¡DESCUBRIÓ QUE SU ESPOSA SE IBA DE “VIAJE” CON UN COMPAÑERO JOVEN Y SU RESPUESTA FUE VENDERLO TODO Y DEJARLA EN LA CALLE SIN DECIR UNA SOLA PALABRA!

CAPÍTULO 1: EL IMPERIO DE TUERCAS Y LA REINA DE HIELO

Damián se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano, manchada de grasa y polvo. A sus 45 años, seguía sintiendo el mismo orgullo al caminar por los pasillos de su bodega principal que el que sintió el día que vendió su primera batería de coche hace dos décadas. El olor a aceite de motor, a caucho nuevo y a metal frío era su perfume favorito, mucho más que esas colonias carísimas que Marina le insistía en usar para las cenas con sus “amigos de sociedad”.

— ¡Patrón! Ya llegó el pedido de amortiguadores de Monterrey, ¿dónde se los pongo? —gritó El Chato, su empleado más antiguo, un tipo chaparro y bigotón que le había sido fiel desde que el negocio no era más que un cuartucho de lámina en Iztapalapa.

— ¡Ponlos en el pasillo tres, güey! Pero con cuidado, no quiero que me rayen las cajas como la otra vez —respondió Damián, con esa voz grave que retumbaba sin necesidad de gritar.

Damián era un hombre hecho a la antigua. Un “lomo plateado”, como se decía a sí mismo cuando se miraba al espejo y veía las canas invadiendo su sien y esa barriga cervecera que ya ni el gimnasio bajaba. No era guapo en el sentido tradicional, pero tenía la presencia de quien ha peleado cada centavo que tiene en la bolsa. Empezó desde abajo, tragando polvo, comiendo tortas de tamal fiadas y durmiendo en el suelo de la tienda para que no le robaran la mercancía. Ahora, “Refaccionaria El Pistón de Oro” era un monstruo con cinco sucursales, y él, Damián, era el dueño de todo. Tenía la camioneta Ford Lobo del año aparcada afuera, las cuentas bancarias sanas y una casa en Satélite que parecía mansión de telenovela.

Pero esa tarde, mientras revisaba las facturas en su oficina con aire acondicionado, sentía un hueco en el estómago que no era hambre. Era esa intuición maldita, esa que le avisaba cuando un proveedor le quería ver la cara o cuando un cheque iba a rebotar. Solo que esta vez, la alarma no sonaba por el negocio. Sonaba por Marina.

Marina. Su Marina.

Se recargó en el sillón de piel ejecutiva y cerró los ojos un momento. Recordó cómo la conoció hace veintidós años. Ella era cajera en un OXXO, una muchachita flaca con ojos grandes y una sonrisa que le iluminaba el día cada vez que él iba a comprar sus cigarros y su Coca-Cola. Damián, en ese entonces, no tenía ni en qué caerse muerto, pero tenía verbo. Le llevaba chocolates, le contaba chistes malos, hasta que un día ella aceptó salir con él. Su primera cita fue en unos tacos de suadero afuera del metro. No había dinero para más.

— Contigo, Damián, hasta frijoles saben a gloria —le había dicho ella esa noche, limpiándose la salsa verde de la comisura de los labios. Esa frase se le quedó grabada a fuego en el corazón.

“¿Dónde quedó esa mujer?”, se preguntó Damián, abriendo los ojos y mirando la foto enmarcada en su escritorio. En la imagen, tomada el año pasado en Cancún, Marina se veía espectacular. A sus cuarenta y tantos, se veía mejor que muchas de veinte. El dinero de Damián había pagado las mejores cremas, el gimnasio privado, el dermatólogo, la ropa de diseñador y, seamos honestos, uno que otro “arreglito” estético que ella juraba que era natural. Ya no era la muchachita del OXXO. Ahora era la Señora Marina, la que arrugaba la nariz si el vino no era de cosecha especial, la que se avergonzaba si Damián decía una grosería enfrente de sus amigas las “fresas”.

Damián suspiró, un sonido pesado y ronco. Miró el reloj: las 7:30 PM. Se suponía que hoy cenarían juntos. Ella había prometido.

Tomó su celular y marcó. Un tono. Dos tonos. Tres tonos.
— El número que usted marcó se encuentra ocupado o fuera del área de servicio… —la voz robótica le taladró el oído.

— Chale… —murmuró Damián, aventando el celular sobre el escritorio—. Otra vez la misma chingadera.

Salió de la oficina masticando coraje. Se subió a su camioneta, encendió el motor que rugió como una bestia y se metió al tráfico infernal del Periférico. Mientras avanzaba a vuelta de rueda, rodeado de cláxones y mentadas de madre de otros conductores, Damián empezó a atar cabos. No quería ser el típico marido celoso, el “tóxico” como decían los chavos ahora, pero las matemáticas no fallaban, y él era muy bueno con los números.

Hace seis meses que Marina había cambiado. Primero fue el celular. Antes, el teléfono vivía tirado en la mesa de centro o en la cocina. Damián incluso tenía su clave por si necesitaba buscar algo. Pero de repente, el aparato se volvió sagrado. Le cambió la contraseña, le puso reconocimiento facial y no lo soltaba ni para ir al baño. Literalmente. Damián escuchaba a veces cómo tecleaba frenéticamente mientras estaba en la regadera.

— Es por la chamba, mi amor —le había dicho ella una vez que él le preguntó, con esa sonrisita nerviosa que ponía últimamente—. En el corporativo están insoportables con los reportes, ya sabes cómo es el nuevo gerente.

El nuevo gerente. Damián apretó el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Marina trabajaba en el departamento de contabilidad de una empresa transnacional. Siempre había tenido trabajo, pero nunca había sido tan “apasionada”. Ahora resultaba que tenía juntas a las 9 de la noche, seminarios los fines de semana y “bomberazos” que requerían que se quedara tarde los viernes.

Al llegar a casa, la soledad lo recibió como una bofetada. La casa estaba impecable, fría, silenciosa. La empleada doméstica, Doña Chayo, ya se había ido, dejando la cena preparada en el refrigerador. Damián entró a la cocina, enorme y moderna, con isla de mármol y electrodomésticos que parecían de nave espacial. Abrió el refri y vio un tupper con pechuga de pollo y verduras al vapor.

— Pinche comida de conejo —masculló. Sacó unas tortillas, calentó un poco de chicharrón en salsa verde que había sobrado del domingo y se sentó a comer solo en la barra.

El reloj de la pared marcaba las 9:15 PM cuando escuchó el motor del auto de Marina entrar a la cochera. Damián sintió ese nudo en la garganta. Se terminó su taco de un bocado, se limpió la boca con la mano y trató de poner su mejor cara de póker.

La puerta se abrió y entró ella. Marina venía impecable. Traía un traje sastre azul marino que se le ajustaba al cuerpo como un guante, tacones de aguja que repiqueteaban en el piso de porcelanato y ese perfume… ese perfume dulzón y caro que últimamente usaba en exceso.

— ¡Hola, gordo! Perdón por la hora, el tráfico estaba del asco —dijo ella, entrando como un torbellino, dejando las llaves en la mesa de la entrada y evitando mirarlo directamente a los ojos.

— Buenas noches —respondió Damián, seco—. Pensé que íbamos a cenar. Te estuve llamando.

Marina se detuvo un segundo, dándole la espalda. Se quitó el saco con movimientos tensos.
— Ay, Damián, no empieces. Se me acabó la pila y el cargador se me quedó en la oficina. Fue un día horrible, de verdad. El cierre fiscal nos trae locos a todos.

Se giró y le dedicó una sonrisa ensayada. Esa sonrisa que Damián conocía bien porque era la misma que usaba cuando quería pedirle dinero para cambiar de coche o para irse de viaje con sus amigas. Se acercó y le dio un beso rápido en la mejilla. Un beso que no supo a nada. Un roce de labios fríos.

— ¿Cenaste? —preguntó ella, mirando el plato sucio de Damián con una mueca de desagrado—. ¿Otra vez comiendo grasa en la noche? Damián, te va a dar un infarto, por Dios. Cuídate un poquito.

— Al menos el chicharrón no me miente —soltó Damián sin pensar.

El silencio que siguió fue denso, pesado. Marina se quedó quieta, con los ojos muy abiertos.
— ¿Qué dijiste?
— Nada. Que está rico el chicharrón. ¿Tú quieres?

— No, gracias. Ya piqué algo en la oficina con unas compañeras. Me voy a bañar, estoy muerta.

Marina salió de la cocina casi corriendo. Damián se quedó ahí, escuchando sus pasos subir las escaleras. “Piqué algo con unas compañeras”. Mentira. Damián tenía un olfato de sabueso. Cuando ella se acercó a besarlo, no olía a oficina cerrada, ni a café rancio de despacho. Olía a vino tinto y a una loción de hombre barata, mezclada con su perfume caro. Una mezcla sutil, que cualquiera hubiera pasado por alto, pero no él.

Damián apagó las luces de la cocina y subió lentamente. Al entrar a la recámara, vio que Marina ya estaba en el baño. La puerta estaba cerrada, pero se escuchaba el agua de la regadera caer. Y ahí, sobre el buró, estaba el famoso celular. Conectado al cargador.

“¿No que se te había olvidado el cargador en la oficina?”, pensó Damián, sintiendo cómo la sangre le subía a la cabeza.

Se acercó al teléfono. La pantalla estaba negra, inerte. Le dieron unas ganas terribles de estrellarlo contra la pared. Pero Damián no era impulsivo. En los negocios, el que se enoja pierde. Y esto, desgraciadamente, se estaba convirtiendo en una negociación hostil.

Se sentó en la orilla de la cama, se quitó las botas de trabajo y se quedó mirando sus calcetines. Se sentía viejo. Se sentía cansado. Pero sobre todo, se sentía estúpido. ¿Cómo no lo vio antes? ¿O será que no quería verlo?

La puerta del baño se abrió y salió Marina envuelta en una bata de seda blanca, con el cabello mojado y la cara lavada. Sin el maquillaje, se veía más vulnerable, más parecida a la mujer de la que se enamoró. Por un segundo, Damián quiso abrazarla, preguntarle qué estaba pasando, rogarle que le dijera que todo era una locura de su cabeza.

— ¿Qué me ves? —preguntó ella, secándose el cabello con una toalla.
— Nada. Estás bonita —dijo él, con voz ronca.

Marina suavizó el gesto por un instante, pero inmediatamente volvió a ponerse la máscara. Caminó hacia el buró, desconectó el celular con un movimiento rápido y se lo llevó hacia el lado de la cama.
— Gracias. Oye, Damián…
— ¿Mande?
— La próxima semana tengo que salir.
— ¿Otra vez? —Damián sintió el golpe en el pecho, pero no movió ni un músculo de la cara.
— Sí, es una capacitación en Querétaro. Es de lunes a viernes. Es súper importante para mi ascenso, ¿sabes? Si me dan la gerencia, ya no tendré que trabajar tanto.

“Mentirosa”, gritó una voz en la cabeza de Damián. “Mentirosa de mierda”.

— Ah, órale. Qué bien. ¿Vas sola? —preguntó, fingiendo desinterés mientras buscaba su pijama bajo la almohada.
— No, vamos varios del equipo. Va Susana, va Jorge… y el nuevo consultor que contrataron para el proyecto. Un equipo grande.

— ¿El consultor? ¿Cómo se llama?
— Ay, no sé, Damián, ¿qué importa? Un tal Antonio, creo. Es un chavo muy listo, trae ideas frescas de la Ciudad de México. Pero bueno, ya apaga la luz, que mañana tengo que madrugar.

Marina se metió a la cama, le dio la espalda y se cubrió hasta la cabeza. Damián se acostó a su lado, mirando la oscuridad. “Antonio”. El nombre se le quedó grabado. Un “chavo listo”.

Damián no durmió esa noche. Se quedó escuchando la respiración de su esposa, contando las horas. A las 2:00 AM, el celular de Marina vibró suavemente bajo su almohada. Ella se movió, metió la mano, revisó la pantalla y suspiró. Damián, con los ojos cerrados, fingiendo dormir, notó cómo el cuerpo de ella se relajaba después de leer el mensaje. Una pequeña sonrisa se dibujó en la oscuridad.

Fue en ese momento, con el corazón roto y el orgullo herido, que Damián tomó una decisión. Se acabó el Damián bueno. Se acabó el Damián que perdona todo porque “la ama”. Si ella quería jugar a la esposa moderna y liberada con su “chavo listo”, él iba a jugar al empresario despiadado que quiebra a la competencia sin piedad.

Mañana mismo empezaría a investigar. No iba a dejar cabos sueltos. Si iba a caer el imperio que construyeron juntos, él se aseguraría de quedarse con los escombros y que ella se quedara solo con el polvo.

A la mañana siguiente, Damián se levantó antes que ella. Se vistió en silencio, bajó a la cocina y se preparó un café negro, cargado, sin azúcar, amargo como su humor.
Subió a su despacho personal, abrió la caja fuerte que tenía detrás de un cuadro de paisajes (muy cliché, pero efectivo) y sacó algo que no usaba desde hacía años: una pequeña grabadora de voz digital, marca Sony, vieja pero funcional. La usaba para grabar juntas con proveedores mañosos.

— Vamos a ver qué tan listo es el tal Antonio —murmuró para sí mismo.

Comprobó las baterías. Funcionaba. La guardó en el bolsillo de su pantalón. Escuchó los pasos de Marina bajando las escaleras.
— ¡Buenos días, gordo! ¿Ya te vas? —gritó ella desde la cocina, con una alegría sospechosa para ser las 7 de la mañana.

Damián bajó las escaleras con paso firme.
— Sí, tengo que ir a ver un asunto a la bodega del norte. Oye, ¿me prestas tu cargador de coche? El mío se chingó —mintió con una naturalidad que le sorprendió a él mismo.

— Claro, está en mi bolsa, en la entrada. Agárralo.

Damián caminó hacia la bolsa de marca, una Louis Vuitton que le había costado lo de un mes de sueldo de un obrero. Metió la mano. Sintió la cartera, el estuche de maquillaje, las llaves… y deslizó la pequeña grabadora encendida en un compartimento interior, ocultándola entre unos pañuelos desechables y unos labiales.

— Listo, gracias vieja. Nos vemos en la noche —dijo Damián.

Salió de la casa sin darle beso. Se subió a su camioneta y se quedó mirando la fachada de su casa. Sabía que la guerra acababa de empezar. Y en la guerra, como en los negocios, no hay amigos, solo ganadores y perdedores. Damián arrancó el motor y salió quemando llanta. Él no planeaba perder.

CAPÍTULO 2: LA CAJA DE PANDORA Y EL ABOGADO DEL DIABLO

La semana que Marina pasó en “Querétaro” fue la más larga en la vida de Damián. Los días se arrastraban como una tortuga en el Periférico a las seis de la tarde. En la refaccionaria, Damián andaba como león enjaulado. Sus empleados, que lo conocían de toda la vida, ni se le acercaban. El Chato le comentó a la secretaria en voz baja: “Aguas con el patrón, anda que no lo calienta ni el sol. Seguro le rebotó un cheque o Hacienda le cayó encima”.

Pero no era Hacienda. Era la incertidumbre. Damián se pasaba las horas mirando el teléfono, esperando una llamada que confirmara que todo era una paranoia suya, que su vieja estaba trabajando honradamente. Pero esa llamada nunca llegaba. Solo recibía mensajes esporádicos de WhatsApp: “Estoy muerta, junta tras junta. Te quiero. Besos”. Mensajes fríos, de machote, copiados y pegados.

Damián contestaba con un “Cuídate” o un emoji de pulgar arriba. No le salían las palabras cariñosas. Sentía que si escribía “Te amo”, el teléfono le iba a quemar la mano por mentiroso.

El viernes por la noche, Marina regresó. Damián estaba en la sala viendo las noticias, con una cerveza “Indio” a medio terminar sudando sobre la mesa de centro. Escuchó el taxi, el portazo y luego el taconeo de ella en la entrada.

— ¡Hola, familia! ¡Ya llegué! —gritó Marina con una voz cantarina, demasiado alegre para alguien que supuestamente venía de trabajar 12 horas diarias.

Entró a la sala cargando una maleta pequeña y una bolsa de papel estraza.
— ¡Mira, gordo! Te traje unos dulces de leche y unas glorias de Linares. Bueno, sé que no fuimos a Linares, pero los vendían en la carretera y me acordé de que te encantan.

Damián la miró. Se veía radiante. Tenía ese brillo en la piel que no te da el aire acondicionado de una sala de juntas, sino el sol, el sexo y la falta de preocupaciones. Traía el cabello un poco más claro, como quemado por el sol, y olía a coco, no a oficina.

— Gracias —dijo Damián, tomando la bolsa sin levantarse—. ¿Cómo te fue?

— Ay, pesadísimo. Antonio, el consultor, es un negrero. Nos trajo en chinga loca de arriba para abajo. Pero bueno, salió el proyecto. Me voy a dar un baño, apesto a carretera.

Marina subió las escaleras tarareando una canción de Luis Miguel. Dejó su bolsa Louis Vuitton, la famosa bolsa, tirada descuidadamente en el sillón individual de la sala. Grave error. La confianza mató al gato, y Marina estaba demasiado confiada.

Damián esperó a escuchar el agua de la regadera. Se levantó despacio, como si le pesaran los años, y caminó hacia la bolsa. El corazón le martilleaba en las costillas como un pistón desbielado. Metió la mano, rebuscó entre tickets viejos, chicles y maquillaje, hasta que sus dedos tocaron el plástico frío de la grabadora Sony.

La sacó. La luz roja parpadeaba débilmente. Batería baja, pero había grabado.

Se guardó el aparato en el bolsillo del pantalón de mezclilla y subió a la recámara.
— Voy a bajar a cerrar el portón y a checar unos papeles al despacho, no me tardo —le gritó a la puerta cerrada del baño.
— ¡Vale, no te tardes, que estoy cansada! —respondió ella.

Damián bajó a su despacho, esa pequeña oficina en la planta baja que era su refugio. Cerró la puerta con llave. Bajó las persianas. Se sirvió un tequila “Reserva de la Familia”, un trago caro para un momento barato. Se puso los audífonos grandes, esos que usaba para escuchar música de banda cuando quería desconectarse del mundo, y conectó la grabadora a su laptop para descargar los archivos.

Había tres archivos de audio. Damián respiró hondo, le dio un trago largo al tequila que le quemó la garganta, y le dio play al primero.

AUDIO 1 – FECHA: MARTES, 10:30 AM

El audio empezó con ruido de estática y el sonido de un cierre abriéndose. Luego, el rugido de un motor. No era el motor de un Uber, ni de un autobús ejecutivo. Damián conocía de motores. Ese era un motor deportivo, quizás un BMW o un Audi, revolucionado.

— Ay, Toño, bájale a la velocidad, nos vamos a matar —se escuchó la voz de Marina. Pero no sonaba asustada, sonaba coqueta, divertida.

— Relájate, preciosa. Este bebé se maneja solo. Además, ya quiero llegar. Me urge que estemos en el jacuzzi —respondió una voz masculina.

Damián apretó los dientes. La voz de “Toño” era tal como se la imaginaba: voz de “mirrey”, de esos juniors que nunca han cargado una caja en su vida, con ese acento fresa de la Condesa o Santa Fe que arrastra las vocales.

— Oye, pero en serio, ¿no sospecha nada tu viejo? —preguntó Toño.

— ¡Nombre! Damián es un tonto. Bueno, es listo para los negocios, para sus tuercas y sus aceites, pero para esto… es un ciego. Cree que me mato trabajando. Le dije que era una capacitación en Querétaro —Marina soltó una carcajada que a Damián se le clavó como un picahielo en el hígado—. Pobrecito, hasta me prestó su cargador de coche.

— Jajaja, neta ese güey es un caso. Oye, pero ya en serio, ¿cuándo lo vas a dejar? Ya me dijiste que te da asco tocarlo.

Hubo un silencio en la grabación. Damián contuvo la respiración.

— No es tan fácil, bebé. Damián tiene mucha lana, más de la que aparenta. El negocio de las refacciones es una mina de oro, y tiene como cuatro departamentos que renta, más la casa de Satélite, los terrenos en Morelos… Si lo dejo ahorita, por bienes mancomunados me toca la mitad, pero yo quiero más. Quiero asegurarme de que las propiedades queden blindadas o que me las pase a mí antes del divorcio. Necesito tiempo para convencerlo de que ponga el edificio de oficinas a mi nombre “por temas fiscales”.

— Eres una diabla, Marina. Me encantas.

— Y tú a mí, guapo. Pero shhh, ya pon música.

El audio terminaba con música de reguetón a todo volumen.

Damián se quitó los audífonos y los aventó contra el escritorio. Se levantó y caminó hacia la ventana, apartando un poco la persiana para mirar hacia la calle oscura.

No sentía tristeza. Eso era lo extraño. Esperaba sentir ganas de llorar, de gritar, de subir y sacarla a patadas de la casa. Pero no. Lo que sentía era una frialdad absoluta, una claridad mental que no había tenido en años. Era la misma sensación que tenía cuando un competidor intentaba jugar sucio: el cerebro se le enfriaba y empezaba a calcular probabilidades, riesgos y estrategias.

— Asco… —susurró—. Le doy asco.

Se miró las manos. Manos grandes, rasposas, con alguna cicatriz vieja de cuando se le resbaló un desarmador. Esas manos le habían dado todo a ella. Esa casa, esa ropa, esos viajes. Y ahora resultaba que el “Grasoso Damián” era solo un cajero automático para que ella se diera la gran vida con un junior nalgas-miadas.

Volvió a sentarse. Necesitaba escuchar todo. Necesitaba veneno puro para inmunizarse. Le dio play al segundo archivo.

AUDIO 2 – FECHA: MIÉRCOLES, 11:00 PM

El sonido ambiente era de un restaurante o un bar. Ruido de copas, música suave de fondo.

— …entonces le dije: “Gordo, estoy cansadísima, me voy a dormir”. Y el idiota me cree. A veces me da lástima, ¿sabes? —decía Marina, arrastrando las palabras. Estaba borracha.

— A mí no me da lástima, me da risa —respondió Toño—. Mira cómo te tiene. Eres una reina, Marina. Mereces a alguien que te luzca, no a un mecánico con dinero.

— ¡Ey! No es mecánico, es empresario —dijo ella, defendiéndolo a medias, para luego reírse—. Pero sí, es muy básico. Siempre quiere ir a los mismos lugares, comer lo mismo. Ya me aburrí, Toño. Quiero viajar, quiero ir a Europa, pero con él me da pena. Imagínate a Damián en París, pidiendo tacos. Qué oso.

— Bueno, cuando le quitemos la lana, tú y yo nos vamos a París. Te lo prometo.

— Salud por eso, mi amor. Oye, ¿y si le invento que mi mamá está enferma y necesito dinero para una operación? Podríamos sacar unos 200 mil pesos fácil de la cuenta de ahorros.

— No, eso es muy arriesgado. Mejor dile lo de los impuestos. Dile que tu contador te recomendó poner la casa a tu nombre para evitar un embargo si el negocio quiebra. Métele miedo con Hacienda. A los viejos les da pánico Hacienda.

— ¡Eres un genio! Eso haré la próxima semana. Le voy a decir que hay una auditoría y que hay que proteger el patrimonio.

Click. Fin del audio.

Damián se terminó el tequila de un trago. La botella estaba a la mitad, pero él se sentía completamente sobrio.

— Proteger el patrimonio… —repitió Damián con una sonrisa torcida—. Tienen razón. Hay que proteger el patrimonio.

Ahí, en la oscuridad de su despacho, el Damián enamorado murió. Fue un funeral rápido y silencioso. En su lugar, se levantó el Patrón. El hombre que había sobrevivido a crisis económicas, a extorsiones, a competencia desleal. Marina y Antonio acababan de cometer el peor error de sus vidas: subestimar al “mecánico”. Creían que por no tener modales de príncipe, era estúpido. Creían que por ser noble, era débil.

Damián abrió su laptop y buscó en su agenda privada un número. Eran las 11 de la noche, pero sabía que esa persona le contestaría.

Marcó.
— ¿Bueno? —contestó una voz ronca al tercer tono.
— Licenciado, soy Damián. Perdón la hora.
— Damián, compadre, ¿qué pasó? ¿Te agarró el alcoholímetro o qué? —respondió el Licenciado Martínez, alias “El Tlacuache”, un abogado viejo lobo de mar, de esos que se saben todas las mañas del sistema legal mexicano, experto en divorcios, herencias y pleitos de tierras.
— No, Lic. Necesito verte mañana temprano. A primera hora. Es urgente.
— ¿Qué tan urgente?
— De vida o muerte, cabrón. Necesito mover todo. Y cuando digo todo, es todo. Casas, cuentas, coches, locales. Quiero desaparecer fiscalmente.
— Ah, caray. ¿Te metiste en problemas con los de la letra?
— No. Me metí en problemas con una vieja interesada. Me quieren chingar, Lic. Y necesito que tú me ayudes a chingarlos primero.
— Ya entendí. Mañana a las 8 en mi despacho. Lleva todas las escrituras que tengas y los tokens del banco. Vamos a dejarte más pelón que un Xoloitzcuintle.
— Gracias, Lic.

Damián colgó. Se sentía poderoso. Tenía un plan.

Subió a la recámara. Marina ya estaba dormida, roncando suavemente con la boca abierta. Se veía tan inocente, tan ajena a la tormenta que se le venía encima. Damián se paró al pie de la cama y la miró un largo rato.

“Quieres París, mi reina”, pensó. “Te voy a mandar a la chingada, que queda más lejos”.

Se acostó a su lado, con cuidado de no despertarla. Esa noche, Damián durmió como un bebé. Ya no tenía dudas. Ya no tenía miedo. Tenía una misión.

A la mañana siguiente: Sábado.

Damián se levantó a las 6:00 AM. Se bañó con agua helada para despertar los sentidos. Se puso su mejor camisa, sus botas bien boleadas y se echó loción.

Bajó a la cocina. Doña Chayo ya estaba ahí, preparando café.
— Buenos días, Don Damián. ¿Tan temprano? Es sábado.
— Hay mucho trabajo, Chayito. Oiga, un favor. Si se despierta la señora, dígale que fui a ver un terreno en Toluca y que llego tarde. Ah, y si pregunta, me llevé la carpeta azul que estaba en el escritorio.

Salió de la casa con un maletín de piel bajo el brazo. En ese maletín iba su vida entera: escrituras de la casa de Satélite, los papeles de los departamentos en la Colonia Roma, los títulos de propiedad de las bodegas, las facturas de las camionetas.

Llegó al despacho del Licenciado Martínez en el centro de la ciudad. El lugar olía a tabaco viejo y a papel rancio, el olor de la burocracia.

— Pásale, mi Damián. Siéntate —dijo el Tlacuache, un hombre calvo con lentes de fondo de botella, sirviéndole un café de olla—. A ver, suéltala. ¿Qué te hizo la Marina?

Damián no dio detalles emocionales. Solo puso la grabadora sobre el escritorio y le puso play al fragmento donde hablaban de “sacarle los departamentos”.

El abogado escuchó atentamente, asintiendo con la cabeza mientras se acariciaba la barbilla. Cuando terminó el audio, soltó un silbido largo.
— Hija de su… Se la tenía bien guardadita, ¿eh? Y con un plan bien orquestado. Mira, Damián, legalmente estamos en un pedo porque están casados por bienes mancomunados. Si te divorcias hoy, la ley dice: mitad y mitad. Ella se queda con la mitad de tu sudor.

— Por eso vine contigo, Martínez. No le voy a dar la mitad. No le voy a dar ni un peso.

— Calma, calma. Hay formas. Pero tenemos que ser rápidos y quirúrgicos. Si ella sospecha, te congela las cuentas y ahí sí ya valimos madre. ¿Ella sabe que sabes?

— No. Cree que soy un pendejo.

— Perfecto. Esa es tu mejor arma. El factor sorpresa. Mira, vamos a hacer esto: Vamos a simular una venta de acciones. Vamos a crear una S.A. de C.V. nueva, pongámosle… “Inmobiliaria El Fénix”. Pongo de socios a tus hijos y a un prestanombres de confianza mío para que no aparezca tu nombre de entrada. Tú le “vendes” las propiedades a esa empresa por un valor catastral bajo, o mejor aún, aportas las propiedades como capital social y luego tú renuncias a la administración.

— Suena complicado.

— Es complicado, pero es legal si lo hacemos bien. Lo importante es sacar los bienes de tu patrimonio personal HOY MISMO. Necesitamos ir con el Notario Treviño, es compadre mío, trabaja los sábados si hay buena lana de por medio. Él nos hace las escrituras con fecha de ayer si es necesario… bueno, no tanto así, pero nos agiliza el trámite para que el lunes a primera hora esté todo ingresado en el Registro Público.

— ¿Y el dinero de las cuentas?

— Eso es más fácil. ¿Tienes token?
— Sí.
— Pues empieza a transferir. No todo de golpe porque salta la alerta de lavado de dinero del banco. Haz transferencias hormiga a las cuentas de tus hijos, paga a proveedores por adelantado, compra inventario. Vacía la cuenta personal. Déjale… ¿qué te gusta? ¿Unos 5 mil pesos para el súper?

Damián sonrió.
— Déjale lo del camión.

Pasaron las siguientes seis horas encerrados. Firmando papeles, haciendo llamadas, moviendo dinero. Damián sentía que estaba desmantelando su propia vida, ladrillo por ladrillo. Era doloroso ver cómo su patrimonio desaparecía de su nombre, pero era necesario. Era como amputar una pierna para salvar el cuerpo de la gangrena.

A las 3 de la tarde, salieron de la notaría. Damián tenía la mano acalambrada de tanto firmar.
— Listo, Damián. Legalmente, a partir del lunes, eres casi un indigente. La casa donde duermes es propiedad de “Inmobiliaria Fénix”. Tu camioneta es de la empresa. Tus cuentas están en ceros técnicos. Si Marina te pide el divorcio mañana, se va a encontrar con que te vas a divorciar con las bolsas vacías.

— Gracias, Lic. Te debo una.
— Me debes mis honorarios, y son caros, cabrón. Pero ver la cara de una víbora cuando muerde cemento… eso no tiene precio.

Damián regresó a su casa al atardecer. Se sentía agotado, pero tranquilo.
Al entrar, Marina estaba en la sala, viendo una revista de modas.
— ¡Milagro que llegas! —dijo ella sin levantar la vista—. Oye, gordo, estaba pensando… mi mamá se ha sentido un poco mal, y el contador me dijo que deberíamos checar eso de las propiedades, ya sabes, por si las dudas. ¿Por qué no vamos viendo cómo poner algunas cosas a mi nombre? Digo, para protegerte a ti.

Damián la miró. Ya no veía a su esposa. Veía a una actriz de quinta categoría recitando un guion mal escrito.
— Sí, fíjate que es buena idea —dijo Damián con una calma que lo asustó—. De hecho, hoy estuve pensando mucho en el futuro.

— ¿En serio? —Marina cerró la revista, los ojos le brillaron con codicia—. Qué bueno que seas tan sensato, mi amor.

— Sí. Mañana hacemos una carne asada, ¿te parece? Quiero estar tranquilo este fin de semana.

— Ay, ¿carne asada? Bueno… está bien. Pero la próxima semana sí vamos al notario, ¿va?

— Lo que tú digas, mi vida. Lo que tú digas.

Damián subió a bañarse. Mientras el agua caliente caía sobre su espalda, pensó en el lunes. El lunes empezaría la segunda fase del plan: La Trampa. Ya les había quitado el dinero, ahora les iba a quitar la dignidad. Iba a hacer que se exhibieran solos.

“Disfruta tu fin de semana, Marina”, pensó mientras se enjabonaba. “Porque es el último que vas a pasar en esta casa”.

CAPÍTULO 3: CARNE ASADA CON SABOR A TRAICIÓN Y UN BOLETO AL INFIERNO

El domingo amaneció con ese cielo azul pálido y contaminado típico del Estado de México, pero para Damián, el aire se sentía extrañamente limpio. Quizás era porque ya no cargaba con el peso de la duda. La verdad, aunque dolorosa, libera. Y Damián se sentía libre, peligrosamente libre.

Como era tradición sagrada en la casa, los domingos eran de carne asada. Antes, Damián se levantaba emocionado, iba a la carnicería “La Selecta” por unos buenos cortes de Rib Eye y Arrachera marinada, compraba las tortillas hechas a mano y preparaba su famosa salsa molcajeteada. Hoy, hizo lo mismo, pero cada movimiento era mecánico, como un actor repasando sus líneas antes de salir a escena.

Mientras prendía el carbón en el asador del jardín trasero, observó su casa. Era una construcción grande, de estilo californiano, con ventanales enormes y acabados de cantera. “Todo esto salió de mis riñones”, pensó Damián, avivando el fuego con un cartón de cerveza. Cada ladrillo, cada mueble, cada planta del jardín había sido pagada con horas de insomnio, con viajes peligrosos en carretera para conseguir refacciones baratas, con aguantar a inspectores corruptos y clientes morosos. Y ahora, la mujer que dormía arriba quería quitárselo para dárselo a un escuincle que probablemente no sabía ni cambiar una llanta.

— ¡Huele rico, pa! —la voz lo sacó de sus pensamientos.

Era su hijo menor, Santiago, que había venido de visita desde su departamento en la Narvarte. Santiago era un buen muchacho, estudiaba Arquitectura, medio hippie, pero honesto. No sabía nada del huracán que estaba a punto de destruir a la familia.

— ¡Quihubo, hijo! Pásame una chela del hielero, ando seco —dijo Damián, forzando una sonrisa.

Santiago le pasó una “Victoria” bien helada y se recargó en el asador.
— Oye, pa, ¿y mi mamá?
— Se está arreglando. Ya sabes, “produciéndose” para bajar a comer al jardín —respondió Damián con un sarcasmo que su hijo no captó.

Minutos después, Marina apareció. Llevaba un vestido de verano floreado, sandalias de plataforma y unas gafas de sol enormes, aunque estaban bajo la sombra del techo del patio. Se veía espectacular, hay que reconocerlo. Caminaba como si el jardín fuera una pasarela.

— ¡Hola, mis amores! —saludó lanzando besos al aire, sin acercarse mucho al humo del asador para no impregnarse el cabello—. Ay, Damián, no le eches tanta grasa a esa carne, acuérdate de tus triglicéridos.

— No te preocupes, vieja. De algo se tiene que morir uno —contestó Damián, volteando un trozo de chorizo argentino que chilló al tocar la parrilla.

La comida transcurrió en una calma tensa, al menos para Damián. Marina hablaba sin parar. Hablaba de la boda de la hija de su amiga Cuquis, de lo caro que estaba todo en el súper (aunque ella no iba al súper hace años), y de sus planes para “remodelar” la cocina.

— Estaba viendo en Pinterest unas cocinas integrales negras, mate, divinas —decía Marina, mordiendo un pedazo pequeño de queso panela asado—. Creo que ya nos merecemos cambiar esta, Damián. Se ve muy noventera. Con el dinero de las rentas de este mes podríamos dar el anticipo, ¿no?

Damián masticó su taco de arrachera lentamente. Saboreó la salsa picante.
— Pues fíjate que sí, Marina. Tienes razón. Hay que renovarse o morir. Pero primero hay que arreglar lo de los papeles que decías, ¿no? Lo de proteger el patrimonio.

Los ojos de Marina brillaron detrás de sus gafas oscuras. Se acomodó en la silla, interesada.
— Exacto, gordo. Qué bueno que lo tocas. ¿Ya hablaste con el notario?

— Ya. De hecho, el viernes dejé todo listo con el Licenciado Martínez. Él va a armar un fideicomiso nuevo. Se va a llamar… “Fideicomiso Bienestar Familiar” o una mamada así —mintió Damián con una fluidez asombrosa—. La idea es que las propiedades pasen a una figura legal donde Hacienda no pueda meter mano, y tú quedarías como beneficiaria principal si a mí me pasa algo, o si hay broncas legales con la refaccionaria.

— ¿En serio? —Marina casi soltó el taco de la emoción—. ¿Y ya firmaste?

— Ya firmé la solicitud. Solo falta que tú vayas a firmar la aceptación la próxima semana. Pero me dijo el Lic que tarda unos días en procesarse en el Registro Público. Así que tranqui.

— ¡Ay, Damián! ¡Eres lo máximo! —Marina se levantó y le dio un abrazo por la espalda, un abrazo falso, un abrazo de Judas—. Ves como sí eres listo cuando quieres. Esto es por nuestro futuro, mi amor. Para estar tranquilos.

Santiago, que estaba con el celular, levantó la vista.
— ¿Van a vender algo o qué?
— No, hijo, cosas de adultos —interrumpió Marina rápidamente—. Solo estamos organizando las finanzas. Tú sigue con tu Instagram.

Damián sintió el contacto de los brazos de Marina y tuvo que aguantar las ganas de quitársela de encima con un empujón. “Disfruta, mi reina”, pensó. “Crees que acabas de ganar la lotería, pero acabas de firmar tu sentencia de desalojo”.

La tarde cayó y Santiago se fue. Se quedaron solos en la sala. El ambiente cambió. Marina ya no tenía público, así que volvió a su actitud distante, pegada al celular.

— Oye, Damián… —dijo ella sin levantar la vista de la pantalla—. Mañana tengo que ir a la oficina temprano, pero… fíjate que salió otro bomberazo.

“Aquí viene”, pensó Damián. El corazón se le aceleró, pero su rostro siguió impasible, viendo un partido aburrido de la Liga MX en la televisión.
— ¿Ah, sí? ¿Ahora qué pasó?

— Pues resulta que el proyecto de Querétaro tuvo un éxito rotundo —mintió ella—. Y los directores quieren que presentemos los resultados en la convención anual. Es en Puerto Vallarta.

— ¡Órale! Vallarta. Qué suave. ¿Y cuándo es?

— Me tengo que ir el martes. Son cuatro días. Martes, miércoles, jueves y regreso el viernes en la noche. Es una lata, ya sé, pero es obligatorio. Si no voy, capaz que no me dan el bono anual. Y con ese bono quiero pagar lo de la cocina.

Damián le dio un trago a su cerveza. Vallarta. El destino clásico de los infieles con presupuesto. Playa, sol, hoteles todo incluido donde nadie te conoce.
— Pues ni modo, vieja. La chamba es la chamba. ¿Va el mismo equipo?

— Sí, los de siempre. Susana, Jorge… y el consultor ese, Antonio. Él tiene que exponer la parte técnica. Ya sabes, puros números aburridos.

— Bueno, pues diviértete. Digo, trabaja mucho. ¿Necesitas lana?

— No, la empresa paga todo: vuelo, hotel, comidas. Solo dame para mis taxis y algún antojito, ¿no? Unos cinco mil pesitos, por si acaso.

— Claro. Mañana te los transfiero.

— ¡Gracias, gordo! Eres un sol.

Marina se levantó y le dio un beso en la frente.
— Me voy a subir a hacer la maleta. Quiero llevar ropa linda para la cena de gala.

Damián se quedó solo en la sala. La televisión iluminaba su rostro en la penumbra.
— Cena de gala… —murmuró—. Vas a tener tu gala, Marina. Pero el show principal voy a ser yo.


LUNES: EL CÓMPLICE INESPERADO

El lunes por la mañana, Damián no fue a la refaccionaria. Tenía una misión de inteligencia. Sabía que no podía llegar al hotel en Vallarta a ciegas. Necesitaba saber exactamente dónde, cuándo y cómo.

Damián tenía un viejo amigo, Beto “El Tuercas”, que curiosamente no trabajaba en el mundo de los autos, sino en sistemas. Y por azares del destino, Beto trabajaba en el corporativo donde estaba Marina. Damián le había conseguido las refacciones para su Mustang clásico a precio de costo durante años, así que Beto le debía varias.

Se vieron en un Starbucks lejos de la zona de oficinas, en Polanco. Beto, un tipo flaco con lentes y cara de no haber dormido en tres días, estaba nervioso.
— ¿Qué onda, Damián? Me sacaste de la junta de Scrum, espero que sea importante.
— Es importante, Beto. Necesito un favor y necesito discreción total. Si abres la boca, te juro que voy y le cuento a tu mujer lo de la despedida de soltero en Acapulco del 98.

Beto se puso pálido.
— ¡No manches, Damián! Eso ya caducó. Pero va, dime qué necesitas. Estás muy serio, güey.
— Necesito que cheques los viáticos de mi mujer. Marina. Quiero saber a qué hotel van en Vallarta y quiénes van.

Beto frunció el ceño.
— ¿Marina? ¿Tu esposa? Güey, eso es información confidencial de RH. Me pueden correr.
— Nadie se va a enterar. Solo quiero saber el hotel. Es que… le quiero caer de sorpresa. Es nuestro aniversario y quiero llegar con mariachi y toda la cosa, pero ella no me quiso dar el nombre del hotel porque dice que voy a hacer el ridículo. Ya la conoces.

Beto relajó los hombros y soltó una risita.
— Ah, pinche Damián, sigues siendo un romántico empedernido. Va, déjame entro al sistema desde mi cel. Dame dos minutos.

Beto tecleó rápidamente en su teléfono. Damián esperaba, tamborileando los dedos sobre la mesa.
— A ver… aquí está. Solicitud de viaje aprobada. Marina Saldivar. Vuelo Aeroméxico AM-234, sale mañana a las 10:00 AM. Destino: Puerto Vallarta. Hospedaje: Hotel Grand Velas Riviera Nayarit.

Damián anotó mentalmente. Grand Velas. Un hotel de lujo. De esos de mil dólares la noche.
— Oye, pero aquí hay algo raro —dijo Beto, frunciendo el ceño—. La reserva dice “Habitación Doble – King Size”. Y en los acompañantes… no veo a ninguna Susana ni Jorge. Solo hay una reserva vinculada con el mismo código de proyecto. Un tal… Antonio Barajas.

Damián sintió el golpe, aunque ya lo esperaba.
— ¿Antonio Barajas? —preguntó, fingiendo ignorancia.
— Sí. Consultor externo. Oye, Damián… ¿seguro que es una sorpresa de aniversario? Porque esto de compartir habitación King Size… está medio raro para un viaje de chamba, ¿no?

Beto levantó la vista y vio la cara de Damián. Ya no había sonrisa. Había una mirada de hielo, una mirada que daba miedo.
— Gracias, Beto. Eso es todo lo que necesitaba saber.
— Güey… lo siento mucho —susurró Beto, entendiendo todo de golpe—. Si necesitas algo…
— Necesito que te olvides de que nos vimos hoy. Y necesito que no le avises a Marina que anduve preguntando.
— Tumba, Damián. Soy una tumba.

Damián salió del café. Grand Velas. Habitación King Size. Qué cínicos. Qué descarados. Ni siquiera se molestaron en reservar cuartos separados para disimular ante la empresa. Seguro Antonio, como era el “consultor estrella”, tenía carta blanca con los gastos.

Sacó su celular y buscó vuelos. No. Vuelo no. Si volaba, corría el riesgo de encontrárselos en el aeropuerto. Además, necesitaba movilidad allá. Necesitaba un coche que no reconocieran.
Decidió manejar. Eran como 10 horas de camino desde la Ciudad de México hasta Vallarta. Le gustaba manejar. Le servía para pensar.

Fue a la refaccionaria por última vez. Entró a su oficina y sacó dinero en efectivo de la caja fuerte chica, la que Marina no sabía que existía. Eran sus “ahorros de emergencia”, unos 50 mil pesos en billetes de quinientos.
Llamó a El Chato.
— Chato, me voy a ausentar unos días. Te quedas a cargo. Si viene algún proveedor, que te aguante. Si viene mi mujer… diles que me fui a Monterrey a ver lo de unos motores.
— Enterado, Patrón. ¿Todo bien? Lo veo medio… acelerado.
— Todo excelente, Chato. Me voy a ir a pescar. Voy a pescar una barracuda muy grande que se me ha estado escapando.


MARTES: LA DESPEDIDA Y LA HUIDA

El martes por la mañana, la casa era un caos controlado. Marina corría de un lado a otro con su maleta de ruedas, buscando sus lentes, su cargador, su pasaporte (aunque no lo necesitaba para vuelo nacional, le gustaba llevarlo “por si acaso”).

Damián estaba sentado en la cocina, tomando café, vestido con su ropa de trabajo habitual para no levantar sospechas.
— ¿Ya tienes todo? —preguntó.
— Sí, creo que sí. Ay, qué nervios. Odio volar —dijo ella, otra mentira, le encantaba volar.
— ¿Pediste el Uber?
— Ya viene en camino. Llega en 5 minutos.

Marina se detuvo frente al espejo de la entrada para retocarse el labial. Rojo intenso. “Labios de guerra”, pensó Damián. O de amante.
Se acercó a ella.
— Que te vaya bien, Marina. Espero que encuentres lo que estás buscando en este viaje.

La frase tuvo un doble sentido tan pesado que por un segundo Marina se detuvo y lo miró a los ojos. Hubo un instante de duda en su mirada, una chispa de culpa quizás, o de miedo. Pero se desvaneció rápido.
— Ay, gordo, qué profundo amaneciste. Solo voy a trabajar. Regreso el viernes. Te portas bien, ¿eh? No quiero fiestas ni nada.

Sonó el claxon del Uber afuera.
— ¡Ya llegó! Bueno, bye. Te quiero.

Le dio un beso al aire, cerca de la mejilla de Damián, agarró su maleta y salió taconeando hacia la libertad.
Damián la vio subirse al auto, un Nissan Versa gris. La vio saludar con la mano desde la ventana mientras el coche se alejaba.

Damián cerró la puerta. Puso el seguro.
El silencio de la casa fue total.
— Se acabó —dijo en voz alta.

No perdió tiempo. Subió a la recámara. No iba a llevar maleta. Solo una mochila táctica que usaba para ir de cacería. Metió dos cambios de ropa, su kit de aseo, una gorra que nunca usaba para cubrirse la cara, lentes oscuros y, lo más importante, la carpeta con los papeles del divorcio que el Licenciado Martínez le había preparado el sábado, junto con las copias de las transferencias bancarias y las nuevas escrituras. También metió una cámara fotográfica profesional que le había regalado a su hijo mayor hace años y que estaba arrumbada en el clóset. Necesitaba fotos en alta resolución. Las grabaciones eran buenas, pero una imagen vale más que mil excusas.

Bajó a la cochera. No agarró la Lobo, era muy llamativa. Agarró el coche “de mandados” de la refaccionaria, un Tsuru blanco, tuneado mecánicamente para correr como diablo pero que por fuera se veía como cualquier taxi viejo y despintado. Nadie se fija en un Tsuru. Es el coche invisible de México.

Arrancó el motor. El Tsuru rugió con potencia.
— Vámonos a la playa —dijo Damián, metiendo primera con furia.

El viaje fue largo y solitario. Damián manejó por la carretera de Toluca, pasando por Atlacomulco, tomando la autopista hacia Guadalajara y luego bajando hacia la costa por la carretera de cuota.
No puso música. Iba escuchando el viento y sus propios pensamientos. Repasaba el plan una y otra vez.

Llegada: Tarde-noche de hoy.
Hospedaje: Un motel de paso cerca de Nuevo Vallarta. Nada de lujos.
Vigilancia: Mañana miércoles. Confirmar visualmente.
Ejecución: Miércoles en la noche o jueves. Cuando estén más confiados.

Hizo una parada en una gasolinera en medio de la nada, en Plan de Barrancas. Se comió unos tacos de barbacoa fríos y se compró un Red Bull. Se sentía como un francotirador acechando a su presa. La adrenalina había reemplazado al dolor. Ya no le dolía el corazón, le ardía la sangre.

Llegó a la Riviera Nayarit cuando el sol ya se estaba poniendo, tiñendo el cielo de naranja y violeta. El calor húmedo de la costa lo golpeó al bajar la ventanilla. El olor a sal y a selva.
Pasó por enfrente del hotel Grand Velas. Era una fortaleza de lujo. Muros altos, seguridad privada en la entrada, palmeras gigantes. Ahí dentro estaba su esposa, probablemente ya con un bikini nuevo, bebiendo margaritas y riéndose con el tal Antonio.

— Disfruten —murmuró Damián, apretando el volante—. Disfruten porque la cuenta les va a salir muy cara.

Se alojó en un hotelito barato en Bucerías, a unos kilómetros de ahí. Desde su balcón se veía el mar, oscuro y picado.
Sacó su celular. Tenía un mensaje de Marina. Una foto de la vista desde su habitación: el mar, una alberca infinita y una copa de champagne en primer plano.
Texto: “Llegamos bien, amor. El hotel está divino. Ya vamos a empezar las conferencias. Te extraño. Besos.”

Damián sintió una bilis subirle por la garganta. Qué cinismo. “Empezar las conferencias”. Seguro Antonio le estaba dando una “conferencia privada” en ese mismo momento.
No contestó. Apagó el celular.

Se duchó para quitarse el sudor del viaje. Se puso ropa fresca, pero discreta: bermudas beige, una camisa tipo polo azul marino y la gorra.
Agarró la cámara.
— Hora de ir a cazar —se dijo.

Salió del hotel y manejó hacia la zona del Grand Velas. No podía entrar por la puerta principal, obviamente. Pero Damián conocía Vallarta. Sabía que las playas en México son federales, son públicas. Nadie puede cerrarte el paso por la arena.
Dejó el Tsuru estacionado en un acceso público a la playa, unos 500 metros al norte del hotel. Se colgó la cámara al cuello, pero la ocultó bajo una toalla como si fuera un turista más que va a ver las estrellas.

Caminó por la arena. La brisa era fresca. El sonido de las olas rompiendo era relajante, irónicamente.
A lo lejos, vio las luces del Grand Velas. Se escuchaba música. Había una fiesta en la playa del hotel. Mesas con manteles blancos, antorchas, meseros corriendo.
Damián se acercó amparado por la oscuridad, manteniéndose en el límite de la luz, donde las sombras de las palmeras lo ocultaban.

Ajustó el lente de la cámara. Hizo zoom.
Ahí estaban.
En una mesa cerca de la orilla, apartados del resto del grupo (si es que había grupo). Marina llevaba un vestido blanco, vaporoso, con la espalda descubierta. Se veía hermosa, maldita sea. Se reía con la cabeza echada hacia atrás, sosteniendo una copa de vino.
Frente a ella, Antonio. Un tipo joven, de unos 30 años, delgado, con camisa de lino desabotonada hasta la mitad del pecho y el cabello engominado. Típico “Mirrey” de despacho.

Damián vio a través del lente cómo Antonio estiraba la mano y le acariciaba la mejilla a Marina. Ella no se quitó. Al contrario, cerró los ojos y recargó la cara en la mano de él. Luego, le besó la palma de la mano.
Click. Click. Click.
El obturador de la cámara sonó suavemente, capturando la traición en alta definición.

Antonio se levantó, rodeó la mesa y la levantó a ella. Empezaron a bailar, ahí, en la arena, pegados, muy pegados. Las manos de Antonio bajaron a la cintura de Marina, y luego más abajo, posándose descaradamente en sus caderas. Ella le rodeó el cuello con los brazos y lo besó. Un beso largo, húmedo, hambriento. Un beso que a Damián no le había dado en diez años.

Click. Click. Click.

Damián bajó la cámara. Sintió una lágrima solitaria rodar por su mejilla. No de tristeza, sino de rabia pura. Esa fue la última gota de compasión que le quedaba. Se secó la lágrima con rabia.
— Listo. Ya tengo la foto de la portada —susurró.

Vio cómo la pareja dejaba de bailar y caminaba abrazada hacia el edificio del hotel, seguramente hacia la habitación.
Damián miró su reloj. Eran las 10:30 PM.
Podía ir ahora. Podía seguirlos, subir al elevador, armar el escándalo ahorita mismo.

Pero no. Damián era un hombre paciente.
“Mañana”, pensó. “Mañana por la mañana, cuando estén crudos, cuando estén vulnerables, cuando piensen que tienen otro día de paraíso por delante. Ahí es cuando les voy a traer el infierno”.

Damián dio media vuelta y caminó de regreso a su coche, con la cámara pesada contra su pecho, cargada con la evidencia que destruiría tres vidas: la de Marina, la de Antonio, y la del viejo Damián, para dar paso al nuevo.

CAPÍTULO 4: EL JUICIO FINAL EN LA HABITACIÓN 402

MIÉRCOLES: 7:00 AM – LA CALMA DEL VERDUGO

El sol de Puerto Vallarta salió con una fuerza brutal, iluminando las olas del Pacífico que brillaban como plata líquida. Pero en el motel de paso “El Refugio”, donde Damián había pasado la noche, la luz entraba a través de unas cortinas baratas y polvorientas. Damián ya estaba despierto. De hecho, no había dormido más de dos horas.

Se levantó de la cama dura y fue al baño. Se lavó la cara con agua fría, mirándose en el espejo manchado. Los ojos le ardían, pero no se veía cansado. Se veía… afilado. Como un cuchillo recién amolado. Se rasuró con cuidado, pasando el rastrillo lentamente por su mandíbula cuadrada. Quería verse impecable. No iba a llegar a la confrontación pareciendo un marido despechado y mugroso; iba a llegar como el Patrón que viene a despedir a empleados incompetentes.

Se puso una guayabera blanca de lino, fresca pero elegante, pantalones de vestir color caqui y sus mocasines. Se echó su loción habitual, esa que olía a madera y tabaco.

— Hoy se cierra el changarro, Marina —dijo su reflejo.

Recogió sus cosas: la mochila táctica, la cámara con las fotos incriminatorias y, lo más importante, el sobre manila grueso con los documentos legales. Salió de la habitación, se subió a su Tsuru blanco y arrancó.

El trayecto hacia el Grand Velas fue corto. Damián manejaba despacio, disfrutando los últimos minutos de su vida actual. Sabía que al salir de esa habitación de hotel, sería un hombre divorciado, solo, pero libre.

Al llegar a la imponente entrada del resort de lujo, el contraste fue cómico. Entre camionetas Suburban negras, Mercedes y BMWs, el Tsuru tuneado de Damián desentonaba como un taco de tripa en un plato de caviar. El valet parking, un muchacho joven con uniforme impecable, se acercó con cara de duda.

— Disculpe, señor, ¿viene a entregar algún pedido? —preguntó el valet, asumiendo que era un Uber o un proveedor.
Damián bajó la ventanilla y se quitó los lentes oscuros. Le sonrió al muchacho.
— No, hijo. Vengo a ver a mi esposa. Está hospedada aquí. Es una sorpresa.

Sacó un billete de 500 pesos y se lo puso en la mano al chico junto con las llaves.
— Cuídamelo mucho, trae maña en la segunda velocidad. Y déjalo cerca, que me voy a ir rápido.
El valet vio el billete de “la Sor Juana” y le cambiaron los ojos.
— Claro que sí, jefe. Aquí se lo tengo a la mano. Pase usted.

Damián caminó hacia el lobby. El lugar era impresionante: techos de palapa gigantescos, pisos de mármol pulido, vista directa al mar turquesa. Olía a dinero, a protector solar caro y a flores tropicales. Damián caminó con la seguridad de quien es dueño del lugar. Se dirigió a la recepción.

Había una chica muy amable tras el mostrador.
— Buenos días, bienvenido a Grand Velas. ¿En qué puedo ayudarle?
— Buenos días, señorita. Mire, le voy a ser sincero. Mi esposa está hospedada aquí, en la habitación 402. Se llama Marina Saldívar. Hoy es nuestro aniversario y le caí de sorpresa desde la Ciudad de México. El problema es que… —Damián hizo una pausa dramática, poniendo cara de angustia—… quería entrar antes de que despierte para llenarle el cuarto de flores y pedirle el desayuno a la cama, pero ella tiene la llave. ¿Cree que me pueda ayudar con un duplicado?

La recepcionista dudó.
— Híjole, señor, por políticas de seguridad no podemos…
Damián sacó su INE y su acta de matrimonio (sí, la traía en el sobre, Damián no dejaba nada al azar).
— Mire, aquí está mi identificación, soy Damián Torres. Aquí está el acta. Y mire… —sacó el celular y le mostró una foto de ellos dos juntos en Navidad, cuando aún parecían felices—. No soy un extraño. Solo quiero darle una sorpresa a mi vieja. No sea malita, écheme la mano.

La chica vio la foto, vio la cara de “buen hombre” de Damián y suspiró sonriendo. El romanticismo todavía vende.
— Ay, qué lindo detalle. Está bien, señor Torres. Pero solo por esta vez.
Tecleó algo en la computadora y codificó una tarjeta llave.
— Aquí tiene. Habitación 402. Ojalá le guste la sorpresa.

— Le va a encantar —dijo Damián con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Se va a morir de la impresión. Gracias, hija.

EL PASILLO DE LA MUERTE

Damián tomó el elevador. Subió al cuarto piso en silencio. Al abrirse las puertas, el pasillo largo y alfombrado se extendía ante él. Estaba en silencio. Eran las 8:30 de la mañana. La mayoría de los huéspedes seguían durmiendo o bajando apenas a desayunar.

Caminó despacio. Sus pasos eran absorbidos por la alfombra gruesa.
400… 401…
Se detuvo frente a la 402.
Ahí estaba. Detrás de esa madera barnizada estaba la verdad desnuda.
Pegó la oreja a la puerta. Silencio.
Probablemente estaban durmiendo la borrachera de ayer. O tal vez estaban despiertos, haciendo… eso.

Damián respiró hondo. Sintió una punzada en el estómago. Miedo. No miedo a ellos, sino miedo a lo que iba a sentir al verlos. ¿Y si se quebraba? ¿Y si lloraba?
“No”, se dijo a sí mismo. “Tú eres Damián Torres. Tú construiste un imperio desde cero. Tú no lloras por basura”.

Sacó la tarjeta magnética.
La deslizó en la ranura.
La luz roja parpadeó… y cambió a verde.
Click. El mecanismo se liberó.

LA INCURSIÓN

Damián empujó la puerta suavemente. Entró.
La habitación estaba en penumbra, con las cortinas blackout cerradas. El aire acondicionado estaba a todo lo que daba, hacía un frío polar.
El olor lo golpeó primero. No olía a flores tropicales. Olía a encierro, a alcohol evaporado, a sexo rancio y a perfume barato de hombre mezclado con el de Marina.

Sus ojos se adaptaron a la oscuridad.
Ropa tirada por todos lados. El vestido blanco de Marina estaba hecho bola en el suelo, junto a los pantalones de lino de Antonio. Una botella de champagne vacía en la mesa. Copas con restos de líquido tibio.

Y en la cama King Size, bajo un edredón revuelto, dos bultos.
Damián caminó hasta el pie de la cama. Se quedó ahí, parado, observándolos.
Marina dormía boca abajo, con un brazo colgando fuera de la cama. Antonio estaba boca arriba, roncando con la boca abierta, con un antifaz para dormir puesto en la frente. Se veían patéticos. No parecían los amantes apasionados de la noche anterior. Parecían dos náufragos borrachos.

Damián sacó su celular. Encendió la linterna.
Y apuntó directo a la cara de Antonio.

— ¡BUENOS DÍAS, TORTOLITOS! —gritó Damián con su voz de mando, esa que usaba para regañar a los cargadores en la bodega.

El efecto fue instantáneo.
Antonio despertó con un sobresalto, gritando como niña, manoteando para quitarse la luz de la cara.
Marina se despertó de golpe, desorientada, jalando la sábana para cubrirse.
— ¡¿Qué?! ¡¿Quién?! —gritó ella.

Damián caminó hacia la ventana y, de un tirón violento, abrió las cortinas.
La luz del sol del Pacífico entró como una explosión nuclear en la habitación oscura, cegándolos por completo.

— ¡Mis ojos! ¡No mames! —se quejó Antonio, cubriéndose la cara.

Marina parpadeó, tratando de enfocar la silueta que tenía enfrente. Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz y reconoció la figura robusta, la guayabera blanca y la cara de piedra, soltó un grito ahogado. El color se le fue del rostro en un segundo.

— ¿Damián…? —susurró, con la voz temblorosa por el terror.

Damián estaba parado al pie de la cama, con las manos cruzadas detrás de la espalda, tranquilo, como si estuviera supervisando una obra.

— Hola, Marina. Hola, Toño. Bonito día para la playa, ¿no?

Antonio, que apenas estaba procesando lo que pasaba, se sentó en la cama, jalando la sábana para taparse el pecho flaco.
— Oiga, señor… espere… esto no es lo que parece… —empezó a balbucear el típico discurso del cobarde.

Damián soltó una carcajada seca, sin humor.
— ¡Jajaja! “No es lo que parece”. Ay, Toño, por favor. Tienes más imaginación para los negocios que para las excusas. ¿Qué no es lo que parece? ¿Que estás encuerado en la cama con mi esposa en un hotel de cinco estrellas pagado por la empresa? Explícame, genio, ¿qué es entonces? ¿Una terapia de integración de equipos muy avanzada?

Marina empezó a llorar. Un llanto histérico, de esos que buscan dar lástima.
— Damián, por favor, déjame explicarte… Estábamos borrachos… no sé qué pasó… él se metió en mi cuarto…

Antonio abrió los ojos como platos.
— ¡¿Qué?! ¡No mames, Marina! ¡Tú me invitaste! ¡Tú planeaste todo el viaje! Señor, ella me dijo que ustedes ya estaban separados, que vivían en cuartos diferentes…

— ¡Cállate, imbécil! —le gritó Marina.

Damián levantó una mano y el silencio se hizo en la habitación.
— ¡SILENCIO LOS DOS! —rugió. Su voz retumbó en las paredes.

Caminó hacia la mesa redonda que había en la esquina de la habitación, jaló una silla y se sentó frente a la cama, cruzando la pierna.
— No vine a escuchar sus telenovelas baratas. Ya escuché suficiente.

Sacó su celular y puso la grabación. La del coche.
“Damián es un tonto… cree que me mato trabajando… quiero asegurarme de que las propiedades queden blindadas… vamos a sacarle los departamentos…”

La voz de Marina llenó la habitación. Ella se tapó la boca con las manos, horrorizada. Antonio se puso pálido, sabiendo que también estaba grabado.

— Y por si el audio no fuera suficiente… —Damián sacó el sobre manila y arrojó sobre la cama las fotos impresas que había tomado la noche anterior en la playa. Fotos de ellos besándose, bailando, tocándose.

Las fotos cayeron sobre las piernas de Marina como cartas de una baraja maldita.
— Bonita foto esa del beso —comentó Damián con sarcasmo—. Se ve que ahí sí le echabas ganas, no como en la casa que siempre te dolía la cabeza.

Marina dejó de llorar. Se dio cuenta de que el llanto no iba a funcionar. Damián no estaba triste. Damián estaba en modo guerra.
— Damián… —dijo ella, tratando de recuperar algo de dignidad—. Está bien. Me atrapaste. Lo siento. Nuestro matrimonio ya estaba mal, tú lo sabes. Nos descuidamos. Pero podemos arreglar esto como adultos. Nos divorciamos y ya. Repartimos los bienes y cada quien por su lado.

Damián sonrió. Esa sonrisa helada que le daba miedo a sus competidores.
— Ah, claro. El divorcio. Qué bueno que lo mencionas. Porque justamente a eso vine. A facilitarte el trámite.

Damián sacó del sobre un legajo de papeles engrapados y lo lanzó sobre la cama.
— Ahí está la demanda de divorcio. Ya está firmada por mí. Es un divorcio incausado, rápido. Solo falta tu garabato.

Marina agarró los papeles con manos temblorosas.
— Bien. Lo firmaré. Pero vamos a tener que hablar de la división de bienes. La casa, los departamentos, las cuentas…

— Ah, sí. Los bienes —interrumpió Damián, levantándose de la silla—. Fíjate que hubo un pequeño… cambio de planes en eso.

Damián empezó a caminar por la habitación, paseándose mientras hablaba.
— ¿Te acuerdas del domingo? ¿Cuando te dije que íbamos a proteger el patrimonio de una supuesta demanda fiscal? ¿Y que tú estabas muy emocionada por “blindar” las propiedades?

Marina asintió, confundida.
— Pues qué crees… Que sí lo hice. Pero no te puse a ti de beneficiaria.

Damián se detuvo y la miró directo a los ojos.
— Vendí todo, Marina.

— ¿Cómo que vendiste todo? —preguntó ella, sin entender.

— La casa de Satélite. Ya no es mía. Se la vendí a una Inmobiliaria el sábado pasado. Los departamentos de la Roma. Vendidos. Las bodegas. Vendidas. Todo pasó a manos de una Sociedad Anónima de la cual yo no soy dueño, soy empleado. Y tú… tú no figuras en ningún lado.

Marina sintió que el piso se abría bajo sus pies.
— ¡No puedes hacer eso! ¡Estamos casados por bienes mancomunados! ¡Es ilegal! ¡Te voy a demandar!

— Inténtalo —retó Damián—. El notario certificó que la venta fue para cubrir “deudas urgentes del negocio”. Todo es legal. El dinero de la venta se usó para pagar “pasivos inexistentes” y el resto… bueno, digamos que el resto está en un fideicomiso a nombre de tus hijos, que por cierto, ya escucharon las grabaciones y no quieren saber nada de ti.

— ¡¿Mis hijos?! ¡¿Les contaste?! —gritó Marina, ahora sí, destrozada.

— No, yo no les conté. Les mandé el audio. Ellos solitos sacaron sus conclusiones. Santiago me dijo que si te veía te iba a escupir.

Marina se derrumbó. Se cubrió la cara y soltó un alarido de dolor puro. Había perdido a sus hijos.

Pero Damián no había terminado. Faltaba la cereza del pastel. Volteó a ver a Antonio, que seguía mudo, temblando en la cama.
— Y tú, Toñito… no creas que me olvidé de ti.

Antonio tragó saliva.
— Señor, yo no tengo dinero. No me puede quitar nada.
— No, tú eres un jodido, ya lo sé. Pero tienes algo que valoras mucho: tu reputación de “Mirrey exitoso”.

Damián sacó otro papel del sobre.
— Esta mañana, antes de venir para acá, me tomé la libertad de mandar un correo electrónico. ¿Conoces a Rubén Alatorre?

Antonio casi se desmaya.
— Es… es el Director General del Corporativo.
— Exacto. Le mandé un correo muy bonito con el asunto: “Uso indebido de recursos de la empresa y conflicto de interés”. Adjunté las fotos de ustedes dos en este viaje “de negocios”, las facturas del hotel con una sola habitación y, claro, el audio donde Marina dice que tú eres un huevón que no hace nada y que ella te hace la chamba.

— ¡No! —gritó Antonio—. ¡Me van a correr! ¡Me van a boletinar!

— Probablemente ya estás despedido mientras hablamos. Ah, y también conseguí el WhatsApp de tu prometida, Rebeca. Creo que le va a interesar mucho ver las fotos de su futuro esposo en tanguita con una señora casada.

Antonio se llevó las manos a la cabeza.
— ¡Me arruinaste la vida, viejo loco!

— Tú te la arruinaste solo, pendejo, cuando te metiste con la mujer de otro —respondió Damián, tajante.

Damián miró su reloj. 9:00 AM. Todo había salido perfecto.
— Bueno, creo que ya dije todo lo que tenía que decir.

Se acercó a la cama por última vez. Marina lo miró con ojos rojos, hinchados, llenos de odio y desesperación.
— ¿De qué voy a vivir, Damián? —preguntó ella con un hilo de voz—. Me dejaste sin casa, sin dinero… bloqueaste las tarjetas, ¿verdad? Por eso no pasaron ayer en la cena.

— Exacto. Las cuentas están vacías. Te dejé 200 pesos en la de débito. Para el camión. Porque el Uber no creo que te alcance.

— Eres un monstruo… —susurró ella.

— No, Marina. Soy un hombre de negocios. Y acabo de cerrar el peor negocio de mi vida: tú.

Damián caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y se giró.
— Ah, una última cosa. La camioneta Nissan en la que vinieron al aeropuerto… también está a mi nombre. Y como no me pediste permiso para sacarla de la ciudad, reporté el robo ayer en la noche.

— ¡¿Qué?! —gritó Marina.

— Sí. La policía federal tiene las placas. Si intentan regresar manejando en ella, los van a detener por robo de vehículo. Y créeme, las cárceles de Nayarit no son tan cómodas como este hotel. Así que yo les recomendaría que se regresen en autobús… si es que completan el boleto.

Damián abrió la puerta.
— Disfruten el check-out. Paga la empresa… ah, no, espera. Ya no trabajas ahí. Suerte con la cuenta.

Salió y cerró la puerta de un portazo.

EL ECO DEL DESASTRE

Damián caminó por el pasillo. Sus pasos resonaban con fuerza. Se sentía ligero. Sentía que se había quitado una mochila de 50 kilos de la espalda.
Dentro de la habitación 402, se escucharon los gritos. Pero no eran gritos contra Damián.
Eran gritos entre ellos.

— ¡Eres una estúpida! ¡Por tu culpa perdí mi trabajo! ¡Me van a quitar todo! —se escuchó la voz de Antonio.
— ¡Cállate! ¡Tú me dijiste que él era un idiota! ¡Me dijiste que no se iba a dar cuenta! —chillaba Marina.
— ¡Aléjate de mí! ¡No te quiero volver a ver! ¡Vete!

Damián sonrió. La alianza de los traidores duró menos que un suspiro en cuanto se acabó el dinero.
Bajó al lobby.
El valet le trajo su Tsuru.
— ¿Todo bien, jefe? ¿Le gustó la sorpresa a la señora?
— Le encantó. Se quedó sin palabras —dijo Damián, subiéndose al coche.

Aceleró. Salió del Grand Velas y tomó la carretera de regreso. No miró atrás.
El sol brillaba, la música de banda sonaba en la radio.
Damián Torres, 45 años, empresario, acababa de perder a su esposa. Pero acababa de recuperar su vida.
Y mientras el Tsuru devoraba kilómetros de asfalto caliente, Damián pensó en una sola cosa:
“Tengo hambre. Unos camarones embarazados en la playa no caerían mal antes de irme”.

La venganza, pensó Damián, no se sirve fría. Se sirve caliente, como un buen plato de birria, y se disfruta despacito.

CAPÍTULO 5: EL RETORNO DE LOS CAÍDOS Y LA SOLEDAD DEL ASFALTO

LA IMPLOSIÓN EN LA SUITE 402

El portazo de Damián al salir de la habitación 402 no solo cerró una puerta de madera; selló el destino de las dos personas que quedaron dentro. El silencio que siguió fue breve, denso y venenoso. Duró apenas tres segundos, el tiempo que le tomó al cerebro de Antonio procesar que su vida de “Mirrey” acababa de ser cancelada.

Antonio se levantó de la cama como si tuviera resortes, ignorando su desnudez. Corrió hacia su teléfono que estaba en la mesa de noche.
— ¡Mierda, mierda, mierda! —gritaba mientras sus dedos temblorosos intentaban desbloquear la pantalla.

Marina seguía sentada en la cama, con la mirada perdida en la puerta por donde había salido su marido. Estaba en estado de shock. Las palabras de Damián rebotaban en su cráneo: “Vendí todo”“Cuentas vacías”“Tus hijos te odian”.

— ¡¿Qué hiciste, Marina?! —el grito de Antonio la sacó de su trance. El joven consultor estaba rojo de ira, con el teléfono en la mano—. ¡Me llegó el correo! ¡El de Recursos Humanos! “Notificación de suspensión inmediata y baja por violación al código de ética”. ¡Estoy despedido, pendeja! ¡Despedido!

Marina parpadeó, tratando de enfocar la realidad.
— ¿Qué? Pero… no pueden…
— ¡Claro que pueden! —interrumpió él, aventando una almohada contra la pared—. Y eso no es lo peor. Rebeca… Rebeca me mandó un mensaje. Solo dice: “Púdrete, cerdo”. Y me bloqueó. Se acabó. Mi boda, mi chamba, mi reputación. ¡Todo por cogerme a una vieja que ni siquiera tiene dinero!

Esa última frase fue una bofetada para Marina. La “Reina” acababa de ser degradada a “vieja sin dinero”.
— ¡No me hables así, imbécil! —reaccionó ella, poniéndose de pie y cubriéndose con la sábana—. ¡Tú fuiste el que insistió en venir! ¡Tú eras el que decía que Damián era un tonto!

— ¡Porque tú me dijiste que le íbamos a quitar todo! —Antonio se acercó a ella, amenazante—. Dijiste que tenías controlados los bienes. ¡Mentiste! Eres una fracasada, Marina. Una señora aburrida que se inventó una fantasía y me arrastró en su mierda.

— ¡Lárgate! —chilló ella—. ¡Vete de mi cuarto!

— ¡Con gusto! —Antonio empezó a vestirse frenéticamente—. Créeme que no quiero estar ni un minuto más cerca de ti. Das mala suerte.

Antonio se puso los pantalones y la camisa arrugada de la noche anterior. Metió sus cosas en su maleta de mano sin doblarlas.
— ¿A dónde vas? —preguntó Marina, sintiendo el primer piquete de pánico real. Estaba sola, sin dinero y en un problema enorme.
— Me voy a México. Tengo que ir a rogarle a Rebeca y a ver si puedo salvar mi liquidación.
— Espérame… nos vamos juntos. Tenemos la camioneta —dijo Marina, intentando negociar.
— ¿Estás sorda o eres pendeja? —escupió Antonio—. Damián dijo que reportó la camioneta como robada. Yo no me voy a subir a ese coche para que me metan al bote. Quédatela tú. Que te detengan a ti.

Antonio agarró su maleta y caminó hacia la puerta.
— Toño, por favor… no tengo dinero —suplicó Marina, perdiendo toda dignidad—. Damián bloqueó mis tarjetas. No tengo cómo pagar el hotel, ni cómo regresarme.
Antonio se detuvo en el marco de la puerta. Se giró y la miró con un desprecio absoluto, una mirada que dolía más que un golpe.
— Pues vende tus joyas, “Reina”. O ponte a trabajar en la esquina. Dicen que en la playa pagan bien.

Y se fue.

Marina se quedó sola en la inmensa habitación de lujo. El aire acondicionado zumbaba. Se dejó caer al suelo y, por primera vez en años, lloró de verdad. No lágrimas de manipulación, sino lágrimas de terror puro.

LA HUMILLACIÓN DEL CHECK-OUT

Una hora después, Marina tuvo que enfrentar la realidad. No podía quedarse ahí. Tenía que salir antes de que el hotel intentara cobrar otra noche. Se bañó con agua fría, se puso su vestido blanco arrugado (no tenía plancha) y recogió sus cosas.

Revisó su cartera.
Dos tarjetas de crédito Platinum (bloqueadas).
Una tarjeta de débito (con 200 pesos, según Damián).
Cero efectivo. Se lo había gastado todo en propinas y margaritas el día anterior, confiada en que la empresa pagaba todo.

Bajó al lobby arrastrando su maleta Louis Vuitton. La misma maleta donde Damián había puesto la grabadora. Ahora esa maleta parecía una burla: un objeto de lujo en manos de una indigente.
Se acercó a la recepción. Intentó poner su mejor cara de “señora indignada”, pero le temblaban los labios.

— Voy a hacer el check-out de la 402 —dijo.
— Claro que sí, señora Saldívar —dijo la recepcionista, la misma que había dejado entrar a Damián. La chica la miró con una mezcla de curiosidad y lástima. Seguramente todo el personal ya sabía el chisme—. ¿El cargo se hace a la tarjeta que dejamos en garantía?

— Eh… no. Prefiero cambiar de tarjeta. Use esta —dijo Marina, entregando la tarjeta de débito, rezando por un milagro.
La chica la pasó por la terminal.
Beep-beep. “Fondos Insuficientes”.

— Lo siento, señora. Fue rechazada.
— Qué raro… debe ser el sistema. Pruebe con esta otra. —Entregó la Platinum.
Beep-beep. “Tarjeta Bloqueada por el Emisor – Retener Plástico”.

La recepcionista miró a Marina.
— Señora, el banco pide que retenga la tarjeta.
— ¡No! ¡Es un error de mi marido! —Marina sintió que las orejas le ardían. Había gente en la fila detrás de ella, murmurando.
— Señora, tiene un saldo pendiente de 18,500 pesos por consumo de room service, spa y cenas no incluidas en el paquete básico, ya que la empresa canceló la cobertura esta mañana.

¿18,500 pesos? Marina sintió que se desmayaba.
— No… no tengo ese dinero ahorita. Hubo un problema con mis cuentas. ¿Puedo pagarles después?
— Me temo que no, señora. Si no paga, tendremos que llamar a seguridad y a la policía turística.

La policía. Otra vez la amenaza de la cárcel. Marina miró a su alrededor desesperada. Vio su muñeca. Traía un reloj Cartier, regalo de Damián por sus 40 años.
Se lo quitó con manos temblorosas.
— Tenga. Este reloj vale más de 50 mil pesos. Quédeselo como garantía. Voy a ir al banco y regreso.

La recepcionista llamó al gerente. El gerente, un hombre calvo y serio, examinó el reloj.
— No somos casa de empeño, señora. Pero… para evitar un escándalo… aceptaremos esto como pago finiquito. Pero tiene que firmar aquí que lo entrega voluntariamente.
Marina firmó, sintiendo cómo se le iba otro pedazo de su vida. Salió del hotel sin reloj, sin dignidad y sin marido.

LA RUTA DE LA MISERIA

Afuera del hotel, el calor era sofocante. 35 grados a la sombra. Marina caminó hasta el estacionamiento. Ahí estaba el Nissan Versa gris.
Damián había dicho que estaba reportado como robado. ¿Sería verdad? ¿O era solo para asustarla?
Marina lo pensó. Si se iba en el coche, podía llegar a México en 10 horas. Si no… tendría que ir en autobús.
“No se atrevería”, pensó. “Damián no es tan malo. Solo quiere asustarme”.

Se subió al coche. Arrancó. Tenía medio tanque de gasolina. Suficiente para salir de Nayarit y entrar a Jalisco.
Condujo con el corazón en la garganta. Cada patrulla que veía la hacía sudar frío.
Pasó Nuevo Vallarta. Pasó Bucerías. Todo parecía ir bien. Se empezó a relajar. “Viejo tonto, seguro ni lo reportó”, pensó, recuperando un poco de su arrogancia.

Pero la arrogancia le duró poco.
En el puesto de control fitosanitario, antes de entrar a la autopista hacia Guadalajara, había un retén de la Guardia Nacional.
Un oficial le hizo la señal de alto.
Marina bajó la ventanilla, intentando sonreír coquetamente.
— Buenas tardes, oficial. ¿Todo bien?
— Documentos, por favor. Tarjeta de circulación y licencia.

Marina entregó los papeles. El oficial se fue a su patrulla a revisar en el sistema. Tardó cinco minutos. Cinco minutos eternos.
Cuando regresó, no venía solo. Venían dos oficiales más, uno con la mano en la funda de su arma.
— Señora, baje del vehículo. Ahora.
— ¿Qué pasa?
— El vehículo tiene reporte de robo activo desde ayer en la noche. Denunciante: Damián Torres. Baje del vehículo y ponga las manos sobre el cofre.

Marina sintió que el mundo se le venía encima.
— ¡Soy su esposa! ¡Es un malentendido! ¡Mire mi INE, tenemos el mismo apellido de casada!
— Eso lo arreglará con el Ministerio Público. Por lo pronto, el vehículo queda asegurado.

Marina tuvo suerte. Mucha suerte. El comandante del retén, un hombre mayor, vio su desesperación y al verificar que efectivamente era la esposa del dueño, decidió no detenerla, pero sí quitarle el coche.
— Mire, señora, no la voy a llevar a los separos porque se ve que es un pleito de faldas y pantalones. Pero el coche se queda. Baje sus chivas y váyase.

Marina bajó su maleta Louis Vuitton en medio de la carretera, bajo el sol abrasador. El Nissan Versa fue remolcado por una grúa.
Se quedó parada en el acotamiento, viendo pasar los trailers que levantaban nubes de polvo y tierra que se le pegaban al sudor de la cara. Su maquillaje perfecto se había derretido. Su cabello era un nido de pájaros.

Tuvo que caminar dos kilómetros arrastrando la maleta hasta una parada de camiones rurales.
Ahí, sentada en una banca de concreto llena de grafitis, contó su dinero.
Tenía 400 pesos en efectivo que se había encontrado en una bolsa secreta de la maleta. Más los 200 de la tarjeta (si encontraba un cajero).
Total: 600 pesos.
El boleto de autobús de lujo (ETN o Primera Plus) costaba más de 1200 pesos. No le alcanzaba.

Tuvo que esperar al “guajolotero”. Un autobús de segunda clase, de esos que paran en cada pueblo, no tienen aire acondicionado y llevan de todo: gente, cajas de huevo, gallinas.
Cuando el autobús llegó, echando humo negro, Marina subió. El chofer, un tipo gordo con playera de tirantes, la miró.
— ¿A México? Son 550 pesos, directo a la Central del Norte. Pero hacemos paradas.
Marina pagó. Le quedaron 50 pesos.

El viaje fue el infierno en la tierra. 14 horas de camino. El autobús iba lleno. A Marina le tocó sentarse junto a una señora que traía una canasta con quesos que olían muy fuerte. El calor era insoportable. No había baño en el autobús, así que tenía que aguantarse hasta las paradas en gasolineras sucias donde cobraban 5 pesos por entrar (y Marina cuidaba sus monedas como oro).

Cada bache de la carretera le recordaba su caída.
Miraba por la ventana los paisajes de agave y cerros secos, recordando los viajes que hacía con Damián en la camioneta con aire acondicionado, parando a comer en los mejores restaurantes de la ruta.
Ahora, tenía hambre. Mucha hambre.
En una parada en Ixtlán del Río, se compró una torta de jamón y un jugo. Se gastó 40 pesos. Le quedaban 10 pesos en la bolsa.

LA CIUDAD DE LOS PORTAZOS

Llegó a la Central del Norte de la Ciudad de México a las 4:00 de la mañana del jueves. Estaba ojerosa, sucia, con el vestido manchado de polvo y oliendo a sudor ajeno.
La Central del Norte a esa hora es un lugar lúgubre, lleno de gente durmiendo en el suelo y policías vigilando.
Marina arrastró su maleta hacia la salida.
No tenía dinero para taxi. Uber no podía pedir.
Tuvo que esperar a que abriera el Metro a las 5:00 AM.

Nunca en su vida se había subido al Metro con maleta a hora pico. Fue una experiencia traumática. Empujones, miradas lascivas, el olor a humanidad comprimida en el vagón naranja.
Tuvo que transbordar en La Raza, luego en Hidalgo… un laberinto subterráneo que ella siempre había evitado.
Finalmente, llegó a Cuatro Caminos y de ahí tomó un “pesero” (microbús) que la acercó a Satélite. Tuvo que rogarle al chofer que la llevara por sus últimos 10 pesos, aunque la tarifa era de 12.

Caminó las últimas cuadras hasta su casa. Su refugio.
Al ver la fachada de cantera, sintió un alivio momentáneo. “Ya llegué. Voy a hablar con Damián. Seguro ya se le bajó el coraje. Le voy a llorar, le voy a decir que lo amo. Él es noble, me va a perdonar”.

Llegó a la puerta peatonal. Metió su llave.
No giraba.
Probó de nuevo. Nada.
Empujó la puerta. Cerrada con tranca.

Tocó el timbre. Una, dos, tres veces.
Nadie abría.
Empezó a golpear la puerta con el puño.
— ¡Damián! ¡Ábreme! ¡Soy yo!

La ventanita de la caseta de vigilancia privada de la calle se abrió. Salió Don Chuy, el guardia de seguridad de la cuadra, un hombre que Marina siempre había tratado con desdén, nunca dándole ni el aguinaldo en Navidad.

— Señora Marina… deje de golpear, por favor. Va a despertar a los vecinos.
— ¡Don Chuy! ¡Gracias a Dios! Damián cambió la chapa. ¿Tiene usted copia? O háblele a Damián.
Don Chuy se ajustó la gorra y la miró con una seriedad inusual.
— El Ingeniero Damián ya no vive ahí, señora.
— ¿Cómo que no vive ahí? ¡Si esta es su casa!
— Ya no. Ayer vinieron unos señores de una inmobiliaria. Sacaron muebles. Se llevaron la camioneta. Cerraron todo. El Ingeniero me dejó dicho que si usted venía, le entregara esto.

Don Chuy señaló hacia la banqueta, junto a un árbol.
Había cuatro cajas de cartón. Cajas de huevo, selladas con cinta canela.
— ¿Qué es eso? —preguntó Marina, temiendo la respuesta.
— Sus cosas, señora. Ropa, zapatos. Lo que estaba en los clósets. El Ingeniero dijo que no quería nada de usted adentro. Y que por favor no intente entrar porque la casa ya tiene alarma conectada a la policía y tienen orden de detención por allanamiento.

Marina corrió hacia las cajas. Rompió la cinta de una con las uñas.
Efectivamente. Ahí estaba su ropa. Sus vestidos de gala, sus zapatos caros, aventados de cualquier forma.
Pero faltaba algo.
Sus joyas. Su caja fuerte pequeña.
— ¿Y lo demás? —gritó—. ¡Mis alhajas!
— El Ingeniero dijo que lo que no está en las cajas, se vendió para pagar la mudanza y los daños morales. Ah, y me dejó este recado…

Don Chuy le entregó un papelito doblado.
Marina lo abrió. Era la letra de Damián. Firme, angulosa.
“El oro se fundió. Las perlas se vendieron. Úsalo como lección: Lo que fácil llega (por mi trabajo), fácil se va (por tu estupidez). Suerte en la vida.”

Marina se dejó caer sobre las cajas en la banqueta. Eran las 7 de la mañana. Los vecinos empezaban a salir a llevar a los niños a la escuela.
Vio salir el coche de la vecina de enfrente, la Sra. Gertrudis, una chismosa profesional. Gertrudis bajó la ventanilla de su camioneta y se le quedó viendo a Marina: sucia, llorando en la calle, rodeada de cajas de huevo.
Gertrudis no saludó. Solo levantó las cejas, sonrió con malicia y siguió su camino.
Marina supo en ese momento que ya no era parte de “la sociedad”. Ahora era la apestada del barrio.

EL GOLPE FINAL

Sin casa. Sin dinero. Sin marido.
“Antonio”, pensó. “Quizás él logró hablar con Rebeca. Quizás me puede ayudar”.
Era una idea estúpida, pero la desesperación no conoce lógica.
Caminó hacia un teléfono público (sí, todavía existían algunos). Usó una llamada por cobrar para marcar al celular de Antonio.
Para su sorpresa, contestó.

— ¿Bueno? —la voz de Antonio sonaba pastosa, borracha.
— Toño… soy yo, Marina.
— ¡No me vuelvas a llamar en tu perra vida! —gritó él. Se escuchaba música de banda y ruido de cantina de fondo—. ¡Estoy en la calle por tu culpa! ¡Rebeca me tiró el anillo a la cara! ¡Mi papá me corrió de la casa!
— Yo estoy igual, Toño… estoy en la calle con mis cajas. Ayúdame.
— ¡Que te ayude el diablo! ¡Ojalá te mueras de hambre!

Click. Colgó.

Marina se quedó con el auricular en la mano, escuchando el tono de ocupado.
Empezó a llover. Una lluvia fría, típica de la Ciudad de México, gris y triste.
El agua empezó a mojar las cajas de cartón. Su ropa de diseñador se estaba empapando.
Marina se abrazó a sí misma. Tenía frío. Tenía hambre.

De pronto, su celular vibró. Era el único lujo que le quedaba (aunque Damián seguramente cortaría la línea pronto).
Era un mensaje de WhatsApp. De su hijo mayor, Esteban.
El corazón le dio un vuelco. “Me va a rescatar”, pensó.

Abrió el mensaje.
No había texto. Solo un archivo de audio reenviado. El audio de ella hablando mal de Damián y de sus hijos, burlándose de ellos.
Y abajo, una sola frase escrita por Esteban:
“No te acerques a nosotros. Papá nos contó todo y nos enseñó las pruebas. Para nosotros, estás muerta.”

El celular se le resbaló de las manos y cayó al charco que se formaba en la banqueta.
Marina miró al cielo gris y soltó una carcajada. Una risa de loca. Una risa rota.
Había tocado fondo. Pero lo peor era que el fondo tenía sótano, y ella acababa de empezar a bajar las escaleras.

La reina de Satélite ahora era la indigente de la banqueta. Y Damián… Damián estaba en algún lugar, libre, comenzando de nuevo, mientras ella se ahogaba en el fango que ella misma había creado.

 

CAPÍTULO 6: EL PALACIO DE CARTÓN Y EL EREMITA DE LA SIERRA

LA CAÍDA DE LA REINA (CIUDAD DE MÉXICO)

La lluvia no paraba. Las cajas de cartón de Marina comenzaban a deshacerse, convirtiéndose en una masa café y pegajosa. Su ropa, esos vestidos que alguna vez costaron miles de pesos, ahora estaban húmedos y oliendo a calle.
Marina sabía que no podía quedarse ahí. Don Chuy ya la miraba con impaciencia desde la caseta, probablemente con órdenes de llamar a la patrulla si ella no se movía.

— Piensa, Marina, piensa —se dijo a sí misma, tiritando de frío.

¿A dónde ir?
Sus amigas. Las “chicas del club”. Cuquis, Maritere, Lore. Ellas la ayudarían. Siempre se decían “hermanas”.
Rescató su celular del charco. Afortunadamente era resistente al agua. Le quedaba 15% de batería.

Marcó a Cuquis.
— ¿Bueno? —contestó Cuquis con voz adormilada.
— ¡Cuquis! ¡Soy Marina! ¡Tienes que ayudarme! Damián se volvió loco, me echó de la casa, me bloqueó las cuentas… estoy en la calle.
Hubo un silencio incómodo al otro lado de la línea.
— Ay, Marina… híjole… qué pena, nena. Pero… mira, la verdad es que ya nos enteramos.
— ¿De qué te enteraste?
— Pues del chisme. Damián le mandó el audio a mi marido, a Jorge. Y Jorge dice que lo que hiciste no tiene nombre. Y pues… ya sabes cómo es Jorge, me prohibió que me metiera. Además, nena, la verdad… te pasaste. Con un chavito de la oficina… qué oso.
— ¡Cuquis! ¡Somos amigas! ¡No tengo a dónde ir!
— Lo siento, Marina. De verdad. Suerte.
Click.

Marina intentó con Maritere. Buzón directo.
Intentó con Lore. Le contestó, pero para decirle: “Por favor no me metas en tus broncas, mi esposo es socio de Damián en un negocio y no quiero problemas”.

Nadie. Absolutamente nadie.
La alta sociedad es un círculo muy cerrado, y cuando te expulsan, cierran la puerta con triple candado.

Marina tuvo que tomar una decisión desesperada.
Recordó a una tía lejana, la Tía Lucha. Vivía en una colonia popular, en la Doctores. Una mujer que Marina había despreciado toda su vida por ser “naca” y pobre. Pero era la única sangre que le quedaba que tal vez no sabía el chisme.

Con sus últimas fuerzas, y con la ayuda de un taxista apiadado que aceptó llevarla a cambio de uno de los pares de zapatos Ferragamo que sacó de la caja mojada (para regalárselos a su esposa), Marina llegó a la vecindad de la Tía Lucha.

El lugar era un edificio viejo, despintado, con olor a fritanga y a drenaje.
Tocó la puerta de lámina del departamento 4.
Salió una señora mayor, con delantal y tubos en la cabeza.
— ¿Marina? —preguntó la Tía Lucha, entrecerrando los ojos—. ¡Ay, Dios mío! ¡Pareces un gato mojado! ¿Qué te pasó, hija?

Marina se soltó a llorar y se abrazó a la mujer que tantas veces había criticado.
— Tía… perdí todo. Ayúdame.

La Tía Lucha, siendo una mujer de pueblo, noble y sin rencores (o quizás disfrutando secretamente ver a la sobrina presumida en desgracia), la dejó pasar.
— Pásale, mija. No tengo lujos, pero hay frijoles y un catre.

Esa noche, Marina durmió en un catre con resortes vencidos, en un cuarto que olía a humedad, escuchando los gritos de los vecinos borrachos y las sirenas de las patrullas. Lejos quedaron las sábanas de hilo egipcio y el silencio de Satélite.
Marina miró al techo despellejado y se dio cuenta de que su infierno apenas comenzaba. Iba a tener que aprender a vivir sin sirvientas, sin chofer, y lo peor: sin dinero.

Al día siguiente, la realidad golpeó más fuerte.
— Mija, aquí no es hotel —le dijo la Tía Lucha mientras le servía un café de olla en un jarro despostillado—. Si te vas a quedar, tienes que aportar pal gasto. La luz no se paga sola.

— Pero tía… no tengo dinero.
— Pues a buscar chamba. De lo que sea.
Marina intentó ir a su empresa. El guardia ni siquiera la dejó pasar del torniquete.
— Señora Saldívar, tengo orden de RH de no permitirle el acceso. Sus cosas personales se las mandarán por paquetería a la dirección que indique.

Sin referencias, sin cartas de recomendación (Damián y la empresa se encargaron de quemarla laboralmente), y con 43 años, Marina descubrió que el mercado laboral es cruel.
Terminó aceptando un trabajo tres semanas después… no como contadora, sino como cajera en una tienda de abarrotes de la colonia, ganando el salario mínimo.
Ella, que gastaba 5 mil pesos en una crema, ahora ganaba eso al mes.
La humillación era diaria. Tener que atender a señoras que le gritaban por el precio del jamón. Tener que limpiar el piso. Tener que aguantar los piropos sucios de los proveedores de refrescos.
Marina Saldívar estaba pagando cada centavo de su traición con sudor y lágrimas.


EL RENACIMIENTO DEL LOBO (SIERRA DE HIDALGO)

Mientras Marina se hundía en el fango de la ciudad, Damián conducía hacia las montañas.
Había elegido un destino que nadie esperaría. No se fue a la playa a gastar su fortuna. No se fue a Europa. Se fue a sus raíces.
Su abuelo le había dejado una pequeña cabaña y un terreno en la Sierra de Hidalgo, cerca de un pueblo llamado Mineral del Chico. Un lugar de bosques densos, neblina eterna y silencio.
La propiedad estaba abandonada hacía años.

Damián llegó en su Tsuru (había vendido la camioneta también, para borrar rastros).
La cabaña era una ruina. Techo con goteras, ventanas rotas, hierba crecida hasta la cintura.
Cualquier otro hombre se hubiera deprimido al ver eso.
Damián sonrió.
— Trabajo —dijo—. Justo lo que necesito.

Damián tenía dinero. Mucho dinero. El producto de la venta de sus bienes estaba seguro en cuentas de inversión. Podría haber comprado una mansión ahí mismo. Pero no quería eso. Quería reconstruirse, literal y metafóricamente.

Los primeros días fueron duros. Dormía en una casa de campaña dentro de la sala de la cabaña. Se levantaba con el sol.
Agarraba el machete y empezaba a limpiar el terreno.
Zas. Zas. Zas.
Cada golpe de machete contra la maleza era una forma de sacar la rabia.
Se imaginaba que la hierba eran los recuerdos de Marina. Zas. Fuera.
Que las ramas secas eran las mentiras de Antonio. Zas. Fuera.

Contrató a un par de lugareños, Don Goyo y su hijo Paco, para que le ayudaran con la albañilería pesada.
— Patrón, ¿usted a qué se dedicaba allá en la ciudad? —le preguntó Don Goyo un día mientras mezclaban cemento.
— Vendía fierros, Goyo. Pero me cansé de los fierros y de la gente de fierro.
— Hizo bien. Aquí la gente es de madera. A veces dura, pero noble.

Damián aprendió a disfrutar la simplicidad.
Comía tortillas hechas a mano que le vendía la esposa de Don Goyo. Bebía agua de manantial.
Por las noches, encendía una fogata y se sentaba a ver las estrellas. Allá arriba no había contaminación lumínica. El cielo era un manto infinito de diamantes.
— ¿Dónde estabas, Damián? —se preguntaba a sí mismo—. ¿En qué momento cambiaste esto por centros comerciales y cenas hipócritas?

Su cuerpo cambió.
La barriga cervecera empezó a bajar por el trabajo físico intenso. Sus brazos se pusieron más duros. Su piel, antes pálida de oficina, se tostó con el sol de la montaña. Se dejó la barba, una barba cerrada, gris y negra, que le daba un aspecto de leñador o de profeta del bosque.

Un mes después, la cabaña empezaba a tomar forma.
Había arreglado el techo, puesto ventanas nuevas de madera, instalado una chimenea de piedra.
Damián se sentía orgulloso. Esta casa la estaba levantando con sus manos, no solo con su chequera.

Pero la soledad, aunque curativa, a veces pesaba.
Damián bajaba al pueblo una vez a la semana por provisiones.
El pueblo, Mineral del Chico, era pintoresco. Calles empedradas, casas de colores, olor a pan de leña.
Ahí conoció a Laura.

Laura era la dueña de la ferretería “El Martillo”.
La primera vez que Damián entró, buscando clavos de dos pulgadas, no le prestó mucha atención. Solo vio a una mujer de unos 40 años, con una trenza larga y un mandil azul, cargando una caja de herramientas como si fuera de plumas.

— Oiga, no cargue eso, está pesado —le dijo Damián por instinto de caballero.
Ella se dio la vuelta y lo miró con unos ojos color miel, muy vivos.
— No se preocupe, señor. Estoy acostumbrada. Aquí las mujeres también cargamos. Pero si quiere ayudar, agárrela del otro lado.

Damián sonrió. Le gustó esa respuesta. Nada de “ay, gracias, soy débil”.
Le ayudó a mover unas cajas.
— Soy Damián. El que compró la cabaña del viejo Torres, allá arriba.
— Ah, el fuereño. Ya se habla de usted en el pueblo. Dicen que es un narco escondido o un artista loco.
Damián soltó una carcajada. Hacía meses que no se reía con ganas.
— Ni uno ni otro. Soy un refaccionario retirado. O más bien… un hombre en remodelación.
— Soy Laura. Mucho gusto, hombre en remodelación.

Laura era viuda. Su marido había muerto hacía cinco años en un accidente en la mina. Tenía una hija adolescente que estudiaba en Pachuca. Era una mujer fuerte, independiente, sin tonterías en la cabeza. No usaba maquillaje, no usaba tacones. Tenía las manos rasposas y la sonrisa franca.

Damián empezó a inventar excusas para bajar a la ferretería.
Que si le faltaba lija. Que si necesitaba barniz. Que si el martillo se le rompió (mentira, él cuidaba sus herramientas).
Laura se daba cuenta, claro. No era tonta.
— Usted gasta mucho en material, Damián. O es muy mal albañil y desperdicia todo, o le gusta venir a platicar.
— La verdad… me gusta el café que venden en la panadería de enfrente. Y pues me queda de paso.
— Miroso. El café de mi tienda es mejor. Si quiere le invito uno.

Ese café fue el inicio.
Se sentaron en unos bancos dentro de la ferretería, rodeados de olor a aserrín y metal.
Hablaron de cosas sencillas. Del clima. De la madera de pino vs. la de encino. De cómo hacer que la chimenea no humee.
Damián no le contó sobre Marina. No quería manchar ese momento nuevo con la suciedad del pasado.
Laura tampoco preguntó mucho. Ella respetaba los silencios de los hombres que tienen cicatrices en el alma.

Damián descubrió que le gustaba escucharla. Le gustaba su risa, que era fuerte, no como las risitas tontas de las amigas de Marina. Le gustaba que Laura no le pedía nada. No sabía que él tenía millones en el banco. Para ella, él era Damián, el señor que estaba arreglando una cabaña vieja. Y eso… eso valía más que todo el oro del mundo.

Una tarde, mientras Damián manejaba su Tsuru de regreso a la montaña, con la cajuela llena de material y el corazón extrañamente ligero, se dio cuenta de algo.
Ya no odiaba a Marina.
Ya no sentía ese fuego de venganza.
Sentía lástima.
Lástima porque ella nunca sabría lo que es esto: la paz de un café compartido sin pretensiones, la satisfacción de un trabajo bien hecho, la belleza de un atardecer en silencio.
Ella había buscado la felicidad en hoteles de lujo y amantes jóvenes, y había terminado vacía.
Él había buscado la paz en la soledad y el trabajo, y estaba empezando a llenarse de nuevo.

Damián llegó a su cabaña. El sol se ocultaba tras los pinos.
Entró a su casa, SU casa.
Encendió la chimenea.
Se sirvió un mezcal.
— Salud, Damián —brindó al aire—. Lo lograste, cabrón. Sobreviviste.

Mientras tanto, en la Ciudad de México, Marina contaba las monedas de las propinas del día para ver si le alcanzaba para comprarse un gansito y una coca, su cena de esa noche.

El contraste era brutal. La justicia divina, a veces, tarda, pero cuando llega, llega con todo el peso de la ley… y de la vida.

CAPÍTULO 7: EL SABOR DE LA TIERRA Y LA HIEL DE LA DERROTA

EL INFIERNO TIENE HORARIO DE OFICINA (CIUDAD DE MÉXICO)

Habían pasado tres meses. Noventa días que para Marina se sintieron como noventa años. La mujer que antes se quejaba si el aire acondicionado de su camioneta tardaba dos minutos en enfriar, ahora conocía de memoria los horarios del camión de basura, el precio exacto del kilo de tortillas y la ruta más segura para caminar de noche en la colonia Doctores sin que la asaltaran.

Marina trabajaba en “Abarrotes La Esperanza”, una tiendita miscelánea atrapada en el tiempo, con olor a jabón a granel y croquetas de perro. Su jefe, Don Fausto, era un viejo rabo verde que le daba el empleo solo porque, a pesar de las ojeras y la ropa desgastada, Marina seguía teniendo “buena percha”.

— ¡Marina! ¡Muévete, mujer! Ya llegó el de la Coca y hay que contar las rejas —gritó Don Fausto desde la caja registradora, mientras se rascaba la panza por debajo de una camiseta manchada de salsa.

— Ya voy, Don Fausto… —respondió Marina con voz apagada.

Llevaba un mandil azul con el logo de una marca de harina. Sus manos, antes cuidadas con manicura francesa impecable, ahora estaban ásperas, con las uñas cortas y pellejitos levantados por el cloro y el detergente. Le dolía la espalda. Le dolían los pies. Pero sobre todo, le dolía el orgullo.

Esa tarde, el destino, que tiene un sentido del humor macabro, decidió jugarle una broma pesada.
Marina estaba trapeando el pasillo de los detergentes. El agua del cubo estaba gris, como su futuro. De pronto, escuchó el tintineo de la puerta y unas voces femeninas, risueñas y escandalosas, que se le hicieron dolorosamente familiares.

— ¡Ay, no inventes! ¿En serio aquí venden los cigarros sueltos? Qué barrio tan… pintoresco —dijo una voz chillona.

Marina se congeló. Era Lore. Lorena, su ex-compañera de gimnasio, la esposa del socio de Damián. Y venía con Maritere. Seguramente se habían perdido buscando alguna dirección o se les había ponchado una llanta cerca y entraron a comprar agua.

El pánico invadió a Marina. Si la veían así, trapeando pisos con zapatos viejos y sin maquillaje, sería la comidilla del grupo por los próximos diez años.
Intentó esconderse detrás de un estante de papas fritas, pero fue inútil.

— Oye, disculpa… —dijo Lore, dirigiéndose a la empleada que estaba de espaldas—. ¿Tienen agua mineral Perrier? Es que…

Marina se giró lentamente, rogando que no la reconocieran. Pero sus ojos se encontraron.
El silencio que siguió fue más fuerte que una explosión.
Lore abrió la boca, incrédula. Maritere se ajustó los lentes de sol Chanel, como si necesitara ver mejor esa aparición fantasmal.

— ¿Marina? —preguntó Lore, con un tono que mezclaba asco y sorpresa—. ¿Eres tú?

Marina sintió que la sangre se le iba a los talones. Quiso decir que no, que la estaban confundiendo, pero su nombre estaba bordado en el mandil con hilo rojo.
— Hola, Lore. Hola, Maritere —dijo Marina, intentando erguirse, recuperar un gramo de dignidad, aunque con el trapeador en la mano era imposible.

— ¡No lo puedo creer! —exclamó Maritere—. Nos dijeron que te habías ido a vivir al interior de la República… no que estabas de… de “esto”.

— Estoy trabajando —dijo Marina, con la voz temblorosa—. Damián me dejó sin nada. Tengo que comer.

Lore soltó una risita nerviosa.
— Ay, nena, qué fuerte. Pero bueno, dicen que cada quien tiene lo que se merece, ¿no? O sea, perdón, pero lo que le hiciste a Damián fue muy low class.

— Sí, Marina —añadió Maritere, sacando su iPhone—. Digo, qué bueno que estés saliendo adelante. Muy digno lo tuyo. ¿Nos cobras unas aguas Bonafont? Porque supongo que Perrier no manejan aquí.

Marina tuvo que caminar hasta la caja, bajo la mirada burlona de sus ex-amigas. Tuvo que cobrarles. Tuvo que darles el cambio. Sus manos temblaban tanto que se le cayeron unas monedas. Lore dejó una moneda de diez pesos en el mostrador.
— Quédate con el cambio, nena. Para que te compres algo. Se ve que lo necesitas.

Salieron de la tienda riéndose, subiéndose a una camioneta BMW blanca que estaba estacionada en doble fila.
Marina se quedó parada frente a la caja. Don Fausto la miró.
— ¿Qué pasó? ¿Se te fue el internet o qué? ¡Ponte a chambear!

Marina corrió al pequeño baño de la bodega, se encerró y vomitó. Vomitó bilis y coraje.
Esa moneda de diez pesos de propina le quemaba en la mente. Era la confirmación final: ya no era una de ellas. Era “la ayuda”. Era la mujer a la que le das las sobras.

Esa noche, al llegar al cuarto de la Tía Lucha, Marina se miró en el espejo roto. Vio sus arrugas nuevas, sus canas que ya asomaban en la raíz (no tenía para el tinte).
— Toño… —susurró con odio—. Maldito seas tú y maldita sea yo por hacerte caso.

Se acostó en el catre. Tenía hambre, pero más que hambre de comida, tenía hambre de venganza. Pero no contra Damián. Sabía, en el fondo, que Damián tenía razón. Su odio ahora era contra sí misma y contra la vida miserable que le quedaba por delante. La depresión empezó a calar en sus huesos más fuerte que la humedad de las paredes.


EL ARQUITECTO DE SUEÑOS (MINERAL DEL CHICO)

A trescientos kilómetros de distancia, el aire olía a pino, a tierra mojada y a café recién tostado.
Damián estaba en el techo de su cabaña, martillando las últimas tejas. El sol de la tarde le daba en la espalda, un calor agradable, reconfortante.
Desde allí arriba, veía todo el valle. La neblina empezaba a bajar, cubriendo las copas de los árboles como un manto blanco.

— ¡Te vas a matar ahí arriba, chango viejo! —le gritó una voz desde abajo.

Damián miró hacia el suelo y sonrió. Era Laura.
Había subido en su vieja camioneta Pick-Up roja, trayendo un pedido de barniz y, seguramente, la excusa para verlo.
Laura traía puesto un vestido sencillo de algodón y unas botas de trabajo. Se veía hermosa. No como Marina, que era hermosa por producción; Laura era hermosa por naturaleza, como un árbol o una montaña.

Damián bajó por la escalera de mano, ágil para su edad y peso.
— No me mato, mujer. Tengo equilibrio de gato —bromeó Damián, limpiándose las manos en el pantalón.
— De gato pardo será —rió ella—. Ten, te traje el barniz marino que me pediste. Y también te traje unos tamales de zarzamora que hizo mi comadre. Están calientitos.

— ¿Tamales? Uy, eso sí me interesa. Pásale, ya está puesto el café.

Entraron a la cabaña. El lugar estaba irreconocible. Lo que hace meses era una ruina, ahora era un refugio acogedor de madera y piedra. Damián había construido los muebles él mismo: una mesa robusta de roble, sillas firmes, estantes llenos de libros que había empezado a leer por las noches.
En la chimenea crepitaba un fuego alegre.

Se sentaron a la mesa. Laura desenvolvió los tamales. El vapor dulce llenó la cocina.
— Oye, Damián… —dijo Laura, soplando a su taza de café—. En el pueblo se dice que ya te vas a quedar. Que no eres ave de paso.
— Se dice bien. No tengo a qué regresar a la ciudad. Aquí tengo todo.
— ¿Todo? —Laura lo miró a los ojos, una mirada directa, sin filtros.

Damián sostuvo la mirada. Sintió ese cosquilleo en el estómago que pensó que había muerto hace veinte años.
— Bueno… casi todo. Me falta alguien con quien compartir los tamales sin que me regañe por las calorías.

Laura sonrió y se sonrojó levemente. Bajó la mirada a su taza.
— Damián, tú eres un hombre con secretos. Se te nota en la mirada. A veces te quedas viendo a la nada y te pones triste. O enojado. No sé cuál de las dos.

Damián suspiró. Sabía que había llegado el momento. No podía construir una nueva vida sobre cimientos de silencio. Laura merecía la verdad.
— No son secretos, Laura. Son cicatrices.
— Las cicatrices no espantan, Damián. Yo tengo varias. Perder a mi marido fue… bueno, tú sabes. Se siente uno como si le arrancaran la mitad del cuerpo. Pero cuéntame. ¿Quién te hizo esa herida que traes?

Damián tomó aire. Y por primera vez, contó la historia. No la versión resumida, sino la completa. Le contó de la refaccionaria, de los años de trabajo, de cómo conoció a Marina en el OXXO. Le contó de la frialdad, de las sospechas, de la grabadora en la bolsa. Le contó del viaje a Vallarta, de la habitación 402, de la venganza financiera.

Habló durante media hora. Laura no interrumpió. Solo escuchaba, a veces asintiendo, a veces apretando los labios.
Cuando Damián terminó, contando cómo dejó a Marina en el hotel sin dinero, se hizo un silencio. Damián tuvo miedo. Miedo de que Laura pensara que él era un monstruo, un hombre vengativo y cruel.

— Y eso es todo —concluyó Damián, mirando sus manos—. La dejé en la calle. Destruí su vida como ella destruyó mi confianza. Tal vez pienses que soy un hijo de la chingada.

Laura se quedó callada unos segundos. Luego, estiró su mano sobre la mesa y tomó la de Damián. Su mano era cálida, fuerte.
— No pienso eso, Damián. Pienso que eres un hombre que dio todo y le pagaron con traición. Y la traición… la traición duele más que la muerte, porque es voluntaria. Mi marido se murió por accidente, no eligió dejarme. Ella eligió dejarte, eligió burlarse.

Apretó su mano con fuerza.
— Lo que hiciste fue justicia, Damián. Justicia a tu manera. Tal vez un poco ruda, sí. Pero justicia. Lo importante ahora es… ¿ya la soltaste? ¿O sigues cargando con ella aquí? —se tocó el pecho, sobre el corazón.

Damián miró a Laura. Vio en sus ojos una comprensión infinita.
— La solté el día que llegué a este pueblo. Pero hoy, contándote esto… creo que ya enterré el cadáver. Ya no me duele. Ya no la odio. Solo es un recuerdo borroso.

Laura sonrió.
— Entonces, Damián Torres, bienvenido a tu nueva vida.
Se levantó, rodeó la mesa y le dio un abrazo. Damián hundió la cara en el hombro de ella, oliendo su aroma a vainilla y madera. La abrazó con fuerza, sintiendo cómo las últimas piezas rotas de su alma se pegaban de nuevo.
Esa noche, Laura no se fue. Se quedaron platicando frente a la chimenea hasta la madrugada. No pasó nada físico, no todavía. Pero hubo una intimidad emocional que valía más que cualquier noche de pasión en un hotel de lujo. Damián supo, con certeza absoluta, que estaba enamorado de nuevo. Y esta vez, era de verdad.


EL FONDO DEL POZO (CIUDAD DE MÉXICO)

Mientras Damián renacía, Marina se enfermaba.
La mala alimentación (tortas, tacos grasosos, refresco), el estrés constante y la depresión le pasaron factura.
Una mañana, intentando levantarse del catre para ir a trabajar, Marina sintió un dolor agudo en el abdomen. Un calambre que la dobló en dos.
— ¡Ay! —gritó.

La Tía Lucha entró corriendo.
— ¿Qué pasó, hija?
— Me duele… me duele mucho la panza…

Marina tenía fiebre. Estaba pálida, sudando frío.
— Tienes que ir al doctor, mija. Te ves muy mal.
— Llámale a mi doctor… al Doctor Villalobos, en el Hospital Ángeles… —balbuceó Marina, delirando por la fiebre, olvidando su realidad.
— ¡Cuál Ángeles ni qué ocho cuartos! Tú no tienes seguro, hija. Vámonos al Centro de Salud, a ver si alcanzamos ficha.

El viaje al Centro de Salud público fue un calvario. Tuvieron que ir en metro y luego caminar. Marina sentía que se le reventaban las tripas.
Al llegar, la sala de espera estaba atascada. Gente tosiendo, niños llorando, olor a alcohol y desinfectante barato.
— Tienen que esperar su turno —dijo la enfermera de la ventanilla con cara de pocos amigos—. Hay veinte personas antes.

Marina esperó cinco horas. Cinco horas retorciéndose en una silla de plástico duro.
Recordaba cuando iba al hospital privado: valet parking, sala de espera con revistas de moda, café gourmet, el doctor recibiéndola con una sonrisa.
Aquí, era solo un número. Una estadística de pobreza.

Cuando finalmente la pasaron, el doctor, un joven residente ojeroso, la revisó rápido.
— Es una infección gastrointestinal severa. Probablemente salmonela o E. Coli. ¿Qué comió?
— Unos tacos… afuera del metro… —susurró Marina.
— Pues ahí está. Tenga, esta es la receta. Compre los antibióticos y mucho suero. Y repose tres días.

— ¿Tres días? —Marina abrió los ojos—. No puedo faltar tres días. Me van a correr.
— Señora, si no reposa se va a deshidratar y se puede morir. Usted decide.

Marina salió con la receta. Los medicamentos costaban 800 pesos. Ella tenía 300.
Tuvo que pedirle prestado a la Tía Lucha, quien sacó el dinero de abajo del colchón con una mirada de preocupación.
— Te los presto, mija, pero es lo de la renta. Me los tienes que pagar.

Marina pasó los siguientes tres días en el catre, temblando de fiebre, corriendo al baño compartido de la vecindad.
Fue en esos momentos de delirio y dolor donde la arrogancia final de Marina se quebró.
Lloró por Damián. No por su dinero, sino por él. Recordó cuando él la cuidaba. Cuando ella tenía gripe, Damián le llevaba sopa a la cama, le ponía paños húmedos en la frente, la trataba como a una princesa.
— Damián… perdóname… —gemía entre sueños.
Pero nadie le contestaba. Solo el ruido de la televisión del vecino.

Cuando regresó al trabajo, pálida y flaca, Don Fausto la estaba esperando en la puerta.
— Llegas tarde, Marina. Y faltaste tres días.
— Estaba enferma, Don Fausto. Traje la receta…
— La receta me la paso por el arco del triunfo. Aquí se viene a jalar. Ya contraté a otra. Una chava más joven y que no se enferma. Estás despedida.

— ¡No! ¡Por favor! ¡Necesito el trabajo!
— Ni modo. Así es el negocio. Ten, tus días trabajados. Y lárgate.

Le aventó unos billetes arrugados.
Marina salió a la calle. Desempleada. Endeudada con su tía. Enferma. Vieja para el mercado laboral. Sola.
Se sentó en la banqueta y miró el tráfico de la Avenida Cuauhtémoc. Los coches pasaban rápido, indiferentes.
Vio pasar una camioneta Ford Lobo, parecida a la que tenía Damián. Por un segundo, su corazón saltó. Corrió tras ella unos metros.
— ¡Damián! ¡Damián!

La camioneta se detuvo en el semáforo. Marina llegó corriendo, golpeó la ventana.
— ¡Damián, ayúdame!
El vidrio bajó.
No era Damián. Era un señor gordo y desconocido que la miró asustado.
— ¿Qué le pasa, señora? ¡Lárguese o llamo a la patrulla!

Marina se quedó parada en medio de la avenida, con los cláxones pitándole, los insultos de los choferes lloviendo sobre ella.
— ¡Loca! ¡Quítese!
Marina retrocedió a la banqueta, derrotada.
Se dio cuenta de que Damián ya no existía en su mundo. Él era un fantasma. Y ella… ella era una sombra.


LA CUMBRE (MINERAL DEL CHICO)

El mismo día que Marina perdía su empleo, Damián ganaba una familia.
Era el cumpleaños de Laura. Damián había organizado una sorpresa. Con la ayuda de Don Goyo, había construido una pérgola en el jardín de la cabaña y había colgado luces.
Invitó a Laura, a su hija (que había venido de visita) y a los pocos amigos que había hecho en el pueblo.
Hizo carne asada. Su especialidad. Pero esta vez, la carne le supo mejor que nunca.

Laura llegó y al ver la sorpresa, se le llenaron los ojos de lágrimas.
— Nadie me había hecho una fiesta así desde que murió Paco —dijo ella.
— Te mereces esto y más, Laura —le dijo Damián, abrazándola por la cintura delante de todos. Ya no se escondían.

La hija de Laura, una chica lista llamada Sofía, se acercó a Damián.
— Oiga, Damián… mi mamá se ve feliz. Tenía mucho que no la veía sonreír así. Gracias.
— Yo soy el que tiene que dar las gracias, Sofía. Tu mamá me salvó.
— ¿La salvó de qué?
— De olvidar quién soy.

La noche fue mágica. Hubo música de guitarra, hubo risas, hubo mezcal.
Damián miró a su alrededor. No había lujos. No había meseros de librea. No había champagne francés.
Había vasos de plástico, platos de cartón y gente honesta.
Y se dio cuenta de que era el hombre más rico del mundo.

Cuando todos se fueron, Damián y Laura se quedaron sentados frente a la fogata.
— Damián —dijo Laura—. Te tengo que preguntar algo.
— Dime.
— Si Marina volviera… si apareciera mañana en la puerta, pidiéndote perdón… ¿qué harías?

Damián miró el fuego. Imaginó la escena. Imaginó a Marina, tal vez llorando, tal vez hermosa todavía.
Y sintió… nada.
Absolutamente nada. Ni amor, ni odio, ni deseo. Indiferencia.
— Le ofrecería un vaso de agua —dijo Damián tranquilo—. Le diría que espero que le vaya bien. Y luego le cerraría la puerta y regresaría contigo.

Laura sonrió y le dio un beso suave en los labios.
— Eso quería saber.
— No tengas miedo, Laura. Mi pasado está muerto. Tú eres mi presente. Y si tú quieres… mi futuro.

Laura recargó la cabeza en su hombro.
— Me gusta cómo suena eso.

Allá arriba, en la montaña, bajo las estrellas, Damián Torres finalmente dejó de ser “el cornudo”, “el vengador”, “el empresario”.
Simplemente fue Damián. Un hombre feliz.

Mientras tanto, abajo, en la ciudad gris, Marina dormía abrazada a su bolsa vacía, soñando con una vida que ella misma había tirado a la basura.

 

CAPÍTULO 8: COSECHA DE INVIERNO Y EL ECO DEL PASADO

DOS AÑOS DESPUÉS

El tiempo es el juez más implacable. No acepta sobornos, no escucha excusas y pone a cada quien exactamente donde debe estar. Para Damián y Marina, el tiempo había actuado de formas opuestas: para uno fue abono fértil; para la otra, ácido corrosivo.

LA FERIA DEL PUEBLO (MINERAL DEL CHICO)

Era diciembre. El pueblo de Mineral del Chico estaba adornado con luces navideñas, faroles de papel y olor a ponche de frutas. Hacía frío, ese frío rico de la sierra que te invita a abrazar a quien tienes al lado.
Damián caminaba por la plaza principal tomado de la mano de Laura.
Ya no era el Damián de la ciudad. Había perdido quince kilos, su cabello estaba casi totalmente blanco, pero tenía una energía vital envidiable. Vestía jeans, botas de trabajo y una chamarra gruesa de lana que Laura le había tejido.

— ¡Damián! ¡Laura! —gritó el panadero desde su puesto—. ¡Vengan a probar el pan de elote, recién salió del horno!

Se acercaron saludando a medio mundo. Damián ya no era “el fuereño”. Era Don Damián, el que ayudó a reconstruir la escuela primaria con donaciones anónimas (aunque todos sabían que fue él), el que asesoraba a los jóvenes emprendedores del pueblo para que no los chamaquearan los proveedores de la ciudad.

— ¿Cómo va la ferretería, amor? —le preguntó Damián a Laura mientras mordía el pan caliente.
— Bien, mucho trabajo. Diciembre siempre es bueno. Oye, por cierto, me llegó una carta de Sofía. Dice que sacó puro diez en la universidad.
— ¡Esa es mi muchacha! —exclamó Damián con orgullo genuino.
Aunque Sofía no era su hija de sangre, la quería como tal. Y lo más importante: había recuperado la relación con sus propios hijos biológicos. Santiago y Esteban venían a visitarlo cada dos meses. Al principio fue raro, pero al ver a su padre tan feliz, tan distinto al hombre estresado y gruñón que recordaban, terminaron aceptando su nueva vida y adorando a Laura.

Esa noche, en la feria, Damián se detuvo frente al kiosco. La banda municipal tocaba un vals.
— ¿Me concede esta pieza, señorita? —le preguntó a Laura, haciendo una reverencia exagerada.
Laura rió, esa risa que a Damián le curaba el alma.
— Claro que sí, jovenazo. Pero no me pise.

Bailaron bajo las estrellas, rodeados de gente sencilla, sin lujos, sin pretensiones.
Damián miró a Laura a los ojos.
— Laura, ¿te quieres casar conmigo?
Laura se detuvo. La música seguía, pero para ellos el mundo se pausó.
— Damián… ya estamos viejos para eso.
— El amor no tiene edad, mujer. Además, quiero que seas legalmente la dueña de todo lo mío. No vaya a ser que me dé un patatús y te quedes sin nada. Quiero protegerte.
Laura le acarició la mejilla, áspera por la barba.
— Tú ya me proteges, Damián. Pero sí. Sí me quiero casar contigo.

Se besaron en medio de la plaza, y la gente aplaudió. No porque fueran ricos o famosos, sino porque el amor verdadero, ese que sobrevive a las tormentas, siempre se celebra.

EL SÓTANO DE LA CIUDAD

Mientras Damián celebraba el amor, Marina celebraba que había encontrado una moneda de diez pesos en el suelo.
Vivía en un cuarto de azotea en la colonia Guerrero. La Tía Lucha había fallecido hacía seis meses, y los hijos de la tía, que nunca quisieron a Marina, la echaron a la calle el mismo día del velorio.

Marina ahora vendía gelatinas y flanes que ella misma hacía (aprendió viendo videos en un celular viejo con la pantalla estrellada) afuera de una estación del Metrobús.
Su belleza se había marchitado. A sus 45 años, parecía de 60. Tenía el cabello reseco, la piel manchada por el sol y los dientes amarillentos por falta de cuidado. Usaba ropa donada por la iglesia.
Nadie, absolutamente nadie, reconocería en esa mujer encorvada y triste a la “Reina de Satélite”.

Esa tarde de diciembre, el frío calaba los huesos.
— ¡Gelatinas! ¡Ricas gelatinas de leche! —gritaba Marina con voz ronca, ofreciendo su producto a los oficinistas que salían corriendo para sus fiestas de fin de año.
La mayoría la ignoraba. Otros la miraban con lástima y seguían de largo.

De pronto, un coche negro, elegante, un Mercedes Benz, se detuvo en el semáforo justo frente a su puesto improvisado (una caja de cartón).
Marina miró el auto. Recordó cuando ella tenía uno así. Recordó el olor a piel nueva, el aire acondicionado.
El vidrio del copiloto bajó.
Marina vio a una mujer joven, guapísima, maquillada perfectamente, riéndose con el conductor.
El conductor…
Marina entrecerró los ojos.
El conductor era Antonio.

Sí, Antonio. El “Toño”.
Se veía más viejo, más gordo, pero era él. Iba manejando un coche de lujo.
Marina sintió una sacudida eléctrica. ¿Cómo era posible? ¿Antonio se había recuperado? ¿Y ella no?
Sin pensarlo, corrió hacia el coche.
— ¡Toño! ¡Toño!

Antonio volteó, asustado por la mujer indigente que golpeaba su ventana.
La miró. Sus ojos recorrieron la cara sucia de Marina, su suéter agujerado.
Hubo un segundo de reconocimiento. Una chispa de horror en los ojos de él.
Sí la reconoció. Sabía quién era.

— ¿Quién es, amor? —preguntó la chica joven.
Antonio tragó saliva. Miró a Marina a los ojos. Vio su desesperación, su súplica muda.
Y luego, con una frialdad absoluta, subió el vidrio.
— Nadie, mi vida. Una pordiosera. Qué asco que permitan esto en la calle.

El semáforo cambió a verde. El Mercedes arrancó, dejando a Marina envuelta en una nube de humo de escape.
Marina se quedó parada en medio de la calle, con la mano extendida.
Antonio la había negado. Antonio, el cómplice, el que la convenció de traicionar, había logrado trepar de nuevo (seguramente engañando a otra mujer rica o transando en algún negocio), mientras ella pagaba la factura completa.

Marina regresó a su caja de cartón. Se sentó en el suelo frío.
Miró sus gelatinas. Se le habían caído dos en la carrera. Estaban tiradas en el lodo.
— Pordiosera… —susurró—. Eso soy. Una pordiosera.

Esa noche, Marina no regresó a su cuarto de azotea. Se fue a una iglesia cercana. Se sentó en la última banca, al fondo, donde nadie la viera.
Lloró. Pero ya no lloró con rabia. Lloró con resignación.
Entendió, finalmente, que su castigo no era la pobreza. Su castigo era la soledad.
Damián tenía a Laura. Sus hijos tenían sus vidas. Antonio tenía su dinero sucio.
Ella no tenía nada. Ni a nadie.
Y lo peor de todo: sabía que se lo merecía.

EL ENCUENTRO FINAL (EPÍLOGO)

Pasaron cinco años más.
Damián y Laura bajaron a la Ciudad de México para la graduación de maestría de Sofía.
Damián no quería ir a la ciudad, le traía malos recuerdos, pero por Sofía hacía lo que fuera.
Después de la ceremonia, caminaron por el centro de Coyoacán, buscando un lugar para comer.
Damián se veía imponente. Un patriarca de montaña, con su cabello blanco y su esposa tomada del brazo. Irradiaba paz.

Pasaron frente a la iglesia de San Juan Bautista.
En las escaleras de la entrada, había un grupo de indigentes pidiendo limosna.
Damián, que siempre cargaba monedas para ayudar, se detuvo.
Sacó un billete de cincuenta pesos y se lo dio a una mujer que estaba sentada en un escalón, envuelta en un rebozo gris, con la cabeza baja.

— Tenga, madre. Cómprese algo caliente —dijo Damián con voz amable.

La mujer levantó la cabeza para agradecer.
Sus ojos, hundidos y tristes, se encontraron con los de Damián.
Era Marina.
Estaba irreconocible para el mundo, pero no para él. Damián conocía esos ojos. Eran los ojos que había amado durante veinte años.
Marina también lo reconoció. Vio al hombre fuerte, feliz, acompañado de una mujer que lo miraba con adoración.
Vio lo que perdió. Vio lo que destruyó.

Marina abrió la boca para decir algo. Podría haber dicho “Soy yo”. Podría haber dicho “Perdóname”. Podría haber dicho “Damián”.
Pero vio la mano de Laura entrelazada con la de él. Vio la alianza de matrimonio en el dedo de Damián. Una alianza simple, de plata, no de oro como la que ella le exigió.
Y Marina tuvo, por primera y única vez en su vida, un acto de amor verdadero.
Decidió no arruinarle el momento. Decidió quedarse muerta para él.

— Gracias, señor. Dios lo bendiga —dijo Marina con voz rasposa, bajando la cabeza rápidamente para ocultar su rostro.

Damián se quedó un segundo quieto. Algo en esa voz le resonó. Un eco lejano. Una vibración de una vida pasada.
Frunció el ceño. Sintió un escalofrío.
— ¿Damián? ¿Estás bien? —preguntó Laura, apretándole el brazo.

Damián miró a la mujer indigente. Vio sus manos sucias. Vio su soledad.
Si era ella… ya no importaba. Esa mujer de la escalera no era su esposa. Su esposa murió hace años en un hotel de Vallarta. Esta era solo una extraña víctima de sus propias decisiones.

— Sí, mi amor. Estoy bien —respondió Damián, volviendo a mirar a Laura y sonriendo—. Solo… me acordé de algo triste. Pero ya pasó. Vámonos, que Sofía nos espera.

Damián y Laura se alejaron caminando hacia la plaza, bajo la luz dorada de la tarde.
Marina levantó la vista y los vio irse. Vio cómo Damián le pasaba el brazo por los hombros a Laura y le daba un beso en la sien.
Marina apretó el billete de cincuenta pesos contra su pecho.
— Adiós, mi amor —susurró, con una lágrima limpiando la suciedad de su mejilla—. Sé feliz. Tú sí te lo mereces.

Se levantó con dificultad, se acomodó el rebozo y entró a la iglesia a rezar.
Afuera, la vida seguía.
Damián Torres había ganado. No por venganza, sino porque había aprendido la lección más importante de todas: la verdadera riqueza no está en las cuentas de banco, ni en las casas, ni en el estatus. La verdadera riqueza es tener la conciencia tranquila y a alguien que te tome de la mano cuando el camino se pone difícil.

Y así, entre el bullicio de la ciudad y el silencio de la montaña, la historia terminó. Cada uno cosechó exactamente lo que sembró.

FIN

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