DESCUBRÍ QUE MI ESPOSA NO ESTABA DE “VIAJE DE NEGOCIOS” EN GUADALAJARA GRACIAS A UNA MULTA DE TRÁNSITO QUE LLEGÓ A NUESTRA CASA Y REVELÓ SU SUCIO SECRETO EN UN MOTEL DE PASO

PARTE 1: LA VERDAD EN PAPEL

CAPÍTULO 1: Una Notificación del Infierno

La Ciudad de México tiene una forma muy particular de masticarte y escupirte al final del día. Maximiliano Peralta lo sentía en cada hueso de su cuerpo mientras giraba la llave en la cerradura de su departamento en la colonia Narvarte. Eran las ocho y media de la noche de un martes cualquiera, pero para él, se sentía como si hubiera corrido un maratón con un traje de tres piezas.

El tráfico en el Viaducto había estado imposible, una serpiente roja de luces traseras que no avanzaba, llena de cláxenes histéricos y conductores mentándosela al de enfrente. Max había pasado dos horas atrapado ahí, escuchando las mismas noticias deprimentes en la radio y pensando en lo vacía que se sentía su vida últimamente.

Al entrar al departamento, el silencio lo recibió como una bofetada. Un silencio denso, frío, que olía a encierro y a aromatizante de lavanda barato.

—¿Irina? —llamó por costumbre, aunque ya sabía la respuesta.

Nadie contestó. Solo el zumbido del refrigerador y el ruido lejano de una patrulla pasando por la avenida.

Max suspiró, dejando caer su maletín de cuero gastado sobre el sofá. Se aflojó el nudo de la corbata, sintiendo cómo la tela le había estado ahorcando durante doce horas seguidas. Irina no estaba. Otra vez.

—”Tengo junta creativa hasta tarde, no me esperes para cenar. Te amo”.

Ese había sido el mensaje de WhatsApp a las 6:00 PM. Corto, eficiente, impersonal. Últimamente, su matrimonio se resumía en eso: mensajes de texto y notas en el refrigerador. Max se quitó el saco y lo aventó sobre una silla. Se sentía como un roomie en su propia casa, compartiendo el techo con una extraña que solía ser el amor de su vida.

Caminó hacia la cocina, arrastrando los pies. Tenía hambre, pero era esa hambre triste de quien sabe que va a cenar solo. Abrió el refrigerador y sacó una olla con caldo de pollo que había sobrado del fin de semana. Lo puso en la estufa, encendió la llama y se quedó mirando el fuego azul, hipnotizado.

—Vaya vida, Max… vaya vida —se murmuró a sí mismo.

Mientras el caldo se calentaba, sacó su celular. Hizo un scroll automático por Facebook e Instagram, viendo las vidas perfectas de los demás: fotos de viajes, cenas románticas, bebés recién nacidos. Todo lo que él y Irina se suponía que tendrían a estas alturas, pero que por alguna razón, se había estancado.

El caldo empezó a hervir. Max se sirvió un plato hondo, sacó unas tortillas frías del refri y se sentó a la mesa. Apenas había metido la cuchara en el plato cuando el timbre del interfón sonó.

El ruido lo hizo saltar. Era un sonido estridente, molesto, que rara vez sonaba a esa hora.

Max miró el reloj. 8:45 PM.

¿Quién demonios visita a esta hora en martes?

Se levantó con pesadez y caminó hacia la puerta. Miró por la mirilla. Afuera, en el pasillo, había un hombre joven con casco de motociclista bajo el brazo y un chaleco con logotipos de mensajería express.

Max abrió la puerta, pero dejó la cadena puesta por precaución. La ciudad no estaba para confianzas.

—¿Sí?
—¿Señor Maximiliano Peralta Juárez? —preguntó el mensajero, consultando una tableta electrónica.
—Soy yo.
—Paquetería certificada. Urgente. Necesito su firma y una identificación oficial, por favor.

Max frunció el ceño.
—¿Paquetería a esta hora? ¿De parte de quién?
—Es una notificación administrativa, jefe. Yo solo entrego.

Max quitó la cadena, sacó su INE de la cartera que había dejado en la entrada y firmó en la pantalla digital. El mensajero le entregó un sobre blanco, alargado, con sellos oficiales.

—Que tenga buena noche —dijo el chico y se fue, dejando a Max con el sobre en la mano.

Cerró la puerta y miró el remitente.

SECRETARÍA DE SEGURIDAD CIUDADANA DE LA CIUDAD DE MÉXICO – SUBSECRETARÍA DE CONTROL DE TRÁNSITO.

—Maldita sea —bufó Max—. Una fotomulta.

Regresó a la cocina, aventando el sobre sobre la mesa junto a su plato de caldo. Seguro era por exceso de velocidad en el Segundo Piso del Periférico. Últimamente, las cámaras estaban calibradas para multar hasta por respirar fuerte.

Se sentó y le dio un sorbo al caldo, pero la curiosidad le ganaba. Tomó el cuchillo de la mantequilla y rasgó el sobre con impaciencia.

Sacó la hoja doblada. La desdobló y alisó sobre la mesa.

Sus ojos, cansados por la luz de la computadora, escanearon el documento rápidamente.

INFRACCIÓN POR REGLAMENTO DE TRÁNSITO
Folio: 0938475-B
Vehículo: Mazda 3, Gris Plata.
Placas: 458-XYT.
Propietario: Maximiliano Peralta Juárez.

Hasta ahí, todo normal. Era su coche. Pero entonces, sus ojos bajaron al detalle de la infracción y a la evidencia fotográfica.

Max dejó caer la cuchara. El metal golpeó la cerámica con un clanc que resonó en la cocina vacía.

La sangre se le heló en las venas. Sintió un zumbido en los oídos, como si la presión del aire hubiera cambiado de golpe.

Motivo: Vuelta prohibida en “U” en zona de alta velocidad e ingreso a propiedad privada cortando circulación.
Ubicación: Carretera Picacho-Ajusco Km 14.5, Colonia Héroes de 1910, Tlalpan. (Frente a Motel “Villas del Amor”).
Fecha: 14 de Octubre de 2025.
Hora: 14:15 hrs.

Max se quedó mirando la fecha. 14 de octubre.

—No… —susurró. Su voz sonó extraña, ajena.

La mente de Max, analítica y cuadrada, empezó a trabajar a mil por hora, tratando de procesar un dato que no encajaba en su base de datos de la realidad.

El 14 de octubre.

Recordaba esa fecha perfectamente. Fue el día de la auditoría interna en su empresa. Un día de pesadilla. Había llegado a la oficina a las 7:00 AM y no había salido hasta las 9:00 PM. Su coche, su preciado Mazda gris que todavía estaba pagando, se había quedado estacionado en el sótano 3 de su edificio corporativo en Santa Fe. Él tenía las llaves en su bolsillo todo el día.

¿O no?

De pronto, un recuerdo golpeó su memoria como un martillazo.

La noche anterior al 14 de octubre, Irina le había pedido el coche.

“Max, mi auto está haciendo un ruido raro, me da miedo llevarlo a carretera. ¿Me prestas el tuyo mañana? Me voy a ir con los de ventas a Guadalajara, es más seguro el tuyo”.

Él había accedido, por supuesto. ¿Cómo iba a negarle el coche a su esposa para un viaje de carretera? Él se había ido en Uber a la oficina ese día. Le había dado el duplicado de las llaves.

—Guadalajara —dijo Max en voz alta, probando la palabra en su boca. Sabía a ceniza.

Irina le había dicho que iba a Guadalajara. A una convención. A 500 kilómetros de distancia.

Volvió a mirar la multa.

Carretera Picacho-Ajusco.

El Ajusco no está camino a Guadalajara. El Ajusco está al sur de la ciudad. Y esa dirección específica… Km 14.5.

Todos los chilangos saben qué hay en el kilómetro 14.5 de la Picacho-Ajusco. No hay oficinas corporativas. No hay centros de convenciones. No hay restaurantes familiares.

Hay moteles. Filas y filas de moteles de paso, escondidos entre los árboles, con entradas discretas y cortinas de garaje automáticas.

Max sintió que el estómago se le revolvía violentamente. Las náuseas subieron por su garganta, ácidas y calientes.

Miró la foto adjunta en la multa. Era una imagen en blanco y negro, granulada, tomada por una cámara de seguridad vial. Se veía claramente la parte trasera de su Mazda, con las placas iluminadas, dando una vuelta cerrada para entrar a un arco de piedra que tenía un letrero neón parcialmente visible. Se alcanzaba a leer “…AMOR”.

Y se veía la silueta del conductor. O mejor dicho, de los ocupantes.

No se distinguían las caras, pero se veían dos siluetas en los asientos delanteros.

Max agarró su celular con manos temblorosas. Sus dedos se sentían torpes, gruesos. Desbloqueó la pantalla y fue directo al historial de WhatsApp. Buscó la conversación con Irina. Scrolleó hacia arriba, pasando memes, listas del súper y “te quieros” vacíos, hasta llegar al 14 de octubre.

Ahí estaba. La evidencia digital de la mentira.

14 de octubre, 14:10 PM
Max: “¿Cómo van, amor? ¿Ya llegaron a GDL?”

14 de octubre, 14:20 PM
Irina: “Sí, bebé. Apenas llegando. El tráfico en la entrada de Guadalajara estaba horrible. Ya voy a hacer check-in en el hotel. Te marco al rato porque voy a entrar a junta. Te amo”.

14:20 PM.

Cinco minutos después de que la cámara de tránsito captara su coche entrando a un motel en el Ajusco, ella le estaba escribiendo que estaba llegando a Guadalajara.

La mentira era tan descarada, tan documentada, que Max sintió vértigo. El mundo se inclinó. La cocina, los muebles, su vida entera parecía estar hecha de cartón y alguien acababa de prenderle fuego.

Irina no estaba en Guadalajara. Irina estaba a cuarenta minutos de su casa, revolcándose con alguien en un motel de paso, usando SU coche.

Max se levantó de la silla, tirándola al suelo en el proceso. El ruido estruendoso no le importó. Empezó a caminar en círculos por la cocina, jalándose el cabello.

—¿Por qué? ¿Por qué en mi coche? —gritó, golpeando la encimera con el puño. El dolor físico fue un alivio momentáneo para el dolor emocional que lo estaba desgarrando.

No era solo la infidelidad. Era la falta de respeto. Era la audacia de usar su propio vehículo, de gastar su gasolina, de arriesgar su patrimonio, para irse a acostar con otro. Era la frialdad de mandarle un mensaje de “Te amo” desde la cama de un motel barato.

La imagen de Irina, su Irina, la mujer con la que había prometido envejecer, riéndose con otro hombre, gimiendo con otro hombre en el asiento de copiloto de su Mazda, lo invadió como un virus.

—No me voy a quedar así —dijo, con la voz quebrada por la rabia—. No voy a ser el cornudo estúpido que espera en casa con la cena hecha.

Miró el reloj. 9:15 PM.

Irina no llegaría hasta después de las 11, como siempre. Tenía tiempo.

Tomó las llaves del coche —el juego que él tenía— y la multa. Se puso la chamarra de cuero, sintiéndose como un soldado preparándose para la guerra.

Iba a ir al lugar de los hechos. Necesitaba ver ese motel. Necesitaba confirmar que no era un error de la cámara, que no era una pesadilla. Necesitaba respirar el aire de ese lugar para terminar de matar la esperanza estúpida que aún le quedaba en el fondo del corazón de que todo fuera un malentendido.

Salió del departamento azotando la puerta, dejando el caldo de pollo enfriándose sobre la mesa, intacto, como un monumento a la vida doméstica que acababa de morir.


CAPÍTULO 2: La Ruta del Desengaño

El camino hacia el Ajusco de noche es una boca de lobo. La carretera sube serpenteando entre árboles oscuros y puestos de comida cerrados, alejándose de la civilización y adentrándose en una zona donde la moralidad parece volverse más laxa.

Max manejaba con los nudillos blancos de tanto apretar el volante. No ponía música. El único sonido era el rugido del motor y su propia respiración agitada. Cada kilómetro que avanzaba, la rabia se transformaba en una determinación fría y calculadora.

Pasó Six Flags, pasó los pueblos de la parte baja. El aire se volvía más frío, más limpio, pero para Max olía a traición.

Empezaron a aparecer los letreros neón. “Motel Kamasutra”, “Hotel Secretos”, “Villas del Bosque”. Una parada de luces rojas y moradas que prometían discreción y placer por cuatro horas.

Y entonces lo vio.

VILLAS DEL AMOR – SUITES & JACUZZI.

Un arco de piedra volcánica iluminado con luces LED rosas. Era exactamente el lugar de la foto. El lugar donde su matrimonio se había ido al diablo.

Max bajó la velocidad. Sintió el impulso de entrar, de preguntar en recepción, de gritar. Pero sabía que no ganaría nada. Los moteleros son tumbas; nunca revelan quién entra o quién sale. Es la regla de oro del negocio.

Se estacionó en una orilla de la carretera, unos cincuenta metros antes de la entrada, en una zona de terracería oscura. Apagó las luces y se quedó mirando la entrada. Coches entraban y salían. Parejas clandestinas, amantes furtivos. Se preguntó cuántas de esas personas estaban destrozando una familia en ese preciso momento.

—¿Qué estoy haciendo aquí? —se preguntó, sintiéndose patético. Estaba espiando un edificio vacío de respuestas.

Decidió bajarse para estirar las piernas y fumar un cigarro, un vicio que había dejado hace tres años pero que hoy necesitaba desesperadamente. Caminó un poco hacia la entrada, manteniéndose en las sombras.

Había una caseta de vigilancia en el acceso principal, con una pluma automática. Dentro de la caseta, un guardia de seguridad revisaba su celular, aburrido.

Max se acercó un poco más, tratando de ver si había cámaras que pudieran haber grabado algo más claro.

El guardia levantó la vista. Al ver a alguien merodeando a pie, abrió la ventanilla de la caseta.

—¡Hey! ¡Jefe! Aquí no es paradero. Circúlele o llamo a la patrulla.

La voz le sonó familiar. Rasposa, con ese acento de barrio que Max conocía bien de su juventud.

Max se detuvo y se acercó a la luz. El guardia entrecerró los ojos, poniéndose de pie, una mano cerca de su macana.

—¿Quién anda ahí?

Max dio un paso hacia la luz del neón rosa.

—¿Toño? —preguntó, dudando.

El guardia se quedó paralizado. Era un hombre robusto, con el cabello rapado y una cicatriz en la ceja. Antonio “El Toño” Velázquez. Habían sido inseparables en la preparatoria pública donde Max estudió antes de ganar la beca para la universidad privada. Toño había tomado otros caminos, caminos más difíciles, y habían perdido contacto hacía una década.

—¿Max? —Toño abrió los ojos como platos—. ¿Maximiliano Peralta? ¡No mames, güey!

Toño salió de la caseta con una sonrisa incrédula, olvidando su postura de seguridad.

—¡Cabrón! ¡Qué milagro! —Toño le dio un abrazo de oso que a Max le sacó el aire—. ¿Qué haces por estos rumbos tan finos? Mira nomás, vienes de traje. Te fue bien en la vida, ¿eh?

Max intentó sonreír, pero le salió una mueca dolorosa. Ver a Toño, tan genuino, tan ajeno a su tragedia, le dio ganas de llorar.

—Hola, Toño. Sí, ha pasado un chingo de tiempo.

—¿Y qué? ¿Vienes a echar pasión o qué? —bromeó Toño, dándole un codazo—. Digo, no te juzgo, pero te veo solo.

Max bajó la mirada. No tenía fuerzas para fingir.

—No, Toño. No vengo a eso. De hecho… tengo un problema.

La sonrisa de Toño se desvaneció al ver la expresión rota de su amigo. El instinto de barrio se activó; sabía reconocer cuando alguien estaba en el hoyo.

—¿Qué pasó, carnal? ¿Te asaltaron? ¿Te andan buscando?

Max sacó la multa doblada de su bolsillo interior y se la extendió.

—Me llegó esto hoy. Dice que mi carro estuvo aquí hace un mes. El día que mi esposa supuestamente estaba de viaje en Guadalajara.

Toño tomó el papel, lo leyó bajo la luz amarilla de la caseta y soltó un silbido largo y bajo.

—Verga… —murmuró—. Ya entiendo.

Toño miró a Max con una seriedad nueva.

—Max, aquí entra un chingo de gente. No me fijo en todos. Pero… —Toño dudó, rascándose la nuca—. ¿Qué carro traes?

—Un Mazda 3 gris plata. Rines deportivos negros. Tiene una calcomanía de la UNAM en el medallón trasero.

La cara de Toño cambió. Hubo un destello de reconocimiento en sus ojos.

—Puta madre, Max. Sí lo ubico.

El corazón de Max se detuvo.

—¿Lo has visto?

—Sí, güey. Ese carro viene seguido. No solo el 14 de octubre. Viene por lo menos una vez a la semana, a veces dos. Casi siempre a la hora de la comida, o temprano en la noche.

Max sintió que las piernas le fallaban. Se tuvo que recargar en la pared de la caseta.

—¿Seguido? —preguntó con un hilo de voz.

—Sí. Me acuerdo por la calcomanía de la UNAM, yo siempre quise entrar ahí, ¿te acuerdas? —Toño suspiró—. Siempre viene una morra. Muy guapa, güerita, pelo lacio, se ve fresa. Y trae a un vato.

—¿Cómo es el tipo? —Max sintió que la bilis le quemaba.

—Un vato alto, peinado de relamido, trajeado. Se ve que es de varo, o que aparenta. Siempre llegan riéndose, como si fueran novios de secundaria. Piden la Suite con Jacuzzi, la número 42, es la que está más escondida al fondo.

La descripción de Irina era exacta. Y el tipo… “Trajeado, peinado de relamido”.

Max cerró los ojos. La imagen de Alexis, el compañero de trabajo de Irina, apareció en su mente. Alexis, el director creativo adjunto. El tipo con el que Irina pasaba horas “brainstorming”. El tipo que le había regalado un perfume en su cumpleaños “de parte de todo el equipo”.

—Toño… necesito verlos. Necesito estar seguro.

—Max, no hagas pendejadas. Si entras y los agarras, va a haber sangre. Y aquí la policía es bien corrupta, vas a acabar en el bote.

—No les voy a hacer nada —mintió Max, aunque en ese momento quería matarlos—. Solo necesito verlos. Necesito una prueba para el divorcio. Si no tengo pruebas, ella me va a quitar todo. Me va a decir que estoy loco.

Toño lo miró fijamente durante unos segundos, evaluando la situación. Finalmente, asintió.

—Va. Por los viejos tiempos. Y porque las viejas traicioneras me cagan. Mira, hoy es martes. Si dices que vienen seguido, chance y caen el jueves. Jueves y viernes es cuando más se llena esto de infieles.

—¿Me ayudas?

—Simón. Dame tu cel. Si veo el Mazda, te echo un fonazo en caliente. Tú te dejas venir, pero te estacionas allá atrás, donde no te vean. Yo te paso a pie hasta cerca de la habitación para que tomes tu foto o lo que quieras. Pero nada de violencia aquí adentro, ¿va?

—Va. Gracias, Toño. Te debo la vida.

—Me debes unas chelas cuando pase todo este pedo. Ahora vete, que si me ve el supervisor platicando me corre.

Max regresó a su casa esa noche, pero no durmió. Se acostó en la cama, al lado del espacio vacío de Irina, y miró el techo hasta que amaneció. Cada vez que cerraba los ojos, veía el arco neón del motel.

Los siguientes dos días fueron una tortura china.

Irina regresó a casa esa noche, actuando como si nada.
—¡Ay, amor! ¡Qué cansada estoy! La junta estuvo pesadísima —dijo, dándole un beso rápido en los labios que a Max le supo a veneno.

Él tuvo que hacer el mejor papel de su vida.
—Descansa, bonita. Yo también estoy muerto.

Se tragó el asco. Se tragó los gritos. Tenía que esperar. Tenía que cazarlos.

Jueves. 1:45 PM.

Max estaba en su oficina, mirando una hoja de cálculo sin ver los números. Tenía el celular sobre el escritorio, con el volumen al máximo.

Vibró.

El nombre “Toño” apareció en la pantalla.

Max contestó al primer timbre.
—¿Qué pasó?

—Ya cayeron —susurró Toño al otro lado, se escuchaba viento—. Acaba de entrar tu Mazda. Suite 42. El mismo vato, la misma morra.

—Voy para allá.

Max colgó. Agarró su saco y salió de la oficina caminando rápido, ignorando a su secretaria que le gritaba algo sobre una llamada en espera.

—Emergencia médica —le gritó sin voltear.

Manejó como un poseído. Cortó camino por calles secundarias, se pasó dos altos. La adrenalina le bombeaba tan fuerte que sentía que podía levantar un camión.

Llegó al motel en veinte minutos. Se estacionó donde Toño le había dicho, en la parte trasera, cerca de los contenedores de basura.

Toño le abrió una puerta de servicio.

—Pásale, rápido. Están adentro, pero pidieron servicio al cuarto. En cuanto el mesero salga, a lo mejor dejan la puerta del garaje abierta un rato o salen al coche por algo. A veces salen a fumar al patiecito de la suite.

Max siguió a Toño agachado, escondiéndose detrás de las macetas y las columnas. El corazón le retumbaba en los oídos como un tambor de guerra.

Llegaron a un punto ciego desde donde se veía la Suite 42. La cortina del garaje estaba abajo, pero se escuchaban risas. Risas ahogadas, música bajita.

Esperaron diez minutos que parecieron diez años.

De repente, la puerta peatonal de la suite se abrió.

Salieron dos personas. Iban abrazadas, caminando hacia el coche que estaba dentro del garaje privado (la cortina estaba abajo pero la puerta de la habitación daba ahí). Al parecer iban a sacar algo del auto.

Era Irina.

Llevaba un vestido rojo que Max no conocía. Un vestido corto, pegado, provocativo. Se veía hermosa, radiante… y totalmente entregada a otro hombre.

El hombre se giró para abrir la puerta del copiloto del Mazda.

Max contuvo el aliento.

Era Alexis. Confirmado. El “amigo gay”. El confidente. El traidor.

Alexis agarró a Irina por la cintura y la pegó a él. La besó con una pasión animal, mordiéndole el labio. Irina se rió, echando la cabeza hacia atrás, y le desabotonó la camisa.

—Eres un diablo, Alexis —dijo ella, con esa voz ronca que Max pensaba que era solo para él.
—Y tú eres mía, preciosa. Solo mía —respondió él, metiéndole mano descaradamente.

Max sacó su celular. Activó la cámara. Video. Zoom.

Grabó todo. El beso. Las caricias. Las caras perfectamente visibles. Las placas del coche al fondo.

Diez segundos. Quince segundos.

Tenía la evidencia. Tenía el arma nuclear que destruiría su matrimonio, pero que salvaría su dignidad.

Guardó el teléfono. Sintió una extraña calma descender sobre él. Ya no había dudas, ni preguntas, ni “tal vez”. Solo había hechos. Y un plan frío y cruel que empezaba a formarse en su mente.

Miró a Toño y asintió. Se dieron la vuelta y salieron en silencio.

La guerra había comenzado. Y Max no pensaba tomar prisioneros.

PARTE 2: LA ESTRATEGIA DEL SILENCIO

CAPÍTULO 3: El Refugio en el Barrio

Maximiliano manejó lejos del motel “Villas del Amor” con una calma aterradora. Sus manos ya no temblaban. Había pasado del estado de shock a una claridad mental fría y absoluta. Era esa lucidez extraña que tienen las personas que acaban de sobrevivir a un accidente grave; el cuerpo sigue en el sitio, pero la mente ya está calculando daños y logística.

No podía ir a casa. La sola idea de entrar a ese departamento en la Narvarte, con sus muebles de “West Elm” que pagaron a meses sin intereses y las fotos de su boda colgadas en el pasillo, le provocaba náuseas físicas. Ese lugar ya no era su hogar; era la escena del crimen de su vida sentimental.

El celular vibró. Era Irina.

“Amor, ya voy saliendo de la oficina. Qué día tan horrible. ¿Se te antoja cenar algo o pido Uber Eats?”

Max leyó el mensaje en la pantalla del tablero mientras esperaba en un semáforo en rojo sobre Periférico Sur. Soltó una risa seca, sin humor. “Saliendo de la oficina”. Hacía cuarenta minutos la había visto subirse las bragas en la habitación 42 de un motel de paso. La capacidad de mentir con esa naturalidad era psicopática.

No contestó. En su lugar, marcó el número de Toño.

—¿Qué onda, carnal? —contestó Toño casi al instante. Se oía ruido de fondo, ya había salido de su turno.
—No puedo ir a mi casa, Toño. Si la veo ahorita… soy capaz de hacer una locura. Y no quiero ir a la cárcel por esa mujer.
—Ni se te ocurra, Max. Esa vieja no vale ni un día en el reclusorio. ¿Dónde estás?
—Por Perisur.
—Cáele a mi cantón. Vivo en Iztapalapa, por Santa Martha. Está lejos y feo, pero ahí nadie te va a molestar y nos echamos unos tequilas para bajar el susto. Te mando la ubicación.

Max asintió, aunque Toño no podía verlo.
—Gracias, güey. Ahí te veo.

El trayecto hacia el oriente de la ciudad fue un viaje entre dos mundos. Max dejó atrás las zonas residenciales y los centros comerciales de lujo para adentrarse en el laberinto de concreto gris, cables enmarañados y música de sonidero de Iztapalapa.

Llegó a una calle estrecha, llena de baches, donde los perros callejeros dormían bajo los coches. La casa de Toño era una construcción sencilla de dos pisos, con la fachada a medio pintar, pero con una puerta de herrería reforzada.

Toño lo estaba esperando en la banqueta, con una caguama en la mano y otra en el suelo.

—Pásale a lo barrido, mi rey —dijo Toño, abriéndole la puerta del copiloto—. Deja tu nave aquí, mi vecino es el que cuida la cuadra, no le pasa nada.

Entraron. La casa era humilde, olía a frijoles y a Fabuloso de lavanda. En la sala había un sillón viejo y una tele enorme.

—Siéntate. Mi jefa ya se durmió, así que podemos hablar a gusto —Toño le sirvió un vaso de tequila corriente—. Salud por los ojos que se abrieron hoy, Max.

Max bebió el tequila de un trago. El líquido le quemó la garganta, pero le asentó el estómago.

—La tengo grabada, Toño —dijo Max, sacando el celular—. Se ve todo. Sus caras, el coche, cómo se besan. Es Alexis. Es su maldito compañero de trabajo. El que fue a nuestra boda.

Toño negó con la cabeza, sirviendo otro trago.
—Son unos perros. Pero escúchame bien, Max. Ahorita tienes la sangre caliente, y lo que quieres es gritarle y enseñarle el video. Pero eso es un error de novato.

—¿Por qué? Quiero que sepa que lo sé. Quiero ver su cara cuando se le caiga el teatro.

—Si le dices ahorita, la vieja se va a poner a la defensiva. Se va a victimizar, va a decir que tú la descuidabas, o peor, va a llamar a un abogado antes que tú y te va a querer quitar hasta la risa —Toño se inclinó hacia adelante, con esa sabiduría callejera que la vida le había enseñado a golpes—. En la guerra y en el divorcio, el que pega primero pega dos veces, pero solo si pega callado.

Max se quedó pensando. Toño tenía razón. Irina era astuta. Si se sentía acorralada, atacaría. Y conocía las finanzas de la casa mejor que nadie.

—Estamos casados por bienes mancomunados —dijo Max, sintiendo un sudor frío—. La casa, el coche, mis ahorros de la afore, la cuenta de inversión… todo es de los dos.

—¡Puta madre! —exclamó Toño—. Entonces con más razón. Si le pides el divorcio mañana por infidelidad, el pleito va a durar años y los abogados se van a chingar tu lana. Tienes que ser más listo.

—¿Qué hago?

—Mañana mismo vas a ver a un abogado. Yo conozco a uno, es un “licenciado” de esos colmilludos que tienen su despacho en el Centro. No es fifí como los de Santa Fe, pero ese güey te saca el divorcio y te protege la lana. Y lo más importante: Tienes que asegurar tu patrimonio antes de soltar la bomba.

Max miró a su amigo. Hacía años que no lo veía, y sin embargo, Toño lo estaba cuidando más que su propia familia.

—¿Por qué me ayudas tanto, Toño? Yo te dejé de hablar cuando te metiste en broncas. Fui un mal amigo.

Toño sonrió, una sonrisa chimuela pero honesta.
—La vida da muchas vueltas, carnal. Tú eras el único que no me veía feo en la prepa cuando yo traía los tenis rotos. Eso no se olvida. Además… me cagan las injusticias. Y lo que esa vieja te está haciendo es una marranada.

Esa noche, Max durmió en el sofá de Toño. No fue el sueño más cómodo, pero fue el primero en mucho tiempo donde no sintió la obligación de ser el esposo perfecto. Su mente, antes ocupada en complacer a Irina, ahora estaba ocupada diseñando una estrategia de guerra.

A la mañana siguiente, Max se despertó con el olor a café de olla y chilaquiles. La mamá de Toño, Doña Lupe, una señora bajita y arrugada, le sirvió un plato enorme.

—Coma, mijo, que las penas con pan son menos —le dijo con dulzura.

Max comió rápido. Tenía una misión. Se puso su traje arrugado del día anterior, se despidió de Doña Lupe y salió con Toño.

—Ya le marqué al Licenciado Guevara —dijo Toño—. Nos recibe a las 11 en su despacho cerca de Bellas Artes.

Max asintió. Subió a su coche. Al encenderlo, vio la luz de reserva de gasolina. Incluso el coche estaba cansado de ser usado para las mentiras de Irina.

Manejó hacia el centro, con Toño de copiloto. Mientras avanzaban por la Calzada de Tlalpan, Max revisó su celular. Diez llamadas perdidas de Irina y cinco mensajes de voz.

“Max, ¿dónde estás? Me tienes preocupada.”
“Max, por favor contesta. ¿Pasó algo?”

—Déjala que sufra —dijo Toño, viendo la pantalla—. Que sienta un poquito de lo que es la incertidumbre.

—Le voy a decir que tuve una auditoría sorpresa y me quedé en un hotel cerca de la oficina porque salimos a las 3 de la mañana —inventó Max—. Ella se va a tragar el cuento porque le conviene que yo siga siendo el idiota trabajólico.

—Exacto. Juega su juego, pero tú pon las reglas.

Llegaron al centro histórico. El despacho del Licenciado Guevara estaba en un edificio antiguo, de esos con elevadores de reja y olor a humedad y tabaco viejo. Entraron a una oficina atiborrada de expedientes amarrados con hilo cáñamo.

El Licenciado Guevara era un hombre obeso, con tirantes y un bigote amarillo por la nicotina. Parecía un personaje de película de ficheras, pero cuando empezó a hablar, Max se dio cuenta de que era un tiburón.

Max le contó todo. Le enseñó el video. Le explicó lo de los bienes mancomunados.

Guevara se limpió los lentes con su corbata y miró a Max a los ojos.

—Mire, joven. El adulterio en la Ciudad de México ya no es causal de divorcio necesario como antes, ahora es “divorcio incausado”. O sea, te divorcias porque quieres y punto. Pero… el video sirve para la negociación moral. Para que ella sepa que si se pone difícil, usted la quema socialmente y en su trabajo. A la gente le importa mucho el “qué dirán”.

—¿Y el dinero? —preguntó Max.

—Ahí está el detalle. Si usted demanda hoy, el juez congela todo. Y se van a ir a mitades. Cincuenta y cincuenta. Aunque ella sea la que le puso el cuerno.

Max sintió que le hervía la sangre.
—¿Le tengo que dar la mitad de mi trabajo a la mujer que se acuesta con otro en mi coche?

—Así es la ley. A menos que… —Guevara hizo una pausa dramática y bajó la voz—. A menos que ese dinero “desaparezca” antes de que se presente la demanda.

—¿Cómo?

—Si usted tiene liquidez, sáquela. Cierre cuentas. Venda lo que pueda vender rápido. Convierta los números electrónicos en papel moneda. El efectivo no deja rastro si se guarda bajo el colchón. Claro, es riesgoso, pero si usted deja las cuentas en ceros antes de que yo meta el papel en el juzgado, ella tendría que pelear para demostrar que ese dinero existía y a dónde se fue. Y eso tarda años.

Max miró a Toño. Toño asintió imperceptiblemente.

—Hágalo hoy mismo —dijo Guevara—. No regrese a su casa hasta que tenga el dinero seguro. Y cuando la encare, no le diga que tiene dinero. Dígale que se lo gastó en deudas de juego, en malas inversiones, en lo que sea. Que ella piense que se va a quedar con un pobre. A ver si el tal Alexis la mantiene.

Max salió del despacho con el corazón latiendo a mil por hora. El plan era peligroso, pero era justicia.


CAPÍTULO 4: El Gran Robo a Mí Mismo

La sucursal bancaria estaba fría y esterilizada, un contraste brutal con el calor y el ruido de la calle Madero. Max entró, sintiendo que llevaba un letrero de “culpable” en la frente. Iba a vaciar sus cuentas. Iba a robarse su propio dinero para salvarlo de las garras de Irina.

Se acercó a la ventanilla preferente. La cajera, una chica joven con demasiada base de maquillaje, le sonrió.

—Buenas tardes, Señor Peralta. ¿En qué puedo ayudarle?

—Voy a hacer un retiro —dijo Max. Su voz sonó firme, sorprendiéndolo—. Un retiro total de mi fondo de inversión y de la cuenta de ahorros. En efectivo.

La sonrisa de la cajera vaciló.
—¿Todo, señor? Estamos hablando de una suma considerable. ¿No prefiere un cheque de caja o una transferencia? Por seguridad.

—No. Necesito el efectivo. Voy a… voy a comprar un terreno en provincia y el vendedor es un ejidatario que no usa bancos. El trato es hoy.

Era una mentira estúpida, pero Max la dijo con tal convicción que la cajera no insistió.

—Permítame un momento, tengo que pedir autorización al gerente por el monto.

Esos cinco minutos de espera fueron los más largos de la vida de Max. Miraba hacia la puerta, esperando ver entrar a Irina gritando “¡Deténganse!”, o a la policía. Se sentía como un criminal. Pero entonces recordó la cara de Alexis riéndose en su coche. Recordó las mentiras. Recordó el “Te amo” falso por WhatsApp.

La rabia le devolvió la calma. Ese dinero eran sus desvelos, sus fines de semana trabajando, sus úlceras por estrés. Irina se había gastado su sueldo en ropa y viajes; él había ahorrado. Ese dinero era suyo.

El gerente salió, le hizo un par de preguntas de rutina sobre “origen y destino de recursos” para el SAT, y finalmente autorizó.

Max salió del banco media hora después con un maletín deportivo negro pesadísimo. Adentro iban fajos y fajos de billetes. Casi un millón y medio de pesos. Todo lo que tenía.

Toño lo esperaba en el coche, dando vueltas a la manzana. Max se subió rápido y cerró los seguros.

—¿Lo tienes? —preguntó Toño, mirando el maletín con respeto.

—Está todo aquí.

—¿Y ahora? No puedes llevar eso a tu casa. Irina lo encuentra y te mata.

Max miró el maletín. Tenía razón. No podía llevarlo a la Narvarte. Tampoco podía rentar una caja de seguridad a su nombre porque sería rastreable.

Se volvió hacia Toño.

—Guárdalo tú.

Toño frenó de golpe en un semáforo, casi chocando. Volteó a ver a Max con los ojos desorbitados.

—¿Estás loco, cabrón? Es un chingo de lana. Yo vivo en Iztapalapa. Si se enteran que tengo eso, me entran a robar y me matan a mí y a mi jefa. Además… ¿cómo confías en mí? Llevamos diez años sin vernos. Podría fugarme con tu lana.

Max lo miró a los ojos. Vio miedo, sí, pero no vio malicia. Vio al mismo Toño que una vez se peleó con tres tipos en la prepa porque le querían robar el lunch a Max.

—Confío en ti, Toño. Más que en nadie en este momento. Eres el único que no me ha mentido. Escóndelo en tu casa. En algún lugar donde nadie busque. Solo serán unos días, hasta que pase la tormenta del divorcio.

Toño tragó saliva. Miró el maletín y luego a Max. Asintió solemnemente.

—Va. Pero lo vamos a meter en la cisterna vacía del patio, adentro de bolsas de basura. Nadie busca ahí. Y te juro por la virgencita que no toco ni un peso.

Regresaron a casa de Toño. El proceso de esconder el dinero fue surrealista. Max, con su traje de ejecutivo, y Toño, con su ropa de barrio, envolviendo fajos de billetes en bolsas negras de plástico y cinta canela, como si fueran narcos. Lo escondieron en el fondo de una bodega vieja en el patio trasero, debajo de cajas de herramientas oxidadas y tiliches.

—Listo —dijo Max, limpiándose el polvo de las manos—. Ahora la segunda parte.

—¿Cuál es?

—Ir por mis cosas. Irina debe estar trabajando. Tengo dos horas antes de que llegue. Voy a sacar mi ropa, mis documentos y me voy. Cuando ella llegue, no me va a encontrar a mí, ni a mis cosas, ni al dinero.

—Esa es la actitud, chingao —Toño le dio una palmada en la espalda—. ¿Quieres que vaya contigo? Por si se pone loco el asunto.

—No. Esto lo tengo que hacer solo. Es mi despedida.

Max manejó de regreso a la Narvarte. Eran las 4:00 PM. Entró al edificio con el corazón en la garganta. El conserje lo saludó como siempre.

—Buenas tardes, Don Max.

—Buenas tardes, Don Pepe.

Subió al elevador. Entró al departamento. Estaba tal cual lo había dejado la noche anterior, con el plato de caldo ya frío y seco sobre la mesa y la silla tirada. Una imagen perfecta del caos de su vida.

Max no perdió tiempo. Sacó dos maletas grandes. Empezó a meter trajes, camisas, zapatos. No lo dobló con cuidado; lo aventó todo. Fue al baño y vació su gabinete. Fue al estudio y tomó su laptop, su pasaporte, su acta de nacimiento y los papeles del coche.

Mientras empacaba, se detuvo frente al buró de Irina. Vio una foto de ellos dos en Cancún, hace tres años. Se veían felices.

—Pura fachada —murmuró.

Abrió el cajón de Irina buscando si había algo más que debiera saber. Encontró una caja de condones abierta escondida al fondo, debajo de la ropa interior. Ellos no usaban condones desde hacía años porque ella tomaba pastillas.

La última duda que podía haber tenido se disipó.

Cerró la maleta con fuerza. Arrastró todo hacia la entrada.

Antes de irse, tomó una hoja de papel y una pluma. Pensó en escribirle una carta larga, explicándole todo, gritándole su dolor. Pero recordó al abogado. “No le des armas”.

Escribió solo una frase:

“Sé lo del motel. Habla con mi abogado.”

Dejó la nota sobre la mesa del comedor, encima de la multa de tránsito que había iniciado todo. Puso las llaves del departamento junto a la nota.

Salió y cerró la puerta por última vez.

Al bajar al estacionamiento y cargar las maletas en el Mazda, Max sintió algo extraño. No era tristeza. No era miedo.

Era libertad.

Se subió al coche, puso música —algo de rock pesado, fuerte— y arrancó. Mientras salía a la calle, vio un Uber llegar. De él bajó Irina. Había llegado temprano.

Max la vio por el retrovisor. Ella caminaba hacia la entrada, mirando su celular, sonriendo. Seguramente mensajeando a Alexis.

Max pisó el acelerador. No se detuvo. No volteó. La vio hacerse pequeña en el espejo hasta desaparecer.

—Se acabó, Irina —dijo en voz alta—. Ahora empieza mi turno.

Se dirigió de nuevo a casa de Toño. Esa noche dormiría en un catre en Iztapalapa, sin lujos, sin muebles de diseño, pero con la conciencia tranquila y el control de su vida en sus manos. Lo que no sabía Max era que Irina no se iba a quedar de brazos cruzados. La guerra apenas estaba en fase de advertencia, y ella tenía sus propios trucos sucios bajo la manga. Pero él ya tenía la primera victoria: el factor sorpresa.

CAPÍTULO 5: El Eco de una Casa Vacía

Irina cerró la puerta del Uber y caminó hacia la entrada de su edificio con esa ligereza que da la ignorancia. Se sentía bien. Había tenido una tarde “productiva” con Alexis: un almuerzo largo que terminó en un hotel boutique de la Condesa, supuestamente revisando una campaña para un cliente farmacéutico. Se sentía deseada, viva, lejos de la rutina gris y predecible que representaba Max.

Se retocó el labial en el espejo del elevador. “Voy a llegar cansada”, ensayó mentalmente. “Le diré a Max que me duele la cabeza y que me voy a dormir directo”. Era su coartada habitual para evitar que él la tocara. Últimamente, el simple roce de la mano de su esposo le provocaba una mezcla de culpa y repulsión que prefería no analizar.

El elevador hizo ding en el cuarto piso.

Abrió la puerta del departamento 402.

—¡Max! ¡Ya llegué! —gritó, soltando las llaves en el recibidor—. ¡Qué tráfico horrible en Constituyentes, no te imaginas!

Silencio.

No era el silencio habitual de cuando Max estaba concentrado en la computadora con los audífonos puestos. Era un silencio diferente. Un silencio hueco. Como si las paredes hubieran dejado de respirar.

Irina frunció el ceño. Caminó hacia la sala.

—¿Max?

Las luces estaban apagadas. Entró a la cocina. Ahí, sobre la mesa de granito que tanto le había costado elegir, había una escena que le erizó la piel.

No había cena. No había desorden. Solo había dos objetos colocados con una precisión quirúrgica en el centro de la mesa: Un papel doblado (la multa de tránsito) y una nota manuscrita en una hoja de cuaderno. Al lado, el juego de llaves de Max.

Irina sintió una punzada fría en el estómago. Se acercó despacio, como si los papeles fueran a morderla.

Tomó la nota primero. La letra de Max, usualmente ordenada, se veía apresurada, furiosa.

“Sé lo del motel. No me busques. Habla con mi abogado.”

El papel se le resbaló de los dedos y cayó al suelo, meciéndose suavemente hasta aterrizar bajo la silla.

—¿Qué? —susurró, con la voz temblorosa.

Entonces tomó el otro documento. El oficial. El de la Secretaría de Seguridad Ciudadana.

Sus ojos saltaron de un dato a otro como pelotas de ping-pong. Placas 458-XYT. Carretera Picacho-Ajusco. Motel Villas del Amor. 14 de Octubre.

—¡No! —gritó, llevándose una mano a la boca—. ¡No, no, no!

Se le doblaron las rodillas y tuvo que sostenerse de la mesa. La fecha. El 14 de octubre. El día del supuesto viaje a Guadalajara. La estupidez de usar el coche de Max. La arrogancia de pensar que nunca la atraparían.

—Maldita sea, maldita sea… —empezó a hiperventilar.

Corrió hacia la recámara principal. Abrió el closet de golpe.

Vacío.

El lado de Max estaba pelón. No estaban sus trajes, ni sus camisas, ni sus zapatos. Los cajones estaban abiertos y vacíos. Faltaba su laptop. Faltaban sus documentos del buró.

Irina sintió que el mundo se le venía encima. No porque extrañara a Max, sino por el terror de perder la seguridad. Max era su red de seguridad, su proveedor, el que pagaba la hipoteca, el coche, los seguros. Ella ganaba bien, pero se gastaba todo en ropa y salidas. Max era el adulto responsable. Y Max se había ido.

Sacó su celular con manos temblorosas. Marcó el número de Max.

“El número que usted marcó está apagado o fuera del área de servicio…”

—¡Contesta, maldito imbécil! —le gritó al teléfono, como si el aparato tuviera la culpa.

Marcó otra vez. Y otra. Y otra. Buzón. Buzón. Buzón.

El pánico se transformó en furia. ¿Cómo se atrevía? ¿Cómo se atrevía a irse así, sin darle oportunidad de explicar, de manipular la situación? Ella siempre lograba darle la vuelta a las cosas. “Max, estás loco, no es lo que parece”, “Max, fuimos a recoger a un cliente ahí”, “Max, me prestaste el coche y se lo di a una amiga”. Tenía mil excusas listas, pero necesitaba a la audiencia presente para que funcionaran.

Se sentó en el borde de la cama, rodeada de los fantasmas de su matrimonio. Entonces, cometió su segundo error del día.

Llamó a Alexis.

—¿Bueno? —contestó Alexis, con voz baja. Probablemente estaba con su esposa o en una cena—. Irina, no puedo hablar mucho.

—¡Se enteró! —soltó Irina, llorando—. ¡Max se enteró! ¡Se fue de la casa!

Hubo un silencio largo al otro lado de la línea. Un silencio que a Irina le heló la sangre.

—¿Cómo que se enteró? —preguntó Alexis, su tono ya no era cariñoso, era frío y cauteloso—. ¿Qué le dijiste?

—¡Nada! ¡Le llegó una fotomulta! ¡Una maldita multa de tránsito del día que fuimos al motel en su coche! Dice que sabe todo, se llevó sus cosas. Alexis, tengo miedo. ¿Qué hago? Ven, por favor, ven a la casa. No quiero estar sola.

Alexis soltó un suspiro exasperado.

—Irina, no digas mamadas. ¿Cómo voy a ir a tu casa ahorita? Mi mujer está aquí.

—¡Pero me dejó! ¡Me descubrió! ¡Necesito que me ayudes!

—A ver, cálmate —la cortó Alexis, con una dureza que Irina no conocía—. Ese es tú problema. Tú fuiste la que insistió en llevar el coche de tu marido ese día porque el tuyo no circulaba. Te dije que pidiéramos Uber.

—¿Mi problema? —Irina sintió una bofetada invisible—. ¡Es NUESTRO problema! Si él sabe, a lo mejor sabe quién eres tú. A lo mejor te busca.

—¡Ni se te ocurra mencionarme! —siseó Alexis—. Escúchame bien, Irina. Si Max me busca, yo no sé nada. Tú y yo somos compañeros de trabajo y punto. No me vas a joder la vida a mí por un descuido tuyo. Arréglalo con tu marido. Dile que estás loca, que prestaste el coche, invéntale algo. Pero a mí déjame fuera de esto.

—Pero Alexis… yo te amo… pensé que nosotros…

—Irina, madura. Lo pasamos bien, sí. Pero yo no voy a dejar a mi familia por un escándalo de motel. Borra este número de tus llamadas recientes y no me marques hasta que arregles tu desmadre.

Click.

Alexis le colgó.

Irina se quedó mirando la pantalla negra del celular. El silencio del departamento ahora parecía burlarse de ella. Estaba sola. Completamente sola. Max se había ido con dignidad y Alexis se había escondido como una rata.

Esa noche, Irina no durmió. Se paseó por el departamento como un fantasma, revisando cajones, buscando dinero. Fue a la caja fuerte empotrada en el closet. Estaba abierta y vacía.

—El dinero… —susurró.

Se metió a la banca en línea en su celular.

Saldo Cuenta Mancomunada: $45.00 MXN.
Saldo Fondo de Inversión: $0.00 MXN.

—¡Hijo de su puta madre! —gritó, lanzando el celular contra el sofá—. ¡Me robó! ¡Me robó todo!

La rabia reemplazó al miedo. Max no era la víctima. Para ella, Max era ahora el verdugo. “Nadie me hace esto a mí”, pensó, con los ojos inyectados en sangre. “Nadie me deja en la calle”.

Si Max quería guerra, tendría guerra. Ella sabía jugar sucio mejor que nadie. Se secó las lágrimas, fue al baño, se lavó la cara y se miró al espejo. Su reflejo le devolvió una mirada dura, calculadora.

—Vas a regresar arrastrándote, Max —le dijo a su reflejo—. Y cuando lo hagas, te voy a hacer pagar cada centavo.

Mientras tanto, en una azotea de Iztapalapa, Max miraba las luces de la ciudad con una cerveza en la mano. Toño estaba a su lado, asando unos nopales en un anafre improvisado.

—¿No te ha marcado? —preguntó Toño.
—Tengo cincuenta llamadas perdidas y cien mensajes. Ya apagué el celular.
—Bien hecho. Que se cocine en su propio jugo.
—Me siento raro, Toño. Como si me hubieran amputado un brazo. Duele, pero sé que el brazo estaba gangrenado.
—Así es esto, carnal. Duele hasta que sana. Pero ahorita, lo importante es que tienes la lana segura y la evidencia. Mañana empieza el verdadero tiro.

Max asintió. Se sentía extraño durmiendo en un catre prestado, escuchando los ladridos de los perros callejeros en lugar del silencio climatizado de su departamento. Pero por primera vez en años, se sentía dueño de su destino.


CAPÍTULO 6: Jaque Mate en el Despacho

Pasaron tres días. Tres días en los que Irina intentó de todo. Primero, la estrategia de la víctima: mensajes de voz llorando, diciendo que estaba enferma, que se sentía sola, que “cómo podía ser tan cruel”. Luego, la estrategia de la amenaza: “Te voy a demandar por abandono de hogar”, “Te robaste mi dinero”, “Voy a llamar a la policía”. Y finalmente, el silencio tenso.

Max no respondió a nada. Todo contacto fue canalizado a través del Licenciado Guevara.

La cita para la mediación llegó el viernes por la mañana.

El despacho del Licenciado Guevara, en el centro histórico, olía a cera para pisos y a café rancio. Max llegó temprano, vestido impecablemente, aunque por dentro sentía que el estómago le daba vueltas. Toño lo acompañó hasta la entrada del edificio, pero se quedó abajo.

—Aquí te espero, tigre. Si necesitas respaldo, chiflas —le dijo Toño, dándole un golpe en el hombro.

Max subió. Guevara lo recibió con su habitual calma de reptil.

—Recuerde, Maximiliano. Cara de póker. No se altere. Déjela hablar. Que ella solita se ahorque.

A las 10:00 AM en punto, llegó Irina.

Venía vestida de negro, como si fuera a un funeral, con gafas oscuras y sin maquillaje. Era una actuación calculada para inspirar lástima y fragilidad. Pero Max la conocía demasiado bien. Sabía que detrás de esas gafas, los ojos de Irina estaban analizando cada rincón, buscando debilidades.

Entró acompañada de una abogada joven, agresiva, con un traje sastre rojo brillante.

—Buenos días —dijo la abogada de Irina, sin saludar de mano—. Soy la Licenciada Brenda Torres. Venimos a exigir la restitución inmediata de los bienes sustraídos por el señor Peralta y a negociar los términos de una separación temporal, no definitiva.

Guevara sonrió, mostrando sus dientes amarillentos.
—Siéntense, por favor. Aquí no hay separaciones temporales, colega. Estamos aquí para finiquitar el vínculo matrimonial de manera irrevocable.

Irina se quitó los lentes. Tenía ojeras (probablemente reales, por el estrés de no tener dinero) y miró a Max directamente a los ojos.

—Max… —su voz se quebró, un sollozo perfectamente ensayado—. ¿Por qué haces esto? Podemos hablarlo en casa. Fue… fue un error. Estaba confundida. Me sentía sola porque tú siempre trabajas.

Max la miró. Esperaba sentir amor, o pena, o duda. Pero solo sintió una profunda decepción. Era patética.

—¿Sola? —dijo Max, rompiendo su silencio. Su voz sonó grave y tranquila—. ¿Te sentías sola el 14 de octubre en el Motel Villas del Amor?

Irina se tensó. La abogada Torres intervino rápidamente.
—Señor Peralta, le sugiero que cuide sus palabras. Las acusaciones de infidelidad deben probarse. Mi clienta niega categóricamente cualquier conducta impropia. El hecho de que su auto haya estado en una ubicación geográfica específica no prueba que ella estuviera cometiendo adulterio. Pudo haber prestado el vehículo.

—Exacto —dijo Irina, recuperando la compostura—. Se lo presté a una amiga, Max. Yo estaba en Guadalajara. Te lo dije.

Guevara soltó una risita seca. Abrió una carpeta manila sobre el escritorio.

—Colega —dijo Guevara dirigiéndose a la abogada de Irina—, mi cliente no es tonto. Y yo tampoco. Aquí tenemos la bitácora de llamadas de la señora Irina donde su celular se conecta a la antena de telecomunicaciones del Ajusco a la misma hora de la multa. Pero eso es técnico. Vamos a lo gráfico.

Guevara sacó una tablet.

—Señora Irina, ¿su amiga también se parece idénticamente a usted? ¿Y también tiene una relación cercana con su colega, el señor Alexis Montoya?

Max observó la cara de Irina. En el momento en que escuchó el nombre “Alexis”, el color desapareció de su rostro. Se puso blanca como el papel.

Guevara le dio play al video.

No había sonido en la tablet, pero no hacía falta. La imagen era nítida. Irina saliendo de la habitación 42. Irina besando a Alexis. Irina dejándose nalguear antes de subir al coche.

La abogada de Irina miró el video, luego miró a su clienta con incredulidad.
—Irina… me dijiste que no había pruebas.

Irina estaba paralizada. Abrió la boca para hablar, pero no salió nada. La mentira del “préstamo de coche” se desmoronó en segundos.

—Esto… esto es ilegal —balbuceó Irina—. Me grabaste sin mi consentimiento. Es violación a la privacidad.

—Es un lugar público, señora —interrumpió Guevara—. Las áreas comunes de un motel son vía pública en términos de grabación cuando se trata de probar un hecho. Y aunque el juez desestime el video para un juicio penal, para un juicio familiar es oro molido. Y más importante aún… —Guevara hizo una pausa dramática—. ¿Qué pensaría la esposa del señor Alexis Montoya si este video llegara a su correo electrónico? ¿O el director de Recursos Humanos de su agencia de publicidad, donde las relaciones entre superiores y subordinados están prohibidas por contrato?

Fue el golpe de gracia.

Irina se hundió en la silla. Sabía que estaba acorralada. Si el video salía a la luz, perdería su trabajo y Alexis la odiaría para siempre (si es que no la odiaba ya).

—¿Qué quieren? —preguntó Irina, con voz de derrota. Ya no había lágrimas falsas. Solo odio puro.

—El divorcio inmediato —dijo Max—. Firmas hoy. Te quedas con el departamento, pero asumes la hipoteca restante tú sola. El coche es mío. Y cada quien se queda con lo que tiene en sus cuentas personales a partir de hoy.

—¡Pero te llevaste el dinero de las cuentas mancomunadas! —gritó Irina—. ¡Eran casi dos millones de pesos!

Max se encogió de hombros.
—No sé de qué hablas. Esas cuentas se vaciaron para pagar deudas de juego que tenía. Soy un ludópata, Irina. ¿No sabías? Gasté todo en apuestas en línea. Mala suerte.

Era la mentira que habían ensayado. “El dinero no existe”.

La abogada de Irina revisó unos papeles rápidamente.
—Si el dinero fue retirado antes de la demanda, técnicamente no es parte del litigio actual a menos que iniciemos una investigación forense financiera que tardaría años y costaría mucho dinero, dinero que mi clienta no tiene en este momento.

Irina miró a su abogada, incrédula.
—¿Me estás diciendo que se va a salir con la suya?

—Te estoy diciendo que te tienen grabada siendo infiel y que si peleamos, el video se hace público en el juicio. Y si él dice que se gastó el dinero, probar lo contrario es muy difícil. Irina, firma. Quédate con el departamento y terminemos esto.

Irina miró a Max. Sus ojos eran dos pozos de rencor.
—Te odio, Max. Eras un mediocre aburrido y ahora resulta que eres un ladrón y un chantajista.

—Y tú eras mi esposa —respondió Max, levantándose y abrochándose el saco—. Y resultaste ser una mentirosa barata. Firma.

Irina firmó los papeles del divorcio incausado con una mano temblorosa, casi rompiendo la hoja con la pluma.

Cuando salieron del despacho, Max sintió que el aire de la calle Madero entraba en sus pulmones más limpio que nunca.

—¡Eso, chingao! —Toño estaba en la banqueta, comiéndose un tamal—. ¿Cómo te fue?

—Firmó —dijo Max.

—¿Y la lana?

—Nadie preguntó demasiado. Se creyeron lo de las deudas.

Max se sintió libre, pero no feliz. La victoria tenía un sabor amargo. Había ganado la batalla legal, pero su vida de los últimos cinco años se había convertido en cenizas en una hora.

Mientras tanto, Irina bajó las escaleras del edificio sola. Su abogada se había ido molesta por la falta de transparencia de su clienta. Irina sacó su celular y marcó a Alexis, desesperada por un poco de consuelo, por alguien con quien compartir su odio hacia Max.

—El número que usted marcó no está disponible…

La había bloqueado.

Irina se quedó parada en medio de la multitud del centro, rodeada de gente pero absolutamente sola. La realidad de sus acciones empezaba a caer sobre ella como una losa de concreto. Tenía el departamento, sí, pero también tenía una hipoteca impagable, cero ahorros, y una reputación que pendía de un hilo llamado “la piedad de Max”.

Max, por su parte, subió al coche de Toño.
—¿A dónde vamos, carnal? —preguntó Toño.
—Al banco —dijo Max—. Voy a depositar una parte en una cuenta nueva a mi nombre. Y luego… luego vamos a buscar dónde vivir. No puedo abusar de tu hospitalidad siempre.

—Mi casa es tu casa, buey. Pero entiendo. Oye, ¿y qué vas a hacer con tu vida ahora? Digo, ya no hay vieja, ya no hay broncas.

Max miró por la ventana hacia el Palacio de Bellas Artes.
—Ahora voy a trabajar. Voy a convertirme en el hombre que ella decía que yo no era. Voy a tener éxito. Pero esta vez, será solo para mí.

Los meses siguientes fueron una transformación brutal para Max. Con el dinero asegurado (que fue reingresando al sistema poco a poco como “bonos” y “consultorías externas” para no levantar sospechas), se dedicó en cuerpo y alma a su carrera.

La tristeza se convirtió en combustible. Llegaba el primero a la oficina y se iba el último. No lo hacía por impresionar a nadie, lo hacía para no tener tiempo de pensar en Irina.

Su jefe, el Director General, lo notó.
—Peralta, te veo diferente. Más… agresivo. Más enfocado. Me gusta.

—Solo estoy haciendo mi trabajo, señor.

—No, es más que eso. Tienes hambre. Y eso es lo que necesitamos para la nueva dirección regional.

Mientras Max ascendía, Irina descendía. La hipoteca se comía su sueldo. Tuvo que vender su coche para pagar las mensualidades del departamento. En la agencia, el ambiente se volvió tóxico. Alexis, para protegerse, empezó a esparcir rumores de que Irina era “inestable” y “obsesiva”. La gente dejó de invitarla a comer. Se convirtió en la paria de la oficina.

Un día, seis meses después del divorcio, Max estaba comiendo en un restaurante de cortes en Polanco con unos clientes. Se veía impecable, con un traje italiano a la medida y un reloj que costaba lo que Irina ganaba en tres meses.

Fue al baño y, al salir, chocó con alguien en el pasillo.

—Perdón —dijo Max, instintivamente.

—¿Max?

Max levantó la vista. Era Alexis. Se veía nervioso, sudoroso.
—Alexis.

Alexis intentó sonreír, una sonrisa de tiburón acorralado.
—¡Qué coincidencia! Oye, supe lo de tu divorcio. Qué pena, hombre. Irina… bueno, ya sabes cómo es. Intensa.

Max lo miró con un desprecio tan frío que Alexis dio un paso atrás.
—No te equivoques, Alexis. Yo sé exactamente quién eres tú. Y sé lo que hicieron.

Alexis palideció.
—Oye, Max, eso fue cosa de ella… yo no…

—Cállate —lo cortó Max—. No me interesa tu vida. Pero te voy a dar un consejo gratis: Cuida tu trabajo. Porque mi empresa acaba de comprar la mayoría de las acciones de tu agencia de publicidad. Ahora soy… técnicamente… tu jefe indirecto.

Los ojos de Alexis se salieron de sus órbitas.
—¿Qué?

—Disfruta tu comida, Alexis. Mientras puedas pagarla.

Max lo dejó ahí, temblando en el pasillo, y regresó a su mesa. Se sentó, tomó un trago de vino tinto y sonrió. La venganza no era un plato que se servía frío; era un plato que se servía con éxito y poder.

Pero a pesar de todo, al llegar a su nuevo departamento esa noche —un penthouse modesto pero elegante en la Del Valle—, Max sintió ese hueco en el pecho otra vez. El éxito era genial, el dinero era útil, la venganza era dulce… pero estaba solo.

Necesitaba algo más que victorias laborales. Necesitaba volver a sentir que la vida tenía color. Y ese color llegaría de la forma más inesperada, en una tarde lluviosa, a través de una mujer que no sabía nada de moteles, ni de traiciones, ni de venganzas. Una mujer que simplemente tenía una sonrisa amable y un paraguas compartido.

Pero esa… esa es la historia de cómo Max dejó de sobrevivir y empezó a vivir de verdad.

CAPÍTULO 7: Escombros y Semillas

La caída de Irina no fue un evento súbito, como un choque de auto; fue una erosión lenta y dolorosa, como una gotera en el techo que terminas ignorando hasta que se te cae la casa encima.

Seis meses después del divorcio, la vida de Irina se había convertido en una versión “outlet” de lo que solía ser. El departamento en la Narvarte, que logró conservar tras una batalla legal humillante, se había transformado en su prisión. La hipoteca, que antes se pagaba sola con el sueldo de Max, ahora se comía el 70% de sus ingresos.

Había tenido que vender todo. El Mini Cooper se fue primero, reemplazado por viajes interminables en Metrobus y Uber Pool. Luego se fueron las bolsas de diseñador, malbaratadas en grupos de Facebook de “Señoras de las Lomas” donde le regateaban hasta el último peso.

Pero lo peor no era la pobreza material; era la pobreza social.

En la oficina, el ambiente era irrespirable. Alexis, el hombre por el que había dinamitado su matrimonio, no solo la había abandonado, sino que se había convertido en su verdugo silencioso. Para salvar su propio pellejo ante la nueva directiva (impuesta indirectamente por la empresa de Max), Alexis había tejido una narrativa donde Irina era la “acosadora loca” y él la víctima profesional.

Un martes lluvioso de septiembre, Irina fue llamada a la oficina de Recursos Humanos.

—Siéntate, Irina —dijo la directora, una mujer con cara de bulldog y nula empatía.

—¿Pasó algo? —preguntó Irina, sintiendo que le sudaban las manos.

—Hemos recibido quejas. Tu rendimiento ha bajado drásticamente. Llegas tarde, te vas temprano, y hay… rumores sobre conflictos personales que están afectando el clima laboral.

—Es Alexis, ¿verdad? —Irina sintió que la sangre le subía a la cabeza—. Él es el que está inventando cosas. ¡Él y yo tuvimos una relación! ¡Él es igual de responsable!

La directora suspiró y le extendió un cheque.
—La empresa está pasando por una reestructuración. Tu puesto ha sido eliminado. Aquí está tu liquidación conforme a la ley. Tienes una hora para vaciar tu escritorio.

Irina salió del edificio con una caja de cartón en las manos, parada bajo la lluvia en Paseo de la Reforma. Miró hacia arriba, hacia los rascacielos de cristal donde la gente exitosa seguía con sus vidas, y por primera vez, se sintió invisible.

Marcó el número de Alexis. Sabía que estaba bloqueada, pero lo intentó desde un teléfono público de tarjeta que encontró milagrosamente en un puesto de periódicos.

—¿Bueno? —contestó Alexis.
—Me corrieron, infeliz. Por tu culpa.
—¿Irina? —la voz de Alexis bajó de tono—. Deja de llamar. Estás enferma. Búscate un psiquiatra y supéralo.
—Te amaba, Alexis. Destruí a mi esposo por ti.
—Nadie te pidió que lo hicieras. Tú querías emoción, querías adrenalina. Pues ahí la tienes. No me vuelvas a buscar o te pongo una orden de restricción.

La línea murió. Irina se dejó caer en una banca mojada, llorando, mientras la gente pasaba a su lado sin mirarla. La Ciudad de México no tiene piedad con los perdedores.


Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Maximiliano Peralta estaba aprendiendo a respirar de nuevo.

El éxito profesional había sido su refugio, sí, pero Max sabía que no podía vivir abrazado a una hoja de cálculo para siempre. Toño, su fiel escudero y ahora su “roomie” honorario los fines de semana (Max le había prestado dinero para abrir un taller mecánico propio), insistía en que saliera.

—Ya, güey. Pareces monje tibetano. Tienes lana, tienes porte, ya no tienes a la víbora esa. ¡Vive! —le decía Toño mientras se echaban unos tacos de suadero en la calle.

—No tengo ganas, Toño. Siento que… no sé, se me olvidó cómo ligar. Y la neta, tengo desconfianza. ¿Y si me encuentro a otra Irina?

—Pues te la encuentras y la mandas a la chingada más rápido. Pero no puedes cerrarte. El miedo no factura, papi.

Esa tarde, Max salió de su oficina en Polanco. Había decidido caminar un poco antes de ir por su coche. Necesitaba despejar la mente después de una junta con inversionistas japoneses.

Entró a una librería cafetería, de esas con olor a papel viejo y café recién tostado. Pidió un americano negro y se puso a ver las novedades editoriales.

Fue ahí, en la sección de “Historia de México”, donde el destino decidió dejar de jugar rudo y darle una tregua.

Al girar en un pasillo estrecho, chocó con alguien.

—¡Ay, perdón! —exclamó una voz femenina.

Una pila de libros se fue al suelo. Max, por reflejo, se agachó rápidamente para ayudar a recogerlos.

—No te preocupes, fue mi culpa, venía distraído —dijo Max, levantando un ejemplar de “La Visión de los Vencidos”.

Al levantar la vista, se topó con unos ojos color miel, grandes y expresivos, enmarcados por unos lentes de pasta roja. La mujer no era una modelo de revista como Irina. Tenía el cabello castaño, alborotado, vestía unos jeans, tenis Converse y una blusa bordada artesanal. Tenía una mancha de tinta en el dedo índice.

—Gracias —dijo ella, sonriendo. Tenía una sonrisa chueca, imperfecta y absolutamente encantadora—. Soy un desastre, siempre tiro todo. Me llamo Ana.

—Max —respondió él, entregándole los libros—. ¿Te gusta la historia?

—Me fascina. Soy editora freelance. Estoy corrigiendo el borrador de una novela histórica y vine a buscar referencias. ¿Y tú? Te ves muy elegante para estar en la sección de historia un martes a las 5 de la tarde.

Max se rió. Una risa genuina, que le nació del estómago. Hacía meses que no se reía así con una desconocida.

—Soy financiero. Vengo a buscar algo que no tenga números para desintoxicarme.

—Pues… —Ana tomó un libro de la estantería y se lo dio—. Llévate este. “Las Batallas en el Desierto”. Es corto, es chilango y es nostálgico. Si no te gusta, te invito un café para compensarte el mal rato.

—¿Y si sí me gusta?

—Entonces tú me invitas el café para agradecerme la recomendación.

Max sintió un cosquilleo en el estómago. No era la pasión tóxica y urgente que sentía con Irina al principio. Era algo más suave. Como llegar a casa y quitarse los zapatos apretados.

—Trato hecho —dijo Max—. Pero, ¿qué tal si nos saltamos la lectura y vamos directo al café? Digo, para ahorrar tiempo.

Ana arqueó una ceja, divertida.
—Rápido el muchacho. Va. Pero que sea con pan dulce, si no, no cuenta.

Se sentaron en una mesa junto a la ventana. Hablaron durante tres horas. Hablaron de libros, del tráfico imposible de la ciudad, de los mejores tacos al pastor (ella defendía “El Vilsito”, él “El Huequito”), de música.

Max no mencionó su divorcio. Ana no preguntó por su anillo (que ya no usaba). Simplemente eran dos personas conectando en medio del caos.

Ana era todo lo que Irina no era. Era transparente. Se reía fuerte, sin importarle si la gente volteaba. Se manchó la nariz de espuma de capuchino y se limpió con la servilleta riéndose de sí misma. No intentaba impresionarlo.

—¿Sabes? —le dijo Ana de repente, mirándolo fijamente—. Tienes ojos tristes, Max. Como si hubieras visto algo feo.

Max se quedó helado. La intuición de esa mujer era peligrosa.
—Tuve un año difícil —admitió él, bajando la guardia—. Muy difícil.

Ana no presionó. Solo puso su mano sobre la de él un segundo, un toque ligero y cálido.
—Lo bueno de los años difíciles es que se acaban. Y luego vienen los años bonitos. Solo hay que dejarlos entrar.

Cuando se despidieron, Max sintió que flotaba.
—¿Te puedo pedir tu número? —preguntó, sintiéndose como un adolescente.

—Claro. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Que leas el libro. No salgo con hombres que no leen.

Max llegó a su casa esa noche y, en lugar de prender la tele o revisar correos, se sentó a leer a José Emilio Pacheco. Y por primera vez en mucho tiempo, se durmió con una sonrisa en la cara, sin pensar en venganzas ni en moteles.


Mientras tanto, Irina estaba tocando fondo.

Sin trabajo y con las deudas asfixiándola, tuvo que tomar una decisión drástica. Rentó las dos habitaciones extra de su departamento a estudiantes foráneos. Ahora, su santuario de privacidad estaba invadido por dos chicos de 20 años que dejaban los platos sucios, escuchaban reggaetón a todo volumen y traían novias los fines de semana.

Irina se encerraba en su cuarto, que era lo único que le quedaba.

Una noche, aburrida y deprimida, cometió el error de desbloquear una cuenta falsa de Instagram que usaba para espiar (“stalkear”) a la gente. Buscó a Max.

El perfil de Max solía ser privado y aburrido. Pero ahora estaba público.

La primera foto le dio una patada en el hígado.

Era Max. Pero no el Max cansado y gris que ella recordaba. Era un Max sonriente, bronceado, en una playa de Oaxaca. Y no estaba solo.

En la foto, una mujer castaña, con lentes rojos y una sonrisa radiante, lo abrazaba por el cuello. Max la miraba a ella como si fuera la única mujer en el mundo.

El pie de foto decía: “Empezando de nuevo. Gracias por enseñarme a ver el sol, Ana.”

Irina sintió un ácido corrosivo en las venas. Celos. Pero no eran celos de amor; eran celos de posesión. ¿Cómo se atrevía a ser feliz? ¿Cómo se atrevía a reemplazarla con esa… esa “hippie” despeinada que ni siquiera se veía elegante?

—Ella no es mejor que yo —gritó Irina a la pantalla del celular—. ¡Yo soy más bonita! ¡Yo tengo más clase!

Pero los comentarios decían otra cosa.
“¡Qué bonita pareja hacen!”
“Te ves radiante, Max.”
“¡Qué vibra tan chida transmiten!”

Irina lanzó el celular contra la almohada. Se dio cuenta, con horror, de que Max no solo la había superado. Max había mejorado. Y ella… ella estaba sola, en un cuarto que olía a humedad, escuchando a sus inquilinos reírse en la sala que alguna vez fue suya.

Decidió que tenía que verlo. Una última vez. Tenía que demostrarle que ella todavía tenía poder sobre él. Que no podía borrar cinco años así como así.


CAPÍTULO 8: El Final del Juego

Pasó un año. Un año que para Max fue de construcción y para Irina de demolición.

Max y Ana consolidaron su relación a un ritmo lento pero firme. Ana conocía toda la historia del motel, del video y del dinero. Lejos de juzgarlo, lo entendió.

—Te defendiste, Max. A lo mejor fuiste duro, pero sobreviviste. Ahora te toca vivir sin rencor —le había dicho ella.

Un viernes por la noche, Max decidió pedirle a Ana que se mudara con él. No quería una propuesta espectacular con fuegos artificiales. Quería algo íntimo. Reservó una mesa en un restaurante italiano en la colonia Roma, un lugar pequeño, con velas y buen vino.

Estaban cenando, riéndose de una anécdota del trabajo de Ana, cuando Max sintió una mirada clavada en su nuca. Ese sexto sentido que había desarrollado durante su crisis se activó.

Giró la cabeza hacia la ventana que daba a la calle.

Ahí estaba.

Irina.

Estaba parada en la banqueta, mirando hacia adentro a través del cristal. Llevaba un abrigo que se veía viejo y desgastado. Su cabello, antes de peluquería semanal, se veía opaco y recogido en una coleta mal hecha. Pero sus ojos… sus ojos seguían teniendo esa mezcla de furia y arrogancia.

Max se tensó. Ana lo notó de inmediato.
—¿Qué pasa, amor?

Max señaló discretamente con la cabeza.
—Es ella.

Ana volteó. Vio a la mujer en la ventana. No vio a un monstruo. Vio a una mujer rota.
—¿Quieres irnos? —preguntó Ana, tomándole la mano.

—No —dijo Max, tranquilo—. Ya no huyo. Espérame un segundo.

Max se levantó de la mesa. Caminó hacia la salida del restaurante. Salió a la calle fresca de la noche.

Irina no se movió. Lo esperó ahí, con los brazos cruzados para protegerse del frío.

—Vaya —dijo Irina, barriéndolo con la mirada—. Te ves bien, Max. El dinero te sienta bien. Lástima que te lo robaste.

—Es dinero que gané trabajando, Irina. Cada centavo —Max se paró frente a ella, manteniendo una distancia segura—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo sabías que estaba aquí?

—Te sigo en Instagram, idiota. Pones la ubicación de todo. Sigues siendo predecible.

—¿Qué quieres?

Irina miró hacia adentro del restaurante, donde Ana los observaba con preocupación pero sin intervenir.

—Así que esa es el reemplazo —escupió Irina—. Se ve… poquita cosa. No tiene clase. Seguro es de las que compra ropa en el tianguis.

Max sonrió. No con burla, sino con lástima.
—Ella es editora. Es inteligente, es divertida, es leal. Y lo más importante, Irina… ella me quiere a mí. No a mi cartera, no a mi coche, no a mi estatus. Me quiere a mí.

—Tú me amabas a mí —dijo Irina, su voz quebrándose por primera vez. Dio un paso hacia él, intentando usar su vieja arma: la seducción manipuladora—. Max, todavía podemos arreglarlo. Me equivoqué. Lo admito. Pero cinco años no se borran. Míranos. Tú y yo éramos un equipo poderoso. Esa mujer… te va a aburrir. Tú necesitas a alguien de tu nivel.

Intentó ponerle una mano en el pecho.

Max retrocedió un paso, esquivando el contacto como si ella tuviera una enfermedad contagiosa.

—No, Irina. Tú y yo nunca fuimos un equipo. Tú eras un parásito y yo era el huésped. Y ya me curé.

Irina bajó la mano. Su cara se contorsionó de odio.
—¡Me dejaste en la calle! ¡Me quitaste todo! ¡Estoy viviendo con roomies, trabajando de recepcionista en un consultorio dental! ¡Yo, Max! ¡Yo nací para más!

—Tú tuviste todo —respondió Max, con una frialdad absoluta—. Tuviste un esposo que te adoraba, una casa, estabilidad. Y lo cambiaste por unas horas de calentura con un tipo mediocre en un motel de paso. Tú elegiste tu destino el día que metiste mi coche a ese garage en el Ajusco.

Max se acercó un poco más, mirándola a los ojos.
—Te voy a pedir un favor. No te vuelvas a aparecer en mi vida. No me busques, no me escribas, no te pares afuera de donde ceno. Porque la próxima vez, no seré tan amable. Tengo el video, Irina. Y tengo los contactos para hacer que hasta ese trabajo de recepcionista lo pierdas.

Irina tembló. Sabía que hablaba en serio. El Max que tenía enfrente no era el hombre dócil que ella mangoneaba. Era un hombre hecho de acero forjado en el fuego de su traición.

—Te odio —susurró ella, llorando de impotencia.

—Y a mí no me importas —respondió Max—. Ni siquiera te odio. Simplemente… ya no existes. Eres un mal recuerdo, como una multa de tránsito que ya pagué.

Max dio media vuelta y regresó al restaurante, dejando a Irina sola en la banqueta, pequeña, derrotada, convertida en un fantasma de su propio pasado.

Max entró al calor del restaurante. Ana lo miró interrogante.
—¿Estás bien?

Max se sentó, tomó la mano de Ana y la besó.
—Mejor que nunca. Ya cerré la puerta.

—¿Y qué le dijiste?

—Le dije adiós. Definitivamente.

Max metió la mano en su bolsillo. Tocó la pequeña caja de terciopelo que llevaba ahí. Tal vez hoy no era el momento de sacarla, después de esa escena desagradable. Pero sabía que el momento llegaría pronto.

—Ana —dijo Max—. Gracias.

—¿Por qué?

—Por estar. Por ser real.

Ana sonrió y levantó su copa de vino.
—Por nosotros, Max. Y por las segundas oportunidades que sí valen la pena.

Brindaron. Las copas chocaron con un sonido cristalino que borró para siempre el eco de las mentiras.

Afuera, Irina vio el brindis. Se dio la vuelta y caminó hacia la oscuridad de la calle, arrastrando sus pies, sabiendo que el invierno sería largo y que esta vez, no habría nadie esperándola con sopa caliente en casa.

FIN

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