de desaprobación y entendimiento. Se acercó a su hijo, le tomó la cara entre sus manos ásperas y calientes, y le dio un beso en la frente.
—Pásale. Ahorita platicamos. Primero come, que traes cara de que no has probado bocado en tres días.
La cocina de Doña Tencha era el corazón del mundo. El fogón de leña estaba encendido, calentando un comal enorme donde se inflaban tortillas hechas a mano. Había una olla de barro con frijoles negros burbujeando y otra con guisado de puerco en salsa verde.
Alejandro se sentó en la mesa de madera vieja, esa mesa que tenía cicatrices de cuchillo y manchas de aceite de años. Iván ya estaba devorando un plato de arroz.
—Come, mijo —le sirvió su madre un plato rebosante—. La pena con pan es menos.
Alejandro probó el primer bocado de tortilla con salsa y sintió que algo se rompía dentro de él. El sabor casero, el calor del fogón, el cariño implícito en la comida… todo contrastaba tanto con la frialdad del departamento en la ciudad, con los desayunos de cereal apresurados y las cenas silenciosas con Olga. Comió con desesperación, como si la comida pudiera llenar el hueco que tenía en el pecho.
Cayó la noche. El pueblo se sumió en un silencio profundo, solo roto por el canto de los grillos y el ladrido lejano de algún perro callejero. Iván, agotado por el viaje y el juego, se durmió temprano en el cuarto de huéspedes.
Alejandro salió al corredor y se sentó en una mecedora de mimbre, mirando las estrellas. Allá en la ciudad casi nunca se veían. Aquí, el cielo era un manto infinito de diamantes.
Doña Tencha salió con dos tazas de café de olla, humeantes y olorosas a piloncillo. Se sentó en la mecedora de al lado.
—Ahora sí —dijo ella, meciéndose suavemente—. Cuéntame bien el chisme. ¿Qué chingados pasó?
Y Alejandro se quebró.
Le contó todo. No omitió nada. Le contó de la frialdad de Olga, de las llegadas tarde, del vestido rojo. Le contó con vergüenza lo que Iván había visto en la cafetería. Le contó del Audi negro y de la frase maldita: “Necesito una pausa”.
Habló durante una hora, sacando todo el veneno, llorando por momentos como cuando era niño y se caía de la bicicleta. Doña Tencha escuchaba sin interrumpir, sorbiendo su café, con la mirada fija en la oscuridad del huerto.
Cuando Alejandro terminó, se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y se quedó callado, esperando el regaño, o el consejo, o algo.
Doña Tencha suspiró largo y tendido. Dejó la taza en el suelo.
—Ay, mijo. Los hombres son bien mensos a veces. No ven lo que tienen enfrente hasta que les muerde la nariz.
—Yo la quería, amá. Yo pensé que estábamos bien.
—Tú estabas bien. Tú estabas cómodo —corrigió ella con dureza, pero con cariño—. Ella… ella ya se había ido hace mucho, Alejandro. Una mujer no se pone un vestido rojo y se busca a otro nomás porque sí. Esa mujer tenía un hueco adentro que tú no podías llenar, y a lo mejor nadie puede.
—¿Y qué hago? —preguntó él, desesperado—. Dice que es una pausa. Que quiere pensar.
Doña Tencha soltó una risa seca, sin humor.
—¿Pausa? ¡Mis polainas! Eso no existe, mijo. Cuando una mujer te dice “dame tiempo” y ya tiene a otro calentándole la oreja, no es pausa. Es que te está poniendo en la banca mientras prueba al titular. Y si el titular le sale malo, te vuelve a llamar. ¿Tú quieres ser el plato de segunda mesa?
La pregunta golpeó a Alejandro en el orgullo.
—No. Claro que no.
—Pues entonces agárrate los pantalones, Alejandro. Porque esto no se va a arreglar con flores ni con ruegos. Ella te hizo un favor, aunque ahorita sientas que te arrancó el corazón. Te quitó una venda de los ojos.
—Pero Iván…
—Iván va a estar bien si tú estás bien. Los chamacos son de hule, rebotan. Pero si te ve a ti arrastrándote, llorando por los rincones y rogándole a una mujer que no te respeta, eso sí le va a hacer daño. Tienes que ser hombre, mijo. No macho, hombre. Un hombre que se respeta.
Alejandro miró las estrellas. Las palabras de su madre eran duras, como la tierra seca, pero eran verdad.
—Tienes razón, amá.
—Claro que tengo razón, soy tu madre. Ahora vete a dormir. Mañana me vas a ayudar a arreglar la cerca del corral, que las gallinas se me están escapando. A ver si con el trabajo se te baja la calentura de la cabeza.
Esa noche, acostado en la cama de su infancia, con el olor a sábanas limpias secadas al sol, Alejandro no soñó con Olga. Soñó que estaba construyendo una pared, ladrillo por ladrillo, una pared fuerte que nada podía derribar. Y por primera vez en meses, durmió más de cuatro horas seguidas.
CAPÍTULO 4: Sanando con Tierra, Sudor y Olvido
El canto del gallo no pide permiso. A las 5:30 de la mañana, Kikirikí, y se acabó el sueño.
Alejandro abrió los ojos. No hubo esos cinco segundos de confusión y angustia habituales. Sabía dónde estaba. Estaba en San Miguel. Y tenía trabajo que hacer.
Se levantó, se puso unos jeans viejos que había dejado ahí hacía años y una playera deslavada. Al salir al patio, el aire frío de la mañana le picó en la piel, despertándolo mejor que cualquier café expreso de la oficina.
Doña Tencha ya andaba en friega, dándole de comer a los pollos.
—Órale, dormilón. Agarra el machete y vete a cortar la maleza de atrás, que parece selva —le ordenó sin darle los buenos días.
Alejandro obedeció. El trabajo físico era brutal para alguien que se pasaba ocho horas sentado frente a una computadora. A los veinte minutos, ya estaba sudando a chorros. A la hora, le dolían los brazos y la espalda. Pero había algo mágico en el dolor físico: anulaba el dolor mental.
Mientras golpeaba la hierba con el machete, descargaba su furia. Cada golpe era un reclamo a Olga. Zas. Por mentirosa. Zas. Por el vestido rojo. Zas. Por el tipo del Audi. Zas. Por romperle el corazón a Iván.
Para el mediodía, Alejandro estaba exhausto, sucio y hambriento, pero su mente estaba extrañamente clara. Se sentó bajo la sombra de un mezquite, bebiendo agua de un jarro de barro.
Iván apareció corriendo, con las botas llenas de lodo y una sonrisa de oreja a oreja. Traía un palo en la mano como si fuera una espada.
—¡Papá! ¡Papá! ¡El abuelo Chuy —un vecino— me dejó subirme al tractor! ¡Es enorme!
—¿Ah sí? —Alejandro sonrió, secándose el sudor de la frente—. ¿Y no chocaste?
—¡No! Le moví al volante y todo. Oye, pa… ¿aquí no hay internet, verdad?
—No, mijo. Aquí la señal llega cuando quiere. ¿Por qué? ¿Ya extrañas tu tablet?
Iván se quedó pensando un momento, mirando el palo que tenía en la mano.
—Poquito. Pero está chido aquí. Hay lagartijas. Y la abuela dice que al rato vamos a ir al río a buscar piedras de formas raras.
Alejandro sintió un alivio inmenso. En la ciudad, Iván vivía pegado a la pantalla, encerrado en el departamento por la inseguridad. Aquí, era libre. Corría, se ensuciaba, exploraba.
—Me da gusto que te guste, campeón. Oye… ¿no extrañas tu casa?
Iván se encogió de hombros.
—Extraño mis juguetes. Pero allá… allá tú siempre estabas enojado, pa. Y mamá siempre estaba gritando o encerrada en su cuarto. Aquí te ríes más.
La frase de su hijo fue la segunda gran revelación del viaje. “Aquí te ríes más”.
Alejandro se dio cuenta de que llevaba años viviendo en un estado de tensión crónica. Tratando de complacer a una mujer que no se dejaba complacer, tratando de pagar deudas para mantener un estilo de vida que no los hacía felices.
Esa tarde, después de comer un caldo de pollo que levantaba muertos, Alejandro se puso a arreglar el techo de la bodega de herramientas. Estaba clavando unas láminas cuando escuchó el sonido de un celular.
Era el suyo. Lo había dejado sobre una barda.
Corrió a contestar, sintiendo un vuelco en el corazón. La pantalla decía: Olga.
Dudó un segundo. El pulgar le temblaba sobre el botón verde. ¿Contestar? ¿No contestar?
Respiró hondo y contestó.
—¿Bueno?
—Alejandro —la voz de Olga sonaba lejana, y un poco… ¿irritada?—. ¿Por qué no me llamaste ayer? Te dije que me avisaras cuando llegaran. Estaba preocupada.
Alejandro sintió una mezcla de coraje y risa. ¿Preocupada? ¿Ella?
—Llegamos bien, Olga. Se me pasó. Aquí la señal es mala.
—Ah. Bueno. ¿Cómo está el niño?
—Está feliz. Anda correteando gallinas. ¿Tú cómo estás? —preguntó él, tanteando el terreno.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Alejandro pudo escuchar música de fondo. Música suave, como de un restaurante. Y risas de fondo.
—Bien… bien. Tranquila. Pensando cosas. Ya sabes, necesitaba este espacio. La casa se siente… grande sin ustedes.
—¿Grande o libre? —soltó Alejandro sin poder contenerse.
—Ay, Alejandro, no empieces. Te hablo bien y sales con tus ironías. Solo quería saber si llegaron bien.
—Llegamos bien. Iván está perfecto. No te preocupes por nosotros. Disfruta tu… pausa.
—Oye, no me cuelgues, quiero hablar con Iván.
—Andan en el río con mi mamá. No está aquí. Luego le dices que hablaste.
—Bueno… bye.
Alejandro colgó. Se quedó mirando el teléfono. Analizó lo que sentía. ¿Dolor? Sí, todavía había dolor. Pero ya no había miedo. Antes, cada vez que Olga le hablaba golpeado, él temblaba pensando en cómo contentarla. Ahora, le daba igual.
Escuchó la música de fondo en la llamada. Eran las 4 de la tarde de un domingo. Ella no estaba en la casa “pensando”. Estaba en la calle. Con él. Con Mauricio.
Y por primera vez, Alejandro se dio cuenta de que no quería estar ahí con ella. No quería ser el tercero en discordia en su propio matrimonio.
Los días pasaron y se convirtieron en una semana. La rutina del campo empezó a sanar las heridas de Alejandro. Levantarse temprano, trabajar la tierra, comer sano, dormir temprano. Sus manos, antes suaves de oficinista, empezaron a llenarse de callos y rasguños. Su piel se bronceó. Bajó de peso, perdiendo esa panza de estrés que tenía.
Una tarde, mientras ayudaba a su madre a desgranar maíz en el patio, Doña Tencha lo miró fijamente.
—Te ves mejor, mijo. Ya no traes la cara de muerto fresco.
—Me siento mejor, amá. La neta, no sé cómo aguanté tanto tiempo allá.
—Uno aguanta porque cree que es lo que toca. Pero la vida es muy corta para estar comiendo mierda y fingiendo que es chocolate, hijo.
Alejandro se rió. Su madre tenía una filosofía muy particular.
—Oye, amá… he estado pensando.
—Eso es peligroso. A ver, suéltalo.
—No voy a esperar a Olga.
Doña Tencha dejó la mazorca que estaba desgranando y lo miró con aprobación.
—¿A qué te refieres?
—Ella dijo que quería un tiempo. Una pausa. Que “luego veíamos”. Pero yo no soy juguete de nadie. No voy a estar aquí sentado esperando a que el tal Mauricio la aburra o la trate mal para que ella decida que “siempre sí me quiere”.
Alejandro tomó un puño de maíz y lo dejó caer en la canasta, como una lluvia dorada.
—Ya tomé una decisión. Voy a regresar a la ciudad, sí. Pero no al departamento con ella. Voy a ir a sacar mis cosas. Voy a buscar un abogado.
—¿El divorcio? —preguntó Tencha, seria. En los pueblos, el divorcio todavía se veía con cierto recelo, pero ella era práctica.
—Sí. El divorcio. Ya no hay vuelta atrás, amá. Aunque ella quisiera volver mañana y me pidiera perdón de rodillas… yo ya no la veo igual. Se rompió el encanto. La veo y veo traición. Veo mentira. Y yo no quiero que Iván crezca viendo a sus papás odiándose o fingiendo amor.
Doña Tencha asintió lentamente. Se levantó, se sacudió el delantal y le puso una mano en el hombro a su hijo.
—Ese es mi hijo. Con los pantalones bien puestos. Va a doler, Alejandro. No creas que va a ser fácil. Te va a doler verla, te va a doler firmar los papeles. Pero es un dolor que cura, como cuando te echas alcohol en una herida. Arde, pero desinfecta. Lo otro, quedarse con ella, era gangrena.
Alejandro se puso de pie. Se sentía fuerte. Se sentía decidido.
—Mañana voy a llamar a Sergio para que me recomiende al licenciado ese que conoce. Y voy a empezar a buscar un departamento chiquito para mí y para Iván.
—Iván se puede quedar aquí conmigo lo que necesites —ofreció Tencha—. Aquí es feliz.
—Gracias, amá. Lo sé. Pero él necesita a su papá. Y yo lo necesito a él. Vamos a estar bien.
Esa noche, Alejandro se sentó en la orilla de la cama de Iván. El niño dormía con la boca abierta, abrazado a un peluche viejo. Alejandro le acarició el pelo.
—Te prometo, hijo —susurró en la oscuridad—, que vamos a ser felices. De verdad. No de mentiritas como antes.
Salió al patio una última vez. Miró hacia el sur, hacia donde estaba la Ciudad de México, hacia donde estaba Olga, probablemente cenando con su amante o sintiéndose “libre”.
—Quédate con tu pausa, Olga —dijo al viento—. Quédatela toda. Porque se te acabó el tiempo.
Alejandro apagó la luz del corredor. La oscuridad ya no le daba miedo. Sabía que al día siguiente saldría el sol, y él tendría mucho trabajo que hacer. Pero esta vez, sería trabajo para construir su propia vida, no para sostener la mentira de alguien más.
PARTE 3: EL COLAPSO DEL CASTILLO DE NAIPES
CAPÍTULO 5: El Regreso del Fantasma y la Casa Ajena
Alejandro regresó a la Ciudad de México un martes por la tarde. Había dejado a Iván en el rancho con Doña Tencha. Fue una despedida difícil; el niño se aferró a su pierna preguntando por qué no se podían quedar a vivir ahí para siempre, entre las gallinas y los elotes. Alejandro tuvo que tragar grueso y prometerle que solo iba a arreglar unos “papeles de trabajo” y regresaría por él el fin de semana.
La carretera de regreso fue solitaria. Mientras el Versa devoraba kilómetros de asfalto bajando hacia el Valle de México, Alejandro sentía que se dirigía hacia la boca del lobo. La contaminación de la ciudad se veía desde lejos, una nata gris y espesa flotando sobre los edificios, un presagio de lo que le esperaba.
Llegó a su edificio en la colonia Narvarte a eso de las 6:00 p.m. Estacionó el coche en su cajón de siempre. Todo parecía igual: el vecino del 302 lavando su camioneta, el portero barriendo la entrada, el ruido de los cláxones en la avenida. Pero él se sentía diferente. Se sentía como un turista en su propia vida.
Subió por las escaleras, arrastrando los pies no por cansancio, sino por el peso de lo que iba a hacer.
Al meter la llave en la cerradura, notó que tenía que empujar un poco más fuerte. La puerta cedió.
El departamento estaba en silencio.
Alejandro entró y lo primero que lo golpeó fue el olor. No olía a su casa. No olía a suavizante ni a la comida que solían preparar. Olía a encierro, mezclado con un aroma dulce y empalagoso… incienso. Olga nunca prendía incienso. Y debajo de eso, un rastro sutil pero inconfundible de tabaco y colonia de hombre.
Caminó por la sala. Estaba “limpia”, pero de esa forma superficial en la que uno limpia cuando quiere ocultar algo rápido. Los cojines estaban demasiado acomodados. En la mesa de centro no había revistas ni juguetes de Iván; solo dos posavasos vacíos.
Alejandro fue a la cocina. En el fregadero había dos copas de vino lavadas, puestas a secar boca abajo.
Dos copas.
Sintió una punzada en el estómago, pero ya no era dolor agudo. Era la confirmación fría de un diagnóstico terminal. Ella había metido a alguien ahí. En su casa. En el santuario de su hijo. Mientras él estaba en el pueblo tratando de sanar, ella estaba brindando con su “libertad”.
Se fue a la recámara. La cama estaba tendida, pero las sábanas eran nuevas. Un juego de sábanas de seda negra que él nunca había visto.
—Vaya, vaya… —murmuró Alejandro, pasando la mano por la tela fría—. Te diste vuelo, Olga.
Se sentó en el sillón de la sala a esperar. No prendió la luz. Quería verle la cara cuando entrara y se diera cuenta de que su “pausa” se había terminado antes de tiempo.
A las 7:45 p.m., la puerta se abrió.
Olga entró riendo. Venía hablando por teléfono, con los auriculares puestos.
—Ay, sí, Mau, no seas payaso… —decía entre risitas, cerrando la puerta con la cadera—. No, ya llegué a mi casa. Sí, está sola, el amargado sigue en el pueblo con el niño… Sí, vente al rato si quieres, pero trae tú el vino que la otra vez te acabaste el mío.
Alejandro se aclaró la garganta desde la penumbra del sillón.
El sonido fue seco, rasposo.
Olga dio un brinco, soltando el celular que cayó al suelo con un golpe sordo. Se arrancó los auriculares y buscó el interruptor de la luz con mano temblorosa.
La luz inundó la sala, revelando a Alejandro sentado con las piernas cruzadas, mirándola con una calma terrorífica.
—¡Alejandro! —gritó ella, llevándose la mano al pecho—. ¡Casi me matas de un infarto! ¿Qué te pasa? ¿Por qué entras así sin avisar? ¡Pareces ladrón!
Alejandro se levantó despacio. Vio cómo Olga miraba con pánico el celular en el suelo, donde seguramente la llamada con “Mau” seguía activa o se acababa de cortar.
—Es mi casa, Olga. Todavía pago la hipoteca, ¿te acuerdas? No necesito avisar para entrar a mi propia casa.
Olga se agachó rápidamente a recoger el teléfono y colgó la llamada con dedos nerviosos. Su cara pasó del susto a la defensiva en cuestión de segundos. Se alisó la falda (una falda corta, de cuero, que tampoco le conocía) y levantó la barbilla.
—Pues debiste avisar. Quedamos en darnos un tiempo. Eso significa espacio, Alejandro. Respeto. No caer de sorpresa como detective privado.
—Vine por mis cosas —dijo él, ignorando sus reclamos—. Y vine a decirte que se acabó el tiempo.
Olga parpadeó, confundida.
—¿Cómo? ¿Ya regresaste? ¿Tan rápido te aburriste del pueblo? —intentó sonreír, burlona—. ¿O me extrañabas tanto que no aguantaste?
Alejandro caminó hacia ella. Olga retrocedió un paso instintivamente. Había algo diferente en él. Ya no tenía esa postura encorvada de derrota. Estaba bronceado, más delgado, y sus ojos tenían un brillo duro, como de acero.
—No, Olga. No te extrañé. De hecho, me di cuenta de lo tranquilo que se vive sin tus gritos y tus caras largas. Vine a decirte que quiero el divorcio.
La palabra quedó flotando en el aire, pesada y definitiva.
Olga soltó una risa nerviosa.
—Ay, por favor, Alejandro. No seas dramático. ¿El divorcio? ¿Neta? Solo porque te pedí unas semanas para pensar. Estás exagerando, es una crisis, todas las parejas las tienen.
—Esto no es una crisis —Alejandro señaló hacia la cocina—. Esas dos copas de vino en el escurridor no son una crisis. Esas sábanas negras de teibolera que pusiste en nuestra cama no son una crisis. Y el “Mau” con el que venías hablando de que “el amargado no está”, tampoco es una crisis.
La cara de Olga se puso blanca como el papel. Abrió la boca para negar, para inventar otra mentira, pero Alejandro levantó la mano para callarla.
—No te atrevas a mentirme otra vez. Ya no. Ya sé quién es. Sé que es Mauricio. Sé que tiene un Audi. Sé que lo metiste aquí, a la casa donde vive tu hijo.
Olga se quedó muda un momento. Luego, al verse acorralada, su actitud cambió. Dejó de ser la esposa sorprendida y se convirtió en la mujer cínica que llevaba meses gestándose.
Suspiró y arrojó la bolsa al sofá.
—Pues sí. ¿Y qué? —espetó, cruzándose de brazos—. Sí, vino Mauricio. Sí, tenemos algo. ¿Contento? Tú me orillaste a esto, Alejandro. Con tu aburrimiento, con tu rutina de viejo… Mauricio me da vida. Me divierto con él.
—Felicidades —dijo Alejandro sin sarcasmo, con una frialdad que la descolocó—. Qué bueno que te diviertas. Ojalá te diviertas mucho pagando la luz, el gas, el mantenimiento y la mitad de la hipoteca tú sola. Porque yo me voy.
—¿Te vas? —Olga frunció el ceño—. ¿Y el niño?
—Iván se queda conmigo. O con mi mamá por ahora. No voy a dejar que viva aquí mientras tú metes a tu amante a su cama.
—¡Tú no me puedes quitar a mi hijo! —gritó ella, perdiendo la compostura—. ¡Soy su madre!
—Eres su madre, pero ahorita estás actuando como una adolescente calenturienta. Si quieres pelear la custodia, adelante. Vamos con un juez. Y le platicamos al juez cómo Iván te vio con tu novio comiendo pastel mientras tú le decías que estabas trabajando. Y le enseñamos las fotos y los mensajes que seguro tienes en ese celular. ¿Crees que te va a ir bien?
Olga se quedó paralizada. Sabía que tenía las de perder. Y en el fondo, muy en el fondo, sabía que Iván era un ancla que no quería arrastrar a su nueva vida de “libertad” con Mauricio.
—No… no tenemos que llegar a eso —dijo ella, bajando el tono, intentando manipular—. Podemos arreglarnos. Mira, Álex… tal vez sí me equivoqué trayéndolo aquí. Pero no tires diez años a la basura así nada más. Podemos ir a terapia.
Alejandro la miró con lástima.
—¿Terapia? ¿Ahora quieres terapia? Hace una semana querías una “pausa” para ver si te gustaba más acostarte con el otro. Se te acabó la suerte, Olga. La liga se rompió. Ya no te quiero.
Esa frase fue la que más le dolió a ella. No fue un grito de odio. Fue una declaración de indiferencia. “Ya no te quiero”.
—Saca tus cosas si quieres —dijo ella con voz temblorosa, los ojos llenos de lágrimas de rabia—. Pero no creas que te voy a rogar. Si te vas, te vas. Y cuando te des cuenta de que nadie te va a aguantar como yo, no regreses llorando.
Alejandro asintió.
—Trato hecho.
Fue a la recámara. Sacó tres maletas grandes. Empezó a empacar metódicamente. Su ropa. Sus documentos importantes. La computadora. Las fotos de Iván. No se llevó nada más. Dejó los muebles, la tele, los cuadros. Eran cosas. Y las cosas se reponen. La dignidad no.
Olga se quedó en la sala, sentada, sirviéndose una copa de vino con manos temblorosas, mirando al vacío. No ayudó, no estorbó. Solo observó cómo su marido desmantelaba su vida en común en menos de una hora.
Cuando Alejandro salió con las maletas hacia la puerta, se detuvo un momento.
—El abogado te va a buscar la próxima semana para lo del divorcio exprés. Es rápido. Si firmas todo sin hacer panchos, te dejo el coche y vemos cómo hacemos para que te quedes con el departamento si puedes pagarme mi parte poco a poco. Si te pones difícil, vendo todo y nos vamos a pleito. Tú decides.
Olga no contestó. Le dio un trago largo a su copa, dándole la espalda.
Alejandro salió y cerró la puerta suavemente. Bajó las escaleras sintiendo que flotaba. El aire de la calle, aunque contaminado, le supo a gloria. Era libre.
CAPÍTULO 6: El Derrumbe de la Ilusión y el Silencio del Teléfono
Los días siguientes fueron un torbellino logístico para Alejandro, pero emocionalmente se sentía extrañamente estable. Se quedó en el sofá de Sergio un par de días mientras buscaba un lugar. Tuvo suerte: encontró un departamento pequeño, de dos recámaras, en una colonia más modesta, pero cerca de un parque y de la escuela de Iván. Era viejo y tenía alfombras horribles de los setenta, pero era suyo. Y no había fantasmas en él.
Mientras tanto, en el departamento de la Narvarte, la realidad empezaba a asentarse como polvo sobre los muebles.
Olga se quedó sola.
Los primeros dos días, se sintió eufórica. ¡Al fin sola! Sin tener que esconderse para hablar por teléfono, sin tener que darle explicaciones a nadie, sin tener que ver la cara de reproche de Alejandro. Podía caminar en ropa interior, comer atún de la lata y dejar los platos sucios.
Llamó a Mauricio esa misma noche que Alejandro se fue.
—Ya se fue, Mau. Definitivo. Se llevó sus cosas —le dijo por teléfono, sirviéndose otra copa de vino.
—¿Neta? —la voz de Mauricio sonó sorprendida, pero no entusiasmada—. Órale. Qué… intenso, ¿no?
—Pues sí, se puso digno. Pero mejor. Así ya no tenemos broncas. Oye, ¿vas a venir hoy? Podemos estrenar la casa “oficialmente”.
Hubo una pausa al otro lado de la línea.
—Híjole, flaca, hoy no puedo. Tengo cierre de mes mañana y el jefe me trae en friega. Mejor el fin, ¿no?
Olga sintió una pequeña decepción, pero lo dejó pasar. “Está trabajando”, pensó.
El fin de semana llegó. Iván seguía con su abuela, así que Olga tenía todo el tiempo del mundo. Se arregló, se puso guapa, compró quesos y vinos caros. Mauricio llegó el viernes en la noche.
Al principio, todo fue como ella lo imaginaba: pasión, risas, la emoción de no tener que esconderse. Pero el domingo por la mañana, la realidad empezó a filtrar sus grietas.
Estaban desayunando (Olga había ido a comprar barbacoa). Mauricio estaba en su celular, contestando mensajes, distante.
—Oye, Mau… —dijo Olga, jugando con una servilleta—. Ahora que estoy sola… estaba pensando que podríamos planear algo. No sé, irnos un fin de semana a Valle de Bravo. O… bueno, no sé qué pienses tú de nosotros.
Mauricio levantó la vista del celular y frunció el ceño ligeramente.
—¿De nosotros? Pues… estamos bien, ¿no? Nos la pasamos chido.
—Sí, pero… Alejandro ya me pidió el divorcio. O sea, voy a ser libre legalmente pronto. Y pues… la renta de este depa está pesada para mí sola. No sé… a lo mejor podríamos…
Mauricio soltó el taco que se estaba comiendo como si quemara.
—Espérate, espérate, Olga. Frena tu carro. ¿Me estás diciendo que quieres que nos juntemos?
Olga se encogió de hombros, sintiéndose chiquita.
—No sé, tal vez no ya, pero… pensarlo.
Mauricio se limpió la boca, echó el cuerpo hacia atrás y soltó una risa nerviosa.
—Olga, reina, no te confundas. Tú y yo la pasamos increíble, eres un mujerón. Pero yo no estoy buscando casarme ni jugar a la casita. Yo valoro mi libertad un chingo. Apenas te estás divorciando y ya te quieres enjaretar con otro. Tranquila.
Las palabras fueron como bofetadas. “Jugar a la casita”. “Enjaretar”.
—No es eso, Mauricio. Es que… pensé que lo nuestro iba en serio. Me decías que con tu ex te aburrías, que conmigo era diferente.
—Y sí es diferente. Es divertido. Pero tú traes un paquete completo, Olga. Tienes un hijo. Tienes un ex marido encabronado. Tienes deudas. Yo no me quiero meter en esos pedos. Yo quería pasármela bien, no adoptar una familia.
Olga sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Miró a Mauricio, a ese hombre por el que había destruido su matrimonio, por el que había corrido a su esposo y alejado a su hijo. Y lo vio tal cual era: un tipo inmaduro, egoísta, que solo quería sexo fácil y sin compromisos. Un tipo que tenía un Audi pero el alma vacía.
—Vete —susurró ella.
—¿Qué?
—¡Que te largues! —gritó Olga, poniéndose de pie y aventando la servilleta—. ¡Lárgate de mi casa!
Mauricio se levantó, levantando las manos en señal de paz.
—Ay, ya vas a empezar con tus dramas. Por eso tu marido se hartó de ti, seguro. Estás loca.
Mauricio agarró sus llaves y salió del departamento sin mirar atrás. Olga escuchó el portazo y luego el silencio. Pero esta vez, el silencio no era de libertad. Era de soledad absoluta.
Se quedó sentada en la mesa, con los restos de la barbacoa fría. Miró alrededor. El departamento se sentía enorme, vacío y caro. De repente, le cayó el veinte de todo lo que había perdido.
Alejandro, que le traía té cuando le dolía la cabeza. Alejandro, que jugaba con Iván en la alfombra. Alejandro, que pagaba las cuentas sin chistar y arreglaba las fugas de agua. Alejandro, que la miraba con amor real, no con lujuria de fin de semana.
Rompió a llorar. Lloró como no había llorado en años. Lloró de arrepentimiento, de vergüenza y de miedo.
Pasaron dos semanas.
Alejandro ya estaba instalado en su nuevo departamento. Había ido por Iván al rancho. El reencuentro fue emotivo; el niño estaba feliz de ver a su papá, aunque triste de dejar a la abuela. Cuando llegaron al nuevo “hogar”, Iván recorrió las habitaciones vacías con curiosidad.
—Está chiquita, pa —dijo el niño.
—Sí, campeón. Pero es nuestra. Y aquí vamos a estar tranquilos. Vamos a ir a comprar muebles el fin de semana, ¿qué te parece? Tú escoges tu cama.
La vida empezaba a tomar ritmo. Alejandro se despertaba, hacía el desayuno, llevaba a Iván a la escuela, se iba al trabajo, regresaba, hacían la tarea, cenaban. Era cansado, sí, ser papá soltero no era enchílame otra, pero había una paz en su alma que no cambiaba por nada.
Un miércoles por la noche, el celular de Alejandro vibró.
Era Olga.
No había sabido nada de ella desde el día que sacó las cosas, salvo un correo del abogado confirmando que habían recibido la notificación.
Alejandro miró la pantalla. Iván estaba viendo la tele. Se fue a la cocina para contestar.
—¿Qué pasó? —contestó seco.
Hubo un silencio y luego un sollozo ahogado.
—Alejandro… soy yo.
—Ya sé que eres tú. ¿Qué quieres?
—Me siento muy mal, Alejandro. No sabes lo que ha pasado. Me siento sola. Tengo miedo.
Alejandro cerró los ojos y respiró hondo. Conocía ese tono. Era el tono de “víctima” que Olga usaba cuando quería que él le resolviera algo.
—¿Estás enferma? ¿Necesitas una ambulancia?
—No… me duele el alma, Álex. Me di cuenta de que cometí un error terrible. Mauricio… Mauricio es un patán. No es lo que yo pensaba. Me dejó sola.
Alejandro apretó el teléfono.
—¿Y me estás hablando para contarme que tu novio te cortó? ¿En serio, Olga?
—Te estoy hablando porque te extraño —dijo ella, llorando abiertamente—. Extraño a mi familia. Extraño a Iván. Te extraño a ti. Perdóname, por favor. Fue una estupidez. Estaba confundida, fue la crisis de los treinta y tantos, no sé… pero te juro que podemos arreglarlo. Déjame verte. Déjame hablar contigo.
Alejandro escuchó sus súplicas y esperó a sentir algo. Esperó sentir esa vieja necesidad de protegerla, de decirle “ya, ya, no llores, aquí estoy”. Pero no sintió nada. Solo lástima. Y un poco de asco.
—Olga —dijo con voz firme—. Escúchame bien. No hay vuelta atrás. Te lo dije el día que me pediste la pausa.
—Pero Álex, por favor… tenemos un hijo.
—Exacto. Tenemos un hijo. Y por él vamos a tener una relación cordial y civilizada. Vas a poder verlo los fines de semana cuando el juez lo diga. Pero tú y yo… como pareja… estamos muertos. Tú nos mataste el día que decidiste que yo no era suficiente y te fuiste a buscar “emoción” con otro.
—¡Me equivoqué! ¿Tú nunca te has equivocado?
—Sí, me he equivocado muchas veces. Pero nunca te traicioné. Nunca metí a otra mujer a nuestra cama. Nunca humillé a mi familia. Hay errores que se pagan caro, Olga. Y este es el precio.
—No puedo vivir sola, Alejandro. No puedo pagar el departamento.
—Entonces múdate. Vende el coche. Busca un roomie. Hazte responsable de tu vida por primera vez. Ya no soy tu salvavidas.
—Alejandro… te amo.
Alejandro se quedó callado un segundo. Esas palabras, que antes eran su motor, ahora sonaban huecas, falsas.
—No, Olga. No me amas. Amas la seguridad que te daba. Amas que te resolviera la vida. Pero eso se acabó. Buenas noches.
Colgó el teléfono antes de que ella pudiera decir algo más. Le temblaba la mano, pero no de duda, sino de adrenalina.
Se quedó mirando por la ventana de la cocina hacia la calle oscura. Se sentía como si acabara de sobrevivir a una cirugía a corazón abierto. Dolía, sí. Pero estaba vivo.
—¿Papá? —Iván entró a la cocina con su pijama de dinosaurios—. ¿Con quién hablabas? ¿Era mi mamá?
Alejandro se giró y miró a su hijo. Vio en él el futuro. Vio la razón para seguir adelante.
—Sí, mijo. Era tu mamá.
—¿Está bien?
—Sí, está bien. Solo… está aprendiendo a estar sola.
—¿Va a venir?
—No hoy, campeón. Pero pronto la vas a ver. Oye, ya es tarde. Mañana hay escuela. ¿Te leo un cuento?
Iván sonrió y corrió hacia su cuarto.
—¡Sí! ¡El de los dragones!
Alejandro apagó la luz de la cocina. Dejó el celular en la mesa, en silencio. La pantalla se iluminó una vez más con un mensaje de Olga: “Por favor, piénsalo”.
Alejandro ni siquiera lo abrió. Se fue al cuarto de su hijo, se sentó en la orilla de la cama y abrió el libro de cuentos. Mientras leía sobre caballeros que vencían monstruos, Alejandro supo que él también había vencido al suyo. El monstruo de la dependencia, del miedo a la soledad, de la falta de amor propio.
Había dolido como el infierno, pero había salido del otro lado. Y por primera vez en mucho tiempo, el futuro no se veía gris. Se veía posible.
PARTE 4: EL FINAL DEL INVIERNO Y UN NUEVO SOL
CAPÍTULO 7: Cenizas, Mudanzas y la Firma en el Papel
El proceso de divorcio no fue la batalla campal de gritos y sombrerazos que pasan en las telenovelas. Fue algo mucho más triste: fue un trámite burocrático, frío y silencioso en los Juzgados de lo Familiar de la Ciudad de México.
Habían pasado dos meses desde la llamada telefónica donde Alejandro le cerró la puerta definitivamente a Olga. En esos sesenta días, la realidad le cayó a Olga como un piano de cola desde un décimo piso.
Sin el sueldo de Alejandro, el departamento de la Narvarte se volvió insostenible. Olga intentó hacer cuentas una noche, con una botella de vino barato y una calculadora, pero los números rojos la miraban burlones. La renta, el mantenimiento, la luz, el internet, la tarjeta de crédito que había reventado comprando ropa para impresionar a Mauricio… todo sumaba una cantidad que su sueldo base de ventas no cubría ni de chiste.
Tuvo que dejar el departamento.
El día de la mudanza fue el día más humillante de su vida. No contrató una empresa grande; no tenía dinero. Le pidió el favor a su hermano (que le echó un sermón de dos horas sobre valorar lo que se tiene) y a un par de amigas que fueron más por el chisme que por solidaridad.
Olga vio cómo subían sus muebles a una camioneta de redilas rentada. Vio cómo su vida de “señora de la Narvarte” se desmoronaba. Se mudó a un departamento minúsculo en una colonia popular, cerca del aeropuerto, donde el ruido de los aviones no la dejaba dormir y las paredes eran tan delgadas que escuchaba al vecino roncar.
Alejandro, por su parte, vivía su propia lucha.
Ser papá soltero y trabajar tiempo completo era una friega monumental. Sus días empezaban a las 5:30 a.m. Preparar el lunch de Iván (sándwiches de jamón que a veces le quedaban aplastados), planchar uniformes, correr al tráfico, dejar al niño, checar tarjeta, aguantar al jefe, salir corriendo, recoger al niño, llegar a casa, revisar tareas, hacer la cena, lavar trastes y caer desmayado en la cama a las 10:00 p.m.
Pero en medio de ese cansancio brutal, había una paz que Alejandro no cambiaba por nada. Nadie le reclamaba. Nadie le torcía la boca. Si quería cenar cereal con leche tres días seguidos, lo hacía. Si quería ver el fútbol con Iván gritando gol, lo hacían.
La casa era modesta, sí. Los muebles eran de segunda mano que compró en Marketplace, sí. Pero era un hogar.
El día de la firma del divorcio llegó una mañana gris y lluviosa.
Se encontraron en el juzgado. Alejandro llegó primero, vestido con su traje de siempre, pero con una postura diferente. Ya no caminaba encorvado.
Cuando Olga llegó, Alejandro sintió una punzada de… ¿lástima?
Olga se veía más delgada, pero no de esa delgadez sana de gimnasio. Se le marcaban los pómulos y tenía ojeras profundas que el maquillaje no lograba tapar del todo. Su ropa, antes impecable, se veía un poco descuidada.
No se saludaron de beso. Solo un asintimiento seco.
—Hola —dijo ella, con voz bajita.
—Hola —respondió él.
Se sentaron frente al secretario, un hombre con cara de aburrimiento que había visto mil parejas romperse ese mes. Leyeron el convenio. Custodia compartida. Pensión alimenticia justa. División de bienes (que eran pocos: el coche para él, los muebles viejos para ella, las deudas cada quien las suyas).
Cuando llegó el momento de firmar, a Olga le tembló la mano.
Miró el papel. “Disolución del vínculo matrimonial”. Esas palabras borraban diez años de historia. Borraban las promesas, los viajes, los sueños.
Levantó la vista y miró a Alejandro. Buscó en sus ojos algún rastro de duda, de arrepentimiento. Buscó al hombre que la adoraba ciegamente. Pero ese hombre ya no estaba. Frente a ella había un desconocido amable pero distante.
—¿Estás seguro? —susurró ella, en un último intento desesperado, ignorando al secretario.
Alejandro la miró. Recordó el vestido rojo. Recordó la frase “me aburro”. Recordó a Iván llorando porque vio a su mamá con otro.
—Nunca he estado más seguro de nada, Olga. Firma, por favor. Tengo que regresar a la oficina.
Esa prisa, esa practicidad, fue lo que terminó de romperla. Firmó rápido, con un garabato ilegible.
Salieron del juzgado. La lluvia había parado, dejando ese olor a tierra mojada y asfalto.
—Bueno —dijo Olga, abrazándose a sí misma por el frío—. Ya está.
—Ya está —dijo Alejandro. Se sentía ligero, como si se hubiera quitado una mochila de piedras.
—Cuida a Iván. Me toca el fin de semana, ¿verdad?
—Sí. Paso a dejártelo el viernes a la salida de la escuela. Sé puntual, por favor. No lo hagas esperar.
—No lo haré —prometió ella, y por primera vez en mucho tiempo, Alejandro le creyó. Se le veía en los ojos que había aprendido la lección a la mala.
Alejandro caminó hacia su coche. No volteó atrás. No hubo escena de película con música triste. Solo un hombre subiéndose a su Versa, poniendo primera y arrancando hacia el resto de su vida.
Los meses siguientes fueron de ajuste.
Iván tuvo problemas en la escuela al principio. Estaba enojado. No entendía por qué sus papás no vivían juntos. Un día, rompió un cuaderno de un coraje. Alejandro tuvo que ir a la dirección.
En lugar de regañarlo, esa noche se sentaron en el piso de la sala a comer pizza.
—Sé que estás enojado, campeón —le dijo Alejandro—. Y se vale. Se vale estar triste. Pero tu mamá y yo te amamos igual. Eso no cambia. Solo que… a veces los adultos no se entienden. Y es mejor estar felices separados que tristes juntos.
—¿Tú eres feliz, papá? —preguntó Iván con la boca llena de queso.
Alejandro lo pensó. Miró su pequeño departamento. Miró su vida sencilla.
—Sí, hijo. Soy tranquilo. Y eso es casi lo mismo que ser feliz.
Olga, por su parte, tocó fondo. La soledad en su nuevo departamento era aplastante. No tenía a Mauricio (quien, por cierto, ya andaba con una chica de 22 años). No tenía a Alejandro. Sus amigas “fresas” dejaron de invitarla cuando vieron que ya no tenía dinero para los brunches caros.
Se quedó sola con su espejo.
Y ahí, en la soledad, empezó a crecer.
Se dio cuenta de que no sabía estar sola. De que siempre había definido su valor por el hombre que tenía al lado o por lo que podía comprar. Empezó a leer. Empezó a ir a correr al parque (porque era gratis). Buscó un trabajo extra los fines de semana haciendo contabilidad para una pyme, aprovechando lo que había estudiado y nunca ejerció.
Poco a poco, dejó de ser la víctima. Dejó de culpar a Alejandro, a Mauricio o a la “crisis”. Asumió su responsabilidad: “Yo la regué. Yo rompí mi familia. Y ahora me toca vivir con eso”.
Esa aceptación fue su primer paso hacia la redención. No para recuperar a Alejandro, eso sabía que era imposible, sino para recuperarse a sí misma.
CAPÍTULO 8: El Sol Sale Para Todos (Un Año Después)
El tiempo, dicen las abuelas, lo cura todo. O si no lo cura, al menos hace que la cicatriz deje de picar.
Había pasado un año y medio desde el divorcio.
Era un domingo de primavera en la Ciudad de México. Las jacarandas estaban en flor, pintando las calles de un morado vibrante que alegraba hasta al más amargado.
Alejandro estaba en el Parque de los Venados. Iván, que ya había dado el estirón y perdido los dientes de leche, andaba en su bicicleta, echando carreras con otros niños.
Alejandro estaba sentado en una banca, leyendo un libro y tomando un café de termo. Se veía diferente. Se había dejado la barba, bien recortada, que le daba un aire interesante. Se vestía mejor, más relajado. Se reía más.
—¡Cuidado! —escuchó un grito.
Levantó la vista justo a tiempo para ver cómo un perro Golden Retriever, persiguiendo una pelota, se estrellaba contra su banca, tirándole el libro.
—¡Ay, qué pena! ¡Perdón, perdón! —una mujer llegó corriendo, con la correa en la mano.
Alejandro se agachó a recoger el libro, riéndose.
—No pasa nada. Al menos tiene buen gusto literario el perro.
La mujer se rió. Era una risa franca, sonora, sin pretensiones.
Alejandro la miró. No era una modelo de revista. Era una mujer real. Tenía el pelo recogido en una coleta desordenada, ropa deportiva, y unas líneas de expresión alrededor de los ojos que denotaban que se reía mucho.
—Soy Natasha —dijo ella, extendiendo la mano mientras sujetaba al perro con la otra—. Y este atrabancado es Bono.
—Alejandro. Mucho gusto. Y creo que Bono me debe un café.
—Te invito uno. De verdad, qué vergüenza.
Resultó que Natasha era mamá de un compañero de la escuela de Iván. Habían coincidido en juntas, pero nunca se habían hablado. Se sentaron en la banca mientras los niños jugaban y el perro dormía a sus pies.
La plática fluyó como agua de manantial. Hablaron de los hijos, del tráfico, de las mejores taquerías de la zona.
Natasha era viuda. Había perdido a su esposo hacía cuatro años. Entendía el dolor. Entendía la soledad. Entendía lo difícil que era criar a un hijo solo.
—Es duro, ¿no? —dijo ella, mirando a su hijo jugar—. A veces sientes que el mundo te queda grande.
—Sí —asintió Alejandro—. Pero luego te das cuenta de que eres más fuerte de lo que pensabas. Yo pensé que me moría cuando me divorcié. Y mira. Aquí estoy.
—Aquí estás —sonrió ella—. Y te ves bastante vivo.
Intercambiaron teléfonos. No hubo coqueteo agresivo, ni juegos mentales. Fue el encuentro de dos adultos que ya tienen sus cicatrices y saben lo que valen.
Empezaron a salir.
Primero, salidas al parque con los niños. Luego, un café solos mientras los niños estaban en la escuela. Luego, una cena.
Alejandro descubrió en Natasha algo que nunca tuvo con Olga: paz.
Con Olga, todo era una montaña rusa. Un día era la mejor, al otro estaba enojada, al otro quería algo caro. Con Natasha, todo era fácil. Si iban a comer tacos parados en la esquina, ella era feliz. Si se quedaban en casa viendo una película, era feliz. No necesitaba “emoción” artificial. Ella traía su propia luz.
Iván aceptó a Natasha con naturalidad. No intentó ser su mamá; solo fue “la amiga de papá que es buena onda y tiene un perro chido”.
Seis meses después de conocerse, en una carne asada en casa de Alejandro (sí, ya hacía carnes asadas y tenía amigos), Alejandro miró a su alrededor. Vio a Iván jugando con el hijo de Natasha. Vio a Natasha riéndose con Sergio, su compadre. Vio su pequeño departamento lleno de vida.
Y sintió una gratitud inmensa hacia la vida. Incluso, de una forma extraña, hacia Olga. Porque si ella no hubiera roto todo, él nunca habría construido esto.
Hablando de Olga…
Su vida también había tomado un rumbo, diferente al que ella soñaba, pero el que necesitaba.
Olga seguía viviendo en el departamento pequeño. Trabajaba en una agencia de bienes raíces, donde le iba más o menos bien. No se había vuelto a casar, ni tenía novio fijo. Salía de vez en cuando, pero había aprendido a disfrutar de sus propios domingos.
La relación con Alejandro era cordial. Estrictamente de padres.
Un día, Olga fue a recoger a Iván para su fin de semana. Llegó al edificio de Alejandro.
Cuando bajaron, vio a Natasha ayudando a Iván a amarrarse las agujetas. Vio cómo Alejandro le ponía una mano en la espalda a Natasha con una ternura que Olga recordaba, pero que sabía que ya no le pertenecía.
Sintió un piquete de celos, claro. Es humano. Pero también sintió algo nuevo: resignación y respeto.
Iván corrió hacia ella.
—¡Mamá!
Olga lo abrazó.
—Hola, mi amor. ¿Listo?
Levantó la vista y sus ojos se cruzaron con los de Alejandro. Natasha se mantuvo un paso atrás, respetuosa.
—Hola, Alejandro —dijo Olga.
—Hola, Olga. Lleva su suéter, dice que en la noche refresca.
—Sí, gracias.
Olga miró a Natasha y asintió levemente. Natasha le devolvió el gesto con una sonrisa amable. No hubo guerra. No hubo drama.
Mientras caminaba hacia su coche con Iván de la mano, su hijo le venía contando emocionado:
—…y Natasha hizo un pastel de elote bien rico, mamá, y Bono casi se lo come…
Olga apretó la mano de su hijo.
—Qué bueno, mi amor. Me alegra que te la pases bien.
Se subió a su coche (un compacto usado que se compró con sus comisiones) y se miró en el retrovisor. Ya no era la mujer del vestido rojo y el Audi. Tenía algunas arrugas más. Se vestía más sencillo. Pero por primera vez en su vida, la mujer del espejo era real.
—¿Vamos por un helado, ma? —preguntó Iván.
—Vamos, hijo. Yo invito.
Mientras tanto, Alejandro cerraba la puerta de su edificio. Natasha lo esperaba en el pasillo.
—¿Todo bien? —preguntó ella.
Alejandro la abrazó por la cintura y le dio un beso en la frente.
—Todo perfecto. ¿En qué estábamos?
—En que ibas a poner la película y yo iba a hacer las palomitas.
—Ah, cierto. Vamos.
Alejandro entró a su casa. Su casa. Donde no había fantasmas, ni pausas, ni mentiras. Solo la verdad de un amor tranquilo, ganado a pulso después de la tormenta.
Se dio cuenta de que la “pausa” que Olga pidió fue, en realidad, el botón de “Play” para su verdadera vida. Y esa vida, la que tenía ahora, era la mejor película que podría haber imaginado.
FIN