DESCUBRIÓ QUE SU ESPOSA Y SU MEJOR AMIGO SE BURLABAN DE ÉL DESDE EL DÍA DE SU BODA: LA VENGANZA DE ESTE MECÁNICO FUE FRÍA Y DEVASTADORA

PARTE 1: LA CEGUERA DEL HOMBRE BUENO

Capítulo 1: El eco de una casa fría

El sol de la tarde caía a plomo sobre la ciudad, de ese sol picante del norte que parece que derrite el asfalto. En el taller “Servicio Automotriz Max”, el ruido era una sinfonía que Maximiliano conocía de memoria: el zumbido agudo de las pistolas neumáticas aflojando birlos, el golpe seco del metal contra el metal, y de fondo, casi como un ritual, la radio sintonizada en “La Mejor FM” tocando corridos que hablaban de gente valiente y tragedias ajenas.

Maximiliano, “El Max” para la raza, o “Don Max” para los chalanes nuevos, se pasó el antebrazo por la frente, dejando un rastro de grasa mezclada con sudor. A sus cuarenta y dos años, Max era un roble. No era alto, pero tenía esa complexión maciza de quien ha cargado motores y transmisiones desde los quince años. Sus manos, grandes y callosas, eran su mayor orgullo y, últimamente, su mayor vergüenza. Esas manos, con las uñas perpetuamente delineadas de negro por el aceite quemado que ningún jabón “Gojo” podía sacar del todo, habían construido todo lo que tenía.

—¡Don Max! —gritó el Chuy desde la fosa número tres—. Ya quedó la troca del Ingeniero Peralta. Le cambiamos la bomba de agua y las balatas, pero la neta, esa suspensión ya anda pidiendo esquina.

Max asintió, caminando hacia la camioneta Lobo del año que brillaba bajo las lámparas de halógeno del taller.
—Está bueno, Chuy. Lávala bien, que al Inge no le gusta ver ni una mota de polvo. Y apúntale ahí en la nota que necesita amortiguadores pa’ la próxima, no vaya a ser que se nos mate en la carretera y luego nos eche la culpa.

El taller era su reino. Lo había levantado en lo que antes era un terreno baldío lleno de basura y hierba mala. Recordaba cuando compró el predio, endrogándose con el banco hasta el cuello, con Ximena diciéndole que estaba loco, que mejor se buscara un trabajo “decente” en alguna oficina con aire acondicionado. Pero Max tenía el aceite en las venas. Empezó con un gato hidráulico usado y una caja de herramientas incompleta. Ahora, quince años después, tenía seis empleados, contratos con flotillas de empresas y una reputación intachable en la colonia. Allí, entre el olor a gasolina y caucho quemado, Max se sentía el rey del mundo. Era respetado. Su palabra era ley.

Sin embargo, conforme el reloj en la pared de la oficina marcaba las 7:30 p.m., esa sensación de poder empezaba a desvanecerse, reemplazada por una ansiedad sorda, un nudo en el estómago que aparecía puntualmente cada vez que tenía que volver a casa.

—Bueno, muchachos, ya estuvo por hoy —anunció Max, limpiándose las manos con una estopa—. Ciérrenle bien a las cortinas y pongan la alarma. Nos vemos mañana temprano.

Se subió a su propia camioneta, una Cheyenne impecable que cuidaba más que a sus propios riñones. Al salir al tráfico de la avenida, el caos de la ciudad lo envolvió. Cláxones, camiones urbanos echando humo negro, vendedores ambulantes toreando los carros en los semáforos. Max encendió el estéreo, pero ni la música de Banda MS lograba calmarlo.

Mientras manejaba hacia la zona residencial “Las Arboledas”, una colonia privada con caseta de vigilancia que estaba a años luz del barrio donde él y Ximena crecieron, Max repasaba mentalmente su día para ver si había cometido algún error. No en el trabajo, sino en la vida.
“¿Llevo la leche que me pidió? No, no me pidió leche. ¿Es cumpleaños de alguien? No. ¿Pagué la luz? Sí, ayer”.
Era ridículo. Un hombre que manejaba a mecánicos rudos y negociaba con proveedores difíciles, temblando como un niño regañado por el simple hecho de llegar a su propio hogar.

Al llegar a la caseta, el guardia lo saludó con respeto.
—Buenas noches, Don Maximiliano. Pasele.
Las calles de la colonia eran amplias, limpias, con casas que parecían sacadas de revista. Max estacionó la camioneta frente a su fachada: una construcción moderna, minimalista, con acabados de cantera y un jardín que Ximena mantenía con una obsesión casi clínica. Todo ahí gritaba “dinero”. Y todo ese dinero había salido de sus manos sucias.

Apagó el motor y se quedó un momento en silencio dentro de la cabina. Suspiró profundamente, tomando valor. Se miró en el retrovisor: vio las arrugas alrededor de sus ojos, algunas canas en la barba de candado. “No estás tan jodido, Max”, se dijo a sí mismo. “Eres un buen hombre. Eres un buen proveedor”.
Bajó del auto y caminó hacia la puerta de madera maciza. Al abrirla, lo recibió el golpe del aire acondicionado central, frío, casi gélido. La casa olía a aromatizante de lavanda caro, a cera para pisos, a limpieza extrema. No olía a hogar. Olía a consultorio médico.

—¡Ya llegué, familia! —gritó desde el recibidor, esforzándose por sonar animado. Su voz rebotó en las paredes blancas y los pisos de mármol.
Nadie contestó.

El silencio de la casa no era paz; era una declaración de guerra. Caminó hacia la sala. En el sofá de piel italiana que costó lo que gana un chalán en seis meses, no había nadie. La televisión enorme de 85 pulgadas estaba apagada.
Siguió hasta la cocina, una maravilla de granito y acero inoxidable que Ximena había diseñado a su gusto. Ahí estaba ella.
Ximena.
Incluso de espaldas, era una mujer imponente. A sus casi cuarenta años, se mantenía espectacular, gracias en gran parte al gimnasio, los tratamientos faciales y, por qué no decirlo, un par de cirugías que Max había pagado sin chistar porque “ella se lo merecía”. Estaba recargada en la barra desayunadora, tecleando furiosamente en su iPhone con uñas acrílicas perfectas.

—Buenas noches, mi amor —dijo Max, acercándose con la intención de darle un beso en la mejilla.
Ximena se tensó. Hizo un movimiento casi imperceptible, un leve giro de hombro, pero suficiente para que el beso de Max aterrizara en el aire, rozando apenas su oreja.
—Hueles a taller, Maximiliano —dijo ella, sin levantar la vista del teléfono. Su voz era plana, sin emoción, cortante como un bisturí.

Max se detuvo en seco. Se olió la camisa.
—Pues… vengo de trabajar, Xime. A eso me dedico. Me lavé las manos antes de venir.
—El olor se te mete en los poros —replicó ella, bloqueando el teléfono y dejándolo sobre el granito con un golpe seco—. Impregna todo. Los muebles, las cortinas, las sábanas. A veces siento que duermo en una gasolinera.

La frase dolió. Dolió más que un martillazo en el dedo. Max sintió cómo el calor le subía al cuello.
—Oye, pues esa “gasolinera” es la que pagó esta cocina, ¿no? Y el viaje a Cancún del mes pasado, y la camioneta que traes. No te veo quejándote cuando pasas la tarjeta Black.

Ximena se giró lentamente. Sus ojos, antes llenos de esa picardía norteña que lo enamoró cuando eran unos chamacos sin un peso, ahora lo miraban con una mezcla de aburrimiento y asco.
—Qué vulgar eres, Max. Siempre sacando el dinero. Crees que porque traes lana puedes llegar a la hora que te dé la gana, todo mugroso, y que te recibamos con fiesta.
—Son las siete y media, Ximena. No vengo de la cantina, vengo de jalar. El “Chuy” se atoró con una chamba y me quedé a echarle la mano.
—Siempre es el Chuy, siempre es el taller, siempre son tus “compadres”. Nunca tienes tiempo para nosotras.
—¿Para nosotras? —Max soltó una risa amarga—. Si ni me pelan. Llego y parece que soy un fantasma. ¿Dónde está Katia?
—En su cuarto. Y no la molestes, está estudiando.

Max ignoró la advertencia y caminó hacia el refrigerador. Tenía hambre. Un hambre vieja, de esas que no se quitan comiendo, sino sintiéndose acompañado. Abrió la puerta de acero inoxidable esperando ver algún tupper con guisado, algo que dijera “pensé en ti”.
Solo había botellas de agua mineral importada, yogurts griegos, verduras orgánicas y unos quesos que olían raro.
—¿No hiciste de cenar? —preguntó, sintiendo el vacío en el estómago.
—No soy tu sirvienta, Max. Ahí hay jamón y pan. Hazte un sándwich. O mejor, hubieras pasado por tus tacos esos grasosos que tanto te gustan. Total, ya tienes la panza de camionero, qué más da un kilo más.

Max cerró el refrigerador despacio, controlando la fuerza de su brazo para no azotarlo. Respiró hondo. Contó hasta diez.
—¿Qué te pasa, Ximena? —preguntó, girándose para verla a los ojos. Su voz salió suave, casi suplicante—. ¿Qué nos pasa? Antes… antes me esperabas con unas entomatadas, o aunque sea nos sentábamos a platicar con una coca. Ahora parece que te estorbo. ¿Te hice algo? ¿Se me olvidó algo?

Por un segundo, solo un segundo, Max creyó ver una sombra de duda en los ojos de ella. Tal vez culpa. Pero desapareció tan rápido como llegó, reemplazada por esa máscara de hielo.
—Me aburres, Max. Eso pasa. Me aburres —dijo ella, cruzándose de brazos—. Mírate. Eres básico. Llegas, comes, ves la tele, te duermes y roncas. No tienes ambición de nada más que de arreglar fierros viejos. Mis amigas sus esposos las llevan a cenar, van al teatro, hablan de negocios, de inversiones. Tú solo hablas de que si a la troca de Don Fulano le rechinan las balatas.

Max sintió que el suelo se movía.
—¿Ambición? —repitió, incrédulo—. Ximena, cuando nos casamos vivíamos en un cuarto de azotea en la colonia Obrera. Comíamos atún y galletas saladas tres veces a la semana. Yo me levantaba a las cuatro de la mañana para ir a buscar piezas al yonke y revenderlas. Todo esto… —abrió los brazos señalando la lujosa cocina—, todo esto es ambición. Mi ambición fue darte la vida de reina que tienes.

—Pues ya me aburrió tu reino de grasa —espetó ella, tomando su celular de nuevo—. Me voy a mi cuarto. Me duele la cabeza y no quiero escucharte alegar. Y por favor, báñate en el baño de visitas antes de subir. No quiero que ensucies las toallas blancas.

Ximena salió de la cocina taconeando fuerte, dejándolo solo. El sonido de sus pasos alejándose resonó en el silencio de la casa como clavos en un ataúd.
Max se quedó ahí, parado en medio de la cocina de lujo, sintiéndose el hombre más pobre del mundo. Se preparó un sándwich de jamón con mayonesa, pero al primer bocado le supo a cartón. Lo dejó en el plato.

Subió las escaleras pesadamente. Al pasar por el cuarto de su hija, vio una luz por debajo de la puerta. Tocó suavemente.
—¿Kati? ¿Princesa? ¿Puedo pasar?
Hubo un silencio, y luego un suspiro audible desde adentro.
—Pasa, pa.
Max abrió la puerta. El cuarto de Katia era otro mundo. Posters de cantantes de K-pop, luces led moradas, ropa tirada por todos lados. Su hija, su niña de trece años que hace nada le pedía que la cargara de “caballito”, estaba acostada en la cama con su laptop y audífonos grandes.
—Hola, mija. ¿Cómo te fue en la escuela? —preguntó Max, recargándose en el marco de la puerta, temeroso de entrar y “contaminar” también su espacio.

Katia se quitó un audífono, pero no despegó la vista de la pantalla.
—Bien, pa. Equis. Mucha tarea.
—¿Sí? ¿Necesitas ayuda con algo? Acuérdate que tu papá era bueno pa’ las matemáticas.
Katia hizo una mueca.
—No, pa. Es álgebra avanzada. No le vas a entender. Además, ya casi acabo.
—Ah… bueno. Oye, el fin de semana, ¿qué te parece si vamos al cine? Salió esa película de superhéroes que te gusta.
—Ay, papá, ya no veo superhéroes. Eso es de niños chiquitos. Además, ya quedé con mis amigas de ir a la plaza. Mamá me va a dar dinero.

—Ah, órale. Qué bueno. Bueno… descansa, hija.
—Ajá. Cierra la puerta al salir, porfa.
La puerta se cerró y Max se quedó en el pasillo oscuro. “Álgebra avanzada”, pensó. “No le vas a entender”. Él, que calculaba tolerancias de pistones a milésimas de pulgada, que entendía la termodinámica de un motor V8 mejor que muchos ingenieros. Pero para su hija, él solo era el mecánico que pagaba las cuentas.

Entró a su recámara, la principal. Ximena ya estaba en la cama, dándole la espalda, envuelta en las sábanas de hilo egipcio como un capullo impenetrable. La televisión estaba encendida en un canal de novelas, pero sin volumen.
Max fue al baño, se desvistió y se metió a la regadera. Se talló con fuerza, usando el zacate hasta que la piel le ardió, tratando de quitarse no solo la grasa, sino esa sensación de suciedad que Ximena le había sembrado en la mente. ¿Realmente olía mal? ¿Realmente era tan poca cosa?

Se miró al espejo empañado. Vio a un hombre fuerte, pero con los ojos tristes. Un hombre que había dado todo y que ahora se daba cuenta de que, tal vez, había dado demasiado a las personas equivocadas.
Salió del baño y se acostó en la orilla de la cama, cuidando de no rozar a su esposa.
—Descansa, Xime —susurró.
Ella no respondió. Solo su respiración rítmica le indicaba que estaba dormida, o fingiendo estarlo muy bien.

Max miró el techo durante horas. Pensó en su padre, un albañil que murió joven, quien siempre le decía: “Mijo, el hombre es lo que vale su palabra y el sudor de su frente”.
—Pues papá —pensó Max en la oscuridad—, parece que el sudor ya no vale nada en esta casa.

La soledad en esa cama king size era inmensa. Se sentía como un náufrago en una balsa de lujo, a la deriva, mientras los tiburones nadaban en círculos bajo el agua, esperando. Lo que Max no sabía esa noche, mientras por fin el cansancio lo vencía, era que los tiburones ya estaban a bordo. Y uno de ellos era su mejor amigo.

El sueño lo atrapó con una sensación de inquietud, esa intuición primitiva que tienen los animales antes de un terremoto. Mañana sería otro día. Mañana, pensó Max, intentaría arreglar las cosas. Compraría flores. Invitaría a Ximena a cenar a ese lugar francés impagable que a ella le gustaba. Haría lo que fuera para recuperar a su mujer.
Pobre Max. No sabía que ya no había nada que recuperar. Solo había algo que vengar.

Capítulo 2: La verdad en una cantina

Los días siguientes a esa noche en la cocina fueron una tortura china, de esas lentas y silenciosas que te van limando los nervios poco a poco. La casa en “Las Arboledas” se convirtió en un campo minado. Maximiliano caminaba de puntitas, literalmente y figuradamente, tratando de no detonar la furia irracional de Ximena. Pero daba igual. Si respiraba fuerte, le molestaba. Si dejaba las botas de trabajo en la entrada, era un “cochino”. Si le preguntaba cómo le había ido en el día, era un “metiche”.

Era un martes cualquiera, o eso parecía. Max había salido del taller un poco más temprano, con la ilusión tonta de sorprender a su esposa. Pasó a una florería fresa de esas que te envuelven tres rosas como si fueran joyas y te cobran quinientos pesos. Compró un ramo enorme de “Lilis”, las favoritas de Ximena —o al menos las que eran sus favoritas hace cinco años, porque a estas alturas Max ya no sabía ni qué color le gustaba—.

Llegó a casa a las seis. El sol todavía pegaba fuerte, pintando el cielo de naranja. Entró con el ramo por delante, ensayando una sonrisa.
—¡Xime! ¡Te traje un detalle! —anunció, sintiéndose un poco ridículo pero esperanzado.

Ximena estaba en la sala, sentada con una amiga, una tal “Cucú”, de esas señoras que se la pasan en el club deportivo y operándose la nariz. Ambas tomaban vino blanco y reían. Al ver entrar a Max, las risas se cortaron de tajo, como si alguien hubiera jalado el cable de la luz.

—Ay… hola, Max —dijo Ximena, mirando el ramo con una ceja levantada, como si trajera un animal muerto en las manos—. ¿Y eso? ¿Qué rompiste o qué?
La amiga, la tal Cucú, soltó una risita nerviosa y le dio un sorbo a su copa, mirándolo de arriba a abajo con esa lástima disfrazada de simpatía que tienen las riquillas.

—No rompí nada, mujer. Solo… pasé por ahí y me acordé de ti —dijo Max, sintiendo cómo se le borraba la sonrisa. Dejó las flores sobre la mesa de centro.
—Ay, gracias —dijo Ximena sin moverse del sofá—. Pero quítalas de ahí, vas a manchar la madera con el agua. Ponlas en la cocina, luego le digo a la muchacha que las arregle. Oye, por cierto, hueles a humo. ¿No te podías cambiar antes de venir a interrumpir? Estamos platicando cosas privadas.

Max sintió el golpe en el pecho. Delante de la visita. Ni un “gracias” sincero, ni un beso. Solo desprecio público. La tal Cucú desvió la mirada, incómoda, pero con una sonrisita burlona en la comisura de los labios.
—Perdón —murmuró Max, con la voz ronca—. No quería molestar.

Agarró las flores, sintiendo cómo se le marchitaban en las manos, y se fue a la cocina. Las aventó al bote de basura. Así, con todo y papel celofán. Sintió que algo se rompía dentro de él, algo fundamental. No era tristeza. Era dignidad. Se estaba quedando sin ella a pedazos.

No quiso subir a ver a Katia. No tenía cara. Salió por la puerta de servicio, se subió a su Cheyenne y arrancó quemando llanta, algo que nunca hacía. Necesitaba largarse. Necesitaba ruido, alcohol y dejar de ser “El esposo de Ximena” por un rato.

Manejó sin rumbo fijo por un rato, alejándose de las zonas residenciales, de los centros comerciales de lujo y de la hipocresía de su vida doméstica. El instinto, o tal vez el destino, lo llevó de vuelta a sus rumbos, cerca del taller, a las calles viejas donde el pavimento estaba agrietado pero la gente te saludaba a los ojos.

Vio el letrero neón parpadeando: “BAR Y RESTAURANTE LOS COMPADRES”.
Era un lugar de antaño. Nada de “mixología” ni meseros con corbata de moño. Ahí servían caguamas, tequilas derechos y comida grasosa que revivía muertos. Era un refugio para hombres cansados, mecánicos, albañiles, oficinistas de medio pelo que buscaban ahogar la quincena.

Max estacionó la camioneta en la esquina, donde la luz de una farola le daba de lleno, por si las moscas. Se bajó y entró. El lugar olía a aserrín mojado, a limón, a carne asada y a tabaco rancio, aunque ya no se permitiera fumar. Ese olor le reconfortó. Olía a verdad.

—¡Quihubo, Don Max! —saludó el “Beto”, el cantinero, un tipo gordo y bonachón que llevaba ahí toda la vida—. ¡Milagro que se deja ver! Pensé que ya se nos había hecho fresa allá en Las Arboledas.
Max forzó una sonrisa y se sentó en una mesa del fondo, una que quedaba medio escondida detrás de una columna ancha cargada de fotos de equipos de fútbol viejos. Quería estar solo, invisible.
—Nada de eso, Beto. La sangre no se hace agua. Tráeme una Modelo Especial bien helada, por favor. Y unos tacos de chicharrón en salsa verde, que no he comido nada.
—A la orden, jefe.

Cuando llegó la cerveza, la botella estaba tan fría que le lloraba condensación. Max le dio un trago largo, casi media botella de un jalón. El líquido helado le entumió la garganta y le bajó un poco el calor del coraje.
“¿Qué estoy haciendo mal?”, se preguntaba mientras miraba la televisión colgada en la esquina, donde pasaban la repetición de un partido del América. “¿Les doy todo y me tratan como basura? ¿Será que Ximena tiene razón? ¿Será que soy aburrido?”.

Estaba sumido en su autocompasión, picoteando los tacos con desgano, cuando la puerta de la cantina se abrió de golpe. Entró una ráfaga de aire caliente y un escándalo de voces.
Max se encogió instintivamente en su rincón, pegándose a la pared. No tenía ganas de saludar a nadie conocido.

—¡Ándale, cabrones! —bramó una voz que Max conocía mejor que la suya propia—. ¡Pásenle, que aquí sí sirven alcohol de verdad y no esas mariconadas de vinos espumosos!
El corazón de Max dio un vuelco.
Era Eugenio. Su compadre. Su mano derecha. El padrino de Katia.

Eugenio entró caminando como si fuera el dueño del lugar, con esa seguridad fanfarrona que a Max siempre le había parecido graciosa, “parte de su encanto”. Venía acompañado de dos tipos. Max reconoció a uno: era el “Gordo” Morales, un proveedor de refacciones usadas que tenía fama de transa. Al otro no lo ubicaba, un tipo flaco con cara de comadreja.

—¡Beto! —gritó Eugenio, golpeando la barra con la palma abierta—. ¡Sácate la botella de Buchanans, la del 18, papá! Hoy andamos de manteles largos. ¡Y sírvele a mis compas lo que quieran!
—Enseguida, Geño —contestó el Beto, sirviendo los vasos.

Max se quedó inmóvil. La columna lo tapaba perfectamente de la vista de la barra, pero él podía escuchar todo y verlos a través de un espejo sucio colgado en la pared opuesta.
“¿Qué celebra este güey?”, pensó Max. Sabía cuánto ganaba Eugenio. Le pagaba bien, muy bien para ser el encargado del taller, pero una botella de Buchanans 18 en martes no era un gasto habitual para él. “¿Le habré pagado algún bono que se me olvidó?”.

Eugenio y sus amigos se sentaron en una mesa redonda, a unos cinco metros de donde estaba Max, pero la acústica del lugar y el vozarrón de Eugenio hacían que pareciera que estaban sentados con él.
—Salud, cabrones —brindó Eugenio, levantando el vaso—. ¡Por los pendejos que trabajan para que nosotros gocemos!
—¡Salud! —corearon los otros dos, riendo como hienas.

Max frunció el ceño. Sintió una punzada de incomodidad, pero pensó: “Bueno, es borracho, dice pendejadas”.
Empezaron a hablar de fútbol, de apuestas, de coches. Lo normal. Max se relajó un poco, pensando en terminarse su cerveza e irse por la puerta de atrás para no tener que saludar. Pero entonces, la conversación giró. Como siempre pasa entre hombres borrachos y de poca moral, el tema cambió a las mujeres.

—Oye, Geño —dijo el Gordo Morales, limpiándose la salsa de la boca con el dorso de la mano—. ¿Y qué onda con la “Patrona”? ¿Sigues viéndola o ya te cortó el chorro?
Max sintió que se le helaba la sangre. “La Patrona”. Así le decían a veces a Ximena en el taller, pero con respeto. O eso creía él.

Eugenio soltó una carcajada que retumbó en las paredes. Se echó para atrás en la silla, abriendo las piernas con vulgaridad.
—¿Que si me cortó el chorro? ¡Estás loco, gordo! Esa vieja no puede vivir sin mí. Si yo soy su vitamina, papá. Soy su “mantenimiento preventivo y correctivo” —se rió de su propio chiste, y los otros dos lo siguieron—. Ayer mismo nos vimos. En el motel de la salida a Saltillo, ese que tiene jacuzzi. Uff, compadre… salió como nueva.

Max apretó la botella de cerveza tan fuerte que temió romperla. “No puede ser Ximena”, pensó desesperadamente. “Debe estar hablando de otra. Ximena es una dama. Ximena me desprecia, sí, pero no es una zorra”.

—Pero a ver, no mames —intervino el tipo flaco, el desconocido—. ¿Y el marido no se da color? Digo, tú trabajas con él, ¿no? Es tu jefe.
—Es mi “jefe” —dijo Eugenio haciendo comillas con los dedos, con un tono de burla que le revolvió las tripas a Max—. El “Gran Maximiliano”. El hombre es un pan de Dios… o sea, un pendejo de tiempo completo.
Eugenio le dio un trago largo a su whisky y se limpió la boca.
—Mira, te la pongo así. Llevamos catorce años en esto. Catorce. Años. Empezamos cuando ellos eran novios todavía. El güey se iba a trabajar doble turno para pagar la boda, y yo me iba a “hacerle compañía” a la novia porque se sentía solita.

Max sintió que le faltaba el aire. El mundo empezó a dar vueltas. Imágenes de hace catorce años pasaron por su mente como una película de terror. Él llegando cansado, con las manos sangrando de tanto trabajar, y Eugenio palmeándole la espalda: “Descansa, compadre, tú esfuérzate, todo va a valer la pena”.
—No mames… ¿y en la boda? —preguntó el Gordo, morboso.
—¡En la boda! —gritó Eugenio—. ¡Puta madre, esa es la mejor parte! Yo fui el padrino de arras, ¿se acuerdan? Pues antes de la misa, pasé a ver a la novia al vestidor “para desearle suerte”. Le di su despedida de soltera ahí mismo, con el vestido blanco puesto. Se casó con él, pero con mi olor todavía encima. Y el pendejo de Max llorando de emoción en el altar cuando la vio entrar. ¡Casi me meo de la risa ese día!

Un sonido agudo empezó a zumbar en los oídos de Max. Náusea. Una náusea violenta, ácida, le subió por la garganta. Se llevó la mano a la boca. Quería vomitar. Quería gritar. Quería sacar una pistola y volarle la tapa de los sesos a ese animal.
Pero no podía moverse. Estaba paralizado por el horror. Era como ver un accidente de tráfico en cámara lenta donde la víctima eras tú mismo.

—Eres un perro, Geño —dijo el Gordo, riéndose y negando con la cabeza—. De veras que no tienes madre. Pero bueno, ya son muchos años… ¿no te da miedo que te cachen? Digo, tienen una hija, ¿no? La niña ya está grande, ha de tener trece o catorce. ¿No se da cuenta?

El silencio que siguió a esa pregunta fue breve, pero pesado. Eugenio sonrió. Una sonrisa de tiburón, llena de dientes y malicia. Bajó la voz, pero en la mente de Max sonó como un trueno.
—La “niña”… Katia —dijo Eugenio arrastrando las palabras—. Pues mira… Max cree que es su princesa. La adora. Le paga el colegio más caro, le compra todo lo que la escuincla pide. Pero la biología es cabrona, compadre.
Eugenio sacó su celular y buscó una foto. Se la mostró a los otros dos.
—Miren esta foto mía de cuando tenía quince años. Miren la nariz. Miren la forma de la quijada. Ahora miren esta foto de la Katia.
Los dos amigos se acercaron a ver la pantalla.
—¡A la madre! —exclamó el flaco—. ¡Es igualita a ti, cabrón! ¡La nariz es idéntica!
—Exacto —dijo Eugenio, guardando el celular con satisfacción—. Max dice que salió a su abuela materna. ¡Pobrecito! Las fechas cuadran perfecto con un viaje que hizo Max a Guadalajara a traer unas refacciones. Se fue tres días. Yo me quedé “cuidando el negocio”. Nueve meses después… ¡Boom! Nació la niña.

Max sintió que se moría. Literalmente. Sintió que su corazón dejaba de latir.
Katia. Su Katia. La niña a la que le enseñó a andar en bicicleta. La niña a la que le curó las rodillas raspadas. La niña por la que había trabajado cada maldito día de su vida.
No era suya.
Era hija de la traición. Era hija de ese parásito que estaba sentado a cinco metros bebiendo whisky a su salud.
Recordó las veces que Katia lo miraba con frialdad, igual que Ximena. Recordó cómo Ximena siempre evitaba hablar del embarazo, cómo se ponía nerviosa cuando alguien decía que la niña no se parecía a Max.
“Todo era mentira”, pensó Max. Su vida entera era una farsa. Una obra de teatro cruel montada para sacarle dinero. Él era el cajero automático. El proveedor. El idiota útil.

Eugenio seguía hablando, eufórico.
—Y lo mejor de todo es que el güey me paga un sueldazo. Básicamente, él financia mis pedas, mis viejas y hasta la manutención de mi hija, sin saberlo. Es el negocio perfecto, señores. Tengo mujer, tengo hija, tengo lana, y no tengo ninguna responsabilidad. Si la niña se enferma, Max paga. Si la vieja se pone histérica, Max la aguanta. Yo solo llego para lo bueno. ¡Salud por el pendejo de Max!

—¡Salud por el pendejo de Max! —brindaron otra vez.

En ese rincón oscuro, detrás de la columna, Maximiliano murió. El hombre bueno, el trabajador honesto, el esposo abnegado, murió asfixiado por la bilis y el dolor.
Sus manos dejaron de temblar. Una frialdad sepulcral lo invadió. Dejó de escuchar las risas. Su mente, habituada a resolver problemas mecánicos complejos, empezó a trabajar a una velocidad aterradora.
Analizó la situación: Si se levantaba y los mataba a golpes —que podía hacerlo, tenía la fuerza para destrozar a Eugenio con una mano—, iría a la cárcel. Perdería todo. Ximena se quedaría con la casa, con el dinero, y se iría con Eugenio a reírse de él en el penal.
No. Eso era demasiado fácil para ellos. Demasiado rápido.

Ellos le habían robado 14 años de vida. Le habían robado su paternidad. Le habían robado su honor.
La deuda era impagable, pero él se la iba a cobrar. Con intereses.
Max miró su reflejo en la botella de cerveza vacía. Sus ojos ya no tenían brillo. Eran dos pozos negros, vacíos de amor, llenos de cálculo.

Esperó pacientemente. Esperó casi veinte minutos, inmóvil como una estatua, respirando despacio para no vomitar, escuchando cada detalle asqueroso de sus encuentros, cada burla, cada plan que Eugenio tenía para seguirle robando en el taller. Grabó cada palabra en su memoria como si fuera una prueba judicial.

Cuando Eugenio se levantó para ir al baño, tambaleándose un poco por el alcohol, Max aprovechó el momento. Se deslizó como una sombra hacia la salida trasera, la que daba al callejón de los botes de basura.
Nadie lo vio salir. El Beto estaba ocupado en la barra. Los amigos de Eugenio estaban viendo el celular.

Salió a la noche fresca. El aire le supo a gloria, a libertad dolorosa. Caminó hacia su camioneta. Sus pasos resonaban en el pavimento con un eco distinto. Ya no caminaba el Max sumiso y cansado. Caminaba un hombre que tenía una misión.
Se subió a la Cheyenne, pero no la encendió de inmediato. Apretó el volante con ambas manos hasta que el cuero crujió.
Miró hacia la puerta del bar, donde adentro su “mejor amigo” se burlaba de su existencia.

—Disfruta tu whisky, Eugenio —susurró Max. Su voz sonó extraña, gutural, como si saliera de una caverna—. Ríete todo lo que puedas hoy. Porque a partir de mañana, voy a hacer de tu vida un infierno tan perfecto que vas a rogarme que te mate. Y tú, Ximena… tú vas a saber lo que es quedarse sin nada. Ni casa, ni dinero, ni amante, ni hija.

Arrancó el motor. El rugido del V8 rompió el silencio de la calle. Max metió primera y salió despacio, sin quemar llanta esta vez. No tenía prisa. La venganza, como los buenos motores, se tiene que afinar con paciencia para que funcione a la perfección.
Mientras manejaba de regreso a esa casa que ya no era su hogar, sino el escenario de su crimen, Max empezó a trazar el plan. No iba a gritar. No iba a reclamar. Iba a ser el mejor actor del mundo. Iba a sonreír mientras les cavaba la tumba.

Catorce años de mentiras.
La cuenta regresiva había comenzado.

Capítulo 3: El arte de hacerse pendejo

Maximiliano estacionó la Cheyenne en la cochera en absoluto silencio. Apagó el motor y se quedó ahí, con las manos aferradas al volante, respirando el aire reciclado de la cabina. Eran las once de la noche. La casa estaba a oscuras, salvo por la luz del pórtico que se encendía con sensor de movimiento, como un ojo vigilante que ahora le parecía burlón.

Entrar a esa casa requirió más fuerza de voluntad que levantar una transmisión de camión a puro pulso. Cada paso hacia la puerta principal pesaba una tonelada. Abrió con cuidado, desactivando la alarma con la rutina de siempre: 1-9-8-2, el año de nacimiento de Ximena. “Qué imbécil soy”, pensó, tecleando los números. Hasta en la seguridad de la casa ella era la protagonista.

Subió las escaleras como un ladrón en su propia morada. Al entrar a la recámara principal, el olor a loción de lavanda lo golpeó. Ximena estaba dormida, o eso aparentaba. La luz de la luna se colaba por las persianas, iluminando su perfil. Max se detuvo al pie de la cama y la miró.
Hace apenas unas horas, esa mujer era su mundo. Ahora, la veía y solo veía a una extraña, una actriz consumada que había interpretado el papel de esposa mientras se revolcaba con su “hermano”. Sintió un impulso violento, una oleada de calor que le subía por el cuello, unas ganas primitivas de despertarla a gritos, de sacudirla hasta que confesara, de arrastrarla hasta el taller para que viera a su amante.

Pero Max apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula. “No”, se dijo. “Eso es lo que haría un borracho impulsivo. Eso es lo que ellos esperan, que explote, que haga un drama, que quede como el loco celoso y ellos como las víctimas. No les voy a dar ese gusto”.
Se quitó la ropa en silencio, dejándola en el cesto. Se metió en la cama, en ese espacio helado que le correspondía, manteniendo la distancia. Escuchó la respiración de ella. Rítmica. Tranquila. La respiración de alguien que tiene la conciencia limpia o, peor aún, de alguien que no tiene conciencia.

Esa noche, Max no durmió. Se dedicó a afilar su odio. Repasó los últimos catorce años, buscando las señales que su ceguera de amor no le dejó ver. Las “noches de amigas”, los “viajes de compras” a McAllen, las veces que Eugenio se ofrecía a llevarla a algún lado porque Max estaba ocupado en el taller. Todo encajaba. Era un rompecabezas grotesco y él había sido la pieza que faltaba para financiarlo todo.

A la mañana siguiente, el sol salió como si nada hubiera pasado. Max se levantó antes que la alarma. Se metió a bañar con agua helada para bajar la hinchazón de los ojos y despertar los sentidos. Al salir, Ximena ya estaba despierta, sentada en el tocador, poniéndose sus cremas carísimas.

—Buenos días —dijo ella, mirándolo a través del espejo. Su tono era el mismo de siempre: indiferente, seco.
Max sintió una náusea repentina, pero tragó saliva y forzó los músculos de su cara a formar una sonrisa. Fue la actuación de su vida.
—Buenos días, Xime. ¿Dormiste bien? —preguntó, con una naturalidad que le asustó a él mismo.
—Mmm, normal. Te moviste mucho en la noche. ¿Qué te pasó?
—Nada, cosas del taller. Una flotilla que se nos complicó, ando estresado con los tiempos.

Ella ni siquiera volteó.
—Pues no traigas tu estrés a la cama, Maximiliano. Ya bastante tengo con mis cosas. Por cierto, hoy voy a salir con Cucú y Marisa, vamos a ir a desayunar y luego a ver unas telas para las cortinas de la sala. No me esperes a comer.
Max sintió el pinchazo de la mentira. Antes, hubiera dicho “Qué bueno, mi amor, diviértete”. Ahora, su mente analítica tradujo: “Voy a ir a ver a Eugenio”.
—Ándale, está bien. Sirve que te distraes —dijo Max, abrochándose la camisa—. Oye, ¿has visto mi celular? No lo encuentro.
—Lo dejaste en la mesita de abajo, creo. Siempre dejas todo tirado —respondió ella con fastidio.
—Ah, cierto. Oye, préstame el tuyo tantito, ¿no? Quiero marcarme para ver si suena y encontrarlo rápido.

Ximena dudó un segundo. Max contuvo la respiración. Si ella decía que no, todo se complicaba. Pero la arrogancia de Ximena era su mejor aliada; ella lo consideraba tan estúpido que jamás pensaría que él pudiera sospechar.
—Ay, está ahí en el cargador. Apúrale, que espero una llamada.
Max tomó el iPhone de Ximena. Sus manos, habituadas a manejar herramientas de precisión, se movieron rápido. No se marcó a sí mismo. Sabía la contraseña: el cumpleaños de Katia. Desbloqueó la pantalla. En menos de treinta segundos, gracias a un tutorial que había visto en YouTube a las tres de la mañana mientras no podía dormir, activó la función de “Compartir ubicación en tiempo real” y se la envió a su propio número, luego borró el mensaje de salida. También descargó una pequeña aplicación de control parental que quedaba oculta en el sistema.

—Listo, ya sonó. Estaba en el sofá —mintió Max, dejando el teléfono exactamente donde estaba—. Gracias, negra.
—Ya no me digas “negra”, Max. Se oye corriente —dijo ella, aplicando rímel en sus pestañas.
—Perdón. Nos vemos en la noche.

Salió de la casa sintiendo que el corazón se le salía del pecho. Lo había logrado. El primer paso estaba dado. Ahora, tenía ojos sobre ella.
Llegó al taller antes que nadie. Abrió las cortinas metálicas con un ruido estruendoso. Necesitaba ruido. Necesitaba trabajar.
A las nueve en punto, llegó Eugenio.
Verlo entrar fue la prueba de fuego. Eugenio venía con lentes oscuros, caminando despacio, con la piel pálida y sudorosa. La “cruda” del whisky Buchanans 18 le estaba pasando factura.

—¡Quihubo, compadre! —gritó Max desde abajo de una camioneta, limpiándose las manos con un trapo. Salió a la luz, enfrentando al traidor cara a cara.
Eugenio se quitó los lentes y parpadeó ante la luz.
—¡Ay, cabrón! No grites, Max. Me duele hasta el pelo.
—¿Qué pasó? ¿Se te pasaron las cucharadas anoche o qué? —preguntó Max, palméándole la espalda con fuerza, disfrutando el gesto de dolor de Eugenio.
—Algo así, compadre. Una reunioncita ahí con unos camaradas. Ya sabes, cosas tranquilas que se complican.
—”Cosas tranquilas”, dice el güey. Te ves fatal, Geño. Pero no te preocupes, vete a la oficina, échate un café bien cargado y tómate una aspirina. Yo me encargo de recibir a los clientes hoy.

Eugenio lo miró con esa sonrisa torcida, esa mueca de superioridad que Max antes confundía con amistad.
—Eres un santo, Max. De veras. No te merecemos.
—No, Geño. No me merecen —respondió Max, sosteniendo la mirada un segundo más de lo necesario.
Eugenio no notó el doble sentido. Se fue a la oficina arrastrando los pies. Max se quedó viéndolo, imaginando cómo se vería esa cara arrogante partida por un puñetazo. Pero no. Paciencia.

A las once de la mañana, el celular de Max vibró en su bolsillo.
Una notificación.
Ubicación de Ximena actualizada.
Max se metió al baño del taller, cerró con seguro y sacó el teléfono. El punto azul en el mapa se movía. Salió de la zona residencial. Tomó el periférico.
“Va a las telas”, pensó Max, dándole el beneficio de la duda.
El punto pasó de largo la salida al centro comercial donde vendían las telas. Siguió de largo.
Se detuvo en la zona norte, en una colonia discreta, frente a un motel de paso llamado “El Secreto”, y luego se movió hacia un pequeño café cercano, muy lejos de donde se suponía que debía estar.

Max sintió un hueco en el estómago. La tecnología no mentía.
Salió del baño.
—¡Chuy! —gritó—. Me tengo que ir a ver un asunto de unas refacciones urgentes. Quédate a cargo. Si el Inge pregunta, dile que ya casi queda su carro.
—Sí, patrón. ¿Y Don Geño?
—Déjalo que duerma la mona. No sirve pa’ nada hoy.

Max se subió a un coche viejo, un Tsuru que tenían en el taller como vehículo de préstamo para clientes, para que Ximena no reconociera su Cheyenne. Manejó con las manos sudando sobre el volante de plástico.
Llegó a la zona que marcaba el GPS. Era una cafetería pequeña, “Café y Canela”, un lugar escondido, ideal para amantes.
Se estacionó a media cuadra, se puso una gorra de béisbol y unos lentes oscuros que traía en la guantera. Caminó con el corazón en la garganta.
Ahí estaban.

Sentados en una mesa de la terraza, pero oculta por unas plantas artificiales. Ximena y Eugenio.
Eugenio se había “escapado” del taller supuestamente para ir al banco.
Max los observó desde la esquina. No estaban discutiendo telas. Eugenio tenía la mano sobre la pierna de Ximena, acariciándola con una familiaridad que a Max le dio asco. Ximena reía. Reía con esa risa cantarina que Max no escuchaba en su casa desde hacía años. Se inclinaba hacia él, coqueta, viva, radiante.
Era otra mujer. Era la mujer que Max amaba, pero entregándose a otro.

Verlos juntos fue la confirmación visual de la tragedia. Ya no eran las palabras de un borracho en un bar. Era la realidad palpable, a plena luz del día. Se besaron. Un beso rápido, de piquito, pero cargado de complicidad. Eugenio le dijo algo al oído y ella soltó una carcajada, dándole un empellón juguetón.
Max sintió que las lágrimas le quemaban los ojos detrás de los lentes oscuros. Quería correr hacia ellos, volcar la mesa, gritarles su verdad. Pero se aguantó. Sacó el celular y, con mano temblorosa pero firme, tomó varias fotos. Zoom. Click. La mano en la pierna. Click. El beso. Click. Las risas.

“Ya los tengo”, pensó. “Ya sé quiénes son”.
Pero faltaba la pieza más dolorosa. La duda que le taladraba el cerebro y no lo dejaba respirar.
Katia.

Esa noche, la cena fue un funeral para el alma de Max. Ximena llegó “feliz” de su día de compras (aunque no traía ninguna tela) y Eugenio había regresado al taller por la tarde silbando.
Katia bajó a cenar. Tenía trece años. Estaba en esa etapa de cambios, con frenos en los dientes y el pelo teñido de puntas rosas.
Max la miró fijamente mientras ella comía cereal.
—¿Qué me ves, pa? Tengo algo en la cara o qué —dijo la niña, incómoda.
—No, mijita. Nada. Es que… estás creciendo muy rápido. Te pareces mucho a…
Se detuvo.
—¿A quién? ¿A mi mamá?
Max tragó saliva. Miró su nariz. Era una nariz un poco ancha, con una ligera curva. Max tenía la nariz recta. Ximena tenía la nariz respingada (operada, pero originalmente pequeña).
Eugenio tenía esa nariz ancha.
—A tu abuela —mintió Max—. Oye, hija, fíjate que en el taller estamos haciendo una campaña de salud para los empleados y sus familias. Análisis de sangre, chequeo general. Ya ves que luego salen enfermedades raras. Quiero que vayas mañana a que te tomen una muestra.

—¡Ay no, papá! —chillo Katia—. Odio las agujas. No quiero.
—Es necesario, Katia —intervino Max con una voz autoritaria que rara vez usaba con ella—. No te estoy preguntando. Es por tu salud. Mañana paso por ti a la escuela y te llevo rápido al laboratorio, no te tardas nada. Y no le digas a tu mamá, ya ves cómo se pone de histérica con los médicos, luego va a querer que vayamos con el suyo que cobra las perlas de la virgen. Vamos al del seguro del taller y ya.

Katia rodó los ojos, el gesto clásico de adolescente.
—Bueno, equis. Pero me compras un helado después.
—Trato hecho.

Al día siguiente, Max cumplió su promesa. Llevó a Katia a un laboratorio privado, no al del seguro. Uno caro, discreto, donde pagó extra para que los resultados estuvieran listos en 48 horas.
—¿Y a ti te van a picar también, pa? —preguntó Katia mientras esperaban.
—Sí, hija. También. Hay que estar seguros de que todo está bien en la sangre.

Le tomaron la muestra a ella. Luego a él. Prueba de Paternidad Informativa. No legal todavía, solo para saber. Para matar la esperanza o para revivirla.
Esas 48 horas fueron las más largas de la vida de Maximiliano. Trabajó como un autómata. Habló con Eugenio. Durmió con Ximena. Pero su mente estaba en ese laboratorio.

El jueves por la tarde, le llegó el aviso al correo electrónico.
Max estaba en su oficina privada del taller. Cerró la puerta. Bajó las persianas. El aire acondicionado zumbaba.
Abrió el archivo PDF. Sus manos temblaban tanto que casi tira el ratón.
Buscó la línea final. La conclusión.

PROBABILIDAD DE PATERNIDAD: 0.00%
CONCLUSIÓN: EL PRESUNTO PADRE EXCLUIDO NO ES EL PADRE BIOLÓGICO.

El mundo se detuvo. El sonido del taller desapareció. Max se quedó mirando ese “0.00%” como si fuera el veredicto de su propia muerte.
Cero. Nada. Vacío.
Katia no era su hija.
Esos abrazos del día del padre, esos desvelos cuando tenía fiebre, las colegiaturas, los festivales escolares donde él lloraba de orgullo… todo había sido para la hija de Eugenio.
Max sintió un dolor agudo, físico, en el centro del pecho. Un sollozo se le escapó de la garganta, un sonido animal, desgarrador. Se tapó la boca con la mano para que nadie lo oyera. Lloró. Lloró como un niño huérfano. Lloró por la hija que acababa de perder, aunque ella seguía viva. Lloró por los catorce años de su vida tirados a la basura.

Pero luego, el llanto cesó.
Max se limpió la cara con la manga del overol. Se miró en el reflejo negro del monitor apagado.
Sus ojos habían cambiado. Ya no había tristeza. Había un desierto. Árido, seco, implacable.
Habían matado al Max bueno. Al Max ingenuo.
Ahora solo quedaba el Max vengativo.

Tomó el papel, lo imprimió y lo guardó en una carpeta bajo llave.
—Muy bien, Eugenio. Muy bien, Ximena —susurró a la habitación vacía—. Ustedes me quitaron mi pasado. Me quitaron mi hija. Me quitaron mi dignidad.
Se puso de pie, irguiéndose cuan alto era.
—Ahora yo les voy a quitar su futuro. Les voy a quitar hasta las ganas de respirar.

Salió de la oficina con el rostro sereno. Caminó hacia el área de trabajo. Vio a Eugenio riendo con un cliente.
Max sonrió.
La función estaba por comenzar, y el primer acto sería una masacre financiera.


PARTE 2: LA MÁSCARA Y EL PUÑAL

Capítulo 4: El desmantelamiento invisible

La venganza es un plato que se sirve frío, dicen. Pero Max sabía que en México, la venganza también es un asunto de papeles, de firmas y de jugar con el sistema antes de que el sistema juegue contigo. No podía llegar y echar a Ximena a la calle así como así. La ley la protegería. “Bienes mancomunados”. Esa frase le retumbaba en la cabeza. Si se divorciaba hoy, ella se quedaría con la mitad de todo: la mitad del taller, la mitad de la casa, la mitad de sus ahorros. Y esa mitad, inevitablemente, terminaría en los bolsillos de Eugenio.

“Ni madres”, pensó Max. “No van a ver ni un peso partido por la mitad”.

Necesitaba un plan maestro. Un plan de ingeniería financiera tan preciso como el ajuste de un motor de carreras.
Esa misma tarde, Max llamó a su hermano menor, Igor.
Igor era la oveja negra de la familia, o al menos eso decían. Mientras Max se había dedicado al trabajo duro y físico, Igor había estudiado contabilidad y leyes, moviéndose en mundos un poco más… grises. Sabía cómo mover dinero, cómo esconder activos y cómo hacer que una empresa desapareciera en papel.
—¿Qué pasó, carnal? —contestó Igor al segundo timbrazo—. ¿A qué debo el milagro? Nunca llamas a menos que se te rompa algo fiscal.
—Necesito verte, Igor. Urgente. Hoy mismo. En mi casa no, en el taller tampoco. Nos vemos en los tacos de “Don Pancho”, los que están por la carretera.
—Suenas serio, Max. ¿Estás bien?
—No. No estoy bien. Pero voy a estarlo. Lleva tu laptop y todos los papeles que necesites para traspasos de propiedades.

Se vieron a las ocho de la noche. Max le contó todo. Sin filtros. Le contó de la cantina, del GPS, de las fotos, y finalmente, le enseñó el resultado de ADN.
Igor, que siempre tenía un chiste en la punta de la lengua, se quedó mudo. Leyó el papel, miró a su hermano y sus ojos se llenaron de una furia fría.
—Hijos de su reputísima madre —masculló Igor, apretando el puño—. Ese Eugenio siempre me cayó mal, pinche parásito. Y Ximena… ni se diga. Carnal, lo siento un chingo.

—No sientas nada, Igor. Ahorita no me sirve tu lástima. Me sirve tu cerebro. Quiero dejarlos en la calle. Quiero que cuando Ximena intente sacar dinero del cajero, la tarjeta se la trague. Quiero que Eugenio no tenga ni dónde caerse muerto. Pero necesito proteger lo mío antes de soltar la bomba. Si demando el divorcio ahorita, me quitan la mitad.
Igor asintió, cambiando el chip de hermano dolido a abogado tiburón. Se ajustó los lentes y abrió la laptop.
—Ok. Entendido. Vamos a hacer una “Estrategia de Tierra Quemada”. Tienes suerte de que el taller está a tu nombre como Persona Física con Actividad Empresarial, pero la casa y las cuentas son compartidas. ¿Confías en mí?
—Eres el único en quien confío, cabrón. Eres mi sangre. La única sangre que me queda.

—Bien. Vamos a hacer esto: Primero, el taller. Vamos a simular una venta. No, mejor. Una deuda. Vamos a crear un pasivo enorme. Voy a redactar unos pagarés con fecha retroactiva, como si le debieras una fortuna a una empresa fantasma… digamos, una inversora. Esa deuda se va a comer el valor del taller. Si Ximena pelea el taller, se lleva la deuda también. Nadie quiere la mitad de una deuda de cinco millones de pesos.
Max sonrió por primera vez en días. Una sonrisa torva.
—Me gusta. ¿Y el efectivo?
—El efectivo hay que sacarlo ya. Pero no de golpe, porque salta la alerta del banco. Vamos a hacer “compras” de inventario. Refacciones, maquinaria… todo ficticio o inflado. Ese dinero va a ir a parar a una cuenta que voy a abrir a mi nombre mañana mismo. Yo te lo guardo, carnal. Legalmente, tú vas a estar quebrado.
—¿Y la casa?
—La casa es más difícil. Si la vendes sin su firma, es fraude. Pero… —Igor tecleó rápido—. ¿Recuerdas que la compraste dando un enganche fuerte antes de casarte?
—Sí.
—Podemos pelear que el origen del bien es anterior al matrimonio. Pero para asegurar, vamos a hipotecarla. Saca un préstamo sobre la casa. Todo lo que te den, me lo pasas. Deja que la casa se quede con la deuda. Si Ximena se la queda, tendrá que pagar la hipoteca o el banco se la quita. Y como ella no trabaja y Eugenio es un pelado… adiós casa.

Trabajaron hasta la madrugada entre tacos de bistec y refrescos. Diseñaron la ruina de Ximena y Eugenio punto por punto.
Al día siguiente, la operación comenzó.
Max llegó al taller y convocó a Eugenio a la oficina.
—Siéntate, Geño —dijo Max, con una cara de preocupación digna de un Óscar.
—¿Qué pasó, Max? Te ves agüitado.
—Malas noticias, compadre. Me cayó Hacienda.
Eugenio palideció.
—¿Cómo? ¿Auditoría?
—Peor. Una multa vieja, unos impuestos que no se pagaron bien hace años… no sé, un desmadre. Me están congelando las cuentas operativas. Necesito liquidez urgente para que no nos cierren. Voy a tener que vender la maquinaria vieja y pedir préstamos personales.
—No mames, Max… ¿y eso nos afecta a los sueldos? —preguntó Eugenio, preocupado solo por su bolsillo.
—Espero que no, Geño. Pero necesito que me firmes aquí, como testigo de que estamos sacando este equipo para… reparación. Es puro trámite para que no nos lo embarguen.

Eugenio firmó sin leer. Firmó su propia sentencia. Estaba firmando documentos que autorizaban a Max a disponer de activos clave. La codicia y la flojera de Eugenio eran sus peores enemigos.
Durante la siguiente semana, Max vació las cuentas. Transfirió fondos, compró “insumos” inexistentes, pagó “asesorías” a la empresa de Igor.
Cada vez que veía a Ximena, le decía: “La cosa está fea en el taller, amor. Hay que apretarnos el cinturón”.
Ximena, por supuesto, se enfurecía.
—¡Ay no, Max! Yo necesito dinero para el vestido de la boda de mi prima. ¡Resuélvelo!
—Estoy tratando, Xime. Pero está cabrón.

Max disfrutaba verla sufrir por dinero. Le cortó las tarjetas de crédito adicionales “por error del banco”.
—Ay, amor, me dijeron que hay un problema con el sistema, mañana lo checo —le decía cuando ella le llamaba furiosa desde una tienda porque la tarjeta no pasaba.
La veía llegar a casa frustrada, sin sus bolsas de compras, y Max sentía un placer oscuro.
“Esto es solo el comienzo, mi reina”, pensaba.

Pero faltaba el golpe final. El golpe que sacaría a Eugenio de la jugada definitivamente antes de soltar la bomba nuclear en casa.
El viernes por la tarde, dos semanas después del descubrimiento, Max llamó a Eugenio a la oficina otra vez.
Esta vez, no había cara de preocupación. Había una cara de piedra.
—Cierra la puerta, Eugenio.
Eugenio obedeció, extrañado por el tono.
—¿Qué onda? ¿Ya se arregló lo de Hacienda?
—Siéntate.

Max se quedó de pie, mirándolo. Recordó los 14 años. Recordó la burla en la cantina. Recordó el ADN de Katia.
—Estás despedido, Eugenio.
El silencio en la oficina fue absoluto. Se escuchaba el zumbido de una mosca chocando contra el vidrio.
—¿Qué? —Eugenio soltó una risa nerviosa—. No mames, Max. Qué buena broma. Casi me la creo.
—No es broma. Recoge tus cosas y lárgate. Ahorita.
Eugenio se levantó, rojo de ira.
—¿Estás loco? ¡Soy tu socio! Bueno… casi socio. Llevo aquí desde el principio. ¡No puedes correrme así nomás! ¿Por qué? ¿Por lo de Hacienda? ¡Podemos arreglarlo!

Max se inclinó sobre el escritorio, invadiendo el espacio personal de Eugenio. Su voz bajó a un susurro peligroso.
—No es por Hacienda. Es por reestructuración. Ya no me sirves, Eugenio. Te has vuelto flojo, llegas tarde, y honestamente… me estorbas.
—¡Te voy a demandar! —gritó Eugenio—. ¡Te voy a sacar hasta los ojos! ¡Sé cosas de este taller!
—Demándame —dijo Max con calma—. Pero te advierto una cosa: si te pones pendejo, voy a empezar a buscar en los inventarios. Y me late que faltan piezas. Me late que has estado robando hormiga. ¿Quieres que le rasque por ahí? Porque si le rasco y encuentro, te vas al bote, no a la Junta de Conciliación.

Era un blofeo, o tal vez no. Eugenio, como buen ladrón, tenía cola que le pisaran. Su cara cambió de la ira al miedo en un segundo.
—Está bien… está bien, Max. Tú te lo pierdes. Te vas a hundir sin mí.
—Me arriesgo. Ten tu liquidación.
Max le aventó un cheque. Era por la cantidad mínima de ley. Una miseria para lo que Eugenio estaba acostumbrado a gastar.
—Lárgate. Y no quiero volverte a ver cerca de aquí.

Eugenio tomó el cheque, lo miró con asco y salió azotando la puerta.
Max se dejó caer en su silla. Exhaló un aire que parecía haber tenido contenido durante años.
El amante estaba fuera, sin trabajo, sin dinero (porque se lo gastaba todo en alcohol y mujeres) y humillado.
Ahora, Eugenio correría a los brazos de Ximena a llorar y a pedirle dinero.
Y ahí es donde Max cerraría la trampa. Porque Ximena ya no tenía dinero. Y pronto, tampoco tendría casa.

Max tomó el teléfono y marcó a Igor.
—El pájaro está fuera del nido. Y va volando directo a la tormenta.
—Perfecto —dijo Igor—. Los papeles de la demanda de divorcio y la orden de desalojo están listos. ¿Cuándo la soltamos?
—Mañana —dijo Max, mirando la foto de Katia que todavía tenía en su escritorio, esa foto que ahora le dolía ver—. Mañana es sábado. Mañana voy a limpiar mi casa de basura.

Capítulo 5: La expulsión del paraíso

Sábado por la mañana. En la mayoría de las casas de la colonia “Las Arboledas”, el sábado es día de descanso, de lavar el coche con manguera, de preparar una carne asada o de ir al club. Pero en la casa de Maximiliano, el aire pesaba como plomo fundido.

Max se había levantado temprano, como siempre, pero no fue al taller. Se vistió con calma, eligiendo no su ropa de trabajo, sino unos jeans limpios y una camisa polo azul marino. Se preparó un café negro, fuerte, y se sentó en la sala principal, esa sala que Ximena no le dejaba usar “para que no se desgastaran los cojines”. Puso sobre la mesa de centro de cristal una carpeta manila color crema. A un lado, su celular. Al otro, un juego de llaves.

Esperó.

Sabía lo que iba a pasar. Eugenio, despedido y humillado el día anterior, seguramente se había emborrachado toda la noche rumiando su coraje. Y ahora, con la cruda realidad golpeándole la cartera, haría lo único que sabía hacer: llamar a Ximena para lloriquear y pedirle que intercediera por él.

A las 9:30 a.m., el teléfono de la casa sonó. Ximena contestó en la cocina. Max agudizó el oído. Escuchó murmullos, luego un tono de voz que subía de volumen, incredulidad, y finalmente, indignación.
—¿Cómo que te hizo qué? ¡No puede ser! ¡Está loco! —gritaba ella—. Ahorita mismo arreglo esto, Geño. No te preocupes. Tú tranquilo.

Ximena colgó y sus pasos taconeando furiosamente resonaron en el pasillo. Entró a la sala como un huracán, con la bata de seda ondeando y la cara roja de coraje.
—¡Maximiliano! —bramó.

Max le dio un sorbo tranquilo a su café y la miró por encima de la taza.
—Buenos días, Ximena. ¿Se te ofrece algo?
—¿Que si se me ofrece? ¡Eres un imbécil! —gritó ella, manoteando—. Me acaba de hablar Eugenio. Está deshecho. Dice que lo corriste ayer como a un perro, que le aventaste un cheque miserable y lo amenazaste. ¿Qué te pasa? ¡Eugenio es como tu hermano! ¡Es el padrino de tu hija! Llevan catorce años trabajando juntos. ¿Te volviste loco o qué?

Max dejó la taza en la mesa con un movimiento lento y deliberado. El clac de la cerámica contra el vidrio sonó como un disparo en el silencio de la sala.
—Siéntate, Ximena —dijo, con una voz tan fría que ella titubeó un segundo.
—No me voy a sentar. Voy a que le hables ahorita mismo a Eugenio, le pidas una disculpa y le regreses su trabajo. ¡No puedes tratar así a la gente que nos ha apoyado siempre!

—Dije que te sientes —repitió Max, esta vez levantando la voz, un trueno grave que hizo vibrar las ventanas.
Ximena, sorprendida por la autoridad repentina de su esposo, normalmente dócil, se dejó caer en el sillón de enfrente, cruzando los brazos con desafío.
—A ver, explícame. ¿Cuál es tu problema? ¿Andropausia? ¿Te sientes menos hombre y te desquitas con tus amigos?

Max la miró fijamente. Observó cada detalle de su rostro: los ojos maquillados, la boca que tantas veces besó, la expresión de arrogancia que ahora le parecía grotesca.
—Eugenio no es mi amigo, Ximena. Y tú no eres mi esposa.
Ximena soltó una risa nerviosa, burlona.
—Ay, por favor, Max. Qué dramático. ¿De qué hablas?
—Hablo de lealtad. Hablo de catorce años. Hablo de la boda. Hablo de las “telas” que fuiste a comprar el martes. Hablo del motel “El Secreto”.

La sonrisa de Ximena se congeló. Su piel, bronceada por camas solares, se tornó de un color grisáceo. Abrió la boca para hablar, pero no salió nada.
—¿Creíste que nunca me iba a enterar? —continuó Max, abriendo la carpeta—. ¿Creíste que soy tan pendejo como para mantenerte a ti y a tu amante toda la vida sin darme cuenta?
Sacó las fotos. Las aventó sobre la mesa de cristal. Se deslizaron como cartas de una baraja mortal hasta detenerse frente a ella.
La mano en la pierna. El beso en la cafetería. Las risas cómplices.

Ximena miró las fotos con horror. Su cerebro intentaba buscar una salida, una mentira rápida, pero la evidencia era brutal.
—Max… esto… esto no es lo que parece —balbuceó, usando la frase más trillada de la historia—. Estábamos… Eugenio estaba triste y yo lo estaba consolando…
—¡Cállate! —gritó Max, golpeando la mesa con el puño—. ¡No me insultes más! ¡Tengan un poco de dignidad, carajo! Los escuché, Ximena. Escuché a tu “Geño” burlarse de mí en la cantina. Contarle a sus amigotes cómo se revolcaban el día de nuestra boda. Cómo se han reído de mí durante catorce años.

Ximena empezó a llorar. No eran lágrimas de arrepentimiento, eran lágrimas de miedo. Miedo a perder su estatus, su comodidad.
—Perdóname, Max… fue un error… me sentía sola… tú siempre estás en el taller… —empezó a gimotear, intentando hacerse la víctima.
—¿Sola? —Max se rió, una risa seca y dolorosa—. Te di todo. Te di una vida de reina. Y me pagas metiendo a mi “mejor amigo” en mi cama. Pero eso no es lo peor, Ximena. Eso podría, tal vez, algún día, haberlo perdonado. Pero hay algo que no tiene perdón de Dios.

Max sacó el último papel de la carpeta. El resultado del laboratorio.
—Lee esto.
Ximena tomó la hoja con manos temblorosas. Sus ojos recorrieron el texto y se detuvieron en el “0.00%”.
El papel se le cayó de las manos.
—Katia… —susurró Max, y la voz se le quebró por primera vez—. Me hiciste creer que era mi hija. Me hiciste amarla, cuidarla, trabajar para ella. Y resulta que es hija de ese borracho vividor. Me robaron mi sangre, Ximena. Me robaron mi paternidad.

Ximena se levantó, intentando acercarse a él.
—Max, por favor… Katia te ama… ella no sabe nada… Max, no rompas la familia…
—¿Familia? —Max se puso de pie, alejándose de ella como si tuviera lepra—. Aquí no hay familia. Aquí hubo un hombre trabajando para dos parásitos y una niña inocente que no tiene la culpa de la madre que le tocó.
Max respiró hondo, recobrando su frialdad.
—Tienes una hora.
—¿Qué? —preguntó ella, aturdida.
—Tienes una hora para largarte de mi casa.

—¡No puedes correrme! —chilló Ximena, recuperando su tono agresivo—. ¡Esta casa es mía también! ¡Estamos casados por bienes mancomunados! ¡Te voy a demandar y te voy a quitar todo!
Max sonrió. Esa sonrisa de lobo que había ensayado.
—Inténtalo. Llama a tu abogado. Pero te tengo noticias, mi reina. La casa está hipotecada hasta el techo. El taller tiene deudas impagables. Las cuentas están vacías. Si te quedas, te quedas con la mitad de una deuda millonaria. ¿Quieres eso? ¿Quieres pagarle al banco los próximos treinta años trabajando de cajera en un Oxxo? Porque Eugenio no tiene un peso, eh. Lo despedí sin nada.

Ximena lo miró con odio puro. Se dio cuenta de que estaba acorralada. Max, el “mecánico aburrido”, le había ganado la partida de ajedrez antes de que ella supiera que estaban jugando.
—Eres un maldito… —siseó ella.
—Soy lo que tú creaste. Ahora, vete. Agarra tus trapos, tus joyas falsas y lárgate. Si en una hora sigues aquí, saco tus cosas a la calle y le hablo a la policía para que te saquen por invasión de propiedad ajena. Y créeme, tengo contactos.

Ximena corrió escaleras arriba, gritando insultos. Max se quedó en la sala, escuchando cómo ella azotaba puertas y arrastraba maletas.
Media hora después, bajó cargando dos maletas Louis Vuitton (probablemente falsas o compradas con dinero de Max). Tenía los ojos hinchados y el maquillaje corrido.
—¿Y Katia? —preguntó ella, desafiante—. Me llevo a mi hija.
—Katia no está —dijo Max con calma—. Se quedó a dormir en casa de su amiga Sofía anoche. Yo pasé por ella y la llevé a desayunar. Ahorita está con mi hermano Igor.

—¡Es mi hija! ¡No puedes quitármela! —gritó Ximena.
—Es tu hija biológica, sí. Y también es hija de Eugenio. Pero legalmente… —Max sacó un as bajo la manga, un documento que Igor había preparado—, legalmente yo soy su padre registrado. Y tú eres una adúltera sin ingresos, sin casa y con un amante desempleado. ¿A dónde te la vas a llevar? ¿A vivir debajo de un puente con Eugenio? Déjala fuera de esto por ahora. Si intentas llevártela a la fuerza, le enseño a Katia ahora mismo quién es su verdadero padre y por qué su mamá se va de la casa. ¿Quieres que se entere hoy de que es hija del “Tío Geño”?

Ximena palideció. Sabía que Katia adoraba a Max y que la verdad la destruiría. Y, en el fondo, Ximena era egoísta; no quería cargar con una adolescente llorosa mientras buscaba dónde dormir.
—Te vas a arrepentir, Maximiliano. Te vas a morir solo.
—Mejor solo que mal acompañado. Lárgate.

Max abrió la puerta principal. Ximena salió arrastrando sus maletas, bajo el sol implacable del mediodía. Algunos vecinos, que lavaban sus coches o regaban el pasto, se detuvieron a mirar. El escándalo no pasó desapercibido. Ximena, roja de vergüenza, metió sus maletas en su coche (que todavía estaba a nombre de Max, pero él la dejó llevárselo por ahora, sabiendo que pronto se lo quitaría el banco por falta de pago) y arrancó.

Max cerró la puerta. Puso el seguro.
El silencio volvió a la casa. Pero esta vez no era un silencio pesado. Era un silencio limpio. Vacío, sí, pero limpio.
Se recargó en la puerta y se deslizó hasta el suelo. Se tapó la cara con las manos. No lloró. Estaba demasiado agotado para llorar. Solo sintió que se quitaba una mochila de cien kilos de la espalda.
La casa era grande, fría y estaba sola. Pero por primera vez en catorce años, era suya de verdad.


Capítulo 6: Cenizas y Realidades

La primera noche solo en la casa fue extraña. Max pidió una pizza y se la comió directamente de la caja, sentado en el sillón prohibido, con los pies sobre la mesa de centro, viendo una película de acción con el volumen a todo lo que daba. Nadie le dijo que bajara el volumen. Nadie le dijo que usara un plato. Fue una pequeña victoria, una libertad recuperada, pero con un sabor agridulce.

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, la realidad estaba golpeando a los traidores con la fuerza de un tren de carga.

Ximena había llegado a casa de sus padres, en una colonia de clase media baja que ella detestaba y de la que había jurado salir para siempre. Sus padres, Don Rogelio y Doña Martita, eran gente chapada a la antigua, gente decente y religiosa.
Cuando Ximena llegó llorando con sus maletas, al principio la consolaron. Pero cuando tuvo que explicar por qué Max la había corrido… la historia no pudo sostenerse.
—¿Cómo que te corrió? Max es un santo —dijo su padre, frunciendo el ceño—. ¿Qué hiciste, hija?
—Nada, papá… se puso loco de celos…
—Ximena, no me mientas —insistió Don Rogelio—. Max no se pone loco nomás porque sí. ¿Hay otro hombre?

Ximena bajó la cabeza. El silencio fue su confesión.
—¡Válgame Dios! —exclamó su madre, persignándose—. ¿Engañaste a tu marido? ¿A ese hombre que te sacó de aquí y te dio todo?
—¡Ustedes no entienden! —gritó Ximena—. ¡Él me tenía abandonada! ¡Solo le importaba su taller!
—¡Vergüenza debería darte! —le gritó su padre—. ¡Una mujer casada! ¡Con una hija! ¿Y con quién? ¿Con quién fuiste capaz de hacer esa cochinada?
Cuando Ximena confesó que era con Eugenio, el compadre, su padre casi le da un infarto. La corrieron de la sala y la mandaron al cuarto de huéspedes, un cuartucho húmedo que Ximena odiaba. Esa noche, Ximena durmió en una cama individual vieja, extrañando sus sábanas de hilo egipcio y odiando a Max con todas sus fuerzas por haberla “humillado”.

Por su parte, Eugenio estaba en un motel barato. Había intentado llamar a Ximena veinte veces, pero ella no contestaba (estaba siendo interrogada por sus padres). Eugenio revisó su cartera. Le quedaban quinientos pesos y el cheque de liquidación que no podría cobrar hasta el lunes.
“No hay pedo”, pensó, abriendo una lata de cerveza tibia. “La Xime le va a sacar lana. Seguro el Max afloja por la niña. Mañana nos vemos y planeamos qué hacer. A lo mejor hasta nos vamos a la playa unos días”.
Pobre iluso. No sabía que la fuente de los deseos se había secado.

El domingo por la tarde, Max tuvo que enfrentar la parte más difícil de su plan. La parte que le rompía el corazón: Katia.
Igor la trajo de vuelta a casa. La niña entró con su mochila, extrañada por el ambiente.
—¿Y mi mamá? —preguntó, viendo que no había nadie en la sala.
Max estaba sentado en el sofá. Le hizo una seña para que se sentara a su lado.
—Ven, mija. Tenemos que hablar.
Katia se sentó, asustada. Nunca había visto a su papá tan serio, pero a la vez tan tranquilo.
—¿Qué pasó, pa? ¿Se pelearon otra vez?

Max tomó las manos de la niña. Esas manos que eran idénticas a las de Eugenio, pero que él había sostenido cuando aprendió a caminar. La miró a los ojos. Vio el miedo, la inocencia. Ella no tenía la culpa de la sangre que corría por sus venas. Ella era hija de su crianza, de sus desvelos, de su amor.
—Hija… tu mamá y yo nos vamos a separar.
Los ojos de Katia se llenaron de lágrimas al instante.
—¿Por qué? —preguntó con un hilo de voz—. ¿Se van a divorciar?
—Sí, mi amor. Las cosas entre nosotros… ya no funcionaban. Hubo problemas que no se pueden arreglar. Tu mamá se fue a vivir un tiempo con tus abuelos.

—¿Y yo? —preguntó ella, con el pánico de un niño que ve su mundo derrumbarse—. ¿Yo con quién me voy a quedar?
Ese fue el momento de la verdad. Max tenía el poder de destruirla. Podía decirle: “Vete con tu madre, no eres mi hija, eres una bastarda”. La biología se lo permitía. El orgullo herido se lo exigía.
Pero el corazón de Max, ese corazón grande que lo había metido en este lío en primer lugar, habló más fuerte.

—Tú te quedas aquí, conmigo —dijo Max con firmeza, abrazándola—. Esta es tu casa. Yo soy tu papá. Y eso no va a cambiar nunca, ¿me oyes? Nunca. Pase lo que pase, digan lo que digan, tú eres mi hija.
Katia se aferró a él y lloró en su pecho. Max le acarició el pelo, sintiendo una mezcla de dolor y amor infinito.
—Pero… ¿voy a ver a mi mamá?
—Sí, claro que sí. Cuando las cosas se calmen. Pero por ahora, necesito que seas fuerte. Vamos a estar tú y yo. Vamos a hacer equipo, ¿va?
—Va, pa.

Max decidió no contarle la verdad sobre su origen. No todavía. No tenía derecho a cargarle esa cruz a una niña de trece años. Ya tendría tiempo de saberlo cuando fuera adulta y pudiera juzgar a su madre por sus propios ojos. Por ahora, él seguiría siendo su padre, su protector. Y esa decisión fue su mayor venganza contra Eugenio: él se quedaría con el amor de la hija, mientras que el padre biológico se quedaría con la nada.

La semana siguiente fue el despertar a la nueva realidad.
Ximena intentó ir al banco el lunes temprano.
—Lo siento, señora —le dijo el cajero con cara de póker—. Esta cuenta está bloqueada por una investigación de activos. Y la tarjeta de crédito está cancelada por falta de pago del titular.
—¡Pero si hay dinero! —gritó ella—. ¡Mi esposo tiene dinero!
—El señor Maximiliano tiene una serie de embargos precautorios, señora. Al parecer la empresa está en quiebra técnica.

Ximena salió del banco temblando. Marcó a Eugenio.
—¡Geño, contesta! ¡Estamos jodidos!
Se vieron en un parque, porque ninguno tenía dinero para un café decente. Eugenio llegó en taxi, gastándose lo último que tenía.
—¿Qué onda, mi amor? ¿Trajiste algo? —preguntó él, ansioso.
—¡No hay nada, Eugenio! —le gritó ella—. ¡Max lo bloqueó todo! Dice que está en quiebra, que debe millones. Me corrió de la casa. Estoy viviendo con mis papás y me tratan como basura. ¡Necesito dinero! ¡Tú tienes que resolver!

Eugenio se rió, una risa histérica.
—¿Yo? ¡Si me corrió sin un peso! ¡Yo contaba contigo! Pensé que le habías sacado algo de las cuentas conjuntas.
—¡Pues no! —Ximena lo miró con otros ojos. Ya no veía al amante divertido y aventurero. Veía a un hombre de cuarenta años, fracasado, con ropa arrugada y aliento a alcohol barato—. ¿Entonces qué vamos a hacer? ¿De qué vamos a vivir?
—Pues… no sé. Vende el coche.
—¡El coche está a nombre de Max! Si lo vendo me meten a la cárcel por robo.

Se miraron el uno al otro. Sin el dinero de Max, la magia se había esfumado. Ximena vio las arrugas de Eugenio, sus dientes amarillos, su vulgaridad. Eugenio vio a una mujer histérica, mantenida, que sin sus lujos no era más que una carga.
—Pues a ver cómo le haces, Ximena —dijo Eugenio, dando un paso atrás—. Yo tengo mis propios problemas. Tengo que buscar chamba.
—¿Me vas a dejar sola? —preguntó ella, incrédula—. ¡Destruí mi matrimonio por ti!
—Nadie te obligó, reina. Tú solita te subiste al barco. Y ahora el barco se hundió. Ahí nos vemos.

Eugenio se dio la media vuelta y se fue caminando, dejándola sola en el parque.
Ximena se quedó parada, viendo cómo su amante se alejaba. El sol le quemaba la piel. Tenía hambre. Tenía sed. Y por primera vez en su vida, no tenía a nadie a quien llamar para que le resolviera el problema.
Recordó la cocina de granito, el aire acondicionado, la seguridad de los brazos de Max. Y rompió a llorar, no por amor, sino por la terrible certeza de que había cambiado un diamante por un pedazo de vidrio roto.

Mientras tanto, en el taller, Max y su hermano Igor revisaban los números.
—Ya quedó, carnal —dijo Igor, cerrando la carpeta—. Legalmente, eres pobre. Tus activos están resguardados en el fideicomiso a nombre de la empresa fantasma. La demanda de divorcio ya está en el juzgado. Alegamos adulterio y abandono de hogar. Con las pruebas que tienes, le vamos a quitar hasta el apellido.
Max asintió, mirando a través del vidrio de la oficina hacia el taller, donde los mecánicos trabajaban al ritmo de siempre.
—Gracias, Igor.
—¿Y Eugenio? —preguntó Igor.
—De ese me encargo yo —dijo Max—. Ya le corrí la voz a todos los talleres de la ciudad. Nadie lo va a contratar. Le puse la etiqueta de “rata”. En este gremio, eso es la muerte civil. Va a tener que irse de la ciudad si quiere comer.

Max se puso de pie y se ajustó el overol. Se sentía ligero.
Salió al taller.
—¡Chuy! —gritó—. Tráeme la orden de la camioneta roja. ¡Vamos a jalar, que el dinero no se hace solo!
El ruido de las herramientas, el olor a grasa, el calor de los motores… todo le pareció música celestial. Había recuperado su vida. Había perdido una esposa y un amigo, sí. Pero había salvado a su hija y se había salvado a sí mismo.

Maximiliano sonrió. Una sonrisa de verdad.
La tormenta había pasado y él seguía de pie.

Capítulo 7: El desierto de los traidores

El infierno no es un lugar con fuego y demonios. Para Ximena, el infierno era el cuarto de huéspedes en la casa de sus padres en la colonia “La Fama”. Un cuarto de tres por tres metros, pintado de un color durazno deslavado que olía a humedad y a naftalina. No había aire acondicionado central, solo un ventilador de pedestal que rechinaba en cada vuelta, moviendo el aire caliente y sofocante de la tarde regiomontana.

Habían pasado tres semanas desde “La Expulsión”, como ella llamaba al día que Max la echó. Tres semanas que se sentían como tres años. Ximena estaba acostada en la cama individual, mirando el techo despellejado, con el celular en la mano. Su plan de datos estaba a punto de cortarse porque la tarjeta de crédito domiciliada ya no pasaba.

—¡Ximena! —el grito de su madre, Doña Martita, la sacó de su letargo—. ¡Ven a ayudarme a pelar los tomates para la salsa! ¡Aquí no es hotel, mijita!

Ximena cerró los ojos y apretó los dientes. Antes, su mayor preocupación era si el tono de sus uñas combinaba con su bolsa. Ahora, su preocupación era que su madre no le echara en cara cada bocado de comida que se llevaba a la boca.
Se levantó con pesadez, arrastrando las chanclas. Se miró en el espejo manchado del ropero. Las raíces oscuras de su cabello teñido de rubio cenizo ya eran evidentes, una franja de realidad que crecía día a día. Sin dinero para el salón de belleza, su imagen de “señora de sociedad” se estaba desmoronando, revelando a la mujer común y corriente que siempre intentó ocultar.

Salió a la cocina. El calor de la estufa era insoportable.
—Mamá, ¿no podemos pedir un pollo asado? Hace mucho calor —se quejó Ximena.
Doña Martita la miró con severidad, cuchillo en mano.
—¿Y con qué dinero, reina? Tu papá apenas saca para los gastos con su pensión. Si tú trajeras dinero a la casa, pediríamos lo que quisieras. Pero como nomás trajiste problemas y maletas de ropa que no se comen, pues a pelar tomates.

El golpe fue directo. Ximena se puso a trabajar en silencio, con las lágrimas mezclándose con el jugo de tomate en sus manos, ardiéndole en los pellejos de los dedos.
La situación legal era un desastre. Había ido a ver a un abogado “de oficio” porque no podía pagar uno privado. El tipo, un hombre cansado con un traje brilloso por el uso, le había explicado su realidad con brutalidad.

“Mire, señora. Su esposo la tiene acorralada. La casa tiene tres hipotecas encima y las deudas del taller superan los activos. Si usted pelea el 50%, se queda con el 50% de la deuda. Estamos hablando de que usted le debería al banco unos dos millones de pesos. ¿Tiene para pagar eso?”
“No”, había contestado ella.
“Entonces mi recomendación es que acepte el divorcio voluntario, ceda los bienes (y las deudas) a él, y peleé una pensión alimenticia mínima. Pero como la demandaron por adulterio y hay pruebas… está difícil que un juez le dé mucho, sobre todo si la niña se quiere quedar con el papá.”

Katia. Ese era el dolor más agudo. Ximena había intentado verla. Fue a la escuela a la hora de la salida, escondida detrás de unos árboles como una criminal. Cuando vio salir a Katia, el corazón le dio un vuelco. La niña se veía bien. Iba riendo con sus amigas. Llevaba tenis nuevos. Se veía… tranquila.
Ximena se acercó.
—¡Katia! —la llamó.
La niña se detuvo. Al ver a su madre, su sonrisa se borró. No hubo el abrazo que Ximena esperaba. Hubo un paso atrás.
—Hola, mamá —dijo Katia, fría, distante.
—Mi amor, te extraño mucho. ¿Por qué no me contestas los mensajes? Vámonos, vente conmigo un rato, vamos por un helado.
Katia negó con la cabeza.
—No puedo, mamá. Mi papá va a pasar por mí. Y… la verdad, no quiero ir contigo ahorita.
—¿Por qué? Soy tu madre.
—Porque le hiciste daño a mi papá. Y porque me mentiste.
Ximena se quedó helada. ¿Sabía lo de Eugenio?
—¿De qué hablas?
—Me dijiste que papá era el malo, que te trataba mal. Pero mi papá es el mejor. Él nunca habla mal de ti, pero yo sé lo que hiciste. Escuché a la abuela hablando por teléfono. Engañaste a mi papá con el padrino Eugenio. ¡Qué asco, mamá!

Katia se dio la media vuelta y corrió hacia la camioneta de Max, que acababa de llegar. Ximena vio cómo Katia se subía, abrazaba a Max y él le daba un beso en la frente. Max vio a Ximena parada en la banqueta. No hubo odio en su mirada. Hubo indiferencia. Arrancó y se fue, dejándola en una nube de polvo y vergüenza.

Pero si Ximena estaba en el purgatorio, Eugenio estaba en el noveno círculo del infierno.
Después de que Ximena le dijo que no había dinero, Eugenio intentó sobrevivir como pudo. Primero, empeñó su reloj, una cadena de oro y su televisión. Eso le dio aire para una semana de hotel barato y alcohol. Pero el dinero se acabó.
Intentó buscar trabajo. Confiado en sus catorce años de experiencia como jefe de taller, fue a “Automotriz El Rápido”, la competencia directa de Max.
Llegó con su mejor camisa (aunque ya un poco arrugada) y pidió hablar con el dueño, Don Felipe.
—¡Quihubo, Don Felipe! Vengo a ofrecerle mis servicios. Ya sabe, yo manejaba todo allá con Max, traigo la cartera de clientes y el conocimiento —dijo Eugenio, fanfarrón como siempre.

Don Felipe, un hombre viejo y de pocas pulgas, lo miró por encima de sus lentes bifocales. Luego soltó una carcajada seca.
—¿Tú eres el famoso Eugenio? ¿El “Geño”?
—El mismo, a sus órdenes.
—Salte de mi taller —dijo Don Felipe, volviendo a sus papeles.
Eugenio se quedó pasmado.
—¿Cómo? Pero si soy un chingón en esto…
—Eres una rata, Eugenio. Aquí en el gremio todo se sabe. Max es un hombre de palabra, un hombre derecho. Tú le mordiste la mano, te acostaste con su mujer y encima querías robarle. En este taller respetamos a la familia. Si le hiciste eso a tu compadre de catorce años, ¿qué no me harás a mí en una semana? Lárgate antes de que les diga a los muchachos que te saquen a patadas. Y créeme, le tienen mucho respeto a Don Max.

Eugenio salió de ahí con las orejas gachas. Lo intentó en otro taller. Y en otro. La respuesta era la misma. Max se había encargado, discretamente, de correr la voz. Nadie quería contratar al traidor. Era la “muerte civil”.
Al final, desesperado y con hambre real, Eugenio tuvo que aceptar un trabajo en un taller de mala muerte en las afueras de la ciudad, un lugar clandestino donde desmantelaban coches robados. No lo contrataron de jefe. Lo contrataron de “chalán”.
Él, que se creía el rey del mundo, ahora estaba tirado en el suelo lleno de grasa, quitando llantas bajo el sol, recibiendo órdenes y gritos de un tipo apodado “El Tuercas”, que tenía la mitad de su edad y el doble de maldad.

—¡Muévele, pinche Geño! —le gritaba El Tuercas, dándole una patada en la bota—. ¡Esa transmisión no se va a bajar sola! ¡Y cuidado con rayarla o te la cobro!
Eugenio tragaba bilis y sudor. Sus manos, antes cuidadas porque él solo supervisaba, ahora estaban llenas de cortes y ampollas. Por las noches, dormía en un cuarto de vecindad donde compartía baño con cinco familias. Cenaba tacos de frijol y recordaba el whisky Buchanans 18.
“Maldito Max”, pensaba. “Maldita Ximena”.
Pero en el fondo, sabía que el único culpable era él.

El destino, cruel y poético, reunió a los amantes una última vez.
Fue en el centro, cerca de los juzgados civiles. Ximena había ido a firmar unos papeles del divorcio, resignada a perderlo todo. Eugenio había ido a ver si podía vender su coche (un modelo viejo que logró salvar) para irse de la ciudad.
Se toparon en la banqueta, bajo el sol del mediodía.
Ximena casi no lo reconoció. Eugenio estaba flaco, quemado por el sol, con la ropa sucia y barba de tres días. Ya no quedaba nada del galán de cantina.
Eugenio miró a Ximena. Vio sus raíces negras, su ropa pasada de moda, sus zapatos desgastados. Ya no era “La Patrona”. Era una mujer amargada y vencida.

—Ximena —dijo él, con voz rasposa.
—Eugenio —respondió ella, con una mueca de asco.
—Te ves… diferente.
—Y tú te ves como un indigente —escupió ella sin piedad—. Mírate. Das pena.
—¿Pena? —Eugenio soltó una risa amarga—. Tú no te quedas atrás, reina. ¿Dónde quedaron las bolsas Louis Vuitton? ¿Dónde quedó la camioneta del año? Ah, sí… se quedaron con Max. Resulta que sin Max, tú y yo no somos nada, ¿verdad?
—¡Cállate! ¡Por tu culpa perdí a mi hija! ¡Por tu culpa vivo de arrimada! —le gritó Ximena, sin importarle la gente que pasaba.
—¿Por mi culpa? —Eugenio se acercó, agresivo—. Tú fuiste la que me buscó. Tú fuiste la que se aburrió del “mecánico aburrido”. Querías emoción, ¿no? Querías un hombre “divertido”. Pues aquí estoy. Vamos, Ximena. Vamos al motel. Tengo cien pesos. Nos alcanza para una hora en uno de paso. ¿No es eso lo que querías? ¿Amor prohibido?

Ximena le dio una cachetada. Sonó seco, plas, en medio de la calle.
—¡No te me acerques nunca más! ¡Te odio! ¡Ojalá te mueras!
Eugenio se tocó la mejilla, pero no le devolvió el golpe. Solo sonrió con tristeza y maldad.
—Ya estamos muertos, Ximena. Max nos mató el día que nos corrió. Solo que todavía no nos entierran.
Eugenio se dio la media vuelta y se fue caminando, arrastrando los pies, perdiéndose entre la gente. Ximena se quedó llorando en la banqueta, sola, finalmente comprendiendo que el “amor” que creía tener no era más que una ilusión financiada por el hombre al que traicionó.
El desierto de los traidores era vasto, seco y solitario. Y les quedaba mucho tiempo para recorrerlo.


Capítulo 8: El renacer del hombre de acero

Seis meses después.

El taller “Servicio Automotriz Max” brillaba. Literalmente. Max había mandado pintar la fachada de un azul cobalto intenso y había instalado un letrero nuevo, más moderno, con iluminación LED. Pero el cambio más importante no estaba en la pintura, sino en el aire.
El ambiente tóxico había desaparecido. Sin Eugenio robando hormiga y creando chismes, y sin la presión de tener que financiar los caprichos de Ximena, el negocio había florecido. Max había implementado un sistema de bonos para sus mecánicos. El Chuy ahora era el jefe de taller y traía la camiseta bien puesta. La productividad se había disparado.

Max estaba en su oficina, revisando números con su hermano Igor.
—Carnal, estos números son poesía —dijo Igor, señalando la hoja de Excel—. Desde que nos quitamos el lastre de los gastos “personales” y recuperamos el control del inventario, la utilidad subió un 40%. Ya liquidamos el préstamo simulado que hicimos para proteger los activos. La casa ya está libre de gravamen otra vez. Legalmente, estás más sólido que nunca.
Max asintió, dándole un trago a su café. Se veía más joven. Había bajado de peso, no por estrés, sino porque había vuelto a jugar fútbol los domingos. Se había rasurado la barba de candado y traía un corte de pelo moderno. Sus ojos, antes tristes, ahora tenían un brillo de paz y determinación.

—Gracias, Igor. Sin ti, me hubieran dejado en la calle.
—Nombre, para eso estamos los hermanos. Oye, por cierto, ya salió la sentencia definitiva del divorcio.
Igor le pasó un folder azul.
Max lo abrió. “Disolución del vínculo matrimonial”. “Custodia total para el padre”. “Pérdida de derechos de la cónyuge por causal de adulterio probado”.
—¿Y la pensión? —preguntó Max.
—El juez fijó una pensión compensatoria mínima por dos años para ella, dado que no trabajó durante el matrimonio. Pero es una baba, Max. Es lo justo para que no se muera de hambre, pero no le alcanza ni para sus cremas. Y respecto a Katia… como Ximena no tiene dónde vivir ni ingresos estables, el juez determinó que el interés superior del menor es quedarse contigo. Ella tiene régimen de visitas supervisadas cada quince días, si es que Katia quiere ir.

Max cerró el folder. Sintió un cierre definitivo en su pecho.
—Está bien. Es justo.
Miró el reloj. Eran las 2:00 p.m.
—Bueno, Igor, te dejo. Tengo una cita importante.
—¿Ah, sí? —Igor sonrió con picardía—. ¿Con alguna güera?
—No, con una morena de quince años que me trae loco —rio Max—. Voy por Katia. Hoy es día de entrega de calificaciones y luego vamos a ir a ver vestidos.
—¿Vestidos?
—Sí. Se acercan los quince años, carnal. Y va a tener la fiesta que se merece.

Max salió del taller en su Cheyenne. Al llegar a la escuela, Katia ya lo estaba esperando. Había cambiado mucho en estos seis meses. Ya no tenía el pelo rosa, sino su color natural castaño. Se veía más madura, más serena. La tormenta familiar la había obligado a crecer, pero el amor de Max había evitado que se rompiera.
Katia corrió al verlo y se subió a la camioneta.
—¡Papá! ¡Adivina!
—¿Qué pasó, mi reina?
—¡Saqué diez en matemáticas! ¡El examen final!
Max sonrió con orgullo genuino.
—¡Eso es todo! Te dije que traías el talento. Esa es mi hija.

La frase “esa es mi hija” flotó en el aire un segundo. Max a veces pensaba en el papel del ADN guardado en su caja fuerte. Pensaba en la nariz de Eugenio. Pero luego miraba a Katia, veía sus gestos que eran copiados de él, su forma de reír, sus valores. Y confirmaba lo que su corazón ya sabía: padre no es el que engendra, padre es el que cría, el que ama y el que se queda.
—Oye, pa… —dijo Katia, poniéndose un poco seria mientras avanzaban por la avenida—. Mamá me escribió ayer.
Max apretó un poco el volante, pero mantuvo la voz tranquila.
—¿Ah, sí? ¿Qué te dijo?
—Que ya consiguió trabajo. En una estética, lavando pelo. Dice que quiere verme el sábado. Que mis abuelos van a hacer pozole.

Max respiró hondo. Podía prohibirle ir. Podía envenenarle la mente. Pero Max ya no buscaba venganza. La venganza ya estaba hecha y consumada por la propia vida. Ahora buscaba paz.
—¿Tú quieres ir? —preguntó.
Katia dudó.
—No sé… me da tristeza verla así, pa. Pero también… la extraño a veces. Aunque siga enojada.
—Es tu mamá, hija. Es normal. Mira, si quieres ir, yo te llevo y paso por ti. No tienes que quedarte a dormir si no quieres. Solo ve, come pozole y platica. El rencor es un veneno que se toma uno mismo esperando que se muera el otro. No te envenenes, mi amor. Tú ve con la frente en alto.
Katia lo miró con admiración.
—Eres el mejor, papá. Neta. No sé cómo la aguantaste tanto tiempo, pero gracias por aguantar por mí.
Max le acarició la cabeza.
—Por ti aguantaría mil años más, chaparra.

Esa tarde, fueron a una boutique de vestidos de quinceañera. Katia se probó uno azul rey, ampón, brillante. Cuando salió del probador y se paró frente al espejo triple, Max sintió que se le hacía un nudo en la garganta.
Ahí estaba su niña, convertida en mujer. Hermosa, fuerte, digna.
—Te ves… como una princesa —dijo Max, con la voz ronca.
—Gracias, pa. ¿Crees que… crees que soy bonita? A veces siento que tengo la nariz muy grande.
Era el fantasma de Eugenio asomándose. Max se acercó a ella y la miró a través del espejo.
—Tienes una nariz con carácter, Katia. Tienes una cara fuerte. Una cara de alguien que no se deja vencer. Eres hermosa tal como eres. Nunca dejes que nadie te diga lo contrario.

Compraron el vestido. Pagaron de contado. Max podía dárselo. Había recuperado su estabilidad y más.
Al regresar a casa, esa casa que al principio se sentía vacía, ahora se sentía llena de vida. Habían redecorado. Max había quitado los muebles “de mírame y no me toques” de Ximena y había puesto sillones cómodos, una mesa de billar en la sala de estar y había adoptado un perro, un Golden Retriever llamado “Bielas” que corría por todo el jardín.
La casa ya no olía a lavanda artificial y frialdad. Olía a hogar.

El domingo, organizaron una carne asada en el jardín. Invitó a Igor con su familia, a Chuy y a algunos amigos nuevos. El asador humeaba con el olor delicioso de la arrachera y las agujas norteñas. Había música, había cervezas heladas en la hielera, había risas reales.
Max estaba parado frente a la parrilla, volteando la carne con unas pinzas, con una cerveza en la mano.
Igor se le acercó.
—¿Cómo te sientes, carnal? —le preguntó, mirando el ambiente festivo.
Max miró a su alrededor. Vio a Katia jugando con el perro y riéndose con sus primos. Vio a sus amigos. Vio su casa, que por fin era su castillo y no su prisión.

Pensó en Ximena, lavando cabezas en una estética barata, viviendo con sus padres y lamentando cada decisión.
Pensó en Eugenio, probablemente sucio y borracho en algún rincón olvidado, pagando el precio de su traición.
Y luego se miró a sí mismo.
—Me siento libre, Igor. Me siento… completo.
—Te lo mereces, cabrón. Oye, por cierto, ¿te enteraste?
—¿De qué?
—Dicen que Eugenio se fue de mojado pal’ norte. Que ya no aguantó aquí. Que se fue a probar suerte cruzando el río porque aquí nadie le daba jale.
Max miró el fuego del asador. Las llamas consumían el carbón, transformándolo en cenizas, igual que su odio.
—Que Dios lo bendiga —dijo Max, y lo decía en serio—. Que le vaya bien lejos de aquí. Ya no es mi problema. Mi problema ahorita es que esta carne no se me queme.

Igor rio y le dio una palmada en la espalda.
—¡Salud por eso!
—¡Salud!

Max sirvió la carne. Se sentó a la cabecera de la mesa, presidiendo su mesa, su familia, su vida. Katia se sentó a su lado y le sirvió guacamole.
—Ten, pa. Está picoso, como te gusta.
Max mordió el taco. El sabor era perfecto. Picante, salado, sabroso. El sabor de la victoria.
Había pasado por el fuego. Había descubierto la mentira más cruel que un hombre puede soportar. Había perdido su pasado. Pero en el proceso, se había encontrado a sí mismo.
Había descubierto que no era un “mecánico aburrido”. Era un hombre de acero. Un hombre capaz de reconstruir un motor y reconstruir una vida con las mismas manos.

Miró al cielo, que empezaba a pintarse de estrellas sobre el cielo de México.
“Gracias”, pensó. “Gracias por quitarme la venda de los ojos. Dolió, pero valió la pena”.
Maximiliano levantó su botella hacia sus invitados.
—¡Bueno, familia! —gritó, llamando la atención de todos—. ¡A comer, que se enfría! Y recuerden una cosa: en esta vida, lo único que no tiene repuesto es el tiempo y la dignidad. Así que no los desperdicien con quien no los valora. ¡Provecho!
—¡Provecho, Don Max! —corearon todos.

Y entre risas, música de banda y el calor de los suyos, Maximiliano supo que su historia no era una tragedia. Era el prólogo de su mejor etapa.
La venganza había sido dulce, pero la libertad… la libertad era exquisita.

FIN

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