
CAPÍTULO 1: El silencio huele a cloro y traición
El pasillo del cuarto piso del Hospital Ángeles del Pedregal tenía ese olor particular que el dinero no puede ocultar: una mezcla clínica de antiséptico industrial, arreglos florales de precios obscenos y miedo. Mucho miedo.
Me detuve frente a la estación de enfermeras, ajustando instintivamente la solapa de mi saco Saint Laurent. No lo hice por vanidad, sino como un reflejo de armadura. En este código postal, si te ven dudar, te comen viva. Mis tacones, unos Louboutin de suela roja que habían costado lo que mi mamá ganaba en dos años vendiendo telas en el tianguis de Ecatepec, resonaron contra el mármol pulido. Clac, clac, clac. El sonido de la autoridad. O al menos, eso era lo que yo proyectaba.
Por dentro, el estómago me daba vueltas como si me hubiera comido unos tacos de dudosa procedencia afuera del metro Indios Verdes.
Llevaba cuarenta minutos esperando una respuesta. Darío, mi esposo —el “Genio Financiero”, el “Visionario del Año” según la revista Expansión— no contestaba el celular. Su asistente, una chica nerviosa llamada Sofía que siempre me miraba como si yo fuera un dragón a punto de escupir fuego, me había dicho tartamudeando que Darío estaba en una “reunión de emergencia con inversionistas asiáticos”.
—¿En el hospital? —le había preguntado yo, con esa calma helada que aprendí a perfeccionar en las juntas de consejo.
—Es que… uno de los inversionistas se sintió mal, señora Khichi. Fue algo… cardiaco. El señor Darío lo acompañó por lealtad.
Lealtad. Esa palabra ahora me sabía a vinagre.
La geolocalización de la Grand Cherokee blindada de Darío no mentía. Estaba aquí. Y no estaba en el área de urgencias ni en terapia intensiva, donde supuestamente estarían atendiendo al imaginario inversionista cardiaco. El punto rojo en mi celular parpadeaba burlonamente en el ala oeste.
Maternidad y Neonatología.
Caminé. Las enfermeras me miraban pasar. Algunas con admiración por la ropa, otras con esa curiosidad morbosa de quien huele el drama en el aire. En México, el chisme viaja más rápido que la luz, y una mujer vestida para una gala caminando sola hacia los cuneros a las 11 de la mañana es un titular andante.
“Seguro viene a ver a una amiga”, pensé que dirían. “O a lo mejor por fin se embarazó”.
Si tan solo supieran. Llevábamos tres años intentándolo. Tres años de inyecciones de hormonas que me hinchaban la cara y el alma, de calendarios marcados con plumón rojo, de “hoy no, estoy cansado”, de “relájate, Amara, cuando dejes de estresarte va a pegar”. La ironía me golpeó en las costillas: yo, la mujer que controlaba flujos de efectivo de millones de dólares, la que estructuraba fideicomisos complejos mientras se tomaba el café de la mañana, no podía controlar mi propia biología.
Llegué a la sala de espera principal del área de cuneros. Había globos metálicos que decían “It’s a Boy!”, osos de peluche gigantes que costaban más que una colegiatura y familias enteras celebrando. Abuelos con guayaberas, tías con el pelo crepé, todos sonriendo.
Y ahí, al fondo, a través del enorme cristal que separaba el mundo real de las incubadoras, lo vi.
El tiempo no se detuvo, eso es una mentira de las películas. El tiempo se estiró, se hizo chicloso y pesado. Sentí que el aire acondicionado estaba demasiado fuerte, calándome los huesos.
Darío estaba de espaldas a mí, pero reconocería esa postura en cualquier lado. Hombros anchos tensos, la camisa blanca Hugo Boss arremangada hasta los codos (siempre se la arremangaba cuando sentía que estaba “trabajando” o resolviendo algo), y la cabeza inclinada hacia abajo con una devoción que nunca, ni en el día de nuestra boda, le había visto.
En sus brazos sostenía un bulto envuelto en una cobija azul pastel.
Me acerqué al cristal, sintiendo cómo mis piernas se volvían de plomo. Me pegué a la pared lateral para que no me vieran de inmediato. Necesitaba ver. Necesitaba confirmar que no era una alucinación provocada por el estrés y el café negro.
Darío se mecía suavemente. Le sonreía al bebé con una ternura que me dieron ganas de vomitar. Y entonces, apareció ella.
Jimena.
La conocía. Claro que la conocía. Era la “Consultora de Imagen Pública” que Darío había contratado hacía ocho meses. “Es muy movida, amor”, me había dicho él en una cena. “Trae ideas frescas para refrescar la marca, para conectar con los chavos, con los millennials”.
Jimena era joven, no más de 24 años. Tenía esa belleza producida típica de ciertas zonas de la ciudad: cabello con extensiones perfectas, pestañas que pesaban más que sus ideas, y una actitud de “merezco todo”. En ese momento, vestía una bata de hospital de seda rosa (claramente traída de casa, no la del hospital) y se veía agotada pero victoriosa.
Se acercó a Darío y le puso una mano en el brazo. No fue un toque casual. Fue un toque de propiedad. De este es mi hombre y este es nuestro momento. Se recargó en su hombro y miró al bebé como si fuera el trofeo de una guerra que ella acababa de ganar.
Darío se giró un poco y besó la frente de Jimena.
Ese beso fue el que me rompió. No fue un beso de pasión. Fue un beso de intimidad doméstica. De familia. De “gracias por darme lo que mi esposa seca no pudo”.
En ese instante, entendí todo. Las “reuniones tardías” los jueves. Los viajes de fin de semana a Miami para “ver propiedades”. Los cargos extraños en las tarjetas corporativas que él pensaba que yo no revisaba porque “eran gastos menores”. Clínica de Fertilidad Lomas Altas. Liverpool Mesa de Regalos.
Me quedé helada. Mi mente, entrenada para el análisis de riesgo y la contabilidad forense, dejó de sentir dolor por un segundo y empezó a conectar puntos a una velocidad aterradora.
El bebé no era un accidente. Un bebé así, cuidado, en este hospital, con el padre presente, era un plan. Darío, el hombre que me había jurado que “somos un equipo, tú y yo contra el mundo, gordita”, había construido una vida paralela. Una sucursal de su felicidad, mientras yo mantenía a flote la matriz.
Sentí una lágrima caliente y traicionera correr por mi mejilla. Me la limpié con furia. No, ni madres, pensé. Aquí no vas a llorar, Amara. No frente a ellos. No eres la víctima de la telenovela de las 9.
Di un paso hacia el centro del pasillo, saliendo de mi escondite. Mis tacones hicieron ese sonido seco contra el piso. Clac. Clac.
Darío levantó la vista. Tal vez sintió mi energía, o tal vez el silencio del pasillo se volvió demasiado pesado. Sus ojos se encontraron con los míos a través del cristal.
Vi el color drenarse de su cara en tiempo real. Pasó de la tez bronceada de fin de semana en Valle de Bravo a un gris cenizo de cadáver. Abrió la boca para decir algo, pero ningún sonido salió. Instintivamente, apretó al bebé contra su pecho, como usándolo de escudo.
Jimena siguió su mirada. Se giró y me vio.
Esperaba ver vergüenza en ella. Esperaba verla agachar la cabeza, cubrirse, asustarse. Pero no. Jimena me sostuvo la mirada. Alzó la barbilla levemente y apretó más el brazo de Darío. Su expresión decía: “Ya era hora. Ya perdiste. Él está aquí, conmigo, con su hijo. Tú eres el pasado”.
Esa mirada fue su error. Si me hubiera tenido miedo, tal vez, solo tal vez, habría sentido un gramo de compasión. Pero esa soberbia… esa soberbia fue la gasolina que encendió el incendio forestal en mi pecho.
Darío hizo un movimiento como para salir, para venir a explicarme, para soltarme las mismas mentiras de siempre: “No es lo que parece”, “Déjame explicarte”, “Amara, por favor”.
Levanté una mano. Un gesto simple. Alto.
No grité. No golpeé el cristal. No hice el escándalo que las enfermeras chismosas esperaban. Simplemente lo miré. Lo miré con la frialdad de un auditor que acaba de encontrar un fraude millonario y sabe que va a meter al responsable a la cárcel. Lo miré y dejé que viera en mis ojos que el Darío que él creía ser acababa de morir.
Él vio el pánico. Vio el final de su mundo en mis pupilas oscuras.
Me di la media vuelta. Mi cabello, un bob perfecto y afilado, giró conmigo.
—¡Amara! —escuché su voz ahogada a través del cristal y de la puerta automática que empezaba a abrirse—. ¡Amara, espera!
No esperé. Caminé hacia el elevador.
Mientras bajaba los cuatro pisos hacia el estacionamiento, mi mente no estaba en el dolor del engaño. Estaba en los números.
Darío siempre fue bueno para las ventas. Tenía carisma, sabía envolver a la gente, sabía prometer. Por eso era la cara de Grupo Khichi. Pero Darío era pésimo para los detalles. Odiaba leer contratos. Le aburría la “burocracia”.
“Tú encárgate de eso, amor, tú eres la cerebrito”, me decía siempre, firmando papeles sin leer mientras veía el fútbol o contestaba mensajes en WhatsApp. “Yo confío en ti ciegamente”.
Pobre imbécil. Confió en que mi amor lo protegería de su propia estupidez para siempre.
Llegué al valet parking. El chico me entregó las llaves de mi camioneta.
—¿Todo bien, señora? —preguntó, notando quizás mi palidez.
—Todo excelente, joven —le dije, y le di una propina de 200 pesos—. Nunca había estado mejor.
Me subí al auto, cerré la puerta y el silencio blindado me envolvió. Ahí, sola, permití que se me escapara un sollozo. Uno solo. Un sonido gutural, feo, que salió desde las entrañas. Golpeé el volante una vez con la palma de la mano.
—Hijo de tu chingada madre —susurré.
Pero la tristeza duró exactamente treinta segundos. Luego, entró el instinto de supervivencia. El instinto de Ecatepec. El instinto de la niña que veía a su mamá contar las monedas para el pasaje.
Saqué mi teléfono. No llamé a mi mamá. No llamé a mi mejor amiga para llorar y comer helado. Llamé al Licenciado Adame, mi abogado personal y, curiosamente, el comisario de la sociedad anónima que controlaba todo el imperio.
—Licenciado —dije, mi voz sonando sorprendentemente firme.
—Señora Amara, qué milagro. ¿En qué puedo servirle?
—Necesito que prepare el Protocolo Fénix.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Adame, un hombre de setenta años que había visto caer imperios más grandes que el nuestro, carraspeó.
—¿El Protocolo Fénix? Señora… eso implica la activación de las cláusulas de revocación inmediata. Eso dejaría al Señor Darío… bueno, expuesto. Totalmente expuesto. ¿Está segura?
—Cien por ciento.
—¿Pasó algo?
—Digamos que Darío decidió diversificar sus activos familiares sin notificar a la junta directiva —dije, mirando el espejo retrovisor mientras salía del hospital—. Quiero convocar a una asamblea extraordinaria de accionistas. Mañana a primera hora.
—Pero Darío es el Director General…
—Darío es un empleado con el 5% de las acciones, Licenciado. Y ese 5% está condicionado a un contrato de moralidad que acaba de violar en el cuarto piso de este hospital. Yo tengo el 95% a través de la Holding. Yo soy la dueña.
—Entendido, señora. Empezaré a redactar las notificaciones. ¿Quiere que bloquee las cuentas corporativas?
—Todas. Las de gastos, las de viaje, las tarjetas platino, la chequera de la oficina. Quiero que cuando intente pagar el cunero de su bastardo, la tarjeta le diga “Fondos Insuficientes”. Quiero que sienta el frío, Adame. Quiero que entienda que el piso que pisa es mío.
Colgué.
Manejé por el Periférico, viendo la ciudad gris y caótica a mi alrededor. La gente en los micros, los oficinistas comiendo tortas en las esquinas, el tráfico interminable.
Darío creía que él me había “sacado” de la pobreza. Le encantaba contar esa historia en las cenas, después de tres tequilas. “Amara es brillante, pero cuando la conocí, le faltaba mundo. Yo le di el mundo”.
No, Darío. Tú me diste un escaparate. Yo construí el edificio. Y ahora, voy a demolerlo contigo adentro.
Lo que él no sabía, mientras arrullaba a ese bebé que no tenía la culpa de nada pero que cargaría con las consecuencias de todo, era que yo nunca había dejado de ser la dueña. Él solo tenía el usufructo de mi paciencia. Y la paciencia se había acabado en el momento en que vi esa bata rosa de seda.
Mi celular empezó a vibrar. Darío.
Lo dejé sonar. Una, dos, tres veces.
Luego llegó un mensaje.
“Amara, por favor contesta. No es lo que piensas. Ella es una empleada, tuvo una crisis, yo solo estaba ayudando. ¡Por Dios, soy un hombre decente! Hablemos en la casa.”
Me reí. Una risa seca, sin humor.
“Hablemos en la casa”.
Pobre iluso. Todavía creía que tenía casa.
Aceleré rumbo a Santa Fe, no hacia nuestra mansión en Bosques, sino hacia mi oficina privada, esa que él nunca visitaba porque le parecía “demasiado aburrida”. Ahí tenía la caja fuerte. Ahí tenía los documentos originales. Ahí empezaría la verdadera guerra.
Hoy Amara, la esposa trofeo, había muerto en ese pasillo de hospital.
Mañana nacería Amara, la dueña mayoritaria. Y ella no tomaba prisioneros.
CAPÍTULO 2: El hambre tiene memoria
Manejar mi camioneta Range Rover por la autopista Chamapa-Lechería era una experiencia casi religiosa. El aislamiento acústico, el olor a cuero italiano, el motor que ronroneaba como un felino satisfecho. Pero mientras dejaba atrás la zona de hospitales y me dirigía a mi “búnker” (mi oficina secreta en Interlomas), mi mente no estaba en el lujo que me rodeaba. Mi mente había viajado veinte años atrás, a un lugar donde el cuero italiano no existía, y el único olor predominante era el del smog, el aceite quemado y la desesperación.
La gente ve a la Amara de hoy —la piel hidratada con cremas de cinco mil pesos, el cabello de peluquería, la ropa que grita estatus— y asume que nací en cuna de oro. Asumen que soy una “niña bien” del Pedregal o de Las Lomas que estudió en el Tec de Monterrey y cuyo único mérito fue casarse con el guapo emprendedor del momento.
Qué equivocados están.
Si supieran que mi educación financiera no empezó en un aula de Harvard, sino en un puesto de lámina en el tianguis de San Felipe de Jesús, el más grande de Latinoamérica, allá por los rumbos de la Gustavo A. Madero y los límites con Neza.
Yo no soy hija del privilegio. Soy hija de la crisis del 94.
Mi padre murió cuando yo tenía dieciséis años. Un infarto fulminante mientras manejaba su taxi. No nos dejó herencia, nos dejó deudas. Nos dejó un Tsuru desvielado y una hipoteca sobre una casita de interés social que el banco ya nos quería quitar.
Recuerdo el día después del funeral. Mi mamá, Doña Elena, una mujer que medía un metro cincuenta pero tenía la fuerza de un gigante, me sentó en la mesa de la cocina. Había frijoles, tortillas duras y una realidad que se nos venía encima como una aplanadora.
—Mija —me dijo, con los ojos secos porque ya no le quedaban lágrimas—, se acabó la escuela de paga. Se acabaron los gustitos. Tu papá ya no está y el mundo no nos va a tener lástima. Si queremos comer, tenemos que chingarle.
Y vaya que le chingamos.
Mi mamá consiguió un contacto para vender pacas de ropa americana. Nos levantábamos a las 3:30 de la mañana todos los domingos. El frío de la madrugada en el Estado de México es un frío que se te mete en los huesos y no se quita con nada. Cargábamos los bultos de ropa, pesados como ataúdes, y armábamos el puesto bajo esas lonas rosas que tiñen la luz del sol de un color enfermizo.
Ahí aprendí mi primera lección de negocios: La percepción es realidad.
Yo veía cómo mi mamá lavaba y planchaba algunas prendas selectas. Una blusa Tommy Hilfiger usada que venía en la paca, ella la dejaba impecable, le ponía una etiqueta genérica y la colgaba al frente.
—Esta no va en el montón de diez pesos, Amara —me decía—. Esta va colgada. Al cliente le gusta sentir que está encontrando un tesoro. Si la tiras en la mesa, es basura. Si la cuelgas y le sonríes, es boutique.
Esa blusa se vendía en 150 pesos. Las del montón, en 10. La prenda era la misma, el contexto cambiaba el valor.
Esa lección se me grabó a fuego. Años después, aplicaría lo mismo con Darío. Él era la blusa usada que yo lavé, planché, colgué en un gancho dorado y le vendí al mundo como si fuera alta costura.
Entré a la UNAM, a Ciudad Universitaria. La máxima casa de estudios. Y no fue por falta de capacidad, sino por falta de presupuesto. Pero bendita sea la UNAM. Mientras mis futuras rivales estudiaban Relaciones Internacionales en la Ibero para casarse bien, yo me devoraba los libros en la Facultad de Contaduría y Administración.
Mi vida era un triatlón diario: tres horas de transporte público desde el Estado de México hasta el sur de la ciudad. Metro Indios Verdes, transbordos, empujones, el olor a humanidad, el miedo constante a que me robaran el celular o la computadora vieja que cargaba en la mochila.
Estudiaba en el metro. Leía sobre Derecho Mercantil mientras un vagonero gritaba vendiendo discos piratas a mi lado. Hacía mis tareas de Cálculo Integral parada en el Metrobús, haciendo equilibrio.
Me volví dura. Me volví invisible. Y me volví obsesiva con el dinero. No con gastarlo, sino con entenderlo.
Quería saber cómo se movía. Por qué unos tenían tanto y hacían tan poco, y por qué mi mamá trabajaba catorce horas diarias y apenas nos alcanzaba para la carne. Entendí que el secreto no estaba en el trabajo duro —nadie trabajaba más duro que un albañil y no eran millonarios—, el secreto estaba en la estructura.
En los impuestos que no pagas legalmente. En los intereses compuestos. En la propiedad intelectual. En las sociedades anónimas.
Me gradué con honores. Promedio perfecto. Pero cuando salí al mundo laboral, me topé con el muro de cristal de México: el clasismo.
En las entrevistas de trabajo para los grandes despachos de Polanco, veían mi currículum impecable, pero luego veían mi dirección. Veían mi ropa, que aunque limpia, no era de marca. Veían mi tono de piel, mi apellido, mi falta de “contactos”.
—Te llamamos —me decían.
Nunca llamaban.
Terminé trabajando en un despacho contable pequeño en la colonia Roma, llevando la contabilidad de pymes y de algunos doctores que querían deducir hasta la comida del perro. Ahí aprendí las mañas. Aprendí a hacer que los números bailaran.
Y entonces, a los 26 años, conocí a Darío Khichi.
Fue en un evento de “Networking para Emprendedores” en el Hotel Camino Real. Yo no tenía dinero para la entrada, que costaba tres mil pesos, pero mi jefe me había mandado a intentar captar clientes. Me puse mi mejor traje, uno negro que compré en rebaja en Zara, y me colé.
El salón estaba lleno de lo que en México llamamos “Mirreyes”. Chicos con camisas desabotonadas hasta el tercer botón, mocasines sin calcetines, copete engominado y esa actitud de “mi papá es dueño de medio país”. Hablaban de startups, de apps, de rondas de inversión, usando palabras en inglés cada tres frases para sonar sofisticados. Burn rate, Equity, Scalability.
Yo me sentía como un pez fuera del agua, pegada a la mesa de los canapés, observando.
Entonces subió él al escenario.
Darío.
Tengo que admitirlo, el hombre era espectacular. Alto, tez apiñonada, una sonrisa de comercial de pasta de dientes y una energía que llenaba el salón. No era como los otros mirreyes arrogantes; él tenía un encanto natural, una calidez que te hacía sentir que te estaba hablando solo a ti.
Estaba presentando su proyecto: “Logística Khichi”. Una idea para revolucionar el transporte de carga usando tecnología. Su discurso fue apasionado. Habló de conectar al México rural con el moderno, de ayudar a los productores, de tecnología de punta. La gente aplaudía. Las mujeres suspiraban.
Pero yo… yo estaba viendo la pantalla de su presentación.
Mientras él hablaba de sueños, yo veía sus proyecciones financieras en el PowerPoint. Y eran un desastre.
Sus márgenes de ganancia estaban mal calculados. No había considerado el costo de depreciación de las unidades, ni los seguros de carga, ni las mordidas que te piden los federales en las carreteras (porque hay que ser realistas). Su “unicornio” era un burro cojo pintado de colores.
Cuando bajó del escenario, rodeado de admiradores, esperé mi turno. Me acerqué con una copa de agua mineral en la mano.
—Felicidades —le dije.
Él se giró, con esa sonrisa ensayada de político.
—Muchas gracias. ¿Te gustó la visión?
—La visión es preciosa —respondí, mirándolo directo a los ojos—. Pero tus números son una fantasía. Vas a quebrar en seis meses.
Su sonrisa se congeló. Los aduladores a su alrededor se quedaron callados.
—Perdón, ¿quién eres? —preguntó, un poco a la defensiva pero intrigado.
—Soy Amara. Soy contadora. Y acabo de ver en tu diapositiva 4 que calculaste el ROI basado en ingresos brutos, no netos. Y olvidaste el factor de retención de impuestos del SAT para servicios de transporte. Básicamente, por cada peso que crees que ganas, estás perdiendo treinta centavos.
Darío me miró. Realmente me miró. No vio a la chica con el traje de Zara. Vio a alguien que hablaba un idioma que él necesitaba desesperadamente: el idioma de la realidad.
—¿Me invitas un café? —me dijo, ignorando a una rubia despampanante que esperaba para saludarlo—. Creo que necesito que me expliques cómo no irme a la quiebra.
Ese café se convirtió en una cena. La cena se convirtió en consultoría. La consultoría se convirtió en sociedad.
Darío tenía el carisma. Tenía los contactos sociales. Sabía vender hielo a los esquimales. Pero era un caos. Sus “socios” anteriores se lo estaban comiendo vivo. No tenía contratos, todo era de palabra. “Caballerosidad”, le decía él. “Estupidez”, le decía yo.
—En los negocios no hay amigos, Darío —le dije una noche, trabajando en su departamento de soltero que era un desastre de cajas de pizza y planos—. Hay contratos y hay víctimas. Tú estás a punto de ser víctima.
Empecé a ordenar su vida. Despídí a los asesores parásitos. Renegocié las deudas con los bancos. Estructuré sus costos. En seis meses, la empresa pasó de números rojos a negros.
Y en el proceso… me enamoré.
Sí, me enamoré. No soy de piedra. Darío era divertido, cariñoso, impulsivo. Era todo lo que mi vida gris y disciplinada no tenía. Él me sacaba a bailar salsa aunque yo fuera tiesa. Me llevaba a comer tacos a las 3 de la mañana y me hacía reír hasta que me dolía la panza. Me hacía sentir que ya no tenía que cargar el mundo sola.
—Eres mi amuleto, Amara —me decía, besándome bajo la lluvia—. Contigo soy invencible.
Cuando me propuso matrimonio, dos años después, la empresa ya empezaba a despegar. Él me dio un anillo precioso. Yo le di un “sí” y una carpeta legal.
—¿Qué es esto? —preguntó, viendo el legajo de documentos sobre la cama la noche antes de la boda.
—Es la estructura de nuestro futuro —le dije.
Aquí es donde entra mi “paranoia” de niña pobre. Mi miedo a volver a quedarme sin nada como cuando murió mi papá.
Había hablado con el Licenciado Adame.
—Licenciado, Darío es un genio para las ventas, pero es un peligro con el dinero. Si le doy el control total, va a gastar, va a hipotecar, va a arriesgar. Necesitamos proteger el patrimonio. De él mismo.
Creamos una estructura maestra: Grupo Fénix Holding S.A.P.I. de C.V.
Esta empresa sería la dueña de todo: las marcas, los camiones, los inmuebles, el software.
Y la empresa operativa, Logística Khichi S.A. de C.V., sería la que daría la cara al público. La que firmaría los contratos de riesgo.
Darío sería el Director General de la Operativa. Él saldría en las revistas. Él recibiría los premios.
Pero la dueña de la Holding, la dueña de los activos reales, sería yo.
Esa noche, antes de la boda, le expliqué:
—Amor, esto es para protegerte. Si alguien demanda a la empresa operativa por un accidente de un camión, no pueden quitarnos nada porque los dueños de los camiones es otra empresa (la mía). Es protección de activos. Estrategia fiscal.
—Suena complicado, gordita —dijo él, bostezando, más interesado en desabrocharme la blusa que en leer los estatutos.
—Lo es. Pero tú confía en mí. Yo me encargo de lo aburrido. Tú encárgate de brillar.
—¿Dónde firmo? —preguntó, tomando la pluma Montblanc sin siquiera leer la primera página.
Firmó.
Firmó su renuncia al control absoluto.
Firmó que yo tenía el 95% de las acciones de la Holding (Acciones Serie A con derecho a voto y veto).
Firmó que él tenía el 5% y que su puesto como Director General era revocable por la asamblea.
Firmó que en caso de infidelidad probada o conducta que dañara la moral de la empresa, las cláusulas de penalización se activaban inmediatamente.
Ni siquiera leyó la cláusula de moralidad. Estaba demasiado ocupado pensando en la luna de miel en Bora Bora.
—Eres la mejor, Amara. Gracias por cuidarme las espaldas.
Lo besé. Y lo decía en serio. Yo lo estaba cuidando. Estaba cuidando nuestro futuro. Estaba asegurándome de que nunca, jamás, volveríamos a ser pobres. Si él se mantenía leal, si él seguía siendo el hombre del que me enamoré, esa estructura solo sería un papel en una caja fuerte. Él viviría como rey y yo como reina.
Pero Darío cambió.
El éxito es una droga muy potente, y Darío tenía predisposición a la adicción.
Conforme la empresa creció y nos mudamos a Las Lomas, él empezó a creerse su personaje. Empezó a creer que el éxito era solo suyo. Que yo era solo la contadora aburrida que le frenaba sus “grandes ideas” (como comprar un jet privado cuando apenas teníamos flujo de caja).
—Ya no vayas a la oficina, amor —me dijo un día—. Te ves cansada. Además, los socios preguntan por qué mi esposa está en las juntas financieras. Se ve… poco profesional. Que piensen que yo manejo todo. Es mejor para la imagen de “macho alfa” de la industria del transporte.
Me dolió. Claro que me dolió. Me estaba mandando a la cocina.
Pero acepté.
—Está bien, Darío. Me haré a un lado. Quiero paz.
Me convertí en la sombra. En la esposa perfecta que organiza los cócteles. Dejé de ir a la torre corporativa.
Pero nunca, nunca dejé de leer los reportes semanales que el Licenciado Adame y el auditor interno (leal a mí, porque yo lo contraté cuando nadie le daba trabajo) me enviaban encriptados a mi correo personal.
Yo sabía cada peso que entraba y salía.
Sabía cuándo empezó a gastar en cenas de 15 mil pesos en el Puerto Madero los martes por la noche.
Sabía cuándo empezó a retirar efectivo de la caja chica.
Sabía cuándo contrató a la agencia de “Imagen Pública” de Jimena.
Lo vi caer en la trampa de su propio ego. Vi cómo se rodeaba de gente que le decía “sí, señor” a todo, mientras yo era la única que le decía “cuidado”. Y como ya no quería escuchar “cuidado”, dejó de hablarme.
Nuestra casa se volvió un hotel. Dormíamos en la misma cama pero vivíamos en planetas diferentes. Yo intentaba acercarme, intentaba salvar lo nuestro.
—Darío, vámonos un fin de semana a Valle, solo tú y yo. Sin celulares.
—No puedo, Amara. Estoy construyendo un imperio. Tú no entiendes la presión.
Yo construí el piso donde estás parado, imbécil, pensaba yo. Pero callaba. Porque el amor es terco. Y porque una parte de mí, la niña que creció sin papá, no quería aceptar que su matrimonio estaba muerto.
Hasta hoy.
Hasta el hospital.
Estacioné la camioneta en mi oficina de Interlomas. Era un espacio pequeño, sin letreros, arriba de una plaza comercial discreta. Aquí no había fotos de Darío. Aquí solo había pizarrones blancos, archiveros de acero y servidores seguros.
Entré. El aire estaba viciado, llevaba semanas sin venir.
Prendí la luz.
Sobre el escritorio de caoba estaba la caja fuerte.
Puse la combinación: La fecha de nacimiento de mi papá y la fecha en que fundamos la empresa.
La puerta de acero se abrió con un chasquido pesado.
Saqué la carpeta de piel negra. En letras doradas decía: Grupo Fénix – Actas Constitutivas y Poderes Notariales.
Acaricié el cuero.
Durante años, este documento fue mi póliza de seguro, esperando nunca tener que usarla. Era mi red de seguridad.
Hoy, se convertía en mi espada.
Me senté en la silla ergonómica. Abrí mi laptop. Mis dedos volaron sobre el teclado, redactando el correo para el Consejo de Administración (que básicamente eran prestanombres controlados por mí y el Licenciado Adame).
ASUNTO: CONVOCATORIA A ASAMBLEA GENERAL EXTRAORDINARIA DE ACCIONISTAS.
ORDEN DEL DÍA:
1. Auditoría Forense a la Dirección General.
2. Revocación de Poderes del C. Darío Khichi.
3. Nombramiento de nuevo Administrador Único.
4. Toma de posesión de activos inmobiliarios y cuentas bancarias.
Le di “Enviar”.
El sonido del correo saliendo (whoosh) fue más satisfactorio que cualquier “te amo” que Darío me hubiera dicho en los últimos cinco años.
Me giré hacia el ventanal que daba a la ciudad. Empezaba a llover. Una de esas lluvias torrenciales de la Ciudad de México que inundan todo y paralizan el tráfico.
Darío estaba allá afuera, probablemente intentando salir del hospital, dándose cuenta de que sus tarjetas estaban rebotadas, tratando de explicarle a su amante por qué el “millonario” no podía pagar la cuenta.
Me serví un tequila. Don Julio 1942, solo.
Brindé con mi reflejo en el cristal.
—Salud, Darío —susurré—. Disfruta tu paternidad. Porque va a ser lo único que te quede cuando termine contigo.
El hambre tiene memoria. Y yo, Amara, nunca olvidé lo que es tener hambre. Pero Darío… Darío olvidó que él era solo un invitado en mi mesa. Y a los invitados malagradecidos se les corre de la fiesta.
Mañana, a las 9:00 AM, el Rey caería. Y la Reina saldría de las sombras.
CAPÍTULO 3: Tarjeta Rechazada y Puertas Cerradas
Dicen que el infierno no tiene fuego, sino una burocracia fría y humillante. Para Darío Khichi, el infierno comenzó en la caja número 4 del Hospital Ángeles del Pedregal, exactamente cuarenta y cinco minutos después de que yo saliera de ahí.
Yo no estaba presente para verlo, pero me lo contaron después con lujo de detalles. Y no necesito mucha imaginación para reconstruir la escena, porque yo misma diseñé el guion.
Darío estaba en el mostrador de admisiones. A su lado, Jimena, con su bata de seda rosa y cara de “recién parida pero fabulosa”, sostenía al bebé. Ya no había sonrisas de comercial. El bebé lloraba con ese llanto agudo de hambre, y Jimena tenía esa expresión de impaciencia de quien está acostumbrada a que le resuelvan la vida con un chasquido de dedos.
—Señor Khichi —dijo la cajera, una mujer de mediana edad con lentes bifocales que había visto a mil ricos caer en desgracia—, su tarjeta ha sido declinada.
Darío soltó una risa nerviosa. Esa risa de mirrey que cree que el mundo es un malentendido constante.
—Imposible, señorita. Es una American Express Centurion. Es la negra. No tiene límite preestablecido. Pásela otra vez, seguro su terminal está fallando o se fue el sistema. Ya sabe cómo son los bancos en México.
La cajera, impasible, volvió a insertar el pequeño plástico de titanio negro en la terminal.
Bip. Bip. Bip.
La pantallita roja arrojó el mensaje que yo había programado con el Licenciado Adame hacía menos de una hora: FONDOS INSUFICIENTES / CUENTA BLOQUEADA POR TITULAR.
—Lo siento, señor. Dice “Fondos Insuficientes”.
—¡Eso es ridículo! —explotó Darío, golpeando el mostrador con la palma de la mano—. ¡Soy el dueño de Grupo Khichi! ¡En esa cuenta hay millones!
La gente en la sala de espera volteó. Nada atrae más miradas en México que un rico haciendo un berrinche porque no puede pagar. Es el deporte nacional: ver caer al soberbio.
—Darío, por favor —susurró Jimena, tapando la cabecita del bebé—. La gente está mirando. Paga con otra y ya. Quiero ir a la suite, estoy cansada.
Darío, sudando frío, sacó su cartera Louis Vuitton. Sacó la Visa Platinum corporativa.
Declinada.
Sacó la Mastercard World Elite.
Declinada.
Sacó hasta la tarjeta de débito de Banorte que usaba para sacar efectivo en el OXXO.
Retenida por el cajero.
—Señor, el sistema me indica que debo retener el plástico por orden de seguridad bancaria —dijo la cajera, tomando unas tijeras.
—¡No se atreva a cortarla! —gritó él.
Clac.
La tarjeta cayó en dos pedazos en el bote de basura.
Darío se quedó paralizado. Su mundo, ese mundo de “sí, señor”, “pase usted, patrón”, “lo que ordene, licenciado”, se estaba desmoronando por un pedazo de plástico.
—Tengo que hacer una llamada —dijo, con la voz temblorosa.
Marcó mi número. Buzón directo.
Marcó a la oficina.
—Buenas tardes, Grupo Khichi —contestó la recepcionista.
—¡Paty! Soy Darío. ¡Pásame a contabilidad, urgente! ¡Alguien bloqueó mis tarjetas!
—Disculpe, ¿quién llama? —preguntó Paty con una frialdad ensayada.
—¡¿Cómo que quién llama?! ¡Soy Darío Khichi! ¡Tu jefe!
—Lo siento, señor. Tengo instrucciones estrictas de la Dirección General de no pasar llamadas externas no autorizadas.
—¡YO SOY LA DIRECCIÓN GENERAL!
—Ya no, señor.
Click.
Le colgaron. A él. Al “visionario”.
Jimena lo miraba con horror. No con preocupación por él, sino por ella. Se dio cuenta, en ese instante, que el boleto de lotería que creía haber ganado no tenía fondos.
—¿Darío? —preguntó ella, con voz afilada—. ¿Qué está pasando? ¿Vas a pagar la suite o no?
—Es un error del banco, mi amor. Un error administrativo. Amara debió… debió mover algo por despecho. Está celosa.
—Pues arréglalo —siseó ella—. Porque yo no voy a estar aquí parada con tu hijo como si fuéramos indigentes.
Tuvieron que dejar un reloj Rolex Daytona en garantía para que no llamaran a seguridad. El reloj que yo le regalé por nuestro quinto aniversario.
Qué poético.
Mientras Darío vivía su pesadilla en el sur de la ciudad, yo estaba en el norte, en nuestra casa de Bosques de las Lomas. O mejor dicho, en mi casa.
La lluvia caía fuerte sobre el jardín de diseño japonés que tanto le gustaba presumir a Darío en sus carnes asadas. Yo estaba en la recámara principal, una habitación del tamaño de un departamento promedio, con vista a la barranca.
Lupita, nuestra empleada doméstica de toda la vida, estaba parada en la puerta, con las manos entrelazadas en su delantal. Lupita sabía cosas. Las empleadas domésticas en México son el FBI silencioso. Ellas saben quién llega tarde, quién huele a perfume ajeno, quién llora en el baño.
Lupita siempre me quiso. Yo le pagaba el seguro social, le ayudé con la escuela de sus hijos y nunca la traté como mueble. Darío, en cambio, ni siquiera se sabía su apellido. Para él era “la muchacha”.
—Señora Amara… —dijo Lupita con voz suave—. ¿Va a querer que le prepare algo de cenar?
—No, Lupita. Hoy no tengo hambre.
Me giré hacia ella.
—Lupita, necesito que me traigas las bolsas negras. Las grandes. Las de basura industrial.
Lupita abrió los ojos, entendiendo todo sin que yo dijera nada. Asintió solemnemente.
—Enseguida, señora.
Cuando regresó con el rollo de bolsas, empezamos.
No hubo lágrimas. Hubo eficiencia.
Abrí el vestidor de Darío.
Trajes Ermenegildo Zegna de 50 mil pesos. Camisas a medida con sus iniciales bordadas (DK). Zapatos italianos. Relojes.
—¿Lo doblo, señora? —preguntó Lupita, tomando un saco.
—No, Lupita. Tíralo.
—¿Cómo que lo tire?
—A la bolsa. Como caiga. Como basura.
Llenamos diez bolsas. Ropa, zapatos, sus premios de “Emprendedor del Año”, sus fotos jugando golf con políticos corruptos. Todo.
No rompí nada. No quemé nada. Eso es de gente pasional, y yo estaba operando en modo quirúrgico. Simplemente lo desalojé.
Cuando terminamos, las bolsas estaban apiladas en la entrada principal, bajo el pórtico, mojándose con la lluvia que entraba de lado.
—Lupita, toma esto —le di un sobre con efectivo—. Tómate la semana libre. Vete a ver a tu familia a Michoacán. No quiero que estés aquí cuando él intente entrar. Se va a poner feo.
—Pero señora, ¿usted se va a quedar sola?
—No estoy sola —dije, señalando hacia la caseta de vigilancia—. Contraté seguridad nueva. Goliath. Ex-militares. Darío no pasa de la banqueta.
Lupita me abrazó. Un abrazo sincero, cálido.
—Que Dios la bendiga, señora. Y qué bueno que ya se deshizo de ese cabrón. Perdón por la palabra.
Sonreí por primera vez en el día.
—No hay nada que perdonar, Lupita. Es la descripción técnica correcta.
Eran las 8:00 de la noche cuando llegó.
Yo estaba en la biblioteca, con una copa de vino tinto, viendo las cámaras de seguridad en mi iPad.
Vi llegar el Uber. Claro, Uber. Porque la camioneta blindada también estaba a nombre de la empresa y la reporté como “uso indebido” hace tres horas. El sistema de rastreo satelital la había bloqueado automáticamente. Se le apagó el motor en medio del Periférico. Me imaginé a Darío gritando, pateando las llantas, teniendo que pedir un taxi de aplicación bajo la lluvia.
El Uber se detuvo frente al portón negro de tres metros de altura.
Darío bajó. Venía empapado, sin saco (probablemente lo usó para tapar a Jimena o al bebé en algún momento), con la camisa pegada al cuerpo. Se veía patético.
Caminó hacia el interfón y presionó el botón.
Ding-dong.
Lo ignoré.
Volvió a presionar. Ding-dong. Ding-dong.
Empezó a teclear el código de acceso en el panel numérico.
Error. Acceso denegado.
Lo vi golpear el panel. Luego puso su huella digital en el lector biométrico.
Luz roja. Usuario no reconocido.
—¡AMARA! —su grito se escuchó incluso a través de los cristales blindados de la casa.
Empezó a golpear el portón metálico con los puños.
—¡ABRE LA MALDITA PUERTA! ¡ESTA ES MI CASA! ¡SÉ QUE ESTÁS AHÍ!
De la caseta de vigilancia salieron dos hombres. No eran los viejitos dormilones de la seguridad privada del fraccionamiento. Eran mis nuevos contratistas. Tipos de dos metros, con trajes tácticos negros y cara de pocos amigos.
Vi a través de la cámara cómo uno de ellos, el jefe, se acercó a la reja sin abrirla.
—Señor Khichi —dijo el guardia con voz grave.
—¡Abre la puerta, imbécil! ¡Soy el dueño!
—Negativo, señor. La propietaria, la Señora Amara Okcoy, ha revocado sus permisos de acceso. Tiene prohibida la entrada a la propiedad.
Darío se quedó boquiabierto, con el agua escurriéndole por la nariz.
—¿De qué estás hablando? ¡Yo pago tu sueldo!
—Usted no paga nada, señor. Nosotros trabajamos para Grupo Fénix. Y tenemos órdenes estrictas. Si intenta forzar la entrada o brincar la barda, estamos autorizados para usar fuerza no letal y llamar a la policía estatal para que lo remitan al Ministerio Público por allanamiento de morada.
—¡Es mi casa! ¡Ahí está mi ropa!
—Sus pertenencias personales están en la vía pública, señor. A su izquierda.
Darío volteó. Vio la montaña de bolsas negras de basura apiladas bajo la lluvia, empapadas.
Caminó hacia ellas, incrédulo. Abrió una. Sacó una camisa de seda italiana hecha un trapo mojado.
Lo vi caer de rodillas en el pavimento mojado.
Fue un momento cinematográfico, lo admito. El hombre que se sentía rey, arrodillado en la basura, fuera de su castillo.
Pero no sentí lástima. Sentí justicia.
Saqué mi celular y marqué el número del interfón exterior para que mi voz saliera por la bocina de la calle.
—Darío —dije. Mi voz sonó metálica y distorsionada por el sistema de audio, como la voz de Dios o del Big Brother.
Él levantó la vista hacia la cámara de seguridad, buscándome.
—¡Amara! ¡Por favor! ¡Déjame entrar! ¡Hablemos como gente civilizada! ¡Tengo frío, no tengo a dónde ir!
—Tienes un hijo, Darío —le respondí, fría—. Y tienes una amante. Ve con ellos. Seguramente ella te recibirá con los brazos abiertos ahora que sabes lo que es no tener nada.
—¡Perdóname! ¡Fue un error! ¡Te amo a ti!
—No, Darío. Amabas mi estructura. Amabas la comodidad que yo te daba. Pero se acabó.
—¡Te voy a demandar! —gritó, cambiando de la súplica a la amenaza en un segundo. Su verdadera cara—. ¡Te voy a quitar todo! ¡Me divorcio y te quito la mitad por bienes mancomunados!
Me reí. Una risa que resonó en la calle vacía.
—Ay, Darío. Nunca leíste el contrato prenupcial, ¿verdad? Nos casamos por separación de bienes. Y todo lo que “construimos”, lo construyó la Sociedad Anónima. Tú no tienes nada. Cero. Nada.
—¡Mañana voy a la oficina! —bramó él, desesperado—. ¡Los socios me apoyan! ¡Soy la cara de la empresa! ¡Sin mí no eres nada!
—Te veo mañana a las 9:00 AM en la sala de juntas —le dije—. Lleva abogado. Lo vas a necesitar.
Corté la comunicación. Apagué las cámaras.
Me fui a mi cama King Size, con sábanas de hilo egipcio de 800 hilos.
Dormí como un bebé.
Él durmió… bueno, supongo que durmió en algún hotel de paso de Tlalpan, si es que le alcanzó con el efectivo que traía en la bolsa.
La Mañana Siguiente: Torre Virreyes
Llegué a la oficina a las 8:30 AM.
La Torre Virreyes, ese edificio icónico en forma de dorito invertido en las Lomas de Chapultepec, brillaba con el sol de la mañana. Grupo Fénix ocupaba el piso 22 y 23.
Entré como lo que era: la dueña.
Llevaba un vestido blanco inmaculado de Carolina Herrera, un blazer negro sobre los hombros y mis lentes oscuros. El blanco es el color del poder en México si lo sabes usar. Significa que no te ensucias las manos. Significa pureza y autoridad.
Al entrar al lobby corporativo, el ambiente era tenso. El chisme ya había corrido. Los empleados murmuraban en los cubículos. “Ya viste que bloquearon a Darío”, “¿Es cierto que lo corrieron?”, “¿Qué va a pasar con nosotros?”.
Caminé directo a la sala de juntas principal.
Mis pasos resonaban en el silencio del piso ejecutivo.
El Licenciado Adame ya estaba ahí, sentado a la derecha de la cabecera, con tres carpetas gruesas y un notario público. Sí, llevé notario. Quería dar fe de hechos de cada palabra.
A las 9:05 AM, entró Darío.
Se veía fatal. Llevaba la misma ropa de ayer, pero seca y arrugada. Tenía ojeras profundas y la barba de un día que no se veía sexy, sino descuidada.
Venía acompañado de un abogado. Un tipo joven, agresivo, de esos despachos que cobran por hora y prometen milagros. Probablemente lo único que Darío pudo conseguir de emergencia.
Darío intentó entrar con paso firme, pero al verme sentada en LA cabecera —su silla, su trono—, titubeó.
—Ese es mi lugar —dijo, intentando sonar autoritario.
—Siéntate donde te diga el notario, Darío —dije sin levantar la vista de mi iPad—. Y agradece que te dejamos entrar al edificio.
Se sentó en el extremo opuesto, lejos, como un niño regañado. Su abogado, el Licenciado “Tiburón” (le pondremos Pérez), abrió su maletín.
—Buenos días. Represento al Señor Darío Khichi. Venimos a impugnar cualquier acción ilegal que se haya tomado contra su patrimonio y su posición laboral. Esto es un despido injustificado y un despojo de bienes. Vamos a demandar por daño moral y…
El Licenciado Adame, con la calma de una tortuga centenaria, levantó una mano.
—Licenciado Pérez, ahórrese el discurso. Antes de amenazar, le sugiero que lea esto.
Adame deslizó la primera carpeta por la larga mesa de caoba. Llegó hasta las manos de Pérez.
—¿Qué es esto? —preguntó el abogado.
—Es el Acta Constitutiva de Grupo Fénix Holding, debidamente registrada en el Registro Público de la Propiedad y del Comercio. Página 4, cláusula de accionistas.
Pérez abrió la carpeta. Leyó. Frunció el ceño. Pasó la página. Sus ojos se abrieron un poco más. Volteó a ver a Darío.
—Darío… ¿tú sabías de esto?
—¿De qué? Es puro papeleo que Amara hizo. Ella manejaba lo administrativo.
—Darío —susurró el abogado, pálido—, aquí dice que tú solo posees el 5% de las acciones Serie B (sin voto). Y que Amara Okcoy posee el 95% de las acciones Serie A (con control total). Y peor aún… firmaste un poder irrevocable de dominio a favor de la Holding sobre todos los activos intelectuales y materiales generados durante tu gestión.
Darío se puso rojo.
—¡Eso es mentira! ¡Yo fundé esto! ¡Es mi nombre en la puerta! Logística Khichi.
—El nombre es una marca registrada —intervine yo, con voz suave—. Propiedad de la Holding. Tú nos rentabas el apellido, básicamente.
—¡Me engañaste! —gritó Darío, golpeando la mesa—. ¡Me hiciste firmar sin leer! ¡Abuso de confianza!
—No, Darío —dije—. Se llama negligencia. Tú eras el Director General. Tu responsabilidad legal era leer lo que firmabas. Si no lo hiciste, demuestras incompetencia. Lo cual, por cierto, es la Causa Número 1 de tu despido el día de hoy.
—¿Despido? —Darío se levantó—. ¡No puedes despedirme! ¡Los inversionistas me aman! ¡Soy la cara de la empresa!
—¿Los inversionistas? —sonreí—. ¿Te refieres a los señores Tanaka y al Grupo Carso? Hablé con ellos anoche. Les expliqué la situación. Les dije que habíamos detectado “irregularidades financieras” bajo tu gestión y que, para proteger su inversión, la dueña mayoritaria (yo) tomaría el control directo. ¿Sabes qué dijeron?
Hice una pausa dramática.
—Dijeron: “Gracias, señora Amara. Siempre supimos que usted era el cerebro. Darío era solo el ruido”.
Esa frase lo destruyó. Fue el golpe final. Se derrumbó en la silla.
—Pero… ¿y mi vida? —preguntó, con voz rota—. ¿De qué voy a vivir?
—Ese es el punto número 3 de la orden del día —dijo Adame—. Liquidación.
—Por ley te tocan tres meses de sueldo y veinte días por año —explicó Adame—. Pero, dado que detectamos desvíos de fondos para… gastos personales no autorizados (hospitales, viajes, joyería), hemos decidido no demandarte penalmente por fraude, a cambio de que firmes tu renuncia voluntaria y aceptes una liquidación neta de… cincuenta mil pesos.
—¿Cincuenta mil pesos? —Darío casi se ahoga—. ¡Eso me lo gasto en una cena!
—Pues tendrás que aprender a comer tacos de canasta, Darío —le dije—. Porque es eso, o te vas a la cárcel por administración fraudulenta. Tengo las facturas de la clínica de fertilidad pagadas con la tarjeta de la empresa. Eso es delito federal. Tú eliges.
Darío miró a su abogado. El Licenciado Pérez cerró su carpeta.
—Firma, Darío. Si tienen esas facturas, estás frito. No te puedo defender de eso.
Darío tomó la pluma. Le temblaba la mano.
Miró la oficina de cristal, la vista de Reforma, el lujo que lo rodeaba. Todo lo que creía suyo.
Y firmó.
Firmó su rendición.
—Una cosa más —dije cuando soltó la pluma.
Él levantó la vista, con los ojos llorosos.
—El bebé… —empecé.
—No te metas con mi hijo —dijo, defensivo.
—No me interesa tu hijo —respondí—. Pero el fideicomiso educativo que abriste para él usando fondos de la empresa ha sido cancelado. Si quieres que vaya a una buena escuela, vas a tener que trabajar. De verdad.
Me levanté. Alisé mi vestido.
—Seguridad los acompañará a la salida. Tienes diez minutos para sacar tus cosas personales de tu oficina. Y con “personales” me refiero a fotos y adornos. La computadora y el celular se quedan. Son de la empresa.
Caminé hacia la puerta.
—Amara… —dijo él, cuando mi mano estaba en el picaporte.
Me detuve, pero no volteé.
—¿Alguna vez me amaste? —preguntó.
El silencio duró cinco segundos.
—Sí, Darío. Te amé tanto que construí un imperio para que jugaras a ser rey. Pero se te olvidó que la corona era prestada.
Salí de la sala de juntas.
Afuera, todo el equipo de dirección, gerentes y empleados estaban de pie, esperando.
Nadie dijo nada.
Simplemente me vieron caminar hacia la oficina principal. La oficina de la esquina.
Entré.
Me senté en la silla de cuero.
Miré la ciudad a mis pies.
Saqué mi celular y vi una notificación de Instagram.
Era una foto de Jimena. Una selfie en un cuarto barato, con cara de enojada. El caption decía: “Los hombres mienten. #Karma”.
Sonreí.
El juego había terminado.
Ahora empezaba el reinado.
CAPÍTULO 4: El descenso a los infiernos (y el tráfico de Reforma)
El elevador de la Torre Virreyes baja a una velocidad de seis metros por segundo. Es una maravilla de la ingeniería moderna, diseñado para que no sientas el movimiento. Pero para Darío Khichi, ese descenso debió sentirse como una caída libre sin paracaídas desde la estratósfera.
Yo me quedé en la oficina de la esquina, observando a través de las persianas venecianas. No necesitaba verlo salir para saber cómo se veía. Lo conocía. Sabía que estaría tratando de mantener esa postura erguida de “aquí no pasa nada”, acomodándose el saco arrugado, fingiendo que cargaba esa caja de cartón con sus pertenencias por elección y no por expulsión.
Pero México es cruel. Y la Ciudad de México es un espejo que no perdona.
Cuando Darío puso un pie en la banqueta de Paseo de la Reforma, el sol del mediodía caía a plomo. Ya no había chofer esperándolo con el aire acondicionado prendido y una botella de agua Fiji fría. Solo había ruido. El rugido de los camiones de RTP, el claxon de los taxistas peleando pasaje, el grito lejano de un vendedor de tamales oaxaqueños.
Era un peatón más. Un “Godínez” desempleado con un traje caro que ya no le servía de nada.
La Limpieza de la Casa
Me giré hacia el interior de la oficina. Olía a él. Una mezcla de su colonia Tom Ford (que yo le compraba) y ese olor rancio del estrés acumulado.
—Sofía —llamé por el interfón.
Sofía, la asistente ejecutiva que había sido la sombra de Darío durante tres años, entró temblando. Era una chica eficiente, egresada de la Ibero, pero Darío la tenía aterrorizada. Él era de esos jefes que piden el café a 82 grados exactos y gritan si la espuma no tiene la consistencia adecuada.
—Sí… sí, señora —dijo Sofía, abrazando su tableta como si fuera un escudo.
—Siéntate, Sofía. Y respira, por favor. No muerdo. Al menos no a la gente que trabaja.
Se sentó en el borde de la silla.
—Sofía, sé que tú sabías lo de Jimena.
La chica se puso pálida.
—Señora, yo… el licenciado Darío me obligaba a reservar los vuelos y… me dijo que si le decía a usted algo, me boletinaba en toda la industria para que nadie me contratara. Tengo a mi mamá enferma y…
—Tranquila —la interrumpí, levantando una mano—. No te voy a despedir por obedecer órdenes de un tirano. Pero las reglas cambian hoy.
Me levanté y caminé hacia el ventanal.
—Primero: Quiero que contrates un equipo de limpieza industrial. Quiero que saquen todo mueble, alfombra o cuadro que Darío haya tocado. Quiero esta oficina vacía y pintada de blanco hueso para el lunes.
—Sí, señora.
—Segundo: Cancela todas las suscripciones de revistas de golf, los palcos en el Estadio Azteca y la membresía del Club de Industriales a nombre de él.
—Hecho.
—Y tercero, y esto es lo más importante: Convoca a una reunión general con todos los directores de área y gerentes en 30 minutos. Quiero verles las caras. Necesitan saber que el barco no se hunde, solo cambió de capitán.
Sofía asintió, y por primera vez vi que sus hombros se relajaban.
—Señora… —dudó un momento—. ¿Puedo decirle algo?
—Dime.
—Qué bueno que regresó. La empresa era un caos sin usted. Él… él solo venía a tomarse fotos.
Sonreí.
—Gracias, Sofía. Ahora, a trabajar.
La Asamblea del Miedo
Treinta minutos después, la sala de juntas estaba llena. Había olor a miedo y café barato (porque Darío había prohibido el Nespresso para los empleados “para ahorrar costos”, mientras él gastaba millones).
Entré.
No me senté. Me quedé de pie en la cabecera.
Recorrí la mesa con la mirada. Ahí estaba el Director Comercial, un tipo que se iba de fiesta con Darío. Ahí estaba la de Recursos Humanos, que se hacía de la vista gorda con los despidos injustificados.
—Buenos días —dije. Mi voz no tembló.
—Buenos días, señora Amara —respondieron en coro, como niños de primaria.
—Vamos a dejar algo claro. Darío Khichi ya no forma parte de esta organización. Sus decisiones, sus promesas y sus “acuerdos de caballeros” se fueron con él en esa caja de cartón.
Hubo un silencio sepulcral.
—Sé lo que están pensando. “Es la esposa. No sabe nada. Esto va a quebrar”.
Lancé una carpeta sobre la mesa.
—Esos son los estados financieros reales de los últimos cinco años. Yo los hice. Yo corregí sus errores. Yo evité que el SAT nos cerrara tres veces. Así que, si alguien aquí tiene dudas de mi capacidad, la puerta es muy ancha y el liquidámbar está floreciendo en Reforma, es un buen día para caminar.
Nadie se movió.
—Bien. El que se queda, se queda a trabajar. Se acabaron las comidas de tres horas. Se acabaron los viernes sociales a la 1 de la tarde. Vamos a auditar cada departamento. Si encuentro un peso mal habido, hay denuncia penal. ¿Estamos claros?
El Director Comercial levantó la mano tímidamente.
—Señora… tenemos una licitación con el gobierno la próxima semana. Darío era el que tenía el contacto con el Subsecretario. Sin él…
—¿El contacto con el Subsecretario Ramírez? —pregunté.
—Sí.
—El Subsecretario Ramírez es mi primo segundo. Yo se lo presenté a Darío.
La cara del Director Comercial fue un poema.
—Ah… entiendo.
—La licitación sigue. Y la vamos a ganar. No por compadrazgo, sino porque nuestros costos van a bajar un 20% ahora que no tenemos que financiar el estilo de vida de un playboy. A trabajar, señores.
Salí de la sala. Sentí las miradas en mi espalda. Ya no eran de duda. Eran de respeto. O de terror. Ambas me servían.
Mientras tanto: El Hotel de Paso
Darío no tenía a dónde ir.
La casa de Las Lomas: cerrada.
El departamento de soltero que tenía antes de casarnos: vendido hace años para comprar acciones (que ahora eran mías).
Sus amigos: esos “hermanos” con los que brindaba con Champagne en el antro… bueno, esa era la prueba de fuego.
Darío estaba sentado en la banqueta de Reforma, con su caja de cartón y su maleta de gimnasio (lo único que le dejaron sacar). Marcó el número de “Pato” Méndez, su mejor amigo, socio de juergas y padrino de nuestra boda.
—¿Bueno? —contestó Pato, con voz de quien está en medio de una comida de negocios.
—Pato, soy yo, Darío.
—¡Mi Darío! ¿Qué onda, papawh? ¿Cómo va todo? Oye, supe que hubo bronca con Amara, ¿no?
—Sí, güey. Se puso loca. Me bloqueó las cuentas. Me corrió de la casa. Estoy en la calle, literal. Necesito que me hagas paro. ¿Me puedo quedar en tu depa de Santa Fe unos días? Solo en lo que mis abogados arreglan esto.
Hubo un silencio incómodo al otro lado de la línea.
—Híjole, hermano… me agarras en curva. Es que… fíjate que llega mi suegra de Monterrey hoy. Y ya sabes cómo es. Si ve gente ahí se pone intensa.
—Pato, el depa tiene tres recámaras.
—Sí, pero… es complicado, bro. Además, mi esposa es muy amiga de Amara. Si se entera que te estoy ayudando, me mata. Ya sabes, solidaridad femenina y esas mamadas.
—Pato, no tengo dinero ni para el hotel.
—No manches, ¿neta? Qué mal pedo. Oye, te tengo que dejar, estoy entrando a un túnel. Te marco luego, ¿va? Ánimo, chingón. Tú siempre caes parado.
Click.
Darío miró el teléfono. “Tú siempre caes parado”.
Sí, cuando tienes red de seguridad.
Revisó sus contactos. Luis. Beto. El “Checo”.
Todos tenían excusas.
“Estoy fuera de México”. “Tengo COVID”. “Mi mujer no me deja”.
En media hora, Darío entendió la lección más vieja de la sociedad mexicana: Eres quien eres por lo que tienes. Si no tienes, no eres nadie.
Sin opciones, tuvo que recurrir a lo único que le quedaba: el efectivo que traía en la cartera. Unos tres mil pesos.
Tomó un taxi de la calle (porque Uber ya no pasaba en su celular bloqueado) y se dirigió a donde estaba Jimena.
Jimena estaba en un hotel City Express cerca del hospital. Un hotel de negocios, limpio, funcional, pero cero lujoso. Nada de sábanas de hilo egipcio. Nada de Room Service gourmet.
Darío entró a la habitación. Era pequeña. Olía a alfombra sintética.
El bebé estaba llorando en la cama, rodeado de almohadas para que no se cayera. Jimena estaba sentada en el sillón, con los ojos rojos, mirando su celular.
Cuando vio entrar a Darío con su caja de cartón, la realidad le pegó como una bofetada.
—Dime que es una broma —dijo ella, señalando la caja—. Dime que esa no es toda tu liquidación.
Darío dejó la caja en el suelo. Se sentó en la orilla de la cama, derrotado.
—Me quitaron todo, Jimena. Todo. La empresa, la casa, los coches. Amara tenía todo a su nombre. Me engañó.
—¿Te engañó? —Jimena soltó una risa histérica—. ¡Tú me dijiste que eras el dueño! ¡Me dijiste que ella era una mantenida que no sabía nada de negocios!
—Yo pensaba que…
—¡Pensabas! —ella se levantó, furiosa—. Darío, tengo un bebé de tres días. Necesito pañales, necesito fórmula, necesito un pediatra. ¿Con qué vamos a pagar eso? ¿Con tu trofeo de “Emprendedor del Año”?
Darío se agarró la cabeza.
—Voy a salir de esta, mi amor. Te lo juro. Tengo contactos. Tengo experiencia. Voy a fundar otra empresa.
—¿Con qué capital? —preguntó ella, implacable—. Estás en el Buró de Crédito, Darío. Te escuché gritando en el hospital. Si Amara te bloqueó, nadie te va a prestar un peso.
El bebé empezó a llorar más fuerte. Darío intentó cargarlo, pero estaba torpe, cansado. El bebé no se callaba.
—¡Haz que se calle! —gritó Darío, perdiendo los estribos.
Jimena le arrebató al niño.
—No le grites. Él no tiene la culpa de que su papá sea un fracasado.
Esa palabra. Fracasado.
Darío nunca la había escuchado dirigida a él. Siempre fue “el exitoso”, “el líder”.
Se levantó y se metió al baño pequeño y prefabricado del hotel. Se miró al espejo. Vio las canas que antes se teñía en la barbería de lujo. Vio las arrugas. Vio el miedo.
Se sentó en la tapa del inodoro y lloró. Pero no lloró por su hijo, ni por su matrimonio. Lloró porque extrañaba su vida. Extrañaba sentirse importante.
La Reina en su Soledad
Cae la noche en la Ciudad de México. Desde mi departamento secreto en Interlomas, las luces de la ciudad parecen joyas tiradas sobre terciopelo negro. Es una vista hermosa, pero fría.
Me quité los zapatos. Mis pies dolían. Me serví una copa de vino y me senté en el sofá de piel blanca.
El silencio en el departamento era absoluto.
No había gritos. No había mentiras. No había que revisar el celular de nadie.
Pero tampoco había calor.
Miré mi reflejo en el ventanal. Amara, la CEO. Amara, la dueña.
Ganaste, me dije. Lo destruiste. Recuperaste lo tuyo.
¿Entonces por qué siento este hueco en el pecho?
Mi celular sonó. Era mi mamá.
—Bueno, mami.
—Hija, ya vi las noticias. Dicen en los portales de chismes que Darío salió de la empresa. Que hubo un “cambio de administración”.
—Sí, ma. Lo corrí.
Hubo un silencio al otro lado. Mi mamá, que vendió ropa usada para darme de comer, suspiró.
—¿Te fue infiel?
—Sí. Y tuvo un hijo.
Escuché el sonido inconfundible de mi mamá chasqueando la lengua.
—Pobre diablo. Cambió un diamante por una piedra de río.
Sonreí entre lágrimas.
—Me duele, ma.
—Claro que duele, mi niña. El dinero quita el hambre, pero no quita la tristeza. Pero prefiero verte llorando en un penthouse que llorando en un cuarto de azotea. Llora hoy, pero mañana te levantas. Porque tú eres la jefa. Y las jefas no se rompen, solo se reinician.
—Gracias, ma.
—¿Vas a venir el domingo? Hice mole.
—Ahí estaré.
Colgué.
Esa es la diferencia entre Darío y yo.
Si yo pierdo todo mañana, tengo a dónde ir. Tengo una casa en Ecatepec que huele a mole y a lealtad.
Darío, en su cima, despreció a todos los que lo querían de verdad. Y ahora que está en el suelo, se da cuenta de que su “red de apoyo” estaba hecha de billetes. Y sin billetes, cae al vacío.
El Fondo no tiene fondo
Pasaron tres días.
El dinero de Darío se acabó. El hotel City Express les pidió la habitación.
—Señor, su tarjeta sigue declinada. Y no podemos aceptar más efectivo sin una tarjeta de respaldo en garantía. Políticas de la empresa.
Estaban en la calle. Literalmente.
Jimena, con el bebé en brazos, tomó una decisión. Una decisión de supervivencia.
—Me voy —dijo, parada en la banqueta de Insurgentes Sur.
Darío la miró, con los ojos hundidos. Llevaba la misma camisa desde hacía cuatro días. Olía mal.
—¿Qué? ¿A dónde vas?
—A casa de mis papás en Monterrey. Ya me depositaron para el boleto de autobús.
—¿Autobús? —Darío hizo una mueca—. Jimena, no te vayas. Vamos a arreglar esto. Voy a vender el reloj. El Rolex. Me dan por lo menos 200 mil pesos. Con eso rentamos algo, empezamos de nuevo.
Jimena lo miró con lástima.
—Darío… el reloj es falso.
Darío se congeló.
—¿Qué dices? Es un Daytona. Amara me lo regaló.
—Fui ayer a la casa de empeño del centro mientras dormías. Me dijeron que es una réplica AAA. Muy buena, pero falsa. Vale cinco mil pesos.
El mundo de Darío dio una vuelta de campana.
—¿Amara… me regaló un reloj falso?
—Al parecer, ella sabía quién eras desde hace mucho tiempo —dijo Jimena, subiendo la maleta al taxi—. Se acabó, Darío. No tienes nada. Y yo no voy a hundirme contigo. Suerte.
El taxi arrancó.
Darío se quedó parado en la esquina de Insurgentes y Félix Cuevas. Solo. Sin esposa. Sin amante. Sin hijo. Sin empresa. Y con un reloj falso en la muñeca que marcaba las horas de su miseria.
Empezó a llover.
Darío miró al cielo y se echó a reír. Una risa de loco.
Amara no solo le había quitado el dinero. Le había quitado la dignidad de creer que alguna vez fue alguien.
El reloj falso era la metáfora perfecta: Brillaba, pesaba, parecía real. Pero por dentro, era maquinaria barata.
Igual que él.
Se sentó en la parada del Metrobús, abrazando su caja de cartón mojada.
Un perro callejero se acercó y le olió los zapatos italianos.
—Lárgate —le dijo Darío.
El perro no se movió. Se echó a sus pies.
Era el único ser vivo que estaba dispuesto a estar con él.
En la pantalla gigante del World Trade Center, a unos metros de ahí, apareció un anuncio espectacular de Grupo Fénix.
Decía: “LOGÍSTICA FÉNIX: BAJO NUEVA ADMINISTRACIÓN. EL FUTURO ES SÓLIDO.”
Y no salía la cara de Darío.
Salía el logo. Limpio. Fuerte.
Darío cerró los ojos.
El “Viernes Social” había terminado. Ahora empezaba la cruda realidad de un lunes eterno.
CAPÍTULO 5: De la Suite Presidencial al Metro Hidalgo
La Ciudad de México no es una sola ciudad; son mil ciudades sobrepuestas, separadas por delgadas membranas de cristal, concreto y dinero. Puedes estar comiendo un escargot en Polanco y, a tres kilómetros, alguien está peleando por un espacio en el piso para dormir en el Metro Hidalgo.
Darío Khichi acababa de atravesar esa membrana. Y la caída había sido brutal.
La Casa de Empeño: El último vestigio
Eran las 11:00 de la mañana del cuarto día post-desastre. Darío caminaba por el Eje Central, cerca de la Torre Latinoamericana. Ya no traía su saco Zegna; lo había dejado olvidado (o perdido) en la banca donde pasó la noche anterior. Su camisa blanca, antes impoluta, tenía manchas de sudor y mugre en el cuello.
Entró al “Monte de Piedad” con la cabeza baja, apretando en su mano derecha lo último que le quedaba de valor, o al menos eso creía: sus mancuernillas de oro y ónix. El reloj falso ya era historia; se lo había cambiado a un taxista la noche anterior por un viaje al centro y 200 pesos. El taxista salió ganando, aunque fuera una réplica.
El valuador, un hombre calvo detrás de un cristal blindado, lo miró con el desdén profesional de quien huele la desesperación.
—¿Qué traemos hoy, jefe?
—Mancuernillas. Oro de 18 kilates. Diseño exclusivo de Tiffany & Co. —dijo Darío, intentando recuperar ese tono de voz autoritario que usaba con sus empleados. Pero su voz salió rasposa, débil.
El valuador tomó las piezas con unas pinzas, se puso una lupa en el ojo y las examinó bajo la luz blanca.
—Son bonitas —dijo el hombre—. Pero están grabadas.
—¿Y eso qué?
—Dicen “DK”. Eso baja el valor de reventa. Nadie quiere las iniciales de otro cabrón en sus puños.
—Es oro macizo —insistió Darío—. Pesan.
El hombre las puso en la báscula gramera.
—Te doy mil quinientos pesos.
—¡Costaron doce mil dólares! —gritó Darío, golpeando el cristal. La gente en la fila, amas de casa empeñando planchas y albañiles empeñando herramientas, se rieron por lo bajo.
—Jefe, aquí no pagamos la marca, pagamos el metal. Mil quinientos. Lo tomas o lo dejas. Hay fila.
Darío cerró los ojos. Mil quinientos pesos. Eso era lo que él dejaba de propina en una cena cualquiera. Eso costaba una botella de vino barato en los restaurantes que frecuentaba. Ahora, era su presupuesto de supervivencia para… ¿cuánto tiempo? ¿Una semana? ¿Dos días?
—Dámelos —susurró.
Salió a la calle con los billetes en el bolsillo y un boleta de empeño que sabía que nunca iba a redimir. El sol del centro histórico pegaba fuerte, y el ruido de los organilleros y los vendedores ambulantes le taladraba el cerebro.
Tenía hambre. Hambre de verdad. No ese “apetito” que sentía antes de ir a comer a La Docena. Hambre que duele en la boca del estómago.
Se paró frente a un puesto de tacos de canasta. El olor a chicharrón prensado y salsa verde lo mareó.
—¿A cómo? —preguntó.
—A siete pesitos, joven. O cinco por treinta con su Boing de mango.
Darío, el hombre que criticaba a sus empleados por comer “garnachas” porque “daban mala imagen”, se comió ocho tacos de pie, manchándose la camisa de salsa. Le supieron a gloria. Le supieron a vida.
Mientras tanto: El Arte de la Guerra Corporativa
A diez kilómetros de ahí, en el piso 22 de Torre Virreyes, yo estaba librando una batalla diferente. Una batalla sin hambre física, pero con depredadores mucho más peligrosos que los del Eje Central.
Estaba reunida con los representantes legales de Banco Santander y BBVA. Darío había dejado una línea de crédito corporativa sobregirada por cuatro millones de pesos. Dinero que usó para “gastos de representación” (léase: la vida de Jimena y sus caprichos).
—Señora Okcoy —dijo el abogado del banco, un tipo con traje gris y cara de sepulturero—, entendemos la situación interna de la empresa, pero el banco necesita garantías. La firma del Señor Khichi está en los pagarés. Si él no está, la deuda se hace exigible de inmediato.
Estaban tratando de asustarme. Pensaban que era la “viuda” del negocio.
Sonreí y junté mis manos sobre la mesa de cristal.
—Licenciado, vamos a aclarar algo. Ustedes le prestaron a Logística Khichi S.A. de C.V., basándose en flujos de efectivo proyectados que eran, siendo generosos, optimistas. Yo soy la dueña de Grupo Fénix Holding. Yo soy dueña de los activos reales: los camiones, las bodegas, el software.
Hice una pausa para tomar un sorbo de agua mineral Perrier.
—La empresa operativa, la que debe el dinero, no tiene activos. Solo tiene contratos de arrendamiento conmigo. Si ustedes ejecutan la deuda hoy, quiebran a la operativa. ¿Y saben qué me llevo yo? Mis camiones y mis bodegas. ¿Saben qué se llevan ustedes? Muebles de oficina usados y una cafetera Nespresso.
Los abogados intercambiaron miradas nerviosas.
—¿Qué propone? —preguntó el de BBVA, bajando el tono.
—Propongo una reestructuración de la deuda a 24 meses, con una tasa de interés preferencial del TIIE + 2 puntos. A cambio, yo, Amara Okcoy, avalo la deuda con los activos de la Holding. Pongo mi piel en el juego. Pero quiero una quita del 20% por pagos puntuales y la eliminación de las comisiones por sobregiro que Darío autorizó estúpidamente.
Era una jugada maestra. Estaba asumiendo el riesgo, sí, pero estaba comprando tiempo y, lo más importante, estaba comprando respeto.
El abogado principal asintió lentamente.
—Es una oferta agresiva, señora.
—Es la única oferta que van a recibir que implica que recuperen su dinero. La otra opción es demandar a Darío personalmente. Y créanme, acabo de ver su reporte financiero: no tiene ni para el metro.
Firmaron el preacuerdo media hora después.
Cuando salieron, el Licenciado Adame, que había estado en silencio tomando notas, se quitó los lentes y los limpió con su pañuelo.
—Señora… su padre estaría orgulloso. Tiene usted hielo en las venas.
—No es hielo, Adame —respondí, mirando la ciudad—. Es instinto de conservación. Darío jugaba a las damas chinas. Yo juego ajedrez.
El Fantasma del Pasado
Darío caminaba sin rumbo. Sus pies, acostumbrados a mocasines de suela suave, le ardían dentro de los zapatos de vestir que ya estaban deformados por la caminata.
Llegó a la Alameda Central. Se sentó en una banca de piedra, frente al Hemiciclo a Juárez.
A su lado, un señor mayor leía un periódico La Prensa. El titular era sensacionalista, algo sobre un crimen pasional en Iztapalapa. Pero en la esquina inferior de la página, un recuadro pequeño llamó la atención de Darío.
“GRUPO FÉNIX ANUNCIA REESTRUCTURACIÓN Y PLANES DE EXPANSIÓN BAJO EL LIDERAZGO DE AMARA OKCOY”
Darío sintió un golpe en el pecho.
Le pidió el periódico al señor.
—Oiga, jefe, ¿me regala esa hoja?
El señor lo miró, vio su ropa sucia pero de marca, su barba de tres días.
—Téngalo, joven. De todos modos ya lo leí.
Darío leyó la nota. Eran apenas tres párrafos. Hablaban de “estabilidad”, de “gobernanza corporativa”, de “nuevos horizontes”. Ni una sola mención a él. Ni una línea que dijera “Tras la salida del fundador…”. Nada. Era como si nunca hubiera existido.
La palabra “Borrado” resonó en su mente. Amara no solo lo había corrido; lo había editado de la historia.
La ira le subió por la garganta.
—¡Maldita sea! —gritó, arrugando el periódico.
La gente que paseaba a sus perros o comía helados se alejó de él.
—¡Es mi empresa! ¡Yo la hice! ¡Yo puse la cara!
—Tranquilo, carnal —dijo una voz a sus espaldas.
Darío se giró. Era un tipo joven, con tatuajes en el cuello y una playera de tirantes, limpiando parabrisas en el semáforo de Avenida Juárez.
—¿Qué quieres? —ladró Darío.
—Nada, nomás que no asustes a la clientela. Aquí es zona tranquila. Si vas a ponerte loco, vete a la plaza de allá atrás.
Darío lo miró con desprecio.
—¿Sabes con quién estás hablando?
El limpiaparabrisas se rio, mostrando un diente de oro.
—Pues con un vagabundo con ropa cara, ¿no? Aquí todos somos iguales, güero. O tienes moneda o no tienes. Y tú tienes cara de que te urge un baño.
Darío quiso golpearlo. Quiso imponer su autoridad. Pero se dio cuenta de que no tenía ninguna. El limpiaparabrisas tenía una franela y una botella de jabón: tenía herramientas de trabajo. Darío no tenía nada.
Se levantó y se fue caminando rápido, huyendo de la verdad que el chico de la calle le acababa de escupir.
La Visita Inesperada
Esa tarde, en la oficina, tuve una visita que no estaba en la agenda.
Sofía entró a mi despacho, nerviosa.
—Señora… hay dos hombres en recepción. No tienen cita. Dicen que vienen a cobrar una deuda personal del Señor Darío, pero que tienen pagarés firmados con el sello de la empresa.
—¿Qué aspecto tienen?
—Pues… —Sofía bajó la voz—. Tienen aspecto de que no son del banco, señora. Traen chamarras de piel y… bueno, dan miedo.
Suspiré. Agiotistas.
Darío, en su desesperación por mantener el estilo de vida de Jimena cuando yo empecé a cerrar el grifo hace meses, debió haber recurrido al mercado negro. Préstamos rápidos, intereses mortales.
—Hazlos pasar, Sofía. Y dile a Goliath (mi jefe de seguridad) que entre y se quede parado junto a la puerta. Sin armas visibles, pero presente.
Entraron dos hombres. Uno bajo y robusto, el otro alto y flaco. No se veían como sicarios de película, se veían como empresarios de la Central de Abastos: duros, directos, sin tiempo para tonterías.
El bajo, que parecía ser el líder, se sentó sin pedir permiso.
—Buenas tardes. Buscamos al Licenciado Khichi.
—El Licenciado Khichi ya no trabaja aquí —dije, revisando unos papeles sin mirarlos—. Yo soy la Directora General. ¿En qué puedo ayudarlos?
El hombre sacó un pagaré arrugado de su chamarra.
—El Licenciado nos pidió tres millones de pesos hace dos meses. “Para flujo de caja rápido”, dijo. Firmó él y le puso el sello de la empresa. El plazo venció ayer. Con los intereses moratorios del 10% semanal, la cuenta va en tres millones seiscientos.
Tomé el papel. Era un pagaré de papelería, llenado a mano. Pero el sello de Logística Khichi estaba ahí, estampado en tinta azul. Ilegal, por supuesto. Darío no tenía facultades para endeudar a la empresa con terceros no regulados. Pero a estos señores no les importaba la Ley de Títulos y Operaciones de Crédito. Les importaba su dinero.
Miré al hombre a los ojos.
—Este documento no tiene validez legal corporativa. Darío hizo uso indebido de sus facultades.
El hombre alto se tronó los dedos.
—Señora, nosotros no somos abogados. Somos cobradores. Y el dinero salió de nuestra bolsa. Si la empresa no paga… bueno, los accidentes pasan. Los camiones se queman en las carreteras. Los choferes se asustan.
Era una amenaza directa. Y creíble.
Podía llamar a la policía, pero eso traería una investigación, prensa, escándalo. Y mis camiones parados.
Calculé el costo-beneficio en tres segundos.
Tres millones seiscientos mil pesos era mucho dinero. Pero un camión quemado costaba cuatro millones. La reputación de la empresa, incalculable.
—No me gustan las amenazas —dije, cerrando mi carpeta—. Pero me gustan menos las deudas.
Abrí mi chequera personal. No la de la empresa. La mía. La que se alimentaba de mis dividendos de la Holding.
—Les voy a pagar el capital: tres millones. Los intereses se los cobran a Darío cuando lo encuentren. Él anda por la calle.
—El trato eran tres seiscientos —dijo el líder.
—El trato era con un hombre que ya no existe. El trato nuevo es conmigo. Tres millones, en cheque certificado, ahora mismo. O se van de aquí y le digo a mi jefe de seguridad, que es ex-Gafes (Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales), que los escolte hasta el estacionamiento por las escaleras. Y créanme, las escaleras son muy resbalosas.
Goliath, parado en la puerta, cruzó los brazos. Sus bíceps rompían la tela de su traje.
Los cobradores se miraron. Tres millones seguros eran mejor que una guerra con una mujer que tenía su propio ejército privado.
—Trato hecho —dijo el líder.
Llené el cheque. Se los entregué.
—Una cosa más —dije cuando se levantaban—. Si vuelven a prestarle un centavo a alguien usando el nombre de mi empresa sin mi firma, no voy a ser tan amable.
—Entendido, jefa. Un gusto hacer negocios con alguien que sí tiene palabra.
Se fueron.
Me quedé mirando el talón del cheque. Tres millones de pesos. El último “regalito” de Darío.
Ese dinero podría haber sido para el bono de los empleados. O para renovar la flota.
Pero tuve que usarlo para limpiar su basura.
Sentí una rabia fría.
—Esto te lo voy a descontar del alma, Darío —murmuré.
La Noche de los Cuchillos Largos
La noche cayó sobre la ciudad. Darío, con sus 1,200 pesos restantes (después de los tacos y el agua), buscó refugio.
No se atrevía a ir a un hotel decente por vergüenza a su aspecto. Terminó en un motel de paso en la calzada de Tlalpan. De esos con luces neón que parpadean y sábanas que raspan.
Pagó la habitación por una noche. 350 pesos.
Entró. El cuarto olía a tabaco frío y desinfectante barato. Había un espejo en el techo.
Darío se tiró en la cama, vestido.
Miró su reflejo arriba.
Un hombre roto.
Sacó su celular. Tenía 4% de batería.
Entró a su galería de fotos.
Ahí estaba él, hace un mes, brindando con Dom Perignon en un yate en Acapulco.
Ahí estaba él, cargando al bebé en el hospital hace cuatro días.
Ahí estaba Amara, en una foto vieja, de cuando empezaron. Ella sonreía, mirándolo con adoración.
—¿Qué hice? —susurró a la habitación vacía.
El peso de la realidad finalmente lo aplastó. No era el dinero. Era la soledad.
En su vida de “millonario”, siempre estaba rodeado de gente. Aduladores, meseros, socios, mujeres. El silencio era su enemigo.
Ahora, el silencio era su único compañero.
Salió del cuarto. Necesitaba alcohol. Necesitaba apagar el cerebro.
Cruzó la calle a una cantina de mala muerte. De esas con aserrín en el piso y rocola vieja.
Pidió un tequila. El más barato.
—Otro —le dijo al cantinero.
—Otro.
A la quinta copa, se le soltó la lengua.
—Yo era el rey —le dijo a un borracho que dormía en la barra—. Yo tenía chofer. Tenía una vieja buenísima. Tenía todo.
—Sí, sí, todos fuimos reyes, carnal —balbuceó el borracho—. Pásame la sal.
—¡No me crees! —gritó Darío, golpeando la barra—. ¡Soy Darío Khichi! ¡Búscame en Google!
Sacó su celular para mostrarle, pero la batería murió justo en ese momento. Pantalla negra.
—¡Mierda!
Unos tipos en la mesa de atrás se empezaron a reír. Eran tres, con aspecto rudo.
—Ya cállate, “princeso” —dijo uno—. Dejas de chillar y nos dejas pistear.
Darío, con el alcohol nublándole el juicio y la frustración de días acumulada, se giró.
—¿A quién callas, gato? Tú no sabes con quién te metes.
Fue el último error de la noche.
El tipo se levantó. No hubo discusión. Hubo un botellazo.
Darío sintió el impacto en la cabeza, caliente y húmedo. Cayó al suelo.
Las patadas llegaron después. En las costillas, en el estómago, en la cara.
—Para que aprendas a respetar, güerito.
Lo sacaron a la calle y lo tiraron en la banqueta, bajo la lluvia que había vuelto a empezar.
Le robaron la cartera con los 800 pesos que le quedaban. Le quitaron los zapatos italianos deformados.
Se quedó ahí, tirado en un charco de agua sucia y sangre, mirando las luces de los coches pasar.
Nadie se detuvo.
En la Ciudad de México, un bulto en la banqueta es parte del paisaje.
Darío cerró los ojos. El dolor físico era insoportable, pero extrañamente, era mejor que el dolor emocional. Al menos el dolor físico era real.
—Amara… —susurró, antes de perder el conocimiento.
El Renacer de la Fénix
A la mañana siguiente, me levanté a las 5:00 AM. Mi rutina había cambiado. Ya no me quedaba en la cama dando vueltas.
Hice yoga. Me bañé con agua helada.
Me puse unos jeans de diseñador, botas Timberland y una camisa blanca arremangada. Hoy no tocaba oficina. Hoy tocaba campo.
Manejé hasta la bodega principal en Tlalnepantla.
Cuando llegué, los choferes estaban preparándose para salir a ruta. Hombres rudos, curtidos por la carretera, que llevaban años trabajando para nosotros.
Siempre veían a Darío con recelo, porque Darío nunca se ensuciaba los zapatos.
Me bajé de la camioneta.
—¡Buenos días, señores! —grité para hacerme oír sobre el ruido de los motores diésel.
El Capataz, Don Rogelio, se acercó quitándose la gorra.
—Buenos días, Señora Amara. No la esperábamos. ¿Pasó algo?
—No, Rogelio. Vengo a trabajar. Vengo a ver por qué la ruta del Bajío está teniendo retrasos. Y vengo a decirles que, a partir de hoy, hay bono de productividad real, no las promesas que les hacían antes.
Rogelio me miró, sorprendido.
—¿El Licenciado Darío ya no va a venir?
—El Licenciado Darío ya no es parte de la empresa, Rogelio. Ahora se entienden conmigo. Directo. Sin intermediarios.
Rogelio sonrió, una sonrisa chimuela y sincera.
—Pues qué bueno, patrona. Porque la neta, el Licenciado no sabía ni cambiar una llanta. Y usted… usted siempre nos pagó el aguinaldo a tiempo. Estamos con usted.
Ese momento valió más que cualquier cheque de tres millones.
Caminé entre los camiones, revisando las bitácoras, saludando de mano (mano firme) a los estibadores.
Me sentí poderosa. No el poder frágil del estatus, sino el poder sólido de la competencia.
Al mediodía, recibí una llamada del hospital público de Xoco.
—¿Hablo con la Señora Amara Okcoy?
—Sí.
—Le llamamos porque tenemos a un paciente ingresado como “Desconocido”, pero en su saco encontramos una tarjeta de presentación vieja con este número de contacto de emergencia manuscrito al reverso. Es un hombre de unos 35 años, golpeado.
Se me heló la sangre por un segundo.
—¿Está vivo?
—Sí. Está estable, pero tiene dos costillas rotas y una contusión craneal. No tiene identificación, ni dinero, ni zapatos.
—¿Cómo se llama? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Dice llamarse Darío Khichi, pero… bueno, parece indigente.
El silencio en la línea duró unos segundos.
—Señora, ¿conoce al paciente? ¿Se hace responsable?
Miré a mis choferes cargando los camiones. Miré el imperio que estaba protegiendo. Recordé el cheque de tres millones que pagué ayer por sus errores. Recordé al bebé en el hospital privado. Recordé su traición.
—No —dije, con voz firme—. No conozco a nadie con ese nombre. Debe ser un error.
Colgué.
Me dolió. Claro que me dolió. Soy humana.
Pero Darío necesitaba tocar el fondo para entender que ya no podía flotar.
Y el fondo, a veces, es una camilla en el Hospital de Xoco sin nadie que te sostenga la mano.
Me giré hacia Rogelio.
—¡Vámonos, Rogelio! ¡Esos camiones no se van a mover solos!
El motor de mi vida rugió de nuevo. Darío estaba en su purgatorio. Yo estaba en mi reino. Y por primera vez en años, el aire olía limpio.
CAPÍTULO 6: El Sindicato y la Banqueta Fría
El Hospital General de Xoco no huele a arreglos florales ni a café de Starbucks. Huele a humanidad concentrada. Huele a sangre seca, a cloro barato que no alcanza a cubrir el hedor de la enfermedad, y a sudor de cientos de familiares hacinados en la sala de espera rezándole a un santo o a la burocracia.
Darío abrió los ojos. O al menos, intentó abrir uno; el izquierdo estaba cerrado por la hinchazón.
No estaba en una suite privada. Estaba en una camilla de metal, en un pasillo atestado de gente. A su derecha, un joven con la pierna enyesada gemía bajito. A su izquierda, un señor mayor tosía con un sonido que parecía venir de ultratumba.
Darío intentó moverse, pero un dolor agudo en las costillas le cortó la respiración.
—Ahhh… —se quejó.
—Quieto, galán —dijo una voz femenina y seca.
Una enfermera, con ojeras más profundas que las de Darío y un uniforme que había visto mejores días, le ajustó el suero.
—¿Dónde… dónde estoy? —preguntó Darío, con la garganta como lija.
—En el Resort & Spa de Xoco, mi rey. ¿Dónde crees? Te trajo la ambulancia anoche. Te dieron una paliza de aquellas.
Darío intentó procesar la información. La cantina. Los tipos. El botellazo.
Se llevó la mano al pecho.
—Mi cartera… mi celular…
La enfermera se rio, pero sin malicia, solo con resignación.
—Uy, mijo. Llegaste sin nada. Ni zapatos traías. Lo único que traes puesto es ese pantalón de marca que ya está para la basura y una camisa que parece trapo de mecánico.
—Necesito… necesito hacer una llamada. Soy Darío Khichi. Tengo seguro de gastos médicos mayores. Llévenme al ABC o al Ángeles.
La enfermera lo miró con lástima.
—A ver, Don Darío. Aquí no tienes identificación. Para el sistema eres “Desconocido Masculino 34”. Y aunque fueras el dueño de Televisa, si no tienes a nadie que firme tu traslado o pague la ambulancia privada, de aquí no te mueves.
—Llamen a mi esposa. Amara Okcoy.
—Ya le llamaron a un número que traías en un papelito —dijo ella, anotando algo en su tabla—. Dijo que no te conoce.
El mundo se le vino encima otra vez. Más pesado que el botellazo.
—¿Dijo… que no me conoce?
—Así mero. Dijo que debe ser un error. Así que, o tienes otra familia escondida, o esa señora te odia con ganas.
Darío cerró el ojo bueno. Una lágrima solitaria se escapó, mezclándose con la sangre seca de su mejilla.
Amara lo había borrado. No solo de la empresa. De la existencia.
—No tengo a nadie —susurró.
—Bueno, pues entonces descansa. Tienes dos costillas rotas y una contusión leve. Te vamos a dar paracetamol y en cuanto puedas caminar, te damos de alta. Necesitamos la cama. Hay gente baleada esperando afuera.
Paracetamol. Para el dolor del alma.
La Torre Virreyes: 11:00 AM
Mientras Darío descubría las deficiencias del sistema de salud pública, yo estaba a punto de enfrentar a uno de los poderes fácticos más grandes de México: El Sindicato.
Estaba en la sala de juntas. Frente a mí, Don Elías “El Tigre” Montiel. Líder del Sindicato de Transportistas desde hacía treinta años. Un hombre obeso, con anillos de oro en cada dedo, una guayabera de lino que costaba más que mi coche y una sonrisa que daba miedo.
Darío siempre le tuvo miedo a Elías.
“Hay que darle lo que pida, Amara”, me decía Darío. “Ese tipo te para la flota con una llamada. No te metas con el Tigre”. Y Darío le pagaba. “Cuotas de asesoría”, le llamaban. Sobornos, en español claro. Millones de pesos al año para que no hiciera huelgas.
Pero la llave del dinero la tenía yo ahora. Y yo no negocio con terroristas laborales.
—Señora Amara —dijo Elías, masticando un palillo de dientes—. Un gusto verla. Qué pena lo de su marido. Dicen que anda de capa caída. Pero bueno, a lo que venimos. Toca la renovación del Contrato Colectivo. Y mis muchachos están inquietos. La inflación, ya sabe. Queremos un aumento del 15% directo al salario y un bono de “lealtad” de cinco millones para la mesa directiva.
Sonrió. Sus guardaespaldas, dos gorilas parados atrás, cruzaron los brazos.
Elías pensaba que, por ser mujer y por estar en medio de un escándalo de divorcio, yo sería presa fácil. Pensaba que iba a firmar el cheque para evitar problemas.
Me acomodé en mi silla.
—Don Elías. Qué gusto. He revisado los números.
—¿Y? ¿Cuándo nos deposita?
—Nunca —dije.
Elías dejó de masticar el palillo.
—¿Cómo dijo, madrecita? Creo que no escuché bien.
—Dije que nunca. Se acabaron los bonos de “lealtad”, Elías. Y el aumento será del 4%, conforme a la inflación oficial.
Elías soltó una carcajada que hizo temblar su papada.
—Ay, señora. Se ve que usted es nueva en esto. Si yo salgo de aquí sin mi dinero, mañana a las 6 de la mañana tiene banderas rojinegras en todas sus bodegas. Ni un camión sale. Se le pudre la mercancía. Pierde sus contratos. ¿Quiere jugar a las fuercitas conmigo?
Me levanté. Caminé hacia la pantalla de proyección.
—Goliath, pon el video, por favor.
La pantalla bajó. El proyector se encendió.
Apareció un video granulado, pero claro. Era Elías, en un restaurante de lujo, recibiendo un maletín lleno de efectivo de manos de un competidor nuestro.
El audio era perfecto: “Tú para a los de Fénix una semana, diles que es huelga, y yo me quedo con sus rutas del norte. Aquí está tu parte, Tigre”.
La cara de Elías pasó de rojo a morado en tres segundos.
—¿Qué chingados es esto? ¡Es un montaje! ¡Es inteligencia artificial!
—Es una grabación de seguridad del Restaurante Suntory de hace dos semanas —dije, tranquila—. Tengo copias. Y tengo, curiosamente, una excelente relación con la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF) del gobierno actual. Les encantan estos videos. Especialmente cuando el líder sindical no ha declarado esos ingresos.
Me acerqué a él. Los guardaespaldas intentaron dar un paso al frente, pero Goliath y tres agentes más de mi seguridad entraron a la sala, armados y listos. El ambiente se puso tenso, eléctrico.
—Escúchame bien, Elías —dije, bajando la voz para que solo él me oyera—. Darío te tenía miedo porque Darío quería ser tu amigo. A mí no me interesan tus amigos. Tú has estado robándole a tus propios agremiados y vendiéndote al mejor postor.
—Si sacas eso, me hundo —susurró él, sudando.
—Exacto. Te vas a la cárcel. Lavado de dinero, extorsión… la lista es larga.
—¿Qué quieres? —preguntó, derrotado.
—Quiero paz laboral. Vas a firmar el aumento del 4%. Vas a renunciar a tu bono personal. Y vas a salir a decirle a tu gente que Grupo Fénix es el mejor lugar para trabajar porque vamos a usar ese dinero que te robabas para mejorar los comedores y las prestaciones reales de los choferes.
Elías me miró con odio, pero también con algo nuevo: miedo.
—Eres una bruja.
—Soy una empresaria, Elías. Firma.
Firmó.
Cuando salió de la oficina, con la cola entre las patas, sentí una descarga de adrenalina.
Sofía, mi asistente, me miraba con los ojos como platos.
—Señora… ¿de verdad iba a mandar el video a la UIF?
—Ya lo mandé, Sofía —dije, tomando un sorbo de café—. Solo que le puse fecha de entrega diferida para dentro de un año. Si Elías se porta bien, lo cancelo. Si se porta mal… bueno, digamos que su jubilación será en el Reclusorio Norte.
Me senté. Gané. Otra vez.
Pero entonces, el silencio volvió.
Miré mi celular. Ningún mensaje personal. Solo correos, notificaciones bancarias, noticias.
“Amara Okcoy vence al Sindicato”.
Qué bonito titular. Qué noche tan solitaria me esperaba.
La Salida de Xoco: 4:00 PM
A Darío lo dieron de alta porque necesitaban la camilla para un motociclista accidentado.
—Órale, mi rey. Pa’fuera —le dijo un guardia de seguridad.
Darío salió a la Avenida Coyoacán. El sol de la tarde lastimaba sus ojos.
Caminaba encorvado, sujetándose las costillas.
No tenía zapatos. Alguien se los había robado mientras estaba inconsciente en la calle, y en el hospital le dieron unas bolsas de plástico azules amarradas a los tobillos. “Zapatos de quirófano”, les decían. En la calle, eran zapatos de mendigo.
La zona de Xoco es un estudio de contrastes. A sus espaldas, el hospital público viejo y desgastado. Frente a él, cruzando la calle, el monstruo de cristal y lujo: Mítikah. El centro comercial más alto y lujoso de Latinoamérica.
Darío vio la torre brillante. Ahí, en ese edificio, él solía tener reuniones. Solía comprar en Palacio de Hierro. Solía comer en The Cheesecake Factory.
Instintivamente, caminó hacia allá. Como una polilla a la luz.
Llegó a la entrada del centro comercial. El aire acondicionado que salía por las puertas automáticas era una caricia celestial.
Intentó entrar.
—¡Ey, ey! ¡A dónde vas! —un guardia de seguridad privada, con uniforme impecable, le bloqueó el paso.
—Voy a… voy a entrar —balbuceó Darío.
—No puedes entrar así. Estás descalzo, hueles mal y asustas a la gente. Circúlale.
—Pero… tengo hambre. Solo quiero entrar al baño.
—El baño es para clientes. Sáquese.
Darío miró al guardia. Era un chico moreno, bajito, de no más de 20 años. En su vida anterior, Darío ni siquiera lo hubiera visto. Ahora, ese chico tenía más poder que él. Tenía el poder de negarle la entrada al paraíso.
—Por favor… —suplicó Darío. Fue la primera vez en su vida que suplicó de verdad.
—Que no. ¡Lárgate o llamo a la patrulla!
Darío se dio la vuelta. Se vio reflejado en el cristal de una tienda Hugo Boss que daba a la calle.
Vio a un monstruo. Ojos morados, barba sucia, ropa manchada de sangre, bolsas en los pies.
Ese no era Darío Khichi. Ese era un fantasma.
Caminó hacia el pueblo de Xoco, las callejuelas empedradas que sobreviven a la sombra de los rascacielos.
Se sentó en la banqueta, afuera de una tienda de abarrotes.
Le dolía todo. El cuerpo. El orgullo. El alma.
Un perro callejero se acercó (parece que los perros eran los únicos que lo notaban). Darío no lo corrió esta vez. Acarició su cabeza sarnosa.
—Tú y yo, amigo —dijo con voz ronca—. Tú y yo.
—¿Tienes hambre, carnal?
Darío levantó la vista. Un señor estaba parado frente a él. Tenía aspecto de albañil, con ropa llena de cal y polvo, comiéndose una torta de jamón y un refresco en bolsa.
—Sí… —dijo Darío.
—Ten. Me sobró la mitad.
El hombre le extendió el pedazo de torta envuelto en servilleta.
Darío lo miró. En su vida pasada, hubiera sentido asco. Comida de otro. Comida de pobre.
Pero su estómago rugió.
Tomó la torta.
—Gracias.
Le dio una mordida. El pan estaba duro, el jamón era corriente, tenía mucha mayonesa.
Fue lo más delicioso que había probado en su vida.
—¿Por qué? —le preguntó al albañil—. ¿Por qué me das esto?
El hombre se encogió de hombros.
—Porque hoy por ti, mañana por mí. En la calle nadie se salva solo, carnal. Si te caes, te levantas, pero a veces necesitas una mano. ¿Qué te pasó? ¿Te asaltaron?
—Me… me asalté a mí mismo —dijo Darío, con una lucidez repentina—. Perdí todo por pendejo.
El albañil se rio.
—Ah, bueno. De pendejadas está lleno el panteón. Pero mientras respires, hay chance. Busca el albergue que está por el Metro Zapata. Ahí dan cobija. No te quedes aquí, la policía de la Benito Juárez es muy perra con los vagabundos.
El albañil se fue.
Darío se terminó la torta.
“Mientras respires, hay chance”.
El Regreso al Origen
Esa misma tarde, yo también sentí la necesidad de huir. No de la policía, sino del éxito.
Le dije a Goliath:
—Prepara la camioneta. Vamos a Ecatepec.
—Señora, es tarde. Esa zona es caliente a esta hora.
—Yo soy de ahí, Goliath. Los malandros me conocen. Y si no, para eso te pago a ti. Vamos.
Llegamos a la casa de mi mamá cuando el sol se ponía, pintando el cielo de ese color naranja contaminado pero hermoso del Valle de México.
La casa era modesta, pero digna. Yo la había remodelado por dentro, pero por fuera mi mamá insistió en dejarla discreta. “Para no llamar la envidia”, decía.
Entré. El olor a clemole (caldo de res con verduras) me recibió.
Mi mamá estaba en la cocina, tortillando a mano.
—Mami.
Ella se giró. Se limpió las manos en el delantal y me abrazó. Un abrazo que olía a maíz y a seguridad.
—Siéntate, hija. Te ves flaca. ¿Estás comiendo?
—Sí, ma. Como en los mejores restaurantes.
—Comer caro no es comer bien. Siéntate.
Me sirvió un plato. Comí en silencio, en la mesa de madera con mantel de plástico de frutas.
—¿Cómo estás? —preguntó ella, sentándose frente a mí.
—Gané, mamá. Le gané al banco. Le gané al sindicato. La empresa es mía totalmente.
—¿Y te sientes llena?
Dejé la cuchara.
—Me siento… cansada. Y sola.
—Es el precio, hija. La cima es solitaria porque no caben muchos. Pero no confundas soledad con vacío. Tú estás llena de propósito. Darío… él estaba lleno de aire. Por eso se reventó.
—Lo dejé en la calle, mamá. Literalmente. Me llamaron del hospital y dije que no lo conocía.
Mi mamá me miró serio. Sus ojos negros, profundos, me escanearon.
—¿Te arrepientes?
Lo pensé. Pensé en Jimena. Pensé en el bebé. Pensé en sus gritos, en sus mentiras, en cómo me hizo sentir pequeña para él sentirse grande.
—No. No me arrepiento de protegerme. Pero… me duele ver en lo que nos convertimos. Yo en el verdugo y él en la víctima.
—Tú no eres verdugo, Amara. Tú eres la consecuencia. Él sembró vientos, hija. Déjalo que coseche sus tempestades. Solo así se aprende. Si lo rescatas ahorita, nunca va a dejar de ser un niño caprichoso. Si ha de hacerse hombre, será en el fuego.
—¿Y si se muere?
—Entonces era su destino. Pero tú no eres Dios para salvar a todos. Cómete tu carne, se enfría.
Comí. Y entendí que mi mamá, con su primaria trunca, tenía más sabiduría que todos mis asesores con maestrías en el IPADE.
Amor duro. A veces es la única forma de amor que funciona.
La Primera Noche
Darío caminó hacia el Metro Zapata. Le dolían los pies envueltos en plástico. La gente se apartaba de él.
Llegó al albergue que le dijo el albañil. Había fila. Hombres borrachos, drogadictos, ancianos abandonados. El olor era insoportable.
Darío tuvo náuseas.
No puedo, pensó. No puedo entrar ahí.
Prefirió caminar hacia un parque cercano. Encontró un rincón oscuro, detrás de unos arbustos, cerca de una iglesia.
Se sentó en el pasto húmedo, abrazándose las rodillas para conservar el calor.
Hacía frío. Mucho frío.
Empezó a temblar. Sus dientes castañeaban.
De pronto, escuchó un llanto.
Miró a su alrededor. No había nadie.
Era su mente.
Escuchaba el llanto del bebé. De su hijo.
Cerró los ojos y vio la carita del niño en el hospital. Inocente. Ajeno a todo este desastre.
“Lo siento”, susurró Darío al aire. “Perdóname por no ser el papá que merecías. Perdóname por ser un fraude”.
Por primera vez, no pensó en el dinero que perdió. No pensó en el reloj falso. No pensó en qué dirían sus amigos.
Pensó en que había traído una vida al mundo y la había abandonado a su suerte, igual que él estaba abandonado ahora.
La culpa lo golpeó más fuerte que el frío.
Y ahí, acurrucado como un animal herido bajo el cielo gris de la Ciudad de México, Darío Khichi empezó a morir.
El Darío arrogante, el mirrey, el intocable, estaba muriendo de hipotermia y vergüenza.
Si sobrevivía a la noche, quien despertara mañana no sería el mismo hombre.
Sería nadie.
Y ser nadie, a veces, es el único lugar desde donde se puede empezar a ser alguien de verdad.
A lo lejos, las luces de la Torre Mítikah se apagaron.
La ciudad dormía.
Amara dormía en sábanas de seda, soñando con estrategias.
Darío dormía en el lodo, soñando con perdón.
El juego había terminado.
La lección apenas comenzaba.
CAPÍTULO 7: El Rey del Tomate y la Reina de Hielo
Cinco años después.
Dicen que el tiempo lo cura todo. Eso es mentira. El tiempo no cura; el tiempo cicatriza. Y una cicatriz es un tejido más duro, menos sensible, que te recuerda que ahí hubo una herida abierta.
Yo estaba en el balcón del Penthouse del Hotel St. Regis en Reforma, con una copa de Champagne en la mano, mirando la misma ciudad que cinco años atrás parecía un monstruo a punto de devorarme. Ahora, la ciudad brillaba para mí.
Grupo Fénix ya no era solo una empresa de logística nacional. Ahora éramos un conglomerado transnacional. Teníamos operaciones en Texas, Colombia y Panamá. Mi cara había salido en la portada de Forbes bajo el titular: “AMARA OKCOY: LA DAMA DE HIERRO DE LATINOAMÉRICA”.
Abajo, en el salón de eventos, trescientos empresarios esperaban a que yo bajara para dar el discurso principal de la “Cumbre de Liderazgo Femenino”. Todos querían saber el secreto. Todos querían la fórmula mágica.
“¿Cómo lo hizo, Señora Amara?”, me preguntaban siempre. “¿Cómo tomó una empresa al borde de la quiebra y la convirtió en un unicornio?”.
Nadie quería escuchar la verdad.
La verdad es que lo hice matando una parte de mí. La parte que confiaba ciegamente. La parte que creía en los cuentos de hadas.
Para construir este imperio, tuve que convertirme en algo que muchos hombres temen y muchas mujeres critican en secreto: una mujer que no pide permiso.
Dejé la copa en la mesa.
Me ajusté el vestido rojo sangre.
—Señora —dijo Sofía, que ahora era mi Directora de Operaciones (ya no solo una asistente asustada)—. Ya están listos. El Secretario de Economía quiere saludarla antes de subir al estrado.
—Dile al Secretario que me espere cinco minutos. Estoy terminando un negocio.
Sofía sonrió. Le encantaba verme ejercer poder sobre los políticos que antes nos ignoraban.
—Entendido.
No estaba terminando ningún negocio. Estaba revisando un reporte privado que me llegaba el primer lunes de cada mes. Un reporte que no tenía nada que ver con la bolsa de valores.
Era un reporte de investigación privada.
Un solo nombre: Leo.
El niño tenía ya cinco años. Vivía en Monterrey.
Jimena, su madre, se había casado con un ganadero de la zona que resultó ser un buen hombre, aunque algo tosco. El niño iba a un colegio privado, jugaba fútbol y se veía feliz en las fotos tomadas a distancia.
Yo pagaba ese colegio.
A través de una fundación anónima, claro. Jimena pensaba que era una “beca de excelencia” o algún programa de gobierno.
No lo hacía por Darío. Ni por ella. Lo hacía porque ese niño llevaba sangre que, aunque ajena, fue parte de mi historia. Y porque, a diferencia de su padre, él merecía una oportunidad limpia.
Cerré el reporte.
Darío…
De él no pedía reportes.
La última vez que supe algo, hace tres años, fue un rumor de que lo habían visto cargando bultos en la Merced. No quise confirmar. Preferí dejarlo en el pasado, como una lección aprendida.
Bajé al salón. Los aplausos estallaron cuando entré.
Sonreí. Esa sonrisa ensayada, perfecta, impenetrable.
La Reina estaba en casa.
El Monstruo de Concreto: La Central de Abastos
A las 4:00 de la mañana, la Ciudad de México duerme, pero Iztapalapa no.
La Central de Abastos (CEDA) es una ciudad dentro de la ciudad. El mercado mayorista más grande del mundo. Aquí se mueven miles de millones de pesos en efectivo todos los días, entre montañas de jitomate, torres de cebolla y ríos de camiones de carga.
Aquí no importa tu apellido. No importa si estudiaste en Harvard o en la “escuela de la vida”. Aquí importa cuánto aguantas cargando y qué tan rápido eres para negociar.
—¡Muévele, Gato! ¡Esas cajas de aguacate no se van a subir solas!
El hombre al que llamaban “El Gato” se secó el sudor de la frente con un pañuelo rojo amarrado al cuello. Tenía casi cuarenta años, pero su cuerpo parecía tallado en madera vieja: fibroso, lleno de cicatrices, fuerte. Sus manos eran ásperas, con callos que parecían piedras. Tenía una cicatriz visible sobre la ceja izquierda y la nariz ligeramente desviada, recuerdo de una paliza antigua.
—Ya voy, patrón. No me presione que se magulla la fruta.
Darío Khichi cargó dos cajas de madera de 25 kilos cada una sobre su hombro. Sus rodillas crujieron, pero no se doblaron.
Hace cinco años, Darío se hubiera desmayado solo con el olor de la bodega K-45. Olía a cilantro podrido, a diésel y a sudor de cien hombres.
Hoy, ese olor era su vida. Y extrañamente, le gustaba.
Nadie aquí sabía que “El Gato” alguna vez usó trajes Zegna.
Aquí era solo Darío. El que llegó hace cuatro años como un indigente pidiendo chamba de barrer, y que a base de chingadazos y silencio, se había ganado el respeto de la nave.
Ahora era el encargado de logística de “Frutas y Legumbres Don Chuy”.
Don Chuy, un hombre de setenta años que empezó vendiendo limones en la calle y ahora tenía una flotilla de veinte Torton, lo observaba desde su oficina de cristal sucio.
—Ese cabrón es bueno —le dijo a su hijo—. No habla mucho. No bebe. Y sabe de números. El otro día me corrigió una factura que nos quería meter el proveedor de Michoacán. Nos ahorró cincuenta mil varos.
Darío terminó de cargar el camión. Se sentó en un huacal, respirando agitado.
Sacó una botella de agua y un tupper con arroz y huevo duro que él mismo se había cocinado esa mañana en su cuarto de azotea en la colonia Agrícola Oriental.
Comió con hambre.
Miró sus manos. Uñas negras de tierra. Dedos chuecos.
Pero eran manos honestas.
Recordó el reloj falso. Recordó la vergüenza.
Todo eso había muerto la noche que durmió en el parque.
Darío había pasado seis meses viviendo en la calle. Comiendo de la basura. Peleando con otros vagabundos por un cartón para dormir. Tocó el fondo del infierno. Se enfermó de neumonía y casi muere en la banqueta.
Lo salvó una señora que vendía tamales. Doña Lupe. Lo vio temblando de fiebre y le dio un atole y una cobija.
“No te mueras aquí, muchacho. Apeas el negocio”, le dijo.
Cuando se recuperó, Darío entendió que no iba a volver a la cima. Pero tampoco se iba a quedar en el suelo.
Caminó hasta la Central de Abastos. Pidió trabajo de lo que fuera.
—¿Sabes cargar? —le preguntaron.
—No. Pero aprendo.
Y aprendió.
Aprendió que el dinero que se gana sudando sabe diferente. Sabe a orgullo.
Ya no soñaba con yates ni con Ferraris.
Soñaba con juntar para comprarse una moto usada. Soñaba con dormir tranquilo.
Sacó de su cartera (una de velcro que costaba 20 pesos) una foto arrugada y plastificada.
Era una foto de internet que imprimió en un café internet.
Un niño de cinco años recibiendo un diploma. Leo.
Nunca lo había buscado. No tenía derecho. ¿Qué le iba a ofrecer? ¿Un papá cargador? ¿Un papá ex-vagabundo?
Mejor que pensara que su papá murió o que era un astronauta perdido.
Pero guardaba la foto. Y cada mes, del poco sueldo que ganaba, apartaba 2,000 pesos en una cuenta de ahorro a nombre del niño. No sabía si algún día se los daría. Pero era su forma de decir: “existo”.
—¡Gato! —gritó Don Chuy—. ¡Vente pa’cá! Hay que revisar la ruta de entrega a los supermercados. Dicen que hay bloqueo en la autopista. Tú le sabes a eso de los mapas, ¿no?
Darío guardó la foto.
—Voy, jefe.
Se levantó. No caminaba con la arrogancia de antes. Caminaba con la solidez de quien sabe que el piso no se va a abrir, porque él mismo lo construyó.
La Intersección: Cuando los mundos chocan
Un mes después.
La ironía del destino es que, al final, todos los caminos de la logística llevan a la Central de Abastos.
Grupo Fénix estaba lanzando una nueva división: “Fénix Fresh”. Logística de cadena de frío para exportación de aguacate y berries a Europa.
Necesitábamos cerrar tratos directos con los mayores mayoristas de la CEDA para eliminar intermediarios.
Mis directores me dijeron que no fuera.
—Señora Amara, mandamos al gerente de compras. La Central es… bueno, es sucia, es insegura. No es lugar para usted.
—Yo nací en el tianguis —les recordé—. La Central es la catedral del comercio. Y si voy a invertir 200 millones en esto, quiero verle los ojos a los proveedores. Preparen la camioneta.
Llegamos a la CEDA a las 6:00 de la mañana.
El caos era ensordecedor. Diableros silbando (“¡Ahí va el golpe!”), camiones pitando, música de banda a todo volumen.
Yo iba vestida “sencilla” para mis estándares: jeans, botas, una blusa blanca y un chaleco de seguridad con el logo de Grupo Fénix. Mis escoltas, Goliath y dos más, iban pegados a mí, abriendo paso entre la multitud.
Llegamos a la bodega de “Frutas y Legumbres Don Chuy”. Era la más grande del sector K.
Don Chuy me recibió como si fuera la Virgen de Guadalupe.
—¡Señora Okcoy! ¡Qué honor! ¡Qué honor! Pase, pase a su humilde casa. Aquí huele a cebolla pero el dinero es limpio.
Nos sentamos en su oficina precaria. Negociamos. Don Chuy era duro, pero yo era más.
—Le compro toda la producción de aguacate Hass de la temporada, pero quiero control de calidad en origen y mis camiones cargan aquí a las 4 AM.
—Trato hecho, patrona. Pero mis muchachos son los que cargan. Son los mejores. Tengo un capataz que es una fiera para la logística. Organiza los pallets como Tetris.
—Quiero ver la operación —dije.
—Claro, claro. ¡Gato! —gritó Don Chuy por la ventana—. ¡Gato, ven a enseñarle a la señora cómo armamos las tarimas de exportación!
Me asomé por el vidrio sucio de la oficina que daba a la nave.
Abajo, entre torres de cajas verdes, un hombre estaba dando instrucciones a un grupo de cargadores. Estaba de espaldas. Llevaba una playera gris empapada de sudor y unos pantalones de mezclilla desgastados.
—¡Muévanse, chavos! —gritó el hombre. Su voz…
Sentí un escalofrío. Esa voz había cambiado. Era más grave, más rasposa, como si hubiera tragado grava. Pero la cadencia… esa cadencia autoritaria la conocía.
El hombre se giró para tomar una tabla de control.
Se limpió la cara con el antebrazo.
La cicatriz en la ceja. La nariz un poco chueca. La barba cerrada y canosa que ya no estaba perfilada.
Darío.
El corazón se me detuvo un segundo. No por amor. No por odio. Sino por el shock de la realidad.
Ahí estaba el hombre que se compraba trajes de 50 mil pesos, cargando una caja de limones.
Ahí estaba el hombre que me dijo que yo no era nada sin él, siendo un empleado más en el engranaje que yo ahora dominaba.
Don Chuy seguía hablando.
—Ese muchacho llegó de la calle, ¿sabe? Muy trabajador. Dicen que tuvo broncas fuertes, pero aquí se enderezó. Es mi mano derecha.
Darío levantó la vista hacia la oficina.
Nuestras miradas se cruzaron a través del cristal sucio.
El tiempo se congeló otra vez, como en el hospital hace cinco años. Pero ahora los papeles estaban invertidos.
Yo estaba arriba, en el aire acondicionado. Él estaba abajo, en el calor de la batalla.
Vi que me reconoció.
Vi cómo se tensó cada músculo de su cuerpo.
Esperé que se escondiera. Esperé que bajara la cabeza por vergüenza. Esperé que huyera.
Pero no lo hizo.
Sostuvo mi mirada.
No había desafío en sus ojos. No había esa arrogancia de “mírame”. Había… dignidad.
Una dignidad triste, silenciosa.
Me miró como diciendo: “Sí, soy yo. Esto es lo que soy ahora. Y no me avergüenzo de trabajar”.
Luego, asintió levemente con la cabeza. Un saludo imperceptible. Un reconocimiento de mi victoria y de su derrota.
Y se dio la vuelta para seguir cargando.
—¿Señora? —preguntó Don Chuy—. ¿Está bien? ¿Lo conoce?
Me quedé mirando la espalda de Darío. Vi cómo cargaba el peso. Vi cómo ayudaba a un chico más joven a levantar una caja.
Recordé a mi mamá: “Si ha de hacerse hombre, será en el fuego”.
Ya se había hecho hombre. Tarde, pero lo hizo.
—No —dije, con voz firme—. No lo conozco. Pero se ve que trabaja duro. Eso es bueno.
Firmé el contrato con Don Chuy.
Al salir, tuve que pasar por la zona de carga. Pasé a dos metros de él.
El olor a sudor y esfuerzo era intenso.
Darío no volteó. Siguió contando cajas, concentrado en su tabla.
“Tarima 4 lista. Carga completa”, dijo en voz alta, ignorando mi presencia, ignorando el perfume Chanel que yo dejaba a mi paso.
Me subí a mi camioneta blindada.
—Vámonos, Goliath.
—¿Todo bien, jefa?
—Todo perfecto.
Miré por la ventana mientras nos alejábamos de la Central.
Sentí una paz extraña. La última pieza del rompecabezas emocional se había colocado en su lugar.
Ya no le tenía lástima. Le tenía respeto.
El respeto que se le tiene a un sobreviviente.
Él había encontrado su lugar en el mundo. Y yo el mío.
Y aunque nuestros mundos se tocaron por un segundo, ya pertenecían a galaxias diferentes.
La Carta que nunca se envió
Esa noche, Darío llegó a su cuarto en la Agrícola Oriental.
Se quitó las botas de trabajo, llenas de lodo.
Le dolía la espalda, pero era un dolor bueno.
Se sentó en su catre.
Sacó un cuaderno viejo donde llevaba sus cuentas y a veces escribía.
Amara:
Hoy te vi. Te ves… poderosa. Te ves como siempre debiste verte.
Sé que me viste. Gracias por no saludarme. Gracias por no humillarme frente a mi patrón.
No te escribo para pedirte nada. Ya aprendí que nadie da nada gratis.
Solo quería escribir esto para mí.
Tenías razón. En todo.
El dinero no me hacía chingón. El dinero solo tapaba mis huecos.
Ahora no tengo dinero, pero ya no tengo huecos.
Espero que seas feliz. De verdad.
Y gracias por destruirme. Fue lo único que me salvó.
– El Gato.
Arrancó la hoja.
La leyó una vez más.
Sacó un encendedor.
Quemó el papel sobre el cenicero.
Vio cómo las palabras se convertían en ceniza y humo.
No había necesidad de enviarla.
Ella ya sabía. Él ya sabía.
Se acostó. Mañana había que levantarse a las 3:30 AM. Llegaba tráiler de papaya de Veracruz y había que descargarlo rápido.
Cerró los ojos y durmió sin soñar.
El Legado
Yo regresé a mi oficina en Torre Virreyes.
Me paré frente al ventanal.
—Sofía —llamé.
—Dígame, señora.
—Abre una nueva línea de becas en la Fundación Fénix.
—¿Para quién?
—Para hijos de trabajadores de la Central de Abastos. Cargadores, diableros. Quiero que esos niños tengan uniformes, útiles y seguro médico. Que sea anónimo. Que nadie sepa que viene de mí.
—Qué bonito gesto, señora. ¿Alguna razón en especial?
—Logística, Sofía. Hay que cuidar la base de la cadena. Sin ellos, no somos nada.
Sofía salió.
Me quedé sola.
Miré mi reflejo en el cristal.
Ya no era la niña de Ecatepec. Ya no era la esposa trofeo de Las Lomas.
Era Amara.
Y por primera vez en cinco años, me sentí completa.
El juego había terminado hace mucho. Pero la vida… la vida apenas empezaba a tener sentido.
FIN