
PARTE 1
CAPÍTULO 1: EL RUIDO DE UN MOTOR DESBIELADO
Dicen que un buen mecánico sabe lo que le duele a un carro nomás con escucharlo arrancar. Max era de esos. Podía distinguir un balero zumbando, una banda chillando o un pistón cabeceando con los ojos cerrados. Llevaba veinte años con las manos metidas en la grasa, escuchando el corazón de las máquinas en su taller, “El Pistón de Oro”. Pero lo que Max no sabía, lo que su experiencia no le había enseñado, era a escuchar cuando lo que estaba a punto de desbielarse no era una troca vieja, sino su propia vida.
A sus cuarenta y dos años, Maximiliano “Max” Cárdenas se sentía, o al menos eso se decía a sí mismo frente al espejo cada mañana, un hombre realizado. No era rico de esos que salen en las revistas de sociales, ni vivía en Las Lomas, pero era un hombre de respeto en su colonia. Se había hecho a pulso, chingándole desde chavito cuando empezó barriendo tuercas en un taller de mala muerte, hasta que ahorró peso sobre peso para comprar su propio terreno y levantar su negocio.
Ese martes, como cualquier otro, el sol caía a plomo sobre el techo de lámina del taller. Olía a esa mezcla que para Max era el perfume del éxito: aceite quemado, gasolina, jabón Zote y tacos de suadero que vendía la señora de la esquina.
—¡Órale, “Tuercas”, no te hagas güey con esa Lobo! El cliente la quiere para las cinco y te veo muy calmado echando el chisme —gritó Max desde la oficina, limpiándose las manos negras con una estopa que ya había visto mejores días.
—Ya voy, patrón, ya voy. Nomás le estaba ajustando la marcha, que andaba media pegada —respondió el chalán, un muchachillo al que Max le estaba enseñando el oficio, tal como le enseñaron a él.
Max sonrió para sus adentros. Le gustaba eso. Ser el “patrón”. No por soberbia, sino porque significaba que nadie le daba órdenes. Él era el proveedor, el macho alfa de su manada. Todo ese esfuerzo, todo ese sudor que se le pegaba a la frente y se mezclaba con el tizne, era para ellas: para Ximena y para Katia.
Ximena. Su mujer. Llevaban catorce años de casados. Catorce años de compartir la cama, las deudas, las gripas y las alegrías. Cuando se casaron, Ximena era la mujer más hermosa que Max había visto en su vida; una morena de fuego con una sonrisa que le hacía temblar las rodillas. Y Katia, su hija de trece años, era su viva imagen, su princesa azteca, la niña por la que Max sería capaz de matar o morir sin pensarlo medio segundo.
—Ya quedó, jefe —dijo Eugenio, entrando a la oficina y sacando a Max de sus pensamientos.
Eugenio no era un empleado más. Era su compadre. Su hermano del alma. Se conocían desde la secundaria, desde que se iban de pinta para jugar maquinitas. Eugenio era el padrino de Katia, el que siempre estaba en las carnes asadas los domingos, el que le prestaba lana cuando la cosa se ponía fea y al que Max le confiaba hasta las llaves de su casa.
—¿Qué pasó, mi Geño? ¿Ya quedó el Sentra del licenciado? —preguntó Max, abriendo la hielera pequeña que tenía bajo el escritorio para sacar dos cocas de vidrio bien heladas.
—Quedó al centavo, carnal. Suavecito como nalga de bebé —bromeó Eugenio, agarrando el refresco y destapándolo con el filo del escritorio, una maña que tenían desde chavos—. Oye, compadre… te noto medio agüitado. ¿Qué traes? ¿Broncas con la doña?
Max suspiró. El suspiro le salió desde el estómago, pesado, cargado de una angustia que llevaba meses tragándose. Le dio un trago largo a la coca, sintiendo cómo el gas le quemaba la garganta, buscando las palabras.
—No sé, Geño. La neta no sé. Siento a la Ximena… rara. Como que ya no le caliento ni el café, ¿me entiendes? Llego a la casa y parece que llega un fantasma. Ni me pela, ni me habla, y si me habla es pa’ ladrarme.
Eugenio se quedó callado un segundo, dándole un trago a su refresco mientras miraba hacia el patio del taller, donde los otros mecánicos trabajaban. Su expresión era indescifrable, oculta tras esa sonrisa de medio lado que siempre tenía.
—Nombre, compadre, son rachas. Ya sabes cómo son las viejas, de repente les pega la hormona o qué sé yo. A lo mejor quiere que la saques a pasear, que le compres algo bonito. Ya ves que a Ximena le gusta lo bueno.
—Pues sí, güey, pero me parto la madre aquí doce horas diarias pa’ que no le falte nada. La casa la tiene como espejo, le compré el carro que quería… No sé qué más quiere.
—Tú tranquilo, Max. A lo mejor necesita… espacio. Ya sabes, que no la atosigues tanto. Déjala ser, chance y se le pasa el berrinche —dijo Eugenio, dándole una palmada en la espalda, una de esas palmadas que se sienten pesadas, aunque Max no supo interpretar por qué.
Esa tarde, Max cerró el taller a las siete. Se lavó las manos tres veces con detergente en polvo para quitarse la grasa, se peinó frente al espejito roto del baño y se echó un poco de loción barata que guardaba en la guantera de su camioneta. Quería llegar “presente”, quería ver si hoy, por fin, Ximena le regalaba una sonrisa.
El camino a casa se le hizo eterno. El tráfico de la ciudad estaba imposible, puro claxonazo y mentadas de madre, pero Max iba en su propia burbuja de ansiedad. Cada semáforo en rojo era una tortura. ¿Cómo estaría ella hoy? ¿Estaría de buenas? ¿O le tocaría otra vez la “ley del hielo”? Recordó, con una punzada en el corazón, cómo eran las cosas al principio. Recordó cuando llegaba del trabajo y ella lo esperaba en la puerta, con un beso que le sabía a gloria y la cena caliente servida en la mesa. Platicaban de todo y de nada hasta la madrugada. Ahora… ahora el silencio en esa casa pesaba más que un motor de ocho cilindros.
Llegó a su casa, una vivienda de dos pisos con fachada color melón y rejas blancas, su orgullo. Estacionó la camioneta, respiró hondo como quien va a entrar a una batalla, y metió la llave en la cerradura.
Al abrir la puerta, lo recibió el olor a Fabuloso de lavanda y el sonido de la televisión. Ximena estaba en la sala, desparramada en el sofá, con el celular en la mano y la mirada pegada a la pantalla, viendo videos de TikTok a todo volumen.
—¡Ya llegué, familia! —anunció Max, tratando de inyectarle energía a su voz, aunque por dentro se sentía chiquito.
Nadie respondió.
Katia bajó las escaleras corriendo, con los audífonos puestos.
—Hola, pa —dijo rápido, dándole un beso al aire cerca de su mejilla sin detenerse—. Voy a casa de la Kimberly a hacer la tarea, regreso al rato.
—Espérate, mija, ¿y tu mamá te dio permiso? Ya es tarde —intentó decir Max, pero Katia ya había abierto la puerta y salido.
—Sí, ya le dije, bye —gritó la niña antes de cerrar.
Max se quedó parado en la entrada, con la mochila del trabajo en la mano, sintiéndose como un extraño en su propia casa. Caminó hacia la sala. Ximena ni siquiera levantó la vista.
—Hola, mi amor. ¿Cómo te fue? —preguntó él, acercándose para darle un beso.
Ximena hizo un movimiento rápido, casi imperceptible, girando la cabeza para que el beso de Max cayera en su oreja y no en su boca.
—Bien —dijo ella, seca, sin dejar de scrollear en el teléfono—. Ahí está la cena en la estufa. Son frijoles con huevo. Caliéntatelos tú porque yo ya acabé de limpiar la cocina y no quiero que me ensucies todo otra vez.
El golpe fue seco. “Caliéntatelos tú”. No era por la comida, Max tenía manos y sabía usar el microondas. Era el tono. Era el desprecio. Era esa forma de hablarle como si él fuera un estorbo, una mancha de grasa en su piso inmaculado.
—Oye, Ximena… ¿te pasa algo? —Max se atrevió a preguntar, sentándose en el borde del sillón, con cuidado de no ensuciar la tela beige.
Ella soltó un bufido, bloqueó el celular y por fin lo miró. Sus ojos, esos ojos negros que antes lo miraban con adoración, ahora estaban vacíos, fríos como el acero.
—¿Qué me va a pasar, Max? Estoy cansada. Me paso todo el día limpiando, lavando tu ropa apestosa a aceite, lidiando con la casa, con la niña… Y llegas tú con tu cara de perro regañado preguntando si me pasa algo. Lo que me pasa es que quiero paz. ¿Es mucho pedir?
Max sintió que la sangre se le subía a la cabeza, pero se aguantó. Respiró hondo.
—Pero si yo también vengo cansado, mujer. Vengo de chingarle todo el día para que no falte nada aquí. Nomás quería platicar, saber cómo estuvo tu día. Antes platicábamos.
—¡Antes, antes, antes! —explotó ella, poniéndose de pie—. ¡Ya chole con tu “antes”, Max! La gente cambia, madura. Tú sigues igual, estancado en tu tallercito, con tus amigotes corrientes, con tus chistes viejos. Eres… eres aburrido, Max. Eres gris.
Las palabras se clavaron en el pecho de Max como puñales oxidados. ¿Gris? ¿Él, que se desvivía por hacerla reír? ¿Él, que le traía flores aunque no fuera su cumpleaños? Se miró las manos, todavía con rastros de grasa en las uñas a pesar de las tres lavadas. Tal vez tenía razón. Tal vez él era solo eso: un mecánico sucio que no estaba a la altura de una mujer como ella.
—Perdón —murmuró Max, bajando la cabeza—. No quería molestarte. Voy a cenar.
Cenó solo en la cocina, masticando los frijoles fríos porque se le quitaron las ganas hasta de prender la estufa. El silencio de la casa era ensordecedor. Escuchaba a Ximena arriba, caminando de un lado a otro. Se preguntó cuándo se había roto todo. ¿Fue hace un mes? ¿Un año? ¿O siempre había estado roto y él, en su ignorancia de hombre enamorado, no lo había querido ver?
Esa noche, cuando se acostó, intentó abrazarla por la espalda, buscando un poco de calor humano, un poco de esa conexión que se le estaba escapando entre los dedos como arena. Ximena se puso rígida como una tabla.
—No me toques, Max. Hace mucho calor y apestas a gasolina —dijo ella, jalando la cobija y orillándose al borde de la cama, lo más lejos posible de él.
Max se quedó mirando el techo en la oscuridad. Una lágrima solitaria, traicionera, se le escapó por el rabillo del ojo y mojó la almohada. Se sintió el hombre más solo del mundo. Tenía esposa, tenía hija, tenía casa… y no tenía nada.
Los días siguientes fueron una copia al carbón de esa noche. Frialdad, rechazo, miradas de asco. Max empezó a notar cosas que antes pasaba por alto. Ximena se arreglaba más de la cuenta para ir “al súper”. Se ponía perfume caro nomás para ir a dejar a Katia a la escuela. Y el celular… el maldito celular se había convertido en una extensión de su mano. Lo bloqueaba apenas Max entraba al cuarto, se lo llevaba hasta al baño.
—¿Con quién tanto mensajeas? —le preguntó un jueves por la mañana, mientras desayunaban.
Ximena dio un brinco, como si la hubieran cachado robando.
—Ay, qué te importa. Es el grupo de las mamás de la escuela, están organizando la kermés. Qué metiche te has vuelto, de veras. Pareces vieja chismosa.
Max no dijo nada, pero el instinto, ese que le avisaba cuando una llanta estaba a punto de tronar, se le encendió en el cerebro. “Aquí hay gato encerrado”, pensó. Pero su corazón, ese pendejo corazón que la amaba, se negaba a creer lo peor. “No, la Ximena no. Ella es una mujer decente, es madre de familia. Seguro son ideas mías por el estrés”.
El viernes fue la gota que derramó el vaso.
Max llegó temprano, con un ramo de rosas y dos boletos para el cine. Quería arreglar las cosas, quería recuperar a su mujer.
—Vieja, mira. Te traje esto. ¿Qué te parece si nos vamos al cine y luego a cenar unos tacos chidos? Le decimos a la Katia que se quede con tu mamá un rato.
Ximena miró las flores con desdén, como si fueran basura.
—No puedo, Max. Voy a salir.
—¿A salir? ¿A dónde? Es viernes, pensé que podíamos…
—Voy con mis amigas, ¿ok? Quedamos de vernos en el café del centro. Necesito distraerme, me asfixio en esta casa, me asfixio contigo siempre encima de mí como chinche.
—¿Asfixiarte? —La voz de Max empezó a temblar, no de miedo, sino de coraje contenido—. Ximena, nomás quiero estar contigo. Somos esposos, chingada madre. ¿Cuándo fue la última vez que salimos juntos?
—¡Pues si no salimos es porque me aburres! —gritó ella, aventando las flores a la mesa—. ¡Entiéndelo! ¡No quiero ir a comer tacos grasosos contigo! ¡No quiero oír tus historias del taller! ¡Quiero vivir, quiero respirar!
Max sintió que algo se rompía dentro de él. No fue un ruido fuerte, fue como un cristal estrellándose en silencio. La miró a los ojos y vio a una desconocida. Una mujer que no solo no lo amaba, sino que lo despreciaba profundamente.
—Está bueno —dijo Max, con una voz extrañamente calmada—. Está bueno, Ximena. Vete con tus amigas. Vete a respirar. Yo no te voy a estorbar.
Dio media vuelta y caminó hacia la puerta.
—¿A dónde vas? —preguntó ella, con un tono más de molestia que de preocupación.
—A donde no estorbe —respondió él sin voltear.
Salió a la calle. La noche estaba fresca, pero Max sentía que le ardía la piel. Caminó sin rumbo, con las manos metidas en las bolsas de la chamarra, sintiendo cómo la rabia y la tristeza se peleaban dentro de su pecho para ver quién ganaba.
Necesitaba un trago. Necesitaba quemarse la garganta con tequila o ahogarse en cerveza para que el cerebro dejara de repetirle las palabras de Ximena: “Me aburres”, “Apestas”, “Eres gris”.
Sus pasos lo llevaron, casi por inercia, hacia la zona de las cantinas. No quería ir a un lugar fresa, quería un lugar de hombres, donde pudiera sentarse en una barra, pedir una caguama y que nadie le preguntara nada. Vio el letrero neón parpadeante de “El Rincón de los Compadres”. Se escuchaba música de Vicente Fernández saliendo de la rocola.
“Ahí mero”, pensó Max.
Entró al lugar, empujando las puertas batientes de madera. El olor a cigarro, orines y cerveza vieja lo golpeó, pero le resultó reconfortante. Era un olor honesto. Buscó una mesa al fondo, en la penumbra, detrás de una mampara de madera que separaba los reservados. Quería estar solo. Quería llorar su miseria sin que nadie lo viera.
Pidió una cubeta de cervezas y un tequila derecho. Se tomó el tequila de un solo trago, sintiendo el golpe caliente en el estómago.
—Pinche vida —murmuró, mirando la espuma de la primera cerveza—. Uno se mata trabajando, se porta bien, no anda de cabrón… ¿y pa’ qué? Pa’ que te traten como basura en tu propia casa.
Estaba sumido en su autocompasión, viendo borroso por las lágrimas que se le agolpaban en los ojos, cuando escuchó la campanita de la puerta sonar. Entró un grupo de hombres riendo y haciendo escándalo. Max no volteó, no le interesaba. Pero entonces, una risa cortó el aire. Una risa que conocía mejor que la suya propia.
“¿Eugenio?”, pensó.
Se quedó quieto, con el vaso a medio camino de la boca. Sí, era la voz de Eugenio. Su compadre. Su hermano. Sintió un chispazo de alegría. “Qué suerte tengo”, pensó. “Diosito aprieta pero no ahorca. Aquí está mi valedor. Ahorita me paso a su mesa, le cuento todo, y entre los dos le buscamos la vuelta. El Geño siempre sabe qué decirme”.
Eugenio y su grupo se sentaron justo en la mesa que estaba al otro lado de la mampara de madera. Max estaba a punto de levantarse, ya con la sonrisa preparándose en la cara, cuando escuchó su nombre.
—No mames, Geño, ¿neta el Max no se huele nada? —preguntó una voz aguardentosa.
Max se congeló. Su trasero volvió a caer en la silla como si tuviera plomo. El corazón se le detuvo.
—¿Ese güey? —respondió Eugenio, y Max pudo escuchar claramente el sonido de una botella chocando contra la mesa—. Ese güey vive en Narnia, compadre. Es más ciego que un topo. Lleva catorce años manteniéndome a la mujer y ni cuenta se da.
El mundo de Max se detuvo en seco. La música de la rocola, el ruido de los vasos, las risas de los otros borrachos… todo desapareció. Solo quedó esa frase retumbando en su cabeza: “Lleva catorce años manteniéndome a la mujer”.
Lo que estaba a punto de escuchar en los siguientes cinco minutos iba a doler más que si le hubieran arrancado la piel a tiras. Lo que estaba a punto de descubrir iba a matar a Maximiliano Cárdenas, el hombre bueno, y a dar a luz a algo mucho más oscuro y terrible.
La calma había terminado. La tormenta acababa de empezar.
CAPÍTULO 2: LA SANGRE SE VUELVE HIELO
Max sintió que el aire se le escapaba de los pulmones, como cuando se revienta una manguera de alta presión. Se quedó estático, con la mano aferrada al cuello de la botella de cerveza, los nudillos tan blancos que parecían de hueso pelado. Detrás de esa delgada mampara de madera barnizada, a menos de dos metros de su espalda, estaba ocurriendo su propia ejecución, y él era el único testigo.
La rocola, en una coincidencia cruel que solo el destino sabe orquestar, empezó a tocar “La Media Vuelta” de José Alfredo Jiménez. La música de mariachi llenó el lugar, pero para Max sonaba lejana, como si estuviera bajo el agua. Lo único nítido, lo único real en ese maldito universo que se colapsaba, era la voz de Eugenio. Esa voz que tantas veces le había dicho “carnal”, “hermano”, “compadre”.
—No te pases de lanza, Geño… —decía uno de los amigos, con esa mezcla de morbo y admiración que tienen los hombres cuando escuchan una “hazaña” prohibida—. ¿Y neta nunca, nunca te ha cachado? Digo, catorce años son un chingo de tiempo. Hasta el mejor cazador se le va la liebre.
Se escuchó el sonido de un encendedor y luego una bocanada de humo expulsada con placer. Max podía imaginar a Eugenio recargado en la silla, con esa pose de galán de barrio que siempre ponía cuando se sentía el centro de atención.
—Mira, “Rulis” —respondió Eugenio con suficiencia—, el secreto está en la rutina. El Max es un hombre de costumbres. Es como un relojito suizo, pero versión Tsuru. Siempre hace lo mismo, a la misma hora. Se levanta, va al taller, se llena de grasa, come su torta, regresa, se baña y se duerme. No tiene malicia, güey. Su cerebro no procesa que la gente pueda ser… creativa.
Hubo risas contenidas en la mesa. Risas que a Max le quemaban como ácido en los oídos.
—Además —continuó Eugenio, bajando un poco la voz, lo que obligó a Max a pegarse casi contra la madera para no perder detalle—, la Ximena es una actriz de primera. Deberían darle un Oscar a esa mujer. Delante de él es la esposa sufrida, la ama de casa perfecta, la “santa”. Pero nomás cruzamos la puerta del motel… ¡Ay, papá! Se transforma. Es otra. Esa mujer tiene un fuego que el pobre de Max ni se imagina que existe. Con él es hielo, conmigo es un volcán.
Max cerró los ojos. Una imagen grotesca invadió su mente: su Ximena, la misma que le rechazaba los abrazos porque “hacía calor”, la que le decía que le daba asco el olor a taller, entregándose a su mejor amigo. Sintió una náusea violenta subirle desde el estómago. Tuvo que taparse la boca con la mano libre para no vomitar ahí mismo.
Recordó las veces que Eugenio llegaba al taller silbando, contento, presumiendo que venía de echarse “un rapidín” con una conquista.
—Ando bien deslechado, compadre, hoy sí me tocó premio —decía Eugenio guiñándole el ojo.
Y Max, el imbécil de Max, se reía y le decía: “Eres un cabrón, Geño, un día te va a agarrar un marido celoso y te va a partir la madre”.
Nunca, ni en sus peores pesadillas, imaginó que el marido celoso debía ser él. Que el “premio” del que hablaba Eugenio era su propia esposa.
—Pero a ver, cuenta, cuenta —insistió otro de la mesa, probablemente el “Chema”, otro conocido del barrio—. ¿Y cómo le hacen? Digo, tú trabajas con él. Estás ahí todo el día.
—Ahí está el chiste, mi Chema. La mejor mentira es la que tienes enfrente de las narices. —Se escuchó el golpe de un vaso contra la mesa, pidiendo otra ronda—. Tenemos un sistema infalible. Una vez al mes, religiosamente, la Ximena le inventa que va a ver a su tía la de Toluca, o que tiene reunión con las de la escuela, o cualquier pendejada. El Max ni pregunta, le vale madre, con tal de que no lo estén jodiendo. Y yo… pues yo pido el día a cuenta de vacaciones o me invento que voy a buscar refacciones al centro. Y pum. Nos vemos en el “Nido de Amor”, ese motelito que está por la salida a la carretera. Cuatro horitas de pasión desenfrenada, una buena comida, y cada quien a su casa como si nada. Es como llevar el carro a servicio, güey. Ella necesita su “afinación y balanceo” mensual para aguantar al aburrido de su marido.
—¡Qué hijo de la chingada eres! —rió el Rulis, chocando las palmas—. ¡Afinación y balanceo! Te pasas, güey.
Max sentía que la cabeza le iba a estallar. La presión en sus sienes era insoportable. “Afinación y balanceo”. Así llamaban a acostarse con su mujer. Así se burlaban de su matrimonio, de su vida. Cada palabra era un martillazo. Pero lo peor no era la infidelidad en sí. Lo peor era la traición de la amistad. Eugenio comía en su mesa. Eugenio le había prestado dinero cuando operaron a su mamá. Eugenio era el hermano que nunca tuvo.
Y ahí estaba, despellejándolo vivo para divertir a unos borrachos.
Max miró la botella en su mano. Podría hacerlo. Podría levantarse en este preciso instante, dar dos pasos, rodear la mampara y estamparle la botella llena en la cara a Eugenio. Se imaginó el sonido del vidrio rompiéndose contra el cráneo de su compadre, la sangre brotando, los dientes volando. Se imaginó agarrando al Rulis y al Chema a patadas hasta que dejaran de reírse. La adrenalina inundó su cuerpo. Sus músculos se tensaron, listos para saltar.
Pero entonces, Eugenio soltó la bomba atómica. La frase que cambiaría el destino de todos para siempre.
—Oye, pero… hay algo que siempre me he preguntado —dijo el Chema, con un tono más serio, bajando el volumen casi a un susurro—. Y no te ofendas, güey, pero… ¿Y la niña?
El silencio que siguió a esa pregunta fue espeso, pesado. Max sintió un frío sepulcral recorrerle la columna vertebral. Se le erizaron los pelos de los brazos. “No”, pensó. “No te atrevas. Con ella no. Con Katia no”.
—¿La Katia? —dijo Eugenio, y su voz sonó diferente. Ya no había tanta burla, sino un orgullo macabro, retorcido—. ¿Pues qué tiene?
—No te hagas pendejo, Geño. La niña acaba de cumplir trece, ¿no? Y tú dices que llevas catorce años con la Ximena… Y si uno se fija bien… la chava tiene tu misma nariz. Y ese lunar que tienes en la quijada… la niña lo tiene igualito.
Max dejó de respirar. Literalmente. Sus pulmones se paralizaron. Esperó la negación. Esperó que Eugenio dijera: “No mames, güey, eso sí que no, la niña es sagrada, es hija del Max”. Esperó, con la última gota de esperanza que le quedaba en el alma, que hubiera un límite para la maldad.
Pero Eugenio se rió. Una risa suave, de esas de “ya me cachaste”.
—Mira, compadre… —empezó Eugenio, arrastrando las palabras—. Lo que se ve no se juzga. Acuérdate de la fecha. ¿Cuándo se casaron estos güeyes? En noviembre. ¿Cuándo nació la niña? En agosto del año siguiente. Sietemesina, según dijeron. Pero la niña nació pesando tres kilos y medio. ¿Tú has visto un siemesino de tres kilos y medio?
—No mames… —susurró el Rulis—. Entonces…
—Entonces nada —cortó Eugenio—. Oficialmente, es una Cárdenas. Lleva el apellido del Max, él le paga la escuela, le compra los zapatos y la lleva al cine. Él es el “papá” de la cartera. Pero de sangre… —Eugenio hizo una pausa dramática, disfrutando el momento—. Digamos que esa niña lleva mi ADN. Fue el regalito de despedida que nos echamos Ximena y yo antes de que ella firmara el acta de matrimonio. Un “polvo” de despedida que pegó chicle.
—¡A la bestia! —exclamó el Chema—. ¿Y la Ximena lo sabe?
—Claro que lo sabe. Por eso me deja estar cerca. Por eso soy el padrino. Es la manera perfecta de estar cerca de mi hija sin tener que pagar manutención, ni cambiar pañales, ni aguantar berrinches. Tengo lo mejor de los dos mundos, cabrones. Tengo a la mujer cuando se le antoja, tengo una hija preciosa que no me cuesta un peso, y tengo un pendejo que me mantiene todo el circo. ¿Soy o no soy un genio?
—¡Eres el diablo, güey! —brindaron todos, chocando los vasos entre carcajadas estruendosas—. ¡Salud por el genio del Geño! ¡Y salud por el San Max, el patrono de los cornudos!
Ahí, en ese rincón oscuro de la cantina, algo se murió dentro de Maximiliano Cárdenas.
La furia ciega, esa que lo impulsaba a matar, se apagó de golpe. Fue reemplazada por algo mucho más aterrador: una claridad helada. Una calma absoluta, muerta, como el ojo de un huracán.
Si Max hubiera atacado en ese momento, habría ido a la cárcel. Habría matado a Eugenio, sí. Pero Ximena se habría quedado con la casa, con el dinero y, lo peor de todo, con Katia. Ximena habría jugado el papel de viuda dolida, víctima de un marido loco y violento. Y Katia… Katia habría crecido odiándolo, visitándolo en el reclusorio pensando que su padre era un asesino que mató a su “querido padrino” sin razón.
No. Eso era demasiado fácil. Demasiado piadoso.
Ellos le habían robado 14 años de vida. Le habían robado su paternidad, su confianza, su dignidad. Le habían hecho criar a una hija ajena mientras se reían en su cara. Habían construido un imperio de mentiras sobre su espalda cansada.
Max soltó la botella de cerveza sobre la mesa, con cuidado de que no hiciera ruido. Se limpió una lágrima solitaria que le corría por la mejilla, la última lágrima que derramaría por ellos.
Se levantó como un fantasma. Aprovechando el escándalo que tenían en la mesa de al lado, donde ya estaban pidiendo canciones a gritos, Max se deslizó hacia la salida pegado a la pared, entre las sombras. Nadie lo vio. Ni Eugenio, que estaba demasiado ocupado celebrando su propia inmundicia, ni los meseros que corrían con charolas llenas.
Salió a la calle y el aire nocturno le golpeó la cara, pero ya no sentía frío. No sentía nada. Era como si le hubieran vaciado el pecho y lo hubieran rellenado con concreto.
Caminó de regreso a su casa. La ciudad se veía diferente. Las calles que antes le parecían familiares y acogedoras, ahora le parecían hostiles, sucias. Veía a las parejas caminando de la mano y se preguntaba: “¿Quién de los dos está engañando al otro? ¿Quién es el pendejo ahí?”. La inocencia se le había caído de los ojos como una venda podrida.
Llegó a su casa. La fachada color melón, que tanto orgullo le daba, ahora le parecía ridícula. “La casa del payaso”, pensó. “El circo donde el Max hace sus gracias para que otros se diviertan”.
Entró en silencio. Todo estaba apagado. Subió las escaleras despacio, cuidando que no crujieran los escalones de madera, esos que él mismo había barnizado hacía un mes. Pasó por el cuarto de Katia. La puerta estaba entreabierta.
Se detuvo y la miró dormir. La luz de la luna entraba por la ventana e iluminaba su rostro. Katia. Su princesa. Dormía con la boca un poco abierta, abrazada a un oso de peluche que él le había regalado en la feria. Max sintió un dolor agudo, físico, en el centro del pecho. Buscó en su cara los rasgos de Eugenio. Intentó ver esa nariz, ese lunar.
“No”, se dijo a sí mismo, negándose a aceptar lo que sus ojos empezaban a confirmar. “Es mi hija. Yo le cambié los pañales. Yo le enseñé a andar en bici. Yo la cuidé cuando le dio varicela y no me despegué de su cama tres días. Padre es el que cría, no el perro que engendra”.
Pero la duda, esa maldita semilla venenosa, ya estaba sembrada. Y dolía más que cualquier verdad.
Cerró la puerta de Katia con suavidad infinita y caminó hacia su propia recámara. Ahí estaba Ximena, dormida, ocupando casi toda la cama. Roncaba suavemente. Se veía tranquila, en paz.
Max se quedó parado al pie de la cama, observándola en la penumbra.
¿Cómo podía alguien dormir tan tranquilo con tanta podredumbre en el alma? ¿Cómo podía mirarlo a los ojos todos los días, servirle el café, y luego irse a revolcar con su mejor amigo? ¿Cómo podía ser tan cínica, tan actriz, tan… malvada?
Sintió un impulso repentino de despertarla a gritos. De sacudirla hasta que se le salieran los dientes y exigirle la verdad. “¡Dímelo! ¡Dime que Katia no es mía! ¡Dime que te has estado acostando con el Eugenio!”.
Pero se contuvo. Apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas. No. Si la despertaba ahora, ella lo negaría todo. Lloraría, se haría la víctima, diría que está loco, que es un paranoico celoso. Y Eugenio… Eugenio borraría cualquier rastro. Se cubrirían las espaldas el uno al otro, como lo habían hecho durante catorce años.
Necesitaba pruebas. Necesitaba tener la verdad agarrada por el cuello, de tal manera que no pudieran respirar ni decir una sola mentira más. Necesitaba destruirlos con la precisión de un cirujano extirpando un tumor.
Se quitó la ropa en silencio y se metió en la cama, cuidando de no rozarla. Se acostó en la orilla, dándole la espalda. El calor que emanaba el cuerpo de Ximena, ese calor que antes buscaba en las noches frías, ahora le daba repulsión. Sentía que estaba acostado junto a una víbora venenosa.
No durmió. Se pasó la noche entera mirando la luz del reloj despertador, viendo pasar los minutos, las horas.
3:00 AM.
4:00 AM.
5:00 AM.
Con cada hora que pasaba, el plan se iba formando en su cabeza. Ya no era un caos de emociones. Ahora era una lista de tareas. Fría. Metódica.
Primero: Confirmar la paternidad. No podía basar su venganza solo en las palabras de un borracho, por más que ese borracho fuera el implicado. Necesitaba la certeza científica. Necesitaba ver el papel que dijera “0%”. Y si el papel decía eso… entonces Dios se apiade de ellos, porque Max no lo haría.
Segundo: Saber sus movimientos. Eugenio dijo “una vez al mes”. Necesitaba saber cuándo, dónde y cómo. Necesitaba verlos. Necesitaba que la imagen se le grabara en la retina para que el odio nunca bajara de intensidad.
Tercero: El dinero. Eugenio había dicho que Max era el “proveedor”. Bueno, se acabó la beca. Iba a cerrar la llave. Iba a proteger cada centavo que había ganado con su sudor. Si se iba a ir al infierno, no se iba a llevar ni un peso de él.
Cuarto: La destrucción total. No bastaba con el divorcio. No bastaba con despedir a Eugenio. Tenía que dejarlos en la ruina moral, social y económica. Tenía que hacer que se arrepintieran de haber nacido.
A las 6:00 AM, sonó la alarma. Ximena se movió, refunfuñando, y se tapó la cabeza con la almohada.
—Apaga esa chingadera, Max —masulló—. Que ruidoso eres.
Max estiró la mano y apagó el despertador. Se sentó en la cama. Se sentía agotado, con los ojos llenos de arena, pero su mente estaba más despierta que nunca.
—Buenos días a ti también, mi amor —dijo Max.
Su voz sonó normal. Tranquila. Incluso un poco cariñosa.
Ximena no notó la diferencia. Nadie notaría la diferencia. El Max de siempre se levantó, se puso su uniforme azul marino con el logo de “El Pistón de Oro” bordado en el pecho, y bajó a la cocina.
Preparó café. Mientras el agua hervía, escuchó los pasos de Katia bajando para ir a la escuela. La niña entró a la cocina, con el uniforme de la secundaria y el cabello todavía húmedo.
—Buenos días, pa —dijo ella, abriendo el refrigerador.
Max la miró. La miró de verdad. Escaneó su rostro buscando la verdad genética. Vio sus ojos oscuros, su barbilla, la forma de sus orejas. Y sintió un miedo terrorífico. Porque por primera vez en trece años, no se vio a sí mismo en ella. Vio un fantasma. Vio a Eugenio.
—Buenos días, hija —respondió Max, forzando una sonrisa que le dolió en el alma—. ¿Quieres que te lleve?
—No, pa, pasa la Kimberly por mí, nos vamos caminando.
—Ah, bueno. Con cuidado, eh. Y ponte suéter que está fresco.
Katia salió. Max se quedó solo en la cocina. Vio un cabello largo y negro de Katia que había quedado pegado en el respaldo de la silla. Un solo cabello.
Se acercó lentamente. Lo tomó entre sus dedos gruesos y callosos. Era un hilo fino, brillante. La llave de la verdad.
Sacó una servilleta de papel de la mesa, colocó el cabello con cuidado en el centro, y la dobló metódicamente, haciendo un paquetito pequeño y seguro. Lo guardó en la bolsa de su camisa, justo sobre su corazón, que latía lento y pesado como un tambor de guerra.
—Hoy empieza el show —susurró Max a la cocina vacía.
Salió de la casa, subió a su camioneta y arrancó el motor. El rugido del V8 le dio una extraña satisfacción. Era potencia controlada. Era fuerza bruta esperando ser liberada.
Eugenio no sabía que hoy, cuando llegara al taller y saludara a su “compadre” con esa sonrisa falsa, estaría saludando a su verdugo. Max iba a jugar el papel de su vida. Iba a ser el Óscar que Eugenio decía que merecía Ximena. Iba a sonreír, iba a bromear, iba a invitarle las cocas.
Y mientras tanto, iba a afilar el cuchillo.
Llegó al taller antes que nadie. Abrió las cortinas metálicas con estrépito. El sol de la mañana entraba iluminando las manchas de aceite en el piso, las herramientas colgadas, los motores desarmados. Su reino. El reino que ellos creían que era de un tonto.
Max sacó su teléfono. Buscó en Google: “Laboratorios de genética pruebas de paternidad discretas precio”. Anotó tres números en un papelito grasiento.
Luego, buscó otra cosa: “Aplicaciones espía para celular localización GPS oculta”.
Cuando Eugenio llegó media hora después, con su habitual andar desenfadado y oliendo a loción barata para disimular la cruda, Max ya estaba debajo de una camioneta, llave de cruz en mano.
—¡Quihubo, compadre! —gritó Eugenio—. ¿Cómo amaneciste? Yo traigo una cruda que me está matando, anoche se puso buena la peda.
Max salió de debajo de la camioneta. Se limpió el sudor de la frente con el antebrazo. Miró a Eugenio a los ojos. Mantuvo la mirada un segundo más de lo normal, escrutando esa cara que ahora le provocaba un asco visceral. Pero luego, sus labios se curvaron en una sonrisa perfecta, la sonrisa del Max de siempre.
—¡Qué pasó, mi Geño! —dijo Max, con una jovialidad que le heló la sangre a él mismo por lo falsa que era—. Pues amanecí al cien, carnal. Con toda la actitud. Y tú… te ves de la chingada, güey. Ahorita te picho unos chilaquiles pa’ que revivas. ¿Cómo ves?
Eugenio soltó una carcajada y le dio una palmada en el hombro.
—¡Eso es todo, compadre! Eres a toda madre, Max. Neta que sí. No te merecemos.
—No —pensó Max mientras veía a Eugenio caminar hacia los vestidores, su mirada oscureciéndose al instante—. Neta que no me merecen. Y muy pronto, se van a dar cuenta de por qué.
Max metió la mano en su bolsillo y tocó el pequeño paquete de servilleta con el cabello de Katia. La cuenta regresiva había comenzado.
CAPÍTULO 3: LA AUTOPSIA DE UNA MENTIRA
Vivir con el enemigo es un arte que nadie te enseña. Requiere un estómago de acero y una capacidad para tragar sapos sin hacer gestos que Max no sabía que tenía. Los días siguientes a la revelación en la cantina fueron una tortura china, lenta y constante. Cada mañana, Max se levantaba de la cama que compartía con la traidora, se ponía su máscara de “marido tonto y feliz” y salía a enfrentar al mundo.
El taller, que antes era su santuario, se había convertido en un campo minado. Ver a Eugenio llegar todos los días, con esa sonrisita cínica y ese andar de gallito de pelea, le provocaba una acidez estomacal que ni el Riopan podía calmar.
—¡Quihubo, compadrito! ¿Qué dice la buena vida? —saludaba Eugenio, dándole la mano.
Max sentía la piel de Eugenio, húmeda y callosa, y tenía que reprimir el impulso de quebrarle los dedos uno por uno.
—Aquí andamos, Geño, chingándole para sacar pa’ la papa —respondía Max, forzando una sonrisa que sentía como una mueca de payaso triste.
Pero Max tenía una misión. Y los hombres con misión no se distraen con sentimientos. Su primer objetivo era el teléfono de Ximena. Ese aparato se había convertido en la caja negra del avión estrellado que era su matrimonio. Ximena lo cuidaba más que a sus propios ojos. Se bañaba con él, dormía con él bajo la almohada, y si lo dejaba en la mesa, lo ponía boca abajo.
La oportunidad llegó un sábado por la mañana. Ximena, confiada en su rutina y en la supuesta estupidez de su marido, cometió un error de novata. Se metió a bañar y dejó el celular cargando en el buró, pero olvidó cerrar la puerta del baño con seguro. Max estaba en la sala, fingiendo ver el fútbol, cuando escuchó el chorro de la regadera.
Su corazón empezó a latir como un pistón a diez mil revoluciones. Se levantó del sofá, sus pasos amortiguados por las calcetas, y subió las escaleras como un ladrón en su propia casa. Al entrar a la recámara, el vapor del baño salía por la rendija de la puerta. Se escuchaba a Ximena tararear una canción de Luis Miguel.
“Cántale, desgraciada, cántale”, pensó Max con amargura.
Se acercó al buró. Ahí estaba el teléfono. Un iPhone de última generación que él mismo le había regalado en Navidad, pagándolo a doce meses sin intereses. Lo tomó con manos temblorosas. La pantalla se iluminó. “Ingrese código”.
Mierda.
Max cerró los ojos, tratando de pensar. ¿Cuál sería? Probó con el cumpleaños de ella. Error. Probó con el aniversario de bodas. Error.
—Piensa, Max, piensa como ella —se dijo—. ¿Qué es lo que más ama esta mujer?
Probó con el cumpleaños de Katia: 1508.
El teléfono se desbloqueó.
Una oleada de alivio y dolor lo golpeó. Usaba la fecha de nacimiento de la hija que tuvo con su amante para proteger sus secretos. Qué ironía tan cruel.
No tenía tiempo para leer mensajes. Si Ximena salía y lo cachaba, todo se iba al diablo. Sus dedos, gruesos y torpes por el trabajo rudo, se movieron con una agilidad sorprendente sobre la pantalla táctil. Abrió el navegador, tecleó la dirección de la página del software espía que había comprado la noche anterior y descargó la aplicación.
El internet de la casa parecía ir a paso de tortuga. La barra de descarga avanzaba milimétricamente.
—¡Vamos, chingada madre, apúrate! —susurró Max, mirando hacia la puerta del baño. El agua seguía corriendo, pero el tarareo había cesado.
50%… 70%… 90%…
De repente, el agua se cortó. El silencio en el cuarto fue aterrador. Max escuchó cómo Ximena corría la cortina de la regadera.
—¡Instalación completa! —brilló la pantalla.
Max configuró los permisos a la velocidad de la luz: acceso a GPS, acceso a micrófono, acceso a WhatsApp, modo oculto. La aplicación desapareció del menú principal, volviéndose invisible. Bloqueó el teléfono, lo dejó exactamente en el mismo ángulo en el que estaba sobre el buró y salió de la habitación disparado hacia el pasillo.
Apenas había llegado a las escaleras cuando escuchó la puerta del baño abrirse.
—¿Max? ¿Andas ahí arriba? —gritó Ximena.
Max se detuvo a medio escalón y volteó, tratando de regular su respiración agitada.
—Sí, vieja, subí por una camisa limpia, que ya me manché de salsa la que traía —mintió con una naturalidad que lo asustó.
—Ah, bueno. No me tardo, vamos a ir a comer con mi mamá, ¿te acuerdas?
—Sí, sí, aquí te espero.
Max bajó a la sala y se dejó caer en el sillón. Estaba empapado en sudor frío. Pero lo había logrado. Ahora tenía ojos y oídos en el infierno.
La semana siguiente fue una lección de masoquismo. Max se pasaba las horas muertas en la oficina del taller, con la puerta cerrada, mirando la pantalla de su computadora. El software era una maravilla tecnológica y una maldición emocional. Podía ver en tiempo real dónde estaba Ximena.
Lunes: Casa, Supermercado, Escuela de Katia, Casa.
Martes: Casa, Gimnasio (donde solo estaba 20 minutos y luego se iba a desayunar con amigas), Casa.
Todo parecía normal. Pero Max sabía que la rutina del engaño era precisa. Eugenio había dicho: “Una vez al mes”. Y según el calendario que Max llevaba mentalmente, y la actitud de “urgencia” que notaba en Eugenio, la fecha estaba cerca.
El miércoles, Eugenio llegó al taller más arreglado de lo normal. Traía una camisa polo nueva, bien planchadita, y se había rasurado al ras. Olía a esa loción dulzona que usaba para las “ocasiones especiales”.
—Oye, compadre —dijo Eugenio entrando a la oficina a media mañana, con esa cara de “no rompo un plato”—. Fíjate que me salió un pendiente urgente. Mi jefa anda mala de la presión y tengo que ir a llevarla al seguro. ¿Me das chance de ausentarme unas horas? Yo repongo el tiempo el sábado.
Max sintió que la sangre le hervía. Era el guion perfecto. La madre de Eugenio llevaba muerta tres años. Pero claro, Max “el tonto” no tenía por qué acordarse de esos detalles, ¿verdad? O al menos eso pensaba Eugenio.
—No me digas, Geño. Qué mala onda. Claro que sí, lánzate. La familia es primero, ya sabes que aquí yo te cubro.
—Gracias, carnal. Eres un santo.
Eugenio salió disparado. Cinco minutos después, el teléfono de Max vibró. Una notificación del software espía: “Ximena ha salido de la zona segura (CASA)”.
Max abrió el mapa. El punto rojo que representaba a Ximena se movía por la avenida principal. El punto azul, que era el celular de Eugenio (al cual Max también le había echado un ojo mediante el GPS de la camioneta del taller que Eugenio se había llevado), iba en la misma dirección.
Los dos puntos convergieron en el estacionamiento de un centro comercial al sur de la ciudad. Ahí se detuvieron unos minutos. Seguramente Ximena dejó su auto y se subió a la camioneta del taller.
Luego, un solo punto en movimiento se dirigió hacia la salida a carretera.
Max no pudo más. Necesitaba verlo. Necesitaba que sus ojos registraran la infamia para que nunca, jamás, tuviera la debilidad de perdonarlos. Cerró la oficina, le gritó al chalán que tenía que ir a ver a un proveedor y se subió a su propia camioneta.
Siguió la señal del GPS a una distancia prudente. El punto se detuvo en las afueras, en una zona de moteles de paso, de esos que tienen cortinas de plástico en la entrada de los garajes para ocultar las placas.
El Motel “Lomita”. Un lugar discreto, barato pero limpio, el favorito de los infieles de la zona.
Max estacionó su camioneta en una gasolinera que estaba enfrente, cruzando la carretera. Desde ahí tenía una vista perfecta de la entrada.
Esperó. Cinco minutos. Diez minutos.
Y entonces la vio. La camioneta del taller, con el logo de “El Pistón de Oro” en la puerta (¡qué cinismo, usar el vehículo del negocio de Max para ponerle el cuerno!), entró al motel. Alcanzó a ver la silueta de Eugenio al volante. Y a su lado, una mujer con lentes oscuros y una pañoleta en la cabeza. Ximena.
Verlo en una pantalla era una cosa. Verlo en vivo fue como recibir un batazo en las rodillas. Max sintió que se doblaba. Se golpeó el volante con la frente, una, dos, tres veces, hasta que el dolor físico opacó un poco el dolor del alma.
—Malditos… malditos sean los dos… —gimió, con la voz quebrada.
Se imaginó lo que estaba pasando dentro de esa habitación. Las risas. Las burlas. Eugenio quitándole la ropa a su mujer, esa ropa que Max había pagado. Ximena entregándose con esa pasión que a él le negaba. “Afinación y balanceo”, había dicho el cerdo.
Se quedó ahí, vigilando, durante dos horas. Dos horas eternas bajo el sol, con el aire acondicionado apagado para no gastar gasolina, sudando odio puro.
Cuando salieron, Eugenio iba riendo. Ximena se estaba retocando el labial en el espejo retrovisor. Parecían dos adolescentes traviesos, no dos adultos destruyendo una familia.
Max tomó fotos. Muchas fotos. Con el zoom al máximo. Capturó el momento en que Eugenio le daba un beso de despedida en la boca antes de que ella se bajara para recuperar su propio coche en el centro comercial. Capturó la sonrisa de satisfacción de Ximena.
Ya tenía la prueba de la infidelidad. Pero faltaba la prueba reina. La que definiría si su venganza sería solo un divorcio feo o una aniquilación total.
Faltaba el ADN.
Al día siguiente, Max pidió la mañana libre. Le dijo a Eugenio que tenía que ir al banco a arreglar unos asuntos de impuestos.
—Dale, compadre, tú tranquilo, aquí yo cuido el changarro —dijo Eugenio, que andaba de un humor excelente, silbando y bromeando con los mecánicos. Claro, ya había tenido su “premio” mensual.
Max manejó hasta el otro lado de la ciudad, a un laboratorio privado de esos caros, discretos, donde no hacen preguntas si pagas en efectivo. En el asiento del copiloto, dentro de una bolsa Ziploc, iba la servilleta con el cabello de Katia que había recolectado días atrás. Y en otra bolsa, un cepillo de dientes viejo que él mismo había usado, para sacar su propia muestra.
Entró al laboratorio. El lugar olía a limpio, a alcohol y a dinero. La recepcionista, una mujer joven y amable, le sonrió.
—Buenos días, ¿en qué podemos ayudarle?
—Quiero una prueba de paternidad. Informativa. No legal —dijo Max. Su voz sonó ronca, ajena. Se sentía sucio. Se sentía como el protagonista de un chiste malo.
La mujer no cambió su expresión. Debía ver a diez hombres como él a la semana. Hombres rotos buscando una verdad que no querían encontrar.
—Claro que sí, señor. Necesitamos las muestras. ¿Trae al presunto hijo?
—No. Traigo muestras biológicas. Cabello con raíz.
—Perfecto. Llene este formulario, por favor. El costo es de cuatro mil pesos. Resultados en 5 días hábiles.
Max llenó los papeles. En el campo de “Nombre del presunto padre”, escribió su nombre con letra firme: Maximiliano Cárdenas. En “Nombre del hijo”, escribió: Katia Cárdenas. Ver los nombres juntos en ese papel clínico le provocó un nudo en la garganta.
Pagó en efectivo, con billetes que había sacado de sus ahorros secretos.
—¿Cómo quiere recibir los resultados? —preguntó la recepcionista.
—Por correo electrónico. Y si se puede, no me llamen al celular. Solo el correo.
Salió del laboratorio sintiéndose más ligero y más pesado a la vez. Los dados estaban echados. Ahora solo quedaba esperar.
Esos cinco días de espera fueron, sin duda, los más largos de su vida. El tiempo parecía haberse detenido. Cada minuto era una hora. Max observaba a Katia con una intensidad que rozaba la obsesión.
La veía comer cereal en la mañana y buscaba en sus gestos los de Eugenio.
—¿Por qué me ves tanto, papá? ¿Tengo algo en la cara? —le preguntó Katia un día, incómoda.
—No, mi amor. Nomás… nomás veía lo grande que estás. Ya eres toda una señorita —respondió Max, tragándose las lágrimas.
Katia era una buena niña. Era estudiosa, cariñosa (a su manera adolescente), y lo quería. Eso era indudable. “Papá, ¿me ayudas con la mate?”, “Papá, ¿me das para el cine?”, “Papá, eres el mejor”.
Esas palabras, que antes eran música para sus oídos, ahora eran cuchillos. Si no era su hija… ¿entonces qué era todo eso? ¿Una mentira más? ¿Era él solo el patrocinador de su vida, el banco cajero que financiaba a la hija de su enemigo?
Y Ximena… Ximena andaba insoportablemente “feliz”. Después de su encuentro con Eugenio, la tensión en la casa había disminuido. Ya no le gritaba tanto, incluso le había preparado sus enchiladas favoritas el jueves.
—Te vi muy estresado, gordo, así que te consentí —le dijo, poniéndole el plato enfrente.
Max miró las enchiladas. Sabían a culpa. Sabían a limosna. Ella estaba contenta porque ya había satisfecho sus necesidades con el otro, y ahora le tiraba las sobras de su afecto al perro guardián.
—Gracias —dijo Max, y se comió las enchiladas sintiendo que tragaba vidrio molido.
Finalmente, llegó el correo.
Fue un martes por la tarde. Max estaba en el taller, revisando un motor que no quería arrancar. El celular vibró en su bolsillo con el tono de notificación de correo nuevo.
Se limpió las manos en el overol, manchándolo de grasa negra. Sacó el teléfono.
Remitente: Laboratorios Genéticos del Norte.
Asunto: Resultados Confidenciales – Folio 8921.
El mundo alrededor de Max se apagó. Los ruidos de las pistolas neumáticas, los gritos de los chalanes, la música de cumbia de la radio… todo se convirtió en un zumbido sordo.
No lo abrió ahí. No podía. Si el resultado era lo que él temía, se iba a derrumbar, y no podía permitirse que Eugenio lo viera llorar.
Salió del taller caminando como un zombi.
—Voy a la refaccionaria —murmuró a nadie en particular.
Subió a su camioneta y manejó. Manejó hasta las afueras de la ciudad, hasta un mirador abandonado donde los chavos iban a tomar cerveza los fines de semana. Desde ahí se veía toda la ciudad, gris y contaminada bajo el sol de la tarde.
Apagó el motor. El silencio era absoluto, solo roto por el viento.
Max sacó el teléfono. La pantalla brillaba con una intensidad que lastimaba los ojos.
Respiró hondo. Una, dos, tres veces.
—Diosito… si existes… por favor… que sea mía. Nomás eso te pido. Que sea mía y te juro que perdono todo lo demás. Te juro que me olvido de la venganza. Pero que mi hija sea mi hija.
Hizo clic en el archivo adjunto. El PDF se abrió.
Sus ojos saltaron las explicaciones técnicas, los marcadores genéticos, los números complejos. Buscó la conclusión, al final de la hoja. Las letras negritas.
CONCLUSIÓN:
Basado en el análisis de los marcadores genéticos STR analizados, se excluye al C. Maximiliano Cárdenas como padre biológico de la menor Katia Cárdenas.
PROBABILIDAD DE PATERNIDAD: 0.00%
Cero. Punto. Cero. Cero.
Max leyó el número una y otra vez. Cero. Nada. Vacío. Inexistente.
No era el 1%. No era “poco probable”. Era CERO.
Katia no tenía ni una gota de su sangre. Ni una célula.
Esos ojos que él adoraba eran los ojos de Eugenio. Esa risa era la risa de Eugenio. Esa niña que él había cargado en brazos saliendo del hospital, sintiendo que era el hombre más afortunado del universo, era una extraña. Una intrusa que le habían metido en su casa, en su vida y en su corazón mediante el engaño más vil.
Max soltó el teléfono. Cayó en el asiento del copiloto.
No gritó. No golpeó el volante.
Simplemente, se rompió.
Se dobló sobre sí mismo, abrazándose el estómago, y empezó a emitir un sonido gutural, un aullido seco y desgarrador que salía de lo más profundo de sus entrañas.
Lloró. Lloró como nunca había llorado, ni cuando murió su padre, ni cuando se rompió la pierna. Lloró por la niña que acababa de perder. Porque en ese momento, Katia murió para él. La Katia que era su hija dejó de existir, reemplazada por la prueba viviente de su humillación.
Lloró por los catorce años perdidos. Por cada pañal que cambió pensando que era su deber de padre. Por cada festival de la escuela donde aplaudió con orgullo. Por cada peso que ahorró para su universidad.
Todo era mentira. Todo era basura.
Eugenio se había acostado con su novia antes de la boda. La había preñado. Y entre los dos, entre risas y sábanas sucias, habían decidido: “Que el pendejo del Max la críe. Que él pague. Nosotros a disfrutar”.
Lo habían usado. Lo habían ordeñado como a una vaca mansa.
El llanto duró unos veinte minutos. Fue una tormenta violenta que lo dejó vacío, hueco.
Max se incorporó. Se limpió la cara con la manga del overol, dejando manchas negras de grasa mezcladas con las lágrimas y los mocos. Se miró en el espejo retrovisor. Sus ojos estaban rojos, hinchados, pero había algo nuevo en ellos.
Ya no había tristeza. Ya no había duda.
Había hielo.
Un frío polar, absoluto y mortal.
El Max que había subido a esa camioneta, el hombre que rezaba a Dios pidiendo un milagro, se había quedado muerto en ese asiento. El hombre que miraba ahora por el espejo era otra cosa. Era una máquina. Un instrumento de retribución.
—Cero por ciento —susurró Max con una voz que sonaba a lija—. Está bien. Si yo soy cero para ustedes, ustedes van a ser cero para el mundo.
Recogió el teléfono. Guardó el archivo en una carpeta segura, protegida con contraseña, y luego lo subió a la nube. Esa era su arma nuclear. Pero no la iba a detonar todavía.
Una venganza rápida es un alivio, pero una venganza lenta es arte. Y Max iba a ser Miguel Ángel.
Arrancó la camioneta. El motor rugió, potente y fiel. Al menos las máquinas no traicionan.
Mientras bajaba de regreso a la ciudad, Max empezó a calcular números en su cabeza. No números de ADN, sino de dinero.
La casa. El taller. Las cuentas bancarias. Los seguros de vida.
Todo estaba a su nombre o a nombre de los dos. Si se divorciaba ahora, por bienes mancomunados, Ximena se quedaría con la mitad. Y Eugenio, el muy parásito, terminaría disfrutando de esa mitad.
“Ni madres”, pensó Max. “No se van a llevar ni un clavo oxidado”.
Tenía que descapitalizarse. Tenía que volverse pobre legalmente antes de soltar la bomba. Tenía que sacar todo el dinero, vender el taller, esconder los activos. Y necesitaba un cómplice. Alguien que sí llevara su sangre.
Pensó en su hermano menor, Igor. Igor era contador, le sabía a las movidas fiscales, y odiaba a Ximena desde el día uno. “Esa vieja es mucha crema pa’ tus tacos, carnal, y tiene mirada de viborita”, le había dicho Igor en la boda. Cuánta razón tenía.
Max tomó el teléfono y marcó.
—¿Bueno? ¿Igor?
—Quihubo, carnal. ¡Milagro! ¿Qué pasó?
—Necesito verte. Hoy en la noche. En tu casa. Solo.
—Te oyes raro, Max. ¿Pasó algo?
—Sí. Pasó todo. Prepárate, porque vamos a hacer un trabajo sucio. Necesito que me ayudes a desaparecer todo lo que tengo.
Colgó.
La ciudad se extendía frente a él, ajena a su tragedia.
Max apretó el volante. Ya no era una víctima. Ahora era el depredador.
Iban a pagar. Iban a pagar cada centavo, cada mentira, cada segundo de burla. Y cuando terminara con ellos, desearían que ese 0% hubiera sido un 100%, porque el padre que acababan de despertar era mucho peor que cualquier enemigo que pudieran imaginar.
El Max “buena gente” había salido del chat.
El vengador había iniciado sesión.
CAPÍTULO 4: EL DESHUESADERO DEL ALMA
La casa de Igor olía a soltería: una mezcla de pizza fría, ropa húmeda y ese aroma inconfundible a libertad despreocupada. Igor, el hermano menor de Max, era todo lo contrario a él. Mientras Max era el hombre de familia, el responsable, el que se planchaba las camisas; Igor era un caos organizado. Contador de profesión, pero músico de corazón, vivía en un departamento en la colonia Roma que parecía más un estudio de grabación que una vivienda.
Max llegó a las nueve de la noche, con una botella de tequila Don Julio 70 bajo el brazo y los ojos inyectados en sangre, no por el alcohol, sino por el insomnio y el llanto seco que le había raspado la garganta toda la tarde.
—¿Qué onda, carnal? Pásale, está abierto —gritó Igor desde la cocina.
Max entró y dejó la botella sobre la mesa de centro, que en realidad era una caja de madera con revistas encima. Se dejó caer en el sofá de piel sintética que hizo un ruido de pedo al recibir su peso.
Igor salió de la cocina con dos vasos tequileros y unos limones partidos a la mitad. Al ver la cara de su hermano, la sonrisa se le borró de golpe. Igor conocía esa mirada. Era la misma mirada que tenía Max cuando papá murió de un infarto hacía diez años. Una mirada de orfandad absoluta.
—Verga, Max… te ves de la chingada. ¿Qué pasó? ¿Chocaste la Lobo o qué?
Max no dijo nada. Sacó el celular del bolsillo, desbloqueó la pantalla y buscó el archivo PDF. Se lo tendió a su hermano sin decir una palabra. Las manos le temblaban ligeramente, un temblor casi imperceptible, como el de un motor con los soportes vencidos.
Igor tomó el teléfono. Leyó el encabezado. Sus cejas se juntaron. Siguió leyendo. Cuando llegó al final, al veredicto de “0.00%”, soltó un silbido largo y bajito.
—No mames… —susurró Igor. Levantó la vista y miró a Max con una mezcla de horror y validación—. No mames, Max. Es neta.
—Es neta —respondió Max, con la voz rasposa—. La Katia no es mía. Es del Eugenio.
Igor golpeó la mesa con el puño, haciendo saltar los limones.
—¡Te lo dije! ¡Pinche madre, te lo dije hace trece años! Esa vieja nunca me latió, Max. Tenía mirada de… de trepadora. Y el Eugenio… ese hijo de perra siempre andaba rondando como mosca en la sopa. ¡Pero tú no, tú terco con que “es mi compadre”, “es mi mujer”!
—Ya sé, Igor. Ya sé. Soy un pendejo. El rey de los pendejos —Max se sirvió el tequila hasta el borde y se lo empinó de un trago, sin limón, sin sal, dejando que el fuego le purificara la garganta—. Pero ya no vengo a llorar, carnal. Ya lloré todo lo que tenía que llorar en el cerro. Vengo a que me ayudes a chingármelos.
Igor se sentó frente a él, su postura cambió. El contador entró en escena. Sus ojos brillaron con una inteligencia calculadora.
—¿Qué quieres hacer? ¿Quieres madrear al Eugenio? Porque tengo unos compas en Iztapalapa que por dos mil varos le rompen las piernas y no dejan huella.
Max negó con la cabeza, una sonrisa fría y torcida asomando en sus labios.
—No. Las piernas sanan, Igor. Los huesos pegan. Yo quiero romperles algo que no sane nunca. Quiero quitarles el futuro. Quiero que cuando se despierten mañana, no tengan ni dónde caerse muertos. Quiero dejarlos en la calle, encuerados.
—Eso me gusta más —dijo Igor, sirviéndose un trago—. A ver, suelta la sopa. ¿Cuál es el plan?
—Me voy a divorciar. Pero si lo hago ahorita, por bienes mancomunados, la Ximena se queda con la mitad de todo. La mitad de la casa, la mitad de las cuentas, la mitad del taller. Y el Eugenio… ese parásito se va a ir a vivir a mi casa, a dormir en mi cama y a gastarse mi dinero con ella. No lo voy a permitir. Antes quemo la casa con ellos adentro.
—Calma, Nerón. No quemes nada que te meta al bote —Igor sacó una libreta y una pluma—. Lo que necesitamos es una “ingeniería financiera creativa”. ¿El taller está a tu nombre?
—Sí. “El Pistón de Oro” es mío al cien por ciento. Persona física con actividad empresarial.
—Perfecto. Y la casa también está a tu nombre, ¿no? La compraste antes de casarte.
—Sí, pero las mejoras, los muebles, el carro de ella… todo eso entra en la sociedad conyugal.
—Ok. Escúchame bien, Max. Vamos a aplicar la operación “Tierra Quemada”. Tienes que deshacerte de los activos líquidos ya. Mañana mismo. ¿Cuánto tienes en las cuentas del negocio?
—Como unos quinientos mil pesos. Eran para la ampliación y para renovar la maquinaria.
—Olvida la ampliación. Esos quinientos mil vuelan mañana a una cuenta que voy a abrir a mi nombre, o mejor, compramos cripto o metales. Algo irrastreable por un abogado de divorcios de medio pelo. Vamos a simular que el taller entró en crisis. Necesito que firmes unos pagarés. Vamos a inventar una deuda cabrona. Yo voy a ser tu acreedor.
—¿Una deuda falsa?
—Legalmente, una deuda real. Tú me “debes” lana por… no sé, asesoría, préstamos personales, lo que sea. Firmamos fechas atrasadas. Si la Ximena quiere pelear el patrimonio, se va a encontrar con que el patrimonio son puras deudas. Que se quede con la mitad de tus deudas si quiere.
Max asintió, entendiendo la jugada.
—¿Y el taller?
—Véndelo —dijo Igor sin pestañear—. Véndelo ya.
Max sintió un piquete en el corazón.
—No mames, Igor. Es mi vida. Me costó un huevo levantarlo.
—¿Prefieres que se lo quede ella? ¿Prefieres que el Eugenio sea el nuevo patrón y se sienta en tu silla?
La imagen de Eugenio mandando en su taller, cobrando su dinero y riéndose en su oficina fue suficiente.
—Tienes razón. Que se vaya a la chingada el taller.
—No lo vendas al público, se va a tardar mucho. Véndeselo a un competidor, o mejor… tengo un cliente. Un tipo que lava dinero… digo, un “inversionista” que busca negocios de flujo de efectivo. Te lo compra de contado, en cash, por debajo del agua. Hacemos un contrato de compra-venta por una cantidad ridícula ante notario para los impuestos, y el resto te lo da en maletín. Y tú sigues operando como “gerente” un par de semanas hasta que explote la bomba.
—Házlo —dijo Max, sentenciando el destino de su obra maestra—. Y necesito otra cosa. Necesito correr al Eugenio. Pero no quiero que sospeche.
—Eso es lo más fácil, carnal. Primero vendes, luego ajustas personal por “reestructuración”. O simplemente lo corres y le pagas su liquidación de ley… ah, no, espérate. Si le pagas liquidación es dinero que sale de tu bolsa.
—No le voy a pagar ni madres —dijo Max, sus ojos oscureciéndose—. Lo voy a correr como perro. Y se va a ir con la cola entre las patas.
Esa noche, los hermanos Cárdenas trazaron el mapa de la destrucción. Bebieron tequila hasta las tres de la mañana, pero Max no se emborrachó. La adrenalina y el odio metabolizaban el alcohol más rápido de lo que podía beberlo. Cuando salió del departamento de Igor, llevaba una carpeta con documentos firmados, pagarés con fechas de hace dos años y la certeza de que estaba a punto de cometer el crimen perfecto, uno donde no habría sangre, solo números rojos.
Las siguientes dos semanas fueron una actuación digna de Hollywood. Max regresaba a casa todos los días y besaba a Ximena en la mejilla.
—Hola, mi amor. ¿Qué tal tu día?
—Ay, Max, cansadísima. Fui al súper y luego al cafecito con las chicas. Ya sabes, el chisme.
—Qué bueno que te distraigas, vieja. Te lo mereces.
Por dentro, Max gritaba. Cada vez que ella le pedía dinero (“Oye, gordo, dame para el manicure”, “Necesito para la colegiatura de Katia”), él se lo daba con una sonrisa, mientras pensaba: “Gasta, gasta ahorita, porque se te va a acabar el corrido”.
En el taller, la operación “Deshuesadero” estaba en marcha.
Max empezó a sacar las herramientas más caras poco a poco.
—Oye, jefe, ¿y el escáner pro? No lo encuentro —preguntó uno de los mecánicos.
—Ah, se lo llevó un colega prestado, se descompuso el suyo. Úsame el viejito por mientras —mentía Max. El escáner ya estaba vendido en MercadoLibre y el dinero guardado en la caja fuerte de Igor.
Eugenio, por su parte, andaba insoportable. Se sentía intocable. Llegaba tarde, se iba temprano, y se pasaba horas en el celular mensajeándose con Ximena. Max lo veía desde su oficina, a través del cristal. Veía cómo Eugenio sonreía al teléfono, luego miraba hacia la oficina de Max y soltaba una risita burlona.
“Ríete”, pensaba Max, acariciando el mouse de su computadora. “Ríete mientras puedas, cabrón”.
El jueves de la segunda semana, Max cerró el trato con el “inversionista” de Igor. Un tipo gordo, con anillos de oro en cada dedo, llegó al taller en una Suburban blindada.
—Buenas tardes, vengo a ver al patrón —dijo el tipo.
Max salió, lo saludó efusivamente y lo metió a la oficina. Cerraron las persianas.
—Aquí está lo acordado —dijo el gordo, poniendo un maletín deportivo sobre el escritorio—. Dos millones en billetes de quinientos. Cuéntale si quieres.
—No hace falta, confío en mi hermano —dijo Max.
Firmaron los papeles. Legalmente, “El Pistón de Oro” ahora pertenecía a una sociedad anónima llamada “Inversiones Fantasma S.A. de C.V.”. Max ya no era dueño de nada. Era un empleado más en su propio negocio, con fecha de caducidad.
—Tienes una semana para entregar el local —dijo el gordo—. Mis muchachos vienen el lunes a tomar control administrativo.
—El viernes me voy —dijo Max—. Y el viernes se va mi personal de confianza.
Cuando el gordo salió, Eugenio se acercó, curioso como gato.
—¿Y ese quién era, compadre? ¿Narco o político? Traía una navezota.
—Un cliente nuevo, Geño. Quiere que le demos mantenimiento a toda su flotilla de blindados. Un negociazo. Nos va a ir de perlas.
—¡A huevo! —celebró Eugenio—. Nos vamos a rayar. Ya me vi con mi bono de fin de año.
Max sonrió.
—Sí, Geño. Te vas a llevar una sorpresota.
El día D llegó. Viernes por la tarde.
El cielo estaba gris, amenazando tormenta, un escenario perfecto para la tragedia griega que se iba a desatar en la oficina de “El Pistón de Oro”.
Max esperó a que fueran las 5:30 PM. La hora en que los mecánicos empezaban a limpiar su área y a guardar la herramienta. La hora en que Eugenio solía abrir una cerveza y sentarse a “hacer corte de caja”, que en realidad era perder el tiempo.
Max lo llamó por el interfono.
—Eugenio, ven a mi oficina. Trae las llaves de la camioneta del taller.
La voz de Max sonó normal. Eugenio no sospechó nada. Entró a la oficina un minuto después, balanceando el llavero en el dedo índice, con esa actitud relajada de quien se siente dueño del lugar.
—¿Qué pasó, patrón? ¿Ya nos vamos a ir a festejar el contrato de los blindados? —dijo Eugenio, dejándose caer en la silla frente al escritorio, subiendo un pie a la rodilla contraria.
Max estaba sentado, revisando unos papeles. No levantó la vista de inmediato. Dejó que Eugenio se acomodara, que se relajara. Quería que la caída fuera desde lo alto.
Lentamente, Max dejó el bolígrafo sobre la mesa. Se quitó los lentes de lectura y miró a su “amigo”.
Lo miró con una profundidad que Eugenio no había visto nunca. No había enojo. No había tristeza. Había una nada absoluta. Un vacío negro.
—Cierra la puerta, Eugenio —dijo Max.
—Está cerrada, güey. ¿Qué traes? Te pones muy misterioso.
—Estás despedido.
Las dos palabras flotaron en el aire, pesadas, absurdas.
Eugenio parpadeó. Soltó una risa nerviosa.
—Jajaja, ay cabrón, qué buen chiste. Casi me la creo. Ya, neta, ¿qué onda? ¿A dónde vamos a ir a chupar?
Max no se movió. No parpadeó.
—No es chiste. Estás despedido. A partir de este momento dejas de trabajar para “El Pistón de Oro”.
La sonrisa de Eugenio se desmoronó lentamente, como un castillo de naipes. Bajó la pierna. Se inclinó hacia adelante.
—A ver, Max… bájale de huevos. ¿Qué te pasa? ¿Te cayó mal la comida o qué? Soy yo, güey. Tu compadre. No puedes despedirme. Yo levanté este changarro contigo.
—Tú no levantaste nada —dijo Max, con voz suave pero letal—. Tú cobras un sueldo. Y ya no requiero tus servicios. Estamos haciendo recorte de personal por la crisis. Y tú eres el gasto más innecesario que tengo.
Eugenio se puso rojo. Su ego, inflado por años de engaño, no podía procesar que el “cornudo” lo estuviera ninguneando.
—¿Gasto innecesario? —alzó la voz Eugenio—. ¡Soy tu mano derecha, pendejo! ¡Sin mí este taller se va a la mierda! ¡Conozco a los clientes, conozco los proveedores! ¡No me puedes hacer esto!
—Ya lo hice. Aquí está tu baja —Max deslizó una hoja de papel sobre el escritorio—. Fírmala.
Eugenio agarró la hoja, la arrugó y se la aventó a Max a la cara.
—¡No voy a firmar ni madres! ¡Si me quieres correr, me vas a tener que liquidar conforme a la ley! ¡Llevo veinte años aquí! ¡Me tocan como trescientos mil pesos, cabrón! ¡Y me los vas a pagar uno tras otro!
Max ni se inmutó cuando la bola de papel le golpeó el pecho. Se limpió una mota de polvo imaginaria de la camisa.
—No te voy a dar trescientos mil pesos, Eugenio. Te voy a dar tres mil. Que es lo que traes en la bolsa de herramientas que te robaste la semana pasada.
Eugenio se congeló.
—¿De qué hablas? Yo no robé nada.
—Tengo cámaras, Eugenio. Te vi llevándote el juego de dados de impacto y las balatas del BMW. Y no solo eso. Tengo auditorías. Faltan piezas, falta aceite, falta dinero de la caja chica. Tengo causa justificada para rescindir tu contrato sin responsabilidad para el patrón. Es robo hormiga, abuso de confianza. ¿Quieres que le hable a la patrulla? ¿O te vas ahorita con tu finiquito de tres mil pesos y te ahorras la vergüenza de salir esposado frente a los muchachos?
Era mentira. Max no tenía videos de eso (aunque sabía que Eugenio robaba cosas pequeñas). Pero lo dijo con tal seguridad, con tal convicción, que Eugenio dudó. El ladrón siempre teme ser descubierto. Y Eugenio tenía tantos pecados encima que un robo de herramientas era el menor de sus problemas, pero no sabía cuánto sabía Max.
—Tú… tú estás loco —balbuceó Eugenio, poniéndose de pie—. Eres un malagradecido. Después de todo lo que he hecho por ti… por tu familia.
Max sintió que la bestia en su interior rugía, queriendo saltar y arrancarle la yugular al escuchar “tu familia”. Pero la controló. La bestia tenía correa.
—Por mi familia no te preocupes, Eugenio. Yo me encargo de mi familia. Tú preocúpate por buscar chamba, porque con la referencia que te voy a dar, no te van a contratar ni para lavar baños en la gasolinera.
Eugenio miró a Max con odio puro.
—Te vas a arrepentir, Max. Neta te vas a arrepentir. No sabes con quién te estás metiendo.
—Sé exactamente con quién me estoy metiendo —respondió Max, sosteniéndole la mirada—. Con un empleado ratero. Ahora, lárgate de mi oficina. Tienes cinco minutos para vaciar tu casillero. Si te veo agarrar una sola tuerca que no sea tuya, llamo a la policía.
Eugenio salió de la oficina dando un portazo que hizo vibrar los vidrios. Max se quedó sentado, escuchando los gritos afuera. Escuchó a Eugenio mentar madres, escuchó el ruido de su casillero siendo golpeado.
Max se levantó y caminó hacia la ventana. Vio a Eugenio salir del taller cargando una caja de cartón con sus porquerías: una taza sucia, un calendario de mujeres desnudas y un par de botas viejas.
Los otros mecánicos lo miraban en silencio, sin saber qué hacer. Eugenio se detuvo, escupió al suelo y salió a la calle. Caminó hacia la parada del camión, porque la camioneta del taller, esa que usaba para ir al motel, se había quedado en el estacionamiento.
Max sintió una satisfacción oscura, eléctrica. Era el primer golpe. Eugenio estaba fuera. Sin sueldo, sin “Pistón de Oro”, sin la cobertura para sus escapadas.
Pero eso era solo el aperitivo.
Max tomó su teléfono. Llamó a Igor.
—Ya quedó. El parásito está fuera.
—¡Eso, chingao! —celebró Igor—. ¿Cómo se lo tomó?
—Mal. Amenazó. Pero se fue con la cola entre las patas.
—Perfecto. Oye, ya quedó lo de la casa. Mañana firmamos la venta simulada con el fideicomiso. La casa ya no es tuya legalmente a partir del lunes.
—Excelente.
—¿Y cuándo sueltas la bomba nuclear en tu casa?
—El domingo —dijo Max, mirando el calendario en la pared—. El domingo es el cumpleaños de la mamá de Ximena. Van a estar todos. Sus papás, sus hermanas chismosas… va a ser el escenario perfecto.
—Eres un sádico, carnal. Me das miedo.
—Ellos me hicieron así, Igor. Yo solo estoy devolviendo el favor.
Max colgó. Salió de la oficina y reunió a los mecánicos que quedaban.
—Muchachos, atención. Eugenio ya no trabaja con nosotros. Se le detectaron unas… irregularidades. Que les sirva de lección. Aquí se trabaja derecho o no se trabaja.
Los muchachos asintieron, asustados. Nadie quería perder su chamba.
—Ahora, váyanse a descansar. El lunes… el lunes va a haber cambios. Pero no se preocupen, ustedes tienen chamba.
Max cerró el taller por última vez como dueño. Apagó las luces. Se quedó un momento en la oscuridad, oliendo el aceite y la gasolina. Se despidió en silencio de su sueño.
“Adiós, Pistón”, pensó. “Fuiste bueno. Pero te tengo que sacrificar para salvarme yo”.
Subió a su camioneta y manejó a casa. Llevaba en el bolsillo los tres mil pesos que le iba a dar a Eugenio y que este, en su soberbia, no aceptó. Se detuvo en una tienda de conveniencia y compró chocolates caros y un vino.
Llegó a casa. Ximena estaba en la cocina.
—Hola, mi amor —dijo Max, entrando con una sonrisa radiante—. ¡Te traje un regalito!
Ximena vio los chocolates y el vino. Sus ojos brillaron.
—Ay, Max, qué detallista. ¿Y eso? ¿Ganaste la lotería o qué?
—Algo así, vieja. Algo así. Hoy fue un gran día. Me quité un peso de encima que no me dejaba avanzar.
—¿Ah, sí? ¿Qué peso?
—Un problema en el taller. Un cáncer que tenía ahí metido y que ya extirpé. Pero no hablemos de trabajo. Hablemos de nosotros. ¿Qué planes hay para el domingo?
Ximena sonrió, mordiendo un chocolate, ajena a que estaba hablando con el arquitecto de su ruina.
—Pues la comida de mi mamá, tonto. No se te vaya a olvidar. Tienes que ponerte guapo.
—Me voy a poner guapísimo —prometió Max—. Voy a ser el alma de la fiesta. No se les va a olvidar nunca.
Esa noche, mientras Ximena dormía, Max recibió un mensaje de Eugenio.
“Eres un pendejo. No sabes lo que hiciste. Me las vas a pagar.”
Max no contestó. Simplemente bloqueó el número. Luego, abrió la aplicación del banco en su celular. Saldo en cuenta corriente: $250.00 pesos.
Todo lo demás, los millones de la venta del taller, los ahorros, las inversiones, ya estaba a salvo en criptomonedas y en cuentas offshore que Igor había gestionado.
Maximiliano Cárdenas era, oficialmente, un hombre en la quiebra. Un indigente con casa prestada.
Y nunca se había sentido tan rico.
Se durmió con una sonrisa en los labios, soñando con el domingo. Soñando con la cara que pondría Ximena cuando él dejara caer la guillotina frente a toda su familia.
PARTE 2
CAPÍTULO 5: LA DANZA DE LOS ALACRANES
El sábado amaneció con un cielo plomizo, de esos que en la Ciudad de México presagian lluvia ácida o temblores, pero en la casa de los Cárdenas, lo que se respiraba era una calma densa, eléctrica, como el aire antes de que caiga un rayo.
Max se despertó temprano, antes que el sol pegara en la ventana. Se quedó quieto en la cama un momento, escuchando la respiración de Ximena. Inhalar, exhalar. Un ritmo tranquilo, inocente. ¿Cómo podía alguien dormir así después de destruir una vida? Max se imaginó que los monstruos no dormían, o que al menos tenían pesadillas, pero Ximena dormía como un bebé recién comido.
Se levantó sin hacer ruido. Fue al baño y se miró al espejo. Las ojeras de los días anteriores habían desaparecido, reemplazadas por una mirada dura, fija. Se afeitó con cuidado, pasando la navaja por su cuello, sintiendo el filo.
—Hoy es el día de preparación —se dijo a sí mismo—. Mañana es el sacrificio.
Bajó a la cocina. Preparó café. Mientras el aroma llenaba la casa, su celular vibró en la mesa. Era una notificación del sistema de vigilancia.
Actividad detectada: WhatsApp de Ximena – Mensaje entrante de “Uñas Gelish” (Eugenio).
Max sonrió con amargura. “Uñas Gelish”. Así tenía guardado a Eugenio. Qué original. Qué patético.
Abrió la aplicación en su teléfono y leyó el mensaje en tiempo real, como un dios voyerista observando a sus criaturas retorcerse.
[07:15 AM] Uñas Gelish (Eugenio): Contesta, chingada madre. No he dormido nada. El pendejo de tu marido me corrió ayer. Dice que por robo. ¿Qué sabe? ¿Te dijo algo? Estoy paniqueado, flaca.
Max le dio un sorbo a su café, disfrutando el sabor amargo. Eugenio estaba sudando frío. Eso era bueno. El miedo es el mejor ablandador de carne antes de meterla al asador.
A los diez minutos, escuchó los pasos apresurados de Ximena bajando las escaleras. Entró a la cocina con el teléfono en la mano, la cara lavada pero pálida, con esa expresión de urgencia mal disimulada. Llevaba una bata de seda que dejaba ver un poco de pierna, una táctica que solía usar cuando quería pedir dinero o favores. Hoy no le iba a funcionar.
—Buenos días, mi amor —dijo Ximena, intentando sonar casual, aunque la voz le temblaba un poquito.
—Buenos días, preciosa. ¿Cómo amaneciste? —respondió Max, pasando la página del periódico deportivo que fingía leer.
—Bien… oye, Max… fíjate que… —Ximena se sirvió agua con manos nerviosas—. Me llegó un rumor. Ya sabes cómo es la gente chismosa del barrio.
—¿Ah, sí? ¿Qué dicen las malas lenguas?
—Dicen que… que corriste a Eugenio ayer. ¿Es cierto?
Max bajó el periódico lentamente. La miró a los ojos. Ella sostuvo la mirada un segundo y luego la desvió hacia la cafetera.
—Sí, es cierto. Lo tuve que dejar ir.
—Pero… ¿por qué, Max? —Ximena se giró, y ahora sí, la indignación le ganó a la prudencia—. Eugenio es tu compadre. Es el padrino de la niña. Lleva años contigo. ¿Cómo le haces eso? Dice que lo acusaste de ratero.
Max soltó una risita seca.
—¿Dice? ¿O sea que hablaste con él?
Ximena se congeló. Se dio cuenta de su error.
—No, no… o sea, me mandó un mensaje la esposa del Chema, que es amiga de la prima de Eugenio… ya sabes, teléfono descompuesto. Pero dicen que el pobre está destrozado. Que no sabe qué hizo mal.
“Pobre está destrozado”, pensó Max. “Pobrecito ratero, pobrecito traidor”.
—Mira, Ximena —dijo Max, poniéndose de pie y caminando hacia ella. Ximena retrocedió un paso instintivamente. Max se detuvo y le acarició el hombro. Su toque era frío—. Son cosas de negocios. Eugenio metió la mano en la caja. Poquito, si quieres, pero robó. Y en mi taller, la lealtad es lo primero. Si me roba cien pesos hoy, mañana me roba mil. Y yo no mantengo parásitos.
Ximena tragó saliva. Max vio cómo su cerebro trabajaba a mil por hora, tratando de calcular si Max sabía lo otro o si realmente era solo un tema de dinero.
—Pero… ¿no crees que fuiste muy duro? —insistió ella, suavizando la voz, poniendo esa cara de niña regañada que antes desarmaba a Max—. Digo, todos cometemos errores. A lo mejor tenía una necesidad. Podrías perdonarlo, ¿no? Por los viejos tiempos. Por la familia.
Max sintió una punzada de asco. Ahí estaba. Defendiendo al amante frente al marido cornudo. Pidiéndole que volviera a meter a la zorra al gallinero.
—Lo voy a pensar —mintió Max—. Pero no hablemos de trabajo hoy. Es sábado. Mañana es la fiesta de tu mamá y quiero que estemos tranquilos. ¿Te parece?
Ximena soltó el aire, aliviada. Creyó que había ganado terreno.
—Sí, mi amor. Piénsalo. Eugenio te quiere mucho, de verdad. Sería una lástima perder esa amistad.
Ximena subió a “bañarse”, que en realidad era encerrarse a contestarle a Eugenio. Max volvió a sacar su teléfono para leer la continuación del drama.
[08:10 AM] Ximena: Ya hablé con él. Está tranquilo. Dice que fue por dinero, cree que le robaste unas herramientas. No sabe nada de NOSOTROS. Uff, qué susto. Cálmate, por favor. Voy a convencerlo de que te recontrate la próxima semana. Tú hazte la víctima, llórale un poco si lo ves.
[08:12 AM] Uñas Gelish: Pinche Max, es un marro. Me humilló enfrente de los chalanes. Pero bueno, si tú dices que no sabe lo nuestro, respiro. Pero neta, flaca, necesito la chamba. No tengo ni un peso.
[08:13 AM] Ximena: Yo me encargo. Tú tranquilo. Te amo.
“Te amo”.
Esas dos palabras brillaban en la pantalla del celular de Max como neón radiactivo. A él no le había dicho “te amo” en cinco años. A lo mucho un “te quiero” desabrido en Navidad.
Max guardó la captura de pantalla. Esa iba directa a la carpeta especial. La carpeta que tituló mentalmente: “Proyecto Hiroshima”.
El resto del sábado, Max se dedicó a ser el padre del año, o más bien, a despedirse de serlo.
—Katia, arréglate. Vamos a ir a comprarte esos tenis que querías —le gritó desde la escalera.
Katia salió de su cuarto con los audífonos puestos, pero sonriendo.
—¿Neta, pa? ¡Son los Jordan carísimos!
—No importa. Te los mereces. Y luego vamos por un helado.
Fueron al centro comercial Santa Fe. Max caminaba al lado de Katia, observándola. Veía cómo caminaba, cómo se reía, cómo movía las manos. Intentaba, con desesperación, encontrar algo suyo en ella. Un gesto, una mirada, una forma de hablar. Pero el fantasma de Eugenio se superponía en cada detalle. Esa nariz un poco ancha, esa forma de caminar medio desgarbada.
Compraron los tenis. Cuatro mil pesos. Max pagó con la tarjeta de crédito que estaba a nombre de Ximena (la adicional), sabiendo que esa deuda se la quedaría ella.
—Gracias, pa. ¡Están increíbles! —Katia lo abrazó en medio de la tienda.
Max sintió el calor de su cuerpo, el olor a champú de fresa que usaba desde niña. Por un segundo, cerró los ojos y se permitió sentir el amor de padre. Ese amor incondicional, biológico o no, que había nutrido por trece años.
“Ella no tiene la culpa”, pensó. “Es una víctima más”.
Pero luego, abrió los ojos y vio el reflejo de ambos en un espejo de la tienda. Y vio la mentira. Vio a un hombre engañado abrazando al fruto del engaño.
El ADN no miente. Y el dolor tampoco.
Se separó de ella suavemente.
—De nada, hija. Cuídalos mucho. Porque… porque las cosas cuestan.
Se sentaron a comer un helado. Katia estaba feliz, ajena al tsunami que se avecinaba.
—Oye, pa… —dijo ella, lamiendo su helado de chocolate—. ¿Es cierto que corriste a mi padrino Eugenio?
Max se tensó. Hasta la niña abogaba por él.
—Sí, hija. Hizo cosas malas en el trabajo.
—Ah… es que mi mamá estaba llorando en el baño hace rato. Dijo que eras muy injusto. Y yo creo que mi padrino es buena onda. Siempre me trae dulces.
—A veces la gente “buena onda” es la que más daño hace, Katia. Apréndete eso. No todo lo que brilla es oro. Y tu padrino… tu padrino no es quien tú crees.
Katia lo miró extrañada, con esa intuición adolescente que capta cuando los adultos hablan en clave.
—¿Estás enojado con mi mamá también?
Max suspiró. Miró a su alrededor, a la gente pasando, familias “normales” disfrutando el sábado.
—No estoy enojado, Katia. Estoy… decepcionado. Pero tú no te preocupes. Pase lo que pase, tú vas a estar bien. ¿Me oyes? Tú estudia, échale ganas. No dependas de nadie.
—Te oyes como si te fueras a morir, pa. Qué creepy.
Max sonrió tristemente.
—Una parte de mí se murió, mija. Pero no te asustes. Vámonos a la casa.
El regreso fue silencioso. Max manejaba sabiendo que era el último viaje “normal” con ella. A partir del lunes, cuando él se fuera de la casa (porque la casa ya estaba vendida al fideicomiso y el desalojo era inminente), Katia se quedaría con su madre. Él pelearía la nulidad de la paternidad. No por crueldad hacia la niña, sino por justicia hacia sí mismo. No podía seguir financiando la mentira. Le dolía en el alma, pero tenía que cortarse el brazo gangrenado para salvar el resto del cuerpo.
Llegó la noche del sábado. Ximena ya estaba más tranquila, segura de que su manipulación había surtido efecto.
—Voy a ir a ver a mi mamá un rato, para ayudarla con lo del pozole de mañana —dijo ella, arreglándose frente al espejo.
—Adelante. Yo me quedo aquí viendo una película.
En cuanto ella salió (probablemente a ver a Eugenio para calmarlo en persona, aunque el GPS marcaba que iba a casa de su madre, tal vez Eugenio la vería ahí cerca), Max se puso a trabajar.
Entró a su despacho, cerró la puerta con llave y sacó una caja de regalo dorada que había comprado en la papelería.
Sacó las impresiones que había hecho en el cibercafé lejos de su barrio.
Eran hojas de papel bond, nítidas y crueles.
- La Portada: Una foto ampliada de Eugenio y Ximena besándose en la boca afuera del Motel Lomita. Se veían las placas de la camioneta del taller. Innegable.
- El Chat: Transcripciones completas de sus conversaciones de WhatsApp de los últimos seis meses. “El pendejo de Max”, “Ya quiero que se vaya para que vengas”, “Qué rico estuvimos hoy”, “La niña necesita dinero, pídele al banco con patas”. Subrayó con marcatextos amarillo las partes más ofensivas.
- El Clímax: El resultado de ADN. La hoja del laboratorio con el sello oficial y el 0.00% en rojo (Max lo había remarcado con plumón rojo para que hasta la abuela miope lo viera).
- El Estado de Cuenta: Una copia del saldo de la cuenta bancaria de Max: $250.00 MXN. Y una copia del contrato de compra-venta de la casa, fechado hace dos semanas, donde se estipulaba que los nuevos dueños tomaban posesión el lunes siguiente.
Metió todo en la caja. Acomodó las hojas con cuidado, como si fueran porcelana fina. Encima de todo, puso una nota escrita a mano con su letra, firme y clara:
“Para la familia que se merece todo… aquí tienen su realidad. Disfrútenla. Yo renuncio.”
Cerró la caja. Le puso un moño rojo gigante.
Se veía bonita. Parecía un regalo de aniversario, o un presente para la suegra.
—Listo —dijo Max—. Mañana explota la bomba.
Se fue a dormir al cuarto de huéspedes.
—Me duele la cabeza, no quiero contagiarte si es gripa —le dijo a Ximena cuando ella regresó.
Ximena ni se inmutó.
—Ay, bueno. Tómate algo. Descansa.
Se le notaba el alivio de no tener que dormir con él.
Max apagó la luz y se acostó en la cama individual. Miró el techo. No sentía miedo. Sentía esa calma fría, metálica, de quien sabe que tiene la razón y el poder. Mañana, a esta hora, él sería un hombre libre. Pobre, solo, pero libre. Y ellos… ellos estarían ardiendo en el infierno que él les había construido.
DOMINGO. EL DÍA DEL JUICIO.
El domingo amaneció soleado, burlonamente alegre.
La familia se preparó para ir a casa de Doña Tere, la madre de Ximena. Vivían en la colonia Narvarte, en una casa vieja pero amplia, con patio trasero donde solían hacer las fiestas.
Doña Tere era una matriarca de las antiguas. Adoraba a Ximena, su hija “la bonita”, y toleraba a Max porque era “buen proveedor”, aunque siempre le tiraba indirectas sobre su oficio. “Ay, Max, lávate bien esas manos que luego manchas el mantel”, solía decir. O “Lástima que no estudiaste una carrera como el esposo de mi otra hija, pero bueno, mecánico deja dinero, ¿verdad?”.
Hoy, esas indirectas se las iba a tener que tragar una por una.
Ximena se puso un vestido de flores, muy primaveral. Katia iba con sus tenis nuevos, presumiéndolos. Max se puso su mejor camisa, una blanca, impecable, y pantalones de vestir. Se echó loción. Se peinó.
—Te ves muy guapo, pa —dijo Katia.
—Gracias, hija. Hoy es un día especial.
—¿Por qué especial? Es cumple de mi abuela nada más.
—Es el día de la independencia —dijo Max, guiñándole un ojo. Katia se rió, sin entender.
Subieron a la camioneta (que ya no era de Max, legalmente pertenecía a la empresa fantasma de Igor, pero tenía permiso de usarla hasta el lunes).
El trayecto fue tenso para Max, pero normal para las mujeres. Ximena iba mensajeando (seguro con Eugenio: “Ya vamos para allá, deséame suerte con Max”).
Max llevaba la caja de regalo dorada en el asiento de atrás, junto a Katia.
—¿Qué es eso, pa? ¿Regalo para mi abuelita?
—Algo así. Es un regalo para todos. Una sorpresa.
Llegaron a la casa. El olor a carnitas y chicharrón impregnaba el aire. Ya había música de Juan Gabriel a todo volumen. “No tengo dinero, ni nada que dar…”. Qué ironía.
Entraron. Los saludos de siempre. Besos, abrazos falsos.
—¡Quihubo, cuñado! —saludó Jorge, el esposo de la hermana de Ximena, un tipo que vendía seguros y siempre trataba de venderle uno a Max—. ¿Cómo va el taller?
—Va de maravilla, Jorge. Mejor que nunca. Estamos expandiéndonos —mintió Max con una sonrisa de oreja a oreja.
Doña Tere estaba sentada en su sillón, recibiendo a los súbditos.
—Felicidades, suegra —dijo Max, dándole un abrazo.
—Gracias, hijo. Ay, te siento muy flaco. ¿No te da de comer esta niña? —dijo señalando a Ximena.
—Al contrario, suegra. Me he estado comiendo muchas cosas que no debía. Pero ya me puse a dieta.
Nadie captó el doble sentido.
La fiesta transcurrió. Max bebió tequila, pero poco. Necesitaba estar sobrio. Observaba a todos. A su suegro, Don Rigo, un señor callado que solo veía la tele. A las cuñadas chismosas. A Ximena, que se pavoneaba como la reina de la fiesta, presumiendo los logros de Katia y “lo bien que nos va”.
—Sí, Max me compró el iPhone nuevo… Sí, nos vamos a ir de vacaciones a Cancún en diciembre…
Max escuchaba y pensaba: “A Cancún te vas a ir, pero de aventón, mija”.
A las 4:00 PM, después de la comida, cuando todos estaban en la sobremesa, medio borrachos y contentos, Max decidió que era la hora.
Se levantó. Tomó una cuchara y golpeó su copa. Ting, ting, ting.
El sonido cortó las risas. La música bajó de volumen.
—Atención, familia —dijo Max, con voz potente.
Todos voltearon a verlo. Ximena lo miró con curiosidad. ¿Qué iba a decir? ¿Un discurso de agradecimiento? ¿Iba a anunciar el viaje a Cancún?
Doña Tere sonrió.
—Ay, a ver qué dice mi yerno favorito.
Max tomó la caja dorada que había puesto en el centro de la mesa.
—Primero que nada, felicidades, suegra. Gracias por recibirnos siempre.
Hubo aplausos.
—Quiero aprovechar que estamos todos reunidos… la familia completa… para darles una noticia. Y para entregar este regalo.
Ximena sonrió, expectante. Katia dejó el celular.
Max sostuvo la caja con ambas manos.
—Saben… estos catorce años han sido… interesantes. He aprendido mucho. Aprendí de mecánica, aprendí de paciencia… y aprendí que a veces, uno cree que conoce a la gente, pero en realidad no tiene ni puta idea de con quién duerme.
El silencio se hizo espeso. La palabra “puta” en una reunión familiar fue como un disparo. La sonrisa de Ximena vaciló.
—Max… ¿qué pasa? Estás borracho —susurró ella, nerviosa.
Max la ignoró. Siguió hablando, mirando a todos, uno por uno.
—Mi esposa Ximena… la mujer perfecta… y mi compadre Eugenio… el amigo leal. Qué bonita pareja hacen, ¿verdad? Lástima que tuvieron que usarme a mí de pendejo para financiar su romance.
Un murmullo recorrió la mesa.
—¿De qué hablas, Max? —preguntó Don Rigo, apagando la tele.
Max abrió la caja.
Con movimientos teatrales, sacó el primer fajo de fotos. Las fotos del motel.
Las lanzó al centro de la mesa, sobre el plato de carnitas.
Las fotos se dispersaron. Todos pudieron verlas. Ximena con la pañoleta. Eugenio besándola. La camioneta del taller.
Ximena se puso blanca como el papel. Se levantó de golpe, tirando la silla.
—¡Max! ¡No! ¡Estás loco! ¡Son montajes!
—¡Cállate! —rugió Max. Fue un grito tan fuerte, tan cargado de furia contenida, que Ximena se sentó de golpe, temblando.
—No son montajes. Y esto tampoco —Max sacó las transcripciones del chat—. Aquí está, suegra. Lea lo que su hija dice de usted. Lea cómo se burla de todos nosotros. Lea cómo planean verse en el motel mientras yo estoy trabajando para pagarle sus lujos.
Doña Tere agarró una hoja con manos temblorosas. Leyó. Se llevó la mano a la boca.
—Ximena… ¿es cierto esto?
Pero Max no había terminado. Faltaba el golpe final. Se giró hacia Katia. La niña estaba llorando, asustada, mirando las fotos.
A Max se le rompió el corazón, pero no se detuvo. Ya no había vuelta atrás.
—Katia… perdóname —dijo Max, suavizando la voz un segundo—. Tú no tienes la culpa de nada. Eres una niña buena. Pero tienes derecho a saber la verdad. Tu madre y tu padrino te han mentido toda tu vida.
Sacó el resultado de ADN.
Lo puso frente a Katia.
—Léelo, hija.
Katia tomó el papel. Sus ojos llenos de lágrimas recorrieron las letras.
—Cero por ciento… —leyó en voz baja—. ¿Qué significa esto, pa?
—Significa que Eugenio no es tu padrino, Katia. Es tu padre. Tu mamá estaba embarazada de él antes de casarse conmigo. Me hicieron creer que eras mía para que yo te mantuviera, porque Eugenio es un inútil que no tiene dónde caerse muerto.
El grito que pegó Ximena fue desgarrador.
—¡Te odio! ¡Te odio, Max! ¡Cómo le haces esto a la niña!
—¡Tú se lo hiciste! —le gritó Max en la cara—. ¡Tú se lo hiciste hace trece años! ¡Yo solo estoy prendiendo la luz para que vean las cucarachas!
El caos estalló. Las hermanas gritaban. Don Rigo se agarraba el pecho. Katia lloraba desconsolada gritando “¡No es cierto, no es cierto!”.
Max se mantuvo firme en medio del huracán. Sacó el último papel. El estado de cuenta y el contrato de venta de la casa.
—Y por último… Ximena. Sé que te preocupa mucho el dinero. Sé que estás conmigo por la comodidad. Bueno, te tengo una noticia.
Levantó el papel.
—¿Ves esto? Es mi saldo. Doscientos cincuenta pesos. Eso es todo lo que tengo. El taller… vendido. El dinero… gastado en deudas de juego, o eso le diré al juez. Y la casa… —sonrió con malicia—. La casa ya no es nuestra. La vendí hace dos semanas. Mañana lunes, a las 8 de la mañana, llegan los nuevos dueños a desalojar. Así que espero que hayas empacado, porque te vas a la calle. Tú, tu amante y tus mentiras.
Ximena lo miró con terror absoluto. Ya no le importaba la vergüenza, le importaba la pobreza.
—¡No puedes hacer eso! ¡Es mi casa! ¡Son bienes mancomunados!
—Eran —corrigió Max—. Ahora es dinero humo. Y tú te quedas con la mitad de nada.
Max dejó los papeles en la mesa. Se sintió ligero. Se sintió vacío, pero limpio.
Miró a Katia una última vez.
—Katia… si alguna vez necesitas algo… búscame. Pero a tu madre y a tu padre biológico… no los quiero volver a ver en mi vida.
Dio media vuelta.
Nadie lo detuvo. Estaban demasiado ocupados gritándose entre ellos, llorando, leyendo los papeles, procesando la destrucción de su pequeño mundo burgués.
Max caminó hacia la salida. Pasó por el patio, donde la música de Juan Gabriel seguía sonando. “Pero no hay que llorar, hay que saber ganar…”.
Salió a la calle. El sol de la tarde le dio en la cara.
Subió a la camioneta.
Arrancó.
No miró por el retrovisor.
Atrás dejaba una casa en llamas, metafóricamente hablando. Atrás dejaba a la mujer que amó, a la hija que crió y al amigo en el que confió.
Adelante… adelante solo había carretera. Y por primera vez en catorce años, el volante lo llevaba él y solo él.
Sacó su celular. Bloqueó a Ximena. Bloqueó a Katia (por ahora, le dolía, pero necesitaba distancia). Bloqueó a todos los de esa familia.
Marcó el número de Igor.
—¿Bueno?
—Ya quedó, carnal —dijo Max. Su voz no temblaba.
—¿Cómo salió?
—Como Hiroshima, güey. No quedó piedra sobre piedra.
—¿Y tú? ¿Cómo estás?
Max miró el horizonte. Sintió el aire entrar en sus pulmones.
—Estoy vivo, Igor. Estoy vivo.
Aceleró. El motor rugió, libre.
CAPÍTULO 6: EL RENACIMIENTO DEL FÉNIX (CON CICATRICES)
Mientras Ximena y Katia arrastraban sus maletas bajo la lluvia esperando un Uber que tardaría años en llegar (porque Ximena tuvo que dar de alta una tarjeta de débito vieja que casi no tenía saldo), Max estaba al otro lado de la ciudad, en un lugar donde siempre había sol, al menos metafóricamente.
Estaba en el departamento de Igor.
Había dormido en el sofá, pero había dormido diez horas seguidas. Sin ronquidos ajenos, sin la presión en el pecho de estar durmiendo con el enemigo.
Se despertó con olor a chilaquiles.
—¡Arriba, cadáver! —gritó Igor, poniendo un plato humeante en la mesita—. Te ves mejor. Ya recuperaste color. Ayer parecías muerto viviente.
Max se sentó, estirándose. Le dolía el cuerpo, pero era un dolor muscular, no del alma.
—Me siento… raro, Igor. Como si me hubieran cortado una pierna. Me duele, pero ya no tengo la gangrena.
—Es el síndrome del miembro fantasma, carnal. Es normal. Estuviste catorce años cargando un parásito, tu cuerpo se acostumbró al peso. Ahora vas a volar.
Max comió con hambre. Hambre de verdad.
—¿Sabes algo de ellas? —preguntó, intentando sonar desinteresado.
—Me marcó el abogado hace rato. Dice que el desalojo fue un éxito. Hubo gritos, sombrerazos y drama, pero ya están fuera. La casa está sellada. Y los del taller me dijeron que el Eugenio fue a llorar a la entrada, pero los guardias de seguridad le enseñaron la macana y se fue corriendo.
Max asintió, masticando un totopo. No sintió alegría. Sintió justicia. Era una sensación fría, clínica.
—¿Y Katia?
Igor dejó el tenedor. Miró a su hermano con seriedad.
—Max… tienes que soltar eso. Katia está con su madre. Es lo que toca legalmente por ahora. Ya metimos la demanda de impugnación de paternidad. En unos meses, legalmente, dejará de ser tu hija. Sé que duele, cabrón, porque tú la criaste. Pero recuerda: cada vez que la veas, vas a ver al Eugenio. Y esa niña… lamentablemente, va a ser usada por Ximena para sacarte lana si no cortas el lazo de tajo.
Max bajó la mirada. Sabía que Igor tenía razón. Ximena usaría a Katia como arma, como rehén emocional. “Tu hija tiene hambre”, “Tu hija necesita escuela”.
—Lo sé. Solo espero que… espero que no termine siendo como ellos.
—Eso ya no está en tus manos, Max. Tú hiciste tu chamba. Fuiste un padre a toda madre. Pero la genética y el entorno… eso pesa. Ahora, hablemos de negocios. Tienes lana escondida. Tienes libertad. ¿Qué vas a hacer?
Max se levantó y caminó hacia la ventana del departamento. Se veía el tráfico de la Avenida Insurgentes. Gente corriendo, gente trabajando.
Durante años, su sueño había sido hacer crecer “El Pistón de Oro”. Dejarle un patrimonio a su familia.
Ahora no tenía familia y no tenía taller. Tenía una página en blanco.
—Me voy a ir de la ciudad un tiempo —dijo Max—. No quiero toparme con nadie. No quiero que Ximena me venga a buscar a llorar.
—¿A dónde?
—Tengo un compa en Querétaro. Tiene un taller de restauración de autos clásicos. Mustang, Camaro, esas joyas. Siempre me invitó a trabajar con él, pero yo no quería dejar a Ximena. Es trabajo artesanal, tranquilo. Pagan bien y nadie me conoce.
—Suena chingón. Autos clásicos. Nada de Tsurus de taxistas ni prisas.
—Exacto. Voy a sanar, Igor. Voy a arreglar fierros viejos hasta que arregle los míos.
TRES MESES DESPUÉS
La vida tiene formas curiosas de reacomodarse.
Eugenio duró dos semanas en el cuarto de azotea. Sin dinero y sin habilidades reales (porque en el taller de Max, él básicamente hacía relaciones públicas y trabajos sencillos), nadie lo contrataba. Terminó trabajando de “viene-viene” en un estacionamiento del centro, ganando propinas y viviendo al día. Ximena lo bloqueó de todos lados. El gran amor prohibido no resistió la falta de presupuesto.
Ximena y Katia vivían en casa de Doña Tere. La convivencia era un infierno. Doña Tere le recriminaba a diario su estupidez.
—¡Tenías un rey y lo cambiaste por un payaso! —le gritaba mientras Ximena lavaba los platos, porque ahora tenía que ganarse el pan en casa de su madre.
Ximena tuvo que buscar trabajo. A sus casi cuarenta años, sin experiencia laboral reciente y sin estudios terminados, lo único que encontró fue un puesto de vendedora de mostrador en una zapatería, ganando el salario mínimo más comisiones.
Sus manos, antes impecables y con manicura de mil pesos, ahora estaban resecas. Llegaba a casa con los pies hinchados de estar parada todo el día. Y cada vez que veía un coche parecido a la Lobo de Max, el corazón le daba un vuelco, esperando que fuera él, que viniera a rescatarla, a perdonarla.
Pero Max nunca apareció.
Max estaba en un garaje amplio y ventilado en las afueras de Querétaro.
Estaba inclinado sobre el motor de un Ford Mustang 1967 color cereza. El olor a gasolina de alto octanaje era su aromaterapia.
—¿Cómo va esa bestia, Max? —preguntó El Gato, el dueño del taller, un tipo viejo con barba blanca.
—Ya casi ruge, Gato. Nomás le estoy ajustando el carburador. Esta joya merece paciencia.
Max se limpió las manos. Estaba más delgado, más fuerte. Hacía ejercicio. Ya no tenía esa panza de “hombre casado y estresado”.
Sonó su teléfono. Era un correo de Igor.
Asunto: Sentencia Final.
Max abrió el archivo.
Divorcio Concedido. Nulidad de Paternidad Ratificada. Sin obligación de pensión alimenticia.
Era oficial. Ya no era esposo de Ximena. Ya no era padre de Katia.
Era Maximiliano Cárdenas, soltero.
Sintió una punzada de nostalgia, sí. No se puede borrar el pasado con un papel. Pero luego, miró el Mustang. Brillante, potente, listo para correr.
Ese coche había llegado al taller hecho chatarra, oxidado, abandonado. Y con paciencia, dinero y trabajo, Max lo había convertido en una obra de arte.
“Yo soy ese coche”, pensó.
Guardó el teléfono.
Se subió al Mustang. Giró la llave.
El motor V8 rugió con una fuerza que hizo vibrar el piso. Era un sonido de poder. Un sonido de libertad.
Max sonrió. Una sonrisa verdadera, que le llegó a los ojos.
Puso primera y salió a la carretera, dejando atrás el polvo, dejando atrás a los fantasmas.
La venganza no había sido el final. La venganza solo fue la limpieza necesaria para empezar a vivir de verdad.
FIN DE LA HISTORIA.